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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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sábado, 9 de octubre de 2010

Criaturas abisales





 Criaturas abisales
Arthur C. Clarke

Cuando dijo la centralita que la Embajada soviética estaba al aparato, mi primer pensamiento fue: “¡Bien, otro trabajo!” Pero en cuanto oí la voz de Goncharov comprendí que se trataba de alguna complicación.
–¿Klaus? Aquí Mikhail. ¿Puedes venir en seguida? Es muy urgente, y no puedo decírtelo por teléfono.
Fui preocupado todo el camino hasta la Embajada, preparando mil excusas para el caso de que hubiera salido mal algo por culpa nuestra. Pero no se me ocurrió nada; en ese momento no teníamos ningún contrato pendiente con los rusos. El último trabajo había finalizado hacía seis meses, en el tiempo previsto, y había sido de su entera satisfacción.
Bueno, ahora resulta que no estaban satisfechos, según descubrí en seguida. Mikhail Goncharov, el agregado comercial, era antiguo amigo mío: me contó todo lo que sabía, pero no era mucho.
–Acabamos de recibir un cable urgente de Ceilán –dijo–. Quieren que salgas inmediatamente. Ha surgido un grave problema en el proyecto hidrotérmico.
–¿Qué clase de problema? –pregunté.
Por supuesto, sabía que tenía que ser en el terminal de profundidad, puesto que esa era la única parte de la instalación que nos correspondía a nosotros. Los propios rusos se habían encargado de todo el trabajo de superficie, pero habían recurrido a nosotros para fijar las parrillas a tres mil pies de profundidad, en el océano Indico. No existe en el mundo una sola compañía que pueda mantener nuestro lema: CUALQUIER TRABAJO, A CUALQUIER PROFUNDIDAD.
–Todo lo que sé –dijo Mikhail– es que los ingenieros han informado que la instalación está totalmente inutilizada, que el primer ministro de Ceilán quiere inaugurar la planta dentro de tres semanas, y que a Moscú no le va a gustar lo que se dice nada que no pueda ponerse en funcionamiento para entonces.
Mentalmente repasé las cláusulas de penalización de nuestro contrato. La compañía parecía que estaba a cubierto, dado que el cliente había firmado el certificado de conformidad, con lo que admitía que el trabajo era de su entera satisfacción. Sin embargo, no era tan sencillo; si se demostraba que había habido alguna negligencia por nuestra parte, podíamos estar a salvo de toda acción legal... pero repercutiría gravemente en nuestros contratos. Y para mí, personalmente, la cosa sería peor, porque había sido yo el supervisor del proyecto de la Fosa de Trinco.
No me llamen buzo, por favor; detesto ese nombre. Soy ingeniero de profundidades marinas y utilizo la escafandra con la misma frecuencia que utiliza un aviador su paracaídas. Casi todo el trabajo lo realizo a base de televisores y robots de control remoto. Cuando tengo que bajar personalmente lo hago en un minisub provisto de manipuladores externos. Le llamamos el cangrejo por las pinzas que tiene; el de tipo normal baja hasta cinco mil pies de profundidad, pero se han fabricado versiones especiales que pueden trabajar en el fondo de la Fosa de las Marianas. Personalmente no he estado allí, pero puedo darles el presupuesto con mucho gusto, si lo desean. Así, a ojo, puede costarles un dólar por pie, más mil dólares por hora de trabajo.
Me di cuenta de que los rusos hablaban en serio cuando Mikhail dijo que había un avión aguardando en Zurich, y que si podía estar en el aeropuerto en un par de horas.
–Mira –dije– , yo no puedo hacer nada sin equipo... y la escafandra que se necesita para esa inspección pesa toneladas. Además, lo tengo todo en Spezia.
–Lo sé –contestó Mikhail implacable–. Mandaremos allá otro avión de transporte. Envía un cable a Ceilán tan pronto como sepas lo que necesitas: lo tendrás todo en la instalación dentro de doce horas. Pero, por favor, no hables de esto con nadie; preferimos guardarnos nuestros propios problemas.
Estaba de acuerdo, porque era problema mío también. Al salir del despacho, Mikhail señaló el calendario de la pared, y dijo:
–Tres semanas, de lo contrario...
Y se pasó el dedo transversalmente por el cuello. Y yo sabía que no se refería al suyo.

Dos horas más tarde me encontraba sobrevolando los Alpes, despidiéndome de mi familia por radio, y preguntándome por qué, como todo suizo dotado de sentido común, no me había hecho banquero o me había metido en el negocio de relojes. Toda la culpa la tenían los Picard y los Hanne Keller, me decía a mí mismo pensativo: ¿Por qué tuvieron que empezar esta tradición suiza de las inmersiones? Luego me dispuse a dormir, consciente de que no lo haría lo suficiente durante los próximos días.
Aterrizamos en Trincomalee poco después de amanecer, y el inmenso y complejo puerto –cuya geografía jamás he llegado a dominar completamente– era un laberinto de cabos, islas, canales que se comunicaban entre sí, y dársenas lo bastante amplias como para acoger a todas las escuadras del mundo. Sobre un promontorio que dominaba el Océano Indico se veía el enorme edificio blanco de control, de un estilo arquitectónico un tanto extravagante. La instalación en sí era pura propaganda... aunque, naturalmente, si uno fuera ruso, tendría que decir relaciones públicas.
No es que critique realmente a mis clientes; ellos tienen sus buenas razones para estar orgullosos del proyecto, que es el más ambicioso plan realizado hasta ahora para extraer energía térmica del agua. No es la primera vez que se intenta. El científico francés Georges Claude lo intentó sin éxito hacia 1930, y se hizo otro ensayo mucho mayor en Abidjan, en la costa occidental de África, allá  por los años cincuenta.

Todos estos proyectos se basaban en el mismo hecho sorprendente: incluso en los trópicos, el agua del mar, situada a una milla de profundidad, se encuentra térmicamente casi en el punto de congelación. En una masa de billones de toneladas de agua, esta diferencia de temperatura representa una cantidad de energía colosal, y un precioso reto para los ingenieros de los países que sufren escasez de energía.
Claude y sus sucesores habían tratado de extraer esta energía con máquinas de vapor de baja presión; los rusos habían utilizado un método mucho más simple y más directo. Desde hace más de un centenar de años, se sabe que en muchos materiales se establece una corriente eléctrica cuando se calienta uno de sus extremos y se enfría el otro, y desde 1940 los científicos rusos han estado trabajando para encontrar una aplicación práctica a este efecto termo-eléctrico. Sus primeros inventos no dieron grandes resultados... aunque sí lograron producir corriente suficiente para alimentar miles de radios mediante el calor de las lámparas de petróleo. Pero en 1974 hicieron un gran descubrimiento que todavía guardan en secreto. Y aunque he sido yo quien ha conectado los elementos de potencia en el extremo frío de la instalación, no he podido verlos, ya que estaban totalmente ocultos bajo una capa de pintura anticorrosiva. Todo lo que sé es que forman una inmensa parrilla, como un sinfín de anticuados radiadores de calefacción conectados unos con otros.
Reconocí muchas caras en el pequeño grupo de personas que se había congregado en la pista de aterrizaje de Trinco; amigos o enemigos, el hecho es que parecían alegrarse de verme... especialmente el ingeniero jefe Shapiro.
–Bueno, Lev –dije, cuando salimos en el coche– ¿Cuál es el problema?
–No lo sabemos –dijo con franqueza–. A usted le toca averiguarlo... y arreglarlo.
–Pero ¿qué ha pasado?
–Pues verás, todo funcionaba perfectamente, hasta que hicimos pruebas a plena potencia –contestó–. La producción eléctrica estaba dentro del cinco por ciento del margen de error previsto en nuestras estimaciones, hasta la 01:34 de la madrugada del jueves –torció el gesto; evidentemente esa hora se le había quedado grabada en el corazón–. Luego el voltaje empezó a oscilar violentamente; así que cortamos la alimentación y revisamos los contadores. Pensé que algún patrón idiota había enganchado los cables (ya sabes lo que hemos trabajado para evitar esa eventualidad), conque encendí los proyectores e inspeccioné el mar. No había una sola embarcación a la vista. De cualquier modo, ¿quién iba a querer fondear justamente fuera del puerto en una noche clara y serena? No podíamos hacer nada, salvo vigilar los aparatos y seguir comprobando; ya te enseñaré todos los gráficos cuando lleguemos a mi despacho. Cuatro minutos después se interrumpió el circuito. Naturalmente, localizamos la avería con toda exactitud; está  en la parte más profunda, concretamente en la parrilla. Tenía que ser ahí, y no en este extremo del sistema –añadió lúgubremente, señalando hacia la ventana.
En ese momento pasábamos por el estanque solar: el equivalente a la caldera de una máquina de vapor convencional. Esta era una idea que los rusos habían copiado de los israelíes. Consistía simplemente en un estanque poco profundo, cuyo fondo estaba pintado de negro, el cual contenía una solución concentrada de sal. Actúa como un eficaz absorbente de calor, y los rayos del sol elevan el líquido casi a doscientos grados Fahrenheit.. Sumergidas en este estanque se hallaban las parrillas calientes del sistema termoeléctrico, exactamente a dos brazas de profundidad. Unos cables macizos las conectaban con mi sección, ciento cincuenta grados más fría y a tres mil pies de profundidad, que se alojaba en el cañón submarino que llega hasta la misma bocana del puerto de Trinco.
–¿Han verificado si ha habido temblores de tierra? –pregunté no muy esperanzado.
–Naturalmente. El sismógrafo no ha registrado nada.
–¿Y qué me dicen de alguna ballena? Ya les advertí que podían plantear algún problema.
Hacía más de un año, cuando se estaban largando al agua los inmensos conductores, les había contado a los ingenieros que una vez encontramos un cachalote ahogado enredado en un cable telegráfico, a media milla de la costa de Sudamérica, Se conocen una docena de casos similares... pero el nuestro, por lo visto, no era uno de ellos.
–Esa fue la segunda eventualidad en la que pensamos a continuación –contestó Shapiro–. Nos pusimos en contacto con el Departamento de Pesca, con la Marina y el Ejército del Aire. No hay ballenas en las proximidades de toda la costa.
A partir de ese momento dejé de hacer conjeturas, por que había oído por casualidad algo que hizo que me sintiera incómodo. Como a todo suizo, se me dan bastante bien los idiomas, y he aprendido un poco de ruso. De todos modos, no hacía falta ser un lingüista para saber qué significaba la palabra sabotash.
La dijo Dimitri Karpukhin, consejero político del proyecto. No me caía simpático; ni a los ingenieros, que a veces eran intencionadamente descorteses con él. Comunista del viejo estilo, de los que no han podido librarse de la sombra de Stalin, sospechaba de todo, fuera de la Unión Soviética, y de no pocas cosas dentro de ella. El sabotaje era justamente la clase de explicación que podía ocurrírsele a él.
Desde luego, había muchísima gente que no se moriría de pena precisamente si el Proyecto Energía Trinco fracasaba. Políticamente estaba comprometido en él el prestigio de la URSS; económicamente suponía billones, dado que si tenían éxito las plantas hidrotérmicas podrían competir con el petróleo, el carbón, la energía hidroeléctrica y, especialmente, la energía nuclear.
Si embargo, yo no podía creer seriamente en un sabotaje; al fin y al cabo la guerra fría había terminado. Es posible que alguien hubiera hecho un torpe intento de llevarse una muestra de la parrilla, pero incluso eso parecía poco probable. Podía contar con los dedos de la mano a las personas que había en el mundo capaces de llevar a cabo una cosa así, y la mitad de ellas estaban en mi nómina.
La cámara subacuática de televisión llegó esa misma tarde, y durante toda la noche estuvimos cargando aparatos, monitores y más de una milla de cable coaxial a bordo de la lancha. Cuando salimos del puerto me pareció ver en el muelle una figura familiar, pero estaba demasiado lejos para identificarla, aparte de que tenía otras cosas en la cabeza. Si quieren saberlo les diré que no soy buen marinero; donde realmente me siento a gusto es debajo del agua.
Tomamos cuidadosamente la marcación del faro circular de la isla, y nos colocamos exactamente sobre la parrilla. La cámara, autopropulsada, parecida a un diminuto batiscafo, pasó por encima de la borda; mientras mirábamos por los monitores íbamos bajando espiritualmente con ella.
El agua estaba excepcionalmente clara y excepcionalmente vacía; pero a medida que nos acercábamos al fondo empezamos a encontrar algunas señales de vida. Se acercó un pequeño escualo y se quedó mirándonos. Luego pasó blandamente una palpitante burbuja de gelatina, seguida de una cosa parecida a una enorme araña con cientos de patas que formaban una especie de larga y enmarañada cabellera. Finalmente apareció a la vista la pendiente del cañón. Estábamos justo sobre el objetivo, pues se veían los gruesos cables que descendían hacia las profundidades, exactamente como los había visto en mi revisión final de la instalación, hacía seis meses.
Puse en marcha los propulsores de baja potencia y dejé que la cámara descendiera a lo largo de los cables. Parecían estar en perfectas condiciones, firmemente sujetos a unos pitones clavados en la roca. Hasta que la cámara no llegó a la parrilla misma no apareció signo alguno de anomalía.
¿Han visto ustedes alguna vez el radiador de un coche después de chocar contra una farola? Bueno, pues había una sección de la parrilla que se parecía mucho a eso. Algo la había destrozado, como si hubiese ido un loco y se hubiera puesto a golpearla con una mandarria.
Oí las exclamaciones de asombro y de ira de las personas que miraban por encima de mi hombro. Oí murmurar nuevamente la palabra sabotash y por primera vez empecé a tomarla en serio. La única otra explicación que podía tener sentido era que se hubiera desprendido alguna laja, pero las laderas del cañón habían sido revisadas con todo cuidado, precisamente para evitar esta contingencia.
Cualquiera que fuese la causa, había que reemplazar la parrilla estropeada. Este trabajo no podía hacerse hasta que no me enviaran el cangrejo –veinte toneladas en total– desde el arsenal de Spezia, donde se guardaba entre un trabajo y otro.
–Bien –dijo Shapiro cuando hube finalizado mi inspección visual y fotografiado el lamentable espectáculo de la pantalla–, ¿cuánto tardará?
Me negué a comprometerme a una fecha. Lo primero que he aprendido en este oficio subacuático es que ningún trabajo resulta ser como uno espera. Las estimaciones de costo y de tiempo no pueden ser nunca seguras, porque hasta que no tienes mediado el trabajo contratado no sabes con qué te vas a enfrentar.
Mi cálculo personal era de tres días. Así que dije:
–Si todo marcha bien puede que no tarde más de una semana.
Shapiro soltó un gemido.
–¿No puede hacerlo en menos tiempo?
–No quiero desafiar a la fatalidad haciendo promesas precipitadas. De todos modos, eso supone un margen de dos semanas hasta la fecha tope.
Tenía que contentarse con eso; sin embargo, durante todo el trayecto de regreso a puerto no hizo más que protestar. Cuando llegamos, encontró otra cosa en qué pensar.
–Buenos días, Joe –dije al hombre que estaba todavía aguardando pacientemente en el muelle–. Me pareció reconocerte al salir. ¿Qué haces tú aquí?
–Iba a hacerte la misma pregunta.
–Será mejor que hables con mi patrón. Ingeniero jefe Shapiro, le presento a Joe Watkins, corresponsal científico del Times.
La respuesta de Lev no fue precisamente cordial. Normalmente no había nada que le gustara tanto como charlar con los periodistas, que llegaban a un promedio de uno por semana. Ahora, como la fecha de inauguración estaba próxima, le lloverían de todas partes. Incluso, naturalmente, de Rusia. Pero en el momento presente, la agencia Tass sería tan mal recibida como el Times.
Era divertido ver cómo Karpukhin se hacía cargo de la situación. A partir de ese momento Joe tuvo constantemente pegado a él, como guía, filósofo u compañero de copeo, a un afable joven de relaciones públicas, llamado Sergei Markov. A pesar de todos los esfuerzos de Joe, los dos fueron inseparables. Mediada la tarde, cansado tras una larga conferencia en el despacho de Shapiro, me uní a ellos y fuimos a comer, tarde ya, a la casa–restaurante del gobierno.
–¿Qué está ocurriendo aquí, Klaus? –preguntó Joe ansiosamente–. Huele a dificultades, pero nadie admite nada.
Me puse a revolver el curry, tratando de separar las partes inofensivas de aquellas que podían hacerme saltar la tapa de los sesos.
–No esperarás que me ponga a discutir sobre los asuntos de mis clientes –contesté.
–Cuando te encargaste de la supervisión del dique de Gibraltar –me recordó Joe–, eras bastante comunicativo.
–Bueno sí –admití–. Y te agradezco el artículo elogioso que me dedicaste. Pero esta vez hay secretos técnicos por medio. Yo... bueno... estoy realizando los últimos ajustes para mejorar el rendimiento del sistema.
Cosa que, naturalmente, era verdad; esperaba elevar el rendimiento del sistema, cuyo valor actual era exactamente el de cero.
–Ejem –dijo Joe sarcásticamente–. Muchísimas gracias.
–En fin –dije, tratando de desviar la conversación–. ¿Cuál es tu última teoría disparatada?
Como escritor científico altamente competente, Joe tenía una afición particular por lo raro y lo improbable. Puede que ésta fuera una forma de evasión; me he enterado casualmente de que escribe también relatos de ciencia–ficción, aunque lo oculta muy bien ante sus jefes. Tienen una secreta afición al espiritismo y la parapsicología y los platillos volantes, pero su verdadera especialidad son los continentes perdidos.
–Estoy trabajando en un par de ideas –admitió–. Se me ocurrieron mientras hacía indagaciones sobre este asunto.
–Sigue –dije, sin atreverme a levantar la vista del análisis de mi curry.
–El otro día me tropecé con un mapa (trazado por Ptolomeo, por si te interesa) de Ceilán. Me recordaba otro viejo mapa de mi colección, y lo saqué. Tenía la misma montaña central, la misma distribución de los ríos en su recorrido hasta el mar. Pero este mapa era de Atlantis.
–¡Oh, no! –exclamé–. La última vez que nos vimos estuviste convenciéndome de que la Atlántida era la cubeta occidental del Mediterráneo.
Joe hizo un gesto simpático.
–Podía estar equivocado, ¿no? En todo caso, tengo una prueba mucho más sorprendente. ¿Cuál es el viejo nombre nacional de Ceilán... y de los modernos cingaleses, en definitiva?
Me quedé pensando un segundo, y luego exclamé:
­¡Cielo santo! Lanka, por supuesto. Lanka... Atlantis –se me enredaron los nombres en la lengua.
–Exactamente –dijo Joe–. Pero no bastan dos claves, por sorprendentes que sean, para sustentar enteramente una teoría; y eso es todo cuanto tengo de momento.
–Qué lástima –dije, auténticamente decepcionado–. ¿Y tu otro proyecto?
–Ese te va a dejar sentado –contestó Joe con presunción.
Hurgó en la baqueteada cartera que siempre llevaba consigo y sacó un mazo de papeles.
–Ocurrió a sólo ciento ochenta millas de aquí, hace más de un siglo. La fuente de información, como verás, es la mejor que existe.
Me tendió una fotocopia de una página del Times de Londres, que databa del 4 de julio de 1874. Me puse a leerla sin mucho entusiasmo, porque Joe siempre estaba sacando a relucir recortes de periódicos antiguos, pero mi falta de interés no tardó mucho en desaparecer.
En pocas palabras –me habría gustado transcribirla aquí literalmente, pero si quieren más detalles, su biblioteca local puede enviarle un facsímil en diez segundos–, el artículo contaba cómo la goleta Pearl había zarpado de Ceilán a primeros de mayo de 1874, y luego había hecho escala en la bahía de Bengala. El 10 de mayo, poco antes de la caída de la noche, apareció un enorme calamar a media milla de la goleta, y el insensato capitán abrió fuego con su fusil.
El calamar nadó directamente hacia la Pearl, agarró los mástiles con sus tentáculos y tiró de la nave hacia sí. La goleta se hundió en cuestión de segundos, arrastrando a dos miembros de su tripulación. Los demás fueron rescatados porque dio la casualidad de que el vapor de P. y O., el Strathowen, estaba a la vista y presenció la escena.
–Bueno –dijo Joe, cuando lo hube leído por segunda vez–. ¿Qué te parece?
–No creo en los monstruos marinos.
–El Times de Londres –contestó Joe– no tiene tendencia al sensacionalismo periodístico. Y los calamares gigantes existen, aunque los más grandes de que se tienen noticias son animales endebles y blancos, y no llegan a pesar más de una tonelada, aun cuando sus patas pueden tener unos cuarenta pies de longitud.
–¿Y qué? Un animal así no es capaz de hacer naufragar una goleta de ciento cincuenta toneladas.
–Cierto... pero hay una infinidad de pruebas de que el susodicho calamar gigante es meramente un calamar de gran tamaño. Puede haber decápodos marinos realmente gigantescos. En fin, un año después del incidente de la Pearl vieron un cachalote frente a las costas del Brasil, debatiéndose entre unos anillos descomunales que finalmente se lo llevaron a las profundidades. El relato de este incidente lo puedes encontrar en el Illustrated London News del veinte de noviembre de mil ochocientos setenta y cinco. Luego, por supuesto, tienes ese capítulo de Moby Dick...
–¿Qué capítulo?
–Pues el que se titula El calamar. Sabemos que Melville era un observador muy minucioso... aunque en esa ocasión dejó correr la pluma. Describe cómo un día de calma surgió del mar una enorme masa blanca como una capa de nieve recién caída de los montes. Y el hecho sucedía aquí, en el Océano Indico, quizá unas mil millas al sur del naufragio de la Pearl. Las condiciones meteorológicas eran idénticas, tenlo en cuenta.
–Lo que los hombres del Pequod vieron flotar en el agua, me sé este pasaje de memoria, porque lo he estudiado cuidadosamente, era una inmensa masa pulposa, de una longitud y anchura de varios estadios, de un color crema tornasolado e innumerables patas largas que partían de su centro, curvándose y retorciéndose como un nido de anacondas.
–Un momento –dijo Sergei, que había estado escuchándolo todo extasiado–. ¿Qué es un estadio?
Joe pareció sentirse ligeramente en un aprieto.
–De hecho, es un octavo de milla... unos seiscientos sesenta pies –levantó la mano para detener nuestra carcajada de incredulidad–. Bueno, estoy seguro de que Melville no lo decía en sentido literal. El era un hombre que se tropezaba a diario con cachalotes, y echó mano al azar de una unidad de longitud para describir algo mucho mayor. Así que, maquinalmente, saltó de las brazas a los estadios. Esa es, al menos, mi teoría.
Aparté las porciones intocables de mi curry.
–Si crees que me has hecho sentirle miedo a mi trabajo –dijo– te equivocas de medio a medio. Pero te prometo una cosa: que cuando me encuentre con un calamar gigante le voy a cortar un tentáculo y me lo voy a traer de recuerdo.

Veinticuatro horas más tarde me hallaba instalado en el interior del cangrejo, y descendía lentamente hacia la parrilla estropeada. No hubo forma de mantener el trabajo en secreto; Joe se había instituido en interesado espectador, y lo contemplaba desde una lancha próxima a la nuestra. Ese problema era de los rusos, no mío; sugerí a Shapiro que le pusieran al corriente, pero esto, como es natural, fue prohibido por la recelosa mente eslava de Karpukhin. Uno casi podía imaginárselo pensando: ¿Por qué aparece aquí un periodista americano, precisamente en este momento?, e ignorar la evidente respuesta de que Trincomalee era actualmente una gran noticia.
No hay absolutamente nada realmente emocionante o fascinante en los trabajos submarinos... si se realizan como es debido. Lo excitante implica ausencia de previsión, y eso significa incompetencia. Los incompetentes no duran demasiado en mi oficio, ni tampoco los que buscan experiencias fascinantes. Yo me puse a trabajar con la misma emoción que experimenta un fontanero al arreglar el canalón de un edificio.
Las parrillas estaban proyectadas de manera que tuviesen un mantenimiento fácil, dado que más tarde o más temprano tenían que ser reemplazadas. Por ventura, no estaba dañada ninguna de las espigas, y las tuercas salieron con facilidad al desenroscarlas con la llave inglesa. Luego puse en marcha los gráficos de trabajos pesados y quité la parrilla estropeada sin la menor dificultad.
Es una mala táctica el darse prisa en un trabajo subacuático. Si intentas ir demasiado deprisa corres el riesgo de cometer muchos errores. Y si las cosas marchan viento en popa y terminas en un día un trabajo que has dicho que tardaría una semana, el cliente pensará que no vale todo lo que has pedido por él. Aunque yo estaba convencido de que podía sustituir la parrilla esa misma tarde, subí a la superficie detrás de la parrilla estropeada y di por terminada mi jornada de trabajo.
Se llevaron el termo-elemento para someterlo a una autopsia, y yo me pasé el resto de la tarde huyendo de Joe. Trinco es un pueblecito pequeño, pero me las arreglé para evitar su compañía por el procedimiento de meterme en el cine y estarme sentado varias horas, viendo una interminable película tamil, en la que tres generaciones sucesivas sufrían idénticas crisis familiares de desplazamiento de personalidad, alcoholismo, deserción, muerte y demencia, en technicolor y con la banda sonora a todo volumen.

A la mañana siguiente, poco después de amanecer y a pesar de que tenía un ligero dolor de cabeza, me encontraba en el lugar (lo mismo que Joe y que Sergei, los cuales habían decidido pasar un plácido día de pesca). Les saludé alegremente con la mano mientras me metía en el cangrejo, y luego la grúa me fue bajando suavemente por el costado. Por el otro costado, donde Joe no podía verlo, arriaron la parrilla de substitución. Unas cuantas brazas más abajo la solté de la cabria y la bajé al fondo de la fosa de Trinco, donde, sin la menor dificultad, quedó instalada a media tarde. Antes de volver a la superficie, había repasado las tuercas, las soldaduras de los conductores, y los ingenieros de la costa habían completado sus pruebas de conexión. De nuevo me encontraba en cubierta, el sistema estaba funcionando una vez más, todo había vuelto a la normalidad, e incluso Karpukhin sonreía... Hasta que se paraba a preguntarse lo que nadie había sido capaz de contestar.
Yo sostenía aún la teoría de que había sido el desprendimiento de alguna laja... a falta de otra mejor. Y esperaba que la aceptaran los rusos, y que, consiguientemente, acabaran los fingimientos y disimulos con Joe.
Me di cuenta de que no era así cuando Shapiro y Karpukhin vinieron a verme con las caras largas.
–Klaus –dijo Lev–, queremos que baje usted otra vez.
–De ustedes es el dinero –repliqué–. Pero ¿para qué quieren que baje?
–Hemos examinado la parrilla estropeada y falta una sección del termo-elemento. Dimitri cree que... que alguien... la ha roto deliberadamente y se la ha llevado.
–Entonces han hecho un mal trabajo –contesté–. Les puedo asegurar que no ha sido ninguno de mis hombres.
Era peligroso hacer esa clase de chistes en presencia de Karpukhin, y a nadie le hizo gracia. Ni a mí; porque yo ya empezaba a sospechar que Karpukhin tenía una idea en la cabeza.
El sol se estaba ocultando cuando inicié mi última inmersión a la Sima de Trinco, pero el anochecer no tiene importancia alguna en esas profundidades. Hasta los dos mil pies hice el descenso sin luces porque me gusta contemplar las criaturas luminosas de la mar, resplandecientes y fluctuantes en la obscuridad, huyendo veloces como cohetes, a veces, de la ventana de observación. En esta masa líquida no había peligro de colisión; de todos modos, tenía un proyector de sonar panorámico, muchísimo más eficaz que mis propios ojos.
Al llegar a las cuatrocientas brazas me di cuenta de que ocurría algo. El fondo estaba a punto de aparecer a la vista según el sondador vertical... pero la aproximación era demasiado lenta El promedio de descenso era excesivamente bajo. Podía aumentarlo fácilmente inundando otro tanque de flotación... pero no me decidí a hacerlo. En mi trabajo, cualquier cosa que se salga de lo corriente ha de tener su explicación; he salvado la vida tres veces por haber esperado a encontrarla.

El termómetro me dio la respuesta. La temperatura exterior era cinco grados más elevada de lo que debía ser, y siento decir que tardé cinco segundos en comprender por qué.
Sólo a un centenar de pies por debajo de mí, la parrilla reparada funcionaba ahora a pleno rendimiento, produciendo megavatios de calor al tratar de equilibrar la diferencia de temperatura entre la Sima de Trinco y el estanque solar de la superficie. No se llegaría a establecer ese equilibrio, por supuesto; pero en el intento se generaba electricidad... y yo estaba siendo arrastrado hacia arriba por el géiser de agua caliente que se producía como efecto secundario.
Una vez en la parrilla, me resultaba enormemente difícil mantener el cangrejo en posición estable debido a la corriente ascendente, y al penetrar el calor en la cabina, empecé a sudar incómodo. El exceso de calor en el fondo del mar era una experiencia nueva; así como la visión, casi de espejismo, que producía el agua ascendente, la cual hacía danzar y temblar las luces de mis proyectores sobre la pared de roca que estaba inspeccionando.
Imagínenme con las luces resplandecientes en medio de una obscuridad de quinientas brazas, descendiendo lentamente por la pendiente del cañón, que en este lugar se inclinaba como el tejado de una casa. El termo-elemento que faltaba –si es que estaba aún por allí– no podía haber ido a parar muy lejos, antes de detenerse. O lo encontraba en diez minutos o no lo encontraría jamás.
Tras una hora de búsqueda había encontrado varias bombillas rotas (es asombrosa la cantidad de bombillas que arrojan los barcos a la mar... los fondos marinos están llenos de ellas, una botella de cerveza vacía (el mismo comentario) y una bota flamante. Eso fue lo último que encontré, porque a continuación me di cuenta de que no estaba solo.
Yo nunca apago el sonar, y aunque no me esté moviendo, reviso la pantalla a cada instante para comprobar la situación general. En este momento, la situación era que un objeto de grandes dimensiones –del tamaño del cangrejo por lo menos– se aproximaba por el Norte. Cuando lo localicé, se hallaba a la distancia de unos quinientos pies, y se acercaba lentamente. Apagué mis luces, silencié los propulsores que tenía en marcha y seguí moviéndome a escaso régimen para mantenerme en agua turbulenta, dejándome llevar por la corriente.
Aunque me sentí tentado de llamar a Shapiro para comunicarle que tenía compañía, decidí esperar a tener más información. Sólo había tres naciones que poseían naves de inmersión capaces de operar a esta profundidad, y yo estaba en excelentes relaciones con todas ellas. No debía apresurarme demasiado, si no quería verme involucrado en complicaciones políticas innecesarias.
A pesar de que me sentía ciego sin el sonar, no quería delatar mi presencia, así que lo desconecté de mala gana y confié en mis ojos. Cualquiera que quisiese operar a estas profundidades tenía que utilizar luces, y yo las vería venir mucho antes de que él me viera a mí. Así que esperé en mi pequeña cabina caliente, silenciosa, forzando los ojos en la obscuridad, tenso y alerta, aunque no estaba particularmente preocupado.

Primero vi un resplandor difuso a una distancia indeterminada. Se fue haciendo más grande y más brillante, aunque no adquirió ninguna forma que mi conciencia pudiera reconocer. El vago resplandor se concentró en una miríada de puntitos, hasta que adquirió el aspecto de una constelación que venía navegando hacia mí. Así podían parecer las nubes de estrellas de la galaxia, vistas desde algún mundo cercano al corazón de la Vía Láctea.
No es cierto que los hombres se asusten ante lo desconocido; pueden tener miedo sólo de lo que conocen, de lo que ya han experimentado. Yo no tenía ni idea de qué era lo que se estaba acercando, pero ninguna criatura marina podría tocarme, estando en el interior de un buen blindaje de seis pulgadas de fabricación suiza.
La cosa aquella estaba casi encima de mí, brillando con una luz de su propia creación, cuando se escindió en dos nubes separadas. Y lentamente fueron penetrando en el foco, no de mis ojos, sino de mi entendimiento, y comprendí que la belleza y el terror surgían del abismo para alzarse en contra mía.
Lo primero que sentí fue el terror al descubrir que las bestias que se acercaban eran calamares; y en mi cerebro comenzaron a reverberar todas las historias de Joe. Luego, con una considerable sensación de desencanto, me di cuenta de que tenían solamente unos veinte pies de largo... eran un poco más grandes que el cangrejo, y tenían sólo una fracción de su peso. No podían hacerme daño alguno. Y al margen completamente de eso, su indescriptible belleza les privaba de toda apariencia de amenaza.
Esto suena ridículo, pero es cierto. En mis viajes he visto casi todos los animales de este mundo, pero ninguno podía competir con las luminosas apariciones que ahora flotaban ante mí... Las luces de colores, variando cada segundo, palpitaban y danzaban a lo largo de sus cuerpos, dándoles el aspecto de estar cubiertos de joyas. Había zonas que refulgían en un brillante tono azul, como vacilantes arcos de mercurio, que cambiaban luego, transformándose casi instantáneamente en un encendido rojo de neón. Los tentáculos semejaban filas de cuentas luminosas arrastradas por el agua, o hileras de luces, como las de las autopistas cuando se ven desde el cielo en plena noche. Apenas visible contra esta luminosidad de fondo, destacaban los ojos enormes, pavorosamente humanos e inteligentes, cada uno rodeado de una diadema de brillantes perlas.
Lo siento, pero eso es lo más que puedo hacer. Sólo la cámara cinematográfica podría hacer justicia a estos calidoscopios vivientes. No sé cuánto tiempo estuve contemplándolos; y tan fascinado estaba por su luminosa belleza, que casi había olvidado mi misión. Era evidente que aquellos tentáculos, delicados como flagelos, no podían haber roto la parrilla. Sin embargo, la presencia de estas criaturas aquí era, cuando menos, muy extraña. Karpukhin la habría calificado de sospechosa.
Iba a llamar a la superficie cuando vi algo increíble. Lo había tenido todo el tiempo delante de los ojos, pero no me había dado cuenta hasta ahora.
Los calamares estaban hablando entre sí.
Esos trazos luminosos y evanescentes no iban y venían al azar. Había en ellos tanta intencionalidad como los anuncios luminosos de Broadway o de Piccadilly. Cada pocos segundos componían una imagen que casi tenía un sentido, pero se desvanecía antes de que yo pudiese interpretarla. Yo sabía, naturalmente, que hasta el pulpo más vulgar manifiesta sus emociones mediante rápidos cambios de irisaciones... pero esto pertenecía a un orden muy superior. Era una auténtica comunicación: aquí se trataba de dos anuncios eléctricos vivientes que se enviaban mensajes uno a otro.
Cuando vi una inequívoca representación del cangrejo se desvanecieron todas. mis dudas. Aunque no soy hombre de ciencia, en ese momento experimenté los sentimientos de un Newton o un Einstein en el momento de presenciar una revelación. Esto me haría famoso...
Luego cambió la imagen de la manera más extraña. Apareció el cangrejo nuevamente, pero un tanto más pequeño. Y junto a él, mucho más pequeños aún, había dos objetos de lo más peculiares. Cada uno consistía en un par de puntos rodeados por una silueta compuesta de diez líneas radiales.
Ahora es cuando pensé que a los suizos se nos dan bien los idiomas. Sin embargo, no se requería una inteligencia excepcional para inferir que se trataba de la imagen del calamar percibida por sus propios ojos, y que lo que yo veía no era ni más ni menos que el esbozo rudimentario de la situación. Pero ¿por qué la dimensión absurdamente pequeña de los calamares?
No tuve tiempo de ponerme a averiguarlo, porque en seguida sobrevino otro cambio. Un tercer símbolo de calamar apareció en dicha pantalla viviente... y esta vez era enorme, hasta el punto de empequeñecer por segundos en la noche eterna. Luego, la criatura que lo había reflejado desapareció a increíble velocidad y me dejó solo con su compañero.
Ahora el significado estaba demasiado claro. ¡Dios mío! –me dije– se han dado cuenta de que no pueden conmigo y han ido a buscar al hermano mayor.
Y yo tenía ya más una prueba de lo que era capaz el hermano mayor, más patente aún que todas las de Joe Watkins con sus investigaciones y sus recortes de periódico.
Ese fue el momento –no les sorprenderá oírlo– en que decidí no permanecer allí ni un minuto más. Pero antes de marcharme se me ocurrió que podía intentar hablarles yo también.
Después de estar tanto tiempo a obscuras había olvidado la potencia de mis luces. Me hicieron daño a los ojos, y debió ser angustioso para el desdichado calamar. Traspasado por este resplandor intolerable, su propia iluminación se apagó completamente, perdió toda su belleza, y se convirtió en una pálida bolsa de gelatina con dos negros botones por ojos. Por un momento pareció quedarse paralizado de estupor; luego salió disparado en pos de su compañero, mientras yo iniciaba mi ascensión hacia la superficie, para volver a un mundo que ya no sería jamás el mismo.

–He encontrado a su saboteador –le dije a Darpukhin, cuando abrieron la escotilla del cangrejo–. Si quiere saber todo lo referente a él pregúntele a Joe Watkins.
Dejé que Dimitri sudara unos segundos, mientras yo disfrutaba viendo su expresión. Luego le di mi informe brevemente redactado.
Le di a entender –sin decirlo expresamente– que los calamares que había visto eran lo suficientemente grandes como para haber hecho todo ese daño; pero no dije nada sobre la conversación que presencié. Eso sólo habría suscitado la incredulidad. Además, necesitaba tiempo para pensar en este asunto y atar cabos... si podía.
Joe me ha sido de gran ayuda, aunque él no sabe todavía más que los rusos. Me ha contado lo maravillosamente desarrollado que tienen el sistema nervioso los calamares, y me ha explicado que algunos pueden cambiar su aspecto en un abrir y cerrar de ojos mediante impresiones tricolores instantáneas, gracias a la extraordinaria red de cromóforos que recubre sus cuerpos. Probablemente, esto dio origen a un camuflaje; pero parece natural –e inevitable– que acabara constituyendo un sistema de comunicación.
Pero hay una cosa que preocupa a Joe.
–¿Qué estaban haciendo alrededor de la parrilla? –sigue preguntándome quejumbroso–. Son invertebrados de sangre fría. Lo primero sería que no les gustara el calor, del mismo modo que sienten aversión a la luz.
Eso es lo que desconcierta a Joe; en cambio a mí no. Efectivamente, creo que esa es la clave de todo el misterio.
Esos calamares, ahora estoy seguro, están en la fosa de Trinco por la misma razón de que hay hombres en el polo sur... o en la Luna. La pura curiosidad científica les ha hecho salir de sus frías regiones, para investigar este géiser de agua caliente que emana de las paredes del cañón. Aquí existe un fenómeno extraño e inexplicable... el cual, posiblemente, amenaza su forma de vida. Así que han enviado a su gigantesco primo (¿un criado?, o ¡un esclavo!) para que les traiga una muestra que someterán a examen. No puedo creer que esperen entenderlo; al fin y al cabo ningún científico de la Tierra lo habría entendido hace sólo un centenar de años. Pero lo están intentando, y eso es lo que importa.
Mañana empezaremos a tomar medidas preventivas. Voy a bajar a la fosa de Trinco para instalar grandes focos de luz; Shapiro espera que estas luces mantengan a los calamares alejados de la bahía. Pero ¿cuánto tiempo dará resultado esta argucia, si hay una inteligencia en las profundidades que está despertando?
Mientras grabo esto, estoy sentado aquí, al pie de las antiguas murallas de Fuerte Federico, mirando cómo se eleva la Luna sobre el océano Índico. Si todo marcha bien, servirá de preámbulo al libro que Joe me ha insistido que escriba. Si no... Oye, Joe, te hablo a ti ahora. Publícalo como a ti te parezca; y os pido mil perdones a ti y a Lev por no haberos dado a conocer todos los hechos antes. Ahora comprenderéis por qué.
Pase lo que pase, recordad esto; son unas criaturas hermosas, maravillosas; tratad de llegar a un acuerdo con ellas, si podéis.
Para: Ministerio de Energía Eléctrica, Moscú.
De: Lev Shapiro, ingeniero jefe del Proyecto de Energía Termoeléctrica de Trincomalee.
Se adjunta transcripción completa de la grabación hallada entre los efectos personales de Herr Klaus Muller, después de su última inmersión. Estamos muy agradecidos a Mr. Joe Watkins, del Times, por su ayuda en el esclarecimiento de varios puntos.
Se recordará que el último mensaje inteligible de Herr Muller iba dirigido a Mr. Watkins, y decía lo siguiente:
–¡Joe! ¡Tenías razón en lo de Melville! Es una criatura absolutamente gigan...

miércoles, 6 de octubre de 2010

Iª GUERRA MUNDIAL - ALEMANIA - LA LEYENDA DEL U-BOAT , U-65

U-BOAT  : U-65


U-65 era un submarino alemán de la Primera 
Guerra Mundial, cuya extraña historia se inicia antes de abandonar 
los astilleros de Brujas, Bélgica.


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  Una viga destinada a la eslora de la cubierta mató a un obrero convirtiéndose en la primera víctima de una cadena de extrañas muertes ocurridas en torno a este submarino. Durante las pruebas iniciales de navegación tres tripulantes murieron asfixiados al llenarse de gases la sala de máquinas. 

En pruebas posteriores efectuadas junto a una flotilla de submarinos gemelos, las cuales se iniciaron sin problemas, el capitán ordenó la primera inmersión del U-65. El mar estaba en calma y había una brisa suave. Antes de sumergirse, el capitán ordenó a un marinero ir a proa a realizar una inspección de las escotillas, esta era una inspección de rutina, pero en vez de efectuar la inspección, inexplicablemente el marinero saltó por la borda siendo atrapado por el remolino del submarino.

Una vez iniciada la inmersión, el capitán ordenó estabilizar la nave a los diez metros, extrañamente continuó descendiendo hasta chocar con el fondo del mar, quedando inmóvil. Cerca de doce horas permaneció en esta situación en el fondo del mar, y filtrándose el agua. Nuevamente comenzó a llenarse de gases, pero en ese momento, tan extrañamente como se había hundido, comenzó a moverse y ascendió a la superficie.

Luego de estos extraños sucesos fue enviado a los astilleros para ser revisado en seco. A los pocos días fue declarado apto para el servicio, siendo aprovisionado y armado. Cuando se efectuaba esta maniobra la cabeza de uno de los torpedos estalló, matando al segundo teniente y ocho marineros.

Fue remolcado al dique pero en esos momentos un marinero aseguró haber visto al segundo teniente, muerto en la explosión, de pie en la proa y con los brazos cruzados. Al ser reparado, y antes de iniciar la navegación, otro marinero que deserto aseguró que él también había visto al segundo teniente en el mismo sitio.

Se le ordenó al capitán del U-65 zarpar con rumbo al estrecho de Dover, durante todo el trayecto varios tripulantes aseguraron ver al oficial muerto. Uno de los testigos fue el oficial de servicio, quien aseguró haber visto su fantasma y cómo éste se desvanecía.

Al regresar a la base, ésta se encontraba bajo un fuerte ataque aéreo, lo cual no afectó a la tripulación ya que lo único que deseaban era abandonar la nave.

En los momentos que el capitán bajaba la pasarela, fue muerto al ser alcanzado por la metralla.
Todas estas muertes, que habían sido acalladas por la marina, motivaron que los altos mandos de la marina imperial, para tranquilidad de los marineros, tomara la decisión de ordenar a un sacerdote que exorcizara el submarino.
Pero al parecer no dio resultado, porque en la siguiente misión del UB-65 un tripulante se suicidó, un artillero se volvió loco y el primer maquinista se quebró una pierna.

El 10 de julio de 1918 el L-2, submarino norteamericano, divisó un submarino alemán navegando a la deriva frente a las costas de Irlanda. El capitán del L-2 ordenó maniobrar para atacarlo. Al mirar por el periscopio notó una extraña figura que permanecía de pie, en la proa de la nave, con los brazos cruzados.
A los pocos segundos una enorme explosión destrozó al U-65.

El U-65 y su tripulación fantasma, tal vez siga navegando los mares.

martes, 28 de septiembre de 2010

MITOS CABALISTICOS -- KETHER, EL PRIMER SEPHIRAH -- EL ARBOL DE LA VIDA Y LOS DIEZ SEPHIRAH






KETHER, EL PRIMER SEPHIRAH

TITULO : Kether, la Corona, (Hebreo : Beth, Yod, Num, Hé)
IMAGEN MÁGICA : Un viejo Rey antiguo, visto de perfil.
SITUACIÓN EN EL ÁRBOL : A la cabeza del Pilar del Equilibrio, en el Triángulo Supremo.
TEXTO YETZIRATICO : El Primer Sendero es el llamado Admirable o de la Inteligencia Oculta, porque es la luz que da el poder de comprensión, del Primer Principio, que no tiene comienzo; y es la Gloria Primordial, porque ningún ser creado puede alcanzar su esencia.
TÍTULOS DADOS A KETHER : Existencia de existencias. El Secreto de los secretos. El Antiguo de los antiguos. El Antiguo de los Días. El Punto Primordial. El Punto dentro del Circulo. El Altísimo. El Rostro Inmenso. La Cabeza Blanca. La Cabeza que no es. Macroposopos. Amén. Lux Oculta. Lux Interna. El.
NOMBRE DIVINO : Eheieh
ARCÁNGEL : Metraton
ORDEN ANGÉLICO : Santos Seres Vivientes. Kjaioth ja Kadesh.
CHAKRA MUNDANO : Rashith ha Gilgalim. Primum Móbile. Primeros estremecimientos.
EXPERIENCIA ESPIRITUAL : Unión con Dios
VIRTUD : Realización.
VICIO: --------
CORRESPONDENCIA EN EL MACROCOSMOS: El Cráneo. El Sha Yechidah. La Chispa Divina. El Loto de Mil Pétalos.
SÍMBOLOS : La Corona. La Svástika.
CARTAS DEL TAROT : Los Cuatros Ases.
As de Bastos : La Raíz de los Poderes del Fuego.
As de Copas : La Raíz de los Poderes del Agua.
As de Espadas: La Raíz de los Poderes del Aire.
As de Oros : La Raíz de los Poderes de la Tierra.
COLOR EN ATZILUTH : Brillantez
" BRIAH : Brillantez blanca Purísima
" YETZIRAH : Brillantez blanca Purísima
" ASSIAH : Blanco, moteado de Oro.

Kether, la Corona, está colocada a la Cabeza del Pilar del Medio, el Equilibrio; y más allá de El están los Velos Negativos de la Existencia. Ya hemos escrito algo con respecto al uso de estos Velos Negativos como fondo para el Pensamiento, de manera que no haremos repeticiones inútiles sobre este punto, aunque sí recordaremos al lector que Kether, Primer Manifestado, representa la cristalización primaria de la manifestación, de aquello que antes era inmanifiesto, y por lo tanto, incognoscible para nosotros. Respecto a la raíz de la que surge Kether no sabemos nada pero sí podemos saber algo respecto a Kether mismo. En nuestro actual estado de desenvolvimiento podrá ser para nosotros el Gran Desconocido, pero no es el Gran Incognoscible. La mente del mago puede abarcarlo en sus visiones más elevadas. Según nuestro propia experiencia, en la operación conocida como ascenso a través de los planos, que consiste en elevar la conciencia por el Pilar del Medio, mediante la concentración sobre los sucesivos símbolos y los Senderos, en ocasión en que logramos alcanzar sus fronteras, Kether se nos apareció como una Luz blanca enceguecedora, en la cual quedó aniquilado todo pensamiento.

En Kether no hay forma, sino ser puro. Podríamos decir que es una latencia sólo un grado más acá de la no existencia. Estos conceptos tienen que ser necesariamente vagos y no estamos capacitamos para darle la nitidez que debieran tener, pero es suficientemente que reconozcamos grados de devenir, y que la cruda diferenciación y el Ser y el No Ser no representan los hechos. Con la existencia manifestada aparecen los pares opuestos; pero en Kether mismo no hay semejante división, manifestándose recién cuando se produce la emanación de Chokmah y Binah.

Por consiguiente, Kether es uno, y existía antes de que hubiera ningún reflejo de sí mismo para servirle de imagen en la conciencia y establecer así una polaridad. Debemos creer que trasciende todas las leyes conocidas de la manifestaciones al existir por sí solo sin reacción alguna. Cuando hablamos de Kether debemos recordar que no queremos significar una persona sino un estado de existencia; y ese estado de substancia existente debe haber sido completamente inerte, un puro ser hasta que comenzó la actividad cuya enamación fue Chokmah.

En la mente humana, que no conoce ningún otro modo de existencia que el de la forma y de la actividad, tiene la mayor dificultad en lograr un concepto adecuado de un estado absolutamente informe, de pasividad, que, sin embargo, es muy distinto del no ser. No obstante, hay que hacer el esfuerzo si queremos comprender la filosofía cósmica en sus fundamentos. No podemos poner los velos de la Existencia Negativa ante Kether, porque nos condenaríamos a una perpetua dualidad insoluble. Dios y el Demonio lucharán siempre en nuestro Cosmos, y su conflicto no tendrá fin. Debemos acostumbrar la mente a que conciba un estado que sea puramente existencia, sin atributos ni actividades. Podemos pensar en que es una Luz Blanca, enceguecedora, sin diferenciarse en los múltiples rayos del prisma de la forma. O podemos pensar en la obscuridad del espacio interestelar en que no hay nada, y que, sin embargo, es la potencialidad de todas las cosas. Estos símbolos, en los que puede reposar el ojo interior, ayudan mucho a comprender a Kether, mucho más que todas las definiciones filosóficas que pueden hacerse. No podemos definir a Kether: sólo podemos referirnos a su existencia.

Encierra continuas sorpresas y aclara muchos conceptos el descubrimiento de los extraordinarios significados que contiene la tabla de correspondencias y la manera en que van guiando la mente de un concepto a otro. El Primer Sephirah se llama la Corona, no la Cabeza. Ahora bien, la Corona es algo que se pone sobre la cabeza, lo que indica que Kether es de nuestro Cosmos, pero no está en él. También encontramos su correspondencia microcósmica en el Loto de Mil Pétalos, el chakra Sahasrara (Sajasrara), que se encuentra en el aura, inmediatamente por encima de la cabeza. Esto nos enseña claramente que la esencia espiritual más interna que todas las cosas, sea en el ser humano o en el mundo, no está nunca en plena manifestación, sino que permanece en su centro formando la raíz de donde brotan todas las cosas, y perteneciendo, en realidad, a una dimensión distinta, a un orden de cosas diferentes. Este concepto de diferentes tipos de existencia es fundamental para la Filosofía Esotérica y hay que tenerlo siempre presente al considerar los reinos invisibles del mago u ocultismo práctico.

En la Filosofía Vedanta, Kether equivaldría, indudablemente, a Parabrahman, Chokmah a Brahma y Binah a Mulaprakriti. En los demás grandes sistemas del pensamiento humano, Kether equivale al concepto Primario de Padre de todos los Dioses. Si gracias a Ellos surgió el Universo en el espacio, entonces Kether es Dios del Cielo. Si surgió del Agua entonces Kether es el Océano Primordial. En relación con Kether encontramos siempre el sentido de lo amorfo e infinito. Los Dioses de Kether son terribles y son los que devoran a sus propios hijos, porque Kether, aunque es el Padre de todos, reabsorbe el Universo en sí mismo al final de cada época de la Evolución.

Kether es el Abismo de donde todo ha surgido y al cual volverá al final de su época. Por lo tanto, en todos los mitos exotéricos relacionados con Kether, encontramos implícito la idea de no existencia. Sin embargo, esotéricamente comprendemos que ese concepto es erróneo. Kether es la forma de existencia más intensa, puro ser, no limitada ni por la forma ni por la acción, pero es una existencia de otra clase a la que estamos habituados, y por tanto nos parece no existencia, ya que no se conforma a ninguno de los requisitos que estamos acostumbrados a pensar como determinadores de la existencia. Este concepto de otros modos de existencia está implícito en nuestra filosofía y hay que tenerlo siempre bien presente, porque es la clave de Kether, el cual, a su vez, es la clave del Árbol de la Vida.

El texto yetzirático descriptivo de Kether, como todos los dichos del Sepher Yetzirah, es oculto. Llama a Kether "La Inteligencia Oculta", denominación que confirma los demás títulos dados a Kether en la literatura cabalística. Es el Arcano de los Arcanos, la Altura inescrutable, la Cabeza que no es. Aquí encontramos la confirmación de la idea de que la Corona está por encima de la Cabeza del Hombre Celestial Adam Kadmon y que el ser puro está tras toda manifestación y no es absorbido por ella, sino que él emite y proyecta de sí. De la misma manera que nosotros nos expresamos en obra, así también Kether se expresa en la manifestación. Pero tal como las obras del ser humano no constituyen su personalidad, sino que son la expresión de su actividad natural, igualmente ocurre con Kether: su existencia no está manifestada, pero es la causa de la manifestación.

II

Hasta esta hemos considerado a Kether en Atziluth, esto es su esencia primaria; ahora, en cambio, debemos considerar a Kether tal como aparece en los otros tres reinos que determinan los cabalistas.

Cada reino o plano de manifestación tiene su forma primaria. Por ejemplo, la materia con toda propiedad es primariamente eléctrica, cosa que es expresada por los esoteristas con el subplano etérico que está tras los cuatro planos elementales: Tierra, Aire, Fuego y Agua. En otras palabras, los cuatro estados de la materia densa: sólido, líquido, gaseoso y etérico.

Los cabalistas piensan que el Árbol existe en cada uno de los cuatro reinos: Atziluth, Espíritu Puro; Briah la Mente Arquetípica; Yetzirah, la Conciencia imaginativa astral, y Assiah, el Mundo Material, incluyendo sus aspectos denso y sutil. Las operaciones de las fuerzas de cada Sephirah se representan en cada mundo bajo la presidencia de un nombre Divino o Palabra de poder y estas palabras dan las claves de las operaciones del ocultismo práctico en los distintos planos. El nombre Divino representa la acción de Sephirah en el mundo de Atziluth espíritu puro. Cuando el ocultista invoca las fuerzas de un Sephirah, por medio del Nombre Divino, es que desea ponerse en contacto con su esencia más abstracta, que está buscando el principio espiritual que anima ese modo de manifestación particular. Es una máxima del ocultismo blanco que toda operación debe comenzar con la Invocación del Nombre Divino de la Esfera en que se va a hacerse la operación, lo que asegura que la operación misma estará en armonía con las leyes cósmicas. No hay que descuidar absolutamente el equilibrio de las fuerzas naturales; ya que es esencial para la seguridad del mago conducir sus operaciones de acuerdo con dichas leyes y, por tanto, tiene que comprender los principios espirituales implícitos en cada problema para obrar acordemente. De consiguiente, toda operación debe tener su unificación o resolución final en Eheieh, nombre Divino de Kether en Atziluth.

La fórmula de toda invocación de divinidad reside en el nombre de Eheieh, esto es, la afirmación del ser puro, Eterno e Inmutable, sin atributos o actividades, que todo lo sustenta y mantiene. Sólo cuando la mente está impregnada con la realización de este Ser Infinito e Inmutable, con intensa concentración puede lograr la realización del Poder ilimitado. Toda energía que se derive de cualquier otra fuente es limitada y parcial; únicamente en Kether se encuentra la fuente pura de toda energía. Las operaciones del mago que tratan de concentrar la energía y todas las operaciones que tengan ese objetivo deben comenzar con Kether, porque allí se encuentra la fuerza surgente del Gran Inmanifestado oculto tras los Velos de la Existencia Negativa, de donde procede todo poder.

Si extraemos poder de cualquier esfera especializada de la naturaleza es como si estuviéramos robando a uno para dar a otro; ese poder ha venido de alguna parte para ir a otra. De manera que ha de ser liquidado al final. He aquí la razón por la que se dice que el mago paga con sufrimiento lo que obtiene por medio de su arte. Esto es verdad si sus operaciones se realizan en cualquiera de la esferas inferiores de la naturaleza. Mas si se inician en Kether de Atziluth, entonces toman fuerzas no manifestadas y las pone en manifestación, con lo que aumenta los recursos del universo, y siempre que pueda mantener las fuerzas en equilibrio no se producirá ninguna reacción exterior ni compensación por medio de sufrimiento a causa de sus poderes mágicos.

Este punto es de grandísima importancia práctica, porque a los estudiantes se le ha enseñado que los Tres Supremos, Kether, Chokmah y Binah, están fuera del alcance de toda obra práctica, mientras estamos encarnados. En verdad, se hallan fuera del alcance de la mera conciencia cerebral, pero son la base esencial de todos los cálculos mágicos, y si no operamos con dicha base no tenemos realmente una fundación cósmica, sino que nos ponemos entre el Cielo y la Tierra y no encontraremos lugar alguno de reposo ni de seguridad, teniendo que mantener continuamente la tensión mágica que sostiene vivas las formas astrales.

La gran diferencia entre la Ciencia Cristiana y sus formas más vulgares de Nuevo Pensamiento y Autosugestión es que aquélla comienza todas sus operaciones con la Vida Divina, y por más irracionales que sean sus tentativas para crear un sistema de filosofía, sus métodos son empíricamente sanos. El ocultista, y especialmente el que practica la magia ceremonial, si no ha sido debidamente instruido en esta disciplina, suele comenzar sus operaciones sin vincularlas con las leyes cósmicas o los principios espirituales. Por consiguiente, las imágenes astrales que forma, son como cuerpos extraños dentro del organismo del Hombre Celestial o Macrocosmos, y entonces todas las fuerzas de la Naturaleza se dirigen espontáneamente a eliminar esa substancia extraña, para restablecer el equilibrio normal de las tensiones. La Naturaleza lucha contra el mago con uñas y dientes y, por lo tanto, todo aquel que ha recurrido a la magia no consagrada no puede deponer jamás la espada, sino que tiene que estar continuamente a la defensiva para conservar lo que haya adquirido. Pero el Adepto que inicia su obra en el Kether de Atziluth, es decir, en el principio espiritual, y opera de arriba abajo para irlo expresando en los distintos planos de la forma, emplea un poder extraído de lo Inmanifestado con ese objeto; ha hecho de su operación una parte intrínseca de los procesos cósmicos y entonces la Naturaleza trabaja con él, en vez de contra él.

No podemos esperar entender la Naturaleza de Kether en Atziluth, pero sí podemos abrir nuestra conciencia a su influencia, y ésta es sumamente poderosa y nos da una extraña sensación de Eternidad y de Inmortalidad. Podemos saber cuánto ha sido efectiva la invocación de Eheieh en su purísima efulgencia nívea, porque nos encontraremos realizando nosotros mismos la completa convicción de nuestra impermanencia e insignificancia en los planos de la forma y la suprema importancia de la Vida Única que lo condiciona todo como la arcilla en las manos del alfarero.

La meditación sobre Kether nos proporciona una realización intuitiva de que el resultado de una operación no importa en lo más mínimo, "Que el sucio juegue con las cosas sucias si le agrada lo sucio". Una vez que hemos logrado esa realización adquirimos el dominio sobre las imágenes astrales y podemos hacer con ellas lo que nos plazca. Sólo cuando el operador pierde todo interés personal en el resultado de la operación en el plano físico es cuando adquiere este completo dominio sobre las imágenes astrales. Sólo le interesa el manejo de las fuerzas y el ponerlas en manifestación por medio de la forma pero no se preocupa por la forma que dichas fuerzas puedan asumir ultérrimamente; eso queda librado a ellas mismas, porque seguramente asumirán la forma que esté en consonancia con su naturaleza, respondiendo así perfectamente a las leyes cósmicas, mientras que probablemente no ocurrirá así si el operador quisiera ajustarlas a un modelo determinado, de acuerdo con sus limitados conocimientos. Esta es la verdadera clave de todas las operaciones, mágicas, y su única justificación, porque no debemos alterar el Universo para ajustarlo a nuestras conveniencias personales. Sólo tenemos justificación cuando trabajamos deliberadamente con la gran marea de la vida evolucionante, con objeto de llegar a la plenitud de esa misma vida, sea cual fuere la experiencia que resulte de esa manifestación. "Yo he venido para que tengáis más vida y que la tengáis más abundante, dijo el Señor. Y ésa debe ser la regla del Mago. La vida, y sólo la Vida, debe ser su palabra de poder, y no las manifestaciones especializadas de la misma como Sabiduría, Poder o Amor.

Los que han seguido atentamente estas páginas, punto por punto, estarán en condiciones ahora de vislumbrar algún significado en las críticas palabras del texto Yetzirático atribuido a Kether. Las palabras "Inteligencia Oculta" sugieren la naturaleza inmanifestada de la existencia de Kether, lo que es confirmado con el aserto de que "ningún ser creado puede alcanzar su esencia”, esto es, ningún ser que utilice como vehículo de conciencia cualquier organismo de los planos de la forma. Sin embargo, cuando la conciencia ha sido exaltada hasta el punto en que puede trascender el pensamiento, recibe de la "Gloria Primordial" el poder de comprender el "Primer Principio", o, en otras palabras "Entonces comprenderemos de la misma manera que somos comprendidos".

III

Eheieh, Yo Soy el que Soy, ser puro, es el Nombre Divino de Kether, y su imagen mágica es la de un antiguo rey, con barba, visto de perfil. El Zohar dice de este antiguo rey barbudo que es todo lado derecho. Nunca vemos toda la imagen mágica de Kether, su plena faz completa, sino sólo parcialmente. Hay un aspecto que debe siempre quedar oculto, como el lado oculto de la Luna. Este lado de Kether  es el lado que está hacia lo Inmanifestado y que la naturaleza misma de nuestra conciencia manifestada  nos impide comprender, debiendo quedar siempre como un libro sellado para nosotros. Pero aceptando esta limitación podemos contemplar el aspecto de Kether, el perfil del antiguo rey con barba que se nos presente, reflejado hacia abajo, hacia la forma.

Antiguo y anciano es este rey, el Anciano de los Ancianos, el Anciano de los Días, porque El era desde el principio, cuando el rostro no contemplaba rostro alguno. Es un rey, porque rige todas las cosas de acuerdo con su voluntad suprema e indisputada. En otras palabras, la naturaleza de Kether es la que condiciona todas las cosas, porque todas las cosas han surgido de El. Tiene barba, porque, de acuerdo con el curiosísimo simbolismo de los rabbis cada pelo de su barba tiene un significado.

La manifestación de las fuerzas de Kether en Briah, el Mundo de la Mente Arquetípica, se dice que se efectúa por medio del Arcángel Metatron, el Príncipe de las Faces, a quien la tradición le adjudica el papel de instructor de Moisés. El Sepher Yetzirah dice del Décimo Sendero, Malkuth, que "hace que una influencia fluya del Príncipe de las Faces, el Arcángel de Kether, siendo la fuente de iluminación de todas las luces del Universo". Así, pues, vemos claramente que no solamente el espíritu fluye hacia la manifestación externa en la materia, sino que la materia misma, con su propia energía, atrae el espíritu a la manifestación, punto importantísimo para todo aquel que practica la magia, porque le enseña que está justificado en sus operaciones y que no es necesario que el ser humano espere las palabra del SEÑOR, sino que puede invocarlo para que El le escuche.

Los Ángeles de Kether, que operan en el mundo Yetzirático, son las Kjaioth ja Kadesh, las Santas Criaturas Vivas y su nombre lleva la mente a la visión del Carro Flamígero de Ezekiel y las Cuatro Santas Criaturas ante el Trono. El hecho de que los cuatro Ases del Tarot, asignados a Kether, sean considerados como la representación de los cuatro elementos, Tierra, Aire, Fuego y Agua, confirma igualmente esta asociación. Podemos, pues, considerar a Kether como la fuente primaria de los elementos. Este concepto aclara muchas dificultades metafísicas y ocultas que se presentarían si limitáramos su operación al Mundo Astral y consideráramos a los elementales apenas algo mejor que diablos, como parecen hacerlo ciertas escuelas de pensamiento trascendental.

Toda la cuestión de los Ángeles, archons y elementales es a la vez muy importante y difícil, porque sus aplicaciones prácticas en la magia son inmediatas. El pensamiento cristiano puede tolerar con cierto esfuerzo la idea de los arcángeles, pero los espíritus auxiliares, los mensajeros que son llamas del fuego y los constructores divinos son por completo extraños a su teología. Sólo Dios, y en un instante, hizo los cielos y la tierra. El Gran Arquitecto del Universo es al mismo tiempo el albañil. La Ciencia Esotérica piensa muy diferentemente; el iniciado conoce las legiones de seres espirituales que son agentes de la Voluntad Divina y vehículos de su actividad creadora. Es por intermedio de todos ellos y por gracia del Arcángel dirigente, que obra Dios. Pero no se puede conjurar a ningún Arcángel mediante encanto alguno, por potente que sea. Más bien deberíamos decir que cuando estamos efectuando una operación en la Esfera de un Sephirah particular, el Arcángel opera a través nuestro para realizar Su misión . El arte del mago, por lo tanto, consiste en alinearse con la Fuerza Cósmica para que la operación que desea llevar a cabo se produzca como parte integrante de la operación de las actividades cósmicas. Si se ha purificado y dedicado sinceramente, así ocurrirá con todos sus deseos; y si no lo está, no es un adepto y su palabra no es un Verbo del Poder.

Es interesante notar que en el Mundo de Assiah, el título de la Esfera de Kether es: "Rashith ha Gigalim", o primeros remolinos, evidenciándose así que los rabinos conocían la teoría nebular antes de que la ciencia la descubriera por medio del telescopio. La forma en que los antiguos dedujeron los hechos básicos por medios puramente intuitivos y empleando el sistema de las correspondencias, muchos siglos antes de la invención y perfeccionamiento de los instrumentos de precisión que permitieron al hombre moderno hacer iguales descubrimientos por otros medios, es una cuestión que tiene que dejar perplejo a todo aquel que estudie la filosofía sin fanatismo.

Como arriba es abajo. El microcosmos corresponde al macrocosmos, y, por tanto, tenemos que buscar a Kether en el ser humano, sobre la cabeza que resplandece en una luminosidad blanquísima en Adam Kadmon, el Hombre Celestial. Los rabbis los llamaban Yechidah, la Chispa Divina; los egipcios, Sah, y los indostanos, Loto de Mil Pétalos. No obstante la diversidad de nombres, todos ellos encierran la misma idea: el núcleo de Espíritu que emana, pero que no mora en los planos de la forma, en sus múltiples manifestaciones.

Se dice que, mientras estemos encarnados, jamás podremos elevarnos hasta la conciencia de Kether en Atziluth, y retener intacto el vehículo físico hasta que regresemos. Así como Enoch caminó con Dios y desapareció, así también el ser humano que alcanzara la visión de Kether se desvanece, en lo relativo al vehículo que se servía de encarnación. Esto se explica fácilmente, si nos damos cuenta de que no podemos penetrar en una modalidad de conciencia si no reproducimos esta modalidad en nosotros mismos; de igual manera que la música nada significa ni representa si el corazón no canta al unísono con ella. De consiguiente, si reproducimos en nosotros ese modo de ser que no tiene forma ni actividad es evidente que nos libraremos automáticamente de toda forma y actividad. Si logramos esa realización, aquello que mantenía la forma merced a ese modo de conciencia, desaparece, y la forma retorna a sus elementos. Una vez disuelta, no puede volver a formarse al retornar a la conciencia. Por tanto, cuando aspiramos a alcanzar la visión de Kether en Atziluth, debemos estar preparados para penetrar en la Luz y no salir nunca más de ella.

Esto no significa que el Nirvana sea la aniquilación, como algunos de los traductores de la Filosofía Oriental han enseñado erróneamente a los estudiantes europeos, sino que implica un cambio completo de modo o dimensión. Aquello que seremos cuando estemos al mismo nivel de las Santas Criaturas Vivientes, es cosa que no sabemos, porque ninguno de los que lograron la visión de Kether en Atziluth ha vuelto para decírnoslo. No obstante, la tradición nos declara que hubo quienes lo lograron, y que están íntimamente interesados en la evolución de la humanidad, siendo los prototipos de los superhombres de quienes hablan las tradiciones de todas las razas, tradiciones que, desgraciadamente, en los últimos años, han sido envilecidas por las enseñanzas seudo ocultas. Sea lo que fueren estos seres, puede decirse con seguridad que no tienen forma astral, ni personalidad humana, sino que son como llamas en el Gran Fuego que es Dios. El estado del alma que ha alcanzado el Nirvana puede ser comparado con el de una rueda que hubiera perdido la llanta y cuyos rayos penetran e interpenetran toda la creación; un centro de irradiación a cuya influencia no se le puede poner límite alguno salvo el de su propio dinamismo, y que siempre mantiene su identidad como núcleo de energía.

La experiencia espiritual atribuída a Kether es la unión con Dios. Este es el fin y el objeto de toda experiencia mística, y si buscamos cualquier otro, somos como aquellos que construyen una casa en el mundo de las ilusiones. Todo lo que puede detener al místico en su recto camino hacia la meta, le produce la impresión de un grillete, de una cadena que debe ser rota de inmediato. Todo cuanto sujeta la conciencia a la forma, todos los deseos que no sean ese único deseo, son males para él y, desde ese punto de vista, tiene sobrada razón; si obrase de otra manera, invalidaría toda su técnica.

Esta no es la única prueba que el místico tiene que afrontar. Se le exige que satisfaga las exigencias de los planos de la forma ante de quedar libre para retirarse y escapar de ellos. Existe un sendero siniestro que conduce a Kether: el Kether de los Qliphoth, que es el Reino del Caos. Si holla prematuramente el Sendero Místico, es allí donde irá, y no al Reino de la Luz. Para el ser humano que se siente inclinado naturalmente al sendero místico la disciplina del cuerpo y de la forma le repugna; y una de las tentaciones más sutiles, es abandonar la lucha en la vida de las formas que se resiste a su dominio, y retirarse a través de los planos antes de haber pasado por el nadir y haber aprendido allí las lecciones que debía aprender.

La forma es la matriz donde se encierra la conciencia fluídica hasta adquirir una organización a prueba de toda dispersión, hasta convertirse en una núcleo indestructible de la individualidad diferenciada, extraída del mar amorfo del Ser puro. Si la matriz se rompe prematuramente, antes de que la conciencia fluídica se haya formado como un sistema organizado de tensiones, estereotipado por la repetición, la conciencia se retrae nuevamente a lo amórfico, de la misma manera que la arcilla vuelve al barro original si se la saca prematuramente del molde, antes de que haya tenido tiempo de fraguar. Si existe un místico cuyo misticismo produce incapacidad mundana, o cualquier forma de disociación de la conciencia, entonces podemos decir que el molde se ha roto prematuramente; será necesario que vuelva a la disciplina de la forma, hasta que haya aprendido la lección y su conciencia haya alcanzado una organización coherente y cohesiva, que ni el Nirvana mismo pueda destruir. Que parta leña y acarree agua para el servicio del Templo si lo desea, pero no profane el lugar santo con sus patologías y su falta de madurez.

La Realización es la virtud a Kether, el completamiento de la Gran Obra, para usar un término extraído de la Alquimia. Sin completamiento no puede haber realización, y sin ésta no hay completamiento. Las buenas intenciones pesan poco en la escala de la justicia cósmica, pues somos reconocidos por el completamiento de nuestra obra. Es verdad que tenemos toda la eternidad para completarla, pero debemos hacerlo hasta el Yod final. No hay misericordia alguna en la justicia perfecta, salvo la que nos permite probar una y otra vez.

Kether, contemplado desde el punto de vista de la forma, es la corona del Reino del Olvido. A menos que realicemos la naturaleza vital de la Luz Blanca Pura, sentiremos poca tentación de luchar por esta corona que no pertenece en absoluto a este orden de ser; y si logramos esta realización, entonces estaremos libres de todas las limitaciones de la manifestación, y podremos hablar a todas las formas como quien realmente tiene autoridad para hacerlo.

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