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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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lunes, 23 de noviembre de 2009

UNA HIJA DE RAMSES



Una hija de Ramses
Lord Dunsany
-
Hay días en que la atmósfera está sobrecargada. Nos abruma hasta el punto de que
nuestro humor languidece. No es culpa de nuestra filosofía; ocurre sencillamente que
no estamos hechos para soportar el atroz peso del aire, al menos cuando se agita
mientras la Tierra duerme y nos pesa más de lo que estamos acostumbrados.
Recuerdo que un día caminaba hacia el club completamente fatigado y oprimido a
causa, según creí entonces, de las perplejidades de los asuntos de la raza humana.
Debería haber buscado una causa más importante, pero un relámpago que atravesó el
cielo como un llanto desgarrado pronto me indicó que mi sensación de los problemas
en marcha procedía del inminente esfuerzo de la Tierra por desprenderse de parte de
la electricidad que de alguna manera le estaba molestando o amenazando. Pero llegué
al club antes que el relámpago, de manera que seguía sin saber qué era lo que me
abrumaba. Así es que, en vez de mirar el barómetro para ver realmente de qué iba la
cosa, busqué el paliativo más a mano preguntándole a Jorkens, que estaba sentado
pesadamente entre varios socios silenciosos.
–¿Cuál es la cosa más extraña que ha visto usted?
Pues, lo crea o no Jorkens, él siempre distrae mi atención de las demás cosas.
Hay otros miembros del club que jamás se han preocupado de escuchar a Jorkens
durante un rato; pero hoy parecían demasiado inertes para protestar, aunque alguno de
ellos deseara hacerlo. Jorkens empezó así:
–Bien, es difícil de determinar. Ya sabe usted lo que quiero decir: depende
sencillamente de la forma en que suceden las cosas, a veces de una forma, a veces de
otra. Simplemente depende de la dirección que uno tome, si me sigue usted. Depende
bastante de cómo lo mires. Lo que realmente quiero decir es que todo depende del
modo en que lo mires. Es lo que se podría llamar... bueno, realmente no sabría cómo
explicarlo; pero usted comprende lo que quiero decir. Bien, todo eso me parece muy
simple, mas no lo entiendo en absoluto: nadie puede, tal y como están las cosa hoy en
día. Quiero decir que así es como están las cosas, de eso se trata en resumidas
cuentas, y que lo mejor que uno puede hacer es hablar. ¿No está usted de acuerdo
conmigo?
–Camarero –llamé–. Un whisky doble para el señor Jorkens.
Mi amigo se volvió inmediatamente para cogerlo.
–Tranquilícese, Jorkens –le dije.
–No veo ninguna razón para tranquilizarme –murmuró Jorkens.
Y entonces llegó el reluciente vaso, lleno en su cuarta parte de lo que parecía sol
líquido, a la habitación ya oscurecida por la tormenta que se avecinaba. Jorkens lo
contempló melancólicamente, añadió un poco de agua y bebió sin decir palabra; varios
segundos después todavía se aferraba a su melancolía.
Luego me dirigió una rápida ojeada y me preguntó:
–¿Qué estaba usted diciendo?
–Le preguntaba por la cosa más extraña que hubiera presenciado –dije.
–¿La más extraña? –dijo Jorkens.– Si me preguntara usted por la más interesante, o la
más excitante... pero la más extraña... Creo que la cosa más extraña que he visto ha
sido el féretro de una princesa en el Museo de El Cairo; en un estante al fondo de una
sala, la misma sala en la que más tarde colocaron los restos de Tutankhamon. Tanto el
contenido del féretro como la princesa misma y sus asombrosos puntos de vista –que
más tarde descubrí– eran, tomados en conjunto, la cosa más extraordinaria con la que
me he tropezado. Realmente la más extraordinaria.
Para empezar, el féretro sólo contenía harapos, nunca había contenido otra cosa. Era
bastante raro para empezar; tan raro que decidí averiguar por qué habían tenido la idea
de enterrar unos harapos en un sepulcro que valía medio millón; pues se había
encontrado suficiente oro en la tumba para llenar un coche. La habían excavado al pie
de una árida montaña más arriba de Luxor, a eso de una milla del Nilo. Me dijeron la
dinastía, pero la he olvidado. Eso fue lo único que pude averiguar. Y eso que pregunté
a personas enteradas, que conocen a fondo la egiptología y en concreto esa dinastía;
pero no pudieron decirme nada más acerca del fardo de harapos del féretro contenido
en el sarcófago de oro.
Bien, había un hombre llamado Sindey que fue el último en hablarme del asunto, al que
yo solía darle la lata, porque tenía la impresión de que había algo que él debía saber; y
cuanto menos me contaba, más crecía mi curiosidad... Y cuando descubrí que no había
ningún tipo de mención a los harapos del féretro, le dije un día a Sindey:
–¿No sabes de alguna leyenda egipcia que esté relacionada con esos harapos?
–No –respondió él.
–¿Has intentado indagar alguna vez? –pregunté.
–Es inútil –repitió él. Y luego añadió–: Hay un árabe; pero usted ya sabe cómo son los
árabes; no es del todo fiable; no debería recomendárselo. Además, se dedica a algo
que no es estrictamente legal. Es posible que semejantes prácticas hayan
desaparecido en Inglaterra, pero las leyes en su contra todavía permanecen en el
código.
–¿Qué? ¿Es adivino?
–Peor que todo eso, me temo –contestó él.
Mas yo no podía quitarme el asunto de la cabeza y le pregunté el nombre del árabe.
–Bueno, se hace llamar Abdul Eblis –dijo Sindey.
–Y ¿en dónde vive?
–Eso nadie lo sabe –dijo Sindey,– pero se le puede encontrar rondando la Esfinge. No
es realmente el tipo de hombre...
Mas yo le corté y conseguí que me prometiera presentarme a Abdul Eblis; y le hice
cumplir su promesa. Y así es como conocí a ese árabe; era alto y erguido, de unos
sesenta años, llevaba una barba puntiaguda, iba oculto bajo un albornoz típico que una
vez había sido blanco, y sus ojos, no importa dónde miraran, fingían en cualquier caso
estudiarte cuidadosamente, escrutar tu destino.
–Este es Abdul Eblis –dijo Sindey señalando con la mano y mostrando en su tono y en
sus ademanes que desearía no tener nada que ver con él.
Inmediatamente fui al grano.
–Me gustaría que me contara una cosa –le dije a Abdul Eblis.
El árabe fue igualmente al grano.
–¿Pasada o futura? –preguntó.
–Pasada hace mucho tiempo –respondí.
–Ahí está –dijo Abdul Eblis.
No sé exactamente lo que quería decir, mas en aquel momento creí entender que, no
importa lo que hubiera sucedido, aunque fuera hace mucho tiempo, la hazaña
permanecía en alguna parte y él podría descubrirla. Fuera lo que fuese lo que él me
quiso decir, le conté lo que pretendía y él asintió con la cabeza a cada frase mía, hasta
que tuve la sensación de que lo que le estaba preguntando no era nada desorbitado.
Para entonces, Sindey se había marchado, dejándome solo con el árabe.
Abdul Eblis me llevó al otro lado de la Esfinge y, señalando la base sobre la que
descansan sus zarpas, dijo:
–Encuéntrese aquí conmigo y le mostraré algo.
E inmediatamente comprendí que quería decir a medianoche, pues de lo contrario
habría comenzado a hablar sin más demora; por lo menos era lógico suponer eso; mas
no fue ése mi verdadero razonamiento, sino simplemente que sólo la noche parecía
apropiada al aspecto que él presentaba. Y le dije:
–Vendré esta noche.
Y él respondió:
–No, hoy no; la luna está llena y habrá turistas. Venga dentro de cuatro noches; cuatro
noches después de ésta.
"Una cosa que me hizo confiar en aquel hombre fue que no tratara de regatear, ni
hiciera mención alguna de dinero; y cuando se lo mencioné, él simplemente me dijo
que esperara, que ya le pagaría lo que creyese oportuno cuando él me hubiera
mostrado lo que me iba a mostrar.
Yo me hospedaba en un hotel cercano a las pirámides; realmente el distrito lleva ahora
el nombre del hotel y ha dejado de llamarse Gizeh; se suele decir que las pirámides
están cerca del hotel y no al revés; supongo que semejantes cambios alcanzan a todo.
Bien, cuando llegó la noche señalada me encontraba allí, sentado en el jardín
contemplando la Esfinge; la contemplaba a oscuras y naturalmente no podía verla;
únicamente veía las estrellas mientras esperaba al árabe. Tenía entendido que iba a
acudir a la cita a las diez en punto, pero sabía perfectamente que él era muy impreciso
en lo tocante al tiempo. Dieron las diez, y las diez y media, y lo único que podía hacer
era esperar, ya que no había forma de encontrarlo si no venía. En aquella época el jazz
era novedad y alguien con un gramófono, en el hotel a mis espaldas, convertía el
silencio en caos. En el desierto, una brisa que se había levantado con la noche
susurraba a ráfagas al silencio, y éste las contestaba una por una. Puede uno
imaginarse lo que decía el viento, ese anciano viajero que había visto tantas ciudades,
que había atravesado o se había detenido en tantos países; de vez en cuando la
fantasía puede llegar al final de una de sus historias; mas no hay forma de adivinar la
sabiduría que revela el desierto con sus silencios. Para poder hablar con el desierto
antes hay que ser profeta. Nunca lo conseguí. Sabía que allí había algo, alguna terrible
sabiduría que pasaba por delante de mi vista y de mis oídos, y se alejaba de mí,
perdiéndola por completo. Por completo. Camarero, otro whisky.
Estaba allí sentado, ciego y sordo al desierto; el viento había amainado y sólo había
aquel intenso silencio; eran las once pasadas. El ruido del magnetofón hacía tiempo
que había cesado, y las luces de las ventanas del hotel se habían ido apagando una a
una; nada se movía. Y entonces vi la silueta de Abdul Eblis en la oscuridad, muy cerca
de mí. No le había visto llegar, pero estaba allí de pie haciéndome señas, con un dedo
levantado a la altura del rostro, demasiado furtivo incluso para hacer señas como los
árabes suelen hacer, extendiendo todo el brazo hacia abajo.
–Abdul Eblis –exclamé.
Mas el árabe se llevó la mano a los labios, se volvió y me mostró el camino; yo le seguí
en silencio hasta el pie de la Esfinge.
Y allí se sentó y me volvió a hacer señas con el brazo, hasta que me detuve a unas
diez o quince yardas de él, a cuyas espaldas se elevaba la Esfinge.
Y entonces trazó un círculo en la arena con algo que yo supuse que eran polvos; y lo
encendió y ardió lentamente; y pronto la llama se alejó de él, a ambos lados del círculo,
adoptando una tonalidad azul claro. El rostro del árabe se puso de un color espantoso,
que encendía cada una de sus arrugas e iluminaba su expresión con tan asombrosa
claridad que podía leerse debajo de ella el devenir de sus pensamientos, cualesquiera
que éstos fuesen. La llama aumentó de altura, iluminando los ejes de la Esfinge y
mostrando los rasgos estropeados que se habían enfrentado al Tiempo. Y mientras la
luz jugueteaba con los labios y los huecos, y las sombras bailaban desde sus grietas y
flotaban en la noche, el veterano monstruo sonrió inconfundiblemente.
Creeríase por la cantidad de gente que viene a ver esa sonrisa, cuando los árabes
encienden en su honor un poco de luz de magnesio, creeríase que había en ella algo
amistoso o al menos algún mensaje dirigido a ellos. Nada de eso. En aquella sonrisa
únicamente había el desprecio de los siglos por todo aquello que pasa velozmente.
Por alguna razón captaba mi atención aquel desprecio descomunal, acumulado durante
siglos supongo, oculto entre aquellas arrugas, potenciado por el paso del tiempo, y que,
al ser escrutado por las despreocupadas parejas de asombrados turistas, endurecía
sus almas. No, es mejor no hacer reír a los dioses o a los demonios: ellos no se ríen
por los mismos chistes que nosotros.
Después de eso me tomé una o dos copas, bastante cargadas, para recobrar mi
dignidad; pero ni siquiera ellas lo lograron plenamente: nunca se sabe lo que pasa con
esas cosas inmortales.
Bien, estaba yo observando la vacilante sonrisa de aquel inmenso desprecio, incapaz
de librar mis pensamientos de su control, cuando una figura surgió de entre sus garras
por detrás del círculo de fuego y atravesó las llamas azules, que se extinguieron
cuando aquella las tocó, convirtiéndose en humo gris. Era tan real la figura de aquella
dama egipcia que anduvo cinco pasos hacia mí y se detuvo en el humo, que, de no
haber sido por su extraordinario punto de vista, tan absolutamente ajeno a esta época,
hubiera creído que la aparición no era más que un truco del árabe.
Abdul Eblis se levantó y se acercó a ella, luego le hizo sus zalemas; y ella le habló en
no sé qué lengua. El árabe volvió la cabeza hacia mí y tradujo:
–Ella dice: "¿Qué quieres ahora, Abdul Eblis?"
Iba siendo ya hora de pedir prodigios.
–Pídele que hable en inglés –dije.
–En inglés, por favor, Ilustrísima –le dijo Abdul Eblis.
Ella suspiró levemente, como obligada por algo fastidioso y abrumador.
–¿Qué más? –preguntó ella.
–Vuestro féretro, Ilustrísima –dijo Abdul Eblis–, ¿por qué no hay en él más que
harapos?
Ella rió alegremente y su risa vibró por todo el desierto, vacío a excepción del más
grande monumento erigido por los humanos, alejándose hacia las colinas Mokattan,
hasta que los lejanos chacales la oyeron y transmitieron el grito salvaje.
–Debí tener un funeral –explicó ella.
–Sí –respondió el árabe–. Todavía es así para todos nosotros.
–Pero yo deseaba vivir –dijo ella.
–Pídele que nos cuente lo que pasó –dije.
–Cuéntenos, Ilustrísima –dijo el árabe, inclinándose hacia ella.
–Fue al atardecer –dijo ella–, una de esas doradas puestas de sol en Egipto: el arrebol
por detrás de las colinas occidentales y el caramillo frenético de Porástenes. Lo
escuché por vez primera una tarde bajo este cielo dorado. Una estrella brillaba
débilmente en el verde del cielo, entre la puesta del sol y la noche. Ligeras brisas
vagaban a través de un Egipto anochecido y refrescado, pasando sin ser vistas por las
oscurecidas colinas, al igual que los dioses, quienes también pasean a esa hora.
Conocí a un sacerdote que los había visto. A cualquier otra hora habría desdeñado
aquel caramillo, por muy obsesionante que fuera su melodía; pues Porástenes no era
más que un cabrero. Mas a aquella hora, bajo aquellas puestas de sol en que los
hombres están desamparados ante los dioses y la música y el amor, no tenía elección,
fuera quien fuese el que tocara el caramillo; al principio creí que era uno de los dioses;
mas no importaba quién lo tocara a aquella hora. Y una tarde fui a las colinas y
descubrí que se trataba de un simple cabrero, pero entonces era demasiado tarde; dios
u hombre da lo mismo. En la cima de aquellas colinas escruté el arrebol de aquel
atardecer encantado, trémulo por la melodía del caramillo y mágico por la puesta del
sol. Toda temblorosa fui a descubrir el misterio de la música; y encontré en una
hondonada en lo alto de la colina a mi joven amante, el cabrero Porástenes. Cuando
vio quién era la que había acudido al sonido de su caramillo, me miró fijamente pero no
habló; y cuando vi que no era un dios, no dije ni una palabra, pues ningún otro
paseante de las colinas tenía derecho a hablar conmigo. Y permanecimos allí bastante
rato mirándonos a los ojos mientras se desvanecía el crepúsculo. Mas la luz no llegó a
desaparecer de los ojos de Porástenes, aunque salieron las estrellas y se pusieron
celosas, si es posible que los espíritus inmortales sientan celos de ojos terrenales. Nos
han enseñado que eso no es posible, y, sin embargo, aquella noche creí que lo
estaban. Alentado por una especie de locura, el cabrero osó susurrar algo, mas yo no
le respondí; aunque mi corazón se partiera por eso, no suspiraría. Entonces vi las
antorchas de los servidores de mi padre, que no era otro que Ramsés, los cuales se
aproximaban en mi búsqueda. Y me apenó que mataran a Porástenes, aunque éste
hubiera osado suspirar. De manera que miré al cabrero a los ojos sin pestañear, y él se
dio la vuelta y huyó; y los servidores de mi padre me encontraron lejos de Porástenes.
Y cuando regresé estaba airado nada menos que Ramsés. Mas yo sabía que su ira
sería pasajera: ¿acaso no oscurecen a menudo las nubes al Sol? Mas cuando pasan
aquéllas, los rayos vuelven a brillar. Muchos han advertido el parecido de mi padre con
el Sol y han quedado enormemente sorprendidos.
–Volví de nuevo a las verdes colinas al atardecer –prosiguió ella–, cuando su verdor se
difuminaba, y el ocaso parecía un incendio en un país dorado, tan próximo a nosotros,
mas no hollado por pies terrenales, pues solamente los dioses caminan al atardecer
por los dorados campos del ocaso, cuyos colores tiñen sus pies de esplendores
impropios de los terrestres. Seguí el sonido del caramillo de caña, que tentaba a mi
espíritu a huir en la quietud del crepúsculo. ¿Qué otra cosa podía hacer sino seguirlo?
Pues cada hombre y cada mujer tienen un espíritu, que no muere cuando embalsaman
su cadáver, sino que es inmortal. De manera que fui a las colinas en medio del silencio
y llegué a la hondonada en la cumbre; allí estaba Porástenes rodeado de sus cabras en
pleno ocaso, tocando su caramillo, aureolada su cabeza por el resplandor crepuscular.
Y el cabrero dejó a un lado su caramillo y nos volvimos a mirar fijamente uno al otro,
aunque todavía no nos hablamos. ¡Ah, los ojos de Porástenes! No pude dejar de
pensar en ellos. Por la noche imaginaba que brillaban; por el día parecían relucir tan
cerca que cualquiera podía verlos. Y a veces algunos cortesanos me miraban de tal
forma que estaba segura de que sabían que los ojos de Porástenes brillaban cerca de
mí, aunque me encontrara muy lejos, en lo alto de las colinas occidentales que daban
al Nilo. Sólo que él, que no era otro que Ramsés, no sabía nada todavía. En una
ocasión me dijo que estaba malhumorada y yo le di la razón; mas de Porástenes no se
figuraba nada.
–Nos volvimos a encontrar a menudo –continuó–, mas jamás hablamos, y mi amor por
Porástenes se interpuso entre mí y el sueño.
Suspiró tan débilmente y con tanta desesperación, velada por el humo, que casi nadie
hubiera podido decir si era ella la que había suspirado, o si algún viento perdido
vagando a través del desierto había exhalado su último suspiro junto al curioso fuego
del árabe. E inmediatamente deseé ayudarla, pues al producirse el suspiro a mi lado
olvidé que sus penas eran de hace miles de años. Además ¿cómo podría ayudarla?
Únicamente parecía haber un remedio. Y para éste mi consejo llegaba con miles de
años de retraso.
–¿Por qué no se casó con Porástenes? –dije yo.
"Fuera o no tardío mi consejo, ella dejó inmediatamente de suspirar y estalló en alegres
carcajadas.
–¿Casarse una componente de la Casa de Egipto con un cabrero? –dijo ella–. ¡Qué
extravagancia! ¿Dónde se ha oído semejante quimera? ¿Qué le ha impulsado a usted
a semejante broma? ¿Quién ha concebido tan extraña ocurrencia en estos años en los
cuales ahora vago? ¿Se puede bromear de manera tan extraña con la muerte, como si
ésta sin duda hubiera ocurrido antaño? Mas búrlese de mí si ése es su deseo, pues yo
siempre he amado los absurdos más pintorescos. Y en efecto nunca antes ninguno...
Y sus palabras se convirtieron en risas, que vibraron a lo lejos en la arena a través del
silencio.
La miré fijamente hasta donde pude ver su figura en la oscuridad, velada como estaba
por el humo; y cuando se calmó su risa todavía la estaba observando maravillado. Y no
se conformó con exponer su opinión, que había expresado con tanta vehemencia; pues
tan pronto como su risa le permitió hablar, insistió en lo mismo, todavía con aquella
incredulidad risueña, como si no pudiera creer que mis palabras fueran reales.
–¿Acaso se acopla el Sol o la Luna con babosas o escarabajos? –preguntó ella.
Por un momento su alegría se trocó casi en indignación; luego volvió a reír, mas ahora
su risa fue más breve y más despectiva, y me di cuenta de que no era posible insistir
más. Así es que permanecí en silencio hasta que su risa cesó por completo y se puso
de nuevo a suspirar, recordando a Porástenes. Era difícil compadecerse de aquella
jovenzuela loca y testaruda; y sin embargo me compadecí, pues, pese al desatino de
su punto de vista, aquellos suspiros los profería un corazón perplejo y roto a causa de
un pesar cuyo recuerdo había durado miles y miles de años. Y únicamente había sido
un breve pesar. No pudo haber durado más que unas pocas semanas, luego todo
habría acabado felizmente. Mas ella era una criatura sujeta a ataques de melancolía,
eso puede usted entenderlo; y probablemente ellos fomentaron cada uno de aquellos
prontos en aquel palacio que tenían sobre el Nilo cuando las colinas estaban cubiertas
de verdor. Así que a ella le bastó recordar su único y verdadero pesar para exhalar
aquellos suspiros en el mismo rostro de la Esfinge, cuya ancestral calma nada le decía
a ella. Y en medio de aquella calma que la Esfinge había impuesto en aquel lugar de la
Tierra durante todos aquellos siglos y más siglos, escuché su excitante historia.
–Pronto comprendí que moriría de amor –dijo ella–. Y pensé en abandonar la tierra
sagrada y los templos, y el río que los dioses le habían otorgado a Egipto para regarlo.
Era la primera vez que pensé en todas esas cosas; sin embargo, aunque acababan de
ocurrírseme en toda su tristeza, me afectaron poco, por triste que fuera abandonar la
tierra hollada a menudo por los dioses. Y luego, entre esos pensamientos, todos ellos
relacionados con Porástenes, me vino uno bastante lúgubre que me reveló que, si
moría, ya no oiría más su caramillo conmoviendo el dorado atardecer. Ya no
contemplaría más sus ojos brillando cuando todo lo demás se oscurecía. Ya no iría
más a verle a la cumbre de las colinas.
–Entonces me dije –añadió ella– cuánto mejor sería morir y seguir viendo a
Porástenes. La corte de Ramsés marchitándose, los sacerdotes adorando a los dioses,
los abanicos de mis sirvientas, incluso la gloriosa faz de mi padre, todo desaparecía
para mí; y el caramillo de Porástenes seguiría embrujando las sombrías colinas.
Porástenes seguiría tocando su caramillo y yo lo oiría, a pesar de que mi cortejo
fúnebre tendría que cruzar el río. Eso fue lo que pensé, y enseguida tracé un plan. Eso
es todo. Ya lo he contado.
–Y ¿qué pasó luego, Ilustrísima? –dije yo adoptando la forma de dirigirse a ella
utilizada por Abdul Eblis.
–Luego –dijo ella– fui hasta el Gran Sacerdote. Le encontré haciendo sacrificios en el
templo de Toth y me lo llevé a un lugar aparte entre palmeras donde pudiéramos hablar
en privado. Y él me preguntó qué deseaba de él, y yo le respondí: "Compañero de los
dioses, ¿cuántas formas de morir existen?" Y el Gran Sacerdote me contestó: "un
centenar". Pues yo hablaba de asuntos rituales, para los cuales sólo había una
respuesta. Entonces le dije:
"¿Y cuál es la ciento uno?"
–Y él respondió: "La voluntad del Rey". Eso también está escrito en los antiguos
pergaminos: no hay más que una respuesta.
–Y entonces pregunté yo: "¿Cuántas hay para un sacerdote?" Y él se quedó un rato
callado y luego me contestó diciendo: "Tal vez tres".
–Y yo le dije: "¿Cuál es la cuarta?", sabiendo que eso debería contestarlo. Y él
contestó, aunque a regañadientes, diciendo: "La voluntad del Rey, si odia a los dioses".
–Y yo le dije: "Él ama a su hija". Y el Gran Sacerdote se calló.
–Y yo le dije: "Debes hacer un funeral ilusorio". Él sabía lo que quería decirle. La
imagen de algo que no existe, el simulacro del desierto más allá de las colinas. Ni de
palabra ni con gestos demostró haber comprendido, ni tampoco lo contrario. Mas me
respondió: "Podría hacerse".
–Y yo le dije: "Está bien".
–Caminamos entonces en silencio, sin que él añadiera nada más, de manera que, si
fuera preciso, pudiera todavía decir que me había interpretado mal. Y después de
pasear junto a veinte palmeras, volvió a hablar diciendo: "¿Para quién?"
–Y yo dije: "Para mí".
–Y él dijo: "¡El funeral de una componente de la familia real! Eso escandalizaría
gravemente a los dioses."
–Aquellos días han quedado tan grabados en mi espíritu que cada palabra resuena en
mi memoria, cual pájaros inmortales, hasta este día.
–Y le dije al Gran Sacerdote: "¿No harás eso por mí?"
–Y él me contestó: "No".
–Entonces yo le dije en voz baja, casi en susurros, tan bajo que apenas me oyó...
Después de todos aquellos años hablaba un poco a la ligera, y el alboroto de las leves
brisas que remueven la superficie de la arena se elevó por encima de aquella débil voz,
y sus palabras se perdieron.
–¿Qué le dijo usted, Ilustrísima? –pregunté yo.
–Le dije –respondió ella– que "es la muerte".
–¿Por qué tan suavemente? –le pregunté.
–¡Oh! –dijo ella–, es horrible hablar de la muerte de un sacerdote. Él me miró y dijo:
"¿Qué?" Y yo le respondí: "Muerte". Y él me volvió a mirar para comprobar si yo
retiraba mi palabra, o mi ánimo desfallecía, o pedía perdón a gritos. Nuestra familia y la
suya eran únicamente dos de entre todas las que gobernaron Egipto. Hubo
generaciones nuestras que no alcanzaron la sabiduría de las suyas, mas centenares de
los suyos nunca tuvieron un poder como el nuestro. En aquellos momentos el
sacerdote escrutaba mi propio espíritu; y, cuando advirtió que yo no me echaría atrás,
se dio por vencido. Entonces fijamos una fecha para mi funeral ilusorio.
–Fue un precioso funeral. Partió de palacio al amanecer y descendió hasta el tranquilo
río, el sagrado Nilo que los dioses habían regalado a Egipto para regarlo. Le acompañó
un cortejo de plumas y música y una gran concurrencia. Y estuvo presente nada menos
que el propio Ramsés, a lomos de un caballo blanco. Y el Sol salió por encima de las
colinas orientales, mientras el catafalco llegaba al agua, y sus rayos sacaron destellos
al abundante oro de la barca que aguardaba en el río sagrado. Y los remeros
desatracaron la barca, la cual surcó la especie de joya que era el Nilo. Y Porástenes
permaneció a mi lado en la hondonada que ambos conocíamos, observando
atentamente desde la cumbre el precioso funeral y escuchando la música de los
intérpretes y los cuentos de los sacerdotes. Él trató de hablarme, mas yo no me enteré
de nada hasta que la barca tocó la orilla opuesta y los sacerdotes levantaron sus
grandes cuernos de antílope recubiertos de oro y los soplaron por tercera vez. E
incluso entonces, esperé hasta que el lamento e un cuerno resonó desde el tortuoso
fondo del valle rocoso, anunciando a Egipto mi comparecencia ante Anubis, Horus y
Toth, que nos observan siglo tras siglo, sin que sus ojos se cierren por la noche en
busca de reposo ni parpadeen ante la luna llena.
–A partir de entonces yo no era nadie; hablé con Porástenes y él conmigo. Aquel día
nos fuimos a su cabaña de cañas, atravesando las colinas sin que él dejara de tocar su
caramillo, el cual se había apoderado de mi espíritu e incluso dirigía mis pasos. Cuidé
más de un año de aquella choza de cañas allende las colinas. Estaba situada lejos de
cualquier camino, alejada de los caseríos, entre pequeños campos que le servían de
morada. Incluso la respetaron las estaciones, pasaron de largo, y cada una de ellas la
adornó con algo de su esplendor. ¿Hubo alguna vez un lugar más encantador?
Intenté comprender su asombroso punto de vista, y tuve que reconocer que todavía me
desconcertaba. Fue eso lo que me indujo a interrumpirla, mientras ella permanecía allí
dando vueltas una y otra vez a sus viejos recuerdos.
–¿Se casó usted con el cabrero? –pregunté bruscamente.
–Pues sí –respondió ella, como si mi simplicidad le asombrara, a ella, que había dicho
que el Sol no se acopla con escarabajos o babosas. Y entonces pareció corregirse a sí
misma.
"El se casó conmigo", añadió. "Fue muy amable Porástenes. Pues yo no era nadie.
Carecía de hogar y de nombre. Ante los dioses no era nada. Podría haberme tratado
como la brisa terral que azota la cebada, o el eco de las voces de los chacales, o como
en las viejas leyendas o sueños; y yo no me habría quejado. Ante Anubis, Horus y
Toth, yo no tenía nombre ni aliento.
–Mas ¿no pertenecía usted todavía a la familia real? –traté de argüir.
Y ella únicamente repitió que no era nada ante Anubis, Horus y Toth, y empezó a citar
fragmentos de los papiros conservados por los sacerdotes en los panteones reales de
su padre. Y, sin dejar de repetir "Nada, Nada", retrocedió un poco lentamente y,
cruzándose con una de aquellas brisas erráticas que de noche recorren extraviadas
todos los desiertos, desapareció con ella.
[FIN]

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