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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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miércoles, 25 de noviembre de 2009

Las puertas del Valhalla

Las puertas del Valhalla
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El mar había sido poseído por la tormenta. Las olas se levantaban salvajemente sobre la superficie como hambrientas garras dispuestas a atrapar cualquier presa que osara surcar su oscura y verdosa piel. La lluvia azotaba sin compasión mientras, en lo alto, por entre las tenebrosas nubes, los relámpagos brillaban como las blancas arterias de un antebrazo divino. El crujido del trueno reventó sobre el Universo. El viento silbaba una canción hiriente y ominosa.
Aquél fue el escenario donde se desarrolló el choque entre las dos naves: el Perro Negro de los escandinavos y el Espada de los daneses.
Éste último se había aventurado en aguas peligrosas, cargado de especias y telas, con destino al Sur de Inglaterra. Sus dueños confiaron en el fuste de la nave para superar las galernas y el coraje y el adiestramiento de los guerreros que portaba para contrarrestar a los terribles piratas vikingos.
Mas ahora, sobre la cubierta danesa, la sangre se mezclaba con el agua y los aullidos de los combatientes con el espantoso rugido de la tormenta. Daneses y escandinavos se defendían, mataban y morían sobre la resbaladiza cubierta, bajo las velas desgarradas por el viento. Los había que tajaban con furia demoníaca y los había que contenían sus entrañas con las manos, en un vano intento de que no se las robara el mar.
Una gigantesca ola se levantó por estribor, un muro negro y esmeraldino que eclipsó la noche en torno al barco.
Koll, El Matador, un vigoroso saqueador escandinavo, alzó su vista azulada hacia aquel espumeante y horrendo techo que durante un eterno latido permaneció inmóvil, envolviendo a ambos barcos. Cinco pies por encima de su cabeza flotaba un enorme cadáver, un hombre con el que, el día anterior, charlara acerca de mujeres y armas al amor de la cerveza caliente. El danés contra el que Koll había estado batallando se embarullaba en el suelo, presa del horror, la mirada presa del muro acuático.
Koll deseó gritar el nombre de su dios Odín, quizá para implorarle ayuda o para maldecirlo, pero en el siguiente latido un fragor colosal llenó sus tímpanos y arrasó su cerebro. El agua, como la mano de un gigante enfurecido, lo aplastó contra el suelo y lo arrastró sobre los maderos. Aquel hombrecillo trató desesperadamente de aferrarse a cualquier solidez, pero se encontró a sí mismo presa de fuerzas que le superaban, tal que un pelele, un muñeco sin voluntad.
Su cuerpo chocó contra el de otro hombre. Después, topó brutalmente en su errático camino con una masa densa y tubular y sus dedos se aferraron a ella. Experimentó un sufrimiento afilado y sospechó que se había roto varias costillas en el encontronazo.
El agua desapareció por el momento, deslizándose rápida hacia abajo o -tal vez- arriba. Koll seguía agarrado al palo mayor. Abrió los ojos y por entre la cortina de lluvia distinguió los cascos de los barcos unidos por los garfios, de estribor de uno a babor del otro.
Las naves habían sido hundidas por la ola hasta media cubierta y milagrosamente sus cuerpos emergían, como bestias marinas en celo. Descubrió cuerpos que flotaban y acto seguido desaparecían tragados por las aguas. Un danés de ojos claros y barba y cabellos rojizos, con el rostro macilento y los ojos muy abiertos y enloquecidos, se aferraba a la baranda de estribor con su brazo izquierdo. En el derecho tenía una espada.
La cubierta osciló y el extremo de babor subió violentamente, levantando densas alfombras de agua. Se escuchó un estremecedor crujido procedente de la bodega. Koll supuso que las cuadernas por fin comenzaban a desgajarse, como la cáscara de nuez bajo el mazo. En pocos instantes, el interior del Espada se llenaría de agua y la nave iría a pique, tal vez arrastrando al barco rival; entonces, la Ley de la Guerra se extendería no sólo al músculo y el acero, sino también a la brea, las maromas, la tela y la madera. Koll así lo comprendió: de no ser desenganchados, los garfios del barco danés se llevarían con él al Perro Negro.
De pronto, su mirada ahíta de maravilla y horror quedó aún más alucinada al contemplar, entre la lluvia y las sombras, partirse literalmente la cubierta del Perro Negro, en una larga grieta desde la proa a la sección media de la nave. Una ola brutal embistió de frente a la nave, arrancando la cabeza de dragón y levantando entre blanquísima y vociferante espuma una nube de maderos y tablas desgajadas. Uno de los largos remos de estribor saltó de sus guías metálicas, robadas estas a su vez de la madera, subió por el costado de la nave, al capricho del agua, y se desplazó por cubierta. El enorme madero topó con Thormur, El Viejo, y Koll contempló la cadera de su compañero salirse de su lugar, deformando fantásticamente el cuerpo del veterano marino. Thormur abrió la boca, mas su voz desapareció, engullida por la tormenta. Rodó por cubierta, se deslizó sobre la maltrecha baranda y quedó horriblemente atrapado por los dos costados de los barcos cuando estos se unieron en un choque de carnero. Thormur El Viejo finalizó su vida contra la madera que él mismo había calafateado.
Una parte lejana y serena de Koll le dijo que todos, daneses y escandinavos, iban a morir tragados por aquel vendaval asesino. Como si la Naturaleza hubiera escuchado sus pensamientos, la lluvia arreció y el bamboleo se tornó más violento. Koll hubo de esforzarse para no desasirse del palo mayor. Tenía el cuerpo helado, lo sentía como un armazón torpe y ajeno. Parpadeaba constantemente para sacarse la lluvia y la sal. Había vomitado el contenido de sus tripas empapadas en agua de mar y sólo le quedaban ácidos que toser agónicamente.
A pesar de todo, se fijó en que el danés con la espada aún seguía aferrado a la baranda de estribor, una tozuda sombra tras la cortina de agua. Cuando los hombres bailan con la Parca se tornan borrachos o niños, así que Koll fue atacado de pronto por el firme deseo, la convicción, de conseguir aquel acero, perecer empuñándolo y presentarse ante el remoto Valhalla con un arma en la mano. Porque, lo comprendía ya sin ambages, iba a morir. Muchas veces había cortejado a la Señora Muerte, pero nunca hasta entonces había sufrido esta absoluta certeza.
Y, como si tan pavorosa y tremenda serenidad hacia el negro futuro hubiera despertado en él nuevas formas de percibir la realidad, ésta le resultó de pronto más nítida, como si los colores ganaran brillo y las formas se definieran tan perfectamente como jamás hubiera imaginado antes. Podía percibir con la mirada la tremenda densidad de los sólidos y la helada persistencia de los líquidos a su alrededor. Una extraña energía subió por su médula espinal, encrespó el vello de su nuca y explosionó en el cráneo, como una lluvia de fuego helado que recorriera todos y cada uno de sus nervios.
Escuchó un canto que había surgido de pronto y sin embargo le parecía eterno e inamovible, como si siempre hubiese vibrado sobre el mundo y él no lo hubiera notado hasta el momento. Comulgaba sin agresividad con los truenos, la lluvia, el mar y el viento. Eran voces agudas, más parecidas a las notas de una flauta que a creaciones de garganta humana.
Descubrió entonces algo azulado entre las olas. Brillaba y era translúcido, confuso como un color que hubiera cobrado viva propia, venciendo las Leyes del Cosmos. Lo siguió con la vista mientras se convertía en esplendor de ola y después en espuma, se definía y transformaba en un ser de bordes imprecisos. Cabalgaba sobre un caballo neblinoso y alado. El jinete cobraba formas femeninas; portaba una extraña armadura compuesta de una fantástica y brillante cota de mallas plateada y un yelmo gris repleto de suaves filigranas, que dejaba libre un rostro a veces cremoso y a veces dorado.
La valkiria desapareció bajo el mar y la mirada de Koll persistió varios latidos allá donde las olas se la habían tragado.
Koll se volvió hacia arriba y se perdió en un cielo negro y profundo. A pesar del agua que se le encharcaba sobre las pupilas no parpadeó, pues descubrió en él puntos luminosos que aullaban cantos estremecedores. Eran más seres espectrales, las Valkirias, las Hijas de Odín, montando sus caballos de luz. Empuñaban lanza y llevaban embrazado un escudo. Sus armaduras estaban hechas de diferentes metales preciosos, que esplendían de manera inédita en el mundo terrenal. Evolucionaban tan velozmente que sus largas melenas, sueltas o recogidas en trenzas, nunca tocaban sus espaldas.
Koll distinguió a una de ellas agarrando por el brazo derecho un cuerpo luminoso, como un jirón de claridad, con el vago aspecto de un guerrero; la dama estaba llevándose el alma de un compañero vikingo.
Un zarandeo especialmente enérgico del barco revolvió sus quebradas costillas dentro del amplio pecho y el dolor le dejó sin aliento. Cuando abrió los ojos ya no había valkirias en los cielos y el mundo en torno a sí le resultaba torpe y pesado. Se sentía como si durante varios instantes hubiera volado y de pronto volviera a estar sujeto al firme con cadenas de hierro. Sin embargo, aunque no las viera, estaba seguro de que ellas aún continuaban allí, llevándose los espíritus más valerosos hacia el Valhalla.
El palo mayor crujió, ominoso. Koll vio la punta caer desde lo alto. Cerró los ojos, esperando el golpe fatal, pero el maderamen fue desplazado por el viento hacía estribor y lo hizo desaparecer entre las olas.
El danés continuaba aún aferrado a la baranda de estribor, casi de rodillas, y todavía conservaba su espada. Quizá ellos dos fueran los últimos supervivientes de la debacle. Koll apretó las mandíbulas mientras clavaba sus ojos en él: debía conseguir aquel maldito acero.
Difícilmente, logró alzarse hasta quedar medio agachado, con el pecho apoyado en el palo mayor y los brazos rodeándolo. Le ardía la carne en la cual se le hincaban las costillas rotas, pero él tenía que levantarse y atravesar el corto espacio que le separaba del danés y arrancarle la espada de las manos.
Intentó no resbalar sobre el suelo encharcado al erguirse en pie, aún sujeto a la madera. Una ráfaga de viento brutal le golpeó por la espalda. Aquélla era su oportunidad.
Koll aulló el nombre de Odín y se soltó del palo. Impulsado por la onda de aire, medio corrió medio voló hacia estribor. Un trueno crujió en el cielo y Koll cayó estrepitosamente al suelo. El pecho se le deshizo en puro dolor. El barco oscilaba ahora hacia estribor y el vikingo, cegado por el sufrimiento, se deslizó sobre la madera, atravesando la alfombra de agua, espuma y sal.
La figura oscura del danés se le acercaba. Descubrió la diminuta claridad de sus ojos enloquecidos. Gritaba algo ininteligible bajo el aullido del viento y alzó su espada, sin soltarse de la baranda. Un relámpago iluminó sus facciones enloquecidas y airadas. Adelantó el arma hacia Koll y el acero desgarró el antebrazo derecho del vikingo desde el codo a la muñeca. La sangre bañó su mano helada, como un líquido más, y el filo cortó la palma, emergiendo por entre los dedos pulgar e índice. El nórdico, borracho de furia y rabia, se aferró al cuerpo rival y se levantó del suelo encharcado, propinando con el mismo movimiento un cabezazo en el rostro danés. Rió como un poseído, pues las valkirias cabalgaban de nuevo en torno a él, disputándose unas a otras el derecho de llevarse al guerrero más corajudo.
El danés cayó hacia atrás, semiaturdido, con los labios rotos y chorreando algo rojo que la lluvia borraba. Koll se aferró a él, como antes lo había hecho al palo mayor. Atrapó la mano diestra del enemigo e intentó arrebatarle la espada del puño. La mano herida le ardía en fuego y no podía utilizar los dedos dañados.
El danés se recobró y empujó a Koll, quien se afirmó sobre la baranda para no caer. Las valkirias gritaban su canción de guerra y gloria, ensordeciéndole, y una ola gigantesca se alzó sobre el barco.
De nuevo la vorágine, y al pronto se hallaban los dos guerreros bajo el mar, lejos del barco. Era aquél un mundo verdoso y fantasmal, animado por caprichosas tonalidades y profundos sonidos.
Descendieron, envueltos en una nube de burbujas, aferrando ambos la espada, intentando arrebatársela al otro por todos los medios. Koll, sintiendo los pulmones a punto de estallar, mordió en el cuello a su rival. Sus dientes encontraron una importante arteria y, al reventarla, la sangre ascendió en forma de oscuros y rítmicos hongos. El danés, entonces, abrió mucho sus ojos helados y se llevó las manos a la garganta por la que se le escapaba la vida. Así, finalmente, soltó la espada.
El arma cayó hacia el fondo, dibujando una trayectoria recta y un giro sobre sí misma en espiral.
Koll clavó en ella su nublada vista. Sentía que perdía las fuerzas, pero abandonó al enemigo y se impulsó con los pies hacia abajo, dando vigorosas y agónicas patadas. Cuando sus dedos rozaban el mango sintió que sus pulmones reventaban y el aire se le escapaba, sanguinolento, por la nariz y la boca. El mundo se oscureció y abrió la boca en un amargo sollozo, por fracasar tras el roce de la victoria.
Experimentó un súbito y violento tirón. Vio su propio cuerpo alejarse hacia el fondo del océano, lacio y pesado, persiguiendo, ya sin vida, la espada, aún con la mano rozando el puño que se le escapaba.
Se sentía increíblemente ligero y pletórico de energías. Miró hacia arriba y vio una forma brillante, una mata de cabello dorado, una armadura plateada y azul que destellaba con reflejos antes imposibles, ahora ineludibles. Era una valkiria. Los dedos del ser le tenían aferrado por la nuca, sin causarle daño alguno. El caballo alado que los llevaba a ambos parecía hecho de oro y ámbar.
Koll se observó: estaba desnudo y su piel brillaba suavemente, como la gelatina bajo la luz de una vela. Tenía el cuerpo limpio de mugre y heridas. De hecho, jamás había experimentado aquella plenitud. Abrió y cerró las manos, sonriendo mientras los pececillos las atravesaban con indiferencia. Era un espectro, un ánima separada del físico muerto, y aquella convicción le llevó a reír como un niño.
La superficie se les acercó velozmente. De pronto se hallaron en el exterior del mar. Cuando Koll miró hacia abajo, contempló hundirse definitivamente los dos barcos en el océano embravecido.
Escuchó con increíble nitidez el crujir del trueno, el siseo de la lluvia y el ulular del viento. La luz de un relámpago le encegueció.
Al abrir los ojos, habían dejado atrás las nubes tormentosas. El cielo se les presentaba infinito, estrellado, límpido y glorioso. Brisas heladas traspasaron a Koll y a la valkiria, quien entonaba una canción triste y hermosa.
El aire se espesó, la realidad cobró densidad y se retorció como una maraña de serpientes. Aparecieron extraños colores de apariencia líquida que se arrastraban y difundían unos sobre otros, creando nuevas y fantásticas tonalidades.
Koll abrió la boca para hablar y se sorprendió cuando su propia voz pareció surgir de todas partes y de ninguna, llenando el Universo con su tono grave y sereno:
“Dónde nos hallamos, bella dama? ¿A dónde me llevas?”
La valkiria le miró con ojos color rubí.
“Estamos traspasando los portales entre los mundos, guerrero. Aún hemos de cruzar Tres Regiones más. Entonces, llegaremos al País del Valhalla.
Koll de nuevo iba a preguntar, pero los colores desaparecieron súbitamente, como animalillos asustados por una terrible bestia. Volaban sobre un Universo en el que sólo existían el blanco y negro. Diferentes tonalidades de ellos dos servían para dar forma a los habitantes de aquel lugar, hombres y mujeres achaparrados que caminaban sobre la superficie de un inacabable y fangoso mar.
Koll se miró una mano y vio que ésta era de color gris brillante. Tan sólo la valkiria y su caballo alado rompían la brutal monotonía con sus tonos dorado, azul y plata.
Ascendieron hasta encontrar una infinita bóveda cristalina, que atravesaron raudamente, sin dañar en absoluto su frágil vidrio. Koll comprendió que entraban en la segunda de las tres Regiones a las que antes se refiriera la valkiria.
Era un Cosmos helado, un desierto de nieve y escarcha sin fin. Fantasmales y curvilíneos icebergs se alzaban sobre un mar blancuzco, de sólida consistencia. Koll divisó unas figuras toscas y nervudas que les miraban y alzaban sus mazas y hachas hostilmente.
La valkiria se volvió hacia Koll y, aunque no abrió sus labios, o lo hizo tan suavemente que parecieron cerrados, su voz reinó sobre el helado silencio:
“Éste es el mundo de los Trolls, los Enanos y las Bestias del Hielo, todos bajo la sombra de su padre Ymir. Pelearon contra Nuestro Señor Odín y sus huestes asgardianas cuando los habitantes de este País intentaron invadir una Región que no les correspondía.
Los Enanos ascendían como montañas cristalinas y les aullaban huracanes. De sus barbas colgaban los glaciares y de sus grotescos labios se desprendían avalanchas. Poseían ojos intensamente azules, sin pupilas. Sus narices eran picachos, sus cejas cordilleras, sus poderosos músculos montes y valles sobre los que se trotaban aterrorizadas manadas de lobos, osos y ciervos.
Pero los Enanos, a pesar de sus estruendos y sus amenazas que alzaban tormentas de nieve, no pudieron alcanzarlos.
Les dejaron atrás y se enfrentaron a una espesa barrera de nieblas. Atravesaron el banco algodonoso y entonces observó el vikingo otro mundo, una Región en la que había bosques de extraños árboles y desiertos que no eran de hielo o arena. Por todas partes descubría hombres, mujeres, niños y ancianos que emitían un débil fulgor. Andaban cansinamente, con la cabeza baja. Se dirigían en grandes filas hacia distintas direcciones, de manera al parecer caótica.
Koll preguntó.
“¿Quiénes son?”
“Almas perdidas. Están atrapadas entre la Vida y la Muerte. Dejaron tareas sin cumplir o se marcharon a destiempo. Nadie sabe lo que ocurre con ellos. Andan y andan, mendigando un destino en esta Tierra de Nadie.
Koll sintió profunda tristeza al contemplarlos, pues todo en ellos rezumaba desesperación.
La valkiria advirtió.
“Y ahora, cuidado. Pronto llegarás al Umbral del siguiente País y habrás de soportar la mirada de Hela, Señora de Todos los Finales. Si le complace lo que ve te dejará pasar a la siguiente existencia. Si no, quedarás atrapado con ellos en este mundo” Señaló a los espectros del suelo. “Extrae todo tu valor, guerrero, incluso el que no poseas”
Koll miró hacia el frente y su vista topó con un espeso muro de opacidad que se les acercaba.
Lo traspasaron. Entonces, el Miedo agarró al vikingo con puño de hierro.
Era aquél un mundo oscuro y tenebroso. No había más que calaveras y osamentas, figuras de ceniza, cementerios y túmulos. Columnas de negro humo se alzaban desde braseros herrumbrosos, dibujando monstruos de crueldad infinita. Mas, si espantosa eran aquellas criaturas y sus circunstancias, más insoportable resultaba descubrir que todas ellas eran partes de un gran y único conjunto, pinceladas del mismo lienzo: cada pedazo de negrura y cada criatura de pesadilla se conjugaba con las más cercanas y juntas, infinitas, creaban la eterna faz de Hela, Señora de lo Muerto.
Koll procuró escapar de aquella enloquecedora visión, pero en sus manos, en las calaveras, en las aceitosas volutas e incluso en las escamas de la cota de mallas de la valkiria se dibujaba el diminuto rostro de la muerte, como los reflejos de una efigie majestuosa y vesánica que dominara cada pedazo de aquella realidad. Koll trató de aguantar esta presión titánica, pero sollozó, desesperado. El temor se transformó en pánico sucio y pegajoso que le impedía pensar. Deseaba aullar, correr, volar, escapar de aquel espanto ávido y chillón. Pero no podía. Y no debía. Agónicamente, buscó en su interior la fuerza necesaria. A pesar de no creer poseerla, la halló.
Entonces, el Rostro de la Muerte se difuminó. Su presencia ya no era manifiesta en cada sombra y cada luz.
Koll y la valkiria habían penetrado en un mundo brillante, cuya blancura se desparramaba sin frontera. Hela había quedado lejos, Koll había superado la prueba de la Señora Oscura y cruzado el Umbral de lo Muerto.
Ahora, estaba en el Más Allá.
Miró a la valkiria, quien guardaba silencio. La luz iluminaba sus facciones, confiriéndole hermosura y nobleza. También Koll se sentía de algún modo más fuerte y sereno.
Continuaron galopando en el Mar de Luz. Divisaron, lejana, una nube oscura y zumbante. El vikingo se interesó.
“¿Qué es aquéllo?”
“Los enemigos del Valhalla, criaturas malignas y amantes de la tiniebla. Quieren conquistar este mundo y hacerlo suyo. Llegaron desde el Averno de Surtur, ejército tras ejército, horda tras horda, y emprendieron una guerra interminable. El deber de los guerreros del Valhalla es contenerlos y vencerlos en incontables batallas.
Koll clavó sus inmateriales ojos en el enjambre que se les aproximaba. El color de los seres oscilaba entre el ocre y el rojo y sus cuerpos parecían cubiertos de una carne húmeda y arcillosa. Aunque albergaban cierta consistencia, no guardaban estabilidad, ya que los brazos, las piernas, los tentáculos y los ojos aparecían y desaparecían vertiginosamente sobre cada musculoso cuerpo. Todos ellos formaban una sola unidad que se desgajaba arrítmica y caprichosamente. En la tormenta de formas, los rostros sonreían de manera avariciosa, mirándolo todo con ojos saltones, y entre los labios abultados aparecían hileras de finos y afilados colmillos y lenguas que lascivas culebreaban.
La valkiria espoleó a su caballo alado. El corcel galopaba y volaba raudo hacia la nube de espectros, que a su vez también parecían desear la lucha. Rugían excitados y se relamían las grotescas bocas.
La valkiria colocó el escudo circular en su brazo izquierdo y con la diestra desenvainó su espada, forjada en metal que suavemente brillaba en tonos helados. La mujer guerrera cantó una canción que haría pedazos los corazones de los valientes y cargó sobre la muchedumbre.
Su espada zumbó en todas direcciones, rajando y aplastando los cuerpos de pesadilla. Aquellos cadáveres se deshacían entre nubes de pegajoso y oscuro humo que tardaban en desaparecer, como una suerte de ríos de melaza negruzca impulsados en caprichosas direcciones. Los demonios intentaban atrapar y acuchillar a la valkiria con sus afiladas garras, pero ella se defendía de los lances con el escudo y contraatacaba utilizando su letal acero.
Koll, a su lado, sobre la grupa de la montura, quiso también luchar, sintiendo de nuevo la furia del combate.
Un demonio se le echó encima y el vikingo sintió que aquella cosa lo empujaba hacia abajo y lo engullía. Le pareció estar bajo aguas, atrapado por los tentáculos de una bestia que deseara arrastrarle hasta su remota guarida. El ser gruñía y mugía espeluznantemente, y aquellos sonidos se escuchaban, como todos los del Más Allá, no en los tímpanos, sino dentro de la mente. Sin saber cómo, por puro instinto, Koll peleó y se debatió contra la bestia, vomitando rabia y coraje.
De repente, estaba en el centro de una nubecilla fungosa que se deshacía en hilachas de un sucio escarlata. Sentía exultación, pues había vencido. Vio deshacerse poco a poco los restos de los cadáveres enemigos. La valkiria daba cuenta de los supervivientes. Incluso el caballo alado peleaba, aplastando a los espectros bajo los cascos. Los pocos monstruos que aún conservaban la vida huyeron en desbandada y la valkiria cesó su escalofriante canto de batalla.
Se acercó a Koll, llevando al trote a su inquieto caballo mientras envainaba la espada.
“Hemos ganado. Pero volverán. Si entras en el Valhalla, tu cometido será detenerlos una vez y otra, incansablemente”
Koll montó de nuevo sobre la grupa del corcel y asintió en silencio. Su rostro etéreo había tomado una expresión grave. Comenzaba a sentirse parte de aquel extraño universo.
Siguieron cabalgando en la blancura inacabable durante fugaces eternidades. En un instante determinado, descubrieron una lejana y grandiosa batalla.
Un ejército estaba formado por aquel tipo de obscenas criaturas contra las que habían peleado y en el otro militaban fornidos hombres, enfundados en recias armaduras, que portaban hachas y espadas fantásticas. Había miles por cada bando.
La valkiria les señaló.
“Ahí los tienes: los Defensores del Valhalla. Ése es su sino: luchar sin descanso hasta caer o aplastar al enemigo”
“¿Quién ganará esta guerra?”
“Nadie. Es una lucha eterna. Lo que se busca es no perder”
La valkiria miró hacia el frente, entrecerrando los ojos, reflexiva, como rememorando sucesos lejanos.
“Hubo una época en que los Dioses Oscuros, aconsejados por El Señor de las Mentiras, El Ardiente, El Huido, Loki El Perverso, intentaron apoderarse de las Regiones Elevadas e incluso conquistar Asgard, el Reino de Luz. Fue entonces cuando Ymir y sus hijos se aliaron con los demonios de Surtur e innumerables y enloquecedoras criaturas se enfrentaron a los guerreros del Valhalla y los Países Superiores. Incluso Nuestro Señor Odín intervino en la lucha, comandando a su pléyade de Inmortales, a la vanguardia de los cuales marchaba Thor, El Tronante, de barba y melena rojas y ojos devastadores, empuñando su martillo Mjolnir. Fue una guerra corta pero devastadora. Las huestes del Submundo resultaron vencidas y retornaron, masacradas, a sus mundos de origen. Pero siguen atacando, aún cuando saben que perderán en el momento final. Es el Destino, que gobierna a hombres y dioses, el que ha impuesto esta lucha interminable.
“¿A dónde van las almas de quienes mueren en la lucha a favor o en contra del Valhalla?”
“Eso nosotros no lo sabemos. Quizá pasen a otras Regiones, superiores o inferiores. El camino de un espíritu no tiene fin, ni siquiera los dioses pueden librarse del infinito viaje de sus ánimas en busca de algo por lo que peleamos y sufrimos pero sólo llegamos a intuir.
Tras las enigmáticas sentencias, Koll guardó de nuevo un reflexivo silencio.
Observó la lejana muchedumbre. El brillo de los guerreros contrastaba con la oscura y terrosa piel de los demonios. Morían a decenas, tanto en un bando como en otro, y sus cuerpos se convertían en niebla fungosa.
La valkiria se apresuró.
“Vámonos. Dejémosles a ellos con sus asuntos, que nosotros hemos de concentrarnos en los nuestros.
Cabalgaron y cabalgaron hasta descubrir una lejana esfera. A medida que se aproximaban, su superficie dejó de ovalarse y se transformó por fin en un plano e infinito muro que refulgía con el oro y el bronce en que había sido construido. La pared se hallaba enteramente cubierta por relieves que mostraban escenas de gestas y aventuras, entierros solemnes, coronaciones, bodas y banquetes.
Koll escuchó la voz de su guía.
“Tras este muro se encuentra el Valhalla. Mi cometido acaba aquí. Ahora, Los Que Contemplan y Deciden deberán juzgar si eres digno o no de penetrar en esta morada”
Koll frunció el ceño, preocupado.
“Pero no morí empuñando arma alguna. Quizá no me permitan entrar”
“De cualquier modo, has de permanecer aquí hasta que el Guardián de las Puertas del Valhalla te diga cómo debes proceder. ¡Adiós, guerrero, y que el Triunfo te acompañe adonde quiera que vayas! Nunca dejes huír al valor, porque ése ha sido y será el corcel que más rápido y lejos te conducirá”
Koll se despidió de la bella dama. La valkiria espoleó a su montura y cabalgó hasta convertirse en un punto lejano y por último desaparecer, quizá en busca de otros guerreros valientes a punto de abandonar la vida terrenal.
El vikingo quedóse mirando el muro infinito, hipnotizado por los detallados y hermosos relieves que lo adornaban.
De pronto, aquellos dibujos se movieron, culebreando como con vida propia. El metal se deshizo y fluyó tal que un líquido, dibujando frente a Koll un portal gigantesco cuyos lados medirían, tal vez, más de trescientos pies. Dos puertas de un extraño metal plateado cerraban la entrada.
Una de las hojas se abrió, sin producir sonido alguno, y Koll atisbó por la estrecha abertura el interior del Valhalla...
...Vio mares verdosos e indómitos en los que navegaban majestuosos y rápidos barcos. Vio montañas blancas y fiordos de belleza turbadora, primaverales bosques donde abundaban las bestias salvajes y praderas de fresco y verde césped en las que hombres y mujeres desnudos cantaban, reían, hacían el amor y conversaban mientras la brisa acariciaba sus cabellos. Vio compañeros de batalla apurando los cuernos de cerveza e hidromiel, narrando y escuchando sus aventuras y hazañas...
Aquellas imágenes llenaban su mente. En ellas, todo ser del Valhalla, vivo o inerte, poseía una consistencia y una firmeza ajenas a las cosas del mundo terrenal. Al mismo tiempo, una serena fuerza persistía en el aire, llenando al espectador de gozo y asombro.
Koll entendió entonces por qué los demonios de las Profundidades deseaban conquistar aquellas tierras. El Valhalla rompía y robaba el corazón de quien lo contemplara, despertando en el observador el deseo de volver una y otra vez, por muy lejos que se hallara.
Las puertas se cerraron y frente a Koll había un gigante. Al vikingo le dio la impresión de que había permanecido ahí durante mucho tiempo, confundido con el fondo de las imágenes y los relieves broncíneos. El coloso le aventajaba en tres cabezas de altura. Tenía un cuerpo robusto y poderoso y su porte rezumaba decisión y orgullo. Vestía una majestuosa armadura de colores plata y oro. Apoyaba sus dos manos enguantadas en una espada de hoja recta, ancha y larga. Bajo el yelmo adornado con afiladísimos cuernos sus rasgos eran firmes y rectos. Lucía barba dorada y sus fríos ojos azules no tenían edad.
Su voz tronó en la vastedad.
“¿Quién eres y qué quieres, hombre?”
A pesar de la ansiedad, Koll respondió con aplomo.
“Me llamo Koll, hijo de Edric, hijo de Munsen. Fui un guerrero vikingo en la Otra Vida. Quiero unirme a los Defensores del Valhalla, pelear con ellos en sus batallas y triunfar o morir por este sagrado lugar”
El gigante le miró fijamente con sus helados y severos ojos azules. Koll hubo de hacer esfuerzos para no apartar la vista. Se sentía desvalido ante aquella figura terrible, pero recordó lo que le dijera la valkiria: “No dejes huír al valor, pues éste ha sido y será el corcel que más rápido y lejos te lleve”.
Decidió hincar espuelas a tan brioso caballo y alzó su blancuzca barbilla, altivo.
“¿Y bien, noble guardián? Estoy esperando tu respuesta”
Por los ojos del gigante cruzó un relámpago de furia y Koll experimentó terror. Le pareció hallarse ante una sólida montaña que en cualquier momento podía desplomarse entera sobre su cabeza. El Guardián contestó.
“Cuida tus palabras, hombre Eres osado y en el Valhalla admiramos esa cualidad. También moriste en lid, lo cual te honra. Pero, cuando llegó tu hora no empuñabas el glorioso acero y eso dificulta tu bienvenida al Valhalla. Deberás superar una prueba para entrar en esta morada.
“Dime qué he de hacer, Guardián, y empeñaré en tal tarea hasta la última onza de coraje y decisión”
“Koll, hijo de Edric, habrás de encontrar la Grieta que conduce a los dominios de Surtur el Maligno. Una vez dentro de ella, deberás tomar un objeto de gran valor y traerlo aquí. Sí lo consigues pertenecerás al Valhalla y el Valhalla te pertenecerá. Si no, pasarás el resto de esta Existencia sirviendo al Averno y la Oscuridad.
“¿Y qué objeto es ése que debo traer? ¿Cómo podré llegar a esa Grieta?”
“No te contestaré a eso. Habrás de averiguar tú solo las respuestas, pues ellas también forman parte de la prueba. Sólo esto te revelaré: la solución tienes que buscarla en tu interior. Y cesa de preguntar. La calidad de tu deseo y tu valor decidirán el resultado de la prueba.
Koll asintió gravemente.
“Guardián del Valhalla, cumpliré mi cometido o sucumbiré en el intento. Nos veremos antes de lo que esperas... ¡Me despido de ti!”
El gigante asintió en silencio. Su figura se tornó borrosa, desapareciendo finalmente. Tras de él, las Puertas se deshicieron en un torrente de acero y bronce, volviendo a convertirse en parte del infinito muro.
La mirada de Koll encontró como por casualidad un relieve en el que se veía a sí mismo hablando con el Guardián. Comprendió que los inacabables dibujos mostraban todos los sucesos, trascendentes o banales, acontecidos en torno al mítico Reino. En aquel muro estaba escrita la Historia del Valhalla
Aunque maravillado, se obligó a concentrarse en su misión: debía comenzar una búsqueda imposible. Sus posibilidades de victoria eran pocas, pero estaba dispuesto a esforzarse y no someterse jamás a la desesperación.
Se desplazó, flotando ligeramente en aquel mar de blancura. Moverse en él era como atravesar un suave fluido. A medida que se alejaba del gran muro éste fue curvándose hasta formar una esfera más y más pequeña.
Por fin, quedó solo en la blancura sin fin. Avanzaba hacia ninguna parte, buscando aquella gran Grieta de la que le hablara el Guardián.
Descubrió una confusa mancha que iba cobrando tamaño paulatinamente. Aquéllo que se le acercaba a gran velocidad era un grupo de criaturas monstruosas, parecidas a las que combatiera junto a la valkiria.
Contó al menos cinco de estos horrendos y rojizos seres, mas su número a veces se reducía o aumentaba al unirse y separarse sus cuerpos de manera caprichosa.
Koll sintió miedo. Estaba desnudo y desarmado y ellos eran mayoría, parecían poderosos y ágiles y poseían garras y colmillos afilados. Sintió la necesidad de huír, pero, comprendiendo que no tendría escapatoria al ser sus rivales más rápidos, decidió pelear hasta perecer, fuera cual fuese la forma de morir en este extraño mundo.
Cerró contra la jauría. Un latido antes del choque su carne azulada y translúcida devino cota de mallas, yelmo y botas. Una sección de su antebrazo izquierdo se expandió hasta conformar un bello y sólido escudo circular y de la palma de su diestra surgió una recta espada de brillante acero.
El guerrero, con un brutal rugido, los encontró lleno de una energía sobrehumana, la fuerza nacida del puro y ciego valor. Peleó como un enloquecido, repartiendo espantosos tajos que destrozaban las inmateriales criaturas, empujándolas con el escudo, resistiendo sus latigazos, arañazos y dentelladas, descargando el vigor de unos músculos imposibles, notando tronar la inmaterial sangre en sus sienes. Las criaturas chillaron y se deshicieron bajo el brillante zumbar de la espada.
Pronto, sólo quedó uno de ellos con vida, un ser globoso con más de tres ojos en su orondo rostro y brazos tentaculares. Koll lo aferró del cuello cuando el demonio ya huía. Su carne resultaba húmeda y algodonosa, dotada de cierta solidez. El vikingo apoyó la punta de la espada en la barriga del ser, conteniéndose para no atravesarlo. Experimentaba un odio inexpugnable hacia aquella raza de abominaciones. Sus ojos despedían chispas y su rostro bajo el yelmo estaba contraído por la ira.
“¡Condúceme hasta la Grieta, demonio!”
El pánico del monstruo cedió y rompió a reír, agudo y burlón.
“Como desees, estúpido. En la Grieta esperan mis hermanos, las huestes de Surtur. No podrás escapar de ellos y tu destino será tan horrible que suplicarás mil veces por que te demos un rápido final, y además renegarás otras tantas del Valhalla y sus moradores.
Koll sintió que su cólera crecía, pero contuvo el brazo.
“¡Vamos hacia ese lugar!”
“Antes, has de jurarme que, una vez allí, respetarás mi vida y me dejarás huír en paz”
“Y tú jurarás no descubrir mi presencia a tus amos una vez te libere”
El demonio se carcajeó.
“¡Claro que lo juro! ¡Por supuesto! ¡Puedes confiar en mí!”
Aquel mezquino y grotesco ente no respetaría su parte del trato y Koll lo sabía. Aún así, él sí mantendría su palabra.
“Yo juro soltarte al llegar a la Grieta, sin causarte antes daño alguno”
El demonio rió de nuevo, pero la mirada de su captor le ordenó callar. La punta de la espada lo obligó a avanzar y se pusieron en movimiento.
Flotaron en la Nada durante algún tiempo, siempre guiando el monstruo, echando mano de un espectral sentido de la orientación.
Pronto descubrieron en la lejanía las huestes de Surtur.
Eran gárgolas, grifos, dragones, krakens, demonios, trolls y mil y una especies más de criaturas horrendas, que avanzaban como mares rojizos o enjambres de insectos compulsivos. Observándolos desde la distancia, Koll experimentó una profunda repugnancia: había algo ciertamente obsceno, cruel y malicioso en tales seres. El vikingo los imaginó como legiones de gusanos dispuestos a penetrar una manzana fresca y brillante e incubar en ella sus huevos hasta pudrirla por completo.
Pronto divisaron la Gran Grieta. Al principio, sólo fue una línea lejana. Después, Koll quedó asombrado de aquella gigantesca cuchillada en el tejido de la Realidad. Era la Grieta un amplio y sucio desgarro, una puerta abierta a los predios de Surtur. Por ella surgían, como mareas hambrientas, mareas demoníacas. La locura correteó en la mente de Koll. Debió emplear toda su fuerza de voluntad para no huír despavorido ante aquel espectáculo.
El demonio que le había guiado se buró de sus temores.
“Es un hermoso panorama, ¿verdad, hombrecillo?”
Koll no contestó, absorto en su tarea. Había de entrar en la Grieta y buscar un objeto de gran valor que él mismo desconocía. Pero estaba aún lejos de ella e intuía que, si se acercaba más, las huestes infernales terminarían por descubrirlo. Debía encontrar la manera de pasar desapercibido entre ellos.
Cuando ya comenzaba a flaquear su resolución, miró fijamente al gordo demonio que lo había acompañado hasta el momento y se le ocurrió una idea.
“Me llevarás en tu interior. Tu carne es algodonosa y puede albergarme, como si fueses un gran saco. Así, tus congéneres no repararán en mí cuando pase a su lado”
“No... ¡No puedes!”
Koll le pinchó ligeramente la rojiza y arcillosa garganta con la punta de la espada.
“Sí puedo. Y lo haré. Si tratas expulsarme o descubrir mi presencia te juro que desenvainaré mi espada y te rajaré de dentro a afuera. Mas, si obedeces mis órdenes te liberare una vez haya encontrado lo que vine a buscar, como antes prometí”
Sin esperar respuesta, Koll guardó su espada en la vaina y atravesó la piel del monstruo. Experimentó asco por hallarse dentro del demonio, tal que si se hubiera zambullido en una roja gelatina. El cuerpo del espectro resultaba ligeramente translúcido y, aunque le escondería de las miradas ajenas, Koll lograba contemplar lo que ocurría en el exterior.
El vikingo refirió sus secas órdenes.
“¡Muévete en la dirección que yo te diga! ¡Y no hagas nada sospechoso o por Odín Sagrado que te atravesaré con mi espada y de ti no quedará más que oscura inmundicia!”
Así, avanzando uno dentro del otro, pasaron entre las hordas infernales. Los horrendos soldados casi no se fijaron en el pequeño demonio, aunque varios capitanes, terribles guerreros enfundados en pavorosas armaduras, arengaban al espectro para que se uniera a sus compañeros de armas.
Lograron escabullirse hasta llegar al borde de la Grieta. Al mirar hacia el abismo, Koll experimentó vértigo y horror, pues en la profundidad brillaban los enloquecedores fuegos del Averno. Mas, conteniendo el pánico a duras penas, comen­zaron a descender por las empinadas laderas de aquel terreno seco y ocre. Al poco, su asco creció al comprender que aquellas imposibles paredes eran sangre solidificada.
Evitaron una y otra vez a los ejércitos interminables que surgían del Otro Mundo. Koll buscaba con desesperación, más no hallaba ningún objeto que interpretara de gran valor.
Súbitamente, y al parecer sin una razón concreta, el demonio que le escondía echó a correr, chillando de manera histérica.
“¡Está aquí! ¡Dentro de mí! ¡Un enemigo de los nuestros! ¡Un rival de Surtur! ¡Un Defensor del Valhalla!”
Koll quedó al descubierto y ni siquiera pudo atrapar al traicionero ser antes de que éste huyera definitivamente. Alzó su espada, dispuesto a luchar hasta el final.
El que fuera hasta entonces su guía continuaba burlándose de él, a prudencial distancia, mientras comenzaban a llegar decenas y decenas de otras criaturas infernales, movidas por la alarma y la curiosidad.
“¡Prepárate para el tormento, pobre necio! ¿Acaso pensaste que yo mantendría mi palabra?”
Una pesadilla de escamosa piel, animada por gruesos músculos, agarró el cuello del pequeño demonio.
“¡Tú lo has traído hasta aquí, estúpido!”
El pequeño diablo se retorcía bajo él, aterrorizado y servil.
“¡Mi señor, él me obligó! ¡No pude hacer otra cosa!”
Desdeñosamente, la imponente criatura golpeó y su lanza atravesó el rechoncho cuerpo, que pronto se deshizo en espesa humareda.
El guerrero vesánico, al menos el doble de alto que Koll, se acercó al vikingo con la lanza en una mano y un hacha de doble filo en la otra. Sonreía rabiosamente.
“Un Defensor del Valhalla... Estás muy lejos de tu Reino, guerrero. Demasiado lejos”
Koll no respondió y, cuando su enemigo cerró con un rugido, aguantó a duras penas el hendiente protegiéndose con el escudo. Su espada desgarró el costado del rival. Por todo lamento, el monstruo lanzó una carcajada. La lanza traspasó la pierna izquierda del vikingo. Koll aulló con su imposible voz y, loco de furia y dolor, clavó su espada en la garganta del monstruo, que, entre gritos de sufrimiento y pánico, se deshizo como líquido verdoso y fétido.
Koll extrajo la lanza de su miembro herido, que sangraba un humor brillante. Cojeando, trató de escapar.
Pero, descubierta su posición, numerosos grupos de enemigos continuaban aproximándosele, mugiendo y silbando de satisfacción por haber descubierto tan valiosa presa.
Koll seguía retrocediendo, mas se le aparecía claramente que en poco tiempo sus antagonistas lo rodearían por completo y le destrozarían rápidamente, en el mejor de los casos. En aquellos ámbitos infernales ya no lograba desplazarse al vuelo, así que caminaba sobre estrechas cornisas y empinadas laderas, no resbalando de puro milagro. Si ello ocurriera se precipitaría al fondo del abismo, donde le esperaban aquellas horribles llamas que chisporroteaban con vida propia.
Una criatura de aspecto casi humano se le acercaba por su diestra, hollando la misma cornisa en que él estaba. El ser vestía co­ta de mallas, casco adornado con cuernos, botas de algo parecido al cuero y una túnica corta cuya forma y dibujos recordó a Koll los del pueblo vikingo. Enarbolaba en su cadavérica mano una espada lar­ga y recta. Su rostro mostraba el tono de la ceniza y se estiraba, tan delgado que el reseco pellejo contorneaba los huesos. Del mentón y la coronilla colgaban varios mechones de pelo en resecas hilachas. Los ojos de la criatura eran totalmente opacos y había en ellos cierta y sucia maldad.
Su voz ronca y profunda raspó la mente del vikingo.
“¿No me recuerdas, Koll?”
El aludido le observó con mayor atención. El horror subió por su garganta como una gorda araña que pugnara por escapar a través de su boca y le impidió contestar. El hombre cadavérico retomó la iniciativa.
“Soy Grimmur, aquél con quien com­partieras juegos de infancia, en nuestra Escandinavia natal.
Grimmur había dejado el mundo terrenal dos años antes que Koll, en una incursión contra los irlandeses. Fueron buenos amigos desde niños, casi hermanos, y Koll no pudo reprimir las lágrimas durante su entierro.
Al fin, Koll salió del estupor.
“¡No es posible! ¡Tú deberías luchar con los Defensores del Valhalla, no del lado de sus enemigos! ¡Mereces un destino mejor!”
“Llevas razón, antiguo amigo, pero en una batalla los ser­vidores de Surtur y Loki me atraparon y esclavizaron mi espíri­tu. Ahora, me veo obligado a pelear contra alguien a quien amé como a mi propio hermano. Mas no puedo evitarlo... ¡Defiéndete!”
Soltó una aguda y amarga carcajada y, demostrando una fuerza y una agilidad sorprendentes, lanzó un revés a dos manos que su contrincante paró con el escu­do.
Koll no deseaba pelear contra Grimmur, o contra el recuerdo de Grimmur, pero al fin, entendiendo que no le quedaría otra salida, endureció su corazón y atacó.
Los muchos demonios y monstruos congregados alrededor del combate les arengaban, burlándose de ellos con voces odiosas. Koll, aunque debilitado a causa de su herida en la pierna, peleó con rabia, resistiendo la furia enemiga en principio, hasta volver las tornas a fuerza de enérgicos y rabiosos tajos y obligando a Grimmur a retroceder. Al fin, ensartó su espada en el pecho del antiguo amigo. Grimmur soltó un leve quejido y se precipitó al abismo, donde fue engullido por las llamas y el magma. Koll, empuñando aún la espada ensangrentada, le contempló desaparecer entre el fuego. Airado y entristecido, se encaró con las pesadillas que le rodeaban, dispuesto a sostener su última y absolutamente desesperada batalla.
“¡Demonios! ¡Venid por mí! ¡Nadie cantará mi final, pero, aquí, a las Puertas del Infierno, probaréis el acero del Valhalla!”
La muchedumbre se le acercaba, descolgándose o deslizándose por la cuesta, y tan bravo parecía aquel guerrero que nin­guno osaba comenzar el combate.
Koll se fijó en que algo brillaba en el vacío bajo él. Era un destello metálico que había aparecido de la nada durante los latidos anteriores. Lo reconoció como la espada del da­nés, aquélla que perdió en el fondo del mar un instante antes de morir. Muy lentamente, el arma bajaba girando y girando sin cesar, directa hacia los abismos de Surtur y su compañero Loki, Príncipe de las Mentiras.
Quiso de nuevo apoderarse de ella. Si se lanzaba tras el arma caería directamente al Averno, donde le espera­ban tormentos mil, no el menor de entre ellos la devastación del alma, como sufriera el desgraciado Grimmur. Mas, si elegía resistir allí, luchando contra los monstruos, tal vez encontrara un rápido y glorioso final.
Luchó contra el miedo y las corrosivas dudas. Y, gritando el nombre de Odín, se lanzó al precipicio.
Bajaba hacia la espada velozmente y a medida que se acercaba al codiciado arma el abismo iba transformándose en otro tipo de profundidad, esmeraldina y confusa. El fondo del mar tormentoso...
...Se sumergía para agarrar el acero, pataleando furiosamente en las aguas heladas. La sangre escapaba por su mano destrozada, las costillas se le hincaban en la carne, los pulmones buscaban un aire que no llegaba. Ante él, la espada continuaba bajando lenta, lenta, lentamente, siempre lejana. Sus dedos casi rozaban el puño del arma. La vista se le nubló, mientras sentía el pecho como atravesado por afiladas cuchillas. De nuevo se le escaparía el arma. Sacando fuerzas de no supo dónde, se impulsó en un último golpe de sus piernas y estiró su cuerpo y su brazo. Abrió la boca en un grito rabioso y el agua inundó su garganta, su estómago. La mano se cerró en torno a la empuñadura, aferrándola con fuerza en el momento en que sus pulmones, al fin, reventaron.
El vikingo había atrapado la espada.
El agua oscureció y tomó cuerpo, hasta convertirse en paredes de terrosa sangre seca. Koll, Defensor del Valhalla, se sintió lleno de energía. El arma, corno si poseyera vida propia, tiró de él, hacia arriba, hasta sacarle de la Grieta.
Pronto ésta se encontraba muy lejos y Koll continuaba viajando, impul­sado por la espada.
Las hordas y ejércitos demoníacos le perseguían, ardiendo en furia. Enjambres de horrores sin nombre iban tras de él, alzándose sobre su cabeza como la gigantesca ola que está a punto de engullir el frágil barco.
Koll deseó ganar rapidez, así que la sangre blancuzca de su pierna se transformó en un pardo y fuerte caballo del cual tomó las riendas con firme pulso. El corcel relinchó salvajemente y sus potentes patas redoblaron la velocidad de la huída.
Sin embargo, las garras de la vanguardia enemiga ya rozaban la cola del corcel y Koll podía sentir su fétido aliento en la espalda. Se volvió y vio que la muchedumbre se unía hasta formar un gigantesco gusano oscuro que abría sus fauces para atraparle. Espoleó a su caballo, pues ya divisaba, lejano, el mítico Valhalla. También descubrió una legión de sus guerreros aproximándosele.
La serpiente a su espalda chilló de rabia y miedo y se desintegró en mil cuerpos más pequeños que enarbolaban frías y negras espadas.
Los ejércitos chocaron en medio de la Nada como dos olas fu­riosas, conformando un mar de metal, furia y sangre. El vacío se llenó con el sonido del acero y los gritos de los combatientes.
Koll continuó cabalgando, pues aún debía entregar el objeto buscado y encontrado al Guardián del Valhalla.
Pronto se halló frente a él. Bajó del caballo, que se difu­minó en una blanca nube, y, arrodillándose con dificultad, le en­tregó la espada.
“Aquí está, mi señor, lo que me ordenaste hallar. Te lo entrego con todo mi orgullo y toda mi humildad”
El Guardián recogió el arma y la guardó en una vaina de oro, asintiendo, complacido.
“Ahora has venido armado hasta las Puertas del Valhalla, tras llevar a cabo además una gesta que vivirá por siempre en los sueños de los valientes. Entra en el Valhalla. Disfruta de él y hónralo. Tuyo es el privilegio, tuyo el deber”
Las Puertas se abrieron y la Luz cayó sobre Koll, quien contemplaba el Umbral con el semblante severo y los ojos llenos de gloria.
Atravesando nubes de sangre, heridos, exhaustos y victoriosos, llegaron las huestes que asistieran a Koll, pues una vez que al guerrero se le aceptaba como un igual, resultaba intolerable abandonarlo en medio del peligro.
Penetraron en el Valhalla, envueltos en un poderoso aura.
Después, las Puertas se cerraron, una vez mas.
Y lejos, muy, muy, muy lejos, en el fondo de un verde océano, el cadáver de un vikingo reposa sobre el cieno. Su cuerpo se deshace con extrema lentitud mientras los peces mordisquean caprichosos su azulada carne. La pesada cota de mallas y las bandas de metal en sus muñecas le impiden flotar hacia la superficie. Las suaves corrientes submarinas mecen su cabellera amarillenta. Las algas abrazan sus anchas espaldas, sus recias piernas y sus gruesos brazos. Poco a poco, la piel se escama y abre, las vísceras se hinchan y los pequeños carroñeros hacen su trabajo. Pero aquel guerrero muerto del fondo del mar aún conserva, empuñándola en la diestra, una recta espada nórdica. Y ni los peces, ni los pequeños carroñeros, ni las algas, ni las mareas ni el azote del Tiempo lograrán arrebatarle aquel pequeño y débil pedazo de herrumbre metálica, porque sus dedos la aferran con una tozudez inaudita, una rígida voluntad, una persistencia que se diría ultraterrena, sobrenatural.

GUIA DE HYPERION -- R.P.G. -- MITOLOGIA GRIEGA

GUIA DE HYPERION
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¿QUIEN ES HYPERION?
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En la mitología griega, Hiperión (en griego antiguo Ὑπερίων Hyperíôn, ‘el que vive arriba’ o ‘el que mira desde arriba’) es un Titán, hijo de Urano (el Cielo) y Gea (la Tierra).
En la Ilíada de Homero, el dios sol se llamaba Helios Hyperion (‘Sol en lo más alto’), pero en la Odisea, la Teogonía de Hesíodo y el himno homérico a Deméter el sol recibe el nombre de Hyperonides (‘hijo de Hiperión’), y ciertamente Hesíodo imaginaba a Hiperión como un ser separado de Helios en otras obras. De hecho, algunos traducen «Hiperión» como ‘el que aparece antes que el Sol’. En la literatura griega posterior Hiperión siempre se distingue de Helios.
Hiperión es considerado el dios del fuego astral y la observación, y su hermana Tea la diosa de la vista.
Según Hesíodo, se casó con Tea (llamada Eurifaesa es el Himno homérico a Helios), su hermana, con la que tuvo tres hijos: Helios (el Sol), Selene (la Luna) y Eos (la Aurora):
Tea concibió del amor de Hiperión y dio a luzal gran Helios y las brillantes Selene y Eos,que traen la luz a todos los mortales de esta tierray a los inmortales dioses que gobiernan el ancho cielo.
Sus tres hijos eran notables por su belleza y virtud, lo que atrajo sobre Hiperión los celos de los otros Titanes. Éstos, conspirando entre ellos, convinieron matar a Hiperión y ahogar a sus hijos.
Hiperión desempeña un papel virtualmente nulo en los cultos griegos y muy pequeño en la mitología, con la excepción de aparecer en la lista de los doce Titanes. Autores griegos posteriores intelectualizaron sus mitos:
De Hiperión se nos dice que fue el primero en entender, por su diligente atención y observación, el movimiento del sol, la luna y las demás estrellas, así como de las estaciones, que están provocadas por estos cuerpos, y dar a conocer estos hechos a los demás; y por esta razón fue llamado padre de estos cuerpos, pues había engendrado, por así decirlo, la especulación sobre ellos y su naturaleza
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ALCAUDÓN- ser legendario que habita en el valle de las Tumbas del Tiempo, zona de la que no puede salir debido a los campos antientrópicos que actúan como una barrera para él. Se le describe habitualmente como un ser metálico de tres metros de alto con cuatro brazos, brillantes ojos rojos y recubierto por un gran número de espinas muy afiladas que usa como arma.
Por si fuera poco tiene la capacidad de alterar el paso del tiempo, lo que le permite acabar con sus víctimas sin que éstas puedan reaccionar para defenderse.

Según la Iglesia de la Expiación Final y los estudiosos del tema, el Alcaudón clava a sus presas en el llamado Árbol del Dolor (véase más adelante). Para el TecnoNúcleo este ser provenía del futuro y su objetivo era aniquilar a la especie humana para evitar que desarrollase su propia Inteligencia Máxima, aunque no entendían el significado del Árbol del Dolor.



ÁRBOL DEL DOLOR-
se denomina así al lugar en el que según la leyenda son clavadas las víctimas del Alcaudón. Para sus adoradores es un lugar de tormento y dolor eterno destinado a los pecadores y los impuros.

Como se demostró más tarde el Árbol es una visión provocada por un simulador de realidad virtual al que son conectadas las presas del Alcaudón, y que sólo genera en ellas sensaciones de dolor insufrible, manteniéndolas vivas en ese tormento durante un tiempo indefinido...

Pero en realidad el sufrimiento de las víctimas del Árbol del Dolor sirve como cebo ideal para cazar a un misterioso y esquivo ser procedente del futuro: la Empatía



BIKURA- dentro de las numerosas leyendas de los pobladores de Hyperion, los bikura son descritos como unos seres de aspecto más o menos humanos que viven en las selvas impenetrables cercanos al gran valle de La Grieta.
Debido a lo complicado del terreno (en especial a las selvas de árboles Tesla) ha sido imposible obtener evidencias definitivas que confirmen la existencia de los bikura. Sin embargo algunos aventureros solitarios como Mamet Spedling y los jesuitas Paul Duré y Lenar Hoyt afirman haber entrado en contacto con esos míticos seres, pero no consiguieron ninguna prueba para demostrar que sus informes eran ciertos.
Ninguna expedición posterior pudo encontrar a los legendarios bikura: el supuesto emplazamiento de su aldea había sido arrasado con cargas nucleares en extrañas circunstancias.

Los bikura son definidos frecuentemente como seres de aspecto humano, calvos y bastante parecidos a niños. Respecto a su personalidad destaca una enorme estupidez, primitivismo y ausencia total de cualquier tipo de sentimiento, aunque eso no significa que sean inofensivos: es frecuente que maten a los extraños que llegan a su territorio.

Según el padre Paul Duré, los bikura son criaturas asexuadas y retrasadas, aunque su rasgo más importante es el cruciforme, un extraño parásito en forma de cruz que se adhiere al pecho de sus víctimas, volviéndolas inmortales en la práctica. Para el TecnoNúcleo los bikura de la Meseta del Piñón son un experimento, un proyecto de lo que serán los últimos seres humanos: esclavos al servicio de las Inteligencias Artificiales.



CAMPO ANTIENTRÓPICO- se trata de un extraño fenómeno que anula los efectos de la entropía en la zona de las Tumbas del Tiempo. La entropía es la medida del desorden en un sistema físico, y es siempre creciente salvo en excepciones tales como el valle de las Tumbas y las singularidades.

Las fuerzas que generan esos campos hacen que varias veces al día el paso del tiempo y de la entropía se invierta en la zona de las Tumbas, creándose el fenómeno de las mareas antientrópicas. Pese a que el resto del día el tiempo transcurre normalmente y las Tumbas envejecen, dichos campos son mucho más intensos y hacen que poco a poco las Tumbas parezcan más recientes.

Los campos fueron generados en un futuro lejano, a unos diez mil años de los sucesos de Hyperion, provocando en la práctica que las Tumbas fueran enviadas hacia el pasado al envejecer en sentido contrario. Esto puede resultar un tanto lioso, pero hay que considerar que cualquier otra cosa que envejece en sentido normal viaja de hecho hacia el futuro (lentamente, claro), y las Tumbas hacen justamente lo contrario debido a los campos antientrópicos.



CRUCIFORME- se trata de un parásito orgánico que se fija en el pecho de sus víctimas y adquiere su material genético, de tal manera que se convierte en una parte más del organismo del huésped.

Su funciones interrumpir el envejecimiento, defender de las enfermedades y regenerar al individuo en caso de muerte accidental o violenta. De hecho confiere la inmortalidad a su víctima a costa de convertirlo en un retrasado carente de sentimientos.

El cruciforme fue puesto a prueba por vez primera con una expedición de colonos marxistas que realizaron un aterrizaje de emergencia en Hyperion, convirtiéndolos en lo que más tarde se llamarían los bikura. Se cree que el Alcaudón tuvo bastante que ver en estos acontecimientos, de lo cual se puede deducir que el cruciforme es una creación de las IA´s del futuro para esclavizar a los humanos supervivientes.




CÍBRIDO- se trata de un ser humano creado de forma artificial por el Núcleo que, habitualmente, posee la personalidad de algún individuo famoso o importante muerto tiempo atrás.

El primer paso para la creación del cíbrido es conseguir material genético del personaje al que se desea clonar (a veces basta con un pelo). Posteriormente se desarrolla al individuo y se le cría en un entorno idéntico a donde vivió la personalidad original, cuidando todos y cada uno de los detalles con el propósito de que la vida del cíbrido se desarrolle de la misma forma que la del personaje del que se obtuvo el material genético. Para ello existe un mundo en el lejano cúmulo de Hércules, un duplicado de Vieja Tierra destinado a la realización de dichas operaciones, en el que cada individuo con el que trata el cíbrido no es más que un androide controlado por una IA.

El objetivo de todo ese proceso es conseguir que el cíbrido sea un auténtico duplicado de la personalidad original, ya sea genética o psicológicamente (recuerdos, comportamiento, personalidad...). Pero para ello es necesario un profundo conocimiento de los acontecimientos de la vida de la personalidad a copiar, algo que resulta un trabajo muy complejo incluso para el TecnoNúcleo.

Y así el cíbrido vive su vida ficticia hasta que llega el momento de la muerte, aunque a diferencia de la personalidad en la que se basa, el cíbrido sobrevive, se le revela lo que es y se le permite realizar una vida más o menos normal en la Red hasta que es reclamado por la IA que lo creó y la personalidad del cíbrido pasa al TecnoNúcleo al ser su cuerpo destruido.

El cíbrido es humano por completo, aunque tiene algunas características propias de las Inteligencias Artificiales como tener acceso (en este caso limitado) a la metaesfera y el plano de datos, motivado al parecer por algún tipo de conexión en su cerebro que actúa como un módem fabricado con materia viva (vamos, eso parece!)



ENTIDAD SUMA- Otra institución importante en la Hegemonía es la Entidad Suma, emplazada en el ciberespacio. Se trata de un órgano hiperdemocrático al que puede acceder cualquier ciudadano desde su hogar y en el que se debaten gran número de asuntos relacionados con el gobierno de la Hegemonía. De hecho, Entidad Suma influye de gran forma en las decisiones políticas ya que permite saber no sólo si el pueblo está satisfecho sino el tipo de gestión que realmente desea.

Aparte de asesorar al gobierno, Entidad Suma también actúa como un servicio encargado de realizar encuestas a lo largo de la Hegemonía, y además interviene en el nombramiento de altos cargos. Para llegar al cargo de FEM es necesario el apoyo del Senado pero también el de la Entidad Suma (la opinión pública), pero no está muy claro si ocurre lo mismo con todos los políticos.



ÉXTERS- formados tras la Hégira, los éxters son los descendientes de los humanos que partieron de Vieja Tierra en flotas de grandes naves estelares y ciudades O’Neill, rechazando ir a los planetas que estaban siendo colonizados por aquel entonces. Durante siglos, mientras la Red crecía y se extendía, los éxters se mantuvieron en el espacio profundo construyendo ciudades orbitales y grandes flotas, pero sin colonizar ningún mundo.

Desde siempre los éxters sintieron recelo hacia el TecnoNúcleo y sus componentes, así que carecían de IA’s. Debido a eso fueron mucho tiempo por detrás de los científicos de la Hegemonía, sin disponer nunca de teleyección y obteniendo el impulso Hawking hacia el 2400 d.C. Sin embargo, debido al estancamiento de la Ciencia en la Red causado por el TecnoNúcleo, los éxter adquirieron poco a poco ventaja investigando por su propia cuenta y superaron en muchas áreas de conocimiento a los científicos de la Hegemonía. Llegaron a adquirir la ultralínea, y lo más importante, comprenderla, e incluso llegaron a entender los mecanismos de las Tumbas del Tiempo mejor que el mismísimo TecnoNúcleo.

Los éxter se han dividido en doce grupos principales o enjambres, cada uno con sus propias rutas migratorias y territorios, pero compartiendo todos un ideal de unidad de la nación éxter. Un enjambre se basa en numerosas ciudades O’Neill, grandes cilindros rotatorios de kilómetros de largo cuya superficie interior es habitable. También destacan en un enjambre asteroides capturados que se emplean como granjas o factorías, transportes pesados, naves menores, ciudades de gravedad cero, cúmulos de impulso y otras mil estructuras fruto del ingenio éxter. Todo material necesario, ya sea metal, gas o agua, lo obtienen los éxters en sistemas deshabitados a los que migran ocasionalmente, aunque en gran medida un enjambre es autosuficiente.

Durante varios siglos en el espacio profundo, los éxters han cambiado en gran medida respecto a los humanos de la Hegemonía. Físicamente los éxters son bastante más altos debido a la baja gravedad, aunque su esqueleto se ha debilitado y son incapaces de soportar la gravedad de un mundo sin sus exoesqueletos artificiales. Aplicar a un ser humano la bioingeniería es una cosa habitual, e implantarse alas puede ser algo tan normal como hacerse un tatuaje. Respecto a su sociedad hay que decir que ha registrado cambios enormes. Se han creado nuevos tipos de arte, los sistemas económicos deben haber cambiado por fuerza, la sociedad se ha vuelto más humana, los valores morales se han modernizado...

Las relaciones entre la Hegemonía y los éxters han sido habitualmente tensas, debido a la abierta hostilidad que los éxters tenían hacia el TecnoNúcleo y su intención de destruirlo para liberar a los humanos de la Red, aparte de los conflictos por el control de los mundos coloniales.



FUERZA- junto a las Fuerzas de Autodefensa de cada mundo de la Red, Fuerza constituye la columna vertebral del ejército de la Hegemonía. Con alrededor de unos quinientos mil hombres, su potencial se basa en equipamiento moderno, una flota espacial poderosa y sobretodo en el uso de la tecnología de teleyección para maniobrar más rápidamente que el enemigo.

El Nuevo Bushido es el código de conducta para cualquier soldado de Fuerza. Tomado de los antiguos samurais japoneses, se basa en una exaltación del valor, el heroísmo y la lucha entre guerreros evitando en lo posible el daño a civiles. Sin embargo el Nuevo Bushido demostró su poca utilidad durante la cruenta batalla de Bressia ante las tácticas sanguinarias que hubieron de ser empleadas.



HEGEMONÍA- se trata de la confederación de mundos habitados por el ser humano que disponen de teleyección. Formada tras la gran migración de la Hégira y el fin de Vieja Tierra, la Hegemonía abarca más de un centenar de mundos habitados por casi ciento cincuenta mil millones de seres humanos, aparte de los mundos coloniales vinculados a ella ya sea de forma económica o militar.

La capital de la Hegemonía se encuentra en Centro Tau Ceti, un planeta de más de cinco mil millones de almas en el que se concentra la mayor parte de la burocracia que gobierna más de cien mundos. Tal vez el más importante resorte de poder sea el Senado de la Hegemonía, la cámara de representantes de los mundos de la Hegemonía de la cual se elige al Funcionario Ejecutivo Máximo o FEM, el presidente de la Hegemonía, con muchísimo poder a su disposición tal como ocurre en el modelo norteamericano.



IMPULSO HAWKING- una forma de propulsión avanzada descubierta en los inicios de la exploración de la galaxia que en la práctica permite obtener velocidades superiores a la de la luz. Por supuesto dicho límite es insuperable, aunque siempre se puede hacer trampa...

De todas formas la información acerca del impulso Hawking es bastante escasa. Lo más probable es que se base en deformar el espacio-tiempo para crear una especie de “ola” que se desplaza a mayor velocidad que la luz (esto sí es posible), que puede arrastrar una nave espacial tal como sucede en el surf. En la práctica dicha nave se desplaza por el espacio a velocidad mayor que la de la luz pero dentro de la “ola” nunca sucede eso.



INTELIGENCIA MÁXIMA-
en un principio consistía en un proyecto de algunos integrantes del TecnoNúcleo para conseguir un sistema infalible de predicción de las tendencias históricas futuras. Resultó evidente para todas las IA’s que para hacer realidad dicho proyecto sería necesario poder analizar hasta el más mínimo factor que pueda influir en la historia. Algunas IA’s quedaron fascinadas por el proyecto y por lo que implicaba: en la práctica una Inteligencia Máxima que comprendiera todos los fenómenos del Universo y fuera capaz de predecir los acontecimientos futuros sería omnipotente: lo que antaño se llamó Dios.

Aunque prácticamente todas las IA’s estaban a favor de la IM (o parecían estarlo) se creó un grupo de “iniciados” llamados los Máximos, cuyo objetivo era dirigir el proyecto de millones de años de la IM, que acabó controlando la totalidad de los asuntos del TecnoNúcleo.

Sin embargo la IM de las máquinas no era la única que se estaba gestando. La IM humana era de aparición totalmente espontánea, un accidente que consigue perpetuarse. La IM humana se basaba en tres entidades: Intelecto, Empatía y Vacío Que Vincula. El Intelecto es fácil de entender: Razón, Mente o como quiera llamarse, sin importar si es humana o IA. La Empatía es un concepto un poco confuso que puede definirse como compartir los sentimientos de los demás. El Vacío Que Vincula es el medio de la ultralínea, la transmisión instantánea de información de un lugar del Universo a otro. En resumen: esta IM es una especie de Espíritu Humano universal, unión entre humanos (e IA’s tal vez en forma de cíbridos) comunicados entre sí por ultralínea con la que comparten información y sentimientos.

Parece ser que ambas IM son incapaces de convivir juntas, por tanto en un futuro lejano ambas guerrean por el control de la Galaxia. El elemento Empatía de la IM humana huye al pasado y son enviadas las Tumbas del Tiempo al pasado para que la Empatía retorne a la lucha...



TELEYECCIÓN-
poco antes del Gran Error las antiguas IA’s descubrieron la forma de unir dos regiones separadas del espacio-tiempo, lo que permitía viajes de forma casi instantánea entre dos lugares del Universo muy alejados. Gracias al uso de una singularidad, una parte interna de un agujero negro, puede crearse un portal teleyector, una pequeña abertura que comunica dos regiones alejadas del espacio-tiempo. A diferencia del impulso Hawking, la teleyección es prácticamente instantánea y más cómoda al poder usarse en la superficie misma de un planeta, algo que la hizo muy popular hasta el punto de convertirse en un elemento casi imprescindible en la vida cotidiana y la economía de los mundos de la Red.

Los éxters nunca consiguieron la teleyección. Ningún científico humano llegó jamás a comprenderla, y los científicos éxters hubieron de rendirse, incapaces de entender su funcionamiento y muy poco dados a investigar algo que consideraban casi blasfemo.



TUMBAS DEL TIEMPO- recibieron ese nombre las más importantes ruinas del mundo colonial de Hyperion. Su principal peculiaridad es que las Tumbas proceden del futuro y envejecen de forma inversa gracias a potentes campos antientrópicos que actúan en el valle. Las leyendas acerca de ellas describen al Alcaudón, una criatura monstruosa que según algunos acabará con la humanidad, que se encuentra confinado en el valle por los citados campos.

Las Tumbas son ocho: la Esfinge, un portal cronoyector hacia el futuro desde el que se lanzaron las Tumbas; la Tumba de Jade, relacionada con los planetas gigantes gaseosos y su colonización, siendo una de las visitas favoritas de los éxters; el Obelisco, que encierra legiones de Alcaudones que habrían sido liberados si la IM de las máquinas no hubiese sido derrotada en la gran batalla en la que participó Kassad, y tal vez encerrase el gran Árbol del Dolor que el templario Het Maasten debía guiar por toda la galaxia; el Monolito de Cristal, la tumba del coronel Kassad y un recuerdo de la gran batalla en la que triunfó la IM humana; las tres tumbas cavernosas, que comunicaban con los laberintos en los que el TecnoNúcleo quería confinar a los humanos supervivientes de sus programas de extinción; y el Palacio del Alcaudón con un portal que comunica con la copia de Vieja Tierra en el cúmulo de Hércules, donde los cíbridos transcurren sus vidas.

Tras el debilitamiento y al desaparición de los campos antientrópicos las Tumbas pasaron a envejecer de forma normal, quedando realmente abiertas. Si el Alcaudón hubiese sobrevivido hasta ese momento habría sido libre de vagar por cualquier lugar de la Hegemonía que se le antojase...


ULTRALÍNEA- se trata de una forma instantánea de comunicación entre regiones alejadas del espacio. Las ondas de radio, al ser fotones, no pueden ir a mayor velocidad que la luz, pero la ultralínea produce unas ondulaciones en el medio (la cuerda de topología Plank-infinito) que se desplazan instantáneamente.

En la Hegemonía la ultralínea había sido descubierta por le TecnoNúcleo y sólo las IA’s podían hacerla funcionar a petición de los humanos. Por su parte los éxters la consiguieron por su cuenta y al parecer no debieron perderla tras el desplome del TecnoNúcleo, como ocurrió en la Red.

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