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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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jueves, 29 de octubre de 2009

LA ATLANTIDA

LA ATLANTIDA
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LA ATLÁNTIDA
A continuación paso a transcribir la
traducción de un Manuscrito Maya que es
parte de la famosa colección de "LE
PLONGEON", los manuscritos de Troano y que
puede verse en el Museo Británico:
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"En el año 6 de Kan, el 11 Muluc,
en el mes Zrc, ocurrieron terribles
terremotos que continuaron sin
interrupción hasta el 13 Chuen. El país
de las lomas de barro, la Tierra de MU,
fue sacrificada".
"Después de dos conmociones,
desapareció durante la noche, siendo
constantemente estremecida por los
fuegos subterráneos, que hicieron que
la tierra se hundiera y reapareciera
varias veces y en diversos lugares. Al
fin la superficie cedió y diez países se
separaron y desaparecieron. Se
hundieron 64 millones de habitantes,
8000 años antes de escribirse este
libro".
-
En los archivos antiquísimos del antiguo
templo de Lhasa (Tibet), puede verse una
antigua inscripción Caldea escrita unos 2000
años antes de Cristo y que a la letra dice:
-
"Cuando la Estrella Bal cayó en el lugar donde ahora sólo hay mar y cielo (El
Océano Atlántico), las Siete Ciudades con sus puertas de Oro y Templos
Transparentes temblaron y estremecieron como las hojas de un árbol movidas por la
tormenta".
"Y he aquí que una oleada de fuego y de humo se elevó de los palacios; los gritos
de agonía de la multitud llenaban el aire".
"Buscaron refugio en sus templos y ciudadelas y el Sabio MU, el Sacerdote de RAMU
se presentó y les dijo: "¿No os predije todo esto?". Y los hombres y mujeres,
cubiertos de piedras preciosas y brillantes vestiduras, clamaron diciendo:
"¡MU, sálvanos!" y MU replicó: "Moriréis con vuestros esclavos y vuestras
riquezas, y de vuestras cenizas surgirán nuevas naciones".
"Si ellos (Refiriéndose a nuestra actual Raza Aria) se olvidan de que deben ser
superiores, no por lo que adquieren sino por lo que dan, la misma suerte les tocará".
"Las llamas y el humo ahogaron las palabras de MU, y la tierra se hizo pedazos y
se sumergió con sus habitantes en las profundidades en unos cuantos meses".
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Atlántida (en griego Atlantis nesos, ‘isla de Atlantis’ ) es el nombre de una isla legendaria desaparecida en el mar, mencionada y descrita por primera vez en los diálogos Timeo y el Critias, textos del filósofo griego Platón.
La precisa descripción de los textos de Platón y el hecho que en ellos se afirme reiteradamente que se trata de una historia verdadera, ha llevado a que, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX, durante el Romanticismo, se propongan numerosas teorías sobre su ubicación. En la actualidad se piensa que el relato de la Atlántida, según la interpretación literal de las traducciones ortodoxas de los textos de Platón, presenta anacronismos y datos imposibles. Una opinión muy extendida es que la Atlántida descrita por Platón nunca existió, y que sólo es un mero vehículo literario o un mito inventado por él. Por otro lado, como ya se ha dicho, Platón describió el relato como historia verdadera y no como mito. Se ha apuntado que la leyenda pueda haber sido inspirada en un lejano fondo de realidad histórica, vinculado a alguna catástrofe natural pretérita como pudiera ser un diluvio, una gran inundación o un terremoto.
La Atlántida ha servido de inspiración para numerosas obras literarias y cinematográficas, especialmente historias de fantasía y ciencia-ficción.
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El Timeo y el Critias
PLATON
Las primeras referencias a la Atlántida aparecen en el Timeo y el Critias, textos en diálogos del filósofo griego Platón. En ellos, Critias, discípulo de Sócrates, cuenta una historia que de niño escuchó de su abuelo y que este, a su vez, supo de Solón, el venerado legislador ateniense, a quien se la habían contado sacerdotes egipcios en Sais, ciudad del delta del Nilo. La historia, que Critias narra como verdadera, se remonta en el tiempo a nueve mil años antes de la época de Solón, para narrar cómo los atenienses detuvieron el avance del imperio de los atlantes, belicosos habitantes de una gran isla llamada Atlántida, situada frente a las Columnas de Hércules y que, al poco tiempo de la victoria ateniense, desapareció en el mar a causa de un terremoto y de una gran inundación.
En el Timeo, Critias habla de la Atlántida en el contexto de un debate acerca de la sociedad ideal; cuenta cómo llegó a enterarse de la historia y cómo fue que Solón la escuchó de los sacerdotes egipcios; refiere la ubicación de la isla y la extensión de sus dominios en el mar Mediterráneo; la heroica victoria de los atenienses y, finalmente, cómo fue que el país de los atlantes se perdió en el mar. En el Critias, el relato se centra en la historia, geografía, organización y gobierno de la Atlántida, para luego comenzar a narrar cómo fue que los dioses decidieron castigar a los atlantes por su soberbia. Relato que se interrumpe abruptamente, quedando inconclusa la historia.
Descripción de la isla
Los textos de Platón sitúan la Atlántida frente a las Columnas de Hércules (lugar tradicionalmente entendido como el estrecho de Gibraltar) y la describen como una isla más grande que Libia y Asia juntas. Se señala su geografía como escarpada, a excepción de una gran llanura de forma oblonga de 3000 por 2000 estadios, rodeada de montañas hasta el mar. A mitad de la longitud de la llanura, el relato ubica una montaña baja de todas partes, distante 50 estadios del mar, destacando que fue el hogar de uno de los primeros habitantes de la isla, Evenor, nacido del suelo.Según el Critias, Evenor tuvo una hija llamada Clito. Cuenta este escrito que Poseidón era el amo y señor de las tierras atlantes, puesto que, cuando los dioses se habían repartido el mundo, la suerte había querido que a Poseidón le correspondiera, entre otros lugares, la Atlántida. He aquí la razón de su gran influencia en esta isla. Este dios se enamoró de Clito y para protegerla, o mantenerla cautiva, creó tres anillos de agua en torno de la montaña que habitaba su amada. La pareja tuvo diez hijos, para los cuales el dios dividió la isla en respectivos diez reinos. Al hijo mayor, Atlas o Atlante, le entregó el reino que comprendía la montaña rodeada de círculos de agua, dándole, además, autoridad sobre sus hermanos. En honor a Atlas, la isla entera fue llamada Atlántida y el mar que la circundaba, Atlántico. Un segundo hijo se llamaba Eumelo en griego, siendo su nombre original Gadiro, Gadeiron o Gadeirus, y gobernaba el extremo de la isla que se extiende desde las Columnas de Heracles hasta la región que, posiblemente por derivación de su nombre, se denominaba Gadírica, Gadeirikês o Gadeira en tiempos de Platón.
Favorecida por Poseidón, la tierra insular de Atlántida era abundante en recursos. Había toda clase de minerales, destacando el oricalto, traducible como cobre de montaña, más valioso que el oro para los atlantes y con usos religiosos (actualmente se piensa que debía ser una aleación natural del cobre); grandes bosques que proporcionaban ilimitada madera; numerosos animales, domésticos y salvajes, especialmente elefantes; copiosos y variados alimentos provenientes de la tierra. Tal prosperidad dio a los atlantes el impulso para construir grandes obras. Edificaron, sobre la montaña rodeada de círculos de agua, una espléndida acrópolis plena de notables edificios, entre los que destacaban el Palacio Real y el templo de Poseidón. Construyeron un gran canal, de 50 estadios de longitud, para comunicar la costa con el anillo de agua exterior que rodeaba la metrópolis; y otro menor y cubierto, para conectar el anillo exterior con la ciudadela. Cada viaje hacia la ciudad era vigilado desde puertas y torres, y cada anillo estaba rodeado por un muro. Los muros estaban hechos de roca roja, blanca y negra sacada de los fosos, y recubiertos de latón, estaño y oricalco. Finalmente, cavaron, alrededor de la llanura oblonga, una gigantesca fosa a partir de la cual crearon una red de canales rectos, que irrigaron todo el territorio de la planicie.
La caída del imperio atlante
Los reinos de la Atlántida formaban una confederación gobernada a través de leyes, las cuales se encontraban escritas en una columna de oricalco, en el Templo de Poseidón. Las principales leyes eran aquellas que disponían que los distintos reyes debían ayudarse mutuamente, no atacarse unos a otros y tomar las decisiones concernientes a la guerra, y otras actividades comunes, por consenso y bajo la dirección de la estirpe de Atlas. Alternadamente, cada cinco y seis años, los reyes se reunían para tomar acuerdos y para juzgar y sancionar a quienes de entre ellos habían incumplido las normas que los vinculaban.
La justicia y la virtud eran propios del gobierno de la Atlántida, pero cuando la naturaleza divina de los reyes descendientes de Poseidón se vio disminuida, la soberbia y las ansias de dominación se volvieron características de los atlantes. Según el Timeo, comenzaron una política de expansión que los llevó a controlar los pueblos de Libia (entendida tradicionalmente como el norte de África) hasta Egipto y de Europa, hasta Tirrenia (entendida tradicionalmente como Italia). Cuando trataron de someter a Grecia y Egipto, fueron derrotados por los atenienses.
El Critias señala que los dioses decidieron castigar a los atlantes por su soberbia, pero el relato se interrumpe en el momento en que Zeus y los demás dioses se reúnen para determinar la sanción. Sin embargo, habitualmente se suele asumir que el castigo fue un gran terremoto y una subsiguiente inundación que hizo desaparecer en el mar la isla donde se encontraba el reino o ciudad principal, "en un día y una noche terribles", según señala el Timeo.
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ENLACES INTERES:
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FUENTES
WIKIPEDIA Y SAMAELGNOSIS

martes, 27 de octubre de 2009

LILITH, EL JUICIO DE LA GORGONA Y LA SONRISA DE SALGARI

LILITH, EL JUICIO DE LA GORGONA Y LA SONRISA DE SALGARI

JOSÉ ANTONIO COTRINA





La Peña, el peonza y la causalidad.
Después de darle muchas vueltas y sopesar otras posibilidades he optado por la educación y comenzaré esta narración presentándome. Mi nombre es Alfredo García Torrecilla y nací, hace cincuenta y pocos años, en un pueblecito de Cáceres de nombre Aliseda. Mis padres eran oriundos de la zona y llevaban una apacible vida campesina hasta que la llegada de su primer y a la postre único hijo vino a trastornarla. Tengo vagos recuerdos del pueblo, recuerdo de manera difusa las tardes de calor ondulante incrustado en las paredes encaladas, cociendo lagartijas ociosas y atontando a las moscas. Lo único que recuerdo con toda claridad es una pequeña peña que se encontraba a la puerta del corral y que se convirtió, desde que descubrí la utilidad de las dos extremidades que nacían de mi cintura, en el mayor reto de mi infancia. Desde que tuve uso de conciencia la peña a la puerta del corral fue mi némesis. Sólo vivía para coronar sus dos metros de altura que, a mis ojos, eran casi insalvables; allí me pasaba horas y horas que siempre se traducían en constelaciones de moratones y arañazos cuando la peña me derrotaba. Otro niño se hubiera divertido correteando tras las gallinas –que hacían cima con insultante facilidad–, jugando con los perros de la casa o torturando a las lagartijas ociosas cocidas por el sol pero yo me decanté por la superación personal y por esa maldita peña. Un día el padre de mi padre, hombre de campo y por tanto práctico, tomó al hijo de su hijo por las axilas y lo alzó en volandas hasta posarle en la cima que durante tantos meses le había sido esquiva. Mi llanto, terrible e interminable, le obligó a bajarme, me propinó dos azotes en el trasero y me dejó aturdido a la sombra de mi adversaria. Cosas que podía haber aprendido de esa experiencia: si te esfuerzas siempre habrá alguien que al final haga el trabajo duro por ti. Cosas que aprendí: la gente tiende a sacudirte cuando reaccionas como no esperan.
Nunca pude derrotar a la peña por mis propios medios. Ese fracaso fue el inicio de la larga serie de fracasos que marcaría buena parte de mi vida. Cuando cumplí los cuatro años fue mi padre quien me tomó por las axilas y me llevó a Madrid donde crecería, me haría hombre y profesor de historia. Mis padres cambiaron la tranquilidad del pueblo por el trasiego de la capital, no les fue mal y consiguieron sacar adelante a su pequeño retoño que, por algún curioso capricho de la naturaleza, no crecía tan sólo a lo alto sino que lo hacía también, y casi en la misma proporción, a lo ancho. Supongo que tuve la infancia normal de un niño gordito, fui blanco de las risas y bromas de mis compañeros de colegio y me convertí en un apocado muchacho, pobre en amigos y encerrado en si mismo –un si mismo bastante amplio, todo hay que decir–. No contento con las risas y los ocasionales pescozones que me llevé en mi etapa escolar no tuve ningún rubor en volver a territorio docente una vez alcancé la edad y sabiduría necesarias para convertirme en profesor de historia.
Por lo tanto volví a las bromas y chanzas del alumnado, aunque esta vez me hallaba tras la mesa del profesor, a resguardo de los ocasionales pescozones, a falta de estos, comencé a ser conocido por mis pupilos adolescentes como el Peonza, apodo que dado mi orondo cuerpo y mi pequeña cabeza –despejada en la parte superior pero poblada en su parte inferior por una fina barba castaña– no puedo juzgar como inadecuado.
De haber coronado la peña mi vida hubiera sido completamente distinta, estoy seguro. Tal vez hubiera sido un audaz y estilizado devorador de ochomiles o un intrépido explorador selvático de rápido machete. Quién sabe. La vida esta infectada por causas y efectos que parecen emparejarse por el más puro azar: si hubiera coronado esa peña el Peonza no hubiera existido; si no hubiera decidido suicidarme estaría muerto; si no hubiera comido berberechos no me habrían roto el corazón; si la señorita Gracia Bragado no hubiera cruzado la calle Preciados nunca hubiera conocido a Lucian Izquierdo y no habría concebido a Juan Izquierdo Bragado quien fue juzgado por la Gorgona y devorado.
Y si no hubiera descubierto que Elvis estaba vivo no habría conocido la historia secreta del mundo.

¡Mihala dexar!
En Nueva Guinea existe un lago de aguas poco profundas que ha permanecido oculto a los ojos de la humanidad durante milenios. En el centro del lago hay una isla y en la isla pervive, desde hace miles de años, una tribu de hombres oscuros que se llaman así mismos dexar. Los dexar apenas han cambiado su modo de vida desde los tiempos en que descubrieron el fuego y la agricultura, siguen honrando a la tierra, al sol, a los sueños y a la ocasional y pizpireta estación de las tormentas.
Ningún miembro de la tribu ha salido jamás de la isla, ni siquiera se han planteado que, tras la perpetua niebla que rodea el lago pueda existir algo. La isla no es demasiado grande y aunque les provee de todo lo que necesitan para sobrevivir deben seguir un riguroso control de natalidad para que el equilibrio ecológico no se descomponga. Si se hubieran dado al goce sin control haría milenios que las hambrunas habrían acabado con la civilización –porque así la considero– más exigua del universo conocido. Desde siempre han mantenido su número estable: cuarenta y cinco hombres, treinta y dos mujeres y veintitrés niños. Cada vez que se produce un nuevo nacimiento se realiza una suerte de sorteo, dependiendo si el recién nacido es niño o niña éste se lleva a cabo entre la población masculina o la población femenina y el elegido/a debe partir hacia la nada, avanzando en el lago hasta perecer ahogado –los problemas higiénicos que se podrían derivar de esta costumbre se ven solventados por un pequeño riachuelo que comunica el lago con un río mayor que a su vez va a parar al océano Pacífico–.
La isla, como ya he dicho, no es muy grande, y tal vez por eso los dexar sean la única civilización del universo –si no me equivoco y soy propenso a los errores– que tienen una misma palabra para decir hola y decir adiós: mihala.
El lenguaje de los dexar es todo un filón de constantes sorpresas, en sus palabras las acepciones se mezclan en inverosímiles combinaciones. Les tengo simpatía, no lo puedo evitar. Son tan felices en su pecera como yo era desgraciado en la mía.
Por lo tanto ¡Mihala dexar! ¡Mihala a todos!

Amor, amor, amor, amor, amor, amor, amor, amor... mil veces maldito...
En el instituto donde impartía clases cometí el último gran error de mi larga carrera como fracasado: me enamoré de una profesora de matemáticas veintipocos años menor que yo. Fue mi último fracaso y mi primer amor. Considero casi una hazaña no haber caído en las redes de Cupido hasta los cincuenta años, toda una marca a tener en cuenta. Como no podía ser de otro modo fue un amor no correspondido y la experiencia resultó traumática en grado sumo. Vuestro estimado y seguro servidor Alfredo García Torrecilla recibió un nuevo revés del destino, retomando una de mis figuras recurrentes favoritas se podría decir que volví a despeñarme.
Se llamaba Angela Ovejero y era de Córdoba. Era morena y preciosa, y me enamoré de ella nada más ver aparecer su deliciosa nariz respingona por la puerta del instituto. Llevaba una carpeta azul, vestido verde –corto, perversamente corto– y zapatos negros de fino tacón. Había en sus ojos algo indomable y salvaje, en sus deliciosos pechos, ni grandes ni pequeños, una promesa de bamboleante lujuria que se subrayaba por las maravillosas curvas de sus caderas. Entró taconeando sobre las baldosas grises como si fuera la dueña absoluta de la creación, apartó de su cara un mechón rebelde y la luz del día que se colaba por las cristaleras me la enmarcó en una instantánea seráfica que supe que me acompañaría mientras viviera. Su mera presencia borró a los agitados adolescentes que se apresuraban en la mañana de febrero entre humo de cigarrillos y risas, convirtió el suelo que pisaba en una nube y etérea y angelical se fue alejando sobre las puntas de aguja negra de sus zapatos, llevándose el eco de sus pasos y los latidos de mi pobre corazón que desde ese día decidió latir sólo por ella. Estoy seguro de que ella reparó en mí, difícilmente habría conseguido obviar a la voluminosa masa enamorada que acababa de dejar boquiabierta ante la maquina de café. Cuando recuperé la razón –envenenada para siempre por la dulce ponzoña del amor– puse mi preclara mente en funcionamiento y enfilé hacia la sala de profesores del primer piso, donde no sólo la encontré a ella sino que Matilde –Profesora de literatura, cuarenta y muchos años, divorciada y con tendencia al histerismo– me la presentó para dichoso éxtasis y alborozo del que suscribe.
–¡Alfredo! ¡Mira, ésta es la sustituta de Blanca! ¡Se llama Angela! ¡Pobrecita! ¡No sabe lo que va a soportar aquí! ¡Trátala bien! –¡dijo Matilde!–: ¡Alfredo es el jefe del departamento de historia! –¡le indicó a mi diosa!– ¡Todo lo que tiene de grande lo tiene de bueno!
–Es un placer –me tendió su mano diminuta y con un solo vistazo la encontré libre de alianzas.
–Lo mismo digo –atiné a decir recogiendo su mano en la mía con más suavidad de la que nunca me creí capaz–. Espero que su estancia aquí sea tan prolongada como feliz.
–Gracias...
Amor, amor, amor, amor, amor, amor, amor, amor... mil veces maldito...

La Sonrisa de Salgari
Vitoria, marzo de 1996, cerca del estadio de fútbol de Mendizorroza. Un bloque de pisos solitario, cinco plantas de viviendas desocupadas –dos viviendas por planta– y una cafetería en sus bajos llamada La Sonrisa de Salgari. La fachada de la cafetería está decoradas como la proa de un navío pirata, los pomos de las puertas son dos pistolas y las ventanas son gigantescos ojos de buey. El nombre de la cafetería está en altorrelieve sobre la doble puerta realizado en imitación de hueso, sobre él aparecen nueve símbolos tallados en ébano negro. Rodeando el cartel que contiene el nombre y los extraños signos penden dos banderas piratas. En el interior el ambiente se relaja y todo recargamiento desaparece. Hay una docena de mesas en el lateral izquierdo mientras que el derecho está ocupado por la barra de madera y mármol. El encargado se llama Salcedo y tiene una increíble melena negra y un mirar perdido, como de haber visto más de lo permitido; tiene bajo su mando a tres camareros: Michael –veintimuchos años, técnico en informática, cola de caballo y adicto al patinaje– Sandro –treinta y pocos años, ojos negros sin pupila ni iris reconocibles, capaz de desnudar el alma en cada mirada y volver a vestirla con su sonrisa– y Yolanda –edad indeterminada, procedencia extraterrestre y ojos verdes rematando una arquitectura de hielo ardiente–. Salcedo no solo es el dueño de la cafetería sino que es propietario de todo el edificio.
Son las dos de la tarde y es un domingo sin fútbol. Dos familias dan buena cuenta de cafés y refrescos. Michael remolonea junto a un teclado en la sala de empleados, está trabajando en una nueva teoría sobre campos de energía. Una mosca temprana explora la cordillera de baldas y estanterías repletas de botellas. Salcedo se fuma un puro mientras Sandro bosteza a la espera de que su café se caliente en la cafetera. En la radio Radio Futura canta un poema de Poe y una máquina tragaperras llena el silencio lleno de conversaciones familiares con el reclamo de su cancioncilla. Un niño se levanta de la mesa atraído por la máquina. Golpea los botones un rato hasta que, aburrido por la falta de resultados, se acerca a la barra a la busca de un vaso de agua. La mosca expedicionaria capta su atención un momento. Se encarama a un taburete justo cuando, desde detrás de la barra, una fina línea de llamas se proyecta hacia la mosca, calcinándola. El niño se sobresalta pero se obliga a levantarse sobre el taburete para echar un vistazo tras la barra.
Un diminuto dragón de cobre le devuelve la mirada. De sus fauces entreabiertas surge una voluta de humo grisáceo.
–¡¡Mamaaaaá!! –el niño mira hacia atrás un segundo, su madre se levanta, asustada por el grito de su polluelo. Las dos familias desvían la mirada hacia el infante y el niño vuelve su atención de nuevo hacia el dragón que ya no es un dragón sino un pequeño perrito de raza dudosa que está recibiendo un certero puntapié por parte de Salcedo.
–¿Qué ocurre? ¿Te has hecho daño? –quiere saber la solicita madre –casi cuarenta, diseñadora de interiores– de pie y en camino hacia su retoño.
El niño mira al perro que mira a Salcedo que mira al niño y le guiña un ojo.
–Tienen un perrito... –dice con un hilo de voz. Es un rapto de maduración instantánea: el niño aprende que hay situaciones en las que la mentira es la única opción juiciosa.
El dragón –pues de eso se trata– se llama Mordekay y si lo presento ahora, junto a la dotación de La Sonrisa de Salgari, es porque el pequeño bastardo no me perdonaría jamás no hacer su primera aparición hasta la página treinta y pico.

Guzmán
Guzmán es el único amigo que tuve en mi vida como profesor de historia experto en fracasos. Era profesor de ética y era tan delgado y escuálido como yo gordo y orondo. Formábamos una pareja atípica pero ya habíamos aprendido a hacer caso omiso a las bromas y risas a nuestras espaldas –a la mía ya que la suya era prácticamente inexistente–. La vida le había sonreído y tenía una magnífica mujer y dos hijos en los que perpetuarse.
Se estaba lavando las manos en el lavabo del servicio de caballeros –uso exclusivo para el personal docente– mientras yo sudaba y sudaba sentado en una taza, intentando evacuar los residuos de lo que había sido una opípara cena.
–¡Te has enamorado pillo! ¡Santo Dios! ¡Quién me lo iba a decir!
–Yo, te lo he dicho yo... y ya me arrepiento de haberlo hecho.
Consumé uno de los rituales más antiguos de la humanidad, tiré de la cadena y salí peleado con los botones de mis pantalones de pana. Guzmán se subió sus gafas de concha y me sonrió cómplice.
–La verdad es que es mona.
–No, Chita es mona, Angela es divina.
–¿Y qué vas a hacer?
Me encogí de hombros. No sabía como podía actuar. Esos sentimientos que me agujereaban el estómago eran nuevos para mí y no sabía como afrontarlos. Sacudí la cabeza. Hacia un mes que la nueva profesora de Matemáticas se había convertido en propietaria exclusiva de mi corazón y aunque habíamos charlado muchas veces no había intentado ningún tipo de acercamiento.
–La adoraré desde la distancia, supongo. Suspiraré a la luna y venderé mi alma al diablo para conseguir un solo beso de sus labios...

Las casualidades de bragado.
La señorita Gracia Bragado –ama de casa, cincuenta y tantos en la actualidad– cruzó la calle Preciados en busca de una nueva ruta que le ahorrara un par de minutos en su compra diaria, al torcer una esquina chocó de bruces con Lucian Izquierdo –fresador, ahora jubilado, sesenta y pocos–, el que sería su marido y esencial colaborador en la concepción del descarriado Juan Izquierdo Bragado –ya fallecido–. Un hecho casual como un topetazo al doblar una esquina se convirtió, por mor de la causalidad, en un nuevo eslabón en la cadena que desgrana este relato. Podemos ir más atrás en el tiempo y encontraremos muchas mas casualidades en el bendito camino azaroso de la existencia de los Bragado pero hay una en particular que me veo forzado a señalar: en el lejano año del 1570 en pleno reinado de Felipe II y en plena crisis económica –la Hacienda Real se declaró en quiebra– un contrabandista de apellido Bragado intentó asaltar a un humilde comerciante apellidado Torrecilla –antepasado de éste que suscribe–. El resultado fue una corta y sangrienta pelea a cuchillo que acabó con los dos malheridos pero capacitados para seguir viviendo, reproducirse y hacer más extensas las ramas de sus respectivos árboles genealógicos que volverían a cruzarse cuatro siglos después.
Los dexar tienen un único árbol genealógico que se ha ido enredando en sí mismo hasta parecer más una cuerda que un árbol, curiosamente no se ha producido ninguna degeneración en la especie pese a miles de años de incesto continuado. Desde que tienen memoria sólo ha habido cien nombres para los cien miembros de la tribu. Cuando nace un nuevo dexar recibe el nombre del que se ve obligado a caminar por el lago hasta que el agua y la muerte cubren su cabeza. Es una poda constante, cada vez que nace un nuevo brote se corta una flor al azar.
Juan Izquierdo Bragado tenía unas cualidades innatas para la natación, herencia de Marcos Izquierdo, un afamado pescador cántabro que se sitúa unas ramas por debajo de nuestro joven amigo. Por desgracia para Juan debieron prevalecer los genes del contrabandista que asaltó a mi antepasado porque desde el primer momento mostró una inclinación precoz hacia la delincuencia en todas sus facetas. Esporádicamente aliado con Ocaña, un espigado y narigudo jovenzuelo adicto a toda clase de drogas y perversiones, se dedicó al robo a punta de navaja en callejones oscuros y a la sustracción de carteras y bolsos en el Paseo de la Castellana, ya fuera deslizando la mano en el bolsillo de la víctima o practicando el método del tirón.
Me los imagino aquel día de primeros de octubre, acechando entre los viandantes en busca de una nueva presa. Saboreando la agitación del delito y relamiéndose ante lo que viene a continuación. La víctima elegida es un hombre bajito que avanza deslumbrado por el sol invernal, ellos no lo saben pero media hora antes estaba en el hemisferio opuesto del planeta y anda un poco trastornado. Por eso le sorprenden. Por eso no reacciona cuando de un tirón Juan Izquierdo se hace con su pequeña mochila azul en la que tan sólo lleva su vieja máquina de afeitar, una toalla, un neceser y un discman y lo deja boquiabierto en mitad de la calle con un grito que no acaba de nacer y que no es un grito de socorro ni de miedo sino un grito de advertencia. Cuando lo lanza él ya está muy lejos.
Juan Izquierdo Bragado podía haber sido un magnífico nadador pero el azar lo convirtió en un aceptable delincuente y su destino quedó sellado cuando robó un discman que vendería a un abatido Alfredo García Torrecilla. Días más tarde la Gorgona llegó y se lo comió.

Suicidio y humo.
Mis padres murieron la misma noche en que decidí suicidarme. Los motivos para un gesto tan trascendente, definitivo y estúpido serán la única cosa que guarde en secreto, la única cosa que no compartiré. En resumidas cuentas: cansado de caerme de la maldita peña opté por atarme a ella y tirarme al Manzanares. Salí de la vieja casona de dos pisos que mis padres tenían arrendada y me deslicé como una sombra por el Madrid nocturno con la sensación de estar andando sobre un sueño. Serían las tres de la madrugada y apenas había avanzado unas manzanas cuando el estrépito de la campana de un coche de bomberos me dejó helado en el sitio. No fue una corazonada, no fue un presentimiento, fue la certeza total –absoluta– de que ese coche de bomberos iba hacia mi casa. Si hasta ese momento la noche había tenido la textura y el sabor de un sueño a partir del repiqueteo de la campana el sueño se transformó en pesadilla
El maldito azar me salvó la vida cuando estaba dispuesto a deshacerme de ella. El incendio comenzó con el brasero que mi madre acostumbraba a colocar bajo la cama para luchar contra las frías noches de la meseta. El fuego no les dio ninguna oportunidad.
Regresé a paso lento, al borde de un ataque de histeria en el que caería cuando llegara hasta la casa en llamas y del que tardaría meses en salir. Durante todo el camino hasta la pila de inmolación accidental de mis padres mi mente se disparó entre alucinantes visiones de cuerpos carbonizados y un imaginado olor a carne asada que me llevaba hasta una nausea más espiritual que física. Caminando en la pesadilla tomé la decisión de seguir viviendo, no por mi sino por lo que de mis padres –que ya sabía muertos– había en mí. Era el único brote de la rama García Torrecilla y sobre mis hombros recaía la responsabilidad de hacerla perdurar.
Como he dicho antes me derrumbé cuando vi el jirón de humo negro sobre los edificios. Mis padres se iban volando entre el humo.


Amor correspondido.
Al final del curso 95–96 Alfredo García Torrecilla se armó del valor suficiente para arrinconar a Angela en la sala de profesores y confesarle allí su amor. Sus ojos se fueron llenando de lágrimas cuando vio en los suyos que ese amor era –¡bendita sea!– correspondido. El amor floreció en el erial ajado que había sido la vida del profesor de historia y por fin encontró la felicidad que le había sido tan esquiva. Veranearon juntos en la Córdoba de ella, entre patios, flamenco, rosas y besos y fue el verano de sus vidas porque hasta ese verano no habían vivido. En un rapto de locura se casaron a finales de agosto, como si las vacaciones hubieran sido el preludio de la eterna luna de miel que iba a ser el resto de sus existencias.
Alfredo García adelgazó hasta estabilizar su peso en torno a los noventa kilogramos justo cuando el hijo de ambos –Rubén García– cumplía sus cuatro primeros años de vida.
Alfredo García siempre recordará un atardecer de julio en Aliseda, en la vieja casa de sus abuelos, cuando Rubén García Ovejero, bajo la atenta mirada de sus progenitores, coronó la peña que tan de cabeza había traído a su padre. El ocaso se dibujaba ya en el lienzo del horizonte con colores pastel y ausencia de nubes. Un ruiseñor daba la bienvenida a la noche con su trino delicioso y él buscó la mano de ella en el crepúsculo y la mirada de ella buscó la de él cuando un cuarto de luna se espolvoreó de estrellas.
Fin
No, no pasó así, claro que no. Alfredo García no tenía el menor ápice de valor en su enorme cuerpo para arrinconar a nadie y dejó pasar el verano encerrado en su casa, suspirando y soñando con el retorno al trabajo para poder adorarla en la distancia. Cuando así sucedió –ella radiante con su moreno cordobés– volví a meterme en mi papel de amante platónico hasta que el 20 de septiembre de 1996 me rompió el corazón por culpa de una lata de berberechos. No hubo hibridación posible entre nuestros dos árboles. Rubén García Ovejero no tuvo la menor oportunidad y voló donde vuelan los sueños. Descansa en paz, hijo mío, descansa en paz...
Más adelante, cuando nos conozcamos mejor, aclararé el misterio de los berberechos rompecorazones.

Un discman cañero.
Mi relación con Juan Izquierdo Bragado –frustrado recordman de los cien metros espaldas– fue corta pero crucial para los acontecimientos que se iban a poner en marcha y que todavía hoy perduran.
Hacía casi un mes que mi talante habitual, sarcástico y simpático a medias, me había abandonado; justo desde que cierto ángel cordobés me había destrozado el corazón. Mis clases se volvieron anodinas y mi relación con el resto del profesorado se redujo a la mínima expresión, sin pasar de esporádicos saludos al cruzarnos por los pasillos. Hasta esquivaba a Guzmán siempre que me era posible. Mi comportamiento extrañó a todos pero los pocos que se preocuparon por mi estado anímico se llevaron bajo el brazo un frío y desabrido “No me pasa nada”. Las espirales que trazaba mi ánimo eran cada vez más cerradas, si volvemos a la causalidad azarosa puede que si no se hubiera encontrado con Juan Izquierdo nuestro deprimido y deprimente Alfredo García Torrecilla hubiera sucumbido a los impulsos autodestructivos que llegaban desde su traicionado corazón. Nunca lo sabremos.
Fue a mediados de octubre cuando abandoné el instituto embutido en mi plumífero gris y me encaminé hacia la cercana boca de metro donde Juan Izquierdo Bragado y el narigudo y esquelético Ocaña me esperaban parapetados tras un mostrador de cartón, allí descansaban, pulcramente ordenados, varios relojes, cadenas y medallas que el primero había sustraído en su pesca habitual por la Castellana. Hacía frío y comenzaba a lloviznar así que me subí el cuello de mi plumífero y aceleré el paso para buscar el refugio del metro cuanto antes.
Pasaba junto a la caja de cartón donde Juan Izquierdo exponía su género cuando el discman me dejó clavado en el sitio. Izquierdo Bragado había intentado llamar mi atención con su vozarrón de delincuente habitual pero yo llevaba décadas especializado en no escuchar lo que los demás podían gritarme y lo ignoré por completo. Lo que no consiguieron sus palabras lo consiguió el discman con su silencio.
Era un estuche de plástico plateado en forma de media luna, con la portezuela dorada y los controles en el lateral curvo, llamó más mi atención por el número de botones y palanquitas que por su diseño poco menos que futurista. En letras doradas en la zona recta de la media luna se podía leer lo que debía ser la marca del aparato: LILITH; junto al nombre en altorrelieve también dorado aparecía una estrella de cuatro puntas con un círculo en su centro. La verdad es que me dio la impresión de ser un discman de tecnología punta y, en mi bendita ignorancia, me encontré preguntándome como había llegado a formar parte de la tropa del mostrador de cartón.
Juan Izquierdo Bragado notó mi interés y se relamió su incipiente barba antes de hablar:
–Dos mil quinientas y es suyo, jefe. Es una ganga. Además viene con un CD dentro de regalo. ¡No se lo piense!
Ocaña asentía con ojos desorbitados.
–Es cañero, tío, cañero, cañero...
Tome el aparato entre mis manos y lo primero que note fue su peso, tan liviano que parecía no terminar de estar allí. En el lateral curvo encontré el botón que abría la portezuela y lo accioné. Volví a cerrarla cuando comprobé que, en efecto había un CD en su interior –Las Cuatro Estaciones de Vivaldi– y tomé los auriculares que se habían enrollado en el cable en una maraña tal que tras mucho darle vueltas sólo logré hacerme con el auricular izquierdo; lo introduje en el pabellón auditivo conveniente, apreté el Play y los violines de Vivaldi estallaron en una gloria polifónica que nada tenía que envidiar a una orquesta en directo, más bien la orquesta podía palidecer en comparación. Me quedé traspuesto. La calidad de la grabación era tan magnifica que se volvía pavorosa. Superaba con creces a cualquier cosa que hubiera escuchado antes, llevaba cincuenta y tantos años sordo y había recobrado el oído por obra y gracia de un ángel drogadicto. La boca se me quedó seca. Mi corazón mostró interés de nuevo y aceleró su mecánica vital, mi riego sanguíneo se multiplicó y en mi mente, montada en ondas musicales que nunca hubiera creído posibles –¡maravillosos violines afilados!–, tuve tiempo para un pensamiento perturbador: sólo estaba escuchando por el auricular izquierdo y el aparato debía ser estéreo. ¿Cuál era el límite de la maravilla del aparato? ¿Sería la grabación la culpable de tal calidad sonora o era el discman que temblaba en mis manos? Merecía la pena pagar el dinero fuera cual fuera la respuesta a esas preguntas.
–Cañero, cañero... ¿Qué no?
Con manos temblorosas saqué mi cartera y extendí un billete de cinco mil que cambio de manos con una destreza fastuosa.
–Lo siento jefe pero ando mal de cambios... ¿Por qué no se lleva un reloj y en paz?
–Son cañeros...

Jxerandera
Jxerandera es una palabra dexar de varios significados, a saber:
–Agua y lago.
–Principio ya que el nacimiento da comienzo con rotura de aguas y el primer encuentro del dexar con el mundo está marcado por el llanto –si no hay llanto acaba en el fondo del lago–.
–Final, ya que un dexar al azar debe dejar su sitio al nuevo miembro y caminar por el lecho del lago hasta que el agua cubra su cabeza para siempre y por siempre.
Principio y final. Vida y muerte. Agua y lago.

Sorpresas.
El traqueteo del metro me agitaba levemente en el asiento. Me encontraba desenredando la maraña de cables que unían los auriculares con el discman y la tarea era sumamente complicada y frustrante. En mi muñeca el reloj verde chillón que había cogido al azar del puesto de mercancía ilegal de Juan Izquierdo Bragado hacia ya varios minutos que señalaba incansable hacia las siete y diez, lugar del que jamás ha hecho el menor intento de moverse.
Un segundo auricular salió a la luz y en pocos minutos –minutos de otro reloj que no fuera el mío, claro– del cable negro que le rodeaba. Cual sería mi sorpresa cuando descubrí que los cables seguían enredados en torno a un tercer auricular. ¿Tres auriculares? La idea era absurda, la equipación básica del ser humano es de dos oídos y un tercer auricular era algo que no rozaba lo absurdo sino que lo superaba y le pegaba una paliza. ¿Un repuesto? No, eso también era una soberana estupidez.
Procedí a una inspección más cuidadosa de los auriculares, no había nada anormal a primera vista, los tres estaban envueltos en almohadillas rojas y negras, mis intentos por retirarlas fueron infructuosos y desistí. Cada auricular tenía en su revés una letra en tinta blanca: L –left– R–Right– y N –¿N?–. Inspeccioné el discman de nuevo. No conocía la marca llamada Lilith y su símbolo se me antojaba extraño. Abrí la portezuela, extraje el CD y lo examiné: VIVALDI LE QUATTRO STAGIONI, VITTORIO NEGRI un CD de Virgin del 94 perfectamente normal. Volví a meterlo en su receptáculo y me centré por vez primera en los controles. Entrecerré los ojos, la cantidad de botones, palanquitas y resortes era mareante pero uno en particular llamó enseguida mi atención, al lado izquierdo del botón de Play se encontraba el botón de Record; conocía el hecho de que hubiera compactos que fueran grabables pero nunca había visto un discman que tuviera esa facultad. Mi teoría de que se trataba de un discman de última generación se confirmaba por momentos, alguien debería estar echándolo mucho de menos me dije, sintiéndome ligeramente culpable. Al lado derecho del Play había un pequeño botón junto a una pantallita de cristal líquido donde destellaba un número dos. Apreté el botón y en la diminuta pantalla surgió un tres. Lo accioné de nuevo y del tres pasó al cuatro. Cinco, seis, siete, ocho y empezamos otra vez: uno, dos, tres...
Siguiendo un repentino impulso abrí la portezuela del discman.
El CD de Vivaldi había desaparecido, en su lugar me encontré con el Love at First Sting de Scorpions.
¡El rey no ha muerto! ¡Viva el rey!
En casa tuvo lugar la más desconcertante de las sorpresas que me tenía preparado el discman. Los compactos parecían transportarse de la nada al interior del aparato, su capacidad era de ocho pero tan solo había cuatro ocupados, a los dos mencionados anteriormente se le unía la banda sonora de Blade Runner y el motivo de mis sorpresa: El cuarto compacto era el Alone Again in the Edge, un CD de color azulado, la compañía que lo había lanzado al mercado era la compañía Lilith (1996) y el artista en cuestión era un tal Elvis Presley. Diez temas inéditos del rey. Como decía la letra pequeña que bordeaba el discman todos los temas estaban escritos por el propio Elvis... en 1995.
©Elvis Aaron Presley 1995. Todos los derechos reservados. Lilith Productions

Elvis y Jesse
Elvis Aaron Presley nació junto a su hermano mellizo Jesse Garon el ocho de enero de 1935 en Tupelo. Si Vernon Elvis Presley y Gladis Love no se hubieran conocido ese hecho no se hubiera producido por lo cual buena parte de lo que estoy contando no hubiera tenido lugar y el rock and roll no sería tal y como lo conocemos–con lo que se demuestra por enésima vez que la causalidad es lo que gobierna en este desquiciado universo–. Elvis Presley sobrevivió al trauma del nacimiento para crecer y convertirse en un mito, su hermano Jesse no tuvo tanta suerte y abandonó el mundo seis horas después de haber llegado a él. La vida era una responsabilidad demasiado grande y el pequeño Jesse decidió que no valía la pena el esfuerzo y se dio a la fuga. Buena suerte donde quiera que esté.
El Presley superviviente se aferró a la vida y se convirtió en el dios del rock and roll, un mito con pies de barro que danzó e hizo danzar a una generación entera y al que su propia leyenda devoró. Tal vez la gloria estaba preparada para los dos hermanos y que tras la deserción de Jesse toda ella recayera sobre los frágiles hombros de Elvis. Abandonado por su esposa pasó sus últimos años encerrado en su mansión de Graceland en lo que pareció ser una lenta y suicida despedida de la existencia. La muerte le sorprendió en agosto del 77, cuarenta y pocos años después de recoger a su hermano mellizo. Esa es la historia, está en los libros.

Alone again in the edge
El último disco de Elvis hasta el momento –quiere que su nuevo trabajo coincida con el fin del milenio– está compuesto por tres baladas –Solo de nuevo en el filo; Canción de cuna para un eco; ¿Somos nosotros?– cuatro temas de rock –Noches azules; Vibrando en eclipse parcial; El rock de Miranda; Volcán Fugaz;– una canción instrumental –Samarkanda– y dos variaciones del tema que da título al disco, en una de estas variaciones las voces que hacen coro a Elvis son voces que nunca hubieran podido surgir de una garganta humana, pensé que se trataba de un efecto de post–producción. Como más tarde averigüe estaba muy equivocado.

Polifonías desconcertantes
Guzmán me observó por encima de sus gafas de concha, era la primera vez que veía una expresión perpleja en su rostro afilado y creo que estaba tan desconcertado porque creía que su buen amigo Alfredo García Torrecilla había enloquecido. Estabamos sentados en la mesita de mi cocina, entre nosotros se alineaban dos tazas de café ya consumidas, un discman con tres auriculares y el Alone Again in the Edge. El pobre había creído que mi llamada era para llorar sobre su hombro y explicarle porque de pronto me había convertido en un alma en pena vagando por los pasillos.
–¿De verdad crees lo que me has contado? Tienes muchos defectos pero no contaba con que la bebida fuera uno de ellos.
Como toda respuesta empujé el discman hacia él y le hice un gesto para que lo probase. Contempló los tres auriculares y me miró desconcertado, yo le dediqué una sonrisa y le hice partícipe de mi último descubrimiento:
–El central tienes que colocarlo en el cuello –Neck–, en la base del cráneo. Se quedará adherido allí. Pon el volumen al mínimo, –le aconsejé cuando introdujo el Alone Again in the Edge en el discman y procedió a colocarse los auriculares.
Apretó el Play y al momento sus ojos se desorbitaron. Apagó el discman y me miró sobrecogido, con la frente perlada de fino sudor. Comprendía como se sentía, el sonido estéreo rozaba la perfección más atroz, pero el auricular fijado en el cuello superaba lo imposible arrastrando la mente a las cotas más altas de la maravilla: el sonido se convertía en algo vivo en el interior del cerebro, centellas luminosas se encendían al compás de la voz del rey, alboradas incendiarias, auroras enamoradas danzando en el cortex cerebral bañadas por el gris metálico de una sinfonía de estrellas. La escala musical se multiplicaba por mil y la polifonía era tan bella que daba ganas de gritar. Guzmán apretó de nuevo el botón de Play y durante unos minutos escuchó en silencio. Yo alcanzaba a escuchar el rumor de las notas y su mero eco era maravilloso.
Suspiró con fuerza y apagó el discman.
–No sé, no sé que decir... Esto no es normal... Esto es grandioso...
–Y es Elvis...
–No sé lo que es, no sé lo que es... El sistema de sonido de este aparato sobrepasa lo imaginable. ¿Dices que se lo compraste a un delincuente?
–Tenía toda la pinta de serlo.
–¿Crees que podría conseguir otro?

Más café.
Volví a hacer más café mientras Guzmán escuchaba el compacto.
–No se puede reproducir en mi minicadena. No es compatible, –le expliqué escanciando café negro y espeso en su taza–. El resto de los compactos no tienen ningún problema pero no reconoce el de Elvis. Los míos se escuchan en el discman y se transportan donde quiera que estén cuando no están seleccionados; el tercer auricular no funciona con ellos.
–Santo dios...
–He pensado que puede ser un prototipo experimental o algo por el estilo...
–Explícame entonces que tecnología es capaz de teleportar los compactos al interior de tu discman. Y de paso me gustaría saber donde van cuando no están...
–Esto parece una locura.
–Es una locura. ¿Qué vas a hacer?
–No lo sé. Tengo un discman maravilloso y el último trabajo de un muerto. ¿Qué harías tú?
–Creo que acojonarme por completo. Hay algo rematadamente extraño en todo esto.
–Y voy a intentar averiguar qué es.

¿Lilith?
Decidí dar comienzo a mis investigaciones siguiendo la pista de la marca del discman y del compacto de Elvis, investigaciones que resultaron tan concluyentes como extrañas: Lilith no existía. Recorrí todas las grandes superficies de Madrid, me patee docenas de tiendas de electrónica y electrodomésticos y en todas me dieron la misma respuesta: no habían oído hablar nunca de la marca Lilith ni de una productora con ese nombre. Por lo tanto yo tenía un discman que no existía, con capacidad para ocho compactos donde sólo podía caber uno –entre ellos el nuevo y flamante trabajo de Elvis Aaron Presley para una compañía inexistente– y el mejor sistema de sonido concebido desde el big–bang.

Amor y nausea
En el instituto se dieron cuenta de que algo estaba ocurriendo. El viejo Peonza volvía a bromear y en la sala de profesores se comentaba que alguien me había visto sonreír.
–Me alegra verte así...
–¿Qué? –estaba ensimismado leyendo una biografía de Elvis en la biblioteca y no había escuchado a Angela acercarse.
–Que me alegra verte así. Nos tenías preocupados a todos... Parecía que habías perdido la ilusión...
–He perdido más que eso.
En ese momento estábamos solos en la biblioteca –la mayoría de los alumnos consideraban la sala de lectura como territorio tabú–, aun así bajó el tono de voz para preguntarme al oído mientras tomaba asiento a mi lado:
–¿Quieres hablar de ello?
Quería infinidad de cosas pero prefería mascar cuchillas antes que hablar con ella. Quería que se marchara porque su mera presencia bastaba para despertar a los demonios que ella misma había invocado en el infierno de mi alma; quería besarla hasta que los dos nos ahogáramos el uno en el otro; quería arrancar sus infames ojos verdes de sus malditas cuencas y comérmelos a besos, quería amarla a golpes de rabia y dolor hasta que llorase sangre y gritara basta por esa boca que me había asesinado. La aborrecía con la misma pasión con que la amaba.
–No. Ha pasado ya. Estoy bien...
El demonio me miró con su rostro de ángel, sonrió y bajó la vista hacia el libro que yo estaba leyendo, aproveché el momento para cerrar los ojos y apretar los dientes con toda la fuerza de la que fui capaz, intentando contener el grito y las lágrimas que abrasaban mi garganta. Intentando detener la nausea del amor, el espasmo del cariño y la grotesca convulsión de la lujuria.
–¡Vaya! ¡No sabía que te gustaba Elvis!
–Lo he descubierto recientemente, no es que me vuelva loco pero no está mal. Mucho mejor que lo que escuchan la mayoría de las sucias bestezuelas a las que impartimos clase.
–Me alegra verte así de nuevo. De verdad...
Hizo ademán de darme un beso en la frente pero yo reculé hacia atrás con violencia y conseguí evitarlo. Si ponía sus labios sobre mi me moriría y ya no quería morir. Ella se levantó turbada por mi gesto, se despidió y se marchó taconeando en el silencio de la biblioteca.
Uno de los siete demonios de la cábala demoniaca es el demonio del viernes. Los cabalistas lo oponen a Venus y lo representan como una mujer desnuda cuyo cuerpo termina en una cola de serpiente. Lo llaman Lilith.

Experimentos en LA Sonrisa.
Octubre. Madrugada domingo lunes. La Sonrisa de Salgari lleva horas cerradas pero aún hay actividad tras su proa pirata. Un pequeño dragón de bronce revolotea entre las sillas que dormitan sobre las mesas. Salcedo –el capitán de La Sonrisa– contempla una pequeña pelota de goma que Michael –informático patinador– ha colocado sobre la barra. El propio Michael está sentado a horcajadas sobre la barra con un teclado entre las piernas en el que teclea con ansia casi rítmica.
–Ejecuta Mordekay... –pide al dragón que deja de revolotear un instante, se fija en el aire y lanza una mirada chispeante a la pelotita de goma. La pelota vibra, se hace más pequeña y estalla en una llamarada rojiza que deja una gran mancha negra sobre la barra.
–Esto no va bien, Michael. No va nada bien, –recrimina Salcedo que, por lo visto, esperaba que ocurriera algo diferente con la pelota de goma.
–Lo siento capitán, pero es todo lo que puedo lograr. Con la energía que contamos no espere milagros porque no los habrá.
–Y eso que hemos dejado sin luz a medio barrio... –señala Mordekay que reanuda sus vuelos entre sillas y mesas.
Michael salta de la barra, antes de tocar el suelo unos brillantes patines en línea aparecen de la nada y se engastan en las suelas de sus zapatillas. Patina hasta los ventanales redondas y mira hacia la calle, confirmando que ni una farola brilla en la noche.
–Necesitamos más potencia... –entrecierra los ojos mientras un dragón de bronce describe una espiral en el techo del local.
Salcedo, con un gesto de la mano, hace desaparecer la mancha ennegrecida de la barra y suspira.

Anuncios por palabras.
Los días pasaban y no avanzaba un sólo paso en mi investigación detectivesca. Tras el fracaso en la búsqueda de noticias sobre la corporación Lilith pensé en buscar a los dos jóvenes que me habían vendido el discman, pero encontrar a dos delincuentes en Madrid se me antojó tarea harto complicada –y peligrosa– así que decidí dar un nuevo rumbo a la situación. Si no podía llegar a Lilith haría que Lilith viniera a mí, si no podía llegar hasta ellos –fueran quienes fueran ellos– no tendría más remedio que guiarles hasta Alfredo García Torrecilla. Tenía el compacto de Elvis en mi poder y estaba seguro de que cualquier intento por sacarlo a la luz llamaría su atención. Suponía que tratarían de impedírmelo y para eso debían dejarse ver.
Inserté en todos los periódicos de Madrid durante dos semanas este sencillo anuncio:
Vendo Alone Again in the Edge de Elvis Presley en perfecto estado.
Económico.
Tfno: 234 56 56




Anuncio que sólo tuvo la respuesta airada de un fan de Elvis recalcando lo que yo ya sabía: ese disco no existía en la discografía del rey, ni siquiera en la posible discografía pirata del artista así que o yo era un cretino o un timador. Opté por no definirme y colgué.
Retiré el anuncio desolado. Por lo visto Lilith no leía los anuncios por palabras.
La pesadilla.
Oscuridad creciente. La luz desaparece entre vísceras fundidas con barro y alquitrán y estás solo y ciego, abandonado en un páramo infinito hecho de pizarra y ecos. Cada paso que das es una agonía, cada vez que te mueves el filo hirviente de una cuchilla recorre hasta el último nervio de tu cuerpo, navajas de fuego frío laceran tu sexo y tu vientre y rasgan tus ojos ciegos. Y eso no es terrible, lo terrible viene cuando notas que ya no estás solo en el infierno, cuando hay algo más contigo en la oscuridad. Algo espantoso, insondable y te das cuenta que la oscuridad y las cuchillas forman parte de ese ser terrible. La presencia te envuelve en un gélido manto, te arropa con el desaliento y te observa a rachas de viento trastornado. Y el horror llega a su culmen cuando comienzas a despertar y te das cuenta de algo que has pasado por alto: no estás soñando con ese monstruo.
El monstruo está soñando contigo.

Trazando espirales
La paciencia que me había caracterizado durante mi lucha infantil contra la peña había desaparecido con los años. Diciembre ya se había estrenado en el calendario y la frustración por no dar más que palos de ciego unida a la pesadilla recurrente que fatigaba mis noches amenazaba con llevarme de vuelta a mi delicado punto de partida. La llegada del ocaso me aterraba por lo que traía consigo, la noche era un infierno rebosante de pesadillas y de lo que estas guardaban en su interior; la Gorgona me perseguía ya, dispuesta a juzgarme por delitos que yo no conocía pero que estaba a punto de cometer. Pedí una excedencia en el instituto porque el agotamiento me ganaba durante el día y de día era cuando podía dormir sin sueños.
Una noche Guzmán me telefoneó, visiblemente preocupado.
–¿Te encuentras bien, Alfredo? –me preguntó tras unos instantes de insulsa conversación.
–Depende lo que entiendas como bien. Digamos que mis constantes vitales son las normales. No estoy ni más ni menos deprimido que de costumbre y estoy a punto de verme Apocalipsis Now y Las adolescentes se lo montan solas... Sesión doble de calidad indiscutible donde las halla... ¿Te apetece acompañarme? Hay palomitas y pañuelos de papel...
–Creo que paso. Mira Alfredo... empiezas a preocuparme muy mucho.
–No deberías... puede parecer lo contrario pero controlo la situación.
–¿Estás seguro?
–Hazme caso...
–De acuerdo, de acuerdo... Te dejo con tu sesión de cine. Cuídate ¿me oyes?.... Cuídate.
–Lo haré...
Colgué y volví a beber un largo trago de la botella de whisky que me acompañaba esa noche, esperaba que una buena curda consiguiera liberarme de las pesadillas, cosa que, por supuesto, no funcionó.

Daen
En pleno siglo XII un decrépito cocodrilo de Nueva Guinea –cinco metros de eslora– equivocó el rumbo y acabó en el lago de aguas poco profundas de la isla Dexar. No era la primera vez que llegaban seres desde la nada tras la niebla pero nunca se había tratado de algo con tanta hambre y dientes; los dexar están convencidos de que los ocasionales visitantes de la isla –en su mayoría mariposas, aves del paraíso, papagayos y pergoleros despistados que pronto remontan el vuelo– no son más que sueños que se solidifican y surgen de la jxerandera. Por lo tanto se tomaron al cocodrilo como un sueño más hasta que devoró a Loa cuando éste saciaba su sed en la orilla. Lo más feroz que los dexar habían conocido hasta el momento era la familia de bandicuts –unos entrañables marsupiales saltadores– que compartía isla con ellos. El cocodrilo encontró agradable la carne dexar y decidió quedarse una temporada por el lago. Los dexar le dieron por nombre daen que significa pesadilla y, desde entonces, también demonio.
El primer intento de expulsar al cocodrilo tuvo lugar tras un día entero de deliberaciones. Los dexar acordaron no soñar más con el daen y obligarle así a retornar a la jxerandera en busca de la realidad que, sin duda, se le iría escapando con la ausencia de soñadores que la mantuvieran. Por razones que no lograron entender el daen no solo no hizo el menor gesto por abandonar la realidad sino que, en un nuevo ataque de glotonería, se comió a Burnaka.

Una llamada
Cuando las pesadillas no solo me acosaron de noche sino que, burlando la vigilancia del sol, se me presentaron también durante el día llegó el momento de tomar una determinación antes de que la locura –o aquello que yo soñaba o me soñaba– me venciera.
Los sueños estaban relacionados con el discman, resultaba confuso que un pensamiento tan absurdo como aquel me pareciera del todo lógico. Los sueños habían dado comienzo la misma noche que encargué el anuncio por palabras ofreciendo el último disco de Elvis Presley. Pensé que tal vez había logrado mi objetivo y había atraído a Lilith hasta mí, aunque no de la manera que pretendía. Su atención me llegaba en sueños y buscaba enloquecerme o algo aún peor. Dos días de insomnio bastaron para trastornarme lo suficiente como para llevar a cabo el plan que había estaba madurando en mi cerebro ofuscado.
Descolgué el teléfono y marqué el número que había subrayado en rojo en la guía telefónica. Una impersonal voz femenina me recibió al otro extremo de la línea:
–Delegación de Virgin Madrid, ¿en qué puedo ayudarle...?

Delano Gris
–¿Alfredo? ¿Alfredo García?
El hombre que me lo preguntaba me sonreía desde el porche rojo aparcado frente a la delegación de Virgin en Madrid. Tenía unos rasgos agradables y un rostro que parecía hecho para sonreír, su pelo era gris ratón y lo llevaba recogido en una pequeña coleta. Constitución atlética pero no avasalladora. Ojos castaños brillantes. Cazadora gris, camiseta negra y pantalón también gris.
–Sí. Soy yo.
Pistola de cachas plateadas apuntando a mi estómago.
–Mucho gusto. ¿Le importaría subir al coche? –lo preguntó como si tuviera una amplia gama de diferentes opciones.
Era la primera vez que me encañonaban y la sensación que me embargó fue la de irrealidad: Me estaba apuntando a mí, a Alfredo García Torrecilla –profesor de historia contemporánea, cincuenta y pocos años–. Me hizo un gesto con la pistola, azuzándome a ponerme en marcha, cosa que, desde luego, hice.
–¿Sabe conducir? –quiso saber y yo asentí. La situación era mucho más irreal de lo que pueda dar a entender, el hombre del pelo gris me estaba apuntando con una pistola pero estaba intentando ser lo más educado posible mientras tanto. Abrió la puerta y se desplazó al asiento del copiloto–. Compréndalo, es difícil apuntar y conducir a la vez. Yo le guiaré, no se preocupe.
–Creo que está cometiendo un grave error, caballero.
–¿No es usted Alfredo García?
–¿Y si le digo que no?
–Antes me ha dicho que sí. Sería un poco confuso.
–Sí. De acuerdo... Soy Alfredo García pero estoy seguro de que no soy el Alfredo García que usted está buscando.
–¿Tiene usted el Alone Again in the Edge de Elvis?
No contesté pero la expresión de mi rostro lo hizo por mí.
–Pues es el Alfredo García que estoy buscando –me dedicó una amplia sonrisa–. Entre de una vez.
Y como no tenía otra opción le obedecí.
Una vez dentro me tendió la mano en la que no portaba el revolver.
–Soy Delano Gris. Encantado de conocerle.

El final del Daen.
Durante meses el cocodrilo surgido de la jxerandera rondó por los alrededores de la isla, era demasiado viejo y estaba demasiado débil como para buscar nuevos territorios de caza y los dexar, ingenuos y desprotegidos ante la maldad del mundo, eran una presa relativamente fácil para el anciano Crocodylus novaeguineae que llevaba siglos sin estar tan bien y regularmente alimentado.
Los concilios dexar se multiplicaron ante las felonías del daen pero todos los intentos por sustraerle de la realidad fueron en vano y el lagarto siguió haciendo de las suyas, llegando al sumun del atrevimiento la noche en que, azuzado por el hambre, salió a la orilla y se hizo con una preñadísima Kliena que dormía plácidamente.
Al día siguiente el viejo cocodrilo apareció patas arriba en la orilla, muerto y rodeado por zumbonas moscas soñadas, el poderoso daen no había podido evitar sucumbir al inexorable paso del tiempo. Cosas que podían haber aprendido los dexar de esta experiencia: Si te esfuerzas siempre habrá alguien que al final haga el trabajo duro por ti. Cosas que aprendieron–¿erroneamente?–: los no nacidos no sólo son capaces de soñar en el vientre de la madre sino que también sufren pesadillas –por lo tanto, el daen, al comerse a la preñada Kliena, se había comido su propia realidad; el supremo acto de canibalismo: devorarse a sí mismo–.
Cuando el cráneo del daen quedó limpio de carne los dexar lo colgaron de un árbol cercano al calvero del sorteo como símbolo eterno de la victoria de la realidad sobre los sueños.

Un paseo en coche, el nombre de un sueño y la segunda luna.
Delano Gris me mantuvo encañonado sólo mientras subía al vehículo y me hacía con el volante, después bajó el arma y aunque de cuando en cuando ésta volvió a enfilarme se debió más a la casualidad que a la amenaza. Más tarde he tenido la oportunidad de conocerle mejor. Es un tipo peculiar en un universo aún más peculiar, se gana la vida como aventurero de alquiler y acepta cualquier tipo de trabajo que le ofrezcan si el precio es bueno. En el momento en que le conocí le habían contratado para salvarme la vida y lo estaba haciendo a punta de pistola. Delano a veces se toma su trabajo demasiado en serio.
–¿Dónde se supone que vamos?
–En cuanto me dé el compacto se lo digo.
–¿Quiere el CD?
–Exacto.
–¿Y si no se lo doy?
–Me veré forzado a obligarle y eso no sería agradable para ninguno de los dos.
–No, supongo que no. –Saqué el compacto del bolsillo interior de mi plumífero y se lo tendí–. ¿Quiere que le dé también el discman?.
–Será lo mejor. Ponga el coche en marcha, yo le iré indicando por donde ir.
Le obedecí.
–¿Cómo me ha encontrado?
–Me puse en contacto con todos los medios de comunicación y compañías discográficas de Madrid, les advertí que había un loco suelto diciendo que Elvis estaba vivo y que tenía su último disco para demostrarlo. Me hice pasar por su psiquiatra y dejé mi número para que me llamaran. Espero que no le importe.
–Vaya. No sé que decirle, me acaba de meter en su coche a punta de pistola, en comparación el hecho de que haya suplantado a un psiquiatra al que, gracias a Dios, no necesito me parece una fruslería.
–Eso no es exacto.
–¿Qué parte no es exacta? ¿Cree que necesito un psiquiatra?
–Ahí no me meto. El coche no es mío; es robado.
–Lo tenía que haber supuesto, –me indicó que girara a la izquierda y yo giré a la izquierda. No estaba asustado pero sí excitado: ese hombre parecía pertenecer a ese mundo secreto al que yo quería acceder. No me importaba que se llevara el CD y el discman si a cambio me mostraba el camino–. No suele leer los anuncios por palabras de los periódicos ¿verdad?
–No, la verdad es que no... ¿por qué?
–Por nada... por nada. Ha tenido suerte, hay mil modos de que yo hubiera podido sacar el compacto a la luz y usted no lo hubiera sabido hasta que hubiera sido tarde.
–No, no lo hubiera hecho, se lo aseguro.
–¿Por qué?
–Habría muerto antes. La Gorgona es bastante severa con los que rompen esa regla. Lo habría devorado.
–La Gorgona es la bestia de mis sueños... –comprendí; el hecho de que tuviera nombre la hacía más terrible. Cuando no tenía nombre podía engañarme e imaginarla irreal fuera del escabroso terreno de las pesadillas, ahora ganaba en solidez en el reino de la vigilia.
–Así es. Es el juez de las Reglas Secretas... y usted estaba a punto de romper una de ellas llevando ese compacto a las manos incorrectas... El Secreto debe prevalecer.
–¡No sabía que existían reglas!
–Bueno... ni siquiera yo las conozco todas. Cuando apareces en los sueños de la Gorgona es el momento de recapacitar sobre lo que estás haciendo. O das un giro a tu vida o la Gorgona te lo da a ti. –Durante toda la conversación se había entretenido jugueteando con el compacto entre sus manos, sin soltar la pistola, se quedó mirando su reflejo en la superficie azulada y se guardó el compacto en un bolsillo de su chaqueta–. Me gusta más Mercurial. –Sacó un cigarrillo de un paquete arrugado y lo encendió con un mechero que parecía fabricado en hueso–. Pero es que Mercurial es el mejor disco del rey. ¿No le parece?
–No he tenido el placer de escucharlo. –Había algo desquiciante en Delano Gris, creo que en ese momento le divertía mi ignorancia y pretendía marearme en vez de ofrecerme respuestas–. ¿Qué es todo esto? ¿Qué es eso del Secreto? ¿Qué es Lilith?
–Yo me bajo aquí.
–¡Un momento! ¿No piensa explicarme nada?
–Lilith es la segunda luna de la tierra.
–¿Qué?
–Pare.
–¿Qué es lo que ha dicho?
–No, si todavía tendré que pegarle un tiro para que me deje bajar.
Detuve el coche, Delano Gris abrió la portezuela y bajó guardándose la pistola en el pantalón. Se apoyó en la ventanilla un instante.
–Llegará por sus propios medios. Estoy seguro.
–¿Dónde tengo que llegar?
–A la cara oculta de la realidad. Al lado secreto del mundo.
Antes de que pudiera hacer una nueva pregunta Delano Gris se despidió con un gesto y cruzó hasta una calle solitaria de casas blancas. Yo me encontré sólo y aturdido dentro de un coche robado. La segunda luna de la tierra. Lilith. La Gorgona...

Hace una semana
Hace una semana de mi último encuentro con Delano Gris, cada mes se organiza una partida de póker en La Sonrisa de Salgari y suele venir de cuando en cuando para intentar desplumar a la dotación, cosa que lleva a cabo con un porcentaje de éxito preocupante –excepto a Sandro –el camarero de los ojos negros ¿recuerdan?– que por motivos que más tarde desvelaré tiene terminantemente prohibido jugar al póker–. En una de las manos más jugosas de la noche nos encontramos cara a cara. Una piedra mágica giraba en torno a su cabeza como un pequeño y alocado satélite, supuse que era una treta para intentar desconcertarme y contraataqué: atrapé a Mordekay y, haciendo caso omiso a sus protestas, me lo coloqué a modo de sombrero. Finalmente fui yo quien, por una vez, le hice morder el polvo ante los aplausos y vítores de la tripulación.
–A la cara secreta de la realidad. ¡Hacia el lado secreto del mundo! –aullé mientras me hacía con mi botín.
Delano Gris encendió un nuevo cigarrillo con la llama esmeralda de su mechero de hueso de grifo y me dedicó su mejor sonrisa humeante antes de tomar las cartas y comenzar a barajar.

El final de Juan Izquierdo Bragado.
(Esto que sigue es una dramatización de lo que pudo ocurrir la noche de octubre en que la Gorgona devoró a Juan Izquierdo. Está basada en sueños –míos y de otros afectados– y en lo que Mordekay y Michael han podido averiguar estudiando el informe policial y las confusas declaraciones que los psiquíatras de una residencia de Vallecas han conseguido arrancar a un enajenado Ocaña –ahí va una paradoja: ha podido superar su adicción a las drogas pero el recuerdo de lo que ocurrió aquella noche le impide dormir si no es bajo sus efectos.–)
Hay una lluvia fina esta noche que cae sobre los dos jóvenes a pesar del resguardo del oscuro portal. Comparten el último porro de la noche mientras sus cuerpos dan los primeros síntomas de necesitar algo más fuerte, algo de polvo de hielo en sus venas. Juan Izquierdo tiene peor aspecto que su amigo Ocaña. Lleva varias noches acosado por terribles pesadillas. Mientras sus labios agrietados se aferran al papel rugoso mira hacia el cielo de las dos de la madrugada, buscando una señal. Ocaña mete sus manos afiladas en sus bolsillos y se intenta sacudir el frío y el ansia golpeando su cabeza contra el cristal de la puerta. Juan Izquierdo tira la colilla ennegrecida de aceite de hachís y se levanta. Se sacude la parte de atrás de sus pantalones negros y se acerca a orinar a un arbolillo cercano. Cierra los ojos a la noche y tras sus párpados cerrados escucha el silbar cercano de la criatura que acecha en sus sueños. Un goteo de veneno constante. Latidos de diferentes corazones bombeando toxinas en un mismo cuerpo. Capas de ácido y escamas de odio sobrevuelan sobre un Juan Izquierdo Bragado que ha sido juzgado por quebrantar una regla que no conoce y declarado culpable.
Abre los ojos, termina de orinar y vuelve hacia Ocaña –que no cesa de golpear el cristal con una cadencia suave que va en aumento–. Juan tiene los ojos enrojecidos y, de pronto, una lágrima se le escapa, traza un arco que la lleva hasta la barbilla y, desde allí, se precipita entre las gotas de lluvia que se derrumban sobre el suelo.
–Me ha encontrado... –anuncia el joven a su amigo–. Me ha encontrado...
La noche se vuelve roja cuando una sombra membranosa se despliega en torno al joven y se cierra sobre él con un chasquido que coincide con el estrépito de cristales estallando. Ocaña sólo ha visto un atisbo de la Gorgona y ha sido suficiente para enloquecerle. La lluvia baja manchada de sangre. Una sirena despierta en la lejanía. Una medalla de oro se va volando.
Todo lo que quedó de Juan Izquierdo Bragado fue una gigantesca mancha oscura sobre la acera y una zapatilla desatada.
Oficialmente sigue declarado como desaparecido. Por si Gracia Bragado y Lucian Izquierdo conservaban la esperanza de ver regresar a su hijo con vida le pedí a Mordekay que les enviara, de forma anónima, la siguiente nota: Su hijo está muerto. Ustedes no. Sigan viviendo. La verdad es que como nota anónima resulta bastante patética pero creo que cumplió su cometido. No hay nada más triste que estar aferrado a esperanzas imposibles.

La historia de los berberechos rompecorazones.
Fueron los berberechos los culpables de mi corazón destrozado. La noche anterior había estado desganado y, tras mucho remolonear por mi despensa –que no estaba tan poblada como puedo dar a entender por mi apariencia física–, me había decantado por dos latas de berberechos que me comí viendo Taxi Driver en vídeo. Al día siguiente, nada más despertar sentí un pinzamiento en el vientre y un terrible retortijón que me llevó a velocidad de crucero hasta el cuarto de baño; como sólo tuve que visitarlo una vez pensé que tal vez todo pudiera acabar en una falsa alarma y no vi motivo para llamar al instituto y pedir la excedencia por un día. Error.
A las diez y diez, cinco minutos después de dar comienzo la segunda clase del día el pinzamiento trazó una arco candente por mis intestinos. Me disculpé con la clase, dejé a los prusianos a punto de ser masacrados en la batalla de Jena y me batí en retirada hacia el cuarto de baño destinado al profesorado masculino que –¡azar! ¡azar!– estaba fuera de servicio. Consideré un segundo la posibilidad de acercarme al servicio de los alumnos cuando un nuevo ramalazo de furia intestinal me lanzó de cabeza al servicio contiguo –profesorado femenino–. Cuando terminé –diez y dieciséis– volví a la clase que me recibió con alguna risilla por lo bajo que me apresuré a silenciar.
Me cargué a los prusianos sin piedad, firmé la paz de Tilsit entre Napoleón y Alejandro I y ya enfilaba con las huestes francesas rumbo a España cuando mis intestinos me traicionaron por tercera y última vez –diez y veintitrés–. Rumié una nueva disculpa rápida y desaparecí por la puerta casi sin abrirla siquiera, recordé que el servicio de profesores estaba averiado cuando ya estaba a medio camino y no tuve más remedio que entrar de nuevo en el de féminas batiendo un nuevo récord de velocidad por el pasillo.
La laxitud beatífica que siguió a mi tercer volcánico movimiento de vientre me llevó hasta las serenas puertas del éxtasis. Y allí me encontraba, sentado en el receptáculo de mi incontinencia, con los pantalones y los calzoncillos fláccidos entre mis tobillos, cuando escuché dos voces femeninas que precedieron al sonido de la puerta al abrirse. En cuanto reconocí a la dueña de una de esas voces como dueña también de mi corazón sentí un terrible embarazo al pensar en poder ser descubierto en aquella posición –posición por otra parte completamente natural–.
–¡Te lo digo Ángela! ¡Te lo digo de verdad! ¡Tienes a Alfredo loquito por tus huesos! ¡loquito, loquito!
–Calla Matilda, calla... No seas tonta...
–¡¿No me iras a decir que no te has dado cuenta?!
–¡Como eres! –pausa. Grifo abierto–. Claro que me he dado cuenta. Se pasa todo el rato mirándome con ojitos de cordero degollado cuando cree que no le estoy viendo. Me pone la carne de gallina...
–¡Ja, ja, ja, ja!
–En serio... Es que es... tan... repulsivo
–¡Angela!
–¡Por favor! ¡no me digas que no! Tiemblo cada vez que se me acerca... Es grotesco. Se que está mal decirlo pero... Mira, Matilde... las cosas como son. Solo de pensar en esa masa bamboleándose sobre mi me da nauseas... –pausa– ¡Sería como tirarse a un flan!
–¡Pero que mala eres!
–Si hasta huele a raro... ¿lo has olido alguna vez? ¡Apesta a polvos de talco!
– ¡JA, JA, JA, JA! ¡Qué mala! –ruido de puerta abriéndose y cerrándose de nuevo.
Rompí a llorar y creí que no iba a ser capaz de parar jamás. Nunca había entendido el viejo dicho de que la pluma es más fuerte que la espada hasta aquel día, sentado sobre mi propia inmundicia: hay palabras con el poder suficiente para destrozar por completo a una persona, para destruirla de una manera tal que desearía estar muerta... lo cual es mucho peor que estarlo. Mientras la peste a mierda devoraba el olor a polvos de talco la corta conversación me ametralló una y otra vez, las palabras eran fuego cruzado en mi cerebro, cada sílaba se colaba entre un latido de corazón y el siguiente, cada letra era una astilla de veneno buscando el camino hacia donde quiera que estuviera mi alma, un afilado escalpelo que seccionaba mis ilusiones y mis esperanzas.
Volví a clase a las diez cuarenta. Escuche el jaleo que mis alumnos habían montado en mi ausencia, cuando abrí la puerta todo cesó como por ensalmo. Hubo calma un segundo y al segundo siguiente estallaron las risas. Miré hacia el encerado, donde se dirigían las carcajadas y todas las miradas y contemplé una muestra de arte improvisada: una torpe caricatura del Peonza sentado sobre un inmenso montón de mierda. El joven artista había titulado a su obra en grandes caracteres blancos. CAGÓN.
Las risas me acompañaron hasta que me senté en mi sillón de cuero y retomé la clase allí donde la había dejado –franceses cabizbajos en una España en penumbras–. Los alumnos vieron algo en mi rostro y fueron callando, de uno en uno, hasta que se hizo el silencio. Fue un silencio confuso, no el silencio agitado que sigue a la travesura y la broma, no un silencio culpable. Era un silencio simple y aterrador. Un silencio extraño porque no debía estar allí, un silencio de polvo de mausoleo... un silencio muerto. Mientras ese silencio tapaba mis propias palabras con su sordo y espantoso estruendo reparé en un detalle curioso que había pasado por alto: el montón de mierda que había dibujado el anónimo artista era idéntico a la peña de mi infancia.
Por fin había hecho cima.
No fue hasta mucho más tarde cuando me di cuenta de que había dado lo que restaba de clase sin parar de llorar.
Ya está, ya saben lo que ocurrió ¿Podemos continuar?

La teoría de la conspiración.
Cuando Guzmán me explicó su teoría no tuve más remedio que considerarla plausible.
–Corporaciones secretas. Sectas... ¡Templarios! –Alzó sus manos al cielo blanco de mi cocina– ¿Quién sabe? El gobierno secreto del mundo. El poder reside en las sombras. Ese hombre podía haberte matado, Alfredo. Podía haberte matado... –sacudió la cabeza.
–En ningún momento me sentí amenazado. Me apuntaba con una pistola pero no daba la impresión de que estuviera dispuesto a usarla. No sé si lo que me contó es verdad pero las pesadillas han terminado. –Me llené la taza de nuevo, nuestras conversaciones siempre tenían lugar en torno a tazas de café espeso y humeante–. ¿Y ese supuesto gobierno tuyo estaría en la segunda luna de la tierra?
–No me creo eso de la segunda luna; es lo más absurdo que he oído jamás. Y no me creo que tus pesadillas tuvieran algo que ver con gorgonas o con monstruos de cualquier tipo. Es difícil encontrar una explicación sencilla para todo lo que está ocurriendo pero...
–¿Pero?
–Tenemos que encontrarla antes de que nos afecte demasiado.
–¿Temes que pueda perder la razón? –el uso del plural no me había engañado. Aunque su preocupación me halagó tomé la determinación de no hablar más con él sobre el asunto Lilith.
–No me refería a eso. –Se perdió en un nuevo sorbo de café antes de volver a hablar–: Hay algo poderoso detrás de todo esto. Algo con la tecnología necesaria para fabricar un discman como el que te robaron, algo con el poder suficiente para ocultar que Elvis está vivo y que todavía graba discos para vete a saber que gente. Considera a ese Delano como el primer aviso, tal vez el próximo no tenga tantos remilgos a la hora de apretar el gatillo.

La segunda luna.
Lilith es el nombre que el Talmud, el libro de los judíos, da a la mujer de Adán, madre de gigantes y demonios, según las leyendas rabínicas Lilith no quiso someterse a su marido y lo abandonó para vivir en la región del aire. Los astrólogos han dado su nombre a la segunda luna de la tierra, adaptando un concepto que varios astrónomos del siglo pasado defendieron con vehemencia ante el escepticismo de sus colegas. Cualquier comentario en la actualidad sobre la posible existencia de un segundo satélite orbitando la tierra sería recogido con carcajadas, palmadas en la espalda y una larga estancia entre paredes acolchadas.

Visitas en La Sonrisa.
Diciembre enfilando hacia enero, noche recién estrenada. Clientela típica de última hora. Dos parejas dan cuenta de unas hamburguesas y unos jóvenes charlan de fútbol junto a unas cervezas. Tras las cristaleras esféricas las luces navideñas compiten con las farolas y las luces de ventanas y portales. En la radio Serrat canta al Mediterráneo. Salcedo y Sandro están tras la barra, Salcedo bebe lentamente una taza de té con limón y le pide a Sandro que no se olvide de comprar mañana una caja de Coca Cola Light. Yolanda –pelirroja terrible– está sentada a la barra, los jóvenes le lanzan lascivas miradas de cuando en cuando pero ella está demasiado ocupada para darse cuenta, está haciendo carantoñas a un perrito de raza dudosa que tiene tumbado en su regazo. Michael no está; ha salido patinando hasta un taxi que le aguardaba.
La puerta se abre y entran tres hombres. Sandro, Salcedo, Yolanda y Mordekay levantan la cabeza y miran hacia ellos, Mordekay gruñe y un hilillo de humo se le escapa entre las fauces. Los recién llegados visten de negro –chaquetas de cuero y pantalones de tela– y algo en su forma de moverse los delata como militares. El hombre del centro, más bajo y fornido que los otros, se adelante a sus acompañantes y trepa a un taburete frente a Salcedo quien da un último sorbo a su té con limón y deja la taza sobre la barra.
–Buenas noches, Salcedo. Felices fiestas y prospero año nuevo. ¿Me pones un café con leche...? –tiene el rostro redondo y sus labios son tan finos que parecen inexistentes. Sus ojos son grandes y oscuros aunque cuando pierde el control adoptan un tono escarlata que quema con cada mirada. Los dos hombres que le dan escolta no piden nada. Uno de ellos tiene los ojos sin pupila ni iris, completamente negros, como Sandro.
–¿Qué te trae a La Sonrisa, Vargas? ¿Te has caído de Lilith?
–Sólo estoy haciendo una visita a un viejo amigo. Es Navidad.
–Acepto lo de viejo pero no me llames amigo; no manches las palabras...
–Está bien. Está bien... –el hombre levanta los brazos, suspirando antes de hablar– Te diré porque estoy aquí: se oyen cosas, Salcedo. Mis hombres oyen cosas por las calles y se preocupan y vienen a preocuparme a mí. Y yo me digo que los rumores no pueden ser verdad pero como no callan y siguen y siguen yo me preocupo cada vez más ¿me sigues? Así que me he dicho que iba siendo hora de hacer una visita al viejo Salcedo para salir de dudas.
–No entiendo de que estás hablando...
–Dicen que estás preparando una nave, portugués. Dicen que pretendes regresar...
–Eso es imposible. Soy un desterrado. Me cazaron, me arrebataron todo lo que tenía y me obligaron a bajar a tierra de por vida. Ya no soy pirata, sólo soy hostelero.
Vargas contempla inquisitivamente a su escolta de ojos negros.
–Están protegidos contra la lectura, señor. No puedo saber si miente o dice la verdad.
–No juegues con la suerte, Salcedo. Sigue mi consejo y no intentes volver... No nos compliques la vida a todos. Haznos ese favor ¿quieres? –coge el café que Sandro le tiende y se lo bebe de dos rápidos sorbos–. Muy bueno, Sandro–kan. Cuida a tu jefe, que no haga nada de lo que se pueda arrepentir.

Difusa Realidad
Durante mucho tiempo mis investigaciones resultaron del todo infructuosas. No parecía tener madera de detective. El desaliento se abatió sobre mí por enésima vez. Volví a caer en el letargo existencial de los días siguientes a mi colapso emocional y la Navidad, como es habitual en estos casos, vino a empeorar las cosas. Guzmán me invitó a pasar la Nochebuena en su casa pero yo me había alquilado ¡Qué bello es vivir! y Chicas multiorgásmicas y decliné su oferta. No fueron unas buenas fiestas, no, mandé a la mierda todo espíritu fraterno y me dediqué a vagar desnudo por los pasillos de mi apartamento como un fantasma en vida.
En Nochevieja escuché las risas y cantos de mis vecinos, oí el cañoneo de los corchos del champán festejando la llegada del 97 y los maldije a todos con lágrimas en los ojos, ebrio de rencor.
Tras las fiestas volví a impartir mis clases con una apatía que mereció un par de amonestaciones desde dirección. Guzmán, viendo que la vida me volvía a superar, intentó ayudarme con sabias palabras y sabios consejos pero yo ya no quería más consejos ni palabras. En menos de cuatro meses me habían roto el corazón y me habían mostrado el brillante vestigio de un mundo mágico para luego abandonarme de nuevo en la oscuridad de mi vida vacía. Había vislumbrado la cima de la peña para caer otra vez y me sentía exangüe, sin fuerzas siquiera para abandonar.
Dos vías posibles de investigación que podían haberme sido de mucha ayuda:
–Ignorancia completa de las capacidades de investigación que concede esa cosa –casi desconocida para mí en aquellos tiempos– denominada Internet y que, aunque no desvela la verdad da indicaciones para llegar hasta ella.
–Delano Gris había dejado su teléfono particular por buena parte de Madrid en su búsqueda del Alone Again in the Edge. Podía haber intentado conseguirlo, ponerme en contacto con él y sacarle la verdad a banquetazos.
Por desgracia los planes geniales se me suelen ocurrir cuando todo ha pasado ya. Como dice Salcedo el mundo está lleno de genios a posteriori
Y allí estaba yo, autocompadeciéndome hasta la extenuación, a punto de sucumbir a la entropía canalla de la desgracia cuando el azar llegó de nuevo a mi vida. Era una mañana gris, invierno a finales de febrero. El cielo indeciso descargaba de cuando en cuando copos de nieve a rachas lentas, espaciadas, sin que la nieve llegara a cuajar sobre las aceras. Me dirigía a buen paso hacia el instituto cuando un semáforo obligó a frenar a un taxi frente a mí.
En la parte inferior de su ventanilla lateral derecha estaba adherida la siguiente pegatina:

DIFUSA REALIDAD




Otro paréntesis.
Me gustaría hacer una pausa llegados a este punto. Un paréntesis de los muchos que he estado haciendo desde que he dado comienzo a esta historia, presumo que dificultando la lectura en vez de facilitarla. Si han llegado hasta aquí supongo que no se me han perdido por el camino y eso es bueno. Gracias por su atención.
Los sucesos a partir de este punto se aceleran. Del Alfredo García de pie sorprendido ante un taxi parado en un semáforo al Alfredo García sentado en el observatorio de La Sonrisa de Salgari, contemplando pensativo el Monte Olimpo de Marte apenas hay unos meses.
En Madrid boquea como un pez fuera del agua al reconocer el segundo símbolo de la pegatina y vislumbrar un nuevo camino por el que adentrarse en lo desconocido, para continuar su huida de la realidad que le ha vuelto mediocre, para escapar de la vida que le ha traicionado y de la suerte que siempre le ha dado la espalda.
En órbita alrededor del cuarto planeta del Sistema Solar piensa en todo lo que ha ocurrido en el último año y decide dar forma física a sus recuerdos. Verterlos en palabras para volver a recordar con la pasmosa claridad de la letra impresa los hechos que le han llevado a estar donde está ahora.
¿Son la misma persona el Alfredo García madrileño y el Alfredo García marciano?
Me gustaría pensar que sí.

Taxi driver
El taxista, rapado al uno y con gafas de sol negras me miró de arriba a abajo.
–¿Le gusta mi taxi o quiere que le lleve a algún sitio?
–Necesito ir a Lilith, –me escuché decir.
Sacudió la cabeza. Tenía un rostro diminuto y redondo, sus labios finos se cerraban sobre un cigarrillo negro.
–No puedo llevarle hasta allí, tito, pero puedo acercarle hasta la Igual de Madrid, desde allí se las podrá apañar solito si sabe lo que le digo.
La puerta trasera se abrió sin que el taxista pareciera intervenir en lo más mínimo. El taxista –Marcos Pérez, treinta y pocos años– participaba de ese mundo del que formaban parte el compacto y el discman, del mundo en el que Elvis Presley seguía vivo y en activo, del mundo de la Gorgona y las Leyes Secretas. Sospeché que si el taxista averiguaba que yo no era partícipe de su mundo me dejaría abandonado en mitad de la carretera. Así que me abstuve de preguntarle qué diablos era esa Igual de Madrid y como podría llegar desde allí a Lilith. Me contenté con introducir mi voluminoso cuerpo en la parte trasera del coche y observar como el taxista esperaba a que el semáforo reverdeciera para ponerse en marcha entre el caos circulatorio de Madrid.
–Estuve en Lilith hace dos veranos. –Miró hacia atrás y me vi doblemente reflejado en los espejos oscuros de sus gafas– De vacaciones. ¿Es de allí?
–No, es la primera vez que voy.
–Le gustará. Es un buen sitio una vez que te has acostumbrado.
–¿A usted le gusto? –¿una vez que te has acostumbrado a qué?
–¿Qué si me gusto? –silbó y golpeó el volante con la palma de la mano derecha–. ¡Me volvió loco! Si lo que quiere es pasárselo bien vaya al distrito rubí.
–Si tengo oportunidad lo haré, no lo dude...
El taxista estuvo en silencio largo rato, era un silencio invitador que yo no me atrevía a romper por miedo a meter la pata. Miré por la ventanilla hasta que se me ocurrió una pregunta que aunque no me delataba debo admitir que sonó un poco estúpida.
–¿Ha escuchado el último disco de Elvis?
–No. –La pregunta no pareció sorprenderle demasiado, en definitiva seguía siendo un taxista, acostumbrado a preguntas mas fuera de lugar que la mía–. Me han dicho que está bien pero no se acerca ni de lejos a Mercurial.
–Bueno... Mercurial es su mejor disco...
–Eso es verdad. ¿Quiere que ponga la radio?
–No, es igual...
–Lo que quiera. –Escanció humo gris en gran cantidad antes de volver a hablar–. Cuando estuve en Lilith visité el Emporio ¿sabe?. La semana antes Elvis había dado allí uno de sus conciertos y por lo que oí ha sido el primer artista de todo el Sistema que ha conseguido llenarlo.
–¡Santo Cielo! ¿El Emporio lleno? –¿Emporio? ¿Sistema?
–A rebosar, tito. A rebosar...
Fue reduciendo la velocidad hasta frenar por completo junto a un parquecillo. La puerta a mi derecha se abrió y el taxista se giró una vez más hacia mí.
–Ya hemos llegado. Son seiscientas.
Le pagué religiosamente y bajé del taxi. No había terminado de cerrar la puerta cuando volví a verme reflejado en los cristales oscuros de sus gafas de sol. El taxista soltó un lastre de humo grisáceo por la comisura de sus labios antes de despedirse.
–No pierda la esperanza... –me aconsejó bajándose las gafas para obsequiarme con un guiño cómplice.

Contrabandista frustrado
Vitoria. Días antes de que Alfredo García Torrecilla iniciara la etapa final de su viaje. La Sonrisa de Salgari está muy concurrida y en la radio Scorpions dice que todavía te quiere. Las puertas de la cafetería se abren de pronto y Michael entra patinando con el ceño fruncido. Hace un gesto a Salcedo y desaparece tras la puerta que lleva a la sala de empleados, al poco tiempo Salcedo le sigue con Mordekay pisándole los talones. Sandro y Yolanda se miran preocupados tras la barra y siguen trabajando.
–¿Qué ocurre? –pregunta Salcedo–. ¿Dónde está la pieza?
–¡No está! ¡No he podido traerla! Los hombres de Vargas no han dejado de seguirme desde que pisé Lilith. No he podido despistarlos por más que lo he intentado. ¡Estamos tan cerca! ¡maldita sea!
–Dos piezas... Sólo nos quedan dos piezas para completar el acelerador vectorial –gruñe Mordekay sentado sobre sus cuartos traseros de perro. Trenza una calavera de humo y la expulsa con un ladrido, visiblemente irritado.
–¿Puede funcionar con lo que tenemos? –quiere saber Salcedo.
Michael sacude la cabeza.
–Para nada. Necesitamos esas dos malditas piezas para que el acelerador funcione.
–Podemos esperar a que las aguas vuelvan a su cauce. Si somos pacientes Vargas se olvidará de nosotros, estoy seguro... –Salcedo mira hacia el techo–. Hemos esperado tanto tiempo que sería de estúpidos arriesgarnos ahora que estamos tan cerca... ¡Maldita sea! ¿Creéis en lo que estoy diciendo? –pregunta.
Michael y Mordekay sacuden la cabeza a la vez.
–Estamos hartos de estar en tierra, capitán –dice el dragón–. Corramos el riesgo.

Casas iguales.
El taxi me había dejado en el mismo punto en que Delano Gris me había hecho parar. Un jardín maltrecho por el invierno y un vientecillo frío eran mi única compañía. En un banco una bolsa de plástico aleteaba atrapada en las rendijas de la madera. Miré a mí alrededor sin ver nada que llamara mi atención, puedo acercarle hasta la Igual de Madrid. ¿Qué era una Igual? ¿Una Igual a qué? Me senté junto a la bolsa prisionera sintiéndome desconcertado. El Bar Alonso y la panadería Dulce estaban a mi espalda, frente a mí, tras cruzar la carretera, una fila de pulcras casas se alineaba sobre la acera. Eran casitas pequeñas, familiares, de dos plantas y tejados a dos aguas, todas eran prácticamente iguales y por un momento pensé que a eso se refería el taxista. Casas iguales. Me levanté del banco y crucé la carretera. Todas tenían un número asignado y signos evidentes de estar habitadas. Todas menos una. Su aspecto exterior no difería apenas de sus vecinas: una casita de dos plantas, rematada con un tejado a dos aguas desde donde me espiaba una pequeña antena torcida.
Subí sus escalones de mármol firmemente convencido de que el taxista se refería a esa casa. Había algo anómalo en ella. La casa irradiaba energía, un halo extraño e indeterminado la rodeaba, una convulsa sacudida irreal en la racionalidad. Pulsé el timbre pero no se produjo el menor sonido. Llamé a la puerta y nadie acudió a abrir. Hice una última probatura con el pomo de la puerta y descubrí perplejo que no existía cerradura alguna. ¿Cómo se entraba en la casa? ¿Si no estaba habitada por qué había cortinas en las ventanas del segundo piso? ¿Delano Gris había entrado en ella una vez me hube marchado? de ser así ¿cómo lo había hecho?
Del cielo comenzó a desprenderse una fina nevada y yo me metí las manos en los bolsillos de mi plumífero y me batí en lenta retirada hacia el Bar Alonso, echando esporádicas miradas hacia la casa, esperando que se desvaneciera en el aire o que me siguiera como un perrito perdido. No me hubieran sorprendido ninguna de las dos cosas.
La temperatura en el bar era agradable y me desabroché el plumífero ante la atenta mirada de un camarero ceñudo y del único parroquiano que hizo un paréntesis en su búsqueda de tres lingotes en la maquina tragaperras para echarme un vistazo reprobatorio.
–¡Buenas tardes! ¡Hace un frío que pela! ¿Me pone un café?
–¿Viene de la casa? –preguntó el camarero sin apenas mover los labios.
Esa pregunta confirmó mis sospechas. Esa casa era especial y yo tenía que averiguar por qué, aunque por el talante y fruncido ceño del camarero me iba a costar sudor y sangre.
–No queremos gente como usted por aquí. Haga el favor de marcharse por donde ha venido.
–No entiendo. ¿La casa? No vengo de esa casa... sólo me ha llamado la atención.
–¿Por qué?
–No lo sé. Me ha llamado la atención, sin más. ¿Sabe quién vive ahí?
–En esa casa no vive nadie. No ha vivido nunca nadie, –me miró reticente antes de volver a hablar–. ¿Entonces no viene de allí?
–Ya se lo he dicho, –entrecerré los ojos, indagador– ¿Qué ocurre con esa casa?
–¡No ocurre nada con esa casa! No hables con él, Manuel –recomendó el cliente ludópata buscador de oro y frutas triplicadas–. No sabemos quién es.
–Me llamo Alfredo García Torrecilla y soy profesor de historia.
Los dos hicieron caso omiso de mi presentación y, como el camarero parecía no tener la menor intención de servirme el café, salí del local mas desconcertado que antes.
Me senté en el banco, rescaté a la bolsa que usé de gorro improvisado y observé la casa. Empezaba a aburrirme de pasar frío cuando la puerta se abrió y un hombre en camiseta y bermudas salió a las escaleras. La puerta se cerró al instante a sus espaldas. Miró al cielo un momento, estornudó y luego se volvió de nuevo hacia la puerta cerrada. Le vi mover los labios y la puerta se abrió para dejarle entrar, cosa que hizo con comprensible rapidez si tenemos en cuenta lo escaso de su atavío y lo bajo de la temperatura exterior.

Ábrete sésamo.
Lo primero que pensé fue que había alguien dentro de la casa, un portero que sólo abría la puerta a aquellos que conocían la contraseña adecuada. Desde la distancia no había escuchado las palabras del hombre que parecía recién escapado de la playa. ¿A qué había salido? ¿A ver el tiempo que hacía? ¿Por qué me habían dicho en el Bar Alonso que no vivía nadie en la casa? ¿Y si no vivía nadie por qué me había preguntado si venía de allí?
Me levanté del banco, crucé la calle y subí de nuevo las escaleras de mármol. Llamé a la puerta con los mismos resultados que en los intentos precedentes. Me mordí el labio inferior y, sintiéndome vagamente estúpido, probé fortuna hablando a la madera:
–Lilith –nada.
–Elvis
–Mercurial. –No había sido una sola palabra la que habían pronunciado sus labios.
–Alone Again in the Edge.
–¡Ábrete Sésamo!
–Etc. etc.
–¡Maldita sea! ¡hay alguien ahí! ¡Le he visto salir! –golpeé la puerta con fuerza y en un rapto de súbita rabia opté por mandarlo todo al infierno y marcharme. No había bajado más que un escalón cuando me detuve, girando lentamente y clavando de nuevo la vista en la puerta. Dos pensamientos convergentes: 1– según Dante en el dintel de la puerta del infierno –donde acababa de mandarlo todo– hay una cita escrita en caracteres negros. 2– la despedida del taxista había sido un enigmático “No pierda la esperanza”.
No recordaba la cita entera pero conocía su parte más célebre así que me llegué por enésima vez a la puerta y, con voz baja, casi temerosa, anuncié:
–Vosotros que entráis, abandonad toda esperanza...
Y las puertas se abrieron.

Puertas abiertas
Estaba ante un diminuto porche iluminado por los fluorescentes del techo y la luz ondulante del exterior. La mezcla de luces envolvía la escena en una atmósfera difusa, extraña porque parecían parte de dos mundos diferentes a punto de colisionar –o ya chocando–. Di un paso atrás y contemplé con detenimiento lo que las puertas abiertas me mostraban Dos pequeños aparadores flanqueaban la puerta, ambos estaban repletos de figuras de porcelana, en su mayoría aves en distintas posiciones de vuelo. Las paredes estaban tapizadas por papel oscuro. El suelo estaba oculto bajo una alfombra de diseño árabe, líneas coloridas se entremezclaban unas con otras en caótico frenesí. En el aire flotaba un dulce aliento a bosque y una promesa de energías desatadas. El porche se estrechaba en un angosto pasillo que se perdía en las profundidades de la casa. Me giré para mirar hacia el Bar Alonso y me encontré al camarero y su cliente fingiendo no espiarme.
Las puertas estaban abiertas y sabía que sólo me faltaba un paso para dar con lo que había estado buscando. Un solo paso para cambiar mi vida. La lógica de mis acciones hacía tiempo que se me había escapado, desde que la causalidad azarosa había puesto en mi camino a Juan Izquierdo Bragado y a su discman. La realidad ya no tenía la misma textura desde que sabía que contenía gorgonas y liliths. En ese momento, frente a las puertas abiertas de la Casa Igual de Madrid, antes de dar definitivamente el paso que me iba a llevar al lado secreto de la realidad, antes de poner el pie en la cara oscura del mundo, me pregunté:
¿Te atreverás a enfrentarte con lo que te aguarda tras estas puertas?
Sonreí. No podía ser peor de lo que dejaba atrás.

Interiores.
Nada más entrar la puerta se cerró a mi espalda dejándome a merced de las luces frías, indiferentes, de los fluorescentes.
Avancé por el pasillo. El suelo bajo mis pies crujía a cada paso que daba, un melancólico quejido se desperezaba bajo las suelas de mis zapatos. Al fondo del corredor divisé una estrecha escalera que ascendía con dificultad a la segunda planta. Me acerqué hasta ella, pasando de largo tres puertas de madera y una puerta doble acristalada. Puse el pie en el primer escalón e insistí:
–¿Hay alguien ahí? –pregunté a la quietud intranquila de la casa.
Nadie contestó. La casa estaba silenciosa pero, adoptando de nuevo mi identidad de experto en silencios, me dije que este en particular era un silencio trabado entre dos gritos, una pausa entre dos furiosos estallidos. Una prisa sin sentido comenzaba a bullirme en la boca del estómago. Una sensación difusa de emergencia que llegaba de todas partes. Volví de nuevo la atención al pasillo. Por alguna razón oscura –otra más– no quería subir a la planta de arriba, una alarma mental se despertaba en mi cerebro cada vez que jugaba con esa idea. Un terror inconsciente, una corriente voltaica en el cortex cerebral me impedía subir un escalón más, retrocedí y me planté firmemente sobre el suelo del pasillo.
Me acerqué a la doble puerta acristalada. A través del cristal se colaba una fantasmal luz ambarina. Empujé ambas hojas de la puerta y entré en la sala de estar. La luz amarillenta provenía de una lámpara de araña de aspecto frágil que colgaba de una fina cadena de vidrio. En mitad de la sala dos sillones de cuero negro custodiaban una mesa rectangular de cristal cubierta con un tapete bordado, en el centro del tapete se agolpaban más figuras de aves como las que había visto en la entrada; estaban fabricadas en porcelana y cristal, todas las figuritas parecían dar escolta a un cisne decapitado que abría sus imponentes alas dispuesto a levantar el vuelo En la pared izquierda, tapizada en terciopelo gris, se encontraba el tradicional cuadro de caza que toda casa decente debe tener: un sudoroso ciervo blanco perseguido por cuatro enormes perros negros, el paisaje se me antojó curiosamente onírico, la pintura desvaída parecía surgir de la catarata que era el centro del cuadro. Por un momento creí escuchar el sonido del agua precipitándose en el pequeño lago que bordeaban perseguido y perseguidores. En la pared contraria al cuadro se apoyaban una estantería repleta de libros y un mueble bar completamente vacío. Había una puerta en la pared que tenía enfrente, una puerta idéntica a la que acababa de cruzar para entrar en la estancia. Tuve la sensación de estar contemplando una imagen reflejada en un espejo, con la salvedad de que yo no aparecía reflejado en ella.
Caminando a buen ritmo me llegue hasta la nueva puerta acristalada. Había algo extraño en ella, no en la puerta misma sino en su situación en la habitación. Detuve mi mano a medio camino de agarrar la manecilla y hacerla girar, un viento frío, gélido me había acariciado la nuca. El sudor me pegaba la camiseta a la espalda. Me di la vuelta muy despacio, las piernas me temblaban y mis dientes castañeteaban frenéticos.
Todo lo que contenía la habitación había dado un giro de ciento ochenta grados. El cuadro de caza estaba ahora en la pared derecha y la estantería y el mueble bar me observaban indiferentes desde la pared izquierda, las aves de porcelana se habían dado educadamente la vuelta para no darme la espalda. Tragué saliva y abrí la puerta para encontrarme de regreso en el mismo pasillo que acababa de abandonar hacía tan solo unos instantes.
–De regreso a la casilla de salida... –musité entredientes. Me apoyé en la pared, mareado. Tenía la sensación de haber entrado en uno de esos dibujos de dimensiones enloquecidas de Escher. ¿Qué ocurriría si subía las escaleras? ¿aparecería de nuevo en la planta de abajo? Miré a la puerta de la entrada con el miedo y la prisa atenazándome el estómago, el mismo estómago que sólo un instante después se estremeció bajo los efectos de un terrible retortijón preludio de movimientos telúricos mayores. Necesitaba con urgencia un servicio pero por nada del mundo haría mis necesidades en una casa que no tenía el menor respeto por las dimensiones y la lógica. Me apreté el cinto y aligeré el paso hacia la puerta de entrada. El Bar Alonso iba a recibir a su pesar una nueva visita de Alfredo García Torrecilla.
Abrí la puerta y sólo un milagro y una férrea contracción muscular logró contener mis intestinos.
–Toto... me parece que ya no estamos en Kansas...

Panorámicas.
PRIMERA– Amanece en Brooklyn. Esquina Broadway y Monroe Street. La calle principal está desierta a excepción de dos ancianos de barba blanca y ropa negra, tapan sus cabezas con dos gorros gemelos y portan bolsas de plástico repletas de latas redondas. Hablan animadamente y señalan hacia una zanja donde la basura comparte terreno con sofás y esqueletos de colchones, televisores rotos y un frigorífico abollado en el que dormita un gato muerto. Los coches vomitan humo al cielo nublado que se estremece con el grito histérico del metropolitano que ruge sobre el viaducto. La puerta de una casa de dos plantas con tejado a dos aguas se abre un instante. En el umbral aparece un hombre tan grueso que parece redondo. Se lleva las manos al vientre, musita algo que los dos ancianos no llegan a escuchar y entra otra vez a la casa. Al rato se abre de nuevo la puerta, el hombre asoma la cabeza, la sacude y vuelve a entrar.
SEGUNDA– Río de Janeiro es menos Río de Janeiro a las nueve de la mañana. Avenida Atlántica entrando en la Playa de Leme. Un sol opaco se suspende más allá del Cristo del Corcovado, en el horizonte se recorta el monte Pan de Azúcar que arrastra un penacho de nubes que no le abandonará hasta bien entrada la mañana. Río duerme, la avenida Atlántica y sus playas Copacabana y De Leme duermen. Entre los grandes edificios de la avenida se agazapa una casa blanca de dos plantas, su puerta se abre y un hombre inmenso se asoma a la mañana desierta de Río de Janeiro. Más allá de las dos carreteras que separan la avenida de la playa el océano Atlántico lame la arena dorada y el hombre contempla el brillo añil del mar. Se desabrocha el plumífero gris y se frota la barba pensativo. Se da la vuelta y entra de nuevo a la casa no si antes lanzar una mirada interrogativa al Cristo del Corcovado.
TERCERA–Plaza Mayor de Brujas, mañana tardía. El campanario y su carillón se alzan sobre el mercado gótico de la ciudad, arrastrando su sombra de piedra vieja sobre una estatua de viejos héroes de viejas guerras. La gente se afana entre las casas picudas, de colores vivos y chillones, que rodean la plaza, algunas cuentan con remates escalonados que trepan por sus tejados hasta encontrarse en el vértice y postrarse ante crucifijos y veletas, estatuas y ángeles. Una casa tiene su tejado a dos aguas libres de remates y es la puerta de esa casa la que se abre y deja pasar a un hombre grueso que entrecierra los ojos ante la luz del mediodía antes de entrar de nuevo en la casa sin esperanzas.

La sonrisa.
Tras contemplar el amanecer de Brooklyn entré en la casa y tomé aliento. Volví a abrir la puerta y Brooklyn y los dos ancianos de negro seguían allí, inmutables y ajenos a mi desconcierto, señalando a la nevera abollada y herrumbrosa que apenas brillaba bajo la luz cenicienta del amanecer. Me olvidé por completo de mis prejuicios anteriores sobre el servicio de la casa y lo usé antes de que mis intestinos acabaran vaciándose en mis pantalones de pana. Sentado en la taza, con el sudor cubriéndome como un sudario, recapacité sobre lo que estaba pasando. Hacía cinco minutos me encontraba en Madrid, cinco minutos después el escenario había cambiado por completo, ¡ni siquiera me encontraba en el mismo continente! ¿Conclusiones? La única conclusión a la que llegué es que me había vuelto, de una vez por todas, completa y absolutamente loco. Acabé, me limpié con varios pares de pañuelos de papel y tiré de la cadena.
Volví a la sala de estar y usé la puerta reflejo. Debía de haber una forma para regresar a Madrid. Avancé por el pasillo, agarré el pomo de la puerta principal, lo giré y me encontré en un Río de Janeiro a punto de despertar.
Brujas. Venecia. Sidney. Akita. Holón. Vitoria...
ÚLTIMA PANORÁMICA: Vitoria. Mediodía frío y gris. Una puerta se abre en una casa sencilla y un hombre enorme se asoma a la calle. Cerca de la casa, en un solitario solar, se encuentra un solitario edificio con una cafetería en sus bajos, una cafetería cuya fachada está decorada como si de la proa de un galeón se tratara y que cuenta con el siguiente cartel suspendido entre dos lacias banderas pirata:


La Sonrisa de Salgari





Denzey
Denzey es una de esas palabras dexar que nos muestran un poco el talante y filosofía de esta minúscula civilización que lleva treinta y tres mil años viviendo de la misma guisa. Nosotros tenemos tres palabras para explicarla, los dexar las reducen a una porque no hacen distinción entre ellas:
Hombre, amigo y hermano...

Sandro y dos cafés.
Entré en La Sonrisa de Salgari en un estado cercano a la histeria: las piernas me temblaban, los ojos abiertos, desencajados, en busca de alguna pista que me desvelara, de una vez por todas, el sentido de todo lo que estaba ocurriendo. La cafetería estaba casi vacía aquel día, una mujer de avanzada edad y peso tomaba un chocolate con una niña pecosa. Salcedo me lanzó una mirada desde la barra y me saludó con un buenos días con acento portugués. Correspondí a su saludo y me senté en la mesa más alejada de la barra. La mañana estaba resultando muy movida: tras el paseo en taxi había visitado siete ciudades diferentes en un lapso de tiempo que no pasaba de los diez minutos y, como quien dice, apenas sin salir de casa. Estaba sin aliento y empezaba a temerme que mi maltratado corazón no pudiera resistir tantas emociones y se viniera abajo, dejando ciento y muchos kilos de carne muerta sobre la mesa. Me quité mi plumífero gris y lo doblé sobre la silla de al lado, aplicando un compás hipnótico a mi respiración e intentando controlar el frenético castañeteo de mis dientes.
No sé cuanto tiempo pasó hasta que un tintineo de porcelana me hizo levantar la cabeza y descubrir a Sandro observándome, dejó dos tazas sobre la mesa y se sentó en la silla que se encontraba frente a mí.
–No se preocupe, Alfredo. Los principios siempre son confusos, es casi una tradición...
Le miré boquiabierto. Su sonrisa abierta, franca, y sus ojos negros me confundieron aún más. Tardé unos segundos en reaccionar.
–¿Que...? ¿Quién? –sacudí la cabeza– ¿Cómo sabe como me llamo? –conseguí soltar.
–Lo sé. También sé que es profesor de historia y que ha hecho un largo viaje hasta llegar aquí. – Señaló hacia mi taza–. Y el café le gusta negro y espeso...
–¿Cómo me conoce? ¿Qué...
–No le conozco. Lo que le he contado es parte de lo que veo cuando le miró –sonrió.
–Le juro que no entiendo ni una palabra de lo que me está diciendo. Estoy... estoy bastante desconcertado y no entiendo nada... Tengo que saber que es lo que pasa... Quiero...
–Por cada secreto desvelado nacen dos nuevos misterios. Dicen que las mejores respuestas son las que despiertan nuevas preguntas. ¿De verdad quiere saberlo?
–Por favor... Lo necesito ... –supliqué.
El hombre de los ojos negros sonrió y se aprestaba ya a hablar cuando un grito desde la barra le detuvo:
–¡Sandro!

La bella Yolanda.
Yolanda es metro ochenta de perfección. Tiene ojos verdes y de cuando en cuando se dibuja en el rostro una mariposa del mismo color. Su pelo es una nube de cabello rojo del que siempre emana un perfume sensual y oscuro. Yolanda es xenobióloga, experta en armas cuerpo a cuerpo y maestra consumada en magia primordial. Es provocativa y provocadora. Suele decir que su belleza es un arma contra quienes no la conocen y es la verdad, es bella de una forma que aturde y congestiona; lo sé por experiencia propia. Cuando Sandro se levantó para reunirse con Salcedo ella se acercó hasta mi mesa para ocupar su puesto y fue como si la musa que encarnaba todos mis sueños eróticos hubiera cobrado realidad.
–¿Puedo sentarme? –preguntó.
Probad a tragar saliva y a decir “desde luego” al mismo tiempo y os acercaréis al sonido que logré emitir. Yolanda entrecerró sus ojos de gata y me sonrió antes de doblar su deliciosa cintura para sentarse en la silla.
–Tomaré eso como un sí, –me miró de arriba abajo y volvió a sonreír.
Mis mejillas ardían y mi estómago brincaba. Bajé la vista para no ahogarme en la insondable majestad de su belleza. No era consciente de lo que había dicho. Ella estaba hablando, podía ver sus labios moverse pero sus palabras no llegaban a mis oídos como palabras sino como un dulce sonido al que no era capaz de dotar de sentido. Contemplé mis dedos regordetes entrelazados entre si mientras buscaba con denuedo algo inteligente que decir. Ella seguía hablando sin dar importancia a mi ofuscación, cosa que me ofuscaba todavía más.
–Creo que ha sufrido un shock –opinó una vocecilla rota a la altura de mis tobillos. Bajé la vista para encontrarme con un pequeño perro de raza difusa que agitaba su rabo pelado sin dejar de mirarme.
Podía admitir que Elvis estuviera vivo, podía aceptar la existencia de una casa teleportadora y de una realidad oculta a los ojos del mundo, podía llegar a reconocer que la luna tuviera una hermanita escondida, pero había cosas que me negaba a considerar siquiera.
–No... no hablan... –clavé mi mirada desesperada en sus ojos llorosos–. Los perros... no hablan...
–Por eso no te preocupes, no soy un perro –dijo el perro–. Soy un dragón.
–Necesito... necesito... tengo que ir al servicio...

I.A
Mordekay es una inteligencia artificial inyectada en un cuerpo creado en laboratorio. No me pregunten por la moralidad ni la ética de tamaña osadía que, como quien dice, acabo de llegar. No pretendo juzgar a Mordekay sino intentar explicarlo. Como definición burda podría servir la siguiente: Mordekay es la cumbre evolutiva de los ordenadores portátiles y está tan cercano a ellos como lo puede estar el hombre del primer mamífero que escapó con vida entre las patas de los dinosaurios. Los laboratorios informaticogenéticos que diseñan estas inteligencias no escatiman detalles en su fabricación, por poner un ejemplo: la serie Dragón Cobrizo, a la que pertenece Mordekay, puede volar, vomitar llamas y no sólo es capaz de reproducirse sino que, además, el nuevo dragoncito recibe como herencia toda la información y recuerdos de sus progenitores. Imaginad por un momento todos los recuerdos de todas las ramas de vuestro árbol genealógico resonando en vuestra cabeza –tal vez eso no afectaría demasiado a los dexar pero a mí me pone los pelos de punta–. Para las posibles estancias en Tierra los Dragones Cobrizos –y todas las diferentes gamas de Inteligencias exóticas– vienen provistos de una secuencia de camuflaje perfecto, en particular la secuencia de camuflaje de Mordekay se llama Perrito Entrañable.
Si sumamos la potencia de todos los ordenadores de la tierra y la multiplicamos por dos nos acercaremos a describir lo que nuestro estimado dragoncito I.A es capaz de hacer. Aun así hay una característica de la mente humana que los laboratorios no han logrado simular: el pensamiento lateral. Ese pequeño defecto hace que Michael sea imprescindible en La Sonrisa ya que muchos aspectos de las nuevas ciencias y no pocos de las antiguas magias están basados en este tipo de pensamiento.
De todas formas, como a Michael le gusta recordarle, el Dragón Cobrizo es un modelo obsoleto. La réplica de Mordekay es bastante hiriente:
–Si yo estoy obsoleto ya me dirás como está la humanidad que lleva dando la paliza cuarenta mil años.
A veces te dan ganas de estrangular a ese pequeño bastardo.

Un trato
Cuando regresé la pelirroja había desaparecido, en su sitio se sentaba Salcedo y, junto a él, se encontraba Sandro con el perro parlante sobre las rodillas. Esperaron a que tomara asiento. Había un nuevo café espeso y negro aguardándome sobre un platito de porcelana pero yo lo ignoré. Mi desconcierto se había trocado en irritación mientras evacuaba mi nerviosismo.
–Miren, he tenido la mañana más confusa de toda vida y estoy un poquito harto. Quiero respuestas, no adivinanzas ni juegos florares. Quiero... quiero saber lo que está pasando y me gustaría saberlo antes de que me de un infarto.
Los dos me miraban entre divertidos y sorprendidos. Mi irritación subió un grado. Mordekay se lamió una pata y suspiró.
–¿Qué quiere saber? ––preguntó Sandro.
–No hace... no hace ni una hora que entre en una casa como esa, como es de ahí –señalé al ojo de buey desde el que se divisaba la silueta de la casita de dos plantas– Entré en Madrid y después de un viaje ciertamente desconcertante he acabado aquí. ¿Me lo pueden explicar?
–Son Casas Iguales.
–Eso ya me lo habían dicho.
–Aparecieron hace unos años. Nadie sabe ni de donde salieron ni quien las levantó, lo cual suele ser una tradición en estos casos. En todas las ciudades del mundo hay Casas Iguales, su número suele variar pero siempre hay una por lo menos.
–Es para dar flexibilidad a los trayectos ¿sabe? –ladró Mordekay.
–¡No, no sé nada, por eso lo pregunto! –creo que ahí perdí un poco los estribos.
–No se impaciente, caballero –Salcedo se echó hacia atrás en su silla. Su rostro moreno se llenó de sombras y su pelo aleteó como si contara con vida propia. Me clavó en la silla con la mirada antes de volver a hablar–: Si tenemos que responder a todas sus preguntas estaremos aquí hasta que se hiele el infierno y ni siquiera sabemos si nuestras respuestas son las correctas. Mire, Alejandro, no me conoce pero créame si le digo que cuando estoy ante una situación límite pierdo los nervios y mi buen carácter, –iba yo a formular una pregunta cuando Salcedo me cortó con un gesto–. Ahora mismo estoy en una situación límite y si le digo esto es porque usted me puede ayudar a salir de ella.
–No veo como, –a mi pesar estaba volviendo a ser el Alfredo García Torrecilla cotidiano. Mi intento de rebelión se había visto anulado con una simple mirada del hombre que tenía en frente.
–Le ofrezco un trato, –dijo Salcedo bajando la voz–. Le ofrezco Lilith.

Taxi driver 2
Esperé unos minutos junto a la entrada de la grada principal del estadio de fútbol. Todo intento por tranquilizarme había sido en vano, la inminente llegada del taxi que Salcedo acababa de llamar me descomponía. Sudaba y temblaba y mi estómago, tan frágil para con las tensiones, amenazaba con traicionarme por enésima vez. Me mordisqueé el labio inferior. Caminé de un lado a otro sin apartar la mirada de la carretera que daba al parking del estadio.
Cuando lo vi llegar, blanco y flamante, con pegatinas de DIFUSA REALIDAD pegadas en las ventanillas mi corazón dio un brinco y mis tripas un salto. El taxi frenó a mi lado y el taxista –Carlos Hernandez, veintitantos, castaño y de risa fácil– me miró de arriba abajo, inseguro.
–¿Ha llamado usted a un taxi? –preguntó entrecerrando los ojos.
–Sí. Quiero ir a Lilith
Su rostro se despejó de dudas y me dedicó la primera de muchas sonrisas mientras decía:
–Vale, si usted quiere ir yo quiero llevarle.
La puerta trasera se abrió y, por segunda vez en un día, entré en un taxi.
No pude dejar de pensar que el taxista estaba eligiendo la ruta al azar pero me abstuve de hacer el menor comentario. Yo no sabía donde estaba Lilith y él había asegurado que me llevaría hasta allí. Cuando pasó por tercera vez por la misma calle yo carraspeé y él maldijo:
–¡¿Por qué carajo hay tanta circulación hoy?! ¡Hostiaputa!
Dio un fuerte volantazo y se metió en dirección prohibida entre dos callejuelas estrechas que se curvaban cien metros más adelante. Yo respiré hondo y me agarré con fuerza el reposacabezas del asiento del copiloto. El taxi dio un bandazo al tomar la curva y noté una sacudida eléctrica en mi espalda. Los colores tras la ventanilla se me antojaron más desvaídos, como si hubieran perdido parte de su realidad o como si yo los estuviera mirando de manera diferente. El conductor vio mi rostro confuso en el retrovisor y sonrió para tranquilizarme.
–Novato ¿verdad?
–Un poco, –hubiera sido absurdo no confesarlo.
–Acabamos de pasar a modo entre líneas –comentó el conductor–. Nos hemos ocultado de toda mirada curiosa para poder hacer esto:
El coche se elevó unos diez metros de la carretera y quedó suspendido en el aire. Redoblé las fuerzas con que me aferraba al reposacabezas y miré aterrorizado al conductor que, divertido ante mi turbación, soltó un par de carcajadas que me resultaron ciertamente molestas.
–¿No quería ir a Lilith?
–¡Sí! ¡Pero si hubiera querido ir volando hubiera cogido un avión!
–Hay pocos aviones que lleven hasta allí. Y somos la única compañía con licencia en la península para llegar hasta Lilith. O lo toma o lo deja, compañero. Usted elige.
Miré por la ventanilla, las calles de Vitoria y sus gentes continuaban con su vida allí abajo, ajenas al taxi blanco que flotaba contra toda lógica sobre sus cabezas.
–Siga adelante.
El taxi que podía volar cogió altura y embistió contra el vientre de las nubes. Yo me agarré con fuerza al reposacabezas y cerré los ojos.
Difusa realidad, pense, allí voy...

La cara oculta del mundo.
Abrí los ojos y pasé mi lengua entre mis labios secos. Sentía un incómodo zumbido instalado en mis oídos, abrí la boca hasta que conseguí destaponarlos y me preparé para enfrentarme con lo que tuviera a bien acontecer. El taxista tarareaba la melodía más maravillosa que yo había escuchado en mi vida.
–¿Qué está canturreando?
–Mercurial de Elvis.
–Ya.
Miré por la ventanilla. Las nubes estaban muy por debajo de nosotros y entre sus deslavazados jirones alcanzaba a ver la nebulosa lejanía de la tierra. El cielo parecía más diáfano, más puro y, a la par, menos real. No sabía que suerte de magia o ciencia alocada convertía al taxi en aeroplano pero por si la respuesta no me gustaba no quise preguntarlo.
Una sombra cimbreante se recortó de pronto contra la esfera solar y el horizonte escupió una punta de flecha roja que bramó sobre nosotros. Una nave rojiza fulguró en el cielo como una majestuosa ballena saltando en el mar en calma, enderezó su vuelo y desapareció de mi vista convertida en una saeta rubí. Turbulencias de aire en llamas giraban y danzaban allí por donde había pasado la nave. Sacudí la cabeza atónito ante la visión que, aunque apenas había durado un instante, todavía seguía tan fija en mi retina como su bramido pegado a mis oídos.
Giré la cabeza en la dirección por donde había desaparecido la nave intentando en vano echar un nuevo vistazo a esa grandiosidad. El cielo que nos rodeaba se volvió negro y se llenó de estrellas. Los horizontes de la tierra se fueron curvando hacia dentro, transformándola de un espectáculo plano a una gigantesca esfera de la que estabamos escapando. Mis ojos estaban a punto de dislocarse en el interior de sus órbitas. La Luna se dejó ver en la lejanía y yo apoyé las manos en la ventanilla y pegué mi rostro al cristal.
El taxista tarareaba Mercurial, Alfredo García Torrecilla forzaba al máximo la elasticidad de su mandíbula y Lilith, por fin, se dignó a aparecer, centelleante y orgullosa, entre la Tierra y la Luna.

Los filos.
Lilith no es el segundo satélite de la tierra. Lilith es una plataforma espacial de quinientos kilómetros cuadrados que orbita nuestro planeta cada cincuenta y tantos días. Nadie sabe quien la construyó, como nadie sabe quien construyó las otras doscientas setenta y seis plataformas espaciales que se encuentran desperdigadas por el Sistema Solar, girando con los planetas, orbitando sus lunas, bailando alrededor del sol o danzando unas en torno a otras. Las llamo plataformas espaciales pero el nombre con que son conocidas es otro: filos.
El filo más pequeño que se conoce orbita Fobos, el satélite suicida marciano, y su superficie es de dos kilómetros cuadrados. El mayor filo conocido está situado entre Neptuno y Plutón –o entre Plutón y Neptuno dependiendo de quien se lleve el mérito de ser el planeta más exterior en ese momento– y su superficie sobrepasa los noventa millones de kilómetros cuadrados. Se llama Samarkanda y es la capital del Sistema Solar.

Lilith
Lilith flota a doscientos y pico mil kilómetros de distancia de la tierra. Quinientos kilómetros cuadrados de metal irisado en forma de media luna inscrita en la mecánica celeste pero sin terminar de estar completamente allí. En su centro, ocupando el veinte por ciento de su superficie total, se levanta una megalítica urbe que parece salida de los sueños de Fritz Lang. El edificio más alto es la Torre Bassa, mide cuatro mil metros y tiene forma de tridente azul. El resto de la ciudad se ordena en torno a la torre y la altura de sus edificios va disminuyendo progresivamente hasta llegar a las chabolas y fabelas de la periferia. Todos los edificios están rodeados por grandes series de pasillos circulares construidos cada quinientos metros de altura.. Toda la plataforma está envuelta por una atmósfera idéntica a la terrestre y aunque nadie sabe como llegó hasta allí todos rezan para que no se marche. El puerto espacial de Lilith ocupa todo el ala este del filo y es un complejo sistema de plataformas que empequeñece a la misma Torre Bassa, el puerto es la única manera de entrar en el filo, cualquier intento de aproximación ilegal es recibida con el alborozo explosivo de los sistemas automáticos de defensa cansados de abatir meteoritos. En los días de más tráfico el puerto da la sensación de ser un avispero, las naves revolotean a su alrededor esperando su turno para entrar en anclaje, cientos de lucecillas inquietas danzan en torno a los faros de posición y luces de control, monoplazas de seguridad desempeñan el papel de perros del rebaño, evitando que nadie abandone el perímetro de seguridad y sobrevuele terreno peligroso.
El día en que Alfredo García Torrecilla llegó a Lilith apenas había tráfico. Una nave tubular de la que colgaba una serie de tentáculos metálicos era nuestra única compañía en el cielo. El taxi comenzó la maniobra de aproximación a puerto. Yo entorné los ojos, pálido y cubierto por una fina película de sudor, mi estómago y mi cabeza giraban y danzaban en direcciones opuestas. Antes de que tuviera que decir una sola palabra el taxista llenó mi regazo con media docena de bolsas azules.
–Procure vomitar en las bolsas. No me manche la tapicería.

Lectura entre líneas. Curso intensivo.
El motivo básico por el que los filos no son visibles desde la tierra está relacionado con la razón por la que Sandro tiene prohibido jugar al póker con el resto de la tripulación. La explicación podía definirse como cuántica –“si no lo miras no existe”– pero creo que tengo otro modo de explicarlo no más sencillo pero sí, quizá, más explicativo.
Tomemos cualquier libro al azar: El Quijote por ejemplo. Hay gente –Sandro es uno de ellos– capaz de leerlo entre líneas, y no me refiero a una lectura profunda de lo que Cervantes nos narra, no, me refiero a una verdadera lectura entre líneas que lleva hasta una obra completamente nueva que permanece inscrita entre las líneas del libro, una obra que poco o nada tiene que ver con El Quijote –en este caso una novela digna que lleva por título La Caída de la Vanidad–. ¿Es Cervantes el autor de segunda obra oculta en la primera? ¿Es Shakespeare autor de la magistral Imagen Boreal que se esconde tras su Macbeth? En cierto modo sí, la elección de lo que se narra en la obra madre es lo que conforma la segunda obra. La primera realidad configura la segunda realidad. Y esto no se detiene ahí. Si leemos entre líneas Imagen Boreal nos encontramos con una tercera obra –La palabra– esperando salir a la luz. Y así ad infinitum.
La gente capaz de leer entre líneas reciben el apelativo de lectores y son fácilmente reconocibles porque a medida que avanzan en la disciplina sus ojos se van tornando negros y desaparece tanto el iris como la pupila.
¿Me siguen? Este curso acelerado de lectura entre líneas no ha hecho más que empezar.
La lectura entre líneas no se suscribe tan solo a la literatura. Se puede leer entre líneas en las personas y en este caso no es una nueva persona lo que aparece –¡sería horrible!– sino que se descubren sus cualidades y características ocultas en un primer vistazo. En los niveles iniciales se puede averiguar el nombre y los sentimientos más fuertes, a niveles altos de lectura se pueden alcanzar logros increíbles: no sólo se puede aprender todo sobre la persona en cuestión sino que se puede llegar a leer su mente como si se fuera telépata –una telepatía unidireccional en todo caso–. Gracias al cielo Sandro es un lector medio y no tengo que preocuparme aun de lo que pienso.
Se puede leer entre líneas en todo lo imaginable. Se puede leer entre líneas en los mapas y encontrar ciudades mágicas y lugares ocultos –a veces maravillosos y a veces terribles–. Se puede leer entre líneas en los sueños y averiguar cosas que Freud ni siquiera se hubiera atrevido a, como no, soñar. Se puede leer entre líneas en las cartas de tus compañeros de mesa y ganar todas las manos.
No es un don sino una facultad fácilmente aprendible si se cuenta con los maestros adecuados. Es un conocimiento letárgico que duerme en cada uno de nosotros y que espera que le ayuden a salir a la luz, a veces, desconozco el motivo, puede darse un arrebato de lectura en una persona no iniciada, por poner un ejemplo: alguien puede leer entre líneas que esa campana histérica y ese coche de bomberos van hacia su casa en un vano intento de salvar a sus padres de morir en las llamas.
No sólo es posible leer entre líneas. También se puede mandar cosas entre ellas hasta que sean necesarias –discos compactos por ejemplo–. Y también se puede construir allí. Los filos están construidos entre las líneas de la misma realidad. Por eso no se pueden ver desde la tierra.

Aterrizaje.
El taxi entraba ya en la atmósfera de Lilith cuando vomité, por orden inverso de ingestión, dos cafés negros y espesos, un bollo con mantequilla y una magdalena. Hundí mi rostro en la bolsa azul mientras gruesos lagrimones rodaban por mis mejillas.
–No se preocupe. Es habitual –dijo el taxista, amistoso.
–Be tanguiliza oiglo... –gruñí desde el interior de mi bolsa, a la espera de una nueva arcada que felizmente no se produjo. Levanté la vista y, con los ojos aun nublados por las lágrimas, asistí a las últimas maniobras de aterrizaje.
El cuerpo central del puerto lo forman unas columnas de varios kilómetros de diámetro que superan con creces la altura de la torre Bassa. Cada columna está rodeada por varias docenas de plataformas que surgen de la estructura como hojas del tallo de una flor. El taxi entraba, ligeramente escorado, en una plataforma rectangular de metal gris y sucio que había salido a nuestro encuentro, ascendiendo hacia arriba mientras nosotros descendíamos. En los bordes de la plataforma serpenteaban varios tubos de plástico negro que, en cuanto nos tuvieron a su alcance, nos rociaron con una nube de denso vapor blanco. El taxi se estremeció cuando entró en contacto con la superficie de la plataforma. Un prolongado silbido llegó desde fuera a medida que la nube que nos envolvía se fue deshilachando. El taxista, que no había dejado de silbar Mercurial en ningún momento, me miró sonriente.
–Lilith, señor. Serán veinte mil pesetas.
–No es que no quiera pagarle pero no llevo ese dinero encima.
–¿Tarjetas de crédito?
–Eso sí.
–Pues no hay ningún problema.
Procedimos a consumar la transacción y el simple hecho de realizar una operación tan cotidiana como pagar con tarjeta me desorientó más aún.
–Para volver no tendrá ningún problema –dijo el taxista tras abrirme la puerta–. Cualquier taxi de Lilith le bajara a Tierra. Ahora vaya hasta el final de la plataforma, encontrará un ascensor automático que le llevara hasta aduanas.
–Muchas gracias por el viaje –dije mientras bajaba para encontrarme, gracias a dios, con la misma gravedad que conocía y me conocía.
–No tiene porque dármelas. Ya me ha pagado, eso es suficiente.
–Hasta la vista entonces.
–Hasta la vista –el taxista me sonrió por última vez y puso en marcha su vehículo.
El taxi despegó y enfiló hacia la gigantesca bola azulblanquigrisacea que se recortaba contra un firmamento casi vacío de estrellas. Lo seguí con la mirada hasta que desapareció y avancé hacia el final de la plataforma con una mugrienta bolsa de plástico azul en la mano.

Alfredo en el filo
Abandoné el ascensor, amplio como para acoger a doscientos Alfredos García, y llegue hasta una sala amarilla donde se alineaban varias hileras de cintas transportadoras que en aquellos momentos estaban detenidas. Había una puerta al fondo y hacia allí avanzaba cuando un hombre de ojos negros salió de una puerta que no había visto y me interceptó. Me preguntó por el motivo de mi viaje a Lilith y antes de que pudiera contestar él se me adelantó.
–Novato ¿verdad?
–Sí, la verdad es que sí
Me pidió mis datos y cualquier documento de identificación que llevara encima. Le tendí mi DNI y desapareció con él por la puerta por donde había salido. Al cabo de un minuto regresó con una tarjeta azul y mi carnet de identidad.
–Aquí tiene. Conserve el número de identificación y no olvide devolverlo cuando abandone el filo. Bienvenido a Lilith. –Me sonrió y yo le devolví la sonrisa.
Avancé hasta la puerta y esta se abrió antes de que yo hiciera ademán de abrirla. Un ser rojizo de medio metro de altura avanzó sobre cientos de seudópodos rosáceos con un rostro ovoide vacío de rasgos. Trastabillé cuando el ser pasó a mi lado y continuó su camino. Sacudí la cabeza y lo seguí con la mirada, tenía un vestigio de aletas dorsales en la espalda y lo que en primera instancia me había parecido un rostro sin rasgos era algún tipo de casco. Saludó al aduanero en un perfecto ingles y le tendió su tarjeta. El hombre de los ojos negros me miró y dijo algo que no llegue a escuchar. El ser se giró para mirarme y yo empujé la puerta y salí fuera con el corazón palpitándome y con el estómago arrancándose en su baile tradicional.
La salida de aduanas daba a una gigantesca plaza semicircular base del espaciopuerto. Una nutrida multitud pululaba entre los comercios de la plaza, en su mayor parte se trataba de humanos de apariencia normal pero llegué a divisar un grupo de seres dorados con forma de cerezo y brazos y piernas delgadas como ramas. Algunas naves –particulares quizás– volaban entre las columnas de sujeción de las plataformas y sus formas y colores eran tan variadas que no vi dos que se parecieran. Hacia el este se divisaba la silueta de la ciudad. Nada más abrir la puerta un monoplaza esférico llegó flotando hasta mí, una parte de la esfera se desgajó para permitirme el paso. El interior era bastante austero, presentaba un sillón sintético y un mapa holográfico de Lilith que flotaba a media altura.
–Por favor, señale su punto de destino, –rogó el monoplaza con voz melosa.
Entré como bien pude en el vehículo y busqué el distrito Gris, allí donde Salcedo me había indicado que debía ir para cumplir mi parte del trato. Me habría gustado pasar más tiempo en Lilith pero las ordenes del portugués habían sido claras: Debía volver en cuanto completara mi encargo, ya tendría luego tiempo de sobra para perderme en el filo ahora que sabía como llegar hasta él.



El rey de la Quincalla.
El distrito Gris está en la periferia de la ciudad. El monoplaza despegó de la plaza y en pocos minutos, sin que yo pudiera observar nada de la superficie del filo tomo tierra y preguntó si sería necesaria su presencia.
–Sí –contesté–. Quédate por aquí.
La zona de chabolas y fabelas era un conglomerado de pequeñas construcciones hechas a mano; procedían de todo tipo de culturas lo cual producía una sensación de desconcierto visual que hasta resultaba agradable. Un grupo de niñas harapientas y sucias apareció de la nada y me rodeó cantando una cancioncilla y meneando sus cabezas al compás:
–¿Dónde vas? ¿Dónde vas? Si no nos lo dices no pasarás
–Busco a Seim K’dmar, el chatarrero ¿sabéis donde puedo encontrarle?
–¡Síguenos! ¡Síguenos! O te perderás y de aquí nunca saldrás.
Dos niñas me cogieron de las manos, el resto me rodeó y entre todas me fueron guiando por un laberinto de calles contrahechas y húmedas. Las distintas casas se apilaban unas contra otras en precario equilibrio. El aire era denso y aromático como de mil especias armónicas mezcladas. Las niñas me llevaron hasta un monte de chatarra gris y oxidada, en su cima se alzaba una choza hecha de hierba y hojas de palma: una incongruente mancha de verdor entre tanta herrumbre. Las niñas me ayudaron en el ascenso y luego se desperdigaron por la montaña de chatarra dejándome solo ante una redecilla tejida con finas lianas que debía hacer las veces de puerta. Me asomé por ella y descubrí a un hombre extremadamente delgado y anciano que me observaba con el ojo izquierdo desorbitado y el derecho entrecerrado. Su pelo era una mata aceitosa de alambres y capilares de metal. Vestía un sayo hecho de chapas de Coca Cola y Pepsi y se lamía los labios agrietados con una constancia maniática. Estaba tras una mesa repleta de cachivaches sin sentido que pulsaban y saltaban. Lo había sorprendido trabajando en el mango de un diminuto paraguas fabricado con un colador se abría y se cerraba siguiendo el ritmo del adagio de Albinoni que entonaba a su lado un dedal macizo. Se apartó el monóculo de su ojo y me contempló ya con los dos ojos entrecerrados.
–¿Quien ser tú y que hacer en mi montaño de chatarra? –las palabras salieron escoltadas por hilillos de brillante saliva.
–Me manda Salcedo.
–Tu no ser Michael –dijo Seim K’Dmar en un alarde de perspicacia que me dejó atónito.
–No, no lo soy. Salcedo me ha mandado a mí en su lugar. Quiere las dos últimas piezas del acelerador, –sobre la mesa un grillo fabricado de alambres intentaba copular con el paraguas.
–¿Como sabrá Seim K’Dmar que Seim K`Dmar puede confiar en ti?
–Salcedo me ha dicho que le diga que La Sonrisa de Salgari siempre mantendrá el rumbo que marque su sextante cantor. Y Sandro dice que soy denei o desei... o algo así.
–Denzey, es denzey... Espere aquí y no toque nada, –el anciano se levantó con el tintineante sonido de su traje de chapas y desapareció entre las lianas entrelazadas que formaban una puerta interior.
Paseé la mirada por el desorden de la cabaña y encontré nuevas muestras de ingenio absurdo desperdigadas por la habitación. Toda la cabaña estaba iluminada por decenas de velas provistas con patitas de metal articulado que deambulaban por todas partes. En una esquina descubrí una jaula que contenía una jaula que contenía una jaula que se balanceaba en un columpio y trinaba en si bemol. Una lámpara de aceite olisqueó mi zapato izquierdo y se fue silbando Yesterday. Un Dragón Cobrizo observaba mis movimientos sucio de virutas de metal y hollín, sus ojos apenas brillaban y parecía tan infinitamente viejo como su dueño.
El anciano que ya había regresado carraspeó para llamar mi atención. Había dos piezas de metal brillante sobre la mesa. Las dos tenían el tamaño de un puño cerrado y estaban repletas de circuitos integrados y placas de silicio. Seim K’Dmar las envolvió en papel de periódico y las metió en una bolsa de McDonald .
–Aquí están los piezos del acelerador. Saben como deben de montarlo –entrecerró sus ojos y dejó que sus labios trazaran una suave sonrisa antes de volver a hablar–: Dígale a Salcedo que Seim K’Dmar, el rey de la quincalla, le desea suerte en su nueva empresa. Y a usted también, denzey, a usted también...
Las niñas me envolvieron al salir y me dieron escolta de nuevo.
–¡A la salida! ¡A la salida! Un nuevo viaje y una nueva vida.
Cuando nos hubimos alejado lo suficiente de la cabaña del dios de la quincalla me agaché entre los niñas y, convirtiendo mi voz en un susurro les pregunté:
–¿Podéis contarme lo que sepáis sobre La Sonrisa de Salgari?
–¡Preguntas! ¡Preguntas! Busquemos las respuestas juntas.

La Historia de La Sonrisa de Salgari.
Esto fue –más o menos y prescindiendo de las rimas– lo que las niñas me contaron:
La Sonrisa de Salgari era una nave preciosa y Salcedo su capitán. Era la nave más rápida y bella de todo el Sistema Solar, una maravilla de cien metros de largo y sesenta de alto donde la tecnología punta se había unido a las cuatro magias para crear una máquina tan perfecta y milagrosa que hasta Bafur, el emir de Samarkanda, se prendó de ella y le hizo saber a Salcedo que se sentiría muy honrado si éste se la regalaba. El portugués declinó amablemente la oferta del emir, la nave era su hogar, su amor y su única fuente de ingresos. El emir insistió y Salcedo de nuevo dijo que no. El emir amenazó y Salcedo le comunicó que si tanto deseaba la nave debería ir y luchar por ella. El emir mandó buscar a la familia de Salcedo y la hizo asesinar. Mientras unos sajaban y cortaban otros grababan la matanza en una diminuta cinta que llegó a manos Salcedo con la siguiente nota: Ya no deseo La Sonrisa de Salgari, ahora ya tengo la tuya.
Salcedo respondió, a su vez, con la siguiente nota: Tendrás La Sonrisa de Salgari. Te declaro la guerra a ti y a tu imperio. Y Salcedo se hizo pirata y La Sonrisa de Salgari se convirtió en leyenda. Durante una década luchó contra Samarkanda, abordó sus naves y atacó los bordes de sus filos, anegando de sangre el Sistema Solar. Pusieron precio a su cabeza y cuando la cabeza de un hombre tiene precio su vida no vale nada.
Una flota de cazarecompensas le emboscó en Plutón y allí, tras una lucha que duró semanas, le derribaron. Salcedo sobrevivió, su tripulación quedó diezmada y sólo un puñado conservó la vida para escoltarle en el juicio que se celebró en Samarkanda y que decretó para él y los suyos el destierro perpetuo en la Tierra. Todos se sorprendieron ante la magnanimidad del emir; Bufar perdonó la vida a Salcedo y a sus hombres porque durante más de diez años de lucha el emir había aprendido a apreciar el valor de sus enemigos. No hubo piedad para La Sonrisa de Salgari, la nave fue convertida en chatarra y sepultada en el corazón del sol. Ahora Salcedo regenta una cafetería en el tercer planeta, lo que queda de su tripulación no le ha abandonado y cuentan que preparan su regreso y que cuando eso ocurra La Sonrisa de Salgari brillará más que nunca.
Esta es una de las historias que circulan sobre la primera Sonrisa de Salgari y, como todas las demás, es rigurosamente falsa. Tengo que reconocer que la verdadera historia es fascinante pero me niego a contarla aquí y no sólo porque ocuparía diez veces más que la mía sino por una simple cuestión de principios: si Salcedo quiere contar su historia que la escriba él, carajo.

De vuelta a casa.
De vuelta en la plaza del puerto espacial y tras desoír las ordenes de Salcedo y vagar boquiabierto de tienda en tienda durante un buen rato decidí que ya había llegado la hora de regresar. Entré en un monoplaza y probé suerte diciendo que deseaba descender al planeta y el holograma de Lilith fue sustituido por la esfera terrestre. Elegí destino, el monoplaza confirmó mi elección y me avisó que ponía rumbo al espaciopuerto para los tramites de salida. Fue el único momento de angustia en mi viaje de vuelta, bajé la vista hacia la bolsa de MacDonald, donde además de las dos piezas del acelerador vectorial había varios artículos que no había podido evitar comprar –un discman marca Lilith, Mercurial de Elvis, una botella de licor de polvo cósmico, Imagen Boreal de Shakespeare y un plumífero verde garantizado para todo tipo de temperaturas–.
El hombre de los ojos negros era el mismo que había controlado mi entrada. Se rió al verme entrar con la bolsa de McDonald llena hasta los topes pero no hizo ademán alguno de registrarme. El lector se había conformado con un vistazo superficial de mi persona.
–¡Tenga cuidado con la Gorgona, señor! ¡No se lo vaya a comer! –me advirtió..
–Pierda cuidado. Soy mucho bocado para tan poco bicho.
Sonrió ante mi ocurrencia, le devolví la tarjeta y subí hasta la plataforma donde ya me esperaba mi vehículo.
Respiré el olor crepitante de Lilith y lancé una mirada hacia la Tierra, en algún lugar de esa bola achatada por los polos se encontraba mi vieja enemiga la peña. Ojalá pudiera verme ahora, pensé, ojalá el mundo entero pudiera verme ahora. Entré en la esfera de cristal. El monoplaza saltó por el borde del filo y cayó hacia el planeta que yo consideraba mi hogar.

Asesor cultural.
Michael abrió la puerta de la cafetería ante mi apresurada llamada. Patinó a un lado para dejarme pasar y sonrió.
–¡Vaya! Tu debes ser Alfredo. Encantado de conocerte –Me tendió su mano que procedí a estrechar–. Soy Michael, el que antes hacía los encargitos que te han cargado a ti. ¿Qué te ha parecido Lilith?
–No sé si lo he asimilado todavía. –Salcedo y Sandro venían hacia mí, Yolanda observaba desde la barra con una expresión risueña que la embellecía hasta la agonía sensorial. Un dragón cobrizo se perseguía así mismo en el techo y yo me sorprendí al no sorprenderme–. He regresado lo más pronto posible...
Saqué las piezas del acelerador de la bolsa y se las tendí a Salcedo. El capitán de La Sonrisa de Salgari se me quedó mirando fijamente. Estaba pasando algo y la sonrisa de Sandro no me tranquilizaba.
–No puedes hacerlo, Salcedo. Sabes que no puedes hacerlo –dijo Yolanda, yo la miré sin comprender y ella me lanzó un beso.
–¿Hacer qué? –quise saber.
–No puedes dejarle aquí.
–¿Dejarme aquí? ¿Qué es lo que ocurre?
–Cuando La Sonrisa de Salgari desaparezca los lectores de Vargas no tendrán el menor problema en averiguar lo ocurrido. –dijo el dragón–. Seim K’Dmar sabrá protegerse pero Vargas no tendrá piedad con un profesor de historia. Te encerrará y perderá la llave.
–¡No he hecho nada malo!
–Nos has ayudado. Eso ya es suficiente.
–Por eso vamos a llevarte con nosotros, –anunció Salcedo sin más.
–¿Qué?
–Acabas de ser contratado como asesor cultural.
–¿Qué?
–¿Dónde se ha oído de una nave pirata sin asesor cultural?
–Esto debe ser algún tipo de broma. Me están tomando el pelo y no tiene gracia.
–No, no es ninguna broma. Acabas de enrolarte en La Sonrisa de Salgari. Enhorabuena.
–Esto no es serio. Sé quienes son. Me lo han contado en Lilith. ¡Si ni siquiera tienen nave!
–Está en ella.
–¿Qué?

Campos
La idea había sido de Michael. Después de mucho devanarse los sesos habían llegado a la conclusión de que era una utopía pensar en conseguir una nueva nave espacial. Nadie en su sano juicio vendería una nave a Salcedo y sus piratas. Todavía les quedaban amigos en el Sistema Solar pero la amistad está reñida con el dinero y los grandes riesgos –sobre todo la amistad pirata– y los que estaban dispuestos a arriesgarse pedían una cifra tan desorbitante como para comprarse Norteamérica un par de veces. Por lo tanto Salcedo delegó en Michael y Mordekay la tarea de encontrar un modo de abandonar el planeta. La idea es bastante sencilla: todas las naves del sistema están provistas de un campo de fuerza imposible de atravesar. Este campo consume una gran cantidad de energía y sólo es viable como sistema de seguridad que se ponga en marcha en determinados momentos y por un espacio de tiempo muy corto. Cualquier cosa rodeada por un campo de fuerza permanente y empujada por un motor lo suficientemente potente se podría llegar a considerar una nave espacial –un edificio por ejemplo–. El coste en energía de un campo de fuerza constante era una barbaridad pero una barbaridad mucho menor que adquirir una nave espacial al precio astronómico que pedían sus viejos amigos. La fuente de energía para mantener un campo de fuerza constante no se podía adquirir en la Tierra y, muy probablemente, Vargas hubiera llegado a sospechar algo si Michael, el único con permiso para pisar Lilith, se encaprichara de pronto por un acelerador vectorial –un aparato bastante feo y del tamaño de una caravana mediana–. Así que Michael aportó un nuevo significado a “comprar a plazos”.
No solo de campos de fuerza vive el hombre así que Michael y Mordekay tuvieron que solucionar el problema del movimiento. En este caso fue el dragón I.A. quien alcanzó la solución. Trasladó –no me preguntéis cómo porque siempre que Mordekay intenta explicármelo siento como si la cabeza estuviera a punto de estallarme– la teoría de los campos de fuerza a la cinética y logró lo que ha dado en llamar campos de empuje. Son tan viables como un campo de fuerza constante pero lo que Salcedo y sus hombres querían eran escapar del planeta no hacer un crucero espacial por todo el Sistema Solar.

El despegue.
La Sonrisa de Salgari bullía de actividad. Sobre nuestras cabezas flotaban varias de pelotitas de goma que Michael hacía girar y volar en todas direcciones ante el mal disimulado enfado de Mordekay que veía su espacio aéreo violado.
La cafetería no parecía ya una cafetería. Las estanterías habían dejado su lugar a una docena de grandes monitores –uno de ellos sintonizado permanentemente con los microsatélites que orbitan la isla dexar– la barra había girado ciento ochenta grados y estaba repleta de paneles de control y diminutas pantallas. El armario con los útiles de limpieza se había convertido en armería. La luz de los fluorescentes se había hecho más potente, casi cegadora. Los nueve símbolos sobre el nombre de la cafetería habían sido lijados a conciencia. Las banderas pirata de la proa flameaban al viento de la baja madrugada.
–Secuencia de campo de fuerza delimitada. –Michael tecleaba sobre la terminal con verdadero frenesí–. Vamos a inscribirnos entre líneas en treinta segundos. Ejecuta Mordekay. Veintinueve segundos para la explosión.
–Campo creado y cerrándose.
–Secuencia de campo de empuje iniciada. Ejecuta Mordekay.
–Campo de empuje formado.
Una campo de fuerza invisible rodeó la cafetería y las dos primeras plantas del edificio separándolos, con precisión quirúrgica, de los cimientos y los pisos superiores. La luz de La Sonrisa centelleó fugazmente cuando dejó de estar conectada a la red eléctrica y pasó a depender del mismo acelerador vectorial que alimentaba los campos. La cuarta planta estaba minada con carga suficiente para hacer que todo el edificio se viniera abajo justo en el mismo momento en que La Sonrisa de Salgari saltara entre líneas. La tercera planta contenía una réplica exacta de la cafetería y la quinta estaba repleta de escombros que ayudarían a sembrar de ruinas el solar.
El campo de fuerza nos protegió de la explosión y el campo de empuje nos hizo alcanzar la velocidad de fuga necesaria para escapar del planeta.
–Allá vamos –dijo alguien.
–Sí –reafirmé con energía contemplando el vacío que nos rodeaba. Mi estómago estaba tranquilo y feliz, mis intestinos reposaban en cómodo abrazo y una serenidad gozosa me rodeaba–. Allá vamos...
La Sonrisa de Salgari volvía al cielo, más afilada y brillante que nunca.

presentación.
Llevábamos dos días en Filo Tortuga –filo clandestino de cien kilómetros cuadrados oculto a nosecuantos millones de kilómetros en dirección Marte–. Salcedo estaba estudiando la posibilidad de abandonar el pedazo de edificio que nos había sacado de la tierra y buscar una nave que nos diera un aspecto un poco más serio–la escoria portuaria de Filo Tortuga había contemplado entre grandes risotadas la llegada de la cafetería espacial hasta que uno de ellos, avezado vigía, alcanzó a leer el nombre tallado en la puerta y las risas dieron paso al pasmo más total–. Mientras nuestro capitán se daba cuenta de que por el momento su economía sólo le iba a permitir realizar modificaciones en lo que ya tenía y rezar para que el acelerador vectorial no se agotara, Sandro y yo dábamos cuenta de una tarta de arándanos que habíamos encontrado abandonada y solitaria en la nevera.
Recordé de pronto lo que el lector me había hecho decirle al decrépito rey de la quincalla.
–Sandro... –detuvo su cuchara a medio camino de su boca y me miró. No tenía porque formular la pregunta, él ya la había leído en mí, pero por el bien del arte de la conversación y el diálogo la formulé–: ¿Qué significa lo que le dije a Seim K’alamar? Eso de denzey...
Hundió la cuchara en la tarta, se desperezó y se incorporó de un salto.
–Ven que te voy a presentar a unos amigos...

Náufragos en la realidad
Hace casi un siglo un Dragón Cobrizo con numero de serie 6643 captó unas señales de banda baja circulando entre líneas. Era el dragón de un rico comerciante de Filo Babilón que a pesar de ser rico y comerciante era todo lo honesto y recto que su trabajo y el sentido común le permitían ser. Las señales provenían –y provienen– de la isla de Nueva Guinea e iban –y van– dirigidas al Filo 125, una plataforma sin atmósfera que giraba –y gira– en torno a Venus. Fue así como el rico y honesto comerciante descubrió a los dexar. Tal vez si hubiera encontrado algún modo de encontrar provecho y beneficiarse de los habitantes de la isla del lago de la niebla los acontecimientos hubieran sido diferentes, el azar se unió esta vez a la ausencia de beneficios y a la abundancia de curiosidad. El recto comerciante contrató una expedición que descubrió una base de origen ignoto oculta en filo 125, los equipos de la base no sólo recibían las transmisiones de los microsatélites sino que también las almacenaba para un desconocido uso posterior, los análisis demostraron que cada doscientos treinta días se producía una alteración energética en la base. La teoría de los científicos contratados por nuestro honrado comerciante señalaban que esas alteraciones podían deberse a un posible flujo de información hacia donde quiera que estuviera el esquivo propietario del sistema espía. La tecnología de la base oculta en el filo 125, así como la de los microsatélites espías, es idéntica a la tecnología que ha creado los filos. La forma de transmisión de los datos de los microsatélites a la base, aunque peculiar, se basaba en principios conocidos. La energía que parte de la base hacia lo desconocido no sólo es completamente desconocida sino que se resiste a todo tipo de análisis.
Por lo tanto los creadores de los filos no nos han abandonado sino que siguen vigilantes. Vigilando a los dexar. ¿Por qué? ¿Quienes son los constructores de las maravillas que nos rodean? ¿Por qué construyeron los filos? ¿Por qué se marcharon? Debe ser algo enfermizo pero me encanta plantear preguntas que nadie se atreve a responder.
Volvamos a territorio conocido que hace frío fuera. Hay muy pocas personas en el Sistema que conozcan la existencia de los dexar, exceptuando a la progenie de nuestro comerciante honesto que, por suerte para los dexar, han heredado su rectitud y su curiosidad sólo la tripulación de La Sonrisa es partícipe del secreto. El dragón cobrizo con número de serie 6643 tuvo un escarceo amoroso –algo que tenía terminantemente prohibido– con una bella dragoncita del que surgió un horrible engendro llamado Mordekay que no sólo recibió la vida de manos –no exactamente de manos, claro– de sus progenitores sino que también recibió como herencia todos los conocimientos y memoria de sus papas. La dragoncita pertenecía a Seim K’Dmar, actual rey de la quincalla y por aquellos tiempos, mecánico de La Sonrisa de Salgari.

Elvis en vivo.
El Emporio es un pequeño filo que orbita Lilith, es, por excelencia, el mayor centro de conciertos del sistema. Tiene capacidad para tres millones de espectadores y cuenta con un gigantesco escenario que gira y flota para que todos puedan contemplar el espectáculo en directo. Sólo un artista en toda la historia ha sido capaz de llenarlo: Elvis Presley.
Hace apenas un mes repitió concierto en –aunque no igualó su récord–y vuestro humilde servidor Alfredo García Torrecilla acudió acompañado de Michael y Yolanda.
Cuando Elvis saltó al escenario el Emporio estalló en aplausos y vítores que se apresuró a silenciar con un solo gesto de su mano. No aparenta la edad que tiene, parece anclado en unos bien cuidados cuarenta años y no ha perdido la gracia de movimientos de sus mejores tiempos. Esa noche vestía tiras de cuero sobre un traje de cristal gris y sus muñecas estaban rodeadas de finas cadenas de diamante que colgaban ingrávidas tras él como un eco visual de sus movimientos. Dio las gracias a todos los presentes y lanzó un grito terrible que se fusionó con el estruendo de una nave espacial que llegaba desde Lilith; la nave entró en la atmósfera del Emporio y dejó caer, envueltos en campos de baja gravedad, al grupo que acompañaba a Elvis. Su coro, bolsas vocales creadas genéticamente –como Mordekay–, descendieron en parábola y tomaron por asalto el inicio de Alone Again in the Edge.
El concierto duró casi dos horas y, como era inevitable, finalizó con Mercurial, la mejor canción del rey.
El silencio que envolvió a Mercurial fue majestuoso. La canción vibraba y nos hacía vibrar como si se tratara de un organismo vivo que sólo podía sobrevivir a través nuestro, bebiendo de las propias emociones que creaba. Con un primer atisbo de lágrimas en los ojos contemplé al público camino del éxtasis y, por un momento, por un extraño y alocado instante, vi, confundidos entre el público, a un Ocaña esquelético y narigudo que se giraba para decirle a su compañero –frustrado nadador– que aquello era cañero. Juan Izquierdo Bragado levantó la vista y clavó su mirada en la mía, y era una mirada triste, desolada, y, mientras Elvis se acercaba a la dramática finalización de Mercurial, Juan Izquierdo Bragado, que llevaba meses muerto, me sonrió y se desvaneció en el aire.

Burnaka: dos veinte.
Salcedo me llamó una noche la atención con respecto a Burnaka, hacía ya tres meses que conocía la existencia de los dexar y pasaba buena parte de mi tiempo estudiándolos, ya en directo, a través de las imágenes de los microsatélites, o revisando viejas grabaciones recogidas de la central del Filo 125.
Al amanecer Bastia había dado a luz un varón sano y fuerte que berreó durante lo que pareció una eternidad hasta que su madre lo amamantó. Dakla ayudó a Bastia a levantarse de su lecho para que pudiera completar el ritual de colgar la placenta del cráneo del daen –la victoria de la vida sobre la muerte–. Una vez la madre manchó con su sangre los huesos del cocodrilo la población masculina se reunió en el calvero central de la isla y dio comienzo al rito del sorteo.
–Espero que no sea Burnaka el elegido –dijo Salcedo de pronto.
Estabamos sentados en la sala de ocio de La Sonrisa de Salgari bebiendo ponche de avellana y contemplando la ceremonia del sorteo que Mordekay nos trasmitía, el pequeño dragón I.A. dormitaba sobre las rodillas del portugués. No era el primer sorteo que yo tenía el placer de contemplar pero si era la primera vez que lo contemplaba con Salcedo, el resto de la tripulación, junto varios hombres contratados en Filo Tortuga, se encontraban atareados como mandriles en celo ultimando la nave y sólo el capitán –privilegios del cargo– y el asesor cultural teníamos el tiempo libre necesario para contemplar a nuestros amigos dexar.
–¿Qué tiene Burnaka de especial? –quise saber. Para mi todos los dexar eran iguales y la muerte de cualquiera de ellos me llenaría de dolor y de pena. Salcedo tardó en responder, se tomó su tiempo para regalarme una enigmática sonrisa y regalarse con un buen sorbo de ponche.
–Tiene algo peculiar que resalta a primera vista, –dijo al fin, señalando una característica que hacía tiempo que había advertido. Había que estar ciego para no darse cuenta.
–Es el más alto todos los dexar, –concretamente era el gigante de los dexar, sacaba casi tres cabezas al resto de la tribu.
–Así es...
–No entiendo...
–Burnaka es el dexar más alto que ha existido jamás. Sobrepasa en veinticinco centímetros al mítico Sorna quien vivió hace ya cinco siglos y alcanzó el metro noventa y cinco. Por lo tanto Burnaka mide dos metros veinte, ¿correcto?
Me abstuve de hacer ningún comentario sarcástico porque comprendí la dirección del pensamiento del capitán de La Sonrisa de Salgari.
–¿Cuál es la profundidad máxima del lago?
–Dos metros. El agua es muerte y vida para ellos, jxerandera, ya lo sabes... Nunca han aprendido a nadar. Todos los dexar hacen el trayecto que les lleva a la muerte andando por el lecho, cuando el agua les cubre se detienen...
–¡Santo Dios! ¡Burnaka no se ahogará! ¡Llegará andando a la otra orilla!
Salcedo asintió.
–Burlará a la muerte, entrará en la niebla y descubrirá el mundo. ¿Volverá a la isla y explicará lo que ha descubierto? ¿Qué Gorgona le juzgará a él?
Comprendí los temores de Salcedo y los compartí al instante. ¿Qué ocurriría con los dexar si descubrían el mundo? ¿Cómo les afectaría? Treinta y tres mil años aferrados a la inmutabilidad de una isla y un lago. Mil generaciones sacrificándose para dejar paso a la siguiente... Y lo que era aun peor ¿qué ocurriría cuando el mundo los descubriera a ellos? Un mundo que a punto estaba de extinguir a los daen no podría tener piedad alguna con los dexar.
Finalmente fue otro el elegido en el sorteo pero eso no hacía más que posponer lo inevitable, a no ser que Burnaka encontrara la muerte por el camino natural cosa que dependía, como no, del bendito azar. Creo que esta vez fue Salcedo quien me leyó el pensamiento.
–Siempre puedes ordenar a Mordekay que lo mate. Un disparo láser desde La Sonrisa y acabas con el problema. Les das un misterio y los salvas de una más que posible extinción; todo al mismo precio...
Contemplé a Salcedo horrorizado, sin saber si estaba hablando en serio o si sólo bromeaba.

Vuelta al cole.
Me engalané con mis mejores galas de corsario espacial. La ropa negra, con una textura intermedia entre el terciopelo y la seda, me daba un toque elegante y distinguido. Los botones eran plateados y los lustré con mi pañuelo de algodón hasta que alcanzaron un brillo propio de soles. Me enfundé el chaleco y giré sobre mí complacido ante lo que veía en el espejo de mi habitación. Prescindí del sable y del cinto pero no de mi calavérico pendiente. Las botas de hebilla completaban un conjunto arrebatador. Mordekay bostezó mientras yo me arrancaba con unos pasos de baile ante el espejo.
–Ahórrame el espectáculo –bufó la I.A.
Llamaron a la puerta y me encontré con Yolanda dentro de un mono índigo tan ajustado que se podían descubrir hasta sus más leves cicatrices. Se había ofrecido a acompañarme y yo, por supuesto, no me había negado. No sólo pretendía ir a recoger mis cosas al despacho: deseaba exhibirme.
–¿No tienes algo más ceñido? –le pregunté en tono de broma.
–Sí... –contestó–. Pero siempre que me lo pongo me corro.
Llegamos al instituto a la hora del recreo bajo un sol falso de abril. Las primeras miradas –masculinas en su mayoría– fueron para Yolanda que, divertida ante tanto interés, no tuvo el menor rubor en contonearse como una gata en celo y salpicar de miradas insinuantes los pasillos. Nada más ser reconocido me convertí en el centro del espectáculo. El Peonza, es el Peonza... y como un verdadero trompo mi mote giró y danzó en los pasillos de boca en boca. Alfredo García Torrecilla eclipsó a la maravilla que caminaba a su lado ante el regocijo de ésta. Avancé por los pasillos precedido por el rumor de mi llegada.
Una puerta se abrió a mi paso.
–¡Cuanto tiempo, Alfredo! ¡Cuanto tiempo sin verte! –¡dijo Matilde! Se fijó en Yolanda y en mi atuendo y bizqueó un instante, como si no estuviera segura de no estar soñando.
–Hola Matilde, ¿está Angela?
–No, hoy no ha venido...
Por un caprichoso capricho del caprichoso destino ese día mi ángel pérfido no había acudido al instituto. Buena parte de mi espectacular entrada estaba dirigida a ella y mi estado de ánimo amenazó con bajar varios enteros pero la presencia de Yolanda y su sonrisa y su perfume atenuaron mi consternación. Las cosas pocas veces resultan como planeas, el condenado azar se entremezcla en nuestras acciones y desordena causas y efectos a su antojo.
Llegué a mi despacho y, tras una mirada cargada de nostalgia, comencé a seleccionar los libros que pensaba llevarme a La Sonrisa y a colocarlos en mi mochila. Estábamos acabando cuando Guzmán entró en el despacho.
–Me habían dicho que estabas de visita. ¿Te ibas a marchas sin despedirte o qué?
Sacudí la cabeza con una media sonrisa. El recuerdo de cientos de conversaciones en torno a tazas de café espeso y negro amenazaba con conmoverme.
–Pensaba pasar por tu despacho antes de marcharme. Tengo un regalo para tí.
–¡Déjate de regalos! ¿Dónde diablos has estado? –parecía genuinamente enfadado.
–Lo encontré, Guzmán. Lo encontré.
–¿Lilith?
–Mucho más que eso...
–¿Seguro que estás bien? –lanzó una mirada de sospecha a Yolanda que se hacía la interesada en un mapa de la Península Ibérica en tiempos de la reconquista.
–Mejor que nunca, –las sombras de su rostro no se disipaban, yo sonreí, lacónico–. Es una historia muy larga, amigo. Y no estoy seguro de que me esté permitido contarla El Secreto debe prevalecer ¿recuerdas?
–Es hora de irnos, cariño –sentí el perfume sensual de Yolanda a mi espalda–. Salcedo nos espera y tenemos muchas cosas que hacer.
–Ya has oído. Hora de marcharme.
Salcedo no estaba muy de acuerdo con mi excursión. Vargas podía tener a sus hombres vigilando el instituto. Mordekay le llamó paranoico, Salcedo le acusó de estar amotinándose y le castigó sin postre. Más tarde, de mala gana, aceptó que fuera a por mis cosas siempre y cuando otro miembro de la tripulación me acompañara
–¿Qué tengo que hacer si quiero ponerme en contacto contigo? –me preguntó Guzmán.
–Nada. No puedes hacer nada. Intentaré llamarte o escribirte de cuando en cuando pero no te lo puedo prometer.
–Salcedo nos espera –me recordó Yolanda ya en la puerta.
–Un momento, –busqué en mi chaleco el discman que había comprado en Lilith y se lo tendí a Guzmán.
–¿Qué es eso?
–Mi regalo. No puedo llevarte a Lilith pero puedo enseñarte el camino. Es elección tuya tomarlo o no. –Me encogí de hombros–. De todas formas siempre será un buen discman.
Lo tomó entre sus manos y se me quedó mirando. No me seguiría. Lo supe sólo con mirar sus ojos. No era el miedo a lo desconocido lo que le ataría a la tierra sino su sentimiento de pertenencia a ella, Guzmán no podía ni pensar siquiera en poner en duda la coherencia del suelo bajo sus pies, podía permitirse el lujo de soñar maravillas pero la lógica fría de la luz del día le obligaba a ignorarlas. Muy probablemente el discman acabaría abandonado y olvidado en una caja de trastos viejos en el camarote. Tan olvidado como no tardaría en estarlo yo.

La peña derrotada.
Hablé con Salcedo y, aunque extrañado por mi insólita petición, no puso el menor inconveniente en cumplirla a pesar del gasto de energía que representaba, creo que en cierto modo se sentía culpable por haberme secuestrado aunque yo me sentía el hombre más feliz del universo. La Sonrisa de Salgari puso rumbo a Aliseda –Cáceres– y allí se situó sobre el patio de una vieja casona abandonada junto a la iglesia. Desde el aire mi peña no era más que una coma obtusa de color ceniza. En la pantalla que Mordekay había desplegado para mi en la sala de control –antiguo cuerpo central de la cafetería– parecía impresionante. Mi encuentro con mi vieja enemiga y lo que sabía venía a continuación me llenó de alborozo anticipado.
–¿Seguro que puedes hacerlo, Michael?
Estaba sentado en una de las mesas, frente a un ordenador portátil de apariencia frágil. El ordenador estaba sintonizado con Mordekay que revoloteaba sin rumbo por la sala.
–Tu sólo mira, –contestó. Sus dedos amartillearon el teclado con la maestría y el ritmo de un maestro pianista. Es impresionante verle trabajar.
–Inscribe una subrutina entre líneas en el campo, no queremos que nadie vea una peña desafiando a las leyes de la gravedad –le advirtió Mordekay.
–Ya lo sé, ya lo sé... Anda, vuélcame las coordenadas en pantalla, se bueno... –el dragón debió serlo porque Michael echó hacía atrás la silla, se frotó las manos y engolando la voz anunció–: Programa configurado, Mordekay. Ejecuta.
Recibí en pantalla la imagen de la peña. Durante un segundo ésta osciló y tembló, el terreno pedragoso de donde surgía se fue quebrando a medida que el campo rodeó a la peña, arrancándola limpiamente del suelo. Permaneció flotando a unos centímetros de altura, fluctuó un instante cuando la subrutina de ocultamiento se ejecutó y comenzó a ascender hacia el cielo azul del mediodía como un meteorito improbable.
La Sonrisa de Salgari vibró cuando Mordekay puso en marcha el campo de empuje y se adentró en la magnetosfera remolcando la peña tras ella.
–Bien, tu eres el jefe. ¿Dónde quieres que la dejemos? –quiso saber el dragón I.A.
Miré hacia el brillo irisado de Lilith. Más allá está Marte, y en su hemisferio occidental se encuentra el Monte Olimpo que, con sus veinticinco kilómetros de altura y su base de quinientos cincuenta kilómetros de diámetro, es la cumbre del Sistema Solar. Mire fijamente al Dragón de Cobre antes de desvelar el destino final de mi némesis:
–En la cima del Monte Olimpo. Ejecuta Mordekay.

Despedida.
Es hora de irse. Hora de cerrar las puertas, apagar las luces y partir echando una mirada atrás por si hemos olvidado algo. Hora de hacer un repaso incompleto de lo contado y de lo que, por descuido, olvido o a sabiendas, ha quedado fuera. Ha sido un largo viaje. De un posible campeón olímpico a la segunda luna de la tierra. El juicio de la Gorgona y las oscuras razones que llevan a un hombre a buscar la muerte. Canciones de un rey en el exilio y la casa sin esperanzas. Diarreas y días de gloria. El lugar donde van las cosas cuando no están y Río a punto de despertar. Pisos prohibidos y Burnaka elegido en el sorteo de ayer, indagando tras la niebla. Milagros cuánticos y café espeso. El cráneo de un demonio y La Caída de la Vanidad. Peñas derrotadas y mecheros de hueso de grifo. Campos de fuerza y cisnes sin cabeza. Gracia Bragado doblando una esquina y una campana histérica. La isla dexar y la difusa realidad. El Peonza y la causalidad. El Monte Olimpo y el rostro de un ángel enmarcado por un rayo de sol que me perseguirá siempre...
Termina ya. Y aunque tuve muchos principios para escoger y finalmente opté por la educación ahora, para la despedida, sólo tengo una elección posible:
Mihala, Mihala denzey.

JXERANDERA

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