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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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domingo, 13 de febrero de 2011

EL VENGADOR DE PERDONDARIS LORD DUNSANY


EL VENGADOR DE PERDONDARIS
LORD DUNSANY

Estaba yo en el Támesis pocos días después de mi regreso del país del Yann y el reflujo de la marea me arrastraba hacia el este del Westminster Bridge, cerca del cual había alquilado mi bote. Toda clase de objetos flotaban a mi alrededor -maderos a la deriva y enormes botes- y estaba tan absorto en la contemplación del tránsito de ese gran río que no advertí que había llegado a la City, hasta que miré hacia arriba y vi esa parte del Embakment que está próxima a Go-by Street. Entonces me pregunté de repente qué habría sido de Singanee, pues la última vez que pasé por su palacio de marfil había tanta quietud que me hizo suponer que no había vuelto todavía. Y aunque le había visto irse con su terrorífica lanza, y por muy extraordinario cazador de elefantes que fuera, su demanda era espantosa, pues yo sabía que ningún otro podría vengar a la ciudad de Perdóndaris, matando a ese monstruo de un solo colmillo que súbitamente la había derrumbado en un solo día. De manera que amarré mi bote nada más alcanzar los primeros escalones del embarcadero y, tomando tierra abandoné el Embankment; a eso de la tercera bocacalle empecé a buscar el comienzo de Go-by Street; es una calle muy estrecha, al principio apenas se distingue, mas allí está, y pronto me encontré en la tienda del anciano. Sin embargo, un hombre joven se inclinaba sobre el mostrador. No tenía ninguna información que darme sobre el anciano, se bastaba a sí mismo en la tienda. En cuanto a la pequeña puerta en la trastienda, "no existe nada parecido, señor". Así es que tuve que hablar con él y seguirle la corriente. Tenía a la venta sobre el mostrador un instrumento para coger terrones de azúcar de una manera distinta. Se alegró que lo mirara y empezó a alabarlo. Le pregunté para qué servía y él me respondió que para nada, mas acababa de ser inventado hacía sólo una semana y era completamente nuevo, y estaba hecho de plata, y se vendía mucho. Todo el tiempo estuve escrutando el fondo de la tienda. Cuando pregunté por los ídolos, él respondió que tenía las últimas novedades de la temporada: un selecto surtido de mascotas. Y mientras fingía elegir una de ellas, vi de repente la maravillosa puerta. Inmediatamente me dirigí hacia ella, seguido por el joven tendero. Nadie se sorprendió más que él cuando vio la hierba de la calle y sus flores púrpura; cruzó corriendo la calle con su levita puesta hacia la acera opuesta y se detuvo con el tiempo justo, pues el mundo terminaba allí. Mirando hacia abajo desde el borde de la acera vio, en lugar de las acostumbradas ventanas de la cocina, un vasto cielo azul surcado de nubes blancas. Le llevé a la puerta de la trastienda, pues parecía pálido y necesitado de aire, y le empujé ligeramente hacia el interior, ya que sabía que sería mejor para él el aire del lado de la calle que conocía. Tan pronto como cerré la puerta tras el asombrado hombre, giré a la derecha y recorrí la calle hasta descubrir los jardines y las cabañas, y una pequeña mancha roja que se movía en un jardín, la cual sabía que se trataba de la anciana bruja con su chal echado sobre los hombros.
-¿Viene de nuevo para variar de ilusión? -me preguntó.
-He venido de Londres -le dije-. Quiero ver a Singanee. Quiero ir a su palacio de marfil en lo alto de las montañas de los elfos, donde está el precipicio de amatista.
-No hay nada como cambiar de ilusiones -dijo- para no cansarse. Londres es un lugar magnífico, mas a veces es preferible contemplar las montañas de los elfos.
-Entonces, ¿conoce usted Londres? -pregunté.
-Por supuesto que sí -respondió ella. Puedo soñar lo mismo que usted. No es usted la única persona que puede imaginarse Londres.
Los hombres trabajaban duramente en un jardín; era el momento más caluroso del día y estaban cavando con palas; de repente ella se volvió hacia mí para golpear a uno de ellos en la espalda con una larga vara negra que llevaba consigo.
-Incluso mis poetas van a veces a Londres -me dijo.
-¿Por qué golpea a ese hombre? -pregunté yo.
-Para que trabaje -contestó ella.
-Mas está cansado -le dije yo.
-Ya lo creo -respondió ella.
Y al mirar vi que la tierra era dura y seca, y que cada paletada que el hombre cansado levantaba estaba llena de perlas; mas algunos hombres estaban sentados completamente en silencio, observando las mariposas que revoloteaban por el jardín, y no obstante la vieja bruja no les pegaba con su vara. Y cuando le pregunté quiénes eran los que cavaban, ella me respondió:
-Son mis poetas, están buscando perlas.
-Y cuando le pregunté para qué quería ella tantas perlas, me contesto:
-Para alimentar a los cerdos, por supuesto.
-¿Les gustan las perlas a los cerdos? -pregunté yo.
Claro que no -respondió ella. Y habría insistido más en la cuestión, mas aquel viejo gato negro había salido de la casa y me estaba mirando caprichosamente sin decir palabra, por lo que comprendí que estaba haciendo preguntas absurdas. Y es su lugar pregunte por qué algunos poetas estaban ociosos, contemplando mariposas, sin que ella les pegara.
-Las mariposas -respondió ella- saben dónde se esconden las perlas, y esos poetas que parecen ociosos en realidad están esperando que alguna de ellas se pose encima del tesoro escondido. No se puede cavar sin saber dónde.
Y de repente un fauno salió de un bosque de rododendros y empezó a bailar encima de un disco de bronce en el que había un surtidor; y el sonido que producían sus pezuñas al danzar sobre el bronce era tan hermoso como el de las campanas.
-Llamada al té -dijo la bruja. Y todos los poetas arrojaron al suelo sus palas y la siguieron al interior de la casa, y yo les seguí a ellos, mas en realidad la bruja y todos nosotros seguíamos al gato negro, el cual arqueó el lomo y levantó el rabo, y caminó por el sendero de tilos esmaltados de azul, y atravesó el porche de techo negro y la abierta puerta de roble, y entró en una pequeña habitación en donde estaba preparado el té. Y en los jardines las flores comenzaron a cantar y la fuente hizo tintinear el disco de bronce. Y me enteré de que la fuente provenía de otro mar desconocido, y a veces lanzaba al aire fragmentos dorados procedentes de naufragios de galeones desconocidos, hundidos por las tormentas en algún mar que no se encuentra en ninguna parte del mundo, o hechos pedazos en guerras libradas contra no se sabe quién. Algunos dijeron que había sal a causa del mar y otros que la sal estaba mezclada con lágrimas de marineros. Y algunos poetas sacaron grandes flores de sus jarrones y arrojaron sus pétalos por toda la habitación, mientras otros dos hablaban a la vez y los demás cantaban.
-¡Vaya!, después de todo sólo son niños -dije.
-¡Sólo niños! -repitió la bruja, mientras se servía vino de primavera.
-Sólo niños -exclamó el viejo gato negro. Y todos se rieron de mí.
-Sinceramente me disculpo -dije-. No quise decir eso. No pretendía insultar a nadie.
-¡Vaya!, no sabe usted nada en absoluto -dijo el viejo gato negro. Y todo el mundo rió hasta que los poetas se fueron a acostar.
Y entonces eché una ojeada a los campos que conocemos, y me volví hacia la otra ventana que mira a las montañas de los elfos. Y el atardecer semejaba un zafiro. Y aunque los campos empezaban a difuminarse, encontré el camino y subí las escaleras y atravesé el salón de la bruja y salí al exterior, y aquella noche fui al palacio de Singanee.
En el palacio de marfil las luces brillaban en cada panel de cristal, pues ninguna ventana tenía cortinas. Los sonidos eran los de una danza triunfal. Muy obsesionante era, en efecto, el zumbido del fagot; y los golpes esgrimidos por un hombre enérgico sobre el enorme y sonoro tambor eran como el peligroso anticipo de alguna bestia al galope. Me parecía estar escuchando, ya musicada, la contienda de Singanee con el más que colosal destructor de Perdóndaris. Y cuando caminaba a oscuras a lo largo del precipicio de amatista, de repente descubrí un puente blanco de tramo curvo que lo atravesaba. Era un colmillo de marfil. Y lo supe por el triunfo de Singanee. Supe que había sido arrastrado mediante cuerdas para salvar el abismo, era similar a la puerta de marfil que hubo una vez en Perdóndaris y fue responsable de la destrucción de aquella famosa ciudad, con todas sus torres, murallas y gente. Habían empezado ya a vaciarlo y a tallar en sus costados figuras humanas de tamaño natural. Lo crucé y, a la mitad del camino, en el punto más bajo de la curva, me encontré con algunos de los tallistas profundamente dormidos. Al otro lado del precipicio, junto al palacio, hallábase el extremo más grueso del colmillo y descendí por una escala que se apoyaba en él, pues todavía no habían tallado escalones.
El exterior del palacio de marfil era como yo había supuesto y el centinela que vigilaba la puerta dormía profundamente; y aunque le pedí permiso para entrar, él únicamente murmuró una bendición a Singanee y volvió a quedarse dormido. Era evidente que había estado bebiendo bak. En el interior del vestíbulo de marfil me encontré con servidores que me dijeron que esa noche ningún forastero sería bien recibido porque celebraban el triunfo de Singanee. Y me ofrecieron a beber bak para conmemorar su esplendor, mas yo no conocía su poder ni su efecto sobre los humanos, por lo que les dije que había jurado a un dios no beber nada gratificante; y ellos me preguntaron si no podría aplacar a ese dios con oraciones, a lo que yo contesté: "De ninguna manera", y me dirigí hacia el baile; y ellos se compadecieron de mí e insultaron amargamente a aquel dios, creyendo que eso me agradaría, y a continuación se pusieron a beber a mayor gloria de Singanee. Al otro lado de las cortinas que separaban el recinto de baile había un chambelán, y cuando le dije que, aunque forastero, era bien conocido de Mung y Sish y Kib, los dioses de Pegana, cuyos signos hice, me dio la bienvenida. Le pregunté si mis vestidos no serían inadecuados a tan augusta ocasión, y él me juró por la lanza que había matado al destructor de Perdóndaris que Singanee encontraría vergonzoso que un forastero conocido de los dioses entrara en la sala de baile inapropiadamente vestido; y por tanto me condujo a otra habitación y sacó trajes de seda de un cofre de basto roble negro con cierres de cobre adornados con unos zafiros pálidos, y me rogó que eligiera un traje apropiado. Yo elegí una túnica verde brillante con ropa interior azul pálido y un talabarte también azul pulido. Me puse además una capa de color púrpura, ribeteada con dos delgadas cintas azul oscuro y una hilera de grandes zafiros cosidos entre ellas a todo largo, que me colgaba por detrás. Tampoco me habría permitido el chambelán de Singanee que cogiera algo de menos valor, pues decía que ni siquiera a un forastero se le podía permitir aquella noche que fuera un obstáculo para la munificencia de su amo, el cual se complacía en ejercerla en honor de su victoria. Tan pronto como estuve ataviado, nos dirigimos a la sala de baile y lo primero que vi en aquella centelleante sala de techo alto fue la descomunal figura de Singanee, de pie entre los bailarines, cuyas cabezas no sobrepasaban la cintura de aquél. Llevaba descubiertos los enormes brazos que habían sostenido la lanza que había vengado a Perdóndaris. El chambelán me condujo hasta él y yo me incliné y le dije que agradecía a los dioses a los que él había pedido protección. Y él me respondió que había oído hablar bien de esos dioses a los que solían rezar, mas esto lo dijo únicamente por cortesía, ya que no los conocía.
Singanee iba vestido con sencillez y únicamente llevaba en su cabeza una simple cinta dorada que evitaba que el cabello le cayera por la frente, cuyos extremos estaban sujetos atrás con un lazo de seda púrpura. Y todas sus reinas llevaban magníficas coronas, aunque no sabía si habían sido coronadas como reinas de Singanee o si fueron atraídas allí desde sus tronos en países remotos por admiración hacia él y su esplendor.
Todos los allí presentes llevaban vestidos de brillantes colores e iban descalzos, pues la costumbre del calzado era desconocida en aquellas regiones. Y cuando vieron que los dedos gordos de mis pies estaban deformados según la moda europea, torcidos hacia adentro en lugar de estar derechos, alguno me preguntó amablemente si me había acontecido algún accidente. Y en vez de contarle sinceramente que la deformación del dedo gordo del pie era una costumbre nuestra que nos agradaba, le dije que se trataba de una maldición de un dios malvado a quien había descuidado de ofrecer bayas durante mi infancia. Y hasta cierto punto me justifiqué, pues el Convencionalismo es un dios aunque sus modales sean perversos; y si les hubiera contado la verdad, no me habrían comprendido. Me dieron por compañera de baile a una dama de gran belleza, la cual me contó que se llamaba Saranoora y era una princesa del Norte que había sido ofrecida como tributo al palacio de Singanee. Y en parte bailaba como los europeos y en parte como las hadas del yermo, las cuales, según la leyenda, atraen a los viajeros extraviados hacia su perdición. Y si pudiera sacar de sus tierras a treinta de esos paganos, de largos cabellos negros y ojos pequeños de elfo, y pudiera hacerles tocar sus instrumentos musicales, desconocidos incluso para el rey Nebichadnezzar, interpretando al anochecer cerca de tu casa aquellas melodías que escuché en el palacio de marfil, quizá comprenderías, apreciado lector, la belleza de Saranoora, y el fulgor de luces y colores de aquella formidable sala, y el ágil movimiento de aquellas misteriosas reinas que bailaban en torno a Singanee. Entonces, gentil lector, dejarías de serlo, pues los pensamientos que corren como leopardos en estas lejanas y salvajes tierras saltarían al interior de tu cabeza aunque estuvieras en Londres, sí, incluso en Londres: te alzarías y golpearías con tus manos la pared con sus preciosos dibujos de flores, en la esperanza de que los ladrillos se rompieran, revelándote el camino que conduce al palacio de marfil, junto al precipicio amatista donde habitan los dragones dorados. Pues lo mismo que ha habido hombres que han quemado prisiones para que los prisioneros pudieran escapar, esos oscuros músicos son tan incendiarios que atizan peligrosamente a su clientela a fin de que puedan liberarse los pensamientos prendidos con alfileres. No tengas miedo ni permitas que tus mayores lo tengan. No interpretaré esas melodías en ninguna de las calles conocidas. No traeré aquí a esos extraños músicos; únicamente susurraré el camino que conduce al País del Sueño, y sólo unos pocos pies delicados lo encontrarán, y soñaré en solitario con la belleza de Saranoora y a veces suspiraré.
Seguimos bailando sin cesar a la voluntad de los treinta músicos, mas cuando las estrellas palidecieron y la brisa del amanecer agitó los últimos estertores de la noche, entonces Saranoora, la princesa del Norte, me condujo a su jardín. Había allí sombrías arboledas que llenaban de perfume la noche y protegían sus misterios del alba naciente. En aquel jardín flotaba a nuestro alrededor la triunfal melodía de aquellos oscuros músicos, cuyo origen no podían adivinar los que allí moraban y conocían el País del Sueño. Sólo en una ocasión volvió a cantar el pájaro tolulu, pues el regocijo de aquella noche le había asustado y estuvo callado. Una vez más le oímos cantar en alguna remota arboleda, pues los músicos descansaban y nuestros pies descalzos no hacían ruido; por un momento oímos a aquella ave con la que una vez soñó nuestro ruiseñor, transmitiendo la tradición a su prole. Y Saranoora me contó que le había puesto el nombre de Hermana Canora; mas no conocía el nombre de los músicos, que en ese momento tocaban de nuevo, pues nadie sabía quiénes eran ni de qué país procedían. Entonces alguien cantó en la oscuridad, muy cerca de nosotros, acompañado de un instrumento de cuerda, la historia de Singanee y su lucha contra el monstruo. Y de pronto le vimos, sentado en el suelo, cantando a la noche la arremetida de la lanza que había traspasado el descomunal corazón del destructor de Perdóndaris. Y nos detuvimos un rato y le pregunté quién había presenciado aquella memorable contienda, y él me respondió que nadie a excepción de Singanee y de aquel cuya pezuña había dispersado Perdóndaris, y que ahora este último estaba muerto. Y cuando le pregunté si Singanee le había relatado la contienda, él me dijo que aquel arrogante cazador jamás diría una sola palabra del asunto, y que por tanto su extraordinaria proeza era ahora cosa de los poetas, a quienes quedaba confiada para siempre; y volvió a tocar su instrumento de cuerda y siguió cantando.
Cuando el collar de perlas que Saranoora llevaba al cuello comenzó a brillar, comprendí que el amanecer se aproximaba y que aquella memorable noche casi había pasado. Y finalmente abandonamos el jardín y fuimos al abismo a contemplar la salida del sol en el desfiladero amatista. Al principio el astro iluminó la belleza de Saranoora, mas luego coronó el mundo y encendió aquellos riscos de amatista hasta deslumbrarnos, y nos apartamos de allí y vimos al artesano ahuecando el colmillo y tallando en él una balustrada formada por una bella comitiva de figuras. Y los que habían bebido bak comenzaron a despertarse y abrieron sus asombrados ojos ante el precipicio de amatista, y se los frotaron y los apartaron. Y entonces aquellos maravillosos reinos de la canción, que los oscuros músicos habían establecido a lo largo de la noche mediante acordes mágicos, volvieron a desvanecerse bajo la influencia de aquel antiguo silencio que regía ante los dioses; y los músicos se envolvieron en sus capas y cubrieron sus maravillosos instrumentos y se marcharon sigilosamente a los llanos; y nadie se atrevió a preguntarles si volverían, o por qué vivían allí, o a qué dios servían. Y el baile se interrumpió y todas las reinas se marcharon. Y entonces la esclava salió de nuevo por una puerta y vació en el abismo su canasto de zafiros, como la había visto hacer anteriormente. La hermosa Saranoora dijo que aquellas importantes reinas nunca se ponían sus zafiros más de una vez, y que cada mediodía un mercader de las montañas les vendía nuevas piezas para la velada correspondiente. Sin embargo, sospecho que algo más que la extravagancia subyace en el fondo de esta acción, aparentemente derrochadora, de arrojar los zafiros al abismo, pues en las profundidades de éste se encontraban esos dragones dorados de los cuales nada parece saberse. Y pensé, y todavía sigo pensándolo, que Singanee, aun encontrándose en guerra con los elefantes, con cuyos colmillos había construido su palacio, conocía bien e incluso temía a esos dragones del abismo, y que tal vez valorase aquellas inapreciables joyas menos que a sus reinas, y quisiera pagar tributo a los dragones dorados de la misma manera que él recibía hermosas ofrendas de otros tantos países por medio de su lanza. No pude ver si los dragones tenían alas; ni podía asegurar que, en el caso que las tuvieran, fueran capaces de soportar ese peso de oro macizo; ni tampoco sabía por qué caminos podrían deslizarse a través del abismo. Y no sé de qué le servirían los zafiros a un dragón dorado, o a una reina. Únicamente me parece extraño que arrojaran tal profusión de joyas por orden de un hombre que no tenía nada que temer, y que éstas cayeran al abismo al alba, despidiendo destellos y cambiando de color.
No sé cuánto tiempo nos quedamos allí observando la salida del sol sobre aquellas extensiones de amatista. Y es extraño que aquel fabuloso prodigio no me afectara más de lo que lo hizo, mas tenía la mente deslumbrada por la fama de aquél, y los ojos cegados por el resplandor del amanecer, y, como suele suceder, pensaba más en cosas insignificantes, y recuerdo haber contemplado el nacimiento del día en el solitario zafiro que Saranoora lucía en un anillo que llevaba en el dedo. Luego, cuando la brisa del amanecer la rodeaba, dijo que tenía frío y regresó al palacio de marfil. Y temí no poder volver a verla nunca más, pues el tiempo transcurre de manera diferente en el País del Sueño que en el mundo que conocemos, al igual que las corrientes marinas se desplazan según direcciones distintas, llevando barcos a la deriva. Y al llegar a la puerta del palacio de marfil me volví para despedirme y, sin embargo, no encontré palabras apropiadas. Y ahora, cuando a veces me encuentro en otras tierras, me paro a pensar en las muchas cosas que quise decir. Sin embargo, lo único que dije fue: "Ojalá nos volvamos a encontrar". Y ella respondió que era probable que nos encontrásemos a menudo, pues el permitirlo era poca cosa para los dioses, ignorando que los dioses del País del Sueño tienen poco poder sobre los mundos que conocemos. Luego traspasó la puerta. Y yo, después de cambiada la vestimenta que el chambelán me diera por mi propia ropa, abandoné la hospitalidad del poderoso Singanee, y me dirigí de vuelta al mundo que conocemos. Me crucé con aquel enorme colmillo que había supuesto el fin de Perdóndaris y encontré a los artistas que lo estaban tallando; y mientras pasaba, algunos de ellos, a modo de saludo, alabaron a Singanee, y en respuesta rendí honores a su nombre. Aunque la luz del nuevo día todavía no había penetrado completamente hasta el fondo del abismo, la oscuridad estaba cediendo paso a una niebla púrpura y pude vislumbrar vagamente a un dragón dorado. Luego miré en dirección al palacio de marfil y, al no ver a nadie en las ventanas, me alejé con tristeza; y, siguiendo el camino que sabía, atravesé el desfiladero entre las montañas y descendí por sus laderas hasta divisar de nuevo la cabaña de la bruja. Y cuando me dirigí a la ventana más alta a fin de contemplar el mundo que conocemos, la bruja me habló. Mas yo estaba enfadado, como si acabara de despertarme, y no le contesté. Más tarde el gato me preguntó a quién había encontrado, y yo le respondí que en el mundo que conocemos los gatos se mantienen en su lugar y no hablan a los hombres. Y luego bajé las escaleras y salí directamente por la puerta, dirigiéndome a Go-by Street.
-Se ha equivocado usted de camino -gritó la bruja desde la ventana.
Y efectivamente, hubiera preferido volver de nuevo al palacio de marfil, pero no tenía derecho a abusar más de la hospitalidad de Singanee, y no es posible quedarse para siempre en el País del Sueño; además, ¿qué sabía aquella bruja del mundo que conocemos o de las pequeñas aunque numerosas trampas que se tienden a nuestros pies allá abajo? Así es que no le presté atención y seguí adelante, y llegué a Go-by Street. Vi la casa de la puerta verde a mitad de camino de la calle, mas creyendo que al final de ésta estaba más cerca del Embankment, en donde había dejado mi bote, probé la primera puerta que encontré, que correspondía a una cabaña con techo de paja como las demás, con unas pequeñas agujas doradas en la cumbrera del tejado y extraños pájaros sentados arreglándose las plumas. La puerta se abrió y me sorprendió encontrarme a mí mismo en lo que parecía una cabaña de pastor; un hombre sentado en un tronco en el interior de una humilde y sombría habitación se dirigió a mí en una lengua extraña; murmuré algo y salí corriendo a la calle. El tejado de la casa estaba cubierto de paja tanto en la fachada como por detrás. No había agujas doradas en la fachada, ni maravilloso pájaros; mas tampoco había acera. Había una hilera de casas, establos y cobertizos, mas ninguna otra señal de ciudad. A lo lejos vi una o dos aldeas. Sin embargo, ahí estaba el río, sin duda el Támesis, pues tenía la anchura de ese río y todos sus meandros, si es posible imaginar el Támesis en aquel lugar concreto sin estar rodeado de calles, sin ningún puente, y con el Embankment desplomado. Comprendí qué me había ocurrido, permanentemente y a la luz del día, lo que suele sucederle a los hombres, aunque más a menudo a los niños, cuando se despiertan antes del amanecer en alguna habitación extraña y ven una alta ventana gris donde debía estar la puerta y objetos desconocidos en lugares impropios, y pese a saber dónde se encuentran ignoran cómo es posible que el sitio ofrezca ese aspecto.
Luego pasó a mi lado un rebaño de ovejas con la apariencia de siempre, mas el hombre que las dirigía lucía una extraña mirada extraviada. Le hablé y él no me entendió. Luego bajé el río a comprobar si mi bote estaba en el mismo sitio en donde lo había dejado; en el cieno (pues la marea estaba baja) vi un trozo semienterrado de madera ennegrecida, que bien podía haber sido parte de un bote, mas no lo pude reconocer. Empecé a pensar que me había perdido. Sería extraño venir de lejos a ver Londres y no poder encontrarla entre todos los caminos que hasta allí conducen; mas a mí me parecía que había estado viajando en el Tiempo y me había perdido entre los siglos. Y cuando vagaba por las colinas cubiertas de hierba, encontré un mausoleo hecho de zarzas y con techo de paja, y vi en su interior un león más deteriorado por el tiempo que la Esfinge de Gizeh; y cuando lo reconocí como uno de los cuatro de Trafalgar Square, entonces comprendí que andaba perdido por el futuro y varios siglos con sus traicioneros años me separaban de todo lo que había conocido. Y entonces me senté en la hierba junto a las deterioradas patas del león para reflexionar sobre lo que debía hacer. Y decidí regresar por Go-by Street y, dado que no había dejado nada que me atara al mundo conocido, ofrecerme como sirviente en el palacio de Singanee, y volver a contemplar el rostro de Saranoora y aquellos fabulosos amaneceres de amatista sobre el abismo donde juegan los dragones dorados. Y no me quedé más tiempo buscando vestigios de las ruinas de Londres; pues la contemplación de cosas maravillosa produce poco placer si no existe alguien a quien poder contarlas o asombrar.
Así es que volví inmediatamente a Go-by Street, la pequeña hilera de chozas, y no encontré ninguna otra prueba de la existencia de Londres que un león de piedra. Esta vez acerté con la casa. Estaba muy cambiada y se parecía más a una de esas chozas que pueden verse en Salisbury Plain que a una tienda en la ciudad de Londres; mas di con ella a base de ir contando las casas de la calle, ya que todavía quedaba una hilera de casas aunque las aceras y la ciudad hubieran desaparecido. Y todavía era una tienda. Una tienda muy diferente a la que yo conocí, aunque tenía mercancías a la venta: cayados de pastor, comestibles y toscas hachas. Y había un hombre con el pelo largo, vestido con pieles. No le hablé pues no conocía su lengua. Me dijo algo que me sonó a algo así como "Everkike". No entendí su significado, mas cuando miró una de sus pistolas, caí en la cuenta y comprendí que Inglaterra todavía era Inglaterra, que todavía no la habían conquistado, y que, aunque se habían cansado de Londres, todavía se aferraban a su país. Pues las palabras que el hombre había pronunciado fueron "Av er kike", por lo que comprendí que aquel mismo dialecto cockney que los antiguos llevaron a tierras lejanas todavía se hablaba en su lugar de nacimiento, y que ni la política ni sus enemigos lo habían destruido después de todos esos miles de años. Nunca me había gustado el dialecto cockney, dada mi arrogancia de irlandés acostumbrado a oír un magnífico inglés isabelino tanto de los pobres como de los ricos; por tanto, cuando escuché estas palabras me escocieron los ojos como si estuviera a punto de llorar; me recordaban lo lejos que me encontraba. Imagino que me quedé callado un rato. De repente comprendí que el hombre que se encargaba de la tienda se había quedado dormido. Su manera de ser parecía, extrañamente, la de un hombre que de seguir vivo tendría más de mil años (a juzgar por el aspecto deteriorado del león). Mas entonces, ¿qué edad tendría yo?. Está claro que el Tiempo pasa más rápido o más lento en el País del Sueño que en el mundo que conocemos. Pues los muertos, incluso los más antiguos, reviven en nuestros sueños; y un soñador pasa por los acontecimientos del día en sólo un segundo del reloj de Town-Hall. Sin embargo, la lógica no me ayudó y estaba desconcertado. Mientras el anciano dormía -extrañamente su rostro se parecía al del anciano que me había mostrado por primera vez la pequeña puerta trasera-, me dirigí al fondo de la tienda. Había una especie de puerta con goznes de cuero. La abrí y me encontré de nuevo con el cartel de la trastienda: al menos la parte de atrás de Go-by Street no había cambiado. La calle parecía fantástica y distante con sus flores púrpura y sus agujas doradas, y la desolación de la acera de enfrente; sin embargo, respiré más tranquilo al volver a ver algo que ya había visto antes. Pensé que había perdido para siempre el mundo que conocía, y ahora que me encontraba de nuevo a espaldas de Go-by Street sentía menos la pérdida que cuando estaba donde deberían estar los objetos familiares. Recordé lo que había dejado en el vasto País del Sueño y pensé en Saranoora. Y cuando volví a divisar las cabañas me sentí menos aislado todavía al pensar en el gato, aunque por lo general el animal se reía de lo que yo decía. Y lo primero que le dije a la bruja cuando la vi fue que había perdido el mundo y regresaba por el resto de mis días al palacio de Singanee. Y lo primero que ella me dijo fue:
-¡Vaya! Se equivocó usted de puerta.
Lo dijo amablemente, pues comprendía lo infeliz que yo era. Y yo le contesté:
-Sí, mas es la misma calle. Toda ella está cambiada y Londres ha desaparecido y la gente que solía conocer y las casas en las que solía dormir, y todo; estoy harto.
-¿A dónde quería usted ir por esa puerta errónea? -dijo ella.
-¡Oh!, eso da lo mismo -contesté.
-¿De veras? -dijo ella de un modo contradictorio.
-Bueno, quería llegar al final de la calle para encontrar rápidamente mi bote en el Embankment. Y ahora mi bote... y el Embankment... y...
-Alguna gente tiene siempre tanta prisa -dijo el viejo gato negro. Y me sentí tan desdichado que no logré enfadarme y no añadí nada más.
Y la vieja bruja dijo:
-¿A dónde quiere ir ahora?
Parecía una niñera dirigiéndose a un niño pequeño. Y yo le respondí:
-No tengo dónde ir.
Y ella respondió:
-¿Preferiría volver a casa o ir al palacio de Singanee?
Y yo le respondí:
-Me duele la cabeza y no quiero ir a ninguna parte, estoy cansado del País del Sueño.
-Entonces suponga que intenta entrar por la puerta apropiada.
-De nada serviría -contesté-. Todos han muerto y desaparecido, ahora aquí venden bollos.
-¿Qué sabe usted del Tiempo? -preguntó.
-Nada -respondió el viejo gato negro, a pesar de que nadie se había dirigido a él.
-¡Váyase! -dijo la vieja bruja.
De manera que me volví y me dirigí de nuevo a Go-by Street. Estaba muy cansado.
-¿Qué sabe de él? -dijo a mis espaldas el viejo gato negro. Sabía lo que iba a decirme después. Aguardé un momento y luego le dije:
-Nada.
Cuando miré por encima del hombro, el animal se dirigía a la cabaña contoneándose. Y cuando llegué a Go-by Street abrí con indiferencia la puerta por la que acababa de pasar. Me pareció inútil hacerlo, únicamente lo hice por aburrimiento, porque me lo habían mandado. Y nada más entrar, vi que todo era como antaño, y que el anciano soñoliento que allí se encontraba vendía ídolos. Compré una vulgar pieza, que en realidad no quería comprar, por el mero placer de ver los artículos acostumbrados. Y cuando me alejé de Go-by Street, que seguía siendo la de siempre, lo primero que vi fue un taxi colisionando con un cabriolé. Me descubrí y ovacioné. Y fui al Embankment y allí estaba mi bote, y el majestuoso río, repleto de suciedad como de costumbre. Y volví a remar y compré una revista barata (al parecer había estado fuera todo un día) y la leí de punta a rabo -incluyendo los avisos de remedios patentados para enfermedades incurables- y decidí pasear, tan pronto como descansara, por todas las calles que me eran familiares y visitar a todas mis amistades, y conformarme para siempre con el mundo que conocemos.

LA FORTALEZA INVENCIBLE, SALVO QUE SACNOTH LA ATAQUE LORD DUNSANY



LA FORTALEZA INVENCIBLE, SALVO QUE SACNOTH LA ATAQUE
LORD DUNSANY

En un bosque más antiguo de lo que se tiene registro, hermano de crianza de las colinas, se levanta el villorrio de Allathurion; y había paz entre la gente de ese villorrio y los habitantes que transitan los oscuros caminos del bosque, sean ellos humanos, de las tribus de las bestias o de la raza de las hadas y los elfos o los pequeños espíritus sagrados de los árboles y los arroyos. Además los habitantes del villorrio tenían paz entre sí y también con su señor, Lorendiac. Frente del villorrio se extendía una amplia extensión cubierta de hierbas; más allá de ella volvía a aparecer el bosque otra vez, pero hacia la parte posterior los árboles llegaban hasta las casas que, con sus muros de troncos y su techumbre de paja verdeada por el musgo, casi parecían formar parte del bosque.
Ahora bien, en el tiempo del que hablo, la perturbación cundía en Allathurion, pues desde una cierta tarde, sueños malignos empezaron a filtrarse entre los árboles y a penetrar en la pacífica aldea; y se apoderaron de la mente de los hombres y los condujeron en la noche por las cenicientas planicies del Infierno. Entonces el mago de esa aldea empezó a preparar hechizos contra esos sueños malignos; no obstante los sueños siguieron viniendo a raudales entre los árboles no bien se había hecho la oscuridad y en la noche llegaban a la mente de los hombres a lugares terribles y eran causa de que alabaran a Satanás abiertamente con sus labios.
Y los hombres tuvieron miedo de dormir en Allathurion. Y se volvieron macilentos y pálidos, algunos por falta de sueño y otros por las cosas que veían en las planicies cenicientas del Infierno.
Entonces el mago de la aldea subió a la torre de su morada y toda la noche aquellos a los que el miedo mantenía despiertos pudieron ver su ventana iluminada. Al día siguiente cuando la hora del crepúsculo hacía ya tiempo que había pasado y la noche se concentraba de prisa, el mago se dirigió al borde del bosque y lanzó allí el hechizo que había preparado. Y el hechizo era algo apremiante y terrible, con poder sobre los malos sueños y sobre los espíritus del mal; porque era un poema de cuarenta versos en muchas lenguas, tanto vivas como muertas, y contenía la palabra con la que la gente de las llanuras suele maldecir a los camellos y el grito con que los balleneros del Norte atraen a la ballenas hacia la costa para darles allí muerte y una palabra que es causa de que los elefantes barriten; y cada uno de los cuarenta versos termina con una palabra que rima con «avispa»
Y aún los sueños siguieron llegando desde el bosque y llevándose las almas de los hombres por las planicies del Infierno. Entonces el mago supo que los sueños provenían de Gaznak. Por tanto reunió a los habitantes de la aldea y les dijo que había lanzado su más poderoso hechizo: un hechizo que tenía poder sobre toda criatura humana o de las tribus de las bestias; y como de nada había servido, los sueños debían de provenir de Gaznak, el más grande mago de entre los espacios de las estrellas. Y le leyó a la gente parte del Libro de los Magos, que habla de las llegadas del cometa y predice una nueva visita. Y les contó cómo Gaznak monta el cometa y visita la Tierra una vez cada doscientos treinta años y se construye para sí una vasta fortaleza inexpugnable y envía sueños que se alimentan de las almas de los hombres, y no puede nunca ser vencida, salvo que la espada Sacnoth la ataque.
Y un frío temor ganó los corazones de los aldeanos cuando supieron que su mago nada podía por ellos.
Entonces habló Leothric, hijo del Señor Lorendiac, y veinte eran los años con que contaba:
Buen Maestro ¿dónde se encuentra la espada de Sacnoth?
Y el mago de la aldea respondió:
Es el dragón-cocodrilo que merodea por los marjales del Norte y hace estragos en las poblaciones de sus márgenes. Y la piel de su dorso es de acero y su parte inferior es de hierro; pero a lo largo de la línea media de su dorso, sobre su espina dorsal hay hundida una franja de acero ultraterreno. Esa franja de acero es Sacnoth, y no puede ser hendida ni fundida y nada hay en el mundo que pueda romperla y ni siquiera trazar un rasguño en su superficie. Tiene la longitud de una buena espada y también su anchura. Si prevalecieras sobre Tharagavverug, su piel podría fundirse en un horno y separarse así de Sacnoth; pero sólo existe una cosa que pueda afilar su borde: uno de los ojos de acero del propio Tharagavverug; y el otro ojo debes engarzarlo en la empuñadura de Sacnoth para que vigile por ti. Pero es ardua tarea vencer a Tharagavverug, porque no hay espada que pueda perforarle la piel; su lomo no puede quebrarse, y no se le puede quemar ni ahogar en el agua. Sólo hay una manera de dar muerte a Tharagavverug, y ella es la muerte por hambre.
Entonces la pena se apoderó de Leothric, pero el mago siguió hablando:
Si alguien impide con una vara que Tharagavverug se acerque a su alimento por tres días, morirá de hambre al tercer día al ponerse el sol. Y aunque no es vulnerable, tiene un sitio en que puede ser herido, pues su hocico es sólo de plomo. Con una espada tan sólo se dejaría a descubierto el bronce invulnerable que tiene por debajo, pero si se zahiere su hocico constantemente con una vara, el dolor lo hará retroceder y, de ese modo, se puede apartar a Tharagavverug de su alimento.
Preguntó Leothric entonces:
¿Cuál es el alimento de Tharagavverug?
Y el mago de Allathurion respondió:
Su alimento son los hombres.
Pero Leothric se fue decididamente de allí y cortó la larga vara de un avellano y se fue a dormir temprano. Pero a la mañana siguiente, después de abandonar sueños agitados, se levantó antes del alba y, llevando consigo provisiones para cinco días, se puso en camino por el bosque hacia el Norte en dirección de los marjales. Por algunos horas avanzó por la lobreguez del bosque y, cuando emergió de él, el sol por sobre el horizonte se reflejaba en los estanques del descampado. En seguida vio las huellas de las garras de Tharagavverug profundamente hundidas en el cieno y el rastro de su cola entre ellas como un surco abierto en el campo. Entonces Leothric siguió las huellas hasta que oyó por delante de él el latido del corazón de bronce de Tharagavverug que atronaba como una campana.
Y Tharagavverug, como era la hora del día en que tomaba su primera comida, avanzaba sobre la aldea y el corazón le doblaba en el pecho. Y toda la gente de la aldea había salido a su encuentro como era su costumbre hacerlo porque no soportaban la incertidumbre de esperarlo y de oírlo olfatear bronco mientras iba de puerta en puerta considerando lentamente con su mente metálica qué habitante escogería. Y ninguno se atrevía a huir, porque en los días en que los aldeanos huían de Tharagavverug, éste, una vez escogida su víctima, seguía su rastro incansable, como una condenación. Nada les valía en su contra. Otrora trepaban a los árboles cuando se acercaba, pero Tharagavverug arqueaba el lomo, se inclinaba ligeramente y lo frotaba contra el bronco hasta que el árbol caía. Y cuando Leothric estuvo cerca, Tharagavverug lo vio con el rabillo de uno de sus ojillos de acero y se le aproximó tomándose su tiempo, y los ecos de su corazón le salían por la boca abierta. Y Leothric evitó su arremetida, se colocó entre él y la aldea y le hirió el hocico con la vara, que le dejó una abolladura en el plomo sensible. Y Tharagavverug se apartó torpemente y lanzó un grito terrible, como el sonido de una campana de iglesia que hubiera sido poseída por un alma que escapara del cementerio en la noche: un alma malvada que le dieron voz de campana. Luego atacó a Leothric gruñendo y una vez más Leothric se hizo a un lado y le dio con la vara en el hocico. Tharagavverug emitió un aullido de campana. Y cada vez que el dragón-cocodrilo lo atacaba o intentaba dirigirse a la aldea, Leothric volvía a herirlo.
Así, pues, todo el día Leothric guió al monstruo con la vara llevándoselo más y más lejos de su presa con el corazón que le doblaba colérico y la voz transida de dolor.
Hacia el atardecer Tharagavverug dejó de intentar alcanzar a Leothric con los dientes y huía delante de él para evitar la vara, pues tenía el hocico lastimado y le brillaba; y al anochecer los aldeanos salieron y bailaron acompañados de címbalo y salterio. Cuando Tharagavverug oyó el címbalo y el salterio, el hambre y la furia se apoderaron de él, y se sintió como se sentiría el señor que por fuerza se lo apartara del banquete celebrado en su propio castillo y oyera girar y girar el asador rechinante y crepitar en él la carne sabrosa. Y toda esa noche atacó a Leothric con fiereza y a menudo estuvo a punto de atraparlo en la oscuridad; porque sus ojos resplandecientes de acero eran capaces de ver tan bien de noche como de día. Y Leothric fue cediendo terreno lentamente hasta el amanecer, y cuando llegó la luz, estaba cerca de la aldea nuevamente; aunque no tan cerca de ella, como lo habían estado al encontrarse, porque Leothric condujo a Tharagavverug más lejos durante el día que había sido forzado a retroceder en la noche. Luego Leothric volvió a alejarlo con la vara hasta que llegó la hora en que era costumbre del dragón-cocodrilo atrapar a un hombre. Un tercio del hombre solía comerse al atraparlo, y el resto a mediodía y al atardecer. Pero cuando llegó la hora de atrapar a un hombre, una gran fiereza le sobrevino a Tharagavverug, y atacó veloz a Leothric, pero no pudo cogerlo, y por largo tiempo ninguno de los dos cedió terreno. Pero por fin el dolor que la vara le producía en el hocico de plomo fue mayor que el hambre del dragón-cocodrilo y se retiró aullando. A partir de ese momento Tharagavverug comenzó a debilitarse. Todo ese día Leothric lo ahuyentó con la vara, y por la noche, ninguno de los dos cedió terreno; y cuando el amanecer del tercer día llego, el corazón de Tharagavverug latía con mayor lentitud y más débilmente. Era como si un hombre fatigado estuviera tocando una campana. En una oportunidad Tharagavverug estuvo a punto de atrapar a una rana, pero Leothric se la arrebató justo a tiempo. Hacia el mediodía el dragón-cocodrilo yació inmóvil largo tiempo, y Leothric se quedó allí cerca, de pie, apoyado en su vara confiable. Estaba muy fatigado y falto de sueño, pero ahora tenía tiempo de comer sus provisiones. A Tharagavverug el fin le llegaba de prisa, y por la tarde su respiración era trabajosa y le carraspeaba la garganta. Era como el sonido de muchos cazadores que soplaran juntos el cuerno, y hacia el atardecer se le aceleró el aliento, pero también se le hizo más débil, como el furioso sonido de una cacería que fuera apagándose a la distancia; e hizo desesperados intentos de lanzarse hacia la aldea, pero Leothric seguía saltando alrededor de él y dándole con la vara en el hocico. Escasamente audible era ahora el sonido de su corazón: era como la campana de una iglesia que doblara más allá de las colinas por la muerte de alguien desconocido y lejano. Entonces el sol se puso y flameó en las ventanas de la aldea, y un frío estremeció al mundo, y en algún jardín pequeño una mujer cantaba; y Tharagavverug alzó la cabeza y pereció de hambre; la vida se le escapó de su cuerpo invulnerable, y Leothric se echó a su lado y durmió. Y más tarde, a la luz de las estrellas, los aldeanos salieron y cargaron a Leothric dormido; todos lo alababan en quedos susurros mientras lo llevaban a la aldea. Lo pusieron en una cama en una casa y bailaron afuera en silencio, sin salterio ni címbalo. Y al día siguiente, regocijados, arrastraron hasta Allathurion al dragón-cocodrilo. Y Leothric fue con ellos portando su castigado cayado; y un hombre alto y fornido, herrero de Allathurion, construyó un gran horno y fundió en él a Tharagavverug hasta que sólo Sacnoth quedó, resplandeciente entre las cenizas. Entonces tomó uno de los ojillos que había sido quitado con un formón y afiló una hoja en Sacnoth, y gradualmente el ojo de acero fue gastándose faceta por faceta, pero antes de que hubiera desaparecido totalmente, había afilado a Sacnoth de manera espantable. Pero el otro ojo se engarzó en la empuñadura y resplandeció en ella con luz azulina.
Y esa noche Leothric se levantó en la oscuridad, cogió la espada y partió hacia el Oeste al encuentro de Gaznak; y fue a través del bosque oscuro hasta el amanecer, y toda la mañana y hasta la tarde. Pero a la tarde llegó a campo abierto y vio en medio de La Tierra que Nadie Visitaba la fortaleza de Gaznak que se levantaba ante él como una montaña a poco más de una milla de distancia.
Y Leothric vio que la tierra era pantanosa y desolada. Y la fortaleza se levantaba blanca de ella, con muchos contrafuertes, y era ancha por debajo, pero se estrechaba a medida que ascendía, y estaba llena de ventanas iluminadas. Y cerca de su cúspide flotaban algunos nubes blancas, pero por sobre ellas reaparecían algunos de sus pináculos. Entonces Leothric se internó en los marjales y el ojo de Tharagavverug vigilaba por él desde la empuñadura de Sacnoth; porque Tharagavverug conocía bien los marjales, y la espada le indicaba a Leothric que se desviase a la derecha o lo impelía hacia la izquierda para evitar los lugares peligrosos; de ese modo lo llevó con bien hasta los muros de la fortaleza.
Y en el muro se abrían puertas como precipicios de acero, en los que había incrustados bultos de hierro, y por sobre cada una de las ventanas había terribles gárgolas de piedra; y el nombre de la fortaleza brillaba sobre el muro, escrito con grandes letras de cobre: «La Fortaleza Invencible, Salvo que Sacnoth la Ataque».
Entonces Leothric desenvainó y reveló a Sacnoth y todas las gárgolas sonrieron; la sonrisa fue reproduciéndose estremecida de rostro en rostro hasta los picos entre las nubes.
Y cuando Sacnoth fue revelada y todas las gárgolas sonrieron, fue como si la luz de la luna surgiera de una nube para contemplar por primera vez un campo de sangre y pasara veloz por las caras húmedas de los degollados que yacen juntas en la noche terrible. Entonces Leothric avanzó hacia la puerta, y era ésta más poderosa que Sacremona, la cantera de mármol de la que los hombres de antaño cortaron grandes tablas para construir la Abadía de las Lágrimas Sagradas. Día tras día arrancaron las costillas mismas de la colina hasta que la Abadía quedó construida, y era más bella que nada que se hubiera hecho en piedra. Entonces los sacerdotes bendijeron a Sacremona y ésta tuvo paz, y ya nunca más se quitó piedra de ella para edificar las casas de los hombres. Y la colina se elevaba de cara al Sur, solitaria a la luz del sol, desfigurada por la terrible cicatriz. Así de vasta era la puerta de acero. Y el nombre de la puerta era La Porte Resonante, el Camino por el que se Llega a la Guerra.
Entonces Leothric dio en la Porte Resonante con Sacnoth y el eco de Sacnoth recorrió todos los salones y todos los dragones de la fortaleza gruñeron. Y cuando el aullido del dragón más remoto se había sumado débilmente al tumulto, una ventana se abrió en lo alto entre las nubes bajo los picos iluminados por el crepúsculo y una mujer gritó, y muy alejado en el Infierno la oyó su padre, quien supo que su hija se había condenado.
Y Leothric siguió dando de golpes terribles con Sacnoth, y el acero gris de la Porte Resonante, el Camino por el que se Llega a la Guerra, que estaba templado para resistir las espadas del mundo, cedió sonoramente en múltiples astillas.
Entonces Leothric, sosteniendo a Sacnoth en la mano, penetró por el boquete que había abierto en la puerta y entró en el cavernoso vestíbulo al que no iluminaba luz alguna.
Un elefante huyó barritando. Y Leothric permaneció erguido e inmóvil sosteniendo a Sacnoth. Cuando el sonido de las patas del elefante hubo muerto en los más remotos corredores, nada más se movió y reinó el silencio en el vestíbulo cavernoso.
En seguida la oscuridad de las estancias distantes hízose musical con el sonido de campanillas que se aproximaban más y más.
Todavía Leothric esperaba en la oscuridad; el sonido de las campanillas era cada vez más alto y su eco resonaba en los salones; apareció entonces una procesión de hombres montados sobre camellos que venían de a dos desde el interior de la fortaleza; estaban armados de cimitarras de hechura asiria; estaban vestidos de malla y de los cascos caían sobre sus rostros cotas de malla que se batían al moverse los camellos. Todos se detuvieron ante Leothric en el vestíbulo cavernoso, y las campanillas de los camellos resonaron y quedaron luego inmóviles. Y el conductor dijo a Leothric.
El Señor Gaznak desea verte morir ante él. Ten a bien venir con nosotros y podemos discutir en el camino la manera en que el Señor Gaznak desea verte morir.
De buen grado voy contigo, porque he venido a degollar a Gaznak.
Entonces el conductor de camellos de Gaznak rió de manera espantosa, perturbando a los vampiros que dormían en la bóveda inconmensurable de la techumbre. Y el conductor dijo:
El Señor Gaznak es inmortal, salvo que Sacnoth lo ataque, lleva una armadura que es a prueba aun de la misma Sacnoth y su espada sólo le es segunda en invulnerabilidad.
Entonces Leothric dijo:
Yo soy el Señor de la espada Sacnoth.
Y avanzó sobre el conductor de Camello de Gaznak y Sacnoth subía y bajaba en su mano como si la agitara un pulso exaltado. Entonces el conductor de camellos de Gaznak huyó y los demás jinetes se echaron hacia adelante y azuzaron con látigos a sus camellos; desaparecieron con gran clamor de campanillas entre columnas y corredores y recintos abovedados y se dispersaron por la oscuridad interior de la fortaleza. Cuando el último sonido producido por ellos hubo muerto, Leothric dudó qué camino seguir, porque la guardia montada en camellos se había dispersado en múltiples direcciones; de modo que siguió derecho hasta que llegó a una gran escalinata en medio del vestíbulo. Entonces Leothric puso su pie en medio de un ancho escalón, y subió de firme la escalinata durante cinco minutos. Poca era la luz reinante en el vestíbulo por donde Leothric ascendía, pues sólo entraban rayos aislados y en el mundo, afuera, la tarde caía apresurada. La escalinata lo llevó a una puerta de dos hojas ligeramente entreabiertas, y por la rendija pasó Leothric que intentó seguir andando derecho, pero no pudo hacerlo pues todo el cuarto parecía estar lleno de cuerdas que se tendían de pared a pared, lanzadas desde el cielorraso. Todo el recinto estaba atestado y ennegrecido por ellas. Eran suaves y ligeras al facto, como de seda fina, pero a Leothric le fue imposible romper ninguna y aunque se apartaban de su camino cuando avanzaba, cuando se hubo trasladado tres yardas, lo rodeaban todas como una pesada cape. Entonces Leothric dio un paso atrás y esgrimió a Sacnoth, y Sacnoth dividió la cuerdas sin el menor sonido, y sin el menor sonido varias de ellas cayeron al suelo. Leothric avanzó lentamente moviendo por delante de sí a Sacnoth de arriba a abajo. Cuando hubo llegado al centro del recinto, repentinamente, al partir con Sacnoth un grueso montón de filamentos, vio delante de sí a una araña de mayor tamaño que un carnero, y la araña lo miraba con ojos pequeños, pero con mucho pecado en ellos, y dijo:
¿Quién eres tú que arruinas la labor de años realizada toda en honor de Satán?
Y Leothric respondió:
Soy Leothric, hijo de Lorendiac.
Y la araña dijo:
Haré una cuerda en seguida con la cual colgarte. Entonces Leothric partió otro puñado de filamentos y se acercó aún más a la araña, que estaba sentada tejiendo la cuerda, y la araña, levantando la visto de su labor, inquirió:
¿Qué espada es ésa, capaz de cortar mis cuerdas? Y Leothric respondió:
Es Sacnoth.
Al oír eso el pelo negro que caía sobre la cara de la araña se partió a izquierda y derecha y la araña frunció el entrecejo; luego el pelo volvió a su lugar escondiéndolo todo, excepto el pecado de los ojillos que siguió brillando hambriento en la oscuridad. Pero antes que Leothric pudiera alcanzarla, trepó rápido por una de las cuerdas y se ocultó en una viga donde se quedó gruñendo. Pero abriéndose camino con Sacnoth, Leothric atravesó el recinto y llegó a la puerta que se encontraba a su otro extremo; como la puerta estaba cerrada y el picaporte estaba muy alto, fuera de su alcance, se abrió camino a través de ella con Sacnoth, como se lo había abierto a través de la Porte Resonante, el Camino por el que se Llega a la Guerra. Y así se encontró Leothric en la bien iluminada cámara en que Reinas y Príncipes estaban juntos dándose un banquete sentados todos en una gran mesa; y miles de velas resplandecían por todas partes y se reflejaban en el vino que los príncipes bebían y en el oro de los enormes candelabros; las caras reales irradiaban con el fulgor, al igual que el blanco mantel y las joyas de los cabellos de las Reinas; cada una de las joyas tenía un historiador para sí solo que en todos los días de su vida no escribía otra crónica alguna. Entre la mesa y la puerta había doscientos lacayos en dos filas de cien lacayos cada una que se enfrentaban entre sí. Nadie miró a Leothric al entrar por el boquete de la puerta, pero uno de los Príncipes le hizo una pregunta a un lacayo y la pregunta pasó de boca en boca por todos los cien lacayos hasta que llegó al último de ellos que era el que estaba más cerca de Leothric; y le preguntó a Leothric sin mirarlo:
¿Qué tratáis de hacer aquí?
Y Leothric respondió:
Trato de degollar a Gaznak.
Y de lacayo en lacayo se repitió la respuesta hasta llegar a la mesa:
Trata de degollar a Gaznak.
Y por la línea de lacayos llegó otra pregunta:
¿Cuál es vuestro nombre?
Y la línea que se enfrentaba a la primera llevó la respuesta de vuelta.
Entonces uno de los príncipes dijo:
Lleváoslo de aquí donde no oigamos sus gritos.
Y un lacayo fue repitiéndolo a otro hasta que la orden llegó a los dos últimos, que avanzaron para agarrar a Leothric.
Entonces Leothric les mostró su espada diciendo:
Esta es Sacnoth.
Y ambos se lo dijeron al hombre que tenían más cerca:
Esa es Sacnoth.
Y luego gritaron y se alejaron corriendo.
Y de a dos, ascendieron por la doble línea, los lacayos fueron repitiendo:
Esa es Sacnoth.
Y gritaban y se echaban a correr, hasta que los últimos dos transmitieron el mensaje a la mesa, todo el resto había ya desaparecido. Apresuradamente entonces se levantaron las Reinas y los Príncipes y huyeron del recinto. Y la mesa real, cuando todos hubieron escapado, pareció pequeña, desordenada y sucia. Y a Leothric, que se preguntaba en el recinto desolado por qué puerta debía seguir adelante, le llegó el sonido de una música y supo que eran los ejecutantes mágicos que tocaban para Gaznak mientras éste dormía.
Entonces Leothric avanzó hacia la música distante y pasó por la puerta que se enfrentaba a la que había perforado al entrar y se encontró con un recinto tan vasto como el anterior en el que había muchas mujeres extrañamente hermosas. Y todas lo interrogaron sobre sus intenciones, y cuando supieron que eran degollar a Gaznak, todas le rogaron que se demorara entre ellas, diciendo que Gaznak era inmortal, salvo que Sacnoth lo atacara y también que tenían necesidad de un caballero que las protegiera de los lobos que corrían y corrían en derredor del revestimiento de madera durante toda la noche y que a veces irrumpían a través del roble convertido en polvo. Quizá Leothric hubiera tenido la tentación de demorarse entre ellas si hubieran sido mujeres humanas, porque era una rara belleza la suya, pero advirtió que en lugar de ojos tenían llamitas que vacilaban en sus cuencas y supo que eran los febriles sueños de Gaznak. Por tanto dijo:
Tengo una empresa entre manos en relación a Gaznak y con Sacnoth.
Y al nombre de Sacnoth, esas mujeres gritaron y las llamas de sus ojos se redujeron a una chispilla.
Y Leothric las abandonó y, abriéndose paso con Sacnoth, atravesó la puerta más alejada.
Una vez afuera sintió el aire de la noche en la cara y descubrió que se encontraba en un estrecho sendero entre dos abismos. A izquierda y derecha, hasta donde alcanzaba a ver, los muros de la fortaleza terminaban en un profundo precipicio, aunque la techumbre todavía lo cubría y ante él estaban los dos abismos llenos de estrellas porque se abrían camino de parte a parte de la Tierra y exhibían las estrellas del cielo inferior; y siguió andando entre ellos por el sendero que ascendía gradualmente y cuyos lados eran abruptos. Y más allá de los abismos, por donde el sendero ascendía hacia las cámaras más alejadas de la fortaleza, Leothric oía a los músicos que ejecutaban su melodía mágica. De modo que siguió por el sendero, que sólo tenía escasamente una zancada de anchura, esgrimiendo a Sacnoth desnuda. Y aquí y allí, por debajo de él en cada uno de los abismos, batían las alas de los vampiros que subían y bajaban alabando a Satán en su vuelo. En seguida percibió al dragón Thok que yacía en el camino fingiéndose dormido y su cola colgaba por uno de los abismos.
Y Leothric avanzó hacia él y cuando estuvo muy cerca, Thok se precipitó sobre Leothric.
Y lo hirió profundamente con Sacnoth y Thok cayó en uno de los abismos chillando; sus miembros vibraban en la oscuridad al caer y siguió cayendo hasta que su chillido no fue más alto que un silbato para luego dejar de oírse. Una o dos veces Leothric vio una estrella parpadear un instante para reaparecer nuevamente, y este eclipse momentáneo de unas pocas estrellas fue todo lo que quedó en el mundo del cuerpo de Thok. Y Lank, el hermano de Thok, que había estado echado algo más allá, vio que aquella espada debía ser Sacnoth y huyó con gran estruendo. Y todo el tiempo que avanzó Leothric entre los dos abismos la poderosa bóveda de la techumbre se extendía por sobre su cabeza llenándolo todo de lobreguez. Ahora bien, cuando llegó a divisarse el extremo más distante del precipicio, Leothric vio una cámara que se abría en innumerables arcos sobre los abismos gemelos, y los pilares de los arcos se perdían a la distancia y se desvanecían en la lobreguez de izquierda y derecha.
Allá abajo, en el oscuro precipicio en que se levantaban los pilares, vio pequeñas ventanas enrejadas, y entre las rejas aparecían por momentos para desaparecer luego, cosas de las que no hablaré.
No había otra luz allí, salvo la de las grandes estrellas australes que brillaban abajo en los abismos, y aquí y allí en la cámara entre los arcos, se movían luces furtivas sin el menor sonido de pasos.
Entonces Leothric abandonó el sendero y entró en la gran cámara.
Aun él mismo se sintió un diminuto enano al andar bajo uno de esos arcos colosales.
La última desmayada luz de la tarde entraba vacilante por una ventana que pintada con sombríos colores conmemoraba los triunfos de Satán sobre la Tierra. Emplazada alta en el muro estaba la ventana y, más abajo, las luces de las candelas se alejaron furtivas.
Otra iluminación no había, salvo el ligero fulgor azulino lanzado por el ojo de acero de Tharagavverug, que atisbaba incesante alrededor de él desde la empuñadura de Sacnoth. Pesaba en el aire de la cámara el viscoso olor de una bestia inmensa y mortal.
Leothric avanzó lentamente con la hoja de Sacnoth por delante en busca de un enemigo, y el ojo de su empuñadura vigilaba por detrás.
Nada se agitaba allí.
Si algo había que acechara por detrás de los pilares que sostenían el techo, no respiraba ni se movía.
La melodía de los músicos mágicos llegaba desde muy cerca.
De pronto las grandes puertas del extremo más alejado de la cámara se abrieron a izquierda y derecha. Por un instante Leothric no vio nada que se moviera y aguardó empuñando a Sacnoth. Luego sobre él avanzó Wong Bongerok con fuerte respiración.
Éste era el último y más fiel guardián de Gaznak, que justamente venía de babosear la mano de su amo.
Más como a un niño que como a un dragón tenía Gaznak costumbre de tratarlo, ofreciéndole a veces de su propia mano, tiernos trozos de hombre humeante de su mesa.
Largo y bajo era Wong Bongerok, en sus ojos relucía la sutileza, de su fiel pecho lanzaba maligno aliento contra Leothric y detrás de él rugía la armería de su cola, como cuando los marineros arrastran las cadenas del ancla por el muelle.
Y bien sabía Wong Bongerok que se enfrentaba ahora con Sacnoth, pues había sido su costumbre profetizar para sí calladamente durante largos años mientras yacía enrollado a los pies de Gaznak.
Y Leothric se internó en la ráfaga de su aliento y levantó a Sacnoth para asestar el golpe.
Pero cuando Sacnoth estuvo en lo alto, el ojo de Tharagavverug en su empuñadura vio al dragón y percibió su sutileza.
Porque abrió grande la boca revelándole a Leothric las filas de sus dientes de sable y sus encías de cuero se inflamaron. Pero mientras Leothric amagaba a herirlo en la cabeza, lanzó hacia adelante como un escorpión su cola blindada. Y todo esto percibió el ojo de la empuñadura de Sacnoth, que avanzó repentinamente de lado. No con el filo asestó Sacnoth su golpe porque, de haberlo hecho así, el extremo seccionado de la cola habría continuado su ataque, como un pino que la avalancha hubiera lanzado de punta desde el risco habría atravesado el ancho pecho de un montañés. Lo mismo le habría sucedido a Leothric; pero Sacnoth asestó su golpe de lado, con el plano de su hoja y lanzó la cola zumbando por sobre el hombro izquierdo de Leothric; y raspó su armadura al pasar y dejó en ella un surco. De lado atacó entonces la cola frustrada de Wong Bongerok a Leothric y Sacnoth la paró y la cola salió disparada chillando ante la hoja por sobre la cabeza de Leothric. Entonces Leothric y Wong Bongerok lucharon espada contra diente y la espada hirió como sólo Sacnoth puede hacerlo y la maligna vida fiel de Wong Bongerok escapó por la ancha herida abierta.
Entonces Leothric dejó atrás el cadáver del monstruo, cuyo cuerpo blindado todavía se estremecía un tanto. Por un momento fue como todas las rejas de arado que trabajan juntas en un campo tras caballos cansados y empeñosos; luego el estremecimiento cesó y Wong Bongerok quedó allí tieso, víctima de la futura herrumbre.
Y Leothric avanzó hacia los portales abiertos y Sacnoth fue goteando en silencio a lo largo del suelo.
Por los portales abiertos a través de los que Wong Bongerok había hecho su entrada, Leothric llegó a un corredor que llenaban los ecos de la música. Este fue el primer lugar en el que Leothric pudo ver algo por sobre su cabeza, porque hasta aquí los techos habían ascendido a alturas de montaña y se había extendido indistintos en la lobreguez. Pero a lo largo del estrecho corredor colgaban enormes campanas muy bajo y cerca de su cabeza, y el ancho de cada una de las campanas de bronce era de pared a pared y se encontraban una detrás de la otra. Y al pasar bajo cada una de ellas, la campana sonaba y su voz era luctuosa y profunda, como la voz de una campana que se dirige a un hombre por última vez cuando éste acaba de morir. Cada una de las campanas sonaba una vez al pasarle Leothric por debajo y sus voces clamaban solemnes y distintas a intervalos ceremoniales. Porque si caminaba lentamente, estas campanas se aproximaban entre sí, y cuando aceleraba el paso, se alejaban la una de la otra, Y los ecos de cada una de las campanas que doblaban fúnebres por sobre su cabeza, se le adelantaban susurrándose entre sí. Una vez, al haberse él detenido, sonaron discordantes y enfadadas hasta que él volvió a ponerse en marcha.
Por entre estas notas lentas y ominosas, llegaba el sonido de los ejecutantes mágicos. Ahora estaban tocando una endecha sumamente luctuosa.
Por último Leothric llegó al final del Corredor de las Campanas y vio allí una pequeña puerta negra. Y todo el corredor por detrás de él estaba lleno de los ecos del toque de difuntos y todos musitaban entre sí acerca de la ceremonia; y la endecha de los músicos llegaba flotando entre ellos como una procesión de refinados huéspedes extranjeros, y todos ellos auguraban el mal de Leothric..
La puerta negra se abrió al instante ante la mano de Leothric y éste se encontró al aire libre en un amplio patio cubierto de mármol. Por sobre él, muy alto, brillaba la luna, convocada allí por obra de Gaznak.
Allí estaba Gaznak dormido y alrededor de él se encontraban sus ejecutantes mágicos que tocaban instrumentos de cuerdas. Y aun dormido Gaznak vestía una armadura y sólo sus muñecas, su cara y su cuello estaban al descubierto.
Pero la maravilla de ese lugar eran los sueños de Gaznak; porque más allá del amplio patio dormía un abismo oscuro, dentro del abismo se vertía la blanca cascada de una escalinata de mármol que se ensanchaba más abajo para formar terrazas y balcones poblados de bellas estatuas blancas, y volvía a descender luego como ancha escalinata que llegaba a terrazas inferiores en la oscuridad donde malignas formas inciertas iban y venían. Todo esto eran los sueños de Gaznak, que, salidos de su mente y convertidos en mármol resplandeciente, pasaban por sobre el borde del abismo mientras los músicos tocaban. Y durante todo el tiempo de la mente de Gaznak, arrullada por esa extraña música, surgían chapiteles y pináculos hermosos y esbeltos que ascendían al cielo. Y los sueños de mármol se movían lentamente junto con la música. Cuando las campanas doblaban a muerto y los músicos tocaban la endecha, horribles gárgolas aparecieron de pronto por sobre los chapiteles y los pináculos y grandes sombras descendieron de prisa por las terrazas y los escalones y hubo un ansioso susurro en el abismo.
Cuando Leothric entró por la puerta negra, Gaznak abrió los ojos. No miró a izquierda ni a derecha, pero estuvo en pie de inmediato frente a Leothric.
Entonces los músicos tocaron un hechizo de muerte en sus cuerdas y un susurro cantante surgió de la hoja de Sacnoth al hacer ésta el hechizo a un lado. Cuando Leothric no cayó por tierra y oyeron el susurro de Sacnoth, los músicos se pusieron apresuradamente en pie y huyeron, todos plañideros, por sobre sus cuerdas.
Entonces Gaznak desenvainó gritando su espada que era la más poderosa del mundo con excepción de Sacnoth, y avanzó lentamente sobre Leothric; y se sonreía al andar a pesar de que sus propios sueños le habían predicho su condenación. Y cuando Leothric y Gaznak estuvieron cerca el uno del otro, se miraron entre sí y ninguno de los dos habló; pero se atacaron a la vez y sus espadas se encontraron; y cada una de las espadas conocía a la otra y también conocía cuál era su origen. Y cada vez que la espada de Gaznak golpeaba la hoja de Sacnoth, esta rebotaba resplandeciente, como la escarcha de un techo de tejas; pero cuando caía sobre la armadura de Leothric, la despojaba de sus escamas. Y sobre la armadura de Gaznak, Sacnoth caía frecuente y furiosa, pero siempre volvía rugiente sin dejar marca detrás; y mientras Gaznak se debatía, mantenía en alto la mano izquierda revoloteando cerca de la cabeza. En seguida Leothric dio con justeza y fiereza contra el cuello de su enemigo, pero Gaznak, cogiendo su propia cabeza por los cabellos, se la levantó en alto, y Sacnoth zumbó por el espacio vacío. Entonces Gaznak volvió a ponerse la cabeza en su lugar sobre el cuello y todo el tiempo luchó ágilmente con su espada; y una y otra vez Leothric atacó con Sacnoth el cuello barbado de Gaznak y siempre la mano izquierda de éste fue más veloz que el ataque, y la cabeza ascendía y la espada le pasaba por debajo en vano.
Y la sonora lucha continuó hasta que la armadura de Leothric estaba esparcida alrededor de él por el suelo y el mármol estaba salpicado de su sangre; y la espada de Gaznak estaba mellada como una sierra por sus encuentros con la hoja de Sacnoth. Sin embargo Gaznak resistía ileso y sonreía todavía.
Por fin Leothric miró el cuello de Gaznak y le apuntó con Sacnoth y una vez más Gaznak se levantó la cabeza por los cabellos; pero no a su cuello fue a parar Sacnoth, porque Leothric le hirió en cambio la mano levantada y a través de la muñeca pasó Sacnoth zumbando como atraviesa una guadaña el tallo de una única flor.
Y sangrante la mano segada cayó al suelo, y en seguida la sangre fluyó de los hombros de Gaznak y goteó de la cabeza derribada, y los altos pináculos cayeron por tierra, las amplias y hermosas terrazas se fueron rodando y el patio se desvaneció como el rocío; y sopló el viento y las columnas cayeron y todos los colosales recintos de Gaznak se derrumbaron. Y los abismos se cerraron de pronto como se cierra la boca de un hombre que acaba de relatar un cuento y por siempre no ha de volver a hablar.
Entonces Leothric miró alrededor de sí los marjales donde la niebla nocturna se estaba disipando, y no había ya fortaleza ni sonido de dragón o mortal; sólo había junto a sí un hombre tumbado marchito, envilecido y muerto, con la cabeza y la mano segados de su cuerpo.
Y lentamente por sobre las anchas tierras ascendía el alba, siempre creciente en belleza como la nota de un órgano que toca una mano maestra, más y más alta y más y más hermosa a medida que el alma del maestro se anima, para dar por fin alabanza con toda su poderosa voz.
Entonces los pájaros cantaron y Leothric volvió a su casa, abandonó los marjales, llegó al bosque oscuro y la luz del alba ascendente le iluminó el camino. Y llegó a Allathurion antes del mediodía; llevaba consigo la agostada cabeza maligna y la gente se regocijó por haber cesado las noches perturbadas.
Esta es la historia de cómo fue vencida La Fortaleza Invencible, Salvo que Sacnoth la Ataque y de su desaparición, tal como la cuentan y la creen los enamorados de los místicos días de antaño.
Otros han dicho y vanamente pretenden haber probado que Allathurion padeció de una fiebre que luego se alivió; y que esa misma fiebre llevó a Leothric a los marjales de noche e hizo que allí soñara y actuara violentamente con una espada.
Y otros, en fin, dicen que nunca existió la ciudad de Allathurion y nunca vivió nadie de nombre Leothric.
La paz sea con ellos. El jardinero ha recogido estas hojas de otoño. ¿Quién volverá a verlas o tendrá conocimiento de ellas? Y ¿quién ha de decir lo ocurrido en los días de antaño?


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