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EL ARTE OSCURO

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lunes, 5 de mayo de 2008

MIS ENIGMAS FAVORITOS -- J.J. BENITEZ

MIS ENIGMAS
FAVORITOS
J. J. BENÍTEZ
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ÍNDIICE
PRÓLOGO
PERÚ: "EL BAUTISMO DE FUEGO"
EL "CANDELABRO" DE PARACAS
CHILE: LOS "GEOGLIFOS" OLVIDADOS
MÉXICO: EL VALLE DE LAS "SIETE LUMINARIAS"
LOS FRUTOS DEL PARAÍSO
¿TURQUÍA: ¿QUIÉN VOLABA EN LA ANTIGUEDAD?
COSTA RICA: EL TÚNEL DE LOS "ÍDOLOS"
CHILE: LAS MOMIAS MÁS ANTIGUAS DEL MUNDO
LAS ESFERAS "DEL CIELO"
BERMUDAS: LA "OTRA REALIDAD"
ICA: LA "BESTIA NEGRA" DE LA CIENCIA
ARGENTINA: ¿UN FETO HUMANO PETRIFICADO?
EL ENIGMA DE LOS "HOMBRES ALADOS"
ESTADOS UNIDOS: LA GRAN CATÁSTROFE DE HACE SESENTA Y CINCO MILLONES DE AÑOS
LOS "PRIMOS" DE "NESSIE"
NEPAL: NI "ABOMINABLE" NI "DE LAS NIEVES"
EL SECRETO DE COLÓN
EL SECRETO DE VERNE
EL SECRETO DE PARSIFAL
EL SECRETO DE LUCÍA
EL SECRETO DE MALAQUÍAS
ARGELIA: "ASTRONAUTAS" EN LA EDAD DE LA PIEDRA
MALÍ: EL "ARCA DE LOS NOMMOS"
SIBERIA: LA MÁS GRANDE EXPLOSIÓN SOBRE LA FAZ DE LA TIERRA
PASCUA: LOS OTROS ENIGMAS
BRASIL: LA "SOGA DEL MUERTO"
MÉXICO: UN "AS" EN LA MANGA
ITALIA: EL ENIGMA DE LOS ENIGMAS
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PRÓLOGO
Entre mis numerosos proyectos profesionales contando, claro está, con el beneplácito de la Divina Providencia
figura uno largamente acariciado y por el que siento una notable debilidad: “Galaxia insólita”. Un proyecto, lo
sé, que dada su envergadura resultará poco menos que imposible de rematar. Porque mi idea es mostrar
aquellas incógnitas universales y aquellos países y regiones del globo en los que el misterio, la magia o las
leyendas' hacen del lugar un enclave “insólito”. Llevo veinte años preparándome para ello. He recorrido más de
tres millones de kilómetros y presiento que ha llegado el momento. Con “Mis enigmas favoritos”, primera
entrega de “Galaxia insólita”, intento esbozar lo que, en breve, constituirá este apasionante y ambicioso trabajo
de investigación a lo largo y ancho del mundo. Sé también que en la presente' obra no están todos los que son.
Enumerar la legión de enigmas que florece en la Tierra sería como pretender desgranar una playa. Me he
limitado a dibujar los que, hoy por hoy, siguen poniendo en pie mi curiosidad y para los que también lo adelanto
la Ciencia no ha encontrado una explicación “clara y terminante”.
Y alguien se preguntará: ¿y por qué esta irresistible atracción por lo mágico e inescrutable? Entre las
justificaciones posibles me inclino por una, apuntada por Víctor Hugo hace más de un siglo: “El arco del infinito
está interrumpido escribe el poeta y novelista francés en Les travailleurs de la mer. Pero lo prohibido nos atrae,
a pesar de ser un abismo. Donde el pie se detiene, puede seguir el espíritu. No hay ningún hombre que no lo
ensaye, por débil e insignificante que sea.” He aquí la gran razón. El progreso y el avance espiritual están
magistralmente sujetos a la curiosidad. ¿Qué sería del ser humano sin enigmas? Corrigiendo a Pascal, este
innato deseo de saber no constituye la peor enfermedad. Muy al contrario: ha sido ese excelso don el que ha
motorizado la inteligencia.
Para muchos hombres, también lo sé, como para Dostoievski, “son demasiados los enigmas que pesan sobre
el corazón humano”. Y en mi osadía me atrevo a aligerar la sentencia del genial ruso en Los hermanos
Karamazov. No son los misterios los que pesan, sino nuestra conmovedora pequeñez. No es el gigantismo
cósmico o el irritante silencio que se derrama con la muerte los que nos abruman. Es la todavía frágil y
jovencísima inteligencia que nos fue regalada la que puja y se revela, sin admitir que esas incógnitas vienen a
ser como los números del calendario. Cada uno es despejado en su momento.
Benditos, pues, los misterios que, como las estrellas, iluminan regularmente nuestra existencia, humillando al
engreído y confundiendo al necio. Los enigmas como los sueños provocan la duda, estimulan la imaginación y
abren las puertas interiores. Y visibles o invisibles permanecen al acecho o dormidos en el regazo de la
Historia, a la espera de una mirada, de una intuición, de un pensamiento o de un propósito. En definitiva, a la
manera de un reclamo publicitario en la pared del alma, nos recuerdan nuestra condición de “perpetuos
aprendices
J.J. BENÍTEZ
A mis hijos, Iván, Satcha, Lara y Tirma con la esperanza de que algún día tomen el relevo.
¡Queda tanto por “soñar”. .!
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PERÚ:: EL ““BAUTIISMO DE FUEGO””
Recuerdo la pampa de Nazca, al sur del Perú, con especial cariño y agradecimiento. Allí, por el año 1974, tuve
oportunidad de verificar por mi mismo lo que otros, mucho antes que yo, habían calificado de “colosal
jeroglífico”. Las famosas “líneas de Nazca” junto a los ovnis y la no menos enigmática “biblioteca de piedra” de
Ica, también en Perú constituyeron mi “bautismo de fuego” en lo que a investigación de lo insólito se refiere.
¿Cómo no estar reconocido a ese hospitalario y fascinante país andino? Allí se abrieron mis ojos a las “otras
realidades”. Allí, en suma, osciló la brújula de mi vida, marcando un nuevo “norte”, insospechado hasta esos
momentos.
Desde entonces he procurado retornar al Perú con regularidad. Y en cada una de mis visitas casi como un
obligado ritual” he vuelto a caminar por la ocre y sedienta pampa nazqueña, formulándome los mismos y
arcanos interrogantes:
¿Quién trabajó este gigantesco enigma? ¿Cómo fue ejecutado? ¿Por qué?”
Lo he insinuado ya. El presente trabajo no pretende exhaustivamente cada uno de estos misterios. La
bibliografía en torno a muchos de ellos es tan magnífica generosa. Mi intención también lo he mencionado es
“sobrevolarlos”, contribuyendo así y en la medida de mis posibilidades a ensanchar el “horizonte interior”.
Y es mi obligación adelantar que en estos momentos (enero de 1991) el enigma de Nazca lejos de clarear,
continúa sumido en un borrascoso océano de hipótesis y contra hipótesis. Y ninguna de ellas como acontece
con los grandes misterios es mejor ni peor que las restantes. Todas aportan un rayo de luz, pero ninguna reúne
la fuerza suficiente para “iluminar” el valle del Ingenio en su totalidad y despejar el secreto de esos cincuenta
kilómetros plagados de gigantescas figuras de animales, supuestas “pistas” de aterrizaje y enrevesadas líneas,
espirales, triángulos, cuadriláteros y trapezoides.
Creo que la palabra más ajustada es “impotencia”. Cuando uno camina por este desolado desierto peruano
con un índice pluviométrico de un centímetro cúbico al año es imposible percatarse de la magnificencia de lo
que ha sido trazado entre el polvo y los guijarros rojizos. Es menester elevarse en un helicóptero o en un avión
para “descubrir” la auténtica naturaleza y las dimensiones de este “tablero diabólico”. De hecho, fueron los
pilotos peruanos en los años veinte quienes, al sobrevolar la región, dieron la voz de alerta sobre tan insólito
“paisaje”. Después, a partir de 1926, los estudiosos han ido desfilando por la pampa, levantando planos,
midiendo y examinando las figuras y elaborando toda suerte de posibles “explicaciones”. Sin embargo, las
noticias sobre la existencia de estas docenas de dibujos se remontan a la conquista española. De ese tiempo,
justamente, procede la que podría estimarse como la primera “hipótesis de trabajo” que procuró la solución del
enigma. Fue un magistrado español, Luis de Monzón, quien incluyó en sus crónicas a finales del siglo XVI la
versión unánimemente aceptada por los ancianos indios de la pampa que “reconocían a los viracochas como la
causa y motivo que había propiciado la ejecución de las líneas y figuras”. ¿Y quiénes eran los
viracochas? Al parecer, un grupo étnico minoritario, descendiente del mítico “hombre-dios Viracocha, llegado
de los cielos” y que tuvo a bien “instruir” a una parte de los pueblos andinos. Entre otros, a los nazqueños.
Según esta tradición, las plantas, animales, hombres y figuras geométricas dibujados en la pampa habrían sido
una “forma de contacto” con esos “dioses” capaces de volar. Algo así como un “homenaje y culto” destinados a
“alguien” que tenía el don o la capacidad de “ver desde lo alto”. Y aunque estoy convencido que todas las
leyendas y mitologías encierran una parte de verdad, esta ancestral creencia no termina de aclarar el “cómo”.
Me consta que la presencia de seres no humanos sobre la Tierra es antiquísima. Y entra incluso dentro de lo
verosímil que un remoto asentamiento hubiera tenido conocimiento y constancia de esas visitas, reflejándolas a
su manera sobre el desierto. El problema, sin embargo, como digo, no queda resuelto con esta bella y
romántica hipótesis. ¿ Cómo se logró semejante perfección en los alineamientos y en los dibujos? Ni que decir
tiene que no creo en la tesis de los “extraterrestres” como autores materiales de la maravilla de Nazca. Una
cosa es que pudieran “provocar” o “inducir” y otra muy distinta que “ejecutaran” el trabajo. Como tampoco
acepto la concepción del valle del Ingenio como un grandioso “aeropuerto” interestelar. Después de casi veinte
años de investigación sobre ovnis me parece sencillamente ridículo que esas naves prodigiosas necesiten de
“pistas” para aterrizar o despegar.
Sí ha habido alguien que ha tratado de demostrar que esas formidables figuras fueron trazadas por los viejos
pobladores de Nazca, con el auxilio de cuerdas y estacas. Me refiero, naturalmente, a María Reiche, la “bruja
de la pampa”. En estos últimos veintisiete años he tenido la fortuna de conversar con ella en diferentes
oportunidades, llegando a volar en su compañía sobre el gran jeroglífico. El trabajo de esta matemática
alemana, que consagró cuarenta años de su vida al estudio, limpieza y conservación de las líneas, es
sencillamente faraónico. Yo la he visto barrer literalmente el desierto, despejando de piedras los surcos que
forman las figuras. En honor a la verdad, la investigación de la pampa de Nazca se dividirá algún día en “antes
y después de María Reiche”. Para esta voluntariosa germana, el valle del Ingenio podría ser el “más grande
libro de astronomía del mundo”. Una idea que recogió de su predecesor en el estudio de las figuras: el profesor
Paul Kosok, de la Universidad de Long Island, quien en 1926 “tropezó” con el “tablero maldito” cuando
investigaba los antiguos sistemas de irrigación. Para Reiche, las líneas y figuras constituyen un método de
predicción astronómica: solsticios, posición y cambios de las estrellas, etc. Y todo ello según la “bruja” con una
intencionalidad puramente agrícola meteorológica astronómica.
Sin embargo, la admirable labor de Maria Reiche no termina de convencer. Y así lo expuse en muchas de mis
conversaciones con la tenaz alemana. Ciertamente, algunas de las figuras podrían haber sido plasmadas con
el concurso de estacas y cordeles. Pero ¿cómo explicar la simetría existente entre dibujos que se hallan a más
de dieciocho kilómetros? Los expertos en topografía saben de las enormes dificultades que presenta una obra
de esta naturaleza. Por otra parte, ¿dónde están los instrumentos y las herramientas necesarios para la
confección de un “libro de astronomía” de semejantes características? Y un último y no menos espinoso reparo
a las tesis de Reiche:
dada la extrema sequedad del lugar donde “llueve” una media hora cada dos años, ¿ qué sentido tiene
desplegar semejante esfuerzo para escrutar la meteorología o los astros?
Para el astrónomo peruano Luis Mazzotti siguiendo la línea de Kosok y Reich, Nazca nos ofrece todo un “mapa
estelar”, con la configuración de las constelaciones, tal y como fueron observadas desde aquellas latitudes
australes hace unos mil quinientos años. Según esta teoría, figuras como las del colibrí, la araña, el mono, la
ballena, etc., no serían otra cosa que representaciones idealizadas de dichas constelaciones. Pero ¿y qué decir
de las “pistas”, líneas y demás formas geométricas?
Lamentablemente, tampoco la hipótesis de Mazzotti viene a resolver el gran problema de fondo: ¿cómo fueron
trazadas?
Y otro tanto sucede con las recentísimas teorías aportadas por los astrónomos y antropólogos norteamericanos
Anthony Aveni, Gary Urton y Persis Clarkson. “Las líneas rectas más largas afirman estos científicos servían
quizá para conectar lugares ságrados, marcando los caminos rituales que debían seguirse en las fiestas y
ceremonias.”
Si fuera así, ¿dónde están los restos de estos templos o lugares sagrados?
Y el enigma sigue en pie, desafiante. Y hasta el momento, investigadores y estudiosos sólo parecen coincidir
en una circunstancia indiscutible que, quizá, guarda la clave del secreto: las figuras de Nazca sólo visibles en
su totalidad desde el aire pudieron ser ejecutadas “para alguien que volaba...”.

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EL ““CANDELABRO”” DE PARACAS
Es inevitable. Alrededor de los pequeños y grandes enigmas surgen siempre “cortinas de humo”,
especulaciones amarillistas e “intoxicaciones” de muy oscuros orígenes. E imagino que a o largo de este
trabajo tendré oportunidad de ir analizando más de una y más de dos. Éste es el caso del celebérrimo
“candelabro” de Paracas, al norte de la recién comentada pampa de Nazca. La verdad es que en estos últimos
años he llegado a leer y escuchar las más peregrinas hipótesis sobre su construcción y finalidad. Una de las
más difundidas y mejor aceptada quizá por la carga “mágica” que arrastra es la que sostiene que el gran
“tridente” señala hacia el valle del Ingenio, “como una especie de cósmica advertencia de la proximidad del
cosmódromo nazqueño”. Y lógicamente, aquellas personas que no han tenido la fortuna de visitar el lugar o,
sencillamente, no se han tomado la molestia de inspeccionar los tapas, pueden llegar a creer en semejante
“invento”. ida más remoto y carente de base.
Esta inmensa y misteriosa figura trazada sobre la ocre salitrosa duna que se desliza hacia el océano Pacífico
en punta Pejerrey, en la península de Paracas no guarda
relación alguna con las “pistas” y dibujos que conforman el referido “tablero maldito” de Nazca. En una de mis
primeras visitas al promontorio, hs análisis efectuados con las brújulas fueron terminantes. El eje central y
principal del “candelabro” marcaba el norte. Para ser exactos: 348 grados. O lo que es lo mismo, una
desviación de 12 grados hacia el oeste, en relación con el norte magnético. (Como es sabido, en esta zona, la
desviación magnética se calcula en unos siete grados este.) Ello situaba la dirección de la figura a 355 grados.
En otras palabras, no existía la menor relación con Nazca, al menos en lo que a direccionalidad se refiere. Ni
con la pampa, ni con la ciudad de Cuzco, ni tampoco con la mítica Machu Picchu. Muy probablemente, si el
“candelabro” o “tridente” de Paracas apareciera orientado hacia alguno de estos conocidos enclaves, el velo de
misterio que lo cubre quizá hubiera sido levantado hace tiempo... Lamentablemente, al trazar una línea recta
siguiendo su brazo principal, uno se pierde en el interior del continente americano, sin alcanzar a desentrañar
el porqué de tan desconcertante símbolo.
Tampoco el estudio de sus colosales magnitudes o la forma en que pudo ser trabajado arrojan la suficiente luz
como para aclarar la razón o razones de su existencia.
Durante algún tiempo busqué una posible relación numérica entre las medidas que le dan cuerpo. Fue inútil.
Sus 183 metros de longitud máxima, su inclinación en relación al mar (40 grados), la anchura de los brazos (3,2
metros) o la profundidad de los mismos (oscilando entre 1 y 1,2 metros), no aportaron datos o pistas concretos.
En cuanto a su antiguedad, los investigadores se hallan igualmente atrapados. Resulta muy difícil estimarla.
Quizá uno de los puntos en común con la pampa nazqueña resida en la extrema sequedad del paraje, que ha
permitido una notable conservación de la figura. La atmósfera salitrosa que envuelve el promontorio ha actuado
como aglutinante, apelmazando y endureciendo la arena que rodea al “candelabro”. Cuando uno camina sobre
la mencionada duna es fácil advertir que las líneas del “tridente” pudieran haber sido formadas mediante una
simple técnica de “vaciado”, con un férreo prensado de las paredes laterales. Como es lógico, los fuertes
vientos reinantes rellenan y vacían regularmente los “brazos” aunque, hasta el momento, que se sepa, no han
sido capaces de borrarlos.
Al excavar en el interior de dichos “brazos”, el investigador se encuentra con otra sorpresa. A diez o quince
centímetros 4ependiendo de los lugares examinados, la arena desaparece y surge una costra
blancoamarillenta, de naturaleza cristalina, muy común en toda la península de Paracas. Esta sedimentación
natural, amén de su cegadora luminosidad, presenta una superficie asombrosamente lisa. La deducción es
inevitable: hace cientos o quizá miles de años, el “candelabro” de Paracas podía ofrecer una lámina y un color
infinitamente más atractivos que en la actualidad. Si hoy se dibuja desde el aire o desde el mar como un todo
rojizoamarillento, en el pasado, esa imagen tuvo que destellar al sol como un “tridente” de plata.
Pero ¿cuál es su finalidad? Como en el caso de Nazca, las tesis son tan múltiples como variopintas. Y todas,
directa o indirectamente, coinciden en el único hecho aparentemente claro: tanto por su ubicación como por
sus proporciones parece concebido para ser observado en la distancia. Y ahí, en definitiva, arranca el gran
problema. A diferencia de las figuras de la pampa nazqueña, la “confección” del “tridente” no debió ofrecer
excesivas dificultades técnicas a sus ejecutores. Ahora bien, ¿por qué ese trazado gigantesco, por qué ese
particular emplazamiento y por qué esa dirección norte?
Como digo, hasta el momento nadie ha sido capaz de desvelar uno solo de estos interrogantes.
Algunos afirman que podríamos estar ante un gigantesco y especialísimo “faro”, que habría contribuido a
mejorar la navegación por estos turbulentos acantilados. De
hecho, con tiempo despejado, el “candelabro” es perfectamente visible a veinte kilómetros de la costa.
Otros lo identifican con un signo ritual, relacionado probablemente con sacrificios humanos. El eje principal, en
efecto, se encuentra alineado con la isla Blanca y relativamente próximo a otro grupo de islas las Chincha, en
las que los arqueólogos descubrieron las momias de jóvenes mujeres decapitadas. Tanto en la cerámica como
en los célebres mantos de la cultura “paracas” y en las manifestaciones artísticas de los “nazca”, el “tridente” o
“cactus-tridente” es relativamente frecuente. Pero ¿nos hallamos ante un símbolo ritual o ante un “árbol de la
vida”, como insinúan determinados expertos?
En lo que no puedo estar de acuerdo es en la aberrante hipótesis de María Belli de León, que llegó a escribir
que “el candelabro de tres brazos se encuentra grabado magnéticamente en la roca, como guía hacia el astropuerto
de Nazca, iluminándose en la noche”. Ni las brújulas presentan alteración alguna sobre el “tridente”, ni
éste fue “grabado” sobre la roca, ni tampoco señala hacia el sudeste (emplazamiento de la pampa nazqueña) y
mucho menos disfruta de esa pretendida iluminación nocturna. En lo que respecta a la opinión más
generalizada entre
los arqueólogos ”un signo de carácter astronómico”, en mi opinión es como no decir nada. ¿A qué signo
concreto se están refiriendo? ¿Y por qué dibujarlo de modo y manera que sólo sea visible desde el aire o
desde el océano?

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CHIILE:: LOS ““GEOGLIIFOS”” OLVIIDADOS
Siguiendo hacia el sur por esta enigmática costa peruana, entre otras fascinantes incógnitas a las que me
referiré en su momento, el investigador, nada más cruzar la frontera, puede acceder a otro misterio de
características similares a los precedentes. Al norte de Chile, entre Anca y Tocopilla, diseminados por el
ardiente desierto de Atacama uno de los más duros del planeta, se contabilizan decenas de figuras y dibujos
que, al igual que en Nazca y Paracas, parecen concebidos y realizados para ser observados desde el aire o
desde la distancia. Pero estos “geoglifos”, a diferencia de los peruanos, permanecen prácticamente olvidados.
Y me atrevería a decir más: con la honrosa excepción de los científicos de la Universidad de Tarapacá (Anca) y
de algunos muy pocos estudiosos del resto del mundo, esta magnífica muestra del arte precolombino es
sencillamente ignorada por la colectividad científica.
Cuando uno camina por los áridos cerros del valle de Azapa, de Chiza Suca, Tiliviche y Abra, o brega con las
infernales pendientes y quebradas de Cerro Figuras, Soronal y Cerro Unita o sobrevuela en helicóptero o
avioneta los Cerros Pintados, la perfección y grandiosidad de estas imágenes le hacen enmudecer. Allí, en
mitad de la desolación del desierto, aparecen “líneas y pistas” como las de Nazca, figuras de “hombres”,
gigantescos “sapos”, rebaños de camélidos, enigmáticos círculos, espirales, “flechas” y, en fin, un diabólico
maremágnum de simbolos de muy difícil interpretación.
Muchos de estos “geoglifos”, a diferencia también de los nazqueños no ofrecen duda alguna sobre la “técnica”
de su realización. Basta aproximarse a ellos para observar que han sido ejecutados mediante la acumulación
de piedras de origen volcánico que oscilan entre los diez y cincuenta centímetros de longitud. De esta forma, el
material lítico gris oscuro, distribuido a manera de mosaico, se destaca sobre el resto del terreno, multiplicando
el efecto visual. En otros lugares, los autores se han limitado a “limpiar” de rocas y guijarros las laderas y
cumbres de los cerros, propiciando así toda suerte de imágenes. Algunas de estas desconcertantes estructuras
superan los cien metros de longitud.
Pero, aunque en este caso se sepa o sospeche el método de realización de tales figuras, lo que sigue siendo
una incógnita es el “porqué” o “para qué” de su existencia.
En mis conversaciones con el profesor Luis Briones, especialista en arte rupestre y conservador de los
“geoglifos”, salió a relucir, naturalmente, el problema de fondo: ¿cuál pudo ser la finalidad de estos cientos de
imágenes, la mayoría perdida en los más recónditos parajes del desierto chileno? Y como ocurre con los
enigmas “gemelos” del Perú, las explicaciones de los arqueólogos y científicos son vagas, oscuras y tímidas.
¿Se trataba de “señalizaciones”? ¿A lgo así como los modernos indicadores de nuestras carreteras y
autopistas? La hipótesis de trabajo podría encajar en determinados “geoglifos”, ubicados al filo de los antiguos
caminos y cañadas. Pero ¿cómo ajustar esta tesis a las figuras que reposan lejos de las rutas caravaneras?
Por otra parte, las enormes proporciones de muchos de estos símbolos sólo perceptibles con claridad desde
una cierta distancia y en especial desde el aire parecen reñidas con una intencionalidad puramente
“orientativa”.
También se ha barajado la socorrida idea, favorita de los arqueólogos y antropólogos ortodoxos, de una
“representación ritual que propiciase buenas cosechas y mejores rebaños”. La explicación sería verosímil para
las figuras de los camélidos. Pero, ¿ qué ocurre con los enigmáticos “círculos”, las gigantescas “cabezas de
hombres”, las “pistas” o los “rectángulos”, por mencionar algunos ejemplos?
Y la gran duda planea de nuevo sobre el enigma de los “geoglifos” de Anca: ¿por qué esa obsesión en los
pueblos que habitaban la vieja placa tectónica de Nazca por dibujar y fabricar imágenes que pudieran ser vistas
desde el aire?
Quizá el lector haya adivinado la respuesta...

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SÁHARA:: ““MOSCAS”” Y ““BOOMERANG”” GIIGANTESCOS
Pero no es sólo el continente sudamericano el que ofrece esta serie de peculiares enigmas. La “obsesión” por
las figuras, dibujos y construcciones observables únicamente “ desde lo alto” aparece también en otros
rincones del planeta. Algunos caso de Estados Unidos y Gran Bretaña, bien conocidos por los amantes de la
Arqueología. Otros, como el del Sáhara, perfectamente ignorados. Y a este nuevo misterio voy a referirme,
aunque debo adelantar que la información que ha llegado hasta mí resulta escasa e incompleta, por razones
obvias. Y me explico. El escenario e dicho enigma se halla localizado en las ardientes arenas de lo que fue el
Sáhara español. Hoy, lamentablemente, esta región se encuentra envuelta en una guerra de guerrillas y mis
sucesivos intentos por adentrarme en la misma han prosperado. Será cuestión de aguardar tiempos ores para
penetrar en dicho desierto y explorar la zona 'n detenimiento.
La noticia llegó a mi poder a través de los pilotos del ejército del Aire español, que prestaron sus servicios en
aquella parte de África. Fueron ellos, justamente, quienes
“descubrieron” en sus vuelos las extrañas formaciones existentes en los territorios de El Aaiún, Chej Merebbi
Raban, Lehmeira, Musa, Sallat Aseraui, Moroba, Habchi, Chabien, Jang Saccim, Quesar, Tuccat, Tifariti, Bir
Lehmar y Fadral Tamat. Y fueron ellos quienes las “bautizaron” con los nombres de “moscas” y “boomerang”,
trazando los primeros planos de su situación.
“Moscas” y “boomerang” responden a las curiosas formas que presentan desde el aire. Las primeras se
asemejan a estos insectos, con dos enormes “alas” de puntas redondeadas, separadas por una especie de
canal recto y provistas de una “cabeza” oscura y mal definida. Según los cálculos de los pilotos las
dimensiones de las “moscas” en ningún caso sobrepasaban los cincuenta metros.
Los “boomerang”, en cambio, son gigantescos. Algunos alcanzan un kilómetro y medio de longitud. En las
fotografías tomadas desde los aviones se observa una zona central oscura y casi triangular de la que parten
sendas líneas estrechas y extraordinariamente largas. Una estructura, en suma, muy similar a la de la famosa
arma australiana.
Inexplicablemente, todos los “boomerang” se hallan orientados hacia el oeste. Las “moscas”, sin embargo, no
guardan un orden aparente. Se encuentran distribuidas por doquier y en formaciones anárquicas.
Según los pilotos, la localización en tierra de tan desconcertantes construcciones es labor ardua. Pese a
disponer de la ubicación de muchas de ellas, las dunas del desierto han terminado por cubrirlas, dificultando las
tareas de reconocimiento. Lo que sí se sabe es que no corresponden a formaciones naturales o a simples
accidentes del terreno. Están “fabricadas” con enormes piedras oscuras y, en el caso de los “boomerang”,
como digo, manteniendo una orientación tan rígida como críptica. ¿Por qué hacia el poniente?
Cuando la población nativa, los saharauis, fue interrogada acerca de estas enigmáticas “obras”, su respuesta
fue siempre la misma: “Pertenecen a nuestros gloriosos antepasados.”
Y un torrente de preguntas surge de inmediato.
¿A qué antepasados se refieren? ¿Nos encontramos, como en los enigmas de Perú y Chile, ante una
civilización con unos conocimientos muy superiores a los que imaginamos? ¿Por qué los “boomerang” señalan
hacia el Atlántico? ¿Qué se oculta bajo las “alas” de las “moscas”? ¿Fueron conscientes de que tales
construcciones sólo podían ser divisadas desde el aire? ¿Acaso tenían capacidad para volar?
Como digo, será menester internarse en el Sáhara e investigar directamente sobre este irritante misterio para
tratar de aportar un mínimo de luz.
Pero no todos los enigmas de estas características se hallan anclados en la antiguedad. También en los
tiempos modernos han sido detectados dibujos y figuras sólo ví desde el aire, cuya explicación constituye un
moto rompecabezas para la ciencia oficial. Éste es el caso las asombrosas “estrellas” descubiertas en 1957
sobre territorio francés.

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FRANCIIA:: LAS ““ESTRELLAS”” DE CHARTRES
Un buen día, a través de un viejo amigo ingeniero nuclear en Francia tuve conocimiento de un extraño suceso.
Al parecer, sobre territorio francés habían sido descubiertas unas gigantescas y enigmáticas figuras, Sólo
visibles desde el aire. Presentaban la forma de “estrella”, con una serie de curiosas “coincidencias”. Las
imágenes aportadas por el ingeniero eran elocuentes. Y puse en marcha la investigación.
La respuesta del Instituto Geográfico Nacional del país me dejó perplejo. Las “estrellas” en cuestión existen,
por supuesto, constituyendo a juicio de los especialistas galos uno de los más indescifrables enigmas con que
se haya enfrentado la ciencia...
Todo arrancó en 1957. El mencionado Instituto había vado a cabo una rutinaria misión aérea sobre Chartres,
fotografiando la zona situada al sur-sudoeste. A decir verdad, durante las tomas fotográficas, ninguno de los
miembros de la tripulación y del equipo de Cartografía detectó nada anormal. La sorpresa llegaría poco
después, cuando
los expertos se dispusieron a analizar las imágenes aéreas. Allí aparecía “algo” tan espectacular como
inexplicable: unas curiosas alineaciones de manchas claras, regularmente espaciadas sobre diversos suelos de
la región.
La alineación principal sumaba una veintena de “manchas”, espaciadas entre sí unos trescientos sesenta
metros y ubicadas sobre un eje casi norte-sur, con una declinación de siete grados y veinticinco minutos hacia
el este.
El examen detallado de cada “mancha” reveló una estructura invariable esto es importante, en forma de
“estrella” y de treinta y cinco metros de diámetro. El “hallazgo”, como digo, desconcertó a los geógrafos
franceses.
Y los análisis se repitieron, así como las tomas aéreas. Todo coincidía.
El uso de la visión estereoscópica, con la ayuda de los clichés efectuados sucesivamente por el avión en su
desplazamiento, permitió fijar un límite superior al relieve eventual de estos objetos, cuarenta centímetros,
como mucho, con relación al suelo. Si las dimensiones y la estructura de estas “estrellas” son notablemente
constantes, se puede observar en cambio que su “luminosidad” es muy variable.
Sin embargo, dos fotografías diferentes que engloben la misma “estrella”, efectuadas el mismo día o con
algunos días de intervalo, la muestran siempre en idéntico lugar, con similar contraste. Esto eliminó la
posibilidad de un artefacto, convenciendo a los franceses de la innegable realidad de dichos objetos ópticos.
(Los clichés originales fueron placas de 18 por 18 centímetros, con una emulsión pancromática sensible al
espectro visible.)
Pero quizá uno de los factores que más impresionó y desconcertó a los investigadores fue la enorme
semejanza existente entre las “estrellas”. Todas ellas, como fue dicho, alcanzaban los treinta y cinco metros de
diámetro, con un total de nueve ramas. Cada uno de estos brazos aparecía integrado por cuatro círculos o
puntos, perfectamente visibles. En total, pues, cada figura se hallaba “construida” por treinta y seis puntos.
Naturalmente, desde que estas enigmáticas imágenes fueran tomadas y descubiertas por el Instituto
Geográfico Nacional Francés, las hipótesis para tratar de explicarlas han sido múltiples. Sin embargo, hasta el
momento, ninguna puede estimarse como definitiva.
Para algunos, estas “estrellas” de nueve puntas pudieron ser la consecuencia de operaciones desplegadas por
la Compañía General de Geología, a base de cargas explosivas colocadas a escasa profundidad y siguiendo
una disposición en estrella. Con este procedimiento, no obstante, difícilmente se hubiera logrado una simetría
tan perfecta y, mucho menos, un grado de luminosidad como el que ofrecían los círculos que conformaban las
figuras.
Otros aseguraron que nos hallábamos ante restos de construcciones prehistóricas. Y algunos arqueólogos
apuntaron la posibilidad de que dichas formaciones “en estrella” fueran “cromlechs”; es decir, monumentos de
los antiguos druidas, formados por menhires dispuestos en círculo como en el caso de Carnac o en varios
círculos concéntricos alrededor de otro menhir más elevado o de una piedra esférica.
Cuando los investigadores acudieron a los campos donde fueron fotografiadas las “estrellas” no hubo forma de
encontrar un solo resto megalítico. Y la hipótesis prehistórica fue olvidada.
Por otra parte, ¿por qué los “cromlechs” existentes en el mundo no han podido ser fotografiados desde el aire
con semejante nitidez y, sobre todo, con esa “luminosidad”?
¿Podía tratarse de otro fenómeno? ¿Quizá de las “huellas” dejadas por ovnis? Curiosamente, en uno de los
números de Sdence et Vie se habla de la aparición de objetos voladores no identificados sobre esa región. El
hecho tuvo lugar en octubre de 1954. Pues bien, al superponer una de estas alineaciones de ovnis sobre las de
las “estrellas”, el cincuenta por ciento de las mismas coincidía.
¿ Casualidad?
La solución sigue sin aparecer. Y el mundo de la ciencia se enfrenta a otro misterio.
¿Qué son las “estrellas” de Chartres? ¿Quién las formó? Y, sobre todo, ¿con qué fin?

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MÉXIICO:: EL VALLE DE LAS ““SIIETE LUMIINARIIAS””
Y hablando de “estrellas” me viene a la memoria otro increíble paraje de este planeta “encantado”: el valle de
Santiago, en el centro de México. Allí, al recorrerlo, tuve la oportunidad de adentrarme en un nuevo enigma,
íntimamente vinculado a las estrellas que dan forma a la llamada “Osa Mayor”. En realidad no debería hablar
de un enigma, sino de varios... Pero arrancaré por el que me condujo hasta el citado valle, en el estado de
Guanajuato. En una superficie de siete kilómetros cuadrados se alzan siete volcanes extinguidos. Antes de la
llegada de los conquistadores la región recibía el nombre de “Camémbaro” que, justamente, viene a significar
“País de las Siete Luminarias”, en recuerdo
siempre según la tradición de las “antorchas” que manaban de los mencionados cráteres. Y con los españoles,
“Camémbaro” fue sustituido por valle de Santiago, fundándose la ciudad del mismo nombre a poco más de
1.700 metros de altitud. Esto ocurría en mayo de 1607. Pues bien, por aquellas fechas, los misioneros y
cronistas recibieron detalles en torno a algunos de los misteriosos sucesos que se registraban en el interior de
los dormidos volcanes, cuyo magma había sido reemplazado por lagos de aguas profundas y turquesas. En
uno de ellos conocido hoy como “La Alberca” habitaba un monstruo que recibía el nombre de “Chan”. En el de
“Yuriría”, la laguna cambiaba de color poco antes de los terremotos...
Pero fue en nuestro siglo cuando, al sobrevolar y fotografiar las “Siete Luminarias”, las tomas aéreas pusieron
de manifiesto “algo” sorprendente: los siete volcanes principales del valle de Santiago se hallaban distribuidos
“a imagen y semejanza” de la famosa constelación del “Cano” u “Osa Mayor”. Y en honor a la verdad, cuando
uno examina estas fotografías tiene que reconocer que la coincidencia, cuando menos, es desconcertante. Los
siete círculos coinciden casi a la perfección con las siete estrellas fundamentales de la referida constelación.
Por supuesto, para una mente medianamente racional, este hecho sólo puede ser considerado como una
“simple y curiosa casualidad” o como un “capricho de la naturaleza”. Y puede que esté en lo cierto. O puede
que no... Porque hay algo mas. Algo que contribuye a complicar el misterio. Me fue comunicado por la
investigadora Guadalupe Rivera de Iturbide. Alertada por estas imágenes y por los estudios del ilustre
pensador mexicano Ignacio Ramírez en el siglo pasado, la directora del Instituto de Investigaciones Históricas
de la Revolución Mexicana puso en marcha un ambicioso proyecto, consistente en el levantamiento topográfico
de la totalidad del país. Partiendo de la base de que numerosas ciudades del viejo continente en especial las
griegas habían sido diseñadas de acuerdo con los mapas zodiacales, fue inspeccionando los asentamientos
del territorio mexicano, verificando con asombro cómo cada uno de los poblamientos se correspondía con una
determinada constelación. Y según la doctora Rivera, el valle de las “Siete Luminarias” constituía el centro
geográfico matemático de la “gran espiral” que cubre todo México. Y sus hallazgos fueron más allá de lo
imaginable. Porque, al estudiar y relacionar el antiguo calendario azteca con este asunto, Guadalupe Rivera
llegó a la conclusión de que cada 1.040 años, la “Osa Mayor” termina situándose en la vertical de los
mencionados siete volcanes. ¿Otra casualidad?
Pero, como insinuaba anteriormente, en este paradisíaco lugar se dan otros fenómenos, a cual más extraño.
Olvidaré temporalmente la historia de “Chan”, para volver sobre ella en el capítulo de los “monstruos
atrapados”. Y centraré mi atención en el cráter “Yuriría”.
Cuando lo inspeccioné, el nivel de la laguna que lo llena desde tiempo inmemorial había descendido
notablemente. Y los nativos se mostraban preocupados. Porque las aguas de esta caldera según la tradición y
las más modernas observaciones disfrutan de una singular virtud: cambian de color antes de los terremotos.
Desde hace años, atraídos por semejante circunstancia, numerosos investigadores en especial biólogos y
vulcanólogos han ido desfilando por las orillas de este lago interior, a la búsqueda de una explicación. Y, en
efecto, algunos han sido testigos de excepción del súbito y siempre alarmante proceso. De pronto, las verdes y
apacibles aguas adquieren una coloración rojiza. Y en cuestión de días o semanas, bien en México o en
cualquier otro punto del planeta, se registra un movimiento telúrico. Así ocurrió en Julio de 1985. Los habitantes
del valle de Santiago descubrieron con horror cómo el “Yuriría” había modificado el color de sus aguas,
ofreciendo una amenazante tonalidad sanguinolenta y un intenso y pestilente olor. Aquélla era la “señal”. Mes y
medio después, el 19 de septiembre, la ciudad de México era azotada por un violento seísmo. Y otro tanto
4onteció en 1989. En septiembre, el lago amaneció teñido de rojosangre. Días más tarde, en octubre, sendos
movimientos sísmicos asolaban China y California. El cráter, una vez más, lo había advertido.
Y aunque es ahora, merced a la moderna tecnología, cuando se ha empezado a tomar en consideración el
insólito “proceder” del “Yuriría”, la verdad es que las noticias sobre tan extraña “virtud” se pierden en la noche
de los tiempos. Naturalmente, como sucede con harta frecuencia, siempre fueron tomadas como “fantasías del
populacho” o “supersticiones propias de pueblos incultos y atrasados”. Y la ciencia ha tenido que doblegarse
ante la abrumadora realidad, reconociendo, en definitiva, que las viejas leyendas y tradiciones no eran sólo
fruto de la imaginación popular. El propio nombre del antiquísimo asentamiento humano existente junto al
volcán ”Yuririapúndaro” nos habla ya del conocimiento de estos hechos por parte de los indígenas. Porque
“Yuririapúndaro” significa “lago de sangre”.
¿Y qué opinan los científicos sobre tan asombroso enigma?
Hoy por hoy se muestran cautelosos. Los análisis de las muestras extraídas en pleno “cambio” de tonalidad
han arrojado una importante pero todavía insuficiente “pista”:
el “rojosangre” de las aguas se debe fundamentalmente a la presencia en la superficie del lago de un
microorganismo protozoario flagelado de color rojizo. No cabe duda, por tanto, que la modificación de la
tonalidad natural del lago obedece a la irrupción, posiblemente desde el fondo, de esta suerte de
microorganismos. Pero, ¿qué es lo que provoca el repentino desplazamiento de estas colonias de seres vivos?
¿Quizá una serie de ondas subterráneas desconocidas aún para la Ciencia que precede a los terremotos
propiamente dichos? ¿Y por qué en las aguas del “Yuriría” y no en las de los volcanes próximos? Podríamos
aceptar que, en el caso de los seísmos de la ciudad de México o California, la proximidad de dichos lugares
pudiera provocar un fenómeno previo de distorsión en las profundidades del referido cráter. Pero ¿y en el caso
de China?

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LOS FRUTOS DEL PARAÍÍSO
Y para cerrar estos breves apuntes en torno al enigmático valle de las “Siete Luminarias” quizá debería hacer
mención del no menos misterioso cerro de Culiacán, que se alza a una decena de kilómetros de los cráteres.
Allí, según la leyenda, existe una “mágica ciudad subterránea”. Pero pospondré mis investigaciones en las
faldas y cima de este coloso para una mejor ocasión y en beneficio de otro enigma que, de no haberlo visto con
mis propios ojos, difícilmente lo hubiera aceptado. Porque, ¿quién puede imaginar una col de cuarenta y tres
kilos? ¿Cómo aceptar que la tierra pueda ofrecer matas de apio de un metro de altura, cañas de maíz de
cuatro, hojas de acelga de 1,85 metros o que, de una sola semilla de cebolla, nazcan hasta doce ejemplares,
con un peso total de quince kilos?
Sé que puede parecer una fantasía, muy propia de libros y películas de ciencia-ficción. A las imágenes me
remito. Ellas hablan por sí solas.
Todo empezó en los años setenta y justa y misteriosamente en los dominios del valle de Santiago. Varios
campesinos y vecinos del lugar entre los que destacan José Carmen García Hernández y Óscar Arredondo
Ramírez sorprendieron a propios y extraños con unos frutos gigantescos, como jamás se había visto en la
historia de México
y, si me apuran, del resto del mundo.
Como es natural, la noticia voló, conmocionando a las autoridades y estamentos oficiales. Y una legión de
expertos se personó en los terruños, verificando la realidad de semejante “revolución agrícola”. Pero,
desconfiados, sometieron a los “artífices” de las gigantescas cosechas a una prueba de fuego. Y en 1977, en
un campo experimental próximo a Tampico (Tamaulipas), ingenieros agrícolas del gobierno y los campesinos
de Santiago se enfrentaron en un curioso reto. Los unos sembraron las hortalizas siguiendo los métodos
tradicionales. Los otros pared con pared, según su secreto saber y entender. El resultado fue espectacular.
Mientras los ingenieros obtenían una producción media por hectárea de ocho toneladas, el “campo” de los
“revolucionarios” superaba las cien... Y la “mágica fórmula” según los depositarios del preciado tesoro era
extensible a todo tipo de productos: cereales, flores, tubérculos, etc. Y lo demostraron. Las formidables
“cosechas” comenzaron a invadir los mercados de la región. Y durante un tiempo, los hogares de los
santiaguinos se vieron beneficiados por este “regalo de los cielos”. Baste decir que, por ejemplo, con dos
monumentales hojas de acelga podía alimentarse toda una familia. Y algo similar ocurría con las patatas, maíz,
cebollas, coles y demás verduras.
La esperanzadora noticia, sin embargo, no agradó a las multinacionales. Tal y como habían demostrado los
impulsores de este sensacional hallazgo, la siembra y los cuidados de los productos sometidos a la “secreta
fórmula” no requerían de fertilizantes ni pesticidas. El proceso se desarrollaba de forma natural, sobre cualquier
tipo de suelo y bajo unas condiciones climáticas y de riego enteramente normales. Y surgieron las amenazas y
presiones. Y los campesinos se vieron obligados a abandonar sus experimentos y sus tierras. Uno de ellos,
incluso, terminaría en prisión. Y la “gran revolución agrícola” fue abortada.
Las multinacionales, sin embargo, no consiguieron arrancarles el “secreto” de tan prodigioso sistema. Un
“secreto” que ha sido transmitido a un escogido grupo de amigos incondicionales de los “revolucionarios”
mexicanos. Un “secreto” que guarda una íntima relación con el noble arte de la astrología y que según mis
confidentes” fue legado a estos habitantes del enigmático valle de las Siete Luminarias” por seres “no
humanos”.
Sé que estas aseveraciones pueden hacer sonreír malévolamente a los incrédulos y escépticos. Están en su
derecho. Pero ¿pueden ellos de la mano de la ciencia oficial obrar un “milagro” semejante?
Y puede que llegue el día cuando los valores espirituales del hombre hayan madurado en que ese “secreto” se
abra de nuevo al mundo, en beneficio de todos.

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TURQUÍÍA:: ¿QUIIÉN VOLABA EN LA ANTIIGUEDAD?
Esta pregunta latente en algunos de los enigmas ya expuestos y en otros que iremos analizando cobra especial
fuerza en el misterio que me dispongo abordar: los célebres mapas de Piri Reis. ¿Cómo es posible que en los
albores del siglo xvi, alguien tuviera conocimientos geográficos y cartográficos de tierras que oficialmente no
habían sido descubiertas? ¿Cómo entender que en esas fechas hubiera noción de los perfiles de un continente
antártico “sin hielos” o de las cordilleras septentrionales de Canadá? Porque éstos, entre otros, han sido los
sorprendentes hallazgos obtenidos por los científicos tras los iniciales estudios de los mapas descubiertos en
Turquía.
Fue en noviembre de 1929 cuando, al practicar un inventario en el viejo palacio-museo de Topkapi, en
Estambul, los empleados abrieron un antiguo cofre, hallando su interior una serie de pergaminos enrollados de
los que no se tenía conocimiento oficial. Las primeras investigaciones corrieron a cargo del entonces director
del Museo Nacional turco, Halil Eldem. Y fue entonces cuando surgieron las primeras sorpresas. Los
pergaminos lógicamente deteriorados habían sido confeccionados sobre piel de gacela y, según las
inscripciones que figuran en los mismos, elaborados en 1513 en la ciudad de Gallípoli por Piri Reis Ibn Hadji
Mehemet. Es decir, por el almirante Pin, hijo del peregrino a la Meca Hadji Mehemet. Este personaje Piri Reis,
además de almirante de la flota turca, fue un notable cartógrafo y un humanista de reconocido prestigio, que
hablaba griego, italiano, español y portugués. Fruto de sus innumerables viajes nos queda un libro de
memorias l Bahriye o Libro del mar en el que aparecen doscientos quince planos y mapas. En los dos
fragmentos que constituyen estos famosos documentos de Piri Reis aparece una leyenda que dice
textualmente: “Así se refiere cómo ha sido trazado este mapa. Nadie en el siglo presente posee uno similar. Ha
sido elaborado y diseñado por el humilde suscrito. La carta es producto de estudios comparativos y deductivos
hechos sobre veinte cartas y mapamundis, sobre ocho “Djaferiye" similares, sobre un mapa árabe de las Indias
y sobre un mapa trazado recientemente por cuatro portugueses en el que los países de Sind, Hind y China
están trazados con criterios geométricos, y también sobre un mapa de Colón elaborado en la parte occidental.
Hay que decir que si la carta de esos países es exacta y válida para los marinos, es igualmente exacta y válida
para los siete mares.”
Al parecer, el mapa de Colón al que se refiere el almirante turco fue suministrado por un marinero que había
navegado con el ilustre genovés y que fue capturado por Kemal Ris, pariente de Piri Reis.
Obviamente, la reacción de los investigadores turcos no se hizo esperar. En aquellos pergaminos del siglo xv'
se observaban continentes e islas que no “cuadraban” con la época. ¿Qué se sabía en 1513 de la Antártida y
de esa lengua de tierra que dibujó el almirante turco y que enlazaba el cono sur americano con la referida masa
antártica? ¿Es que alguien, ignorado hasta esos momentos, había llevado a cabo una exploración del norte de
Canadá y de las islas árticas? Para asombro de los geógrafos e historiadores de Estambul, en los mapas de
Piri Reis habían sido dibujados ríos, montañas, escollos y bahías inexplorados en esas fechas, así como los
perfiles de las costas europeas, americanas, africanas, árticas y antárticas. Las cordilleras aparecían, incluso,
con indicaciones de sus relieves. Los ríos, con gruesas líneas. Los arrecifes no visibles, señalados con cruces
y las aguas poco profundas, marcadas con puntos rojos.
Y persuadidos de que estos fragmentos eran dignos de un estudio concienzudo, las autoridades turcas los
depositaron en manos del doctor Kahie, de la Universidad de Bonn que, “casualmente”, visitaba Estambul en
aquellos días. Y en septiembre de 1931 eran “oficialmente” presentados a la comunidad científica europea, en
el transcurso del XVIII Congreso de Estudios Orientales, celebrado en la ciudad holandesa de Leyden. Pero,
lamentablemente, las investigaciones de Kahie pasaron inadvertidas. Y fue menester aguardar al año 1953
para que los casi olvidados pergaminos de Piri Reis “resucitaran” al mundo de la ciencia y del interés
internacional. Todo ocurrió de forma aparentemente casual. Aunque algunas copias circulaban ya desde hacia
años por diferentes bibliotecas y museos, en dicha fecha fueron remitidos a la Marina estadounidense, como un
regalo de sus colegas turcos. Y la Navy los hizo llegar al Departamento de Hidrografía Naval. Al poco, el
singular obsequio al que, en un principio, no se le prestó excesiva atención fue sometido al dictamen de un
experto cartógrafo: Arlington H. Mallery. Paciente y meticuloso, éste fue a embarcarse en la ardua labor de
revisar cada uno de los perfiles de los continentes descritos por el almirante turco. Y lo que a primera vista
parecía un conglomerado de despropósitos fue revelándose como una increíble “caja de Pandora”. Al explorar
los detalles, Mallery observó con estupor cómo los accidentes geográficos dibujados por Pín Reis encajaban
con los hoy conocidos, aunque, inexplicablemente, estaban “fuera de sus posiciones correctas”. Este extraño
“error” fue justificado como una lógica falta de información de los navegantes medievales en lo que a longitudes
y latitudes se refiere. Pero, al profundizar en las investigaciones, el científico norteamericano terminó por
comprender que en aquellos perfiles parecía latir una desconocida ley matemática. n otras palabras: una pauta
o proyección, sabiamente manejada por sus autores. Y Mallery solicitó el concurso de Walters, un veterano
cartógrafo de la Sección Hidrográfica estadounidense.
Entre ambos hallaron una pauta que les permitió desarrollar y proyectar los planos de Piri Reis sobre un globo
terráqueo, sometiéndolos a continuación a la moderna proyección denominada de “Mercator”. Y ahí surgieron
las grandes sorpresas.
Por ejemplo: los meridianos terrestres habían sido dibujados con excelente precisión. Algo inaudito en el siglo
xvi...
Por ejemplo: los mapas de Piri Reis mostraban la “totalidad” del planeta, con “información” detallada sobre
macizos montañosos casos de la Antártida y del norte de América actualmente cubiertos por los hielos.
Por ejemplo: el almirante turco había “equivocado” el actual estrecho de Drake, sustituyéndolo por una lengua
de tierra que unía el cono sur americano con la Antártida. Al comparar los mapas con las modernas fotografías
aéreas en infrarrojo, que revelan el perfil submarino de dicha región, se estimó que Piri Reis estaba en lo cierto:
ambos continentes habían permanecido unidos por ese estrecho “puente”, al menos hasta el final de la última
glaciación. Pero esa “circunstancia” se remontaba a unos once mil años...
Por ejemplo: la Antártida aparece “sin hielos” en los mapas turcos. Y sus contornos, montañas y valles
coinciden básicamente con lo hoy descubierto bajo el manto helado de casi dos kilómetros. ¿Cómo podía saber
Piri Reis de la existencia de la península de Palmer o de la tierra de Maud, por no alargar la cuestión, si dichos
parajes no fueron identificados hasta la llegada de la expedición británico -sueco -noruega a la Antártida
(19491952)?
Por ejemplo: si en 1513 la isla de Cuba presentaba la forma actual, ¿por qué en los mapas de Piri Reis fue
dibujada con su extremo occidental básicamente formado por islotes? La solución llegó de la mano del profesor
Hapgood: “En tiempos remotos, esa zona de Cuba, en efecto, se hallaba sumergida.”
Y las investigaciones continúan. Y en un futuro es muy posible que los científicos nos sorprendan con nuevos y
espectaculares datos. De momento, lo que ya nadie duda es que el almirante turco tuvo acceso a planos,
documentos e informaciones con una “base real y rigurosa”. Una “documentación”, en definitiva, heredada
quizá de una humanidad que pobló la Tierra hace miles de años y que
para elaborar mapas como el de Piri Reis tenía que disfrutar de conocimientos y medios técnicos asombrosos.
Entre otros en palabras del propio Mallery de la capacidad de volar. Una “humanidad” que, como nos cuenta
Platón, pudo ser arrasada “en el transcurso de un día y una noche” y, justamente, hace once mil o doce mil
años. Un pueblo que decenas de estudiosos han bautizado como los atlantes”.

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COSTA RIICA:: EL TÚNEL DE LOS ““ÍÍDOLOS””
No voy a negarlo. La “Atlántida” me ha subyugado durante años. Y como cualquier curioso medianamente
informado, estoy convencido de su existencia y de su probable y cataclísmica desaparición. Y acepto ¿por qué
no? la fecha apuntada por Platón: alrededor de once mil o doce mil años. Pero me resisto a entrar en las viejas
y manoseadas hipótesis que circulan en torno a la “isla continente” que, según todos los indicios, podía ocupar
el cenro del océano Atlántico. Y aunque me dispongo a hablar de ella, lo haré de la mano de “otros enigmas”
que, según mi corto conocimiento, podrían estar vinculados a los portentosos conocimientos de los “atlantes” o
ser consecuencia de ellos.
Está bien que aventureros, exploradores y científicos busquen los restos de tan espléndida civilización en los
fondos marinos. Pero, mientras ese redondo y definitivo hallazgo no salga a la superficie, ¿por qué no trabajar
igualmente en el entorno que presumiblemente quedó radio de acción de la gran isla? ¿No entra dentro de lo
posible que esa dinámica cultura hubiera extendido su poder e influencia a otras muchas tierras y pueblos
relativamente cercanos? ¿No podría haber ocurrido que los supervivientes, instalados en las costas
americanas, europeas y africanas, fueran los impulsores de tantas y tan magníficas obras como las que
adornan uno y otro extremos del Atlántico? ¿Quién no se ha detenido a reflexionar alguna vez sobre la brusca
y misteriosa “aparición” de las cuatro primeras dinastías egipcias, rebosantes de sabiduría? ¿ Brotaron de la
noche a la mañana y de las neolíticas tribus que malvivían en el Nilo? ¿Quién habló del concepto de
inmortalidad y enseñó hace cinco mil años las técnicas de momificación a los primitivos agricultores y
pescadores del norte de Chile? ¿Cómo explicar la presencia en las selvas de Costa Rica 4esde hace más de
dos mil años de cientos de pequeñas y gigantescas esferas de piedra, cuya perfección haría palidecer a los
canteros más cualificados
del siglo xx? ¿Por qué las alineaciones de dichas esferas apuntan a lugares tan remotos como Egipto, Reino
Unir do, Galápagos o Pascua?
Pero entremos ya en algunos de estos fascinantes enigmas que insisto podrían estar “hablándonos en silencio”
de un remoto, brillante y común origen.
Y lo haré con otra primicia. Un intrigante y sensacional “hallazgo” que me fue dado compartir con tres
excelentes investigadores y mejores amigos: Andreas Faber Kaiser y los hermanos Carlos y Ricardo Vílchez.
Fue una apacible mañana de octubre de 1985, cuando alguien llamó a la puerta de mi habitación en el hotel
Irazú, en San José de Costa Rica. En aquellas fechas, yo asistía a un interesante congreso sobre “Los grandes
misterios del hombre”.
Minutos después, los tres visitantes cuyo anonimato debo respetar iniciaban el relato de una larga y
enrevesada historia que me dejó atónito y que trataré de simplificar.
Años atrás, una familia costarricense había obtenido una información que modificó el rumbo de sus vidas. En
un cerro situado a unos treinta kilómetros de la capital existía un antiquísimo túnel que, muy posiblemente,
conducía a un templo o a una ciudad, anteriores a la llegada de los conquistadores españoles. Según los
nativos, sobre dicho cerro amén de un sinfín de leyendas, a cuál más oscura y misteriosa se observaban con
frecuencia poderosas y silenciosas “luces”, que parecían “explorar o vigilar” la cima. Y siguiendo las
“instrucciones recibidas”, estos hombres y mujeres vendieron cuanto poseían, instalándose en la soledad del
enigmático cerro. Y allí, en secreto, durante meses, procedieron a la perforación del lugar hasta que, al fin, se
vieron recompensados con el descubrimiento de la boca del túnel. Y en un titánico esfuerzo fueron extrayendo
las toneladas de tierra y piedras que cegaban la galería, dejando al descubierto un pasadizo que descendía
casi en vertical y cuyas paredes de hasta tres metros aparecían meticulosamente escuadradas y pulimentadas.
Pero lo más asombroso de esta novelesca historia es que, en el transcurso de las excavaciones, la familia
había ido encontrando una serie de supuestos “ídolos” de piedra y una “inscripción” cuyo significado ignoraban.
Y ansiosos por arrojar algo de luz sobre los crípticos descubrimientos se habían decidido a ponerse en
contacto con este humilde investigador que les habla.
Y cargados de buena fe llegaron hasta mí con el mayor de los sigilos y en la compañía de un abultado y
enigmático saco que se negaron a abrir hasta que no dieron cumplida cuenta de su narración. El contenido
consistía en siete cabezas de piedra, negras, rosadas y blancas, de muy bella factura y de un considerable
peso. Todas ellas según mis confidentes habían ido apareciendo en el transcurso de los trabajos de “vaciado”
de la galería. Parecían representar “hombres”, “animales” o una mezcla de ambos. Dos de los “ídolos” me
recordaron de inmediato algunos de los “dioses” del antiguo Egipto. ¿Cómo era posible? Nos hallabamos en
Costa Rica, a miles de millas del territorio de los faraones...
Y a las pocas horas, tras hacer partícipes del pequeño gran “secreto” a mis compañeros Faber Kaiser y los dos
hermanos Vílchez, nos pusimos en camino hacia la región donde se alza el mencionado cerro. Una zona que,
siguiendo las recomendaciones de nuestros guías y anfitriones, no puedo desvelar por ahora.
Y efectivamente. En la cumbre, camuflada entre la exuberante vegetación, se abría la entrada del túnel.
A qué ocultarlo. Nuestra sorpresa no tuvo límites. Ante nosotros apareció una desahogada galería que
penetraba poco menos que en caída vertical hacia las entrañas de la tierra. Y merced a una sucesión de
frágiles escaleras de mano fuimos descendiendo, hasta alcanzar el medio centenar de metros de profundidad.
Y examinamos la asombrosa y ciclópea estructura de sus paredes, forjadas a base de inmensos bloques de
hasta tres metros de altura” pulcramente trabajados y, en apariencia, escuadrados con idéntica minuciosidad.
Pero ¿quién había movido aquellas moles de cientos de toneladas? Y lo más importante: ¿para qué? ¿A qué
lugar conducía el túnel? La familia no supo o no quiso responder a ninguno de los interrogantes. La única
realidad palpable es que la excavación se hallaba detenida y que semejante construcción tenía que obedecer a
un propósito. Pero ¿a cuál?
Por el momento, esto es todo lo que estoy autorizado a revelar.

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CHIILE:: LAS MOMIIAS MÁS ANTIIGUAS DEL MUNDO
¿Momias más antiguas que las egipcias? ¿En Chile?
Tuve que viajar hasta los laboratorios de antropología y arqueología de la Universidad de Tarapacá, en la
ciudad norteña de Anca, para comprobar que las informaciones eran correctas. En los últimos años, en los
inmensos arenales que rodean la capital, e incluso en el casco urbano de la misma, han sido “detectadas” más
de trescientas. Lamentablemente, sólo unas decenas han llegado a manos de los especialistas. Pero la
muestra fue más que suficiente para que el equipo que dirige el profesor Iván Muñoz pudiera analizarla y
extraer muy sabrosas conclusiones.
Los restos humanos momificados -pertenecientes a hombres, mujeres y niños- fueron rápidamente fechados,
arrojando una antiguedad que oscilaba entre los seis mil y los dos mil años antes de Cristo. Es decir, en
algunos casos, muy anteriores a las egipcias. Pero lo que dejó perplejos a los científicos chilenos y
norteamericanos que se interesaron por el hallazgo fue la singular técnica de momificación utilizada por aquel
remoto y, teóricamente, primitivo pueblo. Un procedimiento que poco o nada tiene
que ver con los sistemas del antiguo Egipto. El primer paso consistía en la atracción de las vísceras, la
musculatura y la piel del cadáver que, a continuación, era sometido a un cuidadoso proceso de secado. Y otro
tanto se hacía con las cavidades del cuerpo, calentándolas y resecándolas a base de cenizas calientes y
brasas. Acto seguido,a fin de proporcionar al difunto una mayor rigidez, las extremidades superiores e
inferiores eran perforadas por sendos maderos. Y la totalidad del cuerpo se amarraba con el concurso de fibras
vegetales. La segunda fase de la momificación consistía en un meticuloso “remodelado” del individuo. Para
ello, las oquedades craneales, torácicas y 1pélvicoabdominales se rellenaban de arcilla, pieles de auquénidos,
cenizas, plumas o restos de vegetales. E inmediatamente se le devolvía la piel, ajustándola a los miembros con
notable precisión. Y los “sacerdotes” de esta desconocida “Casa de la Muerte” americana procedían a
“modelar” el rostro y los genitales y a colocar sobre el cráneo la correspondiente peluca. Por último, el cadáver
era recubierto por una oscura lámina de manganeso o bien por una “pasta” de color ocre, confeccionada a
base de óxido de hierro. El “toque” final consistía en la “reconstrucción” de los rasgos faciales del personaje,
cuyos ojos, nariz y boca eran simulados mediante cuidadosas incisiones.
Y a la vista de semejantes “conocimientos”, uno se pregunta: ¿cómo es posible que este grupo humano
asociado por los arqueólogos al “complejo cultural de Chinchorro”, integrado por primitivos pescadores y
recolectores de frutos que incluso ignoraban la utilización de la cerámi1ca, pudiera estar en posesión de unas
técnicas artificiales de momificación, únicas en el mundo? ¿ Casualidad? ¿ “Ciencia infusa”? Para los
antropólogos no hay respuesta. Sencillamente, “no saben”. Pero el “problema”, además, entraña otro no menos
oscuro enigma: si aquellos hombres de hace seis mil años practicaban la momificación era porque “sabían o
creían en la existencia de una vida después de la muerte”. Y estaban tan seguros de ello que no dudaban en
“preparar” a sus difuntos para el “más allá”. Y una nueva duda aparece ante el investigador:
“¿Quién pudo hablarles de tan hermosa y esperanzadora trascendentalidad?” Más aún: “¿Quién les “adiestró”
en semejante “técnica"?”
Como decía el Maestro, “quien tenga oídos, que oiga...”.

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LAS ESFERAS ““DEL CIIELO””
De entre los enigmas que la Providencia ha tenido a bien situar en mi camino a lo largo de las costas
americanas recuerdo uno cuya naturaleza tiene “maniatada” a la ciencia oficial. Todos los intentos de
explicación han fallado. Y, sin querer, uno termina desembocando en esa aparentemente “loca” idea de una
civilización remota e ignorada
¿la “Atlántida”? que pudo extender su sabiduría por las orillas del océano que la devoró.
Una cosa es leer sobre ellas y contemplarlas en fotografías y otra muy distinta examinarlas y tocarlas. Porque
las increíbles esferas de piedra de las selvas del sur de Costa Rica son todo un reto a la lógica y a la
imaginación humanas. He tenido la fortuna de caminar por la espesa jungla que cubre el delta del Diquis y la
región de Palmar Sur y me faltan las palabras. Son centenares algunos hablan de miles las “bolas”, como
gustan llamarlas los nativos, que se hallan repartidas por las plantaciones de bananeros, por las orillas de los
ríos, por las llanuras y hasta en lo más alto de las colinas. Esferas generalmente de granito, aunque también
las hay de basalto y de hule, de todas las medidas y de una perfección que hace enmudecer. Esferas que
oscilan entre las tres y cuatro pulgadas (alrededor de nueve a doce centímetros) y los tres metros de diámetro.
Esferas “del cielo”, según las viejas leyendas, que, en el caso de las más voluminosas, superan las dieciséis
toneladas. Esferas, insisto, cuyo tallado pulcro, meticuloso y milimétrico no parece obra de manos humanas,
sino de fantásticas “máquinas”.
Lamentablemente, nada sabemos de sus constructores y de su verdadera finalidad. Han sido halladas
formando grupos los más nutridos de cuarenta y cinco y sesenta esferas, respectivamente y también en
solitario. Las primeras noticias “oficiales” que dan cuenta de su existencia proceden de George P. Chittenden,
quien, en 1930, al explorar la selva por cuenta de la multinacional United Fruit Company, fue a tropezar con
muchas de estas enigmáticas “bolas”. Chittenden comunicó el hallazgo a la doctora Doris Stone quien, en 1940
y 1941, tuvo el acierto de trasladarse al delta, procediendo a su estudio y, lo que es más importante, al
levantamiento de planos con la ubicación original de algunas de estas esferas. En 1943 publicaría sus primeros
informes, aportando mapas de cinco emplazamientos en los que se alzaban cuarenta y cuatro “bolas” y
suministrando datos sobre otros ejemplares localizados en las proximidades del pueblo deUvita y en las orillas
del río Esquina. A partir de esas fechas, otros arqueólogos e investigadores entre los que destacan Mason y
Samuel K. Lothrop, de la Universidad de Harvard se adentraron también en las selvas, con el loable propósito
de desvelar el misterio. Pero el “progreso” había empezado una triste y desoladora labor de destrucción. Las
compañías bananeras en especial la United Fruit arrasaron bosques y campiñas, sepultando, removiendo o
destruyendo con sus máquinas decenas y decenas de aquellas esferas. Las protestas de los arqueólogos no
prosperaron. Los intereses económicos de las multinacionales prevalecieron por encima de sus demandas y la
humanidad se vio privada en buena medida de uno de sus más codiciados tesoros histórico-culturales. Muchas
de las “bolas”, arrancadas de la jungla y de los campos, fueron transportadas a pueblos y ciudades y colocadas
en plazas, jardines y propiedades o edificios particulares como piezas ornamentales. Esta serie de
desgraciadas actuaciones humanas ha significado un duro golpe al posible esclarecimiento del enigma. Al
moverlas de sus lugares originales se ha malogrado la posibilidad de interpretarlas en su conjunto. Todos los
especialistas a quienes consulté se muestran de acuerdo: “Las alineaciones detectadas entre las esferas
podrían haber arrojado mucha luz respecto a su finalidad y razón de ser.” Pero, aun así, no todo está perdido.
Gracias a los Providenciales mapas de la doctora Stone y de Lothrop y a las actuales exploraciones y cálculos
de Ivar Zapp, un ingeniero afincado en San José de Costa Rica, algunas de las primitivas alineaciones han
podido ser rescatadas y analizadas, ofreciéndonos una fascinante hipótesis de trabajo que trataré de sintetizar.
De acuerdo con las mediciones efectuadas por el mencionado profesor de la Universidad de Harvard en uno de
los conjuntos que permanecía inalterado, varias de las esferas parecían “marcar” rumbos marinos. Unas
“señalaban” hacia el nordeste y las otras en dirección opuesta: hacia el sudoeste. Al llevar al mapa esta última
alineación, los investigadores observaron con asombro cómo la línea trazada pasaba sobre las islas de Cocos,
Galápagos y Pascua. Esta desconcertante “pista” animó a los estudiosos a probar con otras alineaciones. Y las
sorpresas se multiplicaron. Las “bolas” apuntaban con precisión hacia destinos tan remotos como Grecia, Asia
Menor, Reino Unido y Egipto entre otros.
Pero no satisfechos con estos resultados, Ivar Zapp y su entusiasta equipo sometieron una de estas
“direcciones” (199 grados) al dictamen de la computadora de a bordo de uno de los aviones de la compañía
Lacsa. Al suministrarle los datos -latitud y longitud- de Palmar Sur, donde fue hallado el conjunto de esferas;
dirección marcada por la alineación, equivalente en este caso al “rumbo de despegue” (199 grados) y las
correspondientes coordenadas de las islas ya mencionadas: Cocos, Galápagos y Pascua el ordenador vino a
ratificar lo ya sabido: los hipotéticos “navegantes” habrían alcanzado “Rapa-Nui” con un error de setenta
kilómetros. Entraba, pues, dentro de lo posible que estos cientos o miles de “bolas” de piedra fueran el reflejo y
la constatación de toda una sabiduría relacionada con la navegación oceanica. Y los interrogantes, una vez
más, se empujan unos a otros. Si esto es así, ¿ quiénes fueron los constructores? ¿A qué época debemos
remontarnos? Por el momento no hay respuestas.
Algunos arqueólogos han tratado de solventar la incógnita, asociando la antigüedad de las esferas con los
restos de cerámica desenterrados en sus proximidades. De esta forma, siguiendo tan poco fiable método, han
llegado a insinuar que pudieron ser fabricadas hacia el siglo XV. Pero la hipótesis en cuestión “tropieza” con
varios y serios inconvenientes. Por ejemplo: ninguno de los cronistas y conquistadores españoles de esa época
hacen alusión a los hipotéticos “constructores de esferas”. De haber tenido noticia de tan magnífica labor,
hombres como Vázquez de Coronado, Gil González Dávila o Perafan de Rivera 10 hubieran mencionado con
toda seguridad.
Por otra parte, como pude constatar en una de mis correrías por la selva, muchas de estas “bolas” se
encuentran actualmente sepultadas. Es posible que la acción de la naturaleza inundaciones, seísmos, etc.
haya originado numerosos enterramientos. Otros, en cambio, tienen un origen muy diferente. Con toda
probabilidad, el enorme peso de las esferas ha provocado el lento pero irremediable hundimiento de las
inmensas masas de granito en el húmedo y esponjoso suelo arcilloso. Y según los investigadores, ese
hundimiento se registra a razón de un milímetro por año.
Si tenemos en cuenta que algunas de las “bolas” sacadas a la luz miden más de dos metros de diámetro, ello
nos sitúa a una distancia de veinte siglos, como mínimo... Y lo cierto es que la antiguedad de las mismas debe
ser tan dilatada que ni siquiera ha permanecido en la mitología y en la memoria colectiva de los pueblos
autóctonos de la región. Cuando se refieren a ellas, los nativos las recuerdan como “algo” ancestral y
“directamente vinculado a los cielos”. Pero eso es todo. Y, como siempre, la arqueología ortodoxa ha
despachado la cuestión, atribuyendo su origen a un “desconocido ritual mágico-religioso”. Una explicación que
lo dice todo y no dice nada...
Otros arqueólogos como los profesores Carlos Aguilar y Vicente Guerrero han tenido la humildad y sensatez de
reconocer que “no saben y no consiguen explicarse el origen y la finalidad de las mismas”. Simple y
llanamente, son un misterio.
Porque, si desconocida es la técnica de ejecución de tan descomunales y perfectas “bolas”, más aún lo es el
sistema utilizado para su desplazamiento. No podemos olvidar que las canteras se hallan a decenas de
kilómetros de los lugares donde han ido apareciendo. Y aunque se trate de esferas, su circulación por la jungla,
salvando ríos, quebradas y pantanos, hubiera resultado harto comprometida. ¿Y qué decir de las ubicadas en
las cimas de las colinas? Los razonamientos de algunos arqueólogos no se apoyan en bases lógicas y
racionales. Para estos científicos, el “transporte” de las esferas era un problema de “años y mano de obra”.
Pero ¿cómo mover una mole de dieciséis toneladas a lo largo de cincuenta kilómetros, sorteando toda clase de
accidentes geográficos y sin que la superficie resulte dañada? Según los arqueólogos e investigadores que han
trabajado cerca de ellas, su esfericidad es tan exacta que, en ocasiones, para obtener las medidas, se han
visto obligados a recurrir a las computadoras... Y, curiosamente, según todos los análisis, cuanto mayor es la
“bola”, más precisas son las dimensiones y más suave y pulida aparece la superficie.
Pero el gran enigma de las esferas de piedra se extiende también hasta otros lugares de América. Ejemplares
parecidos a los de Costa Rica han sido descubiertos en Brasil, en el estado de Veracruz (México), en Panamá
y en las montañas de Guatemala. Todas ellas -curiosa y sospechosamente- , en “Áreas que pudieron caer bajo
la influencia de esa remota, ignorada y adelantada “humanidad”...

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BERMUDAS:: LA ““OTRA REALIIDAD””
Hay quien defiende que la “humanidad” que pobló la “Atlántida” existe todavía. Y la sitúan en las profundidades
del océano. Allí dicen ha podido sobrevivir en secreto y merced a su extraordinario grado de desarrollo
tecnológico. Y según esta hipótesis, habría que responsabilizar a los ocultos “atlantes” del millar largo de
desapariciones de barcos y aviones, registradas en el tristemente célebre “triángulo mortal do las Bermudas”
desde el siglo XIX. Y aunque todo es posible en esta fascinante “galaxia insólita”, personalmente me cuesta
trabajo comulgar con semejante proyecto. En lo que sí estoy de acuerdo es en el carácter misterioso de esa
esquina del Atlántico. Nadie mínimamente documentado pone en duda las mencionadas desapariciones. Y
aunque muchas de ellas hayan podido tener un origen perfectamente explicable, otras, en cambio, siguen
envueltas en oscuras circunstancias.
He volado y navegado entre Florida, Puerto Rico y Bermudas en numerosas oportunidades. Y en una de esas
ocasiones, en la compañía de mi compadre Fernando Múgica, pude comprobar cómo se alteraban los
instrumentos de navegación del pequeño avión que nos trasladaba a las islas Vírgenes. Afortunadamente el
“enloquecimiento” de las brújulas, horizontes y demás instrumental fue cuestión de minutos. Otros pilotos, en
cambio, han corrido peor suerte. Y los que han logrado escapar de tan diabólico enigma nadie sabe cómo ni
por qué cuentan prácticamente lo mismo: “El cielo cambió de color..., todo a nuestro alrededor era brumoso y
amarillento..., los compases giraban sin control..., en mitad de la tormenta se escuchaba un alarido
estremecedor..., los relojes se atrasaron..., alguien o algo muy poderoso tiraba de nosotros.”
Y con los buques sucede “algo” parecido. En 1982, por citar uno de los muchos ejemplos constatados, el harto
ruso de investigación científica Vitiaz, que navegaba por el citado “triángulo mortal”, fue víctima de unos
sucesos incomprensibles. Según la meteoróloga Jurate Mikolaiunene, “nada más penetrar en la zona, el
barómetro descendió con rapidez, a pesar de la aparente calma del mar. Acto seguido, la tripulación empezó a
quejarse de intensos dolores de cabeza, vómitos y náuseas desgarradoras. A la mañana siguiente, el
radiotelegrafista fue encontrado inconsciente en su camarote. Al dirigirnos a las islas Bermudas, a fin de
hospitalizar al tripulante, en mitad del océano apareció “algo” increíble: una especie de “ciudad”, con enormes
edificios y en la que la gente desplegaba una febril actividad...”.
Para los investigadores más comedidos y prudentes, esta suerte de hechos absurdos, visiones, nieblas y
tormentas en mitad de un océano en calma podrían tener su origen en un súbito y, por supuesto, inexplicable
“cambio de dimensión”. Por razones que ignoramos, en esa región del mundo estaríamos asistiendo a un
fluctuante fenóme. no en el que hombres y máquinas pasarían de la realidad visible y cotidiana a otra tan filica
y real como la nuestra que sólo en determinados momentos y circunstancias se hace relativamente “tangible”.
Un misterio, en definitiva, que sólo el futuro dominio del “espacio-tiempo” podrá aclarar.

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IICA:: LA ““BESTIIA NEGRA”” DE LA CIIENCIIA
Parece un contrasentido. Y es lógico y natural que las ciencias que se esfuerzan por indagar en el pasado del
hre se muestren “nerviosas”. Mientras la antropología cifra la aparición de la llamada “especie bípeda” en
cuatro millones de años, algunos de los enigmas vienen a cuestionar tan sesudos cálculos. Y yo me planteo:
¿Puede ocurrir que todos tengan razón? Los estudios e indagaciones de los científicos no dejan lugar a dudas:
La humanidad” la que conocemos (?) es rabiosamente ”joven”. Basta echar una ojeada a la cronología de los
más destacados descubrimientos para comprobar que, comparativamente con las edades geológicas, apenas
si hemos “empezado a caminar”. Se cree, por ejemplo, que el uso del fuego fue “descubierto” hace quinientos
mil años. En cuanto a la rueda como medio de transporte, su utilización se remonta a tres mil quinientos años.
Los primeros cálculos conocidos que hablan de la distancia a la Luna datan del año 150 antes de Cristo. Los
modestos anteojos surgen en 1249 y sólo a partir del 1609 el ser humano está en disposición de contemplar la
Luna a través de un telescopio. ¿Y qué decir de las modestas “cerillas”? Fue menester esperar hasta 1831
para que un químico francés las “inventara”...
¿Para qué seguir? En ocasiones, la soberbia intelectual y el engreimiento de “esta civilización” resultan
conmovedores. ¿ Qué pueden representar unos miles de años de supuesta “cultura” frente a los cientos de
millones de lustros de un pasado ignoto? ¿Quién está en condiciones de demostrar que la Tierra “sólo” ha visto
prosperar a una única humanidad? Que la ciencia no lo acepte no significa que no hayan existido otros
“pueblos”, tan remotos como “humanos”. Y a decir verdad, los “vestigios” están ahí. Cuestión muy diferente es
que los científicos los ignoren o desprecien... En otro orden de cosas, ¿no sucedió lo mismo con la esfericidad
de la Tierra o con la explicación racional de los meteoritos? Estos últimos, como se recordará, no fueron
aceptados por la ciencia oficial hasta el año 1794...
Uno de esos “increíbles y misteriosos” vestigios apareció a principios de los años sesenta en un desierto
peruano:
Ocucaje, en las proximidades de la ciudad de Ica. Cuando en 1974 visité por primera vez la casa-museo del
doctor Javier Cabrera Darquea, gran impulsor de este descubrimiento, mis dudas fueron inmensas. A lo largo
de varios años, unos pocos y humildes campesinos habían ido proporcionándole un sinfín de piedras grabadas
con las más asombrosas escenas: cacerías de animales antediluvianos, supuestos “trasplantes” de órganos,
“operaciones quirúrgicas” de toda índole, “hombres” que volaban a lomos de enigmáticos y gigantescos
“pájaros”, masas continentales que poco o nada tenían que ver con las hoy conocidas, planos celestes y un
largo etcétera.
No aburriré al lector con una descripción de dichas 'secuencias”. La bibliografía sobre la famosa “biblioteca de
piedra” es abundantísima. Mi primer libro, “casualmente”, fue dedicado a esa anónima, fascinante y según la
ciencia imposible “humanidad” 1. Porque, de haber existido, tendríamos que remontarnos al periodo Cretácico,
al final de la Era Secundaria. Es decir, a más de sesenta y cinco millones de años. Sólo así “encajarían las
piezas”. La paleontología no acepta el “matrimonio” seres humanos y dinosaurios. Y, sin embargo, esta
supuesta “aberración” se repite una y otra vez en las piedras de Ica. Y para Javier Cabrera no cabe la menor
duda de que tal convivencia pudo ser real.
1 Ver Existió otra humanidad. J. J. Benítez. Editado por esta misma editorial.
16
Pero esto, obviamente, nos llevaría a aceptar la existencia de una “humanidad” muy anterior a la nuestra. ¿ Y
por qué no? ¿ Es que las once mil rocas grabadas que ha logrado reunir el investigador peruano son una
falsificación? Los análisis efectuados sobre la pátina que las cubre y las piedras encontradas en los
enterramientos precolombinos demuestran que no. Pero hay más. En los últimos años, una serie de hallazgos
ajenos a la “biblioteca” propiamente dicha han hecho buenas algunas de las “escandalosas” aseveraciones de
Javier Cabrera. Recuerdo que fui testigo de varias de estas hipótesis, allá por los años 1974 y 1975. Por aquel
entonces, basándose en la “información” grabada en las piedras, el doctor Cabrera anunció que la hormona
antirrechazo, vital para los trasplantes, debería buscarse en los fluidos de la mujer embarazada. Curioso: nadie
tomó en consideración sus palabras. Seis años más tarde, en 1980, un equipo de médicos ingleses llegaba a
idéntica conclusión...
Y otro tanto ocurriría con la extinción de los dinosaurios. Cabrera había “leído” en las piedras que la violenta y
rápida desaparición de estos monstruos pudo deberse a la caída de un enorme asteroide o, quizá, al choque
de un cometa. En mi libro Existió otra humanidad (1975) se recogen estas “proféticas” palabras... Años
después, todo un premio Nobel norteamericano al que me referiré más adelante lanzaba al mundo y a la
comunidad científica esta misma y plausible teoría.
Cabrera también se pronunció sobre la existencia de “dos lunas” en torno a la Tierra. Así aparecen, con toda
nitidez, en muchas de las piedras grabadas. Y lo que todavía no sabe mi buen amigo Javier Cabrera es que, en
1990, cuando trabajaba en una serie de investigaciones a lo largo de la cordillera de los Andes, fui a tropezar
con varias y antiquísimas “leyendas” en las que, justamente, se menciona a una remota civilización integrada
por “hombres de corta estatura y grandes cráneos” que tuvieron que refugiarse en las cavernas del altiplano
como consecuencia de la caída de una de las dos lunas que giraban entonces alrededor del planeta.
¿Y cómo explicar la presencia, en los “mapamundis” de la “biblioteca” de Ocucaje, de la lengua de tierra que
unía en la antiguedad los continentes sudamericano y antártico? ¿Es que los supuestos “falsificadores” tuvieron
acceso a los ya mencionados mapas de Piri Reis y a las fotografías aéreas infrarrojas de Estados Unidos?
¿Unos humildísimos y prácticamente analfabetos campesinos?
En 1985, en una de mis últimas conversaciones con javier Cabrera, el tenaz médico fue a mostrarme y
regalarme “algo” que constituía uno de sus postreros hallazgos: los restos fosilizados de un ser humano. Unos
restos óseos que habían sido hallados en el mismo estrato geológico en los que reposan decenas de
dinosaurios igualmente petrificados. Y ambos restos los del “hombre” y los de los animales antediluvianos han
aparecido en un paraje cuyo nombre lo dice todo: Ocucaje. Pero la ciencia, como era de esperar, se ha
encogido de hombros...
ARGENTIINA:: ¿UN FETO HUMANO PETRIIFIICADO?
El revolucionario hallazgo del doctor Cabrera no ha sido el único. En 1966, en ese mismo continente, un minero
fue protagonista de otro singular descubrimiento. Sucedió en las estribaciones del Nevado de Cachi, en la
provincia argentina de Salta. Ricardo Liendro marchaba con su mulo cuando se sintió atraído por una extraña
roca. La tomó en sus manos y, al examinarla, se le escurrió de entre los dedos, precipitándose contra el suelo.
Se abrió en dos mitades y en su interior apareció una pequeña figura en piedra, que guardaba un extraordinario
parecido con un feto humano.
La pieza fue sometida al dictamen de los médicos. Y todos llegaron a la misma conclusión: se trataba, en
efecto, de un feto humano, pero petrificado. En otras palabras: un feto cuya edad podía oscilar alrededor de los
dos millones de años. ¿Cómo era posible? Según la paleontología, la irrupción del hombre en América se
remonta a unos cuarenta mil años como máximo. ¿Se trataba, quizá, de un error? El informe de ginecólogos y
anatomistas no deja lugar a dudas. He aquí algunas de sus conclusiones:
Al examen visual, la pieza mencionada da la impresión, sin posibilidad de equivocación, de que se trata de los
restos petrificados de un feto humano, de una edad próxima a los cuatro o cinco meses. El contenido de esta
cavidad petrificada, que se abre espontáneamente, presenta, de arriba hacia abajo, un polo de longitud
aproximada de seis centímetros, redondeados y con las características de ser el polo cefálico (cabeza del feto),
notándose muy claramente en la parte inferior de este polo una hendidura representante del cuello e,
inmediatamente por debajo de la misma, una prominencia: el hombro izquierdo. Hacia abajo de esta
prominencia, una superficie rectangular, el dorso del feto; continuando esta superficie encontramos más abajo
otra prominencia redondeada que sería la nalga izquierda, terminando ésta en otra prominencia igualmente
redondeada (la rodilla izquierda) y naciendo de ésta y en dirección hacia abajo, la pierna del mismo lado,
terminando hacia abajo en una prominencia que representa el pie del mismo lado.
La actitud del feto en flexión es característica del ser humano. Adherido al vientre y también al miembro inferior
se aprecia un disco con las características del órgano denominado placenta, con un borde circular y dos caras:
una externa (a la vista) y la otra unida al vientre y al citado miembro inferior.
Se aprecia también la existencia de un gran número de crestas y surcos con unas direcciones características y
propias de las arterias y venas de la placenta en su trayecto hacia el cordón umbilical.
Hacia el costado derecho del feto, a nivel de borde, se nota una prominencia de un centímetro y medio de
longitud, con dos bordes (uno convexo y otro cóncavo) que denuncian la presencia de cortes de un segmento
del referido cordón umbilical.
Entre el vientre y la placenta se advierten una serie de abultamientos que podrían ser miembros.
Llama poderosamente la atención la forma de la cavidad petrificada ovoide, típica de la matriz humana cuando
contiene el feto.
Dada la conservación de la forma y las características anteriormente detalladas, es factible que la petrificación
se produjese cuando el feto se hallaba contenido en la matriz...
Y si en verdad nos encontramos ante los restos petrificados de un ser humano con una antigüedad próxima a
los dos millones de años, ¿a qué conclusión podemos llegar? Obviamente, a la ya mencionada: la ciencia
oficial debería revisar sus rígidos parámetros. Nuestra humanidad, con toda probabilidad, no ha sido la primera
y quién sabe, quizá no sea la última... Si en los inescrutables designios de la Providencia figura el total
exterminio de la actual raza humana, y si en un lejano futuro apareciera sobre el planeta una nueva forma de
vida inteligente, ¿qué clase de “vestigios” delatarían nuestra pasada existencia? Si el margen de tiempo entre
una y otra “humanidades” fuera de 65 millones de años por citar el caso de las piedras de Ica, ¿qué elementos
podrían soportar el natural deterioro? En principio, sólo uno: las rocas y los restos petrificados.

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EL ENIIGMA DE LOS ““HOMBRES ALADOS””
En ocasiones no es preciso sufrir las incomodidades o peligros de una jungla, de una cordillera o de un desierto
para descubrir el rastro de un misterio. A veces, como
me ha ocurrido en media docena de oportunidades, uno tropieza” con los enigmas en los lugares y momentos
más insospechados. Bien en un museo, bien a través del estudio de la obra o del pensamiento humanos o,
sencillamente, a lo largo de una inocente y “casual” conversación. iiva como ejemplo lo acaecido en el Museo
Antropológico
“ Tello”, en la ciudad de Lima.
Es una de mis visitas al Perú allá por los años setenta, enfrascado en la investigación de las célebres “pistas y
dibujos” de la pampa nazqueña, me vi en la siempre agradable necesidad de revisar el patrimonio artístico
depositado en los museos. Y, de pronto, en una de las vitrinas surgió la presa: una insólita colección de
“huacos” o pequeñas figuras de cerámica que representaban a otros tantos hombres alados”. De acuerdo con
los rótulos explicativos“ que los acompañaban, las piezas en cuestión pertenecen a las culturas de Paracas,
Nazca y Tiahuanaco. Allí, al menos, habían sido halladas. Y según los arqueólogos, su antigüedad podía ser
estimada en unos setecientos o mil años antes de Cristo.
¿Hombres provistos de alas? La respuesta de la ciencia oficial como era de esperar fue tan nebulosa como
vacía:
“Podría tratarse de una manifestación mitológico-religiosa.” Lo curioso es que, en aquellas vitrinas, junto a los
policromados “seres alados”, eran exhibidos otros “huacos” pertenecientes a las mismas culturas que
reproducían, con idéntica perfección y fidelidad, las más variadas escenas familiares, de caza y pesca,
religiosas y festivas. La conclusión era obvia: esa “fidelidad” a la hora de representar las costumbres y trabajos
de aquellos pueblos precolombinos no podía ser estimada para una parte de los “huacos”, sino para la
totalidad. Si las civilizaciones de Nazca, Paracas o Tiahuanaco se habían tomado la molestia de “inmortalizar”
a unos hombres “provistos de alas” es porque, sencillamente, formaban parte de su “bagaje” histórico-cultural o
del pulso diario de sus vidas. Aquellos pueblos, necesariamente, “sabían de otros hombres que disfrutaban de
la capacidad de volar”. Y quién sabe si trataron de imitarlos. De lo que no cabe la menor duda es de que tales
anhelos, pretensiones o conocimientos terminaron por ser plasmados en forma artística: la más noble
expresión de la inquietud humana.
¿Y no resulta harto “sospechoso” que semejantes figuras hayan aparecido en los “escenarios” donde
permanecen los gigantescos y enigmáticos “dibujos”, sólo visibles “desde lo alto”?
¿Cómo explicar la aparatosa “coincidencia” en la misma región entre unos “hombres alados”, representados en
arcilla en Nazca, y otros “seres que vuelan a lomos de animales prehistóricos” en la “biblioteca lítica” de Ica?

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ESTADOS UNIIDOS:: LA GRAN CATÁSTROFE DE HACE SESENTA Y CIINCO
MIILLONES DE AÑOS
Grabé sus palabras en septiembre de 1974. Así consta en mis archivos. Y así fue publicado en los periódicos a
lo largo de aquel otoño. El solitario investigador de las piedras de Ica fue mostrándome algunas de las
“escenas” grabadas en las enormes rocas desenterradas en el desierto de Ocucaje y sentenció sin titubeos:
“Aquella humanidad y también los animales antediluvianos que compartían la Tierra con ella fueron aniquilados
hace sesenta y cinco millones de años. ¿ La causa? Una violentísíma devastación, provocada por la caída de
un asteroide o, quizá, de una de las lunas que giraban entonces en torno al planeta... “
Y durante años, la hipótesis de Javier Cabrera Darquea sólo fue eso: una fantástica especulación que hizo
sonreír burlonamente a los científicos ortodoxos. Pero, he aquí que, en 1980, y después de arduos y
prolongados estudios, un equipo de investigadores de la Universidad de Berkeley, en California, capitaneados
por Luis Walter Álvarez, Helen V. Michel y Frank Asaro, conmocionó al mundo con una tesis prácticamente
similar: “La extinción de los dinosaurios y de casi la mitad de la vid; existente en la Tierra hace sesenta y cinco
millones de años pudieron deberse a la caída de un enorme meteorito y a los efectos secundarios químicoclimáticos
que se derivaron del impacto y que afectaron a la biosfera terrestre.”
Me faltó tiempo para entrar en contacto con Luis W. Alvarez, Premio Nobel de Física en 1968. Y en junio de
1980 recibía un completo dossier sobre lo descubierto hasta esos momentos por el mencionado equipo
norteamericano.
Ninguno de los científicos que trabajaron, y siguen colaborando, en este proyecto conocía la “biblioteca” de
piedra del Perú. Sus motivaciones obedecían a planteamientos muy diferentes. Y, sin embargo, como veremos,
siguiendo unas pautas experimentales y sujetas al más estricto rigor científico, desembocaron en las mismas
conclusiones que defendía el médico peruano.
He aquí sintetizadas y “traducidas” a un lenguaje asequible las investigaciones y planteamientos más notables
de este grupo de físicos, geólogos, químicos y paleontólogos norteamericanos:
1. Los estudios arrancaron con una finalidad tan concreta como diferente a la que se iría perfilando a lo largo
de las pesquisas: conocer en cuánto tiempo se había producido la extinción de los célebres dinosaurios. La
mayoría de los geólogos y paleontólogos sostenía que la desaparición había obedecido a un proceso lento y
gradual. Y para ello se adoptó como “escenario” de los trabajos lo que la ciencia denomina “límite o frontera
KT” (de la palabra alemana “Kreide”: Cretácico). Es decir, una discontinuidad existente entre el citado período
Cretácico n el que los monstruos prehistóricos dominaron la Tierra y el Terciario, en el que, súbita e
inexplicablemente, ese dominio pasó a los mamíferos. Los paleontólogos ya habían intuido “algo” extraño y
espectacular. Entre otras razones, porque el registro fósil que aparece en las rocas sedimentarias, en el nivel
correspondiente a sesenta y cinco millones de años, presenta esa anómala “discontinuidad”. ¿Cómo era
posible que ammonites o dinosaurios, abundantísimos durante millones de años, se extinguieran “de la noche a
la mañana”? Por otra parte, también los estudios sobre fósiles de polen y de animales marinos unicelulares
(foraminíferos) demostraban que la extinción había sido muy brusca. Pero, ¿por qué? He ahí la gran pregunta...
2. Los sucesivos análisis de los terrenos ubicados en esa “frontera KT”, tanto en los Apeninos de Umbría como
en Zumaya y Caravaca, en España (profesores Ward y Jan Smit), Texas, Dinamarca (acantilado de Stevens
Klint), Nueva Zelanda (Woodside Creek), Nuevo México y Montana, entre otros, pusieron de manifiesto con
claridad el anormal índice de iridio depositado en dichos sedimentos. Como es sabido, este metal se muestra
escaso en la corteza terrestre (a razón de 0,03 partes por mil millones). En el cosmos, sin embargo, su
abundancia es muy notable, habiéndose detectado hasta quinientas partes por mil millones en las condritas
carbonáceas (un tipo primitivo de litometeorito). Y mediante el sistema de “activación de neutrones” (NAA), los
científicos descubrieron con sorpresa cómo ese volumen de iridio se disparaba anormalmente en las “catas”
examinadas. En Italia, Dinamarca y Nueva Zelanda alcanzó índices que rebasaban en treinta, ciento sesenta y
veinte veces, respectivamente, los valores habituales. Era evidente que esta gran saturación de iridio no podía
proceder de la normal “lluvia” meteórica que recibe el planeta. La única “explicación” racional a la que llegaron
los científicos es estremecedora: esa ingente cantidad de iridio tenía que ser el resultado del choque de un
formidable asteroide.
3. La hipótesis propuesta por el equipo de la Universidad de California despertó la curiosidad de otros
expertos. Y en los últimos años, más de un centenar de científicos, procedentes de veintiún laboratorios y trece
países, se han lanzado a la exploración de noventa y cinco lugares ubicados por todo el mundo y que se
distinguen como“fronterizos” entre el Cretácico y el Terciario. Los resultados han sido idénticos: el iridio
aparece en cantidades desproporcionadas. Pero la “anomalía” ha sido detectada, no sólo en afloramientos de
superficie, sino, incluso, en sedimentos marinos. En otras palabras: el suceso tuvo consecuencias mundiales,
aunque el impacto propiamente dicho debió de registrarse en el hemisferio norte.
4. Según L. Álvarez y sus colegas, el asteroide que chocó contra la Tierra hace sesenta y cinco millones de
años podía presentar un diámetro de seis a catorce kilómetros. Penetraría en la atmósfera a razón de unos
veinte a veinticinco kilómetros por segundo, abriendo en ella un “vacío” de otros diez kilómetros. Teniendo en
cuenta que la energía cinética del asteroide tuvo que ser equivalente a 10 megatones, el cráter originado por la
colisión habría alcanzado los cuarenta kilómetros de profundidad por otros cien o doscientos de diámetro. Para
que nos hagamos una idea del colosal cataclismo, la explosión fue mil veces superior a la registrada entre el 26
y 27 de agosto de 1883 en el Krakatoa.
5. Lo más probable aseguran los científicos es que el asteroide se precipitara sobre el mar. En la actualidad
sólo se conocen tres cráteres de cien o más kilómetros, consecuencia quizá de impactos semejantes: dos de
ellos en Sudbury y Vredefort y el tercero en Siberia, en Popigay. Pero ninguno corresponde a ese “límite KT”.
Los primeros son del Precámbrico de 4.600 a 600 millones de años” y el soviético, mucho más “joven”, “sólo”
tiene 28,8 millones. Hay, pues, grandes posibilidades de que la inmensa roca sideral chocara con el océano. Y
según los especialistas, a juzgar por las proporciones de iridio, el “punto de encuentro” podría localizarse en el
Atlántico Norte. Que el inmenso cráter no haya sido localizado es
del todo comprensible, debido al movimiento de las placas tectónicas y al hecho de que, en estos sesenta y
cinco millones de años, gran parte del océano pre-terciario ha sido sustraído.
6. Como consecuencia del brutal choque, millones de toneladas de polvo, agua y material meteorítico
fueron lanzadas hacia la atmósfera, esparciéndose por el globo terráqueo. Y el día se convirtió en noche. Y por
espacio de meses, quizá años, esa densa capa de polvo y cenizas impidió que la luz del sol llegase hasta la
superficie, provocando una especie de “invierno nuclear”. La fotosíntesis resultaría anulada o gravemente
dañada, afectando a su vez al resto de las cadenas alimenticias. Y las extinciones de muchas de las especies
fue inevitable. En 1980, en base a estos datos, Richard P. Turco y Brian Toon, de la Administración Nacional
de la Aeronáutica y del Espacio, simularon en un ordenador los efectos de una colisión de esta naturaleza.
Pues bien, el polvo arrojado al espacio eclipsaría de tal forma la luz solar que, durante meses, los seres
humanos no serían capaces de distinguir sus manos, aunque las colocasen a la altura de la cara.
En los océanos, las cadenas alimenticias basadas en plantas microscópicas como ocurre con las algas
productoras de “coccolitos” correrían idéntica fortuna, extinguiéndose casi en su totalidad. Y otro tanto ocurriría
con los seres de niveles superiores: “belemnitas”, “amonites” y reptiles marinos. En cuanto a los animales de
gran tamaño herbívoros y carnívoros, dependientes directa o indirectamente de la vegetación, el caos les
conduciría igualmente a una rápida e irremediable desaparición. Según los cálculos de Hans Thierstein y Dale
Russel, el cataclismo pudo originar la extinción de casi el 50 por ciento de las especies planctónicas, entre el
15 y el 25 por ciento de la vida existente en las grandes profundidades marinas, alrededor del 14 por ciento de
los seres de agua dulce y el 20 por ciento de las especies terrestres. Ningún vertebrado de más de 25 kilos de
peso afirma Russel pudo sobrevivir a la catástrofe.
7. En opinión de los científicos, este “vuelco” en los sistemas evolutivos de las especies hace sesenta y cinco
millones de años permitió el desarrollo y la “prosperidad” de otras formas de vida que a la larga condujeron al
“nacimiento” del hombre. En suma: si la Naturaleza no hubiera propiciado la desaparición de los dinosaurios, la
actual humanidad sería una incógnita...
Como vemos, el investigador de la “biblioteca” de piedra peruana llevaba razón. A no ser y volvemos al
socorrido argumento de los científicos recalcitrantes que semejante maravilla sólo sea el fruto de una burda
falsificación. E insisto una vez más: ¿en qué cabeza cabe que unos indios peruanos prácticamente
analfabetos, en los años setenta, se “adelanten” a los estudios y conclusiones de la Universidad de Berkeley,
publicados en 1980? ¿Con qué objetivo? ¿Para ganar cincuenta soles (alrededor de medio dólar en 1970) por
piedra? Según mis cálculos, los altorrelieves de cada una de esas rocas de varios cientos de kilos de peso
habrían precisado más de seis meses de trabajo... ¿Y por qué plasmar tan interesante “descubrimiento” en
unas toscas piedras que además, según los nativos de Ocucaje, eran extraídas o desenterradas de algún
secreto paraje del desierto? La hipótesis de una falsificación, sencillamente, es insostenible.
Y vuelvo a preguntarme: si las piedras de Ica han “acertado” en lo que a la violenta extinción de los dinosaurios
se refiere, ¿ no estarán proclamando también la gran verdad de flna “humanidad” que convivió con ellos?
Lamentablemente, ante la indiferencia de la ciencia, sólo podemos esperar. Una vez más, será el tiempo juez
último e inexorable quien conceda o retire la razón...

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LOS ““PRIIMOS”” DE ““NESSIIE””
Y uno, casi sin querer, saca conclusiones. Aquella apocalíptica destrucción hace sesenta y cinco millones de
ños terminó borrando del mapa a los grandes saurios. Cierto. Pero ¿a todos? ¿No pudo ocurrir que algunas
“colonias” quedaran a salvo en los parajes más insospechados? Por ejemplo, en determinados lagos. Esta
hipótesis manejada con frecuencia por los investigadores podría explicar la enigmática presencia de seres
monstruosos, algunos casi mitológicos en aguas de Escocia, la antigua Unión Soviética, Argentina, China y
México, entre otros países. ¿Quién no ha oído hablar de “Nessie”, la extraña natura que, al parecer, se
esconde en las fangosas y profundas lagunas que dibujan el canal Caledoniano, en las altas tierras
escocesas? Los testimonios sobre el más famoso de los monstruos se remontan al siglo VI. Curiosamente un
santo quien, en el año 565, dejó la primera referencia conocida del singular animal que habita el lago Ness. Y
desde aquel “encuentro” de San Columbano, misionero irlandés que evangelizó Escocia, los “avistamientos”
por emplear un término “ufológico” se cuentan por centenares. Para que nos hagamos una idea, desde finales
del siglo XIX hasta nuestros días han sido contabilizadas más de 250 “apariciones” en las aguas y casi una
treintena en tierra. Y todas las descripciones de “Nessie” o de los “Nessies” apuntan hacia una familia de
animales claramente antediluvianos. Seguramente, un descendiente de un reptil anfibio que logró adaptarse al
hábitat de los referidos lagos escoceses. Quién sabe si un “pariente” del “plesiosauno” o del “ictiosaurio”... Para
cualquier investigador mínimamente documentado, la realidad de este escurridizo y poco común animal en el
rosario de lagos que separa las Tierras Altas de las Tierras Altas del Noroeste es hoy incuestionable. No voy a
extenderme ahora en esos cientos de testimonios, sobradamente conocidos y discutidos. Sí haré mención, de
entre las muchas imágenes que circulan sobre “Nessie”, de la que estimo como una de las pruebas más
interesantes de su existencia: la película captada el 23 de abril de 1960 por T. Dinsdale, un ingeniero
aeronáutico, durante su estancia en Foyers, en pleno centro del lago. Las palabras y el filme de Dinsdale son
elocuentes:
- Percibí algo en la superficie de las aguas. Parecía una barca boca abajo. Y empezó a moverse, provocando
un fuerte oleaje en su zona posterior. Era un animal, de esto estoy seguro. Vi sus aletas y filmé sus
movimientos, en claro zigzag. Después se sumergió... “
La película fue analizada y, según la Royal Air Force, no existe la menor duda sobre su autenticidad. En ella se
distingue un cuerpo de unos dos metros de ancho, con un
lomo que emerge alrededor de un metro y que se desplaza a una velocidad de diecisiete kilómetros por hora.
La longitud total del animal fue calculada en unos dieciocho metros. Gracias a este documento se activaron las
investigaciones científicas en torno a “Nessie” aunque, por suerte o por desgracia, hasta el día de hoy nadie ha
logrado atraparlo. Se tiene, eso sí, un muy preciso “retratorobot” del monstruo: cabeza achatada, cuello largo y
tubular de unos dos metros por treinta centímetros de diámetro, ojos pequeños y brillantes, dos protuberancias
a manera de cuernos sobre la cabeza, y un cuerpo fusiforme provisto de gibas y aletas.
Pero no era del enigma del lago Ness de lo que quería hablar en el presente capítulo, sino de esos “otros
Nessies” quizá “primos” del escocés, menos célebres pero igualmente fascinantes y rodeados de toda suerte
de leyendas. Otros “monstruos”, habitantes también de remotos lagos, que vendrían a fortalecer la teoría de
una fauna prehistórica que sobrevivió tras la gran catástrofe de finales del Cretácico.
“Chan” es uno de ellos. Para saber de él es preciso viajar hasta el ya comentado valle de las “Siete
Luminarias”, en el centro de México. En uno de esos cráteres -el Tallacua-, según una tradición muy anterior a
los conquistadores españoles, habita una gigantesca “serpiente de agua”, bautizada con el nombre maya de
“Chan”. Curiosa y sospechosamente, en los redondos y profundos lagos de los “zenotes” de las selvas del
Yucatán, la mitología maya ha plasmado con frecuencia, en el centro de los mismos, una serpiente enroscada
un “chan”, venerada como una “deidad”.
Para los nativos del valle de Santiago, la existencia de esa poderosa criatura en el fondo de las turquesas
aguas que llenan el volcán extinguido del “Tallacua” es igualmente indiscutible. Respetado y temido, “Chan” ha
permanecido en la memoria colectiva de los pueblos de esta región hasta el punto que, cada septiembre,
desde hace siglos o milenios, los hombres y mujeres de las “Siete Luminarias” ascienden en peregrinación
hasta lo alto de la caldera, ofrendando al monstruo los primeros frutos y suplicando su protección. Este ritual
podría carecer de importancia, siendo atribuible a una de las muchas y rutinarias manifestaciones mágicoreligiosas
de las culturas precortesianas, de no ser por una circunstancia que ha venido a ratificar las viejas
noticias en torno a “Chan”: decenas de testigos afirman haber visto hoy a la bestia que habita en el Tallacua.
De no haberles interrogado personalmente no habría dado crédito a tales rumores. Pero debo inclinarme ante
la palabra de estos pescadores, campesinos, policías y sacerdotes, entre otros, que afirman, en pleno siglo xx,
“haber visto entre las aguas un monstruo inmenso y rugiente como una ballena”.
¿Ejemplos?
El de Vicente García, conocido hacendado del valle de Santiago quien, a principios de siglo, cuando se bañaba
en el lago del Tallacua en compañía de un sacerdote amigo, se vio sorprendido por un animal de grandes
proporciones. Según el médico José Manuel García Rivera, nieto de Vicente, su abuelo llegó al pueblo
demudado y reconoció haber disparado contra la criatura. Pero “Chan” se sumergió en las profundidades.
También Guillermo García Aguilar y Rafael García aseguran con horror haber visto nadando en las aguas de la
laguna un poderoso animal de seis metros de longitud y “cabeza similar a la de un becerro”.
En cuanto a los pescadores que frecuentan el lago, raro es el paisano que no ha tenido un encuentro con
“Chan”.
El caso más impresionante fue, sin duda, el del policía local Refugio Silva quien, en compañía de varios
agentes, fue a tropezar con el monstruo cuando patrullaba por las orillas del Tallacua. El inspector no lo dudó e
hizo fuego contra “Chan”. Pero el animal de largo cuello y cuerpo abombado desapareció entre tán fuerte
remolino.
Cuando, con la ayuda del Escuadrón de Rescate Acuático del Cuerpo de Bomberos de Salamanca, localidad
próxima al valle de Santiago, verifiqué la profundidad y naturaleza de las aguas que llenan el “Tallacua”, algo
quedó claro para este investigador: entre quince y veinte metros se perciben unas fuertes corrientes de oeste a
este que ponen de manifiesto la existencia de uno o varios canales subterráneos que pudieran poner en
comunicación la laguna de “Chan” con el resto de los volcanes. Esta hipótesis fue confirmada por el
comandante Juan Quiroga y por otros lugareños que, en diferentes ocasiones, han arrojado troncos y maderas
al lago del Rincón de Parangueo (uno de los volcanes próximos) y, al poco, los han visto emerger en la
superficie del Tallacua. Si el monstruo existe y así lo declara la leyenda y los testimonios recientes cabe la
posibilidad, como ocurre con los lagos de Escocia, que su hábitat no se reduzca únicamente a la hoya del
Tallacua, sino a todo un complejo entramado de túneles submarinos. Y es igualmente verosímil que el “Chan”
no sea un único y solitario ejemplar, sino toda una “familia” de animales prehistóricos, atrapada desde hace
millones de años en el laberinto acuático de las “Siete Luminarias”.
Pero estos “primos” de “Nessie” no son los únicos. También en China se tienen noticias de otro monstruo de
pifrecido corte y comportamiento a los ya referidos. Este ejemplar ha sido visto en el lago Karas, de cuarenta
kilómetros cuadrados de superficie y ubicado en las montañas de Altai, cerca de la frontera noroccidental con la
antigua Unión Soviética. La singular bestia fue observada por un grupo de pastores mongoles cuando se
disponía a devorar un caballo.
En cuanto al territorio ruso, en la actualidad se sabe de otros dos lagos el KolKol y Labynkyr en los que, según
los testigos, pudieran haber sobrevivido sendas colonias de monstruos igualmente antediluvianos.
En el primero, situado en Kazajstán, numerosos testimonios hablan de un enorme animal de unos quince
metros de longitud, parecido a una serpiente y al que se le ve nadar por la superficie. También en este lago se
repiten los extraños oleajes y los sobrecogedores ruidos.
En el segundo caso, en las montañas orientales de Yakutia, al noroeste de la extinguida Unión Soviética, los
primeros testimonios conocidos datan del año 1953. Los observadores en cuestión ,el geólogo V. Tverdojlebov
y su ayudante, narraron así su experiencia:
Marchábamos por una de las escarpadas orinas del lago Labynkyr. Y de pronto distinguimos una mancha
blanca bajo las aguas. Y al instante desapareció. Creímos que se trataba de algún reflejo solar. Pero “aquello”
regresó. A cosa de trescientos o cuatrocientos metros de la orilla observamos un objeto blanquecino que se
movía a gran velocidad y en nuestra dirección. Nadaba o se desplazaba mediante impulsos, emergiendo
periódicamente. Estaba claro que era un animal enorme y muy extraño. Tenía dos manchas simétricas que
identificamos con los ojos y que destacaban del resto del cuerpo. Y en su parte superior, una especie de
aleta... Y al aproximarse a unos cien metros detuvo la marcha, retrocediendo con lentitud. Y desde aquel punto
surgió una cadena de olas, consecuencia de los movimientos de la bestia. Y allí mismo se hundió,
desapareciendo...
El geólogo, impresionado, elaboró un informe pero, como era de esperar, sus colegas no lo tomaron en
consideración. Para los lugareños, sin embargo, el “incidente” no era una novedad. En aquel lago de quince
kilómetros de longitud por cuatro de ancho y alrededor de cincuenta metros de profundidad “siempre habían
ocurrido fenómenos extraños”. Los cazadores perdían inexplicablemente a sus perros cuando éstos se
arrojaban a las aguas en busca de las piezas. Las aves huían súbita y misteriosamente de las orillas y los
violentos oleajes y remolinos
con el tiempo en calma habían sido observados por decenas de pastores y pescadores.
También en el cono sur americano he tenido ocasión de recoger testimonios de personas de toda fiabilidad que
afirman haber sido testigos de las evoluciones de uno de estos enigmáticos animales en las bellísimas aguas
del lago Nahuel Huapi, en las proximidades de la ciudad argentina de San Carlos de Bariloche. Este nuevo
“primo” de “Nessie” conocido como el “Nahuelito” parece responder a las mismas características y
comportamiento que sus congéneres del resto del mundo.
Y me pregunto: ¿serán éstos los únicos sobrevivientes de la gran catástrofe?
Basta lanzar una ojeada al resto de los continentes para comprender que el cataclismo estudiado por los
científicos de California, tal y como aseguran, tuvo que afectar por igual a los grandes saurios que dominaban
la totalidad del planeta. Sólo así es comprensible esa multitud de informes sobre monstruos acuáticos,
generados a todo lo largo de la historia y desde los confines más remotos. La lista de “primos” de “Nessie”
sería interminable. Los hay en Australia, en la Polinesia, en la India, en África meridional, en Estados Unidos y
Canadá. En estos dos últimos países
por mencionar otro ejemplo esclarecedor se han producido más “avistamientos” de bestias lacustres “no
identificadas” que en Europa y Asia juntas. Según los investigadores norteamericanos, en la actualidad se
tienen noticias de noventa lagos en los que, al parecer, han sido vistos otros tantos “Nessies”. Raro es el
pueblo americano que no dispone de leyenda y mitología propias, relacionadas con estos seres, casi siempre
de “largo cuello, cabeza de becerro y abultadas aletas”. Desde hace siglos, los indios algonquinos, los micmac,
los iroqueses, los potawatomi, los kalapuya, los shawnee y otras tribus de los Grandes Lagos y de las
Montañas Rocosas han hecho mención de infinidad de criaturas, aparentemente fantásticas ”inquilinos”
antiquísimos de estos lagos, a los que temían y veneraban. A principios del siglo XIX, por ejemplo, los
potawatomi se opusieron a la construcción de un aserradero en el río Wabash (Indiana), porque la instalación
“podía perturbar a la mítica serpiente que habitaba sus aguas”.
En Canadá, entre los numerosos “Nessies” que pueblan sus lagos, hay dos que acaparan el interés de la
opinión pública: “Ogopogo” y “Manipogo”. Ambos, aunque probablemente se trate de sendas “familias”, han
sido vistos en decenas de oportunidades en la red lacustre de Manitoba, Simcoe y Okanagan. Su existencia al
menos los primeros informes data de 1850. En 1959, el matrimonio Miller fue protagonista de una de las más
claras apariciones del monstruo. Regresaban de una excursión por el lago Okanagan y a unos 75 metros de la
lancha observaron la cabeza de un extraño animal. Al tomar los prismáticos, Dick Miller comprobó que se
trataba de “Ogopogo”. La cabeza, achatada como la de una serpiente, se encontraba a unos 25 centímetros
por encima del agua. La barca maniobró dirigiéndose hacia el monstruo y el matrimonio tuvo oportunidad de
contemplarlo por espacio de tres minutos. Al poco, las cinco jorobas y la cabeza desaparecían en las
profundidades.
Y el misterio se fue con él. Y ahí permanece..., por el momento.

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NEPAL:: NII ““ABOMIINABLE”” NII ““DE LAS NIIEVES””
Si los cientos o miles de “Nessies” que han sido vistos, fotografiados y filmados constituyen uno de los más
intrigantes y escurridizos enigmas, el de los “hombres-mono” no se queda atrás. Naturalmente en este fugaz
repaso a “mis enigmas favoritos” no pretendo “vaciarme”, dando cuenta de esas cinco mil descripciones
recopiladas hasta hoy en todo el orbe y en las que se dibujan unas criaturas peludas, semihumanas, siempre
esquivas y perdidas en las altas cordilleras o en los bosques y junglas impenetrables. Estudiar las apariciones
de los “sasquatch” canadienses, de los “bigfoot” norteamericanos, de los “maricoxi” amazónicos, de los
“chemosit” africanos, de los “almas” caucásicos, de los “chuchunaa” siberianos, le los “hibagón” japoneses, de
los “yowie” australianos o de os “xueren” chinos me arrastraría a un trabajo enciclopélico. Y no es ése el
objetivo del presente libro. Como ya e mencionado, “sólo se trata de rememorar viejos y lovísimos sueños...”. Y
entre esos “sueños” hay uno por
el que siento una especial predilección. Un “sueño” que se remonta a la lejana infancia y que en el invierno de
1987” al fin, me llevó hasta los Himalayas. No se por qué pero, de entre todas esas criaturas bautizadas como
“hombres-mono”, es el famoso “yeti” el que ha ganado la partida de la curiosidad. Y durante semanas recorrí
las altas tierras del Nepal, a la búsqueda de indicios y pruebas sobre tan fascinante personaje. Entiendo que,
entre los seres mitológicos, entre las leyendas y la fantasía popular, entre lo real y lo irreal, el “abominable
hombre de las nieves” ocupa uno de los tronos más destacados.
Como la mayor parte de los investigadores que se ha asomado a este enigma, llegué a Katmandú cargado de
escepticismo. ¿Se trataba de una superstición? ¿Qué base real podía sostener la existencia de esta criatura,
mitad hombre, mitad simio? Con el paso de los días, tras escuchar los testimonios de montañeses, monjes y,
en especial, de los esforzados sherpas, mis dudas fueron disipándose. “Algo” había de cierto en semejante
cúmulo de coincidencias. Ni uno solo de los interrogados puso en duda la realidad de los yeti. Algunos habían
tropezado con sus huellas en la nieve. Otros aseguraron haber escuchado sus pasos y sonidos guturales en
los alrededores de las aldeas, de los monasterios y en las proximidades de los campamentos de los alpinistas.
Los menos juraban haberlos visto en los bosques que preceden a las regiones de nieves perpetuas. Y los más
recordaban infinidad de encuentros protagonizados y transmitidos por sus antepasados.
Y he dicho bien: “los yetis”. Porque, según los habitantes del Nepal, no se trata de un ser único y solitario, sino
de muy bien diferenciadas especies o familias. Aunque la criatura en cuestión es conocida y reconocida en
medio mundo como “yeti”, su verdadero nombre por el que es designado desde hace siglos en las altas
cadenas montañosas del Tíbet y el Nepal es “yahteh”. Estos vocablos, al combinarse, vienen a significar
“hombre salvaje de los lugares rocosos” o “animal que habita en las rocas”. Los nepalíes, al menos en el
pasado, jamás utilizaron la expresión “le hombre de las nieves”. Entre otras razones lógicas porque ningún
hombre o animal podría sobrevivir en las severas cumbres de los Himalayas. De hecho, según mis
investigaciones, la mayor parte de las observaciones se ha registrado en altitudes inferiores y generalmente
boscosas. Curiosamente, en el idioma nepalí, “yeti” quiere decir “ermitaño”.
Y fueron los sherpas, como digo, quienes me proporcionaron una más amplia y precisa información. Estos
silenciosos y espartanos guías de muchos de los montañeros y expedicionarios que se aventuran en los
célebres Himalayas no comprendían las dudas y el escepticismo de los occidentales en lo que a los yetis se
refiere. Su propia historia aparece ligada a la de los “yahteh”. Así me fue narrada por los ancianos sherpas:
Allá arriba, por encima de las nubes y más allá de Katmandú y de las montañas azules que la rodean, hay una
tierra virgen, de incalculable belleza, a la que llaman Khumbu. Es tierra de nieves y ventisqueros, de ríos
salvajes y suaves y verdes valles, de yacs, águilas y leopardos de las nieves. Sus habitantes son los sherpas.
Llegamos a Khumbu hace muchos años, procedentes de las montañas del Tíbet. Y aquí plantamos la patata y
el trigo sarraceno. Y aquí criamos nuestras ovejas y nuestros yacs. Somos gente dura pero alegre...
Y antes, mucho antes de que todo esto ocurriera, Khumbu era ya la patria de los yeti. Entonces, los yeti eran
pacíficos y confiados. Hasta que un día, los hombres y mujeres de las nieves observaron una larga hilera de
sherpas y de yacs que traspasaban las fronteras del Tíbet y se instalaban en sus dominios. ¿Quiénes eran
estas gentes? ¿Por qué venían a Khumbu?
Y los sherpas montaron sus tiendas en la región de Tarnga. Y después construimos casas de piedra y
cultivamos los campos. Y los yeti siguieron observándonos. Hasta que un día, después del monzón, los
sherpas recogimos la cosecha. Y el apetitoso olor de las patatas llegó hasta ellos. Esa noche, uno de los yeti
decidió aventurarse en la aldea, robando cuantas patatas pudo. Y lo mismo sucedió cuando, días más tarde,
los sherpas celebraron la fiesta de la cerveza. Esa misma noche, mientras la aldea dormía, los yeti se
adentraron en el poblado, probando la cerveza y emborrachándose. A partir de entonces, los yeti se
convirtieron en un problema para los sherpas. Robaban su comida y su cerveza, imitando en todo a los
humanos
Finalmente, los sherpas celebraron un gran consejo e idearon un plan para librarse de los yeti. Primero
dispusieron grandes cantidades de cerveza. Después, provistos de espadas de madera, simularon una pelea.
Y esa misma noche, los hombres y mujeres de las nieves entraron de nuevo en la aldea, apoderándose de la
cerveza y de las espadas que, aparentemente, habían sido olvidadas por los silerpas. Lo que no sabían los yeti
es que las armas de madera habían sido previamente sustituidas por otras de metal. Y tal y como a lan visto
hacer a los sherpas, bebieron se emborracharon, luchando entre ellos. Poco después, la tribu de los yeti yacía
despedazada sobre la nieve. Todos murieron, exce to un yeti hembra y su hijo. Y al comprender que todo había
sido un engaño, huyó hacia las montañas, lejos de los hombres. Desde entonces, el yeti odia a los humanos...
Así narran los sherpas sus primeros encuentros con los yeti. Y aunque, obviamente, parece tratarse de una
leyenda más, no es menos cierto que contiene algunas posibles verdades. Por ejemplo: de acuerdo siempre
con los testimonios de quienes aseguran haberlos visto, los yeti forma una nutrida colonia. En este sentido, los
sherpas los
tienen clasificados en tres grandes grupos: los “metrey” o yetis caníbales, de un metro y medio de altura. Son
los únicos dqueicen que atacan al hombre. Los “chutrey” o comedores de animales de gran tamaño:
preferentemente el yac o buey de las montañas. Miden alrededor de 2,5 metros. Por último, el llamado
“theima”, que habita en los intrincados bosques de los Himalayas, siempre por debajo de la línea de nieve. Es
herbívoro e igualmente inofensivo.
Es obligado puntualizar que, hasta el momento, a pesar de las múltiples expediciones científicas enviadas a
estos parajes con el loable propósito de desvelar el misterio, los resultados han sido infructuosos. La creencia
en el “abominable” se sustenta básicamente en los testimonios de quienes afirman haber tropezado con él o
con sus huellas. Pues bien, en base a esas descripciones, el aspecto físico del yeti o de los yeti podría ser el
siguiente: entre uno y tres metros de estatura. Cuerpo fornido y de apariencia humana, cubierto de un largo y
espeso pelo que varía entre el gris y el rojizo. Cabeza puntiaguda. Brazos largos y oscilantes y enormes pies,
de unos cuarenta a cincuenta centímetros de longitud y dedos pulgares extrañamente desviados hacia el
exterior. Camina erguido aunque, cuando corre, lo hace también ayudándose de las manos, al estilo de los
simios. Las áreas donde ha sido visto con mayor frecuencia pertenecen a las faldas de los Himalayas, entre los
3.300 y 5.500 metros. Raramente se le ha localizado en las altas cumbres.
Quizá la más antigua representación gráfica conocida de un yeti es la descubierta por el antropólogo checo E.
Viek en el Diccionario anatómico para el reconocimiento de diferentes enfermedades. En este tratado de
medicina tibetana fue dibujado una especie de “hombre-mono”, de pie sobre una roca. En el texto se aclara que
se trata de un “hombre salvaje, habitante de las montañas y dotado de una fuerza extraordinaria”. En cuanto a
la primera referencia escrita que ha podido llegar a Occidente se remonta a 1832. El naturalista británico B. H.
Hodgson lo describe en su diario como un “demonio peludo, sin cola, que, de pronto, apareció ante sus
asistentes”.
Pero quizá los testimonios mas valiosos son aquellos que hablan de sus huellas. Han sido legión los
montañeros que aseguran haberlas visto y seguido. En 1886, Myriad, miembro de una expedición británica,
encontró unas enormes y misteriosas pisadas en la nieve, a 4.877 metros de altitud, en el Himalaya Sikkim. En
1989, un oficial inglés, el comandante L. A. Wadell, fue a tropezar también con una serie de huellas
inexplicables, en la región nororiental de Sikkim, a 5.182 metros. Años después, en 1906, el célebre botánico
Henry Elwes aseguraba haber visto un enorme bípedo peludo. Y otro tanto escribió el funcionario británico de
bosques, J. R. P., que halló unas gigantescas pisadas de casi cincuenta centímetros, con los pulgares en
ángulo recto sobre el eje de los pies. En 1921, el teniente coronel Howard Bury observó otras enigmáticas
huellas a 6.400 metros de altitud, durante una expedición al Everest. Tanto Howard como uno de los sherpas
que le acompañaba distinguieron a un ser de gran talla, peludo y que caminaba como un hombre. Un año más
tarde, una patrulla del ejército británico declaró haber visto una extraña criatura en Sikkim, a 3.000 metros. Era
de aspecto humano comentaron y se movía con gran rapidez. En 1925, un botánico hindú, A. N. Tombazi,
escribía en su libro “Relato de una expedición fotográfica a las laderas meridionales del Kanchenjunga,” cómo
en la nieve del monte Kabru, a 4.572 metros, habían contemplado a un ser claramente humano, arrancando
raíces y arbustos. Caminaba erecto y se hallaba desnudo. A los pocos minutos desapareció en la espesura. Al
acercarse al lugar, Tombazi halló huellas frescas de pisadas. Los pulgares y talones eran idénticos a los de un
hombre, aunque la totalidad de la impronta era tan larga como su pierna. Contabilizó un total de quince pasos.
En 1935, un yeti se presentó en la aldea sherpa de Kathagsu. Fue visto por numerosos vecinos, que le
arrojaron piedras. La criatura había matado dos ovejas. En 1937, el capitán Hunt fue testigo de excepción de
otras dos hileras de pisadas en Zemu. “Eran unas huellas enormes escribe el lord que nada tenían que ver con
osos o leopardos de las nieves.”
La lista de testigos, en fin, es interminable.
Y a partir de 1951, gracias a las magníficas fotografías de las huellas de un supuesto yeti, obtenidas por Eric
Sifipton en el ventisquero de Menlung, la comunidad científica decide tomar cartas en el polémico asunto.
Aquellas imágenes mostraban unas pisadas de 33 centímetros de longitud por otros 17 de ancho, con cinco
dedos perfectamente visibles. Desde entonces hasta 1991, más de veinte expediciones de hombres de ciencia
de Gran Bretaña, Estados Unidos, Japón, China, antigua Unión Soviética, India y Alemania se han desplazado
hasta las laderas de los Himalayas, con el exclusivo fin de fotografiar o capturar al “yeti”. Pero los resultados,
como digo, han sido negativos. Hasta el propio Edmund Hillary llegó a interesarse por el “abominable de las
nieves”. En 1951 relataba lo siguiente: ... Sen Tensing, uno de mis más expertos sherpas, me aseguró haber
visto al yeti. Al año siguiente, George Lowe y yo hallamos un mechón de pelo negro a 19.000 pies, en un paso
peligroso. Los sherpas aseguraron que era pelo del yeti y lo tiraron aterrorizados. “
Sea realidad o fruto de la imaginación, lo cierto es que el “abominable” forma parte del sentir popular del Nepal.
Personalmente, a la vista de los cientos de testimonios que circulan sobre tan singular criatura, estoy
convencido de su existencia. El yeti es considerado en aquellas latitudes poco menos que una divinidad. Los
restos de un cuero cabelludo, de un cráneo y de una mano de un yeti son exhibidos y reverenciados en los
monasterios budistas de Pangboche, Namche y Khumjung. Sin embargo, los análisis practicados han
demostrado que se trata de falsificaciones. Pero, a decir verdad, el rigor científico les trae sin cuidado. Para los
sencillos hombres y mujeres de las montañas del Nepal, la palabra y la tradición están por encima de las
hipótesis y conjeturas de la ciencia oficial. Y en el fondo puede que tengan razón. Aún así, el enigma del yeti o
de los yetis tendrá que ser encarado algún día de forma sistemática por la comunidad científica. Hasta el
momento, los escasos científicos que se han atrevido a pronunciarse sobre el misterio de los Himalayas han
coincidido en la posibilidad de que estemos ante un ignorado animal, no incluido en la escala zoológica. Ya en
1955, Heuvelmans apuntó una tesis que fue bien aceptada: el yeti podría ser un descendiente del
Gigantopithecus, un homínido de tres metros de altura y trescientos kilos de peso. La teoría ha sido
redondeada por tres zoólogos británicos Cronin, Emeryware y McNeeley que opinan que el “abominable”, de
existir, tiene que pertenecer a una rama de simios gigantes prehistóricos (quizá del Pleistoceno) que pudieron
quedar aislados en las altas y casi inaccesibles cordilleras de China y Asia centrales.
Pero, naturalmente, sólo se trata de conjeturas. La verdad sobre este viejo y romántico misterio continúa virgen
e inalterada, al igual que las cumbres que lo amparan.

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EL SECRETO DE COLÓN
¿Por qué no? También los hombres encierran misterios. Y algunos, tan impenetrables, que siguen resistiendo
la corrosión del tiempo, de la curiosidad y de las investigaciones. Este es el caso de Colón. Desde niño me
llamó la atención, más que el hecho físico del descubrimiento de América, la insólita tozudez y la fe ciega del
ilustre genovés, que pudo empujarle con tanto afán a buscar la ayuda y protección de los monarcas y
potentados europeos? ¿simple intuición? ¿Lo que hoy llamaríamos paranoia?
¿delirios de grandeza? ¿Cómo pudo encararse con tanta sagacidad y audacia a los sabios y consejeros de los
reyes de Portugal y España? Como es sobradamente conocido, en los postreros años del siglo xv, la ciencia
“oficial” negaba la existencia de “otras tierras firmes e islas más allá del “Mar Tenebroso”. ¿ Es que Colón había
tenido conocimiento de los famosos mapas turcos de Piri Reis? ¿Cuál pudo ser su “secreto”?
La historia es clara y rotunda. Juan de Barros cuenta que el proyecto de Cristobal Colón, presentado a los
soberanos de Portugal y Castilla, fue rechazado “con rara y absoluta unanimidad” por los técnicos de ambas
cortes peninsulares. “El monarca luso, tras conocer su demanda, le creyó poco; y menos aún tomaron en
consideración sus planes descubridores los consejeros portugueses, pues todos ellos consideraron las
palabras de Colón como vanas, fundadas simplemente en la imaginación o en cosas como esa isla Cipango de
Marco Polo.”
Pero, curiosa y sospechosamente, lejos de desanimarse ante estos iniciales fracasos, el genovés se presentó
en la corte de los Reyes Católicos y volvió a desenterrar su “loco” proyecto.
Y yo me pregunto: ¿por qué tanta obstinación? ¿Qué do cumentos, mapas o noticias obraban en poder del
futuro almirante?
Y la fortuna, como reza la historia, siguió esquiva. Nadie le tomó en consideración. El testimonio del doctor
Rodrigo Maldonado de Talavera, miembro de la junta dictaminadora del proyecto colombino es rotundo en este
sentido. Dice así:
... .este testigo, con el Prior de Prato... e con otros sabios e letrados e marineros platycaron con el dicho
Almirante sobre su hida a las dichas yslas, e... todos ellos concordavan que hera ynposible ser verdad lo que el
dicho Almirante desya”.
Ha quedado perfectamente claro para los historiadores que Colón presentó una idea absurda irrealizable. Sin
embargo, el Almirante no cedió un solo milímetro en sus pretensiones. Esta “tozudez”, como digo, me intrigó
siempre en gran manera. No podía entenderlo. Cristóbal Colón aunque no se trataba de un genio en
navegación y sí de un esforzado autodidacta no tenía un pelo de tonto y debería haber tenido en gran
consideración los consejos y opiniones de otros famosos marinos con los que se entrevistó. ¿Es que todos
estaban equivocados, a excepción del genovés?
La primera aclaración a estas dudas sobre la incomprensible “fe” de Colón me llegó en los años setenta, cuan
do una luminosa mañana llamé a las puertas del Monasterio de La Rábida, en Huelva.
El entonces prior de los franciscanos en dicho lugar, Francisco de Asís Oterino, me sorprendió con una
respuesta que, francamente, no hubiera imaginado en boca de un monje:
La teoría sobre la existencia de un piloto o navegante anónimo, que conoció América antes que Colón y que
reveló tan extraordinaria experiencia al Almirante ha cobrado una gran fuerza en los últimos tiempos. Ésa pudo
ser la gran razón, la clave, de esa obstinación que, en efecto, derrochó el descubridor del Nuevo Mundo. Le
aconsejo que hable usted me dijo el amable franciscano con don Juan Manzano, el máximo estudioso de este
asunto en la actualidad y catedrático de la Universidad Complutense, de Madrid.”
Yo había sabido en años anteriores siempre de forma muy fugaz que, tal y como señalaba el padre Oterino,
algunos autores parecían sentir una cierta inclinación por esta hipótesis. Pero, a decir verdad, jamás le presté
atención. Creí que, como otros muchos puntos de la historia, aquel capítulo del “prenauta” o del piloto
desconocido no era otra cosa que pura fantasía.
La observación del franciscano, sin embargo, me puso en guardia. ¿Qué había de cierto en aquella
desconcertante posibilidad? ¿Qué dicen los más reconocidos historiadores sobre el piloto anónimo? ¿Existió
verdaderamente?
A partir de aquella visita a La Rábida he procurado bucear en cuantos textos y documentos han quedado a mi
alcance. Y he conversado extensamente con los más preclaros expertos en asuntos colombinos, muy
especialmente con don Juan Manzano, cuya obra Colón y su secreto me parece una de las aportaciones
definitivas en la resolución de este apasionante misterio.
Pero antes de pasar a los múltiples detalles e informaciones sobre este enigmático personaje, creo muy
necesario hacer un breve balance de lo que cuentan los más insignes cronistas e historiadores sobre el
particular.
Y empezaremos por las versiones absolutamente concordes y casi desconocidas de dos autores del siglo XVII:
el licenciado Baltasar Porreño y el doctor Gonzalo de Illescas.
Al referirse a los orígenes de la empresa colombina comienzan describiéndonos la aventura del piloto anónimo
en los siguientes términos:
Un cierto marinero, cuyo nombre hasta ahora no se sabe ni de dónde partió ni qué viaje llevaba, más de que
andava por el mar Oceano de Poniente, tubo un tiempo recio y grande tormenta, la cual lo llevó perdido por la
profundidad y anchura del mar, hasta ponerlo fuera de toda conversación y noticia de lo que los marineros
savían por sciencía y experiencia adonde vio por los ojos tierras extrañas nunca vistas ni oídas; la misma
tormenta que lo llevó a ver estas incógnitas tierras, esa lo bolvió hacía nuestra España, tan perdido y
destrozado, que murió dentro de pocos días. Este desgraciado marinero , por no tener otra posada mejor, vino
acaso a posar en la isladela Madera, en casa de Christobal Colon, ginoves, nacido en Nerví, aldea pequeña
junto a Genova. Venía tan pobre y hambriento que, como dixe, no pudo escapar de la muerte, y no teniendo
otra mejor cosa que dexar a su huesped, en pago de la buena obra que le havia hecho le dio ciertos papeles y
canas de marear y relación muy panicular de lo que havia visto en aquel naufragio. Recíbio esto Christobal
Colon de mu y buena gana, porque su principal officio era marinero, y hacia cartas de marear. Muerto el pobre
piloto, comenzó Colon a levantar los pensamientos, y a imaginar que si acaso él descubriese aquellas nuevas
tierras no era posible, sino que en ellas hallaria grandes ríquezasyquedaria prospero, rico y honrado, y para ver
si llevaban camino sus imaginaciones, comunicó su negocio con un fraile franciscano llamado fray Juan Perez
de Marchena, del monasterio de la Rabida, que era buen cosmógrafo, el cual, pareciéndole que no iba fuera de
camino, le aconsejó que no dejase de procurar esta navegación, que no podía dexar de ser muy provechosa.
Algunos años antes, en 1535, esta leyenda sobre el piloto anónimo que corría de boca en boca desde que
tuviera lugar el descubrimiento “oficial” del Nuevo Mundo en 1492 apareció por primera vez en letra de
imprenta. Su autor fue Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista oficial y que en el capítulo segundo de su
volumen número dos
”Del origen e persona del almirante primero de las Indias, llamado Cristobal Colón, e por qué via o manera se
movió al descubrimiento de ellas, según opinión del vulgo dice textualmente sobre la aventura del
predescubridor:
Quieren decir algunos que una carabela que desde España pasaba para Inglaterra cargada de mercadurías e
bastimentos, así como vinos e otras cosas que para aquella isla se suelen cargar, de que ella caresce e tiene
falta, acaesció que le sobrevinieron tales e tan forzosos tiempos, e tan contrarios, que hobo de necesidad de
correr al Poniente tantos días, que reconosció una o más de las islas destas partes e Indias; e salió en tierra, e
vido gente desnuda, de la manera que acá la hay; y que cesados los vientos, que contra su voluntad acá le
trujeron, tomó agua y leña para volver a su primer camino. Dicen más: que la mayor parte de la carga que este
navío traía eran bastimentos e cosas de comer, e vinos; y que así tuvieron con qué se sostener en tan largo
viaje e trabajó e que después le hizo tiempo a su propósito, y tomó a dar la vuelta, e tan favorable navegación
le subcedió, que volvió a Europa, e fue a Portugal. Pero como el viaje fuese tan largo y enojoso, y en especial a
los que con tanto temor e peligro forzados le hicieron, por presta que fuese su navegación, les duraría cuatro o
cinco meses, o por ventura más, en venir acá e volver a donde e dicho. Y en este tiempo se murió cuasi toda la
gente del navío, e no salieron en Portugal sino el piloto con tres o cuatro, o alguno más, de los marineros e
todos ellos tan dolientes que en breves días después de llegados murieron.
Dícese, junto con esto, que este piloto era muy íntimo amigo de Cristobal Colón, y que entendía alguna cosa de
las alturas; y marcó aquella tierra que halló de la forma que es dicho, y en mucho secreto dio parte dello a
Colom, e le rogó que le hiciese una carta y asentase en ella aquellatierra que havia visto. Dícese que él le
recogió en su casa, como amigo, y le trizo curar, porque también venía muy enfermo; pero que también se
murió como los otros, e que así quedó informado Colom de la tierra e navegación destas partes, y en él sólo se
resumió este secreto. Unos dicen que este maestre o piloto era andaluz; otros dicen quel Colom estaba
entonces en la isla de la Madera, e otros quieren decir que en las de Cabo Verde,yue allí aportó la carabela
que he dicho, y él hobo, por esta torm a, noticia desta tierra.
Oviedo, como buen historiador, se limitó a recoger la opinión del pueblo. Eran los rumores y noticias que
circulaban en aquellos años inmediatos al descubrimiento “oficial”, especialmente por las calles y plazas de la
isla Española, y que Oviedo se limitó a recoger sin mas.
Diecisiete años después de la publicación de la obra de Gonzalo Fernández de Oviedo, otro reconocido
cronista
Francisco López de Gómara refrescaba la aventura del intrépido protonauta en el capítulo trece de su Historia
general de las Indias, publicada en Zaragoza en el año 1552.
En síntesis, dice así:
...Navegando una carabela por nuestro mar Océano tuvo tan forzoso viento de levante y tan continuo, que fue a
parar en tierra no sabida ni puesta en el mapa o carta de marear. Volvió de allá en muchos más días que fue; y
cuando acá llegó no traía más de al piloto y a otros tres o cuatro marineros que, como venían enfermos de
hambre y de trabajo, se murieron dentro de poco tiempo en el puerto. He aquí cómo se descubrieron las Indias
por desdicha de quien primero las vio, pues acabó la vida sin gozar dellas y sin dejar, a los menos sin haber
memoria de cómo se llamaba, ni de dónde era, ni qué año las halló. Bien que no fue culpa suya, sino malicia de
otros o envidia de la que llaman fortuna. Y no me maravillo de las historias antiguas que cuenten hechos
grandísimos por oscuros principios, pues no sabemos quién de poco acá halló las Indias, que tan señalada y
nueva cosa es. Quedáramos siquiera el nombre de aquel piloto, pues todo lo al con la
muerte fenesce. Unos hacen andaluz a este piloto, que trataba en Canarias y en la Madera cuando le
acontesció aquella larga y mortal navegación; otros vizcaino, que contrataba en Inglaterra y Francia; y otros
portugués, que iba o venía de la Mina o India, lo cual cuadra mucho con el nombre que tomaron y tienen
aquellas nuevas tierras. También hay quien diga que aportó la carabela a Portugal, y quien diga que a la
Madera o a otra de las islas de los Azores; empero, ninguno afirma nada. Solamente concuerdan todos en que
fallesció aquel piloto en casa de Cristobal Colón, en cuyo poder quedaron las escripturas de la carabela y la
relación en de todo aquel luengo viaje, con la marca y altura de las tierras nuevamente vistas y halladas.
Y, por último, veamos la opinión del dominico fray Bartolomé de Las Casas, una de las máximas figuras de la
historia de aquellos tiempos y encendido defensor de la obra y de la persona del Almirante de la Mar Océana.
Lejos de silenciar las noticias sobre el predescubrimiento de América que quizá pudieran eclipsar en parte el
brillo de Colón, Las Casas le dedica un generoso espacio en el capítulo catorce de su gran obra Historia de las
Indias.
He aquí, resumido, su inapreciable testimonio, recogido por él mismo de los primeros pobladores de la
mencionada isla La Española:
... Díjose que una carabela o navío que había salido de un puerto dc España (no me acuerdo haber oído
señalar el que fuese, aunque creo que del reino de Portugal se decía), y que iba cargada de mercaderías para
Flandes o Inglaterra, o para los tractos que por aquellos tiempos se tenían, la cual, corriendo terrible tormenta y
arrebatada de la violencia e ímpetu della, vino diz que a parar a estas islas y que aquesta fue la primera que las
descubrió. Que esto acaeciese así, algunos argumentos para mostrarlo y: el uno es, que a los que de aquellos
tiempos somos venidos a los principios, era común, como dije, tratarlo y platicarlo como por cosa cierta, lo cual
creo que se derivaría de alguno o algunos que lo supiesen, o por ventura quien de la boca del mismo Almirante
o en todo o en parte e por alguna palabra se lo oyese. El segundo es, que en otras cosas antiguas, de que
tuvimos relación los queñúrnos a' primer descubrimiento de la tierra y población de la isla de Cuba (como
cuando della, si Dios quisiere, hablaremos, se dirá) fue una ésta: que los indios vecinos de aquella isla tenían
reciente memoria de haber llegado a esta isla Española otros hombres blancos y barbados como nosotros,
antes que nosotros no muchos años; esto pudieron saber los indios vecinos de Cuba, porque como no diste
más de diez y ocho leguas la una de la otra de punta a punta, cada día se comunicaban con sus barquillos y
canoas, mayormente que Cuba sabemos, sin duda, que se pobló y poblaba desta Española.
Que el dicho navío pudiese con tormenta deshecha (como la llaman los marineros y las suele hacer por estos
mares) llegar a esta isla sin tardar mucho tiempo y sin faltarles las viandas y sin otra dificultad, fuera del peligro
que llevaban de poderse finalmente perder, nadie se maraville, porque un navío con grande tormenta corre cien
leguas, por pocas y bajas velas que lleve, entre día y noche, y a árbol seco, como dicen los marineros, que es
sin velas, con sólo el viento que coge las jarcias y masteles y el cuerpo de la nao, acaece andar en veinte y
cuatro horas treinta y cuarenta y cincuenta leguas, mayormente habiendo grandes corrientes, como las hay por
estas panes; y el mismo Almirante dice que en el viaje que descubrió a la tierra firme hacia Paria anduvo con
poco viento, desde hora de misa hasta completas, sesenta y cinco leas”¡”or las grandes corrientes que lo
llevaban; así que no fue maravilla que” en diez o quince días y quizás en más, aquellos corriesen mil leguas,
mayormente si el ímpetu del viento Boreal o Norte les tomó cerca o en paraje de Bretaña o de Inglaterra o de
Flandes. Tampoco es de maravillar que así arrebatasen los vientos impetuosos aquel navío y lo llevasen por
fuerza tantas leguas, por lo que cuenta Herodoto en su libro IV que como Grino, rey de la isla de Thera, una de
las Ciudades y del Archipiélao, recibiese un oráculo que fuese a poblar una ciudad en Africa, y África entonces
no era conocida ni sabían dónde se era, los ancianos y gentes de Levante orientales, enviando a la isla de
Creta, que ahora se nombra Candía, mensajeros que buscasen algunas personas que supiesen decir dónde
caía la tierra de Africa, hallaron un hombre que había por nombre Carobio, el cual dijo que con fuerza de viento
había sido
arrebatado y llevado a África y a una isla por nombre Píatea, que estaba junto a ella...
Así que, habiendo aquéllos descubiertoo por esta vía estas tierras, si así fue, tomándose para España vinieron
a parrr destrozados; sacados, los que, por los grandes trabajos y hambres y enfermedades, murieron en el
camino, los que restaron, que fueron pocos y enfermos, diz que vinieron a la isla de la Madera, donde también
fenecieron todos. El piloto del dicho navío, o por amistad que antes tuviese con Cristobal Colón, o porque como
andaba solícito y curioso sobre este negocio, quiso inquirir dél la causa y el lugar de donde venía, porque algo
se lo debía de traslucir por secreto que quisiesen los que venían tenerlo, mayormente viniendo todos tan
maltratados, o porque por piedad de verlo tan necesitado el Colón recoger y abrigarlo quisiese, hobo,
finalmente, de venir a ser curado y abrigado en su casa, donde al cabo diz que murió; el cual, en
reconocimiento de la amistad vieja o de aquellas buenas y caritativas obras, viendo que se quería morir,
descubrió a Cristobal Colón todo lo que les había acontecido y diole los rumbos y caminos que había llevado y
traido, por la cana del marear y por las alturas, y el paraje donde esta isla dejaba o había hallado, lo cual todo
traía por escrito.
Esto es concluye el eminente dominico lo que se dijo y tuvo por opinión y lo que entre nosotros, los de aquel
tiempo y en aquellos días comúnmente, como ya dije, se platicaba y tenía por cierto, y lo que diz que
eficazmente movió como a cosa no dudosa a Cristobal Colón.
Me ha parecido, en fin, que resultaba del todo necesario iniciar este capítulo sobre el secreto de Colón con los
testimonios de los más importantes cronistas colombinos. Y pude comprobar con asombro cómo todos ellos
coinciden en la médula y en la parte sustancial del relato. Ni que decir tiene que esto me animó a seguir
rastreando la pista del piloto anónimo. Como afirma R. H. Tawney, en líneas generales, las leyendas suelen ser
tan ciertas en lo básico como falsas en los detalles...
Pues bien, conforme he ido prosperando en el conocimiento y en la reunión de datos sobre el llamado
predescubrimiento, mi corazón ,como el del catedrático Juan Manzano, se inclina cada vez más hacia la
creencia de que esta tradición del nauta desconocido fue cierta en lo sustancial y quizá exagerada y poco clara
en los detalles.
A título de síntesis sobre lo aquí expuesto, tanto Oviedo como Las Casas y Gómara, por citar a los más
conocidos, coinciden en el hecho en sí: la existencia de un marino anónimo y de una carabela que fue
empujada por fuertes vientos y por una tormenta hasta las islas más orientales del actual Caribe.
No se muestran conformes, sin embargo, en los detalles del suceso: derrota o ruta que pudo seguir la
embarcación, nacionalidad del piloto anónimo, punto de arribo de la nave, tierras que descubrió, etc.
Todo ello, como digo, y desde mi modesto punto de vista, total y absolutamente secundario frente a la clave del
gran acontecimiento: que alguien, años antes que Colón, tuvo la suerte o la desgracia de pisar América.
Pero entremos en los fascinantes pormenores de esta ignorada aventura, tal y como nos ha llegado de la mano
de los investigadores.
¿ Qué rumbo llevaba y por qué zonas navegaba nuestro hombre, el piloto desconocido, cuando la tormenta o
los fuertes vientos desviaron su navío hacia las playas de América?
Aunque algunos autores hablan de una posible travesía entre Canarias y la isla de Madera y otros apuntan a
los mares de Inglaterra y Francia, la verdad es que los más sólidos indicios -coincidentes además con la teoría
de Oviedo- sitúan a la nao del prenauta en plena singladura desde las costas de Africa (concretamente de
Guinea) hacia España o Portugal.
Esto justificaría plenamente el acentuado interés de Cristóbal Colón por reunir un máximo de información sobre
aquellos mares de la región de Guinea.
Los cronistas de la época, y hasta el propio hijo del Almirante Hernando Colón nos cuentan cómo el genovés
se preocupó y trabajó muy intensamente durante sus diversas estancias en las islas portuguesas de Madera y
Porto Santo por allegar informes de marinos que navegaban a tales mares.
Si, como calcula Juan Manzano, el regreso del piloto anónimo a la isla donde residía Colón pudo tener lugar
hacia el año 1477 ó 1478, es lógico pensar que una vez conocido el secreto del navegante el interés del futuro
Almirante de la Mar Océana por aquellas tierras desconocidas naciera justamente en aquellas fechas. Y
curiosamente, así consta en todas las investigaciones hechas sobre Colón. Como es bien sabido, el genovés
llegó a Portugal en 1476. Y una de las primeras cosas que hace en dicho país es contraer matrimonio con
Felipa Moniz. Poco después hacia 1477, y según relata su hijo Hernando, se trasladó con su mujer a la
mencionada isla de Porto Santo, viviendo en el hogar de su suegra.
Resulta harto sospechoso que, precisamente en aquellas fechas, apareciese en el genovés su “indestructible
empeño” dé embarcarse hacia el oeste, en busca de un camino hacia las tierras legendarias de Cipango. Si fue
a lo largo de aquellos años de 1477 ó 1478 cuándo el piloto anónimo cayó sobre las costas de Porto Santo o
de Madera, confiando sus venturas y desventuras al sorprendido Colón, estaría más que justificado, insisto, su
repentino interés por todo tipo de datos en torno a la navegación, vientos, corrientes, etc., que se daban en la
zona de Guinea.
Estos papeles, cartas y anotaciones que llevaba consigo el nauta moribundo y que la Providencia se encargó
de hacer llegar al ligur, fueron en opinión del historiador Gómara y otros el punto de arranque de los proyectos
descubridores del genovés.
Pero aquellas noticias que fueron proporcionándole los diferentes y avezados marinos portugueses no debieron
de ser suficientes. Y Colón decide embarcarse hacia los mares de la Guinea, a fin de conocer “sobre el terreno”
hasta los más nimios detalles. Era lógico que así obrase. Después de todo, y aunque debía disponer de las
distancias (unas 750 leguas) de Canarias a las primeras islas americanas (presumiblemente La Española),
derrota seguida por la carabela del piloto anónimo, así como marcas o señales en dichas costas e, incluso, el
perfil de algunas de estas playas, el genovés no podía iniciar las gestiones definitivas para el gran
“descubrimiento” mientras no tuviera todas o casi todas las cartas a su favor.
El propio Almirante nos cuenta cómo, al fin, navegó hacia Guinea. Según los grandes especialistas Jos y
Morison, Cristóbal Colón sólo debió de hacer un viaje a dicha área africana. Esta primera “escaramuza” con el
océano pudo ocurrir hacia el año 1482. En esa época, el rey Juan II de Portugal mandó construir el castillo de
San Jorge de la Mina, en Guinea. Y Colón lo cita en sus escritos:
... .Yo estuve en el castillo de San Jorge de la Mina, del rey de Portugal, que está debajo de la Equinoccial; y
soy buen testigo ice de que no es inhabitable, como quieren algunos.”
Todo parece indicar, por tanto, que la ruta que debió seguir el olvidado prenauta en su involuntario camino
hacia América arrancó de las aguas próximas a Guinea. Esta franja, precisamente, está dominada por los
vientos alisios y una embarcación que se viera arrastrada por os mismos podría cubrir estos cientos de leguas
en escasos días.
Pero ¿qué le ocurrió al navegante anónimo cuando, al fin, desembarcó en las playas de las islas del Caribe?
¿Por qué nos dice la leyenda que casi todos perecieron en el viaje de regreso? ¿Cuál pudo ser la verdadera
causa de la muerte de estos marineros rudos y hechos a toda clase de contrariedades e inclemencias?
Antes de exponer la teoría más y mejor aceptada por los historiadores, quiero referirme a otro “detalle” que
vendría a confirmar la existencia de ese “secreto”.
Resulta curioso. Si Colón hubiera seguido los consejos
de los hermanos Pinzón, mucho más expertos que el ligur en el arte de navegar, las carabelas habrían arribado
a las tierras de la actual Florida, en la costa Este de Estados Unidos. Pero Cristóbal Colón disponía de una
ruta, de unas marcas y de unas millas concretas que le mantuvieron firme en su decisión de viajar hacia el
sudoeste.
Para el catedrático Juan Manzano, el prenauta pudo ser arrastrado por los vientos alisios, desembarcando
primero en la isla de Guadalupe. Desde allí, navegando siempre a lo largo del arco de las Antillas menores, fue
a recalar, tras reconocer el archipiélago de las Vírgenes, a La Española. Y es muy probable que el genovés
hubiera recibido de manos del citado piloto anónimo la distancia de 750 leguas a recorrer desde la isla de
Hierro, en Canarias, hasta la tierra firme que Colón confundió con el Cipango o Japón y que no era otra cosa
que la mencionada isla de La Española. Cincuenta leguas antes le advirtió el desgraciado prenauta, Colón
encontraría un grupo de islas (las Vírgenes). Pero la expedición colombina, como sabemos, sufrió un error en
la latitud (atribuible, casi con seguridad, a la derrota proporcionada por el piloto anónimo) y el 12 de octubre
descubriría, no la tierra firme que tanto buscaba Colón, sino una pequeña isla del grupo de las Lucayas,
llamada por los nativos Guanahaní, y que el Almirante bautizó como San Salvador.
Y volviendo al misterioso asunto de las muertes de la tripulación que “informó” a Colón, según los especialistas
cabe la posibilidad de que el prenauta y su gente permanecieran uno o dos años en La Española (hacia 1476 o
1477). Este suceso vendría a explicar otro acontecimiento que sorprendió a los expedicionarios del primer viaje
de Colón. Los cronistas cuentan cómo el Almirante y sus hombres descubrieron con natural estupor cómo en
uno de los poblados al norte de La Española había “hombres y mozas blancos”. Según el propio genovés, el 16
de diciembre de 1492, después de haber descubierto aquellas dos primeras indias blancas a cuatro leguas del
puerto de Concepción, los expedicionarios llegaron a otro puerto, donde Colón vio muchos indios, hombres y
mujeres “harto blancos, que si vestidos anduviesen y se guardasen del sol y del aire, serían cuasi tan blancos
como en España”.
La explicación más verosímil hay que buscarla precisamente en la presencia de los prenautas en la citada isla
de La Española, unos dieciséis o diecisiete años antes del arribo de las tres carabelas “oficiales”. Durante la
estancia de estos hombres en Cuba, es lógico que se mezclaran con las indias, procreando un número
considerable de mestizos y nativos “blancos”.
Pero lo que no podían sospechar estos navegantes anónimos es que de aquellas uniones sexuales iban a
quedar contaminados por uno de los males que, poco a poco, iría exterminándolos. Las beldades tainas
estaban infectadas de Spirochaeta pallida, vulgarmente conocida como sífilis, una enfermedad mortal en
aquella época. Precisamente, a raíz del regreso en 1493 de los descubridores “oficiales”, est mal venéreo
comenzó a extenderse por España y Europa. Y según algunos expertos, fue Martín Alonso Pinzón uno de los
primeros en contraer la citada dolencia.
Manzano supone con toda lógica que ésta pudo ser la causa fundamental de la ruina de la expedición del
prenauta, que terminó por aniquilar a la mayor parte de la marinería. Después de su prolongada estancia en las
tierras de La Española, la enfermedad debió de evolucionar hacia su fase secundaria, cubriendo el cuerpo de
los navegantes con unas pústulas extrañas (la erupción sifilítica), y produciéndoles, además, elevadas fiebres,
intensísimos dolores y una postración general. Al no encontrar remedio, la expedición del piloto anónimo muy
mermada ya debió de tomar la decisión de regresar a su patria. Pero sólo tres o cuatro tripulantes muy
enfermos debieron alcanzar las costas de Madeira, muriendo al poco en la citada isla. Y fue Colón, por esos
misterios del destino, quien atendió al prenauta. Éste, en agradecimiento, pudo informar al ligur
de cuanto sabía, ofreciéndole datos concretos: leguas, rumbo, marcas, etc., para hallar las enigmáticas tierras
a las que había sido arrastrado contra su voluntad.
E insisto en la curiosa “circunstancia”. Fue a partir de esas fechas hacia 1478cuando se “despierta” el interés y
la tozudez del genovés. Nunca antes. Una inexplicable “cabezonería” que sólo puede entenderse si admitimos
la realidad de un “gran secreto”. Un “secreto” que, al parecer, se vio obligado a compartir, en el último
momento, con su monje, consejero de La Rábida y, quizá, con la propia reina Isabel. Seguramente, esa
“revelación” constituyó la clave para que la Corona antes incluso del descubrimiento aceptara sus propósitos,
designándole, incluso, como “almirante de la mar océana”.

_.
EL SECRETO DE VERNE
“Me siento el más desconocido de los hombres.” Esta frase, pronunciada por Julio Verne, entraña un gran
enigma. No creo equivocarme si afirmo que la inmensa mayoría de los ciudadanos ha leído alguna vez al
escritor francés. Pero ¿qué sabemos realmente de este genial bretón? ¿Fue un “iluminado”? ¿Un “profeta”?
¿Cómo pudo adelantars e a su tiempo tan certera y magistralmente? ¿Cuál era su “secreto”? 2
Quizá ha sido una de las investigaciones en la que he invertido más tiempo y más cariño: ocho largos meses
buceando en su vida y en su obra. Y lo que he encontrado me ha dejado perplejo. Verne arrastró, no uno, sino
varios secretos...
Pero, para desvelarlos, es preciso sobrevolar su desconocida y agitada existencia. Es más: yo diría que su
gran secreto es, justamente, su propia vida.
¿Quién hubiera imaginado a Verne como un político “de izquierdas”? En 1988 se cumplió, justamente, el
centenario de tan insólita actividad. En mayo de 1888, Julio Gabriel Verne Allotte sorprendía a propios y
extraños, presentándose a las elecciones de la ciudad francesa de Amiens, donde residía desde 1871. Y lo
hizo, para escándalo de su burguesa familia, por una lista “ultrarroja”, al socaire de los republicanos
progresistas. Y Verne arrasó: en la segunda vuelta conseguiría 8.591 votos, de los 14.000 que integraban el
electorado. Las verdaderas motivaciones que le llevaron a la concejalía no tuvieron jamás un tinte político. Sus
biógrafos lo han recogido una y otra vez:
“Sólo me interesa servir a la sociedad, mejorar la ciudad, impulsar la instrucción y las Bellas Artes.; Y así lo
hizo. El Verne concejal- reelegido en 1892, 1896 y 1900- potenció el teatro, consiguió becas para la Escuela de
Medicina, mejoró el trazado de Amiens y llegó a construir un espléndido circo que todavía puede admirarse.
Pero, quizá, una de las más desconocidas facetas de Julio Verne fue la de viajero. ¿Cuántas veces he oído
comentar que el autor de La vuelta al mundo en ochenta días sólo viajó en sueños y desde su gabinete de
trabajo? Nada más incierto y peregrino.
Entre l857y 1884, es decir, en un total de veintisiete años, llevó a cabo diez grandes cruceros y un sinfín de
viajes “menores”. Su frustrada vocación marinera no resultaría tan frustrada...
Su pasión por la mar era tal que, en el referido año de 1857, recién casado con Honorine de Viana, no dudó en
abandonarla, para emprender su primer gran periplo: Escocia. Más aún: en 1861, con su esposa en avanzado
estado de gestación, tampoco lo dudó y, haciendo caso omiso de las lógicas protestas, se embarcó de nuevo,
rumbo a Escandinavia. El crucero resultaría abortado por un súbito cable de su mujer, reclamándole. Verne
llegaría a tiempo de ver nacer a su único hijo, Michel. Después, merced a los dineros de sus primeras y
triunfantes novelas, haría realidad otro de sus sueños: la compra de un barco. El San Michel atracado en
Crotoy, le llevaría a Inglaterra, al mar del Norte y a numerosos puertos de la costa francesa. A bordo de este
pesquero reformado concebiría su novela Veinte md leguas de viaje submarino, llegando a escribirla, incluso,
mientras navegaba. Nemo, por tanto, “nacería” en el mar...
Pero aquel barco pronto se le quedaría pequeño. Verne ansiaba cruzar los siete mares. Y en 1876, a los tres
meses de su cuadragésimo octavo cumpleaños, Julio Gabriel Verne Allotte adquiere un segundo yate: el San
Michel III Para esas fechas, el inquieto navegante ya había visitado Estados Unidos, en compañía de su
hermano y confidente, Paul.
En marzo de 1867, en efecto, a bordo del gigantesco trasatlántico Great Eastern, los hermanos Verne se
dirigen a Nueva York. Y durante veinte días recorren la Costa Este y la frontera con Canadá. De todas estas
experiencias nacerían después muchas de sus novelas. Con el segundo Michel se aventura de nuevo en el
mar del Norte, Inglaterra... Y en 1877 “tira la casa por la ventana”, gastándose 55.000 francos en un tercer y
soberbio yate: el San Michel III; un velero de dos palos, con motor de cien caballos y treinta y tres metros de
eslora. Es la época de sus largos cruceros por el Mediterráneo. Por sistema, Verne deja de trabajar en julio y
navega hasta octubre. Así recorre las costas de España (Vigo, Cádiz, Málaga), el norte de África, Malta,
Italia..., siendo recibido por el papa León XIII, en 1884. El clamoroso éxito de novelas como Cinco semanas en
globo, De la Tierra a la Luna, La vuelta '¡mundo en ochenta días, etc., traducidas a numerosos idiomas, hace
de estos cruceros una permanente manifestación de gloria para el vanidoso Verne. Es agasajado en Lisboa,
Gibraltar, Túnez, Venecia... En 1885, sin embargo, misteriosamente, Julio Verne malvende el San Michel II,
negándose a volver a la mar. Su pasión por los viajes decaece y sólo a partir de ese momento “viaja con la
imaginación”. La razón de este drástico cambio pudiera ser la muerte de su gran y secreto amor: una mujer
afincada en París.
He aquí otro de los rasgos de la vida de Verne, desconocido por sus miles de lectores. Julio Gabriel Verne
nacido en Nantes un 3 de febrero de 1828, fue un niño, un adolescente y un joven desgraciado . Tanto su
padre, Pierre, como la madre, pertenecían a familias burguesas.
El padre de Verne, “ascético, católico a ultranza y maníaco del orden y la puntualidad”, se negó a los
fervorosos deseos de su” hijo primogénito, Julio, de hacerse marino. El mayorazgo imperaba en aquella época
2 Para más información, ver Yo, Julio Verne, de J.J. Benitez. (Nota del editor.)
y Julio Verne, así fue sentenciado por Pierre, heredaría el despacho de abogado de su padre. La frustración de
Verne fue tal que, a los once años, se escapa de Nantes, embarcándose en un buque, La Coralle, con destino
a la India. Pero el “grumete” es apresado en Paimboeuf -primera escala del barco- y conducido a Nantes. Allí,
su padre le azota sin piedad. Esa paliza sería el principio del fin de las relaciones entre padre e hijo. Verne
jamás le perdonaría su intransigencia. Para colmo, Verne se enamora de su prima Carolina Tronon. Ésta le
rechaza y convierte la juventud de Verne en un infierno. Con el fin de proseguir los estudios de derecho
4olorosa imposición de Pierre Verne, Julio se instala en París y comienza a alternar con los círculos literarios
de moda. La boda de Carolina con un “petimetre de Nantes” termina de hundirle en la desesperación. Su vida
amorosa quedará marcada para siempre. Finalizada la carrera, Pierre Verne reclama a su hijo a Nantes. Pero
Julio se niega. Lleva tiempo escribiendo piezas teatrales, óperas cómicas y sainetes (la mayoría de escasa
calidad) y no desea perder la que es ya su verdadera vocación. Las tensas relaciones con su padre sufren un
nuevo deterioro: Pierre Verne le corta la pensión y el joven escritor teatral se ve obligado a malvivir en París,
dando clases de derecho. Encuentra un empleo como secretario del Teatro Lírico y así “resiste” hasta que, en
1856, con motivo de la boda de un amigo, se traslada a la ciudad de Amiens, donde conoce a Honorine, una
viuda con dos hijas de corta edad. Planea fríamente su matrimonio con Honorine y decide casarse a principios
de 1857. A través de su cuñado consigue entrar en el mundo de la bolsa, haciéndose agente. Al mismo tiempo,
una vez instalados en París, sigue trabajando en sus “bagatelas teatrales” y en la cimentación de un gran
proyecto: la “novela de la ciencia”. Pero su matrimonio resultaría un fracaso. Honoririe está más pendiente de
las fiestas y reuniones sociales que del “sueño” de Verne. Ese “sueño” consiste en llevar el prodigioso mundo
de los descubrimientos técnico-científicos, a los que asiste el escritor en ciernes, a la literatura. Toda una
aproximación del hombre a la naturaleza, y viceversa, de la mano de la ciencia. Y a los treinta y cuatro años, al
fin, escribe su primera gran novela Cinco semanas en globo, contagiado de la fuerte polémica existente
entonces en Francia alrededor de la aerostática. Pero el fracaso sigue tras él, implacable. Verne recorre quince
editoriales. “Quince necios”, según sus propias palabras. Al fin, merced a su buen amigo Nadar, un fanático de
los globos, Julio Verne entra en contacto con Julio Hetzel, editor, que lee el manuscrito, recomendándole que lo
corrija y “que haga de aquello una auténtica novela”. “¿Sabe que tiene usted talento, joven?”, le dijo Hetzel al
despedirse. A principios de 1863, a punto de cumplir los treinta y cinco años, Verne conoce el triunfo. La
publicación de Cinco semanas en globo es un éxito. Y Verne, eufórico, firma un contrato con Hetzel por veinte
años, a razón de tres libros por año. Algún tiempo después, esas tiránicas exigencias del editor son aliviadas y
convertidas en dos novelas anual. El creador del capitán Nemo, de Hatteras y de los hijos del capitán Grant
deja su trabajo en la bolsa y se dedica de lleno a la literatura. En sus cuarenta y dos años de vida literaria,
Verne escribiría 65 grandes novelas, bajo el título general de Viajes extraordinarios y un sinfín de obras
menores. Sus ganancias totales han sido calculádas en unos 60 millones de pesetas. Su editor se embolsaría
alrededor de 280 millones...
En julio de 1871,cansado de la superficialidad de su mujer, decide abandonar París y se instala en la pequeña
ciudad provinciana de Amiens, al norte. Es elegido miembro de la Academia y comienza a padecer la tortura de
un hijo, Michel, “difícil y endemoniado”. El muchacho es recluido en un reformatorio y, posteriormente,
encarcelado y embarcado por su propio padre en un buque con destino a la India. Dieciocho meses después, a
su regreso, Michel, con la oposición de Julio Verne, contrae matrimonio con una cantante, la Dugazón, a quien
abandonará dos años después para fugarse con una pianista de dieciséis años. La atormentada vida del
escritor se ve definitivamente destrozada en 1886 cuando, a la puerta de su casa, el hijo de su hermano Paul,
Gaston, le dispara dos tiros de revólver. Uno de ellos le alcanza en un pie, dejándole cojo para el resto de su
vida. El demente es encerrado en un manicomio y Verne entra en una profunda crisis emocional, de la que
jamás se recuperaría. A partir de entonces su carácter se enturbia, convirtiéndose en un individuo huraño, que
sólo vive para su obra. En 1900, a las neuralgias faciales que padece desde su juventud, se añade una notable
pérdida de visión y varias crisis de diabetes que, el 24 de marzo de 1905, acaban por conducirlo a la tumba.
Condecorado con la Legión de Honor, Verne recibe honores militares, siendo enterrado en el cementerio de La
Madeleine, en Amiens.
En 1895, entrevistado para el Strand Magazine, Verne negaba en redondo el calificativo de “profeta de la
ciencia”. “Todo es una simple coincidencia 4eclaraba. Yo no he inventado nada...”
Julio Verne negó siempre que fuera un “iluminado”. Sus novelas, afirmaba, habían sido escritas en base a unos
exhaustivos estudios de su tiempo y de los numerosos inventos de la época. Personalmente no estoy del todo
de acuerdo con el creador del Nautilus. Es cierto que los primeros ensayos de navegación submarina se
remontan a finales del siglo XVIII, con La Tortue de Buslinel (1776) y el Nautille de Fulton (1796”. Pero ¿qué
decir de la navegación subpolar? El Nautilus norteamericano que llevaría a cabo semejante hazaña tendría que
esperar al 3 de agosto de 1958...
Verne llevaba razón, en parte. Todos sus libros fueron cuidadosamente documentados. De la Tierra a la Luna,
por ejemplo, contó con los cálculos matemáticos de su primo Henri Garcet, pero la “visión” de Verne, en mi
opinión, fue genial. Hasta esos momentos, la conquista de la Luna, de la mano de escritores como Luciano,
Sorel, Cyrano de Bergerac o Alían Poe, sólo había sido un intento puramente romántico. Verne daría el salto,
adentrándose en el posíbilismo científico. ¿Y qué decir de sus correcciones de trayectorias, cohetes auxiliares
y de su precisión en los puntos de lanzamiento y recogida del “obús”? El astronauta Frank Borman, cuyo
vehículo espacial cayó en el Pacífico, a sólo cuatro kilómetros del punto señalado por Verne, llegaría a
manifestar: “No puede tratarse de simples coincidencias.”
¿Y son “coincidencias” sus repetidas premoniciones sobre el nazismo, sobre el futuro auge de Estados Unidos
o sobre la creación de la bomba atómica? Yo invito a los lectores a que se paseen por su novela Frente a la
bandera. Quedarán sobrecogidos. Y en La caza del meteoro (publicada en 1908), Verne va mucho más allá.
Anticipándose a Einstein, Bohr y Rutherford, uno de sus héroes, Xirdal, asegura: “. . .por mucho que se
descomponga [se refiere a la materia] en moléculas, átomos y partículas, siempre quedará una última fracción
por la que se replanteará íntegramente el problema y su eterno recomienzo, hasta el momento en que se
admita un principio primero que no será ya materia. Este primer principio inmaterial, es la energía”.
Verne, hace ahora 126 años, hablaba ya de la conquista de los planetas. En este sentido, las palabras del
protagonista de su novela De la Tierra a la Luna, son definitivas. Así se expresaba Ardan: “. . Se va a ir a la
Luna, se irá a los planetas, se irá a las estrellas, como se va hoy de Liverpool a Nueva York, fácilmente,
rápidamente, seguramente, y el océano atmosférico será pronto atravesado como el océano de la Luna.” ¡Esto
ocurría en 1865!
Por supuesto, no todo fueron asombrosas anticipaciones. Julio Verne, tal y como afirmaba, se aprovechó
también de las ideas y hallazgos de otros. Por ejemplo, del poeta y narrador norteamericano Edgar Alían Poe y
de un folleto turístico de la Agencia de Viajes Cook. Su gran novela La vuelta al mundo en o¿henta días nació
precisamente así: de un cuento de Poe (“Tres domingos en una semana”)' y de un anuncio. René Escaich fue
el descubridor del artículo publicitario, aparecido en 1870 en Le Magasin Pittoresque, que sirvió de inspiración
al “viejo oso”. Este anuncio decía así:
“Gracias a la horadación del istmo de Suez, es posible ahora, partiendo de París, dar la vuelta al mundo en
menos de tres meses. El servicio para este viaje circular no ha de tardar en ser organizado... “ Y a continuación, el periódico reproducía el 'itinerario completo, incluyendo los días de duración de cada etapa del
viaje. “En total concluía el artículo, 80 días.”
Las posibles explicaciones a esa genial “intuición”, “visión de futuro”, “iluminismo” o “anticipación” (podemos
etiquetarlo como queramos”, sólo podrían ser dos. Primera: en base a su erudición y enciclopédicos
conocimientos científicos, Julio Verne llegó a “presentir” el ulterior desarrollo de aquellas máquinas, apenas
intuido por la sociedad del siglo XIX. Segunda: además de lo anterior, Verne pudo tener acceso a unas
“fuentes” del conocimiento, mucho más depuradas y secretas. Son numerosos los biógrafos y “vernianos” que
han empezado a descubrir una lectura iniciática en la obra de Verne. El Viaje al centro de la Tierra, El castillo
de los Cárpatos, el propio capitán Nemo, etc., contienen para quien pueda y sepa leerlo todas las claves de los
viajes iniciáticos, de la simbología alquímica, de la trascendencia, en el más puro sentido de la expresión.
Hombres como Lamy, Moré y Michel Carrouges, entre otros, han apuntado la existencia en los Viajes
extraordinarios de todo un secreto “formalmente inscrito, objetivamente proyectado”.
Estoy absolutamente convencido. Después de conocer su vida, sus numerosas cartas, su obra y, en especial,
después de haber estudiado su magnífica tumba en Amiens, sólo puedo desembocar en una conclusión: Julio
Verne fue un iniciado y un iniciador. Michel Lamy, por citar un solo ejemplo, dedica 323 páginas a este
fascinante y, hasta ahora, ignorado aspecto del escritor, mal llamado “de juventud” Es casi seguro que Verne
conocía las ocultas doctrinas de los masones, rosacruces, alquimistas y que, incluso, hubiera podido
pertenecer a hermandades tan secretas y esotéricas como los “Iluminados de Baviera” o la “Sociedad
angélica”. Las exigencias de la puritana sociedad burguesa a la que perteneció y el estrecho “marcaje” de que
fue objeto por parte de Hetzel, su editor, le encasillaron en un título que hoy todavía está vigente: escritor de
aventuras para adolescentes y jóvenes. Nada más erróneo. Ciertamente, Verne tuvo que someterse a estas
servidumbres. Pero, si se analiza desde esta otra perspectiva, se observará que el escritor, bajo el ropaje de la
aventura, ha introducido, “de contrabando”, un sinfín de “secretos”, directamente relacionados con sus propios
dramas personales y con 105 conocimientos aprendidos de esas sociedades y hermandades iniciáticas.
Y volviendo a las explicaciones a su genial “iluminismo”, yo me pregunto: si Julio Verne supo o perteneció a los
“Iluminados de Baviera”, a la “Golden Dawn” (la elite de los rosacruces de aquel momento) o a los “Hermanos
del alba dorada”, ¿por qué rechazar la hipótesis de un Verne en “contacto” con “entidades espiñuiales o
celestes” y, obviamente, con los altos secretos de tales sectas?
Según Samuel Lidelí Mathers, la “Golden Dawn” estaba organizada en torno a once grados iniciáticos, bajo la
protección y dirección de los llamados “Superiores desconocidos”. ¿Quiénes eran esos “Superiores
desconocidos”? Aquellos que han investigado o se han interesado por este mundo mágico en el que trabajo
desde 1972 saben muy bien la respuesta... Ello sí explicaría satisfactoriamente las asombrosas
“anticipaciones” en el tiempo, su secreta lectura y el elevado nivel evolutivo de los pensamientos vernianos. No
tengo el menor pudor en afirmar que julio Gabriel Verne Allotte aunque, lógicamente, carezco de las pruebas
definitivas pudo haber estado en “contacto” o “comunicación” con seres, fuerzas o entidades extrahumanas,
que abrieron su mente a un mundo ajeno a la civilización de entonces. En el mftico y misterioso Verne cabe
eso y mucho más... Será preciso bucear en toda la obra de los Viajes extraordinarios (ya se ha empezado)
para desvelar y sacar a la superficie los múltiples enigmas sepultados por este esotérico Verne. Novelas como
Los quinientos mdlones de la Begún o El eterno Adán, por mencionar un par de ellas, nos están esperando
desde hace casi cien años.
Verne, defensor de la Tierra hueca, pionero de los ovnis y uno de los primeros ecologistas conocidos, ha sido
víctima de la superficialidad de una crítica que no ha sabido leer en profundidad. Como muy bien apunta Miguel
Salabert en su librojulio Verne, ese desconocido, “el continente ha ocultado el contenido”. Verne, en efecto, es
uno de los autores más y peor leídos de la historia. Los niños y jóvenes pueden soñar con sus novelas, pero
son los adultos los verdaderos destinatarios de esa obra prodigiosa. Con razón, en los últimos años de su vida,
exclamaba: “Me siento el más desconocido de los hombres... “
No quiero concluir este apresurado apunte sobre Julio Verne sin hacer mención de “algo” que, en mi opinión,
guarda una estrecha vinculación con todo lo expuesto. Más aún: me atrevo a decir que su monumento
funerario, en el camposanto de La Madeleine, en Amiens, viene a ser la síntesis final del auténtico Verne. El
Verne mágico, secreto, esotérico, iniciado e iniciador, ha sido plasmado en piedra y mármol, merced al talento
y a la no menos secreta intención del escultor e íntimo amigo de Julio Verne, Albert Roze. He pasado muchas
horas estudiando, midiendo y observando esa tumba. Y he sometido cada uno de los detalles contenidos en la
misma a expertos kabalistas y hombres sabios, conocedores del mundo de la simbología. El resultado es
fascinante. Verne, que elaboró en vida alrededor de 4.000 criptogramas, ha dejado en su sepultura su último
gran enigma: el que sintetiza su vida, sus sueños y su obra. Una rama de palmera, símbolo de la inmortalidad
del “phoenix” que resurge de sus cenizas; el “etz hajaím” o Arbol de la vida de los kabalistas y la “tariqat” o
asociación iniciática sufí... Una estrella de seis puntas (!) flotando sobre la palmera: la unión del fuego celeste y
el agua para la reconstrucción interior, en palabras de Mario Satz, y que los kabalistas llaman “shamaim”... Una
cruz inscrita en un círculo, que alude a la “cuadratura del círculo”: el opus alquímico completo, acabado y
realizado... Una rama de olivo: “la paz del justo” (una versión bíblica del laurel olímpico)... Una lápida sepulcral
pentagonal sobre las espaldas de ese Verne de mármol que 'renace” de la tierra... Una losa pitagórica, que nos
recuerda la “salud microcosmica”... La propia leyenda funeraria, con cinco de sus letras “especial y
estratégicamente” destacadas sobre el resto: “J”, “L”, “V”, “R” y “E” y que los expertos en kábala y numerología
han descifrado como una “pista” más que nos habla de “resurreccion”... Una mano derecha alzada hacia el
Oeste, con una muy específica posición de sus dedos (uno-tres-uno)... Un rostro igualmente orientado hacia el
oeste, hacia el rojo alquímico... hacia el “renacimiento”... Una mano izquierda firmemente asentada en la
tierra... Un sudario que cubre la cabeza de este Verne “que no ha muerto”... los siete abetos, formando un
semicírculo, que guardan tumba por su cara este... No olvidemos que “Verne” significa “árbol”...
Y lo más espectacular y desconcertante: esa mano dei cha, tal y como relato en mi libro Yo, Julio Verne que,
en “día mágico” del verano, oscurece parte de la leyenda f neraria, abriendo nuestros ojos a otro gran secreto
Verne... Pero dejaré al lector que descubra por sí misn ese postrer “mensaje”. Al igual que Verne cifró su obra,
también he cifrado la mía, obedeciendo a la sentencia que encabeza las Bodas químicas de Christian
Rosenkrentz: Los arcanos se envilecen cuando son revelados. Y una vez profanados, pierden su gracia. No
arrojéis margaritas a los cerdos y no hagáis nunca a un asno un lecho de rosas.”

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EL SECRETO DE PARSIIFAL
Cómo lo diría..
Sobre este mundo “encantado” dormitan enigmas por los que siempre he transitado “de puntillas”. En
ocasiones, porque soy consciente de mi extrema limitación. Quizá sea mejor así. En otros casos, porque mis
informaciones o la intuición me dictan que el misterio en cuestión no es tal. En este último orden figura, por
ejemplo, el no menos célebre Santo Grial. Conozco la leyenda y parte de la generosa literatura vertida por su
causa. Y sintiéndolo en el alma, me parece harto improbable que alguien por muy José de Arimatea que fuera
pudiera rescatar, hace dos mil años, el cáliz utilizado por Jesús de Nazaret en la “Última Cena”. También se
dice que el Santo Grial o Graal pudo recoger la sangre de Cristo en el momento de la lanzada. Esta hipótesis
para quien disponga de un mínimo de documentación sobre cómo transcurrieron aquellas dramáticas horas de
la crucifixión es igualmente insostenible y casi descabellada 3.
Pero lo que es innegable es que la leyenda prosperó. Y durante años, toda suerte de personajes reales
algunos e irreales la mayoría se empeñó en el romántico sueño de encontrar la supuesta reliquia. Uno de los
más famosos fue el caballero Parsifal o Percival, escudero primero y amigo después de otro mítico personaje
sir Lancelot, miembro de la Tabla Redonda que presidiera el rey Arturo.
Parsifal entraría en la historia y en la mitología como uno de esos esforzados e inmaculados caballeros que
inmolaron su vida en pro del sagrado vaso. Y he aquí que, en el transcurso de mis lecturas e indagaciones en
torno a la “maravillosa locura” de este custodio del Santo Sepulcro, fui a descubrir que, además del Grial, el sir
inglés tenía otra “obsesión”: el rescate de una “pieza”, igualmente mágica, que recibía muy diferentes nombres.
Se trataba, al parecer, de un bastón de piedra 4e origen poco claro y características extraordinarias, conocido
entre las sociedades secretas como “Piedra de la sabiduría”, “Bastón de mando” y “Piedra que habla”. Y por
esos caprichos del destino, el Grial, a nivel popular y literario, eclipsó al Bastón. Pero, según pude verificar en
los sucesivos trabajos de documentación, Parsifal prosiguió la doble búsqueda con idéntico entusiasmo.
Éste, para mí, desconocido enigma la “Piedra de la sabiduría”, aunque estrechamente vinculado al falso Grial,
si me puso en guardia. Y traté de reunir las piezas del “rompecabezas”. ¿Qué se sabía del aparentemente
poderoso “Bastón de mando”? ¿Por qué las sociedades herméticas, los caballeros de la Tabla Redonda y los
Templarios, entre otros, lo buscaban con tanto afán?
Las pesquisas, lejos de despejar el misterio, terminaron por oscurecerlo hasta límites insospechados.
Siguiendo el hilo de la tradición y de un buen número de documentos iniciáticos pude llegar hasta el siglo xii.
En las obras de Cliretien de Troyes (trovador de 1140) y de Wolfram (místico y poeta alemán) se canta, en
efecto, la “vida y mi
lagros” de Parsifal, haciendo alusión concreta a la santa misión de búsqueda del Graal y del “Bastón que
habla”. El primero dedica al mítíco y misterioso caballero nada menos que nueve mil versos. El segundo
construye entre 1150 y 1170 el más importante poema conocido de la antiguedad, en honor al célebre súbdito
del rey Arturo. En dicho “canto”, que, al parecer, sirvió de base e inspiración a Wagner para la composición de
su ópera Parsifal, aparecen algunos versos desconcertantes. En la “montaña del sol”, por ejemplo, se dice
textualmente:
En qué lejana cordillera podrá encontrar a la escondida Piedra de la sabiduría ancestral que mencionan los
versos de los veinte ancianos, de la isla Blanca y de la estrella Polar. Sobre la montaña del Sol con su triángulo
de luz surge la presencia negra del Bastón austral, en la Armórica antigua que en el sur está. Sólo Parsifal, el
ángel, por los mares irá con los tres caballeros del número impar, en la Nave Sagrada y con el Vaso del Santo
Grial, por el Atlántico Océano un largo viaje realizará hasta las puertas secretas de un silencioso país que
Argentum se llama y así siempre será. El caballero del Sol, con su fuerza caminará, llevado por la Piedra del
combate ancestral. Diadema de Lucifer, luz de corona encantada convertida en vaso, por el poder del Dios
Vultán junto al Bastón de Mando, por los siglos, descansará...
¿Cómo es posible que en el siglo xii alguien hablara de tierras, más allá del Atlántico, que se hallaban por
descubrir? ¿Es que Parsifal viajó hasta “Argentum” (¿Argentina?), con la misión de localizar la “Piedra de la
sabiduría”?
Y por si no fuera suficiente con tales “aclaraciones”, el criptico Eschenbach añade:
“... De dónde ha salido el caballero angelical si hace milenios en el corazón de Pamir nació. Los Hiperbóreos lo
recuerdan como un Vril convertido en el defensor del Vaso Sagrado, de la música cósmica y de todo el lugar.
Para buscar las Tierras Blancas, de la Galia partió, como buen Templario la Cruz Gamada lo acompañó.
Antiguos viajeros del Himalaya y la Rueda del Sol le dieron la presencia del milenario Bastón en las altas
montañas del Argentum Polar. Porque el Lapis Exilis fue caído del Cosmos envuelto en un tonante fuego
celestial. Oculto lo mantuvieron los Dioses de la Tierra en un Monte Sagrado de la innombrada Viarava donde
Vultán le otorgará su Mágico Destino...”
Al sondear estas “puntualizaciones” del poeta alemán me vi definitivamente perdido. En efecto, la “entidad” que
protagoniza el “canto” –Parsifal- presenta raíces indoarias, extraordinariamente alejadas en el tiempo. Muy
posiblemente, este personaje entró a formar parte de la mitología asiática hace miles de años y, con el paso de
los siglos, su historia, nombre y misión fueron “absorbidos” por la cultura cristiano-occidental. Y es verosímil
que la primigenia y sagrada búsqueda la existente en las referidas leyendas indoarias estuviera centrada,
obviamente, en la “Piedra de la Sabiduría que cayó del Cosmos” y no en el Santo Grial, de “creación” mucho
más reciente. Aun así, a pesar de las “deformaciones” propiciadas por el hombre y por la historia, la
antiquísima creencia en torno a ese mágicomitico “Bastón de Mando” logró sobrevivir, siendo incorporada
aunque sólo fuera en segundo plano a los “esforzados trabajos” del Parsifal medieval. Y olvidándome, por el
momento, de los laberínticos orígenes de la “Piedra que habla” fui a centrarme en las noticias que señalaban
su hipotética ubicación: a todas luces, el cono sur americano.
Y con no poca sorpresa fui constatando que, mucho antes 4ue este humilde investigador, otros hombres de
ciencia, aventureros, místicos, iluminados, e, incluso, expediciones militares de muy diferentes países, se
habían interesado por el “Bastón de Mando”. El célebre filósofo e iniciado inglés Roger Bacon se refiere a él en
una obra publicada en el año 1230. Y asegura sin titubeos que “el Libro Sagrado y la Piedra de la Sabiduría se
encuentran es
idos en una cordillera de un lejano y silencioso territorio, situado en el extremo meridional del Hemisferio Sur”.
En 1830, un ambicioso jefe araucano conocedor de las leyendas de las tribus que habitaban el norte y centro
de la Argentina y en las que se recogía la existencia del “Bastón de Mando” o “Piedra Imán” decide penetrar
con sus guerreros en las sierras de la Ventana, Tandil, Balcarse, Pillahuincó y San Luis, llegando incluso al sur
de la ciudad de Córdoba. Calfucurá sabe que quien posea la “Piedra que habla” dominará el mundo. Pero sus
intentos fracasan. Y el misterioso “Bastón” continuará oculto durante cien años más. En esta enrevesada
historia, servidor iría de sorpresa en sorpresa. Al examinar las tradiciones de los indios de las Sierras Chicas o
de Viarava y las Sierras Grandes o de Charava, al norte de Argentina, comprobé estupefacto cómo, en efecto,
muchas de ellas se referían “a la llegada de un hombre santo, blanco y barbado, que, tras una larga búsqueda,
había muerto en la Montaña Sagrada. Y ahora era el guardián de la “Piedra de la Sabiduría”. Los
descendientes de una de estas tribus –los
“comechingones” me aclararon que dicha “Montaña Sagrada” recibe hoy el nombre de Uritorco o “Cerro que
Truena”. El monte en cuestión se halla enclavado a pocos kilómetros de la localidad de Capilla del Monte, en la
referida provincia argentina de Córdoba. Y el enigma, como digo, siguió enroscándose sobre sí mismo. ¿Quién
era ese “hombre santo”? ¿Quizá el Parsifal que fuera cantado por el poeta alemán en el siglo xii? Pero, ¿cómo
era posible?
Y la fama de esta mágica piedra, en especial entre los iniciados y las sociedades secretas, alcanzaría tal auge
que, entre 1920 y 1940, sucesivas expediciones de ingleses, alemanes, indios, japoneses y franceses se
lanzarían a su “caza y captura”, explorando el cerro Milimoyu, en los Andes, así como las montañas de Casuati,
Calaguala y Cabana. El propio Hitler avisado por los ocultistas que le rodeaban y aconsejaban organizó una
secreta misión, con el exclusivo fin de apoderarse del celebrado “Bastón de Mando, de la “Cruz Gamada” y el
“Santo Grial” que, según la tradición, había portado Parsifal. Y removió buena parte de Europa y Asia,
explorando las viejas construcciones cátaras y templarias. Y uno de los “comandos” llegó también hasta
Sudamérica, adentrándose en Bolivia, Chile y Argentina. Pero Hitler fue burlado por el destino. En 1934 un
humilde y casi irrelevante personaje que respondía al nombre de Orfelio Ulises, halló al fin la codicia cayera en
poder de los nazis. Pero Ulises no encontró “Bastón de Mando” por casualidad. Durante 8 años habia
permanecido en el Tíbet, iniciándose en profundas enseñanzas esotéricas. Y fue allí donde supo de la “Piedra
que habla” y de cómo hallarla. Fueron los maestros de la mítica “Samballah” quienes le hablaron de la
legendaria piedra y de sus ocultos poderes. Porque el “Bastón de Mando” según la remota mitología que lo
arropa y defiende fue creado por los dioses para “regenerar” a la especie humana. La “Piedra de la Sabiduría”
contiene todas las respuestas y “habla” a quien le pregunte.
Y de acuerdo con las enseñanzas recibidas, Orfelio Ulises regresó al continente americano, iniciando una tenaz
y meticulosa búsqueda. Años más tarde, al excavar al pie de la “Montaña Sagrada” el Uritorc, apareció ante
sus atónitos ojos un negro y pulido bastón de basalto. Aquél, en opinión de Ulises y de cuantos maestros
herméticos han podido examinarlo, era el “talismán arrojado desde los cielos”.
Y la “Piedra de la Sabiduría” permanece desde entonces en Argentina, bajo la celosa vigilancia de una
sociedad iniciática. En 1948, el arqueólogo e ingeniero alemán Jorge von Hauenschild procedió a un
exhaustivo análisis de la pieza. El pulido -netamente neolítico- presenta una antigüedad aproximada de ocho
mil años. Su longitud es de 1,10 metros por cuatro centímetros de diámetro en su base. El cuerpo del bastón
ha sido trabajado en forma de cono, alcanzando un peso de cuatro kilos. De acuerdo con las pruebas de
espectrografía, en sus extremos y en la zona central fueron detectados sendos e intensos campos
electromagnéticos de origen desconocido. Gracias a una serie de “contactos”, cuya identidad no estoy
autorizado a revelar, he tenido acceso a la “Piedra que habla” en dos oportunidades. Y, sinceramente, no he
observado ni percibido nada extraordinario. A pesar de las “maravillas” relatadas por su “guardián”, el profesor
Terrera, el “Bastón de Mando” no parece haber modificado la suerte de los argentinos y mucho menos la del
mundo. De ahí que, con todos mis respetos a cuantos lo veneran, me formule una casi obligada pregunta:
¿estamos, en verdad, ante la auténtica “Piedra de la Sabiduría”, de la que hablan los iniciados y que fue la
obsesión de Parsifal?

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EL SECRETO DE LUCÍÍA
No puedo remediarlo. Cada vez que me enfrento a este enigma dudo del carácter democrático de la Iglesia
católica. Están a punto de cumplirse setenta y cinco años y la “cúpula” vaticana sigue encerrada en un mutismo
que sólo contribuye a fomentar las especulaciones. Y el lector tendrá que reconocer conmigo que setenta y
cinco años son muchos años...
La verdad es que he perdido la cuenta. Puede que en estas dos últimas décadas haya intentado desvelar el
llamado “tercer secreto de Fátima” en más de diez ocasiones. Pues bien, todo ha sido inútil. La Santa Madre
Iglesia de la que forman parte mil millones de personas “no sabe y no contesta”. Pero, ¿por qué? ¿Qué puede
encerrar ese supuesto “mensaje divino” para que ninguno de los cinco pontífices que, al parecer, lo han leído
haya sido capaz de hacerlo público?
Después de tantos años de consultas e indagaciones he llegado a formarme una idea bastante precisa sobre el
particular. Pero, antes de exponerla, conviene echar un vistazo al contenido de los dos primeros “secretos”.
Algunos de sus párrafos desde mi punto de vista dejan mucho que desear en lo que a su “origen divino” se
refiere. El lector juzgará por sí mismo.
Obedeciendo a una carta de su obispo, el 25 de julio de 1941, Lucía, la única sobreviviente de las misteriosas
apariciones de 1917 en Cova de Iría, escribía lo siguiente:
...El secreto consta de tres cosas distintas, dos de las cuales voy a revelar.
La primera fue, pues, la visión del infierno.
Nuestra Señora nos mostró un mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumergidos en ese fuego
estaban los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma
humana. Llevados por las llamas que de ellos mismos salían juntamente con horribles nubes de humo, flotaban
en aquel fuego y caían hacia todos los lados igual que las pavesas en los grandes incendios sin peso ni
equilibrio, entre gritos y gemidos de desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de espanto. Los
demonios se distinguían por formas horribles y repugnantes de animales espantosos y desconocidos pero
transparentes y negros. Esta visión duró sólo un momento...
En palabras de la vidente, esta “visión” fue protagonizada por los célebres pastorcillos lusitanos el 13 de julio
de 1917.
Ni que decir tiene que la teología moderna o los creyentes con un mínimo de sentido común rechazan de píano
la existencia del “infierno” y, por añadidura, la referida y macabra “visión” de unas almas consumiéndose en un
“mar de fuego”. Para los que nos consideramos hijos de un Padre Universal que sólo sabe del amor, la
posibilidad de un “infierno” constituye una de las peores “calumnias” que ha podido levantar el ser humano
contra Él. En consecuencia, una de dos: o el primer “secreto” de Fátima fue una confusión de los videntes o
una muy poco caritativa fórmula de “amedrentamiento” de la sociedad de aquel tiempo por parte de los
4(responsables” de las apariciones. Tanto en uno como en otro caso, el origen e intencionalidad divinos del
“mensaje” quedarían en entredicho.
En cuanto al segundo “secreto” al hacer alusión a temas más puntuales la cosa cambia. Según Lucía, en esa
tercera aparición, la Señora les anunció el próximo fin de la guerra (se refería a la Primera Guerra Mundial). Y
así fue. “Pero, si no dejan de ofender a Dios continuó la Señora en el reinado de Pío XI comenzará otra peor.”
Y volvió a acertar. El pronóstico se cumpliría el 12 de marzo de 1938, con la invasión de Austria por las tropas
de Hitler.
Y el segundo “secreto” continuaba así
...Cuando veáis una noche alumbrada por una, luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da
que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, el hambre y las persecuciones a la
Iglesia y al Santo Padre. Para impedirlo vendré a pedir la consagración de Rusia a mi inmaculado corazón y la
comunión reparadora de los primeros sábados. Si atendieran a mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz;
si no, ella esparcirá sus errores por el mundo promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos
serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas. Por fin mi
corazón inmaculado triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia que se convertirá y será concedido al
mundo algún tiempo de paz.
Vayamos por partes. Muchos defensores del misterio de Fátima han identificado la “noche alumbrada” con una
aurora boreal registrada entre el 25 y el 26 de enero de 1938. Aunque con muchas reservas, efectivamente,
podría calificarse como una “señal”. Sin embargo, el resto del “mensaje” no aparece claro. Y me explico. La
Segunda Guerra Mundial, a la que alude este segundo “secreto”, no fue provocada por Rusia, sino por la
Alemania nazi. Fue después de la contienda cuando, en plena guerra fría, la Unión Soviética se alzó como una
amenaza para el mundo occidental. Pero, en honor a la verdad, la responsable de tan tensa y dramática
situación mundial no fue únicamente la Unión Soviética. También Estados Unidos, Japón y otras naciones
contribuyeron lo suyo a semejante estado de cosas. ¿ Cómo entender entonces las palabras de la Señora?
El 7 de julio de 1952, en efecto, el Papa se decidió al fin a consagrar a Rusia al corazón inmaculado de María.
Pero, ¿cambió la situación? ¿Rusia se convirtió? ¿Le fue concedido al mundo un tiempo de paz? La crisis de
los misiles de Cuba y las sucesivas guerras de los “Seis Días”, de Vietnam, del “Yom Kippur”, de Mganistán, de
Irán, Irak, etc., hablan por sí solas...
Ciertamente, en 1989 y 1990, el mundo asistió a un radical cambio en la vieja Rusia y en los países del Este.
Pero habían transcurrido treinta y ocho años desde la consagración de la Unión Soviética por parte del Papa...
Y es más:
en estos momentos febrero de 1991, ese “cambio” en las estructuras soviéticas parece más aparente que real.
Y a la vista de lo expuesto vuelvo a plantearme el problema de fondo: ¿merecen credibilidad los dos primeros
“secretos” de Lucía y sus compañeros de apariciones? En pura lógica, silos “mensajes” conocidos destacan por
su confusión y graves errores, ¿por qué presuponer que el tercer “secreto” sea diferente? ¿No será ésta la
verdadera razón que obliga a guardar silencio al Vaticano? Recuerdo unas palabras del cardenal Ratzinger,
uno de los pocos privilegiados que ha tenido acceso al tercer “secreto”, que confirman dicha sospecha: “El
contenido de la carta de sor Lucía sigue siendo secreto y no ha sido publicado nunca por nadie. Si se ha
tomado la decisión de no hacerlo público no es porque los papas quieran esconder algo terrible, sino porque el
Papa considera que dicho secreto no añade nada a todo lo que el cristiano sabe por la Revelación ni a las
revelaciones marianas aprobadas por la Iglesia en sus contenidos ya conocidos. Estas revelaciones no hacen
sino confirmar la necesid4d de la penitencia, de la conversión, del perdón y del ayuno.”
Pero, curiosa e inquieta, la opinión pública mundial al menos la que se dice creyente no termina de resignarse
y, de vez en vez, exige a los pontífices que abran el viejo “secreto”. Y en los últimos treinta años, fruto de esa
incertidumbre, han surgido decenas de supuestas “filtraciones”. Una de las más aparatosas tuvo lugar el 5 de
noviembre de 1978. Ante la sorpresa de medio mundo, el prestigioso diario francés Le Monde publicaba en su
segunda página un recuadro “de pago”, a dos columnas, en el que la organización Fátima, Sagrados
Corazones de Maremme revelaba las claves del codiciado enigma. Según esta información, la Señora de
Fátima había anunciado “una gran guerra en la segunda mitad del siglo”. Pero, ni ésta ni las sucesivas
publicaciones alusivas al “sobre lacrado” envia7 do en 1957 a Roma disfrutan en la actualidad de la ménor
credibilidad. Se sabe que en 1980, durante la estancia de Juan Pablo II en la ciudad alemana de Fulda, en el
transcurso de una conversación, el pontífice hizo algunas alusiones a las “revelaciones de Fátima”. Y habló de
“océanos que invadirán los continentes, de hombres arrebatados a la vida de modo repentino y por millones y
en un instante...”. Inmediatamente, al publicarse la conversación, la Sala de Prensa del Vaticano lo desmintió
sin paliativos. Pero las personas que habían asistido a la tertulia presentaron las grabaciones...
¿Puede ser ése el contenido del tercer “s ecreto”? ¿Estaríamos a las puertas de una Tercera Guerra Mundial?
La intuición a pesar de la crítica situación por la que atravesamos en estos momentos me dice que no. Y
puestos a especular sobre tan impenetrable enigma, ¿por qué rechazar esa otra posibilidad n la mente de
muchos que sí justificaría el empecinado silencio de la Iglesia? Estoy pensando, naturalmente, en el final del
papado...
Pero tan delicado asunto merece un capítulo aparte.

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EL SECRETO DE MALAQUÍÍAS
¿El fin del Pontificado? Si éste fuera el contenido del tercer “secreto” de Fátima, tampoco sería la primera vez
que alguien se arriesga a pronosticarlo. En algunas de las más sonadas profecías que ruedan por el mundo ya
se habla de ello. Personalmente, ni las de Nostradamus, ni las de la Gran Pirámide, ni tampoco las de Juan
XXIII por mencionar las más relevantes me inspiran excesiva confianza. Hay una, en cambio, que sí parece
fiable. Una profecía no tan popular pero que, a juicio de los expertos, ha cosechado notables aciertos. Una
profecía enteramente relacionada con los papas..., y su posible extinción. Una profecía la de san Malaquías
que no he dudado en incluir entre “mis enigmas favoritos”.
Buena parte de mis conocimientos sobre estos misteriosos textos nació al socaire de un jesuita: el padre Juan
Manuel Igartua, de la Universidad de Deusto. No exagero al afirmar que se trata de una de las máximas
autoridades europeas en la investigación y en el estudio de dicha profecía. Pero entremos en harina. ¿ Quién
era san Malaquías? ¿Por qué sus insólitas “predicciones” han causado tanto impacto?
Todo empezó en el siglo 'cvi, cuando un monje de gran fama por su santidad y sabiduría Arnoldo de Wic”i
publicó un libro titulado Lignum vitae. Corría el año 1595.
En dicha obra, Wion incluyó una lista de 113 lemas o leyendas sobre otros tantos pontífices. Pues bien, en la
introducción a la famosa “lista”, el monje escribía textualmente:
En Down (IrlandaHibernia), bajo el arzobispo de Armagh.
SAN MALAQUIAS, irlandés, monje de Bencor y arzobispo de Ardinac, habiendo presidido aquella sede durante
algunos años, renuncio al arzobispado por motivos de humildad, hacia el año del Señor de 1137. Y contento
con la sede de Down (Dunensis) permaneció en ella hasta el fin de su vida. Murió el año 1148 el día 2 de
noviembre. (Referencia: San Bernardo, en la vida que escribió de él.)
Según este monje, la profecía en forma de lemas había sido escrita por san Malaquías en pleno siglo xii. La
Iglesia reconoce que Malaquías fue una figura de notable relieve, tanto por su santidad como por los “dones
carismáticos de milagros y profecías con que estuvo adornado”. Entre estos hechos milagrosos, san Bernardo
que escribió la vida de san Malaquías en treinta y un capítulos ,cuenta, por ejemplo, cómo el santo irlandés
llegó a predecir su propia muerte. Y al contrario de lo que sucede hoy día con algunos futurólogos, Malaquías
acertó... El suceso tuvo lugar diecinueve días antes del fallecimiento.
Puesto que no ha sido hallado el documento original que pudo haber escrito san Malaquías en relación a esas
113 leyendas, lemas o profecías, en la actualidad existen dudas sobre la paternidad de dicha “lista”. La
existencia de tal documento, sin embargo, sí parece una realidad. El propio Wion se refiere a él con claridad. Y
tampoco podemos olvidar que el “original” de la profecía fue copiado por el maestro impresor de Venecia, M..
Angelers en 1595, a petición de Wion. Y gracias a ello lo conocemos. Es posible que el manuscrito original se
encuentre perdido en cualquier archivo o biblioteca del mundo.
Parece probable n opinión de los especialistas que el documento del monje Wion esté inspirado o sea una
copia, en sus sesenta y nueve primeros lemas, del libro de Onofre Panvinio: Epitome Romanorum Ponttflcum,
publicado por dicho historiador en 1557. Es decir, treinta y ocho años antes. Para el padre Igarnia, este
agustino Panvinio pudiera haber sido el verdadero autor de la llamada profecía de san Malaquías. Los lemas
aparecen divididos en dos grandes bloques: del número 1 al 69 y de ahí en adelante, hasta el mencionado 113.
La primera mitad hasta el 69 parece confeccionada casi como un juego y merced, sin duda, a la gran erudición
y conocimientos eclesiásticos de Panvinio. La segunda parte, en cambio, sobre los papas futuros, es otra
historia. Y ahí surge la profecía con toda su fuerza.
La “lista” en cuestión que no es otra cosa, insisto, que una sucesión de lemas relativos a los papas arranca con
Celestino II, que vivió en 1143. Precisamente en tiempos de Malaquías. Dada la gran extensión de la profecía,
me limitaré a bucear en las últimas leyendas; es decir, las relativas a los Pontífices de “nuestro tiempo”.
Con el número 105 ”Fides intepida” o “La fe intrépida” se hace alusión a Pío XI, que gobernó entre 1922 y
1939. Pues bien, la profecía “encaja” de lleno en la trayectoria de este papa y en su “intrépida fe”. En 1925
proclamó la realeza de Cristo. En 1928 defendió el carácter reparador del culto al Corazón de Jesús y en 1933
instituyó el Año de la Redención. Esta “fe”, especialmente “intrépida”, alcanzaría su máximo nivel con la
publicación de dos valientes encíclicas: una contra el comunismo y la otra contra el nazismo hitleriano.
¿Y qué decir de la profecía 106? El lema dice textualmente: “Pastor angelicus” o “El pastor angélico”, en una
clarísima alusión al siguiente papa: Pío XII (1939-1958).
Curiosamente, la familia Pacelli Etigenius en la que nacería Pío XII luce en su emblema la paloma de Noé. Y
según el análisis de los investigadores el lema “pastor angelicus”, que tiene resonancias bíblicas y una hierre
tradición medieval, significa “un pastor mensajero” o “que anuncia”. Pío XII presenta en su nombre y apellidos
notables señalamientos: “Eugenio”, que quiere decir “de buena raza y noble de condición” y “Pacelli”, que
procede de “pace” (paz”. Su escudo, que corresponde al apellido familiar, presenta la paloma del arca de Noé
con el ramo de olivo en el pico, sobre un monte y el agua del diluvio. Es la paloma noética ”mensajera de la
paz” de Dios sobre la tierra que la anunció al regresar al arca. En otras palabras, un “mensajero de paz” o
“pastor angelicus”. Por otra parte, Pío XII ha quedado retratado como un auténtico “mensajero de paz” entre los
horrores de la Segunda Guerra Mundial.
Y llegamos al lema o profecía 107: “Pastor et nauta” o“Pastor y navegante” destinado al inolvidable Juan XXIII
(1953-1963).
Cuando fue elegido Pontífice desempeñaba el puesto de cardenal - patriarca de Venecia y recibía el título de
“Pastor Venetiarum” o “Pastor de Venecia”. El propio Juan XXIII, en la tercera sesión del Sínodo Romano de
1960, declaró abiertamente que la imagen de Jesús que había dirigido su vida eclesiástica era la del Buen
Pastor. Y todos, sin excepción, reconocerían que la vida de este Papa fue la de un “maravilloso y buen pastor”,
así como un notable “navegante” y “piloto”, capaz de “guiar la nave de San Pedro como nadie hasta esos
momentos”. Como es sabido, el Concilio Vaticano II constituyó uno de los más importantes “giros” en el rumbo
de la Iglesia.
Y resulta igualmente asombroso que la palabra “nauta” aparezca tan sólo en dos ocasiones en toda la profecía.
Una para designar a Gregorio XII, en 1406, y la otra con Juan XXIII. Curiosamente, ambos papas tuvieron
relación con Venecia, la ciudad de los navegantes. Gregorio XII
era natural de dicha capital yJuan XXIII, como fue dicho, ocupó el patriarcado de la misma antes de su elección
como Papa.
La profecía, nuevamente, se había cumplido.
El siguiente en la “lista” fue Pablo VI. Su lema: “Flos florum” o “Flor de las flores” (1963-1978).
Asombrosamente, en el escudo de este pontífice figuraba, y por triplicado, la flor de lis: la flor de las flores. Hay
que reconocer que el acierto a 368 años de la publicación de dicha “lista” es rotundo...
Pero fue en el papa Juan Pablo 1 donde la profecía se manifestó “redonda”. Veamos...
Con el lema 109 ”De medietate lunae” o “De la mitad de la luna” nos encontramos ante el malogrado Juan
Pablo 1(1978).
Y en este caso, como digo, Malaquías, me dejó perplejo. El nombre de Juan Pablo 1 era Albino. Su apellido,
Luciani. Pues bien, el primero forma pareja con el segundo: “luz blanca”. Justamente, el color de la luna.
Su lugar de nacimiento Forno di Canali, en la diócesis de Belluno o Bellunensis hace referencia igualmente a la
luna: “BelLuno” (la luna es denominada en latín como “Luno”, en masculino). “Luno” y “Belluno” son, por tanto,
nombres de origen romano.
Por otro lado, la elección de Juan Pablo I ocurrió el 26 de agosto de 1978 a las seis de la tarde. Esa misma
noche (la del 25 al 26) fue el día astronómico de la “media luna”. También su nacimiento, acaecido el 17 de
octubre de 1912, ocurrió en cuarto creciente. Y lo mismo sucedió con la fecha de su ordenación sacerdotal (7
de julio de 1935), con la elección como obispo de Venecia (15 de diciembre de 1958) y como patriarca de dicha
ciudad (15 de diciembre de 1969). En cada una de esas importantes conmemoraciones, la luna se hallaba “en
su mitad”... En cuanto a la última fecha quizá la más notable, la de su designación como pontífice, también
coincidió con la “mitad de la luna”. Este encadenamiento de “sorpresas” se ve fortalecido cuando se consulta el
Anuario Pontificio de 1978. Al revisar los nombres, lugares de nacimiento y características personales de los
130 cardenales que entraron en aquella ocasión al cónclave y del que resultó elegido Juan Pablo 1, m uno solo
tiene vinculación alguna con el lema “De la mitad de la luna”. Luciani, en cambio, reúne hasta cuatro
referencias personales. Expresándolo en términos matemáticos, la probabilidad para que se produzca ese
múltiple acierto es de 111382... Sobra todo comentario.
Y llegamos al actual pontífice. La “lista” de Malaquías “habla” también de Juan Pablo II aunque, obviamente,
hasta que no concluya su papado no estaremos en condiciones de analizar la profecía en profundidad. De
momento, esto es lo que sabemos:
El lema número 110 dice “De labore solis” o “De la fatiga o el trabajo del sol”. Y fue a “coincidir” con el cardenal
polaco Karol Wojtyla, designado sucesor de san Pedro un 16 de octubre de 1978. Porcellié, en su libro Lexikon
señala que “labor”, en latín, significa, en primer lugar, “una caída de fuerzas” del que actúa. Esto se presta a
una doble interpretación:
Primera: estamos ante un papa que “vino del frío”. Juan Pablo II procede de un país con un sol “sin fuerzas”,
donde los ríos y lagos se hielan en invierno y en el que las temperaturas invernales descienden hasta treinta
grados bajo cero.
Segunda: el 13 de mayo de 1981 en opinión de los estudiosos de la profecía, con el gravísimo atentado de que
fue objeto el pontífice, se produjo un evidente “desfallecimiento” y. “caída de fuerzas”, tanto en la persona de
Juan Pablo II como a nivel eclesiástico y yo diría que de toda la comunidad mundial.
Si se toma la palabra “solis” (del “sol” como un símbolo de la Iglesia y del propio papa, el lema en cuestión
resulta acertado. Existe otro precedente en la mencionada “lista”
de Malaquías: el número 49 (“Flagellum solis” o “El flagelo del sol”), que correspondió a Alejandro V, un
antipapa.
También es curioso que sean éstas las dos únicas referencias al sol en toda la “lista”...
¿Se trata entonces de una “caída de fuerzas” o de un “desaliento” de la Iglesia católica como institución o
estamos ante una profecía que se refiere exclusivamente a la figura de Juan Pablo II?
Hoy por hoy, la intransigencia y el casi medieval conservadurismo del actual papa parecen otorgar la razón a la
profecía. Los escándalos financieros de la Banca Vaticana y el “císma” provocado por la llamada Teología de la
Liberación son dos ejemplos reveladores que, en definitiva, han deteriorado la imagen de la Iglesia. Y puede
que no sean los únicos, ni tampoco los últimos sucesos que “mermen sus fuerzas”. El tiempo a no tardar nos lo
dirá...
Y llegamos al final de la profecía. Los lemas 111, 112 y 113 relativos a los últimos papas rezan así:
“Gloria olivae” o “La gloria del olivo” (111).
“In persecutione extrema” o “En la última persecución” (112).
“Petrus Romanus” o “Pedro Romano” (113).
Según los expertos, la profecía 111 pudiera estar anunciando un tiempo de paz mundial. Y deberá
corresponder a un pontífice bajo cuyo gobierno reinará la paz. Este Papa
todavía anónimo será el sucesor de Juan Pablo II. Y en su escudo, en su nombre o apellidos, en sus
características personales y familiares o, simplemente, en su pontificado, deberá “brillar” el ya referido lema:
“La gloria del olivo”.
Y según san Malaquías, acto seguido se producirá una dura persecución de la Iglesia católica. Así se deduce
del lema 112: “En la última persecución”. Pero, ¿a qué suerte de tribulaciones y sufrimientos puede referirse la
profecía?
Por último, en cuanto al lema 113, los investigadores no saben a qué atenerse. ¿Estaríamos ante el último
Papa?
¿ Se trataría del final del Vaticano y, con él, de la Iglesia Católica?
Algunos especialistas en san Malaquías opinan que dro Romano” quizá sea una síntesis o una clave de to
profecía.
Sea como fuere a la vista de los rotundos e impresionantes aciertos cabe la posibilidad de que, en un fu no
excesivamente lejano, el mundo asista perplejo a la desaparición o a una profunda transformación de lo que
durante dos mil años, se ha dado en llamar Iglesia Católica, Apostólica y Romana...
Y puede que ese “suceso” se corresponda con el bíblico y no menos anunciado “final de los tiempos”. Pero, n
“final” apocalíptico o catastrofista, sino luminoso y definitivamente benéfico para esta castigada humanidad. Un
“final” que podría marcar el “principio” de una va era...

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ARGELIIA:: ““ASTRONAUTAS”” EN LA EDAD DE LA PIIEDRA
Así es la vida del investigador de lo insólito. Hoy estudia el futuro. Mañana, el no menos impenetrable pasado...
Y del hipotético “final” del papado saltaré ahora a otro de mis enigmas favoritos casi un “hijo predilecto” y que,
obviamente, no podía faltar en este trabajo: los ovnis.
¿Y qué puede decir este aprendiz de casi todo y maestro de nada sobre los mal llamados “objetos volantes no
identificados”? La verdad desnuda es que, después de veinte años de febril investigación, de más de tres
millones de kilómetros recorridos en su persecución e, incluso, después de haberlos visto, cada vez sé
menos...
Tengo muy claro, eso sí, que los ovnis son astronaves “no humanas”. Y estoy convencido también que esas
civilizaciones nos visitan “desde siempre”. Y que “su rastro” está ahí, grabado con sutileza. A veces, pintado o
esculpido en las paredes de la prehistoria. En ocasiones, “infiltrado” y “camuflado” en la mitología, en las
leyendas, en los libros sagrados de todos los pueblos y hasta en sus más ancestrales ritos, danzas y
supersticiones. Basta abrir los ojos y el corazón para percibirlos.
Tassili, en el Sáhara argelino, es uno de los múltiples ejemplos. Casi con seguridad, de entre las evidencias de
visitas “no humanas” en el pasado de la Tierra, una de las más claras y sugestivas. Y aunque este misterio,
como tantos otros, bien merecería un tratado enciclopédico, me limitaré a “sobrevolarlo”, invitando con ello a
unos momentos de reflexión, que no es poco...
Al igual que ocurre con otros enigmas, en el de las cinco mil pinturas de Tassili sobran las palabras. Las
imágenes lo dicen todo.
Tassilin Ajjer saltó a la luz pública en 1933, gracias a las investigaciones de Henri Lhote y su equipo. En una
plataforma arenosa de 800 kilómetros de longitud por 60 de ancho, al norte del Hoggar, la docena de científicos
que dirigía Lhote fue a tropezar con lo que se ha dado en llamar la “Capilla Sixtina” de la Edad de la Piedra. A
saber:
millares de pinturas que representan a los hombres y a la fauna que poblaban el Sáhara hace miles de años,
cuando el desierto era todavía un vergel. Pues bien, entre esas representaciones pictóricas ejecutadas en
diferentes períodos de la historia, las más antiguas, fechadas entre 4.000 y 10.000 años antes de Cristo,
dejaron estupefactos a los expedicionarios franceses. Entre las escenas de caza, las danzas religiosas, los
rituales y las múltiples imágenes de animales salvajes, ganado, etc., aparecía un sinfín de pinturas de “seres” y
“objetos” que, a todas luces, nada tenían que ver con los “nativos”. Y esos indescifrables personajes fueron
bautizados como los “cabezas redondas” y los “nadadores”. “Cabezas redondas” porque, a diferencia de los
hombres, mujeres y niños que completan los rojizos y violetas “murales” todos ellos perfilados con una
exquisita fidelidad, estos “seres” presentan unas enigmáticas)' desproporcionadas cabezas, provistas de un
“solo ojo”, dc “antenas” y de toda una serie de “elementos” que “no encajan” en el perfil físico de aquellos
pobladores dc J abbaren. Nada mejor que las palabras de un estudioso
como Jean Gossart para ir aproximándonos al enigma de los 'cabeza redondas”: “ . . a pesar de nuestra
legendaria cautela, debemos admitir que estas “cabezas redondas" tienen verdaderamente un aire
extraterrestre. Las líneas horizontales a la altura del cuello hacen pensar en los pliegires de un elemento de
empalme entre el traje y la escafandra”.
En efecto, ésa es la impresión que proporciona la contemplación de dichas pinturas. Mezclados con los
indígenas pueden distinguirse “otros individuos” que parecen portar cascos, trajes y botas que hoy sí somos
capaces de identificar. Y junto a estos “astronautas” de la Edad de la Piedra, los pintores de Tassili se
esforzaron por “dejar constancia” de otros “seres” no menos ajenos a su primitiva cultura: los “nadadores”.
Decenas de “hombres y mujeres” igualmente provistos de singulares indumentarias que para terminar de
enredar el misten “flotan” en el aire, al estilo de nuestros cosmonautas en sus paseos espaciales. Y mezclado
con la fidelísima fauna del lugar antílopes, elefantes, rinocerontes, etc., un tercer “elemento” distorsionador:
“objetos” de formas ovaladas y esferoides, provistos de “patas”, que “flotan” igualmente sobre los grupos
humanos y los rebaños o se “asientan” entre ellos. Una de estas pinturas en particular resulta altamente
significativa. En ella, un “cabeza redonda”, situado al pie de una imagen ovoide de la que parten muy familiares
“fulgores” arrastra hacia el “objeto” a un total de cuatro mujeres indígenas. Para los investigadores de ovnis,
esta escena pintada hace más de cuatro mil años encierra un valor y un “mensaje” casi definitivos. Hoy
sabemos de cientos de casos de secuestros en los que los tripulantes “no humanos” introducen a los testigos
en sus naves, sometiéndolos a toda suerte de “chequeos”. ¿Ocurrió algo similar en el remoto pasado de la
Tierra? A la vista de lo expresado en la “Capilla Sixtina” africana, ¿quién se atrevería a dudarlo? La conclusión,
aunque pueda parecer fantástica, es casi obligada: los pueblos que habitaron Tassili fueron testigos de
excepción de las visitas de astronaves y seres que, con toda probabilidad, descendieron en su hábitat,
examinándolos, investigándolos y quién sabe quizá, hasta procreando con ellos. Y esta serie de “sucesos”
obviamente, constituyó el “gran acontecimiento” de sus vidas. Y mereció ser incluido en la más noble y sagrada
de su actividades: las representaciones pictóricas.
Y concluyo con otra consideración de Gossart. Un audaz estimación que no precisa de mayores comentarios:
...No he rechazado a priori la idea de que parte de la pinturas de Tassili pueda tratarse de extraterrestres, par
tiendo del principio de que una hipótesis no puede ser des cartada por la única razón de que parezca
extravagante ( simplemente, demasiado atrevida)

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MALÍÍ:: EL ““ARCA DE LOS NOMMOS””
Y en ocasiones, como decía, el “rastro” de esas visitas “no humanas” queda inmortalizado, y así puede
hallarse, en la “roca” de la tradición oral. Ahí están algunas ancianas tribus de Malí para demostrarlo. ¿ Qué
otra conclusión puede derivarse de lo transmitido desde hace siglos por los dogones? Porque, aunque suene a
fabulación, ya en el siglo XII y posiblemente desde mucho antes, estos primitivos africanos “tenían
conocimiento” de la existencia de una estrella que fue observada, por primera vez, en la segunda mitad del
siglo XIX. ¿Es que los dogones disponían de telescopios? ¿Se trataba quizá de una cultura con avanzados
conocimientos matemáticos y astronómicos? Nada de eso.
La primera sorpresa la recibió un prestigioso antropólogo francés, el doctor Marcel Griaule. En 1931, al visitar
las tribus que se asientan en los montes Hombon y en la meseta de Bandiagara, en Malí, quedó perplejo ante
lo que contaban aquellos atrasados nativos y que conforma la mitología dogon. Según sus ancestros y así ha
sido comunicado de padres a hijos la estrella Sirio dispone de un “acompañante”: otro “sol” de menores
proporciones e “invisible” a los ojos humanos. Y en torno a este sistema estelar, los dogones habían constituido
todo un ceremonial sagrado. Sirio recibía el nombre de “Digitaria”. En cuanto a la segunda estrella, los dogon la
bautizaron como “Po Talo” (nombre que recibe también la más pequeña de las simientes utilizadas
habitualmente por estos pueblos). Y “sabían” igualmente que el segundo sol g¡ra en torno a Sirio, describiendo
una órbita elíptica Y le explicaron al atónito Griaule que “Po Tolo” emplea algo más de cincuenta años en dicho
recorrido. El antropólogo, impresionado, regresó a Malí en 1946, extendiendo sus investigaciones a otras etnias
sudanesas: los “bambara. y los “bozo”, de la región de Segir, y los “rniaianka”, del distrito de Kutiala. Y en la
compañía de la también antropóloga Germaine Dieterlen fue verificando como los asombrosos conocimientos
astronómicos de los dogones eran comunes entre los cuatro núcleos triales. En 1951, los científicos se
decidieron a publicar tan desconcertante hallazgo. Pero su informe –“Un sistema sudanés de Sirio”- no alcanzó
eco alguno entre la comunidad científica.
Desde nuestra perspectiva -escribieron con timidez Griaule y Dieterlen- los documentos reunidos no han dado
lugar a ninguna hipótesis o investigación de procedencia. Unicamente han sido ordenados en el sentido de que
las manifestaciones de las cuatro tribus principales han sido reunidas en una sola exposición. En ningún
momento se ha planteado o decidido la cuestión de saber de dónde unas personas totalmente desprovistas de
los instrumentos apropiados, pueden conocer el curso y las características especiales de unos astros
prácticamente invisibles.
No les faltaba razón a los antropólogos franceses. Porque ese invisible sol que acompaña al brillante Sirio no
sería oficialmente “intuido” hasta 1834. En esa fecha, el astrónomo Bessel se percató de que el movimiento de
la fulgurante estrella de la constelación del Can Mayor resultaba muy irregular. Y durante diez largos años, Sirio
fue
“espiada” por los astrónomos, llegando a la conclusión de que “algo” afectaba a su desplazamiento. Y ese
“algo” fue bautizado como Sirio B. A pesar de los esfuerzos desplegados, los instrumentos ópticos no lograron
detectarlo. Y buena parte de los científicos estimó que quizá se encontraban ante un astro frío, sin luz propia.
La verdad es que el formidable brillo de la estrella principal Sirio o Sino A hacía poco menos que imposible la
localización del segundo cuerpo celeste. Pero todo llegaría. Y en 1862, al fi", el óptico norteamericano Alvan
Clarke conseguiría ver por primera vez en la historia al misterioso “hermano menor” de Sirio. Y los científicos
comprobarían ya en el siglo xx que Sirio B no era otra cosa que una estrella del tipo “enana blanca”, con una
escasa luminosidad y un aplastante poder gravitacional. Y determinarían su elíptica y el tiempo que invierte en
su desplazamiento junto al majestuoso Sirio A. Exactamente, 50,04 años. Y los astrónomos tuvieron que
reconocer que las investigaciones de Griaule y Dieterlen eran tan correctas como sorprendentes. ¿Cómo era
posible que las tribus africanas de los dogones supieran de la existencia de Sirio B, de su trayectoria y del
tiempo empleado en dicha elíptica?
Pero las “informaciones” de estos primitivos pueblos de Malí no se limitaban a lo ya mencionado. Sus
antepasados también les habían transmitido que, además de “su extraordinaria pequeñez”, “Po Tolo” es “el
más pesado de los cuerpos celestes”. (“Po”, como fue dicho, sirve para designar entre los dogones a la más
pequeña de las gramíneas. “Tolo”, por su parte, equivale a “estrella”.) En lo referente a la extremada “pesadez”
de Sirio B o “Po Talo”, la tradición dogon es elocuente:
“.. El astro considerado como el más pequeño es, al mismo tiempo, el más pesado cuerpo celeste: Po Tolo es
el objeto más diminuto que existe. Es el astro de mayor peso. Está formado por un metal denominado “sagala”,
algo más brillante que el hierro y de un peso tal que ningún ser de la Tierra logra alcanzar. En efecto, este astro
pesa tanto como todo el cereal y todo el hierro de la Tierra.”
“Causalmente”, la primera estrella “enana blanca” descubierta por el hombre fue Sirio B. Y al determinar su
luminosidad, masa y temperatura se comprobó que era un cuerpo con una masa similar a la del Sol y un radio
extraordinariamente pequeño, muy próximo al de la Tierra. Su densidad media fue estimada en una tonelada
por centímetro cúbico. Los dogones, una vez más, tenían razón.
Y otro tanto sucedió al comparar los dibujos de los movimientos de traslación de Sirio A y B en el firmamento,
así como la trayectoria descrita por “Po Tolo” en torno a la estrella madre. Las elípticas elaboradas por los
astrónomos eran gemelas a las que obraban en poder de la tradición de estas tribus.
Y para mayor desconcierto de la ciencia oficial, los dogones hablaron también del movimiento de rotación de
“Po Tolo” y del tiempo empleado en dicho giro: un año.
Y “sabían” de la existencia del cinturón de asteroides de Saturno y de las cuatro lunas interiores de Júpiter.
Como se recordará, fue en enero de 1610 cuando Galileo enfocó el recién inventado telescopio hacia el
“gigante” de nuestro sistema solar, observando por primera vez los cuatro satélites interiores jupiterianos.
Y en esta forzada síntesis sobre los enigmáticos conocimientos astronómicos de los dogones, el investigador
termina desembocando en la gran pregunta: ¿cómo lo sabían? Y los depositarios de esta asombrosa tradición
narran así el origen de lo que constituiría su más sagrada mitología:
Hace miles de años llegaron a nuestra tierra los “nommos”. Eran unos seres mitad hombres, mi tad peces, que
vivían en el sistema de Sirio. Eran los señores del agua. Y también fueron llamados por nuestros antepasados
como los “instructores” y los “amonestadores”. Y bajaron de los cielos, al nordeste en la tierra seca del Zorro. Y
llegaron en un “arca”, produciendo una enorme polvareda... Y el choque con el suelo lo dejó rugoso y el “arca”
patinó sobre la superficie... Y al principio, al “arca” era roja como el luego y después, al aterrizar, se volvió
blanca... Y cuando el “arca” se posó, un chorro de sangre saltó hacia el cielo... Y cuando hubo aterrizado, los
“señores del agua” sujetaron el “arca” con cuerdas y la arrastraron hasta una hondonada que, a su vez,
llenaron de agua. Y el “arca” flotaba como una piragua...
De acuerdo con las investigaciones de Griaule y Grenville Temple, fueron estos seres “no humanos” quienes
facilitaron las ya mencionadas informaciones a las tribus de los dogones. Unos seres que, según las
descripciones aportadas por los nativos, podían presentar una configuración física parecida a la de los delfines.
Es decir, con boca y órganos respiratorios separados. En este sentido, la tradición especifica que los “nommos
respiraban a través de dos delgadas hendiduras situadas encima de cada una de las clavículas”.
Para Robert Kyle G. Temple que estudió el enigma de los dogones durante siete años este “suceso” pudo
ocurrir hace 5.500 años. Y, obviamente, fue tan impactante para los primitivos pobladores de Malí que se ha
mantenido vivo y firme en la memoria colectiva de las generaciones, pasando a formar parte de sus danzas y
cultos religiosos. Y cada cincuenta años de acuerdo con el tiempo de traslación de “Po Tolo” o Sirio B, los
dogones celebran su más solemne ceremonia: la fiesta “Sigui”. Para este acontecimiento con el que vienen a
expresar su deseo de renovación utilizan unas máscaras que rememoran la figura de los “hombres-peces”, así
como la forma del “arca” en la que descendieron los “flonimos”. Y también, con tan fausto motivo, el jefe de
cada aldea dogon confecciona un recipiente en el que se fermenta la primera cerveza. Pues len, una vez
concluida la fiesta, dicho recipiente era obligatoriamente guardado y conservado junto a los que habían sido
utilizados en las ceremonias precedentes. De esta forma, sumando los recipientes de fibra de baobab, los
antropólogos consiguieron remontarse hasta el siglo X] Ahí se perdía la “pista” digamos física de tan
significativa festividad. Pero, aun concediendo que el arranque de ceremonia “Sigui” se hubiera registrado en
dicha época, misterio de Sirio no tiene explicación racional. A no se claro está, que los dogones cuenten la
verdad...

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SIIBERIIA:: LA MÁS GRANDE EXPLOSIIÓN SOBRE LA FAZ DE LA TIIERRA
Sé que las evidencias de posibles visitas de civilizaciones “no humanas” en el pasado de la Tierra pueden
contarse por decenas. Quizá algún día entre los sesenta grandes proyectos que bullen hoy en mi atormentado
corazón ponga manos a la obra y me aventure a ordenarlos y a difundirlos. Por el momento, entiendo que as
presentes “pruebas” constituyen un “anticipo” tan fascinante como significativo y que, en buena ley, deberían
estremecer a la comunidad científica. Lamentablemente, como en otros órdenes de la vida, la ciencia ortodoxa
sigue ocupando el furgón “de cola” de la sociedad...
Tassili: un “rastro” de seres “no humanos” que descendieron sobre el Sáhara hace diez mil años.
Malí: un “rastro” de seres “no humanos” que entraron en contacto con las tribus dogon hace 5.500 años.
Y como un tercer “ejemplo”, otro suceso más reciente pero igualmente “desequilibrador” para cuantos se
obstinan en la oscurantista hipótesis de que “estamos solos” en el universo: Siberia. Año 1908. Lugar: a poco
más de cien kilómetros al norte de la remota población rusa de Vanavara. El 30 de junio de dicho año hacia las
7horas y 17 minutos una formidable explosión arrasaba 3.100 kilómetros cuadrados de taiga, carbonizando
más de un millar de renos y abatiendo como plumas extensas masas boscosas. De sur a norte y a lo largo de
más de ochocientos kilómetros, miles he dicho bien: miles de rusos de la región comprendida entre el río
Tunguska Inferior y la línea del ferrocarril Transiberiano asistían perplejos al vuelo “horizontal” de un objeto
cilíndrico blancoazulado y silencioso que cruzó los cielos a una altura de 5.000 a 7.000 metros y a una
velocidad aproximada de 0,7 kilómetros por segundo. Y, de pronto, el “gran tubo”, al sobrevolar Keshma,
cambió súbitamente de dirección, enfilando hacia el este. Y sobre la región de Preobrazhenka, los atónitos
colonos lo vieron girar hacia el noroeste. Segundos después, en un apartado paraje situado entre los ríos
Chunya y Tunguska Medio se registraba la más grande detonación conocida hasta hoy sobre la faz de la
Tierra. Según los científicos, el misterioso “objeto volante no identificado” se desintegró en el aire, a unos 3.000
metros y con una fuerza equivalente a cuarenta megatones. Es decir, con una potencia diez veces superior a la
desarrollada por la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima. Y el cielo así rezan los testimonios de los
tunguskos “se partió en dos”. Y un fulgor similar al del sol bañó la inmensidad de la taiga siberiana. Y acto
seguido, una ardiente columna ”en forma de lanza” se alzó desde el horizonte, alcanzando más de veinte
kilómetros de altura. Y un “huracán de fuego” y una sucesión de “truenos y cañonazos” barrieron un radio de
cien kilómetros, derribando cuanto halló a su paso: hombres, animales, chozas, bosques y hasta los raíles del
Transiberiano. Y durante un tiempo “interminable”, la tierra tembló en sucesivas oleadas. Y la Tunguska se vio
alcanzada por una “lluvia negra”.
El estallido fue de tal magnitud que los sismógrafos de medio mundo acusaron el impacto. En un primer
momento fue asociado a un poderoso terremoto. Las vibraciones, por ejemplo, fueron captadas en el Centro
Sismográfico de Irkutsk, a ochocientos kilómetros al sur de la Tunguska. Y también en Moscú, San Petersburgo
y Jena (Alemania), situados a cinco mil kilómetros. Y otro tanto ocurriría en puntos tan remotos como Java y
Washington. Y en las noches de ese 30 de junio y del 1 de julio, inmensas y luminosas “nubes plateadas”
cubrieron el norte de Rusia, así como buena parte de Europa. La extraña luminiscencia mereció toda suerte de
comentarios periodísticos y científicos. Y no era para menos. La luz “nocturna” era tan intensa que, durante dos
días, el viejo continente “vivió” un “crepúsculo” interminable. En ciudades como Londres, Viena, Berlin o
Copenhague fue posible hacer fotografías durante la noche o leer en el interior de las viviendas sin ayuda de
iluminación artificial alguna.
También la meteorología se vio alterada. En las cinco horas siguientes a la explosión, violentas corrientes de
aire azotaron el norte de Europa. Durante veinte minutos, los barómetros de seis estaciones inglesas
registraron súbitas y anormales fluctuaciones. Y las masas de aire de acuerdo con los cálculos de los expertos
dieron dos veces la vuelta al mundo.
Y la comunidad científica de 1908 se preguntó por la razón o razones de tan aparatosas “luminiscencias”, de
tan anónimos seísmos y de tan inusuales turbulencias. Y surgieron decenas de teorías y posibles
explicaciones. Pero, curiosamente, nadie asoció dichos fenómenos con la terrible detonación registrada en la
meseta de la Siberia central. En cierto modo era comprensible. Rusia atravesaba una crítica situación
sociopolítica y la región de la Tunguska era poco menos que “el fin del mundo”. En otras palabras:
salvo los propios afectados y cuatro modestos periódicos de la zona, nadie tomó en consideración el formidable
estallido. Más aún: para buena parte de las autoridades y científicos rusos, la historia del objeto “cilíndrico” y la
“columna de fuego” terminaría convirtiéndose en una “fantasía” más de los poco fiables tunguskos, tan
propensos a la fabulación y a las leyendas. Y fueron necesarios trece años para que el inexorable destino
“desenterrara” el enigma de la explosión de la Tunguska.
En 1921, Leónidas A. Kulik, un notable científico del Museo Mineralógico de la vieja San Petersburgo, recibía
un modesto obsequio: un antiguo calendario. En el reverso se reproducía un reportaje de un periódico
siberiano, hablando de la caída de un gigantesco meteorito en las proximidades de la ciudad de Tomsk. Kulik,
empeñado en el rastreo de estas piedras cósmicas, se sintió fascinado por las noticias de aquel venerable
calendario de San Petersburgo. ¿Casualidad? La verdad es que aquel breve y trasnochado aviso cambiaría el
rumbo de su vida y, de paso, rescataría del olvido uno de los más atractivos misterios del siglo XX. Kulik
contaba entonces treinta y ocho años de edad.
Y tenaz y minucioso puso en marcha una exhaustiva investigación. Durante meses se preocupó de consultar
los rotativos de la región. Y ahí surgió la primera gran sorpresa. Las noticias y reportajes señalaban que en
1908, en un punto no determinado de la provincia del río Yeniséi, un “objeto ardiente” se había precipitado
sobre la taiga, provocando fuertes temblores de tierra y horribles explosiones. Aquello entusiasmó a KuliL Uno
de los informes periodísticos publicado por un diario de Krasnoyarsk aseguraba que “en algunas aldeas, a lo
largo del cauce del río Angara, en plena taiga, los colonos habían sido testigos del paso de un objeto celeste,
de aspecto brillante, que cruzó el cielo de sur a norte... Y cuando el objeto volador alcanzó el horizonte, una
intensa llamarada partió en dos el cielo... Y el resplandor fue tan intenso que se reflejó en las habitaciones
cuyas ventanas estaban orientadas hacia el ....... Y en la isla que se levanta frente a la aldea, los caballos
comenzaron a relinchar y las vacas corrían desorientadas y mugían. Uno tenía la impresión de que la tierra se
iba a abrir y que todo iba a ser tragado por el abismo...”
Y Leónidas Kulik, a la vista de la documentación recogida, consiguió lo que parecía un milagro en la Rusia de
1921: que la Academia de Ciencias patrocinara una expedición, con el único y exclusivo objeto de encontrar el
inmenso y misterioso meteorito caído trece años antes en Siberia. Era la primera operación medianamente
seria que se ponía en marcha. Y en septiembre, Kulik y sus colaboradores partieron de Petrogrado
(Leningrado), cruzando los Urales en el ferrocarril Transiberiano. Y en el trayecto fueron deteniéndose en las
ciudades de Omsk, Tomsk, Krasnoyarsk y Kansk. En todas ellas en especial en la última aparecieron nuevos
testigos y valiosos testimonios que confirmaron lo ya sabido. Pero, como era de esperar, el supuesto meteorito
no apareció. Y Kulik, con buen criterio, llegó a la conclusión de que el “cuerpo sideral” tenía que haberse
estrellado más al norte, hacia los caudalosos ríos Tunguska. Y la falta de medios y la proximidad del duro
invierno truncaron este primer intento. Pero el intrépido “cazador de meteoritos” no se rindió. Y nada más
regresar a Petrogrado comenzó a gestionar y a preparar una segunda expedición. Pero Kulik tendría que
esperar hasta febrero de 1927 para materializar su “gran sueño”. En esos seis anos trabajó intensamente en la
reunión de toda suerte de datos que pudieran clarificar el cada vez más enigmático cuadro de la explosión de
1908. Merced a la ayuda y colaboración de otros científicos que viajaron por la región de Vanavara, Kulik supo
que, desde el estallido, los tunguskos se hallaban sometidos a una especie de temor supersticioso. Miles de
renos habían perecido en el siniestro. Chozas, almacenes y granjas de las riberas de los ríos Chambé,
Tunguska y Angara fueron demolidos o desplazados como consecuencia de las detonaciones y del “fuego
invisible” que se abatió sobre la taiga. Para muchos de los nativos, el suceso era obra del dios “Ogdy” (Fuego),
que les había maldecido con su presencia. De ahí que resultara tan difícil convencerles para que se adentraran
en el punto de contacto.
Y aunque la información reunida por Kulik no coincidía con las características y el comportamiento de un
meteorito en su ingreso en la atmósfera, el audaz pionero del enigma de la Tunguska siguió convencido de que
se hallaba ante la caída de un importante cuerpo sideral. ¿Qué otra cosa podía pensar? Y al desembarcar en
Kansk a pesar de encontrarse a seiscientos kilómetros al sudoeste de los ríos Tunguska los nuevos testimonios
le sobrecogieron. Aquella mañana del 30 de junio de 1908, una explosión “subterránea” estremeció toda la
ciudad. Los enseres cayeron de los armarios y repisas y las lámparas se balancearon inexplicablemente. Y en
marzo, tras reunir un modesto equipo y las provisiones necesarias, se adentró en la taiga, rumbo a lo
desconocido. La verdad es que las penalidades de este viaje merecerían figurar en un libro aparte. En un trineo
tirado por caballos, Kulik y sus hombres ora guiados por los testimonios de los nativos, ora por su propia
intuición fueron avanzando hacia el norte. En el poblado de Vanavara la aldea más cercana al lugar de la
detonación, los expedicionarios se hicieron con “pistas” más seguras. Aquellos humildes campesinos y
pastores, además de presenciar el “gran resplandor luminoso sobre el horizonte”, habían padecido un calor
abrasador y los efectos de una onda expansiva que les derribó en tierra y que hizo volar tejados, puertas y
empalizadas. Algunos perdieron el conocimiento y otros quedaron sin habla, como consecuencia, sin duda, del
horrible “trueno” que siguió a la “columna de fuego y humo” que se levantó hasta el cielo. Las ropas y la piel de
los que se hallaban fuera de las casas resultaron quemadas por un “fuego invisible” y, al poco, todo se cubrió
de polvo y cenizas.
Y Kulik, convencido de que su “meta” estaba al alcance de la mano, .se adentró en la taiga, en compañía de
Ilya Potapovich, su guía y traductor. Potapovich era un tungusko que también había presenciado la llegada de
dios Ogdy. Y el 8 de abril tomaron el sendero que corría paralelo al río Tunguska Medio, a la búsqueda del río
Chambé. Y durante cinco días, los dos hombres y sus caballos tuvieron que sortear los intrincados y pestilentes
pantanos de la taiga, llegando exhaustos y con síntomas de escorbuto hasta las orillas del río Makirta. Era el 13
de abril de 1927. Y ante el valiente Kulik se abrió el escenario de la gran explosión de 1908. “Aun el resultado
de un rápido examen
escribió el científico ruso excedió cuanto habían contado los testigos y superó mis más desmedidas
esperanzas.” Desde su puesto de observación, el primer científico que ganaba la región de la Tunguska asistió
a un espectáculo devastador: miles de troncos de pinos y abedules yacían en tierra, derribados por la onda
expansiva. Y todos orientados en una misma dirección: hacia el sur. Y los esforzados expedicionarios
prosiguieron su avance hacia el norte, abriéndose paso a duras penas entre las “murallas” de árboles
truncados. “La mayoría relató Kulik presentaban extrañas quemaduras. Parecía como si los troncos hubieran
sido quemados "desde arriba". Aquello, por supuesto, no respondía a un incendio convencional.”
Pero las penalidades del ruso no habían terminado. Y cuando en mitad del atronador silencio y de la desolación
que reinaban en el lugar estaba a punto de alcanzar el epicentro de la explosión, los guías tunguskós,
atemorizados, se negaron a continuar. Y Kulik, impotente, tuvo que retornar a Vanavara. El 30 de abril, con
nuevos guías, partía por segunda vez. Y en junio, al fin, abriéndose paso a hachazos entre el inmenso
cementerio de troncos calcinados, llegaba a una cuenca pantanosa que recibía el nombre de pantano del Sur.
Y Kulik, tras largas y meticulosas indagaciones, estimó que aquél podía haber sido el lugar de la explosión.
Tomando como centro la enorme cii CL científico comprobó cómo los bosques se hallaban derribados en forma
radial. Sí marchaba hacia el este, las copas de los árboles apuntaban justamente en esa dirección .Si lo hacía
en sentido opuesto, miles de troncos señalaban hacia el oeste. Y lo mismo sucedía con el norte y con el Sur.
No cabía duda: la desintegración del gigantesco meteorito tenía que haberse registrado sobre dicho pantano
del Sur. Pero ¿ dónde estaba el cráter que, forzosamente, tenía que haber abierto la roca del espacio? Ni Kulik
ni las sucesivas expediciones que se aventuraron posteriormente en la Tunguska lo encontraron jamás. Y el
misterio, lejos de disiparse, se oscureció...
Y para mayor desconcierto, muy cerca del epicentro, Kulik descubrió un no menos extraño bosque. Entre los
3.100 kilómetros cuadrados de taiga arrasada, un reducido grupo de árboles continuaba en pie, sin ramas y tan
muerto como el resto de los troncos que yacía en su entorno. Y Kulik lo bautizó como el “Bosque de los postes
de telégrafo”.
A partir de aquel histórico año de 1927, tanto Kulik como otros muchos científicos de todo el mundo hicieron de
la Tunguska un lugar obligado de peregrinación. Para el “descubridor” de la arrasada taiga, a pesar de la falta
de evidencias, el suceso de 1908 fue siempre la consecuencia del impacto de un meteorito. Un formidable
cuerpo espacial que, presumiblemente, estalló en el aire, liberando una energía equivalente a 1023 ergs
(treinta millones de toneladas de TNT). Ello habría explicado satisfactoriamente la tremenda destrucción, los
registros en los sismógrafos y las turbulencias en medio mundo. Sin embargo, como digo, los posteriores y más
completos estudios terminaron por desestimar la hipótesis del meteorito. Y surgieron nuevas teorías. Algunas,
como las de la irrupción de una “gota de antimateria” en la atmósfera terrestre o la colisión con un “agujero
negro”, mucho más fantásticas e
insostenibles que la apuntada a partir de 1946 por Alexander Kazantsev. También fue barajada la posibilidad
de que los restos de un corneta pudieran haber caído sobre Siberia a una velocidad de 40.000 kilómetros por
hora, desintegrándose a cincuenta kilómetros de altura y originando una formidable onda de choque. Pero la
ciencia tampoco se vio complacida con esta explicación. Un corneta que se hubiera aproximado a la Tierra
habría sido detectado por los astrónomos mucho antes de su hipotética entrada en la atmósfera terrestre.
Recordemos, por ejemplo, el caso del Halley en 1910. Y nada de esto había sucedido. Por otra parte, según los
testigos, el supuesto “cometa” desarrolló un vuelo “horizontal”, a una velocidad que, de acuerdo con los
cálculos del geofísico soviético Zolotov, nunca pudo superar los dos o tres kilómetros por segundo y, en el
colmo de los colmos, cambiando de trayectoria en dos ocasiones. Y tampoco debemos olvidar las repetidas
descripciones de los testigos presenciales: “Era un objeto cilíndrico..., parecido a un gigantesco tubo.”
Y en agosto de 1945, a raíz de la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima, otro soviético Alexander
Kazantsev se atrevió a formular una hipótesis que, a primera vista, encajaba a las mil maravillas con lo
descrito, observado y analizado en la Tunguska. Al examinar los efectos de la tristemente célebre “Pequeño
muchacho” que estallaría a seiscientos metros sobre la ciudad japonesa, Kazantsev comprobó que guardaban
una gran similitud con el “resplandor”, las detonaciones, el “fuego invisible”, la onda de choque, las tormentas
electromagnéticas, las luminiscencias nocturnas y las turbulencias registradas en 1908 en Siberia. Incluso el
“Bosque de postes de telégrafo” que formaba una especie de anillo en torno al pantano del sur, era similar a los
árboles que habían quedado en pie en los alrededores del castillo de Hiroshima (Cuartel General de la Quinta
Divisón Japonesa” y sobre el que se produciría la explosión atómica. Y a partir de 1958, las nuevas
expediciones comprobarían con asombro cómo en los troncos de Siberia se había registrado un fenómeno
similar al detectado en los árboles de Hiroshima. A raíz de la explosión de 1908, los anillos vivos habían
experimentado un crecimiento muy superior al de épocas anteriores. Si los que precedieron al formidable
estallido oscilaban entre 0,4 y 2 milímetros, los aparecidos con posterioridad alcanzaban hasta cinco y diez
milímetros de grosor. Y las sucesivas recogidas de muestras vinieron a confirmar las sospechas de Kazantsev:
“El suceso de la Tunguska de 1908 tenía mucho que ver con una explosión nuclear.” Científicos como Zolotov y
Plenajov, en 1959, y Florensky y Nekrasov, en 1961, demostraron que el índice de radiactividad en el epicentro
de la catástrofe era una y media y dos veces superior a lo admitido como “normal”. Y en los anillos interiores de
plantas y árboles n aquellos que se formaron en 1908 las pruebas espectrográfícas denunciaron la existencia
de cesio 137 en proporciones sólo explicables ante una deflagración atómica. Y la hipótesis de Kazantsev fue
tomando cuerpo, muy a pesar de los hipercríticos y recalcitrantes: “Una nave espacial obviamente “no humana"
había estallado sobre la Tunguska.”
Y un nuevo elemento vendría a sumarse a los datos ya disponibles: la totalidad de la zona devastada bosques,
colinas, pantanos, etc. aparecía materialmente acribillada por milimétricos glóbulos esféricos, que habían
actuado a la manera de perdigones. Los análisis resolvieron que se trataba de silicatos y magnetita. Y lo más
curioso es que la distribución de estos racimos de “pequeñas esferas brillantes”” incrustadas en el suelo y en
los troncos, se correspondía con la forma elíptica de la explosión. Una forma poco usual y que, en opinión de
los investigadores rusos, sólo podía deberse a una detonación “directiva”; es decir, con un efecto que “no era el
mismo en todas direcciones”. Y Zolotov y Zigel redondearon la tesis de Kazantsev: “El explosivo en cuestión
tenía que hallarse en el interior de
un envase .. Un “envase”, como habían repetido los testigos hasta la saciedad, claramente “cilíndrico”. Poco
después, merced a análisis más detallados, en las muestras fueron encontrados restos de cobalto, níquel,
cobre y germanio. Y la teoría de la “nave espacial” cobró nuevas fuerzas. Y los escépticos podrán preguntarse
con razón:
“Pero, ¿quién vo laba en 1908?” A decir verdad, muy pocos..., y mal. Recordemos que fue en diciembre de
1903 cuando Orville Wright efectuó el primer vuelo con motor en una máquina más pesada que el aire. Y aquel
“salto” duró un minuto, con un recorrido de 250 metros...
Y hoy, en febrero de 1991, ochenta y tres años después, el enigma de la explosión en la Tunguska continúa
abierto. Con motivo de tan misteriosa catástrofe se han escrito más de doscientos documentos científicos, casi
dos mil artículos periodísticos y sesenta novelas, por no mencionar el sinfín de películas y programas de
televisión. Pero las grandes preguntas siguen sin respuesta: ¿se trataba de una nave tripulada? ¿Fue un
accidente o un “experimento”? ¿Y por qué en esa región del planeta?

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PASCUA:: LOS OTROS ENIIGMAS
¿Y a qué negarlo? En relación a las posibles visitas de seres “no humanos” a lo largo de la historia y de la
prehistoria también se han dicho y se han escrito las más absurdas, extravagantes y ridículas hipótesis.
Elucubraciones que, a poco que se investigue, se desmoronan como un castillo de naipes. Las pirámides de
Egipto, las grandes construcciones incaicas o la célebre losa funeraria de Palenque, entre otros, son algunos
de los socorridos temas a los que recurren sistemáticamente aquellos “vivos” que “ven la presencia
extraterrestre debajo de todas las piedras”... Y en ocasiones, lamentablemente, los verdaderos enigmas que
pudieran encerrar estas “maravillas del hombre” terminan aplastados u olvidados por culpa de esas
innecesarias teorías “extrahumanas”. Éste es el caso, por ejemplo, de la isla de Pascua. Por el mundo circulan
decenas de libros en los que la pequeña y remota Rapa Nui viene a figurar casi como una “base ovni” y sus
colosales estatuas de piedra los moais como “la más rotunda prueba de la presencia extraterrestre en la
antiguedad del planeta”. Nada más falso e inconsistente. Pascua esconde grandes y apasionantes misterios,
por supuesto, pero no de ese orden... Y aunque los ovnis también han sido vistos sobre sus volcanes, campos
y costas, a ningún investigador medianamente sensato se le puede ocurrir vincular sus monumentos a la mano
o a la influencia de seres legados del espacio.
Y dicho esto, sí quisiera entrar en un nuevo y fugaz “planeo” algunos de los enigmas que, desde' mi punto de
vista, sí justifican el halo mágico que envuelve la tierra del legendario rey Hotu Matua.
Recuerdo que en mi segunda visita a Pascua mientras cubría los 3.700 kilómetros que la separan de Santiago
de Chile volví a formularme una cuestión que, casi con seguridad, se habrán planteado muchos de los
investigadores que han tenido la fortuna de recorrer sus 165 kilómetros cuadrados: ¿y qué resta por descubrir
en Rapa Nuí? A estas alturas con una bibliografía superior a los dos mil volúmenes, la isla de Pascua es una
de las áreas del planeta más y mejor estudiadas. Pretender encontrar algo insólito, ignorado o sencillamente
nuevo se me antojó tan inútil como pretencioso. Mucho antes de mis dos primeras estancias en la isla había
procurado leer y estudiar cuanto podía tener relación con su nebulosa historia, con sus sucesivas culturas, con
sus singulares estatuas, monumentos y manifestaciones artísticas y con sus no menos abundantes
calamidades. Decenas de textos de arqueólogos, antropólogos, etnólogos, exploradores y aventureros han ido
desfilando ante mi precaria inteligencia. Y después de una atenta lectura, “todo” en Pascua parecía tener una
explicación lógica y racional. Según los expertos, los polémicos moais eran obra humana. Allí estaban las
canteras para demostrarlo. También las viejas discusiones acerca de las fórmulas empleadas por los
pascuenses en el traslado de estas colosales estatuas se hallaban zanjadas. Cada científico aunque no
hubiera puesto los pies en la isla ofrecía su propia y magistral solución: “Los moais eran arrastrados a lo largo
de kilómetros mediante cuerdas.”
Otros hablaban de “trineos de madera sobre los que eran tumbadas las esculturas”. Y más de uno incluyendo
al ínclito Heyerdahl y al ingeniero checo Pavel se había aventurado a “demostrar sobre el terreno” que
bastaban unas sogas convenientemente amarradas a la cabeza y a la base del moai para hacer bascular y
avanzar la figura con los típicos movimientos de un ganso...
En cuanto al oscuro origen de las primeras civilizaciones que desembarcaron en Rapa Nui, lingüistas,
etnólogos, antropólogos y demás especialistas daban como muy probable el noroeste del océano Pacífico, en
plena Polinesia. Y los más audaces apuntaban incluso hacia las islas Marquesas. Según estos investigadores,
esos “colonizadores” polinésicos habrían tomado posesión de Pascua en una fecha relativamente cercana al
siglo v de nuestra era.
Y con este bagaje de hipótesis, sesudas explicaciones y supuestamente exhaustivas investigaciones me
adentré de nuevo en la isla. Corría el mes de septiembre de 1990. Y a decir verdad, con una inequívoca y
molesta sensación de “estar perdiendo el tiempo”. Puede sonar a increíble pero así fue mi segundo ingreso en
Pascua. El primero, en enero y febrero de ese mismo año, no cuenta. Para cualquier extranjero, su “bautismo
de fuego” con la isla termina conviniéndose en una “borrachera” de imágenes, de luces, de sensaciones y de
datos. Creo no equivocarme si afirmo que Rapa Nui por su especial contenido y continente reclama siempre
una segunda vez.
Y como suele acontecerme de vez en cuando, a las pocas horas envuelto ya en la inevitable magia de sus
caminos, el inicial escepticismo desapareció. Estaba en un error. A pesar de esa generosa y muy académica
bibliografía, “no todo” está claro ni aclarado en la isla que, según los antiguos nativos, constituye “el ombligo del
mundo”. Y poco a poco, sin prisas, dejándome llevar por la intuición, por una meticulosa observación y, en
especial, por la palabra y la tradición que atesoran los actuales pascuenses, fui abriendo mi horizonte interior y
verificando como muchos de los enigmas rapa-nui continúan intactos
Es preciso moverse por sus suaves colinas, por sus negros ariscos acantilados o por sus rojizas sendas para
comprender que, en ocasiones, los dogmáticos textos de los científicos se hallan tan alejados de la realidad
como la propia isla de Pascua de las tierras más cercanas. Curiosamente, éste fue el lamento más repetido por
el centenar largo de rapanui a quienes interrogué. La ciencia, salvo escasas y honrosas excepciones, “pasa de
largo” e ignora la opinión y la tradición de los nativos. En parte, por la ya consabida autosuficiencia de los
investigadores. Y también a qué negarlo a causa de la picaresca de algunos de los pascuenses, que han hecho
del comercio, de la exageración y del infundio un “modus vivendi”. Pero no seré yo quien descalifique a los dos
mil habitantes de la isla por obra y gracia de una docena de vividores...
Y quizá una de las mejores y más redondas pruebas, que atestigua cuanto afirmo, es la escrupulosa
unanimidad de sus declaraciones. En este sentido desplegué un especial cuidado en interrogarles por
separado. Pues bien, no hallé una sola contradicción en lo que podríamos calificar como los “grandes
misterios”. Así les fue narrado por sus antepasados y así lo cuentan ahora.
Y aunque soy consciente de las limitaciones que impone siempre la simplificación, trataré de esbozar aquellos
asuntos que más me impactaron y que, insisto, distan mucho de estar resueltos y sentenciados por la ciencia
oficial.
La mítica patria de la que, al parecer, partió la primera expedición que se instaló en RapaNui me fascinó desde
que, hace ya muchos años, cayera en mis manos el primer libro sobre la isla. En la mitología rapanui, este
lugar recibe el nombre de Hiva. Y son las mismas leyendas las que apuntan el porqué de esa arriesgada
travesía del Arjid o rey Hotu Matua, a la búsqueda de nuevas tierras. Hiva se hallaba amenazado por el mar.
No sabemos si corría peligro de hundimiento o si sus costas eran víctimas de fenómenos oceánicos que
imposibilitaban la supervivencia de sus Pobladores. Lo cierto es que según esa tradición, antes de emprenderla
marcha, “el espíritu del joven Haumaka viajó hasta una lejana isla que disponía de tres islotes y una gran
cavidad en uno de sus extremos”. Y Hotu Matua, prudente y previsor, envió por delante a sus exploradores
que, en efecto, encontraron la tierra misteriosamente “visualizada” por el súbdito del rey. Y bautizaron los tres
islotes como Motu Nui, Motu Iti y Motu Kao Kao. Y la gran concavidad existente en la esquina sudoeste fue
llamada Rano Kau. Y una vez explorada en su totalidad eligieron la paradisíaca playa de Anakena, al norte,
como el lugar adecuado para el desembarco de su rey y de su pueblo. Y esa misma mitología heredada de
generación en generación asegura que, en agradecimiento, los audaces exploradores quedaron inmortalizados
en piedra. Y para ello fue levantado un “ahu”. Y sobre dicho altar, siete grandes estatuas o moais. Y ese “ahu”
recibiría el nombre de Akivi.
Pues bien, la totalidad de los pascuenses a quienes consulté me habló siempre de Hiva como una “realidad
incuestionable”. Había existido y, de acuerdo con las informaciones orales y las que contienen las crípticas
tablillas “rongorongo” (presumiblemente, la forma de escritura ideográfica que trajo consigo Hotu Matua), nada
tenía que ver con las actuales teorías científicas sobre el lugar de procedencia de dicha expedición. Para los
rapanui, Hiva formó parte de un gran continente, desaparecido en el mar. Unas tierras que se alzaban hacia el
sudoeste y no en el norte (las Marquesas) como apuntan los arqueólogos y antropólogos. Y afirman también
que Nueva Zelanda es la clave. Y me proporcionaron un dato que me apresuré a verificar y que, de ser cierto,
obligaría a revisar los modernos planteamientos. La mitología pascuense establece que los siete “gigantes” de
piedra del “ahu” Akivi, relativamente cercano a la costa Oeste, guardan justamente el “secreto” del lugar donde
se hallaba Hiva y del que partieron. “La mirada de estos moais (de los exploradores del rey) está puesta en
Hiva.”
Recuerdo que dediqué varios días a la inspección y al estudio de estas estatuas. Y todas las mediciones
arrojaron el mismo y sorprendente resultado: los moais en cuestión se hallan orientados hacia el oeste -
sudoeste. Exactamente hacia el rumbo de 245 grados. Al consultar los mapas y cartas marinas quedé
desconcertado. Aquélla, efectivamente, es la dirección que “une” Pascua con Nueva Zelanda...
Pero no deseo extenderme sobre tan sorprendente asunto. Ahora deberán ser los expertos en oceanografía,
perfiles submarinos, etc., quienes profundicen en la versión rapanui. Y, quién sabe, quizá lleguen a intuir o a
descubrir que aquellas otras leyendas sobre el no menos mítico continente “Mu”, igualmente desaparecido en
dichas latitudes, guardan una estrecha relación con Hiva.
Y Hotu Matua y los doscientos hombres, mujeres y niños que integraban aquella expedición descendieron en
las cristalinas aguas de Anakena. Con el rey, además de su familia y los aristócratas, llegaron también los
sabios o “maorís”, los sacerdotes o “ivi atúa”, los guerreros o “matatoa” y los artesanos, campesinos y
pescadores. Y entre los personajes de alto rango, unos “especialistas” en la escritura sagrada de Hiva: los
“tangata maori rongo rongo”. Y en sus manos omoun gran tesoro, un total de sesenta y nueve tablillas con los
misteriosos signos “rongorongo”, en las que según la leyenda se contenía la historia del audaz pueblo. Un
pueblo que, a juzgar por sus obras y por lo que nos ha transmitido la tradición, poseía unos muy altos y poco
usuales conocimientos y poderes. Y de entre todos los enigmas que encierra la isla, fue éste el de la
inquietante sabiduría de la civilización procedente de Hiva el que, sin duda, me pareció más fascinante,
profundo y olvidado. Porque ¿qué otra cosa puede
pensarse de unos hipotéticamente primitivos y atrasados individuos que conocían y practicaban el parto
“submarino”, que sabían de la “inmortalidad del alma”, que veneraban a un único Dios creador, que utilizaban
las propiedades del liquido amniótico para la regeneración de las células, que levantaron observatorios
astronómicos y que, en fin, aprovechaban el poder de la mente para mejorar sus cosechas o para trasladar sus
gigantescas estatuas?
La leyenda lo expresa con meridiana claridad.
Y nada más llegar a la isla, la esposa del rey Vakaio-Hiva alumbró a su hijo bajo las aguas del mar. Y ese lugar
sagrado se llama Loto-Tauregna
Y otro tanto aconteció con la hermana de Hotu Matua, Ava Reipúa. Y esa singular “maternidad” se ha
conservado prácticamente intacta a escasos metros de la blanca y deslumbrante playa de Anakena. Pero muy
pocos investigadores han reparado en la extraña roca rectangular, permanentemente sumergida y
“acondicionada” para que las mujeres pudieran sentarse sobre ella de forma que el agua les cubriese hasta el
pecho. Aun aceptando que el desembarco de Hotu Matua hubiera ocurrido hacia el año 400 de nuestra era,
¿cómo entender que aquel pueblo supiera de las excelencias de este tipo de alumbramiento? Ha sido en el
siglo XX cuando, a título puramente experimental, los países nórdicos se decidieron a practicar el “nacimiento
submarino”. Y todos los indicios apuntan a que, en estas especiales circunstancias, tanto el bebé como la
madre sufren infinitamente menos que en los partos convencionales. Los cambios de presión en el feto resultan
casi inapreciables, así como las diferencias de temperatura, índices de salinidad, etc.
¿Y cómo explicar la costumbre respet ada hasta hace muy pocos años por los rapanui de recoger el líquido
amniótico de las embarazadas? En un lugar tan sagrado como Orongo se conservan aún las “maternidades”
donde desde tiempo inmemorial, las parturientas daban a luz dejano caer el citado líquido por unos canales
expresamente practicados con este fin. Y esas “aguas” eran utilizadas para el cuidado de la piel y en las
ceremonias de fertilización de la tierra. ¿De dónde les venía este conocimiento sobre las muy particulares y
especificas propiedades regenerativas del “amnios”?
¿Y qué decir de sus “observatorios astronómicos”? Las “tupas” o torres utilizadas por los antiguos pascuenses
para estos menesteres, y que han sido exhaustivamente investigadas por el profesor Grant McCall y el
arqueólogo Edmundo Edwards, son una constante fuente de sorpresas. ¿Cómo es posible que pudieran
conocer con semejante pulcritud las trayectorias de los astros, los solsticios, los eclipses y hasta el norte
magnético? ¿ Por qué muchas de estas “tupas” fueron construidas en función de las Pléyades? ¿Qué
representaban para los sabios y sacerdotes de Hotu Matua? ¿Cómo explicar que la famosa piedra esférica
venerada al filo del mar, en la bahía de Las Tortugas, y que recibe el nombre de TepitoKura, presente las
mismas medidas que el globo terráqueo? ¿Casualidad? Los que me conocen un poco saben que hace años
que no creo en esa palabra...
Y después de explorar en la memoria colectiva de los nativos y de “peinar” la isla en todas direcciones, estoy
convencido de que esta “sabiduría” fue mucho más allá de lo que podamos imaginar. Los hombres de Hiva, por
ejemplo, supieron desarrollar y aprovechar el innegable poder de la mente. Ignoro quiénes fueron sus
“instructores” aunque eso, en estos momentos, poco importa. Lo cierto es que, de la mano de la tradición y de
sus obras, uno deduce que fueron plenamente conscientes de la importancia de “algo” que hoy, tristemente,
yace sepultado e infravalorado: “la fuerza física de las ondas cerebrales”. Una sutil capacidad que, utilizada
positiva y convenientemente, podría modificar entornos, comportamientos y destinos. Y esa mal llamada
“mitología” pascuense nos recuerda que los sabios y sacerdotes de Hotu Matua eran capaces de “atraer los
bancos de peces”, de “curar con el único auxilio de sus manos” o de “hacer prosperar las cosechas a voluntad”.
Y todo ello, merced a un “don”, una “gracia” o un “poder” que llamaron “mana”. Una expresión, “mana”, repetida
hasta la saciedad y que los científicos ortodoxos desprecian olímpicamente. Sin embargo, como digo, cuando
uno le presta un mínimo de atención, observa con perplejidad cómo los nativos la incluyen sin recelos ni
titubeos en el mismísimo “corazón” de sus más sagradas tradiciones. No pude encontrar a uno solo de los
actuales pascuenses que se burlara de tan singular y remoto poder. Todos creen en la existencia del “mana”
como algo real, aunque invisible. “Algo” que poseían muchos de sus antepasados y que formaba parte de lo
cotidiano. “Algo” que el progreso ha terminado por exterminar. “Algo” que se hallaba en el interior del hombre y
que “sólo podía ser utilizado para el bien”...
Y los pascuenses, por ejemplo, hablan de los “manavai”. Y los muestran orgullosos. Y uno, necesariamente,
tiene que descubrirse ante la perfección y la eficacia de estos antiquísimos “invernaderos”, excavados en la
tierra y magníficamente protegidos de los feroces vientos isleños por muros de piedra. Unos bloques,
generalmente de origen volcánico, de hasta ochocientos y mil kilos de peso. Y en estas singulares
construcciones, a uno o dos metros de profundidad, como un “milagro”, la naturaleza adopta un “microclima”
que permite multiplicar la cantidad y la calidad de cuanto se cultive en ellos. Y la tradición rapanui dice que
esos “manavai” eran una insignificante muestra del “divino poder” que adornaba a sus ancestros. Y cada
“invernadero” era levantado con la fuerza del “mana”. Así fueron transportadas las pesadas rocas que los
delimitan. “Por el aire y con la sola ayuda de la voluntad del sacerdote poseedor del “mana”.” Y una vez
concluido, la alfombra de tierra del “manavai” era bendecida
por el “mana” y en nombre del Dios creador “Makemake”. Pero, de todo esto, hace ya mucho tiempo. Porque,
con las guerras intestinas, los “hombres sabios de Hiva” terminarían por ser aniquilados. Y el “mana”
desapareció con ellos. Mejor dicho según la firme creencia de los áncianos, fue “guardado en secreto”. Y todas
mis preguntas sobre su paradero fueron resueltas con una misma y unánime repuesta: “Sólo las tablillas
“rongorongo" contienen la verdad sobre el “mana".” Lamentablemente, nadie, hasta hoy, ha logrado
descifrarlas.
Y así, merced a esta fuerza mental, fue posible el laborioso transporte de los moais a lo largo y ancho de la
isla. Ésta es la única explicación admitida por los pascuenses. Y es curioso. A pesar de los aparentemente
lógicos razonamientos de los científicos de todo orden que han ido desfilando por la isla y que persiguen la
justificación racional del traslado de las grandes estatuas, los nativos se encogen de hombros, guardan silencio
o se burlan con mayor o menor disimulo.
¿Y por qué no? Todas cuantas experiencias han sido puestas en práctica para demostrar que los moais
podrían haber sido arrastrados desde la cantera del Rano Raraku hasta los “ahus” donde fueron alzados han
naufragado o resultado insuficientes. Los que amarraron el moai “sin piernas” existente en Tonga Riki, con el
fin de probar si la fórmula de las sogas y el “paso de ganso” podían desentrañar el enigma tuvieron que
reconocer que el procedimiento, amén de irritantemente lento, no era seguro. En dicho “experimento”, la
cabeza y la base del moai fueron previamente cubiertos y protegidos con totora. Y siguiendo las instrucciones
de los arqueólogos, un total de cuarenta y ocho nativos comenzó a tirar de las seis cuerdas, estratégicamente
anudadas alrededor de los atados de totora: cuatro en la zona de la cabeza y las dos restantes en la base.
Y, efectivamente, el coloso, gracias a los movimientos coordinados de los trabajadores, comenzó a deslizarse
sobre
la llanura. Al cabo de una hora, el moai, sometido al continuo riesgo de desplome, había “caminado” un total de
catorce metros. Las cuerdas, los rodillos de madera o los famosos “trineos” nunca constituyeron una solución
definitiva. Durante las complejas operaciones de transpone de ese mismo moai hasta el buque que debería
trasladarlo en 1982 a la ciudad japonesa de Oxaca, los operarios se vieron en la necesidad de asegurarlo con
fuertes maromas. Pues bien, a pesar del exquisito cuidado desplegado en su manipulación, las sogas lo
dejarían marcado para siempre. Aquellos visitantes que se aproximen a la cantera podrán comprobarlo a
placer. Y yo me pregunto: silos cientos de estatuas que fueron desplazadas a lo largo de kilómetros, desde el
Rano Raraku hasta los “ahus”, tuvieron que ser arrastradas mediante el uso de cuerdas como proponen una y
otra vez los arqueólogos, ¿por qué no presentan señales como las del moai “con pasaporte”, como lo llaman
los pascuenses? ¿No será como aseguran los nativos que el “método” de transporte nada tenía que ver con lo
que vienen defendiendo los científicos?
Y otro “detalle” altamente significativo. Si el movimiento de estos “gigantes” de quince y veinte metros de
longitud y hasta cincuenta toneladas de peso ya habría supuesto unas muy notables dificultades a la hora de
salvar los accidentes geográficos que separan la cantera, al este de la isla, del resto del territorio, ¿cómo
explicar la ubicación de algunos de los moais al pie de acantilados como el de Orongo? Cuando uno navega en
las proximidades de esta escarpada pared de más de cien metros de altura y contempía los restos de los
“ahus” allí dispuestos no es fácil asimilar que las dos estatuas plantadas al filo de las peligrosas rompientes
pudieran ser bajadas mediante cuerdas. Pero, silos moais Kovo Hue y Kohaae, que presidieron hasta hace
pocos años esa esquina oeste de Pascua, no fueron deslizados desde lo alto de Orongo, ¿cómo llegaron hasta
allí?
He aquí otra difícil “asignatura pendiente” para lo científicos. Y los pascuenses replican rotundos: “Co “ mana".”
Una vez esculpidos, los moais cuya función primordial era mantener viva la memoria del difunto quien
representaba eran deslizados hasta las laderas de Rano Raraku y allí aguardaban el momento del fallecimiento
del personaje que lo había encargado. Y sólo entonces se procedía a su traslado. Y para ello según la tradición
el jefe o sacerdote que poseía el “mana” lo alzab en el aire y, con el solo poder de su mente, era guiado y
entronizado en el “ahu” o altar familiar. Y el difunto “vivía así, para siempre, entre los suyos...
Pero éstos, y otros misterios a los que algún día me referiré, sólo pueden ser comprendidos por unos pocos...

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BRASIIL:: LA ““SOGA DEL MUERTO””
El poder de la mente..
He aquí otro de mis enigmas favoritos. Después de lo que me tocó vivir en las selvas amazónicas, ¿ cómo
dudar de la realidad del “mana”?
¿Cómo olvidar aquel martes, 28 de noviembre de 1989? Pocas veces en mi agitada y torpe vida he “sentido”
tan cercana tan “mía” lo que, en un alarde intelectual, podría definir como la “posesión de la verdad”. Claro que
seamos sinceros no fue mi densa naturaleza física quien protagonizó esta nueva aventura. ¿ Fue mi mente? ¿
O quizá ese otro “yo” del que tanto hablan los iniciados y esotéricos? En realidad, poco importa. Aquel 28 de
noviembre en Brasil, una parte de mí mismo puede que la más nobl “vivió” una singular experiencia: el desafío
de la ayahuasca o “soga del muerto”. Y dicho esto, bueno y justo será que arranque con un mínimo de orden y
concierto.
Por aquellas fechas, según reza mi inseparable “diario de campo”, nada más aterrizar en Río de Janeiro, mi
compañero de venturas y desventuras, el doctor Jiménez del Oso, me lanzó una malévola insinuación: en el
caso de trabar contacto con los míticos ayahuasqueros de la selva amazónica, ¿estaría dispuesto a compartir
con a 'a toma de este poderoso y enigmático alucinógeno? La sugerencia a qué ocultarlo me dejó en fuera de
juego”. ¿ Qué sabía este trotamundos de la ayahuascaa”? ,prácticamente nada. En mis casi veinte años de
peregrinaje tras lo insólito y lo misterioso había sabido de toda suerte de chamanes, curanderos, brujos,
pócimas y rituales más o menos mágicos. Pero, sinceramente, muy pocos llegaron a movilizar mi insaciable
curiosidad. Mi particular “guerra” con los enigmas que conviven con el ser humano se desarrollaba en otros
“frentes”, bien conocidos de cuantos se han asomado a mis treinta libros.
Y dudé. Según mi buen saber y entender, la ayahuasca como el hongo mazateco, el peyote, etc. no era otra
cosa que un bebedizo con notables propiedades alucinógenas, utilizado desde tiempo inmemorial por las tribus
de la cuenca amazónica y, por lo general, con una intencionalidad mística o religiosa. Algo así como un “billete
de ida” al inaccesible universo de lo “invisible”, de lo “divino” y de lo “mágico” por excelencia. Y digo yo que fue
mi natural repugnancia por las drogas lo que siempre me mantuvo a años luz de tan oscuros paisajes y
paisanajes. Yo sabía del poder de la mente. Los cursos de “control mental” pusieron en mis manos una
espléndida “caja de herramientas” con la que ejercitarla y hacerla volar más allá de las normales y conocidas
fronteras de lo cotidiano. Y ahí, justamente, surgió el reto. Como tantos avanzados del espíritu, servidor
también había practicado el noble ejercicio de “proyectar” su mente, “elevándose” sobre la materia y
“explorando” los mundos interiores y exteriores... Pero, a pesar de los muchos y espectaculares resultados a
los que algún día tendré que referirme, este tipo de “ejercicios” mentales ofrece siempre unas razonables
dudas. ¿En verdad el ser humano puede “volar”, con la sola ayuda de su cerebro, “visitando” física y realmente
los más lejanos y recónditos parajes del planeta..., o de otros astros? ¿Cómo conjugar la lógica con esas
“transportaciones mentales, capaces de llevarle a uno al domicilio de un desconocidoy, lo que resulta más
asombroso” hacerle ver” la distribución del mobiliario o la decoración de las paredes? ¿Es que la mente
humana disfruta de la casi mágica capacidad de “visualizar” a una persona desconocida, con la sola invocación
de su nombre y apellidos y lugar de residencia? Estos y otros “ejercicios”, a cual más fascinante e increíble,
habían sido practicados, como digo, por quien esto escribe. Y las sucesivas y pertinentes comprobaciones
posteriores fueron confirmando la bondad de tales “ejercicios”. Pero la duda, parafraseando a Bini, siguió
aguijoneando mi inteligencia. Y surgió la ayahuasca.
Si mis informaciones eran correctas, este brebaje actuaba sobre el cerebro, provocando, entre otros
fenómenos de naturaleza alucinatoria, uno muy concreto que llamó mi atención y que, en definitiva, me inclinó
a aceptar la prueba. La ayahuasca una liana de la especie Banisteria coapí, de la familia de las “malpigiáceas”
contiene un alcaloide denominado “banisterina” que, amén de su poder como anestésico local, tiene la facultad
de excitar el sistema nervioso central. Uno de sus principios activos fue bautizado con el sugerente nombre de
“telepatina”, en virtud de sus efectos en el campo de la clarividencia y de la telepatía. Pues bien, éste fue mi
objetivo: tratar de verificar
por una vía química que trabajase directamente sobre el cerebro lo que ya sabia y había practicado por los
“caminos naturales” (“proyección” de la mente mediante las técnicas de “control mental”). Y tras un análisis de
los pros y contras de tan inusual aventura, acepté el desafío. A pesar de la escasa información disponible en
aquellos momentos en torno a los ingredientes que conforman la poderosa sustancia y que, en buena ley,
hacen peligrosa su ingestión, confié en mi buena estrella. Estábamos ante la magnífica y, quizá, irreprimible
posibilidad de desplegar toda una “aventura científica”. Toda una experiencia personal meticulosamente
controlada- que podía desvelarnos algunos de los insondables misterios de nuestra mente. Nuestra intención,
además, era filmar el proceso paso a paso. Nunca, que nosotros una televisión española había tenido acceso a
tan secreto ritual (la razón de mi presencia en América durante el otoño e invierno de 1989 obedecía a la
realización de una serie de programas, dirigidos por el doctor Jiménez del Oso y que recibieron el título
genérico de “En busca del misterio”.)
Y dicho y hecho. Durante varias jornadas me entregué a la compleja y casi policíaca labor de intentar conectar
con los ayahuasqueros. Aunque la toma de este brebaje se halla bastante generalizada en el Amazonas, el
proceso de conexión y penetración en tan crípticos grupos no siempre resulta sencillo. Pero los “contactos”
fructificaron. Y un buen día me vi sentado frente a un tal Paolo Sirva, jefe de una especie de comunidad que recibe el nombre de “Cielo del Mar” y que han hecho de la ayahuasca una suerte de “eucaristía” y el “eje” de
sus vidas. El amigo Silva e Souza llevaba catorce años tomando regularmente la “soga del muerto” o “santo
daime”, como denominan también a la ayahuasca en dicho grupo. Se trataba de una comunidad integrada por
unas trescientas personas de los más dispares orígenes sociales y profesionales, que había plantado su
“cuartel general” a las afueras de Río, en plena selva. Esta secta recibía los ingredientes básicos para la
confección del brebaje desde el mismísimo corazón de la Amazonia, en la reserva de Mapiá. Y finalmente, tras
no pocas y laboriosas conversaciones, convencidos de la rectitud de nuestras intenciones, aceptaron la
singular propuesta: Fernando Jiménez del Oso y yo tomaríamos el “daime” o “planta del conocimiento”, en una
ceremonia especial exclusivamente preparada para aquellos dos inquietos y osados aventureros de lo insólito.
Dadas las características de la ayahuasca, sin duda uno de los más agresivos alucinógenos conocidos-, el
mencionado líder dirigía personalmente el ritual y la parafernalia de este tipo de ceremonias. Él conocía las
los tiempos que obligadamente deben transcurrir entre una y otra toma y los cánticos y rezos -que según la
más pura tradición ayahuasquera- tenían la misión de “conducir” al “receptor” por los invisibles caminos del
“más allá”. Y aceptamos, naturalmente. Tanto mi compañero, Jiménez del Oso, como yo nos sentimos felices y
emocionados. La verdad es que, en nuestra inconsciencia, no sabíamos muy bien dónde estábamos a punto
de penetrar. Obviamos, por supuesto, las consignas más o menos “doctrinarias” de la secta, limitándonos, eso
sí, a respetar los consejos de carácter práctico que nos fueron impartidos por el “líder” y que podían beneficiar
nuestro estado físico, de cara a la ingestión de la intrigante sustancia. A saber: nada de alcohol y un espartano
ayuno, al menos a lo largo de las veinticuatro o cuarenta y ocho horas precedentes al gran momento. Y ese
esperado encuentro con lo desconocido llegó el martes, 28 de noviembre.
Hacia las tres de la tarde (hora local de Río), el equipo de filmación con su engorrosa tonelada de material fue
a instalarse al fin en la “iglesia” de madera que preside la frondosa selva, propiedad de la hermandad del “santo
daime”. El cielo, negro y bochornoso, amenazaba tormenta. Y así fue. A las cinco y media, una torrencial y
tropical cortina de agua nos obligó a refugiarnos en el espacioso lugar de reunión de la secta: una rústica y
cuidada cabaña rectangular que, como digo, hacía las veces de “templo”. En el centro había sido dispuesta una
mesa, primorosamente vestida con inmaculados manteles y sobre la que descansaban una gran cruz de doble
brazo, flores silvestres, estampas católicas, un retrato del “Padrino Sebastián” (un anciano maestro espiritual
del grupo), agua en abundancia y un alto y campanudo recipiente de blanca cerámica, provisto en su cuello
inferior de un grifo y que asocié al punto con el depósito que podía contener la ayahuasca. Y enfrentados a los
dos largos costados del insólito “altar”, unos bancos y sillas en los que, presumiblemente, deberían sentarse los
miembros designados por la hermandad para acompañarnos y dirigirnos en el singular “viaje”. Como creo
haberlo mencionado, esta “escolta” por parte de los ya “iniciados” era obligada para aquellos que, como
nosotros, se enfrentaban a la “soga del muerto” por primera vez. Al parecer, según los entendidos, los efectos
del brebaje son tan violentos e incontrolados que el “lego” debe ser “guiado”, “aconsejado” y “tranquilizado” por
la voz de un experto. Esta circunstancia, lejos de serenar nuestro ánimo, nos movió hacia la desconfianza.
Tanto Jiménez del Oso como yo teníamos nuestros propios “planes y objetivos” y no deseábamos
“interferencias” de ningún tipo. Pero lo pactado era lo pactado y, de momento, dejamos hacer a nuestros
anfitriones.
A las siete, todo se hallaba dispuesto. Las dos cámaras de cine, en sendas y estratégicas posiciones, bajo el
control de Jorge Herrero, Pepe Villalba y Ángel Yebra. El sonido en las manos de Pepe Nogueira y la vigilancia
del complejo entramado de cables, luces y material técnico al cuidado de Adolfo Cristóbal. Y en la sombra,
dirigiendo la filmación, Carlos Puerto. Todos estos excelentes profesionales y mejores amigos, amén de
ocuparse de la grabación de tan loca peripecia, se convertirían en buena medida en testigos de excepción de
cuanto estoy relatando. Ellos asistieron al “viaje” desde fuera y nosotros, desde dentro. Incluso, dada la
enigmática “puerta” que estaba a punto de abrirse en nuestros cerebros, dos de los miembros del equipo Juan
Fernández, productor, y el mencionado Adolfo, en un gesto de solidaridad y compañerismo, permanecerían
atentos a todo lo concerniente a la seguridad e integridad física del psiquiatra y del periodista.
La toma de la ayahuasca fue prevista para las ocho de la noche. Y una hora antes, respetuosos con el ritual, el
doctor y yo nos retiramos a una oscura y pequeña estancia, contigua a la “iglesia” en la que aguardaban
nuestros cada vez más inquietos compañeros, así como la treintena de hombres y mujeres del “santo daime”,
seleccionada para la ceremonia. Era curioso: entre estos últimos se respiraba un aire de fiesta. La ingestión del
“sagrado licor” constituía siempre un respetuoso motivo de regocijo. Y era recibido como un “don del cielo”,
como una “santa conexión con la divinidad”, como la “suprema gracia” y la posibilidad de “ver, sentir y dialogar
con las jerarquías del más allá”...
Paolo Silva, en su condición de “maestro ayahuasquero”, nos recomendó sosiego y descanso. En mi caso, al
menos, lo que en verdad necesitaba era acción: degustar de una vez aquella pócima de los infiernos y verificar
por mí mismo sus cacareados y supuestamente convulsivos efectos. Y tras descalzarnos y acomodarnos sobre
las mugrientas colchonetas que alfombraban el cuartucho, cada uno se sumió en sus propios pensamientos.
Por mi parte traté de revisar el “plan” concebido para dicha ocasión. En los minuciosos interrogatorios a que
había sometido a la gente del “santo daime”, todos, unánimemente, coincidían en la necesidad de “dejarse
llevar” por la propia “planta del conocimiento”. Era lo acostumbrado. Debía ser mi mente, libre y sin ataduras, la
que “eligiera” el rumbo. Si, todo aquello estaba muy bien y probablemente dentro de la más pura “ortodoxia”
ayahuasquera. Pero, indisciplinado y anárquico, procuré que las “riendas” de los “salvajes caballos” que me
disponía a montar estuvieran en todo momento bajo mi único y exclusivo control. Yo fijaría unos objetivos
claros, concretos y, por encima de todo, comprobables “a posteriori”. Todo lo demás me traía sin cuidado. En el
fondo, como fue dicho, ésta era la razón básica que justificaba mi participación en tan delicada operación. ¿Y
cuáles eran esos “
simplificarlos: objetivos”? Trataré de explicarlo.
El primero y más importante, un “viaje”. Si la “soga del muerto” como aseguran los iniciados le permite a uno
“volar mentalmente” donde guste y desee, ¿por qué no tratar de ejecutar un “experimento” tan atractivo? En
este sentido, mi propósito era el siguiente: “volar” hasta una determinada ciudad del País Vasco, “penetrar” en
un domicilio concreto e intentar “ver” si en el suelo de una de las habitaciones había sido depositado un objeto
que, obviamente, yo no debía conocer hasta después de concluida la experiencia. El objeto en cuestión elegido
en secreto por la persona que habitaba dicha casa y a la que expuse el proyecto por teléfono y dos días antes
de la toma de la ayahuasca tenía que reunir, además, un característica especial, multiplicando así la dificultad
del “experimento”:
la naturaleza del mismo debía ser ajena al mencionado suelo de la habitación. Por ejemplo: si el lugar
seleccionado por el dueño de la vivienda era el dormitorio, en el suelo tendría que descansar “algo” que no
fuera habitual en ese lugar. Desde una cafetera a un plato de sopa, por citar dos objetos “extraños”.
Naturalmente, tanto el doctor Jiménez del Oso como algunos de los integrantes del equipo fueron puestos al
corriente de semejante maquinación mucho antes de la ingestión del alucinógeno.
Si los alcaloides propiciaban el “viaje” y este inconsciente aventurero lograba “visualizar” el objeto de marras,
ubicado a casi diez mil kilómetros el remate del “experimento”, era coser y cantar. Bastaba con telefonear de
nuevo a nuestro “contacto” en España y preguntar la naturaleza de la pieza seleccionada.
El segundo “objetivo” que nos permitía una precisa y posterior comprobación fue sugerido por uno de los
miembros del equipo, cuya identidad no estoy autorizado a desvelar. El “experimento” era relativamente similar
al primero: “viajar” a un domicilio existente en la ciudad de Madrid, “recorrerlo” en su totalidad y “descubrir y
describir” un regalo efectuado por mi confidente a la familia que habitaba en esa casa. (Debo advertir que en
aquellas fechas noviembre de 1989, el equipo de televisión llevaba dos meses fuera de España.) Naturalmente,
la única información recibida de mi amigo fue la dirección en la que se levanta dicha vivienda madrileña.
Junto a estos dos “proyectos”, susceptibles, como digo, de verificación “a posteriori”, incluí otros dos, de
naturaleza íntima y personal y que, como detallaré en su momento, no había forma humana de ratificar
objetivamente. Aun así, amparándome en una deducción lógica (aceptando que la “lógica” tenga algo que decir
en semejante proceso), silos dos primeros “viajes” resultaban positivos y “acertaba” en las descripciones, ¿qué
derecho tenía a dudar de la “realidad” de mis dos postreros propósitos?
Pero entremos ya en la asombrosa experiencia...
Minutos antes de las ocho de la tarde (las once en España), Paolo Roberto Silva e Souza vino a sacarnos de
nuestro beatífico reposo. Debo confesarlo. Ingresamos de nuevo en la resplandeciente “iglesia”, sujetos a las
curiosas y, en cierto modo, benevolentes miradas de los hombres y mujeres que ocupaban ya sus puestos en
torno al “tabernáculo” de la secta y experimenté una afilada sensación: al cruzar el crujiente entarimado y tomar
asiento en aquel banco sin respaldo me sentí como una víctima propiciatoria. Ciertamente, y por las razones ya
esgrimidas, quien esto escribe había aceptado el reto libre y voluntariamente. Pero el miedo rondó a mi
alrededor. Me habían hablado igualmente de las desagradables y flagelantes reacciones físicas que se derivan
indefectiblemente de las primeras tomas. La ayahuasca era implacable. Antes de “penetrar” en ese especial
estado de conciencia, el bebedizo “pasaba factura”. Y un escalofrío quizá premonitorio hizo temblar mis dedos
al desatar la correa del reloj. Pero, como los buenos toreros ante el portón de “los sustos”, apreté los dientes y
busqué refugio en la aparentemente plácida faz de mi compañero de aventura. Sentado a mi derecha,
Fernando Jiménez del Oso, impasible y relajado, parecía estar a punto de degustar una suculenta paella
valenciana. Su presencia, no en vano es médico, aplacó al fantasma de la incertidumbre. Y, tal y como había
programado, dispuse el “diario de campo”, con la sana y juiciosa intención de ir anotando todas y cada una de
mis reacciones durante el tiempo que durase la experiencia. Sé que esta actitud puede parecer absurda e
incongruente. Si el sujeto que se sometía a la pócima emprendía en verdad ese alucinante “viaje”, ¿cómo
“conservar” la normalidad y la lucidez que exigen un control escrito? En principio, según mi cono conocimiento,
la mente es una e indivi sible. ¿O no es así? Pero no adelantemos acontecimientos. Que sean los lectores y los
expertos quienes reflexionen sobre lo que estaba a punto de ocurrir...
Y puntuales, tras unos rezos preñados de sincretismo, la hermandad del “santo daime” estalló en una sucesión
de cánticos monocordes y repetitivos que no cesarían en las casi cuatro horas que duró la ceremonia. Un coro
arropado por guitarras y que, en todo momento, fue diestra e inteligentemente dirigido por el “líder”, Paolo
Silva, sentado a la cabecera de la mesa y encargado al mismo tiempo del suministro de la ayahuasca. Ante mi
sorpresa, a lo largo de todo el experimento no hubo una sola voz que hiciera de “guía”. En esta oportunidad, al
menos, el “sistema” utilizado por los ayahuasqueros fue el de los referidos cánticos, que ensalzaban sin cesar
las virtudes, la bondad y la sabiduría de la floresta amazónica. En mi caso conviene adelantarlo, esta “fórmula”
de conducción resultó tan ineficaz como molesta. Lejos de “impulsar o estimular” mi mente hacia ese “más
allá”, sólo contribuyeron a distraer mi atención. Y dicho esto, siempre en beneficio de la autenticidad, a partir de
ahora procuraré ajustarme a lo descrito en mi inseparable diario “de a bordo”. Entiendo
que esas anotaciones y comentarios, registrados “en vivo y en directo”, son del todo elocuentes:
20.14: primera toma. Paolo, en mitad del ensordecedor coro de voces, abre el grifo de la enorme cántara de
porcelana y procede a llenar un generoso vaso de cristal. Cálculo aproximado: entre 150 y 200 centímetros
cúbicos. Borbotea un líquido de color “chocolate”, bastante fluido... Fernando se pone en pie y recibe el vaso de
manos del “líder”. Lo apura en siete segundos. Veo al equipo filmando con frenesí. Me toca el turno. Me alzo
igualmente y me hago con la ayahuasca. No puedo evitarlo: me tiemblan los dedos. Lo ingiero con mayor
lentitud que J. del Oso. El “impacto” está a punto de jugarme una mala pasada. Casi me atraganto. ¡Es
repugnante...! Amargo, frío, rompe las entrañas... Fernando y yo nos miramos. Cruzamos una significativa
mueca de horror. Ahora sólo podemos esperar. El resto del grupo va desfilando junto a Paolo y apurando su
dosis correspondiente. Arrecian los cánticos...
Intento relajarme. La pócima me hace temblar de pies a cabeza. Mis reacciones, sin embargo, son normales.
La visión, óptima. Escucho con precisión y claridad. Al fondo, incluso, creo percibir los murmullos del realizador
y de los cámaras... Cierro los ojos, tratando de percibir algo. Pero, ¿qué se supone que debo captar?
20.54: segunda toma. Son las 23.54 en España. Idéntica dosis. Entre ambas tomas noto una especie de
pinchazo en el centro de la frente. No hay forma de acostumbrarse al maldito amargor...
Náuseas... Aparecen en oleadas. Mal asunto. Esto empieza a complicarse. El estómago se retuerce. Dolor
sordo a nivel de vientre. Diafragma y esófago “protestan”.
Hace rato que Fernando y yo no hablamos. Entiendo que sus síntomas pueden ser parecidos. Tiene mala cara.
21.10: uno de los miembros del grupo mueve la foto del “Padrino Sebastián”, situándola más cerca de nosotros.
Música y canciones imparables. Son incansables...
21.37: las náuseas se multiplican. Sudor frío. Capto ligeros mareos. Encuentro dificultad para escribir... Vision:
aceptable. Al fondo, por las ventanas abiertas de la “iglesia” escucho el gratificante ruido de la lluvia... No
“recibo” ni “capto” nada especial... Creo que an conciencia continúa intacta y lúcida... Temperatura normal,
aunque empiezo a experimentar algo de frío...
Fernando, al interesarme por su estado, responde lacónicamente: “Mareos y diarreas.” Me asusto.
21.44: náuseas, mareos y primeros síntomas graves que anuncian vómitos. Lucho por controlar mi dolorido
estómago. Esto es infernal. Me siento morir...
21.50: imposible contenerme. He tenido que levantarme y refugiarme en uno de los flancos de la “iglesia”. Las
arcadas llegan por oleadas. Me baña un sudor gélido. No he conseguido vomitar. Creo haber expulsado
algunos ácidos (?)... Estómago, vientre, riñones, esófago y garganta se resienten del poderoso esfuerzo por
expulsar la pócima.
21.52: retorno inseguro al banco. Adolfo se ha situado a nuestra espalda, vigilante e inquieto. Cierro los ojos de
nuevo. Inspiro en profundidad. Nada. Aquí no pasa nada...
22.07: alguien destapa la cántara de cerámica y vierte una botella de ayahuasca. Las náuseas y mareos
empiezan a remitir Escribo con mayor lentitud. Sigo percibiendo la realidad
que me rodea. Pepe Villalba ha vuelto a cambiar de chasis. Pero estos cánticos...
22.09: tercera toma. Idéntica dosis. La ayahuasca rasga como un cuchillo de hielo. Estoy más tranquilo. No veo
a Jiménez del Oso a mi lado.
22.20: la visión se espesa. Debo esforzarme para distinguir la hora. ¿Primeros síntomas? El malestar general
desaparece... Percibo una progresiva relajación. Pero, esa música... Si pudieran parar... Algo ocurre... Me
distraen... Actúo por mi cuenta...
22.30: abro los ojos. En estos últimos minutos ha sido magnífico. Paz. Paz... Sensación de paz. Actúo al
margen de los cánticos. Soy consciente de que escribo, de que estoy aquí, del reloj, del equipo. Al mismo
tiempo no estoy aquí... La estrella del techo me ayuda con su secuencia... No puedo contar ese vuelo... Ahora
no...
Me veo obligado a “saltar” sobre mi propio diario. En esas especiales circunstancias a las dos horas,
aproximadamente, de haber ingerido la primera dosis resultaba poco menos que imposible la transcripción
detallada de lo
que estaba “viendo y viviendo”. Fue paulatino, pero inexorable. Hacia las 22.20 horas (madrugada en España),
los efectos del alucinógeno empezaron a percibirse en mi organismo: benéfica relajación muscular, pesadez en
los párpados, movimientos de los globos oculares y una indescriptible sensación de paz y bienestar. Y todo
ello, sin dejar de recibir los lógicos y naturales estímulos exteriores: ruidos de pisadas a mi alrededor, cánticos,
silencios, carraspeos... Me hallaba plenamente consciente. De vez en vez, aunque con dificultad, abría los ojos,
tomaba algunas notas y regresaba ansioso y entusiasmado a tan placentero estado. En un primer momento
antes de “poner en marcha” los “objetivos” previamente trazados me llamó la atención un hecho probablemente
pueril. Sobre la mesa, colgando del techo, oscilaba una estrella dorada, mecida por la brisa que penetraba por
los costados abiertos del “templo”. Sus rítmicos destellos, cada cinco o seis segundos, fueron más útiles en el
proceso de concentración que todos los cánticos de la hermandad. Pero lo asombroso es que cada uno de los
movimientos de alzada de mi cabeza, a la búsqueda de los mencionados reflejos dorados, se me antojaban
interminables, lentísimos, casi eternos. Y al hacer coincidir mis ojos cerrados con dichos destellos, mí mente,
mi “otro yo” o lo que fuera “escapaba” de mi cuerpo físico, emprendiendo el “vuelo”. ¡Ah, una vez más, las
palabras me limitan!
Y en uno de esos “encuentros” con la estrella me sorprendí a mí mismo “fuera” de la “iglesia”, flotando sobre la
vertical de la misma y en mitad de la noche. Quizá estuviera a cien o doscientos metros de altitud. Veía la luz
que escapaba por los flancos, pero no su interior. Y con una “seguridad” que no acierto a comprender emprendí
un “vertiginoso” vuelo en mitad de la negrura. Era una “sensación” (?) viva. Real. Podía “escuchar” (?) el silbido
del aire a través de mi “cuerpo”. Un “cuerpo” que yo “percibía”. Unas “formas” supongo que humanas
transparentes, que me recordaron el crista'. Un “cuerpo” sin peso, dotado de total libertad. Ingrávido. Dócil.
Seguro. Poderoso...
Y en segundos suponiendo que el concepto tiempo pueda ser utilizado en semejante “estado” fui descendiendo
de nivel. Pero, ¿cómo pude orientarme? Lo ignoro. Lo cierto es que “allí abajo” aparecieron las luces de una
gran ciudad. Y “supe” que era Lisboa. “Instantes” después “abordaba” el Gran Bilbao. Y “volando” a la altura de
las farolas fui a situarme frente a la casa “elegida”. Ni se me ocurrió “abrir” las puertas. Como lo más natural del
mundo “atravesé” cristales y maderas, penetrando en el interior de la vivienda. En aquellos “momentos” (?)
según las notas del diario, alrededor de la una y media de la madrugada española, la familia dormía. Y según lo
convenido por teléfono, “recorrí” las habitaciones, a la “búsqueda” del misterioso objeto depositado en el suelo.
Fue un “paseo” igualmente placentero, “recreándome” en cuanto “veía”, “absorbiendo” hasta el último detalle de
muebles y paredes y con la diáfana “sensación” de que la experiencia era tan cierta como aquella “otra” que.
estaba viviendo entre focos y cámaras de televisión. Pero, ¿ cómo era posible que pudiera “estar” en dos
lugares a un mismo tiempo?
Al penetrar en uno de los dormitorios, mi atención quedó “clavada” en “algo” que yacía sobre una alfombra. Me
aproximé y descubrí una fotografía de unos quince centímetros de altura. ¿ Qué hacia aquel retrato en el
suelo?
Pero hubo algo más. La mujer que dormía boca abajo en la única cama existente en dicho dormitorio, y que yo
conocía, llevaba el cabello largo, a cuatro dedos de la cintura. ¿ Cómo era posible me pregunté si dos meses
antes, al partir de España, su pelo apenas si descansaba sobre los hombros? E intrigado terminé por
abandonar el País Vasco, disponiéndome a ejecutar el segundo de los “trabajos”.
Si en el primero de los “objetivos” yo conocía la ciudad
y la casa en cuestión, no podía decir lo mismo respecto al domicilio madrileño. Mi ignorancia en lo que a su
ubicación se refería era total. Y, sin embargo, el “vuelo” hacia la calle y la casa fue impecable. Y “penetré” en
ella, desplegando una minuciosa y exhaustiva “exploración” de sus aposentos. En esta ocasión, los dos únicos
moradores se hallaban despiertos. Y cuando estimé que la “misión” se hallaba consumada, puse en marcha el
tercer y cuarto “experimentos “.
22.43: ahora “vuelo” a mi antojo... Anotaciones lentas... Estoy bien. Ningún dolor... He visto a Jorge
aproximándose con la cámara... Jiménez del Oso trata de tomarme el pulso... Me niego... Vuelo otra vez...
Mi estado físico era aparentemente bueno. Tal y como se refleja en el diario, seguía captando cuanto acontecía
en mi entorno. Como ya he mencionado, esta especie de “desdoblamiento” por emplear un término asequible,
aunque no sé si exacto, me tuvo entonces (y todavía me tiene) desconcertado. La ayahuasca había hecho un
blanco perfecto en mi cerebro. La “vía química”, en suma, funcionaba. Ciertamente tuve que sufrir una hora y
media dramática. Pero el “resultado” mereció la pena. Aquella “sensación”
me siguen faltando las palabras de “flotabilidad”, de “poder”, de singular “bienestar”, sin perder en ningún
momento la conciencia, resultaba tan atractiva que ahora comprendo mejor a quienes dicen haber
experimentado ese especial “estado de pre-muerte”. Pero sigamos con este obligado resumen.
El tercer “experimento” tuvo un carácter íntimo. Los pocos que me conocen y cuantos hayan podido leer mis
libros saben que creo en la existencia de una “fuerza” superior, que “vigila, protege y controla” a cada ser
humano. Unos “seres” que echando mano de una metáfora servidor suele identificar con los “viejos ángeles de
la guarda”. Unos “personajes” que ¿por qué no? podrían “viajar” en lo que denomino, con tanta familiaridad
como osadía, la “nave nodriza”. Pues bien, aunque no me he referido a ello, por expreso deseo mío, en el
transcurso de los dos primeros “viajes”, uno de estos “seres” (viejo conocido) me acompañó en todo momento.
Y concluido el “asunto” de Madrid, “deseé” ver (?) esa famosa “nave nodriza”. Y el “ser” que “volaba” a mi lado
“sonrió”, señalándome las “alturas”. Y al igual que en las películas de Supermán, ese extraño “J. J. Benítez”
ascendió como un cohete, abriéndose paso en la oscuridad del espacio. Unas tinieblas azabache. Espesas. Y
recuerdo haber “visto” por mi derecha la curvatura de la Tierra. A juzgar por la escasa inclinación de ese arco,
que destacaba en la negrura por una estrecha y difuminada “banda” azul, no debía “hallarme” a demasiada
altura. Y “ahí” terminó mi nuevo “vuelo”. “Algo” me bloqueó, deteniéndome. Y en lo alto no demasiado lejos
descubrí una inmensa “luz” blanca. Guardaba la forma de un ovoide. Parecía inmóvil. Y “comprendiendo” que
el acceso a la misma me estaba prohibido, me limité a contemplarla. Y en ello estaba cuando, de pronto, de la
gigantesca “luz” surgieron dos “hileras” de “seres”. Y a gran velocidad descendieron hacia la Tierra. Una desfiló
por mi izquierda y la otra por mi derecha. Pero fue imposible captar o retener sus rostros. El ritmo de aquellas
“procesiones” de “seres” era vertiginoso.
El cuarto “deseo” no sé si debo calificarlo de “experimento” llegó a renglón seguido. Casi formando parte de
esa desconcertante “secuencia” de personajes “rumbo” a nuestro mundo. No es ningún secreto, al menos para
los que hayan podido leer los Caballos de Troya, que profeso una inquebrantable admiración y cariño por
Jesús de Nazaret. Yo también tuve mi particular “Damasco” y, desde ese instante, sé que le debo mucho. Y he
aquí que, en mi ingenuidad como algo muy personal me propuse servirme de la ayahuasca para tratar de verle.
Sólo quería contemplarle. “Saber” cómo es en realidad. Puestos a pedir...
Y Súbitamente, mientras “flotaba” en el espacio, de la magnífica “luz” se desprendió “algo”. Pero ese “algo”, en
lugar de pasar de largo, como sucediera con los “seres”, fue a situarse frente a este “pecador”. Casi al alcance
de mi mano. Era una cabeza humana (?). Y la reconocí al momento. Pero, ¿cómo era posible? Ese “rostro”
impresionante, dulce, majestuoso, llevaba años colgado en mi lugar de trabajo... Un buen día, allá por el año
1984, justo tras la aparición del primer Caballo de Troya, la imagen en cuestión “apareció” en mi domicilio, sin
remitente, ni señal alguna del punto de procedencia. Y aquel rostro me cautivó. Y ahí sigue, frente a mi mesa
de trabajo, como una ayuda y un confidente.
A qué negarlo. Aquel postrer “regalo” de los cielos me dejó confuso y emocionado. ¿Era ése el auténtico
aspecto de Jesús? ¿Y por qué no? La verdad es que la “aparición” de aquella “imagen” en mitad de la
oscuridad del espacio era lo último que hubiera podido esperar e imaginar. Sinceramente, yo había “concebido”
al Hijo de Dios como un ser de luz...
A las 00.53, alguien tocó en mi hombro. Y al abrir los ojos comprendí que la experiencia había concluido. Los
cánticos cesaron y el equipo se dispuso a recoger el material. E instintivamente me resistí. No deseaba “salir”
de tan benéfico estado. Según el “diario de campo”, mi estabilidad se resintió, al menos durante tres horas. Fue
menester que mis compañeros me sujetaran. Mi conciencia era plena, aunque sensiblemente amortiguada por
una especie de “embriaguez” dulce y acogedora. La conversación fue coherente aunque extraordinariamente
lenta. Mis palabras fluían en un tono bajo, sin prisas y lamentando el brusco “retorno” a la dura “realidad”. Y fue
en el autobús, nada más abandonar el recinto del “santo daime”, cuando, gracias a los excelentes reflejos
periodísticos del jefe de fotografía del equipo, Jorge Herrero, íbamos a disponer de un documento sonoro de
vital importancia. Postrado en el
asiento del autocar que debía devolvernos a Río, recuerdo entre brumas el pequeño magnetófono de Jorge y
algunas de sus preguntas. Y allí, providencialmente, fui relatando parte de la experiencia. Supongo que el
natural escepticismo de mis amigos debió de tambalearse peligrosamente. ¿ “Volar” con la mente? ¿ “Viajar” a
diez mil kilómetros y “penetrar” en las casas como un fantasma? Ellos sabían de mi honestidad y seriedad. Y la
narración de tan increíbles sucesos les dejó atónitos. Pero la gran sorpresa llegaría al día siguiente. Fue
suficiente una llamada telefónica a la dueña de la casa, en Bilbao, para verificar que, en efecto, esa
madrugada, en el piso de uno de los dormitorios, el misterioso y desconocido objeto depositado en el suelo
había sido ¡un retrato en color! Que cada cual saque sus propias conclusiones...
En cuanto al segundo “experimento”, el acierto fue igualmente total. Mi compañero de equipo, al escuchar la
descripción de la vivienda madrileña, quedó desconcertado. ¿Cómo era posible que pudiera hablarle hasta de
los palos de golf que adornaban las paredes?
Estos asombrosos relatos de los primeros “viajes”
constatados, como digo”, “a posteriori” me inclinaron a creer que también el tercer y cuarto “experimentos”
podían encerrar una notable dosis de verdad. Como manifestaba el Maestro, “quien tenga oídos, que oiga... “
Pero, al margen de los “aciertos”, quizá lo que más llamó mi atención 4e semejante “aventura” y que conservo
en mi corazón como un preciado “tesoro” fue la nítida y rotunda “sensación” de “poseer la Verdad”. Si “traducir”
a palabras la experiencia de la ayahuasca resulta ya comprometido, intentar describir ese sentimiento es poco
menos que imposible. Lo cierto es que, mientras “volaba y viajaba”, ese extraño “estado de conciencia” me
permitía “saberlo y conocerlo todo”. Y yo estaba seguro de que así era. Y en el fondo me sentí feliz y
esperanzado porque, en definitiva, ése debe de ser el “mundo” que nos aguarda al
otro lado de la muerte. Y “supe” también que la temida muerte, tan pésimamente interpretada como explicada a
lo largo de la historia, guarda una íntima relación con cuanto me tocó “vivir” en aquel tiempo sin tiempo.

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MÉXIICO:: UN ““AS”” EN LA MANGA
Me resisto a olvidarlas. Estos apresurados apuntes -arrancados de mi agenda “secreta”- no quedarían
completos si pasara por alto las llamadas “apariciones mamas”. Pero ¿cómo hacer?. En mis archivos, el
“catálogo” este tipo de sucesos enigmáticos suma ya más de 21.000 505. A la espera de tiempos mejores, en
los que poder aparecer esa inmensa documentación, me resignaré a “sobrevolar” uno de estos enigmas. Una
“aparición” que, por naturaleza y por el papel desplegado por la ciencia, ha llenado de asombro a los
escépticos y de fundadas esperanzas a los creyentes.
Trataré de hacer memoria.
Fue por el año 1977 cuando, practicando uno de mis vicios” favoritos la “exploración” de viejas librerías la
casualidad” hizo que cayera en mis manos la imagen de “hombre barbudo”. Recuerdo que me hallaba en
México Distrito Federal, envuelto en “otros misterios”. Pero aquel humilde y olvidado estudio de los mexicanos
Carlos nas y Manuel de la Mora, en torno a los “ojos de la Virgen Guadalupe”, me electrizó. Y durante meses
renun287
cié a las restantes investigaciones, entregándome en cuerpo y alma a este, para mí, nuevo y fascinante
desafío.
Los mexicanos lo sabían desde hacía cincuenta años. Pero, por una serie de razones que, de contarlas,
alargarían peligrosamente esta breve incursión, el misterio de la Guadalupana había quedado atrincherado
entre unos pocos privilegiados. Todo había empezado en los anos veinte, cuando el fotógrafo oficial de la
basílica donde se veneraba la hermosa y supuesta “pintura” de la mencionada Virgen descubrió que en uno de
los ojos aparecía un busto humano. Y Marcué, con las pruebas en la mano, acudió a la jerarquía eclesiástica.
Efectivamente, “allí había un hombre con barba”. Pero la Iglesia ordenó silencio. Y el enigma permaneció
“dormido” durante casi treinta anos. Y en 1951, como ocurre con frecuencia en estos asuntos, el destino
desempolvó la intrigante historia. Y los ya mencionados Salinas y Mora “redescubrieron” al “hombre barbudo”.
Y lograron que la ciencia pusiera sus ojos en los de la venerada reliquia. Y por la vieja basílica de Guadalupe
fueron desfilando los más prestigiosos médicos, científicos e investigadores. Y tras numerosos e implacables
exámenes, todos reconocieron que “aquello era inaudito e inexplicable”.
¿Cómo entender que en los ojos de una imagen que se remontaba según la leyenda a la segunda mitad del
siglo xvi pudiera “aparecer” la figura de un hombre barbudo?
Pero había más, mucho más en aquellos ojos de ocho milímetros...
Antes de proseguir con los sorprendentes hallazgos que irían desencadenándose, estimo justo y necesario
abrir un paréntesis, con el fin de situar al lector en los principales antecedentes que constituyen aquellos
“milagrosos hechos” registrados en 1531 en las cercanías de México Tenochtitlán.
Cuenta el antiquísimo documento náhuatí Nican Mopohua, escrito por el sabio Antonio Valeriano uno de los
indios al servicio del cronista fray Bernardino de que en los primeros días de diciembre del referido año de
1531, un “macehualli” o campesino del pueblo de Cuantitlán se dirigía a pie hacia la capital mexicana. Y al
pasar por la falda del cerro del Tepeyac se le presentó una Niña de vestiduras luminosas. Y esas apariciones
se repetirían hasta cuatro veces en los siguientes días. Y en todas ellas, la Niña encomendó al indio Juan
Diego que comunicara al entonces obispo de la Nueva España, el vizcaíno fray Juan de Zumárraga, que,
siguiendo sus deseos, le edificara allí mismo el Tepeyac un templo en su honor. Pero el vasco, lógicamente
escéptico, no creyó al humilde “macehualli”. Y quizá por quitárselo de encima terminó pidiéndole una prueba. Y
el 12 de diciembre, siguiendo las indicaciones de la Niña, Juan Diego se presentó de nuevo en el palacio de
Zumárraga. Y en presencia del obispo y de otros testigos desplegó la tilma o capote que le cubría, dejando
caer un puñado de rosas “de Castilla”. Y los presentes quedaron consternados. En parte, porque en esa época
invernal era del todo imposible que pudieran florecer dichas rosas. Pero, sobre todo, ante el “dibujo” que se
había tomado súbita y misteriosamente en el tosco manto de fibra vegetal que portaba el indio. Una “pintura” en
color que representaba a la Virgen y que, como reza la leyenda, “no obedecía a pinceles ni manos humanas”.
Desde entonces, la “milagrosa” imagen de la Virgen de Guadalupe ha sido expuesta y venerada en sucesivas
ermitas y templos, siempre en el cerro del Tepeyac, escenario de tan prodigiosos acontecimientos. Y allí puede
contemplarse hoy, sobre el altar mayor de la moderna basílica que lleva su nombre, en la gigantesca metrópoli
azteca.
Pero no sería hasta bien entrado el siglo XX cuando por los motivos ya expuestos la supuesta “pintura” de la
Niña cobraría un nuevo y sugestivo valor, al menos para la comunidad científica y para cientos de miles de
ciudadanos de todo el mundo.
Al profundizar en los análisis, los médicos con –en especial los oftalmólogos- , además de ratificar la realidad
incuestionable de ese “hombre con barba”, fueron a descubrir que dicha imagen se hallaba repetida en ambos
ojos y presentando un conocido efecto óptico: la llama4a “triple imagen de PurkinajeSanson”. Esto,
obviamente, descartaba cualquier posibilidad de azar en la formación del “busto humano”. ¿Por qué? Muy
simple: las referidas imágemes de PurkinajeSanson habían sido descubiertas por estos médicos en el siglo
XIX...
Este efecto óptico, como saben bien los oftalmólogos y los aficionados a la fotografía, consiste en un triple
reflejo, perfectamente localizado en cualquier ojo vivo. Cuando una persona, objeto, etc., suficientemente
iluminados, se encuentran cercanos a los ojos de un ser humano, son reflejados por triplicado. A saber: una
primera imagen en la cara anterior de la córnea. La segunda en la superficie anterior del cristalino y la tercera
en la cara posterior del mismo cristalino. Y ello se debe a que las caras anteriores de la córnea y del cristalino
actúan a la manera de espejos convexos, proporcionando imágenes derechas y más pequeñas de los objetos
en cuestión. La cara posterior del cristalino, en cambio, trabaja como un espejo cóncavo, dando lugar a
imágenes invertidas. Pues bien, esto fue lo que hallaron los especialistas en los ojos de la Virgen de
Guadalupe. El “hombre barbudo” aparecía por triplicado, siguiendo fielmente estas leyes ópticas. Y también se
hallaba en el ojo izquierdo, aunque ligeramente distorsionado, como consecuencia del efecto estereoscópico.
¿Y todo esto había sido idea del anónimo “pintor” del siglo xvi? Naturalmente, tan descabellada hipótesis fue
rechazada por los científicos. “Allí” había “algo” que no encajaba, al menos para la “ciencia y la tecnología” de
la Edad Media. Y la ciencia continuó sus indagaciones. Y en 1979 y 1980, dos expertos norteamericanos en
radiaciones infrarrojas los profesores Smith y Callahan, de la Universidad de florida y del Pensacola College,
respectivamente, tras someter la imagen original a una compleja batería de experimentos, dieron a conocer las
siguientes y espectaculares conclusiones:
1 a Coinciden con otros investigadores que trabajaron anteriormente sobre el tosco manto en la inexplicable
brillantez y frescura de los colores, así como en la insólita carencia de aparejo o barniz algunos. A pesar de lo
cual 4icen, la túnica y el manto permanecen tan brillantes y coloreados como si acabaran de ser pintados.
2a En relación a los colores, ni el azul del manto ni el rosado de la túnica tienen explicación científica. El
primero, por estar constituido por un colorante desconocido. El segundo, por no proceder tampoco de
pigmentos minerales (éstos son opacos a los rayos infrarrojos) ni orgánicos (vegetales o animales). Estos
pigmentos no producen colores permanentes, a menos que estén cubiertos por una capa de barniz que los
proteja. Y no es éste el caso.
3a En cuanto a la “factura” es decir, a la forma de ejecución, de la supuesta “pintura”, los investigadores no
encuentran palabras para expresar su admiración ante la increíble perfección de la expresión facial de la
Virgen. Parece como si el autor hubiera realizado la imagen “de una vez”, sin titubeos ni los clásicos
“arrepentimientos” propios de todo artista, que le obligan a retocar, una y otra vez, hasta que culmina la obra.
4a A través de la fotografía infrarroja se aprecia con nitidez cómo la imagen carece de “direccionalidad”. Algo
impropio en una pintura humana. Lo habitual en cualquier cuadro es que las “direcciones” que han seguido los
pinceles constituyan un lógico “maremágnum” de “trazados”.
5a A lo largo de las investigaciones pudo comprobarse igualmente que algunas partes de la Guadalupana sí
corresponden a retoques o añadidos humanos. “Alguien metió las manos”, añadiendo por su cuenta la luna, el
ángel, las cuarenta y seis estrellas que figuran en el manto, los rayos que parten del cuerpo, los arabescos de
la túnica, la orla y determinadas “sombras” del rostro. En suma: la imagen original poco o nada tenía que ver
con la que conocemos.
Y en esa misma década de los años ochenta, otro científico el profesor Aste Tonsmann, de la Universidad de
Cornelí y experto en computadoras vendría a complicar el “enigma de la Virgen de Guadalupe” con un enésimo
hallazgo para el que la ciencia tampoco tiene explicación posible. Al menos por el momento...
Mediante un complejo sistema de ampliaciones, el doctor Tonsmann tuvo la genialidad de “traducir” a dígitos
todos y cada uno de los miles de “grises” que dan forma a los ojos de la Niña. Y merced a la intrincada labor de
un “microdensitómetro”, de las “profundidades” de dichos ojos fueron surgiendo algunas figuras que nadie
había detectado hasta esos instantes. Y de las córneas de la enigmática “pintura” brotó la imagen de un “indio
sentado”, la “cabeza de un anciano”, “varias mujeres”, y así hasta un total de catorce “personajes” que, al
parecer, formaban parte de una escena. Una escena que, al igual que el “hombre con barba”, también se
repetía en el ojo izquierdo, eliminando así la palabra “casualidad”.
Y esa “escena” en opinión del atónito profesor pudiera corresponder a la ya relatada “secuencia” del histórico
“milagro de las rosas”, en el palacio del obispo Zumárraga.
¿Qué ocurrió realmente aquel 12 de diciembre de 1531 en México? ¿Quién o quiénes fueron capaces de
semejante “prodigio”? ¿Cómo lo consiguieron? ¿Y por qué est os asombrosos “hallazgos” han saltado a la luz,
justamente ahora, en una época de arrolladora incredulidad? ¿No será que todo en los cielos y en la tierra se
halla “atado y bien atado”?
Que el lector si se siente con fuerzas saque sus propias conclusiones. Como decía mi viejo maestro, el padre
Carreño, parece como si la Divinidad se hubiera guardado un “as” en la manga...

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IITALIIA:: EL ENIIGMA DE LOS ENIIGMAS
Tampoco es “casualidad” que concluya este repaso a “mis enigmas favoritos” con el que siempre he estimado
como el gran reto científico del siglo XX. El más oscuro y luminoso a un tiempo. El más irritante y polémico. El
más tangible y, sin embargo, el más escurridizo. El más sugerente y prometedor...
Un enigma que se cruzó en mi camino en 1975 y al que he quedado enganchado sin remedio. Un enigma, en
definitiva, que a nivel personal me permitiría “redescubrir” la figura del más grande Hombre nacido jamás sobre
este joven y atormentado mundo: Jesús de Nazaret.
Llevo, pues, quince años estudiando, investigando e interrogando a cuantos han tenido o tienen que ver con la
Sábana Santa de Turín. Y en ese dilatado período de tiempo tras acumular cientos de datos he llegado a la
íntima conclusión de que el famoso lienzo de lino, no solamente es auténtico sino que, sobre todo, contiene la
imagen del cadáver de mi admirado Jesús de Nazaret. Después de tantas y tan prolijas indagaciones,
consultas y estudios, sería de hipócritas y medrosos que me encogiera de hombros, amparándome en la, a
veces, estúpida, “imparcialidad científica”.
Sé lo que estarán pensando los escépticos e indocumentados de turno.
“¿Y las recientes pruebas del Carbono 14?”... “La ciencia ha demostrado que ese paño de tela tiene un origen
claramente medieval... “ “Los tres laboratorios que practicaron los análisis se han expresado sin titubeos: la
Sábana Santa ha sido datada entre los años 1260 y 1390.”
Y el revuelo a partir de aquel otoño de 1988fecha de la divulgación de dichos resultados haría estremecer a los
creyentes, incomodando y llenando de lógica extrañeza a las decenas de científicos que llevaban décadas
explorando la misteriosa y espléndida imagen. Lamentablemente, el ser humano parece no tener o no querer
tener memoria para su propia historia. Porque la polvareda levantada por los expertos de los laboratorios
europeos y norteamericanos no es nueva. En los primeros años de este siglo, otro grupo de científicos
capitaneados por el biólogo de la Universidad francesa de la Sorbona, Paul Vignon también “encontró” la
explicación al supuesto misterio de la Síndone. Y la célebre teoría de la “vaporigrafía” dio la vuelta al mundo,
zanjando aparentemente la cuestión. “Las imágenes dijeron son el claro fruto de la combinación química de los
áloes con las emanaciones amoniacales provenientes del sudor y de la sangre.”
Años más tarde, otros colegas de Vignon demostrarían que la tesis del amoníaco era una solemne ridiculez...
Pero, como digo, durante un tiempo, sabios y profanos creyeron que “todo estaba resuelto”.
Y algo similar aunque con menor poder de penetración en la opinión pública acontecería en los años setenta,
cuando el norteamericano McCrone lanzó a los cuatro vientos la “explicación” de una Sábana Santa “pintada
por un anónimo artista”. El hallazgo de partículas de óxido férrico en el tejido según el científico de Chicago
“ponía
las cosas en su justo término”. Y la comunidad científica, que se había quemado las cejas en exhaustivos
análisis de la reliquia, tuvo que soportar otra oleada de críticas, burlas y recriminaciones. Pero, a no tardar,
otros especialistas en este caso los hematólogos descubrirían el craso error de McCrone: esos “submicrones”
de óxido férrico, detectados en las manchas de sangre, no eran restos de pintura, sino parte integrante de la
propia sangre.
¿Ocurrirá lo mismo con esta nueva y reciente conmoción, provocada por el escasamente fiable método de la
datación por el C14?
Basta echar un vistazo a las cada vez más numerosas declaraciones de los científicos en torno a dicho sistema
para intuir que en breve plazo puede correr la misma suerte que las “revolucionarias” hipótesis de Vignon o
McCrone.
No aburriré al lector con las ya archisabidas y certeras argumentaciones que ponen en tela de juicio la fiabilidad
de dicha fórmula de datación: notable “suciedad” de la muestra (se calcula que el diez por ciento del peso de la
Sábana corresponde a materiales orgánicos añadidos con el paso de los siglos), presencia de una “radiación”
desconocida que pudo formar la imagen y que, sin duda, alteró los genuinos porcentajes de carbono del lino, y
factores como el incendio de Chambéry, que llegó a fundir parte del arca de plata que contenía el lienzo y que,
a todas luces, desequilibró la pureza de la muestra.
Pero quizá resulte mucho más elocuente recordar algunos de los estrepitosos y divertidos fracasos que ha
llegado a protagonizar este “infalible método” del C14. La verdad es que hablan por sí solos...
En 1988, la revista Science denunciaba que gracias a la datación por el radiocarbono, algunos caracoles
“vivos” sometidos a dicha medición habían arrojado una antigüedad de ¡26.000 años!
En otra oportunidad, el C14 había “fijado” la edad de una foca “recién muerta” en 1.300 años.
La revista Radiocarbon advertía de los peligros de este procedimiento y proporcionaba otro ejemplo
significativo: un mamut que había existido hace 26.000 años “sólo” presentaba una antigüedad de 5.600.
¿Y qué pensar del “incidente” vivido por el director del laboratorio de Zurich uno de los encargados de la
datación de la Sábana Santa cuando, al someter el mantel de su suegra al C14, comprobó con estupor que
arrojaba una edad de casi cuatro siglos...? “La culpa -se excusa- la tienen los detergentes.”
Pero la anécdota del mantel es “cosa de niños” silo comparamos con el grave traspiés sufrido por otro de los
prestigiosos laboratorios especializados en radiocarbono. En esta ocasión, las “águilas” de Tucson llegaron a
fechar un cuerno vikingo en el año ¡2006 después de Cristo!
¿Y qué decir de los análisis efectuados sobre los árboles centenarios existentes en Arizona y que, de acuerdo
al C14, “aún no habían nacido”?
Pero volvamos a las fechas proporcionadas por los tres laboratorios, las cuales, según ellos, “explican” el
misterio. A título de simple curiosidad se me ocurren algunas malévolas dudas...
Veamos. Si el lienzo que se conserva en Turin fue “confeccionado” o “manipulado” entre 1260 y 1390, ¿cómo
aclarar lo siguiente?:
1. La imagen que aparece en el tejido es un “negativo fotográfico”. Que se sepa, el único descubrimiento
relacionado con la óptica en los siglos XIII y XIV se debe al sabio inglés Roger Bacon quien, hacia 1249,
desarrolló unas lentes convexas que dieron lugar a la aparición de los anteojos, “primos lejanos” de las gafas.
¿Es que el supuesto “artista” o “falsificador” se adelantó en seis siglos al hallazgo de la fotografía?
2. Tanto de las fibras del lino como de la caja que lo contiene ha sido extraído más de medio centenar de tipos
de polen diferentes. El palinólogo Max Frei fallecido en
Suiza en 1983, llegó a identificar, con su microscopio, hasta 57 clases de polen, correspondientes a plantas de
Europa, Turquía, Anatolia e Israel. Es decir, toda una representación de la flora de los países por los que había
“peregrinado” la Síndone durante los primeros siglos, tal y como refieren infinidad de testimonios y documentos
históricos. Y entre esos especímenes “enganchados” en la trama del tejido fueron halladas muestras de polen
palestino fósil del fango del mar Muerto, del desierto del Neguev y de los estratos sedimentarios del lago de
Tiberíades. Pues bien, la pregunta'es obvia. Si el polen sólo puede ser identificado con el microscopio, ¿cómo
pudo esparcirlos el “falsificador” de marras de los siglos XIII o XIV, si este aparato fue inventado en 1590? Y el
bueno e ingenioso de Zacharías Janssen no consiguió lo que nosotros entendemos hoy por microscopio, sino
más bien un rudimentario sistema de aumento, basado en un tubo con dos lentes convexas en cada uno de los
extremos. Fue menester esperar hasta 1650 para que otro holandés, Jan Swammerdam, ideara un microscopio
que permitiera observar los detalles de las cosas vivas. Sinceramente, no consigo imaginar al “artista” allá por
los años 1260 al 1390, rastreando Judea para localizar las dieciséis especies de polen de plantas halófitas que
sólo prosperan en los suelos con alta concentración de salinidad (caso del mar Muerto), para después dejarlos
caer sobre la falsa Sábana Santa y confundir así a los hombres del futuro...
3. Numerosos hematólogos han estudiado a fondo las manchas y coágulos de la Síndone, verificando que, en
efecto, se trata de sangre humana. Una de estas investigaciones a cargo del profesor Baima Bollone arrojó un
resultado sorprendente: las trazas sanguinolentas de la Sábana Santa pertenecen al grupo “AB”, un grupo
sanguíneo muy extendido en las regiones del Líbano y de Israel. Y surge el interrogante: ¿cómo pudo
“seleccionar” el “falsificador” o “falsificadores” de los siglos XIII o XIV este tipo específico de sangre para su
“magistral trabajo” si el descubrimiento de los grupos sanguíneos fue obra del médico austríaco Karl
Landsteiner en 1900?
4. Si la tradición pictórica nos ha mostrado durante veinte siglos a un Jesús crucificado por las palmas de las
manos y portando una corona de espinas, ¿por qué en esos años, en los que se afirma ahora que fue
falsificada la Síndone, se hizo una excepción, presentando las huellas de los clavos en las muñecas y, en lugar
de la tradicional corona, las marcas de un “casco” espinoso que perforó buena parte del cuero cabelludo?
5. En noviembre de 1973, el profesor G. Raes, director del laboratorio de Meulemeester de Tecnología Textil
de la Universidad de Gante (Bélgica) detectó al microscopio entre las fibras de linc” algunos solitarios vestigios
de algodón. Concretamente, la variedad Herbaceum, muy frecuente en el Oriente Medio, incluso antes del
nacimiento de Cristo. Y aparecen las dudas. Si en Europa no se tejía algodón en los siglos XIII y XLV, ¿cómo
se las ingenió el “falsificador” pára confeccionar un lienzo que incluyera en su trama este tipo concreto de
Herbaceum? Recordemos que en los siglos xv y xvi, los descubridores y conquistadores españoles quedaron
asombrados al ver a los indígenas del Caribe y del Yucatán comerciando con ovillos de algodón...
6. ¿Y cómo “aclarar” el fenómeno de la “tridimensionalidad” que presenta la figura de la Sábana Santa? Han
sido necesarios los más complejos ordenadores, mícrodensitómetros y analizadores de imágenes para dar con
él. ¿Y cuál era el grado de desarrollo tecnológico de los años 1260 a 1390? He aquí algunos reveladores
ejemplos:
· En 1269, el francés Pélerin deMaricourt tuvo la genial idea de perfeccionar la brújula.
· En 1291, los venecianos “inventan” el espejo.
· En 1298, Europa “recibe” de la India el “torno de hilar”, uno de los primeros artefactos mecánicos que aliviaría
las pesadas labores de hilo mediante “rueca”.
· Y también en 1298, los galeses “descubren” el “arco largo”, de 1,80 metros de longitud y que permitía disparar
las flechas a trescientos metros.
· En 1300, un alquimista llamado Geber hace la primera descripción conocida del ácido sulfúrico.
· En 1316, Mondino de Luzzi escribe el primer libro de anatomía.
· En 1335 se instala en Milán el primer reloj mecánico de la historia. Funcionaba gracias a la acción de la
gravedad sobre unas pesas.
· En 1346, como uno de los grandes “hallazgos” del siglo, se utiliza el cañón en la batalla de Crécy.
7. Los microscopios han revelado la existencia en la urdimbre de restos de una variedad de carbonato cálcico
que recibe el nombre de “aragonito”, muy frecuente en las cuevas de Jerusalén. Y yo me pregunto: ¿cómo
pudo el “genial falsificador” del siglo XIII o XIV incluir semejante sutileza en la Sábana si este mineral fue
descubierto en 1775?
A la vista de lo expuesto que por sí solo ha llenado ya decenas de volúmenes hasta el menos avisado en el
misterio de la Sábana Santa comprenderá que las pruebas con el carbono 14 no han despejado, ni mucho
menos, las grandes incógnitas que todavía rodean la atractiva imagen. Muy al contrario, los especialistas que
batallan con el enigma desde hace décadas entienden que lo han hecho más sugestivo, si cabe. Y estoy
convencido de que este aparente “retroceso” provocará una saludable reacción en cadena, permitiendo a la
ciencia una mayor y más intensa búsqueda. Y eso, en definitiva, nos proporcionará “más luz”. Luz para intentar
aclarar el origen y la naturaleza de la desconcertante radiación que brotó del cadáver, “chamuscando” las fibras
superficiales del lino. Luz para tratar de asimilar el carácter de “negativo fotográfico” y de “tridimensionalidad”
que encierra dicha imagen.
Y no quiero concluir este apunte sin hacer mención de una “circunstancia” que desde mi modesto prisma viene
a ser la causa de tan viejas y envenenadas polémicas. Porque, en suma, ¿qué es lo que enciende los ánimos
cuando se toca el asunto de la Síndone? Muy simple: la posibilidad de que esa imagen, en efecto, pueda
corresponder al cadáver del Hijo del Hombre. Si las huellas que presenta el lienzo de Turín “dibujaran”, por
ejemplo, a una mujer o a un hombre de “otra época y de otro lugar”, científicos y no científicos habrían
adoptado una postura mucho menos enconada. Pero la verdad desnuda al menos para el que lo quiera
contemplar con ojos objetivos es que “todo” señala hacia dicha hipótesis. Y no se trata de un problema de fe
religiosa, sino de evidencias y, en especial, de cálculo de probabilidad matemática. Echemos un vistazo a lo
que dicen los expertos en este sentido.
A través de la tradición y de los Evangelios tenemos constancia de cómo discurrió la Pasión y Muerte de Cristo.
Pues bien, comparemos esos datos con lo descubierto por los médicos en la imagen de la Sábana Santa.
1. Sabemos que Jesús fue “coronado de espinas”. En la cabeza del “Hombre” de la Síndone han sido
descubiertas las huellas de las púas de un “casco espinoso” ¿Era habitual que los reos del siglo í recibieran
este tipo de castigo antes de la crucifixión? Hasta el momento no se ha encontrado un solo testimonio o
documento ni romano, ni asiático ni europeo que refiera algo similar. La probabilidad, por tanto, para dicho
suceso debe ser estimada como muy baja. Y los científicos, curándose en salud, la han situado en uno contra
cinco mil. (Ver estudio de Gruno Barberis.)
2. Los especialistas en anatomía han confirmado que el “Hombre” de la Sábana presentaba importantes
escoriaciones en las áreas de los hombros, como consecuencia de haber cargado un pesado tronco o madero:
el llamado “patibulum”. Y de acuerdo también con esta fórmula romana de ejecución, se tiene conocimiento de
que el reo sólo transportaba el brazo horizontal de la cruz. La “stipe” o palo vertical solía permanecer fijo en el
lugar del suplido. Es muy probable, en suma, que Jesús fuera amarrado a dicho “patibulum”, caminando así
durante una parte del recorrido entre la fortaleza Antonia y el Gólgota. Y a la hora de establecer el cálculo de
probabilidad, los analistas tirando por bajo le han concedido una proporción de uno a dos.
3. Y ese mismo cálculo (uno a dos) es el establecido para el hecho de los clavos en muñecas y pies. El
“Hombre” del lienzo de Turín como ha sido demostrado hasta la saciedad presenta unas huellas inequívocas. Y
aunque lo normal en las crucifixiones romanas era amarrar a los condenados y no malgastar los clavos, las
computadoras recibieron la citada proporción de “uno a dos”.
4. Más insólito es el asunto de la “lanzada”. La costumbre establecía que, en el supuesto de que el crucificado
no hubiera muerto y el descenso 4e la cruz tuviera que ser adelantado, el reo recibía una serie de violentos
golpes en las piernas, acelerando así el fallecimiento por asfixia. Y rara era la ocasión en que resultaba
alanceado. El “Hombre” que aparece en el lienzo no fue víctima de este quebrantamiento de los huesos y sí
herido en su costado derecho, una vez muerto, tal y como revelan los Evangelios.
El cálculo matemático para tan inusual acontecimiento fue fijado en la proporción de uno a diez.
5. Según la costumbre, los cadáveres de los crucificados solían permanecer durante un tiempo expuestos “a la
vergúenza pública”. Esta dramática circunstancia formaba parte del carácter ignominioso del suplicio. Y una
vez descendidos del madero, lo normal era arrojarlos a una fosa común. En el caso de Jesús de Nazaret, como
sabemos, el cuerpo fue depositado de inmediato sobre una sábana y trasladado a un sepulcro. Y esto fue lo
que ocurrió con el “Hombre” de la Sábana de Turín. Y los científicos en un gesto de “generosidad”
establecieron que “uno de cada cien crucificados” pudo recibir tan piadoso tratamiento.
6. También el “Hombre” de la Síndone presenta otra no menos extraña característica, similar a la
experimentada por el cadáver de Cristo: ese cuerpo fue sepultado sin recibir los obligados y tradicionales
cuidados de lavado y unción. Mgo inexplicable dentro de los sagrados rituales judíos de la época. A no ser,
claro está, que, como especifican los textos evangélicos, “razones de urgencia” obligaran a sus deudos y
familiares a posponer estas operaciones. La rareza de este suceso compartida, como digo, en ambos casos
conduce a una probabilidad de uno a veinte.
7. Y lo más desconcertante: el “Hombre” de la Sábana Santa “sólo” permaneció envuelto en dicho lienzo por un
espacio no superior a las treinta y seis horas. De haber continuado más tiempo, la putrefacción habría
arruinado la misteriosa imagen y la propia sábana. ¿Y qué dicen los evangelistas? Todos lo sabemos: el
cadáver del Maestro “desapareció” del sepulcro en la madrugada del sábado al domingo. Verdaderamente es
poco verosímil que los que se preocuparon de envolver el cuerpo del “Hombre” de la Síndone en un lienzo
penetraran en la sepultura antes de las treinta y seis horas para cambiar de sitio al ajusticiado y retirar el paño
de lino. Y las computadoras recibieron una más que “generosa” probabilidad: uno contra quinientos.
¿Y cuál fue el resultado final?
Yo diría que escalofriante y rotundo: uno contra doscientos billones.
En otras palabras: sobre la posibilidad de doscientos billones de crucificados, sólo uno habría reunido las siete
“circunstancias” mencionadas. Y ese “uno” tiene nombre propio: Jesús de Nazaret o, lo que es lo mismo, el
“Hombre” de la Sábana Santa.
Como decía el Maestro, “quien tenga oídos, que oiga”...
En Larrabasterra, siendo las 18 horas del domingo, 17 de febrero de 1991.
FIN
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