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martes, 22 de octubre de 2013

Cantos De Amor Del Antiguo Egipto












ESCRITOS por los escribas hacia el 1.500 antes de nuestra era en papiros, fragmentos de caliza, vasos… Los Cantos de amor se recitaban en público en las calles, las tabernas y los campos, acompañados del arpa, el laúd, el tamboril o las palmas.

Las Inscripciones que hemos puesto a continuación son de fechas diversas.

La traducción no puede, evidentemente, ser literal. Una misma palabra se traduce de modo distinto según su contexto. No se conoce, por ejemplo, el significado de determinados nombres de flores, especias y vinos. Y si bien se sabe que estos cantos se recitaban o cantaban, se desconocen en cambio su metro y su melodía, dado que no sabemos vocalizar la escritura jeroglífica.

Nuestra edición consta de extractos de la traducción del profesor Siegfried Schott, Universidad de Göttingen (traducción francesa de Paule Krieger).



CANTOS DE AMOR DEL ANTIGUO EGIPTO


Primer canto

La única, la amada, la sin par,
la más bella del mundo,
mírala, parece el lucero del año nuevo,
en el umbral de una bella anualidad.

Aquella cuya gracia brilla, cuya piel resplandece,
tiene ojos de claro mirar,
y labios de dulce hablar.
Palabra superflua alguna, jamás le oirás pronunciar.
Ella, la del cuello largo, la del pecho luminoso,
posee una cabellera de lapislázuli hermoso.
Sus brazos sobrepasan el resplandor del oro,
Cada uno de sus dedos es como un cáliz de loto.

La de la cintura lánguida y las caderas finas,
cuyas piernas preservan la belleza,
cuyos andares están llenos de nobleza,
cuando pone los pies sobre la tierra,
con sus besos me arrebata el corazón.

Hace que todos los hombres
Se vuelvan a contemplarla.
Y a aquel a quien saluda, hace sentir feliz.
Pues entre los muchachos el primero se cree así.
Cuando de su morada sale,
uno cree ver a Aquella que es única.


Canto segundo

Con su voz, mi amado turbó mi corazón,
y me ha dejado presa de la languidez.
Vive junto a la casa de mi madre,
y en cambio no sé cómo ir hasta él.
¿Acaso, en mi aventura, podría mi madre ser buena?
¡Ah! Pues me iré a verla.
Mira, mi corazón rehúsa pensar en él,
incluso cuando su amor me arrebata.
Mira, es un insensato,
Pero yo me lo parezco.
No conoce mi deseo de tomarlo entre mis brazos.
No sabe que hasta mi madre por él he caminado.
Amado mío, ¡ojalá Dorada[1] a ti me haya destinado!
Ven a mí, que vea tu belleza,
que padre y madre felices sean,
que los hombres todos te festejen,
oh amado mío, y te celebren.


Canto tercero

Mi corazón contemplar su belleza esperaba
cuando en su morada sentada me encontraba.
Allí encontré a Mehi[2], que en su carroza pasaba,
rodeado de sus jóvenes muchachos.

No sé cómo evitarlo.
¿Pasaré junto a él sin saludarlo?
Ya el río se me aparece como un camino,
Pues no sé adónde mis pasos dirigir.

Cuán ignorante eres, corazón mío.
¿Por qué quieres pasar junto a Mehi sin hablarle?
Claro, si paso cerca de él,
le revelaré mis sentimientos.

“Mira, soy tuya”, le haría comprender,
pero él gritará mi nombre
y me entregará a la casa
de uno de esos que le siguen.


Canto cuarto

Mi corazón late más deprisa,
Cuando pienso en mi amor.
No me permite como persona humana actuar,
Y se sobresalta sin cambiar de lugar.

Ya ni vestirme me deja.
Descuido mis abanicos.
Ya los ojos no me pinto.
Ya siquiera me perfumo con delicados aromas.

“No te detengas, llegas a la meta”,
dice mi corazón, cada vez que pienso en él.
-¡Oh corazón mío! ¡No te inquietes más!
¿Por qué como un loco te portas?

Espera sin alarma, tu amado viene hacia ti,
pero también los ojos de la multitud.
no dejes que digan de mí:
“Esta mujer se ha enamorado”.

Quédate en calma, cuando en él piensas,
¡oh, corazón! No latas más de esta manera.



Canto quinto

Adoro a la Dorada,
alabo su majestad,
celebro a la señora del cielo,
canto las alabanzas a Hathor, y la gloria de la dama soberana.

Le imploré; ella atendió mi plegaria
y me envió a mi señora.
Ella vino para verme,
Y así algo grande me adivino.

Me regocijé, me entregué al júbilo, sentí la plenitud,
cuando me fue dicho: “Mira, hela aquí”.

Ahora bien, ante ella que avanzaba, los jóvenes se inclinaban,
con gran amor hacia ella.

A mi diosa hice un voto;
pues ella me dio la amada
a lo largo de tres días, tras habérselo rogado.
Hace ahora cinco días que me ha abandonado.


Canto sexto

Al pasar frente a su casa,
Encontré el portar abierto.
Junto a su madre mi amado estaba.
Hermanos y hermanas le rodeaban.

El corazón de cuantos pasan por el camino
se llena de amor hacia él,
joven perfecto y sin par,
mi amado de raras virtudes.

Al pasar yo, posó su mirada en mí.
Y fui feliz,
grande la dicha, grande el contento,
amado mío, al verte un momento.

¡Ah, si su madre viera mi corazón,
si éste pudiera alcanzar su razón!
Oh, Dorada, pon esto en su corazón,
Entonces correré hacia mi amado.

Le besaré ante los suyos,
no tendré vergüenza ante los hombres,
sino que su envidia me alegrará,
mientras tú me reconozcas.

Le ofrezco una fiesta a mi diosa.
Mi corazón al latir salir quiere del pecho
que permita que ve a mi amante esta noche,
ella que es toda belleza, cuando se la ve pasar.


Canto séptimo

Siete días llevo a mi amada sin ver.
Y sobre mí se abate ya la languidez.
Mi corazón se hace pesado.
Hasta mi vida he olvidado.

Cuando los médicos a mi casa vienen,
Sus remedios no me sanan,
Los magos expediente no hallan,
No se descubre mi enfermedad.

Pero si me dicen: “Mira, ella está aquí”,
Pronto vuelvo e mí
Su nombre es lo que me reconforta.
Las idas y venidas de su mensajero
Mantienen a mi corazón eterno.

Mi amada es para mí el mejor de los remedios,
Para mí es más que un formulario,
Su venida es mi amuleto,
recobro la salud cuando la veo.
Cuando abre los ojos, mi cuerpo de nuevo es joven.
Cuando habla, me hace fuerte.
Cuando la tomo en mis brazos, aparta de mí todo mal.
Ahora de mí se ha alejado, siete días hace ya.


Tres deseos
I

¡Ah!, ojalá puedas apresurarte hacia tu amiga,
como el mensajero del rey,
cuyo amo espera con impaciencia el mensaje
que está deseando escuchar.

Para él, cuadras enteras se enjaezan.
Para él, caballos siempre hay en la posta.
Siempre lista estará la carroza.
Que nada su marcha detenga.

Cuando alcanza la morada de su amor,
a la alegría entrega su corazón.

II

¡Ah!, ojalá puedas tú a mí venir,
como un caballo del rey,
entre todos elegido;
la gloria de la yeguada.

Recibe el mejor forraje,
Su amo le conoce el paso
y cuando oye el látigo,
no hay quien le detenga.

El mejor conductor de carros
no lo puede adelantar.
El corazón del amante sabe
que no está lejos su amiga.

III

¡Ah!, ojalá puedas apresurarte hacia tu amante,
como una gacela macho que huye en el desierto.
Sus pues están heridos y sus miembros cansados,
el temor habita en su pecho.

Los cazadores la persiguen, los perros la rodean,
el polvo que levanta la esconde.
Un reposo le parece una traba
y elige como camino el río.

¡Ah!, ojalá puedas alcanzar mi refugio,
antes que tiempo haya de besar cuatro veces tu mano.
Buscas el amor de tu amada,
Pues la Dorada te la ha destinado, ¡oh amigo mío!


La fuerza del amor

I

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¿Te vas porque los alimentos te vienen a la mente?
¿Eres hombre a quien conduce el vientre?
¿Te levantas a causa de tus vestidos?
¡Seré la dueña de un pedazo de lino!

¿Te vas porque tienes hambre?
¿Te alejas porque tienes sed?
¡Toma mi pecho!
Su contenido te será sobreabundante.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

II

El amor que por ti tengo se derrama por mi cuerpo,
como la sal se funde en el agua,
como la manzana se impregna de grasa aromática,
como el licor se mezcla al vino.

¡Ah!, ojalá puedas tú apresurarte,
para ver a tu amada,
como un caballo en el campo de batalla,
como un toro que corre hacia su forraje.

El cielo regala su amor,
como una llama prende la paja,
como una vela atrae al halcón.

III

La armonía de mi lugar de reposo es turbadora.
La boca de mi amada es el botón de una flor.
Sus senos son manzanas de amor,
sus brazos tan bien torneados.

Su frente es una trampa de madera de sauce,
y yo soy el pato salvaje.
Mi vista toma por cebo su pelo
en la trampa dispuesta a caer.

IV

¡No debo ser dócil a tu amor!
¡Amado mío, obedece a tu embriaguez!
Yo no renunciaré a ella, aun cuando los golpes me ahuyenten
-porque paso todo el día en la marisma-
hacia la tierra de Siria, a porrazos,
hacia la tierra de Nubia, a bastonazos,
a los confines del desierto, golpeado,
a las orillas de os mares, azotado.

No obedeceré a quienes dicen
que me aparte de tu deseo!

V

En la barca desciendo el curso del río al son de los remos,
mi haz de cañas al brazo.
Deseo ir a Menfis, para decirle a Ptah[3], dios de la verdad:
“¡Dame a mi amada esta noche!”

El río es vino.
Ptah es su caña, el Poder su follaje.
Sus mensajeros son sus botones.
El Dios del loto es su flor.

La Dorada es dichosa:
ante su belleza la tierra se ilumina.
Menfis es una copa llena de fruta,
puesta ante Aquel cuyo rostro es hermoso.

VI

Iré a acostarme a mi morada,
y fingiré que estoy enfermo.
Entonces mis vecinos vendrán, para ver lo que me pasa.
Y, con ellos, vendrá mi amada.
Hará la medicina inútil,
pues ella conoce mi mal.

VII

En la casa de campo de mi amada,
la puerta se abre en medio de la fachada,
está abierta a dos batientes, el cerrojo ha saltado;
mi amada está encolerizada.

¡Ah!, quisiera ser el portero,
que ella se hubiese irritado conmigo
pues, entonces, oiría su voz, cuando ella gritara airada,
como niño a quien asustara.


VIII

He descendido la corriente por el Canal del Príncipe,
y he entrado en el Canal de Ra[4],
teniendo en el corazón el deseo de ver levantar las tiendas,
en lo alto, a la entrada de la laguna.

Y mientras me apresuraba en ello,
mi corazón se acordó del Dios Sol,
y pensó que podría ver a mi amado,
que quiere ir a la Casa del Señor.

Estaba en pie a tu lado, en la entrada de la laguna;
te llevaste mi corazón hacia la ciudad del pilar de Ra,
y me deslizaba contigo bajo los árboles,
que rodean la casa del Señor.


Para tu amada cuando regresa del campo

I

Amor mío, oh tú a quien amo,
tu amor es mi deseo.
Todo está listo para ti,
y te digo: “Esto es lo que hay hecho”.

Vine a cazar pájaros:
en una de mis manos tenía la trampa,
y en la otra la red,
con el bumerang.

Todos los pájaros de Punt[5] toman tierra
en el país de Egipto, perfumados de mirra.
El que llegó primero
se llenó mi cebo.

Su perfume viene de Punt,
sus garras están llenas de esencias balsámicas;
por amor hacia ti, lo dejaremos volar,
y así estaremos a solas.

He obrado de modo que oyeras el lamento
de mi bello perfumado de mirra,
mientras esperabas, allí, cerca de mí,
y yo preparaba mi trampa.

Ir a los campos es delicioso
Para quien es amado.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
V

¡Oh tú el más bello de los hombre! Mi deseo
es ocuparme de tus bienes, ser el alma de tu casa,
que tu brazo repose en mi brazo
y que te sirva mi amor.

Me digo a mí misma, en mi corazón,
con el deseo de una amante:
“Dámelo esta noche por esposo,
sin él, soy como un hombre en la tumba”.

¿Pues no eres tú la salud y la vida?
¿cómo se alegra de que estés vivo,
cuán dichoso es de que tengas buena salud,
mi corazón que te busca!

VI

La voz de la paloma se hace oír:
Dice: “La tierra se ilumina, ¿cuál es tu ruta?”
-¡Ah! ¡Déjame, pájaro!
¡Me lo reprochas!

Encontré a mi amado en su habitación.
Mi corazón se inundó de alegría.
Dijimos: “Nunca te abandonaré,
mi mano está en tu mano”.

Contigo, visito
los lugares más encantadores.
Ha hecho de mí la primera de las jóvenes
y no hiere mi corazón.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

VIII

Mi corazón se acordó de tu amor.
La mitad de mi cabeza está trenzada.
Pues, con prisa, he venido a buscarte,
y he descuidado mi peinado.

Pero cuando me dejes partir
yo peinaré mis cabellos
y estaré lista al instante.


Canto del rey Autef

Este es el testamento de este excelente soberano, de maravilloso destino:

Las generaciones se desvanecen y desaparecen,
otras toman su lugar, desde los tiempos de los ancestros,
los dioses que vivieron en otro tiempo,
y reposan en sus pirámides.

Los nobles y los afortunados
en sus tumbas yacen amortajados.
Habían levantado casas, en lugares que ya no existen.
¿Qué ha sido de ellos?

He oído las palabras
de Imhotep y Hardedef
que se citan en proverbios
y que a todo sobreviven.

¿Qué fue de esos lugares que les pertenecieron?
Los muros se han derrumbado,
Las plazas han desaparecido,
Como si no hubiesen existido.

Nadie regresa de allí para decirnos su suerte,
para contar de qué carecen,
y apaciguar nuestro corazón, hasta que nosotros lleguemos
a ese lugar, al que fueron.

Que tu corazón, pues, se apacigüe.
El olvido es saludable.
Obedece al corazón,
tanto tiempo como vivas.

Ponte mirra en la frente,
Cúbrete de fino lino,
Perfúmate con verdaderas maravillas,
que parte son de la ofrenda divina.

Aumenta tu bienestar,
para tu corazón no marchitar.
Sigue tu deseo y tu dicha,
cumple tu destino en la tierra.

No llenes de apuro tu corazón,
Hasta el día en que el lamento fúnebre te alcance,
Quien tenga el corazón cansado su grito no oirá,
su grito a nadie la tumba evitará.

Haz, pues, del día una fiesta,
y no te canses de ella.
Mira, nadie se lleva consigo sus bienes,
Mira, nadie regresa una vez que se fue.


Canto alegre para acompañar el ramo de la novia

I

Azulejos,
mi corazón te consagro.
Por ti lo que desea hago,
Cuando entre tus brazos yugo.

El deseo que tengo de hacerlo, es mi pintura de ojos.
Cuando ellos te ven, mi mirada es brillante.
Me arrimo a ti para conocer tu amor,
oh esposo que moras en mi corazón.

¡Qué hermosa es esta hora!
Que se eternice sin demora.
Desde que dormí contigo,
mi corazón se ha enaltecido.

Se lamente o sea feliz,
no te apartes más de mí.

II

Hay en él enredaderas,
Que a una la exaltan.

Soy tu amada, la mejor.
Tuya soy, como la tierra
que sembré toda de flores
y plantas de mil especies, con los perfumes más dulces.

Cuán encantador el canal que hay en aquella parte,
y que tu mano cavó,
en él hallamos refresco, al soplar viento del norte:
un lugar de paseo sin par.

Tu mano sobre mi mano.
Mi corazón es feliz.
Mi corazón es dichoso.
Pues ahora juntos vamos.

Oír tu voz, para mí es vino dulce.
Y vivo de oírla.
Cada mirada que posas en mí
me da más que beber o comer.



III

Hay en él flores de adormidera.
Tomo tus guirnaldas.
Ebrio viniste,
y en tu habitación te tendiste.

Acaricio tus pies.
Te despiertas cuando de mañana grito mi alegría.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Y deseas que estemos juntos, en mitad del campo.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Regocíjame con tu belleza.
¡Ven a mí!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


Cantos de la huerta

I

El granado habla:
A sus dientes se asemejan mis granos
y mis frutos sus senos parecen.
Soy el árbol más hermoso del huerto,
Pues en toda estación permanezco.

La amada y su amigo
Bajo mis ramas pasean,
ebrios de vino y de vino dulce,
perfumados de aceite y esencias balsámicas.

Salvo yo, todas perecen,
las plantas del campo.
Cada año vivo los doce meses,
y permanezco.

Si una flor se marchitase,
una nueva flor de mí brotase.
Así soy del jardín del primer árbol,
pero como segundo soy considerado.

Si una vez más actuaran así,
por ellos más no callaría.
Tampoco la escondería,
y se conocería su ardid.

Entonces la armada será descubierta,
adornar no podrá ya a su amigo,
con un bastrón de lotos blancos y azules
engalanado de capullos y flores.

Reconoce su falta estando ebrio
de cervezas de todas clases.
Te hace pasar el día como más es de tu agrado,
Una choza de cañas es el lugar reservado.

Ea, razón tiene el granado,
que sea pues adulado.
Que ordene el día entero a su guisa,
pues él es quien nos cobija.

II

Las higueras abren la boca.
Su bosquecillo empieza a hablar.

Cuán hermoso es obedecer el mandato de mi dueña.
¿Hay mujer que se le parezca?
Si las sirvientas faltaran,
Sería yo su sirvienta.

De Siria he sido traída,
ala amada, como cautiva
En su huerta,
me hizo plantar.

Ella no me da vino,
el día de embriaguez.
Ella no llena mi cuerpo
con la humedad del pellejo.

A uno descubre, actuando a su estilo,
la sola mirada de quien no ha bebido.
Tan cierto como que ahora estoy vivo, oh amada,
Esto te será restituido.

III

El joven sicomoro que plantó con sus manos,
abre ahora la boca para hablar;

El murmullo de sus hojas
parece perfume de miel,
lleno de gracia, sus ramas breves,
se vuelven frescas y verdes.

Está cargado de frutos maduros,
Frutos más rojos que el jaspe;
su follaje parece turquesa,
y azulejo su corteza.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Invita a quienes no están debajo.
Su sombra refresca el aire.

Una misiva pone, a una joven, en la mano,
la hija del hortelano;
y la hace correr en pos de la amada:
“Ven a pasar un momento delicioso con tus compañeras de juego.

El campo es celebración.
A mi vera hallarás follaje, y también un pabellón.

Mis amos se regocijan
como niños cuando te ven.
Que el servicio te preceda,
y con lo necesario venga.
Uno se embriaga al hacia ti correr,
incluso antes de comenzar a beber.

Las criadas llegaron con sus quehaceres
y las más diversas cervezas y pan de mil variedades.
Muchas flores de hoy y de ayer,
Y fruta de toda clase, para mejor refrescarse.

¡Ah! pasa el día de forma encantadora,
y mañana, y luego pasado, y luego hasta tres,
sentada a mi sombra.
Su amigo a su derecha.

Ella lo embriaga
y hace según él dice,
mientras donde se bebe cerveza, la embriaguez todo lo turba,
y ella atrás se queda con su amado.

Tiene lugar bajo mis sombras,
El paseo de la amada.
Soy discreto
Y, sin una sola palabra, no revelo lo que veo.”


Palabras encantadoras de Nakht Sebeck,
escriba de la necrópolis

I

Si tú las llevas a casa de la amada,
no las lances contra su morada,
pues su vivienda se vería trastornada
y la dueña de su casa la mataría.

Adórnalas con cantos y bailes,
añádeles vino y cerveza,
así confundirás su astucia,
y le ganarás una noche.

Entonces ella te dirá: “Tómame en tus brazos”.
-Lo mismo harás al día siguiente.

II

Si las llevas a la ventana de la amada,
estando solo y sin compañero,
actuarás según tu deseo, en su lugar de fiesta.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

El cielo se hunde sobre el aire que no lo sostiene;
y te trae su perfume,
un aroma que aturde y pone ebrios
a quienes son contrarios.

Mira, la Dorada te la da,
para que goces tu vida.
La amada conoce muy bien el manejo del lazo,
sin venir al recuerdo de los rebaños.

Con sus cabellos, me lanza sus redes,
con sus ojos, me hace cautivo,
con su aderezo, de mí se adueña
con su sortija, me marca al rojo vivo.

IV

¿Por qué le dices a tu corazón:
“Hacia ella va el deseo de tomarla en mis brazos”?
¡Por Amón[6]! vengo hacia ti,
con mi vestido en el brazo.

V

Encontré al amado junto a la fuente,
sus pies colgando sobre el agua.
Ha levantado un altar para hacer del día una fiesta,
y en él depositar cerveza:

Su forma es la de mi pecho,
es más alto que ancho.

VI

¡Lo que me ha hecho mi amada!
¿Debo callar, por amor hacia ella?
Me ha dejado plantado, bajo el porche de su casa,
mientras ella penetraba al interior.
No me ha dicho: “Entra, guapo mozo”.
Estaba sorda esta noche.

VII

Pasé, de noche, cerca de su casa.
Llamé: más no me abrieron.
¡Un dondiego de noche como portero!
¡Oh, puerta, yo abro!

Cerrojo, eres mi destino,
pues eres mi genio amigo.
En el interior de la casa, nuestro buey te será sacrificado,
oh, cerrojo, por el poder de tu gloria.

A la puerta se sacrifica un buey,
a la cerradura, un toro,
una oca gorda al umbral,
y mucha grasa a la llave.

Los pedazos escogidos de nuestro buey
son para el hijo del carpintero,
a fin de que haga una puerta de caña,
y un cerrojo de paja.

Venga cuando venga el amado,
hallará la puerta abierta,
camas cubiertas de lino,
y una joven hermosa junto a ellas.

Entonces la joven dirá:
“Esta casa pertenece al hijo del señor de la ciudad”.


Cantos a la orilla del agua

I

Mi Dios, mi esposo, te acompaño.
Es encantador ir hacia el río.
Me regocija lo que me pides,
descender al agua, para bañarme ante ti.

Te dejo ver mi belleza
con una túnica de lino real del más fino,
impregnada de esencias balsámicas,
mojada en aceite aromático.

Entro en el agua, para estar junto a ti
y, por amor a ti, salgo, llevando un pez rojo.
Es feliz entre mis dedos,
Lo pongo sobre mi pecho.

Oh tú, mi esposo, oh amado,
ven, y contempla.

II

El amor de la amada está en la otra orilla.
El río nos separa.
Quiero ir hacia ella,
pero hay un cocodrilo acostado en el banco de arena.

Bajo al agu,
y cruzo las olas.
En la onda, mi corazón está lleno de fuerza.
El agua es tan firme como el suelo, a mis pies.

Pues mi amor por ella me hace invulnerable
como si para mí ella hubiese cantado el encanto de las aguas.

III

Ahora veo que la amada ha venido.
Mi corazón es feliz, y mis brazos están abiertos para recibirla.
Mi corazón salta de alegría en mi pecho, como si esto no fuera a tener fin.
¡No permanezcas alejada, ven hacia mí, oh mi dueña!

IV

Cuando la tomo entre mis brazos
y sus brazos me enlazan,
Es como en el país de Punt,
Es como tener el cuerpo impregnado de aceite perfumado.

V

Cuando la beso
y sus labios están entreabiertos,
ebrio me siento,
sin haber bebido cerveza.

VI

¡Ah! ¡Apresúrate a preparar la cama,
sirviente! te digo:

“Coge fino lino para cubrir su cuerpo,
para ella, no hagas la cama con ropa de gala,
guárdate de emplear un simple lienzo:
pondrás en su lecho paños perfumados”.

VII

¡Ah!, ojalá fuese yo su sirvienta negra,
la que le leva los pies,
pues entonces podría ver la piel
de todo su cuerpo entero.

VIII

¡Ah!, ojalá fuese yo quien lava sus vestidos
durante un mes entero.
Pues sería feliz con lavar el aceite
que impregna sus vestidos;

podría ocuparme de su ropa,
y ella me reprendería o me haría cumplidos.

IX

¡Ah!, ojalá fuese yo el sello que lleva en el dedo
pues, entonces, ella cuidaría de mí,
como de algo que embellece su vida.

X

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Ah!, quisiera ser un viejo vestido de la amada.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


INSCRIPCIONES


La diosa del Cielo saluda al rey

Mira, ella viene a tu encuentro,
la bella diosa del cielo, a tu encuentro,
la de los bellos bucles,
y dice:

“Ahí viene aquel a quien di nacimiento,
aquel cuyas astas brillan,
la columna negra,
el toro del cielo.

¡Tu apariencia es radiante!
¡Avanza en paz,
cuando te haya besado!”
Dice la bella diosa del cielo…



A la noche

La bóveda celeste ha traido la noche,
La bóveda celeste ha parido la noche.
La noche pertenece a su madre.
A mí me pertenece el saludable reposo.

Oh, noche, dame la paz,
y te daré la paz.
Oh, noche, déjame reposar,
y te dejaré reposar.

Me he prevenido contra el destino
Y de mi sueño he sabido cuidar.
Para mí he hecho…
Este amuleto de mi lecho.

La noche se apartó.
Su bastón se quebró.
Su tina se agrietó.
Su agua mala fluyó.

La noche pertenece a su madre, a la Dorada.
A mí me pertenece el reposo de la vida.


En el templo

El faraón a bailar viene;
viene para cantar.
Dama soberana, ¡ved cómo baila!
Esposa de Horus[7], ¡ved cómo salta!

El faraón de las manos fragantes,
de los dedos puros.
Dama soberana, ¡ved cómo baila!
Esposa de Horus, ¡ved cómo salta!

Ofrece por ti,
esta jarra de vino.
Dama soberana, ¡ved cómo baila!
Esposa de Horus, ¡ved cómo salta!

Su corazón es puro, su ser transparente,
no hay una sombra en su pecho.
Dama soberana, ¡ved cómo baila!
Esposa de Horus, ¡ved cómo salta!

Oh Dorada, qué cantos tan maravillosos,
parecen los cantos del propio Horus.
El faraón canta cual maestro de coro.
Es el niño que agita los sistros.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Ven, oh Dorada, tú que te nutres de cantos,
y tu corazón anhela la danza,
tú, por las horas de sueño radiante,
tú, feliz en danzas nocturnas.

Ven a visitar los lugares de embriaguez,
bajo el pórtico de la fiesta.
Su orden permanece, sus ordenanzas son firmes,
en ella no hay deseo insatisfecho.

Los hijos del rey te contentan con lo que amas.
Los príncipes te ofrecen presentes siempre nuevos.
El maestro de ceremonias te celebra con alabanzas.
El sabio lee tu libro de fiesta.

El músico te glorifica con su tambor,
quienes llevan tamboriles, con sus dedos.
Las damas se alegran en tu honor, con coronas,
y las jovencitas, con guirnaldas.

En tu honor, cuando es de noche, los ebrios hacen ruido.
A ti cantan quienes se despiertan por la mañana.
En tu honor saltan los beduinos, con sus cinturones,
y también lo hacen los nubios, con sus garrotes.

Por ti los libios trepan a los árboles,
a ti saludan los barbudos del País de los Dioses,
en tu honor brincan los monos armados de varas,
y los simios, armados de cañas.

Por ti los buitres abren sus alas,
y hacia ti los peces vuelven la cabeza.
Los hipopótamos te alaban con sus bocas abiertas,
y, ante ti, levantan las patas.


En la capilla de la esposa divina

Oh vosotros que vivís en la tierra,
y pasáis ante esta capilla.
Celebrad una fiesta en honor del gran dios de Mdinet-Abu,
y que vuestras mujeres festejen a Hathor, Dama de Occidente.
A fin de que la Diosa de a vuestras mujeres hijos e hijas,
sin que enfermedad ni estrechez les alcancen.
A fin de que no paséis pena por ellas.
A fin de que no sean estériles,
y que vosotros no seáis impotentes,
decid por mí una oración funeraria.

En cuanto a quienes no lo hagan,
la diosa de Occidente los hará impotentes,
y sus mujeres serán estériles.


En el pedestal de una estatua de mujer

Esta gran cantante dijo:

Cada sacerdote que entra en el templo,
cada mujer que en su servicio cotidiano,
o en el curso de las grandes fiestas de lso dioses, sigue a su ama,
y vosotros que me veis,
en pie, engalanada con mi collar y portando mi espejo,
orad pro mí, y dadme flores;
recordad mi hermoso nombre,
el de mi esposo, los de mis hijos,
junto a los de los grandes dioses de Mendes.
Yo fui cantante, buena sirvienta de mi ama,
una bella mujer, dulce de amor,
muy honrada y muy estimada en su casa.


Fórmula mágica. De una estrofa mitológica

¡Desplómate, mujer de Asia,
que vienes del desierto!
¡Negra!
¡Que vienes de las regiones montañosas!

Si eres una sirvienta, ven a su vómito.
Si eres una dama, ven a su orina.
Ven al moco de su nariz,
ven al sudor de su cuerpo.

Mis manos sobre este niño,
sobre él, son las manos de Isis,
cuando ella impuso las manos
a su hijo Horus.


Para alabar a una reina
(Mut-Nefertari, esposa de Ramsés II)

La princesa, rica en alabanzas, dueña de la gracia,
dulce de amor, Soberana de los Dos Países,
la bella, cuyas manos sostienen los sistros,
la que alegra a su padre Amón.

La muy amada que lleva la corona,
la cantante del rostro hermoso, la gloriosa con dos plumas,
la más grande del gineceo del Señor del Palacio,
aquella cuya palabra os hace feliz.

Todo lo que pide por ella se hace,
toda cosa bella adviene según su corazón,
todas sus palabras traen la dicha a los rostros,
se vive de oír su voz.


Ramsés II y la princesa de Khatti

El Gran Príncipe de Kharti escribía
para calmar a Su Majestad, cada año.
El rey Ramsés II
jamás se dignó escucharle.

Y al ver a su país en estado miserable,
Bajo la férrea dominación del Soberano de los Dos Países,
el Gran Príncipe de Khatti se dirigió
a su ejército y a sus vasallos:

“¿Cuál es la causa de todo esto? Nuestro país está desvastado,
nuestro Señor Seth[8] está enfadado con nosotros,
el cielo no nos ha enviado lluvia,
pues nosotros hemos combatido.

Así pues ordeno que donemos todos nuestros bienes,
y en primer lugar mi hija mayor.
Ofrezcamos al Dios clemente un presente de honor,
a fin de que la paz nos otorgue, y que vivir podamos.”

Su hija mayor fue llevada ante él,
acompañada de presentes suntuosos: montones de oro, plata, piedras preciosas,
innumerables yuntas, decenas de miles de bueyes, de cabras y de ovejas,
y otros productos de su país, los cuales no tenían fin.

Se anunció a Su Majestad:
“He aquí lo que ha hecho el Gran Príncipe de Khatti:
envía a su hija mayor, como presentes innumerables,
cubren con sus tesoros el lugar done se encuentran.

La hija del Príncipe y los Príncipes del País de Khatti los traen.
Han atravesado muchas montañas y desfiladeros peligrosos,
y van a alcanzar las fronteras de Tu Majestad.
Envía un ejército y nobles, para darles acogida.”

Su Majestad no cabía en sí de alegría, el señor del palacio fue feliz,
cuando fue informado de este acontecimiento extraordinario,
del que no se conocía parangón en Egipto.
Envió un ejército y nobles para acogerlos sin más tardanza.

Su Majestad consultó con su corazón:
“¿En qué estado están quienes envié en misión,
que están en camino hacia Siria con mi expedición,
los días de lluvia o de nieve en invierno?”

Consagró una gran ofrenda
a su padre Seth, y le dirigió una oración:
“El cielo reposa entre tus manos,
y la tierra está bajo tus pies.

Lo que tú ordenas se cumple:
haz que cesen la lluvia, la tempestad y la nieve,
hasta que me lleguen las maravillas
que tú me has enviado.”

Seth, su padre, oyó todo lo que le dijo.
El cielo fue pacífico, vinieron días de estío.
El ejército partió dichoso,
el cuerpo erguido, el corazón alegre.

La hija del Gran Príncipe de Khatti
iba camino de Egipto.
Los soldados, la caballería, la nobleza de Su Majestad la acompañaban,
Mezclados con los soldados, con la caballería, con la nobleza del País de Khatti.

Las tropas de Khatti, arqueros y caballeros,
todas las gentes del País de Khatti,
se mezclaban con las del país de Egipto:
comían y bebían juntos.

Estaban unidos como hermanos,
sin que ninguno de ellos se querellara con otro.
La paz y la amistad reinaban entre ellos,
como sólo suele pasar entre egipcios.

Los grandes jefes de todos los países que atravesaban
estaban desconcertados, incrédulos, y sin fuerza se quedaban,
al ver que todas las gentes de Khatti
se habían unido al ejército del Rey.

Uno de los príncipes decía a los demás:
“Es cierto, lo que Su Majestad dijo…
Cuán grande es lo que con nuestros ojos vemos,
todo país le pertenece como sirviente sumiso, y
no hace más que uno junto con Egipto.

Lo que fue Khatti le pertenece, igual que Egipto;
el mismísimo cielo,
está bajo su sello,
y hace todo lo que él ordena.”

Y varios días después de esto,
alcanzaron la ciudad de Ramsés,
-una gran maravilla en el triunfo, y una gran fuerza-
en el año treinta y cuatro, en el cuarto mes de invierno.

Condujeron a la hija del Gran Príncipe de Khatti
que había venido a Egipto, ante Su Majestad,
y tras ella vinieron los innumerables presentes.
Entonces Su Majestad vio que su rostro era hermoso, como el de una diosa.

Y este fue un acontecimiento grande y raro,
una maravilla radiante que jamás se había producido hasta entonces,
como nunca de boca en boca se había contado igual,
de la que no había recuerdo en los escritos de los ancestros:

La hija del Gran Príncipe de Khatti
fue agradable al corazón de Su Majestad.
La amó más que a nada del mundo.
Como algo delicioso que su padre Ptah le hubiese regalado.

Su Majestad le impuso su nombre de Reina:
Mat-Nefru-Ra (la que ve la belleza de Ra)
hija del Gran Príncipe de Khatti,
hija de la Gran Princesa de Khatti.

Fue una maravilla misteriosa y desconocida,
acaecida en el país de Egipto gracias a su padre Ptah,
que se la dio en signo de victoria:
el país de Khatti era de un solo corazón bajo los pies de Su Majestad.

Y cuando un hombre o una mujer, por sus asuntos,
partían hacia Siria y alcanzaban el País de Khatti,
no albergaba ningún temor su corazón,
tal era la grandeza del poder de Su Majestad.


Una hija de rey etíope

La dulce, dulce de amor, Mutirdis, sacerdotisa de Hathor.
La dulce, dulce, de amor, dice el rey Menkheperre.
La dulce soberana, dicen los hombres.
La soberana del amor, dicen las mujeres.
La hija del rey, dulce de amor,
es la más bella de las mujeres.
Una doncella como nadie ha visto igual.
Su cabellera es más oscura que la oscuridad de la noche,
que las uvas, que los frutos de la higuera.
Sus dientes están mejor alineados que los granos de…
Sus senos se elevan, firmes, sobre su pecho.


Para celebrar a las mujeres

Su esposa, querida de su corazón,
ama de su casa, de carácter encantador,
aquella a quien el universo entero dice: “Sé bienvenida, bienvenida”.
Su esposa amada, soberana de gracia, dulce de amor,
la de la boca exquisita, la palabra amable,
aquella cuyo consejo es excelente para componer los escritos;
todo lo que de sus labios salía era como una obra de la Verdad;
una mujer perfecta, muy honrada en su ciudad,
la que tendía la mano a todos,
la que decía lo que está bien, y repetía lo que se ama,
la que hacía lo que aman todos,
a cuyos labios ningún mal acudió,
la que todo el mundo ama, Renpet-Nefert.


Sabidurías

No estés orgulloso de tu saber,
y no cuentes con el hecho
de ser un hombre instruido.
Busca consejo en quien es ignorante,
así como en quien sea sabio.
Nunca se alcanzan los límites de un arte.
No hay artista que posea la perfección.
Una palabra sabia está más escondida que las piedras preciosas,
se la encuentra en las molineras inclinadas sobre la muela.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Si quieres mantener la concordia
en la casa donde entres
como amo, hermano o amigo,
y allí donde penetres,
muestra mucha reserva en tus relaciones con las mujeres.
Nada se consigue con ellas de por medio.
No hay ningún rostro invulnerable a sus trampas.
Miles de hombres son por ellas apartados de aquello que les es bueno.

En cuanto te seduce un cuerpo lozano,
ya se transforma en ardiente cornalina.
Ese tiempo es breve como un sueño.
Se alcanza la muerte cuando sobre ella se es instruido.

Si eres sabio, construye una casa y funda un hogar.
Ama a tu esposa, como es conveniente.
Llena su vientre y viste su espalda.
El ungüento es lo que sana su cuerpo.
Alegra su corazón mientras vivas,
pues ella es un campo fértil para su dueño.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Toma mujer mientras eres joven,
e instrúyela en lo que hacen los hombres.
Te dará un hijo, mientras seas vigoroso,
y tendrás descendencia.

Un hombre que dispone de gente
adquieren reputación, por los hijos que le nacen.
Mira, te enseño los deberes de un hombre,
que desea fundar un hogar.
Hazte una huerta,
y planta calabaceras al borde de tu campo.

Ocúpate de todas las flores que abarque tu vista,
Pues te verías privado de cada una de ellas;
es una suerte no perderlas,
ahora ya sabes esto.

Dobla el pan que tu madre te dio,
llévala como ella te llevó;
por tu causa pasó fatigas, y le fuiste una carga,
y ellas no cesaron, cuando naciste después de gestado.

Su nunca te llevó,
su seno te amamantó, durante tres años;
nunca le disgustó tu suciedad,
no dijo llena de horror: “¿Qué debo hacer?”

Te llevó a la escuela.
Cuando fuiste instruido en el arte de escribir,
procuró cada día tu sustento,
con el pan y la cerveza de su casa.

Eres un hombre joven, y tomas esposa,
te instalas en tu casa;
acuérdate de tu nacimiento,
y de todos los cuidados con los que tu madre te crió.

Debes temer que se aparte de ti,
que eleve sus brazos a Dios,
y que Él oiga su lamento.

No atormentes a la esposa en su casa
si sabes que es mujer seria.
No le digas: “¡Dónde está esto, búscanoslo!”
cuando ella lo había puesto en su sitio.

Pero también, si tu ojo ve, permanece callado.
Tú conoces el valor de la alegría,
cuando tu mano está junto a ella.

Mucha gente ignora lo que hace un hombre
para poner fin a una disputa en su casa,
a fin de que no se vuelva a encender.

Todo hombre casado debe refrenar la impaciencia.
No vigiles a las mujeres de demasiado cerca,
y no les permitas irritar tu corazón.
Manténte alejado de la mujer de fuera,
de la que nadie conoce en su ciudad.
No la mires como si fuese superior a sus semejantes,
No la conozcas físicamente:
es parecida a un agua muy profunda,
de la que no se conocen los remolinos.

Una mujer cuyo marido está lejos
cada día te dice: “¡Yo soy amable!”
mientas no tenga testigos.
Pero si es descubierta, es una falta mortal,
cuando se oye a la gente hablar,
incluso cuando nada sabe.
Los hombres hacen mucho mal,
y piensan que permanece en secreto.


Una carta de amor

El escriba Mehi saluda al escriba Iy el joven, cn vida, fortuna y salud, y con el favor de Amón-Ra, el rey de los dioses.

¿En qué estado te encuentras? ¿Qué tal te va? ¿En qué estado te encuentras? ¿Te va bien? A mí me va bien. Digo a Amón, a Ptah, a Ra-Harakhti y a todos los dioses que están en la Casa de Thot: “Que goces de buena salud, que puedas vivir, que tengas el favor de Ptah, tu buen maestro, que puedas actuar en tu provecho y tengas éxito al hacerlo, que tú y lo que tú haces podáis ser alabados”. Otra cosa: te ruego que te ocupes del oficial Merinés. Verás, envié a Merinés al gobernador para buscar los dos barcos que el rey, vida, salud, fuerza, le ha dado. Haz que los busquen por todas partes, para él a fin de que no le suceda lo que tú me hiciste, estando yo en Menfis, cuando tomaste la mitad del avituallamiento para convertirlo en dinero.

Otra cosa: la cantante de Amón Iset-Nefret (Bella Isis) dice: ¿Cómo estás? ¡Cómo languidezco al no verte! Mis ojos son tan grandes como Menfis, pues estoy hambrienta de tu vista. Y, en este lugar, le digo a Thot a todos los dioses de la Casa de Thot: “Que goces de buena salud, que puedas vivir, que tú y lo que tú haces podáis ser alabados”.

Otra cosa: Ocúpate de Merinés; ya viste la misión de la que te escribió el general. Escríbele tú también, y escríbeme todo lo concerniente a tu salud. Manténte con buena salud.

Otra cosa de parte del escriba Mehi: te ruego que me hagas traer por Merinés un rollo de papiro y tinta de muy buena calidad. No me hagas traer de la mala, y escríbeme todo lo concerniente a tu salud, manténte con buena salud.

Nostalgia de Menfis

Mira, mi corazón se ha ido en silencio.
Parte hacia un lugar que conoce,
va hacia el Sur, a fin de ver Menfis.
¡Ah, ojalá estuviera yo en su lugar!

Estoy sentado y espero a mi corazón,
para que me diga en qué estado se encuentra Menfis.
No tengo noticias,
y mi corazón está inquieto.

Ven a mí, Ptah, y llévame a Menfis.
Haz que te vea a placer.
Mi corazón sueña todo el día,
mi corazón no está en mi cuerpo.

Todo mi ser es presa de grave enfermedad.
Mis ojos se han cansado de ver, mis orejas están vacías.
Mi voz dice: “¡Ah, si poseyera las palabras que todo lo cambian!”
Séme favorable y haz que allí abajo llegue.


Cantos de amor de las diosas

Isis dijo:
¡Ven a tu morada, amado mío,
ven a tu morada! No tienes enemigos.
Oh bello infante. Ven a tu morada, a fin de poder verme.

Yo soy tu esposa, la que te ama.
No te separes de mí, bello adolescente.
¡Ven al instante a tu morada! No te veo,
mi corazón te suplica, mis ojos te desean.
Te busco a fin de contemplarte.

¡Ah, si pudiera verte! Bello señor.
¡Ah, si pudiera verte!
Es maravilloso verte, amado mío.
Es maravilloso verte.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Ah, mi señor, ahora estás cerca de mí!
Hoy te veo: tu perfume es el de Punt.
Las damas te desean la bienvenida.
Todos los dioses juntos se regocijan.

Regresas a tu mujer.
Su corazón late de amor por ti.
Te toma en sus brazos. No estás lejos de ella.
Es feliz al ver tu belleza.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Quien guste del campo,
se halla en el país de La Dorada.
Que le traigan agua, a quien le gusta beber.
¡Ah, a través de qué desiertos se apresura!

¡Ah, no se ha hartado de lágrimas!
Mi corazón no deja de llorar.
Está acostado y se vuelve un cadáver,
como si fuera a abandonar la tierra.

Se va y aflige a las dos viudas.
¡Háblame, Osiris[9], yo soy Isis!
Yo despertaba tu casa al son del arpa,
Te alegraba al son de la flauta.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .



Isis proclama:
Quiebro a quien las horas quiebra
y quien quiebra las horas me quiebra.
No debe subsistir, el dios que proyectó
separar al esposo de la esposa.

Isis proclama:
¡Solo toda la eternidad! Esposo mío, voy hacia ti.
Mis pies avanzan y caminan,
para que millones de millas no me separen de ti.

Todos los países, todas las provincias, todas las ciudades, todos los templos,
venid a mí y llorad, con las manos en la cabeza.
Yo soy Isis, la esposa del santo Unnenefer,
mi esposo que está lejos de mí.

Lamento de Isis. Ella proclama:
Esposo mío, estoy sentada en la casa
y ya no tengo compañero con quien hablar,
y ya no tengo al esposo que me fue dado.
Y ya no tengo al esposo que fue creado para mí,
y ya no tengo a mi señor, para en él apoyarme.

Osiris, ya no hay para mí rostro que pueda mirar,
aparte de tu rostro.
¿Por qué abandonas así a tu fiel,
sin responder, sin un signo de ternura?

Neftis proclama:
Vuelve a esta hora, mi señor, tú que partiste,
a fin de hacer lo que te place, bajo los árboles.
De mí alejaste a mi corazón millones de millas.
Contigo sólo, deseo hacer lo que me gusta.

Si vas al país de la eternidad, te acompaño.
Tengo miedo de que me mate mi esposo.
¿Hubo rey que en su tiempo así actuase?
He venido por amor a ti. Tú liberas mi cuerpo con tu amor.

Neftis proclama:
Mi señor, tú que has perecido en el agua,
por ti lloran los dioses,
de tu suerte se lamentan las diosas.

Doy mi alma por tu alma,
he confundido los pasos de tu enemigo,
a tu hijo Horus he liberado.

Neftis proclama:
¡Horus, ábreme, que vea a Osiris!
Acuérdate de lo que hice por ti.
Al hijo de Seth abandoné para salvarte.
Te serví como nodriza, en tanto que tuve leche.

Te salvé, en otra ocasión, en Chemnis.
Aniquilé los proyectos que Seth había urdido contra ti.
Concédeme una hora para que vea a Osiris,
por todo lo que he hecho por ti.

He abierto el relicario de oro.
Mi corazón, que se lamentaba con tristeza,
ha echado a la preocupación de mi cuerpo.

He abierto el relicario de oro.
Lo he buscado para gritarle.
Me ha respondido, y por su voz vivo.

He abierto el relicario de oro.
¡Ah, estáte abierto y no cerrado con llave!
¡Ah, responde, no te quedes mudo!


Estela de un mayordomo de una dama de la corte

He construido mi casa con lo mejor que hay,
y he hecho que todas sus puertas fueran anchas.
He dado, a quien los pidió, presentes,
siendo igualmente amable con el desconocido y el familiar,
pues deseaba que mi nombre fuese bueno,
en boca de quienes están en la tierra.


Estela de un tesorero de una dama de la corte

Yo era el perro que duerme en la tienda,
el lebrel preferido en el dormitorio de su dueña.


En dos lebrillos de aseo

Lava tu rostro en la alegría y la salud,
mientras goces de la dicha.


En una cabecera

Que puedas dormir, las ventanas de la nariz alegres,
y, a la mañana siguiente, veas a Amón.


En un cofrecillo

Que Hathor otorgue el soplo agradable del viento del norte
al hombre que ama la fiesta y el perfume,
al compañero de un hermoso día.


En una copa

A ti, como presente, que los años
pases en la alegría.
¡Que tu existencia sea doble en salud y vida!
¡Que tu paso se agrande cuando viene la mañana!
Que las alabanzas y las riquezas sean tu parte de bienes y de alimento,
y que puedas estar ebrio de vino y de vino dulce,
en la corte del santuario de la diosa Neith[10].


En un bastón

¡Ven, bastón mío!
Me apoyo en ti,
cuando mi corazón se va a la Plaza de la Verdad,
donde he alcanzado la vejez.


En una llave

Que el hombre justo alcance la vejez en Tebas,
y tenga un bello entierro tras una larga vida.


En un pilar

Oh tú que vendrás más tarde, todo hombre que sepa leer,
que lea, os lo ruego, las inscripciones de esta tumba,
a fin de que yo os lleve al camino de la vida
y os dicte vuestra conducta.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Si os atenéis a lo que digo,
le encontraréis utilidad,
y me lo agradeceréis.

Bebed y embriagaos,
no dejéis de festejar un hermoso día.
Obedeced a vuestro corazón, durante el instante que permanecéis en la tierra.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Un hombre desaparece, y sus bienes con él.
De él depende que se colmen sus deseos mientras aún es tiempo.

El sol no pertenece solo al rico.
Un enviado de la muerte no se ve recompensado
por haber negligido lo que le es ofrecido.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Quien en su vida es feliz, como quien es miserable,
pronto la abandona, como se sale de un sueño.
No se conoce el día en que llega.
Es obra de Dios hacer que los hombres olviden.


Fragmentos

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II

He acariciado a mi amante todo el día:
¡no me seas contraria!
Mi amante, no hagas,
ah, no hagas que me espere.
Antes de la tormenta, no puedo domar a mi caballo,
en su amor.
No puedo, tampoco, sostener las riendas,
Y me caigo, boca abajo, en el carro.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


Una fiesta en el jardín

Alegrar el corazón, ver alguna cosa hermosa,
poemas, danzas, cantos,
regocijarse a pleno corazón.
Asistir al pasatiempo de Su Majestad
En el jardín de “la bella aparición”.
Ponerse mirra, untarse de aceite perfumado,
vivir una bonita jornada.

¡En tu jardín pon guirnaldas!
¡Alza una flor de loto hasta tu nariz, Amenofis!
Vive por nosotros durante años sin fin.

La mujer acróbata del Sur viene,
y se encuentra con la del Norte.
Pone los pies en la nuca
y las manos en el suelo.


Palabras para beber

¡A tu salud!
Bebe la hermosa embriaguez.
Vive un hermoso día
con lo que Amón, el dios que te ama, te ha dado.

Oh noble que amas el vino,
que por la mirra eres glorificado,
que nada te falte,
para refrescar el corazón en tu bella morada.

Toma la bebida,
Para pasar un feliz día
en tu casa de eternidad,
de la mano de tu esposa Henut-Neferet.

A tu salud, tú que eres honrado,
he aquí un vestido blanco,
bálsamo para tus hombros,
guirnaldas para tu cuello,
llena la nariz de salud y alegría,
en la cabeza ponte perfumes
que vienen de Amón Ra.
Pasa un día de fiesta
en tu casa de eternidad.

¡A tu salud! Bebe hasta la embriaguez.
Da una bonita fiesta.
Que tu vida sea hermosa,
día tras día, con vida y salud,
hasta que alcances la Ciudad de la eternidad,
de modo que nadie olvide tu nombre,
cuando tu familia te salude
diciendo: “Oh, sé bienvenido”,
y tus allegados te tomen entre sus brazos.


Lamentos fúnebres. Las plañideras

Su hija Baba grita:
¡Adónde vas, padre mío!
Su hija Iah-hotep grita:
¡Hacia quién debo ir, oh, padre mío!
Nehi, su esposa única y amada dice:
¡Adónde, pues, debo ir sin mi señor!


Los bueyes

¡Hacia Occidente! ¡Hacia Occidente!
¡Oh amo, hacia Occidente!
Él, que nos daba tanto forraje, como deseaba su corazón,
él, que no prestó atención a nuestras faltas.


Los miembros de la familia

El gran pastor se ha ido de aquí.
Pasa ante nosotros.
-¡Ah! ¡Ojalá pudieras mirarnos!


Las mujeres

¡En paz! ¡En paz!
¡Hacia Occidente, oh alabado!
¡Ve en paz!
Ah, si este día pudiere ser eterno,
en el transcurso del cual te contemplamos.
Pues tú vas hacia el país que mezcla a los hombres.


Lamentación sobre la muerte

Oh mi amado, mi esposo, mi amigo,
oh gran sacerdote,
no te canses de beber y comer
de estar ebrio y de amar.

Da una bonita fiesta.
Día tras día obedece a tu corazón,
y no lo sumas en penas.
¿Qué son los años que no se pasan en la tierra?

Occidente es un país de sueño y de profundas tinieblas;
el lugar donde viven quienes un día se fueron,
y que ahora reposan en sus sarcófagos.

No se despiertan para ver a sus hermanos.
No ven ni a su padre, ni a su madre,
sus corazones olvidan a sus mujeres y a sus hijos.

El agua de la vida, de la que todas las bocas se nutren,
para mí es la sed.
Pues va hacia quienes están en la tierra.
La sed es mi parte.

El agua está cerca de mí,
y no sé dónde está,
Desde que viene a este valle.

Dame a beber agua corriente.
Dime: “Que tu majestad no esté lejos del agua”.
En la orilla, vuelve mi rostro hacia el viento del norte.
¡Ah, haz que en su dolor, mi corazón se refresque!

En cuanto a la muerte, un nombre tiene: “Ven”.
Todos los a ella llamados,
hacia ella van sin tardanza.
Sus corazones se espantan, pues la temen.

No existe dios u hombre que la vea,
y sin embargo alcanza a mayores y chicos.
No hay quien pueda apartar su designio,
ni de sí mismo, ni de sus seres queridos.

A la madre arranca el hijo,
con más gusto que al anciano
que avanza hacia su vecindad.

Todos los temerosos ruegan ante ella:
y ella no los escucha. No viene a quienes la alaban,
no escucha a quien la celebra,
no mira lo que le es ofrecido.

¡Oh! Vosotros que vendréis a este país,
ofrecedme incienso, y agua, en todas las fiestas de Occidente.


Carta de un viudo a su difunta esposa

Al alma perfecta Ankh-iri:

¿Qué has hecho contra mí para que me encuentre en las enojosas circunstancias en las que me encuentro? ¿Qué he hecho contra ti? Has levantado la mano contra mí, cuando no he hecho nada malo para contigo, desde el tiempo en que era tu esposo hasta este día. ¿Qué he hecho contra ti que deba disimular? Sin duda, después de lo que has hecho, me quejaré de ti. (¿Qué he hecho contra ti?) Llevaré mis quejas contra ti ante los dioses de Occidente, y sobre el texto que he compuesto y escrito, se nos juzgará, a ti y a mí.

¿Qué he hecho contra ti? Te tomé como esposa cuando era un hombre joven; estuviste conmigo mientras cumplía mis diversas funciones. Estuviste conmigo y no te rechacé ni hice que tu corazón se encolerizara. Así actué mientras fui un hombre joven que ocupaba altos cargos junto al Faraón (Vida, Salud, Fuerza), sin rechazarte, diciéndome: “Siempre ha estado cerca de mí”.

Y todo lo que adquiría y todo lo que a mí venía, por amor a ti, no lo tomaba, diciéndome: “Actúo según tu deseo”. Mira, puesto que no dejas en paz a mi corazón, te voy a poner en pleito, de modo que se distinga el bien del mal.

Mira, mientras instruía a los soldados del Rey (Vida, Salud, Fuerza) y formaba a la caballería, venían a arrojarse al suelo ante ti y te traían todo tipo de cosas buenas, y las depositaban ante ti.

Nada te oculté en los años que viviste; no permití que te faltara nada ni te hice sufrir en modo alguno, lo que hacía siendo tu amo, y nunca descubriste que te hubiese engañado a la manera de un campesino que entra en casa ajena. No permití que nadie me robara lo que te debía: se entregaba donde tú estabas. Y cuando ya no pude salir según mi costumbre, no obstante todo te procuré, tal como lo hace un hombre de mi condición cuando se halla en su casa: tu aceite, tu pan, tus vestidos; te los traían, no los hice llevar a ningún otro sitio… No te he engañado.

Mira, no reconoces todo el bien que te he hecho: te escribo para darte a conocer lo que haces. Cuando estabas enferma, con esa enfermedad que te acosó, te envié el mejor médico, que te cuidó e hizo todo cuanto le pediste.

Y cuando acompañé al Rey (Vida, Salud, Fuerza) y partí hacia el sur, y te encontraste en ese estado que fue el tuyo, pasé ocho meses sin comer ni beber, tal como es costumbre entre los humanos. Cuando finalmente llegué a Menfis, solicité un permiso al Rey (Vida, Salud, Fuerza) y me dirigí a donde tú estabas. Lloré mucho con la gente delante de mi casa. Entregué lino y tela para embalsamarte; hice hilar mucha tela, no escatimé en nada de lo que es bueno, para que todo te fuera hecho. Mira, tras esto viví tres años en soledad, y no me volví a casar, a pesar de ser conveniente que un hombre de mi condición lo haga. Mira, así obré por amor a ti; pero he aquí que no sabes discernir el bien del mal; seamos, pues, juzgados. Y mira, de las mujeres de la casa, con ninguna me casé.


Un escriba a un estudiante frívolo

Me dicen que descuidas la práctica de la escritura,
y que te entregas al placer.
Vas de taberna en taberna.
El olor de la cerveza alcanza a cuantos se te acercan.
La cerveza pierde a los hombres.
Hace daño a tu alma.

Eres un timón torcido en la barca,
que no se decide por ningún rumbo.
Eres una capilla privada de tu dios,
semejante a una casa sin pan.

Se te encuentra ocupado en saltar un muro,
en romper su parhilera.
La gente te rehúye,
la golpeas hasta hacerle sangre.

¡Ah! si supieras que el vino es un objeto de horror,
odiarías el vino dulce,
no pensarías en los cántaros,
y olvidarías el vino extranjero.

Se te enseña a cantar al son de la flauta,
a recitar letanías al son de los oboes,
a declamar con voz de falsete al son de las arpas,
a recitar al son de la cítara.

Estás sentado en la taberna,
las muchachas te rodean,
deseas ser tierno,
y hacer a tu placer.

Pasas el tiempo junto a la jovencita,
estás inundado de aceite,
con una guirnalda de flores alrededor del cuello,
y tamborileas sobre tu vientre,
vacilas, te caes al suelo,
y te cubre la suciedad.

No te dejes llevar a beber cerveza,
pues entonces, si hablas, otra cosa sale de tu boca,
no sabes quién la dice,
te caes, y tus miembros flaquean.

Nadie te coge la mano.
Quienes bebían contigo
se levantan y dicen:
“¡Apartad a este borracho!”


La celebridad de un escritor

Los escribas llenos de sabiduría, desde el tiempo
que vino después de los dioses,
y cuyas profecías se realizaron:
sus nombres duran eternamente.
Partieron hacia allí, cumplieron su tiempo.
Todos sus contemporáneos han sido olvidados.
Ellos no se construyeron pirámides de bronce,
ni, para acompañarlas, estelas de latón.
Jamás proyectaron dejar tras de sí, como herederos,
Hijos de su carne, que conservaran su nombre:
han tomado como herederos
los libros y las enseñanzas que escribieron.

Los libros convirtieron en sus sacerdotes,
la paleta de escriba fue su amado hijo:
las enseñanzas son sus pirámides.
La pluma era su hijo,
la tablilla, su esposa:
Todos, del más grande al más pequeño,
Les son dados como hijos,
pues el escriba está al frente de ellos.

Pórticos y casas fueron construidos: se han derrumbado.
Sus sacerdotes funerarios fueron retirados.
Sus estelas están cubiertas de arena.
Sus tumbas se han olvidado.

Se pronuncia su nombre a causa de los libros
que hicieron durante su vida.
El recuerdo de sus escritos permanece
bello y eterno para siempre.

Hazte escriba, y tómate a pecho el serlo,
a fin de que tu nombre así sea.
Un libro es mejor que una estela pintada,
que un muro cubierto de inscripciones.
Edifica casas y pirámides en el corazón
de quien pronuncia su nombre.

En verdad, un hombre que se halla en boca de los hombres
es útil en la necrópolis.
Un hombre desaparece, su cadáver está en el suelo,
Todos sus contemporáneos han abandonado la tierra,
pero el escrito pondrá su recuero
en boca de quien lo transmitirá a otra boca.

Un libro es mejor que una casa construida,
que las tumbas de Occidente.
Es más bello que un castillo edificado
que una estela en un templo.

¿Hay aquí un hombre parecido a Hardedef?
¿Hay aquí un hombre parecido a Imhotep?
No hubo en nuestro tiempo un hombre como Nefri,
y Kheti, el más grande de todos ellos.

Te digo el nombre de Ptah-Djehuti
y el de Kha-Kheperré-Seneb.
¿Hay un hombre parecido a Ptah-Hotep,
o a Kares?

Los sabios que predecían el porvenir,
lo que de su boca salía se cumplía.
Se descubre que una cosa es un proverbio,
y que se encuentra en sus escritos.

Los hijos de los demás les son dados como herederos,
igual que sus propios hijos.
Incluso cuando han desaparecido,
su mágico poder alcanza a cuantos leen sus escritos.

Han partido hacia allí.
Sus nombres se olvidarán.
Pero las palabras hacen
que sean recordados.





[1] Nombre de la diosa Hathor, diosa del cielo y del Amor.
[2] Divinidad protectora de los amantes y nombre del bien amado.
[3] Dios de los artistas.
[4] El sol y dios del Sol.
[5] País de Arabia y del este de África, a orillas del mar Rojo.
[6] Señor de Tebas y rey de los dioses. Dios solar (Amón Ra)
[7] Dios halcón.
[8] Dios de los países extranjeros.
[9] Hijo primogénito de la diosa del Cielo Nut o de la Dorada, Señor de la eternidad.
[10] Diosa de la corona del Bajo Egipto.


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