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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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jueves, 16 de octubre de 2008

MITOS DE : EL DUENDE BURLON

MITOS DE : EL DUENDE BURLON

Un duende burlón
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A mi amigo Igor Cantero, etc., etc. Pues sé que al menos se molestara en imprimirlo
y encuadernarlo... pues.
¡Hola amigos!. Gracias por leerme. Me llamo... bueno mi nombre no importa, ya que
no soy el protagonista de este cuento. Los protagonistas son esa loca y maravillosa
gente que vive en mi ciudad.
Tomemos un barrio cualquiera, el mío que es el que conozco mejor. Es un barrio de
casas adosadas (casamatas las llaman aquí), con un diminuto jardín. Pero no quiero
hablar de mi casa, ni del jardín, sino del garaje.
Supongo que la mayoría de vosotros pensareis que os voy a contar, el numero de
naves espaciales que tengo aparcadas en él, o el saltatiempos de ultimo modelo que he
adquirido. Siento desilusionaros, pero mi garaje es de los más corrientitos: suelo pintado
de verde, paredes enjalbegadas, techo en que se ven las bobedillas de hormigón, una
bombilla colgando del cable y unos 30 metros cuadrados. Eso sí, tiene hasta una puerta
basculante, que soy el único que no ha automatizado. Aunque con un micrófono, un
altavoz especial y un programita de ordenador, he obtenido los códigos por ultrasonidos
de todos mis vecinos. Me suelo divertir a veces abriéndolas y cerrándolas a mi gusto,
con gran desconcierto del personal.
–¡Manué! –dice mi vecina con su bata de boatiné – ¡Manué, q'esta puerta no se quié
cerrá! ¡Llama ar tenico!
Por supuesto, Manuel antes de llamar al técnico, baja a asegurarse. Y claro, se
encuentra con la puerta perfectamente cerrada y su mujer boquiabierta, mirando a la
puerta horrorizada.
–Maruha –le dice –Mira Maruha, que tú lo que no sabe, es apretá lo botone.
Y Maruja, sube las escaleras tras su marido, arrojando miradas furtivas a su espalda.
En una de mis largas noches de insomnio, mientras fumaba un cigarrillo,
contemplando con melancolía rielar la luna en la mar, sopló de súbito una cálida ráfaga
de terral. Un embriagador aroma a jazmín invadió la calle y la noche se volvió mágica.
En la terraza aledaña una furtiva sombra se asomó de puntillas. Inmediatamente se
abrió la puerta del garaje y otras tres mas, iluminando a la calle sin farolas, con un
tétrico resplandor.
–¡¡¡Manué, Manué, Manué...!!! – entró aullando horrorizada – ¡Manué, que por mis
muerto aquí hay un divé!
(Un divé en Andalucía es un duende burlón.)
Empezaron a encenderse luces por todo el barrio, mientras a lo lejos sonaba
acercándose una sirena, pero solo el tiro de perros de trineo del numero treinta, fueron
lo bastante rápidos para ver cerrarse silenciosamente los portones. No me importó, son
amigos míos y sé que callaran.
Aquello fue el caos. Fue saliendo a balcones y terrazas todo el vecindario, con las
variopintas ropas de dormir que usamos todos.
Angustias, la del numero diez, que es una furibunda ecologista y se niega a usar
insecticidas, con un traje completo de esgrima.
Del veinticuatro salieron Perico que es banquero, luciendo unos slips azules con
signos del euro rodeados de estrellitas, mientras su mujer con una camiseta del Málaga
llevaba una mascarilla verde con pepinillos y una de esas cofias que se les ponen a los
perros para que no se rasquen las orejas.
Felipe, el del numero dieciocho, vestido únicamente con un goteante preservativo y
un trabuco naranjero heredado de su abuelo.
Juan, el del chalet veinte, con una hopalanda carmesí con encajes de Bruselas.
Carmela, la del ventiseis, con un picardías de faralaes y peineta.
Secundino, que habita en el doce, que padece de reuma, con un traje completo de
submarinista.
Y así todos, como unos doscientos iluminados por las destellantes luces de tres
coches patrulla. Un autentico carnaval y todos gritando.
Alguien empezó a tocar palmas. No se sabe de donde salió una guitarra y un violín.
Carmela se arrancó por verdiales, mientras el banquero y su mujer se ponían a bailar.
La confusión llegó al máximo, cuando al fin apareció un camión de bomberos, y tras
aparcar a uno de los coches de la policía diez metros mas adelante de un golpe, se bajo
el jefe, que con un amplio ademan se hizo cargo de la situación.
–¡Dejádmelo a mí! –rugió.
Y percatándose ojo avizor que la única casa que permanecía a oscuras, era la numero
trece, mandó a sus fornidos hombres derribar la puerta a hachazos, sacar en brazos a sus
dormidos habitantes, y llenarla de espuma, hasta que esta salió por la chimenea en una
elegante eyaculación.
Entonces como al final de un castillo de fuegos artificiales, o quizás por la cercanía
de la aurora, el tiempo refrescó y desapareció el olor a jazmín. La noche volvió a ser
normal.
La policía se marchó, llevándose a Maruja, acompañada por el del trabuco, que fue
arrestado por una mujer-policía y acusado de exhibición de armas peligrosas. Los
bomberos recogieron sus mangueras y se fueron estrepitosamente también. La gente se
fue recogiendo en sus casas, mientras se apagaban las luces y volvía la habitual calma a
la calle. El típico vendedor con su canasto que siempre aparece como por ensalmo,
también se fue, perdiéndose su pregón en la lejanía.
–¡Almendras, patatas fritas...!
Solo cuatro estupefactas y petrificadas figuras y un gato, vestidas con pijamas a rayas
y recatados camisones, contemplaban boquiabiertas su burbujeante casa. Hasta que una
de ellas dijo:
–¡Sabe alguien que ha pasado aquí!
Como ya amanecía, me embocé en mi negra capa y tras dirigir un guiño de
complicidad a los sonrientes y callados Huskis, que no perdieron detalle, me retiré a
dormir.
A los dos detenidos, los puso en libertad por la mañana un aburrido comisario, a
Maruja por que no se aclaró con ella y a Felipe porque se comprobó que las armas
estaban descargadas.
Desde entonces mi vecina, se a aficionado a las llamadas "ciencias paranormales", y
han pasado por su casa, todo un rebaño de melenudos parapsicólogos, echadoras de
tarot, lectores del pensamiento, cazafantasmas, curanderos, zahoríes e incluso, como
sabe mi afición a la ciencia ficción, intentó consultar conmigo.
–Mira Maruja –le respondí muy serio –Mi especialidad son los viajes
intertemporales.
Y desde entonces me mira con mas respeto. Creo que piensa que soy una especie de
"turoperator" en Torremolinos. Pero... jamas nadie sabrá mi autentica profesión.

lunes, 13 de octubre de 2008

SOBRE EL : MIEDO .. GUY DE MAUPASSANT

SOBRE EL : MIEDO .. GUY DE MAUPASSANT
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El miedo
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Guy de Maupassant
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Volvimos a subir a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el Mediterráneo no tenía el más mínimo temblor sobre toda su superficie, a la que una gran luna tranquila daba reflejos. El ancho barco se deslizaba, echando al cielo, que parecía estar sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo negro; detrás de nosotros, el agua blanquísima, agitada por el paso rápido del pesado buque, golpeada por la hélice, espumaba, removía tantas claridades que parecía luz de luna burbujeando.
Ahí estábamos, unos seis u ocho, silenciosos, llenos de admiración, la vista vuelta hacia la lejana África, a donde nos dirigíamos. De pronto el comandante, que fumaba un puro en medio de nosotros, retomó la conversación de la cena.
—Sí, aquel día tuve miedo. Mi navío se quedó seis horas con esa roca en el vientre, golpeado por el mar. Afortunadamente, por la tarde nos recogió un barco carbonero inglés que nos había visto.
Entonces un hombre alto con el rostro quemado, de aspecto serio, uno de esos hombres que uno imagina que han cruzado largos países desconocidos, en medio de peligros incesantes, y cuyos ojos tranquilos parecen conservar, en su profundidad, algo de los países extraños que han visto; uno de esos hombres que uno adivina empapado en el valor, habló por primera vez: —Usted dice, comandante, que tuvo miedo; no le creo en absoluto. Usted se equivoca en la palabra y en la sensación que experimentó. Un hombre enérgico nunca tiene miedo ante un peligro apremiante. Está emocionado, agitado, ansioso; pero el miedo es otra cosa.
El comandante prosiguió, riéndose: —¡Caray ! Le vuelvo a decir que yo tuve miedo.
Entonces el hombre de tez morena dijo con una voz lenta : —¡Permítame explicarme ! El miedo (y hasta los hombres más intrépidos pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca estremecimientos de angustia. Pero cuando se es valiente, esto no ocurre ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante todas las formas conocidas de peligro: ocurre en ciertas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es como una reminiscencia de los terrores fantásticos de antaño. Un hombre que cree en los fantasmas y se imagina ver un espectro en la noche debe de experimentar el miedo en todo su espantoso horror.
«Yo adiviné lo que es el miedo en pleno día, hace unos diez años. Lo experimenté, el pasado invierno, una noche de diciembre.
«Y, sin embargo, he pasado por muchas vicisitudes, muchas aventuras que parecían mortales. He luchado a menudo. Unos ladrones me dieron por muerto. Fui condenado, como sublevado, a la horca en América y arrojado al mar desde la cubierta de un buque frente a la costa de China. Todas las veces creí estar perdido e inmediatamente me resignaba, sin enternecimiento e incluso sin arrepentimientos.
«Pero el miedo no es eso.
«Lo presentí en África. Y, sin embargo, es hijo del Norte; el sol lo disipa como una niebla. Fíjense en esto, señores. Entre los orientales, la visa no vale nada; se resignan en seguida; las noches están claras y vacías de las sombrías preocupaciones que atormentan los cerebros en los países fríos. En Oriente, donde se puede conocer el pánico, se ignora el miedo.
«Pues bien, esto es lo que me ocurrió en esa tierra de África:
«Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es éste uno de los países más extraños del mundo. Conocerán la arena unida, la arena recta de las interminables playas del Océano. ¡Pues bien! Figúrense al mismísimo Océano convertido en arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tormenta de inmóviles olas de polvo amarillo. Olas altas como montañas, olas desiguales, diferentes, totalmente levantadas como aluviones desenfrenados, pero mis grandes aún, y estriadas como el moaré. Sobre ese mar furioso, mudo y sin movimiento, el sol devorador del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que escalar aquellas láminas de ceniza de oro, volver a bajar, escalar de nuevo, escalar sin cesar, sin descanso y sin sombra. Los caballos jadean, se hunden hasta las rodillas y resbalan al bajar la otra vertiente de las sorprendentes colinas.
«Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.
«En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble fantástico.
«Los árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: "La muerte está sobre nosotros." Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano, se cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.
«Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo, el odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por el sol entre cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a doscientas leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.
«Aquel día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra ocasión...
El comandante interrumpió al narrador: —Perdone, señor, pero ¿aquel tambor? ¿Qué era?
El viajero contestó: —No lo sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo sorprendidos por ese ruido singular, lo suelen atribuir al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente inflado por las ondulaciones de las dunas, de una lluvia de granos de arena arrastrados por el viento al chocar con una mata de hierbas secas; ya que siempre se ha comprobado que el fenómeno se produce cerca de pequeñas plantas quemadas por el sol, y duras como el pergamino.
«Aquel tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero no lo supe hasta más tarde.
«Sigo con mi segunda emoción.
«Ocurrió el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El cielo estaba tan oscuro que la noche llegó dos horas antes. Tenía como guía a un campesino que andaba a mi lado, por un pequeñísimo camino, bajo una bóveda de abetos a los que el viento desenfrenado arrancaba aullidos. Entre las copas veía correr nubes desconcertadas, nubes enloquecidas que parecían huir ante un espanto. A veces, bajo una inmensa ráfaga, todo el bosque se inclinaba en el mismo sentido con un gemido de sufrimiento; y me invadía el frío, a pesar de mi paso ligero y mi ropa pesada.
«Teníamos que cenar y dormir en la casa de un guardabosque, cuya morada ya no quedaba muy lejos. Iba allí para cazar.
«A veces mi guía levantaba los ojos y murmuraba: "¡Qué tiempo tan triste!" Luego me habló de la gente a cuya casa llegábamos. El padre había matado a un cazador furtivo dos años antes y, desde entonces, parecía sombrío, como atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos, ya casados, vivían con él.
«La noche era profunda. No veía nada delante de mí, ni a mi alrededor, y las ramas de los árboles chocaban entre sí llenando la noche de un incesante rumor. Finalmente vi una luz y en seguida mi compañero llamó a una puerta. Nos contestaron los gritos agudos de unas mujeres. Después una voz de hombre, una voz sofocada, preguntó: "¿Quién es?" Mi guía dio su nombre. Entramos. Fue un cuadro inolvidable.
«Un hombre viejo de pelo blanco y mirada loca, con la escopeta cargada en la mano, nos esperaba de pie en mitad de la cocina mientras dos mozarrones, armados con hachas, vigilaban la puerta. Distinguí en los rincones oscuros a dos mujeres arrodilladas, con el rostro escondido contra la pared.
«Nos presentamos. El viejo volvió a poner su arma contra la pared y mandó que se preparara mi habitación; luego, como las mujeres no se movían, me dijo bruscamente: —Verá usted, señor; esta noche, hace dos años, maté a un hombre. El año pasado volvió para buscarme. Le espero otra vez esta noche. —Y añadió con un tono que me hizo sonreír: —Por eso no estamos tranquilos.
«Le tranquilicé como pude, feliz por haber venido precisamente aquella noche, y asistir al espectáculo de ese terror supersticioso. Conté varias historias y conseguí tranquilizarles a casi todos.
«Cerca del fuego, un viejo perro, bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que se parecen a gente que conocemos, dormía el morro entre las patas.
«Fuera, la tormenta encarnizada azotaba la pequeña casa y, a través de un estrecho cristal, una especie de mirilla situada cerca de la puerta, veía de pronto todo un desbarajuste de árboles empujados violentamente por el viento a la luz de grandes relámpagos.
«Notaba perfectamente que, a pesar de mis esfuerzos, un terror profundo se había apoderado de aquella gente, y cada vez que dejaba de hablar, todos los oídos escuchaban a lo lejos. Cansado de presenciar aquellos temores estúpidos, iba a pedir acostarme, cuando el viejo guarda de pronto saltó de su silla, cogió de nuevo su escopeta, mientras tartamudeaba con una voz enloquecida: —¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Le oigo!
«Las dos mujeres volvieron a caerse de rodillas en los rincones, escondiendo el rostro; y los hijos volvieron a coger sus hachas. Iba a intentar tranquilizarles otra vez, cuando el perro dormido se despertó de pronto y, levantando la cabeza, tendiendo el cuello, mirando hacia el fuego con sus ojos casi apagados, dio uno de esos lúgubres aullidos que hacen estremecerse a los viajeros, de noche, en el campo. Todos los ojos se volvieron hacia él; ahora permanecía inmóvil, tieso sobre las patas, como atormentado por una visión; se echó de nuevo a aullar hacia algo invisible, desconocido, sin duda horroroso, ya que todo el pelo se le ponía de Punta. El guarda, lívido, gritó: —¡Lo huele! ¡Lo huele! Estaba ahí cuando lo maté.— Y las dos mujeres enloquecidas se echaron a gritar con el perro.
«A mi pesar, un gran escalofrío me corrió entre los hombros. El ver al animal en aquel lugar, a aquella hora, en medio de aquella gente enloquecida, resultaba espantoso.
«Entonces, durante una hora, el perro aulló sin moverse; aulló como preso de angustia en un sueño; y el miedo, el espantoso miedo entró en mí; ¿el miedo a qué? ¿Lo sabré yo? Era el miedo, y punto.
«Permanecíamos inmóviles, lívidos, en espera de un acontecimiento horroroso, aguzando el oído, el corazón latiendo, descompuestos al menor ruido. Y el perro se puso a dar vueltas alrededor del cuarto, oliendo las paredes y siempre gimiendo. ¡Aquel animal nos volvía locos! Entonces el campesino que me había guiado, se abalanzó sobre él, en una especie de paroxismo de terror furioso, y abriendo una puerta que daba a un pequeño patio, echó al animal afuera.
«Éste se calló en seguida, y nos quedamos sumidos en un silencio aún más terrorífico. Y de pronto todos a la par tuvimos una especie de sobresalto: un ser se deslizaba contra la pared, en el exterior, hacia el bosque; luego pasó junto a la puerta, que pareció palpar, con una mano vacilante; no volvimos a oír nada más durante dos minutos que nos convirtieron en insensatos; luego volvió, siempre rozando la pared; y raspó ligeramente, como lo haría un niño con la uña; y de pronto una cabeza apareció contra el cristal de la mirilla, una cabeza blanca con ojos luminosos como los de una fiera. Y un sonido salió de su boca, un sonido indistinto, un murmullo quejumbroso.
«Entonces un estruendo formidable estalló en la cocina. El viejo guarda había disparado. Inmediatamente sus hijos se precipitaron, taparon la mirilla levantando la gran mesa que sujetaron con el aparador.
«Y les juro que al oír el estrépito del disparo que no me esperaba tuve tal angustia en el corazón, el alma y el cuerpo, que me sentí desfallecer y a punto de morir de miedo.
«Nos quedamos ahí hasta la aurora, incapaces de movernos, de decir una palabra, crispados en un enloquecimiento inefable.
«No nos atrevimos a desatrancar la salida hasta no ver, por la hendidura de un sobradillo, un fino rayo de día.
«Al pie del muro, junto a la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico destrozado por una bala.
«Había salido del patio escarbando un agujero bajo una empalizada.
El hombre de rostro moreno se calló; luego añadió: —Aquella noche no corrí ningún peligro, pero preferiría volver a empezar todas las horas en las que me enfrenté con los peligros más terribles, antes que el minuto único del disparo sobre la cabeza barbuda de la mirilla.

F I N

HISTORIA DE LAS CONSTELACIONES -- VIA LACTEA

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Astronomía
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Artículos:
Galaxia espiral M74, en Pisces
El Cúmulo de galaxias de Perseus
Explorando la Vía Láctea en Ophiuchus y Serpens: IC 4665, NGC 6633, IC 4756 y NGC 6572
M 22 y M 28 en Sagittarius
M 92 y M 13 en Hercules
Los alrededores de M 11 en Scutum
Cúmulos M 44 y M 67 en Cancer
M 51: La galaxia remolino en Canes Venatici
Los alrededores de M 50 en Monoceros
Estrellas errantes: Mu Columbae, 53 Arietis i la estrella variable AE Aurigae


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