.

.

.

.

.

EL ARTE OSCURO

↑ Grab this Headline Animator

GOTICO

↑ Grab this Headline Animator

miércoles, 23 de diciembre de 2009

HISTORIA: EL ASIRIO

Entre los siglos X-VII a. C., el imperio asirio hizo temblar de ira y miedo todo Oriente Próximo. Ocupaba grandes extensiones de lo que hoy es Egipto, Siria, Irak, Jordania, Kuwait, Arabia Saudita e Irán, entre el Mediterráneo oriental, los ríos Tigris y Eufrates, el Mar Rojo, el Golfo Pérsico y el Mar Caspio. Asiria tomó su nombre a partir del dios Assur, el Vencedor del Caos. Para los asirios, cualquier pueblo del mundo debía someterse a Su Señor. Ante la negativa, los enemigos tenían que ser exterminados sin compasión. Las tropas imperiales cubrieron de sangre desiertos, oasis, ríos, litorales y montañas. Arrasaron chozas, palacios y bastiones fortificados. Sus soldados esparcieron por doquier la crueldad y el terror, pues habían hecho de su vida una guerra sagrada.
El Asirio
“Con el mandato del Dios Assur, el Gran Señor, caí sobre el enemigo como un huracán... Los derroté y los hice retroceder. Atravesé las unidades del enemigo con flechas y jabalinas... Corté sus gargantas como a borregos... Mis caballos encabritados, enjaezados, se sumergieron en la sangre que corría como en un río; las ruedas de mi carro de batalla se salpicaron de sangre y despojos. Llené la llanura de cadáveres de los guerreros, como si fueran hierba...”
Sennacherib, emperador de Asiria, tras la
batalla de Halklue, en la ribera del río
Tigris, s. VII a. C.
Se llamaba Tilat. Era un soldado de infantería, al servicio del emperador Sargón II, señor de la hermosa Nínive, la temible Assur, propietario de toda Asiria, de Babilonia la de las fuentes brillantes, de Samaria, del país de Media, de los vergeles que bebían del Tigris y el Eufrates. Tilat tenía un rostro ajado, de labios gruesos, nariz ancha y aguileña y penetrantes ojos oscuros. La corta melena, espesa y negra, surgía por los bordes del casco cónico y ondulado, con fina punta y orejeras metálicas. La barba también resultaba densa, en bucles regulares que cubrían toda la garganta. Era una cabeza poderosa, sobre un grueso cuello, entre dos macizos hombros. Una camisola verde-parduzca, de mangas cortas, se le ceñía al ancho y duro torso. Lucía cinto de cuero duro, adornado con rombos azules y rojos, más grueso en sus bordes, sujeto por un recio cordel. Bajo él reposaba una banda de tela, a rayas rojas y azules, igualmente ancha. La falda era vasta y cómoda, en tono cremoso oscuro. A la altura de los muslos caía en espesos flecos blancos y azules. Venía cortada entre las dos piernas, y aquella abertura quedaba cubierta por otra línea de flecos. Tilat, como buen infante, mostraba los pies desnudos, bajo unas piernas densas, acostumbradas a correr y saltar. Sobre las endurecidas plantas podrían desmenuzarse cantos de grava. Los dedos parecían piedrecillas, con uñas carcomidas por los arbustos y la arena.
Su recio brazo derecho empuñaba una lanza, tan alta como él mismo, de afiladísima punta en forma de hoja estilizada. En el izquierdo llevaba embrazado el escudo circular, un cono de piel rígida recubierto de bronce, adornado con pinturas geométricas y tachones alrededor del centro. Tal protección lograría cubrirle desde la cabeza a la cintura, y le había salvado la vida una docena de veces, tal y como demostraban las marcas de puntas de flecha, lanza, y los rayones provocados por las hojas de espada.
Una ancha tela le cruzaba el torso, desde un hombro a la cadera contraria. Estaba decorada con círculos rojos y blancos, y sostenía la espada corta, recta, de puño estrecho y sin guardas, envainada en metal, ideada para luchar en distancias cortas.
Tilat saltaba sobre las piedras y guijarros de tierra seca, internándose en la ancha cañada, rojiza y veteada de naranja. Era un terreno áspero y ardiente, al pie de varios montes cuyos nombres desconocía. El Sol de Oriente castigaba implacablemente, el sudor le resbalaba por el surco lumbar, hasta las nalgas. La camisola estaba empapada en las axilas y el bajo vientre, las manchas de humedad se mezclaban con las de la sangre arrancada de venas enemigas.
Escudriñó el desierto paso, pues la vida le iba en ello. Su mente, afilada a causa de los múltiples peligros que llenaban su existencia, imaginaba enemigos tras cada tocón y talud. Respiraba con fuerza por la nariz, con las aletas tensas, y caminaba velozmente, procurando evitar todo ruido innecesario. No estaba dispuesto a dejarse matar, ni a que se le escapara la presa.
Distinguió diminutas flores de sangre seca, sobre los guijarros del suelo. Al lado, huellas profundas en la tierrecilla, marcadas por un hombre aterrorizado. Sonrió. Llevaba persiguiéndolo desde la noche anterior. Era un urartio, un enemigo de Asiria. Habíase opuesto al poder de Assur y por ello tenía que morir. Sus compañeros rebeldes fueron azotados, empalados, quemados vivos, perdieron los ojos, las narices, los dedos, las orejas y la piel. Pero este logró escapar al castigo.
Tilat rememoró los acontecimientos de los últimos días. La campaña de Urartia había sido dura...
Todo comenzó muchos años atrás, cuando el rey de Urartia y Midas de Frigia, señor de Mushki, habíanse aliado para controlar las rutas de comercio a través de la Cilicia. También el monarca de Tabal quiso entrar en la conspiración, pero Sargón, El Brazo de Assur, conquistó su territorio. Midas también cedió ante el Puño Asirio. Rusas de Urartia permaneció rebelde, e incluso derrocó al gobernador imperial de la región Mannea. Mas, al poco, las hordas nómadas cimerias golpearon duramente su ejército. Era el momento propicio para que Sargón atacara, con el grueso de sus fuerzas, dispuesto a arrasar toda Urartia, sin piedad alguna.
Las tropas de Assur, comandadas por el mismo emperador, atravesaron llanuras, desfiladeros y ríos de rápidas corrientes, precedidos por un grueso de zapadores que arrasaban y allanaban, que construían puentes y balsas. El astuto Sargón evitó la línea de fortificaciones urartias, al Oeste del lago Urmia, avanzando por la orilla contraria. Cada noche, el emperador y sus soldados oraban y le pedían a Assur la derrota de los enemigos, su muerte y su dolor. Y cada amanecer retornaban al duro camino de la guerra, sedientos de sangre y victoria.
Al fin, hallaron al titánico ejército urartio en un valle entre escarpadas montañas. Los asirios habían atravesado el país a marchas forzadas, estaban cansados y faltos de sueño. Los urartios les retaron, confiando en su victoria.
No se esperaban la explosiva reacción asiria: Sargón ordenó el ataque sin dilaciones, marchando él al frente, sobre su espectacular carro de combate tirado por cuatro corceles. Le rodeaban los qurubti sa sheppe, la Caballería de la Guardia, lanceros a caballo, ciñéndose con las rodillas a la basta tela o piel de leopardo que constituía su única silla, capaces de disparar a pleno galope con su arco rígido y triangular y bajar al salto del noble bruto si éste era herido, pues no calzaban estribos. En aquella carga brillaron los penachos sobre las testas equinas, las puntas de lanza, el bronce de cascos y corseletes y los coloridos flecos al vuelo de lanzas y faldones.
La caballería se abrió para dejar paso a la temible línea de carros: pesados monstruos de acero, tirados cada uno por cuatro caballos enfundados en armaduras de tejido, ante los cuales la vanguardia enemiga sentía un indecible pavor. Los carros arrollaban las filas de caballería e infantería, los cascos y las tachonadas ruedas de bronce convertían en pulpa miembros, cabezas y torsos. Además de su contundencia en el choque, el carro servía como atalaya para los tiradores selectos, que desde tal punto privilegiado masacraban a flechazos cuantos enemigos podían divisar.
Tras la carga de carros y caballería le tocó el turno a la marea de infantes. Llegaron a la carrera, internándose en la densa neblina de polvo, pisando con sus pies descalzos los cuerpos deformes. La mayoría preferían la lanza, que arrojaban, o cuya hoja pinchaba y sajaba. Los honderos tiraban piedras o bolas metálicas que abrían cráneos y rompían rostros. Pocos usaban la espada, ya que no solía producirse la lid a distancias muy cortas. Los escudos anchos y cónicos chocaban estruendosamente, el poderoso lanzaba al débil al suelo y lo lanceaba bajo el riñón, en el cuello o en la ingle.
Tilat participó en la batalla, pues era un infante más. La garganta y los ojos se le llenaron de polvo, pero continuó corriendo, casi a ciegas. Distinguió un cuerpo urartio que gemía y braceaba, con las piernas destrozadas por las ruedas de un carro. Los huesos sobresalían, blancuzcos, entre jirones de carne húmeda. Su boca parecía un agujero difuso. Tilat desorbitó los ojos y hundió la lanza en la cara rival, atravesándola hasta que la punta tocó el interior del casco.
Siguió avanzando sobre el terreno devastado, que hedía a muerte y resonaba con los gritos de ira y dolor. Poco a poco, la tierra iba depositándose y podía verse con mayor claridad. Los combates eran aislados, en general de un hombre contra otro, mas a veces podía contemplarse un tumulto abigarrado, hasta una docena de guerreros cuyas lanzas y escudos chocaban violentamente. Tanto asirios como urartios corrían hacia tales combates en grupo, pero todo terminaba tan rápidamente como había empezado, normalmente quedando la victoria en manos asirias.
Tilat caminaba cerca de otros compañeros, la mayoría pertenecientes a distintas tropas, y por tanto desconocidos. Muy lejos, hacia el frente, distinguió una espesa nube, donde la caballería y los carros continuaban destruyendo las líneas urartias.
Tilat observó un carro volcado, y alrededor varios cadáveres asirios, sin duda los arqueros y el auriga. El eje central estaba quebrado, una de las dos pesadas ruedas tachonadas yacía a cierta distancia. Los caballos relinchaban espantosamente, con las patas rotas, algunos reventados bajo el peso del armatoste. Sin duda, el vehículo había tropezado con un bache o socavón profundo, y voló por los aires, rebotando y hundiéndose sobre los cuerpos y la tierra.
Un soldado urartio surgió de su escondite, tras el carro. Vestía una camisola parda, de mangas cortas, con protecciones rectangulares metálicas, una falda que superaba los muslos, igualmente marrón, medias de tela roja y azul, y botas de cordones que subían hasta la rodilla. Un irtu o círculo metálico, sujeto por cuatro bandas de cuero, protegía su pecho. El casco era cónico, coronado por una cresta en forma de gancho, con flecos de vivos colores. La barba caía, recortada y gris, sobre la garganta. El rostro estaba contraído por la furia. Se armaba con una lanza, un pequeño escudo plano y redondo, y una espada corta, envainada.
Aquel hombre arrojó su lanza. El compañero a la derecha de Tilat no había descubierto aún al enemigo. La hoja se le hundió en la zona lumbar, sin más protección que la basta camisola. La punta surgió a la altura del hígado. Era una herida mortal. El ensartado trastabilló y cayó de rodillas, jadeando de puro dolor.
Tilat aulló y echó a correr hacia el carro volcado. Le seguían cinco asirios más. Un segundo urartio asomó por la diestra del carro. Era un arquero. La cuerda crujió al ser reculada, y restalló cuando los dedos envueltos en manoplas de cuero la soltaron. Tilat se agachó y cubrió con el escudo. El proyectil chocó contra el bronce y su brazo vibró dolorosamente, hasta el hombro. Siguió corriendo.
El arquero urartio desorbitó los ojos. Una punta metálica le sobresalía por el estómago, bajo el irtu. Un asirio cercano, aún tambaleante, le había arrojado su lanza. El otro urartio se había perdido. Agachado junto a un cadáver, trataba de arrebatarle la lanza. Pero Tilat le atacó. El urartio esquivó la hoja asesina y desenvainó su espada. Alzó el escudo y paró una nueva estocada. Un asirio reculaba su lanza, más no se atrevió a arrojarla, debido a la cercanía de Tilat.
Los escudos chocaron y resbalaron. La espada partió el astil, Tilat retrocedió y tiró el arma rota. Desenvainó su espada, golpeando en el mismo movimiento. Se rodearon, estudiándose el uno al otro. Los guerreros imperiales les observaban y animaban a Tilat. Éste llevaba puesto un corselete de placas de bronce que le restaba movilidad. El urartio atacó con varias estocadas y un golpe de escudo. Tilat los paró y, al acercarse, trabó su pierna en la del rival y empujó. El rebelde se estrelló en el suelo, rodó y la espada asiria sólo probó tierra. Al levantarse, el urartio golpeó con su escudo hacia arriba y estoqueó por lo bajo. El bronce abrió la boca de Tilat, quien tragó sangre y un diente. Se revolvió y la hoja maligna resbaló sobre las broncíneas placas, cortando las sujeciones de un costado. El corselete voló, semi suelto, y el borde inferior rasgó la barbilla de Tilat. Éste lanzó una serie de tajos, que rebotaron en el escudo plano. Retrocedió y, puesto que le estorbaba, se deshizo del corselete.
Ahora sentíase más ligero, y cargó como un toro furioso. Las espadas restallaron de nuevo, en los oídos de Tilat rugían los gritos de sus compañeros: “¡ASSUR! ¡ASSUR! ¡ASSUR!”. El rostro urartio se llenó de miedo. Tilat le tajó una sien, lo arrolló con el escudo y le cortó la garganta. Alzó la hoja húmeda y sintió un éxtasis indescriptible. Aún riendo, echó a andar, en busca de más enemigos.
La batalla pronto llegó a los estertores. La caballería y los carros habían abierto la vanguardia como un cuchillo la manteca. Se daba caza a los huidos y los infantes peleaban contra los resistentes. Cada soldado asirio entonaba una loa de agradecimiento a Assur mientras cortaba el cuello de un rival que inútilmente sollozaba piedad.
Cuando el carro del emperador paseó por la zona, seguido de la Caballería de la Guardia, y Sargón levantó las flechas de la victoria, los soldados asirios rugieron vítores, enloquecidos de felicidad y adoración.
En la tarde, se organizaron grupos de caza. Debían hacerse con todos los huidos y traerlos, vivos o muertos, ante el emperador, quien, como en otras ocasiones, dispondría una pila de cadáveres descomunal, símbolo de su poder y promesa de venganza para quienes no se le sometieran en el futuro.
Tilat, ya sin su protección de placas, se internó en los secos montes adyacentes a la batalla, al igual que cientos de compañeros más, siguiendo un rastro de pisadas apresuradas y manchas de sangre. El dios Assur les ayudó, pues la Luna y las estrellas iluminaron aquella búsqueda; gracias a su fulgor, muchos urartios que confiaron en las sombras nocturnas para escapar, gritaron de miedo y dolor antes de perecer bajo la lanza asiria.
El rastro fácil llevó a Tilat a través de un terreno que se escarpaba poco a poco. Estuvo tan sumido en la persecución que casi no se percató del tránsito entre la noche y el día.
Ahora, Tilat sabía que su presa estaba muy cerca. En aquella estrecha barranca, la sangre seca restallaba contra el Sol cegador, marcando un camino sencillo de seguir. El asirio se maldijo durante un instante por no haberse apropiado de otro corselete o armadura. En el calor de la batalla y la euforia del triunfo, tal punto se le pasó por alto. Sí tomó una lanza, de un compañero muerto. Apreciaba la espada, pero sentíase desnudo si no empuñaba un astil tocado de filoso metal. El labio partido, amoratado y brillante, le ardía como si hubiese mordido un rescoldo de hoguera. Pero estaba acostumbrado al dolor, y su voluntad de soldado mantenía tal molestia en un plano intrascendente.
Entonces, escuchó una respiración débil y jadeante. Era casi un silbido inapreciable, mas él lo había detectado. Comprendió que había un enemigo tras un recodo del camino; sin duda, cuando doblase ese talud rojizo, una hoja afilada caería sobre su rostro.
Muy lentamente, se desembrazó el escudo y lo pasó por sobre el casco y un hombro, quedando sujeto a su espalda por las tiras de cuero. Sin hacer el más mínimo ruido, rodeó el talud, hasta hallar una rampa natural fácil para la escalada. Ató con un cordel la espada envainada al muslo y la nalga, para que no chocara contra la piedra, y comenzó a ascender lentamente, metiendo manos y pies en grietas, tan sigiloso como un gran felino, poniendo infinito cuidado en que el borde del escudo no rozara el firme duro y caliente.
Al llegar a la cúspide, se levantó y avanzó semiagachado, notando el ardor de la piedra bajo sus durísimos pies. El corazón atronaba en sienes y garganta, el sudor untaba párpados y mejillas. Llegó al borde del talud. Abajo, tras una caída que como poco le rompería las piernas, distinguió al urartio.
Estaba recostado sobre una piedra, casi escondido tras ella. Sus ropas oscurecían, empapadas en sudor. Su casco brillaba bajo los rayos solares. Tenía un muslo vendado, con telas ennegrecidas que supuraban sangre. Mostraba la pierna roja hasta el tobillo. Tilat imaginó que habría perdido demasiado líquido vital y con probabilidad la herida estaría infectándose. La lanza y el escudo urartios reposaban cerca de su dueño. Era un arquero, y sostenía con flojeza su arma, reculando malamente la cuerda, en esta una flecha siempre a punto de caer. El herido cabeceaba, como si estuviera haciendo un tremendo esfuerzo para seguir despierto. En secreto, Tilat alabó su valor. Aquel arquero sabíase moribundo, pero, aun así, esperaba al perseguidor para, en sus últimos momentos, clavarle la flecha. Quería morir matando, como un guerrero.
La sombra de Tilat caía hacia atrás, y no sobre el urartio. El asirio levantó la lanza, tomó aire, lo retuvo, taladró con su mirada al enemigo y arrojó su arma. Llegó con tal fuerza que la punta abrió la armadura ligera, pasando el filo entre dos placas de bronce, junto al cuello, y se hundió hasta el astil. Sin corselete, el urartio habría sido empalado cuan largo era.
El hombre sufrió un espasmo, soltó un gañido y cayó al suelo, sobre su propio arco. Tilat ahogó un rugido triunfal. Se embrazó el escudo y bajó a la carrera. Ya de nuevo en la garganta, desenvainó la espada y se encontró con el herido.
Aún tenía clavada la lanza en la espalda alta. Había logrado sentarse, apoyado contra la piedra. Sus piernas estaban empapadas de rojo. El líquido se le escapaba por bajo del corselete, el cinto y los faldones. Sus ojos iban y venían, enfebrecidos. Tosió sangre por la boca y la nariz; su respiración sonaba húmeda. El metal debía haber alcanzado un pulmón.
Tilat se le acercó en silencio, con rostro sereno e implacable. Agradeció una vez más a su dios la oportunidad de matar a un enemigo. Estoqueó en la garganta, un golpe recto, eficiente, casi misericordioso. Al tiempo, el urartio le agarró de un antebrazo. Tilat sintió un pinchazo en la piel. Apartó la espada rápidamente. Un cordelillo rodeaba la mano del moribundo, bajo los nudillos. En el centro de tal tira, sobre la palma, había un alfiler de punta húmeda, manchado con la sangre de Tilat. El urartio logró esbozar una extraña mueca antes de expirar.
Tilat se frotó el antebrazo, alarmado. Sospechó que aquel artero rival le había envenenado. Aferró la mano exangüe y olfateó la aguja con sumo cuidado. Era un aroma agrio, le recordaba al de las naranjas podridas. Abrió un tajo leve donde la aguja le hirió, chupó la sangre y la soltó en rápidos escupitajos.
De pronto, sintió mareo. El mundo se bamboleó a su alrededor. Se levantó, pero cayó de rodillas. Una arcada lo dobló en dos y vomitó, únicamente jugos digestivos, ya que tenía el estómago vacío. Se limpió con el dorso de la diestra, notando el amargor aceitoso en la garganta y el paladar. Una debilidad fría y rápida se apoderaba de sus miembros. Se preguntó qué veneno corría por sus venas: ¿el de una serpiente? ¿O quizás un mejunje preparado a conciencia por viejas malignas o un experto asesino?
Hizo un esfuerzo y volvió a levantarse. Su mirada iba y venía. Debía caminar, volver con los suyos, tal vez entonces los médicos de campaña pudieran suministrarle el preciso antídoto.
Envainó la espada y recuperó su lanza. Se obligó a caminar, aunque las piernas le pesaban como si fuesen de plomo y la vista se le nublaba a cada paso. Un pie resbaló y cayó, hincando la rodilla, dolorosamente, en las piedras. Se levantó y volvió a caminar. Sentía frío. Comprendió que iba a morir y experimentó profunda congoja. Recordó su hogar de Nínive La Hermosa, repleta de fuentes cantarinas, de jardines verdes y brillantes, sus mujeres dulces y seductoras, los paseos columnados flanqueados por titánicas palmeras, los palacios de mármol cremoso y veteado, de basalto y roca negra, donde los leones y las panteras deambulaban caprichosamente a través de salas y pasillos...
-No moriré... -se dijo, procurando encontrar la convicción que le faltaba.
Se apoyó en la pared de la barranca, sin aliento. Jadeaba, con la garganta rasposa y ardiente.
Frente a él, distinguió una cueva, un agujero negro abierto en la roca, que antes pasó por alto. Escuchó un cántico lejano, que iba y venía en sus oídos, una letanía de voces etéreas, tan hermosas como jamás pudiera imaginar. Sintióse tentado y, antes de poderse controlar, se introdujo por la grieta.
Tanteó en la oscuridad, torpemente. El suelo desapareció bajo un pie y rodó por una escalera de anchos bloques. El escudo rechinó al raspar la roca. La caída fue breve. Tilat, su cuerpo un manojo de dolor y contusiones, se apoyó en la lanza y se levantó, gruñendo y jadeando. En la negrura, distinguió un fulgor suave, amarillento. Fue hacia allá. Tropezó con un muro y lo siguió hasta doblar un recodo. Sus ojos parpadearon al descubrir una tea lejana. De ella nacía el resplandor antes distinguido. A la primera le seguían otras, regularmente espaciadas, asidas por aros de hierro clavados en la roca. Su luz delimitaba un ancho pasillo artificial, de negros muros. El humo que expelían las antorchas se remansaba en el techo, pero varias volutas pesadas provocaron el lagrimeo y las toses del explorador.
Mareado y débil, atacado de fría temblera, el guerrero echó a andar por el corredor. La música extraña guiaba sus erráticos pasos. Sonaba con mayor intensidad, llena de tonos mágicos, en un idioma lánguido y extraño. Quizá cantaran mujeres. En todo caso, no eran mujeres humanas.
Tilat logró a duras penas doblar varios ángulos, siempre bruscos y afilados. Tras superar uno más, descubrió la última sección del corredor, conducente a una gran caverna de la que él aún podía distinguir poco, en cuyo centro brillaba una superficie ancha y ovalada.
Tras instantes que eran siglos, surgió a tan vasta estancia. Lo que antes observara refulgir era un gran estanque, sin ornamento alguno, quizá una oquedad en el suelo rocoso. Había agua en ese lago perfecto, y aquel líquido sereno, sobre el cual titilaban los reflejos de las antorchas, captó la atención de Tilat. Nunca había visto una superficie tan bella y clara. El fondo negro era profundo, y ningún pez o culebra enturbiaba la plácida humedad.
Haciendo un esfuerzo de voluntad, desvió la vista. Vio que se hallaba en una enorme caverna artificial, de forma esférica. La única pared era perfectamente redonda, y se curvaba en el techo como una gran cúpula opaca. Decenas de antorchas, a la altura de un hombre adulto, sujetas a la pared por clavos de hierro, iluminaban el lugar.
Había diez encapuchados al fondo de la estancia, tras el gran estanque. Sus túnicas ligeras, de un blanco inmaculado, caían hasta el suelo, cubriendo todo el cuerpo. La capucha alzada hundía en sombras el rostro. Había seis figuras masculinas, fornidas y esbeltas, y cuatro femeninas, de curvas rotundas y ágiles, embelesadoras.
Pero no eran ellos quienes producían la bella letanía. Al descubrir a los oradores, Tilat sintióse desfallecer a causa del terror.
Eran dos los cantores. Cada uno reposaba en la cúspide de su alta y gruesa columna de mármol, a la izquierda y derecha de la decena encapuchada. Un par de seres terribles y maravillosos. Sus cabezas eran humanas, de mujer luciendo una belleza mágica y atemporal, con rasgos casi felinos, ojos negros y hechiceros, nariz fina y ligeramente curvada, tez aceitunada, labios en fuego y cabello de azabache trenzado caprichosamente. Sus cuerpos eran los de leonas poderosas. Reposaban sobre las patas, y meneaban la cola indolentemente. De cada lomo surgían dos alas plegadas, compuestas de mil finas y largas plumas, blancas y negras.
Tilat había oído hablar de tales seres, esfinges las llamaban los egipcios, uno de los mitos más extendidos, aunque profundamente arraigados en torno al Tigris y el Eufrates.
Aquellas damas sobrenaturales cantaban graciosamente, una letanía suave y embriagadora, y sus profundos ojos embarazaban al tosco recién llegado.
Callaron de pronto. Se alzaron sobre las patas, y sus rostros tornáronse malignos. Una abrió la boca y bostezó felinamente. Dos hileras de colmillos filosos bordeaban sus perfectos labios. Las alas se desplegaron, majestuosas, como las de una gigantesca águila. Golpearon el aire y las esfinges volaron, cruzando ágilmente la estancia. Se posaron en el suelo, levantando la tierrecilla con el vaivén de sus plumas, y rodearon a Tilat, quien jadeaba de puro terror. Ellas sonreían con malignidad. Y con hambre. Se relamían y gruñían, amenazadoras. El asirio arrojó su lanza, casi sin fuerzas. La esfinge voló, impulsada por sus alas, escapando así al torpe disparo. El arma rodó por el suelo. La criatura se posó en el suelo y rugió, como lo haría una leona, cavernosa y escalofriantemente. Tilat desenvainó la espada, dispuesto a morir en liza.
-¡Alto!
Las esfinges se detuvieron y miraron con disgusto al hombre que había hablado. Era uno de los diez. Alzaba su brazo diestro, con la palma hacia el frente. Las esfinges volaron hasta sus respectivas columnas. Asentaron los cuerpos sobre las patas y se relajaron. Una apoyó el rostro entre las zarpas, y otra comenzó a atusarse un costado con la lengua.
-Eres asirio... -atinó a decir Tilat, enronquecido, señalando su espada al que había hablado.
El aludido bajó su capucha, mostrando un rostro joven, mas no adolescente, afeitado, una faz propia de los hombres de Assur o Nínive, pero desprovista de aquella crueldad que los caracterizaba. Sus ojos parecían sabios y poderosos. Pero no malignos.
-Lo era -contestó, con voz grave y clara.
Sus compañeros bajaron las capuchas. Tilat reconoció rasgos egipcios, medios, babilónicos, toscas facciones cimerias, incluso la negrura del lejano Sur. Todos esos hombres y mujeres eran bellos, de una extraña y serena forma, y sus ojos resplandecían como soles oscuros. Sonreían levemente. Parecían darle la bienvenida.
-¿Quiénes sois? -preguntó Tilat, sintiéndose feo y estúpido ante aquellos seres maravillosos.
-Somos los Guardianes de la Fuente -contestó el asirio que ya hablara antes. Con la mano abierta señaló el estanque del centro-. Es la Fuente de la Eterna Juventud. Se aparece sólo a los que poseen un fuerte corazón, y están a punto de morir. Es una nueva oportunidad.
Tilat entrecerró los ojos, confundido. El eco del discurso reverberaba en su mente, y sintió que sus esperanzas renacían. Pero se obligó a desconfiar.
-No os creo -espetó.
El joven asirio miró a su compañero de piel negra. Éste asintió y echó a correr ágilmente, rodeando el agua. Tomó la lanza que Tilat había arrojado.
-¡Suelta ese arma! -vociferó su dueño, enfurecido.
El extraño de túnica blanca y tez opaca, casi azulada, le increpó con palabras crueles en un idioma que Tilat desconocía.
El asirio comprendió que se disponía a luchar contra él. Su rival le rodeaba, sosteniendo la lanza con fuertes y diestros dedos. Tenía cuerpo temible, bajo la seda blanca se intuían músculos de hierro. El negro se le acercó de un salto y le pinchó en un hombro, rasguñándolo. Tilat, enfebrecido, no había logrado alzar la espada. Qué ironía, pensó, iba a morir ensartado en su propia hoja. El enemigo le pinchó una vez más, jugando con él. Sonreía burlonamente.
De pronto, se acercó en demasía, una imprudencia increíble, que no cometería ni el más bisoño recluta de leva. Tilat no desaprovechó la oportunidad. Se lanzó al frente. Apuntaba al pecho, pero la hoja se hundió hasta medio cuerpo en el estómago.
El negro retrocedió, dolorido. A pesar de lo ocurrido, continuaba sonriendo. Aquella era una herida mortal. El vientre se hincharía, lleno de sangre, y su dueño iría perdiendo las fuerzas poco a poco, hasta morir.
-Observa a Kunn -dijo el joven asirio.
El tal Kunn reculó hasta el estanque, se arrodilló y bebió. Al levantarse, dejó caer la túnica hasta la cintura. La herida del abdomen, un tajo negruzco, comenzó a cerrarse milagrosamente, absorbiendo toda la sangre derramada. Allí quedó tan sólo una costra, que pronto fue tensa piel.
-Gracias, Kunn -dijo el joven asirio.
El herido se colocó la túnica rota y manchada y volvió con los demás. Tilat continuaba mirándolo, atónito.
-Hay una Fuente de la Eterna Juventud en cada rincón del mundo -explicó el joven asirio-, que se aparece en el momento más inesperado. A quien se le ofrece este regalo, puede beber de ella, y convertirse en su guardián. Será inmortal, y gozará de los placeres de la tierra y de la carne, o de los correspondientes al espíritu o el intelecto. Hoy, la Fuente se te ha presentado a ti. Podrás seguir siendo un guerrero tras bebes de sus límpidas aguas, podrás tener riquezas y mujeres, o ser pobre y ascético. Podrás continuar con tu vida o cambiarla por completo. Pero, en el corazón, siempre serás un Guardián de la Fuente, y cuando se te convoque, como hoy lo hemos sido todos nosotros, aparecerás.
Tilat guardó silencio. No era estúpido, y no se negaba a creer lo que sus sentidos le mostraban. Comprendía que tras la realidad cotidiana había una segunda realidad, que precedía a otras muchas. Y hoy, ante el umbral de la muerte, él había rasgado el primer velo.
-¿Por qué yo? -preguntó, al fin.
-Porque la Fuente te ha elegido. Como ya te dije antes, la Fuente sólo desea Guardianes de espíritu poderoso y lealtad inquebrantable. Por eso te quiere a ti.
Tilat guardó un solo instante de silencio.
-Dejadme beber -logró ponerse en pie-. Amo la vida y quiero vivir.
El joven asirio sonrió. Dos de sus compañeros, un hombre y una mujer, llegaron hasta el envenenado y lo ayudaron a caminar. Tilat se sorprendió al percibir la fuerza y firmeza en el pulso de la pareja. Se arrodilló junto al agua y observó su propio rostro, ajado, sucio, exhausto, lleno de arrugas y dolor. Por el contrario, los reflejos de sus acompañantes eran luminosos, bellos y fuertes. Tilat les envidió.
De pronto, sintió una duda. Alzó la cabeza y miró al joven asirio.
-¿Cuál es el precio? -preguntó.
-El precio es servir a la Fuente con todo tu ser. Habrás de renunciar a cualquier otra creencia.
Tilat tragó saliva ruidosamente.
-¿Habría de renunciar a mi Señor Assur?
-Renunciarás a Él -fue la grave respuesta-. Será una transición indolora. Simplemente, lo olvidarás. Dejará de importarte. Vivirás. Encontrarás la felicidad.
Tilat enarcó una ceja y su mirada quedó suspendida del vacío. Amaba la vida. Amaba la guerra, la victoria, bromear con los amigos, comer hasta hartarse, beber y cantar. Amaba reír, y amaba a las dulces mujeres. Deseaba vivir. Lo deseaba rabiosamente.
Sintió de pronto un dolo que le abría el alma, como un cuchillo afilado. Empuñó fuertemente la espada.
Cuando alzó la cabeza, las lágrimas arrasaban su faz. Pero sonreía fieramente. De nuevo era un guerrero. De nuevo marchaba hacia la batalla, la más difícil y dura. Y cabalgaba junto a su Señor Assur, el Vencedor del Caos.
-No viviré la vida de otro -escupió-. Moriré con orgullo, siendo yo mismo.
Tilat hundió el arma en su propio cuello. Miró hacia el techo, mientras la sangre empapaba su pecho y abdomen. Los ojos se le llenaron de gloria. Expiró, y cayó hacia atrás.
Los diez albos Guardianes no pronunciaron una sola palabra. Miraban el cadáver con tristeza, y quizás una chispa de cierta envidia. Poco a poco, sus figuras fueron tornándose translúcidas, hasta desvanecerse por completo.
Las esfinges se hicieron piedra. No les dolió el cambio. Ahora eran estatuas, frías y bellas.
La vasta estancia quedó vacía, con el cadáver guerrero a pocos pasos del estanque.
Las antorchas perdieron fuerza, hasta apagarse y sumir el lugar en la más silenciosa negrura, en el más negro silencio.

martes, 22 de diciembre de 2009

EL ORÁCULO DE DELFOS -- TESEO

TESEO

El oráculo de Delfos

-

Los cuatro jinetes, de repente, dejaron de bromear. Habían

llegado a los pies del Parnaso, y la presencia del dios

Apolo, el más implacable del Olimpo, se hacía sentir en

el aire. Con sus corazas de bronce, los cuatro jinetes habían

atravesado, procedentes de la ciudadela de Atenas,

las llanuras y los montes del Citerón y el Helicón, y en

su camino habían inspirado en quienes los contemplaban

el mismo temor que ellos ahora percibían en las inmediaciones

del santuario de Apolo en Delfos.

El templo estaba situado entre dos muros de roca de

color cobrizo y, por los destellos que despedían cuando

el sol se reflejaba en ellas, recibían el nombre de Fedríadas,

las Brillantes. A los lados de la vía sagrada que conducía

hasta el santuario yacían las ofrendas de los que

hasta allí acudían.

Rodeado de un semicírculo de elevadas montañas pobladas

de abetos y dominando desde la altura el mar del

golfo de Corinto, Delfos era el centro del mundo porque

así lo había decretado Zeus: el padre de los dioses

soltó dos águilas desde los extremos de la Tierra y éstas

cruzaron su vuelo en el punto exacto en el que se elevaron

después las murallas de Delfos. En ese lugar, el soberano

de los dioses colocó una enorme roca blanca la-

brada, a la que llamó ómphalos, ombligo, y allí su hijo

Apolo decidió levantar su principal santuario. Sin embargo,

ello no fue fácil, porque el lugar estaba habitado

por Python, una gigantesca serpiente, hija de la Tierra,

que dominaba las regiones vecinas y que poseía el don de

la adivinación. Sólo tras un encarnizado combate pudo

Apolo levantar su principal morada en la Tierra. El dios

llegó a la gruta en la que la serpiente dormitaba, enroscada

con la boca unida a la cola. Sigilosamente, Apolo dio

una vuelta en torno a ella, oscuro e implacable como la

noche, pero, a pesar de su sigilo, la serpiente se despertó

y comenzó a desenrollarse, preparada para trabar combate

con el extraño. Con un rápido movimiento, alargó

la cabeza y escupió su veneno contra el hijo de Zeus, que

tuvo el tiempo justo para apartarse y preparar una de sus

mortíferas flechas. Cuando la serpiente se erguía para llevar

a cabo otro ataque, el dios disparó su arco de plata, la

punta de la flecha penetró en la carne del dragón y fue,

poco a poco, destrozando sus ponzoñosas entrañas. Sin

comprender qué le ocurría, la serpiente se irguió para un

nuevo ataque y, una tras otra, las flechas del «dios que

dispara a lo lejos» la volvieron a atravesar, hasta que finalmente

cayó desplomada sobre el suelo.

A continuación, Apolo recogió las gotas de veneno

que habían quedado impregnadas en la roca y en la tierra

y, con su sabiduría divina —porque conocía todo lo que

se refería a venenos y pociones curativas—, preparó un

brebaje, lo ingirió y adquirió así su capacidad profética.

Así fue como el santuario de Apolo en Delfos se

convirtió en obligado lugar de peregrinación y todos

aquellos que querían emprender un peligroso viaje o una

guerra acudían al templo y preguntaban a los dioses cuál

sería su destino.

Egeo, el wánax de Atenas, también vislumbraba amenazadoras

sombras en su futuro, y por esta razón acudía

a la morada de Apolo.

—A partir de aquí, se acabaron las bromas —ordenó

con gesto severo el Señor de Hombres a los tres guerreros

que le acompañaban, y éstos guardaron silencio,

como si nunca hubieran tenido la capacidad de hablar.

Estos tres guerreros eran los lawagetas de Egeo, sus

lugartenientes: a un solo gesto suyo se hubieran dejado

matar en el campo de batalla y no pocas veces le habían

salvado la vida en pasadas incursiones contra ciudadelas

enemigas. Entre ellos imperaba un férreo sentido de la

camaradería forjado a lo largo de los años y las aventuras;

algunos de aquellos hombres incluso habían peleado

junto a su padre y le habían visto crecer, y aunque no habían

dejado de bromear con su wánax acerca del motivo

que les llevaba hasta el ombligo del mundo, cada vez que

Egeo daba una orden, ellos todavía sentían un estremecimiento

bajo la armadura.

No en vano, el motivo por el que se encontraban allí

respondía a una cuestión de Estado: el rey de Atenas, el

Señor de Hombres, aún no tenía descendencia y sus tres

hermanos —en especial Palante y sus hijos, que dominaban

los territorios vecinos— ansiaban apoderarse de la

ciudad consagrada a Atenea: los hermanos de Egeo solían

proclamar que la ausencia de un heredero legitimaba aquellas

ambiciones. Desde Mégara, desde Eubea y desde el

sur del Ática, el círculo que los tres hermanos habían trazado

en torno a Atenas se estrechaba más y más, y aunque

Egeo había tomado como esposas a dos princesas

—primero a Mélite y luego a Calcíope—, ninguna de ellas

le había dado la deseada descendencia. Por ese motivo,

para consultar al dios de los oráculos cómo poner reme-

dio a tan delicada situación, el señor de Atenas se había

encaminado con sus tres hombres de confianza hasta el

santuario sagrado de Delfos, en la montañosa Fócide.

Los cuatro jinetes llegaron a las puertas del templo

y se apearon de sus caballos. El invierno era todavía un

recuerdo cercano (sólo con las primeras flores Apolo regresaba

del lejano país de los Hiperbóreos) y la noche no

tardaría en caer: convenía apresurarse si querían conocer

las revelaciones del dios antes de que acabara el día, de

modo que tras atar sus monturas entraron en el templo

sin dilación.

Allí encontraron a un anciano, el custodio del sagrado

recinto, envuelto en un austero manto gris.

—Venerable sacerdote —dijo Egeo, al tiempo que depositaba

en sus manos el pélanos, la torta de cebada que

servía como ofrenda—, deseamos que el oráculo nos responda,

sin ocultarnos ningún detalle, la pregunta que

venimos a formularle.

—El oráculo ni responde ni oculta, solamente advierte

—contestó la voz cavernosa del sacerdote de Apolo,

clavando sus ojos blancos y ciegos sobre el rostro del

rey ateniense—. ¿Os habéis purificado? Sabéis que la divinidad

detesta que en su templo entren hombres con las

manos manchadas de sangre y, por el ruido de vuestras

armas, sospecho que lleváis derramada mucha sangre ajena

a vuestras espaldas.

—Nos hemos purificado, venerable sacerdote —respondió

humildemente Egeo.

—Sin embargo —añadió el anciano—, también sabréis

que el dios aprecia la sangre de un ternero sobre su

altar.

Sin mediar más palabras, Lykos, el más joven de los

lawagetas de Egeo, se dirigió hacia su caballo y des-

cargó el ternero que traían preparado para el sacrificio.

A continuación, se lo entregó a Egeo, que lo llevó cogido

por las cuatro patas hasta el altar. El animal se arqueaba

y mugía, acaso presintiendo su inminente holocausto. El

sacerdote vertió el agua purificadora sobre la fría piedra

del altar y Egeo sujetó firmemente al animal contra ella.

Entonces, el sacerdote elevó una plegaria a Apolo y, acto

seguido, atravesó con un cuchillo la garganta del ternero,

que, junto a un río de sangre, dejó escapar por la

abertura de la herida su último mugido. Después, el oficiante

descuartizó al animal y procedió a quemar las partes

incomestibles, aquellas que se reservaban para los

dioses desde los tiempos del titán Prometeo; el resto, las

carnes más jugosas, se repartieron convenientemente entre

los cuatro hambrientos guerreros, que llevaban día y

medio sin probar bocado, salvo el pan y las olivas que

había traído el invierno. Luego, el sacerdote tomó su

parte y, tras recoger los restos, procedió a reconstruir ritualmente

la forma del animal sacrificado y le preguntó

a Egeo cuál era la cuestión que quería plantear al dios

de los oráculos.

—Deseo saber, oh sacerdote de Apolo, si los dioses

me concederán un heredero y qué debo hacer para lograrlo.

—La divinidad te lo dirá —contestó el sacerdote, haciéndole

un gesto con la mano para que pasara al interior

de una estancia contigua. Los hombres de Egeo también

quisieron traspasar el umbral, pero el anciano se lo prohibió

con un enérgico movimiento de su mano.

Egeo comenzó a descender por unas escaleras que

lo condujeron hasta una tenebrosa y fría cámara subterránea,

el ádyton. La sala de las profecías se encontraba

apenas iluminada por una débil luz verdosa. Una vapo-

rosa gasa, que hacía las veces de cortina, confería esa onírica

tonalidad a una pequeña hoguera que ardía un poco

más allá. El Señor de Hombres permaneció de pie,

sobrecogido por la atmósfera sagrada del lugar. Tras la

gasa, pudo adivinar la demacrada presencia de una figura

femenina, era la Pitia, la voz humana del dios Apolo, que

se disponía a celebrar sus divinos rituales: se acababa de

purificar bañándose con el agua de la fuente Castalia, un

manantial que debía su nombre a la joven muchacha que

se había arrojado en ella cuando huía del propio Apolo.

Ahora, la Pitia masticaba una hoja de laurel, mientras

permanecía sentada sobre el trípode adivinatorio de

la deidad, al lado del mismísimo ómphalos, el ombligo del

mundo.

Egeo volvió a formular la pregunta.

—¿Qué he de hacer, oh Pitia, voz divina de Apolo,

para tener descendencia? —y su voz retumbó en las

paredes de la gruta.

La Pitia, entonces, envuelta en los vapores que brotaban

del subsuelo a través de una grieta en la tierra, entró

en éxtasis y comenzó a agitarse, como si el dios mismo

la poseyera y se hiciera dueño de su cuerpo; se agitaba

febrilmente y pronunciaba palabras que Egeo apenas

podía comprender. Su voz parecía emerger de las profundidades

del Hades y Egeo entendió que verdaderamente

una fuerza sobrenatural hablaba por ella. Y entonces,

como si el dios hubiera decidido abandonar su

cuerpo, la Pitia dejó de emitir sonidos inconexos y se desplomó

desfallecida sobre el suelo de la cámara. El rey de

Atenas quiso ir hacia ella y descorrió ligeramente la gasa

que les separaba: la visión de la Pitia provocó en él un

estremecimiento. Lo que había sobre el suelo no era una

mujer, sino un despojo cadavérico envuelto en una túni-

ca del color del laurel. Parecía que sobre aquella mujer

se acumularan más de doscientos años de existencia.

Cuando fue a tocarla, una mano le retuvo.

—No lo hagas —escuchó decir al anciano guardián

del templo—. Ya has visto más de lo que un mortal ha

podido ver jamás. Ni siquiera nosotros, sus sacerdotes,

hemos visto jamás la Voz de Apolo... El dios quiso que

sus sacerdotes fueran ciegos.

—¡Pero no ha contestado a mi pregunta! ¡No ha dicho

ni una sola palabra que un hombre pudiera entender!

—contestó Egeo, aún estremecido ante la imagen

que acababa de contemplar—. ¡No ha respondido a mi

pregunta...!

—Apolo no responde; el dios advierte —y tendiéndole

una tablilla, añadió—: Y esto es lo que el dios te advierte:

ASKOU TON PROUKHONTA PODA MEGA PHERTATE LAON

ME LUSEIS PRIN DEMON ATHENEON EISAPHIKESTHAI

El Señor de Hombres tomó la tablilla y repitió lentamente

las palabras de la Pitia: «El cuello que sobresale

del odre, oh el mejor de los hombres, no lo desates hasta

llegar a Atenas».

—¿Que no desate el cuello del odre? ¡Por la sangre podrida

de la Hidra! ¿Qué quiere decir esto? —se atrevió a

blasfemar Egeo cuando, ya bien entrada la noche, estuvieron

lo bastante lejos del templo de Delfos como para

no excitar la ira del dios.

—Si así lo deseas, Señor de Hombres Egeo, podemos

ir a preguntarlo a algún otro oráculo, al de Lebadea,

por ejemplo... Al menos allí se manifiestan a través del

sueño —dijo Lykos, entre risas que fueron secundadas

por el resto.

—¿Por qué tan cerca? Podemos cabalgar unos doce

días más sin dormir hasta el oráculo de Zeus en Dodona

—prosiguió Esténelo—. El rumor de las hojas de

los árboles y el silbido del viento con el que Zeus contesta

es más fácil de comprender que los mensajes de la

Pitia.

—No creo que sea necesario —dijo a su vez Nykteo,

con rostro serio—. Creo haber averiguado el sentido del

oráculo.

—¿Sabes qué significan las extrañas palabras del

oráculo, Nykteo? Entonces, explícalas sin demora, y si tu

interpretación me parece convincente, te librarás de montar

guardia cuando nos detengamos a dormir —contestó

Egeo, mirándolo con un gesto de duda.

—El significado del oráculo es claro —comenzó a

decir Nykteo—: El dios ha dicho que no vuelvas a mear

hasta que lleguemos a Atenas —y rompió en una sonora

carcajada.

Todos celebraron el ingenio de Nykteo y golpearon

sus muslos con gran algarabía.

—Me parece, Nykteo —dijo el wánax, en venganza

por la broma que habían hecho a su costa—, que harás

guardia toda la noche, como tu propio nombre indica.

¿Ves cómo yo también sé interpretar las palabras?

Además, puedes empezar ahora mismo. Nos detendremos

aquí. Nos espera un duro viaje. Aún no volveremos

a Atenas.

A pesar del cansancio, ninguno de los tres guerreros

se atrevió a poner ninguna objeción a la decisión de su

wánax: ni siquiera osaron preguntarle cuál era el rumbo

que a partir del día siguiente tomarían. Él lo declararía

sin que se lo pidieran y, si prefería mantener calladas sus

intenciones, ya lo descubrirían cuando llegaran al lugar

de destino.

Así, bajo los pinos de un bosque que se encontraba

en la ruta hacia Tebas, la ciudad de Cadmo, tras despojarse

de sus vestimentas guerreras, el yelmo de colmillos

de jabalí y el grueso coselete de lino reforzado con láminas

de bronce, los cuatro jinetes se dispusieron a pasar la

noche al raso.

—¿Conocéis la historia de la fundación de Tebas, la

ciudad de las siete puertas? —dijo Esténelo, interrumpiendo

el murmullo de los árboles y los inquietantes graznidos

de las aves nocturnas.

—¿Y qué si la conocemos? —contestó Nykteo desde

su puesto de guardia—; nos la vas a contar de todos

modos. Es lo único que hacéis los viejos, contar tonterías

que no interesan a nadie.

—Deja que la cuente —intervino Egeo—. Es un buen

conjuro para que nos visite el dios de los sueños y podamos

dormir.

—Os contaré cómo se fundó Tebas. Yo no digo que

fuera así —comenzó a relatar Esténelo, el más veterano

de los lawagetas de Egeo—, sólo digo que lo cuento tal

y como a mí me lo contaron. Según dicen, Zeus, el padre

de dioses, se enamoró de Europa, la hija del rey Agenor,

y, para seducirla, fue hasta las playas de Fenicia y se

apareció ante ella bajo la forma de un hermoso y manso

toro. Zeus tomó esta figura para que la joven confiara en

él y se acercara sin temor...

—Esténelo, ¿no entiendes que somos tus compañeros,

guerreros aqueos, y no tus nietos? —interumpió

Nykteo.

—¿Por qué no te callas tú? —gritó Lykos, tumbado

junto a la hoguera—. ¡Me estaba quedando dormido y

me has despertado!

—Continuaré —dijo Esténelo—. El caso es que Europa

montó sobre el lomo del toro y éste se fue adentrando

en el mar poco a poco, sin que la muchacha lo

notara, hasta que hubieron avanzado tanto en las aguas

que la joven no pudo escapar. Así fue como Zeus la llevó

hasta algún lugar desconocido, donde yació con ella.

¿Queréis vino? Bueno, continuaré. Cuando Agenor supo

que su hija había desaparecido, envió a sus hijos a buscarla

por todos los rincones del mundo. Y a Cadmo le

correspondió venir hasta estas tierras que pisamos, junto

a sus hombres. ¿Adivinaréis qué hizo Cadmo? —se

detuvo un instante y volvió a beber—. Lo primero que

hizo fue consultar el oráculo de Apolo, como nosotros.

¡Ah, por eso me ha venido a la cabeza esta historia! ¡Se

acabaría el mundo antes de que supiérais qué le contestó

la Pitia...!

—Que no desatara el cuello del odre —sonrió Nykteo.

—Le dijo —continuó Esténelo, haciendo caso omiso

a la broma de Nykteo— que siguiera su camino hasta

que encontrara una vaca con una marca peculiar sobre

su lomo, dos lunas sobre sus ijadas; y le encomendó que

la siguiera y que, sobre el lugar que ésta se tumbara a descansar,

fundara una ciudad. Cadmo hizo lo que la voz

del dios le había indicado y, tras encontrar y seguir a la

vaca, llegó al lugar donde habría de fundar la ciudadela

de Tebas. Así que Cadmo y sus hombres trazaron con

un arado el contorno de la ciudad, marcando en él las

siete entradas sobre las que luego se levantaron las famosas

Siete Puertas de Tebas. Las habréis visto si habéis

estado allí.

Esténelo observó a sus compañeros, que lo miraban

como quien espera la conclusión de un cuento. El

viejo bebió de nuevo y continuó:

—Para consagrar la nueva ciudad a una divinidad,

como bien sabéis, tenían que hacer un sacrificio, pero

les faltaba el agua purificadora, así que Cadmo envió a

sus hombres a por ella. Éstos llegaron a un manantial

(algunos dicen que era la fuente Castalia), pero ocurrió

que estaba custodiado por la monstruosa serpiente del

dios de la guerra Ares. Esperad, esperad todavía un poco,

que ahora viene lo mejor. La serpiente devoró a todos

los soldados; sin embargo, Cadmo, advertido por la diosa

Atenea de lo que había ocurrido, dio muerte a la serpiente,

vengando así a sus compañeros. Siguiendo los

consejos de la diosa, Cadmo sembró los colmillos del

monstruo en la tierra y al instante brotaron de ella innumerables

guerreros completamente armados y dispuestos

a atacarle. Una vez más, la diosa se puso de parte

del fenicio y le dijo que arrojara piedras en medio de

ellos con el ánimo de confundirlos. Efectivamente, los

guerreros, desconcertados, creyeron que entre sí se estaban

lanzando piedras y se atacaron unos a otros hasta

que sólo quedaron en pie cinco de ellos, los Hombres

Sembrados, los antepasados de los tebanos que hoy habitan

la ciudadela. Luego ocurrirían muchas cosas, algunas

ciertamente maravillosas, como cuando Cadmo

tomó por esposa a una hija del dios Ares para reconciliarse

con él. Esa joven se llamaba Harmonía, pero la historia

de las bodas de Cadmo y Harmonía será para otra

ocasión...

—Pero... Esténelo —intervino nuevamente Nykteo—,

¿qué ocurrió con Europa? ¿La encontró o no la

encontró? ¿Qué fue de la hija de Agenor?

—Bueno, ésa es una historia... muy larga. Yo sólo

quería contar cómo se fundó Tebas. Quizá te lo cuente

cuando te interesen las historias de viejos.

Los otros dos guerreros ya habían caído en brazos

del sueño y había mucho camino que recorrer en la jornada

siguiente. Bajo el manto oscuro de la noche, sólo se

oían los rumores de sus criaturas más salvajes.

lunes, 21 de diciembre de 2009

LA LEYENDA DE EL IMPERIO DE LOS NIGROMANTES - Clark ASHTON SMITH




LA LEYENDA DE
EL IMPERIO DE LOS NIGROMANTES
,
CLARK ASHTON SMITH

-
La leyenda de Mmatmuor y Sodosma surgirá únicamente en los últimos ciclos de la Tierra, cuando las felices leyendas de los orígenes hayan caído en el olvido. Antes de la era en que sea contada tendrán que pasar muchas épocas y los mares habrán decrecido en sus cuencas y nuevos continentes habrán hecho su aparición. Quizá, en ese día, servirá para aliviar un poco el negro cansancio de una raza moribunda, desesperada de todo, excepto del olvido. Yo relato la historia como los hombres la contarán en Zothique, el último continente, bajo un cielo moribundo y unos cielos tristes, donde las estrellas salen con terrible brillantez antes de la caída de la noche.



Mmatmuor y Sodosma eran nigromantes que llegaron desde la oscura isla de Naat para practicar sus siniestras artes en Tinarath, al otro lado de los menguantes océanos. Pero en Tinarath no prosperaron, porque la muerte era considerada sagrada por la gente de aquel grisáceo país y la nada de la tumba no debía ser

profanada ligeramente; la resurrección de los muertos por medio de la magia negra era, entre ellos, mirada con abominación.



Por tanto, después de un corto intervalo de tiempo, Mmatmour y Sodosma fueron expulsados por la ira de los habitantes y obligados a huir hacia Cincor, un desierto del sur, habitado sólo por los huesos y las momias de una raza que la pestilencia había exterminado hacía tiempo.



El país al que se dirigieron se extendía tétrico leproso y ceniciento bajo el gigantesco sol, color de brasa. Sus rocas desmoronadas y mortecinas soledades de arena hubiesen causado terror en los corazones de los hombres normales, y puesto que habían sido arrojados a aquel lugar estéril sin comida ni sustento, la situación de los hechiceros bien podría haber parecido desesperada. Pero sonriendo para sí, Sodosma y Mmatmuor se adentraron resueltamente en Cincor, con el aire de unos conquistadores que se acercasen a un reino esperado por largo tiempo.



Ante ellos, intacta, a través de campos desprovistos de árboles y hierba y sobre los cauces de los ríos secos, corría la gran carretera por la que antiguamente habían viajado los que iban de Cincor a Tinarath. Aquí no se encontraron con nada viviente, pero pronto llegaron ante el esqueleto de un caballo y su jinete yaciendo en el centro de la carretera y con el suntuoso arnés y arreos que habían llevado sobre la carne. Y Mmatmour y Sodosma se detuvieron ante los lastimeros huesos, sobre los que no quedaba ni una brizna de corrupción, y se

sonrieron siniestramente el uno al otro.



—El caballo será tuyo—dijo Mmatmuor—, puesto que eres algo mayor que yo, y tienes, por tanto derecho de precedencia; el jinete nos servirá y será el primero en prestarnos homenaje aquí en Cincor.



Entonces, en la cenicienta arena, a un lado del camino, dibujaron tres círculos concéntricos, y colocándose juntos en el centro, realizaron los ritos abominables que obligaban a los muertos a levantarse de su tranquila nada y a obedecer, de allí en adelante, la oscura voluntad del nigromante en todas las cosas. Después esparcieron una pizca de polvo mágico sobre las fosas nasales del hombre y del caballo, y los blancos huesos, rechinando lastimeramente, se levantaron del lugar donde estaban, dispuestos a servir a sus amos.



Así, según habían decidido de común acuerdo, Sodosma se montó sobre el esqueleto del caballo, tomó las enjoyadas riendas y cabalgó en una lúgubre imitación de la Muerte sobre su pálido caballo, mientras Mmatmuor le seguía apoyándose ligeramente sobre un bastón de ébano, y el esqueleto del hombre, con sus ricas vestiduras pendiendo flojamente, caminaba detrás de los dos como un servidor.



Después de un rato encontraron en la gris soledad los restos de otro caballo y su jinete, que habían sido perdonados por los chacales y que el sol había secado de forma que parecían viejas momias. A éstos también los levantaron de la muerte; Mmatmuor cabalgó sobre el consumido percherón, y los dos magos avanzaron majestuosamente, como emperadores errantes, con un espectro y un esqueleto como servidores. En forma parecida, resucitaron otros huesos y restos de hombres y bestias que encontraron, de forma que fueron reuniendo una escolta cada vez más numerosa en su avance hacia Cincor.



A lo largo del camino, cuando se aproximaban a Yethlyreom, que había sido la capital, encontraron numerosas tumbas y necrópolis, intactas todavía después de tantos siglos y conteniendo enfajadas momias que apenas se habían consumido. Resucitaron a todos y los llamaron de la noche del sepulcro para que hiciesen su voluntad. A algunos les mandaron sembrar y arar los campos desiertos y subir agua de los hundidos pozos, a otros los emplearon en diferentes tareas, semejantes a las que habían desempeñado durante su vida. El silencio de siglos se vio roto por el ruido y el tumulto de una miríada de actividades, y los flacos cadáveres de los tejedores utilizaron las lanzaderas, y los de los labradores seguían los surcos detrás de las carroñas de los bueyes.



Cansados por aquel extraño viaje y de tanto repetir los conjuros, Mmatmuor y Sodosma vieron por fin ante ellos, desde una colina en el desierto, las orgullosas torres y las hermosas y bien conservadas cúpulas de Tethlyreom, sobre el fondo del ominoso atardecer del color de la sangre estancada.



—Es un buen país—dijo Mmatmuor—, y nos lo repartiremos entre tú y yo; nos convertiremos en amos de todos sus muertos y mañana seremos coronados emperadores en Yethlyreom.



—Sea—replicó Sodosma—, porque no hay nadie aquí vivo para pelearse con nosotros, y aquellos que hemos llamado de la tumba únicamente se moverán y respirarán según nuestra voluntad, sin poder rebelarse contra nosotros.



Así, en el atardecer de un rojo sangriento que se espesaba derivando al púrpura, entraron en Yethlyreom y cabalgaron entre las orgullosas mansiones sin luz, instalándose con su tétrica comitiva en el majestuoso y abandonado palacio donde la dinastía de los emperadores de Nimboth había reinado durante dos mil años y

dominado sobre Cincor.



En los dorados salones cubiertos por el polvo encendieron las vacías lámparas de ónice por medio de su artera magia y cenaron viandas reales, provenientes de años pasados, que evocaron de igual forma. Vinos antiguos e imperiales les eran servidos por las descarnadas manos de sus servidores en copas de adularia, y comieron, bebieron y descansaron en medio de una fantasmagórica pompa, dejando hasta el día siguiente la resurrección de aquellos que estaban muertos en Yethlyreom.



Se levantaron pronto, en la oscura aurora carmesí, de los opulentos lechos palaciegos donde habían dormido; mucho quedaba por hacer. Por todas partes, en la olvidada ciudad, iban atareadamente de un lado para otro, lanzando sus conjuros sobre la gente que había muerto durante el último año de la peste y que quedara sin enterrar. Habiendo hecho esto, salieron de Yethlyreom hacia otra ciudad de altas tumbas y poderosos mausoleos, donde yacían los emperadores y emperatrices de Nimboth y los más consecuentes ciudadanos y nobles de Cincor.



Aquí pidieron a sus esclavos-esqueletos que rompiesen con martillos las selladas puertas, y después, con sus malvados y tiránicos encantamientos, llamaron a las momias imperiales, incluso a las más viejas de la dinastía, todas las cuales llegaron caminando con rigidez, con ojos sin luz, envueltas en ricos vendajes cosidos con flameantes joyas. Y también, más tarde, devolvieron aquella semejanza de vida a muchas generaciones de cortesanos y dignatarios.



Formando una solemne comitiva, con rostros oscuros, orgullosos y vacíos, los emperadores y emperatrices muertos de Cincor juraron obediencia a Mmatmuor y Sodosma y les siguieron como una recua de cautivos por las calles de Yethlyreom. Después, en el inmenso salón del trono del palacio, los nigromantes se sentaron en el alto trono doble, donde se habían sentado con sus consortes, los verdaderos gobernantes. Entre los emperadores reunidos, con atuendos funerales y magníficos, fueron investidos con la soberanía por las resecas manos de la momia de Hestaiyón, el primero en la línea de Mimboth, que había gobernado en épocas semimíticas. Después, todos los descendientes de Hestaiyón, que se apiñaban en la habitación en una gran multitud, aclamaron con voces monótonas, semejantes a ecos, el dominio de Mmatmuor y Sodosma.



De esta forma, los odiados nigromantes encontraron su imperio y un pueblo que les estaba sujeto en el país desolado y estéril donde la gente de Tinarath los había arrojado para que perecieran. Reinando supremos sobre todos los muertos de Cincor, en virtud de su maligna magia, ejercían un desvergonzado despotismo. De las partes más alejadas del reino les era traído tributo por descarnados correos, y cadáveres comidos por la peste y altas momias que olían a bálsamos mortuorios iban de un lado para otro cumpliendo sus mandatos en Yethlyreom, o amontonaban ante sus ojos avariciosos las gemas de los tiempos antiguos, procedentes de camaras inagotables y ennegrecidas por las telarañas.



Los jardineros muertos hicieron que los jardines del palacio estallasen de nuevo en floraciones hacía tiempo olvidadas; cadáveres y esqueletos trabajaban para ellos en las minas, o elevaban torres fantásticas y soberbias hacia el sol moribundo. Mayordomos y príncipes de otro tiempo les servían de coperos y los instrumentos de cuerda eran tañidos para su deleite por las macilentas manos de emperatrices de dorado cabello que habían salido sin mácula de la noche de las tumbas. A las más hermosas, a las que la peste y los gusanos no habían estropeado demasiado, las tomaron como amantes y las obligaron a complacerles en

su necrofílica lujuria.



El pueblo de Cincor representaba las acciones de la vida según la voluntad de Sodosma y Mmatmuor en todas las cosas. Hablaban, se movían, comían y bebían como si estuvieran vivos. Oían, veían y sentían con similitud a los sentidos que habían sido suyos antes de la muerte, pero sus cerebros estaban reducidos a la esclavitud por una magia poderosa. Sólo recordaban vagamente su primera existencia, y el estado al que habían sido llamados era vacío, problemático y etéreo. Su sangre discurría helada y perezosa, mezclada con agua de Letea, y los vapores de Letea nublaban sus ojos.



Obedecían embotados los mandatos de sus tiránicos señores, sin rebelarse ni protestar, pero sintiendo un vago e infinito cansancio tal como el que conocen los muertos que, habiendo bebido el sueño eterno, son una vez más llamados a la amargura del ser mortal. No conocían pasiones, deseos ni placeres, únicamente el negro sopor de su despertar de Letea y un gris e incesante anhelo por volver a aquel sueño interrumpido.



El último y más joven de los emperadores de Nimboth era Illeiro, que murió durante el primer mes de la plaga y había descansado en su gigantesco mausoleo durante doscientos años antes de la llegada de los nigromantes.



Obligado con su gente y con sus padres a servir a los tiranos, Illeiro reanudó el vacío de la existencia sin hacerse preguntas y no había sentido sorpresa. Aceptó su propia resurrección y la de sus antepasados como se aceptan las indignidades y maravillas de un sueño. Sabía que había vuelto a un sol descolorido, a un mundo hueco y espectral, a un orden de cosas en los que su lugar era simplemente el de una sombra obediente. Pero al principio sólo le preocupaba, como a los demás, un vago cansancio y una indefinida necesidad del olvido perdido.



Drogado por la magia de sus dueños y débil por la larga nulidad de la muerte, vio, como un sonámbulo, las enormidades a las que sus padres se veían sujetos. Sin embargo, en cierta forma, después de muchos días, una débil chispa saltó en su mente, empapada por las sombras. Como algo perdido e irrecuperable, detrás de golfos prodigiosos, recordó la pompa de su reino en Yethlyreom, y el dorado orgullo y alegría que le habían caracterizado en su juventud. Al recordar esto, sintió un vago estremecimiento de protesta, un fantasmal resentimiento contra los magos que le habían traído a esta calamitosa parodia de vida. Confusamente, comenzó a llorar su posición perdida y la lastimera situación de sus antepasados y su pueblo.



Día tras día, como copero en los salones donde anteriormente había gobernado, Illeiro veía las hazañas de Mmatmuor y Sodosma. Vio sus caprichos crueles y lujuriosos, su creciente ebriedad y glotonería. Los vio revolcarse en su lujuria necrofílica y volverse toscos y rudos con la indolencia y la indulgencia. Descuidaron el estudio de su arte y se olvidaron de muchos de los conjuros; pero todavía gobernaban, poderosos y formidables, y recostados sobre cojines púrpura y rosas planeaban llevar un ejército de los muertos contra Tinarath. Soñando con la conquista y con mayores hechicerías, se volvieron gordos y repugnantes como gusanos que se han instalado sobre unos restos ricos en corrupción. Y paso a paso, con su relajación y tiranía, el fuego de la rebelión aumentaba en el sombrío corazón de Illeiro, como una llama que combate con los pantanos leteos. Y lentamente, al irse acumulando su rabia, le volvió algo de la fuerza y la firmeza que había tenido mientras vivía. Yiendo los vicios de los opresores y sabiendo el mal que habían hecho a los indefensos muertos, escuchó en su cerebro el clamor de voces ahogadas que pedían venganza.



Illeiro se movía silencioso por los salones palaciegos de Yethlyreom, entre sus antepasados, o permanecía esperando órdenes. Llenaba sus copas de ónice con los vinos ambarinos que la magia traía de las colinas expuestas a un sol más joven; se sometía a sus calumnias e insultos. Y noche tras noche los veía cabecear ebrios, hasta que caían dormidos, sonrojados y repletos, entre los restos de su esplendor.



Los muertos vivientes no se hablaban mucho entre sí; padre e hijo, madre e hija, amante y amado, iban de un sitio a otro sin dar señales de reconocerse y sin hacer ningún comentario sobre su fatal destino. Pero, por último, una medianoche, cuando los tiranos yacían amodorrados y las llamas temblaban en las lámparas mágicas, Illeiro pidió consejo a Hestaiyón, su antepasado más antiguo, que en fábulas había tenido fama como un gran mago y se decía que había conocido la sabiduría perdida de la antigüedad.



Hestaiyón permanecía separado de los demás, en una esquina del sombrío salón. Estaba pardo y reseco en sus crujientes vestiduras de momia y sus muertos ojos de obsidiana parecían contemplar la nada. Parecía que no había oído la pregunta de Illeiro, pero al fin respondió con un susurro seco y quejumbroso.



—Soy viejo y la noche del sepulcro fue larga y me he olvidado de mucho. Sin embargo, retrocediendo sobre el vacío de la muerte quizá recupere algo de mi anterior sabiduría y, entre nosotros, encontremos alguna forma de liberación.



Y Hestaiyón buscó entre los fragmentos de memoria, como uno que busca en un lugar donde han estado los gusanos y los ocultos archivos de los viejos tiempos se han podrido dentro de sus fundas, hasta que, por fin, recordó y dijo:



—Recuerdo que una vez he sido un mago poderoso y, entre otras cosas, conozco los conjuros de la magia negra, pero no los empleé, considerando su uso y la resurrección de los muertos como un acto aborrecible. Poseía además otros conocimientos, y quizá entre los restos de aquella antigua sabiduría haya algo que pueda servir ahora para guiarnos. Porque recuerdo una oscura y dudosa profecía, hecha en los años primeros, en la fundación de Yethlyreom y del imperio de Cincor. La profecía era que un destino peor que la muerte caería sobre los emperadores y la gente de Cincor en el tiempo futuro, y que el primero y el último de la dinastía de Nimboth, conferenciando entre ellos, encontrarían una forma de liberarse y de suprimir la desgracia. El mal no era nombrado en la profecía, pero se decía que los dos emperadores conocerían la solución a su problema rompiendo una antigua imagen de arcilla que guarda la cámara más profunda bajo el palacio imperial de Yethlyreom.



Habiendo oído esta profecía de los descoloridos labios de su antepasado, llleiro se lo pensó un rato, y luego dijo:



—Recuerdo ahora una tarde en mi juventud cuando buscando ociosamente por las cámaras no utilizadas de nuestro palacio, como hacen los muchachos, llegué a la última y encontré allí una polvorienta y extraña imagen de barro, cuya forma y posición me parecieron extrañas. Y sin conocer la profecía, me marché desilusionado y me volví tan perezosamente como había entrado, buscando la luz del sol.



Entonces, apartándose sin ser advertidos de sus compañeros y llevando ricas lámparas que habían cogido del salón, Hestaiyón e llleiro bajaron por unas escaleras subterráneas hasta encontrarse debajo del palacio y, recorriendo como implacables y furtivas sombras el laberinto de oscuros corredores, llegaron al fin a la cripta inferior.



Aquí, entre el negro polvo y los montones de telarañas de un pasado inmemorial, encontraron, como había sido decretado, la imagen de arcilla, cuyos rudos rasgos eran los de un dios de la tierra olvidado. Illeiro rompió la imagen con un trozo de piedra y él y Hestaiyón sacaron de su hueco interior una gran espada de acero que no se había oxidado y una pesada llave de bronce brillante y tabletas de cobre reluciente sobre las que estaban inscritas las diversas cosas que había que hacer para que Cincor se librase del oscuro reinado de los nigromantes y la

gente pudiese volver de nuevo al olvido de la muerte.



Así, con la llave de bronce, llleiro abrió, según las tabletas enseñaban a hacer, una puerta baja y estrecha al final de la cámara, detrás de la rota imagen, y él y Hestaiyón vieron, según estaba profetizado, los enroscados escalones de sombría piedra que conducían a un abismo no descubierto, donde continuaban ardiendo los escondidos fuegos de la tierra. Y dejando a Illeiro de guardia ante la puerta abierta, Hestaiyón cogió la espada de acero inoxidado y volvió al salón donde dormían los magos, yaciendo extendidos sobre los lechos rosa y púrpura, con los pálidos muertos sin sangre a su alrededor en pacientes hileras.



Sostenido por la antigua profecía y por la autoridad de las relucientes tablas, Hestaiyón levantó la espada y cortó la cabeza de Mmatmuor y la de Sodosma de un solo golpe. Después, según le había sido ordenado, cuarteó los restos con poderosos golpes. Y los nigromantes rindieron sus sucias vidas y yacieron sin un solo movimiento, añadiendo un rojo más brillante al rosa y un tono más brillante al triste púrpura de sus lechos.



Después, la venerable momia de Hestaiyón habló a los suyos que permanecían silenciosos e indiferentes, sin ser conscientes de su liberación, en un suave murmullo, pero con autoridad, como un rey que da órdenes a sus hijos. Los emperadores y emperatrices muertos se estremecieron, como hojas de otoño ante una repentina ráfaga de viento, y un susurro pasó entre ellos y salió del palacio, para ser comunicado al fin, de muchas formas, a todos los muertos de Cincor.



Toda aquella noche, y durante el día, oscuro como la sangre, que siguió a la luz de las temblorosas antorchas o del pálido sol, un interminable ejército de esqueletos comidos por la peste, de cadáveres destrozados, pasó en un torrente fantasmal por las calles de Yethlyreom a lo largo del salón del palacio donde montaba guardia junto a los cuerpos de los magos. Sin detenerse, con ojos fijos y vagos, siguieron adelante como sombras, buscando las cámaras subterráneas debajo del palacio, atravesando la puerta abierta en la última cámara donde Illeiro montaba guardia y descendiendo después un millón de peldaños hasta llegar al borde de aquel precipicio donde hervían los interminables fuegos de la tierra. Allí, desde el borde, se lanzaron a una segunda muerte y a la limpia destrucción de las llamas sin fondo.



Pero después de que todos hubiesen encontrado su liberación, Hestaiyón permaneció todavía, solo en el descolorido atardecer, al lado de los destrozados cadáveres de Mmatmuor y Sodosma. Allí, según las tablillas le habían enseñado, probó aquellos conjuros mágicos que había conocido en su antigua sabiduría y maldijo a los desmembrados cuerpos con aquella perpetua vida-en-muerte que Mmatmuor y Sodosma habían intentado infligir en la gente de Cincor. Y las maldiciones salieron de los pálidos labios, las cabezas rodaron horriblemente con ojos vidriosos y los torsos y las extremidades se retorcieron en los imperiales lechos entre la sangre coagulada.



Después, sin mirar hacia atrás, sabiendo que todo se había hecho como estaba dispuesto y ordenado desde el principio, la momia de Hestaiyón abandonó a los magos a su destino y recorrió fatigadamente el oscuro laberinto de cámaras para reunirse con Illeiro.



Así, en un tranquilo silencio y sin decirse ni una palabra más, Illeiro y Hestaiyón entraron por la puerta abierta en la cámara, e Illeiro la cerró con la llave de bronce. Y de allí, por las sinuosas escaleras recorrieron el camino hasta el borde de las profunda llamas y se unieron con su pueblo y sus antepasado en la última y profunda nada.



Pero de Mmatmuor y Sodosma se dice que su cuerpos destrozados reptan de un lado a otro hasta ahora en Yethlyreom, sin encontrar paz o respiro de su destino de vida-en-la-muerte, y buscan en vano entre el negro laberinto de cámaras interiores la puerta que fue cerrada por Illeiro.




AQUI TRABAJAMOS..., DURMIENDO ¡ NO MOLESTAR!

¿QUIERES SALIR AQUI? , ENLAZAME

-

ClickComments