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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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domingo, 7 de febrero de 2010

LAS NIEBLAS DE AVALON -- LIBRO III-b -- EL MACHO REY

Marion Zimmer Bradley

Las Nieblas De Avalón

Libro III-a

El macho rey


7

Como todos los años, Pentecostés fue la gran festividad de Arturo. Ginebra estaba despierta desde el amanecer. Era el día en que todos los caballeros que habían combatido junto al gran rey tenían que reunirse en la corte. Y aquel año Lanzarote también estaría allí.

El año anterior había faltado. Se dijo que se encontraba en la baja Britania, respondiendo a una llamada de su padre, el rey Ban, que trataba de calmar ciertos disturbios en su reino. Pero Ginebra sabía, en el fondo, por qué había preferido mantenerse lejos.

No se trataba de que ella no pudiera perdonarle por casarse con Elaine. Eso había sido obra de Morgana, que lo deseaba para sí y habría preferido verlo en el infierno o en la tumba a verlo entre los brazos de Ginebra.

Arturo también añoraba mucho a su amigo. Aunque ocupaba su alto sitial en Camelot para administrar justicia, era obvio que recordaba siempre los días de combate y conquista; probablemente todos los hombres fueran así. Mientras combatía por dar paz al país, año tras año, hablaba de quedarse en Camelot para disfrutar de su castillo; ahora era feliz como nunca cuando podía reunir a unos cuantos de sus antiguos caballeros para charlar de aquellos malos tiempos.

Ginebra observó a Arturo, que aún dormía. Seguía siendo el más apuesto y bondadoso de todo el grupo, quizá más que el mismo Lanzarote. Después de todo, ambos llevaban la misma sangre. ¿Cómo era posible que Morgana hubiera nacido en aquella familia? Tal vez ni siquiera era humana, sino que había sido cambiada en la cuna por el maligno pueblo de las hadas para hacer maldades entre los hombres. Arturo también estaba manchado por esa educación, aunque había logrado que fuera a misa con frecuencia y se considerara cristiano. Eso tampoco agradaba a Morgana.

Pero lucharía hasta el fin para salvar el alma de Arturo, el mejor esposo. Seguramente la locura que se adueñó de ella había quedado muy atrás. Estaba bien que sintiera afecto por el primo de su esposo. ¡Si hasta se había acostado con él, al principio, por voluntad de Arturo! Pero ya se había confesado y estaba absuelta ahora tenía que esforzarse por olvidarlo.

No obstante, aquella mañana no podía dejar de recordarlo, pues Lanzarote iría a la corte con su esposa y su hijo. Ya no era sólo pariente de su esposo, sino también suyo, puesto que estaba casado con su prima. Podría saludarlo con un beso sin que fuera pecado.

Arturo se volvió hacia ella con una sonrisa.

—Es Pentecostés, querida —dijo—. Tendremos aquí a todos nuestros parientes y amigos. Déjame ver una sonrisa.

Y la apretó contra sí para besarla, recorriéndole los pechos con los dedos.

—¿Estás segura de que no te ofende lo que vamos a hacer? —preguntó, preocupado—. No eres vieja; Dios aún podría enviarnos hijos. Pero los reyes menores me lo han exigido; como la vida nunca está asegurada, tengo que nombrar un heredero. Cuando nazca nuestro primer varón, tesoro, será como si este día no hubiera existido. Estoy seguro de que el joven Galahad no negará el trono a su primo, sino que le servirá y honrará como Gawaine lo ha hecho conmigo.

Aún podía ser, pensó Ginebra, entregándose a las caricias de su esposo. La Biblia contaba casos así y ella aún no había cumplido treinta años. Lanzarote había dicho una vez que su madre era ya mayor cuando él nació. Quizás esta vez, después de tantos años, abandonara el lecho de su marido portando, una vez más, la simiente de su hijo. Y ahora que había aprendido, no sólo a someterse como buena esposa, sino a gozar con su contacto, estaría sin duda más dispuesta a concebir y gestar...

Tres años antes había creído llevar un hijo de Lanzarote, Pero algo había salido mal, sin duda fue lo mejor. Como la sangre lunar no se presentó en tres meses, dijo a una o dos de sus damas que estaba embarazada; pasados tres meses más, cuando habría tenido que sentir los primeros movimientos, resultó no ser así. Pero esta vez sería como deseaba, sin duda, Elaine no volvería a regodearse de su triunfo sobre ella. Tal vez fuera durante un tiempo la madre del heredero del rey, pero Ginebra sería la madre de su hijo.

Algo así dijo más tarde, mientras se vestían, y Arturo la miró con aire atribulado.

—¿La esposa de Lanzarote es desatenta o desdeñosa contigo Ginebra? Creía que erais buenas amigas.

—Oh. lo somos —dijo parpadeando para alejar las lagrimas—, pero las mujeres somos así, las que tienen hijos se creen mejores que las que no pueden dar un heredero a su señor.

Arturo se acercó para besarla en la nuca.

—No llores, dulzura mía. Te prefiero a cualquier otra que pudiera haberme dado diez o doce hijos.

—¿De verdad?—inquirió Ginebra, con un tono despectivo en la voz—-. Sin embargo, me aceptaste sólo para recibir los cien jinetes de mi padre, como parte del negocio... Pero fui un mal negocio.

Arturo le clavó una mirada incrédula.

—¿Eso piensas, Ginebra? ¡Tú sabes que desde el primer momento en que te vi no hubo nadie que me fuera más querido! —La envolvió con los brazos y la besó en el lagrimal—. Ginebra, Ginebra, cómo puedes pensar... Eres mi amada esposa y nada en la tierra podría separarnos. Si quisiera una yegua de cría para tener hijos varones, Dios sabe que podría haber tenido varias.

—Pero no es así —dijo ella, rígida y fría entre sus brazos—. Yo estaría bien dispuesta a tomar a tu hijo bajo tutela y criarlo como heredero tuyo. Pero no me creíste digna de criar a tu hijo... Y fuiste tú quien me empujó a los brazos de Lanzarote...

—Oh, Ginebra —musitó Arturo, contrito como un niño castigado—. ¿Aún me reprochas esa vieja locura? Estaba borracho y me pareció que amabas a Lanzarote; quise darte placer.

—A veces me ha parecido que amas a Lanzarote más que a mí —dijo Ginebra, con la cara pétrea— ¿Fue por darme placer a mí o a él, a quien amas como a nadie?

Arturo dejó caer los brazos, como herido por un aguijón.

—¿Es pecado, pues, amar a mi primo y pensar también en su placer? Es cierto que os amo a ambos...

—Las Sagradas Escrituras hablan de una ciudad que fue destruida por pecados como ése.

Arturo se quedó blanco como su camisa.

—Amo a mi primo Lanzarote con todo honor, Ginebra. Lo juraría ante el trono de Dios.

Ginebra oyó su voz, quebrada por la histeria.

—Cuando lo trajiste a nuestra cama te vi tocarlo con más amor que a mí. ¿Puedes jurar que no buscabas disimular el pecado de Sodoma?

—-Estás loca, mi señora. Aquella noche de la que hablas... No sé qué viste, pero yo estaba ebrio. Creo que de tanto rezar y pensar en el pecado has perdido la cabeza, Ginebra.

—¡Ningún cristiano podría decir algo así!

—¡Ése es uno de los motivos por los que no me considero cristiano! —gritó Arturo perdiendo finalmente la paciencia—. Estoy harto de tanto hablar de pecado! Si te hubiera repudiado para tomar otra mujer, como me aconsejaban...

—¡No! ¡Preferías compartirme con Lanzarote y tenerle a él también!

—Di eso otra vez y te mataré, Ginebra, aunque seas mi esposa y aunque te ame —dijo Arturo en voz muy baja.

Pero ella estaba sollozando histéricamente y no pudo contenerse.

—Me indujiste a un pecado que Dios no puede perdonar. Y ahora tu heredero es el hijo de Lanzarote. ¿Osas decir que no es a él a quien amas? ¡Nombras heredero a su hijo y no quieres darme al tuyo bajo tutela!

—Permíteme llamar a tus damas, Ginebra —dijo aspirando muy hondo—. Estás desvariando. Te juro que no tengo ningún hijo. En todo caso, algún vástago engendrado por azar en ana mujer que no me conocía, puesto que ninguna ha venido a decirme que tenía un hijo mío. ¿Qué locura es esta de criar a mi heredero?

—¡Eso es mentira! —refutó colérica—. Morgana me pidió que no hablara de ello, pero hace mucho tiempo, cuando hablé de entregarme a otro hombre, puesto que tú parecías no poder engendrar, Morgana me juró que había visto a un hijo tuyo, criado bajo tutela en la corte de Lot de Lothian.

—Criado bajo tutela en Lothian... —dijo Arturo. Y de pronto se apretó el pecho, como atacado por un terrible dolor, susurrando—: ¡Ah, Dios misericordioso! Y yo nunca lo supe...

Ginebra se sintió invadida por un repentino terror.

—No, no, Arturo, Morgana es una mentirosa. Sin duda lo dijo por maldad. Fue quien tramó la boda de Lanzarote y Elaine, Porque estaba celosa... Sin duda mintió para fastidiarme...

—Morgana es sacerdotisa de Avalón —dijo Arturo con voz distante—. No miente. Creo, Ginebra, que tenemos que resolver esto. Manda a buscarla.

—No, no —suplicó la reina—. Me arrepiento de haberlo dicho... Estaba fuera de mí, desvariando, como dijiste... Oh no querido esposo y señor, rey mío, me arrepiento de cada una de mis palabras. Te ruego que me perdones... Te lo ruego.

Arturo la rodeó con los brazos.

—También tú tienes que perdonarme, querida señora Ahora comprendo que te he hecho un gran mal. Pero cuando se siembran vientos es preciso aguantar las tempestades que se recogen. —La besó en la frente con mucha suavidad—. Manda a buscar a Morgana.

—Oh, mi señor, te lo ruego... le prometí que jamás te lo diría...

—Bueno, ya has faltado a tu promesa. Te pedí que no hablaras, pero te empeñaste. Y ahora no se puede borrar lo dicho. —Se acercó a la puerta de la alcoba para llamar a su chambelán—. Di a la señora Morgana que venga cuanto antes.

Cuando el hombre se fue llamó a la doncella de Ginebra; ésta se mantuvo rígida como una piedra mientras la mujer le ponía la túnica de fiesta y le trenzaba el pelo. Luego bebió una taza de agua caliente con vino, pero tenía la garganta cerrada. Había dicho lo imperdonable.

«Pero si es cierto que esta mañana él me ha engendrado un hijo...» Y un dolor extraño le recorrió el cuerpo. ¿Acaso algo podía arraigar y crecer en tanta amargura?

Al cabo de un rato, Morgana entró en la habitación vestida de rojo oscuro y con el pelo trenzado con cintas de seda carmesí. Así. acicalada para las festividades, aparecía radiante y llena de vida. «Y yo soy sólo un árbol yermo —pensó Ginebra—; Elaine ha dado un hijo a Lanzarote; hasta Morgana, que no tiene esposo ni lo desea, tiene un fruto de sus ramerías. Arturo ha engendrado un hijo en una desconocida. Y yo..., nada.»

Morgana se acercó a darle un beso; Ginebra se mantuvo rígida.

—¿Me ordenasteis venir, hermano?

—Lamento molestarte tan temprano, hermana —dijo Arturo—. Pero ahora, Ginebra, tienes que repetir lo que has dicho delante de mí y en presencia de Morgana. No quiero que en mi corte se repitan calumnias secretas.

Morgana observó rastros de lágrimas en los ojos enrojecidos de la reina.

—Tu esposa está enferma, querido hermano —dijo—. ¿Está embarazada otra vez? En cuanto a lo que haya dicho, no tiene importancia.

Viendo la frialdad con que el rey observaba a Ginebra, retrocedió un paso. Ése no era el hombre que conocía tan bien, sino el severo gran rey que se sentaba a dictar justicia.

—Ginebra —dijo—, no sólo como esposo, sino como rey, te lo ordeno: repite ante Morgana lo que has dicho a sus espaldas: que te reveló que yo tengo un hijo bajo tutela en la corte de Lothian. Di, Morgana: ¿es cierto que tengo un hijo?

En aquel momento Ginebra pensó: «Es cierto. Nunca la había visto perder su expresión serena, salvo cuando mataron a Viviana. ¿Por qué la afecta? Podría querer disimular sus andanzas, pero ¿por qué ocultar a Arturo la existencia de un hijo?»

De pronto captó un destello de la verdad y ahogó una exclamación.

—¿Quién fue? —inquirió, furiosa—. ¿Una de esas sacerdotisas de Avalón, que se revuelcan con los hombres en esos demoníacos festivales?

—No sabéis nada de Avalón —replicó Morgana, tratando de dominar la voz—. Vuestras palabras son como el viento...

Arturo la asió por el brazo.

—Morgana..., hermana...

Ella temió echarse a llorar. Tenía la boca seca y le ardían los ojos.

—Hablé de vuestro hijo... sólo para consolar a Ginebra, Arturo. Ella temía que no pudierais engendrar.

—Ojalá lo hubieras dicho para consolarme a mí —replicó él. Pero su sonrisa era sólo una mueca—. Tantos años pensando que no podía tener un hijo, siquiera para salvar a mi reino... Ahora tienes que decirme la verdad.

Morgana respiró hondo. En el mortal silencio de la habitación sólo se oía el ladrido de un perro y el chirriar de un insecto. Por fin dijo:

—En el nombre de la Diosa, Arturo, ya que así lo deseáis... Tuve un hijo del Macho rey, diez lunas después de vuestra consagración en la Isla del Dragón. Morgause lo tiene bajo tutela y me juró que no lo sabríais de sus labios. Ahora lo habéis oído de los míos. Dejémoslo así.

Arturo estaba pálido como la muerte. La estrechó entre sus brazos; temblaba y no hacía ningún esfuerzo por dominar las lágrimas.

—Ah, Morgana, Morgana, mi pobre hermana... Sabía que te había hecho un gran mal, pero nunca soñé que fuera tan grande.

—¿Significa eso que es verdad? —exclamó Ginebra—. ¿Que esta meretriz indecente que tienes por hermana es capaz de practicar su oficio de puta con su hermano?

Arturo giró sobre sus talones, sin soltar a Morgana.

—¡Calla! —ordenó, con una voz que nunca le había oído—. No digas una sola palabra contra mi hermana. ¡No fue culpa suya!

Lanzó un suspiro largo y trémulo. Ginebra tuvo tiempo de oír el eco de sus insultos.

—Mi pobre hermana —repitió—. Y has llevado esta carga sola, sin mencionar jamás mi culpa. —Se volvió nuevamente hacia la reina, diciendo con severidad—: No, Ginebra, no fue como piensas. Fue durante mi consagración. No nos reconocimos; estábamos en la oscuridad y no nos veíamos desde que yo era muy pequeño. Nos vimos sólo como la sacerdotisa de la Madre y el Astado. Cuando nos reconocimos ya era demasiado tarde, el daño estaba hecho. ¡Morgana, Morgana, tendrías que habérmelo dicho!

—¡Y sin embargo piensas sólo en ella! —gritó Ginebra—. ¡Y no en este gran pecado! ¡Con tu hermana! Dios os castigará por esto.

—Ya me ha castigado —dijo Arturo, estrechando a Morgana—. Pero el pecado fue cometido de manera involuntaria.

Su esposa tartamudeó:

—Tal vez por eso te castiga con la esterilidad. Aun ahora, si te arrepientes y haces penitencia...

Morgana se libró delicadamente de su hermano y, ante la mirada iracunda de Ginebra, le secó las lágrimas con su pañuelo, en un gesto casi distraído de madre o hermana mayor, sin la inmoralidad que ella habría querido ver.

—Pensáis excesivamente en el pecado, Ginebra —dijo—. Pecado es el deseo de hacer daño. Lo que sucedió entre Arturo y yo no debía haber pasado y ninguno de los dos lo buscó. Pero lo hecho, hecho está. La Diosa no os castigaría con la esterilidad por los pecados de otro. ¿Podéis culpar a Arturo por el hecho de no tener hijos, Ginebra?

La reina gritó:

—¡Sí! Ha pecado y Dios lo castiga. Por el incesto, por servir a esa Diosa de abominaciones y lascivia... ¡Arturo, prométeme que harás penitencia! En este día sagrado irás a confesar tu pecado al obispo y cumplirás con la penitencia que te asigne. Entonces tal vez Dios te perdone y deje de castigarnos a los dos.

Arturo, atribulado, las miraba a ambas.

—¿Penitencia? ¿Pecado? —repitió Morgana—. ¿Creéis en verdad que vuestro Dios es un anciano de mente sucia que anda curioseando en los lechos?

—Yo he confesado mis pecados, he hecho penitencia y estoy absuelta. ¡No es por mí que Dios nos castiga! Promételo. Arturo. Libérate de tus pecados y dame un hijo que pueda gobernar en Camelot después de ti.

Arturo se apoyó en la pared, cubriéndose la cara con las manos. Morgana iba a acercársele, pero Ginebra gritó:

—¡No te acerques, mujer! ¿Quieres volver a tentarlo? ¿No habéis hecho suficiente, tú y ese sucio demonio que llamas Diosa?

Morgana cerró los ojos; parecía a punto de llorar. Por fin suspiró.

—No puedo escucharos maldecir mi religión, Ginebra. Recordad que yo no maldije la vuestra. Dios es Dios, como quiera que se le llame, y siempre es bueno. Pecado es creer que puede ser cruel y vengativo. Pensad bien en lo que hicisteis antes de poner a Arturo en manos de los curas.

Y abandonó la habitación. Arturo se volvió hacia su esposa. Por fin dijo, con más suavidad que nunca:

—Amadísima...

—¿Cómo puedes llamarme así? —replicó Ginebra con amargura, volviéndole la espalda.

Arturo fue a ponerle una mano en el hombro para volverla hacia sí.

—Mi amadísima reina, ¿tanto mal te he causado?

—Aun ahora —dijo trémula—, sólo puedes pensar en el mal que le has hecho a Morgana...

—¿Tengo que alegrarme de lo que le ha sucedido a mi hermana? Te lo juro: no la reconocí hasta que el daño estuvo hecho, y entonces fue ella quien me consoló. —Abrió los brazos, indefenso—. Traté de hacer lo que me pidió: olvidarlo, recordar que había actuado en la ignorancia. Oh, supongo que fue pecado, pero yo no quise pecar.

Parecía tan desgraciado que, por un momento, Ginebra sintió la tentación de tomarlo en sus brazos para consolarlo. Pero no se movió. ¡Tan sólo insistía en que no había hecho ningún mal! ¡Sólo pensaba en esa maldita hechicera de su hermana! Llorando otra vez. furiosa, exclamó:

—¿Crees que Morgana es la única perjudicada? ¡Te casaste conmigo llevando ese gran pecado inconfeso y aún te aterras a él! Si te arrepintieras sinceramente...

—Oh, Dios mío, ¿crees acaso que no me he arrepentido? —estalló Arturo—. ¡Me he arrepentido cada vez que he visto a Morgana, a lo largo de estos doce años! ¿Valdría más, acaso que lo expresara ante uno de esos curas que sólo quieren ejercer poder sobre el rey?

—El orgullo también es pecado —objetó Ginebra, enfadada—. ¡Humíllate para que Dios te perdone!

—Si tu Dios es así, no quiero su perdón. —Arturo apretó los puños—. Tengo que gobernar este reino, Ginebra, y no puedo hacerlo de rodillas ante un sacerdote. Además, tengo que pensar en Morgana; ya la creen hechicera, bruja, ramera. No tengo derecho a confesar un pecado que le acarreará desprecio y bochorno público.

—Morgana también tiene un alma que salvar. Y el rey tiene que dar ejemplo a su pueblo.

—No soy cura. No me interesa el alma de mi pueblo.

—¿Cómo osas decir eso? ¡Tendrías que ser el primero en piedad, así como eres el primero en valentía en el campo de batalla!

Arturo suspiró.

—¿Por qué te importa tanto, Ginebra?

—Porque no soporto pensar que irás al infierno..., y porque si te libras de tu pecado, Dios podría dejar de castigarnos con la esterilidad.

Y volvió a llorar. Arturo la abrazó para que apoyara la cabeza en su hombro, murmurando:

—¿Eso crees, reina mía?

Ginebra recordó que una vez le había hablado así, al negarse a ir al combate bajo el estandarte de la Virgen. Y entonces ella había triunfado. Movió la cabeza afirmativamente y lo oyó suspirar.

—Entonces también a ti te he hecho daño y de algún modo tengo que remediarlo. Pero no creo correcto que Morgana sufra por esto.

—¡Siempre Morgana! —exclamó Ginebra, en un acceso de cólera—. No quieres que sufra; la ves perfecta. Dime, pues, ¿es correcto que sufra yo por su pecado o por el tuyo? ¿La amas más que a mí, que me dejarás sin hijos toda la vida para mantener secreto ese pecado?

—Aunque yo haya obrado mal, Ginebra, Morgana es inocente.

—¡No es cierto! ¡Adora a esa antigua Diosa que es la serpiente del mal! A pesar de haberse criado en un hogar cristiano, se volcó a las sucias hechicerías de Avalón. Y en esta corte lleva años oyendo la palabra de Cristo. ¿No dicen que quien oiga la palabra de Cristo y no crea en él será condenado?

Sollozaba tanto que apenas podía hablar. Por fin Arturo

—¿Qué deseas de mí, Ginebra?

—Estamos en el santo día de Pentecostés, en que el espíritu de Dios descendió al hombre —indicó, secándose los ojos—. ¿Acaso piensas comulgar con este gran pecado sobre tu alma?

—Supongo..., supongo que no puedo. Si de verdad estás convencida, Ginebra, no te lo negaré. Me arrepentiré, aunque no puedo ver pecado en esto, y cumpliré con la penitencia que me imponga el obispo. —Su sonrisa era apenas una mueca—. Por tu bien espero que estés en lo cierto en cuanto a la voluntad de Dios.

Y Ginebra, mientras lo abrazaba llorando de agradecimiento, tuvo un momento de miedo abrasador. Recordó que, en casa de Meleagrant, sus oraciones no habían servido para salvarla. ¿Acaso no había jurado no volver a disimular ni arrepentirse, porque Dios, que no había recompensado su virtud, tampoco iba a castigar su pecado?

Pero Dios la había castigado, sí, quitándole a Lanzarote para entregárselo a Elaine. Estaba absuelta y Dios continuaba castigándola por el pecado de Arturo y de su hermana.

Arturo la besó en la cabeza, acariciándole el pelo. Cuando se apartó, Ginebra se sintió helada y perdida, como si no estuviera sana y salva entre muros, sino bajo el enorme cielo abierto. Quiso buscar refugio entre sus brazos, pero él se había dejado caer en una silla, exhausto, derrotado, a mil leguas de ella.

Por fin levantó la cabeza para decir, con un suspiro que parecía arrancado desde lo más hondo de su ser:

—Manda a buscar al padre Patricio.

8

Tras separarse de Arturo y Ginebra, Morgana se echó una capa encima y salió precipitadamente, sin preocuparse de la lluvia. Caminó sola por las altas fortificaciones; al pie de la colina se amontonaban las tiendas de los caballeros, reyes menores e invitados. Pese a la lluvia, los estandartes y las banderas flameaban alegremente. Pero el cielo estaba oscuro, con densos nubarrones que casi alcanzaban a tocar la cumbre del cerro. El Espíritu Santo podría haber escogido un día mejor para descender sobre su pueblo..., y especialmente sobre Arturo.

Oh, sí, Ginebra no le daría paz hasta que se hubiera puesto en manos de los curas. ¿Y qué pasaría con el juramento hecho a Avalón?

Sin embargo, si el destino quería que Gwydion ocupara un día el trono de su padre... nadie podía escapar de su destino.

Tuvo la sensación de que, a su alrededor, el mundo se tornaba gris y extraño, como si se encontrara entre las brumas de Avalón; sentía un extraño zumbido en la cabeza.

En el aire parecía haber un terrible clamor que la ensordecía. Eran las campanas de la iglesia, llamando a misa. No podía ir a sentarse tranquilamente allí, escuchando con amable atención sólo porque las damas de la reina tenían que dar ejemplo a los demás. Los muros la sofocarían: el humo del incienso y los murmullos de los curas acabarían por enloquecerla. Era mejor quedarse allí, bajo la lluvia clara. Por fin recordó cubrirse el pelo con la capucha; las cintas del peinado ya estaban mojadas. Cuando se las quitó le mancharon los dedos de rojo; qué mal teñidas estaban, para ser tan caras.

Pero la lluvia amainaba y la gente empezaba a caminar entre las tiendas.

—Hoy no habrá justas —dijo una voz tras ella—. De lo contrario os pediría una de esas cintas que os estáis quitando para llevarla al combate como prenda de honor, señora Morgana.

Ella parpadeó, tratando de dominarse. El hombre era joven y esbelto, de pelo y ojos oscuros; tenía un aire familiar, pero no llegaba a recordarlo.

—¿No me reconocéis, señora? —le reprochó—. Sin embargo, me dijeron que, hace un año o dos, apostasteis una cinta por mí contra quienes creían invencible a Lanzarote.

Nunca había conocido el resultado de aquella apuesta.

—Claro que os recuerdo, señor Accolon; pero no olvidéis que aquella fiesta de Pentecostés concluyó con el brutal asesinato de mi madre tutelar.

De inmediato él se puso contrito.

—Perdonadme por traeros a la memoria una ocasión tan triste. Y supongo que tendremos muchas justas y combates antes de partir; ahora que no hay guerra en el país mi señor Arturo quiere asegurarse de que sus legiones aún están en condiciones de defendernos.

—¿Echáis de menos los días de batallas gloriosas?

El joven tenía una sonrisa simpática.

—Combatí en Monte Badon —dijo—. Fue mi primera batalla y estuvo a punto de ser la última. Es mejor medirse con amigos para que las señoras hermosas se entretengan y nos admiren.

Mientras charlaban se habían acercado a la iglesia; el tañido de las campanas casi ahogaba su voz, agradable y musical. Morgana se preguntó si sabría tocar la lira. De pronto volvió la espalda a las campanas.

—¿No vais a misa, señora?

Con una sonrisa, bajó los ojos hacia las muñecas de Accolon y deslizó un dedo por una de las serpientes que allí se enroscaban.

—¿Y vos?

—No sé. Quizá para ver a mis amigos... No, creo que no. Habiendo una señora con quien charlar.

Morgana dio a su voz un tinte de ironía.

—¿No teméis por vuestra alma?

—Oh, mi padre es religioso por los dos. Ahora que no tiene esposa, debe de estar estudiando el terreno para su próxima conquista, a pesar de sus años.

—¿Perdisteis a vuestra madre, señor Accolon?

—Sí, antes de ser destetado, y también a mis tres madrastras. Mi padre no necesita más herederos, pues tiene tres hijos varones, pero quiere una mujer, aunque su primogénito ya está casado y con un hijo.

—¿Fuisteis el hijo de su vejez?

—De su madurez—corrigió Accolon—. No soy tan joven De no haber sido por la guerra me habría educado en Avalón para el sacerdocio.

—Pero conserváis las serpientes.

Él asintió.

—Y algo de aquella sabiduría, aunque no lo suficiente para mi gusto. —Y agregó con una sonrisa—: Mi padre me dijo que también buscaría esposa para mí. Lamento que no seáis hija de un hombre menos importante, señora.

Morgana sintió que enrojecía como una muchacha.

—Oh, tengo demasiada edad para vos. Y soy hermana del rey sólo por parte de madre. Mi padre fue el duque Gorlois.

Hubo un breve silencio. Luego Accolon dijo:

—En estos tiempos puede ser peligroso lucir las serpientes. Se decía que Arturo había ascendido al trono con el apoyo de Avalón, pero se ha vuelto tan cristiano...

—Cierto. —Por un momento la sofocó la ira—. Sin embargo, aún porta la espada de los druidas.

Accolon la miró con más atención.

—Y vos tenéis la media luna de Avalón.

Morgana se ruborizó. Todos habían entrado ya en la iglesia y las puertas estaban cerradas.

—La lluvia arrecia, señora Morgana. Vais a empaparos. Tenéis que entrar. Pero ¿os sentaréis a mi lado durante el festín?

Ella vaciló, sonriente. Con toda seguridad, Arturo y Ginebra no querrían su presencia en la mesa principal. Accolon seguía esperando su respuesta, con la cara expectante vuelta hacia ella. «Si yo quisiera me besaría, me imploraría el favor de una sola caricia.» La certeza le curó el orgullo. Le dedicó una sonrisa deslumbrante.

—Sí, por supuesto, si podemos sentarnos lejos de vuestro padre.

Y de pronto cayó en la cuenta de que así la había mirado Arturo. «Eso es lo que Ginebra teme. Sabe lo que yo ignoraba: que si alargara la mano podría hacer que él dejara de prestarle atención, pues me ama aún más que a ella. No lo quiero sino como hermano, pero ella no lo sabe y teme que lo seduzca otra vez.»

—Os lo ruego, entrad a cambiaros de ropa —amonestó severamente el joven.

Y Morgana le estrechó la mano.

—Nos veremos en el festín.

Durante toda la misa Ginebra permaneció sola, tratando de dominarse. A escondidas, sus dedos vagaban sobre el vientre; por la mañana habían yacido juntos, quizás a principios de febrero tuviera en los brazos al heredero del reino. Miró a Lanzarote, que estaba al otro lado de la iglesia, arrodillado junto a Elaine. Llena de envidia, notó que la cintura de su prima empezaba a hincharse otra vez. «Y ahora Elaine se pavonea junto al hombre que yo amé durante tanto tiempo, con el hijo que yo habría debido tener. Bueno, he de bajar la cabeza durante un tiempo; no me hará daño fingirme convencida de que ese niño heredará el trono... Ah, qué pecado, estoy llena de orgullo.»

La iglesia estaba atestada, como siempre en aquella fecha. Arturo estaba pálido y callado tras haber hablado con el obispo. Arrodillada a su lado, lo encontró desconocido, mucho más desconocido que cuando compartió su cama por primera vez.

«No tendría que haber discutido con Morgana... ¿Por qué me siento culpable? La pecadora es ella. Yo estoy absuelta.»

Morgana no estaba en la iglesia; sin duda no había tenido el descaro de ir a misa sabiéndose descubierta. Incestuosa, pagana, bruja, hechicera.

El oficio pareció durar una eternidad, pero al fin se impartió la bendición y la gente empezó a salir. Durante un momento se encontró con Elaine y Lanzarote, que rodeaba protectoramente a su esposa con un brazo, para que no la empujaran. Ginebra alzó la vista para no ver el vientre hinchado de su prima.

—Hacía mucho que no os veíamos en la corte—comentó.

—Ah, es que en el norte hay mucho quehacer —explicó Lanzarote.

—Confío en que no haya más dragones —intervino Arturo.

—No, a Dios gracias. —Lanzarote sonrió—. ¡Dios me perdone por haberme burlado de Pelinor cuando hablaba de ese monstruo! Pero como no quedan sajones que matar, tendremos Que lanzarnos contra los dragones y los bandidos.

Elaine sonrió tímidamente a la reina.

—Mi esposo es como todos los hombres. Prefiere pelear a quedarse en casa, disfrutando de la paz que tanto les costó ganar.

Ginebra preguntó, observando su cuerpo henchido:

—¿Cuándo darás a luz? ¿Crees que será otro varón?

—Eso espero. No quiero niñas —dijo Elaine—, pero será lo que Dios quiera. ¿Dónde está Morgana, que no ha venido a la iglesia? ¿Está enferma?

Ginebra sonrió desdeñosamente.

—Ya sabes lo buena cristiana que es.

—Pero somos amigas. Por mala cristiana que sea, la amo y rezaré por ella.

«Falta le hace —pensó la reina, rencorosa—. Te casó para fastidiarme.» Los dulces ojos azules de Elaine le resultaban empalagosos, falsa su voz. Si la escuchaba un momento más acabaría por estrangularla. Se disculpó para alejarse y Arturo fue tras ella.

—Esperaba que Lanzarote pasara algunas semanas con nosotros —dijo—, pero quiere partir nuevamente hacia el norte. Dijo que, si lo deseas, Elaine puede quedarse para no regresar sola estando tan cerca del parto. Tal vez Morgana eche de menos a su amiga. Bueno, resolvedlo entre mujeres. —La miró con cara triste—. El arzobispo dijo que hablaría conmigo en cuanto acabara la misa.

Quiso retenerlo, sujetarlo con las dos manos, pero las cosas ya habían ido muy lejos.

—Morgana no estaba en la iglesia —observó Arturo—. ¿Le dijiste algo, Ginebra...?

—No le he dicho una palabra para bien o para mal —respondió con voz chillona—. Y no me importa dónde esté. ¡Ojalá sea en el infierno!

Él abrió la boca. Por un momento Ginebra pensó que iba a regañarla; perversamente, deseó su ira. Pero se limitó a suspirar, con la cabeza gacha.

—Ginebra, te lo suplico, no sigas discutiendo con ella. Ya ha sufrido demasiado.

Y luego, como avergonzado de su ruego, se alejó bruscamente hacia el arzobispo.

Dentro del castillo había mucho quehacer. Todo el mundo se dedicó a saludar a los viejos amigos y a intercambiar noticias, de modo que la ausencia del rey paso casi desapercibida. Pero al fin, cuando las evocaciones se desvanecieron, los concurrentes empezaron a murmurar. La comida se enfriaba, pero no era posible dar comienzo al festín si el rey no estaba allí. Ginebra ordenó escanciar vino, cerveza y sidra, sabiendo que. cuando se sirviera la comida, casi todos estarían demasiado borrachos para percatarse de nada. Vio a Morgana sentada a cierta distancia, riendo y charlando con un joven desconocido que lucía las serpientes de Avalón en las muñecas. ¿Pensaría seducirlo con hechicerías, como a Lanzarote y al Merlín?

Cuando al fin entró Arturo, con paso lento y pesado, la invadió la aflicción; nunca lo había visto así, salvo cuando estuvo a punto de morir por una herida. De pronto comprendió que la lesión era esta vez más profunda, en el alma, y por un momento se dijo que Morgana había hecho bien en ahorrarle el conocimiento. No: ella, su devota esposa, había garantizado la salud de su alma y su posterior salvación.

Arturo había reemplazado su atuendo festivo por una túnica sencilla, sin adornos; tampoco llevaba la corona, y el pelo dorado parecía opaco y encanecido. Cuando entró, todos sus caballeros rompieron en aplausos y vítores, que aceptó con una sonrisa. Por fin alzó una mano.

—Lamento haberos hecho esperar. Perdonad, por favor, y empezad a comer.

Ocupó su lugar, suspirando. Los sirvientes comenzaron a pasar con marmitas y bandejas humeantes. Ginebra dejó que uno de los mayordomos le pusiera unos trozos de pato asado en el plato, pero sólo jugó con la comida. Al cabo de un rato se atrevió a mirar a su esposo. Pese a la abundancia de carnes, sólo tenía en el plato un trozo de pan sin mantequilla; en su copa sólo había agua.

—No comes nada.

Su sonrisa fue irónica.

—No es porque desprecie la comida. Ha de estar tan sabrosa como siempre, amor mío.

—Pero no es bueno ayunar en un día de fiesta...

Arturo hizo una mueca impaciente.

—Bueno: si quieres saberlo, el obispo dijo que no puede absolver un pecado tan grave con una penitencia común. Y como era lo que deseabas de mí, pues... —alargó las manos en un gesto de fatiga—. Aquí estoy, en la fiesta de Pentecostés, en camisa y sin atavíos, con mucho ayuno por delante. Pero te he dado el gusto, Ginebra.

Levantó su taza para beber agua, muy resuelto, y ella comprendió que no tenía que decir nada más. Pero no era eso lo que había querido. Ginebra endureció todo el cuerpo para no volver a llorar. Todas las miradas estaban fijas en ellos; ya era bastante escandaloso que el rey ayunara en su fiesta. Fuera, la lluvia golfeaba el tejado. En el salón imperaba un extraño silencio. Por fin Arturo pidió música.

—Que Morgana cante para nosotros. ¡ Es mejor que ningún juglar:

«¡Morgana. Morgana, siempre Morgana!» Pero ¿qué podía hacer? Notó que su cuñada ya no llevaba el sayo de color de la mañana, sino algo oscuro y sobrio, como de monja. Sin sus cintas carmesíes no parecía tan ramera. La vio coger la lira y acercarse a la mesa del rey para cantar.

Como Arturo parecía desearlo, había cierta alegría. Cuando Morgana terminó otros cogieron la lira. Se veía mucho movimiento de mesa en mesa, charlas, cantos, brindis.

Cuando Lanzarote se acercó a ellos, Arturo lo hizo sentar a su lado, como en los viejos tiempos. Los criados llevaban grandes bandejas de dulces, frutas y pasteles. Mientras charlaban de naderías, Ginebra se sintió momentáneamente feliz; era corno antes, cuando todos eran amigos y entre todos había amor. ¿Por qué no habían podido seguir así?

Al cabo de un rato Arturo se levantó, diciendo:

—Iré a hablar con los caballeros más ancianos. Todavía tengo las piernas jóvenes, mientras que ellos están muy envejecidos. Pelinor ya no podría combatir ni con el perrillo faldero de Elaine.

—Desde que nos casamos es como si ya no tuviera nada que hacer en la vida —dijo Lanzarote—. Cuando un hombre llega a esa conclusión suele tardar poco en morir. Espero que no sea el caso; amo a Pelinor y espero que nos acompañe durante mucho tiempo. —Sonrió con timidez—. Por primera vez tengo un pariente que me trata como a un hijo, y hermanos no he tenido nunca.

Arturo sonrió por primera vez desde que saliera de las habitaciones del obispo.

—¿Los primos no cuentan, Galahad?

Lanzarote le estrechó la muñeca.

—Dios no permita que olvide eso. Gwydion.

Por un momento Ginebra pensó que iban a abrazarse, pero Arturo dejó caer la mano y se levantó deprisa.

—Allí están Uriens y Marco de Cornualles. Quédate con Ginebra, Lanzarote. Que hoy sea como en los viejos tiempos.

Su primo se sentó en el banco junto a la reina. Por fin preguntó:

—¿Está enfermo?

Ginebra negó con la cabeza.

—Creo que tiene que cumplir con una penitencia y por eso está malhumorado.

—No puede haber cometido un pecado tan grave —dijo Lanzarote—, es uno de los hombres más impolutos que conozco no merezco su amistad, Ginebra.

La miró con tanta tristeza que Ginebra estuvo a punto de sollozar. ¿Por qué no podía amarlos a ambos sin pecar? Le tocó la mano.

—¿Eres feliz con Elaine, Lanzarote?

—¿Feliz? ¿Quién es feliz? Hago lo que puedo.

Ginebra bajó los ojos, olvidando por un momento que fue su amante; sólo recordó al amigo.

—Quiero que seas feliz, de verdad.

Él le cogió la mano durante un instante.

—Lo sé, querida. No quería venir. Os amo a los dos, pero han quedado atrás los tiempos en que me conformaba con ser su capitán de caballería y... —Se le quebró la voz—. Y el campeón de la reina.

Morgana había vuelto a coger la lira y estaba cantando.

—Su voz es tan dulce como siempre —dijo Lanzarote—. Me recuerda a la de mi madre.

—Morgana está tan joven como siempre —comentó Ginebra, celosa.

—Así son los de la sangre antigua: parecen jóvenes hasta que envejecen de súbito. —Lanzarote se inclinó para tocarle la mejilla con un beso leve. Luego dijo abruptamente—: No soporto que seas desdichada.

—No creo saber lo que significa la felicidad. —«¿Cómo es posible que Morgana permanezca impasible? Lo que ha destruido mi vida y la de Arturo parece no pesarle. Ahí está, riendo y cantando, y tiene hechizado a aquel caballero de las serpientes en las muñecas.»

Poco después Lanzarote la dejó para reunirse con Elaine. Cuando volvió Arturo, algunos antiguos seguidores se le acercaron para entregarle regalos y pedirle favores. Poco después se presentó Uriens de Gales del norte, ya rollizo y encanecido, pero con toda su dentadura; si era necesario aún podía ir al combate a la vanguardia de sus hombres.

—He venido a pediros un favor, Arturo —dijo—. Quiero volver a casarme y me gustaría una alianza con vuestra casa. Ya Que Lot de Lothian ha muerto, os pido licencia para desposar a su viuda, Morgause.

Arturo tuvo que sofocar una risa.

—Para eso, amigo mío. tienes que pedir autorización al señor Gawaine, que ha heredado el reino. Sin duda aceptaría, pero creo que la señora está en edad de opinar y no es posible ordenarle que se case.

Ginebra tuvo una súbita inspiración: era la solución perfecta. Alargó una mano para tocar la manga de su esposo, diciendo en voz baja:

—Uriens es un aliado valioso, Arturo, por las minas galesas de hierro y plomo. Y tienes una hermana casadera.

Él la miró con sobresalto.

—¡Pero Uriens es muy viejo!

—Morgana es mayor que tú. Y como él ya tiene herederos, no le molestará que Morgana no le dé hijos.

—Eso es verdad —reconoció Arturo frunciendo el entrecejo—. Y parece una buena alianza. —Levantó la cabeza hacia Uriens, diciendo—: No puedo ordenar a la señora Morgause que vuelva a casarse, pero mi hermana, la duquesa de Cornualles. sigue soltera.

El anciano le hizo una reverencia.

—No podría aspirar a tanto, mi rey, pero si vuestra hermana quisiera ser la reina de mi país...

—No obligaré a ninguna mujer a casarse contra su voluntad —aclaró Arturo—, pero puedo consultárselo. —Llamó por señas a un paje—. Cuando la señora Morgana acabe su canción, dile que venga aquí.

Uriens la observó; el vestido oscuro hacía más clara su tez.

—Vuestra hermana es muy hermosa. Cualquier hombre se consideraría afortunado por desposarla.

Mientras volvía a su asiento, Arturo comentó:

—Lleva mucho tiempo soltera. Sin duda desea tener un hogar propio en vez de servir a otra. Y es demasiado culta para la mayoría de los jóvenes. Sólo lamento que sea tan viejo.

—Creo que será más feliz con un hombre maduro —dijo Ginebra—. No es una niña alocada.

Morgana se acercó y les hizo una reverencia. En público estaba siempre sonriente e impasible; por una vez la reina se alegró de tal actitud.

—Hermana —dijo Arturo—. he recibido una propuesta matrimonial para ti. Y después de lo sucedido esta mañana creo que tendrías que pasar un tiempo lejos de la corte.

—En verdad me alegraría alejarme de aquí, hermano.

—Bien, pues. ¿Te gustaría vivir en Gales del norte? Dicen que aquello es desolador, pero no más que Tintagel, supongo.

Para sorpresa de Ginebra, Morgana se ruborizó como una muchacha de quince años.

—No voy a fingirme sorprendida, hermano.

Arturo rió entre dientes.

—¡Vaya! El muy astuto no me dijo que había hablado contigo.

Morgana, arrebolada, jugaba con el extremo de una trenza.

Ginebra se dijo que parecía mucho más joven de lo que era.

—Podéis decirle que me hará feliz vivir en Gales del norte.

Arturo apuntó delicadamente:

—¿No te molesta la diferencia de edades?

—Si a él no le molesta, a mí tampoco.

—Sea. —Y Arturo llamó por señas a Uriens, quien se acercó radiante—. Mi hermana me ha dicho que le gustaría ser la reina de Gales del norte, amigo mío. No veo obstáculos para celebrar la boda con toda prontitud, quizás el domingo.

Y alzó la copa, anunciando a todos los presentes:

—Brindemos por una alianza, amigos. Una boda entre la señora Morgana de Cornualles, mi querida hermana, y mi buen amigo el rey Uriens, de Gales del norte.

Por fin aquello empezaba a parecer un festín de Pentecostés. Se alzó una tempestad de aplausos, gritos de congratulación y aclamaciones. Morgana permanecía quieta como una piedra.

«Ha accedido; dijo que él le había hablado», pensó Ginebra. Y entonces recordó al joven que había estado flirteando con Morgana. ¿No era hijo de Uriens? Accolon: así se llamaba. ¡Pero Morgana no podía suponer que le propondría matrimonio, siendo ella mayor! Y se preguntó si su cuñada armaría un escándalo.

De pronto, con otro acceso de odio, se dijo: «¡Ahora verá lo que es ser entregada en matrimonio a quien no se ama!»

—Conque serás reina, hermana —dijo, cogiéndola de la mano—. Y yo, tu dama de honor.

Pese a esas dulces palabras. Morgana la miró a los ojos. Y Ginebra supo que no se dejaba engañar.

«Sea. Al menos ya no será preciso que nos finjamos amistad.»

habla morgana...

Para ser un matrimonio destinado a terminar así, supongo que se inició muy bien. Ginebra me organizó una gran boda, teniendo en cuenta lo mucho que me odiaba: tuve seis damas de honor, de las cuales cuatro eran reinas. Arturo me dio gran parte de las joyas de mi madre y algunas del botín tomado a los sajones. Quise protestar, pero Ginebra me recordó que Uriens querría ver a su esposa bien vestida, como corresponde a una reina: con un encogimiento de hombros, me dejé ataviar como una muñeca. Una de las piezas era un collar de ámbar que recordaba haber visto en el cuello de Igraine cuando era muy niña. Ahora me pertenecía, junto con tantas otras cosas que me pareció imposible poder usarlas jamás.

Lo único que solicité, retrasar la boda para mandar a buscar a Morgause, mi única parienta viva, no se me concedió. Quizá temieron que recobrara el tino v revelara que, al aceptar la alianza con Gales del norte, no pensaba en el anciano rey sino en Accolon. Estoy segura de que al menos Ginebra lo sabía. Me pregunté qué pensaría el joven de mí: tras haberlo aceptado, prácticamente, terminaba la noche comprometida en público con su padre. Pero no tuve oportunidad de preguntárselo.

De cualquier modo, supongo que Accolon querría una novia de quince años. Una mujer de treinta y cuatro, según decían todos, tenía que contentarse con un viudo que la quisiera por sus vínculos familiares, por su belleza o sus posesiones o quizá como madre para sus hijos. Mis vínculos familiares no podían ser mejores. En cuanto al resto, tenía unas cuantas joyas, pero no me imaginaba madre de Accolon y de los otros vástagos del anciano. Abuela de sus nietos, tal vez. Y recordé, sorprendida, que la madre de Viviana había sido abuela antes de cumplir mi edad.

En los tres días transcurridos entre Pentecostés v la boda, sólo una vez charlé a solas con Uriens. Tal vez esperaba que él me rechazara al enterarse de todo, sabiendo que esos reyes cristianos daban tanta importancia a la virginidad de la esposa.

Ya he dejado muy atrás los treinta años, Uriens le dije—, y tampoco soy doncella. No había manera elegante de decir algo así.

Él tocó la pequeña media luna azul tatuada entre mis cejas, ya descolorida.

Fuisteis sacerdotisa de Avalón y os presentasteis doncella al Dios, ¿verdad?

Asentí con la cabeza. Continuó:

En mi pueblo todavía hay quienes lo hacen y yo no me esfuerzo por prohibirlo. Los campesinos piensan que Cristo está bien para los nobles, pero prefieren a los antiguos. Accolon piensa igual, pero como los sacerdotes están asumiendo tanto poder es necesario no ofenderlos. A mí me importa poco qué Dios adore mi pueblo, siempre que haya paz, en mi reino, pero en otros tiempos usé la cornamenta. Juro que jamás os haré reproches, señora Morgana.

«Ah, Madre Diosa pensé—. esto es grotesco.»

Hay otra cosa que tenéis que saber: di un hijo al Astado.

He dicho que no os reprocharé nada del pasado, señora.

No comprendéis. Ese nacimiento fue tan difícil que no podré tener otro hijo.

Seguramente el rey querría una novia fértil tanto como su hijo. Me dio palmaditas en la mano. Creo que para consolarme.

Tengo todos los hijos varones que necesito.

«Es un anciano necio pero amable pensé—. Si estuviera loco de deseo por mí, me daría asco. Pero la amabilidad es soportable. »

¿Os entristece la ausencia de vuestro hijo, Morgana? Si queréis podemos mandar a buscarlo y criarlo en mi corte, como corresponde al hijo de la duquesa de Cornualles y reina de Gales del norte.

Esa bondad me llenó los ojos de lágrimas.

Sois muy gentil dije—, pero está bien allá, en Avalón.

Bueno, si cambiáis de opinión decídmelo. Ha de tener la edad de mi hijo menor, Uwaine.

Suponía que vuestro hijo menor era Accolon, señor.

No, no. Uwaine tiene sólo nueve años. Su madre murió al darle a luz. No creíais que un anciano como yo pudiera tener un hijo de nueve años, ¿verdad?

«Oh, sí que lo creo», pensé, con una sonrisa irónica; los hombres se enorgullecen mucho de su capacidad de engendrar hijos varones, como si no fuera algo que puede hacer cualquier gato de albañal. La mujer tiene algún motivo para ese orgullo, pues al menos tiene que llevar al niño en su cuerpo durante casi un año y sufrir el alumbramiento. Pero dije, tratando de convertirlo en broma:

Recuerdo un dicho de mi país, señor: un esposo de cuarenta años puede no llegar a ser padre, pero un esposo de sesenta seguro que lo conseguirá.

Lo había dicho deliberadamente Si se hubiera ofendido Por lo escabroso de la frase, habría sabido cómo tratarlo en el futuro, siempre con pudor y discreción. Pero se echó a reír con ganas.

Creo que vos y yo nos llevaremos muy bien, querida. Ya he tenido suficientes esposas jóvenes que no sabían reír. Mis hijos se ríen de mí porque volví a casarme tras el nacimiento de Uwaine, pero a decir verdad, señora Morgana, uno se habitúa a vivir en pareja; es cierto que deseaba aliarme por casamiento con vuestro hermano, pero también me siento solo. Y se me ocurre que a vos, soltera durante tatito tiempo, no os disgustará tener un hogar v un esposo, aunque no sea joven ni gallardo Espero no haceros demasiado infeliz.

Al menos no pretendía verme loca de entusiasmo por ese gran honor. Podría haberle dicho que eso no sería ningún cambio: nunca había sido realmente feliz lejos de Avalón y al menos estaría mejor sin la malevolencia de Ginebra. Me entristecía un poco no poder fingirme su leal cuñada, pues en otros tiempos habíamos sido verdaderas amigas y el cambio no estaba en mí. Nunca había querido robarle a Lanzarote, pero ¿cómo explicárselo? Nuestra primera cópula fue tal como esperaba. Me acarició y forcejeó sobre mí durante un rato, resoplando y jadeando; luego terminó súbitamente y se quedó dormido a un lado. No fue una desilusión, pues no esperaba nada mejor; tampoco me molestó acurrucarme en la curva de su brazo. A él le gustaba tenerme allí, aunque pasadas las primeras semanas rara vez me hacía el amor; a veces me retenía en sus brazos durante horas, charlando de distintas cosas; más aún, me escuchaba. A diferencia de los romanos del sur, los hombres de las Tribus nunca desdeñaban el consejo femenino. Por eso, al menos, cabía estarle agradecida.

Gales del norte era un bello país, con grandes colinas y montañas, fértil en árboles y flores; el suelo era rico y sus cosechas, abundantes. Uriens había construido su castillo en uno de los mejores valles. Su hijo Avalloch, así como su esposa y sus hijos, me lo consultaban todo. Uwaine, el hijo menor, me llamaba «madre». Así llegué a imaginar lo que significaba criar a un hijo, cuidarlo y corregirlo. Uwaine era la desesperación del cura que lo instruía, pero el orgullo del maestro de armas. Por alborotador que fuera, yo le tenía mucho cariño, como a un hijo propio. Él, que no había conocido a su madre, era siempre benévolo conmigo; solía atenderme durante la cena y se sentaba a escucharme tocar la lira. Los varones de esa edad no son fáciles de controlar, pero había momentos tiernos. Tras un día de salvajismo o malhumor, venía súbitamente a sentarse a mi lado y cantaba al compás de mi arpa, o me traía flores silvestres, una o dos veces, torpe y tímido como un polluelo de cigüeña, se inclinó para rozarme la mejilla con los labios. Yo lamentaba a menudo no tener hijos propios que criar, pues en esa corte tranquila, lejos de las guerras y de los problemas del sur, había muy poco quehacer. Y entonces, un año después de mi boda con Uriens, Accolon volvió a la corte.

9

El verano en las colinas. En el jardín de la reina, el huerto se cubrió de flores rosas y blancas. Morgana. que caminaba entre los árboles, sentía en la sangre una dolorosa nostalgia al recordar la primavera de Avalón. Se acercaba el solsticio de verano; al calcularlo, Morgana se dijo, melancólica, que los efectos de media existencia vivida en Avalón empezaban a esfumarse: las mareas ya no corrían por su sangre.

«¿Por qué engañarme? No es que lo haya olvidado, sino que ya no me permito experimentarlas.» Morgana se analizó desapasionadamente: túnica oscura y lujosa, las joyas de Igraine y las de su predecesora. A Uriens le gustaba verla ataviada como corresponde a una reina. «Algunos reyes matan a sus prisioneros políticos o los esclavizan en sus minas. Si al rey de Gales del norte le place cargar de alhajas a su cautiva y exhibirla a su lado bajo el título de reina, ¿por qué no?» Aun así, sentía en su plenitud el flujo del verano. Hacia abajo, en la ladera, un labriego azuzaba a su buey con exclamaciones. Era la víspera del solsticio.

El domingo un cura llevaría su procesión de antorchas alrededor de los sembrados, entonando salmos y bendiciones. Los aristócratas y los caballeros más ricos, todos cristianos, habían persuadido al pueblo de que, en un país cristiano, aquello era más decoroso que las costumbres antiguas de encender fogatas y convocar a la Diosa con el culto antiguo. No por primera vez, Morgana lamentó no ser sólo una de las sacerdotisas, sin la sangre real de Avalón.

«Aún estaría allá —pensó—, trabajando para la Dama, en vez de ser un náufrago perdido en tierra extraña...» De pronto se volvió para cruzar el jardín en flor, con la mirada baja para no ver los capullos de los manzanos.

«La primavera viene una y otra vez, y la sigue el verano con su fructificación. Pero yo sigo sola y estéril, como esas vírgenes cristianas encerradas entre los muros de los conventos.» Impuso su voluntad a las lágrimas, que últimamente parecían estar siempre a punto de aflorar, y entró. Detrás de ella, el sol poniente extendió su carmesí sobre los sembrados, pero se negó a mirarlo; allí todo era gris y yermo. «Tan gris y yermo como yo.»

Una de las mujeres la saludó diciendo:

—El rey ha vuelto, mi señora, y quiere veros en su alcoba.

—Sí, supongo que sí —dijo Morgana, más para sí misma que para la mujer. Un fuerte dolor de cabeza le oprimía la frente; durante un momento no pudo respirar ni caminar por la oscuridad interior del castillo que, durante todo el frío invierno, se había cerrado en torno a ella como una trampa. Reprochándose tales tonterías, apretó los dientes y entró en la alcoba de Uriens. Lo encontró a medio vestir, tendido en la cama, mientras su criado le frotaba la espalda.

—Has vuelto a fatigarte —dijo Morgana. Y evitó añadir: «Ya no tienes edad para recorrer tus tierras de ese modo.»

Uriens había ido a una población cercana, para mediar en una disputa de tierras. Ahora quería que ella se sentara a su lado y escuchara lo sucedido. Morgana ocupó una silla, prestándole atención sólo a medias.

—Puedes irte, Berec —dijo a su criado—. Mi señora me traerá la ropa. —Y cuando el hombre se fue pidió—¿Me frotas los pies, Morgana? Tienes mejores manos que él.

—Claro. Pero tendrás que sentarte en la silla.

Uriens tendió las manos para que su esposa lo ayudara a levantarse. Morgana le puso un escabel bajo los pies y se arrodilló a su lado para restregar los pies flacos y encallecidos, hasta que la sangre subió a la superficie, dándoles nuevamente un aspecto de vida. Luego le masajeó los dedos torcidos con aceites de hierbas.

—Tienes que encargar a tu criado que te haga botas nuevas —le dijo—. Las viejas, con ese desgarro, te harán una llaga aquí. ¿Ves la ampolla?

—Pero las viejas me van tan bien... Y las botas nuevas son siempre duras —protestó él.

—Haz lo que gustes, señor.

—No, no, tienes razón, como siempre. Mañana ordenaré al zapatero que venga a tomarme las medidas para un par.

Mientras guardaba la redoma de aceites y le llevaba un par de viejos zapatos deformados, Morgana pensó: «¿Acaso teme que éste sea su último par de botas?» No quería pensar en lo que la muerte del rey significaría. No quería desear la muerte de alguien que sólo había tenido bondades con ella.

—¿Estás mejor así, mi señor? —preguntó, después de ponerle las zapatillas.

—Estupendo, querida, gracias. Nadie sabe cuidarme como tú.

Morgana suspiró. Tenía razón al decir que las botas nuevas también le harían daño en los pies. Tenía que dejar de cabalgar y quedarse en casa, en su sillón, pero no lo haría.

—Tendrías que dejar que Avalloch se ocupara de estos asuntos. Debe aprender a gobernar a su pueblo.

El primogénito tenía la misma edad que ella. Hacía tiempo que esperaba hacerse cargo del gobierno, pero Uriens parecía capaz de vivir eternamente.

—Cierto, cierto... Pero si no voy personalmente pensarán que su rey no se ocupa de ellos. Tal vez lo haga el próximo invierno, cuando los caminos empeoren.

—Es lo que te conviene —le advirtió ella—. Si vuelves a tener sabañones podrías perder el uso de las manos.

Uriens le sonrió con amabilidad.

—La verdad es que soy anciano, Morgana, y eso no tiene remedio. ¿Es posible que haya cerdo asado para la cena?

—Sí —confirmó ella—, y algunas cerezas tempranas. Me ocupé de eso.

—Eres un ama de casa notable, querida —dijo, cogiéndola del brazo para salir del cuarto. «Cree que es un elogio», pensó Morgana.

Los allegados de Uriens ya se habían reunido para cenar: Avalloch, su esposa Maline y los hijos de la pareja; Uwaine, larguirucho y moreno, con sus tres hermanos de leche y el sacerdote que oficiaba de preceptor; abajo, en la mesa larga, los soldados con sus esposas y los criados de más jerarquía. Cuando Morgana indicó a los criados que llevaran la comida, el hijo menor de Maline prorrumpió en gritos y reclamaciones:

—¡Abuela! ¡Quiero en la falda de la abuela! ¡Quiero comer con ella!

Su madre, una joven rubia y pálida, en avanzado estado de gestación, frunció el entrecejo:

—No, Conn; siéntate como un niño bueno y guarda silencio.

Pero el niño ya había llegado a las rodillas de Morgana, que lo alzó riendo. Maline tenía casi la misma edad que ella, pero los nietos de Uriens le tenían cariño. Estrechó al niño y cortó pedazos de cerdo para alimentarlo de su plato. Luego recortó un trozo de pan y le dio forma de cerdo.

—Aquí tienes más para comer. —Luego se dedicó a su cena.

Aún comía poca carne: tan sólo mojaba el pan en los jugos. Terminó pronto, mientras los otros seguían comiendo, y se dedicó a canturrear al pequeño acurrucado en su regazo. Al cabo de un rato se dio cuenta de que todos la estaban escuchando. Entonces calló.

—Seguid cantando, madre, por favor —dijo Uwaine.

Pero ella negó con la cabeza.

—No, estoy cansada. Escuchad... ¿Qué sucede en el patio?

Se levantó, llamando a uno de los criados para que le iluminara el trayecto hasta la puerta. Con la antorcha en alto a su espalda, vio al jinete que entraba en el amplio patio. El criado dejó su antorcha en uno de los soportes de la pared y corrió a prestarle ayuda para desmontar:

—¡Mi señor Accolon!

El joven se acercó; la capa escarlata se arremolinaba tras él como un río de sangre.

—Señora Morgana —dijo, con una profunda reverencia—. ¿O tendría que llamaros madre?

—No, por favor —protestó, impaciente—. Pasa, Accolon. Tu padre y tus hermanos se alegrarán de verte.

—¿Y vos no, señora?

Se mordió los labios, temiendo súbitamente echarse a llorar.

—Eres hijo de rey, igual que yo. No tengo que recordarte cómo se acuerdan estos enlaces. No fue decisión mía, Accolon. Mientras charlábamos, yo no tenía idea de que...

Se interrumpió. El la observó durante un momento; luego se inclinó para besarle la mano, diciendo en voz queda, para que el criado no lo oyera.

—Pobre Morgana. Os creo, señora. Que haya paz entre nosotros, madre.

—Sólo si dejas de llamarme madre —dijo con un intento de sonrisa—. No soy tan anciana. Eso está bien para Uwaine.

Pero cuando entraron en el salón Conn volvió a llamar a gritos a su abuela. Morgana rió sin alegría y se agachó para alzarlo, sintiendo los ojos de Accolon fijos en ella. Bajó los suyos al niño que tenía en el regazo, mientras Uriens recibía a su hijo.

Accolon los saludó formalmente a todos. Luego se volvió hacia Morgana, quien dijo brevemente:

—Ahórrame las cortesías, Accolon. Tengo las manos llenas de grasa.

—Como gustéis, señora. —El joven cogió el plato que una de las criadas le ofrecía, pero no dejó de observarla mientras comía.

«Debe de estar furioso conmigo todavía. Pide mi mano por la mañana y por la noche se entera de que estoy comprometida con su padre; sin duda piensa que sucumbí a la ambición.»

—No —dijo al pequeño—: si quieres quedarte en mi regazo, tienes que estarte quieto y no ensuciarme el vestido de grasa.

«Cuando nos vimos por última vez yo iba vestida de escarlata y era la hermana del gran rey, con fama de bruja. Ahora soy abuela, tengo un niño sucio en el regazo, cuido de la casa y azuzo a mi anciano esposo para que cambie de botas.» Tenía aguda conciencia de cada una de sus canas, de cada arruga de su cara. «¿Qué me importa lo que Accolon piense de mí?» Pero le importaba y lo sabía; se sentía vieja, fea y poco deseable. Acalló otra vez al niño, pues Maline había pedido al recién llegado noticias de la corte.

—No hay grandes novedades —dijo Accolon—. Creo que esos tiempos han quedado atrás. En la corte de Arturo hay tranquilidad. El rey aún cumple penitencia por un pecado desconocido: no prueba el vino, ni siquiera en los grandes festines.

—Y la reina, ¿no da señales de gestar un heredero?

—No, aunque una de sus damas me dijo, antes de los juegos, que en su opinión podía estar embarazada.

Maline se volvió hacia Morgana.

—Vos conocíais bien a la reina, ¿verdad, madre?

—Sí. Y en cuanto a ese rumor... bueno, Ginebra se cree embarazada en cuanto el ciclo se le atrasa un solo día.

—El rey es necio —dijo Uriens—. Tendría que repudiarla y tomar a otra mujer que le diera un hijo. Demasiado bien recuerdo el caos que tuvimos cuando se creyó que Uther moriría sin dejar un hijo varón. Ahora habría que establecer la sucesión con firmeza.

Accolon comentó:

—Dicen que el rey ha nombrado heredero a uno de sus primos, el hijo de Lanzarote. Eso no me gusta. Lanzarote es hijo de Ban de Benwick. No queremos a un extranjero como gran rey.

—Lanzarote es hijo de la Dama de Avalón, de la antigua estirpe real —aseguró Morgana.

—¡Avalón! —repitió Maline, desdeñosa—. Éste es un país cristiano. ¿Qué importancia tiene Avalón para nosotros?

—Más de la que pensáis —señaló Accolon—. Se dice que algunos campesinos no están contentos con una corte tan cristiana; recuerdan que Arturo, antes de su coronación, juró respaldar al pueblo de Avalón.

—Así es —confirmó Morgana—; además, porta la gran espada de la Regalía Sagrada.

—Los cristianos no parecen reprochárselo. Ahora recuerdo algunas noticias de la corte: el rey sajón Edric se ha convertido al cristianismo. Se hizo bautizar en Glastonbury, con todo su cortejo, y juró fidelidad a Arturo en nombre de su pueblo.

—¿Arturo, rey de los sajones? ¡Qué maravilla! —comentó Avalloch.

—Puede que el rey case a su hija con el hijo de Lanzarote para terminar con todas estas guerras. Y allí estaba Merlín, sentado entre todos los consejeros, como si fuera muy buen cristiano.

—Ginebra debe de estar feliz —comentó Morgana—. Siempre dijo que Dios había dado a Arturo la victoria en Monte Badon por llevar el estandarte de la Virgen, para que pusiera a los sajones bajo el manto de la Iglesia.

Uriens se encogió de hombros, diciendo:

—Yo no confiaría en ningún sajón, aunque llevara mitra de obispo.

—Tampoco yo —se sumó el primogénito—, pero, al menos, mientras recen y hagan penitencia no saldrán a quemar aldeas. Por cierto, ¿qué puede estar purgando Arturo, que parece buen hombre, con una penitencia tan larga? ¿Lo sabéis vos, señora Morgana, que sois su hermana?

—Su hermana, no su confesor. —Notó que su voz sonaba seca y guardó silencio. «Conque Arturo todavía cumple penitencia y ese anciano Patricio tiene su alma en prenda. ¿Qué opinará Ginebra de esto?»

—Contadnos más de la corte —suplicó Maline—. ¿Qué ropa usa la reina?

Accolon se echó a reír.

—No sé nada de prendas femeninas. Dicen que su prima Elaine ha dado a Lanzarote una hija. ¿O fue el año pasado? Y en la corte del rey Pelinor hay un escándalo; parece que su hijo Lamorak fue a Lothian con una misión y ahora habla de casarse con la viuda de Lot, la anciana reina Morgause.

Avalloch rió entre dientes.

—Ese muchacho debe de estar loco. Morgause tiene cincuenta años, al menos.

—Cuarenta y cinco —aclaró Morgana—. Tiene diez más que yo. —Y se preguntó por qué revolvía así el puñal en su herida. «¿Quiero acaso que Accolon comprenda lo anciana que soy, abuela de esta prole?»

—Está loco, en verdad —confirmó aquél—. Canta baladas, luce la liga de la señora y tonterías por el estilo.

—Supongo que esa liga, a estas alturas, ha de servir para riendas de caballo —dijo Uriens.

Accolon negó con la cabeza.

—No. He visto a esa mujer y todavía es hermosa. La madurez le sienta bien. Pero ¿qué puede buscar ella en un muchacho inexperto como Lamorak, que no pasa de los veinte años?

—O un muchacho como él en una anciana —insistió Avalloch.

—Puede que la señora sea experta en la cama —sugirió el padre, con una risa lasciva—. Evidentemente no pudo aprender del anciano Lot, pero sin duda tuvo otros maestros.

Maline protestó, arrebolada:

—¡Por favor! ¿Os parece una conversación decorosa para una familia cristiana?

—Si no lo fuera, hija mía —aseveró Uriens—, dudo que vuestra cintura tuviera ese tamaño.

Morgana intervino con aspereza:

—Si ser cristianos significa no hablar de lo que no nos avergüenza hacer, no quiera la Diosa que yo lo sea jamás.

—Aun así —reconoció el mayor—, no está bien contar chismes sucios sobre la tía de la señora Morgana.

—La reina Morgause no tiene esposo que se ofenda y no tiene que dar explicaciones a nadie —dijo Accolon—. Sus hijos deben de estar muy satisfechos de que se contente con un amante en vez de casarse. ¿No es también duquesa de Cornualles?

—No —dijo Morgana—. Cornualles pertenecía a Igraine; supongo que ahora es mío.

De pronto la invadió la nostalgia por aquella región apenas recordada, con el lúgubre contorno del castillo bajo el cielo, sus acantilados, el ruido eterno del mar. «¡Tintagel, mi hogar! Aunque no pueda volver a Avalón, tengo una patria.»

—Y según las leyes romanas —apuntó Uriens—, supongo que yo soy el duque de Cornualles por ser tu esposo, querida.

Una vez más, Morgana sintió un arrebato de cólera. «Sólo cuando yo esté muerta y enterrada», pensó. «Ojalá pudiera vivir allá sola, como Morgause en Lothian, sin responder ante nadie.»

Ahora dadme noticias de esta región —pidió el viajero—. La primavera ha llegado tarde. Veo que los labriegos acaban de empezar.

-—Pero casi han terminado de arar —dijo Maline—. El domingo irán a bendecir los campos.

-—Y ya han escogido a la Doncella de Primavera — intervino Uwaine—. Estuve en la aldea y vi que escogían entre las muchachas más hermosas. —Se volvió hacia Morgana—. Escogen a la más hermosa para que forme parte de la procesión cuando el sacerdote venga a bendecir los campos. Y hay bailarines... Y llevan una imagen hecha con paja de la última cosecha. Al padre Ian no le gusta, pero no sé por qué, si es tan hermosa.

El cura tosió con timidez.

—Tendría que bastar con la bendición de la Iglesia. La imagen de paja es un recuerdo de aquellos malos tiempos en que se quemaba vivos a hombres y animales para fertilizar los campos. En cuanto a la Doncella de Primavera, es un vestigio de... ¡Bueno, no mencionaré ante los niños esa costumbre pecaminosa e idólatra!

Accolon habló dirigiéndose a Morgana:

—En otros tiempos la misma reina era la Doncella de Primavera y la Señora de la Cosecha. Y realizaba la ceremonia en los campos, para darles vida y fertilidad.

—Gracias a Dios —dijo Maline, persignándose como una beata—, ahora vivimos entre hombres civilizados.

—Dudo que os invitaran a cumplir con ese papel, cuñada —dijo Accolon.

—No —opinó Uwaine, falto de tacto como todo niño—, no es tan hermosa. Pero nuestra madre sí, ¿verdad, Accolon?

Uriens se apresuró a intervenir.

—Me alegro de que mi reina te parezca hermosa, pero lo pasado, pasado está. Ya no quemamos gatos y ovejas vivas en los campos, ni esparcimos la sangre del chivo expiatorio, ni se requiere que la reina bendiga los campos de esa manera.

«No —pensó Morgana—. Ahora todo es estéril; tenemos curas con cruces que prohíben encender las fogatas de la fertilidad. Es un milagro que la Diosa no malogre las cosechas con su ira.»

Poco después todos se retiraron a descansar. Morgana supervisó todas las cerraduras. Luego, con una pequeña lámpara en la mano, fue a comprobar que a Accolon se le hubiera asignado un buen lecho.

—¿Estás cómodo aquí?

—Tengo todo lo que puedo necesitar —respondió—-, salvo una señora para adornar mi alcoba. Mi padre es afortunado. Y vos merecíais ser esposa de un rey, no de un segundón.

—¿Es preciso que me provoques así? —estalló Morgana—. ¡Ya te dije que no se me permitió elegir!

—¡Os habíais comprometido conmigo!

Sintió que perdía el color y apretó los labios.

—Lo hecho, hecho está, Accolon.

Y se volvió, con el candil en alto. El dijo a sus espaldas casi en tono de amenaza:

—Esto no ha terminado, señora.

Sin responder, Morgana apretó el paso hacia la alcoba que compartía con Uriens. La doncella la esperaba para desatarle la túnica, pero la despidió. Uriens gemía, sentado en el borde de la cama.

—¡Hasta las zapatillas me dañan los pies! ¡Ah, qué delicia es acostarse!

—Que descanses, mi señor.

—No. —La atrajo hacia el colchón—. Mañana se bendecirán los campos... Y tal vez debamos de estar agradecidos por vivir en un país civilizado, donde el rey y la reina ya no tienen que copular en público para fertilizar la tierra. Pero en vísperas de esa bendición, querida señora, tal vez debamos celebrar nuestra bendición privada, en la intimidad de la alcoba. ¿Qué opinas?

Morgana suspiró. Siempre ponía un escrupuloso cuidado en no dañar el orgullo viril de su envejecido esposo, pero Accolon le había despertado un angustioso recuerdo de los años vividos en Avalón: las antorchas en lo alto del Tozal, las fogatas de Beltane, las doncellas que esperaban en los campos arados... Esa noche había tenido que soportar que un miserable cura se burlara de algo muy sagrado para ella. Y ahora el mismo Uriens parecía reducirlo a burla.

—Opino que tú y yo haríamos bien en prescindir de esa bendición. Soy anciana y estéril, y tú, como rey, tampoco puedes dar mucha vida a los campos.

Él la miró fijamente. En el año transcurrido desde la boda nunca le había oído una palabra dura. La sorpresa le impidió hacer reproches.

—Sin duda estás en lo cierto —dijo en voz baja—. Bueno, dejaremos eso para los jóvenes. Ven a la cama, Morgana.

Pero cuando la tuvo a su lado se quedó inmóvil y, pasado un momento, le rodeó los hombros con un brazo tímido. Morgana estaba arrepentida de su dureza. Sola, con frío, se mordió los labios para no llorar. Pero cuando Uriens volvió a hablarle se fingió dormida.

El solsticio de verano amaneció soleado. Morgana, que despertaba temprano, sintió que algo en ella corría henchido de estío. Mientras se vestía contempló desapasionadamente la forma dormida de su esposo.

Había sido una necia al aceptar dócilmente la propuesta de Arturo, por no abochornarlo delante de los otros reyes. Si no era capaz de conservar el trono sin la ayuda de una mujer, tal vez no merecía ocuparlo. Era un traidor a Avalón, un apóstata, y la había entregado a otro apóstata. Y ella había accedido mansamente.

De pronto algo despertó en ella, con el movimiento secreto e invisible de una criatura en el vientre, algo que le decía con toda claridad: «Si no me dejé utilizar por Viviana, a quien amaba, ¿por qué dejarme usar por Arturo? Soy reina de Gales del norte, duquesa de Cornualles y descendiente de la estirpe real de Avalón.»

Uriens gruñó, incorporándose con dificultad:

—Ah, Dios mío, me duelen todos los músculos. Ayer cabalgué demasiado. ¿Me frotarías la espalda, Morgana?

Iba a espetarle, furiosa: «¡Tienes diez criados y yo no soy tu esclava, sino tu esposa!», pero se contuvo.

—Sí, por supuesto —respondió con una sonrisa. Que la creyera dócil en todo. Curar era parte del trabajo de sacerdotisa; además, le daría acceso a los planes y pensamientos de su marido. Le frotó con un bálsamo la espalda y los pies doloridos, oyendo los pequeños detalles de la disputa que había resuelto el día anterior.

«Uriens sólo quiere de su reina una cara sonriente y manos amables que lo mimen. Bien, los tendrá mientras me convenga.»

—Parece que tendremos un buen día para la bendición de los sembrados. Aquí nunca llueve en estas fechas —comentó—. Cuando yo era joven y pagano decían que no se podía consumar el gran matrimonio bajo la lluvia. —Rió entre dientes—. Sin embargo, recuerdo que cierta vez había llovido en los campos durante diez días; ¡la sacerdotisa y yo parecíamos dos cerdos revoleándonos en el lodo!

Morgana sonrió contra su voluntad.

—Ah, Morgana, qué buenos tiempos aquéllos. Pero ya desaparecieron para siempre. Ahora lo que la gente pide a sus reyes es dignidad.

Ella no dijo nada. Se le ocurrió que Uriens, en su juventud habría sido lo bastante fuerte para resistir la oleada de cristianismo que se abatía sobre el país. Si Viviana hubiera luchado más... Pero ¿quién podía prever que Ginebra sería tan devota'» ¿Y por qué Merlín no había hecho nada?

Si Merlín de Britania y los sabios de Avalón no habían hecho nada por evitar que aquella marea cubriera el país, barriendo con las costumbres antiguas, ¿por qué culpar a Uriens. que a fin de cuentas era un anciano y sólo quería la paz? Mientras estuviera contento no le importaría lo que ella hiciera. Morgana aún no sabía lo que iba a hacer, pero sí que sus días de callada docilidad habían terminado.

—Ojalá te hubiera conocido entonces —dijo. Y se dejó besar en la frente.

«Si me hubiera casado con él de joven, Gales del norte no se habría convertido al cristianismo. Pero aún no es tarde. Hay quienes no han olvidado que el rey aún tiene en los brazos, aunque descoloridas, las serpientes de Avalón. Y está casado con quien fue sacerdotisa de la Dama. Aquí podría haberla servido mejor que en la corte de Arturo, a la sombra de Ginebra.»

Además, en aquel tiempo tuvo influencia sobre Arturo: la influencia de la primera mujer con que ejerció su virilidad. Y en su estúpido orgullo lo había dejado caer en manos de Ginebra y de los curas. Ahora, demasiado tarde ya, empezaba a comprender las intenciones de Viviana.

«Ah. qué necia fue... Él y yo pudimos haber gobernado el país... para Avalón. Ahora pertenece a los curas. Y aún porta la gran espada de los druidas. Y Merlín de Britania no le pone obstáculos. Tengo que retomar la obra que Viviana dejó incompleta. Ah, Diosa, es tanto lo que he olvidado...»

De pronto se detuvo, estremecida ante su osadía. Uriens había hecho una pausa en el relato y la miraba, interrogante.

—No dudo que hiciste lo correcto, querido esposo —se apresuró a decir, untándose las manos con bálsamo. No tenía la menor idea de lo que acababa de aprobar, pero Uriens, sonriente, continuó con su narración. Morgana volvió a dejarse llevar por sus pensamientos.

«Todavía soy sacerdotisa. Es extraño que tenga esta certeza tan súbitamente, después de tantos años, cuando Avalón ha desaparecido hasta de mis sueños.» Reflexionó sobre lo que Accolon le había dicho. Elaine tenía ahora una niña. Ella no podía dar una hija a la Diosa, pero al igual que Viviana, le llevaría una adoptiva.

Ayudó a Uriens con su ropa, lo acompañó abajo y. con sus propias manos, le llevó de la cocina pan recién horneado y cerveza, e incluso le untó el pan con miel. Que la creyera la más ferviente de sus súbditos, una esposa dulce y complaciente. Algún día le serviría de mucho contar con su confianza.

.—Aun en verano me duelen los huesos, Morgana. Creo que iré a Aquae Sulis para tomar los baños. ¡Aquello es asombroso! Hay estanques calientes donde uno puede remojarse hasta quitarse el cansancio de los huesos. Hace dos o tres años que no los visito, pero ahora puedo volver, pues el país está tranquilo.

—No veo por qué no —concordó ella.

—¿Me acompañarías, querida? Podemos dejar a mis hijos a cargo de todo. Te interesaría conocer aquel antiguo templo.

—Me gustaría, sí —reconoció con sinceridad—. Pero no sé si estaría bien dejar todo a cargo de tus hijos. Avalloch es necio. Accolon, aunque inteligente, es sólo un segundón y no estoy segura de que tu gente lo obedeciera. Pero estando yo aquí tu primogénito aceptaría los consejos de su hermano menor.

—Excelente idea, querida —dijo Uriens, radiante—. Contigo aquí, no vacilaré en dejarlo todo en manos de los jóvenes. Les diré que te consulten en todo.

—¿Cuándo partirás? —preguntó Morgana. No vendría nada mal que se supiera que Uriens no vacilaba en confiarle su reino.

—Quizá mañana. O tal vez hoy mismo, cuando termine la bendición. ¿Te encargarás de hacerme preparar la impedimenta?

Morgana dejó su desayuno casi intacto.

—Voy a llamar a tu criado.

Estuvo a su lado durante la larga procesión en torno a los campos; después, desde una pequeña loma, observaron las cabriolas de los bailarines. Se preguntó si alguien conocería el significado de las varas fálicas rodeadas de guirnaldas rojas y blancas, entre las que caminaba la hermosa niña de cabellera al viento, serena e indiferente. ¿Notaba alguien la incongruencia del cura que los seguía con velas y cruces, entonando plegarias en mal latín?

«Estos sacerdotes odian tanto la fertilidad y la vida que sólo de milagro sus bendiciones no dejan la tierra yerma.»

Como en respuesta a su pensamiento, una voz dijo delicadamente, a su espalda:

—Me pregunto, señora, si alguien, aparte de nosotros dos, entiende lo que está viendo.

Accolon la cogió un momento del brazo, para ayudarla a cruzar un surco, y las serpientes de sus muñecas aparecieron otra vez, frescas y azules.

—El rey Uriens lo sabe y ha tratado de olvidarlo. Eso me parece una blasfemia peor que la ignorancia.

Morgana esperaba que eso lo enfureciera; casi lo había provocado. Esas manos jóvenes y viriles en el brazo la hacían sentir otra vez el fuerte apetito interior. Si Accolon decía algo amable o compasivo acabaría aullando y arrancándose los cabellos...

Pero se limitó a decir, en voz tan baja que no se oía a dos pasos:

—Tal vez a la Diosa le baste que lo sepamos vos y yo, Morgana. Mientras un solo creyente le ofrezca lo que corresponde, no fallará.

Por un momento se volvió a mirarlo, con la sensación de que el calor de aquellas manos le recorría todo el cuerpo. Súbitamente asustada, trató de apartarse. «Soy la esposa de su padre; en esta tierra cristiana estoy prohibida para él, aún más de lo que lo estaba para Arturo.» Y entonces surgió en su mente un recuerdo de Avalón: uno de los druidas, impartiendo la sabiduría secreta a las jóvenes sacerdotisas: «Si queréis que el mensaje de los dioses oriente vuestra vida, buscad aquello que se repita una y otra vez. Ése es el mensaje que los dioses os envían, la lección kármica que debéis aprender en esta encarnación. Vuelve una y otra vez, hasta que lo convertís en parte del alma y del espíritu perdurable.»

«¿Qué es lo que ha venido a mí una y otra vez...?»

Todos los hombres que había deseado tenían un parentesco demasiado estrecho con ella: Lanzarote era hijo de su tía y madre tutelar; Arturo, hijo de su madre; ahora, el hijo de su esposo...

«Pero son parientes demasiado cercanos sólo según las leyes cristianas que quieren tiranizar esta tierra. ¿Acaso estoy viviendo toda la tiranía de esa ley para llegar a conocer, como sacerdotisa, por qué es preciso derribarla?»

Descubrió que sus manos temblaban entre las de Accolon.

—¿En verdad creéis que la Diosa retirará su vida de esta tierra si sus habitantes no le dan lo que le deben?—dijo, tratando de ordenar sus pensamientos dispersos.

Era el tipo de comentario que hubieran podido intercambiar dos iniciados en Avalón. Morgana conocía perfectamente la respuesta: que los dioses harían su voluntad sin que les importara la opinión de los hombres. Pero Accolon dijo, con un curioso destello animal en sus dientes blancos al sonreír:

—Habrá que asegurarse de que reciba siempre lo que le corresponde, señora, no vaya a desaparecer la vida del mundo.

Sintió el corazón tan acelerado que llegó a marearse.

—Calla —dijo, inquieta—. No es buen momento ni lugar para hablar de ese modo.

—¿De verdad?

Habían llegado al límite del terreno escarpado. Delante de ellos, los bailarines enmascarados sacudían sus varas fálicas y hacían cabriolas, mientras la Doncella de Primavera intercambiaba un beso formal con cada uno de ellos. Uriens llamó a Morgana por señas, impaciente. Ella se movió rígidamente, con frío; sentía heladas las muñecas que Accolon tuvo entre sus manos un momento antes.

—A ti te corresponde repartir esto entre los bailarines que nos han entretenido, querida —dijo su esposo.

Un criado le llenó las manos de dulces y frutas confitadas; Morgana los arrojó hacia los bailarines y los espectadores, que se los disputaron entre risas y empellones. «Siempre una imitación de las ceremonias sagradas. Esto recuerda a los tiempos en que el pueblo se disputaba los trozos de carne del sacrificio. ¡Es preferible olvidar el rito a remedarlo así!» La Doncella de Primavera se le acercó, sonriente y encendida de inocente orgullo; aunque era encantadora, sus ojos carecían de profundidad y tenía las manos ensanchadas por el trabajo agrícola. Era sólo una hermosa campesina que trataba de actuar como sacerdotisa, sin idea de lo que estaba haciendo.

La muchacha se arrodilló ante ella. Morgana ignoraba lo que se esperaba de la reina, pero adoptó la postura casi olvidada de las sacerdotisas al impartir la bendición. Por un instante sintió que una conciencia antigua la poseía desde arriba, desde más allá. Apoyó las manos en la frente de la niña y sintió, por un instante, el flujo de poder que corría entre ambas. La cara estúpida se transfiguró. «La Diosa también obra en ella», se dijo. Y entonces vio a Accolon, que la miraba con sobrecogimiento y maravilla. Había visto antes esa expresión, cuando hacía descender las brumas de Avalón... Y la conciencia del poder la inundó como si de súbito hubiera renacido.

«Estoy viva otra vez. Después de tantos años vuelvo a ser una sacerdotisa. Y Accolon es quien me lo ha devuelto.»

Luego se rompió la tensión del momento y la niña retrocedió a trompicones para hacer una torpe reverencia al grupo real.

Uriens distribuyó monedas entre los bailarines y entregó una suma algo más importante al cura de la aldea, para que encendiera velas en su iglesia. Mientras volvían al castillo. Morgana caminaba serenamente junto a su esposo, con rostro de máscara. pero interiormente bullía de vida. Su hijastro Uwaine se acercó para caminar a su lado.

—Este año fue más bonito que de costumbre, madre Shanna es encantadora.... la Doncella de Primavera. Pero vos estabais tan hermosa al bendecirla... Parecíais la Diosa. El padre Ian dice que, en realidad, la Diosa era un demonio que vino para impedir que la gente sirviera a Cristo, pero ¿sabéis qué pienso? Que ella estaba aquí antes de que la gente oyera hablar de la Virgen Santa.

Accolon, que iba junto a ellos, dijo:

—La Diosa existía antes de Cristo. Debes servirla siempre, bajo el nombre que quieras, y bien puedes llamarla María. Pero no te aconsejo que hables mucho de esto con el padre Ian.

Habían llegado al castillo y Morgana tenía que ocuparse de la impedimenta de Uriens. En la confusión del día, dejó que su nuevo esclarecimiento se deslizara hacia el fondo de la mente, sabiendo que tendría que analizarlo más tarde con mucha seriedad.

Uriens partió después del mediodía, con sus soldados y uno o dos criados; se despidió de ella con un tierno beso y aconsejó a Avalloch que escuchara en todo a la reina y a su hermano. Uwaine estaba mohíno, pues habría querido viajar con su padre. Pero al fin todo quedó en paz y Morgana pudo sentarse a solas frente al fuego, en el salón grande, para pensar en lo acontecido durante el día.

Afuera caía el sol, en el largo crepúsculo del solsticio de verano. Morgana había cogido la rueca, pero sólo fingía hilar, pues esa tarea le disgustaba tanto como siempre; prefería trabajar el doble en el telar. No se atrevía a hilar, pues al hacerlo caía en aquel extraño trance, entre el sueño y la vigilia, y tenía miedo de lo que podía ver. Por eso ahora se limitaba a hacer girar el huso de vez en cuando, para que nadie la viera con las manos ociosas.

El cuarto se estaba oscureciendo; Morgana entornó los ojos, pensando en el rojo sol que se ponía sobre el círculo de piedras del Tozal... Por un momento la cara de Cuervo parpadeo frente a ella, callada, enigmática, y le pareció que sus labios se abrían para pronunciar su nombre. En la penumbra flotaban rostros: Elaine, con el cabello suelto a la luz de las antorchas, en el lecho de Lanzarote. Ginebra, enfadada y triunfal en la boda de Morgana, las facciones serenas de la extraña mujer de trenzas rubias que sólo había visto en sueños; la Dama de Avalón... Cuervo otra vez, asustada, suplicante... Arturo, caminando entre sus súbditos con un cirio de penitente... Y luego, la barca de Avalón, con las colgaduras negras de los funerales, y su cara como un reflejo entre las brumas, acompañada por tres mujeres más, también vestidas de negro, y un hombre herido, pálido y quieto en su regazo...

La luz carmesí de una antorcha cruzó la habitación en penumbras; una voz dijo:

—¿Estáis tratando de hilar en la oscuridad, madre?

Confundida por la luz, Morgana dijo, irritada:

—¡Te he dicho que no me llames así!

Accolon puso la antorcha en un soporte y fue a sentarse a sus pies.

—La Diosa es Madre para todos, señora, y os reconozco como tal.

—¿Te burlas de mí? —inquirió agitada.

—No me burlo. —Accolon se arrodilló a su lado; le temblaban los labios—. Hoy vi vuestra cara. ¿Podría burlarme de eso..., con éstas? —Enseñó los brazos. Por efecto de la luz, las serpientes azules tatuadas en sus muñecas parecieron retorcerse y levantar la cabeza pintada—. Dama, Madre, Diosa... —Esos brazos le rodearon la cintura: él escondió la cabeza en el regazo, murmurando—: Vuestra cara es, para mí, la de la Diosa.

Como en un sueño, Morgana se inclinó para besarle en el cuello, entre los rizos suaves, mientras se preguntaba, asustada: «¿Qué estoy haciendo?» Cuando Accolon levantó la cabeza para besarla en los labios, cedió al beso y sintió que se abría; un estremecimiento, entre doloroso y placentero, le recorrió todo el cuerpo, despertando recuerdos. En aquel largo año lo había mantenido muerto, sin permitirle despertar para no cobrar conciencia de lo que Uriens le hacía. «Soy sacerdotisa—pensó, desafiante—; mi cuerpo me pertenece para honrarla. El pecado fue lo que hice con Uriens. Esto es auténtico y sagrado.»

Las manos de Accolon temblaban sobre su cuerpo, pero cuando habló lo hizo con sereno sentido común.

—Creo que toda la gente del castillo está acostada. Sabía que me estabais esperando.

Por un momento Morgana se disgustó por su certidumbre; luego inclinó la cabeza. Durante mucho tiempo se había limitado a nadar en aguas estancadas; ahora se veía arrastrada nuevamente por la corriente de la vida y no la rechazaría.

—¿Dónde está Avalloch?

Accolon rió brevemente.

—Ha bajado a la aldea para acostarse con la Doncella de Primavera. Es una de nuestras costumbres que el cura ignora mi hermano no la cree incompatible con sus deberes cristianos Me ofreció que echáramos el privilegio a suertes, pero yo sabía a quién tenía que rendir mi verdadero homenaje.

Morgana murmuró, casi como protesta:

—Avalón está tan lejos...

—Pero Ella está en todas partes —replicó él, con la cara contra su pecho.

—Que así sea —susurró Morgana, levantándose. Iba a llevarlo hacia la escalera, pero se detuvo. Allí no; en todo el castillo no había una sola cama que pudieran compartir honorablemente Y a ella volvió la máxima de los druidas: «Lo que nunca fue creado por el Hombre, ¿puede ser adorado bajo un techo fabricado por manos humanas?»

Afuera, pues, hacia la noche. Cuando salieron al patio desierto, una estrella fugaz cruzó el cielo, tan veloz que por un instante los cielos parecieron oscilar, como si la tierra se moviera hacia atrás bajo sus pies. Luego desapareció, dejándolos deslumbrados. «Un augurio. La Diosa celebra mi vuelta.»

—Ven —susurró, cogiendo a Accolon de la mano.

Lo condujo hacia el huerto, donde los fantasmas blancos de las flores caían en la oscuridad. Allí extendió su capa en el césped, como si fuera un círculo mágico bajo el cielo, y le alargó los brazos.

La sombra oscura de su cuerpo le ocultó el cielo y las estrellas.

HABLA MORGANA...

Mientras yacíamos juntos bajo las estrellas, en aquel solsticio de verano, supe que aquello no era una cópula, sino un acto mágico de apasionado poder; sus manos, el contacto de su cuerpo, volvían a consagrarme sacerdotisa por voluntad de lo Diosa. Ciega como estaba a todo, oí susurros alrededor y supe que no estábamos solos.

Quería retenerme en sus brazos, pero me levanté, impulsada por el poder que me dominaba en esa hora. Alcé las manos sobre la cabeza y las bajé lentamente, con los ojos cerrados, conteniendo el aliento en la tensión del poder... Y sólo cuando oí su exclamación sobrecogida me aventuré a abrir los ojos. Su cuerpo estaba nimbado por el mismo resplandor que rodeaba el mío.

«Está hecho y Ella está conmigo. Madre, soy indigna a tus ojos… Pero eso ha vuelto a mí.» Contuve el aliento para no romper en sollozos. Un pálido rayo de luna me reveló, en el borde del huerto en el que yacíamos, el destello de unos ojos en el seto, como de animales: la gente pequeña de las colinas, sabiendo qué tramaba la Diosa allí, venía a presenciar la consumación, desconocida en aquella tierra desde que el mundo se había vuelto gris y Uriens, anciano y cristiano. Oí el eco de un murmullo reverente y respondí en una lengua de la que apenas sabía diez o doce palabras:

Hecho está. ¡Así sea!

Me incliné para besar en la frente a Accolon, que aún estaba arrodillado.

Hecho está. Ve, querido. Bendito seas.

De haber sido yo la mujer con la que había llegado a ese huerto, se habría quedado. Pero ante la sacerdotisa se alejó en silencio, sin cuestionar la palabra de la Diosa.

Aquella noche no hubo sueño para mí. Caminé sola por los jardines hasta el amanecer. Ya sabía lo que tenía que hacer, y temblaba de terror. Tal como había renunciado, muchos años antes, a mi condición de sacerdotisa, así tendría que desandar mis pasos. Aquella noche había recibido una gracia ilimitada, pero no habría más señales ni ayuda para mí hasta que hubiera vuelto a ser sacerdotisa, sola y sin ayuda.

Aún llevaba el signo descolorido en la frente, señal de su gracia, pero no me ayudaría. Contemplé las estrellas ya borrosas, sin saber si el sol me sorprendería en mi vigilia; hacía mucho tiempo que las mareas solares no corrían por mi sangre y ya no sabía hacia qué punto exacto del horizonte oriental tenía que volverme para saludar su ascenso. Ya no sabía siquiera cómo corrían las mareas de la luna con los ciclos de mi cuerpo, tanto me había alejado de las enseñanzas de Avalón. Sola, sin más que recuerdos borrosos, tenía que recordar todo lo que en otros tiempos había sido parte de mí misma.

Antes del amanecer entré sin hacer ruido y busqué en la oscuridad el único objeto que tenía de Avalón: la pequeña hoz que había cogido del cadáver de Viviana, igual a la que yo Portaba como sacerdotisa y que había abandonado al huir de la isla. Me la até silenciosamente a la cintura, bajo las prendas exteriores; jamás se apartaría de mi lado y conmigo sería sepultada.

No volví a pintar la media luna de mi frente, en parte por Uriens, que se hubiera opuesto, y en parte porque aún no era digna de usarla. No quería que el signo fuera como las serpientes descoloridas que él tenía en los brazos, un adorno recordatorio medio olvidado de lo que había sido y ya no era. En los meses siguientes, que se fueron convirtiendo en años, una parte de mí fue como una muñeca pintada que cumplía con las tareas por él exigidas: hilar y tejer, preparar medicinas, atender a los hijos y a los nietos, escucharle, bordarle ropa fina y atenderlo en su enfermedad. Lo hacía sin pensar mucho, con la superficie de la mente y el cuerpo entumecido en la breve y desagradable posesión.

Pero la hoz estaba allí y podía tocarla para reconfortarme, mientras volvía a aprender a contar las mareas del sol entre el equinoccio y el solsticio. Las contaba penosamente, con los dedos, como los niños y las novicias; pasaron años antes de que volviera a sentirlas corriendo por mi sangre, antes de saber con precisión por dónde asomarían el sol y la luna para las salutaciones que volvía aprender. Ya avanzada la noche, mientras los de la casa dormían, estudiaba las estrellas, dejando que su influencia se moviera por mi sangre según giraban en torno a mí. Me levantaba temprano y me acostaba tarde, a fin de hallar tiempo para adentrarme en las colinas, con el pretexto de buscar raíces y hierbas medicinales. Allí buscaba las antiguas líneas de fuerza, trazándolas desde piedra alzada al estanque excavado; era un trabajo agotador. Tardé años en conocer algunas de las que pasaban cerca del castillo de Uriens.

Pero aun aquel primer año, mientras luchaba con la memoria debilitada, supe que mis vigilias no eran solitarias. Nunca me faltó compañía, aunque sólo viera lo mismo que aquella primera noche: el brillo de un ojo en la oscuridad, un fugaz movimiento... Rara vez se les veía, incluso allí, en las montañas remotas; vivían su existencia secreta en las colmas y los bosques desiertos donde habían huido al llegar los romanos. Pero yo sabía que estaban ahí: el pequeño pueblo que nunca la había olvidado velaba por mí.

Cierta vez, adentrándome entre las colinas, encontré un círculo de piedras. No era tan grande como el que se elevaba en el Tozal de Avalón; allí las piedras me llegaban apenas al hombro y el diámetro del círculo no superaba la estatura de un hombre alto. En el centro, semienterrada en la hierba, se veía una pequeña laja de manchas descoloridas y cubierta de líquenes. La libré de hierbas y musgo para dejar allí, cuando me era posible, los alimentos que podía retirar de la cocina: un buen trozo de pan de centeno, un poco de queso o mantequilla. Y una vez encontré al llegar, en el centro mismo de las piedras, una corona de flores perfumadas, de las que crecen en la frontera del país de las hadas; una vez secas no se decoloran nunca. En la siguiente luna llena la llevé rodeándome la frente, cuando me uní con Accolon en ese encuentro solemne con el que borrábamos lo individual para ser sólo Diosa y Dios, afirmando la vida infinita del cosmos. En adelante jamás me faltó compañía más allá de mi jardín. Aunque no cometía el error de mirarlos directamente, sabía que estaban allí por si los necesitaba. No por nada me habían dado aquel viejo apodo: Morgana de las Hadas... Y ahora me reconocían como sacerdotisa y reina.

El cuarto invierno, cuando la luna se hundía en el cielo, la víspera del Día de Difuntos, caminé hasta el círculo de piedras. Allí, envuelta en mi capa, temblando, en ayunas, cumplí con la vigilia; nevaba cuando me levanté para regresar a casa, pero al abandonar el círculo pisé una piedra que no estaba allí al principio; al inclinar la cabeza vi el dibujo formado con piedras blancas.

Me agaché y moví una piedra para formar la siguiente serie de números mágicos: las mareas habían cambiado y ahora estábamos bajo las estrellas del invierno. Luego volví a casa, temblando, y conté que, sorprendida por la noche en las colinas, había dormido en la cabaña desierta de algún pastor. Las intensas nevadas me mantuvieron encerrada durante gran parte del invierno, pero sabía cuándo amainarían las tormentas; en el solsticio de invierno arriesgué una caminata hasta el círculo de piedras, sabiendo que estaría despejado, pues nunca había nieve dentro de los círculos mágicos.

Y allí, en el centro, vi un pequeño paquete: un trozo de cuero atado con tendones. Mis dedos no vacilaron al desatarlo Para dejar caer el contenido en la palma de la mano. Parecían un par de semillas secas, pero eran las diminutas setas que crecen cerca de Avalan. No sirven como alimento y hasta se las cree venenosas, pues causan vómitos, diarrea y un flujo sanguinolento; pero si se comen en ayunas y en poca cantidad pueden abrir las puertas de la videncia. Era un Don más precioso que el oro, pues no crecían en aquella región; sólo cabía imaginar lo mucho que habrían andado los del pueblo pequeño hasta hallarlas. Les dejé lo que llevaba: carne seca, frutas y un panal de miel, pero no como pago, pues el regalo era inapreciable. En aquel primer día de invierno, encerrada en mi alcoba, buscaría nuevamente la videncia a la que había renunciado. Con las puertas de la visión abiertas de tal modo, podría buscar la presencia de la misma Diosa, para implorarle que me permitiera repetir los votos. No temía ser rechazada. Era Ella quien me enviaba ese presente para que pudiera buscarla otra vez.

Y me incliné hacia la tierra en agradecimiento, sabiendo que mis plegarias habían sido oídas y mi penitencia estaba cumplida.

10

La nieve empezaba a fundirse en las colinas y en los valles asomaban las primeras flores silvestres cuando la Dama del Lago subió a la barca para recibir al Merlín de Britania. Kevin estaba pálido, cansado y ojeroso; arrastraba los miembros torcidos con más esfuerzo que nunca y se apoyaba en un grueso bastón. Se había visto obligado a dejar a Mi señora en las manos de un criado, pero Niniana fingió no percatarse, sabiendo que tenía que ser un golpe enorme para su orgullo. En el camino hacia su vivienda aminoró los pasos y allí le dio la bienvenida, haciendo que sus mujeres avivaran el fuego y llevaran vino. Él bebió apenas un sorbo y se lo agradeció con una grave reverencia.

—¿Qué os trae en esta época del año, Venerable? —preguntó Niniana—. ¿Venís de Camelot?

Kevin negó con la cabeza.

—Pasé allí parte del invierno, discutiendo mucho con los consejeros de Arturo, pero a principios de primavera fui al sur, con una misión que cumplir entre las tropas del tratado, que ahora se llaman «reinos sajones». Creo que sabéis, Niniana, a quién vi allí. ¿Fue obra de Morgause o vuestra?

—De ninguna de las dos —respondió en voz baja—. Lo decidió el mismo Gwydion. Sabía que necesitaba experiencia de combate y resolvió ir a los reinos sajones, donde Arturo no lo vería. —Al cabo de un momento añadió—: No podría jurar que Morgause no haya tenido ninguna influencia en su decisión. Si algún consejo busca es el de ella.

—¿De veras? —Kevin enarcó las cejas—. Supongo que sí, es la única madre que ha conocido. Y ella sigue mandando bien en Lothian, incluso con su consorte.

—No sabía que se hubiera vuelto a casar. No puedo ver tan bien como Viviana lo que sucede en los reinos.

—Sí, ella se ayudaba con la videncia. Y cuando ésta le falló, con las doncellas que la tenían. ¿No tenéis el don, Niniana?

—Sí.... un poco —respondió ella, vacilando—. Pero me falla de vez en cuando. —Por un momento guardó silencio, con la vista clavada en las piedras del suelo. Por fin dijo—: Creo que Avalón... se está alejando cada vez más de las tierras de los hombres, señor Merlín. ¿Qué estación es en el mundo exterior?

—Han pasado diez días desde el equinoccio, señora.

Niniana lanzó un largo suspiro.

—Y yo celebré esa fiesta hace apenas siete días. Es corno yo pensaba: las tierras se alejan más y más. Por ahora, sólo unos días cada luna, pero temo que pronto sea como en el reino de las hadas. Cada vez resulta más difícil convocar las brumas y salir de aquí.

—Lo sé —dijo Kevin—. ¿Por qué creéis que vine con la marea baja? —Esbozó su sonrisa torcida—. Tendríais que regocijaros: no envejeceréis como las mujeres del mundo exterior, Dama. Os mantendréis más joven.

—Eso no me consuela —repuso Niniana, estremeciéndose—. Pero no hay en el mundo exterior nadie cuyo destino me interese, salvo...

—Gwydion —completó Kevin—. Pero hay otra persona cuyo destino tendría que preocuparos.

—¿Arturo? Ha renunciado a nosotros. Avalón ya no le presta ayuda.

—No me refería a Arturo. Tampoco él pide ayuda a Avalón, por ahora. Pero... —vaciló—. El pueblo de las colinas dice que en Gales vuelve a haber rey..., y una reina.

—¿Uriens? —Niniana soltó una risa desdeñosa—. ¡Es más viejo que esas colinas, Kevin! ¿Qué puede hacer por esas gentes?

—Tampoco me refería a él. ¿Habéis olvidado que Morgana está allí? El pueblo antiguo la ha aceptado como reina. Los protegerá mientras viva, aun contra Uriens. ¿No recordáis que el segundo de sus hijos se educó aquí y tiene las serpientes en las muñecas?

La sacerdotisa guardó un momento de silencio. Por fin dijo:

—Lo había olvidado. Como no es el primogénito, supuse que jamás reinaría.

—El primogénito es un necio, aunque los curas lo consideran buen sucesor para su padre, porque es devoto y simple y no perjudicará a su Iglesia. En cambio no confían en Accolon. Porqué luce las serpientes. Desde que Morgana está allí, la sirve corno a su reina. Y lo mismo sucede con el pueblo de las colinas. Para ellos, rey es el que muere anualmente entre los ciervos, pero la reina es eterna. Y tal vez, a fin de cuentas, Morgana haga lo que Viviana dejó inconcluso.

Niniana percibió, con objetiva sorpresa, la amargura de su voz.

—Ni un solo día desde que Viviana murió y me instalaron aquí, se me ha permitido olvidar que, comparada con ella, no soy nada. Hasta Cuervo me sigue con grandes ojos silenciosos que dicen siempre: «No eres Viviana, no puedes hacer aquello a lo que dedicó la vida.» Lo sé bien. Sólo fui elegida porque soy la última descendiente de Taliesin y porque no había otra, pero no pertenezco a la estirpe real de Avalón. No soy Viviana, no. ni tampoco Morgana, pero he servido fielmente en este puesto que nunca pedí.

Kevin dijo delicadamente:

—Viviana, señora, fue una de esas sacerdotisas que sólo vienen al mundo una vez cada varios siglos, aun en Avalón. Y su reinado fue largo: treinta y nueve años. Cualquier sacerdotisa que siguiera sus pasos había de sentirse inferior. Pero no tenéis nada que reprocharos. Habéis sido leal a vuestros votos.

—Como no lo fue Morgana —señaló Niniana.

—Cierto. Pero lleva la sangre real de Avalón y dio un heredero al Macho rey. No nos corresponde juzgarla.

—La defendéis porque fuisteis su amante —le espetó ella.

Kevin alzó la cabeza; en la cara oscura y contraída, sus ojos eran azules como el centro mismo de la llama. En voz baja, dijo:

—¿Buscáis discutir conmigo. Dama? Eso terminó hace años. La última vez que la vi me acusó de traidor y de cosas peores, expulsándome de su presencia con palabras que nadie podría perdonar. Pero no me corresponde juzgarla, ni tampoco a vos. Sois la Dama del Lago. Morgana es mi reina y la reina de Avalón. Cumple su misión en el mundo, como vos cumplís la vuestra aquí... y yo, donde los dioses me llevan. Y esta primavera me llevaron al país de los pantanos, donde vi a Gwydion, en la corte de un sajón que se dice rey obediente a Arturo.

A Niniana se le había enseñado a mantener la cara impasible, pero comprendió que los ojos penetrantes de Kevin podían leer en su interior. Aunque deseaba pedirle noticias del joven, se limitó a decir:

—Morgause me contó que entiende algo de estrategia y que no es cobarde en el combate. Sé que fue al sur porque uno de los reyes sajones quería para su corte un druida que supiera leer, escribir y algo de cifras y mapas. ¿Cómo se encuentra entre esos bárbaros?

—Le llaman Mordret, que en su lengua significa «consejero de la maldad», pero es un cumplido; significa que es malvado con quienes querrían hacerles daño. Dan un apodo a todos los huéspedes.

—Entre los sajones cualquier druida, por joven que sea, ha de parecer muy sabio. ¡Y Gwydion es sagaz! De niño ya tenía respuesta para todo.

—Es sagaz, sí —confirmó Kevin, lentamente—. Y sabe hacerse amar, según he visto. Me recibió como si fuera su tío favorito.

—Sin duda se sentía solo y fuisteis como un aliento del hogar —comentó Niniana.

Pero Kevin, ceñudo, bebió un poco de vino. Luego inquirió:

—¿Hasta dónde llegó Gwydion en el aprendizaje de la magia?

—Lleva las serpientes —respondió Niniana.

—Eso puede significar mucho o poco. Tendríais que saberlo.

Aunque las palabras parecían inocentes, la Dama sintió el aguijonazo: una sacerdotisa con la media luna en la frente podía ser como Viviana..., o sólo como ella.

—En el solsticio de verano —aclaró—, tiene que regresar para ser consagrado rey de Avalón, el cargo que Arturo traicionó. Y ahora que se ha hecho hombre...

—No está preparado para ser rey —advirtió Kevin.

—¿Dudáis de su valor? ¿O de su lealtad?

—Oh, el valor... —el Merlín hizo un gesto despectivo—. Es valiente y astuto, pero no confío en su corazón. Y no es como Arturo.

—Mejor para Avalón, que no lo sea —estalló Niniana—. No queremos más apóstatas. Los curas pueden poner en el trono a un hipócrita devoto, dispuesto a servir al Dios que más convenga en cada momento...

Kevin levantó la mano contrahecha en un gesto tan autoritario que ella guardó silencio.

—¡Avalón no es el mundo! No tenemos ni ejércitos ni armas. Y Arturo es muy amado en estas islas a las que ha traído la paz. Por ahora, cualquier voz que se alce contra él será acallada en pocos meses, sino en días. Y aunque así no fuera, lo que hagamos en Avalón tiene poco peso en el mundo exterior. Como Cabéis dicho, nos estamos alejando entre las brumas.

—Razón de más para actuar deprisa para derribar a Arturo y poner en el trono a un rey que nos devuelva al mundo.

—A veces me pregunto si eso es posible —musitó Kevin—, si no nos habremos pasado la vida dentro de un sueño carente de realidad.

—¿Eso decís vos, Merlín de Britania?

—He vivido en la corte de Arturo, no protegido en una isla que cada vez se aleja más. Aquí tengo mi hogar, pero mi gran matrimonio fue con Britania, Niniana, no sólo con Avalón.

—Si Avalón muere, Britania se quedará sin corazón y morirá también, pues la Diosa retirará su alma de la tierra.

—¿Eso creéis, Niniana? —Kevin volvió a suspirar—. He recorrido este país en todas las estaciones del año: Merlín de Britania, halcón de la videncia, mensajero del Gran Cuervo... Y ahora veo otro corazón en la tierra, que refulge en Camelot.

Calló. Después de mucho rato ella dijo:

—¿Fue por decir palabras como éstas que Morgana os tildó de traidor?

—No; fue por otra cosa. Quizá no conozcamos tanto como creemos la voluntad de los dioses. Os aseguro que, si actuamos ahora contra Arturo, el país caerá en un caos peor que el de la muerte de Ambrosio. ¿Creéis que Gwydion puede combatir? Los caballeros de Arturo se unirían contra quien se alzara contra su héroe; para ellos es un Dios que no puede equivocarse.

—Nunca planeamos que Gwydion pelee con su padre por la corona —dijo Niniana—. Sólo que un día Arturo, al verse sin herederos, se vuelque hacia el hijo que deba lealtad a Avalón. Dicen que ha nombrado heredero al hijo de Lanzarote, pero es apenas un niño, mientras que Gwydion ya es hombre, guerrero y druida. ¿No creéis que, si algo le sucediera a Arturo, lo preferirían a una criatura?

—Los caballeros de Arturo no seguirían a un desconocido. Antes bien, nombrarían regente a Gawaine hasta que el hijo de Lanzarote tuviera edad de gobernar. Además, son cristianos y rechazarían a Gwydion por su nacimiento; entre ellos el incesto es un grave pecado.

—No saben nada de cosas sagradas.

—Cierto. Necesitan tiempo para habituarse a la idea. Pero si aún no ha llegado el momento, se tendría que informar de que la hermana de Arturo tiene un hijo, que está más cercano al trono que el de Lanzarote. Y este verano habrá guerra otra vez.

—Creía que todo estaba en paz.

—En Britania sí, pero en la baja Britania hay quien se considera emperador de todo el país.

—¿Ban?—exclamó Niniana, atónita—. ¡Pero si celebró el gran matrimonio antes de que naciera Lanzarote!

—Ban está anciano y débil —dijo Kevin—. En su lugar gobierna su hijo Lionel: Bors, su hermano, es caballero de Arturo y adora a Lanzarote. Ninguno de ellos molestará al trono. Pero existe alguien que se hace llamar Lucio y se ha proclamado emperador. Es quien desafiará a Arturo.

A Niniana se le erizó la piel.

—¿Eso es videncia?

Kevin sonrió.

—No hace falta videncia para saber que el hombre ambicioso actuará para satisfacer su ambición. Algunos piensan que Arturo está envejeciendo porque ya no enarbola el dragón. Pero no lo subestiméis, Niniana. Lo conozco; ¡no es necio!

—Creo que lo amáis mucho, considerando que habéis jurado destruirlo.

—Soy uno de sus consejeros. Es fácil amarlo, pero he jurado lealtad a la Diosa. —Otra vez esa risa breve—. Creo que de eso depende mi cordura: de saber que cuanto beneficie a Avalón tiene que beneficiar, a largo plazo, también a Britania. Para vos, Arturo es el enemigo, Niniana. Para mí es el Macho rey, que protege su rebaño y sus tierras.

La sacerdotisa dijo, en un susurro trémulo:

—¿Y qué pasará con el Macho rey cuando el macho joven haya crecido?

Kevin apoyó la cabeza en las manos. Parecía anciano, enfermo y cansado.

—Aún no ha llegado ese día. No tratéis de impulsar a Gwydion tan velozmente que resulte destruido, sólo porque es vuestro amante.

Y salió cojeando de la habitación, sin mirar atrás. Niniana quedó mohína y enfadada.

«¿Cómo pudo saberlo, ese miserable?.»

Durante los primeros años había conquistado su corazón: un niño solitario y perdido, sin nadie que lo amara ni se interesara por él. Lo habían separado de Morgause. la única madre que conocía. ¿Cómo había podido Morgana abandonar a un hijo así, inteligente, bello y sabio, sin molestarse en preguntar jamás por él? Niniana nunca había tenido hijos, aunque le habría gustado dar una niña a la Diosa, pero no se rebelaba contra su suerte. En aquellos primeros años dejó que Gwydion se ganara su corazón.

Cuando ya fue demasiado mayor para las enseñanzas de las sacerdotisas, se fue para estudiar entre los druidas y aprender las artes de la guerra. Volvió años después, en Beltane, y se alejó con ella de las hogueras rituales.

Pero al terminar las festividades no se separaron. A partir de entonces, cuando algo lo llevaba a Avalón, ella dejaba en claro que lo deseaba y él nunca decía que no. «Soy quien más cerca está de su corazón —pensó—. Lo conozco muy bien. ¿Qué sabe Kevin de él? Y ahora ha llegado el momento de que vuelva a Avalón y se someta a la prueba como Macho rey...»

Concentró sus pensamientos en aquello: ¿dónde hallaría una doncella? «En la Casa de las doncellas hay muy pocas mujeres que sean dignas, siquiera a medias, de este gran oficio», pensó. De pronto sintió dolor y miedo. «Kevin tiene razón. Avalón se aleja a la deriva, muere; son pocos los que vienen a aprender las enseñanzas antiguas y no hay quien celebre los ritos. Algún día no quedará absolutamente nadie.»

Y una vez más sintió en el cuerpo ese escozor casi doloroso que se le presentaba, de vez en cuando, en sustitución de la videncia.

Gwydion llegó a Avalón pocos días antes de Beltane. Niniana lo recibió formalmente en la barca y él le hizo una reverencia ante el pueblo reunido. Pero cuando estuvieron a solas la estrechó entre sus brazos, besándola y riendo, hasta que ambos quedaron sin aliento.

Se le habían ensanchado los hombros y tenía una cicatriz roja en la cara. Era obvio que había combatido; ya no tenía el aspecto calmado de los sacerdotes y los eruditos.

«Mi hijo y mi amante. ¿Por eso la Gran Diosa no tiene esposo a la manera romana, sino sólo hijos? Y yo, que ocupo su sitio, tengo que sentir a mi amante como si también fuera mi hijo.»

—Se comenta en todo el país que, en la isla del Dragón, el pueblo antiguo escogerá nuevamente a su rey —dijo Gwydion—. Para eso me hiciste venir, ¿verdad?

A veces podía ser tan irritante como un niño arrogante.

—No lo sé. Gwydion. Tal vez no haya llegado el momento y las mareas no sean propicias. Tampoco puedo hallar dentro de esta casa a nadie apropiado para ser la Doncella de la Primavera.

—Pero será en este Beltane, pues lo he visto —observó él en voz baja.

Niniana curvó un poco los labios.

—¿Y has visto a la sacerdotisa que te admitirá en el rito cuando hayas usado la cornamenta, suponiendo que la videncia no te confunda para llevarte a la muerte?

Lo veía más hermoso, frío y duro el rostro, ensombrecido por pasiones ocultas.

—La he visto, Niniana. ¿No sabes que eres tú?

De pronto se notó calada hasta los huesos.

—No soy doncella. ¿Por que te burlas de mí. Gwydion?

—Es que te he visto y tú lo sabes bien. En Ella se encuentran y funden la Doncella, la Madre y la Anciana. Será joven o vieja según le plazca, Virgen, Bestia y Madre, y el rostro de la Muerte, para volver luego a su virginidad.

Niniana inclinó la cabeza.

—No, Gwydion, no puede ser.

—Soy su consorte —replicó implacable—. Y allí triunfaré. No es momento para una virgen. Invoco en ella a la Madre que ha de darme la vida y lo que me corresponde.

Era como tratar de oponerse a un oleaje implacable que la arrastraba.

—Así ha sido siempre —dijo, vacilando—. En la carrera de los ciervos, aunque la Madre lo impela hacia delante, él regresa a la Doncella.

Aun así, Gwydion tenía razón. Era mejor que oficiara una sacerdotisa bien informada y no una criatura a medio formar, sin más calificaciones que la de ser demasiado niña para haber estado en las fogatas. Inclinó la cabeza.

—Sea. Celebrarás el gran matrimonio conmigo en representación de la Diosa.

Pero cuando quedó sola volvió a sentir miedo. ¿Cómo había podido aceptar? ¿Qué poder tenía Gwydion para lograr que todos obraran según su voluntad?

«¿Qué será del Macho rey?»... Morgana soñaba.

«Beltane y los ciervos corriendo en las colinas... Y la vida del bosque circulando por su cuerpo... Había caído entre los ciervos, el macho, el hombre desnudo con la cornamenta atada a la frente..., pero ya estaba de pie y se lanzaba a la carga, con el cuchillo refulgiendo al sol. Y el Macho rey caía estruendosamente, llenando el bosque con su bramido desesperado.»

Luego se vio en la caverna oscura, y los signos allí pintados estaban grabados en su cuerpo, pues ella era la caverna... Sentía en la boca el sabor de la sangre fresca, y ahora en la boca de la cueva aparecía la sombra de la cornamenta... No tenía que ser plenilunio, ella no habría tenido que ver con tanta claridad que su cuerpo desnudo no era la silueta esbelta de una doncella, pero tenía los pechos blandos, henchidos, casi chorreando leche… ¿Qué le dirían por no haber llegado virgen al rito para el Macho rey?

Él se arrodilló a su lado, pero sus ojos estaban ensombrecidos. Sus manos eran tiernas, pero frustrantes; jugaban con el placer y le negaban el rito del poder... No era Arturo, no: era Lanzarote, Macho rey, quien tenía que derribar al ciervo viejo, consorte de la Doncella de Primavera. Pero la miró con ojos atormentados, diciendo: «Ojalá no te parecieras tanto a mi madre, Morgana...»

Aterrorizada, con el corazón palpitante, Morgana despertó en su cuarto. Uriens roncaba a su lado. Atrapada todavía en la terrorífica magia del sueño, negó con la cabeza para alejar el pánico.

«No, ya pasó Beltane...» Había celebrado los ritos con Accolon. No se encontraba en la cueva, aguardando al Macho rey. ¿Y por qué soñaba ahora con Lanzarote y no con Accolon, de quien había hecho su sacerdote y señor de Beltane, su amante? ¿Por qué, después de tantos años, el recuerdo de aquel sacrílego rechazo la hería en el alma misma?

Trató de serenarse para dormir, pero permaneció despierta, estremecida, hasta que el sol lanzó en su alcoba los rayos de esos primeros días del verano.

11

Ginebra había llegado a odiar el día de Pentecostés, fecha en que los antiguos caballeros de Arturo tenían que volver a Camelot para renovar la amistad. Con el país en paz y los caballeros desperdigados, cada año eran menos los que acudían, más los que tenían que atender sus vínculos con el propio hogar, la familia y el Estado. Y Ginebra se alegraba de que así fuera, pues esas reuniones le recordaban demasiado los tiempos en que Arturo enarbolaba el odiado estandarte del Pendragón: en Pentecostés pertenecía a sus caballeros y ella no desempeñaba ningún papel en su vida.

De pie, tras él, lo vio sellar las veinticuatro copias que habían hecho sus escribanos para reyes y amigos.

—¿Por qué envías una invitación especial, si quienes no tengan otros compromisos vendrán sin que los llames?

—Este año no basta con eso —explicó Arturo, volviéndose hacia ella con una sonrisa. Empezaba a encanecer, aunque era tan rubio que sólo se notaba desde muy cerca—. Quiero asegurarles que habrá juegos y justas, para demostrar a todos que las legiones de Arturo siguen en condiciones de combatir.

—¿Crees que cabe alguna duda? —preguntó Ginebra.

—Tal vez no. Pero en la baja Britania está ese Lucio... Bors me ha enviado aviso y tengo que acudir en auxilio de mis súbditos. ¡Emperador de Roma, se hace llamar!

—¿Y tiene algún derecho a ser emperador?

—Mucho menos que yo —dijo Arturo—. Hace más de cien años que Roma no tiene emperadores, esposa mía. Cuando era niño leí algo de historia romana; no era novedad que cualquier advenedizo se asegurara la lealtad de una o dos legiones y quisiera la púrpura imperial. Pero aquí, en Britania, se requiere algo más que un estandarte con un águila. ¡De lo contrario Uriens sería emperador! Lo he mandado llamar; hace tiempo que no veo a mi hermana.

Ginebra se estremeció.

—No quiero ver otra vez a este país tocado por la guerra y desgarrado por las matanzas.

—Tampoco yo —dijo Arturo—. Creo que todos los reyes preferirían la paz.

—No estoy tan segura. Algunos de tus hombres no hablan sino de los viejos tiempos en que guerreaban contra los sajones.

—No creo que sea la guerra lo que echan de menos —sonrió Arturo—, sino los tiempos en que éramos jóvenes y la hermandad que había entre nosotros. ¿No añoras nunca aquellos años?

Ginebra sintió que enrojecía. Los recordaba muy bien, los días en que Lanzarote era su campeón y ambos se amaban. Pero una reina cristiana no tenía que pensar así.

—Por supuesto, mi señor. Y como dices, debe de ser sólo nostalgia de mi juventud. Ya no soy joven —suspiró.

Él le cogió la mano.

—Para mí eres tan bella como el día en que compartimos el lecho por primera vez.

Ginebra comprendió que era verdad. Pero se obligó a mantener la calma.

«Ya no soy joven —se repitió—; no es decoroso echar de menos aquellos tiempos, porque entonces era pecadora y adúltera. Ya me he arrepentido y estoy en paz con Dios, y hasta Arturo ha hecho penitencia por su pecado con Morgana.» Tenía que pensar en cosas prácticas, como correspondía a la reina de toda Britania.

—Entonces supongo que tendremos más visitantes que de costumbre. Tengo que hablar con Cay y Lucano para ver dónde alojarlos y qué comida servir. ¿Vendrá Bors de la baja Britania?

—Si le es posible, sí, aunque Lanzarote me envió un mensaje pidiendo licencia para acudir en ayuda de su hermanastro, si se ve sitiado. Le mandé decir que viniera aquí, pues tal vez vayamos todos. También vendrá Agravaín, por Morgause de Lothian, y Uriens... o uno de sus hijos. El mayor es algo necio, pero Accolon fue uno de mis caballeros y Morgana puede aconsejar al rey.

—No me parece correcto —observó Ginebra—. El Santo Apóstol dijo que las mujeres tenían que subordinarse a sus esposos, pero Morgause sigue gobernando Lothian y Morgana hace más que ayudar a su rey en Gales del norte.

—No olvides, señora, que ambas descienden de la estirpe real de Avalón. Desde tiempos inmemoriales la Dama del Lago es quien gobierna y su consorte sólo reina en tiempos de guerra. Todos los gobernantes de Britania, incluso mi padre, han llevado el título que los romanos acuñaron para el jefe guerrero que obedece a una reina: dux bellorum, duque de la guerra. Uther primero, yo ahora, ocupamos el trono de Britania como dux bellorum de la Dama de Avalón.

Ginebra dijo, impaciente:

—Suponía que eso ya había terminado, que te habías declarado rey cristiano y hecho penitencia por tu servidumbre al pueblo de las hadas de esa isla pecaminosa.

Arturo replicó con idéntica impaciencia:

—Mi vida personal y mi credo religioso son una cosa, Ginebra, pero las Tribus me apoyan porque llevo esto. —Su mano golpeó la vaina carmesí de Escalibur, que pendía de su costado—. Si sobreviví a la guerra fue por la magia de este acero.

—Sobreviviste porque Dios te quería para cristianizar este país.

—Algún día, quizá. Pero aún no ha llegado ese momento, señora. En Lothian los hombres están contentos con el gobierno de Morgause. tal como Morgana reina en Gales del norte. Si esos pueblos estuvieran maduros para el imperio de Cristo, pedirían a gritos un rey varón.

Ginebra iba a seguir discutiendo, pero vio la irritación de sus ojos y optó por ceder.

—Quizá con el tiempo hasta los sajones y las Tribus se postren ante la cruz. Dice el obispo Patricio que un día Cristo será el único rey entre los cristianos. Dios así lo quiera.

Y se persignó. Arturo se echó a reír.

—Seré de buena gana servidor de Cristo —dijo—, pero no de sus sacerdotes. Supongo que Patricio estará entre los invitados. Puedes agasajarlo tanto como gustes.

—Así que vendrá Uriens, con Morgana, sin duda. ¿Y del país de Pelinor? ¿Lanzarote?

—Sí, pero temo que si deseas ver a tu prima Elaine tendrás que ir a hacerle una visita: Lanzarote mandó decir que está a punto de dar a luz nuevamente.

Ginebra hizo una mueca de dolor. Sabía que Lanzarote pasaba poco tiempo con su esposa, pero Elaine le había dado hijos.

—¿Qué edad tiene el varón? —preguntó Arturo—. Si va a ser mi heredero, tendría que criarse en esta corte.

Ginebra respondió:

—Me ofrecí cuando nació, pero Elaine dijo que tenía que criarse de una manera sencilla y modesta, aunque estuviera destinado a ser rey. Tú mismo creciste como hijo adoptivo de un hombre sencillo y eso no te hizo daño.

—Tal vez tenga razón —reconoció Arturo—. Me gustaría conocer al hijo de Morgana. Ya debe de tener diecisiete años. Sé que no puede sucederme, pero es el único hijo que he engendrado; me gustaría decirle... No sé qué le diría, pero sería grato verlo siquiera una vez.

Ginebra luchó por contener la réplica furiosa que le subía a los labios; no ganaría nada discutiendo el tema otra vez.

—Está bien donde está —se limitó a decir.

Y supo que decía la verdad; prefería que el hijo de Morgana se educara en aquella isla de hechiceros que ningún rey cristiano podía pisar. De ese modo era más seguro que ningún giro de la fortuna lo pusiera en el trono después de Arturo, pues los curas y la gente desconfiaban cada vez más de Avalón y sus hechicerías. De criarse en la corte, algún inescrupuloso habría podido pensar que el hijo de la hermana era un sucesor más legítimo que el de Lanzarote.

Arturo suspiró.

—Pero es duro saber que tengo un hijo y no verlo nunca. Tal vez algún día... —Pero se encogió de hombros con resignación—. Supongo que tienes razón, querida. Bien, ¿cómo será ese festín de Pentecostés? Sé que harás de él, como siempre, algo memorable.

Y así sería, pensó Ginebra esa mañana, mientras contemplaba la extensión de tiendas y pabellones. El gran terreno para los torneos había sido despejado y adornado con estandartes; el viento estival agitaba las banderas de medio centenar de reyezuelos y más de cien caballeros. Era como si allí acampara todo un ejército.

Buscó el estandarte de Pelinor, el dragón blanco que había adoptado tras matar al del lago. Allí estaría Lanzarote; llevaban más de un año sin verse y muchos más sin estar a solas siquiera un momento. En la víspera de su boda con Elaine la había buscado para despedirse.

El también era víctima de la cruel triquiñuela de Morgana; se lo había contado llorando, y ella guardaba el recuerdo de esas lágrimas como el mayor de los cumplidos que le hubiera hecho jamás. ¿Quién había visto llorar a Lanzarote?

—¿Qué podía hacer. Ginebra? Había poseído a la hija virgen de mi anfitrión; Pelinor tenía todo el derecho de matarme allí mismo. —Con voz quebrada, terminó—: Ojalá me hubiera arrojado contra su espada...

Ginebra le había preguntado: «¿Así pues, no amas a Elaine?» Era imperdonable, pero sin ese consuelo no podría vivir Pero él se había limitado a decir, rígidamente, que eso no era culpa suya y que se veía obligado, honorablemente, a tratar de hacerla feliz.

Y bien, Morgana se había salido con la suya y ella sólo podía recibir a Lanzarote como corresponde a un pariente político Al menos lo vería; era mejor que nada. Trató de borrar todos esos pensamientos ocupándose del festín. Se estaban asando dos bueyes; ¿serían suficientes? Y un enorme cerdo salvaje, cazado pocos días antes, y dos cerdos de las granjas cercanas...

Poco después de mediodía se reunieron formando una larga fila de nobles ricamente vestidos, que iban entrando en el gran salón para que se les indicaran sus correspondientes lugares. Los caballeros, como siempre, ocuparon la gran mesa redonda; aunque era enorme, ya no cabían todos en ella.

Gawaine, siempre el más cercano a Arturo, presentó a Morgause, su madre, quien llegaba del brazo de un joven que Ginebra no reconoció. Estaba tan esbelta como siempre, con la abundante cabellera trenzada con piedras preciosas. Hizo una reverencia a Arturo, quien la abrazó.

—Bienvenida a mi corte, tía.

—Me han dicho que sólo montáis caballos blancos —dijo Morgause— y os he traído uno del país sajón. Allí tengo un hijo adoptivo que lo envió como regalo.

Ginebra vio que Arturo apretaba los dientes; ella también podía adivinar quién debía de ser ese pupilo.

—Regio presente, tía.

—No haré traer el caballo al salón, como acostumbran los sajones —dijo Morgause, alegremente—. No creo que la señora de Camelot quiera ver su gran salón convertido en una cuadra.

Y abrazó a la reina. Llevaba la cara pintada y los ojos delineados con kohl, pero aun así era hermosa. Ginebra dijo:

—Te agradezco la consideración, señora Morgause. Aunque Lanzarote solía hablarnos de un romano que daba vino a su caballo en un pesebre de oro y lo honraba con guirnaldas de laurel.

El joven apuesto que acompañaba a Morgause se echó a reír.

—Os ruego que no hagáis lo mismo, mi señor Arturo. No tendríamos una silla adecuada para un caballero así.

Arturo le cogió de la mano, riendo de buena gana.

—No lo haré, Lamorak.

Ginebra, sobresaltada, cayó en la cuenta de que era el hijo de Pelinor. ¿Cómo podía esa mujer compartir su lecho con un hombre que podía ser su hijo? Observó a Morgause con fascinado horror y envidia secreta. «Parece joven, sigue siendo bella y hace lo que se le antoja, sin que le importe si la critican.» Y su voz sonó glacial:

—¿Quieres sentarte a mi lado, tía, y dejar a los hombres con sus conversaciones?

Morgause le estrechó la mano.

—Gracias, sobrina. Será un placer sentarme entre señoras, para variar, y chismorrear sobre amantes y puntillas. En Lothian estoy tan ocupada con el gobierno que no tengo tiempo para cuestiones de mujeres.

La fragancia que despedían sus cintas y los pliegues de su túnica llegaba a marear. Ginebra dijo:

—¿Por qué no buscas esposa para Agravaín y le permites gobernar en lugar de su padre? Seguramente el pueblo no será feliz sin un rey.

Morgause rió con alegría.

—¡Pero entonces tendría que permanecer soltera, pues en aquel país el rey es el esposo de la reina! Y eso no me convendría en absoluto, querida. Lamorak es demasiado joven para gobernar, aunque tiene otros deberes que cumple muy satisfactoriamente.

Ginebra la oía con fascinado asco. ¿Cómo podía hacer el ridículo con un hombre tan joven? Sin embargo, él la buscaba con los ojos como si fuera la más bella y fascinante del mundo. Apenas miró a Isolda de Cornualles, que se inclinaba ahora ante el trono, junto a su anciano esposo, el duque Marco. Era tan hermosa que causó un pequeño murmullo en el salón: alta, esbelta, de cobrizo cabello, como una moneda recién acuñada. Junto a ella Morgause parecía muy marchita, pero aun así Lamorak la seguía con los ojos.

—Isolda es muy hermosa, sí —dijo Morgause—, pero en la corte del duque Marco se dice que mira con buenos ojos al joven Tristán, su heredero. ¿Quién podría criticárselo? Pero es recatada y discreta, y si tiene el buen tino de dar un hijo al anciano... —rió entre dientes—. Creo que Marco no pretende de ella mucho más que un hijo para declarar que Cornualles es de quien lo gobierna y no de Morgana. ¿Y dónde está mi sobrina? ¡Estoy deseosa de abrazarla!

—Allí, con Uriens —dijo Ginebra.

—Habría sido mejor que Arturo casara a Morgana con los de Cornualles. Si Marco le parecía demasiado viejo, ahí estaba el joven Tristán. que es pariente de Ban y primo lejano de Lanzarote. Y casi tan apuesto como el mismo Lanzarote, ¿verdad Ginebra? —Sonrió alegremente—. Ah, olvidaba que, siendo tan devota, no miráis más que a vuestro legítimo esposo. Claro que es fácil ser virtuosa cuando se está casada con alguien tan joven, hermoso y gallardo como Arturo.

Ginebra temió volverse loca con la charla de Morgause. ¿No sabría hablar de otra cosa?

—Supongo que tenéis que cambiar un par de frases con Isolda —observó ésta—. Dicen que casi no habla nuestra lengua. Pero también se comenta que en su Irlanda natal era maestra en el uso de las hierbas y la magia. Tal vez deba presentársela a Morgana, que también sabe mucho de hierbas y hechizos. Ambas tendrían muchas cosas de que hablar. Y creo que mi sobrina conoce un poco la lengua irlandesa. Y también está casada con un hombre que podría ser su padre. Creo que Arturo hizo mal.

Ginebra dijo, envarada:

—Morgana se casó con Uriens por propia voluntad. ¿Crees acaso que Arturo casaría a su querida hermana sin consultarla?

—Está llena de vida —bufó Morgause—. No creo que esté satisfecha en la cama de un anciano. Yo no lo estaría, si tuviera un hijastro tan hermoso como ese Accolon.

—Ven; pediremos a la señora de Cornualles que se siente con nosotras —invitó la reina, para poner fin al chismorreo—. Y también a Morgana, si quieres.

Uriens se había acercado para saludar, con Morgana y sus dos hijos menores. Arturo le estrechó las dos manos y besó a su hermana en ambas mejillas.

—¿Has venido a ofrecerme un regalo, Uriens? Basta con tu afecto —dijo.

—No sólo a ofreceros un regalo, sino a pediros un favor —respondió Uriens—. Os ruego que recibáis a mi hijo Uwaine entre vuestros compañeros y lo nombréis caballero de vuestra mesa redonda.

Arturo sonrió al joven esbelto y moreno que se arrodillaba ante él.

—¿Qué edad tienes, joven Uwaine?

—Quince, mi rey y señor.

—Bueno, levántate. Esta noche puedes velar tus armas y mañana uno de mis compañeros te armará caballero.

—Con vuestra licencia —intervino Gawaine—, ¿puedo ser yo quien confiera ese honor a mi primo Uwaine, señor Arturo?

—Si eso es aceptable para ti, Uwaine, sea. Te recibo de buen grado, por ti mismo y por ser hijastro de mi querida hermana. Mañana podrás pelear junto a mí en las justas. Hacedle lugar en una mesa, hombres.

El joven tartamudeó:

—Os lo agradezco, re-rey mío.

—También yo, Arturo —dijo Morgana—. Uwaine ha sido un verdadero hijo para mí.

Ginebra pensó con encono que Morgana representaba su edad; tenía arrugas sutiles en la cara y vetas blancas en el pelo oscuro, aunque sus ojos oscuros eran tan bellos como siempre. Y miraba al muchacho con orgullo y afecto. «Su hijo ha de ser aún mayor... Y eso significa que la maldita Morgana tiene dos hijos varones, mientras que yo, ¡ni siquiera un pupilo!»

Morgana, sentada a la mesa principal junto a Uriens, sentía la mirada de la reina fija en ella. «¡Cuánto me odia todavía, aunque no puedo hacerle ningún daño!» Por su parte, no la odiaba ni estaba ya resentida por su boda con Uriens; de alguna manera oculta, eso la había llevado a ser nuevamente sacerdotisa de Avalón.

Al fin y al cabo, Uriens no podía vivir eternamente. Y le parecía dudoso que incluso los estúpidos granjeros galeses aceptaran a Avalloch como rey. Si pudiera dar un hijo a Accolon, nadie se opondría a que él reinara a su lado con todo derecho. Pero la Diosa no le enviaba siquiera la esperanza de la concepción y, a decir verdad, tampoco la deseaba. Tampoco Accolon le reprochaba la falta de un hijo, sin duda pensando que nadie lo creería hijo de Uriens, aunque éste lo habría reconocido, pues adoraba a Morgana y compartía su lecho con frecuencia... demasiada, para ella.

—Permite que te llene el plato —dijo a su esposo—. El cerdo asado es muy pesado para ti. Unas tortitas de trigo, empapadas en el jugo, y un buen trozo de conejo. Y estas frambuesas que tanto te gustan.

—Qué buena eres conmigo, Morgana.

Ella le dio unas palmaditas en el brazo. Valía la pena el tiempo dedicado a mimarlo, atender su salud, bordarle prendas y, de vez en cuando, discretamente, buscarle una joven Para el lecho y darle una dosis de hierbas que le ofrecieran una virilidad más o menos normal. Uriens estaba persuadido de lo adoraba y nunca dudaba de ella ni se negaba a sus petición.

El festín llegaba a su fin; la gente se paseaba por el saló mordisqueando dulces y deteniéndose a charlar con parientes amigos a los que sólo veía una o dos veces al año. Uriens seguía masticando sus frambuesas.

—Tendrías que haberme cortado el pelo —murmuró—. Todos los caballeros se lo han cortado.

Morgana le acomodó las escasas guedejas.

—Oh, no, querido. Creo que así es más adecuado para tu edad. Mira, el noble Lanzarote aún lo lleva largo y suelto.

—Tienes razón, como siempre —se ufanó—. Noto que también Lanzarote ha encanecido. Ya no somos jóvenes, querida.

«Tú eras abuelo cuando Lanzarote nació», pensó fastidiada, mientras se alejaba para charlar con sus parientas.

Lanzarote seguía siendo el hombre más hermoso que hubiera visto. Tenía canas en el pelo y en la barba recortada, sí, pero sus ojos brillaban con la antigua sonrisa.

—Buenos días, prima.

La sorprendió su tono cordial. «Pero Uriens tiene razón al decir que ya no somos jóvenes; y no somos muchos los que recordamos aquellos tiempos.» Lanzarote la abrazó, apoyándole la barba rizada en la mejilla.

—¿Elaine no ha venido? —preguntó Morgana.

—No. Hace apenas tres días me dio otra hija. Esperábamos que naciera hace tres semanas, pero fue una criatura grande y se tomó su tiempo.

—¿Cuántos hijos tenéis ya, Lanzarote?

—Tres. Galahad tiene siete años y Nimue, cinco. No los veo con frecuencia, pero las niñeras dicen que son muy inteligentes para su edad. Elaine quiere que la menor se llame Ginebra, en honor de la reina.

—Creo que iré al norte para visitarla —dijo Morgana.

—Se alegrará de veros, sin duda. Aquello es solitario.

Era improbable que Elaine se alegrara de verla, pero eso quedaría entre las dos. Lanzarote miró hacia el estrado, donde la reina charlaba con Isolda de Cornualles, y Arturo con el duque Marco y su sobrino.

—¿Conocéis a Tristán? Es buen arpista, aunque no como Kevin, desde luego.

Morgana negó con la cabeza.

—¿Kevin no va a tocar en estas festividades?

—No lo he visto —contestó—. La reina no lo quiere. La corte se ha vuelto muy cristiana, aunque Arturo lo aprecia como consejero y como músico.

—¿Vos también os habéis vuelto cristiano? —preguntó sin rodeos.

—Ojalá —suspiró Lanzarote—. Ese credo me parece demasiado simple, que Cristo haya muerto por nuestros pecados «ara redimirnos a todos. Demasiado conozco la verdad: que solo nosotros, vida tras vida, podemos corregir el daño que hayamos hecho. Los curas quieren hacernos creer que tienen influencia sobre Dios y pueden perdonar los pecados en su nombre. Ah, si así fuera... Y algunos de esos sacerdotes son buenos y sinceros.

—Nunca conocí a ninguno que fuera tan bueno y sabio como Taliesin —dijo Morgana.

—Taliesin era un alma grande, tanto que supo evitar peleas con los curas, sabiendo que ellos servían a su Dios lo mejor posible. Y sé que los respetaba por la fortaleza de vivir en castidad.

—A mí me parece una blasfemia y la negación de la vida. Sé que Viviana habría pensado así. —«¿Qué hago aquí, discutiendo de religión precisamente con Lanzarote?», se preguntó.

—Viviana, como Taliesin, era de otro mundo y de otra época. Fueron gigantes; ahora tenemos que conformarnos con lo que hay. Os parecéis mucho a ella, Morgana. —Lanzarote esbozó una sonrisa melancólica que le contrajo el corazón—. Siempre lamenté veros tan desdichada, pero ahora sois reina y tenéis un hermoso hijo. Y ahora tengo que ir a presentar mis respetos a la reina.

Morgana no pudo evitar un tono amargo:

—Sí, supongo que estáis impaciente por hacerlo.

—Oh, Morgana —protestó consternado—, ¿no podemos dejar el pasado atrás? ¿Tanto me despreciáis, tanto la odiáis todavía?

Su prima negó con la cabeza. Ahora encontraba en Accolon lo que durante tanto tiempo había deseado de Lanzarote... Y extrañamente, hasta eso era penoso, como el espacio que deja un diente dolorido al ser arrancado. Después de amarlo tantos años, al mirarlo sentía un vacío interior.

—Lo siento, Lanzarote —dijo—. No os odio a ninguno de los dos. Como habéis dicho, todo eso pertenece al pasado.

—Conque aquí estáis, Lanzarote, charlando con las señoras más hermosas de la corte, como siempre —dijo una voz alegre.

Lanzarote se volvió para estrechar al recién llegado en abrazo de oso.

—¡Gareth! ¿Cómo está el país del norte? Y ahora que estás casado... ¿Cuántos hijos tienes ya? ¿Dos, tres?

—Cuatro varones —rió Cay, descargando una palmada e el hombro de Gareth—. Pero la señora Leonor tuvo mellizo Morgana, rejuvenecéis con los años.

—Pero viendo a Gareth tan mayor me siento más vieja que las colinas. —Ella también reía—. Lo conocí antes de que cambiara los dientes.

El joven se agachó para abrazarla.

—Es cierto. Me tallabais caballeros de madera. Leonor guarda uno entre mis tesoros. ¿Sabéis que yo lo llamaba Lanzarote. primo?

El caballero del lago rió también. Morgana se dijo que nunca lo había visto tan alegre y despreocupado como cuando estaba entre sus amigos. Gareth continuó:

—¿Y cómo está Gwydion, mi hermano adoptivo, señora Morgana?

Ella respondió brevemente:

—Creo que está en Avalón. No lo he visto.

Iba a dejar a Lanzarote con sus amigos, pero Gawaine se unió al grupo. Había engordado y parecía monstruosamente pesado, sus hombros parecían capaces de tumbar a un toro; llevaba en la cara las señales de muchas cicatrices.

—Vuestro hijo Uwaine parece buen muchacho —comentó, agachándose para darle un abrazo casi filial—. Será buen caballero, de los que vamos a necesitar. ¿Has visto a tu hermano Lionel, Lanzarote?

—No. ¿Está aquí? —preguntó. Su mirada cayó sobre un hombre alto y fornido, que lucía un manto extraño—. ¡Lionel, hermano! ¿Cómo está tu neblinoso reino de allende el mar?

El nombrado se acercó a saludarlos, con un acento tan señalado que a Morgana le costó entenderlo.

—Mal, puesto que no estás allí. Podemos tener problemas. ¿No te has enterado? ¿No has sabido las noticias de Bors?

—Sólo que iba a casarse con la hija del rey Hoell.

—Con Isolda; tiene el mismo nombre que la reina de Cornualles. Pero aún no hay boda. Hoell aún está analizando las ventajas de aliarse con la baja Britania o con Cornualles.

—Marco no puede darle Cornualles —apuntó Gawaine, seco—. Os pertenece a vos, ¿verdad, señora Morgana?

—El duque Marco gobierna allí en mi nombre —confirmó—. Nunca supe que lo reclamara para sí.

—Marco es codicioso —advirtió Lionel—. Recibió un gran tesoro con su señora irlandesa y no dudo que tratará de quedarse con Cornualles y Tintagel.

Lanzarote comentó:

.—Me gustaban más los tiempos en que sólo éramos los caballeros de Arturo. Ahora yo reino en el país de Pelinor, Morgana en Gales del norte y tú, Gawaine, tendrías que hacerlo en Lothian, si ejercieras tu derecho.

Gawaine sonrió de oreja a oreja.

—No tengo talento para eso, primo. Creo que las Tribus tienen razón: las mujeres tienen que quedarse en casa a gobernar y los hombres, salir a hacer la guerra.

Morgana le sonrió con un toque de malicia.

—¿Cómo está vuestra madre? Dicen que no sólo Agravaín la ayuda a gobernar.

Su primo rió tranquilamente.

—Creo que Lamorak ama a mi madre de verdad y eso no me disgusta. La casaron con el anciano Lot antes de los quince años. Aun de niño me preguntaba cómo podía vivir en paz con él, siempre amable y buena.

—Amable y buena, sí —dijo Morgana—. Y es cierto que su vida con Lot no fue muy fácil.

Gawaine comentó:

—Sé que apreciáis a mi madre. También sé que Ginebra no la quiere. Ella... —Pero se alzó de hombros, mirando a Lanzarote.

En ese momento, una de las pequeñas doncellas de Ginebra se acercó diciendo:

—Sois Lanzarote, ¿verdad? La reina quiere que vayáis a hablar con ella.

Lanzarote hizo una reverencia a Morgana.

—Nos veremos luego. Gawaine, Gareth...

Y se alejó. Gareth, que lo seguía con la mirada, murmuró, ceñudo:

—Sigue acudiendo a la carrera en cuanto ella alarga la mano.

—¿Y qué esperabas, hermano? —inquirió Gawaine, despreocupado—. Además, ésa es la moda actual. ¿No has oído lo que se cuenta de la reina irlandesa, la esposa del anciano Marco? Tristán la sigue a todas partes y le compone canciones. Dicen que es tan buen arpista como Kevin. ¿Lo habéis oído tocar, Morgana?

Ella negó con la cabeza.

Se volvieron hacia la mesa que ocupaban las señoras. Morgause se había reunido con Ginebra e Isolda. Lanzarote estaba con ellas y la reina le sonreía. Morgause dijo algo que los hizo reír, pero la irlandesa tenía la vista perdida; su exquisito rostro estaba pálido y demacrado.

—Nunca vi a una señora que pareciera tan desdichada —comentó Gawaine.

—Dudo que yo fuera feliz casada con el anciano duque Marco —dijo Morgana.

Gawaine le dio un rudo abrazo.

—Arturo se equivocó al casaros con el anciano Uriens. ¿Sois desdichada?

Sintió un nudo en la garganta, como si la bondad de su primo pudiera hacerla llorar.

—Quizá no haya mucha felicidad para las mujeres en el matrimonio, después de todo.

—Yo no diría eso —apuntó Gareth—. Leonor parece muy dichosa.

—Ah, pero Leonor está casada con vos —rió Morgana—. Yo no tengo tanta suerte.

—En lo que concierne a Ginebra... —Gawaine hizo una mueca—. Es una pena que Lanzarote no se la llevara cuando Arturo aún podía buscar otra esposa. Pero supongo que el joven Galahad será buen rey. cuando llegue el momento. Lanzarote desciende de la antigua estirpe real de Avalón y también lleva sangre de reyes por parte de Ban.

—Aun así—dijo Gareth—, creo que vuestro hijo, Morgana, tiene más derecho al trono que él. Y las Tribus darían su fidelidad a la hermana de Arturo. Antaño el gobierno se transmitía por la sangre de la mujer. —Por un momento reflexionó, arrugando las cejas—. ¿Es hijo de Lanzarote, Morgana?

Ella negó con la cabeza, tratando de convertir el tema en una broma para no descubrir su irritación.

—No, Gareth; de lo contrario te lo habría dicho, por lo mucho que te complacía todo lo relacionado con él. Perdonad, primos, pero tengo que ir a hablar con Morgause, que siempre fue tan buena conmigo.

Y se apartó para avanzar lentamente hacia el estrado de las señoras; el salón se iba llenando de pequeños grupos. Siempre le habían desagradado las multitudes y en las verdes colinas galesas se había desacostumbrado al olor de los cuerpos apiñados. Mientras caminaba hacia un lado tropezó con un hombre y éste tuvo que apoyarse en la pared para no caer. Morgana se encongó frente a frente con Kevin. Desde la muerte de Viviana no le había dirigido la palabra. Después de mirarlo fríamente, le volvió la espalda.

—Morgana...

Ella lo ignoró. Kevin dijo, con voz tan fría como su mirada: -—¿Qué hija de Avalón aparta los ojos cuando habla Merlín?

Morgana aspiró muy hondo.

—Si queréis que os escuche en nombre de Avalón, aquí estoy. Pero no os conviene, después de haber entregado el cuerpo de Viviana a los cristianos. Fue una traición.

—¿Y quién sois vos para hablar de traiciones, señora, si ocupáis el trono de Gales mientras el de Avalón permanece vacío?

—Una vez quise hablar en nombre de Avalón y me obligasteis a callar —le espetó. Pero inclinó la cabeza sin esperar su respuesta. «Tiene razón. ¿Cómo me atrevo a hablar de traición, si deseché el poder que Vivian me daba sobre la conciencia del rey y lo dejé caer en manos de los curas?»—. Hablad, Merlín. La hija de Avalón escucha.

Durante un momento Kevin se limitó a mirarla sin decir nada. Ella recordó con pena los años en que había sido su único amigo y aliado en la corte. Por fin Kevin dijo:

—Vuestra belleza madura con los años, como la de Viviana. Junto a vos todas las mujeres de esta corte son muñecas pintadas.

Morgana sonrió ligeramente.

—No creo que me detuvierais con los truenos de Avalón para hacerme un cumplido.

—No he dicho lo que debía, Morgana. En verdad se os necesita en Avalón. La que gobierna ahora allá es... —Se interrumpió, atribulado—. ¿Tan enamorada estáis de vuestro anciano esposo que no podéis separaros de él?

—No es eso. Allí también puedo realizar la obra de la Diosa.

—Eso ya lo sé y es lo que he dicho a Niniana. Y si Accolon sucede a su padre, allí crecerá el culto de la Diosa. Pero Accolon no es el heredero y el primogénito es un necio manejado por los curas.

—Accolon no es rey, sino druida —señalo Morgana—. Y la fuerte de Avalloch no serviría de nada. En Gales imperan ahora las leyes romanas; el primogénito tiene un hijo varón.

«Conn —pensó—, que se sienta en mi regazo y me llama abuelita.» Y Kevin dijo, como si hubiera oído esas palabras.

—La vida de los niños es incierta. Son muchos los que llegan a adultos.

—No cometeré un homicidio, ni siquiera por Avalen p deis llevar esa respuesta.

—Llevadla vos misma —dijo Merlín—. Niniana me dijo que iríais después de Pentecostés.

Y entonces Morgana sintió una fría vacuidad en el estomago. «¿Lo saben todo, pues?¿Me observan, me juzgan, mientras traiciono a mi anciano y confiado esposo con Accolon? ¿Saben lo que planeo aun antes de estar segura?» Pero sólo había hecho lo que la Diosa le encomendara.

—¿Qué es lo que deseabais decirme, Merlín?

—Sólo que vuestro puesto en Avalen sigue vacante; Niniana lo sabe tan bien como yo. Os quiero bien, Morgana, y no soy traidor. Me duele que lo penséis después de haberme dado tanto. —Le tendió las manos deformadas—. Haya paz entre nosotros, Morgana.

—En el nombre de la Dama —respondió ella—, haya paz.

Y lo besó en la boca marcada de cicatrices. Merlín retrocedió; había miedo en su rastro.

—¿Os asusto. Kevin? Lo juro por mi vida; no cometeré homicidio. No tenéis nada que temer —dijo.

Pero Kevin alzó una mano para interrumpirla.

—No juréis si no queréis ser castigada por perjura. Nadie sabe qué le exigirá la Diosa. Yo también he prendado mi vida en el gran matrimonio, y no es tan dulce para que me resista a entregarla.

Años más tarde, el recuerdo de aquellas palabras endulzaría a Morgana la tarea más amarga de su vida. Él se inclinó en el saludo que sólo se da a la Dama de Avalón o al Druida Supremo. Luego le volvió rápidamente la espalda. Morgana lo siguió con la mirada, estremecida. ¿Por qué lo había hecho? ¿Y por qué sentía miedo de ella?

Continuó avanzando entre la muchedumbre. Cuando llego al estrado, Ginebra le dedicó una sonrisa glacial; Morgause, en cambio, se levantó para envolverla en un cálido abrazo.

—Pareces cansada, querida. Sé que no te gustan las multitudes.

Y le acercó una copa de plata a los labios. Luego de beber un sorbo, Morgana comentó:

—¡Parecéis cada vez más joven, tía!

Morgause rió alegremente.

—Es la compañía de la gente joven, querida. Mientras Lamorak me crea hermosa, yo me siento así. No necesito otra magia. —Siguió con un dedo delicado una pequeña arruga bajo el párpado de su sobrina—. Te la recomiendo, querida. ¿No hay en la corte de Uriens jóvenes apuestos que aprecien a su reina?

Morgana vio por encima de su hombro el ceño disgustado de Ginebra, aunque era obvio que Morgause estaba bromeando. Lanzarote charlaba con Isolda de Cornualles y era evidente que ala gran reina no le gustaba.

—Señora Isolda—dijo, con nervioso apuro—, ¿conocéis a la hermana de mi esposo?

La hermosa irlandesa alzó hacia Morgana los ojos inquietos y le sonrió. Era muy pálida, de facciones cinceladas y ojos azules, casi verdes; a pesar de su gran estatura, sus huesos eran tan delicados que parecía una criatura cargada de joyas demasiado pesadas. Con súbita compasión, Morgana contuvo las palabras que le llegaban a la mente: «¿Conque sois la que pasa ahora por reina de Cornualles? ¡Tengo que decir unas palabras al duque Marco!»

—Me han dicho que sois hábil con las hierbas medicinales, señora —murmuró en cambio—. Si tenemos tiempo antes de partir, me gustaría discutir el tema con vos.

—Sería un placer —dijo Isolda cortésmente.

Lanzarote alzó la vista.

—Le he dicho que también sois música, Morgana. ¿Vamos a escucharos tocar?

—Estando Kevin aquí, mi música no es nada...

Pero Ginebra la interrumpió, estremecida.

—Ojalá Arturo alejara a ese hombre de la corte. No me gusta tener aquí magos y hechiceros. Y una cara como ésa sólo puede anunciar el mal. No sé cómo soportáis tocarlo, Morgana.

—Obviamente —respondió—, carezco de los sentimientos debidos..., y disfruto de ello.

Isolda de Cornualles comentó con voz dulce:

—Si lo exterior se parece a lo interior, señora Ginebra, la música de Kevin nos indica que su alma es, en verdad, la de un ángel. Un hombre malo no podría tocar como él.

Arturo, que se había unido a ellos, oyó las últimas palabras.

—Aun así. no he de afrentar a mi reina con la presencia de alguien que le desagrada. Y sería una insolencia pedir música a tan gran artista para quien no puede recibirla con gracia. —Parecía disgustado—. ¿Queréis tocar para nosotros, Morgana?

—Dejé mi arpa en Gales —respondió—. En otro momento, si alguien puede prestarme una... Con el salón tan concurrido y ruidoso, la música se perdería. Y Lanzarote es tan buen músico como yo.

Él negó con la cabeza.

—Oh. no. prima; no tengo vuestro don ni el de Tristán. ¿Lo habéis oído tocar?

Ella hizo un gesto negativo. Isolda dijo:

—Le pediré que venga a tocar.

Y envió a un paje.

Tristán era un joven delicado, de ojos y pelo oscuro, algo parecido a Lanzarote. Mandó a buscar su arpa y se sentó en los peldaños del estrado para tocar algunas melodías bretonas, quejumbrosas y tristes, en una escala muy antigua. Era el mejor músico que Morgana hubiera oído, después de Kevin. También su voz era dulce y melodiosa.

Arturo aprovechó la música para preguntar en voz baja a su hermana:

—¿Cómo estás? Hacía tiempo que no venías a Camelot. Te hemos echado de menos.

—¿De veras? —replicó ella—. ¿No me enviasteis por eso a Gales del norte? Para no agraviar a la reina con la presencia de alguien que le desagradaba.

—¿Cómo puedes decir eso? —acusó Arturo—. Sabes que te quiero bien. Uriens es buen hombre y se ve que te adora. Y hoy he tenido el placer de incluir entre mis caballeros a tu hijastro. ¿Qué más puedes pedir, hermana?

—¿Qué más puede desear una mujer? Un buen esposo que podría ser su abuelo y un reino en el fin del mundo. Tendría que daros las gracias de rodillas, hermano.

Arturo le buscó la mano.

—En verdad creí complacerte, Morgana. Uriens es muy anciano para ti, pero no vivirá eternamente. Me gusta que todos sean felices.

Y ella comprendió que ésa era la clave de su carácter: trataba de hacer felices a todos, hasta al último de sus súbditos. Había permitido lo de Ginebra con Lanzarote por no hacer desdichada a su reina separándola de él. Tampoco tomaría otra esposa o una amante que le diera un hijo por no hacerla sufrir.

«No es lo bastante implacable para ser un gran rey», pensó, mientras oía las tristes canciones de Tristán. Isolda no podía apartar los ojos de él, ¿y quién podía criticarla? Morgana suspiró al pensar en las cuatro reinas sentadas a la mesa: ¿habría alguna mujer casada que actuara de otro modo? Hasta Ginebra había tenido un amante... Y de pronto el corazón se le endureció como una piedra: ella, Morgause e Isolda se habían casado con ancianos, pero Ginebra tenía un esposo apuesto, de su edad y gran rey, por añadidura; ¿qué motivo tenía para estar descontenta?

Tristán dejó la lira a un lado y cogió un cuerno de vino para refrescarse, la garganta.

—No puedo cantar más. pero he oído que la señora Morgana es hábil música.

—Sí, canta, hija —pidió Morgause.

Arturo se unió a su ruego:

-—Sí, tu voz es la más dulce que he oído. Siempre te recuerdo cantándome canciones de cuna.

Ante el dolor que expresaban sus ojos Morgana inclinó la cabeza. «¿Es esto lo que Ginebra no puede perdonar: que yo represente para él la cara de la Diosa?» Cogió la lira y se inclinó sobre las cuerdas, tocándolas una a una.

—Está afinada de un modo diferente —dijo, probando algunas notas.

Una conmoción en el salón le hizo levantar la vista. Sonó una trompeta, aguda y estridente, dentro de los muros. Luego se oyó un alboroto de pies acorazados. Arturo se levantó a medias, pero volvió a caer en el asiento: cuatro hombres con espada y escudo estaban entrando a grandes pasos.

Cay les salió al encuentro, protestando que no se podían portar armas en el salón del rey en Pentecostés, pero lo apartaron de un empellón. Llevaban cascos romanos, cortas túnicas militares y gruesas capas rojas. Morgana parpadeó, eran como legionarios romanos surgidos del pasado; uno de ellos enarbolaba en el extremo de una lanza la figura dorada de un águila.

—¡Arturo, duque de Britania! —gritó uno de ellos—. ¡Os traemos un mensaje de Lucio, emperador de Roma!

Arturo abandonó su asiento para dar solamente un paso hacia los hombres vestidos de legionarios.

—No soy duque de Britania, sino gran rey —dijo delicadamente—. Y no sé de ningún emperador Lucio. Roma ha caído y está en manos de bárbaros impostores. Pero no corresponde matar al perro por la impertinencia del amo. Podéis entregar vuestro mensaje.

—Soy Castor, centurión de la legión de Valeria Victrix —se presentó el que había hablado primero—. En la Galia las legiones han vuelto a formarse tras el estandarte de Lucio Valerio, emperador de Roma. He aquí el mensaje de Lucio: vos, Arturo, duque de Britania, podéis continuar gobernando bajo esa designación, siempre que le enviéis, dentro de seis semanas un tributo imperial consistente en cuarenta onzas de oro, dos docenas de perlas británicas y tres carretas de hierro, estaño y plomo, respectivamente, junto con cien esclavos y ciento treinta y cinco varas de paño británico.

Lanzarote se plantó de un salto ante el rey.

—Mi señor Arturo, permitidme azotar a estos perros insolentes, para que vuelvan aullando junto a ese idiota de Lució y le digan que, si quiere el tributo de los britanos, puede venir a buscarlo.

—Espera, Lanzarote —dijo Arturo con una ligera sonrisa—: ésa no es la manera de comportarse.

Estudió un momento a los legionarios. Castor había desenvainado a medias.

—Si no envainas inmediatamente tu acero —advirtió ceñudo—, permitiré que Lanzarote vaya a quitártelo como le parezca. Y aun en la Galia habréis oído hablar del señor Lanzarote. Pero no quiero que se derrame sangre al pie de mi trono.

El legionario, enseñando los dientes con ira, volvió la espada a su vaina.

—No temo a vuestro caballera —dijo—. Sus días quedaron atrás, en las guerras con los sajones. Pero se me envió como mensajero, con órdenes de no derramar sangre. ¿Qué respuesta tengo que llevar al emperador, duque Arturo?

—Ninguna, si me niegas en mi salón el título que me corresponde. Pero dile esto a Lucio: Uther Pendragón sucedió a Ambrosio Aureliano cuando no había romanos que nos ayudaran en la mortal lucha contra los sajones. Y yo, Arturo, sucedí a mi padre Uther, y mi sobrino Galahad me sucederá en el trono de Britania. No existe quien pueda reclamar legalmente el manto del emperador: el imperio romano ya no manda en Britania. Si Lucio quiere reinar en su Galia natal y su pueblo lo acepta como rey, no seré yo quien se oponga. Pero si reclama un solo palmo de Britania o la baja Britania, lo único que obtendrá de nosotros son tres docenas de buenas flechas británicas donde mejor le sienten.

Castor, pálido de furia, dijo:

—Mi emperador previo vuestra impertinencia y esto es lo que me ordenó decir: Que la baja Britania está ya en sus manos y que Bors, el hijo del rey Ban, está prisionero en su castillo. Y cuando el emperador Lucio haya asolado toda la Baja Britania vendrá por Britania, como lo hizo antaño el emperador Claudio.

—Di a tu emperador que sigue en pie mi ofrecimiento de tres docenas de flechas británicas, pero ahora lo elevaré a trescientas. Y de mí no recibirá más tributo que una de ellas atravesada en el corazón. Dile también que si toca un solo cabello mi compañero, el señor Bors, se lo entregaré a sus hermanos, Lanzarote y Lionel, para que lo despellejen vivo y cuelguen su cadáver desollado en las murallas del castillo. Ahora vuelve con tu emperador y dale este mensaje. No, Cay: que nadie alce la mano contra él. Un mensajero es sagrado ante sus dioses.

Los legionarios se retiraron en mitad de un horrorizado silencio, haciendo resonar sus botas. Cuando salieron se elevó un clamor, pero Arturo alzó una mano y todos enmudecieron.

—Mañana no habrá combates fingidos, pues pronto los tendremos auténticos —dijo—. Como premio, ofrezco el botín de ese que se ha proclamado emperador. Caballeros: al amanecer debéis estar listos para cabalgar hacia la costa. Cay, puedes encargarte de la intendencia. Lanzarote... —Miró a su amigo con una leve sonrisa—. Te dejaría aquí para que custodiaras a la reina, pero sin duda querrás acompañarnos, puesto que tu hermano está prisionero. Mañana al amanecer el sacerdote celebrará la misa para quienes deseemos confesarnos antes de ir a la batalla. Uwaine... —Buscó con la vista al más reciente de sus caballeros—. Ahora puedo ofrecerte gloria en el combate en vez de juegos de guerra. Como hijo de mi hermana, cabalgarás a mi lado y me cubrirás las espaldas contra cualquier traición.

—Me honráis, rey m-mío —tartamudeó el joven, radiante.

Y en ese momento Morgana pudo comprender por qué Arturo inspiraba tanta devoción.

—Uriens, mi buen cuñado, dejo a la reina en tus manos. Permanece en Camelot para custodiarla hasta mi regreso. —Y se inclinó para besar la mano de su esposa—. Te ruego, señora, que nos excuses de mayores festividades. Nos espera la guerra.

Ginebra estaba tan blanca como su camisa.

—Sabes que así será, mi señor. Dios te guarde, querido esposo.

Después de recibir su beso, Arturo descendió del estrado, llamando por señas a sus hombres.

—Gawaine, Lionel, Gareth... Todos vosotros, ¡asistidme, caballeros!

Lanzarote se demoró un instante en seguirlo.

—Mi reina, pide la bendición de Dios también para

—Oh, Dios, Lanzarote... —dijo Ginebra.

Y pese a todas las miradas fijas en ella, se arrojó en sus brazos. Él la sostuvo con suavidad, hablándole en voz baja. Morgana vio que la reina lloraba, pero cuando levantó la cabeza tenía la cara seca.

—Que Dios te acompañe, amor mío. —Y te guarde a ti, amor de mi vida —repuso él, muy delicadamente—. Dios te bendiga aunque no regrese. —Se volvió hacia Morgana—. Ahora me alegra que hayáis pensado visitara Elaine. Llevad mis saludos a mi querida esposa y decidle que he ido con Arturo al rescate de mi pariente Bors. Decidle que pido para ella la protección de Dios y que envío mi amor a nuestros hijos.

Guardó silencio durante un momento. Morgana pensó que iba a besarla, pero él, sonriente, le tocó la mejilla.

—Que Dios os bendiga, Morgana..., deseéis o no Su bendición.

Y fue a reunirse con Arturo en el salón.

Uriens se acercó al estrado para hacer una reverencia a Ginebra.

—Estoy a vuestro servicio, mi señora.

«Si se ríe del pobre anciano la abofetearé», pensó Morgana, súbita y ferozmente protectora. Su misión era sólo ceremonial, pues Camelot estaría bien protegido por Cay y Lucano, como siempre. Pero Ginebra, habituada a la diplomacia cortesana, dijo con aire grave:

—Te lo agradezco, señor Uriens. Eres bienvenido aquí. Morgana es mi querida amiga y hermana. Será un placer tenerla nuevamente en la corte.

«Oh, Ginebra, Ginebra, ¡qué mentirosa eres!», pensó Morgana. Pero dijo delicadamente:

—Tengo que ir a visitar a mi parienta Elaine. Lanzarote me ha encomendado llevarle la noticia.

—Eres bondadosa —dijo Uriens—. Y como la guerra esta al otro lado del canal, puedes partir cuando gustes. Pediría a Accolon que te escoltara, pero es probable que deba acompañar a Arturo.

Morgana besó a su bien pensado esposo con sincera cordialidad.

—Cuando haya visitado a Elaine, mi señor, ¿tengo licencia para viajar a Avalón?.

—Puedes obrar según tu voluntad, señora —respondió Uriens—. Pero antes de partir, ¿me dejarás tus bálsamos y hierbas medicinales?

—Sin duda.

Morgana fue a preparar el viaje, pensando con resignación que Uriens querría dormir con ella antes de separarse. Bueno, lo soportaría una vez más.

«¡Pero qué puta me he vuelto!»

12

Morgana sabía que sólo se atrevería a iniciar el viaje si lo hacía por etapas, legua a legua, día tras día. Su primer paso fue, pues hacia el castillo de Pelinor: era una amarga ironía que su primera misión fuera llevar un amable mensaje a la esposa y los hijos de Lanzarote.

Durante todo el primer día siguió la antigua vía romana hacia el norte, cruzando onduladas colinas. Kevin se había ofrecido a acompañarla; era una tentación, pues la apresaba el viejo temor de no hallar, tampoco esta vez, el camino hacia Avalón, de no atreverse a convocar a la barca, de encontrarse otra vez en el país de las hadas y perderse allí para siempre. Tras la muerte de Viviana no se había animado a ir. Pero ahora tenía que enfrentarse a esa prueba como cuando se ordenó sacerdotisa: regresar a Avalón sola, por sus propios medios. Aun así estaba asustada; había pasado mucho tiempo.

Al cuarto día divisó el castillo de Pelinor; al mediodía, cabalgando por las orillas pantanosas del lago, donde ya no había rastros del dragón, apareció la vivienda de Elaine y Lanzarote. Era más casa de campo que castillo; en esos tiempos de paz no existían muchas fortificaciones en la campiña. Desde el camino se alzaban anchos prados; mientras Morgana iniciaba el ascenso hacia la casa, una bandada de gansos prorrumpió en una gran gritería.

La recibió un chambelán bien vestido, quien le pregunto su nombre y el motivo de su visita.

—Soy la señora Morgana, esposa del rey Uriens de Gales del norte. Traigo un mensaje de mi señor Lanzarote.

La condujeron a una habitación donde pudo lavarse y refrescarse; y después, al salón grande, donde había fuego encendido y le sirvieron tortas de trigo con miel y buen vino. Morgana bostezó ante tanta ceremonia; después de todo, no era una visita de estado, sino familiar. Al cabo de un rato un niño se asomó a echar un vistazo y, al verla sola, entró. Era rubio, de ojos azules y pecas doradas; adivinó de inmediato quién era. aunque no se parecía nada a su padre.

—¿Sois la señora Morgana, la que llaman Morgana de las Hadas?

—En efecto —confirmó—. Y tía tuya, Galahad.

—¿Cómo sabéis mi nombre? —preguntó suspicaz—. ¿Sois hechicera? ¿Por qué os llaman Morgana de las Hadas?

—Porque desciendo de la antigua estirpe real de Avalón y me eduqué allí. Y si conozco tu nombre no es por hechicería, sino porque te pareces a tu madre, que también es pariente mía.

—Mi padre también se llama Galahad, pero los sajones lo llaman Flecha de Duende.

—He venido a traerte saludos de tu padre, y también a tu madre y tus hermanas —dijo Morgana.

—Nimue es una necia —aseguró el niño—. Ya es mayor, tiene cinco años, pero cuando vino mi padre se echó a llorar y no dejó que la alzara ni que le diera un beso, porque no lo reconocía. ¿Conocéis a mi padre?

—Sí. Su madre, la Dama del Lago, era mi tía y mi madre tutelar.

Él la miró con aire escéptico, ceñudo.

—Mi madre me dijo que la Dama del Lago es una hechicera mala.

—Tu madre es... —Morgana se interrumpió para buscar palabras más suaves; después de todo, era sólo un niño—. Tu madre no conoció a la Dama como yo. Era buena, sabia y una gran sacerdotisa.

—¿Sí? —Era evidente que Galahad luchaba con esa idea—. El padre Griffin dice que sólo los hombres pueden ser sacerdotes, porque están hechos a imagen y semejanza de Dios, y las mujeres, no. Nimue dice que quiere ser sacerdotisa, y aprender a leer y a escribir y a tocar la lira, y el padre Griffin le dijo que las mujeres no pueden hacer todas esas cosas.

—Entonces el padre Griffin está equivocado —aseguró Morgana—. Yo puedo hacer todo eso y mucho más.

—No os creo. —El niño le clavó una mirada hostil—. Estáis muy segura de que todos se equivocan menos vos, ¿verdad? Mi madre dice que los pequeños no tienen que contradecir a los adultos, pero vos no parecéis mucho mayor que yo. No sois mucho mayor, ¿o sí?

Morgana se rió del enfadado niño, diciendo:

—Pero soy mayor que tu padre, Galahad, aunque no muy grande.

En ese momento entró Elaine. Su cuerpo se había redondeado y tenía los pechos caídos; claro que había tenido tres hijos y todavía estaba amamantando al último. Pero aún era encantadora; su pelo dorado brillaba como siempre. Abrazó a Morgana como si se hubieran visto el día anterior.

—Veo que ya conoces a mi hijo —observó—. Nimue está en su cuarto, castigada por ser impertinente con el padre Griffin Y Ginebra duerme, gracias a Dios; es una niña inquieta y me mantuvo despierta gran parte de la noche. ¿Vienes de Camelot? ¿Por qué no te acompaña mi esposo, Morgana?

—He venido a explicártelo. Lanzarote no vendrá durante algún tiempo. Hay guerra en la baja Britania y su hermano Bors está sitiado en su castillo. Todos los caballeros de Arturo han ido a rescatarlo y a derrocar al hombre que se dice emperador.

Los ojos de Elaine se llenaron de lágrimas, pero Galahad se llenó de entusiasmo.

—Si fuera mayor iría con los caballeros a combatir contra esos sajones... ¡Y contra cualquier emperador también!

Su madre escuchó el relato de Morgana.

—¡Ese Lucio parece loco! —dijo.

—Loco no, tiene un ejército —observó Morgana—. Lanzarote me pidió que te visitara y que diera un beso a sus hijos... Aunque supongo que este muchacho es demasiado mayor para besos —añadió, sonriendo a Galahad.

—¿Cómo estaba mi querido señor? Ve con tu preceptor, Galahad; quiero hablar con mi prima. —Cuando el niño se hubo ido, Elaine reconoció—: Tuve más tiempo para hablar con él antes de Pentecostés que en todos nuestros años de casados. Era la primera vez que pasaba más de una semana conmigo.

—Al menos esta vez no te dejó embarazada—apuntó Morgana.

—No, y tuvo la consideración de no venir a mi lecho en esas últimas semanas, mientras esperábamos juntos el nacimiento de Ginebra. Dijo que, en esas condiciones, para mí no habría mucho placer. Pero en realidad creo que no estaba en absoluto interesado... Y ahí tienes una confesión.

—No olvides —dijo Morgana, con una media sonrisa— que conozco a Lanzarote desde siempre.

—Dime... Una vez juré no preguntártelo jamás, pero ¿fuiste amante de Lanzarote? ¿Alguna vez te acostaste con él?

Morgana observó su rostro demacrado.

—No, Elaine —dijo con suavidad—. Hubo un tiempo en que creí... Pero nunca llegamos a eso. Yo no lo amaba y tampoco él a mí.

Y descubrió con sorpresa que las palabras eran verdad, aunque hasta entonces lo ignorara. Elaine bajó los ojos al suelo, donde caía un parche de sol.

—¿Vio a la reina durante Pentecostés?

—Puesto que Lanzarote no es ciego y ella estaba sentada en el estrado junto a Arturo, supongo que sí—repuso Morgana, seca.

La otra hizo un gesto de impaciencia.

—¡Bien sabes a qué me refiero!

«¿Será posible que esté aún tan celosa? ¿Tanto odia a Ginebra? Tiene a Lanzarote, le ha dado hijos, sabe que es honorable. ;Qué más puede desear?» Pero se ablandó al ver las lágrimas que parecían pender de sus pestañas.

—Habló con la reina, Elaine, y se despidió de ella con un beso cuando llegó la convocatoria a las armas. Pero te juro que su conducta no fue la de un amante, sino la de un cortesano ante su reina. Se conocen desde muy jóvenes; si no pueden olvidar que en otros tiempos se amaron, ¿por qué reprochárselo? Eres su esposa, Elaine, y cuando me pidió que te trajera su mensaje comprendí que te quería.

—Y yo juré contentarme con eso, ¿verdad? —Elaine bajó la cabeza un rato, parpadeando furiosamente, pero no lloró—. Tú, que has tenido tantos amantes, ¿sabes lo que significa amar?

Por un momento Morgana se sintió arrastrada por la vieja tempestad, por la locura del amor que la había arrojado a los brazos de Lanzarote, una y otra vez, hasta que todo terminó en amargura. A fuerza de voluntad apartó el recuerdo y llenó su mente con la imagen de Accolon, que había vuelto a despertar en ella la dulzura de la femineidad, devolviéndola a la Diosa. Sintió rápidas oleadas de rubor que le cruzaban sucesivamente la cara.

—Sí, hija —asintió lentamente—. He sabido..., sé lo que significa amar.

Comprendió que Elaine quería hacerle cien preguntas. Le habría gustado compartirlo todo con la única amiga que había tenido fuera de Avalón..., pero no: el secreto era parte del poder sacerdotal; si revelaba lo que la unía a Accolon pondría ese vinculo fuera del reino mágico, reduciéndolo a una esposa descontenta que se escapaba al lecho de su hijastro.

—Pero ahora tenemos que hablar de otra cosa —dijo—. Una vez me hiciste un juramento, ¿recuerdas? Que si yo te ayudaba a conquistar a Lanzarote. me darías lo que yo te pidiera Nimue ya ha cumplido cinco años y esta en edad de educarse bajo tutela. Mañana parto hacia Avalón, tienes que prepararla para que me acompañe.

—¡No! — fue un grito largo, casi un alarido—. No, no, Morgana... ¡No lo dices en serio!

Era lo que temía. Entonces dio a su voz una entonación lejana y dura.

—Lo juraste. Elaine.

—¿Cómo podía jurar por una criatura que aun no había nacido? No sabía lo que significaba... Oh, no, mi hija no, mi hija no... ¡No puedes quitármela siendo tan pequeña! —Lo juraste —repitió Morgana.

—¿ Y, si me niego? —Elaine parecía una gata erizada, lista para defender a su prole de un perro grande y furioso.

—Si te niegas —dijo Morgana. más serena que nunca—, Lanzarote se enterará a su regreso de cómo se arregló esta boda: porque me imploraste que lo hechizara para que abandonara a Ginebra por ti. Cree que eres víctima inocente de mi magia y que la culpa no es tuya, sino mía. ¿.Quieres que sepa la verdad? —;No serías capaz! —Su amiga estaba pálida de horror. -Ponme a prueba. No sé qué valor dan los cristianos a un juramento, pero te aseguro que los adoradores de la Diosa lo tomamos con toda seriedad. He esperado a que tuvieras otra hija, pero Nimue es mía en virtud de tu promesa.

—Pero ¿Qué será de ella? Es cristiana. ¿Como puedo enviarla lejos de su madre, a un mundo de hechicerías paganas?.

—Después de todo, soy su tía —señaló Morgana delicadamente—. .Cuánto hace que me conoces, Elaine? ¿Me has visto hacer algo tan deshonroso o perverso para dudar en confiarme una niña? Al fin y al cabo, no la quiero para alimento de un dragón y para quemarla en el altar del sacrificio.

—¿Qué será de ella en Avalón —pregunto Elaine—, tan asustada que Morgana se preguntó si acaso albergaba ese tipo de ideas.

—Será sacerdotisa y aprenderá toda la sabiduría de Avalón. Algún día sabrá leer las estrellas y conocerá el mundo y los cielos. —Se descubrió sonriendo—. Galahad me dijo que deseaba aprender a leer y a escribir y a tocar la lira. Allí nadie se lo prohibirá. Su vida será menos ardua que si la hicieras educar en un convento. No tendrá que hacer tanto ayuno y penitencia antes de llegar a adulta.

—Pero... ¿qué le diré a Lanzarote? —vaciló Elaine.

—Lo que quieras. Sería mejor decirle la verdad: que la enviaste bajo tutela a Avalón, para que llene allí el espacio que ha quedado vacío. Pero no me interesa si le mientes. Por lo que a mí respecta, puedes decirle que se ahogó en el lago o que se la llevó el fantasma del dragón.

—¿Y el cura? Cuando el padre Griffin sepa que la he destinado a convertirse en hechicera pagana...

—Lo que le digas a él me interesa aún menos. Si quieres decirle que diste en prenda a tu primera hija a cambio de un sortilegio para conquistar a tu esposo... Ya me parecía.

—Eres dura, Morgana —musitó lagrimeando—. ¿No me concedes unos días para prepararla y reunir todo lo que pueda necesitar?

—No necesita mucho. Una muda de ropa, si quieres; prendas de abrigo para el viaje, una capa gruesa y zapatos resistentes. Nada más. En Avalón le darán el vestido de las novicias. Créeme —añadió Morgana amablemente—: Se la tratará con amor y reverencia, por ser la nieta de la más grande de las sacerdotisas. Sólo se le impondrán austeridades cuando esté en edad de soportarlas. Creo que allí será feliz.

—¿Feliz, en ese lugar de pecado y hechicería?

Morgana dijo, con una absoluta convicción que llegó al corazón de Elaine:

—Te juro que en Avalón fui feliz. Desde que partí, todos los días he deseado regresar. ¿Alguna vez me oíste mentir? Anda, déjame ver a la niña.

—Le ordené que hilara a solas en su cuarto hasta el oscurecer. Fue descortés con el cura y ése es su castigo.

—Pero yo levanto el castigo. Ahora soy su madre tutelar y ya no hay motivos para que sea cortés con ese cura. Llévame con ella.

Partieron al amanecer del día siguiente. Nimue lloró al separarse de su madre, pero antes de una hora estaba observando con curiosidad a Morgana por debajo de su capucha. Era alta Para su edad, menos parecida a Viviana que a Morgause o Igraine; entre su cabellera dorada había suficiente cobre para suponer que más adelante sería pelirroja. Y sus ojos tenían el Color de las pequeñas violetas que crecen junto a los arroyos.

Como sólo habían tomado un poco de vino aguado antes de partir, Morgana preguntó:

—¿Tienes hambre, Nimue? Podemos detenernos a desayunar en cuanto lleguemos a un claro. —Sí, tía. —Muy bien. —Pronto desmontó y bajo a la pequeña de su poni.

—Tengo que... —la niña se removió, bajando los ojos.

—Si tienes que orinar, ve detrás de ese árbol con la criada. Y nunca te avergüences de mencionar lo que ha sido creado por Dios.

—El padre Griffín dice que no es pudoroso...

—Y nunca vuelvas a mencionar las cosas que el padre Griffín te ha dicho —añadió Morgana delicadamente, aunque con firmeza—. Eso ha quedado atrás, Nimue.

La niña volvió diciendo, con los ojos dilatados por la extrañeza:

—Había alguien muy pequeño espiándome detrás de un árbol. Galahad dice que os llaman Morgana de las Hadas. ¿Era un hada, tía?

—No era alguien del pueblo antiguo de las colinas; son tan reales como tú y yo. Es mejor no hablar de ellos ni prestarles atención, Nimue. Son muy tímidos y temen a la gente que vive en aldeas y granjas.

—¿Y dónde viven?

—En las colmas y los bosques. No soportan que los arados profanen a su madre la tierra ni que la obliguen a producir; por eso no viven en las aldeas.

—Y si no aran ni cosechan, tía, ¿qué comen?.

—Sólo lo que la tierra les da voluntariamente: raíces, bayas y hierbas, frutas y semillas; en cuanto a la carne, la prueban solo en las grandes festividades. Como te dije, es mejor no hablar de ellos, pero puedes dejarles un poco de pan al borde del claro, tenemos de sobra.

Morgana partió una hogaza de pan para que Nimue la llevará al borde del bosque. En realidad, Elaine les había dado alimentos suficientes para diez días de viaje, aunque el trayecto a Avalón era corto.

Comió poco, pero dejó que la niña lo hiciera a voluntad y le untó el pan con miel; ya habría tiempo para adiestrarla, además estaba en la etapa de crecimiento rápido.

—No comes carne, tía —observo Nimue—. ¿Es día de ayuno?.

Morgana recordó súbitamente que ella también había interrogado a Viviana.

—No, rara vez la pruebo.

—¿No te gusta? A mí sí.

—Bueno, come, si quieres. Las sacerdotisas no consumen carne con mucha frecuencia, pero no está prohibida, y mucho menos a una criatura de tu edad.

—¿Sois como las monjas, que están siempre ayunando? El padre Griffin dice...

Se interrumpió, recordando que se le había ordenado no repetir lo dicho por el cura. Morgana quedó complacida: la niña aprendía con celeridad.

—Quise decir que no tienes que tomar lo que te enseño como guía de conducta. Pero puedes repetirme lo que te dijo; Aprenderás a separar por ti misma lo razonable de lo que es una tontería o algo peor.

—Dice que hombres y mujeres tienen que ayunar por sus pecados. ¿Es por eso?

Morgana negó con la cabeza.

—En Avalón ayunamos, a veces, para enseñar al cuerpo a obedecer sin realizar exigencias que no conviene satisfacer. En algunas ocasiones es necesario prescindir de la comida, el agua o el sueño; entonces el cuerpo tiene que servir a la mente en vez de mandar sobre ella. La mente no puede concentrarse en cosas sagradas o en meditaciones si el cuerpo está gritando- «¡Dame de comer!» o «¡Tengo sed!». Foreste motivo aprendemos a acallar sus reclamaciones. ¿Lo comprendes ahora?

—No..., no del todo —reconoció la niña, dudosa.

—Cuando seas mayor comprenderás. Por ahora come tu pan y prepárate para continuar viaje.

Nimue acabó de comer y se limpió las manos en una mata de hierba.

—Tampoco entendía al padre Griffin, pero entonces el se enfadaba. Le pregunté por qué teníamos que ayunar por nuestros pecados, si Cristo ya los había perdonado, y dijo que me habían enseñado el paganismo e hizo que madre me encerrara en mi cuarto. ¿Qué es el paganismo, tía?

—Es todo lo que a los sacerdotes no les agrada —respondió Morgana—. El padre Griffin es un necio. ¿Por qué perturbar a los pequeños habiéndoles de pecado, si no pueden pecar? Ya habrá tiempo para discutirlo, Nimue, cuando puedas escoger entre el bien y el mal.

La niña montó en su poni, obediente, pero al cabo de un rato dijo:

—Es que no soy muy buena, tía Morgana. Siempre has cosas malas. No me sorprende que mi madre me enviara lejos Por eso me manda a un lugar malo: porque yo soy mala.

Morgana sintió que se le anudaba la garganta con algo parecido a la angustia y corrió a estrechar a la niña en un gran abrazo. Entre beso y beso le dijo, sofocada:

—No vuelvas a decir eso, Nimue. ¡Jamás! No es verdad, te lo juro. Tu madre no quería enviarte lejos. Y si pensara que Avalón es un lugar malo no habría permitido que vinieras, pese a todas mis amenazas.

Nimue preguntó con voz débil:

—¿Y por qué me aleja, entonces?

—Porque fuiste prometida a Avalón antes de tu nacimiento, hija mía. Porque tu abuela era sacerdotisa. Y porque yo no tengo hijas para la Diosa. Vas a Avalón para aprender a ser sabia y servir a la Diosa. —Sus lágrimas caían sin restricción sobre la cabellera rubia de la niña—. ¿Quién te hizo creer que era un castigo?

—Una de las mujeres, mientras preparaba mi ropa. —Nimue vaciló—. La oí decir que madre no debería enviarme a ese lugar malo. Y como el padre Griffin dice siempre que soy una niña mala...

Morgana se dejó caer al suelo con ella en el regazo, meciéndola.

—No, no querida. Eres una niña buena. Si haces travesuras, si desobedeces o eres perezosa, eso no es pecado, es porque no tienes edad suficiente para actuar mejor. Lo harás cuando hayas aprendido a hacer lo correcto. —Luego, pensando que esa conversación había ido demasiado lejos para una criatura tan pequeña, señaló—: ¡Mira esa mariposa! Nunca había visto ninguna de ese color. Ven, Nimue, que voy a montarte en el poni.

Y escuchó con atención lo que la niña le contaba sobre las mariposas.

Si hubiera estado sola habría podido llegar a Avalón en un solo día, pero el pequeño poni de Nimue no podía cubrir tanta distancia, de modo que pasaron la noche en un claro. Era la primera vez que la niña dormía a la intemperie, y cuando apagaron la fogata, la oscuridad la asustó; Morgana le permitió cobijarse en sus brazos y le fue señalando las estrellas hasta que se durmió.

Ella permaneció despierta, con el peso de su cabeza en el brazo, ganada por el miedo. Llevaba mucho tiempo lejos de Avalón. Paso a paso, lentamente, había retrasado toda su preparación o lo que de ella podría recordar. ¿Habría olvidado algo vital?

Por fin se quedó dormida, pero antes del amanecer creyó oír una pisada en el claro. Cuervo se irguió ante ella, con su vestido oscuro y su túnica de ciervo, diciendo: «¡Morgana! ¡Morgana, queridísima!» Su voz, que había oído una sola vez en todos los años pasados en Avalón, estaba llena de sorpresa y júbilo. Despertó súbitamente, recorriendo el claro con la vista; casi esperaba ver a Cuervo allí, en carne y hueso. Pero el claro estaba desierto; sólo había un rastro de neblina que borraba las estrellas. Morgana volvió a acostarse, preguntándose si había soñado o si Cuervo, gracias a la videncia, sabía que estaba cerca. Su corazón estaba desbocado; su palpitar era casi doloroso.

«Hice mal estando fuera tanto tiempo. Tendría que haberme atrevido a volver a la muerte de Viviana, aun a riesgo de morir en el intento. ¿Me aceptarán así, vieja y gastada, ahora que voy perdiendo lentamente la videncia, sin nada que ofrecerles?»

La niña, a su lado, cambió de posición. Morgana la rodeó con un brazo, pensando: «Les traigo a la nieta de Viviana. Pero si sólo por ella me permiten volver, será más amargo que la muerte.»

Por fin volvió a dormirse y no despertó hasta plena luz del día, cuando empezaba a caer una ligera llovizna. Fue un mal comienzo para una mala jornada: hacia el mediodía el poní de Nimue perdió una herradura y tuvieron que desviarse hacia una aldea, en busca de un herrero. Habría preferido que no se rumoreara en la zona que la hermana del rey se dirigía a Avalón, pero ya no había remedio. Allí las novedades eran tan pocas que cualquier acontecimiento parecía tener alas.

La lluvia continuó durante todo el día; aunque era verano, Morgana temblaba y la niña estaba nerviosa e inquieta; por fin empezó a llorar por lo bajo, preguntando por su madre. Eso tampoco tenía remedio; una de las primeras lecciones para las novicias era soportar la soledad. Tendría que llorar hasta hallar consuelo por sí misma o aprender a vivir sin él, como todas las doncellas de la Casa.

La tarde estaba avanzada, pero el cielo seguía tan encapotado que no había rastros del sol. Aun así, en esa época del año había claridad hasta tarde y Morgana no quería pasar otra noche al raso. Resolvió continuar mientras pudieran ver el camino, y la alentó notar que, en cuanto reiniciaron la marcha, Nimue dejó de gimotear y empezó a interesarse por lo que veía.

Ya estaban muy cerca de Avalón. La niña estaba tan son lienta que se tambaleaba en la silla; por fin Morgana la desmontó del poni para sentarla con ella. Pero la pequeña despertó e cuanto llegaron a las orillas del Lago.

—¿Hemos llegado, tía? —preguntó.

—No, pero falta poco —respondió Morgana, dejándola de pie en el suelo—. Si todo marcha bien, dentro de media hora podrás cenar y acostarte. —«¿Y si no marcha bien?» Se negaba a pensar en eso. La duda era fatal para el poder y la videncia.

—No veo nada. ¿Es aquí? ¡Pero si aquí no hay nada, tía! —Y Nimue miraba temerosa la triste costa, los juncales solitarios que murmuraban bajo la lluvia.

—Nos enviarán una barca.

—Pero ¿cómo sabrán que estamos aquí? ¿Cómo harán para vernos con esta lluvia?

—Yo la llamaré —dijo Morgana—. Calla, niña.

En su interior se repetía la exclamación inquieta de la niña, pero allí, en la orilla de su patria, sentía henchirse en ella la antigua sabiduría, colmándola como a una copa desbordante. Inclinó la cabeza en la plegaria más fervorosa de su vida; luego aspiró hondo y alzó los brazos para la invocación.

Por un momento, angustiada por el fracaso, no sintió nada. Luego llegó, como un rayo de luz descendiendo lentamente por ella. A su lado, la niña ahogó una súbita exclamación de maravilla. Su cuerpo era como un puente resplandeciente entre el cielo y la tierra. No pronunció conscientemente la palabra de poder, pero la sintió palpitar en todo su cuerpo, como un trueno. Silencio. Nimue, pálida y muda a su lado. Y entonces las aguas tenebrosas del Lago se agitaron ligeramente, como un bullir de la niebla. Apareció una sombra larga, oscura, y la barca de Avalón, reluciente, salió de la bruma. Morgana dejó escapar el aire en un largo suspiro, que era casi un sollozo.

La embarcación se deslizó sin ruido hasta la costa, como una sombra, pero el ruido de la quilla al raspar contra la tierra fue muy real y sólido. Varios hombrecillos morenos desembarcaron para hacerse cargo de las monturas e hicieron una profunda reverencia a Morgana. Uno dijo:

—Os llevaré por el otro sendero, señora. —Y desapareció en la lluvia.

Otro se apartó para que Morgana pudiera abordar la barca, le entregó a la niña y ofreció una mano a los asustados criados. Siempre en silencio, la barca se adentró en el Lago.

—¿Qué es esa sombra, tía? —susurró Nimue.

—Es la iglesia de Glastonbury —respondió Morgana, sorprendida de que su voz sonara tan serena—. Está en la otra isla, la Que se ve desde aquí. Allí está sepultada tu abuela, la madre , tu padre. Tal vez algún día veas su monumento.

—¿Vamos hacia allí? Dicen que en Glastonbury también hay un convento.

—No, no vamos hacia allí. Espera en silencio y verás.

Ahora venía la verdadera prueba: ¿podría partir las nieblas para llegar a Avalón? No era posible intentarlo y fracasar; simplemente, tenía que ponerse de pie y hacerlo, sin detenerse a pensar. Y estaban en el centro exacto del Lago; otro golpe de remos los pondría en la corriente que iba hacia la isla de Glastonbury.

Morgana se levantó rápidamente y alzó los brazos. Una vez más recordó la primera vez que lo hizo, la impresión de descubrir que la tremenda descarga de poder era silenciosa, cuando habría debido llenar el cielo de truenos. No se atrevió a abrir los ojos hasta que Nimue lanzó una exclamación de miedo y extrañeza.

La lluvia había desaparecido. Bajo el último fulgor del sol poniente se extendía la isla de Avalón, verde y bella; había esplendor sobre el Lago, en el círculo de piedras del Tozal y en los muros del templo. Morgana lo vio entre un borrón de lágrimas, tambaleándose. Una mano la sujetó por el hombro, impidiéndole caer.

«Aquí estoy, aquí estoy, he vuelto a casa...»

Se compuso al sentir que la barca se deslizaba sobre los guijarros de la costa. No estaba bien que la vieran con los velos de seda y los dedos llenos de anillos, pero no tenía remedio. Con la cabeza en alto, orgullosa, cogió a la niña de la mano. Pese a todos los años transcurridos, pese a todos los cambios, era Morgana de Avalón, sacerdotisa de la Gran Diosa, descendiente de la antigua estirpe real de la isla.

No la sorprendió ver ante sí a una fila de criados inclinados en reverencia; detrás de ellos, esperándola, las túnicas oscuras de las sacerdotisas, que habían acudido a darle la bienvenida. Y entre ellas vio un rostro que sólo había visto en sueños: una mujer alta, rubia y majestuosa, con el pelo trenzado sobre la frente. Ésta se acercó rápidamente para abrazarla.

—Bienvenida, parienta —dijo con voz suave—. Bienvenida al hogar, Morgana.

Y Morgana pronunció el nombre que había oído de Kevin, confirmando sus sueños.

—Os saludo, Niniana, y os traigo a la nieta de Viviana para que la eduquéis aquí. Se llama Nimue.

Niniana la estaba estudiando con curiosidad, pero entonces se agachó para observar a la pequeña.

—¿Es la hija de Galahad?

—No —aclaró Nimue—: Galahad es mi hermano. Soy hija del caballero Lanzarote.

La Dama sonrió.

—Lo sé —dijo—, pero aquí no llamamos a tu padre por el nombre que le dieron los sajones. Lleva el mismo que tu hermano. Bien, Nimue: ¿has venido para ser sacerdotisa?

La niña contempló el paisaje crepuscular.

—Es lo que me ha dicho mi tía Morgana. Me gustaría aprender a leer, a escribir y a tocar la lira, y saber de estrellas y todas esas cosas que ella sabe. ¿Es cierto que sois hechiceras malas? Yo creía que las hechiceras eran viejas y feas, pero vos sois muy hermosa. —Se mordió el labio—. De nuevo he sido descortés.

Niniana rió.

—Di siempre la verdad, niña. Soy hechicera, sí. No creo ser fea; si soy buena o mala, tendrás que decidirlo tú misma. Trato de hacer la voluntad de la Diosa; nadie puede hacer más.

—Yo lo intentaré, si me enseñáis cómo.

El sol se ocultó tras el horizonte; de pronto la costa fue toda penumbra gris. A una seña de la Dama, un criado encendió la antorcha de su vecino; la llama pasó de mano en mano hasta que la orilla quedó iluminada por las teas. Niniana dio a la niña una palmadita en la mejilla y dijo:

—Hasta que seas mayor, ¿obedecerás a las mujeres que cuidarán de ti?

—Lo intentaré —dijo Nimue—, pero siempre me olvido. Y hago muchas preguntas.

—Puedes hacer todas las que quieras cuando sea apropiado. Pero has pasado el día a caballo y ya es tarde. Esta noche, mi primera orden es que cenes, te bañes y te acuestes como una niña buena. Despídete de tu tía y ve con Lheanna a la Casa de las doncellas.

Señaló con un gesto a una mujer de aspecto maternal, que vestía la túnica del sacerdocio. Nimue sollozó un poquito, diciendo:

—¿Tengo que despedirme ahora? ¿No vendréis mañana, tía Morgana? Creía que aquí estaría con vos.

Morgana corrigió con mucha suavidad:

—No; tienes que ir a la Casa de las doncellas y hacer lo que te ordenen. —La besó en la mejilla, suave como un pétalo—. Que la Diosa te bendiga, querida. Volveremos a encontrarnos cuando Ella lo disponga.

Y mientras hablaba vio a Nimue ya mujer, alta, pálida y seria, con la media luna azul pintada entre las cejas, y una sombra: la Parca... Se tambaleó. Niniana alargó una mano para sostenerla.

—Estáis cansada, señora Morgana. Dejad que la pequeña vaya a descansar y acompañadme. Mañana charlaremos.

Morgana puso un último beso en la frente de Nimue, que se alejó al trote con Lheanna. Le parecía tener una bruma ante los ojos. Niniana le ofreció el brazo.

—Apoyaos en mí. Acompañadme a mis habitaciones. Allí podréis descansar.

La llevó a la morada que en otros tiempos ocupaba Viviana y la dejó a solas en el pequeño cuarto donde dormían las sacerdotisas que atendían a la Dama del Lago. Morgana se las compuso para dominarse.

Después de lavarse el cuerpo fatigado, se envolvió en una larga túnica de lana sin teñir que encontró sobre la cama; comió algo de los alimentos que le habían llevado, pero no probó el vino caliente especiado. Extrajo un cazo de agua de la jarra que había junto al hogar y bebió con lágrimas en los ojos. «Las sacerdotisas de Avalón sólo beben agua del Pozo Sagrado.» Ya en la cama, durmió como una criatura.

Nunca supo qué la había despertado. Percibió una pisada en el cuarto; luego, silencio. El último resplandor del fuego agonizante y el claro de luna que atravesaba las celosías le revelaron una figura velada. Por un momento pensó que Niniana iba a hablar con ella, pero la cabellera que caía sobre los hombros era larga y oscura; la cara, atezada y serena. En una mano distinguió el parche engrosado de una vieja cicatriz. ¡Cuervo!

—Cuervo, ¿eres tú?

Cuervo se llevó un dedo a los labios, en el antiguo gesto de silencio, y se acercó a ella para darle un beso. Sin decir nada, se quitó el largo manto para tenderse junto a Morgana y la cogió en sus brazos. Ninguna de las dos dijo una palabra en todo el tiempo que siguió. Era como si el mundo real y Avalón se hubieran alejado; una vez más se encontraba en las sombras del País de las hadas, entre los brazos de la Dama... Oyó en su mente la antigua bendición de Avalón, en tanto Cuervo la tocaba lentamente, en silencio ritual, y el sonido pareció temblar en torno de ella: «Benditos sean los pies que te han traído a este lugar... Benditas las rodillas que se doblarán ante su altar... Bendito el portal de la Vida.»

Cuervo se incorporó. Siempre sin hablar, sacó de alguna par te una medialuna de plata, el ornamento ritual de las sacerdotisas Morgana comprendió que era el mismo que dejó en su cama, en la Casa de las doncellas, al huir de Avalón con el hijo de Arturo en el vientre. Sin decir nada, dejó que Cuervo se lo colgara del cuello. A la última luz de la luna, ésta le señaló la hoz que pendía de su cintura. Morgana asintió; la de Viviana no se apartaría jamás de su lado. Estaba bien que Cuervo llevara la que había sido suya hasta el día en que fuera atada a la cintura de Nimue.

Inmóvil, como en un sueño, vio que Cuervo dirigía la hoz hacia su cuello, para arrancar de la clavícula una sola gota de sangre. Morgana cogió el instrumento e hizo un pequeño corte sobre su corazón. Su compañera lamió la sangre de ese tajo. Ella se inclinó para aplicar los labios a la mancha de Cuervo. Así sellaban un voto mucho más allá de los que habían pronunciado al entrar en la edad adulta. Luego se abrazaron.

«Entregué mi doncellez al Astado, di un hijo al Dios, ardí de pasión por Lanzarote y Accolon me devolvió al sacerdocio en los campos arados. Pero hasta ahora nunca supe lo que era ser recibida simplemente en el amor...» Y tuvo la sensación de yacer en el regazo de la Gran Madre.

Cuando despertó estaba sola. Abrió los ojos al sol de Avalón, sollozando de júbilo, y por un momento se preguntó si habría soñado. Pero sobre su corazón había una pequeña mancha de sangre seca. Y en la almohada, la medialuna de plata, joya ritual de la sacerdotisa, que había dejado al huir.

Morgana se la colgó del cuello. La sepultarían con ella, como a Viviana. Sus dedos temblaban al atar la tirilla de cuero, sabiendo que era otra consagración. En la almohada había algo más, que por un momento cambió de forma: un capullo de rosa, una rosa en flor. Ya en la mano de Morgana resultó ser la baya del escaramujo, redonda y carmesí, palpitando con la agria vida del rosal. Luego se marchitó ante sus ojos, hasta quedar seco en su palma. Entonces comprendió.

«La flor, e incluso el fruto, es sólo el comienzo. En la semilla reside la vida y el futuro. Y lo que soy tiene que permanecer oculto, tal como la rosa yace oculta en la semilla.»

La túnica de sacerdotisa volvería a ser suya, pero aún tenía que ganarse el derecho a usarla. Se sentó a esperar que Niniana la convocara.

Cuando entró en el cuarto central, donde tantas veces se había enfrentado a Viviana, el tiempo giró sobre sí mismo; por un momento creyó verla en su sitial, menuda e impresionante... Luego parpadeó; era Niniana quien estaba allí, alta, delgada y rubia, casi una niña jugando en el trono. Por un momento la invadió el resentimiento; esa joven necia y ordinaria, que ocupaba el lugar de Viviana, sólo había sido elegida porque llevaba la sangre de Taliesin.

La miró desde arriba, sabiendo que había asumido el antiguo hechizo de majestad. Y de pronto le pareció leerle los pensamientos: «Tendría que estar aquí, en mi lugar. ¿Cómo puedo hablar con autoridad ante la reina Morgana de las Hadas?» Y al gran respeto se mezclaba un simple resentimiento: «Si no hubiera huido, faltando a su deber, yo no estaría esforzándome por desempeñar un papel para el que no soy apta.»

Morgana se acercó para estrecharle las manos. Niniana se sorprendió al oírla hablar con tanta suavidad.

—Lo siento, pobre niña. Daría la vida por volver y libraros de esta carga. Pero no puedo, no me atrevo. No me es posible esconderme aquí y evadir la tarea que se me ha asignado. —Ya no sentía arrogancia ni desprecio por la muchacha, sino compasión—. He iniciado un trabajo en el oeste y tengo que completarlo. Tenéis que guardarme el lugar, y que la Diosa nos ayude a ambas.

Niniana permaneció rígida un momento; luego, desaparecido su resentimiento, se aferró de ella, parpadeando para alejar las lágrimas.

—Quería odiaros.

—Y yo a vos, quizá. Pero Ella ha querido otra cosa.

Sus labios agregaron algo más: las palabras que había callado durante tanto tiempo. Niniana, con la cabeza gacha, murmuró la respuesta debida. Luego dijo:

—Habladme de vuestra obra en el oeste, Morgana. No, sentaos aquí, a mi lado. Entre nosotras no hay rangos.

Cuando le hubo contado lo que podía, la Dama asintió.

—Algo de eso me dijo Merlín —comento—. Conque en ese país la gente vuelve al culto antiguo. Pero Uriens tiene dos hijos varones y su heredero es el primogénito. Vuestra misión consiste en lograr que Gales tenga un rey leal a Avalón, y eso significa que Accolon tiene que suceder a su padre.

Morgana cerró los ojos. Por fin dijo, con la cabeza inclinada:

—No mataré, Niniana. He visto demasiada sangre. La muerte de Avalloch no resolvería nada, pues a su vez tiene un hijo varón; allí imperan las costumbres romanas.

—Un hijo varón al que se podría educar en el culto antiguo ¿Qué edad tiene? ¿Cuatro años?

—Esa edad tenía cuando llegué a Gales. Basta, Niniana. Lo he hecho todo, pero no voy a matar, ni siquiera por Avalón.

Los ojos de la Dama arrojaron chispas azules.

—Nunca digáis: «De esta agua no beberé» —advirtió—. Haréis lo que la Diosa ordene.

Y de pronto Morgana comprendió, con inesperada humildad, por qué había sido enviada hasta allí. Entonces inclinó la cabeza, susurrando:

—Todos estamos en sus manos.

—Así sea.

Se hizo tal silencio que se oyó el chapoteo de un pez en el lago. Luego Niniana dijo:

—¿Y Arturo? Aún porta la espada de la Regalía druídica. ¿Cumplirá por fin con su juramento? ¿Podéis hacer que lo cumpla?

—No conozco el corazón de Arturo —respondió Morgana. Era una confesión amarga. «Tenía poder sobre él, pero fui demasiado timorata para usarlo.»

—Tiene que jurar otra vez su lealtad a Avalón. De lo contrario tendréis que quitarle la espada. Sois la única persona que puede encargarse de esa misión. Como sabéis, Arturo no ha tenido hijos de su reina y ha nombrado heredero al hijo de Lanzarote. Pero tiene un hijo varón, que puede recobrar ese reino para Avalón. Antaño el hijo del rey no tenía importancia. El heredero era el hijo de su hermana. ¿Comprendéis lo que quiero decir, Morgana?

«Accolon tiene que asumir el trono de Gales. Y mi hijo... es el heredero del rey Arturo.» Ahora todo tenía sentido, hasta su esterilidad tras el nacimiento de Gwydion. Pero preguntó:

—¿Qué pasará con el hijo de Lanzarote?

Niniana se encogió de hombros.

—No puedo verlo todo —dijo—. Si vos hubierais sido la Dama del Lago... Pero ha pasado el tiempo y es preciso hacer otros planes. Arturo aún podría cumplir con su juramento de fidelidad a Avalón y conservar la Escalibur, entonces procederíamos de una manera. Y si no, Ella preparará otro camino; cada una tiene su tarea a realizar. Pero de un modo u otro, Accolon tiene que ser el rey de Gales, y eso os incumbe. Cuando caiga Arturo (aunque los astros dicen que vivirá mucho tiempo), se elevará el rey de Avalón. De lo contrario, según las estrellas, sobre esta tierra caerá una sombra tal que será como si nunca hubiera existido. Y cuando el próximo rey asuma el poder, Avalón volverá a la gran corriente del tiempo y la historia... Y un rey subordinado gobernará las Tribus del oeste. Accolon ascenderá muy alto como consorte vuestro. Y a vos os corresponde preparar el país para el gran monarca de Avalón.

Una vez más Morgana inclinó la cabeza.

—Estoy en vuestras manos.

—Ahora tenéis que regresar. Pero antes os presentaré a alguien. Su tiempo aún no ha llegado..., pero habrá una tarea más para vos.

Alzó una mano y un joven alto entró en la habitación, como si hubiera estado esperando.

Al verlo Morgana sintió un dolor tan grande que, por un momento, no pudo respirar. Allí estaba Lanzarote redivivo: joven y esbelto como una llama oscura, con el pelo rizado sobre las mejillas, sonriente la cara estrecha y morena, Lanzarote, tal como era cuando ambos se tendieron a la sombra del círculo de piedras, como si el tiempo hubiera vuelto atrás.

De inmediato comprendió quién era. Él se adelantó para besarle la mano. También su andar era el de Lanzarote: de movimientos fluidos, casi una danza. Pero lucía la túnica del bardo; llevaba tatuada en la frente una bellota y, en las muñecas, las serpientes de Avalón.

Cualquier cosa que pudiera decir sonaría necia.

—Gwydion... No te pareces a tu padre.

—No —dijo—. Llevo la sangre de Avalón. Vi una vez a Arturo, cuando fue en peregrinación a Glastonbury. Reverencia demasiado a los curas, nuestro rey. —Su sonrisa fue fugaz, feroz.

—No tienes motivos para amar a tus padres, Gwydion —comentó Morgana. Y le estrechó la mano. Pero sorprendió en sus ojos una momentánea expresión de odio glacial. Al cabo de un momento había desaparecido. Allí estaba otra vez el joven druida sonriente.

—Mis padres me hicieron el mejor obsequio —dijo—: la sangre real de Avalón. Y os pediré una sola cosa más, señora Morgana.

—Irracionalmente, lamentó que no la hubiera llamado madre, ni siquiera una vez.

—Pide. Si está a mi alcance, es tuyo.

—No es un gran presente —dijo Gwydion—. Dentro h cinco años, no más, reina Morgana, me llevaréis ante Arturo y le haréis saber que soy su hijo. —Una rápida y perturbadora sonrisa—. Sé que no puede reconocerme como heredero. Pero deseo que me vea la cara. No pido más.

Ella inclinó la cabeza.

—No puedo negártelo, Gwydion.

Ginebra podía pensar lo que quisiera; Arturo ya había cumplido su penitencia. Nadie podía por menos que sentirse orgulloso de ese grave y sacerdotal druida. Y después de tantos años tampoco ella podía avergonzarse por lo pasado. Al ver a su hijo ya adulto sentía gran respeto por la videncia de Viviana.

—Te juro que ese día llegará—dijo—. Lo juro por el Pozo Sagrado.

Se le empañaron los ojos; parpadeó, furiosa, para alejar las lágrimas rebeldes. Ése no era su hijo. Uwaine podía serlo, pero no Gwydion. Ese joven moreno y apuesto, tan parecido al Lanzarote que ella había amado cuando joven, no era su hijo. Era sacerdote de la Gran Diosa, tal como ella era su sacerdotisa. Si entre ambos no había otro vínculo, ése, al menos, los unía.

Apoyó las manos en la cabeza inclinada ante ella, diciendo:

—Bendito seas.

Hacía ya tiempo que la reina Morgause había dejado de lamentarse por no tener el don de la videncia. No obstante, en los últimos días del otoño, cuando los alerces rojos se erguían desnudos en el viento helado que soplaba sobre Lothian, había soñado dos veces con su pupilo Gwydion. Por eso no la sorprendió que uno de sus criados le dijera que se acercaba un jinete por el camino.

Gwydion llevaba una tosca capa de color extraño, con un broche de hueso que ella no había visto nunca. Cuando quiso abrazarlo el joven se echó atrás, haciendo una mueca.

—No, madre... —Y explicó, rodeándola con el brazo libre—: Fui herido de espada en la tierra de los bretones... No, no es grave —la tranquilizó—. No se infectó y es posible que no deje siquiera cicatriz, pero me duele mucho cuando me rozan.

—¿Has estado combatiendo en la Britania gala? Te creía sano y salvo en Avalón —sermoneó Morgause, haciéndolo sentar junto al fuego—. No tengo vino del sur para servirte.

—Bastará con cerveza. O un poco de agua de fuego, si tenéis, con agua caliente y miel. Estoy rígido por la cabalgada.

Tranquilamente reclinado, dejó que una de las mujeres le quitara las botas y colgara la capa a secar—. Qué agradable es estar aquí, madre.

—¿Y has cabalgado tanto con este frío, estando herido? ¿Tienes una gran noticia que darme?

—Ninguna. Sentía nostalgia, nada más —dijo Gwydion negando con la cabeza—. Aquello es demasiado verde, fértil y húmedo, Heno de niebla y campanas de iglesia. Deseaba el aire puro de los acantilados, el grito de las gaviotas y vuestro rostro, madre.

Alargó la mano hacia la taza, dejando ver las serpientes de sus muñecas. Morgause no estaba muy versada en las tradiciones de Avalón, pero sabía que indicaban el rango más alto del sacerdocio. Él notó su mirada e hizo un gesto afirmativo, pero no dijo nada.

—¿Fue en la Britania donde conseguiste esa capa tan fea, digna sólo de un criado?

Gwydion rió entre dientes.

—Me ha protegido de la lluvia. Se la quité a un gran jefe de las tierras extranjeras que combatía por ese Lucio que se proclamaba emperador. Arturo lo liquidó muy pronto, creedme, y hubo botín para todos. Os traigo una copa de plata y un anillo de oro, madre.

—¿Combatiste con el ejército de Arturo?

Viendo la sorpresa de Morgause, rió otra vez.

—Sí, combatí a las órdenes del gran rey que me engendró —dijo, con una sonrisa despectiva—. Oh, no temáis: lo hice por orden de Avalón, entre los guerreros sajones del tratado, donde Arturo no me viera.

Gwydion sonrió; Morgause se dijo que se parecía mucho al pequeño que en otros tiempos se sentaba en su regazo.

—Deseaba darme a conocer a Gareth, sobre todo mientras yacía herido y débil. Pero es hombre de Arturo y ama a su rey; no quise imponer esa carga a mi mejor hermano. Gareth es el único...

No acabó la frase, pero Morgause comprendió: forastero en todas partes, encontraba en él a un hermano y un gran amigo. De pronto sonrió de oreja a oreja, abandonando el aire remoto que lo hacía parecer tan joven.

—En todos los ejércitos sajones, madre, me preguntaron mil veces si era hijo de Lanzarote. Yo no veo tanta similitud; claro que no estoy tan familiarizado con mi cara.

—Quien haya conocido a Lanzarote en su juventud no podría mirarte sin saber que sois parientes —dijo Morgause.

—Eso dije; a veces adoptaba el acento bretón y decía también estaba emparentado con el rey Ban. Pero supo que nuestro Lanzarote, con esa cara que lo convierte en un imán para las mujeres, tiene que haber engendrado muchos bastardos. No tendría que maravillar tanto que uno tuviera su misma cara. ¿No es así? Se dice que tuvo un hijo con la reina y que niño fue puesto secretamente bajo la tutela de esa prima con quien lo casaron... Se cuentan muchas cosas descabelladas d Lanzarote y la reina, pero todos están de acuerdo en que, para las demás mujeres, sólo tiene cortesía y palabras bonitas. Hasta hubo algunas que se arrojaron sobre mí, diciendo que, a falta de él, tendrían a su hijo.

Y se encogió cómicamente de hombros. Morgause se echó a reír.

—Así que los druidas no te han privado de eso, hijo mío.

—En absoluto. Pero las mujeres, en su mayoría, son necias. Vos me quitasteis el gusto por las necias, madre.

—Lástima que no se pueda decir lo mismo de Lanzarote —comentó Morgause—. Ginebra no parece tener mucho seso.

Y pensó: «Tienes la cara de Lanzarote, hijo mío, pero has heredado el ingenio de tu madre.»

Como si adivinara sus pensamientos, Gwydion dejó la copa vacía y despidió a la criada que iba a llenarla otra vez.

—Basta. Estoy tan cansado que no toleraría ni un sorbo más. Pero me gustaría cenar. Ansío una buena comida casera: gachas y tortas de cebada. Madre, en Avalón conocí a la señora Morgana.

—¿Cómo está mi sobrina?

—Me pareció mayor que vos, madre.

—No —corrigió Morgause—. Morgana es diez años menor.

—Aun así, parece anciana y fatigada, mientras que vos...

Le sonrió. Ella sintió una súbita felicidad. «A ninguno de mis hijos he amado como a éste —pensó—. Morgana hizo bien en dejarlo a mi cuidado.»

—Oh, yo también envejezco, muchacho —dijo—. Cuando naciste ya tenía un hijo adulto.

—Entonces sois mucho mejor hechicera que ella —aseguró Gwydion—. Os veo tal como el día en que partí hacia Avalón, madre mía.

Le cogió una mano para besársela. Ella se acercó para acariciarle el pelo oscuro, poniendo cuidado en no tocar la herida.

—Ahora Morgana es la reina de Gales.

—Cierto —confirmó Gwydion—, y tiene el favor del rey. Arturo ha incluido a su hijastro, Uwaine, en su guardia personal» junto con Gawaine. Ambos son recios y leales; lo adoran corno si el sol dependiera de él. —Morgause percibió lo irónico —de su sonrisa—. Pero es un defecto de muchos hombres... Y de eso he venido a hablaros, madre. ¿Sabéis algo de lo que planea Avalón?

—Sólo sé lo que dijeron Niniana y Merlín cuando vinieron a buscarte. Que tú serás el heredero de Arturo, el ciervo joven que derriba al Macho rey.

Lo había dicho en el idioma antiguo. Gwydion enarcó las cejas.

—Entonces lo sabéis todo —dijo—. Pero tal vez ignoréis que no es posible hacerlo ahora. Desde que Arturo derribó a ese Lucio, su estrella brilla como nunca. Quien levantara una mano contra él sería hecho pedazos por sus caballeros o por el populacho; nunca he visto hombre tan amado. Hasta yo, que no tengo motivos para apreciarlo, sentí el hechizo que crea a su alrededor. No imagináis cómo se le adora.

—Qué extraño —comentó Morgause—. A mí nunca me pareció tan notable.

—No, seamos justos —dijo Gwydion—. No hay otro en este país que haya unido a todas las facciones como lo hizo él. Incluso los sajones, que en otros tiempos combatieron a muerte contra Uther, le juran lealtad. En la batalla no se destaca, pero es un gran general. Y hay algo en su persona. Amarlo es fácil. Y mientras todos le adoren de ese modo me será imposible cumplir con mi tarea.

—Entonces será preciso disminuir ese amor —sugirió Morgause—. Hay que desacreditarlo. No es mejor que cualquier otro; te tuvo con su hermana y es bien sabido que no desempeña un papel muy lucido con su reina.

—No dudo que con todo eso se pueda hacer algo. Pero estos últimos años Lanzarote se ha mantenido lejos de la corte y cuida de no encontrarse a solas con la reina, para evitar cualquier sombra de escándalo. Dicen que lloró como una criatura al despedirse de ella para seguir a Arturo contra Lucio, a pesar de que combate como nadie. Parece que busca arrojarse de cabeza a la muerte. Sin embargo, nunca resulta herido. No sé... Su madre era la suma sacerdotisa de Avalón. Tal vez tenga algún tipo de protección sobrenatural.

—-Morgana debe de saberlo —observó ella, secamente—, Pero no te aconsejo que se lo preguntes.

—Sé que la vida de Arturo está protegida por la sagrada Escalibur y su vaina mágica, que le impide desangrarse. Morgana tiene como primera misión recuperar esa espada, a menos que él renueve su juramento de lealtad a Avalón. Y no dudo que ella sea capaz de conseguirlo. Creo que mi madre no se detendría ante nada. De los dos, el que más me gusta es mi padre. No sabe el mal que hizo al engendrarme.

—Tampoco tu madre lo sabía —observó Morgause. con aspereza.

—Desconfío de Morgana. Incluso Niniana ha caído bajo su hechizo. ¿Vos también vais a defenderla, madre?

«Así era Viviana —pensó Morgause—. Hacía que todos obraran según su voluntad. Y ahora Niniana ha hecho lo que Morgana deseaba.» Gwydion también parecía tener algo de ese poder. Súbitamente, con inesperado dolor, se sintió desgarrada entre los dos: Morgana, que había sido como la hija que jamás tuvo, y Gwydion, más precioso para ella que sus hijos.

—¿Tanto la odias, Gwydion?

—No sé lo que siento. —El joven la miró con los ojos oscuros y luctuosos de Lanzarote—. Ojalá me hubiera criado en la corte, como hijo de mi padre y fiel seguidor suyo, no como su más enconado enemigo. —Apoyó la cabeza entre los brazos—. Estoy fatigado, madre. Estoy harto de luchar. No me gusta pensar que este gran rey es mi enemigo, que por el bien de Avalón tengo que llevarlo a la muerte o al deshonor. Preferiría amarlo, como todos los hombres. Preferiría que la señora Morgana fuera mi madre, no la gran sacerdotisa a quien he jurado obedecer. Y que Niniana, cuando yace en mis brazos, no fuera la Diosa, sino sólo mi gran amor. Estoy harto de dioses y diosas, y tan cansado de mi destino...

Durante un largo instante guardó silencio, con la cara escondida y los hombros temblorosos. Morgause le acarició el pelo, vacilante. Por fin levantó la cabeza para decir, con una sonrisa amarga:

—Voy a beber otra taza del fuerte licor que destiláis en estas colinas, esta vez sin agua ni miel.

Y cuando se lo llevaron lo bebió hasta apurarlo, sin mirar siquiera las gachas humeantes y las tortas que la muchacha le había llevado.

—Como decía el antiguo romano de los viejos libros de Lot: «No consideres feliz a nadie hasta que haya muerto.» Mi tarea es, pues, dar a mi padre la mayor felicidad. ¿Para qué rebelarme contra ese destino?

Pidió por señas más licor; al ver que Morgause vacilaba. cogió la botella para llenarse la taza él mismo.

—Vas a emborracharte, querido. ¿Por qué no cenas primero?

—-Me emborracharé, sea —replicó con amargura—. Brindo por la muerte y el deshonor..., ¡el de Arturo y el mío! —Vació nuevamente la taza y la arrojó a un rincón, donde rebotó con un sonido metálico—. Que sea tal como los hados han decretado: el Macho rey imperará en el bosque hasta el día que la Dama señale... «pues todas las bestias nacieron y se unieron con otras de su especie, para vivir y hacer la voluntad de las fuerzas vitales, y por fin entregaron sus espíritus nuevamente a la custodia de la Dama...».

Pronunció las palabras con un extraño énfasis. Morgause se estremeció, comprendiendo que eran frases rituales.

Gwydion aspiró hondo.

—Pero esta noche voy a dormir en casa de mi madre y me olvidaré de Avalón, de los reyes, los ciervos y el destino. ¿Verdad, verdad?

Finalmente vencido por el fuerte licor, cayó hacia delante, en los brazos de Morgause. Ella lo retuvo allí, acariciándole el pelo oscuro, tan parecido al de Morgana. Pero incluso en sus sueños se retorcía y murmuraba, como si tuviera pesadillas. Y Morgause comprendió que no era sólo por el dolor de su reciente herida.

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