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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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martes, 28 de mayo de 2013

Los cazadores de cabezas

  Los cazadores de cabezas
 
 
“El  éxito es el valor, eso es lo     
 que importa, el coraje en sí mismo,
 aunque todo lo demás se malogre:
 eso es el éxito.”
                      Proverbio tukurio
 
 
Iedur corría y jadeaba. Atravesaba raudamente el bosque oscuro, aromático y fresco. Sus pies descalzos volaban sobre hierba, tierra y rocas. Un zorro lo miró con curiosidad tras un matojo de arbustos, una ardilla escapó de su camino y una culebra quedó hechizada por aquella figura musculosa que se movía rápida y enérgicamente.
Tenía dieciséis años y su cuerpo era ya el de un hombre. Podía manejar una espada de guerra y casi había logrado tensar el arco de su hermano Connbraugh. Era de ojos color verde muy claro y cabello castaño rojizo que caía en grandes mechones sobre sus hombros y espalda alta. Su rostro lucía rasgos severos y agraciados. Varias jovencitas de su aldea se le habían acercado y sonreído, mas él tenía su atención centrada en otros asuntos.
Recordaba a los guerreros, su padre y hermano entre ellos, corriendo a enfrentarse contra los enemigos sobre el valle de hierba y roca. Más de doscientos luchadores irlandeses que peleaban desnudos para demostrar el valor, sólo vestidos por el torque del cuello y armados de espadas, lanzas y martillos. ¡Qué suerte tuvo Cair, su padre, al morir en combate, rodeado de cadáveres, manchado de sangre, rugiendo como una bestia salvaje! Le dolió su muerte por los años que no disfrutaría junto a él, pero se alegraba del honor conseguido y la felicidad que en la Otra Vida estaría experimentando.
Incluso Faedril, su madre, había peleado junto a otras mujeres de la aldea cuando una horda del Norte atacó el poblado. La bella mujer parecía haber sido poseída por Morrigu y Nemain, tales eran su valor y destreza en la batalla.
Mas a él aún no le dejaban luchar con los adultos. Lo consideraban un niño, y eso le dolía. Aquel sufrimiento crecía cuando Aedai se burlaba de él mientras colocaba una flor de almendro en su pelo.
Como cada vez que pensaba en la muchacha, el corazón se le disparó. Prefirió concentrarse en el presente.
Llegó al claro de Bran, el druida. Como otros tantos muchachos, Iedur aprendía de él la sabiduría de la Tierra, el Agua, el Aire y el Fuego, el Conocimiento que sus padres no sabían darle.
La sombra del menhir marcaba la mitad del mediodía. Llegó junto al megalito resoplando. Bran estaba preparando algún brebaje en una olla, cerca de su cabaña. Como siempre que se adentraba en los dominios de Bran, una vaharada de olores exóticos y dulzones embriagó a Iedur.
El druida se volvió y lo miró. Era un anciano de aspecto noble y severo. Vestía túnica parda, impecable, que le llegaba hasta los tobillos. Sus pies estaban enfundados en zapatillas de suave cuero. Siempre portaba un cayado de madera de cedro. Con él llegó a abrir la cabeza de un lobo salvaje. Su figura era delgada y recta como el tronco de un pino. La barba y el cabello grises resultaban impresionantes incluso para aquellas gentes, que dejaban crecer sus cabellos sin pudor. Sobre una nariz afilada e inquisitiva había dos ojos de color azul metálico, inteligentes, profundos y tranquilos.
-No quieres aprender, Iedur -dijo el druida con su grave voz-. Si una nutria no aprende a nadar se hunde. Si un hombre no aprende lo que es importante no pasará de ser un necio hasta el fin de sus días.
-Lo siento, Bran -gimió Iedur, apesadumbrado.
-¿A qué se debe la tardanza?
Iedur estuvo a punto de inventar una historia, pero recordó las enseñanzas: mentir era la peor de las faltas, del que mentía todos se apartaban, incluso negándole durante días la palabra. Decidió sincerarse.
-Yo... Estuve hablando con Aedai.
El druida casi sonrió.
-Ah... Aedai. Una jovencita inteligente. Uno de mis mejores alumnos. Ayer me dijo que hoy llegarías tarde.
Iedur enrojeció a causa de la ira.
-Sus predicciones suelen ser acertadas -siguió el anciano, cada vez más divertido-. También es cierto que ella se preocupa mucho de que las cosas sucedan como espera que sucedan.
El anciano recuperó la adustez.
-Comencemos las enseñanzas. Hoy aprenderás muchos nombres de hierbas y plantas, su aspecto, localización y usos.
Iedur dejó caer los hombros desanimado.
-¡Vamos, vamos! -replicó el druida-. Imagina que en el futuro eres un guerrero poderoso, perseguido por tus enemigos en un bosque desconocido. Estás herido y débil. Debes saber qué hierbas cerrarán tus heridas y te proporcionarán fuerzas para seguir luchando.
Iedur abrió mucho los ojos, su mente dispuesta para aprender. Bran era un druida muy viejo y sabía cómo estimular a sus alumnos.
Pasaron dos horas estudiando la fauna y la flora boscosa. Cuando terminó la clase almorzaron juntos. Comieron queso fresco con miel, jabalí asado (a pesar de su edad, Bran era un excelente cazador), almendras y caldo de hierbas. Bebieron cerveza y leche muy fría.
Iedur miró a Bran con el ceño fruncido.
-Maestro, tú que lo sabes todo, dime cuándo me permitirán mi madre y mi hermano combatir contra las tribus rivales. Connbraugh tiene ya en su habitación más de quince cabezas embalsamadas. Algunas las ganó cuando tenía mi edad. Mi madre también posee un trío de testas en su cuarto.
-Recuerda que aquellos eran tiempos más duros. Los clanes del Sur peleaban contra los del Norte, los de Cor-An-Tyr intentaron invadir nuestro territorio y todas las tribus de la Gran Región debieron unirse para rechazarlos. Ahora hay paz, aunque las batallas se suceden de vez en cuando. Estoy seguro de que pronto podrás lucirte en una contienda.
-¡Seré como Cúchulainn! -bramó el joven-. ¡Los enemigos caerán degollados a mis pies y moriré peleando!
Bran rió. No reprendió a Iedur. Sería ir en contra de las Leyes Naturales reprimir un fuerte carácter juvenil. Además, la comunidad necesitaba guerreros que la protegieran de los enemigos, ya fueran invasores o invadidos.
-Medita mucho antes de entrar en combate -aconsejó el anciano-, pero si lo haces gana o muere. Arrasa como el huracán a tus enemigos y trae el mayor número posible de cabezas. Tu pueblo y tu familia te lo agradecerán. El que no devuelve el ataque es un necio, el que no defiende lo que tiene no merece tenerlo.
Iedur asintió con fuerza.
Transcurrieron dos horas más de clase, centradas en el estudio de la fauna y la flora. Iedur asimilaba los conocimientos con rapidez, pues era un joven inteligente.
Cuando acabaron, Iedur se despidió de su maestro. El severo Bran hubo de reprimir una sonrisa mientras contemplaba la alegre marcha de su alumno favorito.
 
Iedur sentíase excitado. Bran le había dejado irse excepcionalmente pronto. Aún tenía tres horas libres antes de acudir a la aldea, donde ayudaría a su madre y hermano en las faenas de la casa y el huerto.
Volvió a preguntarse cuándo le dejarían luchar. Deseaba cortar cabezas enemigas. Se imaginaba agarrando por las melenas un puñado de testas rivales, quizá pertenecientes a los Comcrach o los Finn. Las colgaría del tejado de su cabaña para que todos en la aldea supieran lo valiente y fuerte que era Iedur, el guerrero.
Además, también quería que Aedai le admirara. ¡Aedai! Aún podría verla esa misma tarde, realmente lo deseaba. Se detuvo de pronto. ¿Era bueno que un guerrero ocupara su tiempo libre en frívolas charlas con una muchachita? Aquel dilema siempre lo acuciaba tras reunirse con la joven. De algún modo, intuía que las mujeres apartaban al hombre de su deber, que era la guerra.
Aquella mañana, antes de ver a Bran, Iedur había estado con Aedai.
-¡Seré un luchador famoso! -había dicho él, muy serio-. ¡Cabalgaré junto a Morrigu y Nemain!
Aedai, sobre una de las grandes rocas al borde de la catarata, rió alegre y burlonamente. Aunque no pasaba de los quince años la túnica que se ajustaba a su espigada figura ya dejaba ver sinuosas curvas. Miró con sus profundos ojos negros a Iedur, quien se afanaba por seguirla saltando sobre las húmedas rocas. A su izquierda se abría una caída de veinte metros. En la base de la cascada, espuma brillante y afiladas piedras. A su derecha, el agua helada corría lánguidamente hasta precipitarse por el borde.
El cabello de Aedai era aún más oscuro que sus negrísimos ojos, muy liso. Le caía espesa y aterciopeladamente hasta la cintura. La muchacha giró su cabeza bruscamente. Su pelo trazó una onda mágica en el aire.
-¡Seguro! ¡Un gran guerrero! -se burló, mirando pícaramente a Iedur. Los rasgos eran finos, bellísimos. La nariz algo respingona denotaba un carácter curioso, vivaracho, incisivo.
Iedur se sobresaltó. Seguir a aquella chica resultaba peligroso. Ella era un ser de la Naturaleza y brincaba ágilmente sobre altísimas ramas y desfiladeros o se internaba sin herirse a través de espesos zarzales. A pesar de su belleza, muchos chicos habían rehusado cortejarla porque ello resultaba perjudicial para la salud. No era el caso de Iedur, quien, a pesar de los hematomas, cortes y arañazos se negaba tozudamente a perderla de vista..
El chico, apretando los dientes, miró desafiantemente a Aedai y saltó a una nueva piedra. Ella rió.
-Primero tendrás que ayudar a tu madre a limpiar tus habitaciones y después sacar brillo a las armas de tu hermano.
-¡Te equivocas! -rugió Iedur. De tres temerarios saltos llegó hasta Aedai e intentó agarrarla. La muchacha salió corriendo y se internó en la fresca espesura.
Al poco, la halló recogiendo moras de un zarzal. Iedur se preguntó, al contemplarla, qué clase de hechizo hacía posible la atracción que sentía hacia ella mientras despreciaba o esquivaba distraídamente al resto de las jovencitas.
-A veces pienso que eres una dríade que un hada dejó en la puerta de tu casa -dijo Iedur-. Tus padres, compadecidos, te recogieron y criaron como a una hija, pero seguramente no eres humana. A vedes pienso que me estás embrujando.
La chica sonrió placenteramente.
-A veces yo pienso que eres un jabalí con aspecto de hombre    -ella lo miró burlona y desafiantemente-, un jabalí torpe y desmañado que hociquea entre el barro.
Él quedó quieto, mirándola a los ojos, embelesado por su belleza. Ella, nerviosamente, apartó la vista.
-Iré a nadar a la costa esta tarde.
-¡No vayas! -en la voz de Iedur había genuina preocupación-. Últimamente se ha visto a los hermanos Finn por esa zona. Ya sabes que raptan a las jóvenes para hacerlas sus esclavas. Son nuestros enemigos.
-¿Temes por mí? -Aedai sonreía, llena de placer y burla.
-Sí -dijo Iedur, algo incómodo. No sabía mentir. La sonrisa de Aedai se abrió aún más. Iedur, en un arrebato inexplicable, sacó la pequeña cuerda de su zurrón e hizo una lazada en ella.
-¿Qué haces? -inquirió Aedai.
-Voy a ponerte un lazo al cuello. Así no te escaparás.
-¿Harías eso? -Aedai se le acercó, sus ojos chispeaban traviesamente.
-Por supuesto -Iedur le colocó el lazo en el delgado y blanco cuello. Apretó el nudo sobre la fina garganta. Ella frunció levemente el ceño, pero no se apartó ni borró su sonrisa. Iedur tenía el otro extremo de la cuerda en su diestra.
-Eres una fierecilla y debes ser domada -dijo severamente el muchacho. Tiró levemente de la cuerda y ella se le acercó hasta que sus cuerpos se tocaron. Los ojos de la muchacha se entrecerraron y clavaron en los de Iedur.
-Ahora no te separarás de mí -dijo el chico, sintiendo que se hundía en aquellas dos negras profundidades-. Irás donde yo vaya, te domaré como a un potro salvaje o un perro desobediente -afirmó, con el ceño fruncido.
-Iría contigo hasta el fin de la tierra -contestó ella, sonriendo dulcemente, acercando sus labios a los de Iedur-. Prometo que obedeceré todas tus órdenes sin protestar...
Iedur la ciñó con firmeza por el talle y se besaron. Para los dos era el primer beso. Si los padres de ambos los sorprendieran en aquel momento los azotarían tantas veces que no se podrían sentar en al menos ocho días.
De pronto, Iedur sintió un escalofrío. Otra vez aquel pensamiento angustioso: ¿acaso las mujeres no apartaban al guerrero de la guerra, acaso no lo conducían a una vida sedentaria, a una cabaña llena de niños gritones? De nuevo la  maligna contradicción. Tal vez Aedai fuera realmente una hermosa elfa que le estuviera conquistando para su propio provecho. Si caía en su embrujo podía despedirse de la fama y la gloria.
La apartó violentamente de su lado.
-¿Qué haces? -preguntó Aedai, enojada.
Iedur se alejó hacia atrás, trastabillando.
-¡Me estás embrujando! ¡No caeré en tus redes! -gritó.
Aedai, furiosa, lo acribillaba con la mirada. Los ojos se le tornaron húmedos.
-¡Estúpido! -increpó. Se sacó la cuerda del cuello y la arrojó al suelo. Dióse la vuelta y se fue, caminando con aire orgulloso.
Iedur seguía muy inquieto. Esbozó una sonrisa. Se sentía victorioso.
De pronto, la alegría se esfumó y se vio a sí mismo como un niño tonto y supersticioso. Ahora, tras su error, nunca volvería a ver a Aedai, y aquel pensamiento, extrañamente, le causaba un gran dolor.
Apesadumbrado, echó a andar sin rumbo fijo. Entonces, dióse cuenta de la posición del Sol y recordó su cita con el druida Bran. Echó a correr.
Ahora, muchas horas después, también corría. Pensaba reunirse con Aedai y pedirle disculpas. Habría de reconocer su torpeza, pero quería seguir siendo su amigo.  Comprendió que realmente disfrutaba en compañía de  la chica.
Al llegar al claro donde solían reunirse lo encontró solitario. Se sentó en una roca junto al riachuelo, que por allí transcurría rápidamente. Comenzó a lanzar piedras contra una gran roca, como tantas veces cuando tenía tiempo libre y se aburría. Estaba dispuesto a esperar.
Una hora después, seguía lanzando piedras. Deseaba que Aedai llegara. Nunca le había hecho esperar tanto, aquella reunión era prácticamente una costumbre para los dos.
Mientras observaba su piedra número quinientos ochenta y cinco impactar certeramente en el blanco, recordó lo que Aedai le había dicho: que aquella tarde iría a la costa. Él lo había tomado por un comentario sin sentido. Pero tal vez ella, en su enfado, habíase alejado tan hacia el Norte para contemplar, como solía hacer, el mar desde los acantilados...
...Los mismos por los que pululaban los hermanos Finn.
Soltó la piedra que tenía en la mano y echó a correr a través de la espesura. Sentía un gran temor en su pecho.
Llegó a la aldea como una exhalación. Los que le vieron no se extrañaron de su comportamiento, pues Iedur era un joven que no podía estarse quieto. Al fin y al cabo, había nacido bajo los signos del fuego: la salamandra como animal y el manzano como árbol.
Llegó a la cabaña sin resuello. Su hermano Connbraugh apuraba una cerveza mientras fabricaba flechas a partir de una gruesa vara de fresno.
-¿Qué te ocurre, muchacho? -preguntó Connbraugh. Le sacaba cinco años a Iedur. Su rostro ancho y anguloso sonreía. Era, al igual que Iedur, ancho de hombros y estrecho de caderas. También lo perseguían las chicas, aunque él cortejaba a una sola, Aila, la de la larga trenza.
Iedur estuvo a punto de contarle a Connbraugh sus temores. Si lo hiciera, muchos varones del pueblo (entre ellos los hermanos y el padre de Aedai) saldrían en busca de la joven armados y dispuestos a enfrentarse a los Finn si se daba el caso.
-No pasa nada, hermano -contestó Iedur, aún jadeante-. Estaba probando la velocidad de mis piernas.
Connbraugh lanzó una carcajada y siguió con su tarea.
Iedur salió de la cabaña, dio  la vuelta a la misma y, tras asegurarse de que nadie le descubriría, se metió por el ventanuco de la habitación de su hermano.
En el cuarto había múltiples cabezas enemigas embalsamadas y ordenadas cuidadosamente sobre estanterías. También lucían en la sala varios escudos, un arco de madera de tejo, cuchillos de diferentes tamaños y una espada corta que perteneciera a su padre Cair y después a Connbraugh. También había un baúl para guardar las vestimentas y una larga cama, de cuyo cabezal pendía una resplandeciente trenza dorada, regalo de Aila, la prometida de Connbraugh.
Con el corazón latiendo desbocadamente, Iedur se colocó al cuello el torque guerrero de su hermano. Tomó la espada corta, metida en su funda de cuero duro, y la colgó de su espalda. Cogió dos cuchillos largos como su antebrazo, los envainó y sujetó al cinto de su cadera. Si Connbraugh entrara en ese momento en el cuarto sin duda lo despellejaría vivo.
Tras asegurarse de no ser visto salió otra vez por la ventana y huyó del poblado, escondiéndose de los locales e internándose enseguida en la espesura.
Echó a correr hacia el Norte con una firme convicción: si Aedai estaba en peligro la salvaría él, y sólo él.
Al cabo de una hora de veloz carrera salió de los bosques y vio la línea de acantilados. El aire estaba cargado de salitre. Iedur lo respiró con fuerza. Aún faltaban más de dos horas para que el Sol se pusiera. Esperaba encontrar a Aedai antes de que las sombras poblaran el mundo. El torque de acero inclinaba levemente su cabeza. En un principio  le habían dolido horriblemente los músculos del cuello, pero al poco habíanse acostumbrado al peso extra.
Corrió veloz sobre una pradera de rocas e hierba húmeda y llegó al borde del precipicio.
Treinta metros más abajo, las olas chocaban contra los rompientes deshaciéndose en espuma. Buscó con la vista. Ojalá encontrara a Aedai. La tomaría de las muñecas y, aunque hubiera de llevarla a rastras, la devolvería al poblado. Había oído historias acerca de los hermanos Finn y temía por la suerte de la chica.
Comenzó a descender por un camino de tierra dura y fría que serpenteaba por entre los taludes de roca. Muchas veces lo había recorrido en compañía de Aedai y lo conocía de memoria.
Llegó hasta las primeras rocas. El mar no estaba encrespado aquel día, las olas no superaban los farallones. Aún así, Iedur debía caminar con cuidado sobre ellos, pues eran sumamente resbaladizos. Se dirigía a una de las múltiples cuevas donde sabía Aedai gustaba de recoger conchas y caracolas.
Ante él, quince metros al frente, apareció una figura oscura. Emergía de una cueva. Era un hombre de aspecto sucio, vestido con pieles de lobo y oso. La melena le caía desgreñada sobre la espalda. Era enorme. De su cadera pendía una larga espada envainada. Estaba de espaldas a Iedur.
El chico se lanzó al agua antes de que el desconocido se volviera.
El líquido estaba helado. Las olas lo llevaron cinco metros mar adentro. Una onda llegó en dirección contraria y lo estrelló contra una enorme roca. Los gruesos músculos de Iedur aguantaron el choque. Se aferró desesperadamente a un hueco en la piedra. Con dificultad, helado hasta los huesos y sufriendo por el peso de la espada corta y el torque, se encaramó a una roca superior. Tenía el pelo rojizo empapado y los mechones se le pegaban al rostro.
No vio al hombre vestido con pieles. Supuso que se había metido de nuevo en la gruta de la que saliera. El muchacho avanzó sigilosamente entre las rocas.
Llegó a las cercanías de la cueva, que se abría como las fauces de un gigantesco monstruo. Escondido tras unas piedras, vio allá dentro a cuatro hombres semejantes al anterior, aunque no tan grandes. Comían peces, cangrejos y el fruto de las caracolas. Sorbían los caparazones ruidosamente, absortos en su tarea. Portaban armas: mazas, machetes y espadas. Al fondo, un poco más apartada del trío, estaba Aedai. La chica los miraba con ojos temerosos mientras raspaba con un pequeño cuchillo un pescado. A su derecha había un cesto lleno de otros muchos. Al parecer, su tarea consistía en quitarles las escamas.
Uno de los tres, el de la maza, se volvió para mirarla. Lucía una expresión atroz. Aedai retrocedió un paso, los ojos desorbitados. También Iedur sintió escalofríos al observar aquel rostro salvaje y maligno.
-¡Más deprisa, estúpida! -bramó el tipo-. ¡Antes de que caiga el Sol debes tener limpios todos los pescados!
Agarró una piedrecilla del suelo y la lanzó hacia Aedai, quien la esquivó ágilmente. La chica tenía ya dos moretones en su fina frente.
Iedur supuso que aquellos eran los Finn. Se decía que vivían muy al Norte, pero bajaban hacia el Sur para pescar y cazar animales salvajes. Nadie los amaba. Solían robar personas perdidas, en su mayoría jóvenes que esclavizaban o entregaban a tribus lejanas a cambio de alimentos y metales. Eran itinerantes y muy escurridizos. Por eso no se les había atrapado aún. Cuando no cazaban o pescaban solían emplearse en las guerras entre diferentes clanes a cambio de comida y alojamiento.
Apareció aquel que ya conocía Iedur. Introducía su miembro viril bajo las pieles y se limpiaba la orina de la mano en el muslo.
-¡Acabad! -rugió-. ¡Hemos de irnos antes de que empiecen a buscar a la chica!
-Aguarda, Corm -pidió uno de los comensales-. Aún nos quedan unos pocos cangrejos...
Corm se le acercó y de una patada hizo volar el cangrejo entre sus manos. El golpeado encogió los hombros, resignado. Sus hermanos le imitaron. Aquel grupo parecía más una pequeña manada de alimañas que una familia. Sin embargo, sin alguien que impusiera (aunque fuese brutalmente) el orden entre tales bestias, poco durarían con vida, tan odiados como eran.
-¡Puerca! -llamó uno de los Finn a Aedai. Ella lo miró, angustiada-. ¡Recoge los cangrejos y los peces en un saco y síguenos!
Aedai obedeció rápidamente. Iedur vio que por los ojos de la chica cruzaba un rayo de furia. “¡No lo hagas, Aedai!”, pensó.
Pero la joven, aún con el cuchillo de raspar pescado en su diestra, llegó corriendo hasta el que le había dado la orden.
-¡Cuidado, Taugh! -rugió Corm.
Aedai clavó el cuchillo en el costado del aludido. Pero el arma era pequeña y las pieles que cubrían al hombre muy densas. Taugh aulló, más de sorpresa que de otra cosa, se volvió y abofeteó a Aedai dos veces. La chica quedó sin sentido.
-¡Déjame castigarla, Corm! -otro de los Finn cogió a Aedai del pelo. La chica despertó y chilló de dolor.
-¡No, Medb! -bramó Corm-. Ya habrá tiempo para eso después. ¡Vámonos!
Taugh se frotaba el costado y miraba asesinamente a Aedai. Medb la soltó. La chica sollozaba quedamente y pronto continuó su tarea de recoger cangrejos y peces semidevorados.
Iedur sintió que la sangre le hervía en las arterias. Ahora era el momento: debía lanzarse a la lucha, pelear como Cúchulainn contra los Cien Combatientes y cortar las cabezas de los cinco Finn. Su destino estaba al alcance de la mano.
Con el corazón golpeándole el pecho, Iedur desenvainó silenciosamente la espada y se desvistió, dejando sobre su cuerpo tan sólo el torque y el cinto con los dos cuchillos. Pelearía desnudo, como los mejores guerreros, para probar su coraje.
De pronto, sintió que sus miembros estaban paralizados. Se negaban a obedecerle, a lanzarlo hacia la batalla. Estaba temblando, no podía mover un solo músculo. Sentía miedo. Miedo a la victoria, miedo a la derrota, miedo a la muerte. Todas sus esperanzas y deseos estaban siendo frustrados cruelmente por el miedo. La vergüenza enrojeció su rostro. Quería reaccionar, mas el terror lo mantenía paralizado. No podía cruzar la Barrera del Miedo. Hizo un esfuerzo de voluntad, concentró todo su ser en el deseo de batalla y gloria. Pero ellos eran cinco, más expertos y fuertes que él. Lo matarían, y matarían también a Aedai. No era digno de ella. Era tan sólo un despreciable cobarde. Un niño. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Espontáneamente, y antes de poder darse cuenta del hecho, saltó sobre las rocas y corrió hacia Medb, el Finn más cercano, quien masticaba distraídamente un pez crudo. Iedur gritó escalofriantemente. Su rostro era una máscara de locura. Medb fue asesinado, la espada de Iedur hendió su garganta y quebró la columna vertebral, surgiendo por la nuca. Los ojos se le desorbitaron. Intentó gritar, pero tenía las cuerdas vocales cortadas. Iedur sacó la hoja de su vaina humana. La primera sangre que derramaba cayó sobre su propio pecho. Medb, chorreando el líquido vital, se agarró el cuello escarlata. Cayó al suelo, muerto.
Iedur, aún sorprendido de su valor, miró la hoja brillante y contempló su rostro reflejado en la sangre.
-¡Cuidado, Iedur! -era la voz de Aedai.
El joven desnudo salió de su ensimismamiento. Sualtaim y Aillil, dos más de los hermanos Finn, se le venían encima. Uno portaba una maza de piedra, el otro dos machetes largos. Eran fuertes y estaban encolerizados. Mas Iedur poseía agilidad y un talento natural para las armas. Había practicado durante incontables horas con espadas de madera. Aun así, un combate real era muy distinto de un entrenamiento.
Iedur saltó hacia atrás, sus desnudos pies, ya en carne viva, volvieron a herirse al asentarse en las afiladas rocas. Un machete de Aillil le tajó levemente el brazo. Iedur comenzó a sangrar. Esquivó el segundo machete y automáticamente, sin brusquedad, coló su cuerpo bajo el brazo de Aillil al tiempo que clavaba la espada en el muslo del Finn. Éste rugió y se apartó de un salto lateral.
Sualtaim se le acercó blandiendo su maza de piedra. Lanzó un golpe de revés que arrancó levemente la oreja del cráneo de Iedur. El muchacho habíase apartado a un lado y gracias a eso la maza no había hecho volar su cabeza entera. El dolor chillaba furiosamente, la sangre manaba a pequeños borbotones de la oreja deformada, manchando pecho y hombro.
Sualtaim se disponía a golpear otra vez con su maza. Iedur trastabilló y se apartó hacia atrás. La maza pasó como un jirón gris y borroso a dos dedos de su rostro. El chico imaginó que el enemigo era una roca a la que lanzar una de sus piedras. Desenvainó el cuchillo y desde su mano voló, clavándose en la nariz del Finn. La hoja atravesó levemente el cráneo, sin llegar al cerebro.
Sualtaim aulló y se arrancó el cuchillo, tirándolo al suelo. De su tabique nasal roto comenzó a manar sangre. Iedur sacó el otro cuchillo y lo lanzó. Esta vez, la hoja impactó certeramente en la garganta del Finn, quien se derrumbó enseguida junto a Iedur.
Aillil se agarraba la pierna herida con la mano derecha, intentando detener la hemorragia. Miraba a Iedur con un odio capaz de taladrar las piedras.
-¡Matadlo! ¡Matadlo! -rugía Corm, el hermano mayor. Aedai, a su lado, contemplaba con ojos desorbitados la escena. Iedur la miró, y luego se volvió a Taugh y Aillil, quienes ya venían en su busca y dispuestos a hacerle pedazos.
Iedur no dudó.  Saltó hasta el cadáver de Sualtaim, recuperó sus dos cuchillos, apartó rápidamente la sangre que bañaba su rostro con el antebrazo y lanzó uno a Aillil.
El Finn trastabilló, mirándose el abdomen. Por entre las pieles surgía el mango del cuchillo. Iedur alzó el otro, dispuesto a lanzar. Los ojos de los Finn se abrieron a causa del terror y retrocedieron gritando y buscando un escondite. Iedur los contempló, algo sorprendido. No debería extrañarse tanto, el cuchillo entre sus manos de experto tirador era un arma muy peligrosa.
Corm aún se mantenía en pie, sujetando por un brazo a Aedai. Sus dos hermanos permanecían agazapados tras las rocas.
-¡Has matado a mis hermanos Medb y Sualtaim! -rugió  Corm, fuera de sí-. ¡Vas a morir!
Desenvainó su espada, larga y recta. Miraba a Iedur con odio, pero también con respeto.
Iedur envainó el cuchillo arrojadizo. Agarró su espada a dos manos. Los dos sonrieron torvamente. Sería un duelo honorable, a muerte. Iedur deseó que su hermano Connbraugh pudiera contemplarle en aquellos momentos. El muchacho, desnudo y sangrante, se rió de la vida y la muerte.
Corrieron el uno hacia el otro. Corm rugió y descargó un mandoble. Iedur lo paró con su espada. El impacto sónico casi lo dejó sordo. Sintió la destructora vibración subir hasta el hombro. Aun así, y a pesar de su corta edad, su cuerpo era ya el de un hombre y como un hombre aguantó. Lanzó un revés y una estocada, su espada resbaló rechinantemente sobre la hoja de Corm. El Finn gruñó, sorprendido. Había esperado luchar contra un cachorrillo y ahora tenía frente a sí un lobo sediento de sangre.
Iedur redobló sus ataques, acostumbrándose rápidamente al dolor que producían las vibraciones resultantes entre los aceros. Recordó a su padre Cair, muerto en combate. Una rabia brutal se apoderó de él. Atacó como un poseso, hasta el punto de hacer retroceder al asombrado Corm.
-¡Deja en paz a mi hermano o la mato! -Taugh agarraba a Aedai por el pelo. La chica chillaba, dolorida y aterrorizada. El Finn, furioso mas también asustado alzaba su maza sobre la cabeza de Aedai. Junto a ellos se encontraba Aillil, quien había sacado el cuchillo de su abdomen. Las gruesas pieles le habían salvado de la muerte.
-¡No! -rugió  Corm-. ¡Es un combate legal! ¡No interfieras!
Iedur respetó profundamente a Corm.
-¿Y si te mata? -argumentó Taugh-. ¡Deja que acabemos entre todos con él, es sólo un chiquillo!
-¡Es un guerrero! -bramó Corm-. ¡Quiero su cabeza y la tendré en una lucha legal!
El pecho de Iedur se infló. Sintió un ramalazo de orgulloso placer.
-¡Yo también quiero la tuya! -intervino el chico-. ¡Y las de tus hermanos muertos! ¡Los he matado en combate justo!
-Tendrás sus cabezas si me vences a mí, y después a ellos -Corm señaló a Taugh y Aillil.
-De acuerdo -Iedur se agarró la oreja deformada con una mano. Ahora la sangre manaba más débilmente. Le resultaba imposible oír por ese lado. Supuso que le habían destrozado el oído-. Pero lucharéis de uno en uno.
-Me parece justo -concedió Corm.
-¡Pero...!
-¡Cállate de una vez, Taugh! ¡Tus gimoteos me dan dolor de cabeza!
El aludido enmudeció. Corm alzó orgullosamente la barbilla e infló su enorme pecho.
-Hoy, aquí, demostraremos que los Finn tenemos honor.
Iedur y Corm giraron uno alrededor del otro, observándose en silencio. Las olas del exterior ahogaban los quedos sollozos de Aedai. La chica contemplaba con genuina preocupación a su antiguo compañero de juegos, convertido ahora en sangrante guerrero.
Corm atacó, Iedur paró el golpe. Ya las muñecas no le dolían tanto a causa de las vibraciones y sentíase más confiado. Hubo un intercambio de golpes. Iedur pasó al ataque. Su cerebro gritaba una sola voz:
“¡MATARLO!¡MATARLO!¡MATARLO!...”
No podía ni quería pensar más que en ello. Recuerdos y esperanzas desaparecieron de su cabeza. Se estaba jugando seriamente la vida y debería concentrar alma, cuerpo y sentidos en el combate.
Corm retrocedió, espantado. Iedur poseía un talento natural para atacar en el lugar más desprotegido de su defensa y enlazar severos y bien dirigidos golpes. El mayor de los Finn comenzaba a asustarse. Comprendía que aquel chico tenía el potencial necesario para llegar a ser un héroe épico.
Corm rugió y cargó con todo el cuerpo. Las espadas se trabaron, el Finn lanzó a Iedur al suelo. La espalda desnuda probó las cortantes aristas de roca. Se levantó instantáneamente sobre los sangrantes pies.
Iedur comenzaba a resentirse por la pérdida de sangre. Estaba mareado. Trastabilló. Corm cargó otra vez. De nuevo paró el golpe, el  Finn lo empujó y el joven probó en su cadera la dureza de las piedras húmedas. Corm alzó la espada, gritando. Tenía el rostro de un loco sediento de sangre. A su espalda una ola estallaba contra las oscuras rompientes y se deshacía en lluvia de espuma.
Iedur paró varios golpes terribles. Corm lo atacaba sin piedad, el chico se apartaba o defendía débilmente, las vibraciones restallaban en todo su cuerpo amenazando con  hacerle estallar la cabeza.
Ahora hallábanse en una zona de rocas romas muy resbaladizas. Los pies de Iedur tenían plantas rojas y sin piel. Habíanse endurecido como cuero seco y se asentaban con mayor seguridad que las botas de Corm. Iedur decidió aprovechar la oportunidad:
-¡No eres más que un cobarde, tu padre lo fue más aún, y tu abuelo os superó a los dos!
Para un celta, ser llamado cobarde era el peor de los insultos, pues amaban el coraje y el valor por encima de todas las cosas. Normalmente, el verse superado numéricamente en  una proporción enorme no era excusa  para abandonar la batalla. El que un guerrero muriera por efectuar una acción temerariamente suicida no escandalizaba a nadie, sino todo lo contrario: a sus familiares se les trataba con respeto y todos contribuirían con gusto a su manutención. Aunque el muerto hubiera sido en vida arrogante, cruel, vengativo y maligno, si su final fue valeroso el que hablara mal de él sería severamente castigado.
Así pues, las pullas del muchacho enloquecieron a Corm. El Finn se lanzó al ataque como un toro furioso, descuidando sus movimientos. Sus botas resbalaron, perdió el equilibrio y agitó  los brazos en el aire.
Iedur rió al ver el hueco gigantesco en la defensa del gigante y saltó hacia él. Su espada se hundió en el esternón hasta la empuñadura. Los dos se desplomaron, la espada de Iedur pinchó en el suelo de piedra y se partió.
Corm soltó su arma, se debatió y agarró el hombro de Iedur.
-Me has vencido -musitó.  Sonrió-. Enhorabuena.
Iedur se levantó, sacando del cuerpo caído la espada asesina, ahora de color escarlata, rota. Cogió el otro fragmento. Trató de unirlos. Tenía los ojos húmedos. Aquella fue la espada de su fallecido padre y con ella también peleó su hermano Connbraugh. Las lágrimas fluyeron.
Corm, en el suelo, a punto de morir, canturreaba una canción montañesa.
A Iedur le temblaban las rodillas. Guardó en la vaina el fragmento superior de la espada. El otro lo empuñó a dos manos.
Tough, Aillil y Aedai lo miraban en silencio. En los ojos de los dos hermanos había genuino terror.
-¡No te acerques! -gritó Taugh. Cogió de nuevo a la chica por el pelo-. ¡La mataré!
-¡Sois despreciables! -bramó Iedur, con voz ronca y ojos enrojecidos. Señaló con la espada rota a Corm, cuya mirada ya era vidriosa-. ¡No merecéis llevar su sangre!
Aedai cambió su expresión asustadiza por otra, iracunda. Metió la mano bajo  las pieles de su captor. Taugh dobló rodillas y tronco. Perdió el equilibrio, debilitado. Tenía los ojos desorbitados. La maza cayó al suelo encharcado. Gritó, y más aún cuando Aedai retorció su presa en la entrepierna de Taugh. Éste se desplomó, chillando de genuino dolor, con las manos en la ingle.
Aedai lo soltó y echó a correr hacia Iedur. Una sonrisa salvaje se abría en su rostro manchado de lágrimas secas.
-¡Vamonos! -exclamó. Abrazó a Iedur con fuerza, hundiendo su rostro en el pecho pegajoso y rojo del muchacho-. ¡Vámonos, por favor!
-No puedo -respondió él, rodeándola con sus brazos-. Se lo  prometí al mayor de los Finn.
Aedai lo miró fijamente.
-No. Prometiste  luchar contra ellos de uno en uno. ¡Obsérvalos! ¡No son honorables! No pelearán de forma limpia contra ti. Te combatirán juntos, engañándote y usando todo tipo de tretas.
Aillil ayudaba a su hermano a levantarse del suelo. Taugh, aún con un rictus de dolor brutal en su rostro, poco a poco recuperaba la compostura.
-Llevas razón -dijo Iedur-. No respetarán las reglas -deseaba luchar contra ellos, pero... ¿qué sería de Aedai si perdía la batalla? En ella descargarían toda su ira y su frustración. Le resultaba muy difícil decidirse.
Aedai lo miraba, desesperada e implorante. Apretaba aún más su cuerpo contra el de él.
-Vámonos -decidió Iedur. La tomó de la mano y ambos echaron a correr hacia el exterior de la cueva.
Las olas barrían los rompientes, la espuma salpicó sus cuerpos. Iedur agradeció la gelidez del agua salada que se colaba por sus heridas, limpiándolas, lo libraba de la pegajosa costra sangrienta y despertaba sus atontados sentidos.
Saltaron sobre las rocas hasta llegar al pie del sendero de tierra. Comenzaron el ascenso. Iedur resbaló y se raspó el vientre desnudo al caer unos metros sobre el sendero de dura arena. Clavó los dedos en ella y siguió subiendo.
Taugh y Aillil, salvajemente airados, comenzaron el ascenso. El viento cortante levantaba sus pellizas de piel, barbas y melenas. Taugh, ya recuperado, marchaba el primero. El muslo herido de Aillil volvía a sangrar.
La escalada resultó muy dura. Iedur empleó sus últimas fuerzas en llegar a la cúspide. Atontado por la pérdida de sangre, exhausto a causa de la batalla, se desplomó en el suelo de hierba, tierra y piedras. Trató de levantarse, mas no pudo. Respiraba silbantemente, sentía el aire helado acuchillando sus ardientes pulmones. Aedai llegó a su lado y lo miró, desesperada.
-Vete... -logró decir Iedur.
Ella miró hacia abajo, a los dos hermanos que ya pronto los alcanzarían. Se volvió hacia el bosque, tras cien metros de pradera. En la espesura no la encontrarían. Miró a Iedur, tirado en el suelo, incapaz de levantarse y a punto de vomitar. Se mordió el labio superior.
La chica cerró sus puños con fuerza y de dos pasos llegó al borde del precipicio. Los Finn estaban a tan sólo diez metros de la cúspide.
-¡Te cogeremos, furcia! -bramaba Taugh, fuera de sí a causa de la rabia-. ¡Vas a sufrir mucho por lo que me hiciste allá abajo! ¡Y a tu amigo lo vamos a despellejar vivo!
Aedai agarró una piedra maciza tan grande como su propia cabeza. Con esfuerzo la levantó por encima de sus hombros.
-¡Tú eras el que más me pegaba! -acusó, bufando como una gata salvaje-. ¡Cállate de una vez!
Lanzó la piedra. Taugh levantó una mano para protegerse. El proyectil alcanzó su antebrazo y rodó por su pecho. El Finn perdió el equilibrio y se precipitó acantilado abajo. Aillil se había apartado hacia la derecha, esquivándolo. El cuerpo rodó e impactó de cabeza contra una roca del fondo.
Aillil miró a su hermano muerto. Luego a Aedai. La chica contemplaba incrédulamente sus manos. El Finn rugió salvajemente y escaló a la carrera los últimos metros. La muchacha buscó otra piedra, aterrorizada. Aillil llegó hasta ella y alzó su maza de madera, dispuesto a hundirle la cabeza entre los esbeltos hombros.
Iedur se interpuso entre ambos. El muchacho habíase recuperado, aunque todavía estaba mareado. Tenía manchas de vómito en su mejilla. Cargó sobre Aillil.
Éste golpeó con su maza en sentido ascendente. Alcanzó a Iedur en el muslo izquierdo y el muchacho gritó, con la pierna entumecida y doliente. Iedur atacó con la espada, la cual se clavó en la maza, quedando allí encallada. Iedur tironeó, mas no la logró sacar. Aillil volteó el arma, quitándole la espada al muchacho de las manos.
-¡Devuélvemela! -rugió el chico. Se lanzó sobre Aillil y, antes de que éste pudiera reaccionar, los dos puños volaron sobre su rostro rompiendo un pómulo y una ceja. Aillil quedó atontado, sostenido por dos piernas vacilantes. Cayó al suelo.
Iedur agarró la maza y tiró de su espada hasta sacarla de la madera. Aillil ya se levantaba cuando el chico le clavó el arma en la espalda varias veces.
El último Finn quedó en el suelo, moribundo. Iedur lo contemplaba como un borracho. Aedai lo sostuvo cuando ya caía, mas no pudo soportar aquel corpachón musculoso y ambos acabaron abrazados sobre la hierba, incapaces de hacer nada más que permanecer tumbados, recuperando fuerzas, el rostro de Aedai pegado al torque y mentón de Iedur. Temblaba violentamente y no era capaz ni de hablar.
Al cabo de un rato la muchacha se levantó y arrancó un pedazo de su vestido. Con él vendó la cabeza y el brazo de Iedur, cerrando así las hemorragias. El chico tenía oscuras ojeras bajo los ojos, que contrastaban con la palidez cenicienta del rostro. Había perdido demasiada sangre. Sus ojos brillaban húmedamente a causa de la fiebre. Aedai comprendió que si el joven no comía pronto iba a morir. Y eso ella no estaba dispuesta a consentirlo.
Echó a correr hacia el bosque y al cabo de poco volvió cargada de bayas, nueces y moras silvestres. Se había levantado la falda y sobre ella, a modo de cuenco, transportaba los frutos. Iedur los devoró. Tras el banquete, y aún debilitado, el chico logró alzarse sobre las temblorosas piernas y arrancó la espada del muerto Aillil. Limpió el acero en la fresca hierba y miró el arma que perteneciera a su padre, luego a su hermano, y ahora, por méritos propios, a él.
-He de cortarles las cabezas -dijo, con firmeza. Aedai lo miraba desde el suelo, sentada con las piernas cruzadas.
El chico, ahora ya más restablecido, bajó por el sendero de tierra. Aedai lo seguía muy de cerca, temerosa de que resbalara a causa de la debilidad.
Ya en la cueva, Iedur se aproximó al cadáver de Corm, sobre el que los cangrejos y las gaviotas comenzaban a darse el festín. Espantó a las alimañas. Miró al muerto con respeto.
-Él fue el más honorable. Él será el primero.
Con golpes metódicos lo decapitó. Anudó las melenas a su cinto. Ahora la testa pendía de él.
Siguiendo la antigua tradición de los cazadores, arrancó el corazón de Corm y comenzó a devorarlo para así poseer la energía, valor y nobleza de la presa cazada. La carne y la sangre fortalecieron su cuerpo más que los frutos antes tomados.
-Yo también quiero comer de su corazón -dijo Aedai.
-¿Tú? -Iedur la miraba asombrado.
La chica alzó orgullosamente la barbilla.
-Olvidas que yo también cacé hoy. Maté a Taugh arrojándole una piedra. Su cabeza es mía.
-Es cierto -afirmó Iedur-. Hoy te has comportado como una verdadera guerrera.
Aedai sonrió, llena de placer. Iedur cortó un pedazo grueso del corazón y se lo dio a Aedai. La chica, mientras lo comía, manchando su bello rostro de sangre fresca, miraba pícaramente a Iedur. Él la llamó con un dedo y ella se acercó.
-Aún no he olvidado lo que te dije esta mañana -dijo el muchacho, clavándole los ojos-. Prometí domarte como a un animalillo salvaje, prometí que nunca te separarías de mi lado.
Ella apoyó una mano dulcemente en su hombro derecho.
-Si fueras mi amo... -dijo, casi susurrando, acercándose más a él- debería hasta de comer de tu mano.
-Cierto -respondió Iedur.
Aedai le cogió la diestra y comenzó a chuparla cuidadosamente, sin dejar de mirar fijamente a los ojos de Iedur, hasta que los dedos, la palma y el dorso quedaron limpios de sangre y brillantes. El chico comprendió por qué se había interesado por ella, evitando al resto de las chicas. Ellas aún eran niñas, jovencitas. Aedai, a pesar de su edad, era toda una mujer.
La tomó por la cintura. Sin delicadeza alguna la atrajo hacia sí. Se besaron con fuerza durante largo rato. Iedur comprendió que se podía ser un buen guerrero con una mujer como aquella a su lado. De hecho, deseaba tenerla junto a él hasta el final de sus días.
-Hoy has cazado más que cabezas -le dijo Iedur-. Hoy  me has cazado a mí. Eres una espléndida cazadora. La mejor.
-Cázame tú a mí -respondió Aedai.
 Volvieron a besarse. Después, dejaron de ser niños y amigos.
 
 
Cortaron el resto de cabezas. Como deseara Aedai, la testa de Taugh acabó colgando de su femenina cadera. El cráneo del Finn aparecía deformado debido a la caída por el precipicio, pero pocas mujeres guerreras del poblado habían obtenido un trofeo de tal calibre a tan corta edad.
Del cinto de Iedur pendían cuatro testas. Como sentía un gran respeto por Corm, la del mayor de los Finn colgó de su cadera derecha y las tres restantes de la izquierda.
Al anochecer, los dos estaban sentados sobre la hierba, arriba de los acantilados, observando la puesta de Sol sobre el mar. Aedai apoyaba su cabeza sobre el hombro de Iedur. El gran disco solar amielaba rojizamente las olas. El muchacho compartió el amor que ella sentía hacia el mar. Se sintió embargado por una gran dicha.
Al fin, hubieron de irse. Iedur sonreía. Imaginaba a los parientes de los dos. Con toda seguridad los castigarían cruelmente por su escapada,  la tardanza en llegar y por lo que suponían (con razón) había hecho la pareja en la soledad de los acantilados. Mas también sabía que Connbraugh, tras arrancarle las posaderas con su cinto de cuero, le interrogaría interesado acerca de cómo fue el combate contra los  Finn. A partir de aquel día los hombres tratarían a Iedur con respeto. Las cabezas embalsamadas de los cuatro hermanos adornarían su morada, para orgullo de su madre, su hermano y él mismo.  En la próxima contienda los guerreros contarían con él, tratándolo de igual a igual.
Miró a Iedur y la besó. Como los dos habían planeado, en la próxima primavera los casaría Bran, el druida, bajo los almendros cargados de blancas y suaves flores. Habría bailes, alegría y juegos.
Iedur sintió el corazón a punto de estallar de felicidad. Apretó aún más contra sí a Aedai y continuaron su camino hacia la aldea.

Mercenarios del Infierno

“JUNTO A LUCIFER, CON BELIAL A MI ESPALDA,
HE NADADO EN EL LAGO DE LLAMAS,
CAMINADO POR LAS SENDAS PROHIBIDAS,
LE HE HECHO EL AMOR A LILLITH,
HE BAILADO LA DANZA DE LOS NO-MUERTOS,
HE ESTRECHADO LA MANO DE LOS SEGADORES”
             “Llegado desde el infierno”.  VENOM.
 
 
         Mercenarios del Infierno 
 
Era el año 1411 del Señor. Los polacos luchaban a muerte contra los caballeros teutónicos, vencidos estos últimos por el soberano Ladislao II. Polonia triunfaba sobre el poder alemán. Mas todavía persistían ejércitos teutones, como aquél que asolara la ciudad de Cztesjow.
 
 
Era una fría y lluviosa tarde de otoño. El cielo encapotado invitaba a lúgubres reflexiones. La llanura bajo tal firmamento ofrecía aún peor aspecto: la enfangada planicie aparecía cubierta de cadáveres. La mayoría eran teutones, guerreros cuyas armaduras y cotas de malla se veían rajadas y abolladas. Los mercenarios de Wolfgang El Rojo, vencedores en aquella contienda cuyos frutos eran tres mil quinientos dieciocho muertos, deambulaban por entre los caídos, rapiñando las armas y los pertrechos aún servibles.
Sobre una alta loma esperaban cinco mil soldados polacos. Constituían la gran guardia de Cztesjow. Estaban comandados por el burgomaestre Otón, antaño famoso militar. Junto a éste permanecía el Abad Mayor Ivar.
Mil metros atrás del ejército polaco, Cztesjow levantaba sus altas y pétreas murallas. Ahora los habitantes podían respirar tranquilos, pues los teutones habían sido masacrados.
-Y todo gracias al esfuerzo de Wolfgang El Rojo y sus mercenarios -dijo el burgomaestre Otón. La lluvia repicaba sobre su casco. Pasó una mano sobre las crines del caballo. Era un hombre de espíritu marcial. Aún conservaba ese amargo gusto por las vistas de una batalla.
-El problema comienza ahora, pues hemos de pagarle -el Abad Mayor Ivar dirigió una mirada penetrante hacia Otón. Ivar era un político nato. Acostumbrado a una vida cómoda y lujosa, le fastidiaba tener que hallarse allí, sometido a la lluvia, a pesar de que un joven monje le librara de mojarse gracias al paraguas que su mano derecha sostenía. El muchacho, por contra, estornudó violentamente, calado hasta los huesos.
-Hay suficiente oro en las arcas de la ciudad -respondió  Otón, con el ceño fruncido.
-Recordad que estamos en guerra, y en tiempos bélicos el oro redobla su valor.
-Nuestro rey Ladislao ha consolidado el Estado polaco. La guerra prácticamente ha acabado.
El Abad dirigió una mirada desdeñosa hacia el campo de batalla.
-Me parece impropio de personas civilizadas repartir sus riquezas con bárbaros mercenarios. Miradlos: sucios, desarrapados, sanguinarios... Son aún peores que los teutones. ¡Ni siquiera son católicos! Profesan adoración a dioses paganos; hay quien sostiene que ofrendan sacrificios al Maligno.
Se santiguó rápidamente.
-Pero vos y yo le prometimos a Wolfgang ese oro. Nuestros soldados están frescos. La Compañía de El Rojo ha hecho el trabajo sucio. Ahora se les debe pagar.
-Recordad que no hay prueba por escrito de tal contrato -el Abad Mayor sonrió maliciosamente-. Ese pacto fue una decisión apresurada, un error por nuestra parte.
Otón le miró con ojos escandalizados.
-¡Pero vos sabéis que, si no les pagamos, atacarán nuestra ciudad!
Ivar sacudió lentamente su oronda cabeza.
-Mi buen Otón, mirad fijamente el campo de batalla. Allá abajo hay unos ochocientos mercenarios, cansados y heridos tras la refriega. Aquí arriba, cinco mil soldados polacos. Podemos aplastarlos con facilidad.
-¿Sugerís que los exterminemos? ¡Son nuestros aliados!
-¡Son herejes y ateos! -Rugió el Abad Mayor-. ¡La mayoría ni siquiera están bautizados!
-¡El rey no lo aprobaría!
-El rey nunca lo sabrá. No haremos prisioneros. Éste no es momento para gastos superfluos. Nuestra ciudad nos lo  agradecerá.
-Me niego -afirmó Otón-. Mercenarios o no, son hombres, soldados que han luchado por nuestra causa.
-Por nuestro dinero, no lo olvidéis. Además, un soldado nace para morir -los ojos de Ivar se clavaron en el burgomaestre-. Tal vez el rey Ladislao, cuando pase por aquí con sus ejércitos, llegue a conocer esos pequeños desfalcos que vos habéis realizado en el erario público de Cztesjow...
Otón desorbitó los ojos.
-¡No seríais capaz de contárselo!
-¿Seguro que no? -el Abad sonrió maliciosamente. De pronto, sus rasgos se endurecieron-. Burgomaestre Otón, vos sois el entendido en cuestiones bélicas. Dad las órdenes pertinentes y acabad con los bárbaros mercenarios. Es hora de hacer limpieza.
Durante diez segundos, Otón luchó contra sí mismo. Al fin, apesadumbrado, hizo girar al caballo y llamó a voces a sus oficiales mayores.
-Lo haré -dijo con resignación-. Que Dios Nos perdone.
-Él lo hará -contestó el Abad-. Somos Sus siervos.
Las huestes polacas se movieron rápida y eficazmente. Cuando los más avispados oficiales de la Compañía Mercenaria comprendieron que les estaban rodeando, ya era demasiado tarde.
La infantería polaca, armada con largas picas ideadas para ensartar al enemigo antes de llegar al cuerpo a cuerpo, avanzaban a la carrera, cerrando el círculo en torno a los mercenarios. Éstos se agruparon, gritando rabiosamente, pues entendían que habían sido traicionados y que los polacos iban a exterminarlos.
Las picas empalaron a los mercenarios. El erial volvió a llenarse de hombres armados que luchaban para matar o morir. Cada soldado de fortuna valía por tres infantes, pero, aunque peleaban con nervio y denuedo, la superioridad numérica polaca no dejaba dudas acerca de quién vencería.
Las hachas silbaron bajo la lluvia, las espadas rajaban petos, camisolas y cotas de malla, las mazas aplastaban yelmos y corazas. El espantoso vocerío resultaba ensordecedor. Sobre el repiqueteo monótono de la lluvia oíase el rechinar brutal del acero. La vida y la muerte uníanse en un orgasmo enfermizo y arrasador. La lluvia mezclaba sangre y fango.
En menos de una hora, los polacos aullaban gritos de victoria. Algunos mercenarios aún sobrevivían. Entre ellos se hallaba Wolfgang El Rojo. A pesar de un serio tajo en el hombro izquierdo, permanecía en pie. Lo llevaron con el resto de los cautivos (cincuenta mercenarios y quinientos teutones). Los prisioneros marchaban en largas filas, custodiados por la caballería polaca.
Al fin, Wolfgang y los suyos pasaron cerca de los pabellones de mando polacos. El burgomaestre Otón y el Abad Mayor Ivar contemplaban con rostro impasible las columnas de cautivos. Muchos de éstos pedían unirse a los vencedores. Mas esta vez no habría misericordia para los vencidos. Ingentes mercenarios paganos y ateos imploraban convertirse al catolicismo para así salvar sus vidas. En general, los presos suplicaban un sacerdote que les confesara antes del momento final. El Abad Mayor Ivar, cruelmente, denegó tales permisos que normalmente se administraban a los prisioneros de guerra.
Cuando Wolfgang El Rojo, de melena color fuego y cuerpo hercúleo, descubrió a Ivar y Otón, rugió tal que una alimaña y salió de la fila de prisioneros. Echó a correr en dirección a los dos grandes pares de Cztesjow, esquivando milagrosamente las lanzas de los jinetes guardianes. Wolfgang logró descabalgar a un polaco y apoderarse de su alabarda. Clavó la punta en el caballo de otro jinete. El animal herido se encabritó y su amo cayó sobre un costado.
-¡Detenedlo! -rugió Otón.
El rostro de Ivar temblaba, temeroso. Comenzó a hacer retroceder su caballo. Los mercenarios cautivos se removían tumultuosamente. Pero una sección de arqueros polacos aplastó la rebelión a flechazos.
-¡Otón! -rugió Wolfgang, aún mientras peleaba contra cinco infantes polacos. La lluvia pegaba su leonina cabellera al rostro cosido a cicatrices-. ¡Nos habéis traicionado! ¡Te mataré! ¡Y a ti también, Abad Mayor! ¡Os mataré a los dos!
Una flecha le atravesó el muslo derecho. Cayó al fango. Otro dardo le rompió un hombro. Mas aquel hombre salvaje aulló un grito rabioso y, aunque cojo, siguió corriendo hacia la pareja mandataria.
La guardia personal del burgomaestre cerró filas, pero Wolfgang, totalmente enloquecido, cargó contra ellos y cayó con cinco soldados al suelo. Alguien le golpeó con una maza, rompiéndole un omóplato. Pero se levantó y saltó por encima de varios hombres. Ya sólo estaba a diez metros de Ivar y Otón, quienes lo observaban con hipnótico horror.
-¡Aunque muera, volveré para mataros! -gritó Wolfgang-. ¡Lo juro por mi alma!
Una flecha se le hundió en el ojo derecho y surgió por la sien izquierda. Recibió nueve saetazos más en la espalda, abdomen y garganta. Gruñó y se desplomó, muerto.
Otón miraba con ojos desorbitados al líder mercenario. Ivar vomitaba, apoyado en su monje de confianza. Cuando se incorporó, el Abad estaba muy pálido. La lluvia volvía lustrosas sus fláccidas facciones.
-¡Matad a los prisioneros! -aulló-. ¡Matadlos!
En vano rogaron los teutones. Se les llevó a una hondonada baja. Los arqueros polacos dispusieronse alrededor suyo y dispararon hasta vaciar las aljabas.
Al cabo de veinte minutos, en la depresión no había más que cadáveres y flechas. La lluvia arreció. Un trueno crujió desde las nubes. Los polacos volvían hacia su ciudad.
 
 
Aquella noche, Cztesjow sufrió la ira del Cielo: fantásticos relámpagos culebreaban con luz azulada sobre el manto nocturno. La lluvia era una cortina densa que tornaba a los hombres sombras borrosas y oscuras. Pequeñas riadas se deslizaban sobre el empedrado de las calles. El viento destrozó varias casuchas e hizo volar tejados como si fuesen hojas de árbol.
En la mansión del burgomaestre, Otón sufría pesadillas. El rostro de Wolfgang se le aparecía una y otra vez en sueños. Despertó, gritando, cubierto de sudor.
Destemplado, ordenó que le trajeran vino y carne. Ya había cenado, mas tenía la esperanza de que el yantar le liberaría de aquella plomiza desazón.
Fue entonces que a su mansión llegó un mensajero. Era un soldado de la guardia sita en la muralla externa Sur.
El chico, empapado de lluvia, con la tez blanca y los ojos espantados, le dio las nuevas:
-Señor, fuera de la ciudad hay un pequeño ejército, a menos de mil metros. Se acercan rápidamente hacia las murallas.
-¿Son teutones? -preguntó Otón.
-La lluvia impide distinguir sus banderas. Pero... no creo que sean... teutones, señor.
-¿En qué se basa esa creencia?
El muchacho tragó saliva ruidosamente.
-Señor, sería mejor que vos mismo los contemplarais.
Diez minutos después, Otón observaba desde una tronera en la fachada de la gran fortificación el amplio y oscuro barrizal. El oficial mayor de la guardia señaló con el índice hacia la llanura, más allá del enorme foso, ahora rebosante. Otón aguzó su mirada de águila, pero la lluvia furiosa era un velo grueso que obstaculizaba cualquier observación. Cuando ya el burgomaestre se disponía a abandonar el intento, un relámpago iluminó el mundo entero y bajo su luz distinguió, allá fuera, a menos de quinientos metros del foso, hombres armados, corriendo o andando. Al menos serían doscientos. Hubo algo en ellos que le espantó.
El burgomaestre retrocedió. El trueno crujió violentamente. Miró a los oficiales, en cuyos ojos se reflejaba un leve temor, semejante al suyo.
-Teniente, reforzad las murallas y enviad parlamentarios a ese ejército. Quiero saber cuáles son sus intenciones. Movilizad a la soldadesca y reforzad la vigilancia en toda la defensa exterior. Cualquier nueva me será inmediatamente comunicada. Y nada de todo esto llegará a conocimiento de la población civil. ¿Entendido?
-Como ordenéis.
El oficial se marchó a la carrera.
El burgomaestre, seguido de sus mandos inmediatamente inferiores, repartió órdenes con rapidez y decisión. A pesar de ejercer la política, tenía alma de militar, así que estas situaciones le eran íntimamente agradables. Aun así, constantemente debía sofocar un extraño temor engarfiado en su espíritu, y no osó mirar de nuevo por las troneras.
Los parlamentarios no volvieron. Los observadores informaron que Cztesjow estaba rodeado por hombres armados, quizá unos dos mil. La lluvia hacía difícil una aproximación exacta. Las fuerzas de la urbe ascendían a más de seis mil hombres armados. En caso extremo, podría movilizarse a la población civil.
Fue entonces cuando el Abad Mayor Ivar se personó en el Centro de mando de la fortificación exterior. Le acompañaba su monje de confianza. El religioso jadeaba debido al esfuerzo que le había supuesto subir a la carrera la escalinata de la torre.
Los oficiales de Otón lo miraron con desconfianza. El burgomaestre les ordenó retirarse.
-Compruebo que no se te escapa ninguna noticia -dijo Otón, ya a solas con Ivar.
-Mi servicio de espionaje es eficaz. ¿Qué ocurre ahí afuera?
-Al parecer, vamos a ser atacados. Y no sabemos aún quiénes son los agresores.
Un joven muchacho, vestido con el uniforme de infantería, y un oficial mayor, entraron en el cuarto.
-¡Perdonad la intromisión, burgomaestre! -se disculpó el superior-. Escuchad a este soldado de la guardia, os lo ruego.
-Señor... -comenzó el joven, con voz temblorosa. La lluvia tornaba lustroso su rostro, en el que resaltaban los ojos desorbitados-. ¡La guardia del Nordeste ha caído!
Se hizo el silencio en la sala.
-¡Habla! -rugió Otón.
-Los... ¡Los asaltantes! ¡Señor, os lo juro! ¡Derribaron las piedras del muro exterior! Su fuerza es increíble... ¡No son humanos!
-¿Habéis reforzado la brecha? -preguntó inmediatamente Otón al oficial mayor. Por alguna extraña razón, no dudaba de la palabra del joven.
-Si, Señor. He enviado hacia allá trescientos infantes.
-Sigue hablando -ordenó Otón al muchacho.
-Utilizaron un ariete metálico -continuó el joven-. Lograron cruzar con él el foso y golpearon en la base del muro, hasta abrir un enorme boquete en él.
-¿Romper el muro? -casi chilló Ivar.
Un trueno reventó sobre sus cabezas.
-Sí, Señor Abad Mayor -respondió humildemente el soldado-. Parece increíble, pero ocurrió. Les arrojamos flechas y piedras desde los parapetos. Pero ellos... ¡ellos volvían a levantarse, a pesar de ser heridos sin compasión!
-¿A qué te referías cuando dijiste que no eran humanos?     -preguntó Otón.
El informador titubeó. Al fin, se persignó rápidamente y echó a hablar.
-¡Son diablos, Señor! Visten cotas de mallas y armadura, pero tienen cuernos y colmillos. ¡Y rabo! ¡Sus ojos son rojos, y algunos exhalan fuego por la boca! ¡Os lo juro por Dios Nuestro Señor!
-¡Blasfemo! -gritó Ivar-. ¡Estás loco! ¡Serás interrogado y juzgado por los inquisidores!
-¡No! -el mozo lloraba, histérico-. ¡Yo lo vi! ¡Lo vi!
-Llevaoslo -ordenó Otón.
El oficial mayor casi lo tuvo que sacar a rastras del cuarto.
Otón e Ivar cruzaron lúgubres miradas. Entonces, un oficial de la guardia penetró a la carrera en el cuarto. Su armadura ligera aún chorreaba agua de lluvia.
-¡Burgomaestre Otón! -el hombre luchaba contra el miedo y la desesperación-. ¡Todo el sector Oeste de la fortificación externa ha caído! Nuestros hombres lucharon denodadamente, pero sólo unos pocos logramos escapar. Los invasores son increíblemente fuertes... ¡y el acero no les afecta!
 
 
Otón vestía la armadura de batalla, incluido el yelmo de hierro. La lluvia empapaba su rostro, convulsionado por el horror.
Había ordenado movilizar a todo varón capaz de empuñar un arma. Un contingente de mil hombres armados quedaba encargado de establecer el orden entre la población civil, que a estas alturas ya habría perdido los nervios. Durante la última hora toda la muralla externa de Cztesjow había caído con pavorosa celeridad. Los soldados desertaban de sus puestos cuando contemplaban a los invasores. Y no había promesa o castigo capaz de hacerles volver al frente.
Al parecer, la fuerza invasora en realidad contaba con más de diez mil soldados, y continuaba cerrándose en círculo alrededor de la ciudad. Otón aún no quería creer lo que se contaba de los agresores: cuernos, piel escamosa, lengua viperina y ojos rojos y brillantes como polilla ahítas de sangre. Y ninguno de ellos moría: aun erizados de flechas y tajados brutalmente por hachas y espadas, seguían peleando sin disminuir su vigor.
No mostraban compasión: diezmaban a los polacos con la facilidad de la guadaña en el trigal. Y reían mientras lo hacían. No tomaban prisioneros.
La cuestión de salvar la ciudad había quedado obsoleta. Ahora se trataba de encontrar la mejor vía de escape. Otón había hecho multitud de planes con sus estrategas. La mejor forma, la única, de hacer huir a la población civil, aún segura en el centro de la ciudad, consistía en atacar sobre el enemigo con un ejército en cuña. Tal vez por la brecha pudieran huir los habitantes de Cztesjow. Por supuesto, era un plan imposible, pero había que intentarlo.
Otón siempre creyó ser capaz de empuñar el arma y morir luchando. Mas, cuando, desde aquella alta torre en el borde de la zona edificada, contempló a los enemigos, su resolución vaciló como una llama de vela golpeada por el viento.
Bajo la lluvia furiosa pudo distinguir una masa de seres levemente parecidos a hombres que empuñaban picas, hachas y espadas. Reían y aullaban locamente. Sus ojos brillaban con fulgor de rubí. Y se abrían paso alzando y bajando maquinalmente las armas, destrozando los cuerpos de quienes osaran cruzarse en su camino. Aquello parecía un enjambre de cuerpos rabiosos, una ola arrasadora de carne y metal.
En menos de veinte minutos llegarían a la torre desde cuya azotea el burgomaestre contemplaba la batalla.
Otón escuchó a uno de sus oficiales rezar el Padrenuestro. Nadie más osaba hablar. Sólo Borowsky, uno de sus mejores estrategas:
-Señor, hemos de retroceder.
-¿A dónde? -preguntó Otón con voz átona-. No hay posibilidad de salvación. Valdría más que empuñáramos aquí y ahora nuestras armas y lucháramos hasta el final.
-Pero el plan para salvar a los civiles...
-Están ya muertos. Todos lo estamos. Los enemigos no nos permitirán huir. No atenderán a razones. ¿Es que no los veis? Son diablos. Van a aplastar entera nuestra ciudad.
Un capitán mayor echó a correr hacia las escaleras. Otón no se lo reprochó. Otros pocos también huyeron, resbalando sobre el suelo de piedra encharcado. El horror había quebrantado su sentido de la disciplina.
Otón endureció el mentón.
-Dadme una espada y un escudo.
-Pero... ¡Señor!
-En vos queda el  mando de la ciudad. Renuncio al cargo de burgomaestre. ¡Vuelvo a ser un simple soldado!
Rió a carcajadas, y más cuando empuñó la recta y larga espada y se embrazó el escudo.
Bajó celéricamente las escaleras. Su rostro apasionado y demente hizo huir a cuantos subordinados hallaba en su camino.
-Si hay que morir, ¡lo haré luchando! -gritó.
Su risa de loco resquebrajó la moral de los hombres, quienes se dispersaron confusamente. Pero muchos lo siguieron, enarbolando las armas, dispuestos a caer en liza. También los hubo que se arrodillaron y rezaron entre sollozos.
Otón no subió a ningún caballo. A los mozos de caballería les resultaba imposible controlarlos. El burgomaestre echó a correr sobre el fango en dirección a la multitud enemiga. Cerca de quinientos guerreros polacos le acompañaban, aullando, enloquecidos por el horror y la sed de sangre.
La lluvia le impedía ver los cuerpos de los enemigos, pero en la oscuridad resplandecían sus ojos de color bermellón. Otón descargó un espadazo en el cráneo de un luchador con garras descomunales y rostro de pesadilla. Le hendió la cabeza hasta la garganta. El ser seguía riendo, pese a soltar chorros de sangre humeante. Su aliento hedía a azufre. Una flecha rota surgía de entre sus costillas, cubiertas por el peto de la compañía de Wolfgang El Rojo. Otón paró un espadazo. Guerreó sin control alguno de sí mismo. El ejército polaco le alcanzó, como una marea de cotas de mallas, espadas y escudos. La infantería se abrió paso a tajo limpio. Un relámpago iluminó la escena, mostrando cuerpos sobre cuerpos, sangre que la lluvia se llevaba, demonios con patas de carnero y cola serpentina contra soldados aterrados y rabiosos.
La oscuridad volvió, y con ella el crujido del trueno enmudeciendo momentáneamente los gritos y el restallar de los aceros.
Otón sintió colmillos en el cuello. Alzó el brazo izquierdo y golpeó con el muñón, pues le habían amputado la mano de un hachazo. Cinco criaturas gargolescas lo apresaron con dedos inexpugnables, acarreándolo acto seguido fuera de la carnicería. Reían obscenamente y hablaban entre ellos en un idioma digno de reptiles.
Al fin lo arrojaron al suelo enfangado. Otón levantó la cabeza, molida a golpes. Su único ojo sano distinguió, tras la cortina lluviosa, una figura que conocía: Wolfgang El Rojo. Sus ojos brillaban como el vino tinto bajo el sol. Ahora poseía cola, un largo apéndice escamoso que latigueaba en todas direcciones.
-¡Wolfgang El Rojo! -aulló Otón-. ¡Sirves al Diablo!
Sonó como una acusación, mas Wolfgang rió a carcajadas.
-¡Ya le servía antes de morir! -contestó-. Pero deseaba tanto vengarme de Ivar y de ti que le vendí el alma a cambio de esta justa revancha. Un alma tan condenada como tu negro corazón. Mi señor Lucifer hizo revivir a las huestes de la Compañía Mercenaria y me prestó además unos cuantos de sus ejércitos infernales... ¡Todo para haceros pagar vuestra sucia traición!
Cara a cara con la muerte, hay hombres que se derrumban y sollozan. Pero otros la aman más que a cualquier otra mujer e inconscientemente la buscan durante toda la vida. Entonces, cuando la encuentran, alzan la cabeza y ríen loca y desafiantemente. Otón pertenecía a este segundo tipo.
-¡Acaba ya de una vez, Wolfgang, perro amargado! -gritó el burgomaestre-. ¡Vamos! ¿A qué esperas? ¡Mata también a Ivar, ese gordo clérigo, que corrió levantando sus faldones cuando olió el peligro!
-No te preocupes por Ivar... Otro Más Fuerte que yo se encargará de él.
Abrió la garra y un mercenario del Infierno le pasó un hacha descomunal.
Otón miró fijamente al rival, gruñendo como un perro de presa. Se debatió, pero le obligaron a arrodillarse y humillar la cabeza. Le despojaron del yelmo, el peto y la cota de mallas. Manos escamosas doblegaron su testa. Ahora mostraba el cuello, desnudo, brillante, mojado. El burgomaestre reía rabiosamente. De pronto, experimentó un chispazo de dolor. Estaba rodando sobre un charco. Su cuerpo decapitado, a un metro de él, temblaba espasmódicamente. Otón deseó gritar, aullar contra el mundo entero. Pero se hizo la Nada.
 
 
Ivar corría y tropezaba. Un pillo le había arrancado  la túnica de terciopelo y ahora su larga ropa interior se le pegaba a las orondas carnes. Casi no podía ver a través de la lluvia. Cayó al suelo y durante un instante gateó en el fango. Los tumultuosos le despojaron del caballo y el cofre con las joyas. Su guardia personal huyó, abandonándole. También su monje de confianza.
La ciudad era un caos absoluto.
Un relámpago disipó brutalmente las tinieblas. En la calle, un demonio golpeó de revés con su maza a una muchacha, reventándole el cráneo. El monstruo reía alegremente. Una gárgola viviente devoraba las entrañas de un anciano recién degollado. Una partida de soldados infernales saltaba y correteaba sobre el suelo infestado de cadáveres. No dejarían ningún habitante con vida.
Ivar echó a correr de nuevo. Súbitamente, una mano le tomó del brazo.
-Venid conmigo, Abad Mayor. Yo os ayudaré.
Era un hombre vestido con lujosa armadura dorada. Su voz resultaba profunda, un oasis de calma en medio de aquel estrépito. Ivar se dejó llevar y al poco entraron en el más próximo edificio.
El Abad respiró profundamente, ahora a salvo de la lluvia. Se sentó sobre algo plano. Escuchóse el chocar del pedernal y el eslabón. El caballero desconocido sopló sobre una lámpara con paja seca y se hizo la luz. Llevó el candil hasta la mesa junto a la cual habíase sentado el Abad Mayor. Era un hombre delgado, alto, de porte imponente. Cuando se quitó el yelmo, tocado en la frente por una pequeña cabeza de león rugiente, Ivar descubrió un rostro masculino tan hermoso que le cortó la respiración.
-No os preocupéis, Abad Mayor -dijo aquel caballero, que tenía al tiempo facciones de adulto y de niño inocente. Mas sus ojos... En ellos podía haber de todo menos inocencia.
-¿Quién sois vos, que me habéis salvado de esas criaturas infernales? -preguntó Ivar, aún fascinado por su salvador.
-Yo soy su amo.
Ivar quedóse en silencio. Sus ojos trataban de desentrañar el misterio; mientras, el caballero sonreía plácida... y malignamente.
De pronto, Ivar comprendió. Y gritó. Cayó al suelo. Una cucaracha huyó a la carrera para no ser aplastada bajo su peso. El Abad retrocedió casi a rastras, hasta que su espalda chocó con una pared.
-¡Padre Nuestro y Señor Jesucristo, salvadme del Mal!    -chilló el Abad, con los ojos horrorizados clavados en el desconocido.
El caballero dorado rió alegremente.
-Mi buen Abad, no debéis temerme -dijo, con voz suave-. A partir de hoy sois mío, de mi propiedad, y no sería correcto por vuestra parte mostrarse irrespetuoso con vuestro nuevo dueño. He subido para contemplar el trabajo de mis huestes. Y su labor me agrada.
-¡Retrocede, Maligno! -clamó Ivar-. ¡El Buen Dios me protege, porque yo Le he servido!
El caballero rió de nuevo. Clavó su mirada en Ivar.
-No. Me habéis servido a mí. Engañasteis a un mercenario llamado Wolfgang El Rojo. Y ello provocó una serie de hechos que han desembocado en el exterminio de miles de inocentes. Siempre me habéis servido, mi buen Abad, aunque sin saberlo. Lo habéis hecho mejor que muchos de mis más fervientes lacayos. Y, aunque se dice que mi Reino está lleno de buenas intenciones, vos y yo sabemos que ése no es vuestro caso.
-No... -Ivar casi musitaba las palabras-. Yo... yo he contribuido a la construcción de catedrales... Cumplí con las bulas...
-Ntsch, ntsch... Gracias a vuestras maquinaciones y sed de poder, se ha incrementado el sufrimiento y el odio globales.
-¡No! -chilló Ivar-. ¡No acabaré en el Infierno! ¡He sido fiel a las Normas! ¡Subiré al Bendito Cielo!
-Permitidme dudarlo, Abad Mayor -sonrió de oreja a oreja-. Si estáis equivocado, en mi reino sufriréis un castigo acorde con vuestras acciones. Averigüemos quién de los dos lleva la razón.
Cerró su puño derecho. El corazón de Ivar dejó de latir.
El caballero dorado miró durante un instante el cadáver del religioso y después salió a la calle, aún poblada de diablos y muerte. Un relámpago iluminó la ciudad arrasada. El trueno retumbó ominosamente. La lluvia persistía.
 
 

jueves, 23 de mayo de 2013

MITOLOGIA Y LEYENDAS CELTAS ASTURIANAS

MITOLOGIA Y LEYENDAS CELTAS ASTURIANAS


Seres principales

El cuelebre. Es una serpiente con alas de murcielago, escama inpenetrables y una cola enorme. Ataca a las personas y a los animales, y esa escama es tan dura que solo se le puede matar atacandole en el cuello o dandole una hogaza de pan llena de alfileres o una piedra calentada al rojo. Por lo demas es inmortal. Vive en los bosques, cuevas y fuentes de gran cavidad subterranea. Pierde su poder la mañana y noche de San Juan.

Las xanas. Las xanas son ninfas o hadas beneficas, vinculadas generalmente a cuevas, fuentes y cauces de los rios. Tienen aspecto totalmente humano, si bien son pequeñas de estatura, suelen poseer una larguisima cabellera, y son de extraordinaria belleza. Suelen vestir el traje tradicional asturiano y segun dicen cristianas.
Suelen habitar en cuevas y fuentes: en las profundidades de las primeras guardan ellas sus tesoros: por los caños de las fuentes salen ellas al exterior o hacen que salgan ovillos de hilo para poderlos devanar, actividad esta que les gusta en demasia y que suele ser comun a casi todas las historias. A las puertas de las cuevas, hilan y colocan ellas sus tenderetes con peines, cadejos y tijeras de oro y plata, no se sabe si con el afan de venderlos, por mera ostentacion de los tesoros que guardan, o con el fin de llamar la atencion de la gente que pase por ahi, a ver si las desencanta; a la vera de los rios lavan y peinan sus cabellos.
Normalmente son personajes beneficos: regalan ovillos de hilo que no se acaban nunca, pagan con alhajas los favores que les hacen y vuelven ricos a los que las desencantan. Sin embargo suele recriminarseles el que cambien a los niños recien nacidos por sus propios hijos, los xaninos, porque ellas no pueden alimentarlos. En todo caso, la mayoria de las historias acaba con la restitucion del xanin a la xana por el trato que ha recibido el xanin. En algun caso se llega a afirmar incluso que el motivo del robo no es la crianza del xanin sino su bautizo, lo cual corrobora tambien el caracter cristiano de la xana.

el trasgu. Este personaje es pequeño, cojo, con rabo y cuernos. Viste de bayeta roja y gorro colorado. Tiene muchisimo apego a las casas en las que vive, y solo se muda de ellas para seguir a los dueños de la casa. Hace bien si le tratan bien y mal si le tratan mal. En el caso de que pase lo primero atiende la casa, poniendola en orden y limpiandola. Pero si le trata mal entonces rompe los muebles, no deja dormir a los niños, y un largo etcetera.
Solo se le puede echar de la casa de tres maneras... ordenarle traer un cesto de agua, recoger del suelo con la mano linaza (lo que le es imposible por tener un agujero en la mano izquierda)o mandarle blanquear la piel de carnero negro. Estas tareas son imposibles de realizar por el trasgo que se siente humillado y se va de la casa.

Seres relacionados con la muerte

La Guestia. La guestia es una comitiva formada por almas en pena, que sale por las noches y que en vez de alumbrar el camino con velas encendidas, lo hace con huesos encendidos. Se cubren con sudarios blancos el cuerpo. Si se encuentran a alguien en el camino le daran el hueso encendido y este se vera obligado a desfilar en la macabra procesion hasta el final de los tiempos. El desafortunado que se encuentre con ella la unica manera que tendra para protegerse es hacer un circulo en el suelo y meterse en el, aunque en las leyendas mas antiguas solo pueden ver a la Güestia aquellas personas que disponian de una sensibilidad especial. Tambien se la conoce como Santa Compañia, Buona xente, Hostia Vaqueira, Guaspida...

El carro de la muerte. Es una aparicion nocturna que anuncia la muerte, Vuela por los aires, va sin caballos ni carretero. Aparca a las puertas de la casa y se lleva pacificamente al que muere. Otras veces produce la muerte a quien lo ve.

La Llavandera. Es una mujer vieja, muy arrugada, de mirada dura y ojos rojizos que durante la noche lava la ropa en el rio y durante el dia se esconde.Visten tunicas amarillas y habitan en las orillas de los rios, en cuevas o en el interior de los arboles. Provocan inundaciones y mandan sobre las nubes. Su voz es lugubre, y parecida a la de los buhos. Generalmente no hacen mas que lavar la ropa por la noche, haciendo sonar las palas y riendose; no les gusta nada que se las vea entonces y al que insiste en hacerlo lo arrastran consigo a las turbulentas aguas de los rios. Sin embargo, tiene su lado bueno, y es que cuando hay un incendio en el bosque, lo apaga batiendo sus palas en el agua del rio.

Seres relacionados con el mar.

La sirena. Se considera mitad mujer y mitad pez. Suelen ser, generalmente, mozas maldecidas por su aficion a andar por los roquedos de los acantilados, o por alguna otra razon que se desconoce. Extraordinariamente bellas de rostro, cantan magnificamente, lo que lleva a la perdicion a los marineros que las oyen.

El home marin. Son la version masculina de las sirenas, cosa que subrayan usando barba.

Espumeros. Son espiritus del mar, pequeñitos, hermosos, jueguetones, llevando tambien su trompa marina hecha de un caracol vacio; de figura humana, de niños. Cabalgan algunas veces sobre las olas, revolcandose en las espumas de las rompientes, coronados de algas, sonando su trompa, van en la estela de los buques que parten. Pero nunca se alejan de la costa, porque tienen miedo a la tempestad. Apenas estalla, salen del mar envueltos en grandes mantos de polvo de agua y se refugian en las cavernas que habitan en los cantiles. Esas nieblas que muchas veces vienen rodando sobre la superficie del mar a estrellarse en el acantilado no son tales nieblas, sino Espumeros, envueltos en sus mantos y que buscan sus moradas.

Seres relacionados con animales y monstruos.

El pataricu.Son unas criaturas gigantescas con un solo ojo, con un olfato extraordinario y no conocen el fuego. Habitan en la costa occidental de Asturias.

El home llobu. En castellano, Hombre Lobo. Es un hombre que se convierte en bestia. Tienen posibilidad de ser hombres lobos: Por una maldición paterna, Ser hijo ilegitimo de un cura, El septimo varon consecutivo de una familia ( a no ser que le apadrine un hermano) y aquellas personas que que tengan el dedo corazon tan largo como el dedo indice de la mano. No teme para nada al hombre y no duda en devorarlo cuando tiene ocasión; cuando se le consigue herir vuelve a ser hombre y cuando se le mata aconsejan que se incinere.

Seres sin forma

El sumiciu El sumiciu es un ser o bien invisible o bien tan pequeño que no se le puede ver, y que se dedica a hacer desaparecer todo lo que uno acaba de dejar en un sitio.

La guaxa. Es una especie de chupasangre femenino. Se la representa como una vieja seca y abre las venas de las personas y criaturas con el unico diente que tiene para chuparles la sangre y la vida.

Otros seres de la naturaleza

el busgosu es el espiritu de los bosques. Tiene rostro, torso y brazos humanos, dos cuernos retorcidos en la cabeza y las patas de cabra con pezuñas hendidas. En general es el protector de los bosques y de sus animales, por lo que suele dedicarse a extraviar a los cazadores que se encuentra. Si se le encuentra no conviene importunarle siguiendole pues es muy capaz de estrellar a sus perseguidores e el fondo de cualquier barranco. Se le pinta un tanto melaconlico recorriendo el bosque; si lo unico que quieres es que te saque del bosque, porque estas perdido, no hay problema y te muestra el camino con toda amabilidad, aunque con total discrecion. Malas lenguas aseguran que, a veces, se lleva alguna pastora a sus cuevas.

Los ventolines Son remolinos de aire. Son mas pequeños que los nuberus, de dia por lo regular estan en la region del fuego; de noche flotan en el espacio y a traves de los rayos de la luna se les logra a veces distinguir.

Las Ayalgas Son hermosisimas mujeres que guardan tesoros en sus cuevas o bajo los arboles.

Arboles que hablan En muchas partes de los bosques se encuentran arboles dotados con el poder del habla. A veces el arbol se dirige a una persona que necesita ayuda, pero otras veces es el espiritu residente en el arbol el que pronuncia un hechizo o comunica alguna informacion util. Los arboles disponen de mucho tiempo para pensar y observar, y aceptan filosoficamente su destino, que es ser utiles a las criaturas del mundo, desde los leñadores a los pajaros carpinteros. De acuerdo con esta filosofia, su conversacion suele ser de caracter orientador y servicial. Los arboles asturianos son especialmente volubles y algunos dan informacion a los que buscan Ayalgas y nos hablan en bable.
Las personas que han hablado con los arboles encuentran dificil el describir el sonido de sus voces. Aseguran que es como una combinacion de suspiros, murmullos y gruñidos. Los arboles grandes tienen voces mas profundas mientras que los arboles pequeños y delgados susurran en una voz tan baja que resulta casi inaudible. Cuando un arbol habla con voz clara y sobre todo si es la de una mujer, debe suponerse que no es el mismo arbol el que habla, sino algun espiritu que vive en el tronco. En tales casos, la informacion recibida debe aceptarse sin reservas.

LA BANSHEE
A través de la historia y de las distintas culturas hay historias y mitos de formas de vida que avisan de la muerte humana. Como la felicidad y las ansias por vivir son innatos en casi todos los humanos, asi lo son el miedo por la muerte. Ver un fantasma no es tan alarmante como el hecho de que "Esto que yo soy, tu lo serás". (..) En siglos pasados ( y todavía hoy en dia) los hombres buscan signos de excentricidades en lo cotidiano que marquen el tijeretazo en el hilo de la vida. Relojes que marcan las horas irregularmente o se paran, gallos que cantan de noche, velas que se mecen con el viento, o abejas que se acercan a puertas y ventanas para acompañar a un alma. (...)

En Escocia, la "bean-nighe" o la lavandera [Es interesante que en Asturias existe el mismo personaje, que se llama llavandera y con la misma función: la premonición de desgracias] es vista por viajeros cerca de lagos o fiordo lavando las mortajas de aquellos que estan destinados a morir, cantando o llorando. La bean-nighe se piensa que es el fantasma de una mujer que murió al nacer. El genero femenindo de este espiritu es algo que volvemos a encontrar en la exclusiva forma irlandesa de la "bean-si" o banshee.

La tradición de la Banshee acontece en Irlanda y las islas cercanas. Los terminos gaélicos usados más frecuentemente para describir a la Banshee son "bean-si" ( un habitante mujer de una shide, o un montículo encantado); "bean chaointe" (una mujer que se lamente, un termino encontrado al este de Munster y Connaught) y "badhb" ( refiriendose al mas peligroso y aterrador espectro) De todas maneras "bean-si" implia el Otro mundo o una existencia mágica; la banshee es una criatura solitaria sin compañero masculino que nunca participa en la comunidad humana ni en la vida social mágica. Especulaciones también asocian a la banshee con la raza mistica de los Tuatha De' dannan, de quienes descienden todo el folclore mágico.

Hay una pequeña evidencia en el folclore que sostiene las explicaciones cristianas de que la banshee es un demonio que se lamenta por las almas de aquellos que se pierden en su ascenso al cielo, o que son angeles de la guarda familiares, o que almas de niños sin bautizar o tambien almas de mujeres que cometieron el pecado del orgullo en vida.

El duelo por el difunto no un asunto de los familiares vivos en Irlanda. En el pasado, la medida del respeto y el nivel de una persona en su comunidad era visto en el numero de asistentes a su funeral y el grado de su lamento. Lamentadoras profesionales, normalmente ancianas, eran pagadas para beber y llorar en la tumba de figuras prominentes en la comunidad. La Iglesia desaprobaba este arreglo de estas amenudo mujeres alcoholicas y sus servicios funerarios, quizas dando auge a otra teoría de que las banshees eran los fantasmas de lamentadoras profesionales condenadas a vagar como resultado de su llorar no sincero. Es interesante que esto toca con un componente basico de la leyenda de la banshee: que las banshee siguen a ciertas familias. Si las banshees son los fantasmas de las lamentadoras muertas, su acompañamiento es mas un sentido de lealtad que de culpa. mas o menos la banshee ha de ser tomado como el "espiritu de la familia", un espiritu que atiende a la familia en tiempos de transición.

La Banshee es descrita como una mujer pequeña con pelo largo blanco, rubio o castaño rojizo que aparece en la vecindad del lugar del nacimiento del que pronto morirá. Cuando son vistas visten las ropas de una campesina, normalmente blancas, a veces grises, marrones o rojas. Los colores antiguos representan los colores del duelo mientras que el rojo es asociado con la magia, las hadas y lo sobrenatural. En algunas ocasiones ella es vista peinandose el cabello a medida que se lamenta. Ella es oída con mas frecuencia que vista, llorando en la noche tardía o al comienzo de la mañana, a veces encaramada a una ventana 2 o 3 horas o algunos dias antes de la muerte. Cuando se mueve en la oscuridad, los testigos describe un sonido como el que hacen los pajaros volando en la noche. Quizás hay la creencia errónea de que las banshees se manifiestan en aves como el cuervo. La asociación con cuervo son por una confusión de la banshee con la diosa celta primitiva Badb, la diosa de la guerra que aparece frecuentemente en la forma de cuervo.

Las banshees tambien vagan con formas naturales como los arboles, rios y piedras. Algunas rocas con formas son conocidas como "las sillas de las banshee" y las podemos encontrar en Waterford, Monaghan y Carlow. También hay noticias de banshees que acompañaron a familias irlandesas que emigraron a las Americas, aparecen mas amenudo las banshees lamentandose por un emigrante en el asentamiento ancestral de su familia en Irlanda. Las historias cuentan de las maldiciones que cayeron sobre hombres que interfirieron en la banshee enfrentandose a ella o quitandoles su peine. En estas historias vemos que el punto de bravuconería venia por parte de cortejar a una mujer, o el empuje de la bebida u horas intempestivas.

El anuncio de la banshee es oido por no familiares y amigos y no normalmente por miembros de la familia cercana del moribundo. Con esta advertencia, los amigos de lejos y cerca pueden viajar con el conocimiento de que es la ultima oportunidad de decir adiós. Una vez avisados del pronunciamiento de la banshee, los miembros de la familia supervivientes pueden admitir el final de la situación y agradecer la ayuda de la comunidad que se ha arremolinado en torno a ellos. La visita de la banshee da la oportunidad a la tribu de hablar abiertamente sobre la muerte con los miembros de la familia y hace mas facil el momento de duelo.



LEYENDAS ASTURIANAS


Las asaures del muerto
" Un dia mando el padre a su hija Maria, de recados al pueblo, y le pidio que, entre otras cosas, llevara tambien unas asaduras para cenar por la noche. La hija bajo al pueblo, hizo sus compras y, cuando iba de vuelta a casa, empezo a mordisquear las asaduras, ya que le gustaban en sobremanera y por un poco que faltara no iba a pasar nada. El caso es que mordisqueando y mordisqueando se las comio todas y eso ya no tenia remedio. Maria que era muy espabilada, pero conocia bien el malhumor y la mano suelta de su padre, se puso nerviosa a cavilar como podia hacer para no llegar sin las asaduras a casa, hasta que se le ocurrio acercarse al cementerio y abrir una de las ultimas tumbas que se habian abierto y cerrado. Saco de aquel cadaver las asaduras que necesitaba. Volvio a casa tan tranquila y aquella noche puso su padre cenar las asaduras aquellas que tanto le gustaban a el tambien, sin notar nada raro en ellas.
Despues de cenar y limpiar los platos, fueron los dos a dormir a sus habitaciones, pero cuando ya estaba casi dormidos, oyeron unos golpes en la puerta y una voz que decia:
- Maria , devuelveme la asaura que sacaste de mi sepultura. A la puerta de tu casa estoy.
Con mas miedo que otra cosa, le grito Maria a su padre, en su habitacion que no entendia nada: Ay, papa, mira a ver, enciende una vela. Pero nada habia que ver y ahora los golpes sonaban mas fuertes y como mas cerca y con mayor claridad y la voz tenebrosa ahora decía:
María, devuélveme la asaura que robaste de mi sepultura. En la escalera estoy.
Volvieron a encender una vela y nuevamente nada pudieron ver, aunque los golpes volvían a acercarse mas y mas, y la voz, tan cercana que parecía estar ahí mismo, seguí diciendo:
María, devuélveme la asaura que robaste de mi sepultura. En la puerta de tu cuarto estoy.
Presa del terror, María volvió a chillar: Ay, papa, que miedo, enciende una vela. El padre, armandose de valor, encendió una vela y se acerco al cuarto de su hija. Y ciertamente nada vio, ni a su hija siquiera, que ya alli no estaba y que nunca volvio a estar."
Leyenda extraida del libro de M. Arrieta Gallastegui: Historias y leyendas de Asturias.

La mano fria
" Según cuentan (...) vivía hace un tiempo y en una casa pequeña, sin muchos miramientos, un albañil tranquilo que gustaba de hablar por los codos, pero que era muy apreciado por los vecinos, porque, entre tanto hablar, a veces , contaba cuentos y no estaban mal, y tenían hasta su gracia y, en todo caso, garantizaba la atención de niños y mayores cuando se reunían en casa en torno al fuego. El sitio donde vivía, un tanto alejado del pueblo y rodeado de arboles, daba un ambiente especial a las polavilas ( reuniones que se celebraban en torno al llar de la casa para contarse cuentos en la largas noches de inviernos) que se hacían en su casa: los pájaros, el ruido del viento y esa particular oscuridad que se siente cuando se acaba de acabar la ultima luz, ayudaban a sobrecogerse un tanto antes de empezarlas.
Un día de los suyos, y que cambiaría su forma de ver y sentir las cosas de este mundo, estaba cenando con toda tranquilidad el albañil, un candil por alguna parte, el viejo tronco en ascuas en el que se había calentado la cena, por otra, como toda luz. Estaba solo y no encontraba en la cena mas consuelo que el que puede encontrar un cabo en regañar a un soldado: no pensaba mucho, sino que dejaba vagar la mente por entre la insipidez de lo que comía, que tanto a toda su vida se parecía. Así lo llevaba: comer así, como si nada, lavar los platos de cualquier manera, sentarse a echar el ultimo pitillo del día mientras se va enfriando la casa y las ansias de ahorrar hacen apagar el candil.
A punto estaba de hacerlo o, por lo menos ya llevaba un tiempo pensando en ello cuando una sombra indefinible apareció por la pared que no debia, por la que debia, luego, por otra tercera, después, que era donde estaba el candil, y apago la vela.Aquello con susto y todo, llevo a nuestro albañil a moverse y, con esa practica que da costumbre, con solo el ligero resplandor del llar, busco cerillas y trato de enceder la vela.
Cosa rara, no habia manera. Lo intento mas veces, tantas como le permitio el miedo que indefectiblemente empezaba a sentir y que le erizaba el vello de la piel; el, que era tan pausado en su vida y que solo se entretenía haciendo pasar miedo a los demás ( y de que forma, bien sabia el), estaba ahora con la ultima cerilla en la mano y el escuálido resplandor del fuego como todo futuro por esa noche. Casi de pronto, como si no hubiese sido de golpe, segundos antes de que procediera a encender la postrera cerilla, algo así como una mano fría, algo frío, una textura fina, un calor frío, se poso en su cuello.
- Nada que hacer- se dijo el albañil, que entre tanto sobresalto aun guardaba la serenidad del cuentista profesional -, ni cerillas, ni velas, ni luz, que esta noche si no son los muertos los que rondan, son sus descendientes.
Con algún trastabilleo (tropezón) que otro, se acerco a la puerta y como intentado no incomodar a quien allí hubiera, corrió el pestillo, abrió ligeramente la puerta, paso al otro lado como queriendo ser mas flaco de lo que era y bendijo aquella oscuridad simple, nada ominosa, que dejaba ver las sombras de los arboles como sombras azules de un cielo negro. No corrió, pues, aunque albañil, su renombre de cuentista le había dado una cierta imagen de hombre, si bien algo de alloriau (atolondrado), cabal a ciencia cierta, y no quería que le vieran a esas horas (todavía era temprano para que la gente anduviese durmiendo) corriendo por todo el pueblo. A donde se dirigía lo decidió sobre la marcha: a ver a su amigo del alma, a que le dejara descansar en su casa, a que le ayudase a quitar de su piel aquel frío que sentía en su cuello.
Dicen los vecinos que llego a casa de su amigo, que abrió la puerta sin llamar ni decir nada, que se llego a la cocina donde cenaba su amigo, que lo miro con ojos de espanto, que quiso hablar pero no pudo y que se desmayó. Santiago, que así se llamaba su amigo, aunque ello no importe nada ahora, no sabemos si preocupado o divertido por tan súbita aparición, hizo como pudo para sacar a nuestro albañil a que le diera el aire; unas cuantas tortas y otras pocas exploraciones que había aprendido a hacer de pequeño, le bastaron para tranquilizarse y bastaron también para que se espabilara el durmiente.
Nada pudo hacer, entonces, el albañil para evitar que unas lagrimas sordas, mudas y ciegas, acabaran su camino entre todas las nuevas arrugas que esa misma noche llegaron a su rostro."


La leyenda de Tristan e Isolda se encuadra dentro del ciclo artúrico. Sir Tristan tiene una importancia bastante grande dentro de las narraciones de Sir Thomas Malory en "La Muerte de Arturo". La historia de amor prohibido entre estos dos jóvenes guarda mucha similitud con otras historias de la tradición céltica. Un triangulo amoroso entre dos jóvenes que se aman, mientras que un hombre de mayor edad es el que tiene derecho sobre la mujer está presente en la leyenda de Diarmud y Grainne (donde el tercero en discordia era Finn Mac Cuhmail), o en La leyenda de Deirdre con su amado Naois frente al Rey Mark. Aparte de eso, otros triángulos amorosos a resaltar es el de Sir Lancelot-Rey Arturo y Reina Ginebra. Espero que el relato os guste :).

Tristan es hijo del rey de Lyonesse y Blancaflor, hermana del Rey Marco. Su padre muere poco antes de su nacimiento y su madre, al traerle al mundo. Es educado por Governal, que le enseña a manejar la lanza y la espada, a socorrer a los débiles y a detestar la felonía. Se hace poco a poco maestro en tocar el arpa y en el arte de montar a caballo. El otro personaje, Isolda, es hija del Rey de Irlanda. Es rubia, joven y guapa.

El tío de Tristan , el Rey Marco reina en Cornualles, una zona que está comprometida por un tratado con Irlanda. En virtud de ese tratado, Cornualles debe entregar a trescientos jovenes y a trecientas jovenes a Irlanda cada año. Sin embargo el Rey Mark cada vez los da con menos agrado hasta que ese año decide que no quiere cumplir el trato. Para ese tiempo Tristan estaba en la corte de su tío, pues ya había terminado su educación como caballero. El rey de Irlanda al enterarse de que el Rey Mark no quería cumplir su trato acepta que esta obligación no sea cumplida si un campeon vence en combate al gigante Morholt, su cuñado. La lucha se debería hacer solamente entre Morholt y el elegido para tal hazaña.

Tristan acepta el desafío sediento por ganarse el favor de su tío y de la corte. Y la lucha tiene lugar en una isla apartada de cornualles. Luchan durante mucho tiempo, pero Tristan consigue vencer a Morholt, aunqu es herido: una jabalina envenedada le ha alcanzado. Declarado incurable, es abandonado en una barca para esperar la muerte. La barca llega a las costas de Irlanda, y Tristan, que no se da a reconocer, es llevado a palacio y curado por un embrujo de la reina maga (la madre de Isolda). Confiesa su identidad a Isolda, a quien encuentra por primera vez. Esta le consagra entonces un odio feroz a causa de la muerte de su tío Morholt. Poco después regresa donde el rey Marco a Cornualles pues cree que si continúa mucho más tiempo en Irlanda su vida correría peligro.

Con el tiempo Marco decide casarse con Isolda (la de los cabellos dorados como se la llama) y envía a Tristán a buscarla a Irlanda. El contrato es concluido rapidamente y la reina deja marchar a su hija. Sin embargo, sabedora de la diferencia de edad, la maga confia en la sirvienta Brangien que acompaña a Isolda, un filtro de amor que debe dar a beber a los esposos la noche de bodas. Brangien esconde en el barco la copa que contiene el filtro que su ama le ha dado. Pero quiso la fortuna que durante el viaje de vuelta, a Tristan e Isolda les entren ganas de beber. Así que descubren la copa y ambos beben su contenido hasta terminarlo. La desgracia esta hecha: ahora estan unidos por un amor que nunca desaparecerá.

Llegan a Cornualles y se celebra la boda. Pero al llegar la noche,la sirvienta Brangien es quien ocupa el lugar de Isolda en el lecho del Rey Marco, mientras que la Reina se va a encontrar con Tristan. La felonía de los amantes no es descubierta enseguida por el rey. Aunque este no sospecha nada unos barones que envidian la posicion tan encumbrada en el Reino de Tristan, van a ver al Rey Marco y le dicen que Tristan y la reina se aman, y que esto se comenta en el reino. Así que siembran las semillas de la desconfianza en el Rey. Pero el rey, queriendo tener pruebas, espia a Tristan y a la Reina. Pero Brangien se da cuenta de ello, y avisa a los amantes. A pesar de todo, al Rey Marco le consumen los celos y le pide a Tristan que se vaya del castillo. Este se instala en la casa de un burgués, y padece numerosas fiebres.

Pero las astucias de los amantes nunca se acaban y consiguen verse a pesar de la vigilancia que tienen que soportar, en un jardín detrás del castillo. Denunciados de nuevo, esta vez por el malvado enano Frocin, son condenados uno y otro a ser quemados vivos. La suerte acaba sonriéndoles una vez más y en el ultimo instante Tristán consigue escaparse y rescata a Isolda en el momento en que la llevan a la hoguera. Los dos huyen hacia el bosque donde llevan una vida miserable. Pero a pesar de todo se aman y no sufren.

El rey los busca y una noche los encuentra: están dormidos el uno junto al otro. Saca su espada, pero se da cuenta de que sus bocas no se tocan y una espada desnuda separa sus cuerpos. Asi que el rey lleno de compasión, pone su propia espada en lugar de la de Tristan, pone un anillo en el dedo de Isolda y se va lleno de tristeza. Los amantes, conmovidos por tanta generosidad, vuelven a la corte. Marco consiente en volver a tomar a Isolda, pero no en que se quede Tristan quien parte hacia el exilio hacia Bretaña, donde trata de olvidar a Isolda la de los cabellos dorados en manos de Isolda la de las blancas manos, la hija del duque Hoel, con quien se casa.

Pero el amor verdadero se burla de las separaciones. Tristan no puede unirse a Isolda la de las blancas manos y permanece fiel a su primer amor. Durante un combate es herido por un golpe de lanza envenenada. Acuden muchos medicos, pero ninguno sabe curar el veneno y Tristán siente que su vida se pierde. Entonces, levantandose, dice a su fiel compañero Kaherdino que quisiera volver a ver por ultima vez a Isolda la de los cabellos dorados. Kaherdino decide ayudarle. Convienen en que si consigue traerla, izara la vela blanca pero si fracasa la vela negra. Para desgracia de los amantes, la otra Isolda se entera de toda la conversación.

Isolda la rubia es puesta al corriente de la situación de salud de su amante, y no duda en darle consuelo con su presencia. Tristan cada día pide que se vigile el mar, y cuando Isolda la de las blancas manos anuncia la llegada de la nave de kaherdino, miente y dice que la vela es negra. Entonces Tristan se deja morir. Cuando Isolda la rubia llega y se entera de la desgracia sube a sus aposentos, se acuesta junto a Tristan y entrega también su alma.





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