.

.

.

.

.

EL ARTE OSCURO

↑ Grab this Headline Animator

GOTICO

↑ Grab this Headline Animator

lunes, 19 de noviembre de 2012

ALBA DE SATURNO Arthur C. Clarke




ALBA DE SATURNO
Arthur C. Clarke

__________________________________________________________________
Sí, es completamente cierto. Conocí a Morris Perlman cuando yo tenía veintiocho años. Entonces yo había conocido a miles de personas, desde presidentes para abajo.
Cuando volvimos de Saturno, todo el mundo deseaba vernos, y casi la mitad de la tripulación se fue a dar una serie de conferencias. A mí siempre me ha encantado hablar (no dirán ustedes que no lo han notado), pero algunos de mis colegas dijeron que más bien preferían ir al planeta Plutón que enfrentarse con otro auditorio. Y algunos lo hicieron.
Mi objetivo era el Medio Oeste, y la primera vez que vi a Mr. Perlman – nadie le llamaba de otra forma y, desde luego, jamás «Morris» -, estaba en Chicago. La agencia siempre me alojaba en buenos hoteles, aunque no demasiado lujosos. Lo prefería así; me gustaba hallarme en sitios donde yo pudiera ir y venir a mi gusto sin demasiada etiqueta y donde pudiese vestirme como yo quisiera. Veo que sonríen; bueno, entonces yo era solo un muchacho y han cambiado muchas cosas...
Ya hace mucho tiempo de ello, pero por aquel entonces estaba dando una conferencia en la Universidad. De cualquier forma, recuerdo que sufrí una decepción porque no pudieron mostrarme el sitio en que Fermi comenzó a construir la primera pila atómica. Dijeron que el edificio había sido derribado hacia ya cuarenta años y que solo existía una placa que marcaba el lugar. Me quedé mirándola durante un rato, pensando todo lo que había ocurrido desde aquellos lejanos días, allá por el año 1942. Yo ya había nacido, por una parte; y la energía atómica me había llevado hasta el planeta Saturno y vuelto a la Tierra. Aquella era probablemente algo que Fermi y Compañía nunca habían pensado cuando construyeron su primitiva entramado de uranio y grafito.
Estaba tomando el desayuno en una cafetería, cuando un hombre de mediana estatura se sentó en el otro lado de la mesa que yo ocupaba. Saludó con un cortés «Buenos días» y después expresó su sorpresa al reconocerme. (Por supuesto, había planeado aquel encuentro; pero yo no me di cuenta en aquel momento).
– ¡Es un placer encontrarle! – dijo -. Estuve presente en su conferencia de anoche. ¡Cómo le envidié!
Yo dejé escapar una sonrisa más bien forzada. Nunca suelo ser muy sociable en el desayuno y había aprendido, además, a ponerme en guardia contra los chiflados, los pelmazos y los entusiastas que parecían considerarme como una presa legítima. Mr. Perlman, sin embargo, no era un pelmazo... aunque ciertamente era un entusiasta, si bien supongo que ustedes podrían considerarle como un chiflado.
Tenía el aspecto de un próspero hombre de negocios del tipo medio, y supuse que sería un invitado al igual que yo. El hecho de que hubiese asistido a mi conferencia no era sorprendente; había sido una muy popular, abierta al público y bien anunciada por la prensa y la radio.
– Siempre, desde que era un chiquillo – dijo mi compañero no invitado –, me ha fascinado el planeta Saturno. Sé exactamente cómo y cuándo comenzó todo. Yo debía tener unos diez años cuando cayeron en mis manos aquellas maravillosas ilustraciones de Chelsey Bonestell, mostrando el planeta como visto desde sus nueve lunas. Supongo que usted las habrá visto, ¿no es así?
– Desde luego – repuse –. Aunque ya tienen medio siglo de antigüedad, nadie las ha sobrepasado todavía en belleza. Teníamos dos series de ellas a bordo del Endeavour, clavadas en la mesa de navegación. Yo solía mirarlas con frecuencia, para compararlas con la realidad.
– Después – continuó mi interlocutor –, ya puede imaginarse como me sentiría allá por los años 1950. Solía quedarme horas enteras mirándolas fijamente e intentando comprender lo que era aquel increíble objeto, con sus plateados anillos dando vueltas a su alrededor; no era el sueño de un artista, sino que existía, se trataba de un mundo diez veces mayor que la Tierra.
»En aquel tiempo, nunca imaginé que pudiese ver aquella cosa maravillosa por mí mismo; daba por descontado que solo los astrónomos, con sus grandes telescopios, podían gozar de semejante visión. Pero luego, cuando tuve unos quince años, hice otro descubrimiento... tan emocionante que apenas si podía creerlo.
– ¿Y de qué se trataba? – pregunté. Para entonces, ya me había reconciliado con la idea de compartir el desayuno. Mi compañero de mesa parecía bastante inofensivo, y existía algo realmente agradable y encantador en su entusiasmo.
– Descubrí que cualquier idiota podía construir un telescopio en la propia cocina de su casa, con unos cuantos dólares y un par de semanas de trabajo. Fue una revelación: como miles de otros muchachos, solicité de la biblioteca pública un ejemplar del libro «Construcción de un telescopio de aficionado» de Ingall, y puse manos a la obra. Dígame... ¿ha construido usted alguna vez un telescopio con sus propias manos?
– No. Yo soy ingeniero, no astrónomo. Creo que no sabría cómo emprender semejante tarea.
– Pues es increíblemente sencillo, si sigue usted las instrucciones. Se comienza con dos discos de cristal, que tengan dos o tres centímetros de espesor. Yo conseguí los míos, por cincuenta centavos, de la chatarra procedente de un barco; eran claraboyas inútiles porque ya no encajaban por los bordes. Después, se fija uno de los discos en alguna superficie firme y plana; yo me serví de un viejo barril puesto de pie.
»Luego, hay que comprar diversos grados de polvo de esmerilar, empezando por el más grueso, hasta terminar por el más fino. Se pone una pequeña cantidad del polvo más basto entre los dos discos y se comienza a frotar de un lado a otro con impulsos regulares, procurando al hacerlo ir girando alrededor del barril.
»¿Sabe lo que ocurre? El disco superior se va ahuecando por la acción abrasiva del polvo de esmeril, y conforme se va trabajando acaba por adquirir una superficie cóncava, esférica. De vez en cuando, se cambia el polvo a más fino y se hacen comprobaciones ópticas para estar seguro de que la curva es correcta.
»Más tarde, se deja el esmeril y se utiliza rojo óptico, hasta que al final se tiene una superficie lisa y pulida hasta el extremo de que uno mismo no cree que haya sido su propia obra. Solo queda un paso más que dar, aunque es algo más fastidioso. Es preciso azogar el espejo y convertirlo así en un buen reflector. Eso implica la adquisición de algunos productos químicos que pueden comprarse en cualquier droguería, y proceder exactamente como dice el libro.
»Todavía recuerdo la sorpresa que recibí cuando aquella película plateada comenzó a extenderse como algo mágico por la cara de aquel espejo. No era perfecto, pero sí lo suficientemente bueno, y creo que no lo habría cambiado por el telescopio de Monte Palomar.
»Lo sujeté a un trozo de madera; no había necesidad de preocuparse por un tubo telescópico, aunque puse alrededor del espejo un par de palmos de cartón, para evitar la luz de alrededor. Como ocular, utilicé una pequeña lente de aumento que encontré en un almacén de trastos viejos y que me costó unos cuantos centavos. En conjunto, no creo que el telescopio me costase más de cinco dólares... aunque era mucho dinero para mí siendo un muchacho.
»Vivíamos entonces en un viejo hotel, casi ruinoso, que mi familia poseía en la Tercera Avenida. Cuando monté el telescopio, subí al tejado y lo probé, entre la jungla de
antenas de televisión que cubrían todos los edificios de la ciudad por aquellos días. Me llevó un buen rato el conseguir alinear el espejo y el ocular; pero no cometí errores y finalmente la cosa fue bien. Como instrumento óptico probablemente era una calamidad – después de todo, era mi primer intento -, pero tenía por lo menos cincuenta aumentos y apenas si pude contener mi impaciencia esperando que cayese la noche para probarlo mirando las estrellas.
»Consulté el almanaque astronómico y supe que Saturno se hallaría alto en el cielo por el Este, tras el crepúsculo. Tan pronto como ya fue de noche, subí de nuevo al tejado del hotel y me las compuse para situar el telescopio entre dos chimeneas. Hacía bastante frío; pero apenas si me daba cuenta, ya que el cielo estaba cuajado de estrellas... y todas eran mías.
»Me tomé mi tiempo enfocándolo convenientemente con tanta precisión como fuese posible, utilizando la primera estrella que entró en el campo de visión de mi telescopio. Después, comencé la búsqueda de Saturno, y pronto descubrí qué difícil es localizar cualquier cuerpo celeste en un telescopio reflector que no esté debidamente montado. Pero al poco, el planeta entró en el campo visual: con infinito cuidado acomodé mi cacharro cambiándolo unos centímetros de sitio... y allí estaba.
»Se veía pequeño, pero perfecto. Creo que me quedé sin aliento durante un buen rato; apenas si podía dar crédito a mis ojos. Después de lo que había visto en aquellos dibujos, allí estaba la realidad.
Daba la impresión de un juguete suspendido en el espacio, cuyos anillos estuviesen ligeramente inclinados hacia mí. Incluso ahora, cuarenta años más tarde, me acuerdo perfectamente que pensé que parecía algo ¡tan artificial...! Como algo que cuelga de un árbol de Navidad. Se apreciaba una estrellita brillante a su izquierda, y en seguida me di cuenta de que se trataba de Titán.
Mi interlocutor hizo una pausa, y durante unos momentos debimos compartir los mismos pensamientos. Para ambos, Titán no solo era la luna más grande de Saturno, un punto de luz conocido solo por los astrónomos. Era, además, un mundo hostil y terrible, el más espantoso en que hubiera tomado contacto nuestra nave, la Endeavour, y donde tres de nuestros compañeros de tripulación yacían para siempre, en sus tumbas solitarias, más lejos de sus hogares de lo que jamás estuviera ningún miembro de la raza humana.
– No sé cuánto tiempo estuve mirando sin pestañear – continuó mi compañero de mesa –. Me dolían los ojos de seguir con el telescopio el paso de Saturno por el cielo. Estaba a mil millones de kilómetros de Nueva York. Pero más tarde Nueva York me trajo a la realidad.
»Le hablé antes del hotel; pertenecía a mi madre; pero mi padre lo administraba... no del todo bien. Había estado perdiendo dinero durante años, y a través de toda mi niñez solo habíamos conocido una serie de crisis financieras. Por eso no culpo a mi padre de darse a la bebida, ya que debió haber estado loco de preocupaciones tanto tiempo. Y yo había olvidado que se suponía que debía estar ayudando al conserje en recepción...
»Así que mi padre me vino a buscar, lleno de preocupaciones y sin saber nada sobre mis sueños. Me encontró en el tejado, mirando las estrellas.
»No era un hombre cruel... sencillamente no podía comprender el estudio, la paciencia y el cuidado que yo había dedicado a mi pequeño telescopio, ni las maravillas que me había mostrado durante el poco tiempo que lo estuve utilizando. No le odié por lo que hizo; pero recordaré toda mi vida su acción brutal de estrellar el aparato contra el muro de ladrillo, y el ruido de los trozos de cristal del espejo reflector esparciéndose por doquier.
No había nada que pudiera decirle. Mi resentimiento inicial hacia aquel intruso hacia ya rato que se había convertido en curiosidad. Me di cuenta de que había mucho más detrás de la historia que me había contado. También me fijé en otra cosa: la camarera nos estaba tratando con una exagerada deferencia, de la cual la menor parte estaba dedicada a mi.
Mi compañero jugueteó con el frasco del azúcar, mientras yo aguardaba con una silenciosa simpatía. Entonces noté que un nexo especial había surgido entre nosotros, aunque no pude comprender realmente de qué se trataba.
– Nunca volví a construir otro telescopio – continuo -. Algo más se rompió, además de aquel espejo, en mi corazón. De todas formas, yo ya tenía muchas cosas en que ocuparme. Ocurrieron dos hechos que cambiaron el curso de mi vida. Mi padre se marchó de casa, dejándome al frente de la familia. Y además demolieron el Elevado de la Tercera Avenida.
Mi compañero debió notar algún gesto especial en mi rostro, ya que me sonrió.
– Oh, no sabrá usted seguramente lo que ocurrió. Cuando yo era un chiquillo, había un tren elevado que discurría por en medio de la Tercera Avenida. Aquello convertía la zona en algo sucio y ruidoso; la Avenida era un barrio indecente lleno de bares, garitos y hoteles baratos, como el nuestro. Todo cambió cuando desapareció el tren elevado; los terrenos subieron fantásticamente de precio, y de repente nos encontramos en una situación próspera. Mi padre se apresuró a volver inmediatamente, pero ya era demasiado tarde; yo era el encargado del negocio. Comencé a desarrollar mi actividad a través de la ciudad, después por el país. Ya no era un contemplador de estrellas de mente ausente y di a mi padre uno de mis más pequeños hoteles, donde su actuación no seria muy nociva.
»Hace pues cuarenta años que miré a Saturno, pero jamás he olvidado aquella primera impresión ante su vista. La noche pasada, sus fotografías me la trajeron a la memoria. Quisiera expresarle cuán agradecido me siento hacia usted.
Hurgó en su billetera y sacó una tarjeta.
– Espero venga a verme cuando se encuentre de nuevo en la ciudad; puede estar seguro de que asistiré a cualquier conferencia que pronuncie. Buena suerte... y perdone si le he hecho perder una buena parte de su tiempo.
Y se marchó, casi antes de que yo pudiese pronunciar ni una palabra. Miré a la tarjeta de visita, la puse en el bolsillo y terminé mi desayuno, bastante pensativo.
Cuando había firmado el cheque en la cafetería para pagar el gasto, pregunté:
– ¿Quién era ese señor que estaba sentado a mi mesa? ¿Es el patrón?
El cajero me miró como si yo fuese un retrasado mental.
– Supongo que esa será su forma de llamarle, señor – repuso -. Por supuesto es el propietario del hotel; pero nunca le hemos visto aquí antes. Siempre permanece en el «Ambassador» cuando está en Chicago.
– ¿Y también es el dueño? – dije sin mucha ironía, porque sospechaba ya cual era la respuesta.
– Pues claro que sí. Lo mismo que...
– Y comenzó a soltar un rosario de nombres de muchos otros, incluyendo dos de los más grandes hoteles de Nueva York.
Yo me hallaba impresionado y también bastante divertido, ya que resultaba obvio que Mr. Perlman había venido con la deliberada intención de conocerme y encontrarse conmigo. Parecía una forma un tanto laboriosa y complicada de hacerlo, pero yo ignoraba todo respecto a su notoria timidez y su tendencia a ocultarse.
Después, lo olvidé durante cinco años. (Bueno, debo citar lo sucedido cuando pedí la factura. Me respondieron que no debía nada.) Durante aquellos cinco años, hice mi segundo viaje.
Sabíamos entonces lo que nos esperaba, y ya no íbamos totalmente hacia lo desconocido. No hubo más preocupaciones respecto al combustible, porque todo el que pudiéramos necesitar nos esperaba en Titán: sólo teníamos que bombear su atmósfera de metano en nuestros tanques y seguir nuestros planes adelante por el espacio. Una tras otra, visitamos sus nueve lunas, y después seguimos por los anillos...
Hubo poco peligro en hacerlo, pero con todo es una experiencia capaz de destrozar los nervios. El sistema de sus anillos es de poco espesor, ya saben, más o menos unos treinta kilómetros de grueso. Descendimos en él lenta y precavidamente tras haber igualado la velocidad de su giro, de forma que nos moviésemos exactamente a su misma velocidad. Era como poner el pie en un carrusel de casi trescientos mil kilómetros de diámetro.
Pero una clase fantasmal de carrusel, porque los anillos no son algo sólido y puede verse a su través. De hecho son algo casi invisible; los billones de partículas que los constituyen están tan separadas entre sí que todo lo que uno puede ver en la inmediata vecindad son pequeños trozos ocasionales que se mueven muy lentamente. Es sólo cuando se les mira desde lejos que esos incontables fragmentos aparecen como unidos en una sola lámina, como una tormenta de granizo que girase eternamente alrededor de Saturno.
Esta no es una frase mía, pero puede considerarse como buena y apropiada. Resultó que la primera vez que atrapamos una partícula componente de los anillos de Saturno y la introdujimos en la compuerta de aire, se derritió en pocos minutos, convirtiéndose en un charco de agua sucia. Algunas personas creen que destruye el encanto el saber que los anillos – o el 90% de ellos –, están formados por trozos de hielo vulgar y corriente. Pero eso es una actitud estúpida, ya que su extraordinaria belleza en nada menguaría, tanto si son así como si estuviesen formados por diamantes.
Cuando volví a la Tierra, en el primer año del nuevo siglo, comencé otra serie de conferencias, aunque esta vez de corta duración, puesto que para entonces ya tenía familia y deseaba estar con ella el mayor tiempo posible. Esta vez vi a Mr. Perlman en Nueva York, con ocasión de pronunciar en Columbia una conferencia y mostrar nuestra película « Explorando Saturno». (Un título algo inapropiado, ya que el punto más cercano al planeta en que estuvimos fue a unos treinta mil kilómetros de distancia. Nadie soñaba, en aquellos días, que los hombres pudieran nunca descender a esa especie de turbulento fango que es lo que Saturno tiene más parecido a una superficie.)
Mr. Perlman me estaba esperando después de la conferencia. No le reconocí al primer momento, ya que había tenido que saludar y ver seguramente a un millón de personas desde la última vez que nos vimos. Pero cuando me dijo su nombre, los recuerdos volvieron rápidamente con tanta claridad, que comprendí que sin duda había dejado una profunda huella en mi mente.
Se las arregló de alguna forma para sacarme de entre la muchedumbre. Aunque sentía repugnancia por mezclarse entre la multitud, tenía, no obstante, una gracia especial para dominar cualquier grupo cuando era necesario, y después escaparse antes de que sus víctimas supieran lo que había ocurrido. Aunque le vi hacerlo muchas veces, nunca supe exactamente cómo lo hacía.
De todas formas, media hora más tarde estábamos despachando una soberbia cena en un restaurante de lujo (suyo, por supuesto). Era una comida suculenta y extraordinaria, en especial el pollo y el helado, aunque me hizo pagar por todo ello. Metafóricamente, quiero decir.
Por aquel tiempo todos los hechos y fotografías reunidos por las dos expediciones a Saturno estaban a disposición de todo el mundo, en cientos de reportajes, libros y artículos populares. Mr. Perlman parecía haber leído todo el material que no era demasiado técnico; lo que deseaba de mí era algo diferente. Incluso entonces, me conmovió el interés de aquel hombre ya de edad y solitario, tratando de recapturar un sueño que había quedado perdido en su juventud. Estaba en lo cierto; pero eso sólo era una fracción de la realidad.
Se trataba de algo que todos los reportajes y artículos habían fallado en dar. Mr. Perlman quería saber qué se sentía al despertar por la mañana y ver aquel enorme y dorado globo con sus cinturones de nubes dominando el cielo. ¿Y los anillos? ¿ Qué impresión daban a la mente cuando uno estaba tan cerca de ellos que llenaban los cielos de un extremo a otro?
– Usted quiere a un poeta – le dije – y no a un ingeniero. Pero le diré esto: por mucho que uno mire a Saturno y vuele entre sus lunas, nunca puede creerse lo que se está viendo. A cada momento se piensa:
«Todo es un sueño... una cosa así no puede ser real». Entonces se asoma uno a una claraboya de la nave espacial... y allí está, cortando la respiración.
»Tiene que tener en cuenta que, aparte de la proximidad, estábamos en condiciones de mirar a los anillos desde ángulos y situaciones de ventaja que resultaban absolutamente imposibles desde la Tierra, donde siempre se les ve vueltos hacia el Sol. Nosotros podíamos desplazarnos entre su sombra, donde ya no brillan como la plata... entonces dan la impresión de un suave resplandor, como si fuesen un puente de humo entre las estrellas.
»La mayor parte del tiempo podíamos ver la sombra de Saturno extendida por toda la anchura de los anillos, eclipsando– los tan completamente que parecía como si se les hubiese arrancado un gran bocado de su estructura. Por el contrario, se obtenía un efecto diferente al observar del lado del día en el planeta cómo la sombra de los anillos trazaban algo parecido a una neblinosa banda paralela al ecuador y no lejos de él.
»Y, sobre todo – aunque esto sólo lo hicimos pocas veces –, pudimos elevarnos sobre cualquiera de los polos del planeta y mirar hacia abajo a todo aquel maravilloso sistema, de tal forma que quedaba en un plano bajo nosotros. Entonces, pudimos observar que en vez de los cuatro anillos vistos desde la Tierra debía haber, por lo menos, una docena de anillos separados; fusionándose unos con otros. Cuando vimos aquello, nuestro capitán hizo una observación que no olvidaré nunca: "Este – dijo, sin nada de pedantería en la voz – es el sitio en donde los ángeles aparcan sus halos". »
Todo aquello, y mucho más, le fui contando a Mr. Perlman en aquel restaurante tan lujoso, situado a poca distancia de Central Park. Cuando hube terminado, pareció muy complacido, aunque se quedó en silencio durante un instante. Entonces me dijo, tan casualmente como uno puede preguntar por la hora en una estación de ferrocarril:
– ¿Cual sería el mejor satélite para instalar un parador de turismo?
Cuando comprendí el significado de sus palabras me atraganté con el coñac de cien años que estaba bebiendo. Entonces le dije con paciencia y cortesía (ya que, después de todo, me había tomado una estupenda cena):
– Escuche, Mr. Perlman. Usted sabe tan bien como yo que Saturno se encuentra a más de mil quinientos millones de kilómetros de la Tierra, y de hecho mucho más cuando nos hallamos en lugares opuestos respecto al Sol. Alguien ha calculado que nuestros billetes de viaje, por término medio, han costado medio millón de dólares por cabeza, y créame, en el Endeavour I y II no había plazas de primera clase. De todas formas, por mucho dinero que alguien tenga, nadie puede obtener un pasaje para Saturno. Sólo las tripulaciones del espacio y las científicas irán hasta allá, por tanto tiempo como sea posible imaginar.
Me di cuenta en seguida de que mis palabras no habían surtido el menor efecto; se limitó sencillamente a sonreír como si supiese de algún secreto bien guardado.
– Lo que usted dice es bastante cierto ahora – repuso –. Pero yo también he estudiado la Historia. Y yo entiendo a la gente, ese es mi negocio. Permítame recordarle algunos hechos.
»Hace dos o tres siglos, casi todos los grandes centros de turismo mundial y lugares bellos de la Tierra se hallaban tan lejos de la civilización como lo está Saturno de nosotros en este momento. ¿Qué sabía Napoleón, pongamos por ejemplo, del Gran Cañón, de las cataratas Victoria, de las Islas Hawai, del monte Everest? Recuerde el Polo Sur: se llegó por primera vez a él cuando mi padre era un niño... pero allí hay un hotel que ha conocido usted durante toda su vida.
»Ahora todo comienza de nuevo. Usted solo puede apreciar los problemas y dificultades porque se halla demasiado cerca de ellos. Sean cuales fueren, los hombres los superarán con el tiempo, como lo han hecho siempre en el pasado.
»Allá donde haya algo extraño, o bello, o nuevo, la gente siempre querrá ir a verlo. Los anillos de Saturno son el mayor espectáculo existente en el Universo; yo siempre lo he creído así y ahora me ha convencido usted. Hoy cuesta una fortuna llegar hasta allí, y los hombres que van arriesgan sus vidas. Así lo hicieron los primeros hombres que volaron, pero ahora tiene usted a millones de pasajeros por el aire a cada momento, durante el día y la noche.
»Lo mismo tiene que ocurrir con el espacio. Esto no ocurrirá en diez años ni en veinte. Pero recuerde que veinticinco años fue todo lo que llevó el conseguir los primeros vuelos comerciales a la Luna. No creo que se tarde mucho más para Saturno...
»Yo ya no estaré vivo para cuando ese feliz día llegue. Pero, ocurra lo que ocurra, quiero que la gente recuerde. Entonces... ¿dónde podríamos construir un parador?
Yo todavía continuaba creyendo que estaba decididamente loco; pero al fin comencé a comprenderle. No era cuestión de herirle con bromas, por lo que comencé a pensar cuidadosamente mis palabras.
– Mimas está demasiado próximo – le dije –, y también Enceladus y Thetis. Saturno ocupa todo el cielo y uno teme que vaya a caérsele encima. Además, no son lo bastante sólidos; en realidad son verdaderas bolas de nieve gigantes. Dione y Rhea son mejores, desde allí se tiene una espléndida vista, desde cualquiera de ambos. Pero todas esas lunas interiores son diminutas; incluso Rhea solo tiene mil doscientos kilómetros de diámetro y las otras son más pequeñas aún.
»No creo que la cuestión merezca discusión: el lugar ideal es Titán. Es un satélite hecho a la medida del hombre, ya que es mucho mayor que nuestra Luna y casi tan grande como el planeta Marte. Tiene una gravedad razonable, aproximadamente un quinto de la terrestre, por lo que sus huéspedes no flotarán por todas partes. Y siempre será el mejor punto para el aprovisionamiento de combustible, a causa de su atmósfera de metano, que debería ser un factor importantísimo en sus cálculos. Toda nave que salga de Saturno tiene que aprovisionarse allí necesariamente.
– ¿Y las otras lunas?
– Oh, Hiperion, Japeto y Febe están a una distancia mucho mayor. Los anillos casi no se ven desde Febe. Bien, olvídelo. Lo mejor es el viejo Titán, a pesar de que la temperatura es de 200 grados bajo cero y la nieve amoniacal que lo recubre no es lo mejor para ponerse a esquiar.
Mr. Perlman me escuchó con todo cuidado, y si pensó que me estaba burlando de sus nociones poco científicas y prácticas no dio la menor muestra de ello. Nos despedimos poco después. No recuerdo nada más de aquella cena, y transcurrieron otros quince años hasta que volvimos a encontrarnos. Yo me dediqué a mis trabajos y olvidé todo aquello. Pero cuando Mr. Perlman me necesitó, me llamó.
Ahora veo qué es lo que estuvo esperando. Su visión había sido más clara que la mía. No pudo haber imaginado, por supuesto, que el cohete desaparecería como el motor de vapor en menos de un siglo; pero sabía que existiría algo mejor, y ahora creo que financió los primeros trabajos de investigación de Saunderson sobre la Propulsión Paragravítica. Pero no fue sino hasta que se establecieron las plantas de fisión atómica que podían calentar cien kilómetros cuadrados de un mundo tan frío como el planeta Plutón que Mr. Perlman se puso en contacto de nuevo conmigo.
Ya era un anciano de edad muy avanzada y casi moribundo. Me dijo lo inmensamente rico que era, hasta el extremo de que apenas si pude creerlo. Me cercioré cuando me mostró los elaborados planos y bellas maquetas que sus expertos habían preparado con ausencia de toda publicidad.
Estaba sentado en su silla de ruedas, como una momia arrugada hasta lo inverosímil, observando mi rostro mientras yo estudiaba las maquetas y los diseños. Entonces me dijo:
– Capitán, tengo un trabajo para usted...
Y aquí me encuentro. Es como gobernar una nave del espacio, por supuesto... la mayor parte de los problemas técnicos son idénticos. A mi edad, ya soy demasiado viejo para mandar una nave, por lo que le estoy muy agradecido a Mr. Perlman.
Ha sonado el gong. Si las damas están dispuestas, sugiero que vayamos a cenar en el salón de observación.
A pesar de los años transcurridos, todavía me gusta observar a Saturno alzándose en el cielo... y esta noche puede apreciársele casi en su totalidad.
FIN

sábado, 17 de noviembre de 2012

Abd al-Rahman I


  Abd al-Rahman I

Estatua de Abd-al-Rahman I (Almuñécar, Granada)Nacionalidad: Al-Andalus
734 - 788
Emir 755 - 788
Miembro de la dinastía omeya que gobernaba en Damasco, Abd al-Rahman I fue el único de la familia que consiguió escapar con vida en la fatídica tarde del 25 de julio del año 750, cuando los abbasíes acabaron con los omeyas para hacerse con el poder. Abd al-Rahman tenía sangre beréber por parte de su madre y puso rumbo al norte de Africa, tras una breve estancia en Irak. La tribu de Nafta le dio cobijo en Marruecos, en las proximidades de Ceuta donde estaba asentada. Desde allí decidió enviar algunos emisarios hacia al-Andalus donde podía encontrar partidarios, en un momento de revueltas y hambrunas. En efecto, entre las tropas sirias -la mayoría clientes de los Omeyas- la figura de Abd al-Rahman fue recibida con mucho cariño, aunque no experimentó la misma sensación entre los dirigentes del grupo del poder, los qaysíes. No obstante, los sirios se volcaron con el omeya y le dieron su total apoyo para cruzar el estrecho de Gibraltar y desembarcar en Almuñécar (agosto del año 755). Abd al-Rahman se puso al frente de un potente ejército formado por sirios, yemeníes y beréberes, derrotando al gobernador de Córdoba un año más tarde, en mayo de 756. En la mezquita de la capital andalusí Abd al-Rahman era proclamado emir. De esta manera se instauraba el primer poder musulmán independiente del califato.
No será fácil la tarea a la que se tuvo que enfrentar el joven omeya, ya que los levantamientos fueron continuos, encabezados por el gobernador Yusuf al-Fihrí. Esta revuelta fue sofocada en el año 759, acabando con la vida del antiguo gobernador. El jefe beréber de Cuenca también se rebeló, al igual que el caudillo árabe al-Ala ben Mugit. Estas continuas luchas de poder motivarán que un grupo de jefes árabes de la zona nordeste soliciten ayuda a Carlomagno para levantarse contra Abd al-Rahman. Corría el año 777 y al año siguiente las tropas dirigidas por el rey franco alcanzaron Zaragoza. Carlomagno no pudo rendir la ciudad y regresó a sus posesiones, siendo derrotado por los vascones en Roncesvalles.
Estas continuas rebeliones estarían en buena parte motivadas por la diversidad de etnias que encontramos en la población andalusí -mozárabes, beréberes, árabes, sirios, etc.-, pudiendo mantenerse el emir en el poder gracias a la creación de un potente ejército profesional que aumentaba en relación con las necesidades. Los beréberes y los esclavos del norte constituían el núcleo de la milicia. Abd al-Rahman tomó como modelo la administración omeya y desarrolló un importante programa constructivo en el que resalta la edificación de la mezquita de Córdoba, que sería después ampliada por Abd al-Rahman II, Al-Haken II y Almanzor. Le sucedió su hijoHishem I.

viernes, 16 de noviembre de 2012

LA ALQUIMIA COMO CIENCIA DEL ARTE HERMETICO





- Alquimia -
La alquimia como ciencia del arte hermético

LA ALQUIMIA COMO CIENCIA DEL ARTE HERMETICO


Que no ha sido extraída de los libros de otro, sino que ha sido
justificada y probada por experiencia propia; puesta a la luz, por un filósofo
reconocido como tal, para honor y gloria de los hijos del Arte, en los Idus
de Septiembre del año 1720
I La alquimia es un estudio que imita a la naturaleza y va
mucho más lejos que esa sirviente de la divinidad
II No es la lectura de los libros de filosofía lo que constituye
la filosofía, antes bien es la práctica, precedida por los
descubrimientos de un amigo fiel que nos demuestra el arte.
III Nuestro arte es fácil y difícil, muy precioso y vil, según el
sujeto que a él se aplica y se aficiona.
IV Es fácil en tanto y cuanto se conduce conforme a la vía de
la simple naturaleza.
V Pero es difícil en tanto y cuanto nos descubre todos los
misterios de esa sabio obrera, haciéndonos confidentes de sus
resortes ocultos.
VI Es muy precioso en relación a aquellos que buscan
nuestro arte en las cosas caras y preciosas.
VII Es vil en tanto saca su origen de una cosa que, si bien no
es vil, cuanto menos es muy común.
VIII La materia de los filósofos es única en esencia y en
número, y no depende de muchos sujetos.
IX No es en el reino astral donde conviene buscar nuestra
materia, aunque ella contenga toda la virtud de los astros.
X Tampoco es entre los elementos, aunque ella los tenga
concentrados en sí misma.
XI Ni mucho menos nos la puede proporcionar el reino
animal, aunque ella esté dotada de una alma muy noble.
XII El reino vegetal no nos puede proporcionar nuestra
materia, aunque en ella exista un espíritu vegetal y una virtud
mucho más multiplicativa que la de los vegetales.
XIII Está, en fin, en la última familia de la naturaleza, quiero
decir: en el reino mineral, donde es preciso descubrirla, aunque
no sea ni oro, ni plata, ni mercurio vivo, ni ningún otro de los
otros metales y minerales, mayores o menores, a excepción
hecha de eso que los filósofos llaman su Electro Mineral
inmaduro, o la Magnesia Filosófica, a la que llaman su Saturno,
que en modo alguno es el (Saturno) común y que es
incomprensible al ordinario sentido de los químicos vulgares.
XIV La materia de los filósofos ha de estar cruda, es decir,
no ha de haber pasado jamás por el fuego.
XV Nuestra magnesia es la verdadera y única materia de la
piedra filosofal, en nuestra vía universal, que es húmeda y seca.
XVI La disolución de nuestra materia es, o violenta, o suave,
o benigna.
XVII El fuego de los filósofos, siendo como es el mayor, es
también el primero entre sus secretos (ya que es el único
conocimiento que distingue al filósofo de los sofistas), es triple: el
natural, el sobrenatural y el elemental.
XVIII El fuego natural es el que hace el azufre de oro de la
magnesia.
XIX El fuego sobrenatural es el menstruo disolvente de los
filósofos, que no es corrosivo. Es un fuego no ígneo, una agua no
acuosa, un espíritu corporal y un cuerpo espiritual, en una
palabra, un fuego frío, cuyo calor lo lleva, sin embargo, sobre el
natural y el artificial. Solamente este calor puede disolver
radicalmente al oro sin corrosión alguna, hacerlo fusible y
potable, que es, entre todas las medicinas y entre todos los
remedios, el mejor y el más eficaz.
XX El fuego elemental es la clave del natural y del
sobrenatural.
XXI El fuego natural es la madre del mercurio de los
filósofos; el natural es su padre y el elemental es su nodriza y
gobernante.
XXII El mercurio de los filósofos es simple, o doble, o triple.
XXIII El simple es la fuente agria de los filósofos, o su
Vinagre Filosófico, que es el primer fundamento y el único
principio de la piedra, él es quien extrae los azufres de los
metales, resolviendo y volatilizando sus sales.
XXIV El doble, que es la tierra foliada filosófica, es un
perfume y un Oxicrates muy dulce, una agua que no moja las
manos; es, en fin, aquello que los filósofos llaman su Azoth.
XXV El mercurio triple es la primera materia de los filósofos,
que contiene sus tres principios, a saber: la sal, el azufre y
mercurio filosóficos, unidos inseparablemente por el ligamen de la
conjunción. Ese mercurio es, finalmente, quien se sella
herméticamente a sí mismo y esa agua mezclada de fuego.
XXVI Tenemos cinco disoluciones de nuestra materia: 1ª. De
la materia cruda para extraer de ella el fuego de los filósofos. 2ª.
Con objeto de que ese fuego secreto, después de haber sido
extraído, haga aparecer el Fuego Vitriólico no común, sino
filosófico, que se llama Plomo de los filósofos. 3ª. Que ese fuego
vitriolico pase por la putrefacción en el caos de los filósofos. 4ª.
Del oro filosófico, por el propio imán mercurial. 5ª. De la tierra
filosófica, a fin de formar de ella el mercurio doble. XXVII
Aparecen dos putrefacciones: la de nuestro Vitriolo y la de la
Tierra Adámica, llamada así por los Filósofos, a fin de preparar
con ella la tierra foliada, o mercurio doble.
XXVIII Los Filósofos no tienen más que un Imán y dos
aceros.
XXIX El mercurio simple de los filósofos es el imán de su
azufre. Por medio de él extraemos el oro de los filósofos que es
mucho más precioso que el oro vulgar. También es el Imán de la
sal filosófica; es con él que lavamos la tierra filosófica y la
hacemos volátil, con objeto de que se junten exactamente y
compongan lo que se llama mercurio doble.
XXX Uno y otro aceros, tanto el sulfuroso como el salino, se
han de hacer cocer once veces con el imán mercurial, a fin de que
adquieran por medio de esta cohobación reiterada, una
naturaleza regenerada muy noble.
XXXI La volatilización de la tierra filosófica por medio del
espíritu del mercurio ( a fin de que sea engendrada la sal de los
metales, que es la piedra misma) reclama un artista ingenioso,
asiduo y paciente.
XXXII El gran misterio consiste en saber volatilizar la tierra
filosófica: sin esa volatilización los restantes trabajos son inútiles
y vanos. Los filósofos han sido muy reservados en este punto.
Ramón Llull, Basilio Valentín, Teofrasto, Paracelso, Geber, Arnau
de Vilanova, Melchor, Michel Sendivogius, el conde Trevisano,
Morien y otros muchos han sido muy secretos y muy oscuros y no
han descrito el procedimiento más que con diversos jeroglíficos,
hablando de él con términos muy variados. Con respecto a la
diversidad de fenómenos que aparecen en esta elaboración, unos
le han dado el nombre de, Nitro virgen extraído de la tierra
adámica; otros lo han llamado, Días grandes de Salomón; a
veces, Campos de Marte; además, Verdor bendito de Venus; en
otras ocasiones, Cosecha de hojas y frutos; ocasionalmente,
Aceite de talco de los Filósofos; más tarde, Mercurio
amalgamado; otras, Masa de perlas listas para coagularse, Masa
Estigiana, Mar Glacial; a veces, Luna preñada de Mercurio; y en
otras, Diamante filosófico, Tierra foliada, Tártaro de los Filósofos,
Maná, Dragón que devora su propia cola. No terminaríamos
nunca de citarlos. XXXIII La tierra foliada de los filósofos se
compone con su propio oro líquido, según el peso de la
naturaleza: para entonces ella es primera materia a la cual, si se
le proporciona el Fuego graduo filosófico (que los filósofos llaman
Aceite de Saturno, o Sello de Hermes) esa tierra será conducida
al elixir blanco y rojo; se tiñe y se perfecciona por sus propios
elementos, que son el aire y el fuego y se multiplica al infinito.
XXXIV No hay vía particular que no sea emanada de la
fuente universal. No hay que dar crédito, pues, a las fábulas de
los sofistas de los tiempos presentes que saben arrancar el dinero
de las gentes demasiado crédulas, engañándolos con la
esperanza de una futura ganancia que no llegará jamás.
XXXV Los particulares reales se hacen con el simple espíritu
del mercurio de los filósofos, que es solar y lunar, como la piedra
de fuego de Basilio Valentín, el aumento del oro y de la plata, el
cobre conducido hasta los grados de la perfección. La
transmutación del oro y de la plata en una tintura tingente. La
maduración del mercurio vivo en plata y en oro, y otros muchos.
XXXVI El doble mercurio de los filósofos nos proporciona el
aceite de talco, llamado por algunos su Gut. Conserva la flor de la
juventud hasta la más avanzada vejez. Puede disolver muchas
perlas pequeñas para hacer otras más grandes, más hermosas, y
con mucho, en calidad y en belleza, que las naturales.
XXXVII La tintura perfecta, además de la transmutación de
los metales, multiplicada al infinito, restablece y fortifica la salud,
hace fecundas a las mujeres estériles, transmuta los cristales en
piedras preciosas y diamantes, exubera a estos últimos en
carbunclos y hace maleable al vidrio. XXXVIII En una palabra, los
misterios de la piedra son tan grandes que a duras penas puede
la razón humana concebirlos.
XXXIX Es así, como dice Hermes, que Dios creó el mundo.
XXXX La piedra contiene en ella, finalmente, los secretos, las
riquezas, los milagros y las fuerzas de los tres reinos. El todo
proviene de una sola cosa. Por muy celebre medico o químico que
seas, resuélveme, si puedes y si te place, este Silogismo; si no y
si me das ocasión, estoy preparado para resolvértelo
demostrativamente.
No dudo, señor, de que este programa arrojará a todos los
lectores a las experiencias con los minerales, dado que designa
ese Electro Mineral inmaduro, como materia de la piedra. Voy a
explicaros lo que los filósofos entienden por su Electro Mineral.
Nuestra materia, dicen todos, se encuentra sobre el mar y sobre
la tierra y dicen verdad, pero en otro lugar advierten que no
puede ser encontrado en ningún lugar del mundo, y no nos
engañan.
Por los minerales se entiende cualquier tipo de sales; es esa
sal filosófica de la que habla Filaleteo a la que llama primer ser de
todas las sales, a la que es preciso hacerla tal, es decir,
componerla por medio de un imán atractivo de las virtudes
celestes que es el Electro Mineral, apareciendo bajo la forma de
un "fray de ranas" (fray de grenoüilles).
No se han equivocado pues de excluir todos los metales y
todos los minerales dado que mineral está formado por el artista
de una cosa extraída a partir de una minera, que no es nada
menos que las minas ordinarias y esta cosa es el iman de las
virtudes celestes; también exclaman: Nuestra materia tiene sus
propias mineras.
Lo que también ha engañado a una infinidad de artistas que
han trabajado infructuosamente sobre la verdadera materia, es
que han tomado el sello de Hermes por un vaso lutado, ya sea
con la lámpara de esmaltar o más exactamente, taponado con un
luten; pero yo creo que es necesario que nuestra materia se haga
por sí misma un luten, es decir, que el gusano de seda se
encierre por si mismo en su capullo (Buchère, Amy-Sage,
Flamel).
Además creo que alguno de los fuegos de los químicos no
debe intervenir en la obra, en consecuencia, como atestiguan los
filósofos, excluyo todos los fuegos de hornos a viento, de retorta,
de reverbero, de lámpara, de vientre de caballo y me limitaré a
su fuego secreto. Pero ¿cual es ese fuego secreto? He aquí la
piedra de tropiezo.
La materia de la piedra y el fuego secreto han hecho
tropezar a una gran cantidad de habilidosos: no ha sido acordado
a todos los hombres el poder penetrar en los misterios más
sublimes de la naturaleza, entre los que la piedra filosofal ocupa
el primer rango. He leído a todos los autores que tratan de este
gran arte, sin poderlos profundizar enteramente.
He consultado a quienes que tenían mayor reputación sobre
estas materias; no he negligido los manuscritos y confieso que
todos los conocimientos que he podido sacar de ellos aún son
muy imperfectos. Me pongo, a pesar de todos mis desvelos, en el
rango más bajo entre aquellos que los adeptos llaman profanos.
Incluso tengo la temeridad de pensar que muchos autores
que tienen la reputación de haber operado la gran obra, no la han
adquirido más que escribiendo oscuramente y copiando los
pasajes de los verdaderos filósofos, en la interpretación de los
cuales habían hecho vanos esfuerzos.
No es que niegue la posibilidad de la gran obra, por el
contrario, estoy convencido de ella. No fuera posible que tantos
grandes hombres, que han compuesto tan vastos tratados hayan
podido consagrar el más serio estudio de su vida a una quimera,
o si hubieran sido arrastrados por una ciega credulidad no
leeríamos entre ellos, que hicieron los más auténticos sermones,
el tomar por testigos a las cosas más respetables y más sagradas
de la verdad que os quieren anunciar. Reconozco que muchas
gentes han sido seducidos por la impostura; convengo que una
infinidad de desdichados han tomado impunemente el nombre de
filósofos.
Seguro es que esos mismos han tenido una buena baza para
imponerse a la mayor parte de los hombres en lo que concierne a
la transmutación metálica
Todos los químicos vulgares con un poco de experiencia
saben, sin ningún género de dudas que desulfurando con
corrosivos los dos metales perfectos y arrojando ese azufre sobre
una parecida cantidad o peso de mercurio, o metales imperfectos,
la transmutación se opera al instante. Sin embargo, la mayor
parte de los hombres clama milagro ante experiencias parecidas:
las bolsas se abren y el fraudulento alquimista se aprovecha de
su simplicidad.
La piedra de los filósofos es de otra naturaleza bien distinta:
transmuta los metales sin necesidad de tomar prestados los
azufres de los otros metales perfectos y es la soberana medicina
para curar los mixtos de los tres reinos. El fragmento que os
acabo de dar es suficiente para dar una idea justa del arte, no
menos que para hacer ver aquello que miles de volúmenes han
escrito sin orden alguno; en una palabra, una especie de tesis
que un señor alemán pretende sostener ante la faz del universo.
Se entrega para el partidario del torneo (tenant du tournoi) y
parece invitar a la disputa sobre esta materia a los sabios, a la
manera de Alemania, donde se sostienen tesis públicas sobre
esta ciencia. Esta pequeña obra ha sido escrita en latín, pero
debería ser traducida a todos los tipos de lenguas para bien y
comodidad de los hijos del arte que no están letrados.
Traducción del Latín de Santiago Jubany

AQUI TRABAJAMOS..., DURMIENDO ¡ NO MOLESTAR!

¿QUIERES SALIR AQUI? , ENLAZAME

-

ClickComments