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EL ARTE OSCURO

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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Los cazadores de cabezas

Los cazadores de cabezas
“El éxito es el valor, eso es lo
que importa, el coraje en sí mismo,
aunque todo lo demás se malogre:
eso es el éxito.”
Proverbio tukurio
Iedur corría y jadeaba. Atravesaba raudamente el bosque oscuro, aromático y fresco. Sus pies descalzos volaban sobre hierba, tierra y rocas. Un zorro lo miró con curiosidad tras un matojo de arbustos, una ardilla escapó de su camino y una culebra quedó hechizada por aquella figura musculosa que se movía rápida y enérgicamente.
Tenía dieciséis años y su cuerpo era ya el de un hombre. Podía manejar una espada de guerra y casi había logrado tensar el arco de su hermano Connbraugh. Era de ojos color verde muy claro y cabello castaño rojizo que caía en grandes mechones sobre sus hombros y espalda alta. Su rostro lucía rasgos severos y agraciados. Varias jovencitas de su aldea se le habían acercado y sonreído, mas él tenía su atención centrada en otros asuntos.
Recordaba a los guerreros, su padre y hermano entre ellos, corriendo a enfrentarse contra los enemigos sobre el valle de hierba y roca. Más de doscientos luchadores irlandeses que peleaban desnudos para demostrar el valor, sólo vestidos por el torque del cuello y armados de espadas, lanzas y martillos. ¡Qué suerte tuvo Cair, su padre, al morir en combate, rodeado de cadáveres, manchado de sangre, rugiendo como una bestia salvaje! Le dolió su muerte por los años que no disfrutaría junto a él, pero se alegraba del honor conseguido y la felicidad que en la Otra Vida estaría experimentando.
Incluso Faedril, su madre, había peleado junto a otras mujeres de la aldea cuando una horda del Norte atacó el poblado. La bella mujer parecía haber sido poseída por Morrigu y Nemain, tales eran su valor y destreza en la batalla.
Mas a él aún no le dejaban luchar con los adultos. Lo consideraban un niño, y eso le dolía. Aquel sufrimiento crecía cuando Aedai se burlaba de él mientras colocaba una flor de almendro en su pelo.
Como cada vez que pensaba en la muchacha, el corazón se le disparó. Prefirió concentrarse en el presente.
Llegó al claro de Bran, el druida. Como otros tantos muchachos, Iedur aprendía de él la sabiduría de la Tierra, el Agua, el Aire y el Fuego, el Conocimiento que sus padres no sabían darle.
La sombra del menhir marcaba la mitad del mediodía. Llegó junto al megalito resoplando. Bran estaba preparando algún brebaje en una olla, cerca de su cabaña. Como siempre que se adentraba en los dominios de Bran, una vaharada de olores exóticos y dulzones embriagó a Iedur.
El druida se volvió y lo miró. Era un anciano de aspecto noble y severo. Vestía túnica parda, impecable, que le llegaba hasta los tobillos. Sus pies estaban enfundados en zapatillas de suave cuero. Siempre portaba un cayado de madera de cedro. Con él llegó a abrir la cabeza de un lobo salvaje. Su figura era delgada y recta como el tronco de un pino. La barba y el cabello grises resultaban impresionantes incluso para aquellas gentes, que dejaban crecer sus cabellos sin pudor. Sobre una nariz afilada e inquisitiva había dos ojos de color azul metálico, inteligentes, profundos y tranquilos.
-No quieres aprender, Iedur -dijo el druida con su grave voz-. Si una nutria no aprende a nadar se hunde. Si un hombre no aprende lo que es importante no pasará de ser un necio hasta el fin de sus días.
-Lo siento, Bran -gimió Iedur, apesadumbrado.
-¿A qué se debe la tardanza?
Iedur estuvo a punto de inventar una historia, pero recordó las enseñanzas: mentir era la peor de las faltas, del que mentía todos se apartaban, incluso negándole durante días la palabra. Decidió sincerarse.
-Yo... Estuve hablando con Aedai.
El druida casi sonrió.
-Ah... Aedai. Una jovencita inteligente. Uno de mis mejores alumnos. Ayer me dijo que hoy llegarías tarde.
Iedur enrojeció a causa de la ira.
-Sus predicciones suelen ser acertadas -siguió el anciano, cada vez más divertido-. También es cierto que ella se preocupa mucho de que las cosas sucedan como espera que sucedan.
El anciano recuperó la adustez.
-Comencemos las enseñanzas. Hoy aprenderás muchos nombres de hierbas y plantas, su aspecto, localización y usos.
Iedur dejó caer los hombros desanimado.
-¡Vamos, vamos! -replicó el druida-. Imagina que en el futuro eres un guerrero poderoso, perseguido por tus enemigos en un bosque desconocido. Estás herido y débil. Debes saber qué hierbas cerrarán tus heridas y te proporcionarán fuerzas para seguir luchando.
Iedur abrió mucho los ojos, su mente dispuesta para aprender. Bran era un druida muy viejo y sabía cómo estimular a sus alumnos.
Pasaron dos horas estudiando la fauna y la flora boscosa. Cuando terminó la clase almorzaron juntos. Comieron queso fresco con miel, jabalí asado (a pesar de su edad, Bran era un excelente cazador), almendras y caldo de hierbas. Bebieron cerveza y leche muy fría.
Iedur miró a Bran con el ceño fruncido.
-Maestro, tú que lo sabes todo, dime cuándo me permitirán mi madre y mi hermano combatir contra las tribus rivales. Connbraugh tiene ya en su habitación más de quince cabezas embalsamadas. Algunas las ganó cuando tenía mi edad. Mi madre también posee un trío de testas en su cuarto.
-Recuerda que aquellos eran tiempos más duros. Los clanes del Sur peleaban contra los del Norte, los de Cor-An-Tyr intentaron invadir nuestro territorio y todas las tribus de la Gran Región debieron unirse para rechazarlos. Ahora hay paz, aunque las batallas se suceden de vez en cuando. Estoy seguro de que pronto podrás lucirte en una contienda.
-¡Seré como Cúchulainn! -bramó el joven-. ¡Los enemigos caerán degollados a mis pies y moriré peleando!
Bran rió. No reprendió a Iedur. Sería ir en contra de las Leyes Naturales reprimir un fuerte carácter juvenil. Además, la comunidad necesitaba guerreros que la protegieran de los enemigos, ya fueran invasores o invadidos.
-Medita mucho antes de entrar en combate -aconsejó el anciano-, pero si lo haces gana o muere. Arrasa como el huracán a tus enemigos y trae el mayor número posible de cabezas. Tu pueblo y tu familia te lo agradecerán. El que no devuelve el ataque es un necio, el que no defiende lo que tiene no merece tenerlo.
Iedur asintió con fuerza.
Transcurrieron dos horas más de clase, centradas en el estudio de la fauna y la flora. Iedur asimilaba los conocimientos con rapidez, pues era un joven inteligente.
Cuando acabaron, Iedur se despidió de su maestro. El severo Bran hubo de reprimir una sonrisa mientras contemplaba la alegre marcha de su alumno favorito.
Iedur sentíase excitado. Bran le había dejado irse excepcionalmente pronto. Aún tenía tres horas libres antes de acudir a la aldea, donde ayudaría a su madre y hermano en las faenas de la casa y el huerto.
Volvió a preguntarse cuándo le dejarían luchar. Deseaba cortar cabezas enemigas. Se imaginaba agarrando por las melenas un puñado de testas rivales, quizá pertenecientes a los Comcrach o los Finn. Las colgaría del tejado de su cabaña para que todos en la aldea supieran lo valiente y fuerte que era Iedur, el guerrero.
Además, también quería que Aedai le admirara. ¡Aedai! Aún podría verla esa misma tarde, realmente lo deseaba. Se detuvo de pronto. ¿Era bueno que un guerrero ocupara su tiempo libre en frívolas charlas con una muchachita? Aquel dilema siempre lo acuciaba tras reunirse con la joven. De algún modo, intuía que las mujeres apartaban al hombre de su deber, que era la guerra.
Aquella mañana, antes de ver a Bran, Iedur había estado con Aedai.
-¡Seré un luchador famoso! -había dicho él, muy serio-. ¡Cabalgaré junto a Morrigu y Nemain!
Aedai, sobre una de las grandes rocas al borde de la catarata, rió alegre y burlonamente. Aunque no pasaba de los quince años la túnica que se ajustaba a su espigada figura ya dejaba ver sinuosas curvas. Miró con sus profundos ojos negros a Iedur, quien se afanaba por seguirla saltando sobre las húmedas rocas. A su izquierda se abría una caída de veinte metros. En la base de la cascada, espuma brillante y afiladas piedras. A su derecha, el agua helada corría lánguidamente hasta precipitarse por el borde.
El cabello de Aedai era aún más oscuro que sus negrísimos ojos, muy liso. Le caía espesa y aterciopeladamente hasta la cintura. La muchacha giró su cabeza bruscamente. Su pelo trazó una onda mágica en el aire.
-¡Seguro! ¡Un gran guerrero! -se burló, mirando pícaramente a Iedur. Los rasgos eran finos, bellísimos. La nariz algo respingona denotaba un carácter curioso, vivaracho, incisivo.
Iedur se sobresaltó. Seguir a aquella chica resultaba peligroso. Ella era un ser de la Naturaleza y brincaba ágilmente sobre altísimas ramas y desfiladeros o se internaba sin herirse a través de espesos zarzales. A pesar de su belleza, muchos chicos habían rehusado cortejarla porque ello resultaba perjudicial para la salud. No era el caso de Iedur, quien, a pesar de los hematomas, cortes y arañazos se negaba tozudamente a perderla de vista..
El chico, apretando los dientes, miró desafiantemente a Aedai y saltó a una nueva piedra. Ella rió.
-Primero tendrás que ayudar a tu madre a limpiar tus habitaciones y después sacar brillo a las armas de tu hermano.
-¡Te equivocas! -rugió Iedur. De tres temerarios saltos llegó hasta Aedai e intentó agarrarla. La muchacha salió corriendo y se internó en la fresca espesura.
Al poco, la halló recogiendo moras de un zarzal. Iedur se preguntó, al contemplarla, qué clase de hechizo hacía posible la atracción que sentía hacia ella mientras despreciaba o esquivaba distraídamente al resto de las jovencitas.
-A veces pienso que eres una dríade que un hada dejó en la puerta de tu casa -dijo Iedur-. Tus padres, compadecidos, te recogieron y criaron como a una hija, pero seguramente no eres humana. A vedes pienso que me estás embrujando.
La chica sonrió placenteramente.
-A veces yo pienso que eres un jabalí con aspecto de hombre -ella lo miró burlona y desafiantemente-, un jabalí torpe y desmañado que hociquea entre el barro.
Él quedó quieto, mirándola a los ojos, embelesado por su belleza. Ella, nerviosamente, apartó la vista.
-Iré a nadar a la costa esta tarde.
-¡No vayas! -en la voz de Iedur había genuina preocupación-. Últimamente se ha visto a los hermanos Finn por esa zona. Ya sabes que raptan a las jóvenes para hacerlas sus esclavas. Son nuestros enemigos.
-¿Temes por mí? -Aedai sonreía, llena de placer y burla.
-Sí -dijo Iedur, algo incómodo. No sabía mentir. La sonrisa de Aedai se abrió aún más. Iedur, en un arrebato inexplicable, sacó la pequeña cuerda de su zurrón e hizo una lazada en ella.
-¿Qué haces? -inquirió Aedai.
-Voy a ponerte un lazo al cuello. Así no te escaparás.
-¿Harías eso? -Aedai se le acercó, sus ojos chispeaban traviesamente.
-Por supuesto -Iedur le colocó el lazo en el delgado y blanco cuello. Apretó el nudo sobre la fina garganta. Ella frunció levemente el ceño, pero no se apartó ni borró su sonrisa. Iedur tenía el otro extremo de la cuerda en su diestra.
-Eres una fierecilla y debes ser domada -dijo severamente el muchacho. Tiró levemente de la cuerda y ella se le acercó hasta que sus cuerpos se tocaron. Los ojos de la muchacha se entrecerraron y clavaron en los de Iedur.
-Ahora no te separarás de mí -dijo el chico, sintiendo que se hundía en aquellas dos negras profundidades-. Irás donde yo vaya, te domaré como a un potro salvaje o un perro desobediente -afirmó, con el ceño fruncido.
-Iría contigo hasta el fin de la tierra -contestó ella, sonriendo dulcemente, acercando sus labios a los de Iedur-. Prometo que obedeceré todas tus órdenes sin protestar...
Iedur la ciñó con firmeza por el talle y se besaron. Para los dos era el primer beso. Si los padres de ambos los sorprendieran en aquel momento los azotarían tantas veces que no se podrían sentar en al menos ocho días.
De pronto, Iedur sintió un escalofrío. Otra vez aquel pensamiento angustioso: ¿acaso las mujeres no apartaban al guerrero de la guerra, acaso no lo conducían a una vida sedentaria, a una cabaña llena de niños gritones? De nuevo la maligna contradicción. Tal vez Aedai fuera realmente una hermosa elfa que le estuviera conquistando para su propio provecho. Si caía en su embrujo podía despedirse de la fama y la gloria.
La apartó violentamente de su lado.
-¿Qué haces? -preguntó Aedai, enojada.
Iedur se alejó hacia atrás, trastabillando.
-¡Me estás embrujando! ¡No caeré en tus redes! -gritó.
Aedai, furiosa, lo acribillaba con la mirada. Los ojos se le tornaron húmedos.
-¡Estúpido! -increpó. Se sacó la cuerda del cuello y la arrojó al suelo. Dióse la vuelta y se fue, caminando con aire orgulloso.
Iedur seguía muy inquieto. Esbozó una sonrisa. Se sentía victorioso.
De pronto, la alegría se esfumó y se vio a sí mismo como un niño tonto y supersticioso. Ahora, tras su error, nunca volvería a ver a Aedai, y aquel pensamiento, extrañamente, le causaba un gran dolor.
Apesadumbrado, echó a andar sin rumbo fijo. Entonces, dióse cuenta de la posición del Sol y recordó su cita con el druida Bran. Echó a correr.
Ahora, muchas horas después, también corría. Pensaba reunirse con Aedai y pedirle disculpas. Habría de reconocer su torpeza, pero quería seguir siendo su amigo. Comprendió que realmente disfrutaba en compañía de la chica.
Al llegar al claro donde solían reunirse lo encontró solitario. Se sentó en una roca junto al riachuelo, que por allí transcurría rápidamente. Comenzó a lanzar piedras contra una gran roca, como tantas veces cuando tenía tiempo libre y se aburría. Estaba dispuesto a esperar.
Una hora después, seguía lanzando piedras. Deseaba que Aedai llegara. Nunca le había hecho esperar tanto, aquella reunión era prácticamente una costumbre para los dos.
Mientras observaba su piedra número quinientos ochenta y cinco impactar certeramente en el blanco, recordó lo que Aedai le había dicho: que aquella tarde iría a la costa. Él lo había tomado por un comentario sin sentido. Pero tal vez ella, en su enfado, habíase alejado tan hacia el Norte para contemplar, como solía hacer, el mar desde los acantilados...
...Los mismos por los que pululaban los hermanos Finn.
Soltó la piedra que tenía en la mano y echó a correr a través de la espesura. Sentía un gran temor en su pecho.
Llegó a la aldea como una exhalación. Los que le vieron no se extrañaron de su comportamiento, pues Iedur era un joven que no podía estarse quieto. Al fin y al cabo, había nacido bajo los signos del fuego: la salamandra como animal y el manzano como árbol.
Llegó a la cabaña sin resuello. Su hermano Connbraugh apuraba una cerveza mientras fabricaba flechas a partir de una gruesa vara de fresno.
-¿Qué te ocurre, muchacho? -preguntó Connbraugh. Le sacaba cinco años a Iedur. Su rostro ancho y anguloso sonreía. Era, al igual que Iedur, ancho de hombros y estrecho de caderas. También lo perseguían las chicas, aunque él cortejaba a una sola, Aila, la de la larga trenza.
Iedur estuvo a punto de contarle a Connbraugh sus temores. Si lo hiciera, muchos varones del pueblo (entre ellos los hermanos y el padre de Aedai) saldrían en busca de la joven armados y dispuestos a enfrentarse a los Finn si se daba el caso.
-No pasa nada, hermano -contestó Iedur, aún jadeante-. Estaba probando la velocidad de mis piernas.
Connbraugh lanzó una carcajada y siguió con su tarea.
Iedur salió de la cabaña, dio la vuelta a la misma y, tras asegurarse de que nadie le descubriría, se metió por el ventanuco de la habitación de su hermano.
En el cuarto había múltiples cabezas enemigas embalsamadas y ordenadas cuidadosamente sobre estanterías. También lucían en la sala varios escudos, un arco de madera de tejo, cuchillos de diferentes tamaños y una espada corta que perteneciera a su padre Cair y después a Connbraugh. También había un baúl para guardar las vestimentas y una larga cama, de cuyo cabezal pendía una resplandeciente trenza dorada, regalo de Aila, la prometida de Connbraugh.
Con el corazón latiendo desbocadamente, Iedur se colocó al cuello el torque guerrero de su hermano. Tomó la espada corta, metida en su funda de cuero duro, y la colgó de su espalda. Cogió dos cuchillos largos como su antebrazo, los envainó y sujetó al cinto de su cadera. Si Connbraugh entrara en ese momento en el cuarto sin duda lo despellejaría vivo.
Tras asegurarse de no ser visto salió otra vez por la ventana y huyó del poblado, escondiéndose de los locales e internándose enseguida en la espesura.
Echó a correr hacia el Norte con una firme convicción: si Aedai estaba en peligro la salvaría él, y sólo él.
Al cabo de una hora de veloz carrera salió de los bosques y vio la línea de acantilados. El aire estaba cargado de salitre. Iedur lo respiró con fuerza. Aún faltaban más de dos horas para que el Sol se pusiera. Esperaba encontrar a Aedai antes de que las sombras poblaran el mundo. El torque de acero inclinaba levemente su cabeza. En un principio le habían dolido horriblemente los músculos del cuello, pero al poco habíanse acostumbrado al peso extra.
Corrió veloz sobre una pradera de rocas e hierba húmeda y llegó al borde del precipicio.
Treinta metros más abajo, las olas chocaban contra los rompientes deshaciéndose en espuma. Buscó con la vista. Ojalá encontrara a Aedai. La tomaría de las muñecas y, aunque hubiera de llevarla a rastras, la devolvería al poblado. Había oído historias acerca de los hermanos Finn y temía por la suerte de la chica.
Comenzó a descender por un camino de tierra dura y fría que serpenteaba por entre los taludes de roca. Muchas veces lo había recorrido en compañía de Aedai y lo conocía de memoria.
Llegó hasta las primeras rocas. El mar no estaba encrespado aquel día, las olas no superaban los farallones. Aún así, Iedur debía caminar con cuidado sobre ellos, pues eran sumamente resbaladizos. Se dirigía a una de las múltiples cuevas donde sabía Aedai gustaba de recoger conchas y caracolas.
Ante él, quince metros al frente, apareció una figura oscura. Emergía de una cueva. Era un hombre de aspecto sucio, vestido con pieles de lobo y oso. La melena le caía desgreñada sobre la espalda. Era enorme. De su cadera pendía una larga espada envainada. Estaba de espaldas a Iedur.
El chico se lanzó al agua antes de que el desconocido se volviera.
El líquido estaba helado. Las olas lo llevaron cinco metros mar adentro. Una onda llegó en dirección contraria y lo estrelló contra una enorme roca. Los gruesos músculos de Iedur aguantaron el choque. Se aferró desesperadamente a un hueco en la piedra. Con dificultad, helado hasta los huesos y sufriendo por el peso de la espada corta y el torque, se encaramó a una roca superior. Tenía el pelo rojizo empapado y los mechones se le pegaban al rostro.
No vio al hombre vestido con pieles. Supuso que se había metido de nuevo en la gruta de la que saliera. El muchacho avanzó sigilosamente entre las rocas.
Llegó a las cercanías de la cueva, que se abría como las fauces de un gigantesco monstruo. Escondido tras unas piedras, vio allá dentro a cuatro hombres semejantes al anterior, aunque no tan grandes. Comían peces, cangrejos y el fruto de las caracolas. Sorbían los caparazones ruidosamente, absortos en su tarea. Portaban armas: mazas, machetes y espadas. Al fondo, un poco más apartada del trío, estaba Aedai. La chica los miraba con ojos temerosos mientras raspaba con un pequeño cuchillo un pescado. A su derecha había un cesto lleno de otros muchos. Al parecer, su tarea consistía en quitarles las escamas.
Uno de los tres, el de la maza, se volvió para mirarla. Lucía una expresión atroz. Aedai retrocedió un paso, los ojos desorbitados. También Iedur sintió escalofríos al observar aquel rostro salvaje y maligno.
-¡Más deprisa, estúpida! -bramó el tipo-. ¡Antes de que caiga el Sol debes tener limpios todos los pescados!
Agarró una piedrecilla del suelo y la lanzó hacia Aedai, quien la esquivó ágilmente. La chica tenía ya dos moretones en su fina frente.
Iedur supuso que aquellos eran los Finn. Se decía que vivían muy al Norte, pero bajaban hacia el Sur para pescar y cazar animales salvajes. Nadie los amaba. Solían robar personas perdidas, en su mayoría jóvenes que esclavizaban o entregaban a tribus lejanas a cambio de alimentos y metales. Eran itinerantes y muy escurridizos. Por eso no se les había atrapado aún. Cuando no cazaban o pescaban solían emplearse en las guerras entre diferentes clanes a cambio de comida y alojamiento.
Apareció aquel que ya conocía Iedur. Introducía su miembro viril bajo las pieles y se limpiaba la orina de la mano en el muslo.
-¡Acabad! -rugió-. ¡Hemos de irnos antes de que empiecen a buscar a la chica!
-Aguarda, Corm -pidió uno de los comensales-. Aún nos quedan unos pocos cangrejos...
Corm se le acercó y de una patada hizo volar el cangrejo entre sus manos. El golpeado encogió los hombros, resignado. Sus hermanos le imitaron. Aquel grupo parecía más una pequeña manada de alimañas que una familia. Sin embargo, sin alguien que impusiera (aunque fuese brutalmente) el orden entre tales bestias, poco durarían con vida, tan odiados como eran.
-¡Puerca! -llamó uno de los Finn a Aedai. Ella lo miró, angustiada-. ¡Recoge los cangrejos y los peces en un saco y síguenos!
Aedai obedeció rápidamente. Iedur vio que por los ojos de la chica cruzaba un rayo de furia. “¡No lo hagas, Aedai!”, pensó.
Pero la joven, aún con el cuchillo de raspar pescado en su diestra, llegó corriendo hasta el que le había dado la orden.
-¡Cuidado, Taugh! -rugió Corm.
Aedai clavó el cuchillo en el costado del aludido. Pero el arma era pequeña y las pieles que cubrían al hombre muy densas. Taugh aulló, más de sorpresa que de otra cosa, se volvió y abofeteó a Aedai dos veces. La chica quedó sin sentido.
-¡Déjame castigarla, Corm! -otro de los Finn cogió a Aedai del pelo. La chica despertó y chilló de dolor.
-¡No, Medb! -bramó Corm-. Ya habrá tiempo para eso después. ¡Vámonos!
Taugh se frotaba el costado y miraba asesinamente a Aedai. Medb la soltó. La chica sollozaba quedamente y pronto continuó su tarea de recoger cangrejos y peces semidevorados.
Iedur sintió que la sangre le hervía en las arterias. Ahora era el momento: debía lanzarse a la lucha, pelear como Cúchulainn contra los Cien Combatientes y cortar las cabezas de los cinco Finn. Su destino estaba al alcance de la mano.
Con el corazón golpeándole el pecho, Iedur desenvainó silenciosamente la espada y se desvistió, dejando sobre su cuerpo tan sólo el torque y el cinto con los dos cuchillos. Pelearía desnudo, como los mejores guerreros, para probar su coraje.
De pronto, sintió que sus miembros estaban paralizados. Se negaban a obedecerle, a lanzarlo hacia la batalla. Estaba temblando, no podía mover un solo músculo. Sentía miedo. Miedo a la victoria, miedo a la derrota, miedo a la muerte. Todas sus esperanzas y deseos estaban siendo frustrados cruelmente por el miedo. La vergüenza enrojeció su rostro. Quería reaccionar, mas el terror lo mantenía paralizado. No podía cruzar la Barrera del Miedo. Hizo un esfuerzo de voluntad, concentró todo su ser en el deseo de batalla y gloria. Pero ellos eran cinco, más expertos y fuertes que él. Lo matarían, y matarían también a Aedai. No era digno de ella. Era tan sólo un despreciable cobarde. Un niño. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Espontáneamente, y antes de poder darse cuenta del hecho, saltó sobre las rocas y corrió hacia Medb, el Finn más cercano, quien masticaba distraídamente un pez crudo. Iedur gritó escalofriantemente. Su rostro era una máscara de locura. Medb fue asesinado, la espada de Iedur hendió su garganta y quebró la columna vertebral, surgiendo por la nuca. Los ojos se le desorbitaron. Intentó gritar, pero tenía las cuerdas vocales cortadas. Iedur sacó la hoja de su vaina humana. La primera sangre que derramaba cayó sobre su propio pecho. Medb, chorreando el líquido vital, se agarró el cuello escarlata. Cayó al suelo, muerto.
Iedur, aún sorprendido de su valor, miró la hoja brillante y contempló su rostro reflejado en la sangre.
-¡Cuidado, Iedur! -era la voz de Aedai.
El joven desnudo salió de su ensimismamiento. Sualtaim y Aillil, dos más de los hermanos Finn, se le venían encima. Uno portaba una maza de piedra, el otro dos machetes largos. Eran fuertes y estaban encolerizados. Mas Iedur poseía agilidad y un talento natural para las armas. Había practicado durante incontables horas con espadas de madera. Aun así, un combate real era muy distinto de un entrenamiento.
Iedur saltó hacia atrás, sus desnudos pies, ya en carne viva, volvieron a herirse al asentarse en las afiladas rocas. Un machete de Aillil le tajó levemente el brazo. Iedur comenzó a sangrar. Esquivó el segundo machete y automáticamente, sin brusquedad, coló su cuerpo bajo el brazo de Aillil al tiempo que clavaba la espada en el muslo del Finn. Éste rugió y se apartó de un salto lateral.
Sualtaim se le acercó blandiendo su maza de piedra. Lanzó un golpe de revés que arrancó levemente la oreja del cráneo de Iedur. El muchacho habíase apartado a un lado y gracias a eso la maza no había hecho volar su cabeza entera. El dolor chillaba furiosamente, la sangre manaba a pequeños borbotones de la oreja deformada, manchando pecho y hombro.
Sualtaim se disponía a golpear otra vez con su maza. Iedur trastabilló y se apartó hacia atrás. La maza pasó como un jirón gris y borroso a dos dedos de su rostro. El chico imaginó que el enemigo era una roca a la que lanzar una de sus piedras. Desenvainó el cuchillo y desde su mano voló, clavándose en la nariz del Finn. La hoja atravesó levemente el cráneo, sin llegar al cerebro.
Sualtaim aulló y se arrancó el cuchillo, tirándolo al suelo. De su tabique nasal roto comenzó a manar sangre. Iedur sacó el otro cuchillo y lo lanzó. Esta vez, la hoja impactó certeramente en la garganta del Finn, quien se derrumbó enseguida junto a Iedur.
Aillil se agarraba la pierna herida con la mano derecha, intentando detener la hemorragia. Miraba a Iedur con un odio capaz de taladrar las piedras.
-¡Matadlo! ¡Matadlo! -rugía Corm, el hermano mayor. Aedai, a su lado, contemplaba con ojos desorbitados la escena. Iedur la miró, y luego se volvió a Taugh y Aillil, quienes ya venían en su busca y dispuestos a hacerle pedazos.
Iedur no dudó. Saltó hasta el cadáver de Sualtaim, recuperó sus dos cuchillos, apartó rápidamente la sangre que bañaba su rostro con el antebrazo y lanzó uno a Aillil.
El Finn trastabilló, mirándose el abdomen. Por entre las pieles surgía el mango del cuchillo. Iedur alzó el otro, dispuesto a lanzar. Los ojos de los Finn se abrieron a causa del terror y retrocedieron gritando y buscando un escondite. Iedur los contempló, algo sorprendido. No debería extrañarse tanto, el cuchillo entre sus manos de experto tirador era un arma muy peligrosa.
Corm aún se mantenía en pie, sujetando por un brazo a Aedai. Sus dos hermanos permanecían agazapados tras las rocas.
-¡Has matado a mis hermanos Medb y Sualtaim! -rugió Corm, fuera de sí-. ¡Vas a morir!
Desenvainó su espada, larga y recta. Miraba a Iedur con odio, pero también con respeto.
Iedur envainó el cuchillo arrojadizo. Agarró su espada a dos manos. Los dos sonrieron torvamente. Sería un duelo honorable, a muerte. Iedur deseó que su hermano Connbraugh pudiera contemplarle en aquellos momentos. El muchacho, desnudo y sangrante, se rió de la vida y la muerte.
Corrieron el uno hacia el otro. Corm rugió y descargó un mandoble. Iedur lo paró con su espada. El impacto sónico casi lo dejó sordo. Sintió la destructora vibración subir hasta el hombro. Aun así, y a pesar de su corta edad, su cuerpo era ya el de un hombre y como un hombre aguantó. Lanzó un revés y una estocada, su espada resbaló rechinantemente sobre la hoja de Corm. El Finn gruñó, sorprendido. Había esperado luchar contra un cachorrillo y ahora tenía frente a sí un lobo sediento de sangre.
Iedur redobló sus ataques, acostumbrándose rápidamente al dolor que producían las vibraciones resultantes entre los aceros. Recordó a su padre Cair, muerto en combate. Una rabia brutal se apoderó de él. Atacó como un poseso, hasta el punto de hacer retroceder al asombrado Corm.
-¡Deja en paz a mi hermano o la mato! -Taugh agarraba a Aedai por el pelo. La chica chillaba, dolorida y aterrorizada. El Finn, furioso mas también asustado alzaba su maza sobre la cabeza de Aedai. Junto a ellos se encontraba Aillil, quien había sacado el cuchillo de su abdomen. Las gruesas pieles le habían salvado de la muerte.
-¡No! -rugió Corm-. ¡Es un combate legal! ¡No interfieras!
Iedur respetó profundamente a Corm.
-¿Y si te mata? -argumentó Taugh-. ¡Deja que acabemos entre todos con él, es sólo un chiquillo!
-¡Es un guerrero! -bramó Corm-. ¡Quiero su cabeza y la tendré en una lucha legal!
El pecho de Iedur se infló. Sintió un ramalazo de orgulloso placer.
-¡Yo también quiero la tuya! -intervino el chico-. ¡Y las de tus hermanos muertos! ¡Los he matado en combate justo!
-Tendrás sus cabezas si me vences a mí, y después a ellos -Corm señaló a Taugh y Aillil.
-De acuerdo -Iedur se agarró la oreja deformada con una mano. Ahora la sangre manaba más débilmente. Le resultaba imposible oír por ese lado. Supuso que le habían destrozado el oído-. Pero lucharéis de uno en uno.
-Me parece justo -concedió Corm.
-¡Pero...!
-¡Cállate de una vez, Taugh! ¡Tus gimoteos me dan dolor de cabeza!
El aludido enmudeció. Corm alzó orgullosamente la barbilla e infló su enorme pecho.
-Hoy, aquí, demostraremos que los Finn tenemos honor.
Iedur y Corm giraron uno alrededor del otro, observándose en silencio. Las olas del exterior ahogaban los quedos sollozos de Aedai. La chica contemplaba con genuina preocupación a su antiguo compañero de juegos, convertido ahora en sangrante guerrero.
Corm atacó, Iedur paró el golpe. Ya las muñecas no le dolían tanto a causa de las vibraciones y sentíase más confiado. Hubo un intercambio de golpes. Iedur pasó al ataque. Su cerebro gritaba una sola voz:
“¡MATARLO!¡MATARLO!¡MATARLO!...”
No podía ni quería pensar más que en ello. Recuerdos y esperanzas desaparecieron de su cabeza. Se estaba jugando seriamente la vida y debería concentrar alma, cuerpo y sentidos en el combate.
Corm retrocedió, espantado. Iedur poseía un talento natural para atacar en el lugar más desprotegido de su defensa y enlazar severos y bien dirigidos golpes. El mayor de los Finn comenzaba a asustarse. Comprendía que aquel chico tenía el potencial necesario para llegar a ser un héroe épico.
Corm rugió y cargó con todo el cuerpo. Las espadas se trabaron, el Finn lanzó a Iedur al suelo. La espalda desnuda probó las cortantes aristas de roca. Se levantó instantáneamente sobre los sangrantes pies.
Iedur comenzaba a resentirse por la pérdida de sangre. Estaba mareado. Trastabilló. Corm cargó otra vez. De nuevo paró el golpe, el Finn lo empujó y el joven probó en su cadera la dureza de las piedras húmedas. Corm alzó la espada, gritando. Tenía el rostro de un loco sediento de sangre. A su espalda una ola estallaba contra las oscuras rompientes y se deshacía en lluvia de espuma.
Iedur paró varios golpes terribles. Corm lo atacaba sin piedad, el chico se apartaba o defendía débilmente, las vibraciones restallaban en todo su cuerpo amenazando con hacerle estallar la cabeza.
Ahora hallábanse en una zona de rocas romas muy resbaladizas. Los pies de Iedur tenían plantas rojas y sin piel. Habíanse endurecido como cuero seco y se asentaban con mayor seguridad que las botas de Corm. Iedur decidió aprovechar la oportunidad:
-¡No eres más que un cobarde, tu padre lo fue más aún, y tu abuelo os superó a los dos!
Para un celta, ser llamado cobarde era el peor de los insultos, pues amaban el coraje y el valor por encima de todas las cosas. Normalmente, el verse superado numéricamente en una proporción enorme no era excusa para abandonar la batalla. El que un guerrero muriera por efectuar una acción temerariamente suicida no escandalizaba a nadie, sino todo lo contrario: a sus familiares se les trataba con respeto y todos contribuirían con gusto a su manutención. Aunque el muerto hubiera sido en vida arrogante, cruel, vengativo y maligno, si su final fue valeroso el que hablara mal de él sería severamente castigado.
Así pues, las pullas del muchacho enloquecieron a Corm. El Finn se lanzó al ataque como un toro furioso, descuidando sus movimientos. Sus botas resbalaron, perdió el equilibrio y agitó los brazos en el aire.
Iedur rió al ver el hueco gigantesco en la defensa del gigante y saltó hacia él. Su espada se hundió en el esternón hasta la empuñadura. Los dos se desplomaron, la espada de Iedur pinchó en el suelo de piedra y se partió.
Corm soltó su arma, se debatió y agarró el hombro de Iedur.
-Me has vencido -musitó. Sonrió-. Enhorabuena.
Iedur se levantó, sacando del cuerpo caído la espada asesina, ahora de color escarlata, rota. Cogió el otro fragmento. Trató de unirlos. Tenía los ojos húmedos. Aquella fue la espada de su fallecido padre y con ella también peleó su hermano Connbraugh. Las lágrimas fluyeron.
Corm, en el suelo, a punto de morir, canturreaba una canción montañesa.
A Iedur le temblaban las rodillas. Guardó en la vaina el fragmento superior de la espada. El otro lo empuñó a dos manos.
Tough, Aillil y Aedai lo miraban en silencio. En los ojos de los dos hermanos había genuino terror.
-¡No te acerques! -gritó Taugh. Cogió de nuevo a la chica por el pelo-. ¡La mataré!
-¡Sois despreciables! -bramó Iedur, con voz ronca y ojos enrojecidos. Señaló con la espada rota a Corm, cuya mirada ya era vidriosa-. ¡No merecéis llevar su sangre!
Aedai cambió su expresión asustadiza por otra, iracunda. Metió la mano bajo las pieles de su captor. Taugh dobló rodillas y tronco. Perdió el equilibrio, debilitado. Tenía los ojos desorbitados. La maza cayó al suelo encharcado. Gritó, y más aún cuando Aedai retorció su presa en la entrepierna de Taugh. Éste se desplomó, chillando de genuino dolor, con las manos en la ingle.
Aedai lo soltó y echó a correr hacia Iedur. Una sonrisa salvaje se abría en su rostro manchado de lágrimas secas.
-¡Vamonos! -exclamó. Abrazó a Iedur con fuerza, hundiendo su rostro en el pecho pegajoso y rojo del muchacho-. ¡Vámonos, por favor!
-No puedo -respondió él, rodeándola con sus brazos-. Se lo prometí al mayor de los Finn.
Aedai lo miró fijamente.
-No. Prometiste luchar contra ellos de uno en uno. ¡Obsérvalos! ¡No son honorables! No pelearán de forma limpia contra ti. Te combatirán juntos, engañándote y usando todo tipo de tretas.
Aillil ayudaba a su hermano a levantarse del suelo. Taugh, aún con un rictus de dolor brutal en su rostro, poco a poco recuperaba la compostura.
-Llevas razón -dijo Iedur-. No respetarán las reglas -deseaba luchar contra ellos, pero... ¿qué sería de Aedai si perdía la batalla? En ella descargarían toda su ira y su frustración. Le resultaba muy difícil decidirse.
Aedai lo miraba, desesperada e implorante. Apretaba aún más su cuerpo contra el de él.
-Vámonos -decidió Iedur. La tomó de la mano y ambos echaron a correr hacia el exterior de la cueva.
Las olas barrían los rompientes, la espuma salpicó sus cuerpos. Iedur agradeció la gelidez del agua salada que se colaba por sus heridas, limpiándolas, lo libraba de la pegajosa costra sangrienta y despertaba sus atontados sentidos.
Saltaron sobre las rocas hasta llegar al pie del sendero de tierra. Comenzaron el ascenso. Iedur resbaló y se raspó el vientre desnudo al caer unos metros sobre el sendero de dura arena. Clavó los dedos en ella y siguió subiendo.
Taugh y Aillil, salvajemente airados, comenzaron el ascenso. El viento cortante levantaba sus pellizas de piel, barbas y melenas. Taugh, ya recuperado, marchaba el primero. El muslo herido de Aillil volvía a sangrar.
La escalada resultó muy dura. Iedur empleó sus últimas fuerzas en llegar a la cúspide. Atontado por la pérdida de sangre, exhausto a causa de la batalla, se desplomó en el suelo de hierba, tierra y piedras. Trató de levantarse, mas no pudo. Respiraba silbantemente, sentía el aire helado acuchillando sus ardientes pulmones. Aedai llegó a su lado y lo miró, desesperada.
-Vete... -logró decir Iedur.
Ella miró hacia abajo, a los dos hermanos que ya pronto los alcanzarían. Se volvió hacia el bosque, tras cien metros de pradera. En la espesura no la encontrarían. Miró a Iedur, tirado en el suelo, incapaz de levantarse y a punto de vomitar. Se mordió el labio superior.
La chica cerró sus puños con fuerza y de dos pasos llegó al borde del precipicio. Los Finn estaban a tan sólo diez metros de la cúspide.
-¡Te cogeremos, furcia! -bramaba Taugh, fuera de sí a causa de la rabia-. ¡Vas a sufrir mucho por lo que me hiciste allá abajo! ¡Y a tu amigo lo vamos a despellejar vivo!
Aedai agarró una piedra maciza tan grande como su propia cabeza. Con esfuerzo la levantó por encima de sus hombros.
-¡Tú eras el que más me pegaba! -acusó, bufando como una gata salvaje-. ¡Cállate de una vez!
Lanzó la piedra. Taugh levantó una mano para protegerse. El proyectil alcanzó su antebrazo y rodó por su pecho. El Finn perdió el equilibrio y se precipitó acantilado abajo. Aillil se había apartado hacia la derecha, esquivándolo. El cuerpo rodó e impactó de cabeza contra una roca del fondo.
Aillil miró a su hermano muerto. Luego a Aedai. La chica contemplaba incrédulamente sus manos. El Finn rugió salvajemente y escaló a la carrera los últimos metros. La muchacha buscó otra piedra, aterrorizada. Aillil llegó hasta ella y alzó su maza de madera, dispuesto a hundirle la cabeza entre los esbeltos hombros.
Iedur se interpuso entre ambos. El muchacho habíase recuperado, aunque todavía estaba mareado. Tenía manchas de vómito en su mejilla. Cargó sobre Aillil.
Éste golpeó con su maza en sentido ascendente. Alcanzó a Iedur en el muslo izquierdo y el muchacho gritó, con la pierna entumecida y doliente. Iedur atacó con la espada, la cual se clavó en la maza, quedando allí encallada. Iedur tironeó, mas no la logró sacar. Aillil volteó el arma, quitándole la espada al muchacho de las manos.
-¡Devuélvemela! -rugió el chico. Se lanzó sobre Aillil y, antes de que éste pudiera reaccionar, los dos puños volaron sobre su rostro rompiendo un pómulo y una ceja. Aillil quedó atontado, sostenido por dos piernas vacilantes. Cayó al suelo.
Iedur agarró la maza y tiró de su espada hasta sacarla de la madera. Aillil ya se levantaba cuando el chico le clavó el arma en la espalda varias veces.
El último Finn quedó en el suelo, moribundo. Iedur lo contemplaba como un borracho. Aedai lo sostuvo cuando ya caía, mas no pudo soportar aquel corpachón musculoso y ambos acabaron abrazados sobre la hierba, incapaces de hacer nada más que permanecer tumbados, recuperando fuerzas, el rostro de Aedai pegado al torque y mentón de Iedur. Temblaba violentamente y no era capaz ni de hablar.
Al cabo de un rato la muchacha se levantó y arrancó un pedazo de su vestido. Con él vendó la cabeza y el brazo de Iedur, cerrando así las hemorragias. El chico tenía oscuras ojeras bajo los ojos, que contrastaban con la palidez cenicienta del rostro. Había perdido demasiada sangre. Sus ojos brillaban húmedamente a causa de la fiebre. Aedai comprendió que si el joven no comía pronto iba a morir. Y eso ella no estaba dispuesta a consentirlo.
Echó a correr hacia el bosque y al cabo de poco volvió cargada de bayas, nueces y moras silvestres. Se había levantado la falda y sobre ella, a modo de cuenco, transportaba los frutos. Iedur los devoró. Tras el banquete, y aún debilitado, el chico logró alzarse sobre las temblorosas piernas y arrancó la espada del muerto Aillil. Limpió el acero en la fresca hierba y miró el arma que perteneciera a su padre, luego a su hermano, y ahora, por méritos propios, a él.
-He de cortarles las cabezas -dijo, con firmeza. Aedai lo miraba desde el suelo, sentada con las piernas cruzadas.
El chico, ahora ya más restablecido, bajó por el sendero de tierra. Aedai lo seguía muy de cerca, temerosa de que resbalara a causa de la debilidad.
Ya en la cueva, Iedur se aproximó al cadáver de Corm, sobre el que los cangrejos y las gaviotas comenzaban a darse el festín. Espantó a las alimañas. Miró al muerto con respeto.
-Él fue el más honorable. Él será el primero.
Con golpes metódicos lo decapitó. Anudó las melenas a su cinto. Ahora la testa pendía de él.
Siguiendo la antigua tradición de los cazadores, arrancó el corazón de Corm y comenzó a devorarlo para así poseer la energía, valor y nobleza de la presa cazada. La carne y la sangre fortalecieron su cuerpo más que los frutos antes tomados.
-Yo también quiero comer de su corazón -dijo Aedai.
-¿Tú? -Iedur la miraba asombrado.
La chica alzó orgullosamente la barbilla.
-Olvidas que yo también cacé hoy. Maté a Taugh arrojándole una piedra. Su cabeza es mía.
-Es cierto -afirmó Iedur-. Hoy te has comportado como una verdadera guerrera.
Aedai sonrió, llena de placer. Iedur cortó un pedazo grueso del corazón y se lo dio a Aedai. La chica, mientras lo comía, manchando su bello rostro de sangre fresca, miraba pícaramente a Iedur. Él la llamó con un dedo y ella se acercó.
-Aún no he olvidado lo que te dije esta mañana -dijo el muchacho, clavándole los ojos-. Prometí domarte como a un animalillo salvaje, prometí que nunca te separarías de mi lado.
Ella apoyó una mano dulcemente en su hombro derecho.
-Si fueras mi amo... -dijo, casi susurrando, acercándose más a él- debería hasta de comer de tu mano.
-Cierto -respondió Iedur.
Aedai le cogió la diestra y comenzó a chuparla cuidadosamente, sin dejar de mirar fijamente a los ojos de Iedur, hasta que los dedos, la palma y el dorso quedaron limpios de sangre y brillantes. El chico comprendió por qué se había interesado por ella, evitando al resto de las chicas. Ellas aún eran niñas, jovencitas. Aedai, a pesar de su edad, era toda una mujer.
La tomó por la cintura. Sin delicadeza alguna la atrajo hacia sí. Se besaron con fuerza durante largo rato. Iedur comprendió que se podía ser un buen guerrero con una mujer como aquella a su lado. De hecho, deseaba tenerla junto a él hasta el final de sus días.
-Hoy has cazado más que cabezas -le dijo Iedur-. Hoy me has cazado a mí. Eres una espléndida cazadora. La mejor.
-Cázame tú a mí -respondió Aedai.
Volvieron a besarse. Después, dejaron de ser niños y amigos.
Cortaron el resto de cabezas. Como deseara Aedai, la testa de Taugh acabó colgando de su femenina cadera. El cráneo del Finn aparecía deformado debido a la caída por el precipicio, pero pocas mujeres guerreras del poblado habían obtenido un trofeo de tal calibre a tan corta edad.
Del cinto de Iedur pendían cuatro testas. Como sentía un gran respeto por Corm, la del mayor de los Finn colgó de su cadera derecha y las tres restantes de la izquierda.
Al anochecer, los dos estaban sentados sobre la hierba, arriba de los acantilados, observando la puesta de Sol sobre el mar. Aedai apoyaba su cabeza sobre el hombro de Iedur. El gran disco solar amielaba rojizamente las olas. El muchacho compartió el amor que ella sentía hacia el mar. Se sintió embargado por una gran dicha.
Al fin, hubieron de irse. Iedur sonreía. Imaginaba a los parientes de los dos. Con toda seguridad los castigarían cruelmente por su escapada, la tardanza en llegar y por lo que suponían (con razón) había hecho la pareja en la soledad de los acantilados. Mas también sabía que Connbraugh, tras arrancarle las posaderas con su cinto de cuero, le interrogaría interesado acerca de cómo fue el combate contra los Finn. A partir de aquel día los hombres tratarían a Iedur con respeto. Las cabezas embalsamadas de los cuatro hermanos adornarían su morada, para orgullo de su madre, su hermano y él mismo. En la próxima contienda los guerreros contarían con él, tratándolo de igual a igual.
Miró a Iedur y la besó. Como los dos habían planeado, en la próxima primavera los casaría Bran, el druida, bajo los almendros cargados de blancas y suaves flores. Habría bailes, alegría y juegos.
Iedur sintió el corazón a punto de estallar de felicidad. Apretó aún más contra sí a Aedai y continuaron su camino hacia la aldea.

Las puertas del Valhalla

Las puertas del Valhalla

El mar había sido poseído por la tormenta. Las olas se levantaban salvajemente sobre la superficie como hambrientas garras dispuestas a atrapar cualquier presa que osara surcar su oscura y verdosa piel. La lluvia azotaba sin compasión mientras, en lo alto, por entre las tenebrosas nubes, los relámpagos brillaban como las blancas arterias de un antebrazo divino. El crujido del trueno reventó sobre el Universo. El viento silbaba una canción hiriente y ominosa.

Aquél fue el escenario donde se desarrolló el choque entre las dos naves: el Perro Negro de los escandinavos y el Espada de los daneses.

Éste último se había aventurado en aguas peligrosas, cargado de especias y telas, con destino al Sur de Inglaterra. Sus dueños confiaron en el fuste de la nave para superar las galernas y el coraje y el adiestramiento de los guerreros que portaba para contrarrestar a los terribles piratas vikingos.

Mas ahora, sobre la cubierta danesa, la sangre se mezclaba con el agua y los aullidos de los combatientes con el espantoso rugido de la tormenta. Daneses y escandinavos se defendían, mataban y morían sobre la resbaladiza cubierta, bajo las velas desgarradas por el viento. Los había que tajaban con furia demoníaca y los había que contenían sus entrañas con las manos, en un vano intento de que no se las robara el mar.

Una gigantesca ola se levantó por estribor, un muro negro y esmeraldino que eclipsó la noche en torno al barco.

Koll, El Matador, un vigoroso saqueador escandinavo, alzó su vista azulada hacia aquel espumeante y horrendo techo que durante un eterno latido permaneció inmóvil, envolviendo a ambos barcos. Cinco pies por encima de su cabeza flotaba un enorme cadáver, un hombre con el que, el día anterior, charlara acerca de mujeres y armas al amor de la cerveza caliente. El danés contra el que Koll había estado batallando se embarullaba en el suelo, presa del horror, la mirada presa del muro acuático.

Koll deseó gritar el nombre de su dios Odín, quizá para implorarle ayuda o para maldecirlo, pero en el siguiente latido un fragor colosal llenó sus tímpanos y arrasó su cerebro. El agua, como la mano de un gigante enfurecido, lo aplastó contra el suelo y lo arrastró sobre los maderos. Aquel hombrecillo trató desesperadamente de aferrarse a cualquier solidez, pero se encontró a sí mismo presa de fuerzas que le superaban, tal que un pelele, un muñeco sin voluntad.

Su cuerpo chocó contra el de otro hombre. Después, topó brutalmente en su errático camino con una masa densa y tubular y sus dedos se aferraron a ella. Experimentó un sufrimiento afilado y sospechó que se había roto varias costillas en el encontronazo.

El agua desapareció por el momento, deslizándose rápida hacia abajo o -tal vez- arriba. Koll seguía agarrado al palo mayor. Abrió los ojos y por entre la cortina de lluvia distinguió los cascos de los barcos unidos por los garfios, de estribor de uno a babor del otro.

Las naves habían sido hundidas por la ola hasta media cubierta y milagrosamente sus cuerpos emergían, como bestias marinas en celo. Descubrió cuerpos que flotaban y acto seguido desaparecían tragados por las aguas. Un danés de ojos claros y barba y cabellos rojizos, con el rostro macilento y los ojos muy abiertos y enloquecidos, se aferraba a la baranda de estribor con su brazo izquierdo. En el derecho tenía una espada.

La cubierta osciló y el extremo de babor subió violentamente, levantando densas alfombras de agua. Se escuchó un estremecedor crujido procedente de la bodega. Koll supuso que las cuadernas por fin comenzaban a desgajarse, como la cáscara de nuez bajo el mazo. En pocos instantes, el interior del Espada se llenaría de agua y la nave iría a pique, tal vez arrastrando al barco rival; entonces, la Ley de la Guerra se extendería no sólo al músculo y el acero, sino también a la brea, las maromas, la tela y la madera. Koll así lo comprendió: de no ser desenganchados, los garfios del barco danés se llevarían con él al Perro Negro.

De pronto, su mirada ahíta de maravilla y horror quedó aún más alucinada al contemplar, entre la lluvia y las sombras, partirse literalmente la cubierta del Perro Negro, en una larga grieta desde la proa a la sección media de la nave. Una ola brutal embistió de frente a la nave, arrancando la cabeza de dragón y levantando entre blanquísima y vociferante espuma una nube de maderos y tablas desgajadas. Uno de los largos remos de estribor saltó de sus guías metálicas, robadas estas a su vez de la madera, subió por el costado de la nave, al capricho del agua, y se desplazó por cubierta. El enorme madero topó con Thormur, El Viejo, y Koll contempló la cadera de su compañero salirse de su lugar, deformando fantásticamente el cuerpo del veterano marino. Thormur abrió la boca, mas su voz desapareció, engullida por la tormenta. Rodó por cubierta, se deslizó sobre la maltrecha baranda y quedó horriblemente atrapado por los dos costados de los barcos cuando estos se unieron en un choque de carnero. Thormur El Viejo finalizó su vida contra la madera que él mismo había calafateado.

Una parte lejana y serena de Koll le dijo que todos, daneses y escandinavos, iban a morir tragados por aquel vendaval asesino. Como si la Naturaleza hubiera escuchado sus pensamientos, la lluvia arreció y el bamboleo se tornó más violento. Koll hubo de esforzarse para no desasirse del palo mayor. Tenía el cuerpo helado, lo sentía como un armazón torpe y ajeno. Parpadeaba constantemente para sacarse la lluvia y la sal. Había vomitado el contenido de sus tripas empapadas en agua de mar y sólo le quedaban ácidos que toser agónicamente.

A pesar de todo, se fijó en que el danés con la espada aún seguía aferrado a la baranda de estribor, una tozuda sombra tras la cortina de agua. Cuando los hombres bailan con la Parca se tornan borrachos o niños, así que Koll fue atacado de pronto por el firme deseo, la convicción, de conseguir aquel acero, perecer empuñándolo y presentarse ante el remoto Valhalla con un arma en la mano. Porque, lo comprendía ya sin ambages, iba a morir. Muchas veces había cortejado a la Señora Muerte, pero nunca hasta entonces había sufrido esta absoluta certeza.

Y, como si tan pavorosa y tremenda serenidad hacia el negro futuro hubiera despertado en él nuevas formas de percibir la realidad, ésta le resultó de pronto más nítida, como si los colores ganaran brillo y las formas se definieran tan perfectamente como jamás hubiera imaginado antes. Podía percibir con la mirada la tremenda densidad de los sólidos y la helada persistencia de los líquidos a su alrededor. Una extraña energía subió por su médula espinal, encrespó el vello de su nuca y explosionó en el cráneo, como una lluvia de fuego helado que recorriera todos y cada uno de sus nervios.

Escuchó un canto que había surgido de pronto y sin embargo le parecía eterno e inamovible, como si siempre hubiese vibrado sobre el mundo y él no lo hubiera notado hasta el momento. Comulgaba sin agresividad con los truenos, la lluvia, el mar y el viento. Eran voces agudas, más parecidas a las notas de una flauta que a creaciones de garganta humana.

Descubrió entonces algo azulado entre las olas. Brillaba y era translúcido, confuso como un color que hubiera cobrado viva propia, venciendo las Leyes del Cosmos. Lo siguió con la vista mientras se convertía en esplendor de ola y después en espuma, se definía y transformaba en un ser de bordes imprecisos. Cabalgaba sobre un caballo neblinoso y alado. El jinete cobraba formas femeninas; portaba una extraña armadura compuesta de una fantástica y brillante cota de mallas plateada y un yelmo gris repleto de suaves filigranas, que dejaba libre un rostro a veces cremoso y a veces dorado.

La valkiria desapareció bajo el mar y la mirada de Koll persistió varios latidos allá donde las olas se la habían tragado.

Koll se volvió hacia arriba y se perdió en un cielo negro y profundo. A pesar del agua que se le encharcaba sobre las pupilas no parpadeó, pues descubrió en él puntos luminosos que aullaban cantos estremecedores. Eran más seres espectrales, las Valkirias, las Hijas de Odín, montando sus caballos de luz. Empuñaban lanza y llevaban embrazado un escudo. Sus armaduras estaban hechas de diferentes metales preciosos, que esplendían de manera inédita en el mundo terrenal. Evolucionaban tan velozmente que sus largas melenas, sueltas o recogidas en trenzas, nunca tocaban sus espaldas.

Koll distinguió a una de ellas agarrando por el brazo derecho un cuerpo luminoso, como un jirón de claridad, con el vago aspecto de un guerrero; la dama estaba llevándose el alma de un compañero vikingo.

Un zarandeo especialmente enérgico del barco revolvió sus quebradas costillas dentro del amplio pecho y el dolor le dejó sin aliento. Cuando abrió los ojos ya no había valkirias en los cielos y el mundo en torno a sí le resultaba torpe y pesado. Se sentía como si durante varios instantes hubiera volado y de pronto volviera a estar sujeto al firme con cadenas de hierro. Sin embargo, aunque no las viera, estaba seguro de que ellas aún continuaban allí, llevándose los espíritus más valerosos hacia el Valhalla.

El palo mayor crujió, ominoso. Koll vio la punta caer desde lo alto. Cerró los ojos, esperando el golpe fatal, pero el maderamen fue desplazado por el viento hacía estribor y lo hizo desaparecer entre las olas.

El danés continuaba aún aferrado a la baranda de estribor, casi de rodillas, y todavía conservaba su espada. Quizá ellos dos fueran los últimos supervivientes de la debacle. Koll apretó las mandíbulas mientras clavaba sus ojos en él: debía conseguir aquel maldito acero.

Difícilmente, logró alzarse hasta quedar medio agachado, con el pecho apoyado en el palo mayor y los brazos rodeándolo. Le ardía la carne en la cual se le hincaban las costillas rotas, pero él tenía que levantarse y atravesar el corto espacio que le separaba del danés y arrancarle la espada de las manos.

Intentó no resbalar sobre el suelo encharcado al erguirse en pie, aún sujeto a la madera. Una ráfaga de viento brutal le golpeó por la espalda. Aquélla era su oportunidad.

Koll aulló el nombre de Odín y se soltó del palo. Impulsado por la onda de aire, medio corrió medio voló hacia estribor. Un trueno crujió en el cielo y Koll cayó estrepitosamente al suelo. El pecho se le deshizo en puro dolor. El barco oscilaba ahora hacia estribor y el vikingo, cegado por el sufrimiento, se deslizó sobre la madera, atravesando la alfombra de agua, espuma y sal.

La figura oscura del danés se le acercaba. Descubrió la diminuta claridad de sus ojos enloquecidos. Gritaba algo ininteligible bajo el aullido del viento y alzó su espada, sin soltarse de la baranda. Un relámpago iluminó sus facciones enloquecidas y airadas. Adelantó el arma hacia Koll y el acero desgarró el antebrazo derecho del vikingo desde el codo a la muñeca. La sangre bañó su mano helada, como un líquido más, y el filo cortó la palma, emergiendo por entre los dedos pulgar e índice. El nórdico, borracho de furia y rabia, se aferró al cuerpo rival y se levantó del suelo encharcado, propinando con el mismo movimiento un cabezazo en el rostro danés. Rió como un poseído, pues las valkirias cabalgaban de nuevo en torno a él, disputándose unas a otras el derecho de llevarse al guerrero más corajudo.

El danés cayó hacia atrás, semiaturdido, con los labios rotos y chorreando algo rojo que la lluvia borraba. Koll se aferró a él, como antes lo había hecho al palo mayor. Atrapó la mano diestra del enemigo e intentó arrebatarle la espada del puño. La mano herida le ardía en fuego y no podía utilizar los dedos dañados.

El danés se recobró y empujó a Koll, quien se afirmó sobre la baranda para no caer. Las valkirias gritaban su canción de guerra y gloria, ensordeciéndole, y una ola gigantesca se alzó sobre el barco.

De nuevo la vorágine, y al pronto se hallaban los dos guerreros bajo el mar, lejos del barco. Era aquél un mundo verdoso y fantasmal, animado por caprichosas tonalidades y profundos sonidos.

Descendieron, envueltos en una nube de burbujas, aferrando ambos la espada, intentando arrebatársela al otro por todos los medios. Koll, sintiendo los pulmones a punto de estallar, mordió en el cuello a su rival. Sus dientes encontraron una importante arteria y, al reventarla, la sangre ascendió en forma de oscuros y rítmicos hongos. El danés, entonces, abrió mucho sus ojos helados y se llevó las manos a la garganta por la que se le escapaba la vida. Así, finalmente, soltó la espada.

El arma cayó hacia el fondo, dibujando una trayectoria recta y un giro sobre sí misma en espiral.

Koll clavó en ella su nublada vista. Sentía que perdía las fuerzas, pero abandonó al enemigo y se impulsó con los pies hacia abajo, dando vigorosas y agónicas patadas. Cuando sus dedos rozaban el mango sintió que sus pulmones reventaban y el aire se le escapaba, sanguinolento, por la nariz y la boca. El mundo se oscureció y abrió la boca en un amargo sollozo, por fracasar tras el roce de la victoria.

Experimentó un súbito y violento tirón. Vio su propio cuerpo alejarse hacia el fondo del océano, lacio y pesado, persiguiendo, ya sin vida, la espada, aún con la mano rozando el puño que se le escapaba.

Se sentía increíblemente ligero y pletórico de energías. Miró hacia arriba y vio una forma brillante, una mata de cabello dorado, una armadura plateada y azul que destellaba con reflejos antes imposibles, ahora ineludibles. Era una valkiria. Los dedos del ser le tenían aferrado por la nuca, sin causarle daño alguno. El caballo alado que los llevaba a ambos parecía hecho de oro y ámbar.

Koll se observó: estaba desnudo y su piel brillaba suavemente, como la gelatina bajo la luz de una vela. Tenía el cuerpo limpio de mugre y heridas. De hecho, jamás había experimentado aquella plenitud. Abrió y cerró las manos, sonriendo mientras los pececillos las atravesaban con indiferencia. Era un espectro, un ánima separada del físico muerto, y aquella convicción le llevó a reír como un niño.

La superficie se les acercó velozmente. De pronto se hallaron en el exterior del mar. Cuando Koll miró hacia abajo, contempló hundirse definitivamente los dos barcos en el océano embravecido.

Escuchó con increíble nitidez el crujir del trueno, el siseo de la lluvia y el ulular del viento. La luz de un relámpago le encegueció.

Al abrir los ojos, habían dejado atrás las nubes tormentosas. El cielo se les presentaba infinito, estrellado, límpido y glorioso. Brisas heladas traspasaron a Koll y a la valkiria, quien entonaba una canción triste y hermosa.

El aire se espesó, la realidad cobró densidad y se retorció como una maraña de serpientes. Aparecieron extraños colores de apariencia líquida que se arrastraban y difundían unos sobre otros, creando nuevas y fantásticas tonalidades.

Koll abrió la boca para hablar y se sorprendió cuando su propia voz pareció surgir de todas partes y de ninguna, llenando el Universo con su tono grave y sereno:

“Dónde nos hallamos, bella dama? ¿A dónde me llevas?”

La valkiria le miró con ojos color rubí.

“Estamos traspasando los portales entre los mundos, guerrero. Aún hemos de cruzar Tres Regiones más. Entonces, llegaremos al País del Valhalla.

Koll de nuevo iba a preguntar, pero los colores desaparecieron súbitamente, como animalillos asustados por una terrible bestia. Volaban sobre un Universo en el que sólo existían el blanco y negro. Diferentes tonalidades de ellos dos servían para dar forma a los habitantes de aquel lugar, hombres y mujeres achaparrados que caminaban sobre la superficie de un inacabable y fangoso mar.

Koll se miró una mano y vio que ésta era de color gris brillante. Tan sólo la valkiria y su caballo alado rompían la brutal monotonía con sus tonos dorado, azul y plata.

Ascendieron hasta encontrar una infinita bóveda cristalina, que atravesaron raudamente, sin dañar en absoluto su frágil vidrio. Koll comprendió que entraban en la segunda de las tres Regiones a las que antes se refiriera la valkiria.

Era un Cosmos helado, un desierto de nieve y escarcha sin fin. Fantasmales y curvilíneos icebergs se alzaban sobre un mar blancuzco, de sólida consistencia. Koll divisó unas figuras toscas y nervudas que les miraban y alzaban sus mazas y hachas hostilmente.

La valkiria se volvió hacia Koll y, aunque no abrió sus labios, o lo hizo tan suavemente que parecieron cerrados, su voz reinó sobre el helado silencio:

“Éste es el mundo de los Trolls, los Enanos y las Bestias del Hielo, todos bajo la sombra de su padre Ymir. Pelearon contra Nuestro Señor Odín y sus huestes asgardianas cuando los habitantes de este País intentaron invadir una Región que no les correspondía.

Los Enanos ascendían como montañas cristalinas y les aullaban huracanes. De sus barbas colgaban los glaciares y de sus grotescos labios se desprendían avalanchas. Poseían ojos intensamente azules, sin pupilas. Sus narices eran picachos, sus cejas cordilleras, sus poderosos músculos montes y valles sobre los que se trotaban aterrorizadas manadas de lobos, osos y ciervos.

Pero los Enanos, a pesar de sus estruendos y sus amenazas que alzaban tormentas de nieve, no pudieron alcanzarlos.

Les dejaron atrás y se enfrentaron a una espesa barrera de nieblas. Atravesaron el banco algodonoso y entonces observó el vikingo otro mundo, una Región en la que había bosques de extraños árboles y desiertos que no eran de hielo o arena. Por todas partes descubría hombres, mujeres, niños y ancianos que emitían un débil fulgor. Andaban cansinamente, con la cabeza baja. Se dirigían en grandes filas hacia distintas direcciones, de manera al parecer caótica.

Koll preguntó.

“¿Quiénes son?”

“Almas perdidas. Están atrapadas entre la Vida y la Muerte. Dejaron tareas sin cumplir o se marcharon a destiempo. Nadie sabe lo que ocurre con ellos. Andan y andan, mendigando un destino en esta Tierra de Nadie.

Koll sintió profunda tristeza al contemplarlos, pues todo en ellos rezumaba desesperación.

La valkiria advirtió.

“Y ahora, cuidado. Pronto llegarás al Umbral del siguiente País y habrás de soportar la mirada de Hela, Señora de Todos los Finales. Si le complace lo que ve te dejará pasar a la siguiente existencia. Si no, quedarás atrapado con ellos en este mundo” Señaló a los espectros del suelo. “Extrae todo tu valor, guerrero, incluso el que no poseas

Koll miró hacia el frente y su vista topó con un espeso muro de opacidad que se les acercaba.

Lo traspasaron. Entonces, el Miedo agarró al vikingo con puño de hierro.

Era aquél un mundo oscuro y tenebroso. No había más que calaveras y osamentas, figuras de ceniza, cementerios y túmulos. Columnas de negro humo se alzaban desde braseros herrumbrosos, dibujando monstruos de crueldad infinita. Mas, si espantosa eran aquellas criaturas y sus circunstancias, más insoportable resultaba descubrir que todas ellas eran partes de un gran y único conjunto, pinceladas del mismo lienzo: cada pedazo de negrura y cada criatura de pesadilla se conjugaba con las más cercanas y juntas, infinitas, creaban la eterna faz de Hela, Señora de lo Muerto.

Koll procuró escapar de aquella enloquecedora visión, pero en sus manos, en las calaveras, en las aceitosas volutas e incluso en las escamas de la cota de mallas de la valkiria se dibujaba el diminuto rostro de la muerte, como los reflejos de una efigie majestuosa y vesánica que dominara cada pedazo de aquella realidad. Koll trató de aguantar esta presión titánica, pero sollozó, desesperado. El temor se transformó en pánico sucio y pegajoso que le impedía pensar. Deseaba aullar, correr, volar, escapar de aquel espanto ávido y chillón. Pero no podía. Y no debía. Agónicamente, buscó en su interior la fuerza necesaria. A pesar de no creer poseerla, la halló.

Entonces, el Rostro de la Muerte se difuminó. Su presencia ya no era manifiesta en cada sombra y cada luz.

Koll y la valkiria habían penetrado en un mundo brillante, cuya blancura se desparramaba sin frontera. Hela había quedado lejos, Koll había superado la prueba de la Señora Oscura y cruzado el Umbral de lo Muerto.

Ahora, estaba en el Más Allá.

Miró a la valkiria, quien guardaba silencio. La luz iluminaba sus facciones, confiriéndole hermosura y nobleza. También Koll se sentía de algún modo más fuerte y sereno.

Continuaron galopando en el Mar de Luz. Divisaron, lejana, una nube oscura y zumbante. El vikingo se interesó.

“¿Qué es aquéllo?”

“Los enemigos del Valhalla, criaturas malignas y amantes de la tiniebla. Quieren conquistar este mundo y hacerlo suyo. Llegaron desde el Averno de Surtur, ejército tras ejército, horda tras horda, y emprendieron una guerra interminable. El deber de los guerreros del Valhalla es contenerlos y vencerlos en incontables batallas.

Koll clavó sus inmateriales ojos en el enjambre que se les aproximaba. El color de los seres oscilaba entre el ocre y el rojo y sus cuerpos parecían cubiertos de una carne húmeda y arcillosa. Aunque albergaban cierta consistencia, no guardaban estabilidad, ya que los brazos, las piernas, los tentáculos y los ojos aparecían y desaparecían vertiginosamente sobre cada musculoso cuerpo. Todos ellos formaban una sola unidad que se desgajaba arrítmica y caprichosamente. En la tormenta de formas, los rostros sonreían de manera avariciosa, mirándolo todo con ojos saltones, y entre los labios abultados aparecían hileras de finos y afilados colmillos y lenguas que lascivas culebreaban.

La valkiria espoleó a su caballo alado. El corcel galopaba y volaba raudo hacia la nube de espectros, que a su vez también parecían desear la lucha. Rugían excitados y se relamían las grotescas bocas.

La valkiria colocó el escudo circular en su brazo izquierdo y con la diestra desenvainó su espada, forjada en metal que suavemente brillaba en tonos helados. La mujer guerrera cantó una canción que haría pedazos los corazones de los valientes y cargó sobre la muchedumbre.

Su espada zumbó en todas direcciones, rajando y aplastando los cuerpos de pesadilla. Aquellos cadáveres se deshacían entre nubes de pegajoso y oscuro humo que tardaban en desaparecer, como una suerte de ríos de melaza negruzca impulsados en caprichosas direcciones. Los demonios intentaban atrapar y acuchillar a la valkiria con sus afiladas garras, pero ella se defendía de los lances con el escudo y contraatacaba utilizando su letal acero.

Koll, a su lado, sobre la grupa de la montura, quiso también luchar, sintiendo de nuevo la furia del combate.

Un demonio se le echó encima y el vikingo sintió que aquella cosa lo empujaba hacia abajo y lo engullía. Le pareció estar bajo aguas, atrapado por los tentáculos de una bestia que deseara arrastrarle hasta su remota guarida. El ser gruñía y mugía espeluznantemente, y aquellos sonidos se escuchaban, como todos los del Más Allá, no en los tímpanos, sino dentro de la mente. Sin saber cómo, por puro instinto, Koll peleó y se debatió contra la bestia, vomitando rabia y coraje.

De repente, estaba en el centro de una nubecilla fungosa que se deshacía en hilachas de un sucio escarlata. Sentía exultación, pues había vencido. Vio deshacerse poco a poco los restos de los cadáveres enemigos. La valkiria daba cuenta de los supervivientes. Incluso el caballo alado peleaba, aplastando a los espectros bajo los cascos. Los pocos monstruos que aún conservaban la vida huyeron en desbandada y la valkiria cesó su escalofriante canto de batalla.

Se acercó a Koll, llevando al trote a su inquieto caballo mientras envainaba la espada.

“Hemos ganado. Pero volverán. Si entras en el Valhalla, tu cometido será detenerlos una vez y otra, incansablemente”

Koll montó de nuevo sobre la grupa del corcel y asintió en silencio. Su rostro etéreo había tomado una expresión grave. Comenzaba a sentirse parte de aquel extraño universo.

Siguieron cabalgando en la blancura inacabable durante fugaces eternidades. En un instante determinado, descubrieron una lejana y grandiosa batalla.

Un ejército estaba formado por aquel tipo de obscenas criaturas contra las que habían peleado y en el otro militaban fornidos hombres, enfundados en recias armaduras, que portaban hachas y espadas fantásticas. Había miles por cada bando.

La valkiria les señaló.

“Ahí los tienes: los Defensores del Valhalla. Ése es su sino: luchar sin descanso hasta caer o aplastar al enemigo”

“¿Quién ganará esta guerra?”

“Nadie. Es una lucha eterna. Lo que se busca es no perder”

La valkiria miró hacia el frente, entrecerrando los ojos, reflexiva, como rememorando sucesos lejanos.

“Hubo una época en que los Dioses Oscuros, aconsejados por El Señor de las Mentiras, El Ardiente, El Huido, Loki El Perverso, intentaron apoderarse de las Regiones Elevadas e incluso conquistar Asgard, el Reino de Luz. Fue entonces cuando Ymir y sus hijos se aliaron con los demonios de Surtur e innumerables y enloquecedoras criaturas se enfrentaron a los guerreros del Valhalla y los Países Superiores. Incluso Nuestro Señor Odín intervino en la lucha, comandando a su pléyade de Inmortales, a la vanguardia de los cuales marchaba Thor, El Tronante, de barba y melena rojas y ojos devastadores, empuñando su martillo Mjolnir. Fue una guerra corta pero devastadora. Las huestes del Submundo resultaron vencidas y retornaron, masacradas, a sus mundos de origen. Pero siguen atacando, aún cuando saben que perderán en el momento final. Es el Destino, que gobierna a hombres y dioses, el que ha impuesto esta lucha interminable.

“¿A dónde van las almas de quienes mueren en la lucha a favor o en contra del Valhalla?”

“Eso nosotros no lo sabemos. Quizá pasen a otras Regiones, superiores o inferiores. El camino de un espíritu no tiene fin, ni siquiera los dioses pueden librarse del infinito viaje de sus ánimas en busca de algo por lo que peleamos y sufrimos pero sólo llegamos a intuir.

Tras las enigmáticas sentencias, Koll guardó de nuevo un reflexivo silencio.

Observó la lejana muchedumbre. El brillo de los guerreros contrastaba con la oscura y terrosa piel de los demonios. Morían a decenas, tanto en un bando como en otro, y sus cuerpos se convertían en niebla fungosa.

La valkiria se apresuró.

“Vámonos. Dejémosles a ellos con sus asuntos, que nosotros hemos de concentrarnos en los nuestros.

Cabalgaron y cabalgaron hasta descubrir una lejana esfera. A medida que se aproximaban, su superficie dejó de ovalarse y se transformó por fin en un plano e infinito muro que refulgía con el oro y el bronce en que había sido construido. La pared se hallaba enteramente cubierta por relieves que mostraban escenas de gestas y aventuras, entierros solemnes, coronaciones, bodas y banquetes.

Koll escuchó la voz de su guía.

“Tras este muro se encuentra el Valhalla. Mi cometido acaba aquí. Ahora, Los Que Contemplan y Deciden deberán juzgar si eres digno o no de penetrar en esta morada”

Koll frunció el ceño, preocupado.

“Pero no morí empuñando arma alguna. Quizá no me permitan entrar”

“De cualquier modo, has de permanecer aquí hasta que el Guardián de las Puertas del Valhalla te diga cómo debes proceder. ¡Adiós, guerrero, y que el Triunfo te acompañe adonde quiera que vayas! Nunca dejes huír al valor, porque ése ha sido y será el corcel que más rápido y lejos te conducirá”

Koll se despidió de la bella dama. La valkiria espoleó a su montura y cabalgó hasta convertirse en un punto lejano y por último desaparecer, quizá en busca de otros guerreros valientes a punto de abandonar la vida terrenal.

El vikingo quedóse mirando el muro infinito, hipnotizado por los detallados y hermosos relieves que lo adornaban.

De pronto, aquellos dibujos se movieron, culebreando como con vida propia. El metal se deshizo y fluyó tal que un líquido, dibujando frente a Koll un portal gigantesco cuyos lados medirían, tal vez, más de trescientos pies. Dos puertas de un extraño metal plateado cerraban la entrada.

Una de las hojas se abrió, sin producir sonido alguno, y Koll atisbó por la estrecha abertura el interior del Valhalla...

...Vio mares verdosos e indómitos en los que navegaban majestuosos y rápidos barcos. Vio montañas blancas y fiordos de belleza turbadora, primaverales bosques donde abundaban las bestias salvajes y praderas de fresco y verde césped en las que hombres y mujeres desnudos cantaban, reían, hacían el amor y conversaban mientras la brisa acariciaba sus cabellos. Vio compañeros de batalla apurando los cuernos de cerveza e hidromiel, narrando y escuchando sus aventuras y hazañas...

Aquellas imágenes llenaban su mente. En ellas, todo ser del Valhalla, vivo o inerte, poseía una consistencia y una firmeza ajenas a las cosas del mundo terrenal. Al mismo tiempo, una serena fuerza persistía en el aire, llenando al espectador de gozo y asombro.

Koll entendió entonces por qué los demonios de las Profundidades deseaban conquistar aquellas tierras. El Valhalla rompía y robaba el corazón de quien lo contemplara, despertando en el observador el deseo de volver una y otra vez, por muy lejos que se hallara.

Las puertas se cerraron y frente a Koll había un gigante. Al vikingo le dio la impresión de que había permanecido ahí durante mucho tiempo, confundido con el fondo de las imágenes y los relieves broncíneos. El coloso le aventajaba en tres cabezas de altura. Tenía un cuerpo robusto y poderoso y su porte rezumaba decisión y orgullo. Vestía una majestuosa armadura de colores plata y oro. Apoyaba sus dos manos enguantadas en una espada de hoja recta, ancha y larga. Bajo el yelmo adornado con afiladísimos cuernos sus rasgos eran firmes y rectos. Lucía barba dorada y sus fríos ojos azules no tenían edad.

Su voz tronó en la vastedad.

“¿Quién eres y qué quieres, hombre?”

A pesar de la ansiedad, Koll respondió con aplomo.

“Me llamo Koll, hijo de Edric, hijo de Munsen. Fui un guerrero vikingo en la Otra Vida. Quiero unirme a los Defensores del Valhalla, pelear con ellos en sus batallas y triunfar o morir por este sagrado lugar”

El gigante le miró fijamente con sus helados y severos ojos azules. Koll hubo de hacer esfuerzos para no apartar la vista. Se sentía desvalido ante aquella figura terrible, pero recordó lo que le dijera la valkiria: “No dejes huír al valor, pues éste ha sido y será el corcel que más rápido y lejos te lleve”.

Decidió hincar espuelas a tan brioso caballo y alzó su blancuzca barbilla, altivo.

“¿Y bien, noble guardián? Estoy esperando tu respuesta”

Por los ojos del gigante cruzó un relámpago de furia y Koll experimentó terror. Le pareció hallarse ante una sólida montaña que en cualquier momento podía desplomarse entera sobre su cabeza. El Guardián contestó.

“Cuida tus palabras, hombre Eres osado y en el Valhalla admiramos esa cualidad. También moriste en lid, lo cual te honra. Pero, cuando llegó tu hora no empuñabas el glorioso acero y eso dificulta tu bienvenida al Valhalla. Deberás superar una prueba para entrar en esta morada.

“Dime qué he de hacer, Guardián, y empeñaré en tal tarea hasta la última onza de coraje y decisión”

“Koll, hijo de Edric, habrás de encontrar la Grieta que conduce a los dominios de Surtur el Maligno. Una vez dentro de ella, deberás tomar un objeto de gran valor y traerlo aquí. Sí lo consigues pertenecerás al Valhalla y el Valhalla te pertenecerá. Si no, pasarás el resto de esta Existencia sirviendo al Averno y la Oscuridad.

“¿Y qué objeto es ése que debo traer? ¿Cómo podré llegar a esa Grieta?”

“No te contestaré a eso. Habrás de averiguar tú solo las respuestas, pues ellas también forman parte de la prueba. Sólo esto te revelaré: la solución tienes que buscarla en tu interior. Y cesa de preguntar. La calidad de tu deseo y tu valor decidirán el resultado de la prueba.

Koll asintió gravemente.

“Guardián del Valhalla, cumpliré mi cometido o sucumbiré en el intento. Nos veremos antes de lo que esperas... ¡Me despido de ti!”

El gigante asintió en silencio. Su figura se tornó borrosa, desapareciendo finalmente. Tras de él, las Puertas se deshicieron en un torrente de acero y bronce, volviendo a convertirse en parte del infinito muro.

La mirada de Koll encontró como por casualidad un relieve en el que se veía a sí mismo hablando con el Guardián. Comprendió que los inacabables dibujos mostraban todos los sucesos, trascendentes o banales, acontecidos en torno al mítico Reino. En aquel muro estaba escrita la Historia del Valhalla

Aunque maravillado, se obligó a concentrarse en su misión: debía comenzar una búsqueda imposible. Sus posibilidades de victoria eran pocas, pero estaba dispuesto a esforzarse y no someterse jamás a la desesperación.

Se desplazó, flotando ligeramente en aquel mar de blancura. Moverse en él era como atravesar un suave fluido. A medida que se alejaba del gran muro éste fue curvándose hasta formar una esfera más y más pequeña.

Por fin, quedó solo en la blancura sin fin. Avanzaba hacia ninguna parte, buscando aquella gran Grieta de la que le hablara el Guardián.

Descubrió una confusa mancha que iba cobrando tamaño paulatinamente. Aquéllo que se le acercaba a gran velocidad era un grupo de criaturas monstruosas, parecidas a las que combatiera junto a la valkiria.

Contó al menos cinco de estos horrendos y rojizos seres, mas su número a veces se reducía o aumentaba al unirse y separarse sus cuerpos de manera caprichosa.

Koll sintió miedo. Estaba desnudo y desarmado y ellos eran mayoría, parecían poderosos y ágiles y poseían garras y colmillos afilados. Sintió la necesidad de huír, pero, comprendiendo que no tendría escapatoria al ser sus rivales más rápidos, decidió pelear hasta perecer, fuera cual fuese la forma de morir en este extraño mundo.

Cerró contra la jauría. Un latido antes del choque su carne azulada y translúcida devino cota de mallas, yelmo y botas. Una sección de su antebrazo izquierdo se expandió hasta conformar un bello y sólido escudo circular y de la palma de su diestra surgió una recta espada de brillante acero.

El guerrero, con un brutal rugido, los encontró lleno de una energía sobrehumana, la fuerza nacida del puro y ciego valor. Peleó como un enloquecido, repartiendo espantosos tajos que destrozaban las inmateriales criaturas, empujándolas con el escudo, resistiendo sus latigazos, arañazos y dentelladas, descargando el vigor de unos músculos imposibles, notando tronar la inmaterial sangre en sus sienes. Las criaturas chillaron y se deshicieron bajo el brillante zumbar de la espada.

Pronto, sólo quedó uno de ellos con vida, un ser globoso con más de tres ojos en su orondo rostro y brazos tentaculares. Koll lo aferró del cuello cuando el demonio ya huía. Su carne resultaba húmeda y algodonosa, dotada de cierta solidez. El vikingo apoyó la punta de la espada en la barriga del ser, conteniéndose para no atravesarlo. Experimentaba un odio inexpugnable hacia aquella raza de abominaciones. Sus ojos despedían chispas y su rostro bajo el yelmo estaba contraído por la ira.

“¡Condúceme hasta la Grieta, demonio!”

El pánico del monstruo cedió y rompió a reír, agudo y burlón.

“Como desees, estúpido. En la Grieta esperan mis hermanos, las huestes de Surtur. No podrás escapar de ellos y tu destino será tan horrible que suplicarás mil veces por que te demos un rápido final, y además renegarás otras tantas del Valhalla y sus moradores.

Koll sintió que su cólera crecía, pero contuvo el brazo.

“¡Vamos hacia ese lugar!”

“Antes, has de jurarme que, una vez allí, respetarás mi vida y me dejarás huír en paz”

“Y tú jurarás no descubrir mi presencia a tus amos una vez te libere”

El demonio se carcajeó.

“¡Claro que lo juro! ¡Por supuesto! ¡Puedes confiar en mí!”

Aquel mezquino y grotesco ente no respetaría su parte del trato y Koll lo sabía. Aún así, él sí mantendría su palabra.

“Yo juro soltarte al llegar a la Grieta, sin causarte antes daño alguno”

El demonio rió de nuevo, pero la mirada de su captor le ordenó callar. La punta de la espada lo obligó a avanzar y se pusieron en movimiento.

Flotaron en la Nada durante algún tiempo, siempre guiando el monstruo, echando mano de un espectral sentido de la orientación.

Pronto descubrieron en la lejanía las huestes de Surtur.

Eran gárgolas, grifos, dragones, krakens, demonios, trolls y mil y una especies más de criaturas horrendas, que avanzaban como mares rojizos o enjambres de insectos compulsivos. Observándolos desde la distancia, Koll experimentó una profunda repugnancia: había algo ciertamente obsceno, cruel y malicioso en tales seres. El vikingo los imaginó como legiones de gusanos dispuestos a penetrar una manzana fresca y brillante e incubar en ella sus huevos hasta pudrirla por completo.

Pronto divisaron la Gran Grieta. Al principio, sólo fue una línea lejana. Después, Koll quedó asombrado de aquella gigantesca cuchillada en el tejido de la Realidad. Era la Grieta un amplio y sucio desgarro, una puerta abierta a los predios de Surtur. Por ella surgían, como mareas hambrientas, mareas demoníacas. La locura correteó en la mente de Koll. Debió emplear toda su fuerza de voluntad para no huír despavorido ante aquel espectáculo.

El demonio que le había guiado se buró de sus temores.

“Es un hermoso panorama, ¿verdad, hombrecillo?”

Koll no contestó, absorto en su tarea. Había de entrar en la Grieta y buscar un objeto de gran valor que él mismo desconocía. Pero estaba aún lejos de ella e intuía que, si se acercaba más, las huestes infernales terminarían por descubrirlo. Debía encontrar la manera de pasar desapercibido entre ellos.

Cuando ya comenzaba a flaquear su resolución, miró fijamente al gordo demonio que lo había acompañado hasta el momento y se le ocurrió una idea.

“Me llevarás en tu interior. Tu carne es algodonosa y puede albergarme, como si fueses un gran saco. Así, tus congéneres no repararán en mí cuando pase a su lado”

“No... ¡No puedes!”

Koll le pinchó ligeramente la rojiza y arcillosa garganta con la punta de la espada.

“Sí puedo. Y lo haré. Si tratas expulsarme o descubrir mi presencia te juro que desenvainaré mi espada y te rajaré de dentro a afuera. Mas, si obedeces mis órdenes te liberare una vez haya encontrado lo que vine a buscar, como antes prometí”

Sin esperar respuesta, Koll guardó su espada en la vaina y atravesó la piel del monstruo. Experimentó asco por hallarse dentro del demonio, tal que si se hubiera zambullido en una roja gelatina. El cuerpo del espectro resultaba ligeramente translúcido y, aunque le escondería de las miradas ajenas, Koll lograba contemplar lo que ocurría en el exterior.

El vikingo refirió sus secas órdenes.

“¡Muévete en la dirección que yo te diga! ¡Y no hagas nada sospechoso o por Odín Sagrado que te atravesaré con mi espada y de ti no quedará más que oscura inmundicia!”

Así, avanzando uno dentro del otro, pasaron entre las hordas infernales. Los horrendos soldados casi no se fijaron en el pequeño demonio, aunque varios capitanes, terribles guerreros enfundados en pavorosas armaduras, arengaban al espectro para que se uniera a sus compañeros de armas.

Lograron escabullirse hasta llegar al borde de la Grieta. Al mirar hacia el abismo, Koll experimentó vértigo y horror, pues en la profundidad brillaban los enloquecedores fuegos del Averno. Mas, conteniendo el pánico a duras penas, comen­zaron a descender por las empinadas laderas de aquel terreno seco y ocre. Al poco, su asco creció al comprender que aquellas imposibles paredes eran sangre solidificada.

Evitaron una y otra vez a los ejércitos interminables que surgían del Otro Mundo. Koll buscaba con desesperación, más no hallaba ningún objeto que interpretara de gran valor.

Súbitamente, y al parecer sin una razón concreta, el demonio que le escondía echó a correr, chillando de manera histérica.

“¡Está aquí! ¡Dentro de mí! ¡Un enemigo de los nuestros! ¡Un rival de Surtur! ¡Un Defensor del Valhalla!”

Koll quedó al descubierto y ni siquiera pudo atrapar al traicionero ser antes de que éste huyera definitivamente. Alzó su espada, dispuesto a luchar hasta el final.

El que fuera hasta entonces su guía continuaba burlándose de él, a prudencial distancia, mientras comenzaban a llegar decenas y decenas de otras criaturas infernales, movidas por la alarma y la curiosidad.

“¡Prepárate para el tormento, pobre necio! ¿Acaso pensaste que yo mantendría mi palabra?”

Una pesadilla de escamosa piel, animada por gruesos músculos, agarró el cuello del pequeño demonio.

“¡Tú lo has traído hasta aquí, estúpido!”

El pequeño diablo se retorcía bajo él, aterrorizado y servil.

“¡Mi señor, él me obligó! ¡No pude hacer otra cosa!”

Desdeñosamente, la imponente criatura golpeó y su lanza atravesó el rechoncho cuerpo, que pronto se deshizo en espesa humareda.

El guerrero vesánico, al menos el doble de alto que Koll, se acercó al vikingo con la lanza en una mano y un hacha de doble filo en la otra. Sonreía rabiosamente.

“Un Defensor del Valhalla... Estás muy lejos de tu Reino, guerrero. Demasiado lejos”

Koll no respondió y, cuando su enemigo cerró con un rugido, aguantó a duras penas el hendiente protegiéndose con el escudo. Su espada desgarró el costado del rival. Por todo lamento, el monstruo lanzó una carcajada. La lanza traspasó la pierna izquierda del vikingo. Koll aulló con su imposible voz y, loco de furia y dolor, clavó su espada en la garganta del monstruo, que, entre gritos de sufrimiento y pánico, se deshizo como líquido verdoso y fétido.

Koll extrajo la lanza de su miembro herido, que sangraba un humor brillante. Cojeando, trató de escapar.

Pero, descubierta su posición, numerosos grupos de enemigos continuaban aproximándosele, mugiendo y silbando de satisfacción por haber descubierto tan valiosa presa.

Koll seguía retrocediendo, mas se le aparecía claramente que en poco tiempo sus antagonistas lo rodearían por completo y le destrozarían rápidamente, en el mejor de los casos. En aquellos ámbitos infernales ya no lograba desplazarse al vuelo, así que caminaba sobre estrechas cornisas y empinadas laderas, no resbalando de puro milagro. Si ello ocurriera se precipitaría al fondo del abismo, donde le esperaban aquellas horribles llamas que chisporroteaban con vida propia.

Una criatura de aspecto casi humano se le acercaba por su diestra, hollando la misma cornisa en que él estaba. El ser vestía co­ta de mallas, casco adornado con cuernos, botas de algo parecido al cuero y una túnica corta cuya forma y dibujos recordó a Koll los del pueblo vikingo. Enarbolaba en su cadavérica mano una espada lar­ga y recta. Su rostro mostraba el tono de la ceniza y se estiraba, tan delgado que el reseco pellejo contorneaba los huesos. Del mentón y la coronilla colgaban varios mechones de pelo en resecas hilachas. Los ojos de la criatura eran totalmente opacos y había en ellos cierta y sucia maldad.

Su voz ronca y profunda raspó la mente del vikingo.

“¿No me recuerdas, Koll?”

El aludido le observó con mayor atención. El horror subió por su garganta como una gorda araña que pugnara por escapar a través de su boca y le impidió contestar. El hombre cadavérico retomó la iniciativa.

“Soy Grimmur, aquél con quien com­partieras juegos de infancia, en nuestra Escandinavia natal.

Grimmur había dejado el mundo terrenal dos años antes que Koll, en una incursión contra los irlandeses. Fueron buenos amigos desde niños, casi hermanos, y Koll no pudo reprimir las lágrimas durante su entierro.

Al fin, Koll salió del estupor.

“¡No es posible! ¡Tú deberías luchar con los Defensores del Valhalla, no del lado de sus enemigos! ¡Mereces un destino mejor!”

“Llevas razón, antiguo amigo, pero en una batalla los ser­vidores de Surtur y Loki me atraparon y esclavizaron mi espíri­tu. Ahora, me veo obligado a pelear contra alguien a quien amé como a mi propio hermano. Mas no puedo evitarlo... ¡Defiéndete!”

Soltó una aguda y amarga carcajada y, demostrando una fuerza y una agilidad sorprendentes, lanzó un revés a dos manos que su contrincante paró con el escu­do.

Koll no deseaba pelear contra Grimmur, o contra el recuerdo de Grimmur, pero al fin, entendiendo que no le quedaría otra salida, endureció su corazón y atacó.

Los muchos demonios y monstruos congregados alrededor del combate les arengaban, burlándose de ellos con voces odiosas. Koll, aunque debilitado a causa de su herida en la pierna, peleó con rabia, resistiendo la furia enemiga en principio, hasta volver las tornas a fuerza de enérgicos y rabiosos tajos y obligando a Grimmur a retroceder. Al fin, ensartó su espada en el pecho del antiguo amigo. Grimmur soltó un leve quejido y se precipitó al abismo, donde fue engullido por las llamas y el magma. Koll, empuñando aún la espada ensangrentada, le contempló desaparecer entre el fuego. Airado y entristecido, se encaró con las pesadillas que le rodeaban, dispuesto a sostener su última y absolutamente desesperada batalla.

“¡Demonios! ¡Venid por mí! ¡Nadie cantará mi final, pero, aquí, a las Puertas del Infierno, probaréis el acero del Valhalla!”

La muchedumbre se le acercaba, descolgándose o deslizándose por la cuesta, y tan bravo parecía aquel guerrero que nin­guno osaba comenzar el combate.

Koll se fijó en que algo brillaba en el vacío bajo él. Era un destello metálico que había aparecido de la nada durante los latidos anteriores. Lo reconoció como la espada del da­nés, aquélla que perdió en el fondo del mar un instante antes de morir. Muy lentamente, el arma bajaba girando y girando sin cesar, directa hacia los abismos de Surtur y su compañero Loki, Príncipe de las Mentiras.

Quiso de nuevo apoderarse de ella. Si se lanzaba tras el arma caería directamente al Averno, donde le espera­ban tormentos mil, no el menor de entre ellos la devastación del alma, como sufriera el desgraciado Grimmur. Mas, si elegía resistir allí, luchando contra los monstruos, tal vez encontrara un rápido y glorioso final.

Luchó contra el miedo y las corrosivas dudas. Y, gritando el nombre de Odín, se lanzó al precipicio.

Bajaba hacia la espada velozmente y a medida que se acercaba al codiciado arma el abismo iba transformándose en otro tipo de profundidad, esmeraldina y confusa. El fondo del mar tormentoso...

...Se sumergía para agarrar el acero, pataleando furiosamente en las aguas heladas. La sangre escapaba por su mano destrozada, las costillas se le hincaban en la carne, los pulmones buscaban un aire que no llegaba. Ante él, la espada continuaba bajando lenta, lenta, lentamente, siempre lejana. Sus dedos casi rozaban el puño del arma. La vista se le nubló, mientras sentía el pecho como atravesado por afiladas cuchillas. De nuevo se le escaparía el arma. Sacando fuerzas de no supo dónde, se impulsó en un último golpe de sus piernas y estiró su cuerpo y su brazo. Abrió la boca en un grito rabioso y el agua inundó su garganta, su estómago. La mano se cerró en torno a la empuñadura, aferrándola con fuerza en el momento en que sus pulmones, al fin, reventaron.

El vikingo había atrapado la espada.

El agua oscureció y tomó cuerpo, hasta convertirse en paredes de terrosa sangre seca. Koll, Defensor del Valhalla, se sintió lleno de energía. El arma, corno si poseyera vida propia, tiró de él, hacia arriba, hasta sacarle de la Grieta.

Pronto ésta se encontraba muy lejos y Koll continuaba viajando, impul­sado por la espada.

Las hordas y ejércitos demoníacos le perseguían, ardiendo en furia. Enjambres de horrores sin nombre iban tras de él, alzándose sobre su cabeza como la gigantesca ola que está a punto de engullir el frágil barco.

Koll deseó ganar rapidez, así que la sangre blancuzca de su pierna se transformó en un pardo y fuerte caballo del cual tomó las riendas con firme pulso. El corcel relinchó salvajemente y sus potentes patas redoblaron la velocidad de la huída.

Sin embargo, las garras de la vanguardia enemiga ya rozaban la cola del corcel y Koll podía sentir su fétido aliento en la espalda. Se volvió y vio que la muchedumbre se unía hasta formar un gigantesco gusano oscuro que abría sus fauces para atraparle. Espoleó a su caballo, pues ya divisaba, lejano, el mítico Valhalla. También descubrió una legión de sus guerreros aproximándosele.

La serpiente a su espalda chilló de rabia y miedo y se desintegró en mil cuerpos más pequeños que enarbolaban frías y negras espadas.

Los ejércitos chocaron en medio de la Nada como dos olas fu­riosas, conformando un mar de metal, furia y sangre. El vacío se llenó con el sonido del acero y los gritos de los combatientes.

Koll continuó cabalgando, pues aún debía entregar el objeto buscado y encontrado al Guardián del Valhalla.

Pronto se halló frente a él. Bajó del caballo, que se difu­minó en una blanca nube, y, arrodillándose con dificultad, le en­tregó la espada.

“Aquí está, mi señor, lo que me ordenaste hallar. Te lo entrego con todo mi orgullo y toda mi humildad”

El Guardián recogió el arma y la guardó en una vaina de oro, asintiendo, complacido.

“Ahora has venido armado hasta las Puertas del Valhalla, tras llevar a cabo además una gesta que vivirá por siempre en los sueños de los valientes. Entra en el Valhalla. Disfruta de él y hónralo. Tuyo es el privilegio, tuyo el deber”

Las Puertas se abrieron y la Luz cayó sobre Koll, quien contemplaba el Umbral con el semblante severo y los ojos llenos de gloria.

Atravesando nubes de sangre, heridos, exhaustos y victoriosos, llegaron las huestes que asistieran a Koll, pues una vez que al guerrero se le aceptaba como un igual, resultaba intolerable abandonarlo en medio del peligro.

Penetraron en el Valhalla, envueltos en un poderoso aura.

Después, las Puertas se cerraron, una vez mas.

Y lejos, muy, muy, muy lejos, en el fondo de un verde océano, el cadáver de un vikingo reposa sobre el cieno. Su cuerpo se deshace con extrema lentitud mientras los peces mordisquean caprichosos su azulada carne. La pesada cota de mallas y las bandas de metal en sus muñecas le impiden flotar hacia la superficie. Las suaves corrientes submarinas mecen su cabellera amarillenta. Las algas abrazan sus anchas espaldas, sus recias piernas y sus gruesos brazos. Poco a poco, la piel se escama y abre, las vísceras se hinchan y los pequeños carroñeros hacen su trabajo. Pero aquel guerrero muerto del fondo del mar aún conserva, empuñándola en la diestra, una recta espada nórdica.

Y ni los peces, ni los pequeños carroñeros, ni las algas, ni las mareas ni el azote del Tiempo lograrán arrebatarle aquel pequeño y débil pedazo de herrumbre metálica, porque sus dedos la aferran con una tozudez inaudita, una rígida voluntad, una persistencia que se diría ultraterrena, sobrenatural.


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