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EL ARTE OSCURO

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martes, 2 de noviembre de 2010

LA LEYENDA DE CONAN EL CIMMERIO -- Robert E. Howard -- La guarida del gusano de hielo



La guarida del gusano de hielo

Perseguido por el recuerdo de la belleza helada de Atali aburrido de la vida simple de las aldeas cimmerias, Conan se dirige hacia las tierras civilizadas del sur, esperando encontrar una buena ocasión para poner su espada de mercenario al servicio de alguno de los numerosos príncipes hiborios. Conan tiene ahora aproximadamente veintitrés años.


El jinete solitario había avanzado a lo largo del día por los desfiladeros de los montes Eiglofes, que se extendían de oriente a occidente a través del mundo conocido como una gigantesca muralla de nieve y hielo, separando las tierras del norte de Vanaheim, Asgard e Hiperbórea, de los reinos del sur. En la época más cruda del invierno, la mayoría de los puertos de montaña estaban bloqueados. Con la llegada de la primavera, en cambio, volvían a abrirse dejando pasar a las bandas de feroces y rubios bárbaros del norte, que comenzaban entonces sus incursiones contra las cálidas tierras del sur.
Este jinete iba solo. En lo más alto del desfiladero que conducía hacia el sur, hacia el Reino de la Frontera de Nemedia, el solitario viajero tiró de las riendas y se quedó inmóvil un momento, contemplando el fantástico paisaje que se desplegaba ante sus ojos.
El cielo era una cúpula de vapores rojizos y dorados que seiba oscureciendo en el cenit y que en el horizonte oriental alcanzaba un tono violáceo al atardecer. Pero el ígneo resplandor del día que expiraba, todavía teñía las blancas cumbres de las montañas con un engañoso tono rosado cálido y radiante. La luz arrojaba sombras de color azul oscuro sobre la helada superficie del gigantesco glaciar que recorría como una serpiente de hielo los picos más altos descendiendo por los estrechos valles; entonces trazaba una curva frente al puerto de montaña y se alejaba hacia la izquierda, para serpentear entre las colinas y terminar como un riachuelo de aguas claras. Todo aquel que viajara por el desfiladero debía avanzar con mucho cuidado cuando llegaba al borde del glaciar, a fin de no caer en alguna grieta oculta o de no quedar sepultado por un alud. El sol poniente convertía al glaciar en una deslumbrante extensión de color oro y carmesí. En las laderas rocosas que se alzaban por los flancos del glaciar, se veían de cuando en cuando algunos árboles enanos de troncos nudosos.
«Éste debe de ser el glaciar de la Nieve Maldita -se dijo el viajero-, también conocido como el río de la Muerte Helada.» Había oído hablar acerca de él, si bien en sus años de vida errante no había tenido ocasión de verlo. Todo lo que había oído decir acerca de aquel desfiladero flanqueado por el glaciar estaba impregnado de un tremendo misterio y de temores inenarrables. Sus propios compañeros cimmerios, que habitaban las desoladas montañas del oeste, hablaban del Demonio de las Nieves con terror, aunque nadie sabía por qué. El viajero había pensado a menudo en las leyendas que circulaban en torno al glaciar, que lo envolvían con un antiguo aura maligno. Caravanas enteras habían desaparecido en aquel lugar -contaba la gente-, sin que jamás se hubiera vuelto a saber de ellos. El joven cimmerio llamado Conan apartó de su mente aquellos rumores. «Sin duda -se dijo- los desaparecidos carecían de experiencia en la montaña y se habían perdido en alguno de los puentes hechos de una delgada capa de nieve que muchas veces enmascaraban grietas.» El puente solía ceder y la gente se hundía, muriendo en las profundidades de color azul verdoso del glaciar. Conan sabía que estas cosas ocurrían a menudo; más de un amigo suyo había muerto de esta manera. Pero ese no era motivo suficiente para hablar del Demonio de las Nieves con gesto temeroso y miradas recelosas.
 Conan quería descender por el desfiladero y llegar hasta las bajas colinas del Reino de la Frontera, pues había comenzado a encontrar aburrida la vida simple de su aldea cimmeria natal. Su desdichada aventura en compañía de un grupo de rubios aesires que proyectaban una incursión contra Vanaheim le había dejado muchas magulladuras y pocos beneficios. Además, le dejó el recuerdo persistente de la helada belleza de Atali, la hija del gigante de hielo, que estuvo a punto de atraerlo hacia la helada muerte.
En general, había conseguido todo lo que había querido de las desoladas tierras del norte y ardía de impaciencia por regresar a las cálidas tierras del sur para gozar del contacto con la seda, del sabor del vino dorado, de los delicados manjares y de la tibieza de la suave piel morena de las mujeres. «¡Basta ya -se dijo- de la monótona vida en la aldea y de la austeridad espartana de los campamentos!»
Su caballo llegó hasta el lugar en el que el glaciar avanzaba directamente cruzando el camino en dirección a las tierras más bajas. Conan descendió de su caballo y llevó al animal por las riendas a lo largo de un estrecho sendero limitado por el glaciar a su izquierda y por un abrupto talud a la derecha. El enorme manto de piel de oso que llevaba puesto contribuía a aumentar el tamaño de su ya hercúlea figura. Debajo de la piel llevaba la cota de malla y una espada de hoja ancha colgando de su cintura.
Sus ojos de un azul volcánico miraron en derredor. Su cabeza estaba cubierta por un casco adornado con un par de cuernos, y llevaba un pañuelo arrollado en torno al cuello para protegerse del aire gélido de las montañas. En su mano libre sostenía una fina lanza. Conan avanzó cuidadosamente por el camino que serpenteaba por encima del glaciar. De cuando en cuando hundía la punta de la lanza en aquellos lugares en los que sospechaba que pudiese haber una grieta. De la silla de su caballo colgaba un hacha de guerra de doble hoja.
Se aproximaba al final del estrecho sendero que iba del glaciar al talud, allí donde aquél se apartaba hacia la izquierda y el camino continuaba hacia abajo por la falda de una colina ligeramente cubierta por la nieve primaveral y sembrada de peñascos y montículos. De pronto, el cimmerio oyó un grito de terror que le hizo volver la cabeza rápidamente. A un tiro de flecha hacia su izquierda, en el sitio en el que el ciar se nivelaba antes de iniciar el descenso final, Conan divisó un grupo de personas andrajosas y de aspecto salvaje que rodeaban a una esbelta joven que vestía pieles blancas. Incluso a esa distancia, Conan pudo notar, gracias al aire claro de la montaña, que la joven tenía un rostro ovalado de frescas mejillas y una hermosa cabellera castaña que sobresalía por la parte inferior de su gorro blanco. Era una verdadera belleza.
Sin detenerse a pensar, el cimmerio se quitó el manto y, utilizando la lanza como pértiga, dio un salto y se montó en su caballo. Inmediatamente cogió las riendas y clavó las espuelas en los ijares del animal. Mientras la asustada bestia retrocedía unos pasos por el impulso del salto del jinete, Conan abría la boca para lanzar el extraño y terrible grito de guerra de los cimmerios, pero la cerró inmediatamente y se quedó en silencio. Algún tiempo atrás habría lanzado aquel grito para animarse, pero los años de servicio con las tropas turanias lo habían vuelto más profesional. No tenía sentido poner sobre aviso a los atacantes de la desconocida muchacha; era mejor actuar por sorpresa.
No obstante, los hombres le oyeron llegar casi en seguida. Aunque la nieve atenuaba las pisadas del caballo, el leve tintineo de su cota de malla, así como el crujido de los arneses, no tardaron en hacer que uno de ellos se volviera hacia él. Éste lanzó un grito y cogió a su compañero más cercano por el brazo, de modo que unos segundos después todos se habían dado vuelta para ver a Conan y se preparaban para enfrentarse a él. Se trataba de una docena de hombres de montaña armados con rústicas cachiporras de madera, con lanzas con puntas de piedra y con hachas. Eran gentes de brazos y piernas cortos y cuerpo grueso, envueltos en pieles raídas y sucias. Unos ojos pequeños inyectados en sangre miraban fijamente bajo unas cejas espesas y una frente ancha y curvada; los gruesos labios se contraían y dejaban ver unos dientes grandes y amarillos. Eran como vestigios de un estadio anterior de la evolución de la raza humana, acerca de quienes Conan había oído hablar a los filósofos en los patios de los templos nemedios. Pero estaba demasiado ocupado guiando a su caballo y preparando su lanza para dedicarle a estos asuntos más que un pensamiento fugaz. A continuación el bárbaro se abalanzó sobre los atacantes con la rapidez de un rayo.
Conan sabía que la única forma de luchar con ventaja frente semejante cantidad de enemigos a pie consistía en aprovechar la movilidad del caballo, es decir, en mantenerse continuamente en movimiento con el animal, para impedir que lo rodeasen todos al mismo tiempo. Pues aunque su malla de acero le protegía el cuerpo, un golpe certero con esas armas rudimentarias podría hacerlo caer del caballo. Por consiguiente, se dirigió al más cercano de esos hombres primitivos conduciendo al caballo un poco hacia la izquierda.
Cuando la lanza de hierro penetró entre la carne velluda y el hueso, el hombre de la montaña lanzó un alarido, dejó caer su arma y trató de aferrar el asta de la lanza de Conan. Pero el impulso que llevaba su caballo lo arrojó al suelo. El arpón del cimmerio se hundió en el cuerpo caído y, antes de continuar su marcha, Conan retiró su lanza del cuerpo moribundo.
Detrás de él, los montañeses lanzaban gritos y chillidos. Se señalaban unos a otros y parecían estar dando una docena de órdenes contradictorias a la vez. Mientras tanto, Conan hizo que su caballo describiera un pequeño círculo y luego galopó a través de la turba. Una lanza se estrelló contra la malla que cubría su hombro y otra produjo una pequeña herida en el flanco del caballo. Pero él, mientras tanto, atravesó con su lanza a otro montañés y salió al galope, dejando detrás un cuerpo tendido que se retorcía sobre la nieve, tiñéndola de rojo.
En el tercer ataque, el hombre al que el cimmerio le clavó la lanza dio varias vueltas antes de caer de bruces, rompiendo el asta de la lanza. En el momento de retirarse, Conan tiró del mango del arma y cogió el hacha que colgaba de su silla de montar. Al volver una vez más al galope hacia el grupo, el cimmerio se inclinó hacia el lado derecho del caballo. El hacha de acero brilló con un extraño fulgor a la luz del atardecer, mientras dibujaba un ocho en el aire con un arco hacia cada lado del caballo. Uno de los montañeses se desplomó hacia la izquierda y otro a la derecha, con el cráneo hundido. Algunas gotas de color carmesí salpicaron la nieve. Un tercer atacante, que no se había movido con suficiente rapidez, fue arrollado por el caballo de Conan.
Al tiempo que lanzaba un grito de horror, el hombre que había sido derribado por el caballo se puso en pie con movimientos vacilantes y huyó cojeando. Un momento después, los demás se unieron a él y huyeron aterrorizados a través del glaciar. Conan tiró de las riendas para contemplar cómo escapaban las velludas siluetas y en seguida tuvo que saltar del caballo, pues el animal se estremeció y cayó al suelo. Una flecha con cabeza de pedernal había penetrado en el cuerpo de la bestia justamente detrás de la pierna izquierda del cimmerio. Conan echó un vistazo y vio que su caballo estaba muerto.
«¡Crom me maldiga por ser un necio entrometido!», se dijo a sí mismo furioso.
Los caballos eran escasos y, por tanto, costosos en las tierras del norte. Él había venido en aquel corcel desde Zamora. Lo había cobijado, alimentado y mimado durante todo el invierno. Lo dejó en las caballerizas cuando se unió a las incursiones de los aesires, sabiendo que la profundidad de la nieve y el hielo traicionero le restarían la mayor parte de su eficacia. Contaba con el fiel animal para llegar hasta las cálidas tierras del sur, y ahora su caballo yacía muerto porque intervino impulsivamente en una pelea entre gentes de la montaña, que no era de su incumbencia.
Cuando el jadeo de su pecho se hubo aplacado y la rojiza neblina de la batalla desapareció de sus ojos, se volvió hacia la joven por la cual había peleado. Ésta se encontraba a unos pasos de distancia, mirándolo con ojos muy abiertos.
-¿Estás bien, muchacha? -le preguntó con un gruñido-. ¿Te han hecho daño esos salvajes? No temas, que no soy tu enemigo. Soy Conan el cimmerio.
La respuesta de la muchacha llegó hasta el guerrero en una lengua que éste jamás había oído. Parecía un dialecto hiperbóreo mezclado con palabras en otras lenguas, algunas en nemedio y otras que no entendía.
—Tú luchar... como un dios -dijo ella jadeando-. Yo creer que tú ser Ymir y llegar para salvar a liga.
A medida que la joven se fue serenando, el cimmerio consiguió que ella le relatara su historia en un lenguaje titubeante.   Se llamaba Ilga y procedía del pueblo virunio, una rama de los hiperbóreos que se habían ido a vivir al Reino de la Frontera. Sus gentes vivían en guerra permanente con los peludos caníbales que habitaban en cuevas en los picos de los montes Eiglofes. La lucha por la supervivencia en aquellas desoladas tierras era desesperada; ella habría sido devorada por sus atacantes, si Conan no la hubiera rescatado.
La muchacha explicó que dos días antes había partido con un pequeño grupo de virunios que debían atravesar el desfiladero que había encima del glaciar de la Nieve Maldita. Desde allí pensaban realizar un viaje de varios días de duración hasta Sigtona, la fortaleza hiperbórea más cercana. Allí tenían parientes, con los que esperaban traficar durante la feria de la primavera. El tío de Ilga, que la acompañaba, también esperaba encontrar allí un buen marido para ella. Pero habían caído en una emboscada que les tendieron aquellos hombres primitivos y peludos, y sólo Ilga sobrevivió a la terrible batalla que se desarrolló en las resbaladizas laderas. Las últimas palabras de su tío, antes de caer con el cráneo abierto por un hacha de pedernal, habían sido para ordenar a Ilga que volviera a su aldea con la rapidez del viento.
Antes de que ella hubiera quedado fuera del alcance de los peludos caníbales, el corcel que montaba resbaló en un charco helado y se rompió una pata. Ella se tiró del caballo y, aunque estaba ligeramente herida, huyó a pie. Los hombres de la montaña la habían visto caer y algunos de ellos corrieron detrás suyo para cogerla. La joven contó que le pareció haber estado corriendo durante horas, pero finalmente la rodearon, como Conan había podido ver.
El cimmerio lanzó un gruñido como muestra de simpatía. Siempre había sentido una profunda aversión hacia los hiperbóreos debido a que estuvo encerrado en una mazmorra de esclavos en Hiperbórea; pero esa antipatía no se hacía extensiva a las mujeres de esa raza. El relato de la joven había sido crudo, pero la vida era difícil en las tierras inhóspitas del norte. Conan había oído historias parecidas anteriormente.
Ahora, sin embargo, ambos se enfrentaban con otro problema. Había caído la noche y ninguno de los dos tenía un caballo. El viento comenzaba a soplar y sus esperanzas de sobrevivir en la superficie del glaciar eran pocas. Tenían que hallar un refugio y hacer una hoguera, o el Demonio de las Nieves se cobraría dos nuevas víctimas.

  Ya era noche avanzada cuando Conan se quedó dormido. Habían hallado un hueco debajo de un saliente rocoso, a un lado del glaciar, donde el hielo se había fundido, por lo que pudieron deslizarse con relativa facilidad. Con las espaldas apoyadas sobre la superficie de granito del talud, profundamente estriada y desgastada por el efecto de la erosión del glaciar, tenían espacio suficiente para extender las piernas. Delante del hueco se alzaba el flanco del glaciar, una masa de hielo claro y traslúcido, lleno de grietas cavernosas y de túneles. Aunque el hielo les congelaba hasta los huesos, estaban mucho mejor que a la intemperie, donde el viento aullaba levantando densas nubes de nieve.
Al principio Ilga se había mostrado reacia a acompañar a Conan, por más que éste le aseguró que no le haría daño. Ella intentó zafarse de él, al tiempo que repetía una palabra desconocida para el cimmerio y que sonaba a algo así como yakhmar. Finalmente, Conan perdió la paciencia y le dio un golpe suave en un lado de la cabeza para llevarla inconsciente hasta la cueva.
Luego salió en busca de su manto de piel de oso y de las vituallas que llevaba en su silla de montar. Conan había conseguido reunir un montón de ramitas, hojas secas y madera, que llevó hasta la cueva. Allí, frotando el pedernal contra el acero, consiguió encender un pequeño fuego, que proporcionaba más ilusión de calor que calor real, puesto que Conan no se atrevía a hacer una hoguera más grande por temor a que se derritiesen las paredes de hielo de la cueva e inundaran el refugio.
Los destellos anaranjados del fuego iluminaban las fisuras y los túneles que se internaban en la masa del glaciar hasta que sus sinuosidades y ramificaciones se perdían a lo lejos. Un suave borboteo de agua llegó hasta los oídos de Conan, subrayado con los crujidos y chasquidos del hielo que se movía lentamente.
En el exterior el viento soplaba con furia, pero Conan salió de todos modos a cortar algunas gruesas tajadas de carne del ya rígido cuerpo del caballo. Volvió con éstas a la cueva y las asó colocándolas en la punta de una ramita. La carne del animal junto con unos trozos de pan moreno que llevaba en la silla de montar, y unos tragos de cerveza amarga de Asgard, que tomaron de una bota de cuero de cabra, constituyeron para los dos jóvenes una comida reparadora.
Ilga parecía retraerse aún más a medida que comía. Al principio, Conan pensó que estaba resentida con él debido al golpe que le había dado. Pero luego se dio cuenta de que a ella no le preocupaba en absoluto aquel incidente. La muchacha, por el contrario, parecía dominada por un terror creciente. No se trataba de un miedo normal, como el que sintiera ante el ataque de la banda de harapientos salvajes, sino un temor más profundo y supersticioso relacionado de alguna manera con el glaciar. Cuando el cimmerio trató de interrogarla al respecto, ella no hizo otra cosa que susurrar aquella extraña palabra:
-¡Yakhmar! ¡Yakhmar!
Al mismo tiempo, su hermoso rostro se volvía más pálido aún y adquiría una manifiesta expresión de horror. Cuando él intentó que le explicara el significado de aquella palabra, la joven sólo hizo unos ademanes confusos, que nada aclararon al cimmerio.
Después de la comida, sintiéndose cansados y con menos frío, se arrebujaron uno contra el otro encima del manto de piel de oso del cimmerio. La proximidad del cuerpo de ella hizo pensar al bárbaro que un fogoso encuentro amoroso tal vez calmaría a la muchacha y la haría dormir. Sus primeras caricias no fueron rechazadas por la joven, que respondió a su ardor juvenil. Además, como bien pronto pudo descubrir el cimmerio, a ella no le resultaba desconocido aquel juego. Al cabo de una hora, la muchacha gemía y gritaba, dejándose llevar por la pasión. Después, considerando que ya se habría calmado, el cimmerio se volvió de espaldas y se durmió como un tronco.
Pero la joven no se había dormido, sino que yacía rígida, mirando en la oscuridad las grietas que formaban mil bocas en el hielo, más allá del tenue fulgor de las brasas en que se había convertido la hoguera. Finalmente, cerca del alba, ocurrió lo que ella temía.
Era un tenue silbido ululante y obsesivo, que se fijó en la mente de la joven hasta dejarla indefensa como un pajarillo en una trampa. El corazón le latía con fuerza. No podía moverse ni hablar; ni siquiera para despertar al joven que dormía a su lado.
Entonces, en la boca del túnel de hielo más cercano, aparecieron dos grandes discos de un frío fuego verde y fosforescente; eran dos esferas que quemaban su joven espíritu y le infundían un hechizo mortal. Detrás de aquellos discos llameantes no había una mente ni un alma; tan sólo se apreciaba un hambre devoradora.
Ilga se puso en pie como una sonámbula, dejando la piel de oso a sus pies. Su silueta desnuda y blanca se recortó en la penumbra. Luego avanzó hacia el oscuro interior del túnel y desapareció. El pitido infernal se atenuó y luego se interrumpió súbitamente; los fríos ojos verdes parpadearon y después se desvanecieron. Y Conan seguía durmiendo.
El cimmerio se despertó bruscamente. Algún misterioso presentimiento, una señal de alarma de sus hipersensibles sentidos de bárbaro, habían enviado una señal a sus fibras nerviosas. Como un cauteloso felino de la selva, Conan pasó rápidamente de un sueño pesado a una plena vigilia. Quedó tendido, sin moverse, alerta ante cualquier indicio que percibieran sus sentidos.
Entonces, al tiempo que lanzaba un profundo gruñido desde lo más hondo de su poderoso pecho, el cimmerio se puso en pie. Se encontraba solo en la cueva. La muchacha había desaparecido. Pero sus prendas de piel, que se había quitado durante la batalla amorosa, estaban allí. Conan frunció el ceño, desconcertado y preocupado. Se palpaba el peligro en el aire, que parecía tocar con dedos sutiles sus terminaciones nerviosas.
El cimmerio se vistió rápidamente y empuñó sus armas. Con el hacha de guerra en la mano, saltó hacia el estrecho espacio que había entre el saliente rocoso y la pared del glaciar. Fuera, en la nieve, el viento había dejado de soplar. Aunque Conan percibía la llegada del alba en el aire, ni un solo resplandor matinal había atenuado aún el fulgor diamantino de los miles de estrellas que titilaban en el cielo. Una luna gibosa se alzaba sobre los picos occidentales, lanzando un débil resplandor de pálidos tonos dorados por encima de los campos de nieve.
La aguda mirada de Conan examinó la nieve. No vio huellas de pasos en el saliente ni señal alguna de lucha. Por otra parte, le parecía increíble que Ilga se hubiese aventurado por aquel laberinto de túneles y grietas, donde era casi imposible caminar, aun calzado con recias botas, y donde un solo paso en falso podía precipitar al caminante en alguna de esas corrientes de hielo derretido que pasaban por la parte inferior de los glaciares.
A Conan se le pusieron los pelos de punta ante la misteriosa desaparición de la joven. Como bárbaro y supersticioso que era, no temía a ninguna fuerza mortal, pero lo llenaban de temor. odio y recelo los poderes desconocidos y los fenómenos sobrenaturales que se agazapaban en los oscuros rincones de su mundo primitivo.
Entonces, mientras seguía buscando en la nieve, se quedó paralizado. Una cosa extraña surgía de una fisura que había en el hielo, a pocos pasos del saliente rocoso. Se trataba de una cosa enorme, larga, blanca y sinuosa, que se movía sin pies. Su rastro ondulante se hacía claramente visible sobre la nieve, que su vientre había aplastado, como una serpiente monstruosa al desplazarse.
La luna, a punto de ocultarse, brillaba tenuemente, pero los ojos de Conan, acostumbrados a ver en la oscuridad, pronto siguieron el rastro. Éste conducía, curvándose entre montículos de nieve y salientes rocosos, hasta la montaña que estaba al lado del glaciar, y luego a las cimas barridas por el viento. El cimmerio dudó de que estuviera solo.
Cuando iba siguiendo el rastro, Conan vio una enorme sombra negra. Era su caballo muerto. Poco quedaba de él, con excepción de algunos huesos. El rastro de la cosa monstruosa podía adivinarse más allá, pero sólo borrosamente, pues la nieve lo había cubierto con su manto blanco.
Un poco más lejos, Conan encontró a la muchacha, es decir, lo que había quedado de ella. Su cabeza había desaparecido, así como la mayor parte de la carne de su cuerpo, de modo que sus blancos huesos brillaban como el marfil bajo el tenue fulgor de la luna. Los huesos que sobresalían estaban limpios, como si hubieran sido chupados o raspados por una lengua provista de numerosos dientes.
Conan era un guerrero, el hijo rudo y fuerte de un pueblo duro y recio, y había visto la muerte con sus mil rostros. Pero ahora lo invadió una ira incontenible. Pocas horas antes aquella esbelta y cálida muchacha había estado en sus poderosos brazos, respondiendo con ardor a su pasión. Y ahora nada quedaba de ella, salvo un cuerpo tendido sin cabeza, como el de una muñeca rota arrojada a un rincón.
Conan procuró dominarse y examinó el cuerpo de la joven. Entonces lanzó un gruñido de sorpresa, al advertir que su cuerpo estaba completamente cubierto por una dura capa de hielo.
Los ojos de Conan se entrecerraron cuando pensó en lo ocurrido. Ella no podía haberlo abandonado hacía más de una hora, puesto que el calor de su cuerpo aún persistía en el manto de piel cuando él despertó. En tan poco tiempo, es imposible que un cuerpo caliente se congele.
Conan lanzó un juramento. Ahora comprendía, sin poder dominar su furia y su odio, lo que le había ocurrido a la muchacha que estuvo durmiendo a su lado. Recordó las leyendas semiolvidadas que se contaban alrededor de la hoguera cuando él era un niño. Una de ellas se refería al temido monstruo de las nieves, la terrible y siniestra Remora, el vampiro de hielo con forma de gusano cuyo solo nombre llenaba de horror a las gentes de Cimmeria.
Los animales superiores, como bien sabía Conan, despedían calor. Por debajo de ellos en la escala animal, venían los reptiles y los peces, cuya temperatura era igual a la del medio ambiente en el que vivían. Pero la Remora, el gusano de las tierras heladas, era una excepción, puesto que irradiaba frío. Al menos, eso era lo que recordaba Conan de las explicaciones que le habían dado. El monstruo emitía una especie de frío amargo que podía cubrir de hielo a un cuerpo en contados minutos. Puesto que ninguno de sus compañeros de tribu jamás había visto una Remora, Conan suponía que se trataba de un ser perteneciente a una especie extinguida hacía mucho tiempo.
Éste, entonces, debía de ser el monstruo que Ilga temía y del que ella trató en vano de advertirle repitiéndole el nombre que ellos seguramente le daban: yakhmar.
Conan decidió seguir el rastro de aquel engendro monstruoso hasta su guarida, para darle muerte allí. Las razones que lo impulsaban a obrar de ese modo eran vagas hasta para él mismo. Porque a pesar de su impulsividad y de su carácter salvaje y anárquico, el cimmerio tenía su propio código de honor. Le gustaba mantener su palabra y cumplir toda obligación que hubiera asumido libremente. Si bien no se consideraba un héroe inmaculado y caballeresco, trataba a las mujeres con una especie de ruda amabilidad que contrastaba con la dureza implacable con la que se enfrentaba a los de su propio sexo. Procuraba contener sus apetencias carnales ante las mujeres si éstas no se ofrecían voluntariamente, y trataba de protegerlas cuando ellas dependían de él.
Ahora sentía que había fracasado. Al aceptar su rudo amor, la joven liga se colocó implícitamente bajo su protección. Y cuando ella lo había necesitado, él dormía profundamente, sin enterarse de lo que ocurría a su alrededor, como una bestia atontada. Conan no sabía nada acerca del hipnótico silbido con que la Remora inmovilizaba a sus víctimas, y merced al cual lo había mantenido a él, que tenía el sueño muy ligero, en un profundo letargo. Se maldijo a sí mismo por su estúpido modo de actuar, al no haber prestado atención a las advertencias que le quiso hacer la joven. Apretó los dientes con fuerza y se mordió los labios lleno de ira, resuelto a borrar aquella mancha que empañaba su honor, aunque ello le costara la vida.
Cuando el cielo comenzó a clarear por el éste, Conan regresó a la cueva. Hizo un atado con sus pertenencias y luego trazó un plan. Algunos años antes, se hubiera lanzado detrás del rastro del gusano de hielo confiando en su inmensa fuerza hercúlea y en el filo de sus armas. Pero la experiencia, aunque no le había enseñado a dominar todos sus impulsos, le había dotado de cierta prudencia.
Era imposible enfrentarse al gusano de hielo sin una debida protección. El solo contacto con el extraño engendro significaba la muerte por congelación. Hasta su espada y su hacha resultaban de una dudosa eficacia. El terrible frío que emanaba del animal podía volver quebradizo el acero, o el mismo frío, al transmitirse por el metal, podría paralizar la mano que manejaba el arma.
«Pero tal vez -se dijo Conan esbozando una sonrisa hosca y fugaz- pudiera volver el poder del gusano de hielo contra sí mismo.»
Hizo sus preparativos en silencio y con gran rapidez. Sin duda el gusano, atiborrado de comida, durmiera profundamente durante las horas del día. Pero Conan no sabía cuánto tiempo podía tardar en llegar hasta la guarida del monstruo, y temió que otra tormenta de nieve pudiese borrar las sinuosas huellas.
Conan tardó poco más de una hora en encontrar la guarida del gusano de hielo. El sol matinal había ascendido un corto trecho por encima de los picos orientales de los montes Eiglofes, haciendo resplandecer los campos nevados como si estuvieran incrustados de diamantes. Finalmente el cimmerio se encontró ante la boca de una caverna de hielo hacia la que conducía el sinuoso rastro en la nieve. Aquella cueva daba a un pequeño glaciar, afluente del Demonio de las Nieves. Desde esta cima Conan podía divisar la pendiente por la que el glaciar menor descendía hasta unirse al principal, como el afluente de un río.
El cimmerio penetró por la abertura. La luz del sol matinal se reflejaba en las translúcidas paredes laterales de hielo, fragmentándose en rayos irisados y en resplandores multicolores. Conan tenía la sensación de caminar gracias a un hechizo mágico por el interior de la sustancia sólida de una gigantesca piedra preciosa.
Después, a medida que iba penetrando en el glaciar, la oscuridad se congeló a su alrededor. Sin embargo, siguió avanzando obstinadamente, paso a paso, aunque con grandes dificultades. Se alzó el cuello del manto de piel de oso para proteger su cara del frío que lo paralizaba y que le causaba dolores en los ojos, obligándolo a respirar en forma entrecortada y superficial, a fin de evitar que se le helasen los pulmones. Sentía como una delicada máscara en el rostro, formada por una serie de cristalillos de hielo, que se rompían a cada movimiento, para volver a formarse inmediatamente. Pero siguió adelante, llevando con todo cuidado lo que ocultaba debajo de su manto.
De repente aparecieron dos grandes ojos fríos y verdes en la oscuridad, que daban la sensación de mirarlo hasta lo más profundo de su alma. Aquellas esferas luminosas parecían despedir un fulgor submarino y helado. Gracias a su débil fosforescencia, pudo ver que la caverna terminaba en un pozo redondo que era el nido del gusano, donde se hallaba éste con su enorme y largo cuerpo enrollado. No tenía huesos y estaba recubierto por una sedosa pelusa blanca. Su boca era una simple abertura circular, sin mandíbulas, pero en ese momento estaba cerrada. Por encima de la boca, las dos esferas luminosas iluminaban una cabeza lisa, redondeada, sin forma definida.
Repleto de comida, el gusano de hielo tardó unos segundos en reaccionar ante la presencia de Conan. Durante los miles de eones que el monstruo de las nieves había habitado en aquellos helados silencios del glaciar llamado el Demonio de las Nieves, ningún mísero ser humano había osado internarse hasta las heladas profundidades de su nido. Entonces se oyó nuevamente el misterioso y extraño sonido hipnotizador de tonos abrumadores y adormecedores, que le produjeron a Conan un leve letargo.
pero era demasiado tarde. Conan abrió su manto para dejar al descubierto lo que había llevado hasta allí. Se trataba de un pesado casco de acero con cuernos, como el que se usaba en Asgard, dentro del cual el cimmerio había colocado los resplandecientes rescoldos de la hoguera. También llevaba un hacha, inmovilizada por una vuelta de la cadena del casco. Una rienda del caballo mantenía atados el mango del hacha y la cadena.
Conan cogió el extremo de la rienda con una sola mano y comenzó a hacer girar el casco sobre su cabeza, cada vez más rápidamente, como si fuera una boleadora. El aire avivó los rescoldos de la hoguera, que adquirieron primero una tonalidad rojiza, luego amarillenta y por último blanca. El hedor de la tela quemada que cubría el interior del casco, invadió la cueva.
El gusano de hielo alzó su redondeada cabeza. Su boca circular se abrió lentamente, dejando ver un anillo de pequeños dientes, dirigidos hacia adentro. El silbido se hacía insoportable a medida que el negro círculo de la boca avanzaba hacia Conan; éste detuvo el movimiento giratorio del casco y empuñó el hacha, cuyo mango estaba quemado en parte, especialmente en el sitio donde se unía con la brillante hoja. Un rápido movimiento del brazo del cimmerio envió el arma al rojo vivo hacia las fauces del gusano. Sosteniendo el casco por uno de los cuernos, Conan lanzó también los rescoldos incandescentes. Luego giró en redondo y huyó a la carrera.
Conan nunca supo cómo logró llegar a la salida. La estremecedora agonía del monstruo de las nieves hizo temblar el glaciar. El hielo se resquebrajó con un estrépito espantoso alrededor de Conan. La corriente de frío sideral había dejado de fluir del interior del túnel, y en su lugar surgían nubes de vapor caliente, denso y enceguecedor.
Tambaleando y resbalando unas veces y cayendo otras sobre la despareja superficie de hielo, golpeándose contra una pared del túnel y luego contra la de enfrente, Conan consiguió finalmente salir al exterior. El glaciar temblaba bajo sus pies debido a las terribles convulsiones del monstruo moribundo en el interior de la cueva. Cálidas corrientes de vapor salían por una veintena de grietas y cavernas, a ambos lados de Conan. Éste descendió resbalando y deslizándose por la nevada pendiente del glaciar. Se apartó hacia un lado un momento, a fin de quitarse de encima el hielo que lo había cubierto durante el descenso, pero antes de que el cimmerio alcanzara el terreno firme de la ladera de la montaña, con sus peñascos y sus árboles pequeños, el glaciar estalló. El metal al rojo vivo del hacha y los rescoldos habían provocado aquella reacción en el interior del gélido organismo del monstruo.
Con un estrépito aterrador, el hielo se fragmentó en mil pedazos que volaban por el aire y caían en una masa caótica de hielo y agua, que pronto desapareció bajo una nube de vapor. Conan perdió el equilibrio, cayó, rodó, dio vueltas y se deslizó hasta dar con violencia contra un enorme peñasco. La nieve llenaba su boca y cegaba sus ojos. Un gran trozo de hielo cayó desde la parte superior del glaciar y se estrelló contra el peñasco, casi sepultándolo bajo una lluvia de fragmentos de hielo.
Medio aturdido, Conan consiguió salir de debajo de la masa de hielo fragmentado. Aunque al mover sus extremidades con cuidado se dio cuenta que no tenía ningún hueso roto, tenía tantas heridas como si hubiera estado en una batalla. Por encima de él se veía una enorme nube de vapor y de brillantes cristalillos helados que surgían hacia arriba desde el lugar en el que había estado la caverna del gusano de hielo y donde ahora había un cráter oscuro. De todas partes caían trozos de hielo y de nieve derretida. El glaciar se había hundido.
Poco a poco, el paisaje fue volviendo a su normalidad. La brisa cortante de la montaña barrió las nubes de vapor. El agua proveniente de la fusión de hielo comenzó a helarse nuevamente a causa del intenso frío reinante. Todo volvió a su habitual inmovilidad en el glaciar.
Magullado y exhausto, Conan avanzó cojeando hacia el desfiladero. Por incapacitado que estuviera, ahora debía recorrer a pie la distancia que lo separaba de la remota Nemedia o de Ofir, a menos que pudiese comprar, mendigar, pedir prestado o robar otro caballo. Pero su corazón estaba lleno de ánimo cuando volvió su herido rostro hacia el sur, hacia el dorado sur donde se alzaban resplandecientes ciudades bajo los tibios rayos del sol y donde un hombre fuerte y valiente podía conseguir, con un poco de suerte, oro, vino y suaves mujeres de hermosos senos.





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