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EL ARTE OSCURO

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martes, 22 de diciembre de 2009

EL ORÁCULO DE DELFOS -- TESEO

TESEO

El oráculo de Delfos

-

Los cuatro jinetes, de repente, dejaron de bromear. Habían

llegado a los pies del Parnaso, y la presencia del dios

Apolo, el más implacable del Olimpo, se hacía sentir en

el aire. Con sus corazas de bronce, los cuatro jinetes habían

atravesado, procedentes de la ciudadela de Atenas,

las llanuras y los montes del Citerón y el Helicón, y en

su camino habían inspirado en quienes los contemplaban

el mismo temor que ellos ahora percibían en las inmediaciones

del santuario de Apolo en Delfos.

El templo estaba situado entre dos muros de roca de

color cobrizo y, por los destellos que despedían cuando

el sol se reflejaba en ellas, recibían el nombre de Fedríadas,

las Brillantes. A los lados de la vía sagrada que conducía

hasta el santuario yacían las ofrendas de los que

hasta allí acudían.

Rodeado de un semicírculo de elevadas montañas pobladas

de abetos y dominando desde la altura el mar del

golfo de Corinto, Delfos era el centro del mundo porque

así lo había decretado Zeus: el padre de los dioses

soltó dos águilas desde los extremos de la Tierra y éstas

cruzaron su vuelo en el punto exacto en el que se elevaron

después las murallas de Delfos. En ese lugar, el soberano

de los dioses colocó una enorme roca blanca la-

brada, a la que llamó ómphalos, ombligo, y allí su hijo

Apolo decidió levantar su principal santuario. Sin embargo,

ello no fue fácil, porque el lugar estaba habitado

por Python, una gigantesca serpiente, hija de la Tierra,

que dominaba las regiones vecinas y que poseía el don de

la adivinación. Sólo tras un encarnizado combate pudo

Apolo levantar su principal morada en la Tierra. El dios

llegó a la gruta en la que la serpiente dormitaba, enroscada

con la boca unida a la cola. Sigilosamente, Apolo dio

una vuelta en torno a ella, oscuro e implacable como la

noche, pero, a pesar de su sigilo, la serpiente se despertó

y comenzó a desenrollarse, preparada para trabar combate

con el extraño. Con un rápido movimiento, alargó

la cabeza y escupió su veneno contra el hijo de Zeus, que

tuvo el tiempo justo para apartarse y preparar una de sus

mortíferas flechas. Cuando la serpiente se erguía para llevar

a cabo otro ataque, el dios disparó su arco de plata, la

punta de la flecha penetró en la carne del dragón y fue,

poco a poco, destrozando sus ponzoñosas entrañas. Sin

comprender qué le ocurría, la serpiente se irguió para un

nuevo ataque y, una tras otra, las flechas del «dios que

dispara a lo lejos» la volvieron a atravesar, hasta que finalmente

cayó desplomada sobre el suelo.

A continuación, Apolo recogió las gotas de veneno

que habían quedado impregnadas en la roca y en la tierra

y, con su sabiduría divina —porque conocía todo lo que

se refería a venenos y pociones curativas—, preparó un

brebaje, lo ingirió y adquirió así su capacidad profética.

Así fue como el santuario de Apolo en Delfos se

convirtió en obligado lugar de peregrinación y todos

aquellos que querían emprender un peligroso viaje o una

guerra acudían al templo y preguntaban a los dioses cuál

sería su destino.

Egeo, el wánax de Atenas, también vislumbraba amenazadoras

sombras en su futuro, y por esta razón acudía

a la morada de Apolo.

—A partir de aquí, se acabaron las bromas —ordenó

con gesto severo el Señor de Hombres a los tres guerreros

que le acompañaban, y éstos guardaron silencio,

como si nunca hubieran tenido la capacidad de hablar.

Estos tres guerreros eran los lawagetas de Egeo, sus

lugartenientes: a un solo gesto suyo se hubieran dejado

matar en el campo de batalla y no pocas veces le habían

salvado la vida en pasadas incursiones contra ciudadelas

enemigas. Entre ellos imperaba un férreo sentido de la

camaradería forjado a lo largo de los años y las aventuras;

algunos de aquellos hombres incluso habían peleado

junto a su padre y le habían visto crecer, y aunque no habían

dejado de bromear con su wánax acerca del motivo

que les llevaba hasta el ombligo del mundo, cada vez que

Egeo daba una orden, ellos todavía sentían un estremecimiento

bajo la armadura.

No en vano, el motivo por el que se encontraban allí

respondía a una cuestión de Estado: el rey de Atenas, el

Señor de Hombres, aún no tenía descendencia y sus tres

hermanos —en especial Palante y sus hijos, que dominaban

los territorios vecinos— ansiaban apoderarse de la

ciudad consagrada a Atenea: los hermanos de Egeo solían

proclamar que la ausencia de un heredero legitimaba aquellas

ambiciones. Desde Mégara, desde Eubea y desde el

sur del Ática, el círculo que los tres hermanos habían trazado

en torno a Atenas se estrechaba más y más, y aunque

Egeo había tomado como esposas a dos princesas

—primero a Mélite y luego a Calcíope—, ninguna de ellas

le había dado la deseada descendencia. Por ese motivo,

para consultar al dios de los oráculos cómo poner reme-

dio a tan delicada situación, el señor de Atenas se había

encaminado con sus tres hombres de confianza hasta el

santuario sagrado de Delfos, en la montañosa Fócide.

Los cuatro jinetes llegaron a las puertas del templo

y se apearon de sus caballos. El invierno era todavía un

recuerdo cercano (sólo con las primeras flores Apolo regresaba

del lejano país de los Hiperbóreos) y la noche no

tardaría en caer: convenía apresurarse si querían conocer

las revelaciones del dios antes de que acabara el día, de

modo que tras atar sus monturas entraron en el templo

sin dilación.

Allí encontraron a un anciano, el custodio del sagrado

recinto, envuelto en un austero manto gris.

—Venerable sacerdote —dijo Egeo, al tiempo que depositaba

en sus manos el pélanos, la torta de cebada que

servía como ofrenda—, deseamos que el oráculo nos responda,

sin ocultarnos ningún detalle, la pregunta que

venimos a formularle.

—El oráculo ni responde ni oculta, solamente advierte

—contestó la voz cavernosa del sacerdote de Apolo,

clavando sus ojos blancos y ciegos sobre el rostro del

rey ateniense—. ¿Os habéis purificado? Sabéis que la divinidad

detesta que en su templo entren hombres con las

manos manchadas de sangre y, por el ruido de vuestras

armas, sospecho que lleváis derramada mucha sangre ajena

a vuestras espaldas.

—Nos hemos purificado, venerable sacerdote —respondió

humildemente Egeo.

—Sin embargo —añadió el anciano—, también sabréis

que el dios aprecia la sangre de un ternero sobre su

altar.

Sin mediar más palabras, Lykos, el más joven de los

lawagetas de Egeo, se dirigió hacia su caballo y des-

cargó el ternero que traían preparado para el sacrificio.

A continuación, se lo entregó a Egeo, que lo llevó cogido

por las cuatro patas hasta el altar. El animal se arqueaba

y mugía, acaso presintiendo su inminente holocausto. El

sacerdote vertió el agua purificadora sobre la fría piedra

del altar y Egeo sujetó firmemente al animal contra ella.

Entonces, el sacerdote elevó una plegaria a Apolo y, acto

seguido, atravesó con un cuchillo la garganta del ternero,

que, junto a un río de sangre, dejó escapar por la

abertura de la herida su último mugido. Después, el oficiante

descuartizó al animal y procedió a quemar las partes

incomestibles, aquellas que se reservaban para los

dioses desde los tiempos del titán Prometeo; el resto, las

carnes más jugosas, se repartieron convenientemente entre

los cuatro hambrientos guerreros, que llevaban día y

medio sin probar bocado, salvo el pan y las olivas que

había traído el invierno. Luego, el sacerdote tomó su

parte y, tras recoger los restos, procedió a reconstruir ritualmente

la forma del animal sacrificado y le preguntó

a Egeo cuál era la cuestión que quería plantear al dios

de los oráculos.

—Deseo saber, oh sacerdote de Apolo, si los dioses

me concederán un heredero y qué debo hacer para lograrlo.

—La divinidad te lo dirá —contestó el sacerdote, haciéndole

un gesto con la mano para que pasara al interior

de una estancia contigua. Los hombres de Egeo también

quisieron traspasar el umbral, pero el anciano se lo prohibió

con un enérgico movimiento de su mano.

Egeo comenzó a descender por unas escaleras que

lo condujeron hasta una tenebrosa y fría cámara subterránea,

el ádyton. La sala de las profecías se encontraba

apenas iluminada por una débil luz verdosa. Una vapo-

rosa gasa, que hacía las veces de cortina, confería esa onírica

tonalidad a una pequeña hoguera que ardía un poco

más allá. El Señor de Hombres permaneció de pie,

sobrecogido por la atmósfera sagrada del lugar. Tras la

gasa, pudo adivinar la demacrada presencia de una figura

femenina, era la Pitia, la voz humana del dios Apolo, que

se disponía a celebrar sus divinos rituales: se acababa de

purificar bañándose con el agua de la fuente Castalia, un

manantial que debía su nombre a la joven muchacha que

se había arrojado en ella cuando huía del propio Apolo.

Ahora, la Pitia masticaba una hoja de laurel, mientras

permanecía sentada sobre el trípode adivinatorio de

la deidad, al lado del mismísimo ómphalos, el ombligo del

mundo.

Egeo volvió a formular la pregunta.

—¿Qué he de hacer, oh Pitia, voz divina de Apolo,

para tener descendencia? —y su voz retumbó en las

paredes de la gruta.

La Pitia, entonces, envuelta en los vapores que brotaban

del subsuelo a través de una grieta en la tierra, entró

en éxtasis y comenzó a agitarse, como si el dios mismo

la poseyera y se hiciera dueño de su cuerpo; se agitaba

febrilmente y pronunciaba palabras que Egeo apenas

podía comprender. Su voz parecía emerger de las profundidades

del Hades y Egeo entendió que verdaderamente

una fuerza sobrenatural hablaba por ella. Y entonces,

como si el dios hubiera decidido abandonar su

cuerpo, la Pitia dejó de emitir sonidos inconexos y se desplomó

desfallecida sobre el suelo de la cámara. El rey de

Atenas quiso ir hacia ella y descorrió ligeramente la gasa

que les separaba: la visión de la Pitia provocó en él un

estremecimiento. Lo que había sobre el suelo no era una

mujer, sino un despojo cadavérico envuelto en una túni-

ca del color del laurel. Parecía que sobre aquella mujer

se acumularan más de doscientos años de existencia.

Cuando fue a tocarla, una mano le retuvo.

—No lo hagas —escuchó decir al anciano guardián

del templo—. Ya has visto más de lo que un mortal ha

podido ver jamás. Ni siquiera nosotros, sus sacerdotes,

hemos visto jamás la Voz de Apolo... El dios quiso que

sus sacerdotes fueran ciegos.

—¡Pero no ha contestado a mi pregunta! ¡No ha dicho

ni una sola palabra que un hombre pudiera entender!

—contestó Egeo, aún estremecido ante la imagen

que acababa de contemplar—. ¡No ha respondido a mi

pregunta...!

—Apolo no responde; el dios advierte —y tendiéndole

una tablilla, añadió—: Y esto es lo que el dios te advierte:

ASKOU TON PROUKHONTA PODA MEGA PHERTATE LAON

ME LUSEIS PRIN DEMON ATHENEON EISAPHIKESTHAI

El Señor de Hombres tomó la tablilla y repitió lentamente

las palabras de la Pitia: «El cuello que sobresale

del odre, oh el mejor de los hombres, no lo desates hasta

llegar a Atenas».

—¿Que no desate el cuello del odre? ¡Por la sangre podrida

de la Hidra! ¿Qué quiere decir esto? —se atrevió a

blasfemar Egeo cuando, ya bien entrada la noche, estuvieron

lo bastante lejos del templo de Delfos como para

no excitar la ira del dios.

—Si así lo deseas, Señor de Hombres Egeo, podemos

ir a preguntarlo a algún otro oráculo, al de Lebadea,

por ejemplo... Al menos allí se manifiestan a través del

sueño —dijo Lykos, entre risas que fueron secundadas

por el resto.

—¿Por qué tan cerca? Podemos cabalgar unos doce

días más sin dormir hasta el oráculo de Zeus en Dodona

—prosiguió Esténelo—. El rumor de las hojas de

los árboles y el silbido del viento con el que Zeus contesta

es más fácil de comprender que los mensajes de la

Pitia.

—No creo que sea necesario —dijo a su vez Nykteo,

con rostro serio—. Creo haber averiguado el sentido del

oráculo.

—¿Sabes qué significan las extrañas palabras del

oráculo, Nykteo? Entonces, explícalas sin demora, y si tu

interpretación me parece convincente, te librarás de montar

guardia cuando nos detengamos a dormir —contestó

Egeo, mirándolo con un gesto de duda.

—El significado del oráculo es claro —comenzó a

decir Nykteo—: El dios ha dicho que no vuelvas a mear

hasta que lleguemos a Atenas —y rompió en una sonora

carcajada.

Todos celebraron el ingenio de Nykteo y golpearon

sus muslos con gran algarabía.

—Me parece, Nykteo —dijo el wánax, en venganza

por la broma que habían hecho a su costa—, que harás

guardia toda la noche, como tu propio nombre indica.

¿Ves cómo yo también sé interpretar las palabras?

Además, puedes empezar ahora mismo. Nos detendremos

aquí. Nos espera un duro viaje. Aún no volveremos

a Atenas.

A pesar del cansancio, ninguno de los tres guerreros

se atrevió a poner ninguna objeción a la decisión de su

wánax: ni siquiera osaron preguntarle cuál era el rumbo

que a partir del día siguiente tomarían. Él lo declararía

sin que se lo pidieran y, si prefería mantener calladas sus

intenciones, ya lo descubrirían cuando llegaran al lugar

de destino.

Así, bajo los pinos de un bosque que se encontraba

en la ruta hacia Tebas, la ciudad de Cadmo, tras despojarse

de sus vestimentas guerreras, el yelmo de colmillos

de jabalí y el grueso coselete de lino reforzado con láminas

de bronce, los cuatro jinetes se dispusieron a pasar la

noche al raso.

—¿Conocéis la historia de la fundación de Tebas, la

ciudad de las siete puertas? —dijo Esténelo, interrumpiendo

el murmullo de los árboles y los inquietantes graznidos

de las aves nocturnas.

—¿Y qué si la conocemos? —contestó Nykteo desde

su puesto de guardia—; nos la vas a contar de todos

modos. Es lo único que hacéis los viejos, contar tonterías

que no interesan a nadie.

—Deja que la cuente —intervino Egeo—. Es un buen

conjuro para que nos visite el dios de los sueños y podamos

dormir.

—Os contaré cómo se fundó Tebas. Yo no digo que

fuera así —comenzó a relatar Esténelo, el más veterano

de los lawagetas de Egeo—, sólo digo que lo cuento tal

y como a mí me lo contaron. Según dicen, Zeus, el padre

de dioses, se enamoró de Europa, la hija del rey Agenor,

y, para seducirla, fue hasta las playas de Fenicia y se

apareció ante ella bajo la forma de un hermoso y manso

toro. Zeus tomó esta figura para que la joven confiara en

él y se acercara sin temor...

—Esténelo, ¿no entiendes que somos tus compañeros,

guerreros aqueos, y no tus nietos? —interumpió

Nykteo.

—¿Por qué no te callas tú? —gritó Lykos, tumbado

junto a la hoguera—. ¡Me estaba quedando dormido y

me has despertado!

—Continuaré —dijo Esténelo—. El caso es que Europa

montó sobre el lomo del toro y éste se fue adentrando

en el mar poco a poco, sin que la muchacha lo

notara, hasta que hubieron avanzado tanto en las aguas

que la joven no pudo escapar. Así fue como Zeus la llevó

hasta algún lugar desconocido, donde yació con ella.

¿Queréis vino? Bueno, continuaré. Cuando Agenor supo

que su hija había desaparecido, envió a sus hijos a buscarla

por todos los rincones del mundo. Y a Cadmo le

correspondió venir hasta estas tierras que pisamos, junto

a sus hombres. ¿Adivinaréis qué hizo Cadmo? —se

detuvo un instante y volvió a beber—. Lo primero que

hizo fue consultar el oráculo de Apolo, como nosotros.

¡Ah, por eso me ha venido a la cabeza esta historia! ¡Se

acabaría el mundo antes de que supiérais qué le contestó

la Pitia...!

—Que no desatara el cuello del odre —sonrió Nykteo.

—Le dijo —continuó Esténelo, haciendo caso omiso

a la broma de Nykteo— que siguiera su camino hasta

que encontrara una vaca con una marca peculiar sobre

su lomo, dos lunas sobre sus ijadas; y le encomendó que

la siguiera y que, sobre el lugar que ésta se tumbara a descansar,

fundara una ciudad. Cadmo hizo lo que la voz

del dios le había indicado y, tras encontrar y seguir a la

vaca, llegó al lugar donde habría de fundar la ciudadela

de Tebas. Así que Cadmo y sus hombres trazaron con

un arado el contorno de la ciudad, marcando en él las

siete entradas sobre las que luego se levantaron las famosas

Siete Puertas de Tebas. Las habréis visto si habéis

estado allí.

Esténelo observó a sus compañeros, que lo miraban

como quien espera la conclusión de un cuento. El

viejo bebió de nuevo y continuó:

—Para consagrar la nueva ciudad a una divinidad,

como bien sabéis, tenían que hacer un sacrificio, pero

les faltaba el agua purificadora, así que Cadmo envió a

sus hombres a por ella. Éstos llegaron a un manantial

(algunos dicen que era la fuente Castalia), pero ocurrió

que estaba custodiado por la monstruosa serpiente del

dios de la guerra Ares. Esperad, esperad todavía un poco,

que ahora viene lo mejor. La serpiente devoró a todos

los soldados; sin embargo, Cadmo, advertido por la diosa

Atenea de lo que había ocurrido, dio muerte a la serpiente,

vengando así a sus compañeros. Siguiendo los

consejos de la diosa, Cadmo sembró los colmillos del

monstruo en la tierra y al instante brotaron de ella innumerables

guerreros completamente armados y dispuestos

a atacarle. Una vez más, la diosa se puso de parte

del fenicio y le dijo que arrojara piedras en medio de

ellos con el ánimo de confundirlos. Efectivamente, los

guerreros, desconcertados, creyeron que entre sí se estaban

lanzando piedras y se atacaron unos a otros hasta

que sólo quedaron en pie cinco de ellos, los Hombres

Sembrados, los antepasados de los tebanos que hoy habitan

la ciudadela. Luego ocurrirían muchas cosas, algunas

ciertamente maravillosas, como cuando Cadmo

tomó por esposa a una hija del dios Ares para reconciliarse

con él. Esa joven se llamaba Harmonía, pero la historia

de las bodas de Cadmo y Harmonía será para otra

ocasión...

—Pero... Esténelo —intervino nuevamente Nykteo—,

¿qué ocurrió con Europa? ¿La encontró o no la

encontró? ¿Qué fue de la hija de Agenor?

—Bueno, ésa es una historia... muy larga. Yo sólo

quería contar cómo se fundó Tebas. Quizá te lo cuente

cuando te interesen las historias de viejos.

Los otros dos guerreros ya habían caído en brazos

del sueño y había mucho camino que recorrer en la jornada

siguiente. Bajo el manto oscuro de la noche, sólo se

oían los rumores de sus criaturas más salvajes.

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