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EL ARTE OSCURO

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sábado, 19 de junio de 2010

CRUMTUAR Y LA DIOSA

ANDRÉS DÍAZ SÁNCHEZ



CRUMTUAR Y LA DIOSA




La amplia pradera aparecía cubierta de una suave bruma azulada. El amanecer
teñía de púrpura el metal de los guerreros irlandeses: cascos repujados,
espadas, escudos tachonados de bronce, hachas dobles, mazas y cuchillos largos
como medio brazo. El ejército de los Hijos de Dana, al servicio del rey Nuada
Mano de Plata, fijaba sus ochocientos pares de ojos sobre las huestes de los
firbolgs, a unos quinientos metros de distancia. No seria una gran batalla,
como la de Moytura, pero allí, en aquel páramo de hierba rabiosamente verde,
velada por la niebla decadente, muchos hombres morirían y muchos otros ganarían
un pedazo de gloria.
Uno que destacaba entre los danaanos era Crumtuar, un hijo de Erín con
veintitrés primaveras sobre sus robustas hombros. Su mayor alegría residía en
la lucha. Resultaba tan grande su amor por la guerra que, en los tiempos de
paz, abandona las zonas prósperas en busca de nuevos conflictos. Ya cuando era
un niño, el druida de su condado natal le miró directamente a los ojos y
profetizó su futuro:
- Debes dedicarte a la guerra, hijo mío, pues la gran Madre Dana te ha dotado
de fuerza y coraje. Sólo servirás para luchar. En la lucha serás feliz. Morirás
joven, pero tu vida habrá sido mas intensa que la de cincuenta que te
sobrevivan.
Desde entonces, Crumtuar habíase dedicado a manejar la espada y el hacha, con
resultados terribles para sus enemigos. Había probado la dulzura de las mujeres
bellas, vinos y licores selectos, yantares jugosos y la riqueza propia de los
triunfadores. Mas todo esto no era nada en comparación a la sensación exultante
de luchar para matar o morir.
Era alto, de hombros anchos y cintura esbelta, con poderosos músculos que
resaltaban contra los anillos, brazaletes, muñequeras y el torque. Sobre la
piel lucía tatuajes caprichosos. Se cubría con pieles de lobo y oso. Tenía el
cabello de color rojo claro, casi naranja, ligeramente ondulado. Las greñas le
caían sobre los hombros y la frente. Igual de caótica resultaba su barba, que
descendía hasta el pecho como una cascada de serpientes entrelazadas. No gozaba
de rostro agraciado: su nariz era chata y ancha, y bajo ella unos labios
gordezuelos. Aún así, algo en sus ojos de color verde cristalino atraía a las
mujeres con mayor éxito que muchos varones de mayor belleza. Del cinto pendían
varias dagas y cuchillos, algunos de tamaño descomunal. Tenía embrazado un
escudo circular con tachones y su diestra empuñaba un enorme hacha de doble
hoja, con mango largo y metálico, que cuando era manejada a dos manos parecía
la guadaña de un segador sobre el trigal de cuerpos enemigos.
Un compañero le pasó un pellejo y Crumtuar trasegó vino durante varios segundos.
Aquella espera resultaba terrible. Los luchadores de Erín estaban ansiosos por
comenzar.
No había cosa más agradable para un joven celta que una contienda brutal. Y,
aunque en principio los más tímidos sintieran miedo, pronto se hallarían
contagiados inexorablemente por el furor de las masas armadas.
Varios druidas paseaban entre las filas repartiendo bendiciones y armas mágicas,
capaces de rajar las piedras o tornar invisible a su dueño. Algunos incluso
empuñaban espadas y escudos, dispuestos para unirse a los guerreros en la
batalla.
Conel, el jefe de la horda danaana, pasó a caballo entre las primeras filas,
compuestas por los más audaces. Muchos llevaban encima sólo el torque, los
brazaletes y las armas.
Pelearían desnudos para demostrar su valor. Conel sopló el cuerno de batalla.
La orden era de "carga".
Un rugido abrumador, compuesto de ochocientas rabiosas voces masculinas,
explotó sobre la planicie. Desde la lejanía les llegó un murmullo similar. Era
el rugir de los firbolgs.
Los Hijos de Dana echaron a correr en busca del enemigo. Crumtuar marchaba en
vanguardia. Descubrió a Iedur, Cochtann y Finntaugh, tres de sus mejores amigos.
Volaban sobre la hierba, chillando insultos a los firbolgs hasta desgañitarse.
Desde atrás un grupo numeroso comenzó a vitorear a Cuchulainn, el guerrero mas
famoso de Erín. Aquello enloqueció aun más a los combatientes.
Crumtuar vio venir la masa de firbolgs. Eran morenos la mayoría, algunos
castaños. Muy altos. Vestían de parecida forma a los danaanos. Sus armas
también resultaban formidables.
Grumtuar rugió una maldición y aumentó la velocidad de su carrera. Su escudo
chocó contra tres enemigos de la vanguardia, derribándolos por los suelos. Alzó
el hacha y lo hundió en la boca del más cercano. El filo apareció por la nuca.
Un guerrero descargó su mazo de piedra, pero Crumtuar lo paró con el escudo. El
choque levantó una vibración tremebunda. Crumtuar se separó y golpeó con el
hacha. La hoja perdió filo, pero la maza saltó en pedazos. Un segundo golpe
abrió en dos el abdomen del firbolg.
Aquéllos eran los primeros combates, en parejas o grupos de tres a lo sumo,
protagonizados por los escapados de cada vanguardia.
Mas las dos mareas, compuestas por el grueso de los ejércitos, se acercaban a
toda velocidad, como dos gigantescas sombras que bullían bajo la luz del Sol
naciente.
Un fragor espantoso se alzó por los aires cuando chocaron. Muchos murieron en
el encontronazo, aplastados por los que llegaban desde atrás. El momento de
compresión dio paso a otro de distensión, cuando los más enérgicos de cada
bando comenzaron a abrirse paso repartiendo fugaces golpes que cercenaban
cabezas, brazos y piernas.
Crumtuar, con los ojos desorbitados y el mirar de una bestia peligrosa,
hacía volar el hacha en todas direcciones, levantando nubecillas de sangre y
pedazos de carne desgarrada.
Pronto, a su alrededor se abrió un hueco. Pisoteo los primeros muertos
y heridos, muchos de éstos escapando a cuatro patas mientras contenían con una
mano las entrañas.
El choque de cientos de metales resultaba ensordecedor. Lograba eclipsar las
voces de los hombres. Todo era locura, muerte y destrucción. El que se
arredraba moría. La única forma de mantener el pellejo sobre el cuerpo era ser
mas audaz y sanguinario que los demás.
Pronto el suelo se llenó de muertos, sobre los que los luchadores se empujaban
y lanzaban tajos y estocadas. La sangre derramada hacía resbalar a muchos, e
instantáneamente el enemigo más cercano aprovechaba la ocasión para desmembrar
o degollar al caído.
El aire hedía a muerte, dulzona y metálica. Estaba cargado de energía
arrasadora, vibrante en cada músculo, en cada mirada, en cada garganta.
Pronto se abrieron claros en el mapa de la batalla. Crumtuar, cuando se quedaba
solo, buscaba un nuevo tumulto sobre el que lanzarse. Mostraba todo el cuerpo
manchado de sangre; el líquido vital tintaba su rostro, su torso, sus brazos
y piernas y apelmazaba sus cabellos, tornándolos pesados y pegajosos.
En un momento determinado, observo que el aire se espesaba y los colores y
formas de la batalla fluctuaban ligeramente, como si la contienda ocurriese
bajo el agua. Algunos dioses gustaban de pasar al plano terrenal durante el
transcurso de la batalla, rasgando el tapiz entre las dimensiones. En este
caso, Crumtuar observó, anonadado, que se abría un jirón en la realidad, cerca
de su posición. A través del agujero surgió un gigantesco lobo gris. La bestia
mordió a varios combatientes de ambos bandos, arrancándoles la yugular. Su
forma fluctuó fantasmalmente, hasta devenir en mujer, más alta que el mayor de
los danaanos o firbolgs. Vestía cota de mallas y pantalones y botas de cuero.
En la mano derecha sostenía una espada fantástica de oro y bronce. La cascada
de cabello negros caía sobre su espalda, y verde brillante resultaban sus ojos,
rebosantes de cólera. Poseía un bellísimo rostro, no dulce, sino fiero y
sanguinario. Era Morrigan, la Diosa de la Guerra, que a veces gustaba de
visitar a sus combatientes y mezclarse con ellos.
Crumtuar siempre había poseído el extraño don de descubrir a los elementales
del bosque, las dríadas y nereidas, los duendes y los gnomos, allá donde los
demás sólo veían ramas o piedras. Por ello, ahora distinguía el cuerpo de
Morrigan. Para la gran mayoría, la diosa era invisible.
Ella reía a carcajadas, mientras decapitaba y ensartaba con su espada a cuantos
sin quererlo se le acercaran.
Su risa traía la locura y el furor a la mente de los luchadores, quienes al
oírla, o percibirla, redoblaban sus esfuerzos asesinos. La intrusión en este
mundo había provocado una alteración en las leyes naturales, así que algunos
combatientes, atacados por la demencia guerrera, la locura del berserkr
escandinavo, mataban por doquier, tanto a amigos como a enemigos, sin caer,
a pesar de recibir serias heridas. Tal y como le ocurriera al héroe Cuchulainn,
sus figuras se deformaban fantasmalmente: los brazos se alargaban, los ojos
colgaban del rostro y los cuellos se engrosaban hasta la parodia. Eran
monstruos destructores, los Hijos de la Diosa de la Guerra.
- ¡Morrigan! -aulló Crumtuar.
La diosa le miró. Sus ojos eran llamaradas verdosas. Sin saber por qué, el
guerrero corrió hacia ella alzando el hacha. Morrigan rió. Paró fácilmente el
arma del irlandés, con tal fuerza que del choque entre los metales surgieron
chispas incandescentes. La diosa lo lanzó al suelo. Allá quedó el hombre,
subyugado por el poder de los sus divinos ojos. Morrigan se le acercó y cayó
sobre él hincando las rodillas en el suelo, junto a las costillas del guerrero.
- Me gustan los hombres con valor en el pecho -dijo la diosa. Tenia ronca la
voz, pero muy femenina. Crumtuar experimentó cruda fascinación-. Los demás
huyen de mi y me temen. Pero tú me atacaste. ¡Por eso, hoy serás invencible!
Se inclinó y le besó con pasión. Crumtuar sintió un dolor explosivo que rayaba
en el éxtasis. Morrigan le acercó un dedo al rostro ensangrentado y le tocó la
frente. De pronto, la diosa se alejó, como un jirón de luz y color que volaba
sobre los combatientes, susurrándoles palabras que hacían estallar la locura
en sus mentes.
Crumtuar sintió también una furia brutal, intempestiva, como si por las
arterias le corriera fuego en lugar de sangre.
Se levantó de un salto, con los ojos desorbitados, jadeando roncamente. Corrió
hacia un firbolg y le golpeó con tal fuerza que el hacha atravesó el escudo, el
antebrazo y la cota de mallas. Extrajo el arma de la herida ya sin filo. Aún
así, descargó un nuevo hachazo, en el rostro del moribundo. Después se volvió
en derredor, buscando más adversarios para destruir.
Halló un lugar propicio para sus fines: un tumulto en el cual se habían
enzarzado treinta firbolgs y quince danaanos. Abandonó el escudo y echó a
correr.
Escucharon su grito desgarrador y le vieron llegar, como una bestia sin freno.
Saltó y cinco hombres cayeron al suelo con él. Sobre tales repartió hachazos,
movido por una demoniaca energía. La sangre saltaba y salpicaba su rostro, se
le metía en los ojos y la boca, la inspiraba tras cada jadeo. Su cuerpo sufrió
la mutación propia de los Servidores de Morrigan: la carne del cuello, al igual
que arcilla seca, se le desparramó por el pecho, sus caballos crecieron hasta
la cintura, un brazo se le alargó y proyectó hacia el frente, la espalda se
ensanchó imposiblemente. Surgían bultos de su costado y la mano izquierda
ardía, envuelta en brillantes llamas azuladas.
Al poco, había disuelto al grupo enemigo, cuyos integrantes estaban muertos,
escapaban conteniéndose las tripas o se arrastraban penosamente. Ya corría en
busca de más rivales. Amigos y enemigos le huían por igual, ya que su horroroso
aspecto desmenuzaba el valor hasta de los más veteranos.
Un monstruosos firbolg le vio y se le aproximó. También había mutado
increíblemente: sus miembros estaban desparejos, la carne bullía, como si bajo
la piel hubiera mil criaturas anhelantes de libertad, los ojos crecían en el
rostro, como si estuviesen a punto de saltar desde las cuencas. Aulló
brutalmente y todo él creció, agigantándose, duplicando su estatura. Ambos, los
Hijos de Morrigan, pelearon febrilmente mientras goblins y fuegos fatuos
correteaban y chillaban a su alrededor. De las armas saltaban chispas y briznas
de metal. Ellos hacían y sufrían cortes terribles, pero seguían pugnando con
igual vigor. En un lance, Crumtuar le tajó el cuello. Aún sin cabeza, el
firbolg continuaba repartiendo tajos con la espada. Su testa, en el suelo,
mordía y desgarraba un cadáver. Por fin, al decapitado le fallaron las fuerzas
y se desplomó en. el suelo, donde inmóvil quedó.
Crumtuar experimentó un espantoso dolor, porque su cuerpo volvía a la
normalidad. Se desplomó, gritando hasta quebrársele la voz. Al cabo de una
fugaz y rojiza infinitud, el sufrimiento se tornó soportable y la cordura
volvió a su torturada mente. Miró en torno suyo. Había cadáveres hasta donde
alcanzaba su vista, arracimados unos sobre otros o sobre la hierba teñida de
sangre. Los irlandeses supervivientes alzaban gritos de triunfo y daban gracias
a Dana, Lugh y Morrigan. Habían vencido. Crumtuar buscó con la vista a la
diosa, mas no la encontró. El fuego del triunfo le insuflaba un júbilo
arrasador. Estaba vivo. Había vencido a los enemigos. Había vencido a la muerte.
No había palabras capaces de describir la intensidad de aquel éxtasis.
De pronto, la euforia se marchó, tan pronto como vino, y le asaltó la debilidad.
Cayó de rodillas al suelo y se desplomó de bruces sobre un charco de sangre.



Le despertaron arrojándole agua helada sobre el rostro. Se hallaba entre los
heridos. Tenía medio cuerpo cubierto por vendas. Iedur, su amigo, tiró el cubo
y le sonrió de oreja a oreja.
- ¡Ya despierta, el cerdo dormilón!
- ¡Vencimos, Crumtuar! -rugió Cochtann, otro de sus más broncos compañeros. Se
sujetaba una larga tira de piel sobre el rostro, pues le faltaba la piel de la
mejilla derecha y parte del mentón. Donde estuviera la oreja había ahora una
masa de vendas y cabello sucio y apelmazado. Por lo demás, parecía indemne como
el resto.
- Sí, lo sé -gruñó Crumtuar. Miró fijamente a sus colegas-. ¿La visteis?
¿Visteis a la diosa Morrigan?
- No -contestó Iedur-. Te vimos a ti transformado, como Cuchulainn cuando
peleó contra Ferdia. Repartías tajos como un auténtico loco. ¡Qué batalla,
amigo mío! ¡Realmente, eres un tipo peligroso!
Crumtuar sonrió. Las tripas le gruñían escandalosamente.
- ¿Dónde están la comida y el vino? -bramó.
- ¡Toma, maldito, y cállate ya de una vez! -era Conel, el líder de las
hordas danaanas. Le tiró un enorme muslo de carnero y un pellejo lleno de
cerveza agria. El veterano, al mirarle, no pudo disimular la sonrisa y el
respeto que brillaban en sus ojos- El cachorro está convirtiéndose en hombre,
¿eh?
Por toda respuesta, Crumtuar mordió un trozo de carnero tan grande que hubo de
empujarlo con la palma de la mano para que entrara en la boca. Y aún así, logró
regar la vianda con un chorro de cerveza. Sonrió, mientras masticaba con fuerza.



EL TEMPLO DEL DESEO DE SATÁN


ANDRÉS DÍAZ SÁNCHEZ


EL TEMPLO DEL DESEO DE SATÁN




"No existen sucesos morales, sino una interpretación moral de los sucesos. El
Mal es, simplemente, lo que desconocemos."
F. Nietzsche



Los candiles del Templo del Deseo de Satán desprendían una luz aceitosa y
trémula. Iluminaban las figuras grotescas y poderosas de negro basalto
brillante, las fauces arrugadas de mandíbulas prominentes y belfos retraídos,
los ojos de fulgor diamantino, rojos como la sangre. Las desnudas esclavas
bajaban la cabeza cuando pasaban junto a las estatuas de los Héroes del
Infierno. Las figuras habían sido bautizadas con sangre de recién nacido y
dotadas de un eterno poso mágico. Ningún cultita, salvo los sacerdotes -y sólo
unos pocos de entre ellos- eran capaces de aguantas sus miradas pétreas e
implacables, tan sórdidas como todo lo demás de aquel ámbito.
Techo, suelo y paredes estaban construidos en oro oscuro, plata roja y celeste,
mármol amarillento y jade color del mar. La luz comulgaba con las tinieblas,
los entes demoníacos preferían los rincones oscuros a la claridad. Muchos
acólitos imprudentes habían sido poseídos y después abandonados al dolor y la
locura por acercarse demasiado a los lugares más sombríos. En general, nadie
osaba aventurarse por entre las hileras de inexpugnables columnas ni
aproximarse a las paredes, pues a los diablos les gustaba la piedra y atrapaban
a todo el que se les aproximara de forma imprudente.
Aquella noche ocurriría algo crucial. Tendría lugar la Más Alta Invocación, la
Gran Posesión, protagonizada por el mismísimo Satán, Señor De Todos Los
Infiernos. Cada seiscientos sesenta y seis días, atendiendo a la cifra mágica
de La Bestia, se celebraba una Invocación de Alto Nivel, en la cual un ente
perteneciente a la nobleza infernal -quizás un barón o un condestable- poseía a
un Recipiente por medio del cual se comunicaría con los creyentes. Los
recipientes solían ser esclavos de ambos sexos -los demonios, aunque nadie
conocía sus ritos de reproducción, si los tenían, mostraban caracteres y
comportamiento de marcada sexualidad-, los mas bellos ejemplares, entrenados
para no resistirse al ente posesor. Las criaturas terrenales solían intentar
defenderse contra la violación mental y física que suponía una posesión
infernal. Sin embargo, Allá, se les había adiestrado para brindar gozosamente
al demonio todo su ser.
Durante estas fiestas de Invocación y Posesión se encerraba al recipiente en un
círculo pentacular que retendría al demonio. Éste impartiría sus enseñanzas
durante la Misa de Posesión. Tras el mensaje del ente -que podía durar
instantes o hasta ciclos menores- el demonio abandonaba el cuerpo poseído, cuyo
verdadero dueño solía morir o sufrir una profunda locura hasta el final de su
pequeña vida.
Aparte de estas Altas Posesiones, todos los ciclos menores tenían lugar otras,
protagonizadas por entes demoníacos de bajo poder. Se encaprichaban con cuerpos
humanos masculinos o femeninos y los tomaban. Por ejemplo, dos ciclos menores
atrás un guardián del Tercer Nivel fue poseído por un demonio guerrero y lo
convirtió durante seis ciclos de instantes en un loco asesino. El poseído mató
con su lanza a siete esclavos, dos Sacerdotes Azules y tres mozos de lucha. El
demonio lo abandonó al fin y el hombre volvió a recuperar el control de su
mente y cuerpo. Fue indultado y bendecido por el Sumo Sacerdote Gris. Tres
ciclos menores antes de este suceso, una manada de súcubos entró en un pequeño
harén de esclavos masculinos. Los muchachos fueron violados durante horas.
Cuando los demonios femeninos se marcharon como vaharada de vapor rojizo los
poseídos lloraban y suplicaban a gritos más placer.
Los sabios aseguraban que el Templo del Deseo de Satán no era más que un portal
entre el Infierno y el resto de las realidades. Nadie sabía en que punto del
Todo estaba ubicado. Se decía que flotaba en la Dimensión de los Sueños
-ciertos acólitos aseguraban haber despertado en él tras una vida anterior de
vigilia... o tal vez inconsciencia-. Otros afirmaban que se hallaba en una
línea tangencial a la curvatura del espacio o del tiempo. Muchos viajeros lo
habían buscado incansablemente sin éxito, otros cayeron en sus pétreas fauces
sin desearlo. Un ciclo menor, el Templo aparecía sobre un desierto de arena
negra, al siguiente flotaba plácidamente en un mar de mercurio... Su posición
era itinerante, se movía a través de dimensiones, o quizá éstas fueran las que
girasen y el Templo permaneciera quieto.
Nadie conocía tampoco los límites físicos del Templo, dónde empezaba y dónde
acababa, ni la totalidad de sus innumerables salas y pasillos. Tampoco su
antigüedad ni la identidad de sus constructores, fueran humanos o no. Los
árboles genealógicos de ciertas familias sacerdotales se remontaban
interminablemente hacia el pasado. Ni siquiera se comprendía cómo transcurría
el tiempo allí, y por conveniencia trataba de medirse mediante dos tipos de
relojes de agua y arena, que marcaban instantes, ciclos de instantes, ciclos
menores -compuestos de ciclos de instantes- y ciclos mayores -compuestos de
ciclos menores-. Mas... ¿qué fiabilidad podría existir, cuando quizá los
juguetones demonios podían volver del revés las clepsidras antes de que cayera
el último grano o gota?
De cualquier modo, existía una persona que ostentaba el poder: Barokk, Supremo
Sacerdote del Templo, Sumo Sacerdote Rojo. Su clan cromático se había impuesto
al final de las Guerras Sacerdotales, ochocientos ciclos mayores atrás. Había
tenido que pelear mental y mágicamente contra otros muchos aspirantes de su
propio clan y de los restantes. Él decidía los días en que se celebrarían las
Misas de Posesión, fuesen éstas Mayores o Menores, los Ciclos de Matanza, las
Fiestas del Ensueño o los nuevos decretos que se incluirían en el Libro del
Arte, la enciclopedia que trataba todos y cada uno de los aspectos
comprensibles de la Magia en el Templo.
Aquel ciclo menor, el de la Altísima Invocación, Barokk marchaba por el largo y
vasto pasillo de basalto negro, sentado sobre un trono de oro transportado por
diez esclavos de fuerza. Le llevaban hacia la Capilla Posesional. Observaba con
deleite las columnatas, las estatuas, los frisos, los mosaicos de exquisita
belleza y malignidad, los tapices de terciopelo, las armaduras hechas para
enfundar cuerpos no humanos,...
Nunca se dignaría a volverse, pero sabía que le seguía una multitudinaria
procesión: sacerdotes con túnicas de diferentes colores siempre tras su trono
-quien osara rebasarlo sería despellejado vivo por el Jefe de la Casta de
Torturadores y después empalado-, las huestes de orgullosos guerreros, las
masas de músicos, arquitectos, pintores, poetas, escultores... Y por último,
los rebaños de esclavos, ya fueran de placer, adornados exquisitamente con
sedas y piedras preciosas, de fuerza, musculosos y estúpidos o de otros
múltiples usos, menos valiosos aún que los anteriores.
Inmediatamente detrás del trono de Barokk, y sostenido por quince esclavos
desnudos y aceitados, estaba el Gran Huevo de Plata, que albergaba el
recipiente sagrado.
Barokk era delgado y alto, de cráneo rasurado, rasgos suaves y ojos muy negros,
inteligentes y penetrantes. Su voluntad había sido templada al fuego de las
despiadadas luchas políticas, mentales y mágicas contra sus compañeros de casta.
Amaba su puesto. Amaba el Templo. Él había instaurado el Deber del Deseo
Satisfecho. Según tal directriz cada cual tenía la obligación de dejarse llevar
por sus instintos más íntimos. Quien los reprimiera sufriría una ejecución
ignominiosa. Por supuesto, primero hubo de normalizarse esta ley mediante
rigurosos decretos basados en una premisa fundamental: el Derecho del Ser de
Voluntad Fuerte sobre el Ser de Voluntad Débil. Ello permitía que la criatura
de carácter más agresivo y poderoso impusiera todos sus caprichos, su amor o su
crueldad, sobre sus inferiores.
La Casta de Voluntad Más Fuerte era la sacerdotal, dotada de inteligencia y
conocimientos profundos, capaces de plegar el tapiz de la realidad a su antojo.
Después le seguía la casta guerrera, cuyas contiendas no tenían ningún motivo:
Barokk había comprendido que en todo muchacho dormía un deseo de aplastar y
matar un enemigo con sus propias manos. Si se reprimía tal instinto en
beneficio de la comunidad el individuo sufriría al experimentarlo sentimientos
de culpa y remordimiento, que podían desembocar en timidez, neurosis, depresión
y un descenso pronunciado de vitalidad. Así pues, en las Cámaras de Matanza del
Templo los jóvenes con deseos agresivos se aliaban en ejércitos rivales y daban
rienda suelta a su sed de sangre sin sufrir culpa ni piedad. Miles de guerreros
luchaban sólo por el placer de lidiar y asesinar, sobreviviendo los más rápidos
y fuertes, de cuerpos musculosos y salpicados de carne, sesos y sangre. Ellos
liderarían a los que vinieran después, hasta que otros consiguieran
destruirlos, habiendo vivido por la espada y muriendo igualmente por la espada,
en el seno del combate, con una loca sonrisa en el rostro.
Había Cámaras de Satisfacción para todas las exigencias: en las Cámaras de
Contemplación los bohemios e intelectuales hundían sus mentes en el sopor de
las drogas o en los libros de sentido más abstracto para conseguir el
conocimiento profundo que realmente buscaban. Muchos se convertían en
sacerdotes.
En las Cámaras de Belleza las mujeres más hermosas mostraban su desnuda
feminidad, sólo cubiertas por perfumes, joyas, sedas y cosméticos, a masas de
hermosos hombres encadenados y sometidos a forzosa abstinencia sexual. Ellos
trataban de alcanzarlas con sus manos, siempre sin éxito. Ellas veían en los
ojos de los hombres la adoración absoluta provocada por su hermosura. Paseaban
sus cuerpos deliciosos con deliberado encanto. Así, lograban el placer que sus
orgullos femeninos les demandaban. Había allí concursos y certámenes. Las
ganadoras podían desfigurar el rostro, de por vida, a las perdedoras.
También había Cámaras de Dominación Sexual. En éstas, los hombres y las mujeres
más duros, diestros e implacables ejercían su Derecho del Ser de Voluntad Más
Fuerte sobre admiradores, amantes, temblorosos esclavos de pasión de ambos
sexos, a los que partían el corazón una vez tras otra, de manera refinada y
cruel.
Barokk había descubierto la llave del poder absoluto: el placer. Dándole placer
a los inferiores, el placer que realmente buscaban, siempre los mantendría
controlados. Para envidia y desdicha de otros sacerdotes, las masas se
rebelarían si intentaran expulsarle de su puesto.
Mas... ¿cual era el mayor placer para Barokk? ¿El conocimiento, tal vez? Él
había soportado un saber capaz de quebrar mentes muy poderosas. No, aquella
respuesta no lo satisfacía del todo.
Comprendió de pronto que lo que llenaba su vida era el Amor. Un cariño enorme
por su trabajo, por sus inferiores, por su Templo. Los amaba sin reservas.
También amaba a Satán, por supuesto. No le había entregado el alma -esa era una
prerrogativa personal de cualquier habitante del Templo, desde los esclavos a
los sacerdotes-, pero ciertamente lo amaba.
Mas, ¿quién o qué era Satán?, se preguntó. Al cabo de una vidas de difíciles
estudios, había llegado a la conclusión de que no era mas que un Ser de
Voluntad Sumamente Fuerte. Una criatura gobernante de ciertas dimensiones o
reinos capaz de enamorar, atraer, dominar y arrastrar a incontables de
criaturas. No podía comprender los esquemas mentales de Satán, pues una
Voluntad Fuerte, con el paso del tiempo, acababa expandiendo su mente hasta
hacerla incomprensible para los inferiores. Tampoco conocía si tenía un último
cuerpo o si usaba los de otros, si era un alma, un espíritu, un espectro, o
escapaba a toda descripción física.
Escuchó un gimoteo a su izquierda. Irritado, miró hacia allí. Una bonita
esclava, vestida con gasas sedosas, se había acercado al trono de Barokk. La
mujer sollozaba quedamente y no osaba mirarlo al rostro -de haberlo hecho, le
habrían arrancado con pinzas sus bellos ojos.
- ¿Qué quieres, esclava? -preguntó Barokk.
- Amo... La Sacerdotisa Amaria me envía a vos...
- ¿Sabes que serás empalada por interrumpir mis cavilaciones?
Ella reprimió un sollozo.
- Sí, amo, pues sólo soy una esclava. La señora Amaria me ordenó llamaros
y no podía negarme a obedecerla. Quiere preguntaros algo...
- Di.
- La señora Amaria desea saber si ella podría protagonizar la Gran
Posesión.
- Ve a tu señora con esta palabra en los labios: "No". Ya se lo he dicho
otras veces. Después de la ceremonia, preséntate en las Cámaras de Tortura para
que el Sumo Torturador te empale lentamente. Puedes retirarte, esclava.
- Gracias, amo -la muchacha, sin cesar de llorar, se marchó cabizbaja.
Barokk miró a la esclava hasta que ésta desapareció. También la amaba a ella,
profundamente. A todos los amaba. Incluso a la irritante Suma Sacerdotisa Negra
Amaria.
Accedieron a la gigantesca Capilla de Posesión. Llegado un momento determinado,
el trono de Barokk fue depositado en el suelo. Subió la escalinata sagrada. Los
Sumos Sacerdotes del Resto Cromático -Verde, Azul, Gris, Amarillo y Negro-
caminaron tras él con la cabeza baja. Ninguno de ellos -ni siquiera Barokk-
pisó el Sagrado Círculo Pentacular.
Barokk se colocó tras el altar de oro, su metal favorito. El resto de los
sacerdotes se dispuso a su izquierda y derecha. Distinguió por el rabillo del
ojo a Amaria, la Suma Sacerdotisa Negra. Ya antes de que la magia la
convirtiera en un ser de divina hermosura había sido una mujer muy bella. No
podía ocultar bajo su pesada túnica las rotundas y adorables curvas de su
cuerpo. Quizá ella no las deseara esconder, sino insinuar. El rostro lucía
maravilloso, de rasgos finos y delgados, ojos y cabello muy negros y tersa piel
blanca que contrastaba con unos labios rojos y llenos, labios lujuriosos
creados para ser estrujados y saboreados sin compasión. Era un Ser de Voluntad
Fuerte y conseguía lo que le apetecía. Gustaba de enloquecer a decenas de
hombres y mujeres con su belleza. A muchos los había conducido al suicidio, tan
sólo por pura diversión.
La Sacerdotisa Negra mostraba un rostro tranquilo, severo. Pero sus ojos no
podían ocultar la ansiedad y la frustración.
Tras el sermón de rigor, escuchado en expectante silencio por miles de fieles,
Barokk ordenó subir el recipiente al pentáculo.
Los esclavos llevaron la esfera de plata cerca del altar y la abrieron con gran
cuidado -el error de uno costaría una muerte muy lenta para todos en las
Cámaras de Tortura. Dentro del brillante huevo, ahora abierto, había una mujer
exquisita, apenas cubierta por tenues sedas, maquillada y peinada de manera
elegantemente. El sedoso y abundante cabello rubio caía graciosamente sobre su
espalda y sus llenos y dulces pechos. Estaba arrodillada, con las manos sobre
los muslos y la cabeza baja. Sus ojos de largas pestañas permanecían
obedientemente cerrados.
Ella sería la víctima, el cuerpo poseído por Satán.
Barokk se acercó al huevo. Sonrió tiernamente mientras contemplaba a la chica,
como un padre ante su hija. Acarició el pelo dorado. Ella permanecía inmóvil.
La habían drogado para no ejercer resistencia a la Posesión.
- Puedes abrir tus ojos, doncella -dijo Barokk con voz meliflua.
La esclava obedeció. Eran azules, con dilatadas pupilas que brillaban
febrilmente.
- Sal de la esfera y colócate en el pentáculo.
El recipiente se movió lánguida y suavemente, provocando un expectante silencio
general. Entró en el círculo pentacular y se arrodilló otra vez, las manos en
los muslos y la cabeza baja. Barokk entró igualmente en la figura geométrica.
Sacó de entre sus ropajes la daga enjoyada e hizo dos cortes, uno en cada
muheca de la chica. Ella se estremeció ligeramente, mas no emitió sonido alguno.
El Sumo Sacerdote apretó con sus pulgares las arterias de los finos antebrazos
durante largos instantes. Después retiró la presión y la sangre fluyó, cayendo
en dos grandes cuencos. Utilizó los dedos para pintar de nuevo las líneas de la
estrella invertida y del círculo que rodeaba a la joven. Mientras realizaba
esta tarea musitaba cánticos y adoraciones a los Altos Señores del Infierno,
convocándoles, implorándoles fuerza y dicha. También emitía con trémula voz
hechizos arcaicos, poderosos, palabras que una vez pronunciadas provocaban
irreversibles reacciones en cadena.
El aire comenzó a espesarse, como si dos manos gigantescas estuviesen
aplastándolo lentamente. Los presentes sentían sucios escalofríos que recorrían
sus columnas vertebrales. Los más débiles sollozaban silenciosamente a causa
del hipnótico terror. Espectros menores se debatían alrededor del círculo
pentacular, como jirones de aire caliente. Intentaban penetrar en la figura
para poseer a aquella adorable víctima. Mas Barokk había consagrado el
recipiente al Altísimo y no permitiría intromisiones. Así pues, los íncubos
chillaban al chocar contra la inmaterial protección. Muchos pagaban su
frustración con el público, poseyendo furiosamente a diversas esclavas hasta
hacerlas aullar entre espasmos.
La sangre de círculo y pentáculo brilló fulgurantemente. Era una línea
de luz escarlata que serpenteaba hasta las muñecas del recipiente.
Barokk lamió la daga y después alzó los brazos. Parecía dotado de un aura de
fortaleza. Desorbitó los ojos y gritó con voz poderosa:
- ¡Yo te invoco, Señor de Todos los Infiernos, Príncipe de las
Mentiras! ¡Te invoco por el poder del Mal en los corazones de los hombres! ¡Por
el Universo entero! ¡Ven, Señor Satán, toma esta ofrenda, habla a tus fieles!
El recipiente, de pronto, abrió de par en par sus bellos ojos. A pesar de las
drogas, el horror que sentía era puro, real. Sus pechos se alzaban y bajaban
rápidamente, su fina piel brillaba a causa del sudor. El rostro se contrajo en
una expresión de dolor lacerante. La rubia cabeza cayó hacia atrás y con ella
el resto del cuerpo, como traccionado por una fuerza invisible.
La capilla comenzó a llenarse de murmullos exclamativos y silencios de
admiración.
Amaria se acercó a Barokk, quien contemplaba al recipiente contorsionarse
inutilmente, como si un gran peso la aplastara contra el suelo.
- ¡Déjame entrar en el círculo pentacular! -pidió a Barokk Amaría, la Suma
Sacerdotisa Negra, mirando con lujuria mal disimulada al recipiente- ¡Tienes el
poder de cambiar la víctima u ofrecerle otra más al Gran Señor!
Barokk la miró con irritación.
- No lo haré, Amaria. Tú ya fuiste recipiente otra vez. Deja que ahora otro
ocupe ese puesto.
Amarla bufó como una gata furiosa. Tres Altas Invocaciones en el pasado
ella había sido el recipiente. Se ofreció voluntaria, aún conociendo los
peligros de la Posesión de Satán. Barokk sonrió al recordarla encadenada y
desnuda, anhelando la venida de Su Señor. Satán la había penetrado y embestido
salvajemente una y otra vez. Ella comenzó chillando de dolor, mas pronto sus
alaridos sonaron llenos de placer y lujuria. Miles de acólitos contemplaron a
la Suma Sacerdotisa Negra retorcerse lúbricamente y gritar obscenidades que
hasta para ellos resultaron escandalosas. En esa ocasión, el Señor de Todos los
Tnfiernos no les habló; se limitó a satisfacer una lujuria animal. Pero el
público dudaba sobre quién realmente había disfrutado más: si el posesor o su
víctima.
Desde entonces, Amaria había solicitado y hasta suplicado a Barokk ser el
recipiente en las siguientes Altas Invocaciones. El Sacerdote Supremo,
divertido, se negó una vez tras otra.
Los gritos de dolor del recipiente devenían poco a poco gemidos, para al poco
convertirse en roncos gritos deleitosos de lujuria.
Barokk entrecerró los ojos, contemplando la posesión. Una criatura sensible,
hasta no ser ocupada por un Ser de Mayor Voluntad y despojada implacablemente
de toda intimidad y orgullo, no experimentaba el arrasador placer reservado al
sujeto absolutamente dominado.
Amaria observaba al recipiente con manifiesta envidia. Barokk sonrió de nuevo.
Qué ironía que la Suma Sacerdotisa Negra, tan fría, arrogante y cruel, una
mujer poderosa que había partido mil corazones de hombres y mujeres, estuviera
tan dispuesta a humillar públicamente su orgullo a cambio de tamaño placer.
- Eres más esclava que ella -le imprecó Barokk, señalando al recipiente dentro
del círculo pentacular.
Amaria le miró con furia asesina, mas de pronto se vio atacada por la vergüenza
y el pudor y se cubrió con las manos su bellísimo rostro. Aún así, volvió la
vista hacia la jovencita poseída, sin lograr apartarla de ella, entreabriendo
los labios. Barokk rió, con gran placer. También amaba a la ansiosa Amaria,
Suma Sacerdotisa Negra. ¡Cómo los amaba a todos, sus Hijos, sus Retoños!
El recipiente aulló, sin control alguno de cuerpo y mente. De pronto, fue
levantada como por una mano invisible. Sus ojos se desorbitaron, el horror se
pintó en ellos. La boca se abrió hasta que las mandíbulas se descoyuntaron y
vomitó vísceras, intestinos y sangre. El rostro de la joven estaba ceniciento.
Sus ojos brillaban con una agonía capaz de romper la mente. Surgieron de ella
palabras ininteligibles, similares a rugidos de un tigre, que hacían volar
gotas de sangre y espuma. Restallaban como latigazos metálicos contra el
silencio absoluto.
Satán les estaba hablando.
Calló. La chica, aún viva, expelió por sus ojos un humor blanco y amarillo de
agrio hedor. De pronto, surgieron incontables voces de su garganta: mugidos,
ladridos, gritos, carcajadas,... Y en todos los tonos. Ninguna resultaba
inteligible. Aquella cacofonía resultaba fascinantemente horrenda. Barokk
volvió a preguntarse si Satán sería un solo ser, un grupo de entes unidos o una
mente con múltiples personalidades.
El recipiente sufrió una violenta arcada. Volvió a vomitar sangre. Su cabeza se
volvió lentamente. Miró a Amaria. La poseída le sonrió de manera lasciva. Sus
ojos ardían con fulgor rojizo. Llamó a la sacerdotisa moviendo el dedo índice.
Amaria, como hipnotizada, andó hacia el círculo pentacular.
De pronto, gritó de dolor. La barrera mágica no le permitía entrar en él. La
sacerdotisa lo intentó de nuevo, frenéticamente, pero fue repelida hacia atrás
una y otra vez. Al fin, acabó en el suelo, sudorosa, jadeante, temblando de
rabia y frustración. La poseída se reía de ella con carcajadas infantiles, que
aumentaron su frecuencia hasta convertirse en una sola nota, vibrante y aguda.
Muchos de los presentes rieron también, sobre todo los Sacerdotes Negros
rivales de Amaria.
Ésta retrocedió, medio a rastras, horrorizada. La risa se tornó general. Barokk
también se regocijó. Al fin y al cabo, aparte de ser el Príncipe de las
Mentiras, Satán era el Rey de la Crueldad y la Humillación. La Suma Sacerdotisa
Negra desapareció miserablemente de vista.
El recipiente habló voz de hombre, profunda y grave. Abría y cerraba la boca
bruscamente como un muñeco de carne y hueso manejado por un invisible
ventrílocuo:
- ¡AMADOS FIELES! -un inconmensurable trueno estalló desde el público. ¡Era el
Gran Satán quien les hablaba! Le aclamaron, riendo y llorando, hasta
rompérseles la voz - ¡YO OS HE CREADO! ¡YO HE CREADO ESTE TEMPLO! -Barokk
esbozó una levísima mueca de desagrado- ¡HE HECHO POSIBLES VUESTRAS VIDAS,
VUESTRAS JERARQUÍAS, VUESTRO PODER, VUESTRO PLACER Y VUESTRO DOLOR! ¡ADORADME!
¡ADORADME, GUSANOS!
Miles y miles de acólitos, todos los presentes en aquella inmensísima sala, se
arrodillaron y gritaron su nombre gozosamente. Eran sus esclavos, lo desearan o
no. El poder de la veneración vencía cualquier orgullo.
Barokk también se postró y tocó con su frente el suelo. Amaria también lo hizo.
Ahora reía felizmente, llena de gozo y dicha, mientras gritaba el nombre de su
amo.
- ¿ME AMÁIS? -rugió Satán- ¿TODOS ME AMÁIS?
Una sola voz afirmativa fue su respuesta.
- ¿HASTA EL FONDO DE VUESTROS CORAZONES?
Otra ovación unánime.
- ¿NADIE OSARÁ MENTIR?
Una negación de masas.
Los ojos de la poseída salieron expulsados del rostro. El cadáver se desplomó
en el suelo.
- ¡ BLASFEMIA!
El grito ascendió hacia lo alto y después bajó al suelo, clamando aquella
terrible palabra. Mi1es de corazones pegaron un vuelco en sus pechos. La voz,
ya fuera del recipiente, voló de un extremo a otro de la capilla, como un ave
fugaz, su volumen ascendiendo y descendiendo fantasmalmente:
- ¡NO TODOS ME AMÁIS POR COMPLETO! ¡MENTÍS A VUESTRO SEÑOR!
Barokk sintió pánico: la presencia invocada estaba fuera del círculo
pentacular... Las normas habían sido infringidas, un imprevisto no sucedido en
más de cien Altas Invocaciones. Un escalofrío subió por su columna vertebral.
Alzó la cabeza, pasmado. Ante él, en el aíre, se abría un vacío de negrura. Era
pura nada, oscuridad total y pegajosa, un desgarrón creciente sobre el tapiz de
la realidad. En el centro de la tiniebla se abría otra más densa, la cual
albergaba, a su vez, una tercera sombra que la superaba en opacidad. Los
agujeros crecían concéntricamente, su centro se remontaba hacia el infinito. Y
todos los abismos miraban a Barokk.
- ¿Qué...? -logró musitar el sacerdote.
Quiso retroceder, pero estaba demasiado horrorizado y fascinado como para hacer
otra cosa que permanecer de rodillas, la vista fija en el agujero sobre el
tapiz de la realidad.
"¡SACERDOTE SUPREMO!" -bramó el Abismo- "¡ERES TÚ! ¡ERES TÚ QUIEN ME AMA DE
FORMA FALSA! ¡QUIEN NO ME QUIERE CON TODO SU SER!"
Barokk estrelló su frente contra el suelo.
- ¡No! -sollozó- ¡Te amo, Señor Mío! ¡Te amo con todo mi corazón!
"¡NO! AMAS EL TEMPLO. AMAS EL ORDEN, LA JERARQUÍA, LAS NORMAS... ¡AMAS
EL PODER QUE TE DA TU DIOS, PERO NO AMAS A TU DIOS!
Estalló una brutal, tronante carcajada que sumió en el terror más
abyecto a los presentes. Barokk aún mantenía una parte de su mente en orden;
con ella, escuchaba y entendía lo que Satán le dijo:
"HE VIAJADO A TRAVÉS DE EONES Y DIMENSIONES. HE CRUZADO LOS ABISMOS, HE
BUCEADO EN EL CAOS. HE VISTO EL PASADO Y EL FUTURO. HE CONTEMPLADO Y HE
DOBLAGADO A DIOSES. HE OBSERVADO TODAS LAS RELIGIONES DE LOS HOMBRES EN TODOS
LOS ÁMBITOS DE LA REALIDAD. SUS SUMOS SACERDOTES SOIS IGUALES. LO QUE REALMENTE
AMAIS ES EL PODER. Y TÚ, BAROKK... TÚ SÓLO TE AMAS A TI MISMO"
Barokk sufrió un fuerte estremecimiento. La agonía y el arrepentimiento llenó
su espíritu. Comprendió de pronto que Satán llevaba razón. Él estaba en lo
cierto. Era un mal creyente, un falso, un ególatra que utilizó el poder de Su
Señor únicamente en beneficio propio.
El Sumo Sacerdote vibró. Aulló de manera espeluznante. La mancha de color que
era el sacerdote fluctuó y se retorció como un jirón de formas, se estiró
imposiblemente, se separó del suelo y fue absorbida por la Oscuridad. La
tiniebla, entonces, se desgajó en dos gigantescos ojos de inconmensurable y
enloquecedor mal. Elevados por una columna de fuego blanco y dorado, aquellas
dos tenebrosas joyas se alzaron sobre sus fieles. Ninguno de ellos osó despegar
la vista del suelo.
"¡OÍD Y OBEDECED!", ordenó la voz sagrada, "¡DE AHORA EN ADELANTE, NO HAY
NORMAS NI LEYES EN EL TEMPLO DEL DESEO DE SATÁN! ¡SOIS LIBRES! ¡SOIS TODOS
TOTAL Y COMPLETAMENTE LIBRES PARA HACER CUANTO DESEÉIS! ¡OS CONCEDO LA
LIBERTAD!"
Las dos sombras se expandieron infinitamente, dispersándose en el Tiempo y el
Espacio, hasta desaparecer por completo.
Los miles de acólitos quedaron en silencio. Al poco, oyéronse murmullos
asombrados, luego conversaciones, quejidos, protestas, primeros gritos y por
último un clamor vociferante tan furioso como angustiado:
- ¿Qué haremos ahora?
- ¡No hay leyes!
- ¿Cómo se regirá el Templo?
- ¿Quién nos dirigirá?
- ¿Quién será el nuevo Sacerdote Supremo?
- ¡Yo! -Amaria, la Suma Sacerdotisa Negra, estaba en pie, con las manos
en las caderas.
Los miraba altiva y desafiante. Todos callaron.
Entró en el círculo pentacular, besó en la boca al muerto recipiente. Se
dirigió a los fieles:
- ¡Hay nuevas normas! -gritó la mujer- ¡Yo las impondré! ¡Yo seré el
Nuevo Sacerdote Supremo del Templo del Deseo de Satán!
Miles de seres respiraron, aliviados. La alegría estalló en forma de salvas y
vítores a la nueva Sacerdotisa Suprema del Templo del Deseo de Satán. Amaria
sonrió, satisfecha. Les contempló, borracha de triunfo, pero también de
desprecio: ¡pobres criaturas! Ellos siempre necesitarían un líder. Jamás
dejarían de ser unos esclavos... ¡esclavos de sí mismos!, incapaces de tomar
sus propias decisiones y actuar conforme a ellas. ¡Qué fino sentido del humor
el de Su Señor Satán, prometiéndoles la libertad! Si, ciertamente Él era el
Príncipe de las Mentiras.
De pronto, a pesar de que les despreciaba, Amaria sintió un enorme cariño hacia
ellos. La fuerza de sus emociones la sorprendió: los amaba. Eran sus hijos, sus
niños, a los que ella mimaría, dirigiría y castigaría. Era un gran gozo el que
experimentaba, queriéndolos de tal manera. Casi sentía pena por Barokk, el frío
y duro Barokk, que estuvo tan concentrado en los elevados asuntos y tan alejado
de lo mundano. Amaria decidió que él nunca podría haber experimentado ese
amor hacia sus súbditos. No, era imposible que Barokk hubiese amado a nadie
salvo a sí mismo, como dijo Satán. Amaria lo compadeció. Pero soltó una gran
carcajada. También lo amaba, estuviera donde estuviese ahora. Mas no cometería
los errores que le llevaron a la ruina. Ella amaba a los acólitos. Estaba llena
de amor. Ella no era como Barokk.
La Sacerdotisa Suprema ordenó retirar el cadáver de la esclava poseída y
limpiar el círculo pentacular.
Habló con fuerza y gravedad a sus súbditos y permitió que la aclamaran muchas
veces. Cuando estuvo satisfecha, les dio permiso para marcharse de vuelta a sus
cubiles. Los alborozados fieles se fueron. Había sido una inolvidable Alta
Posesión. Había muerto un Sumo Sacerdote y otro tomó su puesto. Satán les había
hablado, les había dado la libertad. ¡Qué gran Señor era! Sin embargo, todos
experimentaban un gran alivio y tranquilidad, a pesar de tan magnos
acontecimientos: era como si, en realidad, nada hubiese cambiado. Nada.
Y eso era lo que realmente les hacia sentirse tan felices.


FIN

Las puertas del Valhalla

Las puertas del Valhalla

El mar había sido poseído por la tormenta. Las olas se levantaban salvajemente sobre la superficie como hambrientas garras dispuestas a atrapar cualquier presa que osara surcar su oscura y verdosa piel. La lluvia azotaba sin compasión mientras, en lo alto, por entre las tenebrosas nubes, los relámpagos brillaban como las blancas arterias de un antebrazo divino. El crujido del trueno reventó sobre el Universo. El viento silbaba una canción hiriente y ominosa.

Aquél fue el escenario donde se desarrolló el choque entre las dos naves: el Perro Negro de los escandinavos y el Espada de los daneses.

Éste último se había aventurado en aguas peligrosas, cargado de especias y telas, con destino al Sur de Inglaterra. Sus dueños confiaron en el fuste de la nave para superar las galernas y el coraje y el adiestramiento de los guerreros que portaba para contrarrestar a los terribles piratas vikingos.

Mas ahora, sobre la cubierta danesa, la sangre se mezclaba con el agua y los aullidos de los combatientes con el espantoso rugido de la tormenta. Daneses y escandinavos se defendían, mataban y morían sobre la resbaladiza cubierta, bajo las velas desgarradas por el viento. Los había que tajaban con furia demoníaca y los había que contenían sus entrañas con las manos, en un vano intento de que no se las robara el mar.

Una gigantesca ola se levantó por estribor, un muro negro y esmeraldino que eclipsó la noche en torno al barco.

Koll, El Matador, un vigoroso saqueador escandinavo, alzó su vista azulada hacia aquel espumeante y horrendo techo que durante un eterno latido permaneció inmóvil, envolviendo a ambos barcos. Cinco pies por encima de su cabeza flotaba un enorme cadáver, un hombre con el que, el día anterior, charlara acerca de mujeres y armas al amor de la cerveza caliente. El danés contra el que Koll había estado batallando se embarullaba en el suelo, presa del horror, la mirada presa del muro acuático.

Koll deseó gritar el nombre de su dios Odín, quizá para implorarle ayuda o para maldecirlo, pero en el siguiente latido un fragor colosal llenó sus tímpanos y arrasó su cerebro. El agua, como la mano de un gigante enfurecido, lo aplastó contra el suelo y lo arrastró sobre los maderos. Aquel hombrecillo trató desesperadamente de aferrarse a cualquier solidez, pero se encontró a sí mismo presa de fuerzas que le superaban, tal que un pelele, un muñeco sin voluntad.

Su cuerpo chocó contra el de otro hombre. Después, topó brutalmente en su errático camino con una masa densa y tubular y sus dedos se aferraron a ella. Experimentó un sufrimiento afilado y sospechó que se había roto varias costillas en el encontronazo.

El agua desapareció por el momento, deslizándose rápida hacia abajo o -tal vez- arriba. Koll seguía agarrado al palo mayor. Abrió los ojos y por entre la cortina de lluvia distinguió los cascos de los barcos unidos por los garfios, de estribor de uno a babor del otro.

Las naves habían sido hundidas por la ola hasta media cubierta y milagrosamente sus cuerpos emergían, como bestias marinas en celo. Descubrió cuerpos que flotaban y acto seguido desaparecían tragados por las aguas. Un danés de ojos claros y barba y cabellos rojizos, con el rostro macilento y los ojos muy abiertos y enloquecidos, se aferraba a la baranda de estribor con su brazo izquierdo. En el derecho tenía una espada.

La cubierta osciló y el extremo de babor subió violentamente, levantando densas alfombras de agua. Se escuchó un estremecedor crujido procedente de la bodega. Koll supuso que las cuadernas por fin comenzaban a desgajarse, como la cáscara de nuez bajo el mazo. En pocos instantes, el interior del Espada se llenaría de agua y la nave iría a pique, tal vez arrastrando al barco rival; entonces, la Ley de la Guerra se extendería no sólo al músculo y el acero, sino también a la brea, las maromas, la tela y la madera. Koll así lo comprendió: de no ser desenganchados, los garfios del barco danés se llevarían con él al Perro Negro.

De pronto, su mirada ahíta de maravilla y horror quedó aún más alucinada al contemplar, entre la lluvia y las sombras, partirse literalmente la cubierta del Perro Negro, en una larga grieta desde la proa a la sección media de la nave. Una ola brutal embistió de frente a la nave, arrancando la cabeza de dragón y levantando entre blanquísima y vociferante espuma una nube de maderos y tablas desgajadas. Uno de los largos remos de estribor saltó de sus guías metálicas, robadas estas a su vez de la madera, subió por el costado de la nave, al capricho del agua, y se desplazó por cubierta. El enorme madero topó con Thormur, El Viejo, y Koll contempló la cadera de su compañero salirse de su lugar, deformando fantásticamente el cuerpo del veterano marino. Thormur abrió la boca, mas su voz desapareció, engullida por la tormenta. Rodó por cubierta, se deslizó sobre la maltrecha baranda y quedó horriblemente atrapado por los dos costados de los barcos cuando estos se unieron en un choque de carnero. Thormur El Viejo finalizó su vida contra la madera que él mismo había calafateado.

Una parte lejana y serena de Koll le dijo que todos, daneses y escandinavos, iban a morir tragados por aquel vendaval asesino. Como si la Naturaleza hubiera escuchado sus pensamientos, la lluvia arreció y el bamboleo se tornó más violento. Koll hubo de esforzarse para no desasirse del palo mayor. Tenía el cuerpo helado, lo sentía como un armazón torpe y ajeno. Parpadeaba constantemente para sacarse la lluvia y la sal. Había vomitado el contenido de sus tripas empapadas en agua de mar y sólo le quedaban ácidos que toser agónicamente.

A pesar de todo, se fijó en que el danés con la espada aún seguía aferrado a la baranda de estribor, una tozuda sombra tras la cortina de agua. Cuando los hombres bailan con la Parca se tornan borrachos o niños, así que Koll fue atacado de pronto por el firme deseo, la convicción, de conseguir aquel acero, perecer empuñándolo y presentarse ante el remoto Valhalla con un arma en la mano. Porque, lo comprendía ya sin ambages, iba a morir. Muchas veces había cortejado a la Señora Muerte, pero nunca hasta entonces había sufrido esta absoluta certeza.

Y, como si tan pavorosa y tremenda serenidad hacia el negro futuro hubiera despertado en él nuevas formas de percibir la realidad, ésta le resultó de pronto más nítida, como si los colores ganaran brillo y las formas se definieran tan perfectamente como jamás hubiera imaginado antes. Podía percibir con la mirada la tremenda densidad de los sólidos y la helada persistencia de los líquidos a su alrededor. Una extraña energía subió por su médula espinal, encrespó el vello de su nuca y explosionó en el cráneo, como una lluvia de fuego helado que recorriera todos y cada uno de sus nervios.

Escuchó un canto que había surgido de pronto y sin embargo le parecía eterno e inamovible, como si siempre hubiese vibrado sobre el mundo y él no lo hubiera notado hasta el momento. Comulgaba sin agresividad con los truenos, la lluvia, el mar y el viento. Eran voces agudas, más parecidas a las notas de una flauta que a creaciones de garganta humana.

Descubrió entonces algo azulado entre las olas. Brillaba y era translúcido, confuso como un color que hubiera cobrado viva propia, venciendo las Leyes del Cosmos. Lo siguió con la vista mientras se convertía en esplendor de ola y después en espuma, se definía y transformaba en un ser de bordes imprecisos. Cabalgaba sobre un caballo neblinoso y alado. El jinete cobraba formas femeninas; portaba una extraña armadura compuesta de una fantástica y brillante cota de mallas plateada y un yelmo gris repleto de suaves filigranas, que dejaba libre un rostro a veces cremoso y a veces dorado.

La valkiria desapareció bajo el mar y la mirada de Koll persistió varios latidos allá donde las olas se la habían tragado.

Koll se volvió hacia arriba y se perdió en un cielo negro y profundo. A pesar del agua que se le encharcaba sobre las pupilas no parpadeó, pues descubrió en él puntos luminosos que aullaban cantos estremecedores. Eran más seres espectrales, las Valkirias, las Hijas de Odín, montando sus caballos de luz. Empuñaban lanza y llevaban embrazado un escudo. Sus armaduras estaban hechas de diferentes metales preciosos, que esplendían de manera inédita en el mundo terrenal. Evolucionaban tan velozmente que sus largas melenas, sueltas o recogidas en trenzas, nunca tocaban sus espaldas.

Koll distinguió a una de ellas agarrando por el brazo derecho un cuerpo luminoso, como un jirón de claridad, con el vago aspecto de un guerrero; la dama estaba llevándose el alma de un compañero vikingo.

Un zarandeo especialmente enérgico del barco revolvió sus quebradas costillas dentro del amplio pecho y el dolor le dejó sin aliento. Cuando abrió los ojos ya no había valkirias en los cielos y el mundo en torno a sí le resultaba torpe y pesado. Se sentía como si durante varios instantes hubiera volado y de pronto volviera a estar sujeto al firme con cadenas de hierro. Sin embargo, aunque no las viera, estaba seguro de que ellas aún continuaban allí, llevándose los espíritus más valerosos hacia el Valhalla.

El palo mayor crujió, ominoso. Koll vio la punta caer desde lo alto. Cerró los ojos, esperando el golpe fatal, pero el maderamen fue desplazado por el viento hacía estribor y lo hizo desaparecer entre las olas.

El danés continuaba aún aferrado a la baranda de estribor, casi de rodillas, y todavía conservaba su espada. Quizá ellos dos fueran los últimos supervivientes de la debacle. Koll apretó las mandíbulas mientras clavaba sus ojos en él: debía conseguir aquel maldito acero.

Difícilmente, logró alzarse hasta quedar medio agachado, con el pecho apoyado en el palo mayor y los brazos rodeándolo. Le ardía la carne en la cual se le hincaban las costillas rotas, pero él tenía que levantarse y atravesar el corto espacio que le separaba del danés y arrancarle la espada de las manos.

Intentó no resbalar sobre el suelo encharcado al erguirse en pie, aún sujeto a la madera. Una ráfaga de viento brutal le golpeó por la espalda. Aquélla era su oportunidad.

Koll aulló el nombre de Odín y se soltó del palo. Impulsado por la onda de aire, medio corrió medio voló hacia estribor. Un trueno crujió en el cielo y Koll cayó estrepitosamente al suelo. El pecho se le deshizo en puro dolor. El barco oscilaba ahora hacia estribor y el vikingo, cegado por el sufrimiento, se deslizó sobre la madera, atravesando la alfombra de agua, espuma y sal.

La figura oscura del danés se le acercaba. Descubrió la diminuta claridad de sus ojos enloquecidos. Gritaba algo ininteligible bajo el aullido del viento y alzó su espada, sin soltarse de la baranda. Un relámpago iluminó sus facciones enloquecidas y airadas. Adelantó el arma hacia Koll y el acero desgarró el antebrazo derecho del vikingo desde el codo a la muñeca. La sangre bañó su mano helada, como un líquido más, y el filo cortó la palma, emergiendo por entre los dedos pulgar e índice. El nórdico, borracho de furia y rabia, se aferró al cuerpo rival y se levantó del suelo encharcado, propinando con el mismo movimiento un cabezazo en el rostro danés. Rió como un poseído, pues las valkirias cabalgaban de nuevo en torno a él, disputándose unas a otras el derecho de llevarse al guerrero más corajudo.

El danés cayó hacia atrás, semiaturdido, con los labios rotos y chorreando algo rojo que la lluvia borraba. Koll se aferró a él, como antes lo había hecho al palo mayor. Atrapó la mano diestra del enemigo e intentó arrebatarle la espada del puño. La mano herida le ardía en fuego y no podía utilizar los dedos dañados.

El danés se recobró y empujó a Koll, quien se afirmó sobre la baranda para no caer. Las valkirias gritaban su canción de guerra y gloria, ensordeciéndole, y una ola gigantesca se alzó sobre el barco.

De nuevo la vorágine, y al pronto se hallaban los dos guerreros bajo el mar, lejos del barco. Era aquél un mundo verdoso y fantasmal, animado por caprichosas tonalidades y profundos sonidos.

Descendieron, envueltos en una nube de burbujas, aferrando ambos la espada, intentando arrebatársela al otro por todos los medios. Koll, sintiendo los pulmones a punto de estallar, mordió en el cuello a su rival. Sus dientes encontraron una importante arteria y, al reventarla, la sangre ascendió en forma de oscuros y rítmicos hongos. El danés, entonces, abrió mucho sus ojos helados y se llevó las manos a la garganta por la que se le escapaba la vida. Así, finalmente, soltó la espada.

El arma cayó hacia el fondo, dibujando una trayectoria recta y un giro sobre sí misma en espiral.

Koll clavó en ella su nublada vista. Sentía que perdía las fuerzas, pero abandonó al enemigo y se impulsó con los pies hacia abajo, dando vigorosas y agónicas patadas. Cuando sus dedos rozaban el mango sintió que sus pulmones reventaban y el aire se le escapaba, sanguinolento, por la nariz y la boca. El mundo se oscureció y abrió la boca en un amargo sollozo, por fracasar tras el roce de la victoria.

Experimentó un súbito y violento tirón. Vio su propio cuerpo alejarse hacia el fondo del océano, lacio y pesado, persiguiendo, ya sin vida, la espada, aún con la mano rozando el puño que se le escapaba.

Se sentía increíblemente ligero y pletórico de energías. Miró hacia arriba y vio una forma brillante, una mata de cabello dorado, una armadura plateada y azul que destellaba con reflejos antes imposibles, ahora ineludibles. Era una valkiria. Los dedos del ser le tenían aferrado por la nuca, sin causarle daño alguno. El caballo alado que los llevaba a ambos parecía hecho de oro y ámbar.

Koll se observó: estaba desnudo y su piel brillaba suavemente, como la gelatina bajo la luz de una vela. Tenía el cuerpo limpio de mugre y heridas. De hecho, jamás había experimentado aquella plenitud. Abrió y cerró las manos, sonriendo mientras los pececillos las atravesaban con indiferencia. Era un espectro, un ánima separada del físico muerto, y aquella convicción le llevó a reír como un niño.

La superficie se les acercó velozmente. De pronto se hallaron en el exterior del mar. Cuando Koll miró hacia abajo, contempló hundirse definitivamente los dos barcos en el océano embravecido.

Escuchó con increíble nitidez el crujir del trueno, el siseo de la lluvia y el ulular del viento. La luz de un relámpago le encegueció.

Al abrir los ojos, habían dejado atrás las nubes tormentosas. El cielo se les presentaba infinito, estrellado, límpido y glorioso. Brisas heladas traspasaron a Koll y a la valkiria, quien entonaba una canción triste y hermosa.

El aire se espesó, la realidad cobró densidad y se retorció como una maraña de serpientes. Aparecieron extraños colores de apariencia líquida que se arrastraban y difundían unos sobre otros, creando nuevas y fantásticas tonalidades.

Koll abrió la boca para hablar y se sorprendió cuando su propia voz pareció surgir de todas partes y de ninguna, llenando el Universo con su tono grave y sereno:

“Dónde nos hallamos, bella dama? ¿A dónde me llevas?”

La valkiria le miró con ojos color rubí.

“Estamos traspasando los portales entre los mundos, guerrero. Aún hemos de cruzar Tres Regiones más. Entonces, llegaremos al País del Valhalla.

Koll de nuevo iba a preguntar, pero los colores desaparecieron súbitamente, como animalillos asustados por una terrible bestia. Volaban sobre un Universo en el que sólo existían el blanco y negro. Diferentes tonalidades de ellos dos servían para dar forma a los habitantes de aquel lugar, hombres y mujeres achaparrados que caminaban sobre la superficie de un inacabable y fangoso mar.

Koll se miró una mano y vio que ésta era de color gris brillante. Tan sólo la valkiria y su caballo alado rompían la brutal monotonía con sus tonos dorado, azul y plata.

Ascendieron hasta encontrar una infinita bóveda cristalina, que atravesaron raudamente, sin dañar en absoluto su frágil vidrio. Koll comprendió que entraban en la segunda de las tres Regiones a las que antes se refiriera la valkiria.

Era un Cosmos helado, un desierto de nieve y escarcha sin fin. Fantasmales y curvilíneos icebergs se alzaban sobre un mar blancuzco, de sólida consistencia. Koll divisó unas figuras toscas y nervudas que les miraban y alzaban sus mazas y hachas hostilmente.

La valkiria se volvió hacia Koll y, aunque no abrió sus labios, o lo hizo tan suavemente que parecieron cerrados, su voz reinó sobre el helado silencio:

“Éste es el mundo de los Trolls, los Enanos y las Bestias del Hielo, todos bajo la sombra de su padre Ymir. Pelearon contra Nuestro Señor Odín y sus huestes asgardianas cuando los habitantes de este País intentaron invadir una Región que no les correspondía.

Los Enanos ascendían como montañas cristalinas y les aullaban huracanes. De sus barbas colgaban los glaciares y de sus grotescos labios se desprendían avalanchas. Poseían ojos intensamente azules, sin pupilas. Sus narices eran picachos, sus cejas cordilleras, sus poderosos músculos montes y valles sobre los que se trotaban aterrorizadas manadas de lobos, osos y ciervos.

Pero los Enanos, a pesar de sus estruendos y sus amenazas que alzaban tormentas de nieve, no pudieron alcanzarlos.

Les dejaron atrás y se enfrentaron a una espesa barrera de nieblas. Atravesaron el banco algodonoso y entonces observó el vikingo otro mundo, una Región en la que había bosques de extraños árboles y desiertos que no eran de hielo o arena. Por todas partes descubría hombres, mujeres, niños y ancianos que emitían un débil fulgor. Andaban cansinamente, con la cabeza baja. Se dirigían en grandes filas hacia distintas direcciones, de manera al parecer caótica.

Koll preguntó.

“¿Quiénes son?”

“Almas perdidas. Están atrapadas entre la Vida y la Muerte. Dejaron tareas sin cumplir o se marcharon a destiempo. Nadie sabe lo que ocurre con ellos. Andan y andan, mendigando un destino en esta Tierra de Nadie.

Koll sintió profunda tristeza al contemplarlos, pues todo en ellos rezumaba desesperación.

La valkiria advirtió.

“Y ahora, cuidado. Pronto llegarás al Umbral del siguiente País y habrás de soportar la mirada de Hela, Señora de Todos los Finales. Si le complace lo que ve te dejará pasar a la siguiente existencia. Si no, quedarás atrapado con ellos en este mundo” Señaló a los espectros del suelo. “Extrae todo tu valor, guerrero, incluso el que no poseas

Koll miró hacia el frente y su vista topó con un espeso muro de opacidad que se les acercaba.

Lo traspasaron. Entonces, el Miedo agarró al vikingo con puño de hierro.

Era aquél un mundo oscuro y tenebroso. No había más que calaveras y osamentas, figuras de ceniza, cementerios y túmulos. Columnas de negro humo se alzaban desde braseros herrumbrosos, dibujando monstruos de crueldad infinita. Mas, si espantosa eran aquellas criaturas y sus circunstancias, más insoportable resultaba descubrir que todas ellas eran partes de un gran y único conjunto, pinceladas del mismo lienzo: cada pedazo de negrura y cada criatura de pesadilla se conjugaba con las más cercanas y juntas, infinitas, creaban la eterna faz de Hela, Señora de lo Muerto.

Koll procuró escapar de aquella enloquecedora visión, pero en sus manos, en las calaveras, en las aceitosas volutas e incluso en las escamas de la cota de mallas de la valkiria se dibujaba el diminuto rostro de la muerte, como los reflejos de una efigie majestuosa y vesánica que dominara cada pedazo de aquella realidad. Koll trató de aguantar esta presión titánica, pero sollozó, desesperado. El temor se transformó en pánico sucio y pegajoso que le impedía pensar. Deseaba aullar, correr, volar, escapar de aquel espanto ávido y chillón. Pero no podía. Y no debía. Agónicamente, buscó en su interior la fuerza necesaria. A pesar de no creer poseerla, la halló.

Entonces, el Rostro de la Muerte se difuminó. Su presencia ya no era manifiesta en cada sombra y cada luz.

Koll y la valkiria habían penetrado en un mundo brillante, cuya blancura se desparramaba sin frontera. Hela había quedado lejos, Koll había superado la prueba de la Señora Oscura y cruzado el Umbral de lo Muerto.

Ahora, estaba en el Más Allá.

Miró a la valkiria, quien guardaba silencio. La luz iluminaba sus facciones, confiriéndole hermosura y nobleza. También Koll se sentía de algún modo más fuerte y sereno.

Continuaron galopando en el Mar de Luz. Divisaron, lejana, una nube oscura y zumbante. El vikingo se interesó.

“¿Qué es aquéllo?”

“Los enemigos del Valhalla, criaturas malignas y amantes de la tiniebla. Quieren conquistar este mundo y hacerlo suyo. Llegaron desde el Averno de Surtur, ejército tras ejército, horda tras horda, y emprendieron una guerra interminable. El deber de los guerreros del Valhalla es contenerlos y vencerlos en incontables batallas.

Koll clavó sus inmateriales ojos en el enjambre que se les aproximaba. El color de los seres oscilaba entre el ocre y el rojo y sus cuerpos parecían cubiertos de una carne húmeda y arcillosa. Aunque albergaban cierta consistencia, no guardaban estabilidad, ya que los brazos, las piernas, los tentáculos y los ojos aparecían y desaparecían vertiginosamente sobre cada musculoso cuerpo. Todos ellos formaban una sola unidad que se desgajaba arrítmica y caprichosamente. En la tormenta de formas, los rostros sonreían de manera avariciosa, mirándolo todo con ojos saltones, y entre los labios abultados aparecían hileras de finos y afilados colmillos y lenguas que lascivas culebreaban.

La valkiria espoleó a su caballo alado. El corcel galopaba y volaba raudo hacia la nube de espectros, que a su vez también parecían desear la lucha. Rugían excitados y se relamían las grotescas bocas.

La valkiria colocó el escudo circular en su brazo izquierdo y con la diestra desenvainó su espada, forjada en metal que suavemente brillaba en tonos helados. La mujer guerrera cantó una canción que haría pedazos los corazones de los valientes y cargó sobre la muchedumbre.

Su espada zumbó en todas direcciones, rajando y aplastando los cuerpos de pesadilla. Aquellos cadáveres se deshacían entre nubes de pegajoso y oscuro humo que tardaban en desaparecer, como una suerte de ríos de melaza negruzca impulsados en caprichosas direcciones. Los demonios intentaban atrapar y acuchillar a la valkiria con sus afiladas garras, pero ella se defendía de los lances con el escudo y contraatacaba utilizando su letal acero.

Koll, a su lado, sobre la grupa de la montura, quiso también luchar, sintiendo de nuevo la furia del combate.

Un demonio se le echó encima y el vikingo sintió que aquella cosa lo empujaba hacia abajo y lo engullía. Le pareció estar bajo aguas, atrapado por los tentáculos de una bestia que deseara arrastrarle hasta su remota guarida. El ser gruñía y mugía espeluznantemente, y aquellos sonidos se escuchaban, como todos los del Más Allá, no en los tímpanos, sino dentro de la mente. Sin saber cómo, por puro instinto, Koll peleó y se debatió contra la bestia, vomitando rabia y coraje.

De repente, estaba en el centro de una nubecilla fungosa que se deshacía en hilachas de un sucio escarlata. Sentía exultación, pues había vencido. Vio deshacerse poco a poco los restos de los cadáveres enemigos. La valkiria daba cuenta de los supervivientes. Incluso el caballo alado peleaba, aplastando a los espectros bajo los cascos. Los pocos monstruos que aún conservaban la vida huyeron en desbandada y la valkiria cesó su escalofriante canto de batalla.

Se acercó a Koll, llevando al trote a su inquieto caballo mientras envainaba la espada.

“Hemos ganado. Pero volverán. Si entras en el Valhalla, tu cometido será detenerlos una vez y otra, incansablemente”

Koll montó de nuevo sobre la grupa del corcel y asintió en silencio. Su rostro etéreo había tomado una expresión grave. Comenzaba a sentirse parte de aquel extraño universo.

Siguieron cabalgando en la blancura inacabable durante fugaces eternidades. En un instante determinado, descubrieron una lejana y grandiosa batalla.

Un ejército estaba formado por aquel tipo de obscenas criaturas contra las que habían peleado y en el otro militaban fornidos hombres, enfundados en recias armaduras, que portaban hachas y espadas fantásticas. Había miles por cada bando.

La valkiria les señaló.

“Ahí los tienes: los Defensores del Valhalla. Ése es su sino: luchar sin descanso hasta caer o aplastar al enemigo”

“¿Quién ganará esta guerra?”

“Nadie. Es una lucha eterna. Lo que se busca es no perder”

La valkiria miró hacia el frente, entrecerrando los ojos, reflexiva, como rememorando sucesos lejanos.

“Hubo una época en que los Dioses Oscuros, aconsejados por El Señor de las Mentiras, El Ardiente, El Huido, Loki El Perverso, intentaron apoderarse de las Regiones Elevadas e incluso conquistar Asgard, el Reino de Luz. Fue entonces cuando Ymir y sus hijos se aliaron con los demonios de Surtur e innumerables y enloquecedoras criaturas se enfrentaron a los guerreros del Valhalla y los Países Superiores. Incluso Nuestro Señor Odín intervino en la lucha, comandando a su pléyade de Inmortales, a la vanguardia de los cuales marchaba Thor, El Tronante, de barba y melena rojas y ojos devastadores, empuñando su martillo Mjolnir. Fue una guerra corta pero devastadora. Las huestes del Submundo resultaron vencidas y retornaron, masacradas, a sus mundos de origen. Pero siguen atacando, aún cuando saben que perderán en el momento final. Es el Destino, que gobierna a hombres y dioses, el que ha impuesto esta lucha interminable.

“¿A dónde van las almas de quienes mueren en la lucha a favor o en contra del Valhalla?”

“Eso nosotros no lo sabemos. Quizá pasen a otras Regiones, superiores o inferiores. El camino de un espíritu no tiene fin, ni siquiera los dioses pueden librarse del infinito viaje de sus ánimas en busca de algo por lo que peleamos y sufrimos pero sólo llegamos a intuir.

Tras las enigmáticas sentencias, Koll guardó de nuevo un reflexivo silencio.

Observó la lejana muchedumbre. El brillo de los guerreros contrastaba con la oscura y terrosa piel de los demonios. Morían a decenas, tanto en un bando como en otro, y sus cuerpos se convertían en niebla fungosa.

La valkiria se apresuró.

“Vámonos. Dejémosles a ellos con sus asuntos, que nosotros hemos de concentrarnos en los nuestros.

Cabalgaron y cabalgaron hasta descubrir una lejana esfera. A medida que se aproximaban, su superficie dejó de ovalarse y se transformó por fin en un plano e infinito muro que refulgía con el oro y el bronce en que había sido construido. La pared se hallaba enteramente cubierta por relieves que mostraban escenas de gestas y aventuras, entierros solemnes, coronaciones, bodas y banquetes.

Koll escuchó la voz de su guía.

“Tras este muro se encuentra el Valhalla. Mi cometido acaba aquí. Ahora, Los Que Contemplan y Deciden deberán juzgar si eres digno o no de penetrar en esta morada”

Koll frunció el ceño, preocupado.

“Pero no morí empuñando arma alguna. Quizá no me permitan entrar”

“De cualquier modo, has de permanecer aquí hasta que el Guardián de las Puertas del Valhalla te diga cómo debes proceder. ¡Adiós, guerrero, y que el Triunfo te acompañe adonde quiera que vayas! Nunca dejes huír al valor, porque ése ha sido y será el corcel que más rápido y lejos te conducirá”

Koll se despidió de la bella dama. La valkiria espoleó a su montura y cabalgó hasta convertirse en un punto lejano y por último desaparecer, quizá en busca de otros guerreros valientes a punto de abandonar la vida terrenal.

El vikingo quedóse mirando el muro infinito, hipnotizado por los detallados y hermosos relieves que lo adornaban.

De pronto, aquellos dibujos se movieron, culebreando como con vida propia. El metal se deshizo y fluyó tal que un líquido, dibujando frente a Koll un portal gigantesco cuyos lados medirían, tal vez, más de trescientos pies. Dos puertas de un extraño metal plateado cerraban la entrada.

Una de las hojas se abrió, sin producir sonido alguno, y Koll atisbó por la estrecha abertura el interior del Valhalla...

...Vio mares verdosos e indómitos en los que navegaban majestuosos y rápidos barcos. Vio montañas blancas y fiordos de belleza turbadora, primaverales bosques donde abundaban las bestias salvajes y praderas de fresco y verde césped en las que hombres y mujeres desnudos cantaban, reían, hacían el amor y conversaban mientras la brisa acariciaba sus cabellos. Vio compañeros de batalla apurando los cuernos de cerveza e hidromiel, narrando y escuchando sus aventuras y hazañas...

Aquellas imágenes llenaban su mente. En ellas, todo ser del Valhalla, vivo o inerte, poseía una consistencia y una firmeza ajenas a las cosas del mundo terrenal. Al mismo tiempo, una serena fuerza persistía en el aire, llenando al espectador de gozo y asombro.

Koll entendió entonces por qué los demonios de las Profundidades deseaban conquistar aquellas tierras. El Valhalla rompía y robaba el corazón de quien lo contemplara, despertando en el observador el deseo de volver una y otra vez, por muy lejos que se hallara.

Las puertas se cerraron y frente a Koll había un gigante. Al vikingo le dio la impresión de que había permanecido ahí durante mucho tiempo, confundido con el fondo de las imágenes y los relieves broncíneos. El coloso le aventajaba en tres cabezas de altura. Tenía un cuerpo robusto y poderoso y su porte rezumaba decisión y orgullo. Vestía una majestuosa armadura de colores plata y oro. Apoyaba sus dos manos enguantadas en una espada de hoja recta, ancha y larga. Bajo el yelmo adornado con afiladísimos cuernos sus rasgos eran firmes y rectos. Lucía barba dorada y sus fríos ojos azules no tenían edad.

Su voz tronó en la vastedad.

“¿Quién eres y qué quieres, hombre?”

A pesar de la ansiedad, Koll respondió con aplomo.

“Me llamo Koll, hijo de Edric, hijo de Munsen. Fui un guerrero vikingo en la Otra Vida. Quiero unirme a los Defensores del Valhalla, pelear con ellos en sus batallas y triunfar o morir por este sagrado lugar”

El gigante le miró fijamente con sus helados y severos ojos azules. Koll hubo de hacer esfuerzos para no apartar la vista. Se sentía desvalido ante aquella figura terrible, pero recordó lo que le dijera la valkiria: “No dejes huír al valor, pues éste ha sido y será el corcel que más rápido y lejos te lleve”.

Decidió hincar espuelas a tan brioso caballo y alzó su blancuzca barbilla, altivo.

“¿Y bien, noble guardián? Estoy esperando tu respuesta”

Por los ojos del gigante cruzó un relámpago de furia y Koll experimentó terror. Le pareció hallarse ante una sólida montaña que en cualquier momento podía desplomarse entera sobre su cabeza. El Guardián contestó.

“Cuida tus palabras, hombre Eres osado y en el Valhalla admiramos esa cualidad. También moriste en lid, lo cual te honra. Pero, cuando llegó tu hora no empuñabas el glorioso acero y eso dificulta tu bienvenida al Valhalla. Deberás superar una prueba para entrar en esta morada.

“Dime qué he de hacer, Guardián, y empeñaré en tal tarea hasta la última onza de coraje y decisión”

“Koll, hijo de Edric, habrás de encontrar la Grieta que conduce a los dominios de Surtur el Maligno. Una vez dentro de ella, deberás tomar un objeto de gran valor y traerlo aquí. Sí lo consigues pertenecerás al Valhalla y el Valhalla te pertenecerá. Si no, pasarás el resto de esta Existencia sirviendo al Averno y la Oscuridad.

“¿Y qué objeto es ése que debo traer? ¿Cómo podré llegar a esa Grieta?”

“No te contestaré a eso. Habrás de averiguar tú solo las respuestas, pues ellas también forman parte de la prueba. Sólo esto te revelaré: la solución tienes que buscarla en tu interior. Y cesa de preguntar. La calidad de tu deseo y tu valor decidirán el resultado de la prueba.

Koll asintió gravemente.

“Guardián del Valhalla, cumpliré mi cometido o sucumbiré en el intento. Nos veremos antes de lo que esperas... ¡Me despido de ti!”

El gigante asintió en silencio. Su figura se tornó borrosa, desapareciendo finalmente. Tras de él, las Puertas se deshicieron en un torrente de acero y bronce, volviendo a convertirse en parte del infinito muro.

La mirada de Koll encontró como por casualidad un relieve en el que se veía a sí mismo hablando con el Guardián. Comprendió que los inacabables dibujos mostraban todos los sucesos, trascendentes o banales, acontecidos en torno al mítico Reino. En aquel muro estaba escrita la Historia del Valhalla

Aunque maravillado, se obligó a concentrarse en su misión: debía comenzar una búsqueda imposible. Sus posibilidades de victoria eran pocas, pero estaba dispuesto a esforzarse y no someterse jamás a la desesperación.

Se desplazó, flotando ligeramente en aquel mar de blancura. Moverse en él era como atravesar un suave fluido. A medida que se alejaba del gran muro éste fue curvándose hasta formar una esfera más y más pequeña.

Por fin, quedó solo en la blancura sin fin. Avanzaba hacia ninguna parte, buscando aquella gran Grieta de la que le hablara el Guardián.

Descubrió una confusa mancha que iba cobrando tamaño paulatinamente. Aquéllo que se le acercaba a gran velocidad era un grupo de criaturas monstruosas, parecidas a las que combatiera junto a la valkiria.

Contó al menos cinco de estos horrendos y rojizos seres, mas su número a veces se reducía o aumentaba al unirse y separarse sus cuerpos de manera caprichosa.

Koll sintió miedo. Estaba desnudo y desarmado y ellos eran mayoría, parecían poderosos y ágiles y poseían garras y colmillos afilados. Sintió la necesidad de huír, pero, comprendiendo que no tendría escapatoria al ser sus rivales más rápidos, decidió pelear hasta perecer, fuera cual fuese la forma de morir en este extraño mundo.

Cerró contra la jauría. Un latido antes del choque su carne azulada y translúcida devino cota de mallas, yelmo y botas. Una sección de su antebrazo izquierdo se expandió hasta conformar un bello y sólido escudo circular y de la palma de su diestra surgió una recta espada de brillante acero.

El guerrero, con un brutal rugido, los encontró lleno de una energía sobrehumana, la fuerza nacida del puro y ciego valor. Peleó como un enloquecido, repartiendo espantosos tajos que destrozaban las inmateriales criaturas, empujándolas con el escudo, resistiendo sus latigazos, arañazos y dentelladas, descargando el vigor de unos músculos imposibles, notando tronar la inmaterial sangre en sus sienes. Las criaturas chillaron y se deshicieron bajo el brillante zumbar de la espada.

Pronto, sólo quedó uno de ellos con vida, un ser globoso con más de tres ojos en su orondo rostro y brazos tentaculares. Koll lo aferró del cuello cuando el demonio ya huía. Su carne resultaba húmeda y algodonosa, dotada de cierta solidez. El vikingo apoyó la punta de la espada en la barriga del ser, conteniéndose para no atravesarlo. Experimentaba un odio inexpugnable hacia aquella raza de abominaciones. Sus ojos despedían chispas y su rostro bajo el yelmo estaba contraído por la ira.

“¡Condúceme hasta la Grieta, demonio!”

El pánico del monstruo cedió y rompió a reír, agudo y burlón.

“Como desees, estúpido. En la Grieta esperan mis hermanos, las huestes de Surtur. No podrás escapar de ellos y tu destino será tan horrible que suplicarás mil veces por que te demos un rápido final, y además renegarás otras tantas del Valhalla y sus moradores.

Koll sintió que su cólera crecía, pero contuvo el brazo.

“¡Vamos hacia ese lugar!”

“Antes, has de jurarme que, una vez allí, respetarás mi vida y me dejarás huír en paz”

“Y tú jurarás no descubrir mi presencia a tus amos una vez te libere”

El demonio se carcajeó.

“¡Claro que lo juro! ¡Por supuesto! ¡Puedes confiar en mí!”

Aquel mezquino y grotesco ente no respetaría su parte del trato y Koll lo sabía. Aún así, él sí mantendría su palabra.

“Yo juro soltarte al llegar a la Grieta, sin causarte antes daño alguno”

El demonio rió de nuevo, pero la mirada de su captor le ordenó callar. La punta de la espada lo obligó a avanzar y se pusieron en movimiento.

Flotaron en la Nada durante algún tiempo, siempre guiando el monstruo, echando mano de un espectral sentido de la orientación.

Pronto descubrieron en la lejanía las huestes de Surtur.

Eran gárgolas, grifos, dragones, krakens, demonios, trolls y mil y una especies más de criaturas horrendas, que avanzaban como mares rojizos o enjambres de insectos compulsivos. Observándolos desde la distancia, Koll experimentó una profunda repugnancia: había algo ciertamente obsceno, cruel y malicioso en tales seres. El vikingo los imaginó como legiones de gusanos dispuestos a penetrar una manzana fresca y brillante e incubar en ella sus huevos hasta pudrirla por completo.

Pronto divisaron la Gran Grieta. Al principio, sólo fue una línea lejana. Después, Koll quedó asombrado de aquella gigantesca cuchillada en el tejido de la Realidad. Era la Grieta un amplio y sucio desgarro, una puerta abierta a los predios de Surtur. Por ella surgían, como mareas hambrientas, mareas demoníacas. La locura correteó en la mente de Koll. Debió emplear toda su fuerza de voluntad para no huír despavorido ante aquel espectáculo.

El demonio que le había guiado se buró de sus temores.

“Es un hermoso panorama, ¿verdad, hombrecillo?”

Koll no contestó, absorto en su tarea. Había de entrar en la Grieta y buscar un objeto de gran valor que él mismo desconocía. Pero estaba aún lejos de ella e intuía que, si se acercaba más, las huestes infernales terminarían por descubrirlo. Debía encontrar la manera de pasar desapercibido entre ellos.

Cuando ya comenzaba a flaquear su resolución, miró fijamente al gordo demonio que lo había acompañado hasta el momento y se le ocurrió una idea.

“Me llevarás en tu interior. Tu carne es algodonosa y puede albergarme, como si fueses un gran saco. Así, tus congéneres no repararán en mí cuando pase a su lado”

“No... ¡No puedes!”

Koll le pinchó ligeramente la rojiza y arcillosa garganta con la punta de la espada.

“Sí puedo. Y lo haré. Si tratas expulsarme o descubrir mi presencia te juro que desenvainaré mi espada y te rajaré de dentro a afuera. Mas, si obedeces mis órdenes te liberare una vez haya encontrado lo que vine a buscar, como antes prometí”

Sin esperar respuesta, Koll guardó su espada en la vaina y atravesó la piel del monstruo. Experimentó asco por hallarse dentro del demonio, tal que si se hubiera zambullido en una roja gelatina. El cuerpo del espectro resultaba ligeramente translúcido y, aunque le escondería de las miradas ajenas, Koll lograba contemplar lo que ocurría en el exterior.

El vikingo refirió sus secas órdenes.

“¡Muévete en la dirección que yo te diga! ¡Y no hagas nada sospechoso o por Odín Sagrado que te atravesaré con mi espada y de ti no quedará más que oscura inmundicia!”

Así, avanzando uno dentro del otro, pasaron entre las hordas infernales. Los horrendos soldados casi no se fijaron en el pequeño demonio, aunque varios capitanes, terribles guerreros enfundados en pavorosas armaduras, arengaban al espectro para que se uniera a sus compañeros de armas.

Lograron escabullirse hasta llegar al borde de la Grieta. Al mirar hacia el abismo, Koll experimentó vértigo y horror, pues en la profundidad brillaban los enloquecedores fuegos del Averno. Mas, conteniendo el pánico a duras penas, comen zaron a descender por las empinadas laderas de aquel terreno seco y ocre. Al poco, su asco creció al comprender que aquellas imposibles paredes eran sangre solidificada.

Evitaron una y otra vez a los ejércitos interminables que surgían del Otro Mundo. Koll buscaba con desesperación, más no hallaba ningún objeto que interpretara de gran valor.

Súbitamente, y al parecer sin una razón concreta, el demonio que le escondía echó a correr, chillando de manera histérica.

“¡Está aquí! ¡Dentro de mí! ¡Un enemigo de los nuestros! ¡Un rival de Surtur! ¡Un Defensor del Valhalla!”

Koll quedó al descubierto y ni siquiera pudo atrapar al traicionero ser antes de que éste huyera definitivamente. Alzó su espada, dispuesto a luchar hasta el final.

El que fuera hasta entonces su guía continuaba burlándose de él, a prudencial distancia, mientras comenzaban a llegar decenas y decenas de otras criaturas infernales, movidas por la alarma y la curiosidad.

“¡Prepárate para el tormento, pobre necio! ¿Acaso pensaste que yo mantendría mi palabra?”

Una pesadilla de escamosa piel, animada por gruesos músculos, agarró el cuello del pequeño demonio.

“¡Tú lo has traído hasta aquí, estúpido!”

El pequeño diablo se retorcía bajo él, aterrorizado y servil.

“¡Mi señor, él me obligó! ¡No pude hacer otra cosa!”

Desdeñosamente, la imponente criatura golpeó y su lanza atravesó el rechoncho cuerpo, que pronto se deshizo en espesa humareda.

El guerrero vesánico, al menos el doble de alto que Koll, se acercó al vikingo con la lanza en una mano y un hacha de doble filo en la otra. Sonreía rabiosamente.

“Un Defensor del Valhalla... Estás muy lejos de tu Reino, guerrero. Demasiado lejos”

Koll no respondió y, cuando su enemigo cerró con un rugido, aguantó a duras penas el hendiente protegiéndose con el escudo. Su espada desgarró el costado del rival. Por todo lamento, el monstruo lanzó una carcajada. La lanza traspasó la pierna izquierda del vikingo. Koll aulló con su imposible voz y, loco de furia y dolor, clavó su espada en la garganta del monstruo, que, entre gritos de sufrimiento y pánico, se deshizo como líquido verdoso y fétido.

Koll extrajo la lanza de su miembro herido, que sangraba un humor brillante. Cojeando, trató de escapar.

Pero, descubierta su posición, numerosos grupos de enemigos continuaban aproximándosele, mugiendo y silbando de satisfacción por haber descubierto tan valiosa presa.

Koll seguía retrocediendo, mas se le aparecía claramente que en poco tiempo sus antagonistas lo rodearían por completo y le destrozarían rápidamente, en el mejor de los casos. En aquellos ámbitos infernales ya no lograba desplazarse al vuelo, así que caminaba sobre estrechas cornisas y empinadas laderas, no resbalando de puro milagro. Si ello ocurriera se precipitaría al fondo del abismo, donde le esperaban aquellas horribles llamas que chisporroteaban con vida propia.

Una criatura de aspecto casi humano se le acercaba por su diestra, hollando la misma cornisa en que él estaba. El ser vestía co ta de mallas, casco adornado con cuernos, botas de algo parecido al cuero y una túnica corta cuya forma y dibujos recordó a Koll los del pueblo vikingo. Enarbolaba en su cadavérica mano una espada lar ga y recta. Su rostro mostraba el tono de la ceniza y se estiraba, tan delgado que el reseco pellejo contorneaba los huesos. Del mentón y la coronilla colgaban varios mechones de pelo en resecas hilachas. Los ojos de la criatura eran totalmente opacos y había en ellos cierta y sucia maldad.

Su voz ronca y profunda raspó la mente del vikingo.

“¿No me recuerdas, Koll?”

El aludido le observó con mayor atención. El horror subió por su garganta como una gorda araña que pugnara por escapar a través de su boca y le impidió contestar. El hombre cadavérico retomó la iniciativa.

“Soy Grimmur, aquél con quien com partieras juegos de infancia, en nuestra Escandinavia natal.

Grimmur había dejado el mundo terrenal dos años antes que Koll, en una incursión contra los irlandeses. Fueron buenos amigos desde niños, casi hermanos, y Koll no pudo reprimir las lágrimas durante su entierro.

Al fin, Koll salió del estupor.

“¡No es posible! ¡Tú deberías luchar con los Defensores del Valhalla, no del lado de sus enemigos! ¡Mereces un destino mejor!”

“Llevas razón, antiguo amigo, pero en una batalla los ser vidores de Surtur y Loki me atraparon y esclavizaron mi espíri tu. Ahora, me veo obligado a pelear contra alguien a quien amé como a mi propio hermano. Mas no puedo evitarlo... ¡Defiéndete!”

Soltó una aguda y amarga carcajada y, demostrando una fuerza y una agilidad sorprendentes, lanzó un revés a dos manos que su contrincante paró con el escu do.

Koll no deseaba pelear contra Grimmur, o contra el recuerdo de Grimmur, pero al fin, entendiendo que no le quedaría otra salida, endureció su corazón y atacó.

Los muchos demonios y monstruos congregados alrededor del combate les arengaban, burlándose de ellos con voces odiosas. Koll, aunque debilitado a causa de su herida en la pierna, peleó con rabia, resistiendo la furia enemiga en principio, hasta volver las tornas a fuerza de enérgicos y rabiosos tajos y obligando a Grimmur a retroceder. Al fin, ensartó su espada en el pecho del antiguo amigo. Grimmur soltó un leve quejido y se precipitó al abismo, donde fue engullido por las llamas y el magma. Koll, empuñando aún la espada ensangrentada, le contempló desaparecer entre el fuego. Airado y entristecido, se encaró con las pesadillas que le rodeaban, dispuesto a sostener su última y absolutamente desesperada batalla.

“¡Demonios! ¡Venid por mí! ¡Nadie cantará mi final, pero, aquí, a las Puertas del Infierno, probaréis el acero del Valhalla!”

La muchedumbre se le acercaba, descolgándose o deslizándose por la cuesta, y tan bravo parecía aquel guerrero que nin guno osaba comenzar el combate.

Koll se fijó en que algo brillaba en el vacío bajo él. Era un destello metálico que había aparecido de la nada durante los latidos anteriores. Lo reconoció como la espada del da nés, aquélla que perdió en el fondo del mar un instante antes de morir. Muy lentamente, el arma bajaba girando y girando sin cesar, directa hacia los abismos de Surtur y su compañero Loki, Príncipe de las Mentiras.

Quiso de nuevo apoderarse de ella. Si se lanzaba tras el arma caería directamente al Averno, donde le espera ban tormentos mil, no el menor de entre ellos la devastación del alma, como sufriera el desgraciado Grimmur. Mas, si elegía resistir allí, luchando contra los monstruos, tal vez encontrara un rápido y glorioso final.

Luchó contra el miedo y las corrosivas dudas. Y, gritando el nombre de Odín, se lanzó al precipicio.

Bajaba hacia la espada velozmente y a medida que se acercaba al codiciado arma el abismo iba transformándose en otro tipo de profundidad, esmeraldina y confusa. El fondo del mar tormentoso...

...Se sumergía para agarrar el acero, pataleando furiosamente en las aguas heladas. La sangre escapaba por su mano destrozada, las costillas se le hincaban en la carne, los pulmones buscaban un aire que no llegaba. Ante él, la espada continuaba bajando lenta, lenta, lentamente, siempre lejana. Sus dedos casi rozaban el puño del arma. La vista se le nubló, mientras sentía el pecho como atravesado por afiladas cuchillas. De nuevo se le escaparía el arma. Sacando fuerzas de no supo dónde, se impulsó en un último golpe de sus piernas y estiró su cuerpo y su brazo. Abrió la boca en un grito rabioso y el agua inundó su garganta, su estómago. La mano se cerró en torno a la empuñadura, aferrándola con fuerza en el momento en que sus pulmones, al fin, reventaron.

El vikingo había atrapado la espada.

El agua oscureció y tomó cuerpo, hasta convertirse en paredes de terrosa sangre seca. Koll, Defensor del Valhalla, se sintió lleno de energía. El arma, corno si poseyera vida propia, tiró de él, hacia arriba, hasta sacarle de la Grieta.

Pronto ésta se encontraba muy lejos y Koll continuaba viajando, impul sado por la espada.

Las hordas y ejércitos demoníacos le perseguían, ardiendo en furia. Enjambres de horrores sin nombre iban tras de él, alzándose sobre su cabeza como la gigantesca ola que está a punto de engullir el frágil barco.

Koll deseó ganar rapidez, así que la sangre blancuzca de su pierna se transformó en un pardo y fuerte caballo del cual tomó las riendas con firme pulso. El corcel relinchó salvajemente y sus potentes patas redoblaron la velocidad de la huída.

Sin embargo, las garras de la vanguardia enemiga ya rozaban la cola del corcel y Koll podía sentir su fétido aliento en la espalda. Se volvió y vio que la muchedumbre se unía hasta formar un gigantesco gusano oscuro que abría sus fauces para atraparle. Espoleó a su caballo, pues ya divisaba, lejano, el mítico Valhalla. También descubrió una legión de sus guerreros aproximándosele.

La serpiente a su espalda chilló de rabia y miedo y se desintegró en mil cuerpos más pequeños que enarbolaban frías y negras espadas.

Los ejércitos chocaron en medio de la Nada como dos olas fu riosas, conformando un mar de metal, furia y sangre. El vacío se llenó con el sonido del acero y los gritos de los combatientes.

Koll continuó cabalgando, pues aún debía entregar el objeto buscado y encontrado al Guardián del Valhalla.

Pronto se halló frente a él. Bajó del caballo, que se difu minó en una blanca nube, y, arrodillándose con dificultad, le en tregó la espada.

“Aquí está, mi señor, lo que me ordenaste hallar. Te lo entrego con todo mi orgullo y toda mi humildad”

El Guardián recogió el arma y la guardó en una vaina de oro, asintiendo, complacido.

“Ahora has venido armado hasta las Puertas del Valhalla, tras llevar a cabo además una gesta que vivirá por siempre en los sueños de los valientes. Entra en el Valhalla. Disfruta de él y hónralo. Tuyo es el privilegio, tuyo el deber”

Las Puertas se abrieron y la Luz cayó sobre Koll, quien contemplaba el Umbral con el semblante severo y los ojos llenos de gloria.

Atravesando nubes de sangre, heridos, exhaustos y victoriosos, llegaron las huestes que asistieran a Koll, pues una vez que al guerrero se le aceptaba como un igual, resultaba intolerable abandonarlo en medio del peligro.

Penetraron en el Valhalla, envueltos en un poderoso aura.

Después, las Puertas se cerraron, una vez mas.

Y lejos, muy, muy, muy lejos, en el fondo de un verde océano, el cadáver de un vikingo reposa sobre el cieno. Su cuerpo se deshace con extrema lentitud mientras los peces mordisquean caprichosos su azulada carne. La pesada cota de mallas y las bandas de metal en sus muñecas le impiden flotar hacia la superficie. Las suaves corrientes submarinas mecen su cabellera amarillenta. Las algas abrazan sus anchas espaldas, sus recias piernas y sus gruesos brazos. Poco a poco, la piel se escama y abre, las vísceras se hinchan y los pequeños carroñeros hacen su trabajo. Pero aquel guerrero muerto del fondo del mar aún conserva, empuñándola en la diestra, una recta espada nórdica.

Y ni los peces, ni los pequeños carroñeros, ni las algas, ni las mareas ni el azote del Tiempo lograrán arrebatarle aquel pequeño y débil pedazo de herrumbre metálica, porque sus dedos la aferran con una tozudez inaudita, una rígida voluntad, una persistencia que se diría ultraterrena, sobrenatural.

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