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EL ARTE OSCURO

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martes, 2 de noviembre de 2010

LA LEYENDA DE CONAN EL CIMMERIO -- Robert E. Howard -- La guarida del gusano de hielo



La guarida del gusano de hielo

Perseguido por el recuerdo de la belleza helada de Atali aburrido de la vida simple de las aldeas cimmerias, Conan se dirige hacia las tierras civilizadas del sur, esperando encontrar una buena ocasión para poner su espada de mercenario al servicio de alguno de los numerosos príncipes hiborios. Conan tiene ahora aproximadamente veintitrés años.


El jinete solitario había avanzado a lo largo del día por los desfiladeros de los montes Eiglofes, que se extendían de oriente a occidente a través del mundo conocido como una gigantesca muralla de nieve y hielo, separando las tierras del norte de Vanaheim, Asgard e Hiperbórea, de los reinos del sur. En la época más cruda del invierno, la mayoría de los puertos de montaña estaban bloqueados. Con la llegada de la primavera, en cambio, volvían a abrirse dejando pasar a las bandas de feroces y rubios bárbaros del norte, que comenzaban entonces sus incursiones contra las cálidas tierras del sur.
Este jinete iba solo. En lo más alto del desfiladero que conducía hacia el sur, hacia el Reino de la Frontera de Nemedia, el solitario viajero tiró de las riendas y se quedó inmóvil un momento, contemplando el fantástico paisaje que se desplegaba ante sus ojos.
El cielo era una cúpula de vapores rojizos y dorados que seiba oscureciendo en el cenit y que en el horizonte oriental alcanzaba un tono violáceo al atardecer. Pero el ígneo resplandor del día que expiraba, todavía teñía las blancas cumbres de las montañas con un engañoso tono rosado cálido y radiante. La luz arrojaba sombras de color azul oscuro sobre la helada superficie del gigantesco glaciar que recorría como una serpiente de hielo los picos más altos descendiendo por los estrechos valles; entonces trazaba una curva frente al puerto de montaña y se alejaba hacia la izquierda, para serpentear entre las colinas y terminar como un riachuelo de aguas claras. Todo aquel que viajara por el desfiladero debía avanzar con mucho cuidado cuando llegaba al borde del glaciar, a fin de no caer en alguna grieta oculta o de no quedar sepultado por un alud. El sol poniente convertía al glaciar en una deslumbrante extensión de color oro y carmesí. En las laderas rocosas que se alzaban por los flancos del glaciar, se veían de cuando en cuando algunos árboles enanos de troncos nudosos.
«Éste debe de ser el glaciar de la Nieve Maldita -se dijo el viajero-, también conocido como el río de la Muerte Helada.» Había oído hablar acerca de él, si bien en sus años de vida errante no había tenido ocasión de verlo. Todo lo que había oído decir acerca de aquel desfiladero flanqueado por el glaciar estaba impregnado de un tremendo misterio y de temores inenarrables. Sus propios compañeros cimmerios, que habitaban las desoladas montañas del oeste, hablaban del Demonio de las Nieves con terror, aunque nadie sabía por qué. El viajero había pensado a menudo en las leyendas que circulaban en torno al glaciar, que lo envolvían con un antiguo aura maligno. Caravanas enteras habían desaparecido en aquel lugar -contaba la gente-, sin que jamás se hubiera vuelto a saber de ellos. El joven cimmerio llamado Conan apartó de su mente aquellos rumores. «Sin duda -se dijo- los desaparecidos carecían de experiencia en la montaña y se habían perdido en alguno de los puentes hechos de una delgada capa de nieve que muchas veces enmascaraban grietas.» El puente solía ceder y la gente se hundía, muriendo en las profundidades de color azul verdoso del glaciar. Conan sabía que estas cosas ocurrían a menudo; más de un amigo suyo había muerto de esta manera. Pero ese no era motivo suficiente para hablar del Demonio de las Nieves con gesto temeroso y miradas recelosas.
 Conan quería descender por el desfiladero y llegar hasta las bajas colinas del Reino de la Frontera, pues había comenzado a encontrar aburrida la vida simple de su aldea cimmeria natal. Su desdichada aventura en compañía de un grupo de rubios aesires que proyectaban una incursión contra Vanaheim le había dejado muchas magulladuras y pocos beneficios. Además, le dejó el recuerdo persistente de la helada belleza de Atali, la hija del gigante de hielo, que estuvo a punto de atraerlo hacia la helada muerte.
En general, había conseguido todo lo que había querido de las desoladas tierras del norte y ardía de impaciencia por regresar a las cálidas tierras del sur para gozar del contacto con la seda, del sabor del vino dorado, de los delicados manjares y de la tibieza de la suave piel morena de las mujeres. «¡Basta ya -se dijo- de la monótona vida en la aldea y de la austeridad espartana de los campamentos!»
Su caballo llegó hasta el lugar en el que el glaciar avanzaba directamente cruzando el camino en dirección a las tierras más bajas. Conan descendió de su caballo y llevó al animal por las riendas a lo largo de un estrecho sendero limitado por el glaciar a su izquierda y por un abrupto talud a la derecha. El enorme manto de piel de oso que llevaba puesto contribuía a aumentar el tamaño de su ya hercúlea figura. Debajo de la piel llevaba la cota de malla y una espada de hoja ancha colgando de su cintura.
Sus ojos de un azul volcánico miraron en derredor. Su cabeza estaba cubierta por un casco adornado con un par de cuernos, y llevaba un pañuelo arrollado en torno al cuello para protegerse del aire gélido de las montañas. En su mano libre sostenía una fina lanza. Conan avanzó cuidadosamente por el camino que serpenteaba por encima del glaciar. De cuando en cuando hundía la punta de la lanza en aquellos lugares en los que sospechaba que pudiese haber una grieta. De la silla de su caballo colgaba un hacha de guerra de doble hoja.
Se aproximaba al final del estrecho sendero que iba del glaciar al talud, allí donde aquél se apartaba hacia la izquierda y el camino continuaba hacia abajo por la falda de una colina ligeramente cubierta por la nieve primaveral y sembrada de peñascos y montículos. De pronto, el cimmerio oyó un grito de terror que le hizo volver la cabeza rápidamente. A un tiro de flecha hacia su izquierda, en el sitio en el que el ciar se nivelaba antes de iniciar el descenso final, Conan divisó un grupo de personas andrajosas y de aspecto salvaje que rodeaban a una esbelta joven que vestía pieles blancas. Incluso a esa distancia, Conan pudo notar, gracias al aire claro de la montaña, que la joven tenía un rostro ovalado de frescas mejillas y una hermosa cabellera castaña que sobresalía por la parte inferior de su gorro blanco. Era una verdadera belleza.
Sin detenerse a pensar, el cimmerio se quitó el manto y, utilizando la lanza como pértiga, dio un salto y se montó en su caballo. Inmediatamente cogió las riendas y clavó las espuelas en los ijares del animal. Mientras la asustada bestia retrocedía unos pasos por el impulso del salto del jinete, Conan abría la boca para lanzar el extraño y terrible grito de guerra de los cimmerios, pero la cerró inmediatamente y se quedó en silencio. Algún tiempo atrás habría lanzado aquel grito para animarse, pero los años de servicio con las tropas turanias lo habían vuelto más profesional. No tenía sentido poner sobre aviso a los atacantes de la desconocida muchacha; era mejor actuar por sorpresa.
No obstante, los hombres le oyeron llegar casi en seguida. Aunque la nieve atenuaba las pisadas del caballo, el leve tintineo de su cota de malla, así como el crujido de los arneses, no tardaron en hacer que uno de ellos se volviera hacia él. Éste lanzó un grito y cogió a su compañero más cercano por el brazo, de modo que unos segundos después todos se habían dado vuelta para ver a Conan y se preparaban para enfrentarse a él. Se trataba de una docena de hombres de montaña armados con rústicas cachiporras de madera, con lanzas con puntas de piedra y con hachas. Eran gentes de brazos y piernas cortos y cuerpo grueso, envueltos en pieles raídas y sucias. Unos ojos pequeños inyectados en sangre miraban fijamente bajo unas cejas espesas y una frente ancha y curvada; los gruesos labios se contraían y dejaban ver unos dientes grandes y amarillos. Eran como vestigios de un estadio anterior de la evolución de la raza humana, acerca de quienes Conan había oído hablar a los filósofos en los patios de los templos nemedios. Pero estaba demasiado ocupado guiando a su caballo y preparando su lanza para dedicarle a estos asuntos más que un pensamiento fugaz. A continuación el bárbaro se abalanzó sobre los atacantes con la rapidez de un rayo.
Conan sabía que la única forma de luchar con ventaja frente semejante cantidad de enemigos a pie consistía en aprovechar la movilidad del caballo, es decir, en mantenerse continuamente en movimiento con el animal, para impedir que lo rodeasen todos al mismo tiempo. Pues aunque su malla de acero le protegía el cuerpo, un golpe certero con esas armas rudimentarias podría hacerlo caer del caballo. Por consiguiente, se dirigió al más cercano de esos hombres primitivos conduciendo al caballo un poco hacia la izquierda.
Cuando la lanza de hierro penetró entre la carne velluda y el hueso, el hombre de la montaña lanzó un alarido, dejó caer su arma y trató de aferrar el asta de la lanza de Conan. Pero el impulso que llevaba su caballo lo arrojó al suelo. El arpón del cimmerio se hundió en el cuerpo caído y, antes de continuar su marcha, Conan retiró su lanza del cuerpo moribundo.
Detrás de él, los montañeses lanzaban gritos y chillidos. Se señalaban unos a otros y parecían estar dando una docena de órdenes contradictorias a la vez. Mientras tanto, Conan hizo que su caballo describiera un pequeño círculo y luego galopó a través de la turba. Una lanza se estrelló contra la malla que cubría su hombro y otra produjo una pequeña herida en el flanco del caballo. Pero él, mientras tanto, atravesó con su lanza a otro montañés y salió al galope, dejando detrás un cuerpo tendido que se retorcía sobre la nieve, tiñéndola de rojo.
En el tercer ataque, el hombre al que el cimmerio le clavó la lanza dio varias vueltas antes de caer de bruces, rompiendo el asta de la lanza. En el momento de retirarse, Conan tiró del mango del arma y cogió el hacha que colgaba de su silla de montar. Al volver una vez más al galope hacia el grupo, el cimmerio se inclinó hacia el lado derecho del caballo. El hacha de acero brilló con un extraño fulgor a la luz del atardecer, mientras dibujaba un ocho en el aire con un arco hacia cada lado del caballo. Uno de los montañeses se desplomó hacia la izquierda y otro a la derecha, con el cráneo hundido. Algunas gotas de color carmesí salpicaron la nieve. Un tercer atacante, que no se había movido con suficiente rapidez, fue arrollado por el caballo de Conan.
Al tiempo que lanzaba un grito de horror, el hombre que había sido derribado por el caballo se puso en pie con movimientos vacilantes y huyó cojeando. Un momento después, los demás se unieron a él y huyeron aterrorizados a través del glaciar. Conan tiró de las riendas para contemplar cómo escapaban las velludas siluetas y en seguida tuvo que saltar del caballo, pues el animal se estremeció y cayó al suelo. Una flecha con cabeza de pedernal había penetrado en el cuerpo de la bestia justamente detrás de la pierna izquierda del cimmerio. Conan echó un vistazo y vio que su caballo estaba muerto.
«¡Crom me maldiga por ser un necio entrometido!», se dijo a sí mismo furioso.
Los caballos eran escasos y, por tanto, costosos en las tierras del norte. Él había venido en aquel corcel desde Zamora. Lo había cobijado, alimentado y mimado durante todo el invierno. Lo dejó en las caballerizas cuando se unió a las incursiones de los aesires, sabiendo que la profundidad de la nieve y el hielo traicionero le restarían la mayor parte de su eficacia. Contaba con el fiel animal para llegar hasta las cálidas tierras del sur, y ahora su caballo yacía muerto porque intervino impulsivamente en una pelea entre gentes de la montaña, que no era de su incumbencia.
Cuando el jadeo de su pecho se hubo aplacado y la rojiza neblina de la batalla desapareció de sus ojos, se volvió hacia la joven por la cual había peleado. Ésta se encontraba a unos pasos de distancia, mirándolo con ojos muy abiertos.
-¿Estás bien, muchacha? -le preguntó con un gruñido-. ¿Te han hecho daño esos salvajes? No temas, que no soy tu enemigo. Soy Conan el cimmerio.
La respuesta de la muchacha llegó hasta el guerrero en una lengua que éste jamás había oído. Parecía un dialecto hiperbóreo mezclado con palabras en otras lenguas, algunas en nemedio y otras que no entendía.
—Tú luchar... como un dios -dijo ella jadeando-. Yo creer que tú ser Ymir y llegar para salvar a liga.
A medida que la joven se fue serenando, el cimmerio consiguió que ella le relatara su historia en un lenguaje titubeante.   Se llamaba Ilga y procedía del pueblo virunio, una rama de los hiperbóreos que se habían ido a vivir al Reino de la Frontera. Sus gentes vivían en guerra permanente con los peludos caníbales que habitaban en cuevas en los picos de los montes Eiglofes. La lucha por la supervivencia en aquellas desoladas tierras era desesperada; ella habría sido devorada por sus atacantes, si Conan no la hubiera rescatado.
La muchacha explicó que dos días antes había partido con un pequeño grupo de virunios que debían atravesar el desfiladero que había encima del glaciar de la Nieve Maldita. Desde allí pensaban realizar un viaje de varios días de duración hasta Sigtona, la fortaleza hiperbórea más cercana. Allí tenían parientes, con los que esperaban traficar durante la feria de la primavera. El tío de Ilga, que la acompañaba, también esperaba encontrar allí un buen marido para ella. Pero habían caído en una emboscada que les tendieron aquellos hombres primitivos y peludos, y sólo Ilga sobrevivió a la terrible batalla que se desarrolló en las resbaladizas laderas. Las últimas palabras de su tío, antes de caer con el cráneo abierto por un hacha de pedernal, habían sido para ordenar a Ilga que volviera a su aldea con la rapidez del viento.
Antes de que ella hubiera quedado fuera del alcance de los peludos caníbales, el corcel que montaba resbaló en un charco helado y se rompió una pata. Ella se tiró del caballo y, aunque estaba ligeramente herida, huyó a pie. Los hombres de la montaña la habían visto caer y algunos de ellos corrieron detrás suyo para cogerla. La joven contó que le pareció haber estado corriendo durante horas, pero finalmente la rodearon, como Conan había podido ver.
El cimmerio lanzó un gruñido como muestra de simpatía. Siempre había sentido una profunda aversión hacia los hiperbóreos debido a que estuvo encerrado en una mazmorra de esclavos en Hiperbórea; pero esa antipatía no se hacía extensiva a las mujeres de esa raza. El relato de la joven había sido crudo, pero la vida era difícil en las tierras inhóspitas del norte. Conan había oído historias parecidas anteriormente.
Ahora, sin embargo, ambos se enfrentaban con otro problema. Había caído la noche y ninguno de los dos tenía un caballo. El viento comenzaba a soplar y sus esperanzas de sobrevivir en la superficie del glaciar eran pocas. Tenían que hallar un refugio y hacer una hoguera, o el Demonio de las Nieves se cobraría dos nuevas víctimas.

  Ya era noche avanzada cuando Conan se quedó dormido. Habían hallado un hueco debajo de un saliente rocoso, a un lado del glaciar, donde el hielo se había fundido, por lo que pudieron deslizarse con relativa facilidad. Con las espaldas apoyadas sobre la superficie de granito del talud, profundamente estriada y desgastada por el efecto de la erosión del glaciar, tenían espacio suficiente para extender las piernas. Delante del hueco se alzaba el flanco del glaciar, una masa de hielo claro y traslúcido, lleno de grietas cavernosas y de túneles. Aunque el hielo les congelaba hasta los huesos, estaban mucho mejor que a la intemperie, donde el viento aullaba levantando densas nubes de nieve.
Al principio Ilga se había mostrado reacia a acompañar a Conan, por más que éste le aseguró que no le haría daño. Ella intentó zafarse de él, al tiempo que repetía una palabra desconocida para el cimmerio y que sonaba a algo así como yakhmar. Finalmente, Conan perdió la paciencia y le dio un golpe suave en un lado de la cabeza para llevarla inconsciente hasta la cueva.
Luego salió en busca de su manto de piel de oso y de las vituallas que llevaba en su silla de montar. Conan había conseguido reunir un montón de ramitas, hojas secas y madera, que llevó hasta la cueva. Allí, frotando el pedernal contra el acero, consiguió encender un pequeño fuego, que proporcionaba más ilusión de calor que calor real, puesto que Conan no se atrevía a hacer una hoguera más grande por temor a que se derritiesen las paredes de hielo de la cueva e inundaran el refugio.
Los destellos anaranjados del fuego iluminaban las fisuras y los túneles que se internaban en la masa del glaciar hasta que sus sinuosidades y ramificaciones se perdían a lo lejos. Un suave borboteo de agua llegó hasta los oídos de Conan, subrayado con los crujidos y chasquidos del hielo que se movía lentamente.
En el exterior el viento soplaba con furia, pero Conan salió de todos modos a cortar algunas gruesas tajadas de carne del ya rígido cuerpo del caballo. Volvió con éstas a la cueva y las asó colocándolas en la punta de una ramita. La carne del animal junto con unos trozos de pan moreno que llevaba en la silla de montar, y unos tragos de cerveza amarga de Asgard, que tomaron de una bota de cuero de cabra, constituyeron para los dos jóvenes una comida reparadora.
Ilga parecía retraerse aún más a medida que comía. Al principio, Conan pensó que estaba resentida con él debido al golpe que le había dado. Pero luego se dio cuenta de que a ella no le preocupaba en absoluto aquel incidente. La muchacha, por el contrario, parecía dominada por un terror creciente. No se trataba de un miedo normal, como el que sintiera ante el ataque de la banda de harapientos salvajes, sino un temor más profundo y supersticioso relacionado de alguna manera con el glaciar. Cuando el cimmerio trató de interrogarla al respecto, ella no hizo otra cosa que susurrar aquella extraña palabra:
-¡Yakhmar! ¡Yakhmar!
Al mismo tiempo, su hermoso rostro se volvía más pálido aún y adquiría una manifiesta expresión de horror. Cuando él intentó que le explicara el significado de aquella palabra, la joven sólo hizo unos ademanes confusos, que nada aclararon al cimmerio.
Después de la comida, sintiéndose cansados y con menos frío, se arrebujaron uno contra el otro encima del manto de piel de oso del cimmerio. La proximidad del cuerpo de ella hizo pensar al bárbaro que un fogoso encuentro amoroso tal vez calmaría a la muchacha y la haría dormir. Sus primeras caricias no fueron rechazadas por la joven, que respondió a su ardor juvenil. Además, como bien pronto pudo descubrir el cimmerio, a ella no le resultaba desconocido aquel juego. Al cabo de una hora, la muchacha gemía y gritaba, dejándose llevar por la pasión. Después, considerando que ya se habría calmado, el cimmerio se volvió de espaldas y se durmió como un tronco.
Pero la joven no se había dormido, sino que yacía rígida, mirando en la oscuridad las grietas que formaban mil bocas en el hielo, más allá del tenue fulgor de las brasas en que se había convertido la hoguera. Finalmente, cerca del alba, ocurrió lo que ella temía.
Era un tenue silbido ululante y obsesivo, que se fijó en la mente de la joven hasta dejarla indefensa como un pajarillo en una trampa. El corazón le latía con fuerza. No podía moverse ni hablar; ni siquiera para despertar al joven que dormía a su lado.
Entonces, en la boca del túnel de hielo más cercano, aparecieron dos grandes discos de un frío fuego verde y fosforescente; eran dos esferas que quemaban su joven espíritu y le infundían un hechizo mortal. Detrás de aquellos discos llameantes no había una mente ni un alma; tan sólo se apreciaba un hambre devoradora.
Ilga se puso en pie como una sonámbula, dejando la piel de oso a sus pies. Su silueta desnuda y blanca se recortó en la penumbra. Luego avanzó hacia el oscuro interior del túnel y desapareció. El pitido infernal se atenuó y luego se interrumpió súbitamente; los fríos ojos verdes parpadearon y después se desvanecieron. Y Conan seguía durmiendo.
El cimmerio se despertó bruscamente. Algún misterioso presentimiento, una señal de alarma de sus hipersensibles sentidos de bárbaro, habían enviado una señal a sus fibras nerviosas. Como un cauteloso felino de la selva, Conan pasó rápidamente de un sueño pesado a una plena vigilia. Quedó tendido, sin moverse, alerta ante cualquier indicio que percibieran sus sentidos.
Entonces, al tiempo que lanzaba un profundo gruñido desde lo más hondo de su poderoso pecho, el cimmerio se puso en pie. Se encontraba solo en la cueva. La muchacha había desaparecido. Pero sus prendas de piel, que se había quitado durante la batalla amorosa, estaban allí. Conan frunció el ceño, desconcertado y preocupado. Se palpaba el peligro en el aire, que parecía tocar con dedos sutiles sus terminaciones nerviosas.
El cimmerio se vistió rápidamente y empuñó sus armas. Con el hacha de guerra en la mano, saltó hacia el estrecho espacio que había entre el saliente rocoso y la pared del glaciar. Fuera, en la nieve, el viento había dejado de soplar. Aunque Conan percibía la llegada del alba en el aire, ni un solo resplandor matinal había atenuado aún el fulgor diamantino de los miles de estrellas que titilaban en el cielo. Una luna gibosa se alzaba sobre los picos occidentales, lanzando un débil resplandor de pálidos tonos dorados por encima de los campos de nieve.
La aguda mirada de Conan examinó la nieve. No vio huellas de pasos en el saliente ni señal alguna de lucha. Por otra parte, le parecía increíble que Ilga se hubiese aventurado por aquel laberinto de túneles y grietas, donde era casi imposible caminar, aun calzado con recias botas, y donde un solo paso en falso podía precipitar al caminante en alguna de esas corrientes de hielo derretido que pasaban por la parte inferior de los glaciares.
A Conan se le pusieron los pelos de punta ante la misteriosa desaparición de la joven. Como bárbaro y supersticioso que era, no temía a ninguna fuerza mortal, pero lo llenaban de temor. odio y recelo los poderes desconocidos y los fenómenos sobrenaturales que se agazapaban en los oscuros rincones de su mundo primitivo.
Entonces, mientras seguía buscando en la nieve, se quedó paralizado. Una cosa extraña surgía de una fisura que había en el hielo, a pocos pasos del saliente rocoso. Se trataba de una cosa enorme, larga, blanca y sinuosa, que se movía sin pies. Su rastro ondulante se hacía claramente visible sobre la nieve, que su vientre había aplastado, como una serpiente monstruosa al desplazarse.
La luna, a punto de ocultarse, brillaba tenuemente, pero los ojos de Conan, acostumbrados a ver en la oscuridad, pronto siguieron el rastro. Éste conducía, curvándose entre montículos de nieve y salientes rocosos, hasta la montaña que estaba al lado del glaciar, y luego a las cimas barridas por el viento. El cimmerio dudó de que estuviera solo.
Cuando iba siguiendo el rastro, Conan vio una enorme sombra negra. Era su caballo muerto. Poco quedaba de él, con excepción de algunos huesos. El rastro de la cosa monstruosa podía adivinarse más allá, pero sólo borrosamente, pues la nieve lo había cubierto con su manto blanco.
Un poco más lejos, Conan encontró a la muchacha, es decir, lo que había quedado de ella. Su cabeza había desaparecido, así como la mayor parte de la carne de su cuerpo, de modo que sus blancos huesos brillaban como el marfil bajo el tenue fulgor de la luna. Los huesos que sobresalían estaban limpios, como si hubieran sido chupados o raspados por una lengua provista de numerosos dientes.
Conan era un guerrero, el hijo rudo y fuerte de un pueblo duro y recio, y había visto la muerte con sus mil rostros. Pero ahora lo invadió una ira incontenible. Pocas horas antes aquella esbelta y cálida muchacha había estado en sus poderosos brazos, respondiendo con ardor a su pasión. Y ahora nada quedaba de ella, salvo un cuerpo tendido sin cabeza, como el de una muñeca rota arrojada a un rincón.
Conan procuró dominarse y examinó el cuerpo de la joven. Entonces lanzó un gruñido de sorpresa, al advertir que su cuerpo estaba completamente cubierto por una dura capa de hielo.
Los ojos de Conan se entrecerraron cuando pensó en lo ocurrido. Ella no podía haberlo abandonado hacía más de una hora, puesto que el calor de su cuerpo aún persistía en el manto de piel cuando él despertó. En tan poco tiempo, es imposible que un cuerpo caliente se congele.
Conan lanzó un juramento. Ahora comprendía, sin poder dominar su furia y su odio, lo que le había ocurrido a la muchacha que estuvo durmiendo a su lado. Recordó las leyendas semiolvidadas que se contaban alrededor de la hoguera cuando él era un niño. Una de ellas se refería al temido monstruo de las nieves, la terrible y siniestra Remora, el vampiro de hielo con forma de gusano cuyo solo nombre llenaba de horror a las gentes de Cimmeria.
Los animales superiores, como bien sabía Conan, despedían calor. Por debajo de ellos en la escala animal, venían los reptiles y los peces, cuya temperatura era igual a la del medio ambiente en el que vivían. Pero la Remora, el gusano de las tierras heladas, era una excepción, puesto que irradiaba frío. Al menos, eso era lo que recordaba Conan de las explicaciones que le habían dado. El monstruo emitía una especie de frío amargo que podía cubrir de hielo a un cuerpo en contados minutos. Puesto que ninguno de sus compañeros de tribu jamás había visto una Remora, Conan suponía que se trataba de un ser perteneciente a una especie extinguida hacía mucho tiempo.
Éste, entonces, debía de ser el monstruo que Ilga temía y del que ella trató en vano de advertirle repitiéndole el nombre que ellos seguramente le daban: yakhmar.
Conan decidió seguir el rastro de aquel engendro monstruoso hasta su guarida, para darle muerte allí. Las razones que lo impulsaban a obrar de ese modo eran vagas hasta para él mismo. Porque a pesar de su impulsividad y de su carácter salvaje y anárquico, el cimmerio tenía su propio código de honor. Le gustaba mantener su palabra y cumplir toda obligación que hubiera asumido libremente. Si bien no se consideraba un héroe inmaculado y caballeresco, trataba a las mujeres con una especie de ruda amabilidad que contrastaba con la dureza implacable con la que se enfrentaba a los de su propio sexo. Procuraba contener sus apetencias carnales ante las mujeres si éstas no se ofrecían voluntariamente, y trataba de protegerlas cuando ellas dependían de él.
Ahora sentía que había fracasado. Al aceptar su rudo amor, la joven liga se colocó implícitamente bajo su protección. Y cuando ella lo había necesitado, él dormía profundamente, sin enterarse de lo que ocurría a su alrededor, como una bestia atontada. Conan no sabía nada acerca del hipnótico silbido con que la Remora inmovilizaba a sus víctimas, y merced al cual lo había mantenido a él, que tenía el sueño muy ligero, en un profundo letargo. Se maldijo a sí mismo por su estúpido modo de actuar, al no haber prestado atención a las advertencias que le quiso hacer la joven. Apretó los dientes con fuerza y se mordió los labios lleno de ira, resuelto a borrar aquella mancha que empañaba su honor, aunque ello le costara la vida.
Cuando el cielo comenzó a clarear por el éste, Conan regresó a la cueva. Hizo un atado con sus pertenencias y luego trazó un plan. Algunos años antes, se hubiera lanzado detrás del rastro del gusano de hielo confiando en su inmensa fuerza hercúlea y en el filo de sus armas. Pero la experiencia, aunque no le había enseñado a dominar todos sus impulsos, le había dotado de cierta prudencia.
Era imposible enfrentarse al gusano de hielo sin una debida protección. El solo contacto con el extraño engendro significaba la muerte por congelación. Hasta su espada y su hacha resultaban de una dudosa eficacia. El terrible frío que emanaba del animal podía volver quebradizo el acero, o el mismo frío, al transmitirse por el metal, podría paralizar la mano que manejaba el arma.
«Pero tal vez -se dijo Conan esbozando una sonrisa hosca y fugaz- pudiera volver el poder del gusano de hielo contra sí mismo.»
Hizo sus preparativos en silencio y con gran rapidez. Sin duda el gusano, atiborrado de comida, durmiera profundamente durante las horas del día. Pero Conan no sabía cuánto tiempo podía tardar en llegar hasta la guarida del monstruo, y temió que otra tormenta de nieve pudiese borrar las sinuosas huellas.
Conan tardó poco más de una hora en encontrar la guarida del gusano de hielo. El sol matinal había ascendido un corto trecho por encima de los picos orientales de los montes Eiglofes, haciendo resplandecer los campos nevados como si estuvieran incrustados de diamantes. Finalmente el cimmerio se encontró ante la boca de una caverna de hielo hacia la que conducía el sinuoso rastro en la nieve. Aquella cueva daba a un pequeño glaciar, afluente del Demonio de las Nieves. Desde esta cima Conan podía divisar la pendiente por la que el glaciar menor descendía hasta unirse al principal, como el afluente de un río.
El cimmerio penetró por la abertura. La luz del sol matinal se reflejaba en las translúcidas paredes laterales de hielo, fragmentándose en rayos irisados y en resplandores multicolores. Conan tenía la sensación de caminar gracias a un hechizo mágico por el interior de la sustancia sólida de una gigantesca piedra preciosa.
Después, a medida que iba penetrando en el glaciar, la oscuridad se congeló a su alrededor. Sin embargo, siguió avanzando obstinadamente, paso a paso, aunque con grandes dificultades. Se alzó el cuello del manto de piel de oso para proteger su cara del frío que lo paralizaba y que le causaba dolores en los ojos, obligándolo a respirar en forma entrecortada y superficial, a fin de evitar que se le helasen los pulmones. Sentía como una delicada máscara en el rostro, formada por una serie de cristalillos de hielo, que se rompían a cada movimiento, para volver a formarse inmediatamente. Pero siguió adelante, llevando con todo cuidado lo que ocultaba debajo de su manto.
De repente aparecieron dos grandes ojos fríos y verdes en la oscuridad, que daban la sensación de mirarlo hasta lo más profundo de su alma. Aquellas esferas luminosas parecían despedir un fulgor submarino y helado. Gracias a su débil fosforescencia, pudo ver que la caverna terminaba en un pozo redondo que era el nido del gusano, donde se hallaba éste con su enorme y largo cuerpo enrollado. No tenía huesos y estaba recubierto por una sedosa pelusa blanca. Su boca era una simple abertura circular, sin mandíbulas, pero en ese momento estaba cerrada. Por encima de la boca, las dos esferas luminosas iluminaban una cabeza lisa, redondeada, sin forma definida.
Repleto de comida, el gusano de hielo tardó unos segundos en reaccionar ante la presencia de Conan. Durante los miles de eones que el monstruo de las nieves había habitado en aquellos helados silencios del glaciar llamado el Demonio de las Nieves, ningún mísero ser humano había osado internarse hasta las heladas profundidades de su nido. Entonces se oyó nuevamente el misterioso y extraño sonido hipnotizador de tonos abrumadores y adormecedores, que le produjeron a Conan un leve letargo.
pero era demasiado tarde. Conan abrió su manto para dejar al descubierto lo que había llevado hasta allí. Se trataba de un pesado casco de acero con cuernos, como el que se usaba en Asgard, dentro del cual el cimmerio había colocado los resplandecientes rescoldos de la hoguera. También llevaba un hacha, inmovilizada por una vuelta de la cadena del casco. Una rienda del caballo mantenía atados el mango del hacha y la cadena.
Conan cogió el extremo de la rienda con una sola mano y comenzó a hacer girar el casco sobre su cabeza, cada vez más rápidamente, como si fuera una boleadora. El aire avivó los rescoldos de la hoguera, que adquirieron primero una tonalidad rojiza, luego amarillenta y por último blanca. El hedor de la tela quemada que cubría el interior del casco, invadió la cueva.
El gusano de hielo alzó su redondeada cabeza. Su boca circular se abrió lentamente, dejando ver un anillo de pequeños dientes, dirigidos hacia adentro. El silbido se hacía insoportable a medida que el negro círculo de la boca avanzaba hacia Conan; éste detuvo el movimiento giratorio del casco y empuñó el hacha, cuyo mango estaba quemado en parte, especialmente en el sitio donde se unía con la brillante hoja. Un rápido movimiento del brazo del cimmerio envió el arma al rojo vivo hacia las fauces del gusano. Sosteniendo el casco por uno de los cuernos, Conan lanzó también los rescoldos incandescentes. Luego giró en redondo y huyó a la carrera.
Conan nunca supo cómo logró llegar a la salida. La estremecedora agonía del monstruo de las nieves hizo temblar el glaciar. El hielo se resquebrajó con un estrépito espantoso alrededor de Conan. La corriente de frío sideral había dejado de fluir del interior del túnel, y en su lugar surgían nubes de vapor caliente, denso y enceguecedor.
Tambaleando y resbalando unas veces y cayendo otras sobre la despareja superficie de hielo, golpeándose contra una pared del túnel y luego contra la de enfrente, Conan consiguió finalmente salir al exterior. El glaciar temblaba bajo sus pies debido a las terribles convulsiones del monstruo moribundo en el interior de la cueva. Cálidas corrientes de vapor salían por una veintena de grietas y cavernas, a ambos lados de Conan. Éste descendió resbalando y deslizándose por la nevada pendiente del glaciar. Se apartó hacia un lado un momento, a fin de quitarse de encima el hielo que lo había cubierto durante el descenso, pero antes de que el cimmerio alcanzara el terreno firme de la ladera de la montaña, con sus peñascos y sus árboles pequeños, el glaciar estalló. El metal al rojo vivo del hacha y los rescoldos habían provocado aquella reacción en el interior del gélido organismo del monstruo.
Con un estrépito aterrador, el hielo se fragmentó en mil pedazos que volaban por el aire y caían en una masa caótica de hielo y agua, que pronto desapareció bajo una nube de vapor. Conan perdió el equilibrio, cayó, rodó, dio vueltas y se deslizó hasta dar con violencia contra un enorme peñasco. La nieve llenaba su boca y cegaba sus ojos. Un gran trozo de hielo cayó desde la parte superior del glaciar y se estrelló contra el peñasco, casi sepultándolo bajo una lluvia de fragmentos de hielo.
Medio aturdido, Conan consiguió salir de debajo de la masa de hielo fragmentado. Aunque al mover sus extremidades con cuidado se dio cuenta que no tenía ningún hueso roto, tenía tantas heridas como si hubiera estado en una batalla. Por encima de él se veía una enorme nube de vapor y de brillantes cristalillos helados que surgían hacia arriba desde el lugar en el que había estado la caverna del gusano de hielo y donde ahora había un cráter oscuro. De todas partes caían trozos de hielo y de nieve derretida. El glaciar se había hundido.
Poco a poco, el paisaje fue volviendo a su normalidad. La brisa cortante de la montaña barrió las nubes de vapor. El agua proveniente de la fusión de hielo comenzó a helarse nuevamente a causa del intenso frío reinante. Todo volvió a su habitual inmovilidad en el glaciar.
Magullado y exhausto, Conan avanzó cojeando hacia el desfiladero. Por incapacitado que estuviera, ahora debía recorrer a pie la distancia que lo separaba de la remota Nemedia o de Ofir, a menos que pudiese comprar, mendigar, pedir prestado o robar otro caballo. Pero su corazón estaba lleno de ánimo cuando volvió su herido rostro hacia el sur, hacia el dorado sur donde se alzaban resplandecientes ciudades bajo los tibios rayos del sol y donde un hombre fuerte y valiente podía conseguir, con un poco de suerte, oro, vino y suaves mujeres de hermosos senos.





LA LEYENDA DE CONAN EL CIMMERIO -- Robert E. Howard -- La hija del gigante helado

La hija del gigante helado

Hastiado ya de la civilización y de su magia, Conan vuelve a su Cimmeria natal. Después de uno o dos meses de juerga, entre mozas y bebidas, se siente impaciente por reunirse con sus antiguos amigos-los aesires- en una incursión contra Vanaheim.


El fragor metálico de las espadas y las hachas de guerra se había extinguido; los gritos de las matanzas fueron silenciados, y ahora reinaba el silencio sobre la nieve teñida de rojo. El pálido sol que brillaba con una luz cegadora sobre los campos helados y las llanuras cubiertas de nieve arrancaba destellos de plata de las corazas hendidas y de las armas quebradas diseminadas por el campo de batalla en el que yacían los muertos. Las manos sin vida aún aferraban las rotas empuñaduras de las espadas; las cabezas cubiertas con cascos y echadas hacia atrás en el último estertor, alzaban lúgubremente contra el cielo las barbas rojas y doradas, como en una última invocación a Ymir, el gigante helado, dios de una raza guerrera.
Alrededor de los ensangrentados despojos y de los cuerpos enfundados en cotas de malla, dos hombres se miraban fijamente. Eran los únicos seres vivos en aquel paisaje desolado. Los cubría el cielo helado y estaban rodeados por la blanca planicie sin límites, con decenas de cadáveres a sus pies. Se fueron aproximando lentamente uno al otro entre los cuerpos sin vida, como fantasmas que se encuentran sobre las ruinas de un mundo  muerto. En medio de un silencio casi absoluto, los dos hombres quedaron cara a cara.
Ambos eran altos y fornidos como tigres. Habían perdido los escudos, y sus corazas estaban abolladas y resquebrajadas. la sangre seca cubría sus cotas de malla y las espadas estaban manchadas de rojo. En sus cascos de cuernos se veían las marcas de golpes violentos. Uno de ellos carecía de barba y tenía una brillante melena negra; el cabello y la barba del otro eran tan rojos como la sangre que había sobre la nieve iluminada por el sol.
-Oye -dijo este último-, dime tu nombre para que mis hermanos de Vanaheim sepan quién fue el último hombre de la banda de Wulfhere que cayó ante la espada de Heimdul.
-¡No será en Vanaheim -dijo con un gruñido el guerrero de negra cabellera-, sino en Valhalla, donde les dirás a tus hermanos que encontraste a Conan de Cimmeria!
Heimdul saltó lanzando un rugido mientras su espada describía un arco mortal. Cuando la sibilante hoja golpeó su casco haciendo saltar chispas azules, Conan se tambaleó y su vista se llenó de un fuego rojo. Pero después de retroceder, volvió a cobrar fuerzas y lanzó un poderoso mandoble con todas sus fuerzas. La afilada hoja atravesó las escamas de metal, los huesos y el corazón del enemigo, y el guerrero de rojos cabellos murió a los pies del cimmerio.
Conan se quedó inmóvil, con la espada suspendida, y se sintió repentinamente invadido por un profundo cansancio. El resplandor del sol sobre la nieve cortaba sus ojos como un cuchillo, mientras que el cielo parecía encogerse extrañamente. Se alejó de aquella planicie en la que los guerreros de barba rubia yacían entrelazados con los asesinos de rojas barbas en un abrazo de muerte. Había dado unos pocos pasos cuando el resplandor de los campos nevados comenzó a atenuarse. Lo envolvió una oleada de luz cegadora y se desplomó sobre la nieve apoyado en un brazo, tratando de sacudirse la ceguera como un león sacude su melena.
Una risa cantarina rasgó su inconsciencia, y notó que la vista se le aclaraba poco a poco. Conan miró hacia arriba; había algo extraño en el paisaje, algo que no podía precisar ni definir, como un tinte especial y desusado que coloreaba la tierra y el cielo.
Pero no pensó mucho tiempo en ello. Ante él, balanceándose como un árbol joven al viento, había una mujer. Al bárbaro, todavía aturdido, el cuerpo erguido de la muchacha le parecía hecho de marfil; con excepción de un ligero velo de gasa, estaba desnuda como el día. Sus delicados pies eran más blancos que la nieve que pisaban. Finalmente la joven se echó a reír, mirando fijamente al desconcertado guerrero; su risa era más dulce que el murmullo de las fuentes cantarinas, pero estaba cargada de una ironía cruel.
-¿Quién eres? -le preguntó el cimmerio-. ¿De dónde vienes?
-¿Qué importa? -repuso ella, con una voz más musical que un arpa de cuerdas plateadas, pero cargada de crueldad.
-Puedes llamar a tus hombres -dijo Conan aferrando su espada-. Aunque no me responden del todo las fuerzas, no me cogerán vivo. Veo que eres de Vanir.
-¿Te lo había dicho? -preguntó la joven.
La mirada del cimmerio se posó nuevamente en los rizos rebeldes de la muchacha, que le habían parecido rojos a primera vista. Ahora veía que aquel cabello no era rojizo ni rubio, sino una gloriosa combinación de ambos tonos. Él la miró fascinado. Su cabello era de un color dorado mágico; el sol se reflejaba con tal intensidad en su cabellera que el bárbaro apenas podía mirarla. Los ojos de ella no parecían del todo azules ni absolutamente grises, sino que cambiaban de color con la luz y con el resplandor de las nubes, creando tonalidades que el bárbaro jamás había visto. Sus labios rojos y carnosos sonrieron y, desde los ligeros pies hasta la cegadora corona de su cabello rizado, aquel cuerpo de marfil era tan perfecto como el sueño de un dios. El pulso de Conan martilleó sus sienes.
-No sé si eres de Vanaheim y enemiga mía -dijo él-, o de Asgard y, por tanto, amiga. He recorrido muchas tierras, pero jamás he visto una mujer como tú. Tus rizos me ciegan con su fulgor. Jamás había visto un cabello semejante, ni siquiera entre las mujeres más blancas de Aesir. Por Ymir...
-¿Y tú quién eres, para jurar por Ymir? -le interrumpió ella con tono burlón-. ¿Qué sabes tú de los dioses del hielo y de la nieve, tú que vienes del sur para aventurarte entre gentes extrañas?
-¡Por los oscuros dioses de mi propia raza! -gritó Conan furioso-. ¡Aunque no sea un aesir de cabello dorado, ninguno de ellos ha sido más diestro que yo manejando la espada! Hoy he visto caer muertos a muchísimos hombres, y sólo yo he sobrevivido en el campo de batalla en el que los hombres de Wulfhere se enfrentaron con los lobos de Bragi. Dime, mujer, ¿no has visto el brillo de las corazas sobre las llanuras nevadas? ¿No has visto hombres armados avanzando sobre el hielo?
-He visto brillar la escarcha bajo los rayos del sol -respondió ella-. Y he oído el viento susurrando sobre las nieves eternas. Conan movió la cabeza y lanzó un suspiro. Luego dijo:
-Niord debía haberse unido a nosotros antes de que comenzara la batalla. Me temo que él y sus guerreros hayan sido objeto de una emboscada. Wulfhere y sus hombres están muertos... Yo creí que no había ninguna aldea en muchas leguas a la redonda, pues la guerra nos llevó muy lejos; pero tú no puedes haber venido de lejos, con tanta nieve y estando desnuda. Condúceme a tu tribu, si eres de Asgard, pues me siento débil y cansado a causa de los golpes que he recibido y del fragor de la batalla.
-Mi aldea se encuentra más allá de lo que tú puedes recorrer andando, Conan de Cimmeria -dijo ella riendo.
Después extendió los brazos y se balanceó delante de él, agitando sensualmente su dorada cabellera y con los ojos centelleantes semiocultos detrás de sus sedosas pestañas.
-¿No soy hermosa, oh, extranjero?
-Como el alba que juega desnuda sobre la nieve -murmuró Conan con los ojos ardientes como los de un lobo.
-Entonces, ¿por qué no te levantas y me sigues? ¿Quién es el valiente guerrero que se queda postrado delante de mí? -dijo ella con voz cantarina y con un sarcasmo enloquecedor-. Quédate acostado sobre la nieve y muere como los demás necios, Conan el de la negra cabellera. Tú no puedes seguirme adonde yo te llevaría.
El cimmerio lanzó un juramento y se puso en pie, al tiempo que sus ojos azules centelleaban y su rostro oscuro, lleno de pequeñas cicatrices, se contraía. La ira embargaba su alma, pero el deseo que le inspiraba el cuerpo tentador que tenía delante le martilleaba las sienes y le hacía hervir la sangre en las venas. Una pasión feroz y agónica invadía todo su ser, hasta el punto de que la tierra y el cielo aparecían bañados en sangre ante su obnubilada mirada. En medio de su locura, se olvidó del enorme cansancio y de la debilidad que sentía.
El cimmerio no dijo una sola palabra mientras envainaba la ensangrentada espada y tendía las manos hacia la muchacha para tocar su carne suave y delicada. La joven lanzó un leve grito, retrocedió entre risas y echó a correr, mirándolo de cuando en cuando por encima de su blanco hombro. Conan la siguió lanzando gruñidos. Se había olvidado de la lucha, de los guerreros armados que yacían bañados en sangre; se había olvidado de Niord y de sus hombres, que no llegaron a tiempo para la batalla. Sólo tenía en mente la esbelta silueta blanca que parecía flotar en el aire, en lugar de correr sobre la tierra delante de él.
La persecución continuó a través de la cegadora llanura blanca. El campo rojo había quedado muy atrás, pero Conan siguió andando con la silenciosa tenacidad de los de su raza. Sus pies, cubiertos con la malla de acero, rompieron la helada corteza y se hundieron hasta los tobillos en la tierra cubierta de nieve, pero siguió adelante sostenido por su indomable energía. La muchacha danzaba sobre la nieve ligera como una pluma flotando en el aire; sus pies desnudos apenas dejaban huellas en la escarcha helada. A pesar del fuego que ardía en las venas del bárbaro, el frío le mordía a través de la cota de malla y del manto forrado de piel, pero la joven del tenue velo de gasa corría tan ligera y alegre como si estuviera bailando entre las palmeras y los jardines de rosas de Poitain.
Ella iba siempre adelante y Conan la seguía. Sus labios resecos lanzaban violentas maldiciones. Tenía hinchadas las venas de las sienes a causa del esfuerzo y sus dientes rechinaban.
-¡No podrás escapar de mí! -rugió el cimmerio-. ¡Si me conduces a una trampa, apilaré las cabezas de tu gente a tus pies! ¡Y si te ocultas, abriré las montañas hasta que te encuentre! ¡Te seguiré hasta el mismísimo infierno!
La espuma fluía de los labios del bárbaro mientras la enloquecedora risa de la muchacha llegaba hasta sus oídos. La joven lo llevó cada vez más lejos hacia el interior de la estepa. A medida que pasaban las horas y el sol se ocultaba detrás de la línea del horizonte, el paisaje cambiaba; la extensa planicie dio paso a unas pequeñas colinas que ascendían hasta convertirse en accidentadas cordilleras. Allá a lo lejos, hacia el norte, Conan divisó una cadena de clavadas montañas, cuyas azules nieves eternas se teñían de rojo bajo el sol de poniente. En el cielo oscuro brillaban resplandecientes los rayos de la aurora boreal. Se tendían como un abanico en el cielo, como heladas hojas de luz gélida que cambiaba de color y cuya intensidad aumentaba por momentos.
El cielo brillaba por encima de la cabeza de Conan con una luz y un resplandor extraños. La nieve tenía un brillo misterioso v sobrenatural; por momentos era de un azul helado, luego de color carmesí o de un frío tono plateado. Conan seguía avanzando con una determinación inquebrantable a través de aquel helado reino deslumbrante y encantado, en un laberinto cristalino en el que la única realidad era el blanco cuerpo que bailaba sobre la nieve lejos de su alcance..., cada vez más lejos de su alcance.
El cimmerio no se asombró ante la extrañeza de todo aquello, ni siquiera cuando dos gigantescas figuras se alzaron para cerrarle el paso. Las escamas de las cotas de malla de los desconocidos estaban llenas de escarcha y sus cascos y hachas de guerra estaban cubiertos de hielo. La nieve salpicaba sus cabelleras y sus barbas estaban blancas de carámbanos y de cristalillos helados. Sus ojos eran tan fríos como la luz que llegaba a raudales del cielo.
-¡Hermanos! -exclamó la muchacha bailando entre ellos-. ¡Mirad quién me sigue! ¡Os he traído un hombre para que lo matéis! ¡Arrancadle el corazón para colocarlo humeante sobre la mesa de nuestro padre!
Los gigantes contestaron con rugidos que parecían el chirriar de los icebergs al rozar contra las heladas piedras de una costa rocosa. Levantaron las hachas, que brillaron bajo la luz de las estrellas, y en ese momento el cimmerio se abalanzó como enloquecido sobre ellos. Una helada hoja brilló ante los ojos de Conan cegándolo con la intensidad de su fulgor. El bárbaro devolvió un terrible mandoble que cercenó la pierna de uno de sus enemigos a la altura de la rodilla.
La víctima cayó exhalando un lamento y en ese mismo instante Conan se desplomó sobre la nieve, con el hombro izquierdo insensible por un certero golpe del otro hombre, del que apenas pudo salvarlo la malla que llevaba puesta. Conan vio que el otro gigante se cernía sobre él como un coloso tallado en hielo, recortándose contra el frío cielo. El hacha se abatió... para hundirse en la nieve hasta penetrar profundamente en la tierra helada, pues Conan se echó a un lado y luego de un salto se puso en pie. El gigante lanzó un rugido e intentó liberar
su hacha, pero mientras lo hacía, la espada de Conan se hundió en el pecho del hombre con la rapidez de un rayo. Las rodillas del titán se doblaron y éste se derrumbó lentamente sobre la nieve, que se tiñó de color carmesí por la sangre que manaba del cuello seccionado.
Conan giró rápidamente y vio que la muchacha se encontraba a poca distancia, mirándole con los ojos muy abiertos por el horror; el aire de sorna había desaparecido de su rostro. El cimmerio gritó violentamente y las gotas de sangre caían por su espada mientras su mano temblaba por la intensidad de su pasión.
-¡Llama al resto de tus hermanos! -gritó Conan-. ¡Yo echaré sus corazones a los lobos! No podrás escapar de mí...
Con un grito de horror, la joven se volvió y huyó rápidamente. Ya no se reía ni se burlaba de él cuando lo miraba por encima de su blanco hombro. Ahora corría como si en ello le fuera la vida. Por más que Conan forzaba hasta la última fibra de sus músculos y sentía como si las sienes fueran a estallarle -lo veía todo de color rojo-, la chica seguía alejándose de él bajo los cielos iluminados por los fuegos de hechicería, hasta que quedó convertida en una figura diminuta, luego en una blanca llama que danzaba sobre la nieve y por último en una pequeña mancha perdida a lo lejos. Pero aunque los dientes le rechinaban hasta hacerle brotar sangre de las encías, Conan siguió avanzando hasta que la pequeña mancha volvió a aparecer a los ojos de Conan como una blanca llama que danzaba, luego como una minúscula figurilla y por último la muchacha corría a menos de cien pasos delante del cimmerio. Lentamente, paso a paso, la distancia se iba acortando.
Ahora la joven corría haciendo un visible esfuerzo, con sus rizos dorados flotando al viento. Conan percibió el intenso jadeo de su pecho y vio el miedo reflejado en sus ojos cuando ella lo miró por encima del hombro. La resistencia implacable del bárbaro le proporcionó el fruto apetecido. Las fuerzas parecían abandonar sus blancas piernas; la muchacha corría a menos velocidad aún. En el corazón indomable de Conan se atizó nuevamente el fuego infernal que ella había sabido encender. Lanzando un rugido inhumano, Conan se arrojó sobre la joven en el momento en que ésta se volvía y lanzaba un grito de espanto, al tiempo que extendía sus brazos para rechazarlo.
  La espada del cimmerio cayó sobre la nieve cuando éste estrechó a la joven en sus brazos. El esbelto cuerpo de la muchacha se arqueó hacia atrás mientras luchaba desesperadamente en los brazos de Conan. Su cabello dorado se agitaba al viento y le caía sobre el rostro, cegando al cimmerio con su resplandor. El contacto de su hermoso cuerpo que se retorcía entre sus brazos le llevó al borde de la locura. Los fuertes dedos de Conan se hundieron con frenesí en la suave y blanda carne..., una carne fría como el hielo. Era como si estuviera abrazando un cuerpo de hielo en lugar del cuerpo de una mujer de carne y hueso. Ella echó a un lado su dorada cabellera, tratando de esquivar los violentos besos del bárbaro, que lastimaban sus labios rojos y carnosos.
-Eres fría como la nieve -dijo él como atontado-. Yo te calentaré con el fuego de mi sangre...
Al tiempo que lanzaba un fuerte grito, la joven se resistió con todas sus fuerzas hasta que logró escapar de los brazos del cimmerio, dejando en ellos su ligero velo de gasa. Ella saltó hacia atrás y se enfrentó a Conan, con sus rizos de oro en completo desorden, su blanco pecho jadeante y sus hermosos ojos centelleando de horror. Por un momento Conan se quedó paralizado, abrumado ante aquella belleza terrible que se alzaba desnuda sobre la nieve.
En ese momento ella alzó los brazos hacia las luces que brillaban en el firmamento y exclamó con una voz que resonaría para siempre en los oídos de Conan:
-¡Ymir! ¡Oh, padre mío, sálvame!
Conan dio un salto hacia adelante con los brazos extendidos para coger a la muchacha cuando, con un estampido como el de una inmensa montaña al desintegrarse, el cielo entero se convirtió en un fuego helado. El cuerpo de marfil de la muchacha se vio envuelto repentinamente en una llama azulada y fría, tan cegadora que el cimmerio tuvo que levantar las manos para protegerse los ojos. Durante un breve instante, los cielos y las montañas nevadas fueron inundadas por crepitantes llamas blancas, azules dardos de una luz helada y fuegos gélidos de color carmesí.
    De pronto Conan se tambaleó y lanzó una exclamación. La muchacha había desaparecido. La resplandeciente extensión de nieve estaba ahora completamente desierta; por encima de su cabeza las embrujadas luces jugueteaban en un cielo helado que parecía haber enloquecido. Entre las distantes montañas azuladas que se alzaban a lo lejos se oyó un trueno estremecedor como el de un gigantesco carro de guerra arrastrado por caballos frenéticos cuyos cascos despedían destellos al chocar contra la nieve, mientras del cielo llegaban ecos lejanos.
Luego la aurora boreal, las montañas cubiertas de nieve y el cielo llameante comenzaron a dar vueltas ante los ojos de Conan como si estuvieran ebrios. Miles de bolas de fuego estallaron lanzando una lluvia de chispas y el mismo cielo se convirtió en una rueda gigantesca que giraba despidiendo estrellas a medida que daba vueltas. Las montañas nevadas se alzaban como las olas del mar. Entonces el cimmerio cayó sobre la nieve y quedó inmóvil.
En un gélido y oscuro universo cuyo sol se había extinguido hacía muchísimos eones, Conan sintió el movimiento de una vida extraña e incierta. Un terremoto hizo temblar la tierra sobre la que yacía, lo sacudió de un lado a otro y aplastó sus manos y sus pies, haciéndole gritar de dolor y de furia. Entonces buscó su espada.
-Está volviendo en sí, Horsa -dijo una voz-. Date prisa, debemos quitarle el hielo de sus brazos y piernas, para que pueda volver a empuñar la espada.
-No puede abrir la mano izquierda -dijo el otro con un gruñido-. Está aferrando algo...
Conan abrió los ojos y miró a los hombres barbudos que se inclinaban sobre él. Estaba rodeado de guerreros altos y rubios, que vestían cotas de malla y pieles.
-¡Conan! -exclamó uno de ellos-. ¡Estás vivo!
-¡Por Crom, Niord! -dijo el cimmerio jadeando-. ¿Estoy vivo o estamos todos muertos en Valhalla?
-Estamos vivos -respondió As masajeando los pies helados de Conan-. Nos tendieron una emboscada; de lo contrario hubiéramos llegado a tiempo para luchar a tu lado. Los cadáveres todavía estaban tibios cuando aparecimos en el campo de batalla. No te encontramos entre los muertos, de modo que seguimos tu rastro. Pero Conan, en nombre de Ymir, ¿por qué te fuiste hasta las estepas del norte? Seguimos tus huellas sobre la nieve durante horas. Si alguna tormenta las hubiera ocultado, jamás te habríamos encontrado, ¡por Ymir!
- no jures tan a menudo por Ymir -murmuró otro guerrero con aire inquieto, observando las lejanas montañas-. Ésta es su tierra, y cuentan las leyendas que el dios vive en aquellas montañas.
   -He visto a una mujer -repuso Conan confusamente-. Nos habíamos encontrado con los hombres de Bragi en la llanura. No sé durante cuánto tiempo estuvimos peleando. Fui el único sobreviviente, y estaba mareado y exhausto. La tierra parecía un sueño; sólo ahora las cosas me parecen naturales y conocidas. La mujer vino hacia mí, provocándome. Era hermosa como una helada llama del infierno. Una extraña locura me invadió cuando la miré, y me olvidé de todo. La seguí. ¿No habéis encontrado sus huellas? ¿Ni habéis visto a los gigantes helados a los que di muerte?
Nior respondió negativamente con un movimiento de la cabeza.
-Sólo encontramos tus huellas en la nieve, Conan -le respondió.
-Entonces es probable que esté loco -dijo Conan aturdido-. Y sin embargo, vosotros no me parecéis más reales que aquella muchacha de cabellos dorados que corría desnuda sobre la nieve, delante de mí. No obstante, yo la vi desvanecerse entre mis propias manos, como una llama helada que se extingue súbitamente.
-Está delirando -musitó uno de los guerreros.    -¡No! -exclamó un hombre más viejo, de ojos salvajes y extraños-. ¡Era Atali, la hija de Ymir, el gigante de hielo! ¡Ella sale al campo de batalla y se deja ver por los moribundos! Yo la he visto cuando era un muchacho y estaba medio muerto después de la sangrienta batalla de Wolfraven. La he visto caminar entre los muertos, sobre la nieve; su cuerpo desnudo brillaba como el marfil y su cabellera dorada resplandecía con un fulgor insoportable a la luz de la luna. Yo me acosté en el suelo y aullé como un perro moribundo porque no podía arrastrarme tras ella. Atrae a los sobrevivientes de las batallas y los lleva a los páramos para que sus hermanos, los gigantes de hielo, les den muerte; después les arrancan el corazón y lo depositan en la mesa de Ymir. ¡El cimmerio ha visto a Atali, la hija del gigante helado!
   -¡Bah! -gruñó Horsa-. El viejo Grom ha quedado mal de la cabeza por una herida que recibió en su juventud. Conan estaba delirando por los golpes recibidos en el fragor de la batalla; mirad cuántas abolladuras tiene en el casco. Cualquiera de esos golpes pudo afectarle el cerebro. Lo que anduvo siguiendo por las estepas no era más que una alucinación. El cimmerio viene del sur; ¿qué sabe él acerca de Atali?
-Quizá tengas razón -murmuró Conan-. Todo era tan extraño, tan misterioso y sobrenatural... ¡Por Crom!
Conan se calló y miró algo que todavía aferraba con fuerza en la mano izquierda. Los demás se quedaron boquiabiertos cuando vieron que sostenía un tenue velo de gasa..., un velo de gasa tan ligero y delicado que no pudo haber sido tejido por manos humanas.

LA LEYENDA DE CONAN EL CIMMERIO -- Robert E. Howard -- El dios manchado de sangre

El dios manchado de sangre

Conan sigue al servicio del rey de Turan durante aproximadamente dos años, en los cuales viaja casi sin descanso y aprende los rudimentos de la guerra organizada. Como de costumbre, los contratiempos son sus compañeros inseparables. Después de haber protagonizado una de sus más pintorescas aventuras-se dijo que estuvo metido en un lío junto con la amante del comandante de la división de caballería en la que servía-, Conan decide desertar del ejército turanio. Unos rumores acerca de la existencia de un tesoro lo llevan a probar fortuna en los montes de Kezankia, situados en la frontera oriental de Zamora.


Reinaba una oscuridad total en la hedionda callejuela por la que avanzaba Conan de Cimmeria en una misión tan oscura e incierta como las tinieblas que lo rodeaban. De haber habido un testigo, habría visto a un hombre muy alto y de constitución hercúlea vestido con una amplia túnica zuagir cubierta con una fina cota de malla de acero, y encima de ésta un grueso manto de piel de camello. Su negra cabellera y su ancho rostro sombrío y juvenil, bronceado por el sol del desierto, se ocultaba bajo una kefia, especie de pañuelo zuagir, que llevaba envuelta alrededor de la cabeza.
En ese momento llegó a sus oídos un agudo grito de dolor.
Semejantes lamentos no eran raros en las tortuosas callejuelas de Arenjun, la Ciudad de los Ladrones, y ningún hombre cauto o tímido hubiera osado intervenir en un asunto que no le concernía. Pero Conan no era cauto ni tímido. Su impenitente curiosidad no le permitía pasar por alto un grito de auxilio; además iba en busca de unos hombres, y aquella situación podría darle una pista.
Obedeciendo a sus rápidos instintos de bárbaro, se volvió hacia un haz de luz que traspasaba la oscuridad muy cerca de allí- Después miró a través de una rendija que había en las persianas herméticamente cerradas de una ventana que se abría en un grueso muro de piedra.
Pudo ser una amplia habitación de cuyas paredes colgaban tapices de terciopelo y cuyo suelo estaba cubierto de costosas alfombras y de lechos. Alrededor de uno de estos lechos se agrupaban varios hombres; se trataba de seis musculosos bravucones zamorios y dos individuos a quienes resultaba difícil identificar. En aquel lecho había un hombre tendido; era un nativo de Kezankia, desnudo de cintura para arriba. Aunque era fuerte, un rufián tan musculoso como él lo tenía sujeto por las muñecas y tobillos. Entre cuatro personas lo mantenían tendido sobre el lecho impidiéndole cualquier movimiento, pero sus músculos se contraían formando grandes nudos en sus extremidades y hombros. Los ojos del hombre acostado centelleaban con un fulgor rojo y su amplio pecho brillaba a causa del sudor que lo cubría. Conan vio que un hombre delgado y ágil, cubierto con un turbante de seda roja, levantaba un carbón ardiente de un brasero con un par de tenazas y lo colocaba sobre el pecho tembloroso del prisionero, en el que se podían apreciar otras marcas de torturas similares.
Otro de los presentes, más alto que el del turbante rojo, preguntó bruscamente algo que Conan no pudo comprender. El kezankiano que estaba tendido en el lecho movió frenéticamente la cabeza negando y luego escupió con violencia hacia el que lo había interrogado. El carbón al rojo vivo se apoyó de lleno sobre su pecho peludo, lo que hizo lanzar un aullido inhumano a la víctima. En ese instante Conan se lanzó con todas sus fuerzas contra las persianas.
La acción del cimmerio no era tan impulsiva como podía parecer a simple vista. Para sus objetivos del momento necesitaba un amigo entre los nativos de los montes de Kezankia, un pueblo conocido por su hostilidad hacia los extranjeros. Y allí se le presentaba la oportunidad de dar con la persona que buscaba. Las persianas saltaron en astillas con un crujido estrepitoso, y el bárbaro cayó de pie sobre el suelo de la habitación, con la cimitarra en una mano y una daga zuagir en la otra. Los torturadores se volvieron en redondo y lanzaron un grito de asombro.
Vieron a un hombre alto y corpulento, vestido con ropas de zuagir y con un pliegue de su kefia envolviéndole el rostro. En su cara centelleaban unos ojos de un azul volcánico. Por un instante la escena se congeló, y luego se fundió en una acción llena de violencia.
El hombre del turbante rojo lanzó una orden imperiosa, y un gigante peludo se adelantó para enfrentarse al intruso. El zamorio empuñaba una espada de casi un metro de largo y lanzó un mandoble hacia arriba con intención de traspasar a su contrincante. Pero la cimitarra encontró en su camino un brazo que se levantaba para detenerlo. La mano del zamorio, así como el sable que aferraba, volaron por los aires en medio de una lluvia de sangre, y luego la estrecha y larga hoja de la cimitarra de Conan atravesó la garganta de su enemigo, que ahogó un grito de agonía.
El cimmerio saltó por encima del cuerpo caído, en dirección al individuo del turbante rojo y a su compañero de elevada estatura. Turbante Rojo sacó un puñal y el hombre alto desenvainó su espada.
-¡Córtalo en dos, Jillad! -gritó Turbante Rojo al tiempo que se retiraba ante el impetuoso ataque del cimmerio-. ¡Zal, ayúdanos!
El hombre llamado Jillad paró el mandoble de Conan y respondió con rapidez. Conan eludió el golpe con un salto de pantera hambrienta, pero ese movimiento lo puso al alcance del puñal de Turbante Rojo. El arma salió disparada y la punta le dio a Conan en un costado, pero no consiguió perforar la negra cota de malla. Turbante Rojo saltó a su vez hacia atrás, escapando por tan poco a la afilada espada de Conan que ésta le hizo un corte en el chaleco de seda y le dejó una marca en la piel. El hombre tropezó con una silla y luego cayó de bruces sobre el suelo, pero antes de que Conan pudiera acabar con él, Jillad lanzó una lluvia de sablazos sobre el cimmerio.
Mientras peleaba con Jillad, Conan advirtió que el hombre llamado Zal avanzaba empuñando una pesada alabarda, al tiempo que Turbante Rojo volvía a ponerse en pie.
El cimmerio no esperó a que lo rodeasen. Un golpe de su cimitarra hizo retroceder a Jillad. Luego, cuando Zal levantaba la alabarda, Conan le lanzó un sablazo que lo hizo caer revolcándose entre su propia sangre y sus entrañas. Conan saltó enseguida hacia los esbirros que aún retenían al prisionero. Éstos liberaron al hombre al tiempo que lanzaban gritos y desenvainaban sus espadas corvas. Uno lanzó un mandoble contra el hombre de Kezankia, que lo eludió rodando sobre el lecho de madera. Entonces Conan se colocó entre los hombres y su víctima. Mientras se retiraba ante el ataque de aquellos, gritó al prisionero kezankiano:
-¡Sal de aquí! ¡Delante de mí! ¡Rápido!
-¡Perros! -gritó el hombre del turbante rojo-. ¡No los dejéis escapar!
-¡Ven a probar el sabor de la muerte, perro! -exclamó Conan riendo salvajemente, hablando en lengua zamoria con acento bárbaro.
El kezankiano, debilitado por la tortura, corrió un cerrojo y abrió una puerta que daba a un patio pequeño. Atravesó tambaleando el patio, mientras Conan luchaba con sus torturadores en el vano de la puerta, donde el reducido espacio disminuía la ventaja de aquellos. El cimmerio se reía a carcajadas y maldecía a su enemigos mientras paraba sus golpes y les lanzaba estocadas. Turbante Rojo bailaba de ira detrás de los combatientes maldiciendo a gritos. La cimitarra de Conan parecía la lengua de una cobra. Un zamorio lanzó un grito y cayó de rodillas, apretándose el vientre. Jillad atacó en seguida, pero tropezó con el caído y cayó a su vez. Antes de que los furiosos individuos que atestaban la puerta pudieran organizarse, Conan se volvió y corrió a través del patio en dirección a un muro por encima del cual había desaparecido el kezankiano.
Tras envainar sus armas, Conan dio un salto y se aferró al borde de la pared; después de un breve balanceo, tomó impulso y se subió a la parte superior de aquélla. Desde allí echó un vistazo a la oscura y sinuosa callejuela que bordeaba el muro. En ese momento algo le golpeó la cabeza y el cimmerio se cayó del muro y se estrelló contra la sombría calle que había debajo.
El débil fulgor de una vela en su rostro despertó a Conan. Éste se incorporó parpadeando y maldiciendo, al tiempo que tanteaba a su alrededor en busca de su espada. Luego la luz se apagó y una voz le habló en la oscuridad.
-Tranquilízate, Conan de Cimmeria. Soy tu amigo.
-¡Por Crom! ¿Quién diablos eres? -preguntó Conan.
Había encontrado su cimitarra en el suelo, al lado suyo, y rápidamente cerró sus piernas dispuesto a saltar. Estaba en la calle, al pie del muro desde el cual había caído, y el otro hombre no era más que un borroso bulto que se cernía sobre él a la tenue luz de las estrellas.
-Soy tu amigo -repitió el otro, con suave acento iranistano-. Puedes llamarme Sassan.
Conan se puso en pie, con la cimitarra en la mano. El iranistano le acercó algo. Conan percibió el fulgor metálico del acero, pero cuando iba a atacar, advirtió que se trataba de su propia daga, que el otro le alcanzaba cogiéndola por la hoja y presentándole la empuñadura.
-Eres más desconfiado que un lobo hambriento, Conan -dijo Sassan riendo-. Será mejor que guardes las fuerzas para tus enemigos.
-¿Dónde están? -preguntó Conan cogiendo la daga.
-Se-han ido a las montañas, tras el rastro del dios manchado de sangre.
Conan sintió un sobresalto. Cogió la túnica de Sassan con mano férrea y miró intensamente a los ojos oscuros del hombre, que lo observaba con una mirada burlona y misteriosa a la luz de las estrellas.
-Maldito seas, ¿qué sabes tú del dios manchado de sangre? -inquirió Conan apoyando la punta de la daga debajo de las costillas del iranistano. .
-Sé lo siguiente -repuso Sassan-: Has venido a Arenjun siguiendo a unos ladrones que te robaron el mapa de un tesoro más grande que el del rey Yildiz. Yo también venía buscando algo. Estaba escondido cerca, observando a través de un agujero que había en la pared, cuando irrumpiste tú en la habitación en la que estaban torturando al kezankiano. ¿Cómo sabías que eran ellos quienes te habían robado el mapa?
-No lo sabía -musitó Conan-. Oí el grito de un hombre y pensé que sería buena idea intervenir. De haber sabido que eran los hombres que buscaba... Dime, ¿qué más sabes?
-Sé que en las montañas cercanas hay un antiguo templo oculto, en el que tienen miedo de entrar los hombres de la montaña. Se dice que es un edificio construido en la Edad Precataclísmica, si bien no hay acuerdo entre los entendidos acerca de su origen: algunos piensan que es grondario y otros que fue construido por un pueblo antiquísimo y desconocido que dominó a los hirkanios después del Cataclismo.
»Los kezankianos prohíben el acceso de los forasteros a la zona, pero un nemedio llamado Ostprio encontró el templo. Penetró en su interior y descubrió un ídolo de oro incrustado de rubíes, al que llamó «el dios manchado de sangre». No pudo llevárselo consigo, pues era más grande que un hombre, pero dibujó un mapa con la intención de volver. Aunque Ostorio logró salir ileso de la aventura, poco después murió apuñalado por unos rufianes de Shadizar. Antes de morir te entregó el mapa a ti, Conan.
-¿Y bien? -preguntó Conan hoscamente, echando una mirada a la casa oscura y silenciosa que había detrás.
-Te robaron el mapa -dijo Sassan-. Y tú sabes quién fue.
-No lo sabía entonces -repuso Conan con brusquedad-. Después supe que los ladrones eran Zyras, un corinthio, y Arshak, un príncipe turanio desheredado. Uno de sus criados espió a Ostorio cuando agonizaba y se lo dijo a su amo. Aunque no los conocía, seguí su rastro hasta aquí. Esta noche me enteré que se ocultaban en una casa de este callejón. Yo iba preocupado en busca de una pista cuando me vi envuelto en aquella gresca.
-¡De modo que luchaste contra ellos sin saber quiénes eran! -dijo Sassan asombrado-. El nativo de Kezankia era Rustum, un espía de Keraspa, el jefecillo kezankiano. Lo atrajeron hacia la casa y lo estaban torturando para hacerle revelar los caminos que conducen a través de la montaña. Ya conoces el resto de la historia.
-La conozco, con excepción de lo que sucedió cuando me encontraba encima del muro.
-Alguien te arrojó una silla que te golpeó en la cabeza. Cuando te caíste del muro no te prestaron más atención, tal vez porque creían que estabas muerto, o quizá porque no te habían reconocido bajo la kefia que envolvía tu cabeza. Persiguieron al kezankiano, pero no sé si lo capturaron. Luego volvieron, ensillaron sus caballos y galoparon como locos hacia el oeste, dejando a los muertos donde habían caído. Yo me acerqué para ver quién eras, y te reconocí.
-De modo que el hombre del turbante rojo era Arshak -murmuró Conan—. Pero ¿dónde estaba Zyras?
-Iba disfrazado de turanio; era el hombre al que llamaban Jillad.
-Ah. ¿Y entonces...?
-Al igual que tú, yo deseaba apoderarme del dios rojo, a pesar de que de todos los hombres que lo han buscado a lo largo de los siglos, sólo Ostorio escapó con vida. Se dice que una misteriosa maldición recae sobre quienes pretenden robar el ídolo...
-¿Qué más sabes tú acerca de ello? -preguntó Conan bruscamente.
-No sé mucho más -contestó Sassan encogiéndose de hombros-. Las gentes de Kezankia hablan de un sortilegio mortal con que el dios castiga a todos aquellos que alzan sus codiciosas manos sobre él. Pero yo no soy un necio supersticioso. Y tú no tienes miedo, ¿verdad?
-¡Claro que no! -respondió rápidamente el cimmerio.
Lo cierto es que Conan si temía. Si bien no le tenía miedo a ningún hombre o animal viviente, lo sobrenatural llenaba su mente bárbara de terrores atávicos, aunque se negaba a reconocerlo.
-¿En qué piensas? -preguntó Conan.
-Pues creo que ninguno de los dos puede luchar solo contra la banda de Zyras. Unidos, podremos seguirlos y arrebatarles el ídolo. ¿Qué dices a esto?
-Estoy de acuerdo. ¡Pero te mataré como a un perro si intentas alguna treta!
Sassan rió y dijo:
-Sé muy bien que lo harías, de modo que puedes confiar en mí. Ven, tengo los caballos esperando.
El iranistano guió a Conan a través de las sinuosas y malolientes callejuelas en las que resaltaban las rejas de los balcones, hasta que se detuvieron ante un portal iluminado por un farol. Sassan golpeó en la puerta y en seguida apareció un rostro cubierto de barba en el portillo. Después de intercambiar algunas palabras en voz baja, se abrió el portal. Sassan entró y Conan lo siguió con recelo. Pero los caballos estaban allí y, ante una orden del hombre de la barba, unos somnolientos criados ensillaron los animales y llenaron las alforjas de alimentos.
Poco después, Conan y Sassan cabalgaban juntos y cruzaban la puerta occidental de la ciudad, donde un centinela somnoliento los detuvo un momento por simple rutina. Sassan era un hombre gordo pero musculoso, con una cara redonda y astuta en la que destacaban unos ojos oscuros y vivaces. Llevaba una lanza de caballería sobre el hombro y manejaba sus armas con la pericia que da la práctica. Conan no dudó de que si se presentaba la ocasión, Sassan sería capaz de luchar con destreza y valor. Tampoco dudaba de que podía confiar en Sassan mientras aquella alianza le resultara beneficiosa, pero pensaba que sería capaz de asesinarlo en cuanto le conviniese, con el fin de quedarse con todo el tesoro para él solo.
El alba los sorprendió cabalgando a través de los abruptos desfiladeros que cruzaban las inhóspitas montañas rocosas de Kezankia, que separaban las zonas limítrofes del este de Koth y Zamora, de las estepas turanias. Aunque tanto Koth como Zamora reclamaban esta región para sí, ninguna de las dos había logrado conquistarla, y la ciudad de Arenjun, situada en la cima de una colina de escarpadas laderas, había resistido con éxito dos asedios de las hordas turanias procedentes del este. El camino se bifurcó y se hizo cada vez más confuso, hasta que Sassan confesó que se había perdido y que no sabía dónde estaban.
-Yo todavía puedo seguir el rastro dejado por ellos -dijo Conan con un gruñido-. Aunque tú no seas capaz de verlo, yo sí puedo.
Varias horas después divisaron con claridad unas señales que indicaban el paso reciente de caballos por aquel lugar. Entonces Conan dijo:
-Nos estamos acercando a ellos, pero todavía nos superan en número. Quedémonos fuera de su alcance hasta que tengan el ídolo; entonces les tenderemos una emboscada y se lo arrebataremos.
-¡Muy bien! -exclamó Sassan con ojos brillantes-. Pero tengamos cuidado; éstas son las tierras de Keraspa, que roba a todo el que pasa por aquí.
Al promediar la tarde, los dos hombres todavía seguían el rastro por el antiguo y olvidado camino. Cuando avanzaban hacia un estrecho desfiladero, Sassan dijo:
-Si aquel kezankiano al que torturaban ha conseguido regresar junto a Keraspa, éste y sus compatriotas se pondrán sobre aviso respecto a la llegada de forasteros...
Ambos tiraron de las riendas cuando un kezankiano delgado y de rostro de halcón salió a caballo del desfiladero con una mano en alto.
-¡Alto! -gritó-. ¿Con qué permiso cabalgáis por las tierras de Keraspa?
-Cuidado -murmuró Conan-. Puede haber otros hombres rodeándonos.
-Keraspa exige el pago de peaje a todos los viajeros -dijo Sassan en voz muy baja-. Quizá eso sea lo único que quiere ese individuo.
Echando una mano a su cinto, Sassan le dijo al kezankiano:
-No somos más que unos pobres viajeros, pero pagaremos con gusto el peaje que impone tu valiente jefe. Estamos solos, como puedes ver.
-Entonces, ¿quién es ese que viene detrás de vosotros? -preguntó el kezankiano señalando con la cabeza hacia el lugar por el que habían venido.
Sassan volvió la cabeza a medias y en ese instante el kezankiano le arrojó una daga que había extraído de su cinto.
Aunque el otro fue rápido, Conan lo fue mucho más. Cuando el puñal iba a atravesar la garganta de Sassan, la cimitarra de Conan brilló como un relámpago y emitió un sonido metálico. La daga saltó hacia un lado y, al tiempo que lanzaba un gruñido, el kezankiano echó mano de su espada. Pero antes de que pudiera desenvainarla, Conan lo volvió a atacar, cortándole el turbante y partiéndole el cráneo. El caballo del kezankiano relinchó y retrocedió, arrojando al suelo el cadáver del hombre. Conan hizo girar en redondo a su propio corcel y gritó:
-¡Corre hacia el desfiladero! ¡Es una emboscada!
En cuanto el kezankiano hubo caído al suelo, se oyó el seco chasquido de los arcos y el silbido de las flechas. El caballo de Sassan dio un salto al recibir una flecha que se le clavó en el cuello, y luego corrió sin control hacia la boca del desfiladero. Conan sintió que otra flecha le agujereaba la manga cuando apretó las espuelas y corrió detrás de Sassan, que no podía dominar a su animal.
Mientras avanzaban hacia la entrada del desfiladero, tres jinetes salieron de éste blandiendo unas cimitarras de hoja ancha. Sassan cejó en su intento de dominar a su caballo enloquecido y apuntó su lanza contra el más próximo de sus enemigos. La punta traspasó al hombre y lo hizo caer de la silla.
Un segundo después, Conan se libraba de otro enemigo, que ya levantaba su pesada cimitarra. El cimmerio alzó el sable y las dos hojas se encontraron con un estrépito metálico, mientras los pechos de los dos caballos chocaban con fuerza. Apoyándose sobre los estribos, Conan empujó hacia abajo con todas sus fuerzas, hasta que hizo caer el arma del enemigo y le partió el cráneo en dos. En seguida corrió al galope hacia el desfiladero, entre una lluvia de flechas que silbaban a su alrededor. El caballo herido de Sassan tropezó y cayó pesadamente al suelo. Al ver que el animal se desplomaba, el iranistano se bajó de un salto.
Conan se le acercó y le dijo a gritos:
-¡Sube detrás de mí!
Lanza en mano, Sassan montó detrás del bárbaro. Después de sentir las espuelas, el sobrecargado animal avanzó por la garganta del desfiladero, mientras unos gritos que llegaban de atrás indicaban que los nativos se dispersaban para montar en sus caballos, que habían ocultado detrás de las rocas. Un recodo del desfiladero amortiguaba sus voces.
-El espía kezankiano sin duda logró regresar junto a Keraspa -dijo Sassan jadeando-. Lo que quieren es sangre, y no oro. ¿Crees que habrán eliminado a Zyras?
-Es posible que haya pasado antes de que tendieran la emboscada, o quizá lo estaban siguiendo cuando aparecimos nosotros. Creo que todavía nos lleva bastante ventaja.
Una media legua más adelante oyeron un débil rumor que parecía indicar que los estaban siguiendo. Entonces llegaron a un amplio valle rodeado de escarpados peñascos. En el centro de ese valle había una ladera que conducía hacia una estrecha garganta situada en el extremo opuesto. Cuando se aproximaron a este paso, Conan vio que estaba obstruido por un pequeño parapeto hecho de piedras. Sassan lanzó un grito al tiempo que saltó del caballo cuando vio que caía sobre ellos una lluvia de flechas. Uno de los dardos le dio al caballo en el pecho.
El animal se tambaleó y cayó estrepitosamente al suelo; Conan saltó del caballo y se acercó rodando hacia un montículo de piedras detrás del cual ya se había puesto a cubierto Sassan. Cayeron más flechas, cuyas puntas se rompían contra las rocas o se clavaban en la tierra cimbreando en el aire. Los dos hombres se miraron con gesto irónico.
-¡Hemos encontrado a Zyras, por fin! —exclamó Sassan.
-Dentro de un momento -dijo Conan riéndose— se echarán sobre nosotros, y luego vendrá Keraspa por detrás para cerrar la trampa definitivamente.
En ese instante se oyó una voz provocativa.
-¡Salid de ahí de una vez, canallas! ¡Eh, Sassan!, ¿quién es el zuagiro que está contigo? ¡Creí que le había roto la cabeza anoche!
-¡Me llamo Conan! -respondió el cimmerio gritando. Después de un momento de silencio, Zyras exclamó:
-¡Debí de haberlo imaginado! ¡Bueno, ahora os tenemos acorralados!
-¡Vosotros estáis en la misma trampa! –vociferó Conan-. ¿No escuchasteis ruido de pelea allí abajo, en la entrada del desfiladero?
-Sí, lo hemos oído cuando nos detuvimos a dar de beber a los caballos. ¿Quién os persigue?
-¡Keraspa y unos cien kezankianos! Cuando estemos muertos, ¿tú crees que os dejarán marchar sabiendo que torturasteis a uno de sus hombres?
-¡Será mejor que dejes que nos unamos a vosotros! -agregó Sassan.
-¿Es verdad eso? -preguntó Zyras, que asomó su cabeza con el turbante por encima del montículo de piedras.
-¿Acaso estás sordo? -repuso Conan.
El desfiladero retumbó bajo el estrépito de los gritos y el galope de caballos.
-¡Venid aquí, rápido! -gritó Zyras-. Habrá suficiente tiempo para repartirnos el dinero del ídolo, si salimos vivos de aquí.
Conan y Sassan dieron un salto y corrieron cuesta arriba, hasta el parapeto, donde unos brazos peludos los ayudaron a saltar al otro lado. Conan observó a sus nuevos aliados: Zyras, hombre de gesto hosco y mirada dura, que vestía al uso turanio; Arshak, que todavía venía atildado y pulcro después de un larguísimo viaje a caballo, y tres zamorios morenos que los saludaron con una amplia sonrisa. Tanto Zyras como Arshak llevaban puesta una cota de malla similar a las de Conan y Sassan.
Los kezankianos, que eran unos veinte aproximadamente, tiraron de las riendas de sus caballos cuando fueron recibidos con una lluvia de flechas por parte de Arshak y de los zamorios. Algunos kezankianos atacaron a su vez con flechas y otros giraron en redondo y retrocedieron hasta encontrarse fuera del alcance de los dardos, y una vez allí desmontaron, pues se habían dado cuenta de que el parapeto era demasiado alto como para que pudiera ser destruido por un caballo. Por un lado se veía una montura vacía, y por otro un corcel herido que retrocedía hacia el desfiladero con su jinete.
-Deben de habernos seguido -dijo Zyras furioso-. ¡Conan, nos has mentido! ¡No son cien hombres, como nos has dicho!
-Son suficientes como para cortarnos el pescuezo -dijo Conan palpando su espada-. Además, Keraspa puede enviar refuerzos cuando lo crea conveniente.
-Podemos ocultarnos detrás de ese muro -dijo Zyras con un gruñido-. Creo que ha sido construido por gentes de la misma raza que erigió el templo del dios rojo. ¡Ahorrad flechas para la huida!
Cubiertos por una continua descarga de flechas que lanzaban cuatro kezankianos desde los lados, sus compañeros ascendieron por la pendiente. Los que iban delante llevaban unos escudos ligeros. Conan vio detrás de ellos la rojiza barba de Keraspa, que exhortaba a sus hombres que avanzaran.
-¡Disparad! -gritó Zyras.
Las flechas cortaron el aire y cayeron sobre el compacto grupo de hombres; tres de ellos quedaron retorciéndose en la ladera, pero los demás siguieron avanzando, con los ojos centelleantes y las espadas brillando en sus peludos puños.
Los defensores lanzaron las últimas flechas contra sus enemigos y luego se levantaron detrás del parapeto empuñando sus espadas. Los hombres de Kezankia corrieron hacia la pared de piedra. Algunos trataron de empujar a sus compañeros por encima del parapeto, mientras que otros arrimaban pedruscos contra el muro para formar escalones. A lo largo de la barrera se oyó el ruido de huesos rotos, el rechinar del acero y los juramentos entrecortados de los moribundos. Conan cortó la cabeza de un kezankiano y vio que a su lado Sassan arrojaba su lanza a la boca abierta de otro atacante que gritaba, traspasándolo y haciéndole salir la punta por la nuca. Uno de los hombres de Kezankia de aspecto salvaje abrió de un corte el vientre de un zamorio. Por el sitio que dejó el hombre al caer, se lanzó aullando el feroz kezankiano, antes de que Conan pudiera detenerlo. El cimmerio recibió un tajo en el brazo izquierdo, pero de un mandoble le cortó un hombro al atacante.
Después de saltar por encima del cuerpo caído, el bárbaro se abalanzó sobre los hombres que saltaban sobre el muro, sin tiempo para ver cómo se iba desarrollando la lucha para cada bando. Zyras lanzaba juramentos en lengua corinthia y Arshak
en hirkanio. Alguien exhaló un grito de agonía. Un kezankiano aferró a Conan por el grueso cuello con sus manos de gorila, pero el cimmerio puso en tensión todos sus músculos y asestó una serie de puñaladas a su contrincante, hasta que el montañés lanzó un quejido y lo soltó, desplomándose luego desde lo alto del parapeto.
Conan miró a su alrededor jadeando y se dio cuenta de que la intensidad del ataque había disminuido. Los pocos kezankianos que quedaban en pie se alejaban trastabillando pendiente abajo; todos sangraban profusamente. Los cadáveres estaban apilados al pie del muro de piedra. Los tres zamorios estaban muertos o moribundos, y Conan vio a Arshak sentado con la espalda contra el parapeto, apretándose una herida con las manos empapadas de sangre. Los labios del príncipe estaban azules, pero a pesar de ello Arshak logró esbozar una sonrisa triste.
-¡Nacer en un palacio -musitó- para venir a morir detrás de un montón de piedras...! No importa..., es el destino. Es la maldición que pesa sobre el tesoro..., todos los hombres que siguieron el rastro del dios manchado de sangre han muerto...
Y después de pronunciar estas palabras, murió.
Zyras, Conan y Sassan se miraron en silencio; eran tres figuras lúgubres, harapientas y cubiertas de sangre. Los tres tenían cortes poco profundos en las extremidades, pero sus cotas de malla los habían salvado de la muerte que arrebató a sus compañeros.
-¡Vi que Keraspa salía corriendo! -exclamó Zyras con un gruñido-. Seguramente volverá a su aldea y pondrá en pie de guerra a toda su tribu, para perseguirnos. Debemos hacer de esto una carrera contra el tiempo; tenemos que apoderarnos del ídolo y salir de estas montañas antes de que regresen con todos sus efectivos. El tesoro será suficiente para los tres.
-Es verdad —dijo Conan con gesto hosco-, pero devuélveme mi mapa antes de que nos pongamos en marcha.
Zyras abrió la boca para decir algo, pero vio que Sassan recogía el arco de uno de los zamorios y colocaba una flecha en él.
-Haz lo que te dice Conan -ordenó el iranistano con tono amenazador.
Zyras se encogió de hombros y le entregó un trozo de pergamino arrugado.
-Malditos seáis -dijo-. ¡De todos modos me corresponde un tercio del tesoro!
Conan echó un vistazo al mapa, lo colocó en la bolsa que colgaba de su cinto y dijo:
-Está bien; no voy a ser rencoroso. Eres un cerdo, pero si juegas limpio, nosotros actuaremos de la misma forma, ¿eh, Sassan?
El aludido asintió con la cabeza y recogió un puñado de flechas del suelo.
Los caballos de los hombres de Zyras estaban atados en el paso que se hallaba detrás del parapeto. Los tres guerreros montaron los mejores corceles y se llevaron los otros tres, ascendiendo por el desfiladero situado detrás del paso. Había caído la noche, pero la certeza de que Keraspa iba a volver tras ellos les impedía descansar.
Conan observó a sus compañeros con mirada de halcón. Se dijo que el momento más peligroso llegaría cuando se hubiesen apoderado de la estatua de oro y ya no necesitaran ayudarse unos a otros. Entonces Zyras y Sassan podrían conspirar para asesinarlo, o quizá uno de ellos le propusiera a Conan un plan para matar al tercero. Por duro e implacable que fuera el cimmerio, su código de honor bárbaro le impedía ser el primero en traicionar.
También se preguntó lo que habría querido decirle el hombre que dibujó el mapa, poco antes de morir. La muerte se llevó a Ostorio cuando estaba describiendo el templo, entre vómitos de sangre. El nemedio estaba a punto de advertirle que tuviera cuidado con algo, según parecía. Pero... ¿de qué?
El alba los sorprendió cuando salían de la estrecha garganta y entraban en un valle de paredes escarpadas. El desfiladero por el que habían pasado era el único camino de entrada hacia aquel lugar. Se vieron en una plataforma rocosa de unos treinta pasos de ancho, con un talud que se alzaba a gran altura, por un lado, y otro que se precipitaba hacia un profundo abismo, por el lado opuesto. No parecía que hubiese un camino de descenso hacia el fondo del valle, que se encontraba velado por la neblina. Los hombres echaron un vistazo a su alrededor; lo que vieron delante de ellos les quitó el ansia de llegar a destino.
Divisaron el templo, que se encontraba hacia un lado de la plataforma rocosa y relucía bajo la luz del sol naciente. Estaba tallado en la misma roca que el talud, y su enorme pórtico se hallaba frente a ellos. En su fachada destacaba una puerta de bronce muy grande, que el tiempo había teñido de color verde.
Conan ni siquiera se preocupó por saber a qué raza o cultura representaba aquel notable monumento. Desplegó el mapa y analizó las notas que aparecían al margen, tratando de descubrir si en éstas se indicaba algún método de abrir la puerta.
Pero Sassan bajó de su caballo y corrió hacia allí, enloquecido por la codicia.
-¡Necio! -dijo Zyras con un gruñido y bajando a su vez del caballo-. Ostorio dejó una nota de advertencia en el margen del mapa; era algo relacionado con lo que se cobra el dios de los imprudentes.
Sassan pasaba la mano por todos los adornos y relieves que había en el portal. Le oyeron lanzar un grito de triunfo cuando algo se movió bajo sus manos. Pero su exclamación se convirtió en un grito de horror cuando la enorme puerta de bronce macizo giró hacia fuera y cayó aplastando al iranistano como si fuera un insecto. Su cuerpo quedó completamente oculto por la gran plancha metálica, por debajo de la cual asomaban unas manchas de color carmesí.
Zyras se encogió de hombros y comentó:
-Ya dije que era un necio. Ostorio debió de haber encontrado algún método para abrir la puerta sin que se desprendiese de sus goznes.
Conan pensó que así tendría un cuchillo menos que vigilar a sus espaldas.
-Esas bisagras son falsas -dijo el cimmerio en voz alta mientras las examinaba de cerca-. ¡Oh! ¡La puerta se está levantando de nuevo!
Como bien decía Conan, los goznes eran falsos. La puerta estaba montada en el borde inferior sobre dos cabezas giratorias, de modo que caía hacia fuera como un puente levadizo. Desde cada una de las esquinas superiores subía una cadena en diagonal que se introducía por un orificio cercano al ángulo superior de la puerta. Se oyó un chirrido distante, al tiempo que las cadenas se tensaban y comenzaban a levantar la pesada puerta para volverla a su posición anterior.
Conan cogió la lanza que Sassan había dejado caer. Mientras apoyaba un extremo en un agujero de los relieves tallados de la cara interior de la puerta, calzó la punta en un ángulo del marco de la puerta. El chirrido cesó y la puerta dejó de moverse, quedando casi abierta.
-Buen trabajo, Conan -dijo Zyras-. Puesto que el dios ya se ha cobrado su víctima, el camino ha de estar libre.
A continuación saltó hasta la superficie interior de la puerta entró en el templo. Ambos se detuvieron en el umbral y echaron una mirada hacia el oscuro interior con la misma desconfianza con que habrían observado la guarida de una serpiente. El silencio era absoluto en aquel antiguo templo, y sólo se rompió con el rumor de sus botas sobre las losas de piedra.
Entraron con mucha cautela, parpadeando en la penumbra. Hacia el fondo, donde estaba más oscuro, un fulgor carmesí como el resplandor de una puesta de sol, hirió sus ojos. Vieron al dios, un ídolo de oro incrustado de rubíes incandescentes.
La estatua, un poco más grande que un ser humano, tenía la forma de una especie de enano monstruoso erguido, con unos pies enormes apoyados en un bloque de basalto. El ídolo estaba de cara a la puerta de entrada, encima de un bloque de basalto y a cada lado se veía un enorme trono de ébano tallado con incrustaciones de piedras preciosas y madreperlas, en un estilo completamente diferente al empleado por cualquier artesano de aquellos tiempos.
A la izquierda de la estatua, y a unos pocos metros del pedestal, el suelo del templo tenía una grieta de pared a pared de unos cinco metros de ancho. En alguna época remota, probablemente antes de que el templo hubiera sido construido, un terremoto debió de fragmentar la roca. Parecía indudable que en aquel negro abismo habían sido arrojadas hace mucho tiempo las aterradas víctimas como ofrenda de los terribles sacerdotes a su dios. Las paredes eran muy altas y estaban fantásticamente trabajadas; el techo era oscuro y sombrío.
Pero la atención de los dos hombres se había fijado exclusivamente en el ídolo. Aunque era la representación de un monstruo repelente, debía de valer tanto que Conan sintió vértigo.
-¡Por Crom y por Ymir! -dijo el cimmerio casi sin respiración-. ¡Es posible comprar todo un reino con semejantes rubíes!
-Demasiada riqueza para compartirla con un bárbaro -dijo Zyras.
Estas palabras, dichas casi inconscientemente por el corinthio entre dientes, pusieron sobre aviso a Conan, que se echó a un lado justamente cuando la espada de Zyras silbaba
por el aire en dirección a su cuello. La hoja le cortó un trozo del gorro. Al tiempo que maldecía su descuido, Conan retrocedió y desenvainó su cimitarra.
Zyras atacó con ímpetu y Conan se enfrentó con él. Lucharon y forcejearon de un lado a otro delante del ídolo, arrastrando los pies por toda la habitación, mientras las hojas chocaban con un chirriante sonido metálico. Conan era más alto que el corinthio, pero éste era fuerte, ágil y experto, y conocía muchas estratagemas. Una y otra vez Conan eludió la muerte por un pelo.
En determinado momento el cimmerio resbaló por el pulido suelo y su espada vaciló. Zyras reunió todas sus fuerzas para asestar un golpe que habría acabado con Conan, pero éste no había perdido del todo el equilibrio. Con agilidad de pantera hizo girar su poderoso cuerpo echándose a un lado, de modo que la hoja de su enemigo sólo le atravesó las ropas a la altura del hombro derecho. Por un momento, la hoja del corinthio quedó enganchada en la tela y entonces Zyras lanzó un mandoble con la daga que empuñaba en su mano izquierda. Esta vez el acero se hundió en el brazo derecho de Conan, pero al mismo tiempo el puñal que aferraba el cimmerio con la izquierda atravesó la cota de malla de Zyras y se introdujo entre las costillas del corinthio. Éste lanzó un grito, emitió un borboteo, retrocedió unos pasos y se desplomó sobre el suelo.
Conan dejó caer sus armas, se arrodilló y rasgó su túnica, improvisando así una venda, que añadiría a las que ya llevaba. Cubrió la herida y la vendó, atando los nudos como pudo con una mano y ayudándose con los dientes. Luego echó un vistazo al ídolo manchado de sangre, que lo miraba con expresión burlona. Su rostro de gárgola parecía sonreír. Conan sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal, provocado por el temor supersticioso que había heredado de sus antepasados bárbaros.
El cimmerio consiguió serenarse. El dios rojo era suyo, pero el problema estaba en llevárselo de allí. Si era una estatua maciza, sería demasiado pesada para moverla. No obstante, algunos golpes que dio con la daga le indicaron que era hueca. El cimmerio comenzó a dar vueltas alrededor del ídolo, con la cabeza llena de proyectos. Pensó en hacer una especie de rústico trineo con uno de los tronos de madera; entonces, una vez desmontada la estatua de su peana, la sacaría del templo con la ayuda de los caballos y de las cadenas que movían la puerta levadiza delantera. De repente oyó una voz que lo hizo girar en redondo.
-¡Quédate donde estás!
Era un grito de triunfo expresado en el dialecto kezankiano de Zamora.
Conan vio a dos hombres en la puerta, que le apuntaban con sus pesados arcos de tipo hirkanio. Uno de los hombres era alto, delgado y de barba rojiza.
-¡Keraspa! -exclamó Conan inclinándose hacia la espada y la daga que había dejado caer.
-¡Quieto! -dijo el jefe kezankiano-. Creíste que había huido a mi aldea, ¿verdad? Pues no; te he seguido toda la noche con el único de mis guerreros que no estaba herido.
Keraspa echó una mirada al ídolo y dijo:
-De haber sabido que el templo contenía semejante tesoro, hace tiempo que lo habría saqueado, a pesar de las supersticiones de mi pueblo. Rustum, recoge esa espada y la daga.
El hombre obedeció, y cuando las tuvo en su mano miró detenidamente la empuñadura en forma de cabeza de halcón de la cimitarra de Conan.
-¡Espera! -gritó el kezankiano-. ¡Conozco esta arma! ¡Éste es el hombre que me salvó la vida cuando me torturaban en Arenjun!
-¡Calla! -le ordenó Keraspa-. ¡Ese ladrón debe morir!
-¡No! ¡Me ha salvado la vida! ¿Qué he obtenido de ti salvo duras empresas y escasa paga? ¡Renuncio ahora mismo a la obediencia a la que estoy sometido, perro!
Rastum dio un paso hacia adelante levantando la espada de Conan, pero Keraspa se volvió hacia él y disparó la flecha. Ésta se clavó en el cuerpo del kezankiano, que lanzó un grito y retrocedió tambaleando por el efecto del poderoso impacto hasta que llegó sin darse cuenta al borde de la grieta y se precipitó por ella hacia el abismo. Sus alaridos llegaban a la superficie cada vez más débiles a medida que caía, hasta que dejaron de oírse.
Rápido como una serpiente, y antes de que el inerme Conan pudiera saltar sobre él, Keraspa colocó otro flecha en el arco. El Cimmerio había dado un paso con gesto felino para abalanzarse sobre Keraspa cuando, sin la menor advertencia, el ídolo incrustado de rubíes descendió de su pedestal con un fuerte estrépito metálico y dio un paso hacia Keraspa.
Al tiempo que lanzaba un grito de horror, el jefe kezankiano  disparó la flecha contra la animada estatua. El dardo fue a dar en el hombro del ídolo y rebotó hacia arriba, describiendo una parábola. Los largos brazos del dios se extendieron hacia Keraspa y lo aferraron por una pierna y por un brazo.
Los labios del kezankiano llenos de espuma lanzaron un grito tras otro mientras el dios se acercaba con pasos pesados a la enorme brecha. La escena había paralizado a Conan de horror, y ahora el ídolo le estaba bloqueando la salida. Tanto hacia la derecha como hacia la izquierda, su camino quedaba al alcance de aquellos brazos largos como los de un mono. Y el dios, a pesar de su gran tamaño, se movía tan rápidamente como un hombre.
El dios rojo se acercó a la grieta y levantó a Keraspa en el aire, dispuesto a arrojarlo a la insondable profundidad. Conan miró al kezankiano antes de que desapareciera; tenía la boca abierta y la barba manchada de espuma y gritaba como un loco. Después de que Keraspa fuera eliminado, no cabía duda de que la estatua se ocuparía de él. Los sacerdotes de la antigüedad no habían tenido que tomarse el trabajo de lanzar a las víctimas al abismo; aparentemente el ídolo mismo se ocupaba de ese detalle.
Mientras el dios se balanceaba sobre sus dorados talones para arrojar al kezankiano, Conan tanteó detrás de él y sintió en su mano la madera de uno de los tronos. Éstos sin duda habían sido ocupados por los sumos sacerdotes del culto en el pasado. Él cimmerio se volvió, cogió el pesado sitial por el respaldo y lo levantó. Con los músculos crujiendo a causa del esfuerzo, Conan arrojó el trono sobre el ídolo, al que le dio en la espalda dorada en el preciso instante en que el cuerpo de Keraspa, que todavía seguía gritando y dando alaridos de horror, desaparecía en el fondo del abismo.
La madera del trono se hizo pedazos bajo el impacto contra la masa de oro. El golpe le dio al dios en el momento en que se inclinaba hacia adelante por el impulso que tomó para lanzar a Keraspa, y por ello se hallaba en un equilibrio precario. Durante una fracción de segundo, el monstruo se tambaleó sobre el borde del precipicio, con los largos brazos dorados azotando el aire, y luego cayó también en el abismo.
Conan tiró los restos del trono y miró por el borde del abismo. Los gritos de Keraspa habían cesado. Conan creyó haber
oído un sonido distante similar al que podía haber producido el ídolo al golpear en una de las paredes del abismo y rebotar luego pero no estaba seguro. No hubo un ruido ni un golpe estrepitoso final, sino un silencio absoluto.
Conan se secó el sudor de la frente con el musculoso antebrazo y sonrió con gesto hosco. La maldición del dios manchado de sangre se había acabado y el dios desaparecía con ella. A pesar de la enorme fortuna que se había ido por la grieta, junto con el ídolo, el cimmerio no lo lamentaba, pues había comprado su vida a semejante precio. Además, en el mundo debían de quedar aún otros tesoros.
El cimmerio recogió su espada y el arco de Rustum y salió al exterior, donde brillaba el sol de la mañana. Después eligió un caballo y emprendió el regreso.

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