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EL ARTE OSCURO

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domingo, 27 de julio de 2008

¿LIBROS MALDITOS Y PROHIBIDOS? = FUEGO Y CENSURA

¿LIBROS MALDITOS Y PROHIBIDOS? = FUEGO Y CENSURA
¿INTERESES OCULTOS?
LA IGNORANCIA ES PODER
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Libros malditos
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Desde que el hombre adquirió sus primeros conocimientos, reflejó sus ideas, creencias, sentimientos y vivencias en millones de textos. Muchos de ellos se han perdidos, otros cayeron en el olvido y una gran cantidad fueron pasto de las llamas de la intolerancia.
De esta manera se extraviaron para siempre conocimientos fundamentales de nuestra Historia, así como descubrimientos que podrían haber cambiado el destino de la Humanidad...

Los Egipcios pasaron de la noche a la mañana de ser un pueblo de pastores, a convertirse en una gran superpotencia cultural, cuyos portentos todavía asombran al ser humano. ¿Adquirieron los egipcios sus conocimientos de forma autodidacta, o por el contrario hubo alguien que les ayudó? Si esta última hipótesis fuese cierta, también se da verdadera la leyenda del Libro de Thot. En él los dioses, o seres a quien los antiguos egipcios tomaron por divinidades, plasmaron los conocimientos necesarios para crear una nueva civilización.

Thot es representado como un ser humano con cabeza de ibis. En sus manos sostiene una pluma y una paleta con tinta, al igual que el resto de escribas del país de los faraones. Era el secretario de los dioses, y por tanto, el encargado de transmitir sus conocimientos a los demás mortales. Inventó la escritura, y sus signos son un mono y una luna. Según la antigua tradición egipcia vivió en la hoy desconocida ciudad de Hermópolis, donde posiblemente acabó sepultado su preciado libro.
El primer texto conocido donde se hace referencia a este manuscrito es el papiro de Turis, publicado en París a finales del siglo XVIII. Aquí se describe el intento de asesinato de un faraón, a través de fórmulas mágicas extraídas de las entrañas del Libro de Thot.

El monarca, enojado por la conspiración, mandó quemar el polémico texto, además de ordenar la ejecución de cuarenta nobles y ocho damas involucradas en tan turbio asunto. Sin embargo, si lo que dice la estela Metternich es cierto, la historia anterior debería ser considerada como falsa.

Descubierta en 1828 y datada en el siglo IV antes de Cristo, narra por boca del mismísimo dios escriba, como él quemó su codiciado tesoro tras expulsar de la Tierra a Set, el señor de las tinieblas, y a siete caballeros del mal.

Más tarde, en plena Edad Media son muchos los magos que afirmaron poseer el famoso libro, del cual extraían sus hechizos y sortilegios.
Entre los saberes que figuraban en este manuscrito, se encontraba la capacidad de comunicarse con los animales, e incluso las fórmulas necesarias para resucitar a los muertos. Muchos eran los objetos mágicos que podían crearse con dicho manual, entre ellos el fabuloso Ankh-en-maat, un espejo que reflejaba todo lo negativo y pernicioso de aquellos que se atreviesen a poner su rostro ante él. Otorgaba, además, la posibilidad de comprender el funcionamiento de la Tierra y las estrellas, así como el entendimiento de todo lo que podemos considerar como sobrenatural.
Es normal, por tanto, que fuese una obra muy codiciada.

Con algo más de fiabilidad, durante el siglo XVIII sí parece que oculistas de reconocida fama llegaron a ver una parte de este libro.
El escritor Antoine Court de Gébelin defendió haber tenido entre sus manos parte del texto egipcio original, y según su relato éste no era más que la descripción de los arcanos mayores del tarot.
En el mismo siglo otro conocido experto en ciencias ocultas, Alliete, llegó incluso a publicar cuatro obras sobre el legado del dios escriba. Ninguno pudo demostrar jamás tales hechos, aunque si es posible que el tarot formara parte del Libro de Thot. No en vano, estas cartas, como otros tantos artes adivinatorios representan en sí una cosmogonía. Así, según sean unos u otros los naipes que salgan en el juego, tendremos a favor o en contra determinadas fuerzas de la Naturaleza.
Desde el siglo XVIII hasta nuestros días, doscientos años de silencio. Si el conocimiento de este libro reposa en alguna biblioteca oculta, su dueño prefiere mantener sus secretos a buen recaudo.

El legado de Salomón

Por desgracia la magia se ha convertido en un esperpéntico teatro. Desfiles interminables de payasos deambulan por televisión, convirtiendo a la "caja tonta' en un objeto, aún si cabe, todavía más inservible.
Sin embargo, y en contra de lo que muchos puedan pensar, la maga fue el primer intento del hombre por conocer las leyes que rigen el universo que le rodea. Es por ello que magia y religión van cogidas de la mano en los albores de la Historia. De ahí que sacerdotes e iniciados fueran los guardianes de conocimientos secretos, justo cuando la civilización daba sus primeros pasos.

Un claro ejemplo fue la vida y obras del rey Salomón, tal y como lo define el Libro de los Reyes: "Salomón fue el mayor de todos los monarcas de la Tierra en riqueza y sabiduría". A este personaje, que marcó la Historia de su pueblo, le fueron entregados por su padre, el rey David, todos los secretos de la Cábala.
Esta doctrina mezcla de magia, Ciencia y Filosofía, concibe el Universo, no como una creación de Dios, sino como una emanación directa del Creador. Conociendo, por tanto, los secretos de la Cábala, podemos controlar todas las energías de la Naturaleza. A Salomón le fueron entregados estos saberes, para que los plasmara en un templo que sirviera de morada a Yahvé. Hoy, del templo tan sólo nos queda el famoso Muro de las lamentaciones, centro de culto y objeto de veneración para todos los judíos.

Gracias a estos secretos se crearon también el Arca de la Alianza o la mesa de los panes, objetos mágicos cargados con una facultad sobrenatural.
Pudiera tomarse a solfa este tipo de conocimiento, sin embargo el poder del arca hizo que se derrumbaran los muros de Jericó, los más grandes y sólidos de la antigüedad.
El mismo Adolf Hitler persiguió este poder dos milenios después, convencido de que con él podría dominar el mundo. Salomón era consciente, por tanto, de que él era el último guardián de este saber oculto. No es descabellado que lo dejase escrito para salvaguardar a su pueblo.
Así nacieron las Clavículas de Salomón, una de las obras más perseguidas de la Historia.
Tal y como relataba el erudito Nicetas Choniates en una de sus obras, aquel que posea el testamento de Salomón se convertirá en el hombre más poderoso sobre la faz de la Tierra. la palabra clavículas, viene a significar "pequeñas claves", y en la portada del libro figuran las dos columnas que había a la entrada del templo. Sin embargo, el ser un objeto tan ansiado, hizo que desde antaño gran número de oculistas afirmaran poseerlo. Por ello no es extraño encontrarnos en las librerías gran cantidad de libros con esta portada y mismo título, No indica que sean, ni mucho menos, las verdaderas clavículas, sino que son en realidad tratados de magia con poco o ningún fundamento.

Aún así, es posible que hasta nuestros días haya llegado algún fragmento de esta fabulosa obra. En la Biblioteca Nacional de París, puede verse un manuscrito de las clavículas que nada tiene que ver con los ridículos tratados de magia medievales. Es un texto muy denso que habla de la forma de comunicarse con entidades superiores, Una buena parte de su contenido la forman grabados geométricos, que servirían para este tipo de rituales, de la misma forma que los monjes budistas tibetanos utilizan los mandaras para abrir las puertas de otra realidad.

Aunque en un principio parezca un absurdo que este texto sea una parte del legado de Salomón, no se convierte en una idea tan falaz si estamos versados en cábala judía.

La interpretación de los escritos, según esta antigua tradición, no es nunca literal. Hay que reinterpretar todas las letras, dándole, además, a cada una un valor numérico. Tal es la forma que utilizaban los antiguos cabalistas para encriptar sus textos, y a buen seguro, la que utilizó el rey de los hebreos.
Esto convierte al mencionado manuscrito en todo un desafío, al alcance de aquellos que se atrevan a asumirlo.

En honor a la verdad, también existieron otras clavículas que pudieron ser las verdaderas. Pertenecieron al celebre ocultista Eliphas Levi, y después a Stanislas de Guaita. Su destino final fue una subasta en el Hotel Drouot de París en el año 1968. Pero la identidad de su dueño, que pagó una fortuna por ellas, es tan desconocida como su contenido.

Los libros malditos

El poder de las letras no es nada despreciable, sobre todo por que en ellas pueden ir conocimientos con una fuerza que desconocemos. Un caso singular es la historia de Lafayette Ron Hubbard, conocido escritor de novelas de ciencia-ficción, nuevamente de moda gracias a la película Campo de batalla la Tierra, basada en una de sus obras.
Este singular norteamericano cambió radicalmente su forma de pensar tras sufrir una experiencia de premuerte en la Segunda Guerra Mundial. Concibió entonces una nueva forma de psicoanálisis, basada en los engramas. Con esta palabra definía las trabas que de manera inconsciente arrastramos desde pequeños, marcados por lo que escuchamos desde que estamos en el vientre dé nuestra madre. Sus teorías, que no tienen fundamento científico alguno, se plasmaron en una de las obras más vendidas de la Historia: Dianética.
Con este libro de autoayuda pretendía llevar a los sujetos hasta un estado psíquico que definió como "claridad". La primera persona con la que experimentó su novedosa teoría fue su mujer, que al alcanzar la "claridad" pidió el divorcio. Se ve que
algo de razón tenía... Más tarde creó la Iglesia de la Cienciología, hoy en día considerada una secta. El caso es que miles de personas siguen fielmente su obra, y Dianética es el libro de autoayuda más vendido del mundo.

Este extraño personaje reunió su vida y recuerdos, en una obra a la que tituló Excalibur.
Según relata Jacques Bergier en su ensayo, Los libros condenados, todos los amigos de Hubbard que lo leyeron, haciendo de cobayas, cayeron en la locura. Esto ha provocado que Excalibur sea la única obra de Cienciología que no es pública. Pocos son, por tanto, los que realmente conocen las experiencias de su fundador, aunque viendo los resultados psíquicos que afrontan quienes las leen, deben ser de sumo interés.
Este libro no es el único que ha tenido la capacidad de volver loco a sus lectores. A mediados del siglo XIX, Berbiguer de Terre plasmó en un manuscrito sus experiencias tras haber sido objeto de una terrible maldición. Su obra, que llevaba el titulo de Los duendes o todos los demonios no son del otro mundo, provocaba trastornos mentales a todo aquel que se atreviera a leerla.

De todas formas, es preciso recordar que estos dos casos son excepcionales.
Por lo general el contenido de los libros no hace más que enriquecer a todos aquellos que se sumergen en su lectura. La verdadera maldición de los textos nunca tuvo su base en sortilegios nefastos que caían sobre sus lectores. Más bien recaía en los saberes que guardaban, demasiado peligrosos para la soberbia de algunos, que no dudaban en pasarlos por las llamas.

Se puede comprobar que en todas las épocas han habido libros y narraciones que en un momento determinado no comulgaban con políticas, grupos de presión y poder (en muchos ámbitos) y la consecuencia inmediata de fue la destrucción de los textos y libros que eran contrarios a sus intereses, y en la mayoría de los casos privando a tiempos futuros del conocimiento que aquellos libros recogían.
Más de lo de siempre, quien tiene la información, tiene el poder.

LOS LIBROS MALDITOS

En toda época siempre han existido determinados libros considerados como una amenaza por el poder. La historia de las quemas de bibliotecas es tan antigua como los propios libros.

Qué contenían las tablillas de Babilonia, los papiros de Alejandría, los pergaminos de Constantinopla, los libros de Córdoba o los códices de Tenochtitlán, para provocar su sistemática destrucción? ¿Quién podía beneficiarse con la pérdida del conocimiento acumulado con tanto esfuerzo por distintas generaciones de pacientes buscadores del saber?.La historia de los libros malditos es la de una gigantesca conspiración, fruto de pequeños complots independientes que, en su conjunto, responden a las mismas motivaciones.

Libros de ayer y hoy. Mártires de la censura

Y lo que ocurre con los movimientos extremistas -el deseo de destruir cualquier documento que no se pliegue a sus convicciones- se repite con los llamados "grupos de presión": intereses económicos de las multinacionales, sociedades del crimen organizado, grupos científicos, sociedades secretas de corte esotérico, etc., representan un peligro potencial para los libros. Si el contenido de éstos atenta contra sus intereses, obra y autor serán perseguidos, se impedirá su impresión o se desacreditará al escritor. En última instancia, se pondrá precio a su cabeza. Así, la ruina de las bibliotecas esuna constante de la Historia, en todos los pueblos, civilizaciones y culturas.

El histórico y reiterativo expolio comenzó ya con el rey Nabonasar que, en el 747 a.C., mandó expurgar la Biblioteca de Babilonia, para eliminar las crónicas que hablaran de los reyes que le habían precedido, puesto que la Historia "comenzaba con su reinado" y nada anterior tenía interés.

En el 213 a.C. el emperador Shi-Hoang-Ti, de la dinastía china Tsin, mandó destruir todas las obras escritas -salvo las que se reservó para su biblioteca particular-, reunió a cuatrocientos sesenta escritores que enterró vivos y decretó que cualquiera que guardase tablillas de bambú o madera escritas correría la misma suerte. En el 206 a. C. Lieu-Pang derrotó a este tirano tomando al asalto su palacio pero, no se sabe si intencionadamente o no, la biblioteca ardió durante tres meses y con ella se perdió la única colección completa de los clásicos chinos.

El caso de la Biblioteca de Alejandría es más complejo. Fundada en el 297 a. C. por Demetrio de Falera, bajo el patrocinio del faraón Tolomeo I, reunió en poco tiempo novecientos mil volúmenes de pergaminos, papiros y grabados de interés de las más diversas materias y procedencias. El faraón Evergeta II ordenó que todo libro que llegase a Egipto debía ser depositado en la biblioteca alejandrina, donde se sacaría una copia para su legítimo propietario, permaneciendo allí el original

Saberes universales perdidos para siempre

La Biblioteca de Alejandría adquirió fama de guardar libros secretos que proporcionaban un poder ilimitado. Había allí curiosos manuscritos hindúes sobre medicina, escritos chinos sobre alquimia, saberes del antiguo Egipto sobre nigromancia, de los fenicios sobre magia, de los griegos sobre mecánica..., pero también sobre otros temas más comunes. Podían consultarse obras alucinantes, como Sobre el haz de luz en el cielo, escrita por el primer bibliotecario alejandrino que trataba, por vez primera en la historia, el tema de los ovnis. También estaba la obra completa de Beroso, sacerdote babilónico, historiador y astrólogo, que inventó el cuadrante solar semicircular y concibió una teoría sobre el conflicto entre los rayos del Sol y la Luna, anticipo de trabajos más modernos sobre la interferencia de la luz. Pero su obra más curiosa fue la Historia del Mundo donde narraba cómo en la antigüedad unos extraterrestres, los Akpalus (parecidos a peces y descritos con sus trajes y escafandras), habrían enseñado a los hombres los primeros conocimientos científicos. Hoy desgraciadamente sólo nos quedan escasos fragmentos de esta obra. También podía consultarse la obra completa de Manethón, historiador egipcio contemporáneo a la creación de la Biblioteca que investigó los restos de la civilización faraónica y, en su calidad de sacerdote, tuvo acceso a muchas tradiciones y secretos vedados a otros investigadores, muchos de los cuales no sabían leer los viejos jeroglíficos. Si se hubiesen conservado sus ocho libros y los cuarenta pergaminos selectos recogidos por él en los templos, quizá sabríamos todo lo que hoy ignoramos sobre el Egipto faraónico y, lo más importante de todo, sobre la civilización que lo precedió, aquella que Platón identificó con la Atlántida.

De todas estas obras y de otras muchas igual de apasionantes sólo nos quedan hoy referencias, citas y fragmentos, recogidos por autores contemporáneos a la existencia de la Biblioteca Alejandrina durante los mil años que se mantuvo activa.

Pero los asaltos a este templo del saber comenzaron pronto. Julio César tuvo el dudoso honor de encabezar la lista de incendiarios. En el año 47 a.C. sus legiones tomaron Alejandría y saquearon la Biblioteca. Se calcula entre cuarenta y setenta mil el número de volúmenes desaparecidos, parte en el incendio que asoló un ala de los edificios y parte sustraídos para uso particular de César. El siguiente ataque lo realizó la emperatriz Zenobia, reina de Palmira, quien se rebeló contra Roma y atacó los territorios de ésta potencia, entre ellos Alejandría, donde incendió la Biblioteca o al menos una parte de ella.

El siguiente pirómano fue el emperador Diocleciano, quien en el año 285 conquistó la ciudad y ordenó destruir dos bloques importantes de la Biblioteca: uno con los volúmenes egipcios, para privar al país de su patrimonio y hacerle perder su identidad, y otra con los volúmenes de alquimia, para impedirles fabricar riquezas y levantar un ejército contra Roma. Obras clave de esa cultura se perdieron para siempre.

Toda ideología -ya sea política, religiosa o filosófica- basada en el fanatismo de su verdad (propia, única y excluyente) es, por esencia, bibliófoba: odiará los libros y buscará su destrucción. Porque los libros son vehículo para la diversidad de ideas, suscitan la polémica, estimulan la capacidad critica y, en resumen, proporcionan conocimiento. Y el conocimiento es el mayor enemigo de aquellos que piden confianza ciega, obediencia muda y sumisión sin límites. El libro es, por tanto, el enemigo directo de toda tiranía, dictadura, fanatismo e integrismo.

Los cristianos fueron los siguientes en afán incendiario y en el año 390 el patriarca de Alejandría, Teófilo, decidió acabar para siempre con el paganismo en su diócesis destruyendo para ello el templo de Serapis, el Serapeum, junto con el anexo de la Biblioteca alejandrina que tenía allí su sede. Miles de manuscritos fueron saqueados, dispersados y, en la mayoría de los casos, incinerados para la mayor gloria del Dios cristiano.

Sin embargo, el golpe final vino de la mano de los árabes. En el 646, el general Amr lbn-el-As -enviado por el fanático Omar con la consigna funesta «no hacen falta otros libros que no sean El libro» refiriéndose al Corán-, conquistó Alejandría y destruyó la biblioteca hasta sus cimientos. Omar había dado instrucciones precisas: «En cuanto a los libros, si lo que contienen es conforme al Corán, son inútiles pues no hace falta más que El Libro de Dios. Sí por el contrario, lo que encierran se opone al Corán, no los necesitamos. En ambos casos deben ser destruidos». Cuando se apagó el incendio de la Biblioteca alejandrina, lbn-el-As ordenó recoger los libros que no hubieran ardido y distribuirlos por los baños públicos para que sirvieran como combustible.

Por suerte, los musulmanes que vinieron después se comportaron con menos fanatismo y gracias a su amor por la sabiduría recuperaron gran número de textos clásicos perdidos.

Las primeras antorchas en nombre de Dios

La Biblioteca de Constantinopla también tuvo un triste fin. En el 476 un incendio, cuyas causas no han sido aclaradas, destruyó ciento veinte mil manuscritos acumulados desde los tiempos de su fundador, Teodosio el joven, en el 425. También bajo el emperador León III y, sin que aún sepamos bien por qué, el emperador mandó incendiar la Biblioteca, los manuscritos y a los bibliotecarios.

Las llamas de la antorcha resultaban ya imparables. En el siglo XI los turcos saquearon la Biblioteca de los Califas de El Cairo que contenía, entre obras del Islam y otras rescatadas de distintas bibliotecas, un total de ¡más de un millón de ejemplares!

En 1109, entre la Primera y la Segunda Cruzadas, los francos rindieron la plaza de Tripoli y para festejarlo asaltaron e Incendiaron la Biblioteca islámica que contenía un verdadero tesoro de textos árabes; era su particular manera de vengar al conde Raimón de Tolosa, que había fallecido durante el asedio.

En España tampoco nos quedamos atrás: En 1236 Fernando III de Castilla conquistó la ciudad musulmana de Córdoba, antigua capital del califato, y para ayudar a la conversión de los infieles se le ocurrió alimentar una hoguera con la riquísima Biblioteca de los Califas que atesoraba lo mejor del saber de Oriente y Occidente.

Inquisidores contra el conocimiento

A partir de 1483 un ángel exterminador anduvo suelto por España y su espada flamígera arrasó sin piedad las obras cumbre del conocimiento. Creado el Consejo de la Suprema General Inquisición a cargo de fray Tomás de Torquemada, organizó inmediatamente una quema general de libros que repitió en 1490 y que incluía seis mil volúmenes de magia, hechicería y otras ciencias malditas. Dos años más tarde, en 1492, el Cardenal Cisneros, «ejemplo de las recias virtudes del alma española», emprendió su particular campaña de conversión quemando más de un millón de libros, incluidos los que integraban la fabulosa Biblioteca de la Alhambra. Como recompensa, fue nombrado Inquisidor General en 1507.

Durante el siglo XVI, terminada la reconquista territorial española, el cristianismo emprendió una reconquista espiritual contra las creencias ajenas. Los libros de judíos y moriscos se arrojaron al fuego para demostrar la superioridad de la fe católica.

Desde 1517, Lutero y sus seguidores proporcionaron crecientes quebraderos de cabeza a la Iglesia de Roma. Por las mismas fechas, surgió Erasmo y luego los iluminados. La respuesta fulminante fue impedir la difusión de tales ideas arrojando a la hoguera a los autores y sus obras.

La Inquisición española elaboré, en 1540, una Lista de Obras Prohibidas y comenzó a saquear las bibliotecas. En 1548 Roma organizó la Congregación del Santo Oficio de la Inquisición, encargada de redactar la primera Lista de Libros Prohibidos conocida. Con ambas listas -y antorcha en mano- los inquisidores se dedicaron a recorrer Europa saqueando y masacrando bibliotecas públicas y privadas.

A partir de 1559 la lista de obras prohibidas se unificó tomando un nombre oficial que se haría tristemente célebre: Index Auctorum et Librorum Prohibitorum, índice de Autores y Libros Prohibidos. El episodio tal vez más surrealista de este índice fue la inclusión en él, en 1640, de la obra El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha y de su autor don Miguel de Cervantes, acusado de poner en peligro la fe católica, y ello por una sola frase.

Honrosas excepciones salvadas en secreto

A pesar de todo y haciendo bueno el dicho de que «el que hizo la ley hizo la trampa», algunos libros prohibidos consiguieron escapar a la quema. Se dio la feliz circunstancia de que nuestro rey Felipe II fuera aficionado a la alquimia y el ocultismo, y ordenó que las obras secuestradas sobre esos temas fueran a parar a su biblioteca particular y a la del Monasterio del Escorial. Se salvaron así valiosísimos ejemplares de magia, astrología, filosofía, medicina, etc., no sólo cristianos, sino también musulmanes y judíos.

Por desgracia, en 1671 se produjo un extraño incendio en tan rica biblioteca, sin que sepamos a ciencia cierta si fue casual o provocado. Lo cierto es que en nuestro monasterio perecieron cerca de cuatro mil manuscritos. A pesar de ello y de posteriores desgracias, aún es posible consultar algunos de los miles de libros malditos que salvaron Arias Montano y su discípulo fray José de Sigüenza.

Sin embargo, el índice siguió activo durante muchos siglos, también en el continente Americano recién colonizado, donde son tristemente célebres las incineraciones de códigos mayas y aztecas. Y también en España la actividad restrictiva continuó siendo tan eficaz y completa que dio al traste con el llamado Siglo de Oro nacional, pues durante los siglos XVI y XVII la falta de estímulos externos (a causa del aislamiento intelectual) resultó determinante.

Y si la actitud de la Iglesia católica había causado un daño irreparable a la palabra escrita, no menor fue el causado por los ilustrados cuando, en sucesivas etapas dictaron leyes que provocaron la pérdida de numerosas bibliotecas de conventos y monasterios.

Cuando parecía por fin que todo había acabado, que la razón había despejado las tinieblas, volvió a empezar la guerra contra los libros por obra y gracia del nuevo Torquemada del siglo XX: el español Rafael Merry del Val, nombrado por el Papa Inquisidor General. Su obra maestra fue que la Inquisición volviera a hacerse cargo del índice en 1917, con motivo de lo cual escribió el prefacio a la reedición en 1930 del lndex.

Su filosofía combativa permaneció vigente hasta 1966, cuando oficialmente quedó suprimido el índice, en parte porque ya nadie le hacía caso y en parte porque ya no es posible encender hogueras en los países occidentales. Sin embargo, el espíritu del índice permanece tristemente intacto bajo la actual Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, institución heredera de la Inquisición, y en algunos países de la esfera islámica donde los autores de libros contestatarios (contrarios a sus dogmas de fe, cuyo ejemplo más popular es la obra Versos Satánicos, de Salman Rusdhie) corren el riesgo de pagar la osadía con sus vidas. Quiere decir esto que, por desgracia, aquí y en cualquier lugar donde prime alguna forma de extremismo, la conjura contra los libros continúa activa.

martes, 17 de junio de 2008

DEMONOLOGÍA Y MAGIA ECLESIÁSTICA

DEMONOLOGÍA Y MAGIA ECLESIÁSTICA



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En la famosa obra de Bodin La Demonomanie; ou traité des Sorciers (París, 1587) se
relata una espeluznante historia acerca de Catalina de Médicis. El autor era un
ilustre escritor, quien durante veinticinco años estuvo coleccionando documentos
auténticos, sacados de los archivos de las más importantes ciudades de Francia,
para escribir una obra completa acerca de la hechicería y el poder de “los demonios”.
Semejante libro presenta, según la gráfica expresión de Eliphas Lévi, la más notable
colección que darse puede acerca de “los hechos más sangrientos y espantosos, los más
repugnantes actos de superstición, los encarcelamientos y ejecuciones capitales de más
estúpida ferocidad”.
–¡Quememos a todo el mundo! –parecía decir la Inquisición –Dios distinguirá
fácilmente a los suyos.
Locos infelices, mujeres histéricas e idiotas, eran quemadas vivas, sin compasión
alguna, por el crimen de “magia”. Pero al mismo tiempo, ¡cuántos y cuán grandes
criminales no escaparon a esta injusta y sanguinaria justicia! Esto es lo que nos hace
apreciar perfectamente Bodin.
Catalina de Médicis, la piadosísima cristiana que tan meritoria se había hecho a los
ojos de la Iglesia de Cristo por la horrenda e inolvidable carnicería de San Bartolomé; la
reina Catalina, decimos, tenía a su servicio un sacerdote apóstata jacobino. Sumamente
versado en el “negro arte” tan patrocinado siempre por la familia de los Médicis, se
había hecho acreedor a la gratitud y protección de su piadosa señora, merced a su
destreza sin igual en matar las gentes a distancia y sin responsabilidad, torturando por
medio de varios hechizos a sus figuras de cera. El proceso ha sido descrito repetidas
veces y apenas necesitamos repetirlo.
Carlos estaba en cama, atacado de incurable dolencia. La reina madre, que con la
muerte del paciente iba a perderlo todo, recurrió a la necromancia y quiso consultar el
oráculo de la “cabeza sangrienta”. Esta operación infernal requería la decapitación de un
niño que debía poseer una gran hermosura y pureza. Dicho niño había sido preparado
para su primera comunión por el capellán de Palacio, el cual estaba enterado del infame
proyecto, Llegado el día señalado para la ejecución de éste, y en punto de la media
noche, en el aposento del enfermo y en presencia únicamente de Catalina y de unos
cuantos de sus confederados, se celebró la “misa del diablo”. Permítasenos citar el resto
de la historia tal y como la encontramos en una de las obras de Lévi: “En esta misa,
celebrada ante la imagen del demonio teniendo bajo sus pies una cruz invertida, el
hechicero–sacerdote consagraba dos hostias, negra y grande la una, blanca y pequeña la
otra. Esta se dió al niño, al cual conducían vestido de blanco como para el bautismo, y a quien mataron en las mismas gradas del altar inmediatamente después de su comunión.
La cabeza, separada de un solo golpe del tronco, fue colocada, aún palpitante, sobre la
gran hostia negra que cubría a la patena, y luego fue dejada encima de una mesa, en la
cual ardían algunas lámparas fúnebres. Comenzó entonces el exorcismo. El demonio
tenía que pronunciar un oráculo y contestar por mediación de la cabeza cortada a una
pregunta secreta que el rey no se atrevía a pronunciar en alta voz y que no había sido
comunicada a nadie… En aquel momento, una voz débil, una extraña voz que nada
tenía ya de humana, se dejó oír en la cabeza del infeliz y pequeño mártir…” Pero de
nada sirvió semejante crimen de hechicería, porque el rey murió y… ¡Catalina de
Médicis continuó siendo la fiel hija de Roma! Y es lo notable, que el escritor católico
Des Mousseaux, que en su Demonología usa con tan excesiva libertad los materiales de
la obra de Bodin para formular su formidable acusación contra “los espiritistas y otros
hechiceros”, haya pasado cuidadosamente por alto tan interesante episodio.
Es también un hecho bien probado que el Papa Silvestre II fue acusado públicamente
por el cardenal Benno de encantador y hechicero. La “cabeza oracular” de bronce
fabricada por Su Santidad, era de la misma especie que la construida por Alberto
Magno, que fue hecha pedazos por Tomás de Aquino, no porque fuese obra del
demonio o por él estuviese habitada, sino porque el espíritu que estaba encerrado en
ella por la fuerza magnética, hablaba sin parar como una taravilla, y su charla continua
impedía al elocuente santo el trabajar en sus problemas filosóficos. Semejantes cabezas
y hasta estatuas parlantes completas, solemnes trofeos de la ciencia mágica de monjes
y obispos, eran meros “facsímiles” de los dioses “animados” de los antiguos templos. La
acusación contra el Papa resultó cierta en aquella época, y se le probó también que
estaba acompañado constantemente de “demonios” o “espíritus”. En el capítulo
anterior hemos ' mencionado a Benedicto IX, a Juan XX y a los Gregorios VI y VII, todos
los cuales eran conocidos como magos. Este último Papa era, además, el famoso
Hildebrando, del cual se ha dicho que era tan diestro “en hacer salir rayos de la
bocamanga de su vestido”, que ello dió motivo al respetable escritor espiritista Mr.
Howitt, para creer que era tal el origen del célebre “rayo del Vaticano”.
En cuanto a las hazañas mágicas del obispo de Ratisbona y del “angélico” doctor
Tomás de Aquino, son demasiado conocidas para relatarlas de nuevo. Si el prelado
católico era tan hábil para hacer creer a las gentes durante una cruda noche de invierno
que estaban gozando de las delicias de un espléndido día de verano, y que los
carámbanos pendientes de las ramas de los árboles del jardín eran otros tantos frutos
tropicales, también los magos de la India, aun hoy mismo, y sin necesidad de dios ni
diablo alguno fuera de su conocimiento de leyes no conocidas de la Naturaleza, pueden
poner en juego ante su asombrado público semejantes poderes biológicos, pues que
todos estos pretendidos “milagros”, son producidos por un mismo y dormido poder
humano que nos es inherente a todos, cifrándose sólo el problema en saber
desarrollarlos.
Durante lo época de la Reforma el estudio de la magia y de la alquimia había
adquirido tal preponderancia entre el clero, que dió lugar a los mayores escándalos. El cardenal Wolsey fue acusado públicamente ante el Tribunal y el Consejo privado, de
complicidad con un hombre llamado Wood, conocidísimo como hechicero, y el cual
declaró: “Mi señor, el cardenal, posee un anillo de tal virtud que cualquier cosa que desea
de la gracia de los reyes le es concedida…”, añadiendo: “Maese Cromwell, cuando servía
como criado en casa de mi señor el cardenal…, leía muchos de sus libros y especialmente
el llamado Libro de Salomón, y estudiaba las virtudes que, según el canon del rey, poseen
los metales todos”. Este caso, juntamente con otros igualmente curiosos, pueden verse
entre los papeles de Cromwell, en la oficina de Archivos de la Casa de Documentos
públicos.
En dicho Archivo se conserva asimismo una relación de las aventuras de cierto
sacerdote llamado William Stapleton, que fue preso como conjurado durante el
reinado de Enrique VIII El sacerdote siciliano a quien Benvenuto Cellini llama
nigromántico, se hizo famoso por sus afortunadas conjuraciones en las que no fue
molestado jamás. La notable aventura que con él tuvo Cellini en el Coliseo de Roma, en
donde el sacerdote conjuró a una legión entera de diablos, es harto conocida del
público ilustrado. Por supuesto que el subsiguiente encuentro de Cellini con su amiga,
predicho y anunciado con todos sus detalles por el conjurador, en el tiempo preciso
fijado por él, será considerado siempre por los frívolos y los escépticos como una “mera
y curiosa coincidencia”.
A últimos del siglo XVI, con dificultad podía encontrarse la más ínfima parroquia en la
cual no se entregasen sus vicarios al estudio de la magia y de la alquimia. La práctica del
exorcismo para expeler los diablos al modo de como lo realizase Cristo –quien, dicho
sea de paso, no empleó jamás tal procedimiento –condujo al clero a la “sagrada magia”
en oposición al “negro arte”, de cuyo crimen eran acusados todos cuantos no era monjes
o sacerdotes. Los conocimientos ocultos espigados por la Iglesia Romana en los, en otro
tiempo fértiles, campos de la Teurgia, los reservaba ella cuidadosamente para su propio
uso, y enviaba únicamente al patíbulo, mediante la Inquisición, a cuantos prácticos
cazaban furtivamente en los campos de aquella Ciencia de ciencias. Los anales de la
Historia así lo comprueban. “Sólo en el transcurso de quince años (1580 a 1595) –dice
Tomás Wright en su obra Magia y Hechicería –y en el limitadísimo territorio de la
Lorena, el inquisidor Remigius quemó implacable a unos novecientos brujos de ambos
sexos”. En tales tiempos publicaba Bodin su célebre obra dicha.
Así, mientras que el clero ortodoxo evocaba legiones enteras de “demonios” por
medio de encantos mágicos sin ser molestado por las autoridades, con tal que no
enseñase ninguna Herejía y se mantuviese fiel a los dogmas establecidos, se
perpetraban, por otra parte, actos de inaudita crueldad en las personas de pobres locos.
Por ejemplo, Gabriel Malagrida, anciano de ochenta años, fue quemado por estos
verdugos estilo Jack Ketches, en 1761. Existe en la biblioteca de Amsterdam una copia
de su famoso proceso, traducido de la edición de Lisboa. Malagrida, en efecto, fué
acusado de hechicería y de mantener pacto con el diablo, el cual ¡le había revelado lo
futuro!… La profecía comunicada por “el enemigo del género humano” al pobre jesuita
visionario aquél, está concebida en estos términos: "El reo ha confesado que el demonio, bajo la forma de la bienaventurada Virgen María, le ha ordenado el escribir la
vida del Anticristo; que tenían que existir, a bien decir, tres Anticristos sucesivos, y que
el último nacería en Milán del sacrílego comercio de un fraile con una monja, en
1920…”, y otras enormidades más a este tenor.
…Bajo este tan cristiano estandarte6, y en el breve espacio de catorce años, Tomás de
Torquemada, confesor de la reina Isabel la Católica, quemó a más de diez mil personas
y sentenció al tormento a otras ochenta mil. Orobio, el famoso escritor que, por espacio
de tanto tiempo permaneció encarcelado escapando difícilmente a la hoguera,
inmortalizó esta institución en sus obras una vez que se vio libertado en Holanda, no
encontrando mejor argumento contra la Santa Iglesia que abrazar la fe judaica, y hasta
someterse a la circuncisión.
…Granger, por su parte, nos refiere la historia de aquel famoso caballo a quien, por
artes mágicas, se decía que se le había enseñado a señalar los lugares en un mapa y la
hora en el reloj. El caballo y su dueño fueron acusados por el Santo Oficio de tener
pacto con el demonio y ambos fueron quemados, con gran ceremonia, como hechiceros,
en un auto de fe celebrado en Lisboa el año de 1601. Tamaña institución del
Cristianismo llegó a tener hasta su correspondiente Dante que la inmortalizase:
“Macedo, jesuita portugués –dice el autor de la Demonología –descubrió el origen de la
Santa Inquisición nada menos que en el paraíso terrenal, pretendiendo que el mismo
Dios fue el primero que empezó a desempeñar el oficio de inquisidor, tanto con Caín
como con los impíos fabricantes de la Torre de Babel”.
Ciertamente, añadimos, que en ninguna parte fueron más practicadas por el clero las
artes de la hechicería y de la magia que en España y Portugal, debido a que los moros
habían estado siempre versadísimos en las ciencias ocultas, y a que en Toledo,
Salamanca, Sevilla, etc., existieron grandes escuelas de magia. Los cabalistas
salmantinos es fama que eran muy expertos en todas las ciencias ocultas; conocían las
virtudes de las piedras preciosas y habían arrancado a la Inquisición sus más preciados
secretos.
El cura de Barjota, de la diócesis española de Calahorra, vino a ser la maravilla del siglo
XVI por sus mágicos poderes. El más extraordinario de sus hechos era el de poderse
trasladar a los países más distantes, presenciar en ellos los más interesantes sucesos y
profetizarlos luego al volver a su vicaría. Añade la Crónica que el cura contaba al efecto
con un demonio familiar, pero que luego fue ingrato con éste, dándose trazas para
engañarle. Informado por el tal demonio acerca de una conspiración que se tramaba
contra el Papa por sus galanteos excesivos con cierta hermosa dama, el buen cura se
transportó en doble astral a Roma, salvando así la vida de Su Santidad. Después de ello
se arrepintió; confesó sus pecados al galante Papa, y fue absuelto. “A su regreso de
Roma, y por mera fórmula, fue puesto bajo la custodia de los inquisidores, pero fue
perdonado y recobró su libertad al poco tiempo”.
Fray Pedro, monje dominico del siglo XVI –el propio mago que se dice regaló al
famoso licenciado Eugenio Torralba, médico del almirante de Castilla, un demonio
llamado Ezequiel –debió su mucha fama al subsiguiente proceso que por ello hubo de
descargar sobre el antedicho Torralba. El extraordinario proceso está descrito en los
documentos que se conservan en los Archivos de la Inquisición. El cardenal de Volterra
y el de Santa Cruz testimonian que vieron a Ezequiel y tuvieron íntimos tratos con el
mismo, quien, a la postre, resultó ser, durante el resto de la vida de Torralba, un
elemental puro y bondadoso, que llevó a cabo mil acciones benéficas y se mantuvo fiel
a dicho médico hasta el último momento de su vida. La propia Inquisición, teniendo en
cuenta esto, absolvió a Torralba, y, aunque la sátira de Cervantes le ha asegurado una
fama inmortal, ni Torralba, ni el monje Pedro son unos héroes ficticios, sino personajes
históricos, citados en los documentos eclesiásticos que existen en Roma y en Cuenca,
en cuya ciudad se ventiló el proceso el día 29 de Enero de 1530.
El libro del Dr. W. G. Soldan, Geschichte der Hexen procese, aus den Quellen
dargestelli, de Stutgart, ha llegado a ser tan famoso en Alemania como en Francia lo
fuera la Demonología, de Bodin. Es el tratado alemán más completo sobre la hechicería
en el siglo XVI, y cuantos sientan interés por saber las secretas maquinaciones que
motivaron aquellos asesinatos a millares perpetrados por un clero que pretendía creer
en el diablo, las encontrará divulgadas en dicha obra. El verdadero origen de las diarias
acusaciones y sentencias de muerte por hechicería es hábilmente atribuido a
enemistades políticas y personales, en especial al odio de los católicos contra los
protestantes. La astuta labor de los jesuitas se manifiesta en cada una de las páginas de
aquellas sangrientas tragedias, y en Bamberg y Wurzbourg, donde estos dignos hijos de
Loyola eran más poderosos por aquel tiempo, eran donde con más frecuencia se
presentaban los casos de hechiceria.
Los falsificadores eclesiásticos que acusan a la magia, al espiritismo y hasta el
magnetismo de ser producidos por el demonio, o han olvidado o jamás han leído a los
clásicos. Ninguno de nuestros hipócritas han mirado con más desprecio los abusos de la
magia como el verdadero iniciado de la antigüedad. Ninguna ley medioeval ni moderna
pudo ser tan severa como la del hierofante, porque si bien expulsaba al brujo
“inconsciente”, a la persona perturbada por un demonio, del interior de los templos, los
sacerdotes, en lugar de quemarlos despiadadamente, cuidaban con tierna solicitud al
infeliz “poseso” en hospitales donde se le devolvía la salud. Pero respecto de aquel que,
por medio de hechicería consciente, había adquirido poderes peligrosos para sus
semejantes, los sacerdotes de la antigüedad eran severísimos. “Cualquier persona
accidentalmente culpable de homicidio, o convicta de brujería era excluida de los
misterios de Eleusis” –dice Taylor en su obra Los Misterios báquicos y eleusinos –La
pretensión de Agustín de que todas las explicaciones dadas sobre ello por los
neoplatónicos eran invenciones de éstos, es absurda, por cuanto casi todas ellas están
expuestas, más o menos explícitamente, por el propio Platón. Los Misterios son tan
antiguos como el mundo, y cualquiera bien versado en el esoterismo de las mitologías
de las diversas naciones puede seguir sus huellas hasta los días del período antevédico
en la India. En ésta se exige al candidato a la iniciación la virtud y pureza más estrictas,
tanto si pretende ser un Sannyasi, un santo, como si desea ser un Purohita o sacerdote
público, bien, en fin, si se contenta con ser un mero faquir… ¡Indudablemente el
ejercicio de las virtudes exigidas aún para este último caso, es incompatible con la idea
que aquí en Occidente tenemos del culto diabólico y de sus lascivos fines!…
Estos faquires, aunque no pueden pasar nunca del primer grado de la iniciación, son,
no obstante los únicos agentes entre el mundo de los vivos y los “silenciosos hermanos”,
o sannyasis, quienes jamás cruzan ya los umbrales de sus sagradas viviendas. Los
fukarayoguis están eternamente adscriptos a sus templos y, ¿quién sabe si estos
cenobitas, aislados así del mundo profano, tienen que ver mucho más de lo que
comúnmente se cree, con los fenómenos psicológicos operados siempre bajo su oculta
dirección por los faquires, tan gráficamente descriptos por Luis Jacolliot…, ese
“escéptico y empedernido racionalista” como él mismo se jacta de ser en su obra
L´Espiritisme dans le monde?… No obstante su incorregible racionalismo, este autor
francés se vio obligado a admitir las mayores maravillas respecto de los faquires, vistas
por su propios ojos en su larga residencia en la India.
Por regla general los brahmanes –dice Jacolliot –rara vez pasan de la clase de grihastas
o sacerdotes de las castas vulgares, y purohilas, exorcistas, adivinos, profetas y
evocadores de espíritus. Y no obstante vemos… que estos iniciados del grado inferior
se atribuyen, y parecen poseer en efecto, unas facultades desarrolladas hasta un grado
tal, que jamás han sido igualadas en Europa. En cuanto a los iniciados pertenecientes a
la segunda y en especial a la tercera categoría, tienen la pretensión de no conocer el
tiempo ni el espacio, y de ser hasta dueños de la muerte y de la vida. Iniciados de estas
clases confiesa Jacolliot que no los encontró nunca, porque, –añade –“no se les ve jamás
ni en las cercanías ni aun en el interior de los templos, excepto en la fiesta lustral del
fuego sagrado. En esta ocasión aparecen a media noche, en una plataforma erigida en el
centro del estanque sagrado, cual otros tantos espectros, e iluminando el espacio con
sus conjuros. Una brillante columna de luz se eleva en torno de ellos desde el suelo al
cielo; surcan el aire los más extraños sonidos y los cinco o seis mil fieles llegados de
todos los puntos de la India para contemplar un instante a aquellos semidioses, se
prosternan invocando a las almas de sus antepasados queridos”.







lunes, 16 de julio de 2007

LEYENDAS DEL TEMPLE // BAPHOMET

LEYENDAS DEL TEMPLE -BAPHOMET


1.- El fin de la Orden del Temple

El viernes 13 de octubre de 1307 se desarrolló la mayor operación policial de la Edad Media y, posiblemente, de la toda la Historia. Felipe IV de Francia, apodado "el Hermoso", puso en marcha una audaz maniobra que significaría el fin de una de las más grandes órdenes de caballería de todos los tiempos: la Orden del Temple. Esa mañana, al amanecer, prácticamente todos los edificios de Francia habitados por Templarios fueron asaltados por las tropas del rey y sus ocupantes detenidos. La torre del Temple de París y el Maestre templario eran los objetivos principales. Sorprendentemente, los Templarios, hábiles guerreros y feroces luchadores, no opusieron resistencia y se rindieron de inmediato. El Rey había ganado la partida con más facilidad de la esperada.

Aunque más allá de las fronteras francesas la situación distó mucho de ser parecida, la orden estaba decapitada. Con los principales dirigentes en prisión, la posibilidad de reorganizarse y defenderse se volvía prácticamente inviable. A partir de este momento dio comienzo un controvertido proceso que duraría siete largos años. Muchos templarios fueron enviados a la hoguera, y un número mayor torturados y encerrados en lóbregas prisiones. El 18 de marzo de 1314 se juzgó a los cuatro últimos dirigentes de la orden. Dos de ellos, de los cuales uno era el Maestre, fueron quemados vivos y los otros dos condenados a cadena perpetua. Esto representó el finiquito real de la Orden del Temple, aunque dos años antes había dejado de existir oficialmente en un Concilio celebrado en Vienne. Se encargó de ello el Papa Clemente V, mediante la bula Vox in excelso.

Los templarios fueron acusados de muchísimos cargos divididos en 127 artículos. Entre ellos destacan los de herejía, idolatría o sodomía. Se acusa a los Caballeros del Temple de renegar de Jesús, de asegurar que es un falso profeta, de escupir sobre la cruz, de adorar a ídolos, de entregarse a la homosexualidad y darse besos obscenos, de omitir intencionadamente las palabras de consagración durante la misa y de todo tipo de crímenes imaginables. La historia posterior ha debatido largamente sobre la falsedad o veracidad de estas acusaciones, dando lugar a dos posturas claramente enfrentadas. Una se decanta por la total inocencia de los acusados, dando por sentado que toda la operación responde únicamente a la ambición y codicia de Felipe IV, empeñado en destruir a la Orden del Temple y apoderarse de sus innumerables bienes. La otra postura navega entre diversas opiniones, desde que lo ven indicios inciertos de culpabilidad, a los que no dudan en tachar a los templarios de cátaros, gnósticos o incluso satánicos, desencadenando las más variadas fantasías.

Parece admitido que los procesos judiciales llevados a cabo contra el Temple son nulos de pleno derecho, ocasionalmente tergiversados y alevosamente parciales, incluso aquellos que prescindieron de la tortura. Sin embargo no podemos olvidar que muchos caballeros templarios confesaron sin coacción o amenazas de por medio. Hermanos de muy distintos lugares, que no fueron torturados ni fue ejercida con ellos violencia alguna, dieron confesiones similares. ¿Fue entonces todo ello una invención de los inquisidores? No parece probable. Algo de cierto debe haber, ya que los mismos templarios reconocieron algunos "excesos", sin que halla trascendido exactamente el qué. Hoy en día, no podemos descartar la homosexualidad como algo puramente fantasioso y ajeno a algunos miembros de una Orden militar y estrictamente masculina sometidos al celibato y a un duro régimen disciplinario, pero tampoco parece plausible que afectara a la totalidad de la comunidad ni que fuera lo suficientemente grave para conllevar la disolución de la organización.

Algunas de las acusaciones, como la de escupir en la cruz o la renegación de Cristo, es posible que formaran parte de algún ritual o ceremonia de iniciación. De hecho, así fueron descritas por muchos de los templarios interrogados, quienes afirmaban hacerlo "de palabra pero no de corazón". A título personal, no encontramos factible que la Orden entera cayera en la herejía, máxime cuando se trataba del mayor ejército de la Cristiandad, al servicio del Papa y de la Iglesia.. Es un hecho bien conocido el que muchos templarios, una vez capturados por los sarracenos, eran ejecutados por negarse a renegar de su fe y abrazar el Islam.

Pudiera ser en todo caso, como apuntan algunos historiadores, que se tratara únicamente de prácticas impuestas por un núcleo secreto dentro de la orden, pero difícilmente que abarcara a todos sus miembros, algunos de los cuales promulgaron su inocencia reiteradamente. Hemos visto antes como los Templarios podrían haber amalgamado creencias paganas y cristianas, dando lugar a una religión propia, pero la conclusión que sacamos es que hacia el siglo XIV, lo que posiblemente alguna vez había sido un componente iniciático habría dejado paso a una práctica carente de significado real que los Templarios ya no eran capaces de asimilar, que llevaban a cabo sin saber muy bien a que se correspondía esa simbología, y que la mayoría de los caballeros mantenía una fe cristiana sincera y pura. Cuando nos ocupemos de otras leyendas de la Orden del Temple veremos una teoría que intenta dar explicación a este hecho.

Mientras tanto, sería demasiado largo exponer aquí, aunque fuera de forma somera, todos los hechos del proceso e investigar la veracidad de todos los cargos de las acusaciones. Muchas son de gran interés y merecerían un capítulo aparte cada una de ellas, pues su investigación se presenta de una gran complejidad. Nos conformaremos pues con profundizar en la que, a priori, parece más apasionante para la mayoría de los investigadores que se ocupan de la causa templaria: la supuesta adoración por los monjes-guerreros de un misterioso ídolo que ha pasado a la posterioridad con el nombre de "Baphomet".


2.- El ídolo que nadie encontró

En dos artículos del acta de acusación a la Orden del Temple encontramos que los templarios fueron acusados de adorar a ídolos con forma de cabeza humana. Especificamente, en el artículo 47 del Acta de Acusación, se menciona claramente: "En todas las provincias del Temple hay ídolos, que son unas cabezas muy singulares. Algunas de estas cuentan con tres caras, otras una sola, y unas terceras son una calavera [...] Se postraban para adorar a un ídolo que consideraban su Dios, el Salvador que vendría a brindarles el descanso eterno, asegurando que esa cabeza era capaz de protegerlos de todo mal, que proporcionaría a la orden los mayores tesoros y que podía conseguir que florecieran los árboles y que germinara el trigo en las tierras más secas [...] Por lo general, los Templarios se ataban con cuerdas esos ídolos al cuerpo, ocultos bajo sus camisas y en contacto permanente con la piel. Sus preceptores les habían enseñado que debían llevarlos continuamente, hasta cuando dormían por la noche"

Efectivamente, algunos templarios testimoniaron acerca de este punto, sin embargo las diferentes descripciones obtenidas nos hacen dudar de que se tratase de un solo ídolo, en el caso de que realmente lo fuera. Así pues, durante los interrogatorios nos encontramos con cabezas de madera o metal, barbudas o lampiñas, de terrible expresión o aspecto benigno, de uno o varios rostros y de colores variados. Unos templarios dicen haber oído hablar al ídolo, otros haber sido testigos de sus oráculos. Un caballero cuenta que los hermanos lo cubrían de besos mientras se les decía: "Adorad esta cabeza pues es vuestro Dios". Un templario de Montpellier asegura que la cabeza estaba vinculada al diablo y que aparecía algunas veces bajo la forma de un gato o de una mujer, y se dirigía a ellos. Algunos afirman que hacía florecer los árboles y germinar las plantas... Lo que parece claro es que la fantasía humana se acrecenta en sumo grado cuando es amenazada por la llama de los leños apilados en una hoguera.

Pero... ¿eran los Templarios idólatras? Aunque para algunos autores la idolatría sea simplemente una invento de los inquisidores para asociar a los Templarios con los infieles, esta teoría se cae por su propio peso, ya que los musulmanes no representan a Alá ni a su profeta de forma alguna. Es más, según su concepción religiosa, son los cristianos los idólatras al decorar sus iglesias con símbolos e imágenes del santoral.

Parece que fue un templario llamado Gaucerant el primero que en su testimonio describió a ese ídolo misterioso como una cabeza barbuda conformada in figuram baffometi, como si la expresión "figura bafomética" fuese común y perfectamente conocida. Lo cierto es que esa definición, de donde nace el nombre de "Baphomet", ha hecho correr desde entonces ríos de tinta. Lo que no quiere decir que los caballeros se refirieran a ella con esa denominación, o que incluso tuviera nombre alguno. Pero, si los Templarios adoraban a una cabeza, y esta se trataba de una figura "baphomética", ¿qué podía este término significar?

Antes de bucear en las diversas opiniones al respecto, más o menos justificadas, se nos antoja necesario disociar al baphomet descrito en los interrogatorios de las frecuentes figuras en las que aparece representado como un diablo alado, con cuerpo de macho cabrío y de sexo hermafrodita. Parece ser que esta absurda asociación con el satanismo proviene de ocultistas de siglos pasados, basándose en tradiciones renacentistas bastante alejadas de la realidad. Lo cierto es que en la gran mayoría de los testimonios dados por los caballeros, solamente se nombra una cabeza o cráneo, con ligeras variantes, y nada más que eso.

Ocho siglos después, el significado del término sigue siendo desconocido a pesar del empeño, y la imaginación en algunos casos, de los más versados investigadores. Así pues, encontramos explicaciones que defienden que "baphomet" es una corrupción en lengua occitana de Mahomet, es decir Mahoma, y que por tanto los Templarios habrían abrazado el islamismo y adorado al profeta musulmán. Otras nos dicen que proviene de los vocablos griegos Baphe y Meteos, que significan "bautismo" y "adoración", por lo que el ídolo sería utilizado en las ceremonias de iniciación de los caballeros. Hipótesis más audaces lo traducen como "Padre del Templo", "Boca del Padre", "Padre de la sabiduría" o afirman que podría tratarse de un compendio de símbolos alquímicos.

Para estos últimos, el Baphomet era simplemente la "Cabeza del Anciano", el Chokmak hebreo, que quiere decir "sabiduría". La cábala lo identifica con el Adam Kadmon u "hombre celestial", esencia suprema del creador y también llamado "Cabeza de las Cabezas" y lo definen así: "El Anciano está constituido por tres cabezas en una sola y tiene por atributo la sabiduría. La Cabeza del Anciano tiene dos nombres: el Gran Rostro y, vista desde fuera, la Pequeña Figura. Tres letras han sido grabadas en la cabeza de la Pequeña Figura, que corresponden a las tres mentes alojadas en tres cráneos". Esto podría referirse a las tres letras madres del alfabeto hebreo, que son los fundamentos de la cábala: Y H V. No hace falta ser muy perspicaz para enlazarlas dando lugar a una palabra: Yahvé. Lo que se saca en claro de todo esto es que los Templarios habrían tenido acceso a los secretos de la cábala, a través de sus contactos con sectas judías, desarrollando un conocimiento oculto, que quedaría reflejado en sus símbolos (como su sello) y rituales.

Incluso se ha mantenido que los Caballeros del Temple eran custodios de una importante reliquia denominada "Madylion", que consistiría en una pieza de paño, doblada varias veces y estirada sobre un marco de madera, ya que era considerada el sudario de Cristo, que aparentemente había sido perdida para el mundo durante el asedio de Constantinopla en 1204, y que sería la misma que hoy se guarda en la catedral de Turín. Si esto fuese cierto, se explicaría la postración ante el Baphomet, ya que este resultaría ser en realidad el rostro barbudo de Cristo, marcado por las heridas de la corona de espinas. Los pliegues de la sábana solo dejarían ver el rostro, de ahí que se le identificase como una "cabeza". La verdad es que hay teorías para todos los gustos.

Otra interpretación ha querido ver en esta palabra una asociación con Juan el Bautista, uno de los personajes más venerados por los Templarios, que le rindieron un verdadero culto. Juan Bautista fue decapitado por orden de Herodías y su cabeza enterrada en Jerusalén. Esta cabeza, que según las leyendas habló varias veces revelando su paradero, fue según la tradición encontrada en Constantinopla a principios del siglo XIII y colocada en una bandeja, al igual que el Grial. ¿Y no son conocidos, en las leyendas griálicas medievales, los Templarios como los guardianes de este objeto sagrado cuyos poderes también hacía florecer los árboles y germinar las plantas? Quizás el Baphomet de los Templarios era la cabeza momificada de San Juan Bautista. Y quizás esta se trataba del Grial. De hecho en varios sellos pertenecientes a la Orden del Temple aparece representada dicha cabeza, barbuda y aterradora algunas veces, de perfil y sobre una bandeja otras. Parece concordar bastante bien con las confesiones. Incluso si es cierto que los Templarios que se establecieron en Tierra Santa entraron en contacto con sectas como los mandeístas cristianos, quienes tenían a Juan, y no a Jesús, por el Mesías esperado, se podría dar explicación a la expresión: "Adorad esta cabeza pues es vuestro Dios". Sin embargo, surge un problema. Según las actas de acusación, los Templarios adoraban a la cabeza en todas las provincias. Y es imposible que hubiera varias cabezas de San Juan, aparte de que las descripciones no siempre son coincidentes. Busquemos pues una hipótesis más.

Hemos hablado antes de que los indicios que observamos nos hacen pensar que Templarios podrían haber llegado a un concepto existencial que les llevase a concebir una religión muy diferente de la que Roma defendía, y que significase la unión espiritual entre todos los pueblos de la Tierra, con una única divinidad común a todos ellos. Puede que, bajo este punto de vista, el Baphomet represente el esquema mental del Temple, el modelo ideológico sobre el que se levantaba toda la ética templaria. No se trataría de un Dios ni un ídolo, sino de un símbolo. Un símbolo sobre el que concretar la ideología de la Orden para tenerla siempre presente. Al igual que las vírgenes negras representaban a la diosa madre, las cabezas eran la forma de expresar una nueva concepción del mundo, un camino sinárquico que englobase a cristianos, judíos y musulmanes, sustituyendo las religiones por una nueva que ampliase la primigenia con las demás creeencias en un destino espiritual conjunto.

Eso explicaría porque las cabezas, al igual que también ocurre con las vírgenes negras, eran descritas con ligeras variaciones entre las diferentes encomiendas templarias. Cada casa, hacienda o castillo tendría su propio Baphomet, y este, tuviese la forma que tuviese, barbado o lampiño, de madera o metal, mantendría el mismo significado para todos, la misma idea de una sinarquía universal sobre la que fundar un mundo nuevo para igualdad de todos los hombres. Pese a todo lo expuesto, un dato que no debemos dejar pasar es que en los registros realizados de forma expresa en las encomiendas templarias en busca del supuesto ídolo no se halló nada parecido a lo que podría representar un baphomet. Y eso que solo en Francia existían unas dos mil haciendas pertenecientes a la Orden del Temple. Únicamente fue hallada una bella cabeza de mujer, realizada en plata dorada, con una curiosa inscripción grabada: "Caput LVIIIm" (Cabeza 58 m), que finalmente resultó ser un relicario.

No existe ninguna sola prueba tangible de supuestas adoraciones a ídolos o de la existencia de cráneos simbólicos. Seguimos sin saber asimismo el significado exacto del término "baphomético", utilizado en una de las descripciones y que dio origen al nombre por el que es conocida la misteriosa cabeza. Solo tenemos los indicios que nos deja entrever la oscura historia de esta apasionante sociedad medieval. El enigma, como muchos otros de los que rodean a la Orden del Temple, sigue abierto.

NOTA: Como siempre la historia la escriben los vencedores, aqui lo unico que paso, fue el dinero, los Templarios habian llegado a amasar tales fortunas en dinero y bienes, que hasta el Rey de Francia, y el mismo Papado, solo hicieron un "conveniente" pacto para las posesiones Templarias; lo demas, es parte del teatro, del miedo, y de la injusticia Clerigal, y Real, de un pais que por aquel entonces tenia sus ingresos ante grande penurias, y esta fue una de las maneras de solucionarlo.

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NOTA*:
ENTRE LAS ACUSACIONES PRESENTADAS CONTRA LA ORDEN DEL TEMPLE SE HACE REFERENCIA EN REPETIDAS OCASIONES A UN ÍDOLO QUE OFRECÍA EL ASPECTO DE UNA CABEZA HUMANA CON LARGAS BARBAS, A LA QUE LOS TEMPLARIOS VENERABAN EN SUS CAPÍTULOS, CONOCIDO POR EL NOMBRE DE BAPHOMET. TANTO EN EL RELATO GRIÁLICO "PERLESVAUS", COMO EN LA OBRA DE INSPIRACIÓN CISTERCIENSE "QUESTE DEL SAINT GRAAL", QUE FORMABA PARTE DEL CICLO DE LA "VULGATA", COMPUESTO EN EL MONASTERIO DE SAN BERNARDO EN CLARAVAL, HAY ECO DE ESTA IMAGEN MISTERIOSA. ¿PERO CONOCEREMOS ALGUNA VEZ, Y A CIENCIA CIERTA, SU SIGNIFICADO? ¿ERA BAPHOMET EL DIABLO QUE NOS QUIERE HACER CREER LA TRADICIÓN?

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