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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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lunes, 27 de diciembre de 2010

LA LEYENDA DE BABBULKUND





LA CAIDA DE BABBULKUND
LORD DUNSANY

Dije:
Me pondré ahora en pie y veré Babbulkund, Ciudad de Maravilla. Su edad es la edad de la tierra; las estrellas son sus hermanas. Los Faraones de tiempos antiguos al venir a la conquista de Arabia la vieron por primera vez, una montaña solitaria en el desierto, y la tallaron dando nacimiento a torres y terrazas. Destruyeron una de las colinas de Dios, pero crearon a Babbulkund. Fue tallada, no edificada; sus palacios se aúnan a sus terrazas, no tiene articulación ni juntura. La suya es la belleza de la juventud de la tierra. Se considera el centro de la tierra y tiene cuatro portales que dan a las naciones. Frente a un portal oriental se levanta un dios colosal de piedra. Su rostro se ruboriza a la luz de la aurora. Cuando el sol de la mañana calienta sus labios, éstos se abren un tanto y emiten las palabras:
»—Oon, Oom.
»La lengua en que habla hace ya mucho que ha muerto y todos los que lo veneraron están sepultados, de modo que nadie sabe lo que significan las palabras que emite al amanecer. Algunos dicen que saluda al sol como un dios saluda a otro en su lengua, otros dicen que proclama al día y otros, en fin, que emite una advertencia. Y ante cada portal hay una maravilla increíble en tanto no haya sido contemplada.
Y reuní a tres amigos y les dije:
Somos lo que hemos visto y aprendido. Viajemos ahora y veamos Babbulkund para que nuestras mantas se embellezcan en su contemplación y nuestro espíritu gane en santidad.
De modo que nos embarcamos y viajamos sobre la mar curva, y nada recordamos de las cosas hechas en las ciudades de nosotros conocidas, sino que apartamos nuestros pensamientos de ellas como de la ropa sucia y soñamos con Babbulkund.
Pero cuando llegamos a la tierra de la que Babbulkund es constante gloria, contratamos a una caravana de camellos y guías árabes y nos dirigimos hacia el Sur, en la tarde, emprendiendo un viaje de tres jornadas a través del desierto que debía llevarnos a los blancos muros de Babbulkund. Y el color del sol descendía sobre nosotros desde el brillante cielo gris, y el color del desierto nos golpeaba desde abajo.
Al ponerse el sol hicimos un alto y atamos a nuestros caballos, mientras los árabes descargaron las provisiones de los camellos y prepararon una fogata con malezas secas, porque al ponerse el sol, el color del desierto parte súbitamente, como un pájaro. Entonces vimos a un viajero venido del Sur que se nos acercaba montado en un camello. Cuando le tuvimos cerca, le dijimos:
Ven y acampa entre nosotros, porque en el desierto todos los hombres son hermanos y te daremos carne para que comas y te daremos vino o, si tu fe te obliga a ello, te daremos alguna otra bebida que tu profeta no haya maldecido.
El viajero se sentó junto a nosotros en la arena, se cruzó de piernas y respondió:
Escuchad y os hablaré de Babbulkund, Ciudad de Maravilla. Babbulkund se levanta justo por debajo del encuentro de los ríos, donde Oonrana, Río del Mito, fluye hacia las Aguas de la Fábula, la vieja corriente de Plegáthanees. Unidos, penetran por el portal septentrional llenos de regocijo. Desde muy antiguo fluyen hacia la oscuridad a través de la Colina que Nehemoth, el primero de los Faraones, talló convirtiéndola en la Ciudad de Maravilla. Estériles y desolados fluyen desde lejos a través del desierto, cada cual en su propio lecho, sin vida en ninguna de sus orillas, pero dan nacimiento en Babbulkund al sagrado jardín púrpura del que todas las naciones cantan. Allí se dirigen todas las abejas en peregrinación al caer la tarde por un camino secreto del aire. En una ocasión, desde su reino de luz crepuscular que rige junto con el sol, la luna vio a Babbulkund y la amó, vestida con su jardín de púrpura, y la luna la cortejó, pero fue desdeñada y se alejó llorando, porque más hermosa es Babbulkund que sus hermanas las estrellas. Sus hermanas la visitan por la noche en su cámara de doncella. Aun los dioses hablan a voces de Babbulkund, vestida con su jardín púrpura. Escuchad, porque percibo por vuestros ojos que no habéis visto a Babbulkund; hay inquietud en ellos y un interrogante insatisfecho. Escuchad. En el jardín del que os hablo hay un lago que no tiene par ni prójimo entre todos los lagos. Sus orillas son de cristal y también es de cristal su fondo. En él hay grandes peces cuyas escamas son de oro y escarlata, que lo recorren. Es costumbre del octogésimo segundo Nehemoth (que es el que hay gobierna la ciudad) ir allí después de caída la tarde, y sentarse solo junto al lago; y a esa hora, ochocientos esclavos descienden los peldaños subterráneos de las cavernas que desembocan en las bóvedas levantadas bajo el lago. Cuatrocientos de ellos, con luces púrpuras, marchan uno detrás del otro, desde el Este al Oeste, y cuatrocientos, con luces verdes, marchan uno detrás del otro desde el Oeste al Este. Las dos filas se cruzan y vuelven a cruzarse entre sí mientras los esclavos andan en ronda y los peces atemorizados nadan de un lugar a otro.
Pero sobre el viajero que hablaba descendió la noche, solemne y fría, y nos envolvimos en nuestras mantas y yacimos sobre la arena a la vista de las hermanas astrales de Babbulkund. Y toda esa noche el desierto pronunció muchas cosas, quedamente y en un susurro, pero yo no supe entender lo que decía. Sólo la arena lo supo y se levantó y fue perturbada y volvió a descender, y el viento lo supo. Luego, así que iban transcurriendo las horas de la noche, estos dos descubrieron las huellas de los pies con que habíamos hollado el sagrado recinto y se afanaron sobre ellas y las cubrieron; y luego el viento amainó y la arena descansó. Después volvió a levantarse el viento y la arena bailó. Esto lo hicieron muchas veces. Y mientras tanto el desierto no dejó de musitar cosas que yo no entendía.
Me dormí entonces por un tiempo y desperté justo antes de amanecer, aterido de frío. De pronto el sol saltó a lo alto y llameó sobre nuestras cabezas; todos arrojamos las mantas a un lado y nos pusimos en pie. Tomamos luego alimento y después nos pusimos en marcha hacia el Sur, y al culminar el calor del día, descansamos y luego volvimos a andar. Y durante todo el tiempo el desierto permaneció el mismo, como un sueño que no cesa de perturbar a un durmiente fatigado.
Y a menudo se nos cruzaban viajeros en el desierto, que venían de la Ciudad de Maravilla, y había luz de gloria en sus ojos por haber visto a Babbulkund.
Esa tarde, al ponerse el sol, se nos acercó otro viajero y lo saludamos diciendo:
¿Comerás y beberás con nosotros ya que todos los hombres somos hermanos en el desierto?
Y él descendió de su camello, se sentó a nuestro lado y dijo:
Cuando la mañana brilla sobre el coloso Neb y Neb habla, en seguida los músicos del Rey Nehemoth despiertan en Babbulkund.
»En un principio sus dedos vagan por sobre las cuerdas de sus arpas de oro o acarician sus violines. Más y más clara la nota de cada instrumento va ascendiendo como las alondras del rocío, hasta que pronto todas se unen y nace una nueva melodía. Así, todas las mañanas, los músicos del Rey Nehemoth crean una nueva maravilla en la Ciudad de Maravilla; porque no son éstos músicos corrientes, sino maestros de la melodía, capturados en conquistas desde mucho tiempo atrás y llevados en barcos de las Islas de la Canción. Y con el sonido de la música Nehemoth despierta en la cámara oriental de su palacio, que está tallado en la forma de una enorme media luna de cuatro millas de largo, en el extremo septentrional de la ciudad. Pleno se levanta el sol ante las ventanas de la cámara oriental, y pleno ante las ventanas de su cámara occidental el sol se pone.
»Cuando Nehemoth se despierta, convoca a sus esclavos que traen una litera con campanillas en la que entra el Rey después de haberse vestido ligeramente. Entonces los esclavos se echan a correr llevándolo a la Cámara del Baño, hecha de ónix, y las campanillas suenan a su paso. Y cuando Nehemoth sale de allí, bañado y ungido, los esclavos vuelven a correr con la litera sonora y lo llevan a la Cámara Oriental de Banquetes, donde el Rey toma la primera comida del día. De allí, por el gran pasillo blanco cuyas ventanas dan todas al sol, Nehemoth va en su litera a la Cámara de Audiencias de las Embajadas del Norte, del todo llena de artículos septentrionales.
»Por todas partes hay ornamentos de ámbar del Norte y cálices tallados del oscuro cristal parduzco septentrional y sobre los suelos se extienden pieles de las costas del Báltico.
»En las cámaras adyacentes se almacenan los alimentos que acostumbran tomar los duros hombres norteños y el fuerte vino del Norte, pálido pero terrible. Allí recibe el Rey a los príncipes bárbaros de las tierras frígidas. De allí los esclavos lo llevan velozmente a la Cámara de Audiencias de las Embajadas del Oriente, donde las paredes son de turquesa y hay en ellas incrustados rubíes de Ceilán, donde los dioses son los dioses del Oriente, donde todas las colgaduras fueron pergeñadas en el espléndido corazón de la India y donde todas las tallas se ejecutan con la habilidad de las islas. Allí, si se da el caso que una caravana haya venido de la India o de Catay, es costumbre del Rey conversar un rato con los mongoles o los mandarines, porque del Oriente llegan las artes y el comercio del mundo, y la conversación de su gente es cultivada. De ese modo Nehemoth recorre las otras Cámaras de Audiencia y recibe, quizás, a algunos jeques del pueblo árabe que hayan cruzado el gran desierto desde el Occidente, o recibe una embajada que le haya enviado en su homenaje el tímido pueblo de las junglas del Sur. Y todo el tiempo los esclavos con la litera sonora corren hacia el Occidente, en pos del sol, y siempre el sol da directamente sobre la cámara en que se encuentra Nehemoth, y todo el tiempo a los oídos del Rey llegan tintineantes las notas de una u otra de sus bandas de músicos. Pero cuando la mitad del día se acerca, los esclavos corren hacia los frescos bosquecillos que se extienden junto a las galerías de la parte septentrional del palacio abandonando el sol, y cuando el calor se sobrepone al genio de los músicos, éstos, uno por uno, dejan que sus manos caigan de sus instrumentos hasta cesar la última nota de la melodía. En este momento Nehemoth se duerme y los esclavos dejan la litera en tierra y se tienden a su lado. A esta hora la ciudad se vuelve perfectamente silenciosa, y el palacio de Nehemoth y las tumbas de los Faraones de antaño dan cara al sol iguales en silencio. Aun los joyeros del mercado, que venden gemas a los príncipes, cesan el regateo y el canto; porque en Babbulkund el vendedor de rubíes canta el canto del rubí, y el vendedor de zafiros entona el canto del zafiro, y cada piedra tiene su canción, de modo que d comerciante, con su canto, da a conocer lo que vende.
»Pero todos estos sonidos cesan a la hora meridiana, los joyeros del mercado yacen en la sombra que encuentren y los príncipes vuelven al frescor de sus palacios y un gran silencio pende desde el aire resplandeciente sobre Babbulkund. Pero en el frescor de la tarde avanzada, uno de los músicos del Rey despierta abandonando el sueño en que veía a su tierra natal y paso los dedos quizá por las cuerdas de su arpa y puede que con la música evoque algún recuerdo del viento de los valles de las montañas que se elevan en las Islas de la Canción. Entonces el músico arranca grandes gritos del alma del arpa por causa del viejo recuerdo y sus compañeros despiertan y hacen todos un canto consagrado a la tierra natal, tejido con lo que se decía en el puerto cuando los barcos llegaban y con los cuentos que se contaban en las cabañas sobre las gentes de antaño. Una por una las otras bandas de músicos se unen a la canción de Babbulkund, Ciudad de Maravilla, palpita de nuevo con esto maravilla. En este momento Nehemoth se despierta, los esclavos se ponen en pie de un salto y llevan la litera fuera del gran palacio en forma de medialuna, entre el Sur y el Oeste, para que vuelva a contemplarse el sol. La litera, con sus campanillas sonoras, gira una vez más; las voces de los joyeros vuelven a entonar en el mercado la canción de la esmeralda y la del zafiro; los hombres conversan en los techos, los mendigos gimen en las calles, los músicos se afanan en su tarea, todos los sonidos se mezclan para formar un murmullo, la voz de Babbulkund que había en la tarde. Cada vez más desciende el sol, hasta que Nehemoth, a su zaga, llega con esclavos jadeantes al gran jardín púrpura el que seguramente vuestro propio país le ha consagrado canciones, no importa de dónde vengáis.
»Allí baja de la litera y asciende al trono de marfil situado en medio del jardín de cara al Occidente, y se queda sentado solo, contemplando largo tiempo la luz del sol hasta que ésta desaparece por completo. A esta hora la pesadumbre invade el rostro de Nehemoth. Hay quien lo ha oído musitar al ponerse el sol:
»—Aun yo, aun yo también.
»De ese modo el Rey Nehemoth y el sol contemplan su glorioso circuito en torno a Babbulkund.
»Algo más tarde, cuando las estrellas salen a envidiar la belleza de la Ciudad de Maravilla, el Rey se dirige a otra parte del jardín y se sienta en una alcoba de ópalo, solo, a la margen del lago sagrado. Este es el lago de orillas y fondo de cristal, iluminado desde abajo por esclavos que portan luces púrpuras y verdes entremezcladas, y es una de las siete maravillas de Babbulkund. Tres de las maravillas se encuentran en medio de la ciudad y cuatro en sus portales. Hay el lago, del cual os hablo, y hay el jardín púrpura del cual os hablé, y que es una maravilla aun para las estrellas, y hay Ong Zwarba de la cual os hablaré también. Y las maravillas de los portales son éstas. En el portal oriental, Neb. Y en el portal septentrional, la maravilla del río y los arcos, porque el Río del Mito que se aúna con las Aguas de la Fábula en el desierto fuera de la ciudad, fluye bajo un puente de oro puro, regocijado, y bajo múltiples arcos fantásticamente tallados que forman una unidad con cada una de las orillas. La maravilla del portal occidental es la maravilla de Annolith y el perro Voth. Annolith se levanta fuera del portal occidental de cara a la ciudad. Es más alto que cualquiera de las torres o los palacios, porque su cabeza se talló de la cumbre de la vieja colina; tiene dos ojos de zafiro con los que contempla Babbulkund, y lo asombroso de los ojos es que se encuentran hoy en las mismas órbitas donde brillaban cuando comenzó el mundo, sólo el mármol que los cubría se eliminó con la talla para dar paso a la luz del día y a la envidia de las estrellas. Más grande que un león es el perro Voth que está junto a él; cada uno de sus pelos se talló sobre el lomo de Voth; los pelos de su cuello están erectos en actitud guerrera y sus dientes están desnudados. Todos los Nehemoth han venerado al dios Annolith, pero todos sus pueblos le rezaron al perro Voth, porque según la ley de la tierra, sólo un Nehemoth puede venerar al dios Annolith. La maravilla del portal austral es la maravilla de la jungla porque ésta llega con todo su salvaje mar intransitado de oscuridad y árboles y tigres y orquídeas que aspiran al sol, y penetran por un portal de mármol a la ciudad y allí en medio de ella, se ensancha y abarca un espacio de muchas millas de extensión. Además, es más vieja que la Ciudad de Maravilla, pues desde hacía mucho moraba en uno de los valles de la montaña que Nehemoth, primero de los Faraones, convirtió con su talla en Babbulkund.
»Ahora bien, la alcoba de ópalo en la que el Rey se reclina al atardecer junto al lago, se encuentra en el borde de la jungla y las orquídeas trepadoras hace ya tiempo que se han deslizado dentro de ella por sus grietas, seducidas por las luces del lago, y ahora florecen allí exultantes. Cerca de esta alcoba se encuentran los serrallos de Nehemoth.
»El Rey tiene cuatro serrallos: uno para las vigorosas mujeres de las montañas del Norte, otro para las oscuras y furtivas mujeres de la jungla, un tercero para las mujeres del desierto, que tienen almas errantes y languidecen en Babbulkund, y un cuarto para las princesas de su propia casta, cuyas mejillas pardas se ruborizan con la sangre de los antiguos Faraones y que se regocijan con Babbulkund en su sobrecogedora belleza y que nada saben del desierto ni de la jungla ni de las lúgubres colinas del Norte. Sin adorno alguno y vestidas del modo más sencillo van las de la raza de Nehemoth, porque saben que a él lo fatiga la pompa. Sin adornos, salvo una, la Princesa Linderith, que lleva la Ong Zwarba y las tres gemas menores del mar. Una piedra tal es Ong Zwarba que no hay la que se le asemeje en el turbante de Nehemoth ni en todos los santuarios del mar. El mismo dios que hizo a Linderith, hizo mucho tiempo atrás a Ong Zwarba; ella y Ong Zwarba resplandecen con una única luz y junto a esta maravillosa piedra brillan las otras tres menores del mar.
»Ahora bien, cuando el Rey se aposenta en su alcoba de ópalo junto al lago sagrado con las orquídeas que florecen alrededor de él, todos los sonidos se acallan. El sonido de los pesos de los fatigados esclavos que giran una y otra vez jamás llega a la superficie. Los músicos hace ya mucho que duermen y sus manos han caído mudas sobre sus instrumentos y las voces de la ciudad se han sumido en el silencio. Quizás el suspiro de una de las mujeres del desierto se ha convertido a medias en una canción, o en una cálida noche de verano alguna de las mujeres de las colinas musita queda un canto con mención de la nieve; toda la noche en medio del jardín púrpura canta un ruiseñor; todo el resto está acallado; las estrellas que contemplan Babbulkund se elevan y se ponen, la fría luna desdichada se traslada solitaria entre ellas, la noche se desgasta; por fin la oscura figura de Nehemoth, el octogésimo segundo de su linaje, se pone en pie y se retira furtivo.
El viajero dejó de hablar. Durante largo tiempo las claras estrellas, hermanas de Babbulkund, brillaron sobre él mientras hablaba, el viento del desierto había soplado y le había susurrado algo a la arena y la arena venía trasladándose en secreto de un lado a otro desde hacía ya rato; ninguno de nosotros se había movido, ninguno se había quedado dormido, no tanto por el asombro que nos produjera su relato, sino por pensar que en el término de dos días nosotros mismos veríamos esa asombrosa ciudad. Luego nos envolvimos en nuestras mantas y yacimos con los pies tendidos hacia los rescoldos de nuestra fogata e instantáneamente nos quedamos dormidos, y en nuestro sueño multiplicamos la fama de la Ciudad de Maravilla.
El sol se elevó y llameó sobre nuestra cara y todo el desierto refulgió con su luz. Entonces nos pusimos en pie y preparamos el alimento de la mañana y, cuando hubimos comido, el viajero partió. Y encomendamos su alma al dios de la tierra a la que se dirigía, de la tierra de su hogar en él Norte, y él encomendó nuestras almas al dios del pueblo de donde nosotros habíamos venido. Luego se nos unió un viajero que se trasladaba a pie; vestía una capa parda que estaba hecha de jirones y parecía haber venido andando toda la noche; caminaba de prisa pero parecía cansado, de modo que le ofrecimos alimento y bebida, de la que participó agradecido. Cuando le preguntamos a dónde se dirigía, respondió:
A Babbulkund.
Le ofrecimos entonces un camello sobre el que pudiera cabalgar, pues, le dijimos:
También nosotros vamos a Babbulkund.
Pero él dio una extraña respuesta:
No, adelantaos a mí, pues es algo lamentable no haber visto nunca a Babbulkund habiendo vivido mientras todavía se mantenía erguida. Adelantaos a mí y contempladla y luego huid de inmediato y volved hacia el Norte.
Entonces, aunque no le comprendimos, lo dejamos, pues se mostró muy insistente, y seguimos nuestro viaje hacia el Sur por el desierto, y antes de la mitad del día llegamos a un oasis de palmeras que se encontraba junto a un pozo donde podíamos dar agua a los altivos camellos, volver a llenar nuestras cantimploras y apaciguar nuestros ojos con la visión del verdor y demorarnos muchas horas a la sombra. Algunos de los hombres durmieron, pero de entre los que permanecieron despiertos, cada uno entonó quedo la canción de su propio país en la que se hablaba de Babbulkund. Cuando la tarde estaba ya avanzada, viajamos un corto trecho hacia el Sur y seguimos adelante por el fresco crepúsculo, hasta que el sol se paso; entonces acampamos, y cuando nos sentamos, el hombre vestido de jirones nos alcanzó, pues había viajado durante todo el día, y volvimos a darle alimento y bebida y en el crepúsculo habló diciendo:
Yo soy siervo del Señor, el Dios de mi pueblo y voy a ejecutar su obra en Babbulkund. Es la ciudad más bella del mundo; no hubo otra como ella, aun las estrellas de Dios tienen envidia de su belleza. Es toda blanca; sin embargo, estrías rosadas atraviesan sus calles y sus casas, como las llamas en la mente blanca de un escultor, como el deseo en el Paraíso. Hace mucho que fue tallada en una colina sagrada; no fueron esclavos los que la esculpieron, sino artistas afanados en un trabajo amado. No siguieron el modelo de las casas de los hombres, sino que cada cual forjó lo que sus ojos interiores habían visto y talló en mármol la visión de sus sueños. Sobre el techo de una cámara del palacio, leones alados vuelan como murciélagos; el tamaño de cada león es el tamaño de los leones de Dios y las alas son más grandes que la de cualquier criatura alada nunca nacida; se apilan uno sobre otro más abundantes que lo que un hombre puede enumerar; están todos tallados con el mismo bloque de mármol, la cámara misma se vació en él, y se mantienen en lo alto sobre las ramas talladas de un bosquecillo de helechos gigantes trabajados por la mano de algún albañil de la jungla que los amaba. Sobre el Río del Mito, que se aúna con las Aguas de la Fábula, se tienden puentes trabajados como el árbol de la glicina y como el lánguido laburno y mil otras maravillosas invenciones, deseo del alma de albañiles ya muertos desde hace mucho. ¡Oh! muy hermosa es la blanca Babbulkund, muy hermosa es, pero orgullosa; y el Señor, Dios de mi pueblo, la ha contemplado en su orgullo y, al contemplarla, vio que las oraciones de Nehemoth ascendían a la abominación Annolith; y que todo el pueblo seguía a Voth. Es muy bella Babbulkund; ¡ay! que no pueda yo bendecirla. Podría vivir por siempre en una de sus terrazas interiores contemplando la misteriosa jungla que se extiende en medio de ella y las orquídeas vueltas al cielo que suben de la oscuridad para mirar al sol. Podría amar a Babbulkund con un amor muy grande, pero soy siervo del Señor, Dios de mi pueblo, y el Rey ha pecado en la veneración de la abominación Annolith, y el pueblo se regocija extremadamente en Voth. Ay de ti, Babbulkund, ay que no pueda volverme de espaldas, porque mañana debo profetizar contra ti y clamar contra ti, Babbulkund. Pero vosotros, viajeros, que me habéis tratado con hospitalidad, poneos en pie y seguid con vuestros camellos, pues yo no puedo demorarme más y debo ir a ejecutar sobre Babbulkund la obra del Señor, Dios de mi pueblo. Id y contemplad la belleza de Babbulkund antes de que yo clame contra ella, y luego huid velozmente hacia el Norte.
El fragmento de un rescoldo encendido cayó en la fogata de nuestro campamento y arrojó a los ojos del hombre vestido de jirones una extraña luz. Se puso en pie de inmediato y su capa de harapos giró con él como un ala inmensa; no dijo ya nada más; sino que se volvió y se alejó a grandes zancadas hacia el Sur perdiéndose en la oscuridad, en dirección a Babbulkund. Entonces el silencio cayó sobre nuestro campamento, y se elevó el olor del tabaco de esas tierras. Cuando la última llama se hubo extinguido en nuestra fogata, me quedé dormido, pero agitados sueños de condenación perturbaron mi descanso.
Llegó la mañana y nuestros guías nos dijeron que llegaríamos a la ciudad antes de la caída de la noche. Una vez más avanzamos hacia el Sur a través del imperturbable desierto; nos encontramos con algún ocasional viajero que venía de Babbulkund, con la belleza de sus maravillas que por recién contemplada daba luz todavía a sus ojos.
Cuando cerca de la mitad del día acampamos, vimos a mucho gente a pie que venía hacia nosotros corriendo desde el Sur. Cuando estuvieron cerca, los saludamos diciendo:
¿Qué es de Babbulkund?
Respondieron:
No somos de la raza del pueblo de Babbulkund, sino que fuimos capturados en nuestra juventud y llevados de las colinas del Norte. Ahora todos hemos visto en visiones de silencio al Señor, el Dios de nuestro pueblo, que nos llama desde sus colinas y, por tanto, todos huimos hacia el Norte. Pero en Babbulkund las noches del Rey Nehemoth fueron perturbadas por terribles sueños de condenación, y nadie es capaz de interpretar lo que conllevan. Ahora bien, este es el primer sueño que soñó el Rey Nehemoth la primera noche. Vio trasladarse por el aire inmóvil un pájaro enteramente negro y por debajo del batir de sus alas, Babbulkund se enlobreguecía y se oscurecía; y después de él vino un pájaro enteramente blanco y por debajo del batir de sus alas Babbulkund resplandecía y brillaba y otros cuatro pájaros más se aproximaron volando alternativamente negros y blancos. Y cuando los pájaros negros pasaban, Babbulkund se oscurecía, y cuando aparecían los blancos, las calles y las casas resplandecían. Pero después del sexto pájaro ninguno más vino, y Babbulkund se desvaneció del lugar donde había estado, y los ríos Oonrana y Plegáthanees se dolían solitarios. A la mañana siguiente todos los profetas del Rey se reunieron delante de sus abominaciones y las interrogaron acerca del sueño, pero las abominaciones nada dijeron. Pero cuando la segunda noche descendió de los salones de Dios, adornada de múltiples estrellas, el Rey Nehemoth volvió a soñar; y en el sueño el Rey Nehemoth vio tan sólo cuatro pájaros blancos y negros alternativamente, como antes. Y Babbulkund se oscureció otra vez cuando los negros pasaron y resplandeció al aparecer los blancos; después del cuarto ya no vine ninguno otro y Babbulkund se desvaneció quedando sólo el desierto sin memoria y los ríos de la montaña.
»Las abominaciones siguieron sin hablar y nadie supo interpretar el sueño. Y cuando la tercera noche vino de los salones divinos de su morada adornada como sus hermanas, volvió a soñar el Rey Nehemoth. Y vio un pájaro negro pasar nuevamente bajo el cual Babbulkund se oscureció, y luego uno blanco y Babbulkund desapareció. Y apareció el día dorado dispersando los sueños y las abominaciones siguieron guardando silencio, y los profetas del Rey no dieron respuesta al presagio velado del sueño. Sólo un profeta hablo ante el Rey diciendo:
»—Los pájaros oscuros, oh, Rey, son las noches, y los pájaros blancos son los días...
»Esto el Rey ya se lo temía, y se levantó e hirió con la espada al profeta, cuya alma salió escapada clamando y no tuvo ya nada que ver con noches ni con días.
»Fue anoche cuando el Rey soñó su tercer sueño, y esto mañana huimos de Babbulkund. Un calor inmenso se abate sobre ella y las orquídeas de la jungla dejaron caer sus cabezas. Toda la noche las mujeres del serrallo del Norte han llorado con altos plañidos sus colinas. El temor ha ganado la ciudad y un presagio ominoso. Dos veces ha ido Nehemoth a venerar a Annolith y todo el pueblo se ha postrado ante Voth. Tres veces los adivinos consultaron al gran globo de cristal donde se prevé todo acontecimiento por venir y tres veces el globo se vio opaco. Sí, aunque una cuarta vez lo consultaron, no se reveló visión alguna; y la voz del pueblo se acalló en Babbulkund.
Los viajeros no demoraron en volver a ponerse en camino hacia el norte dejándonos perplejos. Mientras dominó el calor del día reposamos lo mejor que pudimos, pero el aire estaba inmóvil y bochornoso y los camellos intranquilos. Los árabes dijeron que eso era un presagio de tormenta en el desierto y que un gran viento se levantaría preñado de arena. De modo que a la tarde nos pusimos en pie y viajamos de prisa en la esperanza de encontrar un refugio antes de que estallara la tormenta. Y el aire ardía en la quietud reinante entre el desierto inflamado y el cielo enceguecedor.
De pronto se levantó un viento del Sur, que soplaba desde Babbulkund y la arena ascendió y asumió formas susurrantes. Y el viento sopló violentamente y gimió y centenares de figuras de arena se levantaban como torres y se oyeron gritos y el sonido de una retirada. Pronto el viento se calmó súbitamente y los gritos se silenciaron y el pánico cesó en las arenas arrastradas. Y cuando amainó la tormenta y el aire refrescó, el terrible bochorno y el presagio llegaron a su fin y los camellos se apaciguaron. Y los árabes dijeron que la tormenta anunciada se había desencadenado y pasado como de antiguo Dios lo había querido.
El sol se puso y llegó el crepúsculo vespertino y nos acercamos al lugar de la afluencia del Oonrana y el Plegáthanees, pero en la oscuridad no nos fue posible discernir a Babbulkund. Nos apresuramos para llegar a la ciudad antes de la caída de la noche y llegamos a la afluencia del Río del Mito y las Aguas de la Fábula, pero tampoco entonces vimos Babbulkund alguna. Alrededor de nosotros se extendía la arena y las rocas del desierto inmutable, salvo hacia el Sur donde se levantaba la jungla con sus orquídeas vueltas de cara al cielo Nos dimos cuenta entonces de que habíamos llegado demasiado tarde y que la condenación le había llegado a Babbulkund; y junto al río en el desierto vacío estaba el hombre vestido de jirones sentado en la arena; se ocultaba la cara con las manos llorando amargamente.
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Así pereció en la hora de su iniquidad, ante Annolith, a los dos mil treinta y dos años de su existencia, a los seis mil cincuenta años de la construcción del Mundo, Babbulkund, ciudad de Maravilla, llamada por los que la odiaban, Ciudad del Perro, pero de continuo llorada en Arabia y la India y en lo profundo de la jungla y el desierto; no dejó monumento en piedra en muestra de haber sido, pero es recordada con duradero amor, a pesar de la cólera de Dios, por todos los que conocieron su belleza, de la cual todavía cantan.


viernes, 24 de diciembre de 2010

LA LEYENDA DEL HOMUCULO

LA LEYENDA DEL HOMUCULO

El término homúnculo (del latín homunculus, ‘hombrecillo’, a veces escrito homonculus) es el diminutivo del doble de un humano y se usa frecuentemente para ilustrar el misterio de un proceso importante en alquimia. En el sentido hermetico es un actor primordial incognoscible, puede ser visto como una entidad o agente. El proceso para crear esta entitad es simbolico para los alquimistas.


El término parece haber sido usado por primera vez por el alquimista Paracelso, quien una vez afirmó haber creado un homúnculo al intentar encontrar la Piedra Filosofal. La criatura no habría medido más de 30 centímetros de alto y hacía el trabajo normalmente asociado con los golems. Sin embargo, tras poco tiempo, el homúnculo se volvía contra su creador y huía. La receta para crearlo consistía en una bolsa de carbon, mercurio, fragmentos de piel o pelo de cualquier humano o animal del que el homúnculo sería un híbrido. Todo esto había de enterrarse rodeado de estiércol de caballo durante cuarenta días, tiempo en el cual el embrión estaría formado en el seno de la Tierra.

Historia

Hay también variantes citadas por otros alquimistas. Una de ellas implicaba usar mandrágora. Las creencias populares sostenían que esta planta crecía donde el semen a veces eyaculado por los ahorcados durante las últimas convulsiones antes de la muerte (o putrefaccion en alquimia) caía al suelo, y sus raíces tiene una forma vagamente parecida hasta cierto punto a un ser humano. La raíz había de ser recogida antes del amanecer de una mañana de viernes por un perro negro, siendo entonces lavada y «alimentada» con leche y miel y, en algunas recetas, sangre, con lo cual se terminaría de desarrollarse en un humano en miniatura que guardaría y protegería a su dueño. Aún un tercer método, citado por el Doctor David Christianus en la Universidad de Giessen durante el siglo XVIII, era tomar un huevo puesto por una gallina negra, practicar un pequeño agujero en la cáscara, reemplazar una porción de clara del tamaño de una alubia por esperma humano, sellar la abertura con pergamino virgen y enterrar el huevo en estiércol el primer día del ciclo lunar de marzo. Tras treinta días surgiría del huevo un humanoide en miniatura que ayudaría y protegería a su creador a cambio de una dieta regular de semillas de lavanda y lombrices.
El término homúnculo fue posteriormente usado en la discusión de la concepción y el nacimiento. En 1694, Nicolas Hartsoeker descubrió «animalúnculos» en el esperma de humanos y otros animales. La escasa resolución de aquellos primeros microscopios hizo parecer que la cabeza del espermatozoide era un hombre completo en miniatura. A raíz de ahí se desataron las teorías que afirmaban que el esperma era de hecho un «hombre pequeño» (homúnculo) que se ponía dentro de una mujer para que creciese hasta ser un niño; éstos llegarían más tarde a ser conocidos como los espermistas. Se pensaba que ya desde Adán estaba enclaustrada toda la humanidad, que se iría transmitiendo a su descendencia. Esta teoría biológica permitía explicar de forma coherente muchos de los misterios de la concepción (por ejemplo, por qué necesita de dos). Sin embargo más tarde se señaló que si el esperma era un homúnculo, idéntico a un adulto en todo salvo en el tamaño, entonces el homúnculo debía tener su propio esperma. Esto llevó a una reducción al absurdo, con una cadena de homúnculos «siempre hacia abajo».
Por su parte Goethe también popularizó el término, ya que denominó homunculus al pequeño ser que creó el antiguo alumno de Fausto; Wagner, mediante operaciones quirúrgicas.
Actualmente el término se usa de determinadas formas para describir sistemas que se cree que funcionan gracias a los «hombrecillos» de su interior. Por ejemplo, el homúnculo sigue siendo una de las principales teorías sobre el origen de la consciencia, que afirma que es una parte (o proceso) del cerebro cuyo cometido es ser «tú». El homúnculo se cita con frecuencia también en la cibernética, por razones similares.


Los homúnculos sensorial y motor

El término homúnculo se usa también comúnmente para describir una figura humana distorsionada dibujada para reflejar el espacio sensorial relativo que nuestras partes corporales representan en la corteza cerebral. Los labios, manos, pies y órganos sexuales son considerablemente más sensibles que otras partes del cuerpo, por lo que el homúnculo tiene labios, manos y genitales extremadamente grandes.
El Dr. Wilder Penfield usaba una imagen parecida para representar el cuerpo según la superficie del córtex motor que las controlaba en movimiento voluntario. A veces visto como un mapa cerebral del cuerpo, el homúnculo motor es en realidad un mapa de la asociación proporcional del córtex con los miembros del cuerpo. También refleja la propiocepcióncinestésica, es decir, cómo se siente el cuerpo al moverse. Desempeña un papel principal en el fenómeno de los miembros fantasmas y su opuesto, la desaparición de miembros corporales de la percepción consciente presente en ciertas lesiones cerebrales. Por ejemplo el pulgar, que se usa en miles de actividades complejas, aparece mucho más grande que el muslo, que tiene un movimiento relativamente simple. El homúnculo motor evoluciona con la edad y difiere de una persona a otra. La mano en el cerebro de un infante es diferente a la mano en el cerebro de un pianista. Este tipo de diferencias está abierto a introspección. Probablemente puedas flexionar y extender sólo la punta de tu pulgar a voluntad. La mayoría de la gente puede hacer esto con bastante facilidad, pero relativamente poca gente puede hacer movimientos análogos con el resto de los dedos. La diferencia se debe a las variaciones en la organización funcional de las áreas del cerebro relacionadas.
Véase también: Homúnculo cortical


El razonamiento del homúnculo en la filosofía de la mente

En la medida que el razonamiento del homúnculo explica un fenómeno en términos del propio fenómeno que se supone que explica (Richard Gregory, 1987) cae con frecuencia en elparalogism y en el dialelo. Aunque no todas las teorías que recurren a homúnculos merecen ser rechazadas, generalmente los razonamientos del homúnculo suelen ser falaces, sobre todo si se les atribuye a los hombrecillos la realización de tareas complejas. En la psicología y la filosofía de la mente los razonamientos del homúnculo son extremadamente útiles para detectar los puntos en los que las teorías sobre la mente fallan o son incompletas.
Los razonamientos del homúnculo son frecuentes en la teoría de la visión. Considere a una persona viendo una película. Ésta ve las imágenes como algo ajeno a ella, proyectado en una pantalla. ¿Cómo puede ocurrir esto? Una teoría simple podría proponer que la luz de la pantalla forma una imagen en las retinas de los ojos y que algo en el cerebro la ve como si estuviesen en la pantalla. El razonamiento del homúnculo indica que esto no es una explicación completa porque todo lo que propone es situar a una nueva persona u homúnculo detrás del ojo, mirando a la retina. Una teoría más sofisticada podría proponer que las imágenes en las retinas son transmitidas al córtex visual donde son procesadas. De nuevo, esto no puede ser una explicación completa porque todo lo que propone es situar al homúnculo en el cerebro, tras el córtex. En la teoría de la visión el razonamiento del homúnculo invalida las teorías que no explican la «proyección», la experiencia que separa el punto de vista de las cosas que se ven. (Adaptado de Gregory, 1987/1990.)
Un razonamiento del homúnculo debe formularse de tal forma que la conclusión sea siempre que si se necesita un homúnculo, entonces la teoría está equivocada. Al fin y al cabo, los homúnculos no existen.
Muy pocas personas propondrían que realmente hay un hombrecillo en el cerebro examinando la actividad cerebral. Sin embargo, estas propuestas se han hecho, como en las teorías del «hombre de paja
» sobre la mente. Gilbert Ryle (1949) propuso que la mente humana se reconoce por sus actos inteligentes (véase la regresión de Ryle). Ryle arguyó que si hay un ser interior dentro del cerebro que dirigiera sus propios pensamientos entonces esto llevaría a un ciclo repetitivo absurdo o regresión antes de que un pensamiento pudiera darse:
Según la leyenda, cada vez que un agente hace algo inteligente, su acto va precedido y es dirigido por otro acto interno de considerar una proposición regulativa apropiada a su problema práctico.
[...] Debemos afirmar entonces que para las reflexiones [del agente] sobre cómo actuar inteligentemente, ¿éste debe primero reflexionar sobre cómo reflexionar correctamente sobre cómo actuar? La infinitud de esta regresión implícita muestra que la aplicación de la adecuabilidad no supone la ocurrencia de un proceso de contemplación de este criterio.
El razonamiento del homúnculo y el argumento de la regresión suelen ser considerados iguales pero no es así. El razonamiento del homúnculo afirma que si se necesita un hombrecillo para completar una teoría entonces ésta es errónea. El argumento de la regresión afirma que un agente inteligente necesitaría pensar antes de poder tener un pensamiento.
Si el razonamiento del homúnculo se aplica al problema del agente inteligente se obtiene un resultado sutilmente diferente del argumento de la regresión. El razonamiento del homúnculo aplicado a la teoría de Ryle sería expresado en términos de si la cualidad mental de «reflexionar sobre cosas internamente» puede ser explicada por la teoría de que la mente consiste en «actos inteligentes» sin la necesidad de un homúnculo. La respuesta, proporcionada por la propia lógica de Ryle, es que la reflexión interna necesitaría al homúnculo para evitar que se convirtiera en una regresión infinita. Por tanto con estas suposiciones el razonamiento del homúnculo no apoya la teoría de que la mente se deba completamente a los actos inteligentes.
El ejemplo de la teoría de Ryle demuestra otro aspecto del razonamiento del homúnculo en el que es posible atribuir a la mente diversas propiedades tales como una «reflexión interna» que no son universalmente aceptadas y usarlas argumentativamente para declarar que una teoría sobre la mente no es válida.


Referencias culturales


Literatura

Los homúnculos aparecen en la literatura durante varios siglos:
  • En La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy de Laurence Stern (volumen I, capítulo II) hay una referencia al homúnculo: «[...] los espíritus animales, cuya responsabilidad era escoltar e ir mano a mano con el homúnculo y guiarlo seguro hasta el lugar designado para su recepción.»
  • En El péndulo de Foucault de Umberto Eco hay varias referencias a los homúnculos, especialmente detalladas en el capítulo que trata sobre los ritos druídicos llevados a cabo en una fiesta en el castillo de un rico rosacruciano. Tras efectuar una serie de actos ocultos sensualmente estimulantes para una pequeña audiencia, varios homúnculos parecen ser creados, siendo incapaz de decidir el protagonista Casaubon si son de cera o auténticos.
  • En la segunda parte de Fausto-
  • , el dramaturgo alemán Goethe hace que el famoso mago cree un homúnculo, quien mantiene entonces largas convesaciones con su creador y conMefistófeles.
  • En su estudio original sobre la novela de la inglesa Mary Shelley Frankenstein, el Profesor Radu Florescu señala que el padre de Shelley, William Godwin, y su marido, Percy Bysshe Shelley, estaban bastante familiarizado con la vida y obra de alquimistas como Paracelso y otros. Florescu también sugiere que Johann Conrad Dippel, un alquimista nacido en el Castillo Frankenstein de quien cree que puede haber sido la inspiración para el Doctor Frankenstein, fue un estudiante del Doctor David Christianus.
  • El escritor alemán de terror Hanns Heinz Ewers usó la receta de la mandrágora para crear un homúnculo como inspiración para su novela de 1911 Alraune, en la que una prostituta queda embarazada del semen de un asesino ahorcado para crear una mujer desprovista de moral y conciencia. Se ha hecho varias adaptaciones cinematográficas de Alraune a lo largo de los años, siendo la más reciente de Erich von Stroheim en 1952. La película de 1995 Species también parece inspirarse en parte en esta variante de la leyenda del homúnculo.
  • En la obra de 1908 del novelista inglés W. Somerset Maugham El mago, Oliver Haddo, un personaje basado en el ocultista británico Aleister Crowley, está obsesionado con la creación del homúnculo.
  • El autor estadounidense David H. Kellner escribió dos obras en la que aparecen homúnculos. Una era una historia corta, Un homúnculo del siglo XX, publicada en Amazing Stories en 1930, que describía la creación de homúnculos a escala industrial por parte de una pareja de misóginos. En la otra, una novela titulada El homúnculo, publicada en 1949 por Prime Press de Filadelfia, el coronel retirado Horatio Bumble creaba dicho ser.


Cine y televisión

  • El homúnculo también ha sido un tema popular en las películas desde hace tiempo, empezando con la serie alemana de 1916 de seis episodios Homunculus.
  • En la película de terror clásica La novia de Frankenstein el viejo profesor del Doctor Frankenstein, el Doctor Praetorius, le enseña sus propias creaciones, una serie de diminutos humanoides conservados en tarros, incluyendo un obispo, un rey, una reina, una bailarina, una sirena y un diablo. Se da claramente a entender que éstos son tipos de homúnculos, basados en las criaturas descritas en Esfinge de Emil Besitzny y en Vida de Paracelso de Franz Hartmann.
  • En la película estadounidense El viaje fantástico de Simbad (1974) el homúnculo es retratado como una criatura alada en miniatura parecida a una gárgola, que resulta ser la némesis de Simbad.
  • En diversas obras de fantasía y ciencia ficción, el término «homúnculo» describe a cualquier humano o criatura humana o humanoide creada por el hombre mediante alquimia o magia.
  • En la historia de Full Metal Alchemist,en su versión anime, un homúnculo es el resultado de una transmutación humana fallida (intentar revivir a un muerto sin éxito). En la segunda adaptación del manga Full Metal Alchemist: Brotherhood, se da a entender que el primer homúnculo fue creado por el maestro y dueño del padre de los hermanos Elric, quien no tenia nombre en esa época ya que era un esclavo; y fue el homúnculo quien le da el nombre Van Hohenheim; es una especie de representación de el Fausto de Goethe; ya que muestran al homúnculo dentro de una botella y al aprendiz hablando con él, tal como esta en la obra; luego de que entablan una amistad el homúnculo y Van Hohenheim este aniquila a todo el pueblo de Xerxes para crearse un nuevo contenedor y volver a Van Hohenheim en la piedra filosofal; el nuevo envase de Homúnculo es una replica del cuerpo de Van Hohenheim, y cambia su nombre a Padre.
  • En un episodio de Humanoid Monster Bem, aparecen dos homúnculos que a los 5 años de vida mueren. También, en éste anime se menciona que los 3 monstruos fueron creados con alquimia
  • También en la serie de televisión Los padrinos mágicos(The Fairly OddParents)aparecen una serie de hombrecitos pequeños que supuestamente controlan el cerebro y los sentimientos humanos.
  • En la serie de televisión "The Big Bang Theory", Sheldon llama a Leonard homúnculo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

La Leyenda De San Julian El Hospitalario







La Leyenda De San Julian El Hospitalario
Gustave Flaubert




I

Los padres de Julián vivían en un castillo rodeado de bosques, en la ladera de una colina. Las cuatro torres de las esquinas remataban en techumbres puntiagudas cubiertas de escamas de plomo y la base de los muros se apoyaban en bloques de rocas que se despeñaban abruptamente hasta el fondo de los fosos.
El pavimento de los patios era regular como el enlosado de una iglesia. Largas gárgolas, figurando dragones con las fauces inclinadas hacia abajo, escupían hacía la cisterna el agua de las lluvias. Y en el resalto de las ventanas de todos los pisos crecía en un tiesto de barro pintado una albahaca o un heliotropo.
Un segundo cercado, hecho de estacas, protegía en primer lugar una huerta de árboles frutales, luego un cuadro donde las flores se combinaban formando cifras, después una enramada con glorietas para tomar el fresco, y un juego de mallo que servía para entretenimiento de los pajes. Al otro lado estaban la porqueriza, los establos, el horno de cocer el pan, el lagar y los graneros. En todo el contorno prosperaba un verde pastizal, cerrado por un seto de espinos. Se vivía en paz desde hacía tanto tiempo, que ya no se bajaba el rastrillo; los fosos estaban llenos de agua; las golondrinas hacían sus nidos en las hendiduras de las almenas; y el arquero, que se pasaba el día paseando por la cortina, en cuanto el sol pegaba demasiado, se metía en la atalaya y se quedaba dormido como un fraile.
En el interior, relucían los herrajes por doquier; en los aposentos, los tapices protegían del frío; y los armarios estaban rebosantes de ropa blanca, se apilaban en las bodegas los toneles de vino, las arcas de roble reventaban bajo el peso de los sacos de dinero.
En la sala de armas, entre estandartes y cabezas de animales feroces, se veían armas de todos los tiempos y de todos los países, desde las hondas de los amalecitas y los venablos de los garamantas hasta los chafarotes de los sarracenos y las cotas de mallas de los normandos.
En el gran asador de la cocina se podía ensartar un buey; la capilla era tan suntuosa como el oratorio de un monarca. Hasta había, en un lugar apartado, un baño a la romana; pero el buen caballero del castillo no lo usaba, porque le parecía cosa de idólatras.
Envuelto siempre en una pelliza de zorro, se paseaba por su casa, administraba la justicia en los litigios de sus vasallos, mediaba en las querellas de sus vecinos. En invierno, miraba caer los copos de nieve o hacía que le leyeran historias. Nada más comenzar el buen tiempo, se iba en su mula por las pequeñas veredas, a orillas de los trigales que verdeaban ya, y charlaba con los labriegos, dándoles consejos. Al cabo de muchas aventuras, había tomado por esposa a una doncella de alto linaje.
Era muy blanca, un poco altiva y seria. Los picos de su capirote rozaban el dintel de las puertas; la cola de su vestido de paño arrastraba tres pasos detrás de ella. Llevaba el gobierno de la casa como el de un monasterio; cada mañana distribuía el trabajo a los criados, vigilaba las mermeladas y los ungüentos, hilaba en la rueca o bordaba manteles de altar. A fuerza de rogar a Dios, le nació un hijo.
Su advenimiento se celebró con grandes festejos y con una comida que duró tres días y cuatro noches, con iluminación de antorchas, al son de las arpas y sobre alfombras de hojas. Se sirvieron las más raras especias, con gallinas grandes como corderos; por juego, de un pastel surgió un enano; y las escudillas no bastaban ya, pues la multitud aumentaba sin cesar, y hubo que beber en los olifantes y en los yelmos.
La recién parida no asistió a estas fiestas. Estaba tranquilamente en su lecho. Una noche se despertó y, bajo un rayo de luna que entraba por la ventana, vislumbró un anciano en hábito de sayal, rosario al costado, morral al hombro y toda la traza de un eremita.
--¡ Albricias, oh madre, tu hijo será un santo!
La señora iba a gritar; pero el monje, pisando los rayos de la luna, ascendió suavemente en el aire y desapareció. Los cantos del banquete se elevaron más alto. La madre oyó las voces de los ángeles; y reclinó la cabeza en la almohada, sobre la cual se destacaba un hueso de mártir en un marco de carbunclos.
Al día siguiente, todos los criados a quienes preguntaron declararon que no habían visto al eremita.
Sueño o realidad, aquello tenía que ser un mensaje del cielo; mas la señora se guardó muy bien de decir nada. por miedo de que la acusaran de orgullo.
Los convidados se fueron al amanecer; y el padre de Julián estaba fuera de la poterna, adonde acababa de acompañar al último, cuando, de pronto, surgió ante él, en la niebla un mendigo.
Era un bohemio de barba trenzada, con aros de plata en ambos brazos y ojos centelleantes. Con expresión de iluminado, balbució estas palabras incoherentes:
--¡Ah, ah!, ¡tu hijo!... ¡mucha sangre!... ¡mucha gloria!... ¡siempre bienaventurado!... la familia de un emperador.
Y, agachándose para recoger la limosna, se perdió entre la hierba, se esfumó.
El buen caballero miró a uno y a otro lado, llamó cuanto pudo. ¡Nadie! Silbaba el viento, se llevaba las brumas mañaneras.
El caballero atribuyó aquella (visión al cansancio de su cabeza por haber dormido tan poco. «Si hablo de esto, se reirán de mí», pensó. Sin embargo, los esplendores destinados a su hijo le deslumbraban, aunque la promesa no fuese clara y hasta dudara de haberla oído.
Los esposos se guardaron mutuamente su secreto. Pero los dos querían al hijo con parejo amor; y como le respetaban como a elegido de Dios, prodigaron a su persona atenciones sin tasa. Sobre su cuna, blando el colchón de finísima pluma, ardía permanentemente una lámpara en forma de paloma; tres nodrizas le mecían y, bien fajado en sus pañales, rosadita la cara y azules los ojos, con su manto de brocado y su gorro recamado de perlas, parecía un niño Jesús. Le salieron los dientes sin que llorase ni una vez.
Cuando cumplió siete años, la madre le enseñó a cantar. Para hacerle valeroso, el padre le encaramó en un caballo grande. El niño sonreía de satisfacción y no tardó en saber cuanto saber debían los destreros.
Un fraile anciano, muy docto, le enseñó las Sagradas Escrituras, la numeración de los árabes, las letras latinas y a hacer unas pinturas muy graciosas en pergamino. Trabajaban juntos, en lo alto de una torre, resguardados del ruido. Terminada la lección, bajaban al jardín, donde, andando paso a paso, estudiaban las flores.
A veces vislumbraban, caminando por el fondo del valle, una reata de bestias de carga conducidas por un peatón ataviado a la oriental. El señor del castillo veía que era un mercader y mandaba a su encuentro a un criado. El forastero recibía confiado la llamada, se desviaba de su camino e, introducido en el locutorio, sacaba de sus baúles piezas de terciopelo y de seda, orfebrerías, perfumes, cosas extrañas de uso desconocido; y el buen hombre se iba con una sustanciosa ganancia y sin haber sufrido violencia alguna. Otras veces llamaba a la puerta una caravana de peregrinos. Sus hábitos, mojados humeaban en el atrio; y, una vez saciada el hambre, contaban sus viajes: las naves extraviadas en la mar bravía, las caminatas a pie por las arenas que abrasaban, la ferocidad de los paganos, las cavernas de Siria, el Belén y el Sepulcro. Después regalaban al mancebo conchas de sus esclavinas.
Frecuentemente, el señor del castillo festejaba a sus antiguos caballeros de armas. Mientras bebían, recordaban sus guerras, los asaltos a las fortalezas con el batir de las catapultas, las heridas prodigiosas. Julián, que los escuchaba, se ponía a gritar, y su padre no dudaba que el mancebo iba a ser un conquistador. Mas al anochecer, al salir del Ángelus, cuando pasaba entre los mendicantes inclinados, echaba mano a su escarcela con tanta modestia y tan noble continente, que su madre esperaba firmemente verle llegar a arzobispo.
Tenía su sitio en la capilla al lado de sus padres y, por largos que fueran los oficios, permanecía todo el tiempo de rodillas, el sombrero en el suelo y la manos juntas.
Un día, durante la misa, alzó la cabeza y percibió un ratoncillo blanco que salía de un agujero del muro El ratoncillo correteó por el primer escalón del altar y, después de dos o tres vueltas a la derecha y a la izquierda, se fue por donde había venido. Le perturbó la idea de que podía volver a ver al ratoncillo. Volvió; y todos los domingos le esperaba, y como esto le importunaba, cogió odio al ratoncillo y decidió acabar con él.
Cerró la puerta, sembró en los escalones las migajas de un pastel y se apostó delante del agujero con un palo en la mano.
Pasado mucho tiempo, asomó un hociquito rosado y luego el ratoncillo entero. Julián le asestó un ligero golpe y se quedó estupefacto ante aquel cuerpecillo que ya no se movía. Una gota de sangre maculaba la losa. Julián la limpió rápido con la manga, tiró afuera el ratoncillo y no dijo nada a nadie.
Toda suerte de pajarillos picoteaban los granos de la huerta. Imaginó meter guisantes en una caña hueca. Cuando oía gorjear en un árbol, se acercaba despacito, levantaba el tubo, inflaba los carrillos y los pájaros le llovían sobre los hombros en abundancia tal, que no podía menos de reír, satisfecho de su artimaña.

Una mañana, al volver por la cortina, vio en la cima de la muralla una paloma que se pavoneaba muy oronda al sol. Julián se paró a mirarla; como en aquel lugar la muralla tenía brecha, encontró una piedra, la cogió, balanceó el brazo y la piedra abatió a la paloma, que cayó redonda al foso.
Julián se precipitó hacia el fondo, rasguñándose con los matojos, huroneando por doquier, más ligero que un cachorro.
La paloma, con las alas rotas, palpitaba, suspendida en las ramas de una alheña.
La persistencia de su vida irritó al niño. Se puso a estrangularla; y las convulsiones del ave le hacían palpitar fuerte el corazón, le infundían una voluptuosidad salvaje y tumultuosa. En la rigidez postrera, el niño se sintió desfallecer.
Por la noche, durante la cena, el padre declaró que el muchacho estaba ya en edad de aprender la montería; y fue a buscar un viejo cuaderno de escritura que contenía, en preguntas y respuestas, todo lo referente a la caza. En este cuaderno, un maestro enseñaba a su discípulo el arte de adiestrar a los perros y de amaestrar a los halcones, de tender trampas, cómo reconocer el ciervo por sus cagarrutas, el zorro por su rastro, el lobo por la huella de sus garras, mejor manera de discernir sus rutas, cómo se los levanta, dónde se encuentran generalmente sus madrigueras, cuáles son los vientos más propicios, con la enumeración de las voces de los animales y las reglas de cebar a los perros.
Cuando Julián supo recitar de memoria todas estas cosas, su padre le formó una jauría.
En primer lugar se distinguían veinticuatro lebreles berberiscos, más veloces que las gacelas, pero propensos a enfurecerse; después diecisiete parejas de perros bretones, con manchas blancas sobre fondo rojo, infalibles en su crédito, fuertes de pecho y grandes aulladores. Para el ataque al jabalí y las escapadas peligrosas había cuarenta grifones, peludos como osos. Unos mastines de Tartaria, casi tan altos como asnos, color de fuego, largos de espinazo y derecho el corvejón, estaban destinados a perseguir a los uros. El pelaje negro de los podencos relucía como raso; el ladrido de los talbots no tenía nada que envidiar al de los bigles cantores. En un patio separado gruñían, sacudiendo la cadena y saltándoseles los ojos, ocho dogos alanos, animales formidables que saltan al vientre de los jinetes y no temen a los leones.
Todos comían pan de trigo, bebían en los pilones de piedra y tenían un nombre sonoro.
Quizá la halconería superaba a la jauría; el buen señor del castillo, a fuerza de dinero, se había agenciado terzuelos del Cáucaso, sacres de Babilonia, gerifaltes de Alemania y halcones peregrinos, capturados en los acantilados, en las costas de los mares fríos, en remotos países. Estaban en un cobertizo cubierto de bálago, y, atados a las perchas por orden de tamaño, tenían delante un terrón de césped, donde los posaban de vez en cuando para desentumecerlos.
Se confeccionaron morrales, anzuelos, trampas, toda clase de instrumentos.
Con frecuencia llevaban al campo perros de muestra, que levantaban en seguida la pieza. Entonces los monteros, avanzando paso a paso, lanzaban con precaución sobre sus cuerpos impasibles una inmensa red. Un montero los hacía ladrar; echaban a volar las codornices; y las damas de la comarca, invitadas con los maridos, los niños, las doncellas, todo el mundo se precipitaba sobre ellas y las cogían fácilmente.
Otras veces, para desencamar las liebres, se tocaba el tambor, caían los zorros en los fosos, o bien se disparaba un cepo y apresaba un lobo por la pata.
Pero Julián despreció estos cómodos artificios; prefería cazar lejos de la gente, con un caballo y su halcón. Este era casi siempre un gran tartaret de Escitia, blanco como la nieve. Su capuchón de cuero remataba en un penacho; en sus patas, azules, vibraban cascabeles de oro, y el halcón se sostenía firme sobre el brazo de su amo, mientras el caballo galopaba y se iban extendiendo las llanuras. Julián le desataba las correas y le soltaba de pronto; el animal, intrépido, ascendía en el aire derecho como una flecha; y se veían dos manchas que daban vueltas, se juntaban y luego desaparecían en las alturas del azur. No tardaba en bajar el halcón desgarrando algún pájaro, y tornaba a posarse sobre el guantelete, temblándole las alas.
Así cazó Julián la garza, el milano, la corneja y el buitre.
Le gustaba tocar la trompa y seguir a los perros que corrían por las laderas de las colinas, saltaban los riachuelos, subían hacia los bosques; y cuando el ciervo comenzaba a gemir bajo las dentelladas, le abatía préstamente y luego se deleitaba con la furia de los mastines que le devoraban, despedazado sobre su piel humeante.
Los días de bruma, se metía en las ciénagas para acechar a los gansos, a las nutrias, a los patos salvajes.
Tres escuderos le esperaban desde el alba al pie de la escalinata; y era en vano que el viejo fraile, asomándose a su tronera, le hiciera señas de llamada: Julián no miraba atrás. Caminaba al sol abrasador, bajo la lluvia, con la tormenta, bebía en el hueco de la mano el agua de los hontanares; comía, trotando, manzanas silvestres. Cuando estaba cansado, descansaba bajo un roble, y volvía a medianoche, cubierto de sangre y de barro, con espinas en el pelo y olor a bestias feroces. Llegó a ser como ellas. Cuando su madre le besaba, aceptaba fríamente su abrazo, como abstraído en pensamientos profundos.
Mató osos a cuchilladas, toros con el hacha, jabalíes con venablo; y hasta una vez que no tenía más que un palo se defendió con él contra unos lobos que estaban royendo cadáveres al pie de una horca.

Una mañana de invierno, salió antes del alba, bien equipado, con una ballesta al hombro y un manojo de flechas en el arzón de la silla.
Su caballo danés, seguido de dos pachones, caminando a paso cadencioso, hacía resonar el suelo. Se le colaban por el manto gotas de escarcha, soplaba un cierzo fuerte. Aclaró por un lado del horizonte; y, al claror del crepúsculo, vislumbró unos conejos dando saltitos al borde de sus madrigueras. Inmediatamente se lanzaron sobre ellos los dos pachones; y acá y allá les iban quebrando rápidamente el espinazo.
No tardó en internarse en un bosque. En la punta de una rama dormía un urogallo, entumecido por el frío, la cabeza bajo el ala. Julián, de un tajo de su espada, le segó las dos patas, y, sin recogerlo, siguió adelante.
Al cabo de tres horas se encontró en la cresta de una montaña tan alta, que el cielo parecía casi negro. Ante él se inclinaba sobre un precipicio una roca que parecía una larga muralla; y, en el extremo, dos machos cabríos salvajes miraban al abismo. Como no tenía las flechas (pues su caballo se había quedado atrás), se le ocurrió bajar hasta ellos; medio agachado, descalzo, se acercó al primero de los machos cabríos y le clavó un puñal debajo de las costillas. El segundo, aterrado, saltó al vació. Julián se lanzó a herirle y, resbalando con el pie derecho, cayó sobre el cadáver del otro, de cara al abismo y los brazos abiertos.
Volvió a bajar al llano y siguió andando entre sauces que bordeaban un río. De vez en cuando pasaban sobre su cabeza unas grullas volando muy bajo. Julián las abatía con el látigo, y no fallaba una.
Mientras tanto, el aire, más tibio, había fundido la escarcha, flotaban grandes jirones de vapor, y salió el sol. Vio relucir muy lejos un lago quieto que parecía plomo. En medio del lago había un animal que Julián no conocía, un castor de hocico negro. A pesar de la distancia, una flecha le abatió. A Julián le contristó no poder llevarse la piel.
Después se internó en una avenida de grandes árboles que, con sus copas, formaba como un arco de triunfo a la entrada de una selva. Saltó un corzo de un matorral, surgió un gamo en un claro, salió un tejón de una madriguera, un pavo real desplegó la cola sobre el césped; y cuando los hubo exterminado a todos, surgieron otros corzos, otros gamos, otros tejones, otros pavos reales, y mirlos, arrendajos, turones, zorros, erizos, linces, infinidad de animales, a cada paso más numerosos. Daban vueltas en torno a él, temblorosos, con una mirada llena de dulzura y de súplica. Pero Julián no se cansaba de matar, ora tendiendo el arco, ora desenvainando la espada o hiriendo con el cuchillo, y no pensaba en nada, no se acordaba de nada. Estaba cazando en un país cualquiera, desde un tiempo indeterminado, por el sólo hecho de su propia existencia, realizándose todo con la facilidad que se experimenta en los sueños. Le detuvo un espectáculo extraordinario. Un valle en forma de circo estaba lleno de ciervos; y amontonados unos junto a otros, se calentaban con sus hálitos, que se veían humear en la niebla. Durante unos minutos, la perspectiva de carnicería tal le enloqueció de placer. En seguida se apeó del caballo, se remangó y se puso a tirar.
Al silbido de la primera flecha, todos los ciervos a la vez volvieron la cabeza. Se hicieron huecos en su masa; se oyeron bramidos lastimeros y un gran movimiento agitó el rebaño.
El resalto del valle era demasiado alto para franquearlo. Los ciervos se abalanzaban al cercado, tratando de escapar. Julián apuntaba, disparaba, y las flechas caían como los rayos de una lluvia de tormenta. Los ciervos, enfurecidos, se peleaban, enloquecían, se montaban unos sobre otros; y sus cuerpos, con las cornamentas trabadas unas con otras, formaban un gran montículo, que se derrumbaba al desplazarse.
Por fin murieron, echados sobre la arena, la baba en los belfos, las entrañas al aire y la curva de los vientres hundiéndose poco a poco. Hasta que todo quedó inmóvil.
Anochecía; detrás de los bosques, entre árbol y árbol, el cielo estaba rojo como un charco de sangre.
Julián se apoyó en un árbol. Contemplaba pasmado la enormidad de la matanza, sin saber cómo había podido hacerla.
Al otro lado del valle, en la linde del bosque, divisó un ciervo, una cierva y su cervatillo.
El ciervo, que era negro y de un tamaño monstruoso, tenía una cornamenta de dieciséis puntas y una barba blanca. La cierva, rubia como las hojas muertas, estaba paciendo la hierba, y el cervatillo, moteado, andaba agarrado a la ubre sin interrumpir a la madre en su marcha.
Zumbó una vez más el venablo. Cayó primero el cervatillo, y la madre, mirando al cielo, bramó con voz profunda, desgarradora, humana. Julián, exasperado, la derribó de un flechazo en pleno pecho.
El enorme ciervo lo vio y dio un gran salto. Julián le disparó su última flecha. Se le clavó en la frente y se le quedó plantada en ella.
El enorme ciervo no parecía sentirla; saltando por encima de los muertos, seguía avanzando, iba a embestirle, a destrozarle; y Julián retrocedía con indecible espanto. El prodigioso animal se detuvo; y con los ojos llameantes, solemne como un patriarca y como un justiciero, mientras, muy lejos, sonaba una campana, repitió tres veces:
-¡Maldito, maldito, maldito! ¡Un día, corazón feroz asesinarás a tu padre y a tu madre!
Dobló las rodillas, cerró muy despacio los párpados y murió.
Julián se quedó estupefacto, luego abrumado por un cansancio súbito; y le invadió un gran hastió, una inmensa tristeza. Apretándose la frente con las manos, lloró mucho tiempo.
El caballo se había perdido, los perros le habían abandonado; la soledad que le rodeaba le pareció llena de peligros imprecisos. Y, movido por un arrebato de terror, echó a correr a través del campo, tomó al azar un sendero y, casi inmediatamente, se encontró a la puerta del castillo.
Aquella noche no durmió. Bajo la luz oscilante de la lámpara colgada del techo, veía siempre el enorme ciervo negro. Su predicción le obsesionaba, se debatía contra ella. « No, no, no, no puedo matarlos », y en seguida pensaba: « Si quisiera, ¿ por qué no ?...», y tenía miedo de que el diablo le inspirase el deseo de hacerlo.
La madre, angustiada, pasó tres meses rezando a la cabecera del hijo, y el padre, gimiendo, andaba y andaba sin parar por los corredores. Mandó a buscar a los embalsamadores más famosos, los cuales recetaron muchas drogas. La causa del mal de Julián, decían, era un viento funesto o un deseo de amor. Pero el mancebo negaba con la cabeza.
Recuperó las fuerzas, y le paseaban por el patio, sosteniéndole, cada uno por un brazo, el viejo fraile y el buen caballero.
Ya restablecido, se obstinó en no cazar.
Su padre, en su afán de alegrarlo, le regaló una gran espada sarracena.
Estaba en lo alto de un pilar, en una panoplia. Para cogerla, hubo necesidad de una escalera de mano. Julián subió. La espada, demasiado pesada, se le escapó de las manos, y al caer rozó al caballero tan cerca que le cortó la hopalanda; Julián creyó que había matado a su padre y se desmayó.
Desde entonces cogió miedo a las armas. Ver un acero desnudo le hacía palidecer. Esta flaqueza era una desolación para su familia.
El viejo fraile, en nombre de Dios, del honor y de los antepasados, acabó por ordenarle que reanudara sus ejercicios de caballero.
Los escuderos se entretenían todos los días en el manejo de la jabalina. Julián lo dominó en seguida. Metía la suya en el gollete de las botellas, rompía los dientes de las veletas, daba a cien pasos en los clavos de las puertas.
Una tarde de verano, a la hora en que la bruma impide distinguir las cosas, estando Julián en el emparrado de la huerta, divisó al fondo dos alas blancas que revoloteaban a la altura del espaldar. No dudó que era una cigüeña, y lanzó su venablo.
Se oyó un grito desgarrador.
Era su madre, cuyo gorro de largas cintas estaba clavado contra la pared.
Julián huyó del castillo y no volvió a aparecer.


II

Se enroló en una partida de aventureros que iban de paso.
Conoció el hambre, la sed, las calenturas y los piojos. Se acostumbró al estruendo de las refriegas, a la cara de los moribundos. El viento le tostó la piel. El contacto de las armaduras le endureció los miembros; y como era muy fuerte, valiente, mesurado, discreto, no tardaron en encomendarle el mando de una mesnada.
Al entrar en batalla, arrastraba a sus soldados con un gran movimiento de su espada. Por la noche, escalaba por una cuerda de nudos los muros de las ciudadelas, balanceado por el huracán, mientras las pavesas del fuego griego se pegaban a su coraza y chorreaban de las almenas la resina hirviendo y el plomo fundido. Más de una vez le partió el escudo una pedrada. Bajo él se hundieron puentes demasiado cargados de hombres Haciendo molinetes con sus armas, se desembarazó de catorce jinetes. Desafió, en campo cerrado, a todos los que se prestaron. Más de veinte veces le dieron por muerto.
Gracias al favor divino, se salvó siempre; pues amparaba a la gente de iglesia, a los huérfanos, a las viudas y principalmente a los ancianos. Cuando veía ante él a un mercader, le gritaba para verle la cara, como si temiera matarle por equivocación
Esclavos fugitivos, villanos insurrectos, bastardos sin fortuna, toda clase de intrépidos afluyeron bajo su bandera, y se formó un ejército.
Este ejército fue creciendo. Se hizo famoso. Era muy solicitado.
Sucesivamente, acudía en ayuda del delfín de Francia y del rey de Inglaterra, de los templarios de Jerusalén, del surena de los partos, del negus de Abisinia, del emperador de Calcuta. Combatió a escandinavos cubiertos de escamas de pescado, a negros provistos de rodelas de cuero de hipopótamo y a indios color de oro montados en asnos rojos y blandiendo por encima de sus diademas unos largos sables resplandecientes como espejos. Venció a los trogloditas y a los antropófagos. Atravesó regiones tan tórridas que, bajo el fuego del sol, las cabelleras se encendían por sí mismas, como antorchas; y otras que eran tan glaciales que los brazos se desprendían de los cuerpos y caían al suelo; y países en los que había tanta niebla que la gente andaba por ellos como fantasmas.

Repúblicas en conflicto le consultaron. En entrevistas con embajadores obtenía ventajas inesperadas. Si un monarca se conducía muy mal, Julián llegaba de pronto y le amonestaba. Liberó pueblos. Libertó a reinas encerradas en torres. El y no otro fue quien mató a la sierpe de Milán y al dragón de Oberbirbach.
El emperador de Occitania, vencedor de los musulmanes españoles, había tomado como barragana a la hija del califa de Córdoba y de ella le quedó una niña, a la que educó cristianamente. Pero el califa, fingiendo que quería convertirse fue hasta el emperador acompañado de numerosa escolta, mató a toda la guarnición y le encerró en lo más profundo
de un calabozo, donde le trataba con extremada dureza para sacarle tesoros.
Julián acudió a socorrerle, destruyó el ejército de los infieles, puso sitio a la ciudad, mató al califa, le cortó la Cabeza y la lanzó como una piedra por encima de la muralla. Después sacó al emperador de su prisión y le restauró en su trono, en presencia de toda la corte.
En premio a tan gran servicio, el emperador le ofreció canastas llenas de dinero; Julián lo rehusó. Creyendo que quería más, le brindó las tres cuartas partes de sus riquezas; las rechazó también; después le propuso compartir su reino; Julián tampoco lo aceptó; el emperador lloraba de impotencia, sin saber cómo testimoniar su gratitud, cuando, de pronto, se dio un golpe en la frente y dijo algo al oído a un cortesano; se alzaron las cortinas de una tapicería y apareció una doncella.
Sus grandes ojos negros brillaban como dos lámparas muy tenues. Una sonrisa encantadora le entreabría los labios. Los bucles de su cabellera se enredaban en las piedras preciosas de su túnica entreabierta, y bajo la transparencia de las gasas se adivinaba la lozanía de su cuerpo. Era bonita y entradita en carnes, pero grácil de talle.

Julián se quedó deslumbrado de amor, un amor en su plena fuerza, porque Julián había llevado hasta entonces una vida muy casta.

Y recibió en matrimonio a la hija del emperador, con un castillo que había heredado de su madre; terminadas las bodas, se despidieron, con infinitas cortesías por ambas partes.

Era un palacio de mármol blanco, en la cima de un promontorio, rodeado de un bosque de naranjos. Terraplenes de flores descendían hasta la ribera de un golfo, donde crujían bajo los pies las conchas.

Detrás del castillo se extendía una fronda en forma de abanico. El cielo estaba siempre azul y los árboles se inclinaban alternativamente bajo la brisa del mar y bajo el viento de las montañas que cerraban a lo lejos el horizonte.

Las incrustaciones de los muros iluminaban la penumbra de los aposentos. Columnillas delgadas como cañas sostenían las cúpulas, decoradas de relieves que imitaban las estalactitas de las grutas.
Había surtidores en las salas, mosaicos en los patios, tabiques festoneados, mil refinamientos de arquitectura, y en todas las estancias reinaba tal silencio que se oía el roce de una echarpe o el aura de un suspiro.
Julián ya no guerreaba. Descansaba rodeado de un pueblo tranquilo; y cada día desfilaba ante él una multitud, con genuflexiones y besamanos a la oriental.
Vestido de púrpura, permanecía apoyado de codos en el alféizar de una ventana, recordando sus cacerías de antaño; y le hubiera gustado correr por el desierto persiguiendo gacelas y avestruces, esconderse entre los bambúes al acecho de los leopardos, atravesar selvas llenas de rinocerontes, llegar a la cumbre de los más inaccesibles montes para apuntar mejor a las águilas, y combatir en los témpanos del mar a los osos blancos.
A veces, en un sueño, se veía como nuestro padre Adán en medio del paraíso, entre todos los animales; extendiendo el brazo, los derribaba; o bien desfilaban de dos en dos, por orden de tamaños, desde los elefantes y los leones hasta los armiños y los patos, como el día que entraron en el arca de Noé. En la sombra de una caverna, disparaba sobre ellos sus infalibles venablos; llegaban otros; aquello no terminaba; y se despertaba, y los ojos se le salían, feroces, de las órbitas.
Príncipes amigos le invitaban a cazar. Se negó siempre, creyendo que con esta especie de penitencia apartaría su desgracia; pues le parecía que de la matanza de los animales dependía la suerte de sus padres. Pero sufría de no verlos, y este otro deseo iba siendo insoportable.
Su esposa, para divertirle, mandó a buscar juglares y danzarinas.
Paseaba con él por el campo en litera abierta; otras veces, inclinados sobre la borda de una chalupa, miraban los peces vagabundeando en el agua, clara como el cielo. A menudo le tiraba flores a la cara; echada a sus pies, sacaba melodías de una mandolina de tres cuerdas; después, posándole en el hombro las dos manos unidas, decíale con voz tímida:
«¿Qué tienes, amado señor mío?»

Julián no contestaba, o rompía a sollozar; por fin, un día, le confesó su horrible pensamiento.
La esposa le rebatió con muy buenas razones: probablemente, sus padres habían muerto ya, y si alguna vez volviera a verlos, ¿por qué azar, con qué fin, podía llegar él a tal abominación? Luego su temor era infundado, y debía volver a cazar.
Julián sonreía escuchándola, mas no se decidía a satisfacer su deseo.
Una noche del mes de agosto estaban en su habitación; la esposa acababa de acostarse y Julián se disponía a arrodillarse para la oración, cuando oyó un gañido de un zorro y en seguida unos pasos ligeros bajo la ventana; y entrevió en la sombra como apariencias de animales. La tentación era demasiado fuerte; descolgó la aljaba.
La esposa se sorprendió.
-¡Es por obedecerte! -dijo. Al amanecer estaré de vuelta.
Sin embargo, la esposa temía una aventura funesta.
Julián la tranquilizó y en seguida salió, extrañado de la inconsecuencia de su humor.
Al poco tiempo llegó un paje a anunciar que dos desconocidos, en vista de la ausencia del señor, pretendían ver inmediatamente a la señora.
Y al cabo de un momento entraron en la estancia un anciano y una anciana, encorvados, polvorientos, vestidos de ordinario lienzo y apoyándose en sendos cayados.
Declararon, muy enardecidos, que traían a Julián noticias de sus padres.
La señora se inclinó para escucharlos.
Pero, después de cruzar entre ellos una mirada de connivencia, preguntaron a la señora si Julián amaba todavía a sus padres, si hablaba de ellos.
-¡Oh, sí! -les contestó.
Entonces, los ancianos exclamaron:
-¡Pues bien, somos nosotros! -y se sentaron, porque estaban muy cansados y muertos de fatiga.
La señora no tenía ninguna seguridad de que su esposo fuera hijo de aquellos dos ancianos.
Se lo demostraron describiendo ciertas señales
La señora saltó de la cama, llamó al paje y les sirvieron de comer. Aunque tenían mucha hambre, no podían comer nada; y la señora observaba de lejos cómo les temblaban las sarmentosas manos al coger los cubiletes.
Le hicieron preguntas sobre Julián. Contestó a todas, pero se cuidó muy bien de decirles la fúnebre idea que les concernía.
Como no volvía, partieron de su castillo, y llevaban varios años caminando, siguiendo vagas indicaciones, sin perder la esperanza. Habían gastado tanto dinero en peajes de ríos y en posadas, en derechos de príncipes y en exigencias de ladrones, que se quedaron con la bolsa vacía y ahora mendigaban.
¿Qué importaba, si en seguida iban a abrazar a su hijo? Ponderaban su suerte, pues que había encontrado esposa tan gentil. Y no se cansaban de contemplarla y de besarla.
La suntuosidad del aposento les causó gran asombro; y el anciano, contemplando los muros, preguntó por qué figuraba en ellos el blasón del emperador de Occitania.
La señora explicó:
-¡Es mi padre!
El anciano se estremeció, recordando la profecía del bohemio; y la anciana pensaba en las palabras del ermitaño. Seguramente la gloria de su hijo no era más que la aurora de los esplendores eternos; y los dos permanecían boquiabiertos, bajo la luz del candelabro que alumbraba la mesa.
Debían de haber sido muy hermosos de jóvenes.
La madre conservaba todavía toda la cabellera, cuyas sedosas crenchas, blancas como la nieve, le llegaban hasta más abajo de las mejillas; y el padre, con su alta estatura y su luenga barba, parecía una estatua de iglesia.
La esposa de Julián los indujo a no esperarle. Ella misma los acostó en su propio lecho; luego cerró la ventana. Se durmieron. Apuntaba el alba, y, detrás del cristal, empezaban a cantar los pajarillos.
Julián había atravesado el parque y caminaba por el bosque con paso nervioso, gozando de la blandura del césped y de la suavidad del aire.
Se proyectaba sobre el musgo la sombra de los árboles. De vez en cuando la luna ponía unas manchas blancas en el suelo desnudo, y Julián, creyendo ver un charco de agua, se paraba, o bien la superficie de las charcas quietas se confundía con el color de la hierba. Reinaba un gran silencio; y Julián no descubría ninguno de los animales que, pocos minutos antes, erraban en torno a su castillo.
El bosque iba siendo cada vez más espeso, más profunda la oscuridad. Pasaban bocanadas de aire cálido, impregnadas de olores enervantes.
Julián se hundía en los montones de hojas muertas, y se apoyó contra un roble para tomar aliento.

De pronto saltó detrás de él una masa más negra, un Jabalí.

A Julián no le dio tiempo para empuñar el arco, y esto le acongojo como una desgracia.

Después, ya fuera del bosque, vio un lobo que corría a lo largo de un seto.

Julián le disparó una flecha. El lobo se paró volvió la cabeza para mirarle y reanudó su carrera Trotaba guardando siempre la misma distancia, se paraba de vez en cuando, y, en cuanto le apuntaba, echaba a correr de nuevo.

Julián recorrió de esta manera una llanada interminable, después montículos de arena, hasta que se encontró en un altozano que dominaba un gran espacio de la comarca. Lozas dispersas entre panteones en ruinas. Tropezaba con los huesos de los muertos; algunas cruces carcomidas, inclinadas con lamentable traza. Pero en la sombra indecisa de las tumbas, movieron se unas formas; y surgieron unas hienas, sorprendidas, vacilantes. Tamborileando las garras contra las losas, acercáronse a Julián y le olisqueaban, con un bostezo que enseñaba las encías. Desenvainó el sable. Las hienas se alejaron a la vez en todas direcciones, y continuando su galope cojitranco y precipitado, perdiéronse a lo lejos bajo una nube de polvo.

Transcurrida una hora, encontró en un barranco un toro furioso; cuernos en ristre y escarba o en la arena con la pezuña. Julián le asestó un lanzazo debajo de la papada. La lanza se partió como si el animal fuera de bronce; Julián cerró los ojos, esperando la muerte. Cuando los abrió, el toro había desaparecido.

Entonces, de vergüenza, se le derrumbó el alma.

Un poder superior destruía su fuerza; y retrocedió al bosque para volver a casa.
Los bejucos le estorbaban el paso; los estaba cortando con el sable, cuando una garduña se le metió de repente entre las piernas, le saltó por encima del hombro una pantera, una serpiente reptó en espiral por el tronco de un fresno.
En las ramas del fresno había una corneja monstruosa que miraba a Julián; y acá y allá surgían entre el follaje grandes fulgores, como si llovieran sobre el bosque todas las estrellas del firmamento. Eran ojos de animales, de gatos monteses, de ardillas, de búhos, de loros, de monos.
Julián les disparó sus flechas, y las flechas, con sus plumas, se posaban en las hojas como mariposas blancas. Les tiró piedras, y las piedras, sin tocar nada, volvían al suelo. Se maldijo, hubiera querido darse de puñetazos, vociferó imprecaciones, le ahogaba la ira.
Y todos los animales que él había perseguido reaparecieron, le rodearon en estrecho círculo, sentados unos sobre la grupa, otros de pie, en toda su estatura. El en el centro, helado de terror, incapaz del menor movimiento. Con un supremo esfuerzo de voluntad, avanzó un paso. Los que estaban en los árboles abrieron las alas, los que pisaban el suelo echaban a andar; y todos le acompañaban.
Las hienas caminaban detrás de él, el toro, a su derecha, meneaba la cabeza, y, a su izquierda, la serpiente reptaba entre las matas, mientras la pantera, enarcando el lomo, avanzaba con paso tácito y a grandes zancadas. Julián avanzaba lo más despacio posible, para no irritarlos; y veía salir de las profundidades de los matorrales puerco espines, zorros, víboras, chacales y osos.

Julián echó a correr, el cortejo de animales corrió a su vez. El jabalí le rozaba los talones con sus colmillos, el lobo las palmas de las manos con su hocico. Los monos le pellizcaban haciendo muecas, la garduña se le enrollaba sobre los pies. Un oso le tiró con la pata el sombrero; y la pantera, desdeñosamente, dejó caer una flecha que llevaba en la boca.
Trascendía un algo irónico en sus actitudes burlonas. Mientras le observaban con el rabillo del ojo, parecían meditar un plan de venganza; y, ensordecido por el zumbar de los insectos, golpeado por coletazos de pájaros, sofocado por cálidos alientos, caminaba con los brazos hacia adelante y los ojos cerrados como un ciego, sin tener ni siquiera la fuerza de gritar: «¡Misericordia! «.
Vibró en el aire el canto de un gallo. Le contestaron otros; amanecía; y Julián reconoció, por encima de los naranjos, el caballete de su palacio.
Después, en la orilla de un campo vio, de tres en tres pasos, perdices rojas que revoloteaban entre las cañas. Se desabrochó la capa y la echó sobre ellas como una red. Cuando la levantó, encontró sólo una perdiz, y muerta desde hacía mucho tiempo, ya putrefacta.
Esta decepción le exasperó más que ninguna otra.
Volvió a dominarle el ansia de matar; no había animales y habría querido matar hombres.
Subió los tres terraplenes, hundió la puerta de un puñetazo; mas al pie de la escalera el recuerdo de su amada esposa le ablandó el corazón. Seguramente estaba durmiendo, y él iba a sorprenderla.
Se quitó las sandalias, giró despacio la cerradura y entró.
Las vidrieras emplomadas oscurecían la leve claridad del alba. A Julián se le enredaron los pies en unas vestiduras tiradas en el suelo; un poco más lejos, tropezó con un aparador lleno aún de vajilla. «Seguramente habrá comido», pensó; y avanzaba hacia el lecho, perdido en la tiniebla al fondo del aposento. Cuando llegó a tocarlo se inclinó para besar a su esposa sobre la almohada, donde descansaban las dos cabezas, muy cerca una de otra. Sintió contra la boca la impresión de una barba.
Retrocedió, creyendo enloquecer; mas volvió junto al lecho, y sus dedos palparon una cabellera muy larga. Para convencerse de su error, pasó despacio la mano sobre la almohada. ¡Esta vez era, bien seguro, una barba y un hombre! ¡Un hombre durmiendo con su mujer!
Presa de desmesurada furia, se arrojó sobre ellos a puñaladas; y pateaba, echaba espuma por la boca, con aullidos de fiera. Luego se quedó quieto. Los muertos, heridos en el corazón, no habían hecho el menor movimiento. Julián escuchaba atentamente los dos estertores casi iguales, y a medida que se iban amortiguando, otro, muy lejos, los proseguía. Insegura al principio, aquella voz plañidera, largamente emitida, se iba acercando, iba creciendo, hasta llegar a ser cruel; y Julián reconoció, aterrado, el bramido del gran ciervo negro.
Y, mirando hacia atrás, creyó ver en el hueco de la puerta el fantasma de su mujer, con una luz en la mano.
Venía atraída por el estrépito del exterminio. Abarcando el escenario de una ojeada, comprendió
lo ocurrido y, huyendo horrorizada, dejó caer la antorcha.
Julián la levantó.
Allí, ante él, yacían sus padres, tendidos sobre la espalda, con un agujero en el pecho; y sus rostros, de una dulzura majestuosa, parecían guardar un secreto eterno. En su pálida piel, en las sábanas del lecho, en el suelo, a lo largo del cuerpo de un cristo de marfil colgado a la cabecera, salpicaduras y charcos de sangre. El reflejo escarlata de la vidriera, en la que daba ya el sol, clareaba aquellas manchas rojas y proyectaba muchas más en todo el aposento. Julián se dirigió hacia los dos muertos diciéndose, queriendo creer que aquello no era posible, que se había equivocado, que a veces hay parecido inexplicables. Se inclinó ligeramente para ver de muy cerca al anciano, y entre sus ojos mal cerrados percibió una pupila extinta que le quemo como si fuera
fuego. Pasó al otro lado de la cama, adonde estaba el otro cuerpo, cuya cabellera blanca tapaba una parte del rostro. Julián le levantó con la mano las crenchas, le alzó la cabeza. Y la miraba, sosteniéndola con el extremo de su brazo doblado, mientras, antorcha en la otra mano, se alumbraba con ella. El colchón goteaba despacio sobre el suelo.

Al anochecer se presentó ante su esposa; y, con una voz diferente de la suya, comenzó por ordenarle que no le replicara, que no se le acercara, que dejara de mirarle, Y que tenía que cumplir, so pena de condenarse, todas sus órdenes, irrevocables.

Los funerales se harían siguiendo las instrucciones que él había dejado escritas en un reclinatorio de la estancia de los muertos. Le dejaba su palacio, sus vasallos, todos sus bienes, sin quedarse siquiera la vestidura de su cuerpo ni sus sandalias, que encontrarían en lo alto de la escalera.

Ella había obedecido a la voluntad de Dios dando ocasión a su crimen, y debía rogar por su alma, porque desde entonces el ya no existía.

Los muertos fueron enterrados con magnificencia en la iglesia de un monasterio a tres jornadas del castillo. Lejos de todos los demás, sin que nadie se atreviese a hablarle, seguía el cortejo un monje con la cogulla echada.
Pasó toda la misa tendido boca abajo en medio del atrio, con los brazos en cruz y la frente en el polvo.
Después de la inhumación, le vieron tomar el camino que conducía a las montañas. Miró atrás varias veces y acabó por desaparecer.




III

Se fue por el mundo mendigando el sustento.
Tendía la mano a los que cabalgaban por los caminos, con genuflexiones que se acercaban a las de los segadores, o bien se plantaba, inmóvil, ante los portillones de los patios; y era tan triste su cara que nunca le negaban la limosna.
Como acto de humildad. contaba su historia; y entonces le huían, haciendo la señal de la cruz. En los pueblos por los que ya había pasado, cerraban las puertas en cuanto le reconocían, le gritaban amenazas, le tiraban piedras. Los más caritativos posaban una escudilla en el borde de la ventana y echaban el tejadillo para no verle.
Arrojado de todas partes, evitó a los hombres; y se alimentó de raíces, de plantas, de frutos perdidos y de mariscos que buscaba por las playas.
A veces, en la ladera de un alcor, veía bajo sus ojos una confusión de tejados muy juntos, unas torres, unas calles negras que se entrecruzaban, y subía hasta él un zumbido continuo.
La necesidad de sumarse a la vida de los demás le hacía bajar a la ciudad. Más la pinta bestial de las caras, el ruido de los oficios, la indiferencia de las palabras le helaban el corazón. Los días de fiesta, cuando, desde el alba, el bordón de las catedrales ponía en algazara a todo el pueblo, miraba a los habitantes saliendo de sus casas, y después al baile en las plazuelas, y las fuentes de cerveza en las esquinas, y las colgaduras de damasco en los palacios de los príncipes, y, llegada la noche, por las cristaleras de la planta baja, las largas mesas de familia, en torno a las cuales los abuelos tenían a los niños sobre las rodillas; le ahogaba la congoja, y se volvía a los campos.
Contemplaba con arrebatos de amor a los potros en las praderas, a los pájaros en los nidos, a los insectos posados en las flores; y al acercarse él, todos corrían más lejos, se escondían asustados, echaban a volar.
Buscó las soledades. Pero el viento le traía al oído como estertores de agonía; las lágrimas del rocío cayendo al suelo le recordaban otras gotas más pesadas. Todos los atardeceres, el sol derramaba sangre en las nubes; y todas las noches se repetía, en sueños, su parricidio.
Se hizo un cilicio con puntas de hierro; subió de rodillas todas las colinas que tenían en la cima un santuario. Pero el implacable pensamiento oscurecía el esplendor de los tabernáculos, le torturaba a través de las maceraciones de la penitencia.
No se rebelaba contra Dios, que le había infligido aquella acción, y sin embargo se desesperaba por haberla cometido.
Su propia persona le inspiraba horror tal que, con la esperanza de liberarse de ella, se aventuraba en mil peligros. Salvó de incendios a los paralíticos, de precipicios a los niños. El abismo le rechazaba, las llamas le respetaban.
El tiempo no lenificó su tortura, era cada vez más intolerable. Decidió morir.

Y un día en que se encontraba al borde de un hontanar, se inclinó sobre el agua para calcular su profundidad y vio frente a él a un anciano esquelético, blanca la barba y tan lamentable el aspecto, que le fue imposible contener el llanto. El otro también lloraba. Julián, sin reconocer su propia imagen, recordaba confusamente un rostro parecido a aquél. Lanzó un grito; aquel hombre era su padre; y ya no pensó en matarse.
Llevando de esta suerte el peso de su recuerdo, recorrió muchos países. Y llegó junto a un río peligroso de atravesar porque era muy violenta su corriente y porque había en sus orillas gran extensión de limo. Hacía mucho tiempo que nadie se atrevía a pasarlo.
Más atrás, una vieja barca erguía su popa entre las cañas. Julián la inspeccionó y descubrió en ella un par de remos; se le ocurrió la idea de dedicar su vida al servicio del prójimo.
Comenzó por abrir en la orilla una especie de calzada que permitía bajar hasta el cauce; y se rompía las uñas removiendo unas piedras enormes, las apoyaba en el vientre para trasladarlas, resbalaba en el limo, se hundía en él, varias veces estuvo a punto de sucumbir.

Después reparó la barca con despojos de navíos, y se hizo una choza con barro y troncos de árboles.
Conocido el paso, fueron acudiendo los viajeros. Le llamaban de la orilla opuesta agitando banderas; Julián se apresuraba a saltar a la barca. Era muy pesada, y la sobrecargaban con toda clase de equipajes y de fardos, sin contar las bestias de carga, que coceando de miedo dificultaban más la travesía.
No pedía nada por su trabajo; a veces le daban restos de vituallas que sacaban del morral o prendas de vestir muy usadas que ellos ya no querían. Algunos bárbaros vomitaban blasfemias. Julián los amonestaba con dulzura y ellos le replicaban con insultos. El se contentaba con bendecirlos.

Una mesita, un escabel, un camastro de hojas secas y tres copas de barro: tal era todo su ajuar. A guisa de ventanas, dos huecos abiertos en la pared. Por un lado, se extendían hasta perderse de vista unas llanuras yermas en las que se destacaban de vez en cuando algunos pálidos charcos; y a sus pies corrían las aguas verdosas del gran río. En primavera, la tierra húmeda exhalaba un olor a podrido. Después un viento huracanado levantaba torbellinos de polvo. Un polvo que entraba en todas partes, que lo enfangaba todo, que crujía entre las encías. Un poco más tarde eran las nubes de mosquitos, cuyo agudo zumbido y cuyas picaduras no daban tregua de noche ni de día. Al poco tiempo sobrevenían unas heladas terribles que daban a las cosas la rigidez de la piedra y despertaban una necesidad de comer carne.
Pasaban meses sin que Julián viera un alma viviente. A menudo cerraba los ojos, tratando de rememorar su juventud. Y aparecía el patio de un castillo, con unos lebreles en una escalinata y, bajo un dosel de pámpanos, un adolescente de cabello rubio entre un anciano vestido de pieles y una dama con un gran capirote; de pronto surgían los dos cadáveres. Se tumbaba boca abajo en su camastro, y repetía entre sollozos:
« ¡Ah, pobre padre, pobre madre, pobre madre! »
Y caía en un sopor en el que persistían las lúgubres visiones.

Una noche, dormido, creyó oír que alguien le llamaba. Aguzó el oído y no oyó más que el retumbo del río. Pero la misma voz repitió: «¡Julián!» Parecía venir de la otra orilla, lo que le pareció extraordinario, por lo ancho que era el río. Llamaron por tercera vez: «¡Julián!»
Y aquella voz tan alta tenía son de campana de iglesia.
Encendió el farol y salió de la choza. Un furioso huracán reinaba en la noche. Acá y allá, la blanca espuma de la rompiente alborotada desgarraba la profunda tiniebla.
Después de un minuto de vacilación, Julián soltó la amarra. Y de pronto quedó tranquila el agua, deslizóse la barca sobre ella y arribó a la otra orilla, donde esperaba un hombre.
Estaba envuelto en harapos, el rostro como una máscara de yeso y los dos ojos más rojos que dos brasas. Julián acercó a él el farol y vio que estaba todo cubierto de una horrible lepra; sin embargo, había en su porte como una majestad de rey.
En cuanto el hombre aquel entró en la barca, hundióse ésta prodigiosamente, vencida por su peso; volvió a ascender por una sacudida, y Julián se puso a remar.
A cada golpe de remo, la resaca del oleaje la levantaba de proa. A uno y otro lado de la borda, corría, más negra que la tinta, el agua. Ahondaba abismos, levantaba montañas, y la chalupa saltaba sobre ellas, volvía a descender a las profundidades, y en las profundidades daba vueltas, bamboleada por el viento.
Julián arqueaba el cuerpo, abría los brazos y, afianzándose sobre los pies, se echaba hacia atrás con una torsión de la cintura, para acrecer su fuerza. El granizo le golpeaba las manos, la lluvia le corría por la espalda, la violencia del aire le cortaba el aliento. Se detuvo. Entonces la barca fue arrastrada a la deriva. Mas, comprendiendo que se trataba de algo trascendental, de una orden a la que no podía dejar de obedecer, volvió a coger los remos; y el crujir de los cálamos cortaba el clamor de la tempestad.
Alumbraba, delante, el pequeño farol. De vez en cuando lo tapaba el revolotear de unos pájaros. Mas Julián seguía viendo los ojos del leproso, que se sostenía de pie en la popa, inmóvil como una columna.
Y esto duró algún tiempo, ¡mucho tiempo!
Llegados a la choza, Julián cerró la puerta y le vio sentado en el escabel. La especie de sudario que le cubría había caído hasta las caderas; y los hombros, el pecho, los escuálidos brazos desaparecían bajo unas costras de pústulas escamosas. Arrugas profundísimas le surcaban la frente. Igual que un esqueleto, tenía un agujero en el lugar de la nariz; y sus labios, azulencos, emitían un aliento espeso como una niebla y nauseabundo.
-¡Tengo hambre! -dijo.
Julián le dio lo que tenía: un trozo de tocino seco y unas cortezas de pan negro.
Cuando lo hubo devorado, la mesa, la escudilla y el mango del cuchillo tenían las mismas manchas que se veían en el cuerpo del leproso.
Luego dijo:
-¡Tengo sed!
Julián fue a buscar su jarro; y al cogerlo salió de él un aroma que le henchía el corazón y las ventanas de la nariz. Era vino. ¡Qué hallazgo! Pero el leproso alargó el brazo y, de un trago, vació el jarro.
Julián, con la candela, encendió un montón de helechos en mitad de la choza.
El leproso se acerco a calentarse; y, en cuclillas, temblaba todo él, iba desfalleciendo; no le brillaban ya los ojos, le supuraban las úlceras, y, con voz casi inaudible, murmuró:
-¡Tu cama!
Julián le ayudó suavemente a llegar hasta ella, y hasta extendió sobre él, para abrigarle, la vela de su barca.
El leproso gemía. Por las comisuras de la boca se le veían los dientes, un estertor acelerado le agitaba el pecho, y a cada respiración se le hundía el vientre hasta las vértebras.
Después cerró los párpados.
-¡Tengo los huesos como de hielo ¡Ven a mi lado!
Y Julián, apartando la lona, se acostó a su lado sobre las hojas secas.
El leproso volvió la cabeza.
-¡Desnúdate para que yo reciba el calor de tu cuerpo!
Julián se quitó sus vestiduras; después, desnudo como vino al mundo, volvió a acostarse; sentía contra el muslo la piel del leproso, más fría que una serpiente y áspera como una lima.
Procuraba animarle; y el leproso respondía jadeante:
-¡Ah, voy a morir!... ¡Acércate más, caliéntame!
¡Con las manos no, con todo tu cuerpo!
Julián se tendió sobre él enteramente, boca con boca, pecho con pecho.
Entonces el leproso le abrazó; y sus ojos relucieron de pronto con una claridad de estrellas; se le alargaron los cabellos como rayos de sol; el hálito de su boca era dulce como aroma de rosas; una nube de incienso se elevó del hogar, y las olas cantaban. Un raudal de delicias, una alegría sobrehumana descendía como una inundación al alma de Julián extasiado; y aquel que con los brazos le estrechaba iba creciendo, tocando con la cabeza y con los pies las dos paredes de la cabaña. Voló el techo, se extendía el firmamento; y Julián ascendió hacia los espacios azules, cara a cara con Nuestro Señor Jesucristo, que le llevaba al cielo.

Y ésta es la historia de San Julián el Hospitalario, aproximadamente tal como se ve en una vidriera de iglesia de mi tierra.

FIN




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