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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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lunes, 18 de mayo de 2009

SCI-FI SPECIAL: CANDY MAN#links

SCI-FI SPECIAL: CANDY MAN#links

domingo, 17 de mayo de 2009

A FOREST . UN MITO NUCLEAR _______ PROCESO

PROCESO

Alfred E. Van Vogt







Bajo la brillante luz de aquel lejano sol, el bosque respiraba y estaba vivo. Era consciente de la nave que acababa de aparecer, tras atravesar las ligeras brumas de la alta atmósfera. Pero su automática hostilidad hacia cualquier cosa alienígena no iba acompañada inmediatamente por la alarma.

Por decenas de miles de kilómetros cuadrados, sus raíces se entrelazaban bajo el suelo, y sus millones de copas se balanceaban indolentemente bajo miles de brisas. Y más allá, extendiéndose a lo ancho de las colinas y las montañas, y más allá aún, hasta el borde de un mar casi interminable, se extendían, otros bosques, tan fuertes y poderosos como él mismo.

Desde un tiempo inmemorial el bosque había guardado el suelo de un peligro cuya comprensión se había perdido. Pero ahora empezaba a recordar algo de este peligro. Provenía de naves como aquella que descendía ahora del cielo. El bosque no llegaba a determinar exactamente cómo se había defendido a sí mismo en el pasado, pero sí recordaba claramente que aquella defensa había sido necesaria.

A medida que iba siendo más y más consciente de la aproximación de la nave a través del cielo gris-rojo que había sobre él, sus hojas susurraron un eterno relato de batallas libradas y ganadas. Los pensamientos recorrían su lento camino a lo largo de canales de vibraciones, y las ramas madres de cientos de árboles temblaron imperceptiblemente.

Lo vasto de tal temblor, afectando poco a poco a todos los árboles, creó gradualmente un sonido y una tensión. Al principio fue casi impalpable, como una suave brisa soplando a través de un verdeante valle. Pero aumentó de intensidad.

Adquirió substancia. El sonido llegó a envolverlo todo. Y la totalidad del bosque aguardó, vibrando su hostilidad, esperando la cosa que se le acercaba a través del cielo.

No tuvo que esperar mucho.



La nave aumentó de tamaño mientras seguía la curva de su trayectoria. Su velocidad, ahora que estaba más cerca del suelo, era mayor de lo que había parecido al principio. Planeó amenazadora, por encima de los árboles más cercanos, y descendió aún más, sin preocuparse de las copas. Algunas ramas se rompieron, algunos vástagos se incendiaron, y árboles enteros fueron barridos como si se tratara de seres insignificantes, sin peso ni fuerza.

La nave prosiguió su descenso, abriéndose camino a través del bosque que gritaba y gemía a su paso. Se posó, abriendo un profundo surco en el suelo, tres kilómetros después de que tocara el primer árbol. Tras ella, la senda de árboles tronchados se estremecía y palpitaba bajo la luz del sol, un recto sendero de destrucción que - recordó repentinamente el bosque - era idéntico al que se había producido en el pasado.

Empezó amputando los sectores alcanzados. Hilo refluir su savia, y cesó su vibración en el área afectada. Más tarde enviaría nuevos brotes a reemplazar a aquellos que habían sido destruidos, pero ahora aceptó aquella muerte parcial y sufrió por ella. Conoció el miedo.

Era un miedo teñido por la rabia. Sentía la nave yaciendo sobre los troncos partidos, en una parte de sí mismo que aún no estaba muerta. Sentía la frialdad y la dureza de aquellas paredes de acero, y el miedo y la rabia aumentaron.

Un susurrar de pensamientos pulsó a lo largo de los canales vibratorios. Espera, decían, hay un recuerdo en mí. Un recuerdo de un lejano tiempo en el que vinieron otras naves parecidas a ésta.

El recuerdo se negó a precisarse. Tenso pero vacilante, el bosque se preparó a lanzar su primer ataque. Empezó a crecer alrededor de la nave.

Mucho tiempo atrás había descubierto el poder de crecimiento que poseía. Había sido en un tiempo en el que ocupaba una extensión mucho más limitada que la que cubría ahora. Y entonces, un día, se dio cuenta de que estaba muy cerca de otro bosque como él mismo.

Las dos masas de árboles en crecimiento, los dos colosos de entremezcladas raíces, se acercaron mutuamente lenta, prudentemente, en una creciente pero cautelosa sorpresa y maravilla de que otra forma de vida similar a la suya hubiera podido existir todo aquel tiempo. Se acercaron, se tocaron... y lucharon durante años.

Durante aquella prolongada lucha casi nada creció en las regiones centrales, que se detuvieron. Los árboles dejaron de desarrollar nuevas ramas. Las hojas, por necesidad, se robustecieron y afirmaron sus funciones para períodos mucho más largos. Las raíces se desarrollaron lentamente. Toda la energía utilizable del bosque fue concentrada en los procesos de defensa y ataque.

Auténticas murallas de árboles se levantaban en una noche. Enormes raíces cavaban túneles en las profundidades del suelo penetrando kilómetros y kilómetros, abriéndose paso entre rocas y metales, edificando una barrera de madera viva contra el invasor crecimiento del bosque extranjero. En la superficie, las barreras se cerraron en una línea de un kilómetro o más de árboles situados tronco contra tronco. Y, bajo estas bases, la gran batalla se detuvo finalmente. El bosque aceptó el obstáculo creado por su enemigo.

Más tarde, luchó con las mismas armas contra un segundo bosque que lo atacaba desde otra dirección.

Los límites de estas demarcaciones empezaron a ser tan naturales como el gran mar salado del sur, o las heladas cúspides de las montañas que se cubrían de nieve una vez cada año.

Y como había hecho en su batalla contra los otros dos bosques, el bosque concentró toda su fuerza contra la nave invasora. Los árboles crecieron a un ritmo de treinta centímetros cada pocos minutos. Las plantas trepadoras escalaron los árboles, se proyectaron por encima de la nave. Los incontables filamentos reptaron por encima del metal, y se anudaron por sí mismos alrededor de los árboles del otro lado. Las raíces de aquellos árboles se enterraron profundamente en el suelo, y se anclaron en un estrato rocoso más resistente que ninguna nave jamás construida. Los troncos se ensancharon, y las lianas engrosaron hasta convertirse en enormes cables.

Cuando la luz de aquel primer día dejó paso al grisor del atardecer, la nave estaba enterrada bajo cientos de toneladas de madera, y oculta bajo un follaje tan denso que ninguna parte de ella era visible.

Había llegado el momento de pasar a la acción para la destrucción final.

Poco después de oscurecer, pequeñas raíces comenzaron a tantear por debajo de la nave. Eran infinitésimamente pequeñas; tan pequeñas que en su estadio inicial no tenían más que unas pocas docenas de átomos de diámetro; tan pequeñas que el aparentemente sólido metal parecía casi vacío para ellas; tan increíblemente pequeñas que penetraron sin ningún esfuerzo en el duro acero.

Fue en aquel momento, como si hubiera estado aguardando a que llegara aquel estadio, que la nave reaccionó, pasando a la acción. El metal empezó a calentarse, luego quemó, después se puso al rojo vivo. Era todo lo que necesitaba. Las minúsculas raíces se contrajeron y murieron. Las raíces más grandes cerca del metal ardieron lentamente a medida que el creciente calor las alcanzaba.

En la superficie se inició otro tipo de violencia. Chorros de llamas surgieron de un centenar de orificios en la superficie de la nave. Primero las lianas, luego los árboles, empezaron a arder. No era el estallido de un incontrolable fuego, ni el feroz incendio saltando de árbol en árbol en una furia irresistible. Desde hacía mucho tiempo, el bosque había aprendido a controlar los fuegos iniciados por los rayos o por la combustión espontánea. Se trataba únicamente de enviar grandes cantidades de savia al área afectada. Cuanto más verde era el árbol, cuanta más savia lo permeaba, más intenso tenía que ser el fuego para mantenerse.

El bosque no pudo recordar inmediatamente haberse hallado nunca frente a un fuego que pudiera arrasar al mismo tiempo toda una hilera de árboles dejando que cada uno de ellos derramase un líquido viscoso por cada una de las resquebrajaduras de su corteza.

Pero este fuego sí podía. Era distinto. No tan sólo poseía llama, sino que era también energía. No se alimentaba tan sólo de madera, sino que vivía con una energía contenida en sí mismo.

Finalmente, este hecho despertó los recuerdos asociativos del bosque. Era un recuerdo agudo e inconfundible de lo que había hecho hacía mucho tiempo para librar, a él y a su planeta, de una nave como aquella.

Comenzó por retirarse de las inmediaciones de la nave. Abandonó su intento de aprisionar aquella estructura alienígena con un andamiaje de madera y hojas. A medida que la preciosa savia se retiraba a los árboles que ahora debían formar la segunda línea de defensa, las llamas adquirieron amplitud, y el fuego se hizo tan brillante que toda la escena adquirió una tonalidad irreal.

Pasó cierto tiempo antes de que el bosque se diera cuenta de que hacía rato que los rayos de fuego ya no surgían de la nave, y que toda la incandescencia y el humo que aún quedaban eran producidos por la madera ardiendo.

Esto también coincidía con sus recuerdos de lo que había ocurrido en la anterior ocasión.

Frenéticamente, pero con reluctancia, el bosque inició lo que ahora se daba cuenta que era el único medio de librarse del intruso. Frenéticamente porque se sentía terriblemente convencido de que la llama emitida por la nave podía destruir bosques enteros. Y reluctantemente porque el método de defensa traía consigo el sufrir quemaduras de energía apenas menos violentas que las que pudiera producirle la máquina.

Decenas de miles de raíces crecieron hacia las profundidades en busca de formaciones que habían evitado cuidadosamente desde que había llegado la última nave. A pesar de la necesidad de apresurarse, el proceso en sí mismo era lento. Pequeñísimas raíces, estremeciéndose ante lo que tenían que hacer, se obligaron a sí mismas a abrirse camino hacia las profundidades, se enterraron en determinados estratos minerales, y a través de un intrincado proceso de ósmosis arrancaron granos de metal puro de las capas naturales de metal impuro. Los granos eran casi tan pequeños como las raíces que habían penetrado en las paredes de acero de la nave, tan pequeños como para poder ser transportados hacia la superficie, suspendidos en la savia, a través del laberinto de gruesas raíces.

Muy pronto hubo miles de granos moviéndose a lo largo de los canales, luego millones. Y, aunque cada uno de ellos era en sí mismo pequeñísimo, el suelo donde fueron depositados brilló muy pronto a la luz del agonizante fuego. Cuando el sol de aquel mundo ascendió por sobre el horizonte, el plateado reflejo formaba un círculo a treinta metros alrededor de la nave.

Fue poco después del mediodía cuando la máquina alienígena dio señales de comprender lo que estaba ocurriendo. Una docena de escotillas se abrieron, y algunos objetos flotaron fuera de ellas. Se posaron en el suelo, y comenzaron a absorber aquella mancha plateada con cosas terminadas en una boquilla que chupaban el polvo finísimo en forma ininterrumpida. Trabajaban con grandes precauciones; pero una hora después de oscurecer habían recogido más de doce toneladas del finamente disperso uranio 235.

A la caída de la noche, todas las cosas provistas de dos patas desaparecieron en el interior de la nave. Las escotillas se cerraron. La larga nave en forma de torpedo se elevó suavemente del suelo y se dirigió hacia el cielo, donde el sol brillaba aún débilmente.

La primera consciencia de la nueva situación le llegó al bosque cuando las raíces debajo de la nave informaron de un súbito descenso de la presión. Pasaron varias horas antes de que llegara a la conclusión de que la nave enemiga había sido echada. Y varias horas más antes de que se diera cuenta de que el uranio que permanecía aún en el suelo debía ser retirado. Sus radiaciones se estaban extendiendo peligrosamente.

El accidente se produjo por una razón muy simple. El bosque había tomado aquella substancia radiactiva de las rocas. Para librarse de ella, necesitaba tan solo introducirla de nuevo en las más cercanas capas rocosas, particularmente las del tipo de roca que absorbía la radiactividad. Para el bosque, la situación era tan obvia como esto.

Una hora después de que iniciara la realización de su plan, la explosión lanzó su hongo hacia el espacio abierto.

Era algo que estaba mucho más allá de la capacidad de Comprensión del bosque. Ni vio ni escuchó aquella colosal silueta portadora de muerte. Lo que experimentó fue sin embargo suficiente. Un huracán arrasó kilómetros cuadrados de bosque. Las ondas de calor y de radiación provocaron incendios que requirieron horas para ser extinguidos.

El miedo se apagó lentamente cuando recordó que también había ocurrido lo mismo la otra vez. Pero más aguda que este recuerdo fue la visión de las posibilidades que abría lo ocurrido... la naturaleza de tal oportunidad.

Poco después del amanecer del día siguiente, lanzó su ataque. Su víctima era el bosque que - Según su desfalleciente memoria - había invadido originalmente su territorio.

A lo largo de todo el frente que separaba a los dos colosos, entraron en erupción pequeñas explosiones atómicas. La sólida barrera de árboles que formaban las defensas exteriores del otro bosque se derrumbó ante los sucesivos ataques de tan irresistible energía.

El enemigo, reaccionando normalmente, puso en marcha sus reservas de savia. Cuando estaba plenamente dedicado a la gigantesca tarea de edificar una nueva barrera, las bombas empezaron de nuevo a actuar. Las explosiones resultantes destruyeron completamente las reservas de savia. Y el enemigo, no pudiendo comprender lo que estaba ocurriendo, estuvo perdido desde aquel momento.

En la tierra de nadie donde habían actuado las bombas, el bosque atacante lanzó una oleada de raíces. Cada vez que se manifestaba una resistencia, estallaba una nueva bomba atómica. Poco después del siguiente mediodía una titánica explosión destruyó el centro sensitivo de árboles del otro bosque... y la batalla finalizó.

Se necesitaron meses para que el bosque creciera en el territorio de su derrotado enemigo, arrancando sus agonizantes raíces, arrasando en su empuje los indefensos árboles que habían quedado, y tomando posesión plena e indiscutida de su nuevo territorio.

Una vez terminada la tarea, se volvió como una furia contra el bosque que lo franqueaba por el otro lado. Una vez más, atacó con el trueno atómico, e intentó abrumar a su adversario con una lluvia de fuego.

Fue respondido con igual fuerza. ¡Explosiones atómicas! Su conocimiento se había difundido a través de la barrera de entrelazadas raíces que formaba la separación entre los dos bosques.

Los dos monstruos se destruyeron mutuamente casi por completo. Cada uno de ellos se convirtió en un vestigio, que tuvo que iniciar de nuevo el doloroso proceso de su crecimiento. A medida que pasaban los años, el recuerdo de lo que había ocurrido se fue desvaneciendo. Pero tampoco tenía importancia. Actualmente, las naves venían muy a menudo. Y de todos modos, aunque el bosque hubiera recordado, sus bombas atómicas no podían estallar en presencia de una nave.

La única forma que había de echar a las naves consistía en rodear cada nave alienígena con un círculo de fino polvo radioactiva. Entonces, la nave absorbía el material y se retiraba apresuradamente.

La victoria del bosque fue desde entonces tan simple como eso.





FIN



jueves, 14 de mayo de 2009

FÉNIX BRILLANTE ... Bright Phoenix -- RAY BRADBURY

FÉNIX BRILLANTE
(Bright Phoenix)


RAY BRADBURY

...
Era un día de abril del año 2.022, la gran puerta de la biblioteca restalló, secamente, como un trueno.
Hey, pensé.
Jonathan Barnes estaba en las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uni-forme de la Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años.
Su altanera agresividad, marcada en su pausa, trajo a mi mente los diez mil discursos a los Veteranos que habían surgido de su boca en los innumerables desfiles en los que había participado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base de pollo frío y guisantes, seguramente cocinados por él mismo, en todos sus proyectos abortados.
Jonathan Barnes subió con pesadez los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de su corpulencia y de su recién adquirida autoridad. Los ecos, repercutiendo en la alta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta de lo burdo de sus modales ya que, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fue apenas un susurro junto a mi rostro.
–Vengo a por los libros, Tom.
Rebusqué entre mis fichas índice de forma casual.
–Ya le llamaré cuando estén preparados.
–Espere un momento... –dijo.
–Supongo que se refiere a los libros para la Obra Social de los Veteranos, ¿no?, para distribuir entre los hospitales.
–No, no –gritó–. He venido a por todos los libros.
Le miré, sin decir nada.
–Bueno –dijo–, casi todos.
Estuve a punto de parpadear mientras continuaba buscando entre las fichas índice.
–La norma son diez volúmenes máximo por persona y vez. Aquí está. Además, su tarjeta de lector ca-ducó cuando usted tenía treinta años... hace otros treinta años de ello. ¿Lo ve? –le tendí su ficha.
Barnes apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.
–Lo que veo es que está usted intentando interferir –dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear–. ¡No necesito ninguna tarjeta de lector para efectuar mi trabajo!
Seguía hablando en susurros, pero había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de pá-ginas blancas suspendieran sus aleteos bajo la luz verdosa de las lámparas en las enormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordo y casi imperceptible ruido.
Varios lectores alzaron unos rostros apacibles. Sus ojos, calmados por la quietud y el recogimiento de aquel lugar, pedían silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las aguas tranquilas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, esos rostros serenos, pensé en los cuarenta años en que había vivido, trabajado, in-cluso dormido allí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellos personajes imaginarios. Siempre había considerado mi biblioteca, y la seguía considerando, como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febril actividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la ver-dosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas. Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos más relajados, podían sumergirse de nuevo en el ardiente horno de la realidad, la noche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucina-dos para verlos salir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallan-do aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra y mármol donde cada libro está marcado por el silencio.
–Sí –dije finalmente–. No le llevará mucho tiempo registrarse de nuevo. Rellene esta ficha y traiga dos referencias que sean solventes...
–No necesito referencias –dijo Jonathan Barnes–. ¡No para quemar libros
–Al contrario –dije–. Para eso va a necesitar más.
–Mis hombres son mis referencias. Están fuera, esperando a los libros. Son peligrosos.
–Esos hombres siempre lo son.
–No, no, me refiero a los libros, estúpido. Los libros son peligrosos. Buen Dios, no hay dos que pien-sen lo mismo. Siempre los mismos malditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma saliva malgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, para sanear. Necesitamos...
–Perdón –dije, tomando un ejemplar de Demóstenes bajo mi brazo–. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña?
Estaba ya a medio camino de la puerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, pareció recordar el silbato de plata que colgaba de su cinturón; lo llevó hasta sus labios y lanzó un prolongado pitido.
Las puertas de la biblioteca se abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraron ruidosamente escaleras arriba.
Les llamé la atención, con suavidad. Se detuvieron, sorprendidos.
–Sin hacer ruido –les indiqué
Barnes me sujetó del brazo.
–¿Se está oponiendo usted a nuestra actuación?
–No –dije–. Ni siquiera voy a pedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido es que guarden silencio mientras trabajan.
Los lectores se habían levantado de sus mesas ante el estrepitoso resonar de las pisadas. Les indiqué que volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ninguno volviera a levantar la vista hacia aquellos hombres, impecablemente uniformados de negro, que me miraban con una no fingida estupefac-ción. Barnes hizo un gesto con la cabeza. Los hombres avanzaron entonces con cuidado, de puntillas, hacia las distintas salas de la gran biblioteca. Con precaución extrema, procurando no hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablaban en susurros, tomaban los libros de sus estanterías y los iban arrojando al patio de abajo, todo en el más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas furtivas a los lectores que, iban volviendo las páginas de sus libros con tranquilidad, aunque ninguno osó tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías.
–Bien –dije.
–¿Bien? –repitió Barnes.
–Sus hombres pueden trabajar sin usted. Vamos fuera.
Y salí tan rápidamente que no tuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formula-das. Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, allí había sido montado un horno portátil, una enorme parri-lla negra de donde surgían rojizos chorros que se convertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres preci-pitaban los pájaros silvestres y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en un frenético batir de alas an-tes de caer heridos de muerte, consumiéndose entre las terribles llamas De todas las ventanas surgían aterroriza-dos pájaros, que caían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a las destructivas y colorea-das llamas.
–Es extraño –murmuró Barnes, sorprendido–. Debería haber una multitud contemplando un espectá-culo como este. Sin embargo no hay nadie. ¿Cómo lo explica usted?
Lo dejé con la palabra en el aire. Tuvo que correr para alcanzarme.
Llegamos al pequeño café del otro lado de la calle. Me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ningún motivo aparente, comenzó a gritar en cuanto ocupamos nuestras sillas:
–¡Camarero! ¡Rápido, he de volver inmediatamente al trabajo!
Walter, el propietario, se acercó con el menú en la mano.
Walter me miró.
Le guiñé un ojo.
Walter miró a Jonathan Barnes.
Walter dijo:
–Ven conmigo y sé mi amor, y probaremos de la felicidad el ardor.
–¿Qué? –Jonathan Barnes parpadeó.
–Llámeme Ismael –dijo Walter.
–Ismael –dije–, empezaremos con un café.
Walter volvió con el café.
–Tigre, tigre, brillante has de arder –dijo–, en la penumbra del bosque, al anochecer.
Barnes se quedó mirando al hombre que se alejaba con un paso casual.
–¿Qué demonios le ocurre? ¿Está loco?
–No –dije–. Pero sigamos con lo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.
–¿Explicar? –dijo Barnes–. Dios mío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré: es un experimento de importancia capital. Esta ciudad nos servirá de prueba, si la quema de libros funciona aquí, fun-cionará en todas partes. No lo quemamos todo, no, no. Se habrá dado cuenta de que mis hombres tan sólo des-alojan ciertas categorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49'2 por ciento. Luego informaremos del éxito al comité central del gobierno...
–Excelente –dije.
Barnes se quedó mirándome fijamente.
–¿Cómo puede estar usted tan alegre?
–El problema de cualquier biblioteca –indiqué– es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolver-lo.
–Creí que usted evidenciaría... miedo.
–Siempre he estado rodeado de gentuza.
–¿Perdón?
–Todas las cosas tienen nombre. Los que queman libros son gentuza.
–¡Maldita sea, soy el Jefe Censor de Green Town, Illinois!
Llegó un nuevo camarero, portando una humeante cafetera.
–Hola, Keats –dije.
–La estación de las brumas y el dulzor de la fruta madura –dijo el camarero.
–¿Keats? –preguntó el Jefe Censor–. Su nombre no es Keats.
–Oh, qué tonto soy –dije–. Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón?
El muchacho llenó mi taza.
–El pueblo dispone siempre de algún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grande-zas... Esta y no otra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es un protector.
Barnes se inclinó hacia adelante para mirar mejor al camarero que permaneció inmutable. Luego to-mó su café y sopló.
–Como le decía, nuestro plan es tan simple como el que uno más uno son dos...
–Casi nunca he conocido a un matemático que fuera capaz de razonar –dijo el muchacho.
–¡Maldita sea! –Barnes dejó su taza sobre la mesa, con brusquedad–. ¡Paz! Lárgate de aquí antes de que pierda la paciencia, Keats, Platón... Holdridge, este es tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge! ¿Qué es toda esa jerga?
–Sólo imaginación –dije–. Vanidad.
–Maldita sea la imaginación y al infierno con la vanidad. Puede usted comer solo si quiere, me largo inmediatamente de esta casa de locos.– Y Barnes se tragó el café de un sorbo, mientras el dueño y el camarero lo miraban y al otro lado de la calle el fuego ardía con orgullo en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestras silenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en una mano y una gota de café colgando de su mentón.
–¿Por qué? ¿Por qué no gritan? ¿Por qué no luchan contra mí?
–Yo estoy luchando –dije, tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página que decía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma de cigarro, la prendí, contem-plé la creciente llama y murmuré–-: Aunque el hombre pueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente a aquellos que no reconocen, a una persona como él, el derecho a existir.
Barnes saltó, de pie, gritando, me arrancó el “cigarro” de la mano, lo pateó, y el salió del lugar dando un portazo.
Lo único que podía hacer era seguirle.
En la puerta, Barnes tropezó con un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto de caer. Lo sostuve del brazo.
–Profesor Einstein –dije.
–Señor Shakespeare –respondió.
Barnes huyó.
Lo encontré de nuevo en el césped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negro desprendían olor a gasolina a cada movimiento y seguían transportando brazadas de palomas abatidas, de mori-bundos faisanes, todo un otoño de oro y plata que caía de las altas ventanas. Y todo silenciosa, pausadamente. Mientras esta tranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil, gritando en silencio, ahogando los gritos que pugnaban por surgir por entre sus dientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbu-las, acallándolos de modo que nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muy abiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y daban color a su rostro, ahora blanco, ahora rojo, mien-tras me miraba fijamente, miraba al café, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, le hacían gestos amigables. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito, esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojo que ardía y llameaba en su estómago.
–Ustedes –dije con voz suave a los hombres de negro, se detuvieron–. Recuerden las Ordenanzas Municipales: se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces. No me gustaría quebrantar la ley... Buenas noches, señor Lincoln.
–Ochenta –dijo un hombre, pasando a nuestro lado–, y siete años...
–¿Lincoln? –el Jefe Censor se giró, lentamente–. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, venga aquí un momento... Charlie... ¡Chuck!
Pero el hombre se había alejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguía ardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era “¡Hola señor Poe!”, o un gesto amable a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así como Freud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Bar-nes se estremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuara ardiendo en su inter-ior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver el espectáculo.
De pronto, por alguna razón oculta, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró pro-fundamente y gritó:
–¡Alto!
Los hombres, en el piso de arriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.
–Pero –dije–, aún no es la hora de cerrar.
–¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundo fuera! –Profundos pozos habían devorado las pupilas de Jo-nathan Barnes. Hizo una seña, indicando que bajaran. Obedientes, todas las ventanas descendieron como otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas al cerrarse.
Los hombres de negro, la sorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.
–Jefe Censor –metí en su mano la llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla–, vuelva usted mañana, mantenga el silencio y termine con su trabajo.
Sus ahora insondables y vacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada.
–¿Cuánto... cuánto tiempo hace que dura...?
–¿Esto?
–Esto... y... esto... y ellos.
Intentó, sin éxito, señalar el café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de la acogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado en el frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos y crispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lengua paralizada murmuró no sin esfuerzo:
–¿Creen ustedes, estúpidos, que van a engañarme a mí, a mí, a mí?
No contesté.
–¿Cómo pueden estar seguros –dijo– de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?
No contesté.
Lo dejé de pie, inmóvil, allá en medio de la noche.
En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes de los que se iban, mientras la noche llegaba final-mente y la gran máquina de Baal seguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped allá donde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin ver siquiera cómo sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente y algo rápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada. Luego Barnes se giró y se fue tras el Incinerador que resonaba contra el pavimento, una panzuda ur-na funeraria que dejaba tras ella jirones de negros velos de duelo, humo, y olor a papel quemado.
Me senté y escuché.
En las salas de lectura más alejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal tornar de hojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto de una mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la de una ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanterías ahora medio vacías. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizaban suavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno, salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a esperar.
A las nueve, salí para recoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al último lector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmón el frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, y dijo:
–¿Crees que volverán?
–Dejemos que lo hagan. Ya estamos preparados para recibirlos, ¿no?
El anciano sujetó mi mano.
–Y el lobo cohabitará con el cordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven león andarán juntos.
Bajamos juntos los últimos peldaños.
–Buenas noches, Isaías –dije.
–Buenas noches, señor Sócrates –dijo.
Y cada cual tomó su camino en la oscuridad.



POSTFACIO (es absurdo que no exista esta palabra):
Sí, este relato es el embrión de lo que, seis años después, en 1.953, se convertiría en Fahrenheit 451. Puede ser simple, puede ser sólo una curiosidad, puede ser muchas cosas, pero sólo por una de sus frases ya creo que vale la pena. Una frase que, desgraciadamente, resume la actitud de muchas personas desde el principio de los tiempos hasta nuestros días:
“¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?”

AQUI TRABAJAMOS..., DURMIENDO ¡ NO MOLESTAR!

¿QUIERES SALIR AQUI? , ENLAZAME

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