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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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sábado, 9 de octubre de 2010

Criaturas abisales





 Criaturas abisales
Arthur C. Clarke

Cuando dijo la centralita que la Embajada soviética estaba al aparato, mi primer pensamiento fue: “¡Bien, otro trabajo!” Pero en cuanto oí la voz de Goncharov comprendí que se trataba de alguna complicación.
¿Klaus? Aquí Mikhail. ¿Puedes venir en seguida? Es muy urgente, y no puedo decírtelo por teléfono.
Fui preocupado todo el camino hasta la Embajada, preparando mil excusas para el caso de que hubiera salido mal algo por culpa nuestra. Pero no se me ocurrió nada; en ese momento no teníamos ningún contrato pendiente con los rusos. El último trabajo había finalizado hacía seis meses, en el tiempo previsto, y había sido de su entera satisfacción.
Bueno, ahora resulta que no estaban satisfechos, según descubrí en seguida. Mikhail Goncharov, el agregado comercial, era antiguo amigo mío: me contó todo lo que sabía, pero no era mucho.
Acabamos de recibir un cable urgente de Ceilán –dijo–. Quieren que salgas inmediatamente. Ha surgido un grave problema en el proyecto hidrotérmico.
¿Qué clase de problema? –pregunté.
Por supuesto, sabía que tenía que ser en el terminal de profundidad, puesto que esa era la única parte de la instalación que nos correspondía a nosotros. Los propios rusos se habían encargado de todo el trabajo de superficie, pero habían recurrido a nosotros para fijar las parrillas a tres mil pies de profundidad, en el océano Indico. No existe en el mundo una sola compañía que pueda mantener nuestro lema: CUALQUIER TRABAJO, A CUALQUIER PROFUNDIDAD.
Todo lo que sé –dijo Mikhail– es que los ingenieros han informado que la instalación está totalmente inutilizada, que el primer ministro de Ceilán quiere inaugurar la planta dentro de tres semanas, y que a Moscú no le va a gustar lo que se dice nada que no pueda ponerse en funcionamiento para entonces.
Mentalmente repasé las cláusulas de penalización de nuestro contrato. La compañía parecía que estaba a cubierto, dado que el cliente había firmado el certificado de conformidad, con lo que admitía que el trabajo era de su entera satisfacción. Sin embargo, no era tan sencillo; si se demostraba que había habido alguna negligencia por nuestra parte, podíamos estar a salvo de toda acción legal... pero repercutiría gravemente en nuestros contratos. Y para mí, personalmente, la cosa sería peor, porque había sido yo el supervisor del proyecto de la Fosa de Trinco.
No me llamen buzo, por favor; detesto ese nombre. Soy ingeniero de profundidades marinas y utilizo la escafandra con la misma frecuencia que utiliza un aviador su paracaídas. Casi todo el trabajo lo realizo a base de televisores y robots de control remoto. Cuando tengo que bajar personalmente lo hago en un minisub provisto de manipuladores externos. Le llamamos el cangrejo por las pinzas que tiene; el de tipo normal baja hasta cinco mil pies de profundidad, pero se han fabricado versiones especiales que pueden trabajar en el fondo de la Fosa de las Marianas. Personalmente no he estado allí, pero puedo darles el presupuesto con mucho gusto, si lo desean. Así, a ojo, puede costarles un dólar por pie, más mil dólares por hora de trabajo.
Me di cuenta de que los rusos hablaban en serio cuando Mikhail dijo que había un avión aguardando en Zurich, y que si podía estar en el aeropuerto en un par de horas.
Mira –dije– , yo no puedo hacer nada sin equipo... y la escafandra que se necesita para esa inspección pesa toneladas. Además, lo tengo todo en Spezia.
Lo sé –contestó Mikhail implacable–. Mandaremos allá otro avión de transporte. Envía un cable a Ceilán tan pronto como sepas lo que necesitas: lo tendrás todo en la instalación dentro de doce horas. Pero, por favor, no hables de esto con nadie; preferimos guardarnos nuestros propios problemas.
Estaba de acuerdo, porque era problema mío también. Al salir del despacho, Mikhail señaló el calendario de la pared, y dijo:
Tres semanas, de lo contrario...
Y se pasó el dedo transversalmente por el cuello. Y yo sabía que no se refería al suyo.

Dos horas más tarde me encontraba sobrevolando los Alpes, despidiéndome de mi familia por radio, y preguntándome por qué, como todo suizo dotado de sentido común, no me había hecho banquero o me había metido en el negocio de relojes. Toda la culpa la tenían los Picard y los Hanne Keller, me decía a mí mismo pensativo: ¿Por qué tuvieron que empezar esta tradición suiza de las inmersiones? Luego me dispuse a dormir, consciente de que no lo haría lo suficiente durante los próximos días.
Aterrizamos en Trincomalee poco después de amanecer, y el inmenso y complejo puerto –cuya geografía jamás he llegado a dominar completamente– era un laberinto de cabos, islas, canales que se comunicaban entre sí, y dársenas lo bastante amplias como para acoger a todas las escuadras del mundo. Sobre un promontorio que dominaba el Océano Indico se veía el enorme edificio blanco de control, de un estilo arquitectónico un tanto extravagante. La instalación en sí era pura propaganda... aunque, naturalmente, si uno fuera ruso, tendría que decir relaciones públicas.
No es que critique realmente a mis clientes; ellos tienen sus buenas razones para estar orgullosos del proyecto, que es el más ambicioso plan realizado hasta ahora para extraer energía térmica del agua. No es la primera vez que se intenta. El científico francés Georges Claude lo intentó sin éxito hacia 1930, y se hizo otro ensayo mucho mayor en Abidjan, en la costa occidental de África, allá  por los años cincuenta.

Todos estos proyectos se basaban en el mismo hecho sorprendente: incluso en los trópicos, el agua del mar, situada a una milla de profundidad, se encuentra térmicamente casi en el punto de congelación. En una masa de billones de toneladas de agua, esta diferencia de temperatura representa una cantidad de energía colosal, y un precioso reto para los ingenieros de los países que sufren escasez de energía.
Claude y sus sucesores habían tratado de extraer esta energía con máquinas de vapor de baja presión; los rusos habían utilizado un método mucho más simple y más directo. Desde hace más de un centenar de años, se sabe que en muchos materiales se establece una corriente eléctrica cuando se calienta uno de sus extremos y se enfría el otro, y desde 1940 los científicos rusos han estado trabajando para encontrar una aplicación práctica a este efecto termo-eléctrico. Sus primeros inventos no dieron grandes resultados... aunque sí lograron producir corriente suficiente para alimentar miles de radios mediante el calor de las lámparas de petróleo. Pero en 1974 hicieron un gran descubrimiento que todavía guardan en secreto. Y aunque he sido yo quien ha conectado los elementos de potencia en el extremo frío de la instalación, no he podido verlos, ya que estaban totalmente ocultos bajo una capa de pintura anticorrosiva. Todo lo que sé es que forman una inmensa parrilla, como un sinfín de anticuados radiadores de calefacción conectados unos con otros.
Reconocí muchas caras en el pequeño grupo de personas que se había congregado en la pista de aterrizaje de Trinco; amigos o enemigos, el hecho es que parecían alegrarse de verme... especialmente el ingeniero jefe Shapiro.
Bueno, Lev –dije, cuando salimos en el coche– ¿Cuál es el problema?
No lo sabemos –dijo con franqueza–. A usted le toca averiguarlo... y arreglarlo.
Pero ¿qué ha pasado?
Pues verás, todo funcionaba perfectamente, hasta que hicimos pruebas a plena potencia –contestó–. La producción eléctrica estaba dentro del cinco por ciento del margen de error previsto en nuestras estimaciones, hasta la 01:34 de la madrugada del jueves –torció el gesto; evidentemente esa hora se le había quedado grabada en el corazón–. Luego el voltaje empezó a oscilar violentamente; así que cortamos la alimentación y revisamos los contadores. Pensé que algún patrón idiota había enganchado los cables (ya sabes lo que hemos trabajado para evitar esa eventualidad), conque encendí los proyectores e inspeccioné el mar. No había una sola embarcación a la vista. De cualquier modo, ¿quién iba a querer fondear justamente fuera del puerto en una noche clara y serena? No podíamos hacer nada, salvo vigilar los aparatos y seguir comprobando; ya te enseñaré todos los gráficos cuando lleguemos a mi despacho. Cuatro minutos después se interrumpió el circuito. Naturalmente, localizamos la avería con toda exactitud; está  en la parte más profunda, concretamente en la parrilla. Tenía que ser ahí, y no en este extremo del sistema –añadió lúgubremente, señalando hacia la ventana.
En ese momento pasábamos por el estanque solar: el equivalente a la caldera de una máquina de vapor convencional. Esta era una idea que los rusos habían copiado de los israelíes. Consistía simplemente en un estanque poco profundo, cuyo fondo estaba pintado de negro, el cual contenía una solución concentrada de sal. Actúa como un eficaz absorbente de calor, y los rayos del sol elevan el líquido casi a doscientos grados Fahrenheit.. Sumergidas en este estanque se hallaban las parrillas calientes del sistema termoeléctrico, exactamente a dos brazas de profundidad. Unos cables macizos las conectaban con mi sección, ciento cincuenta grados más fría y a tres mil pies de profundidad, que se alojaba en el cañón submarino que llega hasta la misma bocana del puerto de Trinco.
¿Han verificado si ha habido temblores de tierra? –pregunté no muy esperanzado.
Naturalmente. El sismógrafo no ha registrado nada.
¿Y qué me dicen de alguna ballena? Ya les advertí que podían plantear algún problema.
Hacía más de un año, cuando se estaban largando al agua los inmensos conductores, les había contado a los ingenieros que una vez encontramos un cachalote ahogado enredado en un cable telegráfico, a media milla de la costa de Sudamérica, Se conocen una docena de casos similares... pero el nuestro, por lo visto, no era uno de ellos.
Esa fue la segunda eventualidad en la que pensamos a continuación –contestó Shapiro–. Nos pusimos en contacto con el Departamento de Pesca, con la Marina y el Ejército del Aire. No hay ballenas en las proximidades de toda la costa.
A partir de ese momento dejé de hacer conjeturas, por que había oído por casualidad algo que hizo que me sintiera incómodo. Como a todo suizo, se me dan bastante bien los idiomas, y he aprendido un poco de ruso. De todos modos, no hacía falta ser un lingüista para saber qué significaba la palabra sabotash.
La dijo Dimitri Karpukhin, consejero político del proyecto. No me caía simpático; ni a los ingenieros, que a veces eran intencionadamente descorteses con él. Comunista del viejo estilo, de los que no han podido librarse de la sombra de Stalin, sospechaba de todo, fuera de la Unión Soviética, y de no pocas cosas dentro de ella. El sabotaje era justamente la clase de explicación que podía ocurrírsele a él.
Desde luego, había muchísima gente que no se moriría de pena precisamente si el Proyecto Energía Trinco fracasaba. Políticamente estaba comprometido en él el prestigio de la URSS; económicamente suponía billones, dado que si tenían éxito las plantas hidrotérmicas podrían competir con el petróleo, el carbón, la energía hidroeléctrica y, especialmente, la energía nuclear.
Si embargo, yo no podía creer seriamente en un sabotaje; al fin y al cabo la guerra fría había terminado. Es posible que alguien hubiera hecho un torpe intento de llevarse una muestra de la parrilla, pero incluso eso parecía poco probable. Podía contar con los dedos de la mano a las personas que había en el mundo capaces de llevar a cabo una cosa así, y la mitad de ellas estaban en mi nómina.
La cámara subacuática de televisión llegó esa misma tarde, y durante toda la noche estuvimos cargando aparatos, monitores y más de una milla de cable coaxial a bordo de la lancha. Cuando salimos del puerto me pareció ver en el muelle una figura familiar, pero estaba demasiado lejos para identificarla, aparte de que tenía otras cosas en la cabeza. Si quieren saberlo les diré que no soy buen marinero; donde realmente me siento a gusto es debajo del agua.
Tomamos cuidadosamente la marcación del faro circular de la isla, y nos colocamos exactamente sobre la parrilla. La cámara, autopropulsada, parecida a un diminuto batiscafo, pasó por encima de la borda; mientras mirábamos por los monitores íbamos bajando espiritualmente con ella.
El agua estaba excepcionalmente clara y excepcionalmente vacía; pero a medida que nos acercábamos al fondo empezamos a encontrar algunas señales de vida. Se acercó un pequeño escualo y se quedó mirándonos. Luego pasó blandamente una palpitante burbuja de gelatina, seguida de una cosa parecida a una enorme araña con cientos de patas que formaban una especie de larga y enmarañada cabellera. Finalmente apareció a la vista la pendiente del cañón. Estábamos justo sobre el objetivo, pues se veían los gruesos cables que descendían hacia las profundidades, exactamente como los había visto en mi revisión final de la instalación, hacía seis meses.
Puse en marcha los propulsores de baja potencia y dejé que la cámara descendiera a lo largo de los cables. Parecían estar en perfectas condiciones, firmemente sujetos a unos pitones clavados en la roca. Hasta que la cámara no llegó a la parrilla misma no apareció signo alguno de anomalía.
¿Han visto ustedes alguna vez el radiador de un coche después de chocar contra una farola? Bueno, pues había una sección de la parrilla que se parecía mucho a eso. Algo la había destrozado, como si hubiese ido un loco y se hubiera puesto a golpearla con una mandarria.
Oí las exclamaciones de asombro y de ira de las personas que miraban por encima de mi hombro. Oí murmurar nuevamente la palabra sabotash y por primera vez empecé a tomarla en serio. La única otra explicación que podía tener sentido era que se hubiera desprendido alguna laja, pero las laderas del cañón habían sido revisadas con todo cuidado, precisamente para evitar esta contingencia.
Cualquiera que fuese la causa, había que reemplazar la parrilla estropeada. Este trabajo no podía hacerse hasta que no me enviaran el cangrejo –veinte toneladas en total– desde el arsenal de Spezia, donde se guardaba entre un trabajo y otro.
Bien –dijo Shapiro cuando hube finalizado mi inspección visual y fotografiado el lamentable espectáculo de la pantalla–, ¿cuánto tardará?
Me negué a comprometerme a una fecha. Lo primero que he aprendido en este oficio subacuático es que ningún trabajo resulta ser como uno espera. Las estimaciones de costo y de tiempo no pueden ser nunca seguras, porque hasta que no tienes mediado el trabajo contratado no sabes con qué te vas a enfrentar.
Mi cálculo personal era de tres días. Así que dije:
Si todo marcha bien puede que no tarde más de una semana.
Shapiro soltó un gemido.
¿No puede hacerlo en menos tiempo?
No quiero desafiar a la fatalidad haciendo promesas precipitadas. De todos modos, eso supone un margen de dos semanas hasta la fecha tope.
Tenía que contentarse con eso; sin embargo, durante todo el trayecto de regreso a puerto no hizo más que protestar. Cuando llegamos, encontró otra cosa en qué pensar.
Buenos días, Joe –dije al hombre que estaba todavía aguardando pacientemente en el muelle–. Me pareció reconocerte al salir. ¿Qué haces tú aquí?
Iba a hacerte la misma pregunta.
Será mejor que hables con mi patrón. Ingeniero jefe Shapiro, le presento a Joe Watkins, corresponsal científico del Times.
La respuesta de Lev no fue precisamente cordial. Normalmente no había nada que le gustara tanto como charlar con los periodistas, que llegaban a un promedio de uno por semana. Ahora, como la fecha de inauguración estaba próxima, le lloverían de todas partes. Incluso, naturalmente, de Rusia. Pero en el momento presente, la agencia Tass sería tan mal recibida como el Times.
Era divertido ver cómo Karpukhin se hacía cargo de la situación. A partir de ese momento Joe tuvo constantemente pegado a él, como guía, filósofo u compañero de copeo, a un afable joven de relaciones públicas, llamado Sergei Markov. A pesar de todos los esfuerzos de Joe, los dos fueron inseparables. Mediada la tarde, cansado tras una larga conferencia en el despacho de Shapiro, me uní a ellos y fuimos a comer, tarde ya, a la casa–restaurante del gobierno.
¿Qué está ocurriendo aquí, Klaus? –preguntó Joe ansiosamente–. Huele a dificultades, pero nadie admite nada.
Me puse a revolver el curry, tratando de separar las partes inofensivas de aquellas que podían hacerme saltar la tapa de los sesos.
No esperarás que me ponga a discutir sobre los asuntos de mis clientes –contesté.
Cuando te encargaste de la supervisión del dique de Gibraltar –me recordó Joe–, eras bastante comunicativo.
Bueno sí –admití–. Y te agradezco el artículo elogioso que me dedicaste. Pero esta vez hay secretos técnicos por medio. Yo... bueno... estoy realizando los últimos ajustes para mejorar el rendimiento del sistema.
Cosa que, naturalmente, era verdad; esperaba elevar el rendimiento del sistema, cuyo valor actual era exactamente el de cero.
Ejem –dijo Joe sarcásticamente–. Muchísimas gracias.
En fin –dije, tratando de desviar la conversación–. ¿Cuál es tu última teoría disparatada?
Como escritor científico altamente competente, Joe tenía una afición particular por lo raro y lo improbable. Puede que ésta fuera una forma de evasión; me he enterado casualmente de que escribe también relatos de ciencia–ficción, aunque lo oculta muy bien ante sus jefes. Tienen una secreta afición al espiritismo y la parapsicología y los platillos volantes, pero su verdadera especialidad son los continentes perdidos.
Estoy trabajando en un par de ideas –admitió–. Se me ocurrieron mientras hacía indagaciones sobre este asunto.
Sigue –dije, sin atreverme a levantar la vista del análisis de mi curry.
El otro día me tropecé con un mapa (trazado por Ptolomeo, por si te interesa) de Ceilán. Me recordaba otro viejo mapa de mi colección, y lo saqué. Tenía la misma montaña central, la misma distribución de los ríos en su recorrido hasta el mar. Pero este mapa era de Atlantis.
¡Oh, no! –exclamé–. La última vez que nos vimos estuviste convenciéndome de que la Atlántida era la cubeta occidental del Mediterráneo.
Joe hizo un gesto simpático.
Podía estar equivocado, ¿no? En todo caso, tengo una prueba mucho más sorprendente. ¿Cuál es el viejo nombre nacional de Ceilán... y de los modernos cingaleses, en definitiva?
Me quedé pensando un segundo, y luego exclamé:
­¡Cielo santo! Lanka, por supuesto. Lanka... Atlantis –se me enredaron los nombres en la lengua.
Exactamente –dijo Joe–. Pero no bastan dos claves, por sorprendentes que sean, para sustentar enteramente una teoría; y eso es todo cuanto tengo de momento.
Qué lástima –dije, auténticamente decepcionado–. ¿Y tu otro proyecto?
Ese te va a dejar sentado –contestó Joe con presunción.
Hurgó en la baqueteada cartera que siempre llevaba consigo y sacó un mazo de papeles.
Ocurrió a sólo ciento ochenta millas de aquí, hace más de un siglo. La fuente de información, como verás, es la mejor que existe.
Me tendió una fotocopia de una página del Times de Londres, que databa del 4 de julio de 1874. Me puse a leerla sin mucho entusiasmo, porque Joe siempre estaba sacando a relucir recortes de periódicos antiguos, pero mi falta de interés no tardó mucho en desaparecer.
En pocas palabras –me habría gustado transcribirla aquí literalmente, pero si quieren más detalles, su biblioteca local puede enviarle un facsímil en diez segundos–, el artículo contaba cómo la goleta Pearl había zarpado de Ceilán a primeros de mayo de 1874, y luego había hecho escala en la bahía de Bengala. El 10 de mayo, poco antes de la caída de la noche, apareció un enorme calamar a media milla de la goleta, y el insensato capitán abrió fuego con su fusil.
El calamar nadó directamente hacia la Pearl, agarró los mástiles con sus tentáculos y tiró de la nave hacia sí. La goleta se hundió en cuestión de segundos, arrastrando a dos miembros de su tripulación. Los demás fueron rescatados porque dio la casualidad de que el vapor de P. y O., el Strathowen, estaba a la vista y presenció la escena.
Bueno –dijo Joe, cuando lo hube leído por segunda vez–. ¿Qué te parece?
No creo en los monstruos marinos.
El Times de Londres –contestó Joe– no tiene tendencia al sensacionalismo periodístico. Y los calamares gigantes existen, aunque los más grandes de que se tienen noticias son animales endebles y blancos, y no llegan a pesar más de una tonelada, aun cuando sus patas pueden tener unos cuarenta pies de longitud.
¿Y qué? Un animal así no es capaz de hacer naufragar una goleta de ciento cincuenta toneladas.
Cierto... pero hay una infinidad de pruebas de que el susodicho calamar gigante es meramente un calamar de gran tamaño. Puede haber decápodos marinos realmente gigantescos. En fin, un año después del incidente de la Pearl vieron un cachalote frente a las costas del Brasil, debatiéndose entre unos anillos descomunales que finalmente se lo llevaron a las profundidades. El relato de este incidente lo puedes encontrar en el Illustrated London News del veinte de noviembre de mil ochocientos setenta y cinco. Luego, por supuesto, tienes ese capítulo de Moby Dick...
¿Qué capítulo?
Pues el que se titula El calamar. Sabemos que Melville era un observador muy minucioso... aunque en esa ocasión dejó correr la pluma. Describe cómo un día de calma surgió del mar una enorme masa blanca como una capa de nieve recién caída de los montes. Y el hecho sucedía aquí, en el Océano Indico, quizá unas mil millas al sur del naufragio de la Pearl. Las condiciones meteorológicas eran idénticas, tenlo en cuenta.
Lo que los hombres del Pequod vieron flotar en el agua, me sé este pasaje de memoria, porque lo he estudiado cuidadosamente, era una inmensa masa pulposa, de una longitud y anchura de varios estadios, de un color crema tornasolado e innumerables patas largas que partían de su centro, curvándose y retorciéndose como un nido de anacondas.
Un momento –dijo Sergei, que había estado escuchándolo todo extasiado–. ¿Qué es un estadio?
Joe pareció sentirse ligeramente en un aprieto.
De hecho, es un octavo de milla... unos seiscientos sesenta pies –levantó la mano para detener nuestra carcajada de incredulidad–. Bueno, estoy seguro de que Melville no lo decía en sentido literal. El era un hombre que se tropezaba a diario con cachalotes, y echó mano al azar de una unidad de longitud para describir algo mucho mayor. Así que, maquinalmente, saltó de las brazas a los estadios. Esa es, al menos, mi teoría.
Aparté las porciones intocables de mi curry.
Si crees que me has hecho sentirle miedo a mi trabajo –dijo– te equivocas de medio a medio. Pero te prometo una cosa: que cuando me encuentre con un calamar gigante le voy a cortar un tentáculo y me lo voy a traer de recuerdo.

Veinticuatro horas más tarde me hallaba instalado en el interior del cangrejo, y descendía lentamente hacia la parrilla estropeada. No hubo forma de mantener el trabajo en secreto; Joe se había instituido en interesado espectador, y lo contemplaba desde una lancha próxima a la nuestra. Ese problema era de los rusos, no mío; sugerí a Shapiro que le pusieran al corriente, pero esto, como es natural, fue prohibido por la recelosa mente eslava de Karpukhin. Uno casi podía imaginárselo pensando: ¿Por qué aparece aquí un periodista americano, precisamente en este momento?, e ignorar la evidente respuesta de que Trincomalee era actualmente una gran noticia.
No hay absolutamente nada realmente emocionante o fascinante en los trabajos submarinos... si se realizan como es debido. Lo excitante implica ausencia de previsión, y eso significa incompetencia. Los incompetentes no duran demasiado en mi oficio, ni tampoco los que buscan experiencias fascinantes. Yo me puse a trabajar con la misma emoción que experimenta un fontanero al arreglar el canalón de un edificio.
Las parrillas estaban proyectadas de manera que tuviesen un mantenimiento fácil, dado que más tarde o más temprano tenían que ser reemplazadas. Por ventura, no estaba dañada ninguna de las espigas, y las tuercas salieron con facilidad al desenroscarlas con la llave inglesa. Luego puse en marcha los gráficos de trabajos pesados y quité la parrilla estropeada sin la menor dificultad.
Es una mala táctica el darse prisa en un trabajo subacuático. Si intentas ir demasiado deprisa corres el riesgo de cometer muchos errores. Y si las cosas marchan viento en popa y terminas en un día un trabajo que has dicho que tardaría una semana, el cliente pensará que no vale todo lo que has pedido por él. Aunque yo estaba convencido de que podía sustituir la parrilla esa misma tarde, subí a la superficie detrás de la parrilla estropeada y di por terminada mi jornada de trabajo.
Se llevaron el termo-elemento para someterlo a una autopsia, y yo me pasé el resto de la tarde huyendo de Joe. Trinco es un pueblecito pequeño, pero me las arreglé para evitar su compañía por el procedimiento de meterme en el cine y estarme sentado varias horas, viendo una interminable película tamil, en la que tres generaciones sucesivas sufrían idénticas crisis familiares de desplazamiento de personalidad, alcoholismo, deserción, muerte y demencia, en technicolor y con la banda sonora a todo volumen.

A la mañana siguiente, poco después de amanecer y a pesar de que tenía un ligero dolor de cabeza, me encontraba en el lugar (lo mismo que Joe y que Sergei, los cuales habían decidido pasar un plácido día de pesca). Les saludé alegremente con la mano mientras me metía en el cangrejo, y luego la grúa me fue bajando suavemente por el costado. Por el otro costado, donde Joe no podía verlo, arriaron la parrilla de substitución. Unas cuantas brazas más abajo la solté de la cabria y la bajé al fondo de la fosa de Trinco, donde, sin la menor dificultad, quedó instalada a media tarde. Antes de volver a la superficie, había repasado las tuercas, las soldaduras de los conductores, y los ingenieros de la costa habían completado sus pruebas de conexión. De nuevo me encontraba en cubierta, el sistema estaba funcionando una vez más, todo había vuelto a la normalidad, e incluso Karpukhin sonreía... Hasta que se paraba a preguntarse lo que nadie había sido capaz de contestar.
Yo sostenía aún la teoría de que había sido el desprendimiento de alguna laja... a falta de otra mejor. Y esperaba que la aceptaran los rusos, y que, consiguientemente, acabaran los fingimientos y disimulos con Joe.
Me di cuenta de que no era así cuando Shapiro y Karpukhin vinieron a verme con las caras largas.
Klaus –dijo Lev–, queremos que baje usted otra vez.
De ustedes es el dinero –repliqué–. Pero ¿para qué quieren que baje?
Hemos examinado la parrilla estropeada y falta una sección del termo-elemento. Dimitri cree que... que alguien... la ha roto deliberadamente y se la ha llevado.
Entonces han hecho un mal trabajo –contesté–. Les puedo asegurar que no ha sido ninguno de mis hombres.
Era peligroso hacer esa clase de chistes en presencia de Karpukhin, y a nadie le hizo gracia. Ni a mí; porque yo ya empezaba a sospechar que Karpukhin tenía una idea en la cabeza.
El sol se estaba ocultando cuando inicié mi última inmersión a la Sima de Trinco, pero el anochecer no tiene importancia alguna en esas profundidades. Hasta los dos mil pies hice el descenso sin luces porque me gusta contemplar las criaturas luminosas de la mar, resplandecientes y fluctuantes en la obscuridad, huyendo veloces como cohetes, a veces, de la ventana de observación. En esta masa líquida no había peligro de colisión; de todos modos, tenía un proyector de sonar panorámico, muchísimo más eficaz que mis propios ojos.
Al llegar a las cuatrocientas brazas me di cuenta de que ocurría algo. El fondo estaba a punto de aparecer a la vista según el sondador vertical... pero la aproximación era demasiado lenta El promedio de descenso era excesivamente bajo. Podía aumentarlo fácilmente inundando otro tanque de flotación... pero no me decidí a hacerlo. En mi trabajo, cualquier cosa que se salga de lo corriente ha de tener su explicación; he salvado la vida tres veces por haber esperado a encontrarla.

El termómetro me dio la respuesta. La temperatura exterior era cinco grados más elevada de lo que debía ser, y siento decir que tardé cinco segundos en comprender por qué.
Sólo a un centenar de pies por debajo de mí, la parrilla reparada funcionaba ahora a pleno rendimiento, produciendo megavatios de calor al tratar de equilibrar la diferencia de temperatura entre la Sima de Trinco y el estanque solar de la superficie. No se llegaría a establecer ese equilibrio, por supuesto; pero en el intento se generaba electricidad... y yo estaba siendo arrastrado hacia arriba por el géiser de agua caliente que se producía como efecto secundario.
Una vez en la parrilla, me resultaba enormemente difícil mantener el cangrejo en posición estable debido a la corriente ascendente, y al penetrar el calor en la cabina, empecé a sudar incómodo. El exceso de calor en el fondo del mar era una experiencia nueva; así como la visión, casi de espejismo, que producía el agua ascendente, la cual hacía danzar y temblar las luces de mis proyectores sobre la pared de roca que estaba inspeccionando.
Imagínenme con las luces resplandecientes en medio de una obscuridad de quinientas brazas, descendiendo lentamente por la pendiente del cañón, que en este lugar se inclinaba como el tejado de una casa. El termo-elemento que faltaba –si es que estaba aún por allí– no podía haber ido a parar muy lejos, antes de detenerse. O lo encontraba en diez minutos o no lo encontraría jamás.
Tras una hora de búsqueda había encontrado varias bombillas rotas (es asombrosa la cantidad de bombillas que arrojan los barcos a la mar... los fondos marinos están llenos de ellas, una botella de cerveza vacía (el mismo comentario) y una bota flamante. Eso fue lo último que encontré, porque a continuación me di cuenta de que no estaba solo.
Yo nunca apago el sonar, y aunque no me esté moviendo, reviso la pantalla a cada instante para comprobar la situación general. En este momento, la situación era que un objeto de grandes dimensiones –del tamaño del cangrejo por lo menos– se aproximaba por el Norte. Cuando lo localicé, se hallaba a la distancia de unos quinientos pies, y se acercaba lentamente. Apagué mis luces, silencié los propulsores que tenía en marcha y seguí moviéndome a escaso régimen para mantenerme en agua turbulenta, dejándome llevar por la corriente.
Aunque me sentí tentado de llamar a Shapiro para comunicarle que tenía compañía, decidí esperar a tener más información. Sólo había tres naciones que poseían naves de inmersión capaces de operar a esta profundidad, y yo estaba en excelentes relaciones con todas ellas. No debía apresurarme demasiado, si no quería verme involucrado en complicaciones políticas innecesarias.
A pesar de que me sentía ciego sin el sonar, no quería delatar mi presencia, así que lo desconecté de mala gana y confié en mis ojos. Cualquiera que quisiese operar a estas profundidades tenía que utilizar luces, y yo las vería venir mucho antes de que él me viera a mí. Así que esperé en mi pequeña cabina caliente, silenciosa, forzando los ojos en la obscuridad, tenso y alerta, aunque no estaba particularmente preocupado.

Primero vi un resplandor difuso a una distancia indeterminada. Se fue haciendo más grande y más brillante, aunque no adquirió ninguna forma que mi conciencia pudiera reconocer. El vago resplandor se concentró en una miríada de puntitos, hasta que adquirió el aspecto de una constelación que venía navegando hacia mí. Así podían parecer las nubes de estrellas de la galaxia, vistas desde algún mundo cercano al corazón de la Vía Láctea.
No es cierto que los hombres se asusten ante lo desconocido; pueden tener miedo sólo de lo que conocen, de lo que ya han experimentado. Yo no tenía ni idea de qué era lo que se estaba acercando, pero ninguna criatura marina podría tocarme, estando en el interior de un buen blindaje de seis pulgadas de fabricación suiza.
La cosa aquella estaba casi encima de mí, brillando con una luz de su propia creación, cuando se escindió en dos nubes separadas. Y lentamente fueron penetrando en el foco, no de mis ojos, sino de mi entendimiento, y comprendí que la belleza y el terror surgían del abismo para alzarse en contra mía.
Lo primero que sentí fue el terror al descubrir que las bestias que se acercaban eran calamares; y en mi cerebro comenzaron a reverberar todas las historias de Joe. Luego, con una considerable sensación de desencanto, me di cuenta de que tenían solamente unos veinte pies de largo... eran un poco más grandes que el cangrejo, y tenían sólo una fracción de su peso. No podían hacerme daño alguno. Y al margen completamente de eso, su indescriptible belleza les privaba de toda apariencia de amenaza.
Esto suena ridículo, pero es cierto. En mis viajes he visto casi todos los animales de este mundo, pero ninguno podía competir con las luminosas apariciones que ahora flotaban ante mí... Las luces de colores, variando cada segundo, palpitaban y danzaban a lo largo de sus cuerpos, dándoles el aspecto de estar cubiertos de joyas. Había zonas que refulgían en un brillante tono azul, como vacilantes arcos de mercurio, que cambiaban luego, transformándose casi instantáneamente en un encendido rojo de neón. Los tentáculos semejaban filas de cuentas luminosas arrastradas por el agua, o hileras de luces, como las de las autopistas cuando se ven desde el cielo en plena noche. Apenas visible contra esta luminosidad de fondo, destacaban los ojos enormes, pavorosamente humanos e inteligentes, cada uno rodeado de una diadema de brillantes perlas.
Lo siento, pero eso es lo más que puedo hacer. Sólo la cámara cinematográfica podría hacer justicia a estos calidoscopios vivientes. No sé cuánto tiempo estuve contemplándolos; y tan fascinado estaba por su luminosa belleza, que casi había olvidado mi misión. Era evidente que aquellos tentáculos, delicados como flagelos, no podían haber roto la parrilla. Sin embargo, la presencia de estas criaturas aquí era, cuando menos, muy extraña. Karpukhin la habría calificado de sospechosa.
Iba a llamar a la superficie cuando vi algo increíble. Lo había tenido todo el tiempo delante de los ojos, pero no me había dado cuenta hasta ahora.
Los calamares estaban hablando entre sí.
Esos trazos luminosos y evanescentes no iban y venían al azar. Había en ellos tanta intencionalidad como los anuncios luminosos de Broadway o de Piccadilly. Cada pocos segundos componían una imagen que casi tenía un sentido, pero se desvanecía antes de que yo pudiese interpretarla. Yo sabía, naturalmente, que hasta el pulpo más vulgar manifiesta sus emociones mediante rápidos cambios de irisaciones... pero esto pertenecía a un orden muy superior. Era una auténtica comunicación: aquí se trataba de dos anuncios eléctricos vivientes que se enviaban mensajes uno a otro.
Cuando vi una inequívoca representación del cangrejo se desvanecieron todas. mis dudas. Aunque no soy hombre de ciencia, en ese momento experimenté los sentimientos de un Newton o un Einstein en el momento de presenciar una revelación. Esto me haría famoso...
Luego cambió la imagen de la manera más extraña. Apareció el cangrejo nuevamente, pero un tanto más pequeño. Y junto a él, mucho más pequeños aún, había dos objetos de lo más peculiares. Cada uno consistía en un par de puntos rodeados por una silueta compuesta de diez líneas radiales.
Ahora es cuando pensé que a los suizos se nos dan bien los idiomas. Sin embargo, no se requería una inteligencia excepcional para inferir que se trataba de la imagen del calamar percibida por sus propios ojos, y que lo que yo veía no era ni más ni menos que el esbozo rudimentario de la situación. Pero ¿por qué la dimensión absurdamente pequeña de los calamares?
No tuve tiempo de ponerme a averiguarlo, porque en seguida sobrevino otro cambio. Un tercer símbolo de calamar apareció en dicha pantalla viviente... y esta vez era enorme, hasta el punto de empequeñecer por segundos en la noche eterna. Luego, la criatura que lo había reflejado desapareció a increíble velocidad y me dejó solo con su compañero.
Ahora el significado estaba demasiado claro. ¡Dios mío! –me dije– se han dado cuenta de que no pueden conmigo y han ido a buscar al hermano mayor.
Y yo tenía ya más una prueba de lo que era capaz el hermano mayor, más patente aún que todas las de Joe Watkins con sus investigaciones y sus recortes de periódico.
Ese fue el momento –no les sorprenderá oírlo– en que decidí no permanecer allí ni un minuto más. Pero antes de marcharme se me ocurrió que podía intentar hablarles yo también.
Después de estar tanto tiempo a obscuras había olvidado la potencia de mis luces. Me hicieron daño a los ojos, y debió ser angustioso para el desdichado calamar. Traspasado por este resplandor intolerable, su propia iluminación se apagó completamente, perdió toda su belleza, y se convirtió en una pálida bolsa de gelatina con dos negros botones por ojos. Por un momento pareció quedarse paralizado de estupor; luego salió disparado en pos de su compañero, mientras yo iniciaba mi ascensión hacia la superficie, para volver a un mundo que ya no sería jamás el mismo.

He encontrado a su saboteador –le dije a Darpukhin, cuando abrieron la escotilla del cangrejo–. Si quiere saber todo lo referente a él pregúntele a Joe Watkins.
Dejé que Dimitri sudara unos segundos, mientras yo disfrutaba viendo su expresión. Luego le di mi informe brevemente redactado.
Le di a entender –sin decirlo expresamente– que los calamares que había visto eran lo suficientemente grandes como para haber hecho todo ese daño; pero no dije nada sobre la conversación que presencié. Eso sólo habría suscitado la incredulidad. Además, necesitaba tiempo para pensar en este asunto y atar cabos... si podía.
Joe me ha sido de gran ayuda, aunque él no sabe todavía más que los rusos. Me ha contado lo maravillosamente desarrollado que tienen el sistema nervioso los calamares, y me ha explicado que algunos pueden cambiar su aspecto en un abrir y cerrar de ojos mediante impresiones tricolores instantáneas, gracias a la extraordinaria red de cromóforos que recubre sus cuerpos. Probablemente, esto dio origen a un camuflaje; pero parece natural –e inevitable– que acabara constituyendo un sistema de comunicación.
Pero hay una cosa que preocupa a Joe.
¿Qué estaban haciendo alrededor de la parrilla? –sigue preguntándome quejumbroso–. Son invertebrados de sangre fría. Lo primero sería que no les gustara el calor, del mismo modo que sienten aversión a la luz.
Eso es lo que desconcierta a Joe; en cambio a mí no. Efectivamente, creo que esa es la clave de todo el misterio.
Esos calamares, ahora estoy seguro, están en la fosa de Trinco por la misma razón de que hay hombres en el polo sur... o en la Luna. La pura curiosidad científica les ha hecho salir de sus frías regiones, para investigar este géiser de agua caliente que emana de las paredes del cañón. Aquí existe un fenómeno extraño e inexplicable... el cual, posiblemente, amenaza su forma de vida. Así que han enviado a su gigantesco primo (¿un criado?, o ¡un esclavo!) para que les traiga una muestra que someterán a examen. No puedo creer que esperen entenderlo; al fin y al cabo ningún científico de la Tierra lo habría entendido hace sólo un centenar de años. Pero lo están intentando, y eso es lo que importa.
Mañana empezaremos a tomar medidas preventivas. Voy a bajar a la fosa de Trinco para instalar grandes focos de luz; Shapiro espera que estas luces mantengan a los calamares alejados de la bahía. Pero ¿cuánto tiempo dará resultado esta argucia, si hay una inteligencia en las profundidades que está despertando?
Mientras grabo esto, estoy sentado aquí, al pie de las antiguas murallas de Fuerte Federico, mirando cómo se eleva la Luna sobre el océano Índico. Si todo marcha bien, servirá de preámbulo al libro que Joe me ha insistido que escriba. Si no... Oye, Joe, te hablo a ti ahora. Publícalo como a ti te parezca; y os pido mil perdones a ti y a Lev por no haberos dado a conocer todos los hechos antes. Ahora comprenderéis por qué.
Pase lo que pase, recordad esto; son unas criaturas hermosas, maravillosas; tratad de llegar a un acuerdo con ellas, si podéis.
Para: Ministerio de Energía Eléctrica, Moscú.
De: Lev Shapiro, ingeniero jefe del Proyecto de Energía Termoeléctrica de Trincomalee.
Se adjunta transcripción completa de la grabación hallada entre los efectos personales de Herr Klaus Muller, después de su última inmersión. Estamos muy agradecidos a Mr. Joe Watkins, del Times, por su ayuda en el esclarecimiento de varios puntos.
Se recordará que el último mensaje inteligible de Herr Muller iba dirigido a Mr. Watkins, y decía lo siguiente:
¡Joe! ¡Tenías razón en lo de Melville! Es una criatura absolutamente gigan...

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