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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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jueves, 14 de mayo de 2009

FÉNIX BRILLANTE ... Bright Phoenix -- RAY BRADBURY

FÉNIX BRILLANTE
(Bright Phoenix)


RAY BRADBURY

...
Era un día de abril del año 2.022, la gran puerta de la biblioteca restalló, secamente, como un trueno.
Hey, pensé.
Jonathan Barnes estaba en las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uni-forme de la Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años.
Su altanera agresividad, marcada en su pausa, trajo a mi mente los diez mil discursos a los Veteranos que habían surgido de su boca en los innumerables desfiles en los que había participado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base de pollo frío y guisantes, seguramente cocinados por él mismo, en todos sus proyectos abortados.
Jonathan Barnes subió con pesadez los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de su corpulencia y de su recién adquirida autoridad. Los ecos, repercutiendo en la alta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta de lo burdo de sus modales ya que, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fue apenas un susurro junto a mi rostro.
–Vengo a por los libros, Tom.
Rebusqué entre mis fichas índice de forma casual.
–Ya le llamaré cuando estén preparados.
–Espere un momento... –dijo.
–Supongo que se refiere a los libros para la Obra Social de los Veteranos, ¿no?, para distribuir entre los hospitales.
–No, no –gritó–. He venido a por todos los libros.
Le miré, sin decir nada.
–Bueno –dijo–, casi todos.
Estuve a punto de parpadear mientras continuaba buscando entre las fichas índice.
–La norma son diez volúmenes máximo por persona y vez. Aquí está. Además, su tarjeta de lector ca-ducó cuando usted tenía treinta años... hace otros treinta años de ello. ¿Lo ve? –le tendí su ficha.
Barnes apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.
–Lo que veo es que está usted intentando interferir –dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear–. ¡No necesito ninguna tarjeta de lector para efectuar mi trabajo!
Seguía hablando en susurros, pero había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de pá-ginas blancas suspendieran sus aleteos bajo la luz verdosa de las lámparas en las enormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordo y casi imperceptible ruido.
Varios lectores alzaron unos rostros apacibles. Sus ojos, calmados por la quietud y el recogimiento de aquel lugar, pedían silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las aguas tranquilas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, esos rostros serenos, pensé en los cuarenta años en que había vivido, trabajado, in-cluso dormido allí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellos personajes imaginarios. Siempre había considerado mi biblioteca, y la seguía considerando, como un oasis de frescor donde, procedentes del ruido y la febril actividad diaria, los hombres acudían a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la ver-dosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser giradas. Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos más relajados, podían sumergirse de nuevo en el ardiente horno de la realidad, la noche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucina-dos para verlos salir después relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallan-do aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra y mármol donde cada libro está marcado por el silencio.
–Sí –dije finalmente–. No le llevará mucho tiempo registrarse de nuevo. Rellene esta ficha y traiga dos referencias que sean solventes...
–No necesito referencias –dijo Jonathan Barnes–. ¡No para quemar libros
–Al contrario –dije–. Para eso va a necesitar más.
–Mis hombres son mis referencias. Están fuera, esperando a los libros. Son peligrosos.
–Esos hombres siempre lo son.
–No, no, me refiero a los libros, estúpido. Los libros son peligrosos. Buen Dios, no hay dos que pien-sen lo mismo. Siempre los mismos malditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma saliva malgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, para sanear. Necesitamos...
–Perdón –dije, tomando un ejemplar de Demóstenes bajo mi brazo–. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña?
Estaba ya a medio camino de la puerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, pareció recordar el silbato de plata que colgaba de su cinturón; lo llevó hasta sus labios y lanzó un prolongado pitido.
Las puertas de la biblioteca se abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraron ruidosamente escaleras arriba.
Les llamé la atención, con suavidad. Se detuvieron, sorprendidos.
–Sin hacer ruido –les indiqué
Barnes me sujetó del brazo.
–¿Se está oponiendo usted a nuestra actuación?
–No –dije–. Ni siquiera voy a pedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido es que guarden silencio mientras trabajan.
Los lectores se habían levantado de sus mesas ante el estrepitoso resonar de las pisadas. Les indiqué que volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ninguno volviera a levantar la vista hacia aquellos hombres, impecablemente uniformados de negro, que me miraban con una no fingida estupefac-ción. Barnes hizo un gesto con la cabeza. Los hombres avanzaron entonces con cuidado, de puntillas, hacia las distintas salas de la gran biblioteca. Con precaución extrema, procurando no hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablaban en susurros, tomaban los libros de sus estanterías y los iban arrojando al patio de abajo, todo en el más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas furtivas a los lectores que, iban volviendo las páginas de sus libros con tranquilidad, aunque ninguno osó tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías.
–Bien –dije.
–¿Bien? –repitió Barnes.
–Sus hombres pueden trabajar sin usted. Vamos fuera.
Y salí tan rápidamente que no tuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formula-das. Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, allí había sido montado un horno portátil, una enorme parri-lla negra de donde surgían rojizos chorros que se convertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres preci-pitaban los pájaros silvestres y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en un frenético batir de alas an-tes de caer heridos de muerte, consumiéndose entre las terribles llamas De todas las ventanas surgían aterroriza-dos pájaros, que caían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a las destructivas y colorea-das llamas.
–Es extraño –murmuró Barnes, sorprendido–. Debería haber una multitud contemplando un espectá-culo como este. Sin embargo no hay nadie. ¿Cómo lo explica usted?
Lo dejé con la palabra en el aire. Tuvo que correr para alcanzarme.
Llegamos al pequeño café del otro lado de la calle. Me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ningún motivo aparente, comenzó a gritar en cuanto ocupamos nuestras sillas:
–¡Camarero! ¡Rápido, he de volver inmediatamente al trabajo!
Walter, el propietario, se acercó con el menú en la mano.
Walter me miró.
Le guiñé un ojo.
Walter miró a Jonathan Barnes.
Walter dijo:
–Ven conmigo y sé mi amor, y probaremos de la felicidad el ardor.
–¿Qué? –Jonathan Barnes parpadeó.
–Llámeme Ismael –dijo Walter.
–Ismael –dije–, empezaremos con un café.
Walter volvió con el café.
–Tigre, tigre, brillante has de arder –dijo–, en la penumbra del bosque, al anochecer.
Barnes se quedó mirando al hombre que se alejaba con un paso casual.
–¿Qué demonios le ocurre? ¿Está loco?
–No –dije–. Pero sigamos con lo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.
–¿Explicar? –dijo Barnes–. Dios mío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré: es un experimento de importancia capital. Esta ciudad nos servirá de prueba, si la quema de libros funciona aquí, fun-cionará en todas partes. No lo quemamos todo, no, no. Se habrá dado cuenta de que mis hombres tan sólo des-alojan ciertas categorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49'2 por ciento. Luego informaremos del éxito al comité central del gobierno...
–Excelente –dije.
Barnes se quedó mirándome fijamente.
–¿Cómo puede estar usted tan alegre?
–El problema de cualquier biblioteca –indiqué– es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolver-lo.
–Creí que usted evidenciaría... miedo.
–Siempre he estado rodeado de gentuza.
–¿Perdón?
–Todas las cosas tienen nombre. Los que queman libros son gentuza.
–¡Maldita sea, soy el Jefe Censor de Green Town, Illinois!
Llegó un nuevo camarero, portando una humeante cafetera.
–Hola, Keats –dije.
–La estación de las brumas y el dulzor de la fruta madura –dijo el camarero.
–¿Keats? –preguntó el Jefe Censor–. Su nombre no es Keats.
–Oh, qué tonto soy –dije–. Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón?
El muchacho llenó mi taza.
–El pueblo dispone siempre de algún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grande-zas... Esta y no otra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es un protector.
Barnes se inclinó hacia adelante para mirar mejor al camarero que permaneció inmutable. Luego to-mó su café y sopló.
–Como le decía, nuestro plan es tan simple como el que uno más uno son dos...
–Casi nunca he conocido a un matemático que fuera capaz de razonar –dijo el muchacho.
–¡Maldita sea! –Barnes dejó su taza sobre la mesa, con brusquedad–. ¡Paz! Lárgate de aquí antes de que pierda la paciencia, Keats, Platón... Holdridge, este es tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge! ¿Qué es toda esa jerga?
–Sólo imaginación –dije–. Vanidad.
–Maldita sea la imaginación y al infierno con la vanidad. Puede usted comer solo si quiere, me largo inmediatamente de esta casa de locos.– Y Barnes se tragó el café de un sorbo, mientras el dueño y el camarero lo miraban y al otro lado de la calle el fuego ardía con orgullo en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestras silenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en una mano y una gota de café colgando de su mentón.
–¿Por qué? ¿Por qué no gritan? ¿Por qué no luchan contra mí?
–Yo estoy luchando –dije, tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página que decía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma de cigarro, la prendí, contem-plé la creciente llama y murmuré–-: Aunque el hombre pueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente a aquellos que no reconocen, a una persona como él, el derecho a existir.
Barnes saltó, de pie, gritando, me arrancó el “cigarro” de la mano, lo pateó, y el salió del lugar dando un portazo.
Lo único que podía hacer era seguirle.
En la puerta, Barnes tropezó con un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto de caer. Lo sostuve del brazo.
–Profesor Einstein –dije.
–Señor Shakespeare –respondió.
Barnes huyó.
Lo encontré de nuevo en el césped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negro desprendían olor a gasolina a cada movimiento y seguían transportando brazadas de palomas abatidas, de mori-bundos faisanes, todo un otoño de oro y plata que caía de las altas ventanas. Y todo silenciosa, pausadamente. Mientras esta tranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil, gritando en silencio, ahogando los gritos que pugnaban por surgir por entre sus dientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbu-las, acallándolos de modo que nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muy abiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y daban color a su rostro, ahora blanco, ahora rojo, mien-tras me miraba fijamente, miraba al café, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, le hacían gestos amigables. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito, esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojo que ardía y llameaba en su estómago.
–Ustedes –dije con voz suave a los hombres de negro, se detuvieron–. Recuerden las Ordenanzas Municipales: se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces. No me gustaría quebrantar la ley... Buenas noches, señor Lincoln.
–Ochenta –dijo un hombre, pasando a nuestro lado–, y siete años...
–¿Lincoln? –el Jefe Censor se giró, lentamente–. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, venga aquí un momento... Charlie... ¡Chuck!
Pero el hombre se había alejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguía ardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era “¡Hola señor Poe!”, o un gesto amable a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así como Freud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Bar-nes se estremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuara ardiendo en su inter-ior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver el espectáculo.
De pronto, por alguna razón oculta, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró pro-fundamente y gritó:
–¡Alto!
Los hombres, en el piso de arriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.
–Pero –dije–, aún no es la hora de cerrar.
–¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundo fuera! –Profundos pozos habían devorado las pupilas de Jo-nathan Barnes. Hizo una seña, indicando que bajaran. Obedientes, todas las ventanas descendieron como otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas al cerrarse.
Los hombres de negro, la sorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.
–Jefe Censor –metí en su mano la llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla–, vuelva usted mañana, mantenga el silencio y termine con su trabajo.
Sus ahora insondables y vacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada.
–¿Cuánto... cuánto tiempo hace que dura...?
–¿Esto?
–Esto... y... esto... y ellos.
Intentó, sin éxito, señalar el café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de la acogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado en el frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos y crispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lengua paralizada murmuró no sin esfuerzo:
–¿Creen ustedes, estúpidos, que van a engañarme a mí, a mí, a mí?
No contesté.
–¿Cómo pueden estar seguros –dijo– de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?
No contesté.
Lo dejé de pie, inmóvil, allá en medio de la noche.
En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes de los que se iban, mientras la noche llegaba final-mente y la gran máquina de Baal seguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped allá donde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin ver siquiera cómo sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente y algo rápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada. Luego Barnes se giró y se fue tras el Incinerador que resonaba contra el pavimento, una panzuda ur-na funeraria que dejaba tras ella jirones de negros velos de duelo, humo, y olor a papel quemado.
Me senté y escuché.
En las salas de lectura más alejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal tornar de hojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto de una mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la de una ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanterías ahora medio vacías. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizaban suavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno, salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a esperar.
A las nueve, salí para recoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al último lector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmón el frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, y dijo:
–¿Crees que volverán?
–Dejemos que lo hagan. Ya estamos preparados para recibirlos, ¿no?
El anciano sujetó mi mano.
–Y el lobo cohabitará con el cordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven león andarán juntos.
Bajamos juntos los últimos peldaños.
–Buenas noches, Isaías –dije.
–Buenas noches, señor Sócrates –dijo.
Y cada cual tomó su camino en la oscuridad.



POSTFACIO (es absurdo que no exista esta palabra):
Sí, este relato es el embrión de lo que, seis años después, en 1.953, se convertiría en Fahrenheit 451. Puede ser simple, puede ser sólo una curiosidad, puede ser muchas cosas, pero sólo por una de sus frases ya creo que vale la pena. Una frase que, desgraciadamente, resume la actitud de muchas personas desde el principio de los tiempos hasta nuestros días:
“¿Cómo pueden estar seguros de que no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?”

martes, 12 de mayo de 2009

UN MITO : EL FENIX -- CARTA A UN FENIX -- Fredric Brown

UN MITO : EL FENIX -- CARTA A UN FENIX -- Fredric Brown
CARTA A UN FÉNIX
Fredric Brown
...
Hay mucho que contarles, tanto que es difícil saber por dónde empezar.
Afortunadamente, he olvidado la mayor parte de las cosas que me han sucedido.
Afortunadamente, la mente tiene una capacidad limitada para recordar. Sería horrible si
recordara los detalles de ciento ochenta mil años, los detalles de las cuatro mil vidas
enteras que he vivido desde la primera guerra atómica.
Sin embargo no he olvidado los momentos realmente importantes. Recuerdo que formé
parte de la primera expedición que aterrizó en Marte y de la tercera que aterrizó en
Venus. Recuerdo - creo que fue durante la tercera gran guerra - la explosión de Skora
en el cielo debida a una fuerza tan superior a la fisión nuclear como una nova a nuestro
sol moribundo. Yo era el segundo al mando en una astronave Clase Hiper-A durante la
guerra contra los segundos invasores extragalácticos, los que establecieron bases en
las lunas de Júpiter sin que nosotros advirtiéramos su presencia y casi nos expulsaron
del sistema solar antes de que descubriéramos la única arma eficaz en su contra.
Entonces huyeron adonde nosotros no pudiéramos seguirlos, fuera de la galaxia.
Cuando lo hicimos, unos quince mil años después, habían desaparecido. Hacía unos
tres mil años que estaban muertos.
Y precisamente sobre esto voy a hablarles - sobre esta poderosa raza y las demás -;
pero antes, a fin de que sepan cómo sé lo que sé, les hablaré de mí mismo.
Yo no soy inmortal. En el universo sólo hay un ser inmortal; ya les hablaré de él en otro
momento. En comparación con él, yo soy insignificante, pero no podrán comprender ni
creer lo que les diga a menos que comprendan quién soy.
Un nombre no quiere decir nada, y me alegro de ello, porque no recuerdo el mío. Estos
resulta menos extraño de lo que ustedes creen, pues ciento ochenta mil años es mucho
tiempo y, por una u otra razón, he cambiado de nombre unas mil veces o más. Y ¿qué
puede importar menos que el nombre que me impusieron mis padres hace cientos
ochenta mil años?
No soy mutante. Me sucedió cuando tenía veintitrés años, durante la primera guerra
atómica. Es decir, la primera guerra en la cual ambos bandos utilizaron armas atómicas
- armas inofensivas, naturalmente, comparadas con las que se inventaron después -.
Habían transcurrido menos de una docena de años tras el descubrimiento de la bomba
atómica. Las primeras bombas se lanzaron en una guerra secundaria cuando yo era
pequeño. La guerra terminó rápidamente, pues sólo uno de los bando las poseía.
La primera guerra atómica no fue demasiado espantosa - la primera nunca lo es -. Tuve
suerte, porque, si lo hubiera sido - si hubiera puesto fin a una civilización -, yo no habría
sobrevivido pese al accidente biológico que me ocurrió. Si hubiera puesto fin a una
civilización, yo no habría sido mantenido con vida durante el periodo letárgico de
dieciséis años que atravesé unos treinta años después. Pero otra vez me he adelantado
al relato.
Creo que tenía veinte o veintiún años cuando se inició la guerra. No me reclutaron en
seguida para el ejercito porque no estaba físicamente dotado. Sufría una enfermedad
bastante rara de la glándula pituitaria... El síndrome de no sé quién. He olvidado el
nombre. Entre otras cosas, producía obesidad. Pesaba unos veinte kilos en exceso
para mi estatura y no era muy vigoroso. Fui rechazado sin dudar.
Al cabo de unos dos años mi enfermedad había progresado ligeramente, pero otras
cosas habían progresado más que ligeramente. En aquella época el ejército reclutaba a
todo el mundo; habrían reclutado a un ciego con un solo brazo y una sola pierna si el
hombre hubiera estado dispuesto a luchar. Y yo estaba dispuesto a luchar. Había
perdido a mi familia en una escaramuza, odiaba mi trabajo en una fábrica de armas, y
los médicos me habían dicho que mi enfermedad era incurable y, de todos modos, sólo
me quedaban uno o dos años de vida. De modo que acudí a lo que restaba del ejército,
y lo que restaba del ejército me aceptó sin dudar y me envió al frente más próximo, que
estaba a quince kilómetros de distancia. Estaba luchando al día siguiente de
incorporarme.
Recuerdo lo suficiente para saber que yo no tuve nada que ver con ello, pero dio la
casualidad de que fuera precisamente entonces cuando cambió la suerte. El otro bando
carecía de bombas y pólvora y empezaba a sufrir escasez de granadas y balas.
Nosotros también carecíamos de bombas y pólvora pero ellos no habían conseguido
paralizar todos nuestros medios de transporte y nosotros, sí. Todavía disponíamos de
aviones para transportar las bombas recién fabricadas, y también disponíamos de una
cierta organización que enviaba los aviones a los lugares debidos. Cerca de los lugares
debidos, habría que decir; a veces las dejábamos caer por equivocación demasiado
cerca de nuestros propias tropas. Una semana después de entrar en combate me vi
nuevamente alejado de él al ser alcanzado por una de nuestras bombas de menor
potencia que había caído a unos dos kilómetros de distancia.
Recobré el conocimiento, unas dos semanas después, en un hospital de la retaguardia,
con quemaduras de primer grado. La guerra ya había terminado, a excepción de los
últimos brotes de resistencia, y sólo quedaba restaurar el orden y poner el mundo
nuevamente en marcha. Como verán, no fue lo que yo llamaría una guerra
exterminadora. Aniquiló - la cifra no es exacta; no recuerdo la fracción - una cuarta o
una quinta parte de la población mundial. Quedaba la suficiente capacidad productiva y
la gente suficiente, para seguir adelante; los siglos venideros fueron difíciles, pero no se
produjo una vuelta al salvajismo, ni fue necesario empezar desde cero. En tales épocas,
la gente vuelve a usar velas para iluminarse y a quemar madera en calidad de
combustible, pero no porque no sepa usar la electricidad o una mina de carbón; sólo
porque la confusión y las revoluciones ocasionan un desequilibrio temporal. Los
conocimientos están ahí, en reserva hasta la reaparición del orden.
No es el mismo caso de una guerra de exterminio, en la que nueve décimas partes de
la población de la Tierra - o de la Tierra y los demás planetas - son aniquiladas.
Entonces es cuando el mundo retrocede hasta el salvajismo y la centésima generación
redescubre los metales para guarnecer sus lanzas.
Pero vuelvo a divagar. Después de recobrar el conocimiento en el hospital, sufrí
muchísimo. Se habían terminado los anestésicos. Yo tenía profundas quemaduras,
ocasionadas por la radiación, que me hicieron sufrir casi intolerablemente durante los
primeros meses hasta que, gradualmente, se curaron. No dormía - eso es lo extraño -.
Y era algo aterrador, pues no comprendía lo que me había sucedió, y lo desconocido
siempre es aterrador. Los médicos no me hacían demasiado caso, pues yo era uno de
los millones de quemados o heridos, y me parece que no creyeron mis reiteradas
declaraciones de que no podía dormir. Pensaron que había dormido un poco y que
exageraba o que estaba realmente equivocado. Pero yo no había dormido nada. No
puede dormir hasta mucho después de abandonar el hospital, curado. Curado,
incidentalmente, de la enfermedad producida por la glándula pituitaria, y con el peso
normal, y la salud perfecta.
Estuve treinta años sin dormir. Después si que dormí, durante dieciséis años. Y al
término de ese periodo de cuarenta y seis años, yo aparentaba, físicamente, la edad de
veintitrés.
¿Empiezan a comprender ustedes lo que sucedió, tal como yo empecé a comprenderlo
entonces? La radiación - o la combinación de varios tipos de radiación - que yo había
sufrido cambió radicalmente las funciones de mi glándula pituitaria. Pero también hubo
otros factores implicados. Una vez estudié endocrinología, hace unos ciento cincuenta
mil años, y creo que me fue muy útil. Si mis cálculos fueron correctos, lo que me
sucedió fue una posibilidad entre varios billones.
Los factores de degeneración y envejecimiento no fueron eliminados, naturalmente,
pero la proporción se vio reducida en unas quince mil veces. De modo que no soy
inmortal. He envejecido once años en los pasados ciento ochenta milenios. Mi edad
física es ahora de treinta y cuatro años.
Y, para mi, cuarenta y cinco años equivalen a un día. No duermo durante treinta años -
y después duermo unos quince -. Es una suerte que mis primeros «días» no
coincidieran con un periodo de completa desorganización social o salvajismo, o no
habría sobrevivido a mis primeros años de sueño. Pero sobreviví, y entonces ya había
aprendido un sistema y podía cuidar de mi propia supervivencia. Desde entonces he
dormido unas cuatro mil veces y he sobrevivido. Quizá algún día no tenga tanta suerte.
Quizá algún día, a pesar de ciertos dispositivos de seguridad, alguien descubra e
interrumpa en la cueva o bóveda donde me instalo, secretamente, para un período de
sueño. Pero no es probable. Dispongo de muchos años para preparar cada uno de
estos lugares, más la experiencia de cuatro mil sueños a mis espaldas. Uno podría
pasar mil veces por delante de ese sitio y no saber que estaba allí, ni poder entrar
aunque sospechara su existencia.
No, mis posibilidades de supervivencia entre dos períodos de vida consciente son
mucho mayores que mis posibilidades de supervivencia durante mis períodos de vida
activa. Quizá sea un milagro que haya sobrevivido a tantas, pese a las técnicas de
supervivencia que he llegado a desarrollar.
Y esas técnicas son buenas. He sobrevivido a siete guerras atómicas - y superatómicas
- que han reducido la población de la Tierra a unos cuantos salvajes reunidos en torno a
unas cuantas fogatas en unas cuantas zonas todavía habitables. Y en otras épocas, en
otras eras, he estado en cinco galaxias aparte de la nuestra.
He tenido varios miles de esposas, pero sólo una cada vez, pues nací en una época de
monogamia y la costumbre ha persistido. Y he tenido varios miles de hijos.
Naturalmente, jamás he podido vivir más de treinta años con una esposa antes de
verme obligado a desaparecer, pero treinta años es tiempo más que suficiente para los
dos, especialmente cuando ella envejece a un ritmo normal y yo envejezco
imperceptiblemente. Oh, eso ocasiona problemas, desde luego, pero siempre he podido
solucionarlos. Siempre me caso, cuando me caso, con una muchacha mucho más joven
que yo, para que la disparidad no llegue a ser demasiado grande. Digamos que tengo
treinta años; me caso con una muchacha de dieciséis. Cuando llega el momento de
dejarla, ella tiene cuarenta y seis y yo sigo teniendo treinta. Y lo mejor para ambos, para
todo el mundo, es que yo no vuelva a ese lugar cuando me despierte. Si ella aún vive
habrá pasado de los sesenta y no estaría bien, ni siquiera para ella, que tuviese un
marido súbitamente resucitado todavía joven. Y yo la he dejado bien provista,
convertida en una viuda rica, rica en dinero o lo que en esa época particular se
considera riqueza. A veces fueron abalorios y puntas de flechas, a veces trigo en un
granero y una vez - ha habido civilizaciones muy peculiares - escamas de pescado.
Nunca tuve la menor dificultad en obtener mi parte, o más, de dinero o su equivalente.
Tras una práctica de varios miles de años, la dificultad estriba en lo contrario, saber
cuando detenerse a fin de no convertirse en una persona extremadamente rica y llamar
la atención.
Por razones obvias, siempre lo he conseguido. Por razones que pronto conocerán, yo
nunca he aspirado al poder, y tampoco - tras los primeros centenares de años - he
dejado sospechar a la gente que yo era distinto. Incluso me echaba varias horas cada
noche, simulando que dormía.
Pero nada de esto es importante, del mismo modo que yo tampoco lo soy. Sólo se lo he
contado para que entiendan cómo sé lo que ahora voy a decirles.
Y cuando se lo haya dicho, no crean que he intentado venderles algo. Es algo que
ustedes no podrían cambiar aunque quisieran, y - cuando lo comprendan - no querrán
hacerlo.
No trato de influenciarles ni guiarles. En cuatro mil vidas he sido casi todo, excepto un
caudillo. Lo he eludido. Oh, con bastante frecuencia he sido un dios entre los salvajes,
pero la razón es que debía serlo para sobrevivir. Utilizaba los poderes que ellos creían
mágicos para mantener un cierto orden, pero nunca para acaudillarles, ni para
sujetarles. Si les enseñé a usar el arco y la flecha, fue porque la caza era escasa, nos
moríamos de hambre, y mi supervivencia dependía de la suya. Tras comprender que el
sistema era necesario, jamás lo he alterado.
Lo que ahora les diré no alterará el sistema.
Es esto: La raza humana es el único organismo inmortal del universo.
Ha habido otras razas, y hay otras razas en el universo, pero se han extinguido o se
extinguirán. Una vez, hace cien mil años, las catalogamos con la ayuda de un
instrumento que detectaba la presencia de pensamiento y de inteligencia, por muy
extraños que fueran y por muy lejos que estuvieran, y esto nos dio una medida de esta
mente y sus características. Y, cincuenta mil años después, se descubrió nuevamente
ese instrumento. Había tantas razas como antes, pero sólo ocho de ellas eran las
mismas que hacía cincuenta mil años antes, y cada una de esas ocho estaba
muriéndose, de vejez. Habían sobrepasado la cumbre de sus poderes y estaban
muriéndose.
Habían llegado al límite de su capacidad - siempre hay un límite - y no les quedaba otra
alternativa que morir. La vida es dinámica; nunca puede ser estática - tanto si el nivel es
alto como bajo - y sobrevivir.
Esto es lo que trato de decirles, a fin de que no vuelvan a asustarse. Sólo una raza que
se destruye a sí misma y su progreso con cierta periodicidad, una raza que retrocede
hasta sus inicios, es capaz e sobrevivir más de, digamos, sesenta mil años de vida
inteligente.
En todo el universo sólo la raza humana ha alcanzado un alto nivel de inteligencia sin
alcanzar un alto nivel de cordura. Somos únicos. Ya somos por lo menos cinco veces
más viejos que cualquier otra raza que haya existido jamás, y esto se debe a que no
somos sensatos. Y el hombre, a veces, ha vislumbrado el hecho de que la insensatez
es divina. Pero sólo en altos niveles de cultura se da cuenta de que está colectivamente
loco, de que siempre acabará destruyéndose, para surgir con más fuerza de sus
propias cenizas.
El fénix, el ave que se inmola periódicamente a sí misma en una hoguera para volver a
nacer y vivir otro milenio, y así sucesivamente, sólo es un mito metafóricamente
hablando; existe y sólo hay una de ellas.
Ustedes son el fénix.
Nada podrá destruirles jamás, ahora que - durante muchas civilizaciones notables - su
semilla ha sido esparcida en los planetas de un millar de soles, en un centenar de
galaxias, para repetir eternamente el ciclo. El ciclo que comenzó hace ciento ochenta
mil años, si no me equivoco.
No puedo estar seguro de ello, pues he visto que los veinte o treinta mil años que
transcurren entre la caída de una civilización y el inicio de otra destruyen todos los
rastros. En veinte o treinta mil años, los recuerdos se convierten en leyendas, las
leyendas se convierten en supersticiones, e incluso las supersticiones se pierden. Los
metales se oxidan y corroen en las profundidades de la tierra mientras el viento, la lluvia
y la jungla erosionan y cubren las piedras. Los contornos de los continentes cambian,
los glaciares aparecen y desaparecen, y una ciudad de veinte mil años de antigüedad
está sepultada bajo muchos kilómetros de tierra o de mar.
De modo que no puedo estar seguro. Es posible que el primer estallido que yo conocí
no fuera el primero; muchas civilizaciones pueden haberse levantado y caído antes de
mi época. En este caso dicha posibilidad no hace más que reforzar mi afirmación de
que la humanidad puede haber sobrevivido más de los ciento ochenta mil años que yo
sé y puede haber sobrevivido a los seis estallidos que han tenido lugar desde lo que yo
creo que fue el primer descubrimiento de la pira del fénix.
Pero - aparte de que hayamos esparcido tan bien nuestra semilla por las estrellas que
ni la desaparición del sol ni su posible conversión un una nova podrían destruirnos - el
pasado no importa. Lur, Candra, Tragan, Kah, Mu, Atlantis, éstas son las seis
civilizaciones que he conocido, y han desparecido tan completamente como ésta
desaparecerá dentro de veinte o treinta mil años, pero la raza humana, aquí o en otras
galaxias, sobrevivirá y vivirá eternamente.
El hecho de saber todo esto, en este año de su era actual, contribuirá a mantener su
paz de espíritu, pues su espíritu está inquieto. Quizá, yo estoy seguro, les ayude saber
que la próxima guerra atómica, la que probablemente tenga lugar en su generación, no
será una guerra de exterminio, llegará demasiado pronto para que lo sea, antes de que
ustedes hayan inventado las armas realmente destructivas que el hombre ha inventado
con tanta frecuencia en el pasado. Les hará retroceder, es verdad. Durante uno o más
siglos sólo habrá oscuridad. Después, con el recuero de lo que ustedes llamarán la
Tercera Guerra Mundial como advertencia, el hombre pensará - como siempre lo ha
hecho después de una benigna guerra atómica. que ha conquistado su propia locura.
Durante cierto tiempo - si el ciclo se repite -, la tendrá a raya. llegará nuevamente a las
estrellas, y ya las encontrará colonizadas. Sí, ustedes volverán a Marte dentro de
quinientos años, y yo también iré, para ver nuevamente los canales que en otra ocasión
ayudé a construir. Hace ochenta mil años que no he estado allí y me gustaría ver lo que
el tiempo les ha hecho, a los canales y a aquellos de nosotros que se quedaron
incomunicados la última vez que la humanidad perdió el vuelo espacial. Naturalmente,
ellos también han seguido un ciclo, pero la proporción no tiene por que ser constante.
Podemos encontrarles en cualquier etapa del ciclo que no sea la superior. Si estuvieran
en el punto cumbre del ciclo, no tendríamos que ir a ellos; ellos vendrían a nosotros.
Pensando, naturalmente, como piensan ahora, que son marcianos.
Me pregunto que grado de desarrollo alcanzarán ustedes esta vez. Confío en que no
sea tan elevado como el de los trhagán. Confío en que jamás vuelva a descubrirse el
arma que los trhagán utilizaron contra su colonia de Skora, que entonces era el quinto
planeta hasta que los trhagán lo convirtieron en multitud de asteroides. Claro que esa
arma sólo se inventará muchos años después de que los viajes intergalácticos vuelvan
a convertirse en algo común. Si lo veo venir saldré de la galaxia, pero no me gustaría
tener que hacerlo. Me gusta la Tierra y me gustaría pasar aquí el resto de mi vida
mortal, si es que ella dura tanto.
Posiblemente no sea así, pero la raza humana sí que durará. En todas parte, y para
siempre, porque nunca será cuerda y sólo la locura es divina. Sólo los locos se
destruyen a sí mismos y todo lo que han forjado.
Y sólo el fénix vive eternamente.
-
FIN

lunes, 11 de mayo de 2009

EL SABUESO -- H. P. LOVECRAFT

H. P. Lovecraft
EL SABUESO



...

En mis atormentados oídos resuena incesantemente una pesadilla de zumbidos y aleteos, y un aullido débil y distante, como el de un gigantesco sabueso. No es sueño -ni tampoco, me temo, locura-, ya que han tenido lugar demasiados sucesos como para permitirme tales dudas misericordiosas. St. John es un cadáver destrozado; tan sólo yo sé por qué, y porque lo sé voy a saltarme los sesos por temor a sufrir igual destino. A través de tenebrosos e ilimitados pasadizos de espantosa fantasmagoría se escabulle la némesis negra e informe que me empuja al suicidio.
¡Quiera el cielo perdonar la locura y morbo que nos llevaron a este monstruoso final! Hastiados de los lugares comunes de un mundo prosaico donde pronto se pierde el regusto del romance y la aventura, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo cada movimiento estético e intelectual que nos prometiera un respiro en nuestro devastador aburrimiento. En tiempos nos habíamos empapado de los enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los prerrafaelistas, pero cada nueva moda agotaba pronto su divertida novedad y su reclamo. Sólo la sombría filosofía de los decadentes lograba retenernos, y tan sólo nos resultaba suficientemente fuerte incrementando progresivamente la hondura y lo demoníaco de nuestras exploraciones. Baudelaire y Huysman pronto quedaron vacíos de estremecimiento, hasta que por último sólo nos restaron los más directos estímulos de antinaturales aventuras y experiencias personales. Fue esta espantosa necesidad emocional lo que finalmente nos condujo por este detestable camino que aún en mi presente estado de temor menciono con vergüenza y reparo... ese odioso extremo de la atrocidad humana, la horrenda práctica de violar tumbas.
No puedo revelar los detalles de nuestras estremecedoras expediciones, o dar cuenta ni siquiera parcialmente de los peores trofeos que adornaban el indescriptible museo diseñado por nosotros mismos en la gran casa de piedra que habitábamos, solos y sin criados. Nuestro museo era un sitio blasfemo e inconcebible, donde con el satánico gusto de un virtuoso neurótico habíamos recreado un universo de terror y decadencia destinado a excitar nuestra mortecina sensibilidad. Era un cuarto secreto, abajo, muy abajo, donde grandes demonios alados, esculpidos en basalto y ónice, vomitaban por sus amplias y sonrientes bocas salvajes luces verdes y anaranjadas; y ocultos respiraderos agitaban en calidoscópicas danzas de la muerte las filas de rojos seres de ultratumba que entrelazaban las manos en las voluminosas colgaduras negras. A través de esos suspiros llegaban a voluntad los aromas que nuestros sentidos más apeteciesen. A veces el olor de los pálidos lirios fúnebres, en ocasiones el narcótico incienso de imaginarios sepulcros orientales conteniendo a regios difuntos, y a veces —¡cómo me estremezco al recordarlo!— el espantoso, el agobiante hedor de las tumbas abiertas.
Contra los muros de esta repelente estancia se encontraban sarcófagos de antiguas momias, alternando con hermosos cuerpos, casi vivos, perfectamente disecados y conservados por el arte del taxidermista, y con lápidas hurtadas a todos los mas viejos camposantos del mundo. Nichos dispersos contenían cráneos de todas las formas, así como cabezas conservadas en distintos estadios de descomposición. Allí podían verse los restos podridos y expuestos de famosos aristócratas, así como los cabellos dorados, lozanos y radiantes de un chiquillo recién desenterrado. Había estatuas y pinturas, sobre todo tocantes a infernales temas; algunos de ellos obras de St. John y de mí mismo. Un portafolios cerrado con llave, realizado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos desconocidos e indescriptibles atribuidos al propio Goya, de quien se decía que nunca osó exponerlos a la opinión pública. Había nauseabundos instrumentos musicales de cuerda, metal y madera, con los que St. John y yo a veces interpretábamos disonancias de exquisita morbidez y horror cacodemoníaco; mientras que en una multitud de casilleros de ébano descansaba la más increíble e inimaginable variedad de trofeos fúnebres jamás reunida por la locura y la perversidad humana. Pero de estos trofeos no debo hablar... gracias a Dios, tuve el valor de destruirlos completamente antes de pensar en destruirme a mí mismo.
Las incursiones predadoras en las que recogíamos nuestros inmencionables tesoros eran siempre eventos artísticamente memorables. No éramos vulgares necrófilos, sino que obrábamos tan sólo en ciertas condiciones de humor, escenario, ambiente, clima, estación y fase lunar. Tales pasatiempos eran para nosotros la más exquisita forma de expresión artística y prestábamos a cada detalle un fastidioso cuidado técnico. Una hora inadecuada, un efecto de luz desentonando o una inadecuada manipulación de la tierra húmeda podía espantar casi totalmente de nosotros ese extasiado temblor que resultaba de la exumación de algún ominoso y burlón secreto de la tierra. Nuestra búsqueda de escenarios novedosos y excitantes condiciones era febril, jamás satisfecha... St. John guiaba siempre, y fue él quién al final abrió el camino hacia ese burlesco, ese maldito lugar que acarreó sobre nosotros la espantosa e inevitable condenación.
¿A través de qué maligna fatalidad fuimos atraídos a ese terrible camposanto holandés? Creo que fue el rumor y la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que también fuera en vida un profanador de tumbas y que había robado un objeto de poder en un gran sepulcro. Aún puedo recordar los momentos finales de aquella escena... la pálida luz otoñal sobre las tumbas, derramando sombras horriblemente largas, los árboles deformes, inclinados de forma sombría contra la descuidada maleza y las losas desvencijadas; las legiones de murciélagos extraños y colosales volando al trasluz de la luna; la vieja iglesia cubierta de hierba, apuntando un inmenso dedo espectral hacia el cielo lívido; los insectos fosforescentes que bailaban como fuegos fatuos bajo los tejos en un rincón apanado; el hedor a moho, vegetación y cosas menos identificables, entremezclándose débilmente con los aires nocturnos llegados de lejanos pantanos y mares; y, lo peor de todo, el débil aullido, con notas profundas, de algún gigantesco sabueso que no podíamos ver ni ubicar. Nos estremecimos al oír este atisbo de ladrido, recordando los relatos de labriegos, ya que a quien buscábamos había sido descubierto hacía siglos en este mismo sitio, destrozado y mutilado por las garras y los dientes de alguna bestia inexplicable.
Recuerdo cómo hurgamos con las palas en la tumba de aquel necrófilo; cómo nos estremecíamos de nuestra propia imagen, la tumba, la pálida luna menguante, las horribles sombras, los árboles deformes, los titánicos murciélagos, la vieja iglesia, los danzarines fuegos fatuos, los nauseabundos hedores, el leve soplo del viento nocturno y el extraño, oído a medias, aullido que no llegaba de ninguna dirección concreta y de cuya existencia real apenas podíamos estar seguros. Luego dimos con una sustancia más dura que el húmedo moho y vimos una caja ovalada y podrida, incrustada de depósitos minerales durante su larga e inalterada presencia en la tierra. Resultaba increíblemente dura y densa, pero era tan vieja que finalmente logramos forzarla y nos regalamos los ojos con el contenido.
Quedaba mucho, demasiado, a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque quebrantado en ciertas partes por las mandíbulas del ser que le diera muerte, se conservaba asombrosamente sólido, y nos congratulamos de la limpia calavera blanca y de sus largos y firmes dientes, así como de las órbitas vacías que una vez resplandecieran con una fiebre sepulcral parecida a la que nos consumía. Dentro del ataúd había un amuleto de curioso y exótico diseño, que aparentemente había estado suspendido del cuello del yacente. Era una figura, extrañamente formal, de un sabueso agazapado y alado, o la de una esfinge de rostro semicanino, y estaba exquisitamente trabajada en un estilo oriental y antiguo, en una pieza de jade verde. La expresión de ese rostro resultaba sumamente repulsiva, trasluciendo a un tiempo muerte, bestialidad y malevolencia. En torno a la base se encontraba una inscripción en caracteres que ni St. John ni yo pudimos reconocer; y al fondo, como la marca del artífice, habían esculpido una calavera grotesca y formidable.
Apenas pusimos los ojos en ese amuleto supimos que teníamos que poseerlo; que tal tesoro tenía que ser la lógica recompensa que tomásemos de esa tumba centenaria. Lo habríamos deseado aunque su diseño nos fuera ajeno por completo; pero, una vez examinado más detenidamente, descubrimos que nos era completamente extraño. De hecho, estaba lejos de todo arte o literatura que un lector cuerdo y equilibrado pueda conocer, pero lo reconocimos como ese ser que es insinuado en el prohibido Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred; ese horripilante símbolo espiritual del culto necrófago de la inaccesible Leng, en el Asia Central. Demasiado bien pudimos encontrar los siniestros perfiles descritos por el viejo demonólogo árabe; perfiles, escribía, tomados de alguna oscura manifestación sobrenatural de los espíritus de aquellos que mancillaron y se alimentaron de los muertos.
Cogiendo el objeto de jade verde, echamos un último vistazo a la calavera blanca y de órbitas vacías de su dueño y cubrimos la tumba hasta dejarla tal como la encontramos. Al abandonar ese lugar espantoso, con el amuleto robado en el bolsillo de St. John, creímos ver a los murciélagos abalanzarse en masa sobre la tierra recién profanada, como buscando algún alimento maldito y repugnante. Y, asimismo, mientras navegábamos al día siguiente entre Holanda y nuestro hogar, creímos oír el débil aullido lejano de algún sabueso gigantesco en la distancia. Pero el viento de otoño gemía triste y desasosegado y no pudimos estar seguros.

II

Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a acaecer sucesos extraños. Vivíamos como ermitaños, sin amigos, solos y sin criados, en unas pocas habitaciones de una casa solariega, sita en un páramo baldío y poco transitado; así que raramente venía alguna visita a llamar a nuestra puerta. Ahora, sin embargo, nos vimos perturbados por lo que parecía ser un deambular en la noche, no sólo en torno a las puertas, sino también de ventanas, tanto las altas como las bajas. En una ocasión nos pareció que un cuerpo largo y opaco oscurecía la ventana de la biblioteca al pasar ante la luna, y otra vez escuchamos zumbidos o aleteos a lo lejos. La investigación no reveló nada y comenzamos a achacar esos sucesos a nuestra imaginación... la misma imaginación curiosamente perturbada que aún sostenía en nuestros oídos el débil y lejano aullido que habíamos creído oír en el camposanto holandés. El amuleto de jade verde reposaba ahora en uno de los nichos de nuestro museo, y a veces encendíamos velas extrañamente aromatizadas ante él. Leíamos mucho en el Necronomicón de Alhazred acerca de sus propiedades, y sobre la relación de los espíritus de los demonios con los objetos que los simbolizaba, y nos sentimos turbados por lo leído. Entonces llegó el terror.
La noche del 24 de septiembre de 19... oí un golpe en la puerta de mi alcoba. Creyendo que era St. John, le invité a entrar, pero tan sólo obtuve como respuesta una risa estridente. No había nadie en el pasillo. Cuando hube despertado a St. John, se manifestó totalmente ajeno al suceso, y se vio tan perplejo como yo. Fue la noche en la que el aullido débil y lejano sobre el páramo se convirtió para nosotros en una certeza tangible y espantosa. Cuatro días después, mientras estábamos en el museo oculto, se produjo un rasguñar bajo y cauteloso en la puerta sencilla que llevaba a la escalera secreta de la biblioteca. Nuestro susto fue doble, ya que unido al miedo a lo desconocido estaba el que siempre habíamos tenido el temor a que se descubriese nuestra espantable colección. Apagando todas las luces, fuimos a la puerta y la abrimos de golpe; fue entonces cuando sentimos un inexplicable soplo de aire y escuchamos, como en retroceso, una mescolanza de susurros, risas entre dientes y charla articulada. No tratamos de determinar si nos habíamos vuelto loco, soñábamos o si estábamos en nuestros cabales. Tan sólo supimos, sumidos en la más negra aprensión, que aquella charla aparentemente incorpórea se realizaba sin duda alguna en holandés.
A partir de entonces vivimos en un creciente horror y fascinación. Principalmente sustentábamos la teoría de que estábamos enloqueciendo junto por culpa de nuestra vida de placeres antinaturales; pero a veces nos complacíamos en plantearnos el drama de las víctimas de alguna maldición reptante y abominable. Las manifestaciones extravagantes resultaban demasiado frecuentes ahora como para relatarlas. Nuestra solitaria casa parecía albergar la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza no podíamos conjeturar, y cada noche el demoníaco aullido iba y venía a través del ventoso páramo, incrementándose sin cesar. El 29 de octubre encontramos en la tierra blanca, bajo la ventana de la biblioteca, una serie de pisadas imposibles por completo de describir. Eran tan desconcertantes como las hordas de grandes murciélagos que merodeaban alrededor de la vieja casa en un número sin precedentes, siempre aumentando.
El horror culminó el 18 de noviembre, cuando St. John, que volvía a casa tras el ocaso desde la lejana estación de tren, fue atrapado por algún espantoso carnívoro y resultó despedazado. Sus gritos llegaron hasta la casa y, mientras yo corría hacia la terrible escena, tuve tiempo de escuchar batir de alas y atisbar una nebulosa silueta negra perfilada contra la luna naciente. Mi amigo agonizaba cuando pude hablar con él, y no fue capaz de darme respuestas coherentes. Todo cuanto pudo fue el susurrar:
—El amuleto... esa cosa maldita...
Entonces cedió, convertido en una masa inerte de carne desgarrada.
Lo enterré a la medianoche siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, murmurando sobre su cuerpo uno de los diabólicos rituales de los que tanto gustara en vida. Al pronunciar la última y demoníaca frase, oí a lo lejos en el páramo el débil aullido de algún sabueso gigantesco. Había salido la luna, pero no osé mirar. Y cuando vi sobre el páramo, tenuemente iluminado, una gran sombra indistinta que saltaba de un montículo a otro, cerré los ojos y me lancé de bruces al suelo. Cuando me incorporé tembloroso, no sé cuánto después, fui tambaleándome hacia la casa y realicé estremecidas reverencias en honor de amuleto de jade.
Temeroso ahora de vivir solo en la vieja casa del páramo, me fui al día siguiente a Londres, llevándome el amuleto tras quemar y enterrar el resto de nuestra impía colección. Pero tres noches más tarde oí de nuevo el aullido y, antes de una semana, sentía en la oscuridad ojos extraños clavados en mí. Una tarde, paseando por el muelle Victoria en busca de un poco de aire fresco, vi una negra silueta oscurecer el reflejo de una de las lámparas en el agua. Soplaba un aire más fuerte que el viento nocturno y comprendí que lo que había alcanzado a St. John me alcanzaría también a mí.
Al día siguiente envolví cuidadosamente el amuleto de jade y me embarqué rumbo a Holanda. Cuánta misericordia podía lograr devolviendo aquello a su silencioso y yacente dueño era algo que no podía saber, pero pensaba que al menos debía dar cualquier paso lógicamente concebible. Qué era el sabueso y por qué me perseguía eran preguntas aún indistintas; pero yo había oído por primera vez su aullido en el viejo camposanto y cada suceso posterior, incluso el susurro agonizante de St. John, habían servido para conectar la maldición con el robo del amuleto. Por tanto, me vi sumido en el más profundo abismo de desesperación cuando, en un hotel de Rotterdam, descubrí que los rateros me habían privado del único medio de salvación.
El aullido resonó con fuerza esa noche, y a la mañana siguiente leí de un indescriptible suceso acaecido en el peor barrio de la ciudad. La chusma estaba aterrorizada, ya que sobre una turbia casa de vecindad había caído una muerte roja que rebasaba los más enloquecidos crímenes del barrio. En una mísera madriguera de ladrones toda una familia había resultado despedazada por algún ser ignorado que no dejó huella alguna, y quienes se encontraban en las proximidades habían oído por la noche, entre la habitual algarabía de voces ebrias, una nota débil, profunda e insistente, como la de un sabueso gigantesco.
Así que al fin me encontré de nuevo en aquel maligno camposanto sobre el que una pálida luna invernal lanzaba sombras espantosas, y los árboles deshojados se ladeaban de forma sombría hacia la hierba rala y helada y las lápidas desmenuzadas, y la iglesia cubierta de hiedra apuntaba un ofensivo dedo hacia el cielo hostil, y el viento nocturno aullaba de forma maníaca procedente de helados pantanos y mares gélidos. El aullido ahora era muy débil y se detuvo al acercarme a la vieja tumba que ya una vez profanara, y mi llegada espantó a una horda anormalmente grande de murciélago que antes viera remolonear de forma curiosa por los alrededores.
No sé si había ido sólo a rezar o a farfullar súplicas y disculpas enloquecidas para el quieto ser blanco que yacía en su interior; pero, cualesquiera que fueran mis motivos, ataqué el césped medio helado con una desesperación que me salía en parte de dentro y en parte de una dominante voluntad externa a la mía. El cavar resultó mucho más fácil de lo esperado, aunque en cierto momento sufrí una extraña interrupción, cuando un buitre flaco se abatió desde el cielo helado para picotear frenético la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de pala. Por último llegué a la podrida caja ovalada e hice a un lado las húmedas incrustaciones que la cubrían. Ése resultó el último acto racional que llevé a cabo.
Ya que, agazapado en ese ataúd centenario, arropado por un prieto séquito de pesadilla de inmensos, nervudos, dormidos murciélagos, se hallaba el ser óseo al que despojáramos mi amigo y yo; pero ya no limpio y tranquilo como lo viéramos, sino cubierto de sangre coagulada y jirones de carne y pelo ajenos, acechándome despierto con órbitas fosforescentes y agudos colmillos ensangrentados que sonreían aviesamente, burlándose de mi inevitable condenación. Y cuando de aquellas sonrientes fauces brotó un aullido profundo y sardónico, como el de algún sabueso gigantesco, y vi que sostenía en su sucia zarpa ensangrentada el perdido y fatídico amuleto de jade verde, tan sólo grité y eché a correr de forma estúpida, con mis gritos desembocando sin tardanza en carcajadas de risa histérica.
La locura cabalga el viento entre las estrellas... garras y dientes afilándose sobre cientos de cadáveres... muerte goteando a horcajadas de una bacanal de murciélagos procedentes de ruinas negras como la noche, en sepultados templos de Belial... ahora, mientras el aullido de esta monstruosidad muerta y descarnada se hace más y más fuerte, y los sigilosos susurros y aleteos de esas malditas alas membranosas dan vueltas más y más cerca, lograré gracias a mi revólver el olvido, que es el único refugio contra lo innombrado y lo innombrable.

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