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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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domingo, 7 de febrero de 2010

LAS NIEBLAS DE AVALON -- LIBRO III-a -- EL MACHO REY


Marion Zimmer Bradley

Las Nieblas De Avalón

Libro III-a

El macho rey


1

En Lothian, en aquella época del año, el sol casi no se daba reposo; la reina Morgause despertó cuando la luz empezó a futrarse por entre las colgaduras, aunque era tan temprano que las gaviotas apenas se movían. Pero ya había suficiente claridad para divisar el cuerpo velludo y musculoso del joven que dormía a su lado... privilegio que había disfrutado durante la mayor parte del invierno. Era uno de los escuderos de Lot, y había dirigido miradas lánguidas a la reina aun antes de que muriera su señor. Y en la larga oscuridad del invierno pasado era demasiado pretender que durmiera sola en la fría alcoba real.

Lot no había sido tan buen rey, pensó Morgause, entornando los ojos ante la luz creciente. Pero su gobierno había sido largo: reinaba ya antes de que Uther Pendragón llegara al trono y su pueblo se había acostumbrado a él. Su sucesor habría tenido que ser su primogénito pero, desde la coronación de Arturo, Gawaine apenas visitaba su tierra natal y el pueblo no lo conocía. En Lothian, con la región en paz, las Tribus no tenían inconveniente en dejarse gobernar por su reina, con su hijo Agravaín cerca por si, en caso de guerra, se necesitaba un jinete. Desde tiempos inmemoriales era una reina quien ocupaba el trono, así como la Diosa imperaba sobre los dioses, y estaban satisfechos con ese orden de cosas.

Pero Gawaine no se apartaba de Arturo, ni siquiera cuando Lanzarote fue al norte para comprobar, según dijo, que los faros de la costa funcionaban bien. Morgana suponía, antes bien, que llegaba a averiguar si había allí oposición al mando del gran rey.

Fue entonces cuando supo de la muerte de Igraine. En su juventud no habían sido amigas; Morgause siempre envidió la belleza de su hermana mayor y el hecho de que Viviana la hubiera escogido para Uther Pendragón. Sin embargo, al saber que Igraine había muerto la lloró sinceramente, lamentando no haber tenido tiempo para visitarla en Tintagel antes de morir. Tenía ahora tan pocas amigas... Sus damas habían sido escogidas por Lot, principalmente por su belleza o su buena disposición hacia él. Respetaba el talento de su esposa y la consultan en todo, pero para su lecho prefería a las mujeres hermosas de poco seso.

Lochlann se movió a su lado, soñoliento, y la encerró entre sus brazos; por el momento, Morgause dejó de reflexionar Pasado el entusiasmo, cuando el joven bajó la escalera hacia la letrina exterior, Morgause pensó súbitamente que echaba de menos a su esposo. No porque hubiera sido muy diestro en aquel tipo de juegos (ya era anciano cuando la desposó), sino porque, cuando aquello terminaba, sabía hablar con juicio sobre lo que se tenía que hacer en el reino o lo que acontecía en Britania.

Cuando Lochlann volvió, el sol ya estaba cobrando fuerzas y el grito de las gaviotas daba vida al aire. Morgause percibió ligeros ruidos en la planta baja. Alguien estaba horneando tortitas de avena. Le dio un beso rápido y le dijo:

—Tienes que irte, querido. Te quiero fuera de aquí antes de que venga Gwydion. Ya es mayor y empieza a darse cuenta de las cosas.

Lochlann rió entre dientes.

—Ése empezó a darse cuenta de todo cuando lo destetaron. Durante la estancia de Lanzarote vigilaba cada uno de sus movimientos, hasta en Beltane. Pero no creo que debas preocuparte; no tiene edad para pensar en esto.

—No estoy tan segura —replicó Morgause, dándole una palmadita en la mejilla.

Gwydion tenía por costumbre actuar sólo cuando estaba seguro de que nadie se reiría de él por su corta edad. Dueño de sí como era, no soportaba que le prohibieran algo por ser demasiado pequeño. Morgause recordaba algunas ocasiones en que le había contestado, con gran decisión en la carita morena: «Lo haré y no podéis impedírmelo.» Ante lo cual sólo podía advertirle: «No lo harás o yo misma te daré una paliza.» En realidad, los castigos no hacían sino acentuar su actitud desafiante. Ninguno de sus hijos, ni aun el empecinado Gareth, había sido tan rebelde. Gwydion decidía y actuaba por cuenta propia. Por eso, con el correr del tiempo, Morgause había adoptado métodos más sutiles: «No lo harás, si no quieres que mande a tu niñera bajarte los pantalones y azotarte delante de toda la casa, como al niño de cuatro años.» Aquello fue efectivo durante un tiempo, pues él era muy consciente de su dignidad. Pero ya no había modo de impedirle nada. Habría hecho falta mano de hombre duro para azotarlo como era necesario, pero Gwydion se las componía para inspirar arrepentimiento a quien lo ofendiera, tarde o temprano.

Probablemente sería más vulnerable cuando comenzara a interesarse por lo que las damiselas pensaran de él. Era moreno y del pueblo de las hadas, como Morgana, pero muy apuesto, al estilo de Lanzarote, y con su misma indiferencia exterior hacia las mujeres. Morgause reflexionó un momento sobre el tema, sintiendo el aguijonazo de la humillación. Lanzarote era el hombre más gallardo que había visto en muchos años, pero cuando le dio a entender que, aun siendo la reina, no estaba fuera de su alcance, fingió no entender y cuidó de llamarla «tía» en todo momento.

Mientras desayunaba en el lecho discutió con sus damas los deberes del día. Se demoró entre los almohadones hasta que entró Gwydion.

—Buenos días, madre —le dijo—. He salido y os he traído algunas bayas. En la despensa hay crema. Si queréis, correré a buscarla.

Morgause contempló las bayas, húmedas de rocío en su cuenco de madera.

—Qué consideración la tuya, hijo —musitó, incorporándose para darle un gran abrazo. Años antes Gwydion se habría escurrido bajo las mantas, a su lado, para que le diera tortitas calientes con miel, como a cualquier hijo menor malcriado.

Gwydion irguió la espalda, arreglándose el pelo; no le gustaba ir desaliñado. También Morgana había sido siempre una pequeña muy pulcra.

—Saliste temprano, tesoro —dijo Morgause—. ¿Y todo Por tu anciana madre? No, no quiero crema. ¿Quieres que me ponga gorda como una cerda?

El torció la cabeza como un pajarillo y la observó con detenimiento.

—No importaría —dijo—. Aun gorda seríais bella. Comedlas con crema si gustáis, madre.

Se había lavado la cara y llevaba el pelo bien cepillado.

—Qué guapo estás, amor mío —comentó Morgause, Centras los dedos del niño descendían hacia el cuenco para adueñarse de una baya—. ¿Has hecho que te corten el pelo?

—Estaba cansado de parecer el perro de la casa. Lot iba, siempre bien afeitado y llevaba el pelo corto. Y también Lanzarote, durante toda su estancia. Me gusta parecer un caballero.

—Y así es, querido. —Morgause contempló la mano morena que tenía la baya. Tenía los nudillos ásperos y estaba arañada por las zarzas, como la mano de cualquier niño activo, pero se la había restregado bien y tenía las uñas cortas y limpias—. Pero ¿por qué te has puesto la túnica de gala?

—¿Llevo la túnica de gala? —preguntó con expresión inocente—. Sí, bueno... Es que me mojé la otra de rocío al recoger las bayas, señora —Y luego, súbitamente, añadió—: Esperaba odiar al señor Lanzarote, madre. Gareth estaba siempre hablando de él como si fuera un dios.

Gareth era la única persona que tenía influencia sobre Gwydion y podía hacerlo obedecer sin alzar la voz. Desde que se fue a la corte del rey Arturo, el niño no escuchaba a nadie.

—Supuse que sería un necio con muchas ínfulas —continuó—, pero no es así. Me enseñó mucho sobre faros. Y me dijo que, cuando sea mayor, podré ir a la corte de Arturo para que me armen caballero, si me porto bien y con honor. Todas las mujeres decían que me parecía a él. Y preguntaban, y a mí me enfurecía no saber qué responderles. —Se inclinó hacia delante; el pelo oscuro y suave, caído sobre la frente, daba a su cara una vulnerabilidad desacostumbrada—. Decidme la verdad, madre: ¿Lanzarote es mi padre? Se me ocurrió que tal vez por eso Gareth le tenía tanto cariño.

«Y no eres el primero en preguntarlo, amor mío», pensó Morgause, acariciándole el pelo. Su expresión, inusualmente infantil, hizo que respondiera con mayor amabilidad.

—No, pequeño. Lanzarote no puede ser tu padre. Me ocupé de averiguarlo. Durante todo el año en que fuiste concebido estuvo en la baja Britania, combatiendo junto al rey Ban. Si te pareces a Lanzarote es porque es primo de tu madre, y sobrino mío.

Gwydion la estudió con aire escéptico. Morgause casi pudo leerle los pensamientos: eso era exactamente lo que le habría dicho si hubiera sido, en verdad, hijo de Lanzarote. Por fin el niño dijo:

—Tal vez algún día vaya a Avalón, en vez de ir a la corte de Arturo. ¿Mi auténtica madre vive ahora en la isla, madre?

—No lo sé. —Morgause frunció el entrecejo. Una vez mas, aquel niño extrañamente maduro la había inducido a hablarle como a un adulto. Sucedía con frecuencia. De pronto se le ocurrió que, tras la muerte de Lot, sólo con Gwydion podía mantener de vez en cuando una conversación seria. Oh, Lochlann era muy hombre en el lecho, pero no tenía mucho más que decir que los pastores y las fregonas.

—Ahora vete, Gwydion. Tengo que vestirme.

—¿Por qué tengo que irme? Desde los cinco años sé perfectamente cómo sois.

—Pero ya eres mayor —replicó Morgause, con aquella extraña sensación de impotencia—. No es decoroso que estés aquí mientras me visto.

—¿Os importa mucho el decoro, señora? —preguntó con aire ingenuo.

Su vista descansaba en la depresión que había dejado Lochlann en la almohada. Morgause sintió un súbito arrebato de frustración e ira: ¡Aquel niño podía enredarla en discusiones como si fuera un druida!

—No tengo que rendirte cuentas de mis actos, Gwydion.

—¿Dije yo eso? —Sus ojos eran pura inocencia ofendida—. Pero si soy mayor tengo que saber más sobre las mujeres. Quiero quedarme a charlar.

—Oh, bien quédate si quieres —exclamó Morgause—. Pero vuélvete de espaldas. ¡Nada de mirarme, señorito insolente!

El niño se dio la vuelta, obediente, pero cuando la doncella llevó el vestido dijo:

—No, madre, poneos el sayo azul nuevo, con el manto azafranado.

—¡ Y ahora me da consejos sobre cómo vestir! ¿Qué significa esto?

—Me gusta veros vestida como corresponde a una señora elegante. Y ordenad que os peinen hacia arriba, con la diadema de oro. ¿Lo haréis para darme gusto, señora? ¿Quién sabe qué puede suceder antes de que termine el día? Tal vez os alegréis de haberlo hecho.

Morgause cedió, riendo.

—Oh, si quieres que me engalane como para una fiesta, sea. Y supongo que será preciso hornear tortas de miel para ese festejo imaginario.

El niño se volvió. Morgause, que aún tenía el corpiño sin atar, notó que demoraba un momento los ojos en sus blancos pechos. «No es tan niño ya.» Pero Gwydion dijo:

-—Me gustan las tortas de miel, pero convendría tener también un buen pescado para la cena

—Si quieres pescado —repuso ella—. tendrás que cambiarte otra vez e ir a pescarlo tú mismo. Los hombres están ocupados en la siembra.

—Pediré a Lochlann que vaya —resolvió Gwydion de inmediato—. Se merece un descanso, ¿verdad, madre? Porque estáis complacida con él.

«¡Sería idiota si me ruborizara ante un chico de su edad!», pensó Morgause.

—Puedes enviar a Lochlann de pesca, querido.

Le habría gustado saber qué impulsaba a Gwydion a insistir para que se pusiera su mejor vestido y preparara una buena comida. Llamó a su ama de llaves para ordenar:

—El señor Gwydion quiere una torta de miel. Ocúpate de eso.

—Tendrá su torta —dijo la mujer, echando hacia el niño una mirada indulgente—. Mirad esa carita de ángel.

«Ángel. Es lo último que diría de él», pensó Morgause. Pero indicó a su doncella que la peinara con la diadema de oro».

El día pasó lentamente, como de costumbre. Morgause se había preguntado algunas veces si Gwydion tenía el don de la videncia, pero nunca había dado señales; cierta vez que se lo preguntó a bocajarro, fingió no saber de qué le estaba hablando. Y si lo tenía, era raro que nunca lo hubiera sorprendido vanagloriándose.

Pero su mente era rápida y retentiva. Lot había mandado por un sacerdote ilustrado para que le enseñara a leer, y también a Gareth. Éste se esforzó, pero como Gawaine y la misma Morgause, no podía concentrarse en los símbolos escritos. Agravaín era muy hábil con los números. Pero Gwydion absorbía todo tipo de conocimientos; en un año leía tan bien como el mismo cura y hablaba latín como un César.

«Su padre podría enorgullecerse de un hijo así —pensó Morgause—. Y Arturo no ha tenido hijos con su reina. Algún día tendré un secreto que contarle. Y entonces tendré en las manos la conciencia del rey.» La idea le divertía mucho. Era asombroso que Morgana no hubiera aprovechado la situación para hacerse dar un buen marido, joyas o poder. Claro que a Morgana sólo le interesaban su arpa y las tonterías druídicas. Ella, en cambio, daría mejor uso al inesperado poder que se le ponía en las manos.

Mientras cardaba lana en el salón, tomando decisiones domésticas, Gwydion se acercó a olfatear apreciativamente el aroma de la torta de miel, pero no le pidió una porción. A mediodía dijo:

—Dadme un trozo de pan con queso para llevármelo, madre. Agravaín me encomendó ver si todas las cercas están en buenas condiciones.

—Pero no con tus zapatos de fiesta —apuntó Morgause.

—No, por supuesto. Iré descalzo. —Se quitó las sandalias para dejarlas junto al hogar y. tras recogerse la túnica con el cinturón para mantenerla por encima de las rodillas, partió apoyado en un grueso bastón, mientras Morgause lo miraba arrugando el entrecejo. ¡No era una tarea que Gwydion aceptara de buen grado! ¿Qué le estaría pasando?

Por la tarde Lochlann volvió con un gran pescado, tan grande que Morgause no pudo levantarlo; alimentaría a todos los de la mesa principal y aún quedaría para varios días. Ya estaba limpio y aromatizado con hierbas, listo para el horno, cuando Gwydion regresó, pulcro y con las sandalias puestas. Al ver el pescado sonrió.

—Sí que será como una fiesta —dijo, satisfecho.

—¿Revisaste las cercas, hermano? —preguntó Agravaín al entrar.

—Sí, y en su mayoría están en buenas condiciones. Pero en las colinas del norte, muy arriba, las piedras se han desprendido, dejando un gran agujero. Tendrás que hacerlo reparar antes de llevar ovejas o cabras a pastar allí.

—¿Fuiste solo hasta allí arriba? —inquirió Morgause, espantada—. ¡No eres una cabra! Podrías haberte roto una pierna cayendo desde el barranco sin que nadie se enterara. ¡Te he dicho que, cuando subas a las colinas, te hagas acompañar por uno de los pastores!

—Tenía mis motivos para ir solo —replicó Gwydion, con expresión empecinada—. Y vi lo que deseaba ver.

—¿Y valía la pena que te arriesgaras a una caída? —acusó Agravaín con fastidio.

—¿Qué te importa, si el que corre los riesgos soy yo?

—¡Soy tu hermano mayor y el que manda en esta casa! ¡Trátame con respeto, si no quieres que te lo enseñe a golpes!

—Ábrete la cabeza y métete un poco de ingenio —respondo el niño, descarado—. Por sí solo no va a brotar.

—¡Condenado ba...!

—Dilo, dilo —gritó Gwydion—. Búrlate de mi nacimiento. Es cierto que no sé quién fue mi padre, pero sé quién fue el tuyo. Y entre los dos. prefiero mi situación.

Agravaín dio un paso hacia él, pero Morgause se apresuró a interponerse.

—No lo provoques, Agravaín.

—Si lo escondéis siempre detrás de vuestras faldas, madre ¿cómo voy a enseñarle a obedecer?

—Tendrías que ser más hombre para enseñarme eso— dijo el niño.

Su madre adoptiva se echó atrás ante la amargura que expresaba su voz.

—Calla, calla, niño. No hables así a tu hermano —amonestó.

—Disculpa, Agravaín —musitó Gwydion—. Lo siento.

Y sonrió, grandes y encantadores los ojos bajo las pestañas oscuras, la viva imagen de un niño contrito. Su hermano gruñó:

—Sólo quiero protegerte, pequeño bandido. ¿O quieres romperte todos los huesos? ¿Y cómo se te metió en la cabeza escalar solo esas colinas?

—Bueno, de otro modo no sabrías lo del agujero en la cerca, harías pastar allí ovejas o cabras y las perderías a todas. Y nunca me rompo siquiera la ropa. ¿Verdad, madre?

Morgause rió entre dientes, pues era cierto. Después de haber trepado a las colinas, la túnica de Gwydion parecía recién planchada. Gareth la habría dejado sucia, arrugada y llena de manchas con una sola hora de uso. El niño miró a Agravaín, vestido con su sayo de trabajo.

—No puedes sentarte así a la mesa de madre, que está tan elegante. Ve a ponerte ropa buena, hermano.

—No voy a dejarme mandar por un pilluelo como tú —rezongó el mayor.

Pero marchó hacia su alcoba. Gwydion sonrió con secreta satisfacción, diciendo:

—Agravaín necesita una esposa, madre. Está malhumorado como los toros en primavera. Además, así no tendrías que tejer y remendar sus prendas.

A Morgause le hizo gracia.

—Tienes razón, pero no quiero otra reina bajo este techo. No hay casa tan grande que tolere el gobierno de dos mujeres.

—Buscadle entonces a una esposa estúpida y de poca alcurnia. Tendrá miedo de cometer errores entre la realeza y se alegrará de que la dirijáis. Podría ser la hija de Niall, es muy hermosa y su familia es rica, pero no demasiado. Niall le dará una buena dote, pues teme que no se case, por su mala vista y su escaso talento, aunque hila y teje muy bien.

—Vaya, vaya, eres todo un estadista—comentó Morgause, cáustica—. Agravaín tendría que nombrarte consejero—. «Pero está en lo cierto —pensó—. Mañana hablaré con Niall.»

—Los hay peores, pero no estaré aquí para atenderlo, madre. Quería deciros que, cuando subí a las colinas, vi... Oh, aquí viene Donil, el cazador. Él os lo dirá.

El cazador acababa de entrar y se inclinó profundamente ante Morgause.

—Mi señora—dijo—: vienen jinetes por la carretera hacia la casa grande. Una silla de manos, adornada como la barca de Avalón, un jorobado que trae un arpa y varios sirvientes con el atuendo de la isla Sagrada. Estarán aquí en media hora.

«¡Avalón!» Entonces Morgause vio la sonrisa de Gwydion y comprendió que lo estaba esperando. «¡Pero si nunca dijo que tuviera el don de la videncia! ¿Qué niño no se jactaría de eso?» Por un momento sintió miedo de su pupilo. Y comprendió que eso lo complacía.

—¿No es una suerte que tengamos pescado asado y torta de miel y que todos estemos vestidos con nuestras mejores galas, madre, para honrar a Avalón?

—Sí —reconoció Morgause, mirándolo fijamente—. Una gran suerte, Gwydion.

Mientras esperaba en el patio para recibir a los viajeros, recordó el día que Viviana y Merlín llegaron al lejano castillo de Tintagel, y se preguntó si Taliesin aún vivía.

Gwydion permanecía callado junto a ella, con su túnica azafranada y el pelo oscuro bien peinado, muy parecido a Lanzarote.

—¿Quiénes son estos visitantes, madre?

—Supongo que son la Dama del Lago y Merlín de Britania.

—Me dijisteis que mi madre era sacerdotisa de Avalón. ¿Esta llegada tiene algo que ver conmigo?

—¡Bueno, no me digas que ignoras algo! —le espetó Morgause. Pero luego cedió—. No sé a qué vienen, querido; no soy vidente. Pero es posible. Quiero que sirvas el vino, escuchando y aprendiendo, pero sin hablar a menos que te dirijan la apalabra.

Habría sido difícil para sus hijos, que eran ruidosos e inquisitivos, pero Gwydion era como un gato: silencioso, elegante, limpio y siempre alerta, igual que Morgana. «Viviana no hizo bien al expulsarla, aunque estuviera furiosa por el embarazo ¿Y qué podía importarle, si ella también tuvo hijos?» De pronto se preguntó si la ruptura de su sobrina con Avalón había sido obra de la Dama o de la misma Morgana. Mientras estaba sumida en sus reflexiones, Gwydion le tocó el brazo, murmurando por lo bajo:

—Vuestros huéspedes, madre.

Morgause hizo una gran reverencia a Viviana, que parecía empequeñecida. Nunca había dicho su edad, pero ahora se la veía marchita, arrugada, con los ojos hundidos. No obstante mantenía la sonrisa encantadora y la voz grave y dulce de siempre.

—Ah, me alegra verte, hermana —dijo, abrazándola— ¡ No quiero pensar en los años que han pasado! ¡ Qué joven pareces, Morgause. con el pelo tan brillante y los dientes tan bonitos! Conociste al arpista Kevin en la boda de Arturo, antes de que se convirtiera en Merlín de Britania.

También parecía envejecido, encorvado y retorcido como un vetusto roble.

—Bienvenido seáis, maestro arpista... señor Merlín, tendría que decir. ¿Cómo está el noble Taliesin? ¿Habita aún la tierra de los vivos?

—Vive, pero está anciano y frágil —dijo Viviana, en tanto otra mujer se apeaba de la silla—. Es Niniana, hija de Taliesin, fruto del robledal. Medio hermana tuya, Morgause.

La joven se adelantó para abrazarla, diciendo con voz dulce:

—Me alegra conocer a mi hermana.

Morgause quedó algo consternada. ¡Parecía tan joven! Su pelo era rubio rojizo; los ojos, azules, con largas pestañas sedosas.

—Niniana viaja conmigo, ahora que soy anciana —dijo Viviana—. En Avalón, aparte de mí, sólo ella es de la antigua sangre real.

Vestía como las sacerdotisas y llevaba la luna azul en la frente. Hablaba en el tono adiestrado del sacerdocio, lleno de poder. En cambio, ella se sentía joven e indefensa junto a la Dama. Trató de recordar que era la anfitriona y aquella gente, sus medio hermanas y un anciano jorobado.

—Bienvenidos a Lothian y a mi salón. Os presento a mi hijo Agravaín, que reina aquí en ausencia de Gawaine. Y éste es mi pupilo Gwydion.

El niño se inclinó con elegancia ante los distinguidos visitantes, pero sólo saludó con un murmullo cortés.

—Es un niño guapo y bien desarrollado —comentó Kevin—. El hijo de Morgana. ¿verdad?

Morgause enarcó las cejas.

—¿De qué serviría negarlo a quien tiene el don de la videncia, señor?

—Ella misma me lo dijo al saber que vendría a Lothian —explicó el arpista, y por su cara cruzó una sombra.

—¿Conque Morgana está nuevamente en Avalón?

Kevin negó con la cabeza. También Viviana parecía afligida.

—Está en la corte de Arturo —dijo Merlín.

Viviana agregó, apretando los labios:

—Tiene un trabajo que cumplir en el mundo exterior. Pero volverá a Avalón cuando llegue el momento. Allí tiene un lugar que ocupar.

Gwydion preguntó con suavidad:

—¿Habláis de mi madre. Dama?

La anciana lo miró fijamente. De pronto pareció alta e imponente; era el viejo truco de las sacerdotisas, pero el niño no lo conocía. De pronto la voz de la Dama llenó el patio:

—¿Por qué me lo preguntas, hijo, si ya conoces perfectamente la respuesta? ¿Te burlas de la videncia, Gwydion? Ten cuidado. Te conozco mejor de lo que piensas y aún quedan en este mundo unas cuantas cosas que ignoras.

Gwydion retrocedió, boquiabierto; de pronto volvía a ser sólo un niño precoz. Morgause alzó las cejas; ¡conque aún quedaba alguien capaz de intimidarlo! Por una vez no trató de disculparse ni de dar explicaciones con su desenvoltura habitual. Morgause volvió a tomar la iniciativa.

—Entrad. Todo está preparado para recibiros, hermanas mías, señor Merlín.

Y contempló el mantel rojo, los copones y la vajilla fina, pensando: «¡Aunque vivamos en el fin del mundo, esta corte no es una pocilga!» Sentó a Viviana en el sitio principal y a Kevin a su lado. Niniana tropezó al subir al estrado; Gwydion estuvo inmediatamente allí, con la mano lista y una palabra cortés.

El pescado estaba perfecto, la torta de miel alcanzó para todos, y había pan, cerveza y leche en abundancia. Viviana comió con la sobriedad de siempre, pero no dejó de elogiar la comida.

—¿Vienes de Camelot? ¿Has visto a mis hijos? —preguntó Morgause.

Pero la Dama negó con la cabeza, ceñuda.

—No, todavía no. Iré en la fecha que Arturo llama Pentecostés, como los padres de la Iglesia —dijo.

Y por algún motivo su hermana sintió un leve escalofrío Kevin dijo:

—Vi a vuestros hijos en la corte, señora. Gawaine recibió una pequeña herida en Monte Badon, pero ha cicatrizado bien y la oculta dejándose barba. ¡Es posible que imponga la moda! Gaheris está en el sur, fortificando la costa. En cuanto a Gareth, lo armarán caballero en la gran fiesta de Pentecostés. Es uno de los hombres más fuertes y fiables de la corte, aunque el señor Cay aún lo provoca llamándolo «Hermoso», por sus bellas facciones.

—¡Ya tendría que ser uno de los caballeros! —exclamó Gwydion, celoso.

Kevin lo miró con más amabilidad.

—¿Así que deseas honores a tu pariente, muchacho? Arturo quiere honrarlo en ésta, su primera gran fiesta en Camelot. Puedes estar satisfecho, Gwydion: el gran rey reconoce su valor.

Entonces, con más timidez, el niño preguntó:

—¿Conocéis a mi madre, maestro arpista? ¿A la señora Morgana?

—Sí, muchacho, la conozco bien. —Al menos, ese feo hombrecillo tenía una voz sonora y melodiosa—. Es una de las señoras más bellas y agraciadas de la corte, y toca el arpa como un verdadero bardo.

—Bueno, bueno —protestó Morgause, tensando los labios en una sonrisa ante tan obvia devoción—. Está bien entretener al niño con un cuento, pero también es preciso respetar la verdad. ¿Bella, Morgana? ¡Es fea como un cuervo! Igraine sí era bella en su juventud, pero Morgana no se le parece en absoluto.

Kevin respondió en tono respetuoso, pero también divertido.

—Los druidas decimos que la belleza no está sólo en una cara hermosa, sino también en el interior. Morgana es en verdad muy bella, reina Morgause, aunque su belleza no se parezca a la vuestra más que un sauce a un narciso. Y es la única persona a quien confiaría a mi señora.

Señaló con un gesto el arpa, que había sido desenvuelta y puesta a su lado. Morgause aprovechó para pedirle que les regalara con una canción.

Durante un rato el salón estuvo en total silencio, exceptuando las notas del arpa y la voz del bardo. Cuando terminó, la dueña de la casa dijo:

—Nos habéis ofrecido un placer que recordaré durante mucho tiempo, maestro arpista. Pero no fue para esto que hicisteis tan largo viaje. Os lo ruego: decidme a qué tengo que agradecer esta visita tan inesperada.

—-No tan inesperada —sonrió Viviana—, pues os encuentro engalanados y con la mesa servida. Puesto que tú nunca tuviste sino destellos de videncia, imagino que fue otra persona quien te puso sobre aviso.

Y echó una mirada irónica a Gwydion.

—Pero no me dijo por qué —apuntó Morgause—; sólo me pidió que preparara una fiesta.

Gwydion rondaba el asiento de Kevin.

—¿Puedo tocar las cuerdas? —preguntó, alargando una mano vacilante.

—Puedes —aceptó Merlín con mansedumbre.

El niño pulsó una o dos notas, diciendo:

—Nunca vi un arpa tan buena.

—No la hay. Mi señora fue el regalo de un rey. ¿Te gusta la música, Gwydion? ¿Has aprendido a tocar el arpa?

—No tengo arpa —respondió el niño—. Pero toco un poco la flauta pequeña y la de cuerno de alce que cuelga allí.

—Tráeme la flauta —pidió Kevin.

La frotó con un paño y, después de soplar para quitarle el polvo del interior, tocó una pequeña melodía bailable.

—No tengo mucha habilidad para este instrumento —dijo, apartándola—. Mis dedos no son lo bastante rápidos. Pero si amas la música, Gwydion, en Avalón te enseñarán. Me gustaría escucharte tocar un poco.

Gwydion tenía la boca seca, pero cogió el instrumento y comenzó a ejecutar una melodía lenta. Kevin asintió.

—Está bien —dijo—. Siendo hijo de Morgana, sería extraño que no estuvieras dotado para la música. Aprenderás mucho. Es probable que tengas madera de bardo, pero también de sacerdote y druida.

El niño parpadeó y estuvo a punto de dejar caer la flauta.

—De bardo... ¿qué queréis decir? ¡Habladme claro!

Viviana lo miró a los ojos.

—Ha llegado el momento, Gwydion. Eres un druida nato y desciendes de dos estirpes reales. Se te ofrecerán las enseñanzas antiguas y la sabiduría secreta de Avalón, para que algún día puedas enarbolar el estandarte del dragón.

Gwydion tragó saliva, absorbiendo aquello. Morgause comprendió que la idea de una sabiduría secreta lo atraía más que cuanto hubieran podido ofrecerle.

—Habéis dicho dos estirpes reales—tartamudeó Gwydion.

Niniana iba a intervenir, pero Viviana cabeceó ligeramente La joven se limitó a decir:

—Lo comprenderás con claridad cuando llegue el momento, Gwydion. Si vas a ser druida, lo primero que tienes que aprender es a callar y no hacer preguntas.

Se quedó mudo: Morgause se dijo que tanto trabajo había valido la pena, siquiera para verlo, por una vez, impresionado hasta la mudez. Claro que Niniana era hermosa; se parecía mucho a Igraine cuando era joven, sólo que era rubia en vez de pelirroja.

La Dama del Lago dijo, en voz baja:

—Por ahora, lo único que puedo decirte es que la madre de la madre de tu madre fue Dama del Lago, descendiente de una larga estirpe de sacerdotisas. Igraine y Morgause llevan, además, la sangre del noble Taliesin, y también tú. Si eres digno te espera un gran destino. Pero no es sólo la sangre real lo que hace a un rey, sino también el valor, la sabiduría y la previsión. Te digo, Gwydion, que quien porte el dragón puede ser más rey que quien ocupe un trono, pues éste se puede obtener por la fuerza de las armas, por astucia o por haber nacido en la cama adecuada. Pero el Gran Dragón sólo se conquista por el propio esfuerzo.

—¡No comprendo! —dijo Gwydion.

—¡Por supuesto que no! Es un misterio que los sabios druidas sólo comprenden tras estudiarlo durante muchas existencias. Eso no significa que no puedas entenderlo si escuchas y aprendes a obedecer.

El niño bajó la cabeza y se sentó a los pies de Niniana, que le sonreía, escuchando en silencio. Morgause pensó: «¡Tal vez lo que necesita es el aprendizaje de los druidas!»

—Sé desde hace años que el hijo de Morgana no podía terminar sus días entre pastores y pescadores —dijo—. ¿Dónde, sino en Avalón, podía estar su destino? Pero no creo que hayáis viajado tanto para decirme esto. Os lo ruego, reveladme el resto.

Kevin abrió la boca, pero Viviana intervino ásperamente.

—¿Por qué he de revelarte todos mis pensamientos, Morgause, cuando pretendes torcer las cosas en tu favor y en el de tus hijos? En este momento Gawaine es quien está más cerca del trono, no sólo por sangre, sino por el afecto del rey. Y cuando Arturo se casó con Ginebra supe que no le daría hijos. Pensé que probablemente moriría de parto y que podríamos buscar una esposa más adecuada para él. Pero esto se ha prolongado mucho y Arturo ya no va a repudiarla, aunque sea estéril. Y tú sólo ves en eso una oportunidad para tu hijo.

—No creo que sea estéril, Viviana. —Había líneas amargas en la cara de Kevin—. Estuvo grávida antes de Monte Badon, durante cinco meses. Y es posible que Arturo traicionase a Avalón por la compasión que le inspiraba.

Morgause dijo desdeñosa:

—¿Es digno de gobernar el hombre que falta a un juramento por una mujer?

—Le oí decir que fue la Virgen María quien le dio la victoria para salvar su país... —agregó Kevin— y que el estandarte del Pendragón no era suyo, sino de su padre Uther.

—Aun así no tenía derecho a rechazarlo —dijo Niniana—. Arturo nos debe su trono.

—¿Qué importancia tiene un estandarte? —protestó Morgause impaciente—. Los soldados necesitan algo que los inspire...

—No lo comprendes —señaló Viviana—. Si no controlamos desde Avalón lo que vive en sus sueños y su imaginación, perderemos esta lucha contra Cristo y serán esclavos de un credo falso. ¡Tienen que tener siempre ante ellos el símbolo del dragón, para que la humanidad no piense en pecados y penitencias, sino en avanzar!

—Avalón siempre estará allí para quienes busquen el camino —observó Kevin con respeto, aunque también con firmeza—. Pero si no pueden hallarlo quizá sea señal de que no están preparados.

—¿Tengo que permanecer cruzada de brazos mientras Avalón se pierde en las brumas, como el país de las hadas? —inquirió Viviana—. ¡Lo mantendré dentro del mundo o moriré en el intento!

Se hizo una pausa en el salón, Morgause cayó en la cuenta de que estaba helada.

—Aviva el fuego, Gwydion —ordenó, mientras pasaba el vino—. Bebed, hermana. Y vos, maestro arpista.

Pero Gwydion permaneció inmóvil, como si estuviera soñando o en trance.

—Niño, haz lo que te ordeno... —insistió Morgause.

Kevin alargó una mano para que callara.

—El muchacho está en trance —dijo—. Habla, Gwydion.

—Todo es sangre —susurró—. Sangre, vertida como la sangre del sacrificio en los altares antiguos, sangre vertida sobre el trono...

Niniana tropezó. El resto del vino, rojo como la sangre cayó en cascada sobre Gwydion y sobre el regazo de Viviana. Ésta se levantó, sobresaltada. El niño parpadeó, sacudiéndose

—¿Qué...? —musitó, desconcertado—. Lo siento..., permitid que os ayude. —Y cogió la vasija de manos de la joven—. Uf, parece sangre. Voy a buscar un trapo.

Y salió a la carrera, como cualquier muchacho activo.

—Bueno, ahí tenéis vuestra sangre —dijo Morgause asqueada—. ¿También Gwydion tendrá que perderse en sueños y visiones enfermizas?

La Dama enjugó el vino pegajoso de su sayo.

—No desprecies el don ajeno sólo porque no lo tienes, hermana.

Gwydion volvió con el trapo, pero al inclinarse se tambaleó. Morgause llamó por señas a una criada para que secara la mesa y el hogar. El niño parecía descompuesto, pero se apartó rápidamente, como si estuviera avergonzado. Aunque habría querido mecerlo entre sus brazos, comprendió que no se lo agradecería, y bajó la vista a sus manos cruzadas. También Niniana alargó una mano, pero fue Viviana quien lo llamó, con ojos severos e implacables.

—Dime la verdad: ¿desde cuándo tienes el don de la videncia?

Gwydion bajó la vista.

—No lo sé. No sabía cómo llamarlo.

—Y lo ocultaste por orgullo y deseo de poder, ¿verdad? Ahora te ha dominado. Espero que no hayamos llegado demasiado tarde. ¿Te sientes inseguro de pie? Ven, siéntate y estáte quieto.

Para asombro de su tutora, Gwydion se dejó caer silenciosamente a los pies de las dos sacerdotisas. Al cabo de un rato, Niniana le apoyó una mano en la cabeza y el niño se reclinó contra ella.

Viviana se volvió nuevamente hacia Morgause.

—Como te he dicho, Ginebra no dará hijos a Arturo, pero él no la repudiará, sobre todo por ser cristiano.

Su hermana se encogió de hombros.

—¿Y qué? Ha abortado al menos una vez y ya no es tan joven. La vida de una mujer es incierta.

—Sí, Morgause —dijo Viviana—. Ya trataste una vez de aprovechar lo incierto de la vida para que tu hijo heredara el trono, ¿verdad? Te lo advierto, hermana: no te entrometas en lo que los dioses han decretado.

Morgause dijo, conteniendo la ira:

—Pero los dioses no han querido que hicieras tu voluntad. Viviana…, si existen, de lo que no estoy segura. En cuanto a la estirpe real de Avalón, ya ves que la he cuidado bien.

—El niño parece fuerte y sano, pero ¿podrías jurar que no lo has malogrado por dentro, hermana?

Gwydion levantó bruscamente la cabeza:

—Mi madre adoptiva me ha tratado bien. La señora Morgana no se interesó mucho por el desarrollo de su hijo. ¡Ni una sola vez ha venido a ver si estaba vivo o muerto!

Kevin intervino con severidad.

—Se te ordenó hablar sólo cuando se te dirigiera la palabra, Gwydion. Y nada sabes sobre los motivos de Morgana.

Morgause miró con agudeza al bardo. «¿Es posible que Morgana se haya confesado con este pobre aborto, cuando yo tuve que descubrir sus secretos mediante hechizos?» Sintió un acceso de ira, pero Viviana dijo:

—Basta. Lo criaste bien mientras te convino, Morgause, pero no has olvidado que está un paso más cerca del trono que Arturo a su edad... y dos pasos más cerca que Gawaine. En cuanto a Ginebra, he visto que tiene un papel a desempeñar en el destino de la isla Sagrada. No carece del todo de videncia. Tal vez si tuviera un hijo por las artes de Avalón...

—Demasiado tarde para eso —indicó Kevin—. La verdad, no creo que esté muy cuerda.

—La verdad es que le tienes rencor, Kevin —dijo Niniana—. ¿Por qué?

El arpista bajo los ojos. Por fin dijo:

—Es cierto. No puedo ser justo con Ginebra. Pero aunque la amara seguiría diciendo que no es adecuada para un rey que debe mandar desde Avalón. Si tuviera un hijo lo atribuiría a la bondad de Cristo, aunque la misma Dama del Lago la asistiera en el lecho.

Morgause esbozó su sonrisa ladina.

—Las Sagradas Escrituras dicen que quien repudia a su mujer está condenado, salvo por adulterio. Y hasta aquí, en Lothian, se dice que la reina no es tan casta. Todo el mundo sabe cómo mira a vuestro hijo, Viviana.

—No conocéis a Ginebra —dijo Kevin—. Es devota hasta la insensatez. Y como Arturo es tan amigo de Lanzarote, no haría nada contra ellos a menos que los sorprendiera en su cama delante de toda la corte.

—Incluso eso se puede arreglar —aseveró Morgause—. Ginebra es demasiado bella para que las otras mujeres le tengan mucho afecto. Alguno de su círculo podría armar un escándalo para obligar a Arturo...

Viviana hizo una mueca de asco.

—¿Qué mujer traicionaría de ese modo a otra?

—Yo —contestó su hermana—, si estuviera convencida de beneficiar con eso al reino.

—Yo no —dijo Niniana—. Y Lanzarote es honorable Dudo que traicionara a su gran amigo Arturo por Ginebra. Si queremos hacerla a un lado, es preciso buscar otra solución.

—Hay algo más —añadió Viviana, con voz cansada—Hasta donde sabemos, Ginebra no ha hecho nada malo. Si hay un escándalo tiene que ser sobre la verdad. Los de Avalón estamos comprometidos a defender la verdad.

—¿Y si hubiera un escándalo verdadero? —preguntó Kevin.

—En ese caso, que cargue con las consecuencias. Pero no seré yo quien participe en falsas acusaciones.

—Tiene, al menos, un enemigo más —reflexionó el druida—. Acaba de morir Leodegranz, su padre, y también su joven esposa con su última hija. Ahora Ginebra es la reina del País del Estío. Pero Leodegranz tenía un pariente que asegura ser su hijo, aunque no lo creo. Supongo que le gustaría poder proclamarse rey a la antigua usanza de las Tribus: acostándose con la reina.

Gwydion dijo:

—Menos mal que en la corte de Lot, más cristiana, no existe esa costumbre, ¿verdad? —Pero lo dijo en voz baja, para que todos pudieran fingir que no lo habían oído. Morgause se dijo: «Está enfadado porque no se le presta atención. No voy a enojarme por una dentellada de cachorro.»

—Según la antigua costumbre —dijo Niniana, con la bella frente arrugada en pequeñas líneas—, Ginebra no está casada con Arturo mientras no le haya dado un hijo varón. Y si otro hombre puede apartarla de él...

—Ésa es la cuestión —rió Viviana—: Arturo puede retenerla por la fuerza de las armas. Y lo haría, sin duda. —Luego se puso seria—. Lo único seguro es que Ginebra seguirá estéril. Si concibiera otra vez, hay encantamientos para que la criatura no llegue a nacer. En cuanto al heredero de Arturo... —Hizo una pausa para mirar a Gwydion, que mantenía una actitud soñolienta, con la cabeza apoyada en el regazo de Niniana—. Aquí tenemos un hijo de la estirpe real de Avalón... e hijo del Gran Dragón.

Morgause contuvo la respiración. Siempre había pensado que, si Morgana había concebido un hijo de su medio hermano, era sólo debido a la más desdichada casualidad. Al comprender el complejo plan de Viviana quedó abrumada ante su audacia: poner en el trono a un hijo de Avalón y de Arturo.

«¿Qué será del macho rey cuando el ciervo joven haya crecido?» Por un momento no supo si el pensamiento era suyo o si había surgido en su cabeza como eco de algo pensado por una u otra de las dos sacerdotisas presentes.

Gwydion, con los ojos muy abiertos, se inclinó hacia delante.

—Señora —susurró—, ¿es cierto... que soy hijo de... del gran rey?

—Sí—confirmó Viviana, apretando los labios—, aunque los curas jamás lo reconocerán. Para ellos, que un hombre engendre un hijo en la hija de su madre es el peor de todos los pecados. Se creen más santos que la Diosa, que es madre de todos nosotros. Pero así son las cosas.

Lenta y penosamente Kevin se arrodilló ante Gwydion.

—Príncipe y señor mío —dijo—, vástago de la estirpe real de Avalón e hijo del hijo del Gran Dragón: hemos venido para llevaros a Avalón, donde podréis prepararos para vuestro destino. Por la mañana debéis estar listo para partir.

2

«Por la mañana debéis estar listo para partir...»

«Era como el terror de un sueño que hablaran así, abiertamente, de lo que yo había mantenido en secreto tantos años. Habría podido ir a la muerte sin decir a nadie que había tenido un hijo de mi hermano. Pero Morgause me había arrancado el secreto y Viviana lo sabía. Según un antiguo dicho; tres pueden guardar un secreto, siempre que dos estén en la tumba.

»Pero el sueño empezaba a disiparse y a ondular, como si lo viera bajo el agua. Me esforcé por retenerlo, por escuchar, pero Arturo estaba allí, con una espada en la mano, y avanzaba contra Gwydion, y el niño desenvainaba la Escalibur...»

Morgana se incorporó bruscamente en su cuarto de Camelot, aferrada a la manta. Era un sueño, sólo un sueño. «Ni siquiera sé quién se sienta en Avalón junto a Viviana; sin duda es Cuervo, no esa rubia tan parecida a mi madre que he visto en mis sueños, una y otra vez. No recuerdo haber visto a nadie como ella en la Casa de las doncellas.»

—Mirad —anunció Elaine desde la ventana—. Ya llegan algunos jinetes. ¡Y aún faltan tres días para el gran festín de Arturo!

Las otras se apiñaron a su alrededor para contemplar el prado, donde ya se veían tiendas y pabellones. Elaine dijo:

—Ahí está el estandarte de mi padre. Viene acompañado por Lamorak, mi hermano, que ya tiene edad de ser caballero del rey. Combatió en Monte Badon, aunque era muy joven. .

—Entonces no dudo que Arturo hará de él uno de sus caballeros, aunque sólo sea para complacer a Pelinor —dijo Morgana—. Tienes que ayudar a la reina a vestirse. Y yo también tengo que darme prisa. Con un gran festín dentro de tres días, tengo mucho que hacer.

Y en verdad se alegraba de estar muy ocupada; eso la distraía de su terrorífico sueño. Últimamente, cada vez que soñaba con Avalón, expulsaba el recuerdo con desesperación. Ignoraba que Kevin hubiera ido a Lothian. «Y tampoco lo sé ahora —se dijo—. Es sólo un sueño.» Pero aquel mismo día, al encontrarse con el anciano Taliesin en el patio, le dijo tímidamente:

—Padre... Kevin, Merlín, ¿vendrá para Pentecostés?

—Vaya, no lo sé, hija mía —respondió con una bondadosa sonrisa—. Ha ido a Lothian. Pero sé que te ama y que volverá en cuanto pueda.

—¿Acaso se rumorea en la corte que el arpista viene y va a mi antojo? Eso no es cierto —dijo irritada.

Taliesin volvió a sonreír.

—Nunca te avergüences de amar, querida. Y para Kevin ha sido muy importante que una mujer tan buena y bella como tú...

—¿Te burlas de mí, abuelo?

—¿Cómo, pequeña? Eres mi nieta y te tengo por la más bella y dotada entre las mujeres. En cuanto a Kevin, el sol sale y se pone donde tú estés, como sabe toda la corte. Al Merlín de Britania no le está prohibido casarse; el día en que pida tu mano, no creo que Arturo o yo se la neguemos.

Morgana bajó la vista al suelo, pensando: «Ah, si pudiera amarlo como él a mí... Lo aprecio, le tengo afecto y hasta me da placer compartir su lecho, pero...»

—No tengo deseos de casarme, abuelo.

—Bueno, debes hacer tu voluntad, hija —replicó Taliesin delicadamente—. Eres señora y sacerdotisa. Pero ya no eres tan joven y, puesto que has renunciado a Avalón, no me gustaría verte malgastar la vida sirviendo a Ginebra.0

Morgana marchó hacia la cervecería, sumida en profundas reflexiones. «¿Por qué estoy condenada a sentir esto por Lanzarote?», se preguntaba mientras preparaba agua de rosas y confituras perfumadas. Cuando Kevin estaba en la corte, al menos no tenía motivos para desear inútilmente a su primo. Y resolvió que, cuando regresara, le daría la mejor bienvenida.

«Podría correr peor suerte que casarme con él. Si he perdido Avalón, tengo que pensarlo. Y realmente estaba en Lothian. Temía que la videncia me hubiera abandonado.»

La víspera de Pentecostés Kevin regresó a Camelot. Durante todo el día no dejó de llegar gente: era el mayor festival de cuantos se celebraban en la zona. Morgana recibió al arpista con un beso y un abrazo que le encendieron los ojos: luego lo condujo una alcoba para huéspedes, le quitó el manto y el calzado d viaje y le llevó cintas para adornar el arpa.

—Te eché de menos, amor—dijo Kevin, apoyando un instante la cabeza en su pecho.

—Y yo a ti. querido. Te lo demostraré esta noche, cuando todos estén descansando. ¿Por qué crees que te he asignado un cuarto para ti solo, cuando hasta los mejores caballeros de Arturo tienen que alojarse en grupos de cuatro y. en algunos casos compartir con otro la cama?

—Serás bien recibida, y si mi señora se pone celosa, la pondré de cara a la pared. —Por un momento la estrechó con toda la fuerza de sus brazos fibrosos—. Supongo que te gustará saberlo: he llevado a tu hijo a Avalón. Es un niño bien desarrollado e inteligente, y tiene algo de tu don para la música. Y el de la videncia. En Avalón se educará como druida.

—¿Y después?

—Y después... Ah, querida —dijo Kevin—, todo será como deba ser. Pero no dudo que será bardo y sabio. —Le tocó ligeramente el hombro—. Tiene tus ojos.

Habría querido preguntarle más, pero cambió de tema.

—El festín se celebrará mañana, pero esta noche Arturo ha invitado a cenar a sus mejores amigos y caballeros. Mañana se dará una fiesta familiar en honor de Gareth, que va a ser armado caballero.

—Es un buen hombre —dijo Kevin—. La reina Morgause no me gusta mucho, pero sus hijos son buenos caballeros y grandes amigos de Arturo.

Aun siendo una cena familiar, en la víspera de Pentecostés fueron muchos los que se sentaron a la mesa de Arturo. Gawaine permaneció de pie tras la silla del rey. Arturo protestó:

—Siéntate con nosotros, Gawaine. Eres rey por derecho propio. ¡No me gusta que estés de pie como un criado!

Su primo respondió reciamente:

—Es un orgullo servir a mi rey y señor.

Arturo bajó la cabeza, riendo.

—No puedo negar nada a mis caballeros.

Más tarde pidió silencio con un gesto y llamó al joven Gareth.

—Esta noche velarás tus armas en la iglesia —dijo—. Por la mañana, antes de misa, el caballero que escojas hará de ti uno de mis compañeros. Pese a tu juventud me has servido honorablemente. Si lo deseas, yo mismo te armaré caballero, pero Aprenderé que prefirieras a tu hermano.

Gareth vestía una túnica blanca; su pelo era como un halo dorado que se rizaba en torno a la cara. Parecía un niño de gran estatura y hombros de toro. Le cubría las mejillas un vello rubio, demasiado fino para ser afeitado. La impaciencia le hizo tartamudear un poco:

—Os lo ruego, señor... No quiero ofenderos, ni tampoco a mi hermano, pero si fuera posible... ¿podría ser armado por Lanzarote, mi rey y señor?

Arturo sonrió.

—Bueno, si acepta no tengo objeción.

Morgana recordó al pequeño que hablaba del caballero del lago con un palo de madera pintada. ¿Cuántas personas llegaban a hacer realidad sus sueños infantiles?

—Será un honor, primo —dijo Lanzarote, gravemente. Y se volvió hacia Gawaine con puntillosa cortesía—. Pero sois vos quien debe autorizarme, primo, puesto que representáis al padre de este muchacho.

Gareth se mordió el labio; sólo ahora comprendía que tal vez había ofendido a su hermano y al rey. ¡Qué niño era, pese a su fuerza y su habilidad!

Gawaine dijo con un gruñido:

—¿Quién querría ser armado caballero por mí, pudiendo hacerlo el gran Lanzarote?

Éste los abrazó a ambos con exuberancia.

—Ambos me honráis. —Luego soltó a Gareth—. Bien, muchacho, a tus armas. Después de medianoche iré a velar contigo.

Gawaine siguió a su hermano con la vista. Luego dijo:

—Todos los muchachos de esta corte te adoran como a un héroe. Es una pena que no te inclines por la práctica del amor que estuvo de moda entre los antiguos griegos.

Lanzarote enrojeció.

—Eres mi primo, Gawaine. No toleraría oír algo así de ningún otro, ni siquiera en broma.

Gawaine lanzó una carcajada.

—Broma, sí, ¡para quien se profesa devoto sólo de nuestra castísima reina!

—¡ No te atrevas ! —Lanzarote le aferró el brazo con fuerza suficiente para romperle la muñeca y se lo dobló hacia atrás. bramando de ira como un lobo furioso.

Cay se interpuso entre los dos con torpeza.

—¡Nada de peleas en el salón del rey!

Morgana se apresuró a decir:

—Caramba, Gawaine, ¿qué diríais de los curas, que se confiesan devotos de la Virgen María? ¿Les atribuiríais una escandalosa devoción carnal hacia el Cristo?

Ginebra lanzó una exclamación de espanto:

—¡Morgana! ¡Qué broma tan blasfema!

Lanzarote soltó el brazo de su primo. Mientras éste se frotaba el cardenal, Arturo se volvió hacia ellos, ceñudo.

—Sois como niños, primos. ¿Queréis que os haga azotar por Cay en las cocinas?

Gawaine volvió a reír, diciendo:

—Bromeaba, Lanzarote. Con tantas mujeres persiguiéndote no puede haber en esto una pizca de verdad.

Lanzarote se encogió de hombros con una sonrisa, como un ave con el plumaje encrespado, y todo quedó entre risas de camaradas. Pero más tarde, Morgana, que cruzaba el patio, vio que Lanzarote aún se paseaba, atribulado y nervioso.

—¿Qué pasa, primo? ¿Qué os aqueja?

Lanzarote suspiró:

—Me gustaría poder abandonar esta corte.

—Pero mi señora no os dejará partir.

—No hablaré de la reina ni siquiera con vos, Morgana —dijo rígidamente.

A ella le tocó entonces suspirar.

—No soy la guardiana de vuestra conciencia, Lanzarote. Si Arturo no os regaña, ¿quién soy yo para pronunciar una palabra de reproche?

—¡No lo comprendéis! —protestó él, fieramente—. La entregaron a Arturo como si fuera una mercancía, pero es demasiado leal para murmurar.

—No he dicho nada contra ella —le recordó Morgana—. Las acusaciones que oyes no vienen de mis labios, sino de ti.

«Podría hacer que me deseara», pensó; pero la idea era como una bocanada de polvo. Una vez jugó con aquello, pero bajo el deseo Lanzarote la había temido tal como temía a Viviana. Él se las compuso para mirarla a los ojos.

—Me arrojasteis una maldición. Y estoy maldito, creedme.

De pronto desaparecieron el antiguo enfado y el desprecio. Era como era, y Morgana le cogió las manos.

—No os preocupéis por aquello, primo. Fue hace muchos años. No creo que los dioses escucharan las palabras de una muchacha furiosa que se creyó desdeñada.

Lanzarote aspiró profundamente y volvió a pasearse. Por fin dijo:

—Esta noche podría haber matado a Gawaine. Me alegra que nos hayáis detenido, aunque fuera con una broma blasfema. Es que... he tenido que habérmelas con esto toda mi vida. En la corte de Ban era más apuesto que el mismo Gareth, y en la baja Britania un niño así tiene que andarse con más cuidado que una doncella. Pero los hombres creen que es sólo un chiste vulgar para fastidiar a los demás. Hubo un tiempo en que llegué a creerlo...

Se hizo un largo silencio mientras contemplaba, ceñudo, las losas del patio.

—Y por eso me lancé a experimentar con mujeres, hasta contigo, que eras mi prima y estabas consagrada a la Diosa. Pero eran pocas las que podían excitarme, ni siquiera un poco, hasta que me encontré... con ella. —Morgana se alegró de que no pronunciara el nombre de Ginebra—. Desde ese momento no ha existido otra. Con ella me siento hombre.

—Pero es la esposa de Arturo...

—¡Maldita sea! —Lanzarote golpeó el muro con una mano—. ¿Crees que eso no me atormenta? Somos amigos; si Ginebra estuviera casada con cualquier otro ya me la habría llevado a mi casa. —Tragó saliva con mucha dificultad—. No sé qué será de nosotros. Y Arturo necesita un heredero para su reino. El destino de Britania es más importante que nuestro amor. Los amo a ambos... ¡y estoy atormentado, Morgana, atormentado!

Por un momento Morgana creyó ver un asomo de locura en sus ojos. En adelante se preguntaría siempre: «¿Hubo algo, cualquier cosa, que pudiera haber dicho o hecho aquella noche?»

—Mañana —dijo Lanzarote—, suplicaré a Arturo que me asigne algún cometido difícil, no me importa cuál. Lo que sea, Morgana, con tal de alejarme de aquí. Esta noche podría haber matado a Gawaine, aunque tan sólo bromeaba. Se moriría de horror si supiera... —Apartó la vista. Por fin lo dijo en un susurro—: Puede que lo que dijo sea verdad. Tendría que llevarme a Ginebra lejos de aquí, antes de que se comente en todas las cortes del mundo que amo a la esposa de mi rey. Y no obstante... es de Arturo de quien no puedo separarme. No sé si la amo sólo Porque de ese modo me acerco a él.

Morgana alzó una mano para interrumpirlo. Había cosas Que no soportaba saber. Pero Lanzarote no se percató.

—No. no. Tengo que decírselo a alguien antes de que esto me mate. ¿Sabes cómo llegué a yacer con la reina?. La amaba desde hacía tiempo, desde la primera vez que la vi en Avalón pero creía poder vivir y morir con esa pasión insatisfecha. Arturo era mi amigo y no iba a traicionarlo. Y ella... ¡no vayas a pensar que me sedujo! Pero... pero fue voluntad de Arturo. Sucedió en Beltane...

Entonces se lo contó. Morgana escuchaba petrificada, pensando tan sólo: «Conque así obró el hechizo. ¡Ojalá hubiera enfermado de lepra antes de dárselo!»

—Pero eso no es todo —susurró—. Mientras yacíamos juntos... nunca viví algo tan... tan... —Tragó saliva, luchando por expresar en palabras lo que Morgana no soportaba oír—. Toqué a Arturo... lo toqué. No te equivoques: la amo, ¡oh, cómo la amo! Pero si no fuera la esposa de Arturo, si no hubiera sido por... Creo que ni siquiera con ella...

Se atragantó sin poder concluir la frase. Morgana permanecía completamente inmóvil, horrorizada. ¿Era aquella la venganza de la Diosa? ¿Que ella, enamorada de ese hombre sin esperanzas, fuera depositada de esa pasión incomprensible?

—Lanzarote, no tienes que decirme estas cosas. A mí no. A algún hombre... a Taliesin... a un sacerdote...

—¿Qué puede saber un sacerdote de esto? —inquirió desesperado—. No creo que ningún hombre haya sentido jamás algo tan extraño y tortuoso como esto. ¡Estoy condenado! Éste es mi castigo por desear a la esposa de mi rey. El mismo Arturo me despreciaría si lo supiera. Sabe que amo a Ginebra, pero ni él mismo podría perdonarme esto. Y Ginebra..., quizás incluso ella me odiaría...

Su voz se apagó en el silencio. Morgana sólo pudo decir las palabras que le habían enseñado en Avalón:

—La Diosa conoce lo que hay en el corazón de los hombres, Lanzarote. Ella te consolará.

—Pero esto es desdeñar a la Diosa —susurró él, con gélido horror—. No puedo recurrir a ella. Me siento tentado a arrojarme a los pies del Cristo. Sus curas dicen que puede perdonar cualquier pecado, por condenable que sea.

Morgana observó secamente que los curas no parecían ser tan tiernos y tolerantes con los pecadores.

—Tienes razón, sin duda —murmuró Lanzarote contemplando tristemente las losas de piedra—. No habrá socorro hasta que me maten en alguna batalla o me arroje al paso de algún dragón. —Dio media vuelta—. Bien, iré a compartir la vigilia con Gareth, como le prometí. Al menos él me ama con inocencia, como a un hermano. ¡Cuánto desearía que hubiera un Dios capaz de perdonarme!

Iba a alejarse, pero Morgana lo sujetó por la manga bordada.

—Espera. ¿Qué significa esa vigilia en la iglesia? No sabía que los caballeros de Arturo se hubieran vuelto tan devotos.

—Arturo piensa a menudo en su consagración en Avalón —respondió Lanzarote—. Cierta vez dijo que los paganos, al asumir una gran obligación, lo hacían en actitud de plegaria, conscientes de su gran importancia. Por eso habló con los sacerdotes y establecieron este rito. Cuando un hombre que no ha pasado por el bautismo de sangre va a convertirse en caballero pasa por esta prueba especial: ha de rezar toda la noche, velando sus armas, y por la mañana confiesa sus pecados y es armado caballero.

—¡Pero eso es una especie de iniciación a los Misterios a la que no tiene derecho! ¡ Y todo falseado en nombre de su Cristo!

Lanzarote respondió a la defensiva:

—Consultó a Taliesin, quien dio su autorización. Lo que importa no es ser cristiano, pagano o druida, sino lo que sucede en el alma. Si Gareth se enfrenta al misterio de su corazón y eso lo convierte en un hombre mejor, ¿qué importa de dónde provenga? ¡Ya quisiera yo encontrar en mi corazón algo que me permitiera creer en Dios, en cualquier Dios!

Morgana sólo pudo decir:

—Así sea, primo. Rezaré por ti.

—Pero ¿a quién? —preguntó él.

Y se alejó, dejándola muy atribulada.

Aún no era medianoche. Había luces en la iglesia donde Gareth y Lanzarote guardaban la vigilia. Morgana bajó la cabeza, recordando la noche que le había tocado hacer lo mismo, y su mano buscó automáticamente la pequeña hoz que faltaba en su cinturón desde hacía muchos años.

«Me deshice de ella. ¿Quién soy yo para protestar porque se profanan los Misterios?»

De pronto el aire se agitó, como un torbellino. Viviana estaba ante ella, en el claro de luna. Estaba más anciana y más delgada, con el pelo casi totalmente blanco. Sus ojos eran como grandes brasas ardientes. Pareció mirar a Morgana con pesar y ternura.

-—Madre... —tartamudeó, sin saber si se dirigía a la Dama o a la Diosa. Entonces, viendo que la imagen ondulaba, comprendió que era sólo una visión—. ¿A qué habéis venido? ¿que deseáis de mí?

Cayó de rodillas; la túnica de Viviana agitó el aire de la noche. En la frente llevaba una corona de junco, como la de la reina del pueblo de las hadas. La aparición alargó una mano a Morgana sintió que la media luna descolorida le quemaba en la frente.

El vigía nocturno cruzó el patio a zancadas, lanzando destellos con su lámpara. Morgana seguía arrodillada, sola, con la mirada perdida en la nada. Se apresuró a levantarse antes de ser vista.

De pronto había perdido los deseos de ir al lecho de Kevin La estaría esperando, pero no se le ocurriría hacerle reproches si no se presentaba. En silencio, se escabulló por los pasillos hasta la habitación que compartía con las damas solteras.

«Creía haber perdido para siempre el don de la videncia. Sin embargo, Viviana se presentó ante mí y me tendió la mano. ¿Significa eso que Avalón me necesita? ¿O sólo que estoy enloqueciendo, como Lanzarote?»

3

Cuando Morgana despertó ya reinaban en el castillo el ruido y la confusión de un día festivo: Pentecostés. En el patio flameaban los estandartes y la gente iba de aquí para allí cruzando las puertas. En todo Camelot y en las laderas de la colina brotaban los pabellones como extrañas y hermosas flores.

No había tiempo para sueños y visiones. Ginebra la mandó llamar para que la peinara, pues no había en la corte mujer más diestra que ella. Mientras separaba las guedejas sedosas para trenzarlas, Morgana echó un vistazo a la cama que los chambelanes estaban aireando. «Los tres compartieron ese lecho», pensó. De pronto su mente se llenó de imágenes eróticas, recuerdos de aquella mañana con Arturo, de la noche en brazos de Lanzarote. Bajando los ojos, continuó trenzando la cabellera de la reina.

—Está demasiado tirante —se quejó Ginebra.

Morgana se obligó a relajar las manos, pero por mucho que se esforzara no podía apartar de sí las odiosas escenas que la perseguían.

—Así se sostendrá; alcánzame el pasador de plata —pidió.

Ginebra, encantada, se observó en el espejo de cobre.

—Bellísimo, querida hermana. Muchas gracias. —Y abrazo impulsivamente a Morgana, que estaba rígida.

En verdad la reina estaba radiante. Morgana le devolvió el abrazo y apoyó una mejilla contra la suya: por un momento le Pareció suficiente tocar esa hermosura, como si pudiera impregnarse un poco de ella. Entonces, recordando lo que había «icho Lanzarote, pensó: «No soy mejor que él. Yo también alimento deseos perversos y extraños.»

Envidiaba a la reina, que era simple y franca; sus pesares y Gobiernas eran los de cualquiera: temor por la vida de su esposo, pesar por la falta de hijos. A pesar del encantamiento no habían presentado señales de embarazo.

Ginebra sonreía.

—¿Bajamos? Aún no he saludado a los huéspedes. Ha venido el rey Uriens con su hijo, ya adulto. ¿Te gustaría ser reina de Gales. Morgana? Dicen que Uriens viene a pedir una esposa.

Morgana se echó a reír.

—Crees que le convengo porque difícilmente podría darle un hijo, y así no habría disputas por el trono.

—Es cierto que ya eres mayor para un primer hijo.

Ginebra ignoraba que Morgana había tenido un hijo. Jamás lo sabría. Pero eso la preocupaba.

«Arturo se culpa por no haber engendrado. Por su paz de espíritu, tendría que saber que tiene un hijo. Y Gwydion lleva la sangre real de Avalón...»

—Escuchad —dijo Elaine—: están sonando las trompetas. Ha llegado alguien importante.

—Tenemos que bajar —dijo la reina.

Estaba elegante y majestuosa con aquel peinado y el vestido color azafrán. Elaine lucía un sayo verde, y Morgana, su túnica roja. Las tres bajaron para reunirse con los otros delante de la iglesia.

Morgana vio, detrás de Gawaine, una cara conocida; frunció el entrecejo, tratando de recordar dónde había visto antes a aquel hombre alto, corpulento y barbado, casi tan rubio como los nórdicos. Por fin lo recordó: era Balin, el hermano de leche de Balan, un estúpido de mente estrecha; pero estaba ligado a Viviana por el sagrado vínculo de la adopción. Le dedicó una fría inclinación de cabeza.

—Os saludo, señor Balin.

Aunque ceñudo, no olvidó los buenos modales. Vestía ropa raídas, como si no hubiera tenido tiempo de cambiarse después de un largo viaje.

—¿Venís a misa, señora Morgana? ¿Habéis renunciado a los diablos de Avalón para aceptar a nuestro Salvador?

La pregunta era ofensiva, pero Morgana sonrió con cautela.

—Voy a misa para honrar a nuestro pariente Gareth.

Tal como esperaba, eso lo desvió del tema.

—El hermano de Gawaine, el que asustó a los caballos en la boda de Arturo. Cuesta creer que ya sea un hombre.

El devoto Balin le hizo una reverencia y entró en la iglesia. Llevaba en el rostro el fulgor del fanatismo. Morgana se alegro de que Viviana no estuviera allí, aunque sus dos hijos habrían podido impedir cualquier disturbio.

Gareth vestía de blanco. Lanzarote, de carmesí, se arrodilló a su lado, hermoso y grave. Gareth, feliz e inocente, gozoso; Lanzarote, pesaroso y atormentado. Sin embargo, escuchó con serenidad la historia de Pentecostés leída por el sacerdote; no parecía el mismo hombre torturado que le había abierto el alma.

—... Y comenzaron a hablar en otros idiomas, inspirados por el espíritu... Dios dice: «En los últimos días del mundo enviare mi Espíritu a todos los hombres, y vuestras hijas profetizarán, y vuestros hijos tendrán visiones, y vuestros ancianos tendrán sueños.»

Morgana pensó: «Lo que recibieron fue el don de la videncia, pero no lo entendieron. Tampoco les interesaba comprender; para ellos sólo demostraba que su Dios era mayor que los demás dioses.» ¿Sabrían acaso los cristianos lo comunes que eran esos poderes?

Cuando los fíeles se aproximaron a la barandilla del altar para compartir el pan y el vino, Morgana negó con la cabeza y dio un paso atrás: no era cristiana y no quería fingir.

Ya fuera de la iglesia, Lanzarote desenvainó su espada y tocó a Gareth con ella. Su voz clara y solemne pronunció:

—Levantaos, Gareth, compañero de Arturo y hermano, ahora, de todos los caballeros de esta compañía. No olvidéis defender a vuestro rey y vivir en paz con todos sus caballeros y con todas las gentes de paz, pero recordad siempre hacer la guerra al mal y defender a quienes necesiten protección.

Morgana se preguntó si Arturo recordaría la ceremonia en que había recibido a Escalibur de manos de la Dama, si acaso por eso había instituido el juramento. Tal vez no fuera, después de todo, un remedo de los sagrados Misterios, sino un intento de conservarlos, pero ¿por qué se tenía que celebrar en la iglesia? ¿Llegaría un día en que se negaran a quien no fuera cristiano?

Después de la ceremonia Morgana saludó a Gareth y le entregó su regalo: un fino tahalí de piel, que le permitiría llevar espada y daga. Él se inclinó para darle un beso.

—Ah, cómo has crecido, pequeño. ¡Dudo que tu madre te reconociera!

—Nos pasa a todos, querida prima —respondió el joven, sonriendo—. ¡Dudo que vos reconocierais a vuestro hijo!

En ese momento lo rodearon los otros caballeros para felicitarlo y darle la bienvenida. Morgana notó que Ginebra la observaba con atención.

—¿Qué fue lo que dijo Gareth? ¿Vuestro hijo?

Morgana respondió con aspereza.

—Si nunca te lo he dicho, cuñada, es por respeto a tu religión. Di un hijo a la Diosa, concebido en los fuegos de Beltane Está bajo tutela en la corte de Lot; no lo he visto desde que ]0 destetaron. ¿Estás satisfecha o vas a divulgar mi secreto por doquier?

—No —dijo la reina, palideciendo—. ¡Qué dolor para ti estar separada de tu pequeño! Lo siento, Morgana. Ni siquiera se lo diré a Arturo. Él también es cristiano y se escandalizaría.

«No imaginas cuánto», pensó lúgubre. El corazón le palpitaba con fuerza. ¡Ya eran muchos los que conocían su secreto!

Habían sonado las trompetas que indicaban el comienzo de los juegos. Arturo no participaría en las justas, pues nadie quería atacar a su rey. Lanzarote encabezaría uno de los bandos; el otro, por sorteo, quedó a las órdenes de Uriens de Gales del norte, hombre ya muy maduro, pero fuerte y vigoroso. Lo acompañaba Accolon, su segundo hijo, que tenía en las muñecas un tatuaje de serpientes azules. ¡Era un iniciado de la isla del Dragón!

Ginebra había bromeado, sin duda, al hablar de casarla con el anciano Uriens. Pero Accolon... era un hombre cabal, quizás el más apuesto del grupo, exceptuando a Lanzarote. Morgana se descubrió admirando su habilidad con las armas, la gracia natural de sus movimientos. Tarde o temprano Arturo querría darla en matrimonio; si la ofreciera a Accolon, ¿se negaría a aceptarlo?

Después de un rato su atención comenzó a divagar. La mayoría de las mujeres ya había perdido el interés y charlaba entre sí.

—No vale la pena apostar —dijo una, descontenta—. Todos sabemos que ganará Lanzarote, como siempre.

—¿Insinúas que hay injusticia?—inquirió Elaine, resentida.

—De ningún modo. Pero nadie puede medirse con él.

—He visto al joven Gareth arrojarlo de cabeza al polvo —intervino Morgana, riendo—. Pero si queréis divertiros, apuesto una cinta de seda carmesí a que Accolon obtiene un trofeo, imponiéndose al mismo Lanzarote.

—Trato hecho —dijo la mujer.

Morgana se levantó, diciendo a Ginebra:

—No me agrada ver a los hombres maltratarse por deporte. ¿Me permitís volver al salón, hermana, para comprobar que el festín esté preparado?

Recibido el permiso, salió por detrás de los asientos hacia el patio principal. Las grandes puertas estaban abiertas, custodiadas por unos cuantos hombres. Iba hacia el castillo, pero una intuición hizo que volviera sobre sus pasos. Sin saber por qué, se detuvo a observar a dos jinetes que llegaban tarde a las primeras festividades. Pero de pronto un presentimiento empezó a escocerle en la piel. Al verlos cruzar el umbral corrió hacia ellos, sollozando.

—¡Viviana! —gritó.

Y se detuvo, temerosa de arrojarse a los brazos de su tía. En cambio se arrodilló en el polvo, con la cabeza gacha. La voz familiar, inalterada, tal como la había oído en sus sueños, dijo con suavidad:

—Morgana, hija, eres tú. ¡Cuánto he deseado verte durante todos estos años! Ven, ven, querida. No tienes por qué arrodillarte ante mí.

Morgana levantó la cara, pero temblaba demasiado para levantarse. Viviana, con el rostro cubierto por velos grises, le alargó una mano que ella besó. Luego la levantó para estrecharla en un abrazo, diciendo:

—Ha pasado tanto tiempo...

Morgana luchaba inútilmente por no llorar.

—Estaba muy preocupada por ti —dijo la Dama, apretándole la mano con fuerza mientras caminaban hacia la entrada—. De vez en cuando te veía un momento en el estanque. Pero ya soy anciana y rara vez puedo utilizar la videncia. No obstante supe que no habías muerto en el parto y que no estabas lejos. Deseaba verte la cara, pequeña.

Hablaba con ternura, como si nunca hubiera habido diferencias entre ambas. Morgana se sintió invadida por el antiguo afecto.

—Toda la gente de la corte está presenciando los juegos. Esta mañana, el hijo menor de Morgause fue armado caballero —dijo—. ¿A qué habéis venido, madre?

—Sabes, sin duda, que Arturo traicionó a Avalón. Kevin le ha hablado en mi nombre, pero sin resultado. Por eso he venido, para presentarme ante su trono para exigir justicia. Los reyes menores están prohibiendo el culto antiguo en nombre de Arturo; se han profanado bosques sagrados, aun en el país de la reina, y Arturo no hace nada...

—Ginebra es excesivamente devota —murmuró Morgana, sintiendo que sus labios se curvaban en un gesto de desdén. ¿Tan piadosa y se había acostado con el primo de su esposo, con la venía del muy piadoso rey? Pero una sacerdotisa no repite secretos de alcoba.

Viviana pareció leerle los pensamientos.

—No. hija, pero el conocimiento de un secreto podría s un arma con que obligar a Arturo a cumplir con lo jurado Ya tengo uno, aunque por tu bien, hija, no quiero usarlo delante d su corte. Dime... —Echó un vistazo a su alrededor—. No, aquí no. Llévame a donde podamos charlar en secreto y donde pueda ponerme en condiciones de presentarme ante Arturo.

Morgana la llevó al cuarto que compartía con las damas de Ginebra. Como todos estaban en los juegos, ella misma fue en busca de agua para la higiene y vino para beber; luego la ayudó a quitarse la ropa polvorienta.

—En Lothian conocí a tu hijo —dijo Viviana.

—Lo sé por Kevin. —El viejo dolor le apretó el corazón. Conque Viviana, después de todo, había obtenido lo que deseaba de ella: un hijo de doble estirpe real—. ¿Haréis de él un druida para Avalón?

—Es demasiado pronto para saber si tiene aptitudes. Estuvo demasiado tiempo en manos de Morgause. Pero tiene que educarse en Avalón, leal a los dioses antiguos. De ese modo, si Arturo falta a su juramento, podremos recordarle que hay un hijo con la sangre del Pendragón para reemplazarle. No queremos un rey apóstata y tirano. Nosotros lo pusimos en el trono de Uther y podemos derribarlo, si es preciso. Con más motivos si hay alguien con la antigua estirpe real de Avalón para ocupar su sitial. No quiero proferir amenazas, pero si es preciso, lo haré. La Diosa dicta mis actos.

Morgana se estremeció. ¿Acaso su hijo sería el instrumento de la muerte de su padre? Se apartó resueltamente de la videncia.

—No creo que Arturo sea tan falso con Avalón.

—Así lo quiera la Diosa. Pero aun así los cristianos no aceptarían a un hijo engendrado en ese rito. Tenemos que conservar para Gwydion un sitio cerca del trono, para que pueda heredar a su padre, y algún día volveremos a tener un rey nacido en Avalón. Ante la Diosa lleva la más pura de las sangres reales. Es preciso que llegue a verse de tal modo, que no lo contaminen los curas diciéndole que su nacimiento fue vergonzoso.

—Viviana miró a su sobrina a los ojos—. ¿Crees tú que es vergonzoso?

Morgana bajó la cabeza.

—Siempre has sabido leer en mi corazón, tía.

—La culpa es de Igraine... y mía, que te dejé por siete años en la corte de Uther. Eres sacerdotisa de Avalón, querida niña: ¿porqué no volviste? —Viviana se volvió, con el peine en la mano y el largo pelo descolorido cayéndole junto a la cara.

Las lágrimas de Morgana se abrieron paso por la barrera de los párpados apretados.

—No puedo —susurró—. No puedo, Viviana. Lo intenté... y no pude hallar el camino.

Y lloró, abrumada por la humillación. Viviana dejó el peine para estrecharla contra su seno, meciéndola como a una criatura.

.—Querida, mi niña querida, no llores, no llores. Si lo hubiera sabido, hija, habría acudido a ti. No llores; te llevaré yo misma. En cuanto haya entregado mi mensaje a Arturo te llevaré conmigo, antes de que se le meta en la cabeza casarte con algún asno cristiano... Sí, sí, hija, volverás a Avalón. Iremos juntas. —Le secó las mejillas mojadas con su velo—. Ahora ven y ayúdame a vestirme.

Morgana aspiró muy hondo.

—Sí, madre. Dejad que os trence el cabello. —Trató de reír—. Esta mañana peiné a la reina.

Viviana se apartó, muy enfadada:

—¿Acaso Arturo te ha puesto a servir a su esposa, a ti que eres sacerdotisa de Avalón y princesa por derecho propio?

—No, no —corrigió Morgana apresuradamente—. Recibo tantos honores como la misma reina. Sólo la peiné por amistad, tal como ella suele peinarme a mí o abrocharme el vestido.

La Dama suspiró con alivio.

—No querría que te deshonraran. Eres la madre del hijo de Arturo y ambos tienen que aprender a respetarte como tal.

—¡No! —exclamó Morgana—. No, os lo ruego. Arturo no tiene que enterarse. Delante de toda la corte... Escuchadme, madre: todas estas gentes son cristianas. ¿Querríais avergonzarme delante de todos ellos?

Viviana respondió, implacable:

—Tienen que aprender a no considerar vergonzosas las cosas sagradas.

—Pero los cristianos tienen poder sobre todo este país y no es posible cambiarles la manera de pensar con unas cuantas palabras.

En el fondo se preguntaba si la ancianidad no habría vuelto demente a Viviana. No podía exigir que se impusieran las antiguas leyes de Avalón, derribando doscientos años de cristianismo. Los curas la expulsarían de la corte por loca y continuarían como antes. Pero Viviana asintió, diciendo:

—Tienes razón: es preciso andar despacio. Pero al menos debemos recordar a Arturo su promesa de proteger Avalón. Y algún día le hablaré en secreto del niño. No podemos proclamar en voz alta entre los ignorantes.

Luego Morgana la ayudó a peinarse y a ponerse las majestuosas vestiduras de sacerdotisa. Cuando salían de la habitación Viviana le tocó delicadamente la mano.

—Volverás a Avalón conmigo, ¿verdad, querida hija?

—Si Arturo me lo permite...

—Eres sacerdotisa de Avalón, Morgana; no tienes que pedir permiso para ir o venir a tu antojo. Le diré que te necesito en Avalón y veremos qué responde.

Oh, volver a Avalón, al hogar... Pero aún le parecía imposible. Más tarde pensaría: «Yo lo sabía, lo sabía», y reconocería el presentimiento desesperado que la golpeó con aquellas palabras. Pero en aquel momento creyó que era sólo su miedo, la sensación de que no era digna de lo que había repudiado.

Luego bajaron al gran salón de Arturo para el festín de Pentecostés.

Camelot estaba como Morgana nunca lo había visto y como quizá no volviera a verlo. La gran mesa redonda había sido instalada en un salón digno de su majestuosidad. De los muros pendían sedas y estandartes, y un truco en la disposición de los comensales dirigía todas las miradas hacia el asiento de Arturo, que aquel día había sentado a su lado a Gareth y a su reina. Los caballeros formaban un grupo de ropa elegante y armas relucientes; las señoras parecían flores con sus coloridos atuendos. Entraron los reyes menores, uno tras otro, para arrodillarse ante Arturo y entregarle sus regalos. Morgana observó el rostro de su hermano, grave, solemne y benévolo, y echó una mirada de soslayo a Viviana, sintiendo un viejo estremecimiento de inquietud, como cuando en Avalón le habían enseñado a utilizar la videncia como instrumento. Se descubrió pensando, sin saber por qué: «¡Ojalá Viviana estuviera a cien leguas de aquí!»

Paseó la vista entre los caballeros: Gawaine, muy rubio, fuerte como un bulldog, sonriendo a su hermano menor; Gareth, radiante como el oro recién acuñado. Lanzarote, moreno y hermoso, abstraído, como si sus pensamientos estuvieran en el otro extremo del mundo; Pelinor, encanecido y atildado, atendido por su hija Elaine.

Al trono de Arturo se acercó alguien que no formaba parte de los caballeros. Morgana no lo conocía, pero vio que Ginebra hacía un gesto de miedo.

—Soy el único hijo varón superviviente del rey Leodegranz —dijo—, y hermano de vuestra reina, Arturo. Exijo que reconozcáis mi derecho sobre el país del Estío. Arturo dijo con suavidad:

—En esta corte no se presentan exigencias, Meleagrant.

Estudiaré tu solicitud y pediré opinión a mi reina. Puede que consienta en nombrarte regente. Pero no puedo dictaminar ahora.

—¡En ese caso, puede que no aguarde vuestro dictamen! —gritó Meleagrant. Era corpulento y portaba, no sólo espada y puñal, sino también una gran hacha de bronce. Vestía pieles y cueros mal curtidos; su aspecto era salvaje y ceñudo como el de cualquier bandido sajón. Sus dos escuderos parecían aún más rufianes que él—. Soy el único hijo varón superviviente de Leodegranz.

Ginebra se inclinó hacia su esposo para susurrarle algo. El rey manifestó:

—Me dice mi señora que su padre siempre negó haberte engendrado. Ten la seguridad de que analizaremos este asunto y, si tu reclamación es justa, accederemos. Por el momento, señor Meleagrant, te ordeno que confíes en mi justicia. Participa con nosotros del festín.

—¡Al diablo con el festín! —bramó Meleagrant, furioso—. ¡No he venido para comer confites y admirar a las señoras! Os digo, Arturo, que soy rey de ese país. Y si osáis denegar mi reclamación será peor para vos... ¡y para vuestra señora!

Apoyó la mano en la empuñadura de su gran hacha de combate, pero Cay y Gareth se abalanzaron hacia él, sujetándole los brazos a la espalda.

—¡Nadie exhibe su acero en el salón del rey! —dijo enérgicamente Cay, mientras el joven le quitaba el hacha de la mano para ponerla a los pies del trono—. Id a vuestro asiento, hombre, y comed la carne. En la mesa redonda tiene que haber orden, y si nuestro rey ha dicho que os hará justicia, esperaréis hasta que a él le plazca.

Lo hicieron volverse con brusquedad, pero Meleagrant forcejeó hasta liberarse, exclamando:

—¡Al diablo con vuestro festín y con vuestra justicia! Y al diablo también con vuestra mesa redonda y con todos los caballeros.

Y les volvió la espalda para alejarse a grandes pasos, dejando allí el hacha. Cay dio un paso tras él y Gawaine se levantó a Cedías, pero Arturo les indicó que volvieran a sentarse.

—Que se vaya —dijo—. Ya ajustaremos cuentas cuando llegue el momento. Lanzarote, puede corresponderte a ti tratar con ese usurpador, ya que eres el campeón de mi señora.

—Será un placer, mi rey. —El caballero del lago dio un respingo, como si estuviera medio dormido. Morgana sospechó que no tenía la menor idea de lo que acababa de aceptar.

Los heraldos de la puerta continuaban proclamando que todos debían acercarse para recibir la justicia del rey. Se produjo un breve y cómico interludio cuando un granjero se presentó a decir que había reñido con su vecino por un pequeño molino de viento, levantado en las lindes de ambas propiedades.

—Y como no pudimos ponernos de acuerdo, señor, pensamos que el rey había puesto a salvo todo el país para poder poner molinos de viento, y por eso dije que vendría a vos, señor, para ver qué decíais.

El asunto se liquidó entre risas bonachonas, pero Morgana notó que Arturo no reía: escuchó con seriedad y pronunció su dictamen. Sólo cuando el hombre se retiró, entre muchas reverencias y frases de agradecimiento, se permitió sonreír.

—Cay, asegúrate de que ese hombre coma algo en las cocinas antes de iniciar el regreso; ha caminado mucho. —Suspiró—. ¿Quién es el próximo? Dios quiera que sea algo más adecuado para mí. ¿Acaso vendrán a pedirme consejo sobre la cría de caballos o algo así?

—Eso da a entender lo que piensan de su rey, Arturo —dijo Taliesin—. Pero tendríais que hacer que los señores locales también se hagan responsables de administrar justicia en vuestro nombre. —Levantó la cabeza para ver al siguiente demandante—. Pero esto parece más digno de la atención real, pues se trata de una mujer y no dudo que está en dificultades.

Arturo le indicó por señas que se aproximara. Era una mujer joven y con aplomo, educada en la altanería de las cortes. Su único acompañante era un enano menudo y feo, pero de buena musculatura, que portaba un hacha corta y poderosa.

Después de hacer una reverencia al rey, contó su historia. Servía a una señora que había quedado sola en el mundo, como tantas otras después de la guerra; sus propiedades estaban en el norte, cerca de la antigua muralla romana, y la mayoría estaba en ruinas. Pero una banda de cinco hermanos rufianes había fortificado cinco de los castillos y estaban asolando los alrededores. Ahora uno de ellos, que se hacía llamar el Caballero Rojo de las Rojas Tierras, había puesto sitio a su señora. Y sus hermanos eran aún peores.

—¡ Ja! ¡El Caballero Rojo! —dijo Gawaine—. Lo conozco. Combatí contra él en mi última visita a Lot y casi no logré salir con vida. Convendría enviar a un ejército para expulsar a esos individuos, Arturo. En esa parte del mundo no hay ley.

El monarca asintió, ceñudo, pero el joven Gareth se puso de pie.

—Eso está dentro del país de mi padre, mi señor Arturo. Me prometisteis una gesta; enviadme en socorro de esta señora.

La joven, al observar su rostro lampiño y la túnica de seda blanca que se había puesto para la ceremonia, rompió a reír.

—¿Vos? ¡Pero si sois un niño! —Luego irguió la espalda—. Mi rey y señor: vine a pediros uno de vuestros grandes caballeros, cuya reputación de combatiente intimidara a ese Caballero Rojo: Gawaine. Lanzarote o Balin. ¿Vais a permitir que vuestro mozo de cocina se burle de mí, señor?

—Mi compañero Gareth no es un mozo de cocina, señora —dijo Arturo—. Es hermano del señor Gawaine, a quien promete igualar o superar. En verdad le prometí una gesta, y lo enviaré contigo. Gareth, te encomiendo acompañar a esta señora, protegerla de todo peligro durante el viaje y ayudar a su señora a organizar la defensa de su país contra los villanos. Si necesitas ayuda puedes enviarme un mensajero. Señora, te asigno a un buen hombre.

Ella no se atrevió a contestarle, pero miró a Gareth con fiereza y se retiró tempestuosamente.

Lanzarote apuntó en voz baja:

—Es joven para esto, señor. ¿No tendríais que enviar a alguien más experimentado?

Arturo negó con la cabeza.

—En verdad creo que Gareth puede hacerlo. Y no quiero que haya preferencias entre mis caballeros. Esa señora tendrá que conformarse con que uno de ellos vaya en ayuda de su pueblo. ¿Hay algún otro demandante?

—Uno más, mi señor Arturo —dijo Viviana en voz baja.

Y se levantó de entre las damas de la reina. Morgana iba a acompañarla, pero se lo impidió con un gesto. Parecía más alta de lo que era, en parte porque se mantenía muy erguida y en parte por el encantamiento de Avalón. De uno de sus costados pendía la pequeña hoz de las sacerdotisas; en su frente brillaba la marca de la Diosa: la media luna azul.

Arturo la observó un momento, asombrado. Al reconocerla le indicó por un gesto que se adelantara.

—Hacía tiempo que no honrabas a la corte con tu presencia, Dama de Avalón. Ven a sentarte a mi lado y dime cómo puedo servirte.

—Honrando a Avalón, como jurasteis —dijo Viviana, con voz grave y muy clara, que resonó en todos los rincones—-. Mi rey: os pido que miréis la espada que lleváis. Pensad en los que os la pusieron en las manos y en lo que jurasteis...

En años posteriores, al discutirse lo sucedido entre los cientos de personas que estaban presentes aquel día, no habría dos que pudieran ponerse de acuerdo sobre lo que aconteció primero. Morgana vio que Balin se levantaba para arrojarse hacia delante, y una mano arrebató la gran hacha que Meleagrant había dejado apoyada en el trono. Luego hubo un forcejeo y un grito. Y oyó su alarido mientras el hacha descendía en un torbellino. Pero no vio el golpe: sólo las trenzas blancas de Viviana, súbitamente rojas de sangre, mientras la Dama se derrumbaba sin una exclamación.

El salón se llenó de voces. Lanzarote y Gawaine sujetaban a Balin, que se debatía. Morgana corrió hacia ellos, con su puñal en la mano, pero Kevin la retuvo, apretándole la muñeca con sus dedos torcidos.

—No, Morgana, no, es demasiado tarde —dijo con la voz enronquecida por los sollozos—. ¡Ceridwen, Madre Diosa! No, no la mires, Morgana...

Trató de apartarla, pero ella se mantuvo allí, como si se hubiera convertido en piedra, oyendo las obscenidades que Balin aullaba a todo pulmón.

Cay dijo abruptamente:

—¡Atended al señor Taliesin!

El anciano se había deslizado de su asiento, desvanecido. Cay se agachó para sostenerlo. Luego, murmurando una palabra de disculpa, cogió la copa del rey y vertió un poco de vino por la garganta del anciano. Kevin soltó a Morgana para acercarse torpemente a Taliesin. Ella no pudo dar un solo paso. Miraba fijamente al anciano desmayado, para no ver el horrible charco rojo en el suelo, que iba empapando túnicas, pelo y manto. En el último instante Viviana había asido su pequeña hoz y la tenía en la mano, manchada de sangre. Su cráneo estaba partido en dos y había tanta sangre, tanta... «Sangre en el trono, como la de un animal para el sacrificio, a los pies del trono de Arturo...»

Por fin el rey recuperó la voz.

—¡Qué has hecho, condenado! —dijo, ronco—. Esto es homicidio a sangre fría, ante el mismo trono de tu rey.

—¿Homicidio, decís? —gritó Balin—. Sí, era la asesina más sucia de este reino. Merecía dos veces la muerte. ¡He librado a vuestro país de una maligna y perversa hechicera, mi rey!

Arturo lo miró con más cólera que dolor.

—¡La Dama del Lago era mi amiga y mi benefactora! ¿Cómo osas hablar así de mi tía, la que me ayudó a subir al trono?

—Pongo al señor Lanzarote como testigo. ¡Que os diga si ella no causó la muerte de mi madre! Se llamaba Priscila y era una cristiana devota. Y ella la mató con brujerías. —Gesticulaba y lloraba como un niño—. Mató a mi madre, os digo, y la he vengado como corresponde a un caballero.

Lanzarote cerró los ojos, horrorizado, pero sin llorar.

—¡Mi señor Arturo! La vida de este hombre me pertenece. Permitid que vengue a mi madre aquí mismo.

—Y a la hermana de mi madre —añadió Gawaine.

—Y de la mía —se sumó Gaheris.

Morgana salió de su trance.

—¡No, Arturo! —gritó—. ¡Es mío! Ha matado a la Dama. Que una mujer de Avalón vengue la sangre de Avalón. ¡Mirad al señor Taliesin, que yace exánime! Es posible que haya matado también a nuestro abuelo.

—Hermana, hermana... —Arturo le ofreció la mano—. No, no, dame tu daga...

Morgana negó con la cabeza, con el puñal todavía en la mano. Taliesin se levantó súbitamente para quitársela con dedos temblorosos.

—No, Morgana. Basta de sangre... ya es demasiada... La suya ha sido derramada en este salón como sacrificio por Avalón.

—¡Sacrificio! ¡Sí, se la ha sacrificado a Dios, que fulminará a todos estos hechiceros y a sus malditos dioses! —gritó Balin, frenético—. Dejadme a esos también, mi señor Arturo. Purgad esta corte de toda esta estirpe de perversos magos...

Se debatía tan violentamente que Lanzarote y Gawaine apenas podían sujetarlo. Cay se acercó a prestarles ayuda para arrojarlo ante el trono.

—¡Quieto! —ordenó Lanzarote—. Te lo advierto: levanta una mano contra Taliesin o Morgana y te arrancaré la cabeza, sin importar lo que el rey diga... Sí, mi señor Arturo; estoy dispuesto a morir después a vuestras manos, si así lo queréis. —En su cara había angustia y desesperación.

—Mi señor —aulló Balin—, os lo ruego, dejadme matar a todos estos hechiceros, en el nombre del Cristo que los odia...

Lanzarote lo golpeó con fuerza en la boca; el hombre lanzó una exclamación ahogada y quedó mudo, chorreando sangre por un labio cortado.

—Con vuestra venia, mi señor. —El caballero del lago se quitó el rico manto para cubrir delicadamente el horrible cadáver de su madre.

Una vez que el cuerpo estuvo oculto, Arturo pareció respirar con más facilidad. Sólo Morgana seguía contemplando el bulto inerte. «Sangre, sangre a los pies del trono del rey. Sangre vertida sobre el hogar...» De algún modo creyó oír el grito de Cuervo.

Arturo dijo en voz baja:

—Atended a la señora Morgana, que va a desmayarse.

Morgana sintió que unas manos la ayudaban delicadamente a sentarse: alguien le acercó una copa a los labios. Iba a rechazarlo, pero le pareció oír la voz de Viviana: «Bebe. Una sacerdotisa debe conservar su fuerza y su voluntad.» Bebió, obediente, mientras oía la voz severa y solemne de Arturo.

—Balín: cualesquiera que fuesen tus razones... No, basta, ni una palabra... estás loco o eres un asesino a sangre fría. Digas lo que digas, has matado a mi tía y desenvainado el acero ante tu gran rey en el día de Pentecostés. Aun así no te haré ejecutar aquí. Envaina tu espada, Lanzarote.

El caballero del lago obedeció, diciendo:

—Haré lo que mandáis, mi señor. Pero si no castigáis este homicidio, os ruego que me permitáis abandonar la corte.

—Lo castigaré, sí —aseveró Arturo, ceñudo—. ¿Estás lo bastante cuerdo para escucharme, Balin? He aquí tu condena: te expulso para siempre de esta corte. Que se prepare el cuerpo de la Dama y sea puesto en una carroza fúnebre. Te encargo llevarlo a Glastonbury. Allí contarás tu historia al arzobispo y cumplirás la penitencia que te imponga. Has hablado de Dios y de Cristo, pero ningún rey cristiano permite que se ejecute una venganza privada ante el trono de la justicia. ¿Oyes lo que te digo, Balin, tú que fuiste caballero y uno de mis compañeros?

Balin agachó la cabeza. Tenía la nariz rota por el golpe de Lanzarote; chorreaba sangre por la boca y hablaba con dificultad.

—Os escucho, mi rey y señor. Allá iré. —Y se sentó con la cabeza baja.

Arturo hizo un gesto a los criados.

—Por favor, que alguien retire este pobre cuerpo.

Morgana se desprendió de las manos que la sostenían para arrodillarse junto a Viviana.

—Os lo imploro, mi señor: permitidme prepararla para la sepultura.

Y luchó por contener las lágrimas. Eso no era Viviana, esa cosa muerta, esa mano que todavía, como una garra encogida, aferraba la hoz de Avalón. Recogió la herramienta y, después de besarla, se la guardó en el cinturón. Sólo conservaría eso.

«Gran madre misericordiosa, sabía que no podríamos ir juntas a Avalón...»

No iba a llorar. Lanzarote murmuró a su lado:

—Menos mal que Balan no está aquí; perder a la vez a su madre y a su hermano de leche en un momento de locura... Pero si hubiera estado aquí, tal vez esto no habría sucedido. ¿Existe un Dios, existe la misericordia?

Una parte de Morgana, dolorida ante aquella angustia, quería abrazar a Lanzarote, consolarlo, permitirle llorar. Pero también sentía ira: había desafiado a su madre; ¿cómo se atrevía ahora a llorarla?

Taliesin se arrodilló junto a ellos para decirles, con su voz vieja y quebrada:

—Permitidme ayudar, hijos. Es mi derecho.

Y se hicieron a un lado mientras inclinaba la cabeza para murmurar una antigua oración de tránsito.

Arturo se puso de pie.

—Por hoy se acabó el festín. Terminad vuestra comida y retiraos en silencio.

Y bajó lentamente hacia el cadáver. En el aturdimiento del dolor, Morgana sintió que le apoyaba una mano en el hombro. Oyó que los otros invitados abandonaban sin ruido el salón, uno tras otro. Y entre el rumor se elevó el suave sonido de un arpa. Sólo había en Britania unas manos que tocaran así. Entonces cedió por fin: las lágrimas brotaron a raudales mientras Kevin tocaba la endecha por la Dama.

Y a su compás, Viviana, sacerdotisa de Avalón, fue retirada lentamente del gran salón de Camelot. Morgana, que caminaba a su lado, se volvió una sola vez para mirar atrás, la mesa redonda y la figura solitaria y encorvada de Arturo, que estaba junto al arpista. Entonces pensó, a pesar de su dolor: «Viviana nunca entregó a Arturo el mensaje de Avalón. Éste es el salón de un rey cristiano. Y ahora no habrá quien diga otra cosa. ¡Cómo se regocijaría Ginebra, si lo supiera!»

Arturo tenía las manos extendidas, quizá rezaba. Morgana le vio en las muñecas las serpientes tatuadas y pensó en el joven que había ido a ella, con la sangre del Macho rey en las manos y la cara. Por un momento creyó oír la voz burlona de la reina d pueblo de las hadas.

Un momento después sólo quedaba el angustioso larnent del arpa y los sollozos de Lanzarote, a su lado, mientras Viviana iba hacia su descanso.

HABLA MORGANA...

Iba tras el cuerpo de Viviana, llorando por segunda vez desde que tenía memoria.

Y más tarde, aquella noche, reñí con Kevin.

Ayudada por las damas de la reina, preparé el cuerpo para el entierro. Ginebra envió lienzo, especias y terciopelo, pero no se presentó. Era mejor así: una sacerdotisa de Avalan tenía que ser amortajada por otras sacerdotisas. Cuando terminé, Kevin vino a velar el cadáver.

He hecho que Taliesin se acostara. Ahora, como Merlín de Britania, tengo tal autoridad. Es muy anciano y frágil; fue un milagro que hoy no le fallara el corazón. Temo que no la sobreviva mucho tiempo. —y agregó—: Ahora Balín guarda silencio; tal vez sabe lo que hizo, pero fue un ataque de locura. Está listo para acompañar al cuerpo hasta Glastonbury y cumplir la penitencia que el arzobispo imponga.

Lo miré fijamente, indignada:

¿ Y eso te conforma ? ¿ Que ella caiga en manos de la Iglesia ? Lo que hagan con el homicida no me importa, pero Viviana tiene que ir a Avalón.

Tragué saliva con dificultad, para no volver a llorar: teníamos que haber vuelto juntas. Kevin dijo, en voz baja:

Arturo ha decretado que se la entierre en Glastonbury, delante de la iglesia, a la vista de todos.

Sacudí la cabeza, incrédula. ¿Acaso habían enloquecido todos ?

Viviana tiene que descansar en Avalan dije—, donde se ha sepultado a todas las sacerdotisas de la Madre desde el comienzo de los tiempos. ¡Y era la Dama del Lago!

También era la amiga y benefactora de Arturo observo Kevin—. Quiere que su tumba se convierta en lugar de peregrinaje. Alzó una mano para impedirme hablar—. No, Morgana, escúchame: hay razón en lo que dice. En todo el reinado de Arturo no se ha cometido ningún crimen tan grave. No puede esconder su sepultura, fuera de la vista y de la memoria. Es preciso enterrarla donde todos sepan de la justicia del rey y de la Iglesia.

¡Y tú lo permitirás!

—No soy yo quien tiene que permitir o prohibir, queridísimo Arturo es el gran rey y en este país se hace su voluntad.

—¿Y Taliesin calla? ¿O por eso le mandaste descansar? para que no estorbe mientras cometes esta blasfemia con la connivencia del rey? ¿Vas a permitir que sepulten a Viviana con ritos cristianos, a ella, que era la Dama del Lago? Viviana me escogió para que ¡a sucediera y yo lo prohíbo. Lo prohíbo, ¿me oyes?

Kevin dijo muy quedo:

Escúchame, querida: Viviana murió sin designar sucesora.

Estabas presente el día que dijo que sería yo.

Pero no estabas en Avalan cuando murió y has renunciado a ese lugar.

Sus palabras me cayeron sobre la cabeza como lluvia fría, haciéndome estremecer. Él miraba fijamente el catafalco y el cadáver cubierto.

Viviana murió sin designar sucesora dijo—. Por lo tanto me corresponde a mí, Merlín de Britania, decidir qué se hará. Y si Arturo lo quiere así, sólo la Dama del Lago podría oponerse a mi decisión... y con tu perdón, querida, ahora no hay en Avalón ninguna Dama del Lago. Creo que el rey tiene buenos motivos para obrar así. Viviana dedicó toda su vida a lograr el pacífico imperio de la ley en este país...

¡Vino para reprochar a Arturo que hubiera abandonado a Avalón! grité desesperada—. ¡Murió sin cumplir con su misión! Y ahora pretendes que descanse en suelo cristiano, bajo el tañido de esas campanas, para que triunfen sobre ella tanto en la vida como en la muerte.

¡Morgana, pobre niña! Kevin me abrió los brazos—. Yo también la amaba, créeme. Pero ha muerto. Fue una gran mujer y dedicó su vida a esta tierra: ¿crees que importa dónde yazga su vaina vacía? ¿Crees que se opondría a que su cuerpo descansara donde mejor pudiera servir a sus fines de justicia?

Su voz envolvente y melodiosa era tan elocuente que vacilé por un momento. Viviana ya no existía. Solamente los cristianos daban tanta importancia a descansar en suelo consagrado, como si no fuera sagrada toda la tierra, que es el pecho de la Madre. Habría querido caer en sus brazos y llorar entre ellos por la única madre que había conocido, por el final de mis esperanzas de volver con ella a Avalón, por el desastre de mi vida…

Pero lo que dijo entonces me hizo retroceder con espanto.

Viviana era anciana y vivió siempre en Avalón, fuera del mundo real. Yo he tenido que vivir, como Arturo, en el mundo donde se libran las batallas v se toman verdaderas decisiones Escúchame, queridísima: ya es demasiado tarde para exigir que Arturo respete su compromiso con Avalón. El tiempo pasa el tañer de las campanas cubre esta tierra y la gente está contenta con que así sean las cosas. ¿Quiénes somos nosotros para negar que sea esa la voluntad de los dioses que están más allá de los dioses ? Lo queramos o no, amor mío, éste es un país cristiano. Los que honramos la memoria de Viviana no le haremos ningún bien divulgando que vino a presentar al rey una exigencia imposible.

¿Una exigencia imposible? Aparté bruscamente las manos—. ¿Cómo te atreves?

Escucha la voz de la razón, Morgana...

¡No es razón sino traición! Si Taliesin lo oyera...

Repito lo que le he oído decirseñaló delicadamente—. Viviana consiguió crear un país en paz, sea cristiano o druida. Sobre todos se hará la voluntad de la Diosa, comoquiera que la llamen los hombres. Tal vez fuera voluntad de la Diosa que Viviana cayera antes de dividir otra vez el país. Si Balín no la hubiera derribado, yo mismo me habría pronunciado contra lo que pedía... y creo que también Taliesin.

¿Cómo osas poner palabras en su boca?

El mismo Taliesin me nombró Merlín de Britania. Obviamente confiaba en que actuaría por él cuando ya no pudiera hablar por sí mismo.

¡Sólo me falta oírte decir que te has convertido al cristianismo!

Su voz sonó tan dulce que estuve a punto de llorar.

¿De verdad crees que habría mucha diferencia, Morgana?

Me arrodille ante él, como lo había hecho un año atrás, y apoyé su mano quebrada en mi pecho.

Te he amado, Kevin. Por ese amor te ruego que seas ahora fiel a Avalón y a la memoria de Viviana. Ven esta noche conmigo. No cometas esta traición. Acompáñame a Avalón, para que la Dama del Lago descanse con las otras sacerdotisas.

Se inclinó hacia mí con angustiada ternura.

No puedo, Morgana. ¿No quieres serenarte y escuchar la voz de la razón ?

Me levanté, desprendiéndome de su débil puño, y alcé los brazos para invocar el poder de la Diosa. Oí mi voz palpitante de poder sacerdotal.

¡Kevin! En el nombre de la que a ti vino, en el nombre de la virilidad que te ha dado, te impongo obediencia. No debes fidelidad a Arturo ni a Britania, sino sólo a la Diosa y a tus votos. ¡Ven ya, abandona este lugar! ¡Ven conmigo a Avalón llevando su cuerpo!

Vi en las sombras el resplandor de la Diosa a mi alrededor. Kevin cayó de rodillas, estremecido. Se disponía a obedecer.

Y no sé qué sucedió entonces. Tal vez pensé: «No, no soy digna. He repudiado a Avalón. ¿Con qué derecho me impongo al Merlín de Britania?» Y el hechizo se quebró. Kevin hizo un gesto duro y abrupto. Se levantó con torpeza.

¡No me des órdenes, mujer! Antes bien, tendrías que ponerte de rodillas ante mí. Y me empujó con las dos manos—. ¡No vuelvas a tentarme!

Me volvió la espalda y se fue cojeando; las sombras dibujaban movimientos deformes y ondulantes en el muro. Lo seguí con la mirada, tan herida que no podía siquiera llorar.

Cuatro días después Viviana fue sepultada en la isla Sagrada de Glastonbury, con todos los ritos eclesiásticos. Pero yo no fui.

Juré que nunca pondría un pie en esa isla de los Sacerdotes.

Arturo la lloró sinceramente y construyó para ella una gran tumba y un montículo funerario, jurando que algún día él y Ginebra descansarían a su lado.

En cuanto a Balín, el arzobispo Patricio le impuso un peregrinaje a Roma y a Tierra Santa. Pero antes de que se fuera al exilio, Balan supo lo acontecido por Lanzarote y lo persiguió. Los dos hermanos de leche pelearon hasta que Balín murió en el acto, de una sola estocada. Pero Balan cogió frío en las heridas y no llegó a sobrevivirlo veinticuatro horas. Así fue vengada Viviana, como dice la canción que compusieron sobre el tema. Pero ¿qué importaba, si yacía en una sepultura cristiana ?

Y yo... no supe siquiera quién había sido elegida Dama del Lago, pues no podía volver a Avalón.

Tendría que haber acudido a Taliesin e implorarle de rodillas, que me llevara allá consigo, para purgar todas mis faltas y volver al templo de la Diosa. Pero antes de que terminara el verano también Taliesin se fue. Creo que nunca llegó a comprender que Viviana había muerto, pues hablaba corno si ella fuera a venir pronto para acompañarlo a Avalón. También hablaba de mi madre como si viviera en la Casa de las doncellas, niña todavía. En las postrimerías del verano murió apaciblemente y fue sepultado en Camelot. Incluso el obispo lamentó la pérdida de un hombre sabio e instruido.

El invierno siguiente supimos que Meleagrant se había impuesto como rey en el país del Estío. Al llegar la primavera cuando Arturo estaba lejos, cumpliendo una misión en el sur, y Lanzarote había ido al castillo de Caerleon, Meleagrant envió a un mensajero bajo bandera de tregua, suplicando a su hermana Ginebra que lo visitara a fin de discutir el gobierno del país sobre el cual ambos tenían derecho.

4

—Me sentiría más tranquilo, y creo que también mi rey y señor, si Lanzarote estuviera aquí para acompañaros —advirtió Cay—. En Pentecostés ese hombre quiso exhibir las armas delante de su señor y no quiso esperar la justicia real. Aunque sea vuestro hermano, no me gusta que vayáis allí sola con una dama y un chambelán.

—No es mi hermano —corrigió Ginebra—. Su madre fue amante del rey, pero él la abandonó al descubrirla con otro hombre. Ella aseguraba que Leodegranz era el padre de su hijo, pero él nunca lo reconoció. Si fuera honorable podría ser regente, pero no permitiré que saque provecho de una mentira.

—¿Vais a poneros en sus manos, Ginebra? —preguntó serenamente Morgana.

La reina los miró a ambos cabeceando. ¿Era posible que aquella mujer fuera siempre tan impasible?

—No confío en él, por supuesto. Pero piensa, Morgana: su reclamación se basa en el hecho de que es mi hermano. Si me ofendiera de algún modo, si no me honrara como a una hermana, esa reclamación resultaría falsa. Por eso va a recibirme como a hermana y reina, ¿comprendes?

Morgana se encogió de hombros.

—Yo no confiaría en él lo más mínimo.

—Sin duda tu hechicería te permite saber lo que podría suceder si yo actuara así.

La sacerdotisa dijo, indiferente:

—No se requiere de hechicerías para saber que un villano es un villano, ni una sabiduría sobrenatural para no poner el oro cerca de un ladrón.

Cuando Morgana decía algo, Ginebra se sentía impulsada a nacer justamente lo contrario; tenía la sensación de que la creía necia, incapaz hasta de atarse los zapatos. La verdad era n apenas se atrevía a mirarla a los ojos desde aquel malhadado Beltane del año anterior, en que le había pedido un encantamiento contra la esterilidad. Cada vez que la veía pensaba que su cuñada también tenía que recordarlo.

«Dios me castiga por comerciar con brujerías, o quizá por aquella noche pecaminosa.» Y corno le sucedía siempre, el re cuerdo le encendió todo el cuerpo con una mezcla de placer v vergüenza. ; Ah, era fácil atribuir aquello a la borrachera de los tres, excusarse pensando que se había hecho con el consentimiento de Arturo y hasta por su insistencia! Aun así era un grave pecado de adulterio.

Después de aquella noche apenas podían mirarse a los ojos Él debía de despreciarla por desvergonzada y adúltera, pero ella lo deseaba con terrible desesperación. Y desde Pentecostés Lanzarote apenas iba a la corte.

—Es una pena que Lanzarote no esté aquí —dijo Cay—. ¿Quién debería acompañar a la reina en una misión de ese tipo, sino su campeón y protector?

—Si estuviera aquí habría ajustado cuentas con Meleagrant con unas palabras —apuntó Morgana—. Pero de nada sirve lamentarse. ¿Quieres que te acompañe para protegerte, Ginebra?

—¡Maldita sea! —exclamó la reina—. No soy una criatura que no pueda moverse sin niñera. Iré con el señor Lucano, mi chambelán, y llevaré a Bracea para que me vista y me peine, por si tengo que quedarme más de una noche. ¿Qué más puedo necesitar?

—Tendríais que ir con una escolta adecuada a vuestro rango. En la corte quedan algunos de los caballeros.

—Que venga Héctor, el padre adoptivo de Arturo —decidió Ginebra—. Es de alta cuna y veterano de muchas guerras.

Morgana negó con la cabeza, impaciente.

—El anciano Héctor, Lucano, que perdió un brazo en Monte Badon... Tienes que llevar una escolta de buenos combatientes que puedan protegerte, por si ese hombre tiene pensado retenerte para pedir rescate o algo peor.

Ginebra repitió pacientemente:

—Si no me trata como a una hermana, su reclamación pierde valor. ¿Y qué hombre amenazaría a su hermana?

—No sé si Meleagrant es tan buen cristiano —dijo Morgana—, pero tú lo conoces mejor que yo.

—Hablaré con él; si me parece honrado, luchador y capaz de mantener la paz en el reino, y si está dispuesto a jurar lealtad mi señor Arturo, puede reinar en la isla. Un hombre puede ser buen rey aunque no sepa hablar con las señoras ni comportarse en los salones.

—Me maravilla que lo digas. Por el modo en que elogias a mi primo Lanzarote, se diría que nadie te parece buen caballero menos que sea apuesto y hábil en cuestiones cortesanas.

Ginebra no estaba dispuesta a discutir con ella.

—Bueno, hermana, aprecio mucho a Gawaine, aunque tropieza con sus pies y no sabe qué decir a las mujeres. También Meleagrant podría ser un diamante en bruto; para eso voy: para juzgar por mí misma.

A la mañana siguiente la reina se puso en marcha con una escolta de seis caballeros, Héctor, el veterano Lucano, la doncella y un paje de nueve años. Desde su boda con Arturo no había visitado el hogar de su infancia. No estaba lejos: unas cuantas leguas colina abajo hasta las costas del lago. Allí esperaban dos barcas adornadas con los estandartes de su padre. Era muy arrogante por parte de Meleagrant utilizarlos sin permiso, pero quizás el hombre se consideraba sinceramente heredero de Leodegranz. Y hasta podía ser cierto.

Él mismo estaba en el embarcadero y saludó a su ilustre hermana con una reverencia; luego la condujo hacia su embarcación, la más pequeña de las dos. Ginebra nunca supo cómo fue separada de su escolta, excepto del pequeño paje.

—Los sirvientes de mi señora pueden ir en la otra barca. Aquí, yo mismo seré vuestra escolta —dijo cogiéndola del brazo.

Esa familiaridad la disgustó, pero tenía que comportarse con diplomacia y no hacerle enfadar. En el último momento, con una pasajera sensación de pánico, señaló al señor Héctor.

—Quiero a mi chambelán conmigo —insistió.

Meleagrant sonrió, con el rostro arrebolado.

—Como lo desee mi hermana y reina.

Y dejó que Héctor y Lucano subieran con ella a la embarcación menor. Mientras se afanaba en extender una manta para que ella se sentara, los remeros bogaron por el lago. Era poco profundo y estaba lleno de hierbas; en algunas estaciones se secaba. Y de Pronto Ginebra sintió un ataque del antiguo terror y se aferró al asiento con las dos manos; por un momento temió vomitar, apartándose de Meleagrant tanto como se lo permitían las dimensiones del banco. Se habría sentido más a gusto junto a Héctor, cuya Presencia era serena y paternal. Reparó en la gran hacha que el gigante llevaba sujeta bajo el cinturón; era como la que había dejado junto al trono, la que Balin usó para matar a Viviana.

Meleagrant se inclinó hacia ella, asqueándola con su fuerte aliento.

—¿Mi hermana está mareada? No creo que os moleste el movimiento de la barca. Hay tanta calma...

Ginebra se apartó, luchando por dominarse. Estaba en medio del agua, con la única protección de dos ancianos, rodeada sólo de agua, hierba y un horizonte de juncos. ¿Por qué había ido? ¿Por qué no estaba en su jardín amurallado de Camelot? Allí estaba bajo el cielo abierto, sin la menor seguridad, y se encontraba enferma, desnuda y vulnerable.

—Pronto estaremos en la orilla —dijo Meleagrant—. Por si deseáis descansar antes de atender nuestro asunto, hermana, os he preparado las habitaciones de la reina...

La barca rozó la costa. Allí estaba el viejo sendero que serpenteaba hacia el castillo, y el muro donde se había sentado aquella tarde para ver a Lanzarote, que corría entre los caballos. Alargó subrepticiamente una mano para tocar la pared y, al sentirla firme y sólida, cruzó la puerta con alivio.

El viejo salón parecía más pequeño: en Caerleon y Camelot se había acostumbrado a espacios más amplios. Todo tenía un aspecto de descuido: pieles raídas y grasientas, suelos sin barrer, agrio olor a sudor. Aunque arrugó la nariz, el alivio de estar nuevamente entre muros hizo que no le importara. Luego se preguntó dónde estaría su escolta.

—¿Queréis descansar y refrescaros, hermana? ¿Os acompaño a vuestras habitaciones?

Ginebra sonrió:

—No voy a quedarme tanto tiempo como para considerarlas mías, aunque en verdad me gustaría lavarme un poco. ¿Queréis mandar por mi doncella? Si pensáis ser regente, Meleagrant, necesitáis una esposa.

—Hay tiempo para eso —contestó—. Pero os conduciré a las habitaciones que he preparado para mi reina.

Subió por la antigua escalera, que también estaba mal conservada; a Ginebra ya no le parecía tan buena idea nombrarlo regente. Sus soldados tenían un aspecto aún más rufianesco y no se veía a ninguna mujer. Empezaban a invadirla vagos reparos; quizá no había sido prudente llegar sola, no insistir en hacerse acompañar por su escolta en todo momento.

Se volvió en mitad de la escalera para decir:

—Por favor, quiero que mi chambelán me acompañe. ¡ Y necesito inmediatamente a mi doncella!

—Como mi señora desee.

El hombre sonrió de oreja a oreja. Tenía los dientes muy reos, amarillos y manchados. «Es como una bestia salvaje», pensó, apretándose contra el muro, aterrorizada. Pero recurrió a cierta reserva de fortaleza interior para decir:

Ahora mismo, por favor. Si no llamáis al señor Héctor hablaré inmediatamente al salón hasta que llegue mi doncella. No es decoroso que la reina de Arturo esté sola con un desconocido...

—¿Aunque sea su hermano? —preguntó Meleagrant.

Pero Ginebra vio que Héctor había entrado en el salón.

¡Padre tutelar! Acompañadme, por favor. ¡Y mandad al señor Lucano en busca de mi criada!

El anciano subió lentamente tras ellos y Ginebra alargó el brazo para apoyarse en él. Meleagrant no parecía muy complacido. Cuando llegaron arriba, abrió la puerta de la alcoba que había ocupado Alienor, junto a la de Ginebra, una habitación trasera, más pequeña. El interior olía a aire viciado y húmedo. Meleagrant la empujó dentro y cerró tras ella, con un fuerte portazo. Mientras caía de rodillas, la reina oyó el ruido de la tranca al descender. Cuando pudo levantarse estaba sola en la habitación. Por más que aporreó la puerta no se oyó ningún sonido.

Morgana había acertado. ¿Habrían matado a toda su escolta, a Héctor, a Lucano? La habitación de Alienor estaba fría y húmeda; sólo quedaban unas sábanas harapientas en el gran lecho y la paja olía mal. Allí continuaba el viejo arcón tallado, pero vacío y con las tallas grasientas. El hogar estaba lleno de cenizas, como si no lo hubieran encendido en muchos años.

Ginebra llamó a la puerta y gritó hasta que le dolieron las manos y la garganta. Estaba hambrienta, exhausta y asqueada por el olor y la suciedad del ambiente. Pero la puerta no cedía. Y la ventana era demasiado pequeña para escapar; además, la distancia hasta el suelo superaba las tres varas y media. Estaba prisionera. Por la ventana sólo se veía un patio de establo, por donde se paseaba una solitaria vaca que mugía de vez en cuando.

Las horas pasaron lentamente. Ginebra tuvo que aceptar que no podría salir de allí por sus propios medios y tampoco atraer a nadie que pudiera liberarla. Sus acompañantes habían desaparecido, muertos o hechos prisioneros; en todo caso, les era imposible acudir en su auxilio. Se encontraba sola a merced de un hombre que, probablemente, la utilizaría como rehén para obtener de Arturo alguna concesión.

Probablemente, no corría peligro. Tal como había dicho Morgana. su reclamación se basaba en el hecho de ser el único hijo varón superviviente, aunque bastardo. No obstante, la aterrorizaba pensar en su sonrisa rapaz y su físico enorme. Bien podía abusar de ella o tratar de obligarla a reconocerlo corno regente del país.

El día pasó con lentitud. El sol que entraba por la estrecha ventana cruzó la habitación hasta desaparecer; empezaba a caer la oscuridad. Ginebra entró en la pequeña alcoba interior que había ocupado cuando era niña. El espacio oscuro, no mayor que un armario, le pareció reconfortante y seguro, aunque estaba sucio, con la paja del lecho enmohecida. Allí se acostó, envuelta en su capa y con el pesado arcón de Alienor apoyado contra la puerta. Había descubierto que Meleagrant le inspiraba mucho miedo y sus soldados, aún más.

No le haría daño, sin duda, pues su único poder de negociación radicaba en mantenerla sana y salva. Arturo lo mataría si le hiciera el menor rasguño. Pero en su angustia se preguntó si realmente sería así. Aunque durante todos aquellos años la había tratado con bondad y amor, tal vez no lamentara liberarse de una esposa que no podía darle un hijo y que, por añadidura, estaba enamorada de otro hombre. Y Meleagrant, ¿qué planeaba? Muerta ella, nadie reclamaría el trono. Tal vez pensaba matarla o dejarla morir de hambre.

La noche pasó lentamente. Oyó ruido de hombres y caballos en el patio del establo, pero desde la ventana sólo se veían una o dos antorchas. Pese a sus gritos, nadie levantó la vista ni le prestó la menor atención. Más tarde, mientras dormitaba acosada por las pesadillas, despertó sobresaltada: había creído oír que Morgana la llamaba por su nombre. Pero estaba sola.

«Morgana, Morgana, si puedes verme con tus brujerías, di a mi señor que Meleagrant es falso, que era una trampa.» Luego, pensando que Dios no se enfadaría con ella por buscar ayuda en la hechicería de su cuñada, empezó a rezar en murmullos hasta que la monotonía de sus oraciones la hizo dormir otra vez.

Entonces durmió pesadamente, sin soñar. Al despertar, con la boca seca, cayó en la cuenta de que ya era pleno día y que seguía prisionera en aquellas habitaciones desiertas y mugrientas. Tenía hambre y sed, aunque le asqueaba el olor, no sólo de la paja mohosa, sino del rincón que había tenido que usar como letrina. ¿Cuánto tiempo la retendrían?

Pasó la mañana. Ginebra ya no tenía fuerzas ni valor para rezar. ¿Era ése el castigo por su culpa, por no haber sabido apreciar lo que tenía? Aunque había sido una esposa fiel, había deseado a otro hombre. Había recurrido a los encantamientos de su cuñada.

Y aun si Morgana pudiera saberla prisionera, gracias a su magia, ¿se molestaría en ayudarla? No tenía motivos para amarla en realidad, casi seguro que la despreciaba. ¿Había alguien a quién le importara la suerte que corriera?

Pasado el mediodía oyó, por fin. pisadas en la escalera. Se levantó de un salto para alejarse de la puerta, envolviéndose apretadamente en el manto. Quien entró fue Meleagrant. Al verlo, retrocedió aún más.

—¿Por qué me habéis hecho esto? —acusó—. ¿Dónde están mi doncella, mi paje y mi chambelán? ¿Qué ha sido de mi escolta? ¿Creéis que Arturo os permitirá gobernar esta región después de haber ofendido a su reina?

—No seréis su reina —respondió en voz baja—. Cuando haya terminado con vos ya no os querrá. En los viejos tiempos, señora, el rey de un país era el consorte de la reina; si os retengo hasta que me deis un hijo varón nadie discutirá mi derecho a gobernar.

—De mi no tendréis ningún hijo —respondió Ginebra, con una risa amarga—. Soy estéril.

—¡Bah! Os casasteis con un muchacho imberbe —replicó Meleagrant.

Y añadió algo más, una obscenidad que Ginebra no comprendió del todo.

—Arturo os matará.

—Que lo intente. Atacar una isla es más difícil de lo que creéis. Y quizá ya no le interese intentarlo, puesto que tendría que aceptaros nuevamente.

—No puedo casarme con vos —adujo ella—. Tengo marido.

—En mi reino a nadie le importará —aseveró Meleagrant—. Había mucha gente irritada por la autoridad de los curas, y yo les he librado de ellos expulsando a todos esos malditos. Gobierno según las leyes antiguas, según las cuales aquí reina vuestro hombre.

—No —susurró Ginebra, retrocediendo.

Pero Meleagrant la sujetó para acercarla.

—No eres de mi agrado —dijo brutalmente—. No me gusten las mujeres flacas, pálidas y feas. ¡Prefiero las que tienen carne sobre los huesos! Pero eres la hija del anciano Leodegranz, a menos que tu madre tuviera más agallas de las que yo le suponía. Por lo tanto...

Ginebra se debatió hasta liberar un brazo y lo golpeo con fuerza en la cara.

Él gritó, alcanzado por un codazo en la nariz, y la sacudió violentamente. Luego la golpeó en la mandíbula con el puño cerrado. Ginebra sintió que algo se rompía y notó gusto a sangre Meleagrant la golpeó una y otra vez con los puños, mientras ella levantaba los brazos para protegerse, aterrorizada.

—¡Basta ya! —chilló Meleagrant—. Ahora aprenderás quién manda.

Y la apretó con fuerza por la cintura.

—Oh, no... No, por favor... Por favor, no me hagáis daño Arturo os matará...

La única respuesta fue una obscenidad. Meleagrant la aferró por la muñeca para arrojarla a la paja sucia de la cama y se arrodilló junto a ella, tirando de su ropa. Ginebra se retorcía y gritaba un golpe más la dejó inmóvil, acurrucada en un rincón de la cama.

—¡Quítate la túnica! —le ordenó.

—¡No!

Se ciñó la ropa al cuerpo, pero el hombre le retorció la muñeca mientras le desgarraba deliberadamente el vestido hasta la cintura.

—¿Te lo quitas o quieres que lo haga jirones?

Estremecida, sollozando, con dedos temblorosos, Ginebra se quitó el vestido por la cabeza. Sin duda tendría que haber luchado, pero estaba muy asustada por los golpes. Meleagrant la tiró de un empujón y le abrió las piernas con mano brusca. Ginebra apenas se resistió, asqueada por el mal aliento y el grueso cuerpo velludo, y el gran falo carnoso se clavó dolorosamente en ella, empujando y empujando hasta hacerle pensar que la partiría en dos.

—¡No te apartes así, maldita! —gritó él, embistiendo violentamente.

Ginebra gritó de dolor y recibió otro golpe. Entonces permaneció inmóvil y, entre sollozos, le permitió hacer su voluntad. Aquello pareció durar una eternidad. Por fin, sintió que él se estremecía y empujaba con torturadora fuerza. Luego se echó a un lado, mientras ella trataba de respirar y de cubrirse con su ropa.

Meleagrant se levantó, tirando del cinturón, y le hizo un gesto.

—¿No me dejaréis en libertad? —suplicó Ginebra—. Prometo... Os prometo...

—¿Para qué? — inquirió con una sonrisa feroz—. Aquí estás y aquí te quedarás. ¿Necesitas algo? ¿Una túnica para reemplazar ésa?

Ginebra se puso de pie, compungida, exhausta, avergonzada descompuesta. Por fin dijo, trémula:

—Yo... ¿Podéis enviarme un poco de agua... y algo de comer? Y….—Ahora lloraba de vergüenza—. Y una bacinilla.

—Lo que mi señora desee —respondió Meleagrant, sarcástico. Y al salir volvió a dejarla encerrada.

Mas tarde una anciana encorvada le llevó un poco de carne asada grasienta, un trozo de pan de cebada y sendas jarras de agua y cerveza. También llevaba algunas mantas y una bacinilla. Ginebra le dijo:

—Si llevas un mensaje a mi señor Arturo te daré esto.

Le enseñó la peineta de oro que se había sacado del cabello. A la anciana se le iluminó la cara, pero luego apartó la vista, asustada, y salió del cuarto caminando de lado. Ginebra volvió a estallar en lágrimas.

Por fin recobró algo de calma. Después de comer y beber, trató de lavarse un poco. Se encontraba descompuesta y dolorida, pero lo peor era la sensación de haber sido utilizada, irrevocablemente mancillada. ¿Sería cierto lo que Meleagrant decía, que Arturo no volvería a recibirla? Era posible; de ser hombre, ella no habría aceptado nada que él hubiera utilizado.

Pero eso no era justo. No tenía ninguna culpa. La habían engañado, atrapándola contra su voluntad.

«Ah, pero es tan sólo lo que merezco, por no ser una esposa fiel, por amar a otro...» Se sentía enferma de culpa y vergüenza. Pero al cabo de un rato empezó a recobrar la compostura y a analizar su problema.

Estaba en el castillo de Meleagrant, el antiguo castillo de su padre. Había sido violada y se la retenía cautiva, y aquel hombre proclamaba su intención de reinar corno su consorte. Arturo no podía permitírselo; al margen de lo que pensara de ella, por su honor de gran rey tendría que declararle la guerra.

Y entonces tendría que enfrentarse a él y explicarle lo que había sucedido allí. Tal vez fuera más fácil matarse. «Tendría que haber resistido más. Arturo ha recibido grandes heridas en combate y yo..., por unos golpes dejé de pelear...» Le hubiera gustado ser hechicera, como Morgana, para convertirlo en cerdo. Pero ella no habría caído en sus manos, pues previo la trampa, y en todo caso habría usado su pequeño puñal, si no Para matarlo, quizá para hacerle perder el deseo y hasta la facultad de violar.

Después de comer y beber lo que pudo, se lavó y cepilló su vestido para limpiarlo. Una vez más empezaba a oscurecer.

No había esperanzas de que fueran a buscarla hasta que Meleagrant comenzara a jactarse de su obra, proclamándose consorte de la hija de Leodegranz. Sólo cuando Arturo regresar de las costas del sur comenzaría a sospechar que algo iba mal.

«¿Por qué no te escuché, Morgana? Tú me advertiste de que era un villano.» Por un momento creyó ver la cara pálida y desapasionada, serena y algo burlona, con tanta claridad que se frotó los ojos. ¿Morgana, riéndose de ella? No: era un efecto de la luz; ya había desaparecido.

«Ojalá pudiera verme con su magia; tal vez enviara a alguien... Pero no. no lo haría, me odia, se reiría de mi mala suerte.» De inmediato recordó que, aunque Morgana riera y se burlara, era bondadosa como nadie cuando había un problema grave. Tal vez no la odiara, después de todo.

El crepúsculo empezaba a oscurecer la habitación. Tendría que haber pedido algún tipo de luz. Iba a pasar su segunda noche prisionera y podía ser que Meleagrant regresara... La idea la aterrorizó; aún estaba dolorida por el brutal tratamiento: tenía la boca hinchada, moraduras en los hombros y, probablemente, también en la cara. Aunque cuando estaba sola podía pensar con mucha serenidad, buscando la manera de resistirse, quizá de ahuyentarlo, tenía la certeza de que, en cuanto la tocara, se acurrucaría de miedo, permitiéndole hacer su voluntad, sólo para evitar nuevos golpes.

¿Y cómo podría Arturo perdonarle que hubiera cedido como una cobarde, tras unas cuantas bofetadas? ¿Cómo podría honrarla como reina, seguir amándola, si se había dejado poseer por otro hombre?

No le había molestado con Lanzarote..., pero era su primo y su amigo más querido...

En el patio se produjo un alboroto. Ginebra se acercó a la ventana, pero sólo veía una esquina del patio, la misma vaca. En algún lugar oyó gritos, alaridos y entrechocar de armas, apagados por el grosor de los muros. Tal vez fueran sólo esos villanos de Meleagrant, que reñían allá abajo o... ¡Oh, Dios no lo quisiera! Podían estar matando a su escolta. Trató de alargar el cuello, pero no se veía nada.

Oyó un ruido y la puerta se abrió de par en par. Ginebra se volvió alarmada y vio a Meleagrant en el umbral, con la espada en la mano.

—Entrad —señaló con el acero—. Al cuarto interior. Adentro. Y ni un ruido, señora, o será peor para vos.

«¿Significa esto que han venido a rescatarme?» Parecía desesperado. Ginebra comprendió que no podría obtener ninguna información de él. Retrocedió lentamente hacia la pequeña habitación. Él la siguió con la espada en la mano. Ginebra encogió todo el cuerpo, esperando el golpe. ¿Iba a matarla o pensaba utilizarla como rehén para escapar?

Jamás conocería su plan. Súbitamente, la cabeza del hombre estalló en una lluvia de sangre y sesos. Se derrumbó con extraña lentitud, mientras Ginebra también caía, medio desmayada. Pero antes de llegar al suelo se encontró en los brazos de Lanzarote.

—Mi señora, mi reina... Ah, amada mía...

La estrechó contra sí. Y al cabo de un momento, aún medio inconsciente, Ginebra sintió que le cubría la cara de besos. No protestó. Era como un sueño. Meleagrant yacía sobre un charco de sangre, aferrado a la espada. Lanzarote tuvo que alzarla para pasar por encima del cadáver antes de poder ponerla de pie.

—¿Cómo... cómo te enteraste? —tartamudeó.

—Por Morgana —respondió—. Cuando llegué a Camelot me dijo que había tratado de detenerte hasta mi regreso. Presentía que era una trampa. Monté a caballo y vine con seis hombres. Encontré a tu escolta en los bosques, cerca de aquí; estaban todos atados y amordazados. Una vez que los puse en libertad no fue difícil. Supongo que se creía seguro.

La soltó el tiempo suficiente para ver las moraduras, el vestido desgarrado y el corte en el labio hinchado. Tocó las lesiones con dedos trémulos, diciendo:

—Ahora lamento que muriera tan rápido. Me habría gustado hacerle sufrir. Ah, pobre amor mío, mi querida, qué cruelmente has sido utilizada...

—No sabes, no sabes —susurró ella. Y volvió a sollozar, aferrándose a él—. Has venido, has venido, temía que no viniera nadie, que nadie me quisiera ya, que nadie volviera a tocarme... Ahora, con esta vergüenza...

Lanzarote la besó una y otra vez, en un frenesí de ternura.

—¿Vergüenza, tú? No, la vergüenza es suya, suya, y ya ha pagado—murmuró entre beso y beso—. Temía haberte perdido Para siempre, que te hubiera matado. Pero Morgana me dijo que no, que estabas con vida.

Ginebra tuvo un momento de miedo y resentimiento. ¿Sabría Morgana cómo la habían humillado y violado? Ah, Dios, si lucra posible evitarlo... No soportaba que su cuñada lo supiera.

—¿Y el señor Héctor? ¿El señor Lucano?

—Lucano está muy bien. Héctor no es joven y ha sufrido una fuerte impresión, pero no hay motivos para pensar que no vaya a sobrevivir —dijo Lanzarote—. Debes bajar a verlos amada mía. Tienen que saber que su reina vive.

Ginebra bajó los ojos a la túnica desgarrada y se tocó la cara magullada con manos vacilantes. Su voz sonó angustiada.

—¿No puedo tomarme algo de tiempo para adecentarme? No quiero que vean...

Y no pudo continuar.

Lanzarote vaciló un momento. Luego asintió.

—Sí; que piensen que no se atrevió a insultarte. Es mejor así. Permíteme revisar las otras habitaciones. Un hombre corno él no puede haber vivido aquí sin alguna mujer.

Casi no pudo soportar perderlo de vista. Se apartó del cadáver tendido en el suelo, mirándolo como si fuera el despojo de un lobo muerto por algún pastor, sin sentir siquiera asco por la sangre.

Lanzarote no tardó en volver.

—Allí hay un cuarto limpio y arcenes con ropa. Creo que era la alcoba del antiguo rey. Incluso hay un espejo.

La condujo por el pasillo hasta un cuarto que estaba limpio; en la gran cama había paja fresca, sábanas, mantas y cobertores de piel. Había un arcón tallado que le resultaba conocido; contenía tres túnicas, una de las cuales había pertenecido a Alienor; las otras eran de una mujer más alta. «De mi madre —pensó entre lágrimas—. Me extraña que mi padre no las regalara. Nunca supe qué clase de hombre era. Era sólo mi padre.» Y eso le pareció tan triste que volvió a sentir deseos de llorar.

—Me pondré esto —dijo. Y esbozó una débil risa—. Siempre que pueda arreglármelas sin doncella.

Lanzarote le tocó la cara con suavidad.

—Te vestiré yo, señora.

La ayudó a quitarse el vestido. Pero contrajo la cara y la alzó en brazos tal como estaba, a medio vestir.

—Cuando pienso que ese..., ese animal te ha tenido... —dijo, escondiendo la cara en su seno—. Y yo, que te amo, apenas me atrevo a tocarte.

Y a aquello la había llevado tanta fidelidad; Dios recompensaba su virtud poniéndola en manos de Meleagrant, para que fuera maltratada y violada. Y Lanzarote, que le había ofrecido amor y ternura, haciéndose escrupulosamente a un lado para no traicionar a su primo, tenía que ser testigo de tales infamias. Se volvió para abrazarlo.

Lanzarote —susurró—, queridísimo Lanzarote. Borra mí el recuerdo de lo que se me ha hecho. Quedémonos aquí un rato más...

Los ojos oscuros se desbordaron; la depositó delicadamente en la cama, acariciándola con manos trémulas.

«Dios no recompensó mi virtud. ¿Qué me hace pensar que podría castigarme?» De inmediato se le ocurrió algo que la «susto: «Tal vez no hay Dios. Tal vez todo es una gran mentira He los sacerdotes, para que la humanidad les permita ordenar «qué hacer, qué no hacer, qué creer, para dar órdenes al mismo rey.» Se incorporó para abrazar a Lanzarote, buscándolo con la boca magullada, recorriendo con las manos todo el cuerpo amado, ya sin miedo y sin vergüenza. ¿Arturo? Arturo no la había protegido de la violación. Pero había sido su voluntad que yaciera con Lanzarote aquella primera vez, y ahora haría lo que quisiera.

Dos horas después abandonaron el castillo de Meleagrant, juntos, alargando las manos para tocarse mientras cabalgaban. Y a Ginebra ya no le importaba. Miraba a Lanzarote de frente, con la cabeza en alto, llena de gozo y alegría. Aquél era su verdadero amor. Jamás volvería a molestarse en ocultárselo a nadie.

5

En Avalón las sacerdotisas serpeaban lentamente por la orilla cubierta de juncos, con antorchas en las manos. Tendría que haber estado entre ellas, pero algo me lo impedía... Viviana se habría enfadado conmigo por no estar allí. Pero yo parecía estar en una costa remota, sin poder pronunciar la palabra que me habría reunido con ellas...

Cuervo caminaba lentamente, arrugado el rostro pálido como yo nunca lo había visto, con un largo mechón blanco en la sien. Llevaba el pelo suelto; ¿era posible que fuera todavía virgen? Sus vestiduras blancas se movían al impulso del mismo viento que hacía flamear las antorchas. ¿Dónde estaba Viviana? ¿Y quién era la que lucía el velo y la guirnalda de la Dama?

Nunca la había visto, salvo en sueños. Las gruesas trenzas del color del trigo maduro le cubrían la frente, pero allí donde debería llevar la hoz de las sacerdotisas... ¡Ah, blasfemia! Allí pendía un crucifijo de plata. Luché contra ataduras invisibles para lanzarme a arrancar aquel objeto blasfemo, pero Kevin se interpuso entre nosotras y me sujetó con manos deformes, que se retorcían como serpientes... Y al cabo de un momento se retorcían entre mis manos... Y las serpientes me desgarraban con sus colmillos...

—¡ Morgana! ¿Qué pasa? —Elaine sacudió a su compañera de lecho—. Estabas gritando en sueños.

—Kevin —murmuró, incorporándose; la cabellera suelta onduló a su alrededor como agua oscura—. No, no eras tú... Pero tenía el pelo rubio, como el tuyo, y un crucifijo...

—Fue un sueño, Morgana. ¡Despierta!

Parpadeó estremecida. Luego aspiró hondo y miró a Elaine con su habitual compostura.

—Perdón. Fue un mal sueño.

Pero en sus ojos aún había desesperación. Elaine se preguntó qué sueños perseguían a la hermana del rey; tenían que ser malignos, pues provenía de esa pecaminosa isla de brujas y hechiceros. Sin embargo, Morgana no parecía mala persona. ¿Como podía ser tan buena si adoraba a los demonios y rechazaba a Cristo? Le volvió la espalda, diciendo:

—Tenemos que levantarnos. Hoy regresa el rey, según anunció anoche su mensajero.

Morgana hizo un gesto de asentimiento y salió de la cama para quitarse la camisa. Su compañera desvió pudorosamente la vista (esa mujer parecía no tener vergüenza y también comenzó a vestirse ).

—Date prisa, Morgana. Tenemos que ir a la alcoba de la reina...

La otra sonrió.

—No tanta prisa. Es preciso dar tiempo a Lanzarote para que se retire. Ginebra no te agradecería que provocaras un escándalo.

—¿Cómo puedes decir semejante cosa? Después de lo que sucedió está justificado que Ginebra tenga miedo por la noche y haga dormir a su campeón ante su puerta. Y por cierto, fue una gran suerte que Lanzarote llegara a tiempo para salvarla de algo peor...

—No seas tan necia, Elaine —dijo Morgana con fatigada paciencia—. ¿Te lo has creído?

—Tú, con tu magia, debes de estar mejor enterada, por supuesto —estalló la más joven, en voz tan alta que las compañeras de cuarto volvieron la cabeza. Morgana bajó la voz.

—No quiero ningún escándalo, créeme. Ginebra es mi cuñada y Lanzarote, mi primo. Y Arturo no tendría que enfadarse con Ginebra por lo que le sucedió con Meleagrant. No fue culpa suya, pobre. Sin duda es mejor divulgar que Lanzarote llegó a tiempo para rescatarla. Pero no dudo que Ginebra contará a Arturo, aunque sea en privado, qué trato le dio Meleagrant. Yo vi cómo estaba cuando Lanzarote la trajo. Y le oí expresar su terror de que aquel demonio le hubiera sembrado un hijo.

Elaine palideció mortalmente.

—¡Pero si era su hermano! —susurró—. ¿Qué hombre podría cometer semejante pecado?

—¡Oh, Elaine, por favor, qué necia eres! ¿Eso es lo peor Para ti?

—¿Y estás diciendo... que Lanzarote ha compartido su lecho en ausencia del rey?

—No me sorprende ni creo que sea la primera vez. Piensa un poco, mujer: ¿se lo reprocharías?. Después de lo que le hizo Meleagrant. estaría justificado que no quisiera dejarse tocar por nadie. Por su bien me alegra que Lanzarote pueda curar esa herid " Y ahora es posible que Arturo la repudie para tener un hijo con otra.

Elaine la miró fijamente.

—Ginebra podría entrar en un convento. Una vez me dijo que nunca había sido tan feliz como en Glastonbury. Pero la aceptarán si ha tenido amores con el capitán de caballería? Oh Morgana. siento vergüenza por ella.

—No tiene nada que ver contigo. ¿Qué puede importarte?.

—Ginebra está casada con el gran rey —exclamó la más joven, sorprendiéndose de su arrebato—. Su esposo es el más honorable y bondadoso de los que han gobernado estas tierras ¡No tiene que buscar amor en otra parte! Y al mismo tiempo ¿cómo podría buscar a otra mujer si la reina le tiende la mano?

—Bueno, tal vez ahora ella y Lanzarote abandonen la corte. Él tiene tierras en la baja Britania.

—Pero entonces Arturo sería el hazmerreír de todos los reyes cristianos de estas islas —apuntó Elaine con astucia—. ¿Cómo van a respetarlo si permite que su esposa viva abiertamente en pecado con Lanzarote?

Morgana se encogió de hombros.

—¿Qué podemos hacer? ¿Matar a la pareja culpable?

—¡Qué manera de hablar! No, pero Lanzarote tiene que abandonar la corte. Tú. que eres su prima, ¿no puedes hacérselo comprender?

—¡Ay de mí, creo que tengo poca influencia sobre mi pariente en estos asuntos! —Y por dentro fue como si algo frío le clavara los dientes.

—Si Lanzarote se casara... —De pronto Elaine pareció recurrir a todo su valor—. ¡Si se casara conmigo! Tú sabes de hechizos. Morgana: ¿no puedes darme algo para que aparte sus ojos de Ginebra y los lleve hacia mí? Yo también soy hija de rey, y tan hermosa como ella... ¡Y al menos no estoy casada!

Morgana rió con amargura.

—Mis hechizos, Elaine. pueden ser peores que nada. ¡Pregunta a Ginebra! —De pronto se puso seria—. Pero ¿estarías dispuesta a recorrer ese camino?

—Creo que. si se casara conmigo, comprendería que soy tan digna de amor como Ginebra.

La sacerdotisa le alzó la cara por el mentón. Elaine sintió que los ojos oscuros le escrutaban el alma.

—Escucha, hija, eso no sería fácil. Has dicho que lo amas, pero el amor, para una doncella, es sólo una fantasía. ¿Sabes qué clase de hombre es? ¿Podrías soportarlo todos los años que dura un matrimonio? Si sólo quieres hacer el amor con él..., eso es fácil de conseguir. Pero cuando haya acabado el hechizo es posible que te odie por haberle engañado. ¿Y qué pasará entonces?

Elaine tartamudeó:

—Aun así... Me arriesgaría. Mi padre me ha prometido no forzar mi voluntad. Y te digo que, si no puedo casarme con Lanzarote, me encerraré en un convento el resto de mi vida. Lo juro.

—Le temblaba todo el cuerpo, aunque no lloraba—. Pero ¿porqué recurro a ti? Tú también lo querrías como esposo o amante. corno todas nosotras. Y la hermana del rey puede escoger.

Por un momento. Elaine creyó que su vista la engañaba. pues los fríos ojos de la hechicera parecieron llenarse de lágrimas.

—Ah, no, criatura. Lanzarote no me aceptaría aunque Arturo se lo ordenara. Créeme: él te daría muy poca felicidad.

—No creo que las mujeres encuentren mucha felicidad en el matrimonio. Pero es preciso casarse, tarde o temprano, y yo prefiero hacerlo con él. —De pronto Elaine estalló—. ¡No creo que puedas hacer esas cosas! ¿Por qué te burlas de mí? ¿Acaso tus conjuros son una patraña?.

Esperaba que Morgana alzara la voz para defender su oficio, pero simplemente negó con la cabeza, suspirando.

—Los hechizos de amor me inspiran poca fe, como ya te he dicho. Sólo sirven para concentrar la voluntad de los ignorantes. La magia de Avalón es muy diferente.

—Ah, los sabios siempre dicen lo mismo —le espetó la joven, desdeñosa—. «Podría hacer esto o lo otro, pero no estaría bien torcer la voluntad de los Dioses.»

Otro hondo suspiro.

—Puedo darte a Lanzarote por esposo, si eso es lo que deseas. No creo que te haga feliz, pero si eres tan sabia que no esperas dicha del matrimonio... Créeme, Elaine, nada deseo tanto corno verlo bien casado y lejos de esta corte y de la reina. Pero recuerda que tú me lo pediste. Si resulta amargo, no te quejes. Y ten en cuenta que los hechizos rara vez obran como se espera.

Torció la boca en algo que no llegó a ser una sonrisa.

—Puedo darte a Lanzarote por esposo, pero a cambio te pediré algo.

—¿Qué puedo darte que aprecies, Morgana? Las joyas no te interesan.

—No quiero joyas ni riquezas —dijo la sacerdotisa—. Darás hijos a Lanzarote, pues he visto a su heredero...

Se interrumpió con un escalofrío, como cada vez que la asaltaba la videncia. Elaine abrió mucho los ojos azules «Es verdad, aunque no lo sabía hasta que hablé. Si obro dentro de la videncia no me estoy entrometiendo en lo que tendría que dejarse a la Diosa. Entonces tendré el camino despejado.»

—De tu hijo varón no diré nada —continuó con voz firme—. Tiene que cumplir su destino. —Y negó con la cabeza para despejar la extraña tiniebla de la videncia—. Sólo te pido que me entregues a tu primera hija para que sea educada en Avalón.

—¿Para la hechicería?

—La madre de Lanzarote era Gran sacerdotisa de Avalón Yo no daré ninguna hija a la Diosa. Si por obra mía das a Lanzarote el heredero que todo hombre desea, tienes que jurarme por tu Dios que me entregarás a tu hija en tutela.

La habitación pareció llenarse de un extraño silencio. Por fin Elaine dijo:

—Si las cosas acontecen así. juro en el nombre de Cristo que tendrás esa niña para Avalón.

E hizo la señal de la cruz. Morgana hizo un gesto de asentimiento.

—Y yo, a mi vez, juro que será como la hija que nunca di a la Diosa y que vengará una gran injusticia.

Elaine parpadeó.

—Una gran injusticia... ¿De qué estás hablando?

La otra se tambaleó un poco. Se había quebrado el silencio. Cobró conciencia de la lluvia en la ventana y del frío que reinaba en la alcoba.

—No lo sé —dijo, ceñuda—. Mi mente divaga. Aquí no podremos hacerlo, Elaine. Tienes que pedir licencia para visitar a tu padre. Y no dejes de invitarme para que te haga compañía. Yo me encargaré de que Lanzarote vaya también. —Aspiró muy hondo mientras recogía su túnica—. A estas horas ya ha tenido tiempo de retirarse de la alcoba real. Vamos. Ginebra nos estará esperando.

Cuando ambas entraron en el dormitorio de la reina no había señales de Lanzarote ni de otros hombres. Pero cuando Elaine estuvo fuera del alcance de su voz, Ginebra miró a Morgana a los ojos; nunca había habido en ellos tan horrible amargura.

—Me desprecias, ¿verdad. Morgana?

«Por fin ha expresado la pregunta que ha tenido en la mente durante todas estas semanas», pensó.

—No soy tu confesor, Ginebra. Eres tú la que crees en un Dios que condena el amor con quien no se está casado. —Morgana no podía soportar la angustia que reflejaba el rostro de la reina—. Ginebra, hermana, nadie te ha acusado.

Pero ella le volvió la espalda, diciendo entre dientes:

—No. Y tampoco quiero tu piedad.

«La quieras o no, es tuya», pensó Morgana, aunque no lo dijo.

—¿Estás lista para desayunar, señora? ¿Qué te gustaría comer?

«Desde que acabó la guerra cada vez actúo más como si fuera su criada», pensó. Era un juego en el que todos participaban. Arturo suponía que sus antiguos caballeros tenían que ser ahora sus ayudantes, aunque fueran reyes por derecho propio. Le molestaba que mantuviera la corte en aquel estado, asumiendo un poder que sólo correspondía a los más grandes entre los druidas y las sacerdotisas. «Arturo aún porta la espada de Avalón, pero si no respeta su juramento le será reclamada.»

De pronto tuvo la sensación de que la estancia crecía a su alrededor, de que se abría como si todo estuviera muy lejos. Aún veía a Ginebra, con la boca entreabierta para hablar, pero al mismo tiempo veía a través de ella, como en el reino de las hadas. El silencio era profundo. Y en el silencio vio las paredes de un pabellón y a Arturo dormido, con Escalibur desnuda en la mano. Se inclinó hacia él: aunque no podía coger la espada, con la pequeña hoz de Viviana cortó los cordones que sujetaban la vaina a su cintura y la levantó. Entonces se encontró en las orillas de un gran lago, con el susurro de los juncos a su alrededor.

—He dicho que no, no quiero vino en el desayuno —dijo Ginebra—. Elaine podría traernos algo de leche fresca... Morgana, ¿estás mareada?

Parpadeó, mirando a la reina, y recobró la conciencia poco apoco. No, no era verdad; no galopaba como enloquecida por las orillas de un lago, con la vaina en la mano... Pero aquello se Parecía a un sueño que había tenido cierta vez... Y mientras aseguraba a las otras mujeres que estaba perfectamente, mientras Prometía ir personalmente en busca de leche fresca, su mente continuaba guiándola por los laberintos del sueño. Si al menos Pudiera recordar qué era lo que había soñado...

Pero cuando bajó al aire fresco dejó de sentir que el mundo podría fundirse en cualquier momento con el mundo de las hadas. Le dolía la cabeza como si se la hubieran partido de golpe. Pasó todo el día cautiva del extraño hechizo de la ensoñación. Si al menos pudiera recordar... Había arrojado a Escalibur al lago, para que la reina del pueblo de las hadas no la cogiera… No, no era eso... Y su mente intentaba otra vez desenredar el hilo extraño y obsesivo de su sueño.

Pasado el mediodía oyó que los cuernos anunciaban la llegada de Arturo y la conmoción que invadía a Camelot. Corrió con las otras mujeres hacia los terraplenes, para ver al gruño real que se acercaba con los estandartes flameando. Ginebra temblaba a su lado; aunque era alta, sus manos pálidas y la fragilidad de sus hombros le daban el aspecto de una criatura débil y nerviosa, esperando ser castigada por alguna travesura imaginaria. Su mano trémula tocó la manga de Morgana.

—Hermana, ¿es preciso que mi señor lo sepa?. Ya está hecho y Meleagrant ha muerto. No hay motivos para que Arturo haga la guerra a nadie. ¿Por qué no dejarle creer que mi señor Lanzarote llegó a tiempo..., a tiempo para evitar...? —Su voz era sólo un trino débil, como de niña.

—A ti te corresponde decírselo o no, hermana —dijo Morgana.

—Pero..., si lo supiera por otro...

Suspiró. ¿Por qué no lo decía claramente?

—Si Arturo oye algo que lo atribule no será de mí. Pero no podría culparte por haber sido atrapada y sometida a golpes.

Y de pronto supo qué hacía temblar a Ginebra: en el fondo de su alma creía que era culpa suya, que merecía la muerte por haberse dejado violar en vez de matarse. «Se siente culpable por lo de Meleagrant para no tener que arrepentirse de lo que ha hecho con Lanzarote...»

Ginebra seguía temblando a su lado, pese a lo cálido del sol.

—Ojalá estuviera ya aquí; así podríamos entrar. Mira, hay halcones en el cielo. Los halcones me dan miedo; siempre temo que se lancen contra mí.

—Serías un bocado demasiado grande y duro, hermana —señaló Morgana, amablemente.

Los criados estaban abriendo las grandes puertas. Héctor, aunque todavía cojeaba notoriamente por la noche pasada a la intemperie, se adelantó junto a Cay. que ya se inclinaba ante Arturo.

—Bienvenido a casa, mi rey y señor.

Arturo desmontó para abrazarlo.

—Es una bienvenida demasiado formal, tunante. ¿Todo va bien?

—Ahora sí, mi señor —dijo Héctor—. Pero una vez más tenéis motivos para dar las gracias a vuestro capitán.

—Es cierto —dijo Ginebra, adelantándose de la mano de Lanzarote—. Mi rey y señor: Lanzarote me salvó de una trampa tendida por un traidor y de un destino que ninguna cristiana tendría que sufrir.

El rey los cogió de la mano a ambos.

—Como siempre, te estoy agradecido, mi querido amigo, al igual que mi esposa. Ven. Hablaremos de esto en privado.

Y caminando entre los dos, subió la escalinata del castillo.

—Me gustaría saber qué mentiras se apresurarán a verterle en los oídos, esa casta reina y su mejor caballero.

Morgana oyó las palabras, pronunciadas por alguien entre la multitud, en voz baja y muy clara. «Tal vez la paz no es una bendición completa —pensó—. Sin guerra no hay nada que hacer en la corte, salvo divulgar todos los rumores y hasta el más ínfimo escándalo.»

Pero si Lanzarote se alejaba el escándalo se acallaría. Y resolvió que, si podía hacer algo para lograr ese fin, lo haría de inmediato.

Aquella noche, durante la cena, Arturo ordenó a Morgana que llevara su arpa y les cantara.

—Hace mucho que no oigo tu música, hermana —dijo, acercándola para darle un beso, algo que no había hecho desde hacía mucho tiempo.

Se sentó en un taburete cerca del trono, con el arpa a sus pies. Arturo y Ginebra estaban juntos, cogidos de la mano. Lanzarote, tendido en el suelo junto a Morgana, contemplaba el arpa, pero de vez en cuando miraba a Ginebra con un anhelo tan terrible que la estremecía.

Y mientras sus manos se movían por las cuerdas, el mundo pareció nuevamente perderse en la distancia, muy pequeño y lejano, y al mismo tiempo inmenso y extraño. Las cosas perdían su forma; el arpa semejaba a la vez un juguete y algo monstruoso, capaz de aplastarla, y ella, sentada en un trono, espiando entre sombras vagabundas, observaba a un joven de pelo oscuro con una corona estrecha en torno de la frente. Mientras lo miraba, le recorrió el cuerpo el dolor agudo del deseo; lo miró a los ojos y fue corno si una mano la tocara en sus partes más íntimas, excitándole el apetito... Sus dedos vacilaron en las cuerdas. había soñado algo... Una cara borrosa, la sonrisa de un joven, no, no era Lanzarote sino otro... No. todo era sombras.

La voz clara de Ginebra se abrió paso:

—¡Atended a la señora Morgana! ¡Mi hermana se desmaya!

Sintió que los brazos de Lanzarote la sostenían y alzó 1 vista a sus ojos oscuros. Había sido un sueño. Se llevó la mano a la frente, confundida.

—Ha sido el humo, el humo del hogar.

—Bebed. —Lanzarote le acercó una copa a los labios.

¿Qué locura era ésa? Aunque apenas la tocaba, se sentía morir de deseo, algo que se había consumido en ella con el correr de los años.

«No me quiere, no quiere sino a la reina», pensó, contemplando el hogar apagado, con una guirnalda de laurel verde. Bebió un sorbo del vino que Lanzarote le ofrecía.

—Perdón... Todo el día me he encontrado algo mareada —dijo—. Que otro toque el arpa. Yo no puedo.

Lanzarote dijo:

—Con vuestro permiso, señores míos, cantaré yo. Ésta es una leyenda de Avalón que oí en mi infancia...

Y comenzó a entonar una antigua balada. Morgana escuchaba, aún perdida en su sueño. Le pareció que el moreno semblante de Lanzarote estaba abrumado por un terrible sufrimiento, y mientras cantaba sobre la mujer flor. Blodeuwedd, sus ojos se detuvieron durante un momento en la reina. Pero luego se volvió hacia Elaine, cortés, describiendo el cabello compuesto de bellos lirios dorados.

Morgana seguía quieta en su sitio, con la cabeza dolorida apoyada en una mano. Más tarde Gawaine trajo una flauta de su país y tocó un salvaje lamento, lleno de gritos de aves marinas. Lanzarote fue a sentarse junto a ella y le cogió la mano.

—¿Estáis ya mejor, prima?

—Oh, sí. No es la primera vez —dijo Morgana—. Es como si cayera en un sueño y viera todo a través de sombras.

—Mi madre me dijo cierta vez algo parecido. —Morgana pudo medir por eso la intensidad de su dolor y su cansancio; nunca hablaba de su madre ni de sus años en Avalón—. Creía que eso venía con la videncia, y yo mismo lo he sentido alguna vez... Ha de ser la sangre de hadas que llevarnos. —Suspiró, frotándose los ojos—. Solía pincharos con eso. cuando erais joven, ¿.recordáis? Os llamaba Morgana de las Hadas y os irritabais.

Asintió con la cabeza. A pesar del cansancio, de las arrugas, el toque gris en los rizos apretados, seguía siendo el hombre más hermoso y más amado que hubiera conocido.

Gawaine había cogido el arpa y estaba cantando una leyenda sajona sobre un monstruo que habitaba en un lago.

—Qué historia tan lúgubre —comentó Morgana por lo bajo.

Lanzarote sonrió.

—Casi todas las leyendas sajonas son así: guerra, sangre y héroes guerreros sin mucho en la cabeza. Supongo que son entretenidas para una velada larga junto al hogar. —Y añadió en voz casi inaudible—: Creo que no nací para quedarme sentado junto al hogar.

—¿Os gustaría salir nuevamente a combatir?

Lanzarote negó con la cabeza.

—No, pero estoy harto de la corte. —Sus ojos buscaron a Ginebra, que escuchaba a Gawaine con una sonrisa. El suspiro pareció brotar desde lo más hondo de su alma.

—Lanzarote —dijo en voz baja y urgente—, tenéis que alejaros de aquí para no acabar destruido.

—Destruido, sí, en cuerpo y alma —musitó él, con la vista clavada en el suelo.

—Es preciso, primo. Partid a alguna gesta como la de Gareth, a matar rufianes o dragones, lo que sea, pero alejaos.

Lanzarote tragó saliva.

—¿Y ella?

—Lo creáis o no, también soy amiga suya. ¿No creéis que también tiene un alma que salvar? Sería fácil culparla de todo, pero yo sé lo que es amar cuando no se puede... —Apartó la vista; un calor ardiente; no había querido decir tanto.

Cuando terminó la canción, Gawaine abandonó el arpa, diciendo:

—Después de una historia tan lúgubre necesitamos algo alegre. Una canción de amor, quizá. Eso corresponde al galante Lanzarote.

—He pasado demasiado tiempo en la corte, cantando tonadas de amor—dijo. Y se levantó para volverse hacia Arturo—.

Añora que estáis nuevamente aquí para ocuparos personalmente de todo, mi señor, os ruego que me encomendéis alguna gesta.

Arturo le sonrió.

—¿Tan pronto quieres partir? Si así lo deseas, no puedo retenerte, pero ¿adonde irías?

«Pelinor y su dragón.» Morgana, con la vista baja, formo las palabras en su mente con toda la fuerza que pudo imponerles, tratando de proyectarlas hacia la mente de Arturo. Lanzarote dijo:

—Tenía pensado ir tras un dragón.

Los ojos del rey centellearon, traviesos.

—Sería buena ocasión para poner fin al dragón de Pelinor Las leyendas crecen día a día, hasta tal punto que los hombres temen viajar a ese país. Ginebra dice que Elaine ha pedido autorización para visitar a su familia. Puedes acompañarla. Y te ordeno no regresar hasta que el dragón de Pelinor haya muerto.

—¡Ay de mí! —protestó Lanzarote, riendo—. ¿Me desterráis para siempre de vuestra corte? ¿Cómo podré matar a un dragón que es sólo un sueño?

Arturo rió entre dientes.

—Ojalá no tengas que vértelas con nada peor, amigo mío. Bueno, te encomiendo poner fin a ese monstruo, ¡aunque tengas que borrarlo de la faz de la tierra burlándote de él en una canción!

Elaine se levantó para hacer una reverencia al rey.

—Con vuestra venia, mi señor, ¿puedo pedir que la señora Morgana me acompañe también?

—Me gustaría ir con Elaine, hermano, si vuestra señora puede prescindir de mí —dijo ella—. Quisiera estudiar las hierbas y los remedios de esa región.

—Bien —dijo Arturo—, puedes ir, si lo deseas. Pero esto quedará muy solitario. —Dedicó a Lanzarote su rara y suave sonrisa—. Mi corte no es la misma cuando falta el mejor de mis caballeros. Pero no voy a reteneros contra vuestra voluntad, ni tampoco mi reina.

«Sobre eso no estoy tan segura», pensó Morgana. viendo que Ginebra se esforzaba por mantener la compostura. Arturo había estado ausente mucho tiempo y llegaba deseoso de reunirse con su esposa. ¿Le diría ella que amaba a otro o volvería a fingir mansamente en su cama?

Y por un momento extraño Morgana se vio a sí misma como si fuera la sombra de la reina. «De algún modo, su destino y el mío se han enlazado por completo.» Había dado a Arturo el hijo que tanto deseaba Ginebra, y Ginebra tenía el amor de Lanzarote, por el que Morgana hubiera dado el alma.

La reina la llamó por señas.

—Tienes mal semblante, hermana. ¿Continúas descompuesta?

Asintió con la cabeza, mientras pensaba: «No tengo que odiarla. Es tan víctima como yo.»

—Todavía estoy algo fatigada. Pronto iré a acostarme.

—Y mañana Elaine y tú nos robaréis a Lanzarote.

Las palabras fueron pronunciadas en tono de broma, pero Morgana pudo ver su fondo, allí donde Ginebra luchaba contra una ira y una desesperación como las suyas. Endureciendo el corazón contra ella, dijo:

—¿Lo retendríais en la corte, impidiéndole conquistar honores, hermana?

—Ni ella ni yo — intervino Arturo, ciñendo con un brazo la cintura de la reina—. Buenas noches, hermana.

Morgana los vio alejarse. Al cabo de un momento Lanzarote le apoyó una mano en el hombro, sin decir nada. En aquel momento supo que, con sólo hacer un gesto, esa noche Lanzarote sería suyo. En la desesperación de ver que su amada se reunía con su esposo, posiblemente se volcaría en Morgana.

«Y siendo tan honorable, no se negaría después a desposarme... No. Elaine podría aceptarlo en esos términos, pero yo no. Él acabaría por odiarme.»

Con suavidad, retiró la mano apoyada en su hombro.

—Estoy fatigada, primo. Yo también voy a acostarme. Buenas noches, querido. —Y añadió, sabiendo que sonaba irónico—: Que duermas bien.

No dormiría. Mejor para sus planes.

Pero también ella pasó la mayor parte de la noche sin dormir, lamentando amargamente su facultad de anticipar los hechos. El orgullo, pensó tristemente, era un frío compañero de lecho.

6

En Avalón se elevaba el Tozal, coronado por el círculo de piedras y en la noche de luna nueva la procesión ascendía con antorchas, serpenteando. La precedía una mujer de pelo claro trenzado sobre la frente; vestía de blanco y de su cinturón pendía una hoz. Parecía buscar a Morgana, que estaba entre las sombras, fuera del círculo. Sus ojos inquirían: «¿Dónde estás, tú, que tendrías que estar en mi lugar? ¿Por qué tardas? Tu puesto está aquí. El reino de Arturo se escurre entre las manos de la Dama y tú lo dejas ir. Él ya confía para todo en los curas. Y tú no haces nada. Aún tiene la espada de la Regalía Sagrada. ¿Serás tú quien le obligue a respetarla o quien se la quite para destronarlo? Recuerda que Arturo tiene un hijo. Y ese hijo ha de alcanzar la madurez en Avalón, para que pueda legar a su hijo el reino de la Diosa.»

Y entonces pareció que Avalón se esfumaba. Vio a Arturo en un combate, desesperado, con Escalibur en la mano. Y lo vio caer, atravesado por otro acero, y arrojaba la espada mágica al lago, para que no cayera en manos de su hijo...

¿Dónde está Morgana, a quien la Dama preparó para este día? ¿Dónde está la que ahora tendría que representar a la Diosa? ¿Dónde está el Gran Cuervo?

Y súbitamente me pareció que una bandada de cuervos giraba en lo alto, precipitándose para picarme los ojos, gritando con la voz de la propia Cuervo: «¡Morgana! Morgana, ¿por qué nos has abandonado, por qué me traicionaste?»

—¡No puedo! —exclamé—. No conozco el camino.

Pero la cara de Cuervo se convirtió en el rostro acusador de Viviana; luego, en la sombra de la Parca...

Y Morgana despertó, consciente de encontrarse en la casa de Pelinor, en una habitación soleada. Los muros estaban encalados y pintados a la manera romana. Pero más allá de las ventanas, en la distancia, se oía el graznido de un cuervo. Se estremeció.

Viviana nunca había tenido escrúpulos en utilizar las vidas ajenas si eso beneficiaba a Avalón o al reino. Ella, en cambio, se demoraba. Lanzarote pasaba los días junto al lago, buscando el dragón, como si de verdad existiera, y las tardes junto al fuego, intercambiando canciones y leyendas con Pelinor o haciendo música a los pies de Elaine. Ella era hermosa e inocente, muy parecida a su prima Ginebra, aunque cinco años menor. Y Morgana dejaba pasar los días soleados, convencida de que todos apreciarían la lógica de aquella boda.

«No —se dijo amargamente—; si alguien supiera apreciar la lógica o la razón, Lanzarote se habría casado conmigo hace años.» Ya era tiempo de actuar.

Elaine se volvió en la cama que compartían y abrió los ojos, acurrucándose junto a Morgana con una sonrisa. «Confía en mí», pensó dolorida. «Cree que por amistad la ayudo a conquistarlo. Si la odiara no podría hacerle un daño peor.» Pero dijo en voz baja:

—Ahora Lanzarote ya ha tenido tiempo de sentir la pérdida de Ginebra. Ha llegado tu hora.

—¿Vas a recitarle un ensalmo, a darle un filtro de amor?

Morgana se echó a reír.

—Aunque tengo poca fe en los filtros de amor, esta noche le pondré en el vino algo que lo predispondrá para una mujer, cualquiera que sea. Esta noche, en vez de dormir aquí, lo harás en un pabellón próximo al bosque. Lanzarote recibirá el mensaje de que Ginebra ha venido y lo manda llamar. Entonces irá a ti en la oscuridad. No puedo hacer más. Tienes que estar preparada para recibirlo.

—Y me tomará por Ginebra... —Elaine parpadeó, tragando saliva con dificultad—. Bueno, pues...

—Durante un rato puede confundirte con ella —advirtió Morgana, serena—, pero no tardará en percatarse. Eres virgen, ¿verdad?

La muchacha se puso colorada, pero asintió con la cabeza.

—Bueno, con la poción que voy a darle no podrá detenerse, amenos que te asustes y trates de rechazarlo. Te advierto que no será muy placentero, debido a tu virginidad. Una vez que comencemos no podremos echarnos atrás; dime ahora si sigues decidida.

—Quiero a Lanzarote por esposo. Dios no permita que me eche atrás antes de ser honorablemente su esposa.

Morgana suspiró.

—Sea. Ahora bien: ¿recuerdas el perfume que usa Ginebra?

—Sí, pero no me gusta mucho. Es demasiado fuerte para mí.

—Se lo preparo yo. Cuando vayas al pabellón, no dejes H ponértelo en el cuerpo y en las sábanas. Eso lo excitará con el recuerdo de Ginebra.

Su compañera arrugó la nariz.

—Me parece injusto...

—Lo es —dijo Morgana—. Convéncete, Elaine: lo que estamos haciendo es deshonesto, pero tiene una buena finalidad La autoridad de Arturo no se mantendrá mucho tiempo si se divulga que el rey es un marido engañado. Cuando estéis casados, puesto que te pareces tanto a Ginebra, todos creerán que. en realidad, Lanzarote estuvo siempre enamorado de ti. —Y entregó a la muchacha una redoma de esencia—. Si tienes un criado de confianza, haz que instale el pabellón en algún lugar donde Lanzarote no lo vea hasta la noche.

Viendo que Elaine seguía de pie, como un niño que recibe la lección, dijo:

—Bueno, vete. Ve a despedir a Lanzarote para que salga una vez más en busca del dragón. Yo tengo que preparar mi pócima.

Mientras salía a buscar las hierbas que tenía que macerar en vino, trató de elevar una oración a la Diosa que unía a hombre y mujer en el amor o en la simple lujuria, como las bestias. «Oh, yo sé mucho de lujuria», pensó, afirmando la mano para romper las hojas.

Contempló las burbujas que se elevaban en el vino y estallaban perezosamente, escupiendo esencias agridulces. El mundo parecía muy pequeño y lejano; el brasero era apenas un juguete de niño, y cada burbuja tan grande que habría podido alejarse flotando dentro de ella. Todo su cuerpo ardía en un deseo que jamás podría saciar. Sintió que entraba en el trance en que se podía obrar una magia poderosa...

Estaba tanto dentro como fuera del castillo; una parte de ella iba por las colinas tras el estandarte del Pendragón, que a veces enarbolaba Lanzarote... Un gran dragón rojo, contorsionado... Pero los dragones no existían, y el de Pelinor tenía que ser sólo un sueño, tan irreal como el estandarte. Y Lanzarote tenía que saberlo. Al ir tras el dragón no hacía sino disfrutar de un paseo por las colinas que le ofrecía la oportunidad de soñar con Ginebra...

Morgana observó el líquido burbujeante y añadió, gota a gota, un poco más de vino para que la mezcla no se evaporara. Lanzarote soñaría con Ginebra y esa noche tendría en los brazos a una mujer que olería como ella. Pero antes era preciso darle la poción, para que lo pusiera a merced de la lascivia, para que no se detuviera al descubrir que no estaba con su amante, sino con una virgen acobardada... Por un momento compadeció a Elaine, que iba a ser poseída por un hombre drogado; difícilmente sería un episodio romántico. Bueno, tendría que arreglárselas; tal vez su amor por Lanzarote sobreviviera sin daño.

Morgana volvió a concentrarse en las hierbas y en el vino, pero al mismo tiempo le parecía ir cabalgando por las colinas. No era buen día para un paseo; el cielo estaba oscuro y encapotado, algo ventoso, y el lago estaba gris e insondable, como metal recién fundido. La superficie del agua empezó a bullir un poco, ¿o era sólo el vino en el brasero? Surgieron burbujas oscuras y hediondas. Luego un cuello largo y estrecho se elevó desde el lago, coronado por una cabeza de caballo con su crin. El largo cuerpo sinuoso onduló hacia la orilla y, reptando, deslizó toda su longitud por la costa.

Los perros de Lanzarote corrieron al agua entre ladridos frenéticos. Oyó que Lanzarote los llamaba, exasperado. De pronto se detuvo con la vista clavada en el agua, paralizado, sólo a medias persuadido de lo que veía. Entonces Pelinor tocó el cuerno de caza para convocar a los demás, en tanto el caballero espoleaba a su caballo, con la lanza afirmada en la montura, y se lanzaba a la carga colina abajo. Uno de los perros lanzó un alarido patético; luego se hizo el silencio. Morgana, en su distante vigilia, vio el extraño rastro viscoso y el cuerpo quebrado del animal, medio comido por aquella cosa oscura.

Pelinor se disponía a cargar, pero Lanzarote le advirtió con un grito que no se lanzara directamente contra la bestia. Era negra, parecida a un gran gusano, exceptuando el remedo de cabeza equina. El caballero del lago esquivó la testa ondulante y le hundió la lanza en el cuerpo. Un aullido salvaje estremeció la costa, agudo como el grito de la muerte... La enorme cabeza osciló de un lado a otro... Lanzarote se arrojó al suelo desde la montura, mientras el caballo se alzaba de manos, y corrió hacia el monstruo. El hocico descendió. Morgana hizo una mueca de miedo al ver las fauces abiertas. Y entonces la espada del caballero le atravesó un ojo. Hubo un gran borbotón de sangre y algo negro, repugnante... Y todo eso no era sino las burbujas que brotaban del vino...

El corazón de Morgana dio un salto. ¿Había sido un mal sueño o en verdad acababa de ver a Lanzarote matando al dragón en el que nadie acababa de creer? Descansó un rato antes de agregar algo de hinojo a la mezcla, para que disimulara los otro sabores. Tendría que cuidar de que sólo él bebiera la pócima Tal vez, por piedad, daría un poco también a Elaine.

Llenó una redoma con el vino especiado y la puso a un lado. Entonces se oyó un grito y Elaine entró corriendo.

—Oh, Morgana, ven de inmediato. Necesitamos de tu habilidad para la medicina. Mi padre y Lanzarote han matado al dragón, pero los dos se han quemado.

—¿Quemado? ¿Qué tontería es ésta? ¿Crees acaso que los dragones vuelan y escupen fuego?

—No. no —dijo la muchacha, impaciente—. pero la baba de la bestia quema como el fuego. Tienes que venir a curarles las heridas.

Morgana, incrédula, echó un vistazo al cielo. El sol pendía suspendido a un palmo del horizonte, había pasado allí la mayor parte del día. Se dio prisa en llamar a las criadas para que llevaran vendas.

Pelinor tenía una gran quemadura en un brazo y aulló de dolor cuando le untó el ungüento curativo. Lanzarote tenía ampollas en el costado; en una pierna la baba había atravesado las botas, dejando el cuero convertido en una sustancia gelatinosa.

—Tendré que limpiar bien mi espada —dijo—. Si así deja una bota, no quiero pensar en lo que me habría hecho en la pierna. —Y se estremeció.

—¡Y todos pensaban que mi dragón era una fantasía! —comentó Pelinor, bebiendo el vino que le ofrecía su hija—. Gracias a Dios tuve el tino de lavarme el brazo en el lago; de lo contrario la baba me lo habría consumido como deshizo a mi pobre perro. ¿Visteis el cadáver, Lanzarote?

—¿El perro? Sí, y espero no ver nunca más otra muerte como ésa. Pero colgad la cabeza del dragón sobre vuestra puerta y dejaréis pasmados a todos.

—No puedo. —El anciano se persignó—. No tenía huesos; era blando como una lombriz... Y ya se ha convertido casi todo en baba. No creo que fuera un animal, sino algo surgido del infierno.

—Aun así, ha muerto —dijo Elaine—. Y habéis hecho lo que el rey os encomendó. —Luego se disculpó con un tierno beso—. Perdonad, señor. Yo también pensaba que vuestro dragón era pura fantasía.

—Ojalá lo hubiera sido. —Volvió a persignarse—. Me gustaría pensar que no hay más bestias como ésa, pero Gawaine cuenta leyendas de lo que habita aquellos lagos. —Llamó por señas a un criado para que le sirviera más vino—. Creo que esta noche voy a emborracharme. De lo contrario tendré pesadillas durante un mes.

Morgana se preguntó si eso era lo mejor. No, no convenía a sus planes que todos los del castillo se emborracharan.

—Si queréis que os cure, señor Pelinor, tenéis que escucharme. No bebáis más. Elaine os meterá en la cama con piedras calientes en los pies. Podéis tomar sopa y ponches; vino, ya no.

Cuando la hija se lo hubo llevado a la cama, junto con los sirvientes, Morgana quedó a solas con Lanzarote.

—Bueno —dijo—, ¿cómo os gustaría celebrar la muerte de vuestro primer dragón?

Él levantó la copa.

—Rezando para que sea el último. En verdad creí que me había llegado la hora. Preferiría enfrentarme a toda una horda de sajones armado sólo con mi hacha.

Morgana le llenó la copa con el vino especiado.

—Os he preparado esto; es medicinal y os calmará los dolores. Iré a ver si Elaine ha acostado a Pelinor.

—¿Pero volveréis, prima? —preguntó reteniéndola por la muñeca.

Morgana notó que el vino empezaba a hacerle efecto. «Y no sólo el vino —pensó—; un encuentro con la muerte pone al hombre en celo.»

—Volveré, lo prometo; ahora soltadme —dijo, llena de amargura. ¿Habría caído tan bajo para aceptar al amante de Ginebra drogado e inconsciente, tal como aceptaba la ropa que ella desechaba? Y mientras su desprecio decía que no, la debilidad de todo su cuerpo gritaba que sí.

Asqueada de sí misma, fue a la alcoba del rey.

—¿Cómo está tu padre, Elaine? —preguntó, admirada de que su voz sonara tan firme.

—Tranquilo. Creo que va a dormir.

Morgana asintió con la cabeza.

—Ahora tienes que ir al pabellón. No olvides ponerte el perfume de Ginebra.

La muchacha estaba muy pálida y con los ojos febriles. Morgana la sujetó por el brazo para darle un poco del vino especiado.

—Bebe primero esto, hija —murmuró.

Elaine se llevó la redoma a los labios.

—Qué extraño... Arde en la boca y quema por dentro ¿No es veneno, Morgana? ¿Acaso... no me odias porque voy a casarme con Lanzarote?

Morgana la abrazó y le dio un beso.

—¿Odiarte? No, te lo juro. No aceptaría a Lanzarote por esposo aunque me lo suplicara de rodillas. Anda, acaba ese vino. Perfúmate aquí y aquí. Recuerda qué es lo que desea: sólo tú puedes hacer que olvide a la reina. Y ahora vete, hija. Espéralo en el pabellón. —Una vez más la estrechó contra su cuerpo—. Que la Diosa te bendiga.

«Se parece tanto a Ginebra... Creo que Lanzarote ya está medio enamorado de ella. No hago sino completar la obra.»

Lanzando un suspiro trémulo, se compuso para regresar al salón. Lanzarote, que no había vacilado en servirse más vino, la miró con ojos turbios.

—Ah, Morgana, prima... —La sentó a su lado—. Bebed conmigo.

—No, ahora no. Oíd: os traigo un mensaje.

—¿Un mensaje, Morgana?

—Sí. La reina Ginebra ha venido a visitar a su prima y duerme en el pabellón que está más allá del prado. —Lo cogió por la muñeca para llevarlo a la puerta—. Y os envía este mensaje: para no despertar a sus damas, tenéis que reuniros con ella silenciosamente, cuando ya esté acostada. ¿Lo haréis?

Vio en los ojos marrones una niebla de ebriedad y pasión.

—No he visto a ningún mensajero. Ignoraba que me quisierais tan bien, prima.

—Ve —replicó con suavidad—. Tu reina te espera. Por si dudas de mí, he aquí la prenda que te envía.

Y le ofreció un pañuelo; era de Elaine, pero todos los pañuelos se parecen y ése estaba casi empapado en el aroma que él asociaba con Ginebra.

Lanzarote se lo llevó a los labios.

—Ginebra —susurró—. ¿Dónde, Morgana, dónde?

—En el pabellón. Acaba el vino.

Como sus pasos eran vacilantes, se apoyó en ella; luego la rodeó con los brazos. Ese contacto, por leve que fuera, la excito y tuvo que esforzarse por mantener la calma. Estaba drogado como un animal; la habría poseído sin pensar.

—Ve, Lanzarote. No hagas esperar a tu reina.

Lo vio desaparecer entre las sombras, cerca del pabellón. Entraría sin hacer ruido. Elaine estaría allí, con la luz del candil cayendo sobre su pelo dorado, tan parecido al de la reina; en la penumbra no podría distinguir sus facciones, pero ella y la cama olían a Ginebra. Morgana se atormentó imaginando el cuerpo desnudo, esbelto, que se deslizaría entre las sábanas, cómo cogería a Elaine entre sus brazos para cubrirla de besos. Contorsionada, convulsa, no supo si era su fantasía o la videncia lo que la torturaba así. ¡Con cuánta claridad sentía las manos de Lanzarote en el recuerdo! Regresó al salón, donde los criados estaban retirando las mesas.

—Dadme vino —ordenó con brusquedad.

El hombre le llenó una copa, sorprendido. «Ahora no me creerán sólo bruja, sino también borracha.» No le importó. Bebió el vino hasta apurarlo y pidió más. De algún modo aquello cortó la videncia, liberándola de ver a Elaine, asustada y estática, apretada bajo el cuerpo rudo y exigente.

Inquieta como un gato, se paseó por el salón, entre retazos de videncia. Cuando calculó que había llegado el momento reunió valor para lo que tenía que hacer. El criado que dormía ante la puerta del rey despertó sobresaltado.

—No podéis molestar al rey a estas horas, señora.

—Es por el honor de su hija.

Morgana retiró una antorcha del soporte y la sostuvo en alto, asumiendo la forma imperativa de la diosa. El hombre se apartó para darle paso, aterrorizado.

Pelinor dormía en su gran lecho, removiéndose por el dolor de la herida vendada. Él también despertó sobresaltado y alzó la vista hacia el rostro pálido de Morgana, con la antorcha en alto.

—Tenéis que acompañarme inmediatamente, mi señor —dijo con voz suave, tensa de pasión controlada—. Esto es traicionar la hospitalidad recibida. Me pareció que teníais que saberlo. Elaine...

—¿Elaine? ¿Qué...?

—No está durmiendo en nuestra cama. Venid pronto, mi señor.

Había hecho bien en no permitirle beber, de lo contrario no habría podido despertarlo. Pelinor, sorprendido e incrédulo, se echó encima algo de ropa y llamó a gritos a las doncellas de su hija. Mientras descendían las escaleras para salir al exterior, Morgana tuvo la sensación de que se deslizaban como un dragón del que ella y el rey eran la cabeza. Al entrar en el pabellón, levantó la antorcha y observó, con triunfo cruel, la expresión indignada de Pelinor. Elaine sonreía, dichosa, con los brazos rodeando el cuello de Lanzarote. La luz despertó al caballero, que miró a su alrededor, comprendiendo con espanto. Aunque atormentado por la traición, no dijo nada.

—¡Ahora tendréis que enmendar esto, maldito pervertido! ¡Habéis traicionado a mi hija!

Lanzarote escondió la cara entre las manos, diciendo con voz estrangulada:

—Lo... lo enmendaré, mi señor Pelinor.

Luego miró a Morgana directamente a los ojos. Ella no parpadeó, pero fue como si una espada le atravesara el cuerpo. Hasta entonces al menos la había amado como se ama a una prima.

Bueno, era preferible que la odiara. Ella también trataría de odiarlo. Pero ante la cara de Elaine, sonriente en su bochorno habría querido echarse a llorar e implorarles a ambos que la perdonaran.

HABLA MORGANA...

Lanzarote y Elaine se casaron el día de la Transfiguración. De la ceremonia recuerdo poco, salvo la cara gozosa de Elaine. Cuando Pelinor terminó de organizar la boda, sabía ya que llevaba en el vientre al hijo de Lanzarote. Él estaba angustiado, delgado y pálido de desesperación, pero la trataba con ternura y estaba orgulloso de su cuerpo hinchado. Recuerdo también a Ginebra, demacrada por el llanto, y la mirada de infinito odio que me dirigió.

¿Puedes jurar que esto no fue obra tuya, Morgana?

La miré a los ojos.

¿ Te molesta que tu prima tenga esposo, como tú tienes el tuyo ?

Ante eso no pudo replicarme. Una vez más me dije con firmeza que, si ella y Lanzarote hubieran sido francos con Arturo, si hubieran huido juntos de la corte para permitirle tomar otra esposa que le diera un heredero, entonces no habría tenido que intervenir.

Pero a partir de ese día Ginebra me odió. Fue lo que mas lamenté, pues le tenía afecto. En cambio no parecía odiar a Elaine; le envió un rico presente y, cuando nació su hijo, una copa de plata. Cuando bautizaron al niño, que se llamó Galahad, como su padre, la reina quiso ser su madrina y juró que heredaría el reino, si ella no daba un hijo a Arturo. En algún momento de aquel año anunció que estaba embarazada, pero resultó no ser cierto; en verdad, creo que fue sólo una fantasía.

El matrimonio no resultó peor que la mayoría. Aquel año Arturo tuvo que hacer frente a una guerra en la costa norte y Lanzarote pasó poco tiempo en el hogar. Como tantos esposos, dedicaba su tiempo al combate y volvía a su casa dos o tres veces al año, se ocupaba de sus tierras (Pelinor les había obsequiado un castillo próximo al suyo), vestía las finas prendas que Elaine tejía y bordaba para él, besaba a sus vástagos y dormía con su esposa una o dos veces antes de volver a partir.

Elaine parecía siempre dichosa. No sé si de verdad lo era, como esas mujeres que encuentran la felicidad en el hogar y en los hijos, o si, aun deseando más, respetaba con valentía el trato que había hecho.

En cuanto a mí, pasé otros dos años en la corte. Hasta que, en Pentecostés del segundo año, cuando Elaine estaba embarazada por segunda vez, Ginebra logró su venganza.

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