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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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jueves, 21 de agosto de 2008

Mitos LIBRO IV -- ISIS SIN VELO -- HELENA PETROVNA BLAVATSKY



ISIS SIN VELO

Clave de los misterios de la ciencia y teología antigua y moderna



HELENA PETROVNA BLAVATSKY

OBRA COMPLETA EN 4 TOMOS

TOMO IV




Este libro fue pasado a formato digital para facilitar la difusión, y con el propósito de que así como usted lo recibió lo pueda hacer llegar a alguien más. HERNÁN


ÍNDICE:

CAPÍTULO PRIMERO

LA MASONERÍA MODERNA - ALEGORÍAS DEL APOCALIPSIS - PRECEPTOS JESUÍTICOS - LA PASTORAL DE CAMBRAY - LA MENTIRA COHONESTADA - PROFECÍA DE HERMES - LAS ÁNIMAS VIVIENTES - MORAL EGIPCIA - FESTINES OBSCENOS - EL HOMBRE SEGÚN LOS EGIPCIOS - HOMBRES DESALMADOS - MILAGROS BUDISTAS - APOLOGÍA DEL REGICIDIO - SOFISMAS ANTIMASÓNICOS - DEGENERACIÓN DE LA MASONERÍA -INTEMPERANCIAS DE WENINGER - LOS MODERNOS TEMPLARIOS - LOS CABALLEROS DE MALTA - LOS TEMPLARIOS BASTARDOS - EL NOMBRE MISTERIOSO - EL VENERABLE "MAH" - LA CARTA DE UN MASÓN - EL TEMPLO DE SALOMÓN - LA TAU PERFECTA - CIFRAS SECRETAS - PRONUNCIACIÓN DEL "NOMBRE" - CONFUSIÓN DE NOMBRES - EL NOMBRE DE ISRAEL - LAS TUMBAS DE GORNORE

CAPÍTULO II

EL MISTERIO DEL NÚMERO SIETE - SIGNIFICADO DEL ARCO IRIS - EL ESPÍRITU DE LOS MANTRAS - LOS NÚMEROS UNO, TRES Y SIETE - MÁSCARAS SIN CÓMICOS - LA CLAVE DEL RIG VEDA - SABIOS INDOS Y EUROPEOS - EL DOMINGO CRISTIANO - MALDICIÓN ALEGÓRICA - DÍA Y NOCHE DE BRAMA - SIMBOLISMO DE NOÉ - EL DILUVIO SEGÚN LOS INDOS - LOS VEDAS Y EL DILUVIO - FÁBULAS Y LEYENDAS - TERGIVERSACIÓN DE TEXTOS - ÉPOCA DE ZOROASTRO - POBLADORES DE LA INDIA - IDIOMAS SEMÍTICOS - DIVINIDADES SOLARES - EL MESÍAS PROMETIDO - SARGÓN Y MOISÉS - NOÉ Y EL ARCA - EVA-LILITH Y EVA - SIMBOLISMO DE LA SERPIENTE - ADÁN PROTOTIPO DE NOÉ - LOS PATRIARCAS BÍBLICOS - SIMBOLISMO DE LA CRUZ - SIMBOLISMO DEL ZODÍACO - EL SIGNO ZODIACAL "LIBRA" - GENEALOGÍAS DE CAÍN Y SETH - RUEDA DE EZEQUIEL - SIMBOLISMO DE LIBRA - ÉPOCAS GEOLÓGICAS - EQUIVALENCIAS ENTRE LOS PATRIARCAS - ALEGORÍAS TALMÚDICAS - EL HOMBRE ARQUETÍPICO - QUERELLAS DE ERUDITOS

CAPÍTULO III

MISIONEROS CRISTIANOS - ORIGEN DE LA DEMONOLOGÍA - CRISTO Y EL DIABLO - SINÓNIMOS DE SATANÁS - EL DIOS TIPHÓN - LA TENTACIÓN DE JESÚS - SATÁN EN EL POEMA DE JOB - PERSONIFICACIÓN DE LOS DIOSES - EL MITO DE LA SERPIENTE - MISTERIO DE DEMETER - ALEGORÍAS DEL LIBRO DE JOB - LA INICIACIÓN Y EL LIBRO DE JOB - ADULTERACIÓN DEL LIBRO DE JOB - EL HIEROFANTE EN EL LIBRO DE JOB - EL LIBRO DE JOB Y EL LIBRO DE LOS MUERTOS - MODERNO CONCEPTO DEL DIABLO - EXCURSIONES DE SATANÁS - VATICINIOS DE LA ENCARNACIÓN - CONCEPTO DEL INFIERNO - DUALIDAD DE LOS DIOSES SOLARES - EL MITO DEL DRAGÓN - POÉTICAS FIGURAS DE LUZBEL - EL CÁLIZ DE AGATHODEMON - EL DESCENSO A LOS INFIERNOS - LA DERROTA DE SATANÁS - CARINO Y LENCIO - EVANGELIO DE NICODEMO - EL CREDO DE TAYLOR - SACRIFICIOS HUMANOS EN ISRAEL - PERSEVERANCIA DE LOS JUDÍOS - OPINIÓN DE WILDER

CAPÍTULO IV

IMPUTACIONES DE ATEÍSMO - ARTIMAÑAS DE LOS MISIONEROS - RITO FUNERARIO DE LOS VEDAS - LOS INSTRUCTORES DEL MUNDO - LOS TRES SALVADORES - IDENTIDAD DE KRISHNA Y CRISTO - LA RUEDA DE LA LEY - CRÍTICA DEL PERDÓN - SACRIFICIO DE JESÚS - CRUEL DOCTRINA DE CALVINO - OSIRIS Y JESÚS - EPISODIO DE LA SAMARITANA - FRACASO DE LOS MISIONEROS - EL MISTERIO DE LA ANUNCIACIÓN - ADVENIMIENTOS DE KRISHNA Y CRISTO - KRISHNA CRUCIFICADO - LA TRANSUBSTANCIACIÓN - CARÁCTER DE JESÚS - LA TRANSMISIÓN DE LA VIDA - EL SEGUNDO NACIMIENTO - PROPIEDADES MÁGICAS DE LA SANGRE - CREENCIAS DE LOS YAKUTES - NECROMANCIA ESLAVA - PRÁCTICAS DE LOS YEZIDIS - INFLUENCIA CLERICAL EN LA INDIA - CRISTO SEGÚN EL APÓSTOL PABLO - INSINUACIONES DE LOUBÈRE - LA LEYENDA DE SAN JOSAFAT - LAMAÍSMO Y CATOLICISMO - REFERENCIAS DE JACOLLIOT - MENDICANTES Y MENDIGOS

CAPÍTULO V

LOS PRINCIPIOS DE LA MAGIA - PROPIEDADES DE ALGUNAS PLANTAS - CLARIVIDENCIA ESPIRITUAL - PSICOLOGÍA DE LOS ARIOS - PROYECCIONES ASTRALES - OPERACIONES TEÚRGICAS - AVENTURA CON UN MONJE BUDISTA - EL ADEPTO Y EL NIÑO - LA INCINERACIÓN Y EL CUERPO ASTRAL - EL OÍDO ESPIRITUAL - EL LENGUAJE DE LAS LLAMAS - REGLAS MONÁSTICAS DEL BUDISMO - EL ALMA DE LAS FLORES - CREENCIAS POPULARES - LOS VERDADEROS FAKIRES - LOS TODAS DE LA INDIA - COMUNICACIONES DE LOS LAMAS - FACULTADES TAUMATÚRGICAS - POSIBLES DESCUBRIMIENTOS CIENTÍFICOS - MEDICINAS DE LOS YOGUIS - EL FAKIR Y LA TIGRE - LOS SAMANES DE SIBERIA - ESCENA MÁGICA EN TARTARIA - LOS JUGLARES DE LA INDIA - LA CONSULTA DEL ESPEJO - LA HECHICERÍA DEL SOPLO - ESTIGMAS MÁGICOS - LOS BLANCOS, INEPTOS PARA LA MAGIA - INFERIORIDAD DEL ESPIRITISMO - HABLA UN ESPIRITISTA - LA VERDAD UNIVERSAL

CAPÍTULO PRIMERO

Los hijos pueden acusar a sus padres del crimen de herejía,
aunque sepan que por ello hayan de morir los acusados en
la hoguera... Y no sólo pueden negarles hasta el alimento si
tratan de apartarlos de la fe católica, sino que también pueden
darles muerte con toda justicia. (Precepto jesuítico).

P. ESTEBAN FAGÚNEZ: Praecepta Decalogi, Lugduni, 1640.


EL PRIOR. -¿Qué hora es?
EL GUARDIÁN. –La del alba. La hora en que se rasgó el
velo del templo y las tinieblas se derramaron por la
consternada tierra y se eclipsó la luz y se rompieron los útiles del
constructor y se ocultó la flamígera estrella y se hizo pedazos
la piedra cúbica y se perdió la PALABRA.

Magna est veritas et praevalebit


-JAH-BUH-LUN.

El rabino Simeón-ben-Iochai compuso el Zohar (...), el más importante tratado cabalístico de los hebreos, un siglo antes de la era cristiana, según unos críticos, y después de la destrucción del templo, según otros. Completó la obra el rabino Eleazar, hijo de Simeón, ayudado de su secretario el rabino Abba, cuyo concurso era necesario, porque toda la vida de Eleazar no hubiera bastado a dar cima a una obra tan extensa y de materia tan abstrusa como el Zohar. Pero como los judíos ortodoxos sabían que el autor estaba en posesión de conocimientos ocultos y era dueño de la Mercaba que le aseguraba la recepción de la Palabra, atentaron contra su vida y se vio precisado a huir al desierto, donde estuvo doce años oculto en una cueva en compañía de sus fieles discípulos hasta su muerte, señalada por muchos portentos y maravillas (1).
Pero no obstante lo extenso de la obra y de tratarse en ella de muchos puntos de la secreta tradición oral, no los abarca todos, pues el venerable cabalista no confió nunca al escrito los puntos principales de la doctrina, sino que los comunicó oralmente a contados discípulos, entre los que se hallaba su hijo único. Por lo tanto, sin la iniciación en la Mercaba quedará incompleto el estudio de la Kábala, y la Mercaba sólo puede aprenderse en la “obscuridad”, en lugares apartados del mundo y después de pasar el estudiante por muchas y muy tremendas pruebas, para escuchar la enseñanza oralmente cara a cara y labio en oído, desde la muerte de Simeón-ben-Iochai, la doctrina oculta ha sido un secreto inviolable para el mundo externo.
El precepto masónico de labio en oído, o sea la comunicación en voz baja, deriva de los tanaímes, quienes a su vez la tomaron de los Misterios paganos. La práctica moderna de esta costumbre preceptiva debe atribuirse seguramente a la indiscreción de algún cabalista renegado, aunque la palabra transmitida es una moderna sustitución convencional de la “palabra perdida”, según veremos más adelante.
La verdadera palabra ha estado siempre en posesión privativa de algunos adeptos, de modo que tan sólo unos cuantos maestres de los templarios y otros tantos rosacruces del siglo XVII, íntimamente relacionados con los iniciados y alquimistas árabes, pudieron envanecerse de haberla poseído. Desde el siglo XII al XV nadie la poseyó en Europa, pues Paracelso fue el primer alquimista que recibió la iniciación, cuya última ceremonia confería al iniciado el poder de acercarse a la “zarza ardiente” y de fundir el becerro de oro y disolver su polvo en agua. Verdaderamente, esta agua y la palabra perdida resucitaron a los Adoniram, Gedaliah e Hiram de la época premosaica. La verdadera palabra, actualmente sustituida por la de Mac Benac y Mah, se había empleado muchísimo antes de que los “hijos de la viuda” de estos dos últimos siglos experimentaran sus pseudo-mágicos efectos.

LA MASONERÍA MODERNA

El primer masón activo de alguna importancia fue Elías Ashmole, a quien puede considerársele como el postrer alquimista y rosacruz. Fue recibido en la Compañía de masones activos de Londres el año 1646, cuando la masonería era una sociedad rigurosamente secreta sin color político ni religioso, que admitía en su seno a todo amante de la libertad de conciencia, deseoso de sustraerse a la persecución de los clericales (2). Hasta unos treinta años de la muerte de Ashmole, ocurrida en 1692, no apareció la moderna francmasonería, instituida el 24 de Junio de 1717 en la “Taberna del Manzano”, sita en la calle de Carlos del Covent-Garden de Londres. Según nos dicen las Constituciones de Anderson, las cuatro logias del Sur de Inglaterra eligieron a Antonio Sayer gran maestre de la masonería, y no obstante su relativamente moderna institución, estas logias se han arrogado la supremacía sobre todas las del mundo, como así se infiere de una inscripción colocada en la de Londres.
Dice Frank al comentar los exotéricos delirios cabalistas, como él los llama, que Simeón-ben-Iochai menciona repetidamente lo que los “compañeros” enseñaron en obras antiguas. Entre estos compañeros cita a los ancianos Ieba y Hamnuna (3), pero nada refiere de lo que estos dos hicieron, porque tampoco él lo sabe.
A la venerable escuela de los tanaímes, o con mayor propiedad, de los tananimes u hombres sabios, pertenecían los instructores de la doctrina secreta que iniciaron a unos cuantos discípulos en el misterio final, pues según dice el Mishna Hagiga (4), el contenido de la Mercaba sólo puede comunicarse a los sabios ancianos (5). La Gemara es todavía más explícita sobre el particular al decir: “Los principales secretos de los Misterios no se han de comunicar a todos los sacerdotes, sino tan sólo a los iniciados”. El mismo sigilo prevalecía en todas las religiones de la antigüedad.
Pero vemos que ni el Zohar ni ningún otro tratado cabalístico contienen doctrina puramente judía, sino que, como resultado de milenios de estudio, es común patrimonio de todos los adeptos del mundo. Sin embargo, el Zohar en su texto original y con los signos secretos del margen, no según traducción y comentario de los críticos modernos, es la obra que enseña mayor suma de ocultismo práctico. Los signos secretos encierran las instrucciones ocultas para esclarecer las interpretaciones metafísicas y manifiestos absurdos en que de tal modo se engañó Josefo, por haber expuesto la letra muerta según la había recibido por profanos conductos (6).
Las enseñanzas de magia práctica que dan el Zohar y otros tratados cabalísticos, sólo aprovecharían a quienes acertaran a leerlas interiormente. Los apóstoles cristianos, por lo menos los que obraban milagros a voluntad (7), debieron estar enterados de esta ciencia, y así no es bien que los cristianos tachen de superstición los talismanes, amuletos y piedras mágicas con que su poseedor logra ejercer en otra persona aquella misteriosa influencia llamada vulgarmente “mal de ojo”. En las colecciones arqueológicas, así públicas como particulares, pueden verse todavía piedras convexas con enigmáticas inscripciones rebeldes a toda hermenéutica, como por ejemplo, la cornerina blanca descrita por King (8), cuyos reverso y anverso están cubiertos de inscripciones que sólo pueden interpretar los adeptos. De los talismanes que en su citada obra nos da King a conocer, se infiere que el evangelista San Juan, el iluminado de Patmos, estaba muy instruido en la ciencia cabalística, pues alude claramente a la cornerina blanca y la llama alba petra o piedra de iniciación, que por lo general lleva grabada la palabra premio y se le entregaba al neófito luego de vencidas felizmente las pruebas del primer grado de iniciación.

ALEGORÍAS DEL APOCALIPSIS

El Apocalipsis, como el Libro de Job, es un alegórico relato de los Misterios y de la iniciación en ellos de un candidato, personificado en el mismo San Juan. Así lo comprenderán necesariamente los masones de grado superior, pues los números siete, doce y otros, tan cabalísticos como estos, bastan para esclarecer las tenebrosidades de dicho libro. Tal era también la opinión de Paracelso.
El siguiente pasaje desvanece toda duda sobre el particular:

Al vencedor daré yo maná escondido y le daré una piedrecita blanca y en la piedrecita un nuevo nombre escrito, que no sabe ninguno sino aquel que lo recibe (9).

¿Qué maestro masón titubeará en reconocer en esta inscripción la misma con que hemos epigrafiado el presente capítulo?
En los Misterios de Mithra, el neófito que triunfaba de las doce pruebas precedentes a la iniciación recibía una hostia de pan ázimo con figuras en ambas caras, que entre otros simbolismos tenía el del disco solar, y se la llamaba también “pan celeste” o “maná”. Rociaban después al candidato con la sangre de un cordero o de un toro sacrificado al efecto, como cuando la iniciación del emperador Juliano, y se le comunicaban las siete reglas misteriosas equivalentes a los siete sellos de que nos habla el evangelista Juan (10), quien indudablemente alude a esta ceremonia.
Los amuletos católicos (11) y las reliquias bendecidas por los pontífices romanos tienen el mismo origen que las piedras y pergaminos mágicos de Efeso, las filactrias (...) hebreas con versículos de la Escritura y los amuletos mahometanos con versículos del Corán. Todos sirven igualmente para proteger a quien cree en su eficacia y encima los lleva. Así es que cuando Epifanio reconviene a los maniqueos por el uso de amuletos (periapta), que califica de supersticiones y fraudes, debe incluir en la reconvención los amuletos de la Iglesia romana.
Pero la consecuencia es una virtud que la influencia jesuítica va debilitando más y más entre los clericales. El astuto, solapado, sagaz y terrible jesuitismo es como el alma de la Iglesia romana, de cuyo poder espiritual se apoderó por entero. Conviene, pues, comparar la moral jesuítica con la de los antiguos tanaímes y teurgos, para descubrir la íntima relación que con las sociedades secretas tienen los arteros enemigos de toda reforma. No hay en la antigüedad escuela ni asociación ni secta alguna que se parezca siquiera a la Compañía de Jesús, contra cuyas tendencias se levantaron generales protestas apenas nacida (12), pues a los quince años de su constitución se deshicieron de ella los gobiernos de Europa. Portugal y los Países Bajos expulsaron a los jesuitas en 1578; Francia en 1594; la república de Venecia en 1606; Nápoles en 1622; Rusia en 1820 (13).
Desde su adolescencia mostró la Compañía de Jesús las mañas que todo el mundo le reconoce, y que han causado más daños morales que las infernales huestes del mítico Satán. No le parecerá exagerada esta afirmación al lector cuando se entere de los principios, máximas y reglas de los jesuitas, entresacados de sus propios autores y de la obra mandada publicar por decreto del Parlamento francés (5 de Marzo de 1762) y revisada por la comisión que se nombró al efecto (14). Esta obra fue presentada al monarca para que, como hijo primogénito de la Iglesia, adviertiese la perversidad de (como dice textualmente el decreto del Parlamento) “una doctrina que permite el robo, el asesinato, el perjurio, la fornicación, el parricidio y el regicidio, y sobre las ruinas de la religión quiere erigir la superstición, la hechicería, la impiedad y la idolatría”.
Veamos primero las ideas sustentadas por los jesuitas respecto de la magia.
Dice Antonio Escobar:

Es lícito el uso del conocimiento adquirido por mediación del demonio, con tal que no se emplee en provecho del demonio, pues el conocimiento es bueno en sí mismo y se borró el pecado cometido al adquirirlo (15).

PRECEPTOS JESUÍTICOS

Esto supuesto, ¿por qué no han de poder los jesuitas engañar al diablo como engañan a las gentes?
Dice el mismo P. Escobar en otro pasaje:

¿Los astrólogos y adivinos están o no obligados a restituir el estipendio si no sucede lo que vaticinaron? Opino que no están obligados, porque cuando un astrólogo o adivino ha puesto toda su diligencia en el diabólico arte, sin el que no le fuera posible lograr su objeto, ha cumplido ya con su deber, sea cual fuese el resultado. Así como el médico no está obligado a restituir los honorarios si el enfermo muere, tampoco lo está el astrólogo a la restitución de los suyos si hace cuanto puede; con lo que no engaña, a menos que por desconocimiento del arte embauque a las gentes (16).

En punto a astrología, dice el jesuita Arsdekin:

Si alguien afirma por conjeturas fundadas en la influencia de los astros y en el carácter y disposición de un niño, que será soldado, sacerdote u obispo, este vaticinio estará libre de todo pecado, porque los astros y la disposición natural pueden inclinar la voluntad humana en determinado sentido, pero no obligarla a seguirlo (17).

Por su parte, añaden Busembaum y Lacroix:

Se considera lícita la quiromancia, si por medio de las rayas y divisiones de las manos puede colegirse el temperamento del cuerpo y conjeturar con mucha probabilidad los afectos e inclinaciones del ánimo (18).

A pesar de las afirmaciones contrarias, ha resultado que la Compañía de Jesús pertenece en uno de sus aspectos al linaje de las sociedades secretas. Sus constituciones, traducidas al latín en 1558 por el P. Polanco e impresas en Roma, se mantuvieron en riguroso secreto (19), hasta que en 1761 mandó publicarlas el Parlamento francés cuando el famoso proceso del P. Lavalette.
Los grandes de la orden son seis, a saber: novicios, hermanos, sacerdotes, coadjutores, profesos de tres votos y profesos de cinco votos. Además, hay un séptimo grado secreto, tan sólo conocido del general de la orden y de unos cuantos dignatarios, en que consiste el terrible y misterioso poder de la Compañía, uno de cuyos mayores timbres de gloria es para ellos la reorganización del sanguinario tribunal del Santo Oficio, a instancias de Loyola.
Los jesuitas son hoy día omnipotentes en la curia romana e influyen decisivamente en las congregaciones de cardenales y en la secretaría de Estado, de modo que antes de la ocupación de Roma pudo decirse que estaba en sus manos el gobierno pontificio.
Respecto a su organización interna dice Mackenzie:

La Compañía de Jesús tiene signos secretos y contraseñas distintas para cada uno de los grados, y como no llevan divisa alguna exterior es muy difícil reconocerlos, a no ser por declaración propia, pues según el encargo que reciban se presentan como católicos o protestantes, plebeyos o aristócratas, fanáticos o escépticos. Tienen espías en todas partes y en todas las clases sociales, y se fingen mentecatos cuando así les conviene. Hay jesuitas de ambos sexos y de toda edad que se inmiscuyen por doquiera, hasta el punto de haber algunos de familias distinguidas y complexión delicada, que no obstante están de criados en casas de protestantes para mejor servir los intereses de la Compañía. Nunca nos precaveremos suficientemente contra su influjo, pues como la Orden se funda en la absoluta y ciega obediencia, puede convertir toda su fuerza hacia determinado punto (20).

Por su parte, sostienen los jesuitas que “la Orden no es de institución humana sino que la fundó el mismo Jesús al trazarle la regla de conducta, primero con su ejemplo y después con su palabra” (21).
Veamos, pues, esta regla de conducta, y entérense de ella los cristianos piadosos. Al efecto, entresacaremos los siguientes pasajes de obras de los mismos jesuitas:

Si lo manda Dios es lícito matar a un inocente, robar y fornicar; porque Dios es Señor de vida y muerte y de todas las cosas, y debemos por lo tanto cumplir sus órdenes (22).
El religioso que temporáneamente se despoja del hábito con algún propósito criminal, no comete pecado abominable ni tampoco incurre en pena de excomunión (23).
¿Está obligado un juez a restituir el estipendio que recibió por dictar sentencia? Si se lo dieron con intento de que fallase injustamente, es muy probable que se pueda quedar con él, pues tal es el sentir de cincuenta y ocho tratadistas (24).

LA PASTORAL DE CAMBRAY

No sigamos adelante, porque tan repugnantes por lo hipócritas, licenciosos y desmoralizadores son estos preceptos, que no es prudente traducir del latín muchos de ellos (25), y así tan sólo citaremos más adelante los menos espinosos.
Pero ¿qué porvenir aguarda al mundo católico si ha de continuar dominado por esta nefanda sociedad? No será muy lisonjero desde el momento en que el mismo cardenal arzobispo de Cambray levanta su voz en pro de los jesuitas, aunque como han transcurrido ya dos siglos de la exposición de tan abominables principios, les ha sobrado tiempo a los jesuitas para amañar su defensa con mentiras afortunadas, de modo que la mayoría de católicos jamás creerán a sus acusadores. El pontífice Clemente XIV suprimió la Compañía de Jesús el 23 de Julio de 1773, y sin embargo la restableció Pío VII el 7 de Agosto de 1814.
Pero copiemos el extracto que de la pastoral del arzobispo de Cambray publica un periódico. Dice así:

... Los enemigos de la religión han establecido distinciones entre el clericalismo, ultramontanismo y jesuitismo, que son una sola y misma cosa, esto es, el catolicismo. Hubo tiempo en que predominó en Francia cierta opinión respecto a la autoridad del Papa, pero estaba circunscrita a nuestra nación y era de origen reciente. La potestad civil asumió durante siglo y medio la enseñanza oficial. Los partidarios de estas doctrinas se llamaron galicanos, y los oponentes recibieron el calificativo de ultramontanos por estar Roma más allá de los Alpes. Hoy día ya no cabe distinguir entre galicanos y ultramontanos, porque la doctrina ortodoxa se declaró en contra de la iglesia nacionalizada, según decisión del concilio ecuménico del Vaticano. No es posible ser hoy católico sin ser al propio tiempo ultramontano y jesuita.

Esto define la cuestión. Prescindiendo de comentarios, compararemos la preceptiva moral de los jesuitas con la de los místicos y fraternidades de la antigüedad, a fin de que el lector pueda juzgar imparcialmente entre ambos extremos.
El rabino Jehoshua-ben-Chananea (26) declaró que había operado milagros por virtud del libro del Sepher Yetzireh, y retaba a cuantos no lo creyeran (27).
Simón el Mago era indudablemente discípulo de los tanaímes de Samaria, y la fama adquirida con sus prodigios, que le valieron el sobrenombre de “gran poder de Dios”, es prueba elocuente de la sabiduría de sus maestros. Ningún cristiano aventajaba a Simón en virtud taumatúrgica, a pesar de las calumniosas imputaciones contra él lanzadas por los compiladores de los Hechos de los apóstoles. Es de todo punto ridícula la leyenda de que habiéndose elevado Simón en el aire, cayóse de pronto por ruegos de San Pedro y se quebró las piernas en la caída. En vez de impetrar de Dios el fracaso de su rival, hubiera debido el apóstol pedir el auxilio necesario para prevalecer taumatúrgicamente contra Simón y sobrepujarle en prodigios, pues lograra con ello manifestar más fácilmente la superioridad de su poder y convertir millones de gentiles y judíos al cristianismo. La posteridad sólo conoce un aspecto de esta leyenda, y seguramente que de favorecer la fortuna a los discípulos de Simón diría hoy la historia que fue Pedro el perniquebrado, si no supiéramos que este apóstol tenía bastante prudencia para no presentarse en Roma. según confiesan varios historiadores eclesiásticos, ningún apóstol aventajó a Simón en “maravillas sobrenaturales”; pero las gentes piadosas replicarán diciendo que esto demuestra precisamente que Simón actuaba por obra del diablo.

LA MENTIRA COHONESTADA


Acusaron a Simón de blasfemia contra el Espíritu Santo, porque lo consideraba en el femenino aspecto de Mente matriz de todas las cosas, sin advertir que el mismo concepto expresa el Libro de Enoch cuando contrapone al “Hijo del Hombre” el “Hijo de la Mujer”, así como el apócrifo Evangelio de los hebreos, cuando dice que Jesús reconocía el aspecto femenino del Espíritu Santo en la expresión: mi Madre, el santo Pneuma. El mismo concepto exponen corrientemente el Código de los nazarenos, el Zohar y los Libros de Hermes.
Pero las blasfemias de Simón y de todos los herejes, ¿qué son comparadas con las de los jesuitas que de tal suerte han dominado al pontificado y al orbe católico? Oigámoslos de nuevo:

Haced lo que vuestra conciencia os represente por bueno y lícito, pero si por invencible error creéis que os manda Dios mentir y blasfemar, blasfemad.
No hagáis lo que repugne a vuestra conciencia, y si por invencible error creéis que Dios prohibe tributarle culto, dejad el culto de Dios (28).
Obedeced los dictados de vuestra conciencia, sin importar que sean invenciblemente erróneos, de modo que si creéis que os está mandada una mentira, mentid (29).
Si un católico cree invenciblemente que está prohibido el culto de lasimágenes y las adora, no tendrá Jesucristo más remedio que decirle: Apártate de mí, maldito, porque adoraste mi imagen. Así tampoco es absurdo suponer que Jesucristo pueda decir: Ven, bendito, porque mentiste, creído de que yo te mandaba mentir (30).

No hay palabras lo suficientemente expresivas para manifestar la aversión que en toda conciencia honrada ha de promover tan estupenda preceptiva. Sea el silencio, nacido de una repugnancia invencible, el mejor comentario de semejantes extravíos morales.
Cuando en 1606 fueron expulsados de Venecia los jesuitas, se sublevó contra ellos violentamente el sentimiento popular. La multitud siguió tras los expulsados hasta el embarcadero, despidiéndoles con gritos de: ¡id enhoramala! Según comenta Michelet, de quien tomamos estos datos, aquel grito no cesó de resonar en los dos siglos siguientes: en Bohemia el año 1618; en la India el de 1623, y en toda la cristiandad en 1773.
¿Cómo es posible, pues, acusar de impiedad a Simón el Mago si obedecía los invencibles dictados de su conciencia? ¿Y bajo qué aspecto han sido los herejes y los mismos infieles de peor especie que los jesuitas? Oigamos a los de Caen:

La religión cristiana es evidentemente creíble, pero no evidentemente verdadera. Es evidentemente creíble porque quienquiera que la abraza obra con prudencia; pero no es evidentemente verdadera porque o bien enseña oscuramente las cosas o son oscuras las cosas que enseña. Y quienes afirman que la religión cristiana es evidentemente verdadera, se ven obligados a confesar que es evidentemente falsa.
De esto se infiere:
1.º Que no es evidente que en el mundo haya en la actualidad una religión verdadera.
2.º Que no es evidente que la religión cristiana sea entre todas la verdadera, porque ¿acaso habéis viajado por todos los países del mundo y conocéis las religiones que profesan?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

4.º Que no es evidente que los profetas estuviesen inspirados por Dios, pues tanto pudieron vaticinar por profecía como por mera conjetura.
5.º Que no es evidente la realidad de los milagros de Jesucristo, aunque nadie pueda prudentemente negarlos.
Tampoco es necesario que los cristianos confiesen explícitamente que creen en Jesucristo, en la Trinidad, en el decálogo y los artículos de la fe, pues basta que crean como los judíos en Dios y en su justicia remunerativa (31).

Por nuestra parte inferiremos de todo esto que es más que evidente que al más solemne embustero del mundo se le puede escapar tal o cual verdad en determinados momentos de su vida. Ejemplo de ello son los autores jesuitas, hasta el punto de que es fácil advertir de dónde salieron los anatemas del concilio ecuménico de 1870 contra ciertas herejías y la definición de nuevos dogmas, cuyos inspiradores eran quienes menos creían en ellos. La historia no sabe todavía que el octogenario Pío IX, engreído de su recientemente definida infalibilidad, es eco fidelísimo de los jesuitas. Así dice Michelet:

Un tembloroso valetudinario se ve levantado sobre el pavés del Vaticano. Todo queda absorbido y limitado en él... Durante quince siglos la cristiandad había estado sometida al yugo espiritual de la Iglesia, pero esto no bastaba, pues les era necesario que el mundo entero se doblegase bajo la mano de un solo dueño. Pero como mis palabras serían demasiado débiles, tomaré las del obispo de París, cuando en pleno concilio de Trento decía que “los jesuitas han querido convertir a la esposa de Cristo en la concubina esclava de los caprichos de un hombre (32).

PROFECÍA DE HERMES

Los jesuitas se salieron con la suya. Desde la definición de la infalibilidad, la Iglesia es un ciego instrumento y el Papa un agente servil de la Compañía de Jesús. ¿Hasta cuándo? Mientras les llega el fin, pueden los cristianos sinceros recordar las proféticas lamentaciones de Hermes Trismegisto sobre su propio país, en que decía:

¡Ay, hijo mío! Día llegará en que los sagrados jeroglíficos parezcan ídolos, porque el mundo tomará por dioses los emblemas de la ciencia y acusará al glorioso Egipto de haber adorado monstruos infernales. Pero quienes de este modo nos calumnian adorarán a la muerte en lugar de la vida, y a la locura en vez de la sabiduría. Abominarán del amor y de la fecundidad, llenarán sus templos de huesos de muerto que llamarán reliquias, y malograrán su juventud en soledad y llanto. Sus vírgenes preferirán ser monjas a ser esposas y se consumirán en el dolor, porque los hombres habrán profanado con menosprecio los sagrados misterios de Isis (33).

Del acierto de esta profecía nos da prueba el siguiente pasaje:

La opinión más razonable es que todas las cosas inanimadas e irracionales pueden ser objeto de adoración. Quien comprenda debidamente la doctrina expuesta, advertirá que no sólo las imágenes pintadas y toda representación de cosas santas expuesta por la autoridad eclesiástica al culto de Dios puede ser adorada como si fuese el mismo Dios, sino cualquier otra cosa de este mundo, sea de naturaleza inanimada, racional o irracional.
¿Por qué no adorar y venerar como a Dios sin peligro alguno cualquier cosa de este mundo, puesto que Dios está en ella en esencia (34) y la conserva continuamente con Su poder? Cuando nos inclinamos ante ella y la besamos, nos presentamos ante Dios su autor con toda nuestra alma, considerándole como el prototipo de la imagen (35). A esto podemos añadir, que puesto es obra de Dios todo lo de este mundo y Dios de continuo mora y labora en el mundo, más fácil nos será conocer a Dios por las cosas del mundo que a un santo por los vestidos que le pertenecieron. Por lo tanto, sin tener en cuenta la dignidad de la cosa creada, no es vano ni supersticioso sino puro acto de religión besar el objeto adorado o arrodillarnos sumisamente ante él, con tal que dirijamos a Dios nuestro pensamiento (36).

Aunque la doctrina expuesta en este pasaje no redunde en honor de la Iglesia cristiana, puede al menos aprovechar a los llamados “paganos” para redargüir con ella cuando se les eche en cara su idolatría.
La profecía de Hermes es mucho más diáfana que las de Isaías, que facilitaron pretexto para calificar de demonios a los dioses gentilicios. Pero los hechos suelen tener mayor consistencia que la más robusta fe. Todo cuanto los judíos sabían lo aprendieron de pueblos más antiguos. Los magos caldeos les enseñaron la doctrina secreta durante la cautividad de Babilonia.
Plinio menciona tres escuelas de magia: una de origen desconocido por lo antigua; la segunda fundada por Osthanes y Zoroastro; la tercera establecida por Moisés y Jambres. Sin embargo, estas mismas escuelas derivaron sus enseñanzas de la India, de las comarcas que se extienden a uno y otro lado de los Himalayas. lAs arenas del desierto de Gobi, en el Turquestán oriental, encubren más de un secreto y los sabios del Khotan han perpetuado curiosas tradiciones y raros conocimientos alquímicos.
Dice Bunsen que las oraciones e himnos del Libro de los Muertos datan de la dinastía premenista (37) de Abydos, por los años 4500 a 3100 antes de J. C. El sabio egiptólogo remonta al año 3059 el reinado de Menes o establecimiento del imperio nacional, antes de cuya época se conocía ya el culto de Osiris y demás divinidades de la mitología egipcia (38).
Por otra parte, Bunsen nos lleva mucho más atrás de los cuatro mil años computados por la Biblia a la actual edad del mundo, y en los himnos correspondientes a esta preadámica era encontramos preceptos morales idénticos en el fondo y muy parecidos en la forma a la doctrina expuesta por Jesús en el sermón de la montaña. Así se infiere de las investigaciones llevadas a efecto por los más eminentes egiptólogos y hierólogos. Dice Bunsen sobre el particular:

Las inscripciones de la duodécima dinastía abundan en fórmulas ritualísticas correspondientes a muy primitivos tiempos, así como se ven extractos de los libros herméticos en los monumentos de las primeras dinastías... De estas inscripciones se infiere que para los egipcios el primer fundamento de piedad consistía en dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo y enterrar a los muertos. En aquella época se conocía ya la doctrina de la inmortalidad del alma, según demuestra la tablilla n.º 562 del Museo británico (39).

LAS ÁNIMAS VIVIENTES

Y acaso sea mucho más antigua, porque se remonta, en efecto, a la edad en que el alma era un ser objetivo, y por lo tanto no podía negarse a sí misma, cuando la espiritualidad de la raza humana no conocía la muerte. Hacia la declinación del ciclo de vida, el etéreo hombre espiritual cayó en dulce sueño de transitoria inconsciencia para despertar en todavía más alta y luminosa esfera; pero así como el hombre espiritual se esfuerza continuamente en ascender a su fuente originaria, pasando por los ciclos y esferas de la vida individual, el hombre físico había de incorporarse al ciclo máximo de la creación universal hasta revestirse de carne. Entonces quedó el alma demasiado abrumada por el peso de las terrestres vestiduras para reconocerse a sí misma, excepto en aquellas naturalezas delicadas, que escasean más y más en cada ciclo.
Sin embargo, ningún pueblo prehistórico negó jamás la existencia del verdadero hombre, del Yo superior, pues la filosofía antigua enseñaba que sólo el espíritu es inmortal y que el alma no es por sí misma eterna ni divina, sino que, unida íntimamente a su envoltura terrestre, se convierte en la mente finita, en el principio de la vida animal o nephesh de las Escrituras hebreas, según se infiere de los siguientes pasajes:

Y crió Dios las grandes ballenas y toda ánima (nephesh) que vive y se mueve (40).

Con esto se da a entender la creación de los animales.

... Y fue hecho el hombre en ánima (nephesh) viviente (41).

Aquí vemos que la palabra nephesh se aplica indistintamente al hombre inmortal y al bruto mortal.

Porque la sangre de vuestras ánimas (nephesh) demandaré de mano de todas las bestias (42).
Salva tu ánima (nephesh) (43).
No le quites la vida (nephesh) (44).
El que hiriere animal restituirá otro en su lugar, esto es, alma por alma (nephesh por nephesh) (45).

En los libros de los Reyes también se toma la palabra nephesh por sinónima de vida y alma (46).
Verdaderamente, muy poco podemos aprender en el Antiguo Testamento respecto a la inmortalidad del alma, a menos de leerlo cabalísticamente para desentrañar su oculto significado. El vulgo de los hebreos no tuvo ni tiene la más ligera idea de la distinción entre alma y espíritu, pues confunde los conceptos de vida, sangre y alma, llamando a esta última soplo de vida. Los traductores de la Biblia han tergiversado de tal modo los conceptos, que únicamente los cabalistas pueden restablecer el significado original.
La doctrina de la naturaleza trina del hombre está explícitamente expuesta en los libros herméticos, en la filosofía de Platón y en las doctrinas induísta y budista. Sin embargo, es una de las enseñanzas más importantes y menos comprendidas de la ciencia hermética. Los Misterios egipcios, de los que sólo conoce el mundo lo poco que de ellos nos dicen las Metamorfosis de Apuleyo, ejercitaban a los iniciados en las más heroicas virtudes y le transmitían conocimientos que en vano buscan en los libros cabalísticos los modernos investigadores, y que las enigmáticas enseñanzas de la Iglesia romana, inspirada por los jesuitas, serán incapaces de descubrir. Resulta, por lo tanto, un agravio para las antiguas confraternidades secretas de iniciados comparar sus doctrinas con las alucinaciones de los discípulos de Loyola, por sinceros que fuesen en los primeros tiempos de la Orden.
Uno de los más poderosos obstáculos para la iniciación, así entre los egipcios como entre los griegos, era el haber derramado sangre humana en cualquiera de las modalidades del homicidio. En cambio, una de las mayores recomendaciones para el ingreso en la Compañía de Jesús es el haber cometido o estar dispuesto a perpetrar un asesinato en defensa del jesuitismo, según se colige del siguiente pasaje:

Los hijos que profesen la religión católica pueden acusar a sus padres del crimen de herejía si tratan de apartarlos de la fe; y esto aunque sepan de antemano que han de ser condenados a muerte en hoguera, como Tolet enseña... Y no sólo pueden negarles el alimento, sino también matarlos con justicia (47).

Sabido es que el emperador Nerón jamás se atrevió a solicitar la entrada en los Misterios a causa de haber dado muerte a su madre Agripina. En cambio, oigamos lo que dice un jesuita acerca del homicidio:

Si un adúltero, aunque sea eclesiástico, mata al marido al verse atacado por éste, no se le debe culpar (48).
Si un padre estuviese en el destierro por peligros a la seguridad del Estado y al orden social, y no hubiese otro medio de librarse de él, aprobaría que su propio hijo le diese muerte (49).
Al clérigo secular o regular le es lícito matar al calumniador de su persona o de su orden (50).

Y así son los demás ejemplos que nos dan las autoridades de la Orden para establecer como regla que un católico puede quebrantar las leyes humanas hasta el crimen, sin menoscabo de su jesuítica santidad. Veamos ahora qué principios morales enseñaban los egipcios antes de que los jesuitas perfeccionasen la ética de tan curiosa manera.

MORAL EGIPCIA

En las ciudades importantes de Egipto estaba el cementerio separado de la población por un lago sagrado, en cuya margen se reunían los cuarenta y dos jueces encargados de juzgar al alma del difunto, de la propia suerte que el Libro de los muertos nos representa el juicio del alma en el mundo espiritual. Si los jueces se pronunciaban unánimemente a favor del alma, el barquero conducía el cadáver a través del lago hasta el lugar del enterramiento, y terminada la fúnebre ceremonia regresaban los sacerdotes al sagrado recinto, donde el al-om-jah (51) instruía a los neófitos acerca del drama que en aquellos momentos se desenvolvía en el mundo invisible, y fortalecía su creencia en la inmortalidad del alma.
El Crata Nepoa (52) describe como sigue los siete grados de la iniciación:
El neófito pasaba en la escuela de Tebas por las doce pruebas preliminares, se le intimaba a dominar sus pasiones y no apartar ni un momento de Dios su pensamiento. Después había de subir varias escaleras y vagar a oscuras por una cripta de muchas puertas, pero todas ellas cerradas, para simbolizar en esta ceremonia la peregrinación del alma no purificada. Si triunfaba de las terribles pruebas preliminares recibía los tres primeros grados de iniciación, que se llamaban Pastophoris, Neocoris y Melanephoris. Después se le conducía a una vasta cripta llena de momias colocadas con mucho aparato, y se le dejaba frente a un ataúd con el mutilado cuerpo de Osiris. Esta cripta se llamaba “Puerta de la Muerte”, y seguramente aluden a ella el Libro de Job (53) y los Evangelios (54), aunque equiparándolas con las puertas del infierno.
Vencida esta prueba, se le llevaba a la “Cámara de los Espíritus” para que estos le juzgasen.
Entre las enseñanzas morales en que se instruía al neófito, figuraban la abstención de todo género de venganza, el auxilio del necesitado, aun con riesgo de la propia vida, honrar a los padres, enterrar a los muertos, respetar a los ancianos, proteger a los débiles y pensar de continuo en la muerte seguida de la resurrección en nuevo e imperecedero cuerpo (55). La castidad era virtud rigurosamente prescrita en las iniciaciones, y el adulterio estaba penado de muerte.
Al recibir el cuarto grado (Kristophores) se le comunicaba al candidato el misterioso nombre de IAO y en el quinto (Balahala) se le comunicarban los secretos de la alquimia (chemia) en nombre de Horus.
En el sexto grado se le enseñaba la danza cíclica sacerdotal que era un verdadero curso de astronomía, pues simbolizaba el movimiento de los planetas. En el séptimo grado se le iniciaba en el misterio final, después de pasar por la última prueba en el astronomus (56), y entonces recibía la cruz (tau) que al morir le colocaban sobre el pecho. Ya era hierofante.

FESTINES OBSCENOS

Cabe comparar la moral de los jesuitas con la de los Misterios paganos, contra los que la Iglesia romana desencadena las iras de su vengativo Dios. Si la Iglesia tuvo también sus ritos misteriosos, ¿serían tan nobles, puros y morales ni más propicios a la ejemplaridad de una vida virtuosa? Oigamos lo que dice Niccolini respecto a los modernos misterios del claustro.

En la mayor parte de monasterios y más particularmente en los de capuchinos y reformados, comienza por Navidad una serie de fiestas que no terminan hasta Carnaval, y en ellas se entregan los monjes a toda clase de juegos y diversiones, celebran suntuosos banquetes y acuden al refectorio gran número de vecinos si está el convento enclavado en una población de segundo orden. Por Carnaval son todavía más espléndidos los festines, en cuyas mesas parece que la abundancia hubiese derramado cumplidamente su cuerno, a pesar de que ambas órdenes son mendicantes (57). Al sombrío silencio del claustro sucede entonces el bullicioso jolgorio del festín, y en las tétricas bóvedas resuenan cantos muy distintos de la salmodia. Termina la fiesta con un animado baile, en que para demostrar sin duda cómo el voto de castidad ha desarraigado en ellos todo apetito carnal, se presentan vestidos de mujer los monjes más jóvenes y los demás en traje de caballero seglar. No podría por menos de repugnar al lector la escandalosa escena que a todo esto se sigue. Baste decir que con frecuencia he sido espectador de semejantes saturnales (58).

El ciclo está en descenso, y a medida que desciende, la naturaleza física y pasional del hombre cobra mayores bríos a costa del Yo superior (59).
Seguramente que apartaremos disgustados la vista de esa farsa religiosa llamada cristianismo moderno, para convertirla a las nobles creencias de la antigüedad.
En el Libro de los Muertos, que Bunsen califica de “inestimable y misterioso libro”, leemos un discurso que se supone dirigido por el difunto en representación de Horus, enumerando todo cuanto ha hecho por su padre Osiris. Entre otras cosas, dice el dios:

30. Yo te di el espíritu.
31. Yo te di el alma.
32. Yo te di el cuerpo (la fueza).


En otro pasaje, la entidad a que el difunto llama “Padre” representa el espíritu humano, pues el versículo dice:

Yo llevé a mi alma a que hablase con su Padre, con su Espíritu (60).

Los egipcios creían que su Ritual era de inspiración divina, lo mismo que para los induístas lo son los Vedas y la Biblia para los judíos. Según Bunsen y Lepsius, la palabra hermético equivale a inspirado, porque Thoth, la Divinidad en persona, revela a sus elegidos los arcanos de las cosas divinas, de modo que en los libros heméticos hay pasajes enteros que los egipcios suponían “escritos por el mismo dedo de Thoth” (61).
Por su parte dice Lepsius:

En un período posterior es todavía más distinguible el carácter hermético de estos libros, pues en la inscripción grabada sobre un ataúd correspondiente a la vigesimosexta dinastía, anuncia Horus al difunto que el mismo Thoth le ha traído los libros de su palabra divina o Escrituras herméticas (62).

EL HOMBRE SEGÚN LOS EGIPCIOS

Sabido que Moisés era sacerdote egipcio, o por lo menos que estaba iniciado en la doctrina esotérica, no es maravilla que dijese:

Y el señor me dio dos tablas de piedra escritas con el dedo de Dios (63).
Y dio el Señor a Moisés las dos tablas del testimonio, que eran de piedra, escritas con el dedo de Dios (64).

La filosofía religiosa de los egipcios consideraba en el hombre tres principios fundamentales: cuerpo, alma y espíritu; pero además lo consideraban formado de seis elementos componentes, conviene a saber: kha, cuerpo físico; khaba, cuerpo astral; ka, principio de vida o alma animal; akh, mente concreta; ba, alma superior; sah, principio cuyas funciones no comenzaban hasta después de la muerte física.
Durante el período de purificación, el alma visita con frecuencia el momificado cadáver de su cuerpo físico, hasta que, ya purificada del todo, se absorbe en el Alma del mundo, convirtiéndose en un dios menor subordinado al dios mayor Phtah (65), el Demiurgo egipcio o Creador del mundo material, equivalente al Elohim bíblico. Según el Ritual egipcio, el alma purificada y unida al superior e increado espíritu, queda más o menos expuesta a la tenebrosa influencia del dragón Apofis. Si alcanzó el conocimiento final de los misterios celestiales e infernales, es decir, la gnosis consiguiente a su perfecta identidad con el espíritu, triunfará de sus enemigos; de lo contrario, ha de quedar sujeta a la segunda muerte (66).
De conformidad con esta doctrina, dice alegóricamente el evangelista San Juan:

Y el diablo que los engañaba fue metido en el estanque de fuego y azufre... Y el infierno y la muerte fueron arrojados en el estanque del fuego. Ésta es la muerte segunda (67).

Esta segunda muerte es la desintegración paulatina del cuerpo astral, cuya materia se restituye a su originario elemento, según hemos expuesto ya repetidamente; pero puede eludirse tan terrible experiencia por el conocimiento del Nombre misterioso, llamado la Palabra por los cabalistas (68).
Pero ¿qué castigo llevaba aparejada la negligencia en el conocimiento de la Palabra? El hombre de pura y virtuosa vida no ha de temer castigo alguno, pues tan sólo queda sujeto a una detención en el mundo astral, hasta que esté bastante purificado para recibir la Palabra de su Señor espiritual, perteneciente a la poderosa Hueste; pero si durante la vida prevalece la naturaleza animal, queda el alma más o menos inconsciente del espíritu, según el grado de sensibilidad cerebral y nerviosa, hasta que más o menos tarde acaba por olvidarse de su divina misión en la tierra. Porque si a manera del vurdalak o vampiro de la leyenda servia, el cerebro se nutre y vigoriza a expensas del espíritu, la ya semi-inconsciente alma queda embriagada con los vapores de la vida terrena, pierde toda esperanza de redención y es incapaz de vislumbrar el brillo del espíritu y de oír las admoniciones de su “ángel custodio”, de su “dios”. Entonces convierte el alma sus anhelos a la mayor plenitud de la vida terrestre, con lo que únicamente puede descubrir los misterios de la naturaleza física. Todas sus penas y alegrías, esperanzas y temores se contraen a las vicisitudes de la vida mundana y rechaza cuanto no puede percibir por sus órganos de actuación sensoria. Poco a poco va muriendo el alma hasta su completa aniquilación, lo cual ocurre a veces muchos años antes de morir el cuerpo físico, en cuyo principio vital ha quedado ya absorbida el alma cuando llega la hora de la muerte. El único residuo de la entidad humana en semejantes circunstancias es un cadáver astral a manera de bruto o idiota, que impotente para elevarse a más altas regiones, se disuelve en los elementos de la atmósfera terrestre.

HOMBRES DESALMADOS

Los videntes, los justos, cuantos lograron el supremo conocimiento del verdadero hombre, recibieron enseñanzas divinas en sueños (69) o por otros medios de comunicación. Auxiliados por los espíritus puros que moran en las regiones de eterna bienaventuranza, predijeron los videntes el porvenir y previnieron a la humanidad contra futuras contingencias. Aunque el escepticismo se burle de estas afirmaciones, están corroboradas por la fe basada en el conocimiento espiritual.
En el ciclo que atravesamos menudean los casos de muerte de almas y a cada punto tropezamos con gentes desalmadas. No es, por lo tanto, extraño que Hegel y Schelling hayan fracasado en su tentativa de planear un abstracto sistema metafísico, cuando hombres que de cultos se precian niegan de plano contra toda evidencia los palpables fenómenos espiritistas que ocurren todos los días y a toda hora. Si los materialistas niegan lo concreto, menos dispuestos todavía estarán para aceptar lo abstracto.
Al comentar el Ritual egipcio, dice Champollión (70) queen uno de los capítulos se leen misteriosos diálogos entre el alma y diversas Potestades. Uno de estos diálogos da valiosa prueba de la eficacia de la Palabra. La escena ocurre en la “Cámara de las Dos Verdades”, cuyos diversos elementos constitutivos, tales como el “Portal” y la “Cámara de la verdad”, se alegorizan prosopopéyicamente para hablar con el alma que solicita entrada y todos se la niegan si no pronuncia los nombres misteriosos. Ningún estudiante de esoterismo dejará de reconocer la identidad de estos nombres del Ritual egipcio con los de los Vedas, la Kábala y los últimos textos induístas.
Magos, cabalistas, místicos, neoplatónicos, teurgos (71), samanos, brahamanes, budistas y lamas conocieron y confesaron en toda época la potencia subyacente en estos varios nombres, cuya virtud dimana de la única e inefable Palabra (72).
Los cabalistas relacionan misteriosamente la virtud de la fe con esta Palabra, y lo mismo hicieron los apóstoles, apoyados en las siguientes de Jesús:
Porque en verdad os digo que si tuvierais fe, cuanto un grano de mostaza..., nada os será imposible (73).

A lo que añade San Pablo:

Cerca está la palabra en tu boca y en tu corazón. Ésta es la palabra de fe que predicamos (74).

Sin embargo, aparte de los iniciados, ¿quién puede envanecerse de conocer su verdadero significado?
Lo mismo que en la antigüedad, es necesaria la fe para creer en los milagros bíblicos; mas para operarlos es indispensable el conocimiento esotérico de la Palabra. El doctor Farrar y el canónigo Westcott dicen a una voz que si Cristo no hubiese obrado milagros no serían los evangelios dignos de fe; pero aun suponiendo que los obrase, ¿fuera prueba bastante para creer en relatos no escritos de su mano ni dictados por él? Por otra parte, semejante argumento podría aducirse con igual valía para demostrar que los milagros obrados por taumaturgos de religión distinta a la cristiana atestiguan la veracidad de sus respectivas Escrituras, con lo que se viene a reconocer la igualdad entre los libros canónicos del cristianismo y del budismo, pues también estos relatan estupendos prodigios. Además, la razón de que ya no haya taumaturgos cristianos es que han perdido la Palabra; pero si los viajeros no se han puesto de acuerdo para mentir en este punto, hay lamas tibetanos y talapines siameses muy capaces de obrar prodigios mucho mayores que los del Nuevo Testamento, sin atribuirlos a permisión divina ni a quebranto de las leyes naturales. El cristianismo contemporáneo da pruebas de estar tan mortecino en la fe como en las obras, mientras que el budismo rebosa de vida y la demuestra en obras.

MILAGROS BUDISTAS

La autenticidad de los milagros budistas tiene por apoyo la propia confesión de los misioneros católicos, quienes, en la imposibilidad de negar la experiencia, se han visto precisados a cohonestarlos diciendo que eran obra del diablo (75). Tan sorprendidos quedaron los jesuitas al presenciar los prodigios de aquellos verdaderos siervos de Dios, que arteramente se disfrazaron algunos de lamas y talapines (76), para embaucar al vulgo crédulo en vista de que se les escapaba de sus cristianas redes, hasta que se descubrió la impostura. A pesar de todo, pretendieron los jesuitas de Caen justificar este proceder de los misioneros, diciendo que “así como el sirio Naaman no disimuló su fe al doblar la rodilla con el rey en la casa de Rimmon, tampoco los padres de la Compañía de Jesús la disimulan cuando adoptan la regla y visten el hábito de los talapines de Siam” (77).
Con la misma fe que en los comienzos del período védico se cree hoy en la potencia subyacente de los mantras y en el Vâch de los induístas. El Nombre inefable de toda religión es idéntico al que los masones forman con los nueve caracteres emblemáticos de los nueve nombres con que los iniciados conocían a la Divinidad. sin duda alguna que los humildes e ignorantes paganos aventajan a los altos dignatarios y caballeros Zadoch de los grandes orientes de Europa y América en el conocimiento de la creadora Palabra trazada por Enoch en los dos deltas de oro purísimo, sobre los cuales grabó dos de los misteriosos caracteres. Pero no comprendemos por qué los compañeros del Arca Real han de lamentar tan de continuo y tan amargamente su pérdida. Esta palabra de **** está compuesta exclusivamente de consonantes, por lo que dudamos de que ninguno de ellos haya aprendido a pronunciarla, ni tampoco aprendiera aunque en vez de corromperla la hubiesen “sacado a la luz de las bóvedas secretas”.
Se cree que el nieto de Cam condujo al país de Mizraim el delta sagrado del patriarca Enoch, y por lo tanto, únicamente puede encontrarse en Egipto y países de Oriente la Palabra sagrada; pero teniendo en cuenta que tanto amigos como enemigos han divulgado los más importantes secretos de la masonería, no será malicia ni animosidad decir que desde la infausta catástrofe de los templarios ninguna logia masónica de Europa, ni mucho menos de América (78), ha sabido nada digno de permanecer oculto. Los furiosos ataques de católicos y protestantes contra la masonería resultan tan ridículos como la afirmación del abate Barruel al decir que los actuales francmasones descienden de los templarios suprimido en 1314. En sus Memorias del jacobinismo, el citado abate, testigo presencial de la Revolución francesa, trata extensamente de los rosacruces y otras comunidades masónicas; pero la circunstancia de atribuir a los templarios la paternidad de los modernos masones y de achacarles la perpetración de todos los crímenes políticos, demuestra cuán poco enterado estaba de esta cuestión y cuán ardientemente deseaba poner a los masones como cabeza de turco donde descargar la culpabilidad de los golpes que asestaba desde la sombra la Compañía de Jesús, en cuyos tenebrosos conventículos se han fraguado multitud de crímenes políticos.
Las acusaciones contra los masones no tuvieron otro fundamento que simples conjeturas insinuadas por la premeditada intención de envilecerlos. Ninguna prueba concluyente de culpabilidad se ha podido aducir, y el mismo asesinato de Morgan fue un pretexto de que los farsantes de la política se aprovecharon con fines electorales (79). En cambio, los jesuitas, no sólo toleraron sino que aun indujeron en ciertos casos al regicidio y al crimen de lesa patria (80).

APOLOGÍA DEL REGICIDIO

Dice acerca de este asunto el P. Manuel Sa:

La rebelión de un eclesiástico contra el rey no es crimen de lesa majestad, porque los eclesiásticos no son súbditos del rey (81).

Añade el P. Juan Bridgewater:

No solamente es lícito a los súbditos, sino que se les requiere como exigido deber a que nieguen obediencia y rompan la fidelidad al príncipe siempre que así lo ordene el Vicario de Cristo, soberano pastor de todas las naciones de la tierra (82).

El P. Juan de Mariana va todavía más lejos al decir:

Si las circunstancias lo exigieran, será lícito aniquilar con la espada al príncipe que haya sido declarado enemigo público... No creo que obre mal quien satisfaciendo a la opinión pública atente contra la vida de tal príncipe, pues no solamente es acción lícita sino loable y gloriosa (83).

Pero la más delicada muestra de sus cristianas enseñanzas nos las da el propio P. Mariana en otro pasaje de la obra precedentemente citada, que dice así:

Soy de opinión que al enemigo no se le debe envenenar con drogas ni ponerle ponzoña en la comida o bebida; pero con todo, será lícito este procedimiento en el caso de que tratamos, pues quien matase al tirano sería sumamente favorecido y alabado, porque acción gloriosa es exterminar de la sociedad civil a esta raza dañina y pestilente. Y así no conviene forzar a quien haya de morir por tirano a que él mismo tome el veneno interiormente, sino que sin su intervención se lo aplique otra persona externamente, pues cuando el veneno tiene mucha fuerza, basta que se derrame por el asiento o por los vestidos para quitar la vida (84).

No es extraño que, según afirma Pasquier, atentase de este modo el jesuita Walpole contra la reina Isabel de Inglaterra (85).
Burton Robertson, catedrático de historia contemporánea en la universidad de Dublin, dio en 1862 una serie de conferencias sobre: La masonería y sus peligros, en las que por todo apoyo recurrió al abate Barruel (86) y a Robinson (87), pues ya es costumbre en todo campo recibir fruiciosamente al desertor del contrario y absolverle de toda culpa.
Por otra parte, la Asamblea antimasónica celebrada en los Estados Unidos el año 1830 aceptó por razones políticas aquella jesuítica proposición de Puffendorf, según la cual “a nada obligan los juramentos absurdos e impertinentes ni tampoco los que Dios no acepta” (88). Pero todo hombre honrado rechazará, seguramente, tan burdo sofisma, convencido de que el código del honor humano obliga infinitamente más que cualquier juramento prestado sobre la Biblia, el Corán o los Vedas.
Los esenios jamás juraban sobre cosa alguna; pero su sí y su no valía más que un juramento. Así, es muy extraño que naciones tituladas cristianos hayan establecido el juramento obligatorio en los tribunales civiles y eclesiásticos en diametral oposición al divino mandamiento (89). Por nuestra parte opinamos que no sólo es absurdo sino anticristiano sostener que un juramento no obliga si Dios no lo acepta, pues ningún hombre, por infalible que sea, puede penetrar el pensamiento de Dios (90). Únicamente la tendenciosa conveniencia puede dar la explicación de semejante despropósito.
Ningún juramento tendrá fuerza bastante para ligarnos, hasta que se universalice la convicción de que la humanidad es el más sublime reflejo del Supremo Ser en la tierra y todo hombre una encarnación de Dios; hasta que el sentimiento de responsabilidad personal esté tan vigorizado en el hombre, que repugne el perjurio como el mayor agravio inferido a sí mismo y a sus semejantes. La palabra de honor obliga a cuanto hoy no puede obligar el juramento.

SOFISMAS ANTIMASÓNICOS

Resulta, por consiguiente, un abuso de confianza pública apoyarse, como Robertson lo hizo en sus conferencias, en parciales y tendenciosos testimonios. No es, según dicen ellos, “el malicioso espíritu de la masonería en cuyo corazón se acuñan las calumnias”, sino el del clericalismo católico y sus corifeos. Ninguna confianza merece el hombre que intente conciliar el honor con el perjurio.
Clamorosamente presume el siglo XIX de mayor civilización que los precedentes, y más clamorosa es todavía la presunción clerical de que el cristianismo redimió al mundo de la idolatría y de la barbarie. Pero ni el siglo ni la Iglesia tienen razón, según hemos visto en el transcurso de esta obra. La luz del cristianismo sólo ha servido para alumbrar la hipocresía y los vicios estimulados por sus tergiversadas enseñanzas (91) y para poner de relieve cuánto nos aventajaban los antiguos en el concepto del honor. La errónea doctrina de la redención y el continuo insistir del clero en la fragilidad del hombre y su completa subordinación a los designios de la Providencia han desvanecido en el cristiano el sentimiento del propio respeto y de la confianza en sí mismo, hasta el punto de que entre los llamados impíos e incrédulos han de buscarse los hombres de recia voluntad y carácter entero.
Cuéntase de Hiparco que, desesperado por la vergüenza y oprobio resultantes de su perjurio, dióse la muerte, y tan odiosa memoria dejó entre las gentes, que nadie sepultó su cadáver, tendido a orilla del mar en la isla de Samos (92). Esto sucedía en tiempos del paganismo; pero en nuestros días los noventa y seis delegados asistentes al congreso antimasónico de los Estados Unidos (93) demandan por una parte el respeto debido a honrados caballeros, y por otra aducen jesuíticos sofismas contra la validez del juramento masónico. El Congreso, apoyado, según decían, en “las más eminentes autoridades de filosofía moral y en los inspirados (94) autores que escribieron antes de existir la masonería”, resolvió que como “el juramento es un convenio entre el hombre por una parte y el supremo Juez por otra, y siendo todos los masones infieles, y por lo tanto indignos de la confianza social, forzosamente han de ser sus juramentos ilegales y sin obligación ninguna" (95).
Pero volviendo a los cargos que contra la masonería acumula Robertson en sus Conferencias, vemos que principalmente les acusa de no creer en un Dios personal (96) y de que presumen poseer el secreto de mejorar a los hombres y hacerlos con él más dichosos que con sus doctrinas la Iglesia apostólica. Aunque esta doble acusación tuviese algo de verdad, denotaría que los masones se han apartado del Cristo mítico y del bíblico Jehovah; pero en sus dos extremos es tan malévola como absurda, según veremos.
No nos mueve ningún sentimiento personal en estas consideraciones sobre la masonería, cuyos originarios estatutos respetamos profundamente (97); pero combatimos la adulteración de principios en que modernamente ha degenerado por intrigas de los cleros católico y protestante. La masonería presume de ser la más pura organización democrática y está monopolizada por los plutócratas y los ambiciosos. Se presenta como maestra de la verdadera ética y es en realidad la propagandista de la teogonía antropomórfica. En el primer grado de iniciación oye el aprendiz de labios del venerable que toda categoría social se queda a las puertas de la logia, pues allí todos son hermanos sin distinción entre el monarca y el mendigo; pero en la práctica es la masonería servil cortesana de cualquier regio vástago que con propósito de valerse de ella para fines políticos se digne ponerse el un día simbólico vellocino.

DEGENERACIÓN DE LA MASONERÍA

De la decadencia de la masonería podemos juzgar por lo que dice Yarker:

Nada perdería la asociación masónica si adoptara una más elevada norma de compañerismo y moralidad con exclusión de todo boato y de cuanto lleva en sí fraudes, imposturas, concesión de grados y otros abusos inmorales... Tal como está hoy gobernada la confraternidad masónica, va convirtiéndose rápidamente en el paraíso de la buena vida, del caritativo hipócrita que olvidando el consejo de San Pablo decora su pecho con la “joya de la caridad”, y en cuanto obtiene la “púrpura” desdeña a sus hermanos más capaces aunque menos ricos. Tal es el fabricante de mezquino oropel masónico, el ruin mercader que estafa a miles de incautos prevalido de las dúctiles conciencias de los pocos que hacen caso de sus O. B. Tales son los “emperadores” masónicos y otros charlatanes que obtienen poderío y riquezas gracias a los pujos aristocráticos con que captan la voluntad del vulgo... Creemos haber apuntado suficientemente la relación de los ritos masónicos con los de la antigüedad, así como la pureza del rito templario inglés de siete grados, del que derivaron espuriamente muchos otros (98).

No es nuestro intento revelar secretos que hace tiempo divulgaron masones perjuros, pues todo cuanto de esencial haya en los símbolos, ritos y consignas que hoy emplea la masonería, lo conocen las hermandades orientales, aunque no exista entre éstas y aquélla comunicación alguna (99).
Pero si algunos masones han aprendido un tanto de la masonería esotérica, gracias al estudio de libros herméticos y de su trato personal con “hermanos” del remoto Oriente, no ocurre lo mismo con la generalidad de masones norteamericanos, a quienes conviene advertir que ha llegado el tiempo de restaurar la masonería y restituirla a los límites que le señalaron las primitivas hermandades, con cuyo espíritu se envanecían en el siglo XVIII los fundadores de la masonería puramente especulativa. Desde entonces ya no hay secretos masónicos, pues la Orden va convirtiéndose en una asociación degradada por gentes egoístas y malévolas.
El Consejo supremo del rito antiguo y aceptado, reunido recientemente en Lausana, se pronunció en contra de la impía creencia en un Dios personal con atributos humanos, en la siguiente declaración: “La masonería proclama, como viene proclamando desde su origen, la existencia de un Principio creador denominado el “Gran Arquitecto del universo”. de esta declaración protestó una exigua minoría de masones, diciendo que “la creencia en un Principio creador no satisface ni equivale a la creencia en Dios que la masonería exige de todo candidato”.
Esta opinión, por entero favorable al concepto del Dios personal, tuvo en su apoyo al general Alberto Pike, una de las mayores autoridades de la masonería norteamericana, quien dice:

No es un término nuevo sino renovado el del Principio creador. nuestros numerosos y formidables adversarios dirán con razón que ese Principio creador es idéntico al Principio generador de los indos y egipcios, simbolizado antiguamente en el Linga... Si aceptáramos este Principio en vez de un Dios personal, equivaldría a renegar del cristianismo y del culto de Jehovah para volver a revolcarnos en las pocilgas paganas (100).

¿Son acaso más limpias las del jesuitismo? La alusión a los “numerosos y formidables enemigos” lo explica todo, pues no hay para qué decir que son los católicos y parte de los presbiterianos reformados. En vista de lo que masones y antimasones dicen unos de otros, cabe la duda de qué bando teme más al contrario, aunque no vale la pena atacar a una asociación que, como la masonería, no se atreve a tener creencias propias por temor de suscitar querellas. Si los juramentos masónicos significaran algo y las penas con que se conmina a los perjuros no fuesen irrisorias, ¿cómo podrían enterarse los profanos de lo que ocurre puertas adentro de la logia? El “hermano terrible” resulta tan bufo como el general Bum-Bum de Offenbach, y los millones de afiliados que se extienden por el mundo poco valen si no aciertan a mantenerse unidos parra desafiar a sus adversarios. Parece como si el “místico nudo” estuviese atado con cordeles de arcilla y la masonería fuera un juguete a propósito para satisfacer la vanidad de unos cuantos dignatarios que se complacen en ostentar insignias y bandas. ¿Acaso es su autoridad tan falsa como su antigüedad? Así parece en efecto; pero como también las pulgas tienen sus pulgas, hay en la América del Norte católicos alarmistas que intentan asustar a los masones amenazándoles con la unión de la Iglesia y el Estado bajo el patronato de Roma, como última y lógica consecuencia del desenvolvimiento de los principios protestantes. Viene esto a propósito de que el secretario de Marina R. W. Thompson publicó recientemente una obra titulada: El papado y el poder civil, cuya corrección de lenguaje no merecía ciertamente la dureza con que le atacaron, primero un sacerdote católico de Washington y después el jesuita Weninger, quien derrama sobre el autor toda una redoma de iracundia que parece destilada en las bodegas del Vaticano, según se infiere de las siguientes palabras:

INTEMPERANCIAS DE WENINGER

Las afirmaciones de Thompson respecto al forzoso antagonismo entre la Iglesia católica y las libres instituciones del país, denotan ciega audacia y deplorable ignorancia. El autor prescinde de la lógica, de la historia, del sentido común y de la caridad, y aparece ante el leal pueblo norteamericano como un hipócrita de menguada inteligencia. Ninguna persona culta se atrevería a repetir las manoseadas calumnias tantas veces controvertidas... En réplica a la acusación que de enemiga de la libertad lanza contra la Iglesia, le diré que si este país se convirtiese algún día al catolicismo o si los católicos por estar en mayoría se apoderaran del gobierno, se desenvolverían ampliamente los principios constitucionales y quedarían verdaderamente unidos en todos los Estados de la república. Entonces viviría el pueblo en armónica paz al amparo de la única fe, y todos los corazones latirían al unísono en el amor de la patria, henchidos de caridad e indulgencia para con sus mismos calumniadores... Puede mandar el autor su libro al zar de Rusia y al emperador de Alemania por ver si en premio le nombran caballero de las órdenes de San Andrés y del Águila Negra; pero de los patriotas norteamericanos de claro entendimiento no espere otra condecoración que la del desprecio. Mientras palpiten los corazones americanos al calor de la sangre de nuestros padres, serán inútiles los esfuerzos de Thompson y de cuantos le secunden. Los genuinos norteamericanos protegerán siempre a la Iglesia católica, y por último se unirán a ella... Soltamos el libro que acabamos de refutar como se arroja una piltrafa a los cernícalos de Texas, es decir, a los que se regodean con la hediondez de la mentira y la calumnia (101).

Mientras los norteamericanos quedan advertidos para entrar en el seno de la Iglesia católica, nos complacemos en saber que un tan conspicuo masón como León Hyneman (102) ha combatido durante treinta años la tendencia de erigir en dogma masónico el concepto de un Dios personal, diciendo a este propósito:

En vez de desenvolverse la masonería al compás del progreso científico y de la mentalidad general, se ha desviado de sus primitivos propósitos de confraternidad y toma notoriamente matiz sectario. Así se infiere con toda evidencia del empeño con que mantiene en su ritual las sectarias innovaciones en él introducidas... Parece como si la masonería de este país se mostrase tan indiferente a la antigua índole de la Orden como lo fueron en el siglo pasado los masones adheridos a la Gran logia de
Londres (103).

La Orden del Temple fue la última sociedad secreta que poseyó colectivamente algunos de los misterios orientales, aunque tanto en el siglo pasado como en nuestros días hubo, y tal vez hay, “hermanos” aislados que fiel y secretamente trabajaban bajo la dirección de las fraternidades orientales y que al afiliarse a alguna asociación masónica de Europa la instruyeron en todo lo que de importante han sabido los masones, lo cual explica la analogía entre los Misterios de la antigüedad y los grados superiores de la masonería. Estos misteriosos hermanos jamás descubrían, ni aun entre sí, los secretos de la asociación a que se afiliaban, pues eran mucho más sigilosos que los mismos masones, y cuando consideraban a alguno de estos digno de su confianza le iniciaban secretamente en los misterios orientales, sin que los otros supieran ni una palabra más de lo que sabían.
Nadie ha podido sorprender la actuación de los rosacruces, cuyo organismo y finalidad son todavía, como siempre lo fueron, desconocidos para el mundo, y más particularmente para su enconado enemigo el clericalismo, a pesar de los supuestos descubrimientos de cámaras secretas, velarios llamados “T” y fósiles caballeros de lámparas perpetuas, y a pesar también de las engañosas confesiones que el tormento arrancaba a los teósofos, alquimistas, cabalistas, fingidos templarios y falsos rosacruces que murieron en la hoguera.

LOS MODERNOS TEMPLARIOS

En cuanto a los modernos caballeros templarios y a las logias masónicas que pretenden descender directamente de la antigua Orden del Temple, no poseen ni poseyeron nunca ningún secreto peligroso para la Iglesia, cuya persecución contra ellos tuvo desde un principio apariencias de farsa, pues, según dice Findel, los grados escoceses, o sea la ordenación templaria, data tan sólo de los años 1735 a 1740, y siguiendo sus tendencias católicas, establecieron su residencia principal en el colegio de jesuitas de Clermont, en París, por lo que se le denominó rito de Clermont.
El actual rito sueco tiene también algo del elemento templario, pero está libre de la influencia jesuítica y no se entremete en política (104).
Sobre la presumida filiación de los actuales caballeros templarios dice Wilcke:

Los actuales caballeros templarios de París pretenden descender directamente de la antigua Orden y tratan de probarlo por medio de sus reglas internas, enseñanzas secretas y otros documentos. Según Foraisse, la masonería nació en Egipto y Moisés comunicó sus enseñanzas a los hebreos, Jesús a los apóstoles, y pro este camino llegaron hasta los templarios. Todas estas invenciones necesitan los templarios parisienses para apoyar su pretensión sin que las apoye la historia, pues todo este artificio se tramó en el capítulo superior de Clermont al amparo de los jesuitas, que por entonces contaban con el favor de los Estuardos.

De aquí que el obispo Gregoire (105) y Münter (106) se declaren en pro de los actuales templarios.
Entre estos y los antiguos no hay a lo sumo otra analogía que la adopción de ciertos ritos y ceremonias de índole eclesiástica, astutamente incorporadas por el clero a la antigua Orden, que desde entonces fue perdiendo la primitiva sencillez de carácter hasta su total ruina.
La Orden del Temple fue instituida el año 1118 por Hugo de Payens y Godofredo de Saint-Omer con el aparente propósito de proteger a los peregrinos de Jerusalén, pero con el verdadero objeto de restaurar el primitivo culto secreto. Teocletes, sumo sacerdote de los nazarenos juanistas, instruyó a Hugo de Payens en la verídica historia de Jesús y del cristianismo primitivo, y posteriormente otros dignatarios de la misma secta le iniciaron en sus misterios (107). Su oculto designio era libertar el pensamiento y restaurar la religión única y universal. En un principio hacían voto de pobreza, castidad y obediencia, de suerte que fueron los verdaderos discípulos del Bautista, que se alimentaba en el desierto de langostas y miel silvestre. Tal es la verdadera y tradicional versión cabalística.
Es un error creer que la Orden de los templarios no se declaró contra el dogma católico hasta sus últimos tiempos, pues desde un principio fue herética en el sentido que la Iglesia da a esta palabra. La cruz roja sobre manto blanco simbolizaba, como entre los iniciados de los demás países, los cuatro puntos cardinales del universo (108). Cuando más tarde tomó la Orden carácter de logia y comenzaron las persecuciones, hubieron de reunirse los templarios muy secretamente en la sala capitular, y para mayor seguridad en cuevas o chozas levantadas en medio de los bosques, con objeto de practicar las ceremonias propias de su institución, al paso que en las capillas públicas celebraban el culto católico.
Aunque eran infamemente calumniosas la mayor parte de las acusaciones levantadas contra los templarios a instigación de Felipe IV de Francia, había fundamento para inculparles de herejía, según el criterio dogmático de la Iglesia romana. Los actuales templarios no pueden conciliar su fe en la Biblia con la pretensión de ser directos descendientes de aquellos nazarenos que no creían en la divinidad ni en la misión redentora de Cristo ni en sus virtudes taumatúrgicas ni en los principales dogmas católicos, como la transubstanciación, los santos, las reliquias y el purgatorio. El Cristo era para los nazarenos un falso profeta; pero a Jesús lo respetaban como hermano. San Juan Bautista era su Maestro; pero nunca le tuvieron en el concepto que lo tiene la Biblia. Por otra parte, respetaban las doctrinas de la alquimia, astrología y magia, así como los talismanes cabalísticos y seguían las enseñanzas de sus jefes.
Sobre el particular dice Findel:

En el siglo pasado, cuando la masonería se consideraba engañosamente hija de los templarios, era muy difícil creer en la inocencia de esta Orden, pues se acumularon contra ella multitud de patrañas e imputaciones no comprobadas, con deliberado propósito de sofocar la verdad. Los masones, admiradores de los templarios, recogieron la documentación del proceso, publicada por Moldenwaher, en donde se probaba la culpabilidad de la Orden (109).

LOS CABALLEROS DE MALTA

Esta culpabilidad consistía únicamente en su discrepancia de los dogmas de la Iglesia romana. Mientras los verdaderos “hermanos” sufrían muerte ignominiosa, los hermanos espurios formaron una secuela de los jesuitas, por lo que los masones sinceros deben rechazar con horror toda relación con ellos, dejándolos solos con su ascendencia.
Dice sobre la materia el comandante Gourdin:

Los caballeros de San Juan de Jerusalén, llamados también hospitalarios y de Malta, no eran masones sino que, por el contrario, parecen haber sido enemigos de la masonería, porque el año 1740 el Gran maestre de la Orden de Malta ordenó publicar en esta isla la bula pontificia de Clemente XII y prohibió bajo severas penas las reuniones masónicas. Con este motivo se marcharon de la isla algunos caballeros y muchos ciudadanos, y al año siguiente, 1741, la Inquisición empezó a perseguir a los masones. Seis caballeros fueron desterrados perpetuamente de la isla por haber asistido a una reunión masónica. Al revés de los templarios, no tenían los caballeros de Malta ceremonia secreta para el ingreso den la Orden, y por esto le fue imposible a Reghellini procurarse un ejemplar del ritual secreto, pues no le había (110).

Sin embargo, los masones caballeros templarios comprenden tres grados: Rosacruz, Templario y de Malta (111). Así es que no pueden envanecerse los caballeros templarios de la herencia recibida de los jesuitas, pues no tienen más remedio que aceptar la descendencia de los primitivos herejes y anticristianos cabalistas templarios, o confesar su filiación jesuítica y tender sus cuadriculadas alfombras sobre la plataforma del ultramontanismo. De lo contrario, no pasarán de pura pretensión sus alegaciones.
La pseuda y clerical orden de los templarios tuvo origen en Francia al amparo de los adictos a los Estuardos, según afirma Dupuy; y como sus favorecedores no han perdonado medio para encubrir su procedencia jesuítica, no es extraño que un autor anónimo (112) se esfuerce en defender a los templarios de la inculpación d herejías, con lo que despoja a aquellos mártires del librepensamiento de la aureola de respeto que se habían aquistado.
La falsa orden de los templarios se fundó en París el 4 de Noviembre de 1804 con una constitución amañada al efecto, y desde entonces ha venido contaminando a la masonería legítima, según declaran los más conspicuos masones. La Carta de transmisión (113) tiene visos de tan remota antigüedad, que, según confiesa Gregoire (114), le hubiera bastado este documento para desvanecer toda duda respecto a la procedencia de la orden (115).
El jesuita conde de Ramsay fue el primero en exponer la idea de que los templarios se habían refundido con los caballeros de Malta. Dice a este propósito:

Nuestros ascendientes los cruzados se reunieron en Tierra Santa desde todos los puntos de la cristiandad y resolvieron constituir una fraternidad que comprendiese a todas las naciones, con objeto de que ligadas en corazón y alma se mejoraran mutuamente y pudiesen con el tiempo representar un solo pueblo intelectual.

LOS TEMPLARIOS BASTARDOS

Por esta razón se unieron los templarios a los caballeros de San Juan, quienes constituyeron una hermandad masónica denominada “Masones de San Juan”. En el Sello rasgado (1745) se lee la siguiente impudentísima falsedad, digna de los hijos de Loyola: “Las logias estaban dedicadas a San Juan, porque cuando las guerras santas de Palestina los caballeros masones se refundieron con los caballeros de San Juan”.
Según afirma Thory, el año 1743 se inventó en Lyon el grado de caballero Kadosh, que simboliza la venganza de los templarios. Sobre lo cual dice Findel:

La orden del Temple fue abolida en 1311, y los caballeros se vieron en la precisión de secularizarse en 1740 por no serles posible mantener su unión con la orden de San Juan de Malta, algunos de cuyos individuos habían sido desterrados de la isla por masones, pues la orden estaba entonces en la plenitud de su poderío y bajo la soberanía del romano pontífice.

Por su parte, Clavel, una de las más prestigiosas autoridades de la masonería, añade a este propósito:

Es evidente que la orden francesa de los caballeros templarios no remonta más allá de 1804, y que en manera alguna puede titularse sucesora de la sociedad denominada: Resurrección de los Templarios ni tampoco ésta se dilata en su origen a la genuina y primitiva orden del Temple.

Así vemos que los templarios bastardos forjan en el año 1806 en París, bajo la dirección de los jesuitas, el famoso Estatuto Larmenio, y veinte años más tarde, ya constituidos en asociación tenebrosa, mueven manos asesinas contra uno de los más nobles príncipes de Europa, cuya muerte quedó en el misterio por intrigas políticas con afrenta de la verdad y la justicia. Este príncipe, afiliado a la masonería, fue el postrer depositario de los secretos de los legítimos caballeros templarios, que durante cinco siglos habían eludido toda indagación y celebrado reuniones trienales en Malta (116), mientras los falsos templarios, los caballeros papistas, dormían tranquilamente, sin remordimiento de sus crímenes.
Dice a este punto Rebold:

Y a pesar de todo, no obstante el embrollo que los jesuitas armaron de 1763 a 1772, sólo habían logrado entre sus diversos propósitos el de desnaturalizar y desprestigiar la institución masónica, y para complementar su disolvente labor organizaron una orden titulada: Oficialidad de los templarios en confusa amalgama del espíritu de las cruzadas con las quimeras de los alquimistas, que estuvo desde un principio supeditada al clericalismo y se movió como sobre las ruedas representativas del propósito que presidiera la fundación de la Compañía de Jesús (117).

De aquí que, a pesar del origen precristiano de la masonería, se hayan incorporado todos sus ritos y símbolos al cristianismo y de que éste le haya comunicado su sabor, pues antes de que el neófito sea admitido en la logia ha de afirmar su creencia en un Dios personal (118) y asimismo en Cristo con relación a los grados del Campamento, mientras que los primitivos templarios creían en el desconocido e invisible Principio de que emanan las potestades creadoras, impropiamente denominadas dioses, y se atenían a la versión nazarena, según la cual fue Ben-Panther el pecador padre de Jesús, quien se proclamó “hijo de dios y del Hombre” (119). Esto da la explicación de los terribles juramentos que sobre la Biblia se exigen a los masones y de la servil analogía de sus leyendas con la cronología bíblica. Así, por ejemplo, al conferir el grado de rosacruz, forman en línea los caballeros, y al acercarse el neófito al altar procede el capitán de la guardia a proclamarlo caballero diciendo: “A la gloria del Gran Arquitecto del Universo (120), bajo los auspicios del Soberano Santuario de la antigua y primitiva masonería etc.”. después, el caballero orador de la logia da un golpe y participa al neófito que las narraciones masónicas se remontan a cuarenta siglos (121) y que hacia el año 2188 antes de J. C. colonizó Mizraim el Egipto y echó los cimientos de una monarquía, cuya duración fue de 1663 años (122).
Desde luego, se echa de ver el gran error de cómputo que denota este número, aunque concuerde piadosamente con la cronología bíblica. Por otra parte, los nueve nombres míticos de la Divinidad que, según los masones, se conocieron en Egipto en el siglo XXII antes de J. C., se encuentran en monumentos de doble antigüedad, en opinión de los más notables egiptólogos, sin contar con que los masones desconocen dichos nombres.
Lo cierto es que la masonería moderna difiere muy radicalmente de la en otro tiempo secreta confraternidad universal, cuando los adoradores de Brahma, simbolizado en AUM, intercambiaban sus signos y consignas con los devotos del TUM. Entonces eran “hermanos” los adeptos de todos los países de la tierra.

EL NOMBRE MISTERIOSO

¿Cuál era, pues, aquel Nombre misterioso, aquella poderosa Palabra por cuya virtud obraban maravillas los iniciados indos, caldeos y egipcios?
Dice Horus:

Yo conocí los espíritus de An. Por glorioso que sea, no pasa adelante si no me da la Palabra (123).

En otro himno, el alma transfigurada exclama:

Abridme el camino de Rusta. Soy el Supremo Ser revestido como el Gran Ser. ¡Ya estoy aquí! ¡Ya he venido! Deliciosos son para mí los reyes de Osiris. Yo creo el agua por virtud de la Palabra. No he visto los secretos ocultos. Yo di verdad al sol. Soy pureza. Me adoran por mi pureza (124).

En la envoltura de una momia se lee:

Yo soy el supremo Dios (Espíritu) existente por Sí mismo y creador de Su nombre... Yo conozco el nombre de este supremo Dios que está allí.

Los enemigos de Jesús le acusan de obrar milagros, y los discípulos nos lo muestran expeliendo demonios por virtud del Nombre inefable. Los fariseos creían firmemente que Jesús había hurtado del santuario el sagrado Nombre. Los discípulos delatan su creencia en el pasaje siguiente:

Y haciéndolos presentar en medio, les preguntaron: ¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho vosotros esto?
Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo:
... Sea notorio a todos vosotros... que en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo Nazareno (125).

En este pasaje, el nombre de Jesucristo no significa su propio nombre, sino aquel otro Nombre en cuya posesión y conocimiento estaba Jesús de Nazareth por efecto de su iniciación, aunque los judíos le acusaran de haberlos sustraído. Además, Jesús afirma repetidamente que siempre obra en el Nombre del Padre y no en el suyo. Pero ¿qué masón moderno ha oído pronunciar este Nombre? El mismo rito masónico declara que lo desconocen, pues el orador le dice al neófito, en el acto de la iniciación, que las consignas recibidas en los grados precedentes son otras tantas corrupciones del verdadero nombre de Dios grabado en el triángulo y que, por lo tanto, lo substituyen con otra palabra. Lo mismo sucede en las logias azules, cuyo Maestro representa al rey Salomón y conviene con el rey Hiram en que la palabra *** substituirá a la del Maestro hasta que tiempos más sabios descubran la verdadera. De los miles de diáconos que ayudaron a iniciar a los neófitos y de los muchos maestros que musitaron al oído del supuesto Hiram Abiffs la mística palabra que les sostenía en los cinco puntos de la hermandad, ¿quién sospechó la verdadera significación ni siquiera de esta palabra sucedánea?

EL VENERABLE “MAH”

No pocos maestros de la masonería actual supondrán que está relacionado con la “médula de los huesos”, porque ignoran que el nombre del místico personaje, llamado venerable MAH por los adeptos orientales que le obedecen, es abreviatura de la primera sílaba de las tres que componen la sustituyente palabra masónica. El Mah vive actualmente en un lugar que tan sólo conocen los iniciados, circuido por desiertos impenetrables, que no se atreverán a cruzar los misioneros, porque están llenos de peligros que arredran a los más audaces exploradores. Sin embargo, durante siglos ha estado resonando en los oídos de los neófitos este ininteligible retintín de vocales y consonantes, como si aun tuviese virtud suficiente para desviar de su aéreo curso un vellón de cardo. Como el cristianismo, es la masonería un cadáver abandonado hace mucho por el espíritu.
A este propósito copiaremos la carta que nos envió el conspicuo masón Carlos Sotheran (126) y dice así:

Nueva York, 11 de Enero de 1877.

En respuesta a su carta, tengo mucho gusto en proporcionarle los datos que desea respecto a la antigüedad y circunstancias de la masonería actual. Mi placer es mayor al considerar que puesto pertenece V. a las mismas sociedades secretas, puede mejor apreciar la necesidad de mantenerme reservado en algunos puntos. Con mucha razón dice V. que la masonería, como las fracasadas religiones del día, tiene un pasado fabuloso. No es extraño que la Orden haya visto estorbadas sus civilizadoras funciones con menoscabo de su utilidad, por efecto de los muchos obstáculos que se le han puesto y el cúmulo de absurdas leyendas bíblicas entremezcladas con su historia. Afortunadamente, el movimiento antimasónico promovido en los Estados unidos en este mismo siglo, despertó en gran número de investigadores el deseo de indagar el verdadero origen de la Confraternidad masónica, determinando con ello una favorable reacción. El movimiento de América se propagó a Europa y en ambos continentes salieron a la defensa de la Orden masones tan conspicuos como Rebold, Findel, Hyneman, Mitchell, Mackenzie, Hugan, Yarker y otros, cuyas obras son hoy día valiosos documentos históricos, de suerte que las enseñanzas, jurisprudencia y ritual de la masonería no son ya un secreto para los profanos cuyo buen criterio les permita comprenderlas tal como están expuestas.
Acertadamente dice V. que la Biblia es la mayor luz de las masonerías europea y americana, pues la cosmogonía bíblica y el concepto teístico de Dios son sus piedras angulares. También parece que su cronología está basada en la de la revelación, y así afirma el doctor Dalcho que la masonería es coetánea de la creación del mundo. No es maravilla, pues, que tal o cual pundit asegure que Dios fue el primer Gran maestre y Adán el segundo, quien inició a Eva en el gran misterio, como después lo fueron las sacerdotisas de Cibeles y las señoras Kadosh. Otra autoridad masónica, el reverendo doctor Oliver, relata con toda seriedad los pormenores de una logia cuyo gran maestre era moisés y su gran diputado era Josué, y Aholíab y Bezaleel los grandes guardianes.
Como dice V. muy bien, en los misterios masónicos desempeña importante papel el templo de Salomón, que según han demostrado los arqueólogos modernos, no es ni de mucho tan antiguo como se supone y cuyo nombre denota su místico carácter, pues Salomón es palabra formada de Sol-Om-On, nombres del sol en tres distintos idiomas. Esta y otras fábulas, como la colonización masónica del Egipto antiguo, han atribuido a la Orden un origen que en realidad no tiene, pues las mitologías griega y romana resultarían insignificantes en comparación de cuarenta siglos de historia legendaria. Las hipótesis egipcia, caldea y otras de que se valieron los inventores de “grados elevados”, han tenido su corto período de preeminencia. La última “hacha por afilar” ha sido consecutivamente la fecunda madre de la esterilidad.
Ambos estamos de acuerdo en que el antiguo sacerdocio tuvo doctrinas esotéricas y ceremonias secretas. De la hermandad de los esenios, derivada de los gimnósofos induístas, procedieron sin duda alguna las sodalias de Grecia y Roma. según las describen los autores paganos. De ellas copiaron ritos, consignas, señas, etc., las comunidades medioevales, pues así como las actuales asociaciones obreras de Londres son hijuelas de los antiguos gremios, así también los masones operativos eran trabajadores con más elevadas pretensiones. La palabra masón deriva etimológicamente de la francesa macon (albañil), que a su vez procede de la raíz normanda mas que significa casa. Y de la propia suerte que las citadas asociaciones londinenses concedían de cuando en cuando el título de socio libre a los extraños, también hicieron lo mismo los gremios de masones, como sucedió con Elías Ashmole, fundador del Museo Ashmoleano, que fue recibido en la comunidad de Warrington el 16 de Octubre de 1646. El ingreso de estos masones libres en la Hermandad operativa prepararon el camino para la gran revolución masónica de 1717, de que nació la masonería especulativa. El falso masón Andrson redactó las Constituciones de 1723 y 1738 para el régimen de la primera “Gran Logia de masones libres y aceptados de Inglaterra”, de donde las han copiado todas las logias del mundo. Para cohonestar Anderson el amaño de estas Constituciones, tuvo la audacia de afirmar que los reformadores de 1717 habían destruido todos los documentos relativos a la masonería inglesa; pero afortunadamente, Rebold, Hughan y otros publicistas encontraron en el Museo Británico, la Biblioteca Bodleiana y otros establecimientos de pública erudición, datos bastantes acerca de los masones operativos para rebatir lo dicho por Anderson.

LA CARTA DE UN MASÓN

Opino que los mismos autores han demostrado también concluyentemente la apocricidad de la Constitución de Colonia de 1535 y de las cuestiones que se suponen entresacadas por el anticuario Leylande de un manuscrito de Enrique VI de Inglaterra, en las que se atribuye a Pitágoras la fundación de una logia en Crotona a la que se afiliaron muchos masones, de los cuales pasaron algunos a Francia donde hicieron muchos prosélitos que con el tiempo difundieron la institución por Inglaterra. Al arquitecto constructor de la catedral de San Pablo en Londres, Cristóbal Wren, se le llamó “Gran Maestre de los masones libres”, pero fue tan sólo el Maestre o Presidente de la corporación de los masones operativos de Londres. Si respecto a las Grandes Logias que actualmente tienen a su cargo los tres primeros grados simbólicos, se han urdido tantas y tan groseras fábulas, no es extraño que haya ocurrido lo mismo con los grados superiores de la masonería, con mucho acierto tenidos por incongruente mezcolanza de principios contradictorios.
Por otra parte, resulta muy curioso que la mayoría de las corporaciones masónicas en que intervienen los grados superiores, como el “Rito escocés antiguo y aceptado”, el “Rito de Aviñón”, la “Orden del temple”, el “Rito de Fessler”, el “Gran Consejo de los Emperadores de Oriente y Occidente”, los “Soberanos Príncipes masones”, etc., etc., sean la progenie de Loyola. El barón Hundt, el caballero Ramsay, Tschudy, Zinnendorf y otros institutores de grados en estos ritos, obraban según instrucciones recibidas del general de los jesuitas, y tuvieron por nido incubador el “Colegio de jesuitas de Clermont”, en París, a cuya influencia estaban más o menos sujetos todos los ritos masónicos.
El “Rito escocés antiguo y aceptado”, hijo bastardo de la masonería, al que no reconocen las logias azules, fue invención del jesuítico caballero Ramsay, quien lo estableció en Inglaterra por los años de 1736 a 1738 con propósito de laborar por la causa de los Estuardos. A fines del siglo XVIII, unos cuantos masones aventureros reorganizaron el rito en la actual serie de treinta y tres grados, en Charleston (Carolina del Sur). Dos de estos aventureros, el sastre Pirlet y el maestro de baile Lacorne, fueron los precursores de un nuevo reorganizador llamado Gourgas, oficial de un buque mercante que viajaba entre Nueva York y Liverpool.
El médico Crucefix, apodado Goss y sedicente inventor de algunos medicamentos de índole sospechosa, introdujo en Inglaterra esta reforma masónica sin otra autoridad que un documento que decían firmado en Berlín por Federico el Grande el 1.º de Mayo 1786 para revisar la Constitución de los grados superiores del rito antiguo y aceptado. Sin embargo, las Grandes Logias de los Tres Globos de Berlín demostraron concluyentemente la falsedad de dicho documento, con cuyo apoyo se dice que el Rito antiguo y aceptado defraudó a los confiados hermanos de América y Europa miles de dólares, parra vergüenza de la humanidad.
Los modernos templarios a que se refiere V. en su carta, son sencillamente grajos engalanados con plumas de pavo real, que tratan de cristianizar a la masonería, pues admiten en su seno, sin distinción de nacionalidad ni fe religiosa, a todo el que crea en un Dios personal y en la inmortalidad del alma. Según la mayoría de los masones judíos, los templarios son idénticos a los jesuitas.
Extraño parece que cuando va debilitándose la creencia en un Dios personal, cuando la misma teología admite la imposibilidad de definir la idea de Dios, haya quienes intercepten y embaracen el camino para llegar a la general aceptación del sublime panteísmo de los antiguos filósofos de Oriente, renovado por Jacobo Boehme y Spinoza. En las logias de ésta y otras jurisdicciones se loa frecuentemente al Padre, Hijo y Espíritu Santo con disgusto de los masones judíos y librepensadores, que de este modo ven ofendidas sus particulares creencias. No sucede así en la India, donde la luz de una logia es indistintamente el Korán, el Zendavesta o los Vedas. Es preciso, por lo tanto, eliminar de la masonería el sectarismo cristiano, pues hay actualmente en Alemania logias que niegan la iniciación a los judíos no alemanes; pero los masones franceses se han sublevado contra esta tiranía, y el Gran Oriente de Francia admite aún a los ateos y materialistas, por lo que los demás Orientes repudian a los masones franceses, dando con ello prueba elocuente contra la supuesta universalidad de la masonería.
Mas, a pesar de sus muchas culpas (pues la masonería especulativa es falible como toda obra humana), no hay institución que haya realizado y esté dispuesta a realizar tantos esfuerzos a favor del progreso político y religioso de la humanidad. En el siglo pasado los iluminados predicaron por toda Europa “paz a la choza y guerra al palacio”. También en el pasado siglo lograron los Estados Unidos su independencia gracias al auxilio de las sociedades secretas, más eficaz de lo que se cree generalmente, pues masones fueron Washington, Lafayette, Franklin, Jefferson y Hamilton. En el siglo XIX, el general Garibaldi, masón del grado 33, fue el brazo ejecutor de la unidad de Italia, proclamada desde años antes por el también masón José Mazzini con arreglo a los masónicos o más bien carbonarios principios de libertad, igualdad, fraternidad, independencia y unidad.
La masonería especulativa tiene aún muchas tareas que realizar, y una de ellas es la de admitir a la mujer como colaboradora del hombre en las actuaciones de la vida, según han hecho recientemente los masones húngaros al iniciar a la condesa Haideck. Otra importante tarea es el reconocimiento práctico de la fraternidad humana, de modo que la nacionalidad, el color, creencia y posición social no sean obstáculos para el ingreso en la masonería. El negro no ha de ser tan sólo teóricamente el hermano del blanco, pues los masones de raza negra no son admitidos en las logias norteamericanas. Es preciso persuadir a la América del Sur a que participe en los deberes de la humanidad.
Si la masonería ha de ser, como se pretende, una escuela de ciencia progresiva y de religión progresiva, debe ir siempre a la vanguardia y nunca a retaguardia de la civilización. Pero si ha de contraerse a esfuerzos empíricos, a meras tentativas para resolver los más arduos problemas de la humanidad, debe ceder el puesto a quienes ventajosamente puedan sucederla, y entre ellos a uno a quien V. y yo conocemos, que en los días de sus esplendorosos triunfos inspiró tal vez a los dignatarios de la Orden, como a Sócrates le inspiraba su daimonion.
De V. sincero amigo,

Carlos Sotheran


EL TEMPLO DE SALOMÓN

Así se desmorona, cual otro Evangelio revelado, el épico poema de la masonería cantado por tantos y tan misteriosos caballeros. Como vemos, los mismos masones contemporáneos socavan y derruyen el templo de Salomón, que el vulgo masónico persiste en considerar como fábrica arquitectónica con arreglo a las descripciones exotéricas de la Biblia, pero que los estudiantes de la doctrina esotérica diputarán siempre por mítica alegoría de la ciencia secreta. Diluciden los arqueólogos si existió o no el templo de Salomón; pero ningún erudito versado en las terminologías cabalística y alquímica dudará de que es puramente alegórica la descripción del templo, según el tercer libro de los Reyes. La construcción del templo de Salomón simboliza la gradual adquisición de la magia o sabiduría secreta; la evolución de lo terreno en espiritual; la manifestación física del poder y gloria del espíritu por medio de la sabiduría y genio del constructor, que al convertirse en adepto supera en poderío al mismo rey Salomón, emblema del sol o Luz del mundo real y subjetivo que brilla en la obscuridad del mundo objetivo. Tal es el “templo” que puede edificarse sin golpeteo de martillos ni otras herramientas.
En algunos puntos de Oriente, la ciencia secreta se llama el “templo de siete pisos” y en otros puntos el “templo de nueve pisos”, cada uno de los cuales simboliza un grado de conocimiento. En todos los países orientales se llaman “constructores” los estudiantes y maestros de la ciencia secreta y de la religión de sabiduría, pues construyen el templo de los secretos conocimientos. A los adeptos activos se les da el nombre de operarios o constructores prácticos y a los neófitos se les llama constructores teóricos. Los primeros demuestran con obras su dominio de las fuerzas naturales, mientras que los segundos están aprendiendo los rudimentos de la sagrada ciencia. Los desconocidos fundadores de las primitivas asociaciones masónicas tomaron de Oriente estas denominaciones.
En la ordinaria terminología masónica se entiende por masones operativos los albañiles y artesanos que constituyeron el gremio hasta la época de Cristóbal Wren, y por masones especulativos los individuos de la Orden tal como está hoy constituida. A pesar de las adulteraciones de los intérpretes, se trasluce el significado original de las palabras atribuidas a Jesús: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Ya vimos lo que Pater y Petra significaban para los hierofantes, que transmitían al sucesor la interpretación trazada sobre tablas de piedra en la iniciación final. Una vez conocido el misterio de estas tablas, que le revelaban el misterio de la creación, el iniciado se convertía en constructor, pues ya estaba familiarizado con el dodecaedron o figura geométrica que sirvió de módulo a la construcción del universo. A lo aprendido en los anteriores grados de iniciación acerca de las reglas arquitectónicas, añadíase entonces el empleo de la cruz, cuyos equiláteros y simétricos brazos simbolizaban la planta del templo espiritual, y cuya intersección representaba, según Pitágoras, el punto primordial, el elemento de toda existencia, la primera idea concreta de la Divinidad. desde aquel momento era ya maestro constructor (127) y podía levantar el templo de sabiduría sobre la Petra y permitir que otro lo erigiese sobre tan firme cimiento.
Las insignias del hierofante egipcio eran una escuadra y un capacete cuadrado (128), sin las cuales no podía presentarse en ceremonia.

LA TAU PERFECTA

La tau perfecta, formada por el brazo vertical (129), el brazo horizontal (130) y el círculo mundanal, era atributo de Isis, que al morir un iniciado se colocaba sobre el pecho de su momia. Resulta, por lo tanto, muy extemporánea la pretensión de que la cruz es símbolo genuinamente cristiano, pues ya Ezequiel marca con la tau la frente de los hombres de Judá (131). Los antiguos hebreos trazaban la tau en esta disposición: .......; pero en los jeroglíficos egipcios aparece trazada en esta otra ........ o sea idéntica a la cruz cristiana. En el Apocalipsis vemos también que el “Alfa y Omega” (132) traza el Nombre del Padre en la frente de los electos (133).
Prueba de que Jesús era iniciado, maestro constructor o maestro masón, como ahora se les llama, la tenemos en que en las catedrales más antiguas aparece su efigie con los atributos masónicos (134).
Los maestros constructores supervivientes a la hermandad operativa del verdadero templo andan literalmente medio desnudos y medio descalzos, no por pueril ceremonia, sino porque, como el “Hijo del Hombre”, no tienen donde reclinar la cabeza, y sin embargo son los únicos poseedores de la Palabra. Les sirve de cable remolcador el sagrado cordel triple del sannyâsi o el cordón de que ciertos lamas cuelgan la piedra yu, cuyos talismanes, sin valor aparente, no trocaría ninguno de ellos por todas las riquezas de Salomón y de la reina de Saba. La caña de bambú de siete nudos del fakir puede tener tanta virtud como la vara de Moisés, que “brotó en el crepúsculo vespertino y llevaba grabado el glorioso NOMBRE, por cuyo poder obró maravillas en Mizraim”.
Pero estos “operativos trabajadores” no temen que los presidentes capitulares les traicionen y descubran sus secretos, pues no los recibieron de Moisés, Salomón ni Zorobabel. Si el hermano Moisés Miguel Hayes, que en Diciembre de 1778 (135) introdujo en la América del Norte la Real Arca Masonería, hubiese presentido las futuras traiciones, ciertamente que estipulara obligaciones más severas.
Verdaderamente, la magna y omnieficiente palabra del Arca Real, por largo tiempo perdida, pero ya encontrada, ha cumplido su promesa. La consigna de aquel grado ya no es: Yo soy quien soy, sino simplemente: Fui, pero no soy.




Para que no se nos tilde de vana presunción, daremos las claves de algunas cifras secretas de los más importantes grados masónicos, que, si no nos equivocamos, no han sido reveladas hasta hoy a los profanos (136), pues se mantuvieron celosamente reservadas en el seno de las distintas corporaciones. Como no nos liga promesa ni juramento alguno, no abusamos de la confianza de nadie. No es nuestro propósito satisfacer una frívola curiosidad, sino demostrar por igual a masones y jesuitas que no poseen secreto alguno digno de la atención de las fraternidades orientales, que con visera calada pueden quitar el antifaz a las asociaciones europeas, pues universalmente se reconoce que los profanos nada saben de los secretos de las supervivientes fraternidades.

CIFRAS SECRETAS

Los jesuitas emplearon algunas de estas cifras en tiempos de la conspiración jacobita, cuando la Iglesia se valía para fines políticos de la masonería sedicente sucesora de los templarios. Sobre esto expone Findel:

En el siglo XVIII, además de los modernos caballeros templarios, adulteraron los jesuitas el verdadero carácter de la masonería. Muchos autores masones, que conocían perfectamente aquel período histórico, aseguran que siempre influyeron los jesuitas perniciosamente en la fraternidad masónica... Respecto a los rosacruces masones, su primitivo objeto fue nada menos que favorecer y fomentar el catolicismo, y cuando esta religión tomó el manifiesto propósito de reprimir la libertad de pensamiento... los rosacruces redoblaron sus esfuerzos para detener en lo posible el progreso de la civilización (137).

Por otra parte, el Sincerus Renatus (138) dice que las reglas dictadas para el régimen de los “Rosacruces de Oro” ofrecían pruebas inequívocas de la intervención jesuítica.
Expondremos primeramente el sistema cifrado de los “Soberanos Príncipes Roscaruces” (139).


CLAVE DE LOS S P C


a b c d e f g h ij k l m n o p q r s t uv x y z &

CLAVE DE LOS CABALLEROS ROSA CRUZ DE KILWINING


0 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 10 11 12 13 14 15 16 17

a b c d e f g h i j ba o k kb kc kd ke kf kg kh

18 19 20 30 40 50 60 70 80 90 100 200 300 400 500 600 700 800 900 1000
ki kj ck dk ek fk gk hk ik jk l cl dl el fl gl hl il jl m

CLAVE DE LOS CABALLEROS KADOSH (140)

70 2 3 12 15 20 30 33 38 9 10 40 60 80

a b c d e f g h i k l m n o

81 82 83 84 85 86 90 91 94 95
p q r s t u v x y z

JEROGLÍFICO DE LOS CABALLEROS KADOSH (141)

























PROCEDIMIENTOS CRIPTOGRÁFICOS


CLAVE DEL ARCA REAL













El alfabeto de esta clave tiene veintiséis letras divididas en dos series de trece, como sigue:

l.ª serie:



Estos mismos signos con un punto interior componen la

2.ª serie:




Hay dos procedimientos criptográficos para usar esta clave. Consiste el primero en alternar los signos uno sin punto y otro con él, de modo que correspondan a las veintiséis letras del abecedario inglés, conviene a saber:








El segundo procedimiento consiste en corresponder los trece signos impuntuados de la primera serie con las trece primeras letras hasta la m inclusive; y los trece signos puntuados con las trece letras restantes (de la n a la z).



Aleccionados indudablemente por sus expertos tutores, los jesuitas, perfeccionaron más tarde los masones del Arca Real su clave con la adición de signos correspondientes a la notación ortográfica y fonética, entre los cuales tenemos los siguientes:







Basta con lo expuesto (142). Ahora hemos de aducir algunas pruebas demostrativas de que el nombre de Jehovah, tan querido de los masones, podrá substituir pero nunca reemplazar al admirable Nombre perdido. Los cabalistas saben esto perfectamente, y en su secreta etimología del nombre ... demuestran concluyentemente que es uno de los muchos sucedáneos del verdadero Nombre, y resulta de la combinación de Iod, Vau y Heva o sea el nombre del primer andrógino (Adán) y de la serpiente femenina, símbolo de la divina Inteligencia emanada del espíritu creador (143).
Por consiguiente, no puede ser Jehovah en modo alguno el Nombre inefable. Si Moisés hubiese comunicado a Faraón el verdadero Nombre, no se hubiera resistido a la intimación, pues por una parte, los reyes de Egipto estaban iniciados y conocían dicho Nombre tan bien como quien de ellos lo había aprendido, y por otra parte, el Nombre era en aquellos tiempos común posesión de todos los adeptos del mundo (144). Pero Moisés, según el texto literal del Éxodo, habla a Faraón en nombre de Yeva (145), y de aquí que el monarca responda:

¿Quién es el señor (Yeva) para que obedezca a su voz? (146).

PRONUNCIACIÓN DEL “NOMBRE”

La forma nominativa de Jehovah empezó a usarse desde la innovación masotérica, cuando temerosos los rabinos de perder las claves de su doctrina, compuestas hasta entonces exclusivamente de consonantes, interpolaron entre ellas puntos representativos de las vocales. Pero los rabinos desconocían por completo la recta pronunciación del Nombre, y en consecuencia le dieron la fonética de Adonah y la gráfica de Ja-ho-vah, que resultó de esta suerte una adulteración del santo y verdadero Nombre. Ciertamente que los rabinos no podían por menos de ignorar la recta pronunciación, pues tan sólo el sumo sacerdote le conocía y comunicaba poco antes de morir a su sucesor, como es también ley entre los brahmâtmas de la India. Únicamente una vez al año, en la fiesta de expiación, podía el sumo sacerdote pronunciar muy quedo el Nombre tras el velo del íntimo recinto del santuario.
La cruel persecución emprendida contra los cabalistas que conocían el sagrado Nombre en premio de toda una vida de santidad, tuvo por causa la sospecha de que abusaban de su virtud (147).
El Libro de Jasher (148) abunda en alegorías cabalísticas, alquímicas y mágicas (149), y resume compendiadamente el Antiguo Testamento tal como lo tenían los samaritanos, esto es, el Pentateuco sin los libros de los profetas. Aunque los rabinos ortodoxos repudian el Libro de Jasher, parece que es anterior a la Biblia mosaica (150), de la propia suerte que los Evangelios apócrifos precedieron a los canónicos. Tanto el Libro de Jasher como los Evangelios apócrifos son una compilación de leyendas religiosas abundantes en milagros, cuya descripción no tiene congruencia alguna con la cronología ni el dogma.
En ningún otro libro aparece tan clara la diferencia entre los conceptos de Elohim y Jehovah, pues de este último tiene el Jasher el mismo que tuvieron los ofitas, es decir, que lo considera como emanación de Ilda-Baoth o Saturno. Según el Jasher, Faraón pregunta a los magos de su corte: “¿Quién es el de quien Moisés dice: Yo soy quien soy?” Y los magos responden: “Sabemos que el Dios de Moisés es el Hijo del Sabio, el Hijo de antiguos reyes” (151).
Ahora bien; quienes opinan que el Libro de Jasher es una leyenda compilada en el siglo XII, debieran explicar la anomalía de que en los libros canónicos no aparezca la pregunta de Faraón a los magos y sí la respuesta, según demuestran los pasajes siguientes:

Los príncipes de Tanis son necios. Los consejeros sabios de Faraón dieron un consejo necio. ¿Cómo diréis a Faraón: Yo soy hijo de sabios, hijo de reyes antiguos? (152).
Y paráronse el sol y la luna hasta que el pueblo se vengase de sus enemigos. Por ventura ¿no está escrito esto en el Libro de Jasher? (153).
Y mandó que enseñasen el arco a los hijos de Judá, como está escrito en el Libro de Jasher (154).

De esto se infiere por otra parte, que Jasher debió florecer antes de Josué y que le tuvieron los hebreos por autoridad en materia religiosa, por más que el actual Libro de Jasher sea tan sólo resumida y extractada copia del original y consideremos el Pentateuco como el primitivo asiento de los anales hebreos.

CONFUSIÓN DE NOMBRES

De todos modos, Jehovah no es el Anciano de los ancianos a que alude el Zohar, pues este tratado nos lo representa pidiéndole consejo a Dios para crear al hombre, y así dice:

El Constructor habló al Señor y le dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen” (155).

Jehovah es tan sólo el Metratón, uno de los eones pero no el superior, ni tampoco cabe identificarlo con la entidad llamada Memro (Palabra) por Onkelos ni con el Jahve ..., el Ser Supremo.
La enmarañada confusión de los nombres divinos derivó del sigilo en que los primitivos cabalistas mantuvieron el verdadero y de las cautelosas precauciones adoptadas por los alquimistas y ocultistas medioevales para salvar la vida. Por esto identificó el vulgo a Jehovah con el único y supremo Dios. Los ancianos de Israel y los profetas y rabinos de exquisita erudición distinguían entre ambos conceptos; pero como la diferencia de los nombres era de fonética y la pronunciación del verdadero acarreaba la muerte, ningún iniciado se atrevía a comunicarlo al vulgo. De esta suerte, la divinidad sinaítica se identificó andando el tiempo con “Aquél cuyo nombre conocen tan sólo los sabios”.
En la traducción bíblica de Capellus se lee:

Quienquiera que pronunciare distintamente el nombre de Jehovah, sufra pena de muerte.

Este pasaje contiene dos considerables errores. Por una parte, si Jehovah representa aquí la Divinidad, ya masculina, ya andrógina, está de más la h final que da terminación femenina al nombre, equivalente en esta forma al de Binah o tercera emanación. Por otra parte, traduce Capellus la palabra nokeb por pronunciar distinta o claramente, cuando su recto significado es pronunciar correctamente. Resulta, en consecuencia, que el bíblico nombre de Jehovah es el de una Potestad que en el concepto exotérico sustituyó al del supremo Dios.
Entre los muchos errores de traducción del Levítico, señala Cahen el que debidamente corregido denota que la prohibición no se refería en modo alguno al exotérico nombre Jehovah, que como los demás nombres equivalentes (156) podía pronunciarse impunemente.
La defectuosa versión del texto dice:

Y quien blasfemare el nombre del Señor, sea condenado a muerte (157).

Pero Cahen lo traduce fielmente, diciendo:

Y el que blasfemare el nombre del Eterno, morirá (158).

Los símbolos de los israelitas, como los de las naciones gentiles, estaban siempre directa o indirectamente relacionados con el culto del sol. El exotérico Jehovah bíblico es dual, a semejanza de las divinidades gentilicias, por más que David, opuesto a la ley mosaica, glorifique al señor diciendo que es Dios de dioses. Para nosotros, el “Señor Dios de Israel” merece la misma consideración que Brahmâ, Zeus y otras divinidades subalternas, pero no reconocemos en él al Dios de Moisés ni al “Padre” de Jesús ni el “Nombre” inefable de los cabalistas. Jehovah es probablemente uno de los elohimes, uno de los constructores que intervinieron en la formación (no creación) del universo, valiéndose para ello de la preexistente materia; pero no es ni pudo ser la incognoscible Causa que creó (bara) en la noche de la eternidad. Los elohimes forman y bendicen primero para después destruir y maldecir. Como Jehovah pertenece al orden de los elohimes, es alternativamente benéfico y maléfico, que primero castiga y después se arrepiente. Es el contratipo de Esaú y Jacob, los mellizos que simbolizan el principio dual de la Naturaleza. Así es que Jacob, por otro nombre Israel, es la columna de la izquierda, el aspecto femenino de Esaú o principio masculino y columna de la derecha. Cuando Jacob lucah con el Señor Malach-Iho se transmuta éste en la columna de la derecha y Jacob le llama Dios (159), aunque los intérpretes de la Biblia le hayan relegado a la categoría de ángel del Señor. Jacob le vence, como la materia suele vencer al espíritu, pero sale de la lucha con el muslo dislocado.

EL NOMBRE DE ISRAEL

El nombre de Israel significa el que lucha con Dios, y se deriva de Isaral o Asar, el dios solar llamado asimismo Suryal, Surya y Sur. El sol que “asciende sobre Jacob-Israel” equivale al dios solar Isaral que fecunda la materia, simbolizada en el femenino Jacob. Como de costumbre, esta alegoría tiene varios significados cabalísticos. También Esaú o Asu simboliza el sol, y como el “Señor”, lucha con Jacob y queda vencido. El dios solar lucha primero contra él y después se eleva sobre él en señal de alianza, según se infiere del siguiente pasaje:

Y salióle el sol luego que pasó de Fanuel; mas iba cojeando de un pie (160).

Jacob-Israel, en contraposición a su hermano Esaú, toma el nombre de Samael, cuyos homónimos son Azazel y Satán (161).
Si se arguyera que Moisés desconocía la cosmogonía induísta y no pudo tomar al regenerador y destructor Siva por modelo de su Jehovah, habríamos de admitir que todas las naciones dieron por maravillosa intuición a su divinidad exotérica el aspecto dual que vemos en el “Señor Dios de Israel”. Todas estas fábulas mitológicas son de por sí suficientemente significativas. Osiris, Jehovah y Siva simbolizan por excelencia el principio activo de la Naturaleza, las fuerzas que presiden la transformación de la materia, la vida y la muerte que perpetuamente construyen y destruyen bajo la continuada influencia del anima-mundi, alma universal o invisible y omnipotente e inmutable. Espíritu que preside la correlación de fuerzas siempre en armonía con la inmanente ley del universo. la Vida espiritual es el primordial principio superior; la Vida física es el primordial principio inferior; pero ambas son una sola vida en síntesis dual. Cuando el Espíritu se desliga por completo de la ilusión para restituirse a su originaria Causa, puede, si quiere, vislumbrar la eterna Verdad. Pero hasta entonces no forjemos ídolos a nuestra semejanza ni confundamos las sombras con la inextinguible Luz.
Grave error de nuestro siglo ha sido comparar la valía respectiva de las viejas religiones y mofarse de la Kábala y otras doctrinas tildadas de supersticiosas. Pero la verdad es todavía más sorprendente que la ficción, y al aplicar este aforismo al caso presente vemos que la sabiduría de las épocas arcaicas o la doctrina secreta de la Kábala oriental no se extinguió con los filoleteanos de la escuela ecléctica, pues todavía tiene la gnosis muchos aunque desconocidos fieles.
Antes de Mackenzie mencionaron otros autores las hermandades secretas, y la circunstancia de que se las tomara por ficciones noveleras contribuyó a que los adeptos mantuviesen más fácilmente el incógnito. Hemos conocido personalmente a varios de estos adeptos que muy a su gusto habían conversado con escépticos que, sin sospechar quién fuese su interlocutor, negaban la existencia de las logias y comunidades a que aquéllos pertenecían y se burlaban de las facultades en cuyo uso estaban de generación en generación durante siglos.
Algunos de dichos adeptos se entremezclan con los grupos de viajeros excursionistas, y hasta fines del feliz reinado de Luis Felipe los camareros y comerciantes de París les llamaban “nobles extranjeros”, creídos de que eran boyardos, nabaes indos o margraves húngaros que visitaban la capital del mundo civilizado para admirar sus monumentos y gozar de sus diversiones. Sin embargo, hay observadores que llevan lo que el mundo llama su chifladura al extremo de relacionar la presencia en París de estos misteriosos huéspedes con acontecimientos políticos que poco después ocurrieron, como por ejemplo, la notable coincidencia de que la revolución del 93 estallase a poco de haber estado en París unos "nobles extranjeros” que llamaron la atención pública por sus “sobrenaturales dotes” y místicas doctrinas. Pero los St. Germain y Cagliostros de este siglo siguen distinta táctica, porque les aleccionaron las diatribas y persecuciones del pasado.

LAS TUMBAS DE GORNORE

Hay hermandades secretas que no se relacionan con los sedicentes países civilizados y mantienen oculta en su seno la secular sabiduría. Estos adeptos podrían si quisieran atestiguar su incalculable antigüedad de origen con documentos comprobatorios que esclarecerían muchos puntos oscuros de la historia, así sagrada como profana; pero si los Padres de la Iglesia hubiesen conocido las claves de los escritos hieráticos y el significado de los simbolismos egipcio e índico, seguramente que no escapara a la mutilación ningún monumento antiguo, aunque la casta sacerdotal tuvo buen cuidado de anotar en sus secretos anales jeroglíficos todo cuanto con ellos se relacionaba. Estos anales se conservan todavía, por más que no sean del dominio público, y contienen el historial de monumentos desaparecidos para siempre de la vista de los hombres.
De cuarenta y siete tumbas reales que según los anales sagrados existen en las cercanías de Gornore, tan sólo se tenía pública noticia de diecisiete, según refiere Diodoro de Sicilia que visitó aquel paraje unos sesenta años antes de J. C. No obstante esta prueba histórica, podemos asegurar que todavía existen todas las tumbas, y a su número pertenece la descubierta por Belzoni en las montañas areniscas de Biban-el-Meluk. Los monjes coptos, de índole superior a los de otros ritos cristianos, cuyos solitarios monasterios están esparcidos por el desierto de Libia, conocen la existencia de estas tumbas; pero por razones que no nos incumbe apuntar, mantienen el secreto, aunque alguien crea que su hábito es disfraz de ocultas intenciones, más fáciles de llevar a cabo en aquellos desiertos parajes rodeados de tribus musulmanas. Sin embargo, los monjes griegos de Jerusalén y los peregrinos que anualmente acuden por Pascua de Resurrección a visitar el Santo sepulcro, tienen a los monjes coptos en mucha estima, y es fama que cuando estos se hallan presentes en la ceremonia, desciende milagrosamente de veras el fuego del cielo atraído por sus plegarias (162).
“Por la violencia se ha de alcanzar el reino de los cielos, y por la violencia lo alcanza el fuerte”. Muchos aspiran a entrar en el sendero que conduce a las secretas hermandades, y como la mayor parte se ven contrariados en su intento, se consuelan de la negativa diciendo que no hay tales hermandades. De los pocos admitidos fracasan las dos terceras partes en la prueba, pues la generalidad de los hombres no pueden resistir el rigor de la séptima regla constitucional de los legítimos rosacruces, de común aplicación a todas las hermandades secretas, según la cual “el rosacruz se ha de hacer por sí mismo sin que nadie lo haga”.
Pero no se crea que los candidatos fracasados en la prueba vayan a divulgar lo poco que se les enseñara, como hacen algunos masones, pues saben muy bien cuán difícil les fuera el intento. Así es que las hermandades secretas proseguirán su labor sin replicar palabra a quienes nieguen su existencia, hasta que les llegue la oportunidad de rasgar el velo para mostrarse abiertamente dueñas del campo.


CAPÍTULO II

Todas las cosas están gobernadas en el seno de esta
Tríada.- LIDO: De Mensibus, 20.

Tres veces giran los cielos en su eterno eje.
OVIDIO: Fast, IV.

Y dijo Balaam a Balak: Edifícame aquí siete altares y
prepara siete becerros y siete carneros.
Números, XXIII, i.

Todas las criaturas que me han ofendido quedarán anegadas
en siete días por un diluvio; pero tú te salvarás en un arca
milagrosamente construida. Así, toma siete varones justos
con sus mujeres y parejas de todos los animales, y entra en
el arca sin temor, porque entonces verás a Dios cara a cara
y obtendrán respuesta todas tus preguntas.
Bagavâta Purâna.

Raeré del haz de la tierra al hombre... y estableceré
mi alianza contigo... Entra tú y toda tu casa en el arca...
Porque pasados aún siete días yo lloveré sobre la tierra.
Génesis, VI, 7 y 18; VII, 1 y 4.

La Tetraktys no sólo era venerada por contener en sí
todas las sinfonías, sino porque en ella radica la naturaleza
de todas las cosas.- THEOS DE ESMIRNA: Mathem, 147.

Mal cumpliríamos nuestra labor si en el curso de esta obra no hubiésemos demostrado la identidad de mitos cósmicos, símbolos y alegorías en que se basan el judaísmo, gnosticismo, cristianismo y masonería cristiana, pero cuyo significado tan sólo pueden comprender acabadamente quienes posean la clave original.
Demostremos ahora cuán erróneamente interpretaron estos símbolos, mitos y alegorías los especuladores que de ellos se valieron para componer sus, en la forma distintos y en el fondo idénticos, sistemas. Esta demostración no sólo aprovechará al lector, sino que vindicará a los antiguos, cuyo genio merece el respeto del linaje humano. Procedamos, pues, a cotejar los mitos bíblicos con los de las sagradas Escrituras de otras naciones para distinguir entre los originales y las copias.
Tan sólo hay dos sistemas que debidamente explicados sirvan a nuestro propósito. Estos sistemas son: el induísta expuesto en los Vedas y el hebreo resumido en la Kábala. Los Vedas ofrecen mitos más grandiosa y filosóficamente concebidos, al paso que la Kábala los remeda de los persas y caldeos, aunque adaptándolos al carácter de la nación hebrea, cuya filosofía quedaba tan subyacente en el mito de absurda apariencia, que únicamente los iniciados podían descubrirla. Pero los traductores cristianos de la Biblia trastrocaron los mitos en groseras supersticiones, cual jamás imaginarán los filósofos de quienes los cristianos tomaron sus conocimientos. Las quiméricas ficciones del vulgo antiguo, envueltas en fluctuantes sombras y vagarosas imágenes, quedaron plasmadas en personajes vivos por mano de los teólogos cristianos. La fábula alegórica se convirtió en historia sagrada, y el mito pagano se transmutó en revelación divina.
Dice Horacio (1) que “los mitos han sido compuestos por los sabios para dar fuerza a las leyes y enseñar verdades morales”, al paso que en opinión de Euhemereo entrañan la historia de reyes y héroes divinizados posteriormente por la admiración de las gentes. Este último criterio prevaleció en el dogmatismo cristiano al representar los mitos en personajes de carne y hueso. Sin embargo, se muestran contrarios a esta personificación los filósofos más insignes de la antigüedad, entre ellos Platón, Sócrates, Empédocles, Plotino, Porfirio, Proclo, Orígenes y aun el mismo Aristóteles, quien afirma que la antiquísima tradición transmitida a la posteridad en forma de mitos, nos enseña que las fuerzas naturales pueden considerarse como potestades divinas, puesto que la Divinidad anima la Naturaleza toda; pero que todo lo demás se superpuso posteriormente para dárselo a entender al vulgo, muchas veces con el siniestro propósito de mantener leyes favorecedoras de intereses bastardos, los cuentos de hadas no están únicamente en labios de abuelas y nodrizas. La humanidad en peso, con excepción de los pocos que en toda época comprendieron su verdadero significado, escuchó infantilmente estos cuentos para transformarlos después en símbolos sagrados de que derivaron las religiones culturales.

EL MISTERIO DEL NÚMERO SIETE

Pero procedamos en este asunto con todo el orden que consientan los sucesivos cotejos, y empecemos por el Génesis, de cuyos mitos nos darán el verdadero significado las tradiciones induístas y hebreas.
Según la historia sagrada, Dios creó el mundo en seis días y el séptimo descansó. De aquí el precepto de la santificación del séptimo día, cuya rígida observancia tomaron los cristianos del sábado induísta, aunque alterando el día de descanso que fue el primero en vez del último de la semana.
Todos los sistemas místico-religiosos están basados en números. Según Pitágoras, la Mónada o unidad engendra la duada, y con ella forma primero la tríada y después el cuaternario Arba-il, cuyo místico conjunto constituye el número siete. Los números sagrados principian en el UNO y terminan en el cero, símbolo del infinito e ilimitado círculo del universo. Todos los números intermedios, sea cual sea su combinación y multiplicación, representan ideas filosóficas, desde el impreciso bosquejo hasta la acabada definición de los fenómenos físicos y morales. Son los números la clave de los antiguos conceptos cosmogónicos en su más amplio sentido, esto es, que comprenden la evolución integral de la especie humana y de todos los seres de la Naturaleza.
El número siete es indudablemente de origen indo, y siempre se le tuvo por el más sagrado. Los filósofos arios subordinaron hechos, ideas y lugares al número siete, y así tienen:
Los siete rishis o sabios que simbolizan las siete primitivas razas diluvianas, llamadas por algunos postdiluvianas.
Los siete lokas o mundos, entre superiores e inferiores, de donde procedieron respectivamente los siete rishis y a donde volvieron antes de alcanzar la bienaventuranza final (moksha) (2).
Los siete kulas o castas (3).
Las siete ciudades santas (sapta puras).
Las siete islas sagradas (sapta dwipa).
Los siete mares sagrados (sapta samudra).
Las siete montañas sagradas (sapta parvata).
Los siete desiertos (sapta arania).
Los siete árboles sagrados (sapta vruksha).
En la magia caldea ocupa el número siete tan preferente lugar como entre los indos y se le considera bajo dos aspectos, benéfico o maléfico, según las condiciones. Así vemos en las tablillas asirias, tan fielmente interpretadas hoy día, el siguiente conjuro:

Tarde de mal agüero, región del cielo que produces desgracias...
Mensajero de peste.
Deprecantes de Ninkigal.
Los siete dioses del vasto cielo.
Los siete dioses de la vasta tierra.
Los siete dioses de las refulgentes esferas.
Los siete dioses de la legión celeste.
Los siete dioses maléficos.
Los siete fantasmas dañinos.
Los siete fantasmas de llamas maléficas.
Demonio dañino; dañino alal; dañino gigim; dañino telal...; dañino dios; dañino maskim.
Recuerda, espíritu de los siete cielos... Recuerda, espíritu de las siete tierras.

Encontramos también el número siete en casi todas las páginas del Génesis y en los demás libros del Pentateuco, así como en el Libro de Job y en la Kábala caldea. Si tan fácilmente lo adoptaron los hebreos no sería a ciegas, sino con completo conocimiento de su oculto significado, y de aquí que también adoptaran las doctrinas de sus vecinos paganos. Por lo tanto, lógico es que indaguemos en la filosofía pagana la significación del número siete que reaparece en el cristianismo aplicado a los siete sacramentos, las siete iglesias del Asia menor, los siete pecados capitales, las siete virtudes contrarias, las otras siete entre teologales y cardinales, etc.

SIGNIFICADO DEL ARCO IRIS

¿Tenían los siete colores del arco iris visto por Noé otro significado además de la alianza entre Dios y el patriarca? Al menos para el cabalista tenían un significado inseparablemente unido al de las siete pruebas mágicas, las siete esferas superiores, las siete notas de la escala musical, los siete números de Pitágoras, las siete maravillas del mundo, las siete épocas y los siete peldaños masónicos que daban acceso al Sancta Sanctorum después de atravesar los pasos perdidos de tres y cinco. ¿Qué es, pues, este frecuente número que encontramos en todas las páginas de las Escrituras hebreas y en cada estrofa y dístico de los textos induístas y budistas? ¿De dónde proceden estos números que animan el pensamiento de Pitágoras y Platón y que ningún orientalista profano ni comentador bíblico es capaz de desentrañar? Aunque poseyeran la clave no sabrían utilizarla. En parte alguna como en la India se comprende tan bien el místico valor del lenguaje humano y su influencia en las acciones, ni nadie lo explica mejor que los autores de los Brâhamanas, donde no obstante su remota antigüedad exponen más concretamente las metafísicas y abstractas especulaciones de sus antecesores.
El profundo respeto de los brahmanes por los sacrificios religiosos les mueve a decir que el universo surgió a la existencia a causa de una “palabra sacrificial” pronunciada por la Causa Primera. Esta palabra es el Nombre inefable de los cabalistas, sobre el que ya hemos discurrido precedentemente.
El secreto de los Vedas, el “conocimiento sagrado”, es impenetrable sin auxilio de los Brâhmanas. La parte de los Vedas escrita en verso está constituida por los mantras, himnos o plegtarias mágicas, cuya clave está en los Brâhmanas, escritos en prosa. Los mantras son puramente sacros, mientras que los Brâhmanas contienen la exégesis teológica con las interpretaciones sacerdotales. Los orientalistas europeos no progresarán substancialmente en la comprensión de la literatura védica hasta tanto que pongan su atención en obras hoy desdeñadas, como los Brâhmanas titulados: Aitareya y Kausîhtaki, correspondientes al Rig Veda.
A Zoroastro se le llamó manthran o cantor de mantras, y según Haug, una de las primeras denominaciones de las Escrituras parsis fue la de Mânthraspenta. El poder y valía del brahmán que oficia en el sacrificio del Soma deriva de su pleno conocimiento del lenguaje sagrado (Vâch), personificado en Sarasvâti, esposa de Brahmâ y diosa del “conocimiento secreto”. Se la representa generalmente montada en un pavo real, de cola en abanico, los ojos de cuyas plumas simbolizan la perpetua vigilancia que ve todas las cosas, es decir, que quien anhele llegar a ser adepto de la “Doctrina Secreta” ha de tener los cien ojos de Argos para ver y entender todas las cosas.
Tal es la razón por qué creemos imposible resolver los abstrusos problemas subyacentes en los textos induístas y budistas sin la previa comprensión del significado esotérico de los números pitagóricos. La eficacia del lenguaje sagrado (Vâch) depende de la entonación dada a los mantras por el oficiante, según el número de sílabas, acentuación y metro del verso sagrado. Si lo pronuncia lentamente y con determinado ritmo, producirá un efecto muy distinto del que produzca si lo pronuncia rápidamente y con diverso ritmo. dice Haug sobre el particular:

Cada metro poético de los mantras ejerce su respectiva influencia en determinada cosa del mundo visible, a la que, por decirlo así, sirve de exponente ideal. La significativa valía del lenguaje métrico depende del número de sílabas de cada verso, porque todas las cosas (según enseña el sistema pitagórico) están sujetas a determinada proporción numérica. Los metros (chhandas), estomas y pristas son tan divinos y eternos como las palabras que contienen. Los primitivos teólogos indos no sólo creyeron en la revelación de la palabra sagrada, sino también en la de las formas fonéticas que habían de asumir estas palabras. Estas formas, en que se encierran las sempiternas palabras védicas, son símbolos expresivos de las cosas del mundo invisible y ofrecen varios puntos de semejanza con las ideas platónicas.

Este pasaje de un autor que no milita en nuestro campo atestigua una vez más la identidad fundamental de la doctrina subyacente en todas las religiones. Por ejemplo, el metro gâyatri consta de veinticuatro sílabas en tres cesuras de ocho y se lee considera como el más sagrado metro. Es el metro de Agni, dios del fuego, y suele simbolizar al mismo Brahmâ, el supremo Creador que hizo al hombre a su imagen y semejanza.

EL ESPÍRITU DE LOS MANTRAS

Dice Pitágoras:

El número ocho, por otro nombre octada, es el cubo primordial, es decir, que está cuadrado por todas sus caras como un dado, de cuya base proceden dos y aun siete números. Así es el hombre un cuadrado cuádruple o cuadrado perfecto (4).

Claro está que excepto los pitagóricos y cabalistas, nadie comprenderá del todo esta idea, pero a su comprensión puede auxiliar el íntimo parentesco entre los números y los himnos védicos. Los más importantes problemas teológicos están ocultos bajo la alegoría del fuego y el cambiante lengüeteo de sus llamas. La zarza ardiente de la Biblia, el fuego sagrado del mazdeísmo y otras religiones, el alma universal de Platón, el aura ígnea de los rosacruces y el inmortal e inteligente elemento (5) que penetra todas las cosas, tienen el mismo significado.
Los Brâhmanas están silábicamente dispuestos de modo que se corresponden con los números; y según ha demostrado Haug, cada forma fonética es el arquetipo de otra visible en la tierra, de buenos o malos efectos. El lenguaje sagrado puede salvar la vida, pero también dar la muerte, y sus virtudes son tan sólo conocidas del adepto (dikshita) iniciado en los misterios religiosos, que ya nació del todo a la vida espiritual. El Vâch o espíritu de los mantras es una energía fonética cuyas vibraciones levantan otras análogas, de mayor y más oculta energía. Cada una de estas potestades fonéticas está personificada por su correspondiente entidad en el mundo de los espíritus, y según se ponga en actuación, responderán a ella los espíritus benignos (dioses) o los espíritus malignos (rakshasas). Con arreglo a las creencias induístas y budistas, una maldición, una bendición, un voto, un deseo, un mal pensamiento pueden asumir forma visible y manifestarse objetivamente a la vista de su autor o de aquél a quien vayan dirigidos. Toda culpa se encarna, por decirlo así, para convertirse en entidad acosadora de su perpetrador.
Palabras hay cuyas sílabas entrañan tan destructora energía como los proyectiles objetivos, porque cada vibración despierta su correlativa en el invisible mundo del espíritu, con el consiguiente buen o mal efecto. El ritmo armonioso y la dulce melodía de suaves vibraciones establecen un ambiente de benéfica influencia que actúa potísimamente en la naturaleza, así psíquica como física de todo ser viviente, y aun reacciona en los que llamamos inanimados, porque la materia es en esencia espíritu, aunque nuestros groseros sentidos no sean capaces de percibirlo.
Lo mismo ocurre con los números. Doquiera que posemos la atención, desde los profetas al Apocalipsis, vemos que los autores bíblicos emplean constantemente los números tres, cuatro, siete y doce.
¡Y aun hay quien sostiene que los Vedas están copiados de la Biblia! (6). Dicen Max Müller y otros orientalistas que el sánscrito, idioma de los Vedas, tenía ya su estructura gramatical completamente establecida mucho antes de que la poderosa corriente emigratoria lo llevase a Occidente; y por lo tanto, de la literatura védica hubieron de derivar los sistemas filosóficos e instituciones religiosas desenvueltas con el tiempo entre los semitas. Precisamente, los números con mayor frecuencia repetidos en esos sublimes cantos a la creación, a la unidad de Dios y a las innumerables manifestaciones de su poder, que se llaman himnos védicos, son el uno, el tres y el siete.
Escuchemos lo que dice el himno de Dirghatamas:

LOS NÚMEROS UNO, TRES Y SIETE

Al que representa todos los dioses. El Dios aquí presente, nuestro bendito patrón, nuestro sacrificador, tiene un hermano que se extiende en pleno aire. Hay un tercer hermano a quien rociamos con nuestras libaciones... le hemos visto dueño de los hombres y armado de siete rayos (7).
Siete bridas sirven para guiar un carro de una sola rueda del que tira un solo caballo que refulge con siete rayos. La rueda tiene tres llantas. Es una rueda indestructible, que jamás se desgasta, de la cual penden los mundos.
Algunas veces siete caballos arrastran un carro de siete ruedas en el que montan siete personajes, acompañados por siete fecundas ninfas acuáticas.

De un himno al dios Agni entresacamos este otro pasaje:
Surge siempre uno, aunque se manifieste en tres formas de doble naturaleza (8). Los sacerdotes en el acto del sacrificio ofrecen a Dios sus plegarias que llegan al cielo llevadas por Agni.

Esto denota claramente que Agni es para los induístas un espíritu subordinado al único Dios.
La repetición de los números uno, tres y siete en todas las Escrituras, ¿es mera coincidencia o, como la razón nos dicta, resultado de la derivación de las diversas religiones cultuales de una sola y primitiva religión? La respuesta es un misterio para el profano; mas para el iniciado es la solución del más sublime problema psiquicofísico, pues exacta y verdaderamente le revela la divinidad del individual espíritu del hombre, que no sólo es emanación del único y supremo Dios, sino que es el único Dios asequible a la débil y desamparada comprensión del hombre, el único Dios que el hombre puede sentir dentro de sí mismo. Esta verdad expone claramente el poeta védico al decir:

El Señor dueño del universo y lleno de sabiduría ha entrado en mí, flaco e ignorante, y me ha formado de Sí mismo en este lugar (9), donde con la ayuda de la ciencia obtienen los espíritus el pacífico goce del fruto dulce como ambrosía.

No importa que a este fruto del Árbol del Conocimiento le llamemos manzana o pippala, como lo llama el poeta védico, pues simboliza el fruto de la sabiduría esotérica. Nuestro propósito es demostrar que el sistema religioso de la India es miles de años anterior a las exotéricas fábulas del Edén y del diluvio universal. De aquí la identidad de doctrinas, pues los iniciados en la primitiva fueron con el tiempo fundadores de las escuelas filosóficas de Occidente.
Pero escuchemos otro himno:

Pippala, dulce fruto del árbol donde se posan los espíritus amadores de la ciencia y en el que los dioses obran maravillas. Éste es el misterio para quien no conoce al Padre del mundo.
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El título de estas estancias anuncia que están consagradas a los Viswadévas (10). El que no conozca al Ser a quien canto en todas sus manifestaciones, no comprenderá nada de mis versos; pero los que Le conocen no son extraños a esta unión (11).
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El Ser inmortal está en la cuna del mortal ser. Los dos espíritus coeternos van y vienen por doquiera. Tan sólo algunos hombres conocen a uno sin conocer al otro (12).

¿Qué orientalista cuidó de inquirir el verdadero sentido de los precedentes pasajes a pesar de su claridad? ¿Quién será capaz de formar concepto exacto de aquel de quien el Rig Veda dice: “Al Único le da el sabio diversidad de nombres”? los himnos védicos cantan todas las manifestaciones del Único en la Naturaleza, y los libros sagrados califican de “puerilidad e insensatez” enseñar el modo de que los seres de sabiduría acudan a instruirnos según se nos antoje. Porfirio dice que “enseñan la liberación de cuanto se relaciona con la tierra... como un vuelo del solo al SOLO”.

MÁSCARAS SIN CÓMICOS

Max Müller, cuyos discípulos admiten cuanto dice cual si fuera el evangelio de la filología, tiene razón hasta cierto punto cuando al determinar la índole de las divinidades induístas las califica de “máscaras sin cómico..., nombres sin seres y no seres sin nombres”(13). Sin embargo, con esto demuestra Müller el monoteísmo de la religión védica, y mucha duda cabe de que ni él ni sus discípulos lleguen a desentrañar el pensamiento de los arios (14) sin previo y detenido estudio de esas “máscaras”, que les parecerán fantasmas vanos a los materialistas o científicos empeñados en la imposible tarea de conciliar los hechos históricos con sus personales opiniones o con la letra de la Biblia. Pero estas autoridades, de indudable prestigio en la ciencia experimental, son y han sido siempre recusables, como inseguros guías, en cualquier otro orden de investigaciones. Los patriarcas bíblicos son tan “máscaras sin cómicos” como los prajâpatis induístas; y sin embargo, cada supuesto personaje simboliza una idea de la filosofía antigua (15). Por lo tanto, ¿quién más a propósito para desentrañar el sentido oculto que los mismos brahmanes y cabalistas?
Negar en redondo la filosofía subyacente en el Rig Veda, equivale a desconocer la religión madre en que late el íntimo pensamiento de los filósofos anteriores a la composición de los Brâhmanas. Si las divinidades induístas son para Müller vanas máscaras, también debe suponer que los autores védicos no serían capaces de descubrir a los actores, y entonces no sólo los tres Vedas, que según Müller no merecen este nombre, sino el mismo Rig Veda resulta una baraúnda de palabras sin sentido, porque ningún científico moderno, por erudito que sea, podrá inquirir los significados que no hubiese podido inquirir la sutil y universalmente reconocida sagacidad de los antiguos sabios de la India. Tenía razón Taylor al decir que “la filología no es filosofía”.
Resulta muy contrario a la lógica admitir primero un pensamiento subyacente en la obra literaria de una raza, tal vez étnicamente distinta de la nuestra, y negarle después significado filosófico a este mismo pensamiento, tan sólo porque no nos consiente comprenderlo la diversa orientación de nuestro desenvolvimiento mental. Esto es precisamente lo que hacen Müller y su escuela, dicho sea con todo el respeto debido a su erudición. Dice el ilustre orientalista a este propósito:

Nos vemos cara a cara y mente a mente con hombres cuyas ideas no comprendemos todavía a pesar de haber desechado todo prejuicio. No siempre estaremos afortunados en la interpretación, pues muchas palabras, versos y aun himnos enteros del Rig Veda son y han de ser letra muerta para nosotros... Porque, con raras excepciones..., la ideología védica está tan allá de nuestro horizonte mental, que en vez de traducir, sólo nos cabe suponer y conjeturar (16).

Esto equivale a decir que, si bien con cautela y fatiga, podemos seguir las huellas de los autores védicos.
Por otra parte, sólo reconoce Müller verdadero valor al Rig Veda, del que afirma que “es el único importante, el único Veda auténtico”, y repudia los otros tres por indignos de atención seria, porque contienen “fórmulas de sacrificios, hechizos y conjuros” (17). Para Müller, los otros tres Vedas merecen tanto este nombre como el de Biblia el Talmud.
Pero se nos ocurre una pregunta muy natural sobre este punto. ¿Conoce algún erudito el oculto significado de las en apariencia absurdas fórmulas de sacrificios, hechizos, conjuros y demás quimeras mágicas del Atharva Veda?
Cabe responder que no, si nos apoyamos en la poco antes citada declaración de Max Müller, pues si la ideología védica (18) cae tan allá del horizonte mental de los eruditos, que en vez de traducir tan sólo les cabe suponer y conjeturar; si los otros tres Vedas, aparte del Rig, son “puerilidades y tonterías” (19), y si los Brâhmanas, los Sutras Yâska y Sâyana, aunque de época más próxima al Rig, se prestan a muy frívolas y erróneas interpretaciones, no es posible que ni Müller ni erudito alguno juzguen acertadamente la literatura induísta. Además, si los autores de los Brâhamanas (cuya fecha es la más cercana a la del Rig) hubiesen sido, como se les supone, incapaces de otra cosa que de “erróneas interpretaciones”, ¿en qué época, en dónde y quiénes compusieron estos grandiosos poemas cuyo místico sentido perdieron las generaciones posteriores? Por lo tanto, si los textos sagrados de Egipto eran ya ininteligibles (20) para los escribas sacerdotales de hace cuatro mil años, y si los Brâhmanas no son ni más ni menos que pueriles y frívolas interpretaciones del Rig Veda, resultarían los sistemas religiosos de la India y Egipto incalculablemente más antiguos de lo que los mitólogos suponen cautelosamente, y hubieran estado en lo cierto los sacerdotes egipcios, como lo están los brahmanes contemporáneos, al asignar a sus libros remotísima antigüedad.

LA CLAVE DEL RIG VEDA

Jamás admitiremos que los otros tres Vedas sean menos valiosos que el Rig, ni que el Talmud y la Kábala sean inferiores a la Biblia. El mismo título de Vedas (21) denota que los compusieron aquellos hombres llamados sabios en toda época y país. Si prescindiéramos del Talmud y de su antecesora la Kábala, nos sería imposible interpretar acertadamente ni una sola palabra de esa Biblia tan encomiada a sus expensas. Pero esto es tal vez los que se proponen sus defensores. Repudiar los Brâhmanas equivale a perder la clave del Rig Veda. La interpretación literal de la Biblia ha dado ya sus frutos. También los dará la de las Escrituras induístas, con la diferencia de que la absurda interpretación de la Biblia ha logrado con el tiempo lugar preeminente en los dominios del ridículo, con defensores ciegos a toda luz y refractarios a toda prueba. En cuanto a la literatura llamada pagana, después de algunos años más de inútiles tentativas para descubrir su religioso significado, quedará relegada al limbo de reprobables supersticiones, para que las gentes no oigan hablar más de ellas.
Quisiéramos que se nos comprendiera con toda claridad antes de reconvenirnos por las precedentes observaciones. Ni aun sus propios adversarios dudan de la vasta erudición del famoso catedrático de la universidad de Oxford. Sin embargo, deploramos que tan a la ligera condene lo que, según confesión propia, está más allá de su horizonte mental, pues lo que en los Brâhmanas diputa por ridículos errores, otros eruditos lo diputarán contrariamente.
Dice un antiguo rishi en el Rig Veda:

¿Quién es el supremo entre los dioses? ¿Quién ha de ser el primer loado en nuestros cantos?

Pero Müller toma equivocadamente el interrogativo pronombre personal “¿Quién?” por el nombre de una divinidad, y exclama:

En las invocaciones sacrificiales se le asigna un lugar al dios Quién, y se le entonan unos himnos llamados quienescos.

¿Fuera menos natural designar a Dios con el pronombre quién que llamarle Yo soy con sus correspondientes salmos? ¿Y quién podría asegurar que esto sea error y no expresión premeditada? ¿No sería posible que tan extraño término derivase del reverente temor que impidió al poeta dar nombre propio y concreto a Dios, suprema abstracción de todo ideal metafísico? ¿O no cabe también suponer que el mismo temeroso sentimiento determinara tiempo después a los comentadores a dejar en manos de la futura humanidad la tarea de antropomorfizar al Desconocido, al Quién?
El mismo Müller dice sobre el particular:

Aquellos poetas primitivos pensaban más por sí mismos que por los demás. En su lenguaje procuraban más bien ser fieles a su propio pensamiento que halagar la imaginación de sus oyentes (22).
Desgraciadamente, este pensamiento no despierta vibración alguna en las mentes de nuestros filólogos.
Añade Müller en otro pasaje, refiriéndose a los estudiantes del Rig Veda:

Que estudien los comentarios, los Sûtras, los Brâhamanas y otras obras posteriores a fin de beber en todas las fuentes de información... No deben desdeñar las tradiciones de los brahmanes aun cuando les parezcan evidentes sus errores... No han de dejar inexplorado ni un rincón de los Brâhmanas ni de los Sûtras Yâsha y Sâyana antes de que intenten traducirlos... Cuando el investigador haya terminado su obra, deben acabarla y pulirla el poeta y el filósofo (23).

SABIOS INDOS Y EUROPEOS

¡Mal año para el filósofo que haya de seguir los pasos de un filólogo para enmendar sus errores! Curioso fuera ver cómo acogerían los intelectuales europeos a un sabio entre los sabios indos, que tratara de corregir los errores cometidos por cualquier exégeta al deslindar lo aceptable y lo repudiable, lo admisible y lo absurdo en los libros sagrados de la India. Lo que el cónclave de científicos europeos (24) declarase “errores brahmánicos”, seguiría siendo para los teólogos induístas de Benarés y Ceilán tan verdad como para los judíos la interpretación de las Escrituras de Maimónides y Filo Judeo contra las sofistificaciones de Eusebio e Ireneo sancionadas por los concilios. Un teólogo, un filósofo indo, ¿no conocerán la religión e idioma de sus antepasados muchísimo mejor que un erudito inglés o alemán? ¿No tiene un hermeneuta indo la misma autoridad para interpretar las Escrituras induístas que los rabinos las hebreas? Los traductores y comentadores indígenas son seguramente más fidedignos que los exóticos. Sin embargo, cabe la esperanza de que el incierto porvenir nos reserve algún erudito europeo que interprete los libros de la religión de sabiduría con acierto bastante para que ningún colega le contradiga.
Entretanto, prescindamos de toda presunta autoridad y estudiemos algunos mitos antiguos, apoyándonos en la interpretación popular y valiéndonos del misterioso número siete, linterna mágica de Trismegisto, para alumbrar nuestro camino. Alguna razón debe de haber para que universalmente haya servido este número de cómputo místico. Todos los pueblos de la antigüedad colocaron sobre el séptimo cielo la morada del Demiurgo. Así dice el cabalista emperador Juliano:

Si huybiese de hablar de la iniciación en nuestros sagrados Misterios, que los caldeos consagraron al dios de los siete rayos cuya veneración exaltaba las almas, diría cosas desconocidas, muy desconocidas del vulgo, pero que saben bien los benditos teurgos (25).

Por su parte expone Lido:

Los caldeos dan a Dios el nombre de Iao, y algunas veces el de Sabaoth. Al que está sobre las siete órbitas (26) le llaman Demiurgo (27).

Es preciso consultar los autores pitagóricos y cabalistas para percatarse de la potencialidad del número siete. Los siete rayos del espectro solar están representados exotéricamente en el dios Heptaktis (el de los siete rayos), y se resumen en tres rayos primarios rojo, azul y amarillo, que forman la trinidad solar y tipifican respectivamente el espíritu-materia y el espíritu-esencia (28).
Los pitagóricos llamaban al número siete vehículo de vida, como si estuviese dotado de cuerpo y alma; pues, según ellos, el cuerpo humano se compone de cuatro elementos y el alma de tres, conviene a saber: razón, pasión y deseo. Colocaban los griegos la Palabra inefable en el séptimo y más alto lugar, sobre sus siete substitutas o sucedáneas, correspondientes a los grados de iniciación. Los judíos tomaron el precepto del sábado de los antiguos, que tenían este día por nefasto y estaba consagrado a Saturno. En India, Arabia, Siria y Egipto figuraba ya en los cómputos del tiempo la semana de siete días, que los romanos se asimilaron al conquistar estos países, aunque hasta el siglo IV no quedó del todo substituido por el hebdomadario el cómputo de calendas, nonas e idus. Los nombres astronómicos de los días (29) prueban que no derivó de los hebreos la semana de siete días. Pero antes de analizar cabalísticamente este número, conviene examinarlo desde el punto de vista del sábado judaico-cristiano.
El Shabbath o Yom-shaba instituido por Moisés en memoria del descanso del Señor Dios, tras la obra de la creación, era tan sólo, como dice el Zohar, un velo para encubrir el verdadero significado. Entonces contaban los judíos y siguen contando ahora numeralmente los días de la semana de esta manera:

Yom-ahad; yom-sheni; yom-shelisho; yom rebis; yom-shamishi; yom-shishi; y yom-shaba. Que equivalen a día primero; día segundo; día tercero; día cuarto; día quinto; día sexto; día séptimo.

La palabra hebrea ....., consta de las tres letras: s, b, o, y tiene varias acepciones. En primer lugar significa época o ciclo (shab-ang). La voz ... (sábado) quiere decir época antigua y también descanso en idioma copto. Sabe significa sabiduría, erudición. Los arqueólogos modernos han descubierto que el término hebreo ... (sab) quiere decir asimismo cabeza gris, y por lo tanto, el día de saba era aquel en que los “hombres de cabeza gris”, o sea los ancianos de una tribu, se reunían para celebrar los sacrificios (30).

EL DOMINGO CRISTIANO

Así que la semana de siete días es el antiquísimo período Saba o Sapta. Las fiestas lunares de la India demuestran que también en este país se celebraban asambleas semanales. Así como cada fase de la luna determina alteraciones atmosféricas, también ocurren mudanzas en el universo entero, de las que las meteorológicas son las menos importantes. El día séptimo, el más poderoso día prismático, se congregan los adeptos de la ciencia secreta, como se congregaban hace miles de años, para actuar de agentes de las ocultas fuerzas naturales (emanaciones del Dios operante) y comunicarse con los mundos invisibles. Los antiguos sabios santificaban el séptimo día, no porque creyeran en el divino descanso, sino porque conocían su oculta influencia. De esto deriva la profunda veneración en que los antiguos filósofos tenían el número siete, que calificaban de “sagrado” y “venerable”. La Tetraktis pitagórica, tan respetada por los platónicos, se representaba en forma del cuadrado debajo del triángulo, símbolo este último de la Trinidad comprensiva de la invisible Mónada o Unidad; pero el nombre de la Tetraktis, por lo sacratísimo, sólo podía pronunciarse en el santuario.
La austera observancia del sábado (31) por los protestantes tiene mucho de tiranía religiosa y su daño excede al beneficio, pues con toda seguridad que no estuvo jamás en el pensamiento de Jesús distinguir dicho día de los otros seis, como así lo demostró con hechos y palabras, aparte de que los primitivos cristianos no guardaban este precepto (32).
Cuando el judío Trifón reconviene a los cristianos porque no guardaban el sábdo, le responden los reconvenidos:

La nueva ley os mandará guardar un sábado perpetuo. Vosotros imagináis que sois religiosos, después de pasar un día en la ociosidad; pero el Señor no se satisface con esto. Si el perjuro y el defraudador se enmiendan y el adúltero se arrepiente, guardarán el sábado más acepto a Dios. Los elementos jamás están ociosos ni guardan sábado. Si antes de Moisés no hubo necesidad de guardar el sábado, tampoco debe haberla después de Jesucristo.

En cuanto al concepto de la Causa primera, dice Juan Reuchlin:

La Heptaktis no es la Causa suprema, sino sencillamente Su emanación, el primer efecto visible de la irrevelada Potestad. Es como Su divino aliento que, surgido impetuosamente, se condensa y refulge hasta convertirse en Luz que perciben los sentidos externos (33).

Este concepto de la emanación del Altísimo equivale al del Demiurgo o los Elohim (34) que forman el mundo en seis días y descansan el séptimo. Pero los Elohim no son ni más ni menos que la personificación de las fuerzas de la Naturaleza, los fieles agentes de las leyes de Aquél que de por Sí es armónica e inmutable Ley.
Los Elohim moran en el séptimo cielo (mundo espiritual), pues, según los cabalistas, formaron sucesivamente los seis mundos materiales, o mejor dicho, los seis bosquejos de mundos precedentes al nuestro, que es el séptimo. Pero si dando de mano al concepto metafísico-espiritual, nos contraemos al científico-religioso de la creación en seis días, tan detenida y dilatadamente comentado por los exégetas, podremos acaso desentrañar el oculto sentido de esta alegoría.
Los antiguos filósofos estaban versados en ciencias ocultas y podían enseñar que los seis mundos precedentes habían evolucionado físicamente en las sucesivas etapas de nacimiento, desarrollo, madurez, decrepitud y muerte, y que terminado el ciclo de evolución se habían restituido a su prístina modalidad de mundo etéreo, para morada durante toda una eternidad (35) de los espíritus de hombres y animales (36).
Nuestro planeta está tan sujeto a la evolución física como todo cuanto en él existe. De la mente de Aquél de quien nada sabemos y que tan sólo podemos concebir vagamente, impelido por Su voluntad creadora, surgió a la existencia este globo, cuya materia, fluídica y semi-etérea al principio, fue condensándose gradualmente hasta que la necesidad de evolución física, determinada por la materia (37), actualizó sus propias facultades creadoras. La Materia retó al Espíritu y la tierra tuvo también su caída, cuyo castigo está simbolizado en que tan sólo puede procrear y no crear. La tierra física o material es el agente servil de su dueño el espíritu. Así dicen los Elohim:

Multiplicaré tus dolores; con dolor parirás los hijos... Maldita será la tierra en tu obra..., espinas y abrojos te producirá... (38).

MALDICIÓN ALEGÓRICA

Esta alegórica maldición durará hasta que la más diminuta partícula de materia terrestre haya recorrido su ciclo evolutivo y por sucesivas transformaciones llegue a integrar el alma viviente, de modo que ésta alcance el punto terminal del arco ascendente del ciclo y se identifique con su metraton, o espíritu redentor, en el más alto peldaño de los mundos espirituales, de vuelta ya a la primaria morada de donde emanó. Más allá se abre el ABISMO sin fondo y empieza el MISTERIO.
Conviene recordar que todas las cosmogonías reconocen una Trinidad creadora formada por el Padre (espíritu), la Madre (materia) y el Hijo (universo manifestado), procedente de ambos. Cada uno de los astros que constituyen el universo pasa sucesivamente por cuatro edades o épocas análogas a las de la vida humana, y así tienen su infancia, juventud, virilidad y vejez. Estas cuatro épocas, con las tres personas de la Trinidad creadora, componen de nuevo el sagrado siete.
Los capítulos preliminares del Génesis no exponen ni la más remota alegoría de la creación de nuestro mundo, sino que entrañan el concepto metafísico de un período indefinido (39) de la eternidad, durante el cual la ley de evolución intentó diversas veces construir universos. Así dice el Zohar:

Hubo mundos que perecieron apenas surgidos a la existencia. No tenían forma y se les llamó chispas, como las que el forjador hace brotar en todas direcciones cuando machaca el hierro. Las chispas son los mundos primitivos que no perduraron porque el Sacro Anciano (40) no había asumido aún su forma de rey y reina (41), y el Maestro no se ocupaba todavía en desenvolver su obra (42).

Los seis períodos o días del Génesis se refieren al mismo concepto metafísico, o sea que infructuosamente los Elohim intentaron por cinco veces construir nuestro universo, hasta que a la sexta vez lograron formarlo con todos sus planetas (43) y descansaron en el período séptimo. Así dice el Zohar:

Y cuando el Santo creó el presente mundo, exclamó: Éste me place; los precedentes no me pluguieron (44).

Y dice el Génesis:

Y vio Dios (Elohim) todas las cosas que había hecho; y eran muy buenas. Y fue la tarde y la mañana el día sexto (45).

DÍA Y NOCHE DE BRAHMÂ

Ya explicamos oportunamente el significado del día y noche de Brahmâ. El día simboliza un período de actividad cósmica y la noche igual período de reposo. Durante el día de Brahmâ se desenvuelven los mundos a través de las cuatro etapas o edades de su existencia. Durante la noche, la inspiración de Brahmâ invierte el sentido de las fuerzas naturales, se disgregan poco a poco las cosas visibles, sobreviene el caos y en el reposo cobra el Cosmos nuevo vigor para el próximo período de evolución. En la mañana de un día de Brahmâ los procesos de formación alcanzan el máximo de actividad, y por la tarde van declinando gradualmente hasta que llega la noche y con ella el pralaya. Estas mañana y tarde constituyen un día cósmico, por lo que no cabe duda de que el autor del Génesis se refería a un día de Brahmâ al decir:

Y fue la tarde y la mañana, un día (46).

Seis días de gradual evolución, uno de reposo y después el anochecer. Desde la aparición del hombre en este mundo, ha sido el tiempo un perpetuo sábado de reposo para el Demiurgo.
Las teorías cosmogónicas del Génesis se resumen en las razas de los hijos de Dios y de los hijos de los hombres, de los gigantes a que alude el capítulo VI. En rigor, la historia bíblica de la formación (47) de la tierra empieza cuando Noé se salva del diluvio en el arca. Las tablillas asirias recientemente traducidas por Jorge Smith, no dejan duda sobre esto en quienes saben interpretarlas esotéricamente. La diosa Isthar predice en una de estas tablillas la destrucción del sexto mundo y la aparición del séptimo en los siguientes términos.

Por SEIS días y noches dominaron el viento, el diluvio y la tormenta.
En el séptimo día calmó la tempestad y cesó el diluvio que todo lo había destruido como un terremoto (48). Las aguas volvieron a sus cauces y amainó el viento y cesó el diluvio.
Yo percibí la costa en el límite del mar.
... al país de Nizir fue la nave (49); la montaña de Nizir detuvo la nave.
... el primero y segundo días hizo lo mismo la montaña de Nizir; el quinto y el sexto hizo lo mismo la montaña de Nizir.
... en el transcurso del séptimo día solté una paloma que se fue y no volvió..., y el cuervo se fue y no volvió...
Edifiqué un altar en la cumbre del monte.
... corté siete hierbas en cuyo fondo puse cañas, pinos y simgar; los dioses acudieron como moscas al sacrificio.
... desde muy antiguo también el supremo Dios, en su carrera.
... el intenso fulgor (50) de Anu hubo creado (51).
... el amuleto que ciñe mi cuello no resistiría la gloria de estos dioses...

Todo esto encubre un significado esotérico a un tiempo astronómico y mágico. En las tablillas se advierte desde luego la narración bíblica, y se echa de ver cuánto ha desfigurado ésta el gran poema caldeo con la personificada conversión de los dioses en patriarcas. No podemos detenernos en el examen de los bíblico remedos de la alegoría caldea; pero sí recordaremos que, según testimonios tan adversos como Lenormant (52), la trinidad caldea emanada de Ilon (53) está constituida por Anu, Nuah y Bel. Es Anu el caos primitivo, el dios que a un tiempo simboliza el tiempo y el mundo (..... y .....), o la materia primordial desdoblada del eterno y absoluto principio de todas las cosas. Nuah es, según Lenormant, “la inteligencia, o mejor fuera decir el Verbo que vivifica y fecunda la materia, penetra el universo y lo gobierna y anima. Es el soberano del húmedo elemento, el Espíritu semoviente sobre las aguas”. Tenemos, por lo tanto, que Nuah está representado bíblicamente por Noé dentro del arca que flota sobre las aguas, y el arca es emblema de la luna (argha) o principio femenino. Así es Noé símbolo del espíritu que desciende a la materia.

SIMBOLISMO DE NOÉ

Apenas sale del arca, planta Noé una viña cuyo vino bebe y le embriaga, lo cual significa la turbación del espíritu en cuanto lo aprisiona la materia.
El séptimo capítulo del Génesis parafrasea el capítulo primero, según se infiere de los siguientes pasajes:

Las tinieblas estaban sobre el haz del abismo y el Espíritu de Dios era llevado sobre las aguas (54).
Y el arca era llevada sobre las aguas (55).

Vemos, por lo tanto, que el Noé bíblico es el Nuah caldeo o sea el espíritu que vivifica la materia caótica simbolizada en la profundidad de las aguas diluviales. En la narración caldea está la diosa Ishtar o Astoreth (la luna) encerrada en el arca, y envía a la paloma (56) en busca de tierra enjuta. Por otra parte, según las tablillas asirias, Xisuthrus o Hasisadra fue transportado junto a los dioses en premio de su piedad, y en la Biblia este mismo personaje es Enoch arrebatado al cielo en un carro de fuego.
Todos los pueblos antiguos creyeron en la sucesiva existencia de incalculable número de mundos anteriores a la evolución del nuestro; pero como los cristianos tergiversaron a su antojo las Escrituras hebreas, perdieron en castigo la clave de interpretación. Así vemos a los Padres de la Iglesia empeñados en la imposible tarea de establecer un cómputo cronológico sobre la interpretación literal del texto bíblico, mientras que los rabinos iniciados conocían perfectamente el significado esotérico de las alegorías, y por ello hablan las obras cabalísticas (57) de la serie de mundos surgidos del caos y evolucionados hasta su destrucción.
La doctrina induísta admite dos pralayas o desintegraciones; el mahapralaya o desintegración universal y el pralaya o desintegración parcial. El primero se refiere a la noche de Brahmâ, y el segundo a los cataclismos geológicos que sobrevienen al término de cada ciclo mínimo de nuestro globo. El diluvio de las narraciones estuvo localizado en el Asia central y ocurrió, según cómputos de Bunsen, unos diez mil años antes de J. C., sin relación alguna con el místico Nuah o Noé. Las tradiciones induístas señalan al término de cada época del mundo un cataclismo que no lo destruye, sino tan sólo altera su configuración geográfica, para que nuevas razas de hombres, animales y plantas evolucionen de las desaparecidas a consecuencia del cataclismo.
Los dos rasgos característicos del Pentateuco son la “caída del hombre” y el “diluvio universal”, el alfa y el omega o claves superior e inferior de la armónica escala en que resuena el himno de la creación del hombre, para quien indagando por medio del zura o gemantria figurativa el proceso de la evolución humana, desde el puramente espiritual punto de partida hasta el impuramente material punto de conversión (hombre postdiluviano), descubre en estos dos símbolos todo el significado que encierran.
De la propia manera que en los jeroglíficos egipcios se ha de prescindir de todo signo inadaptable a determinadas figuras geométricas, pues son un velo puesto deliberadamente por el hierogramático (58), así también hay en el texto bíblico muchos velos o enigmas que el lector ha de subordinar a la misma regla de los jeroglíficos, prescindiendo de los que no respondan al sistema numérico de la Kábala.
El diluvio aparece relatado en el Mahâbhârata, los Purânas y en el Satapatha, uno de los Brahmanas más posteriores, por lo que es muy posible que Moisés, o quien fuese el autor del Pentateuco, se aprovechara de estas tradiciones para componer sus alegorías, desfigurándolas de propósito, con añadidura de la narración caldea de Berosio. El Nemrod bíblico es el rey Daytha del Mahâbhârata, que lanza imprecaciones contra la tempestad y amenaza conquistar el cielo con sus poderosos guerreros, por lo que atrae sobre el linaje humano la cólera de Brahmâ, quien, como dice el texto, “resolvióse entonces a infligir tan terrible castigo a sus criaturas, que sirviese de escarmiento a los sobrevivientes y su linaje”.

EL DILUVIO SEGÚN LOS INDOS

Vaivasvata, cuyo equivalente nos da el Noé bíblico, salva a un pececillo en que encarna Vishnú para advertir por su boca a aquel justo varón del inminente diluvio que va a sumergir la tierra y ahogar cuanto en ella vive, por lo que le manda construir una nave, en la que se había de embarcar con toda su familia. Así lo hace Vaivasvata, y luego de embarcado en la nave con su familia, una pareja de animales de cada especie y una semilla de cada planta, empezó a caer la lluvia. Entonces vino a colocarse delante de la nave un enorme pez unicornio, a cuyo cuerno ató Vaivasvata una soga, con arreglo a las órdenes recibidas, de modo que el pez pudiese remolcar la nave por entre los desencadenados elementos, hasta que, apaciguada su furia, se detuvo el pez con la nave en la cumbre de los Himalayas (59).
Muchos comentadores ortodoxos dicen que este relato es copia del de las Escrituras hebreas (60). Pero seguramente que si el diluvio llamado universal hubiese ocurrido en época que pudiera recordar el hombre, lo mencionarían algunos monumentos egipcios de remotísima antigüedad, al par que mencionan a Cam, Canaán y Mizraim, progenitores del pueblo copto; pero hasta ahora no se ha encontrado alusión alguna a esta catástrofe, aunque Mizraim pertenece ciertamente a la primera generación postdiluviana, si no fue antediluviano. Sin embargo, los caldeos conservan la tradición, según atestigua Berosio, y los indos nos han transmitido la leyenda antes citada; con lo que tenemos el contradictorio hecho de que de dos naciones coetáneas y civilizadas, Caldea y Egipto, una haya conservado y otra no la tradición del diluvio, siendo así que, según la Biblia, parece estar el Egipto mucho más relacionado con este asunto. El diluvio citado en la Biblia, en uno de los Brahmanas y en el Fragmento de Berosio, se refiere a un cataclismo parcial que, según Bunsen, ocurrió unos 10.000 años antes de J. C., y según los cómputos zodiacales de los induístas alteró la configuración geográfica del Asia central. Sólo cabe explicar esta contradicción admitiendo que los caldeos aprendieron el relato de labios de los misteriosos huéspedes a que algunos asiriólogos llaman acadianos, o según parece más verosímil, descendientes de los salvados de la catástrofe. Los judíos tomaron de los caldeos la tradición del diluvio, como tomaron casi todas sus creencias populares, y los induístas la aprenderían seguramente de los países en que se establecieron antes de apoderarse del Punjâb. En cambio, los egipcios, cuyos primeros colonos llegaron del Sur de la India, tuvieron menos motivos para recordar el cataclismo, cuyos efectos se contrajeron, como hemos dicho, al Asia central.
Dice Burnouf que como el relato del diluvio se encuentra en un Brahmana de la última época, pudieron muy bien los indos haberlo copiado de las naciones semíticas; pero contra este supuesto se oponen conjuntamente todas las tradiciones y costumbres de los indos, ya que los arios, y menos todavía los brahmanes, no copiaron jamás absolutamente nada de los semitas, según corrobora el mismo abate Dubois que residió cuarenta años en la India y es uno de aquellos “animadversos testimonios”, como llama Higgins a los intérpretes ortodoxos de la Biblia. Dice Dubois:

Jamás he descubierto en la historia de los egipcios y hebreos, indicio alguno de que ni estos dos pueblos ni otro cualquiera de la tierra sea más antiguo que el pueblo indo con sus brahmanes; y por lo tanto, no creo que estos copiaran sus ritos de naciones extranjeras, antes al contrario, opino que son de fuente original y exclusivamente propia. Quien conozca el carácter e índoles de los brahmanes, su altivez, orgullo, vanidad, esquivez y soberano desdén por todo lo extranjero y por cuanto ellos no han inventado, coincidirá conmigo en que de ningún modo copiarían los usos, leyes, costumbres y creencias de un país extranjero (61).

LOS VEDAS Y EL DILUVIO

El relato induísta del diluvio alude al primer avatar de Vishnú (62) y corresponde a un yuga anterior al nuestro, al de la aparición de la vida animal (63). Por otra parte, la circunstancia de que nada digan del diluvio los primitivos libros induístas es un poderoso argumento, de mayor valía en el caso presente en que sólo disponemos de inducciones. Dice sobre el particular Jacolliot:

Los Vedas y los Libros de Manú, estos dos monumentos de la primitiva mentalidad asiática, son incontrovertiblemente anteriores al diluvio, pues si por una parte la tradición (64) nos presenta a Vishnú salvando los Vedas del diluvio, por otra parte ni los Vedas ni los Libros de Manú ni otras obras mencionan esta catástrofe, al paso que los Purânas, el Mahâbhârata y otras más recientes la describen con minuciosos pormenores, demostrándose de eta suerte la antediluviana antigüedad de aquéllos, pues los Vedas no hubieran podido por menos de aludir en algún himno a la tremenda catástrofe que debió emocionar a las gentes muchísimo más que los fenómenos ordinarios de la naturaleza; ni tampoco Manú, que describe la creación y expone cronológicamente las épocas divinas hasta la aparición del hombre sobre la tierra, hubiera dejado en silencio un acontecimiento de tan excepcional importancia.
Manú enumera (65) los nombres de diez eminentes santos, a quienes llama parajâpatis (66), que los teólogos induístas consideran como profetas anteriores a la raza humana, pero que para los pundites son los diez poderosos reyes que florecieron en la edad de oro (kritayuga), el último de los cuales fue Brighu, de quien descendieron por sucesión genealógica Swârotchica, Ottami, Tamasa, Raivata, el glorioso Tchkchucha y el hijo de Vivasvata, todos los cuales merecieron el título de Manú (legislador divino), conferido también a los prajâpatis y a todos los personajes de la India primitiva. La genealogía se detiene en el nombre del hijo de Vivasvata.
Ahora bien; según los Purânas y el Mahâbhârata, el diluvio ocurrió en tiempos de este hijo de Vivasvata, que se llamaba Vaivaswata, y el recuerdo de la catástrofe se mantuvo por tradición que los emigrantes difundieron por todos los países que colonizaron.
La genealogía expuesta por Manú se detiene, según hemos visto, en Vivaswata, lo que prueba que cuando se compuso dicho libro, no había ocurrido todavía la catástrofe del diluvio (67).

El argumento es irrefutable y debieran tenerlo en cuenta los científicos cuya posición oficial les inclina a complacer al clero con la negativa de cuantos hechos prueban la formidable antigüedad de los Vedas y de los Libros de Manú.
El coronel Vans Kennedy dijo, hace mucho tiempo, que Babilonia fue desde un principio la metrópoli de la literatura sánscrita y de la erudición brahmánica; pero ¿cómo hubieran ido los brahmanes a Babilonia si no por haber emigrado a consecuencia de guerras intestinas? El relato más completo del diluvio nos lo da el Mahâbhârata, poema compuesto por Vedavyasa en loor de las alegóricas guerras entre las razas solar y lunar. Una de las versiones de este relato dice que Vivaswata fue el progenitor de todos los pueblos de la tierra, como de Noé afirma la narración bíblica. Otra interpretación nos presenta a Vivaswata, a manera de la leyenda griega de Deucalión y Pirra, arrojando guijarros en el limo dejado por las aguas, para engendrar hombres a voluntad. De estas dos versiones, una parecida a la hebrea y otra a la griega, cabe inferir, supuesta la antigüedad del pueblo indo, que los paganos griegos y los monoteístas hebreos las tomaron respectivamente del poema sánscrito por mediación de las escuelas de Babilonia.
La historia nos habla de la copiosa corriente emigratoria de los arios a lo largo del río Indo, y nos dice que, derramados después por occidente, algunas tribus pasaron desde el asia menor a colonizar la Grecia; pero no hay el más leve indicio histórico de que ni el “pueblo escogido” ni los griegos penetraran en la India antes del siglo IV de la era precristiana, pues hasta esta época no descubrimos las vagas tradiciones según las cuales se corrieron desde Babilonia a la India algunas de las problemáticas tribus perdidas de Israel. Pero aun cuando se demostrara la existencia histórica de las diez tribus cautivas (68), no quedaría resuelto el problema; pues, según Colebrooke, Wilson y otros eminentes orientalistas, el poema Mahâbhârata y el brahmana Satapatha, textos ambos en que aparece el relato del diluvio, son de muchísimo anteriores a la época de Ciro (69), el monarca que dio libertad a los israelitas, quienes sólo por entonces pudieron internarse en la India de vuelta a Palestina.
En cuanto a la versión semejante a la griega hay tanta carencia de pruebas a favor de su procedencia helénica como respecto de la hebrea, y las tentativas de los helenistas han fracasado por completo en este punto, pues cada día es más dudoso que las huestes de Alejandro el Magno penetraran en la India septentrional, ya que los anales de este país nada dicen acerca de semejante invasión.

FÁBULAS Y LEYENDAS

Si aun la misma historia queda rectificada por las modernas investigaciones, ¿qué pensar de las fábulas y leyendas que a primera vista delatan el artificio de su invención? De ningún modo podemos estar de acuerdo con Max Müller cuando dice que “parece blasfemia considerar las fábulas del mundo pagano como adulterados fragmentos de la divina revelación recibida un tiempo por la raza humana”. Fuera preciso que en aras de la imparcialidad y de la justicia debida a ambos contendientes incluyera Müller en el número de estas leyendas las de la Biblia, cuyo lenguaje no es más puro ni más moral que el de los textos induístas, ni hay en el mundo pagano fábula más ridícula y blasfema que las pláticas de Moisés con Jehovah (70) ni divinidad alguna del gentilismo tan malévola como en ciertos pasajes bíblicos se muestra el dios tutelar de Israel. Si al cristiano le repugna la vista del Padre Kronos (Saturno) que devora a sus propios hijos y mutila a Urano, y si le horroriza el espectáculo de Júpiter que precipita a Vulcano del cielo a la tierra y se perniquiebra en la caída, en cambio, un no cristiano se reirá de ver a Jacob luchando a brazo partido con el Creador, quien impotente para vencerlo le disloca el muslo, sin que esto sea obstáculo para que el patriarca se mantenga firme contra Dios y le cierre el paso. La fábula de Deucalión y Pirra que al arrojar piedras tras ellos engendraron a la raza humana, no es más ridícula que la de la mujer de Lot convertida en estatua de sal o la del Todopoderoso que forma al hombre del barro de la tierra y le infunde después el soplo de vida, a imitación del dios egipcio con cuernos de carnero que forma al hombre en un torno de alfarero. La fábula de Minerva, diosa de la sabiduría, que surge del cerebro de Júpiter armada de punta en blanco, es al menos poéticamente sugestiva, y ningún griego fue condenado a la hoguera por resistirse a tomarla al pie de la letra. En general, las fábulas paganas no son tan absurdas ni blasfemas como las interpoladas en el cristianismo con la aceptación canónica del Antiguo Testamento y la apertura de los registro taumatúrgicos de la Iglesia romana.
Añade a este punto Max Müller:

Muchos indos se sublevan al escuchar las inculpaciones de obscenidad contra las divinidades de sus Escrituras sagradas. Los brahmanes pueden demostrar que todas las fábulas religiosas tienen un muy profundo significado, pues siendo la obscenidad incompatible con los seres divinos, preciso es reconocer que las fábulas y leyendas sancionadas por el tiempo encierran un misterio que la respetuosa investigación sería capaz de descubrir.

Esto mismo dice el clero cristiano para cohonestar las obscenidades e incongruencias del Antiguo Testamento, con la diferencia de que en vez de admitir la interpretación de quienes poseen la clave del enigma, se arrogan el derecho de interpretarlas a su manera por supuesta delegación divina. Y no satisfechos con esto, han despojado a los rabinos de sus consuetudinarios medios de interpretación, de modo que apenas hay actualmente un rabino versado en la ciencia cabalista. Si los judíos han perdido la clave, ¿cómo pueden acertar en la interpretación? ¿Dónde están los manuscritos originales? Se dice que el más antiguo de cuantos se conocen en lengua hebrea es el Código bodleiano, cuya antigüedad no va más allá de ocho a nueve siglos (71). Por lo tanto, entre la época de Esdras y la aparición del Codex bodleiano transcurren quince siglos. El año 1490 la Inquisición mandó quemar todas las Biblias hebreas, y solamente Torquemada entregó seis mil a las llamas en Salamanca.

TERGIVERSACIÓN DE TEXTOS

Excepto unos cuantos ejemplares del Tora Ketubim y del Nebiim usados en las sinagogas y de más reciente fecha, nos parece que todos los manuscritos existentes están punteados con falsa interpretación por parte de los masotéricos, de modo que sin este método no se podría resistir en nuestro tiempo ningún ejemplar del Antiguo Testamento. Sabido es que los masotéricos, al copiar los manuscritos antiguos suprimieron cuantas frases les parecían inconvenientes (aunque escaparon a su atención las de algunos pasajes), e interpolaron otras de su propia invención que tergiversaron el sentido del texto. Sobre el particular dice Donaldson que “la escuela masotérica de Tiberias se ocupó en poner y quitar del texto hebreo todo cuanto le vino en gana, hasta la publicación del Masorah”. Por lo tanto, si poseyéramos los manuscritos originales resultaría curiosos e instructivo cotejarlos con los Vedas y otros libros induístas, pues seguramente que ni la más ciega fe fuera capaz de engullirse tan enorme alud de fábulas obscenas. Pero si millones de gentes que de cultas y civilizadas presumen, creen en estas fábulas a cierra ojos porque les han dicho que son de revelación divina, no debe nadie maravillarse de que los brahmanes crean también que sus libros sagrados son fruto de otra divina revelación (72).
Demos gracias a los masotéricos por su obra, pero veamos por anverso y reverso la medalla.
Si las leyendas, símbolos y alegorías son de tradición inda, caldea o egipcia, apenas se las considera merecedoras de examen ni se sospechan sus relaciones con la astronomía y antropogenesia; pero en cuanto mutilados y pervertidos se incorporan a la Escritura sagrada, se les acepta como palabra de Dios. ¿Dónde queda en esto la imparcialidad? ¿Dónde la justicia? Hace diecinueve siglos dijo el Reformador cristiano que no era posible servir a Dios y a Belial, y parafraseando esta máxima podríamos afirmar en nuestros tiempos que no es posible servir a la verdad y al prejuicio, aunque los dogmatizadores presuman de servir a la verdad.
Casi todos los mitos religiosos tienen fundamento a la par histórico y científico, pues como dice Pococke:

Vemos probado actualmente que los mitos son fábulas cuando no acertamos en su interpretación, y son verdades cuando descubrimos el real significado con que los antiguos los comprendieron. Nuestra ignorancia ha convertido en mítico lo histórico, y esta ignorancia la hemos heredado de los griegos como consecuencia de la vanidad helénica (73).

Ya demostraron Bunsen y Champollión que los libros sagrados de Egipto son muchísimo más antiguos que el Génesis; y las modernas investigaciones han robustecido la sospecha, para nosotros certidumbre, de que las leyes de Moisés son copia del Código de Manú, por lo que resulta muy probable que el Egipto debiera a la India su civilización, arte e instituciones sociales. Pero aunque contra este parecer se agrupen hostilmente toda una falange de autoridades científicas que niegan los hechos comprobatorios, tarde o temprano habrán de rendirse a la evidencia (74).
Dice Müller:

Difícil sería dilucidar si los Vedas son los libros más antiguos del mundo y si parte del Antiguo Testamento puede o no aventajar en antigüedad a los más antiguos himnos védicos (75).

Sin embargo, su cambio de opinión respecto del nirvana permite esperar que también la rectifique por lo que se refiere a la antigüedad del Génesis, de modo que las gentes reciban el beneficio de la verdad sancionada por uno de los más prestigiosos científicos de Europa.

ÉPOCA DE ZOROASTRO

Sabido es que los orientalistas no se han puesto aún de acuerdo sobre la época de Zoroastro; y por lo tanto, será más seguro fiarnos de los cómputos brahmánicos que de las opiniones de los!científicos (76), pues Bunsen calcula que Zoroastro floreció en Ecbatriana, que la emigración de los ecbatrianos a la India corresponde al año 3784 antes de J. C. y el nacimiento de Moisés al 1392 de la misma era precristiana (77). Pero resulta muy anacrónico colocar a Zoroastro en época anterior a los Vedas, puesto que de estos libros está entresacada toda la doctrina zoroastriana, y si bien residió Zoroastro algún tiempo en el Afganistán antes de pasar al Punjâb, en este último país empezaron a escribirse los Vedas, que denotan el progreso de los indos, como el Avesta el de los iranios.por otra parte, Haug atribuye al brahmana Aitareya (78) una antigüedad de 1400 a 1200 antes de J. C. y a los Vedas la de 2400 a 2000 años. Müller pone algunos reparos a este cómputo, aunque no lo niega por completo (79). Pero suponiendo que Moisés escribiera el Pentateuco (80), si este legislador nació, como calcula Bunsen, el año 1392 antes de J. C., no puede ser el Pentateuco más antiguo que los Vedas, pues Zoroastro nació el 3784 antes de J. C., y ya su doctrina es reflejo de los Vedas. Además, dice Haug (81) que algunos himnos del Rig Veda datan de treinta y siete siglos antes de J. C., precedentemente al cisma de Zoroastro, ocurrido, según Müller, durante el período védico; y por lo tanto, no cabe remontar trozo alguno del Antiguo Testamento a la misma época de los Vedas, y mucho menos a una época anterior a los himnos védicos.
Admiten generalmente los orientalistas que 3000 años antes de J. C. estaban todavía los arios en las estepas de la orilla oriental del mar Caspio, y Rawlinson conjetura que su foco central era Armenia, de donde se derramaron por Oriente hacia la India, por el Norte hacia el Cáucaso y por Occidente hacia el Asia menor y Grecia, de suerte que ya antes del siglo XV de la era precristiana aparecen en la cuenca del Indo superior, en donde sobrevino el cisma entre los arios védicos, que se encaminaron al Punjâb, y los arios zéndicos, que se dirigieron a Occidente para fundar los históricos imperios de Asia (82). Añade Rawlinson que la primitiva historia de los arios está envuelta en los velos del misterio; pero muchos y muy eruditos brahmanes han encontrado indicios de la existencia de los Vedas 2100 años antes de J. C., y por otra parte atribuye Jones al Yaguar-Veda una antigüedad de 1580 antes de J. C., o sea muy anterior a Moisés.
Max Müller y otros orientalistas de Oxford se fundan en el supuesto hecho de que los arios emigraron del Afganistán al Punjâb unos quince siglos antes de J. C., para computar a determinadas porciones del Antiguo Testamento fecha igual o acaso más temprana que la de los más antiguos himnos védicos. Por lo tanto, mientras los orientalistas no se pongan de acuerdo para fijar la fecha en que floreció Zoroastro, no puede haber autoridad tan fidedigna como la de los brahmanes para computar la época de los Vedas.
Es indudable que los judíos copiaron la mayor parte de sus leyes de los egipcios, que en nuestra opinión fueron los primitivos indos (83), según nos demostrará el examen geográfico de la India antigual. En efecto, si exceptuamos la Escitia y la Etiopía, no hay región tan inciertamente delimitada en los mapas como la India antigua, que se extendía hacia el oriente de Babilonia con el nombre de Indostán y fue cuna de las razas cusitas o camíticas, que dominaron por completo el país y rindieron culto a las divinidades Bala y Bhavani. La India de los primitivos sabios parece que fue el territorio comprendido entre las fuentes del Oxo y las del Jaxartes. Apolonio de Tyana atravesó la cordillera del Cáucaso, llamada Kush por los indos, y encontró a un rey que le condujo al país de los sabios, descendientes acaso de los que el historiador Amian Marcelino denomina “brahmanes de la India septentrional”, a quienes visitó Darío Histaspes e instruido por ellos restableció el verdadero culto mágico. Este episodio de la vida de Apolonio indica, al parecer, que estuvo en el país de Cachemira, donde los nagas le aleccionaron en las doctrinas budistas. En aquella época la India aria no se dilataba más allá del Punjâb.

POBLADORES DE LA INDIA

En nuestra opinión, el obstáculo que mayormente se opone al progreso de la etnología es la triple progenie de Noé, pues los orientalistas occidentales se han empeñado en la imposible conciliación de las razas postdiluvianas con los descendientes de Sem, Cam y Jafet. La bíblica arca de Noé ha sido un lecho de Procusto para cuanto se quiso encerrar en ella; y desviada la investigación de las verdaderas fuentes donde beber el origen del hombre, tomó por realidad histórica una alegoría cosmogónica. Mala fortuna tuvo el cristianismo al escoger entre las Escrituras sagradas de los pueblos antiguos la de uno de raza semítica, la menos espiritual del linaje humano, raza incapaz de formar de sus numerosos idiomas uno que sirviese de apropiada expresión a las ideas de los mundos intelectual y moral, en vez de contraerse al bajo vuelo de las figuras sensuales y terrenas; raza cuya literatura es desacertado remedo del pensamiento ario, y cuyas ciencia y filosofía andan necesitadas de los nobilísimos rasgos que caracterizan los metafísicos y espirituales sistemas de la raza aria o jafética.
Bunsen opina que el idioma cámico del antiguo Egipto contenía en sí los gérmenes del semítico, dando prueba con ello del común origen de las razas aria y semítica. Pero conviene recordar sobre el caso, que si bien los pueblos del Asia sudoccidental y occidental, incluso los medos, eran todos arios, no está probado todavía quiénes fuesen los primeros pobladores de la India; y por lo tanto, mientras la historia no documente este punto, nada se opone a nuestra hipótesis de que esos primeros pobladores fueron los etíopes orientales o arios (84) de piel oscura, que durante mucho tiempo dominaron todo el territorio de la antigua India, cuya posesión asigna más tarde Manú al pueblo de idioma sánscrito, según le denominan los orientalistas.
Se supone que los indos sánscritos vinieron del Noroeste; se conjetura que profesaban la religión induísta y que probablemente hablaban el idioma sánscrito. En estos tres deleznables datos se han apoyado los filólogos europeos que llevaron constantemente pendientes del cuello a los tres hijos de Noé desde que Jones publicó sus estudios sobre el Indostán y la vasta literatura sánscrita. ¿Ésta es la ciencia experimental libre de preocupaciones religiosas? Mucho en verdad ganara la etnología si alguien hubiese arrojado al agua por la borda al triunvirato noético antes de que el arca tomara tierra.
Generalmente incluyen los etnólogos a los etíopes en el grupo semítico; pero ya veremos que no les corresponde esta clasificación y demostraremos también su influencia en la cultura egipcia, que siempre se mantuvo en el mismo grado de esplendor sin prosperar ni decaer, como sucedió en otros países. El Egipto debe su civilización, sus instituciones políticas y sus artes, especialmente el arquitectónico, a la India prevédica, pues los colonizadores del país fueron aquellos arios de piel oscura a quienes Homero y Herodoto llaman etíopes orientales, o sean los habitantes de la India meridional que llevaron a Egipto su ya adelantada civilización, en la época que Bunsen denomina preménica, pero que corresponde a los tiempos históricos.
Dice sobre este punto Pococke:

El relato completo de las guerras entre los jefes solares Usras (Osiris), príncipe de los glucas, y Tu-phu, es alegoría de aquellas otras guerras que la historia nos describe suscitadas entre los apianos o tribus helólicas de Ude con las gentes de Tu-phu o Tíbet, raza lunar compuesta por la mayor parte de budistas y enemiga de Rama y los etyo-pias o gentes de Ude que fueron subsiguientemente los ethio-pianos de África (85).

Recordaremos a este propósito que en la epopeya Râmâyana, el gigante Ravan aparece en su lucha con Ramachandra como rey de Lanka, nombre antiguo de Ceilán, que seguramente formaría parte en aquel entonces del continente de la India meridional poblada por “etíopes orientales”, quienes vencidos por Rama, hijo de Dasarata, rey solar de la antigua Ude, emigraron en parte al África del Norte, si, como muchos sospechan, la Ilíada de Homero es un plagio del Râmâyana, no podemos por menos de reconocer remotísima antigüedad a las tradiciones que sirvieron de fundamento a este último poema; y en consecuencia, hay en la prehistoria lugar sobrado para un período durante el cual los etíopes orientales pudieran establecerse en Egipto con todos los adelantos de su índica civilización.
La arqueología no ha interpretado aún con acierto las inscripciones cuneiformes, y hasta que las descifre debidamente (86), ¿quién es capaz de suponer los secretos que habrán de revelar? El monumento más antiguo de la lengua sánscrita es el de Chandragupta (315 años antes de J. C.), y las inscripciones persepolitanas le aventajan de 220 años. Hay manuscritos cuyos caracteres desconocen por completo los filólogos y paleógrafos (87).

IDIOMAS SEMÍTICOS

Los lingüistas colocan los idiomas semíticos en la familia indo-europea; pero excepto al copto y etíope, no creemos que a los demás les convenga esta clasificación, no obstante las aparentes relaciones que con las lenguas semíticas establece engañosamente la corrupción del moderno etíope y varios dialectos del Norte de África.
Puede probarse la mayor consanguinidad entre los etíopes y los arios de tez oscura que entre estos y los egipcios, pues recientemente se ha visto que los antiguos egipcios eran de raza caucásica con la configuración craneal evidentemente asiática (88). Si los antiguos etíopes no eran de tez tan cobriza como los modernos, también pudieron tener más delicada complexión. Es muy significativo el hecho de que entre los antiguos etíopes no heredaba la corona el hijo del rey, sino el sobrino por parte de hermana; y la misma ley rige todavía en la India meridional donde no suceden al rajah sus propios hijos, sino los hijos de su hermana (89)
Otra prueba es que de todos los idiomas y dialectos a que se atribuye filiación semítica, tan sólo el etíope se escribe de izquierda a derecha, como el sánscrito y demás de la familia aria (90).
Así es que contra el origen indo de los egipcios tan sólo se levanta la mítica hipótesis de Cam, hijo de Noé, que si no hubiese otros argumentos se desvanecería al observar que las instituciones políticas, religiosas y sociales de los egipcios declaran evidentemente su origen indo.
Las primitivas tradiciones de la India mencionan dos dinastías ya olvidadas en la noche de los tiempos: la dinastía del Sol que reinaba en Ayodhia (hoy Ude) y la dinastía de la Luna que reinaba en Pruyag (hoy Allahabad). El Libro de los muertos expone todo lo referente al culto religioso de estos primitivos reyes, con las particularidades de la adoración del sol y de los dioses solares. Nunca nombra dicho libro a Osiris y Horus sin relacionarlos con el sol, pues son los “Hijos del Sol”, y “el Señor y Adorador del Sol” es su nombre. El Sol es el creador del cuerpo y el progenitor de los “dioses sucesores del Sol”.

DIVINIDADES SOLARES

En su ingeniosísima obra defiende Pococke con energía la misma opinión y señala más claramente aún la identidad de las mitologías egipcia, griega e inda. Las primitivas tradiciones de la India hablan del caudillo de la raza solar llamado Cuclopos (91) y por sobrenombre “el gran sol”. Este príncipe fue el progenitor y patriarca de la dilatadísima estirpe inaquiense, y según nos dice Pococke, recibió honores divinos después de la muerte y su alma transmigró al cuerpo del buey Apis (92). Por otra parte, continúa diciendo Pococke, Osiris, cuyo verdadero nombre es Usras, significa a la par "toro" y "rayo de luz".
Champollión (92) alude frecuentemente a las dos dinastías reales del Sol y de la Luna, cuyos monarcas recibieron después de muertos honores de divinidades solares y lunares. El culto de esos dioses menores fue la adulteración inicial de aquella potente fe primitiva que acertadamente veía en el sol el más expresivo símbolo de la universal e invisible presencia del Señor de vida y muerte. De esta primitiva fe se descubren vestigios en todas las antiguas religiones. Los himnos del Rig Veda invocan a Sûrya (el sol) y a Agni (fuego) con los títulos de “Gobernador del univeso”, “Señor de los hombres” y “Rey sabio”. Los caldeos, parsis, egipcios y griegos adoraron también al sol bajo los respectivos nombres de Mitra, Ahuramazda, Osiris y Zeus, y conservaron el fuego sagrado en honor de su cercana pariente Vesta. El mismo culto del sol vemos entre los peruanos, en la zarza ardiente de Moisés, en los altares levantados por los patriarcas bíblicos y en los sacrificios que los monoteístas judíos ofrecían a la diosa Astarté, reina del cielo.
A pesar de tantas controversias e investigaciones, la arqueología y la historia nada han averiguado de cierto sobre el origen del pueblo judío, pues lo mismo pueden proceder de los tchandalas o parias desterrados de la antigua India, que de los “albañiles” mencionados por Vinasvati, Vedavyasa y Manú, de los fenicios de Herodoto, o de los hyksos de Josefo (pastores palis), aunque bien pudieran ser una entremezcla de todos ellos (94).
Muchos personajes bíblicos son figuras míticas, según se infiere de sus rasgos biográficos. Así resultan el profeta Samuel y el juez Sansón una misma entidad desdoblada en dos personalidades, pues el primero era hijo de El Kaina y Ana, y el segundo de Manua o Manoah. Equivalen respectivamente a Ganesa y a Hércules. A Samuel se le atribuye la abolición del culto cananeo de Baal (Adonis) y Astarté (Venus) y la restauración del de Jehovah con el establecimiento de la monarquía, cuando a ruegos del pueblo que pedía rey ungió primero a Saúl y después por prevaricación de éste a David.
David es una figura idéntica a la del rey Arturo. Realizó grandes hazañas y extendió su dominio a la Siria e Idumea hasta la Armenia y la Asiria por el Norte y Nordeste, el desierto de Siria y el golfo Pérsico al Este, Arabia al Sur y Egipto por Oeste. Sólo se libró la Fenicia del estruendo de sus armas.
La amistad de David con Hiram parece indicar que desde Fenicia efectuó su primera incursión en Judea, y su prolongada estancia en Hebrón, la ciudad de los kabires (ciudad del Arba o de los cuatro), permite conjeturar que modificó la religión de los hebreos.
A David le sucedió su arrogante y voluptuoso hijo Salomón, que mantuvo los dominios de su padre y edificó el magnificente templo de Jerusalén en honor de Jehovah (Tukt-Suleima), al propio tiempo que en el monte Olivete levantaba altares a Moloch-Hércules, Khemosh y Astarté, derribados posteriormente por Josías.
Pero a la muerte de Salomón estallaron revueltas en Idumea y Siria, y el profeta Ahías se puso al frente de un movimiento popular cuyo resultado fue la separación de los reinos de Israel y Judá, quedando el primero bajo la soberanía de Jeroboán. Desde entonces predominaron los profetas en Israel y prevaleció el culto del becerro en todo el país. Extinguida la familia real de Acab y fracasada la tentativa de Jehu para reunir bajo un solo cetro a todo Israel, subsistió la casa real de Judá, y al subir al trono Ezequías, sacudió el yugo de los asirios (95), y hay indicios de que instituyó un colegio sacerdotal (96) y transmutó radicalmente el culto religioso del país, hasta el punto de hacer pedazos la serpiente de bronce construida por Moisés (97). Esto demuestra que son míticas las figuras de Samuel, David y Salomón, pues la mayor parte de los profetas, que al propio tiempo eran literatos, empezaron a escribir en aquella época.

EL MESÍAS PROMETIDO

Finalmente, los asirios se apoderaron de Palestina, y encontraron allí las mismas gentes e instituciones públicas que en Fenicia y otros países.
Ezequías no era hijo natural, sino adoptivo de Achaz y yerno del profeta Isaías, con quien Achaz rehusó la alianza que le brindaba, según se infiere de los siguientes pasajes:

Pide para ti una señal del señor tu Dios en lo profundo del infierno o arriba en lo alto.
Y dijo Achaz: No la pediré y no tentaré al Señor (98).

El profeta Isaías le había declarado al rey:

Si no lo creyereis no permaneceréis (99).

En esta frase vaticina la extinción de la dinastía de Judá.
Pero hay otro pasaje que dice:

Por eso el mismo Señor os dará una señal. He aquí que concebirá una virgen y parirá un niño y será llamado su nombre Emmanuel. Manteca y miel comerá hasta que sepa desechar lo malo y escoger lo bueno... Traerá el Señor sobre ti y sobre tu pueblo y sobre la casa de tu padre por medio del rey de los asirios, días cuales no fueron desde los días en que se separó Efrain de Judá (100).

También hay otros pasajes en que el profeta ensalza al futuro caudillo (101) que ha de recoger los dispersos de Judá de las cuatro plagas de la tierra (102). El prometido Redentor había de nacer en Bethlehem de la estirpe de David y había de dar en rostro a los asirios con quien Achaz se aliara, y reformar la religión del país. Esto precisamente hizo el rey Ezequías, nieto por línea materna del profeta Zacarías (103), consejero de su bisabuelo el rey Ozías (104), al apartarse de las abominaciones de sus predecesores, diciendo:

Pecaron nuestros padres e hicieron lo malo en la presencia del Señor nuestro Dios...
Ved cómo nuestros padres han perecido a cuchillo (105).

Intentó Ezequías reconciliar a los reinos de Judá e Israel, como así pudo lograrlo (106) aunque por breve tiempo, pues la irrupción de los asirios (107) instauró un nuevo régimen.
De todo esto se infiere que en la religión de los judíos se explayaban dos contrapuestas orientaciones: la del culto oficial mantenido por motivos políticos, y la del culto popular idolátrico, resultante de la ignorancia en que estaba el vulgo de la doctrina esotérica enseñada por Moisés. Ezequías destruyó los altos, taló los bosques y quebró las estatuas levantadas en tiempo de Salomón.
Era Ezequías el Mesías esperado por los mantenedores de la exotérica religión oficial. Era la vara de la raíz de Jessé (108) que debía rescatar a los judíos de su lastimosa cautividad (109). Pero si Ezequías abolió la idolatría y el culto de Baal, también arrebató violentamente al pueblo de Israel la religión de sus padres y los secretos ritos instituidos por Moisés.
Darío Hystaspes estableció en Judea una colonia persa, cuyo caudillo sería tal vez Zorobabel (que significa “hijo de Babilonia”, como Zoroastro (.....) “hijo de Ishtar”) (110) y estaría, sin duda, formada en su mayor parte por judíos (111). La recopilación de la ley mosaica se atribuye diversamente a las épocas de Ezequías, Esdras, Simón el Justo y asmoneo. Nada se sabe en definitiva, pues por doquiera aparecen contradicciones. En los comienzos de la época asmoneana, los doctores de la ley se llamaban asideanos o khasdimes (caldeos) y posteriormente se les dio el nombre de fariseos o farsis (parsis), lo cual indica que las colonias persas predominaban en el país, mientras que el pueblo de Isarel, con sus sacerdotes y levitas, convivía y se enlazaba con todas las gentes circunvecinas que nombran los libros del Génesis y Josué (112).

SARGÓN Y MOISÉS

El Antiguo Testamento no contiene ningún verdadero elemento histórico, y para encontrarlo hemos de recurrir a los profetas, cuyas indiscretas revelaciones nos suministran los pocos datos fidedignos sobre que apoyar la historia de Israel. Los libros que lo componen debieron de escribirlos distintos autores en diversas épocas, o más bien sería una fábula inventada para cohonestar un culto religioso cuyo origen podemos descubrir, por una parte, en los misterios órficos, y por otra, en los ritos egipcios, con los que estuvo Moisés familiarizado desde su infancia.
A partir del siglo XVIII, la Iglesia se ha visto precisada a retroceder en el campo de la exégesis bíblica que antes usurpara a sus legítimos dueños, pues se ha demostrado que todos los personajes, uno tras otro, son remedo de los mitos paganos. Los recientes descubrimientos del llorado asiriólogo Jorge Smith evidenciaron que Sargón y sus tablillas superan en antigüedad a Moisés y su Pentateuco, pues resulta que la biografía del legislador hebreo es remedo de la de aquel personaje, como también el relato del Éxodo fue copiado de los asirios, y las joyas de oro y plata lo fueron de las egipcias.
Dice Smith:

En el palacio de Senacherib, en Kuyunjik, descubrí otro fragmento de la curiosa historia de Sargón que oportunamente traduje y publiqué en los Trabajos de la Sociedad de Arqueología bíblica, I, parte I, 46. Según el texto descubierto, a Sargón, uno de los primitivos monarcas babilónicos, lo tuvo escondido su madre hasta que lo puso en una cesta de mimbres, convenientemente calafateada con betún y pez, que abandonó a la corriente del Éufrates, lo mismo que la madre de Moisés hizo con su hijo, según el relato bíblico (Éxodo, 2, 3). Descubrió la cesta un aguador llamado Akki, quien prohijó al niño, que con el tiempo llegó a ser rey de Babilonia y tuvo su corte en Agadi (113), donde reinó por tiempo de cuarenta y cinco años (114). La ciudad de Agadi o Acad estaba cerca de Sippara (115), sita a orillas del Éufrates, al Norte de Babilonia. Floreció Sargón en el siglo XVI antes de J. C., y acaso antes de esta época (116).

Es sumamente curiosa la historia de Sargón, tal como aparece en las tablillas asirias, que tradujo Smith en los siguientes versículos:

1. Yo soy el poderoso rey Sargón, rey de Akkad.
2. Mi madre era una princesa; no conocí a mi padre; un hermano de mi padre reinaba en el país.
3. En la ciudad de Azupirana que está a orillas del Éufrates.
4. Me concibió la princesa mi madre, y parióme con mucho sufrimiento.
5. Me puso en una cesta de mimbres sellada con betún.
6. En ella me botó al río, pero el río no me ahogó.
7. El río me condujo a manos del aguador Akki, quien me recogió.
8. Akki, el aguador, se me llevó solícitamente, etc., etc.

Este relato concuerda substancialmente con el bíblico que dice:

Salió después de esto un hombre de la casa de Levi y tomó mujer de su linaje.
La cual concibió y parió un hijo, y viéndole que era hermoso le tuvo escondido tres meses.
Pero no pudiendo ya ocultarle, tomó una cestilla de juncos y la calafateó con betún y pez y puso dentro al niño y lo abandonó en un carrizal de la orilla del río (117).

Las épocas de la cronología inda difieren muy poco de las griegas, romanas y aun de las judías, según nos da a entender el cómputo mosaico. Si, como se empeña la interpretación clerical, hubiéramos de tomar al pie de la letra la cronología bíblica, resultaría que de la creación del mundo a Moisés sólo transcurrieron cuatro generaciones, lo cual es evidentemente ridículo (118); pero los cabalistas saben que estas cuatro generaciones representan edades del mundo. Las alegorías que en los cómputos están hábilmente interpuestas en los libros mosaicos, gracias al artificiosos procedimiento masotérico, de modo tal, que se reducen al insignificante período de 2513 años.

NOÉ Y EL ARCA

La cronología exotérica de la Biblia está forjada de intento para que se corresponda con las cuatro edades: la de oro (de Adán a Abraham), la de plata (de Abraham a David), la de cobre (de David a la cautividad de Babilonia) y la de hierro (de la cautividad en adelante). Pero el cómputo secreto es totalmente distinto y en nada discrepa de los induístas cómputos zodiacales. Ahora estamos en la edad de hierro (kaliyuga), que no empezó en la cautividad, sino con Noé o Nuah, el mítico progenitor de la quinta raza, quien como todas las manifestaciones personificadas de Swayambhuva, era andrógino, y así corresponde a veces al elemento femenino, “Nuah o madre universal”, de la trinidad caldea; pues, según ya dijimos, todo elemento masculino o activo tiene en las tríadas cosmogónicas su reflejo complemento femenino o pasivo. La trimurti induísta tiene sus saktis o desdobles femeninos, y a la tríada masculina caldea, cuyos elementos son: Ana, Belita y Davkina, corresponden los elementos femeninos: Anu, Bel y Nuah. Los tres primeros se unifican en Belita, la “soberana diosa y señora del abismo inferior, madre de los dioses, reina de la tierra y de la fecundidad”.
Cuando Belita representa la “humedad” primordial de que toda materia procede, se la llama Tamti, símbolo del mar, madre de la ciudad de Erech (la gran necrópolis caldea), y es, por lo tanto, una diosa infernal. En el mundo astronómico recibe el nombre de Ishtar o Astarté, y equivale a Venus y demás reinas celestes, a quienes se ofrecían en sacrificio (119) tortas y pasteles, así como también es idéntica a Eva, la madre de todo ser viviente, y a la virgen María de los cristianos.
El arca en que Noé encerró los gérmenes de todo lo necesario para repoblar la tierra es emblema de la supervivencia y de la supremacía del espíritu respecto de la materia en el conflicto provocado por la oposición de las fuerzas naturales. En el mapa astroteosófico del rito occidental, el arca corresponde al sitio del ombligo, y está colocada a la izquierda, en el lado de la mujer, uno de cuyos símbolos es la columna izquierda (Booz) del templo de Salomón, pues el ombligo está relacionado con la matriz, donde se desenvuelven los gérmenes de la raza (120).
Es el arca de Noé el sagrado Argha de los indos, bajel oblongo que los sacerdotes empleaban a manera de cáliz en los sacrificios ofrecidos a Isis, Astarté y Venus Afrodita, diosas de las fuerzas generadoras de la materia, y por lo tanto simbolizadas en el arca que encierra los gérmenes de todas las cosas vivientes.
Confesamos que las antiguas religiones tuvieron, y todavía hay de ello ejemplo en la India, símbolos que a los hipócritas y puritanos les parecen escandalosamente obscenos; pero ¿no copiaron los judíos la mayor parte de estos símbolos? Hemos expuesto ya en otro lugar la identidad del lingham indo con la columna de Jacob, y podríamos citar numerosos ritos cristianos del mismo origen, si no se nos hubiesen adelantado cumplidamente en esta tarea otros investigadores (121).
Sobre el culto de los egipcios dice la señora Lidia María Child:

La veneración por la fuerza generadora de la vida introdujo en el culto de Osiris los emblemas sexuales, tan comunes en el Indostán. El rey Tolomeo Filadelfo regaló al templo de Alejandría una colosal imagen de esta índole... La veneración por el misterio de la vida organizada favoreció el reconocimiento de la dualidad masculino-femenina en todas las cosas, así espirituales como materiales... Los emblemas sexuales que por doquiera se descubren en las esculturas religiosas parecen obscenos a primera vista; pero si se estudian casta y reflexivamente, vemos cuán austera y sencilla es su significación (122).

Verdaderamente que estarán conformes con esta ilustre escritora cuantos, por su pureza mental y rectitud de juicio, repugnen la gazmoñería de esta nuestra época que, movida de hipócritas sentimientos, ha desfigurado y pervertido el significado de los antiguos emblemas religiosos.

EVA-LILITH Y EVA

Las aguas del diluvio, que en alegoría a que nos referimos están figuradas por el mar Tamti, simbolizan la turbulenta materia caótica, denominada “el gran Dragón”. Según los gnósticos y rosacruces medioevales, en el plan de la creación no estuvo incluida la mujer, sino que fue engendrada por la impura imaginación del hombre, y así dijeron los herméticos que fue una “intrusa” concebida en el mal (hora séptima), cuando ya desvanecidos los sobrenaturales mundos reales, empiezan a desenvolverse los naturales e ilusorios a lo largo del microcosmos descendente o sea el arco del ciclo máximo. Primero, la Virgen celeste, la “Virgo” zodiacal, se transmuta en “Virgo Escorpio”; pero al desenvolverse su segunda compañera, el hombre, sin darse cuenta de ello, le infunde algo de su espiritualidad, y este nuevo ser engendrado por su imaginación se convierte en el “Salvador” que le libra de las asechanzas de Eva-Lilith, la Eva primordial, en cuya constitución entraba mayor cantidad de materia que en el primitivo hombre “espiritual” (123).
Tenemos, por lo tanto, que la mujer está cosmogónicamente relacionada con la materia o el gran abismo, cuyo símbolo es la “Virgen del Mar”, que aplasta bajo sus pies la cabeza del Dragón (124).
Por otra parte, los marinos católicos veneran por patrona a la Virgen María, una de cuyas invocaciones es Maris Stella o Virgen del Mar. De la propia suerte era Dido patrona de los marinos fenicios (125), y, como a Venus y demás diosas lunares (126), se le daba el título de Virgen del Mar (127). Por esta razón, el color azul, que entre los antiguos era emblema del gran abismo, llegó a formar con el tiempo la librea de la Virgen María; pero los mendeanos de Basra o cristianos de San Juan tienen aversión al color azul, porque lo consideran relacionado con la simbólica serpiente.
Entre las hermosas láminas de Maurice hay una que representa a Krishna en actitud de aplastar la cabeza de la serpiente. Lleva el dios una mitra de tres puntas (emblema de la trinidad) y en su talle se enrosca el cuerpo del vencido reptil. Esta lámina denota el origen de la fábula compuesta posteriormente para cohonestar aquel profético pasaje que dice:

Enemistades pondré entre ti y la mujer y entre tu linaje y su linaje: ella quebrantará tu cabeza y tú pondrás asechanzas a su calcañar (128).

También los egipcios representaban a Orante con los brazos en cruz y aplastando a la serpiente, y Horus (el Logos) aparece en actitud de atravesar la cabeza de Tifón o Apofis. Esto nos da la clave del episodio bíblico de Caín y Abel, puess a Caín se le consideraba como el progenitor de los hivitas (las serpientes), por lo que los mellizos de Adán son remedo evidente de la fábula de Osiris y Tifón, cuyo esotérico significado es la lucha entre el bien y el mal.

SIMBOLISMO DE LA SERPIENTE

Pero desde la era cristiana, ¡cuán extrañamente elástica y acomodable a diversidad de interpretaciones fue esta mística filosofía! Nunca, como en nuestra cristiana época de sutilezas casuísticas, tuvieron tan poca eficacia para restablecer la verdad hechos incontrovertibles e irrefragablemente ciertos. Porque ante la demostración de que a Krishna se le llamaba el “Buen Pastor” muchísimo antes de la era cristiana y de que, según la tradición religiosa, aplastó a Kalinaga (serpiente del mal) y fue crucificado, replican los polemistas diciendo que todo ello eran proféticas representaciones del porvenir. El mismo argumento aducen para cohonestar la sorprendente semejanza de este mito cristiano con el Thor escandinavo, que aplastó la cabeza de la serpiente al golpe de su maza cruciforme, y con el Apolo griego, que mató a la serpiente Pitón (129).
Las aguas del diluvio equivalen simbólicamente a la serpiente de las antiguas cosmogonías o el gran abismo de materia, el Leviathán o dragón marino (130) sobre el cual boga el arca hacia el monte de salvación. Pero el Génesis nos habla del arca de Noé porque Moisés estaba familiarizado con la mitología de los egipcios (131) y conocía la leyenda que representa a Horus de pie sobre un esquife en forma de serpiente, cuya cabeza atraviesa con su lanza. Además, no ignoraba Moisés el oculto significado y verdadero origen de muchas otras fábulas religiosas, y así encontramos en el Levítico la misma legislación de Manú.
Los animales encerrados en el arca simbolizan las pasiones humanas y aluden a ciertas pruebas de la iniciación en los misterios instituidos en muchas naciones para perpetuar esta alegoría. El arca de Noé se detuvo en el monte Ararat el día diecisiete del mes séptimo, y los animales puros entraron en el arca en grupos de siete. De nuevo encontramos aquí el número siete.
Por otra parte, al hablar de los misterios de Biblos respecto al rito del agua, dice Luciano:

Un hombre permanece durante siete días en lo alto de una de las dos columnas levantadas por Baco (132).

Supone Luciano que esta ceremonia se cumplía en honor de Deucalión.
Cuando el profeta Elías estaba en oración en la cumbre del monte Carmelo, le dijo a su criado:

Sube y mira hacia el mar. El que habiendo subido y mirado dijo: No hay nada. Y segunda vez le dijo: Vuelve hasta siete veces (133).

Y la Kábala dice:

Noah es una revolución de Adam, y Moisés una revolución (134) de Abel y Seth.

Los personajes bíblicos nos dan prueba de esta revolución o repetición característica, pues, por ejemplo, Cain fue el primer asesino, y asesino es también cada quinto descendiente de su estirpe. Así tenemos que los descendientes de Caín son: Henoch, Irad, Maviael, Mathusael y Lamech, que por el quinto descendiente fue el segundo asesino y padre de Noé (135). El Talmud da la genealogía completa de Caín y señala trece asesinos entre sus descendientes, sin que en ello haya coincidencia ni casualidad alguna, pues ofrece notable analogía con Siva el destructor, pero también el regenerador, ya que si Caín es asesino es también fundador de naciones e inventor de artes útiles.
En Tebas (136) se han encontrado los mismos elementos decorativos de estilización foliácea que se enumeran al describir las columnas del templo de Salomón, como por ejemplo, la hoja bicoloreada de olivo, el trilobulado pámpano de higuera y la lanceolada hoja de laurel, que entre los antiguos tenían significado esotérico y exotérico.
Las investigaciones de los egiptólogos corroboran por otra parte la identidad entre las alegorías bíblicas y las caldea y egipcia. La cronología de las dinastías faraónicas (137) divide la historia de Egipto en cuatro épocas: de los reyes divinos, de los semidioses, de los héroes y de los mortales (138). Estas épocas se corresponden perfectamente con los Elohim bíblicos, esto es, con los hijos de Dios, los gigantes y los hombres noéticos.
Diodoro de Sicilia y Berosio enumeran los doce dioses mayores que presidían los meses del año y los signos zodiacales (139). El dios Jano, de doble rostro, era el jefe de estos doce dioses, y se le representa con las llaves del cielo en la mano. De aquí salieron primero los doce patriarcas bíblicos y después los doce apóstoles, cuyo jefe, San Pedro, tiene dos caras por efecto de la negación, y se le representa asimismo con las llaves del cielo en la mano.

ADÁN PROTOTIPO DE NOÉ

Cada página del Génesis demuestra que Noé, con sus tres hijos Sem, Cam y Jafet, es una variación de Adán con los suyos, Caín, Abel y Seth, pues vemos que Adán es el prototipo de Noé. La caída de Adán proviene de haber comido el vedado fruto del conocimiento celestial, mientras la de Noé resulta de haber gustado el fruto terrenal, esto es, el zumo de la vida, cuya embriaguez simboliza la perturbación mental ocasionada por el abuso del conocimiento. Adán se ve despojado de sus vestiduras celestes, y Noé de sus ropas terrestres, y ambos se avergüenzan de su desnudez. La maldad de Caín aparece reproducida en Cam, y los descendientes de ambos superan en sabiduría a los demás hombres, por lo que se les llamó “serpientes” o “hijos de serpientes”, en el sentido de “hijos de la sabiduría”, y no en el de “hijos de Satanás”, como han interpretado torcidamente muchos teólogos. La enemistad entre la “serpiente” y la “mujer” tan sólo subsiste en este perecedero y fenoménico mundo del “hombre nacido de mujer”. Antes de la caída en la carne, la serpiente Ophis simbolizaba la divina sabiduría, que no necesitaba de la materia para procrear al hombre espiritual. De aquí la enemistad entre la serpiente y la mujer, o sea entre el espíritu y la materia. en su aspecto material es la serpiente (Ophiomorphos) símbolo de la materia, y en su aspecto espiritual es Ophis-Christos. En la magia sirio-caldea ambos aspectos están unidos en el andrógino signo zodiacal Virgo-Escorpio, para desdoblarlos siempre que sea necesario. Por lo tanto, en lo referente al origen del bien y del mal, el significado de las SS y de las ZZ ha sido siempre intermutable; y aunque en algunas ocasiones las SS hayan denotado en los sellos y talismanes la maligna influencia de la magia negra dirigida a tercera persona, también vemos las SS en los cálices sacramentales de la Iglesia para significar la presencia del Espíritu Santo o divina sabiduría.
A los madianitas, cananeos y camitas se les daba el título de hombres sabios o “hijos de serpiente”; y tal fue la nombradía de los madianitas en este particular, que el mismo Moisés, el profeta inspirado por Dios, se postra ante Hobab, hijo del madianita Raguel, y le suplica que permanezca entre los israelitas, diciéndole:

... Ven con nosotros para que hagamos bien contigo... No quieras dejarnos, porque tú... serás nuestro guía (140).

Más adelante, cuando Moisés envía exploradores a la tierra de Canaán, traen estos, en prueba de la feracidad (141) del país, un enorme racimo de uvas cuyo peso hizo necesario que dos hombres lo transportasen pendiente de una pértiga. Además, los exploradores, al dar cuenta de su cometido, le dicen a Moisés:

Llegamos a la tierra donde nos enviaste, que en verdad mana leche y miel...; pero tiene unos habitadores muy valerosos... Hemos visto allí la raza de Enak (142).

Enak equivale a Enoch, el patriarca que, según la Biblia (143), fue arrebatado al cielo, y según la Kábala y el ritual masónico, fue el primer poseedor del mirífico Nombre.

LOS PATRIARCAS BÍBLICOS

Si comparamos los patriarcas bíblicos con los descendientes de Vaiswasvata (144) y las tradiciones sobre el diluvio conservadas en el Mahâbhârata, veremos que son remedo de los patriarcas védicos que les sirvieron de tipo. Pero antes de proceder provechosamente a la comparación, conviene comprender el verdadero significado de los mitos induístas, pues cada personaje mítico lo tiene astronómico, espiritual y antropológico. Los patriarcas prediluvianos no son tan sólo personificación de los dioses equivalentes a los doce dioses mayores de Berosio y a los prajâpatis, sino que con los postdiluvianos correspondientes a la famosa tablilla de la biblioteca de Nínive equivalen también a los eones griegos, a los sephirotes cabalísticos, a los signos zodiacales y a los tipos de otras tantas razas humanas (145). La alteración de diez a doce en el número de personajes se apoya, según veremos, en la misma autoridad de la Biblia. Los Elohim no son dioses mayores, como los que describe Cicerón (146), sino que se cuentan entre los doce dioses menores o reflejos terrestres de los primeros (147). Del grupo de los doce dioses menores sobresale Noé, el espíritu de las aguas, que puede considerarse como la transición de unos a otros, y pertenece, por lo tanto, a la superior tríada caldea. Los demás dioses del grupo son idénticos a los dioses inferiores de Asiria y Babilonia, que bajo la dirección del Demiurgo (Bel) le ayudaban en su obra, de la propia suerte que los patriarcas ayudan a Jehovah.
Además de los dioses menores (148) había los cuatro genios equivalentes a los que, según la visión de Ezequiel, sostienen el trono de Jehovah, identificado por esta equivalencia con su correspondiente persona de la trinidad caldea, pues estos cuatro genios o querubines son los compañeros de los cuatro evangelistas y al propio tiempo los alados conductores de Jesús, según dice Ireneo.
Los libros de Ezequiel y del Apocalipsis denotan principalmente su parentesco con la Kábala inda en la descripción de las cuatro bestias que simbolizan los cuatro elementos: tierra, aire, fuego y agua. Equivalen a las esfinges asirias, que también se ven esculpidas en las paredes de casi todas las pagodas indas.
El autor del Apocalipsis describe el pentáculo pitagórico (149), cuyo admirable diseño trazado por Levi reproducimos más adelante. La diosa inda Adanari (150) aparece rodeada de las mismas figuras simbólicas y es idéntica a la "Rueda de Adonai", según Ezequiel, más conocida por "Querubín de Jeheskiel", lo cual indica sin duda alguna la fuente en donde el profeta hebreo bebió sus alegorías (151).
Sobre estas bestias estaban los dos grupos de espíritus angélicos: los igili o seres celestiales, y los amanaki o espíritus terrestres (152).
La Kábala denudata da a los cabalistas una muy clara que a los profanos les parece confusa explicación de las substituciones de un personaje por otro. Así, por ejemplo, dice que la centella (chispa divina) de Abraham procedía de Miguel, jefe de los eones y primera emanación de la Divinidad (153); y sin embargo, Miguel y Enoch son una sola y misma entidad, pues ambos son la figura humana que ocupa el punto de unión de la cruz zodiacal. También, según la Kábala denudata, la centella de Isaac era la de Gabriel, jefe de la hueste angélica, y la centella de Jacob procedía de Ariel, llamado “fuego de Dios”. El espíritu de vida más penetrante de los cielos no es Adam Kadmon, sino el Adam primario o Microprosopos, que en uno de sus aspectos es Enoch, el padre de Matusalén; pero el Enoch “arrebatado por Dios” que “no murió”, es el Enoch espiritual, símbolo de la humanidad, tan eterna en el espíritu como en la carne, aunque la carne se transforme y renueve, pues la muerte es un nuevo nacimiento y la humanidad no muere jamás. El Destructor se convierte en Regenerador. Enoch es el tipo del hombre dual en espíritu y cuerpo, por lo que se ocupa el centro de la cruz astronómica.

SIMBOLISMO DE LA CRUZ

Pero este símbolo, ¿fue invención de los hebreos? Nos parece que no. Todas las naciones versadas en astronomía, y en especial la India, veneraban profundamente la cruz como base geométrica del simbolismo del avatar o manifestación de Dios en el hombre, del creador en la criatura. En los más antiguos monumentos de India, Persia y Caldea aparece la cruz doble, de cuatro brazos u ocho puntas que tan frecuentemente se echa de ver en la morfología natural, como por ejemplo en los cristales de nieve y en algunas flores. Con ultracristiano misticismo dice Lundy que “estas flores cruciformes son la profética estrella de la Encarnación que une cielos y tierra, a Dios con el hombre” (154).
Esta frase expresa perfectamente el concepto contenido en el antiguo apotegma cabalístico: “como es arriba así es abajo”, pues demuestra que Dios se encarna en beneficio de la humanidad entera, y no tan sólo en el de un puñado de cristianos. Es la mundanal cruz de los ciclos reproducida en la naturaleza terrestre y en el hombre dual. El hombre físico reemplaza al espiritual en el punto de unión donde está el místico Libra-Hermes-Enoch. La mano que señala al cielo en contraposición de la otra que señala a la tierra da a entender la infinidad de generaciones de arriba en correspondencia con la infinidad de generaciones de abajo, pues lo visible es manifestación de lo invisible, el hombre de polvo se restituye al polvo, el hombre de espíritu renace en espíritu y la humanidad finita es hija del infinito Dios.
Abba es el Padre; Amona, la Madre; el Universo, el Hijo. En todas las teogonías se repite esta tríada, y así vemos que Kadmon, Hermes, Enoch, Horus, Krishna, Ormazd y Cristo son equivalentes entre sí, los metratones o medianeros entre el cuerpo y el espíritu, que redimen a la carne por la regeneración de abajo y al espíritu por regeneración de arriba, donde la humanidad se une con Dios.
Ya dijimos en otro lugar que la tan egipcia tau es muy anterior a la época de Abraham, el supuesto progenitor del pueblo escogido, pues vemos que Moisés la tomó de los sacerdotes egipcios. Prueba de que no sólo los judíos, sino también los gentiles, tenían la tau por sagrada, nos da el siguiente pasaje:

Y mojad un manojo de hisopo en la sangre que está en el umbral y rociad con ella el dintel y los dos postes (155).

Esta señal de los dos postes es precisamente la misma tau egipcia (156) de que se valía Horus para resucitar muertos, según se ve en las ruinas de Filoe (157). No cabe en modo alguno admitir que la tau era un anticipo inconscientemente profético de la cristiana, por cuanto según dice Lundy:

Los mismos judíos veneraron la tau como signo de salvación hasta que condenaron a Jesús... La vara de que se valía Moisés para operar prodigios delante de Faraón era, sin duda, la cruz ansata u otra muy parecida a la de los sacerdotes egipcios (158).
Por lo tanto, cabe inferir lógicamente que los judíos tenían los mismos símbolos religiosos que los paganos, sin aventajar a estos en moralidad de conducta; y por otra parte, que si no obstante su conocimiento del oculto simbolismo de la cruz y de los muchos siglos que esperaban al Mesías, no reconocieron ni al Mesías ni la cruz, según los cristianos, forzosamente hubieron de tener la tau por la verdadera cruz religiosa.
Los que no quisieron reconocer a Jesús como “Hijo de Dios” no pertenecían al vulgo de las gentes que ignoraban el simbolismo religioso ni al partido de los saduceos que le condenó a muerte, sino que fueron los versados en la doctrina secreta que por conocer el significado oculto de la cruz no podían consentir la impostura de identificar con este símbolo al profeta nazareno.

SIMBOLISMO DEL ZODÍACO

Casi todos los vaticinios del nacimiento de Jesús se atribuyen a los patriarcas y profetas bíblicos; pero si bien algunos de estos últimos han sido personajes históricos, los primeros lo son míticos, según demostraremos mediante la oculta interpretación del Zodíaco, que nos descubrirá la analogía entre los signos y los patriarcas antediluvianos.
Si recordamos los conceptos de la cosmogonía induísta, comprenderemos más fácilmente la relación entre estos patriarcas antediluvianos y la “Rueda de Ezequiel”, tan enigmática para los comentadores. Así, pues, hemos de tener presente: 1.º Que el universo no es una creación súbita y espontánea, sino un término de la indefinida serie de universos evolucionados de la substancia preexistente. 2.º Que la eternidad es una sucesión de ciclos máximos en cada uno de los cuales ocurren doce transformaciones de nuestro mundo, ocasionadas alternativamente por el fuego y el agua, de modo que la tierra queda tan alterada geológicamente, que en realidad constituye un nuevo planeta. 3.º Que en las seis primeras de estas doce transformaciones, todos los seres y todas las cosas de la tierra van siendo cada vez más densamente materiales, mientras que en las seis restantes van siendo cada vez más sutiles y espirituales. 4.º Que al llegar la evolución al punto culminante del ciclo, se desvanecen las formas objetivas; y las entidades que en ellas residieron, hombres, animales y plantas, esperan en el mundo astral el término de este pralaya menor para volver a la tierra y proseguir en ella su evolución (159).
Los antiguos representaban este maravilloso concepto en el símbolo del Zodíaco o cinturón celeste, para que las gentes lo entendieran, aunque en vez de los doce signos ahora conocidos tan sólo se dieron al público los nombres de diez signos, conviene a saber: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis (160). Estos eran los signos exotéricos; pero había otros dos signos místicos, tan sólo conocidos de los iniciados, que eran Libra, punto intermedio de los doce, y Escorpio, que sigue inmediatamente al de Virgo. Cuando fue necesario exoterizar estos dos signos, se les dieron los nombres que ahora llevan, para ocultar los verdaderos, cuyo conocimiento descubría los secretos de la creación y el origen del bien y del mal.
La verdadera doctrina sabeana enseñaba secretamente que estos dos signos encubrían la gradual transformación del mundo, desde su espiritual y subjetivo estado, al sublunar de doble sexo. Así fue que los doce signos se dividieron en dos grupos de seis. El primer grupo se llamó ascendente o línea del Macrocosmos (mundo espiritual mayor), y el segundo grupo se llamó descendente o línea del Microcosmos (mundo subalterno y reflejo del primero). Esta división recibió el nombre de “Rueda de Ezequiel”, que comprendía en primer término los cinco signos ascendentes personificados en los patriarcas, a saber: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo y por último Virgo-Escorpio. Después viene Libra, el punto equilibrante o de conversión, y enseguida se desdoblaba la primera mitad del signo Virgo-Escorpio para guiar el grupo descendente del Microcosmos hasta el último signo, Piscis, cuya personificación es Noé, emblema del diluvio. Veremos esto más claro teniendo en cuenta que el signo Virgo-Escorpio indicado en un principio por m se redujo sencillamente a Virgo, y su pareja m o Escorpio, como personificación de Caín, quedó colocado después de Libra (161), pues según la teología exotérica, Caín fue la perdición de la humanidad, pero de acuerdo con la verdadera doctrina de sabiduría representa el descenso del universo, en el curso de la evolución, de lo subjetivo a lo objetivo.

EL SIGNO ZODIACAL “LIBRA”

Suele creerse que el signo Libra lo inventaron los griegos; mas aunque así fuese, únicamente lo conocieron los iniciados, quedando el vulgo tan ignorante como siempre. De todos modos, el nuevo signo sirvió admirablemente para descubrir cuanto podía decirse sin revelar la verdad entera, y se daba a entender con él que cuando en el proceso de la evolución llegó el mundo al grado máximo de materialidad, o sea al punto ínfimo de su descenso, ya no podía descender más porque aquel era el punto de equilibrio (Libra), de balanza o conversión, desde donde había de iniciarse el ascenso por impulso de la divina chispa que arde en la intimidad de todas las formas. La balanza simboliza el eterno equilibrio de armonía y justicia que ha de reinar en el universo, la ponderación de las fuerzas centrífuga y centrípeta, de la luz y las tinieblas, de la materia y del espíritu.
La interpolación de los dos signos adicionales del Zodíaco demuestra que el libro del Génesis, tal como aparece en las versiones actuales, es posterior a la invención de Libra por los griegos, pues la genealogía de los patriarcas se corresponde con los doce signos zodiacales, cuando de ser dicho libro de fecha anterior se correspondería tan sólo con diez. La adición de los dos signos y la necesidad en que estaban de ocultar la verdadera clave movió a los compiladores a repetir los nombres de Enoch y Lamech en la tabla genealógica (162).
Como quiera que todo lo referente a la creación y el diluvio tiene diversas interpretaciones, no es posible comprender debidamente el significado del relato bíblico sin estar enterado del caldeo y del significado esotérico de lo que sobre el diluvio dicen el Mahâbhârata y el Satapatha. Los acadianos, que según Rawlinson eran oriundos de Armenia, pero que no fueron los primeros emigrantes de India, enseñaron los misterios religiosos y el idioma sacerdotal a los babilonios, quienes personificaron en Xisuthrus el sol en Acuario (163), así como Oannes, el hombre-pez y semidiós, representaba el primer avatar de Vishnú, con lo que tenemos la clave del doble origen del relato bíblico.
Oannes simboliza la sabiduría esotérica, y por esto sale del mar, del gran abismo, de las aguas, emblema de la doctrina secreta, y ésta es también la razón de que los egipcios divinizaran el Nilo y lo tuviesen por salvador del país en sus periódicas inundaciones y respetasen a los cocodrilos que moraban en el “abismo”. Los pueblos de raza camita se asentaron siempre a orillas del mar o en las márgenes de los ríos, pues el agua fue el primer elemento de la creación, según algunas cosmogonías antiguas, y así veneraban profundamente los sacerdotes caldeos el nombre de Oannes, y llevaban una túnica en forma de pescado, cuya cabeza era el bonete (164)
Dice Cicerón (165) que, según Tales de Mileto, el agua es el principio de todas las cosas y que Dios es la Mente suprema que del agua modeló todas las cosas.
Y Virgilio canta en la Eneida:

En el principio, el Espíritu anima cielos y tierra, el líquido elemento, el brillante globo lunar y las titánicas estrellas. La mente infundida por doquiera despierta a la masa y se entremezcla con la primordial materia (166).
Así tenemos que el agua simboliza por una parte la dualidad del Macrocosmos-Microcosmos vivificada por el Espíritu, y por otra, el Cosmos evolucionado del Kosmos. En este sentido, el diluvio simboliza el período final del conflicto entre los elementos correspondientes al término del primer ciclo máximo de nuestro planeta. Estos períodos de recrudecida lucha entre los elementos se suceden para que del caos surja el ordenamiento y el ordenamiento vuelva a caer en el caos, de modo que los sucesivos tipos de organismo físico estén adaptados a las respectivas condiciones naturales de cada período. Así tenemos que en el anterior al actual no pudo vivir el hombre de hoy sobre la tierra, puesto que no estaba vestido de los trajes de piel que alegóricamente menciona el Génesis (167).

GENEALOGÍAS DE CAÍN Y SETH

Las generaciones de Caín y Seth aparecen en la Escritura hebrea como siguen:

GENERACIÓN DE SETH GENERACIÓN DE CAÍN

Principio del bien Principio del mal

1. Adam. 1. Adam.
2. Seth. 2. Caín.
3. Enós. 3. Enoch.
4. Cainán. 4. Irad.
5. Mahalaleel. 5. Maviael.
6. Jared. 6. Mathusaél.
7. Enoch. 7. Lamech.
8. Mathusalén. 8. Jabel.
9. Lamech. 9. Jubal.
10. Noé. 10. Tubalcaín.

Estos son los diez patriarcas bíblicos, equivalentes a los diez prajâpatis de la India y a los diez sephirotes de la Kábala; pero aunque entre las dos generaciones suman veinte patriarcas, sólo se cuentan diez, porque la línea cainítica tiene por objeto encubrir la verdad a los profanos y señalar más comprensiblemente la idea del dualismo en que se fundan todas las filosofías religiosas, pues ambas genealogías representan las respectivas potestades benéficas y maléficas correspondientes a los principios paralelamente opuestos del bien y del mal. Pero el velo es tan transparente que no se necesita mucha perspicacia para rasgarlo aun sin el auxilio de la doctrina secreta. Si eliminamos los nombres duplicados, nos desprenderemos de Adam, Enoch (168), Lamech (169), Irad (170), Jubal, Jebal (171), Maviael (172) y Matusalén. Así queda un solo Caín, que no obstante su fratricidio aparece como padre del virtuosísimo Enoch que en carne mortal fue arrebatado al cielo. Pero en la genealogía sética, Enos, también equivalente a Enoch, es nieto de Adam y padre de Caín-an. Esto no es pura coincidencia, sino que representa una inversión de paternidad con el deliberado propósito de poner en confusión a los profanos.
Cabe insistir, por lo tanto, en que los patriarcas son personificaciones de los signos del Zodíaco, emblemas de los múltiples aspectos de la evolución física y espiritual de las razas humanas y símbolos de las divisiones del tiempo. En astrología se les llama ángulos, a causa de su mayor fuerza y poder. El segundo cuaternario de las “doce mansiones de los cielos”, o sean la primera, cuarta, séptima y décima, cuyos ángulos están colocados hacia arriba y hacia abajo y corresponden a Adam, Noé, Caín-an y Enoch. El alfa y el omega, el mal y el bien presiden el conjunto. Además, cuando las doce mansiones se dividen en las cuatro tríadas: ígnea, aérea, terrestre y acuática, vemos que esta última corresponde a Noé.
Enoch y Lamech están repetidos en la genealogía cainítica para completar los diez patriarcas, de modo que, sin los dos nombres secretos, se correspondiesen con los diez sephirotes cabalísticos y con los diez y después doce signos del Zodíaco, de manera tan sólo comprensible para los cabalistas. Ahora bien; en vez de Abel está Seth en la línea genealógica, a fin de que no toda la raza humana apareciese en descendencia directa de un fratricida. Esta dificultad se echó de ver luego de completada la tabla cainítica, y por ello se le da a Adam por tercer hijo a Seth. Es muy significativo que el Adam andrógino es imagen y semejanza de los Elohim (173) y después engendra Adam a Seth a imagen y semejanza suya (174), lo que significa que hubo hombres de razas diferentes. También es digno de nota que en la genealogía cainítica no aparece dato alguno referente a la edad y demás particularidades de los patriarcas, mientras que lo contrario ocurre en la genealogía sética.
Seguramente que nadie esperaría encontrar en una obra del dominio público los misterios finales que durante innumerables siglos estuvieron sigilosamente reservados en los santuarios; pero sin temor de indiscreción ni de divulgar la clave entre los profanos, bien podemos descorrer algún tanto el velo que encubre las majestuosas doctrinas de la antigüedad, y así describiremos a los patriarcas tal como deberían estar relacionados con los signos zodiacales.

RUEDA DE EZEQUIEL (175)


Al tratar del doble signo Virgo-Escorpión y Libra dice Jennings:

Todo esto es incomprensible a menos que nos valgamos del misticismo de los gnósticos y cabalistas, pues todo el sistema requiere una clave que lo explique; pero los ocultistas niegan constantemente la existencia de dicha clave porque no les está permitido divulgarla (176).

Esta clave tiene siete distintas interpretaciones, de las que sólo expondremos una, a fin de que el profano tenga un vislumbre del misterio. ¡Feliz quien por completo lo conoce!
Para explicar la presencia de Jodheva o Yodheva (177) y de Adán y Eva en la Rueda de Ezequiel, basta tener presentes los siguientes versículos del Génesis:

Y Dios (Elohim) creó al hombre a su propia imagen (a la de ellos)... macho y hembra los (lo) creó (178).
Macho y hembra los (lo) creó y llamó el nombre de ellos Adam en el día en que fueron creados (179).

SIMBOLISMO DE LIBRA

Cuando se toma el ternario al principio del tetragrama, expresa la creación espiritualmente divina, o sea sin pecado carnal, y con él cuando se toma en sentido inverso, que entonces es femenino. El nombre de Eva está compuesto de tres letras y el de Adam primitivo o celeste de una sola, Jod o Yodh, y por lo tanto, la verdadera fonética de Jehovah es Ieva o Eva. El Adam andrógino es espiritual (Adam Kadmon), y cuando la mujer sale de la costilla del Adam terreno, se desdobla de él la pura Virgo y cae en la generación o ciclo descendente, convirtiéndose en Escorpión (180), emblema del pecado y de la materia. el ciclo ascendente representa las razas puramente espirituales (181) acaudilladas por Adam Kadmon o Jodheva, mientras que el ciclo descendente representa las razas carnales acaudilladas por Libra, equivalente a Enoch (182), el séptimo patriarca, semi-divino, semi-terreno, de quien por esto se dice que fue arrebatado al cielo en carne mortal.
Libra y sus personificaciones son la balanza de universal armonía, justicia y equilibrio, colocada en el punto céntrico del Zodíaco. El círculo máximo de los cielos, tan bien descrito por Platón en su Timeo, simboliza la desconocida Unidad, y los círculos mínimos que se entrecruzan por su división en el plano del Zodíaco simbolizan la vida en el punto de intersección. Las fuerzas centrípeta y centrífuga representan el bien y el mal, el espíritu y la materia, la vida y la muerte, la creación y la destrucción (183). Son estas fuerzas las dos potestades que tanto en los mundos objetivos como en los subjetivos mantienen por medio de perenne conflicto la ponderación entre el espíritu y la materia. ambas fuerzas determinan como resultante la línea orbital de los planetas, que atraviesa en cruz la faja zodiacal. Si prevaleciese la fuerza centrípeta caerían los planetas en el sol; y si, por el contrario, prevaleciese la centrífuga, se alejarían indefinidamente de su centro para caer en el caos de la destrucción cósmica. De la propia suerte los espíritus vivientes de los hombres se confundirían centrípetamente con el invisible sol espiritual, el Paramâtma, su padre, mientras que en el caso contrario se alejarían centrífugamente del universo objetivo para caer en la aniquilación. Pero la balanza, Libra, con su finísimo fiel permanece en el punto de intersección, siempre atenta a ponderar la actividad de ambos combatientes, cuyas contrarias fuerzas dan por resultante la paralelográmica diagonal que planetas y espíritus humanos recorren a través del Zodíaco y de la vida, manteniendo de este modo, entre lo invisible y lo visible, entre cielos y tierra, la estricta armonía que reconcilia el espíritu con la materia. por esto Enoch, personificación de Libra, es el Metatrón, el medianero entre Dios y el hombre. Desde Enoch a Noé y sus tres hijos, cada patriarca representa una transformación o período geológico de la tierra, correspondientes a distintas razas de hombres y seres (184).
Caín acaudilla la línea ascendente (Macrocosmos) porque es hijo del “Señor” (185), es decir, que Caín fue hijo del pensamiento pecaminoso y no de generación carnal. Por otra parte, Seth acaudilla la genealogía terrena porque es hijo de Adán y engendrado por éste a su imagen y semejanza (186). El Caín bíblico equivale al Kenu asirio y significa el mayor, mientras que la palabra hebrea ... significa artífice herrero.

ÉPOCAS GEOLÓGICAS

La geología demuestra que la tierra ha pasado por cinco distintas épocas o fases de diferente estructura, que de la más reciente a la más antigua se suceden como sigue:
1.º Época cuaternaria, en que ya habita el hombre sobre la tierra.
2.º Época terciaria, en la que se presume pudo existir ya el hombre en la tierra (186).
3.º Época secundaria, la de los reptiles gigantescos, como el megalosaurio, ictiosaurio y plesiosaurio, sin vestigio alguno del hombre.
4.º Época paleozoica, la de los crustáceos gigantescos.
5.º Época azoica, en que aun no había aparecido la vida en la tierra.
Sin embargo, ¿no pudiera ser que en estas remotísimas épocas hubiese ya existido el hombre sin dejar huellas materiales por no tener todavía cuerpo organizado? El espíritu no se fosiliza, y bien podría el hombre haber vivido subjetivamente en la tierra antes de su existencia objetiva. Por lo tanto, la cosmogonía induísta, que divide la formación de la tierra en cuatro épocas de 1.728.000 años cada una, está mucho más de acuerdo con los modernos descubrimiento geológicos que la absurda cronología sancionada por los concilios niceno y tridentino.
Aunque posteriormente se hayan hebraizado los nombres de los patriarcas, su origen es con toda evidencia asirio o ario. Así, por ejemplo, Adam aparece en la Kábala revelada como un término transmutable que se aplica a los demás patriarcas y sephirotes y viceversa. Adam, Caín y Abel forman la primera tríada de los doce y corresponden a los sephirotes: Corona, Sabiduría e Inteligencia, y a la trigonía astrológica de lo ígneo, lo terrestre y lo aéreo (188).
Adam Kadmon, simbolizado en Aries, equivale al dios Amun con cabeza de carnero que en un torno de alfarero forma hombres a su imagen y semejanza, por lo que también el Adam de barro equivale a Aries-Amun, en cuanto es tronco de la generación humana, pues también engendra hombres a su imagen y semejanza.
En astrología, el planeta Júpiter está relacionado con la primera mansión (189), y los astrólogos caldeos le veían de color rojo (190) desde el “piso de las siete esferas” de la torre de Borsippa o Birs-Nemrod. También significa rojo, además de hombre, la palabra hebrea Adam (...). Al dios índico Agni que preside el signo de Piscis, contiguo al de Aries por su posición extrema en la faja zodiacal, se le representa de color rojo intenso con dos caras, una de hombre y otra de mujer, tres piernas y siete brazos (191), montado en un carnero y en la cabeza una tiara en forma de cruz
(192).
En el Zodíaco de los astrólogos induístas preside los signos la divinidad a que cada uno de ellos está dedicado. Los nombres sánscritos de los signos zodiacales y su correspondiente divinidad aparecen como sigue:

SIGNO *NOMBRE SÁNSCRITO* DIVINIDAD PRESIDENTE

Aries. Mecha. Varuna.
Tauro. Vricha. Yama.
Géminis Mithuna. Pavana.
Cáncer. Karcataca Sûrya.
Leo. Sinha. Soma.
Virgo. Kanya. Kartikeia.
Libra. Tulha. Kuvera.
Escorpión. Vristchica. Kama.
Sagitario. Dhanus. Ganesa.
Capricornio. Makara. Pulhar.
Acuario. Kumbha. Indra.
Piscis. Minas. Agni.

Por otra parte, Noé, duodécimo patriarca (193) y simbolizado en Piscis, es reproducción de Adam, pues, como éste, es progenitor de una nueva raza humana y tiene también tres hijos: uno malo, otro bueno y el tercero malibueno.

EQUIVALENCIAS ENTRE LOS PATRIARCAS

Es asimismo muy significativo que en el Zodíaco caldeo presida Kain el signo de Tauro, que pertenece a la trigonía terrestre, y al cual alude el Avesta al decir que Ormazd engendró un ser (Abel) arquetipo de todos los seres, simbolizado en el toro, emblema de fuerza y Vida. Ahriman (Caín) lo mató y de su simiente (Seth) nacieron nuevos seres.
En simbología asiria, Abel significa hijo; pero la palabra hebrea ..... quiere decir algo efímero, de corta vida y escaso valor, así como también significa “ídolo” (194). El asirio Kain significa estatua hérmica o columna (195). Tenemos, en resumen, que Abel es el desdoble femenino de Caín, pues son gemelos y constituyen el andrógino Caín-Abel, cuyo primer elemento corresponde a la Inteligencia y el segundo a la Sabiduría.
Lo mismo ocurre con los demás patriarcas. Enós (...), equivalente a Enoch, se identifica con Adam; y Cainán (...) o Kain-an es el mismo Caín. Por otra parte, Seth (...) equivale a teth, Thoth o Hermes, y tal es la razón de que Josefo (196) señale a Seth muy versado en astrología, geometría y otras ciencias ocultas, diciendo de él que esculpió las reglas fundamentales de su arte en dos columnas de piedra y ladrillo, una de las cuales subsistía en tiempo del famoso historiador judío quien la vio en Siria.
Resulta por lo tanto que también Seth es idéntico a Enoch (197), a quien cabalistas y masones atribuyen la misma obra. Enoch (...) significa instructor, iniciador y a veces iniciado (198).
Respecto a Mahalaleel, deriva de ma-ha-la (...), que significa benigno y misericordioso, por lo que cabe identificarlo con el cuarto sephirote Amor y Misericordia, emanado de la primera tríada (199).
Jared es lo mismo que Irod (...) o Iared y significa descenso (del verbo ...) o progenie (... arad), en perfecta correspondencia con las emanaciones cabalísticas.
El nombre Lamech (...) no es de filiación hebrea sino griega, y significa “padre de la época”, es decir, el padre del que después de la catástrofe praláyica da comienzo a una nueva era humana. De aquí que Lamech sea el padre de Noé y que éste equivalga al sephirote Reino (Malchuth), mientras que su padre equivale a Fundación. Además, Lamech está simbolizado en Acuario y Noé en Piscis. Por último, Lamech pertenece al elemento aéreo y Noé al trigonómicamente acuático.
Vemos que cada patriarca, como cada prajâpati, representa bajo determinado aspecto una nueva raza antediluviana; y así pueden considerarse también como personificaciones de los saros caldeos o épocas cronológicas, copiadas a su vez de las diez dinastías indas de reyes divinos (200). De todos modos, estas personificaciones son las más profundas e ingeniosas alegorías de cuantas concibió la mente humana.
El Nuctamerón (201) simboliza en las doce horas la evolución del universo y el gradual desenvolvimiento de las razas humanas. Cada hora representa la evolución de una nueva raza y está dividida en cuatro cuartos o épocas, según enseñaron los primitivos arios y copiaron después los sistemas religiosos de todas las naciones, de donde tomó este cómputo el vidente de Patmos. Los caldeos representaron estas cuatro épocas en los cuatro Oannes o Soles que aparecieron consecutivamente, los griegos y romanos en las cuatro edades de oro, plata, cobre y hierro; los indos en los cuatro budas; y los parsis en los cuatro profetas (202).
Las Escrituras hebreas nos dicen por otra parte:

No permanecerá mi espíritu en el hombre porque carne es; y serán sus días ciento veinte años (203).

ALEGORÍAS TALMÚDICAS

Como quiera que antes de que los hijos de Dios viesen a las hijas de los hombres la vida humana era de 365 a 969 años, sólo cabe explicar tan brusca disminución comparando el texto bíblico con los libros de Manú, donde se dice:

En los primitivos tiempos no había enfermedades ni dolencias. Los hombres vivían cuatro siglos (204).

Sucedía esto en la edad Krita o de justicia, simbolizada en el toro firmemente asentado sobre sus pies. En esta edad permanecía el hombre fiel a la verdadera ley, sin que el mal le concitase a quebrantarla (205). En cada una de las edades siguientes disminuye en una cuarta parte la duración de la vida humana, y así en la edad Treta sólo vive el hombre tres siglos, en la Dwapara dos y en la Kali (edad presente), cien años a lo sumo.
Noé, hijo de Lamech (206), es basto remedo de Manú, hijo de Swayambhu, así como los seis manús o rishis engendrados por el “primer hombre” indo son los antetipos de Terah, Abraham, Isaac, Jacob, José y Moisés, los sabios hebreos de quienes se dice fueron profundos astrólogos y alquimistas, inspirados profetas y esclarecidos videntes, es decir, magos.
La talmúdica Mishna nos dice que la primera emanación, el andrógino demiurgo Chochmah (Hachma-Achamoth) y Binah construyeron una casa apoyada en siete columnas. Son la Sabiduría e Inteligencia del Logos, los arquitectos de Dios, el compás y la escuadra de la fábrica del universo. Las siete columnas son las siete etapas de la evolución mundial, simbolizadas en los siete días de la creación. Dice, además, que Chochmah inmola a sus víctimas, o sean las múltiples fuerzas de la naturaleza que para vivir han de morir (207). Las personificaciones de las fuerzas mueren, pero viven en sus hijos y resucitan en cada séptima generación. Los siervos de Chochmah (Sabiduría) son, según el Mishna, las almas de H-Adam, en quien se concentran todas las almas de Israel.
Continúa diciendo el Mishna que el día tiene doce horas, durante las cuales se cumplió la creación del hombre. Esto sería ininteligible si no lo diese a comprender Manú cuando dice que el día abarca las cuatro edades del mundo y dura doce mil años dévicos.
Los cosmocratores (Elohim) bosquejan en la segunda hora la forma corporal de un hombre, que desdoblan para preparar la división en sexos. Así han procedido los Elohim en todas las cosas creadas (208), pues según la citada obra, “los peces, aves, plantas y hombres eran andróginos en la primera hora”.
Dice el rabino Simeón:

¡Oh compañeros! Al emanar el hombre era al mismo tiempo mujer, pues emanó igualmente del lado del Padre y del lado de la Madre. Tal es el sentido de las palabras: “Hágase la luz y fue hecha la luz”. Este es el hombre desdoblado (209).

Era preciso que la mujer espiritual equilibrase al hombre espiritual, porque la armonía es la suprema ley del universo.
Dice Platón:

Dios dotó a nuestro universo de movimiento rotatorio, y análogamente formó el cuerpo del hombre como lisa esfera, igual en todos sus puntos, desde el centro a la circunferencia, con rotación adecuada al tiempo de su existencia personal. Posteriormente se desdobló el cuerpo del hombre en forma de letra X (210).

EL HOMBRE ARQUETÍPICO

San Justino Mártir se apoyó en este pasaje para acusar a Platón de haber plagiado su alegoría del universo y del hombre de la mosaica serpiente de bronce; y por otra parte, Lundy lo comenta diciendo que parece un impremeditado vaticinio de la figura de Jesús, aunque nada dice explícitamente acerca de si considera a Jesús tal como Platón describe al hombre primario. Mas, a pesar de la equivocada interpretación de San Justino Mártir, debiera comprender Lundy que ya pasaron los tiempos de la casuística y que Platón quiso dar a entender que antes de quedar aprisionado en la materia, el hombre espiritual no tenía necesidad de miembros, por lo que si el universo recibió forma esférica en todos sus componentes, también esférica hubo de ser la forma del hombre arquetípico, cuya caída en cuerpo terreno determinó la aparición de miembros. Ahora bien; si imaginamos a un hombre con piernas y brazos extendidos en aspa, como si se apoyara en la primitiva forma esférica, tendremos la figura señalada por Platón, o sea la X inscrita en el círculo.
Los relatos de la creación, de la caída del hombre y del diluvio pertenecen a la historia universal y no son en modo alguno privativos de los hebreos, quienes sólo pueden reclamar la propiedad de su peculiar exposición alegórica, en que adulteraron las tradiciones de los demás pueblos. El Libro de Enoch es muy anterior al Pentateuco (211) y todavía se desconoce su origen (212), aunque los judíos lo consideran tan canónico como los demás; y si los cristianos aceptaron la autoridad de estos otros, con igual motivo debieron aceptar la del de Enoch, pues no puede determinarse exactamente la antigüedad de ninguno de ellos.
Dice Jost que cuando la división del reino de Israel, a la muerte de Salomón, los samaritanos sólo reconocieron por canónicos el Pentateuco y el Libro de Josué; pero que del saqueo del templo de Jerusalén, el año 68 antes de J. C., sólo se salvaron unos cuantos manuscritos (213) que pudieron ocultar los doctores de la ley (214).
Todos los cabalistas del mundo formaron desde tiempo inmemorial una especie de confraternidad o masonería y se daban mutuamente el título de compañero o inocente, como acostumbraron después algunas asociaciones masónicas de Europa en la Edad Media (215). Creen los cabalistas, apoyados en el conocimiento, que tan sólo pueden considerarse como libros sagrados auténticos los rollos herméticos de los setenta y dos ancianos, que contenían la verdadera “Palabra” y, aunque perdidos para el mundo, se han conservado en las comunidades secretas. Esto mismo corrobora Swedenborg (216) por testimonio recibido de ciertas entidades espirituales, quienes le aseguraron que adoraban a Dios según la verdadera Palabra. En cambio, otros estudiantes de ocultismo disponen de prueba más valiosa que el testimonio ajeno, pues por sus propios ojos vieron los libros herméticos.
No es posible aceptar la Biblia en sentido exotérico, porque desaparecido el texto que compuso Helcías lo rehizo Esdras y lo completó Judas Macabeo; pero al transcribir en caracteres cuadrados el original compuesto en caracteres corniales, quedó éste muy alterado, y mucho más todavía al salir de manos de los masotéricos, de modo que al texto actual no se le puede computar antigüedad mayor de 150 años antes de J. C., y aun así aparece plagado de interpolaciones, mudanzas y omisiones. Por lo tanto, como todos estos errores están ya petrificados y se perdió la verdadera “Palabra de Dios”, no hay derecho a exigir de los cristianos que den fe a una serie de quimeras y alucinaciones y tal vez espurias profecías presuntuosamente atribuídas a la directa inspiración del Espíritu Santo.
Por esta razón no damos validez al bíblico texto monoteísta, publicado precisamente cuando los sacerdotes de Israel creyeron necesario para su política romper a mano airada con los gentiles, perseguir a los cabalistas y repudiar la sabiduría antigua. La verdadera Biblia hebrea nunca estuvo a disposición de las gentes, pues eran libros secretos mucho más antiguos que la versión de los Setenta (217). Los Padres de la Iglesia ni siquiera oyeron hablar de la secreta y verdadera Biblia; pues, como dice Swedenborg, la antigua “Palabra”, antes que en Occidente, debe buscarse en China o Tartaria. Es tanto más valioso este testimonio, por cuanto, según afirma el clérigo londinense R. L. Tafel, escribió Swedenborg sus obras teológicas por inspiración divina, que le iluminaba internamente con eficacia superior a la de los autores bíblicos, cuya inspiración era tan sólo auditiva.
Dice sobre el caso el reverendo Tafel:

Cuando un miembro convencido de la Nueva Iglesia oiga negar o poner en duda la divinidad e infalibilidad de las doctrinas de la Nueva Jerusalén, tanto en su letra como en su espíritu, ha de tener presente que, según estas mismas doctrinas declaran, el Señor vino por segunda vez mediante las obras inspiradas a su siervo Manuel Swedenborg.

Y si verdaderamente habló el Señor por mediación de Swedenborg, nos queda el consuelo de ver tan supremamente corroborada nuestra afirmación de que la “Palabra de Dios” ha de buscarse en la Tartaria, el Tíbet y la China.

QUERELLAS DE ERUDITOS

Dice Pococke que la historia primitiva de Grecia es idéntica a la historia primitiva de la India (218). Parafraseando a este autor podemos nosotros afirmar que la primitiva historia del pueblo de Israel es un remedo de las tradiciones indas, injerto en tradiciones egipcias; pero muchos eruditos, al advertir la analogía entre los relatos bíblicos atribuidos a revelación divina y los relatos induístas, se contraen a señalar el parecido y enzarzarse en discusiones sobre la interpretación que debe dárseles. Así, Max Müller contradice a Spiegel; Whitney a Müller; Haug a Spiegel, y éste a otros. Menudearon en sucesiva alternación las hipótesis referentes a los acadianos, turanios, protocasdeanos, casdeoscitas y sumerianos. El asiriólogo Halevy rechaza el viejo idioma acado-sumeriano de Babilonia; el egiptólogo Chabas, no contento con destronar la lengua turania que tan excelentes servicios prestó a las perplejidades de los orientalistas, califica de charlatán a Lenormant, el venerable patriarca de los acadianos. Entretanto, el clero cristiano se aprovecha de estas intestinas querellas para encomiar la superioridad de sus doctrinas teológicas, diciendo que no puede estar la razón de parte de unos detractores que empiezan por discrepar entre sí tan hondamente. De este modo se pospone la vital cuestión de substituir por el cristismo, o sea la pura doctrina del Cristo, el cristianismo dogmático con us Biblia, su redención subrogada y su diablo, del que por ser personaje de tanta importancia habremos de tratar en capítulo aparte.

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