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EL ARTE OSCURO

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jueves, 26 de junio de 2008

Historia de la que fue 1ª Reina de España y de las Indias : Juana I la Loca

Historia de la que fue 1ª Reina de España y de las Indias : Juana I la Loca
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Juana I la Loca



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Doña Juana nació el 6 de noviembre de 1479 en el viejo Alcázar de Toledo. Se le impuso el nombre de Juana en recuerdo de su abuela Juana Enríquez, madre del rey católico don Fernando, a la que llegó a parecerse tanto que, en broma, la reina Isabel la llamaba "suegra" y don Fernando "madre".
No era hermosa, pero, según los retratos de Juan de Flandes, tenía un rostro ovalado muy fino, ojos bonitos y un poco rasgados; el cabello fino y castaño, lo que la hacía muy atractiva. Se conservan dos retratos hechos por el mismo pintor, uno en la colección del barón Thyssen-Bornemisza, en que aparece vestida muy pacatamente, tal como correspondía al ambiente de la corte española. El otro, actualmente en el Museo de Viena, la muestra ya provista de un generoso escote, tal como correspondía al ambiente más liberal de la corte borgoñona. Este último fue realizado, naturalmente, cuando doña Juana ya estaba en Flandes, después de su casamiento.
De que Juana estaba loca no hay duda, aunque algunos historiadores opinen lo contrario. Su abuela Isabel, madre de Isabel la Católica y que reinó en Castilla desde 1447 hasta 1454, acabó sus días en total locura. También por otros antepasados la enajenación mental pudo recurrir en Juana.
Desde pequeña dio muestras de tener un carácter muy extremado. Educada piadosamente, a veces dormía en el suelo o se flagelaba siguiendo las historias de los santos que le contaban. Como es lógico, sus padres y sus educadores procuraban frenar estas tendencias. Por otra parte aprendió no sólo a leer y a escribir, sino que tuvo una educación esmerada, y a los quince años leía y hablaba correctamente en francés y en latín: no en balde había tenido como maestra en esta última lengua a la conocida Beatriz Galindo, llamada "la Latina", fundadora del convento que después dio su nombre a un conocido barrio de Madrid.
A Felipe se le conoce con el sobrenombre de "el Hermoso", aunque parece seguro que este apodo se lo pusieron posteriormente. Según nuestros cánones de belleza no nos parece tan hermoso como decían, pero sin duda debía tener mucho "sex appeal", puesto que sólo al verse y pensando que la boda tenía que celebrarse cuatro días después decidieron, de común acuerdo, llamar al sacerdote Diego Villaescusa para que los casara aquella misma tarde y poder adelantar la noche de bodas; lo que indica la prisa que debían de tener los jóvenes, especialmente él, que había sido educado en un ambiente más liberal que el de la corte española y había tenido varias aventuras, si no sentimentales, por lo menos sexuales; y por lo que sucedió después no parece que el matrimonio le reprimiese sus impulsos, lo que provocó desde los primeros momentos escenas de celos, peleas y recriminaciones.
Al parecer, doña Juana se sintió herida en su amor o, tal vez, para ser más precisos, en su amor propio, que a veces estos dos sentimientos se confunden.
La vida en la corte flamenca era muy distinta a la española, hasta el punto de que la reina Isabel, a la que habían llegado noticias de que Juana se confesaba con clérigos franceses tachados en España de "frívolos, libertinos y bebedores empedernidos", envió a Flandes a un fraile de su confianza para que la informase. A su regreso, fray Tomás de Matienzo, que tal era su nombre, aseguró a la reina que la religiosidad de su hija no corría peligro, aunque el ambiente chocaba un poco y aun un mucho con las costumbres hispanas.
Desde los primeros momentos ya dio muestra Juana de un notable desequilibrio sentimental. Bien conocida es la anécdota acaecida con una de sus damas, muy bella, joven y rubia, a la que Juana descubrió con un billete en su mano y, suponiéndolo —seguramente con fundamento— escrito por su consorte, le exigió que se lo entregara. La damita, por un exceso de coraje o de miedo, desobedeció la orden, prefiriendo comerse la misiva, a lo que respondió la archiduquesa de Austria abalanzándose sobre la chica y produciéndole daño que algunos cronistas reducen a una bofetada y otros elevan a un corte de trenzas y posterior señalización del bello rostro con las mismas tijeras utilizadas para el corte .
Juana, a los dieciséis años, siendo todavía doncella, en todo tenía el aire de una mujer: bien proporcionada, el rostro ovalado, con la frente muy despejada, el cabello recogido y trenzado sobre la nuca, el cuello airoso, fino y alargado, y el busto bien dotado y poco recatado, según la costumbre de la época, que vedaba a los caballeros el lucirlo, mas no así a las mujeres, pues, como razonaba fray Hernando de Talavera, confesor que fuera de la Reina Católica, "verdad es que las mujeres que crían deben traer los pechos ligeros de sacar".
El matrimonio de Juana con Felipe el Hermoso fue acordado por motivos políticos. Como dice Olaizola, "esta obsesión de arreglar los reinos mediante matrimonios dinásticos era común a todos los monarcas cristianos, hasta el punto de que un teólogo de Salamanca, de nombre Bartolomé Márquez, de la Orden de Predicadores, se atrevió a decir a la Reina Católica que mirase bien lo que hacía, pues Nuestro Señor Jesucristo había dispuesto el sacramento del matrimonio para fines que poco tenían que ver con tales arreglos; y que los padres de la Iglesia eran unánimes en determinar que matrimonio celebrado sin libertad ni consentimiento de los contrayentes, de tal sólo tenía la apariencia pues "quod ab initio nullum est non potest tractus tempore convalescere", que era tanto como decir que era nulo. ¿Y qué libertad podía haber en príncipes que se casaban forzadamente? La Reina Católica dicen que le escuchó con el respeto que le merecían los teólogos de tan ilustre universidad y prometió que les razonaría a sus hijos para que se casaran de grado, y no por fuerza. Ahora bien, qué es lo que entendía esta reina tan católica por casarse de buen grado es algo que quedaba al fuero de su conciencia".
Felipe era un hombre vano, ambicioso y de poco seso, amigo de la adulación y de dejarse guiar por falsos consejeros. Vanidoso, estaba acostumbrado a que las damas de su corte cayeran rendidas a sus pies a la menor indicación suya, y no estaba dispuesto a cambiar sus costumbres licenciosas por el mero hecho de estar casado. El amor que doña Juana profesaba a su esposo era excesivo y pueril, empalagoso, rayando con la idolatría, siendo más propenso a suscitar el disgusto que el amor. Sus celos extremos, que eran fundados, la llevaban a provocar los escándalos más extravagantes. No es de extrañar que don Felipe acabara aburriéndose. El archiduque sólo tenía un remedio para calmar los ataques de celos de su esposa: cumplir con sus deberes matrimoniales. No hay que sorprenderse entonces de que, pese a la frivolidad y desdén de don Felipe, doña Juana trajese al mundo seis hijos .
No es de extrañar que Felipe, acostumbrado a la libertad sexual que reinaba en Flandes, no pudiese aguantar ni la fidelidad conyugal ni los celos de su esposa. En Flandes tan relajada estaba la moral que tenían en poco la virtud de las doncellas, no siendo cuestión de honor, como en Castilla, el que se les mancillase la honra, al extremo de que no era extraño que muchachas de humilde condición reuniesen los dineros para su dote ganándoselos en las mancebías, que abundaban no menos que las tabernas, aunque tanto unas como otras poco tenían que ver con las de España por lo impropias y bien provistas que estaban.
La fidelidad conyugal tampoco era tenida en mucho y la legitimación de hijos bastardos ocupaba tomos enteros en los archivos de las municipalidades.
A los hijos bastardos los llamaban sobrinos y, según un dicho de la época, resultaba verdaderamente singular que, habiendo tan pocos padres, hubiera tantos tíos .
Felipe tenía los dientes cariados y procuraba disimular ese defecto con piezas de oro, y por eso se puso de moda en la corte de Bruselas lucir dientes de oro aunque no hubiera mellas en la dentadura.
Juan Antonio Vallejo-Nájera, en su magnífico libro "Locos egregios", llama la atención sobre el hecho de que ya entonces daba doña Juana muestras de alteración síquica, que los médicos llamaron "melancolía".
"Si hubiera resultado evidente para su entorno que la melancolía derivaba primariamente de la separación del esposo, así lo hubieran advertido los médicos. Esta interpretación, ahora siempre presente, sólo aparece después formando parte de la leyenda. Tampoco los síntomas son de una "depresión reactiva", sino que aparecen coloreados del embotamiento afectivo—esquizofreniforme del que ya tuvo atisbos cuatro años antes. Los médicos de cámara Soto y Gutiérrez de Toledo los describen así: "Algunas veces no quiere hablar; otras da muestras de estar "transportada"..., días y noches recostada en un almohadón con la mirada fija en el vacío".
Sale con doña Isabel hacia Segovia y allí continúan las anormalidades. Pasa noches en vela y días enteros sin comer, para hacerlo de pronto vorazmente. Alterna la inmovilidad del "transporte" con arrebatos de ira, en los que nadie osa contrariarla.
A su madre le parece clara la posibilidad de una pérdida permanente de la razón. No se explica de otro modo que, a poco de marchar don Felipe, presente a las Cortes de Castilla el proyecto de ley en que hace constar la significativa salvedad de que si Juana se encontrara ausente, o mal dispuesta, o incapaz de ejercer en persona las funciones reales, ejercería la regencia su padre don Fernando.
En 1503, la princesa doña Juana da a luz un hijo que se llamó Fernando y que después fue emperador de Alemania. Don Felipe quiere regresar a Flandes, donde se divierte mucho más que en España. Doña Juana se trastornó hasta tal punto que, según palabras de González Doria, "al ver partir a su esposo cayó en estado de desesperación”. Trasladados los reyes con su hija y su nieto Fernando a Medina del Campo, pronto dio en pensar doña Juana que podía aún alcanzar al marido antes de que embarcara si corría tras él por cualquier camino, y pensarlo e intentarlo todo fue uno.
Tal y como se encontraba en el lecho, descalza y sin ropa de abrigo, echó a andar los corredores del castillo de Mota. La detuvo el obispo de Córdoba, que estaba encargado de su custodia esa noche; la princesa forcejeaba con él, y el prelado ordenó se avisase a la reina en vista de que doña Juana se resistía a abandonar la plaza de armas de la fortaleza, hasta donde había conseguido llegar pretendiendo que alzaran los guardias el rastrillo y le franquearan el puente levadizo. Estaba doña Isabel indispuesta aquel día y se había retirado temprano a descansar, pero, a pesar de ello, acudió a la llamada del obispo, y no sin trabajo pudo reducir a su hija, si bien escuchó estas insolentes palabras que "jamás las habría tolerado si no oviese conocido su estado mental", según refería la propia doña Isabel en carta dirigida a su embajador en Bruselas".
La escena fue terrible porque Juana rechazaba airada a las damas de la corte y a la servidumbre y sacudía los barrotes de las rejas. No consiguieron vestirla; pasó al raso aquella fría noche de noviembre y el otro día.
A la noche siguiente encendieron una gran hoguera en el patio, a la que se acercó algunas veces aterida de frío.
La Reina Católica pensó en su madre, que en 1493 había muerto, no lejos de Medina, en Arévalo, víctima de una dolencia mental.
La situación entre la reina Isabel y su hija doña Juana se hizo tan tensa que Cisneros, confesor de la Reina Católica, aconsejó a la reina que la dejara partir, y el 1 de marzo Juana salía hacia Laredo, donde permaneció dos meses, esperando que el tiempo fuera propicio para la navegación hacia Flandes.
Al llegar a Flandes vuelven a desatarse los celos incontrolados.
Atribuye a don Felipe amores con todas las damas de su palacio.
No quiere a damas flamencas a su alrededor y se rodea de esclavas moriscas que ha traído de España y que se ocupan a diario de ella, bañándola y perfumándola.
Por consejo de su médico se acicaló tal vez en exceso, lo cual fue motivo de escándalo en la corte de Castilla, adonde llegaron noticias de que la princesa se bañaba todos los días, y algunos hasta dos veces. Habían de pasar muchos siglos antes de que los castellanos se aficionaran al baño, que lo consideraban costumbre mora que a nada bueno podía conducir; de ahí el asombro que produjo esa afición de la princesa y el que lo tomaran como actitud de persona que no está en su sano juicio .
De primeras no disgustó a don Felipe esta nueva disposición de su esposa, ya que más quería verla fresca y bien aromada que no sucia y desaliñada. Pero como doña Juana se estuviera volviendo tan extremada en todo, se empeñó en que don Felipe también había de bañarse y acicalarse como ella, a lo cual el soberano se opuso como contrario a su dignidad real, y a tanto llegó la cosa que dijo que no había de dormir con la princesa en tanto no se desprendiera de aquellas manías que le estaban trastornando el seso. Por motivo tan banal las tuvieron muy sonadas, pues ninguno quería ceder, y don Felipe se consideró justificado para frecuentar otros lechos, puesto que le era negado el de su esposa, que apestaba a almizcle y a otros perfumes poco cristianos .
En uno de los viajes que hizo desde Flandes a España, a la altura del estrecho de Calais, se levantó una tormenta del suroeste, que son las peores en aquella mar, que desbarató la escuadra, quedando cada navío a su suerte. El de sus majestades, que era una carraca de cuatrocientas cincuenta toneladas, salió muy malparado ya que, separado del resto de la flota, sufrió los peores embates del temporal, hasta el punto de que perdió el mástil principal y a poco estuvo de zozobrar. En trance de irse a pique estuvieron tres días los caballeros y las damas de la corte y las meretrices que los acompañaban postrados por el mareo y el temor, sin poder comer ni beber, y sólo con fuerzas para rezar, salvada la reina doña Juana, que en ningún momento perdió ni la compostura ni el apetito. Por contra, el archiduque don Felipe, que siempre fue muy mal marinero y estaba descompuesto, se hizo colocar un odre hinchado bien cosido al cuerpo para que le sirviera de salvavidas, y se admiró de que su esposa no tuviera miedo a lo que esta replicó:
—¿Por qué había de tenerlo? ¿Es que acaso se conoce de algún monarca que haya perecido ahogado?
Los que la oyeron se quedaron pasmados, aunque algunos pensaban que no estaba en su sano juicio, pero los siglos transcurridos le vienen a dar la razón, pues no se conoce de ningún rey o reina que haya muerto ahogado.
Varias veces al día se lava la cabeza, síntoma que, según los siquiatras, es característico de la esquizofrenia. Cuando sabe que su marido está en la habitación de al lado se pasa la noche dando golpes en la pared.
En el asunto de la infidelidad conyugal la costumbre en los matrimonios reales era que cuando llegaban los meses mayores del embarazo se abstuvieran de relaciones carnales, para asegurar su feliz término, y si bien hubo reyes prudentes y temerosos de Dios, que no por ello faltaban al respeto debido al sagrado vínculo matrimonial, los más se permitían licencias contando con la comprensión, y hasta la complicidad, de quienes debían cuidar su alma.
A la Reina Católica mucho le tocó padecer en este punto con su esposo el rey Fernando, pero acertó a disimularlo. No así su hija Juana, que no supo "ahormarse" a la conducta de su madre y reprendió públicamente a su esposo por el desvío que le mostró durante aquellos meses; no que le constara que tuviera amante, sino que no la atendía en el lecho conyugal como le era debido, dándosele poco de que fueran meses mayores o menores. En este punto la reprendió fray Tomás de Matienzo haciéndole ver que una vez que diera a luz las aguas volverían a su cauce, y que tomara ejemplo de su egregia madre, que hasta consintió que fueran educados en la corte los hijos bastardos de su esposo, el rey Fernando, a lo que la archiduquesa replicó que estaría conforme si su marido también lo estaba en tomar ejemplo de su tío, el rey Fernando IV de Castilla, que consintió en que su esposa, la reina, tuviera una hija con don Beltrán de la Cueva, a la que reconoció como propia, pese a que pasó a la historia con el sobrenombre de "la Beltraneja" .
El tesorero de doña Juana, Martín de Moxica, lleva un diario, que se ha perdido, en él anota los sucesos de cada día y las anormalidades, cada vez mayores de doña Juana, y lo envía a los Reyes Católicos. El efecto que produjo nos lo podemos imaginar cuando la reina Isabel, tres días antes de su muerte, modifica su testamento indicando que si "su muy querida y amada hija, aun estando en España, no quisiera o no pudiera desempeñar las funciones de gobierno, el rey Fernando debía reinar, gobernar y administrar en su nombre".
Castilla se dividió en dos bandos: uno partidario de don Fernando, en quien veían dotes de gobernante y continuador de la política de doña Isabel, y otro, afín a don Felipe, del que esperaban la concesión de privilegios otorgados antiguamente por los monarcas castellanos y que habían sido recortados por los Reyes Católicos.
Por otra parte, algo de ambición debía de haber, por cuanto, sabiendo que don Felipe estaba ignorante de las leyes y costumbres de Castilla, era forzoso que acudiese a la nobleza para aconsejarse, lo cual les permitiría la libertad de abusar del poder.
Don Felipe, hostil al Rey Católico, se pone en contacto con Francia, y don Fernando, para contrarrestar estas negociaciones, concierta su matrimonio con Germana de Foix, sobrina de Luis XII, lo que hace que los cortesanos flamencos intenten que Juana firme documentos que comprometan al rey, a lo que se negó doña Juana, exclamando:
—¡Dios me libre de hacer nada contra la voluntad de mi padre y de permitir que en vida de mi padre reine en Castilla otra persona! Que si el rey Fernando se casa otra vez es para vivir como buen cristiano.
Don Felipe se propone entonces ir a Castilla sin su esposa, pero don Fernando le avisa que, de hacerlo así, será tratado como extranjero.
El 8 de enero de 1506, don Felipe y doña Juana embarcan para trasladarse a España definitivamente. Un grupo de damas de la corte tuvo que ser embarcado a escondidas, pues doña Juana se negó a hacerlo si había otras mujeres en la comitiva.
Vallejo-Nájera, en el libro ya citado, comenta el hecho diciendo: "En doña Juana se perfila en esta primera etapa una forma de esquizofrenia llamada "paranoide" porque en ella dominan las ideas delirantes, parcialmente sistematizadas, en este caso, en un delirio de celos. El que los celos estén ampliamente motivados, como en doña Juana, no contradice que su formulación sea enfermiza y se lleven a exageraciones irreales, como la de pretender que no acompañase ninguna mujer a la flota. A ello no puede acceder don Felipe, pues el desembarco en España sin una sola dama acompañando a la reina sería interpretado automáticamente como que llegaba prisionera. Por eso las vuelve a embarcar sin que Juana se percate de ello".
Los visitantes de doña Juana se dividían entre los que, como don Pedro López de Padilla, procurador de Toledo, aseguraban al salir de la entrevista:
—Las primeras palabras eran las de una persona en su juicio, pero al seguir hablando parecía como si se saliese de la razón.
Y que conste que don Pedro fue leal a la reina hasta su muerte. Otros, como el almirante de Castilla, visitan a la reina y luego declaran:
—Nada contestó que no fuese de razón.
El 17 de septiembre, encontrándose Felipe con la reina en Burgos, se puso a jugar a pelota; al concluir la partida, sudoroso como estaba, bebió un jarro de agua helada. Al día siguiente no pudo levantarse a causa de la fiebre. La reina le cuidó, no separándose ni un momento de su lado, hizo que le montasen una cama al lado de la de su marido y allí estuvo hasta la muerte de Felipe I el 25 de septiembre de 1506.
Empieza ahora la parte de la vida de doña Juana más explotada por los autores románticos. La reina no derramó una sola lágrima y dio severas órdenes para que solamente hombres velasen el cadáver, prohibiendo que ninguna mujer se acercase a él. Dicen que estuvo presente mientras lo embalsamaban y no quiso que le enterrasen, sino que, pasados algunos días, mandó que el féretro fuese trasladado a la cartuja de Miraflores por ser el monasterio de cartujos —es decir, de hombres—, e hizo que lo instalasen en una dependencia de clausura para que ninguna mujer pudiese verlo, salvo ella por privilegio especial. Llevaba doña Juana colgada del cuello la llave del ataúd y, cada vez que lo visitaba, lo abría para contemplar el cadáver, que por cierto estaba mal embalsamado y hedía.
Por el mes de noviembre hubo un brote de epidemia en Burgos y la corte decidió trasladarse a otra ciudad, a lo que se opuso doña Juana por no alejarse de la cartuja de Miraflores.
Por fin, el 20 de diciembre se consiguió que doña Juana consintiese en trasladar el cuerpo de su esposo a Granada para ser enterrado junto al de Isabel I. Dice González Doria:
"Envió su corte por delante de ella y solamente llevó en su cortejo varios frailes y una media docena de criadas viejas feas; a la pobre doña Juana la atormentaban los celos, incluso ahora que el hermoso don Felipe no era ya nada más que unos míseros despojos pestilentes. Escoltaban el féretro soldados armados portando antorchas, los cuales tenían órdenes muy rigurosas de la reina de impedir que al pasar por las aldeas pudiese ninguna mujer acercarse al ataúd de don Felipe.
Iba ella unos ratos en carruaje y otros cabalgando en enlutado corcel para poder acercarse a quienes llevaban las andas sobre las que se transportaba el féretro; ¡infelices porteadores que debían ser renovados frecuentemente por serles insufrible el hedor! Como solamente se caminaba de noche, se hacía parada al llegar el día en la iglesia de algún lugar en donde los frailes del cortejo decían misas y pasaban la jornada entonando una vez tras otra el oficio de difuntos. Una de estas paradas se efectuó en un convento que había en mitad de la campiña, pero al darse cuenta la reina de que se trataba de un cenobio de monjas, aunque eran de clausura, ordenó se sacase de allí rápidamente el féretro y se acampase fuera del convento; es éste el momento que, idealizado en bastantes detalles sin excesivo rigor histórico, ha inmortalizado Francisco Pradilla en un famosísimo cuadro".
Dos cosas son de notar en este célebre cuadro. Primero, que tanto la reina como las damas que la acompañan van vestidas de negro, lo cual era una novedad, pues el luto en aquella época se representaba con el color blanco.
Fueron precisamente los Reyes Católicos los que en su Pragmática de Luto y Cera impusieron el color negro. Poco antes, un edicto del concejo de Burgos mandaba que en caso de luto no se llevase el vestido blanco "so pena que sea rasgada la ropa que trajesen e si alguno por pobreza no pudiera haber ni comprar luto o margas que haya ropas pretas". Marga, dice el diccionario, es: "jerga que se emplea para sacos, jergones y otras cosas semejantes y que en época antigua se llevó como luto riguroso", preto o prieto significa negro. Lo segundo a notar es la presencia de mujeres en el cortejo de la reina. Esta había autorizado a unas cuantas damas viejas y feas a que la acompañasen, manteniéndose siempre lejos del féretro. Puesto que su marido había muerto ya no había peligro de seducción.
Ludwig Pfandl dice que algunos contemporáneos pretendían saber que doña Juana estaba poseída por la idea fija de que el muerto había sido embrujado por mujeres envidiosas, que su muerte era sólo aparente y temporal, que al cabo de cierto plazo volvería a la vida y que ella vivía con el constante temor de que podría dejar escapar este momento.
A todo esto, doña Juana estaba embarazada, y al llegar a Torquemada dio a luz una niña que se llamó Catalina y llegó a ser reina de Portugal.
Aunque el alumbramiento fue rápido y feliz, pasáronse apuros por no haber comadrona en el lugar y tuvo que ejercer de tal doña María de Ulloa.
Mientras la reina se disponía a continuar su camino hasta depositar en Granada los restos del archiduque y cundía el descontento y se levantaban las pasiones contra los ambiciosos que disponían de los asuntos de gobierno por desidia e incapacidad de la soberana, llegó la primavera y encendióse la peste en Torquemada y, aunque morían muchos y el azote no respetaba a los palaciegos, la reina, desoyendo consejos bien enderezados, no disponía su salida del pueblo, esperando la resurrección de su esposo, y sólo accedió a establecerse en Hornillos, distante una legua de Torquemada, adonde se llevó, como siempre, el fúnebre depósito.
Procedente de Nápoles y Valencia, el rey don Fernando se entrevistó con su hija en Tórtoles, y allí la desgraciada reina dio a conocer su decisión de no meterse en asuntos de gobierno.
Desde Tórtoles pasó la corte a Santa María del Campo y de aquí a los Arcos. Doña Juana, precedida del cofre mortuorio, caminaba de noche, según su costumbre, y tenía la imaginación tan llena del recuerdo de su marido, tan vivo se mantenía su delirio amoroso, tanto se iba acentuando su frenalgia, que su espíritu no tenía aptitud para ocuparse de otros asuntos que los que giraban alrededor de su vesania, y en esta situación, cuando la reina no había consentido en autorizar el sepelio del archiduque, propusiéronle los cortesanos que ¡contrajese segundas nupcias con el rey de Inglaterra!... En efecto, creyendo el tal monarca que el estado de doña Juana no procedía ni más ni menos que de los malos tratos de su esposo, solicitó la mano de la reina loca por convenir a sus planes y, como la política no tiene entrañas, don Fernando el Católico, no obstante creer en lo disparatado del proyecto, no quiso desairar al inglés y llevó adelante la farsa, consintiendo se hiciese a la reina la petición formal de su mano, a lo que no estuvo de acuerdo ella, como era de esperar.
En noviembre de 1510, al visitarla su padre la halló en tan lastimoso estado que parece había perdido la soberana toda noción de limpieza, decencia y consideración que a su persona debía, hasta el punto de temerse que no podría resistir muchos días a tales extravíos. Flaquísima, desfigurada, harapienta, durmiendo poco y no comiendo nada algunos días, daba lástima a la misma compasión. Para remediarlo, puso el rey a su lado doce mujeres nobles , "para que mirasen por ella y la vistiesen aunque fuese contra la voluntad de la reyna que no quería sino andar sucia y rota, y dormir en el suelo sin mudar camisa, lo cual se remedió de alguna manera porque las damas la forzaban cuando ella por su porfía y falta de juicio no quería".
En otoño de 1517 llegaron a España desde los Países Bajos sus hijos Carlos y Leonor. El primero, de diecisiete años de edad, había sido proclamado en Bruselas rey de Castilla y Aragón. Fueron a visitar a su madre. Carlos, que no sabía hablar todavía en castellano, se le dirigió en francés:
—Señora, vuestros obedientes hijos se alegran de encontraros en buen estado de salud y os ruegan que les sea permitido expresaros su más sumiso acatamiento.
La reina se les quedó mirando un rato como haciendo un esfuerzo para concentrarse.
—¿Sois vosotros mis hijos?... ¡Cuánto habéis crecido en tan poco tiempo!... Puesto que debéis de estar muy cansados de tan largo viaje, bueno será que os retiréis a descansar.
Y esto fue todo después de doce años de no haberlos visto.
En Tordesillas quedó con su madre la pequeña Catalina, que ya tenía diez años. Llevaba una triste vida.
Aparte de sarna, que le producía grandes comezones, no tenía otra diversión que mirar desde la ventana a la gente que pasaba hacia la iglesia.
A veces echaba unas monedas a la calle para que los niños fuesen a jugar bajo su ventana y no tenía otra compañía que dos antiguas y viejas criadas.
Se decidió sacarla de allí y pasó un día entero sin que doña Juana se diese cuenta de su ausencia, pero cuando lo hizo empezó a llorar y a lamentarse en forma tan lastimera que no hubo más remedio que devolver a la infanta a su encierro. Eso sí, lo hizo acompañada de una pequeña corte de damas y doncellas, algunas de su misma edad, y se procuró que ocupase aposentos distantes de los de su madre, que se divirtiese en lo posible y saliese a montar a caballo por los alrededores de Tordesillas.
Doña Juana ignoraba que había muerto su padre y no le chocaba que no fuese a verla porque ella, en su abulia, tampoco tenía deseos de verle.
Un acontecimiento sucedió en España que pudo haber cambiado la historia del país: fue el alzamiento de los comuneros, en el que desempeñó Juana un papel, aunque pasivo, muy importante:
"Los revolucionarios afirmaban, porque ello era favorable a sus intereses, que estaba prisionera con toda injusticia y además sana de juicio.
Penetraron en el Castillo y quisieron libertarla; ella no se movió del sitio. Le dijeron que hacía mucho tiempo que había muerto el rey don Fernando; no quiso creerlo. Pusiéronle a la firma decretos sobre la nueva organización del gobierno; la letargia no le permitió levantarse para ello ni leer siquiera uno; se negó a firmarlos. La amenazaron diciéndole que, mientras negara la firma, ni ella ni la infantita lograrían comer un bocado; Juana no se conmovió lo más mínimo. Hincáronse de rodillas delante de ella, le pusieron ante sus ojos los decretos escritos, la pluma de ave y el tintero y la importunaron con vehementes ruegos; pero ella miró por encima de sus cabezas y buscó con vacía mirada una lejanía indecisa. Por último, entraron varios sacerdotes para exorcizar a la pobre reina y librarla de la violencia del espíritu malo que moraba en ella. Pero todo fue en vano: Juana perseveraba en su indiferencia y en su resistencia pasiva.
Sin saberlo salvó la soberanía de su hijo, pues su firma hubiera hecho gobierno legítimo lo que ante la ley era un conjunto de rebeldes". Son palabras de Ludwig Pfandl.
Y así pasaron años y años. Cada vez se va acentuando la enfermedad de la reina. Tiene arrebatos de furia, golpea a las criadas y a las damas de su servicio, come sentada en el suelo y, al terminar, arroja la vajilla y los restos de comida detrás de los muebles. Se pasa dos días sin dormir y luego, durante otros dos, no se mueve de la cama. Va andrajosa y sucia, no se lava. Como una gran cosa, un mes se cambia tres veces de vestido y duerme con ellos puestos.
Durante cuarenta y seis años vive, si a eso se le puede llamar vivir, encerrada en Tordesillas. Sólo recobra la razón en la primavera de 1555, cuando Francisco de Borja, que había sido duque de Gandía, la visita y logra que se confiese; pero es sólo un instante, pues rechaza toda práctica religiosa. Una vez Francisco la abandona, vuelve a caer en su locura habitual. El confesor de doña Juana, Francisco de Borja, será, tiempo después, elevado a los altares.
Doña Juana está cada vez más enferma, sus piernas se ulceran, se infectan las heridas, tiene fiebre y vómitos. Sus dolores son tales que no grita sino aúlla día y noche. Muere en la madrugada del 12 de abril de 1555, Viernes Santo, a los setenta y cinco años de edad, después de haber estado encerrada desde los veintinueve.
Su hijo Carlos abdica seis meses después. Los únicos seis meses en que legalmente había sido rey de España.
En el momento de su muerte está a su lado Francisco de Borja, el que había sido marqués de Lombay y que, desengañado ante la visión del cadáver de la emperatriz Isabel, había abandonado la vida mundana y entrado en la nueva Orden de la Compañía de Jesús.
Francisco recita el credo, que ella repite trabajosamente:
—¡Jesús crucificado, ayúdame!...
Son sus últimas palabras. Es la mañana del Viernes Santo. Día doloroso; también toda su vida, larga, dramática. Más de cuarenta años en aquella reclusión de Tordesillas. En el convento de Santa Clara quedan sus restos. Más tarde, el nieto, Felipe II dispondrá el traslado a Granada. Allí quedarán, junto a los del esposo, junto a los de los padres.

ISSAC ASIMOV (HISTORIA DE EGIPTO-FRAGMENTO) -- LA VIDA DE ULTRATUMBA

ISSAC ASIMOV (HISTORIA DE EGIPTO-FRAGMENTO)
LA VIDA DE ULTRATUMBA
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La vida de ultratumba / DINASTIA DE DIOSES Y DINASTIA DE FARAONES
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Manetón dividía a los gobernantes egipcios en dinastías (de una palabra griega que significa «tener poder»). Cada dinastía estaba compuesta por miembros de una familia que gobernaba y tenía poder sobre todo Egipto. Manetón elaboró una lista de treinta dinastías que se sucedieron a lo largo de un período de tres mil años.
La lista de dinastías incluye tan sólo a los monarcas que reinaron después de la unificación, por lo que Menes es el primer rey de la I Dinastía. El período anterior a Menes se suele denominar «Egipto predinástico», lo que es casi sinónimo de «Egipto prehistórico».
Las dos primeras dinastías, cuyos reyes eran nativos de Tinis, se llaman dinastías tinitas. Y el período en el que reinaron suele denominarse Arcaico, y duró del 3100 al 2680 a. C, más de cuatro siglos.
Las tumbas nos proporcionan una valiosa información acerca de la creciente importancia de Menfis, incluso en los primeros tiempos del Egipto Arcaico. Y la especial utilidad de las tumbas para el conocimiento de la historia se deriva, a su vez, de la naturaleza de la religión egipcia.
La antigua religión de los egipcios se originó probablemente en los viejos tiempos de la caza, cuando la vida dependía de la suerte de encontrar un animal y de matarlo. De ahí que se diese la tendencia a adorar a una especie de dios animal, con la esperanza de que, al propiciarse a este dios, habría gran abundancia de los animales que el dios controlaba. Si los animales eran peligrosos, la adoración de un dios, en parte bajo la forma del animal en cuestión, evitaría que sus bestias hiciesen demasiado daño. Esta parece ser la razón por la que los dioses egipcios, aun en tiempos posteriores, llevaban cabezas de halcón, chacal, ibis e incluso de hipopótamo.
Sin embargo, cuando la agricultura se convirtió en la forma principal de vida, se injertaron nuevos dioses y nuevas creencias religiosas en las antiguas. Existía el culto natural al sol, que en el soleado Egipto era una poderosa fuerza y, evidentemente, el dador de luz y calor. Asimismo, debido a que las crecidas del Nilo sobrevenían siempre en el momento en que el sol alcanzaba cierta posición entre las demás estrellas, se acabó por atribuir al sol el control sobre todo el ciclo vital del río, y se le consideró el dador de toda vida. Bajo diversos nombres los egipcios adoraron al sol durante milenios. El nombre más conocido del dios sol era Re o Ra.
Es posible que el culto del sol condujera de forma natural a la noción del ciclo de vida, muerte y renacimiento. Cada tarde el sol se ponía por el Oeste, y cada mañana se elevaba de nuevo. Los egipcios imaginaban al sol como un infante que aparecía por el Este, crecía con rapidez, alcanzando el pleno desarrollo a mediodía, la madurez al ir cayendo hacia el Oeste, y la vejez y la muerte al irse poniendo y desaparecer. Pero tras realizar un peligroso viaje a través de las cavernas del mundo subterráneo, volvía a aparecer por el Este, a la mañana siguiente, con el aspecto fresco y joven de un muchacho, renovando así su vida.
En las comunidades agrícolas no es fácil dejar de constatar que también el grano sigue un ciclo semejante, aunque más lento. Madura y es segado y, aparentemente, muere; pero de sus semillas puede nacer nuevo grano en la siguiente estación de siembra.
Con el tiempo, este ciclo de nacimiento, muerte y renacimiento se incorporó a la religión egipcia. Esta se centraba en el dios de la vegetación, Osiris, al que siempre se representaba bajo una forma totalmente humana, sin atributos animales. Según el mito, había sido Osiris quien había enseñado a los egipcios las artes y los oficios, incluida la práctica de la agricultura. En otras palabras, era la civilización personificada.
Según la leyenda, Osiris fue muerto por su hermano menor, Set. (Es posible que Set sea la personificación del desierto árido y seco, siempre al acecho para acabar con la vegetación, si, por alguna razón, la crecida del Nilo llegase a faltar.) La leal y amorosa esposa de Osiris, Isis, representada también con forma humana, había recogido su cuerpo y lo había devuelto de nuevo a la vida; pero Set había descuartizado el cuerpo, y uno de los fragmentos se perdió. Incompleto, Osiris no pudo seguir gobernando sobre los hombres vivos y descendió al mundo subterráneo, donde reinó sobre el dominio de las almas de los hombres, que allí descendían también después de la muerte.
Horus, hijo de Osiris y de Isis (representado por lo general como un dios con cabeza de halcón, por lo que tal vez constituya una supervivencia de los mitos primitivos incorporada a la nueva leyenda agrícola), completó la venganza matando a Set.
La narración encaja también en el ciclo del sol. Osiris representaba al sol poniente, muerto por la noche (Set). Horus es el sol naciente que, a su vez, mata a la noche. El sol agonizante desciende al mundo subterráneo, como Osiris.
Era natural que se llegase a asociar estos ciclos a la humanidad. Muy pocos aceptan la muerte, y a casi todos nos gustaría que la vida continuase de alguna manera más allá de la muerte, o que se «reavivase» después de morir, como sucede con el trigo y con Osiris.
Para garantizar este renacimiento del hombre hay que rendir el debido culto y propiciar a los dioses (en particular a Osiris), que tienen pleno poder sobre estos asuntos.
Los egipcios conservaban cuidadosamente los diferentes rituales, plegarias, himnos y cánticos que debían ser repetidos o cantados si se quería garantizar la supervivencia del alma después de la muerte. Tales rituales fueron acumulándose a lo largo de los siglos, como es lógico, pero en esencia provenían de los tiempos arcaicos e incluso, quizá, del Egipto predinástico.
Un documento que contiene una lista de estas fórmulas —una recopilación más bien heterogénea, sin una interrelación o un orden mucho mayor que el que puede hallarse en el Libro de los Salmos de la Biblia— fue publicado en 1842 por el egiptólogo alemán Karl Richard Lepsius. El escrito le había sido vendido por un individuo que lo había encontrado mientras saqueaba una vieja tumba.
El documento se suele denominar el Libro de los Muertos, aunque no es ése el nombre que le dieron los egipcios. La parte principal del libro es una lista de fórmulas y encantamientos para que el alma alcance y atraviese sana y salva la gran sala del juicio. Si era absuelta de todo mal (y la idea egipcia del bien y del mal se parece mucho a la de cualquier hombre honrado de hoy día), podía entrar en la gloria eterna con Osiris.
Parece ser que la salvación en la otra vida requería asimismo la presencia física del cadáver. Es probable que esta idea haya surgido del hecho de que en el suelo seco de Egipto los cuerpos se descomponen lentamente, de modo que los egipcios pensaron que la prolongación de la duración de la forma física del cuerpo era algo natural e incluso deseable, y buscaron medios para conseguirla.
Así, el Libro de los Muertos contiene instrucciones para la conservación de los cadáveres. Los órganos internos (que se descomponen mucho antes) se sacaban y se colocaban en jarras de piedra, si bien el corazón, como núcleo principal de la vida, volvía a ser metido en el cuerpo.
Posteriormente el cuerpo se trataba con productos químicos y se envolvía en vendas untadas con pez para hacerlas resistentes al agua. Los cadáveres embalsamados se llamaron momias, término derivado de la palabra persa para pez. (Pero ¿por qué persa? Pues porque los persas dominaron Egipto durante un tiempo en el siglo V a. C, y luego la palabra pasó a los griegos, y de los griegos a nosotros.)
El interés egipcio por la momificación derivaba quizá de la superstición, pero tuvo ciertos resultados muy útiles. Impulsó a los egipcios a estudiar los productos químicos y su comportamiento. De este modo se alcanzó un gran conocimiento práctico, y hay algunos que pretenden hacer derivar la palabra «química» de «Jem» o «Khem», la antigua denominación egipcia para su propio país.
Por si la conservación fallaba o la momia no era adecuada, se usaban además otros métodos para imitar la vida, a modo de «apoyo». Se colocaban en la tumba estatuas del muerto; numerosos objetos de los usados en vida por el muerto —instrumentos, adornos, modelos reducidos de muebles y de siervos, e incluso alimentos y bebidas— eran colocados en la tumba.
Luego, además, las paredes de la tumba se cubrían con inscripciones y pinturas que representaban escenas de la vida del difunto. Gracias a estas inscripciones y pinturas hemos obtenido muchos conocimientos sobre la vida cotidiana de los antiguos egipcios. Por ejemplo, en ella vemos escenas de caza de elefantes, de hipopótamos y de cocodrilos, y tenemos un ejemplo gráfico de la enorme riqueza del valle del Nilo en los tiempos antiguos.
Hay escenas de festines que nos informan sobre lo que comían los antiguos egipcios. Y contemplamos también pinceladas íntimas de la vida familiar y de niños jugando. Vemos que había calor y amor familiar; que las mujeres gozaban de una elevada posición en la sociedad (mucho más alta que entre los griegos); que a los niños se los mimaba a veces, y se era indulgente con ellos. Resulta más bien irónico que sepamos tanto sobre la vida de los egipcios gracias al interés de éstos por la muerte.
Los métodos para garantizar la vida después de la muerte llegaron a ser muy elaborados y muy caros. Quizá se debió esto a que en un primer momento se aplicaban tan sólo a los reyes. El rey (como solía ser el caso en muchas sociedades antiguas) era considerado representación de todo el pueblo en su relación con los dioses, por lo que, así, gozaba de los atributos de la propia divinidad.
Si el rey entraba en relación con los dioses de acuerdo con las fórmulas adecuadas, el Nilo se desbordaría y las cosechas crecerían, en tanto que la enfermedad y los enemigos humanos serían mantenidos a distancia. El rey lo era todo, pues el rey era Egipto.
Como era natural, cuando el rey moría ningún otro ritual era tan elaborado ni tan bello como el que se le dedicaba, pues se trataba de enterrar a Egipto, y todos los egipcios que habían muerto durante el reinado alcanzarían la vida eterna junto con el rey.
Con el paso del tiempo, sin embargo, y a medida que la riqueza de Egipto aumentaba, los distintos funcionarios importantes de la corte y los gobernadores provinciales —la nobleza— aspiraron también a un trato semejante.
Ellos también quisieron tumbas y exigieron ser momificados; desearon alcanzar una supervivencia personal, y no una ligada a la supervivencia del rey. Esto dio a la religión una base más amplia, pero contribuyó a desviar un peligroso porcentaje del esfuerzo nacional egipcio hacia un campo más bien estéril, el de los enterramientos. Esto, además, aumentó el poder de la nobleza hasta límites a veces muy peligrosos.
Dado que los ricos y poderosos tenían enterramientos costosos, era natural que surgiese la tendencia a «no ser menos que el vecino». Cada uno trató de superar a los demás, y las familias intentaron obtener prestigio a través de la magnificencia con que enterraban a sus difuntos.
Las riquezas enterradas con los muertos, bajo forma de metales preciosos, atrajeron naturalmente a los ladrones de tumbas. Los mejores métodos de preservar estos tesoros, de esconderlos, de cegar los accesos, de protegerlos con el poder de la ley y la invisible amenaza de la venganza de los dioses no bastaban para salvaguardar los tesoros, y son pocas las tumbas que han sobrevivido mínimamente intactas hasta nuestros días.
Nuestro primer impulso es, naturalmente, el de rechazar con horror a los ladrones de tumbas; primero, porque robar con miras a la ganancia personal es reprobable, y hacerlo a un muerto indefenso lo es aún más; y segundo, porque los arqueólogos se han visto privados, de este modo, de restos valiosísimos sobre el antiguo Egipto.
Por otro lado, tengamos presente que los egipcios, al enterrar tan insensatamente grandes cantidades de oro en una época en que no existía nada que, como el papel moneda, lo sustituyese, estaban descabalando innecesariamente su economía. Los ladrones de tumbas, cualesquiera hayan sido sus motivaciones, fueron útiles al menos para que las ruedas de la sociedad egipcia continuaran girando, al volver a poner en circulación el oro y la plata.
Son las tumbas, además, las que nos hablan de la creciente importancia de Menfis en la época Arcaica. Es una mera cuestión de números, pues hay una enorme cantidad de tumbas antiguas que horadan la piedra caliza de las lomas desérticas que bordean el valle del Nilo al oeste del antiguo emplazamiento de la ciudad de Menfis. Hoy en aquel lugar se alza una aldea llamada Sáqqara, y las tumbas se conocen por este nombre.
Las primeras tumbas eran estructuras oblongas, cuya forma se parece a la de los poyos rectangulares construidos en el exterior de las casas egipcias. Estos poyos se llaman mastabas en árabe moderno, y el mismo nombre se da a estas tumbas antiguas.
Las antiguas mastabas se construyeron de ladrillo. La cámara mortuoria, que albergaba los restos del difunto en un féretro protector, a veces hecho de piedra, estaba debajo, y solía estar, por razones de seguridad, cerrada. Por encima se hallaba una habitación abierta al público en la que se veían pinturas sobre la vida del muerto, y a la cual la gente solía acudir para rezar plegarias rituales por el muerto.
Algunas de las más antiguas tumbas de Sáqqara pertenecen al parecer a varios reyes de la I y II Dinastías. Si esto es así, ello quiere decir que Menfis fue su capital, al menos durante parte del tiempo.


miércoles, 25 de junio de 2008

EL ETERNO ADAN -- JULES VERNE ( JULIO VERNE )

EL ETERNO ADÁN
Jules Verne


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Prólogo

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Aparecido en 1910 en el libro «Ayer y Mañana», Verne escribió este relato poco antes
de morir. Este texto es una síntesis perfecta de sus dos posturas antagónicas: la idea
de la naturaleza dominada y sometida a las necesidades del hombre se enfrenta al
pesimismo de quien ve el mundo alterado y desfigurado por este supuesto triunfo.
Como resultado de esta lucha, Verne arriba a una conclusión de alcance filosófico que
el título ya deja entrever. Aquí los personajes aparecen frente a la naturaleza,
despojados y literalmente desnudos, como no lo estuvieron en ninguna de sus otras
aventuras. A las puertas de la muerte, Julio Verne descorre el velo de la arrogancia
humana y nos hace tomar conciencia del lugar que ocupamos en la infinitud del
Universo.

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JULIO VERNE
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El zartog Sofr-Ai-Sr (es decir el doctor, tercer representante masculino de la centésima primera generación de la estirpe de los Sofr), caminaba despacio por la calle principal de Basidra, capital de Hars-Iten-Schu (llamado también «El Imperio de los Cuatro
Mares»). Efectivamente, cuatro mares, el Tubelone o Septentrional, el Ebone o Austral,
el Spone u Oriental, y el Mérone u Occidental, limitaban esta región enorme, de forma
muy irregular cuyos puntos, cuyos puntos extremos (contando según las medidas que el
lector conoce) llegaban al cuarto grado de longitud Este y el grado cincuenta y dos de longitud Oeste, y al grado cincuenta y cuatro Norte y el grado cincuenta y cinco Sur de latitud. En cuanto a la extensión respectiva de dichos mares, ¿cómo calcularla, siquiera
de manera aproximada, si todos se entremezclaban, y un navegante que partiera de
cualquiera de sus costas y siempre avanzara, llegaría necesariamente a la costa
diametralmente opuesta? Porque en toda la superficie del globo no existía ninguna otra
tierra que la de Hars-Iten-Schu.
Sofr caminaba lentamente, en primer lugar porque hacía mucho calor; comenzaba la
estación ardiente, y sobre Basidra, ubicada a orillas del Spone-Schu, o más oriental, a
menos de veinte grados al Norte de Ecuador, una tremenda catarata de rayos caía del
Sol, cercano al cenit en ese momento.
Pero más aún que el cansancio o el calor, era el peso de sus pensamientos lo que
volvía zozobrante el andar de Sofr, el sabio zartog. Enjugándose la frente con mano
distraída, evocó la sesión que acababa de terminar, donde tantos oradores elocuentes,
entre los que se encontraba con orgullo, habían celebrado esplendorosamente los
ciento noventa y cinco años del imperio.
Algunos habían delineado toda su historia, es decir, la de la humanidad entera. Habían
mostrado a Mahart-Item-Schu, la Tierra de los Cuatro Mares, dividida originariamente
en una inmensa cantidad de poblaciones salvajes que se ignoraban entre sí. Las
tradiciones más antiguas se remontaban a esas poblaciones. En cuanto a los
acontecimientos anteriores, nadie los conocía, y las ciencias naturales apenas
empezaban a vislumbrar un tenue resplandor en medio de las impenetrables tinieblas
del pasado. En todo caso, aquéllas edades remotas escapaban a la crítica histórica
cuyos primeros rudimentos estaban compuestos por nociones vagas, todas referidas a
las antiguas poblaciones dispersas.
Por más de ocho mil años, la historia cada vez más completa y exacta de Mahart-Iten-
Schu narraba solamente combates y guerras, al principio entre individuos, luego entre
familias, y por último entre tribus, ya que cada ser viviente, cada comunidad grande o
pequeña, tenía como único objetivo, a través de los siglos, asegurar su supremacía
sobre sus enemigos, y se había esforzado, con distinta suerte, por someterlos a sus
leyes.
A partir de esos ocho mil años, los recuerdos de los hombres se fueron precisando poco
a poco. Al principio del segundo de los cuatro períodos en que se dividían comúnmente
los anales de Mahart-Iten-Schu, la leyenda comenzaba a merecer con creciente justicia
el calificativo de historia. Además, ya fuera historia o leyenda, la materia de los relatos
casi no variaba. Siempre eran masacres o matanza, no ya entre tribus, por cierto, si no
entre pueblos, a tal punto que este segundo período no era, después de todo, muy
diferente del primero.
Y lo mismo, sucedía con el tercero, que había concluido hacía apenas doscientos años,
luego de una duración aproximada de seis siglos. Tal vez esta tercera época haya sido
más atroz todavía, pues durante la misma, agrupados en ejércitos innumerables, los
hombres habían regado la tierra con su sangre con insaciable furor.
En efecto, poco menos de ocho siglos antes del momento en que el zartog Sofr
caminaba por la calle principal de Basidra, la humanidad se hallaba preparada para
enormes convulsiones. En ese momento, las armas, el fuego, y la violencia ya habían
llevado a cabo parte de su obra necesaria, pues los débiles habían sucumbido antes los
fuertes y los hombres que poblaban Mahart-Iten-Schu conformaban tres naciones
homogéneas, en cada una de las cuales el tiempo había ido atenuando las diferencias
entre los vencedores y los vencidos de antaño. Fue entonces cuando una de estas
naciones emprendió el sometimiento de sus vecinas. Situados en el centro de Mahart-
Iten-Schu, los Andart’-Ha-Sammgor (Hombres-De-Cara-De-Bronce) pelearon sin piedad
para ampliar sus fronteras, dentro de la que se sofocaba su raza ardorosa y prolífica.
Unos tras otros, a costa de guerras seculares, vencieron a los Andart’-Mahart-Horis
(Hombres-Del-País-De-La-Nieve), pobladores de las regiones del Sur, y a los Andart’-
Mitra-Psul (Hombres-De-La-Estrella-Inmóvil), cuyo imperio se encontraba al Norte y al
Oeste.
Habían pasado cerca de doscientos años desde que la última insurrección de estos dos
pueblos habían sido sofocadas en torrentes de sangre, y la Tierra conocía al fin una
historia de paz. Era el cuarto período de la historia. Un imperio único reemplaza ahora a
las tres naciones antiguas, todos obedecían la ley de Basidra y la unión política tendía a
fusionar las razas. Ya nadie hablaba de los Hombres-Del-País-De-La-Nieve ni de los
Hombres-De-La-Estrella-Inmóvil y la tierra era sólo pisada por un único pueblo: los
Andart’-Iten-Schu (Hombre-De-Los-Cuatro-Mares), que reunía en su seno a todos los
demás.
Pero transcurridos esos doscientos años de paz, parecía anunciarse un quinto período.
Desde hacía algún tiempo circulaban rumores inquietantes, venidos de quién sabe
donde. Habían aparecido pensadores, para despertar en las almas recuerdos
ancestrales que se creían perdidos para siempre. El antiguo sentimiento racial renacía
bajo un aspecto diferente, caracterizado por palabras nuevas. Se hablaba comúnmente
de «atavismo», de «afinidades», de «nacionalidades», etc. Todos vocablos de reciente
creación, que -por responder a una necesidad- habían adquirido al instante, derecho de ciudadanía. Siguiendo los factores comunes de origen, de aspecto físico, de tendencias
morales, o simplemente de región o clima, aparecieron grupos que fueron creciendo
poco a poco y ya empezaban a agitarse. ¿En qué terminaría esa evolución naciente?
¿Se disgregaría el Imperio apenas formado? ¿Mahart-Iten-Schu se vería dividido como
antes? En una gran cantidad de naciones dispares, o al menos, para mantener su
unidad, habría que recurrir nuevamente a las horribles hecatombes que, durante tantos
milenios, habían convertido la tierra en un osario.
Sofr ahuyentó tales pensamientos con un movimiento de cabeza. Ni él ni nadie
conocían el porvenir. ¿Por qué entristecerse de antemano ante hechos inciertos?
Además, no era el indicado para meditar en esas hipótesis funestas. Era una jornada
festiva y había que pensar únicamente en la majestuosa grandeza de Mogar-Si, el
duodécimo emperador de Hars-Iten-Schu, cuyo cetro guiaba el universo hacia su
destino glorioso.
Por otra parte, no faltaban motivos de regocijo para un zartog. Aparte del historiador
que había trazado los esplendores de Mahart-Iten-Schu, una legión de sabios, en
ocasión del grandioso aniversario, establecieron, -cada uno en su especialidad-, el
balance del conocimiento humano indicando el punto al que había arribado la
humanidad con su esfuerzo secular.
Ahora bien, si el primero había sugerido, con cierta mesura, algunas tristes
consideraciones, al contar por medio de qué camino lento y tortuoso la humanidad
había logrado librarse de su bestialidad original, los demás habían alimentado el orgullo legítimo de su público.
Sí; ciertamente la comparación entre lo que el hombre había sido, desnudo y
desarmado sobre la tierra, y lo que era en ese momento, estimulaba la admiración.
Durante siglos, a pesar de sus discordias y odios fraticidas, no había interrumpido la lucha contra la naturaleza ni un instante, aumentando sin cesar el alcance de su
victoria. Lentamente en un comienzo, su marcha triunfal se había acelerado de modo
sorprendente desde hacía doscientos años, ya que la estabilidad de las instituciones
políticas y la paz universal que surgía de ellas habían provocado un fantástico progreso
en la ciencia. La humanidad había vivido para el cerebro y no sólo para sus miembros,
en vez de consumirse en guerras insensatas; y, por eso en el transcurso de los dos
últimos siglos había avanzado con paso cada vez más veloz hacia el conocimiento y la
domesticación de la materia.
Sofr, mientras seguía caminando por la larga calle de Basidra bajo el Sol ardiente,
esbozaba en su espíritu el panorama de las conquistas del hombre.
En primer lugar, -era algo que se desvanecía en la noche de los tiempos-, había
imaginado la escritura con el fin de fijar el pensamiento; después -el invento se
remontaba a más de quinientos años atrás-, había descubierto la manera de difundir la
palabra es una cantidad casi infinita de ejemplares, mediante un molde único. En
realidad, de este hallazgo derivaban todos los demás. Gracias a él, los cerebros se
habían puesto en actividad, la inteligencia de cada uno se había visto acrecentada por
la del prójimo, y los descubrimientos de orden teórico y práctico se habían multiplicado
vertiginosamente, al punto de que era imposible contarlos.
El hombre había socavado las entrañas de la Tierra y extraía de allí el calor mineral o
hulla, generoso proveedor de calor; había liberado las fuerzas latentes del agua, y a
partir de entonces el vapor arrastraba pesados convoyes sobre larguísimas tiras de
hierro o activaban un sinnúmero de máquinas poderosas, delicadas y precisas. Gracias
a tales máquinas, tejían las fibras vegetales y trabajaban a gusto los metales, el mármol y la roca.
En un dominio menos concreto o al menos de aprovechamiento menos directo o
inmediato, fue penetrando gradualmente el misterio de los números, y recorrió -
acercándose cada vez más al infinito- las verdades matemáticas. Gracias a ellas, su
pensamiento había explorado el cielo. Sabía que el Sol era simplemente una estrella
que gravitaba a través del espacio según leyes rigurosas, arrastrando consigo a los
siete planetas (por lo tanto los Andart’-Iten-Schu ignoraban a Neptuno {nota del autor}.
Y también a Plutón, descubierto en 1930, veinticinco años después de la muerte de
Verne {nota del traductor}) de su cortejo en una órbita de fuego. Conocía tanto el arte tanto de combinar ciertos cuerpos brutos de modo tal que formaban cuerpos nuevos
que no guardaran ninguna relación con los primeros, como el dividir otros cuerpos en
sus elementos constitutivos y primordiales. Sometía el análisis del sonido, la luz, el calor, y empezaba a definir su naturaleza y sus leyes. Cincuenta años antes había
aprendido a producir esa fuerza de la cual el rayo y los relámpagos son la manifestación
más aterradora, y pronto había logrado convertirla en su esclava; este agente
misterioso ya transmitía a distancias inconcebibles el pensamiento escrito; mañana
transmitiría el sonido; pasado mañana, qué duda cabe, la luz (resulta evidente que los Andart’-Iten-Schu conocían el telégrafo, pero aún ignoraban el teléfono y la luz eléctrica
en el momento en que zartog Sofr se entregaba a sus reflexiones {nota del autor}). Sí, el hombre era grandioso, más que el gigantesco universo, al que en un día no muy
lejano dominaría como amo y señor…
Entonces, para obtener la verdad integral, quedaría por resolver éste último problema: ese hombre, dueño del mundo, ¿quién era? ¿de dónde venía? ¿hacia qué fines
desconocidos tendía su esfuerzo inagotable?
Precisamente, el zartog había tratado este vasto tema durante la ceremonia de la que
acababa de salir. En realidad, no había hecho más que probarlos, porque semejante
problema era insoluble en ese momento y sin duda lo seguiría siendo por mucho más
tiempo. Sin embargo, algunos resplandores indefinidos comenzaban a iluminar el
misterio. ¿No era el zartog Sofr, acaso, quien había lanzado los resplandores más
potentes, cuando interpretando sistemáticamente las pacientes observaciones de sus
predecesores y sus propias notas personales, había arribado a su ley de la evolución de la materia viva, ley admitida ahora universalmente y que no encontraba un solo
detractor?
Esta teoría se sostenía en una base triple.
En primer término, sobre la ciencia geológica que, nacida el día mismo en que se
excavaron las entrañas del suelo por primera vez, se había ido perfeccionando en
relación con el desarrollo de las exploraciones mineras. La corteza del globo se conocía
con tal exactitud que se atrevían establecer su edad en cuatrocientos mil años, y la de
Mahart-Item-Schu en veinte mil años, tal como existía en ese momento. Antes, el
continente yacía dormido bajo las aguas del mar, como lo testimoniaba la densa capa
de limo marítima que cubría, sin interrupción, las capas de roca subyacentes.
¿Mediante qué mecanismo había brotado de debajo de las olas? Evidentemente, luego
de una contracción del globo al enfriarse. Fuera como fuese en tal sentido, el
surgimiento de Mahart-Item-Schu debía ser considerado como seguro.
Las ciencias naturales le habían brindado a Sofr los otros dos cimientos de su sistema,
al demostrar el estrecho parentesco de las plantas entre sí, y de los animales entre sí.
Sofr había ido más lejos aún: había probado hasta la evidencia de que la mayoría de los
vegetales existentes se relacionan con una planta marítima que era su ancestro, y que
prácticamente todos los animales terrestres o aéreos derivaron de animales marítimos.
Mediante una evolución lenta pero incesante, éstos se habían ido adaptando poco a
poco a condiciones de vida, al principio cercanas y luego más alejadas de las que
caracterizaron su vida primitiva y, de etapa en etapa, habían dado a luz a la mayor parte
de las formas vivientes que habitaban la tierra y el cielo. Lamentablemente, esta
ingeniosa teoría no era inobjetable. Que los seres vivos del reino animal o vegetal
descendían de antepasados marítimos era algo que parecía indiscutible para la
mayoría, pero no para todos. En efecto, existían algunas plantas y animales que
parecían imposibles de relacionar con formas acuáticas. Ese era uno de los puntos
débiles del sistema.
El hombre era el otro punto débil. Y Sofr no lo ocultaba. Entre el hombre y los animales
no era posible ninguna proximidad. Por supuesto, las funciones y las propiedades
primordiales, como la respiración, la alimentación y la motricidad eran idénticas y se
cumplían o se manifestaban de manera semejante a la sensibilidad, pero subsistía un
abismo infranqueable entre las formas externas, la cantidad y la disposición de los
órganos. Si era posible relacionar a la gran mayoría de los animales con antepasados
salidos del mar, por medio de una cadena a la que le faltaban pocos eslabones, tal
filiación resultaba inadmisible en lo concerniente al hombre. Para conservar la teoría
intacta de la evolución, era necesario imaginar gratuitamente la hipótesis de un tronco
común entre los habitantes de las aguas y el hombre, tronco cuya existencia jamás se
había demostrado de ninguna manera.
En algún momento, Sofr había esperado encontrar en el suelo, argumentos que
favorecieran sus referencias. Durante muchos años se habían realizado excavaciones
impulsadas y dirigidas por él, pero para arribar a resultados diametralmente opuestos
de los que deseaba.
Después de traspasar una delgada película de humus formado por la composición de
plantas y animales análogos o semejantes, a los que se veían diariamente, llegaron a la
espesa capa de limo, en donde los restos del pasado habían cambiado de naturaleza.
En este limo, ya no quedaban huellas de la flora y la fauna existentes, sino un
acumulamiento colosal de fósiles exclusivamente marinos cuyos congéneres aún vivían
frecuentemente en los océanos que rodeaban a Mahart-Item-Schu.
¿Qué conclusión podía sacarse, sino que los geólogos tenían razón al afirmar que el
continente había servido de fondo a esos mismos océanos en tiempos remotos, y que
Sofr tampoco se equivocaba al dar por sentado el origen marítimo de la fauna y la flora
contemporáneas? Pues -salvo excepciones tan escasas que uno hubiera podido
considerarlas monstruosidades-, como las formas acuáticas y las formas terrestres eran
las únicas cuyas huellas se encontraban, éstas habían sido engrendradas
necesariamente por aquéllas.
Por desgracia para la generalización del sistema, se vieron más descubrimientos
todavía. Diseminadas en todo el espeso campo de humus, y hasta en la zona más
superficial del depósito de limo, salieron a la luz innumerables osamentas humanas. No
había nada fuera de lo común en la estructura de estos fragmentos de esqueleto, y Sofr
se vió obligado a renunciar a exigirles los organismos intermediarios cuya existencia
hubiera corroborado su teoría: eran, ni más ni menos, osamentas de hombres.
Sin embargo, no quedó mucho tiempo en quedar demostrada una particularidad
bastante llamativa. Hasta determinada antigüedad -que podía calcularse groseramente
en dos o tres mil años-, cuanto más antiguo era el osario, más pequeño era el tamaño
de los cráneos. Contrariamente, más allá de ese período, la progresión se invertía, y, de
ahí en adelante, cuanto más se retrocedía en el pasado, más aumentaba la capacidad
de los cráneos y, por ende, la magnitud de los cerebros que habían albergado. El
máximo fue encontrado justamente entre los restos, en verdad muy escasos,
descubiertos en la superficie de la capa de limo. La observación minuciosa de estos
venerables vestigios no permitía dudar que el hombre en aquellos tiempos remotos
había alcanzado un desarrollo cerebral muy superior al de sus sucesores (incluidos los propios contemporáneos del zartog Sofr). Esto indicaba que, durante ciento sesenta siglos o ciento setenta siglos, había ocurrido una regresión ostensible, seguida de una nueva ascensión.
Sofr, sorprendido por estos hechos inesperados, continuó con sus investigaciones.
La capa de limo fue atravesada de lado a lado sobre un espesor que, según las más
discretas conjeturas, habría requerido por lo menos quince o veinte mil años de
acumulación. Más allá, se encontraron leves restos de una antigua capa de humus.
Luego, debajo de este humus, apareció la roca de naturaleza diversa según el sitio de
las investigaciones. Pero lo que llevó el asombro a su punto culminante, fue el hecho de recoger restos de indudable origen indudablemente humano, extraídos a esas
misteriosas profundidades. Eran partes de esqueletos y fragmentos de armas o de
máquinas, pedazos de vasijas, estelas, con inscripciones en un lenguaje desconocido,
duras piedras talladas delicadamente, algunas veces esculpidas como estatuas casi
perfectas, capiteles finamente trabajados, etc., etc. Todos estos hallazgos llevaron a
inferir que alrededor de cuarenta mil años antes -o sea, veinte mil antes del momento
en que habían surgido los primeros habitantes de la raza contemporánea, no se sabía
cómo ni de dónde-, el hombre ya había vivido en esos mismos lugares y había
alcanzado un grado muy avanzado de civilización.
Tal fue la conclusión generalmente aceptada, aunque hubo por lo menos un disidente. y
este disidente era Sofr. Aceptar que otros hombres, separados de sus sucesores por un
tiempo de cuarenta mil años, hayan habitado la Tierra por primera vez era, en su
opinión, pura locura. ¿De dónde vendrían, entonces, esos descendientes de ancestros
extinguidos hacia tanto tiempo, y a los que no unía ningún vínculo? Antes que admitir
semejante hipótesis, era preferible mantenerse a la expectativa. Que tales hechos
singulares no hayan sido explicados no implican necesariamente que fuesen
inexplicables. Alguna vez serían interpretados. Hasta el momento convenía no darles
cabida y continuar sujeto a los principios que satisfacen plenamente la razón pura.
La vida del planeta se divide en dos etapas: antes del hombre y después del hombre.
En la primera, la Tierra, en estado de transformación permanente es, por esto mismo,
inhabitable e inhabitada. En la segunda, la corteza del globo ha alcanzado un grado de solidez que permite la estabilidad. Luego, al contar por fin con un sustrato firme surge la vida. Se inicia con las formas más elementales, y va complicándose hasta arribar finalmente al hombre, su más perfecta y acabada expresión. Una vez sobre la Tierra, el hombre emprende de inmediato y sin descanso el camino hacia su objetivo, que es elconocimiento perfecto y el dominio absoluto del universo.
Sofr, empujado por el ardor de sus convicciones, había pasado de largo su casa.
Cuando se percató, dio media vuelta a regañadientes.
-¡Vamos! -se decía-. ¡Aceptar que el hombre tendría cuarenta mil años! ¡Qué haya
alcanzado un grado de civilización comparable, o hasta superior, a este que gozamos
actualmente, y que sus conocimientos y logros hayan desaparecido sin dejar el más
mínimo rastro, al punto de obligar a sus descendientes a reemprender la obra desde su
base, como si fueran los pioneros de un mundo jamás habitado antes que ellos! ¡Eso
sería negar el porvenir, proclamar que nuestro esfuerzo es inútil y que todo progreso es
tan precario e inseguro como una burbuja de espuma flotando entre las olas!
Sofr se detuvo frente a su casa.
-¡Upsa ni! … ¡Hartchok! … (¡No! ¡No!… ¡De veras!) ¡Andart’ mir’ hôe Spha!… (¡El
hombre es el amo de las cosas!) balbuceó empujando la puerta.
Luego de descansar unos instantes, el zartog almorzó con apetito frugal y se acostó
para hacer su siesta diaria. Sin embargo, las preguntas removidas al regresar a su
hogar lo seguían obsesionando y le agitaban el sueño.
Por más que su deseo fuese establecer la unidad intachable de los métodos de la
naturaleza, tenia suficiente espíritu critico como para reconocer la debilidad de su
sistema ni bien ser abordara el problema del origen y la formación del hombre. Formar
los hechos para que se ajusten a una hipótesis previa es una manera de tener razón
contra los demás, no contra uno mismo.
Si, en lugar de ser un sabio, un zartog sobresaliente, Sofr hubiese pertenecido a la
clase de los iletrados, tal vez hubiese estado menos incomodo. En efecto, el pueblo -sin
perder el tiempo en hondas especulaciones- se contentaba con aceptar ciegamente la
antigua leyenda transmitida de padres a hijos, desde tiempos inmemoriales. Esta
explicaba el misterio con otro misterio: hacia remontar el origen del hombre a la
intervención de una de una voluntad superior. Un buen día, esta potencia extraterrena
había creado de la nada a Hedom e Hiva, el primer hombre y la primera mujer, cuyos
descendientes habían poblado la tierra. Así, todo encajaba con suma sencillez.
¡Con demasiada sencillez!, pensaba Sofr.
Es fácil hacer intervenir a la divinidad cuando unos se desespera para comprender algo,
De esa manera se vuelve inútil la búsqueda de la solución de los enigmas del universo,
pues los problemas son eliminados ni bien quedan planteados.
¡Si al menos la leyenda popular tuviese la apariencia de una base sólida! Pero
descansaba sobre la nada. Era simplemente una tradición, nacida en tiempos de
ignorancia y transmitida a través de los siglos. Hasta ese momento «Hedom» ¿de
donde provenía ese vocablo singular, de sonoridades extranjeras, que parecía no
pertenecer al idioma de los Andart'-Iten-Schu? Sólo ante ese pequeño enigma filosófico
habían sucumbido una infinidad de sabios, sin encontrar una respuesta valida.
¡Vamos, eran todas tonterías, indignas de absorber la atención de un zartog! Irritado,
Sofr bajó a su jardín. Era la hora en que solía hacerlo. El sol declinante esparcía sobre
la tierra un calor menos vivo, y una brisa tibia comenzaba a soplar desde el Spone-
Schu. El zartog deambuló por las avenidas a la sombra de los árboles, cuyas hojas
trémulas susurraban al viento y, de a poco, sus nervios recuperaron el equilibrio
acostumbrado. Logro ventilar sus absorbentes pensamientos, disfrutar del aire libre con
tranquilidad, interesarse por los frutos -riqueza de los jardines- y por las flores, su
adorno.
Lo azaroso del paseo lo llevó hacia la casa, y se detuvo al borde de una honda
excavación, junto a la cual yacían numerosas herramientas. Pronto estarían terminados
allí los cimientos de un nuevo edifico que tendría el doble de la superficie de su
laboratorio. Pero en aquel día festivo, los obreros habían suspendido el trabajo para
entregarse al placer.
Sofr calculaba maquinalmente el trabajo realizado y lo que aun quedaba por hacer,
cuando, entre las sombras de la excavación, un destello atrajo su mirada. Intrigado,
bajo al fondo del pozo y limpio un extraño objeto, de la tierra que lo cubría en sus tres
cuartas partes.
De nuevo, a la luz del día, examino su descubrimiento. Era algo semejante a un
estuche, de un metal desconocido, gris y granuloso, cuya prolongada permanencia en
el suelo había disimulado su brillo. Había una hendidura en la tercera parte de su
longitud, que señalaba que el estuche estaba compuesto por dos partes que se
ajustaban entre sí. Sofr intentó abrirlo.
Al primer intento, el metal -disgregado por el tiempo- se deshizo, dejando a la vista un
segundo objeto que yacía en su interior.
Para el zartog, la materia de este nuevo objeto era tan novedosa como el metal que la
había recubierto. Era un rollo de pequeñas hojas superpuestas y plagada de extraños
signos, cuya regularidad señalaba que se trataba de caracteres de escritura, pero de
una escritura ignorada, diferente a las que Sofr había visto jamás. Temblando de
emoción, el zartog fue a encerrarse a su laboratorio, y luego de acomodar
cuidadosamente el precioso documento, lo observó.
Sí, era escritura, no cabía duda alguna. Pero tampoco también podía dudarse que esa
escritura no guardaba relación con ninguna de las que se habían practicado sobre toda
la superficie de la Tierra, desde el origen de los tiempos históricos.
¿De dónde provenía ese documento? ¿Qué significaba? Tales preguntas se formularon
por sí solas al espíritu de Sof.
Para responder la primera, era necesario estar en condiciones de contestar la segunda.
Se trataba, en primer lugar, de leer, y al instante de traducir; porque se podía asegurar
a priori que el idioma del documento sería tan desconocido como su escritura.
¿Era algo posible? Al zartog Sofr no le parecía tal cosa, y se puso a trabajar
febrilmente, sin mayo demora.
El trabajo le llevó mucho tiempo, años enteros. Sofr no se cansó. Prosiguió sin
desalentarse, el estudio pormenorizado del documento misterioso, avanzando paso a
paso hacia su esclarecimiento. Al final llegó el día en que fue dueño de la clave del
indescifrable jeroglífico, llegó el día en que, todavía con gran zozobra y gran esfuerzo,
logró traducirlo al idioma de los Hombres-De-Los-Cuatro-Mares.
Ahora bien, cuando ese día llegó, el zartog Sofr-Ai-Sr leyó lo que sigue.
Rosario, 24 de mayo de 2…
Fecho así el comienzo de mi narración, aunque en verdad haya sido redactada en otra
fecha, mucho más próxima, y en muy distintos lugares. Pero en tales asuntos,
considero que el orden es imperiosamente necesario, y por eso elijo la forma de un
«diario» escrito día a día.
Por lo tanto, es el 24 de mayo cuando se inicia el relato de los horribles sucesos que
aquí se registra para la enseñanza de los que vendrán después de mí, si es que el
género humano todavía tiene posibilidades de contar con algún tipo de futuro.
¿En qué idioma escribiré esto? ¿En inglés, o en español que domino con soltura? ¡No!
Lo haré en el idioma de mi país: en francés.
Aquél día -24 de mayo- había reunido a ciertos amigos en mi residencia de Rosario.
Rosario es -o, mejor dicho, era- una ciudad de México, situada a orillas del Pacífico,
algo al Sur del golfo de California. Doce años atrás me había establecido allí para dirigir
la explotación de una mina de plata de mi propiedad. Mis negocios habían progresado
de una manera sorprendente. Era rico, muy rico en realidad -¡hoy esa palabra me hace
reír!-, y tenía el plan de volver pronto a Francia, mi tierra de origen.
Mi lujosa residencia se hallaba situada en el punto más elevado de un inmenso jardín
que bajaba en pendiente hacia el mar, y se interrumpía bruscamente en un acantilado
de más de cien metros de altura que caía en picada. Detrás de mi residencia, el terreno
seguía subiendo, y por senderos serpenteantes era posible llegar a la cima de las
montañas, cuya altura superaba los mil quinientos metros. Constituía frecuentemente
un bello paseo: yo había efectuado la ascensión en automóvil, un doble Faetón
magnífico y poderosos treinta y cinco caballos, de una de las mejores marcas francesas.
Vivía en Rosario con mi hijo Jean, un joven apuesto de veinte años, cuando, debido a la
muerte de parientes lejanos en lo sanguíneo, pero muy próximos a mi corazón, me hice
cargo de su hija, Hèléne, que quedó huérfana y desamparada. Habían transcurrido
cinco años desde entonces. Mi hijo Jean tenía veinticinco años y mi pupila Hèléne
veinte. En lo más profundo de mi alma, los veía unidos por el destino.
Nuestra servidumbre estaba compuesta por el mayordomo Germain; por un chofer de lo
más despierto, Modesto Simonat; por mi jardinero George Raleigh y su mujer Anna, y
las hijas de ambos, Edith y Mary.
Aquél 24 de mayo, nos encontrábamos sentados alrededor de la mesa, iluminados por
lámparas alimentadas por equipos electrógenos instalados en el jardín. Había cinco
comensales más, aparte del dueño de casa, su hijo y su pupila, tres de los cuales
pertenecían a la raza anglosajona, y dos a la nación mexicana.
El doctor Bathurst contábase entre los primeros, y el doctor Moreno entre los segundos.
Ambos eran sabios en el sentido cabal del término, lo que no impedían que estuviesen
frecuentemente en desacuerdo. Por lo demás, eran excelentes personas y de los
mejores amigos del mundo.
Los dos anglosajones restantes se apellidaban Williamson, propietario de una
importante factoría pesquera de Rosario, y de Rowling, un hombre osado que había
fundado un establecimiento de horticultura, que pronto le proporcionaría una fortuna
considerable.
Con respecto al último comensal, se trataba del señor Mendoza, presidente del tribunal
de Rosario, persona estimable, cultivado espíritu y juez íntegro.
Llegamos al final de la comida, sin incidentes dignos de mención. Las palabras
pronunciadas hasta ese momento las he olvidado. No así lo que se dijo mientras
fumábamos nuestros cigarros.
No significa que tales frases guarden en sí mismas una importancia particular, pero el
brutal comentario de que serían objeto muy pronto no dejan de brindarles algún interés,
y por eso no las he olvidado todavía.
Terminamos por hablar -¡No importa cómo!- de los progresos asombrosos alcanzados
por el hombre. El doctor bathurst intervino en cierto momento.
-¡Está claro que si Adán (lo pronunciaba Edem, como es natural en el anglosajón) y Eva
(lo pronunciaba Iva, lógicamente) regresaran a la Tierra, quedarían de lo más
sorprendidos!
Así comenzó la discusión. Moreno, darwinista a ultranza, firme partidario de la selección
natural, preguntó a Bathurst irónicamente, si éste le daba crédito a la leyenda del
paraíso terrenal. Bathurst que al menos creía en Dios, y que, dado que la existencia de
Adán y Eva tenían sustento en la Biblia, no era capaz de contradecirla. Moreno, a su
vez, replicó que creía en Dios, aunque más no sea como su adversario, pero que el
primer hombre y la primer mujer tranquilamente podían ser mitos, símbolos, y que no
era un sacrilegio figurarse que la Biblia había querido representar de ese modo el soplo
vital insuflado por la potencia creadora en la primera célula, de la que habían surgido
todas las demás. Para Bathurst, tal explicación era engañosa, y en su opinión, ser obra
directa de la divinidad era preferible a provenir de ella a través de primates más o
menos siniestros….
La discusión amenazaba subir de tono, pero se detuvo de repente; ambos oponentes
habían encontrado casualmente una zona de común entendimiento. Por lo demás, esas
cosas casi siempre terminaban así.
Ahora, retomando el primer tema de la conversación, ambos antagonistas coincidieron
en admirar, más allá del tema del origen de la humanidad, la elevada cultura a la que
habían arribado. Con orgullo fueron enumerando sus conquistas. Todas desfilaron.
Bathurst alabó la química, llevada a tal grado de perfección que propendía a
desaparecer para confundirse con la física, dos ciencias que terminarían siendo una
sola y cuyo objeto se centraría en el estudio de la energía innmanente. Moreno, elogió
la medicina y la cirugía, mediante las cuales se habían ahondado en la naturaleza
secreta del fenómeno de la vida y cuyos hallazgos extraordinarios dejaban entrever en
un futuro no muy lejano la inmortalidad de los seres animados. Luego se felicitaron por
las alturas alcanzadas por la astronomía. ¿No se dialogaba, acaso, con siete de los
planetas del sistema solar, mientras se esperaba a las estrellas? {se deduce de estas
palabras que, en el momento en que este diario sea divulgado, el sistema solar
comprenderá más de ocho planetas, y que el hombre descubrirá uno o más de uno más
allá de Neptuno (nota del autor)}.
Pasado el entusiasmo inicial, los dos apologistas decidieron tomarse un descanso. A su
vez, los demás comensales aprovecharon para intercambiar algunas palabras, y se
ingresó en el terreno gigantesco de los inventos prácticos que habían modificado tan
hondamente la condición de la humanidad. Fueron festejados los ferrocarriles y los
vapores, imprescindibles para el transporte de mercaderías pesadas e incómodas; las
aeronaves económicas, utilizadas por los viajeros que disponen de tiempo, los tubos
neumáticos o electroiónicos que surcan todos los mares y continentes, adoptados por
las personas con prisa. Festejaron las innumerables máquinas, cada cual más
ingeniosa que la anterior, y que, con una sola de ellas puede realizarse la tarea de cien
hombres en ciertas industrias. Festejaron la imprenta, la fotografía de los colores, la luz,
del sonido, del calor y de todas las vibraciones del éter. Festejaron ante todo la
electricidad, ese agente extremadamente ágil y dócil, conocido tan a la perfección en su
esencia y en sus cualidades que permite, sin conectador material alguno, tanto activar
un mecanismo cualquiera, como dirigir una nave de superficie -submarina o aérea-, o
escribirse, hablarse o verse, sin importar la distancia.
Resumiendo, aquello un verdadero ditirambo en el que, lo confieso, tomé parte activa.
Acordamos que el progreso alcanzado por la humanidad era impensable antes de
nuestra época, y que, por lo tanto, permitía creer en su triunfo definitivo sobre la
naturaleza.
-Sin embargo...- dijo el juez Mendoza con su vocecita aflautada, sirviéndose del
momento de silencio que siguió a esta conclusión-, oí hablar de pueblos hoy
desaparecidos sin dejar el mínimo rastro, que ya habían alcanzado un grado de
civilización igual o análogo a la de la nuestra.
-¿Cuáles? -preguntaron todos a la vez.
-¡Bien! Los babilonios, por ejemplo.
Hubo una explosión de carcajadas. ¡Ser capaz de comparar a los babilonios con los
hombres modernos!
-Los egipcios -continuó imperturbable Mendoza.
Se rieron todavía más de él.
-Contemos también a los atlantes, nuestra ignorancia convierte en legendarios -siguió
diciendo el presidente-. ¡Agreguemos a eso la posibilidad de que una infinidad de
humanidades diferentes, anteriores a los mismos atlantes, hayan nacido, prosperado y
extinguido sin que lo sospechemos siquiera!
Debido a que don Mendoza se obstinaba en su paradoja, se convino en fingir que lo
tomábamos en serio, para no ofenderlo.
-Escuche, querido juez -insinuó Moreno, con el tono de voz que se utiliza para hacer
entrar en razón a un chiquillo-, supongo que usted no pretenderá que alguno de esos
pueblos arcanos puedan compararse con el nuestro, ¿no es así?.. Reconozco que en el
orden moral alcanzaron un nivel equivalente de cultura, ¡pero en el orden material!
-¿Por qué no? -replicó Mendoza.
-Porque -se apuró a explicar Bathurst-, nuestros inventos tienen la característica de ser
difundidos al instante por todo el globo: la desaparición de un solo pueblo, o incluso de
muchos pueblos, no modificaría en absoluto la suma del progreso conseguido. Para que
no quedara rastro alguno del esfuerzo humano, debería desaparecer toda la humanidad
al mismo tiempo. ¿No es esa, le pregunto, una hipótesis admisible?
Mientras seguíamos conversando, en el infinito del universo continuaban
engendrándose recíprocamente los efectos y las causas, y, antes de transcurrido un
minuto luego de la réplica del doctor Bathurst, la resultante total no iba a hacer más que
confirmar el escepticismo de Mendoza. Pero lejos estábamos de sospecharlo, y
hablamos plácidamente, algunos reclinados sobre el respaldo de los sillones, otros
acodados sobre la mesa, en fin, todos dirigiendo miradas piadosas, hacia Mendoza, a
quien creíamos aplastado por la argumentación de Bathurst.
-En principio -contestó el juez, sin conmoverse-, debemos reconocer que la Tierra
contaba antes con menos habitantes que ahora, de modo tal que un pueblo
tranquilamente podía ser el único dueño del saber universal. Luego, no considero una
extravagancia, a priori, la posibilidad de que toda la superficie del globo se vea
perturbada al mismo tiempo.
-¡Vamos, vamos! -prorrumpimos al unísono.
Fue en ese preciso momento cuando sobrevino la hecatombe.
Todavía pronunciábamos aquél «¡vamos, vamos!», cuando se alzó un estruendo
aterrador. El suelo tembló y se partió bajo nuestros pies; la residencia osciló bajo sus
cimientos.
Tropezando y lastimándonos, víctimas de un terror indescriptible, nos abalanzamos al
exterior.
Ni bien cruzamos el umbral, la casa se desplomó en un solo bloque, enterrando bajo
sus escombros al juez Mendoza y a mi mayordomo Germain, que venían últimos.
Luego de unos segundos de locura generalizada, nos aprestábamos a socorrerlos,
cuando vimos a Raleigh, mi jardinero, seguido por su esposa, viniendo hacia nosotros
desde la parte más baja del jardín, donde vivía.
-¡El mar…! ¡El mar…! -gritaba a voz de cuello.
Giré en dirección al océano y quedé petrificado. No es que distinguiera claramente lo
que veía, pero de inmediato tuve la nítida impresión de que la perspectiva
acostumbrada había cambiado. Ahora bien, ¿no bastaba que el aspecto de la
naturaleza, que considerábamos esencialmente inmutable, se hubiese alterado de
manera tan extraña en apenas unos segundos, para helar el corazón de horror?
Sin embargo, enseguida recuperé mi sangre fría. La verdadera superioridad del hombre
no consiste en dominar, en vencer a la naturaleza; es, para el hombre de acción,
mantener el ánimo sereno ante la rebelión de la materia, es poder decirle: «¡Qué me
aniquile, sea! ¡Pero conmoverme, eso nunca!.»
En cuanto recobré la tranquilidad, descubrí las diferencias entre el cuadro que tenía
ante mis ojos y aquél que solía contemplar. El acantilado ya no existía, y mi jardín había
descendido hasta el nivel del mar; las olas, luego de haber destrozado la casa del
jardín, batían con furia contra mis arriates más bajos.
Como parecía poco probable que el nivel del agua hubiese subido, la tierra debería de
haber bajado. El descenso superaba los cien metros, pues el acantilado tenía antes
dicha altura, pero había ocurrido con alguna suavidad porque apenas nos habíamos
percatado de ello, lo que justificaba la aparente calma del océano.
Un rápido examen me persuadió de que mi hipótesis era acertada y también me
permitió corroborar que el descenso no había terminado aún. Efectivamente, el mar
seguía avanzando, a una velocidad que calculé próxima a los dos metros por segundo;
es decir, siete u ocho kilómetros por hora. Considerando la distancia que nos separaba de las olas más cercanas, y si la velocidad de caída se mantenía uniforme, seríamos engullidos en menos de tres minutos.
Me decidí de inmediato.
-¡Al auto! -exclamé.
Fui comprendido. Todos nos abalanzamos a la cochera y empujamos el auto al exterior.
En un abrir y cerrar de ojos llenamos el tanque de combustible y luego nos
acomodamos como mejor pudimos… Simonat, mi chofer, puso el motor en marcha,
saltó al volante, embragó y arrancó en cuarta por el sendero, mientras Raleigh, luego de haber abierto el portón, se colgó del auto al pasar y se asió con fuerza a los muelles traseros.
¡Justo a tiempo! El oleaje, rompiendo, mojó las ruedas hasta el eje en el momento en
que el auto llegaba al camino. ¡Bah! ya podíamos reírnos del acoso del mar. Mi fiel
vehículo nos mantendría fuera de su alcance a pesar de su carga excesiva, salvo que el descenso hacia el abismo continuase indefinidamente… Como sea, delante de nosotros
teníamos campo: por lo menos, dos horas de ascensión y una altura disponible de
alrededor de mil quinientos metros.
De todas maneras, pronto reconocí que no convendría cantar victoria de antemano.
Luego del primer salto del vehículo, que nos lanzó a unos veinte metros de la línea de
espuma, de nada sirvió que Simonat aumentara la entrada de combustible: la distancia
no varió. Era evidente que el peso de las doce personas hacía la marcha más lenta. Por el motivo que fuese, esta marcha equivalía a la del agua invasora, que se mantenía imperturbablemente a la misma distancia.
En seguida nos enteramos de este inquietante hecho, y todos -salvo Simonat, ocupado
en manejar el coche- nos dimos la vuelta para mirar el camino que dejábamos atrás.
Todo era agua. A medida que avanzábamos, la ruta iba desapareciendo bajo el mar.
Este, sin embargo, se había calmado. Sólo unas pequeñas olas venían a morir
plácidamente sobre una grava siempre nueva. Era un lago pacífico que crecía y crecía,
con un movimiento uniforme, y ninguna tragedia podía equipararse a la persecución de
aquélla agua mansa. Huíamos en vano; el agua subía con nosotros, implacable…
Con los ojos fijos en la ruta, Simonat tomó una curva y dijo:
-Nos hallamos en la mitad de la pendiente. Todavía tenemos una hora de subida. Nos
estremecimos: ¡Llegaríamos a la cima en una hora, y luego deberíamos bajar, siempre
perseguidos, esta vez alcanzados sin remedio, fuera cual fuese nuestra velocidad, por
las masas líquidas que se desplomarían en avalancha detrás de nosotros! La hora
fijada transcurrió sin que nuestra situación se modificara en absoluto. Cuando ya
divisábamos el punto culminante de la cuesta, el auto pegó una violenta sacudida y
pegó un bandazo que por poco lo estrella contra el talud de la ruta. Simultáneamente
una inmensa ola se infló detrás de nosotros dispuesta a saltar el camino, se ahuecó, y por último rompió sobre el coche, que quedó rodeado de espuma…
¿Así que terminaríamos siendo tragados por el agua?
¡No!
El agua se retiró burbujeante, mientras el motor, apurando de repente sus jadeos,
aumentaba nuestra velocidad. ¿Cuál era la causa del brusco aumento de velocidad? El
grito de Anna Raleigh nos lo hizo saber: tal como la desdichada mujer nos hizo
comprobarlo, su marido ya no iba aferrado a los muelles.
Era evidente que la sacudida había arrojado al desgraciado, y por lo mismo, el coche ya sin lastre, escalaba la cuesta con mayor facilidad.
De pronto, se detuvo abruptamente.
-¿Qué sucede? -le pregunté a Simonat- ¿Alguna avería?
Hasta en circunstancias semejantes, el orgullo profesional no perdía sus derechos:
Simonat se encogió de hombros con indiferencia, queriendo significar de esa manera
que la avería era algo desconocido para un chofer de su categoría, y alzando
silenciosamente la mano, señaló hacia delante. Comprendí entonces el motivo de la
detención.
A menos de diez metros de nosotros, la ruta estaba cortada. Y «cortada» es la palabra
exacta, pues parecía rebanada por un cuchillo. Más allá de una desnuda saliente que la interrumpía abruptamente, había un vacío, un tenebroso abismo en cuyo fondo era
imposible vislumbrar nada.
Nos dimos la vuelta, enloquecidos, convencidos de que nuestra última hora había
llegado. El océano, que nos había perseguido hasta esas alturas, nos alcanzaría
indefectiblemente en unos segundos…
Todos, excepto la pobre Anna y sus hijas, que sollozaban hasta partirnos el alma,
lanzamos una exclamación de asombro. No, el agua no había persistido en su
ascensión, o, mejor dicho, la tierra había dejado de hundirse. Sin duda, la tremenda
sacudida que acabamos de sufrir había sido la última manifestación de la hecatombe. El océano había detenido su marcha, y su nivel se mantenía cerca de cien metros por
debajo del sitio en donde estábamos, reunidos alrededor del auto que aún se
estremecía, semejante a un animal sofocado, tras la veloz carrera.
¿Nos sería posible salir de aquél mal trance? Lo sabríamos a la luz del día. Por el
momento, sólo restaba esperar. Unos tras otros, nos echábamos sobre el sueño ¡y -
Dios me perdone- creo haberme dormido!
Un ruido espantoso hizo que despertara sobresaltado. ¿Qué hora es? No lo sé. De
cualquier manera, continuábamos sepultados en las tinieblas de la noche.
El ruido proviene del abismo insondable en el que se ha precipitado la ruta. ¿Qué
ocurre? Juraría que allí caen masas de agua en cataratas, que gigantescas olas se
entrechocan con furia. Sí, de eso se trata, pues llegan hasta nosotros volutas de
espuma y el rocío del mar nos envuelve.
Después, poco a poco, renace la calma…
Todo vuelve a recuperar su silencio… El cielo palidece… Despunta el día…
_
25 de mayo
_
¡Qué tormento es el lento descubrimiento de nuestra situación! En un principio
descubrimos sólo nuestros alrededores inmediatos, pero el círculo crece, crece
continuamente, como si nuestra desesperanza hubiese levantado uno a uno una infinita
cantidad de sutiles velos; y al fin reina una luz plena, que acaba con nuestras ilusiones.
Nuestra situación es sumamente sencilla, y se la puede describir con muy pocas
palabras: nos hallábamos sobre una isla. Por todas partes nos rodea el mar. Ayer,
alcanzamos a divisar un océano repleto de cumbres, muchas de las cuelas dominaban
la que ahora nos sustenta: todas ellas han desaparecido, mientras que -por causa s que
permanecerán ignoradas para siempre- la nuestra, más humilde, ha frenado su serena
caída; donde estaban las demás sólo hay una ilimitada capa de agua. Por todos los
costados, únicamente el mar. Ocupamos el único punto sólido del enorme círculo
descrito por el horizonte.
Con sólo echar un vistazo reconocemos en toda su extensión el islote sonde una suerte
excepcional nos ha hecho encontrar refugio. Es pequeño, en efecto: mil metros de largo
como máximo, y quinientos en la dimensión contraria. Su cima, que se alza a unos cien
metros por encima de las olas, se une con las costas Norte, Oeste y Sur mediante una
pendiente bastante suave. Por el contrario, hacia el este, el islote termina en un
acantilado que cae en picada en el océano.
Nuestros ojos, miran casi siempre hacia ese costado. En esa dirección deberíamos ver
montañas escalonadas y más allá, todo México. ¡Qué alteración en el lapso de una
breve noche de primavera! ¡Las montañas ya no están, y México fue tragado por las
aguas! ¡En su lugar hay un infinito desierto, el árido desierto del mar!
Nos miramos con espanto. Atrapados sin víveres ni agua., sobre esta desnuda y
estrecha roca, no podemos albergar la más mínima esperanza. Nos acostamos sobre el
suelo, huraños, y comenzamos a aguardar la muerte.
A bordo del Virginia
¿Qué sucedió durante los días siguientes? No lo recuerdo. Supongo que finalmente
perdí el conocimiento: recién recuperé la conciencia a bordo del barco que nos recogió.
Fue entonces cuando supe que habíamos estado diez días completos en el islote, y que
dos de nosotros -Williamson y Rowling- murieron allí a causa de la sed y el hambre. De
las quince personas que albergaba mi residencia cuando ocurrió el cataclismo, apenas
quedan nueve: mi hijo Jean y mi pupila Hèléne, mi chofer Simonat, desconsolado luego
de la pérdida de su vehículo, Anna Raleigh y sus dos hijas, los doctores Bathurst y
Moreno, y finalmente yo, que redacto estas líneas con apuro, para instrucción de las
futuras razas, si existe alguna posibilidad de que nazcan.
El Virginia, sobre el que viajamos, es un navío mixto -a velas y a vapor-, de alrededor
de dos mil toneladas, destinado al transporte de mercancías. Es un barco bastante lento
y viejo. El capitán Morris tiene bajo sus órdenes a veinte hombre, todos son ingleses.
Hace aproximadamente un mes, el Virginia zarpó de Melbourne con destino a Rosario.
Ningún percance marcó el viaje, con excepción -durante la noche del 14 al 25 de mayode
una serie de olas de mar de fondo de prodigiosa altura, pero de proporcionada
longitud, lo que las hacía inofensivas. Estas olas, por extrañas que resultaran, no
podían hacer que el capitán sospechara el cataclismo que estaba sucediendo en ese
mismo instante. En efecto, quedó muy sorprendido al encontrar únicamente el mar en el
lugar en donde esperaba avistar Rosario y la costa mexicana. De esta costa quedaba
sólo un islote. Un bote del Virginia abordó ese islote, en donde descubrieron once
cuerpos inertes. Dos ya eran cadáveres; embarcaron a los nueve restantes. Así fue
como nos salvamos.
En tierra. Enero o febrero
Un lapso de ocho meses separa las últimas líneas de lo anterior, de estas que ahora
escribo. Las fecho en enero o febrero, ante la imposibilidad de ser más preciso, porque ya no tengo una noción exacta del tiempo.
Estos ocho meses conforman el período más espeluznante de nuestras desdichas, le
período en que por etapas que sucedieron cruelmente, conocimos toda la magnitud de
nuestro infortunio.
Luego de recogernos, el Virginia siguió a todo vapor su ruta hacia el Este. Cuando volví
en mí, el islote en donde estuvimos a punto de desaparecer había quedado tras el
horizonte, hacía tiempo. Según las medidas que tomó el capitán en un cielo despejado,
estábamos navegando en el sitio preciso en donde tendría que haber estado México.
Pero no quedaba un solo rastro de México: nomás que el que ya habían descubierto,
estando desmayado, de las montañas centrales; no más que el que ahora distinguían
por encima de toda la Tierra, y por lejos que abarcara la vista; por todos lados, sólo
veíamos el mar inconmensurable.
Existía algo verdaderamente enloquecedor en semejante comprobación. Sentíamos que
estábamos a un paso de perder la razón. Todo México sumergido bajo las aguas!
Cruzábamos miradas de espanto preguntándonos hasta donde habrían llegado los
estragos de la horrible hecatombe.
En tal sentido, el Capitán quiso saber a qué atenerse; cambiando el rumbo, enfilamos
hacia el Norte: si México había desaparecido, resultaba inadmisible que lo mismo
hubiera sucedido con todo el continente americano.
Así era, sin embargo. Durante doce días subimos en vano hacia el Norte sin encontrar
tierra, y lo mismo ocurrió luego de virar en redondo y dirigirnos hacia el Sur, durante
más o menos un mes. Finalmente, nos vimos forzados a rendirnos a la evidencia por
paradójica que nos pareciera: ¡sí, el continente americano se había hundido bajo las
olas en su totalidad!
¿Así que habíamos sobrevivido sólo para conocer una vez más las aflicciones de la
agonía? En verdad, teníamos motivos para creerlo. Sin mencionar los víveres que tarde
o temprano faltarían, un peligro inminente nos amenazaba: ¿qué iba a ser de nosotros
cuando el carbón se agotara y detuviera el andar de las máquinas? Sería como cuando
el corazón de un animal exangüe deja de latir. Por tal motivo, el 14 de julio -entonces
nos hallamos en las proximidades del emplazamiento antiguo de Buenos Aires- el
capitán Morris dejó que los fuegos se apagaran y en su lugar se alzaran las velas.
Luego reunió a todo el personal del Virginia, tanto a la tripulación como a los pasajeros
y, exponiendo en pocas palabras nuestra situación, nos rogó que reflexionáramos a
conciencia y propusiéramos las posibles soluciones a la asamblea que tendría lugar el
día siguiente.
Ignoro si algunos de mis compañeros de infortunio dio con algún recurso más o menos
ingenioso. Por mi parte, debo confesar que vacilaba, muy confundido con respecto a la
mejor elección a tomar, cuando una tempestad nocturna acabó con la cuestión; nos
vimos obligados a huir hacia el Oeste, arrastrados por un viento desenfrenado, a punto de ser engullidos en todo momento por un mar enfurecido.
El huracán duró treinta y cinco días, sin que amainara un solo minuto, o diese señal de detenerse. Comenzábamos a desesperar de que algún día llegara a hacerlo, cuando el
19 de agosto, volvió el buen tiempo con tanta prontitud como había terminado. El
capitán aprovechó para realizar sus mediciones: el cálculo dio 40º de latitud Norte y
144º de longitud Oeste. ¡Eran estas las coordenadas de Pekín!
¡Significada que habíamos pasado sobre la Polinesia, y probablemente por Australia,
sin siquiera enterarnos, y en ese momento navegábamos en el sitio en donde se
extendía la capital de un imperio de cuatrocientos millones de almas!
¿Había sufrido Asia la misma suerte que América?
Pronto no quedaron dudas al respecto. El Virginia continuó su rumbo Sudoeste y
alcanzó la altura del Tibet, luego la del Himalaya. Allí deberían elevarse las cumbres
más altas del globo.
Pues bien, en todas las direcciones, nada emergía de la superficie del océano. ¡Era de
suponer que sobre la tierra ya no existía ningún otro punto firme que la del islote que
nos había salvado: que éramos nosotros los únicos sobrevivientes de la catástrofe, los
últimos habitantes de un mundo enterrado en la movediza mortaja del mar!
Si así era, pronto pereceríamos. A pesar de un racionamiento severo, los víveres de a
bordo se agotaban, efectivamente, y en consecuencia, teníamos que abandonar las
esperanzas de renovarlos.
Abrevio el relato de esta penosa travesía. Si para exponerla en detalle, intentase revivir
día a día, el recuerdo me volvería loco. Por extraordinarios y terribles que sean los
hechos que le precedieron y la sucedieron, por angustioso que me parezca el futuro -un
futuro que no llegaré a ver-, aún así fue en el transcurso de esa navegación infernal
cuando conocimos el mayor horror. ¡Oh! Esa eterna carrera a través de un mar sin fin.
¡Esperar todos los días llegar a alguna parte y ver como retrocedía continuamente el fin
de nuestro viaje! ¡Vivir inclinados sobre mapas donde los hombres habían grabado la
sinuosa línea de las costas, y constatar que nada absolutamente había quedado de
esos lugares que suponíamos eternos! ¡Decirse que la Tierra bullía de vidas
innumerables, que millones de personas y millones de animales la recorrían en todas
direcciones o surcaban los aires, y que todo ha dejado de existir al mismo tiempo, que
todas esas vidas se han apagado juntas como una leve llama al soplo del viento!
¡Buscar sobrevivientes por todas partes, y buscar en vano! ¡Arribar paso a paso a la
certeza de que nada vivo existe a nuestro alrededor, e ir tomando conciencia
paulatinamente de la soledad en medio de un universo despiadado!
¿He dado con las palabras justas para expresar todas nuestras angustias? Lo ignoro.
En ningún idioma deben existir términos apropiados para semejante calamidad.
Luego de haber explorado el mar en donde antes estaba la península India, subimos
hacia el Norte durante unos diez días, después enfilamos rumbo al Oeste. Sin que
cambiase nuestra situación franqueamos la cadena de los Urales, trasformadas en
montañas submarinas, y navegamos sobre lo que había sido Europa. Pronto bajamos
hacia el Sur, hasta veinte grados pasando el Ecuador; luego de lo cual, harto de tan
inútil búsqueda, remontamos el rumbo Norte y cruzamos, después de dejar atrás los
Pirineos, una extensión de agua que cubría África y España. En verdad,
comenzábamos a habituarnos a nuestro horror. A medida que avanzábamos,
señalábamos nuestra ruta en los mapas, y exclamábamos: «aquí estaba Moscú…
Varsovia… Berlín… Viena… Roma… Túnez… Timbuctú... Saint Louis…Orán…
Madrid…», pero cada vez con mayor indiferencia y amparados por el hábito, llegamos a
pronunciar esas palabras sin emoción, cuando en verdad eran sumamente trágicas.
Sin embargo, yo al menos, no había agotado mi capacidad de sufrimiento. Me percaté
de ello el día -era el 11 de diciembre, más o menos- en que el capitán Morris me dijo:
«Aquí estaba París…» Ante semejantes palabras, creí que me arrancaban el alma.
¡Qué todo el universo se hubiese hundido, sea! ¡Pero Francia… mi Francia! ¡Y París,
que la representaba!
A mi lado escuché un sollozo. Me dí vuelta; era Simonat, llorando.
Continuamos navegando hacia el Norte aún por cuatro días; luego, cuando estuvimos a
la altura de Edimburgo, bajamos hacia el Sudoeste, buscando Irlanda, después
enfilamos rumbo al Este… A decir verdad, errábamos al azar, ya que no existían
mayores motivos para tomar una dirección en lugar de otra…
Pasamos por encima de Londres, cuya líquida sepultura fue saludada por toda la
tripulación. Cinco días más tarde, estábamos a la altura de Dantzig, cuando el capitán
Morris ordenó girar en redondo y poner el timón hacia el Sudeste. El timonel obedeció
inmutable.
¿Qué le importaba? ¿Acaso no sería lo mismo tomar cualquier rumbo?
Fue en el noveno día de navegación por esta nueva ruta cuando comimos nuestro
último bocado de bizcocho.
Mientras cruzábamos miradas de espanto, el capitán Morris, de pronto, dio la orden de
encender nuevamente los fuegos de las calderas. ¿Qué ideas regían su orden?
Todavía me lo pregunto; pero la orden fue obedecida, y la velocidad del navío
aumentó…
Dos días después, el hambre ya nos atormentaba cruelmente. En el segundo día, la
mayoría de nosotros se negaba obstinadamente a levantarse; sólo contábamos el
capitán Morris, Simonat, algunos tripulantes y yo, para proporcionar la energía que
mantuviese el rumbo de la nave.
Al siguiente día -quinta jornada de ayuno- el número de timoneles y maquinistas
generosos disminuyó aún más. En veinticuatro horas, ya nadie tendría fuerzas
suficientes para mantener en pie.
Hacía más de siete meses que estábamos navegando. Desde hacía más de siete
meses que surcábamos el mar en todas direcciones. Debía ser, creo yo, 8 de enero.
Digo «creo» ante la imposibilidad en que me encuentro de ser más preciso, ya que para
nosotros, en aquel momento, el calendario había perdido mucho de su rigor.
Ese día, sin embargo, mientras sosteníamos la barra del timón y me esforzaba en
mantener el rumbo con atención desfalleciente, creí divisar algo al Oeste. Pensé que
era juguete de un engaño y abrí los ojos de par en par…
¡No, no me había confundido!
Lancé un verdadero rugido, luego aferrándome al timón, exclamé a viva voz:
-¡Tierra a estribor por delante!
¡Qué efecto prodigioso tuvieron esas palabras! Todos los moribundos resucitaron al
mismo tiempo, y sus rostros macilentos irrumpieron sobre la banda a estribor.
-Sí, es tierra -dijo el capitán Morris, luego de estudiar la nube que se alzaba en el
horizonte.
Media hora después, no cabía ninguna duda. ¡Lo que encontrábamos en pleno océano
Atlántico era tierra, luego de haberla buscado en vano sobre toda la extensión de los
antiguos continentes!
Cerca de las tres de la tarde, pudimos distinguir en detalle el litoral que nos interrumpía
el paso, y sentimos reavivarse nuestra esperanza. Porque en realidad este litoral no se
asemejaba a ningún otro, y nadie de entre nosotros recordaba haber visto uno
semejante, de tan absoluto y perfecto salvajismo.
En la Tierra, tal como la conocíamos antes de la tragedia, el verde era un color que
abundaba. Ninguno de nosotros sabía de una costa tan alejada de la mano de Dios,
una región tan árida que hasta carecía de arbustos, o de algún grupo de juncos, o
simplemente capas de liquen o musgo. Allí no existía nada de eso. Sólo se vislumbraba
un imponente acantilado negruzco, a cuyo pie yacía una confusión de roquedales, sin
una sola planta o brizna de hierba. Era la desolación más cabal y absoluta que pudiera
imaginarse.
Costeamos el abrupto acantilado durante dos días, sin hallar en él la menor hendidura.
Recién por la tarde del segundo día encontramos una bahía amplia, bien protegida
contra todos los vientos marinos, en cuyo fondo dejamos caer el ancla.
Luego de llegar a la costa en los botes, nuestra primera inquietud fue juntar alimentos
en la playa. Esta se hallaba cubierta por centenares de tortugas y millones de mariscos.
En los recovecos de los arrecifes se veían cantidades fabulosas de cangrejos,
bogavantes y langostas, sin mencionar los peces. Resultaba evidente que un mar
poblado tan ricamente, a falta de otros recursos, nos permitiría subsistir un tiempo
ilimitado.
Recobradas nuestras fuerzas, una hendidura del acantilado nos permitió alcanzar la
meseta, donde descubrimos un espacio muy amplio. El aspecto de la costa no nos
había engañado: por todas partes y en todas direcciones, no había más que rocas
áridas, recubiertas de algas y de fucos casi todos resecos, sin una brizna de hierba, sin
nada vivo, tanto sobre en la tierra como en los aires. Lagos pequeños, más bien
charcos resplandecían aquí y allá bajo los rayos del Sol. Cuando quisimos calmar
nuestra sed descubrimos que era agua salada.
Para ser sinceros, eso no nos sorprendió. Se confirmaba lo que ya habíamos
sospechado desde un comienzo: a saber, que ese continente desconocido había nacido
ayer, y que había emergido de las profundidades del mar en un sólo bloque. Eso
explicaba asimismo la espesa capa de barro esparcida uniformemente que, luego de la
evaporación, comenzaba a cuartearse en fino polvo.
Al mediodía del día siguiente, las mediciones marcaban 17° 20' de latitud Norte y 23°
55' de longitud Oeste. Cuando las trasladamos al mapa, vimos que se encontraban en
medio del mar, más o menos a la altura del Cabo Verde. Y sin embargo, ahora, la Tierra
hacia el Oeste y el mar hacia el Este, se extendían hasta donde la vista podía abarcar.
Por ingrato e inhóspito que fuera el continente en el que habíamos tomado tierra,
estábamos forzados a contentarnos con el. Por tal motivo, se llevó a cabo sin demora la
descarga del Virginia. Sin elegir, subimos la meseta con todo lo que había y dejamos al Virginia anclado en una bahía, sin problema.
Ni bien comenzamos el desembarco, comenzamos nuestra nueva vida. Primeramente,
convenía...
En este punto de su traducción, el zartog Sofr se vió obligado a interrumpirla. El
manuscrito mostraba una primera laguna, muy importante por el número de páginas
afectadas, laguna acompañada de otras varias todavía más considerables. A pesar de
la protección del estuche, era evidente que gran cantidad de páginas habían sido
víctimas de la humedad: en consecuencia, sobrevivían sólo algunos fragmentos de
diferente extensión, cuyo contexto se halaba arruinado para siempre en forma
indefectible. Se sucedían en el orden que sigue:
...nos empezamos a aclimatar.
¿Cuanto hace que desembarcamos en este litoral? No estoy seguro. Se lo pregunté al
doctor Moreno que lleva un calendario de los días transcurridos. Me respondió: «seis
meses...» y agregó «días más, días menos», pues teme haberse equivocado.
De vez en cuando atrapamos algún pájaro: la atmósfera no está tan desierta como
supusimos al comienzo, una docena de conocidas especies están representadas sobre
este continente nuevo. Son aves que recorren exclusivamente la larga distancia:
golondrinas, zapateros, albatros y algunas más.
Supongo que no deben encontrar su alimento en este tierra desprovista de vegetación
pues no cesan de girar por encima de nuestro campamento, al acecho de nuestras
exiguas comidas. A veces recogemos alguna muerta por el hambre, lo que nos permite
ahorrar pólvora y balas de fusil.
Afortunadamente, existen oportunidades de que la situación no empeore. En la bodega
del Virginia hallamos una bolsa de trigo, y sembramos la mitad. El trigo será una mejora
importante cuando crezca. Ahora bien: ¿germinará? Una espesa capa aluvional cubre
el suelo, un lodo arenoso enriquecido por algas en descomposición. Por más pobre que
sea su calidad no deja de ser humus. Cuando llegamos se encontraba impregnado de
sal; pero a partir de entonces, la superficie ha sido copiosamente lavada por lluvias
diluvianas, porque ahora todas las depresiones están llenas de agua dulce.
Sin embargo, la capa aluvional está desprovista de sal solamente en un espesor muy
delgado: los arroyos, así como los ríos, que comienzan a formarse, son todos muy
salobres lo cual demuestra que la capa está todavía muy saturada en su base.
Para sembrar el trigo y conservar en reserva la otra mitad, casi tuvimos que pelear: una
parte de la tripulación del Virginia deseaba hacer pan inmediatamente. Estuvimos
obligados a...
...que cuidábamos a bordo del Virginia.
Ambas parejas de conejos se salvaron en el interior, y dejamos de verlos. Deberán
haber encontrado con que alimentarse. Según creemos, la producirán entonces...
...Por lo menos dos años que estamos aquí. El trigo creció formidablemente. Poseemos
pan casi a discreción, nuestros campos son cada vez más extensos. ¡Pero qué pelea
contra las aves! Se multiplican de extraña manera y, alrededor de todas nuestras
plantaciones!
A pesar de las muertes que referí más arriba, no solo no se ha reducido, sino que ha
aumentado. Mi hijo y mi pupila han dado a luz tres hijos, y cada uno de nosotros tres,
otros tantos, Toda esta población revienta de salud. Pareciera que la raza humana es
dueña ahora de un vigor mayor, de una vitalidad más intensa, desde que su número se
ha visto disminuído. Pero qué motivos...
...En este lugar desde hace diez años, y nada sabemos del continente. Lo conocemos
apenas en un radio de algunos kilómetros a la redonda del sitio en que
desembarcamos. Quien nos ha hecho avergonzar de nuestra indiferencia es el doctor
Bathurst: debido a su insistencia equipamos el Virginia lo que nos llevó cerca de seis
meses, y llevamos a cabo un viaje de reconocimiento.
Hemos recorrido todo el contorno del continente y, todo parece indicarlo, sería junto con
nuestro islote, la última parcela sólida existente sobre la superficie del globo. Todas sus
orillas nos parecieron similares, muy ásperas y muy salvajes.
Interrumpimos la navegación para realizar numerosas excursiones al interior. Ante todo
esperábamos hallar rastros de las Azores y de la Isla de Madeira, ubicadas antes de lahecatombe, en el Océano Atlántico. No reconocimos el más leve vestigio.
¡Para nuestro asombro, no hallábamos lo que buscábamos, pero hallamos lo que no
buscábamos! A la altura de las Azores, medio enterrados en la lava, ante nosotros
aparecieron pruebas de un trabajo humano, aunque no del trabajo de los moradores de
esas islas. Eran vestigios de columnas y vasijas, diferentes de las que conociéramos
jamás. Luego de examinarlas, el doctor Moreno manifestó la idea de que tales restos
debían provenir de la antigua Atlántida, y que habían asomado a la luz del día por el
flujo volcánico.
Es probable que el doctor Moreno tenga razón. Efectivamente, en caso de existir, la
antigua Atlántida habría ocupado más o menos el lugar del nuevo continente. En tal
caso, sería bastante singular que en el mismo sitio se hubiesen sucedido tres
humanidades que no procedían una de la otra.
Como quiera que fuese, debo admitir que el problema no me incumbía: ya bastante
tenemos que hacer con el presente, como para andar ocupándonos del pasado.
Cuando volvimos a nuestro campamento, nos sorprendió el hecho de que, comparadas
con el resto de la región, nuestras inmediaciones parecían una zona privilegiada. Esto sólo se refiere al color verde, tan profuso en la naturaleza de antaño, y que, mientras en el resto del continente se halla radicalmente suprimido, aquí no es del todo desconocido. Esa observación nunca la habíamos hecho hasta entonces, pero resulta algo innegable.
Briznas de hierba que no existían al momento de nuestra legada, brotan
alrededor de nosotros con bastante abundancia. Por lo demás, pertenecen únicamente
a un pequeño número de especies de las más vulgares, cuyos granos es evidente,
fueron traídos por las aves hasta aquí.
De lo anterior, no debería afirmarse que no hay más vegetación que esas pocas
especies antiguas. Por el contrario, gracias a un trabajo de adaptación muy extraño,
existe una vegetación en estado muy promisorio, si bien rudimentario, sobre todo el
continente.
Cuando surgió de entre las olas, las plantas marinas que lo cubrían perecieron en su
mayoría con la luz del Sol. Sin embargo, algunas persistieron en los lagos y en los
charcos que poco a poco ha ido resecando el calor. Pero en este tiempo comenzaban a
nacer ríos y arroyos, mucho más propicios para la vida de los fucos y las algas, por
tener agua salada. Cuando la superficie, y más tarde la profundidad del suelo, se quedó
sin sal y cuando el agua se tornó dulce, una enorme mayoría de estas plantas quedaron
destruidas. No obstante, una cantidad pequeña pudo adaptarse a las nuevas
condiciones de vida, y prosperó en el agua dulce al igual que lo había hecho en el agua
salada. Pero el fenómeno no se interrumpió allí: algunas de esas plantas -luego de
adaptarse al agua dulce- se adaptaron al aire libre, dotadas de una mayor facultad de
acomodación, y aparecieron primeramente sobre las riberas y después avanzaron poco
a poco hacia el interior.
Fuimos testigos de dicha transformación, pudimos comprobar cuantas formas mutaban
al mismo tiempo que el funcionamiento fisiológico. Algunos tallos ya se alzaban hacia el
cielo. Se puede prever que algún día una flora entera será creada en detalle, y que
estallará una lucha encarnizada entre las especies nuevas y las que proceden del
antiguo orden de cosas.
Lo que sucede con la flora sucede también con la fauna. En los alrededores de las
corrientes de agua se ven antiguos animales marinos mayormente moluscos y
crustáceos, en el proceso de venir terrestres. El aire es surcado pro peces voladores
que tienen más de aves que de peces, cuyas alas han crecido enormemente y cuya
cola curva les posibilita…
El último fragmento estaba intacto y contenía el final del manuscrito:
…todos viejos. El capitán Morris murió. El doctor Bathurst tiene sesenta y cinco años; el doctor Moreno sesenta; yo, sesenta y ocho. Pronto dejaremos de existir todos nosotros.
No obstante, antes llevaremos a cabo la tarea estipulada y, mientras nos sea posible,
iremos en auxilio de las futuras generaciones, en la lucha que les aguarda.
¿Pero llegarán a ver la luz estas generaciones del porvenir?
Juraría que sí, teniendo en cuenta la multiplicación de mis semejantes: los niños pululan y, además, al amparo de este clima saludable, en esta tierra donde los animales feroces son desconocidos, la longevidad es un hecho. La importancia de nuestra colonia se ha triplicado.
Contrariamente, juraría que no, si pienso en la abismal decadencia intelectual de mis
compañeros de infortunio.
En verdad, nuestro pequeño grupo de náufragos podría haber sacado provecho del
saber humano: contaba con un hombre particularmente enérgico -el capitán Morris-, dos
hombres más instruidos que lo común -mi hijo y yo-, y dos sabios auténticos: los
doctores Bathurst y Moreno. Con semejante equipo se podría haber hecho algo… Nada
se hizo. La preservación de nuestra vida material, ha sido desde el comienzo -y aún lo es-, nuestra preocupación. Como al principio, empleamos nuestro tiempo en buscar
alimentos y, por la noche, caemos extenuados en un profundo sueño.
Desgraciadamente, está claro que la humanidad -de la que somos sus únicos
representantes-, va en camino de una veloz regresión y tiende a aproximarse a lo
animal.
Entre los marineros del Virginia -gente ya inculta en otros tiempos- los rasgos de
animalidad sobresalieron primero; mi hijo y yo ya no recordamos lo que sabíamos; los
doctores Bathurst y Moreno también han dejado de ejercitar su cerebro. Podría decir
que nuestra vida cerebral ha sido suprimida.
¡Resulta afortunado que hayamos hecho, hace tantos años, la circunnavegación de este
continente! Hoy careceríamos del valor necesario… Y, además, quien comandó la
travesía, el capitán Morris, ha muerto, lo mismo que ha muerto de abandono el Virginia, que nos llevó.
Al comienzo de nuestra vida aquí, algunos de nosotros emprendimos la construcción de
viviendas. Construcciones que jamás terminamos, hoy convertidas en ruinas. Dormimos
sobre la tierra, en todas las estaciones del año.
Hace ya mucho tiempo que nos quedamos sin vestimentas con que cubrirnos. Durante
algunos años, nos la arreglamos para reemplazarlas por algas tejidas de una manera
bastante ingeniosa al principio, luego más tosca. Pronto nos hartamos de este esfuerzo
que las bondades del clima vuelve innecesario: vivimos desnudos, como los que antaño
llamábamos salvajes.
Sin embargo, aún persisten algunos signos de nuestras antiguas costumbres, ideas y
sentimientos. Mi hijo, Jean, hombre ya maduro y abuelo, no ha perdido del todo el
sentimiento afectivo, y Modesto Simonat -mi ex chofer- conserva cierta reminiscencia de que yo alguna vez fui su patrón.
Pero con ellos, con nosotros, esas vagas huellas de los hombres que fuimos -porque, a
decir verdad, ya no somos hombres-, terminarán por desvanecerse para siempre. La
gente del futuro que nazca aquí no conocerá jamás otra existencia. La humanidad se
serán irreductiblemente estos adultos -los tengo ante mis ojos, mientras escribo- que no
saben leer, escribir ni contar; y apenas saben hablar; a estos niños de afilados dientes,
que sólo parecen ser un vientre insaciable. Después de ellos vendrán después otros
adultos y otros niños, cada vez más cercanos al animal, cada vez más alejados de
nuestros abuelos pensantes.
Parece que los estuviera viendo a esos hombres futuros, apartados del lenguaje
articulado, extinguida su inteligencia, cubierto el cuerpo de gruesos pelos, deambulando
por este triste desierto.
¡Pues bien! Queremos evitar que así sea. Haremos los logros de la humanidad a la que
pertenecimos, no se pierda en el olvido. El doctor Bathurst, el doctor Moreno y yo,
despabilaremos nuestros cerebros entumecidos, lo forzaremos a recordar lo que alguna
vez supo. Repartiendo el trabajo sobre este papel y con esta tinta proveniente del
Virginia, enumeraremos todos nuestros conocimientos, en las diferentes categorías de
la ciencia, con la finalidad de que los hombres, en caso de perdurar, y luego de un
tiempo de salvajismo más o menos extenso, cuando sienta renacer dentro de ellos su
sed de luz, encuentren este resumen del trabajo que han hecho sus antecesores.
¡Podrán bendecir así la memoria de los que se esmeraron, por si acaso, para abreviar
el doloroso camino de hermanos que nunca se verán!
Al borde de la muerte
Hace quince años que las líneas precedentes fueron escritas. El doctor Bathurst y el
doctor Moreno han muerto. De los que desembarcamos aquí, yo soy prácticamente el
único que queda, y uno de los más viejos. Pero pronto la muerte va a alcanzarme a mí
también. La siento trepar desde mis fríos pies hasta mi corazón que se detiene.
Nuestro trabajo ha llegado a su fin. Guardé los manuscritos con nuestro resumen de la
ciencia humana, en una de las cajas del Virginia, y la enterré muy hondo en el sueño.
Con ella, enterraré varias páginas enrolladas en un estuche de aluminio.
¿Alguna vez será encontrado el depósito confinado a la tierra? ¿Lo buscará alguien al
menos?
¿Depende del destino! ¡De Dios…!
Mientras el zartog iba traduciendo el curioso documento, una especia de horror oprimía su alma.
¡Vaya! ¿Significaba que la raza de los Andart’-Iten-Schu descendían de aquellos
hombres que, luego de haber recorrido durante largos meses los océanos desiertos,
habían encallado finalmente en ese sitio de la costa donde ahora se erguía Basidra?
¡De modo que esas criaturas miserables habían pertenecido a una humanidad
esplendorosa, al lado de la cual la humanidad actual apenas si lograba balbucear! Y sin embargo, ¿qué había sido necesario para que la ciencia y hasta el recuerdo de esos pueblos gloriosos quedasen abolidos para siempre? Menos que nada: que un
imperceptible estremecimiento atravesara la corteza del globo.
¡Qué percance irreparable que los manuscritos señalados por el documento hayan sido
destruidos junto con la caja de hierro que los contenía! Pero, por grave que fuera tal percance, era imposible guardar alguna esperanza, pues los obreros, para cavar los
cimientos, habían removido el suelo en todas las direcciones. Resultaba evidente que el hierro se había corrompido con el tiempo, mientras que el estuche de aluminio
aguantaba victorioso.
Por otra parte, no hacían falta más elementos para que el optimismo de Sofr se viera
inevitablemente convulsionado. Si el manuscrito omitía todo detalle técnico, prevalecía
en indicaciones generales y probaba de manera contundente que la humanidad había
avanzado tiempo atrás sobre el camino de la verdad más de lo que lo hizo después.
En aquel relato constaba todo; las nociones que Sofr manejaba, y otras que jamás se
hubiera atrevido a imaginar. ¡Hasta la explicación del nombre de Hedom, a raíz sobre el cual se habían entablado tantas inútiles discusiones! Hedom era una variación de
Edem, que lo era a su vez de Adán, nombre que a su vez sería variación de alguna
palabra más remota.
Hedom, Edem, Adán, es el símbolo eterno del primer hombre, y también es una
explicación de su llegada sobre la Tierra. Por cierto, Sofr había negado
equivocadamente a este ancestro, cuya realidad se hallaba confirmada sin ninguna
duda por el documento, y es el común de la población que tenía razón al otorgarse tales antepasados. Pero, tanto en ese sentido, como en todos los demás, los Andart’-Iten- Schu no habían inventado nada. Se habían conformado con decir una vez más lo que ya había sido dicho antes que ellos.
Y cabe suponer, después de todo, que los contemporáneos de quien escribiera el relato
no hayan inventado demasiado. Es probable que sólo hayan recorrido nuevamente,
ellos también, el camino realizado por otras humanidades surgidas antes que ellos
¿Acaso el manuscrito no hacía referencia a un pueblo de los atlantes? Y de estos
atlantes, eran sin duda, los restos casi impalpables que se habían descubierto gracias a
las excavaciones de Sofr sobre el limo marino. ¿Qué grado de verdad había alcanzado
esa antigua nación al momento de ser barrida de la faz de la Tierra por la invasión del océano?
Como fuere, después de la catástrofe nada había quedado de su obra, y el hombre se
vió obligado a retomar su ascensión, hacia la luz, desde el pie de la montaña.
Tal vez lo mismo sucediera con los Andart’-Iten-Schu. Tal vez lo mismo sucedería
después de ellos, hasta el día…
¿Pero llegaría alguna vez el día en que el deseo insaciable del hombre quedara
plenamente satisfecho? ¿Llegaría alguna vez el día en que, habiendo trepado la cuesta,
pudiese descansar al fin en la cumbre conquistada?
Así se debatía el zartog Sofr, inclinado sobre el venerable manuscrito.
Mediante ese testimonio de ultratumba, imaginaba el terrible drama que se desarrollaba
perpetuamente en el universo, y su corazón rebosaba de piedad.
Sangrando por los incontable males que había padecido todo lo que vivió antes que él,
doblándose debajo el peso de esos vanos esfuerzos acumulados en la infinitud de los
tiempos, el zartof Sofr-Ai-Sr adquiría, lenta y dolorosamente, la íntima certeza del eterno
recomienzo de las cosas.
JULIO VERNE, EN SI, TODO UN MITO

FIN



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