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martes, 26 de agosto de 2008

MITOS -- CARL SAGAN - BRUJAS Y OVNIS

ESTE ES EL CAPITULO 7 DEL LIBRO DE CARL SAGAN “EL MUNDO Y SUS DEMONIOS”, DONDE EN OTROS CAPITULOS SE DA UNA EXPLICACIÓN AL CASO ROSWELL, MAJESTIC 12, ASTROLOGÍA, ETC, Y NOS ENSEÑA UN ARMA INFALIBLE PARA DETECTAR CAMELOS. EL LIBRO ES FENOMENAL.


CAPITULO 7 (Sobre BRUJAS Y ABDUCCIONES)

El mundo poseído
Por demonios

El temor de las cosas invisibles
es la semilla natural de lo que cada
uno llama para sí mismo religión.

THOMAS HOBBES
Leviatán (1651)



Los dioses velan por nosotros y guían nuestros destinos, enseñan muchas culturas humanas; hay otras entidades, más malévolas, responsables de la existencia del mal. Las dos clases de seres, tanto si se consideran naturales o sobrenaturales, reales o imaginarios, sirven las necesidades humanas. Aun en el caso que sean totalmente imaginarios, la gente se siente mejor creyendo en ellos. Así, en una época en que las religiones tradicionales se han visto sometidas al fuego abrasador de la ciencia, ¿no es natural envolver a los antiguos dioses y demonios en un atuendo científico y llamarlos extraterrestres?


La creencia en los demonios estaba muy extendida en el mundo antiguo. Se los consideraba seres más naturales que sobrenaturales. Hesíodo los menciona casualmente. Sócrates describía su inspiración filosófica como la obra de un demonio personal benigno. Su maestra, Diotima de Mantineia, le dice (en el Simposio de Platón) que “todo lo que es genio (demonio) está entre lo divino y lo mortal... La divinidad no se pone en contacto con el hombre –continúa- sino que es a través de este género de seres por donde tiene lugar todo comercio y todo diálogo entre los dioses y los hombres, tanto durante la vigilia como durante el sueño”.

Platón, el estudiante más célebre de Sócrates, asignaba un gran papel a los demonios: “Ninguna naturaleza humana investida con el poder supremo es capaz de ordenar los asuntos humanos –dijo- y no rebosar de insolencia y error...”

No nombramos a los bueyes señores de los bueyes, ni a las cabras de las cabras, sino que nosotros mismos somos una raza superior y gobernamos sobre ellos. Del mismo modo Dios, en su amor por la humanidad, puso encima de nosotros a los demonios, que son una raza superior, y ellos, con gran facilidad y placer para ellos, y no menos para nosotros, dándonos paz y reverencia y orden y justicia que nunca flaquea, hicieron felices y unieron a las tribus de los hombres.

Platón negaba decididamente que los demonios fueran una fuente de mal, y representaba a Eros, el guardián de las pasiones sexuales, como un genio o demonio, no un dios, “ni mortal ni inmortal”, “ni bueno ni malo”. Pero todos los platonistas posteriores, incluyendo los neoplatonistas que influyeron poderosamente en la filosofía cristiana, sostenían que había algunos demonios buenos y malos. El péndulo iba de un lado a otro. Aristóteles, el famoso discípulo de Platón, consideró seriamente la idea de que los sueños estuvieran escritos por demonios. Plutarco y Porfirio proponían que los demonios, que llenaban el aire superior, venían de la Luna.

Los primeros Padres de la Iglesia, a pesar de haberse empapado del neoplatonismo de la cultura en la que nadaban, deseaban separarse de los sistemas de creencia “pagana”. Enseñaban que toda la religión pagana consistía en la adoración de demonios y hombres, ambos malinterpretados como dioses. Cuando san Pablo se quejaba (Efesios 6, 14) de la maldad en las alturas, no se refería a la corrupción del gobierno sino a los demonios que vivían allí.

Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas.

Desde el principio se pretendió que los demonios eran mucho más que una mera metáfora poética del mal en el corazón de los hombres.

A san Agustín le afligían los demonios. Cita el pensamiento pagano prevaleciente en su época: “Los dioses ocupan las regiones más altas, los hombres las más bajas, los demonios la del medio... Ellos poseen la inmortalidad del cuerpo, pero tienen pasiones de la mente en común con los hombres”. En el libro VIII de La ciudad de Dios (empezado en 413), Agustín asimila esta antigua tradición, sustituye a los dioses por Dios y demoniza a los demonios, arguyendo que son malignos sin excepción. No tienen virtudes que los rediman. Son el manantial de todo el mal espiritual y material. Los llama “animales etéreos... ansiosos de infligir males, completamente ajenos a la rectitud, henchidos de orgullo, pálidos de envidia, sutiles en el engaño”. Pueden afirmar que llevan mensajes entre Dios y el hombre disfrazándose como ángeles del Señor, pero su actitud es una trampa para llevarnos a nuestra destrucción. Pueden asumir cualquier cosa y saben muchas cosas –“demonio” quiere decir “conocimiento” en griego-, especialmente sobre el mundo material [“Ciencia” significa “conocimiento” en latín. Aun sin profundizar, se nos revela aquí una disputa jurisdiccional]. Por inteligentes que sean, su caridad es deficiente. Atacan “las mentes cautivas y burladas de los hombres”, escribió Tertuliano. “Moran en el aire, tienen a las estrellas por vecinas y comercian con las nubes”.

En el siglo XI, el influyente teólogo bizantino, filósofo y turbio político Miguel Psellus, describía a los demonios con estas palabras:

Esos animales existen en nuestra propia vida, que está llena de pasiones, porque están presentes de manera abundante en ellas y su lugar de residencia es la materia, como lo es su rango y grado. Por esta razón están también sujetos a pasiones y encadenados a ellas.

Un tal Richalmus, abad de Schönthal, alrededor de 1270 acuñó un tratado entero sobre demonios, lleno de experiencias de primera mano: ve (aunque sólo cuando cierra los ojos) incontables demonios malevolentes, como motas de polvo, que revolotean alrededor de su cabeza... y la de los demás. A pesar de las olas sucesivas de puntos de vista racionalista, persa, judío, cristiano y musulmán, a pesar del fermento revolucionario social, político y filosófico, la existencia, gran parte del carácter e incluso el nombre de los demonios se mantuvo inalterable desde Hesíodo hasta las cruzadas.

Los demonios, los “poderes del aire”, bajan de los cielos y mantienen ayuntamiento sexual ilícito con las mujeres. Agustín creía que las brujas eran fruto de esas uniones prohibidas. En la Edad Media, como en la antigüedad clásica, casi todo el mundo creía esas historias. Se llamaba también a los demonios diablos o ángeles caídos. Los demoníacos seductores de las mujeres recibían el nombre de íncubos; los de los hombres, súcubos. Hay algunos casos en que las monjas, con cierta perplejidad, declaraban un parecido asombroso entre el íncubo y el cura confesor, o el obispo, y al despertar a la mañana siguiente, según contaba un cronista del siglo XV, “se encontraban contaminadas como si hubieran yacido con varón”. Hay relatos similares, pero no en conventos, sino en los harenes de la antigua China. Eran tantas las mujeres que denunciaban íncubos, según argumentaba el religioso presbítero Richard Baxter (en su Certidumbre del mundo de los espíritus, 1691), “que es impudicia negarlo”. [Igualmente, en la misma obra: “Son tantos los que atestiguan que las brujas provocan tormentas que creo innecesario nombrarlos”. El teólogo Meric Casaubon –en su libro de 1668, De la credulidad y la incredulidad argüía que las brujas debían existir porque, al fin y al cabo, todo el mundo cree en ellas. Cualquier cosa en la que cree un gran número de personas tiene que ser cierta.]

Cuando los íncubos y súcubos seducían, se percibían como un peso sobre el pecho del soñador. Mare, a pesar de su significado en latín, es la antigua palabra inglesa para designar al íncubo, y nightmare (pesadilla) significaba originalmente el demonio que se sienta sobre el pecho de los que duermen y los atormenta con sueños. En la Vida de san Antonio de Atanasio (escrita alrededor del 360) se describía que los demonios entraban y salían a voluntad de habitaciones cerradas; mil cuatrocientos años después, en su obra De Daemonialitae, el erudito franciscano Ludovico Sinistrari nos asegura que los demonios atraviesan las paredes.

Prácticamente no se cuestionó la realidad externa de los demonios desde la antigüedad hasta finales de la época medieval. Maimónides negaba su existencia, pero una mayoría aplastante de los rabinos creían en dybbuks. Uno de los pocos casos que he podido encontrar en que incluso se llega a insinuar que los demonios podrían ser internos, generados en nuestras mentes, es cuando se le preguntó a Abba Poemen, uno de los Padres del Desierto de la primera Iglesia:
- ¿Cómo luchan contra mí los demonios?
- ¿Los demonios luchan contra ti? –preguntó a su vez el padre Poemen-. Son nuestras propias voluntades las que se convierten en demonios y nos atacan.

Las actitudes medievales sobre íncubos y súcubos estaban influenciadas por el Comentario sobre el sueño de Escipión de Macrobio, escrito en el siglo XIV, del que se hicieron docenas de ediciones antes de la Ilustración europea: Macrobio describió los fantasmas que se veían “en el momento entre la vigilia y el sopor”. El soñador “imagina” a los fantasmas como depredadores. Macrobio tenía un sesgo escéptico que los lectores medievales tendían a ignorar.

La obsesión con los demonios empezó a alcanzar un crescendo cuando, en su famosa Bula de 1484, el papa Inocencio VIII declaró:

Ha llegado a nuestros oídos que miembros de ambos sexos no evitan la relación con ángeles malos, íncubos y súcubos, y que, mediante sus brujerías, conjuros y hechizos sofocan, extinguen y echan a perder los alumbramientos de las mujeres, además de generar otras muchas calamidades.

Con esta bula, Inocencio inició la acusación, tortura y ejecución sistemática de incontables “brujas” de toda Europa. Eran culpables de lo que Agustín había descrito como “una asociación criminal del mundo oculto”. A pesar del imparcial “miembros de ambos sexos” del lenguaje de la bula, las perseguidas eran principalmente mujeres jóvenes y adultas.

Muchos protestantes importantes de los siglos siguientes, a pesar de sus diferencias con la Iglesia católica, adoptaron puntos de vista casi idénticos. Incluso humanistas como Desiderio Erasmo y Tomás Moro creían en brujas. “Abandonar la brujería –decía John Wesley, el fundador del metodismo- es como abandonar la Biblia.” William Blackstone, el célebre jurista, en sus Comentarios sobre las Leyes de Inglaterra (1765), afirmó:

Negar la posibilidad, es más, la existencia real de la brujería y la hechicería equivale a contradecir llanamente el mundo revelado por Dios en varios pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

Inocencio ensalzaba a “nuestros queridos hijos Henry Kramer y James Sprenger” que, “mediante Cartas Apostólicas han sido delegados como inquisidores de esas depravaciones heréticas”: Si las “abominaciones y atrocidades en cuestión se mantienen sin castigo”, las almas de las multitudes se enfrentan a la condena eterna.

El Papa nombró a Kramer y Sprenger para que escribieran un estudio completo utilizando toda la artillería académica de finales del siglo XV. Con citas exhaustivas de las Escrituras y de eruditos antiguos y modernos, produjeron el Malleus Maleficarum, “martillo de brujas”, descrito con razón como uno de los documentos más aterradores de la historia humana. Thomas Ady, en Una vela en la oscuridad, lo calificó de “doctrinas e invenciones infames”, “horribles mentiras e imposibilidades” que servían para ocultar “su crueldad sin parangón a los oídos del mundo”. Lo que el Malleus venía a decir, prácticamente, era que, si a una mujer la acusaban de brujería, es que es bruja. La tortura es un medio infalible para demostrar la validez de la acusación. El acusado no tiene derechos. No tiene oportunidad de enfrentarse a los acusadores. Se presta poca atención a la posibilidad de que las acusaciones puedan hacerse con propósitos impíos: celos, por ejemplo, o venganza, o la avaricia de los inquisidores que rutinariamente confiscaban las propiedades de los acusados para su propio uso y disfrute. Su manual técnico para torturadores también incluye métodos de castigo diseñados para liberar los demonios del cuerpo de la víctima antes de que el proceso la mate. Con el Malleus en mano, con la garantía del aliento del Papa, empezaron a surgir inquisidores por toda Europa.

Rápidamente se convirtió en un provechoso fraude. Todos los costes de la investigación, juicio y ejecución recaían sobre los acusados o sus familias; hasta las dietas de los detectives privados contratados para espiar a la bruja potencial, el vino para los centinelas, los banquetes para los jueces, los gastos de viaje de un mensajero enviado a buscar a un torturador más experimentado a otra ciudad, y los haces de leña, el alquitrán y la cuerda del verdugo. Además, cada miembro del tribunal tenía una gratificación por bruja quemada. El resto de las propiedades de la bruja condenada, si las había, se dividían entre la Iglesia y el Estado. A medida que se institucionalizaban estos asesinatos y robos masivos y se sancionaban legal y moralmente, iba surgiendo una inmensa burocracia para servirla y la atención fue ampliando desde las brujas viejas pobres hasta la clase media y acaudalada de ambos sexos.

Cuantas más confesiones de brujería se conseguían bajo tortura, más difícil era sostener que todo el asunto era pura fantasía. Como a cada “bruja” se la obligaba a implicar a algunas más, los números crecían exponencialmente. Constituían “pruebas temibles de que el diablo sigue vivo”, como se dijo más tarde en América en los juicios de brujas de Salem. En una era de credulidad, se aceptaba tranquilamente el testimonio más fantástico: que decenas de miles de brujas se habían reunido para celebrar un aquelarre en las plazas públicas de Francia, y que el cielo se había oscurecido cuando doce mil de ellas se echaron a volar hacia Terranova. En la Biblia se aconsejaba: “No dejarás que viva una bruja”. Se quemaron legiones de mujeres en la hoguera [por lo visto, la Santa Inquisición adoptó este tipo de ejecución para acatar literalmente una frase bien intencionada de la ley canónica (Concilio de Tours, 1163): “ La Iglesia abomina del derramamiento de sangre”.] Y se aplicaban las torturas más horrendas a toda acusada, joven o vieja, una vez los curas habían bendecido los instrumentos de tortura. Inocencio murió en 1492, tras varios intentos fallidos de mantenerlo con vida mediante transfusiones (que provocaron la muerte de tres jóvenes) y amamantándose del pecho de una madre lactante. Le lloraron sus amantes y sus hijos.

En Gran Bretaña se contrató a buscadores de brujas, también llamados “punzadores”, que recibían una buena gratificación por cada chica o mujer que entregaban para su ejecución. No tenían ningún aliciente para ser cautos en sus acusaciones. Solían buscar “marcas del diablo” –cicatrices, manchas de nacimiento o nevi- que, al pincharlas con una aguja, no producían dolor ni sangraban. Una simple inclinación de la mano solía producir la impresión de que la aguja penetraba profundamente en la carne de la bruja. Cuando no había marcas visibles, bastaba con las “marcas invisibles”. En las galeras, un punzador de mediados del siglo XVII “confesó que había causado la muerte de más de doscientas veinte mujeres en Inglaterra y Escocia por el beneficio de veinte chelines la pieza” [En el tenebroso terreno de los cazadores de recompensas e informadores a sueldo, la corrupción vil suele ser la norma, en todo el mundo y a lo largo de toda la historia humana. Para tomar un ejemplo casi al azar, en 1994, a cambio de una cantidad, un grupo de inspectores de correos de Cleveland decidió actuar en secreto para descubrir a delincuentes; a continuación inventaron casos penales contra treinta y dos trabajadores de correos inocentes].

En los juicios de brujas no se admitían pruebas atenuantes o testigos de la defensa. En todo caso, era casi imposible para las brujas acusadas presentar buenas coartadas: las normas de las pruebas tenían un carácter especial. Por ejemplo, en más de un caso el marido atestiguó que su esposa estaba durmiendo en sus brazos en el preciso instante en que la acusaban de estar retozando con el diablo en un aquelarre de brujas; pero el arzobispo, pacientemente, explicó que un demonio había ocupado el lugar de la esposa. Los maridos no debían pensar que sus poderes de percepción podían exceder los poderes de engaño de Satanás. Las mujeres jóvenes y bellas eran enviadas forzosamente a la hoguera.

Los elementos eróticos y misóginos eran fuertes... como puede esperarse de una sociedad reprimida sexualmente, dominada por varones, con inquisidores procedentes de la clase de los curas, nominalmente célibes. En los juicios se prestaba atención minuciosa a la calidad y cantidad de los orgasmos en las supuestas copulaciones de las acusadas con demonios o el diablo (aunque Agustín estaba seguro de que “no podemos llamar fornicador al diablo”) y a la naturaleza del “miembro” del diablo (frío, según todos los informes). Las “marcas del diablo” se encontraban “generalmente en los pechos o partes íntimas”, según el libro de 1700 de Ludovico Sinistrari. Como resultado, los inquisidores, exclusivamente varones, afeitaban el vello púbico de las acusadas y les inspeccionaban cuidadosamente los genitales. En la inmolación de la joven Juana de Arco a los veinte años, tras habérsele incendiado el vestido, el verdugo de Ruán apagó las llamas para que los espectadores pudieran ver “todos los secretos que puede o debe haber en una mujer”.

La crónica de los que fueron consumidos por el fuego sólo en la ciudad alemana de Wurzburgo en el año 1598 revela la estadística y nos da una pequeña muestra de la realidad humana:

El administrador del senado, llamado Gering; la anciana señora Kanzler; la rolliza esposa del sastre; la cocinera del señor Mengerdorf; una extranjera; una mujer extraña; Baunach, un senador, el ciudadano más gordo de Wurtzburgo; el antiguo herrero de la corte; una vieja; una niña pequeña, de nueve o diez años; su hermana pequeña; la madre de las dos niñas pequeñas antes mencionadas; la hija de Liebler; la hija de Goebel, la chica más guapa de Wurtzburgo; un estudiante que sabía muchos idiomas; dos niños de la iglesia, de doce años de edad cada uno; la hija pequeña de Stepper; la mujer que vigilaba la puerta del puente; una anciana; el hijo pequeño del alguacil del ayuntamiento; la esposa de Knertz, el carnicero; la hija pequeña del doctor Schultz; una chica ciega; Schwartz, canónigo de Hach...

Y así sigue. Algunos recibieron una atención humana especial: “la hija pequeña de Valkenberger fue ejecutada y quemada en la intimidad”. En un solo año hubo veintiocho inmolaciones públicas, con cuatro a seis víctimas de promedio en cada una de ellas, en esta pequeña ciudad. Era un microcosmos de lo que ocurría en toda Europa. Nadie sabe cuántos fueron ejecutados en total: quizá cientos de miles, quizá millones. Los responsables de la persecución, tortura, juicio, quema y justificación actuaban desinteresadamente. Sólo había que preguntárselo.

No se podían equivocar. Las confesiones de brujería no podían basarse en alucinaciones, por ejemplo, o en intentos desesperados de satisfacer a los inquisidores y detener la tortura. En este caso, explicaba el juez de brujas Pierre de Lancre (en su libro de 1612, Descripción de la inconstancia de los ángeles malos), la Iglesia católica estaría cometiendo un gran crimen por quemar brujas. En consecuencia, los que plantean estas posibilidades atacan a la Iglesia y cometen ipso facto un pecado mortal. Se castigaba a los críticos de las quemas de brujas y, en algunos casos, también ellos morían en la hoguera. Los inquisidores y torturadores realizaban el trabajo de Dios. Estaban salvando almas, aniquilando a los demonios.

Desde luego, la brujería no era la única ofensa merecedora de tortura y quema en la hoguera. La herejía era un delito más grave todavía, y tanto católicos como protestantes la castigaban sin piedad. En el siglo XVI, el erudito William Tyndale cometió la temeridad de pensar en traducir el Nuevo Testamento al inglés. Pero, si la gente podía leer la Biblia en su propio idioma en lugar de hacerlo en latín, se podría formar sus propios puntos de vista religiosos independientes. Podrían pensar en establecer una línea privada con Dios sin intermediarios. Era un desafío para la seguridad del trabajo de los curas católicos romanos. Cuando Tyndale intentó publicar su traducción, le acusaron y persiguieron por toda Europa. Finalmente le detuvieron, le pasaron a garrote y después, por añadidura, le quemaron en la hoguera. A continuación, un grupo de pelotones armados fue casa por casa en busca de ejemplares de su Nuevo Testamento (que un siglo después sirvió de base de la exquisita traducción inglesa del rey Jacobo). Eran cristianos que defendían piadosamente el cristianismo impidiendo que otros cristianos conocieran las palabras de Cristo. Con esta disposición mental, este clima de convencimiento absoluto de que la recompensa del conocimiento era la tortura y la muerte, era difícil ayudar a los acusados de brujería.

La quema de brujas es una característica de la civilización occidental que, con alguna excepción política ocasional, declinó a partir del siglo XVI. En la última ejecución judicial de brujas en Inglaterra se colgó a una mujer y a su hija de nueve años. Su crimen fue provocar una tormenta por haberse quitado las medias. En nuestra época es normal encontrar brujas y diablos en los cuentos infantiles, la Iglesia católica y otras Iglesias siguen practicando exorcismos de demonios y los defensores de algún culto todavía denuncian como brujería las prácticas rituales de otro. Todavía usamos la palabra “pandemónium” (literalmente, todos los demonios). Todavía se califica de demoníaca a una persona enloquecida o violenta. (Hasta el siglo XVIII no dejó de considerarse la enfermedad mental en general como adscrita a causas sobrenaturales; incluso el insomnio era considerado un castigo infligido por demonios.) Más de la mitad de los norteamericanos declaran en las encuestas que “creen” en la existencia del diablo, y el diez por ciento dicen haberse comunicado con él, como Martín Lutero afirmaba que hacía con regularidad. En un “manual de guerra espiritual”, titulado Prepárate para la guerra, Rebecca Brown nos informa de que el aborto y el sexo fuera del matrimonio, “casi siempre resultarán en infestación demoníaca”; que el carácter de la meditación, el yoga y las artes marciales pretenden seducir a cristianos confiados para que adoren a los demonios; y que la “música rock no surgió porque sí, sino que era un plan cuidadosamente preparado por el propio Satanás”. A veces, “tus seres queridos están cegados y dominados por tendencias diabólicas”. La demonología todavía sigue formando parte de muchas creencias serias.

¿Y qué hacen los demonios? En el Malleus, Kramer y Sprenger revelan que los “diablos... se dedican a interferir en el proceso de copulación y concepción normal, a obtener semen humano y transferirlo ellos mismos”. La inseminación artificial demoníaca en la Edad Media se encuentra ya en santo Tomás de Aquino, que nos dice en De la Trinidad que “los demonios pueden transferir el semen que han recogido para inyectarlo en los cuerpos de otros”. Su contemporáneo san Buenaventura lo expresa con mayor detalle: los súcubos “se someten a los machos y reciben su semen; con el permiso de Dios, se convierten en íncubos y lo vierten en los depositarios femeninos”. Los productos de esas uniones con mediación del demonio también reciben la visita de los demonios. Se forja un vínculo sexual multigeneracional entre especies. Y recordemos que se sabe perfectamente que esas criaturas vuelan; ciertamente viven en las alturas.

En esas historias no hay nave espacial. Pero se hallan presentes la mayoría de los elementos centrales de los relatos de abducción por extraterrestres, incluyendo la existencia de seres no humanos con una obsesión sexual que viven en el cielo, atraviesan las paredes, se comunican telepáticamente y practican experimentos de cría en la especie humana. A no ser que creamos que los demonios existen de verdad, ¿cómo podemos entender que todo el mundo occidental (incluyendo a los que se consideran más sabios entre ellos) abrace un sistema de creencias tan extraño, que cada generación lo vea reforzado por su experiencia personal y sea enseñado por la Iglesia y el Estado? ¿Hay alguna alternativa real aparte de una ilusión compartida basada en las conexiones del cerebro y la química comunes?

En el Génesis leemos acerca de ángeles que se emparejan con “las hijas de los hombres”. Los mitos culturales de la antigua Grecia y Roma hablan de dioses que se aparecen a las mujeres en forma de toros, cisnes o lluvias de oro y las fecundan. En una antigua tradición cristiana, la filosofía no derivaba del ingenio humano sino de la conversación íntima de los demonios: los ángeles caídos revelaban los secretos del cielo a sus consortes humanos. Aparecen relatos con elementos similares en culturas de todo el mundo. En correspondencia con los íncubos están los djinn árabes, los sátiros griegos, los bhuts hindúes, los hotia poro de Samoa, los dusii célticos y muchos otros. En una época de histeria demoníaca era bastante fácil demonizar a aquellos a quienes se temía u odiaba. Así, se dijo que Merlín había sido engendrado por un íncubo. Como Platón, Alejandro Magno, Augusto y Martín Lutero. En ocasiones se acusó a un pueblo entero –por ejemplo, los hunos o los habitantes de Chipre- de haber sido engendrado por demonios.

En la tradición talmúdica, el súcubo arquetípico era Lilit, a quien creó Dios del polvo junto con Adán. Fue expulsada del Edén por insubordinación... no a Dios, sino a Adán. Desde entonces pasa las noches seduciendo a los descendientes de Adán. En la cultura del antiguo Irán y muchas otras se consideraba que las poluciones nocturnas eran provocadas por súcubos. Santa Teresa de Ávila relató un vívido encuentro sexual con un ángel –un ángel de luz, no de oscuridad, aseguraba ella-, como hicieron también otras mujeres posteriormente santificadas por la Iglesia católica. Cagliostro, el mago y estafador del siglo XVIII, dio a entender que él, como Jesús de Nazaret, era producto de la unión “entre los hijos del cielo y de la tierra”.

En 1645 se encontró en Cornualles a una adolescente, Anne Jefferies, tendida en el suelo, inconsciente. Mucho más tarde, la chica recordó que había sufrido un ataque de media docena de hombres pequeños, que la habían paralizado y llevado a un castillo en el aire y, después de seducirla, la habían enviado de vuelta a casa. Definió a los hombrecitos como hadas. (Para muchos cristianos piadosos, como para los inquisidores de Juana de Arco, esta distinción era indiferente. Las hadas eran demonios, pura y simplemente.) Volvieron a aterrorizarla y atormentarla. Al año siguiente fue arrestada por brujería. Tradicionalmente, las hadas tienen poderes mágicos y pueden parálisis con un simple toque. En la tierra de las hadas, el tiempo transcurre más despacio. Como las hadas tienen un deterioro reproductor, mantienen relaciones sexuales con humanos y se llevan a los bebés de las cunas (a veces dejando un sustituto, un “niño cambiado”). Ahora la cuestión parece clara: si Anne Jefferies hubiera vivido en una cultura obsesionada con los extraterrestres en lugar de las hadas, y con ovnis en lugar de castillos en el aire, ¿algún aspecto de su historia tendría un significado distinto con respecto a las que cuentan los “abducidos”?.

En su libro de 1982, El terror que se presenta por la noche: Un estudio centrado de la experiencia de tradiciones de amenazas sobrenaturales, David Hufford describe el caso de un ejecutivo con educación universitaria de poco más de treinta años que recordaba haber pasado un verano en casa de su tía cuando era adolescente. Una noche vio que se movían unas luces misteriosas en el puerto. A continuación se durmió. Desde la cama vio una figura blanca y resplandeciente que subía la escalera. Entró en su habitación, se detuvo, y luego dijo –con muy poca inspiración, me parece-: “Eso es linóleo”. Algunas noches, la figura era una vieja; otras, un elefante. A veces el hombre estaba convencido de que todo era un sueño; otras veces estaba seguro de que estaba despierto. Se quedaba hundido en la cama, paralizado, incapaz de moverse o de gritar. Le palpitaba el corazón. Le costaba respirar. Le ocurrieron acontecimientos similares en muchas noches consecutivas. ¿Qué ocurre aquí? Esos acontecimientos ocurrieron antes de que se describieran ampliamente las abducciones por extraterrestres. De haber sabido algo de ellas, ¿le habría puesto una cabeza más larga y unos ojos más grandes a la vieja?.

En varios pasajes famosos de Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano, Edward Gibbon describía el equilibrio entre credulidad y escepticismo a finales de la antigüedad clásica:

La credulidad ocupaba el lugar de la fe; se permitía que el fanatismo asumiera el lenguaje de la inspiración y se atribuían los efectos de accidente o ingenio a causas sobrenaturales..
En tiempos modernos [Gibbon escribe a mediados del siglo XVIII], hasta las disposiciones más piadosas destilan un escepticismo latente o incluso involuntario. Su admisión de verdades sobrenaturales es mucho menos un consentimiento activo que una aquiescencia fría y pasiva. Acostumbrada desde tiempo atrás a observar y respetar el orden invariable de la naturaleza, nuestra razón, o al menos nuestra imaginación, no está suficientemente preparada para sostener la acción visible de la Deidad. Pero en las primeras eras del cristianismo, la situación de la humanidad era absolutamente diferente. Los más curiosos, o los más crédulos entre los paganos, se veían convencidos a menudo de entrar en una sociedad que hacía una afirmación real de los poderes milagrosos. Los cristianos primitivos pisaban perpetuamente un terreno místico y ejercitaban la mente con el hábito de creer los acontecimientos más extraordinarios. Sentían, o así les parecía, que los atacaban demonios incesantemente por todas partes, que las visiones los reconfortaban y las profecías los instruían, y se veían sorprendentemente liberados de peligro, enfermedad y de la propia muerte a través de las súplicas de la Iglesia...
Tenían el firme convencimiento de que el aire que respiraban esta poblado de enemigos invisibles; de innumerables demonios que aprovechaban toda ocasión, y asumían todas las formas, para aterrorizar y, por encima de todo, tentar su virtud desprotegida. Engañaban a la imaginación, e incluso a los sentidos, con las ilusiones del fanatismo desordenado; y el ermitaño, cuya oración de medianoche se veía apagada por el sueño involuntario, podía confundir fácilmente los fantasmas de terror o maravilla que habían ocupado sus sueños de noche y despierto...
La práctica de la superstición es tan apropiada para la multitud que, si se los despierta por la fuerza, aún lamentan la pérdida de su agradable visión. Su amor por lo maravilloso y sobrenatural, su curiosidad con miras a acontecimientos futuros y su fuerte propensión a ampliar sus esperanzas y temores más allá de los límites de mundo visible, fueron las principales causas que favorecieron el establecimiento del politeísmo. Tan apremiante es la necesidad del vulgo de creer, que la caída de cualquier sistema de mitología será sucedida probablemente por la introducción de algún otro modo de superstición...

Dejemos de lado el esnobismo social de Gibbon: el diablo también atormentaba a las clases altas, e incluso un rey de Inglaterra –Jacobo I, el primer monarca Estuardo- escribió un libro crédulo y supersticioso sobre demonios (Daemonologie, 1597). También fue el mecenas de la gran traducción al inglés de la Biblia que todavía lleva su nombre. El rey Jacobo opinaba que el tabaco era la “semilla del diablo”, y una serie de brujas se pusieron al descubierto por adicción a esta droga. Pero en 1628, Jacobo se había convertido en un perfecto escéptico, principalmente porque se había descubierto que algunos adolescentes simulaban estar poseídos por el demonio y de este modo habían acusado de brujería a personas inocentes. Si pensamos que el escepticismo que según Gibbon caracterizaba a su época ha declinado en la nuestra, y aunque quede un poco de la gran credulidad que atribuye al final de la época clásica, ¿no es normal que algo parecido a los demonios encuentre un destacado lugar en la cultura popular del presente?

Desde luego, como se apresuran a recordarme los entusiastas de las visitas extraterrestres, hay otra interpretación de esos paralelos históricos: los extraterrestres, dicen, siempre nos han visitado para fisgonear, robarnos esperma y óvulos y fecundarnos. En tiempos antiguos los reconocíamos como dioses, demonios, hadas o espíritus; sólo ahora hemos llegado a entender que lo que nos acechaba durante tantos siglos eran extraterrestres. Jacques Vallee ha planteado estos argumentos. Pero entonces ¿por qué prácticamente no hay informes de platillos volantes antes de 1947? ¿Por qué este experimento genético, cualquiera que sea su objetivo, no se ha completado hasta ahora,,, miles de años o más después de haber sido iniciado por criaturas con un nivel tecnológico supuestamente superior? ¿Por qué nos preocupa tanto si el fin de su programa de reproducción es mejorar nuestras capacidades?

Siguiendo esta línea argumental, podríamos esperar que los adeptos actuales de las viejas creencias entendieran que los “extraterrestres” son como hadas, dioses o demonios. En realidad hay varias sectas contemporáneas –los “raelianos”, por ejemplo- que mantienen que los dioses, o Dios, vendrán a la Tierra en un ovni. Algunos abducidos describen a los extraterrestres, por repulsivos que sean, como “ángeles” o “emisarios de Dios”. Y los hay que todavía creen que son demonios.

En Comunión, Whitley Strieber escribe un relato de primera mano de “abducción por extraterrestres”:

Fuera lo que fuera, era de una fealdad monstruosa, sucia, oscura y siniestra. Desde luego eran demonios. Tenían que serlo... Todavía recuerdo aquella cosa en cuclillas, tan horriblemente fea, con los brazos y piernas como las extremidades de un gran insecto, con sus ojos mirándome fijamente.

Según dicen, ahora Strieber admite la posibilidad de que esos terrores nocturnos fueran sueños o alucinaciones.

Entre los artículos sobre ovnis en la Enciclopedia de noticias cristianas, una recopilación fundamentalista, se encuentran: “Obsesión fanática anticristiana” y “Los científicos creen que los ovnis son obra del diablo”. El Proyecto de Falsificaciones Espirituales de Berkeley, California, advierte que los ovnis son de origen demoníaco; la Iglesia Acuaria de Servicio Universal de McMinnville, de Oregón, dice que todos los extraterrestres son hostiles. Una carta publicada en el periódico en 1993 sobre “comunicaciones de conciencia cósmica” nos informa de que los ocupantes de los ovnis consideran que los humanos somos como animales de laboratorio y quieren que los adoremos, pero suelen desanimarse ante el padrenuestro. Algunos abducidos han sido expulsados de sus congregaciones religiosas evangélicas; sus historias se parecen demasiado al satanismo. Un panfleto de 1980, La explosión del culto, de Dave Hunt, revela que

Los ovnis... es evidente que no son físicos y parecen ser manifestaciones demoníacas de otra dimensión con el fin de alterar la manera de pensar del hombre... las supuestas entidades “ovni” que al parecer se ha comunicado físicamente con humanos han predicado las mismas cuatro mentiras que la serpiente presentó a Eva... esos seres son demonios y se preparan para la llegada del Anticristo.

Cierto número de sectas mantienen que los ovnis y las abducciones por extraterrestres son premoniciones de “tiempos finales”.

Si los ovnis vienen de otro planeta u otra dimensión, ¿son enviados por el mismo Dios que nos ha sido revelado en cualquiera de las religiones principales? No hay nada en el fenómeno de los ovnis, arguye la denuncia fundamentalista, que exija la creencia en el Dios único y verdadero, mientras que en su mayor parte contradice al Dios retratado en la Biblia y la tradición cristiana. En La Nueva Era; una crítica cristiana (1990), Ralph Rath habla sobre ovnis y, como es típico en esta literatura, lo hace con extrema credulidad. De ese modo sirve a su propósito de aceptar la realidad de los ovnis para envilecerlos como instrumentos de Satanás y del Anticristo, en lugar de usar el rasero del escepticismo científico. Esta herramienta, una vez afilada, podría conseguir mucho más que una simple erradicación limitada de la herejía.

El autor fundamentalista cristiano Hal Lindsey, en su exitoso libro religioso Planeta Tierra. Año 2000, escribe:

He llegado al pleno convencimiento de que los ovnis son reales... Los hacen funcionar seres extraterrestres de gran inteligencia y poder... Creo que esos seres no son sólo extraterrestres sino de origen sobrenatural. Para ser sincero, creo que son demonios... parte de un complot satánico.

¿Y cuál es la prueba para llegar a tal conclusión? Principalmente, los versículos 11 y 12 de San Lucas, capítulo 21, en los que Jesús habla de “grandes señales del cielo” –no se describe nada parecido a un ovni- en los últimos días. Desde luego, Lindsey ignora el verso 32, en el que Jesús deja muy claro que habla de acontecimientos en el siglo I, no en el XX.

También hay una tradición cristiana según la cual no puede existir vida extraterrestre. En Christian News del 23 de mayo de 1994, por ejemplo, W. Gary Crampton, doctor en Teología, nos comenta por qué:

La Biblia, ya sea explícita o implícitamente, se refiere a todos los aspectos de la vida; nunca nos deja sin respuesta. La Biblia no afirma ni niega explícitamente en ningún lugar la vida extraterrestre. Sin embargo, implícitamente, las Escrituras niegan la existencia de esos seres, negando así también la posibilidad de los platillos volantes... La Escritura ve la Tierra como el centro del universo... Según Pedro, está fuera de lugar un Salvador “que vaya de planeta en planeta”. Ésta es la respuesta a la existencia de vida inteligente en otros planetas. Si existieran, ¿quién los redimiría? Cristo no, desde luego... Se debe renunciar siempre a las experiencias que no se ajustan a las enseñanzas de las Escrituras por falaces. La Biblia tiene un monopolio sobre la verdad.

Pero muchas otras sectas cristianas –la católica romana, por ejemplo- están completamente abiertas, sin objeciones a priori y sin ninguna insistencia, a la realidad de extraterrestres y ovnis.

A principios de la década de los sesenta argumenté que las historias de ovnis se acuñaban principalmente para satisfacer anhelos religiosos. En una época en que la ciencia ha complicado la adhesión acrítica a antiguas religiones, se presenta una alternativa a la hipótesis de Dios: los dioses y demonios de la antigüedad, con el disfraz de la jerga científica y la “explicación” de sus inmensos poderes con terminología superficialmente científica, bajan del cielo para atormentarnos, ofrecernos visiones proféticas y tentarnos con visiones de un futuro de esperanza: una religión misteriosa naciente en la era espacial.

El folclorista Thomas E. Bullard escribió en 1989 que “las declaraciones de abducciones parecen refritos de tradiciones más antiguas de encuentros sobrenaturales en las que los extraterrestres cumplen el rol funcional de criaturas divinas”. Y concluye: “Es posible que la ciencia haya expulsado a fantasmas y brujas de nuestras creencias, pero con la misma rapidez se ha llenado el vacío con extraterrestres que cumplen la misma función. Sólo los atavíos exteriores extraterrestres son nuevos. Todo el temor y los dramas psicológicos del trato con ellos parecen haber encontrado un nuevo camino, donde es tan habitual como en el reino de la leyenda que las cosas, de noche, empiecen a moverse”.

¿Es posible que personas de todas las épocas y lugares experimenten ocasionalmente alucinaciones vívidas realistas, a menudo con contenido sexual, sobre abducciones por parte de criaturas telepáticas y aéreas que brotan de las paredes... y que los detalles sean suministrados por el lenguaje cultural prevaleciente que emana del Zeitgeist? Otras personas que no han vivido la experiencia personalmente la encuentran conmovedora y en cierto modo familiar. La cuentan a más personas. Pronto toma vida propia, inspira a otros para comprender sus propias visiones y alucinaciones y entra en el reino del folclore, el mito y la leyenda. En esta hipótesis, la relación entre el contenido de alucinaciones espontáneas del lóbulo temporal y el paradigma de la abducción por extraterrestres es coherente.

Quizá cuando todo el mundo sabe que los dioses descienden a la Tierra, alucinamos sobre dioses; cuando todos estamos familiarizados con los demonios, son íncubos y súcubos; cuando las hadas son ampliamente aceptadas, vemos hadas; en una época de espiritualismo, encontramos espíritus; y, cuando los viejos mitos se apagan y empezamos a pensar que es plausible la existencia de seres extraterrestres, nuestra imaginería hipnagógica va hacia ellos.

Podemos recordar en detalle décadas después pedazos de canciones o idiomas extranjeros, imágenes y acontecimientos que presenciamos, historias que escuchamos en nuestra infancia, sin tener conciencia de cómo nos llegaron a la cabeza. “En las fiebres agudas, gente completamente ignorante hablaba en lenguas muertas –dice Herman Melville en Moby Dick-; y al investigarse el misterio resultó que en su lejana niñez las había oído hablar realmente a algunos eruditos”. En nuestra vida cotidiana incorporamos sin esfuerzo e inconscientemente normas culturales y las hacemos nuestras.

En las “alucinaciones de órdenes” de la esquizofrenia se encuentra presente una asimilación similar de motivos. Los afectados sienten que una figura imponente o mítica les dice lo que tienen que hacer. Se les ordena que asesinen a un líder político o a un héroe popular, o que derroten a los invasores británicos, o que se lesionen ellos mismos, porque es la voluntad de Dios, de Jesús, del diablo, o de demonios, ángeles y –últimamente- extraterrestres. El esquizofrénico se siente traspasado por una orden clara y profunda de una voz que nadie más puede escuchar y que él ha de identificar de algún modo. ¿Quién podría emitir una orden así? ¿Quién podría hablar dentro de nuestra cabeza? La cultura en la que hemos nacido y vivido nos ofrece una respuesta.

Pensemos en el poder de la imagen repetitiva en la publicidad, especialmente para televidentes y lectores impresionables. Nos puede hacer creer casi cualquier cosa... hasta que fumar cigarrillos imprime carácter. En nuestra época, los extraterrestres putativos sirven de tema de innumerables historias de ciencia ficción, novelas, telefilmes y películas. Los ovnis son una característica habitual de los semanarios sensacionalistas dedicados al engaño y la mistificación. Una de las películas de cine con mayor recaudación bruta de todos los tiempos trata de extraterrestres muy parecidos a los descritos por los abducidos. Los relatos de abducciones por extraterrestres eran relativamente raros antes de 1975, cuando se emitió por televisión una crédula dramatización del caso Hill; dieron otro salto a la atención pública después de 1987, cuando el relato de primera mano de Strieber, con el retrato en portada de un “extraterrestre” de ojos grandes, se convirtió en éxito de ventas. En contraste, últimamente se oye hablar muy poco de íncubos, elfos y hadas. ¿Dónde han ido a parar?

Lejos de ser globales, el localismo de esas historias de abducción por extraterrestres es decepcionante. La gran mayoría proceden de Estados Unidos. Apenas trascienden a la cultura americana. En otros países se habla de extraterrestres con cabeza de pájaro, insecto, reptil, robot, y rubios con ojos azules (el último, es fácil predecirlo, del norte de Europa). Se dice que cada grupo de extraterrestres se comporta de manera diferente. Es evidente que los factores culturales juegan un papel importante.

Mucho antes de que se inventaran los términos “platillo volante” y “ovnis”, la ciencia ficción estaba llena de “hombrecillos verdes” y “monstruos con ojos de insecto”. De algún modo, durante mucho tiempo, nuestros extraterrestres clásicos han sido seres pequeños y lampiños con grandes cabezas (y ojos). Se los podía ver habitualmente en las revistas de ciencia ficción de la década de 1920 y 1930 (y, por ejemplo, en la ilustración de un marciano que envía mensajes a la Tierra en el ejemplar de diciembre de 1937 de la revista Short Wawe and televisión). Quizás el tema venga de nuestros remotos descendientes, tal como los pintara el pionero británico de la ciencia ficción H.G. Wells. Wells argüía que los humanos habían evolucionado de primates de cerebro más pequeño pero más peludos con un aire atlético que superaba con creces el de los académicos victorianos; extrapolando esta tendencia hacia el futuro lejano, sugirió que nuestros descendientes serían casi lampiños, con cabezas inmensas, aunque apenas capaces de andar por sí mismos. Los seres avanzados de otros mundos podrían estar dotados de manera similar.

El típico extraterrestre moderno del que se habla en Estados Unidos en la década de los ochenta y principios de los noventa es pequeño, con la cabeza y los ojos desproporcionadamente grandes, facciones subdesarrolladas, sin cejas ni genitales visibles y con la piel gris suave. A mí me parece tan horripilante como un feto en duodécima semana de embarazo o un niño muerto de hambre. Es una cuestión interesante por qué tanta gente puede obsesionarse por unos fetos o niños malnutridos e imaginarlos atacándonos y manipulándonos sexualmente.

En años recientes, en Norteamérica, han empezado a surgir extraterrestres distintos del tipo pequeño y gris. Un psicoterapeuta, Richard Boylan, de Sacramento, dice:

Hay tipos de un metro a un metro veinte; los hay de metro cincuenta a metro ochenta; de dos metros a dos cuarenta; hay tipos de tres, cuatro y cinco dedos, almohadillas en las yemas de los dedos o ventosas; hay dedos con membrana interdigital o sin ella; hay ojos grandes en forma de almendra inclinados hacia arriba, hacia abajo y horizontales; en algunos casos, grandes ojos ovoides sin inclinación; hay extraterrestres con pupilas partidas; hay otros tipos de cuerpo diferentes –el llamado tipo mantis religiosa, los reptiloides... Son los que encuentro con más asiduidad. Hay algunos informes de casos exóticos y únicos sobre los que prefiero mostrar cierta cautela hasta disponer de corroboración.

A pesar de esta aparente variedad de extraterrestres, me parece que el síndrome de la abducción ovni retrata un universo banal. La forma de los supuestos extraterrestres muestra una gran falta de imaginación y preocupación por los asuntos humanos. Ni un solo ser presentado en todos esos relatos es más asombroso de lo que sería una cacatúa para quien no ha visto nunca un pájaro. Cualquier libro de texto de protozoología, bacteriología o micología está lleno de maravillas que superan en mucho las descripciones más exóticas de los abductores extraterrestres. Los creyentes toman los elementos comunes de sus historias como pruebas de verosimilitud más que como una prueba de que las han inventado a partir de una cultura y biología compartidas.

MITO -- CARL SAGAN -- OVNIS Y DRAGONES

MITO -- CARL SAGAN -- OVNIS Y DRAGONES
“En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca”

Supongamos que yo le hago a usted una aseveración como ésa. A lo mejor le gustaría comprobarlo, verlo usted mismo. A lo largo de los siglos ha habido innumerables historias de dragones, pero ninguna prueba real. ¡Qué oportunidad!

- Enséñemelo –me dice usted.
Yo le llevo a mi garaje. Usted mira y ve una escalera, latas de pintura vacías y un triciclo viejo, pero el dragón no está.
- ¿Dónde está el dragón? –me pregunta.
- Oh, está aquí –contesto yo moviendo la mano vagamente-. Me olvidé de decir que es un dragón invisible.
Me propone que cubra de harina el suelo del garaje para que queden marcadas las huellas del dragón.
- Buena idea –replico-, pero este dragón flota en el aire.
Entonces propone usar un detector infrarrojo para detectar el fuego invisible.
- Buena idea, pero el fuego invisible tampoco da calor.
Se puede pintar con aerosol el dragón para hacerlo visible.
- Buena idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le pegaría.
Y así sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba física que usted me propone con una explicación especial de por qué no funcionará.
Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente?. Si no hay manera de refutar mi opinión, si no hay ningún experimento concebible válido contra ella, ¿qué significa decir que mi dragón existe?. Su incapacidad de invalidar mi hipótesis no equivale en absoluto a demostrar que es cierta. Las afirmaciones que no pueden probarse, las aseveraciones inmunes a la refutación son verdaderamente inútiles, por mucho valor que puedan tener para inspirarnos o excitar nuestro sentido de maravilla. Lo que yo le he pedido que haga es acabar aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.
Lo único que ha aprendido usted de mi insistencia en que hay un dragón en mi garaje es que estoy mal de la cabeza. Se preguntará, si no puede aplicarse ninguna prueba física, qué fue lo que me convenció. La posibilidad de que fuera un sueño o alucinación entraría ciertamente en su pensamiento. Pero entonces ¿por qué hablo tan en serio?. A lo mejor necesito ayuda. Como mínimo, puede ser que haya infravalorado la falibilidad humana.
Imaginemos que, a pesar de que ninguna de las pruebas ha tenido éxito, usted desea mostrarse escrupulosamente abierto. En consecuencia, no rechaza de inmediato la idea de que haya un dragón que escupe fuego por la boca en mi garaje. Simplemente, la deja en suspenso. La prueba actual está francamente en contra pero, si surge algún nuevo dato, está dispuesto a examinarlo para ver si le convence. Seguramente es poco razonable por mi parte ofenderme porque no me cree; o criticarle por ser un pesado poco imaginativo... simplemente porque usted pronunció el veredicto escocés de “no demostrado”.
Imaginemos que las cosas hubieran ido de otro modo. El dragón es invisible, de acuerdo, pero aparecen huellas en la harina cuando usted mira. Su detector de infrarrojos registra algo. La pintura del aerosol revela una cresta dentada en el aire delante de usted. Por muy escéptico que pueda ser en cuanto a la existencia de dragones –por no hablar de seres invisibles- ahora debe reconocer que aquí hay algo y que, en principio, es coherente con la idea de un dragón invisible que escupe fuego por la boca.

Ahora otro guión: imaginemos que no se trata sólo de mí. Imaginemos que varias personas que usted conoce, incluyendo algunas que está seguro de que no se conocen entre ellas, le dicen que tienen dragones en sus garajes... pero en todos los casos la prueba es enloquecedoramente elusiva. Todos admitimos que nos perturba ser presas de una convicción tan extraña y tan poco sustentada por una prueba física. Ninguno de nosotros es un lunático. Especulamos sobre lo que significaría que hubiera realmente dragones escondidos en los garajes de todo el mundo y que los humanos acabáramos de enterarnos. Yo preferiría que no fuera verdad, francamente. Pero quizá todos aquellos mitos europeos y chinos antiguos sobre dragones no eran solamente mitos...

Es gratificante que ahora se informe de algunas huellas de las medidas del dragón en la harina. Pero nunca aparecen cuando hay un escéptico presente. Se plantea una explicación alternativa: tras un examen atento, parece claro que las huellas podían ser falsificadas. Otro entusiasta del dragón presenta una quemadura en el dedo y la atribuye a una extraña manifestación física del aliento de fuego del dragón. Pero también aquí hay otras posibilidades. Es evidente que hay otras maneras de quemarse los dedos además de recibir el aliento de dragones invisibles. Estas “pruebas”, por muy importantes que las consideren los defensores del dragón, son muy poco convincentes. Una vez más, el único enfoque sensato es rechazar provisionalmente la hipótesis del dragón y permanecer abierto a otros datos futuros, y preguntarse cuál puede ser la causa de que tantas personas aparentemente sanas y sobrias compartan la misma extraña ilusión.

Los dragones invisibles y los ovnis tienen, hoy en día, la misma prueba científica de su existencia.

ESTA ES PARTE DE UN CAPITULO DEL LIBRO DE CARL SAGAN “EL MUNDO Y SUS DEMONIOS”, SOBRE LOS OVNIS Y MUCHAS COSAS MAS.

LEYENDA DE SCIFI -- ISAAC ASIMOV -- EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO

Asimov, Isaac - EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO
SCIFI

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EL ROBOT AL-76 SE HA EXTRAVIADO

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Jonathan Quell abrió de un manotazo la puerta sobre la que estaba escrito «Administrador
General» y entró corriendo en el despacho. Sus ojos parpadeaban a toda velocidad detrás de los
cristales de sus gafas, y su expresión indicaba claramente lo preocupado que estaba.
-¡Mire esto, jefe! -Jadeó después de colocar sobre el escritorio un papel doblado por la mitad.
Sam Tobe se pasó el puro de una comisura de la boca a la otra y clavó los ojos en el papel.
Después se llevó una mano a la barbilla, se la frotó y la aspereza de los pelos le recordó que no se
había afeitado.
-¡Por todos los infiernos! -exclamó-. ¿De qué demonios están hablando?
-Dicen que enviamos cinco robots AL -le explicó Quell, aunque el mensaje de la hoja no
necesitaba ninguna aclaración.
-Enviamos seis -dijo Tobe.
-¡Por supuesto, señor! Pero al otro lado sólo recibieron cinco. Nos han enviado los números de
serie, y falta el AL-76.
Tobe echó su silla hacia atrás mientras alzaba su enorme masa y cruzó el umbral del despacho
moviéndose tan deprisa como si tuviera un par de ruedas bien engrasadas en vez de pies. Cinco
horas después -toda la planta estaba patas arriba, desde las salas de juntas hasta la cámara de
vacío; y cada uno de sus doscientos empleados había sido sometido a un demoledor tercer grado-
un sudoroso y desmelenado Tobe envió un mensaje urgente a la planta central de Schenectady.
Y algo muy parecido al pánico se adueñó de la planta central. Por primera vez en toda la historia
de la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos un robot andaba suelto.
Lo más grave no era que la ley prohibiese la presencia de ningún robot en la Tierra fuera de las
fábricas de la empresa que contaban con licencia gubernamental para ello. Las leyes siempre
pueden ser quebrantadas. Lo realmente grave era otra cosa, y un matemático del departamento de investigación se encargó de expresarlo con toda claridad.
-Ese robot fue creado para conducir un disinto en la Luna -había dicho ese matemático-. Su
cerebro positrónico fue concebido para funcionar en el entorno lunar y únicamente allí. En la
Tierra va a recibir unos cuantos muchillones de impresiones sensoriales para las que nunca ha
sido preparado. No hay forma humana de predecir cuáles serán sus reacciones. ¡No tenemos ni
idea de lo que puede hacer!
El matemático se pasó el dorso de la mano por la frente, y descubrió que la tenía cubierta de
sudor.
Al cabo de una hora un estratoplano partía hacia la planta de Virginia. Las instrucciones eran
muy sencillas: «¡Encontrad ese robot, y deprisa!».
AL-76 estaba muy confuso. De hecho, en aquellos momentos lo único que había en su delicado
cerebro positrónico era confusión y aturdimiento. Había empezado a sentirse así cuando
descubrió que se hallaba en un entorno muy extraño. No tenía ni idea de cómo había ido a parar
allí, y nada era como debería ser.
Había algo verde debajo de sus pies, y se encontraba rodeado por unos extraños cilindros
amarronados con más verde en su parte superior. El cielo tendría que haber sido negro, pero era
azul. El sol redondo, amarillo y caliente era irreprochable, pero... ¿Dónde estaba la piedra pómez
que habría tenido que estar pisando, y adónde habían ido a parar los inmensos cráteres que
tendrían que estar formando círculos de crestas montañosas a su alrededor?
Lo único que podía ver era el verde debajo y el azul encima. Los sonidos que lo rodeaban le
resultaban totalmente desconocidos. Había atravesado una corriente de agua que le llegaba hasta
la cintura. El agua era de color azul, estaba fría y mojaba; y cuando se había cruzado con seres
humanos -lo que había ocurrido de vez en cuando-, ninguno de ellos llevaba puesto el traje
especial que debería haber estado utilizando. Y, aparte de eso, todos los humanos que le habían
visto gritaron y echaron a correr.
Un hombre le había apuntado con una pistola y la bala había pasado silbando muy cerca de su
cabeza, después de lo cual el hombre también había huido a la carrera.
AL-76 no tenía ni la menor idea del tiempo que llevaba vagando sin rumbo cuando tropezó con la
cabaña de Randolph Payne. La cabaña estaba rodeada de bosque y se encontraba a tres kilómetros
de la ciudad de Hannaford, y Randolph Payne -un destornillador en una mano, una pipa en la otra
y una aspiradora abollada entre las rodillas-, estaba sentado delante de la puerta con las piernas
cruzadas.
Payne estaba canturreando. Era un hombre de natural alegre y predispuesto a la felicidad...,
cuando se encontraba en su cabaña. Poseía una vivienda más respetable en Hannaford, pero esa
vivienda casi siempre estaba ocupada por su esposa, cosa que Payne lamentaba en silencio pero
muy sinceramente; y quizá por eso experimentaba una sensación de alivio y libertad tan intensa
cada vez que conseguía retirarse a su «perrera de lujo especial» para poder fumar en paz y
dedicarse a su gran afición, reparar electrodomésticos.
Reparar electrodomésticos le encantaba, pero a veces alguien le traía una radio o un despertador y
el dinero que Payne cobraba por hurgar en sus entrañas era el único del que podía disponer sin
que pasara antes por el cedazo de las ávidas manos de su esposa.
Por ejemplo, aquella aspiradora seguramente le proporcionaría seis billetes.
Pensar en el dinero hizo que Payne se pusiera a cantar, pero cuando alzó la mirada sintió que su
frente se cubría de un sudor frío. La canción murió en sus labios, sus ojos se desorbitaron y el
sudor se volvió aún más frío. Payne intentó ponerse en pie como acto preliminar a salir corriendo
tan deprisa como si le persiguiera el diablo, pero no logró convencer a sus piernas de que debían
cooperar.
Y su parálisis duró el tiempo suficiente para que AL-76 se sentara delante de él.
-Oiga, ¿puede explicarme por qué todos los otros humanos han echado a correr cuando me
vieron? -le preguntó.
Payne sabía por qué lo habían hecho, pero como explicación el gorgoteo que brotó de su
diafragma no era gran cosa.
-Uno de ellos incluso me disparó -siguió diciendo AL-76 con tono ofendido mientras Payne
intentaba aumentar la distancia que le separaba del robot echándose hacia atrás-. Unos
centímetros más abajo y la bala me habría rayado el hombro.
-De-debió de ser al-algún loco -tartamudeó Payne.
-Es posible. -El robot bajó la voz y adoptó el tono de quien se dispone a hacer una confidencia-.
Oiga, ¿tiene idea de por qué todo está mal?
Payne se apresuró a mirar a su alrededor. El tono afable del robot le sorprendía, especialmente
porque su apariencia no podía ser más pesada y brutalmente metálica; aunque Payne recordaba
haber oído que los cerebros de los robots estaban diseñados de tal forma que eran incapaces de
hacer ningún daño a los seres humanos, y eso hizo que se relajara un poco.
-Pero si todo es normal.
-¿De veras? -AL-76 le lanzó una mirada acusadora-. Incluso ustedes, los humanos... ¿Dónde está
su traje espacial?
-Nunca he tenido un traje espacial.
-¿Y entonces por qué no están todos muertos?
Payne tardó unos momentos en ser capaz de responder.
-Bueno... No lo sé.
-¡Ajá! -exclamó el robot en tono triunfal-. Todo está mal, ya se lo he dicho. ¿Dónde está el Monte
Copérnico? ¿Dónde está la Estación Lunar 17? ¿Y dónde está mi disinto? Quiero empezar a
trabajar lo más pronto posible. He de hacerlo, ¿comprende? -Parecía un poco inquieto, y cuando
siguió hablando Payne se dio cuenta de que le temblaba la voz-. Llevo horas dando vueltas y más
vueltas intentando encontrar a alguien que me diga dónde está mi disinto, pero todos los humanos
que me ven echan a correr. A estas alturas ya debo ir muy retrasado, y el jefe de sección estará
echando chispas. Me he metido en un buen lío, créame.
La mente de Payne empezó a salir del torbellino emocional en el que había quedado atrapada.
-0iga, ¿como se llama? -preguntó.
-Mi número de serie es AL-76.
-De acuerdo, me basta con Al. Bien, Al, si anda buscando la Estación Lunar 17... Eso está en la
Luna, ¿no?
AL-76 asintió enérgicamente con la cabeza.
-Por supuesto que está en la Luna, pero ya llevo mucho rato buscándola y...
-Está en la Luna, sí, pero esto no es la Luna.
Esta vez fue AL-76 quien se quedó desconcertado. El robot contempló en silencio a Payne
durante unos momentos, y pareció pensar en lo que acababa de oír.
-¿Qué quiere decir con lo de que esto no es la Luna? -murmuró-. Pues claro que es la Luna.
Porque si no lo es... Bueno, ¿entonces qué es? ¿Eh? Venga, respóndame.
Payne emitió un sonido muy curioso y respiró pesadamente. Después extendió un dedo hacia el
robot y lo movió de un lado a otro.
-Mire... -empezó a decir, y entonces tuvo la idea más brillante del siglo, tan brillante que no pudo
seguir hablando y tuvo que conformarse con añadir un «¡Uf!» ahogado.
AL-76 lo recriminó con la mirada.
-Eso no es una respuesta. Creo que si le hablo con educación y le hago una pregunta tengo
derecho a que me responda con educación, ¿no?
Payne se encontraba tan ocupado asombrándose de su propia inteligencia que no escuchó ni una
palabra. Bueno, estaba más claro que el agua, ¿no? Aquel robot había sido construido para
trabajar en la Luna y fuera por la razón que fuese se había extraviado y había ido a parar a la
Tierra. Su cerebro positrónico había sido programado para un entorno lunar y el entorno terrestre
no tenía ningún sentido para él, por lo que resultaba lógico que estuviera totalmente
desconcertado.
Bien, si conseguía mantener al robot allí hasta que pudiera ponerse en contacto con la fábrica de
Petersboro... Bueno, los robots eran muy valiosos, ¿no? Payne había oído comentar que el
modelo más barato costaba 5o.ooo dólares, y algunos de ellos llegaban a costar millones de
dólares. «¡Piensa en la recompensa! -se dijo-. Oh, chico, chico... ¡Piensa en la recompensa!» Y
todo ese dinero sería para él, todo hasta el último centavo... Las codiciosas manos de Mirandy no
verían ni una sola moneda. ¡Oh, no, ni una sola!
Payne se puso en pie.
-Al, ¡tú y yo vamos a llevarnos muy bien! -exclamó-. ¡Vamos a ser grandes amigos! Te quiero
como si fueras un hermano. -Le ofreció una mano-. ¡Venga, chócala!
El robot envolvió la mano que se le ofrecía con una garra metálica y ejerció una presión casi
imperceptible sobre ella. No entendía nada de lo que ¡e estaba ocurriendo.
- ¿Significa eso que va a decirme cómo puedo llegar a la Estación Lunar 17?
-Eh... No, no exactamente. De hecho, me caes tan bien que quiero que te quedes conmigo durante
algún tiempo.
-Oh, no. No puedo hacer eso. He de ir a trabajar. -AL-76 meneó la cabeza-. Oiga, si tuviera una
cuota de trabajo que efectuar, ¿le gustaría irse retrasando hora a hora, minuto a minuto ... ? No,
quiero trabajar. He de trabajar.
Payne pensó que sobre gustos no hay nada escrito.
-De acuerdo, de acuerdo. Voy a explicarte una cosa, y te la voy a explicar porque tienes cara de
ser muy inteligente. He recibido
órdenes de tu jefe de sección, y me ha dicho que quiere que te quedes aquí un tiempo. De hecho,
quiere que te quedes aquí hasta que envíe a alguien a buscarte.
-¿Para qué? -preguntó AL-76 con cierta suspicacia.
-No puedo decírtelo. Asuntos del gobierno... Alto secreto, ya sabes.
Payne rezó para que el robot se lo tragara. Sabía que algunos robots eran muy listos, pero aquél
tenía el aspecto de ser un modelo bastante primitivo.
Y mientras Payne rezaba AL-76 meditaba. El cerebro del robot había sido programado para
manejar un disinto en la Luna, por lo que el pensamiento abstracto no era su fuerte y, además,
desde que se había extraviado AL-76 tenía la impresión de que sus procesos mentales se estaban
haciendo cada vez más erráticos y extraños, como si aquel entorno desconocido estuviera
empezando a afectarle.
Teniendo en cuenta todo eso, puede considerarse que su siguiente pregunta fue un auténtico
prodigio de astucia.
-¿Cómo se llama mi jefe de sección? -preguntó.
Payne tragó saliva y se devanó los sesos.
-Al -dijo con voz casi inaudible-, tus sospechas me ofenden y me hieren. No puedo decírtelo. Los
árboles tienen oídos.
AL-76 volvió la cabeza hacia el árbol que tenía al lado y lo inspeccionó.
-No es cierto -dijo con voz impasible.
-Ya lo sé. Lo que quería decir es que siempre hay espías por todas partes.
-¿Espías?
-Sí, ya sabes... Humanos malvados que quieren destruir la Estación Lunar 17.
-¿Por qué?
-Porque son unos malvados. Y también quieren acabar contigo, y por eso tienes que quedarte aquí
durante un tiempo para que no puedan encontrarte.
-Pero... Pero he de encontrar mi disinto. He de cumplir con la cuota de trabajo que me han
asignado.
-Lo encontrarás y cumplirás con tu cuota de trabajo -se apresuró a prometerle Payne maldiciendo
entusiásticamente en su fuero interno aquel obtuso cerebro de robot que sólo parecía capaz de
pensar en su cuota de trabajo-. Mañana te enviarán uno. Sí, eso... Mañana mismo tendrás tu
disinto.
Eso le proporcionaría tiempo más que suficiente para ponerse en contacto con la fábrica y hacerse
con un precioso montoncito de billetes de cien dólares.
Pero AL-76 sólo tenía una defensa que oponer a la inquietante presión que ese mundo extraño
que le rodeaba ejercía sobre sus procesos mentales, y la defensa consistía en la tozudez.
-No -dijo-. He de conseguir mi disinto ahora. -Tensó sus articulaciones, y se levantó tan deprisa
que pareció saltar más que incorporarse-. Será mejor que siga buscándolo.
Payne se apresuró a ponerse en pie y sus manos se cerraron sobre el frío y duro metal de un codo.
-Escucha, Al, tienes que quedarte conmigo -dijo.
Y algo hizo clic en la mente del robot. Toda la extrañeza del entorno se concentró en una masa
que reventó de repente. La explosión silenciosa se fue difundiendo por todo el cerebro
positrónico, y cuando se esfumó dejó detrás de ella un cerebro que funcionaba con una eficiencia
asombrosamente aumentada. AL-76 se volvió hacia Payne.
-Le diré lo que vamos a hacer. Puedo construir un disinto aquí mismo.... y cuando lo haya
construido empezaré a utilizarlo.
Payne contempló al robot con expresión dubitativa.
-No creo que sea capaz de construirte un... un disinto -dijo mientras se preguntaba si serviría de
algo fingir que sí podía.
-No se preocupe. -AL-76 casi podía sentir cómo los senderos positrónicos de su cerebro se
alteraban para adaptarse a nuevas pautas, y experimentó una extraña excitación-. Yo puedo
construir uno. -Volvió la cabeza hacia la «perrera de lujo» de Payne-. Dispone de todo el material
que necesito.
Randolph Payne contempló la acumulación de trastos que había dentro de su cabaña: radios
despanzurradas, la parte inferior de una nevera, motores de coche oxidados, una estufa de gas
averiada, varios kilómetros de cables que se retorcían en todas direcciones y muchas cosas más
que, sumadas, componían unas cincuenta toneladas de masa metálica tan vieja y heterogénea que
ni un chatarrero la habría querido.
-¿Tú crees? -preguntó con un hilo de voz.
Dos horas más tarde ocurrieron dos cosas casi simultáneamente. La primera fue que Sam Tobe,
de la filial de Petersboro de la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos,
recibió una llamada videofónica de un tal Randolph Payne, de Hannaford. Payne empezó a
hablarle del robot desaparecido, Tobe lanzó un gruñido, cortó la comunicación y ordenó que en lo
sucesivo todas las llamadas relativas a ese asunto fueran pasadas al sexto vicepresidente del
departamento de pelmazos.
Aunque pueda parecerlo, la reacción de Tobe era lógica y explicable. El robot AL-76 había
desaparecido sin dejar rastro, pero durante la última semana la fábrica había recibido llamadas de
todos los Estados Unidos referentes a los movimientos del robot; y Tobe aún recordaba el día en
que hubo catorce llamadas..., procedentes de catorce estados distintos.
Tobe estaba hartísimo y, en realidad, le faltaba muy poco para perder los estribos. Se había
llegado a hablar de una investigación del Congreso, a pesar de que todos los roboticistas, físicos y
matemáticos de mayor reputación del planeta habían coincidido en jurar que el robot era
totalmente inofensivo.
Dado su estado mental, no resulta sorprendente que el administrador general de la fábrica tardara
tres horas en preguntarse cómo era posible que el tal Randolph Payne supiera que el robot estaba
destinado a la Estación Lunar 17 Y, sobre todo, cómo podía saber que el número de serie del
robot era AL-76, ya que la empresa no había divulgado esos detalles.
Tobe siguió pensando en todo aquello durante minuto y medio, y después se puso en acción.
El segundo acontecimiento se produjo durante el período de tres horas transcurrido entre la
llamada y el que Tobe se pusiera en acción. Unos segundos después de que le cortara la
comunicación Randolph Payne ya había repasado todos los posibles motivos que podían explicar
la brusca interrupción de su llamada, había llegado a la conclusión correcta -el administrador de
la fábrica no había creído ni una sola palabra y le había colgado-, y había vuelto a su cabaña con
una cámara. Una foto sería una prueba indiscutible, y Payne no estaba dispuesto a dejarles ver la
mercancía hasta que soltaran el dinero.
AL-76 estaba muy ocupado. La mitad del contenido de la cabaña de Payne se hallaba esparcido a
lo largo y ancho de cinco hectáreas de terreno, y el robot estaba agachado en el centro de aquella
confusión metálica trasteando con piezas de radios, planchas de hierro, hilo de cobre y otros
muchos objetos de lo más diverso. AL-76 no prestó ninguna atención a Payne, y éste se apresuró
a tumbarse en el suelo y enfocó su cámara para obtener una foto lo más nítida posible.
Y justo en aquel momento Lemuel Oliver Cooper apareció por un recodo de la carretera, y lo que
vio hizo que se quedara paralizado. La razón de su presencia allí era que su tostadora de pan
había adquirido la molesta costumbre de lanzar las rebanadas al aire igual que si fueran cohetes
en vez de tostarlas, como era su obligación. La razón de que saliera por piernas no podía ser más
obvia. No hubo testigos de su huida, pero en el improbable supuesto de que el azar hubiera traído
hasta allí al entrenador de un equipo de atletismo éste habría enarcado las cejas y habría hecho
todo lo posible por ficharle.
Cooper apenas disminuyó la velocidad hasta entrar en tromba en la oficina del sheriff Saunders y
apoyarse jadeante en una pared.
Su sombrero y su tostadora habían quedado olvidados en algún punto del trayecto.
Unas manos compasivas lo sostuvieron. Cooper hizo esfuerzos desesperados para hablar durante
el medio minuto que tardó en calmarse lo suficiente como para intentar recuperar el aliento... Y)
naturalmente, no consiguió hacer ninguna de las dos cosas.
Le dieron a beber un poco de whisky y le abanicaron, pero a pesar de todos sus esfuerzos tardó
unos minutos en recuperar el habla.
-Monstruo... -balbuceó cuando por fin consiguió hablar-. Dos metros de alto... Cabaña
destrozada... Pobre Randolph Payne...
Etcétera, etcétera.
Fueron sacándole toda la historia poco a poco. Al parecer había un monstruo metálico de dos
metros o quizá dos metros y medio de altura junto a la cabaña de Payne. Randolph Payne estaba
tendido boca abajo en el suelo -«su cadáver estaba cubierto de sangre y horriblemente
destrozado»-; el monstruo estaba absorto destrozando concienzudamente lo que quedaba de la
cabaña, pero dejó de hacerlo para volverse hacia Lemuel Oliver Cooper, y éste consiguió escapar
por los pelos.
El sheriff Saunders se llevó las manos al cinturón y tiró de él tensándolo alrededor de su
prominente barriga.
-Debe de ser ese hombre máquina que se escapó de la fábrica de Petersboro -dijo-. Recibimos el
aviso el sábado pasado. Eh, Jake, reúne a toda la gente del condado de Hannaford que sepa
disparar y reparte placas de ayudante de sheriff entre ellos. Quiero que estén aquí al mediodía.
Ah, y antes de hacer eso arréglatelas para dejarte caer por casa de la viuda Payne y le das la
noticia de la forma más diplomática que se te ocurra, ¿de acuerdo?
Posteriormente se rumoreó que en cuanto hubo recibido la noticia de lo ocurrido Miranda Payne
se apresuró a comprobar que la póliza del seguro de vida de su esposo estaba a buen recaudo,
emitió unos breves comentarios irritados lamentando que su estupidez le hubiera impedido doblar
el importe de la póliza a pesar de que ella se lo había sugerido muchísimas veces y, finalmente, se
comportó como se espera de cualquier viuda que se respete y prorrumpió en un llanto que partía
el corazón.
Unas cuantas horas más tarde Randolph Payne -quien seguía sin estar al corriente de que todo el
mundo le creía muerto después de haber sufrido horribles mutilaciones-, contempló los negativos
de sus instantáneas con expresión satisfecha. Como serie de retratos de un robot en plena faena
eran irreprochables, y no dejaban absolutamente nada a la imaginación. Las fotos podrían haber
sido exhibidas en cualquier galería de arte, y Payne casi podía ver los letreritos que habría debajo
de cada una: «Robot contemplando una válvula de vacio con expresión pensativa», «Robot
empalmando dos cables», «Robot manejando un destornillador», «Robot despedazando
violentamente una nevera», etcétera.
Ahora sólo le faltaba el trabajo rutinario de hacer las copias. Payne salió de detrás de la cortina de
su improvisado cuarto oscuro, y decidió fumarse una pipa y charlar un rato con AL-76.
Por suerte mientras hacía todo aquello no tenía ni idea de que los bosques vecinos hervían de
granjeros nerviosísimos armados con lo primero que habían encontrado, desde un trabuco que
podía considerarse como una reliquia de la época de las colonias hasta la ametralladora del
sheriff; y tampoco tenía ni idea de que media docena de roboticistas con Sam Tobe al frente iban
a más de doscientos kilómetros por hora por la carretera de Petersboro con el único propósito de
tener el placer y el honor de conocerle.
Los acontecimientos se iban encadenando y volaban hacia un clímax que no tardaría en llegar y,
mientras lo hacían, Randolph Payne lanzó un largo suspiro de satisfacción, encendió un fósforo
rascándolo en el fondillo de sus pantalones, dio unas cuantas chupadas a su pipa y observó a AL-
76 con una sonrisa en los labios.
El hecho de que el robot era algo más que una simple máquina enloquecida resultaba indudable
desde hacía un buen rato. Randolph Payne era todo un experto en chapuzas caseras, y había
llegado a construir unos cuantos artilugios que habrían hecho saltar de las órbitas los ojos de
todos sus vecinos de habérsele ocurrido exhibirlos; pero nunca había concebido nada que se
aproximara ni de lejos a la monstruosidad que AL-76 estaba creando.
Hasta el más eximio inventor autodidacta habría muerto entre convulsiones de envidia nada más
verlo, y si hubiese vivido lo suficiente para echarle una mirada Picasso habría abandonado el arte
con el amargo convencimiento de que había sido vergonzosamente superado. Aquel cacharro
parecía capaz de agriar la leche en las ubres de todas las vacas en un kilómetro a la redonda.
¡Era francamente horrible!
Una gigantesca base de hierro oxidado que apenas recordaba algo que Payne creía haber visto
unido a un tractor viejo sostenía un enloquecido e informe amasijo de cables, ruedas, válvulas y
horrores sin nombre y sin número que parecía haber sido concebido por una mente empapada en
alcohol, y el conjunto se hallaba rematado por un megáfono de aspecto decididamente siniestro.
Payne sintió el deseo de meter la cabeza en el interior del megáfono y echar una ojeada, pero se
contuvo. Había visto artefactos de aspecto mucho más normal que habían estallado con repentina violencia. -Eh, Al -dijo.
El robot estaba boca abajo en el suelo añadiendo una delgada lámina de metal plateado al
artefacto, pero alzó la mirada hacia Payne en cuanto le oyó.
-¿Qué desea, Payne? -¿Qué es esto?
Payne formuló la pregunta en el mismo tono de voz que habría empleado si estuviera
contemplando algo francamente asqueroso en pleno proceso de putrefacción colgado entre dos
palos de tres metros de altura.
-Es el disinto que estoy construyendo para poder empezar a trabajar. Es una mejora del modelo
estándar.
El robot se puso en pie, se sacudió el polvo de las rodillas con una aparatosa serie de crujidos
metálicos y contempló su obra con orgullo.
Payne se estremeció. «¡Una mejora del ... !» Bueno, no le extrañaba que mantuvieran el original
oculto en las cavernas de la Luna. ¡Ah, nuestro pobre y querido satélite! Payne siempre había
querido saber si podía existir algo peor que la muerte. Bien, ahora ya lo sabía.
-¿Y funcionará? -preguntó. -Por supuesto. -¿Cómo lo sabes?
-Tiene que funcionar. Lo he hecho yo, ¿no? Ahora sólo me falta una cosa... ¿Tiene una linterna?
-Supongo que habrá una en algún sitio.
Payne desapareció en el interior de la cabaña y emergió de él casi inmediatamente.
El robot desatornilló un extremo de la linterna y trabajó frenéticamente durante cinco minutos.
-Listo -dijo retrocediendo un paso-. Ahora podré empezar a trabajar. Si quiere puede quedarse a
mirar.
Hubo un silencio durante el que Payne intentó apreciar como se merecía aquella oferta tan
magnánima. -¿Es seguro? -Hasta un bebé podría manejarlo.
-¡Oh! -Payne esbozó una débil sonrisa y se apresuró a refugiarse detrás del árbol más grueso que había en las inmediaciones-. Adelante -dijo-. Confío plenamente en ti.
AL-76 extendió una mano metálica y señaló la pesadillesca montaña de chatarra.
-¡Observe! -dijo.
Sus manos empezaron a moverse velozmente y...
Los granjeros del condado de Hannaford, Virginia, se desplegaron en formación de combate y
avanzaron hacia la cabaña de Payne estrechando lentamente el cerco, y se fueron arrastrando de
un árbol a otro mientras la sangre de sus heroicos antepasados hervía en sus venas y el vello de
sus nucas intentaba despegarse de la piel.
El sheriff Sanders les dio instrucciones.
-Disparad cuando yo dé la señal..., y apuntad a los ojos.
Jacob Linker («Flaco» Jake para sus amigos, y ayudante del sheriff para sí mismo) se le acercó.
-¿No cree que ese hombre máquina quizá se haya ido?
Linker había intentado ocultarlo, pero no pudo impedir que el matiz de esperanza resultara
claramente audible en su voz.
-No -gruñó el sheriff-, me temo que sigue allí. Si se hubiera ido nos habríamos tropezado con él
cuando avanzábamos por entre los árboles, y no le hemos visto.
-Pero todo parece tan espantosamente tranquilo... Y tengo la impresión de que ya estamos muy
cerca de la cabaña de Payne.
No hacía falta que se lo recordaran. El nudo que se había formado en la garganta del sheriff
Saunders era tan descomunal que le obligó a tragar saliva tres veces para hacerlo desaparecer.
-Vuelve a tu puesto -ordenó-, y mantén el dedo sobre el gatillo.
Ya habían llegado al borde del claro. El sheriff Saunders cerró los ojos y movió la cabeza hasta
que el rabillo de uno de ellos asomó por detrás del árbol que estaba usando como refugio. No vio
nada. El sheriff Saunders se quedó inmóvil durante unos momentos y volvió a intentarlo, esta vez abriendo los ojos.
Los resultados fueron mucho más satisfactorios, naturalmente.
El sheriff Saunders vio a un voluminoso hombre máquina vuelto de espaldas a él inclinado sobre
un artefacto tan horrible que te helaba la sangre y te dejaba sin aliento, una máquina espantosa de origen dudoso y finalidad aún más dudosa. Lo único que no vio fue la temblorosa silueta de
Randolph Payne abrazada a un árbol cercano que se encontraba al noroeste del suyo.
El sheriff Saunders salió al claro y alzó su ametralladora. El robot seguía dándole la espalda.
-¡Observe! -dijo AL-76 dirigiéndose a una persona o personas invisibles.
Y un dedo de una mano metálica pulsó un botón justo cuando el sheriff abría la boca
disponiéndose a dar la orden de disparar.
Lo que ocurrió a continuación fue presenciado por setenta testigos, pero a pesar de ello no
contamos con ninguna descripción. Durante los días, meses y años siguientes ni una sola de esas
setenta personas dijo una sola palabra sobre lo que ocurrió durante los segundos que siguieron al
momento en que el sheriff abrió la boca para dar la orden de disparar. Cuando se las interrogaba
al respecto se limitaban a ponerse de un color verde manzana y se alejaban con paso tambaleante.
A pesar de ello, las pruebas circunstanciales permiten deducir que lo que ocurrió fue, más o
menos, esto.
El sheriff Saunders abrió la boca y AL-76 pulsó un botón. El disinto empezó a funcionar y setenta
y cinco árboles, dos granjas, tres vacas y tres cuartas partes de la cima de la colina Duckbill se
desvanecieron dejando tras de sí una atmósfera bastante enrarecida por el polvo. Si se quiere
expresar de una forma más poética, todos esos objetos y seres vivos fueron a parar al sitio en el
que acaban las nieves del año pasado.
La boca del sheriff Saunders siguió abierta durante un período de tiempo imposible de calcular,
pero ni la orden de disparar ni ningún otro sonido brotó de ella. Y entonces...
Y entonces el aire empezó a vibrar, se oyó una especie de rugido ensordecedor y una serie de
zigzags de un vago color purpúreo cruzaron velozmente la atmósfera con la cabaña de Randolph
Payne como origen, y los granjeros que componían aquel ejército improvisado desaparecieron sin
dejar ni rastro.
Oh, sí, después se encontraron varias armas esparcidas por los alrededores -la metralleta modelo
niquelado especial con garantía de tiro ultra-rápido e imposibilidad de encasquillarse del sheriff
entre ellas-, una cincuentena de sombreros, unos cuantos puros y cigarrillos a medio fumar y
algunos otros objetos perdidos aquí y allá.... pero no quedó ni un solo cuerpo humano.
Salvo «Flaco» Jake, ninguno de esos cuerpos volvió a aparecer ante la raza humana hasta que
hubieron pasado tres días, y en el caso de Jake la excepción hay que buscarla en que su huida -tan
veloz que habría ruborizado a un cometa-, fue detenida por la media docena de hombres de la
fábrica de Petersboro que iban avanzando por el bosque a paso de carga moviéndose casi tan
deprisa como él.
Para ser exactos, la cabeza de «Flaco» Jake fue detenida por el estómago de Sam Tobe.
-¿Dónde está la cabaña de Randolph Payne? -preguntó Tobe en cuanto hubo conseguido
recuperar el aliento.
«Flaco» Jake permitió que sus ojos perdieran su brillo vidrioso durante unos segundos.
-Hermano, te aconsejo que te limites a seguir la dirección opuesta a la mía -replicó.
Y se esfumó como por arte de magia. Unos segundos después ya era un puntito cada vez más
pequeño que se alejaba hacia el horizonte moviéndose velozmente por entre los árboles. El
puntito quizá fuera «Flaco» Jake, pero Sam Tobe no se habría atrevido a jurarlo.
El ejército improvisado ya ha desaparecido de escena, pero aún nos queda ocuparnos de
Randolph Payne, cuyas reacciones fueron ligeramente distintas.
Para Randolph Payne los cinco segundos que transcurrieron entre el momento en que AL-76
pulsó el botón y la desaparición de la cima de la colina Duckbill fueron un espacio de tiempo
totalmente en blanco. Cuando empezó tenía la cabeza vuelta hacia la espesa maleza que cubría la
parte inferior de los árboles, y cuando terminó descubrió que estaba agarrado a una rama muy alta
de uno de ellos y que se balanceaba locamente de un lado a otro. El mismo impulso que lanzó al
grupo de ayudantes del sheriff en dirección horizontal le había lanzado en dirección vertical.
En cuanto a si recorrió los quince metros que separaban las raíces de la copa del árbol trepando,
de un salto o volando, jamás consiguió llegar a saberlo y la verdad es que tampoco le importaba
demasiado.
Lo que sí sabía era que todas aquellas propiedades acababan de ser destruidas por un robot que,
aunque sólo de forma temporal, era de su propiedad. Todas las visiones de recompensa se
esfumaron de su mente y fueron sustituidas por pesadillas cuyos horripilantes temas eran los
ciudadanos hostiles, las turbas aullantes dispuestas al linchamiento, los juicios y acusaciones de
asesinato y lo que diría Mirandy Payne en cuanto se enterara ... especialmente lo que diría
Mirandy Payne.
-¡Eh, robot, desmonta ese trasto que has construido! -gritó con voz ronca-. ¿Me oyes?
¡Desmóntalo y destrúyelo inmediatamente! Olvida que yo he tenido algo que ver en este asunto...
No sé quién o qué eres, ¿entiendes? No digas ni una palabra al respecto jamás. Olvídalo todo,
¿me oyes?
Payne no esperaba que sus órdenes sirvieran de nada. Gritarlas había sido un mero acto reflejo,
pero Payne ignoraba que un robot siempre obedece la orden dada por un ser humano salvo
cuando obedecerla supone un peligro para otro ser humano.
Y, en consecuencia, AL-76 destruyó su disinto de forma tan calmada como metódica y volvió a
convertirlo en la chatarra original.
Sam Tobe llegó con sus hombres con el tiempo justo de ver cómo AL-76 aplastaba el último
centímetro cúbico del aparato bajo su pie. Randolph Payne se dio cuenta de que estaba ante los
verdaderos propietarios del robot, por lo que se apresuró a bajar del árbol y puso pies en
polvorosa hacia regiones desconocidas.
Y no esperó a que le dieran su recompensa.
Austin Wilde, ingeniero robótico, se volvió hacia Sam Tobe.
-¿Ha conseguido sacarle algo al robot? -le preguntó.
Tobe meneó la cabeza y lanzó un gruñido.
-Nada, absolutamente nada. Ha olvidado todo lo que ocurrió desde que abandonó la fábrica.
Tiene la mente totalmente en blanco, y la única explicación es que habrá recibido la orden de
olvidarlo todo. ¿Qué demonios sería aquel montón de chatarra con el que estaba trasteando?
-Un montón de chatarra, nada más. Pero antes de que lo hiciera añicos tuvo que ser un disinto, y
me encantaría matar al tipo que le ordenó destruirlo..., sometiéndolo a una buena sesión de
torturas lentas antes, a ser posible. ¡Mire esto!
Estaban a media ladera de lo que había sido la colina Duckbill -para ser exactos, en el punto
exacto del que había sido limpiamente rebanada la cima-, y Wilde puso una mano sobre la
superficie perfectamente lisa que interrumpía la aglomeración de tierra y rocas.
-¡Menudo disinto! -exclamó-. Arrancó limpiamente la cima de su base.
-¿Qué lo impulsaría a construirlo?
Wilde se encogió de hombros.
-No lo sé. Algún factor del entorno... No hay ninguna forma de averiguarlo. Su cerebro
positrónico adaptado a la Luna debió de reaccionar impulsándolo a construir un disinto con toda
esa chatarra. El robot lo ha olvidado todo, y me temo que sólo existe una probabilidad entre mil
millones de que podamos volver a encontrar ese factor. Nunca volveremos a ver un disinto como
ése.
-No importa. Lo importante es que hemos recuperado el robot.
-Y un cuerno. -La voz de Wilde no podía sonar más triste y abatida-. ¿Ha tenido algún tipo de
contacto con los disintos en la Luna? Tragan una endiablada cantidad de energía, al igual que
todos los trastos electrónicos, y no pueden ponerse en marcha hasta que les has proporcionado
más de un millón de voltios de carga inicial. Pero este disinto no se parecía en nada a los de la
Luna. He examinado toda esa chatarra con el microscopio y... Bueno, ¿quiere saber cuál es la
única fuente de energía que he conseguido descubrir?
-Sí, claro. ¿Cuál?
- ¡Ni más ni menos que esto! Y nunca llegaremos a saber cómo se las arregló...
Y Austin Wilde le alargó la fuente de energía gracias a la que un disinto había conseguido
rebanar limpiamente la cima de una colina en medio segundo... ¡Dos pilas de linterna!

UNA LEYENDA ? -- HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO -- EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV

HEREJÍAS DEL DIOS INMENSO
por Brian W. Aldiss
EL LIBRO SECRETO DE HARAD IV
__
Yo, Harad IV, Escriba Mayor declaro que éste mi escrito solo puede ser mostrado a
los sacerdotes de rango de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial y a los Ancianos
Elegidos del Consejo de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, porque aquí se
entiende en cuestiones relativas a las cuatro Herejías Viles que no deben ser vistas ni
discutidas por el pueblo.
Para una Correcta Consideración de las más recientes y viles herejías, debemos
contemplar en perspectiva los acontecimientos de la historia. Así pues, retrocedamos al
Primer Año de nuestra era, cuando las Tinieblas del Mundo fueron desterradas por la
venida del Dios Inmenso, nuestro más verdadero y enorme Señor, a quien todos
honramos y tememos.
Desde este año actual, 910 D.I., es imposible recordar cómo era el mundo
entonces, pero a partir de los pocos registros que todavía se conservan podemos
hacernos cierta idea de aquellas épocas e incluso realizar las Contorsiones Mentales
necesarias para ver cómo debieron ser juzgados los acontecimientos por aquellos
pecadores que tomaron parte en ellos.
El mundo sobre el que descendió el Dios Inmenso estaba repleto de gentes y de
sus maquinarias, todos completamente desprevenidos para Su Visita. Puede que
hubiera cien mil veces más gente de la que hoy existe.
El Dios Inmenso aterrizó en lo que ahora es el Mar Sagrado, sobre el que
actualmente navegan algunas de nuestras más bellas iglesias dedicadas a Su Nombre.
En aquellos tiempos, la región era mucho menos placentera, pues estaba dividida en
numerosos estados que pertenecían a distintas naciones. Tal era el sistema de
posesión de la tierra antes de que se formasen nuestras actuales teorías sobre la
migración y evacuación constantes.
Las patas traseras del Dios Inmenso se extendieron muy hacia el interior de África -
que entonces no era el continente insular que es hoy en día, casi tocando el río Congo,
en el punto sagrado donde ahora se alza la Iglesia Sacrificial de Basolo-Aketi-Ele, y en
el punto sagrado donde ahora se alza el Templo Santuario de Adén, arrasando el
antiguo puerto de Adén.
Algunas de las patas del Dios Inmenso se extendieron sobre el Sudán y a través de
lo que entonces constituía el Reino de Libia y ahora es parte del Mar del Viejo Pesar,
mientras que uno de sus pies reposaba en una ciudad llamada Túnez en lo que
entonces era la costa de Tunicia. Allí se posaron algunas de las patas del costado
izquierdo del Dios Inmenso.
Las patas de su costado derecho bendijeron y comprimieron las arenas de Arabia
Saudita, hoy denominada Valle de la Vida, y las estribaciones del Cáucaso, arrasando
el Monte llamado Ararat en el Asia Menor, en tanto que su pata Más delantera se
extendió sobre el territorio de Rusia, destruyendo de inmediato la gran ciudad capital de
Moscú.
El cuerpo del Dios Inmenso, descansando en reposo sobre tres antiguos mares, si
hemos de creer a los Viejos Registros, llamados el Mar del Mediterráneo, el Mar Rojo y
el Mar del Nilo, que juntos forman parte del actual Mar Sagrado. Con su Gran Mole
erradicó también parte del Mar Negro, que ahora llamamos Mar Blanco, así como
Egipto, Atenas, Chipre y la Península Balcánica hasta las cercanías de Belgrado, hoy
Santo Belgrado, puesto que sobre esta ciudad se irguió el Cuello del Dios Inmenso en
su Primera Visita a nosotros los mortales, rozando casi los tejados de las casas.
En cuanto a su Cabeza, se cernía sobre la región montañosa que denominamos
Italandia y que entonces era conocida como Europa, una región muy poblada del
planeta, alzándose a tal altitud que en los días despejados fácilmente podía divisarse
desde Londres, entonces como ahora la ciudad principal de la tierra de los
anglofranceses.
En aquellos primeros días se calculó que la longitud del Dios Inmenso era de más
de siete millares de kilómetros de extremo a extremo, y cada una de sus ocho patas
media sobre un millar y medio de kilómetros. Ahora profesamos en nuestro Credo que
el Dios Inmenso cambia su forma, longitud y número de patas según esté Complacido
o Enojado con el hombre.
En aquellos días se desconocía la naturaleza de Dios. Ningún preparativo se había
hecho para su venida, aunque corrían algunos rumores sobre el milenio. Por lo tanto,
las especulaciones sobre su naturaleza se alejaban mucho de la verdad y con
frecuencia eran sumamente blasfemas.
Aquí sigue un resumen del notorio Documento Gersheimer, que contribuyó en gran
medida a precipitar los acontecimientos que condujeron a la Primera Cruzada en 271
D.I. Ignoramos quién era el Gersheimer Negro, con la salvedad carente de significado
de que se trataba de un Profeta Científico de un lugar llamado Cornell o Carnell,
obviamente una Iglesia del Continente Americano (cuya forma era entonces distinta).
"Los reconocimientos aéreos parecen indicar que esta criatura —si podemos
llamarla así—, que se extiende más o menos en línea recta a lo largo del Mar Rojo y
por el sudeste de Europa, no es un ser viviente, al menos tal y como concebimos
nosotros la vida. El hecho de que se parezca vagamente a un lagarto de ocho patas
puede deberse a una mera coincidencia, así que no debemos preocuparnos por su
posible carácter maligno, como han sugerido algunos periódicos sensacionalistas".
La vil jerga de aquellos remotos días no resulta hoy plenamente comprensible, pero
creemos que "reconocimientos aéreos" es una referencia a los aparatos voladores
mecánicos que aquella última generación de Impíos poseía. El Gersheimer Negro
prosigue:
"Si este objeto no está vivo, tal vez sea un fragmento de escombros galácticos que
se ha adherido momentáneamente al planeta, quizá del mismo modo en que una hoja
puede adherirse a un balón de fútbol durante su trayectoria. Esta creencia no implica
necesariamente una modificación de nuestros conceptos científicos del universo. Tanto
si la cosa tiene vida como si no, no hemos de volvernos todos supersticiosos.
Sencillamente, debemos recordarnos que en el universo, tal como lo concebimos a la
luz de la ciencia del siglo XX, existen muchos fenómenos que nos siguen siendo
desconocidos. Por muy dolorosa que resulte esta aparición inesperada, podemos
consolarnos en parte pensando que nos proporcionará nuevos conocimientos, tanto
sobre nosotros mismos como acerca del mundo que se extiende más allá de nuestro
sistema solar".
Aunque términos como "escombros galácticos" han perdido todo su significado, si
es que alguna vez lo tuvieron, el sentido general de este párrafo es claramente
injurioso. Se decreta una restricción contra el culto al Dios Inmenso, oponiendo en su
lugar un herético Dios de la Ciencia. Sólo hace falta citar otro pasaje de este ofensivo
revoltijo, porque resulta esencial para Mostrar la Actitud mental de Gersheimer y, es de
suponer, de la mayoría de sus contemporáneos.
"Como es natural, todos los pueblos del mundo, y especialmente aquellos que aún
se demoran en los umbrales de la civilización, se hallan hoy muy asustados. Les
parece ver algo de sobrenatural en la llegada de esta cosa, y creo que cualquier
hombre, si es sincero consigo mismo, admitirá sentir en su corazón un eco de este
temor. Solamente podremos suprimirlo, solamente podremos enfrentarnos al caos en
que el mundo se halla ahora sumergido, si retenemos en nuestras mentes una imagen
galáctica de la situación. La propia inmensidad de esta cosa que yace perniciosamente
tendida sobre nuestro planeta es causa suficiente para el terror. Pero imaginémosla en
proporción. Un ciempiés está posado sobre una naranja. O, para elegir un ejemplo que
resulte menos repulsivo, una pequeña salamanquesa de unos nueve centímetros
descansa momentáneamente sobre un globo terráqueo de plástico de sesenta
centímetros de diámetro. Nos corresponde a nosotros, a toda la raza humana, con
todas las fuerzas tecnológicas a nuestra disposición, unirnos como nunca lo hemos
hecho y expulsar esta cosa, esta cosa grande y estúpida, hacia las profundidades del
espacio de las que ha surgido. Buenas noches".
El motivo que me impulsa a repetir esta Blasfemia Inicial es que veamos en este
mensaje de un miembro de las Tinieblas del Mundo las huellas de aquel pecado
original que —pese a todos nuestros sacrificios, a todas nuestras penalidades, á todas
nuestras cruzadas— aún no hemos logrado extirpar. Por eso nos enfrentamos ahora
con la mayor Crisis de la Iglesia Ortodoxa Universal Sacrificial, y por eso ha llegado la
hora de una Cuarta Cruzada que supere en su envergadura a todas las anteriores.
El Dios Inmenso permaneció donde se hallaba, en lo que hoy designamos la
Posición del Mar Sagrado, durante cierto número de años, en todo y por todo inmóvil.
Para la humanidad, éste fue el gran período de formación de la Creencia, marcado
por el establecimiento de la Iglesia Universal y caracterizado por sus numerosas
convulsiones. Grandemente hubieron de sufrir los primeros sacerdotes y profetas a fin
de que la Palabra se diseminara por el Mundo y las sectas blasfemas fuesen
destruidas, aunque el Libro Clandestino de los Hechos de la Iglesia parece indicar que
muchos de ellos eran en realidad miembros de anteriores iglesias que, viendo la luz,
mudaron su lealtad.
La poderosa figura del Dios Inmenso se vio sometida a multitud de pequeños
agravios. Las Mayores Armas de aquella remota era, frutos de la charlatanería técnica,
eran llamadas Nucleares, y ésas le fueron arrojadas al Dios Inmenso, pero, como cabía
esperar, sin efecto alguno. Muros de fuego se alzaron en vano a su alrededor. Nuestro
Dios Inmenso, al que todos honramos y tememos, es inmune a la debilidad terrenal. Su
cuerpo estaba revestido como con un Metal —ésa fue la semilla de la Segunda
Cruzada— pero no tenía ninguna de las debilidades del metal.
Su descenso a la tierra fue acogido por la naturaleza con una respuesta inmediata.
Los antiguos vientos que hasta entonces prevalecían se estrellaron contra sus
poderosos costados y fueron desviados hacia otros lugares. Esto produjo el efecto de
enfriar el centro de África, de tal manera que desaparecieron las selvas tropicales y
todas las criaturas que en ellas moraban. En las tierras limítrofes de Caspana
(entonces llamadas Persia y Járkov, según antiguos relatos), se desencadenaron
huracanes de nieve durante una docena de crudos inviernos, llegando por el este hasta
el interior de la India. En los demás lugares, por todo el mundo, la venida del Dios
Inmenso se dejó sentir en los cielos, en forma de lluvias inesperadas, vientos erráticos
y temporales que duraron muchos meses. También los océanos fueron perturbados,
mientras que el gran volumen de agua desplazado por su cuerpo inundó las tierras
cercanas, matando a muchos millares de seres y arrojando diez mil ballenas muertas a
los muelles de Colombo.
La tierra se sumó a las convulsiones. Mientras se hundía el territorio situado bajo la
gran masa del Dios Inmenso, disponiéndose a recibir lo que luego seria el Mar
Sagrado, las tierras de alrededor se elevaron hacia Arriba formando pequeñas colinas,
como las abruptas y salvajes Dolominas que hoy protegen los límites meridionales de
Italandia. Hubo seísmos y nuevos volcanes y géiseres allí donde jamás había manado
el agua, y plagas de serpientes, florestas incendiadas y muchos signos prodigiosos que
ayudaron a los Primeros Padres de nuestra fe a convertir a los ignorantes. Por todas
partes se extendieron, predicando que la única salvación se hallaba en entregarse a él.
Numerosos Pueblos Enteros perecieron en esta época de convulsión, entre ellos
Búlgaros, Egipcios, Israelitas, Moravos, Kurdos, Turcos, Sirios, Turcos de las Montañas
y también la mayor parte de los Eslavos del Sur, Georgianos y Croatas, los robustos
Valacos y las razas Griegas, Chipriotas y Cretenses. Además de otras cuyos pecados
eran muy grandes y cuyos nombres no fueron recogidos en los anales de la iglesia.
El Dios Inmenso abandonó nuestro mundo en el año 89 o, como algunos sostienen,
en el 90. (Ésta fue la primera Partida y como tal se celebra. en el calendario de nuestra
Iglesia, aunque la Iglesia Católica Universal lo denomina Día de la Primera
Desaparición). Regresó en el 91, grande y temido sea su nombre.
Es poco lo que sabemos del periodo en que estuvo ausente de la Tierra. Podemos
hacernos una idea de cómo pensaba entonces la gente si consideramos que, en
general, las naciones de la Tierra se regocijaron grandemente. Siguieron
produciéndose cataclismos naturales, pues los océanos se derramaran en el enorme
hueco que él había creado, formando así nuestro amado y venerado Mar Sagrado. En
toda la faz del planeta estallaron Grandes Guerras.
Su regreso en el año 91 puso fin a las guerras, como un signo de la gran paz que
su presencia le prometía a su pueblo elegido.
Pero los habitantes del mundo en Aquella Época no eran todos de nuestra religión,
por más que los profetas andaban entre ellos, y numerosas eran sus blasfemias. En el
Museo Negro que hay adjunto a la gran basílica de Omán y Yemen se conservan
pruebas documentales de que en este periodo intentaron comunicarse con el Dios
Inmenso por medio de sus máquinas. No hace falta decir que no obtuvieron respuesta;
pero muchos hombres razonaron entonces, en la confusión de sus mentes, que esto se
debía a que el Dios era una Cosa, tal y como había profetizado el Gersheimer Negro.
En ésta su Segunda Venida, el Dios Inmenso bendijo nuestra tierra aposentándose
principalmente dentro de los confines del Círculo Ártico, o lo que entonces era el
Círculo Ártico, con su cuerpo extendido sobre el norte del Canadá, como era llamado,
por encima de una gran península denominada Alaska, a través del Mar de Bering y
por las regiones septentrionales de las tierras rusas hasta el río Lena, hoy Bahía de
Lenn. Algunas de sus patas traseras quebraron grandes fragmentos del Hielo Ártico,
mientras que otras patas delanteras se sumergían en el norte del Océano Pacífico.
Pero en verdad para él no somos más que arena bajo sus pies y sus pies son
indiferentes a nuestras montañas y nuestras Variaciones Climáticas.
En cuanto a su pavorosa cabeza, desde todas las ciudades de la franja costera del
norte de América se la podía ver alzándose hasta la estratosfera y refulgiendo con un
brillo metálico; desde ciudades hoy desaparecidas como Vancouver, Seattle,
Edmonton, Portland, Blanco, Reno e incluso San Francisco. Fue la enérgica y
pecaminosa nación que poseía estas ciudades la que entonces se volvió con más
fuerza contra el Dios Inmenso. Todo el peso de su impía civilización científica se volvió
contra él, pero lo único que consiguieron sus gentes fue destruir sus propias costas.
Mientras tanto, se produjeron nuevos cambios naturales. La masa del Dios
Inmenso desvió a la Tierra en su diario girar, de modo que las estaciones se alteraron y
los libros proféticos nos cuentan cómo los grandes árboles hacían brotar sus hojas para
cubrirse en invierno y las perdían en verano. Los murciélagos volaban a la luz del día y
las mujeres daban a luz niños peludos. La fusión de los casquetes polares causó
grandes inundaciones, olas de marea y rocíos ponzoñosos, y sabemos que una noche
se agitaron las aguas de la Profundidad, de tal forma que la marea que surgió de las
Tierra Altas Malayas (como hoy las conocemos) fue tan poderosa que en pocas horas
formó la península continental de Bestlandia con lo que hasta entonces habían sido los
Continentes o Islas independientes de Singapur, Sumatra, Indonesia, Java, Sidney y
Australia o Austria.
Con tan impresionantes portentos, nuestros sacerdotes pudieron Convertir a los
Pueblos, y millones de supervivientes se apresuraron a ingresar en la Iglesia. Ésa fue
la Primera Gran Época de la Iglesia, cuando la palabra se extendió por todo el asolado
y transformado planeta. Nuestras instituciones se crearon a lo largo de las siguientes
generaciones, principalmente en los diversos Concilios de la Nueva Iglesia (algunos de
los cuales han sido luego reconocidos como heréticos).
No nos establecimos sin dificultades, e hizo falta quemar a mucha gente antes de
que el resto se apercibiera de la fe que Ardía En Ellos. Pero, según fueron pasando las
generaciones, el Verdadero Nombre del Dios se extendió por un territorio cada vez más
amplio.
Solo los habitantes del norte de América seguían aferrándose mayoritariamente a
su abyecta superstición. Fortificados por su ciencia, rechazaban la Gracia. Así fue
como en el Año 271 se emprendió la Primera Cruzada, especialmente contra ellos pero
también contra los Irlandeses, cuyas opiniones heréticas no estaban sustentadas en la
ciencia: los Irlandeses fueron rápidamente Erradicados casi hasta el último hombre.
Los Americanos eran más formidables, pero esta dificultad sólo sirvió para agrupar a la
gente y unir aún más a la Iglesia.
La Primera Cruzada se libró para combatir la Primera Gran Herejía de la Iglesia, la
herejía que proclamaba que el Dios Inmenso era una Cosa y no un Dios, según lo
había expuesto Gersheimer Negro. Concluyó satisfactoriamente cuando el jefe de los
Americanos, Lionel Undermeyer, se reunió con el Venerable Obispo Emperador del
Mundo, Jon II, y consintió en que los mensajeros de la Iglesia disfrutaran de libertad
para predicar en América sin ser estorbados. Tal vez habría podido forzarse un
convenio más severo, como aducen algunos comentaristas, pero para entonces ambos
bandos padecían grandes penurias a causa de la peste y la hambruna, porque las
cosechas del mundo se habían perdido. Fue una afortunada coincidencia que la
población del mundo ya se hubiera reducido a la mitad, pues de otro modo la
reorganización de las estaciones habría ido seguida del hambre más absoluta.
En todas las iglesias del mundo se rogó al Dios Inmenso que diera una señal de
que había sido Testigo de la gran derrota infligida a los infieles Americanos. Quienes se
opusieron a este inspirado acto fueron destruidos. El Dios respondió a las plegarias en
el 297, avanzando velozmente una Pequeña Porción y acomodándose principalmente
en el Océano Pacífico a donde llegaba por el sur a lo que ahora es la Antarta, entonces
era el Trópico de Capricornio y anteriormente había sido el Ecuador. Algunas de sus
patas izquierdas cubrieron numerosas ciudades de la costa occidental de América,
entre las que se contaban algunas de las que ya hemos citado, como San Francisco, y
llegaron por el sur hasta Guadalajara (donde el Templo del Santo Dedo honra todavía
la huella de su pie). Este es el movimiento que designamos Primera Mudanza, y fue
justamente considerado como una prueba indiscutible del desprecio del Dios Inmenso
hacia América.
Tal sensación prevaleció también en la propia América. Purificados por el hambre,
los descomunales terremotos y otras catástrofes naturales, sus habitantes quedaron
mejor preparados para aceptar las palabras de los sacerdotes y se convirtió hasta el
último hombre. Se emprendieron peregrinaciones en masa para contemplar el enorme
cuerpo de Dios, que cubría su nación de un extremo a otro. Los peregrinos más osados
ascendían en aeroplanos voladores y sobrevolaban su lomo, barrido Sin Cesar por
terribles tempestades durante más de cien años. Los que allí se convirtieron se
volvieron más Extremados que sus hermanos del otro lado del mundo, más antiguos en
la fe. Apenas se habían unido las congregaciones americanas con las nuestras cuando
ya se separaban por una desavenencia doctrinal en el Concilio de la Tenca Muerta
(322). Esta fecha marca el surgimiento de la Iglesia Católica Universal Sacrificial. En
aquellos remotos días, los creyentes de la fe Ortodoxa no disfrutábamos de la armonía
que reina hoy con nuestros hermanos Americanos.
El punto de la doctrina que dio lugar al cisma de las iglesias fue, como por todos es
sabido, la cuestión de si la humanidad debía o no utilizar vestiduras que imitaran el
lustre metálico del Dios Inmenso. Se adujo que esto equivalía, a equiparar al hombre
con la Imagen de Dios, pero en realidad se trataba de una calumnia deliberada contra
los sacerdotes Ortodoxos Universales, que utilizaban prendas de plástico o metal en
honor de su hacedor.
De ahí surgió la Segunda Gran Herejía. Como este prolongado y confuso periodo
ha sido estudiado a fondo en otros tratados, no es necesario que nos detengamos en
él: diremos tan sólo que la disputa llegó a su apogeo con la Segunda Cruzada, que los
Católicos Universales Americanos emprendieron contra nosotros en el año 450. Puesto
que todavía poseían una gran preponderancia de máquinas, consiguieron imponer sus
opiniones, saquear varios monasterios a las orillas del Mar Sagrado, deshonrar a
nuestras mujeres y regresar gloriosamente a su tierra.
Desde entonces, todos los habitantes del planeta se cubren únicamente con
prendas de lana o piel. Quienes se opusieron a este inspirado acto fueron destruidos.
Sería un error resaltar excesivamente las querellas del pasado. Durante todo este
tiempo, la mayoría de las personas se dedicaban pacíficamente al culto, eran
sacrificadas regularmente y rezaban cada amanecer y cada anochecer (fuera cuando
fuese) para que el Dios Inmenso abandonara nuestro mundo, ya que no éramos dignos
de él.
La Segunda Cruzada dejó un reguero de problemas tras ella; en conjunto, los
cincuenta años que siguieron no fueron años felices. Las huestes Americanas
regresaron a su país para descubrir que la enorme presión ejercida sobre la plataforma
continental occidental había creado muchos volcanes en su mayor cordillera, las
Montañas Rocosas. Su tierra estaba cubierta de lava y fuego, y su aire cargado de
hedionda ceniza.
Acertadamente, aceptaron esto como una señal de que su conducta dejaba mucho
que desear a los ojos del Dios Inmenso (pues, aunque nunca se ha podido demostrar
que tenga ojos, no cabe duda de que Nos Ve). Puesto que el resto del mundo no había
sido Visitado por un castigo de semejante escala, adivinaron correctamente que su
pecado era que seguían aferrándose a la tecnología y a las armas de la tecnología
contra los deseos de Dios.
Con fe intensa en sus corazones, destruyeron hasta el último artefacto de la ciencia
que aún quedaba, desde los Nucleares a los Abrelatas y, como acto propiciatorio,
arrojaron a cien millares de vírgenes de la fe en los volcanes más a propósito. Quienes
se opusieron a estos inspirados actos fueron destruidos, y algunos ceremonialmente
devorados.
Nosotros, los creyentes de la fe Ortodoxa Universal, aplaudimos esta ejemplar
acción de nuestros hermanos. Pero no estábamos seguros de que se hubieran
purificado lo suficiente. Puesto que ya no poseían armas y nosotros aún teníamos
algunas era evidente que podíamos ayudarles en su purificación. Por consiguiente, una
poderosa flota de ciento sesenta y seis navíos de madera zarpó con rumbo a América,
para ayudarles a sufrir por la religión y, de paso, para recobrar parte del botín que se
habían llevado. Esta fue la Tercera Cruzada del año 482, bajo Jon el Rechoncho.
Mientras los dos ejércitos contendientes libraban la batalla en las afueras de Nueva
York, se produjo la Segunda Mudanza. No duró más allá de cinco minutos.
En este lapso, el Dios Inmenso se volvió hacia su costado izquierdo, se arrastró
sobre el centro de lo que entonces era el continente del Norte de América, cruzó el
Atlántico como si fuera un charco, se desplazó a través de África y vino a detenerse al
Sur del Océano Indico, destruyendo Madagaska con una pata trasera. En Todas las
Partes de la Tierra se hizo la noche.
Cuando llegó el amanecer, difícilmente podía quedar un solo hombre que no
creyera en el poder y la sabiduría del Dios Inmenso, a cuyo nombre corresponde todo
el Terror y la Fuerza. Lamentablemente, entre los que no podían creer figuraban los
dos ejércitos rivales, que habían sido engullidos por una Oleada de Tierra y Rocas ante
el paso del Dios.
En el caos subsiguiente sólo prevaleció una nota de cordura: la cordura de la
Iglesia. La Iglesia estableció como Tercera Gran Herejía la idea de que al hombre
pudiera serle permitida ninguna máquina contra los deseos de Dios. Hubo cierta
disputa doctrinal acerca de si los libros debían considerarse o no como máquinas. Por
las dudas, se decidió que sí lo eran. A partir de entonces todos los hombres quedaron
en libertad de no hacer nada más que trabajar en los campos y rendir culto, y orar al
Dios Inmenso para que se retirase a otro mundo más digno de su poderío. Al mismo
tiempo se incrementó el número de sacrificios y se introdujo el Método de la Quema
Lenta (año 499).
A continuación vino la gran Paz, que duró hasta el 900. Durante todo este tiempo,
el Dios Inmenso no se movió; en verdad se ha dicho que los siglos no son más que
segundos para él. Es probable que la humanidad no haya conocido jamás una paz tan
prolongada como la de estos cuatrocientos años; una paz que existía en el interior de
los corazones ya que no en el exterior, pues, naturalmente, el mundo se hallaba
sumido en Cierto Desorden. La enorme fuerza del desplazamiento del Dios Inmenso a
través de medio mundo había trastornado en gran medida la sucesión de los días y las
noches. Algunas leyendas afirman que, antes de la Segunda Mudanza, el sol salía por
el este y se ponía por el oeste; precisamente al contrario que el orden natural de las
cosas según nosotros las conocemos.
Gradualmente, este periodo de paz conoció cierto restablecimiento del orden de las
estaciones y cierta cesación de las crecidas, chubascos de sangre, pedriscos,
terremotos, diluvios de carámbanos, apariciones de cometas, erupciones volcánicas,
nieblas miasmáticas, vendavales destructivos, plagas agrícolas, plagas de lobos y
dragones, maremotos, tornados de un año de duración, lluvias feroces y demás azotes
que las escrituras de este periodo con tanta elocuencia describen. Los Padres de la
Iglesia, retirándose a la relativa seguridad de los mares interiores y las soleadas
praderas de Gobilandia, en Mongolia, establecieron una nueva ortodoxia bien calculada
en su rigor de oraciones y sacrificios humanos en la hoguera para incitar al Dios
Inmenso a dejar nuestro pobre y miserable mundo rumbo a otro mejor y más
substancioso.
Con esto la historia llega casi al momento actual. El año 900, apenas una década
antes del momento en que vuestro escriba redacta estas notas. ¡Ese año el Dios
Inmenso abandonó nuestra tierra!
Recordad, si os place, que la Primera Partida en el año 89 no duró más de veinte
meses. ¡Ya ahora el Dios Inmenso se ha alejado de nosotros casi la mitad de este
número de años! ¡Necesitamos su vuelta; no podemos vivir sin él, como habríamos
debido comprender Hace Mucho de no haber sido blasfemos en nuestro corazón!
Al partir, impulsó nuestro humilde globo hacia un rumbo tal que estamos
condenados a vivir todo el año en el más crudo de los inviernos; el sol está lejano y
encogido; los mares se congelan durante la mitad del año: témpanos de hielo desfilan
por nuestros campos; a mediodía, es demasiado oscuro para leer sin una vela. ¡Ay de
nosotros!
Pero, en verdad, merecemos nuestro sino. Es un castigo justo, pues durante todos
los siglos de nuestra época, cuando nuestra especie vivía relativamente feliz y sin
perturbaciones, orábamos como dementes para que el Dios Inmenso nos dejara.
Solicito a todos los Ancianos Elegidos del Consejo que repudien tales oraciones
como la Cuarta y Mayor Herejía y declaren que, de ahora en adelante, todos los
esfuerzos de la humanidad se encaminarán a llamar al Dios Inmenso para rogarle que
regrese a nosotros de inmediato.
Igualmente solicito que vuelva a incrementarse el número de sacrificios. Es inútil
tratar de escatimar sólo porque se nos están acabando las mujeres.
Igualmente solicito que se emprenda una Cuarta Cruzada a toda prisa, ¡antes de
que el aire empiece a congelarse dentro de nuestras narices!

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