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EL ARTE OSCURO

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miércoles, 15 de diciembre de 2010

La Leyenda De San Julian El Hospitalario







La Leyenda De San Julian El Hospitalario
Gustave Flaubert




I

Los padres de Julián vivían en un castillo rodeado de bosques, en la ladera de una colina. Las cuatro torres de las esquinas remataban en techumbres puntiagudas cubiertas de escamas de plomo y la base de los muros se apoyaban en bloques de rocas que se despeñaban abruptamente hasta el fondo de los fosos.
El pavimento de los patios era regular como el enlosado de una iglesia. Largas gárgolas, figurando dragones con las fauces inclinadas hacia abajo, escupían hacía la cisterna el agua de las lluvias. Y en el resalto de las ventanas de todos los pisos crecía en un tiesto de barro pintado una albahaca o un heliotropo.
Un segundo cercado, hecho de estacas, protegía en primer lugar una huerta de árboles frutales, luego un cuadro donde las flores se combinaban formando cifras, después una enramada con glorietas para tomar el fresco, y un juego de mallo que servía para entretenimiento de los pajes. Al otro lado estaban la porqueriza, los establos, el horno de cocer el pan, el lagar y los graneros. En todo el contorno prosperaba un verde pastizal, cerrado por un seto de espinos. Se vivía en paz desde hacía tanto tiempo, que ya no se bajaba el rastrillo; los fosos estaban llenos de agua; las golondrinas hacían sus nidos en las hendiduras de las almenas; y el arquero, que se pasaba el día paseando por la cortina, en cuanto el sol pegaba demasiado, se metía en la atalaya y se quedaba dormido como un fraile.
En el interior, relucían los herrajes por doquier; en los aposentos, los tapices protegían del frío; y los armarios estaban rebosantes de ropa blanca, se apilaban en las bodegas los toneles de vino, las arcas de roble reventaban bajo el peso de los sacos de dinero.
En la sala de armas, entre estandartes y cabezas de animales feroces, se veían armas de todos los tiempos y de todos los países, desde las hondas de los amalecitas y los venablos de los garamantas hasta los chafarotes de los sarracenos y las cotas de mallas de los normandos.
En el gran asador de la cocina se podía ensartar un buey; la capilla era tan suntuosa como el oratorio de un monarca. Hasta había, en un lugar apartado, un baño a la romana; pero el buen caballero del castillo no lo usaba, porque le parecía cosa de idólatras.
Envuelto siempre en una pelliza de zorro, se paseaba por su casa, administraba la justicia en los litigios de sus vasallos, mediaba en las querellas de sus vecinos. En invierno, miraba caer los copos de nieve o hacía que le leyeran historias. Nada más comenzar el buen tiempo, se iba en su mula por las pequeñas veredas, a orillas de los trigales que verdeaban ya, y charlaba con los labriegos, dándoles consejos. Al cabo de muchas aventuras, había tomado por esposa a una doncella de alto linaje.
Era muy blanca, un poco altiva y seria. Los picos de su capirote rozaban el dintel de las puertas; la cola de su vestido de paño arrastraba tres pasos detrás de ella. Llevaba el gobierno de la casa como el de un monasterio; cada mañana distribuía el trabajo a los criados, vigilaba las mermeladas y los ungüentos, hilaba en la rueca o bordaba manteles de altar. A fuerza de rogar a Dios, le nació un hijo.
Su advenimiento se celebró con grandes festejos y con una comida que duró tres días y cuatro noches, con iluminación de antorchas, al son de las arpas y sobre alfombras de hojas. Se sirvieron las más raras especias, con gallinas grandes como corderos; por juego, de un pastel surgió un enano; y las escudillas no bastaban ya, pues la multitud aumentaba sin cesar, y hubo que beber en los olifantes y en los yelmos.
La recién parida no asistió a estas fiestas. Estaba tranquilamente en su lecho. Una noche se despertó y, bajo un rayo de luna que entraba por la ventana, vislumbró un anciano en hábito de sayal, rosario al costado, morral al hombro y toda la traza de un eremita.
--¡ Albricias, oh madre, tu hijo será un santo!
La señora iba a gritar; pero el monje, pisando los rayos de la luna, ascendió suavemente en el aire y desapareció. Los cantos del banquete se elevaron más alto. La madre oyó las voces de los ángeles; y reclinó la cabeza en la almohada, sobre la cual se destacaba un hueso de mártir en un marco de carbunclos.
Al día siguiente, todos los criados a quienes preguntaron declararon que no habían visto al eremita.
Sueño o realidad, aquello tenía que ser un mensaje del cielo; mas la señora se guardó muy bien de decir nada. por miedo de que la acusaran de orgullo.
Los convidados se fueron al amanecer; y el padre de Julián estaba fuera de la poterna, adonde acababa de acompañar al último, cuando, de pronto, surgió ante él, en la niebla un mendigo.
Era un bohemio de barba trenzada, con aros de plata en ambos brazos y ojos centelleantes. Con expresión de iluminado, balbució estas palabras incoherentes:
--¡Ah, ah!, ¡tu hijo!... ¡mucha sangre!... ¡mucha gloria!... ¡siempre bienaventurado!... la familia de un emperador.
Y, agachándose para recoger la limosna, se perdió entre la hierba, se esfumó.
El buen caballero miró a uno y a otro lado, llamó cuanto pudo. ¡Nadie! Silbaba el viento, se llevaba las brumas mañaneras.
El caballero atribuyó aquella (visión al cansancio de su cabeza por haber dormido tan poco. «Si hablo de esto, se reirán de mí», pensó. Sin embargo, los esplendores destinados a su hijo le deslumbraban, aunque la promesa no fuese clara y hasta dudara de haberla oído.
Los esposos se guardaron mutuamente su secreto. Pero los dos querían al hijo con parejo amor; y como le respetaban como a elegido de Dios, prodigaron a su persona atenciones sin tasa. Sobre su cuna, blando el colchón de finísima pluma, ardía permanentemente una lámpara en forma de paloma; tres nodrizas le mecían y, bien fajado en sus pañales, rosadita la cara y azules los ojos, con su manto de brocado y su gorro recamado de perlas, parecía un niño Jesús. Le salieron los dientes sin que llorase ni una vez.
Cuando cumplió siete años, la madre le enseñó a cantar. Para hacerle valeroso, el padre le encaramó en un caballo grande. El niño sonreía de satisfacción y no tardó en saber cuanto saber debían los destreros.
Un fraile anciano, muy docto, le enseñó las Sagradas Escrituras, la numeración de los árabes, las letras latinas y a hacer unas pinturas muy graciosas en pergamino. Trabajaban juntos, en lo alto de una torre, resguardados del ruido. Terminada la lección, bajaban al jardín, donde, andando paso a paso, estudiaban las flores.
A veces vislumbraban, caminando por el fondo del valle, una reata de bestias de carga conducidas por un peatón ataviado a la oriental. El señor del castillo veía que era un mercader y mandaba a su encuentro a un criado. El forastero recibía confiado la llamada, se desviaba de su camino e, introducido en el locutorio, sacaba de sus baúles piezas de terciopelo y de seda, orfebrerías, perfumes, cosas extrañas de uso desconocido; y el buen hombre se iba con una sustanciosa ganancia y sin haber sufrido violencia alguna. Otras veces llamaba a la puerta una caravana de peregrinos. Sus hábitos, mojados humeaban en el atrio; y, una vez saciada el hambre, contaban sus viajes: las naves extraviadas en la mar bravía, las caminatas a pie por las arenas que abrasaban, la ferocidad de los paganos, las cavernas de Siria, el Belén y el Sepulcro. Después regalaban al mancebo conchas de sus esclavinas.
Frecuentemente, el señor del castillo festejaba a sus antiguos caballeros de armas. Mientras bebían, recordaban sus guerras, los asaltos a las fortalezas con el batir de las catapultas, las heridas prodigiosas. Julián, que los escuchaba, se ponía a gritar, y su padre no dudaba que el mancebo iba a ser un conquistador. Mas al anochecer, al salir del Ángelus, cuando pasaba entre los mendicantes inclinados, echaba mano a su escarcela con tanta modestia y tan noble continente, que su madre esperaba firmemente verle llegar a arzobispo.
Tenía su sitio en la capilla al lado de sus padres y, por largos que fueran los oficios, permanecía todo el tiempo de rodillas, el sombrero en el suelo y la manos juntas.
Un día, durante la misa, alzó la cabeza y percibió un ratoncillo blanco que salía de un agujero del muro El ratoncillo correteó por el primer escalón del altar y, después de dos o tres vueltas a la derecha y a la izquierda, se fue por donde había venido. Le perturbó la idea de que podía volver a ver al ratoncillo. Volvió; y todos los domingos le esperaba, y como esto le importunaba, cogió odio al ratoncillo y decidió acabar con él.
Cerró la puerta, sembró en los escalones las migajas de un pastel y se apostó delante del agujero con un palo en la mano.
Pasado mucho tiempo, asomó un hociquito rosado y luego el ratoncillo entero. Julián le asestó un ligero golpe y se quedó estupefacto ante aquel cuerpecillo que ya no se movía. Una gota de sangre maculaba la losa. Julián la limpió rápido con la manga, tiró afuera el ratoncillo y no dijo nada a nadie.
Toda suerte de pajarillos picoteaban los granos de la huerta. Imaginó meter guisantes en una caña hueca. Cuando oía gorjear en un árbol, se acercaba despacito, levantaba el tubo, inflaba los carrillos y los pájaros le llovían sobre los hombros en abundancia tal, que no podía menos de reír, satisfecho de su artimaña.

Una mañana, al volver por la cortina, vio en la cima de la muralla una paloma que se pavoneaba muy oronda al sol. Julián se paró a mirarla; como en aquel lugar la muralla tenía brecha, encontró una piedra, la cogió, balanceó el brazo y la piedra abatió a la paloma, que cayó redonda al foso.
Julián se precipitó hacia el fondo, rasguñándose con los matojos, huroneando por doquier, más ligero que un cachorro.
La paloma, con las alas rotas, palpitaba, suspendida en las ramas de una alheña.
La persistencia de su vida irritó al niño. Se puso a estrangularla; y las convulsiones del ave le hacían palpitar fuerte el corazón, le infundían una voluptuosidad salvaje y tumultuosa. En la rigidez postrera, el niño se sintió desfallecer.
Por la noche, durante la cena, el padre declaró que el muchacho estaba ya en edad de aprender la montería; y fue a buscar un viejo cuaderno de escritura que contenía, en preguntas y respuestas, todo lo referente a la caza. En este cuaderno, un maestro enseñaba a su discípulo el arte de adiestrar a los perros y de amaestrar a los halcones, de tender trampas, cómo reconocer el ciervo por sus cagarrutas, el zorro por su rastro, el lobo por la huella de sus garras, mejor manera de discernir sus rutas, cómo se los levanta, dónde se encuentran generalmente sus madrigueras, cuáles son los vientos más propicios, con la enumeración de las voces de los animales y las reglas de cebar a los perros.
Cuando Julián supo recitar de memoria todas estas cosas, su padre le formó una jauría.
En primer lugar se distinguían veinticuatro lebreles berberiscos, más veloces que las gacelas, pero propensos a enfurecerse; después diecisiete parejas de perros bretones, con manchas blancas sobre fondo rojo, infalibles en su crédito, fuertes de pecho y grandes aulladores. Para el ataque al jabalí y las escapadas peligrosas había cuarenta grifones, peludos como osos. Unos mastines de Tartaria, casi tan altos como asnos, color de fuego, largos de espinazo y derecho el corvejón, estaban destinados a perseguir a los uros. El pelaje negro de los podencos relucía como raso; el ladrido de los talbots no tenía nada que envidiar al de los bigles cantores. En un patio separado gruñían, sacudiendo la cadena y saltándoseles los ojos, ocho dogos alanos, animales formidables que saltan al vientre de los jinetes y no temen a los leones.
Todos comían pan de trigo, bebían en los pilones de piedra y tenían un nombre sonoro.
Quizá la halconería superaba a la jauría; el buen señor del castillo, a fuerza de dinero, se había agenciado terzuelos del Cáucaso, sacres de Babilonia, gerifaltes de Alemania y halcones peregrinos, capturados en los acantilados, en las costas de los mares fríos, en remotos países. Estaban en un cobertizo cubierto de bálago, y, atados a las perchas por orden de tamaño, tenían delante un terrón de césped, donde los posaban de vez en cuando para desentumecerlos.
Se confeccionaron morrales, anzuelos, trampas, toda clase de instrumentos.
Con frecuencia llevaban al campo perros de muestra, que levantaban en seguida la pieza. Entonces los monteros, avanzando paso a paso, lanzaban con precaución sobre sus cuerpos impasibles una inmensa red. Un montero los hacía ladrar; echaban a volar las codornices; y las damas de la comarca, invitadas con los maridos, los niños, las doncellas, todo el mundo se precipitaba sobre ellas y las cogían fácilmente.
Otras veces, para desencamar las liebres, se tocaba el tambor, caían los zorros en los fosos, o bien se disparaba un cepo y apresaba un lobo por la pata.
Pero Julián despreció estos cómodos artificios; prefería cazar lejos de la gente, con un caballo y su halcón. Este era casi siempre un gran tartaret de Escitia, blanco como la nieve. Su capuchón de cuero remataba en un penacho; en sus patas, azules, vibraban cascabeles de oro, y el halcón se sostenía firme sobre el brazo de su amo, mientras el caballo galopaba y se iban extendiendo las llanuras. Julián le desataba las correas y le soltaba de pronto; el animal, intrépido, ascendía en el aire derecho como una flecha; y se veían dos manchas que daban vueltas, se juntaban y luego desaparecían en las alturas del azur. No tardaba en bajar el halcón desgarrando algún pájaro, y tornaba a posarse sobre el guantelete, temblándole las alas.
Así cazó Julián la garza, el milano, la corneja y el buitre.
Le gustaba tocar la trompa y seguir a los perros que corrían por las laderas de las colinas, saltaban los riachuelos, subían hacia los bosques; y cuando el ciervo comenzaba a gemir bajo las dentelladas, le abatía préstamente y luego se deleitaba con la furia de los mastines que le devoraban, despedazado sobre su piel humeante.
Los días de bruma, se metía en las ciénagas para acechar a los gansos, a las nutrias, a los patos salvajes.
Tres escuderos le esperaban desde el alba al pie de la escalinata; y era en vano que el viejo fraile, asomándose a su tronera, le hiciera señas de llamada: Julián no miraba atrás. Caminaba al sol abrasador, bajo la lluvia, con la tormenta, bebía en el hueco de la mano el agua de los hontanares; comía, trotando, manzanas silvestres. Cuando estaba cansado, descansaba bajo un roble, y volvía a medianoche, cubierto de sangre y de barro, con espinas en el pelo y olor a bestias feroces. Llegó a ser como ellas. Cuando su madre le besaba, aceptaba fríamente su abrazo, como abstraído en pensamientos profundos.
Mató osos a cuchilladas, toros con el hacha, jabalíes con venablo; y hasta una vez que no tenía más que un palo se defendió con él contra unos lobos que estaban royendo cadáveres al pie de una horca.

Una mañana de invierno, salió antes del alba, bien equipado, con una ballesta al hombro y un manojo de flechas en el arzón de la silla.
Su caballo danés, seguido de dos pachones, caminando a paso cadencioso, hacía resonar el suelo. Se le colaban por el manto gotas de escarcha, soplaba un cierzo fuerte. Aclaró por un lado del horizonte; y, al claror del crepúsculo, vislumbró unos conejos dando saltitos al borde de sus madrigueras. Inmediatamente se lanzaron sobre ellos los dos pachones; y acá y allá les iban quebrando rápidamente el espinazo.
No tardó en internarse en un bosque. En la punta de una rama dormía un urogallo, entumecido por el frío, la cabeza bajo el ala. Julián, de un tajo de su espada, le segó las dos patas, y, sin recogerlo, siguió adelante.
Al cabo de tres horas se encontró en la cresta de una montaña tan alta, que el cielo parecía casi negro. Ante él se inclinaba sobre un precipicio una roca que parecía una larga muralla; y, en el extremo, dos machos cabríos salvajes miraban al abismo. Como no tenía las flechas (pues su caballo se había quedado atrás), se le ocurrió bajar hasta ellos; medio agachado, descalzo, se acercó al primero de los machos cabríos y le clavó un puñal debajo de las costillas. El segundo, aterrado, saltó al vació. Julián se lanzó a herirle y, resbalando con el pie derecho, cayó sobre el cadáver del otro, de cara al abismo y los brazos abiertos.
Volvió a bajar al llano y siguió andando entre sauces que bordeaban un río. De vez en cuando pasaban sobre su cabeza unas grullas volando muy bajo. Julián las abatía con el látigo, y no fallaba una.
Mientras tanto, el aire, más tibio, había fundido la escarcha, flotaban grandes jirones de vapor, y salió el sol. Vio relucir muy lejos un lago quieto que parecía plomo. En medio del lago había un animal que Julián no conocía, un castor de hocico negro. A pesar de la distancia, una flecha le abatió. A Julián le contristó no poder llevarse la piel.
Después se internó en una avenida de grandes árboles que, con sus copas, formaba como un arco de triunfo a la entrada de una selva. Saltó un corzo de un matorral, surgió un gamo en un claro, salió un tejón de una madriguera, un pavo real desplegó la cola sobre el césped; y cuando los hubo exterminado a todos, surgieron otros corzos, otros gamos, otros tejones, otros pavos reales, y mirlos, arrendajos, turones, zorros, erizos, linces, infinidad de animales, a cada paso más numerosos. Daban vueltas en torno a él, temblorosos, con una mirada llena de dulzura y de súplica. Pero Julián no se cansaba de matar, ora tendiendo el arco, ora desenvainando la espada o hiriendo con el cuchillo, y no pensaba en nada, no se acordaba de nada. Estaba cazando en un país cualquiera, desde un tiempo indeterminado, por el sólo hecho de su propia existencia, realizándose todo con la facilidad que se experimenta en los sueños. Le detuvo un espectáculo extraordinario. Un valle en forma de circo estaba lleno de ciervos; y amontonados unos junto a otros, se calentaban con sus hálitos, que se veían humear en la niebla. Durante unos minutos, la perspectiva de carnicería tal le enloqueció de placer. En seguida se apeó del caballo, se remangó y se puso a tirar.
Al silbido de la primera flecha, todos los ciervos a la vez volvieron la cabeza. Se hicieron huecos en su masa; se oyeron bramidos lastimeros y un gran movimiento agitó el rebaño.
El resalto del valle era demasiado alto para franquearlo. Los ciervos se abalanzaban al cercado, tratando de escapar. Julián apuntaba, disparaba, y las flechas caían como los rayos de una lluvia de tormenta. Los ciervos, enfurecidos, se peleaban, enloquecían, se montaban unos sobre otros; y sus cuerpos, con las cornamentas trabadas unas con otras, formaban un gran montículo, que se derrumbaba al desplazarse.
Por fin murieron, echados sobre la arena, la baba en los belfos, las entrañas al aire y la curva de los vientres hundiéndose poco a poco. Hasta que todo quedó inmóvil.
Anochecía; detrás de los bosques, entre árbol y árbol, el cielo estaba rojo como un charco de sangre.
Julián se apoyó en un árbol. Contemplaba pasmado la enormidad de la matanza, sin saber cómo había podido hacerla.
Al otro lado del valle, en la linde del bosque, divisó un ciervo, una cierva y su cervatillo.
El ciervo, que era negro y de un tamaño monstruoso, tenía una cornamenta de dieciséis puntas y una barba blanca. La cierva, rubia como las hojas muertas, estaba paciendo la hierba, y el cervatillo, moteado, andaba agarrado a la ubre sin interrumpir a la madre en su marcha.
Zumbó una vez más el venablo. Cayó primero el cervatillo, y la madre, mirando al cielo, bramó con voz profunda, desgarradora, humana. Julián, exasperado, la derribó de un flechazo en pleno pecho.
El enorme ciervo lo vio y dio un gran salto. Julián le disparó su última flecha. Se le clavó en la frente y se le quedó plantada en ella.
El enorme ciervo no parecía sentirla; saltando por encima de los muertos, seguía avanzando, iba a embestirle, a destrozarle; y Julián retrocedía con indecible espanto. El prodigioso animal se detuvo; y con los ojos llameantes, solemne como un patriarca y como un justiciero, mientras, muy lejos, sonaba una campana, repitió tres veces:
-¡Maldito, maldito, maldito! ¡Un día, corazón feroz asesinarás a tu padre y a tu madre!
Dobló las rodillas, cerró muy despacio los párpados y murió.
Julián se quedó estupefacto, luego abrumado por un cansancio súbito; y le invadió un gran hastió, una inmensa tristeza. Apretándose la frente con las manos, lloró mucho tiempo.
El caballo se había perdido, los perros le habían abandonado; la soledad que le rodeaba le pareció llena de peligros imprecisos. Y, movido por un arrebato de terror, echó a correr a través del campo, tomó al azar un sendero y, casi inmediatamente, se encontró a la puerta del castillo.
Aquella noche no durmió. Bajo la luz oscilante de la lámpara colgada del techo, veía siempre el enorme ciervo negro. Su predicción le obsesionaba, se debatía contra ella. « No, no, no, no puedo matarlos », y en seguida pensaba: « Si quisiera, ¿ por qué no ?...», y tenía miedo de que el diablo le inspirase el deseo de hacerlo.
La madre, angustiada, pasó tres meses rezando a la cabecera del hijo, y el padre, gimiendo, andaba y andaba sin parar por los corredores. Mandó a buscar a los embalsamadores más famosos, los cuales recetaron muchas drogas. La causa del mal de Julián, decían, era un viento funesto o un deseo de amor. Pero el mancebo negaba con la cabeza.
Recuperó las fuerzas, y le paseaban por el patio, sosteniéndole, cada uno por un brazo, el viejo fraile y el buen caballero.
Ya restablecido, se obstinó en no cazar.
Su padre, en su afán de alegrarlo, le regaló una gran espada sarracena.
Estaba en lo alto de un pilar, en una panoplia. Para cogerla, hubo necesidad de una escalera de mano. Julián subió. La espada, demasiado pesada, se le escapó de las manos, y al caer rozó al caballero tan cerca que le cortó la hopalanda; Julián creyó que había matado a su padre y se desmayó.
Desde entonces cogió miedo a las armas. Ver un acero desnudo le hacía palidecer. Esta flaqueza era una desolación para su familia.
El viejo fraile, en nombre de Dios, del honor y de los antepasados, acabó por ordenarle que reanudara sus ejercicios de caballero.
Los escuderos se entretenían todos los días en el manejo de la jabalina. Julián lo dominó en seguida. Metía la suya en el gollete de las botellas, rompía los dientes de las veletas, daba a cien pasos en los clavos de las puertas.
Una tarde de verano, a la hora en que la bruma impide distinguir las cosas, estando Julián en el emparrado de la huerta, divisó al fondo dos alas blancas que revoloteaban a la altura del espaldar. No dudó que era una cigüeña, y lanzó su venablo.
Se oyó un grito desgarrador.
Era su madre, cuyo gorro de largas cintas estaba clavado contra la pared.
Julián huyó del castillo y no volvió a aparecer.


II

Se enroló en una partida de aventureros que iban de paso.
Conoció el hambre, la sed, las calenturas y los piojos. Se acostumbró al estruendo de las refriegas, a la cara de los moribundos. El viento le tostó la piel. El contacto de las armaduras le endureció los miembros; y como era muy fuerte, valiente, mesurado, discreto, no tardaron en encomendarle el mando de una mesnada.
Al entrar en batalla, arrastraba a sus soldados con un gran movimiento de su espada. Por la noche, escalaba por una cuerda de nudos los muros de las ciudadelas, balanceado por el huracán, mientras las pavesas del fuego griego se pegaban a su coraza y chorreaban de las almenas la resina hirviendo y el plomo fundido. Más de una vez le partió el escudo una pedrada. Bajo él se hundieron puentes demasiado cargados de hombres Haciendo molinetes con sus armas, se desembarazó de catorce jinetes. Desafió, en campo cerrado, a todos los que se prestaron. Más de veinte veces le dieron por muerto.
Gracias al favor divino, se salvó siempre; pues amparaba a la gente de iglesia, a los huérfanos, a las viudas y principalmente a los ancianos. Cuando veía ante él a un mercader, le gritaba para verle la cara, como si temiera matarle por equivocación
Esclavos fugitivos, villanos insurrectos, bastardos sin fortuna, toda clase de intrépidos afluyeron bajo su bandera, y se formó un ejército.
Este ejército fue creciendo. Se hizo famoso. Era muy solicitado.
Sucesivamente, acudía en ayuda del delfín de Francia y del rey de Inglaterra, de los templarios de Jerusalén, del surena de los partos, del negus de Abisinia, del emperador de Calcuta. Combatió a escandinavos cubiertos de escamas de pescado, a negros provistos de rodelas de cuero de hipopótamo y a indios color de oro montados en asnos rojos y blandiendo por encima de sus diademas unos largos sables resplandecientes como espejos. Venció a los trogloditas y a los antropófagos. Atravesó regiones tan tórridas que, bajo el fuego del sol, las cabelleras se encendían por sí mismas, como antorchas; y otras que eran tan glaciales que los brazos se desprendían de los cuerpos y caían al suelo; y países en los que había tanta niebla que la gente andaba por ellos como fantasmas.

Repúblicas en conflicto le consultaron. En entrevistas con embajadores obtenía ventajas inesperadas. Si un monarca se conducía muy mal, Julián llegaba de pronto y le amonestaba. Liberó pueblos. Libertó a reinas encerradas en torres. El y no otro fue quien mató a la sierpe de Milán y al dragón de Oberbirbach.
El emperador de Occitania, vencedor de los musulmanes españoles, había tomado como barragana a la hija del califa de Córdoba y de ella le quedó una niña, a la que educó cristianamente. Pero el califa, fingiendo que quería convertirse fue hasta el emperador acompañado de numerosa escolta, mató a toda la guarnición y le encerró en lo más profundo
de un calabozo, donde le trataba con extremada dureza para sacarle tesoros.
Julián acudió a socorrerle, destruyó el ejército de los infieles, puso sitio a la ciudad, mató al califa, le cortó la Cabeza y la lanzó como una piedra por encima de la muralla. Después sacó al emperador de su prisión y le restauró en su trono, en presencia de toda la corte.
En premio a tan gran servicio, el emperador le ofreció canastas llenas de dinero; Julián lo rehusó. Creyendo que quería más, le brindó las tres cuartas partes de sus riquezas; las rechazó también; después le propuso compartir su reino; Julián tampoco lo aceptó; el emperador lloraba de impotencia, sin saber cómo testimoniar su gratitud, cuando, de pronto, se dio un golpe en la frente y dijo algo al oído a un cortesano; se alzaron las cortinas de una tapicería y apareció una doncella.
Sus grandes ojos negros brillaban como dos lámparas muy tenues. Una sonrisa encantadora le entreabría los labios. Los bucles de su cabellera se enredaban en las piedras preciosas de su túnica entreabierta, y bajo la transparencia de las gasas se adivinaba la lozanía de su cuerpo. Era bonita y entradita en carnes, pero grácil de talle.

Julián se quedó deslumbrado de amor, un amor en su plena fuerza, porque Julián había llevado hasta entonces una vida muy casta.

Y recibió en matrimonio a la hija del emperador, con un castillo que había heredado de su madre; terminadas las bodas, se despidieron, con infinitas cortesías por ambas partes.

Era un palacio de mármol blanco, en la cima de un promontorio, rodeado de un bosque de naranjos. Terraplenes de flores descendían hasta la ribera de un golfo, donde crujían bajo los pies las conchas.

Detrás del castillo se extendía una fronda en forma de abanico. El cielo estaba siempre azul y los árboles se inclinaban alternativamente bajo la brisa del mar y bajo el viento de las montañas que cerraban a lo lejos el horizonte.

Las incrustaciones de los muros iluminaban la penumbra de los aposentos. Columnillas delgadas como cañas sostenían las cúpulas, decoradas de relieves que imitaban las estalactitas de las grutas.
Había surtidores en las salas, mosaicos en los patios, tabiques festoneados, mil refinamientos de arquitectura, y en todas las estancias reinaba tal silencio que se oía el roce de una echarpe o el aura de un suspiro.
Julián ya no guerreaba. Descansaba rodeado de un pueblo tranquilo; y cada día desfilaba ante él una multitud, con genuflexiones y besamanos a la oriental.
Vestido de púrpura, permanecía apoyado de codos en el alféizar de una ventana, recordando sus cacerías de antaño; y le hubiera gustado correr por el desierto persiguiendo gacelas y avestruces, esconderse entre los bambúes al acecho de los leopardos, atravesar selvas llenas de rinocerontes, llegar a la cumbre de los más inaccesibles montes para apuntar mejor a las águilas, y combatir en los témpanos del mar a los osos blancos.
A veces, en un sueño, se veía como nuestro padre Adán en medio del paraíso, entre todos los animales; extendiendo el brazo, los derribaba; o bien desfilaban de dos en dos, por orden de tamaños, desde los elefantes y los leones hasta los armiños y los patos, como el día que entraron en el arca de Noé. En la sombra de una caverna, disparaba sobre ellos sus infalibles venablos; llegaban otros; aquello no terminaba; y se despertaba, y los ojos se le salían, feroces, de las órbitas.
Príncipes amigos le invitaban a cazar. Se negó siempre, creyendo que con esta especie de penitencia apartaría su desgracia; pues le parecía que de la matanza de los animales dependía la suerte de sus padres. Pero sufría de no verlos, y este otro deseo iba siendo insoportable.
Su esposa, para divertirle, mandó a buscar juglares y danzarinas.
Paseaba con él por el campo en litera abierta; otras veces, inclinados sobre la borda de una chalupa, miraban los peces vagabundeando en el agua, clara como el cielo. A menudo le tiraba flores a la cara; echada a sus pies, sacaba melodías de una mandolina de tres cuerdas; después, posándole en el hombro las dos manos unidas, decíale con voz tímida:
«¿Qué tienes, amado señor mío?»

Julián no contestaba, o rompía a sollozar; por fin, un día, le confesó su horrible pensamiento.
La esposa le rebatió con muy buenas razones: probablemente, sus padres habían muerto ya, y si alguna vez volviera a verlos, ¿por qué azar, con qué fin, podía llegar él a tal abominación? Luego su temor era infundado, y debía volver a cazar.
Julián sonreía escuchándola, mas no se decidía a satisfacer su deseo.
Una noche del mes de agosto estaban en su habitación; la esposa acababa de acostarse y Julián se disponía a arrodillarse para la oración, cuando oyó un gañido de un zorro y en seguida unos pasos ligeros bajo la ventana; y entrevió en la sombra como apariencias de animales. La tentación era demasiado fuerte; descolgó la aljaba.
La esposa se sorprendió.
-¡Es por obedecerte! -dijo. Al amanecer estaré de vuelta.
Sin embargo, la esposa temía una aventura funesta.
Julián la tranquilizó y en seguida salió, extrañado de la inconsecuencia de su humor.
Al poco tiempo llegó un paje a anunciar que dos desconocidos, en vista de la ausencia del señor, pretendían ver inmediatamente a la señora.
Y al cabo de un momento entraron en la estancia un anciano y una anciana, encorvados, polvorientos, vestidos de ordinario lienzo y apoyándose en sendos cayados.
Declararon, muy enardecidos, que traían a Julián noticias de sus padres.
La señora se inclinó para escucharlos.
Pero, después de cruzar entre ellos una mirada de connivencia, preguntaron a la señora si Julián amaba todavía a sus padres, si hablaba de ellos.
-¡Oh, sí! -les contestó.
Entonces, los ancianos exclamaron:
-¡Pues bien, somos nosotros! -y se sentaron, porque estaban muy cansados y muertos de fatiga.
La señora no tenía ninguna seguridad de que su esposo fuera hijo de aquellos dos ancianos.
Se lo demostraron describiendo ciertas señales
La señora saltó de la cama, llamó al paje y les sirvieron de comer. Aunque tenían mucha hambre, no podían comer nada; y la señora observaba de lejos cómo les temblaban las sarmentosas manos al coger los cubiletes.
Le hicieron preguntas sobre Julián. Contestó a todas, pero se cuidó muy bien de decirles la fúnebre idea que les concernía.
Como no volvía, partieron de su castillo, y llevaban varios años caminando, siguiendo vagas indicaciones, sin perder la esperanza. Habían gastado tanto dinero en peajes de ríos y en posadas, en derechos de príncipes y en exigencias de ladrones, que se quedaron con la bolsa vacía y ahora mendigaban.
¿Qué importaba, si en seguida iban a abrazar a su hijo? Ponderaban su suerte, pues que había encontrado esposa tan gentil. Y no se cansaban de contemplarla y de besarla.
La suntuosidad del aposento les causó gran asombro; y el anciano, contemplando los muros, preguntó por qué figuraba en ellos el blasón del emperador de Occitania.
La señora explicó:
-¡Es mi padre!
El anciano se estremeció, recordando la profecía del bohemio; y la anciana pensaba en las palabras del ermitaño. Seguramente la gloria de su hijo no era más que la aurora de los esplendores eternos; y los dos permanecían boquiabiertos, bajo la luz del candelabro que alumbraba la mesa.
Debían de haber sido muy hermosos de jóvenes.
La madre conservaba todavía toda la cabellera, cuyas sedosas crenchas, blancas como la nieve, le llegaban hasta más abajo de las mejillas; y el padre, con su alta estatura y su luenga barba, parecía una estatua de iglesia.
La esposa de Julián los indujo a no esperarle. Ella misma los acostó en su propio lecho; luego cerró la ventana. Se durmieron. Apuntaba el alba, y, detrás del cristal, empezaban a cantar los pajarillos.
Julián había atravesado el parque y caminaba por el bosque con paso nervioso, gozando de la blandura del césped y de la suavidad del aire.
Se proyectaba sobre el musgo la sombra de los árboles. De vez en cuando la luna ponía unas manchas blancas en el suelo desnudo, y Julián, creyendo ver un charco de agua, se paraba, o bien la superficie de las charcas quietas se confundía con el color de la hierba. Reinaba un gran silencio; y Julián no descubría ninguno de los animales que, pocos minutos antes, erraban en torno a su castillo.
El bosque iba siendo cada vez más espeso, más profunda la oscuridad. Pasaban bocanadas de aire cálido, impregnadas de olores enervantes.
Julián se hundía en los montones de hojas muertas, y se apoyó contra un roble para tomar aliento.

De pronto saltó detrás de él una masa más negra, un Jabalí.

A Julián no le dio tiempo para empuñar el arco, y esto le acongojo como una desgracia.

Después, ya fuera del bosque, vio un lobo que corría a lo largo de un seto.

Julián le disparó una flecha. El lobo se paró volvió la cabeza para mirarle y reanudó su carrera Trotaba guardando siempre la misma distancia, se paraba de vez en cuando, y, en cuanto le apuntaba, echaba a correr de nuevo.

Julián recorrió de esta manera una llanada interminable, después montículos de arena, hasta que se encontró en un altozano que dominaba un gran espacio de la comarca. Lozas dispersas entre panteones en ruinas. Tropezaba con los huesos de los muertos; algunas cruces carcomidas, inclinadas con lamentable traza. Pero en la sombra indecisa de las tumbas, movieron se unas formas; y surgieron unas hienas, sorprendidas, vacilantes. Tamborileando las garras contra las losas, acercáronse a Julián y le olisqueaban, con un bostezo que enseñaba las encías. Desenvainó el sable. Las hienas se alejaron a la vez en todas direcciones, y continuando su galope cojitranco y precipitado, perdiéronse a lo lejos bajo una nube de polvo.

Transcurrida una hora, encontró en un barranco un toro furioso; cuernos en ristre y escarba o en la arena con la pezuña. Julián le asestó un lanzazo debajo de la papada. La lanza se partió como si el animal fuera de bronce; Julián cerró los ojos, esperando la muerte. Cuando los abrió, el toro había desaparecido.

Entonces, de vergüenza, se le derrumbó el alma.

Un poder superior destruía su fuerza; y retrocedió al bosque para volver a casa.
Los bejucos le estorbaban el paso; los estaba cortando con el sable, cuando una garduña se le metió de repente entre las piernas, le saltó por encima del hombro una pantera, una serpiente reptó en espiral por el tronco de un fresno.
En las ramas del fresno había una corneja monstruosa que miraba a Julián; y acá y allá surgían entre el follaje grandes fulgores, como si llovieran sobre el bosque todas las estrellas del firmamento. Eran ojos de animales, de gatos monteses, de ardillas, de búhos, de loros, de monos.
Julián les disparó sus flechas, y las flechas, con sus plumas, se posaban en las hojas como mariposas blancas. Les tiró piedras, y las piedras, sin tocar nada, volvían al suelo. Se maldijo, hubiera querido darse de puñetazos, vociferó imprecaciones, le ahogaba la ira.
Y todos los animales que él había perseguido reaparecieron, le rodearon en estrecho círculo, sentados unos sobre la grupa, otros de pie, en toda su estatura. El en el centro, helado de terror, incapaz del menor movimiento. Con un supremo esfuerzo de voluntad, avanzó un paso. Los que estaban en los árboles abrieron las alas, los que pisaban el suelo echaban a andar; y todos le acompañaban.
Las hienas caminaban detrás de él, el toro, a su derecha, meneaba la cabeza, y, a su izquierda, la serpiente reptaba entre las matas, mientras la pantera, enarcando el lomo, avanzaba con paso tácito y a grandes zancadas. Julián avanzaba lo más despacio posible, para no irritarlos; y veía salir de las profundidades de los matorrales puerco espines, zorros, víboras, chacales y osos.

Julián echó a correr, el cortejo de animales corrió a su vez. El jabalí le rozaba los talones con sus colmillos, el lobo las palmas de las manos con su hocico. Los monos le pellizcaban haciendo muecas, la garduña se le enrollaba sobre los pies. Un oso le tiró con la pata el sombrero; y la pantera, desdeñosamente, dejó caer una flecha que llevaba en la boca.
Trascendía un algo irónico en sus actitudes burlonas. Mientras le observaban con el rabillo del ojo, parecían meditar un plan de venganza; y, ensordecido por el zumbar de los insectos, golpeado por coletazos de pájaros, sofocado por cálidos alientos, caminaba con los brazos hacia adelante y los ojos cerrados como un ciego, sin tener ni siquiera la fuerza de gritar: «¡Misericordia! «.
Vibró en el aire el canto de un gallo. Le contestaron otros; amanecía; y Julián reconoció, por encima de los naranjos, el caballete de su palacio.
Después, en la orilla de un campo vio, de tres en tres pasos, perdices rojas que revoloteaban entre las cañas. Se desabrochó la capa y la echó sobre ellas como una red. Cuando la levantó, encontró sólo una perdiz, y muerta desde hacía mucho tiempo, ya putrefacta.
Esta decepción le exasperó más que ninguna otra.
Volvió a dominarle el ansia de matar; no había animales y habría querido matar hombres.
Subió los tres terraplenes, hundió la puerta de un puñetazo; mas al pie de la escalera el recuerdo de su amada esposa le ablandó el corazón. Seguramente estaba durmiendo, y él iba a sorprenderla.
Se quitó las sandalias, giró despacio la cerradura y entró.
Las vidrieras emplomadas oscurecían la leve claridad del alba. A Julián se le enredaron los pies en unas vestiduras tiradas en el suelo; un poco más lejos, tropezó con un aparador lleno aún de vajilla. «Seguramente habrá comido», pensó; y avanzaba hacia el lecho, perdido en la tiniebla al fondo del aposento. Cuando llegó a tocarlo se inclinó para besar a su esposa sobre la almohada, donde descansaban las dos cabezas, muy cerca una de otra. Sintió contra la boca la impresión de una barba.
Retrocedió, creyendo enloquecer; mas volvió junto al lecho, y sus dedos palparon una cabellera muy larga. Para convencerse de su error, pasó despacio la mano sobre la almohada. ¡Esta vez era, bien seguro, una barba y un hombre! ¡Un hombre durmiendo con su mujer!
Presa de desmesurada furia, se arrojó sobre ellos a puñaladas; y pateaba, echaba espuma por la boca, con aullidos de fiera. Luego se quedó quieto. Los muertos, heridos en el corazón, no habían hecho el menor movimiento. Julián escuchaba atentamente los dos estertores casi iguales, y a medida que se iban amortiguando, otro, muy lejos, los proseguía. Insegura al principio, aquella voz plañidera, largamente emitida, se iba acercando, iba creciendo, hasta llegar a ser cruel; y Julián reconoció, aterrado, el bramido del gran ciervo negro.
Y, mirando hacia atrás, creyó ver en el hueco de la puerta el fantasma de su mujer, con una luz en la mano.
Venía atraída por el estrépito del exterminio. Abarcando el escenario de una ojeada, comprendió
lo ocurrido y, huyendo horrorizada, dejó caer la antorcha.
Julián la levantó.
Allí, ante él, yacían sus padres, tendidos sobre la espalda, con un agujero en el pecho; y sus rostros, de una dulzura majestuosa, parecían guardar un secreto eterno. En su pálida piel, en las sábanas del lecho, en el suelo, a lo largo del cuerpo de un cristo de marfil colgado a la cabecera, salpicaduras y charcos de sangre. El reflejo escarlata de la vidriera, en la que daba ya el sol, clareaba aquellas manchas rojas y proyectaba muchas más en todo el aposento. Julián se dirigió hacia los dos muertos diciéndose, queriendo creer que aquello no era posible, que se había equivocado, que a veces hay parecido inexplicables. Se inclinó ligeramente para ver de muy cerca al anciano, y entre sus ojos mal cerrados percibió una pupila extinta que le quemo como si fuera
fuego. Pasó al otro lado de la cama, adonde estaba el otro cuerpo, cuya cabellera blanca tapaba una parte del rostro. Julián le levantó con la mano las crenchas, le alzó la cabeza. Y la miraba, sosteniéndola con el extremo de su brazo doblado, mientras, antorcha en la otra mano, se alumbraba con ella. El colchón goteaba despacio sobre el suelo.

Al anochecer se presentó ante su esposa; y, con una voz diferente de la suya, comenzó por ordenarle que no le replicara, que no se le acercara, que dejara de mirarle, Y que tenía que cumplir, so pena de condenarse, todas sus órdenes, irrevocables.

Los funerales se harían siguiendo las instrucciones que él había dejado escritas en un reclinatorio de la estancia de los muertos. Le dejaba su palacio, sus vasallos, todos sus bienes, sin quedarse siquiera la vestidura de su cuerpo ni sus sandalias, que encontrarían en lo alto de la escalera.

Ella había obedecido a la voluntad de Dios dando ocasión a su crimen, y debía rogar por su alma, porque desde entonces el ya no existía.

Los muertos fueron enterrados con magnificencia en la iglesia de un monasterio a tres jornadas del castillo. Lejos de todos los demás, sin que nadie se atreviese a hablarle, seguía el cortejo un monje con la cogulla echada.
Pasó toda la misa tendido boca abajo en medio del atrio, con los brazos en cruz y la frente en el polvo.
Después de la inhumación, le vieron tomar el camino que conducía a las montañas. Miró atrás varias veces y acabó por desaparecer.




III

Se fue por el mundo mendigando el sustento.
Tendía la mano a los que cabalgaban por los caminos, con genuflexiones que se acercaban a las de los segadores, o bien se plantaba, inmóvil, ante los portillones de los patios; y era tan triste su cara que nunca le negaban la limosna.
Como acto de humildad. contaba su historia; y entonces le huían, haciendo la señal de la cruz. En los pueblos por los que ya había pasado, cerraban las puertas en cuanto le reconocían, le gritaban amenazas, le tiraban piedras. Los más caritativos posaban una escudilla en el borde de la ventana y echaban el tejadillo para no verle.
Arrojado de todas partes, evitó a los hombres; y se alimentó de raíces, de plantas, de frutos perdidos y de mariscos que buscaba por las playas.
A veces, en la ladera de un alcor, veía bajo sus ojos una confusión de tejados muy juntos, unas torres, unas calles negras que se entrecruzaban, y subía hasta él un zumbido continuo.
La necesidad de sumarse a la vida de los demás le hacía bajar a la ciudad. Más la pinta bestial de las caras, el ruido de los oficios, la indiferencia de las palabras le helaban el corazón. Los días de fiesta, cuando, desde el alba, el bordón de las catedrales ponía en algazara a todo el pueblo, miraba a los habitantes saliendo de sus casas, y después al baile en las plazuelas, y las fuentes de cerveza en las esquinas, y las colgaduras de damasco en los palacios de los príncipes, y, llegada la noche, por las cristaleras de la planta baja, las largas mesas de familia, en torno a las cuales los abuelos tenían a los niños sobre las rodillas; le ahogaba la congoja, y se volvía a los campos.
Contemplaba con arrebatos de amor a los potros en las praderas, a los pájaros en los nidos, a los insectos posados en las flores; y al acercarse él, todos corrían más lejos, se escondían asustados, echaban a volar.
Buscó las soledades. Pero el viento le traía al oído como estertores de agonía; las lágrimas del rocío cayendo al suelo le recordaban otras gotas más pesadas. Todos los atardeceres, el sol derramaba sangre en las nubes; y todas las noches se repetía, en sueños, su parricidio.
Se hizo un cilicio con puntas de hierro; subió de rodillas todas las colinas que tenían en la cima un santuario. Pero el implacable pensamiento oscurecía el esplendor de los tabernáculos, le torturaba a través de las maceraciones de la penitencia.
No se rebelaba contra Dios, que le había infligido aquella acción, y sin embargo se desesperaba por haberla cometido.
Su propia persona le inspiraba horror tal que, con la esperanza de liberarse de ella, se aventuraba en mil peligros. Salvó de incendios a los paralíticos, de precipicios a los niños. El abismo le rechazaba, las llamas le respetaban.
El tiempo no lenificó su tortura, era cada vez más intolerable. Decidió morir.

Y un día en que se encontraba al borde de un hontanar, se inclinó sobre el agua para calcular su profundidad y vio frente a él a un anciano esquelético, blanca la barba y tan lamentable el aspecto, que le fue imposible contener el llanto. El otro también lloraba. Julián, sin reconocer su propia imagen, recordaba confusamente un rostro parecido a aquél. Lanzó un grito; aquel hombre era su padre; y ya no pensó en matarse.
Llevando de esta suerte el peso de su recuerdo, recorrió muchos países. Y llegó junto a un río peligroso de atravesar porque era muy violenta su corriente y porque había en sus orillas gran extensión de limo. Hacía mucho tiempo que nadie se atrevía a pasarlo.
Más atrás, una vieja barca erguía su popa entre las cañas. Julián la inspeccionó y descubrió en ella un par de remos; se le ocurrió la idea de dedicar su vida al servicio del prójimo.
Comenzó por abrir en la orilla una especie de calzada que permitía bajar hasta el cauce; y se rompía las uñas removiendo unas piedras enormes, las apoyaba en el vientre para trasladarlas, resbalaba en el limo, se hundía en él, varias veces estuvo a punto de sucumbir.

Después reparó la barca con despojos de navíos, y se hizo una choza con barro y troncos de árboles.
Conocido el paso, fueron acudiendo los viajeros. Le llamaban de la orilla opuesta agitando banderas; Julián se apresuraba a saltar a la barca. Era muy pesada, y la sobrecargaban con toda clase de equipajes y de fardos, sin contar las bestias de carga, que coceando de miedo dificultaban más la travesía.
No pedía nada por su trabajo; a veces le daban restos de vituallas que sacaban del morral o prendas de vestir muy usadas que ellos ya no querían. Algunos bárbaros vomitaban blasfemias. Julián los amonestaba con dulzura y ellos le replicaban con insultos. El se contentaba con bendecirlos.

Una mesita, un escabel, un camastro de hojas secas y tres copas de barro: tal era todo su ajuar. A guisa de ventanas, dos huecos abiertos en la pared. Por un lado, se extendían hasta perderse de vista unas llanuras yermas en las que se destacaban de vez en cuando algunos pálidos charcos; y a sus pies corrían las aguas verdosas del gran río. En primavera, la tierra húmeda exhalaba un olor a podrido. Después un viento huracanado levantaba torbellinos de polvo. Un polvo que entraba en todas partes, que lo enfangaba todo, que crujía entre las encías. Un poco más tarde eran las nubes de mosquitos, cuyo agudo zumbido y cuyas picaduras no daban tregua de noche ni de día. Al poco tiempo sobrevenían unas heladas terribles que daban a las cosas la rigidez de la piedra y despertaban una necesidad de comer carne.
Pasaban meses sin que Julián viera un alma viviente. A menudo cerraba los ojos, tratando de rememorar su juventud. Y aparecía el patio de un castillo, con unos lebreles en una escalinata y, bajo un dosel de pámpanos, un adolescente de cabello rubio entre un anciano vestido de pieles y una dama con un gran capirote; de pronto surgían los dos cadáveres. Se tumbaba boca abajo en su camastro, y repetía entre sollozos:
« ¡Ah, pobre padre, pobre madre, pobre madre! »
Y caía en un sopor en el que persistían las lúgubres visiones.

Una noche, dormido, creyó oír que alguien le llamaba. Aguzó el oído y no oyó más que el retumbo del río. Pero la misma voz repitió: «¡Julián!» Parecía venir de la otra orilla, lo que le pareció extraordinario, por lo ancho que era el río. Llamaron por tercera vez: «¡Julián!»
Y aquella voz tan alta tenía son de campana de iglesia.
Encendió el farol y salió de la choza. Un furioso huracán reinaba en la noche. Acá y allá, la blanca espuma de la rompiente alborotada desgarraba la profunda tiniebla.
Después de un minuto de vacilación, Julián soltó la amarra. Y de pronto quedó tranquila el agua, deslizóse la barca sobre ella y arribó a la otra orilla, donde esperaba un hombre.
Estaba envuelto en harapos, el rostro como una máscara de yeso y los dos ojos más rojos que dos brasas. Julián acercó a él el farol y vio que estaba todo cubierto de una horrible lepra; sin embargo, había en su porte como una majestad de rey.
En cuanto el hombre aquel entró en la barca, hundióse ésta prodigiosamente, vencida por su peso; volvió a ascender por una sacudida, y Julián se puso a remar.
A cada golpe de remo, la resaca del oleaje la levantaba de proa. A uno y otro lado de la borda, corría, más negra que la tinta, el agua. Ahondaba abismos, levantaba montañas, y la chalupa saltaba sobre ellas, volvía a descender a las profundidades, y en las profundidades daba vueltas, bamboleada por el viento.
Julián arqueaba el cuerpo, abría los brazos y, afianzándose sobre los pies, se echaba hacia atrás con una torsión de la cintura, para acrecer su fuerza. El granizo le golpeaba las manos, la lluvia le corría por la espalda, la violencia del aire le cortaba el aliento. Se detuvo. Entonces la barca fue arrastrada a la deriva. Mas, comprendiendo que se trataba de algo trascendental, de una orden a la que no podía dejar de obedecer, volvió a coger los remos; y el crujir de los cálamos cortaba el clamor de la tempestad.
Alumbraba, delante, el pequeño farol. De vez en cuando lo tapaba el revolotear de unos pájaros. Mas Julián seguía viendo los ojos del leproso, que se sostenía de pie en la popa, inmóvil como una columna.
Y esto duró algún tiempo, ¡mucho tiempo!
Llegados a la choza, Julián cerró la puerta y le vio sentado en el escabel. La especie de sudario que le cubría había caído hasta las caderas; y los hombros, el pecho, los escuálidos brazos desaparecían bajo unas costras de pústulas escamosas. Arrugas profundísimas le surcaban la frente. Igual que un esqueleto, tenía un agujero en el lugar de la nariz; y sus labios, azulencos, emitían un aliento espeso como una niebla y nauseabundo.
-¡Tengo hambre! -dijo.
Julián le dio lo que tenía: un trozo de tocino seco y unas cortezas de pan negro.
Cuando lo hubo devorado, la mesa, la escudilla y el mango del cuchillo tenían las mismas manchas que se veían en el cuerpo del leproso.
Luego dijo:
-¡Tengo sed!
Julián fue a buscar su jarro; y al cogerlo salió de él un aroma que le henchía el corazón y las ventanas de la nariz. Era vino. ¡Qué hallazgo! Pero el leproso alargó el brazo y, de un trago, vació el jarro.
Julián, con la candela, encendió un montón de helechos en mitad de la choza.
El leproso se acerco a calentarse; y, en cuclillas, temblaba todo él, iba desfalleciendo; no le brillaban ya los ojos, le supuraban las úlceras, y, con voz casi inaudible, murmuró:
-¡Tu cama!
Julián le ayudó suavemente a llegar hasta ella, y hasta extendió sobre él, para abrigarle, la vela de su barca.
El leproso gemía. Por las comisuras de la boca se le veían los dientes, un estertor acelerado le agitaba el pecho, y a cada respiración se le hundía el vientre hasta las vértebras.
Después cerró los párpados.
-¡Tengo los huesos como de hielo ¡Ven a mi lado!
Y Julián, apartando la lona, se acostó a su lado sobre las hojas secas.
El leproso volvió la cabeza.
-¡Desnúdate para que yo reciba el calor de tu cuerpo!
Julián se quitó sus vestiduras; después, desnudo como vino al mundo, volvió a acostarse; sentía contra el muslo la piel del leproso, más fría que una serpiente y áspera como una lima.
Procuraba animarle; y el leproso respondía jadeante:
-¡Ah, voy a morir!... ¡Acércate más, caliéntame!
¡Con las manos no, con todo tu cuerpo!
Julián se tendió sobre él enteramente, boca con boca, pecho con pecho.
Entonces el leproso le abrazó; y sus ojos relucieron de pronto con una claridad de estrellas; se le alargaron los cabellos como rayos de sol; el hálito de su boca era dulce como aroma de rosas; una nube de incienso se elevó del hogar, y las olas cantaban. Un raudal de delicias, una alegría sobrehumana descendía como una inundación al alma de Julián extasiado; y aquel que con los brazos le estrechaba iba creciendo, tocando con la cabeza y con los pies las dos paredes de la cabaña. Voló el techo, se extendía el firmamento; y Julián ascendió hacia los espacios azules, cara a cara con Nuestro Señor Jesucristo, que le llevaba al cielo.

Y ésta es la historia de San Julián el Hospitalario, aproximadamente tal como se ve en una vidriera de iglesia de mi tierra.

FIN




miércoles, 8 de diciembre de 2010

Reaper -- EL SEGADOR -- Robert Bloch

LA GUADAÑA

Robert Bloch

Despues de que los niños crezcan y se trasladen, una nueva criatura acude a tu casa.
Su nombre es Muerte.
Viene en silencio, sin los llantos de un infante, y no hará que estés despierto por la noche ni exigirá diariamente tu atención. Pero, de alguna manera, sabrás que ha venido para quedarse. Y sigue creciendo, haciéndose más grande y más fuerte a cada día que pasa, mientras tú te haces más pequeño y más débil. Tarde o temprano tendrá lugar la inevitable confrontación..., y cuando eso suceda, tú serás quien tenga que marcharse.
Ross escribió estas líneas la mañana de su sexagésimo quinto cumpleaños, y luego las hizo a un lado.
Estaba cansado de escribir sobre la Muerte con M mayúscula. Como autor de fantasía había contribuido lo suyo a dramatizar la mortalidad del hombre, y era difícil encontrar un acercamiento nuevo al tema. Demasiados escritores habían agotado la idea: la Muerte como ángel, la Muerte fijando una cita en Samarra, la Muerte de vacaciones, la Muerte atrapada en un árbol, la Muerte erradicada, la Muerte engañada. Todo eran deseos. No había nada angelical en la Segadora; no toma vacaciones, no se la puede engañar ni erradicar. La Muerte es una fuerza impersonal, no un esqueleto articulado que porta una guadaña.
Ross se encogió de hombros y se levantó de su mesa. Después de todo, un hombre tiene derecho a celebrar su cumpleaños, aunque a nadie más le importe si vive o muere.
Sus padres y parientes habían muerto hacía tiempo y él nunca había llegado a casarse. Durante los años pasados aquí, en la península al norte de Michigan, Ross no había hecho ninguna amistad. Se escribía con su agente y sus editores, pero su único contacto personal con la gente se producía cuando iba a la ciudad en busca de provisiones.
Ross era un solitario, pero nunca se sentía solo. Periodicos, revistas y libros llenaban su buzón, y sus hijos le hacían compañía.
Sus hijos se encontraban cn las estanterías de su despacho, fila tras fila: las novelas con sus columnas dorsales estiradas y sus pieles robustas, las historias cortas aseguradas cn el interior de las paginas de revistas y antologías. Algunas, transformadas por las traduccioncs, hablaban lenguas extranjeras. Otras, aparecían solamente en ediciones originales, con las voces debilitadas hasta un susurro por el paso de los años. Pero aquí y en el extranjero, agotadas las ediciones o no, todavía vivían, aún poseían el poder de hablar a nuevos lectores en el futuro.
Ross los cuidaba con orgullo paternal, pues incluso el más pequeño de ellos contenía algo de él. Amaba a sus hijos, y los envidiaba, porque le sobrevivirían. Eventualmente, por supuesto, también ellos morirían: sus columnas vertebrales se agrietarían, sus encuadernaciones se romperían, sus paginas se desmoronarían. Pero mucho antes de que eso sucediera su propia columna vertebral perdería su fuerza, la piel que envolvía su cuerpo se agrietaría y se encogería hasta que lo que había dentro se desintegrara.
Ya casi estaba empezando a suceder. Ahora, mientras los años cobraban su tarifa sin descanso; mientras los ojos se nublaban, los dientes se caían, los dolores proliferaban, la memoria se oscurecía y los pensamientos escapaban de su control para centrarse en el miedo.
Ross vio que el día era soleado y salió a dar un paseo por el bosque. Pero había sombras acechando entre los árboles, y el miedo caminaba con él. Por mucho que lo intentara, no podía dejar de pensar en la Muerte. La Muerte con M mayúscula. Vendría tarde o temprano, propiciando el sueño eterno.
Dormir, tal vez soñar...
Eso era lo que realmente temía. La mente continúa funcionando cuando se duerme. Supongamos que continúa funcionando cuando se muere. Supongamos que la conciencia sigue viviendo, incluso en la tumba, en la húmeda oscuridad donde el cerebro yace enterrado dentro de un cadáver que se pudre, aprisionado aunque consciente, incapaz de escapar a la eternidad definitiva de horror sin esperanza.
¿Se sigue sintiendo todavía dolor? Si se evitan los terrores de la tumba, ¿provocará la cremación un tormento como los fuegos del infierno? 
Su mente reflexionaba sobre las formas en que podría venir el final: la súbita violencia de un accidente, o incluso un asesinato, o la lenta agonía de la enfermedad. Mientras Ross paseaba, la luz del sol se debilitó y las sombras se hicieron más profundas. No iba a encontrar solaz aquí en el bosque. 
De regreso a la casa, se preparó una comida solitaria y luego tomó unos cuantos tragos, pero difícilmente podía considerar aquello como una celebración de cumpleaños. El pensamiento le obsesionaba..., ¿cómo se encontraría con la Muerte?
Y esa noche, despues de quedarse dormido, se encontró con la Muerte en sueños.
Allí estaba, la Reina de los Terrores, un brillante esqueleto al pie de su cama. Los dedos huesudos de su mano izquierda estaban engarfiados en torno a un antiguo reloj de arena; las zarpas, sin carne bajo la mano derecha, agarraban el mango de una guadaña.
Ross contempló la cruel curva de la hoja de la guadaña.... la guadaña de la Segadora. La Muerte, advirtió, no era una niña. La aparición que tenía delante registraba todos los atributos de la leyenda, el esquelético símbolo de la tradición y el Tarot.
Ross también advirtió que estaba soñando.
-Te equivocas.
No se produjo ningún sonido, pero Ross oyó la palabra, e incluso vio el movimiento de la mandíbula sobresaliente.
-¡No! -Ross hablaba dormido . No puedes ser real..., sólo eres producto de mi imaginación.
La Muerte se rió sin emitir sonido, pero Ross la oyó, junto con las palabras no habladas que siguieron.
-¿Y esos libros e historias que has escrito? Todos son producto de tu imaginación, pero son bastante reales. Existen porque las has creado.
-Yo no te he creado -murmuró Ross.
-Porque no has tenido necesidad -respondió la Muerte-. La imaginación posee un poder propio. Y la imaginación de millones de hombres antes que tú me ha dado semblanza y sustancia. Créeme, soy tan real como tú. Aún más, ya que tú morirás y yo viviré eternamente.
Una vez más, la risa sin sonido.
-¿Por qué estás aquí? -susurró Ross.
La Muerte se movió con la guadaña y el sonido de la hoja al cortar el aire fue bastante audible.
-Ha llegado tu hora.
La cabeza de Ross se sacudió en su almohada.
-¡Pero no quiero morir!
Pocos hombres quieren, a menos que sufran una agonía insoportable. Considérate afortunado por ahorrarte ese sufrimiento.
Ross se echó a temblar.
-Por favor, te suplico...
-Mueren los mendigos. Y también los reyes. Auténtica democracia.
Súbitamente, Ross fue consciente del escalofrío que le recorría. Su cuerpo fue invadido por un frío aturdidor que le helaba la sangre en las venas.
-¡No! -jadeó Tiene que haber algún medio...
La calavera asintió lentamente.
-Ya veo que quieres hacer un trato.
-¿Es posible? -murmuró Ross.
-Por supuesto. -Los dedos huesudos acariciaron la hoja de la guadaña con un sonido chirriante-. Una vez caminé por el mundo con este arma y la descargué sobre cada hombre, mujer o niño en el momento determinado.
La Muerte se llevó al pecho el reloj de arena.
-Pero el mundo cambió. En vez de unos pocos miles, hay millones de mortales. demasiados para caer bajo una simple guadaña.
»Al principio recibí ayuda. Hambre y peste. epidemias de cólera, plaga bubónica. una docena de otras enfermedades fatales. Pero la medicina avanzó y el número de supervivientes volvió a crecer.
»Durante una temporada las guerras solventaron mi problema. Gengis Khan, Atila, Tamerlán y un centenar de nombres en el pasado, gente como Napoleón, Hitler, Stalin, me dieron batallas donde caían cincuenta mil en un solo día.
»Todavía tengo guerras, incluso nuevas drogas y enfermedades, pero nunca es suficiente en esta época de explosión demografica. Por eso estoy dispuesta a hacer una oferta.
Ross fruncio el ceño.
-No soy un gobernante ni un general..., sólo un hombre ordinario.
-No espero nada extraordinario -dijo la voz que no era una voz-. Pero todo ayuda. ¿Qué te parece tratar conmigo en una base de uno por uno? ¿Un año extra de vida por cada muerte?
-¿La inmortalidad?
-No prometo eso. Puedes cansarte y decidir terminar nuestro trato. Mientras tanto. vamos a llamarlo un aplazamiento de la ejecución.
La mandíbula de la calavera tembló con silencioso regocijo. Ross frunció el ceño otra vez.
-Pero me estás pidiendo que me convierta en un asesino.
-Ya has asesinado muchas veces en tu imaginación, y has descrito los hechos en tus libros.
-Eso es distinto. No podría matar de verdad a otro ser humano.
-¿Por qué no? La vida no tiene significado. Todo el mundo muere, tarde o temprano. -La sonrisa de la calavera se acentuó-. Y puedes escoger a quien quieras. Piensa en el poder que te estoy dando.
-¡No quiero ese poder!
-¿Ni siquiera aunque sea un poder para hacer el bien? -Una vez más los dedos huesudos acariciaron la guadaña-. Mira a tu alrededor. El mundo esta lleno de gente que merece morir. Elige adecuadamente y no estarás provocando la muerte..., estarás haciendo justicia. 
-Sigue siendo asesinato -murmuró Ross.
-Considérate un Ángel Vengador -murmuró la Muerte-. ¿No conoces a nadie que haya perdido el derecho a vivir?
Ross dudó y luego asintió.
-Tienes razón, hay alguien. Un hombre llamado Wade, el que mató a todas esas mujeres y escapó con una sentencia a cadena perpetua, lo que significa que volverá a salir dentro de unos pocos años. No me importaría matar a un asesino de masas.
-Lo siento -le dijo la Muerte-. Da la casualidad de que Wade es uno de mis emisarios. Hicimos un trato hace mucho tiempo y aún le quedan años por vivir, dentro o fuera de la cárcel.
Ross suspiró.
-Entonces me dirigiré a la gente que permitió tal fallo de la justicia. Su despreciable abogado, el imbécil del juez, el estupido jurado...
La sonrisa de la calavera pareció ampliarse.
-No olvides al oficial que se suponía que tenía que vigilarlo cuando estaba en libertad bajo fianza de una condena previa, ni a las autoridades juveniles, que le pusieron en libertad antes. Si esperas eliminar a todo el mundo conectado con el caso, te convertirás también en un asesino de masas.
-¡Pero tiene que haber alguien que sea responsable en última instancia!
-Tú decides. El poder para matar o salvar será solo tuyo. Nunca te obligaré a actuar si no quieres. Es parte de nuestro Contrato.
-Sigue sin gustarme la idea...
La Muerte blandió su guadaña.
-¿Te gusta esto más? -Se inclinó sobre el pie de la cama-. Piensa en lo que te estoy ofreciendo. Un año entero a cambio de una pequeña vida. Tómate tu tiempo, escoge tu candidato, tu propio método.
-Supón que me cogen.
-No te cogerán. Has dedicado toda tu carrera a escribir crímenes perfectos. Usa la misma ingenuidad en tu propio beneficio y no habrá peligro. -El brazo huesudo alzó la guadaña y una bocanada de aire helado abanicó la cara de Ross-. ¿Será así entonces? ¿Lo haces? ¿O mueres?
Ross se agitó, inquieto.
-Y si acepto tu oferta..., entonces, ¿qué?
Los hombros esqueléticos se encogieron.
-Nada. Ningún contrato firmado con sangre. nada de abracadabra. Sólo un acuerdo verbal. Una vida, un año. Llámalo un regalo de cumpleaños.
Las cuencas de la calavera se fijaron en la cara de Ross.
-¿Y bien?
-Hecho -susurró Ross.
La Muerte alzo el reloj de arena y le dio la vuelta. La arena empezó a caer lentamente sobre la mitad inferior, grano a grano.
-Un año -murmuró la Muerte.
Y desapareció.
Si es que realmente había estado allí.


A la luz del día, Ross no estaba tan seguro. La mente juega malas pasadas.
Y el cuerpo tambien.
A media tarde estaba de nuevo en la cama, temblando de fiebre. Los sueños pueden anunciar la enfermedad, se dijo. Pero a medida que la oscuridad se hacía mayor, la fiebre aumentó, propiciando visiones... La Muerte, con su cara sin carne y su voz sin sonido, con la guadaña y el reloj de arena. ¿Cuánto tardaría en agotarse la arena? Cuando lo hiciera, la guadaña golpearía, y Ross la temía. «¿No conoces a nadie que haya perdido el derecho a vivir?»
Ross intento pensar. La mente es un ordenador, y en el delirio, el ordenador esta en horas bajas. Esos escritores ricos con sus modernos procesadores de textos... ¿también se estropeaban sus caros equipos? Tenía la mente en blanco. como la pantalla de un ordenador, pero algo parpadeó en su visión.
Se formó una cara. La había visto mucha veces antes, en primeros planos durante las entrevistas de televisión, asomada a las primeras páginas de los periódicos, sonriendo con aire de suficiencia en las solapas de los libros.
Kevin Colfax. Conocía el nombre. Gracias a los medios de comunicación, todo el mundo conocía a Kevin Colfax. Un autor famoso. Dueño de una villa en la Riviera, una flota de coches clasicos, una sexta esposa y una docena de amantes.
Novelas en clave, así llamaba a sus libros. Canibalizaba las páginas de The National Enquirer y People, cogía las vidas de las celebridades y las convertía en pornografía: sexo burdamente explícito, e insolencia vulgar para alimentar las fantasías de millones de estúpidos entregados a masturbaciones mentales. Sus productos de baja calidad le habían catapultado a la lista de best-sellers y a la cabeza de las fiestas repletas de arribistas, que no tenían otro sitio donde ir excepto donde los llevaran sus experiencias con las drogas, y que se pasaban el día esnifando coca. Pero ahora ya estaba en el sitio al que pertenecía..., en la lista de Ross.
La cara se difuminó en el arrojo de fiebre y Ross murmuró entre sus labios secos y agrietados:
-Matare a Kevin Colfax.
El sudor bañaba su cuerpo cuando se hundió en el sueño.
Cuando se despertó a la manana siguiente la fiebre había desaparecido pero la resolución persistía. Kevin Colfax merecía morir.
La única cuestión era cómo... Tenía que haber un medio que no dejara ninguna pista.
¿Veneno?
Años atras, Ross había investigado toxicología y había amasado un número impresionante de textos de referencia. Era sorprendente cuántos componentes letales eran fáciles de conseguir, o crear, a partir de otras simples sustancias, que pueden encontrarse en todas las casas. De rápida actuación, fatales y casi indetectables si se tomaban las precauciones adecuadas.
Una vez supo qué tenía que buscar, Ross no perdió el tiempo. El insecticida había sido retirado del mercado hacía años, pero él nunca se había molestado en tirarlo a la basura y aun tenía el spray medio lleno. Tras calentarlo un poco, la materia se condensó, dejando un mortífero destilado que mataría al contacto.
Pero ¿cómo hacer el contacto?
No conocía a Kevin Colfax ni a nadie en los circulos privilegiados en los que se desenvolvía. No había manera de introducir unos gramos de la sustancia venenosa en su comida o en su bebida, o en la cocaína que introducía en sus fosas nasales. Colfax estaba rodeado por guardias de seguridad que lo protegían de amigos, enemigos y fans por igual. 
Fans.
Ross se sentó ante la máquina y escribió una carta. La carta de un fan que pedía a Kevin Colfax una foto autografiada.
Escribió con rapidez; los guantes de goma no interfirieron con su velocidad. Ni interfirieron cuando añadió una gota de agua a un miligramo del polvo venenoso, hasta volverlo una pasta que esparció cuidadosamente en la solapa del sobre sellado, que incluyó en su carta para que Colfax le contestara.
El nombre y la dirección del sobre eran falsos, por supuesto. pero el veneno era real. Real y digno de confianza. Un lametón y la lengua absorbería la dosis fatal, propiciando la muerte en cuestión de minutos.
Ross encontró la dirección de Colfax en el Quien es Quién, la copió en el sobre exterior y le pegó un sello. Luego condujo hasta una ciudad situada a treinta millas de su zona postal, y sus manos enguantadas dejaron caer la muerte en el buzón.
Después de eso, todo lo que tuvo que hacer fue esperar.
Cuatro días despues, leyo el artículo en el periódico:

POLICIA INVESTIGA
MUERTE MISTERIOSA

Nueva York (UPI).- Las autoridades investigan la posibilidad de asesinato en la súbita muerte de Florence Rimpau, de 23 años, secretaria personal del famoso novelista Kevin Colfax. Segun su jefe, la señorita Rimpau parecía gozar de excelente salud cuando sufrió un colapso en el momento que atendía la correspondencia. Los enfermeros no pudieron reanimarla, y se ha ordenado una autopsia después de que los informes indicaran que el veneno podría ser una posible causa.

Ross dejo que el periódico cayera de sus dedos temblorosos, y pasaron varios días de ausiedad antes de que apareciera otro articulo. Florence Rimpau era más que una secretaria. ambicionaba labrarse una carrera de escritora y, según su apenada familia, esperaba ansiosamente la publicación de su primera novela cuando le sorprendió la muerte.
Había más. Los resultados de la autopsia confirmaron la teoría del veneno, pero no había ninguna pista. El propio Kevin Colfax fue exonerado rápidamente de cualquier conexión con el caso. Aparentemente, la fuente del veneno y el método usado para emplearlo no habían sido descubiertos por la policía ni los patólogos. Ross podía felicitarse: nunca le cogerían. Había sido un crimen perfecto.
El crimen perfecto.... pero la víctima equivocada.
Ross se echó a temblar. Era responsable de la muerte de una muchacha inocente, de cortar un brillante futuro, y de causar pena y dolor a su familia y amistades. ¿Por qué no había anticipado aquella posibilidad? 
Sabía la respuesta, por supuesto. Su ansioso acto había sido provocado por la envidia; había sido la envidia, no la justicia, lo que le había inducido a asesinar.
¿Y para qué? Su enemigo. Kevin Colfax, seguía vivo. En cualquier caso, la publicidad que rodeaba la misteriosa tragedia dispararía las ventas de sus libros.
Los meses siguientes pasaron rápidamente, pero cada día le parecía una eternidad a Ross, y las noches eran interminables agonías de sueños cargados de culpa.
Pero el tiempo tiene medios de curar los traumas y enmendar los recuerdos; a medida que se acercaba su siguiente cumpleaños, Ross advirtió que, en efecto, había sobrevivido otro año.
Por supuesto, aquello no tenía nada que ver con su trato, se dijo. Aquello había sido sólo un sueño. Habría seguido viviendo sin la pesadilla relacionada con la Muerte. Y cuando remitieron los retortijones de la culpa, volvió a sentir que la vida era dulce. Como había deseado, había tiempo para leer, descansar y disfrutar de comodidades y diversiones.
Y entonces el tiempo se agotó.
El tiempo se agotó una noche mientras Ross yacía en la cama, revolviéndose y agitándose y maldiciéndose por ser un estúpido. 
La diversión había sido su caída. La diversión bajo las formas de una tal Janice Coy. Coy, reflexionó amargamente, era un nombre poco apropiado para la joven que había conocido casualmente hacía un mes en un bar del pueblo vecino, pues no tenía nada de tímida. A su edad. El sexo apenas era un imperativo..., al menos eso había pensado hasta su encuentro con Janice. Había ido al bar a tomar sólo un trago, y le resultó una sorpresa verse tonteando con una hembra atractiva. Del tonteo pasó a asuntos más serios. Cuando descubrió que Janice se dedicaba a eso, Ross simplemente se encogió de hombros y pagó. Adiós, Janice.
Dos semanas después fue «Hola, doctor».
Herpes. Eso era lo que la furcia le había contagiado. Sucia pécora. Ahora sufría, pero las llagas sanarían y habría períodos de mejora. Podría haber sido peor; al menos su estado no era fatal.
Sólo la guadaña era fatal. La guadaña, que se deslizaba en un arco de plata a través de la oscuridad de sus sueños.
La Muerte estaba de pie junto a su cama.
La guadaña se mecía distraídamente, pero conocía su propósito. La Muerte tendió el reloj, y Ross vio que los últimos granos de arena caían en la mitad inferior. Y ahora, a medida que la arena iba descendiendo, la guadaña se alzaba. De repente, la habitación oscura se volvió muy fría.
La Muerte sonrió.
-¡No! -Ross sacudió la cabeza-. Ahora no... ¡Dame otra oportunidad!
La sonrisa de la Muerte era fija, pero la guadaña osciló.
-¿Deseas renovar nuestro trato?
La voz que no era una voz se repitió en los oídos de Ross, y este asintió rápidamente.
-Por favor...
Las mandíbulas sonrientes se movieron.
-Según recuerdo, querías matar a alguien que mereciera morir. Pero no salió así, ¿no?
-Fue un accidente -tembló Ross-. Cometí un error.
-Un error que aún lamentas. -La Muerte hizo una pausa-. ¿Deseas volver a correr el riesgo?
-Confía en mí -susurró Ross.
-Es en tu conciencia en lo que no confío -dijo la Muerte-. ¿Estás seguro de que puedes hacerlo?
Ross miró el reloj que se iba vaciando. Luego contempló la guadaña alzarse, miró la hoja ancha y brillante. Si aquella hoja descendía, su brillo se volvería opaco, bañado con su propia sangre.
-¡Estoy seguro! -chilló Ross-. ¡Te lo prometo!
-De acuerdo.
La guadaña se retiró, el reloj dio la vuelta, y una vez más la mitad llena del globo doble quedó en la parte de arriba. Las arenas del tiempo tardarían un año en agotarse.
-Feliz cumpleaños.
La Muerte se dio la vuelta, aún sonriendo.
Y desapareció.


Después de todo, resultó un cumpleaños feliz, porque ahora Ross sabía lo que tenía que hacer.
Esta vez ya había decidido quién merecía morir: Janice, la puta que le había contagiado, que aún difundía la enfermedad entre las víctimas inocentes de sus corruptos encantos.
Una vez más, era simplemente cuestión de método.
Ross no conocía nada de Janice, aparte de su breve encuentro, pero, para tener éxito, el cazador debe estudiar primero la naturaleza de la bestia. Sólo después de haberse familiarizado con sus hábitos y hábitat puede acosar a su presa.
Así, Ross se dedicó a descubrirla, a acorralarla.
Volver a encontrarla en el bar no fue ningún problema. Pretender alegrarse por este segundo encuentro fue más difícil, y llevarlo hasta su lujuriosa conclusión fue casi imposible a la luz de lo que sabía. Pero Ross se las arregló.
Para Janice, en las semanas que siguieron, Ross fue solo uno de sus fulanos regulares, un cliente entrado en años que hacía pocas demandas a sus habilidades profesionales y del que siempre se podían sacar unos cuantos pavos rápidos. Chas-chas-gracias-señora.
Ella no llegó a darse cuenta de que era un cazador que estudiaba su presa, buscando un método para derribarla.
Ross ya sabía que poseía los medios para asegurar la muerte sin ningún fallo; su veneno no dejaría ninguna pista.
Pero ¿cómo usarlo? Los fans de Janice (si podían ser llamados así) no escribían cartas. No iban detrás de su autógrafo precisamente. Los pobres idiotas no se daban cuenta nunca de que les dejaba una firma de otro tipo, como había hecho con él. La sucia contagiadora merecía morir, y moriría.
El buen cazador es paciente, y la paciencia de Ross dio sus frutos. Cuando la visitó por tercera vez ya se había familiarizado lo suficiente con los hábitos de Janice para encontrar una solución.
Lo descubrió en el baño: la solución líquida del gel de baño que usaba. Y el pequeño frasco de plástico que lo contenía estaba casi vacío.
Durante el curso de su cuarto encuentro él se excuso y volvió a comprobar. Notó que sólo había gel para una aplicación más. Probablemente Janice se bañara cuando él se marchara. y ni ella ni nadie más detectaría la pequeña cantidad de líquido incoloro e inodoro que anadió al frasco. Con suerte, el veneno no haría efecto hasta pasados unos minutos, y entonces ya habría salido del baño y se estaría preparando para acostarse. Por supuesto, quedaba el problema del frasco, que posiblemente vaciaría y tiraría a la basura, pero era probable que nadie se diera cuenta. En cualquier caso, tenía que prepararse para aceptar aquel riesgo..., y así lo hizo.
Una vez más sufrió los tormentos de la espera. pero Janice no sufrió nada. A la semana siguiente, cuando regresó al bar, el camarero le dio la triste noticia.
El cuerpo de Janice había sido encontrado el día anterior, tendido en la cama, en su pequeño apartamento situado calle arriba. No tenía ninguna marca, a excepción de algunos herpes delatores; aparentemente había sufrido un ataque cardíaco y no parecía que fueran a practicarle la autopsia.
Esa era la mala noticia, y Ross se la tomó con bastante calma. Fue la noticia triste lo que realmente le sacudió.
Janice no había muerto sola. Lo que nadie sabía (y lo que Janice no mencionaba nunca) era que el segundo dormitorio del apartamento estaba ocupado por su hijo de seis meses. El bebé no había sido atendido durante los días que siguieron a la muerte de su madre, y había muerto de inanición.
Ross salió del bar anonadado. Se fue a casa pero no encontro paz allí. Aunque el camarero tuviera razón y no fuera a haber investigación, aunque la policía nunca llamara a su puerta, Ross no sintio ningún consuelo en su seguridad.
Su mision había tenido éxito, pero no se había detenido allí. No era ningún Ángel Vengador......era el asesino de un niño inocente.
El tormento interior se convirtió en agonía externa. No era el escozor de un herpes, sino el síntoma de una psique atormentada. Ross no podía trabajar, no podía leer ni descansar. Aún peor, no podía comer ni dormir. Cuando por fin llamó a un medico, estaba demasiado débil para andar. Terminó en el hospital con un gota a gota en el brazo y cuidados intensivos las veinticuatro horas. Le alimentaron a la fuerza, le llenaron de medicamentos hasta que por fin se recuperó.
Pero el médico estaba profunda y profesionalmente sorprendido.
-La verdad, no sé qué decirle -admitió-. Electrocardiogramas, escáners, todas esas pruebas de laboratorio y aún no hemos sacado nada en limpio. Excepto el herpes, claro, que va remitiendo. Si tuviera que aventurar un diagnóstico, diría que el problema es geriátrico.
-¿Y eso qué significa? -preguntó Ross.
-Va a cumplir usted sesenta y siete años. Según las estadísticas actuales, puede continuar sano durante una buena temporada. El problema es que el cuerpo humano no se rige siempre por las estadísticas. He visto casos de gente más joven que usted sacar un certificado médico y dos días después del examen... bingo. -El doctor trató de suavizar su aseveración con una sonrisa-. Supongo que todo se reduce al viejo dicho. Cuando llega tu hora, te tienes que ir.
-Pero no me siento viejo -murmuró Ross-. Sólo débil...
El doctor se encogió de hombros.
-Eso pasará. En cuanto recupere las fuerzas, es probable que se encuentre bien. Recuperará sus signos vitales. Pero a partir de ahora será mejor que se tome las cosas con calma. Le enviaré a casa una dieta estricta. no más alcohol, se acabó el fumar. Aparte de eso, lo único que puedo decirle es que se cuide.
Ross se miró al espejo cuando regreso a casa pero no le gustó lo que vio. Resultado de su crimen o de la enfermedad, la cara que le miraba era la de un anciano.
«Cuando llega tu hora, te tienes que ir.»
Si su aspecto le sorprendía, aún más le conmovieron sus otros cambios físicos. Aunque poco a poco ganó peso, aun no tenía la fuerza para enfrentarse con la rutina diaria. Las tareas de cocinar y limpiar la casa le dejaban exhausto, hasta el punto de que buscar placer se hizo inútil. Pasear se convirtió en una carga, subir las escaleras era como escalar el monte Everest.
¿Descansar? No aquí, ya no. «Cuando llega tu hora...»
Finalmente, fue.
Aunque su mente ponía obstáculos y su cuerpo se rebelaba, Ross se obligó a visitar las casas de descanso, de retiro, de convalecencia locales... Ninguna parecía realmente un hogar, y la mayoría eran simples almacenes donde apilar cuerpos cansados, bien fuera de pie, en sillas de ruedas, o en lechos de muerte.
Pero Ross no tenía miedo de morir; aunque había tomado una vida por error, su deuda con la Muerte estaba pagada durante meses. Y aunque su búsqueda era deprimente, continuó hasta encontrar un lugar que parecía confortable en comparación. Era con diferencia el más caro de todos, pero podría soportar los gastos extra después de vender la casa.
Ponerla en el mercado y venderla le ocupó más de lo que esperaba, y lo mismo pasó con el periodo de depósito que siguió. Incluso con el tiempo extra, Ross tenía las manos llenas. Vaciarlas era el problema auténtico; vaciarlas de todo lo que había acumulado durante años. Lo peor fue decir adiós a sus hijos, vendérselos a un librero que se los llevó en cajas de cartón que parecían ataúdes en miniatura. Ross se preguntó en qué tipo de ataúd habría sido enterrado el hijo de Janice, y luego descartó el pensamiento. «Olvida el pasado, deja que los muertos entierren a los muertos.» Tenía que encargarse de los anuncios, tratar con los compradores de muebles de segunda mano, vaciar la casa hasta que de ella sólo quedara un cubo vacío donde pasear mientras esperaba el fin.
«No, el fin no -se recordó Ross-. Esto es un nuevo principio.»
La Casa de Descanso de Sunset Cres resultó ser mejor de lo que había esperado. Localizada en los barrios residenciales de una ciudad cercana, el edificio era moderno y bien equipado. Había servicio de lavandería, y una línea de autobuses para ir de compras a la ciudad. Las comidas estaban preparadas decentemente, con dietas especiales para aquellos que las necesitaban. Su habitación era amplia, con un gran armario, baño privado, una cómoda cama y un balcón que daba al jardín.
Y lo mejor de todo, allí estaba Sheila.
Sheila era una de las tres enfermeras residentes. Alta, delgada, con pelo castaño y ojos azules, debía rondar los cincuenta años, pero no aparentaba esa edad. Ya que estaba asignada a su planta, Ross la veía muy a menudo, y lo que veía le gustaba.
Para su sorpresa, ella le había identificado como escritor, e incluso dijo haber leído algunos de sus libros. Cierto o falso, se sintió adulado por su reconocimiento y complacido por su presencia. Gradualmente, la reticencia profesional de Sheila remitió y llegó a saber más cosas de ella. De joven había trabajado en un hospital importante, y luego lo había dejado para casarse, al parecer, felizmente. Tres años antes, despues de la muerte de su marido, regresó a su oficio de enfermera. Llevaba bien su viudedad, pero al ir trabando amistad con él Sheila le confesó que a veces echaba de menos la intimidad y las tareas domésticas de su casa. Ross pudo entenderlo fácilmente, pues también añoraba su hogar.
Lo que más le molestaba eia su contacto diario con los otros residentes a la hora de comer, en la sala de recreo, los pasillos o los jardines. 
Ross no podía entablar amistad con los otros residentes. No le gustaba la forma en que sus mentes se centraban en el pasado, o cómo trataban sus cuerpos con el presente. Le irritaba el castañeteo de los dientes postizos, el temblequeo de las piernas envejecidas, el continuo contrapunto de toses y gargantas aclaradas. Le molestaba ver sus muletas y sillas de ruedas, le deprimía ver cómo algunas caras familiares desaparecían dentro de habitaciones oscuras equipadas con tanques de oxígeno y camas de hospital.
Hacía todo lo posible para no pensar en aquellas cosas..., cancer, colapsos, ataques cardíacos, la enfermedad de Alzheimer. No importaba lo que le dijera el espejo, Ross no se sentía viejo. En realidad, desde que había conocido a Sheila, le parecía sentirse más joven. ¿No le habia dicho el médico que si se cuidaba podría vivir muchos años?
Tenía un futuro por delante y no necesitaba pasarlo aquí. Tal vez no podría vivir en otra casa, pero había apartamentos en la zona. Y Sheila había dicho que añoraba tener un hogar propio. Podría levantar un hogar para ella, un hogar para él.
Lo pensó una noche mientras estaba tendido en la cama y miraba el techo a oscuras. Su vida no había acabado. Después de todo. aún no tenía setenta años..., ahora que lo pensaba, mañana cumpliría sesenta y ocho.
-¿Habra un mañana?
Escuchó la pregunta con escalofriante claridad. Sólo que no la había formulado él, y el escalofrío que le apretaba entre sus gélidos dedos estaba realmente presente en la habitación. Sus ojos se dirigieron rápidamente al pie de la cama y a la figura fosforescente que allí había.
La Muerte saludó, sonriente, y alzó el reloj de arena que tenía ya casi vacía la mitad superior.
Pero fue la guadaña lo que observó Ross..la guadaña, alzada en un arco inexorable y cuya hoja desnuda cayó despues rápidamente para amenazar su garganta.
-¡Deténte! -chilló.
La guadaña osciló.
-¿Otro año? -susurró la Muerte.
-Sí -asintió Ross ansiosamente-. Otro año.
Pero la guadaña no se retiró; permaneció alzada, afilada y brillante, dispuesta a completar su trabajo.
-Ya conoces el precio -murmuró la Muerte.
-Lo pagaré...,puedes estar segura.
-¿Sí?
La guadaña permaneció en el aire, tan cerca que incluso en las sombras Ross pudo distinguir las manchas oscuras por sus filos, las gotas resecas que ensuciaban la superficie de la hoja.
La Muerte fijó en él su mirada sin ojos.
-¿Cómo lo sabes? ¿Ya has seleccionado a tu siguiente víctima?
-¡No uses esa palabra! Esta vez no cometeré ningún error. No sufrirá ningun inocente.
La Muerte se encogió de hombros.
-Pero ¿quién es inocente? Todos deben morir, tarde o temprano. -La guadaña volvió a avanzar-. No puedo confiar en ti para que sigas siendo juez y jurado. Sólo hay una ley..., una vida por otra vida.
La hoja cayó.
-¡Por favor! -chilló Ross-. ¡Tendras tu vida, lo juro!
La hoja se retiró. Pero Ross no dejó de temblar hasta que la zarpa huesuda de la Muerte agarró el reloj y le dio la vuelta.
-Rápido -murmuró la Muerte-. Tienes que hacerlo rápido.
Su voz sólo resultó audible al oído interno de Ross; por fuera, fue tan silenciosa como las arenas cambiantes. Y ahora voz y visión se difuminaron, perdidas en las profundidades del sueño.


Aquella noche Ross durmió como un muerto, pero la mañana siguiente estaba vivo, disfrutando de la brillante promesa de los días por venir. La Muerte había desaparecido durante otro año, dejando sólo el eco débil y fantasmal de su despedida.
«Rápido.»
Pero ¿cómo podía obedecer? Ross sopesó el problema mientras se afeitaba y se vestía. Los recuerdos de sus errores anteriores regresaron y permanecieron con él mientras corría al patio. Sentado en el jardín, contempló la calle que había más allá, lleno de deseos de ser parte de la vida que allí había una vez más.
Un coche pasó velozmente, ajeno a su presencia. De alguna manera, los coches siempre parecían acelerar cuando pasaban junto a los hospitales, sanatorios o lugares como éste. Nadie quería recordar qué había dentro. La vida es para los vivos. «Que pase un buen día.»
El día de Ross no mejoró hasta que regresó a su habitación aquella tarde. Para su sorpresa, había recibido correspondencia: un solo sobre, pero no el de costumbre. Generalmente no recibía nada más que el cheque mensual de su pensión y algún que otro concurso publicitario que acababa en la papelera. Ross estaba anonadado; aparte de los vendedores por correo, ¿quién se preocupaba por él?
Sheila.
De alguna manera se había enterado de la fecha de su cumpleaños y le había enviado una postal. Sheila se preocupaba. 
Oscureció, pero para Ross el mundo era otra vez brillante. Sheila se preocupaba, y él también.
Aquella noche, cuando ella le miró, le contó cómo se sentía y lo que esperaba del futuro.
-Nuestro futuro -dijo-. Juntos.
Ross esperó su respuesta, confiando en que aceptara y parapetándose contra una negativa. Pero Sheila guardó silencio y no hubo contestación en sus ojos.
-¿No lo comprendes? -murmuró él-. Te estoy pidiendo que te cases conmigo.
Ella suspiró.
-Claro. El síndrome de la última enfermera.
Ross la miró y Sheila asintió.
-Es así como lo llaman los abogados. Un hombre mayor, solterón o viudo, cae enfermo y una enfermera le atiende. Cuando se recupera, se le declara lleno de gratitud.
-No es sólo gratitud.
Ross le cogió la mano, buscando su calidez y suavidad.
La calidez se convirtió en calor, la suavidad se afirmó en respuesta. Luego ya la tuvo entre los brazos y fue fácil hablar, exponer sus planes.
Sheila escuchó, sonriente, con los ojos brillantes.
-Parece magnífico, de verdad, pero tienes que darme una oportunidad para pensar. No podemos salir de aquí mañana, ya sabes. Tenemos que ser prácticos. asegurarnos de que tenemos suficiente para vivir, encontrar un apartamento, amueblarlo. Hay un millón de cosas de las que encargarse. Y tengo que anunciarlo.
-¡Entonces, hazlo! -dijo Ross-. Ahora. Rápido.
Cuando ella se marchó. su alegría permaneció empañada simplemente por una sola sombra..., ¿o era otra vez un eco?
«Rápido. -Las palabras de la Muerte-. Tienes que hacerlo rápido.»
Esa noche intentó reflexionar sobre el significado de aquella frase, a pensar en lo impensable.
Y por primera vez desde su llegada busco en el maletín que tenía guardado en el armario. Según todas las apariencias estaba vacío; sólo él sabía de la existencia del bolsillo oculto en su base. En su interior se encontraba el pequeño frasco de cristal con la poción de veneno definitiva. Al menos, así lo había pensado al empaquetar: una poción reservada para él mismo en caso de que la vida en este sitio se volviera insoportable.
Pero la vida ya no era insoportable y no necesitaba malgastarla aquí. Lo que significaba que la poción sería ahora definitiva para alguien más. 
Ross contempló el incoloro contenido del frasco girando silenciosamente. Luego lo apartó y el movimiento cesó. Ahora sólo giraban sus pensamientos; pensamientos venenosos que no podían ser contenidos mucho tiempo.
Reflexionó durante toda la noche. Tenía que hacerlo rápido..., pero ¿a quién?
No tenía ningún enemigo aquí. Y la amarga experiencia le había enseñado que la venganza era inútil. Ross recordó su resolución: no sufriría ningún inocente.
«Pero ¿quién es inocente? -Otra vez las palabras de la Muerte-. Todos deben morir tarde o temprano. Una vida por otra vida.»
Preguntas en la oscuridad, a la espera de una respuesta. Luego, poco antes del amanecer, Ross oyó su propia voz susurrando un nombre:
-La señora Endicott.
Aquí tenía su respuesta. La señora Endicott era la residente más vieja del hogar. Noventa y tres años, ciega y postrada en cama; nunca salía de su habitación, pero todos la conocían. La pura longevidad la había convertido en una institución dentro de la institución: «Imagina, lleva aquí más de veinte años y aún aguanta. Hay que reconocer que tiene ganas de vivir».
Ross sonrió ante la idea. ¿No se daban los idiotas cuenta de la verdad? ¿No podían al menos imaginar lo que tenía que ser estar postrado ciego e indefenso un año tras otro? Nadie tenía deseos de vivir en tal estado; simplemente, el pobre cuerpo ciego rehusaba obedecer la voluntad de morir. «Hay que reconocerlo», decían. Bien, él lo reconocería. Le daría la liberación que ansiaba. No sería asesinato. Sería eutanasia, un acto de piedad.
Ross se despertó el sábado por la mañana extrañamente fresco a pesar de su falta de sueño. Ahora sabía lo que tenía que hacer; aún mejor, sabía que quería hacerlo. El resto era cuestión de forma y medios.
El sábado era el día libre de Sheila, lo que hacía las cosas todavía más fáciles. Ella se detuvo en su habitación antes de marcharse y le dijo que iba a la ciudad a consultar con algunos agentes de la propiedad.
-No te preocupes, voy a insistir hasta que encuentre el lugar apropiado. En caso de que regrese tarde, te veré por la mañana. Oh. querido. estoy tan excitada...
Su sonrisa y su abrazo le dijeron más que sus palabras. y Ross se alegró cuando se marchó.
En cuanto a él, se puso a trabajar.
Hizo preguntas; preguntas cuidadosas, casuales, indiferentes. La habitación de la señora Endicott era la 409, a mitad del pasillo, a la izquierda, en su misma planta. Le servían de comer a las horas regulares; los miembros del personal le echaban un vistazo a intervalos durante el día. A las nueve apagaban las luces (aunque aquello no creaba ninguna diferencia para la pobre anciana). Comprobaban su estado cada tres horas por la noche, inspecciones de rutina a cargo de quien estuviera de guardia al otro extremo del pasillo. Esta noche, el enfermero a cargo era Bill Hawthorne, un joven muy amable aunque algo perezoso. Tendía a pasar parte del tiempo entre sus rondas sentado en su mesa leyendo cómics. «Tanto mejor -pensó Ross-. Sea paciente, señora Endicott. La ayuda viene de camino.»
Fue él quien tuvo que ser paciente a medida que el día se arrastraba. Al atardecer, estaba realmente tenso. Sheila no había regresado y las horas finales parecían interminables.
La primera ronda tenía lugar a medianoche. Cuando Hawthorne echó un vistazo en su habitación, Ross estaba tapado, aparentemente dormido. Pero momentos más tarde, después de que Hawthorne cerrara la puerta, Ross se puso en pie y se abrió camino en la oscuridad hasta el armario. Tras procurarse el frasco y llevárselo a la cama, esperó. Dentro de media hora Bill Hawthorne habría regresado a su mesa en el cuarto situado al otro extremo del corredor. Desde allí, el enfermero no podía ver el pasillo y sólo el sonido le haría investigar su fuente.
Pero no habría sonidos.
Ross abrió la puerta en silencio a las doce y media. No hizo ningún ruido al dirigirse lentamente hacia la izquierda. Hawthorne no podía oír los latidos de su corazón.
En silencio, llegó a la habitación 409. En silencio, abrió la puerta. En silencio, entró, cerró la puerta tras él y camino de puntillas hasta la cama.
Al principio sólo vio una silueta difusa acurrucada entre las mantas. Gradualmente, sus ojos se fueron acostumbrando a la oscuridad. La habitación era fría y olía débilmente a desinfectante mezclado con otro olor, el olor de la edad. Ross vio que emanaba de la boca medio abierta de la anciana cuando observó la arrugada ruina que era su cara, los mechones de pelo blanco que la enmarcaban. No dormía, pues tenía los ojos ciegos abiertos en una mirada sin vista.
En cierto sentido, la blancura lechosa de las cataratas que cubrían sus pupilas le confirmaron en sus conclusiones; se encontraba ante alguien que agradecería su promesa de alivio, aunque nunca supiera quién se lo había concedido. Ross supo lo que tenía que hacer.
Se identificaría como el doctor Morgan, el nuevo médico residente, que habia venido a darle un sedante. Todo lo que necesitaba hacer era verter el contenido del frasco en el vaso de agua que había sobre la mesilla de noche y ayudarla a llevárselo a los labios.
-¿Señora Endicott? -dijo en voz baja.
No hubo respuesta. Ross se recordó que era muy probable que con noventa y tres. años no oyera bien, y se acercó más.
-Señora Endicott.
Seguía sin haber respuesta. Suavemente, bajó la mano y la colocó sobre la frente huesuda. La frente fría, la frente helada que se dobló con su contacto mientras la cara giraba sobre la almohada y la boca se abría. No brotó ninguna respiración de aquellos labios, sólo un olor delator, y entonces lo supo.
La señora Endicott estaba muerta.


De alguna manera se las arregló para dar la vuelta, marcharse, reemprender sus pasos por el pasillo hasta llegar a la seguridad de su habitación. Allí, cesó su control y se hundió en la cama, sosteniendo aún el frasco inútil que había llevado en su inútil mision. El frasco resbaló de sus dedos temblorosos mientras se estremecía en silencio y cerraba los ojos llenos de desesperación.
Cuando volvió a abrirlos, tenía un visitante.
La desesperación dio paso al horror, pero esta vez Ross supo que no estaba soñando. La descarnada figura a los pies de su cama era bastante real.... eso. o se había vuelto loco. Cerró los ojos una vez más, deseando que su mente y su visión se aclararan.
Pero cuando abrió los ojos la figura seguía allí; se había acercado, y ahora se encontraba a la vera de su cama.
-¡Tú! -susurró Ross.
La calavera asintió levemente.
-¿Qué estás haciendo aquí?
-Tenía una cita pasillo abajo.
Ross notó la burla en la respuesta, en la sonrisa espectral.
-Sabías lo que iba a hacer -murmuró-. Podrías haber esperado.
-Había llegado su hora.
-¡Me engañaste!
-Yo no engaño -dijo la Muerte-. Recuerda, te advertí que actuases con rapidez. Pero lo hecho, hecho está.
-Entonces, ¿por qué estas aquí?
La Muerte se encogió de hombros.
-Creía que ya conocías la respuesta.
La calavera se acercaba. Ross pudo ver los manchones de moho verdoso pudriéndose en los amarillentos bordes craneanos. Pudo ver el filo manchado de sangre de la guadaña directamente encima de él, el reloj junto a su pecho. La mitad superior aún estaba llena de arena. 
Ross negó con la cabeza.
-¡Todavía no es el momento!
-Quien decide soy yo -le dijo la Muerte-. Tu tiempo se cumplió.
-Pero hicimos un trato...
-Un trato que no pudiste cumplir. No me arriesgaré a que cometas más fallos.
-¡No fallaré! -Las palabras surgieron atropelladamente-. Dame una oportunidad y lo demostraré. Elige tú..., no me importa quién sea la víctima mientras yo siga vivo.
-¿Lo dices en serio?
-Lo prometo. Dime a quién quieres que mate. Sólo dame el nombre.
-Muy bien -asintió la Muerte-. El nombre es Sheila.
-¡Oh,no! Sheila no..., no puedo...
La calavera, sonriente, se acercó más.
-¿Ves? Tu promesa no tiene valor. -La muerte alzó la guadaña-. ¡Ni tú tampoco!
Súbitamente, la hoja bajó, buscando la garganta de Ross.
Aterrado, Ross echó la cabeza a un lado mientras la guadaña descendía y se hundía en la almohada a sólo una pulgada de su cuello. El instinto le hizo levantar las manos y agarrar la huesuda muñeca de la Muerte, que luchaba por liberar la hoja. Desesperado, Ross afianzó su presa, retorciendo con todas sus fuerzas hasta que los huesos crujieron bajo la presión.
Entonces la Muerte soltó su tenaza y la guadaña quedó libre. Mientras caía, Ross soltó las manos y cerró los dedos en torno al mango del arma.
Al agarrarla, sintió una repentina descarga de fuerza que le recorría el brazo. El poder estaba en la guadaña, y él la poseía ahora.
La voz sin sonido de la Muerte dejó escapar una queja.
-¡Devuélvemela!
Ross sacudió la cabeza.
-No. Ahora es mía.
-Pero no tienes derecho...
-Éste es mi derecho.
Ross blandió la guadaña. La figura esquelética se retiró y susurró en silencio.
-Idiota... ¿Crees de verdad que podrás burlarme tan fácilmente?
-¡Pero te he burlado! -exclamó Ross.
Se levantó de la cama y blandió el arma. La Muerte cayó al suelo.
Las mandíbulas de la Muerte se abrieron y se cerraron convulsivamente.
-¡Devuélveme mi guadaña!
El poder que Ross poseía aumentó en su brazo y en su voz. Avanzó, gritando:
-¡No! ¡Márchate!
La forma esquelética se encogió, apretando fuertemente el reloj de arena contra su huesudo pecho. Una vez más Ross descargó un golpe, pero la hoja no alcanzó su blanco.
Durante un momento se hizo el silencio. Entonces la calavera se meneó y sus dientes podridos se abrieron en ronca respuesta.
-Te lo advierto. Nadie burla a la Muerte.
Ross sacudió la cabeza.
-¡Yo soy la Muerte ahora!
Ross alzó la guadaña, golpeó el aire vacío y luego parpadeó. La figura se había marchado.
Parpadeó de nuevo, abriendo mucho los ojos. ¿O simplemente los abría por primera vez? ¿Había andado y hablado en sueños otra vez? ¿Era otro sueño?
Entonces miró lo que tenía en la mano. La Muerte había desaparecido pero la guadaña permanecía, y era real. El arma de la Muerte estaba allí. El poder irradiaba de la hoja manchada de sangre. Era su poder, ahora.
Mientras la contemplaba, el alivio dio paso a la aprensión. Ross no quería tal poder. Todo lo que pretendía era salvarse, pero nunca podría representar el papel de la Segadora, nunca podría empuñar la guadaña. Su poder era inútil.
¿O no?
Mientras poseyera el arma, la Muerte no podría golpear a sus víctimas; había sido vencida. Durante un instante Ross sintió el calor de aquella idea, pero luego el calor dio paso a una oleada de frío miedo.
Miró otra vez la hoja. ¿Y si la Muerte regresaba a reclamar la guadaña mientras dormía? Ross no podría permanecer despierto eternamente, no podía guardarla día y noche. ¿Y qué pasaría si otros veían el arma? ¿Cómo podría explicar su presencia?
Sólo había una respuesta. Tenía que esconderla. Esconderla de los otros. Esconderla de la Muerte.
Ross miro el reloj. Las dos y diez. Dentro de menos de una hora el enfermero volvería a hacer su ronda. Hiciera lo que hiciese, tenía que ser pronto.
Agarrando el mango de la guadaña, se dirigió hacia la puerta, la abrió, se asomó al pasillo desierto. El enfermero estaría sentado ante su mesa en la alcoba al fondo del pasillo, a la derecha, y no había manera de pasar por delante de él sin que se diera cuenta. Pero a la izquierda el pasillo terminaba en una escalera trasera.
Se dirigió hacia allí de puntillas, bajó en silencio hasta la planta baja y se encaminó a la puerta que daba a los patios exteriores.
Al fondo de los patios estaba el jardín, y en el jardín florecían las rosas, con los pétalos cerrados como protección contra la noche.
Ross inhaló su aroma en la oscuridad mientras se acercaba. se arrodilló y luego cavó con la guadaña en la arena húmeda. Cavó profundamente, hasta que el hoyo fue lo suficientemente grande. Inspirando con fuerza, partió el mango del arma contra su rodilla. La madera cedió bajo el impacto. Sus dedos encontraron una roca. La alzó y golpeó la hoja de la guadaña, hasta que el metal se retorció y se curvó, y luego la hizo pedazos. Recogiendo los fragmentos, los arrojó al profundo hoyo. Tras cubrirlo con arena, alisó el suelo con los pies para que no se notara nada.
Jadeando, Ross se puso en pie. Se había acabado. Ni siquiera la Muerte sabría que era aquí donde había sido enterrada su arma. Y aunque la encontrara no tendría importancia, porque la guadaña había sido destruida.
Cruzó de vuelta el jardín, aliviado. Al subir la escalera y regresar en silencio a su habitación, Ross sintio la posesión de un poder aun mayor que el de la guadaña que había robado. Nadie podría detenerle ahora. Mañana, cuando viera a Sheila, llevarían a cabo sus planes, encontrarían su futuro.
Cansado, pero triunfante, Ross se hundió en la cama. Miró la oscuridad pero ya no la temía. No tenía necesidad de temerla, pues la Torva Segadora ya no era tal. La Reina de los Terrores había sido destronada.
Ross advirtió que se había equivocado en considerar a la Muerte como una niña... Tal vez la verdad era que la Muerte era vieja. Arrancarle la guadaña de las manos había sido sorprendentemente fácil, pues los viejos no pueden ofrecer resistencia. Esconder el arma había sido también fácil, pues la sabiduría se oscurece con la edad.
«Nadie burla a la Muerte.»
Ross sonrió ante el recuerdo de la amenaza, pues también era débil. El paso de incontables siglos había tomado su precio; el único poder de la Muerte residía en su guadaña, y ahora el poder había sido roto y enterrado.
Había otra posibilidad que Ross, ahora que pensaba con claridad, no descontaba del todo. Tal vez su visión de la Muerte había sido un sueño después de todo; un sueño recurrente nacido de su viva imaginación. Tal vez todo era parte de una ilusión nocturna; incluso su viaje al jardín podría ser fruto de alguna fuga sonambulística en la que había roto y enterrado algo que no existía. Pero fuera cual fuese la verdad, ahora estaba libre de ella para siempre. Fuera pesadilla o realidad. La guadaña nunca volvería a golpear, y por fin estaba a salvo.
Todavía sonriendo, Ross se sumergió en el sueño.


Poco despues, el enfermero hizo su ronda y entró en la habitación. Sonreía también, pero no por mucho tiempo. Lo que vio le hizo salir tambaleándose al pasillo, llamar a los otros a gritos. Acudieron a mirar e investigar, pero no descubrieron evidencia alguna de que ningun intruso hubiera forzado la entrada.
Lo que encontraron y nunca pudieron explicar fueron los fragmentos rotos de un reloj de arena en el suelo, junto a la cama. Y a Ross, tendido muerto en ella, con la boca abierta de par en par y la garganta llena de arena.


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