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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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viernes, 18 de junio de 2010

El Asirio





El Asirio
“Con el mandato del Dios Assur, el Gran Señor, caí sobre el enemigo como un huracán... Los derroté y los hice retroceder. Atravesé las unidades del enemigo con flechas y jabalinas... Corté sus gargantas como a borregos... Mis caballos encabritados, enjaezados, se sumergieron en la sangre que corría como en un río; las ruedas de mi carro de batalla se salpicaron de sangre y despojos. Llené la llanura de cadáveres de los guerreros, como si fueran hierba...”
Sennacherib, emperador de Asiria, tras la
batalla de Halklue, en la ribera del río
Tigris, s. VII a. C.
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Se llamaba Tilat. Era un soldado de infantería, al servicio del emperador Sargón II, señor de la hermosa Nínive, la temible Assur, propietario de toda Asiria, de Babilonia la de las fuentes brillantes, de Samaria, del país de Media, de los vergeles que bebían del Tigris y el Eufrates. Tilat tenía un rostro ajado, de labios gruesos, nariz ancha y aguileña y penetrantes ojos oscuros. La corta melena, espesa y negra, surgía por los bordes del casco cónico y ondulado, con fina punta y orejeras metálicas. La barba también resultaba densa, en bucles regulares que cubrían toda la garganta. Era una cabeza poderosa, sobre un grueso cuello, entre dos macizos hombros. Una camisola verde-parduzca, de mangas cortas, se le ceñía al ancho y duro torso. Lucía cinto de cuero duro, adornado con rombos azules y rojos, más grueso en sus bordes, sujeto por un recio cordel. Bajo él reposaba una banda de tela, a rayas rojas y azules, igualmente ancha. La falda era vasta y cómoda, en tono cremoso oscuro. A la altura de los muslos caía en espesos flecos blancos y azules. Venía cortada entre las dos piernas, y aquella abertura quedaba cubierta por otra línea de flecos. Tilat, como buen infante, mostraba los pies desnudos, bajo unas piernas densas, acostumbradas a correr y saltar. Sobre las endurecidas plantas podrían desmenuzarse cantos de grava. Los dedos parecían piedrecillas, con uñas carcomidas por los arbustos y la arena.
Su recio brazo derecho empuñaba una lanza, tan alta como él mismo, de afiladísima punta en forma de hoja estilizada. En el izquierdo llevaba embrazado el escudo circular, un cono de piel rígida recubierto de bronce, adornado con pinturas geométricas y tachones alrededor del centro. Tal protección lograría cubrirle desde la cabeza a la cintura, y le había salvado la vida una docena de veces, tal y como demostraban las marcas de puntas de flecha, lanza, y los rayones provocados por las hojas de espada.
Una ancha tela le cruzaba el torso, desde un hombro a la cadera contraria. Estaba decorada con círculos rojos y blancos, y sostenía la espada corta, recta, de puño estrecho y sin guardas, envainada en metal, ideada para luchar en distancias cortas.
Tilat saltaba sobre las piedras y guijarros de tierra seca, internándose en la ancha cañada, rojiza y veteada de naranja. Era un terreno áspero y ardiente, al pie de varios montes cuyos nombres desconocía. El Sol de Oriente castigaba implacablemente, el sudor le resbalaba por el surco lumbar, hasta las nalgas. La camisola estaba empapada en las axilas y el bajo vientre, las manchas de humedad se mezclaban con las de la sangre arrancada de venas enemigas.
Escudriñó el desierto paso, pues la vida le iba en ello. Su mente, afilada a causa de los múltiples peligros que llenaban su existencia, imaginaba enemigos tras cada tocón y talud. Respiraba con fuerza por la nariz, con las aletas tensas, y caminaba velozmente, procurando evitar todo ruido innecesario. No estaba dispuesto a dejarse matar, ni a que se le escapara la presa.
Distinguió diminutas flores de sangre seca, sobre los guijarros del suelo. Al lado, huellas profundas en la tierrecilla, marcadas por un hombre aterrorizado. Sonrió. Llevaba persiguiéndolo desde la noche anterior. Era un urartio, un enemigo de Asiria. Habíase opuesto al poder de Assur y por ello tenía que morir. Sus compañeros rebeldes fueron azotados, empalados, quemados vivos, perdieron los ojos, las narices, los dedos, las orejas y la piel. Pero este logró escapar al castigo.
Tilat rememoró los acontecimientos de los últimos días. La campaña de Urartia había sido dura...
Todo comenzó muchos años atrás, cuando el rey de Urartia y Midas de Frigia, señor de Mushki, habíanse aliado para controlar las rutas de comercio a través de la Cilicia. También el monarca de Tabal quiso entrar en la conspiración, pero Sargón, El Brazo de Assur, conquistó su territorio. Midas también cedió ante el Puño Asirio. Rusas de Urartia permaneció rebelde, e incluso derrocó al gobernador imperial de la región Mannea. Mas, al poco, las hordas nómadas cimerias golpearon duramente su ejército. Era el momento propicio para que Sargón atacara, con el grueso de sus fuerzas, dispuesto a arrasar toda Urartia, sin piedad alguna.
Las tropas de Assur, comandadas por el mismo emperador, atravesaron llanuras, desfiladeros y ríos de rápidas corrientes, precedidos por un grueso de zapadores que arrasaban y allanaban, que construían puentes y balsas. El astuto Sargón evitó la línea de fortificaciones urartias, al Oeste del lago Urmia, avanzando por la orilla contraria. Cada noche, el emperador y sus soldados oraban y le pedían a Assur la derrota de los enemigos, su muerte y su dolor. Y cada amanecer retornaban al duro camino de la guerra, sedientos de sangre y victoria.
Al fin, hallaron al titánico ejército urartio en un valle entre escarpadas montañas. Los asirios habían atravesado el país a marchas forzadas, estaban cansados y faltos de sueño. Los urartios les retaron, confiando en su victoria.
No se esperaban la explosiva reacción asiria: Sargón ordenó el ataque sin dilaciones, marchando él al frente, sobre su espectacular carro de combate tirado por cuatro corceles. Le rodeaban los qurubti sa sheppe, la Caballería de la Guardia, lanceros a caballo, ciñéndose con las rodillas a la basta tela o piel de leopardo que constituía su única silla, capaces de disparar a pleno galope con su arco rígido y triangular y bajar al salto del noble bruto si éste era herido, pues no calzaban estribos. En aquella carga brillaron los penachos sobre las testas equinas, las puntas de lanza, el bronce de cascos y corseletes y los coloridos flecos al vuelo de lanzas y faldones.
La caballería se abrió para dejar paso a la temible línea de carros: pesados monstruos de acero, tirados cada uno por cuatro caballos enfundados en armaduras de tejido, ante los cuales la vanguardia enemiga sentía un indecible pavor. Los carros arrollaban las filas de caballería e infantería, los cascos y las tachonadas ruedas de bronce convertían en pulpa miembros, cabezas y torsos. Además de su contundencia en el choque, el carro servía como atalaya para los tiradores selectos, que desde tal punto privilegiado masacraban a flechazos cuantos enemigos podían divisar.
Tras la carga de carros y caballería le tocó el turno a la marea de infantes. Llegaron a la carrera, internándose en la densa neblina de polvo, pisando con sus pies descalzos los cuerpos deformes. La mayoría preferían la lanza, que arrojaban, o cuya hoja pinchaba y sajaba. Los honderos tiraban piedras o bolas metálicas que abrían cráneos y rompían rostros. Pocos usaban la espada, ya que no solía producirse la lid a distancias muy cortas. Los escudos anchos y cónicos chocaban estruendosamente, el poderoso lanzaba al débil al suelo y lo lanceaba bajo el riñón, en el cuello o en la ingle.
Tilat participó en la batalla, pues era un infante más. La garganta y los ojos se le llenaron de polvo, pero continuó corriendo, casi a ciegas. Distinguió un cuerpo urartio que gemía y braceaba, con las piernas destrozadas por las ruedas de un carro. Los huesos sobresalían, blancuzcos, entre jirones de carne húmeda. Su boca parecía un agujero difuso. Tilat desorbitó los ojos y hundió la lanza en la cara rival, atravesándola hasta que la punta tocó el interior del casco.
Siguió avanzando sobre el terreno devastado, que hedía a muerte y resonaba con los gritos de ira y dolor. Poco a poco, la tierra iba depositándose y podía verse con mayor claridad. Los combates eran aislados, en general de un hombre contra otro, mas a veces podía contemplarse un tumulto abigarrado, hasta una docena de guerreros cuyas lanzas y escudos chocaban violentamente. Tanto asirios como urartios corrían hacia tales combates en grupo, pero todo terminaba tan rápidamente como había empezado, normalmente quedando la victoria en manos asirias.
Tilat caminaba cerca de otros compañeros, la mayoría pertenecientes a distintas tropas, y por tanto desconocidos. Muy lejos, hacia el frente, distinguió una espesa nube, donde la caballería y los carros continuaban destruyendo las líneas urartias.
Tilat observó un carro volcado, y alrededor varios cadáveres asirios, sin duda los arqueros y el auriga. El eje central estaba quebrado, una de las dos pesadas ruedas tachonadas yacía a cierta distancia. Los caballos relinchaban espantosamente, con las patas rotas, algunos reventados bajo el peso del armatoste. Sin duda, el vehículo había tropezado con un bache o socavón profundo, y voló por los aires, rebotando y hundiéndose sobre los cuerpos y la tierra.
Un soldado urartio surgió de su escondite, tras el carro. Vestía una camisola parda, de mangas cortas, con protecciones rectangulares metálicas, una falda que superaba los muslos, igualmente marrón, medias de tela roja y azul, y botas de cordones que subían hasta la rodilla. Un irtu o círculo metálico, sujeto por cuatro bandas de cuero, protegía su pecho. El casco era cónico, coronado por una cresta en forma de gancho, con flecos de vivos colores. La barba caía, recortada y gris, sobre la garganta. El rostro estaba contraído por la furia. Se armaba con una lanza, un pequeño escudo plano y redondo, y una espada corta, envainada.
Aquel hombre arrojó su lanza. El compañero a la derecha de Tilat no había descubierto aún al enemigo. La hoja se le hundió en la zona lumbar, sin más protección que la basta camisola. La punta surgió a la altura del hígado. Era una herida mortal. El ensartado trastabilló y cayó de rodillas, jadeando de puro dolor.
Tilat aulló y echó a correr hacia el carro volcado. Le seguían cinco asirios más. Un segundo urartio asomó por la diestra del carro. Era un arquero. La cuerda crujió al ser reculada, y restalló cuando los dedos envueltos en manoplas de cuero la soltaron. Tilat se agachó y cubrió con el escudo. El proyectil chocó contra el bronce y su brazo vibró dolorosamente, hasta el hombro. Siguió corriendo.
El arquero urartio desorbitó los ojos. Una punta metálica le sobresalía por el estómago, bajo el irtu. Un asirio cercano, aún tambaleante, le había arrojado su lanza. El otro urartio se había perdido. Agachado junto a un cadáver, trataba de arrebatarle la lanza. Pero Tilat le atacó. El urartio esquivó la hoja asesina y desenvainó su espada. Alzó el escudo y paró una nueva estocada. Un asirio reculaba su lanza, más no se atrevió a arrojarla, debido a la cercanía de Tilat.
Los escudos chocaron y resbalaron. La espada partió el astil, Tilat retrocedió y tiró el arma rota. Desenvainó su espada, golpeando en el mismo movimiento. Se rodearon, estudiándose el uno al otro. Los guerreros imperiales les observaban y animaban a Tilat. Éste llevaba puesto un corselete de placas de bronce que le restaba movilidad. El urartio atacó con varias estocadas y un golpe de escudo. Tilat los paró y, al acercarse, trabó su pierna en la del rival y empujó. El rebelde se estrelló en el suelo, rodó y la espada asiria sólo probó tierra. Al levantarse, el urartio golpeó con su escudo hacia arriba y estoqueó por lo bajo. El bronce abrió la boca de Tilat, quien tragó sangre y un diente. Se revolvió y la hoja maligna resbaló sobre las broncíneas placas, cortando las sujeciones de un costado. El corselete voló, semi suelto, y el borde inferior rasgó la barbilla de Tilat. Éste lanzó una serie de tajos, que rebotaron en el escudo plano. Retrocedió y, puesto que le estorbaba, se deshizo del corselete.
Ahora sentíase más ligero, y cargó como un toro furioso. Las espadas restallaron de nuevo, en los oídos de Tilat rugían los gritos de sus compañeros: “¡ASSUR! ¡ASSUR! ¡ASSUR!”. El rostro urartio se llenó de miedo. Tilat le tajó una sien, lo arrolló con el escudo y le cortó la garganta. Alzó la hoja húmeda y sintió un éxtasis indescriptible. Aún riendo, echó a andar, en busca de más enemigos.
La batalla pronto llegó a los estertores. La caballería y los carros habían abierto la vanguardia como un cuchillo la manteca. Se daba caza a los huidos y los infantes peleaban contra los resistentes. Cada soldado asirio entonaba una loa de agradecimiento a Assur mientras cortaba el cuello de un rival que inútilmente sollozaba piedad.
Cuando el carro del emperador paseó por la zona, seguido de la Caballería de la Guardia, y Sargón levantó las flechas de la victoria, los soldados asirios rugieron vítores, enloquecidos de felicidad y adoración.
En la tarde, se organizaron grupos de caza. Debían hacerse con todos los huidos y traerlos, vivos o muertos, ante el emperador, quien, como en otras ocasiones, dispondría una pila de cadáveres descomunal, símbolo de su poder y promesa de venganza para quienes no se le sometieran en el futuro.
Tilat, ya sin su protección de placas, se internó en los secos montes adyacentes a la batalla, al igual que cientos de compañeros más, siguiendo un rastro de pisadas apresuradas y manchas de sangre. El dios Assur les ayudó, pues la Luna y las estrellas iluminaron aquella búsqueda; gracias a su fulgor, muchos urartios que confiaron en las sombras nocturnas para escapar, gritaron de miedo y dolor antes de perecer bajo la lanza asiria.
El rastro fácil llevó a Tilat a través de un terreno que se escarpaba poco a poco. Estuvo tan sumido en la persecución que casi no se percató del tránsito entre la noche y el día.
Ahora, Tilat sabía que su presa estaba muy cerca. En aquella estrecha barranca, la sangre seca restallaba contra el Sol cegador, marcando un camino sencillo de seguir. El asirio se maldijo durante un instante por no haberse apropiado de otro corselete o armadura. En el calor de la batalla y la euforia del triunfo, tal punto se le pasó por alto. Sí tomó una lanza, de un compañero muerto. Apreciaba la espada, pero sentíase desnudo si no empuñaba un astil tocado de filoso metal. El labio partido, amoratado y brillante, le ardía como si hubiese mordido un rescoldo de hoguera. Pero estaba acostumbrado al dolor, y su voluntad de soldado mantenía tal molestia en un plano intrascendente.
Entonces, escuchó una respiración débil y jadeante. Era casi un silbido inapreciable, mas él lo había detectado. Comprendió que había un enemigo tras un recodo del camino; sin duda, cuando doblase ese talud rojizo, una hoja afilada caería sobre su rostro.
Muy lentamente, se desembrazó el escudo y lo pasó por sobre el casco y un hombro, quedando sujeto a su espalda por las tiras de cuero. Sin hacer el más mínimo ruido, rodeó el talud, hasta hallar una rampa natural fácil para la escalada. Ató con un cordel la espada envainada al muslo y la nalga, para que no chocara contra la piedra, y comenzó a ascender lentamente, metiendo manos y pies en grietas, tan sigiloso como un gran felino, poniendo infinito cuidado en que el borde del escudo no rozara el firme duro y caliente.
Al llegar a la cúspide, se levantó y avanzó semiagachado, notando el ardor de la piedra bajo sus durísimos pies. El corazón atronaba en sienes y garganta, el sudor untaba párpados y mejillas. Llegó al borde del talud. Abajo, tras una caída que como poco le rompería las piernas, distinguió al urartio.
Estaba recostado sobre una piedra, casi escondido tras ella. Sus ropas oscurecían, empapadas en sudor. Su casco brillaba bajo los rayos solares. Tenía un muslo vendado, con telas ennegrecidas que supuraban sangre. Mostraba la pierna roja hasta el tobillo. Tilat imaginó que habría perdido demasiado líquido vital y con probabilidad la herida estaría infectándose. La lanza y el escudo urartios reposaban cerca de su dueño. Era un arquero, y sostenía con flojeza su arma, reculando malamente la cuerda, en esta una flecha siempre a punto de caer. El herido cabeceaba, como si estuviera haciendo un tremendo esfuerzo para seguir despierto. En secreto, Tilat alabó su valor. Aquel arquero sabíase moribundo, pero, aun así, esperaba al perseguidor para, en sus últimos momentos, clavarle la flecha. Quería morir matando, como un guerrero.
La sombra de Tilat caía hacia atrás, y no sobre el urartio. El asirio levantó la lanza, tomó aire, lo retuvo, taladró con su mirada al enemigo y arrojó su arma. Llegó con tal fuerza que la punta abrió la armadura ligera, pasando el filo entre dos placas de bronce, junto al cuello, y se hundió hasta el astil. Sin corselete, el urartio habría sido empalado cuan largo era.
El hombre sufrió un espasmo, soltó un gañido y cayó al suelo, sobre su propio arco. Tilat ahogó un rugido triunfal. Se embrazó el escudo y bajó a la carrera. Ya de nuevo en la garganta, desenvainó la espada y se encontró con el herido.
Aún tenía clavada la lanza en la espalda alta. Había logrado sentarse, apoyado contra la piedra. Sus piernas estaban empapadas de rojo. El líquido se le escapaba por bajo del corselete, el cinto y los faldones. Sus ojos iban y venían, enfebrecidos. Tosió sangre por la boca y la nariz; su respiración sonaba húmeda. El metal debía haber alcanzado un pulmón.
Tilat se le acercó en silencio, con rostro sereno e implacable. Agradeció una vez más a su dios la oportunidad de matar a un enemigo. Estoqueó en la garganta, un golpe recto, eficiente, casi misericordioso. Al tiempo, el urartio le agarró de un antebrazo. Tilat sintió un pinchazo en la piel. Apartó la espada rápidamente. Un cordelillo rodeaba la mano del moribundo, bajo los nudillos. En el centro de tal tira, sobre la palma, había un alfiler de punta húmeda, manchado con la sangre de Tilat. El urartio logró esbozar una extraña mueca antes de expirar.
Tilat se frotó el antebrazo, alarmado. Sospechó que aquel artero rival le había envenenado. Aferró la mano exangüe y olfateó la aguja con sumo cuidado. Era un aroma agrio, le recordaba al de las naranjas podridas. Abrió un tajo leve donde la aguja le hirió, chupó la sangre y la soltó en rápidos escupitajos.
De pronto, sintió mareo. El mundo se bamboleó a su alrededor. Se levantó, pero cayó de rodillas. Una arcada lo dobló en dos y vomitó, únicamente jugos digestivos, ya que tenía el estómago vacío. Se limpió con el dorso de la diestra, notando el amargor aceitoso en la garganta y el paladar. Una debilidad fría y rápida se apoderaba de sus miembros. Se preguntó qué veneno corría por sus venas: ¿el de una serpiente? ¿O quizás un mejunje preparado a conciencia por viejas malignas o un experto asesino?
Hizo un esfuerzo y volvió a levantarse. Su mirada iba y venía. Debía caminar, volver con los suyos, tal vez entonces los médicos de campaña pudieran suministrarle el preciso antídoto.
Envainó la espada y recuperó su lanza. Se obligó a caminar, aunque las piernas le pesaban como si fuesen de plomo y la vista se le nublaba a cada paso. Un pie resbaló y cayó, hincando la rodilla, dolorosamente, en las piedras. Se levantó y volvió a caminar. Sentía frío. Comprendió que iba a morir y experimentó profunda congoja. Recordó su hogar de Nínive La Hermosa, repleta de fuentes cantarinas, de jardines verdes y brillantes, sus mujeres dulces y seductoras, los paseos columnados flanqueados por titánicas palmeras, los palacios de mármol cremoso y veteado, de basalto y roca negra, donde los leones y las panteras deambulaban caprichosamente a través de salas y pasillos...
-No moriré... -se dijo, procurando encontrar la convicción que le faltaba.
Se apoyó en la pared de la barranca, sin aliento. Jadeaba, con la garganta rasposa y ardiente.
Frente a él, distinguió una cueva, un agujero negro abierto en la roca, que antes pasó por alto. Escuchó un cántico lejano, que iba y venía en sus oídos, una letanía de voces etéreas, tan hermosas como jamás pudiera imaginar. Sintióse tentado y, antes de poderse controlar, se introdujo por la grieta.
Tanteó en la oscuridad, torpemente. El suelo desapareció bajo un pie y rodó por una escalera de anchos bloques. El escudo rechinó al raspar la roca. La caída fue breve. Tilat, su cuerpo un manojo de dolor y contusiones, se apoyó en la lanza y se levantó, gruñendo y jadeando. En la negrura, distinguió un fulgor suave, amarillento. Fue hacia allá. Tropezó con un muro y lo siguió hasta doblar un recodo. Sus ojos parpadearon al descubrir una tea lejana. De ella nacía el resplandor antes distinguido. A la primera le seguían otras, regularmente espaciadas, asidas por aros de hierro clavados en la roca. Su luz delimitaba un ancho pasillo artificial, de negros muros. El humo que expelían las antorchas se remansaba en el techo, pero varias volutas pesadas provocaron el lagrimeo y las toses del explorador.
Mareado y débil, atacado de fría temblera, el guerrero echó a andar por el corredor. La música extraña guiaba sus erráticos pasos. Sonaba con mayor intensidad, llena de tonos mágicos, en un idioma lánguido y extraño. Quizá cantaran mujeres. En todo caso, no eran mujeres humanas.
Tilat logró a duras penas doblar varios ángulos, siempre bruscos y afilados. Tras superar uno más, descubrió la última sección del corredor, conducente a una gran caverna de la que él aún podía distinguir poco, en cuyo centro brillaba una superficie ancha y ovalada.
Tras instantes que eran siglos, surgió a tan vasta estancia. Lo que antes observara refulgir era un gran estanque, sin ornamento alguno, quizá una oquedad en el suelo rocoso. Había agua en ese lago perfecto, y aquel líquido sereno, sobre el cual titilaban los reflejos de las antorchas, captó la atención de Tilat. Nunca había visto una superficie tan bella y clara. El fondo negro era profundo, y ningún pez o culebra enturbiaba la plácida humedad.
Haciendo un esfuerzo de voluntad, desvió la vista. Vio que se hallaba en una enorme caverna artificial, de forma esférica. La única pared era perfectamente redonda, y se curvaba en el techo como una gran cúpula opaca. Decenas de antorchas, a la altura de un hombre adulto, sujetas a la pared por clavos de hierro, iluminaban el lugar.
Había diez encapuchados al fondo de la estancia, tras el gran estanque. Sus túnicas ligeras, de un blanco inmaculado, caían hasta el suelo, cubriendo todo el cuerpo. La capucha alzada hundía en sombras el rostro. Había seis figuras masculinas, fornidas y esbeltas, y cuatro femeninas, de curvas rotundas y ágiles, embelesadoras.
Pero no eran ellos quienes producían la bella letanía. Al descubrir a los oradores, Tilat sintióse desfallecer a causa del terror.
Eran dos los cantores. Cada uno reposaba en la cúspide de su alta y gruesa columna de mármol, a la izquierda y derecha de la decena encapuchada. Un par de seres terribles y maravillosos. Sus cabezas eran humanas, de mujer luciendo una belleza mágica y atemporal, con rasgos casi felinos, ojos negros y hechiceros, nariz fina y ligeramente curvada, tez aceitunada, labios en fuego y cabello de azabache trenzado caprichosamente. Sus cuerpos eran los de leonas poderosas. Reposaban sobre las patas, y meneaban la cola indolentemente. De cada lomo surgían dos alas plegadas, compuestas de mil finas y largas plumas, blancas y negras.
Tilat había oído hablar de tales seres, esfinges las llamaban los egipcios, uno de los mitos más extendidos, aunque profundamente arraigados en torno al Tigris y el Eufrates.
Aquellas damas sobrenaturales cantaban graciosamente, una letanía suave y embriagadora, y sus profundos ojos embarazaban al tosco recién llegado.
Callaron de pronto. Se alzaron sobre las patas, y sus rostros tornáronse malignos. Una abrió la boca y bostezó felinamente. Dos hileras de colmillos filosos bordeaban sus perfectos labios. Las alas se desplegaron, majestuosas, como las de una gigantesca águila. Golpearon el aire y las esfinges volaron, cruzando ágilmente la estancia. Se posaron en el suelo, levantando la tierrecilla con el vaivén de sus plumas, y rodearon a Tilat, quien jadeaba de puro terror. Ellas sonreían con malignidad. Y con hambre. Se relamían y gruñían, amenazadoras. El asirio arrojó su lanza, casi sin fuerzas. La esfinge voló, impulsada por sus alas, escapando así al torpe disparo. El arma rodó por el suelo. La criatura se posó en el suelo y rugió, como lo haría una leona, cavernosa y escalofriantemente. Tilat desenvainó la espada, dispuesto a morir en liza.
-¡Alto!
Las esfinges se detuvieron y miraron con disgusto al hombre que había hablado. Era uno de los diez. Alzaba su brazo diestro, con la palma hacia el frente. Las esfinges volaron hasta sus respectivas columnas. Asentaron los cuerpos sobre las patas y se relajaron. Una apoyó el rostro entre las zarpas, y otra comenzó a atusarse un costado con la lengua.
-Eres asirio... -atinó a decir Tilat, enronquecido, señalando su espada al que había hablado.
El aludido bajó su capucha, mostrando un rostro joven, mas no adolescente, afeitado, una faz propia de los hombres de Assur o Nínive, pero desprovista de aquella crueldad que los caracterizaba. Sus ojos parecían sabios y poderosos. Pero no malignos.
-Lo era -contestó, con voz grave y clara.
Sus compañeros bajaron las capuchas. Tilat reconoció rasgos egipcios, medios, babilónicos, toscas facciones cimerias, incluso la negrura del lejano Sur. Todos esos hombres y mujeres eran bellos, de una extraña y serena forma, y sus ojos resplandecían como soles oscuros. Sonreían levemente. Parecían darle la bienvenida.
-¿Quiénes sois? -preguntó Tilat, sintiéndose feo y estúpido ante aquellos seres maravillosos.
-Somos los Guardianes de la Fuente -contestó el asirio que ya hablara antes. Con la mano abierta señaló el estanque del centro-. Es la Fuente de la Eterna Juventud. Se aparece sólo a los que poseen un fuerte corazón, y están a punto de morir. Es una nueva oportunidad.
Tilat entrecerró los ojos, confundido. El eco del discurso reverberaba en su mente, y sintió que sus esperanzas renacían. Pero se obligó a desconfiar.
-No os creo -espetó.
El joven asirio miró a su compañero de piel negra. Éste asintió y echó a correr ágilmente, rodeando el agua. Tomó la lanza que Tilat había arrojado.
-¡Suelta ese arma! -vociferó su dueño, enfurecido.
El extraño de túnica blanca y tez opaca, casi azulada, le increpó con palabras crueles en un idioma que Tilat desconocía.
El asirio comprendió que se disponía a luchar contra él. Su rival le rodeaba, sosteniendo la lanza con fuertes y diestros dedos. Tenía cuerpo temible, bajo la seda blanca se intuían músculos de hierro. El negro se le acercó de un salto y le pinchó en un hombro, rasguñándolo. Tilat, enfebrecido, no había logrado alzar la espada. Qué ironía, pensó, iba a morir ensartado en su propia hoja. El enemigo le pinchó una vez más, jugando con él. Sonreía burlonamente.
De pronto, se acercó en demasía, una imprudencia increíble, que no cometería ni el más bisoño recluta de leva. Tilat no desaprovechó la oportunidad. Se lanzó al frente. Apuntaba al pecho, pero la hoja se hundió hasta medio cuerpo en el estómago.
El negro retrocedió, dolorido. A pesar de lo ocurrido, continuaba sonriendo. Aquella era una herida mortal. El vientre se hincharía, lleno de sangre, y su dueño iría perdiendo las fuerzas poco a poco, hasta morir.
-Observa a Kunn -dijo el joven asirio.
El tal Kunn reculó hasta el estanque, se arrodilló y bebió. Al levantarse, dejó caer la túnica hasta la cintura. La herida del abdomen, un tajo negruzco, comenzó a cerrarse milagrosamente, absorbiendo toda la sangre derramada. Allí quedó tan sólo una costra, que pronto fue tensa piel.
-Gracias, Kunn -dijo el joven asirio.
El herido se colocó la túnica rota y manchada y volvió con los demás. Tilat continuaba mirándolo, atónito.
-Hay una Fuente de la Eterna Juventud en cada rincón del mundo -explicó el joven asirio-, que se aparece en el momento más inesperado. A quien se le ofrece este regalo, puede beber de ella, y convertirse en su guardián. Será inmortal, y gozará de los placeres de la tierra y de la carne, o de los correspondientes al espíritu o el intelecto. Hoy, la Fuente se te ha presentado a ti. Podrás seguir siendo un guerrero tras bebes de sus límpidas aguas, podrás tener riquezas y mujeres, o ser pobre y ascético. Podrás continuar con tu vida o cambiarla por completo. Pero, en el corazón, siempre serás un Guardián de la Fuente, y cuando se te convoque, como hoy lo hemos sido todos nosotros, aparecerás.
Tilat guardó silencio. No era estúpido, y no se negaba a creer lo que sus sentidos le mostraban. Comprendía que tras la realidad cotidiana había una segunda realidad, que precedía a otras muchas. Y hoy, ante el umbral de la muerte, él había rasgado el primer velo.
-¿Por qué yo? -preguntó, al fin.
-Porque la Fuente te ha elegido. Como ya te dije antes, la Fuente sólo desea Guardianes de espíritu poderoso y lealtad inquebrantable. Por eso te quiere a ti.
Tilat guardó un solo instante de silencio.
-Dejadme beber -logró ponerse en pie-. Amo la vida y quiero vivir.
El joven asirio sonrió. Dos de sus compañeros, un hombre y una mujer, llegaron hasta el envenenado y lo ayudaron a caminar. Tilat se sorprendió al percibir la fuerza y firmeza en el pulso de la pareja. Se arrodilló junto al agua y observó su propio rostro, ajado, sucio, exhausto, lleno de arrugas y dolor. Por el contrario, los reflejos de sus acompañantes eran luminosos, bellos y fuertes. Tilat les envidió.
De pronto, sintió una duda. Alzó la cabeza y miró al joven asirio.
-¿Cuál es el precio? -preguntó.
-El precio es servir a la Fuente con todo tu ser. Habrás de renunciar a cualquier otra creencia.
Tilat tragó saliva ruidosamente.
-¿Habría de renunciar a mi Señor Assur?
-Renunciarás a Él -fue la grave respuesta-. Será una transición indolora. Simplemente, lo olvidarás. Dejará de importarte. Vivirás. Encontrarás la felicidad.
Tilat enarcó una ceja y su mirada quedó suspendida del vacío. Amaba la vida. Amaba la guerra, la victoria, bromear con los amigos, comer hasta hartarse, beber y cantar. Amaba reír, y amaba a las dulces mujeres. Deseaba vivir. Lo deseaba rabiosamente.
Sintió de pronto un dolo que le abría el alma, como un cuchillo afilado. Empuñó fuertemente la espada.
Cuando alzó la cabeza, las lágrimas arrasaban su faz. Pero sonreía fieramente. De nuevo era un guerrero. De nuevo marchaba hacia la batalla, la más difícil y dura. Y cabalgaba junto a su Señor Assur, el Vencedor del Caos.
-No viviré la vida de otro -escupió-. Moriré con orgullo, siendo yo mismo.
Tilat hundió el arma en su propio cuello. Miró hacia el techo, mientras la sangre empapaba su pecho y abdomen. Los ojos se le llenaron de gloria. Expiró, y cayó hacia atrás.
Los diez albos Guardianes no pronunciaron una sola palabra. Miraban el cadáver con tristeza, y quizás una chispa de cierta envidia. Poco a poco, sus figuras fueron tornándose translúcidas, hasta desvanecerse por completo.
Las esfinges se hicieron piedra. No les dolió el cambio. Ahora eran estatuas, frías y bellas.
La vasta estancia quedó vacía, con el cadáver guerrero a pocos pasos del estanque.
Las antorchas perdieron fuerza, hasta apagarse y sumir el lugar en la más silenciosa negrura, en el más negro silencio.

sábado, 12 de junio de 2010

EL ORÁCULO DE DELFOS -- TESEO




I
El oráculo de
Delfos
-
Empieza a leer...
Teseo
-



Los cuatro jinetes, de repente, dejaron de bromear. Habían
llegado a los pies del Parnaso, y la presencia del dios
Apolo, el más implacable del Olimpo, se hacía sentir en
el aire. Con sus corazas de bronce, los cuatro jinetes habían
atravesado, procedentes de la ciudadela de Atenas,
las llanuras y los montes del Citerón y el Helicón, y en
su camino habían inspirado en quienes los contemplaban
el mismo temor que ellos ahora percibían en las inmediaciones
del santuario de Apolo en Delfos.
El templo estaba situado entre dos muros de roca de
color cobrizo y, por los destellos que despedían cuando
el sol se reflejaba en ellas, recibían el nombre de Fedríadas,
las Brillantes. A los lados de la vía sagrada que conducía
hasta el santuario yacían las ofrendas de los que
hasta allí acudían.
Rodeado de un semicírculo de elevadas montañas pobladas
de abetos y dominando desde la altura el mar del
golfo de Corinto, Delfos era el centro del mundo porque
así lo había decretado Zeus: el padre de los dioses
soltó dos águilas desde los extremos de la Tierra y éstas
cruzaron su vuelo en el punto exacto en el que se elevaron
después las murallas de Delfos. En ese lugar, el soberano
de los dioses colocó una enorme roca blanca la-
brada, a la que llamó ómphalos, ombligo, y allí su hijo
Apolo decidió levantar su principal santuario. Sin embargo,
ello no fue fácil, porque el lugar estaba habitado
por Python, una gigantesca serpiente, hija de la Tierra,
que dominaba las regiones vecinas y que poseía el don de
la adivinación. Sólo tras un encarnizado combate pudo
Apolo levantar su principal morada en la Tierra. El dios
llegó a la gruta en la que la serpiente dormitaba, enroscada
con la boca unida a la cola. Sigilosamente, Apolo dio
una vuelta en torno a ella, oscuro e implacable como la
noche, pero, a pesar de su sigilo, la serpiente se despertó
y comenzó a desenrollarse, preparada para trabar combate
con el extraño. Con un rápido movimiento, alargó
la cabeza y escupió su veneno contra el hijo de Zeus, que
tuvo el tiempo justo para apartarse y preparar una de sus
mortíferas flechas. Cuando la serpiente se erguía para llevar
a cabo otro ataque, el dios disparó su arco de plata, la
punta de la flecha penetró en la carne del dragón y fue,
poco a poco, destrozando sus ponzoñosas entrañas. Sin
comprender qué le ocurría, la serpiente se irguió para un
nuevo ataque y, una tras otra, las flechas del «dios que
dispara a lo lejos» la volvieron a atravesar, hasta que finalmente
cayó desplomada sobre el suelo.
A continuación, Apolo recogió las gotas de veneno
que habían quedado impregnadas en la roca y en la tierra
y, con su sabiduría divina —porque conocía todo lo que
se refería a venenos y pociones curativas—, preparó un
brebaje, lo ingirió y adquirió así su capacidad profética.
Así fue como el santuario de Apolo en Delfos se
convirtió en obligado lugar de peregrinación y todos
aquellos que querían emprender un peligroso viaje o una
guerra acudían al templo y preguntaban a los dioses cuál
sería su destino.
Egeo, el wánax de Atenas, también vislumbraba amenazadoras
sombras en su futuro, y por esta razón acudía
a la morada de Apolo.
—A partir de aquí, se acabaron las bromas —ordenó
con gesto severo el Señor de Hombres a los tres guerreros
que le acompañaban, y éstos guardaron silencio,
como si nunca hubieran tenido la capacidad de hablar.
Estos tres guerreros eran los lawagetas de Egeo, sus
lugartenientes: a un solo gesto suyo se hubieran dejado
matar en el campo de batalla y no pocas veces le habían
salvado la vida en pasadas incursiones contra ciudadelas
enemigas. Entre ellos imperaba un férreo sentido de la
camaradería forjado a lo largo de los años y las aventuras;
algunos de aquellos hombres incluso habían peleado
junto a su padre y le habían visto crecer, y aunque no habían
dejado de bromear con su wánax acerca del motivo
que les llevaba hasta el ombligo del mundo, cada vez que
Egeo daba una orden, ellos todavía sentían un estremecimiento
bajo la armadura.
No en vano, el motivo por el que se encontraban allí
respondía a una cuestión de Estado: el rey de Atenas, el
Señor de Hombres, aún no tenía descendencia y sus tres
hermanos —en especial Palante y sus hijos, que dominaban
los territorios vecinos— ansiaban apoderarse de la
ciudad consagrada a Atenea: los hermanos de Egeo solían
proclamar que la ausencia de un heredero legitimaba aquellas
ambiciones. Desde Mégara, desde Eubea y desde el
sur del Ática, el círculo que los tres hermanos habían trazado
en torno a Atenas se estrechaba más y más, y aunque
Egeo había tomado como esposas a dos princesas
—primero a Mélite y luego a Calcíope—, ninguna de ellas
le había dado la deseada descendencia. Por ese motivo,
para consultar al dios de los oráculos cómo poner reme-
dio a tan delicada situación, el señor de Atenas se había
encaminado con sus tres hombres de confianza hasta el
santuario sagrado de Delfos, en la montañosa Fócide.
Los cuatro jinetes llegaron a las puertas del templo
y se apearon de sus caballos. El invierno era todavía un
recuerdo cercano (sólo con las primeras flores Apolo regresaba
del lejano país de los Hiperbóreos) y la noche no
tardaría en caer: convenía apresurarse si querían conocer
las revelaciones del dios antes de que acabara el día, de
modo que tras atar sus monturas entraron en el templo
sin dilación.
Allí encontraron a un anciano, el custodio del sagrado
recinto, envuelto en un austero manto gris.
—Venerable sacerdote —dijo Egeo, al tiempo que depositaba
en sus manos el pélanos, la torta de cebada que
servía como ofrenda—, deseamos que el oráculo nos responda,
sin ocultarnos ningún detalle, la pregunta que
venimos a formularle.
—El oráculo ni responde ni oculta, solamente advierte
—contestó la voz cavernosa del sacerdote de Apolo,
clavando sus ojos blancos y ciegos sobre el rostro del
rey ateniense—. ¿Os habéis purificado? Sabéis que la divinidad
detesta que en su templo entren hombres con las
manos manchadas de sangre y, por el ruido de vuestras
armas, sospecho que lleváis derramada mucha sangre ajena
a vuestras espaldas.
—Nos hemos purificado, venerable sacerdote —respondió
humildemente Egeo.
—Sin embargo —añadió el anciano—, también sabréis
que el dios aprecia la sangre de un ternero sobre su
altar.
Sin mediar más palabras, Lykos, el más joven de los
lawagetas de Egeo, se dirigió hacia su caballo y des-
cargó el ternero que traían preparado para el sacrificio.
A continuación, se lo entregó a Egeo, que lo llevó cogido
por las cuatro patas hasta el altar. El animal se arqueaba
y mugía, acaso presintiendo su inminente holocausto. El
sacerdote vertió el agua purificadora sobre la fría piedra
del altar y Egeo sujetó firmemente al animal contra ella.
Entonces, el sacerdote elevó una plegaria a Apolo y, acto
seguido, atravesó con un cuchillo la garganta del ternero,
que, junto a un río de sangre, dejó escapar por la
abertura de la herida su último mugido. Después, el oficiante
descuartizó al animal y procedió a quemar las partes
incomestibles, aquellas que se reservaban para los
dioses desde los tiempos del titán Prometeo; el resto, las
carnes más jugosas, se repartieron convenientemente entre
los cuatro hambrientos guerreros, que llevaban día y
medio sin probar bocado, salvo el pan y las olivas que
había traído el invierno. Luego, el sacerdote tomó su
parte y, tras recoger los restos, procedió a reconstruir ritualmente
la forma del animal sacrificado y le preguntó
a Egeo cuál era la cuestión que quería plantear al dios
de los oráculos.
—Deseo saber, oh sacerdote de Apolo, si los dioses
me concederán un heredero y qué debo hacer para lograrlo.
—La divinidad te lo dirá —contestó el sacerdote, haciéndole
un gesto con la mano para que pasara al interior
de una estancia contigua. Los hombres de Egeo también
quisieron traspasar el umbral, pero el anciano se lo prohibió
con un enérgico movimiento de su mano.
Egeo comenzó a descender por unas escaleras que
lo condujeron hasta una tenebrosa y fría cámara subterránea,
el ádyton. La sala de las profecías se encontraba
apenas iluminada por una débil luz verdosa. Una vapo-
rosa gasa, que hacía las veces de cortina, confería esa onírica
tonalidad a una pequeña hoguera que ardía un poco
más allá. El Señor de Hombres permaneció de pie,
sobrecogido por la atmósfera sagrada del lugar. Tras la
gasa, pudo adivinar la demacrada presencia de una figura
femenina, era la Pitia, la voz humana del dios Apolo, que
se disponía a celebrar sus divinos rituales: se acababa de
purificar bañándose con el agua de la fuente Castalia, un
manantial que debía su nombre a la joven muchacha que
se había arrojado en ella cuando huía del propio Apolo.
Ahora, la Pitia masticaba una hoja de laurel, mientras
permanecía sentada sobre el trípode adivinatorio de
la deidad, al lado del mismísimo ómphalos, el ombligo del
mundo.
Egeo volvió a formular la pregunta.
—¿Qué he de hacer, oh Pitia, voz divina de Apolo,
para tener descendencia? —y su voz retumbó en las
paredes de la gruta.
La Pitia, entonces, envuelta en los vapores que brotaban
del subsuelo a través de una grieta en la tierra, entró
en éxtasis y comenzó a agitarse, como si el dios mismo
la poseyera y se hiciera dueño de su cuerpo; se agitaba
febrilmente y pronunciaba palabras que Egeo apenas
podía comprender. Su voz parecía emerger de las profundidades
del Hades y Egeo entendió que verdaderamente
una fuerza sobrenatural hablaba por ella. Y entonces,
como si el dios hubiera decidido abandonar su
cuerpo, la Pitia dejó de emitir sonidos inconexos y se desplomó
desfallecida sobre el suelo de la cámara. El rey de
Atenas quiso ir hacia ella y descorrió ligeramente la gasa
que les separaba: la visión de la Pitia provocó en él un
estremecimiento. Lo que había sobre el suelo no era una
mujer, sino un despojo cadavérico envuelto en una túni-
ca del color del laurel. Parecía que sobre aquella mujer
se acumularan más de doscientos años de existencia.
Cuando fue a tocarla, una mano le retuvo.
—No lo hagas —escuchó decir al anciano guardián
del templo—. Ya has visto más de lo que un mortal ha
podido ver jamás. Ni siquiera nosotros, sus sacerdotes,
hemos visto jamás la Voz de Apolo... El dios quiso que
sus sacerdotes fueran ciegos.
—¡Pero no ha contestado a mi pregunta! ¡No ha dicho
ni una sola palabra que un hombre pudiera entender!
—contestó Egeo, aún estremecido ante la imagen
que acababa de contemplar—. ¡No ha respondido a mi
pregunta...!
—Apolo no responde; el dios advierte —y tendiéndole
una tablilla, añadió—: Y esto es lo que el dios te advierte:
ASKOU TON PROUKHONTA PODA MEGA PHERTATE LAON
ME LUSEIS PRIN DEMON ATHENEON EISAPHIKESTHAI
El Señor de Hombres tomó la tablilla y repitió lentamente
las palabras de la Pitia: «El cuello que sobresale
del odre, oh el mejor de los hombres, no lo desates hasta
llegar a Atenas».
—¿Que no desate el cuello del odre? ¡Por la sangre podrida
de la Hidra! ¿Qué quiere decir esto? —se atrevió a
blasfemar Egeo cuando, ya bien entrada la noche, estuvieron
lo bastante lejos del templo de Delfos como para
no excitar la ira del dios.
—Si así lo deseas, Señor de Hombres Egeo, podemos
ir a preguntarlo a algún otro oráculo, al de Lebadea,
por ejemplo... Al menos allí se manifiestan a través del
sueño —dijo Lykos, entre risas que fueron secundadas
por el resto.
—¿Por qué tan cerca? Podemos cabalgar unos doce
días más sin dormir hasta el oráculo de Zeus en Dodona
—prosiguió Esténelo—. El rumor de las hojas de
los árboles y el silbido del viento con el que Zeus contesta
es más fácil de comprender que los mensajes de la
Pitia.
—No creo que sea necesario —dijo a su vez Nykteo,
con rostro serio—. Creo haber averiguado el sentido del
oráculo.
—¿Sabes qué significan las extrañas palabras del
oráculo, Nykteo? Entonces, explícalas sin demora, y si tu
interpretación me parece convincente, te librarás de montar
guardia cuando nos detengamos a dormir —contestó
Egeo, mirándolo con un gesto de duda.
—El significado del oráculo es claro —comenzó a
decir Nykteo—: El dios ha dicho que no vuelvas a mear
hasta que lleguemos a Atenas —y rompió en una sonora
carcajada.
Todos celebraron el ingenio de Nykteo y golpearon
sus muslos con gran algarabía.
—Me parece, Nykteo —dijo el wánax, en venganza
por la broma que habían hecho a su costa—, que harás
guardia toda la noche, como tu propio nombre indica.
¿Ves cómo yo también sé interpretar las palabras?
Además, puedes empezar ahora mismo. Nos detendremos
aquí. Nos espera un duro viaje. Aún no volveremos
a Atenas.
A pesar del cansancio, ninguno de los tres guerreros
se atrevió a poner ninguna objeción a la decisión de su
wánax: ni siquiera osaron preguntarle cuál era el rumbo
que a partir del día siguiente tomarían. Él lo declararía
sin que se lo pidieran y, si prefería mantener calladas sus
intenciones, ya lo descubrirían cuando llegaran al lugar
de destino.
Así, bajo los pinos de un bosque que se encontraba
en la ruta hacia Tebas, la ciudad de Cadmo, tras despojarse
de sus vestimentas guerreras, el yelmo de colmillos
de jabalí y el grueso coselete de lino reforzado con láminas
de bronce, los cuatro jinetes se dispusieron a pasar la
noche al raso.
—¿Conocéis la historia de la fundación de Tebas, la
ciudad de las siete puertas? —dijo Esténelo, interrumpiendo
el murmullo de los árboles y los inquietantes graznidos
de las aves nocturnas.
—¿Y qué si la conocemos? —contestó Nykteo desde
su puesto de guardia—; nos la vas a contar de todos
modos. Es lo único que hacéis los viejos, contar tonterías
que no interesan a nadie.
—Deja que la cuente —intervino Egeo—. Es un buen
conjuro para que nos visite el dios de los sueños y podamos
dormir.
—Os contaré cómo se fundó Tebas. Yo no digo que
fuera así —comenzó a relatar Esténelo, el más veterano
de los lawagetas de Egeo—, sólo digo que lo cuento tal
y como a mí me lo contaron. Según dicen, Zeus, el padre
de dioses, se enamoró de Europa, la hija del rey Agenor,
y, para seducirla, fue hasta las playas de Fenicia y se
apareció ante ella bajo la forma de un hermoso y manso
toro. Zeus tomó esta figura para que la joven confiara en
él y se acercara sin temor...
—Esténelo, ¿no entiendes que somos tus compañeros,
guerreros aqueos, y no tus nietos? —interumpió
Nykteo.
—¿Por qué no te callas tú? —gritó Lykos, tumbado
junto a la hoguera—. ¡Me estaba quedando dormido y
me has despertado!
—Continuaré —dijo Esténelo—. El caso es que Europa
montó sobre el lomo del toro y éste se fue adentrando
en el mar poco a poco, sin que la muchacha lo
notara, hasta que hubieron avanzado tanto en las aguas
que la joven no pudo escapar. Así fue como Zeus la llevó
hasta algún lugar desconocido, donde yació con ella.
¿Queréis vino? Bueno, continuaré. Cuando Agenor supo
que su hija había desaparecido, envió a sus hijos a buscarla
por todos los rincones del mundo. Y a Cadmo le
correspondió venir hasta estas tierras que pisamos, junto
a sus hombres. ¿Adivinaréis qué hizo Cadmo? —se
detuvo un instante y volvió a beber—. Lo primero que
hizo fue consultar el oráculo de Apolo, como nosotros.
¡Ah, por eso me ha venido a la cabeza esta historia! ¡Se
acabaría el mundo antes de que supiérais qué le contestó
la Pitia...!
—Que no desatara el cuello del odre —sonrió Nykteo.
—Le dijo —continuó Esténelo, haciendo caso omiso
a la broma de Nykteo— que siguiera su camino hasta
que encontrara una vaca con una marca peculiar sobre
su lomo, dos lunas sobre sus ijadas; y le encomendó que
la siguiera y que, sobre el lugar que ésta se tumbara a descansar,
fundara una ciudad. Cadmo hizo lo que la voz
del dios le había indicado y, tras encontrar y seguir a la
vaca, llegó al lugar donde habría de fundar la ciudadela
de Tebas. Así que Cadmo y sus hombres trazaron con
un arado el contorno de la ciudad, marcando en él las
siete entradas sobre las que luego se levantaron las famosas
Siete Puertas de Tebas. Las habréis visto si habéis
estado allí.
Esténelo observó a sus compañeros, que lo miraban
como quien espera la conclusión de un cuento. El
viejo bebió de nuevo y continuó:
—Para consagrar la nueva ciudad a una divinidad,
como bien sabéis, tenían que hacer un sacrificio, pero
les faltaba el agua purificadora, así que Cadmo envió a
sus hombres a por ella. Éstos llegaron a un manantial
(algunos dicen que era la fuente Castalia), pero ocurrió
que estaba custodiado por la monstruosa serpiente del
dios de la guerra Ares. Esperad, esperad todavía un poco,
que ahora viene lo mejor. La serpiente devoró a todos
los soldados; sin embargo, Cadmo, advertido por la diosa
Atenea de lo que había ocurrido, dio muerte a la serpiente,
vengando así a sus compañeros. Siguiendo los
consejos de la diosa, Cadmo sembró los colmillos del
monstruo en la tierra y al instante brotaron de ella innumerables
guerreros completamente armados y dispuestos
a atacarle. Una vez más, la diosa se puso de parte
del fenicio y le dijo que arrojara piedras en medio de
ellos con el ánimo de confundirlos. Efectivamente, los
guerreros, desconcertados, creyeron que entre sí se estaban
lanzando piedras y se atacaron unos a otros hasta
que sólo quedaron en pie cinco de ellos, los Hombres
Sembrados, los antepasados de los tebanos que hoy habitan
la ciudadela. Luego ocurrirían muchas cosas, algunas
ciertamente maravillosas, como cuando Cadmo
tomó por esposa a una hija del dios Ares para reconciliarse
con él. Esa joven se llamaba Harmonía, pero la historia
de las bodas de Cadmo y Harmonía será para otra
ocasión...
—Pero... Esténelo —intervino nuevamente Nykteo—,
¿qué ocurrió con Europa? ¿La encontró o no la
encontró? ¿Qué fue de la hija de Agenor?
—Bueno, ésa es una historia... muy larga. Yo sólo
quería contar cómo se fundó Tebas. Quizá te lo cuente
cuando te interesen las historias de viejos.
Los otros dos guerreros ya habían caído en brazos
del sueño y había mucho camino que recorrer en la jornada
siguiente. Bajo el manto oscuro de la noche, sólo se
oían los rumores de sus criaturas más salvajes.

miércoles, 9 de junio de 2010

Mein Teil




Mein Teil

-
Armin Meiwes, técnico informático de 42 años, conocido como el caníbal de Rotenburgo, desde la infancia tenía fantasías que giraban en torno al canibalismo. En un foro de Internet puso un anuncio buscando personas dispuestas a ser asesinadas y devoradas, y a este mensaje respondió Bernd-Juergen Brandes, un ingeniero de 43 años, que residía en Berlín, tenía la fantasía contraria, ser comido, entonces viajó al domicilio de Meiwes.

Meiwes, condenado a comienzos de 2004 por la Audiencia Provincial de Kassel sólo a ocho años y medio de cárcel al probarse que su amante accedió a sus antropófagos deseos, “A él también le dio placer” dice de Bernd-Juergen Brandes. Grabó en vídeo todos los detalles del proceso en tres cintas, con una duración de cerca de cuatro horas, pero en principio sus imágenes son prueba judicial y no podrán ser utilizadas.
La filmación del Hannibal Lecter alemán se ha convertido en la snuff-movie más codiciada (snuff-movie: película en la que se tortura y asesina con el único fin de registrar los hechos por algún medio audiovisual). Por eso la Audiencia de Kassel, donde se desarrolla el juicio contra Meiwes, ha rodeado de fuertes medidas el trío de casetes que contiene las escenas que en el mercado negro de los más sádicos pueden alcanzar los 50.000 o 60.000 euros, según los expertos. Todo lo que rodea al caníbal huele a dinero: él mismo ha anunciado que escribirá sus memorias (a las que ya califican como futuro best-seller).
Meiwes, acusado de asesinato con motivación sexual, ha confesado que se comió a su víctima porque le producía satisfacción sexual. ¿Por qué lo grabó todo? Quería (y lo hizo) contemplar repetidas veces el vídeo para, mientras, masturbarse.
Lo que pasa en la habitación más tétrica de las 47 del hogar de Meiwes supera la más despiadada imaginación. Al principio, ambos aparecen fumando y charlando. A las seis y media de la tarde, Meiwes procede a cortar el pene del berlinés, quien se había tomado 20 pastillas para dormir, dos frascos de jarabe y media botella de licor. Ambos cocinan e intentan comerse juntos el órgano amputado, pero tras pasarlo por la sartén e incluso hervirlo (provocó una reducción considerable de tamaño), el miembro es complicado de digerir. Bernd, desangrándose, se marcha a la bañera, perdiendo el conocimiento 10 horas después. Es entonces cuando empieza el descuartizamiento. Con simples cuchillos de cocina, Meiwes empieza a trocearlo. “Movía la cabeza de un lado a otro. Se puede ver un movimiento bucal”, dijo un forense presente en la proyección del vídeo durante el juicio. Un corte en el cuello le provoca la muerte al berlinés, cuyo cadáver, troceado, terminó en el refrigerador de Meiwes. Unos 20 kilos se llegó a comer el antropófago antes de ser descubierto por la policía un año después. Cada vez que masticaba una parte del cuerpo, ha dicho el acusado, era “una especie de comunión”, que regaba, además, con tinto chileno. El acto de devorar a otro ser humano tiene un significado ambivalente. Por un lado es un impulso de amor controlado, y por otro, un acto de aniquilación radical y de asimilación de un poder extremo.
Meiwes demandó a Rammstein por la canción Mein Teil, la cuál esta basada en sus actos, pero dicha demanda fue anulada ya que, finalmente, a Meiwes se le condenó a cadena perpetua.

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