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EL ARTE OSCURO

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domingo, 27 de julio de 2008

¿LIBROS MALDITOS Y PROHIBIDOS? = FUEGO Y CENSURA

¿LIBROS MALDITOS Y PROHIBIDOS? = FUEGO Y CENSURA
¿INTERESES OCULTOS?
LA IGNORANCIA ES PODER
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Libros malditos
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Desde que el hombre adquirió sus primeros conocimientos, reflejó sus ideas, creencias, sentimientos y vivencias en millones de textos. Muchos de ellos se han perdidos, otros cayeron en el olvido y una gran cantidad fueron pasto de las llamas de la intolerancia.
De esta manera se extraviaron para siempre conocimientos fundamentales de nuestra Historia, así como descubrimientos que podrían haber cambiado el destino de la Humanidad...

Los Egipcios pasaron de la noche a la mañana de ser un pueblo de pastores, a convertirse en una gran superpotencia cultural, cuyos portentos todavía asombran al ser humano. ¿Adquirieron los egipcios sus conocimientos de forma autodidacta, o por el contrario hubo alguien que les ayudó? Si esta última hipótesis fuese cierta, también se da verdadera la leyenda del Libro de Thot. En él los dioses, o seres a quien los antiguos egipcios tomaron por divinidades, plasmaron los conocimientos necesarios para crear una nueva civilización.

Thot es representado como un ser humano con cabeza de ibis. En sus manos sostiene una pluma y una paleta con tinta, al igual que el resto de escribas del país de los faraones. Era el secretario de los dioses, y por tanto, el encargado de transmitir sus conocimientos a los demás mortales. Inventó la escritura, y sus signos son un mono y una luna. Según la antigua tradición egipcia vivió en la hoy desconocida ciudad de Hermópolis, donde posiblemente acabó sepultado su preciado libro.
El primer texto conocido donde se hace referencia a este manuscrito es el papiro de Turis, publicado en París a finales del siglo XVIII. Aquí se describe el intento de asesinato de un faraón, a través de fórmulas mágicas extraídas de las entrañas del Libro de Thot.

El monarca, enojado por la conspiración, mandó quemar el polémico texto, además de ordenar la ejecución de cuarenta nobles y ocho damas involucradas en tan turbio asunto. Sin embargo, si lo que dice la estela Metternich es cierto, la historia anterior debería ser considerada como falsa.

Descubierta en 1828 y datada en el siglo IV antes de Cristo, narra por boca del mismísimo dios escriba, como él quemó su codiciado tesoro tras expulsar de la Tierra a Set, el señor de las tinieblas, y a siete caballeros del mal.

Más tarde, en plena Edad Media son muchos los magos que afirmaron poseer el famoso libro, del cual extraían sus hechizos y sortilegios.
Entre los saberes que figuraban en este manuscrito, se encontraba la capacidad de comunicarse con los animales, e incluso las fórmulas necesarias para resucitar a los muertos. Muchos eran los objetos mágicos que podían crearse con dicho manual, entre ellos el fabuloso Ankh-en-maat, un espejo que reflejaba todo lo negativo y pernicioso de aquellos que se atreviesen a poner su rostro ante él. Otorgaba, además, la posibilidad de comprender el funcionamiento de la Tierra y las estrellas, así como el entendimiento de todo lo que podemos considerar como sobrenatural.
Es normal, por tanto, que fuese una obra muy codiciada.

Con algo más de fiabilidad, durante el siglo XVIII sí parece que oculistas de reconocida fama llegaron a ver una parte de este libro.
El escritor Antoine Court de Gébelin defendió haber tenido entre sus manos parte del texto egipcio original, y según su relato éste no era más que la descripción de los arcanos mayores del tarot.
En el mismo siglo otro conocido experto en ciencias ocultas, Alliete, llegó incluso a publicar cuatro obras sobre el legado del dios escriba. Ninguno pudo demostrar jamás tales hechos, aunque si es posible que el tarot formara parte del Libro de Thot. No en vano, estas cartas, como otros tantos artes adivinatorios representan en sí una cosmogonía. Así, según sean unos u otros los naipes que salgan en el juego, tendremos a favor o en contra determinadas fuerzas de la Naturaleza.
Desde el siglo XVIII hasta nuestros días, doscientos años de silencio. Si el conocimiento de este libro reposa en alguna biblioteca oculta, su dueño prefiere mantener sus secretos a buen recaudo.

El legado de Salomón

Por desgracia la magia se ha convertido en un esperpéntico teatro. Desfiles interminables de payasos deambulan por televisión, convirtiendo a la "caja tonta' en un objeto, aún si cabe, todavía más inservible.
Sin embargo, y en contra de lo que muchos puedan pensar, la maga fue el primer intento del hombre por conocer las leyes que rigen el universo que le rodea. Es por ello que magia y religión van cogidas de la mano en los albores de la Historia. De ahí que sacerdotes e iniciados fueran los guardianes de conocimientos secretos, justo cuando la civilización daba sus primeros pasos.

Un claro ejemplo fue la vida y obras del rey Salomón, tal y como lo define el Libro de los Reyes: "Salomón fue el mayor de todos los monarcas de la Tierra en riqueza y sabiduría". A este personaje, que marcó la Historia de su pueblo, le fueron entregados por su padre, el rey David, todos los secretos de la Cábala.
Esta doctrina mezcla de magia, Ciencia y Filosofía, concibe el Universo, no como una creación de Dios, sino como una emanación directa del Creador. Conociendo, por tanto, los secretos de la Cábala, podemos controlar todas las energías de la Naturaleza. A Salomón le fueron entregados estos saberes, para que los plasmara en un templo que sirviera de morada a Yahvé. Hoy, del templo tan sólo nos queda el famoso Muro de las lamentaciones, centro de culto y objeto de veneración para todos los judíos.

Gracias a estos secretos se crearon también el Arca de la Alianza o la mesa de los panes, objetos mágicos cargados con una facultad sobrenatural.
Pudiera tomarse a solfa este tipo de conocimiento, sin embargo el poder del arca hizo que se derrumbaran los muros de Jericó, los más grandes y sólidos de la antigüedad.
El mismo Adolf Hitler persiguió este poder dos milenios después, convencido de que con él podría dominar el mundo. Salomón era consciente, por tanto, de que él era el último guardián de este saber oculto. No es descabellado que lo dejase escrito para salvaguardar a su pueblo.
Así nacieron las Clavículas de Salomón, una de las obras más perseguidas de la Historia.
Tal y como relataba el erudito Nicetas Choniates en una de sus obras, aquel que posea el testamento de Salomón se convertirá en el hombre más poderoso sobre la faz de la Tierra. la palabra clavículas, viene a significar "pequeñas claves", y en la portada del libro figuran las dos columnas que había a la entrada del templo. Sin embargo, el ser un objeto tan ansiado, hizo que desde antaño gran número de oculistas afirmaran poseerlo. Por ello no es extraño encontrarnos en las librerías gran cantidad de libros con esta portada y mismo título, No indica que sean, ni mucho menos, las verdaderas clavículas, sino que son en realidad tratados de magia con poco o ningún fundamento.

Aún así, es posible que hasta nuestros días haya llegado algún fragmento de esta fabulosa obra. En la Biblioteca Nacional de París, puede verse un manuscrito de las clavículas que nada tiene que ver con los ridículos tratados de magia medievales. Es un texto muy denso que habla de la forma de comunicarse con entidades superiores, Una buena parte de su contenido la forman grabados geométricos, que servirían para este tipo de rituales, de la misma forma que los monjes budistas tibetanos utilizan los mandaras para abrir las puertas de otra realidad.

Aunque en un principio parezca un absurdo que este texto sea una parte del legado de Salomón, no se convierte en una idea tan falaz si estamos versados en cábala judía.

La interpretación de los escritos, según esta antigua tradición, no es nunca literal. Hay que reinterpretar todas las letras, dándole, además, a cada una un valor numérico. Tal es la forma que utilizaban los antiguos cabalistas para encriptar sus textos, y a buen seguro, la que utilizó el rey de los hebreos.
Esto convierte al mencionado manuscrito en todo un desafío, al alcance de aquellos que se atrevan a asumirlo.

En honor a la verdad, también existieron otras clavículas que pudieron ser las verdaderas. Pertenecieron al celebre ocultista Eliphas Levi, y después a Stanislas de Guaita. Su destino final fue una subasta en el Hotel Drouot de París en el año 1968. Pero la identidad de su dueño, que pagó una fortuna por ellas, es tan desconocida como su contenido.

Los libros malditos

El poder de las letras no es nada despreciable, sobre todo por que en ellas pueden ir conocimientos con una fuerza que desconocemos. Un caso singular es la historia de Lafayette Ron Hubbard, conocido escritor de novelas de ciencia-ficción, nuevamente de moda gracias a la película Campo de batalla la Tierra, basada en una de sus obras.
Este singular norteamericano cambió radicalmente su forma de pensar tras sufrir una experiencia de premuerte en la Segunda Guerra Mundial. Concibió entonces una nueva forma de psicoanálisis, basada en los engramas. Con esta palabra definía las trabas que de manera inconsciente arrastramos desde pequeños, marcados por lo que escuchamos desde que estamos en el vientre dé nuestra madre. Sus teorías, que no tienen fundamento científico alguno, se plasmaron en una de las obras más vendidas de la Historia: Dianética.
Con este libro de autoayuda pretendía llevar a los sujetos hasta un estado psíquico que definió como "claridad". La primera persona con la que experimentó su novedosa teoría fue su mujer, que al alcanzar la "claridad" pidió el divorcio. Se ve que
algo de razón tenía... Más tarde creó la Iglesia de la Cienciología, hoy en día considerada una secta. El caso es que miles de personas siguen fielmente su obra, y Dianética es el libro de autoayuda más vendido del mundo.

Este extraño personaje reunió su vida y recuerdos, en una obra a la que tituló Excalibur.
Según relata Jacques Bergier en su ensayo, Los libros condenados, todos los amigos de Hubbard que lo leyeron, haciendo de cobayas, cayeron en la locura. Esto ha provocado que Excalibur sea la única obra de Cienciología que no es pública. Pocos son, por tanto, los que realmente conocen las experiencias de su fundador, aunque viendo los resultados psíquicos que afrontan quienes las leen, deben ser de sumo interés.
Este libro no es el único que ha tenido la capacidad de volver loco a sus lectores. A mediados del siglo XIX, Berbiguer de Terre plasmó en un manuscrito sus experiencias tras haber sido objeto de una terrible maldición. Su obra, que llevaba el titulo de Los duendes o todos los demonios no son del otro mundo, provocaba trastornos mentales a todo aquel que se atreviera a leerla.

De todas formas, es preciso recordar que estos dos casos son excepcionales.
Por lo general el contenido de los libros no hace más que enriquecer a todos aquellos que se sumergen en su lectura. La verdadera maldición de los textos nunca tuvo su base en sortilegios nefastos que caían sobre sus lectores. Más bien recaía en los saberes que guardaban, demasiado peligrosos para la soberbia de algunos, que no dudaban en pasarlos por las llamas.

Se puede comprobar que en todas las épocas han habido libros y narraciones que en un momento determinado no comulgaban con políticas, grupos de presión y poder (en muchos ámbitos) y la consecuencia inmediata de fue la destrucción de los textos y libros que eran contrarios a sus intereses, y en la mayoría de los casos privando a tiempos futuros del conocimiento que aquellos libros recogían.
Más de lo de siempre, quien tiene la información, tiene el poder.

LOS LIBROS MALDITOS

En toda época siempre han existido determinados libros considerados como una amenaza por el poder. La historia de las quemas de bibliotecas es tan antigua como los propios libros.

Qué contenían las tablillas de Babilonia, los papiros de Alejandría, los pergaminos de Constantinopla, los libros de Córdoba o los códices de Tenochtitlán, para provocar su sistemática destrucción? ¿Quién podía beneficiarse con la pérdida del conocimiento acumulado con tanto esfuerzo por distintas generaciones de pacientes buscadores del saber?.La historia de los libros malditos es la de una gigantesca conspiración, fruto de pequeños complots independientes que, en su conjunto, responden a las mismas motivaciones.

Libros de ayer y hoy. Mártires de la censura

Y lo que ocurre con los movimientos extremistas -el deseo de destruir cualquier documento que no se pliegue a sus convicciones- se repite con los llamados "grupos de presión": intereses económicos de las multinacionales, sociedades del crimen organizado, grupos científicos, sociedades secretas de corte esotérico, etc., representan un peligro potencial para los libros. Si el contenido de éstos atenta contra sus intereses, obra y autor serán perseguidos, se impedirá su impresión o se desacreditará al escritor. En última instancia, se pondrá precio a su cabeza. Así, la ruina de las bibliotecas esuna constante de la Historia, en todos los pueblos, civilizaciones y culturas.

El histórico y reiterativo expolio comenzó ya con el rey Nabonasar que, en el 747 a.C., mandó expurgar la Biblioteca de Babilonia, para eliminar las crónicas que hablaran de los reyes que le habían precedido, puesto que la Historia "comenzaba con su reinado" y nada anterior tenía interés.

En el 213 a.C. el emperador Shi-Hoang-Ti, de la dinastía china Tsin, mandó destruir todas las obras escritas -salvo las que se reservó para su biblioteca particular-, reunió a cuatrocientos sesenta escritores que enterró vivos y decretó que cualquiera que guardase tablillas de bambú o madera escritas correría la misma suerte. En el 206 a. C. Lieu-Pang derrotó a este tirano tomando al asalto su palacio pero, no se sabe si intencionadamente o no, la biblioteca ardió durante tres meses y con ella se perdió la única colección completa de los clásicos chinos.

El caso de la Biblioteca de Alejandría es más complejo. Fundada en el 297 a. C. por Demetrio de Falera, bajo el patrocinio del faraón Tolomeo I, reunió en poco tiempo novecientos mil volúmenes de pergaminos, papiros y grabados de interés de las más diversas materias y procedencias. El faraón Evergeta II ordenó que todo libro que llegase a Egipto debía ser depositado en la biblioteca alejandrina, donde se sacaría una copia para su legítimo propietario, permaneciendo allí el original

Saberes universales perdidos para siempre

La Biblioteca de Alejandría adquirió fama de guardar libros secretos que proporcionaban un poder ilimitado. Había allí curiosos manuscritos hindúes sobre medicina, escritos chinos sobre alquimia, saberes del antiguo Egipto sobre nigromancia, de los fenicios sobre magia, de los griegos sobre mecánica..., pero también sobre otros temas más comunes. Podían consultarse obras alucinantes, como Sobre el haz de luz en el cielo, escrita por el primer bibliotecario alejandrino que trataba, por vez primera en la historia, el tema de los ovnis. También estaba la obra completa de Beroso, sacerdote babilónico, historiador y astrólogo, que inventó el cuadrante solar semicircular y concibió una teoría sobre el conflicto entre los rayos del Sol y la Luna, anticipo de trabajos más modernos sobre la interferencia de la luz. Pero su obra más curiosa fue la Historia del Mundo donde narraba cómo en la antigüedad unos extraterrestres, los Akpalus (parecidos a peces y descritos con sus trajes y escafandras), habrían enseñado a los hombres los primeros conocimientos científicos. Hoy desgraciadamente sólo nos quedan escasos fragmentos de esta obra. También podía consultarse la obra completa de Manethón, historiador egipcio contemporáneo a la creación de la Biblioteca que investigó los restos de la civilización faraónica y, en su calidad de sacerdote, tuvo acceso a muchas tradiciones y secretos vedados a otros investigadores, muchos de los cuales no sabían leer los viejos jeroglíficos. Si se hubiesen conservado sus ocho libros y los cuarenta pergaminos selectos recogidos por él en los templos, quizá sabríamos todo lo que hoy ignoramos sobre el Egipto faraónico y, lo más importante de todo, sobre la civilización que lo precedió, aquella que Platón identificó con la Atlántida.

De todas estas obras y de otras muchas igual de apasionantes sólo nos quedan hoy referencias, citas y fragmentos, recogidos por autores contemporáneos a la existencia de la Biblioteca Alejandrina durante los mil años que se mantuvo activa.

Pero los asaltos a este templo del saber comenzaron pronto. Julio César tuvo el dudoso honor de encabezar la lista de incendiarios. En el año 47 a.C. sus legiones tomaron Alejandría y saquearon la Biblioteca. Se calcula entre cuarenta y setenta mil el número de volúmenes desaparecidos, parte en el incendio que asoló un ala de los edificios y parte sustraídos para uso particular de César. El siguiente ataque lo realizó la emperatriz Zenobia, reina de Palmira, quien se rebeló contra Roma y atacó los territorios de ésta potencia, entre ellos Alejandría, donde incendió la Biblioteca o al menos una parte de ella.

El siguiente pirómano fue el emperador Diocleciano, quien en el año 285 conquistó la ciudad y ordenó destruir dos bloques importantes de la Biblioteca: uno con los volúmenes egipcios, para privar al país de su patrimonio y hacerle perder su identidad, y otra con los volúmenes de alquimia, para impedirles fabricar riquezas y levantar un ejército contra Roma. Obras clave de esa cultura se perdieron para siempre.

Toda ideología -ya sea política, religiosa o filosófica- basada en el fanatismo de su verdad (propia, única y excluyente) es, por esencia, bibliófoba: odiará los libros y buscará su destrucción. Porque los libros son vehículo para la diversidad de ideas, suscitan la polémica, estimulan la capacidad critica y, en resumen, proporcionan conocimiento. Y el conocimiento es el mayor enemigo de aquellos que piden confianza ciega, obediencia muda y sumisión sin límites. El libro es, por tanto, el enemigo directo de toda tiranía, dictadura, fanatismo e integrismo.

Los cristianos fueron los siguientes en afán incendiario y en el año 390 el patriarca de Alejandría, Teófilo, decidió acabar para siempre con el paganismo en su diócesis destruyendo para ello el templo de Serapis, el Serapeum, junto con el anexo de la Biblioteca alejandrina que tenía allí su sede. Miles de manuscritos fueron saqueados, dispersados y, en la mayoría de los casos, incinerados para la mayor gloria del Dios cristiano.

Sin embargo, el golpe final vino de la mano de los árabes. En el 646, el general Amr lbn-el-As -enviado por el fanático Omar con la consigna funesta «no hacen falta otros libros que no sean El libro» refiriéndose al Corán-, conquistó Alejandría y destruyó la biblioteca hasta sus cimientos. Omar había dado instrucciones precisas: «En cuanto a los libros, si lo que contienen es conforme al Corán, son inútiles pues no hace falta más que El Libro de Dios. Sí por el contrario, lo que encierran se opone al Corán, no los necesitamos. En ambos casos deben ser destruidos». Cuando se apagó el incendio de la Biblioteca alejandrina, lbn-el-As ordenó recoger los libros que no hubieran ardido y distribuirlos por los baños públicos para que sirvieran como combustible.

Por suerte, los musulmanes que vinieron después se comportaron con menos fanatismo y gracias a su amor por la sabiduría recuperaron gran número de textos clásicos perdidos.

Las primeras antorchas en nombre de Dios

La Biblioteca de Constantinopla también tuvo un triste fin. En el 476 un incendio, cuyas causas no han sido aclaradas, destruyó ciento veinte mil manuscritos acumulados desde los tiempos de su fundador, Teodosio el joven, en el 425. También bajo el emperador León III y, sin que aún sepamos bien por qué, el emperador mandó incendiar la Biblioteca, los manuscritos y a los bibliotecarios.

Las llamas de la antorcha resultaban ya imparables. En el siglo XI los turcos saquearon la Biblioteca de los Califas de El Cairo que contenía, entre obras del Islam y otras rescatadas de distintas bibliotecas, un total de ¡más de un millón de ejemplares!

En 1109, entre la Primera y la Segunda Cruzadas, los francos rindieron la plaza de Tripoli y para festejarlo asaltaron e Incendiaron la Biblioteca islámica que contenía un verdadero tesoro de textos árabes; era su particular manera de vengar al conde Raimón de Tolosa, que había fallecido durante el asedio.

En España tampoco nos quedamos atrás: En 1236 Fernando III de Castilla conquistó la ciudad musulmana de Córdoba, antigua capital del califato, y para ayudar a la conversión de los infieles se le ocurrió alimentar una hoguera con la riquísima Biblioteca de los Califas que atesoraba lo mejor del saber de Oriente y Occidente.

Inquisidores contra el conocimiento

A partir de 1483 un ángel exterminador anduvo suelto por España y su espada flamígera arrasó sin piedad las obras cumbre del conocimiento. Creado el Consejo de la Suprema General Inquisición a cargo de fray Tomás de Torquemada, organizó inmediatamente una quema general de libros que repitió en 1490 y que incluía seis mil volúmenes de magia, hechicería y otras ciencias malditas. Dos años más tarde, en 1492, el Cardenal Cisneros, «ejemplo de las recias virtudes del alma española», emprendió su particular campaña de conversión quemando más de un millón de libros, incluidos los que integraban la fabulosa Biblioteca de la Alhambra. Como recompensa, fue nombrado Inquisidor General en 1507.

Durante el siglo XVI, terminada la reconquista territorial española, el cristianismo emprendió una reconquista espiritual contra las creencias ajenas. Los libros de judíos y moriscos se arrojaron al fuego para demostrar la superioridad de la fe católica.

Desde 1517, Lutero y sus seguidores proporcionaron crecientes quebraderos de cabeza a la Iglesia de Roma. Por las mismas fechas, surgió Erasmo y luego los iluminados. La respuesta fulminante fue impedir la difusión de tales ideas arrojando a la hoguera a los autores y sus obras.

La Inquisición española elaboré, en 1540, una Lista de Obras Prohibidas y comenzó a saquear las bibliotecas. En 1548 Roma organizó la Congregación del Santo Oficio de la Inquisición, encargada de redactar la primera Lista de Libros Prohibidos conocida. Con ambas listas -y antorcha en mano- los inquisidores se dedicaron a recorrer Europa saqueando y masacrando bibliotecas públicas y privadas.

A partir de 1559 la lista de obras prohibidas se unificó tomando un nombre oficial que se haría tristemente célebre: Index Auctorum et Librorum Prohibitorum, índice de Autores y Libros Prohibidos. El episodio tal vez más surrealista de este índice fue la inclusión en él, en 1640, de la obra El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha y de su autor don Miguel de Cervantes, acusado de poner en peligro la fe católica, y ello por una sola frase.

Honrosas excepciones salvadas en secreto

A pesar de todo y haciendo bueno el dicho de que «el que hizo la ley hizo la trampa», algunos libros prohibidos consiguieron escapar a la quema. Se dio la feliz circunstancia de que nuestro rey Felipe II fuera aficionado a la alquimia y el ocultismo, y ordenó que las obras secuestradas sobre esos temas fueran a parar a su biblioteca particular y a la del Monasterio del Escorial. Se salvaron así valiosísimos ejemplares de magia, astrología, filosofía, medicina, etc., no sólo cristianos, sino también musulmanes y judíos.

Por desgracia, en 1671 se produjo un extraño incendio en tan rica biblioteca, sin que sepamos a ciencia cierta si fue casual o provocado. Lo cierto es que en nuestro monasterio perecieron cerca de cuatro mil manuscritos. A pesar de ello y de posteriores desgracias, aún es posible consultar algunos de los miles de libros malditos que salvaron Arias Montano y su discípulo fray José de Sigüenza.

Sin embargo, el índice siguió activo durante muchos siglos, también en el continente Americano recién colonizado, donde son tristemente célebres las incineraciones de códigos mayas y aztecas. Y también en España la actividad restrictiva continuó siendo tan eficaz y completa que dio al traste con el llamado Siglo de Oro nacional, pues durante los siglos XVI y XVII la falta de estímulos externos (a causa del aislamiento intelectual) resultó determinante.

Y si la actitud de la Iglesia católica había causado un daño irreparable a la palabra escrita, no menor fue el causado por los ilustrados cuando, en sucesivas etapas dictaron leyes que provocaron la pérdida de numerosas bibliotecas de conventos y monasterios.

Cuando parecía por fin que todo había acabado, que la razón había despejado las tinieblas, volvió a empezar la guerra contra los libros por obra y gracia del nuevo Torquemada del siglo XX: el español Rafael Merry del Val, nombrado por el Papa Inquisidor General. Su obra maestra fue que la Inquisición volviera a hacerse cargo del índice en 1917, con motivo de lo cual escribió el prefacio a la reedición en 1930 del lndex.

Su filosofía combativa permaneció vigente hasta 1966, cuando oficialmente quedó suprimido el índice, en parte porque ya nadie le hacía caso y en parte porque ya no es posible encender hogueras en los países occidentales. Sin embargo, el espíritu del índice permanece tristemente intacto bajo la actual Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, institución heredera de la Inquisición, y en algunos países de la esfera islámica donde los autores de libros contestatarios (contrarios a sus dogmas de fe, cuyo ejemplo más popular es la obra Versos Satánicos, de Salman Rusdhie) corren el riesgo de pagar la osadía con sus vidas. Quiere decir esto que, por desgracia, aquí y en cualquier lugar donde prime alguna forma de extremismo, la conjura contra los libros continúa activa.

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