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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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domingo, 7 de febrero de 2010

LAS NIEBLAS DE AVALON -- LIBRO IV-b -- EL PRISIONERO EN EL ROBLE

Marion Zimmer Bradley

Las Nieblas De Avalón

LIBRO IV-b

El prisionero en el roble


11

Al rato llegó Merlín, seguido por un criado que llevaba a Mi señora. Caminaba con dos bastones, arrastrando el cuerpo torturado. Pero sonrió a las señoras, diciendo:

—Suponed, mi reina, señora Nimue, que mi espíritu os ha hecho la reverencia cortés que mi cuerpo rebelde ya no es capaz de hacer.

La joven susurró:

—Os lo ruego, prima, invitadle a tomar asiento; no puede pasar mucho tiempo de pie.

Ginebra lo autorizó con un gesto; por una vez se alegraba de la miopía que le impedía ver con claridad el cuerpo maltrecho. Nimue tuvo un momento de temor, pensando que el criado podía ser de Avalón y reconocerla, pero era sólo un criado de la corte. ¿Cómo era posible que Morgana o la anciana Cuervo hubieran visto tan lejos en el futuro para mantenerla en reclusión, a fin de que en Avalón hubiera una sacerdotisa bien preparada a quien Merlín no conociera?

Puso otro almohadón bajo el brazo de Merlín, cuyos huesos parecían asomar por la piel. Al rozarle el codo notó que sus articulaciones quemaban. Y tuvo un momento de piedad y rebelión.

«¡Es obvio que la Diosa ya se está vengando! Este hombre ya ha sufrido mucho. Si Cristo padeció un día en la cruz, éste ha pasado toda su vida crucificado en este cuerpo deforme.»

Pero otros habían sufrido por su credo sin doblegarse ni traicionar los Misterios, de modo que endureció su corazón para decir con dulzura:

—¿Tocaríais para mí, señor Merlín?

—Por vos, mi señora, me gustaría ser como aquel antiguo bardo que hacía bailar a los árboles con su música.

—¡Oh, no! —protestó Nimue, riendo—. Si vinieran a bailar aquí llenarían el salón de tierra. Dejad los árboles donde están, os lo ruego, y cantad.

Merlín acercó las manos al arpa y comenzó a tocar. Nimue sentada en el suelo junto a él, lo miraba con atención. Él la contemplaba como un perro observa a su amo: con humilde devoción e interés absoluto. Ginebra, que siempre había sido blanco de ese intenso homenaje a la belleza, se extrañó de que la joven pudiera permanecer tan cerca de aquella fealdad.

Algo en Nimue la intrigaba, como si su concentración no fuera lo que parecía. No era el deleite del músico por la obra ajena ni la admiración ingenua de una virgen por el hombre de mundo maduro. Tampoco se trataba de una pasión súbita, cosa que habría podido entender. ¿Lascivia, simplemente? Por parte de Kevin. podría haber sido, pues la niña era hermosa, pero Ginebra no podía creer que Nimue se dejara excitar por él, después de haberse mantenido fría e inalcanzable para los más apuestos caballeros de la corte.

Desde su sitio, a los pies de Merlín, Nimue percibió que Ginebra la observaba, pero no apartó la mirada de Kevin. «En cierto modo es como si le encantara», pensó. Para sus fines tenía que tenerlo por completo a su merced, esclavo y víctima. Y una vez más tuvo que ahogar un destello de piedad: ese hombre había entregado los Misterios a la profanación y traicionado su juramento. No, tenía que morir como un perro.

El arpa quedó en silencio. Kevin dijo:

—Tengo un arpa para vos, señora, si la aceptáis. La hice con mis manos en Avalón, cuando era joven, y la he llevado conmigo mucho tiempo. Si la queréis, es vuestra.

Pese a sus protestas de que el regalo era demasiado valioso, Nimue se regocijó: sería fácil atarlo a ella teniendo un objeto que él apreciaba tanto, que había hecho con sus manos. «Él mismo, voluntariamente, ha puesto su alma en mis manos», pensó con satisfacción.

Cuando llevaron el arpa la acarició; aunque era pequeña y tosca, la madera estaba pulida de tanto descansar contra el cuerpo de Kevin y sus manos habían tocado las cuerdas con amor. En ese mismo instante se demoraban tiernamente en ellas.

Nimue probó su musicalidad; en verdad, el tono era muy dulce. Y él la había fabricado siendo muy joven, con esas manos mutiladas... Volvió a sentir una oleada de piedad y dolor. «¿Por qué no se limitó a su música, en vez de entrometerse con cuestiones de Estado?»

—Sois demasiado bueno conmigo. —Dejó que su voz temblara, con la esperanza de que él lo interpretara como pasión y no como triunfo.

Pero aún era demasiado pronto. La luna estaba en cuarto creciente; una magia tan poderosa como aquella sólo se podía lograr en la luna nueva, ese momento en que la Dama no arroja su luz al mundo y hace conocer sus propósitos ocultos.

Para que el conjuro fuera pleno tenía que involucrar al mismo tiempo al hechizado y a la hechicera. Y Nimue supo, con un espasmo de terror, que el encantamiento actuaría también contra ella. No podía fingir pasión y deseo: era preciso que los sintiera también. El miedo le apretó el corazón al comprender que, así como Merlín estaría indefenso en sus manos, bien podía ser que ella quedara igualmente indefensa en las suyas. «¿Y yo, oh. Madre? Es un precio demasiado grande. Que no caiga sobre mí, no, no, tengo miedo...»

—Bueno, Nimue, querida —dijo Ginebra—, ahora que tienes el arpa en las manos, ¿No vas a tocar y a cantar para mí?

Nimue dejó que el cabello le cayera como una cortina sobre la cara, mirando tímidamente al Merlín:

—¿Tengo que hacerlo?

—Os lo ruego —dijo él—. Vuestra voz es melodiosa y percibo que vuestras manos arrancarán encantamientos a las cuerdas.

«Así será, si la Diosa me ayuda.» Nimue aplicó los dedos al instrumento, recordando que no tenía que tocar ninguna canción de Avalón que Kevin pudiera reconocer. Comenzó con algo que había oído en la corte: una canción de taberna, no muy decorosa para una doncella. Luego, un lamento aprendido de cierto arpista del norte: el lamento de un pescador que busca las luces de su casa desde el mar. Al terminar la canción se levantó tímidamente.

—Os agradezco que me prestarais el arpa. ¿Puedo pedírosla en otra ocasión, para no perder la práctica?

—Os la regalo —dijo Kevin—. Ahora que he oído vuestra música, no podría pertenecer a nadie más. Conservadla, os lo ruego. Tengo varias.

—Sois muy amable —murmuró Nimue—. Ahora que tengo con qué hacer música, os ruego que no me privéis de la vuestra.

—Tocaré para vos cuantas veces me lo pidáis —aseveró Kevin.

Y Nimue comprendió que lo decía con el corazón. Al inclinarse para recibir el instrumento se las compuso para rozarlo, murmurando por lo bajo:

—No bastan las palabras para expresar mi gratitud. Quizá llegue el momento en que pueda manifestárosla de manera más adecuada.

El bardo la miró deslumbrado. La joven se descubrió sosteniéndole la mirada con idéntica intensidad.

«Hechizo de doble filo, ciertamente. Yo también soy víctima.»

Cuando se fue, Nimue se sentó junto a Ginebra, obediente y trató de concentrarse en la tarea de hilar.

—Qué bien tocas, Nimue —comentó la reina—. No hace falta que te pregunte dónde aprendiste. Cierta vez Morgana cantó ese mismo lamento.

Nimue desvió los ojos.

—Contadme algo de Morgana. Ya no vivía en Avalón cuando llegué. Estaba casada con un rey... ¿El de Lothian?

—Gales del norte —corrigió Ginebra.

Nimue, que lo sabía perfectamente, no era del todo falsa. Para ella Morgana seguía siendo una incógnita y deseaba saber cómo la veían quienes la habían conocido en el mundo.

—Era una de mis damas —continuó la reina—. Arturo me la asignó el día que nos casamos. Se habían criado separados y él apenas la conocía.

Mientras escuchaba con atención, Nimue comprendió que había algo más bajo la antipatía de Ginebra: respeto, algo de temor y hasta ternura. «Si no fuera tan fanáticamente cristiana la habría amado», se dijo. Pero no pudo dedicar a su relato una atención plena: su mente era un torbellino.

«Tengo miedo; puedo convertirme en esclava y víctima de Merlín, en vez de ser a la inversa. ¡ Diosa, eres tú quien tiene que enfrentarse a él!»

Faltaban cuatro noches para la luna llena y ya sentía la agitación de la marea de vida. Pensó en la mirada intensa de Kevin, en sus ojos mágicos y su bella voz, y comprendió que ya estaba profundamente enredada en su hechizo. El cuerpo contrahecho había dejado de provocarle repugnancia; sólo percibía la fuerza y la energía vital que de él fluían.

«Si me entrego a él con luna llena —se dijo—, las mareas de la vida estarán en su punto culminante; entonces mis propósitos serán suyos y nos fundiremos en una sola carne.» Sintió como un dolor apagado el deseo de ser acariciada por esas manos sensibles, de sentir su aliento cálido contra la boca; supo que era, en parte, el eco del deseo y la frustración de Merlín; el vínculo mágico que ella había creado entre ambos exigía que también ella sufriera su tormento.

«Cuando la vida corre en plenitud, al redondearse la luna, la Diosa recibe el cuerpo de su amante.»

No era del todo inconcebible. Ella era hija del campeón de la reina; Kevin, a diferencia de los sacerdotes cristianos, podía casarse y tenía un alto puesto en la corte como consejero del rey. «Podríamos ser felices... cuando llegue el plenilunio engendrará un hijo en mi vientre... y lo gestaré con alegría... él no nació monstruoso y puede tener hijos bellos...» Se interrumpió, perturbada por la magnitud de sus fantasías. No, no tenía que involucrarse tanto en el hechizo. Tenía que negarse, al menos mientras el cuarto creciente hacía de su sangre un tormento de frustración. Era preciso esperar, esperar...

Como había esperado todos aquellos años. Hay magia en ceder a la vida, como lo sabían las sacerdotisas de Avalón cuando invocaban a la Diosa ante las fogatas de Beltane. Pero hay una magia más honda que proviene de reservar ese poder, poniendo diques a la corriente; por eso los cristianos insistían en que sus religiosos vivieran en castidad y reclusión. Nimue era un recipiente cargado de poder, como la Regalía Sagrada, y todo eso estaría a su disposición para esclavizar al Merlín... Pero tenía que esperar a que la marea bajara y volviera a crecer. Durante la luna nueva tenía que tomar el otro influjo, el que proviene del otro lado de la luna... No fértil, sino estéril, una oscura magia más antigua que la vida humana.

Y Merlín sabía de esas cosas; sabía de la antigua maldición de la luna nueva y el vientre estéril. Era menester hechizarlo de tal manera que no se preguntara por qué lo rechazaba durante el plenilunio y lo buscaba cuando el influjo menguaba.

«Tengo que cegarlo de deseo hasta tal punto que olvide cuanto aprendió en Avalón.» Y al mismo tiempo tenía que contener el propio y no dejarse dominar por el de él. No sería fácil.

Empezó a idear una treta. «Habladme de vuestra niñez —le diría—; contadme cómo os hicisteis esas heridas.» La solidaridad sería un vínculo peligroso; sabía cómo tocarlo, con la punta de los dedos... Y supo, con desesperación, que estaba buscando « manera de acercarse, de tocarlo, no por su objetivo, sino por apetito.

«¿Podré realizar este hechizo sin que sea también mi desgracia?»

—No estuvisteis en el festín de la reina —murmuró Merlín mirándola a los ojos—. Y yo había compuesto una canción par vos. Era el plenilunio y había mucho poder en la luna, señora

Nimue lo miró con toda intención.

—¿De veras? ¡Sé tan poco de esas cosas! ¿Sois mago, mi señor Merlín? A veces me siento indefensa, como si estuvierais lanzando vuestra magia sobre mí.

Durante el plenilunio había permanecido escondida, con la seguridad de que, si él la miraba a los ojos, podría adivinarle los pensamientos. Ahora, pasado el poder del influjo mágico, podía guardarse mejor.

—Tenéis que cantarme ahora vuestra canción.

Y se sentó a escuchar, sintiendo que todo su cuerpo se estremecía como las cuerdas del arpa. «No lo soporto, no puedo. Tengo que actuar en cuanto la luna esté en sombras.» Otro ciclo y sucumbiría a la marejada de hambre y deseo que estaba acumulando entre ambos. «Y ya no podría traicionarle. Sería suya para siempre, por el resto de esta vida y más allá.»

Alargó la mano para tocar las muñecas torcidas y el contacto la llenó de inquietud. Sólo pudo imaginar, por la súbita dilatación de las pupilas y !a brusca inspiración, lo que había representado para Kevin.

«Cristo dijo que e! arrepentimiento sincero borra cualquier pecado...» Pero el destino y las leyes del universo no se pueden apartar con tanta facilidad. Las estrellas no detienen su curso porque alguien les grite: «¡Deteneos!» Traicionar al Merlín era su destino y no se atrevía a cuestionarlo.

Kevin había dejado de tocar para cogerle delicadamente la mano. Como enajenada, Nimue le besó los dedos. «Ahora ya es demasiado tarde para echarse atrás.» No: había sido demasiado tarde al inclinar la cabeza ante Morgana. aceptando la misión. Había sido demasiado tarde ya al jurar fidelidad a Avalón.

—Habladme de vos —susurró—. Quiero saberlo todo, mi señor.

—No me llaméis así. Mi nombre es Kevin.

—Kevin —repitió Nimue, con voz suave y tierna, rozándole ligeramente el brazo con los dedos.

Día tras día fue tejiendo su hechizo con miradas, contactos y susurros, en tanto la luna menguaba hacia la tiniebla. Después de aquel beso fugaz volvió a apartarse, como si se hubiera asustado. Y era cierto: nunca, en todos sus años de reclusión, se había supuesto capaz de tanta pasión. Y sabía que los hechizos la estaban acentuando en ella tanto como en él. Por fin, tentado más allá de su resistencia por el suave roce del cabello en su cara, Kevin la sujetó para estrecharla entre sus brazos. Entonces Nimue se debatió con auténtico miedo.

—No, no... No puedo... Estáis loco... Soltadme, os lo ruego .—exclamó.

El Merlín la estrechó con más fuerza, escondiendo la cara en su seno, cubriéndole de besos los pechos. Nimue rompió en ligero llanto.

—No, no... Tengo miedo, tengo miedo...

Entonces Kevin la soltó, casi aturdido, con la respiración acelerada, los ojos cerrados y las manos laxas. Después de un momento murmuró:

—Mi bien amada, mi precioso pájaro blanco, corazón mío, perdóname, perdóname...

Nimue comprendió que ahora podía usar el miedo, tan auténtico, para sus fines.

—Confié en ti —gimoteó—. Confié en ti...

—Hiciste mal —replicó Kevin, ronco—. Soy sólo un hombre y no menos que eso. —Y ella hizo una mueca de dolor ante la amargura de su tono—. Soy un hombre de carne y hueso y te amo, Nimue. Y tú juegas conmigo como con un perrillo faldero. ¿Crees que soy menos hombre por ser tullido?

Nimue le tendió las manos, sabiendo que temblaban, sabiendo que él jamás adivinaría por qué. Protegió con cautela sus pensamientos.

—Nunca lo creí. Perdóname, Kevin. Es que..., no pude evitarlo.

«Y es cierto. Todo es cierto, Madre. Pero no como él lo cree. Lo que digo no es lo que él oye.»

Sin embargo, pese a toda la compasión y el deseo también experimentaba un poco de desprecio. «De otro modo no podría soportar lo que estoy haciendo. Pero es despreciable que un hombre esté tan a merced del deseo... Yo también tiemblo y me siento desgarrada... pero no me pongo a merced de mis apetitos carnales.»

Para eso Morgana le había dado la clave de aquel hombre, poniéndolo por completo en sus manos. Había llegado el momento de pronunciar las palabras que consolidarían el hechizo. haciéndole suyo en cuerpo y alma, para que pudiera llevarlo a Avalón y a su destino.

«¡ Finge! ¡ Finge ser una de esas vírgenes temerarias de las que Ginebra está rodeada, que tienen el cerebro entre las piernas!»

—Lo siento —tartamudeó—. Sé que eres un hombre T mentó haberme asustado... —Y le echó una mirada de soslayo entre el largo pelo, temiendo revelar su falsedad si él la miraba a los ojos—. Yo... yo... sí, quería que me besaras, pero m asustó que fueras tan fogoso. Éste no es buen momento ni buen lugar. Alguien podría aparecer de repente y la reina se enfada ría. Siempre nos advierte que no debemos ir por ahí con hombres.

«¿Será tan necio para creerse las estupideces que balbuceo?»

—¡Pobre amada mía! —Kevin le cubrió las manos de besos contritos—. Soy una bestia. ¡ Asustarte cuando te amo tanto, tanto que no puedo soportarlo! Nimue, Nimue, ¿tanto temes el enfado de la reina? No puedo... —se interrumpió para aspirar profundamente—. No puedo vivir así. ¿Preferirías que abandonara la corte? Nunca he... —Hizo otra pausa—. No puedo vivir sin ti. Si no eres mía voy a morir. ¿No te compadeces de mí, amada mía?

Nimue bajó los ojos con un largo suspiro, observando su rostro contraído, su respiración agitada. Por fin susurró:

—¿Qué puedo decirte?

—¡Di que me amas!

—Te amo. —Ella sabía que estaba hablando como hechizada—. Bien sabes que sí.

—Di que me entregarás todo tu amor, dilo... Ah, Nimue, Nimue, eres tan joven y bella... Y yo, tan contrahecho y feo... No puedo creer que me quieras. Aun ahora temo estar soñando, que sólo quieras burlarte de esta bestia tendida a tus pies como un perro...

—No —dijo. Y de inmediato, como si la intimidara su osadía, le rozó los párpados con dos besos levísimos, dos golondrinas fugaces.

—¿Vendrás a mi lecho, Nimue?

—Tengo miedo —susurró—. Podrían vernos... Y no me atrevo a ser tan ligera... Si nos descubrieran... —Frunció los labios en un mohín infantil—. Si nos descubrieran, la gente solo pensaría de ti que eres muy hombre, mientras que a mí me señalarían con el dedo, como a las rameras. —Y dejó que las lagrimas corrieran por sus mejillas, aunque en su interior todo era triunfo.

—Haría cualquier cosa por protegerte, por tranquilizarte— murmuró Kevin, con la voz trémula de sinceridad.

—Sé que los hombres gustáis de jactaros de vuestras conquistas. ¿Cómo puedo saber que no alardearás por todo Camelot de que la prima de la reina te ha concedido sus favores y su virginidad?

—Confía en mí, te lo ruego. ¿Qué prueba puedo darte de mi sinceridad? Sabes que soy tuyo en cuerpo, corazón y alma.

—La retuvo entre sus manos, susurrando—: ¿Cuándo serás mía? ¿Cómo? ¿Qué puedo hacer para demostrarte que te amo por encima de todas las cosas?

Nimue vacilaba.

—No puedo llevarte a mi cama. Comparto mi cuarto con cuatro de las damas. Cualquier hombre que llegara hasta allí sería detenido por los guardias.

Kevin se inclinó otra vez para cubrirle de besos las manos.

—Jamás te causaría ese bochorno, pobre amor mío. Tengo habitación propia; es apenas un cubículo, casi una perrera, y sólo porque los hombres del rey no quieren compartir alojamiento conmigo. No sé si te animarías a ir allí.

—Tiene que haber algún modo mejor —susurró Nimue, siempre con voz suave y tierna. «Maldito seas, ¿cómo haré para sugerirlo sin dejar de fingirme inocente y estúpida?»—. No recuerdo que haya en el castillo ningún lugar donde podamos estar a salvo, pero...

Se puso de pie junto a la silla para apretarse contra él, rozándole la frente con los pechos. Kevin la rodeó con los brazos, sepultando la cara en su cuerpo, temblorosos los hombros.

—En esta época del año... las noches son tibias y llueve muy poco. ¿Te animarías a salir conmigo, Nimue?

La muchacha murmuró, tan ingenuamente como pudo:

—Por estar contigo me atrevo a cualquier cosa, amor mío.

—Entonces..., ¿esta noche?

—Oh —susurró, acobardada—, la luna brilla tanto... Nos verían. Espera unos días, hasta que no haya luna.

—Cuando la luna está en sombras... —Kevin hizo una mueca de temor.

Nimue comprendió que era el momento peligroso en que el pez, tan minuciosamente atrapado, podía escapar del anzuelo y quedar libre. En Avalón, durante la luna nueva, las sacerdotisas se recluían y toda magia quedaba en suspenso. Pero él ignoraba que Nimue provenía de Avalón. ¿Se impondría el temor, o el deseo? La muchacha se mantuvo inmóvil, moviendo ligeramente los dedos entre los de él.

—Es un momento espectral —dijo Merlín.

—Pero temo que nos vean. No sabes como se enfadaría la reina si supiera que tengo el impudor de desearte.—Se arrimó un poco más a él—. Tú y yo no necesitamos de la luna para vernos.

Kevin la estrechó con fuerza, escondiendo la cabeza entre sus pechos.

—Amor mío —susurró—, será como tú quieras, con luna o sin ella.

—¿Y después me llevarás lejos de Camelot? No quiero sufrir vergüenza.

—Adonde quieras. Lo juro... Lo juro por tu Dios, si quieres.

Nimue movió las manos entre los rizos limpios de su pelo.

—El Dios cristiano no quiere a los amantes y detesta que una mujer yazga con un hombre. Júralo por tu Dios, Kevin, por las serpientes que llevas en las muñecas.

—Lo juro —murmuró él. Y la importancia de ese voto pareció agitar el aire en torno a ellos.

«Oh, necio, has jurado tu muerte...» Nimue se estremeció, pero Kevin sólo sabía de esos pechos en los que apoyaba los labios. Como futuro amante, se tomó el privilegio de tocarlos, besarlos, apartar un poco la túnica para encerrarlos en sus manos.

—No sé cómo haré para soportar la espera —dijo.

—Tampoco yo —susurró ella. Y lo decía con todo el corazón.

«Ojalá esto hubiera terminado...»

La luna no era visible, pero su marea cambiaría dentro de tres días, exactamente dos horas después del crepúsculo; sentía su mengua como una gran enfermedad en la sangre, que le robaba la vida de las venas. Pasó la mayor parte de aquellos tres días en su alcoba, aduciendo que se encontraba mal, lo cual no distaba mucho de la verdad. Estuvo la mayor parte del tiempo a solas, con las manos en el arpa de Kevin, meditando para llenar el éter con el mágico vínculo que existía entre ambos.

Era una hora malhadada y Kevin lo sabía tan bien como ella, pero estaba tan cegado por la promesa de su amor que no le importaba.

Llegó el día en que la luna estaría en sombras; Nimue la sentía en todo el cuerpo. Se preparó una tisana de hierbas para postergar su sangre menstrual, para no disgustarle ni recordarle los tabúes de Avalón. Tenía que apartar su mente de las realidades físicas del acto; pese a toda su preparación, en verdad era la nerviosa virgen que pretendía ser. Tanto mejor: así no sería necesario fingir; sería, simplemente, la muchacha que se entrega por primera vez al hombre que ama y desea. Lo que sucediera después sería lo que la Diosa había ordenado.

No supo qué hacer para pasar el tiempo. La cháchara de las damas nunca le había parecido tan vacua e insustancial. Por la tarde, puesto que no podía concentrarse en el hilado, llevó el arpa de Kevin y cantó para ellas. A pesar de todo, hasta el más largo de los días llega a su anochecer. Lavada y perfumada, se sentó en el salón cerca de Ginebra, picando la comida, descompuesta y mareada; le repugnaban los perros bajo la mesa, la grosería de los modales. Vio a Kevin sentado entre los consejeros del rey y casi pudo sentir sus manos hambrientas en los pechos. La mirada que le dirigió era casi audible:

«Esta noche. Esta noche, amada mía. Esta noche.»

«Ah, Diosa, cómo puedo hacer esto a un hombre que me ama, que ha puesto toda su alma en mis manos... Pero he jurado y tengo que respetar mi juramento; de lo contrario sería tan traidora como él.»

Mientras las damas de la reina iban hacia sus habitaciones, los dos se cruzaron en el salón inferior.

—He escondido tu caballo y el mío en los bosques, más allá de la puerta —le dijo, en voz muy baja y rápida—. Después te llevaré adonde quieras.

«No imaginas dónde será.» Pero era demasiado tarde para echarse atrás. Sin poder dominar las lágrimas, respondió:

—Ah, Kevin... Te amo. —Y era cierto. Se había enredado hasta tal punto en el corazón de Merlín que no concebía separarse de él. El aire de la noche parecía lleno de magia.

Los demás tenían que pensar que Nimue se había ausentado con algún recado. Dijo a las damas con las que compartía el dormitorio que había prometido un remedio para el dolor de muelas a una de las mujeres y que tardaría varias horas en regresar. Luego se escabulló, abrigada con su capa más gruesa y oscura y la pequeña hoz de su iniciación en una bolsa atada a la cintura; pasara lo que pasare, Kevin no tenía que verla.

Tinieblas. No había siquiera sombras en el patio sin luna. Descubrió que temblaba al caminar con cautela, a la débil luz de las estrellas. Más allá la oscuridad se hizo más intensa; entonces oyó el murmullo apagado y ronco:

—¿Nimue?

—Soy yo, amado mío.

«¿Cuál es la falsedad mayor: faltar a mi juramento a Avalón o mentir así a Kevin? ¿Existe acaso una mentira buena?»

Cuando la cogió del brazo, el contacto de su mano caliente le hizo arder la sangre. Ahora los dos estaban profundamente enredados en la magia de la hora. Ya fuera de la puerta, descendieron la empinada cuesta que elevaba el antiguo fuerte de Camelot, sobre las colinas circundantes. En invierno aquello se convertía en un río pantanoso; ahora estaba seco, cubierto por la vegetación maloliente de las tierras húmedas; Kevin la condujo a un bosquecillo.

«Ah, Diosa, siempre supe que perdería mi doncellez en un bosquecillo... pero no sospechaba que sería con todo el embrujo de la luna nueva.»

Kevin la estrechó contra sí para besarla. Todo su cuerpo parecía arder. Tendió las dos capas en la hierba y la acostó. Sus manos contrahechas temblaban tanto entre los cordones del vestido que ella misma tuvo que desatarlos.

—Me alegro de que esté oscuro —dijo él, con un hilo de voz—. De ese modo no te horrorizarás de mi cuerpo deforme.

—Nada tuyo podría asustarme, amor mío —susurró ella, alargando las manos.

En ese momento lo decía con toda sinceridad, envuelta en el hechizo que también a ella la había atrapado. A pesar de la magia, la falta de experiencia hizo que se apartara, con auténtico miedo, ante el contacto de su virilidad enhiesta. Él la calmó con besos y caricias. Nimue percibía el ardor de la marea baja, la densa lobreguez de la hora arcana. En el momento en que llegaba a su culminación lo atrajo hacia ella, sabiendo que, si se demoraba hasta que la luna nueva apareciera en el cielo, perdería gran parte de su poder.

—Nimue, Nimue —murmuró él, notando que temblaba—, pequeña mía, eres doncella... Si quieres, podemos... damos mutuamente placer sin que yo tome tu virginidad...

Ante su ofrecimiento sintió deseos de llorar: que él, aun enloquecido por el deseo, esa cosa pesada que se retorcía entre ambos, pudiera ser tan considerado. Pero exclamó:

—¡No, no! Te deseo.

Y lo estrechó fogosamente contra ella, guiándolo con las manos. Recibió casi con gozo el dolor súbito, la sangre, la culminación del frenético deseo de Kevin, y se aferró a él, jadeando, alentándolo con exclamaciones apasionadas. En el último instante lo apartó de sí, sofocado y suplicante.

—¿Eres mío? ¡Júramelo!

—¡Lo juro! Ah, no soporto... no puedo... deja que...

—¡Espera! ¡Júralo! ¿Eres mío? ¡Dilo!

—Lo juro, lo juro por mi alma.

—Por tercera vez: eres mío.

—¡Soy tuyo!¡Lo juro!

Y Nimue percibió su brusco espasmo de miedo al comprender lo que había sucedido. Pero ahora era prisionero de su frenesí; se movía sobre ella como desesperado, boqueando, gimiendo como en un tormento insoportable. En el momento exacto de la marea más baja, cuando la magia del hechizo descendió sobre ellos, Kevin lanzó un grito y cayó pesadamente sobre su cuerpo. Quedó inmóvil, como si estuviera muerto, y ella se estremeció. No encontraba en aquello el placer del que le habían hablado, pero sí algo más satisfactorio: un triunfo enorme. Pues el embrujo los rodeaba densamente y ella era dueña de su espíritu, su alma, su esencia. En el instante en que se invertía la marea, buscó con los dedos el esperma mezclado con la sangre de su doncellez; con eso marcó la frente de Kevin. El contacto obró el hechizo; él se incorporó, laxo y sin vida.

—Kevin —le indicó—. Monta a caballo.

Él se levantó con movimientos de plomo y se volvió hacia el caballo.

—Primero vístete —especificó Nimue.

Mecánicamente él se puso la túnica y la ciñó a la cintura, con gestos rígidos. A la luz de las estrellas Nimue vio el brillo de sus ojos: ahora sabía, bajo el dominio del embrujo, que lo había traicionado. Con la garganta anudada por la angustia y una salvaje ternura, sintió el impulso de atraerlo otra vez hacia sí, romper el hechizo, cubrirle la cara de besos y llorar por la traición de ese amor.

«Pero yo también he jurado y así lo manda el destino.»

Se puso la túnica y montó. Ambos tomaron silenciosamente el camino de Avalón. Al amanecer, la barca los estaría esperando en la orilla.

Unas horas antes del alba Morgana despertó de un sueño inquieto, presintiendo que Nimue había cumplido su misión. Después de vestirse en silencio, despertó a Niniana y a las sacerdotisas que la asistían. El cortejo descendió lentamente a la orilla, con vestimentas oscuras, las cabelleras peinadas una sola trenza y las hoces de mangos negros atadas a la cintura. En silencio, las mujeres aguardaron a que el cielo empezará a encenderse con el matiz rosado de la primera luz; entonces Morgana ordenó por señas que la barca partiera y la vio desaparecer entre la bruma.

Esperaron. La luz se hizo más fuerte. En el momento en que asomaba el sol, la barca volvió a surgir de entre la niebla Morgana vio a Nimue en la proa, alta y erguida, pero con la cara oculta por la sombra de la capucha. En el fondo de la embarcación había un bulto caído.

«¿Qué le ha hecho? ¿Lo trae muerto o embrujado?» Morgana se descubrió deseando que estuviera muerto, que se hubiera quitado la vida por desesperación o terror. Dos veces había imprecado a Kevin, tachándolo de traidor a Avalón; sobre su tercera traición no había dudas: retirar la Regalía Sagrada de su escondite. Oh, merecía la muerte, sí, incluso la muerte que sufriría esa mañana. Todos los druidas habían confirmado que tenía que morir en el robledal, sin la prontitud de la misericordia. Traición como la suya no se conocía en toda la Britania desde los tiempos de Eilan, la que había divulgado falsos oráculos para impedir que las Tribus se alzaran contra los romanos.

Dos miembros de la tripulación ayudaron al Merlín a levantarse. Iba a medio vestir, con la túnica mal puesta, ocultando apenas su desnudez. Estaba desaliñado y pálido... ¿Drogado o embrujado? Trató de caminar, pero al faltarle sus bastones se tambaleó y tuvo que aferrarse a lo que encontró a mano. Nimue permanecía inmóvil, sin mirarlo, con el rostro escondido en el manto. Pero al elevarse los primeros rayos del sol se echó la capucha atrás; en aquel momento el encantamiento abandonó a Kevin y a sus ojos asomó la conciencia: sabía dónde estaba y qué había sucedido.

Morgana vio que miraba a Nimue, parpadeando al reconocer la barca de Avalón. De pronto fue plenamente consciente de la traición; entonces bajó la cabeza, con horror y vergüenza.

Luego miró a Nimue. La muchacha estaba pálida y débil, despeinada, aunque había intentado trenzarse el pelo apresuradamente. Con labios trémulos, se apresuró a apartar la mirada.

«Ella también lo amaba —pensó Morgana—. Debí prever que un hechizo tan poderoso afectaría a quien lo utilizara.»

Pero Nimue se inclinó profundamente, como lo exigía la costumbre de Avalón.

—Señora y madre —dijo, inexpresivamente—, os he traído al perjuro que entregó la Regalía Sagrada.

Morgana se adelantó para abrazarla, aunque la muchacha rehuyó el gesto.

—Celebro tu regreso a nosotras, Nimue, sacerdotisa y hermana.

Y le dio un beso en la mejilla húmeda. La angustia de Nimue era perceptible en todo su cuerpo. «Ah, Diosa, ¿esto la ha destruido a ella también? En tal caso, hemos comprado la vida de Kevin a un precio demasiado alto.»

—Ya puedes irte, Nimue —añadió, compasiva—. Deja que te lleven a la Casa de las doncellas; tu misión está cumplida. No es necesario que presencies lo que ha de suceder. Has hecho tu parte y sufrido lo suficiente.

Nimue susurró:

—¿Qué será de... de él?

Morgana la estrechó con fuerza.

—Hija, hija, no tienes por qué preocuparte por eso. Has cumplido tu parte con valor y fortaleza. Con eso basta.

La muchacha contuvo el aliento como si estuviera al borde del llanto. Miró a Kevin, pero él no alzó los ojos. Por fin, temblando tanto que apenas podía caminar, se dejó llevar por dos de las sacerdotisas, a las que Morgana dijo en voz baja:

—No la atormentéis con preguntas. Dejadla en paz.

Luego se volvió hacia Kevin. Al mirarlo a los ojos la asaltó el dolor. Ese hombre había sido su amante, pero más que eso: fue el único que nunca trató de enredarla en maniobras políticas; nunca intentó utilizarla por su nacimiento ni su posición elevada; tampoco le había pedido nada, salvo amor. En Tintagel la había arrancado del infierno, presentándose a ella como el Dios. La suya bien podía ser la única amistad que hizo en toda su vida.

Forzó el paso de las palabras por el tremendo nudo de su garganta.

—Y bien, arpista Kevin, falso Merlín, Mensajero perjuro, ¿tienes algo que decir antes de enfrentarte a la condena de la Diosa?

El negó con la cabeza.

—Nada que podáis considerar importante, Dama del Lago.

Morgana recordó, en un fogonazo de dolor, que había sido el primero en darle ese título.

—Sea. —Su cara parecía de piedra—. Llevadlo a su condena.

Kevin dio un paso vacilante entre sus captores, pero de in mediato echó la cabeza atrás, desafiante.

—No, esperad —dijo—. Creo que tengo algo que deciros Morgana de Avalón, pese a todo. Una vez os dije que mi vida era poca cosa para comprometer ante la Madre. Tenéis que saber que por Ella he obrado así.

—¿Estáis diciendo que por la Diosa entregasteis la Regalía Sagrada a los curas? —Acusó Niniana, con la voz cortante de desprecio—. ¡Entonces no sois sólo perjuro, sino también loco! ¡Llevaos a ese traidor!

Pero Morgana hizo un gesto.

—Escuchémosle.

—Es precisamente así—dijo Kevin—. Como os dije cierta vez, señora: los días de Avalón han terminado. El Nazareno ha vencido: tendremos que adentrarnos más y más en las brumas, hasta no ser más que una leyenda y un sueño. ¿Queréis llevaros la Regalía Sagrada a esa tiniebla, protegiéndola cuidadosamente para el amanecer de otro día que jamás llegará? Aunque Avalón perezca, creo que los objetos sacros tienen que permanecer en el mundo, al servicio de lo divino, cualquiera que sea el nombre que se dé a los dioses. Y por lo que he hecho la Diosa se ha manifestado, al menos una vez, en ese otro mundo, de un modo que jamás será olvidado. El paso del Grial será recordado, Morgana mía, cuando vos y yo seamos sólo leyendas para contar junto al fuego. No creo que eso sea en vano. Tampoco tendríais que pensarlo vos, que llevasteis ese cáliz. Y ahora haced conmigo lo que queráis.

Morgana inclinó la cabeza. El recuerdo de ese momento de éxtasis y revelación, en que había ofrecido el Grial bajo la forma de la Diosa, la acompañaría hasta la muerte; para quienes habían experimentado esa visión la vida ya no volvería a ser la misma. Pero ahora tenía que enfrentarse a Kevin como Diosa vengadora, la Parca, la Cerda furiosa capaz de devorar a su cría, el Gran Cuervo, la Destructora...

No obstante, la Diosa había recibido mucho de él. Le tendió la mano... y se detuvo, pues bajo los dedos vio otra vez lo que había visto antes: una calavera.

«Está condenado y ve su muerte. Yo la veo también... Pero no ha de sufrir ni será torturado. Dijo la verdad: ha hecho lo que la Diosa le ordenó y yo debo hacer lo mismo.»

Afirmó la voz antes de hablar. Se oyeron truenos lejanos.

—La Diosa es misericordiosa. Llevadlo al robledal, corno ha sido ordenado, pero allí matadlo con celeridad, de un solo golpe. Enterradlo debajo del roble grande, que en adelante será evitado por todos los hombres. Kevin, último de los Mensajeros de la Diosa, te maldigo condenándote a olvidarlo todo, a renacer sin sacerdocio y sin iluminación; que todo lo que hayas hecho en tus vidas anteriores quede borrado; que tu alma regrese a los que sólo han nacido una vez. Cien veces volverás, arpista Kevin, siempre buscando a la Diosa sin hallarla. Pero te digo que, finalmente, si Ella quiere volverá a encontrarte.

Kevin la miró a los ojos, esbozando esa sonrisa dulce y extraña; luego dijo, casi en un susurro:

—Adiós, pues, Dama del Lago. Decid a Nimue que la amé... O tal vez se lo diga yo mismo. Pues creo que pasará mucho tiempo antes de que vos y yo nos reencontremos, Morgana.

Otra vez un trueno lejano subrayó sus palabras. Morgana, estremecida, lo vio alejarse cojeando, sin mirar atrás, apoyado en los brazos de sus custodios.

«¿Por qué me siento avergonzada? Fui misericordiosa. Podría haberlo hecho torturar. También a mí me considerarán débil y traidora por no haberlo hecho pedir a gritos la muerte... ¿Soy débil por no permitir que torturaran al hombre que una vez amé? ¿Será su muerte tan fácil que la Diosa busque venganza contra mí? Sea, aunque yo deba enfrentarme a la muerte que no ordené para él.»

Y contempló las nubes de tormenta con una mueca de dolor. «Kevin ha sufrido toda la vida. No sumaré a su destino otra cosa que la muerte.» En el cielo estalló un relámpago. Morgana se estremeció... ¿O era solo el viento frío que se levantaba con la tormenta? «Así perece el último de los grandes Merlines, con la tempestad que ahora se abate sobre Avalón», pensó.

Hizo un gesto hacia Niniana.

—Id a ver que mi sentencia sea cumplida al pie de la letra. Que lo maten de un solo golpe y no dejen su cuerpo sobre tierra ni siquiera una hora.

Vio que su compañera la observaba, como si todos supieran que él había sido su amante. Pero Niniana se limitó a preguntar:

—¿Y vos?

—Iré a reunirme con Nimue. Me necesita.

Pero Nimue no estaba en la Casa de las doncellas. Morgana cruzó deprisa los patios barridos por la lluvia, pero tampoco la halló en la recoleta vivienda que había ocupado con Cuervo. No estaba en el templo. Una de las sacerdotisas le dijo que Nimue había rehusado aceptar comida, vino e incluso un baño. Morgana sentía crecer en ella, con cada chasquido de los rayos, una terrible aprensión. La tempestad iba en aumento. Convocó todos los criados del templo para iniciar la búsqueda, pero entonces regresó Niniana, muy pálida, acompañada por los hombres a quienes había encomendado la ejecución de Kevin

—¿Qué pasa? —interpeló Morgana, con voz fría— porqué no se cumplió mi sentencia?

—Fue ejecutado de un solo golpe. Dama del Lago —susurró Niniana—, pero con ese único golpe cayó un rayo que partió en dos al gran roble sagrado. Está hendido de la copa a la raíz

Morgana sintió un nudo en la garganta. «No es tan extraño Hay tormenta y los rayos siempre caen en el punto más alto Pero que sucediera a la misma hora en que Kevin profetizaba el fin de Avalón...»

Para que no la vieran temblar, se abrazó el cuerpo con los brazos bajo el manto. ¿Cómo haría para separar ese mal presagio de la inminente destrucción de Avalón?

—El Dios ha preparado un lugar para el traidor. Enterradlo dentro de la hendidura del roble.

Todos se inclinaron en señal de aquiescencia y se alejaron, entre el tronar y el súbito repiqueteo de la lluvia. Morgana, afligida, cayó en la cuenta de que se había olvidado de Nimue. Pero una voz dentro de ella decía: «Ya es demasiado tarde.»

La encontraron a mediodía, cuando salió el sol, ya pasada la tormenta. Flotaba entre los juncos del lago, con el cabello extendido en la superficie, como si fueran algas. Y Morgana, aturdida de pena, no lamentó del todo que el arpista Kevin no hubiera partido solo hacia la tierra de las sombras, más allá de la muerte.

12

En los lúgubres días que siguieron a la muerte de Kevin, Morgana se dijo a menudo que, en verdad, la Diosa había asumido la misión de destruir a los caballeros de la mesa redonda. Pero ¿por qué deseaba destruir también Avalón?

«Estoy envejeciendo. Cuervo ha muerto y también Nimue, que habría tenido que ser la Dama después de mí. Y la Diosa no ha designado a ninguna otra profetisa. Kevin yace sepultado dentro del roble. ¿Qué será ahora de Avalón?»

Era como si el mundo estuviera mudando de sitio; más allá de las brumas, se movía a una velocidad cada vez mayor. Ya nadie podía abrir la entrada entre las nieblas, salvo ella y una o dos de las sacerdotisas de más edad. Y a veces, cuando salía a caminar, ya no veía el sol ni la luna; así se percataba de que había cruzado las fronteras del país de las hadas, aunque muy rara vez entreveía a su gente entre los árboles y nunca a la reina.

«La Diosa vino al mundo por última vez cuando recorrió el salón de Camelot con el Grial en las manos», pensó. Y luego, confundida, se preguntó si había sido en verdad la Diosa la que lo hiciera o sólo ella y Cuervo, creando ilusiones.

«He convocado a la Diosa y la hallo dentro de mí misma.»

Y Morgana supo que ya nunca podría buscar consuelo o consejo fuera de sí misma: sólo en su interior. De vez en cuando, siguiendo la costumbre de toda una vida, trataba de invocar la imagen de la Diosa para que la guiara, pero no veía nada; a veces, la cara de Igraine, joven y bella. En ocasiones, la de Viviana.

«Ellas son la Diosa. La Diosa soy yo. No hay nadie más.»

Poco le interesaba mirar dentro del espejo mágico, pero de vez en vez, cuando la luna estaba en sombras, iba a beber del manantial y miraba dentro del agua. Pero sólo veía imágenes fugaces e intrigantes: los caballeros de la mesa redonda, viajando de un lado a otro, siguiendo sueños y visiones sin que ningún hallara el verdadero Grial. Algunos, olvidando la búsqueda cabalgaban abiertamente en busca de andanzas; otros se encontraron con más aventuras de las que podían afrontar y acabaron por perecer; algunos hicieron buenas obras y otros, maldades Un o dos, en penetrantes visiones de fe, soñaron un Grial propio v murieron. Otros, siguiendo el mensaje de sus videncias, peregrinaron a la Tierra Santa; hubo quienes, siguiendo los vientos que soplaban por entonces en el mundo entero, se hicieron ermitaños, buscando, en cuevas y toscos refugios, una vida de silencio y penitencia...

Una o dos veces vio fugazmente una cara conocida: Mordret, en Camelot, junto a Arturo. También a Galahad, en su búsqueda del Grial, pero luego dejó de verlo y se preguntó si la búsqueda lo habría llevado a la muerte.

Y una vez reconoció a Lanzarote, medio desnudo, cubierto con pieles de animales, largo y desaliñado el pelo; corría por un bosque sin armadura ni espada, con un brillo de locura en los ojos. Había imaginado que esa búsqueda sólo podía llevarlo a la demencia y la desesperación. Volvió a buscarlo en el espejo de luna en luna, pero durante mucho tiempo no tuvo éxito. Por fin lo encontró dormido sobre paja, vestido con harapos; a su alrededor se alzaban los muros de una mazmorra. Y ya no lo vio más.

«Ah, dioses, ¿acaso él también se ha ido, como tantos de los hombres de Arturo? En verdad el Grial no fue una bendición para la corte, sino una maldición. Y así tenía que ser: una maldición contra el traidor que lo profanó. Y ahora ha desaparecido de Avalón para siempre.»

Durante mucho tiempo Morgana estuvo convencida de que el Grial había sido llevado por la Diosa a los reinos divinos, para que la humanidad ya no pudiera volver a profanarlo, y se contentó con eso, pues había sido mancillado con el vino de los cristianos y ella no sabía cómo purificarlo.

Algunos rumores del mundo exterior le llegaban a través de las antiguas hermandades de sacerdotes cristianos que, en aquellos días, llegaban a Avalón huyendo de la obligada conformidad con ese nuevo sacerdocio empeñado en borrar cualquier cu que no fuera el propio. Ahora decían que aquel cáliz fue, en verdad, el que Cristo usó en la última cena, que estaba ahora en cielo y que ya no se volvería a ver en el mundo. Pero también comentaba que había sido visto en «la otra isla», Ynis Witrin, refulgente en el fondo del pozo: el mismo pozo que, en Avalón, el sagrado espejo de la Diosa. Por eso los curas de Ynis Witrin empezaban a llamarlo «el Pozo del Cáliz».

Y cuando los ancianos sacerdotes ya llevaban un tiempo en Avalón, Morgana empezó a oír rumores de que, en ocasiones, el Grial aparecía durante un momento sobre su altar. «Será como la Diosa quiera. No lo profanarán.» Pero ignoraba si estaba en verdad en la vetusta iglesia de la hermandad cristiana..., que había sido construida en el mismo sitio donde se alzaba la iglesia en la otra isla. Por eso decían que, cuando las brumas se atenuaban, la antigua hermandad de Avalón oía los cánticos de los monjes en su iglesia de Ynis Witrin. Morgana recordaba entonces el día en que las nieblas, al atenuarse, habían permitido que Ginebra pasara a Avalón.

En Avalón, el tiempo transcurría ahora de una manera extraña. Morgana ignoraba si ya había pasado el año y un día al que se comprometieran los caballeros. A veces pensaba que el mundo exterior debía de haber visto pasar varios años.

Pensaba mucho en las palabras de Kevin: «... las brumas se están cerrando sobre Avalón ».

Y un día fue convocada a la orilla del lago. No necesitó de la videncia para saber quién llegaba en la barca. Lanzarote ya tenía el pelo completamente gris; estaba delgado y demacrado. Pero cuando bajó de la barca, siendo sólo una sombra de su antigua gracia, Morgana se adelantó para cogerle las manos y no encontró en su cara rastros de locura.

Cuando él la miró a los ojos tuvo la súbita sensación de ser la Morgana de antaño, cuando el templo estaba lleno de sacerdotisas y druidas, cuando Avalón no era una tierra solitaria a la deriva entre la niebla, con un puñado escaso de ancianas sacerdotisas, algunos druidas entrados en años y unos cuantos cristianos antiguos, medio olvidados.

—¿Cómo es posible que el tiempo te afecte tan poco, Morgana? —le preguntó Lanzarote—. Todo parece cambiado, aun aquí, en Avalón. Mira, ¡hasta el círculo de piedras está oculto en las brumas!

—Oh, todavía están allí —aseguró Morgana—, aunque ahora algunos nos extraviamos al buscarlas. Tal vez algún día desaparezcan por completo en la niebla, para no ser derribadas jamás por manos humanas ni por los vientos del tiempo. Ya nadie rinde culto allí; las fogatas de Beltane han dejado de encenderse incluso en Avalón, aunque dicen que todavía se celebran los ritos antiguos en Cornualles y en Gales del norte. Los del pueblo pequeño no los dejarán morir mientras sobreviva uno solo de ellos. Me sorprende que pudieras llegar hasta aquí, primo.

Lanzarote sonrió; entonces vio en sus ojos los rastros del dolor y hasta de la demencia.

—Caramba, apenas tenía conciencia de venir hacia aquí prima. Ahora la memoria me juega una mala pasada. Estuve loco, Morgana. Deseché la espada; vivía en el bosque, como un animal, y en algún momento, no sé por cuánto tiempo, estuve confinado en una extraña mazmorra.

—La vi —susurró Morgana—, pero no sabía qué significaba.

—Tampoco yo. Y todavía no lo sé. Recuerdo muy poco de aquella época. Creo que es una bendición no recordar lo que hice. No fue la primera vez; en los años que pasé con Elaine hubo momentos en que apenas tenía conciencia de lo que hacía.

—Pero ya estás bien —señaló Morgana, deprisa—. Ven a desayunar conmigo, primo. Es demasiado temprano para cualquier otra cosa, cualquiera que sea el motivo que te trajo.

Lo llevó a su vivienda; con excepción de las sacerdotisas que la atendían, Lanzarote era la primera persona que entraba allí desde hacía años. Aquella mañana había pescado del lago, que ella le sirvió con sus manos.

—Ah, qué rico —dijo él, masticando con apetito.

Morgana se preguntó cuánto tiempo llevaría sin acordarse de comer. Iba tan pulcramente peinado como de costumbre; ahora tenía el pelo completamente encanecido y retazos blancos en la barba, cuidadosamente recortada; su capa, aunque raída y gastada por los viajes, estaba bien cepillada y limpia. Viendo que ella observaba la prenda, rió un poco.

—Perdí, no sé dónde, capa, espada y armadura; tal vez me los robaran en alguna mala aventura, o quizá los desechara en mi locura. Sólo recuerdo borrosamente que un día alguien me llamó por mi nombre; era uno de los caballeros, quizá Lamorak. Yo estaba demasiado débil para viajar con él, que partía al día siguiente, pero empecé a recordar poco a poco quién era. Entonces me dieron una túnica y me permitieron sentarme a la mesa y comer con mi cuchillo, en vez de arrojarme las sobras en un cuenco de madera. —Su risa sonó trémula y nerviosa—. Creo que herí a algunos de ellos. Parece que perdí casi todo un año de mi vida; sólo recuerdo nimiedades. Lo que más me preocupaba era no darme a conocer, por no arrojar vergüenza sobre Arturo y sus caballeros. —Hizo una pausa; Morgana calculó su tormento por lo que no decía—. Bueno, lentamente recuperé las fuerzas suficientes para viajar. Lamorak me había dejado dinero para un caballo y provisiones. Pero la mayor parte de ese año está en sombras.

Cogió el pan restante para recoger decididamente los restos de pescado. Morgana le preguntó:

—¿Y qué fue de la búsqueda?

—¿Qué, en verdad? He sabido muy poco, aquí y allá, mientras viajaba por el país. Gawaine fue el primero en regresar a Camelot.

Morgana sonrió, casi contra su voluntad.

—Siempre fue inconstante en todo.

—Salvo en su lealtad a Arturo —corrigió Lanzarote—. Y mientras venía hacia aquí me encontré con Gareth.

—¡El querido Gareth! Es el mejor de los hijos de Morgause. ¿Qué te dijo?

—Dijo que había tenido una visión —musitó Lanzarote—, en la que se le ordenaba regresar a la corte y cumplir con su rey y sus tierras, sin demorarse buscando espejismos de objetos sagrados. Charló largamente conmigo, rogándome que abandonara la búsqueda del Grial para acompañarlo a Camelot.

—Me sorprende que no lo hicieras.

Lanzarote sonrió.

—También a mí, prima. Le he prometido regresar en cuanto pueda. —De pronto su expresión se tornó grave—. Gareth me dijo que ahora Mordret está siempre cerca de Arturo. Que lo mejor sería buscar a Galahad y pedirle que regresara de inmediato, pues desconfía de Mordret y su influencia sobre el rey. Lamento hablar mal de tu hijo, Morgana.

Ella comentó:

—Una vez me dijo que Galahad no viviría lo suficiente para gobernar, pero me juró que no tendría ninguna participación en su muerte.

Lanzarote parecía atribulado.

—He visto cuántas desgracias pueden acontecer en esta maldita búsqueda. Dios permita que pueda hallar a Galahad antes de que sea víctima de algo así.

Entre ellos se hizo el silencio. Morgana pensaba: «En el fondo lo sabía: por eso Mordret rechazó la búsqueda.» Y cayó en la cuenta de que ya no creía que Gwydion, Mordret, llegara a reinar desde Avalón. Se preguntó cuándo había empezado a aceptarlo. Tal vez a la muerte de Accolon, puesto que la Diosa no había dado protección a su elegido.

«Galahad será rey, un rey cristiano. Y eso puede significa que mate a Gwydion. ¿Qué será del Macho rey cuando el ciervo joven haya crecido?» Pero si el tiempo de Avalón había llegado a su fin, tal vez Galahad ocupara el trono en paz, sin necesidad de matar a su rival.

Lanzarote miró hacia el rincón.

—¿Es el arpa de Viviana?

—Sí —confirmó Morgana—. La mía quedó en Tintagel Pero supongo que es tuya, si la quieres, por derecho de herencia.

—Ya no toco ni tengo voluntad de hacer música, Morgana. Es tuya por derecho, como todo lo que pertenecía a mi madre.

Morgana recordó unas palabras que le habían llegado al corazón, una vida entera atrás: «Ojalá no te parecieras tanto a mi madre, Morgana.» Ahora el recuerdo no encerraba dolor, sino calidez; Viviana no desaparecería por completo mientras algo sobreviviera en ella. Lanzarote agregó, a trompicones:

—Quedamos tan pocos... somos tan pocos los que recordamos los viejos tiempos de Caerleon... e incluso los de Camelot...

—Allá está Arturo —apuntó Morgana—. Y Gawaine, Gareth, Cay... y muchos más, querido. Sin duda se preguntan todos los días dónde está Lanzarote. ¿Por qué has venido aquí en vez de estar allí?

—Como dije, la mente me juega una mala pasada. Vine casi sin saberlo. Pero ya que estoy aquí, tendría que preguntar... Me dijiste que Nimue estaba en Avalón. Tendría que preguntarte qué ha sido de ella. ¿Está bien? ¿Se encuentra a gusto entre las sacerdotisas?

—Lo siento —murmuró Morgana—. Parece que sólo tengo malas noticias para daros. Nimue murió hace un año.

No diría más. Lanzarote ignoraba la traición de Merlín, la última visita de Nimue a la corte. Conocer el resto sólo serviría para entristecerlo más. Él no hizo preguntas; sólo bajó la vista, con un fuerte suspiro. Al fin dijo:

—Y la menor, la pequeña Ginebra, está casada y vive en la baja Britania. Y la búsqueda se ha tragado a Galahad. Nunca me esforcé por conocer a mis hijos. Los dejé casi enteramente en manos de Elaine, incluso al varón, pensando que eran lo único que podía darle. Cuando partimos de Camelot viajé con Galana durante un tiempo; en esos diez días lo conocí mejor que en los dieciséis años anteriores. Tal vez sea buen rey, si sobrevive.

Miró a Morgana, casi suplicante, y ella comprendió que deseaba una respuesta tranquilizadora, pero no la tenía. Por fin le dijo:

—Si sobrevive será buen rey, pero rey cristiano. —Por un momento los sonidos de Avalón parecieron apagarse a su alrededor, como si hasta las olas del lago y el susurro de los juncos callaran para oír sus palabras—. Si sobrevive a la búsqueda del Grial, gobernará rodeado por los curas; en todo el país habrá un solo Dios y una sola religión.

—¿Tan trágico sería eso, Morgana? —preguntó Lanzarote en voz baja—. El Dios cristiano está causando un renacimiento espiritual en todo el país. ¿Es malo eso, si la humanidad ha olvidado los Misterios?

—No los ha olvidado —corrigió Morgana—: los ha encontrado demasiado difíciles. Los hombres quieren un Dios que cuide de ellos y no les exija buscar la iluminación; que los acepte tal como son, con todos sus pecados, y los borre con arrepentimiento.

Lanzarote sonrió con amargura.

—No quieren esperar a la justicia divina: la quieren ahora. Ese es el cebo que les ofrece esta nueva raza de sacerdotes.

Morgana comprendió que eso era verdad y bajó la cabeza, angustiada.

—Y como es su visión del Dios lo que da forma a la realidad, así ha de ser. La Diosa fue real mientras la humanidad le rindió homenaje y creó su forma. Ahora creará el tipo de Dios que cree desear... el Dios que merece, quizá.

Y así tenía que ser, pues la realidad era lo que el hombre veía de ella. Bajo las enseñanzas de los curas, la naturaleza pasaría a ser maligna, ajena y hostil. Los dioses antiguos, demonios, surgidos de esa parte de sí que el hombre estaba dispuesto a sacrificar o dominar, en vez de dejarse guiar por ella. Recordó algo que había leído en Gales, en los libros del sacerdote:

—Y de esa manera todos los hombres se convertirán en eunucos por el Reino de Dios. Creo que no me interesa vivir en ese mundo, Lanzarote.

El fatigado caballero negó con la cabeza, suspirando.

—Tampoco a mí, Morgana. Pero tal vez sea un mundo más sencillo que el nuestro, donde será más fácil saber qué es lo correcto. Vine en busca de Galahad porque, a pesar de ser cristiano, sería mejor rey que Mordret.

Morgana apretó los puños bajo las mangas.

—¿Viniste a buscarlo aquí, Lanzarote? Era tan d como Elaine; jamás querría pisar este mundo de brujerías.

—Como te he dicho, ignoraba que viniera hacia aquí. Quería llegar a Ynis Witrin y a la isla de los Sacerdotes, pues me llegaron rumores de que en aquella iglesia aparece en ocasiones un mágico fulgor. Supuse que Galahad podía haber ido allí. Y otra vieja costumbre me trajo aquí.

Morgana le preguntó con seriedad, cara a cara:

—¿Qué piensas de esa búsqueda, Lanzarote?

—En verdad, prima, no lo sé. Sólo sé que, el día que vimos el Grial en Camelot, algo muy santo vino a nosotros. Por primera vez sentí que había un Misterio más allá de esta vida. Por eso inicié la búsqueda, aun pensando en parte que era una locura Y mientras viajaba con Galahad su fe era como una burla de la mía. ¡El muchacho era tan puro, tan simple y bueno...! Y yo, anciano y manchado... —Lanzarote bajó la vista al suelo; Morgana vio que tragaba saliva con dificultad—. Por eso me separé de él, finalmente: para no dañar esa fe inmaculada. Fue entonces cuando la niebla y la penumbra invadieron mi mente; no sé adonde fui; me parecía que Galahad conocía todos mis pecados y me despreciaba por ellos.

Hablaba en voz alta, excitado. Por un momento Morgana vio regresar a sus ojos ese brillo insano.

—No pienses en esa época, querido —se apresuró a decir—. Ya pasó.

Lanzarote aspiró muy hondo; sus pupilas se apagaron.

—Ahora mi búsqueda es buscar a Galahad. No sé qué vio él, por qué la llamada del Grial fue tan poderosa para unos y tan débil para otros. De todos los caballeros, creo que sólo Mordret no vio nada; en todo caso, se lo reservó.

«Mi hijo se educó en Avalón; no puede haberse dejado engañar por la magia de la Diosa», pensó Morgana. Iba a explicar a Lanzarote lo que había visto, para no permitir que un hombre de Avalón confundiera aquello con un misterio cristiano, pero al percibir esa nota extraña en su voz optó por callar. La Diosa le había ofrecido una visión consoladora; no le correspondía a ella destruirla con una palabra.

Eso era lo que Ella había buscado: tras el perjurio de Arturo, la Diosa había diseminado a sus caballeros. Y la ironía final era que la más sagrada de sus visiones inspirara la leyenda mas apasionada del culto cristiano. Por fin Morgana dijo, alargando una mano:

—A veces pienso que no importa lo que hagamos. Los dioses nos mueven a su antojo.

—Si yo creyera eso —replicó él—, me volvería loco de una vez por todas.

Morgana sonrió con tristeza.

—Y yo enloquecería si no lo creyera. —«Tengo que creer que nunca tuve alternativa... que no pude rehusar a la consagración del rey ni aniquilar a Mordret antes de que naciera, negarme al casamiento con Uriens, detenerme antes de causar la muerte de Avalloch..., retener a mi lado a Accolon..., ni evitar la muerte de Kevin y de Nimue...»

Lanzarote dijo:

—Morgana, no puedo creer que sea la voluntad de Dios que Arturo y su corte caigan en manos de Mordret. Llamé a la barca y vine a Avalón sin pensarlo, pero ahora creo que obré mejor de lo que pensaba. Tú, que tienes el don de la videncia, puedes mirar dentro del espejo y decirme dónde está Galahad. Estoy dispuesto a enfrentarme a su cólera, exigiéndole que abandone la búsqueda y regrese a Camelot.

El suelo pareció estremecerse bajo los pies de Morgana, como si hubiera pisado arenas movedizas. Se oyó a sí misma decir, como desde una gran distancia:

—Volverás a Camelot con tu hijo, Lanzarote... —Y se preguntó por qué el frío parecía helarle las entrañas—. Miraré en el espejo por ti, primo, pero no conozco a Galahad. Tal vez no vea nada que pueda serte útil.

—Prométeme que harás lo posible —rogó él.

—Será lo que la Diosa quiera. Ven.

Cuando el sol ya estaba alto descendieron por la colina hacia el Pozo Sagrado. Arriba graznó un cuervo, una sola vez. Lanzarote se persignó contra el mal presagio, pero Morgana levantó la vista, preguntando:

—¿Qué has dicho, hermana?

La voz de Cuervo dijo en su mente: «No temas. Mordret no matará a Galahad. Y Arturo matará a Mordret.»

Morgana dijo en voz alta:

—Arturo aún será Macho rey...

Lanzarote se volvió para mirarla fijamente.

—¿Qué has dicho, Morgana?

Cuervo volvió a hablar: «Al Pozo Sagrado no: a la capilla, ahora mismo. Es el momento prefijado.»

—¿Adonde vamos? —preguntó Lanzarote—. ¿Ya no recuerdo el camino hacia el Pozo?

Y Morgana, alzando la cabeza, cayó en la cuenta de que sus pasos los habían llevado, no al Pozo, sino a la pequeña capilla donde la antigua hermandad cristiana celebraba sus oficios. Según se contaba, había sido construida cuando José de Arimatea hundió su cayado en el suelo de la colina que llamaban Wearyall. Morgana alargó la mano para coger una rama del Santo Espino; la púa se le clavó hasta el hueso. Sin saber lo que hacía marcó la frente de Lanzarote con las gotas de sangre.

Él la miró con sobresalto. Morgana oyó el cántico de los sacerdotes: Kirie eleison, Christe eleison... Entró calladamente y, para su sorpresa, se arrodilló. La capilla estaba llena de bruma. A través de la niebla creía ver la otra capilla, la de Ynis Witrin, y eran dos los conjuntos de voces que cantaban... kirie eleison... Percibía también voces femeninas. Debían de ser las monjas de Ynis Witrin, pues en la capilla de Avalen no había mujeres.

Por un momento vio a Igraine, arrodillada a su lado, y oyó su voz clara y suave, cantando: Christe eleison... El sacerdote estaba ante el altar. Y entonces le pareció que también Nimue estaba allí, suelta la cabellera dorada en la espalda, tan encantadora como Ginebra cuando vivía allí, en el convento. Pero en vez de la antigua furia de celos, Morgana la miró con purísimo amor.

Se espesó la niebla; ya casi no podía ver a Lanzarote, arrodillado junto a ella. Pero ante el altar de la otra capilla estaba Galahad, con el rostro elevado, lleno de un fulgor reflejado. Y supo que él también veía, a través de la bruma, la capilla de Avalón donde estaba el Grial.

Oyó un sonido de diminutas campanas en Ynis Witrin, y la suave voz de Taliesin, que murmuraba:

—Pues la noche en que Cristo fue traicionado, el Maestro cogió la copa y la bendijo, diciendo: «Bebed todos de este cáliz, pues es mi sangre, que será derramada por vosotros,»

Vio la sombra del sacerdote que elevaba el cáliz de la comunión, pero fue la damisela del Grial, Nimue... ¿o quizás ella misma?... la que le acercó la copa a los labios. Lanzarote corrió hacia delante, gritando:

—¡Ah, la luz... la luz!

Y cayó de rodillas, cubriéndose los ojos con las manos. Luego se deslizó hacia delante hasta quedar tendido en el suelo.

Ante el contacto con el Grial, la cara ensombrecida del joven se tornó clara, sólida, real, y las brumas desaparecieron. Galahad se arrodilló para beber de la copa.

—Pues así como el vino de muchas uvas fue aplastado para hacer un solo vino, así también, cuando nos unamos en este sacrificio perfecto y sin sangre, así todos seremos Uno bajo la Gran Luz que es Infinita...

Y con el fulgor del éxtasis en la cara, el joven lanzó un suspiro de gozo absoluto y miró de lleno hacia la luz. Alargó la mano para coger el cáliz en las manos... y cayó hacia delante, hacia el suelo de la capilla. También quedó tendido allí, inmóvil.

«Tocar los objetos sagrados sin preparación equivale a la muerte...»

Morgana vio que Nimue (¿o acaso era ella misma?) cubría la cara de Galahad con un velo blanco. Luego la joven desapareció y el cáliz quedó en el altar. Era sólo el cáliz de oro de los Misterios, sin rastro de la luz ultraterrena... Morgana no tenía la certeza de que estuviera allí... La niebla lo rodeaba todo. Y Galahad yacía muerto en el suelo de la capilla de Avalón, frío e inmóvil junto a Lanzarote.

Pasó largo rato antes de que Lanzarote se moviera. Cuando levantó la cabeza, Morgana vio su rostro ensombrecido por la tragedia.

—Y yo no fui digno de seguirlo —murmuró.

—Debes llevarlo a Camelot —dijo Morgana, delicadamente—. Ha ganado la búsqueda del Grial... pero fue la última. No pudo soportar la luz.

—Tampoco yo —susurró Lanzarote—. Mira: aún tiene la luz en la cara. ¿Qué vio?

Morgana cabeceó lentamente; un escalofrío le trepaba por los brazos.

—Ni tú ni yo lo sabremos jamás, Lanzarote. Sólo sé que murió con el Grial en los labios.

Su primo contempló el altar. Los sacerdotes se habían retirado silenciosamente, dejando a Morgana sola con el difunto y el vivo. Y el cáliz, rodeado de nieblas, aún relumbraba allí.

—Sí —dijo Lanzarote, levantándose—. Y esto volverá conmigo a Camelot, para que todos sepan que la búsqueda ha terminado. Ya ningún caballero buscará lo desconocido hasta morir o enloquecer...

Dio un paso hacia el altar, pero Morgana lo rodeó con los brazos para impedírselo.

—¡No, no! No es para ti. ¡Caíste fulminado con sólo verlo! Tocar sin preparación las cosas sagradas equivale a la muerte.

—Entonces moriré por el Grial.

Pero Morgana lo retuvo con fuerza y pronto sintió cedía.

—¿Por qué, Morgana? ¿Por qué tiene que continuar esta locura suicida?

—No —dijo ella—. La búsqueda del Grial ha terminado Se te ha salvado para que lleves la nueva a Camelot. Pero no puedes llevar el cáliz, nadie puede sostenerlo, confinarlo. Quienes lo busquen con fe...

Oyó su voz sin saber lo que estaba a punto de decir:

—... Lo hallarán siempre... aquí, más allá de las tierras mortales Pero si regresara contigo a Camelot, caería en manos de los curas más intransigentes, que lo usarían como a un peón de ajedrez. Te lo ruego, Lanzarote: déjalo aquí, en Avalón. Deja que, en este nuevo mundo carente de magia, haya al menos un Misterio que los sacerdotes no puedan reducir a sus dogmas. —Las lágrimas le quebraron la voz—. En los días venideros, ellos indicarán a la humanidad qué es bueno y qué es malo, qué pensar, cómo rezar, en qué creer. No puedo ver hasta el fin. Quizá la humanidad deba pasar un tiempo de penumbra a fin de reconocer, algún día, la bendición de la luz. Pero que haya un destello de esperanza en esa penumbra, Lanzarote. Una vez el Grial fue a Camelot. Que el recuerdo de su paso por allí no sea mancillado por su cautiverio en algún altar mundano. Que el hombre tenga un Misterio, una fuente de visión para seguir.

Su voz se había ido secando hasta parecer el graznido del último cuervo. Lanzarote se inclinó profundamente ante ella.

—Morgana... ¿eres realmente Morgana? Ya no sé quién eres, qué eres. Pero lo que dices es verdad. Que el Grial permanezca eternamente en Avalón.

A un gesto de Morgana, las gentes pequeñas de Avalón levantaron el cuerpo de Galahad para llevarlo en silencio a la barca. De la mano de Lanzarote, Morgana bajó a la orilla. Allí contempló el cadáver tendido en la embarcación: por un momento le pareció que era Arturo quien yacía allí, pero luego la visión onduló hasta desaparecer, dejando sólo a Galahad, con ese misterioso fulgor de paz en la cara.

—Y vas a Camelot con tu hijo —musitó—, pero no como lo preví. Creo que la videncia es una burla: vemos lo que los dioses nos permiten, pero no sabemos qué significa. Creo que no volveré a emplear ese don, primo.

—Dios así lo quiera. —Lanzarote le estrechó las manos un instante. Luego se las besó.

—Y así nos separamos, por fin —dijo delicadamente, entonces, pese a lo que terminaba de decir sobre la videncia, Morgana se vio con los ojos de Lanzarote: la virgen con la que había descansado en el círculo de piedras, de la que se había alejado por miedo a la Diosa; la mujer a la que recurriera en un frenesí de deseo, tratando de borrar la culpa de su amor por Ginebra y Arturo; la mujer pálida y terrible, con la antorcha en alto, al sorprenderlo en la cama de Elaine. Y ahora, la Dama oscura y callada, ensombrecida en luces, que lo había apartado del Grial.

Le besó en la frente. No había necesidad de palabras: ambos sabían que era una despedida y una bendición. Mientras Lanzarote se apartaba lentamente para abordar la mágica embarcación, Morgana observó sus hombros caídos, el brillo del sol poniente en su pelo, ya completamente blanco, y se vio nuevamente con sus ojos.

«Yo también soy vieja...», pensó.

Ahora sabía por qué nunca había vuelto a ver a la reina de las hadas.

«Ahora yo soy la reina. No hay más Diosa que ésta, y soy yo.»

«Sin embargo, más allá de esto existe ella, como está en Igraine, Viviana, Morgause, Nimue y la reina. Y ellas vivirán también en mí, como ella...

«Y dentro de Avalón viven por siempre.»

13

Muy al norte, en el país de Lothian, las noticias que llegaban sobre la búsqueda del Grial eran escasas y poco fiables. Morgause esperaba el regreso de Lamorak, su joven amante. Medio año después supo que había muerto en la búsqueda. «No fue el primero, ni será el último en morir por esta monstruosa locura que lleva a los hombres en pos de lo desconocido —pensó—. Siempre he creído que las religiones y los dioses eran una forma de la locura. ¡Mira lo que han acarreado a Arturo! Y ahora se han llevado a Lamorak, todavía tan joven.»

Pero él ya no estaba y, aunque lo echara de menos, no tenía por qué resignarse a la vejez y a un lecho solitario. Se observó en el viejo espejo de bronce, borró los rastros de las lágrimas y volvió a examinarse. Si bien ya no tenía la belleza madura que había deslumbrado a Lamorak, aún estaba de buen ver y conservaba todos los dientes. Además, era rica y reina de Lothian. Siempre habría hombres en el mundo, todos necios, con los que una mujer astuta podía hacer lo que le diera la gana.

De vez en cuando llegaba hasta ella alguna leyenda sobre la búsqueda, cada una más fabulosa que la anterior. Supo que Lamorak había vuelto al castillo de Pelinor, atraído por el viejo rumor de una vasija mágica que se conservaba en una cripta debajo del castillo; allí murió, gritando que el Grial flotaba ante él en las manos de una doncella, en las manos de su hermana Elaine. También llegaron nuevas de que Lanzarote estaba encarcelado en algún lugar de los viejos dominios de Héctor; estaba loco y nadie se atrevía a informar al rey Arturo. Luego se supo que, tras haber sido reconocido por Bors, su hermanastro, había recobrado el juicio y partido otra vez, ya para continuar la búsqueda, ya para volver a Camelot. Con un poco de suerte, también moriría en la búsqueda, de lo contrario, el cebo de Ginebra lo atraería nuevamente hacia Arturo y su corte.

Sólo su Gwydion permanecía sensatamente en Camelot, cerca de Arturo. ¡Ojalá Gawaine y Gareth hubieran hecho lo mismo! Pero, al menos, sus hijos habían retomado el lugar que les correspondía junto al rey.

Pero tenía otra manera de averiguar lo que estaba sucediendo. Durante muchos años había creído que las puertas de la magia y la videncia estaban cerradas para ella, exceptuando los pequeños trucos que aprendió por sí sola. Después empezó a comprender que la magia estaba allí, esperándola, sin complejas reglas y limitaciones druídicas para su uso. No tenía nada que ver con los dioses, con el bien ni con el mal; estaba simplemente allí, a disposición de quien tuviera la temeraria voluntad de utilizarla.

Aquella noche, encerrada lejos de sus criados, hizo los preparativos. El perro blanco que había llevado le inspiraba una imparcial compasión; tuvo un momento de repulsión al cortarle el cuello y recoger la sangre caliente en el cuenco, pero al fin y al cabo era su perro, tan suyo como el cerdo que podría haber sacrificado para la cena. Y en la sangre vertida había un poder más fuerte y directo que el que el sacerdocio de Avalón acumulaba con su interminable disciplina. Delante del hogar yacía una de las criadas, debidamente drogada; esta vez era una que no le era especialmente necesaria ni le merecía mayor afecto. Había aprendido la lección la última vez que lo intentó. En aquella ocasión desperdició a una buena hilandera; al menos ésta no sería una pérdida para nadie.

Los preliminares aún le inspiraban ciertos escrúpulos. La sangre que le manchaba las manos y la frente era desagradablemente pringosa, pero casi podía ver surgir de ella, como si fuera humo, finas volutas de poder mágico. La luna se había reducido en el cielo a un delgadísimo destello; la que esperaba su llamada en Camelot estaría ya preparada. En el momento exacto en que la luna entró en el cuadrante correcto, Morgause vertió el resto de la sangre en el fuego y pronunció tres veces, en voz alta:

—¡Morag! ¡Morag! ¡Morag!

La sirvienta drogada (Morgause recordó vagamente que se llamaba Becca o algo así) se movió un poco junto al fuego; sus ojos vagos adquirieron profundidad y firmeza. Por un momento, al levantarse, pareció lucir el atuendo elegante de las damas de Ginebra.

—Estoy aquí, a vuestra disposición. ¿Qué deseáis de mí reina de las Tinieblas?

—Cuéntame de la corte. ¿Qué hay de la reina?

—Está muy sola desde que Lanzarote partió, pero a menudo se hace acompañar por el joven Gwydion. Se le ha oído decir que es como el hijo que nunca tuvo. Parece haber olvidado que es hijo de la reina Morgana —dijo la muchacha, con la cuidada pronunciación de las cortesanas del sur, incongruente en una fregona de ojos vacuos y manos encallecidas.

—¿Aún le pones la pócima en el vino, a la hora de acostarse?

—No hay necesidad, mi reina. —La voz extraña parecía surgir a través de la muchacha, desde atrás—. Hace ya más de un año que la reina no tiene la menstruación. Y de cualquier modo, el rey la visita muy rara vez en su lecho.

Morgause podía olvidar el último de sus temores: que, contra todas las probabilidades, Ginebra tuviera tardíamente un hijo que pusiera en peligro la posición de Gwydion en la corte. Claro que éste no habría tenido ningún escrúpulo en poner fin a ese pequeño rival indeseable, pero era mejor no correr el riesgo: al fin y al cabo, el mismo Arturo había escapado de todas las conspiraciones de Lot hasta ser coronado.

«Esperé demasiado. Lot y yo tendríamos que haber sido reyes de este país hace muchos años. Ahora no hay quien me detenga. Viviana ya no existe y Morgana es anciana. Gwydion me hará reina. Soy la única mujer a quien escuchará.»

—¿Qué hay de Mordret, Morag? ¿El rey y la reina confían en él?

Pero la voz se tornó densa y gangosa.

—No estoy segura... A menudo acompaña al rey... Una vez oí que Arturo le decía... Eh, me duele la cabeza. ¿Qué hago aquí, junto al fuego? La cocinera me va a despellejar...

Era la voz idiota de Becca. Morgause comprendió que Morag, allá en la lejana Camelot, había vuelto a hundirse en el extraño sueño en el que se comunicaba con la reina de Lothian o la reina de las hadas. Cogió el cuenco de sangre para arrojar al fuego las últimas gotas.

—¡Morag, Morag! ¡Escúchame! ¡Te lo ordeno!

—Mi reina —dijo la remota voz—, el señor Mordret tiene siempre a su lado a una damisela de la Dama del Lago. Dicen que tiene cierto parentesco con Arturo.

«Niniana, la hija de Taliesin —pensó Morgause—. Ignoraba que hubiera abandonado Avalón. Pero ¿qué razón tendría para quedarse?»

—Sir Mordret ha sido nombrado capitán de caballería en ausencia de Lanzarote. Hay rumores... Eh, el fuego, mi señora, ¿queréis incendiar todo el castillo?

Becca gimoteaba junto al hogar, frotándose los ojos. Morgause, enfurecida, le dio un salvaje empellón. La muchacha cayó al fuego, entre gritos, pero todavía estaba maniatada y no pudo apartarse de las llamas.

—¡Maldita sea! ¡Va a despertar a toda la casa!

La señora trató de sacarla, pero las llamas habían alcanzado el vestido y sus gritos horribles se le clavaban en los oídos como agujas al rojo. «Pobre muchacha —pensó, con un resto de piedad—, ya no se puede hacer nada por ella; quedaría tan quemada que no podríamos ayudarla.» Sin pensar en sus propias quemaduras, apartó a la chica del fuego y, con un solo golpe, le cortó el cuello de oreja a oreja. La sangre manó sobre las llamas. Un chorro de humo se elevó por la chimenea.

Morgause sintió que la estremecía ese poder inesperado, como si se extendiera por toda la habitación, por todo el reino de Lothian, por el mundo entero... Le parecía estar suspendida, incorpórea, sobre la tierra. Nuevamente, después de años en paz, había ejércitos en marcha; en la costa oeste había barcos con forma de dragón, de los que desembarcaban hombres velludos que saqueaban e incendiaban ciudades, destruyendo monasterios, raptando a las mujeres de los conventos amurallados... Como un viento carmesí que llegaba hasta las fronteras de Camelot... No sabía con certeza si lo que veía estaba sucediendo en esos instantes o era algo por llegar.

—¡Quiero ver a mis hijos en la búsqueda del Grial! —clamó en la creciente oscuridad.

El cuarto se llenó de una lobreguez súbita, negra y densa, que olía curiosamente a quemado, mientras Morgause caía de rodillas. El humo se despejó un poco, arremolinándose en la oscuridad, como el de una olla bullente. A la luz creciente vio la cara de Gareth, el menor de sus hijos. Estaba sucio y agotado por el viaje, con la ropa harapienta, pero sonreía con su alegría de siempre. Y al aumentar la luz Morgause pudo ver lo que miraba: el rostro de Lanzarote.

Ah, Ginebra ya no se deslumbraría con él, con ese hombre enfermo y consumido, de pelo gris y marcas de locura y sufrimiento en torno a los ojos. Parecía un espantapájaros en tierra sembrada. La recorrió el viejo odio: era intolerable que el mejor de sus hijos amara y siguiera a ese hombre como cuando era niño.

—No, Gareth —oyó la voz de Lanzarote, suave en el silencio ahumado de la habitación—, ya sabes por qué no regreso a la corte. No mencionaré mi paz de espíritu ni la de la reina. Pero he jurado buscar el Grial durante un año y un día.

—¡Pero es una locura! ¿Qué demonios significa el Grial frente a las necesidades de nuestro rey? Tú y yo le juramos lealtad años antes de haber visto el Grial. Cuando pienso que Arturo, en la corte, no tiene a ninguno de sus hombres leales, salvo a los lisiados, los enfermos y los cobardes... A veces me pregunto si no habrá sido el mismo diablo quien fingió una obra divina para esparcir a los caballeros.

Lanzarote replicó en voz baja:

—Sé que aquello vino de Dios, Gareth. No trates de quitármelo. —Y por un momento la luz de la demencia volvió a centellear en sus ojos.

La voz de Gareth sonó extrañamente apagada.

—No puede ser voluntad de Dios que se malogre de este modo lo que Arturo tardó más de veinticinco años en forjar. ¿Sabes que hay nórdicos salvajes desembarcando en las costas? Y cuando los habitantes de esas tierras claman por las legiones de Arturo, no hay nadie que vaya en su ayuda. Así se están reuniendo nuevamente los ejércitos sajones, mientras Arturo permanece ocioso en Camelot y tú buscas tu alma. Lanzarote, te lo ruego: si no quieres volver a la corte, busca al menos a Galahad y haz que vuelva junto a Arturo. Si el rey envejece y su voluntad se debilita (Dios no lo permita), tal vez tu hijo deba ocupar su lugar, pues todos saben que es su hijo adoptivo y heredero.

—¿Galahad? —repitió Lanzarote, sombrío—. ¿Crees que tengo mucha influencia sobre mi hijo? Tú y los otros jurasteis buscar el Grial durante un año y un día; él dijo que le dedicaría la vida entera.

—¡No! —Gareth se inclinó desde el caballo para asir a Lanzarote por un hombro—. Por eso tienes que buscarlo y hacer que regrese a Camelot, a cualquier precio. Ah, Dios... Gwydion me inspira afecto, pero... ¿Cómo decirlo? Desconfío del poder que ese hombre tiene sobre nuestro rey. Los sajones que piden audiencia con Arturo terminan hablando con él. Y entre ellos, como bien sabes, el heredero es el hijo de la hermana.

Lanzarote dijo, con leve sonrisa:

—Así era aquí antes de que vinieran los romanos.

—¿Y no lucharás por los derechos de tu hijo?

—Es Arturo quien tiene que decir quién lo sucederá en el trono, si en verdad hemos de tener otro rey después de él. A veces pienso que, cuando Arturo desaparezca, las sombras caerán sobre esta tierra. Pero si es tu voluntad, Gareth, iré en busca de Galahad.

—Cuanto antes —lo urgió su primo.

—¿Y si no quiere venir?

—Si no quiere venir —dijo Gareth, lentamente—, quizá no sea el rey que necesitamos para suceder a Arturo. En ese caso estaremos en manos de Dios. ¡Y que Él nos ampare a todos!

Lanzarote volvió a abrazarlo.

—Todos estamos en manos de Dios, pase lo que pase. Pero te juro que buscaré a Galahad para llevarlo conmigo a Camelot.

El fulgor desapareció; el rostro de Gareth desapareció en la penumbra y, por un momento, sólo quedaron los ojos de Lanzarote, tan parecidos a los de Viviana que Morgause sintió sobre ella la mirada desaprobatoria de su hermana, como si le dijera: «¿Qué has hecho ahora, Morgause?» Luego también eso desapareció. Morgause quedó sola con el fuego, cuyo humo había perdido todo su poder, y el cadáver laxo y desangrado de la muchacha tendido frente al hogar.

¡ Maldito Lanzarote, que aún podía malograrle los planes! El odio atravesó a Morgause como un dolor, un nudo en la garganta que descendía hasta el mismo vientre. Le dolía la cabeza y se sentía mortalmente descompuesta por las secuelas de la magia. Sólo quería dejarse caer allí y dormir muchas horas, pero tenía que ser fuerte, fuerte como los embrujos que había convocado: ¡era reina de Lothian, reina de las Tinieblas!

Abrió la puerta para arrojar al perro muerto en el estercolero, sin percatarse del hedor. En cuanto al cadáver de la fregona, no podía moverlo sola. Cuando iba a pedir ayuda se detuvo en seco: no podía dejarse ver así, con la cara aún manchada de sangre. Se lavó con el agua de la jofaina y se trenzó nuevamente el cabello. Las manchas del vestido no tenían remedio, pero con el fuego apagado había muy poca luz en la habitación. Por fin llamó a su chambelán, que acudió con ávida curiosidad en la cara.

—¿Qué sucede, mi reina? Oí gritos. —Alzó la lámpara y Morgause creyó verse a través de sus ojos: bella en su desaliño. «Si extendiera la mano podría hacerlo mío sobre el cadáver de la muchacha», pensó, con el extraño dolor del deseo. Pero desechó la idea; ya habría tiempo para eso.

—Sí, hemos sufrido una gran desgracia. La pobre Becca... —Señaló el cadáver—. Cayó en el fuego. Cuando quise atenderle las quemaduras, me quitó el cuchillo de la mano para cortarse el cuello. El dolor tiene que de haberla enloquecido, pobre Mira: estoy cubierta de sangre.

El hombre, con una exclamación consternada, fue a examinar el cuerpo sin vida.

—Bueno, la pobre chica no estaba muy en sus cabales. No tendríais que haberle permitido entrar aquí, señora.

El tono de reproche perturbó a Morgause. ¿Cómo se le había ocurrido meter a ése en su cama?

—No te llamé para que juzgaras mis actos. Sácala de aquí y hazla enterrar decentemente. Que vengan mis damas. Al amanecer parto hacia Camelot.

Caía la noche; una densa llovizna hacía borroso el camino. Morgause, mojada y con frío, sintió fastidio cuando su capitán de caballería se acercó para preguntarle:

—¿Estáis segura, señora, de que no hemos errado el camino?

Hacía meses que le había echado el ojo; se llamaba Cormac; era alto y joven, de rostro aguileño, hombros anchos y muslos fuertes. Y ahora tenía la sensación de que todos los hombres eran estúpidos; habría hecho mejor dejándolo en casa y mandando el grupo ella misma. Pero había cosas que ni la reina de Lothian podía hacer.

—No reconozco ninguna de estas sendas. No obstante, por la distancia que hemos recorrido hoy, estoy segura de que estamos cerca de Camelot... a menos que hayas perdido el rumbo en la niebla y estemos viajando nuevamente hacia el norte, Cormac.

En una situación normal no le habría disgustado pasar otra noche en el camino, bajo su cómodo pabellón, con todas las comodidades y, quizás, ese joven para calentarle la cama. «Desde que descubrí la hechicería tengo a todos a mis pies, pero ya no me interesan. Es extraño que no haya buscado a nadie desde que supe de la muerte de Lamorak. ¿Estaré envejeciendo?» Horrorizada por la idea, decidió pasar la noche con Cormac... Pero antes tenían que llegar a Camelot, para defender los intereses de Gwydion y ofrecerle consejo.

—El camino tiene que estar aquí, idiota. He hecho este viaje tantas veces como dedos tengo en las dos manos. ¿Me crees necia?

—Dios no lo permita, señora. Y yo también he cabalgado a menudo por aquí. Sin embargo, me parece que nos hemos extraviado.

Morgause se atragantó con la exasperación. Repasó mentalmente el camino que había recorrido tantas veces desde Lothian, dejando la calzada romana y tomando la transitada senda que bordeaba las marismas de la isla del Dragón; luego, a lo largo del barranco, hasta encontrar el camino de Camelot, que Arturo había hecho ensanchar y empedrar hasta dejarlo tan firme como la buena vía romana.

—¡De algún modo te has pasado el camino a Camelot, idiota! Allí está el antiguo fragmento de muralla romana. No sé cómo, pero teníamos que haber llegado al desvío a Camelot hace media hora.

No había más remedio que retroceder, pero se estaba cerrando la noche. Morgause se levantó la capucha y azuzó a su caballo. En esa época del año aún tenía que quedar una hora de luz, pero sólo se veía un levísimo resplandor hacia el oeste.

—Aquí está —dijo una de sus damas—. ¿Veis ese grupo de cuatro manzanos? Un verano vine a cortar un esqueje para el huerto de la reina.

Pero no había camino: sólo un pequeño sendero que serpenteaba trepando la colina yerma, en vez de un ancho camino. Y allá arriba, aún entre la niebla, tendrían que haber estado las luces de Camelot.

—Tonterías —aseguró Morgause, con brusquedad—. De algún modo nos hemos pasado el camino. ¿O me dirás que sólo hay un grupo de cuatro manzanos en el reino de Arturo?

—Pero es aquí donde tendría que estar el camino, lo juro —gruñó Cormac.

Sin embargo, puso a toda la caravana en movimiento y continuaron avanzando, bajo una lluvia que caía como si se hubiera iniciado en los comienzos del tiempo y ya no supiera detenerse. Morgause, cansada y con frío, suspiraba por una cena caliente, ponche de vino y una cama blanda. Cuando Cormac volvió a acercarse lo interpeló con irritación:

—¿Y ahora qué, idiota? ¿Te has vuelto a pasar esa ancha carretera?

—Lo siento, mi reina, pero... Mirad: estamos otra vez donde nos detuvimos para que los caballos descansaran, después de abandonar la vía romana. Allí está el trapo con que me limpié el barro.

Morgause estalló:

—¿Qué reina ha tenido que soportar a tantos estúpidos como yo? —gritó—. ¡La segunda ciudad del país, después de Londínium. y no podemos hallarla! ¿Vamos a pasarnos la noche yendo y viniendo por esta calzada?

Al fin no hubo más remedio que encender las lámparas retroceder nuevamente hacia el sur. Morgana se puso personal mente a la vanguardia, junto a Cormac. La niebla y la lluvia parecían apagar hasta los ecos. Por fin volvieron a encontrarse ante el fragmento de muralla romano. Cormac lanzó un jura mentó, pero se le notaba asustado.

—Lo siento, señora. No lo comprendo.

—¡El diablo os lleve a todos! —chilló Morgause_ ¡Nos pasaremos la noche dando vueltas y vueltas!

Pero ella también reconocía la ruina. Aspiró una larga bocanada de aire, exasperada, pero resignada.

—Quizá por la mañana haya amainado. Y si es necesario podemos regresar a la muralla romana.

—Siempre que no hayamos entrado, quién sabe cómo, en el país de las hadas —murmuró una de las mujeres, persignándose subrepticiamente.

Morgause vio su gesto, pero se limitó a decir:

—¡Basta de idioteces! No podemos continuar. Apresuraos a instalar el campamento. Por la mañana ya veremos qué hacemos.

Había pensado llamar a Cormac, tan sólo para no dar espacio al miedo que empezaba a invadirla, pero no lo hizo. Desvelada entre sus mujeres, inquieta, repasó mentalmente todos los pasos del viaje. No se oía ningún ruido en la noche, ni siquiera el croar de las ranas en los pantanos. No era posible pasar de largo una gran ciudad como Camelot, pero había desaparecido. ¿O acaso ella misma, con toda su caravana, había desaparecido en el mundo de la hechicería? Y cada vez que llegaba a ese punto se arrepentía de haber puesto a Cormac a montar guardia; con él a su lado no habría tenido esa terrorífica sensación de que el mundo estaba demencialmente desarticulado. Una y otra vez trató de dormir y se encontró con los ojos muy abiertos en la oscuridad, totalmente despierta.

En algún momento de la noche la lluvia cesó. Al romperé! día, aunque por doquier se elevaba una niebla húmeda, el cíe o estaba despejado. Morgause despertó de un sueño breve y nervioso; había visto a Morgana, encanecida y anciana, mirando dentro de un espejo como el suyo. Salió del pabellón para mirar colina arriba, con la esperanza de que Camelot estuviera don e tenía que estar, con la ancha carretera que llevaba hasta las torres. Pero estaban junto a las ruinas de la muralla romana, una milla más al sur, y en la colina verde, cubierta de hierbas altas, nada sobresalía.

Cabalgaron lentamente por el camino embarrado, señalado por las huellas que habían dejado por la noche, en sus idas y venidas. Un rebaño pastaba a un lado, pero cuando el capitán de Morgause quiso hablar con el pastor, el hombre se escondió tras una pared y no hubo modo de hacerlo salir.

—¿Y ésta es la paz de Arturo? —se extrañó Morgause en voz alta.

Cormac respondió con deferencia:

—Creo, señora, que aquí hay algún encantamiento. Esto no es Camelot.

—¿Y qué es, por Dios? —preguntó ella.

Pero el joven se limitó a murmurar:

—¿Qué es en verdad, por Dios?

El gimoteo asustado de una de las damas hizo que Morgause levantara nuevamente la cabeza. Por un momento fue como si Viviana hablara en su mente, diciéndole lo que ella sólo creía a medias: que Avalón se había adentrado en las brumas, que quien lo buscara sin saber el camino sólo llegaría a la isla de Glastonbury.

Podían regresar a la vía romana... Pero tenía el extraño temor de que también hubiera desaparecido, y también Lothian, dejándola sola en la faz de la tierra con ese puñado de personas. ¿Acaso Camelot y todos sus habitantes habían sido llevados al cielo de los cristianos? ¿O el mundo entero había llegado a su fin y sólo quedaban en él unos cuantos extraviados?

Pero no podían quedarse allí, contemplando el sendero vacío.

—Volveremos a la vía romana —dijo.

¿Por qué estaba todo tan callado, como si en el mundo entero sólo resonaran los cascos de sus caballos? Cuando estaban a punto de llegar al camino romano oyeron un ruido de cascos: un jinete se acercaba desde Glastonbury, a paso lento y decidido. En la niebla se distinguía una silueta oscura, seguida por un animal muy cargado. Al cabo de un momento, uno de sus hombres exclamó:

—¡Vaya, pero si es el señor Lanzarote del Lago! ¡Buenos días os dé Dios, señor!

—¡Hola! ¿Quién va? —Era, en verdad, la conocida voz de Lanzarote.

Según se acercaba, el familiar sonido del caballo y la muía Parecieron liberar algo en el mundo que les rodeaba: los ladridos de unos perros, a lo lejos, rompieron el silencio sepulcral con su ruido simple y normal.

—¡La reina de Lothian! —respondió Cormac.

Lanzarote detuvo su caballo frente a ella.

—Ah, tía, no esperaba encontraros aquí. ¿Os acompañan por ventura mis primos, Gawaine o Gareth?

—No —respondió Morgause—. Viajo sola hacia Camelot. —«¡Si todavía existe!», añadió para sus adentros, irritada.

Posó una mirada atenta en la cara de Lanzarote. Parecía fatigado, con la ropa raída y no del todo limpia; su capa no era digna ni de un lacayo. «¡ Ah, Lanzarote! Ginebra no te encontrará ahora tan hermoso. Yo misma ya no te invitaría a mi lecho.»

Entonces él sonrió y Morgause se dijo: «A pesar de todo sigue siendo hermoso.»

—¿Queréis que viajemos juntos, tía? En verdad me trae la más dolorosa misión.

—Supe que habíais partido a la búsqueda del Grial. ¿Habéis fracasado, que estáis tan cariacontecido?

—No es para hombres como yo hallar el mayor de los Misterios. Pero traigo conmigo a quien lo tuvo en sus manos. Y vengo a decir que la búsqueda ha terminado: el Grial ha desaparecido para siempre de este mundo.

En ese momento Morgause vio que la muía cargaba el cadáver cubierto de un hombre.

—¿Quién...? —susurró.

—Galahad —respondió Lanzarote, en voz baja—. Mi hijo halló el Grial. Ahora sabemos que no es posible mirarlo y sobrevivir. Ojalá hubiera sido yo, por lo menos para no llevar a mi rey una noticia tan amarga: quien tenía que sucederlo se ha ido a un mundo en el que podrá continuar eternamente esta búsqueda, sin mácula.

Morgause se estremeció. «Ahora el país quedará sin rey, gobernado por los curas que tienen a Arturo en sus manos...» Pero desechó furiosamente esas fantasías. «Galahad ha muerto. Arturo tiene que nombrar a Gwydion su sucesor.»

Lanzarote miró con pesar la muía cargada, pero sólo dijo:

—¿Continuamos? Anoche no pensaba detenerme, pero la niebla era espesa y temí extraviarme. Esto parecía Avalón.

—Nosotros no pudimos hallar Camelot... —empezó Cormac.

Pero Morgause lo interrumpió, nerviosa:

—¡Basta de tonterías! En la oscuridad equivocamos el camino y pasamos la mitad de la noche yendo y viniendo. Nosotros también queremos llegar a Camelot cuanto antes, sobrino.

Uno o dos de sus hombres, que conocían a Lanzarote y a su hijo, se acercaron al cuerpo, con expresiones de solidaridad y palabras amables. El caballero del lago los escuchó a todos con expresión apesadumbrada. Luego musitó:

—Más tarde habrá tiempo para el duelo, muchachos. Dios sabe que no me urge dar esta noticia a Arturo, pero demorarla no la hará menos dura. Continuemos la marcha.

La niebla fue atenuándose con el ascenso del sol. Partieron por el mismo camino que la caravana había estado recorriendo durante horas. Muy poco después, otro sonido rompió el extraño silencio de aquella mañana espectral. Era un toque de trompeta, claro y agudo, surgido de las alturas de Camelot. Ante Morgause, junto al grupo de cuatro manzanos, se extendía la carretera construida por Arturo para sus mesnadas, ancha e inconfundible a la luz del sol.

Pareció adecuado que la primera persona a quien Morgause viera en Camelot fuera su hijo Gareth. Él se adelantó a grandes pasos para darles la voz de alto ante las grandes puertas; al reconocer a Lanzarote corrió hacia él. El caballero del lago descabalgó para estrecharlo en un gran abrazo.

—Conque eres tú, primo.

—Yo, sí. Cay ya está demasiado anciano y cojo para patrullar las murallas de Camelot. ¡ Ah, en buen día regresas a Camelot, primo! Pero veo que no hallaste a Galahad.

—Lo encontré, sí —dijo Lanzarote, tristemente.

Y el rostro franco de Gareth, aún juvenil pese a la barba, se llenó de consternación al ver el contorno del cadáver bajo el sudario.

—Tengo que dar inmediatamente esta noticia a Arturo. Llévame a él, Gareth.

El joven, con la cabeza gacha, apoyó una mano en el hombro de Lanzarote.

—¡Ah, qué mala fecha para Camelot! ¡Ya decía yo que el Grial era obra de algún demonio!

Lanzarote negó con la cabeza. Morgause tuvo la sensación de que algo brillaba a través de él, como si su cuerpo fuera transparente; había un gozo oculto en su triste sonrisa.

—No, querido primo —dijo—; borra eso de tu mente para siempre. Galahad ha recibido lo que Dios quiso darle, y así nos sucederá a todos. El Señor permita que lo recibamos con tanto valor como él.

—Amén —dijo Gareth.

Y se persignó, horrorizando a su madre. Luego levantó la vista hacia ella y se sobresaltó

—¿Sois vos, madre? Perdonad. Sois la persona a quien menos esperaba ver en compañía de Lanzarote. —Y se inclinó en un obediente besamanos—. Venid, señora. Voy a llamara un chambelán para que os conduzca a la reina. Ella os recibirá entre sus damas mientras Lanzarote habla con el rey.

Morgause se dejó llevar, preguntándose para qué había ido En Lothian reinaba por derecho; allí, en Camelot, sólo podía sentarse entre las damas de Ginebra y, de cuanto sucediera, sólo sabría lo que sus hijos creyeran conveniente decirle. Se dirigió al chambelán:

—Di a mi hijo Gwydion..., al señor Mordret.... que ha venido su madre. Pídele que venga a verme en cuanto le sea posible.

No obstante, hundida en el abatimiento, se preguntó si Gwydion se molestaría siquiera en presentarle sus respetos como lo había hecho Gareth. Y una vez más presintió que el viaje a Camelot había sido un error.

14

Durante muchos años Ginebra había tenido la sensación de que, en presencia de los caballeros de la mesa redonda, Arturo no le pertenecía. Esa intromisión le producía resentimiento; a menudo pensaba que, de no estar rodeados por la corte, quizá podrían haber llevado una vida más feliz.

Sin embargo, durante el año de la búsqueda del Grial, empezó a comprender que, después de todo, había sido afortunada, pues con la partida de los caballeros Camelot era como una aldea de fantasmas y Arturo, el espectro que la rondaba, paseándose calladamente por el castillo desierto.

No se podía decir que la compañía de su esposo no le agradara, ahora que por fin era totalmente suyo. Pero sólo entonces llegó a entender cuánto había puesto él de sí en sus legiones y en la construcción de Camelot. La trataba siempre con generosa amabilidad, pero se habría dicho que una parte de él estaba ausente, con sus caballeros, y sólo una pequeña fracción del hombre que era estaba con ella. Ahora Ginebra se percataba de que quedaba disminuido sin la función de rey a la que había dedicado una parte tan grande de su vida. Y se avergonzaba de notarlo.

De los ausentes nunca se hablaba. Durante el año de la búsqueda vivieron tranquilos y en paz, día tras día, charlando sólo de cosas cotidianas: el pan y la carne, las frutas del huerto o el vino de las bodegas, una capa nueva o la hebilla de un zapato. Cierta vez, recorriendo con la mirada el salón desierto, Arturo dijo:

—¿No tendríamos que guardar la mesa redonda hasta que regresen, amor mío? Aun en esta gran sala deja poco espacio para moverse, y ahora que está tan vacía...

—No —dijo Ginebra rápidamente—. No, querido, déjala. Este salón fue construido para la mesa redonda. Sin ella parecería un granero abandonado.

Arturo sonrió como si la respuesta lo alegrara.

—Y cuando los caballeros regresen de la búsqueda podremos celebrar otro gran festín —dijo.

Pero luego quedó en silencio. Ginebra adivinó que se preguntaba cuántos regresarían.

Aún tenían a Cay, al anciano Lucano y a dos o tres de los caballeros que estaban envejecidos, enfermos o afectados por viejas heridas. Y Gwydion, ahora Mordret, que era como un hijo ya adulto. A menudo Ginebra, al mirarlo, pensaba: «Éste es el hijo que podría haber tenido con Lanzarote», y un calor ardoroso le recorría el cuerpo entero, cubriéndola de sudor al pensar en la noche en que el mismo Arturo la había arrojado a los brazos de su campeón. En realidad, esos calores iban y venían a menudo; jamás sabía si la habitación estaba caldeada o si provenía de su interior. Gwydion la trataba con gentileza y deferencia; la llamaba «mi señora»; a veces, tímidamente, «tía». Era como Lanzarote, pero más callado, menos despreocupado. Lanzarote tenía siempre a mano un chiste o un juego de palabras; Gwydion, en cambio, sonreía y dejaba caer una frase ingeniosa que era como un golpe o un aguijonazo. Su humor era perverso, pero ante sus chistes crueles ella no podía menos que reír.

Una noche, mientras cenaban con su reducida corte, Arturo dijo:

—Hasta el regreso de Lanzarote, sobrino, me gustaría que ocuparas su puesto como capitán de caballería.

Gwydion rió entre dientes.

—Será una tarea liviana, tío y señor: ahora quedan pocos caballos en la cuadra. Vuestros caballeros se llevaron los mejores. ¡Y quién sabe si ha de ser algún caballo el que encuentre ese buscado Grial!

—Oh, calla —protestó Ginebra—. No te burles de su búsqueda.

—¿Por qué no, tía? Hasta un viejo y maltrecho caballo de combate puede buscar, al fin, el reposo espiritual.

Arturo rió, incómodo.

—¿Necesitaremos otra vez de los caballos de guerra? Desde Monte Badon, gracias a Dios, hemos tenido paz en esta tierra.

—Exceptuando lo de Lucio —indicó Gwydion—. Y si algo he aprendido en mi vida, es que la paz nunca dura. A la costa están llegando naves con forma de dragón de las que desembarcan nórdicos salvajes. Y cuando los hombres claman por la ayuda de las legiones de Arturo, sólo se les responde que los caballeros han partido en busca de la paz espiritual. Entonces piden ayuda a los reyes sajones del sur. Pero cuando la búsqueda termine llamarán otra vez a Arturo... Y me parece que, llegado ese día, los caballos de combate pueden escasear.

—Bueno, te he dicho que tienes que ocuparte de eso —dijo Arturo. Ginebra notó que hablaba con irritación de anciano, sin la energía de antaño—. Como capitán de caballería tienes autoridad para conseguir corceles en mi nombre. Lanzarote solía tratar con comerciantes del sur.

—Y lo mismo haré yo —aseveró Gwydion—. Antes no había caballos mejores que los de España, pero ahora, tío y señor, los mejores vienen del África, según he sabido por un caballero español llamado Palomides.

—Conocí a Palomides —dijo Arturo—. Tenía una espada de acero español; en nuestro país no las hay con ese filo de navaja. Los nórdicos no tienen buenas armas.

—Pero son combatientes fogosos —señaló Gwydion—. Se dejan arrastrar por la fiebre de la batalla e incluso arrojan los escudos en mitad del combate... No, mi rey: quizá tengamos paz por un tiempo, pero ya tenemos nórdicos e irlandeses salvajes en nuestras costas. Pero la guerra con los sajones benefició a este país.

—¿Que lo benefició? —Arturo miró al joven con estupefacción—. ¿Qué dices, sobrino?

—Cuando los romanos nos dejaron, mi señor Arturo, estábamos aislados en el fin del mundo, solos con Tribus medio salvajes. La guerra con los sajones nos obligó a comerciar con otros países y a construir nuevas ciudades. Por no mencionar la actuación de los sacerdotes, que ahora han convertido a los sajones en gente civilizada, con reyes que os rinden tributo. Sin la guerra contra los sajones, el reinado de Uther habría quedado en el olvido, como el de Máximo.

Arturo dijo con humor:

—Sin duda piensas que estos veinte años de paz han puesto en peligro a Camelot, que necesitamos más luchas para volver al mundo. Se nota que no eres guerrero, joven. ¡Yo no tengo esa visión romántica de la guerra!

Gwydion le devolvió la sonrisa.

—¿Qué os hace pensar que no soy guerrero, mi señor? Combatí contra Lucio con vuestros hombres y tuve tiempo sobrado para analizar las guerras y su valor. Sin ellas seríais menos importante que esos reyezuelos de Gales e Irlanda. ¿Quién recuerda ya a los gobernantes de Tara?

—¿Y tú crees que con Camelot podría suceder lo mismo?

—Ah, tío y rey mío, ¿queréis la sapiencia del druida o los halagos del cortesano?

Arturo se echó a reír.

—Oigamos el astuto consejo del Mordret.

—El cortesano os diría, señor, que el reinado de Arturo vivirá para siempre en el mundo. Y el druida, que todos los hombres perecen, junto con su sabiduría y sus glorias, como sucedió con la Atlántida hundida bajo las olas. Sólo perduran los dioses.

—¿Y qué diría mi sobrino y amigo?

—Vuestro sobrino —dio a la palabra el énfasis suficiente para que Ginebra percibiera que tendría que haber sido «vuestro hijo»— os diría, señor, que vivimos para el día de hoy, no para lo que la historia pueda decir de nosotros dentro de un milenio. Y así, vuestro sobrino os aconsejaría llenar vuestras cuadras, para que vuelvan a reflejar los tiempos nobles en que Arturo y sus combatientes eran temidos por todos. Que nadie diga que el rey envejece y ya no se ocupa de mantener en forma a sus hombres.

Arturo le dio una amistosa palmada en el hombro.

—Sea, querido muchacho. Confío en tu juicio. Compra los mejores caballos y ocúpate de hacerlos adiestrar.

—Para eso tendré que buscar sajones —advirtió Gwydion—. ¿Estáis dispuesto a que aprendan los secretos del combate a caballo, ahora que son nuestros aliados?

El rey puso cara de preocupación.

—Temo que tendré que dejar también eso en tus manos.

—Haré lo que pueda —prometió Gwydion—. Pero nos hemos entretenido mucho en esta conversación, mi señor, y las damas están cansadas. —Se inclinó hacia Ginebra con una sonrisa conquistadora—. ¿Queréis música? No dudo que la señora Niniana estará encantada de traer su arpa y de cantar para vos, mi rey y señor.

—Siempre me alegra oír la música de mi parienta —dijo gravemente Arturo—, si a mi señora le complace.

Ginebra hizo un gesto afirmativo a Niniana, que fue en busca de su arpa y cantó para ellos. La reina escuchó con placer; Niniana tocaba bien y su voz era melodiosa, aunque no tan pura ni tan potente como la de Morgana. Pero mientras observaba a Gwydion, que no apartaba la vista de la hija de Taliesin, pensó: «¿Por qué será que en esta corte cristiana tiene que haber siempre una de esas damiselas del lago?» Eso la preocupaba, aunque tanto Gwydion como Niniana parecían buenos cristianos e iban a misa todos los domingos. Ginebra, que tema muy buenos recuerdos de Taliesin, había recibido con gusto a su hija entre sus damas, a petición de Gwydion, pero ahora le parecía que Niniana, sin llamar la atención, había asumido el primer puesto entre las mujeres. Arturo siempre la trataba con deferencia y a menudo le pedía que cantara. A veces, observándolos, Ginebra se preguntaba si acaso la consideraba algo más que un familiar.

Pero no, seguramente no. Si Niniana tenía un amante en la corte, con toda probabilidad era el mismo Gwydion. Aun así, le dolía el corazón al verla tan hermosa, mientras que ella envejecía: su pelo se apagaba, sus mejillas perdían el color, sus carnes cedían... Por eso, cuando Niniana recogió el instrumento para retirarse, Ginebra arrugó el entrecejo. Arturo, que se acercaba para salir con ella del salón, preguntó:

—Estás ceñuda, querida esposa. ¿Qué te molesta?

—Gwydion dijo que estabas viejo.

—Hace treinta y un años que ocupo el trono de Britania contigo a mi lado, Ginebra. ¿Hay alguien en este reino que todavía pueda considerarnos jóvenes? Tendrías que sentirte complacida de que Gwydion no me halagara con falsas palabras. Habla con franqueza y por eso lo aprecio. Ojalá...

—Ya sé —lo interrumpió Ginebra, enfadada—. Querrías poder reconocerlo como hijo, para que fuera él y no Galahad quien heredara el trono.

Arturo enrojeció.

—¿Es preciso que nos tratemos con acritud cada vez que tocamos ese tema? Los curas no lo queman por rey. No hay más que decir.

—No puedo olvidar de quién es hijo...

—Y yo no puedo olvidar que es mi hijo —repuso Arturo delicadamente.

—No confío en Morgana. Tú mismo has descubierto que...

Viendo que Arturo endurecía la cara, comprendió que no quería hablar de la cuestión.

—Mi hijo fue criado por la reina de Lothian, cuyos hijos han sido el puntal de mi reinado. Ahora Gwydion apunta a ser como Gareth y Gawaine: los mejores de mis amigos y caballeros. Y no puedo pensar mal de él por haberse quedado conmigo mientras los demás me abandonaban por la búsqueda.

Ginebra no quería reñir con él.

—Créeme, mi señor: te amo más que a nada de esta tierra.

—Desde luego, amor mío, te creo. Como dicen los sajones: «Bienaventurado el hombre que tiene un buen amigo, una buena esposa y una buena espada.» Y yo lo tengo todo, Ginebra. No era mi intención sacar a relucir viejos pesares, pero entre Morgana y yo el daño se produjo hace años. —Por una vez había pronunciado el nombre de su hermana sin una fría tensión en las facciones—. ¿No cabe agradecer que, cometido el pecado y sin manera de recuperar la inocencia, Dios me haya dado un buen hijo a cambio de ese mal? Morgana y yo no nos separamos como amigos y no sé qué ha sido de ella, pero su hijo es ahora el puntal de mi trono. ¿Tengo que desconfiar de él por la madre que lo dio a luz?

Ginebra habría querido decir: «No confío en él porque se educó en Avalón», pero calló. No obstante, cuando Arturo le preguntó delicadamente, a la puerta de su cuarto, si quería que pasaran la noche juntos, ella esquivó su mirada, diciendo:

—No... No, estoy fatigada. —Y trató de no ver su expresión de alivio. Se preguntó si acaso compartiría su lecho con Niniana o con alguna otra, pero no estaba dispuesta a rebajarse interrogando al chambelán. «Si no es conmigo, ¿qué puede importarme con quién sea?»

El año continuó hasta las tinieblas del invierno y después rumbo a la primavera. Un día Ginebra dijo, apasionadamente:

—¡Ojalá terminara esa búsqueda y los caballeros volvieran de una vez, con el Grial o sin él!

—Oh, querida, lo han jurado —observó Arturo.

Pero ese mismo día un caballero subió por el sendero de Camelot. Era Gawaine.

—¿Eres tú, primo? —Arturo lo besó en ambas mejillas—. No tenía esperanzas de verte hasta que hubiera acabado el año.

¿No juraste ir tras el Grial durante un año y un día?

—Así fue —respondió Gawaine—. Pero no falto a mi juramento. La última vez que vi el Grial fue en este mismo castillo, Arturo; es tan probable que vuelva a verlo aquí como en cualquier otro rincón del mundo. He cabalgado de un lado a otro sin saber de él. Un día se me ocurrió que podía buscarlo donde ya lo había visto: en Camelot y en la presencia de mi rey, aunque sea en el altar de la misa todos los domingos.

Arturo lo abrazó con una sonrisa. Tenía los ojos húmedos.

—Pasa, primo —dijo, simplemente—. Bienvenido a casa.

Y unos días después también regresó Gareth.

—Tuve una visión, y creo que fue Dios quien me la envió —contó durante la comida—. Soñé que veía el Grial descubierto y bello ante mí. Luego, una voz me habló desde la luz que lo rodeaba, diciendo: «Gareth, caballero de Arturo, esto es todo lo que volverás a ver del Grial en esta vida. ¿Para qué buscar nuevas glorias, cuando tu rey te necesita en Camelot?» Por eso inicié el regreso. En el camino me encontré con Lanzarote y le pedí que hiciera lo mismo.

—¿Crees que en verdad visteis el Grial? —preguntó Gwydion.

Gareth se echó a reír.

—Puede que el Grial sea sólo un sueño. Y cuando soñé con él, me ordenó cumplir con mi obligación ante mi rey y señor.

—Supongo que pronto tendremos a Lanzarote entre nosotros.

—Espero que se decida a volver —dijo Gawaine—, pues en verdad nos hace falta. Pero pronto será la Pascua; entonces podremos tenerlos a todos aquí.

Más tarde, Gareth pidió a Gwydion que llevara su arpa y cantara. A Ginebra no le habría extrañado que él dejara la música a cargo de Niniana, pero el joven llevó un instrumento que ella reconoció.

—¿Ésa no es el arpa de Morgana?

—Sí. La dejó en Camelot al partir. Mientras no venga por ella, es mía; dudo que me la niegue, puesto que no me ha dado otra cosa.

—Salvo la vida—señaló Arturo, en tono de leve reproche.

Gwydion volvió hacia él una mirada tan amarga que Ginebra se sintió muy inquieta. Su tono salvaje apenas se oía a cinco pasos de distancia.

—¿Y tengo que estarle agradecido por eso, rey y señor mío?

Antes de que Arturo pudiera decir nada, Gwydion aplicó los dedos a las cuerdas y comenzó a tocar. Pero la canción escogida escandalizó a Ginebra.

Cantó la balada del rey Pescador, que moraba en un castillo en mitad de un gran páramo; según menguaban sus energías, al envejecer el rey, así la tierra se marchitaba sin dar cosechas, hasta que un hombre más joven fuera a darle el golpe de gracia que vertería la sangre del anciano monarca sobre la tierra; entonces ésta rejuvenecía con el nuevo rey y florecía con su juventud.

—¿Eso piensas? —interpeló Arturo, molesto—. ¿Que el país donde manda un rey anciano no puede sino marchitarse?

—No, mi señor. ¿Qué haríamos sin la sapiencia de vuestros muchos años? En los tiempos de las Tribus era así: cuando el Macho rey envejecía, otro surgía del rebaño para derribarlo Pero ésta es una corte cristiana y esa costumbre no existe, mi rey. Tal vez la balada del rey Pescador es sólo un símbolo de la hierba que, como dicen vuestras Escrituras, es como la carne del hombre: sólo dura una estación.

Y cantó delicadamente, pulsando las cuerdas:

Pues, ¡ay!, los días del hombre son una hoja caída.

Tú también serás olvidado,

como la flor que cayó en la hierba.

Sin embargo, así como vuelve la primavera,

así florece la tierra y la vida regresa...

—¿Eso es de las Escrituras, Gwydion?—preguntó Ginebra.

Él negó con la cabeza.

—Es un antiguo himno de los druidas. Cada religión tiene uno. Tal vez, en verdad, todas las religiones son una misma.

Arturo le preguntó en voz baja:

—¿Eres cristiano, hijo mío?

Gwydion tardó un momento en responder:

—Fui educado como druida y no rompo mis juramentos.

Y se levantó tranquilamente para salir del salón. Arturo, que lo seguía con la mirada, no abrió la boca, ni siquiera para reprobar esa falta de cortesía. Gawaine, en cambio, estaba ceñudo.

—¿Le permitiréis retirarse con tan poca ceremonia, señor?

—Oh, déjale, déjale —replicó Arturo—. Aquí todos somos parientes. No pido que me traten siempre como si estuviera en el trono. El sabe que es hijo mío, como lo saben todos los presentes. ¿Quieres que se comporte siempre como cortesano?

Pero Gareth también lo miraba con irritación.

—Desearía, con todo mi corazón, que Galahad volviera a la corte —dijo—. Dios le dé una visión como la mía, pues lo necesitáis más que a mí, Arturo. Y si no viene pronto, yo mismo saldré en su busca.

Pocos días antes de Pentecostés, Lanzarote llegó finalmente a Camelot.

Al ver la caravana que se acercaba, Gareth había reunido a todos los hombres ante las puertas para darles la bienvenida, pero Ginebra, junto a Arturo, prestó poca atención a la reina Morgause, excepto para preguntarse a qué venía. Lanzarote se arrodilló ante su señor para darle la triste noticia. También ella percibió su dolor; siempre había sido así: lo que pesara sobre el corazón de Lanzarote era como un azote contra el suyo. Arturo hizo que se levantara para abrazarlo, con los ojos húmedos.

—Yo también he perdido, querido amigo. Será muy llorado.

Y Ginebra, sin poder soportarlo más, se adelantó para dar la mano a Lanzarote delante de todos, diciendo con voz trémula:

—Deseaba tu regreso, Lanzarote, pero lamento que sea con tan triste nueva.

Arturo dijo a sus hombres:

—Llevadlo a la capilla donde fue armado caballero. Mañana será sepultado como corresponde a mi hijo y heredero.

Al volverse se tambaleó un poco. Gwydion se apresuró a ponerle una mano bajo el brazo para darle apoyo. Ginebra, que ahora casi nunca lloraba, sintió deseos de sollozar al ver a Lanzarote tan demacrado y dolido. ¿Qué le habría sucedido durante aquel año? ¿Una larga enfermedad, demasiado ayuno, cansancio, heridas? Nunca lo había visto tan pesaroso, ni siquiera cuando vino a hablarle de su boda con Elaine. Suspiró al ver que Arturo se apoyaba pesadamente en el brazo de Gwydion. Lanzarote le estrechó la mano, diciendo con suavidad:

—Ahora me alegro de que Arturo haya podido conocer y apreciar a su hijo. Eso aliviará su pena.

Ginebra negó con la cabeza. ¡El hijo de Morgana, heredero de Arturo! Pero ya no había remedio.

Gareth se acercó y le hizo una reverencia, diciendo:

—Señora, ha venido mi madre...

Y Ginebra recordó que no podía quedarse entre los hombres, que su lugar estaba con las damas, que no podía dedicar una palabra de consuelo a Arturo, ni siquiera a Lanzarote.

—Es un placer darte la bienvenida, reina Morgause —saludó fríamente. «Pero en verdad no es un placer; por lo que a mí concierne, ojalá te hubieras quedado en Lothian o en el infierno.» Entonces vio que Arturo caminaba entre Niniana y Gwydion—. Señora Niniana —dijo, cejijunta—, creo que las mujeres ya tenemos que retirarnos. Busca un cuarto de huéspedes para la reina de Lothian y ocúpate de que lo preparen.

Gwydion pareció enfadarse, pero no había nada que decir. Mientras las damas abandonaban el patio, Ginebra se dijo que ser reina tenía sus ventajas.

Durante todo aquel día fueron llegando a la corte de Arturo guerreros y los caballeros de la mesa redonda. Ginebra estuvo atareada con los preparativos para el festín del día siguiente, en que se celebraría el funeral. El día de Pentecostés se reunirían todos los hombres que hubieran vuelto de la búsqueda. Reconoció muchas caras, pero había otras que jamás regresarían: Perceval, Bors, Lamorak... Dirigió una mirada más tierna a Morgause, sabiendo que lamentaba sinceramente la muerte de su joven amante; aunque hubiera hecho el ridículo con él, el dolor siempre es dolor. Durante la misa de funeral por Galahad, cuando el sacerdote mencionó a todos los que habían caído en la búsqueda, vio que Morgause escondía tras el velo la cara roja e hinchada por el llanto.

La noche anterior Lanzarote había velado junto al cuerpo de su hijo en la capilla, sin que Ginebra tuviera ocasión de cambiar con él algunas palabras en privado. Después de la misa, durante la comida, hizo que se sentara junto a ella y Arturo; le llenó la copa con la esperanza de que bebiera hasta la ebriedad, olvidando el duelo. Le apenaba ver su rostro arrugado, tan demacrado por el dolor y las privaciones, y los rizos blancos en tomo a la cara. Ella, que tanto lo amaba, no podía siquiera abrazarlo para llorar con él; eso parecía ahora más horrible que nunca, pero él no la miraba siquiera a los ojos.

Arturo se puso de pie para brindar por los caballeros que ya no volverían.

—Aquí, ante todos vosotros, juro que sus esposas y sus hijos no sufrirán privaciones mientras yo viva y en Camelot haya una piedra sobre otra —dijo—. Comparto vuestro pesar. El heredero de mi trono murió en la búsqueda del Grial.

Extendió una mano hacia Gwydion, que se le acercó lentamente. Parecía más joven con su sencilla túnica blanca y el pelo oscuro sujeto por una cinta dorada. Arturo dijo:

—A diferencia de otros hombres, un rey no puede permitirse largos duelos, caballeros. Os pido que lloréis conmigo por mi perdido sobrino e hijo adoptivo, que ya no podrá reinar a mi lado. Pero aunque el dolor es aún reciente, os pido que aceptéis como heredero mío a Gwydion, el señor Mordret, el hijo de mi única hermana, Morgana de Avalón. Gwydion es joven, pero ha llegado a ser uno de mis sapientes consejeros. —Alzó la copa para beber—. A tu salud, hijo, y por tu reinado, cuando el mío acabe.

El joven se arrodilló ante él.

—Que vuestro reinado sea largo, padre.

Ginebra creyó ver que parpadeaba para contener las lágrimas; entonces le tuvo más aprecio. Después de beber, los caballeros rompieron en vítores, con Gareth a la cabeza.

Pero la reina guardaba silencio. Por fin se volvió hacia Lanzarote, susurrando:

—¡Podría haber esperado! ¡Podría haber consultado a sus consejeros!

—¿No sabías de sus intenciones? —preguntó. Le cogió la mano y se la retuvo delicadamente, acariciándole los dedos, que se habían vuelto delgados y huesudos. Ginebra se sintió avergonzada y quiso retirarlos, pero Lanzarote no se lo permitió—. Arturo no tendría que haberlo hecho sin avisarte.

Y Ginebra pensó vagamente que nunca, ni por un momento, lo había oído criticar a Arturo. Él iba a besarle la mano, pero se la soltó al ver que Arturo se aproximaba con Gwydion. Los criados llevaban ya bandejas humeantes de carne, fruta fresca y pan caliente. La reina se dejó llenar el plato, pero apenas lo tocó. Sonrió al ver que, según estaba dispuesto, tenía que compartirlo con Lanzarote, tal como solían hacerlo en Pentecostés, y que Niniana estaba comiendo del plato de Arturo. La alivió un poco oír que él la llamaba «hija mía»; tal vez ya la aceptaba como posible esposa de su hijo. Para sorpresa suya, Lanzarote pareció adivinarle el pensamiento.

—¿Nuestra próxima fiesta ha de ser una boda? Yo habría pensado que el parentesco entre ellos es demasiado cercano.

—¿Importaría eso en Avalón? —preguntó Ginebra, con voz más dura de lo que pensaba.

Lanzarote se encogió de hombros.

—No lo sé. Cuando era niño me hablaron de un país lejano donde los de la casa real se casaban siempre entre hermanos, para que la sangre de los reyes no se diluyera, y esa dinastía perduró mil años.

—Paganos que no sabían de su pecado —dijo Ginebra.

Pero Gwydion no parecía haber padecido por el pecado de sus padres. No tenía motivos para dudar en casarse con la hija de Taliesin, siendo bisnieto del gran druida.

«Dios castigará a Camelot por ese pecado —pensó súbitamente—. Por el de Arturo, por el mío... y el de Lanzarote.» A sus espaldas. Arturo dijo a Gwydion.

—Una vez dijiste que Galahad no viviría para ser coronado

—También recordaréis, padre y señor mío, que dije que moriría honorablemente por la cruz que adoraba, y así fue replicó el joven, delicadamente.

—¿Qué más prevés, hijo?

—No me lo preguntéis, señor Arturo. Los dioses son buenos al impedir que el hombre conozca su fin. Aunque lo supiera, no os lo diría.

Y Ginebra, con un súbito escalofrío, pensó: «Tal vez Dios nos ha castigado ya por nuestros pecados al enviarnos a Mordret.» Pero luego quedó consternada. «¿Cómo puedo pensar eso de quien ha sido un verdadero hijo para Arturo? ¡Él no tiene la culpa!»

Observó a Lanzarote, que estaba a mil leguas de allí, perdido dentro de sí mismo, donde ella jamás podría seguirlo. Con torpeza, buscándolo del mejor modo posible, preguntó:

—¿Y no pudiste hallar el Grial?

Vio que Lanzarote atravesaba lentamente aquella larga distancia.

—Me acerqué más de lo que puede acercarse un pecador sin perecer. Pero se me salvó la vida para que dijera a la corte de Arturo que el Grial ha desaparecido para siempre de este mundo. —Volvió a guardar silencio. Luego dijo, siempre remoto—: Habría ido tras él hasta el fin del mundo, pero no se me dio oportunidad.

«¿Acaso no querías regresar por mí?», pensó Ginebra. Entonces comprendió que Lanzarote y Arturo se parecían más de lo imaginado. Ella nunca había sido para ellos más que una distracción entre guerra y búsqueda; la vida real del hombre se desarrollaba en un mundo donde el amor no tenía significado. Lanzarote había dedicado su existencia a combatir junto a Arturo; ahora, a falta de guerras, se entregaba a un gran Misterio. El Grial se interponía entre ellos, como antes Arturo y el honor de caballero.

El dolor era insoportable. Durante toda su vida Ginebra no había tenido más que eso. No resistió el impulso de estrecharle la mano, susurrando:

—Te he echado de menos.

Y se horrorizó ante el deseo que percibía en su voz. «Pensará que soy como Morgause...» Lanzarote dijo delicadamente:

—Como yo a ti, Ginebra. —Y luego, como si pudiera leer dentro de su corazón hambriento, añadió en voz baja—: Con Grial o sin él, amada mía, nada podría haberme traído, salvo tu recuerdo. Podría haber permanecido allí durante el resto de mi vida, rezando por ver nuevamente ese Misterio. Pero soy sólo un hombre.

Entonces Ginebra, comprendiendo lo que insinuaba, le estrechó la mano.

—¿Quieres que aleje a mis mujeres?

Lanzarote vaciló un instante. Ginebra sintió aquel viejo temor: ¿cómo osaba ser tan atrevida, tan falta de pudor femenino? Esos momentos eran siempre como la muerte. Luego Lanzarote le apretó los dedos, diciendo:

—Sí, amor mío.

Pero mientras lo esperaba, sola en la oscuridad, se preguntó amargamente si ese «sí» había sido como los de Arturo: un ofrecimiento hecho por pura piedad o por halagar su amor propio. Su esposo podría haber dejado de invitarla, ya que no había la menor esperanza de que ella le diera un hijo tardío, pero era demasiado bondadoso para dar pie a que las damas sonrieran a espaldas de su reina. Aun así, era como una puñalada notar que siempre parecía aliviado si ella no aceptaba. A veces le hacía entrar para que pasaran un rato charlando; le reconfortaba estar entre sus brazos, pero no le exigía más. Ahora se preguntaba si acaso no la deseaba, si la había deseado alguna vez o sólo había acudido a ella porque era la esposa que tenía que darle hijos.

«Todos elogiaban mi hermosura y me deseaban, salvo el esposo que me dieron. Y ahora, quizás, incluso Lanzarote viene a mí sólo porque la bondad le impide abandonarme.» Se sintió febril y sudorosa. Mientras se lavaba con el agua fría de la jofaina se tocó los pechos caídos. «Ah, soy anciana... Sin duda le repugnará que esta carne vieja y fea le desee todavía como cuando era joven y bella.»

Entonces oyó tras ella una pisada y Lanzarote la cogió en sus brazos, haciéndole olvidar los temores. Pero cuando se hubo ido, Ginebra no pudo dormir.

«No tendría que arriesgarme a esto. Pero no tengo otra cosa... Y Lanzarote tampoco.» Había perdido a su hijo y a su esposa; su antigua intimidad con Arturo había desaparecido para siempre. La necesitaba; sin ella estaría completamente solo Había regresado a la corte porque la necesitaba.

Y por eso, aunque fuera pecado, parecía un pecado mayor dejarlo sin consuelo.

«Aunque los dos nos condenemos —pensó—, jamás lo rechazaré. Dios es un Dios de amor.» ¿Cómo podía, pues, condenar lo único de su vida que había nacido del amor? Y si lo hacía (pensó, aterrorizada por su blasfemia) no era el Dios que ella había adorado siempre y poco importaba lo que pudiera pensar.

15

Aquel verano hubo guerra otra vez; los nórdicos invadieron las costas occidentales y las legiones de Arturo salieron a presentar batalla; los seguían los reyes sajones del país del sur: Ceardig y sus hombres. La reina Morgause permaneció en Camelot: era peligroso que fuera sola a Lothian y no se podía prescindir de nadie para que la escoltara.

Regresaron ya avanzado el verano. Cuando se oyeron las trompetas, Morgause estaba en el salón de las mujeres, con Ginebra y sus damas.

—¡Es Arturo, que regresa! —exclamó la reina levantándose del asiento.

Inmediatamente todas las mujeres dejaron caer el huso para agolparse a su alrededor.

—¿Cómo lo sabéis?

Ginebra se echó a reír.

—Un mensajero me trajo anoche la noticia —dijo—. ¿Creéis que me dedico a las hechicerías, a mi edad?

Paseó la vista entre las muchachas entusiasmadas; a menudo Morgause tenía la sensación de que todas sus damas eran niñas de catorce o quince años, que aprovechaban la menor excusa para abandonar las labores.

La reina preguntó, indulgente:

—¿Subimos a verlos desde lo alto?

Entre parloteos y risitas, en pequeños grupos, partieron corriendo. Ginebra, de buen talante, llamó a una de las criadas para que ordenara el cuarto y las siguió a un paso más digno, acompañada por Morgause. Desde la cumbre de la colina se veía el ancho camino que conducía a Camelot.

—Mirad, allí está el rey...

—Y el señor Mordret, a su lado...

—Y allí va el señor Lanzarote... Oh, tiene la cabeza vendada y un brazo en cabestrillo.

—Dejadme ver —ordenó Ginebra, apartándolas a un lado. Morgause reconoció a Gwydion, que cabalgaba junto a Arturo; no parecía herido, según vio con un suspiro de alivio. También vio a Cormac, igualmente indemne. Gareth era fácil de reconocer, pues era el más alto de cuantos acompañaban a Arturo, y su pelo rubio refulgía como un halo. Gawaine, siempre detrás de Arturo, se mantenía muy erguido en la silla, pero cuando estuvieron más cerca vio que tenía la cara amoratada y la boca tumefacta, como si hubiera perdido uno o dos dientes.

—¡Qué apuesto es el señor Mordret! —comentó una de las niñas—. La reina dice que es igual que el señor Lanzarote en su juventud.

Dio un codazo a su vecina y ambas rieron infantilmente. Morgause suspiró, celosa de verlas tan jóvenes y hermosas, susurrando sobre este caballero o aquel otro.

—Todos los caballeros sajones llevan barba. ¿Por qué les gusta ser tan peludos, como los perros?

—Es una moda —dijo Morgause—. Cuando yo era joven, cristianos y paganos se afeitaban por igual. Ahora la moda ha cambiado. Gwydion también se dejará la barba, un día de éstos. ¿Te gustaría menos así, Niniana?

La joven sonrió.

—No, prima. Con barba o afeitado, me da igual. Ah, mirad, allí viene el rey Ceardig con los suyos. ¿Habrá que hospedarlos a todos en Camelot? ¿Tengo que dar aviso a los mayordomos, señora?

—Ve, querida, por favor —dijo Ginebra. Y Niniana se alejo hacia el salón. Las niñas se empujaban unas a otras para vez mejor—. Bueno, bueno... Volved a la rueca. No es decoroso mirar así a los hombres. Entrad ya, que los veréis esta noche, en el salón grande. Tendremos un festín, y eso significa que hay trabajo para todas.

Aunque mohínas, volvieron al salón. Ginebra las siguió con Morgause, suspirando.

—Cielo santo, ¿cuándo hubo semejante tropel de niñas díscolas? Y tengo que arreglármelas para guiarlas y conservarlas castas. Me avergüenza ver mi corte tan llena de locuelas insolentes.

—Oh, vamos, querida —adujo Morgause, perezosa—, vos también tuvisteis quince años. ¿Nunca espiasteis a un joven apuesto, imaginando cómo sería besarlo?

—No sé qué hacías tú a los quince años —le espetó la reina—, pero yo estaba en un convento. ¡Me parece que sería buen lugar para todas estas descocadas!

La otra reía.

—A los catorce años se me iban los ojos detrás todo lo que llevara pantalones. Igraine lo sabía bien, pues cuando se casó con Uther, su primera medida fue casarme con Lot, para tenerme lejos de la corte. Decid la verdad, Ginebra: aun tras los muros de vuestro convento, ¿nunca mirasteis a ningún caballero joven y gallardo?

La reina bajó la mirada a sus sandalias.

—Hace tanto tiempo... —luego se dominó—. Anoche los cazadores trajeron un ciervo. Voy a ordenar que lo asen para la cena. Y tal vez convenga matar uno o dos cerdos, si vamos a hospedar a todos esos sajones. También hay que poner paja fresca en las habitaciones donde duerman, porque no tenemos camas suficientes.

—Encomendadlo a vuestras doncellas —sugirió Morgause—. Deben aprender a desenvolverse con huéspedes en un gran salón; ¿para qué, si no, las ponen bajo vuestro cuidado? Además, el deber de la reina es dar la bienvenida a su señor cuando regresa de la guerra.

—Tienes razón.

Ginebra encargó a su paje que diera las órdenes y ambas se dirigieron a las grandes puertas de Camelot. Morgause pensó: «Caramba, es como si hubiéramos sido siempre amigas. Pero quedamos tan pocas de aquella época...»

La misma sensación tuvo por la noche, al ver el gran salón decorado y refulgente de ropa fina. Era casi como en los grandes tiempos de Camelot. Sin embargo, eran muchos los antiguos caballeros que ya no volverían, caídos en las guerras o en la búsqueda del Grial. No era frecuente que Morgause recordara sus años y eso la asustó. La mitad de los asientos de la mesa redonda estaban ocupados por sajones de grandes barbas y toscas capas, o por jóvenes que apenas parecían tener edad suficiente para sostener un arma. Hasta su pequeño Gareth era uno de los caballeros de más edad, a quien los más recientes trataban con asombroso respeto. En cuanto a Gwydion (aunque la mayoría lo llamaba señor Mordret) parecía todo un líder entre los más jóvenes.

Las damas y los mayordomos habían hecho un buen trabajo: había carne asada y hervida en abundancia y grandes pasteles de carne con salsa, bandejas de manzanas tempranas y uvas, pan caliente y gachas de lentejas. En la mesa redonda, acabado el festín, los sajones continuaron bebiendo y entreteniéndose con sus acertijos favoritos, mientras Arturo llamaba a Niniana para que cantara. Ginebra tenía a su lado a Lanzarote, que había sido herido por un hacha de combate y no podía mover el brazo. Le estaba cortando la carne, pero Morgause notó que nadie prestaba la menor atención.

Gareth y Gawaine se habían sentado algo más allá; Gwydion, muy cerca de ellos, compartía un plato con Niniana; se había bañado y peinado con rizos, pero tenía una pierna vendada y apoyada en un taburete. Morgause se acercó a saludarlos.

—¿Estás herido, hijo mío?

—No es nada —dijo Gwydion—. Ya soy mayor para correr a vuestro regazo cuando me golpeo el dedo gordo, madre.

—No parece tan poca cosa —señaló Morgause, observando el vendaje y la sangre seca de los bordes—. Pero si lo prefieres, te dejaré en paz. ¿Y esa nueva túnica?

Era del estilo de la que usaban muchos sajones, con mangas tan largas que cubrían la mano hasta los nudillos. La de Gwydion era de paño azul con bordados carmesíes.

—Es un regalo de Ceardig. Como él dijo, resulta conveniente en una corte cristiana, pues oculta las serpientes de Avalón. —Torció la boca—. ¡Tendría que regalar una así a mi señor Arturo, para Año Nuevo!

—Dudo que nadie notara la diferencia —dijo Gawaine—. Ya nadie piensa en Avalón, y los tatuajes de Arturo están tan descoloridos que ni se ven.

Morgause observó la cara y los ojos amoratados de su hijo mayor. En efecto, había perdido más de un diente; también tenía cortes y cardenales en las manos.

—¿Y tú también fuiste herido, hijo?

—No por el enemigo —gruñó Gawaine—. Esto lo recibí de un amigo sajón. ¡Malditos sean todos esos cretinos sin educación! ¡Me gustaban más cuando eran enemigos!

—¿Te peleaste con uno?

—Sí, y lo haría otra vez si se atreviera a pronunciar una palabra contra mi rey —aseguró Gawaine, furioso—. Y tampoco necesitaba que mi hermano menor viniera a rescatarme.

—Te doblaba en tamaño —adujo Gareth—, te había derribado y estaba a punto de quebrarte las costillas o la columna. ¿Iba yo a quedarme cruzado de brazos mientras ese deslenguado maltrataba a mi hermano y calumniaba a mi primo? Ahora lo pensará dos veces antes de hablar.

—Aun así —objetó Gwydion, en voz baja—, no puedes acallar a todo el ejército sajón, Gareth, sobre todo si lo que dicen es verdad. Cuando un hombre permite que otro ocupe su lugar en el lecho conyugal, eso tiene un nombre, y no es bonito.

—¡Cómo te atreves! —Gareth se levantó a medias y aferró a Gwydion por el cuello de la túnica sajona. Éste levantó las manos para desasirse.

—¡Tranquilo, hermano! ¿Vas a tratarme como al sajón, sólo porque digo la verdad aquí, en familia? ¿O quieres que haga como toda esta corte, que ve a la reina con su amante y no dice nada?

Gareth lo soltó lentamente.

—Si Arturo no tiene quejas sobre la conducta de su señora, ¿quién soy yo para decir nada?

—¡Maldita sea esa mujer! —murmuró Gawaine—. ¡Lamento que Arturo no la repudiase cuando todavía estaba a tiempo! No me gusta esta corte, tan cristiana y llena de sajones. Cuando Arturo me armó caballero no había en todo el país un sajón que supiera de religión lo que un cerdo en su porqueriza.

Gwydion dejó escapar una exclamación despectiva. Gawaine se volvió hacia él.

—Los conozco mejor que tú. Ya combatía contra los sajones cuando tú aún mojabas pañales. ¿Vamos a gobernar la corte según nos indiquen esas bestias peludas?

—No conoces a los sajones ni la mitad que yo —aseveró Gwydion—. Tratar a un hombre con un hacha de combate en la mano no es manera de conocerlo. Yo he vivido en sus cortes, me he embriagado con ellos y cortejado a sus mujeres. Y están en lo cierto al decir que Arturo y su corte son corruptos, demasiado paganos.

—Buenos son ellos para hablar —resopló Gawaine.

—De cualquier modo —observó Gwydion—, no es motivo de risa que estos hombres tilden a Arturo de corrupto sin que se les reproche.

—¡Me parece que Gawaine y yo se lo reprochamos un poco! —gruñó Gareth—¿Vais a pelear con toda la corte sajona? Sería mejor corregir el motivo de la calumnia —objetó Gwydion—. ¿Acaso Arturo no puede manejar mejor a su esposa?

Gawaine aseveró:

—No seré yo quien hable mal de Ginebra ante las barbas de Arturo.

—Pero es preciso. Arturo no puede reinar sobre todos estos hombres si es su hazmerreír. ¿Cómo van a jurar seguirlo en la paz y en la guerra, si lo tienen por cornudo? Es preciso que corrija la corrupción de esta corte. Podría meter a su mujer en un convento, alejar a Lanzarote...

Gawaine echó una mirada nerviosa a su alrededor.

—¡Bájala voz, por todos los santos! —dijo—. ¡No son cosas que se puedan siquiera susurrar en público!

—Es mejor susurrarlas entre nosotros y no que circulen por todo el país —advirtió Gwydion—. ¡Por Dios, si los tiene sentados junto a él y les sonríe! ¿Acaso Camelot va a convertirse en una broma y la mesa redonda en un burdel?

—Cierra esa sucia boca si no quieres que te la cierre yo —bramó Gawaine. aterrándolo por los hombros con dedos de hierro.

—Si lo que digo fuera mentira, bien podrías tratar de cerrarme la boca, pero ¿puedes detener la verdad con los puños? ¿O persistes en afirmar que Ginebra y Lanzarote son inocentes? De ti, Gareth, que siempre has sido su mascota, podría justificar que no puedas pensar mal de tu amigo...

Gareth rechinó los dientes.

—Yo también desearía que esa mujer estuviera en el fondo del mar o tras los muros del convento más inaccesible. Pero mientras Arturo no hable, yo mantendré la boca cerrada. Y ya están en edad de ser discretos. Todos sabemos desde hace años que él siempre fue su paladín.

—Si yo tuviera pruebas, quizá lograra que Arturo me escuchara —dijo Gwydion.

—¡Ten la certeza de que Arturo sabe todo lo que hace falta, maldito seas! Pero a él le corresponde permitirlo u oponerse... Y no quiere oír una sola palabra contra ninguno de los dos. —Gawaine tragó saliva—. Lanzarote es mi primo y amigo, pero..., maldito seas, ¿crees que no lo he intentado?

—¿Y qué dijo Arturo?

—Que la reina estaba por encima de mis críticas y que cuanto ella hiciera estaba bien. Fue cortés, pero me di cuenta de que me estaba advirtiendo que no me entrometiera.

—Pero si el asunto despertara su atención de modo que ya no pudiera ignorarlo... —propuso Gwydion en voz baja, pensativo.

Luego alzó la mano en una señal. Niniana, que estaba sentada a los pies de Arturo, tocando el arpa, pidió autorización al rey y se levantó para acercarse.

—Mi señora—dijo Gwydion, inclinando delicadamente la cabeza en dirección a Ginebra—, ¿no es cierto que ella suele alejar a sus damas durante la noche?

La joven respondió en voz baja:

—No lo ha hecho desde que la legión partió de Camelot.

—Al menos sabemos que la señora es leal —observó Gwydion, cínicamente—. No distribuye sus favores a diestra y siniestra.

—Nadie la ha acusado de libertinaje —protestó Gareth, furioso—. Y a su edad... Los dos son mayores que tú, Gawaine. Lo que hagan ya no puede ser perjudicial para nadie.

—Hablo en serio —afirmó Gwydion, con igual apasionamiento—. Si Arturo ha de seguir siendo gran rey...

—¿No querrás decir: «Cuando yo sea gran rey después de Arturo...»?

—¿Qué preferirías, hermano? ¿Que, al desaparecer Arturo, yo entregara este país a los sajones?

Ambos tenían las cabezas juntas y discutían en susurros furiosos. Morgause comprendió que se habían olvidado hasta de su existencia.

—¡Caramba, pensaba que tenías mucho aprecio a los sajones! —exclamó Gareth, desdeñoso y furibundo—. ¿No te gustaría que mandaran ellos?

—Escúchame —protestó Gwydion, iracundo.

Pero Gareth lo aferró otra vez.

—Te oirá toda la corte, si no bajas la voz. Arturo te está mirando; le llamó la atención que Niniana viniera hacia aquí. ¡Tal vez no sea el único que deba vigilar a su señora!

—¡Calla! —Gwydion se liberó de sus manos.

Arturo alzó la voz.

—¡Qué! ¿Mis leales primos de Lothian riñen entre ellos? ¡Quiero paz en mi salón, parientes! Ven, Gawaine; el rey Ceardig pregunta si quieres jugar a los acertijos con él. Gawaine se levantó, pero Gwydion musitó:

—Aquí tienes un acertijo: cuando un hombre no cuida de su propiedad, ¿qué han de hacer los que tienen interés en ella?

El otro se fue a grandes pasos, fingiendo no haber oído. Niniana se inclinó hacia su amante, susurrando:

—Déjalo ya. Hay demasiados oídos. Ya has plantado la semilla. Ahora habla con otros caballeros. ¿Crees acaso que sólo tú viste... eso?

Y movió ligeramente el codo. Morgause, siguiendo el leve gesto, vio que Ginebra y Lanzarote tenían un tablero en las rodillas y estaban inclinados sobre el juego, con las cabezas muy juntas.

—Deben de ser muchos los que piensan que esto afecta el honor de Camelot —murmuró Niniana—. Sólo hace falta encontrar a hombres con menos... prejuicios que tus hermanos de Lothian, Gwydion.

Pero él miraba con furia a Gareth.

—¡Lanzarote, siempre Lanzarote! —murmuró.

Y Morgause, que paseaba la vista entre ambos, pensó en cierto niño que hablaba con un palo pintado de rojo y azul al que llamaba «Lanzarote». Pensó también en el pequeño Gwydion, que seguía a Gareth como un cachorro. «Es su Lanzarote», pensó. «¿Qué resultará de esto?»

Pero su inquietud se ahogó en maldad. «Ya es hora de que Lanzarote responda por todo lo que ha forjado», pensó.

Niniana, en la parte más alta de Camelot, contemplaba la niebla que rodeaba la colina. Al oír unos pasos tras ella, dijo, sin volverse:

—¿Gwydion?

—¿Quién si no? —La rodeó con los brazos para estrecharla con fuerza y ella volvió la cabeza para besarlo.

—¿Arturo te besa así? —inquirió Gwydion, sin soltarla.

Librándose del abrazo, Niniana se le encaró.

—¿Estás celoso del rey? ¿No fuiste tú quien me indicó que me ganara su confianza?

—Ya ha gozado sobradamente de lo que me pertenece.

—Arturo es hombre cristiano; no diré más. Y tú eres mi gran amor. Pero soy Niniana de Avalón y no tengo que rendir cuentas a nadie por lo que hago con lo que la Diosa me dio. Y si eso no te gusta, Gwydion, regresaré a Avalón.

Gwydion esbozó una de esas cínicas sonrisas, lo que menos le gustaba de él.

—Si hallas el camino —dijo—. Podrías descubrir que ya no es tan fácil. —Luego el cinismo desapareció de su cara—. No me importa lo que haga Arturo en el tiempo que le resta. Como Galahad, puede gozar de su momento, pues no le durará mucho. —Bajó la vista al mar de niebla que rodeaba Camelot—. Cuando se despeje la bruma, desde aquí veremos Avalón, y quizá también la isla del Dragón. —Suspiró—. ¿Sabías que algunos de los sajones se están mudando allí? En la isla del Dragón ha habido cacerías de ciervos, aunque Arturo lo prohibió.

La cara de Niniana se endureció de cólera.

—Es preciso ponerle fin. Ese lugar es sagrado, y también los ciervos...

—Y las gentes pequeñas que son sus dueños. Pero el sajón Aedwin las masacró. Se justificó ante Arturo diciendo que habían disparado dardos envenenados contra sus hombres. Ahora cazan los ciervos... Y Arturo guerreará contra Aedwin, si es preciso.

—¿Arturo va a guerrear por ellos? —se sorprendió Niniana—. ¿No había traicionado a Avalón?

—Pero a la gente inofensiva de la isla, no. —Gwydion quedó en silencio, deslizando un dedo a lo largo de las serpientes tatuadas en sus muñecas. Luego se las cubrió con la túnica sajona—. Me pregunto si aún podría derribar a un Macho rey valiéndome sólo de las manos y un cuchillo de pedernal,

—No dudo que podrías, puesto ante el desafío —dijo Niniana—. Queda por ver si podría Arturo. Porque si no...

La frase quedó en el aire. Él comentó sombríamente, observando la niebla cerrada:

—No creo que se despeje. Aquí siempre hay brumas, ya tan densas que algunos de los mensajeros sajones no encuentran el camino... ¡Oye, Niniana! ¿También Camelot ha de perderse en las brumas?

Iba a responderle con alguna broma despreocupada o una frase tranquilizadora, pero se contuvo.

—No lo sé —reconoció—. La isla del Dragón ha sido profanada; sus habitantes están muertos o moribundos, el rebaño sagrado es presa de los cazadores sajones. Los nórdicos hacen incursiones en nuestras costas. ¿Llegará el día en que saqueen Camelot, tal como los godos derribaron Roma?

—Si lo hubiera sabido a tiempo —musitó Gwydion con sofocada violencia, entrechocando los puños—, si los sajones hubieran advertido a Arturo, él habría podido enviarme a proteger el territorio sagrado donde fue consagrado Macho rey. Ahora que el altar de la Diosa ha sido derribado sin que él muriera por protegerlo, su reinado está perdido.

Niniana percibió lo que no decía: «Y también el mío.»

—Tú no sabías que estaba en peligro —observó.

—De eso también tiene \a culpa Arturo. Los sajones actuaron sin pensar en consultarle: ¿eso no te dice lo poco que lo valoran como gran rey? ¿Y por qué? Yo te lo diré, Niniana-desprecian al Astado que no domina a sus mujeres.

—Tú. que te criaste en Avalón —replicó ella, enfadada—, ¿juzgas a Arturo por las normas sajonas, peores aún que las romanas? Vas a ser rey, Gwydion, porque llevas la sangre real de Avalón y por ser hijo de la Diosa.

—¡Bah! —Gwydion escupió en el suelo y agregó una obscenidad—. ¿Nunca se te ocurrió que Avalón ha caído como Roma, porque había corrupción en el corazón del reino? Según las leyes de Avalón, Ginebra sólo ha ejercido su derecho: la reina elige al consorte y Arturo debería ser derribado por Lanzarote. ¡Y Lanzarote es hijo de la Dama del Lago! ¿Por qué no reemplazar a Arturo por él? Pero ¿tenemos que tener por rey al hombre que una mujer quiera en su cama? —Volvió a escupir—. No, Niniana: esos días han pasado: tanto los romanos como los sajones saben cómo tiene que ser el mundo. La tierra ya no es un gran vientre que alumbra hombres; ahora es el movimiento de hombres y ejércitos lo que resuelve las cosas. ¿Qué pueblo me aceptaría como rey sólo por ser hijo de cierta mujer? Ahora quien gobierna es el hijo varón del rey, ¿y vamos a rechazar algo bueno sólo porque los romanos lo hicieron antes? Hoy tenemos mejores naves; descubriremos tierras más allá de los antiguos continentes que se hundieron en el mar. ¿Y cómo ha de seguirnos hasta allí una Diosa atada a este trozo de tierra y a sus cosechas? El mundo ya no es de las diosas, Niniana, sino de los dioses, quizá de un solo Dios. No debo derribar a Arturo: el tiempo y los cambios se ocuparán de eso.

A Niniana le corrió por la espalda el escozor de la videncia.

—¿Y qué será de ti, Macho rey de Avalón? ¿Qué será de la Madre que te envió en su nombre?

—¿Crees que pienso perderme en las brumas con Avalón y Camelot? Quiero ser gran rey... Y para eso tengo que conservar la corte de Arturo en todo su esplendor. Por eso Lanzarote tiene que desaparecer. Arturo tendrá que alejarlo definitivamente, y probablemente también a Ginebra. ¿Estás conmigo o no, Niniana?

Ella, mortalmente pálida, apretó los puños. Habría querido tener el poder de Morgana para formar un puente desde el cielo a la tierra y fulminarlo con el rayo de la Diosa enfurecida. La media luna de su frente ardía de cólera.

—¿Tengo que ayudarte a traicionar a una mujer sólo por ejercer el derecho que la Diosa nos ha dado a todas, el de escoger a nuestro hombre?

Gwydion soltó una risa burlona.

—Ginebra renunció a ese derecho cuando se arrodilló a los pies del Dios de los esclavos.

—Aun así no tengo por qué traicionarla.

—¿No me avisarás cuando vuelva a alejar a sus mujeres a la hora de acostarse?

—No —dijo Niniana—. Por la Diosa que no. ¡Y la traición de Arturo a Avalón no es nada al lado de la tuya!

Le volvió la espalda para abandonarlo, pero Gwydion la retuvo allí.

—¡Harás lo que yo te ordene!

Niniana forcejeó hasta liberar sus muñecas amoratadas.

—¿Lo que tú me ordenes? ¡Ni en un millar de años! —exclamó, sofocada por la furia—. ¡Ten cuidado, puesto que has alzado la mano contra la Dama de Avalón! ¡Ya sabrá Arturo qué clase de víbora ha puesto en su pecho!

En un arrebato de ira, Gwydion la sujetó por la otra muñeca y la golpeó con toda su fuerza en la sien. Niniana cayó al suelo sin un grito. Él estaba tan iracundo que no hizo el menor intento de detener su caída.

—¡Bien te apodaron los sajones! —dijo una voz grave y salvaje, entre la niebla—. ¡Consejo maligno, Mordret... asesino!

Gwydion se volvió con un movimiento convulso, bajando los ojos al cuerpo caído a sus pies.

—¿Asesino? ¡No! Sólo me enfadé con ella... Pero no quería hacerle daño... —Miró a su alrededor, sin poder distinguir nada en la niebla, cada vez más densa. Sin embargo, reconocía aquella voz—. ¡Morgana! Señora... ¡Madre!

Se arrodilló, con el pánico oprimiéndole la garganta, e incorporó a Niniana para buscarle el pulso. Pero yacía sin aliento, sin vida.

—¡Morgana! ¿Dónde estáis, dónde? ¡Descubrios, maldita sea!

Pero sólo Niniana estaba allí, exánime e inmóvil a sus pies. La estrechó contra sí, implorando:

—¡Niniana! Niniana, amor mío, ¡háblame!

—No volverá a hablarte —dijo la voz incorpórea.

Pero mientras Gwydion se volvía a un lado y a otro, una sólida figura de mujer se materializó en la niebla.

—¡Oh! ¿Qué has hecho, hijo mío?

—¿Erais vos? ¿Erais vos?—inquirió él, con la voz quebrada por la histeria—. ¿Vos me llamasteis asesino?

Morgause dio un paso atrás, medio asustada.

—No, no, acabo de llegar... ¿Qué hiciste?

Lo recibió en sus brazos y lo sostuvo, acariciándolo como si aún tuviera doce años.

—Niniana me enfureció... Me amenazó... Pongo a los dioses por testigos, madre: no quería hacerle daño, pero me amenazó con revelar a Arturo que yo conspiraba contra su precioso Lanzarote —explicó Gwydion, casi balbuceando—. La golpeé. Juro que sólo quería asustarla, pero cayó...

Morgause lo soltó para arrodillarse junto a la joven.

—La golpeaste con mala suerte, hijo mío. Ha muerto. Ya no puedes hacer nada. Tenemos que informar a los senescales de Arturo.

Gwydion se puso lívido.

—¡A los senescales, madre! ¿Qué dirá Arturo?

Morgause sintió que se le fundía el corazón. Lo tenía en sus manos, como cuando era una criatura indefensa a la que Lot quería hacer matar. Su vida le pertenecía y él no lo ignoraba. Lo estrechó contra su pecho.

—No importa, querido. No tienes que sufrir por esto, tal como no sufres por los hombres que mataste en combate. —Clavó una mirada triunfal en el cuerpo sin vida de Niniana—. Pudo haber caído en la niebla. Hasta el pie de la colina hay una larga distancia. Sujétala por los pies, así. Lo hecho, hecho está y ya nada de lo que le suceda cambiará las cosas.

Crecía su antiguo odio hacia Arturo; Gwydion lo derribaría..., y lo haría con su ayuda. Y cuando todo acabara, ella reinaría a su lado: ¡la señora que lo había puesto en el trono! Niniana ya no se interponía entre ambos; ella sería su único respaldo, su única ayuda. En silencio, el cuerpo liviano de la Dama de Avalón desapareció entre la niebla. Más tarde, cuando Arturo la mandara llamar, se iniciaría la búsqueda. Pero Gwydion, mirando entre la bruma como hipnotizado, por un momento creyó ver la negra barca de Avalón, entre Camelot y la isla del Dragón, y le pareció que Niniana, vestida de negro, como corresponde a la Parca, le hacía señas desde la embarcación. De inmediato desapareció.

—Ven, hijo mío —dijo Morgause—. Pasaste esta mañana en mis habitaciones. En cuanto al resto del día, tienes que acompañar a Arturo en su salón. Recuerda que no has visto a Niniana. Cuando te encuentres con Arturo le preguntarás por ella; muéstrate un poco celoso, como si temieras encontrarla en su lecho.

Fue un bálsamo para su corazón que Gwydion se aferrara a ella, murmurando:

—Así lo haré, madre. Sois la mejor madre, la mejor de las mujeres.

Y Morgause lo estrechó durante un momento y le dio un beso más, saboreando su poder, antes de soltarlo.

16

Ginebra, con los ojos muy abiertos en la oscuridad, esperaba oír las pisadas de Lanzarote. pero pensaba en Morgause. que había sonreído casi lascivamente al murmurar:

—Ah, querida, ¡cómo os envidio! Cormac es un joven apuesto y muy fogoso, pero no tiene la gracia ni la belleza de vuestro amante.

Ginebra, con la cabeza gacha, no había respondido. ¿Quién era ella para despreciar a Morgause, si estaba naciendo lo mismo? Pero era peligroso; el domingo anterior, el obispo había predicado sobre el gran mandamiento contra el adulterio, que estaba en las mismas raíces del modo de vida cristiano.

No era el cuerpo de Lanzarote lo que deseaba. En realidad, era raro que la poseyera de ese modo que era pecado y deshonor, salvo en aquellos primeros años en que contaban con la aquiescencia de Arturo, para ver si Ginebra podía dar un heredero al reino. Había otras maneras de encontrar placer que parecían menos pecaminosas, menos transgresoras de los derechos maritales de Arturo. Y aun así, lo que más deseaba era estar con él, más con el alma que con el cuerpo. ¿Cómo podía un Dios de amor condenar ese auténtico amor del corazón?

Se oyó una pisada ligera en la oscuridad.

—¿Lanzarote? —susurró.

—No.

La confundió el destello de una pequeña lámpara en la oscuridad. Por un momento creyó ver la cara amada, nuevamente joven. Luego comprendió de quién se trataba.

—¿Cómo te atreves? Mis mujeres no están lejos. Puedo gritar y nadie creerá que te hice venir.

—Quieta —ordenó él—. Hay un puñal en vuestro cuello, mi señora. —Y mientras Ginebra se encogía, aferrada a las sábanas dijo—: Oh, no os ufanéis, señora; no he venido a violaros. Vuestros encantos son demasiado rancios para mí y han sido paladeados en exceso.

—Basta —dijo una voz ronca en la oscuridad—. ¡No te burles de ella, hombre! Sucio asunto éste de espiar en alcobas. ¡Ojalá no lo hubiera aceptado! Quietos, todos, y escondeos en los rincones.

Con los ojos ya adaptados a la penumbra, Ginebra reconoció la cara de Gawaine y. más allá, una silueta familiar.

—¡Gareth! ¿Qué haces aquí? —preguntó con tristeza—. Creía que eras el mejor amigo de Lanzarote.

—Y lo soy —respondió, ceñudo—. He venido para que sólo se haga justicia con él. Ése —señaló a Gwydion con un gesto desdeñoso— querría cortarle el cuello y dejar que se os acusase de asesinato.

—Quedaos quieta —ordenó Gwydion. La luz se apagó. Ginebra sintió el pinchazo del puñal en el cuello—. Si pronunciáis un solo sonido para darle aviso, señora, acabaré con vos aunque deba asumir el riesgo de explicar el porqué a mi señor Arturo.

La punta se clavó hasta que Ginebra, con un gesto de dolor, se preguntó si le habría hecho sangre. Oía leves ruidos: roce de prendas, tintineo de armas velozmente apagados. ¿Cuántos hombres habían llegado para esa emboscada? Se retorció las manos, desesperada. Si al menos pudiera advertir a Lanzarote... Pero se encontraba como un animal en la trampa, indefensa.

El tiempo transcurrió despacio para la mujer atrapada entre las almohadas y el puñal. Después de mucho rato oyó un silbido suave, como un reclamo de pájaro. Percibiendo la tensión de sus músculos, Gwydion preguntó con un áspero susurro:

—¿La señal de Lanzarote?

Y le clavó otra vez el puñal en la elástica piel del cuello.

—Sí —susurró Ginebra, sudando de terror.

A su lado la paja crujió, en tanto él cambiaba de posición y se apartaba.

—En este cuarto hay doce hombres. Tratad de darle aviso y no viviréis un instante más.

Se oían ruidos en la antecámara: la capa de Lanzarote. la espada... Ah, Dios, ¿le sorprenderían desnudo y desarmado? Volvió a ponerse tensa, sintiendo por anticipado la puñalada en el cuerpo. Pero tenía que advertirle, gritar... Abrió los labios, pero Gwydion (¿tenía acaso el don de la videncia para saberlo?) le apretó cruelmente la cara con una mano, sofocando su voz. Ginebra se retorció bajo la mano. Entonces percibió el peso de Lanzarote en la cama.

—¿Ginebra? —susurró—. ¿Qué pasa? Me pareció oírte gritar, amada mía.

Ella logró desprenderse de la mano.

—¡Corre! —aulló—. ;Es una trampa!

—¡Por las puertas del infierno!

Sintió que Lanzarote saltaba hacia atrás como un gato. Llameó la lámpara de Gwydion; de algún modo la luz pasó de mano en mano, hasta que todo el cuarto estuvo iluminado. Gawaine, Cay y Gareth, seguidos por diez siluetas sombrías, dieron un paso adelante. Ginebra se acurrucó bajo las mantas. Lanzarote permanecía inmóvil, desnudo y desarmado.

—Mordret —dijo, despectivo—. ¡Una treta digna de vos!

—En el nombre del rey, Lanzarote —dijo Gawaine, formalmente—, os acuso de alta traición. Entregadme vuestra espada.

—Olvida eso —intervino Gwydion—. Ve por ella.

—¡Gareth! ¿Por qué te prestaste a esto, Dios?

Los ojos de Gareth brillaban a la luz del candil como por efecto de las lágrimas.

—Nunca lo habría creído de ti, Lanzarote. Ojalá hubiera caído en el combate antes de presenciar este día.

Lanzarote inclinó la cabeza. Ginebra vio que recorría la habitación con una mirada de pánico.

—Oh, Dios —murmuró—, así me miró Pelinor cuando me sorprendió en la cama con Elaine... ¿Tengo acaso que traicionar siempre a todos?

Ginebra habría querido abrazarlo, llorar de piedad y dolor, darle amparo. Pero él no la miraba.

—Vuestra espada —dijo Gawaine, en voz baja—. Y vestios, Lanzarote. No os presentaré así ante Arturo, desnudo y en desgracia. Ya somos demasiados los que presenciamos vuestra vergüenza.

—No dejéis que eche mano de su espada —protestó en la oscuridad una voz sin rostro.

Pero Gawaine acalló despectivamente a quien hablaba. Lanzarote les volvió lentamente la espalda para ir hacia la pequeña antecámara donde había dejado la ropa y sus armas. Ginebra oyó que se vestía. Gareth esperaba con la mano en el pomo de la espada. Lanzarote volvió vestido, aunque desarmado, con las manos a la vista.

—Por vuestro bien, me alegra que nos acompañéis sin resistencia—dijo Gwydion—. Madre...

Se volvió hacia las sombras. Ginebra quedó consternada al ver allí a la reina Morgause.

—Ocupaos de la reina. La dejo a vuestro cargo hasta que Arturo se ocupe de ella.

Morgause avanzó hacia la cama. Por primera vez, Ginebra reparó en su corpulencia y en la línea implacable de su mandíbula.

—Venid, señora; poneos el vestido —dijo—. Os ayudaré a recogeros el pelo. No conviene que os presentéis ante el rey desnuda. Y agradeced que hubiera aquí una mujer. —Miró despectivamente a los hombres—. Éstos querían esperar y atraparle mientras os montaba.

Ginebra se encogió ante la brutalidad de las palabras. Lentamente, con dedos torpes, empezó a ponerse la túnica.

—¿Es preciso que me vista delante de todos estos hombres?

Gwydion no esperó a que Morgause respondiera:

—¡No tratéis de ablandarnos, mujer desvergonzada! ¿Osaréis fingir que os resta algo de decencia o de pudor? ¡Poneos ese vestido, señora, si no queréis que mi madre os meta en él como en un saco!

«Madre, la llama. No me extraña que Gwydion sea implacable y cruel, si lo ha criado la reina de Lothian.» Sin embargo, Morgause se le había revelado muchas veces como una mujer simplemente perezosa, alegre y llena de apetitos; ¿qué podía haberla llevado a aquello?

Mientras Ginebra se ataba los cordones del calzado, Lanzarote preguntó en voz baja:

—¿Es mi espada lo que pedís, pues?

—Ya lo sabéis —dijo Gawaine.

—Bien, entonces... —Moviéndose a tal velocidad que la vista apenas pudo seguirlo, Lanzarote saltó hacia Gawaine y, en otro movimiento felino, le quitó la espada—. ¡Venid a buscarla, condenados!

Y embistió contra Gwydion, quien cayó aullando, con una gran herida sangrante en las nalgas. Luego, mientras Cay se adelantaba con la espada en la mano, el caballero del lago lo empujó con una almohada, haciéndolo caer contra los hombres que avanzaban, quienes tropezaron con él. Luego subió de un salto al lecho y dijo secamente a Ginebra:

—¡Estáte muy quieta y preparada!

Con una exclamación ahogada, ella se acurrucó en un rincón. Iban de nuevo hacia él. Lanzarote atravesó a uno con la espada, se trabó en breve combate con otro y, pasando por sobre su cadáver, embistió contra un atacante que permanecía en las sombras. La gigantesca silueta de Gareth se derrumbó lentamente. Lanzarote ya estaba batiéndose con otro, pero Gwydion, sangrante, gritó:

—¡Gareth! —Y se arrojó sobre el cuerpo de su hermano adoptivo.

En esa pausa horrenda, mientras Gwydion sollozaba, Ginebra sintió que Lanzarote la alzaba con un brazo. Giró para clavar la espada en alguien que estaba junto a la puerta. Un momento después la dejaba en el corredor, empujándola hacia delante con frenética prisa. Alguien surgió de la oscuridad; él lo liquidó mientras corría.

—Hacia las cuadras —jadeó—. Caballos. Sal, deprisa.

—¡Espera! —Ginebra lo sujetó por un brazo—. Si imploramos la piedad de Arturo.... o si escapas mientras yo me quedo a afrontarlo...

—Gareth podría haber hecho justicia. Pero con la mano de Gwydion en esto, ¿crees que alguno de los dos llegará vivo ante el rey? ¡Bien puesto tiene el nombre de Mordret!

La llevó precipitadamente a la cuadra y ensilló su caballo.

—No hay tiempo para buscar el tuyo. Monta detrás de mí y sujétate bien. Tendré que arrollar a los guardias de la puerta.

Y Ginebra cayó en la cuenta de que estaba ante un Lanzarote distinto: no era su amante, sino el encallecido guerrero. ¿A cuántos había matado esa noche? No tuvo tiempo para sentir miedo, pues él ya la estaba subiendo a su grupa.

—Atérrate a mí. No podré cuidarte. —Luego giró para darle un duro beso—. Esto es culpa mía. Tendría que haber previsto que ese bastardo infernal nos estaría espiando. Bueno, como sea, al menos ha terminado. Basta de mentiras y de ocultarnos. Eres mía para siempre.

Y se apartó. Ginebra notó que temblaba, pero él aferró salvajemente las riendas.

—¡Allá vamos!

Morgause, horrorizada, vio que Gwydion se arrodillaba junto a su hijo menor. Recordó las palabras dichas medio en serio, años atrás... Gwydion se había negado a participar en los torneos cuando Gareth estaba en el bando opuesto: «Me parecía que estabas moribundo, y yo sabía que era culpa mía... No quiero tentar al destino.»

Lo había hecho Lanzarote. Lanzarote, a quien Gareth había amado siempre como a ningún otro hombre.

Uno de los que estaban en la habitación se adelantó para decir:

—Se escapan.

—¿Qué puede importarme? —Gwydion hizo una mueca de dolor.

Morgause cayó en la cuenta de que su sangre se estaba mezclando en el suelo con la de Gareth. Entonces cogió la sábana de hilo de la cama y la desgarró para taponar la herida del joven.

Gawaine dijo, sombrío:

—Ahora nadie, en toda Britania, les dará cobijo. Lanzarote es un proscrito. Se le ha sorprendido en acto de traición a su rey y ha perdido el derecho a la vida. ¡Dios, cómo lamento que hayamos llegado a esto!

Después de echar un vistazo a la herida de Gwydion se encogió de hombros.

—Es superficial. Ya está dejando de sangrar. Cicatrizará, pero no podrás sentarte cómodamente durante varios días. Gareth... —Se le quebró la voz; el hombre rudo y encanecido rompió en sollozos como un niño—. Gareth tuvo peor suerte. Y Lanzarote pagará esto con su vida, aunque me cueste la mía. ¡Ah, Dios, Gareth, mi pequeño, mi hermano...!

Y Gawaine se agachó para acunar ese corpachón, diciendo con dificultad:

—¿Valía la pena, Gwydion? ¿Valía la vida de Gareth?

—Ven, muchacho —dijo Morgause, con un nudo en la garganta. Gareth, su pequeño, su último hijo: lo había perdido mucho tiempo antes por Arturo, pero aún recordaba al niño rubio con su caballero de madera pintada en las manos. «Algún día vos y yo iremos juntos en una gesta, señor Lanzarote...» Siempre Lanzarote. Pero ahora Lanzarote se había excedido. En todo el país, todas las manos se alzarían contra él. Pero aún tenía a su querido Gwydion, el que iba a ser rey, a su lado.

—Ven, muchacho, vamos; ya no puedes hacer nada por Gareth. Deja que te vende la herida. Luego iremos en busca de Arturo y le contaremos lo que ha sucedido, para que haga salir a sus hombres en busca de los traidores...

Gwydion retiró el brazo que ella sujetaba.

—Apártate de mí ¡y maldita seas! —dijo con voz terrible—. Gareth era el mejor de nosotros. ¡No lo habría sacrificado por diez reyes! Fuiste tú, con tu inquina, siempre azuzándome contra Arturo. ¡Como si me importara con quién duerme la reina! ¡Como si Ginebra fuera peor que tú, que siempre tuviste a alguien en tu cama!

—Oh, hijo mío —susurró Morgause, asustada—. ¿Cómo puedes hablarme así? Gareth era mi hijo...

—¿Cuándo te cuidaste de Gareth ni de nosotros, de nada que no fuera tu placer y tu ambición? ¡No me empujaste hacia el trono por mi propio bien, sino para ejercer el poder! —Gwydion apartó las manos con que ella intentaba aferrado—. ¡Vuelve a Lothian! ¡Vuelve al infierno, si el diablo te acepta! Pero si vuelvo a verte, juro que me olvidaré de todo, salvo de que mataste al único hermano que amé.

Y mientras Gawaine sacaba apresuradamente a su madre de la alcoba, Morgause oyó que el joven volvía a sollozar:

—Oh. Gareth, Gareth, preferiría haber muerto yo...

Gawaine ordenó brevemente:

—Cormac, lleva a la reina de Lothian a su cuarto.

Un brazo fuerte la sostuvo para caminar por el pasillo. Cuando aquellos horribles sollozos quedaron atrás, Morgause volvió a respirar libremente. ¿Cómo podía el muchacho volverse así contra ella, que sólo buscaba su bien? Guardaría un duelo decente por Gareth, claro, pero había sido un hombre de Arturo. Gwydion tendría que haberlo entendido así. Levantó la vista hacia Cormac.

—No puedo caminar tan deprisa. Aminora el paso.

—Por supuesto, mi señora.

Morgause era muy sensible al brazo que la envolvía y le prestaba apoyo. Se recostó un poco contra él. Aunque se había jactado ante Ginebra de su joven amante, la verdad era que aún no lo había llevado a su cama; lo mantenía en suspenso, demorando las cosas.

—Siempre has sido fiel a tu reina, Cormac.

—Soy fiel a mi casa real, como lo ha sido toda mi familia —dijo el mozo en el idioma del norte.

Morgause sonrió.

—Aquí está mi alcoba. Ayúdame a entrar, ¿quieres? Apenas puedo caminar...

Cormac la sostuvo hasta depositarla en el lecho.

—¿Quiere mi señora que llame a sus damas?

—No —susurró Morgause, sujetándole las manos; sabía que sus lágrimas eran seductoras—. Has sido leal a mí, Cormac. y ahora voy a recompensar tu lealtad. Ven...

Le alargó los brazos, con los ojos casi cerrados, pero volvió a abrirlos con espanto, viendo que él se apartaba con azoramiento.

—Creo... Creo que estáis perturbada, señora —tartamudeó—. ¿Por quién me tomáis? ¡Caramba, señora, si os respeto como a mi propia abuela! ¿Iba yo a aprovecharme de una anciana trastornada por el dolor? Permitid que llame a vuestra criada para que os prepare un buen ponche, y me olvidaré de lo que habéis dicho en el desvarío del pesar, señora.

Morgause acusó el golpe en la boca del estómago y sus ecos repetidos en el corazón: «mi propia abuela...», «anciana...», «el desvarío del pesar...». El mundo entero había enloquecido: Gwydion, loco de ingratitud; ese hombre, que tanto tiempo la había mirado con deseo, se volvía contra ella. Quiso gritar, llamar a sus criados para que lo azotaran hasta dejarlo ensangrentado y aullando. Pero cuando abrió la boca para hacerlo, sobre ella pareció descender todo el peso de su vida en un cansancio mortal.

-—Sí —dijo inexpresivamente—, no sé lo que digo. Llama a mis mujeres, Cormac, y diles que me traigan un poco de vino. Al amanecer partiremos hacia Lothian.

Y quedó sentada en la cama, sin fuerzas para levantar las manos.

«Soy una anciana. Y he perdido a mi hijo Gareth, y he perdido a Gwydion, y jamás podré reinar en Camelot. He vivido demasiado tiempo.»

17

Aferrada a la espalda de Lanzarote, con la túnica recogida por encima de las rodillas y las piernas desnudas colgando, Ginebra cerró los ojos. Galopaban en mitad de la noche y no sabía hacia dónde. Lanzarote era un extraño guerrero de rasgos duros al que ella no conocía. «En otros tiempos me habría aterrorizado viajar así. por la noche y a cielo abierto...» Pero se sentía exaltada, llena de entusiasmo. En el fondo de su mente también había dolor: pesar por el amable Gareth, que había sido como un hijo para Arturo y merecía mejor suerte que morir así; ¿sabría Lanzarote a quién había matado? Y también se apenaba por el fin de su vida con Arturo. Tras lo que había sucedido esa noche, ya no había modo de regresar. Tuvo que inclinarse hacia delante para oír a Lanzarote.

—Tendremos que detenernos pronto. El caballo tiene que descansar. Y si continuamos a la luz del día, mi cara y la tuya son conocidas en todo este paraje.

Ginebra asintió con la cabeza, sin aliento para hablar. Al cabo de un rato se adentraron en un bosquecillo, donde Lanzarote frenó al animal y la bajó de la montura. Después de abrevar al caballo, extendió su manto en el suelo para que ella se sentara.

—Aún tengo la espada de Gawaine —dijo—. Cuando era niño oía hablar de la locura del guerrero, pero no sabía que la llevábamos en la sangre. —Suspiró pesadamente—. Hay sangre en el acero. ¿A quién maté, Ginebra?

Ella no soportaba verlo tan angustiado y culpable.

—Hubo más de uno.

—Sé que herí a Gwydion... Mordret, maldito sea. Lo herí cuando aún era responsable de mis actos. —Su voz se endureció—. No creo haber tenido la suerte de matarlo, ¿verdad?

Ginebra negó con la cabeza.

—¿A quién?

No contestó. Lanzarote se inclinó para asirla por los hombros, con tanta brusquedad que ella temió por un instante al guerrero, como no había temido al amante.

—¡Dímelo, Ginebra, por el amor de Dios! ¿Maté a mi primo Gawaine?

A eso pudo responder sin vacilación:

—No. Te lo juro. A Gawaine, no.

—Pudo haber sido cualquiera —musitó Lanzarote, mirando fijamente la espada. De pronto se estremeció—. Te lo juro, Ginebra: no sabía siquiera que tuviese una espada en la mano. Golpeé a Gwydion como si hubiera sido un perro. Después, sólo recuerdo que cabalgábamos... —Y se arrodilló ante ella, trémulo—. Creo que he enloquecido otra vez, como antes.

Ginebra lo estrechó contra sí, en una pasión de salvaje ternura.

—No, no —murmuró—. Ah, no, amor mío. Yo soy la culpable de todo esto: la desgracia, el exilio.

—¿Y lo dices tú, cuando yo te he alejado de cuanto tenías?

Temeraria, Ginebra se apretó contra Lanzarote, diciendo:

—¡Ojalá lo hubieras hecho antes!

—Ah, aún no es tarde. Contigo a mi lado vuelvo a ser joven. Y tú..., nunca te he visto más hermosa, amor mío. —La acostó de espaldas en el manto, riendo con súbito abandono—. Ah, ya no hay nada que se interponga entre nosotros, nada que nos interrumpa, Ginebra, mi Ginebra...

Al dejarse abrazar, ella recordó el sol naciente y una habitación en el castillo de Meleagrant. Así volvía a ser. Y se aferró a él, como si no hubiera otra cosa en el mundo para ellos, nunca más.

Durmieron un poco, acurrucados en el manto, y despertaron todavía abrazados; el sol los buscaba por entre las ramas verdes. Lanzarote le tocó la cara, sonriendo.

—¿Sabes que nunca había despertado entre tus brazos sin miedo? Ahora soy feliz, pese a todo...

Y rió con un tono de desenfreno. Tenía la túnica arrugada y hojas en el pelo blanco y en la barba. Ginebra tocó la hojarasca en su cabello, ya medio suelto. No tenía con qué peinarse, pero lo dividió en trozos para trenzarlo y ató el extremo con una tira arrancada del borde de su falda desgarrada.

—¡Qué par de truhanes somos! —exclamó, riendo—. ¿Quién reconocería a la gran reina y al bravo Lanzarote?

—¿Te importa?

—No. amor mío. En absoluto.

Lanzarote se quitó las hojas del pelo y la barba.

—Tengo que ir en busca del caballo —dijo—. Tal vez haya por aquí alguna granja donde nos den pan y un sorbo de cerveza para ti. No tengo una sola moneda, nada de valor, salvo mi espada y esto. —Tocaba un pequeño alfiler de oro prendido a su túnica—. Al menos, por el momento, no somos mendigos. Si pudiéramos llegar al castillo de Pelinor, aún tengo allí la casa donde vivía con Elaine, criados... y oro con que pagar el pasaje del barco. ¿Vendrías conmigo a la baja Britania, Ginebra?

—A cualquier sitio —susurró ella, con voz quebrada.

Y en ese momento lo decía de corazón: a la baja Britania, a Roma, al fin del mundo, mientras pudiera estar con él para siempre. Lo atrajo de nuevo hacia sí y lo olvidó todo entre sus brazos.

Pero horas después, ya montada a su grupa, cayó en un silencio preocupado. Sí, podían cruzar el mar, sin duda. Pero cuando el relato de aquella noche se divulgara por el mundo, sobre Arturo caerían la vergüenza y el desprecio; el honor le obligaría a buscarlos dondequiera que fuesen. Además, tarde o temprano Lanzarote sabría que había matado a su amigo más querido, aparte del mismo rey, y la culpa le consumiría. Tendría que vivir con el amor y el odio desgarrándole el corazón, hasta que algún día la mente se le hiciera pedazos, y entonces caería otra vez en la demencia. Ginebra se apretó al calor de su cuerpo y lloró, con la cabeza apoyada en su espalda. Por primera vez comprendió que. de los dos, ella era la más fuerte. Y eso le partió el corazón con una espada mortífera.

Cuando se detuvieron otra vez tenía los ojos secos, pero el llanto se le había adentrado en el corazón, donde no cesaría jamás.

—No cruzaré el mar contigo, Lanzarote. No quiero desunir a los caballeros de la mesa redonda. Cuando Mordret logre su propósito, habrá disenso entre todos —dijo—, y llegará el día en que Arturo necesite a todos sus amigos. No quiero ser como la mujer de Troya, la del poema que solías contarme.

—Pero ¿qué harás?

Ginebra trató de no percibir en su voz el ápice de alivio que había tras el desconcierto y la pena.

—Llévame a la isla de Glastonbury. Allí está el convento en el que me eduqué. Allí quiero ir. Sólo diré que malas lenguas hicieron que tú y Arturo riñerais por mí. Pasado algún tiempo mandaré recado a Arturo, para que sepa dónde me encuentro y que no estoy contigo. Entonces podrá hacer honorablemente las paces contigo.

Lanzarote protestó:

—¡No! No puedo dejar que te vayas...

Pero Ginebra supo, con un vuelco en el corazón, que no le costaría persuadirlo. En el fondo, quizá deseaba que peleara por ella, que la llevara a la baja Britania por la fuerza de su voluntad y su pasión. Pero Lanzarote no era así. Y tal como era lo había amado siempre y lo amaría durante el resto de su vida.

Por fin él dejó de discutir y puso su montura rumbo a Glastonbury.

Con la sombra larga de la iglesia sobre las aguas, abordaron finalmente la embarcación que los llevaría a la isla; las campanas de la iglesia estaban tocando el Ángelus. Ginebra inclinó la cabeza para susurrar una oración: «María, Santa madre de Dios, ten piedad de mí, pecadora...»

Y durante un momento tuvo la sensación de estar bajo una luz potente, como el día que el Grial pasó por el salón. Lanzarote, sentado a proa, mantenía la cabeza gacha. No había vuelto a tocarla, de lo cual se alegraba: el solo contacto de su mano la habría debilitado en su decisión. La niebla se cernía sobre el lago; por un instante Ginebra creyó ver una sombra: una barca con velos negros y una silueta oscura en la proa... Pero no, era sólo una sombra.

La barca rozó la orilla. Lanzarote la ayudó a desembarcar.

—¿Estás segura, Ginebra?

—Estoy segura —confirmó ella, tratando de parecer más firme de lo que se sentía.

—Entonces te acompañaré hasta las puertas del convento.

Y de pronto comprendió que eso requería de Lanzarote más valor que toda la matanza llevada a cabo por ella.

La anciana abadesa la reconoció con gran asombro, pero Ginebra le contó lo que había decidido: que deseaba refugiarse allí hasta que Arturo y Lanzarote resolvieran la rencilla causada entre ellos por las malas lenguas. La abadesa le dio unas palmaditas en la mejilla, como si aún fuera la pupila de antaño.

—Puedes quedarte tanto tiempo como desees, hija mía. Para siempre, si ésa es tu voluntad. En la casa de Dios no rechazamos a nadie. Pero aquí no serás reina —le advirtió—, sino una hermana más.

Ginebra suspiró con alivio absoluto. Hasta entonces no se había percatado del gran peso que era ser reina.

—Tengo que despedirme de mi caballero, desearle buena suerte y encomendarle que resuelva su rencilla con mi esposo.

La abadesa asintió gravemente.

—En estos tiempos nuestro buen rey Arturo no puede prescindir de uno solo de sus caballeros, mucho menos del gran señor Lanzarote.

Lanzarote se paseaba, inquieto, por la antesala del convento.

—No soporto despedirme de ti aquí, Ginebra. ¡ Ah, señora, amor mío!, ¿tiene que ser de este modo?

—Así debe ser —respondió Ginebra, implacable. Pero sabía que, por primera vez, actuaba sin pensar en sí misma—. Tu corazón estará siempre con Arturo, querido. A menudo pienso que nuestro único pecado no fue amarnos, sino permitir que ese amor estorbara el vuestro. —«Si todo hubiera quedado entre los tres como aquella noche de Beltane... —pensó—. El pecado no fue yacer juntos, sino que hubo tensiones y, por lo tanto, menos amor»—. Te devuelvo a Arturo con todo mi corazón. Dile en mi nombre que nunca dejé de amarlo.

Lanzarote pareció transfigurarse.

—Ahora lo sé —dijo—. Tampoco yo. y siempre sentí que te engañaba por amarle. —Habría querido darle un beso, pero en aquel lugar no era decoroso. A cambio le besó la mano—. Reza por mí, señora.

«Mi amor por ti es una plegaria —pensó Ginebra—. El amor es la única oración que conozco.» Nunca lo había amado tanto como en aquel momento, al oír que las puertas del convento se cerraban, duras y definitivas. Y los muros la cercaron.

¡Qué protegida y a salvo la habían hecho sentir aquellos muros, en tiempos pasados! Ahora tendría que caminar entre ellos durante el resto de su vida. Y mientras cruzaba el claustro de las monjas sintió que se cerraban sobre ella como una trampa.

«Por mi amor —pensó—, y por amor a Dios.» Y una pequeña semilla de consuelo se sembró en ella. Lanzarote iría a rezar a la iglesia donde Galahad había muerto. Quizá recordara aquel día en que, al abrirse las brumas de Avalón, ellos y Morgana se habían encontrado sumergidos hasta la rodilla en las aguas del lago. Y pensó también en Morgana con una súbita pasión de amor y ternura. «María, Santa madre de Dios, acompáñala para que algún día llegue a ti.»

Los muros, los muros la volverían loca. Jamás volvería a ser libre...

No. Por su amor y por amor a Dios, aprendería a amarlos otra vez. Con las manos unidas en la oración, Ginebra caminó por el claustro hacia el recinto de las hermanas y entró allí para siempre.

HABLA MORGANA...

Creía haber dejado atrás la videncia; Viviana había renunciado a ella siendo más joven. Pero no había quien me reemplazara en el altar de la Diosa. Lo comprendí al contemplar la muerte de Niniana, indefensa, y no pude tenderle la mano.

Yo había dejado a ese monstruo sobre el mundo, había accedido a la maniobra que lo llevaría a derribar al Macho rey. Y vi desde lejos que, en la isla del Dragón, derrumbaban el altar y cazaban los cierros en el bosque, sin amor, sin desafío, sin apelar a la Diosa, y perseguían a su pueblo como a sus ciervos. Las mareas del mundo estaban cambiando. A veces veía también Camelot, a la deriva en la niebla, y las guerras que volvían a desatarse por todo el país; ahora eran los nórdicos quienes saqueaban e incendiaban. Otro mundo; Dioses nuevos.

En verdad, la Diosa había desaparecido incluso de Avalón. Y yo, mortal como era, permanecía sola allí. No obstante, una noche tuve un sueño, una visión, un fragmento de videncia que me impulsó hacia el espejo, a la hora de la luna en sombras.

Al principio sólo vi las guerras que asolaban el país. Nunca supe qué sucedió entre Arturo y Gwydion, pero tras la huida de Ginebra con su paladín estallaron rencillas entre los antiguos caballeros; entre Gawaine y Lanzarote, guerra declarada. Más adelante, ya en agonía, el generoso Gawaine suplicó a Arturo, con su último aliento, que hiciera las paces con Lanzarote y lo llamara nuevamente a Camelot. Pero era demasiado tarde: ni el mismo caballero del lago podría ya reunir a las legiones del rey. La mitad de sus hombres seguían a Gwydion, así como la mayoría de los sajones, y hasta algunos nórdicos renegados. Y en esa hora previa al amanecer el espejo se aclaró; la luz ultraterrena me reveló la cara de mi hijo con una espada en la mano, caminando en lentos círculos en medio de la oscuridad, buscando...

Buscando al Macho rey para desafiarlo, como lo había hecho Arturo en sus tiempos: menudo, moreno y mortífero.

Arturo se había conformado con esperar a la muerte de su padre para asumir el poder; ahora, padre e hijo eran enemigos. Me pareció ver el suelo enrojecido por la sangre. Y en las tinieblas circundantes creí ver también a Arturo, alto, rubio y solo, apartado de sus hombres..., con Escalibur desnuda en la mano.

Pero también veía a Arturo dormido en su tienda, bajo la custodia de Lanzarote, y a Gwydion durmiendo entre sus mesnadas.

¡Arturo! ¡Aceptad mi desafío, Arturo! ¿O me teméis demasiado ?

Nadie puede decir que yo haya rehuido jamás un desafío. Arturo se volvió al salir Gwydion del bosque—. Conque eres tú, Mordret. Nunca creí del todo que te hubieras vuelto contra mí, pero ahora lo veo con mis propios ojos. ¿Qué he hecho? ¿Por qué te has convertido en mi enemigo? ¿Por qué, hijo?

¿Pensáis acaso que alguna vez no lo fui, padre? Hablaba con gran amargura—. ¿Para qué fui concebido y alumbrado sino para este momento, para desafiaros por una causa que ya no está dentro de este mundo? Ya no sé por qué tengo que desafiaros, pero en mi vida no queda sino este odio.

Arturo dijo en voz baja:

Sabía que Morgana me odiaba, pero nunca sospeché cuánto. ¿ Debes hacer su voluntad incluso en esto, Gwydion ?

¿ Creéis que lo hago por su voluntad, estúpido ? bramó él—. Si algo pudiera inducirme a perdonaros sería eso, cumplir la voluntad de Morgana, cuando no sé a cuál de los dos odio más.

Y entonces me encontré en las orillas del lago, donde ambos se desafiaban mutuamente, situada entre ellos, vestida con la túnica de las sacerdotisas.

¿ Es necesario esto ? Os exhorto a ambos, en nombre de la Diosa, a zanjar vuestra disputa. Pequé contra ti, Arturo, y contra ti, Gwydion. Es a mí a quien odiáis, y en el nombre de la Diosa os imploro...

¿Qué me importa la Diosa? Arturo apretó el pomo de Escalibur—. Siempre la he visto en tu cara, pero tú me volviste la espalda. Y como la Diosa me rechazaba, busqué otro Dios.

Y Gwydion dijo, mirándome con desprecio:

Yo no necesitaba a la Diosa, sino a la mujer que me había dado a luz. Y tú me dejaste en manos de alguien que no temía a ningún dios.

Traté de exclamar: «¡No tenía alternativa! No pude escoger...» Pero ambos se embistieron con sus espadas, arremetiendo a través de mí como si estuviera hecha de aire. Y fue como si sus espadas se cruzaran dentro de mi cuerpo. Un momento después estaba nuevamente en Avalón, mirando con horror dentro del espejo, donde no se veía nada. Nada, salvo una creciente mancha de sangre en las aguas sagradas del Pozo. Notaba la boca seca y el corazón acelerado: en los labios, amargo, el sabor del desastre y la muerte.

¡Había fracasado! Había fallado a la Diosa, si en verdad existía alguna Diosa, aparte de mí; había fallado a Avalón, a Arturo, a mi hermano, a mi hijo, a mi amante. Cuanto había pretendido estaba en ruinas. En el cielo se encendía un débil rubor allí donde el sol no tardaría en asomar. Y supe que, más allá de las brumas de Avalón, Arturo y Gwydion se enfrentarían aquel día por última vez.

Mientras descendía a la orilla para invocar la barca, me pareció que las pequeñas gentes morenas me rodeaban por doquier; caminaba entre ellas como la sacerdotisa que había sido. Me encontré sola en la barca, pero segura de que había otras a mi lado: Morgana, la doncella, la que había enviado a Arturo contra el Macho rey; Morgana, la madre, desgarrada por el nacimiento de Gwydion; la reina de Gales del norte, invocando el eclipse para impeler a Accolon contra Arturo, y la reina Tenebrosa de las hadas... ¿ O era la Parca? Y mientras la barca se acercaba a la costa oí al último de los seguidores de Arturo.

Mirad, mirad allí, la barca con las cuatro reinas en el amanecer, la barca encantada de Avalón...

Yacía allí, con el pelo pegajoso de sangre: mi Gwydion, mi amante, mi hermano... y a sus pies, muerto, Gwydion, mi hijo. Me incliné para cubrirle la cara con mi propio velo. Y supe que así terminaba una época. En tiempos pasados el ciervo joven había derribado al Macho rey para ocupar su puesto. Pero las cacerías habían terminado con los rebaños, el Macho rey acababa de matar al ciervo joven y ya nadie lo reemplazaría.

Y el Macho rey moriría a su vez… Me arrodillé a su lado.

La espada, Arturo. Escalibur. Cógela y arrójala lejos, a las aguas del lago.

La Regalía Sagrada ya no estaba en este mundo; la última pieza, la Escalibur, tenía que ir tras el resto. Pero él protestó en susurros, aferrado a ella.

No... Debo conservarla para quienes vengan después... La espada de Arturo, para convocarlos... Luego miró a Lanzarote a los ojos—. Cógela, Galahad. ¿No oyes las trompetas de Camelot, que convocan a las legiones de Arturo? Cógela..., para los caballeros.

No dije delicadamente—. Esos tiempos han terminado. Nadie, después de ti, puede reclamar la espada de Arturo. Le retiré delicadamente los dedos de la empuñadura—. Tómala, Lanzarote, pero arrójala a las aguas del lago. Que las brumas de Avalón la traguen para siempre.

Lanzarote me obedeció en silencio. No sé si me veía, ni por quién me tomaba. Luego acuné a Arturo contra mi pecho, sabiendo que su vida se esfumaba. Pero estaba más allá de las lágrimas.

Morgana susurró, con ojos desconcertados y llenos de dolor—. Morgana, ¿ todo esto fue por nada ? ¿Todo lo que hicimos, lo que intentamos hacer? ¿Por qué fallamos?

Era lo que yo también me preguntaba. Pero de algún sitio brotó la respuesta.

Tú no fallaste, hermano, amor, hijo mío. Mantuviste el país en paz durante muchos años, para que los sajones no lo destruyeran. Alejaste las tinieblas durante toda una generación, hasta que se convirtieron en hombres civilizados, capaces de hacer música y de creer en Dios, y lucharán por salvar algo de los bellos tiempos pasados. Si a la muerte de Uther esta tierra hubiera caído en manos de los sajones, todo lo bello y lo bueno habría perecido para siempre en la Britania. Por eso digo que no fallaste, amor mío. Nadie sabe cómo hace la Diosa su voluntad, pero así ha de ser.

Aun entonces ignoraba si estaba diciendo la verdad o si sólo hablaba para reconfortarlo, como si fuera otra vez el niño que Igraine me había puesto en los brazos cuando yo misma era aún niña, diciéndome: «Morgana, cuida de tu hermano. » Y yo lo había hecho, lo haría siempre, aun más allá de la vida. ¿ O acaso había sido la misma Diosa la que me pusiera a Arturo en los brazos?

Arturo presionó con dedos ya débiles la gran herida abierta en su pecho.

Si al menos tuviera... la vaina que tú me hiciste, Morgana... no estaría aquí, desangrándome... Soñé, Morgana... y en mi sueño te llamaba, pero no podía abrazarte...

Lo estreché contra mí. Con la primera luz del sol naciente vi que Lanzarote levantaba la Escalibur para arrojarla lejos. Voló por el aire girando, sobre sí misma; el sol centelleaba en ella como en el ala de un pájaro blanco. Luego cayó. No vi más; tenía los ojos nublados por las lágrimas y la luz creciente.

Luego oí la voz de Lanzarote:

Vi que una mano surgía del lago... La mano cogió la espada y la blandió tres veces en el aire. Luego se sumergió con ella.

Yo no había visto nada: sólo el reflejo de la luz en un pez que rompió la superficie del agua. Pero no dudo que él viera lo que dijo.

Morgana susurró Arturo—, ¿eres tú, en verdad? No te veo. Está tan oscuro... ¿Se ha puesto el sol? Llévame a Avalón, Morgana, para que puedas curarme esta herida. Llévame a casa...

Su cabeza pesaba contra mi pecho como el niño en mis brazos de niña; pesaba como el Macho rey que viniera triunfalmente a mí. «Morgana había dicho mi madre, impaciente—, cuida del pequeño...» Yo cargué con él para siempre; lo estreché contra mí y le enjugué las lágrimas con mí velo. Y él me cogió la mano.

Pero si eres tú murmuró—, eres tú, Morgana... Has vuelto a mí..., y eres tan joven y bella... Siempre veré a la Diosa con tu rostro... Morgana, no volverás a abandonarme, ¿verdad?

No volveré a abandonarte, hermano mío, mi pequeño, mi amor le susurré.

Lo besé en los ojos. Y murió, precisamente cuando se despejaba la bruma y el sol brillaba en las costas de Avalón.


Epílogo

La primavera del año siguiente Morgana tuvo un sueño extraño.

Soñó que estaba en la antigua capilla cristiana de Avalón, construida por José de Arimatea. Y allí, ante el altar donde había muerto Galahad, vio a Lanzarote con vestiduras de sacerdote, solemne y diáfano el rostro. En el sueño, ella se aproximó para recibir el pan y el vino, y Lanzarote le acercó el cáliz a los labios. Luego se arrodilló a su vez, diciéndole: «Coge este cáliz, tú que has servido a la Diosa. Pues todos los dioses son un mismo Dios y todos somos Uno, al servicio del Único.»

Y al coger la copa en las manos para acercarla a los labios de Lanzarote, lo vio joven y hermoso como antaño. Y vio que la copa era el Grial. Entonces él gritó, como al ver a Galahad arrodillado: «Ah, la luz... la luz...» Y cayó al suelo, inmóvil.

Morgana despertó en la aislada vivienda de Avalón, con ese grito de éxtasis reseñándole en los oídos. Pero estaba sola.

Era muy temprano y la bruma se espesaba sobre Avalón. Se vistió en silencio con el atuendo oscuro de las sacerdotisas, pero se ató el velo de modo que la media luna tatuada fuera invisible en su frente.

Salió a la quietud del alba, para descender hacia el Pozo Sagrado. En el silencio imperante percibía silenciosas pisadas tras ella. Nunca estaba sola: las gentes pequeñas y morenas la acompañaban siempre, aunque rara vez las viera; ella era su madre y su sacerdotisa, jamás la abandonarían. Pero cuando se acercó a la sombra de la antigua capilla cristiana, las pisadas fueron quedando atrás: no la seguirían a ese territorio. Morgana se detuvo ante la puerta.

Dentro de la capilla había un resplandor: el de la luz votiva que conservaban en el santuario. Por un momento, el recuerdo de su sueño fue tan real que sintió la tentación de entrar... pero no. No tenía nada que hacer en aquel lugar. Y el Grial. si en verdad estaba allí, había quedado fuera de su alcance.

No obstante, el sueño no la abandonaba. ¿,Habría sido una advertencia? Lanzarote era más joven que ella, pero ignoraba cómo corría el tiempo en el mundo exterior. Avalón se había hundido tanto en las brumas que podían pasar tres, cinco, siete años fuera mientras allí transcurría uno solo. Por eso tenía que actuar ahora, mientras aún podía moverse entre ambos mundos.

Se arrodilló ante el Santo Espino, pidiendo licencia al arbusto con una oración, y cortó un esqueje. No era el primero: en los últimos años, cada vez que alguien visitaba Avalón, fuera druida viajero o cristiano peregrino, ella le daba un brote del Santo Espino, para que éste aún pudiera florecer en el mundo exterior. Pero esto tenía que hacerlo con sus propias manos.

Nunca había pisado la otra isla, salvo para la coronación de Arturo, pero ahora invocó a la barca y, cuando estuvo en el centro del lago, la impulsó dentro de las nieblas. Cuando la embarcación se deslizó nuevamente hacia el sol, sobre las aguas se extendía la sombra larga de la iglesia. Se oía el suave tañer de una campana. Sus seguidores hicieron un gesto de miedo ante el sonido: tampoco allí la seguirían. Después de dejarla en tierra, sin ser vista, la barca se desvaneció nuevamente entre la bruma. Y entonces, con el cesto al brazo, como cualquier vendedora ambulante que llegara en peregrinaje, Morgana tomó el camino que ascendía desde la orilla.

«Hace apenas cien años, menos aún en Avalón, que estos mundos comenzaron a divergir, pero ya son diferentes.» Allí los árboles eran distintos, y también los caminos. Al pie de una pequeña colina se detuvo, desconcertada: en Avalón no había nada similar. Y entonces vio serpentear cuesta abajo, hacia la pequeña iglesia, una procesión de monjes que llevaban un cuerpo en un ataúd.

«Conque vi la verdad, aunque pareciera un sueño...» Los monjes lo dejaron en el suelo antes de llevarlo al interior de la iglesia. Entonces Morgana se adelantó para retirar el paño mortuorio que le cubría la cara.

Vio a Lanzarote, ojeroso y arrugado, mucho más viejo que la última vez. Pero fue sólo un instante. Luego vio solamente una dulce y maravillosa expresión de paz. Parecía sonreír, con la mirada mucho más allá. Y así supo en qué se habían posado sus ojos moribundos.

—Conque al fin hallaste tu Grial —susurró.

Uno de los monjes preguntó:

—¿Lo conocisteis en el mundo, hermana?

Y Morgana comprendió que, por su vestimenta oscura, la había tomado por una monja.

—Era... pariente mío.

«Primo, amante, amigo... Pero eso fue hace mucho tiempo. Al final fuimos sacerdote y sacerdotisa.»

—Eso me pareció —dijo el monje—. En la corte de Arturo lo llamaban Lanzarote, pero entre nosotros era Galahad. Estuvo con nosotros muchos años. Hace apenas unos días que se ordenó sacerdote.

«Conque viniste en busca de un Dios que no se burlara de ti, primo mío.»

Los monjes volvieron a levantar el ataúd. El que había hablado le dijo:

—Rezad por su alma, hermana.

Y Morgana inclinó la cabeza. No podía llorarlo tras haber visto en su rostro el reflejo de esa luz remota. Pero tampoco lo seguiría a la iglesia. «Aquí el velo es muy tenue. Aquí Galahad vio la luz del Grial, en la otra capilla, la de Avalón, y tocó el cáliz a través de los mundos, y así murió. Y aquí, por fin, Lanzarote ha seguido a su hijo.»

Morgana echó a andar lentamente por el sendero, medio decidida a abandonar su propósito. ¿Qué podía importar? Pero cuando se detuvo, vacilante, un anciano jardinero levantó la cabeza, arrodillado en un parterre de flores.

—No os conozco, hermana. No sois de las que viven aquí. ¿Venís en peregrinaje?

En cierto modo, así era.

—Busco la sepultura de una parienta mía, la Dama del Lago.

—Ah, sí, eso fue hace muchos años, durante el reinado de nuestro buen rey Arturo —dijo el hombre—. Se encuentra más allá, donde lo vean los peregrinos. Desde allí parte el sendero hacia el convento de las hermanas. Si tenéis hambre, allí os darán algo de comer.

«¿A eso hemos llegado? ¿Parezco una mendiga?» Pero el hombre no tenía mala intención, de modo que le dio las gracias y marchó en la dirección indicada.

Arturo había construido una noble tumba para Viviana, pero allí sólo había unos cuantos huesos que volvían lentamente a la tierra. ¿Por qué le había afectado tanto? Viviana no estaba allí. Sin embargo, al inclinar la cabeza ante el túmulo, se descubrió llorando.

Al cabo de un rato se le acercó una mujer de velo blanco y túnica oscura, no muy diferente a la suya.

—¿Por qué lloráis, hermana? La que aquí yace está en paz en manos de Dios; no necesita de lágrimas. ¿Quizás era parienta vuestra?

Morgana asintió con la cabeza.

—Siempre rezamos por ella —dijo la monja—. Aunque ignoro su nombre, dicen que fue amiga y benefactora de nuestro buen rey Arturo, en tiempos pasados.

Morgana también bajó la cabeza para murmurar una oración. Mientras rezaba resonaron las campanas y se echó atrás. ¿Sólo las campanadas y los salmos dolientes oía Viviana, en vez de las arpas de Avalón? Pero entonces recordó lo que había dicho Lanzarote en su sueño: «Coge este cáliz, tú que has servido a la Diosa, pues todos los dioses son un mismo Dios...»

—Acompañadme al claustro, hermana —dijo la monja, sonriendo—. Estaréis cansada y hambrienta.

Morgana llegó con ella hasta las puertas del convento, pero no quiso entrar.

—No tengo hambre —dijo—, pero si me dierais un poco de agua...

—Por supuesto. —La mujer de negro hizo una seña. Una muchacha llevó una jarra de agua y le sirvió una copa. Mientras Morgana se la llevaba a los labios, la monja explicó—: Sólo bebemos del pozo del cáliz. Es un lugar sagrado, ¿sabéis?

Fue como la voz de Viviana en sus oídos: «Las sacerdotisas sólo beben el agua del Pozo Sagrado.»

Sus dos compañeras inclinaron la cabeza ante una mujer que llegaba del claustro.

—Es nuestra abadesa —presentó la monja que la había guiado.

«La he visto antes», se dijo Morgana. Y mientras ese pensamiento cruzaba por su mente, la abadesa dijo:

—¿No me reconocéis, Morgana? Os creíamos muerta hace tiempo.

Ella le sonrió, preocupada.

—Lo siento..., es que no...

—No me recordáis, desde luego, pero os vi muchas veces en Camelot, cuando era mucho más joven. Soy Leonor, la esposa de Gareth; cuando mis hijos estuvieron criados vine a terminar mis días aquí. ¿Os trajo el funeral de Lanzarote? —Sonrió—. Tendría que decir «padre Galahad». pero me cuesta recordarlo. Y ahora que está en el cielo ya no tiene importancia. —Otra sonrisa—. Ya no sé quién reina ni si Camelot aún está en pie; hay guerra otra vez en el país, no como en los tiempos de Arturo. Todo aquello parece tan remoto...

—Vine a visitar la tumba de Viviana. Está sepultada aquí, ¿lo recordáis?

—He visto la tumba —dijo la abadesa—, pero aquello pasó antes de que yo llegara a Camelot.

—Tengo que pediros un favor. —Morgana tocó el cesto que llevaba al brazo—. Esto es del Santo Espino que crece en las colinas de Avalón; se dice que brotó del cayado que el padre adoptivo de Cristo clavó en la tierra. Me gustaría plantar un esqueje de esa planta en la tumba de Viviana.

—Plantadla, si queréis —dijo Leonor—. No creo que nadie se oponga. Me parece justo que esté aquí, en el mundo, y no escondido en Avalón. —Luego miró a Morgana, consternada—. ¡ Avalón! ¿Venís desde esa tierra pecaminosa?

«En otra época me habría enfadado con ella», pensó Morgana.

—No es pecaminosa, pese a lo que digan los curas, Leonor —aclaró delicadamente—. ¿Creéis que el padre adoptivo de Cristo habría clavado allí su cayado, si la tierra le pareciera maligna? ¿Acaso el Espíritu Santo no está en todas partes?

La mujer bajó la cabeza.

—Tenéis razón. Mandaré que algunas novicias os ayuden a plantarlo.

Habría preferido estar sola, pero sabía que era un gesto de amabilidad. Siempre había creído que las monjas de los conventos eran tristes y dolientes, pero las novicias eran criaturas inocentes y alegres como petirrojos. Le hablaron con animación de su nueva capilla y hasta le aconsejaron que descansara las piernas mientras cavaban el hoyo para el esqueje.

—¿Y es de vuestra familia, la que está sepultada aquí? —preguntó una de las muchachas—. ¿Sabéis leer lo que dice? Yo nunca imaginé que aprendería a leer, pues mi madre decía que no era adecuado, pero aquí me enseñaron a leer el libro de oraciones en latín. Mirad —dijo, orgullosa. Y leyó—: «El rey Arturo hizo este sepulcro para su tía y benefactora, la Dama del

Lago, muerta a traición en su corte de Camelot.» No puedo leer la fecha, pero fue hace mucho tiempo.

—Debió de ser muy santa —comentó otra—, pues se dice que Arturo fue el mejor y más cristiano de los reyes. ¡No habría enterrado aquí a ninguna mujer que no fuera una santa!

Morgana sonrió. Le hacían pensar en las muchachas de la Casa de las doncellas.

—Yo la amaba, aunque no la consideraría una santa. En vida, fue considerada por algunos una perversa hechicera.

—El rey Arturo no habría enterrado a una hechicera perversa entre gente santa —aseguró la niña—. En cuanto a las brujerías... bueno, en todas partes hay ignorantes que están dispuestos a creer bruja a quien sepa un poco más que ellos. ¿Vais a tomar los hábitos aquí, madre? —preguntó.

Morgana se sorprendió ante esa palabra; luego comprendió que se dirigían a ella con el mismo respeto que las doncellas de Avalón, como si ocupara entre ellas un grado superior.

—He hecho mis votos en otro lugar, hija mía.

—¿Vuestro convento es tan bonito como éste? La madre Leonor es bondadosa y aquí todas somos muy felices. Una vez hubo entre nosotras una mujer que fue reina. Se me ocurrió que os gustaría quedaros para rezar por el alma de vuestra parienta. —La muchacha se levantó para sacudirse la túnica oscura—. Ya podéis plantar vuestro esqueje, madre... ¿O preferís que yo lo ponga en la tierra?

—No, lo haré yo —dijo Morgana. Y se arrodilló para presionar la tierra blanda en torno a las raíces.

Mientras ella se levantaba, la muchacha dijo:

—Si queréis, madre, os prometo venir a rezar por ella todos los domingos.

Por algún motivo absurdo, Morgana sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Rezar siempre es bueno. Te estoy agradecida, hija mía.

—Y vos, en vuestro convento, rezad también por mí —añadió simplemente la joven, cogiéndole la mano para ayudarla a levantarse—. Dejad que os sacuda la túnica, madre. Ahora tenéis que conocer nuestra capilla.

Morgana iba a protestar. Al abandonar la corte de Arturo había jurado no pisar nunca más una iglesia cristiana. Pero esa niña se parecía tanto a sus jóvenes sacerdotisas que se dejó llevar a la iglesia.

«En este mismo sitio, en aquel otro mundo, debe de estar la iglesia en la que rinden culto los cristianos antiguos; algo del carácter sagrado de Avalón parece haberse filtrado entre los mundos, a través de las brumas», pensó. No se arrodilló ni hizo la señal de la cruz, pero inclinó la cabeza ante, el altar, hasta que la muchacha le tiró delicadamente de la mano.

—Venid a nuestra capilla, la de las hermanas. Venid, madre.

Morgana la siguió hasta la pequeña capilla lateral. Allí había flores: brazadas de flores de manzano, ante una estatua que representaba a una mujer velada y coronada por un halo de luz, con un niño en los brazos. Morgana aspiró una trémula bocanada de aire e inclinó la cabeza ante la Diosa.

—Aquí tenemos a la Madre de Cristo —dijo la muchacha—. María, sin pecado concebida. Dios es tan grande y terrible que siempre tengo miedo delante de su altar, pero aquí podemos venir como a nuestra Madre. Y tenemos estatuillas de nuestras santas: Magdalena, que amaba a Jesús y le secó los pies con su cabello, y Marta, que cocinó para él. Y aquí, una estatua muy antigua que nos dio nuestro obispo; es una santa de su tierra natal, llamada Brígida...

Al observar la estatua de Brígida, Morgana percibió el poder que manaba de ella, grandes oleadas que impregnaban la capilla.

«Pero Brígida no es una santa cristiana —pensó, inclinando la cabeza—, aunque así lo crea Patricio. Ésta es la Diosa tal como la adoran en Irlanda. Estas mujeres, aunque piensen otra cosa, sienten el poder de la Inmortal. Por mucho que la destierren, Ella prevalecerá. La Diosa jamás se apartará de la humanidad.»

Y Morgana, con la cabeza gacha, susurró la primera oración sincera que había pronunciado en una iglesia cristiana.

—Oh, mirad —dijo la novicia, cuando salieron nuevamente a la luz del día—, aquí también tenemos espinos santos, aunque no es el que plantasteis en la tumba de vuestra parienta.

«¿Y yo creí que podía mediar en esto?», se dijo Morgana. Así como todo lo consagrado se mudaba de Avalón al mundo de los hombres, donde era más necesario, así había llegado esa planta sagrada.

—Sí, tenéis el Santo Espino. Y en días venideros, mientras perdure este país, todas las reinas lo recibirán en Navidad, como prenda de quien reina tanto en el Cielo como en Avalón.

—No sé de qué estáis hablando, madre, pero os agradezco la bendición —dijo la joven novicia—. La abadesa os espera en la casa de huéspedes para desayunar con vos. Pero tal vez queráis rezar un rato en la capilla de la Señora. A veces la Santa madre puede aclararnos las cosas, si una está sola con Ella.

Morgana asintió sin poder hablar.

—Muy bien —dijo la muchacha—. Cuando estéis dispuesta, no tenéis más que ir a la casa de huéspedes.

Morgana volvió a la capilla y, con la cabeza inclinada, se dejó caer finalmente de rodillas.

—Perdóname, Madre —susurró—, por haber creído que tenía que hacer lo que, ahora bien lo veo, puedes obrar por ti misma. La Diosa está dentro de nosotros, sí, pero ahora sé que también estás en el mundo, ahora y siempre, así como en Avalón y en el corazón de todos los hombres y mujeres. Vive ahora también en mí y guíame: dime cuándo tengo que dejar que sólo se haga tu voluntad.

Pasó largo rato en silencio, de rodillas, con la cabeza inclinada. Por fin levantó la mirada, como si algo la obligara. Tal como la había visto en el altar de la antigua hermandad cristiana de Avalón, tal como la viera entre sus manos en el salón de Arturo, divisó una luz en el altar, y en las manos de la Señora... y la sombra, sólo la sombra de un cáliz.

«Está en Avalón, pero también aquí. Está en todas partes. Y quienes necesiten de un signo en este mundo lo verán siempre.»

Percibió un dulce perfume que no provenía de las flores. Y por un instante le pareció oír la voz de Igraine que le susurraba..., pero no distinguió las palabras... Y eran las manos de Igraine las que le tocaban la cabeza. Al levantarse, cegada por las lágrimas, cayó súbitamente sobre ella algo parecido a un torrente de luz:

«No, no fracasamos. Lo que dije a Arturo para consolarlo en su agonía era la verdad. Yo ejecuté la obra de la Madre en Avalón, hasta que quienes llegaron después de nosotros pudieron, por fin, traerla a este mundo. No fracasé: hice lo que Ella me había asignado. No fue Ella, sino yo, en mi orgullo, quien creí que podría haber hecho más.»

Fuera de la capilla el sol calentaba la tierra y había un fresco aroma de primavera en el aire. Cuando la brisa matinal movió los manzanos, Morgana vio que las flores darían fruta a su tiempo.

Volvió la cara hacia la casa de huéspedes. ¿Tenía que ir a desayunar con las monjas, hablar quizá de los viejos tiempos en Camelot? Morgana sonrió ligeramente. No; le despertaban la misma ternura que los manzanos en flor, pero aquel tiempo había pasado. Volvió la espalda al convento y descendió hacia el lago por el viejo camino de la costa. Por allí había un sitio donde el velo que separaba ambos mundos se volvía más sutil. Ya no necesitaba invocar la barca: le bastaba con cruzar aquellas brumas para entrar en Avalón. Su obra había concluido.

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