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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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viernes, 26 de septiembre de 2008

COLOMBIA -- MITOS -Y- LEYENDAS

COLOMBIA -- MITOS -Y- LEYENDAS
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Los Mitos y Leyendas de los pueblos hablan de sus temores, deseos, supersticiones y creencias. Para los vallenatos tienen valor los siguientes personajes:

El Ecce Homo
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Las Ánimas: Son las almas de quienes están en el purgatorio. A ellas se les reza el dos de noviembre. Se les pide favores o milagros, y si una vez cumplidos el beneficiado no cumple con las promesas hechas, las Animas, comienzan a hacerle maldades en casa del incumplido. Maldades como las de trasponer las cosas, desordenar los armarios, echarle azúcar a la sopa, romper los platos y otras travesuras. También se dice que si en una noche de ánimas se las siente haciendo ruido en el cementerio y si quien las oye voltea para verlas, se convierte en estatua, queda petrificado. Tampoco se les debe hacer caso cuando a media noche van por la calle diciendo: "Alerta... alerta... ábreme la puerta... alerta... alerta...". Las ánimas son seres vestidos de blanco, con una túnica que les cubre desde la cabeza y llevan un gorro en forma de cono.
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El Doroy: Cuentan los habitantes de todos los ríos que atraviesan Valledupar, que durante los grandes inviernos en esas crecientes inmensas que se salen del cauce, suele bajar hacia los mares, una culebra tan inmensa, que quien le ve la cabeza casi nunca puede verle la cola. Es el doroy, lleva sobre su cabeza un par de cuernos, posee barba como la de chivo, y emite además un canto igual al del gallo, pero quien la oye no puede volver a dormir hasta cuando pase la creciente. Es signo de desgracia si se le ve la cola, pero es buena señal para quien le ve la cabeza, la mujer embarazada que oye una doroy parirá un macho cantor. Además creen los vallenatos que cuando la doroy suba del mar hacia la Sierra Nevada por los ríos, esta será la primera señal del fin del mundo.
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La Llorona: Es un espanto femenino que aparece en los pueblos o en el monte, según la historia, buscando a su hijo.
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El Caballo sin jinete y el jinete sin cabeza: Espantos que asustan a los trasnochadores.
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El carro fantasma: Es un espanto que parece en contravía, principalmente por la carrera 8ª, sin chofer y que con las luces altas encandila a quienes les sale, dejando solo ver el celaje.
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Nano La Cru y Cabirol:
Fueron si personajes de carne y hueso que alguna vez fueron normales, pero que se volvieron herramientas de persuasión usadas por los papás contra los hijos desobedientes.
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La culebra de las siete cabezas: Aparece en el túnel que va del antiguo convento (hoy La Catedral) hasta el Colegio de Las Monjas (donde funciona hoy el Concejo de Valledupar).
Cuco: Nombre genérico de un ser de indeterminada figura con que se amedrenta a los niños para obligarlos a ser disciplinados y obedientes.
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Mayuya: A ella no se le ven los pies. Viste de negro, parece que camina en el aire y dicen que se lleva a los niños.
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El Silborcito: Otro espanto contra los niños. Es un enano, usa un saco de grandes bolsillos y un sombrero más grande que su propio cuerpo que usa para llevarse a los niños que encuentra de ambulando solos por la calle, especialmente a medio día, cuando el sol esta caliente.
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Los Monitos: Se dice que hay personas que tienen pacto con el Diablo y que éste le da unos seres malignos que debe conservar en un frasco de vidrio, que salen solo para cumplir ordenes de destrucción de casas o cultivos que se pueden volver contra su poseedor si éste no domina los rezos y conjuros para hacerlos regresar al frasco. Igualmente se afirma que hay gente que se gana la vida descumbrando selvas con la ayuda de estos Monitos.
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Aparatos: Se dice que salieron cuando se escucha un estropicio que no se sabe que lo produce ni de donde viene. Es como el ruido que producía una carretilla cargada de chatarra y manejada rápidamente a través de una calle llena de piedras. Se oye más que todo en los callejones de Castro Socarras, Pedro Rizo y en el de la Purrututú.
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La Gallina con pollitos: Ella señala los sitios donde hay entierro de oro. Aparece solo ante quien esta destinado el entierro. También se la usa para asustar porque hay referencias de su agresividad y de los arañazos que le ha hecho a alguna gente. Tanto la gallina como los pollitos son negros.
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La Llamita: También señala entierros, principalmente en la vía a la Paz y de aquí a San Diego. Por verla muchos han tenido accidentes en esa carretera.
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El Buey mariposo: Persona conocida en Valledupar, que vivió en el barrio la Guajira, en la calle de la Mala Palabra. Se afirma que tenía pacto con el Diablo, pues siendo un ladrón, cuando la policía salía en su búsqueda él era capaz de esconderse detrás de un palo de escoba, sin ser visto.
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La oración del perro negro: Es la que dicen se sabía el abuelo del Buey Mariposo y que gracias a ella, siendo el correo de la ciudad, era capaz de ir y venir a Fundación el mismo día.
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En esta región también se cree que hay vampiros que le chupan la sangre a la gente; se dice que en la finca de Genaro Villero, en la región de El Jobo, que esta entre la Paz y San Diego, hay un árbol de mamón que da ciruelas; se sabe de personas que a las doce de la noche, en jueves o viernes santo, celebran pactos con el Diablo en el cerro de la Popa o en el cerro de la finca Convención. El cerro de la Popa ya quedó dentro de la ciudad, al occidente. Y la finca Convención está entre Valencia de Jesús y Aguas Blancas; cuentan que en Pueblo Bello alguien hace bailar a un par de muñecos en el aire; y finalmente, que quienes pactan con el Diablo deben pagarle con el alma de personas que son entregadas a un toro negro.

martes, 23 de septiembre de 2008

LEYENDAS Y TRADICIONES -- JOSE ZORRILLA

Leyendas Y Tradiciones

José Zorrilla




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UNA AVENTURA DE 1360

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En las frondosas campiñas
que con sus ondas serenas
fecunda el Guadalquivir
antes que en el mar se pierda,
sentada está una ciudad
que majestuosa ostenta
lo atrevido de sus torres,
lo antiguo de sus almenas.
El río su bella imagen
en su corriente refleja
pasando enorgullecido
por pasar tan junto a ella.
Y ella se mira en sus aguas
contemplando allí altanera
su antigüedad y poder
y su proverbial belleza.
Espesos muros la ciñen,
y frondosísimas huertas,
y apiñados olivares,
y fertilísimas vegas.
Radiante sol la ilumina,
y la bordan sus laderas
altos y copados árboles
y olorosas flores bellas.
Alegre gente la vive,
que las calurosas siestas
y las perfumadas noches
pasa al son de la vihuela,
ya en sus entoldados patios,
entre fuentes y macetas,
ya en sus floridos jardines
gozando sus auras frescas.
Ciudad de hermoso recuerdo,
ciudad bella entre las bellas,
de los moros es envidia,
de los cristianos soberbia.
Sevilla, en fin, y esto basta,
que todo el nombre lo encierra;
y hablando de la hermosura
todo es una cosa mesma.
En Sevilla, pues, y en una
noche azulada de aquéllas
en que la luna derrama
tranquila claridad trémula,
y en lo cóncavo del aire
resplandecen las estrellas,
y más allá con más brillo
los luceros reverberan;
en una de aquellas noches
en que todo se presenta
blanco, pacífico, hermoso,
y que la mente embelesa,
y los sentidos embriaga
y el corazón enajena;
noche de aventuras propia
en mil trescientos sesenta
(edad en que esto pasaba,
si mi memoria no yerra),
por la calle de la Sierpe,
media noche siendo apenas,
dos hombres en la ancha plaza
con prisa y silencio se entran.
Largas capas les envuelven,
no porque precisas sean,
sino porque bien les cubran
de las personas las señas.
Por el lado de la sombra,
punta a punta la atraviesan
de la calle de la Sierpe
hasta la calle de Génova,
y el bulto de sus espadas,
que bajo la capa llevan,
las plumas de sus birretes
y el rumor de sus espuelas,
por hidalgos les acusan,
por más que entrambos se empeñan
en pasar como personas
de común raza plebeya.
Al fin cuando ya contaban
tomar una callejuela
que al alcázar los llevase
sin pasar frente a la iglesia,
paróse el más alto de ellos,
diciendo : "¿Qué sombra es ésa
que tras el pilar se oculta,
Benavides? Yo dijera
que es un hombre". Y Benavides,
al que pregunta contesta
"Llegad, señor, sin cuidado,
que ya imagino quién sea,
y hará paso al conocerme,
que es hombre que me respeta,
porque me debe favores
e hicimos juntos la guerra".
Siguió andando Benavides;
siguió el otro, por respuesta
dándole sólo el silencio
que satisfacerle muestra,
y frente al hombre llegando
que junto al pilar espera,
mostrándose Benavides,
dejó franca la carrera.
“Dios te guarde, Andrés", le dijo
el que va, pasando cerca.
"Buenas noches" dijo el hombre,
saludando con llaneza:
y pasaron los hidalgos,
y siguió el otro en su espera.
Y, entre los dos que se van
por la oscura callejuela,
conversación en voz baja
se entabló de esta manera:
"¿Quién es ese hombre?
-Un soldado
que entró poco hace en la regla
de San Francisco, cansado
del servicio y de la guerra.
-¿Y por qué precisamente
en tal ocasión lo deja,
pudiendo darle fortunas
estos tiempos -de revueltas?
-Dice que al rey don Alonso
sirvió de grado, y por fuerza
no quiere servir a nadie.
-Ya entiendo.
-Señor...
-Le lleva
la opinión del vulgo necio,
que mal de don Pedro piensa.
-Ya veis, señor, pues al claustro
se acoge, con su conciencia
se lo habrá mirado bien.
-Y a tales horas, ¿qué espera,
solo en mitad de la plaza,
sin el traje de su regia?
-Señor, es historia larga.
-Tal cual es quiero saberla.
-Son cosas qué-importan poco.
-A mí todo me interesa;
decid, pues.
-Pues escuchad.
Ya sabéis que representan
al Rey los monjes franciscos,
que habiendo en su casa mesma
un manantial necesario
para el buen servicio de ella,
el derecho a los vecinos
se les quite de que puedan
servirse de él en su daño,
porque sin agua les dejan.
Los vecinos, como tienen
aquella fuente más cerca,
para tomarla a su gusto
su viejo derecho alegan.
-Y tienen razón, y el Rey
se la da.
-Por esa muestra
de su Real benignidad,
de los vecinos se aumenta
la osadía, y de los monjes
el trabajo y la impaciencia.
De aquí nacen las hablillas,
las voces y las quimeras;
los vecinos a los monjes
tal vez obligar intentan
a que de noche y de día
les tengan franca la puerta.
Los monjes quieren cerrarla
como lo manda su regla,
y esto ocasiona denuestos
y escandalosas pendencias.
Los vecinos traen soldados,
gente de su parentela;
los frailes sacan domésticos
y deudos que los defiendan;
y como ven que su Rey
lo que le piden les niega,
los del pueblo cobran bríos,
y los frailes se exasperan.
Esto duró hasta que Andrés,
hombre a quien nada amedrenta,
hombre que usa de las armas
con asombrosa destreza,
con sus escrúpulos dando
de una sola vez en tierra,
asió su espada saliendo
de los suyos en defensa.
Burlábanse al principio,
mas él se ha dado tal priesa
en asentar cintarazos
con tal fortuna y destreza,
que del manantial los monjes
son dueños a la hora de ésta.
-¿Tan bizarro es ese Andrés?
-Tan bizarro y tan a prueba,
que él solo guarda la plaza
y ninguno se le acerca.
-El miedo de los villanos
es quien su valor pondera.
-De quien queráis informaos;
veréis que nadie lo niega.
Es hombre que, si le dicen
que una calle por apuesta,
guarde una noche, es seguro
que nadie pasa por ella.
-¿Y no hay justicia en Sevilla,
un hombre que le contenga?
-Ya veis, se acoge a sagrado,
y los bravos le respetan."
Murmuró el que preguntaba
unas palabras inciertas,
que expiraron en murmullo
cual pronunciadas apenas.
Y como a un postigo oculto
que da al alcázar se llegan,
callaron ambos a dos,
llamando a espacio a la puerta.
Abrióles un pajecillo,
y entrando los dos por ella,
quedó el silencio en el aire
y en soledad la plazuela.
Está la siguiente noche
tocando en la misma flora,
y desde el cenit vertiendo
la luna luz melancólica.
Ni una ráfaga de viento
la soledad silenciosa
interrumpe, ni una nube
del cielo el azul entolda.
Toda Sevilla es silencio,
reposa Sevilla toda,
que duerme al son que la arrullan
del Guadalquivir las ondas.
Apenas de tarde en tarde
atraviesa una persona
las calles a largos pasos,
o en una reja se aposta.
Y los grandes edificios
que la extensa plaza forman,
sobre el suelo de la plaza
tienden su gigante sombra.
En un pilar apoyado
de una callejuela angosta,
por do un largo pasadizo
en la plaza desemboca,
hay un hombre que está en vela,
y a quien la noche medrosa
presta contornos fantásticos
y faz amenazadora.
Inmoble en la oscuridad,
no parecen que le importan
ni el relente de las noches
ni el ver que pasan las horas.
Si espera a alguien, nadie acude
a la cita misteriosa;
si aguarda algún hora fija,
su venida fue bien pronta.
Frente por frente al convento
de San Francisco se aposta,
cuya puerta se ve franca
como abandonada y sola.
¿Es que aquel hombre la guarda,
o es que en acecho la ronda?
Porque él la guarda o la acecha
con una intención incógnita.
En esto la plaza adentro,
por la calle de la Sierpe
un hombre desembocando,
a largos pasos se mete.
Un solo punto los ojos
en su derredor revuelve,
y viendo al hombre que aguarda,
vase a él rápidamente,
el sombrero hasta las cejas
y el embozo hasta los dientes.
Llegó al que esperaba, y plática
entablaron de esta suerte: .
-¡Andrés!
-¿Quién me llama?
-Un hombre.
-¿Me conoce?
-Sí
-¿Qué quiere?
-Que tenga por tu aljibe
un privilegio mi gente.
Me han dicho que tú tan sólo
a tu convento defiendes,
y que cejan los villanos
y la canalla te teme.
-Y te han dicho la verdad.
-Por eso precisamente
he venido aquí esta noche,
por si al cabo empacho tienes
en dejarme hacer de día
lo que de noche no entiende
ninguno en el barrio.
-Hidalgo,
si eso trae, errado viene;
todos han de tomar agua,
o nadie absolutamente.
-¿Conque contra el Rey te opones,
que lo contrario te advierte?
-Yo contra el Rey no me opongo,
mas cuido mis intereses;
y pues por ellos no cuidan,
siendo inútiles, sus leyes,
hombre a hombre, y fuerza a fuerza,
aquí has de encontrarme siempre.
Será injusticia y escándalo,
será cuanto se quisiere;
mas, a quien osados cargan, necio es, si no se defiende. -Hazlo, pues.
-Enhorabuena,
hidalgo, y tened presente
que habéis venido a buscarme.
-Menos hablar y defiéndete.
Y esto diciendo uno y otro
a cuchilladas se meten
con tanto brío que chispas
de las espadas encienden.
El caballero le carga
tan fiera y bizarramente,
que el hacerle cara el otro,
hasta milagro parece.
Dan, vuelven, paran, reciben;
ni uno ceja ni otro cede;
Andrés con calma y acierto,
el otro como una sierpe:
mas es inútil, el monje
es tan diestro y es tan fuerte,
que aunque es el hidalgo un hombre
que como un tigre revuelve,
y cuyo brazo muy pocos
a resistirle se atreven,
de poco o nada le sirven
lo que sabe y lo que puede.
Al fin, el monje, mirando
que el intento con que viene
es tal, que mucho peligra
si no se concluye en breve,
lanzóle tal multitud
de tajos y de reveses,
que el otro cejó seis pasos,
diciendo: -¡Demonio, tente!
Túvose Andrés, y el incógnito,
la mano franca tendiéndole,
dijo: "Lo que quieras pídeme,
que todo te lo mereces.
-Yo nada de vos espero.
¿Qué podéis vos ofrecerme?
-A todo por tu valor,
el rey don Pedro se ofrece.
-Señor -exclamó el buen monje
ante sus plantas rindiéndose-,
perdonad si estuve osado...
-Andrés, obraste valiente;
concédote lo que quieras,
para que de mí te acuerdes.
-Señor, de nuestra agua os pido
la propiedad solamente.
-Desde esta noche a los monjes
anuncia que la poseen."
Y tomando el rey don Pedro
por el callejón de enfrente,
volvióse al convento el fraile,
agradecido y alegre.


JUSTICIAS DEL REY DON PEDRO

I

Cuando su luz y su sombra
mezclan la noche y la tarde,
y los objetos se sumen
en la sombra impenetrable,
en un postigo excusado,
que a una callejuela sale
de una casa, cuya puerta
principal da a la otra calle,
dos hombres que se despiden
se ven, aunque no se sabe
n¡ cuál de los dos se queda
ni cuál de los dos se parte.
Ambos mirándose atentos,
ambos un pie hacia adelante,
parados en el dintel
están, y entrambos iguales.
Por fin el más viejo de ellos,
hundiendo el mustio semblante
entre el sombrero y la capa,
en ademán de marcharse,
torció la cabeza a un lado,
pronunciando un no tan grave,
que bien se vio que era el fin
de las pláticas de enantes.
Sin duda el otro entendido,
no encontró qué replicarle,
pues bajando la cabeza,
callóse por un instante.
-Buenas noches -dijo el viejo-.
Tartamudeó un "Dios le guarde"
el otro; mas, decidiéndose,
hizo hacia el viejo un avance.
-"Mírelo bien, y cuidado
no se arrepienta, compadre.
-Nunca eché más de una cuenta.
-Piénselo bien, y no pase
sin contar lo que va de él
a don Juan de Colmenares.
-Señor -replicó el anciano-,
en tiempos tan deplorables,
yo sé que lo pueden todo
los ricos y los audaces.
-Pues mire lo que le importa;
que rica y audaz señales
son con que marca la fama
a los que en mi casa nacen.
Callaron por un momento,
y continuando mirándose
dijo el viejo tristemente,
aunque en tono irrevocable:
-Nunca lo esperé de vos;
mas tampoco vos ni nadie
puede esperar más de mí.
-Pues, entonces, adelante
idos, buen viejo, con Dios,
qué estoy de prisa y es tarde."
Cerró la puerta de golpe,
a escuchar sin esperarse
una respuesta que el viejo
tuvo tentación de darle;
y acaso por su fortuna
quedó a tal punto en la calle
para dársela a la puerta,
donde la deshizo el aire.
Volvió el anciano la espalda,
y en dos golpes desiguales,
sus pasos descompasados
pueden de lejos contarse;
porque sus pies impedidos,
deben a su edad y achaques
una muleta que marcha
un pie que los suyos antes.
La esquina a espacio traspuso,
y a poco otro hombre más ágil,
saliendo por el postigo,
siguió en silencio su alcance.
Túvose al 'volver la esquina;
tendió sus ojos sagaces,
y enderezó los oídos
atento por todas partes;
mas, no oyendo ni escuchando
de qué poder recelarse,
tomando el rastro del viejo,
echó por la misma calle.

_
II

_
En un aposento ambiguo,
medio portal, medio tienda,
que hace asimismo las veces
de cocina y de despensa,
pues da su entrada a la calle
y en confuso ajuar ostenta
camas, hormas y un caldero
colgado en .la chimenea,
hay seis personas distintas,
que hacen al pie de la letra
(salvo el padre, que está ausente)
una raza verdadera.
Un mozo de veinte abriles;
una muchacha risueña
de diez y seis; tres muchachos,
y una anciana de sesenta.
Y aunque a las veces nos turban
engañosas apariencias,
zapateros son de oficio,
si a espacio se considera,
que está la estancia aromada
con vapores de pez negra,
que ribetea la moza,
y que el mozo maja suela.
-Mucho tarda -dijo el último
padre esta noche, Teresa.
-Ya ha tiempo que ha anochecido.
-Muchacho, atiza esa vela
y deja quieto ese bote.
Y esto diciendo en voz recia
el mozo, siguió en silencio
cada cual en su tarea,
el chico sitiando al bote,
ribeteando la doncella,
majando el mozo a compás,
y dormitando la vieja.
Con monótonos murmullos
arrullaban esta escena
el son de la escasa lluvia
de un aguacero que empieza,
el no interrumpido son
con que hierve la caldera,
y el tumultuoso chasquido
con que la luz chisporrea.
-¿Las nueve son? - dijo el mozo.
-Eso las ánimas suenan
con sus campanas - repuso
santiguándose Teresa.
-¡Las ánimas, y aún no viene!
Y echando atrás la silleta,
se puso el mancebo en pie,
y encaminóse a la puerta.
Al ruido que hizo en el cuarto,
despertándose la vieja,
dijo: -¿Rezáis a las ánimas?
-Sí, señora: estése queda.
Asió el mancebo la aldaba,
mas la había alzado apenas,
cuando un espantoso golpe
venció la puerta por fuera.
-¡Muerto soy! - dijo una voz;
Cayó un embozado en tierra,
y viose un hombre que huía
al fin de la callejuela.
En derredor del caído
se agolparon, que aún conserva
algún resto de la vida
que le arrancan a la fuerza;
mas no bien le desenvuelven,
por ver piadosos si alienta,
un grito descompasado
lanzó... la familia entera.
Blasfemó el mozo con ira,
desmayóse la doncella,
y la anciana y los muchachos
en llanto a la par revientan.
-Padre, ¿quién fue? - preguntaba
sosteniendo la cabeza
del anciano moribundo
el hijo, que llora y tiembla.
Echóle triste mirada
su padre, como quien lega
su razón y su justicia
en quien se fija con ella.
-Juan ...
-¿Qué Juan?
-De Colmenares -
balbuceó con torpe lengua,
y sobre el brazo del hijo
dobló la faz macilenta.
Reinó un silencio solemne
por un instante en la escena,
y a reunirse empezaron
vecinos de ambas aceras.
Llegó la justicia al punto,
y mientras justicia ella,
partió por la turba el mozo
en haz de intención siniestra.
-¿Dónde va? - dijo un corchete.
-Siendo yo su sangre mesma,
¿adónde sino al culpable?
-Soy con vos.
-Enhorabuena.
-Por si acaso, va seguro... -
dijo para sí el de presa,
mientras el mozo resuelto,
ganó a una esquina la vuelta.

_
III

_
Son treinta días después,
y en mismo lugar y hora,
la misma vieja y los chicos
con mesa, mancebo y moza.
Cada cual en su tarea
sigue en paz, aunque se nota
que todos tienen los ojos
del mancebo en la faz torva.
Él, sin embargo, en silencio
prosigue atento su obra,
sin levantar la cabeza,
que sobre el pecho se apoya.
Tan doblada la mantiene,
que apenas la llama roja
que da la luz, alumbrarle
las cejas fruncidas logra;
y alguna vez que el reflejo
las negras pupilas toca,
tan viva luz reverberan,
que chispas parecen brotan.
La verdad es, que una lágrima
que a sus -párpados asoma,
viene anunciando un torrente
en que el corazón se ahoga.
Y el mozo, por no aumentar
de los suyos la congoja,
a duras penas le tiene
dentro el pecho y le sofoca.
Largo rato así estuvieron
en atención afanosa,
todos mirando al mancebo,
y éste mirando a sus hormas;
hasta que al cabo Teresa,
más sentida o más curiosa,
le dijo: -¿Estás malo, Blas?
Y a su vez limpia y sonora
siguió otro largo intervalo
de larga atención dudosa.
Nada el hermano responde,
mas ella su afán redobla,
que no hay temor que la tenga,
la valla de una vez rota.
-¿Cómo estás tan cabizbajo?...
Y aquí Blas interrumpióla.
-¿Y qué tengo que decir
a quien sin padre y sin honra
debe vivir para siempre?
Y aquí la familia toda
rompió en ahogados sollozos
a tan infausta memoria.
Sosegóse, y siguió Blas
en voz lamentable y honda
-Él rico, y nosotros pobres ;
débil la justicia, y poca,
y el Rey en caza y en guerra,
¿qué puede alcanzar quien llora?
-Qué, ¿por libre se atrevieron? ...
-Poco menos, pues sus doblas
pudieron más con los jueces
que las leyes.
-¡Las ignoran!
dijo indignada Teresa.
-¡No, hermana ; las acogotan !
contestó Blas, sacudiendo
su mazo con ciega cólera.
Siguió en silencio otro espacio,
y otra vez Teresa torna:
-Mas la sentencia, ¿cuál fue? -
dijo, y calló vergonzosa.
-¿La sentencia? -gritó Blas
revolviendo por las órbitas
los negros y ardientes ojos-.
¿La sentencia pides?, óyela.
Todos se echaron de golpe
sobre la mesilla coja,
que vaciló al recibirles,
a oír lo que tanto importa.
-Sabéis que el de Colmenares
hoy pingüe prebenda goza
en la iglesia, y que a Dios gracias
y a mi diligencia propia,
se le probó que dio muerte
a padre (que en paz reposa).
Pues bien: no sé por qué diablos
de maldita jerigonza
de conspiración que dicen
que con su muerte malogra,
dieron por bien muerto a padre,
y al clérigo...
-¿Le perdonan?
-No, ¡ vive Dios! le condenan.
¡ Mas ved qué dogal le ahoga!
Condénanle a que en un año
no asista a coro, mas cobra
su renta; es decir, le mandan
que no trabaje, y que coma.
Tornó a su silencio Blas,
y a sus sollozos la moza,
ella cosiendo sus cintas,
y él machacando sus hormas.

_
IV

_
Está la mañana limpia,
azul, transparente, clara,
y el sol de entre nubes rojas
espléndida luz derrama.
Toda es tumulto Sevilla,
músicas, vivas y danzas;
todo movimiento el suelo,
toda murmullos el aura.
Cruzan literas y payes,
monjes, caballeros, guardias,
vendedores, alguaciles,
penachos, pendones, mangas.
Flota el damasco y las plumas
en balcones y ventanas,
y atraviesan besamanos
donde no caben palabras.
Descórrense celosías,
tapices visten las tapias,
los abanicos ondulan
y los velos se levantan.
Cuantas hermosas encierra
Sevilla a su gloria saca,
cuantos buenos caballeros
en sus fortalezas guarda,
ellos porque son galanes,
y ellas porque son bizarras;
las unas porque la adornen,
los otros para admirarlas.
Óyense al lejos clarines,
y chirimías y cajas,
y a lengua suelta repican
esquilones y campanas.
Mas no vienen los hidalgos
armados hasta las barbas,
ni el pálido rostro asoman
las bellas amedrentadas;
que no doblan los tambores
en son agudo de alarma,
ni las campanas repican
a rebato arrebatadas;
que es la procesión del Corpus.
que ya traspone las gradas
del atrio, y el Rey don Pedro
acompañándola baja.
Padillas y Coroneles
y Albuquerques se adelantan,
con Osorios y Guzmanes,
pompa ostentando sobrada.
Y bajo un palio don Pedro,
de ocho punzones de plata,
descubierta la cabeza
y armado hasta el cuello, marcha.
En torno suyo el cabildo
diez individuos encarga
que de escuderos le sirvan
en comisión poco santa ;
mas tiempos son tan ambiguos
los que estos monjes alcanzan,
que tanto arrastran ropones
como broqueles embrazan.
Entre ellos se ve a don Juan
de Colmenares y Vargas,
que deja por vez primera
la reclusión de su casa,
no porque el año ha cumplido,
sino porque el año paga,
y doblas redimen culpas
si se confiesan doradas.
Rosas deshojan sobre ellos
las hermosísimas damas,
y toda es flores la calle
por donde la corte pasa.
Envidia de las más bellas,
salió a un balcón del alcázar
la hermosísima Padilla,
origen de culpas tantas.
Hízola venia don Pedro,
y al responderle la dama,
soltó sin querer un guante,
y ojalá no le soltara.
Lanzóse a tomar la prenda
muchedumbre cortesana
muchos llegaron a un tiempo,
mas nadie tomar osaba,
que fuera acción peligrosa,
aparte de lo profana.
Partiendo la diferencia,
salió de la fila santa
el bizarro Colmenares
con intención de tomarla.
Mas no bien dejó su mano
del palio al punzón de plata,
y puso desde él al rey
cuatro pasos de distancia,
cuando un mancebo iracundo,
con irresistible audacia,
se echó sobre él, y en el pecho
le asentó dos puñaladas.
Cayó don Juan; quedó el mozo
sereno en pie entre los guardias,
que le asieron, y don Pedro
se halló con él cara a cara.
La procesión se deshizo;
volvió gigante la fama
el caso de boca en boca,
y ya prodigios contaban.
Juntáronse los soldados
recelando una asonada;
cercaron al Rey algunos
y llenó al punto la plaza
la multitud, codiciosa
de ver la lucha empezada
entre el sacrílego mozo
y el sanguinario monarca.
Duró un instante el silencio,
mientras el Rey devoraba
con sus ojos de serpiente
los ojos del que le ultraja.
-¿Quién eres? - dijo, por fin,
dando en tierra una patada.
-Blas Pérez - contestó el mozo
con voz decidida y clara.
Pálido el rey de coraje,
asióle por la garganta,
y así en voz ronca le dijo,
que la cólera le ahogaba
"¿Y yendo tu rey aquí,
¡voto a Dios!, por qué no hablaste,
si con la ocasión te hallaste
para obrar con él así?"
Soltóse Blas de la mano
con que el rey le sujetaba,
y, señalando al difunto,
repuso tras breve pausa:
-Mató a mi padre, señor;
y el tribunal, por su oro,
privóle un año del coro,
que en vez de pena es favor.
-Y si vende el tribunal
la justicia encomendada,
¿no es mi- justicia abonada
para quien justicia mal?
Cuando el miedo o la malicia
(dijo Blas) tuercen la ley,
nadie se fía en el rey,
medido por su justicia.
Calló Blas, y calló el rey
a respuesta tan osada
y los ojos de don Pedro
bajo las cejas chispeaban.
Tendiólos por todas partes,
y al fuego de sus miradas,
de aquéllos en quien las puso
palidecieron las caras.
Temblaron los más audaces,
y el pueblo ansioso esperaba
una explosión de don Pedro
más recia que sus palabras.
Rompió el silencio. por fin,
y en voz amistosa y blanda,
el interrumpido diálogo
así con el mozo entabla:
-¿Qué es tu oficio?
-Zapatero.
-No han de decir ¡vive Dios!
que a ninguno de los dos
en mi sentencia prefiero.
Y encarándose don Pedro
con los jueces que allí estaban,
dando un bolsillo a Blas Pérez,
dijo en voz resuelta y alta:
"Pesando ambos desacatos,
si con no rezar cumple él
en un año, cumples fiel
no haciendo en otro zapatos."
Tornóse don Pedro al punto,
y brotó la turba osada
murmullos de la nobleza
y aplausos de la canalla.
Mas viendo el rey que la fiesta
mucho en ordenarse tarda,
echando mano al estoque,
dijo así, ronco de rabia:
"¡ La procesión adelante,
o meto cuarenta lanzas
y acaban ¡voto a los cielos!
los salmos a cuchilladas P'.
Y como consta a la Iglesia
que es hombre el rey de palabra,
siguieron calle adelante
palio, pendones y mangas.



_
A BUEN JUEZ, MEJOR TESTIGO
Tradición de Toledo


I


_
Entre pardos nubarrones
pasando la blanca luna
con resplandor fugitivo,
la baja tierra no alumbra.
La brisa con frescas alas
juguetona no murmura,
y las veletas no giran
entre la cruz y la cúpula.
Tal vez un pálido rayo
la opaca atmósfera cruza,
y unas en otras las sombras
confundidas se dibujan.
Las almenas de las torres
un momento se columbran
como lanzas de soldados
apostados en la altura.
Reverberan los cristales
la trémula llama turbia,
y un instante entre las rocas
ríela la fuente oculta.
Los álamos de la vega
parecen en la espesura
de fantasmas apiñados
medrosa y gigante turba;
y alguna vez desprendida
gotea pesada lluvia,
que no despierta a quien duerme,
ni a quien medita importuna.
Yace Toledo en el sueño
entre las sombras confusas,
y el Tajo a sus pies pasando
con pardas ondas la arrulla.
El monótono murmullo
sonar perdido se escucha,
cual si por las hondas calles
hirviera del mar la espuma.
¡Qué dulce es dormir en calma
cuando a lo lejos susurran
los álamos que se mecen,
las aguas que se derrumban!
Se sueñan bellos fantasmas
que el sueño del triste endulzan,
y en tanto que sueña el triste,
no le aqueja su amargura.
Tan en calma y tan sombría
como la noche que enluta
la esquina en que desemboca
una callejuela oculta,
se ve de un hombre que aguarda
la vigilante figura,
y tan a la sombra vela
que entre las sombras se ofusca.
Frente por frente a sus ojos
un balcón a poca altura
deja escapar por los vidrios
la luz que dentro le alumbra;
mas ni en el claro aposento,
ni en la callejuela oscura
el silencio de la noche
rumor sospechoso turba.
Pasó así tan largo tiempo
que pudiera haberse duda
de si es hombre, o solamente
mentida ilusión nocturna;
pero es hombre, y bien se ve,
porque con planta segura
ganando el centro a la calle
resuelto y audaz pregunta:
",Quién va?", y a corta distancia
el igual compás se escucha
de un caballo que sacude
las sonoras herraduras.
-" ,Quién va?" - repite, y cercana
otra voz menos robusta
responde : "Un hidalgo, ¡calle!"
Y el paso el bruto apresura.
-Téngase el hidalgo - el hombre
replica, y la espada empuña.
-Ved más bien si me haréis calle
-repusieron con mesura
que hasta hoy a nadie se tuvo
Ibán de Vargas y Acuña.
-Pase el Acuña y perdone
dijo el mozo en faz de fuga,
pues teniéndose el embozo
sopla un silbato, y se oculta.
Paró el jinete a una puerta,
y con precaución difusa salió
una niña al balcón
que llama interior alumbra.
"¡Mi padre!", clamó en voz baja
y el viejo en la cerradura metió
la llave pidiendo
a sus gentes que le acudan.
Un negro por ambas bridas
tomó la cabalgadura,
cerróse detrás la puerta
y quedó la calle muda.
En esto desde el balcón,
como quien tal acostumbra,
un mancebo por las rejas
de la calle se asegura.
Asió el brazo al que apostado
hizo cara a Ibán de Acuña,
y huyeron con el embozo
velando la catadura.


II


Clara, apacible y serena
pasa la siguiente tarde,
y el sol tocando a su ocaso
apaga su luz gigante:
se ve la imperial Toledo
dorada por los remates
como una ciudad de grana
coronada de cristales.
El Tajo por entre rocas
sus anchos cimientos lame,
dibujando en las arenas
las ondas con que las bate.
Y la ciudad se retrata
en las ondas desiguales,
como en prenda de que el río
tan afanoso la bañe.
A lo lejos en la vega
tiende galán por sus márgenes
de sus álamos y huertos
el pintoresco ropaje,
y porque su altiva gala
más que a los ojos halague,
la salpica con escombros
de castillos y de alcázares.
Un recuerdo es cada piedra
que toda una historia vale,
cada colina un secreto
de príncipes o galanes.
Aquí se bañó la hermosa
por quien dejó un rey culpable
amor, fama, reino y vida
en manos de musulmanes.
Allí recibió Galiana
a su receloso amante
en esa cuesta que entonces
era un plantel Me azahares.
Allá por aquella torre
que hicieron puerta los árabes
subió el Cid sobre Babieca
con su gente y su estandarte.
Más lejos se ve al castillo
de San Servando o Cervantes,
donde nada se hizo nunca
y nada al presente se hace.
A este lado está la almena
por do sacó vigilante
el conde don Peranzules
al rey, que supo una tarde
fingir tan tenaz modorra
que político y constante,
tuvo siempre el brazo quedo
las palmas al horadarle.
Allí está el circo romano,
gran cifra de un pueblo grande,
y aquí la antigua basílica
de bizantinos pilares,
que oyó en el primer concilio
las palabras de los padres
que velaron por la Iglesia
perseguida o vacilante.
La sombra en este momento
tiende sus turbios cendales
por todas esas memorias
de las pasadas edades,
y del Cambrón y Visagra
los caminos desiguales,
camino a los toledanos
hacia las murallas abren.
Los labradores se acercan
al fuego de sus hogares,
cargados con sus aperos,
cansados de sus afanes.
Los ricos y sedentarios
se tornan con paso grave
calado el ancho sombrero,
abrochados los gabanes,
y los clérigos y monjes
y los prelados y abades
sacudiendo el leve polvo
de capelos y sayales.
Quédase solo un mancebo
de impetuosos ademanes
que se pasea ocultando
entre la capa el semblante.
Los que pasan le contemplan
con decisión de evitarle,
y él contempla a los que pasan
como si a alguien aguardase.
Los tímidos aceleran
los pasos al divisarle,
cual temiendo de seguro
que les proponga un combate ;
y los valientes le miran
cual si sintieran dejarle
sin que libres sus estoques,
en riña sonora dancen.
Una mujer también sola
se viene el llano adelante
la luz del rostro escondida
en tocas y tafetanes.
Mas en lo leve del paso
y en lo flexible del talle
puede a través de los velos
una hermosa adivinarse.
Vase derecha al que aguarda
y él al encuentro la sale
diciendo... cuanto se dicen
en las citas los amantes.
Mas ella galanterías
dejando severa aparte,
así al mancebo interrumpe
en voz decisiva y grave:
-Abreviemos de razones,
Diego Martínez ; mi padre,
que un hombre ha entrado en su ausencia
dentro mi aposento sabe;
y así quien mancha mi honra
con la suya me la lave ;
o dadme mano de esposo,
o libre de vos dejadme
Miróla Diego Martínez
atentamente un instante,
y echando a un lado el embozo,
repuso palabras tales:
-Dentro de un mes, Inés mía,
parto a la guerra de Flandes;
al año estaré de vuelta
y contigo en los altares.
Honra que yo te deduzca
con honra mía se lave,
que por honra vuelven honra
hidalgos que en honra nacen.
-Júralo - exclamó la niña.
-Más que mi palabra. vale
no te valdrá un juramento.
-Diego, la palabra es aire.
-¡Vive Dios que estás tenaz!
Dalo por jurado y baste.
-No me basta, que olvidar
puedes la palabra en Flandes.
-¡Voto a Dios!, ¿qué más pretendes?
-Que a los pies de aquella imagen
lo jures como cristiano
del santo Cristo delante.
Vaciló un poco Martínez,
mas porfiando que jurase
llevólo Inés hacia el templo
que en medio de la vega yace.
Enclavado en un madero,
en duro y postrero trance,
ceñida la sien de espinas,
descolorido el semblante,
víase allí un crucifijo
teñido de negra sangre,
a quien Toledo devota
acude hoy en sus azares.
Ante sus plantas divinas
llegaron ambos amantes,
y haciendo Inés que Martínez
los sagrados pies tocase,
preguntóle
-Diego, ¿juras
a tu vuelta desposarme?
Contestó el mozo
-¡ Sí, juro!
Y ambos del templo se salen.


III


Pasó un día y otro día,
un mes y otro mes pasó
y un año pasado había;
mas de Flandes no volvía
Diego, que a Flandes partió.
Lloraba la bella Inés
su vuelta aguardando en vano;
oraba un mes y otro mes
del crucifijo a los pies
do puso el galán su mano.
Todas las tardes venía
después de traspuesto el sol,
y a Dios llorando pedía
la vuelta del español,
y el español no volvía.
Y siempre al anochecer,
sin dueña y sin escudero,
en un manto una mujer
el campo salía a ver
al alto del Miradero.
¡Ay del triste que consume
su existencia en esperar!
¡Ay del triste que presume
que el duelo con que él se abrume
al ausente ha de pesar!
La esperanza es de los cielos
precioso y funesto don,
pues los amantes desvelos
cambian la esperanza en celos,
que abrasan el corazón.
Si es cierto lo que se espera,
es un consuelo en verdad,
pero siendo una quimera,
en tan frágil realidad
quien espera desespera.
Así Inés desesperaba
sin acabar de esperar,
y su tez se marchitaba,
y su llanto se secaba
para volver a brotar.
En vano a su confesor
pidió remedio o consejo
para aliviar su dolor;
que mal se cura el amor
con las palabras de un viejo.
En vano a Ibán acudía,
llorosa y desconsolada,
el padre no respondía,
que la lengua le tenía
su propia deshonra atada.
Y ambos maldicen su estrella,
callando el padre severo
y suspirando la bella,
porque nació mujer ella,
y el viejo nació altanero.
Dos años al fin pasaron
en esperar y gemir,
y las guerras acabaron,
y los de Flandes tornaron
a sus tierras a vivir.
Pasó un día y otro día,
un mes y otro mes pasó,
y el tercer año corría;
Diego a Flandes se partió,
mas de Flandes no volvía.
Era una tarde serena;
doraba el sol de Occidente
del Tajo la vega amena,
y apoyada en una almena
miraba Inés la corriente.
Iban las tranquilas olas
las riberas azotando
bajo las murallas solas,
musgo, espigas y amapolas
ligeramente doblando.
Algún olmo que escondido
creció entre la yerba blanda,
sobre las aguas tendido
se reflejaba perdido
en su cristalina banda.
Y algún ruiseñor colgado
entre su fresca espesura
daba al aire embalsamado
su cántico regalado
desde la enramada oscura.
Y algún pez con cien colores,
tornasolada la escama,
saltaba a besar las flores
que exhalan gratos olores
a las puntas de una rama.
Y allá en el trémulo fondo
el torreón se dibuja
como el contorno redondo
del hueco sombrío y hondo
que habita nocturna bruja.
Así la niña lloraba
el rigor de su fortuna,
y así la tarde pasaba
y al horizonte trepaba
la consoladora luna.
A lo lejos por el llano
en confuso remolino,
vio de hombres tropel lejano
que en pardo polvo liviano
dejan envuelto el camino.
Bajó Inés del torreón,
y llegando recelosa
a las puertas del Cambrón,
sintió latir zozobrosa,
más inquieto el corazón.
Tan galán como altanero
dejó ver la escasa luz
por bajo el arco primero
un hidalgo caballero
en un caballo andaluz.
Jubón negro acuchillado,
banda azul, lazo en la hombrera,
y sin pluma al diestro lado
el sombrero derribado
tocando con la gorguera.
bombacho gris guarnecido,
bota de ante, espuela de oro,
hierro al cinto suspendido,
y a una cadena prendido,
agudo cuchillo moro.
Vienen tras este jinete,
sobre potros jerezanos,
de lanceros hasta siete,
y en la adarga y coselete
diez peones castellanos.
Asióse a su estribo Inés,
gritando: "¿Diego, eres tú?"
Y él, viéndola de través,
dijo: "¡Voto a Belcebú,
que no me acuerdo quién es!"
Dio la triste un alarido
tal respuesta al escuchar,
y a poco perdió el sentido
sin que más voz ni gemido
volviera en tierra a exhalar..
Frunciendo ambas a dos cejas,
encomendóla a su gente
diciendo: "¡Malditas viejas
que a las mozas malamente
enloquecen con consejas!"
Y aplicando el capitán
a su potro las espuelas,
el rostro a Toledo dan,
y a trote cruzando van
las oscuras callejuelas.


IV


Así por sus altos fines
dispone y permite el cielo
que puedan mudar al hombre
fortuna, poder y tiempo.
A Flandes partió Martínez
de soldado aventurero,
y por su suerte y hazañas
allí capitán le hicieron.
Según alzaba en honores
alzábase en pensamientos,
y tanto ayudó en la guerra
con su valor y altos hechos,
que el mismo rey a su vuelta
le armó en Madrid caballero,
tomándole a su servicio
por capitán de lanceros.
Y otro no fue que Martínez,
quien ha poco entró en Toledo,
tan orgulloso y ufano
cual salió humilde y pequeño.
Ni es otro a quien se dirige,
cobrado el conocimiento,
la amorosa Inés de Vargas,
que vive por él muriendo.
Mas él, que olvidando todo
olvidó su nombre mesmo,
puesto que Diego Martínez
es el capitán don Diego,
ni se ablanda a sus caricias,
ni cura de sus lamentos,
diciendo que son locuras
de gente de poco seso;
que ni él prometió casarse
ni pensó jamás en ello.
¡Tanto mudan a los hombres
fortuna, poder y tiempo!
En vano porfiaba Inés
con amenazas y ruegos;
cuanto más ella importuna,
está Martínez severo.
Abrazada a sus rodillas,
enmarañado el cabello,
la hermosa niña lloraba
prosternada por el suelo.
Mas todo empeño es inútil,
porque el capitán don Diego
no ha de ser Diego Martínez,
como lo era en otro tiempo.
Y así llamando a su gente,
de amor y piedad ajeno
mandóles que a Inés llevaran
de grado o de valimento.
Mas ella antes que la asieran
cesando un punto en su duelo,
así habló, el rostro lloroso
hacia Martínez volviendo:
"Contigo se fue mi honra,
conmigo tu juramento;
pues buenas prendas son ambas
en buen fiel las pesaremos."
Y la faz descolorida
en la mantilla envolviendo
a pasos desatentados
salióse del aposento.


V


Era entonces en Toledo
por el rey gobernador
el justiciero y valiente
don Pedro Ruiz de Alarcón.
Muchos años por su patria
el buen viejo peleó;
cercenado tiene un brazo,
mas entero el corazón.
La mesa tiene delante,
los jueces en derredor,
los corchetes a la puerta
y en la derecha el bastón.
Está, como presidente
del tribunal superior,
entre un dosel y una alfombra
reclinado en un sillón,
escuchando -con paciencia
la casi asmática voz
con que un tétrico escribano
solfea una apelación.
Los asistentes bostezan
al murmullo arrullador;
los jueces medio dormidos
hacen pliegues al ropón;
los escribanos repasan
sus pergaminos al sol.
Los corchetes a una moza
guiñan en un corredor,
y abajo, en Zocodover,
gritan en discorde son
los que en el mercado venden
lo vendido y el valor.
Una mujer en tal punto,
en faz de gran aflicción,
rojos de llorar los ojos,
ronca de gemir la voz,
suelto el cabello y el manto,
tomó plaza en el salón
diciendo a gritos: "¡Justicia,
jueces; justicia, señor!"
Y a los pies se arroja humilde,
de don Pedro de Alarcón,
en tanto que los curiosos
se agitan alrededor.
Alzóla cortés don Pedro
calmando la confusión
y el tumultuoso murmullo
que esta escena ocasionó,
diciendo
-Mujer, ¿qué quieres?
-Quiero justicia, señor.
-¿De qué?
-De una prenda hurtada.
-¿Qué prenda?
-Mi corazón.
-¿Tú le diste?
-Le presté.
-¿Y no te le han vuelto?
-No.
-¿Tienes testigos?
-Ninguno.
-¿ Y promesa?
-¡Sí, por Dios!
Que al partirse de Toledo
un juramento empeñó.
-¿Quién es él?
-Diego Martínez.
-¿ Noble?
-Y capitán, señor.
-Presentadme al capitán,
que cumplirá si juró.
Quedó en silencio la sala,
y a poco en el corredor
se oyó de botas y espuelas
el acompasado son.
Un portero, levantando
el tapiz, en alta voz
dijo: "El capitán don Diego.
Y entró luego en el salón
Diego Martínez, los ojos
llenos de orgullo y furor.
¿Sois el capitán don Diego
-díjole don Pedro- vos?
Contestó altivo y sereno
Diego Martínez:
-Yo soy.
-¿Conocéis a esta muchacha?
-Ha tres años, salvo error.
-¿Hicísteisla juramento
de ser su marido?
-No.
-¿Juráis no haberlo jurado?
-Sí juro.
-Pues id con Dios.
-¡Mientes! - clamó Inés llorando(
de despecho y de rubor.
-Mujer, ¡piensa lo que dices!
-Digo que miente: juró.
¿Tienes testigos?
-Ninguno.
-Capitán, idos con Dios,
y dispensad. que acusado,
dudara de vuestro honor.
Tornó Martínez la espalda
con brusca satisfacción,
e Inés, que le vio partirse,
resuelta y firme gritó:
-Llamadle, tengo un testigo.
Llamadle otra vez, señor.
Volvió el capitán don Diego,
sentóse Ruiz de Alarcón,
la multitud aquietóse
y la de Vargas siguió:
-Tengo un testigo a quien nunca
faltó verdad ni razón.
-¿Quién?
-Un hombre que de lejos
nuestras palabras oyó
mirándonos desde arriba.
-¿Estaba en algún balcón?
-No, que estaba en un suplicio
donde ha tiempo que expiró.
-¿Luego es muerto?
-No, que vive.
-Estáis loca, ¡vive Dios!
¿Quién fue?
-El Cristo de la Vega
a cuya faz perjuró.
Pusiéronse en pie los jueces
al nombre del Redentor,
escuchando con asombro
tan excelsa apelación.
Reinó un profundo silencio
de sorpresa y de pavor,
y Diego bajó los ojos
de vergüenza y confusión.
Un instante con los jueces
don Pedro en secreto habló,
y levantóse diciendo
con respetuosa voz:
"La ley es ley para todos;
tu testigo es el mejor,
mas para tales testigos
no hay más tribunal que Dios.
Haremos ... lo que sepamos;
escribano: al caer el sol,
al Cristo que está en la vega
tomaréis declaración."


VI


Es una tarde serena,
cuya luz tornasolada
del purpurino horizonte
blandamente se derrama.
Plácido aroma las flores
sus hojas plegando exhalan,
y el céfiro entre perfumes
mece las trémulas alas.
Brillan abajo en el valle
con suave rumor las aguas,
y las aves en la orilla
despidiendo al día cantan.
Allá por el Miradero,
por el Cambrón y Visagra,
confuso tropel de gente
del Tajo a la vega baja.
Vienen delante don Pedro
de Alarcón, Ibán de Vargas,
su hija Inés, los escribanos,
los corchetes y los guardias;
y detrás monjes, hidalgos,
mozas, chicos y canalla.
Otra turba de curiosos
en la vega les aguarda,
cada cual comentariando
el caso según le cuadra.
Entre ellos está Martínez
en apostura bizarra,
calzadas espuelas de oro,
valona de encaje blanca,
bigote a la borgoñesa,
melena desmelenada,
el sombrero guarnecido
con cuatro lazos de plata,
un pie delante del otro,
y el puño en el de la espada.
Los plebeyos de reojo
le miran de entre las capas:
los chicos, al uniforme,
y las mozas a la cara.
Llegado el gobernador
y gente que le acompaña
entraron todos al claustro
que iglesia y patio separa.
Encendieron ante el Cristo
cuatro cirios y una lámpara,
y de hinojos un momento
le rezaron en vox baja.
Está el Cristo de la Vega
la cruz en tierra posada,
los pies alzados del suelo
poco menos que una vara;
hacia la severa imagen
un notario se adelanta,
de modo que con el rostro
al pecho santo llegaba.
A un lado tiene a Martínez,
a otro lado a Inés de Vargas,
detrás al gobernador
con sus jueces y sus guardias.
Después de leer dos veces
la acusación entablada,
el notario a Jesucristo
así demandó en voz alta
"Jesús, Hijo de María,
ante nos esta mañana
citado como testigo
por boca de Inés de Vargas,
¿juráis ser cierto que un día
a vuestras divinas plantas
juró a Inés Diego Martínez
por su mujer desposarla?"
Asida a un brazo desnudo
una mano atarazada
vino a posar en los autos
la seca y hendida palma,
y allá en los aires ¡Sí, juro!,
clamó una voz más que humana.
Alzó la turba medrosa
la vista a la imagen santa...
Los labios tenía abiertos
y una mano desclavada.


CONCLUSIÓN


Las vanidades del mundo
renunció allí mismo Inés,
y espantado de sí propio
Diego Martínez también.
Los escribanos temblando
dieron de esta escena fe,
firmando como testigos
cuantos hubieron poder.
Fundóse un aniversario
y una capilla con él,
y don Pedro de Alarcón
el altar ordenó hacer
donde hasta el tiempo que corre
y en cada año una vez,
con la mano desclavada
el crucifijo se ve.





EL CAPITÁN MONTOYA
Fragmentos

I
LA CRUZ DEL OLIVAR


Muerta la lumbre solar
iba la noche cerrando,
y dos jinetes cruzando
a caballo un olivar.
Crujen sus largas espadas
al trotar de los bridones
y vense por los arzones
las pistolas asomar.
Calados anchos sombreros,
en sendas capas ocultos,
alguien tomara los bultos
lo menos por bandoleros.
Llevan, porque se presuma
cuál de los dos vale más,
castor con cinta el de atrás,
y el de adelante con pluma.
Llegaron donde el camino
en dos le divide un cerro,
y presta, una cruz de hierro
algo al uno de divino.
Y es así, que si los ojos
por el izquierdo se tienden,
sotos se ven que se extienden
enmarañados de abrojos.
Mas vese por la derecha
un convento solitario,
en campo de frutos vario
y de abundante cosecha.
Echóse a tierra el primero,
y al dar la brida al de atrás,
-Aquí -dijo- esperarás.
Y el otro digo: -Aquí espero.
Y hacia el convento avanzando,
del caballero, en la oscura
sombra, se fue la figura,
hasta perderse menguando.
Quedó el otro en soledad,
y al pie de la cruz sentado
siguió inmoble y embozado
en la densa oscuridad.
Mugía en las cañas huecas
en son temeroso el viento,
rasgándose turbulento
por entre las ramas secas.
Y en los desiguales hoyos,
con las lluvias socavados,
hervían encenagados
sin cauce ya los arroyos.
No había una turbia estrella
que el monte alumbrara acaso,
ni alcanzaba a más de un paso,
ciega la vista sin ella,
ni señal se apercibía
de vida en el olivar,
ni más voz que el rebramar
del vendaval que crecía.
Y al hierro santo amarrados
ambos caballos estaban,
y allí en silencio aguardaban,
a esperar acostumbrados.
Ni de la áspera maleza,
pisada al agrio rumor,
les volvió su guardador
sólo una vez la cabeza.
Un pie sobre el otro pie,
embozado hasta las cejas
metido hasta las orejas
el sombrero, se le ve
como un entallado busto
de alguno que allí murió,
y allí ponerse mandó
por escarmiento o por susto.
Ni incrédulo faltaría
que, si cerca dél pasara,
medroso se santiguara
dudando lo que sería.
Que a quien suele con la luz
y en compañía
bueno es hacerle pasar
de noche junto a una cruz.
Mas esto se quede aquí;
y volviendo yo a mi cuento,
digo que dudoso y lento,
gran rato se pasó así.
Y ya se estaba una hora
de espera a expirar cercana,
cuando sonó una campana
de lengua aguda y sonora.
Y aún duraba por el viento
su vibración, cuando el guía
alguien notó que venía
por el lado del convento.
Sacó la faz del embozo,
y oyendo el son más distinto,
echóse la mano al cinto
y, ¿Quién va?, el amo y el mozo
preguntaron a la par;
mas conocidos los sones,
asieron de los bridones
y volvieron a montar.
Y es fama que, menos fiero
el señor con el criado,
dejóle andar a su lado
como digno compañero.

......................................


II
AVENTURA INEXPLICABLE



Tras grave asunto, a juzgar
por lo que van espoleando,
corren dos hombres cruzando
a caballo un olivar.
No está la noche muy clara;
mas bien se ve al pie de un cerro
una cruz grande de hierro
que dos caminos separa;
y de advertir fácil es,
aun a los ojos peores,
que son dos los corredores,
y los caballos son tres.
Echó pie a tierra el primero,
y, al dar la brida al de atrás,
le dijo: "Aquí esperarás."
Y el otro dijo: "Aquí espero."
Y hacia el convento avanzando
del caballero en la oscura
sombra se fue la figura,
hasta perderse, menguando.
Y aquí, ¡oh mi lector amigo!,
fuerza será que convengas
en que es preciso que vengas
hacia el convento conmigo.
Sigue mi camino pues,
y de una verja detrás,
un atrio acaso hallarás
a pocos pasos que dés.
Sube tres gradas, si puedes;
da un paso más, y con él
tocarás en el cancel,
donde es fuerza que te quedes.
¿Ves un hombre que, embozado,
encorvando la figura,
por la estrecha cerradura
en mirar está ocupado?
Acércate sin temor,
que lo que alcanza por dentro
no hace temible el encuentro
del capitán reñidor.
Tú, lector, preguntarás:
"¿Conque el capitán es ése?"
El mismo, mal que te pese;
pero hazte un poquito atrás.
Porque, levantando el brazo,
empuja a espacio la puerta,
entró, y dejándola incierta,
sopló el aire y dio un portazo.
Mas veo, lector, que dices,
sin que pueda replicarte,
que esto es, llamándote, darte
con la puerta en las narices,
mas tu impaciencia sosiega;
todo lo presenciarás;
que del poeta a eso y más
el poder mágico llega.
Está el capitán en pie
en medio de la ancha nave,
y a la verdad que no sabe
ni qué pasa ni qué ve.
El templo mira enlutado
con lúgubre terciopelo,
mucha gente haciendo duelo
y un féretro en medio alzado.
Vense en el paño del túmulo
entrelazados blasones
y a la luz de los blandones,
un cadáver en su cúmulo.
Mondes le rezan en coro
tristísimos funerales,
y le alumbran con ciriales
pajes de libreas de oro.
La muchedumbre que asiste,
y que la tumba rodea,
dado que bien no se vea
se ve que de noble viste,
y parece que, al bajar .
el que ha finado, a su nicho
memoria tuvo capricho
de su opulencia en dejar.
Y al par que su eterna calma
las oraciones consuman,
mirras y esencias perfuman
la despedida del alma.
Música triste le aduerme,
salmodias le santifican,
e hisopos le purifican
el cuerpo que yace inerme.
Mas aquellas oraciones
y responsorios precisos
llevan de anatema visos
y planta de maldiciones.
A veces son sus compases
hondos, siniestros, horribles,
murmurando incomprensibles
negras e incógnitas frases.
En son lento, ronco y quedo
se hacen oír otras veces,
y entonces aquellas preces
hielan los huesos de miedo.
Otras semejan aullidos
discordes, desesperados,
lamentos de condenados
de los infiernos salidos.
Otras lejanos rumores
cual de tormentas se escuchan,
o de ejércitos que luchan
los espantosos clamores.
Y siempre siendo los mismos
los sones que se levantan,
responsos a un tiempo cantan
y murmuran exorcismos
Atónito de la escena
extraña y aterradora
que encuentra tan a deshora
y le asombra y enajena,
don César con paso lento,
entre la turba mezclado,
dirigióse a un enlutado
que oraba en aquel momento.
"-¿Quién es el muerto, sabéis
-dijo- a quien rezando están?
Y él respondió : -El capitán
Montoya. ¿Le conocéis?"
Mudo quedó de sorpresa
don César oyendo tal;
mas no lo tomó tan mal
como tal vez le interesa.
Volvióle la espalda, pues,
diciendo : -Me ha conocido,
y burlárseme ha querido;
mas luego veré quién es.
Siguió la iglesia adelante
y una capilla al cruzar,
vio un sepulcro preparar,
entre otros varios, vacante.
Y a un personaje que halló
de luto, y que parecía
que el trabajo dirigía,
el capitán se acercó.
"-¿Para quién abren la hoya?
-le dijo-. Y el enlutado
le contestó de contado:
-Para el capitán Montoya."
Mudósele la color
a don César; mas repuesta
su calma, al de la respuesta
volvió entre risa y furor.
Miróle de arriba abajo,
pero no le conoció;
segunda vez le miró
pero fue inútil trabajo.
Ni recordó que quizás
le hubiese visto la cara,
ni imaginó que la hallara
tan repugnante jamás.
Que encontró en ella tal gesto
de aterradora hediondez,
que, por no verla otra vez,
dejó caviloso el puesto.
Fuése a otro punto a situar,
diciendo : -¡Ese hombre estremece!
de aquel sepulcro parece
que le acaban de sacar.
Uno tras otro se puso
a contemplar los que vía;
mas a nadie conocía,
de lo que andaba confuso.
Tenían todos las caras
descoloridas y secas,
y dijeran que eran huecas,
a más de antiguas y raras.
Cansado de fiesta tal,
y a impulsos dé una aprensión,
llegóse a un noble. varón
que oraba con un cirial.
Cabe él la rodilla apoya,
y dícele ya con miedo:
-¿Quién es el muerto? - y muy quedo
contestó el otro : -Montoya.
Del catafalco a los pies
llegó entonces decidido,
de aquella duda impelido,
a ver el muerto quién es.
Por los monjes atropella;
trepa al túmulo; la caja
descubre, ase la mortaja,
y él mismo se encuentra en ella.
Miró y remiró y palpó
con afán hondo y prolijo,
y al fin, consternado, dijo:
-¡Cielo santo, y quién soy yo!
Miró la visión horrenda
una y otra y otra vez,
y nunca más que a sí mismo
en aquel féretro ve.
Aquél es su mismo entierro,
su mismo semblante aquél;
no puede quedarle duda,
su mismo cadáver es.
En vano se tienta ansioso;
los ojos cierra, por ver
si la ilusión se deshace,
al obra de sus ojos fue.
Ase su doble figura,
la agita, ansiando creer
que es máscara puesta en otro
que se le parece a él.
Vuelve y revuelve el cadáver
y le torna a revolver;
cree que sueña, y se sacude
porque despertarse cree,
y tiende el triste los ojos
desencajados doquier.
Mas, ¡nuevo prodigio!, mira
a las puertas, y al dintel
ve que despiden el duelo,
de duelo henchidos también,
don Fadrique y doña Diana
que arrastran luto por él.
Baja, les tiende los brazos,
les nombra, cae a sus pies.
-¡Miradme! - les dice, atónito,
Montoya soy; vedme bien.
Y ellos le miran estúpidos
sin poderle conocer,
e inclinando las cabezas,
replican: -Montoya fue.
Entonces, desesperado
con angustia tan cruel,
vase otra vez hacia el muerto,
demandándole quién es.
-¿No hay quién sepa aquí quién soy?
¿No hay a salvarme poder?
Y allá desde el presbiterio,
de las rejas al través,
oyó una voz que decía:
-Sí, te conozco, mi bien.
Abre. ¿Qué tardas? Partamos;
yo soy tu amor, soy tu Inés.
Y los brazos le tendía
la de Alvarado también,
de la reja tentadora
tras el cuádruple cancel.
Mas viéndola cual espectro
que le persigue a su vez,
gritaba él: -¡Aparta, aparta!,
¿Que soy cadáver no ves?
Y apenas palabras tales
pronunció, cuando tras él
vio llegarse aquel fantasma
cuyo gesto de hediondez
le hizo miedo y no le pudo
recordar ni conocer.
Contemplóle de hito en hito;
le asió del brazo después,
y así con voz espantosa
vio que le dijo: -¡Pardiez!
Tú eres quien cambia conmigo.
A mi sepultura ven.
Y a esta horrorosa sentencia,
ya sin poderse valer,
cayó en el suelo Montoya,
falto de aliento y de pies.
"-¿Dónde estoy? ¿Qué es de mi vida?
¿Respiro aún? - exclamó
Montoya, abriendo los ojos,
con desfallecida voz.
-Señor, estáis en mis brazos.
-¿Eres tú, Ginés?
-Yo soy.
-¿Dónde estamos?
-En la cruz.
-¿Del olivar?
-Sí, señor.
-¿No estuve yo en el convento?
Pues ¿quién de allí me sacó?
-Yo fui, señor.
-¡ Tú, Ginés!
-Perdonad: temí por vos;
y viendo que el tiempo andaba,
y ni seña ni rumor
esperanza me infundían,
tras vos eché.
-¡Santo Dios!
¿Y llegaste?. ..
-A la iglesia.
-¿Atraído por el són ?
-Señor, no he oído nada.
¿No os lo dije?
-¿Cómo no?
¿Dentro la iglesia no viste
los enlutados en pos
de mi cadáver? - Miróle
absorto de admiración
el mozo, y dijo: -Soñamos,
o vos, don César, o yo.
Ni vi ni oí cosa alguna.
-¿Conque es mía esa visión?
A mis ojos solamente
horrenda se presentó!
¿No viste conmigo a nadie?
-Os juro a mi salvación
que solo os hallé, tendido
al pie del altar mayor,
y viendo el peligro doble
del sitio y la situación,
ni me detuve a pensar
si estábais herido o no;
cargué con vos, y me vine:
ni oí ni vi más, señor."
Calló Ginés, y don César
a estas palabras quedó
distraído y abismado
en honda meditación.
Mirábale de hito en hito
Ginés, que aterrado vio
de la faz del capitán
la extraña transformación.
Desencajados los ojos,
palidecido el color,
torvo el mirar, parecía,
más que vivo, aparición,
sentado en el pedestal
de la cruz, do él le posó,
inmóvil permanecía
sin fuerza y sin intención,
amarrado a un pensamiento
que bullía en su interior,
y que se veía que todas
las potencias le absorbió,
como quien mira aterrado
negra y horrible visión
que le borra de los ojos
cuanto existe en derredor.
Temeroso el buen criado
por su juicio y su razón
dirigióle atentas frases
con afán consolador.
Mas él ni tornó los ojos
ni a sus voces respondió,
ni agradeció sus cuidados,
que en nada puso atención;
y al cabo de largo trecho,
con repentino vigor
levantándose en silencio,
en su corcel cabalgó.
Hincóle los acicates
y el poderoso bridón,
tras un peligroso brinco,
a todo escape salió.
Santiguóse el buen Ginés,
y en su ruin superstición
dijo: -¿Si tendrá los malos?
Y a escape tras él echó.

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PARA VERDADES, EL TIEMPO,
Y PARA JUSTICIAS, DIOS
Tradición


I


Juan Ruiz y Pedro Medina.
dos hidalgos sin blasón,
tan uno del otro son
cual de una zarza una espina.
Diz que Pedro salvó a Juan
la vida en lance sangriento;
prendas de tanto momento
amigos por cierto dan.
Pasan ambos por valientes
y mañeros en la lid,
y lo han probado en Madrid
en apuros diferentes.
Ambos pasan por iguales
en valor y en osadía,
pero en fama de hidalguía
no son lo mismo cabales.
Que es Juan Ruiz hombre iracundo,
silencioso por demás,
que no alzó noble jamás
el gesto meditabundo.
Ancha espalda, corto cuello,
ojo inquieto, torvas cejas,
ambas mejillas bermejas,
y claro y rubio el cabello.
Y aunque lleva en la cintura
largo hierro toledano,
dale, brillando en su mano,
más villana catadura.
Y aunque arrojado y audaz
en la ocasión, rara vez,
carece su intrepidez
de son de temeridad.
Ágil, astuto o traidor,
hijo de ignorada cuna,
debe acaso a su fortuna
mucho más que a su valor.
Presentóse ha pocos años
de Indias advenedizo,
diz que con nombre postizo
cubriendo propios amaños.
Mas vertió lujo y dinero
en festines y placeres,
aunque fue con las mujeres
más falso que caballero.
Hoy pasa pobre y obscuro,
una existencia común,
y medra o mengua según
los dados le dan seguro.
Hombre de quien saben todos
que vive de malvivir,
mas nadie sabrá decir
por cuáles, o de qué modos.
Modelos en amistad
ambos para el vulgo son,
mas con Pedro es la opinión
menos rígida en verdad.
Porque es Pedro, aunque arrogante
y orgulloso en demasía
mozo de más cortesía
y más bizarro talante.
De ojos negros y rasgados
con que a quien mira desdeña,
nariz corta y aguileña,
con bigotes empinados.
Entre sombrero y valona
colgando la cabellera,
y alto el gesto en tal manera,
que cuando cese perdona.
Mas si sombras de matón
tales maneras le dan,
tiénela más de galán
por su noble condición.
Que no hay en Madrid mujer
que un agravio recibiera,
que a su espada no tuviera
satisfacción que deber.
Ni hay ronda ni magistrado
que en revuelta popular,
no le haya visto tomar
ayuda y parte a su lado.
Tales son Ruiz y Medina,
de quienes por concluir,
fáltame sólo decir
que amaban a Catalina.
Es ella una moza obscura,
de talle y de rostro apuesta,
mas tan gentil como honesta,
y como agraciada pura.
Ámala Ruiz, pero calla,
acaso porque su amor
para mujer de su honor
palabras de amor no halla.
Él con ansia la contempla
al abrigo del embozo
pero el ímpetu de mozo
ante su virtud se templa,
que es tan dulce su mirar,
que su luz por no perder,
cuando se quiso atrever
sólo se atrevió a callar.
Y es tan flexible su acento
que para no interrumpirle,
tener es fuerza al oírle
con los labios el aliento.
Medina, que fue soldado
sobre Flandes por Castilla,
y a los usos de la villa
de más tiempo acostumbrado,
suplicóla tan rendido,
tan cortés la enamoró,
que ella amor le prometió
como él fuere su marido.
"¡Eso sí!, ¡por San Millán!",
dijo Pedro con denuedo;
y la calle de Toledo
tomó en resuelto ademán.


II


Contento Pedro Medina
con su amorosa ventaja,
más a carreras que a pasos
iba cruzando la plaza.
Saltábale el corazón
a cada paso que daba,
y frotábase ambas manos
bajo la anchurosa capa.
Los labios le sonreían,
y los ojos le brillaban
al reflejo que en el pecho
despide la amante llama.
Las gentes le hacían sitio
porque cerca no pasara,
que según iba resuelto,
que fuese audaz recelaban.
Mas él va tan divertida
en sus amores el alma,
que ni ve donde tropieza,
ni cura de los que pasan.
Topó al volver una esquina
una vieja, y al dejarla
derribada en tierra dijo:
"Nos casaremos mañana".
Énredósele el estoque
en el manto de una dama,
y rasgándole una tercia,
echóla un voto de a vara.
Así dando y recibiendo
encontrones y pisadas,
dio por fin con la hostería
donde su amigo jugaba.
Fue a la mesa, y preguntando
a Juan si pierde o si gana,
pidió vino y añadióle:
-Cuando acabes, dos palabras.
Recibió Juan sus monedas,
y terciándose la capa
sentóse al lado de Pedro
diciendo bajo: -¿Qué pasa?
-Me caso - dijo Medina.
Miróle Juan a la cara,
y frunciendo entrambas cejas
tosió, sin responder nada.
-¿Qué piensas? - preguntó Pedro.
-En ti y tu mujer pensaba -
contestó Juan suspirando,
con voz ronca y apagada.
-¿Supondrás que es Catalina?
-Y lo siento con el alma.
-¡Cómo!
-Porque tengo celos.
-¡Por San Millán !
-Yo la amaba,
-¿Y ella?
-Nunca se lo dije,
pero ocurrióseme...
-¡Acaba !
-Para decirla mi amor
escribirla hoy una carta.
Callaron ambos : Medina
remedio al caso buscaba
el codo sobre la mesa,
sobre la mano la barba.
Al fin como quien resuelve
negocio que aflige y cansa
pidió papel y tintero
diciendo a Juan : -¡Por mi alma,
que en mi vida en tal apuro
vacilar tanto pensaba;
y a no serte tú quien eres,
metiéralo a cuchilladas ;
pero escribe, y que responda
a cuál de nosotros mata!
Escribió Juan, mas rasgando
al mejor tiempo la carta,
-Echemos - -dijo- los dados,
y al que la mayor le caiga,
si es a mí, la escribo al punto ;
si es ti, Pedro, te „asas.
Tiró Juan y sacó nueve;
y asiendo el vaso con rabia,
tiró Pedro, y sacó doce,
con que los dos se levantan
Y atravesando la turba
que curiosa los cercaba,
parten la calle en silencio,
dándose entrambos la espalda.


III


Son a mi pensar los celos
delirio, pasión, o mal,
a cuyo influjo fatal
lloraran los mismos cielos.
A manos de tal pasión
el más cuerdo desespera,
pues quien con celos espera
atropella su razón.
Si con celos esperar
es importuna porfía,
ceder celoso en un día
cuanto se amó, no es amar.
De celos verse morir,
y en silencio padecer,
son celos tan de temer
cuantos duros de sufrir.
Y así con celos amar
vale casi aborrecer,
pero con celos ceder,
es igual que delirar.
Y si otro más favorecido
goza el bien que se perdió,
se habrá el disfavor sentido,
mas perdido el amor, no.
Porque en quien goza favor
sobra tal vez confianza,
y celos sin esperanza
suelen guardar más amor.
Si favor nunca tuvimos,
aun es suerte más cruel,
porque vemos ahora en él
cuanto bien haber pudimos.
Y así pienso que son celos
delirio, pasión, o mal,
a cuyo influjo fatal
lloraran los mismos cielos.
Por eso llora Juan Ruiz,
celoso y desesperado
el bien que Pedro ha ganado
más galán o más feliz.
Por eso en la soledad
se mesa barba y cabellos,
sin mirar que no está en ellos
su amante fatalidad.
¡Oh, que no fueron antojos
sus amorosos desvelos!,
que el amor que hoy le da celos
entróle ayer por los ojos.
-"¿Y por qué no me atreví?
-clama triste en su aflicción-,
¡y hoy acaso esta pasión
pudiera arrancar de mí!
Mas volveré, ¡vive Dios !
¿Pero qué he de conseguir
si la he dejado elegir
marido de entre los dos?".
Y a su despecho tornando,
semejábase en su afán,
una fiera a quien están
dentro la jaula acosando.
Sin darse el triste solaz,
cruzaba el cuarto sin tino,
pero no hallaba camino
de dar al ánima paz.
Silbaba al dejar rabioso
paso al comprimido aliento,
y hollaba con pie violento
el pavimento ruinoso.
Iba adelante y atrás
sin reflexión que le acuda,
y a la par pidiendo ayuda
a Cristo y a Satanás.
Túvose un momento al fin,
y en el temblor que le aqueja
se ve bien que se aconseja
con un pensamiento ruin.
Volvió a girar otra vez,
y otra a tenerse volvió;
en esto dobló un reloj
en una torre las diez.
Entonces quedando fijo
exclamó en la oscuridad
"Hoy se casan, es verdad ;
hace un mes que me lo dijo."
Ciñó con esto el acero
con desdén a la cintura;
y salióse a la ventura,
la vuelta del Matadero.


IV


Es una noche sin luna,
y un torcido callejón
donde hay en un esquinazo
agonizando un farol.
Un balcón abierto a medias,
por los vidrios de color
arroja al aire en tumulto
de danza el confuso son.
Se oye el compás fugitivo
que llevan con pie veloz
los que danzan descuidados
dentro de la habitación.
Y se ven cruzar sus sombras
una a una y dos a dos
en fantástica carrera
y en monótona ilusión.
La casa es la de Medina,
que en ella a fiesta juntó
sus amigos y parientes
después de traspuesto el sol.
Allí, con franca algazara
festeja a la que adoró,
de quien aguarda esta noche
prendas de cumplido amor.
Está la niña galana
cual nunca el barrio la vio,
suelto en rizos el cabello,
que exhala fragante olor;
la falda de raso blanco
y acuchillado el jubón,
con vueltas de terciopelo
azul del cielo el color ;
con una hebilla de plata
ajustado el cinturón,
de donde baja en mil pliegues
un encaje en derredor;
y de un lazo de corales,
que Pedro la regaló,
lleva en una cruz de oro
la imagen del Redentor.
Tanta ventura en un día
nunca Pedro imaginó,
y así anda desatentado
girando en la confusión.
A cada vuelta se mira,
en los ojos de su amor,
y en la luz de aquellos soles
se le quema el corazón.
Y, en fin, para concluir,
se cantó, cenó y bailó,
como es costumbre en las bodas
desde entonces hasta hoy;
hasta que cansados unos
del baile, otros del calor,
las viejas del tardo sueño,
los músicos de su-son,
los muchachos de la bulla,
y los novios del honor
que les hacen sus amigos
en tan precisa ocasión,
despidiéronse uno a uno
echando sobre los dos
más bendiciones que plagas
causó a Egipto Faraón.
Quedáronse entrambos solos
la amada y el amador,
por vez primera en la vida
a merced de su pasión.
Mirábala embelesado
el amoroso español,
trémulo el rostro de gozo
y de dicha el corazón.
Mirábale ella anhelante
encendida de rubor, •
húmedos los negros ojos
con tiernísima afición.
Él diciéndola : "-¡Alma mía!",
diciéndole ella: "-¡Mi sol!",
entre el son de ardientes besos
de regalado sabor.
En esto en la estrecha calle
temible ruido sonó
de voces y cuchilladas
en medrosa confusión,
y al angustiado lamento
de uno que grita : "-¡Favor!
¡Ayudadme, que me matan!"
Pedro a la calle bajó
con el estoque en la diestra
y en la siniestra el farol.
Asomóse Catalina
amedrentada- al balcón
llamando a Pedro afanosa
de algún daño por temor.
Alzó Medina la cara,
y la luz con ella alzó,
pero apenas el reflejo
dio en el rostro de su amor,
una estocada traidora
por el costado le entró.
Lanzó un grito el desdichado
que partía el corazón;
lanzó la hermosa un gemido
de intensísimo dolor,
y el moribundo Medina
volviendo el gesto a un rincón,
hacia una imagen de Cristo,
de quien devoto vivió,
dijo expirando: "Soy muerto,
¡Acorredme, Santo Dios!"
y quedó tendido en tierra,
sin movimiento y sin voz.
Alzóse a su lado un hombre,
y diciendo en ronco son
"¡Maldita sea mi alma!",
mató la luz y escapó.




V


Tuvieron así los años,
uno, dos, tres, hasta siete,
embozada en el misterio
aquella embozada muerte.
En vano acudieron pronto
vecinos a socorrerle,
para vengarle los hombres,
para mentir las mujeres.
En vano salieron unos
casi desnudos a verle,
y otros salieron jurando,
armados hasta los dientes.
Nada sirvieron entonces,
ni jubones ni broqueles;
Medina quedó sin vida,
y sin justicia el aleve.
En vano son las pesquisas
de los irritados jueces,
en vano son los testigos,
las citas y los papeles.
En vano el caso averiguan
una, dos, tres, quince veces;
cada vez más se confunden
los golillas y corchetes.
En vano sobre la rastra
anduvieron diligentes
olfateando la presa
los alanos de las leyes;
porque todos son testigos,
todos declaran contestes,
todos son los agraviados,
mas ninguno delincuente.
Hubo alborotos por ello,
y pendencias más de veinte;
mas Pedro quedó sin vida,
y sin justicia el aleve.
Catalina le lloraba
desconsolada y doliente
minutos, horas y días,
noches, semanas y meses.
Un año estuvo en el lecho
con accesos de demente,
y un año a su cabecera
veló Juan Ruiz sin moverse.
Dio con la puerta en los ojos
a padrinos y parientes,
diciendo: "Mientras yo viva,
no faltará quien la vele."
Y en vano le murmuraron
de tal conducta las gentes;
Juan se mantuvo constante
a la cabecera siempre,
sin que a sondear su alma
alcanzara algún viviente
a través de la reserva
y el misterio que mantiene.
Curóse al fin Catalina,
y el tiempo, que tanto puede,
siendo remedio y sepulcro
de los males y los bienes,
volvió la luz a sus ojos,
Y el pudor volvió a su frente,
y el talismán de la risa
a sus labios transparentes;
y salió ufana diciendo
a cuantos por verla vienen
que la vida con que vive
sólo a Juan Ruiz se la debe.
Éste, a pretexto de amigo
del triste que en polvo duerme,
no se aparta de su lado
hasta que la noche viene.
Entonces a lentos pasos
la esquina inmediata tuerce,
y en las revueltas del barrio
como un fantasma se pierde.
Mas no faltó en él alguno
que a media voz se atreviese
a decir que cuando pasa
por ante el Cristo se tiene,
y el embozo hasta los ojos,
el sombrero hasta las sienes,
cruza azaroso la calle,
como si alguien le siguiese.
En estas conversaciones,
cada vez menos frecuentes
pasaron al fin los años,
uno, dos, tres, hasta siete.

VI


Pagada la Catalina
de amistad tan firme y tierna,
de tanto afán y desvelos,
de tan rendida fineza,
escuchó a Juan una tarde,
los ojos fijos en tierra,
dulces palabras de amores
de la balbuciente lengua.
Instó un día y otro día,
quedó siempre sin respuesta ;
volvió a sus ruegos Juan Ruiz,
volvió a su silencio ella.
Pasóse un mes y otro mes,
y tornó Ruiz a su tema,
y tornó a callar la niña
entre enojada y risueña.
Mas tanto lidió el galán,
tanto resistió la bella,
que al cabo la linda viuda
dijo a Juan de esta manera:
-Puesto que es muerto Medina
(¡Dios en su gloria le tenga!),
y por siete años cumplidos
mi fe le he guardado entera,
y él ha visto nuestro amor
allá de la vida eterna,
os daré, Juan Ruiz, mi mano,
y mi corazón con ella.
Amigo de Pedro fuisteis,
y yo os debo la existencia;
conque es justo, a mi entender,
os cobréis entrambas deudas.
Púsose Juan Ruiz de hinojos
a los pies de la doncella,
y asiéndola las dos manos
humildemente las besa.
Acordáronse las bodas,
mas Catalina aconseja
que sean cuando él quisiese,
pero que sin ruido sean.
Las malas mañas o antojos
o tarde o nunca se dejan,
y Juan en su mocedad
gustó de bulla y de fiesta.
Así, aunque pocos convida
para que a las bodas vengan,
buscó unos cuantos amigos
que le alegraran la mesa.
Trajo vinos los mejores,
y viandas las más frescas,
y apuntó por hora fija
de noche las diez y media.
Gustaba Juan sobre todo
de cabezas de ternera,
y asábalas con tal maña,
que a cualquier gusto pluguieran.
Gozaba en esto gran nombre
entre la gente plebeya,
de tal modo que le daban
el apodo de Cabezas.
Ocurrióle a media tarde
darse a luz con tal destreza,
y embozándose en la capa,
salió en busca de una de ellas.
Mataban aquella tarde
en el Rastro una becerra;
compró el testuz y cubrióle
asido por una oreja.
Volvió a doblar el embozo
y contento con la presa
de la calle en que vivía
tomó rápida la vuelta.
Iba Juan Ruiz con la sangre
dejando en pos roja huella
que marcaba su camino
sobre las redondas piedras.
En esto entrando en su barrio,
al doblar una calleja,
dos ministros de justicia
le pasaron muy de cerca.
Él siguió y pasaron ellos
advirtiendo con sorpresa
la sangre con que aquel hombre
el sitio que anda gotea.
Él siguió y tornaron ellos
por sobre el rastro que deja,
hasta entrar en otra calle
obscura, sucia y estrecha.
En un rincón embutida
a la luz de una linterna,
de Cristo Crucificado
se ve la imagen severa.
Paróse Juan; los corchetes,
que en el mismo punto llegan,
viendo que duda y vacila
en faz de preso le cercan.
"-¡Fuera el embozo! -gritaron-:
muestre a la luz lo que lleva."
Volvió los ojos al Cristo
Juan, y helósele en las venas,
a una memoria terrible,
cuanta sangre hervía en ellas.
-¡Fuera el embozo ! -repiten-,
y él acongojado tiembla,
sintiendo un cambio espantoso
que pasa en su mano mesma.
Quiso hablar, y atropellado,
un "¡Dejadme!" balbucea.
Deahiciéronle el embozo,
y mostrando Ruiz la diestra,
sacó asida del cabello
de Medina la cabeza.
-¡Acorredme, Santo Dios!,
grita aterrado y la suelta;
mas la cabeza oscilando
entre los dedos le queda.
-¡Yo le maté! -clama entonces
hoy ha siete años, por ella.
Y sin voz ni movimiento
cayó desplomado en tierra.


CONCLUSIÓN


Y así fue: que aquella noche
de sangrienta confusión,
en que al ruido de una riña
Pedro a la calle bajó
con el estoque en la diestra
y en la siniestra el farol,
no era en ella otro que Ruiz
quien llevaba lo mejor.
Como un imán a una aguja
arrastra constante en pos,
como una serpiente a un pájaro,
a una paloma un halcón
entorpecen y fascinan,
sin que ala ni pie veloz
para huirle les acudan,
a impulsos de su pasión
anduvo así Juan vagando
de la fiesta en derredor.
Y. oía por las ventanas
de danza el confuso son.
Y vía cruzar las sombras,
una a una, y dos a dos,
en fantástica carrera
y en monótona ilusión.
Así lloraba acosado
de sus celos y su amor,
cuando oyó de una pendencia
vivo y cercano rumor:
cerróse en ella a estocadas
tan sin acuerdo y razón,
que a cuantos hubo a las manos
adelante se llevó.
En esto acudió Medina,
y Catalina al balcón,
de la suerte recelando,
acelerada salió.
Mas al ver cuán afanosa
curaba ella de otro amor,
cegaron a Ruiz los celos,
el despecho le embriagó,
y al tiempo que alzaba Pedro
el brazo con el farol,
matóle a la faz de Cristo,
como villano, a traición.
De entonces, en los siete años,
después del hecho traidor,
ni una sola vez, de miedo,
por ante el Cristo pasó.
Llegó la primera al cabo,
y en ella al Cielo ocasión
demostrar que hay infalibles
tribunales sólo dos
de irrevocable sentencia,
sin cotos ni apelación.
Para verdades, el TIEMPO,
y para justicias, Dios.

viernes, 19 de septiembre de 2008

SCIFI -- RITOS LEGALES -- ISAAC ASIMOV & FREDERICK POHL

ISAAC ASIMOV & FREDERICK POHL
RITOS LEGALES


_
I
Las estrellas se habían apagado ya, aunque el sol; apenas se había hundido en el horizonte, y el oeste del cielo, detrás de la Sierra Nevada, era una plancha de oro manchada de sangre.
—¡Eh! —cloqueó Russell Harley—. ¡Regresa!
Pero el motor de aquel viejo «Ford» hacía demasiado ruido, y el chófer no le oyó. Harley soltaba palabrotas viendo al viejo automóvil inclinarse sobre las roderas arenosas con las ruedas semideshinchadas. La luz trasera le contestaba con un rojo «no». No, no puedes ; marcharte esta noche; no, tendrás que quedarte aquí y arreglártelas solo.
Harley refunfuñó y volvió a subir las escaleras del porche de la antigua casa de madera. Estaba bien construida. Las escaleras, aunque databan de casi medio siglo atrás, no crujían bajo sus pisadas ni tenían grietas.
Harley recogió los bolsos que había dejado caer cuando sufrió aquel repentino cambio de idea —eran de imitación de cuero, y muy desgastados— y los metí en la casa. Una vez dentro, los abandonó sobre un sofá cubierto de polvo y miró a su alrededor.
Hacía un calor sofocante; el olor del desierto se había filtrado en la habitación. Harley estornudó.
—Agua —dijo en voz alta—. He ahí lo que necesito. Merodeó por todas las habitaciones de la planta baja hasta que, de pronto, se dio una palmada en la cabeza. ¡Instalación de agua...! ¡Naturalmente, no habría tal cosa en aquel agujero perdido a trece kilómetros al interior del desierto! Un pozo era lo mejor que podía prometerse...
Tal vez, ni siquiera eso.
Oscurecía. Tampoco había luz eléctrica, por supuesto. Harley anduvo a tientas, irritado, por las oscuras habitaciones hasta la parte trasera de la casa. La puerta vidriera emitió un gemido al abrirse. Junto a la puerta, había un cubo colgado. Lo cogió, lo volvió boca abajo y sacudió la arena suelta que contenía. Escudriñó con la mirada el «patio trasero»... unas doce mil hectáreas ante la vista de arena ondulada, rocas y trechos de salvia y ocotillo coronado de llamas. Ningún pozo.
El viejo idiota se proveería de agua en alguna parte, pensó enfurecido. Obstinadamente, bajó los escalones traseros y se internó por el desierto. Arriba, las estrellas lucían cegadoras, a millones y millones de kilómetros, pero el crepúsculo había terminado y la visibilidad era muy escasa. Reinaba un silencio ominoso. Únicamente un leve susurro de brisa en la arena y el roce de los zapatos.
Divisó un reflejo de luz de las estrellas en la espesura de salvia más cercana y anduvo hacia allá. Había un charco de agua en el ángulo de dos grandes piedras. Lo miró dubitativo, e hizo un gesto indiferente. Era agua. Y eso era mejor que nada. Hundió el cubo en el charquito. Inexperto en aquellas lides, arrastró el cubo Por el fondo y recogió una cuarta parte de arena. Cuando se lo acercó, rebosante, a los labios, hubo de escupir el primer sorbo y se puso a maldecir violentamente.
Luego utilizó la cabeza. Dejó el cubo en el suelo, esperó unos segundos para que los granos de arena se Posaran, cogió agua con las manos y se la llevó a los labios...
Pat. JISS. Pat. JISS. Pat. JISS... —¡Qué demonios! —Harley se puso en pie y miró a su alrededor con brusco desconcierto. Sonaba como agua que cayera de alguna parte sobre una estufa al rojo vivo, silbando al convertirse en vapor. No veía nada, sólo la arena y el charco de agua tibia, nauseabundo.
Pat. JISS...
Entonces lo vio, y los ojos se le salieron de las órbitas. Caía de la nada, una gota por segundo, una gota pegajosa, negra, que descendía al suelo perezosamente, en lento desafío a la gravedad. Y al dar en tierra, cada gota producía un sonido siseante, se desparramaba y desaparecía. Se hallaba a cosa de dos metros y medio de él, apenas visible a la luz de las estrellas.
Luego una voz, salida de la nada, ordenó:
—¡Fuera de mis tierras!
Harley salió fuera. Cuando llegó a Rebel Butte, tres horas después, apenas podía andar y deseaba con desesperado afán haberse demorado lo suficiente para beber otro trago de agua, a pesar de todos los demonios del infierno. Pero los primeros cinco kilómetros los había hecho a la carrera. Le habían proporcionado sobrados estímulos. Ahora recordaba con un estremecimiento cómo el limpio aire del desierto había tomado una forma lechosa alrededor de aquel increíble rezumar y había avanzado hacia él amenazadoramente.
Y cuando llegó al primer saloon, iluminado con petróleo, de Rebel Butte, y entró tambaleándose, la fascinación con que el dueño se puso a mirar la pechera de su desastrada chaqueta le hizo descubrir una poderosa prueba de que no había sufrido un repentino ataque de demencia, ni le había embriagado el desacostumbrado contacto con el aire puro del desierto. Aquello le había manchado toda la parte delantera del traje, y cuanto más la frotaba, más se pegaba a la tela y más viscosa se volvía. ¡Sangre!
—¡Whisky! —pidió con voz ahogada, dando traspiés hacia la barra. Y sacando del bolsillo un ajado billete de un dólar, lo puso de un manotazo sobre la madera.
La partida de juego del fondo del local se había interrumpido. Harley sentía clavados en su persona losaos de todos los jugadores, los del camarero y los de aquel hombre alto y delgado recostado en la barra. Todos le observaban.
El camarero rompió el hechizo. Cogió, sin mirarla, una botella que había a su espalda y la dejó sobre el mostrador, delante de Harley. Luego llenó un vaso de agua de un jarro, lo dejó sobre el mostrador también y puso otro vasito pequeño junto a la botella.
—Yo habría podido decirle que le pasaría eso. Pero usted no me habría creído. Tenía que encontrar a Hank por sí mismo, o no habría creído que estuviera allí.
Harley se acordó de la sed y vació el vaso de agua; después se echó un trago de whisky y lo apuró sin esperar a que le volvieran a llenar el vaso de agua. El whisky descendía hacia el estómago dejando una sensación agradable, casi bastante agradable como para poner fin a los temblores de sus entrañas.
—¿De qué está hablando? —preguntó por fin, doblando el cuerpo e inclinándose sobre el mostrador para esconder algo las manchas de la chaqueta. El dueño del saloon se puso a reír.
—El viejo Hank —dijo—. Le he reconocido a usted inmediatamente, antes de que Tom volviese y me dijera adonde lo había llevado. Sabía que usted era el sobrino de Zeb Harley, que venía a tomar posesión de Harley Hall para venderlo aun antes de que el cadáver del tío estuviera frío en la tumba.
Russell Harley vio que los jugadores seguían mirándole. Sólo el hombre delgado recostado en la barra parecía haberle olvidado. En aquel momento volvía a llenarse el vaso y estaba completamente absorto en esta tarea. Harley se sonrojó.
—Escuche —dijo—, yo no he venido en busca de consejos. Quería beber un trago. Y pago con mi dinero. Cierre el pico y no se meta en mis asuntos.
El dueño del saloon levantó los hombros, le dio la espalda y se volvió a la mesa de juego. Un par de segundos después, un jugador se volvía también y arrojaba un naipe. Los demás siguieron su ejemplo.
Harley empezaba a sentirse dispuesto a tragarse el orgullo y hablar nuevamente con el dueño del saloon que parecía saber algo sobre lo que le había ocurrido y quizá pudiera serle útil—, cuando el hombre delgado le dio una palmadita en el hombro. Harley se volvió tan rápido que por poco no tumbó el vaso. Absorto y nervioso, no le había visto acercarse.
—Joven —le dijo el desconocido—, me llamo Nicholls. Venga conmigo y discutiremos este asunto. Creo que Podemos sernos útiles mutuamente.
Hasta el automóvil de doce cilindros que conducía Nicholls saltaba como un carro de heno por las areniscas roderas que llevaban a la vivienda que el viejo Zeb había bautizado —riendo— con el nombre de «Harle Hall».
Russell Harley torcía el cuello y fijaba la mirado en el montón de cosas diversas que había en el asiento trasero.
—Eso no me gusta —se lamentó—. Yo nunca he te nido tratos con espíritus. ¿Cómo puedo saber si esta miscelánea servirá para nada?
Nicholls sonrió.
—Debe fiarse de mi palabra. Yo he tenido tratos con espíritus en otras ocasiones. Esté usted seguro de que yo podría ostentar el título de exterminador de espíritus, si quisiera.
—A pesar de todo, no me gusta —refunfuñó Harle Nicholls clavó en él una mirada penetrante.
—Pero la perspectiva de ser dueño de Harley Hal sí le gusta, ¿verdad? ¿Y no quiere buscar la respetable cantidad de dinero que se cree que su tío escondió por allá? —Harley se encogió de hombros—. Claro que sí —afirmó Nicholls, volviendo a fijar la mirada en el camino—. Y con sobrado motivo. Las noticias que circulan por ahí mencionan una cifra muy elevada, joven.
—Y en este punto interviene usted —dijo Harley, malhumorado—. Yo encuentro el dinero (que debo ya, de todos modos) y le doy una parte a usted. ¿Cuánto?
—Lo discutiremos más tarde —respondió Nicholls. Sonreía distraído, mirando al frente.
—¡Lo discutiremos ahora, en seguida!
La sonrisa desapareció del rostro de Nicholls.
—No —dijo—. No lo discutiremos. Le estoy haciendo un favor, joven Harley. Recuérdelo. A cambio, usted hará lo que yo diga, ¡en todo momento!
Harley paladeó la frase cuidadosamente. No era ur-manjar apetitoso. Aguardó un par de segundos antes de cambiar de tema.
4 —Yo estuve aquí una vez, en vida del viejo —explicó—. Y no me habló para nada de ningún espíritu.
—Quizá pensara que le consideraría... digamos, un tipo raro —respondió Nicholls—. Y acaso usted lo hubiera mirado así. ¿Cuándo estuvo aquí?
—Oh, hace mucho tiempo —contestó evasivamente Harley. Pero estuve un día entero y parte de la noche. El viejo estaba loco de atar; pero no guardaba fantasmas en el ático.
—Ese fantasma era un amigo suyo —replicó Nicholls—: El caballero encargado del bar se lo ha dicho a usted, sin duda. Su difunto tío era como un recluso. Vivía en esta casa, a veinte kilómetros del lugar habitado más cercano, apenas iba nunca a la población y no permitía que nadie buscara su amistad. Pero no era un ermitaño, exactamente. Tenía la compañía de Hank.
—¡Valiente compañía!
Nicholls inclinó la cabeza con aire grave.
—Ah, no sé —dijo—. Según todas las versiones, se llevaban muy bien los dos. Jugaban al «pinacle» y al ajedrez... Se dice que Hank había sido un gran jugador de «pinacle». Según dicen en el pueblo, por eso le mataron. Cogió a uno haciendo trampas y dirimieron el caso a tiros. Perdió él. Una bala le atravesó el cuello y murió vomitando mucha sangre.
Torció el volante, cargando el peso del cuerpo en el esfuerzo, y consiguió sacar el coche de las roderas del «camino» para dirigirlo, saltando a través de la arena inalterada, hacia la antigua casa de madera que constituía su meta.
—Eso —terminó al detener el coche delante del porche— explica la sangre que acompaña a su aparición.
Harley abrió, poco a poco, la portezuela y descendió, mirando inquieto la vieja casa destartalada.. Nicholls paró el motor, bajó y se dirigió en seguida hacia la Parte trasera del automóvil.
—Vamos —dijo, sacando cosas del compartimiento—. Écheme una mano. No voy a llevar yo solo toda esta impedimenta.
Harley fue de mala gana, y miró el curioso revoltijo de manojos de leña seca, trozos de cuerdas de colores, tizas, feos manojitos de hierbas marchitas, resecos huesos de animales pequeños y un par de cosas más, menos agradables todavía, con ojos que no expresaban ningún placer.
Pat. JISS. Pat. JISS...
—¡Aquí está! —chilló Harley—. ¡Escuche! Está por aquí, en algún sitio, vigilándonos.
—¡Ja! ¡Ja!
Era una carcajada profunda, repulsiva... y sin cuerpo. Harley escudriñó los alrededores con la mirada, desesperadamente, en busca de las gotas de sangre delatoras. Y las encontró; salían del aire, al lado mismo del coche, bajando lentamente hacia el suelo, siseando un momento, para desaparecer en seguida.
—Os estoy vigilando, en efecto —dijo la voz en tono huraño—. Russell, tú, indigno pedazo de corrupción, yo necesito tan poco de ti como tú de mí. Vivo o muerto, ¡esta tierra es mía! La compartí con tu tío, bribonzuelo, pero no quiero compartirla contigo. ¡Fuera!
Harley sintió que las rodillas le flaqueaban y se fue, tropezando desorientado, hasta el parachoques trasero, y se sentó en él.
—Nicholls... —dijo con voz torpe.
—Eh, anímese —le recomendó el otro, sin irritarse. Y le arrojó un ovillo de bramante chillón, rojo y verde, que de trecho en trecho formaba unos extraños nudos. Luego se enfrentó con las gotas de sangre e hizo unos cuantos pases enérgicos en el aire, delante de ellas. Harley veía que los labios de Nicholls se movían, pero en silencio, sin que saliera ninguna palabra de ellos.
De la fuente de las gotas de sangre se escapó un sonido inarticulado de sorpresa y un grito entrecortado. Nicholls dio unas fuertes palmadas; luego se volvió hacia el joven Harley.
—Coja la cuerda que tiene en las manos y rodee la casa con ella —le dijo—. Toda la casa, y asegúrese que pase por el centro de puertas y ventanas. No es gran cosa, pero le tendrá sujeto mientras montamos lo importante.
Harley hizo un gesto de asentimiento; luego señaló con rígido dedo las gotas de sangre, que ahora siseaban y humeaban con más encono que antes.
—¿Y eso, qué? —consiguió articular. Nicholls sonrió complacido.
—Lo retendré aquí hasta que las vacas vuelvan al establo —contestó—. ¡En marcha!
Inadvertidamente, Harley inspiró y se llenó los pulmones de humo blanco, nocivo, y hubo de toser hasta que las lágrimas le rodaron por las mejillas. Cuando se recobró, miró a Nicholls, que leía silenciosamente un libro encuadernado en cuero verde y con las esquinas de las páginas dobladas.
—¿Puedo dejar de agitar esto? —le preguntó.
Nicholls hizo una mueca furiosa y movió la cabeza, sin mirarle. Y continuó leyendo; sus labios se curvaban formando sílabas que no figuraban en ningún idioma que Harley hubiera escuchado en toda su vida. Luego cerró el libro de golpe y se secó la frente.
—Muy bien —dijo—. Hasta aquí, todo va bien. —Luego dio unos pasos hasta situarse, por la parte donde soplaba el aire, junto al recipiente suspendido en el hogar y que Harley estaba removiendo. Miró con precaución al interior.
—Ya casi está listo —dijo—. Sáquelo del fuego y déjelo enfriar un poco.
Harley levantó el caldero, y después se apretó con la mano izquierda el dolorido bíceps. La masa poseía la consistencia de un chocolate espeso y un color verde repugnante.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó.
Nicholls no respondió. Levantó los ojos sorprendido al oír el repentino grito de triunfo del exterior, seguido del aullido de un viento glacial.
—Hank debe andar suelto —dijo en tono indiferente— No puede hacernos ningún daño, pero será mejor que nos pongamos en movimiento. —Revolvió el montón de chatarra que había traído del coche y sacó un pincel—. Embadurne todo el contorno de puertas y ventanas con esto. Menos la puerta principal. Para aquélla tengo otra cosa —señaló un objeto que parecía el eje delantero de un modelo T anticuado—. Déjelo en el umbral de la puerta. Es hierro frío. Usted puede pasar por encima, y en cambio Hank no. Ha sido tratado previamente con la mejor taumaturgia.
—Pasar por encima —repitió Harley—. ¿Por qué he de querer pasar por encima? El está ahí fuera.
—No le hará ningún daño —dijo Nicholls—. Usted llevará encima un amuleto (aquel de allí) que mantendrá apartado al fantasma. Es probable que no pudiera hacerle ningún daño en ningún caso, pues se trata de un espíritu que no puede
materializarse hasta poseer una densidad apreciable. Sin embargo, no corra riesgos; lleve el amuleto y no esté fuera demasiado tiempo. El amuleto no mantendrá al fantasma alejado por mucho rato, no por más de media hora. Siempre que tenga que salir y permanecer algún tiempo fuera, átese ese manojo de hierbas al cuello —Nicholls sonrió—. De todos modos, esto es para casos de emergencia. Actúa según el principio del asafétida. Los espíritus no se le pueden acercar..., pero tampoco a usted le gustará tenerlo cerca. Despide un olor bastante..., bastante definido.
Volvió a inclinarse vivamente sobre el calderito, olisqueando. Estornudó.
—Bueno, ya se ha enfriado bastante —dijo—. Empiece a trabajar, antes de que se endurezca. Comience extender el preparado por el piso de arriba... y asegúrese de no dejar ni una ventana sin él.
—Y usted, ¿qué hará?
—Yo —dijo secamente Nicholls— me quedaré aquí Empiece.
Pero no se quedó. Cuando Harley hubo terminado la desagradable tarea y volvió a bajar, llamó a Nicholls por su nombre; pero Nicholls no estaba. Harley fue hasta la puerta y miró al exterior; el coche también había desaparecido.
—Ah, bueno —dijo, levantando los hombros, y se puso a quitar la capa de polvo de los muebles.
II
En algún punto del interior de su mente legalista, el abogado Turnbull estaba sopesando la relativa similitud entre la pesadilla y la demencia.
Con la vista clavada en el sillón de terciopelo que tenía delante, notaba, desazonado, cómo las gotas rojas, singularmente ingrávidas, extrañamente salidas de ninguna parte, desaparecían apenas tocaban el suelo, aunque dejaban en el tapizado unas largas rayas color ocre fangoso. Además, aquel ruidito resultaba desagradable: Pat. JISS. Pat. JISS...
La voz continuó impaciente:
—¡Maldita sea su estupidez humana! Por más que yo sea un espíritu, Dios sabe que no trato de atormentarle. Amigo, no tiene tanta importancia para mí. Entérese bien, estoy aquí por negocios.
Turnbull aprendió en ese momento que uno no se puede humedecer los labios con una lengua seca.
—¿Asuntos de justicia?
—Naturalmente. El hecho de haber muerto de muerte violenta y tener que continuar mi existencia en el plano astral, no significa que haya perdido mis derechos ante la ley. ¿Verdad que no?
El abogado movió la cabeza desorientado.
—La entrevista me resultaría más fácil si usted no fuese invisible. ¿No puede resolver este punto? Hubo un corto silencio.
—Bueno, podría materializarme por un minuto —respondió la voz—. Significa un trabajo muy duro..., terriblemente duro para mí. Entre nosotros, los seres astrales, hay muchos que pueden materializarse con la misma facilidad que uno salta de la cama; pero... bueno, si debo hacerlo, lo intentaré una sola vez.
Se advirtió un leve resplandor en el aire, encima de la silla, y un vapor tenue, lechoso, se condensó en una figura sentada, impalpable. A Turnbull no le
entusiasmó nada ver que, a través de la figura, seguían divisándose, aunque algo desdibujadas, las líneas de la silla. La figura se hizo más densa. En el preciso instante en que los rasgos fisonómicos tomaban forma (en el momento en que los salientes ojos de Turnbull distinguían una nariz grande y aguileña y una hirsuta barba) la figura volvió a debilitarse y explotó con un «pop» débil.
La voz se quejó, descompuesta.
—No creía que me hiciera sufrir tanto. Ya no tengo práctica. Creo que es la primera materialización a la luz del día que he realizado en setenta y cinco años.
El abogado se colocó bien los impertinentes y tosió. «¡Juergas del infierno —pensaba—, lo peor de todo esto es que lo creo!»
—Ah, bueno —dijo en voz alta. Pero añadió apresuradamente, antes de que el cliente pudiera darse por ofendido—; ¿Qué quería, pues? Yo no soy más que un abogado de población pequeña, ya sabe. Me ocupo casi por completo de trámites rutinarios...
—Sé muy bien de qué se ocupa —replicó la voz—. Puede llevar mi caso... es un asunto de tierras. Quiero querellarme con Russell Harley.
—-¿Harley? —Turnbull se acariciaba la mejilla—. ¿Pariente de Zeb Harley, quizá?
—Sobrino... y su heredero, además.
—Sí, ahora lo recuerdo —comentó Turnbull con un movimiento de cabeza—. La familia de mi esposa vive en Rebel Butte, y yo he estado allí. Es toda una coincidencia que usted haya venido a mi despacho...
La voz soltó una carcajada.
—No ha sido tal coincidencia —dijo dulcemente.
—Ah —Turnbull permaneció unos segundos en silencio. Luego añadió—: Comprendo—y dirigió una mirada oblicua a la silla—. Los procesos judiciales cuestan dinero, señor... no creo que me haya dicho su nombre.
—Hank Jenkins —completó la voz—. Ya lo sé. ¿Sería...? Veamos... ¿Bastaría con seiscientos cincuenta dólares?
Turnbull estiró el cuello.
—Creo que sí —dijo en un tono bastante sosegado... Relativamente, comparado con lo que estaba pensando.
—Entonces supongamos que damos a esta cantidad el nombre de anticipo. Resulta que escondí una considerable suma de dinero, en oro, cuando era... es decir, antes de convertirme en una entidad astral. Estoy bien seguro de que no la ha tocado nadie. Usted tendrá que llamarlo un tesoro hallado, me figuro, y deberá entregar la mitad al Estado; pero en total hay allí mil trescientos dólares.
Turnbull movió la cabeza afirmativamente con aire sensato.
—Suponiendo que podamos localizar ese tesoro —dijo—, creo que sería un trato bastante satisfactorio —Se recostó en la silla y puso semblante de hombre de leyes. Había recobrado el aplomo.
Media hora después, prometía pausadamente:
—Me encargo de su caso.
Hasta entonces, el juez Lawrence Cimbel había sido un hombre enamorado de su profesión. Pero los trece honorables años de magistratura que llevaba
perdieron su encanto mientras hacía una mueca de fatiga y llevaba la mano hacia el mazo. El pleito que iba a verse resultaba demasiado confuso para él.
El secretario pronunció el discurso, y la multitud se sentó toda a la vez. Cimbel se llevó la mano a los ojos por unos breves momentos antes de tomar la palabra.
—¿Está preparado el abogado del demandante?
—Lo estoy, Señoría —Turnbull, solo en su mesa, se levantó y saludó con una reverencia.
—¿Y el abogado del demandado?
—¡Dispuesto, Señoría! —espetó Fred Wilson, mirando con gran interés hacia Turnbull, solitario en su mesa, para luego inclinarse y murmurarle algo al oído a Russell Harley. El joven hizo un malhumorado gesto afirmativo y se encogió de hombros.
Cimbel decía:
—Tengo entendido que los abogados de las dos partes han renunciado al juicio por jurados en este caso de Henry Jenkins contra Russell Joseph Harley.
Ambos abogados hicieron gestos afirmativos. Y Cimbel continuó:
—En vista del carácter inusitado de este caso, imagino que será necesario llevarlo sin excesivo apego a los formalismos. Este tribunal se propone una sola cosa, Y es conocer la verdad de los hechos en litigio y dictar sentencia de acuerdo con las leyes pertinentes a tales hechos. No daré importancia al ceremonial. Con todo, no toleraré desórdenes ni irregularidades innecesarias. Los espectadores tendrán la bondad de recordar que están aquí por privilegio especial. Cualquier manifestación implicará que se despeje la sala —dirigió una mirada severa a las pálidas caras que relumbraban estúpidamente, vueltas hacia él. Cimbel contuvo un suspiro al decir—; El abogado del demandante tiene la palabra.
Turnbull se levantó prestamente y se volvió hacia el juez.
—Señoría —dijo—, nosotros nos proponemos demostrar que mi cliente, Henry Jenkins, ha sido privado de sus justos derechos por el demandado. En virtud de una continuada residencia de más de veinte años en la casa sita en Route, 22, a unos trece kilómetros al norte de Rebel Butte, con pleno conocimiento de su legítimo dueño, mi cliente, el señor Jenkins, ha adquirido ciertos derechos. En la terminología legalista solemos definirlos como derechos de adversa posesión. El lego los llamaría derechos de justicia común, derechos de ocupante.
Gimbel se cogió las manos e intentó relajarse. Derechos de ocupante... ¡para un fantasma! Exhaló un suspiro; pero escuchó atentamente mientras Turnbull continuaba:
—A la muerte de Zebulon Harley, dueño de la casa en litigio (más conocida acaso por Harley Hall), el demandado heredó el título de propiedad. Nosotros no ponemos en duda su derecho a este título. Pero mi cliente tiene también un derecho sobre Harley Hall: el de vivir plena y libremente en la casa. El demandado ha arrojado de allí a mi cliente por la fuerza, empleando medios que le han causado un gran sufrimiento mental e incluso han puesto en peligro su misma existencia.
Cimbel dio un cabezazo. Si al menos el caso hubiera tenido un precedente en alguna parte... Pero no lo tenía. Cimbel se acordaba tristemente de las horas que se había pasado hojeando toda clase de libros de leyes poco conocidos, buscando algo que tuviera cierta relación con el pleito actual. Su buen criterio le había aconsejado resolver el asunto por la vía rápida; un juez no podía permitir que se rieran de él, y menos si era un hombre ambicioso. Y en este caso, lo único seguro eran las carcajadas del público. Pero Wilson se obstinó de tal modo que el
juez se dejó llevar de su mal genio. De todos modos, jamás había sentido simpatía alguna por Wilson.
—Puede interrogar al testigo —anunció. Turnbull movió la cabeza afirmativamente, y, dirigiéndose al escribano dijo:
—Llamen a Henry Jenkins al estrado. Wilson estaba en pie antes de que el funcionario hubiera podido abrir la boca.
—¡Protesto! —bramó—. ¡El supuesto Henry Jenkins no sirve como testigo!
—¿Por qué no? —preguntó Turnbull.
—¡Porque está difunto!
Con una mano, el juez se cogió la frente; con la otra empuñó el mazo. Y dio un golpe a la mesa para imponer silencio en la sala.
Turnbull permanecía en pie, sonriendo.
—Naturalmente —dijo—, usted tendrá pruebas de lo que ha dicho.
—Claro que sí —Wilson enseñaba los dientes, y consultó su informe—. El llamado Henry Jenkins es el fantasma, espíritu o espectro de un tal Henry Jenkins, un buscador de oro que anduvo por este territorio hace un siglo. Lo mató, atravesándole el cuello, una bala salida del arma de un tal Long Tom Cooper, y fue declarado legalmente muerto el día 14 de septiembre de 1850. A Cooper lo ahorcaron por este asesinato. No importa lo que esgrima usted como pruebas en contra, la situación de muerte legal sigue siendo completamente válida.
—¿Qué pruebas tiene usted de que mi cliente sea ese mismo Hank Jenkins? —preguntó, ceñudo, Turnbull.
—¿Acaso usted lo niega?
El otro se encogió de hombros.
—Yo no niego nada. No es a mí a quien están interrogando. Además, el único prerrequisito de un testigo es que comprenda el valor de un juramento. Henry Jenkins fue examinado por John Quincy Fitzjames, profesor de psicología de la Universidad de California del Sur. El resultado (tengo la declaración jurada del doctor Fitzjames sobre dicho resultado, y la presentaré como documento probatorio) muestra con toda claridad que mi cliente posee un coeficiente intelectual bastante superior al normal y que el examen psiquiátrico no revela ninguna aberración importante que limite el valor de su testimonio. Insisto en que se permita a mi cliente atestiguar en propio beneficio.
—¡Si ya murió! —graznó Wilson—. ¡Si en estos mismos instantes es invisible!
—Mi cliente —dijo Turnbull, seco y severo —no está presente en estos momentos. Indudablemente, esto es lo que le induce a usted a declarar su invisibilidad —el abogado hizo una pausa para dar tiempo al murmullo de aprobación que se extendió por la sala. «La cosa empieza bien», pensó, muy risueño—. Aquí tengo otra declaración —continuó—. La firman Elihu James y Terence MacRae, jefes, respectivamente, de los departamentos de física y biología de la citada Universidad. El documento certifica que mi cliente exhibe todos los fenómenos vitales de la vida. Estoy dispuesto a llamar a los tres expertos mencionados como testigos, si es necesario.
Wilson puso mala cara, pero no dijo nada. El juez Cimbel se inclinó sobre la mesa.
—No veo la posibilidad de negar al demandante el derecho a prestar declaración —dijo—. Si los tres expertos que han redactado estos informes ratifican
en el estrado los hechos contenidos en los mismos, Henry Jenkins podrá presentarse como testigo.
Wilson se sentó ponderadamente. Los tres expertos pronunciaron unas breves y secas palabras. Wilson no los sometió sino al interrogatorio más convencional.
El juez ordenó un breve descanso. Fuera, en el pasillo, Wilson y su cliente encendían cigarrillos y se miraban mutuamente con poca simpatía.
—Tengo la sensación de estar lelo —decía Russell Harley—. ¡Armar pleito contra un fantasma!
—Ha sido el fantasma el que ha suscitado el pleito —le recordó Wilson—. Si al menos hubiéramos podido aplazar la escaramuza por un par de semanas, hasta la toma de posesión de otro juez, habría podido conseguir que esta causa se resolviera con un «no ha lugar».
—¿Por qué no hemos podido esperar?
—¡Porque usted tenía tantísima prisa! —replicó Wilson—. Usted y ese idiota de Nicholls; tan confiado en que no llegaría a celebrarse un juicio.
Harley se encogió de hombros y recordó tristemente cómo habían fracasado, cómo no habían logrado exorcizar por completo el espíritu de Hank Jenkins. Se habían armado un lío. Fuese como fuere, Jenkins había huido del círculo encantado que habían levantado a su alrededor y dentro del cual pensaban retenerle hasta que el juez hubiera fallado la causa en contra suya por falta de comparecencia.
—Y ése es otro punto —continuó el abogado—. ¿Donde de está Nicholls?
Harley volvió a encogerse de hombros.
—No lo sé. La última vez que le vi fue en el despacho de usted. Vino a verme después de haber estado en casa el alguacil trayéndome la orden de comparecencia. El me llevó a su despacho; me dijo que le habían recomendado que acudiera a usted. Entonces hablamos del caso un rato, los tres. Y él se marchó, después de prestarme algún dinero para ayudarme a pagarle a usted el anticipo. Desde entonces no he vuelto a verle.
—Quisiera saber quién le habló de mí —dijo Wilson con aire torvo—. Creo que no recomendaría nunca más a nadie. No me gusta este caso, ni tampoco usted.
Harley produjo un sonido gutural, pero no dijo nada. Tiró el cigarrillo. Sabía a la basura que colgaba de su cuello..., todo tenía el mismo olor. Nicholls no mintió cuando dijo que a Harley no le gustaría mucho el puñado de hierbas que mantendrían alejado el espíritu del viejo Jenkins. De verdad que olían mal.
El escribano estaba en el pasillo, gritando algo; la gente empezaba a entrar nuevamente en la sala. Harley y su abogado se sumaron a los demás.
Reanudado el juicio, el escribano llamó:
—¡Henry Jenkins!
Turnbull se levantó al instante; abrió la puerta de la cámara del juez y dijo algo en voz baja. Luego se hizo a un lado, como para dejar paso a otra persona.
Pat. JISS. Pat. JISS...
Del público se elevó una exclamación ahogada, al uní sonó, cuando el fantasmagórico chorrito de sangre cruzó el espacio libre en dirección a la silla de los testigos. Era el fantasma... el demandante, en el pleito más absurdo de toda la historia de la jurisprudencia.
—Muy bien, Hank —murmuró Turnbull—. Tendrá que materializarse el tiempo suficiente para que el escribano 'e tome el juramento.
El escribano retrocedió nervioso ante la columna de neblina lechosa que se le apareció, con una forma vagamente humanoide. Una mano de fantasma, semitransparente, se extendió para tocar la Biblia. La voz del escribano temblaba al proponer el juramento. Se oyó la respuesta como si saliera del corazón de la columna de humo.
La neblina se arrastró hacia la silla de los testigos, se dobló de forma rara a la altura de las caderas y, con una Pequeña explosión, se disipó en la nada. El juez golpeaba furiosamente con el mazo. El rumo de alarma que se había levantado de los espectador se acalló.
—Les advierto de nuevo que no toleraré ninguna falta a las normas —declaró—. El abogado del demandante puede continuar.
Turnbull fue a situarse delante de la mesa del testigo y dirigió la palabra al vacío.
—¿Su nombre?
—Me llamo Henry Jenkins.
—¿Su ocupación? Hubo una ligera pausa.
—No tengo ninguna. Supongo que ustedes dirían que estoy jubilado.
—Mister Jenkins, ¿qué relación tiene usted con edificio denominado Harley Hall?
—Lo vengo ocupando desde hace noventa años.
—Durante ese tiempo, ¿conoció usted al difunto Zebulon Harley, propietario del Hall?
—Conocí bastante bien a Zeb.
—¿Cuándo le conoció? —preguntó Turnbull después de un cabezazo de asentimiento.
—En la primavera de 1907, Zeb acababa de perder a su esposa. Después de lo cual, hizo de Harley Hall su domicilio permanente. Se convirtió... más o menos, un ermitaño. Anteriormente no nos habíamos conocido porque venía muy raras veces al Hall. Pero entonces nos hicimos amigos,
—¿Cuánto tiempo duró esa amistad?
—Hasta el otoño pasado, cuando murió. En el momento de fallecer, yo estaba con él. Todavía conservo unos cuantos recuerdos que me dio entonces.
Un suspiro nostálgico, claramente audible, se elevó de la silla del testigo, la cual estaba copiosamente salpicada de líquido encarnado. Las gotas que caían parecieron titubear unos segundos, y el ruido siseante que producían quedó sofocado como por una fuerte emoción.
Turnbull continuó:
—Entonces, ¿mantenía buenas relaciones con él?
—Yo diría que excelentes —replicó en tono firme el vacío—. Todas las noches pasábamos largo rato juntos. Cuando no jugábamos al «pinacle», o al ajedrez, o al «cribbage», charlábamos, sencillamente; comentábamos los sucesos del día. Todavía conservo el libro que utilizábamos para guardar recuerdo de las partidas de ajedrez y «pinacle». Zeb escribía las anotaciones de su puño y letra.
Turnbull se alejó del testigo por unos momentos y se dirigió al juez, con una sonrisa.
—Presento como prueba el libro mencionado —dijo—. Y también una sortija que regaló al demandante el difunto señor Harley, y un ejemplar de las obras dramáticas de Gilbert y Sullivan. En la anteportada del libro figura la dedicatoria: «Al viejo Hank», de puño y letra de
Harley.
Turnbull se volvió nuevamente hacia la vacía silla,
rezumante de sangre, del testigo y dijo:
—En todos los años de convivencia con Zebulon Harley, ¿le pidió alguna vez éste que se fuera o pagase alquiler?
—Por supuesto que no. ]Zeb no habría hecho tal cosa!
Turnbull hizo un nuevo gesto afirmativo.
—Muy bien —dijo—. Ahora, sólo un par de preguntas más. ¿Quiere decir, con sus propias palabras, qué ocurrió después de la defunción de Zebulon Harley que le obligara a usted a presentar querella?
—Pues, en enero, el joven Harley...
—¿Se refiere a Russell Joseph Harley, el demandado?
—Sí, llegó a Harley Hall el cinco de enero. Yo le pedí que se marchara, cosa que él hizo. Al día siguiente regresó con otro hombre. Entre los dos, colocaron un talismán sobre el umbral de la puerta principal, y a continuación cerraron todas las puertas y ventanas del Hall con una sustancia que me es nociva. Además, recurrieron, a varios encantamientos de los más mortíferos de la Ars Magicorum. Luego añadieron un Círculo de Exclusión de un radio de algo más de kilómetro y medio, rodeando por completo el Hall.
—Comprendo —dijo el abogado—. ¿Quiere explicar al tribunal los efectos de todos estos manejos?
—Bueno —respondió la voz pensativamente—, es difícil expresarlo con palabras. Yo no puedo atravesar el círculo sin gran derroche de energía. Y aunque lo atravesara no podría entrar en la casa por culpa del talismán y los sellos.
—¿Podría entrar por el aire? ¿Por una chimenea, quizá?
—No. El Círculo de Exclusión es en realidad una esfera. Estoy completamente seguro de que el esfuerzo me destruiría.
—Entonces, ¿es verdad que se halla completamente expulsado de la casa que ha ocupado durante noventa años, debido a las caprichosas acciones de Russell Joseph Harley, el demandado, y un cómplice suyo cuyo nombre ignoramos?
—En efecto.
—Gracias —dijo Turnbull con ancha sonrisa—. Nada más.
Y se volvió hacia Wilson, cuyo semblante había sido un estudio de malhumorada obstinación durante todo el interrogatorio.
—Se lo dejo a su disposición —le dijo.
Wilson se levantó con gesto enérgico y se dirigió a grandes zancadas hacia la silla del testigo, a quien preguntó en tono beligerante:
—¿Dice usted llamarse Henry Jenkins?
—Sí.
—Quiere decir que así es como se llama ahora. ¿Cómo se llamaba antes?
—¿Antes? —la voz que emanaba de aquel gotear de sangre tenía el acento de la sorpresa—. ¿Antes de qué? Wilson frunció el ceño.
—No se haga el ignorante —dijo vivamente—. Antes de haber fallecido, por supuesto.
—¡Protesto! —Turnbull estaba de pie, mirando furioso a Wilson—. ¡El abogado defensor no tiene ningún derecho a hablar de un hipotético fallecimiento de mi cliente!
Gimbel levantó la mano con aire fatigado, cortando las palabras que-se formaban en los labios de Wilson.
—Se acepta la protesta —dijo—. No se ha presentado ninguna prueba que identifique al demandante con el buscador de oro a quien mataron en 1850... ni con persona alguna.
Los labios de Wilson se torcieron en una mueca agria. El abogado continuó en tono más bajo:
—Dice usted, señor Jenkins, que ha ocupado Harley Hall por espacio de noventa años.
—Se cumplirán el mes que viene. El Hall no lo construyeron (en su forma actual al menos) hasta 1876, pero yo ya ocupaba la casa que se levantaba anteriormente en aquel lugar.
—¿Qué hacía antes?
—¿Antes? —La voz hizo una pausa; luego dijo en tono dubitativo—: No lo recuerdo.
—¡Está bajo juramento! —estalló Wilson. La voz cobró firmeza.
—Noventa años son mucho tiempo —afirmó—. No me acuerdo.
—Veamos si le refresco la memoria. ¿Es cierto que hace noventa años, el mismo año en que, según sostiene, usted empezó a ocupar Harley Hall, Hank Jenkins murió en un duelo con armas de fuego?
—Si usted lo dice, puede ser cierto. No lo recuerdo.
—¿Recuerda que el tiroteo tuvo lugar a unos quince metros del emplazamiento actual de Harley Hall?
—Es posible.
—Pues bien —tronó Wilson—, ¿no es una realidad que cuando Hank Jenkins murió de muerte violenta cobró existencia su fantasma? ¿No es cierto que entonces quedó sentenciado a frecuentar, por toda la eternidad el lugar donde lo habían matado?
La voz respondió sin alterarse:
—No tengo ninguna prueba de lo que dice.
—¿Niega, pues, que es muy sabido por toda aquella comarca que el espíritu de Hank Jenkins frecuenta Harley Hall?
—¡Protesto! —gritó Turnbull—. La opinión popular no constituye prueba.
—Aceptada la protesta. Borre la pregunta del sumario. Wilson estaba asqueado; perdía el control.
—El perjurio es un delito criminal. Señor Jenkins, ¿niega usted ser el espíritu de Hank Jenkins?
—Pues sí, ciertamente.
—Usted es un espíritu, ¿verdad? Se oyó una voz seca y severa:
—Soy una entidad del plano astral.
—Eso, creo, es lo que llaman un espíritu, o fantasma, ¿no?
—Yo no puedo impedir que lo llamen así o asá. He oído que a usted le llamaban muchas cosas. ¿Es eso una prueba?
El público estalló en carcajadas. Gimbel golpeó la mesa con el mazo, diciendo:
—El testigo se limitará a responder a las preguntas.
—A pesar de lo que dice —bramó Wilson—, es cierto, ¿verdad?, que usted no es sino el espíritu de un hombre que pereció de muerte violenta.
La voz que salía del chorro de sangre replicó:
—Repito que soy una entidad del plano astral. No me doy cuenta de si he sido nunca un ser humano.
El abogado se volvió hacia el tribunal con semblante desesperado.
—Su Señoría —dijo—, le pido que ordene al testigo que deje esta especie de juego del escondite verbal. Es perfectamente evidente que el testigo es un espíritu; por lo cual, ipso facto, es la reliquia de un ser humano. Las pruebas circunstanciales indican claramente que es el espectro del tal Hank Jenkins, asesinado en 1850. Aunque el detalle en sí no importa. Lo seguro y concreto es que es el espectro de alguien que falleció, y, por ende, ¡no puede prestar declaración! ¡Pido que borren su declaración del sumario!
Turnbull replicó inmediatamente.
—¿Querrá explicar en qué se funda el abogado del demandado para calificar a mi cliente de fantasma... a pesar de la repetida declaración de éste de que es una entidad del plano astral? ¿Cuál es la definición legal de un fantasma?
El juez Cimbel sonrió y dijo:
—El abogado del demandado continuará el interrogatorio.
El semblante de Wilson adquirió un color morado oscuro. Después de secarse la frente con un pañuelo de hierbas, miró el incesante, siseante gotear de sangre.
—Sea lo que fuere usted —dijo—, responda a esta pregunta: ¿Puede pasar a través de una pared?
—Sí, ciertamente —había un acento claro de sorpresa en la voz que emergía de la nada—. Pero no es tan fácil como algunos se figuran. Exige muchísimo esfuerzo.
—No importa. ¿Puede atravesar?
—Sí.
—¿Se le podría impedir que lo hiciera, por algún medio físico? ¿Se le podría sujetar con unas esposas? ¿O con cadenas, paredes de cárcel, o con un cofre de acero cerrado herméticamente?
Jenkins no tuvo ocasión de contestar. Oliendo peligro, Turnbull atajó inmediatamente:
—Protesto contra este curso del interrogatorio. No hace al caso.
—Al contrario —gritó Wilson con voz sonora—, ¡tiene muchísimo que ver con la capacidad del llamado Henry Jenkins para actuar como testigo! Pido que conteste la pregunta.
El juez Cimbel dijo:
—Rechazada la protesta. El testigo responderá a la pregunta.
La voz de la silla replicó en tono altivo:
—No tengo inconveniente en contestar. Los obstáculos físicos no representan nada para mí, en ningún sentido.
El abogado del demandado se irguió con aire de triunfo.
—Muy bien —dijo, profundamente satisfecho—. Muy bien —luego, dirigiéndose al juez, con palabra viva y rápida continuó—: Sostengo, Señoría, que el llamado Henry Jenkins no tiene capacidad legal para prestar testimonio en un juzgado. Evidentemente, comprender el valor del juramento sirve de poco si violar ese juramento no puede acarrear ningún castigo. Las declaraciones de un hombre que puede cometer perjurio sin que le .pase nada no tienen ningún valor. ¡Pido que sean borradas del sumario!
Turnbull se plantó ante la mesa del juez en dos zancadas.
—Había previsto el argumento, Señoría —se apresuró a interponer—. Por la misma naturaleza del caso, no obstante, se ve muy bien que existen medios para entorpecer los movimientos de mi cliente: hechizos, estrellas de cinco puntas, talismanes, amuletos, Círculos de Exclusión..., ¡y qué sé yo! Tengo aquí (y estoy dispuesto a entregarla al alguacil del tribunal) una lista de los diversos métodos para confinar a una entidad astral dentro de un espacio muy reducido por períodos que pueden variar desde unos momentos hasta toda la eternidad. Además, deme también una fianza de cinco mil dólares, antes de que comenzara el juicio, que estoy dispuesto a perder si mi cliente fuese encerrado y se fugara, en caso de ser aliado culpable de un mal comportamiento como testigo.
La faz de Cimbel, que había mostrado por un segundo una expresión de alarma, se despejó poco a poco. Con un movimiento afirmativo, dijo:
—El tribunal acepta la explicación del abogado del demandante. Parece no caber duda de que al demandante se le puede castigar por toda declaración falsa que haga; por lo cual, la moción de la defensa no ha lugar.
Wilson estaba encolerizado, pero levantó los hombros.
—Muy bien —dijo—. He terminado.
—Puede bajar del estrado, señor Jenkins —indicó Cimbel, y siguió, fascinado, con la mirada la columna chorreante que se levantó y flotó por el aire, cruzando la sala, recorriendo el pasillo y saliendo al exterior.
Turnbull se acercó de nuevo a la mesa del tribunal, y dijo:
—Desearía presentar como pruebas estas notas, el diario del difunto Zebulon Harley. Se lo regaló a mi cliente el mismo Harley el otoño pasado. Llamo particularmente la atención sobre la nota" del seis de abril de mil novecientos diecisiete, en la que menciona la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, y anota los resultados de once partidas de «pinacle» jugadas con un personaje al que denomina el «Viejo Hank». Con la venia de la sala, leeré lo escrito en dicho día, y también algunas otras anotaciones a lo largo de los cuatro años siguientes. Tengan la bondad de fijarse en las alusiones a un ser al que da indistintamente los apelativos de «Jenkins», «Hank Jenkins» y (en un párrafo extremadamente significativo) «Viejo Invisible».
Wilson se recocía en silencio durante la pausada lectura del diario de Harley. Tenía el rostro colérico, a pesar de lo cual prestaba gran atención; y apenas terminada la lectura, se puso en pie de un salto.
—Me gustaría saber —adujo—, si el abogado del querellante está en posesión de algún diario posterior a novecientos veinte.
Turnbull movió la cabeza, en un gesto negativo.
—Por lo visto, Harley nunca llevó un diario, salvo durante los cuatro años que éste abarca.
—Entonces pido que el tribunal se niegue a admitirlo. Y por dos razones —Wilson levantó dos dedos para señalar mejor los puntos en cuestión—. En primer lugar, la prueba que se presenta es baladí. Las escasas, vagas e insatisfactorias alusiones-a Jenkins no le describen nunca, en ninguna parte, como lo que es: un fantasma, una entidad astral, o como ustedes quieran llamarlo. En segundo lugar, las pruebas (aun pasando por alto el primer punto) sólo se refieren a los años anteriores al mil novecientos veintiuno. El caso gira exclusivamente sobre la supuesta ocupación de Harley Hall por el supuesto Jenkins durante los veinte años últimos... a partir del mil novecientos veintiuno. Por lo tanto, no cabe duda, la prueba no hace al caso.
Cimbel miró a Turnbull, quien sonrió sosegadamente.
—La referencia al «Viejo Invisible» dista mucho de ser vaga —dijo—. Es una indicación concreta del carácter astral de mi cliente. Además, las pruebas de que existía una amistad entre mi cliente y el difunto Zebulon Harley antes de mil novecientos veintiuno son muy pertinentes, porque es lógico suponer que, una vez establecida tal amistad, continuaría indefinidamente. A menos que, por supuesto, la defensa pueda presentar pruebas en contra.
—Se admite el diario como prueba —decidió el juez
Cimbel.
—No añado nada más —dijo Turnbull.
Hubo un murmullo de conversación en la sala mientras el juez echaba una ojeada al diario y luego lo entregaba al escribano para que lo marcase y lo diera por admitido.
—La defensa puede tomar la palabra —dijo Cimbel. Wilson se levantó. Dirigiéndose al escribano, dijo:
—Russell Joseph Harley.
Pero el joven Harley estaba recalcitrante.
—¡Quiá! —decía, en pie, señalando la silla del testigo—. ¡Eso está todo lleno de sangre! No van a creer que voy a sentarme en ese gran charco de sangre, ¿verdad?
El juez Cimbel se inclinó para ver la silla. El goteo continuo de sangre de la aparición que estuvo prestando testimonio había dejado su huella. Toda la parte delantera de la silla tenía un color pardo fangoso. Cimbel se sorprendió preguntándose cómo se las componía el fantasma para reabastecerse de líquido; pero abandonó el intento.
—Comprendo su actitud —dijo—. Bueno, además, se está haciendo ya un poco tarde. El escribano retirará esta silla del testigo y pondrá otra en su lugar. Declaro el juicio aplazado hasta mañana a las diez de la mañana.
III
Russell Harley notó que la espalda del ascensorista del hotel manifestaba repulsión y disgusto, y frunció el ceño. No era un huésped muy bien mirado, lo sabía bien. Pero, sin embargo, se equivocaba al pensar que la causa radicaba en el pestilente hacecillo de hierbas que llevaba colgado del cuello. Su odiosa personalidad tenía mucho que ver con la actitud glacial del personal del hotel y de los demás huéspedes.
Harley se encaminó hacia el bar, ignorando las cabezas que se volvían sorprendidas para seguir la maloliente cola de cometa que se extendía a su paso, y entró en la sala de bebidas —cuero rojo y cromo— buscando con la mirada al abogado Wilson.
Pero al descubrirlo parpadeó atónito. Wilson no estaba solo. Con él, en el tabladillo, había una figura alta, oscura, de espaldas a Harley. Aunque bastaba con la espalda para reconocerla. ¡Nicholls!
Wilson le había visto ya.
—Hola, Harley —saludó, todo sonrisas y afabilidad en presencia del hombre que había de pagarle—. Venga y siéntese. El señor Nicholls ha pasado a verme hace un rato y le he traído acá.
—Hola —dijo Harley malhumorado, y Nicholls le saludó con la cabeza. Los músculos de las mejillas se le movían en una pulsación, y parecía muy nervioso, extrañamente incómodo en presencia de Harley. A pesar de todo, acompañó de un guiño la mirada que le dirigió y su voz tuvo un tono bastante amistoso, aunque altivo, al decir:
—Hola, Harley. ¿Cómo va el juicio?
—Pregúnteselo a él —respondió Harley, señalando con el pulgar a Wilson mientras deslizaba las rodillas bajo la mesa y se sentaba—. El abogado es él. Es quien debe saber estas cosas.
Harley se encogió de hombros y estiró el cuello buscando a la camarera.
—Ah, eso me figuro... ¡Whisky y agua! —Miró a la muchacha con ojo estimativo mientras ella asentía con un gesto y se iba hacia el mostrador. Luego volvió a fijar la atención en Nicholls—. Lo malo es —dijo— que Wilson acaso piense que lo sabe; pero yo pienso que está en Babia.
Wilson arrugó el ceño.
—¿Quiere decir...? —empezó. Pero Nicholls levantó la mano.
—No nos peleemos —dijo—. ¿Y si respondiera a mi pregunta? Yo tengo parte en esto y me interesa saberlo.
¿Cómo va el juicio?
Wilson puso la mejor cara de sinceridad que pudo.
—Francamente, no demasiado bien —contestó—. Me temo que el juez está a favor de la otra parte. Si me hubieran escuchado y hubiesen esperado hasta el nombramiento de otro juez...
—Yo no tenía tiempo para demoras —replicó Nicholls—. Dentro de pocos días debo hallarme en otra parte. En este instante, ya debería estar en camino. ¿Cree que podemos perder el caso?
Harley emitió una carcajada seca. Mientras Wilson le miraba furioso, cogió el vaso de la bandeja de la camarera y lo apuró de un trago. La sonrisa no desapareció de sus labios mientras escuchaba cómo Wilson decía
llanamente:
—Corremos muchísimo peligro, sí.
—¡Hummm! —Nicholls se examinó las uñas con gran interés—. Quizá me equivoqué al elegir abogado.
—Sin duda —Harley hizo seña a la camarera y pidió otro vaso—. ¿Quiere saber qué otra cosa pienso? Pienso que también se equivocó al escoger al cliente, o, dicho letra por letra, al t-í-t-e-r-e. Ya estoy harto de este asunto. Esa porquería que llevo al cuello huele mal. A fin de cuentas, ¿cómo sé si sirve de algo? Por todo lo que veo, simplemente, huele mal, y nada más.
—Sirve —aseguró con laconismo Nicholls—. No le aconsejaría que se lo quitara. El difunto Hank Jenkins no es un espíritu muy fuerte (de lo contrario le despedazaría a usted y se comería esas hierbas para postre), Pero sin la protección de lo que lleva atado al cuello, desde el preciso instante en que Jenkins se enterase de que ya se lo había quitado, sufriría usted sobrados tormentos. —Dejó el vaso de vino tinto que había estado olfateando, sin beberlo, y miró fijamente a Wilson—. Yo he puesto el dinero en este asunto —dijo—. Confiaba que usted sabría encargarse del aspecto judicial del mismo. Ahora veo que tendré que hacer algo más. Escúcheme atentamente, porque no tengo intención de repetir mis palabras. El caso puede enfocarse desde un ángulo que se le ha pasado por alto a su perspicacia legal. Jenkins dice ser una entidad astral, e indudablemente lo es. Veamos pues, en lugar de querer demostrar que es un fantasma y, legalmente, un difunto, por lo cual no . posee las condiciones necesarias para prestar testimonio, que es lo que ha hecho usted en todo momento, supongamos que lo enfocara así...
Y siguió hablando aprisa y muy atinado.
Cuando se separó de ellos un rato después, Wilson acompañó a Harley hasta su cuarto y lo echó sobre la cama, sintiéndose dichoso por primera vez desde hacía varios días.
Russell Joseph Harley, nervioso y un poco fastidiado por la resaca del licor, fue llamado al estrado como primer testigo en su propio favor. Wilson le preguntó:
—¿Cuál es su nombre?
—Russell Joseph Harley.
—¿Es sobrino del difunto Zebulon Harley, que le legó la vivienda conocida por Harley Hall?
—Sí.
Wilson se volvió hacia el juez.
—Presento como prueba esta copia del testamento del difunto Zebulon Harley. Todos sus bienes los deja al que es sobrino suyo y único pariente vivo.
Turnbull puntualizó desde su mesa.
—El demandante no discute en modo alguno los derechos del demandado sobre Harley Hall.
Wilson continuó:
—¿No es cierto que usted pasó parte de su infancia! en Harley Hall y lo visitó alguna vez siendo ya hombre adulto?
—Si.
—¿Se le apareció alguna vez algo que tuviera el aspecto de espíritu, espectro o entidad astral, en Harley Hall?
—No. Lo recordaría.
—¿Le habló alguna vez su difunto tío de apariciones de esta índole?
—¿Mi tío? No.
—Nada más.
Turnbull se puso en pie para preguntar a su vez:
—Señor Harley, ¿cuál fue la última vez que vio a su tío, antes de que falleciera?
—El año mil novecientos treinta y ocho. En septiembre..., no recuerdo bien la fecha..., sería el diez o el once del mes.
—¿Cuánto tiempo pasó con él?
Harley se sonrojó hasta un punto inexplicable.
—Ah, sólo un día —dijo.
—Y anteriormente, ¿cuándo le vio?
—Pues, no le había visto desde que era muy joven. Mis padres se trasladaron a Pensilvania en mil novecientos veinte.
—Y desde entonces (exceptuando esa visita de un solo día en mil novecientos treinta y ocho), ¿tuvo algún contacto con su tío?
—No, creo que no. Era un hombre un poco raro.., un solitario. Un poco alcohólico, me figuro,
—Bueno, es usted un sobrino cariñoso. Pero en vista de lo que acaba de explicar, ¿le sorprende que su tío no le hablase nunca de Jenkins? No tuvo muchas ocasiones, ¿verdad que no?
—Tuvo una en mil novecientos treinta y ocho —replicó Harley en tono retador.
Turnbull levantó los hombros y dijo:
—He terminado.
Cimbel empezaba a poner cara de aburrimiento. Se prometía algo más parecido a unos fuegos artificiales.
—¿Tiene otros testigos la defensa? —preguntó. Wilson sonrió torvamente.
—Sí, Señoría —contestó. Era su gran momento, y volvió a sonreír mientras decía amablemente—: Me gusta ría llamar al estrado al señor Henry Jenkins.
En el pesado silencio que se produjo, el juez Cimbel Preguntó, echándose hacia delante:
—¿Quiere decir que desea llamar al querellante como testigo de la defensa?
—Sí, Señoría —respondió con voz muy serena. Cimbel hizo una mueca.
—Llame a Henry Jenkins —le dijo al escribano, con acento fatigado, desplomándose de nuevo en el sillón.
Turnbull parecía alarmado. Se mordía el labio, tratando de decidir si debía oponerse a tan asombroso proceder, pero acabó levantando los hombros, mientras el escribano voceaba el nombre del fantasma.
Luego echó a correr por el pasillo y cruzó la puerta. Se oyó su voz en la antesala, y en seguida regresó, más pausadamente, seguido del goteo de sangre: Pat. JISS. Pat. JISS... 20
—Un momento —dijo Cimbel, despertando de la modorra—. No me opongo a que preste declaración, señor Jenkins, pero el Estado no habría de verse sometido al gasto innecesario de tener que tapizar la silla del testigo cada vez que usted la ocupa. Alguacil, busque una alfombra o algo que se pueda colocar sobre la silla antes de tomar juramento al señor Jenkins.
Trajeron, pues, a toda prisa un lienzo alquitranado y lo colocaron sobre la silla. Jenkins se materializó e] tiempo suficiente para prestar juramento, y luego se sentó.
—Explíqueme, señor Jenkins —pidió Wilson—, ¿cuántas «entidades astrales» (que creo es la denominación que se da a sí mismo) existen?
—No tengo manera de saberlo. Millones y millones.
—En otras palabras, ¿tantas como seres humanos que murieron de muerte violenta?
Turnbull se puso en pie con repentina agitación; pero el fantasma sorteó limpiamente el cepo.
—No lo sé. Sólo sé que son miles de millones. La sonrisa perduraba sin empañarse.
—Y todos esos millones y millones nos rodean continuamente, por todas partes, sólo que permanecen invisibles. ¿No es así?
—Oh, no. Muy pocos permanecen en la Tierra. Y de estos pocos, poquísimos tienen algo que ver con los hombres. Para nosotros, la mayoría de seres humanos: resultan muy molestos.
—Bien, ¿cuántos diría usted que hay en la Tierra? ¿Cien mil?
—Quizá más. Pero la cifra es bastante acertada. Turnbull interrumpió súbitamente.
—Me gustaría saber el significado de estas preguntas. Protesto contra este curso del interrogatorio nada pertinente al caso.
Wilson era un portento en dignidad legalista. Y replicó:
—Estoy tratando de elucidar unos factores de gran valor, Señoría. Esto puede cambiar el carácter entero del caso. Le pido que tenga unos momentos de paciencia.
—El abogado defensor puede continuar —dijo secamente Cimbel.
Wilson enseñó los caninos en una sonrisa. Y volvió a dirigirse al goteo sanguinolento que tenía delante.
—Bien, pues, lo que sostiene su abogado es que el difunto señor Harley permitió que una «entidad astral» ocupara su hogar durante veinte años o más, con su conocimiento y consentimiento plenos. A mí el hecho se me antoja completamente improbable, pero supongamos por un momento que ocurrió así...
—¡Ciertamente! Es la verdad.
—Entonces, dígame, señor Jenkins, ¿tiene usted dedos?
—¿Si tengo qué...?
—Me ha oído muy bien —espetó Wilson—. ¿Tiene dedos, dedos de carne y hueso, capaces de dejar huella?
—No. Yo...
Wilson se lanzó más resueltamente:
—¿O tiene una fotografía de usted, o muestras de su caligrafía... o alguna forma de identificación material? ¿Tiene alguna de esas cosas?
La voz sonó claramente querellosa:
—¿Qué quiere decir?
La voz de Wilson, en cambio, se tornó áspera, amenazadora.
—Quiero decir si puede demostrar que la entidad astral que se supone ha habitado la casa de Zebulon Harley es usted precisamente. ¿Era usted... o era otro de esos centenares de miles de cosas intangibles, desconocidas, sin fisonomía, sin rostro que, según usted ha declarado, vagan por toda la faz de la Tierra, errando por donde les viene en gana, sin que ni rejas ni cerraduras puedan detenerlas? ¿Puede demostrar que es un ser determinado, particular?
—¡Señoría! —la voz -de Turnbull fue más bien un alarido, cuando el abogado logró ponerse en pie por fin—. ¡La identidad de mi cliente no ha sido puesta en duda en ningún momento!
—¡Pues ahora la ponemos! —rugió Wilson—. El abogado de la parte contraria ha presentado a un personaje al que llama «Henry Jenkins». ¿Quién es ese Jenkins? ¿Qué es? ¿Es siquiera un solo individuo... o una asociación organizada de estas misteriosas «entidades astrales» que hemos de creer que están por todas partes, pero a las que nunca vemos? Y si es un individuo, ¿es el que se pretende? ¿Y cómo podemos saberlo, aunque él lo afirme? Que presente pruebas: fotografías, partida de nacimiento, huellas digitales. Que traiga un testigo identificador que haya conocido a ambos espectros y esté dispuesto a jurar que los dos son uno y el mismo. Sin este requisito, ¡no hay caso! ¡Señoría, pido que el tribunal pronuncie sentencia inmediatamente en favor del demandado!
El juez Cimbel miró fijamente a Turnbull.
—¿Tiene algo que decir? —le preguntó—. El argumento de la defensa parece muy razonable. Si no puede presentar pruebas de alguna clase sobre la identidad de su cliente, no tengo otra alternativa que fallar por la defensa.
Por un momento, la sala quedó en el más completo silencio. Wilson triunfante, Turnbull furioso y fracasado.
¿Cómo se podía identificar a un fantasma?
Pero entonces llegó una tranquila y regocijada voz desde la silla del testigo.
—Esto ya dura demasiado —dijo, dominando el siseo y chapoteo de su propia sangre—. Creo que podré presentar una prueba que dejará satisfecho al tribunal.
El rostro de Wilson cayó con la velocidad de un as- a censor rápido. Turnbull contenía el aliento, temiendo dar paso a la esperanza.
El juez Cimbel le recordó:
—Está bajo juramento. Continúe. No se oyó ningún otro sonido en la sala mientras la voz proseguía:
—El señor Harley, aquí presente, se ha referido a una visita que hizo a su tío en mil novecientos treinta y ocho. Yo puedo dar fe de ello. Pasaron una noche y un día juntos. No estaban solos. Yo estaba allí.
Nadie miraba a Russell Harley; si lo hubieran hecho j habrían visto la repentina palidez de enfermo que cubría su rostro.
La voz continuó, implacable:
—Quizá no debí escuchar a escondidas como lo hice, aunque, de todos modos, el viejo Zeb nunca tuvo secretos para mí. Escuché, pues, lo que decían. A la
sazón, el joven Harley trabajaba en un Banco de Filadelfia. Era su primer empleo importante. Necesitaba dinero, y lo necesitaba urgentemente. Había un desfalco en su departamento. Una mujer llamada Sally...
—¡Cállese! —chilló Wilson—. Esto no tiene nada que ver con las pruebas de su identificación. ¡No se aparte de la cuestión!
Pero Turnbull había empezado a comprender, y también gritaba, casi demasiado excitado para expresarse de un modo coherente:
—Señoría, debe permitir que mi cliente hable. Si demuestra estar enterado de una conversación privada entre el difunto señor Harley y el demandado, habría de considerarse prueba definitiva de que gozaba de la confianza del difunto señor Harley, ¡con lo cual queda demostrado que no es otro que la entidad astral que ha ocupado Harley Hall durante tanto tiempo!
Cimbel dio unos enérgicos cabezazos.
—Permítaseme recordar al abogado del demandado que se trata del testigo solicitado por él mismo. Siga, señor Jenkins.
La voz empezó de nuevo:
—Como iba diciendo, la mujer se llamaba...
—¡Cállese, maldito sea! —chilló Harley. Poniéndose en pie de un salto, se volvió hacia el juez con expresión implorante—. ¡Está deformando lo sucedido! ¡Mándele que se calle! Sí, claro, yo sabía que mi tío tenía un fantasma. Y es éste, de acuerdo, ¡maldita sea su alma negra! Puede quedarse con la casa, si quiere; yo me marcharé. ¡Me marcharé de este maldito Estado!
Entonces se puso a balbucear incoherencias y se volvió rápidamente. Sólo la intervención de un agente de la autoridad impidió que huyera de la sala. Cuando el público hubo retornado, o casi, a la normalidad, el Juez Cimbel, sudoroso y molesto, dijo:
—Por lo que a mí respecta, la identificación del testigo es completa. ¿Tiene alguna otra prueba que presentar !a defensa?
Wilson levantó los hombros malhumorado.
—No, Señoría..
—¿Y el abogado del demandante?
—Nada, Señoría. Lo doy por terminado. Cimbel se rastrilló el escaso cabello con la mano y parpadeó.
—En tal caso —dijo—, fallo en favor del demandante. Ordeno, pues, que el demandado, Russell Joseph Harley, deberá evacuar del lugar de autos todo hechizo, estrella de cinco puntas, talismán u otro medio de exorcismo empleado; que deberá desistir de realizar intento alguno, sea de la naturaleza que fuere, para expulsar en el futuro al ocupante; y que a Henry Jenkins, el demandante, se le permitirá el pleno uso y la ilimitada ocupación del lugar conocido por Harley Hall por todo el tiempo que dure su... humm... existencia natural —a continuación dio un mazazo—. El juicio ha terminado.
—No lo tome tan a pecho —dijo una voz benigna detrás de Russell Harley. Este giró, arisco, sobre sus talones. Nicholls subía por la calle tras él, y Wilson iba a la zaga de Nicholls.
—Han perdido el caso —dijo Nicholls—, pero siguen con vida. Permitan que les invite a beber. Ahí, quizá.
Y les empujó hacia un bar coquetón y les hizo sentar sin darles tiempo para expresar una protesta.
—Dispongo de unos minutos —dijo—. Luego me tendré que marchar definitivamente. Es un asunto urgente.
Llamó a un camarero y pidió para todos. Luego miró al joven Harley y sonrió gozosamente al mismo tiempo que dejaba caer un billete sobre la mesa para pagar la cuenta.
—Harley —dijo—, yo tengo un lema que usted debería recordar en ocasiones como la presente. Se lo ofrezco, si lo acepta.
—¿Cuál es?
—«Lo peor todavía ha de llegar.» Harley enseñó los dientes en una mueca de rabia y no dijo nada. Wilson replicó:
—Lo que me choca es que no vinieran a vernos antes del juicio con esos informes sobre este encantador e ilícito cliente que usted me suministró. Habríamos tenido que resolver la cuestión fuera del juzgado.
Nicholls respondió, encogiéndose de hombros:
—Tenían sus razones. Al fin y al cabo, un caso más o un caso menos de exorcismo no importa. En cambio, los juicios sientan precedentes. Usted es abogado, Wilson, ¿no comprende qué quiero decir?
—¿Precedentes? —Wilson le miró boquiabierto por un momento; luego abrió exageradamente los ojos.
—Ya veo que me comprende. —Nicholls hizo un gesto afirmativo—. A partir de ahora, en este Estado (y en iodos los de la nación, por obra y gracia de la cláusula de «total es buena fe y asenso» de la Constitución) ¡un fantasma tiene derecho, legal, a frecuentar una casa!
—¡Santo Dios! —exclamó Wilson. Y se puso a reír, no a grandes carcajadas, pero sí desde el fondo de su pecho. Harley miraba fijamente a Nicholls.
—Dígame de una vez y sin rodeos —susurró—, ¿qué papel representa usted en todo esto? Nicholls volvió a sonreír.
—Medítelo un rato —respondió en tono ligero— y empezará a entenderlo. —Olisqueó el vino una vez más, dejó el vaso sobre la mesa, cuidadosamente...
Y se esfumó.


FIN

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