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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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sábado, 23 de mayo de 2009

UN CIEGO CON UNA PISTOLA

Un ciego con una pistola


...
Apenas bajó del taxi, Dany Contreras sintió que el frío húmedo de Milán se le metía en los huesos. Pagó y, subiéndose el cuello del abrigo, se dirigió hasta la puerta de la villa. Aún no había llamado al timbre cuando dos mastines asomaron sus cabezotas por entre los barrotes de hierro forjado.
Contreras retrocedió, invadido por una repentina ola de calor.
—Angélico, Divino, ¡quietos! —ordenó una voz, y los perros obedecieron.
El dueño de semejante autoridad era un tipo tan grande como un armario. En una mano sostenía un walky-talky y en la otra una escopeta de dos cañones.
—No es saludable llegar sin anunciarse. ¿Qué quiere? —dijo con sus mejores modales.
—Don Carlo Ciccarelli me espera.
El armario le preguntó su nombre, consultó por teléfono con alguien en el interior de la villa y enseguida abrió la puerta con un mando a distancia. Contreras dio un par de pasos sintiendo el gruñir receloso de los mastines.
—Sígame y no se aparte de mí —indicó el armario.
Avanzaron por un sendero flanqueado de árboles desnudos. En verano debía de ser una bella alameda, supuso Contreras, pero sus consideraciones estéticas quedaron interrumpidas al llegar a una explanada cubierta de césped. En medio de la explanada, y sentado en su silla de ruedas, estaba Carlo Ciccarelli. Cubría sus piernas una manta escocesa, unas gafas oscuras le tapaban los ojos y en las manos tenía una pistola Walter nueve milímetros.
—No se mueva —ordenó el armario.
Contreras se detuvo. Un hombre empezó a hacer girar la silla de ruedas con movimientos enérgicos mientras el inválido seguía empuñando el arma.
De pronto, otro hombre corrió unos veinte pasos y dejó una grabadora en el césped. Se alejó a la carrera y se acercó al inválido, cuya silla había dejado de girar.
Una voz apenas audible provenía del magnetófono. El inválido movió levemente la cabeza, alzó el arma y apretó el gatillo. La voz enmudeció al tiempo que el aparato saltaba por los aires en mil pedazos.
—Ahora, sígame de nuevo —volvió a ordenar el armario.
Dany Contreras estrechó la mano huesuda y fría del inválido mientras el hombre que se hallaba junto a la silla guardaba la Walter en un estuche de piel.
—Contreras, chileno, cuarenta y cinco años, ex policía, habla alemán, francés e italiano. Pedí un informe sobre usted al saber que venía. Disculpe, pero un ciego debe tomar precauciones —aclaró Ciccarelli soltándole la mano.
—Dispara muy bien pese a la ceguera —comentó Contreras.
—Ya le he dicho que un ciego debe tomar precauciones. Venga, le mostraré el lugar donde murió el pobre Vittorio.
Contreras siguió al inválido hasta la puerta de la mansión, pero no entraron. Ahora el inválido conducía él mismo la silla de ruedas con gran seguridad y, bordeando los muros, lo llevó hasta la parte trasera de la casa. Allí estaba la gran pérgola de aluminio y cristal que a Contreras se le antojó un lugar estupendo para un restaurante de lujo.
—¿Le gusta? La diseñó un arquitecto local y es perfecta para exhibir nuestros productos. Cada año presentamos aquí los nuevos modelos de la firma. Es una verdadera pena lo de Vittorio —dijo el inválido.
—Y usted, ¿qué opina? ¿De qué murió el señor Brunni?
—Fatiga, estrés lo llaman ahora, cansancio. Vittorio trabajaba demasiado. La autopsia confirmará mi opinión, o dirá algo parecido.
—¿Por qué ordenó la autopsia? Suelen pedirla la fiscalía o entidades autorizadas, como nosotros, que ya la habíamos pedido.
—Para ahorrar tiempo. Sabía lo del seguro. Entre Vittorio y yo nunca hubo secretos. Ignoro de dónde le salió esa chifladura, pero, como no queremos arrojar ninguna sombra sobre el prestigio de la firma, la solicité. En pocas horas sabremos de qué murió mi socio, y así podremos darle cristiana sepultura. Mire, Contreras, ¿ve esa torre?
Contreras miró siguiendo la dirección que le indicaba la mano del inválido. A unos cincuenta metros, una alta torre se alzaba como un espectro gris en medio del paisaje invernal. Habían apuntalado la base con vigas de madera, pero, aun así, se notaba el latente cansancio de las piedras.
—Ahí se desmoronan más de dos mil años de historia. Primero fue la casa de un mercader, luego un templo romano, más tarde una iglesia católica, hasta que la bombardearon los aliados. Esa torre es mi orgullo.
El inválido dirigía los cristales oscuros de las gafas hacia las ruinas, y Contreras se preguntó si de verdad era ciego. Sintió deseos de pasar una mano por delante de las gafas, pero la presencia del guardaespaldas le hizo desistir de la idea.
—Nadie puede meter mano en esas ruinas. Sé que arriba hay todavía una campana, pero ahí se quedará hasta que el tiempo decida lo contrario. Esas ruinas son mi orgullo y mi capricho. Nadie debe tocarlas. Un día aparecieron unos cretinos del programa de conservación de monumentos y me ofrecieron ayuda para restaurarla, a mí, a Carlo Ciccarelli. Los mandé a freír espárragos. Esas ruinas son mi orgullo, no puedo verlas, pero tampoco yo puedo verme. He olvidado ya cómo soy y cómo son esas ruinas; sin embargo, sé que ellas y yo nos desmoronamos juntos carcomidos por el tiempo.
—El espejo de su decadencia. No se preocupe, todos estamos en decadencia —observó Contreras.
—Insolente y cruel. Me gusta, Contreras. Bueno, pronto sabremos que Vittorio murió de muerte natural, así que puede ir preparando las maletas para viajar a El Pantanal. ¿Sabe dónde está ese maldito lugar?
—No, pero lo encontraré —contestó Contreras—. ¿Quién es Manaí? Si entre usted y el difunto no había secretos, supongo que conoce al beneficiario, ¿no?
—Supone mal. No tengo ni la más remota idea. Y ahora lárguese, los viejos tenemos que dormir muchas horas.
Contreras salió de la villa con un confuso sabor de boca. Si todo era como aseguraba Ciccarelli, la compañía de seguros se ahorraría un millón de francos, pero el viejo policía que seguía habitando entre sus costillas le repetía que todo sucedía de manera demasiado fácil y simple.
Cuando el portal con barrotes se cerró tras él, Contreras se volvió hacia el armario, que seguía llevando su escopeta, y le pidió que llamara un taxi. El hombre, por toda respuesta, hizo un gesto de fastidio que incitó a los mastines a ladrar.
Unos buenos quinientos metros separaban la entrada de la villa del primer cruce de caminos. Maldiciendo la humedad que se le adhería al abrigo, Contreras echó a andar. Acababa de encender un cigarrillo cuando vio que un auto se detenía junto a él.
—¿Señor Contreras? —dijo el gordo que conducía y ocupaba casi todo el asiento delantero. A su lado iba un flaco con una barba de tres días.
—Sí, soy yo. ¿Qué desean? —respondió, alarmado.
—Policía —indicó el gordo mostrando su placa.
—Por favor, suba, lo llevaremos a su hotel —invitó con gentileza el comisario Arpaia.
Dany Contreras se acomodó en el asiento trasero y, tras rechazar el toscano que le ofrecía el detective Chielli, repitió su pregunta.
—Hablar con usted, nada más, y perdone si nuestro español es muy malo —se disculpó el comisario.
—Si se trata sólo de hablar, por mi parte no hay problema —dijo Contreras.
—¿Qué fue de Jorge Toro? ¡Gran delantero, el chileno! —exclamó el detective Chielli.
—¿No puedes olvidar el fútbol? Disculpe a mi colega —volvió a excusarse el comisario Arpaia.
—Mea culpa. Es que soy hincha del Módena. ¡Seis años jugó para nosotros! —indicó el entusiasta Chielli.
—Sé bueno y encárgate de conducir lentamente, sin complejo de Fittipaldi —sugirió el comisario.
—Los chilenos tuvieron un piloto de Fórmula Uno mejor que Fittipaldi; se llamaba Fioravanti. ¿Verdad, señor Contreras?
El comisario Arpaia se llevó las manos a la cabeza buscando un gesto solidario, y Contreras, conmovido, se lo brindó preguntándole de qué querían hablar con él.
—De la autopsia. ¿Por qué su compañía pidió una autopsia tan apresuradamente?
—Cuestión de rutina. Pero el muerto está ahora en manos del forense que trabaja para Carlo Ciccarelli.
Mientras el detective Chielli iba insultando a los conductores, Arpaia y Contreras iban descubriendo que sus intereses en el caso eran antagónicos: por fidelidad a la aseguradora, el investigador de Seguros Helvética deseaba un asesinato y, por evidente comodidad, el policía se inclinaba por la muerte natural. Sin embargo, su común olfato de sabuesos les decía que aquel rompecabezas tenía demasiadas piezas sueltas.
Ya en el centro de Milán, Contreras pidió que lo dejaran cerca del Duomo. Deseaba caminar un poco y meditar antes de visitar al forense.
—Manténgame informado. No olvide que estamos en la misma nave —le recordó Arpaia al despedirse.
—Chile, campeonato mundial de fútbol de 1962. Su país fue finalista, tercer lugar. La selección chilena marcó diecisiete goles, once de los cuales fueron de Jorge Toro —señaló en tono didáctico el deportista Chielli.
Contreras caminó apresuradamente las diez cuadras que separan el Duomo del hotel Manin. La humedad de Milán se tornaba cada vez más fría y el gris del cielo parecía presagiar desenlaces hasta el momento imprevisibles.
Pidió las llaves en recepción y, junto a la tarjeta magnética, le entregaron un sobre cerrado que decidió abrir en el bar frente a un vaso de Jack Daniel's.
La misiva, escrita en una hoja con membrete del hotel, era breve, pero aquellos trazos seguros, levemente inclinados hacia la derecha, delataban una mano voluntariosa.

«Estoy en su habitación, de modo que no se sorprenda al ver a una extraña en sus dominios.
»Ornella Brunni.»

Dany Contreras dobló en cuatro la nota, la hizo desaparecer en un bolsillo y se dirigió al ascensor.
Iba a entrar en la jaula, cuando el recepcionista le avisó de que tenía una llamada.
—Tengo el resultado de la autopsia —dijo el comisario Arpaia.
—Y es malo para mí —comentó Contreras.
—Así es. Paralización súbita de las funciones vitales. Se la conoce también como muerte súbita, y suele producirse en los recién nacidos. Fue un placer conocerlo, señor Contreras.
—¿Cuándo será el funeral?
—Dentro de unas horas. Ya está todo dispuesto en el panteón familiar.
—Comisario, ¿no le parece que todo esto va demasiado rápido?
—¿Y qué? Así es la vida moderna. Se vive y se muere a la velocidad del sonido —dijo Arpaia con un tono que delataba su incredulidad.

La Técnica del Maestro ---- RAYMUND ANDREARAYMUND ANDREARAYMUND ANDREA

La Técnica del Maestro

La vía de la preparación cósmica

RAYMUND ANDREA

Introducción

Desde siempre, en el seno del rosacrucismo se sigue una técnica de gran valor, ya que se aplica en la vida cotidiana, y en cada ambiente de la vida hay hombres que sólo necesitan esta técnica para que su existencia sea productiva y concluyente tanto en el plano teórico como en el práctico. Estos hombres son, en potencia, rosacruces. Por sus ideas místicas y progresistas tienen todas las características de un pionero. Son hombres de acción, no teóricos; pero su campo de actividad está muy reducido, ya que les falta una técnica coherente que les haría comprender a fondo su constitución, les permitiría establecer una respuesta rápida entre las estructuras físicas y psíquicas y volverse hacia lo cósmico para recibir la inspiración y la capacidad activa de ponerla en acción de una forma inmediata y local. Es con estos hombres, capaces de realizar un gran trabajo en este ciclo, con los que pretendemos establecer contacto, para que puedan tener la oportunidad de participar en una técnica que les proporcione el conocimiento consciente y la fuerza, el despertar de facultades latentes, la adquisición de una personalidad y una consciencia del alma auténticamente rosacruces.

En La Técnica del Maestro he pretendido abordar este tema de la técnica bajo diferentes aspectos que se justifican entre sí y aportar una idea global sobre el empleo de la personalidad, desde el punto de vista interior y técnico, en su progreso en el sendero, cuando se cualifica para la iniciación en el contacto cósmico y para convertirse en alumno de un maestro. Sobre este tema, tengo las cosas muy claras, es decir, que los

maestros emplearán a todo hombre capaz de utilizar su técnica con eficacia. Este principio es la base de todo lo que he escrito. Cualquiera que sea la profesión de una persona, si es de alta alcurnia o de origen modesto, de una raza u otra, o sea cual sea su situación, no son más que factores accesorios. Si pasa sus pruebas a lo ojos de los Maestros, como técnico útil para lo que se expone en grandes líneas en este libro, puede

estar seguro de que ha alcanzado un punto de evolución en el que le esperan importantes revelaciones que proceden de la esfera de ellos.

No soy dogmático en estas cosas. No hago nada más que recomendar. Manifiesto una opinión. Si se le concede algún valor, se puede utilizar; si no, se puede descartar. Pero mi propósito ha sido borrar la idea, tan extendida entre los estudiantes, de que pueden alcanzar un nivel elevado de evolución en el sendero, basándose sobre todo en la

meditación abstracta y retrasando la acción hasta el momento en que estén dirigidos por un maestro, considerándose mal preparados para llevar a cabo con éxito cualquier empresa importante. Básicamente no pretendemos la meditación sobre el Yo, sino la utilización del Yo.

Resaltando la importancia del punto segundo, no descarto el primero. La técnica rosacruz reconoce plenamente la dualidad de aspecto de la evolución; pero, mientras que la meditación filosófica ha sido siempre el rasgo esencial de innumerables cultos, el camino de la acción, en su sentido más variado y más práctico, ha sido siempre claramente rosacruz.

Basta con dar un vistazo a la historia de la Orden para comprobar hasta qué punto esto es cierto. Los descubrimientos y la actuación de los rosacruces se alzan como un reto y un ejemplo para todos los tiempos. En cualquier lugar en que nos encontremos debemos conservar constantemente el recuerdo y esforzarnos en poner en práctica esta técnica con toda la urgencia necesaria y la consagración plena de todos nuestros poderes. Esto es lo primero que nos piden los Maestros.

Cuando hayamos demostrado nuestra eficacia y armonizado nuestras vidas con las fuerzas cósmicas, conseguiremos una respuesta y un contacto por simpatía y aumentará de modo proporcional nuestro ámbito de servicio.

Todos los temas que he tratado en esta obra están relacionados con la técnica: sus principios fundamentales, la preparación previa, las ilusiones que conlleva, su impersonalidad y su magia, los Maestros de la técnica, la vocación relacionada con la técnica, las adaptaciones personales, el neófito y la crítica y, en resumen, el tema tan debatido del adiestramiento. Espero que este libro sea una fuente de inspiración y un

compañero para quien estudia el misticismo.

Raymund Andrea

Capítulo I

Principios fundamentales de la técnica

La técnica del artista que es un maestro consumado en su disciplina siempre ha sido un tema de interés para el estudiante ambicioso que aprecia la belleza, la soltura poco común y la facilidad maravillosa que caracterizan la ejecución de las grandes obras de arte. Gracias a su nivel de percepción de la disciplina que ejerce y la habilidad práctica que ha adquirido con un trabajo concienzudo, la contemplación del Maestro, que se proyecta en un abandono total de la concepción ideal, perfecta en sus mínimos detalles, ilumina su alma en todos los sentidos y la anima a avanzar hacia lo que parece imposible conseguir. Cuando observa o escucha, bajo la influencia rectora del ideal manifiesto ante él, se siente transportado, se acerca a ese lugar celeste de la creación, parece que desaparecen algunas limitaciones y la meta aparece menos lejana.

No hay nada que el aspirante necesite más que el ideal manifiesto. Los libros nunca educarán hasta este nivel. En la acción visible del pensamiento del Maestro hay algo irremediablemente opresivo y constrictor que rapta las facultades de un alma sensible, la despierta, progresivamente, ante una comprensión más clara de esta técnica única y le permite alcanzar por intuición los principios fundamentales y los métodos de interpretación que asombran y superan, con toda facilidad, al admirador pasivo y sin aspiración.

Ahora bien, en la técnica del Maestro de Ocultismo tenemos una condición parecida. Tenemos un hombre que es la flor de la humanidad, dotado de una consciencia que se ha hecho universal y que expresa a discreción un conocimiento multiforme y amplio, ejerce unos poderes y aptitudes variados y complejos tan impresionantes y eficaces, que

sólo unos pocos están preparados para reconocer su existencia. Sin embargo, basta con que unos cuantos crean realmente en su existencia y con que haya entre ellos un número cada vez mayor que pueda atestiguarlo graciias a un contacto personal con él. Pero este tema se desvía de mi objetivo. De hecho, me propongo considerar algunos aspectos de la técnica, en tanto en cuanto pueda discernirse por el estudio personal del tema, partiendo de lo que me ha llamado directamente la atención en el transcurso de mis investigaciones y mis reflexiones, en especial de lo que he aprendido en relación con mi propia evolución y, de modo general, tratando problemas individuales con los estudiantes de Ocultismo.

Estos estudiantes, consciente o inconscientemente, reflejan en su progreso oculto lo que parece ser signos manifiestos de ciertas fases del método, a las que yo llamo la técnica del Maestro. En esta época de grandes avances en todas las ramas de la investigación intelectual y espiritual, la consciencia humana ha desarrollado unas facultades excepcionales de penetración y de demostración, ha franqueado con rapidez y audacia las fronteras, celosamente guardadas hasta ahora, del conocimiento secreto y ha hecho descubrimientos capitales. Yo mantengo que todo esto justifica la idea de que, cuando estas investigaciones revisten un carácter oculto y espiritual, estas inteligencias superiores, conocidas con el nombre de Maestros del Ocultismo, prestan el interés más vivo a los que siguen estas investigaciones y cuya madurez de alma exige una disciplina especializada en una dirección personal que esté a su alcance.

Esta idea tampoco es difícil de aceptar si se observa el carácter firme, la línea de vida y el servicio particular de un gran número de almas hermosas del mundo oculto, que han seguido fielmente el sendero durante largos años, donde se pueden desvelar los signos manifiestos de una divinidad predominante que los impregna de ardor, de abnegación

y de una preocupación divina por el bienestar de los demás de innumerables formas y, en particular, en lo que respecta a su evolución superior. Cuando se encuentran, estas almas se reconocen casi de inmediato por su aspecto interior, pues se trata de una vibración síncrona y de un objetivo consagrado. Su trabajo en el sendero ha hecho con frecuencia que se unan estrechamente en el pasado, mediante la meditación y periodos de retiro, y, si pertenecen a algún grupo especial de aspirantes, en el plano del ego no son más que una y se encuentran bajo la supervisión de un Maestro o de sus iniciados.

En realidad, cuanto más avanzamos en nuestro trabajo oculto y más parece necesario y natural evaluar a los que conocemos según este punto de vista interior, mejor desarrollamos una escala de valores completamente nuevos y nos apartamos del juicio del ser objetivo para buscar la intuición segura del guía divino, cuya voz resulta tan clara e insistente que la reconocemos y confiamos en ella. Así es como aprendemos a

detectar a nuestros verdaderos compañeros del sendero. Emana de ellos una respuesta indiscutible a la vibración cultivada y cuidada que irradia y controla nuestros vehículos de expresión, cuando su energía desciende de los centros superiores de la personalidad interior. Esta vibración, tan activa y potente en la economía física, emocional y mental, tal como yo la concibo, constituye una evolución distinta. Revela que un solo

aspirante, sobre todo en grupos de estudiantes, tal vez haya llegado a ese punto de evolución en el que se convierte, de algún modo, en intérprete de la técnica del Maestro. Pongo este límite de un solo estudiante, entre otros muchos, comprometidos todos en un trabajo similar en el sendero, porque creo que el intérprete de la técnica es un individuo

relativamente raro, incluso entre los estudiantes responsables.

Sin embargo, la adquisición de este contacto interior con el método de instrucción del Maestro y sus numerosas adaptaciones a la vida y a las circunstancias no es en modo alguno la manifestación de un favoritismo o de un simple impulso hacia al poder o la fama. Es la explotación progresiva de una disciplina rigurosa para alcanzar esta meta, tras luchas largas e interminables en las existencias anteriores. Un aspirante así dará testimonio de la influencia concreta que tiene en todas las actividades de su vida esta evolución del pasado. Tal vez sea para él un logro cada vez más consciente, cada vez más controlado en el transcurso de sus estudios realizados en la vida presente y en su trabajo concreto en el sendero; pero, incluso al principio de su encarnación, podrán

observarse los efectos inmaduros de los principios y de la práctica de la técnica y, a partir de unos años después, se producirán resultados importantes que demostrarán infaliblemente que forma parte del grupo esotérico de aspirantes que realizan un trabajo especial bajo la dirección de un Maestro.

Se puede comprender que no escribo para los que piden la prueba, en el sentido normal de la palabra, de este desarrollo especial que se produce en el individuo, cosa que no se puede demostrar así. Además, no es deseable que se demuestre el hecho de esta manera. La única prueba que podría aportarse se basa en la influencia personal y el trabajo de quien la tiene. Está claro que muchas veces es imposible distinguir al Maestro de los demás hombres ordinarios, si no es por la radiación magnética sutil que emana de la intensidad de su aura y es precisamente esta radiación lo que caracteriza, aunque a un nivel muy distinto, al hombre que está vinculado magnéticamente al Maestro en el

mundo de la fuerza oculta. En realidad, hay suficientes signos manifiestos de esta condición que pueden ser reconocidos por los que aspiran por su parte a la Divinidad y buscan en la naturaleza y en el hombre.

Se pueden destacar algunos de estos signos, ya que son cualidades intrínsecas y estables que tienen un carácter tan inmutable que siempre se pueden percibir en los hombres que designamos. Insistimos en su carácter universal, su comprensión completa de las profundidades de la naturaleza humana, su conocimiento intuitivo, si no experimental, de los abismos cruciales del dolor humano, unidos a una hábil adaptación a las diversidades de los temperamentos y al poder de hacer un llamamiento al alma de los hombres. Estas cualidades caracterizan al hombre que se llama, en la fraseología técnica, discípulo del Maestro. Puede ser un discípulo consciente o inconsciente. Puede conocer su relación con un Maestro concreto que lo ha aceptado o puede permanecer inconsciente de ella. La situación básica se mantiene intacta y sólo es cuestión de

tiempo y de progreso específico, hasta el momento en que se haga tan consciente de esta aceptación como de las que lo vinculan a su propia familia.

Los tratados de Ocultismo han presentado bajo forn1as muy diversas lo que se llama calificaciones para hacerse discípulo, pero sus características y su expresión son básicamente las mismas y se comprueba que están en la base, e incluso en la causa esencial, del desarrollo, en el hombre que tiene las cualidades antes citadas. Todas estas calificaciones merecen la mayor atención y el estudio más minucioso del aspirante que se asoma al cultivo del alma y que espera prepararse para poner en práctica la técnica en cualquier fase del trabajo del Maestro en este mundo. Deben tejerse en el mismo paño de la vida emocional y mental y convertirse en una parte tan real de Sí en su expresión, como lo son las facultades objetivas ordinarias bien conocidas.

De este punto es del que depende en gran parte todo el problema de la técnica. Es normal que encontremos estudiantes desconcertados porque sus estudios no conducen, en este sentido, a un punto crítico culminante que tenga algo de excepcional. Tienen un saber dilatado, leen mucho y, sin embargo, no tienen consciencia de ninguna evolución especial que caracterice la condición de discípulo ni de facilidades concretas para poner su conocimiento al servicio de una aplicación determinada. Ahí está el problema. El alma no ha alcanzado una madurez suficiente para utilizar y expresar su contenido y este contenido no tiene tampoco el nivel de plenitud y de fuerza requerido. Además, el Maestro no puede aceptarlo y utilizarlo, ni siquiera por medio de iniciados subordinados, mientras no se manifieste la madurez necesaria. La decisión, en este tema, no es arbitraria, sino que se basa en una ley oculta. Si sólo fuese cuestión de estudio, la dificultad sería mínima y se podría alcanzar fácilmente el objetivo; pero el Maestro coopera con sus discípulos, apoyándose en la fuerza interior del alma. El mundo de la fuerza es el mundo del ocultismo y el único en el que puede penetrar el más grande iniciado para sondear los secretos del ser.

Por tanto, todo progreso hacia la técnica debe realizarse de acuerdo con el método, inmutable y muy antiguo de un estudio prolongado y concienzudo del tema principal del ocultismo, que abarca todas las ramas del pensamiento posibles, al mismo tiempo que se desarrollan en la personalidad diversas actitudes emocionales e intelectuales, que resultan ser cualidades para llegar a ser discípulo, y un periodo variable de experiencia en el uso de las fuerzas espirituales que surgirán gracias a la introspección, la meditación y el servicio. Aprended primero nuestras leyes y educad vuestras percepciones.

Capítulo II

Preparación para la técnica

Es imposible determinar el tiempo que se necesita para la instauración de los principios fundamentales. No quisiera decir nada sobre el tema de la preparación que pudiese parecer descorazonador al aspirante que espera recorrer las etapas necesarias en un breve periodo en su presente encarnación. Por otro lado, no vale la pena dar una imagen errónea sobre un tema tan amplio, que se hace complejo por la disciplina concreta que se necesita para superar las dificultades y los obstáculos que se encuentran al tejer la personalidad que, poco a poco, hay que remodelar y elevar a un plano de expresión superior. Los estudiantes se desaniman con frecuencia ellos mismos, porque son incapaces de valorar Correctamente la situación aproximada que ocupan en la escala de la evolución interior. Opinan sobre su crecimiento y presuponen sus posibilidades inmediatas, en función de lo que es y lo que puede hacer un alma más avanzada. Esto conduce inevitablemente al descontento y al desánimo. Tampoco es fácil comunicar a los demás un método infalible para juzgar en este tema, ya que todo depende prácticamente del conocimiento de las etapas de evolución que ya ha superado el alma individualmente, antes de reemprender sus estudios en el sendero, en esta vida concreta.

En mi opinión, el estudiante que aborda por primera vez en esta vida el estudio del misticismo no puede contar con que va a convertirse en intérprete de la técnica a lo largo de esta misma existencia. Esto se confirmna con lo que dice un Maestro: Si falta la idiosincrasia psíquica, no se podrá suplir con ninguna cultura. Veremos que esta idiosincrasia psíquica es un rasgo característico del hombre que está receptivo a las

influencias superiores. No guarda ninguna relación con la mediumnidad que se plantea en el espiritismo. Hasta puede ser algo completamente opuesto. El hombre no es un instrumento en manos de entidades extrañas ni un ser que revela, en estado de trance, los relatos improvisados de guías de dudosa autoridad. La inspiración, que es una característica de la técnica, viene de dentro, de un punto de ascensión de la cabeza, del recinto sagrado del Ser divino que habita en nosotros, e influye directamente en la personalidad preparada y consagrada del aspirante, comunicándole los aspectos del trabajo del Maestro, que él estará a punto de emprender y proseguir. Entre éstos, que han entrado en el sendero al principio de su encarnación, en quienes las calificaciones son instintivas y constituyen una parte intrínseca de su carácter y su temperamento, es entre quienes podremos encontrar a los que, por su esfuerzo firme y constante, se revelarán como intérpretes de la técnica.

Examinemos las cualidades propias del hombre que ha alcanzado este punto de evolución del alma, en el que es consciente de ciertos desarrollos que demuestran que está en contacto con influencias suprafísicas y que es utilizado en el trabajo del Maestro. Estas cualidades, como lo hemos dejado entender, abarcan y concentran, por decirlo así,

las diversas cualidades indispensables para ser discípulo, tal vez no en su plenitud y perfección, sino que la precisión y el efecto de su utilización en la vida cotidiana son tales, que revelan que estas calificaciones son factores plenamente reconocidos y fundamentales en la conducta y se encuentran en evolución permanente.

La universalidad de carácter procede de una mente desarrollada y es, evidentemente, de una importancia primordial, ya que la universalidad de la técnica del Maestro mismo es tan grande y amplia, tan importante e imponente en su naturaleza y en su acción que, sin ese fondo de intensa actividad mental y de facilidad que sigue a la aplicación, no se

produciría una respuesta recíproca e instantánea. En el hombre de técnica, esta respuesta es inmediata y segura. Relaciones que permanecen ocultas en situaciones concretas, se manifiestan rápidamente por la acción unificada y la estrecha relación de la totalidad de las facultades y de los sentidos. El examen de un tema se convierte en el punto focal de la vida mental, llegando a asociaciones de ideas que proceden de la reserva cósmica de la consciencia, aunque surja una multitud de informaciones y directrices, imperativas y apremiantes, que dan significado y sentido al tema estudiado.

Puede suceder también que un alma humana esté dudosa y abrumada por el peso de una emoción que ensombrece la claridad del pensamiento, que esté confusa y perpleja ante cualquier problema grave. La técnica ve todo esto por intuición y le da formas y aspectos que elevan lo que era incomunicable y opresivo y le dan dignidad y forma mental. Esto no son más que simples indicios de la universalidad característica de un

proceso que aparece complicado y oscuro para el observador no iniciado, proceso que opera, sin embargo, con discernimiento y exactitud, con la rapidez y la eficacia de una inspiración divina que brota de fuentes secretas. Esto se produce después de un largo noviciado, en el que la mente desarrolla su receptividad oculta a un orden superior de percepción. Una vibración ascendente ha permitido trazar en la mente un camino que permite a la consciencia elevarse progresivamente y la polariza en esta esfera espiritual, presentando un lejano parecido con la esfera más sutil de la octava del Maestro, de la que en cierta medida se beneficia. Se podrá observar hasta qué punto esta cualidad es particular y especial para el técnico y en qué difiere, en qué supera, en luminosidad

y fuerza, a esta universalidad de la vida cotidiana.

Ejercitando esta cualidad, la comprensión profunda del corazón humano se hace para el aspirante un bien cada vez más valioso. Él la considera así, porque le confiere cada vez más talento y entrega para el servicio. El alma humana lo atrae de forma irresistible, ejerce sobre él una fascinación divina y tiene como meta permanente comprender la belleza y la oscuridad de estos otros fragmentos divinos que luchan codo con

codo con él, con el fin de poder ayudar en su evolución por el sendero.

Esta cualidad tiene también sus aspectos exotéricos y esotéricos. Es algo muy normal encontrar a personas que son excelentes jueces de la naturaleza humana, clasifican los temperamentos y conocen sus numerosas peculiaridades. Hay cierta satisfacción en sentir que se nos comprende con facilidad y que nuestra expresión personal puede encontrar una respuesta rápida; pero la técnica tiene un alcance mucho más profundo. No necesita buscar motivos: los registra. Estos motivos surgen con toda su fuerza consciente delante del alma que observa: el pensamiento silencioso habla y oye la respuesta incluso antes de manifestarse.

Porque, lo mismo que el individuo tiene una voz, igual sucede para aquél en el cual existe. La vida sabe hablar por si misma y nunca está silenciosa. Lo que ha estudiado el técnico es el lenguaje de la vida misma, la voz de aquello en lo que él existe, con la que ha sintonizado en el transcurso de su ascensión por el sendero, y esta voz es única e infalible, porque resuena en presencia del Maestro.

En esta ocasión, también juega un papel importante la preparación moral intensiva que haya tenido en el pasado. Por su investigación incesante de la realidad, el alma desarrolla su sensibilidad, su receptividad y su rapidez de discernimiento en lo que se refiere a la naturaleza y al hombre. Sabe leer en las almas y lo que se hace con perseverancia en el corazón de la vida se transmite y se revela por simpatía en los vehículos del hombre. Esto no tiene nada de milagroso: es la ley de la respuesta

recíproca, que es indiferente. Se puede utilizar tanto con malos fines como con buenos. Pero solamente se desarrollará en su extensión más completa y sutil en el aspirante bien preparado, que reconozca el valor sagrado y las responsabilidades de esta actitud. Se trata de un punto al que deben prestar una atención muy especial todos los que aspiren a la técnica. ¿Pretendes servir a los demás o someterlos a tu voluntad? Si has desarrollado esta facultad, puedes hacer una cosa u otra; pero sólo puedes utilizarla legítimamente en el servicio. Si es en ti más fuerte el deseo de jugar con el corazón humano que el de servir, te estancarás, porque la verdadera técnica se quedará fuera de tu alcance. No tendrás de ella más que una simple caricatura. El individuo que busca el poder del Maestro y lo utiliza en la obra del demonio tiene algo de siniestro y cruel. A propósito de esta observación, recuerdo un caso sorprendente.

Habían confiado a un estudiante la instrucción de un grupo de buscadores, pero, por buscar su propia satisfacción, traicionó la confianza que habían puesto en él. No se ríe uno de la ley de esta manera, pues ésta remite al hombre al mundo al que pertenece, con tristeza y con una amarga reflexión, llevando sus malas acciones escritas por el karma en sus vehículos, que guardarán su recuerdo durante mucho tiempo.

Éste es uno de los casos extremos; pero hay otros abusos menos repugnantes que, sin embargo, no se pueden admitir en un servidor del Maestro y que proceden, casi todos, de la vanidad y el ansia de poder.

No obstante, la técnica personal del Maestro es tan meticulosa y selectiva a la hora de elegir y utilizar a un discípulo, que le resultará difícil al aspirante llevar a cabo algún aspecto de esta técnica, mientras no haya extirpado de su pensamiento y de su corazón estas tendencias indeseables. Las debilidades de un aspirante no son nunca causa de condenación; pero, mientras las tenga, no se le confiarán las responsabilidades de la evolución superior, ya que no servirían más que para aumentar estas debilidades. Sólo se le exige una cosa, que es justificable y admisible, cuando se acerca a la vida secreta de los corazones humanos: una comprensión llena de compasión. En el corazón mismo de la propia técnica del Maestro hay una compasión absoluta y contenida, cuando trata con su discípulo. No hay ninguna coacción, ningún control autocrático, ninguna explotación de la debilidad, ningún miedo, ninguna intolerancia, ningún resentimiento, en esta gran humanidad sufrida que educa, libera y ennoblece al alma confiada que vuelve la vista hacia las cumbres y se entrega a la adoración y al amor. Éste es el ideal del aspirante en su trabajo para y con los demás. Debe aprender a mirar con inteligencia en el corazón de los hombres, desde un punto de vista completamente impersonal, o, de no ser así, su visión será falsa.

Hay que observar cómo se ramifican en la naturaleza del hombre estas cualidades concretas y cómo cada una de ellas tiene actitudes subsidiarias que deben mantener nuestra atención y estar en evolución continua. La impersonalidad es una de estas actitudes. El aspirante debe ser capaz de controlar su personalidad que busca el reconocimiento y el halago y que querría ejercitar un poder prohibido y tomar y retener lo que es contrario a la ley, pero resulta fácil de conseguir y de poner bajo su influencia.

Un buen conocimiento de las profundidades de la destreza humana es una cualidad que va estrechamente unida a la anterior, de la que depende. No se puede hacer un estudio profundo del corazón humano si no se siente, si no se conoce el peso casi insoportable del sufrimiento, cualquiera que sea su forma, que aplasta a la humanidad y le arranca

gritos pidiendo alivio. Aquí también notamos la dualidad del comportamiento del aspirante, cuando se vuelve hacia el sufrimiento de sus semejantes. La técnica supone, en el hombre que la aplica, el desarrollo permanente de su sensibilidad. Debe sufrir, sentir y aguantar con más agudeza que los demás hombres. Al principio, esta condición es muy difícil de afrontar. Es, en efecto, una cruz secreta que el aspirante se ve

obligado a llevar y los efectos que produce en él son a veces tan peculiares y antagónicos que se ve inclinado a dudar de la necesidad de someterse a ella. Pero estos estados de alma son de corta duración y solo aparecen en estas pequeñas crisis del pensamiento y de la emoción que asaltan al hombre que ya ha avanzado en el sendero. Jamás llegan a desviarlo, ya que él tiene consciencia de una acción justa en el pensamiento, de una aspiración intensa y permanente de mantenerse al servicio del Maestro, al mismo tiempo que cuenta con muchos ejemplos de evolución interior que compensan el ciento por uno de las reacciones dolorosas que produce la disciplina que se ha impuesto a sí mismo.

Sin embargo, el aspirante encuentra a veces muchas dificultades, como consecuencia del desarrollo de su sensibilidad. Como este fenómeno va parejo con la evolución de su ser interior, cualquier inquietud o perturbación pasajera, cualquier sufrimiento real que arrastre, podrá resolverse al fin y permitirán que se comprenda mejor la forma de utilizarlos y ponerlos al servicio de los demás. Al mismo tiempo, la prudencia de la sumisión y la resignación ante lo ineludible, que hay que soportar con paciencia, hará que de estas horas sombrías surja la paz.

Hemos de recordar que el técnico no es un teórico, sino que, en lo más profundo de su alma, es verdadera y literalmente, un hombre de dolor, familiarizado con el sufrimiento.

No pretendo presentar un cuadro funesto de esta fase de la técnica; pero, si se verifica esta etapa en la experiencia del alma, hay que examinarla y manifestarla bien. ¿De qué serviría que a un semejante, que tiene el alma atormentada por alguna circunstancia adversa o se encuentra desolado o desesperado a consecuencia de una pérdida o privación, le citásemos un texto de la doctrina secreta? He demostrado en varias ocasiones que, en tales situaciones, las palabras llenas de comprensión, de compasión, de afecto han sido el único servicio eficaz que se ha dado al aJma afligida. Incluso me atrevería a decir que ningún aspirante, cualquiera que sea su comportamiento y sus cualidades, puede esperar entrar en contacto con la esfera del Maestro sin la cualidad

inestimable de una gran humanidad.

La cualidad siguiente es la adaptación a las diferencias de temperamento. El hombre que domine la técnica integra progresivamente en su consciencia, gracias a la altura de la vibración de sus vehículos, el poder vibratorio de los hombres que hayan alcanzado el mismo nivel de consciencia que él o tengan un nivel inferior al suyo. En otras palabras, su consciencia ha entrado en armonía con ciertas octavas de vibración y puede responder voluntariamente a cada nota comprendida en estas octavas. Puede, por tanto, interpretar cualquier otra consciencia que corresponda en sus vibraciones a una de estas notas y adaptarse a ella.

Nosotros consideramos aquí el temperamento desde el punto de vista esotérico. Generalmente, cuando se habla de temperamentos, los clasificamos de una forma sencilla: artístico, científico, jurídico, etc.

Sin embargo, también hay un temperamento y una atmósfera del alma.

La técnica utilizada en este caso es esotérica y sus interpretaciones y utilización se basan en las expresiones, las impresiones y la impronta del alma. Para su aplicación, no confía nunca de lleno en un factor tan engañoso como el temperamento, tal como se entiende en el sentido exotérico del término. Para actuar así no se necesita ninguna evolución superior, sino un simple conocimiento de la psicología y de 1as ciencias relacionadas con ella. En cambio, la esfera del alma sensible y evolucionada del técnico reproduce en sí misma los estados de alma precisos que prevalecen en los demás. Gracias a la ley de receptividad y respuesta, se capta y percibe la esfera inferior por una especie de sentido interior del tacto. Ningún esfuerzo voluntario del ser objetivo puede impedir esta transmisión de la vibración del alma que percibe el técnico con su observación intuitiva. Esto es independiente de la voluntad del hombre.

Tenemos al hombre ahí, en la escala de la evolución. Eso es lo que interesa al técnico, y no la personalidad exterior, que no suele ser más que una caricatura engañosa del ser profundo. Aunque todo esto puede parecer a algunos complejo y teórico, el técnico comprueba su realidad con la experiencia. Conoce inmediatamente y con gran precisión -yo no diría perfectamente, porque no hablamos de perfección y hay diversos grados en la técnica- la personalidad del alma de los que conoce y a quienes querría ayudar, de forma oculta o de cualquier otra forma, y puede transmitirles estos aspectos de la sabiduría y de la experiencia que él mismo ha ido acumulando y que ellos buscan por instinto. Tampoco hago aquí alusión a la influencia mental, con sus métodos concretos tan conocidos en psicología. Estos métodos tienen su misión en algunas experiencias humanas y pueden utilizarse con fines legítimos y buenos; pero el poder y la eficacia de la técnica sólo toma de ellos lo que necesita.

Hay una psicología del alma que el aspirante desarrolla en sí mismo, para su propio uso, a medida que avanza en la técnica, y, aunque las calificaciones sean las mismas que producen las cualidades fundamentales indispensables a todo aspirante, el proceso psicológico superior, desarrollado en el alma por la práctica de la técnica, es individual, particular y puede variar de carácter, según la esfera del Maestro con la que entre en contacto el aspirante y según el tipo de trabajo para el que esté cualificado.

El aspirante que tiene correctamente desarrolladas las cualidades antes citadas tendrá, sin duda, el poder, en cierta medida, de hacer un llamamiento al alma de los hombres. Al ejercer su disciplina en el sendero, habrá descubierto el camino por el que pueda servir a sus semejantes ofreciéndoles su conocimiento y su experiencia. La técnica se puede utilizar de muchas maneras y, en el transcurso de su evolución, el aspirante irá trazando con seguridad su propio camino. Es posible que, tanto en sus relaciones de negocios como en su vida profesional, la influencia del Maestro pese sobre él de forma predominante, para que trabaje con y en sus asociados, de una forma superior y benéfica, o, si su constitución mental le permite enseñar y guiar a los demás con competencia a lo largo del sendero, puede encontrar un campo de acción para la técnica en una escuela de ocultismo o con un grupo de estudiantes, con los que está destinado a vincularse por lazos kármicos.

Hay una cosa segura: la técnica no podrá desarrollarse nada más que en el hombre que, desde siempre, se ha comprometido a dedicarse sin reservas a mejorar la vida humana, que se consagra a ello en cuerpo y alma, para merecer la atención del Maestro y para convertirse en su representante eficiente. A un hombre así no le faltará nunca el poder

para hacer un llamamiento al alma humana; sino que lo hará en cada etapa de su progreso.

Capítulo III

Las ilusiones y la técnica

Los estudiantes que han reflexionado seriamente los temas desarrollados hasta ahora y pueden comprender por intuición el significado y la fuerza de esta experiencia superior, comprenderán inmediatamente que estamos tratando del advenimiento a la consciencia de una fuerza espiritual de la que son relativamente pocos los seres que se dan cuenta.

No voy a adelantar ninguna teoría mía propia, más aún cuando no describo al intérprete de la técnica como alguien que ejerce una prerrogativa de una naturaleza y una función tan abstractas y secretas que confunde y desorienta al aspirante sincero que busca un Maestro. No obstante, yo quisiera hablar aquí de esta experiencia tan concreta y tan real, aunque, al mismo tiempo, tan oscura y discutible para los aficionados a la crítica, pues, en gran medida, puede parecer austera y carente de atractivo para los que prefieren la teoría a la práctica, que sólo podemos esperar ver que se desarrolla en un reducido número de estudiantes reconocidos del Ocultismo.

Una afirmación de este tipo nos impulsará a preguntarnos y examinarnos, lo que es un medio excelente de conocerse a sí mismo. Afortunado es el estudiante que puede tener un discernimiento ecuánime a lo largo del proceso de introspección y evaluar correctamente su posición en el sendero de la realización. Esta apreciación de sí mismo debería darle confianza y humildad: confianza, porque se da cuenta de que ha hecho grandes progresos y nota que, poco a poco, van madurando en él las calificaciones necesarias para hacer un trabajo superior; humildad, porque ve todo lo que tiene que hacer todavía y lo que tiene que remontar antes de poder asumir las responsabilidades que le pida el Maestro que acepte conscientemente y que deberá asumir, en gran parte, por su propia iniciativa.

Un dirigente teosófico dijo un día que su sociedad estaba, de arriba a abajo, llena de esponjas. No pretendo, en ningún caso, desprestigiar en lo mínimo ningún grupo de estudiantes. Hago esta cita sin apasionamiento y sin ninguna intención crítica, porque pone perfectamente de relieve una verdad rotunda del tema de las ilusiones que impiden el desarrollo de la técnica. En realidad, esta observación podría aplicarse no sólo a los

teósofos, sino también a otros grupos de estudiantes. No hay duda de que un gran número de los que se dicen estudiantes de lo oculto se conforman literalmente con recibir pasivamente la doctrina y no tienen fuerza ni iniciativa para poner nada en práctica.

Una de las mayores ilusiones que prevalecen entre los estudiantes consiste en creer que, impregnándose de la doctrina que sale de los labios de un instructor que la domina a fondo, se verán, al cabo de poco tiempo, aceptados de buenas a primeras por un Maestro y educados en cualquier nivel nebuloso de santidad y serán capaces de realizar obras

milagrosas. Basta con preguntar a estos estudiantes si pueden citar un ejemplo de intervención milagrosa de esta índole o de tal educación divina, que se haya producido entre ellos. Si citan a algunas personalidades que están a la cabeza de ciertos movimientos, su ilusión es doble.

Todos los casos similares de evolución excepcional en el sendero atañen claramente a los intérpretes de la cultura del alma, del trabajo y del servicio. Es lamentable observar el concepto unilateral que obsesiona a los estudiantes en este tema. Cuanto antes rompan todas las esperanzas que tienen puestas al respecto, antes empezarán a franquear las primeras etapas serias que hemos destacado.

Un elevado porcentaje de estos mismos estudiantes se dedica a lo que se llama camino oriental de la evolución. Ninguna persona inteligente que conozca este camino podría denigrarlo. Ha dado multitud de santos y salvadores. Sabemos que algunos grandes Maestros lo han adoptado; pero la adhesión estricta a este camino, por parte de un estudiante occidental está sembrada de peligros o, el caso más frecuente, produce un desarrollo desequilibrado. Sólo debemos recordar que la constitución del estudiante occidental no está adaptada a esta práctica rápida que es relativamente fácil de conseguir en Oriente.

Los obstáculos y las emboscadas tan conocidos en el sendero plantean muchas más dificultades al aspirante occidental, ya que su propia constitución es un obstáculo que tiene que superar, además de las dificultades concretas que encuentran los aspirantes de cualquier nacionalidad. El aspirante occidental no asimila la ciencia del ocultismo de una forma tan intuitiva como el oriental. Esto está más que evidente para los que se interesan por las preguntas que plantea y por los esfuerzos que hace a lo largo de sus estudios. Por tanto, si el estudiante occidental rotura un terreno casi completamente virgen en su búsqueda de la ciencia y del conocimiento y tiene tanta necesidad de ánimo y consejo para sus estudios, se puede asegurar que necesitará demostrar una aptitud poco común para poder esperar recolectar algún beneficio real de su aplicación sincera. Uno puede preguntarse con razón si el estudiante pasivo de la doctrina tiene alguna posibilidad de afrontar con éxito las duras pruebas de la estricta vía oriental. Pensar que es capaz demuestra una ignorancia fundamental de los principios básicos.

Esto sirve también para el aspirante que sigue el camino occidental o que combina el método oriental con el occidental. Todo el que aspira a la realización debe dominar tarde o temprano la técnica y convertirse en su intérprete vivo. No tiene ninguna necesidad de dominarla rápidamente. Puede tener una satisfacción personal debida a un conocimiento teórico del ocultismo y dejar los asuntos prácticos para después; pero, si aspira de verdad a ser reconocido por el Maestro, debe eliminar completamente esta ignorancia fundamental. Observad, en efecto, todo e1 desarrollo requerido y la amplitud de la experiencia que se exige para poder dar muestras del discernimiento necesario y de hasta qué punto el hombre que se sirve de la técnica conscientemente, incluso en las etapas más rudimentarias, debe tener una idea completa y equilibrada.

Cualquier idea de seguir un atajo para llegar antes a la meta se descarta inmediatamente. En realidad, para superar la ignorancia se necesita, en primer lugar, tener una idea clara del trabajo que hay que realizar y, si es largo y difícil, no nos sirve de nada acariciar la idea de que es fácil y breve, imitando la pasividad de la esponja.

Ningún estudiante que haya dedicado su tiempo y su sacrificio a la ciencia oculta puede negar que se necesita tener un alma de verdadera talla y que se necesitan unas facultades mentales muy superiores a lo normal. Es importantísimo intuir desde el principio la larga duración del trabajo a realizar y la cooperación que exige al hombre, ya que, si se

tiene esta intuición, si se acepta por completo, y si se le añade después una firme decisión de seguir adelante y de dominar las diversas etapas del aprendizaje, entonces, desde el primer momento, se deja oír con fuerza la voz del Ser, aunque sin articular sonidos, desde las profundidades del Cosmos, alertando al hombre, lo que es una promesa profética de éxito.

Para algunos, esta percepción surge con fuerza y claridad en el mismo momento de empezar los estudios, mientras que otros no reciben de su ser profundo ningún impulso de esta naturaleza y, la mayor parte del tiempo, no tienen más que una percepción vaga y engañosa del trabajo que les espera. Para los primeros, el desarrollo está latente y sólo se necesita un poco de aplicación y de estudio preliminar para que el estudiante entre firmemente en el sendero dotado de una concepción asombrosamente amplia del método y de los medios de abordarlo; para los segundos, habrá que establecer un plan de estudios bien determinado y asimilar los principios fundamentales del ocultismo, hasta que descubran una razón suficiente para mantener su esfuerzo en lo sucesivo y un

interés bastante fuerte para seguir sin desánimo las fases iniciales de la disciplina. Si se fortalece su voluntad con la fuerza necesaria para incitarlo a hacer los mayores descubrimientos en su ser profundo, el desconcierto que encuentra el aspirante al principio en su personalidad acabará disipándose. Habrá recorrido en la evolución una espiral muy pequeña que dará origen a espirales más amplias de experiencia.

Lo peculiar de este progreso es que casi todo él se basa en la vida cotidiana y que desarrolla un sentido más preciso y penetrante de la vida. Todo el progreso consiste, al parecer, en una presión o una tensión sobre todos los vehículos de expresión, hasta el momento en que el aspirante comprende que el sendero que conduce al conocimiento, a la acción justa ya la victoria sobre la ignorancia en el sentido oculto del término se traza sobre todo al borde de contactos nuevos y más sutiles, de la aparición de circunstancias imprevistas, de complejidades y pruebas de la vida mental y de responsabilidades inesperadas que se le abren con toda naturalidad, la mayoría de ellas sin el menor vínculo con la gloria de la conquista espiritual. Es bueno para él llegar a captar rápidamente esta verdad, poder aceptar y animar su acción benéfica en todos los planos de su ser, si puede tomar consciencia de que no es otra cosa más que su propio k arma individual lo que lo oprime.

La ilusión de la inacción, como factor que, en la búsqueda oculta, procede sobre todo de una ignorancia fundamental de los principios básicos, merece un juicio decisivo. Para disiparla, no basta la lectura, ni la aspiración, ni la consciencia tranquila que evita el compromiso y la participación en las necesidades de la vida y de las circunstancias, lo mismo que tampoco basta con la dedicación a un ideal o a una personalidad. Sólo se disipa cuando se tiene una fortaleza de alma, cuando se impone la vida en todos los planos, forzando la vibración para responder a la vibración en cada uno de los aspectos de los mundos tumultuosos de la forma y confiando todo esto al ser interior, como una experiencia aprendida y asimilada, que viene a iluminarlo, a mejorarlo y a bendecirlo.

Hay otra ilusión predominante en cuanto a la eliminación de la personalidad. Los estudiantes dedican horas valiosísimas a afirmar que hay que suprimir la personalidad. El aspirante serio se dará cuenta de que hasta los primeros esfuerzos efectuados para llegar a la realización desarrollan la sensación de la personalidad a un nivel poco común, en vez de borrarla, al menos si pone todo su empeño en el trabajo. Está claro

que debe adquirir el conocimiento en sus primeros intentos de superar la ilusión fundamental de la ignorancia. Si lo hace correctamente, su frecuencia vibratoria personal se desarrollará en todas las direcciones.

Si no permite esta extensión y recurre a la práctica normal que consiste en negar la realidad de la personalidad, podrá, en definitiva, renacer en un plano superior; pero sin ningún poder ni iniciativa y sin capacidad para aportar nada a sus semejantes en un plano práctico. Resulta banal decir que, antes de poder conocer realmente una cosa, debemos tener un conocimiento íntimo y, sin embargo, muchos estudiantes de lo oculto apoyan su ascensión a la espiritualidad en un rechazo ilusorio y debilitante de lo que corresponde a su primer trabajo de buscar y comprender, bajo todos los aspectos posibles.

Creo que es fundamental para el aspirante empezar por hacer con meticulosidad escrupulosa el inventario de sus facultades mentales. Debe conocer su extensión y su fuerza, así como la manera en que pueden concretarse de forma natural, con facilidad, determinando así su vocación en la vida. Si, por ejemplo, sus facultades le empujan con fuerza hacia la literatura, el arte o la ciencia, ahí es donde está la base mental y el punto de partida que le designarán después el sendero que ha de seguir hacia el trabajo oculto. Eso debería parecer completamente claro; pero no se nota lo suficiente y, por la ignorancia de este conocimiento elemental del ser profundo, el aspirante dice a veces con entusiasmo que aspira con frecuencia a la iluminación y se sienta para meditar sobre el Yo, mientras que la personalidad no recibe ninguna atención particular.

No hay más que un remedio contra este estado hipnótico fatal: conocer la personalidad y hacer de ella un instrumento de poder. Cuando conocemos algo y podemos medir su acción y su reacción, podemos servirnos de ello con eficacia. En este caso, debemos conocer la mente y todas sus facultades de juicio, de imaginación y de raciocinio, para combinarlas hábilmente en una acción cotidiana fértil, adaptándolas a multitud de

circunstancias normales y originales de la existencia. Debemos asir con firmeza la espada de doble filo de la mente, para adelantarla o retrocederla en un instante y utilizarla directamente y con destreza ante cualquier problema que se presente. Da alegría contemplar la acción de una mente así. En realidad, cada una de sus facultades se ha elevado hasta el límite de su función y actúa de forma individual o colaborando

con las demás, según las normas de la técnica que ha desarrollado.

Esta idea de la utilización de la personalidad destaca de un modo especial en la máxima de un maestro del pensamiento, el rosacruz Francis Bacon, que decía: No hay ni puede haber nada más que dos .formas de buscar y descubrir la verdad. La primera se apoya en los sentidos y los elementos propios de los axiomas más generales. Con esta base, considerada como principios de los que se piensa que son portadores de una verdad indiscutible, se deducen y se descubren axiomas intermedios. Es el método que se utiliza en la actualidad. La segunda elabora los axiomas a partir de los sentidos y de las particularidades; pero en un movimiento ascendente, constante y progresivo, hasta

llegar, por fin, a los axiomas más generales, lo que es el verdadero método, que todavía no se ha intentado. Esta ascensión constante y progresiva es el método que debe adoptar el aspirante, registrando y estudiando el cúmulo de impresiones que recibe por los sentidos y de las particularidades de la acción y de la reacción mentales. De esta forma,

levanta sobre una base profunda y sólida el conocimiento de su personalidad y de su relación con el mundo de la forma y del pensamiento y adquiere una experiencia fiable de la posición que ocupa en el mundo de los hombres y de su propia evolución en relación con las demás mentalidades.

El Yo debe disponer de un poderoso instrumento de trabajo, de un conjunto de informaciones recopiladas mediante contactos bien comprendidos. ¿Qué utilidad tendrían los pensamientos y las intenciones del Yo para una mente débil y desorganizada'? ¿Sobre qué podrían apoyarse estos pensamientos y estas intenciones para dar muestras de discernimiento y ser utilizados de forma adecuada? Someto esta reflexión a los enardecidos detractores de la personalidad. Admito que, en ciertos casos, algunos seres débiles y desequilibrados han conseguido tener un contacto breve e intermitente con el Yo; pero tal vez haya en él más de amenaza que de ayuda, a la vista de las ideas que han difundido en el campo del conocimiento donde se consideran autoridades. Pero la difusión regular de la técnica que se apoya en la ciencia del alma tiene por objeto eliminar esta especie de aborto espiritual e indica con precisión un método sano y práctico que conduce a esta plenitud de la personalidad que permite entrar en contacto científicamente con el Ser y cumplir la voluntad del Maestro.

Hay otra ilusión que consiste en creer que una respiración profunda forzada permite entrar en contacto con el Ser y conocerlo y que, mediante proezas atléticas, se pueden franquear violentamente largas etapas del sendero. Los graves peligros que lleva consigo esta práctica quedarán a la vista de todos los estudiantes que tengan un pensamiento sano y buen juicio. Como ejemplo, podría citar las conferencias de

Vivekananda sobre el yoga. Durante mucho tiempo se estuvieron dando estas conferencias de modo habitual en Occidente. Su autor era, sin duda, un practicante del yoga; pero, como toda persona que domina su arte, lo presentaba con tal fuerza y autoridad que, a primera vista, daba la impresión de que conocer la beatitud del Samadhi al cabo de pocos meses era la cosa más fácil del mundo.

Creo que, para los estudiantes occidentales, era un instructor incompetente. Había llegado a Occidente con el corazón inflamado por el ideal del yoga; pero no consiguió adaptar sus ideas a la mentalidad occidental. Nadie podría dudar de su devoción, de su visión y de su sinceridad, ni de su conocimiento y realización práctica de esta ciencia; pero iba demasiado rápido, sus ideas eran muy generales y luminosas para poder aplicarse con éxito y sin riesgo a realizaciones prácticas. No se adaptó lo suficiente al ritmo del pensamiento occidental para poder educar con paciencia y comprensión a/los estudiantes occidentales. Deslumbraba a su audiencia y confundía a la mayoría de sus lectores, a pesar de la iluminación que llevaba consigo, y esto sucedía, hasta tal punto que la mayoría de los que empezaron la práctica del yoga bajo su dirección se desanimaron enseguida, ante la grandeza absoluta del ideal en el que, bajo el efecto de cualquier deficiencia de aptitud o capacidad o por falta de circunstancias favorables, habían avanzado muy poco.

Otros autores más recientes han recomendado prácticas similares para llegar al Samadhi o a la liberación. La mayoría de estas prácticas están completamente inadaptadas para el estudiante occidental y llevan a inevitables desastres, si se siguen a ciegas. Uno de estos autores aconseja a los lectores que practiquen los ejercicios de respiración hasta que

consigan que el tiempo de inspiración y expiración dure de cuatro a ocho minutos. He conocido a un estudiante que practicaba estos ejercicios de respiración y se quejaba después de que tenía dolores en todo el cuerpo y molestias en la cabeza. Si los avisos que le da la naturaleza no le bastan, ¿quién va a poder ayudarle? Sin embargo, hay estudiantes tan insensatos que imponen a su vehículo una respiración de tres minutos,

exigida por un instructor de yoga para quien, por herencia, este trabajo es cómodo y fácil y lo recomienda, por tanto, como un pasaporte para llegar a la Unión.

Un prestigioso instructor de ocultismo confesaba un día que, en algún momento, se vio lleno de entusiasmo por el trabajo de Vivekananda y se dedicó con ahínco a hacer ejercicios de respiración para acelerar su evolución; pero, al cabo de poco tiempo, se dio cuenta de que su cuerpo etérico vibraba de una forma tan anormal que tenía la impresión de que salía de su ser físico y se movía por el aire. Necesitó algún tiempo para recuperar la normalidad y encontrarse cómodo en su cuerpo físico. Esto no es más que un ejemplo aislado del enorme peligro que se corre al seguir a un instructor como Vivekananda, sin considerar para nada el tiempo, el lugar y los valores, ni discernir entre las enseñanzas generales del yoga.

El estudiante medio occidental, capaz de contener durante unos veinte segundos una inspiración y una expiración, puede intentar, antes de prolongar su respiración consciente siguiendo una disciplina oculta, aumentar sin riesgo su capacidad hasta cincuenta o sesenta segundos, con ejercicios progresivos durante un periodo variable de uno a tres años.

Me refiero solamente al aspecto físico y al efecto que produce en los pulmones y en los músculos del pecho. Desde otro punto de vista, la ampliación de la capacidad respiratoria de veinte a sesenta segundos produce cambios importantes y, a no ser que ejerza un control mental o se haya acostumbrado con el tiempo, el estudiante se encontrará prácticamente indefenso ante las múltiples influencias psíquicas y mentales

que produce la vibración acelerada de sus vehículos. No veo ningún peligro en que pretenda aumentar esta capacidad dentro de los límites que hemos citado, cuando aborda esta disciplina, siempre que, naturalmente, lo muevan aspiraciones espirituales, mantenga un equilibrio mental y se rija por la idea de servicio. La extensión de la respiración no es en sí más que una rama del atletismo.

Los efectos que produce la respiración científica sobre los vehículos emocionales y mentales hay que estudiarlos y analizarlos con mucho cuidado. La naturaleza emocional de algunos aspirantes llega a tal punto que todo lo que puede servir de estimulante, comprendido el ejercicio físico ordinario, vivifica toda su personalidad, por lo que bastaría con una sugestión bien orientada para que se precipitasen de cabeza. Lo mismo pasa con los que tienen una constitución mental muy viva y activa. Bajo los efectos de la respiración profunda, embargan su mente ideas de una amplitud y una fuerza cada vez mayores y, a no ser que las dominen y las sometan conscientemente a la supervisión de cierto grado del Ser, estos estudiantes se convertirán en víctimas fáciles de un

intelecto indisciplinado.

Vivimos en una época de recursos para conseguir la supremacía, que no son otra cosa más que una especie de evolución que quema las etapas, desprovista de estabilidad, de experiencia básica o de sinceridad como realidad fundamental. Un fiel ferviente, con facultades y preparación, que haya puesto su alma llena de aspiración en el altar de la vida a lo largo de los años y haya luchado en la luz y en las tinieblas para prepararse y convertirse en una fuerza evolutiva y en una bendición para los demás, podrá realizar en un solo día más trabajo real para el Maestro que el aspirante que haya tomado un atajo, en toda una vida.

No podemos construir nada más que sobre lo que tenemos. No podemos transmitir nada más que lo que somos. El fallo de nuestra época es la falta de sinceridad. El atajo es un ejemplo: le falta fuerza para seguir una evolución auténtica y se conforma con realizaciones superficiales. Pero la falta de sinceridad en el estudiante de ocultismo es un error que se paga con el fracaso. Viviendo la vida del alma, según su propia ley, en el mundo de todos los días y cumpliendo cada etapa del sendero con precaución, paciencia y humildad infinitas, el aspirante verá cómo crece en él el arte sutil de la técnica y se iniciará en la esfera del Maestro.

Capítulo IV

La impersonalidad y la técnica

La expresión Conócete a ti mismo se ha repetido adaptada a innumerables fórmulas, todas ellas familiares para el estudiante de la literatura oculta, que generalmente aclaran, mejor o peor, la expresión original.

Estas fórmulas tienen una profunda importancia cósmica y parecen a veces desconcertantes, cuando se someten al análisis de la reflexión. Conocerse a sí mismo, desde el punto de vista del ocultismo, es una tarea muy amplia, a la que muchos de nosotros dedicaremos, como mínimo, toda la encarnación actual. Debemos comprender que el verdadero conocimiento de sí mismo no puede empezar mientras no haya saltado en nuestra personalidad algún resorte que lo inicie. Nuestro conocimiento será solamente teórico y especulativo, mientras no hayamos alcanzado este nivel de evolución.

El conocimiento de uno mismo, una vez alcanzado, es esencialmente indicio de cierto desarrollo de la impersonalidad. La impersonalidad es la doctrina secreta de casi todos los clásicos ocultos. Cualquiera que sea el llamamiento que presione por su belleza o su atractivo hacia el intelecto o hacia el sentido estético, estaremos en el patio exterior, mientras la impersonalidad no haya llegado a ser un factor esencial de la vida práctica. Generalmente está precedida por un largo ciclo de desarrollo de experiencias muy variadas ya veces inquietantes. Antes de poder convertirse en sus intérpretes vivos, necesitamos conocer todo un mundo de experiencia interior y solamente una auténtica disciplina oculta puede imponer esta experiencia y guiarnos de una forma natural y

legítima hacia una aplicación correcta.

En la impersonalidad hay muchos grados, que van desde los desapegos menores, en los que se ejercita el aspirante, hasta ese desinterés espiritual extremo, tan sorprendente y que resulta tan natural para el adepto. Cualquiera que sea su nivel de manifestación, hay en su práctica algo extraordinariamente sorprendente e influyente para los que lo

atestiguan. Su naturaleza es tan única, tan contraria a las leyes de expresión personal conocidas en el mundo, que el aspirante que la cultiva se distingue de sus semejantes de forma rápida, aunque tácita. Se sale de los criterios de la vida normal y tiene su origen en un plano exterior al del pensamiento y la observación cotidianos. Sus manifestaciones son tales que la consciencia ordinaria evita incluso su sanción. Nos hace tomar consciencia de la Divinidad que transciende la consciencia humana e invita a nuestro corazón a someterse a sus prejuicios, rechaza las limitaciones y el orgullo del intelecto y cambia los falsos principios tan arraigados de una educación liberal. Esa es la razón por la que tan pocas personas son capaces o desean emprender seriamente este cultivo de la impersonalidad, cuya naturaleza ofrece un aspecto más o menos ingrato y se opone a todo lo que está firmemente establecido y evaluado en la vida personal.

Sin embargo, vemos ahí una condición, una fuerza, que constituye un valor supremo en la evolución de la consciencia y que es imperativo para el técnico. No hay nada que coordine tanto las facultades ni realce tanto el verdadero prestigio del hombre en este amplio sentido de la percepción y de los valores superiores. Muchas inquietudes y perturbaciones, que hasta ahora ejercían un imperio indiscutible sobre el alma, pierden su tiranía y desaparecen. No es que dejemos el teatro de la personalidad y renunciemos a la acción constante de las fuerzas que actúan, sino que sucede como si, manteniéndonos a distancia y observando la escena desde cierta altura, pudiésemos orientar nuestra mirada de una manera nueva y armonizar las vibraciones contrarias. La consciencia de la armonía y de la paz que se establecen tiene un efecto considerable sobre las facultades mentales y su unión, cada vez mayor, nos permite realizar rápidamente y sin demora los trabajos propios de estas facultades. En realidad, solamente en esta etapa de desarrollo llegamos a comprender toda la fuerza y la belleza de la acción mental y a crear según la ley del hombre espiritual. Hasta ahora, estábamos sometidos a la mente, que reinaba sobre nosotros con la autoridad de un tirano, y el

pensamiento nos dirigía y nos arrastraba muchas veces con una penosa incertidumbre y una confusión dolorosa, pero, cuando surge el sentido de la impersonalidad, se invierte la situación. Imponemos consciente y deliberadamente la voluntad del Yo sobre las actividades de nuestras facultades, con resultados notorios. Están completamente claras las inmensas posibilidades que se abren, como consecuencia de esto, al hombre que ha entrado en esta fase de evolución.

Algunas de las dificultades que hay que superar en el camino de la adquisición de la impersonalidad se han examinado en los capítulos anteriores. Es poco el gusto que sentimos con este trabajo largo y concienzudo, que es necesario para la evolución, por la lucha con las fuerzas secretas que rigen nuestra propia vida y nos dominan hasta que hayamos sufrido durante mucho tiempo bajo su yugo. Hay un punto preciso de la evolución en el que comprendemos con agudeza que debemos llevar sobre nosotros mismos un juicio interior, buscar y comprender los factores opuestos que hay en nosotros y dedicarnos en serio a la autodisciplina. Este conocimiento preliminar de uno mismo hace que nazcan reflexiones que no son de las más felices. Hemos caminado por

el sendero de la mínima resistencia y hemos tomado la vida tal como venía. No hemos tenido la sensación de que debíamos observar con ojo muy crítico la corriente rápida de nuestro pensamiento y nuestras emociones, así como su acción y su reacción sobre nosotros mismos y sobre los demás.

Pero con este despertar se desvanece la sensación de seguridad. El centro estable de la consciencia, alrededor del cual ha girado hasta ahora nuestra vida y al que se vinculaban todas nuestras actividades, está desestabilizado. El estudio y la meditación han producido sus inevitables consecuencias. El Ser ha respondido a nuestra aspiración y nos ha revelado su existencia y su supremacía. Esta primera manifestación del

Ser en la vida personal es muy importante. Tomamos consciencia de que hay una división, una discordancia dolorosa entre las dos. La nueva vibración, más fuerte, lleva consigo una especie de ruptura, una desorganización dentro de las facultades mentales que, por vez primera, resisten la observación penetrante de una crítica espiritual. Y, siguiendo la máxima de la ciencia oculta, según la cual la expansión de consciencia producida por el advenimiento de la verdad espiritual produce dolor y tribulación, comprendemos que tenemos la responsabilidad de emprender la tarea de la conquista de uno mismo y de establecer el poder del Ser como factor dominante de nuestra vida, en pro de la evolución general.

No se trata de prescindir sencillamente de los vehículos físico, emocional y mental de expresión para alejarse de sus vibraciones y protegerse de ellos y bañarse en la clara consciencia indivisa del Ser. En este caso, es muy importante tener en cuenta el método de instrucción que se adopta en el Gita. El Gita no enseña un método simple, que se pueda captar y comprender inmediatamente y que transmita las cualidades necesarias para su asimilación. La instrucción reviste múltiples aspectos y cada una de sus facetas se va desvelando, una tras otra, y va disipando un vicio o una debilidad del alumno, hasta que declara finalmente, en el momento de la toma de consciencia: Mi ilusión está destruida.

Fijémonos ahora en el punto siguiente: mientras le eran revelados todos los aspectos de la Sabiduría, toda la naturaleza del alumno ha sido examinada y ha estado sometida a disciplina, de lo que ha resultado la adquisición de todas las calificaciones necesarias para la iniciación.

Suponiendo que se hubiese sustituido alguna acción mágica en esta expansión progresiva que se produce en él, de todos los poderes y todas las debilidades de su naturaleza, permitiéndole momentáneamente tomar consciencia de que el Ser es distinto de los vehículos perecederos, ¿hubiese bastado con eso para el arduo trabajo del sendero? Seguramente, no. El alumno ve que se le muestra desde la salida la meta a alcanzar, por un proceso orgánico de expansión de una índole muy especial en la que figuran varios niveles de la técnica. Para alcanzar la impersonalidad, es necesario haber emprendido conscientemente este proceso, que los vehículos hayan conocido las profundidades de la experiencia humana y se hayan preparado para un poder superior. La impersonalidad vuelve a dar a cada aspecto del poder personal su verdadero puesto en relación con el acontecimiento principal. Para comprenderla perfectamente, una especie de magia debe tocar el corazón y el cerebro y lo único que puede satisfacer sus necesidades es la pulsación de incesante aceleración de esta vida interior. Se desarrolla de una forma natural en los vehículos del aspirante que se afana por progresar con constancia y regularidad, decidido a aceptar sin reservas todo lo que lleve consigo este progreso.

La negación categórica de la personalidad es un proceso vano e inútil, ya que los vínculos de los tres vehículos son muy reales y persistentes, a pesar de su relativa irrealidad. El bisturí del cirujano resulta aquí peligroso. El único instrumento seguro es la comprensión paciente y amorosa o el consentimiento a someterse a los contactos de la personalidad, durante cierto tiempo, para tener una experiencia perfecta. El aspirante en el que se desarrolla la técnica es tan sencillo, natural y expresivo como la propia naturaleza y hay en él algo tan intensamente humano y tan espontáneamente afectuoso que por donde vaya capta y comprende inmediatamente todos sus contactos y su respuesta. Aborda el mundo con una personalidad sana y expandida y el Ser se apoya en la serenidad y la paz del corazón del Maestro. Su corazón supera la carga incomunicable del corazón de la humanidad, en estrecha unión con la precisión de su pensamiento, su estabilidad emocional y su disponibilidad para el servicio.

La técnica no es, por tanto, una teoría, sino una práctica intensa, y, aunque participe en su aplicación toda la personalidad, la técnica es por sí misma impersonal, El que quiera aprender a hacer el bien a la humanidad, dice el Maestro, y se crea capaz de descifrar la naturaleza de los demás hombres, debe, ante todo, aprender a conocerse a sí mismo, a

apreciar. Su propio carácter en su justo valor. El primer pensamiento que tendrá más de un aspirante al leer estas líneas será: Pero, que yo sepa, yo no he considerado mi evolución en el sendero solamente desde este ángulo. No me dedico de un modo especial a leer el carácter de los demás para aprender a hacer el bien a la humanidad Quiero, ante toso, entrar en contacto con el Maestro, para que él pueda enseñarme, guiarme personalmente y confiarme alguna obra importante para que yo la realice, Esta actitud es muy corriente. Los estudiantes leen, meditan y esperan al Maestro. El Maestro también espera. Y yo no llego a comprender cómo un estudiante, cuya vida se limita a adoptar esta actitud, puede esperar conseguir una respuesta.

El aspirante occidental no está llamado a una vida de contemplación: en el entorno en que vive, que tiene una importancia muy particular para la evolución de la raza humana, debe llevar indiscutiblemente una vida de servicio, guiada por la acción personal. La impersonalidad es algo maravilloso; pero, si se lucha por buscarla mediante la contemplación, en una vida de inacción, se ignora por completo, debido a una interpretación errónea de la enseñanza más elevada del ocultismo, la fuerza y la belleza de la verdadera espiritualidad. El aspirante puede repasar las primeras páginas de este libro y ver la introducción de este tratado, donde se habla de un artista que llegó a ser maestro. ¿Podemos imaginar que este artista llegó a dominar una técnica mental y manual tan avanzada, limitándose durante muchos años a contemplar su meta

apasionadamente, sin poner en práctica personalmente, para perfeccionarse, todos los instrumentos de expresión? ¿Se puede concebir que haya pasado el tiempo contemplando a un maestro de este arte, pensando que recorrería misteriosamente, con esta contemplación, todas las etapas de la disciplina necesaria para aprender esta maravillosa maestría y que podría así, al cabo de unos años, alcanzar la misma destreza

que los maestros consagrados y estar a su nivel? No hay duda de que es una idea absurda.

Algunas veces encontramos estudiantes que han devorado toda una biblioteca de literatura oculta y, sin embargo, han quedado completamente decepcionados porque, según sus propias palabras, no han sido "utilizados". Si se les pregunta qué han hecho por establecer un contacto preliminar para ser utilizados, confiesan que no tienen tiempo para dedicarlo a una disciplina o a un trabajo práctico. Esta actitud suscita el comentario siguiente: su realización en el sendero se medirá por su esfuerzo personal y por nada más. Hay tantas posibilidades de que un hombre llegue a hacerse periodista limitándose a leer todos los días los periódicos, como de que conozca por experiencia algún aspecto de la técnica del Maestro sin hacer otra cosa más que leer obras de ocultismo.

Nadie puede llegar a progresar en la técnica sin tener una profunda experiencia del conocimiento y de la vida. Un Maestro dice: Leed y estudiad, porque vale la pena. Estudiad y preparáos. La preparación, si está relacionada con la técnica y enlazada con la realización del trabajo del Maestro, significa la experiencia de la vida. Para servir, el aspirante debe saber: debe buscar el conocimiento, en el más amplio sentido de la

palabra, en el sendero, siguiendo a los que ya lo han recorrido. Pero este conocimiento no se debe considerar como un simple complemento del bagaje intelectual: debe ser una verdadera expresión del alma, una expresión apasionada y ferviente que anime y estimule todas las demás facultades mentales, una expresión del alma que no es otra cosa más que una fuerza consciente que se difunde de forma espontánea y rápida en todas las actividades de la vida. Si yo la presento así, es para descartar radicalmente el método inerte, tantas veces aplicado, de registrar un hecho tras otro para poder repetirlos mecánicamente, con el fin de demostrar su total futilidad para la adquisición de la técnica.

Una sutil aprehensión intelectual de la verdad oculta es recomendable y necesaria. La reflexión abstracta y la habilidad dialéctica tienen un magnetismo propio y no se pueden olvidar; pero no representan más que un solo aspecto de la primera cualidad cardinal que hemos tenido en cuenta: la universalidad de la naturaleza mental. Todo conocimiento debe traducirse en la vida. Por poner un ejemplo, hay que bajarlo del nivel intelectual hasta los recovecos místicos del corazón, para poder sentirlo, vivirlo y expresarlo, como experiencia, en toda la personalidad.

He explicado que la preparación, en relación con la técnica, significa la experiencia de la vida. Bien entendido, no hablo aquí de la experiencia de la vida en el sentido normal del término. Un hombre de negocios importante tiene casi siempre una gran experiencia de la vida y, sin embargo, su aptitud para la técnica puede ser menor que la de una sirviente fervorosa que medita todos los días en las beatitudes de Cristo y reparte simples bendiciones entre los que tienen necesidad. El aspirante debe rebuscar, por todos los medios posibles, la experiencia de la vida; pero después tiene que captarla e interpretarla el ser interior, ya que, cuando sus esfuerzos llegan a este punto, el hombre trabajará en estrecha asociación y de una manera muy especial con su karma acumulado, lo que da más importancia a su experiencia cotidiana. Si omitiese este detalle cuando se presentan experiencias excepcionales que le afectan de forma excepcional y si les diese una interpretación profana, no comprendería el verdadero valor de los factores más importantes de su evolución. No sentiría más que rencor y hostilidad hacia todo lo que aspiraba cuando empezó todos sus esfuerzos. Sin duda alguna, muchos aspirantes fracasan y no consiguen armarse rápidamente para la técnica. Quieren conocer el sendero y dedican toda su energía a la adquisición de este conocimiento. No dejan de cultivar las actitudes ocultas en su vida mental y sienten cierta satisfacción al ver cómo progresa su conocimiento.

Este conocimiento constituye, a la larga, un logro mental poderoso y estable, que tiende a manifestarse en la vida personal. La vibración de la personalidad interior se eleva y se convierte en un punto de atracción para las fuerzas superiores. Inconscientemente, el hombre pasa a ser el centro de una nueva esfera mental superior, que atrae hacia él un nuevo orden de experiencia, necesario para la expresión de la vibración que se ha estabilizado en sus vehículos. Estas experiencias tendrán entonces para él el significado más profundo en cuanto a su progreso ulterior. Si las interpreta desde el punto de vista estrecho y limitado del ser personal, le parecerán muchas veces carentes de significado y terriblemente retrasadas. Por el contrario, si las considera como corolarios inevitables de una ley benevolente que actúa por la fuerza y la sabiduría, procederá de una forma totalmente voluntaria y hábil para introducir las adaptaciones continuas que exigen los

ritmos más elevados de su vida.

Si el aspirante puede aceptar la idea de afrontar con valor y examinar con firmeza los aspectos del k arma, idea que surgirá por su demanda sincera de evolución, todos los temores que lo asaltan normalmente ante las experiencias insólitas de la existencia desaparecerán progresivamente, gracias a un cambio del espíritu, parecido al del científico que observa fenómenos y los graba en su mente con la única finalidad de añadir otro dato indiscutible más a los ya descubiertos. ¿Hay algún campo por descubrir más fascinante que el de la revelación del yo, en el que cada etapa de progreso nos prepara para asumir mejor la obra del Maestro en el mundo de los hombres? Es un trabajo reservado a los que no les falta audacia mental. Un hombre de descubrimiento debe estar preparado para aceptar lo que venga. No se puede prever una experiencia. Lo invisible se impone cada vez más a lo visible y fuerza el paso de la vida. El camino

llano de los niveles inferiores se transforma en un sendero accidentado, que siempre va cuesta arriba. Los viejos puntos de referencia perfectamente establecidos desaparecen y ya no hay más guía que el sentido interior en vigilia y las palabras de sabiduría, grabadas en la memoria de los que han subido este camino.

Es uno de los momentos difíciles del sendero, en el que necesitamos más que nunca tomar consciencia del valor de la evolución interior personal y confiar en las lecciones de la experiencia. Buscad el camino, dice el maestro, probando toda experiencia. Es una verdad indiscutible que toda experiencia pondrá también a prueba al aspirante. No se tratará de experiencias excepcionales o milagrosas, sino simplemente de una experiencia de la vida cotidiana, que surge de su vocación, de sus deberes inmediatos o de sus contactos personales directos. Tendrá, sin embargo, un sentido nuevo, un valor distinto, y constituirá un desafío significativo que exige una adaptación superior y un tratamiento único, al fulgor del conocimiento adquirido por el aspirante.

Pongamos un ejemplo concreto. El aspirante a la técnica ha adquirido un conocimiento oculto correcto y lo utiliza en privado o dentro de un trabajo de grupo. Busca la forma de utilizar su influencia en el servicio, ayudando a los que no han alcanzado todavía su desarrollo, bien sea por correo o por medio del contacto personal. No habrá otro camino

que le permita apreciar con más rapidez el valor concreto de sus propias realizaciones y darse cuenta de sus propias limitaciones. Le dará un concepto completamente nuevo de sí mismo y de sus semejantes. Este trabajo de servicio es absolutamente esencial para el hombre que se cualifica para la técnica. No llegará a conocerse a sí mismo ni a los

demás mientras se limite a impregnarse de conocimiento sin decir ni una palabra; pero, a partir del momento en que pretenda enseñar y ayudar a los demás a seguir el sendero, será remitido a sus propios recursos de modo sorprendente. Comprenderá hasta qué punto son inútiles tanto la lectura oculta por sí misma como los encantos de la erudición. Se encontrará ante almas llenas de aspiraciones, cada una de ellas con problemas personales muy fuertes y con necesidad de que se las trate con comprensión y simpatía.

Las almas que aspiran a la evolución tienen horror a las banalidades y, si no podemos ofrecerles otra cosa, no estamos en condiciones de dirigirlas y no conocemos nada de las profundidades y las complejidades de la técnica. La aptitud del aspirante para este fin se revelará de inmediato, cuando intente por primera vez tratar los numerosos problemas de otras almas que se vuelven hacia él en busca de ayuda. Algunos dirán que ningún hombre será llamado para esta labor si no está preparado. Es cierto que el hombre que sigue una evolución real en la técnica tiene la madurez necesaria y no se ofrece para ella a no ser que se deje sentir la necesidad urgente. No es menos cierto que a muchos les falta conocimiento del tema y se ofrecen, bien sea por entusiasmo y sin tener una idea concreta de las cualidades necesarias o por recomendación de otros cuyo conocimiento no es mejor que el suyo y que se mueven por algún interés personal. No obstante, el candidato que no esté preparado acaba perdiendo rápidamente sus ilusiones.

Los que buscan supervisión y enseñanza tienen una intuición infalible del valor relativo de las personas que interrogan. El método y las bases de su respuesta se revelarán de forma infalible, ya que, a este nivel de evolución, no sólo se cuenta con la palabra hablada o escrita, sino también con una vibración que se percibe psíquicamente, que da a la palabra un sentido, un peso y una influencia duradera. No hace falta insistir en este punto. Tanto en la forma como en el fondo, lo que éstos dicen se distingue de las demás palabras ordinarias.

Que el que aspira a la técnica medite sobre este dato. Es frecuente que, entre los que buscan sinceramente ayuda y supervisión, sean menos los que desconocen el tema a tratar que los que tienen ante ellos los datos de un problema, bajo una forma u otra, y podría parecer, en realidad, que buscan una seguridad inútil. La razón está en que el buscador espera de esta misma verdad que se adapte a su caso personal, al problema concreto que tiene en su vida, y que la aplique quien le ayuda, con comprensión y penetración en lo que se refiere a un ejemplo concreto que se inspira en su propia experiencia en cuanto al problema. Además, algunos ayudantes, en este caso, creen que lo único que necesitan es consultar sus libros y repetir al pie de la letra lo que ha dicho un instructor sobre el tema, teniendo entonces la sensación de que han aportado una respuesta válida.

Yo mismo he recibido respuestas de este tipo de los que se autodenominan dirigentes y nunca me he sentido inclinado a volver a consultarles. Estos dirigentes suelen estar en el mundo oculto; pero, con excepción del texto oficial de la doctrina ortodoxa, que casi todos los estudiantes conocen o pueden conseguir, todo lo que pueden aportar tiene poca importancia. Las únicas calificaciones que tienen prácticamente para asumir su posición de instructores proceden de sus lecturas de la doctrina oculta y del bagaje de sus propias experiencias. No se puede negar que esta adquisición tiene su mérito, ya que vale más tener este tipo de información que ser ignorante. ¡Además, hay conocimientos básicos, sin lo cuales no podemos construir nada y que son necesarios para la técnica en sí! Pero en la técnica esto no puede ni podrá jamás inspirar a un joven que aspire a grandes realizaciones. Puede leer la doctrina por sí mismo; pero, además, debe actuar según su propia naturaleza.

Al evocar así estos aspectos superiores de la experiencia que necesita el técnico, puedo dar la impresión de que me aparto del tema. Sin embargo, la impersonalidad y la experiencia están estrechamente unidas, ya que la impersonalidad no puede proceder nada más que de una experiencia completa y la experiencia, en el sentido oculto de la palabra y como factor principal de la demostración de la técnica, saca toda su fuerza y su valor real de una actitud pura e impersonal. La técnica del Maestro es una expresión coordinada de la personalidad interior, que ha asimilado y espiritualizado todo el conjunto de experiencias recogidas por el Yo objetivo en sus existencias anteriores. Cuando ha alcanzado una comprensión justa y una utilización correcta y ha merecido

ser guiada y recibir una inspiración concreta del plano psíquico divino, la personalidad interior es capaz de hablar y actuar para los demás desde el nivel que ha alcanzado personalmente, con independencia de todas las consideraciones y todos los intereses personales de la consciencia objetiva.

En esta situación, el técnico acepta los problemas de sus semejantes como si fuesen suyos y estos problemas son entonces, en realidad, sus propios problemas. Su única ambición está en difundir su propia luz sobre los que están perplejos, para que vean un mayor desapego de su situación, en relación con su progreso inmediato. Sólo la verdadera personalidad permite al técnico realizar con éxito esta labor. Y, para él,

el único criterio infalible de éxito es, en este caso, la seguridad de que ha sabido responder, con sabiduría y eficacia, a la urgente necesidad de aquellos a los que ha tratado de ayudar y de que ha facilitado su avance en el sendero.

Capítulo V

La magia de la técnica

Para el joven aspirante, la técnica del Maestro se vela con frecuencia tras un halo de encanto y de poesía. Para el hombre que se cualifica para el estado de discípulo, la atmósfera es transparente y ve la técnica como una fuerza del alma que se manifiesta en una vida más intensa. Es interesante leer lo que se ha escrito sobre el tema del poder mágico de los Maestros y dejar la imaginación que reine como soberana en el reino de

lo maravilloso y de los milagros; pero, llegado su momento, también es bueno dejar esto a un lado y evaluar la fuerza actual del alma, para discernir la riqueza que hay en ella y que le permitirá actuar para otras vidas en el humilde camino del servicio. Se podría casi desear que una buena parte de lo que se ha escrito sobre los poderes de los Maestros no

pasase jamás a las manos de aspirantes inmaduros, porque esto es lo que produce una sensación de fácil conquista en la más ardua de todas las ciencias y lo que mueve a creer en la existencia de un poder personal inexistente.

Es sorprendente ver hasta qué punto un aspirante se cree a veces capaz de hacer algo mediante un poder mágico, incluso antes de que su personalidad haya sido iniciada en las primeras etapas de comprensión de la fuerza que hay en el alma y que permite el progreso. El aspirante más veterano sabe por experiencia que, una vez que la personalidad ha captado la magia del alma, ésta domina progresivamente y entonces

puede el hombre confiar en ella para seguir su información. Pero la credulidad ya mencionada, muy peligrosa cuando está manipulada, que es normal entre los que están en las primeras etapas del sendero, nace sobre todo de la realidad de que la personalidad no se ha iniciado en la fuerza mágica del alma y, mientras no se supere esta etapa, cualquier utilidad del alma se queda en simple posibilidad.

La auto iniciación de la personalidad en la fuerza mágica del alma, que hace posible la aplicación de la técnica, es el problema al que se enfrenta el aspirante y la credulidad, que muchas veces es una característica que destaca en él, se debe a la falta de discernimiento que demuestra al tratar de aplicar a este estudio de la ciencia del alma la misma confianza absoluta, la misma seguridad, la misma expectativa de resultados inmediatos que en los asuntos propios de la vida personal o profesional. Tenemos aquí tres factores de un valor innegable y de una importancia primordial para el carácter (la confianza, la seguridad y la expectativa de resultados), que serán exigidos al técnico y que éste deberá tener unidos en armonía para utilizar la fuerza del alma, pero que, en el caso del aspirante sin experiencia, deberán cultivarse durante un largo periodo, tanto en las cosas más triviales como en las apremiantes necesidades de la vida cotidiana.

Conviene tener en cuenta (y tomar consciencia de ello forma parte de la educación oculta individual) que estas cualidades básicas del aspirante, capaces de hacer que nazcan en él todo tipo de ideas exageradas sobre sus propias posibilidades, sufren, al cabo de los años, una lenta transmutación bajo el efecto de la disciplina oculta y se convierten en verdaderos poderes entre sus manos para servir hábilmente a una acción justa. Pero no basta con el simple deseo para crear este efecto. En realidad, para el técnico es una revelación darse cuenta de que ha hecho falta una experiencia muy profunda e intensa para que la personalidad capte la magia del alma y la utilice en el trabajo del Maestro. Quisiera destacar que la experiencia de la vida ha sido el factor esencial que fomenta la transmutación y que ésta es posiblemente una de las últimas

cosas de las que el aspirante se dará cuenta.

La situación es la siguiente: el aspirante inicia un ciclo de estudio oculto siguiendo una escuela o cualquier nombre. El efecto que inspira y libera el conocimiento recién adquirido lo lleva, con la imaginación, mucho más allá de lo que su raciocinio ha comprendido o de lo que su alma ha experimentado y en esta ilusión de la imaginación basa su espera de resultados inmediatos. Recuerdo el caso de un estudiante que, después de haber progresado un poco en el conocimiento de la ciencia oculta, esperaba poder demostrar cuando él quisiese que tenía una salud física perfecta y, del mismo modo, disipar las enfermedades mentales de los demás, acumular en poco tiempo una fortuna personal, casi por arte de magia, y anular así todas las leyes decretadas por el karma, tirando por tierra cualquier experiencia que debiese superar y que le ayudaría a avanzar con firmeza hacia el dominio del yo. Su plan se basaba en una ilusión de la imaginación. Esta actitud es muy normal en los estudiantes y lleva inevitablemente a la decepción ante el fracaso y a una serie de interrogantes angustiosas y de posibles dudas sobre la enseñanza adquirida.

Uno de los primeros efectos de una práctica seria de la ciencia oculta se traduce en una relativa clarificación de la mente y en una intensificación de la emoción. Es una llamada al alma para que se declare en y por la personalidad. La naturaleza de la respuesta a la petición del aspirante dependerá de su temperamento y de su aplicación. Se puede decir

que, cuanto más rápida y poderosa sea la respuesta en esta etapa inicial, es más probable que la imaginación haga que nazca la esperanza ilusoria de alguna demostración considerable, sin trabajo prolongado y concienzudo. En algunas ocasiones, puede suceder que la ilusión no aparezca en la materia. Es posible, y se conocen algunos casos, que un aspirante tenga latentes las facultades y todas las potencialidades de un técnico, de tal manera que, incluso en el estado inicial, la fuerza del alma emerja, la capte la personalidad y este hombre se convierta a la vez en alumno y maestro, casi simultáneamente; pero son casos excepcionales que se mencionan únicamente para guiar y animar al aspirante. Lo más normal es que el aspirante tienda a analizar a la mínima progresos poco comunes y la decepción que siente al descubrir Ja verdad se convierte en una de sus primeras pruebas.

La clarificación de la mente y la intensificación de la emoción que se producen tras los esfuerzos iniciales deberían ser indicio de la necesidad de una re-valoración de la experiencia. Los ritmos de vida establecidos no se pueden cambiar en un día. Los primeros esfuerzos realizados en el sendero no hacen más que introducir en el campo de la consciencia una comprensión clara de su alcance y su fuerza. ¿Cuáles son su alcance y su fuerza? Un conocimiento de este tipo será, de algún modo, una especie de guía para saber qué es lo que se puede esperar de un esfuerzo breve o prolongado. Unos aspirantes tienen idiosincrasia psíquica; otros, no. Unos están predispuestos para lo espiritual; otros tienen una naturaleza y unas metas completamente científicas. La frecuencia de vibración de la personalidad y la naturaleza de la fuerza del alma difieren de una persona a otra. Es frecuente que el estudiante muy intelectual esté menos seguro de sí mismo en esta etapa que el hombre fervoroso, inclinado al misticismo, ya que él mismo se exige resultados superiores, comparables a la facilidad con que los consigue en el plano intelectual. En cambio, el hombre fervoroso, paciente y lleno de aspiración, que tiene su corazón animado por el deseo de servir, llegará a conocer la fuerza del alma rápidamente y por experiencia, en virtud de una respuesta recíproca que se produce en la esfera de los Maestros.

Se ha dicho que el Maestro prueba al técnico de diversas formas, con el fin de determinar el alcance y la fuerza de sus reacciones en determinadas circunstancias y ante problemas concretos. Esto es precisamente lo que debe hacer el propio aspirante cuando entra en el sendero de lo oculto. Los ritmos de vida que tiene establecidos, que no son, sin duda alguna, más que la suma de las experiencias de la acción y la reacción en los planos objetivo y subjetivo, deben someterse a un examen minucioso y su valor debe estimarse de lleno en el plano consciente. La acción y la influencia de estos ritmos son, en gran parte, subconscientes y, únicamente cuando él empieza a someterse a prueba en estos ritmos, toma consciencia del papel dominante que han jugado en su

vida. Es una de las primeras formas de despertar en el sendero: descubre que sus ritmos de vida son demasiado limitados para la labor que tiene delante, puesto que nacen casi por completo de una experiencia obstaculizada por las nociones de tiempo y espacio. Es el contenido de esta experiencia lo que hay que adaptar al estudio y al trabajo que tiene

que realizar, desarrollándolo y profundizando en él, dentro de los ámbitos más ordinarios de la vida cotidiana.

Llegamos aquí a un punto crucial. Hay que ser un aspirante digno de tal nombre, para estimar correctamente las exigencias de las etapas iniciales y adaptarse a ellas con sabiduría, sin permitir que ningún impulso excéntrico se inmiscuya en estos pensamientos o en su comportamiento y sin experimentar ninguna pretensión arrogante hacia lo que no posee ni ninguna exigencia impaciente por lo que la ley no puede darle. Debe reconocer seriamente que estos ritmos de vida no pueden prolongarse con total seguridad si no se lleva una existencia sana y normal, aquí y ahora, en el lugar mismo que ocupa. Soy consciente de que una idea tan vulgar puede parecer que tiene muy poco de mágica o de sublime; pero lo cierto es que, en esta etapa, lo mágico o lo sublime importan muy poco al aspirante. Es un error adornar con los colores engañosos de la

imaginación la palabra de ciencia que se le ha confiado y pensar que se trata de milagros transcendentales. Hace poco he oído hablar de una mujer que se ha lanzado con ardor al estudio de la Teosofia. Antes se dedicaba a obras religiosas y estaba muy bien considerada en ese mundo. En la actualidad, ha roto toda relación con sus amigos y asegura que sus verdaderos amigos viven en el plano superior. Estamos ante un caso de crecimiento invertido, en el que los ritmos de la vida están forzados por encima de su esfera legítima por un rechazo o una incapacidad para apreciar su alcance y su fuerza reales, lo que detiene la evolución normal y metódica de la personalidad. Estamos hablando de un ejemplo extremo; pero muchas veces vemos situaciones parecidas en el aspirante que, si no presenta rápidamente oposición, será culpable de una ofensa contra la ley oculta y sufrirá su castigo.

Incluso después de avanzar considerablemente en el sendero, todos ignoramos, en mayor o menor grado, lo que ha vivido nuestra alma en el pasado. Se necesita tener una intuición muy bien desarrollada para distinguir, entre todo lo que nos muestra la consciencia, lo que es la expresión de facultades que se desarrollan en la personalidad presente y lo que, cuando se ha llegado a la madurez y se ha alcanzado una eficiencia,

surge para una utilización inmediata. Tampoco se puede decir en qué momento concreto del trabajo empezará a aparecer esta vía oculta. El alcance y la fuerza de los ritmos del aspirante, desde que inicia su formación, dejarán, sin embargo, presagiar, hasta cierto punto, el conocimiento y el crecimiento innatos del ser profundo, que están en espera de ser reconocidos y utilizados.

Hay que recordar que el aspirante vibra entre el estado de toma de consciencia del alma y el de toma de consciencia de la forma. Me parece que algunos elementos de las vivencias anteriores del alma, al penetrar en la consciencia, receptiva bajo los efectos de los trabajos del aspirante, son muchas veces la causa de esta dualidad, ya que, cuando el

alma empieza a tener actividad, podemos estar seguros de que los ritmos de vida, que tan bien conocemos ya los que nos hemos adaptado, se aceleran inconscientemente. Esto se debe menos a los datos que registramos mentalmente que a la fuerza que hacemos que descienda del ser profundo. Muchas veces brota en la consciencia un conocimiento o una fuerza imperiosa, que supera todo lo que habíamos podido esperar,

puesto que somos tan poco conscientes de su origen como capaces de adaptarnos a ellos hábilmente y utilizarlos. y es esta facultad esencial de las personalidades anteriores, que impregna la personalidad presente, la que hará que nazcan en el estudiante diversas especulaciones y, tal vez, bastantes inquietudes, cuando se sienta sometido a sus poderosas influencias.

Esto tiene aplicación para el aspirante que se encuentra en las etapas iniciales. En el caso del hombre que escala con éxito los niveles de la técnica, cuya vibración se ha elevado y estabilizado y cuya fuerza del alma está reconocida, pienso que la facultad que se ha acumulado en el pasado actuará con mucha fuerza sobre la consciencia. En esta fase, no será menos difícil discernir; pero los efectos que se producen en la consciencia serán tan claros y, en comparación, la progresión del alcance y el contenido de los ritmos de vida, a medida que se va produciendo la evolución, serán tales, que las facultades concentradas y las aptitudes del alma, cargada con todas estas experiencias pasadas, se revelarán y tratarán de manifestarse. No puedo explicarlo de otra forma menos tajante.

Vosotros, aspirantes, podéis pensar que esta condición es completamente viable y que recibiréis con alegría la hora en que se os revele. Hay que acogerla con alegría, puesto que es indicio de progreso y resulta algo inevitable en su momento; pero produce una nostalgia infinita y una gran responsabilidad. Es posible que no sea así en todos los casos; pero pienso que esto le sucede a todo hombre que tenga una vida mental

rica y sutil. Como ejemplo que deje clara mi idea, voy a referirme a un hombre de un tipo concreto. Se trata de un iniciado que ya está bastante introducido en el sendero, en cuya personalidad tiene una influencia muy fuerte la técnica propia del sendero. Representa una fuerza de la evolución y es consciente de ello. Su servicio tiene un valor inestimable y lo requieren muchos que sienten la influencia del Maestro a través de su obra. Goza de un buen equilibrio y de una buena armonía en el plano interior. No hay nada que pueda apartar a este hombre de la vida de los Maestros. Su vida es un grito silencioso para pedirles que lo eduquen y, con la fuerza que ellos tienen, le hagan alcanzar la perfección.

Pero eso no es todo. Son muchas las personalidades que interfieren en este hombre, al bajar a su consciencia el pasado acumulado que resuena desde los planos superiores y, mientras juega su humilde papel en los límites presentes de tiempo y espacio y, con ello, aparece sin duda a sus semejantes como alguien que tiene reconocimiento, capacidad y resolución para seguir una obra de dedicación y servicio, sin que se equivoquen al pensar así, él nota que este pasado trata con insistencia de manifestarse también, en un entorno que no le facilita los medios. En este hombre hay un orador que ha incitado a los hombres a la acción, hay un sacerdote que ha ejercido su sacerdocio para las multitudes en el templo y un músico, cuyas transcripciones armónicas vuelven con una fuerza obsesiva reclamando una expresión nueva. Todas estas personalidades ocultas están conviviendo con él y son dueñas de sus manos, su cerebro y su corazón y quisieran revivir en toda su plenitud. No hay que aniquilarlas, porque le dan las llaves de la puerta que se abre al alma del mundo y de la interpretación de los corazones humanos.

Eso es lo que yo quería decir al hablar de infinita nostalgia y gran responsabilidad.

Reconozco que es una de las etapas más difíciles del progreso del iniciado. Es posible que después, cuando salga directamente a la luz, se produzca en él una adaptación maravillosa. También es posible que, gracias a la supremacía ejercida por su alma, esté capacitado para utilizar a su gusto, lo mismo que un maestro, cada una de estas personalidades diferentes y rechazarlas voluntariamente y quedarse en paz. La biografía oculta habla de estos ejemplos que indican un estado de alta iniciación. Basta con advertir que el problema que hemos comentado puede aparecer en quien escala los niveles de la técnica y, mientras se mantenga esa fuerte sensación de dualidad, ese sentimiento de que la personalidad actual se va apoderando poco a poco de la técnica mágica del alma y de que las personalidades combinadas de las vidas anteriores se manifiestan en ella, exigiendo que se les deje manifestarse, el aspirante irá seguido de un cortejo de sufrimientos, tensiones y todos los síntomas evidentes de la ambición más alta, que presiona para imponerse en numerosos ámbitos.

Creo que se puede perfectamente reconocer y potenciar, llegada a su madurez, la facultad que surge de las personalidades pasadas. La exhortación Matad toda ambición podría parecer contraria a esta creencia; pero, en mi opinión, no tiene ese sentido. Si nuestro trabajo superior en el sendero nos lleva a reconocer poderosos poderes y facultades evolucionadas, para mí sería un error, según mi intuición más profunda, negarles la más alta expresión posible en un entorno dado. Y esto se debe solamente a que el entorno del técnico suele ser de tal índole que impide la expresión, o sea, que no pone a su disposición los medios oportunos para que se exprese, ya que el sufrimiento, la tensión y, a veces, una nostalgia divina lo acompañan en cada etapa. En mi opinión,

esto tiene un valor educativo muy alto para el hombre.

También podría parecer que la evolución rápida del alma es precisamente la responsable de esta actividad compleja de la vida mental: transmite a la consciencia tantas posibilidades múltiples y espléndidas que le resulta imposible ver lo conveniente y justo que sería darles de lado, ya que le exigen que oriente su atención y su interés en unas direcciones que no tienen un carácter puramente espiritual. Yo, por el contrario, tengo la sensación de que no tiene derecho a no prestar toda la atención a cualquier voz que resuene de forma predominante en su vida mental.

Estoy refiriéndome a las voces de naturaleza elevada e idealista, no a cualquier voz efímera inferior, incompatible con una existencia noble.

La idea de destruir lo que es el producto terminado de una ferviente ambición del pasado no me atrae nada. Creo en la expresión más completa de la personalidad; pero, en el caso del técnico, establezco esta distinción. Todos los frutos maduros del pasado, toda esa maravillosa floración de la vida mental, deben ser objeto de los mayores cuidados.

Tampoco creo que haya la menor duda sobre el hecho de que el hombre que se dedica conscientemente a la técnica del alma se consagra por completo al servicio del Maestro. Cualquiera que sea la represión que sienta en su entorno, que le impida construir en las formas más bellas y expresivas los frutos ideales del pasado, no dejará que lo desvíen de su objetivo central, si sabe utilizar todo su ser y todo lo que tiene para prestar un servicio mayor a los demás. En realidad, ha llegado tan lejos que no puede actuar de otro modo. Llegan a él los gritos de las demás almas que reclaman una parte de su sabiduría para disipar la sombra o reforzar su voluntad o algún signo afectuoso de comprensión y simpatía y, conociendo cuál es su propio trabajo secreto en la liza de las numerosas fuerzas que hay en conflicto, tendrá poder para aportar su auxilio, con cierto efecto, en casi todos los casos que entren en su propia esfera de evolución.

La técnica mágica del alma es la vida, que se manifiesta en ritmos más amplios y fuertes de respuesta vibratoria. No se trata de una contemplación tranquila destinada a adormecer al hombre: es un factor de despertar, que aumenta la intensidad de su aura hasta un nivel incalculable. Hace del hombre el punto focal de la transmisión y recepción de las influencias más fuertes. Indudablemente, debe haber períodos de tranquilidad; pero, si dejan a la consciencia desprovista de las tendencias reaccionarias que impulsan a diversificar y aumentar la actividad, el alma sigue durmiendo. Lo que hace falta no es aceptar que nos desvíen estas tendencias reaccionarias, por el hecho de que tengan algún elemento insólito, ni dejar que el nuevo impulso de la consciencia lo aparte del camino de una acción sobria y acorde con la ley. Durante algún tiempo, debe

mantener el ritmo antiguo, junto con el nuevo, ya que, bajo la influencia de un entusiasmo repentino y desbocado y por la propensión al cambio radical, muchas veces se manifiesta la imaginación ilusoria y se tiene un fracaso relativo.

En este punto del despertar, la personalidad puede empezar a captar la magia del alma. Los resultados de sus esfuerzos coordinados pueden parecer muy pequeños; pero, si el aspirante hace una introspección minuciosa, comprenderá que son suficientes para que él se preocupe por ellos y se adapte al nivel acrecentado de vibración que manifiesta su

personalidad. Todos los aspirantes a la técnica no tienen la misma envergadura mental. Para la mayoría, debe transcurrir un largo periodo hasta que se polaricen sin riesgo en las condiciones producidas por los primeros ni veles de respuesta de la fuerza mágica.

Recordad que actuará en la vida individual y en cada hombre de una forma diferente. Será como un gran proyector de luz que barre el teatro de las circunstancias, descubriendo la presencia de muchas cosas secretas que prefieren quedar en la penumbra, incitando a entidades vivas a despertar para reclamar su derecho a dominar y apoderarse de su ambiente natal, llevando con ella muchos medios de pensamiento y de

acción que piden con insistencia que las utilicen inmediatamente para refinamiento y cultivo de la personalidad del hombre. Se trata, evidentemente, de un proceso judicial entre la personalidad y el alma, que, sin duda, será largo y tendrá hábiles testigos y poderosos abogados por ambas partes.

Durante este periodo de prueba dolorosa, el aspirante llega poco a poco a servirse de la técnica y se convierte en el crisol de la fuerza mágica del alma. Entonces estará en condiciones de recibir la influencia del Maestro, tendrá una comprensión justa e intuitiva de cualquier impresión recibida y será capaz de proyectar las ideas comunicadas de la forma que más convenga al servicio. Es cierto que la prueba será

larga hasta tener el objetivo a la vista: la oposición más fuerte habrá sido combatida y vencida antes de que el hombre domine la técnica elemental del sendero y se someta a la decisión cósmica; pero, para que los componentes de1a prueba no parezcan una amenaza muy grande al aspirante que observa el horizonte o al hombre más avanzado que ha saltado al centro de la arena y que duda si logrará triunfar, hemos de decir, con el fin de animarlos, que hay una luz y una dirección para el hombre recto, que el silencio austero de los poderes que observan no es indiferente ante el trabajo constante y bien dirigido. Digamos también que cada etapa de realización es una llamada irresistible a la magia del alma, para que informe al aspirante y descienda hasta sus propias manos, en un fuego de nobles palabras y acción inmediata.

Capítulo VI

Los Maestros de la técnica - I

La vida no ofrece ningún privilegio mayor que el de tener una consciencia clara del trabajo necesario para evolucionar. Al menos, la técnica del Maestro no es nada fácil de comprender ni de traducir en la vida.

Él conoce el extremado rigor de sus leyes demasiado bien para exigir a un alma algo que no puede dar por no haber encontrado aún el poder ni la visión interior necesarios. La primera etapa es totalmente espontánea y nace de una vibración del alma que es el punto culminante de una experiencia de respuesta psíquica, llegada a la madurez. En general, esta experiencia no es un logro de la encarnación presente, sino que se encuentra en la memoria subconsciente. Su historia se pierde en el pasado y se manifiesta en el presente, principalmente con una respuesta rápida y segura a la verdad oculta, bajo cualquier forma, y con una capacidad excepcional para expresarla. En cualquier parte donde se produzca esta respuesta o se manifieste pura y poderosa, podemos distinguir la influencia silenciosa del reino del Maestro sobre un alma que ha

despertado en una época remota.

El aspirante está, pues, dispuesto para la técnica del Maestro. Encontrará en la escritura de la Sabiduría una geometría espiritual con la que se complacerá, meditando en ella y aplicándola a las complejidades de la vida y del carácter. La humanidad, que pasa una y otra vez entre dos eternidades, no volverá a parecerle en lo sucesivo un espectáculo extraño y falto de interés. La fuerza y la pasión de su sangre viva crearán en su alma una música poderosa, a veces muy difícil de resistir. Brotarán en él armonías vibrantes que se levantarán hasta los cielos. Coros extraños y sombríos se mezclarán en este canto de la vida. Será preciso que un soplo penetrante de una fuerza sobrehumana haya tocado su corazón y su intelecto para que pueda hacer frente a este conocimiento, en virtud del cual esta sinfonía de millares de voces jubilosas y tristes es, en realidad, su propio karma colectivo que se presenta ante él de una forma marcial y le abre los pórticos del

conocimiento del ser. Es la respuesta del Maestro a los esfuerzos que ha realizado su alma. Es la técnica del Maestro que se manifiesta en él y cuya ley inexorable dice que todo lo que está latente en la vida personal, tanto si es bueno como si es malo, se despertará y se manifestará.

Son muchas las inquietudes que tiene el aspirante cuando esta ley empieza a operar en su vida. Hasta puede llegar a pensar que, lejos de realizar los progresos esperados, está siguiendo un camino regresivo.

No basta, dice el Maestro, con conocer perfectamente lo que el discípulo es capaz de hacer o de no hacer en el momento en que atraviesa las circunstancias del adiestramiento. Debemos saber de qué es capaz en diversas ocasiones diferentes. Se trata de una ley severa y exigente, que la gente ignora por completo. El aspirante debe, por tanto, estar totalmente dispuesto y preparado para soportar sus críticas.

Este proceso no es, de ningún modo, una mistificación: va simplemente en sentido contrario a todos los demás procesos que resultan familiares al aspirante y para los que ha desarrollado un discernimiento especial. No puede esperar que se le confíen responsabilidades nuevas y, al mismo tiempo, más elevadas en un círculo de pensamiento y acción completamente distinto, mientras no se haya sometido a un

entrenamiento riguroso y haya sido debidamente comprobado por las

influencias escrutadoras que emanan de un plano superior. Bajo la tensión, aparecen nuevas facultades; pero no se manifiestan en la naturaleza no entrenada de quien teme las consecuencias del descubrimiento del ser. Aquí no existe el sendero llano o fácil de ascender.

Con esta seguridad, el aspirante debe estar preparado para encontrar la confíanza que indudablemente le exigirá el Maestro para las pruebas iniciales.

El aspirante se ocupa ahora de su ser profundo, intangible, impregnado por un karma aún no liberado y, si tiene el valor de vibración justo, puede bastar con la palabra de conocimiento para precipitar un ciclo de circunstancias, causa de perplejidad y dolor, pero inscrito en la gran ley de la Naturaleza, que habría que afrontar y comprender. El

factor determinante es el esfuerzo consciente dirigido hacia el avance en el sendero. Hasta este momento, la vida avanza lentamente, siguiendo su marcha. La personalidad tiene su propio ritmo que da cierta comodidad y una capacidad de adaptación en los diversos contactos de la vida. Lo que llena la mente es muy conocido y está catalogado y su elección se considera excelente y correcta, nada excéntrica ni revolucionaria, sin que se desvíe del plan preconcebido para violentar el gusto estético de su poseedor.

Pero la paz aparente del estancamiento y el conforn1ismo no es para el pionero. La ola encrespada de la evolución vendrá, sin duda, a agitar las aguas tranquilas en el momento oportuno, conteniendo así su avance, y, si, animado por una aspiración fervorosa, el aspirante busca deliberadamente los pies del Maestro, tarde o temprano se presenta la prueba al alma. Feliz, por tanto, quien, a pesar de las decepciones y lágrimas, reconoce la mano que lo guía y la coge con una fe sólida. El Maestro ha dicho: La masa formada por los errores y la fragilidad de los hombres se va desplazando a lo largo de toda la vida del que se limita a no ser más que un mortal ordinario. Esta masa se forma y se concentra, en cierto modo, en un solo periodo de la vida de un discípulo: el periodo

de adiestramiento.

Este periodo de adiestramiento es el periodo supremo, durante el cual la técnica del Maestro es tan sorprendente y penetrante que la intención del aspirante debe ser inquebrantable, pura y espiritual, para que pueda captarla por intuición e integrarla en la personalidad. Es normal que nos enfrentemos a las quejas de aspirantes que no comprenden que el progreso oculto debe ser lento, que las pruebas encontradas y

superadas representan la esencia misma del progreso. La regla de oro dice el Maestro es que el hombre debe conseguir por sí mismo los poderes que obtiene. No debe desear con demasiado ardor ni con demasiado apasionamiento el objetivo que se haya propuesto, pues este mismo deseo le impediría alcanzar este objetivo. El aspirante trabaja en sí mismo, en la textura de sus vehículos de expresión, y no en la materia

exterior, del mismo modo que un artista que da forma a un material según su propia idea. En el mundo físico, se ha acostumbrado de tal forma a imponer objetivamente su voluntad a los hombres y a las cosas y a recibir de ellos una respuesta inmediata que necesita bastante tiempo para comprender que las leyes más profundas del mundo psíquico y espiritual son extrañas al mundo físico.

En ocultismo no existe el tiempo. La depuración del karma se produce siguiendo una ley interior que nuestra voluntad no sabría acelerar ni ralentizar. Por eso es por lo que la voz de los Maestros, aunque a veces sea amenazadora y tenga un tono de advertencia, siempre da ánimos. El Maestro sabe que un ser que tenga va1or y perseverancia acabará triunfando en todo. ¿No ha triunfado él mismo como hombre mortal?

En todo aspirante hay algo que se parece a la propia naturaleza del Maestro: una semilla vital, dominante, irresistible, inmortal, que está destinada a crecer durante el adeptado; pero el adeptado está tan alto como la bóveda de las estrellas y es difícil de alcanzar. En cada etapa del sendero, el Maestro ha avanzado científica y espiritualmente, bajo la

severa férula de una regla de oro. Es claro, por tanto, que nadie está tan bien dotado como él para ayudar al aspirante en su evolución y guiarlo a través de las innumerables perplejidades de esta regla, imprescindible para el que quiera acceder al conocimiento y al dominio completo de sus propias fuerzas personales.

Solamente con una asidua constancia y tras increíbles sufrimientos, los maestros de arte y ciencias consiguen su extraordinaria visión interior y soberbia maestría y pueden inspirar a la humanidad y liberarla de lo banal y lo trivial para transportar al soñador idealista en un deseo estático respecto al Infinito. Solamente con un servicio constante y una aspiración impecable, con el amor, la compasión y el sacrificio, el éxito y el fracaso, con la vigilia solitaria y la advertencia apasionada, con el acceso a lo más alto ya al más profundo del pensamiento y de la emoción de que son capaces el corazón ardiente y la consciencia despierta, conseguimos una verdadera visión de la acción pura y perfecta de la técnica del Maestro y nos hacemos sus dignos intérpretes.

Podemos esperar que el aspirante manifieste los rasgos distintivos, después de haber vivido conscientemente una disciplina interior tan fértil en acontecimientos. Será positivo en el plano espiritual. Un carácter pasivo no puede esperar jamás tener en sus manos el trabajo del Maestro. No es natural. El maestro de una rama del arte utiliza con fuerza su vehículo o su medio de expresión. No hay duda de que será sensible a las influencias superiores y parecerá muchas veces un instrumento en manos del genio de su arte. Pero hay todo un mundo de diferencia entre una receptividad altamente cualificada y una pasividad desprovista de fuerza y de equilibrio. El Maestro es muy claro en esto: No basta con mostrar el ejemplo de una vida pura y virtuosa y de una actitud tolerante.

Eso no es más que bondad negativa y, para el discípulo, siempre será insuficiente. Deberíais, incluso como simples miembros, enteraros de que podéis enseñar, adquirir conocimiento y fuerza espiritual para que el débil pueda apoyarse en vosotros y para que las víctimas afligidas de la ignorancia, conozcan por vosotros la causa y el remedio de su sufrimiento. Es una de las graves declaraciones del ocultismo, que debe perdurar.

Hay que dar su importancia a la bondad convencional y a todas las cualidades que constituyen un carácter bien formado; pero el aspirante que quiere recorrer las etapas del sendero oculto debe tener o cultivar decididamente un poco de agresividad para vencer cualquier dificultad que le impida el acceso a su secreto y tener más fuerza para la lucha.

Escribo para el aspirante que quiere servir de luz y guía a los demás, que siente en su naturaleza esa llamada profunda, que puede sufrir una derrota en la cancha de la vida y, sin embargo, no dejar que le afecte, haciendo con ello que nazcan y crezcan en él las cualidades necesarias para un servicio superior. y una de las razones de que yo insista en la necesidad de tener una seguridad interior es que tenemos que afrontar de forma

subjetiva poderes e influencias que proceden de otros planos distintos del visible, que trabajan activamente en la vida personal. El aspirante está ahora completamente acosado en la faceta psicológica de su naturaleza (…) La hordas oscuras de los hermanos de la sombra están siempre atentas para sembrar la perplejidad y la incertidumbre en el cerebro del neófito. No se trata de una amenaza imaginaria: es una herencia kármica, apostada a lo largo del sendero esperando el momento oportuno para atacar, ante la cual sobrevive el fuerte y retrocede el débil. Cualquiera que sea la agilidad con que la naturaleza sensible pueda resistir o retroceder ante las vibraciones imprevistas que ejercen presión sobre ella, el ser interior debe haber alcanzado un nivel de fuerza que le permita actuar, arriesgarse y mantenerse en silencio.

Con un estudio concienzudo de uno mismo, a la luz de reflexiones como éstas, el aspirante logra comprender todo el significado que tiene la operación del karma en la vida. No puede, en realidad, demostrar demasiada introspección ni un discernimiento justo. Veamos lo que dice el maestro sobre este tema: Para descerrajar las puertas del

misterio, no sólo debéis llevar una vida de la más estricta probidad, sino que tenéis que aprender a distinguir la verdad del error. Habéis hablado mucho del karma; pero apenas conocéis el significado de esta doctrina. Os ha llegado el momento de poner los cimientos de esta conducta estricta de forma individual y colectiva que, en vigilia

continua, protege contra la decepción, tanto consciente como inconsciente. Los trabajos que realice el aspirante en el sendero desarrollarán este discernimiento y aclararán su visión, hasta tal punto que la verdad de las cosas será la respuesta a su rectitud de pensamiento. El Maestro es verdad. No disfruta con el error del aspirante y éste último

no estará sometido al error si insiste en tratar de identificar su pensamiento con el del Maestro.

Hay una exhortación tajante del Maestro, en la que se podrá meditar con provecho: Mis discípulos no deben dudar ni sospechar de nuestros agentes ni ofenderlos con pensamientos insensatos. Nuestros métodos de acción son extraños e insólitos y muchas veces pueden dar pie a la sospecha. Es una trampa y una tentación. ¡Feliz aquel cuyas percepciones espirituales le musitan siempre la verdad! Juzgad a los que trabajan con vosotros directamente .Según esta percepción, no según vuestras ideas terrestres de las cosas. Esta percepción espiritual es la base de la técnica. Llegará a contradecir muchas cosas que el aspirante ha considerado como verdaderas. Tendrá que renunciar a lo que se ha ido entretejiendo con tanta firmeza en su mundo de los hechos. Su mayor ayuda será la fe dogmática, aunque su mundo se hunda alrededor de él.

Esta nueva fuerza hará que surja la indiferencia ante la opinión del mundo. El aspirante no debe hacer caso a las apariencias. La leyes lo que le dicta su corazón desde lo más profundo de su ser y no las voces opresivas de las autoridades exteriores. El Maestro dice: El que se condena a sí mismo siguiendo su propia opinión y también es condenado

por el código de honor normal y reconocido por proteger una causa justa puede darse cuenta algún día de que ha alcanzado sus aspiraciones más altas. El egoísmo y la falta de sacrificio de sí mismo son los mayores obstáculos del sendero del adeptado. Podemos hacer de forma implícita que nuestra causa se base en la seguridad del adepto. No puede haber medias tintas en el ocultismo. O queremos la vida del Maestro o no la queremos. Si la queremos, sólo hay una ley a la que debamos adaptamos y la técnica de esta ley abarca todas las situaciones de la vida. Si se ha seguido la preparación necesaria, esta ley no complica la vida, sino que la simplifica.

La técnica del Maestro se ramifica en cada fase de la experiencia pasada y futura. Alcanza al secreto más íntimo de la propia educación suprema del Maestro y vuelve a la labor ordinaria del momento presente. No hay nada escondido para la omnisciencia oculta y no hay ninguna situación que no se pueda adaptar divinamente al plan de evolución.

Debemos vivir esta adaptación, tanto en la tristeza como en la alegría, y salir del fuego más purificados. Con las armas en la mano y dispuesto a vencer o morir, el místico moderno puede esperar alcanzar su objetivo.

Capítulo VII

Los Maestros de la técnica - II

Si hay algo importante y claro en las comunicaciones personales de los Maestros, es, sin duda, el modo en que exponen de forma total e irrefutable un aspecto determinado de la verdad. Cuando habla el Maestro para guiar el alma, notamos y sabemos inmediatamente y para siempre que, sin duda alguna, sus palabras son verdaderas. No hay necesidad de compararlas con ninguna otra opinión; no se necesita ningún libro para confirmarlas. Son la expresión nacida de la experiencia cósmica, que el alma-personalidad, en su evolución, comprueba mediante la experiencia. Es posible que no estemos preparados para aceptarlo ahora, pero llegará un momento en el que deberemos estar, si queremos seguir avanzando.

Este aspecto indiscutible de la palabra del Maestro, en su relación inmediata o remota con nuestra experiencia humana, me parece siempre un hecho único en la literatura. No es difícil ver por qué no se ha dudado nunca de él ni es objeto de reservas. No hay ninguna profundidad secreta del alma que no haya sondeado el Maestro, ningún problema que no pueda él retirar de toda consideración compleja para observarlo a la luz fría y clara de un intelecto iluminado.

Utilizo intencionadamente el término intelecto. No veo ninguna razón para suponer que, al parecer, lo mismo que hacen muchas personas, el Maestro, por su elevada espiritualidad, no se rebaja a utilizar un instrumento tan pobre como el intelecto. Observad en qué medida los problemas resultan enojosos y complicados bajo los efectos de sombras que no dejan de oscilar y obstaculizan la vida mental y emocional, ensombrecen la clara luz del pensamiento y hacen que nazca una turba de vibraciones discordantes que nos sumergen en una angustia dolorosa. El Maestro está completamente liberado de todo esto. Cuando observa el problema de un alma, se sitúa por encima de ella, no dentro, y capta su reflejo en el espejo claro e iluminado de su intelecto. Sabe exactamente el significado que tiene este problema para nosotros. Ve el fallo de nuestro conocimiento o de nuestra previsión que lo ha producido, la dura lucha que sostiene el alma para encontrar una solución o las incidencias que pueda tener este problema en nuestra futura evolución. Muchas veces el aspirante no se pregunta sobre la

sabiduría, la justicia y la compasión del Maestro, porque la carga concreta de la vida no desaparece con una simple petición.

No obstante, si el Maestro es un ejemplo vivo de la adaptación a las fuerzas kármicas, conoce todo problema imaginable, así como las reacciones benéficas que produce todo problema kármico que nos asalte.

No podemos someter a consideración la actitud del Maestro o de todos sus altos iniciados sin descubrir en ella las huellas benditas mareadas profundamente por antiguos sufrimientos. Es esta experiencia inmensa y esta gran edad del alma del Maestro lo que vibra por medio de sus consejos con tanta energía y hace que le guardemos fidelidad, incluso en los momentos más sombríos. He conocido más de un alma temblorosa, pendiente de la palabra del Maestro, cuando no había en la vida

nada que pareciese justificar esta situación; pero el alma sabía, aunque no pudiese comprender, y ese lazo de fuerza y simpatía imperecederas le bastaba por completo.

La mayoría de nosotros estamos de acuerdo al reconocer la necesidad de cultivar la voluntad en el trabajo oculto. Es la gran fuerza que dirige todo el progreso del mundo; pero la voluntad de avanzar en el sendero tiene una naturaleza más elevada. Es, en realidad, el ser interior espiritual que actúa de forma permanente y regular en la personalidad y, cuando, por el estudio y la meditación y una firme decisión de alcanzar la maestría, este ser interior o voluntad espiritual se despierta poco a poco y empieza a influir con fuerza en la personalidad, aparecen los problemas reales del sendero y requieren para su tratamiento la máxima fuerza. En ese momento, muchos dudan cada vez más de su progreso y están dispuestos a retroceder a su relativa seguridad anterior. Mientras no pensamos con demasiada profundidad o pedimos demasiado, los ritmos normales de la vida permanecen sin alteración; pero, si hemos visualizado posibilidades más elevadas y nos hemos vuelto hacia el reino del Maestro para pedir y compartir las responsabilidades y bendiciones de un servicio mayor, nuestra alma ha solicitado, en realidad, verse sometida a esta disciplina más rigurosa, que es lo único que permitirá la realización de este servicio más grande.

El aspirante que no está todavía seguro de sí mismo, que no ha tomado plenamente consciencia de la profundidad y la realidad de su voto de obediencia al Maestro, se ve perturbado muchas veces ante los claros cambios que se producen en su vida mental y ante las modificaciones de las circunstancias. Sin embargo, esto no es más que una de las pruebas que, tarde o temprano, debe afrontar todo aspirante y, si la orientación general de su vida no ha sabido hacer que aparezca en sus facultades cierto grado de fuerza y madurez, deberá conocer una experiencia del mundo más fuerte para afrontar con éxito esta prueba.

La misma vida es una gran iniciadora, una profunda verdad oculta. Podemos observarla en el mundo diario de los hombres. Alrededor de nosotros hay individuos que no tienen ninguna inclinación por lo oculto y que, sin embargo, realizan trabajos tan intensos y variados, muestran tal ardor y dedicación en muchas tareas al servicio del ideal de la raza humana, que tienen en su mano todos los triunfos mentales e interiores para pasar rápidamente las pruebas del sendero oculto. Estos hombres han visto que su voluntad se fortalecía en la medida en que ellos tenían las experiencias del mundo; han adquirido una madurez que permite a su alma recibir un conocimiento más profundo. Los conflictos violentos y los dolorosos sufrimientos de la vida han eliminado todos los apegos menores, han aclarado sus ideas y han desarrollado su desapego de los intereses puramente personales, permitiéndoles así resistir la vibración acelerada que se manifieste cuando emprendan la disciplina del sendero.

Esto es algo que merece una reflexión. Si la experiencia normal de la vida no ha bastado para iniciar al aspirante en el verdadero valor y en la verdadera fuerza de la voluntad, bajo cualquiera de sus aspectos superiores, su fidelidad al Maestro y el trabajo activo que realice para él se lo exigirán, sin duda, al cabo de poco tiempo. Deberá recurrir a su

propia fuerza interior, pidiendo esta fuerza ante el Maestro.

El Maestro Serapis, de la Fraternidad Egipcia, se refiere precisamente a este tema de la dirección energética de la voluntad: Pues el que espera resolver algún día grandes problemas del Macrocosmos y subyugar a su habitante, franqueando así violentamente el umbral sobre el que se apoyan los secretos más misteriosos de la naturaleza oculta,

debe, en primer lugar, poner a prueba la energía de su fuerza de voluntad, su decisión irrevocable de triunfar y de hacer que salgan a plena luz todas las facultades mentales ocultas de su Atma y de su inteligencia más alta, extirpar los problemas de la naturaleza humana y resolver en primer lugar los misterios del corazón. Es inútil esquivar el tema argumentando que una fraseología así no es humana. Si seguimos siendo niños y necesitamos que se nos enseñe la disciplina rociada de azúcar o, dicho en otros términos, vivida para nosotros, las exhortaciones del Maestro serán demasiado fuertes para nuestra naturaleza humana y nos desalentarán.

Hay que esperar a que el aspirante haya pasado esta etapa y que la experiencia de la vida le haya hecho afirmar su humanidad. Tiene que ser consciente de sus necesidades más profundas y de las de sus semejantes y no desviarse del sendero que ha estudiado ni de la verdad que conoce, por una aparente severidad del Maestro que deje presagiar una

disciplina más alta o, tal vez, la renuncia a algunos centros de interés que han tenido su tiempo y disipan la energía de él. Puede producirse más de una lucha secreta entre estos intereses y el aspecto más serio de la verdad, que nos hace señas en silencio. No puede ser de otra forma, por la importancia del contenido mental no espiritual que el pasado ha

grabado en nuestra consciencia.

Los que, entre nosotros, no han dejado de luchar para abrirse un camino a través de las duras etapas del sendero conocen bien las dolorosas inquietudes, las dudas abrumadoras y las interrogantes solitarias del corazón que han ido encontrando. Pero, pienso que sólo unos pocos, emergiendo de la oscuridad, afirmarían que esto es bueno. ¡Pero qué importa la dificultad, si hemos comprendido el camino, la verdad y la vida que el Maestro nos ofrece! No hay ningún otro medio que permita a la voluntad adquirir su fuerza, porque, de ser así, el Maestro nos lo hubiese indicado, sin duda.

Poco importa también qué Maestro queramos que nos guíe, pues todos se caracterizan por hacer la misma exhortación en cuanto a nuestro paso de nuestro mundo al de ellos: la necesidad del predominio de la fuerza de la voluntad espiritual, en el que ellos han insistido siempre.

La técnica del Maestro es eminentemente activa, no pasiva. Fijaos en las palabras clave que se han citado ya: Subyugar, franquear violentamente, poner a prueba, tener una decisión irrevocable, extirpar, hacer que brote. Todo el proceso se apoya en una intensa acción interior. Hasta me atrevo a afirmar que no hay ningún personaje importante de la

historia del universo en el que no se haya impuesto este poder supremo de movilización. A primera vista, puede parecer que no siempre es así.

Dependiendo de los caracteres y las carreras, esta fuerza central de la voluntad despierta puede estar manifiesta o más o menos latente; pero existe, organizada, concentrada y poderosa. La experiencia sólo puede variar en el plano oculto. El gran personaje del teatro de la historia del mundo no entra de forma necesariamente consciente y voluntaria en el ámbito secreto del mundo espiritual. Técnicamente, la orientación de

su vida no es espiritual. Cualquiera que sea la grandeza de su acción en los diversos ámbitos de la empresa humana, cualquiera que sea el resplandor de su genio individual, no es un ocultista, en el sentido tradicional del término, lo mismo que tampoco está sometido a las leyes de lo oculto. Las cualidades de intuición y raciocinio que ha desarrollado hasta un alto nivel y ha orientado hacia las cosas del mundo hacen de él lo

que es. No está comprometido en un trabajo cuya disciplina lo conduciría más allá de las fronteras de la consciencia humana. No tiene que pasar las pruebas estrictamente ocultas. Ante ellas, pueden escurrir el bulto, igual que el término medio de los seres humanos.

Pero el Maestro ejerce todas las prerrogativas del genio. En él están optimizadas todas las facultades de la consciencia humana y, además,

Las contrapartidas espirituales de estas facultades son, por así decirlo, operativas y están perfectamente controladas, a lo que se debe su gran autoridad, su valor supremo y su augusto ascendente sobre las manifestaciones más elevadas del genio humano. Sobre el desarrollo de estas facultades más profundas, contrapartidas espirituales de las facultades más sutiles de la consciencia humana, se centra la atención del aspirante a la técnica. De ahí viene el aire de severidad que caracteriza la disciplina inculcada por el Maestro. En el momento preciso en que se trata de franquear las fronteras de la experiencia humana ordinaria y con independencia del nivel que el genio natural nos haya permitido alcanzar con esta experiencia, con la intención consciente, deliberada, de captar la palabra del Maestro y de meditar sobre el campo silencioso y misterioso de la Experiencia Suprema, la voluntad queda sometida a las pruebas suprafísicas más sutiles, que son leyes inalterables en la materia. Ningún hombre sincero puede ser candidato a la técnica sin desencadenar en sí mismo poderosas reacciones de carácter íntimo y particular, que demostrarán con toda certeza qué clase de hombre es. Es la fase inicial de un proceso de readaptación de todos sus valores.

En esta búsqueda no hay nada que temer. El estudio concienzudo y la meditación le ayudarán a adaptarse a ella. Por otro lado, no tiene que prepararse para perder lo que le es querido y valioso ni para renunciar a cualquier talento o fama que tenga en el mundo de los hombres ni a dar de lado a la obligaciones profesionales o familiares. Simplemente debe desarrollar la fuerza necesaria para conocerse a sí mismo tal como es, para lo que hace falta mucho más de lo que creemos normalmente. Pues, cuando la fuerza de voluntad concentrada se aplica durante un largo periodo al ser psíquico y espiritual, todo móvil, toda tendencia que se esconda en el corazón del aspirante despierta a la vida palpitante ya la actividad. Todo lo que el karma ha grabado en sus miembros surge ante él. Esta es una de las facetas del gran problema al que se refiere la

exhortación del Maestro y ahí es donde, al descubrir en su intimidad el hombre que es, el aspirante debe dar muestras de firmeza y de valor ante todo lo que no se atrevería a manifestar en voz alta. ¿Hay alguna sabiduría en apartar los ojos de lo que la consciencia exige que miremos sin temor y superemos con firmeza?

Hemos invocado el nombre del Maestro y la respuesta se nos presenta bajo forma de fuego vital purificador que desciende por dentro para lavar y perfeccionar a cada uno de los que aspiran a los misterios ocultos. ¿Vamos a eludir por debilidad lo que hemos invocado deliberadamente y diferir la obra bendita de la redención personal, porque el ser mortal que tanto amamos corre el riesgo de ser crucificado psíquicamente en la cruz mística que se alza delante de nosotros'? ¿Hay en la vida alguna tragedia parecida a la del aspirante que, después de recibir el conocimiento del sendero, se aparta de la llamada del Cósmico, cuando llega el momento sombrío en el que tiene que encontrar su propia luz y avanzar con valor?

He tenido el privilegio de ver este problema, comentado en varias ocasiones por aspirantes que han afrontado la noche oscura del alma hacia la que sus trabajos intensos y persistentes en el sendero los habían conducido, y lo que más me ha inspirado ha sido ver la firmeza con que se aferraban a sí mismos, su resistencia filosófica en su dura prueba y su profunda confianza espiritual en que todo iría bien y llegarían a su meta. Han acertado. La palabra del Maestro no se ha pronunciado para nada. Podemos tener una prueba evidente de ello siguiendo el austero ritual de la voluntad de conquista, expresado de la forma más elevada por el Hermano, e invocándolo en silencio, hasta que todo lo que se oculta en los rincones más secretos del corazón salga a la luz y se comprenda, hasta que los metales más viles se transmuten en oro puro de la

Iluminación interior.

Capítulo VIII

La vocación y la técnica

El tema de la vocación da pie a muchas especulaciones en el pensamiento de los aspirantes. Es normal encontrar personas que se dedican a la vida comercial o profesional y, después de entregarse a la lectura de temas de ocultismo y tener contacto con un grupo oculto, se sienten cada vez más insatisfechas de la carrera que han elegido y piensan que están llamadas a dedicarse en cuerpo y alma al trabajo oculto. Sin querer criticar las buenas intenciones del aspirante, confieso que muchas veces he tenido la impresión de que esta actitud no estaba justificada. En muchos casos se debe más a un desconocimiento del sendero que a una idea sana y equilibrada de los requisitos necesarios para ejercer las responsabilidades de dirigente de una escuela o una Orden. No es raro que esta actitud se base en un deseo de prestigio personal y algún tipo de vanidad o ambición mundana. En cualquiera de los dos casos, queda claro que el

individuo no está realmente llamado a ejercer una responsabilidad que suponga una función de dirección dentro del ocultismo. En esto hay que ser francos, pues así se evita que algunos rechacen imprudentemente un oficio útil y conveniente para ellos, al que están vinculados por el karma y del que depende su evolución.

En primer lugar, la técnica en sí tiene poco que ver con la vocación inmediata del aspirante. Es una condición de1 alma y puede ser la base común de toda actividad personal del mundo de los hombres. Además, la técnica, para ser un verdadero servicio, como se ha dicho, exige una eficacia práctica tan grande como sea posible, que no se puede conseguir nada más que con el contacto con algunos aspectos de las actividades

cotidianas. Para el estudiante normal, la posición de dirigente o instructor tiene un halo de romanticismo que la hace más apetecible. Esto es una ilusión. Yo creo, en realidad, que prácticamente ninguno de los que ocupan estos puestos de responsabilidad y de confianza lo ha pedido ni lo esperaba. Los poderes cósmicos los han colocado allí, como consecuencia de la ley del k arma, porque tenían todas las calificaciones y el

desinterés necesarios para ocupar estos puestos legítimamente. Con mucha lentitud van comprendiendo la técnica que se les exige para asumir esta responsabilidad y cumplir con los deberes que requiere. Es silenciosa, su influencia es profunda y permite a quien la domina llenarse de seguridad y facilidad, para que la feliz influencia que ejerce sobre

los que disfrutan de ella los lleve a conclusiones sin igual.

No quiero decir que un estudiante que se haya dedicado a una rama concreta del ocultismo, como la curación o la astrología, no deba renunciar a una vocación que ha perdido con el tiempo o que ha dejado de interesarle, para tomar un rumbo más deseable. Puede sentirse llamado a estar perfectamente preparado para esto; pero la técnica del Maestro, llevada a este nivel de reconocimiento y eficacia en el que ella coloca a un hombre en una situación privilegiada concreta para prestar a sus

semejantes el servicio más importante, es de una índole completamente distinta. La observación íntima de estos dirigentes e instructores me ha convencido de que se han cualificado a fondo en el pasado y se han visto atraídos de una forma natural hacia una vida de servicio.

También creo que, más o menos inconscientemente, casi todos estos seres se han cualificado muy pronto en su encarnación presente, en las diversas vocaciones que han seguido para el trabajo y la responsabilidad que asumieron finalmente. Podría citar algunos dirigentes eminentes del mundo oculto actual que, desde su juventud, se dedicaron a actividades comerciales y profesionales que constituyeron una base sana e

índispensable para el gran trabajo del sendero que les esperaba. Algunos de ellos ni siquiera suponían sus posibilidades futuras; pero todos fueron estudiantes serios en sus diferentes ramas. Sentían la necesidad interior de una preparación personal. Su adhesión a un Maestro iba madurando en silencio y, cuando llegó el momento oportuno, se dieron cuenta de que habían sido elegidos y emprendieron su labor con seguridad.

Según una máxima de ocultismo, es muy difícil tener armonía con su antítesis aparente, a no ser tras mucha reflexión y experiencia. Nosotros tenemos, por un lado, la seguridad de que el Maestro se preocupa por el aspirante y, además, de que el Maestro no se interesa por los detalles de la vida personal del aspirante, sino únicamente por la vida

de su alma y su cualificación para convertirse en discípulo. Sin embargo, no se trata de máximas contradictorias. Son simplemente dos aspectos de una misma verdad fundamental, a la que se vinculan el karma, la vocación y la técnica. El Maestro se interesa por el aspirante en el más amplio sentido de la palabra; pero no lo hace personalmente mientras el desarrollo de la técnica no le da la ocasión de entrar en contacto con él a un nivel en el que esta técnica es operativa.

La evolución de un aspirante es cuestión de un ascenso progresivo de la consciencia y, durante todo este periodo, hasta el momento en que su alma haya adquirido conscientemente toda su fuerza en el sentido oculto y sea capaz de tomar una acción original y una iniciativa, recibe instrucción, orientación y diversas ayudas de diputados designados por el Maestro. Estos diputados son iniciados dotados de una técnica evolucionada, agentes del Maestro en el mundo de los hombres, y son los dirigentes y los instructores a los que el aspirante debe el incremento progresivo de sus propios poderes. Son hombres que han eliminado parte de su karma y están, por tanto, libres para dedicar su vida a prestar servicio en el sendero. Están cualificados para inspirar a los aspirantes y ayudarles a desarrollar en ellos mismos la técnica, hasta el día en que,

a su vez, cuando el karma lo permita, puedan del mismo modo ser elegidos para ocupar un puesto de responsabilidad bajo la dirección del Maestro.

Conviene conocer este método de responsabilidad e instrucción progresiva que aplica el Maestro al neófito del sendero. Puede ayudar a eliminar la idea errónea, tan extendida, de que, cuando un aspirante se ve atraído al sendero y quiere enseguida tener prestigio y ejercer su influencia sobre otras vidas, el Maestro se interesa personalmente por él y debe, por tanto, satisfacer su deseo. La observación y la reflexión le demostrarán, sin duda, que no es así. Se dará cuenta de que, durante mucho tiempo, tiene muchas cosas que hacer para llegar solamente a conocer lo suficiente la técnica utilizada conscientemente por el técnico bajo cuya influencia se encuentra, antes de poder esperar tener la sensibilidad necesaria para captar las exigencias más íntimas y concretas del Maestro que actúan directamente en su alma. Sin embargo, los ejemplos de esta actitud errónea abundan mucho entre los estudiantes.

Si, por cualquier razón, su vocación ordinaria encuentra dificultades o conoce el fracaso, buscan inmediatamente lo que llaman una función oculta, que sea ligera y agradable, o esperan a que el Maestro se interese personalmente por su bienestar y les ofrezca una oportunidad excepcional.

Si se aceptase a estos aspirantes tal como son o se pusiesen inmediatamente en las funciones que anhelan, fracasarían miserablemente. Sin embargo, no es fácil que ocurra esto. Una ley inexorable los mantendrá alejados de todo aquello para lo que no tengan preparación, con la misma seguridad con que se verán envueltos en una serie de circunstancias que, por sí solas, favorecerán la realización de su k arma. Esto puede

servir de ejemplo de la máxima, aparentemente contradictoria, según la cual el Maestro no se interesa por los detalles de la vida personal del aspirante. La inaccesibilidad del Maestro basta para confirmarlo.

Está establecido, de fuente autorizada, que el número de discípulos aceptados por los Maestros y que, tras un entrenamiento y unas pruebas muy duras, han sido reconocidos por ellos para participar en su trabajo, son un puñado, en comparación en el número de aspirantes que los buscan. Este trabajo es tan extenso y difícil que sería imposible, física y cósmicamente, para la vida personal de estos aspirantes, recibir las directrices e instrucciones de los Maestros. Evidentemente, los aspirantes que han basado su propia teoría en la dirección oculta se irritarán con esta declaración. Es fácil desear una situación y creer que se reúnen las condiciones necesarias para alcanzarla. He estado en contacto con estudiantes de diversas escuelas de pensamiento; pero no he encontrado a

ninguno que pretenda, en realidad, que un Maestro se convierta en su guía en el plano físico. Hay que tener en cuenta que hablo de aspirantes y no de los que son interiormente técnicos o rigen y ejecutan los planes de algunas escuelas. En realidad, su contacto personal con un Maestro es la razón misma de la existencia de estas escuelas.

Ya es hora de que se aclaren los muchos malentendidos que envuelven este tema y los aspirantes tengan oportunidad de tomar posición Algunos han llevado sus pretensiones personales a extremos casi increíbles, sin más autorización para ello que sus propios deseos o sus creencias personales. Los Maestros no se mezclan entre los buscadores para enseñarles personalmente, por la única razón de que éstos hayan leído o meditado durante algún tiempo y se crean dignos de ser aceptados. También se podría esperar que los grandes maestros de las artes gastasen su tiempo valioso en instruir a los novicios, antes de que éstos hayan recibido una formación básica completa bajo la dirección de profesores competentes, que les permita progresar hasta presentar su obra en público. La

vocación del aspirante consiste en preparar su personalidad para evolucionar con metas completamente prácticas y, si tiene el gran privilegio de trabajar bajo la dirección de un iniciado en una escuela oculta, cuenta con todas las oportunidades para perfeccionar en sí mismo las cualidades que harán de él un miembro válido de esta escuela y ampliarán su influencia en el servicio. Es la única forma de dominar la técnica.

Es difícil comprender en qué se basa la idea de que los que se dedican a unas vocaciones concretas corren el riesgo de no encontrar la oportunidad de avanzar, al mismo tiempo, en el sendero. Lejos de todo lo que podría decir algún tipo de literatura oculta, el estudiante, por el contrario, está comprometido a servirse de su vocación de una forma muy práctica para facilitar su progresión en el sendero. Tiene en sus

manos los medios para conseguirlo. Lo que haga para ganarse la vida le importa muy poco a la técnica, siempre que sea honrado. No se puede disimular la influencia de un alma evolucionada.

La vocación de un estudiante, cualquiera que sea, le proporciona un canal de expresión. Hay que destacar que algunos de los hombres de negocios más importantes y artistas de renombre universal se sirven de la técnica, en cierta medida, y son plenamente conscientes de que cumplen una misión de servicio mediante sus negocios y su arte. Lo mismo sucede con el aspirante desconocido en su vocación más humilde. El alma ha elegido su campo de actuación y, al realizar humilde y conscientemente su labor, verá que se le van ofreciendo vías de servicio más amplias, según va estando preparada.

El discípulo del Maestro, cuya técnica perfeccionada le permite trabajar principalmente con las almas humanas, es un eslabón entre el Maestro y el aspirante. Su posición demuestra que ha servido durante mucho tiempo como aprendiz en diferentes tipos de vocaciones. Sin tener esta experiencia completamente asimilada, no hubiese podido jamás ser utilizado como centro de fuerza oculta al servicio de los demás. En mi opinión, se puede decir que es también alguien que no codicia jamás que se le atribuyan funciones en el sendero. Es muy consciente de sus propias limitaciones y siente muy profundamente la necesidad de realizar un trabajo al que se dedique de lleno, para cumplir con eficiencia su deber y dedicar su tiempo a fijar el lejano futuro. En este hombre es en el que puede confiar el Maestro para que trabaje desinteresadamente en

su propio lugar. Si hace esto, sin duda alguna será elegido.

Capítulo IX

La adaptación a la técnica

El problema de la adaptación a la técnica está siempre presente en el espíritu del aspirante. Cualquiera que sea el nivel de consciencia que haya alcanzado, siempre tiene delante este problema. Pronto empieza a sospechar que el enemigo está en su sendero. Este enemigo se manifiesta en el nuevo punto de vista que ha tomado, casi inconscientemente, en su evolución. Se siente de repente en ligero desacuerdo con la

vida y la experiencia, tal como las conocía y las vivía, y debe, por consiguiente, hacer un replanteamiento en términos nuevos. Una vez más, el arte nos facilita un símil. El artista pasa de un grado de la técnica al siguiente, con más o menos rapidez, según su aptitud innata. Cada grado tiene su dificultad propia y requiere una adaptación. Lo que parecía insuperable en un principio, se ha convertido en un automatismo que puede reproducirse voluntariamente, con facilidad y seguridad.

En la técnica, la adaptación y el progreso tienen cierto parecido. La meditación es el instrumento que permite al aspirante pasar de un grado a otro. Todo ciclo de crecimiento, por pequeño que sea, produce en la vida mental una perturbación característica que le es peculiar. Se ha dicho, con razón, que los primeros trabajos realizados para establecer en la mente la tranquilidad que propicie una buena meditación tienen como resultado que le hacen adoptar todo tipo de actitudes de desobediencia y resentimiento contra la presión que se le impone. A la mente le gusta seguir su camino habitual, sin someterse a ningún control y sin verse acaparada por asuntos efímeros que retengan su interés. Cuando decide dedicarse a vencer este derroche de actividad y concentrar el pensamiento por canales de expresión más concretos para objetivos superiores, la mente se paraliza para mantener su vieja rutina. Esta dificultad preliminar se disipa pronto con la práctica y entonces el verdadero problema es adaptarse a las ideas nuevas, a una visión más amplia, a la presión cada vez mayor que sufre la mente cuando el ser interior se ve obligado, a consecuencia de la disciplina, a imponer su naturaleza.

Cuando se produce esta expansión, casi todos los aspirantes tienen la misma experiencia. Se sienten repentinamente empujados a aventurarse en nuevos caminos de actividad mental. En muchos casos, se abren ante ellos nuevas perspectivas. El ser interior, enriquecido tras muchas vidas de lucha y evolución, empieza a manifestarse ya proyectar en el campo de la consciencia los poderes y las facultades del pasado, que

han llegado a la madurez. El aspirante es consciente de estas voces insistentes del pasado, que vienen a mezclarse con las de su vida presente: voces fuertes, turbadoras, comprendidas a medias, que despiertan un ferviente deseo de interpretarlas correctamente, de acoplarlas a la octava que él conoce y en la que todo, hasta ahora, se había armonizado.

Pero ahora se presenta una situación nueva. Lo que le ocurre pertenece a una octava distinta del teclado cósmico y necesita una interpretación personal. Las facultades que conoce y utiliza pueden recibir un impulso nuevo y reforzarse para los usos más amplios. Es algo muy satisfactorio. Pero su disciplina cotidiana lo transporta al reino psíquico de las facultades y de las fuerzas, cuya aparición silenciosa, como una

consciencia nueva que ilumina débilmente la penumbra, viene a impregnar la mente, arrastrando en su estela el problema permanente de su aceptación y su adaptación a los factores conocidos de la mente, de la vida y de la experiencia. Es como si, de repente, descubriésemos, en nuestra morada, donde cada mueble o cada elemento decorativo nos

resulta familiar, objetos extraños y curiosos que habremos de reconocer en lo sucesivo y cuyo significado y finalidad deberemos comprender.

No es una experiencia momentánea que desaparece tan pronto como se ha vivido. Se mantiene durante todo el periodo de desarrollo de la técnica. El problema de una adaptación hábil a estos incidentes de expansión de la consciencia no deja de aparecer ante el aspirante. El periodo será corto o largo, según su aptitud para elevar e intensificar su vibración y según su capacidad para adaptar su vida física, emocional y mental a las revelaciones que se vayan produciendo.

Se puede expresar esta idea de otra forma. Si es difícil adaptarse a la vida que el aspirante ha conocido antes de su formación oculta, controlar y dirigir la vida mental que ha edificado en esta encarnación, ¿cuál puede ser el trabajo que le espera cuando empiece a meditar y a explorar las profundidades del ser interior que guardan la experiencia latente de numerosas vidas pasadas'? No soy de los que consideran la vida oculta como un simple proceso de meditación y de afirmación que abriría las puertas de recursos insólitos de poder y de sabiduría, sin mucho esfuerzo ni trabajo. Sé que Ja vida embrionaria del pasado debe desarrollarse en el presente, ser comprendida, compensada, adaptada y perfectamente asimilada en la experiencia consciente de hoy. No se necesita mucho tiempo para leer esto; pero harán falta muchos años para que la palabra se convierta en un hecho. Todo el tema de la técnica está sometido al peso de este esfuerzo concienzudo y esta resistencia que supera, por su carácter y por su alcance, todo lo que se puede exigir, incluso en los campos tan técnicos de las artes y las ciencias.

Dudaría francamente de los avances de un estudiante que no hubiese afrontado de alguna forma las dificultades de la adaptación. He podido ver muchos ejemplos concretos. La fuerza y la insistencia de la naturaleza pasional durante el periodo de prueba son un gran obstáculo. Con ello se desanima muchas veces el estudiante y piensa que debe tener algo abiertamente malo, porque, mucho después de haber sometido su

mente a la educación espiritual, se da cuenta de que hábitos y tendencias indeseables, que querría que desapareciesen para siempre, se reafirman con una fuerza aún mayor y siguen buscando la forma de manifestarse. Sin embargo, no hay en ello nada nuevo y tampoco debe ser causa de desánimo ni de reproche personal. La naturaleza emocional

es, con mucho, la fuerza más poderosa que tiene el hombre en esta fase de evolución y no puede elevarse al plano espiritual de expresión sin tener que pagar el precio de una larga aspiración y de numerosas resistencias temporales a la naturaleza de la voluntad que se le impone.

Lo que el aspirante trata de olvidar es que el mismo problema fundamental se presenta a todos los que están en el sendero, con variaciones que dependen del nivel de evolución y de las formas habituales de expresión. Un gran porcentaje de estudiantes, en estos momentos, tienen una naturaleza emocional muy polarizada y abordarán sus estudios

bajo el aspecto emocional que ellos adopten. Es una de las principales dificultades que encuentran los estudiantes de hoy día que, sin mucho estudio y meditación, son incapaces de transformar su polaridad, elevándola desde el plano emocional al plano mental, y de trabajar a este nivel de dos formas simultáneas: manteniendo una actitud permanentemente receptiva al influjo de la fuerza que procede del plano Cósmico y, al mismo tiempo, obligando a la vida emocional a responder, con capacidad e intención, a una inspiración y una dirección superiores. Este periodo tiene siempre para el aspirante una duración y una intensidad variables: es relativamente breve para unos y mucho más largo, para otros. A lo largo de este periodo se ganan y se pierden muchas batallas

secretas; pero el aspirante siempre consigue más vigor mental y moral.

Aparecerán cortos ciclos de lucha después de periodos de relativa calma y afortunado progreso. Todo esto hace que vaya saliendo poco a poco cada tendencia e inclinación, reconocida o no, de su naturaleza, tanto si es de fuerza como si es de debilidad. El problema de todo aspirante es la adaptación correcta a esta revelación constante del ser profundo.

Reflexionemos un instante sobre este aspecto, tan interesante e importante, del conocimiento de los ciclos de la evolución del aspirante y su adaptación a ellos. Preferiría no criticar todo lo que parezca tener algún valor para él, todo lo que, en una enseñanza concreta o un método de estudio específico, le ha parecido importante y de lo que él no quiere prescindir, por la simple razón de que se siente perfectamente identificado con ello. Lo único que pretendo es darle una comprensión más profunda de las exigencias que requiere la técnica. Si quiere acordarse de que es precisamente el punto de vista que se opone al suyo el que puede demostrar que tiene un valor especial, se adaptará entonces voluntariamente al criterio fundamental del verdadero crecimiento.

El único enemigo que hay en su sendero es el estancamiento del pensamiento y, en gran medida, están bajo influencia de este enemigo, por mucho que aseguren que son estudiantes de lo oculto. Me refiero a los estudiantes que leen mucho. Si hay algo de lo que el aspirante deba estar seguro, es de que la técnica del Maestro no se enseña en los libros.

Puede estudiar, grabar y congratularse de todo lo que ha almacenado en su memoria en cuanto a las razas, los planetas y las diferentes épocas de la historia; pero todo esto no es más que el alfabeto del sendero. He conocido a estudiantes que se han alimentado durante años de datos parecidos y, sin embargo, seguían siendo incapaces de resolver sus problemas o los de los demás. No llegaban a comprender que la acumulación de datos no es el desarrollo del poder esotérico, sino solamente su preámbulo. Los manuales se contradicen casi indefectiblemente en cuanto a estos datos. Algunos autores son muy francos para recordarnos que no hay que aceptar sus opiniones a ciegas, como dogma de fe, sino solamente como su propia opinión sobre el tema. Otros nos aseguran que lo que ellos comunican no es más que una simple sugerencia, que gran parte de lo que transmiten no es verdad. En resumen, el estudiante queda remitido a su propia intuición para buscar el poder esotérico a su manera. Este es el vacío que yo quiero llenar con este tratado de la técnica.

Aconsejo al estudiante que pase a segundo plano durante algún tiempo la carga de la teoría y las hipótesis y se facilite por sí mismo la labor.

Para él, la única verdad es lo que ha experimentado en sí mismo y por sí mismo. Todo lo demás puede esperar y esta espera no será en vano.

Olvidar el valor supremo de la experiencia del presente dirigiendo sus pensamientos sobre los textos estereotipados de épocas remotas, cualquiera que sea su autor o la forma en que establecen normas perfectas que no guardan ninguna relación con el momento actual, es perder la gran oportunidad de conocerse a sí mismo.

La técnica es una serie de ciclos de revelación de uno mismo y la rapidez y la intensidad de estos ciclos dependerán de la fuerza del alma.

Por tanto, la pregunta que se plantea el aspirante es: ¿qué me revela este ser interior? Sus meditaciones deben orientarse decididamente hacia esta meta. Busca al guerrero y déjalo que luche en ti. El estudiante debe ofrecer al guerrero poderoso y sabio, conocedor del secreto de toda su evolución futura, de fuerza desconocida y aún no demostrada, una ocasión de manifestarse en el campo de batalla de la personalidad. Con la meditación activa, dirigida hacia dentro de sí mismo y hacia lo que lo trasciende, abre el camino al guerrero de los siglos, para que manifieste su poder y sus facultades en círculos cada vez más amplios de conocimiento y de experiencia en la vida personal.

La pregunta más importante es, pues: ¿qué me manifiesta el presente ciclo de crecimiento y cómo me adapto a él? Cuando se ha alcanzado un ciclo de intensidad suficiente, la reacción de la personalidad al incremento de fuerza del alma será muy pronunciada. La voz de la personalidad se hará más fuerte y más insistente de lo que fue nunca antes. A veces es algo que sorprende al estudiante. Piensa que, cuanto más atención presta al alma que la informa, más debe sosegarse su personalidad.

En un estado avanzado de la técnica, es algo que se puede esperar y que se impone. Entonces se conoce la personalidad, se mide su envergadura y se controla su vida expresiva y se dirige como un obediente vehículo del alma. Pero no es éste el caso de las primeras etapas de la formación. Cada ciclo pequeño de crecimiento hace que salten a primer plano las facultades latentes y las ambiciones reconocidas de la personalidad.

Algunas de ellas deben hacerse completamente eficaces con una atención meticulosa y una disciplina intensa; otras deben perder parte de su fuerza y debe desaparecer su actividad consciente, en beneficio de una visión más amplia del alma. Es un problema doble que exige la afirmación incesante de la voluntad y el ejercicio de un vivo discernimiento.

He mencionado este tema en el capítulo de las ilusiones, donde se invita al estudiante a hacer inventario de sus facultades mentales con miras a su desarrollo superior. Con esto, se enfrenta a lo que se ha llamado la maldita ambición. A mí no me gusta mucho esta expresión; pero tiene un significado muy grande para el aspirante, según va avanzando en su camino hacia la técnica. Quiere decir que algunas tendencias de la ambición personal, perfectamente compatibles con la forma de vida que tenía antes de entrar en el sendero, deben ceder terreno ahora o transmutarse y recibir una orientación más espiritual. Es un problema que cada aspirante debe resolver por sí mismo. Hay ambiciones que aceleran su progreso por el sendero, mientras que otras lo retrasan. Cultivando su discernimiento, será capaz de apreciar la fuerza y el valor de cada una de ellas y de determinar en qué medida puede servirle en el futuro, en beneficio de sus semejantes. Es el único criterio que le permitirá finalmente valorar sus logros y sus fuerzas mentales, ya que la técnica, en sus etapas más altas, exige que el hombre esté por completo al servicio del mundo.

Esta es la razón de que el problema agobiante de una adaptación cada vez más profunda a las exigencias del alma que se desarrolla sea uno de los más importantes y no se pueda evitar en ninguna fase de la disciplina. El objetivo es el conocimiento completo de las fuerzas del alma que evolucionan dentro de la personalidad, para permitir al aspirante que conozca por experiencia propia todas las facetas de la evolución que encontrará en los demás. Si conserva firmemente esta idea y esta intención durante todo su noviciado, se reforzará su voluntad y hará que persevere en la labor de ampliación constante de su mente, al mismo tiempo que su discernimiento, se agudizará para distinguir lo que debe abandonar y dejar detrás de él, como algo que ya no le va a ser necesario para la técnica que está desarrollando, ni digno de ella en lo sucesivo.

La expansión de la vida personal se produce antes que la de la técnica. El jardín de la personalidad, rico y perfumado con los capullos escogidos y cultivados de vidas pasadas, ha cumplido, en el lugar y momento oportunos, su cometido de placer y ahora debe ceder toda su fuerza y su belleza para alimentar el árbol de la vida espiritual, para facilitar el conocimiento y la curación a los que buscan el camino.

Capítulo X

El neófito y la técnica

El neófito que ha tomado su decisión y se prepara asiduamente para la técnica deberá fortalecerse contra la crítica. La crítica es uno de los rasgos característicos más importantes de la vida cultural occidental.

Es una característica nacional a la que el tiempo ha rendido honor. Pero una característica nacional puede ser también un mal nacional y entre nosotros, en gran medida, la crítica es un mal. Es cierto que cada rama de la cultura está recorrida por una tendencia a la crítica noble y útil, que abre la mente a una apreciación real de las creaciones humanas más elevadas. También se ve acompañada por otra tendencia, fuerte y perniciosa, a una siniestra campaña de condena, cuyo único objetivo es impedir la propagación y la influencia de una verdad poco familiar y alcanzar por sí mismo una notoriedad barata, a costa de los que no saben reflexionar por sí mismos. Este último tipo de crítica es el que, bajo su falso aire de omnisciencia, aplica con fuerza sus criterios estrechos a las revelaciones de la ciencia oculta y, con ello, se convierte en objeto de un desprecio bien merecido.

Es una perogrullada decir que el criterio de una crítica justa es el conocimiento de los principios y las aplicaciones del tema en cuestión; pero el origen de la corriente principal de crítica producida por los descubrimientos ocultos está en la ignorancia profunda de los principios más elementales. Nos hemos acostumbrado de tal modo a esta forma obstusa de tratar la búsqueda avanzada que, por nuestra parte, no nos

preocupa. Reconocemos su impotencia para detener los progresos del alma. Pero hay estudiantes que tienen una sensibilidad especial para los ataques vehementes de la ignorancia y sienten una angustia y una duda muy grandes cuando están expuestos a un fuego cruzado de preguntas y al ridículo en su círculo inmediato, en virtud de sus convicciones ocultas. Estos estudiantes no tienen unos cimientos sólidos: el periodo de su estudio de prueba no esta muy avanzado y sólo han dado unos pasos en el sendero del conocimiento de sí mismo. A cada paso surgen dudas y preguntas y se necesitará tiempo para que la mente pueda asimilar perfectamente la verdad más profunda. Para el neófito en ocultismo, se trata de un período crítico y deberá estar preparado para hacerle frente.

Sí quiere avanzar, deberá mantener una indiferencia fría ante esta crítica. No debe tener el mínimo temor a que lo tomen por loco por sus ideas. Por no haberlo sondeado todavía lo suficiente, el edificio del conocimiento oculto no le parece muy sólido. Por falta de evolución, su pensamiento será enfermizo y el aspirante no podrá justificarse todavía

de forma satisfactoria. Sus adversarios notarán su falta de seguridad y se aprovecharán de ella, hasta tal punto que él llegará a creer que su alma se mantiene de quimeras. Tan sólo hay una cosa que deba preocuparlo: su evolución interior. Al entrar en contacto con los asuntos divinos, se fortalecerán sus pensamientos. Las derrotas pueden conspirar contra él; pero debe acostumbrarse a sacar de ellas más fuerza.

Llegará un momento en que comprenda dónde está situado en el plano de las cosas y reciba una capacidad nueva para expresarse en caso de urgencia.

Debemos tener presente en todo momento que la expansión de la técnica es distinta de cualquier otro tipo de crecimiento. No podemos registrar nuestro progreso, día a día, como un estudiante de arte. Esto no tiene nada que ver con esta cultura que es muchas veces sinónimo de arrogancia. Ni las brillantes realizaciones ni el prestigio social darán un pasaporte al aspirante. No se hace excepción con nadie. Jesús era carpintero; Buda era príncipe; los dos fueron adeptos. Lo que se necesita es tener un alma fervorosa. Aprended a servir. El adepto es un servidor.

La lucha crucificante de la vida que nos rodea marca a la humanidad con una señal de la cruz indeleble en la frente. ¿No significa esto nada para vosotros? El sombrío panorama del alma humana, que pasa una y otra vez entre dos eternidades, buscando el gran secreto a ciegas y sin saber, ¿no significa nada para vosotros'? Pues esa es la base de la técnica.

El alma humana debe atraeros de forma irresistible. Ser, conocer: esos son los ángeles de la aspiración que deben agitar las aguas de la vida interior para incitaros a entrar en acción. El sufrimiento del alma debe convertirse en vuestro sufrimiento y la etapa inicial empieza por el cuidado intenso de esta gran humanidad de que hemos hablado.

Una cabeza llena de teorías os convertirá en un timbal estrepitoso y conocido por los hombres; pero una simpatía llena de compresión sólo puede nacer de las profundidades reales de la naturaleza. Vuestra evolución puede costaros una encarnación; pero el verdadero aspirante se olvida del precio de la realización. Se acostumbra a pensar por encarnaciones, en vez de hacerlo por años. La grandeza suprema de esta contemplación pone su sello indeleble en sus pensamientos, con lo que los que son incapaces de valorar sus ideales no podrán, sin embargo, olvidarlos jamás.

La transformación que se produce en ]a vida interior del aspirante, aunque es silenciosa e invisible para los demás, afectará de modo muy diverso a sus relaciones con el mundo en general. Se dará cuenta del cambio que se produce en él mismo y, tanto si habla como si no, los demás también se darán cuenta y le preguntarán. Entonces es cuando

conocerá la crítica. Se planteara en serio su derecho a crecer. ¿Con qué derecho aspira a las cosas espirituales? Según algunos, esta desviación del honrado sendero del conformismo será una grosera herejía que hará que caiga sobre él la cólera del cielo. La mayoría de los que estamos en el sendero somos herejes y nos han precedido también los mayores herejes. El aspirante no debe dudar jamás en tratar estas críticas de forma

perentoria, si fuese necesario. ¡Que sea hereje y se mantenga como tal!

Puede verse tentado a argumentar a favor o en contra; pero le servirá de poco. Ha ido avanzando, sin reparar en obstáculos, y los demás están decididos a no moverse, con lo que es imposible llegar a un acuerdo. Ha decidido ser una luz en el mundo, cualquiera que sea la oscuridad que tenga que atravesar, y no será prudente retroceder y lanzarse a los brazos abiertos de la mayoría, para encontrar en ellos solamente una paz y una tranquilidad efímeras.

La técnica tiene como finalidad hacer al aspirante un artista espiritual. dotado de un conocimiento intuitivo muy fino de los procesos interiores. Evolucionará, en la medida en que vaya adaptando su naturaleza para que responda a vibraciones más sutiles e insólitas. Se hará más receptivo a una gama más amplia de influencias psíquicas. Uno de los primeros signos de esta evolución es la tonalidad oculta pronunciada de la personalidad. Al responder ahora a una frecuencia vibratoria más elevada, el soplo de vida circula con una fuerza especial. Aunque fuera se capte con debilidad, se produce a continuación una espiritualización del ser. La sensibilidad aumenta hasta un nivel considerable y, aunque el aspirante no pueda llegar a la conclusión de que su meta está

en convertirse en un ser etéreo, descartando los placeres de una existencia sana y natural, tiene claro que debe meditar sobre muchos temas que no le preocupaban en otro tiempo.

Cualesquiera que sean las objeciones planteadas por los que no comprenden nada del fin que se persigue, a la vista del resultado final de este proceso de perfeccionamiento, uno de los objetivos principales debe ser el desarrollo de la sensibilidad y, a lo largo de su investigación, todos los sinsabores encontrados en este proceso alquímico se considerarán como inevitables y en ningún modo disuasorios. Sabrá que se prepara deliberadamente para recibir un poder más elevado de asistencia, para utilizarlo en una carrera de servicio sublime.

El aspirante no debe tener ninguna crítica. Cuando los autores de estas críticas se den cuenta de que él tiene un don más valioso, tendrán el primer indicio de su ceguera. Entonces comprenderán que todo lo que domina del conocimiento mortal es muy poca cosa, en comparación con esta visión divina, cuando se convierte, de la forma más sencilla, en un oráculo del alma y muestra una nueva gama de valores. El aspirante no puede prestar ningún servicio mayor que éste. No hay recompensa superior a la de este servicio. Ante la contemplación de este ideal, la gloria de los ideales inferiores de los hombres sufrirá un eclipse inevitable. La voz de la crítica habrá perdido su poder pernicioso, porque los pensamientos del aspirante se habrán fundido en silencio en el proyecto cósmico, que no conoce variación ni sombra de cambio.

Capítulo XI

El adiestramiento y la técnica

Evocando el misterio insondable de la existencia, Carlyle, en un momento de verdadera visión mística interior, exclamó: La fuerza, la fuerza, por todas partes la fuerza. Nosotros mismos somos una fuerza misteriosa que está en su centro... Eso es lo fundamental, para el técnico, en el plano filosófico y práctico. La técnica es la ciencia de la fuerza aplicada. Cuando un hombre llega a servirse de esta fuerza de un modo

científico, por la concentración de su voluntad y por su comprensión iluminada al servicio del mundo, deja de ser ya un aspirante para convertirse en un discípulo del Maestro. Es un manipulador consciente de la única fuerza del Cosmos, que se manifiesta por los centros despiertos de su personalidad interior. En el transcurso de largos días de prueba, de experimentación y de amplia experiencia de la vida, ha puesto en acción en sí mismo un delicado mecanismo destinado a recibir y transmitir energías infinitamente más poderosas que todo lo que opera en los planos físico, emocional y mental de su ser. Es una realización preliminar, en el sendero, infinitamente prometedora para los demás.

¿Es envidiable entre los hombres este estatuto de discípulo? Desde el punto de vista del mundo, evidentemente, no. No es fácil vivir en el mundo occidental contemporáneo, revuelto y saturado de problemas agobiantes, que además exige no sólo que el hombre participe en ellos, sino también que dependa de ellos, que se adapte a sus ideales y entre en su juego de intereses. Desde el punto de vista del Maestro, todo es distinto. Es una bendición que haya hombres que, a lo largo de encarnaciones anteriores, hayan pasado su noviciado y sean ahora discípulos aceptados por Maestros y tengan una misión concreta ante sus semejantes.

Antiguos vínculos los han unido de nuevo en esta vida, dentro de escuelas ocultas secretas, para seguir subiendo los niveles de la técnica y asumir posiciones de mayor responsabilidad en la Fraternidad de Maestros. El mundo no los conoce; pero los que son como ellos en el mundo entero los reconocen por estos signos infalibles de evolución del alma y de la personalidad que se presentan en este tratado.

El mundo no conoce al discípulo; pero sabe que es diferente de los demás hombres. Un hombre que está investido con la misión de discípulo no puede ocultar su luz bajo un celemín. Nadie sabe qué es lo que él es, se sabe que es diferente. Eso basta para que se convierta en blanco de la crítica y para que se pregunten sobre su modo de vida los que sólo son capaces de reconocer que se encuentran ante un hombre diferente. El que ha pasado por ahí no puede ser reconocido, mientras no hayan alcanzado los demás este estado diferente y, al mismo tiempo, nuevo. Esto es lo que dicen las escrituras y ésta es la experiencia vivida por el discípulo. Su vida es una paradoja y todo intento de justificarla a los ojos de los que son incapaces de comprender las paradojas sólo hará

que parezca más desesperadamente contradictoria.

El discípulo debe aceptar esta condición de su desarrollo con la mayor comprensión. Debido a algunas ventajas que lleva consigo su evolución y que ha adquirido porque se las ha ganado en el pasado, se atiene a un código de ética y se somete a leyes que siguen siendo extrañas e inaccesibles para sus semejantes. Esa es la razón de que la técnica, que actúa por medio de un discípulo, desconcierte tanto a los hombres astutos que alardean de su dominio intelectual. Está encargado de un deber que no existe para los demás hombres. Basta con que el discípulo lo sepa. Este conocimiento le da fuerza y predominio sobre las influencias adversas.

¿Cuál ha sido, pues, el factor esencial que lleva al técnico a este punto de ascendencia y de eficacia en la escala de la evolución humana? He dado alguna idea sobre la naturaleza de la técnica, he destacado sus principales componente y he mostrado la amplitud de la disciplina que debe seguir para satisfacer sus necesidades. Se trata de una palabra que está siempre presente en la memoria del técnico, durante su largo período de formación. Esta palabra es: adiestramiento. A veces supone una condición que los estudiantes miran con desconfianza. Sin embargo, es muy corriente oír hablar de una persona sometida a un adiestramiento u obligada a hacer sus pruebas. Eso quiere decir, sencillamente, que ha tenido que demostrar su aptitud para ocupar la posición a que aspira.

Sufre un periodo en el que se ponen a prueba sus facultades para ocupar con competencia esta posición, para ver cómo se le confían después los poderes y privilegios que la acompañan. En sentido oculto sucede lo mismo y, si se trata solamente de una posición en los asuntos del mundo, el adiestramiento será relativamente corto, mientras que, en la técnica, el adiestramiento puede ocupar Ja mayor parte de una encarnación.

Durante años, el técnico se conoce como alguien que va escalando en el plano interior los grados de una escuela secreta, donde se le enseña la manipulación correcta de la fuerza. Cuando digo escuela secreta, no me refiero a ninguna organización distinta de aquella a la que está afiliado o en la que actúa. La escuela secreta se encuentra detrás. No sabe nada de ella de forma objetiva. Su intuición le da la seguridad de sus vínculos con ella. En esta escuela es conocido, tiene su puesto y está guiado silenciosamente en el trabajo en el plano objetivo. Se le presentan ocasiones de liquidar su k arma y se va observando y registrando su forma de aprovechar estas ocasiones. También se le presentan tentaciones, bajo las formas más encubiertas, para probar la estabilidad de su

carácter moral y espiritual. Se le presentan bajo el aspecto de personalidades y de circunstancias seductoras, que ofrecen un atractivo muy fuerte y un terrible poder de fascinación. Se verá muchas y muchas veces frente a estas duras alternativas de auto satisfacción o de servicio impersonal.

La fuerza que impregna el mecanismo sensible de su alma y que le viene del Maestro suscita la acción en todo el hombre, en cada aspecto de su naturaleza. Debe aprender a contener esta fuerza, cuando derrama sobre él su energía y atrae a su ámbito a otras almas que la comprenden y esperan de ella una respuesta a su propio nivel. Debe aprender a adaptar los diferentes niveles de esta fuerza a los que él conoce en el camino

del servicio. Esta fuerza, que podría inspirar y elevar a uno, también podría manifestarse como antagonista para otro y hacer todo lo contrario. Pues hay que tener en cuenta que el técnico no trata con personalidades que se puedan clasificar en una u otra categoría: trata con almas, bajo el ángulo del nivel de evolución que hayan conseguido. Esto es lo

que condiciona toda la actitud del técnico ante los demás en su trabajo.

Su finalidad es hacer con otro, a escala reducida, lo que hace el Maestro con él. Ejerce sobre ellos una fuerza, hasta cierto grado, para que pueda producirse un despertar y el reconocimiento de fuentes más profundas.

Observad el largo y riguroso adiestramiento que supone para el técnico el simple hecho de recibir la fuerza del Maestro durante sus años de noviciado y transmitirla a los alumnos que se le han unido en la disciplina oculta, para hacerles avanzar. Los centros psíquicos del técnico estarán en actividad y en rápida evolución y su energía será también elevada y poderosa, mucho más que la de la mayoría de los miembros con los que trabaja. He explicado hasta qué punto este entrenamiento concreto intensifica todo lo que se encuentra en estado latente en su constitución, cómo afloran a la superficie la fuerza y la debilidad de diversas maneras posibles, cómo cada facultad y cada aptitud salen a la luz, para que se reconozcan y dirijan. El hombre se revela a sí mismo y el propósito de esta revelación es ver el uso que hará de ella. Tiene capacidad para hacer

este uso y será su sagrada responsabilidad utilizarla para el servicio o aprovecharla en su propio beneficio. Se le presentarán innumerables ocasiones de tomar el sendero cómodo o el más difícil, de dirigir sus fuerzas para la evolución de otro, con un servicio noble y desinteresado, o de desviarlas por derroteros egoístas, en detrimento de los que se dirigen a él para recibir un ejemplo y una dirección.

Las conclusiones las tiene claras y es él quien tiene que tomar la decisión. Es una prueba dura. El técnico tiene ocasión de hacer sus pruebas y el resultado final depende de él. ¡Tiene el campo de batalla dentro de su propio corazón y pocos seres, muy pocos, saben algo de las batallas secretas que se libran y se ganan! No busca ninguna simpatía fuera, no pide ningún favor de las fuerzas que se alinean contra él, tanto si proceden de personalidades como si es de circunstancias. La magia de su alma dominante las ha despertado a la vida, para que ésta demuestre su propia maestría. En vez de quedar vencido en esta prueba de autoiniciación por la lucha entre la voluntad espiritual y los ejércitos del karma que quisieran destronarlo, el técnico preferiría perder la vida y toda su fortuna. Efectivamente, así es.

El amor del discípulo por el Maestro que lo conoce ya quien él trata de conocer es tan grande que, cuando se le imponen estas pruebas supremas que someten a examen su obediencia y su fuerza, no pretende contabilizar sus pérdidas o ganancias, ni se preocupa para nada de su reputación ni de la opinión de los demás. Ni la crítica ni la incomprensión ni el oprobio ni ninguna otra razón de este mundo pueden desviarlo en lo mínimo del claro final, en el que se revela como un fiel servidor, digno de la confianza que se ha depositado en él.

Estos resultados, si los analizamos brevemente, nacen de la recepción consciente, por parte del técnico, de la fuerza del Maestro. ¿Qué ocurre con los que están unidos al técnico en la disciplina oculta y reciben conscientemente la fuerza que éste les transmite? Su adiestramiento sigue un curso parecido. Sin embargo, no es tan riguroso y crucial. Al trabajar con jóvenes aspirantes que se someten a su observación y a su

dirección, el técnico tiene la tarea de aplicar su intuición bien preparada en beneficio de ellos, de tal modo que se les ofrezca un adiestramiento verdaderamente esotérico. Es un tema profundo y difícil de tratar.

Puedo decir, simplemente, que el técnico, perdido en los laberintos de su propio entrenamiento, llega a adaptarse a los métodos del Maestro, moderándolos con bondad y adecuándolos a la fuerza y la necesidad del aspirante, y es posible que no conozca ninguna alegría mayor que la que siente cuando se da cuenta de que un aspirante apasionado capta las sugerencias y las alusiones secretas de la verdad más profunda y les da rápidamente forma en su vida y en su evolución. Aquí, puede demostrar en

el momento oportuno su simpatía; allí debe imponer su voluntad con una exhortación severa; debe soportar con paciencia la incomprensión, el silencio y demostrar que está atento cuando el aspirante debe progresar a su modo; a veces debe parecer indiferente ante el asombro y el dolor de la experiencia mental, cuando con ésta se educa el alma joven en el equilibrio y la belleza de la visión espiritual interior. De estos detalles de

adaptación técnica se encarga personal y permanentemente el técnico.

Concediendo la primacía al hecho de que el adiestramiento se adapta de forma metódica al caso de cada aspirante que se cualifica para la técnica, hay que añadir, por prudencia, lo siguiente: el aspirante debe aceptar el entrenamiento como un hecho real que opera en su propia evolución; pero no debe vigilar perpetuamente ni escrutar todo lo que se refiere a él en sus asuntos, ya se trate de pensamiento o de acción, examinando todo con angustia, minuciosamente, y preguntándose, hasta el punto de convertir su vida en una carga y una plaga para los demás. Pienso en el caso de un estudiante que es víctima de esta idea falseada sobre el adiestramiento y la evolución. Llega a tal punto que se siente mortalmente asustado ante sí mismo y ante todo contacto con los demás, temiendo perder la gracia y mostrándose como un ser humano natural y rechazando, por así decirlo, a brazo partido, las condiciones que debería aceptar y conquistar. Con esto evita que se le someta a prueba y hace que fracase el mismo objetivo que él pretende conseguir.

El periodo de entrenamiento no está sembrado a cada paso de trampas que hagan la marcha del estudiante tortuosa y de obliguen a oponerse a sus objetivos con el tiempo, por miedo a caer en ellas. Es cierto que hay momentos concretos de crisis a el largo del sendero y es muy posible que los encuentre y tome decisiones, completamente inconsciente de la inmensa magnitud de su alcance esotérico. Estas crisis no están predeterminadas, por lo que no las conoce antes de producirse.

Las atrae él mismo, tarde o temprano, por su progreso regular y la expresión de su vida. El técnico le explicará que, en su propia vida, ha encontrado y afrontado muchas veces las crisis más fuertes sin pensar en otra cosa más que en alcanzar un conquista sólida en nombre de la humanidad.

Este punto merece la consideración profunda del aspirante, ya que tiene que observar que el técnico con quien trabaja es un hombre en el verdadero sentido de la palabra, y cumple las obligaciones de su humanidad según las leyes del ocultismo. El aspirante debe estudiar estas leyes y darles una expresión práctica, en una técnica bien ordenada de la personalidad, como la que se expone aquí. El adiestramiento que necesita para perfeccionarla y utilizarla evolucionará con naturalidad y eficacia, sin que él la busque deliberadamente. Acabará llegando, porque é11a ha deseado de corazón y con la única intención de ser un intérprete de la técnica. El aspirante tendrá fuerza para superar todas las pruebas propias, si se mantiene firmemente fiel al ideal de servicio en nombre del Maestro.


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