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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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viernes, 10 de octubre de 2008

MAGIC FOR SALE -- RELATOS DE FANTASIA -- RECOPILACION

MAGIC FOR SALE -- RELATOS DE FANTASIA -- RECOPILACION

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RELATOS DE FANTASÍA
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ÍNDICE
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Tienda de chatarra, John Brosnan (Junk Shop, 1968)
Del tiempo y la Tercera Avenida, Alfred Bester (Of Time and Third Avenue, 1951)
Cada cual su botella, John Collier (Bottle Party, 1939)
Tal como está, Robert Silverberg (As Is, 1968)
La capa, Robert Bloch (The Cloak, 1939)
Piedra de toque, Terry Carr (Touchstone, 1964)
Doctor Bhumbo Singh, Avram Davidson (Dr. Bhumbo Singh, 1982)
El héroe es único, Harlan Ellison (The Cheese Stands Alone, 1981)
El tritón malasio, Jane Yolen (The Malaysian Mer, 1982)
Bébase entero: contra la locura de masas, Ray Bradbury (Drink Entire: Against the
Madness of Crowds, 1975)
Elephas Frumenti, L. Sprague de Camp (Elephas Frumenti, 1950)
Tellero Bo, Theodore Sturgeon (Shottle Bop, 1948)
El huevo de cristal, H. G. Wells (The Crystal Egg, 1900)
La mujer del vestido genético, Daniel Gilbert (The Woman in the Designer Genes,
1980)
TIENDA DE CHATARRA
John Brosnan

Australia, tierra natal de John Brosnan, es un país tan grande (casi tan grande como los
Estados Unidos si descontamos Alaska) como para justificar que este escritor haya
creado un relato tan corto. «Lo escribí —explica Brosnan— mientras trabajaba de
archivero en una oficina de impuestos, poco después de llegar a Gran Bretaña tras un
largo trayecto por tierra en un típico autobús de dos pisos, y creo que estaba muy
deprimido en aquella época. He vivido en Londres desde entonces.» Y ahora el
seleccionador debe refrenar su locuacidad, o la introducción será más larga que el relato.
John Brosnan nació en Perth, Australia occidental, en 1947, y se estableció en Gran
Bretaña en 1970. Ha escrito diversos libros sobre cine, entre ellos Future Tense: The
Cinema of Science Fiction, y dos novelas, Skyship y The Midas Deep, así como cuentos
«fundamentalmente de naturaleza humorística, aunque las opiniones varían».
Joe descubrió la tienda por casualidad durante uno de sus paseos a la hora del
almuerzo. Estaba apretujada entre una fábrica en ruinas y un vacío almacén en una
pequeña callejuela. Si le preguntan el lugar exacto, Joe será incapaz de contestar,
aunque él sabe que se hallaba cerca de las cocheras de tranvías. No era lo que se llama
propiamente una tienda, dice Joe; no había escaparate, no había nada, en realidad no era
más que una barraca.
En fin, Joe se detiene al llegar a la tienda y atisba el interior. No consigue ver gran cosa
porque el sol brilla bastante ese día, y el interior está oscuro, pero vislumbra un letrero en
una mesa, cerca de la puerta, que tiene escrita la palabra CHATARRA. Joe, como es
sabido, es aficionado a husmear en tiendas de chatarra y similares, y entra. Todavía no
puede ver nada, deslumbrado como está por el sol, pero e! lugar huele mal. El ambiente
es caluroso y húmedo, tiene un sabor «metálico» (si le preguntan a Joe qué pretende
decir con eso, él supondrá que se trata del criadero perfecto para uno de sus dolores de
cabeza). Pero Joe decide que echará una rápida ojeada, y cuando por fin sus ojos se
adaptan a la oscuridad interior, empieza a husmear.
Las existencias, suponiendo que se las pueda llamar así, están dispuestas en dos
hileras de mesas largas y estrechas que se extienden hasta la misma parte trasera de la
tienda. Al principio nada parece prometedor a Joe, en realidad ni siquiera reconoce lo que
ve; pero eso no le sorprende, ya que supone que los objetos más vulgares parecen
extraños cuando están alejados de su habitual entorno. Al coger una retorcida pieza de
metal, preguntándose si procede de las entrañas de un motor de reacción o de una
lavadora, Joe nota de pronto que alguien está de pie junto a él. Sorprendido, se vuelve y
ve a un anciano vestido con un sucio mono.
Suponiendo que debe de ser el propietario de la tienda, como así es realmente, Joe
sonríe y le dice:
—Sólo estoy echando una ojeada. Le parece bien, ¿no? —-Claro —dice el viejo—,
mire cuanto quiera. Él es un extraño bobalicón, según Joe. Piel amarillenta, ¿saben?,
como de ictericia, y ojos de brillante color anaranjado. Bien, pregunten a Joe luego. La
cuestión es que a Joe no le gusta el aspecto del anciano y confía en que se esfume. Joe
considera que ser observado anula toda la diversión de curiosear.
—Estaré detrás —dice el viejo—. Dé un grito si encuentra algo que le guste.
Y se va. Sintiéndose más feliz, Joe continúa su fisgoneo y, dos minutos más tarde, topa
con algo que le interesa. Es una esfera en forma de huevo, de veinte centímetros de
diámetro, hecha con vidrio transparente o algo similar. Como por arte de magia —y Joe
tiene sus ideas al respecto— el anciano vuelve a estar junto a él con aire ansioso. Joe
está tan sorprendido que el objeto por poco se le escapa de las manos.
—¿Le gusta? —pregunta el viejo.
—Oh, no sé —dice Joe—. ¿Qué es? No será una de esas bolas de cristal, ¿eh?
—Nooo —dice el viejo—. Es lo que podría llamarse una novedad. Mire fijamente el
interior.
Joe obedece. Descubre que el huevo tiene un trozo de reluciente neblina en el centro.
—Observe —dice el viejo.
Joe observa y ve que la zona de neblina se encoge. Se hace cada vez más pequeña
hasta que es imposible verla. Luego hay un brillante centelleo de luz y la zona de neblina
reaparece, pero en esta ocasión creciendo.
—¿Qué es? —vuelve a preguntar Joe.
—El universo —responde el anciano.
—Oh —dice Joe, y luego piensa un poco—. Muy ingenioso, ciertamente. Como una de
esas escenas de Navidad para los niños. Las agitas y parece como si nevara dentro.
—Nooo —dice el anciano—. Esto es genuino. Lo que está sosteniendo usted es su
verdadero universo.
—Me está tomando el pelo —dice Joe—. ¿Cómo puede meterse el universo entero en
un huevo de cristal de este tamaño?
—No lo sé —responde el viejo—. Supongo que es como meter un barco dentro de una
botella Era un hobby de un antepasado mío. Ni siquiera tengo una pista de cómo lo hacía.
—Pero ¿cómo podemos estar aquí sosteniendo el universo? —pregunta Joe—. ¿No
deberíamos estar también dentro del huevo?
—Estamos, o estaremos, o estuvimos; no estoy seguro. Una escala de tiempo muy
distinta, eso está claro por el hecho de que podemos ver la vibración del universo.
Mientras hablamos, millones de años pasan dentro del huevo.
—Hummm —dice Joe.
—Bien, ¿lo quiere? Será una maravillosa curiosidad en su cuarto de estar. Es
francamente espectacular si apaga las luces.
—No quiero que se forme una idea equivocada —dice Joe—, pero me resulta difícil
tragar esta bola. ¿Puede demostrar que es el universo verdadero?
El anciano suspira.
—Naturalmente —dice—. Basta con que me mire los ojos.
—Bueno... —dice Joe, y empieza a retroceder.
—Mire —repite el viejo.
Y Joe, simplemente para darle gusto, observa los curiosos ojos anaranjados del viejo
chiflado, y de repente comprende, comprende —pero no le pidan que explique cómo—
que el anciano está diciéndole la verdad.
—¡Cristo! —exclama Joe—. ¡Vaya antepasados que tiene!
El viejo tipo ofrece una sonrisa a modo de excusa y se encoge de hombros.
—Pero, como puede ver, yo he topado con tiempos difíciles...
Joe vuelve a mirar el huevo.
—Cristo —murmura—, el verdadero universo... —Luego le asalta un pensamiento—.
Eh, ¿cuánto quiere por esto?
El anciano medita.
—¿Qué le parece un dólar y medio? —pregunta,
Joe menea la cabeza y, con aire de tristeza, deja el huevo en la mesa.
—Lo que pensaba —comenta—, demasiado. ¿Qué otras cosas tiene?
DEL TIEMPO Y LA TERCERA AVENIDA
Alfred Bester
¿Por qué solía haber tantos bares en la Tercera Avenida de Nueva York con nombres
como Reilly's, Kelly's, Teague's, O'Rourke's? La pregunta y la irónica respuesta («¿Por
qué beben los irlandeses? Para tener algo que hacer mientras se están emborrachando»)
fueron probablemente inventadas por uno de ellos basándose en el principio (observado
por el doctor Johnson) de que los irlandeses son «personas muy correctas que nunca
hablan bien unas de otras». El educado señor Bester, sin embargo, evita ese tipo de
descripciones realistas, aunque paradójicamente el escenario de este relato de la época
es uno de esos bares irlandeses de burlas y whisky, que prácticamente no son de ninguna
época en concreto y que antes eran tan característicos de la Tercera Avenida de
Manhattan como los edificios de ladrillos rojos donde estaban estos bares. Más de una
inyección de malta disfruté y o allí, a pesar de que yo, Dios lo sabe, no soy irlandés.
Bueno, voy a ahorrarles estos tiernos recuerdos... Este pequeño cuento tiene realmente
una gran moraleja.
Alfred Bester nació en 1913 en Nueva York. Mientras estaba considerando, y al mismo
tiempo preparando, las carreras en derecho, música y biología molecular (entre otras), su
gran fascinación por los tintes vitales y los procesos vitales en la fisiología lo llevaron a
escribir su primera historia de ciencia ficción. Se vendió. Lo mismo pasó con otros cuentos
suyos, y con guiones para radio y televisión, y artículos para revistas... Alfred Bester se
convirtió finalmente en el jefe de redacción de la revista Holiday, que todavía permanece
en nuestra memoria. Entre sus cuentos están el clásico Fondly Fahrenheit y The Men
Who Murdered Mohammed. Entre sus libros están: El hombre demolido, The Stars My
Destination, Tigre, Tigre, The Computer Connection, The Light Fantastic, Star Light, Star
Bright, Golem 100, The Deceivers y Starlight: Short Fiction. Alfred Bester vive en una
pequeña ciudad en el sudeste de Pennsylvania.
Lo que a Macy molestó del hombre fue el hecho de que rechinara. Macy no supo si
eran los zapatos, pero supuso que eran las ropas. En el reservado de su bar, bajo el
póster que preguntaba: ¿QUIÉN TEME HABLAR DE LA BATALLA DEL BOYNE?, Macy
inspeccionó al extraño. Era alto, delgado y muy elegante. A pesar de su juventud, era casi
calvo. Había pelusa en lo alto de su cabeza y sobre las cejas. Entonces el hombre buscó
el billetero en su chaqueta, y Macy lo comprendió. Eran sus ropas las que rechinaban.
—Vale, señor Macy —dijo el extraño, con tono silábico—. Muy bien. Por alquilar su
reservado, con utilización exclusiva durante un crono...
—¿Un qué? —preguntó Macy, nervioso.
—Crono. ¿Palabra incorrecta? Oh, sí. Perdóneme. Una hora.
—Usted es extranjero —dijo Macy—. ¿Cuál es su nombre? Apuesto a que es ruso.
—No. Extranjero no —respondió el extraño, y sus ojos temerosos se pasearon por el
reservado—. Llámeme Boyne.
—¡Boyne! —repitió Macy, incrédulo.
—Sí, Boyne.
El señor Boyne abrió un billetero que parecía un acordeón, hizo correr sus dedos por
distintos billetes de colores y monedas, y luego sacó un billete de cien dólares. Lo
extendió a Macy y dijo:
—La tarifa de alquiler por una hora. Como acordamos. Cien dólares. Cójalos y váyase.
Empujado por la fuerza de la mirada de Boyne, Macy cogió el billete y retrocedió
bamboleante hacia la barra. Por encima del hombro, gorjeó:
—¿Qué quiere beber?
—¿Beber? ¿Alcohol? ¡Puf! —respondió Boyne.
Dio media vuelta y se precipitó hacia la cabina telefónica, buscó bajo la caja del
teléfono y localizó el cable conductor. De un bolsillo lateral sacó una pequeña caja
brillante y la enganchó en el cable, ocultándola a la vista. Luego levantó el receptor.
—Coordenadas 73-58-15 oeste —dijo con rapidez—. 40-45-20 norte. Dispersión sigma.
Parecéis espectros... —Después de una pausa, continuó—: ¡Ya! ¡Ya! Transmisión clara.
Quiero una atracción de Knight. Oliver Wilson Knight. Probabilidad de cuatro cifras
significativas. ¿Tenéis las coordenadas? ¿99,9807? Vale. Sostened...
Boyne sacó la cabeza de la cabina y espió hacia la puerta del bar. Esperó con acerada
concentración hasta que un joven y una hermosa muchacha entraron. Luego se volvió
hacia el teléfono.
—Probabilidad cumplida. Oliver Wilson Knight en contacto. Vale. Suerte.
Colgó el receptor, y cuando la pareja se dirigió hacia el reservado, él ya estaba sentado
bajo el póster.
El joven tenía unos veintiséis años, de estatura mediana, y tendencia a la obesidad. Su
traje estaba arrugado, su engomado cabello castaño estaba arrugado, y su rostro
amistoso estaba surcado de arrugas naturales. La chica tenía cabello negro, suaves ojos
azules y una diminuta sonrisa reservada. Caminaban muy juntos, y les gustaba rozarse
suavemente cuando pensaban que nadie les miraba. En ese momento se rozaron con el
señor Macy.
—Lo siento, señor Knight —dijo Macy—. Usted y la joven no podrán sentarse allí esta
tarde. El reservado ha sido alquilado.
Sus rostros se desmoronaron.
—Está bien, señor Macy —exclamó Boyne—. Todo correcto. Feliz de que el señor
Knight y su amiga sean mis invitados.
Knight y la chica se volvieron. Boyne sonrió y palmeó la silla junto a él.
—Sentaos —dijo—. Estoy encantado, os lo aseguro.
—Lamentamos parecer unos intrusos —dijo la joven—, pero éste es el único lugar de la
ciudad donde podemos encontrar una auténtica gaseosa de jengibre Stone.
—Comprendo la situación, señorita Clinton. —Y volviéndose hacia Macy dijo—: Traiga
las gaseosas y váyase. No hay más invitados. Estos son todos los que esperaba.
Knight y la joven miraron a Boyne con sorpresa mientras se sentaban con lentitud.
Knight colocó un paquete de libros envueltos en papel sobre la mesa.
—¿Me conoce usted, señor...? —dijo la chica, tomando aliento.
—Boyne. Como en Boyne, batalla del. Sí, claro. Usted es la señorita Clinton. Él es el
señor Oliver Wilson Knight. Alquilé este reservado para verles esta tarde.
—Supongo que está bromeando, ¿verdad? —preguntó Knight, y un débil rubor
apareció en sus mejillas.
—Gaseosa de jengibre —dijo Boyne amablemente cuando llegó Macy, depositó las
botellas y los vasos, y partió con rapidez.
—Usted no podía saber que íbamos a venir aquí —dijo Jane—. Nosotros mismos no lo
sabíamos..., hasta hace unos minutos.
—Siento contradecirla, señorita Clinton. —Boyne sonrió—. La probabilidad de su
llegada a la longitud 73-58-15, latitud 40-45-20 era del 99,9807 por ciento. Nadie puede
escapar a cuatro cifras significativas.
—Oiga —comenzó Knight con enojo—, si ésta es su idea de... —Por favor, beba su
refresco y escuche mi idea, señor Knight. —Boyne se inclinó sobre la mesa con galvánica
intensidad—. Esta hora ha sido dispuesta con gran dificultad y mucho costo. ¿Por quién?
No importa. Usted nos ha colocado en una posición extremadamente peligrosa. Me han
enviado para encontrar una solución. —¿Solución para qué? Jane trató de incorporarse.
—Yo..., creo que es mejor irse...
Boyne le indicó que se sentara, y ella obedeció como si fuera una niña. Entonces se
dirigió a Knight:
—Este mediodía entró usted en el establecimiento de J. D. Craig Co., vendedor de
libros. Usted adquirió, por medio de transferencia de moneda, cuatro libros. Tres carecen
de importancia, pero el cuarto... —Palmeó enfáticamente el paquete—. Este es el quid de
este encuentro.
—¿De qué demonios está hablando? —exclamó Knight. —Un volumen encuadernado
consistente en una colección de hechos y estadísticas.
—¿El almanaque?
—El almanaque.
—¿Qué pasa con él?
—Usted intentó adquirir un almanaque de 1950.
—He comprado un almanaque de 1950.
—¡No lo hizo! —proclamó Boyne—. Usted compró un almanaque de 1990.
—¿Qué?
—El Almanaque Mundial de 1990 está en este paquete —dijo Boyne con claridad—. No
me pregunte cómo. Hubo un descuido que ya ha sido castigado. Ahora el error debe ser
corregido. Por eso estoy yo aquí. Por eso se dispuso este encuentro. ¿Entiende?
Knight se echó a reír y se estiró hacia el paquete. Boyne se inclinó sobre la mesa y le
cogió la muñeca.
—No lo debe abrir, señor Knight.
—De acuerdo. —Knight se recostó en su silla, hizo una mueca risueña a Jane y sorbió
su gaseosa—. ¿Cuál es el motivo de esta farsa?
—Debo tener el libro, señor Knight. Me gustaría salir de este bar con el almanaque bajo
el brazo.
—Le gustaría, ¿eh?
—Me gustaría.
—¿El almanaque de 1990?
—Sí.
—Si existe algo parecido a un almanaque de 1990 —dijo Knight—, y si está en este
paquete, ni todos los diablos juntos podrían quitármelo.
—¿Por qué, señor Knight?
—No sea idiota. ¿Una mirada al futuro? Las noticias del mercado de valores..., las
carreras de caballos..., la política. Es dinero en efectivo. Seré rico.
—Sí, en efecto —asintió Boyne—. Más que rico. Omnipotente. Una mente pequeña
utilizaría el Almanaque del Futuro sólo para cosas pequeñas. Apostar a los resultados en
el deporte y en las elecciones. Y en otras cosas. Pero un intelecto de dimensiones..., su
intelecto..., no se detendría ahí.
—Si usted lo dice —sonrió Knight.
—Deducción. Inducción. Conclusión. —Boyne remarcó los puntos con los dedos—.
Cada hecho le explicaría una historia completa. La inversión estatal real, por ejemplo...
Qué tierras comprar y vender. Los informes de los cambios de población y los censos se
lo dirían. Los transportes. La lista de desastres marítimos y descarrilamientos de trenes le
indicarían hasta qué punto el transporte a reacción ha reemplazado al tren y al barco.
—¿Lo ha hecho? —rió Knight entre dientes.
—Los informes de los vuelos le indicarían qué mercancías debería comprar. Las listas
de tráfico postal le indicarían las ciudades del futuro. Los ganadores del premio Nóbel le
dirían qué científicos y qué nuevas invenciones vigilar. Los presupuestos armamentísticos
le indicarían qué fábricas y qué industrias controlar. Los informes del costo de vida le
dirían cómo proteger sus bienes contra la inflación o la deflación. La cotización de las
divisas extranjeras, las quiebras bancarias y el índice de las compañías de seguros le
suministrarían la clave para protegerse contra cualquier desastre.
—Ésa es la idea —dijo Knight—. Eso me interesa.
—¿Realmente lo cree así?
—Sé que es así. Dinero en mi bolsillo. El mundo en mi bolsillo.
—Perdone —dijo Boyne vivamente—, pero usted se limita a repetir los sueños de la
niñez. Quiere una fortuna. Sí. Pero sólo con esfuerzo..., con su propio esfuerzo. No hay
felicidad en un regalo que no se ha ganado. No da más que culpa y desdicha. Usted ya es
consciente de eso ahora.
—No estoy de acuerdo —dijo Knight.
—¿No lo está? ¿Entonces por qué trabaja? ¿Por qué no roba? ¿Estafa? ¿Por qué no
quita a los otros su dinero para llenar sus propios bolsillos?
—Pero yo... —comenzó Knight, y luego se detuvo.
—El punto ha sido bien planteado, ¿eh? —Boyne hizo un gesto impaciente con la
mano—. No, señor Knight. Busque un argumento maduro. Usted es demasiado ambicioso
y sano para conseguir el éxito mediante el robo.
—En tal caso, me gustaría saber si voy a tener éxito.
—Sí. Correcto. Usted desea hojear las páginas para buscar su nombre. Quiere tener un
seguro. ¿Por qué? ¿No confía en sí mismo? Es un prometedor abogado. Sí, lo sé. Forma
parte de mi información. ¿No tiene la señorita Clinton confianza en usted?
—Sí —dijo Jane en voz alta—. El no necesita la confianza que un libro pueda darle.
—¿Qué más, señor Knight?
Knight vaciló, serenándose ante la abrumadora intensidad del rostro de Boyne. Luego
dijo:
—Seguridad.
—Eso no existe. La vida es peligro. Sólo podrá encontrar seguridad en la muerte.
—Usted ya sabe qué quiero decir —musitó Knight—. El conocimiento de la vida hace
posible una planificación. Está la bomba atómica.
Boyne asintió con rapidez.
—Es cierto. Hay una crisis. Pero yo estoy aquí. El mundo continuará. Yo soy la
garantía.
—Si le creo...
—Y si no, ¿qué? —estalló Boyne—. Usted no necesita seguridad. Usted necesita valor.
—Y deslumbre a la pareja con una desdeñosa mirada—. Este es un país con una leyenda
de padres pioneros, de quienes se supone que usted adquirió el valor para afrontar las
dificultades. D. Boone, E. Alien, S. Houston, A. Lincoln, G. Washington y otros.
¿Correcto?
—Supongo que sí —murmuró Knight—. Eso es lo que nos decimos a nosotros mismos.
—¿Y dónde está ese valor en usted? ¡Puff! Es sólo cháchara. Lo desconocido le
asusta. El peligro no le impulsa a luchar, como ocurría con D. Crockett; sólo hace que
gimotee y busque la solución en este libro. ¿Correcto?
—Pero la bomba atómica...
—Es un peligro. Sí. Uno de tantos. ¿Y qué? ¿Usted hace trampas al solamario?
—¿Solamario?
—Perdón. —Boyne reconsideró, haciendo chasquear los dedos con impaciencia ante la
interrupción de sus argumentos—. Es un juego con un solo participante, con cambios en
el reagrupamiento de las cartas. Olvidé cómo...
—¡Oh! —La cara de Jane se iluminó—. El solitario.
—Vale. Solitario. Gracias, señorita Clinton. —Boyne giró la mirada hacia Knight—.
¿Usted hace trampas al solitario?
—Ocasionalmente.
—¿Le apetece ganar haciendo trampas?
—No como regla.
—Es tiste, ¿no? Aburrido. Tedioso. Cansado. Le es indiferente. Usted desea ganar
honestamente.
—Supongo que sí.
—Y supone que lo hará una vez haya echado un vistazo al libro. Toda su vida desearía
haber jugado honestamente el juego de la vida. Se avergonzaría de haber mirado. Se
arrepentiría. Recordaría completamente las declaraciones de nuestro profeta-filósofo
Trynbyll, quien resumió todo en una iluminada y escasa línea. «El futuro es Tekon», dijo
Trynbyll. Señor Knight, no haga trampas. Deje que le implore que me entregue el
almanaque.
—¿Por qué no me lo quita?
—Debe ser un obsequio. No podemos robar nada. No podemos darle nada.
—Eso es mentira. Usted ha pagado a Macy para alquilar el reservado.
—Se ha pagado a Macy, pero no le doy nada. Él pensará que ha sido estafado, pero
usted no dejará que sea así. Todo se ajustará sin dislocamientos.
—Oiga...
—Todo ha sido cuidadosamente planificado. He apostado por usted, señor Knight.
Ahora depende de su buen sentido. Entrégueme el almanaque. Me disolveré...
reorientado..., y nunca volverá a verme de nuevo. ¡Sinvergüenza! Será una bonita historia
de bar para narrar a los amigos. ¡Deme ese almanaque!
—¡Corte el rollo! —dijo Knight—. Esto es una farsa, ¿no se acuerda? Yo...
—¿Lo es? —interrumpió Boyne—. ¿Lo es? Míreme.
Durante casi un minuto, la joven pareja contempló la pálida cara blanca con sus ojos
espectrales. La semisonrisa abandonó los labios de Knight, y Jane se estremeció
involuntariamente. Hubo un escalofrío y desaliento en el reservado.
—¡Dios mío! —Knight miró con desamparo a Jane—. Esto no puede estar sucediendo.
Me lo está haciendo creer. ¿Tú?
Jane asintió con brusquedad.
—¿Qué podemos hacer? Si todo lo que dice es verdad, podemos rehusar y ser felices
para siempre.
—No —dijo Jane, con voz entrecortada—. En ese libro puede haber dinero y éxito, pero
también separación y muerte. Dale el almanaque.
—Cójalo —dijo Knight débilmente.
Boyne se incorporó en seguida. Cogió el paquete y se dirigió a la cabina telefónica.
Cuando salió tenía tres libros en una mano y un pequeño envoltorio hecho con el papel
del paquete en la otra. Colocó los libros sobre la mesa y se detuvo por un momento,
sosteniendo el envoltorio y sonriendo.
—Mi gratitud —dijo—. Ustedes han mitigado una situación precaria. Sería agradable
que recibieran algo a cambio. Tenemos prohibido transferir algo que pueda desviar las
corrientes de los fenómenos existentes, pero al menos les daré un recuerdo del futuro.
Retrocedió, se inclinó exageradamente y dijo:
—A vuestro servicio.
Luego se volvió y empezó a salir del bar.
—¡Eh! —llamó Knight—. ¿Y el recuerdo?
—Macy lo tiene —respondió Boyne, y desapareció.
La pareja se quedó algunos instantes en blanco, como durmientes que se despiertan
lentamente. Luego, mientras la realidad empezaba a retornar, se contemplaron uno al otro
y estallaron en risas.
—Realmente me ha asustado —dijo Jane.
—Y luego hablan de los personajes de la Tercera Avenida. ¡Qué actuación! Pero ¿qué
ha ganado con todo esto?
—Bien..., tiene tu almanaque.
—Pero eso no tiene sentido. —Knight comenzó a reír otra vez—. Todo ese asunto de
pagar a Macy sin darle nada. Y se supone que yo procuraré que no le estafen. Y el
misterio del recuerdo del futuro...
La puerta del bar se abrió con brusquedad y Macy cruzó el salón hacia el reservado.
—¿Dónde está ése? —vociferó Macy—. ¿Dónde está el ladrón? Boyne, se llama.
Aunque debería llamarse Dillinger.
—¿Por qué, señor Macy? —exclamó Jane—. ¿Qué ocurre?
—¿Dónde está ése? —Macy aporreó la puerta del lavabo de hombres—. ¡Sal de ahí,
cuentista!
—Se ha ido —dijo Knight—. Salió justo antes de que usted entrara.
—¡Y usted, señor Knight! —Macy apuntó con un dedo tembloroso al joven abogado—.
Usted, ponerse junto a ladrones y estafadores. ¡Debería darle vergüenza!
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Knight.
—Me dio un billete de cien dólares para alquilar este reservado. —Macy dio un gemido
de angustia—. Cien dólares. Llevé el billete a Bernie, el prestamista, por precaución, y me
ha dicho que es falso. Es una falsificación.
—Oh, no —Jane rió—. Es demasiado. ¿Una falsificación?
—Mirad —gritó Macy, arrojando el billete sobre la mesa.
Knight lo inspeccionó cuidadosamente. De pronto, palideció y la sonrisa se desvaneció
en su rostro. Buscó en sus bolsillos, extrajo un talonario y comenzó a escribir con dedos
temblorosos.
—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó Jane.
—Asegurarme de que no se estafe al señor Macy —dijo Knight—. Tendrá sus cien
dólares, señor Macy.
—¡Oliver! ¿Estás loco? Desprenderte de cien dólares...
—Yo tampoco perderé nada —respondió Knight—. ¡Todo se ajustará sin
dislocamientos! Son diabólicos. ¡Diabólicos!
—No comprendo.
—Mira ese billete —dijo Knight, con voz temblorosa—. Míralo con detalle.
Estaba bellamente impreso y, en apariencia, era auténtico. Los bondadosos rasgos de
Benjamín Franklin les contemplaban reales y apacibles; pero en la parte inferior de la
esquina derecha habían impreso: Serie 1980 D. Y abajo estaba firmado: Oliver Wilson
Knight, ministro de Hacienda.
CADA CUAL SU BOTELLA
John Collier

Lean cualquier cosa de John Collier que caiga en sus manos. Este autor pastó en
muchos floridos prados y retozó en muchos pequeños valles cubiertos de helechos.
Durante años, más tarde, la gente solía preguntarse: «¿Qué ha sido de John Collier?».
Me pregunto qué se habrá hecho de él desde que nos dio el esquinazo. «¿Ha muerto
John Collier?», preguntaba la gente, casi temiendo la respuesta. Y un día, por fin
(finalmente por fin), llegó la noticia. El difunto John Collier no había estado muerto todo
ese tiempo. Había estado en Hollywood. Cada cual su botella, escrito antes de que nos
diera el esquinazo, puede muy bien no ser solamente el último relato de esta especie. Es
probablemente el relato fundamental.
John Collier nació en Londres en 1901. Poeta publicado, el señor Collier gozó de más
fama como autor de las novelas Defy the Foul Fiend, His Monkey Wife y The Poacher y la
colección de cuentos Fancies and Goodnights. Trabajó en guiones cinematográficos como
los de La reina de África (protagonizada por Katharine Hepburn y Humphrey Bogart),
Deception (Bette Davis) y El señor de la guerra (Charlton Heston). John Collier falleció en
California en 1980.
Franklin Fletcher soñaba en el lujo en forma de pieles de tigre y mujeres hermosas. En
caso necesario estaba dispuesto a prescindir de las pieles de tigre. Por desgracia, las
mujeres hermosas parecían igualmente raras e inaccesibles. En su despacho y en la
pensión donde se alojaba, las chicas eran ratones, o gatunas, o coquetonas, o habían
leído insuficientemente los anuncios. Franklin no conocía otras. A los treinta y cinco años
renunció, y decidió que debía consolarse con un hobby, que es un muy miserable
segundo premio.
Merodeó por raros rincones de la ciudad, observó los escaparates de anticuarios y
quincalleros, se preguntó qué demonios podía coleccionar. Llegó a una pobre tienda, de
un pobre callejón, en cuyo polvoriento escaparate había un solo objeto: un barco de
aparejo complejo metido en una botella. Sintiéndose más bien así él mismo, Franklin
decidió entrar y preguntar el precio.
La tienda era pequeña y estaba medio vacía. Viejas estanterías se alineaban en las
paredes, y estas estanterías tenían una gran cantidad de botellas, de todos tipos y
tamaños, que contenían diversos objetos únicamente interesantes porque estaban
embotellados. Mientras Franklin continuaba mirando, se abrió una puertecilla y por ella
salió el propietario arrastrando los pies, un acartonado anciano con un elegante sombrero
que parecía moderadamente sorprendido y complacido por tener un cliente.
Enseñó a Franklin ramilletes, aves del paraíso, la Batalla de Gettysburg, jardines
japoneses en miniatura e incluso una cabeza humana contraída, todo ello en botellas
tapadas.
—¿Y qué son esas cosas —preguntó Frank—, las del estante de abajo?
—Ahí no hay mucho que mirar —dijo el anciano—. Mucha gente opina que son cosas
absurdas. Personalmente, me gustan.
Sacó algunas muestras de la polvorienta oscuridad. Una botella parecía no contener
nada aparte de una reseca mosca, otras contenían quizá cerdas de caballo o pajas, o
meros manojos del cielo sabe qué. Algunas botellas parecían estar llenas de opalescente
humo.
—Son —explicó el anciano— diversos tipos de genios, jinns, sibilas, demonios y cosas
por el estilo. Algunos, creo, es muy difícil meterlos en una botella, más difícil que meter un
barco con todo su aparejo.
—¡Oh, vamos! ¡Esto es Nueva York! —dijo Frank.
—Tanto mayor motivo para esperar que haya embotellados los más extraordinarios
genios —dijo el anciano—. Se lo enseñaré. Aguarde un momento. El tapón está un poco
duro.
—¿Pretende decir que hay uno ahí dentro? —repuso Frank—. ¿Y va a soltarlo?
—¿Por qué no? —replicó el viejo, que había desistido de sus esfuerzos y sostenía la
botella junto a la luz—. Este... ¡Santo cielo! \Porque no, ciertamente! Mis ojos cada vez
están más débiles. Casi he destapado una botella que no debo destapar. ¡Un cliente muy
desagradable, ése! ¡Válgame Dios! Es una suerte que no haya sacado ese tapón. Será
mejor que lo vuelva a poner en el estante. Debo recordar que está abajo a la derecha. Le
pondré una etiqueta uno de estos días. Aquí tengo algo más inofensivo.
—¿Qué hay dentro? —preguntó Frank.
—Se supone que es la mujer más bella del mundo —dijo el viejo—. Está muy bien, si
es que le gusta esa clase de cosas. Yo nunca me he molestado en destaparla. Buscaré
algo más interesante.
—Bueno, desde un punto de vista científico —dijo Frank—, yo...
—La ciencia no es todo —dijo el anciano—. Mire esto. —Levantó una botella que
contenía un objeto minúsculo, momificado, con aspecto de insecto, apenas visible entre el
mugre—. Pegue la oreja a la botella.
Frank así lo hizo. Y pronunciadas con una especie de silbido nada similar a una voz,
escuchó las palabras:
—Louisiana Lad, Saratoga, cuatro con quince. Louisiana Lad, Saratoga, cuatro con
quince —repetía sin cesar la «voz».
—¿Qué diablos es eso? —preguntó Frank.
—Eso es la Sibila de Cumas original —contestó el viejo—. Muy interesante. Ella está
interesándose por las carreras de caballos.
—Muy interesante —dijo Frank—. De todas formas, me gustaría ver esa otra botella.
Adoro la belleza.
—Es un poco artista, ¿eh? —dijo el viejo—. Créame, lo que usted necesita en realidad
es un tipo bueno, de aptitudes variadas, serviciable. Aquí tengo uno, por ejemplo. Le
recomiendo a este personajillo por experiencia personal. Él es práctico. Puede resolverle
cualquier problema.
—Bueno, siendo así —dijo Frank—, ¿por qué no ha conseguido usted un palacio,
pieles de tigre y todo eso?
—Tuve todo eso —dijo el anciano—. Y él lo arregló. Sí, esta fue mi primera botella. El
resto llegó gracias a él. En primer lugar conseguí un palacio, cuadros, esculturas,
esclavos.
Y, como ha dicho usted, pieles de tigre. Le ordené que pusiera a Cleopatra en una de
ellas.
—¿Cómo era ella? —exclamó Frank.
—Estaba bien —repuso el anciano—, si es que le gusta ese tipo de cosas. Yo me
aburrí. Pensé, «Lo que me gustaría de verdad es una tiendecita, con toda clase de cosas
metidas en botellas». Y por eso le ordené que me complaciera. Él me consiguió la sibila.
Él me consiguió ese tipo feroz. De hecho, él me consiguió todo.
—¿Y ahora está él ahí dentro? —preguntó Frank.
—Sí. Está dentro —dijo el viejo—. Escúchelo.
Frank apretó la oreja a la botella. Y pronunciado en quejumbrosos tonos, oyó:
—Déjeme salir. Déjeme salir. Por favor, déjeme salir. Haré lo que sea. Déjeme salir.
Soy inofensivo. Por favor, déjeme salir. Sólo un ratito. Déjeme salir. Haré lo que sea. Por
favor...
Frank miró al anciano.
—Él está ahí, sí—dijo—. Está ahí.
—Naturalmente que está ahí —dijo el viejo—. Yo no le vendería una botella vacía. ¿Por
quién me toma? De hecho, yo no vendería nunca esta botella, por razones sentimentales,
pero ya hace muchos años que tengo la tienda y usted es mi primer cliente.
Frank volvió a poner la oreja en la botella.
—Déjeme salir. Déjeme salir. Oh, por favor, déjeme salir. Haré...
—¡Dios mío! —exclamó Frank, nervioso—. ¿Está así siempre?
—Muy probablemente —dijo el anciano—. No puedo decir que yo presto atención.
Prefiero la radio.
—Parece más bien duro para él —dijo comprensivamente Frank.
—Tal vez —repuso el viejo—. A la gente no parece gustarle las botellas. A mí, sí. Me
fascinan. Por ejemplo...
—Dígame —le interrumpió Frank—, ¿es él realmente inofensivo?
—Oh, sí —contestó el anciano—. Válgame Dios, sí. Hay quien dice que esa gente es
engañosa..., sangre oriental y todo eso... Pero no opino igual. Solía dejarlo salir. Él hacía
sus cosas y volvía a la botella. Debo decirlo, es muy eficiente.
—¿Podría conseguirme cualquier cosa?
—Absolutamente cualquier cosa.
—¿Y cuánto quiere por él? —preguntó Frank.
—Oh, no lo sé —dijo el anciano—. Diez millones de dólares, tal vez.
—¡Caramba! No tengo tanto. De todas formas, si él es tan bueno con usted afirma,
quizá consiga el dinero mediante un préstamo.
—No se preocupe. Digamos que cinco dólares está bien. Tengo todo cuanto quiero,
esa es la verdad. ¿Se lo envuelvo?
Frank pagó los cinco dólares y se apresuró a volver a casa con la preciosa botella,
aterrorizado, temiendo que se rompiera. En cuanto estuvo en su habitación quitó el tapón.
Del interior fluyó una prodigiosa cantidad de sucio humo, que de inmediato se solidificó
hasta formar la figura de un grueso y rollizo oriental de dos metros de altura, con bultos de
grasa, nariz ganchuda, un blanco perverso en sus ojos, enorme mentón partido: en
conjunto igual que un productor cinematográfico, pero más voluminoso. Frank, haciendo
desesperados esfuerzos por decir algo, pidió shashlik, pinchos morunos y pastas turcas.
Todo llegó al momento.
Frank, tras recobrar el equilibrio, notó que las modestas ofrendas eran de excelente
calidad, y que estaban dispuestas en platos de oro sólido, con soberbios grabados y
pulidos hasta alcanzar una deslumbrante brillantez. Gracias a pequeños detalles de este
tipo puede reconocerse a un criado de primera categoría. Frank estaba complacido, pero
refrenó su entusiasmo.
—Los platos de oro están muy bien -—dijo—. Pero vamos al grano. Me gustaría un
palacio.
—Oír es obedecer —dijo el moreno criado.
—Deberá ser de tamaño adecuado —continuó Frank—, con una situación adecuada,
muebles adecuados, cuadros adecuados, esculturas adecuadas, tapices y todo eso. Me
gustaría que hubiera allí un buen número de pieles de tigre. Soy muy aficionado a las
pieles de tigre.
—Allí estarán —dijo el esclavo.
—Soy un poco artista —añadió Frank—, como observó tu antiguo amo. Mi arte, por así
decirlo, exige la presencia, sobre esas pieles de tigre, de varias mujeres jóvenes, rubias,
morenas, pequeñas y bien proporcionadas, con una figura digna de Juno, lánguidas,
vivaces, todas hermosas, y no es preciso que vayan excesivamente vestidas. Odio el
exceso de ropa. Es vulgar. ¿Tienes eso?
—Lo tengo —dijo el jinn.
—Entonces quiero tenerlo yo —dijo Frank.
—Condesciende sólo en cerrar tus ojos durante el lapsus de un minuto —solicitó el
siervo—, y al abrirlos te encontrarás rodeado por los agradables objetos que has descrito.
—De acuerdo —dijo Frank—. ¡Pero ningún truco, cuidado!
Cerró los ojos tal como le habían pedido. Un sonido grave, un silbido, un zumbido
musical brotó y le envolvió. Al final del minuto Frank miró a su alrededor. Allí estaban los
arcos, columnas, estatuas, tapices, etc., del palacio más exquisito imaginable, y en todas
partes hacia donde dirigió la mirada vio una piel de tigre, y sobre cada piel de tigre había
una joven reclinada, de soberbia belleza y ciertamente sin vulgar exceso de ropa.
Nuestro buen Frank quedó, para expresarlo suavemente, extasiado. Fue corriendo de
un lado a otro igual que una abeja en una floristería. En todas partes fue recibido con
dulces sonrisas indescriptibles, y con miradas de franca o velada simpatía. Sonrojos y
párpados caídos. La llameante faz del ardor. Un hombro vuelto, pero en absoluto un
hombro frío. Brazos abiertos, ¡y qué brazos! Amor disimulado, pero en vano. Amor
triunfante.
—Debo afirmar —dijo Frank posteriormente— que he pasado una tarde realmente
deliciosa. He disfrutado de cabo a rabo.
—En ese caso —dijo el jinn, que en ese momento estaba sirviendo la cena—, ¿puedo
implorar el favor de que se me permita ser su mayordomo, y el responsable general de
sus placeres, en lugar de volver a esa abominable botella?
—No veo por qué no —contestó Frank—. Parece bastante duro que, después de haber
dispuesto todo esto, vuelvas a estar apretujado en la botella. Muy bien, serás mi
mayordomo, pero entiende esto: sea cual sea el trato, deseo que nunca entres en una
habitación sin llamar primero. Y sobre todo, ninguna jugarreta.
El jinn, tras una zalamera sonrisa de gratitud, se retiró y Frank no tardó en retirarse a
su harén, donde pasó la noche tan agradablemente como había pasado la tarde.
Transcurrieron varias semanas totalmente repletas de estos amenos pasatiempos,
hasta que Frank, en obediencia a la ley que ni siquiera los jinns más eficaces pueden
ignorar, empezó a sentirse cada vez más raro, un poco hastiado, un poco inclinado a
criticar y señalar errores.
—Estas criaturas son jóvenes y bonitas —le dijo a su jinn—, si a uno le gusta ese tipo
de cosas, pero supongo que difícilmente pueden ser de primera clase, o yo estaría más
interesado por ellas. Yo, bien mirado, soy un experto. Nada puede complacerme salvo lo
mejor. Llévatelas. Recoge todas las pieles de tigre excepto una.
—Así se hará—dijo el jinn—. Observa, está hecho.
—Y en esa piel de tigre restante —dijo Frank—, ponme a la misma Cleopatra.
Un instante después, Cleopatra estaba allí, con un aspecto, hay que admitirlo,
absolutamente soberbio.
—¡Hola! —dijo ella—. ¡Aquí estoy, otra vez en una piel de tigre!
—¿Otra vez? —gritó Frank, que de pronto recordó al viejo de la tienda—. ¡Venga!
Llévatela. Tráeme a Helena de Troya.
Un instante después, Helena de Troya estaba allí.
—¡Hola! —dijo ella—. ¡Aquí estoy, otra vez en una piel de tigre!
—¿Otra vez? —gritó Frank—. ¡Maldito sea aquel viejo! Llévatela. Tráeme a la reina
Ginebra.
Ginebra dijo exactamente lo mismo. Igual que madame de Pompadour, lady Hamilton y
el resto de famosas bellezas que Frank logró imaginar.
—No me extraña que ese viejo fuera un viejo tan enormemente arrugado —comentó—.
¡Viejo vicioso! ¡Viejo demonio! Se ha llevado la plata de toda la cubertería. Llámame
celoso si quieres, pero yo no pienso desempeñar un papel secundario al lado de ese
bribón, de ese viejo asqueroso. ¿Dónde puedo encontrar una criatura perfecta, digna de
los abrazos de un hombre tan experto como yo?
—Si se digna en dejar ese problema en mis manos —dijo el jinn—, permítame
recordarle que en aquella tienda había una botellita que mi anterior amo nunca había
abierto, porque yo se la proporcioné cuando él había perdido el interés en asuntos de esta
clase. Sin embargo, esa botella es famosa por contener a la mujer más bella del mundo
entero.
—¡Tienes razón! —exclamó Frank—. Consígueme esa botella sin demora.
Al cabo de unos segundos la botella estaba ante él.
—Puedes tomarte la tarde libre —dijo Frank al jinn.
—Gracias —repuso el jinn—. Iré a ver a mi familia de Arabia. No la he visto desde hace
mucho tiempo.
Y dicho esto hizo una reverencia y se fue. Frank centró su atención en la botella, que
no tardó mucho en abrir.
De ella surgió la mujer más hermosa que puede imaginarse. Cleopatra y las demás
eran brujas desaliñadas comparadas con ella.
—¿Dónde estoy? —preguntó la bella—. ¿Qué palacio tan hermoso es éste? ¿Qué
hago en una piel de tigre? ¿Quién es este apuesto y joven príncipe?
—¡Soy yo! —exclamó Frank, embelesado—. ¡Soy yo!
La tarde pasó igual que un instante en el paraíso. Antes de que Frank se diera cuenta,
el jinn había vuelto, dispuesto a servir la cena. Frank tenía que cenar con su encantadora
amiga, porque esta vez se trataba de amor, el auténtico amor. Los maliciosos ojos del
jinn, que entró con las viandas, se desorbitaron al contemplar tanta belleza.
Sucedió que Frank, todo él amor y desasosiego, salió corriendo al jardín entre bocado y
bocado, para coger una rosa para su amada. El jinn, con el pretexto de servir vino a la
bella, se puso muy cerca de la mujer.
—No sé si me recuerdas —dijo en un susurro—. Yo estaba en la botella más próxima a
la tuya. A menudo te admiraba a través del vidrio.
—Oh, sí—dijo ella—. Te recuerdo perfectamente.
En ese momento volvió Frank. El jinn no podía seguir hablando, pero fue de un lado a
otro de la sala, inflando su monstruoso pecho y haciendo gala de sus rollizos y morenos
músculos.
—No debes temerle —dijo Frank—. Sólo es un jinn. No le prestes atención. Dime que
me amas de verdad.
—Naturalmente que sí—dijo ella.
—Bueno, dilo—repuso Frank—. ¿Por qué no lo dices?
—Lo he dicho —contestó ella—. Naturalmente que sí. ¿No acabo de decirlo?
Esta vaga y evasiva réplica oscureció la felicidad de Frank, como si una nube hubiera
tapado el sol. La duda brotó en su mente y destrozó por completo momentos de exquisito
embeleso.
—¿En quién estás pensando? —preguntó Frank.
—No lo sé —replicó ella.
—Bien, tendrías que saberlo —afirmó él, y empezó una discusión.
En un par de ocasiones Frank incluso ordenó a la bella que volviera a la botella. Ella
obedeció con una sonrisa maliciosa y reservada.
—¿Por qué sonríe de esa forma? —le preguntó Frank al jinn, confiándole su angustia.
—No puedo asegurarlo —replicó el jinn—. A menos que ella tenga un amante oculto
ahí dentro...
—¿Será posible? —exclamó Frank, consternado.
—Es sorprendente cuánto espacio hay en una de esas botellas —dijo el jinn.
—¡Sal! —gritó Frank—. ¡Sal ahora mismo!
Su encantadora amiga surgió obediente.
—¿Hay alguien más en esa botella? —chilló Frank.
—¿Cómo iba a haber alguien? —preguntó ella, con una mirada de inocencia más bien
exagerada.
—Dame una respuesta clara —dijo él—. Responde sí o no.
—Sí o no —replicó ella enloquecedoramente.
—¡Embustera, estás engañándome, ramera de poca monta! —exclamó Frank—.
Entraré ahí dentro y lo averiguaré personalmente. Si encuentro a otro hombre, ¡que Dios
os ayude a los dos!
Dicho esto, y mediante un intenso esfuerzo de voluntad, Frank entró fluidamente en la
botella. Miró por todas partes: no había nadie. De repente escuchó un sonido en lo alto.
Levantó los ojos, y el tapón estaba introduciéndose.
—¿Qué estáis haciendo? —gritó Frank.
—Estamos poniendo el tapón —contestó el jinn.
Frank maldijo, suplicó, rogó e imploró.
—¡Déjame salir! —chilló—. Déjame salir. Por favor, déjame salir. Déjame salir. Haré lo
que sea. Déjame salir, déjame.
El jinn, no obstante, tenía otros asuntos que atender. Frank sufrió la infinita
mortificación de contemplar esos otros asuntos a través de las cristalinas paredes de su
prisión. Al día siguiente notó que ascendía, que surcaba el aire velozmente y que le
depositaban en la sucia tiendecilla, con las demás botellas, sin que nadie hubiera
descubierto la falta de la suya.
Allí permaneció un interminable período, cubierto de polvo de pies a cabeza y frenético
y rabioso al pensar lo que estaría pasando en su exquisito palacio entre su jinn y su infiel
amada. Finalmente, un grupo de marineros llegó por casualidad a la tienda y, al oír que
aquella botella contenía a la mujer más bella del mundo, la compraron mediante
suscripción colectiva de la tripulación. Al destapar la botella en alta mar y descubrir que
allí sólo estaba el pobre Frank, su desengaño no conoció límites y usaron al desgraciado
con extrema atrocidad.
TAL COMO ESTÁ
Robert Silverberg

No con todo el mundo puede hablarse de las diversas ediciones de The Periplus of the
Erythraen Sea, o de las de Letter From Préster John, o del grito de la cuaga, como ocurre
con Roben Silverberg. No obstante, si bien contribuye tener cierta erudición para gozar
con Tal como está, la cosa no exige tanto. Ahorraré a los lectores más que un simple
codazo en las costillas respecto a «los largos amoríos norteamericanos con el automóvil»,
y acto seguido les aconsejaré, como hacían los alquimistas, Lege, lege/ Leed, leed...
Si bien es cierto que Robert Silverberg ha escrito varios cientos de libros e
innumerables relatos cortos, el autor se limita a decir: «Neoyorquino de nacimiento, me
trasladé a California hace bastante tiempo. Llevo escribiendo c-f (interrumpimos aquí a
Silverberg para decir que, como ven, casi todos los autores escriben esto de forma
distinta; ¿tiene ello alguna importancia?). Llevo escribiendo c-f treinta años y he publicado
bastante de ese material. (Ha publicado bastante de otras cosas, además.) Entre mis
libros más famosos están Dying Inside, El castillo de lord Valentine, The Books of Skulls y
Alas nocturnas. Varios premios Hugo y Nébula, etc.». Un premio especial, diría yo, es un
párrafo que leí en un periódico que empezaba así: «El historiador norteamericano Robert
Silverberg...».
—Tal como está —dijo el vendedor de coches mientras metía los pulgares bajo el
cinturón—, doscientos cincuenta dólares y puede llevárselo. No le digo que sea perfecto,
pero se lo aseguro, conseguirá todo un coche por ese precio.
—Tal como está—dijo Sam Norton.
—Tal como está. Estrictamente tal como está.
Norton parecía un poco dudoso.
—Es posible que corra bien, pero con un maletero que no se abre...
—¿Y eso qué? —se mofó el vendedor—. Acaba de explicarme que va a alquilar un UHaul
para llevar sus cosas a California. ¿Para qué necesita un maletero? Escuche,
cuando llegue a la costa y tenga un rato libre, lleve el coche a un garaje, explique la
historia y es posible que con cinco minutos de soplete...
—¿Por qué no ha hecho eso usted mientras tenía el coche en venta?
El vendedor adoptó un aire evasivo.
—No tenemos tiempo para detalles de esa clase.
Norton olvidó el problema. Paseó otra vez alrededor del automóvil, lo examinó
atentamente desde todos los ángulos. Era un pequeño sedán de cuatro puertas, color
verde oscuro, con un acabado interior y exterior en buen estado, un decente juego de
llantas y un fulgor general que sólo se presenta cuando un coche está bien cuidado. El
tapizado era respetable, la radio funcionaba bien, el motor (hasta donde Sam podía
juzgar) estaba perfectamente, y en la prueba el vehículo se había mostrado suave y fácil.
El coche parecía ser un modelo razonablemente moderno, además; poseía cinturones de
seguridad y faros de emergencia.
Sólo había un pequeño detalle anormal. El maletero no se abría. No era tampoco
problema de una cerradura atascada; alguien había construido aquel coche de forma que
el maletero no se pudiera abrir. El propietario anterior, al parecer, lo había soldado con
gran cuidado; nada era visible allí, aparte de una tenue línea que señalaba el lugar donde
la tapa podía haberse abierto en otros tiempos.
Pero qué diablos. El automóvil estaba por lo demás en perfecto estado, y Sam no se
encontraba en situación de mostrarse demasiado exigente. De la noche a la mañana,
prácticamente, le habían trasladado a la oficina de Los Ángeles, cosa que estaba muy
bien desde el punto de vista de salir de Nueva York en medio de un horrible invierno, pero
no tan bien tal como iban sus finanzas inmediatas. La compañía no pagaba gastos de
traslado, sólo el transporte. Había entregado a Sam cuatro billetes de ida clase turista, y
punto. De forma que había metido a Ellen y a los chicos en el primero avión hacia Los
Ángeles, devolviendo el cuarto billete para usar el dinero en el traslado. Sam pensaba
hacerlo de un modo lento pero barato: alquilando un remolque U-Haul para meter las
pertenencias familiares y partir hacia California por la autopista con la esperanza de que
Ellen hubiera encontrado un piso cuando él llegara allí. Pero no podía esperar que el
cacharro que era su coche actual le llevara muy lejos al oeste de Parsip-pany (New
Jersey) y mucho menos que le permitiera cruzar el desierto del Mojave. Y por eso estaba
allí, tratando de elegir un modelo usado decente por unos quinientos dólares, que era todo
lo que podía permitirse pagar al contado.
Y allí estaba el encargado del puesto de automóviles usados, ofreciéndole un vehículo
muy atrayente (con un solo y peculiar defecto) únicamente por doscientos cincuenta
dólares, con lo que le quedaría la misma cantidad disponible para los gastos del trayecto
de costa a costa. Y en realidad él no necesitaba un maletero, porque iba a conducir solo.
Podía dejar el maletín en el asiento trasero y meter lo demás en el remolque. Y tampoco
sería tan difícil pedir a algún mecánico de Los Ángeles que abriera el maletero y lo dejara
en condiciones aprovechables. Por otra parte, Ellen le reprendería seguramente por haber
comprado un coche sin maletero; ella ya le había abroncado antes por otros «negocios»
de esa clase. En tercer lugar, el misterio del maletero cerrado le preocupaba. ¿Quién
sabía qué encontraría allí cuando lo abriera? Quizás el vehículo había pertenecido a un
contrabandista que tuvo que ocultar un cargamento precipitadamente, y el maletero podía
estar repleto de maravillosos lingotes de oro, o diamantes, o coñac de noventa años, que
el contrabandista pensaba recobrar semanas más tarde antes de que le ocurriera algo
inesperado. En cuarto lugar...
—¿Qué le parecería volver a probar el coche? —preguntó el vendedor.
Norton meneó la cabeza.
—No creo que sea preciso. Tengo una buena idea de cómo se porta.
—Bueno, entonces, entremos en el despacho y cerremos el trato.
—¿De qué año me ha dicho que era? —preguntó Norton para eludir la maniobra.
—Oh, del sesenta y cuatro o sesenta y cinco.
—¿No está seguro?
—A veces es imposible estarlo con estos productos extranjeros. Mire, no cambian el
modelo durante cinco, seis o diez años seguidos, excepto pequeños detalles que sólo un
experto notaría. Piense en Volkswagen, por ejemplo...
—Y acabo de darme cuenta de que tampoco me ha dicho la marca—le interrumpió
Norton.
—Peugeot, tal vez, o algún modelo Fiat —dijo vagamente el vendedor—. Una de esas
marcas.
—¿No lo sabe?
Un encogimiento de hombros.
—Bueno, repasamos los catálogos de marcas de hace algunos años, pero hay tantos
coches extranjeros..., y de algunos sólo importan unos cuantos miles y... Bueno, no
conseguimos averiguarlo.
Norton se preguntó cómo iba a conseguir piezas de recambio para un coche de marca
desconocida y fecha incierta. Entonces se dio cuenta de que estaba pensando en el
vehículo como si ya fuera suyo, a pesar de que cuanto más pensaba en la compra, menos
le gustaba. Y luego pensó en los lingotes del maletero. El coñac excepcional. La maleta
llena de rubíes y zafiros.
—¿No debería decir el registro algo sobre el año y la marca? —preguntó.
El vendedor cargó su peso sucesivamente sobre ambos pies.
—La verdad es que no tenemos el registro. Pero el vehículo está perfectamente
legalizado. Eh, mire, me gustaría sacar este coche del garaje, así que podemos dejarlo
por doscientos veinticinco dólares, ¿de acuerdo?
—Todo esto parece muy misterioso. De todas formas, ¿cómo consiguió el coche?
—Lo trajo un tipejo, hace un año. Hizo un año en noviembre, creo. Repase las válvulas,
me dijo. Volveré dentro de un mes, tengo que hacer un viaje de negocios. Pagó por
adelantado la revisión y un mes de garaje. ¿Creerá que fue lo último que supimos de él?
Bueno, le guardamos el coche aquí diez, once meses, pero se acabó. Ahora tenemos que
sacarlo de aquí. El abogado dice que podemos quedarnos con él a cambio de los gastos
de garaje.
—Si lo compro, ¿me dará un papel diciendo que tienen ustedes derecho a venderlo?
—Claro, claro.
—¿Y qué me dice del registro? Habrá que cambiar el seguro de mi antiguo cacharro.
¿Y el papeleo?
—Yo me ocuparé de todo —dijo el vendedor—. Usted llévese el coche de aquí.
—Doscientos —dijo Norton—. Tal como está.
El vendedor suspiró.
—Trato hecho. Tal como está.
Una suave nevada caía cuando Norton inició su hégira a través del país tres días más
tarde. Era un augurio, pero él no sabía de qué tipo. Decidió que la nieve sería su última
visión de un horrible fenómeno invernal que no volvería a ver, durante algún tiempo.
Según el Times, las temperaturas en Los Ángeles oscilaban entre los veintidós y los
veinticinco grados. No estaba mal para ser enero.
Norton se arrellanó ante el volante, apoyó el pie con suavidad en el acelerador y partió
hacia el oeste a una excelente y razonable velocidad de setenta kilómetros por hora. No
se atrevió a ir más de prisa con el voluminoso remolque detrás. No tenía mucha
experiencia en conducir de esa forma (era agente de ventas de ordenadores, y nunca
llevaba aparatos de muestra), pero se adaptó rápidamente. Sólo había que recordar que
el vehículo era un organismo segmentado y que debut serpentear en la debida forma.
Benditas fueran las autopistas, de todas formas. Simplemente conducir, en línea recta,
recto, recto, hacia la tierra del sol naciente con tan sólo algunas curvas suaves y media
docena de semáforos en el camino.
La nevada se intensificó un poco. Pero el coche respondió magníficamente, se adhirió
a la carretera, y el limpiaparabrisas mantuvo despejada la visión. Sam ni siquiera había
imaginado comprar un automóvil extranjero para el viaje, simplemente le había parecido
bien adquirir un sólido Plymouth, o un Chevvie, algo pesado y robusto que le permitiera
atravesar amplios espacios abiertos. Pero no se arrepentía de haber comprado un coche
más pequeño. Tenía la potencia y la arrancada necesaria, y de todas formas de poco le
habrían servido unos cuantos caballos más, con el remolque saltando detrás.
Sam estaba de un talante alegre, relajado. El coche parecía cómodo y protector, un
cálido ambiente cerrado que le acogería y cobijaría durante los miles de kilómetros que le
aguardaban. Aún se hallaba lo bastante cerca de Nueva York para oír a Mozart por radio,
cosa muy agradable. La calefacción del vehículo funcionaba bien. No había excesivo
tráfico. La nieve, recién caída, blanca y esponjosa, era tanto más hermosa sabiendo que
iba a quedar detrás. Sam incluso disfrutó con su soledad. Sería un descanso, en cieno
sentido, recorrer Ohio, Kansas, Colorado, Arizona y el resto de estados que le separaban
de Los Ángeles. Cinco o seis días de paz y tranquilidad, sin conversaciones triviales, sin
niños a los que divertir...
El estado de ánimo de Sam empezó a oscurecerse poco después de entrar en la
autopista de Pennsylvania. Cuando se tiene tiempo suficiente para pensar, al final se
acaba pensando en cosas ya pensadas anteriormente. Y Sam, mientras rodaba esa gris y
silenciosa tarde por la capa de nieve cada vez más espesa, pensó en ciertos rasgos de un
coche sin maletero que había pasado por alto dada su prisa por ponerse en camino.
¿Tenía caja de herramientas, por ejemplo? En caso de que pinchara una rueda,
¿dispondría de gato, tendría alguna llave? Y esto le condujo a un pensamiento mucho
más gélido: ¿tendría alguna rueda de repuesto? Un maletero era más que una cavidad en
la parte de atrás; en la mayoría de automóviles contenía objetos utilísimos.
Y él no tenía ninguno.
Ni había pensado en eso, hasta ese momento.
Sam consideró la perspectiva de conducir de costa a costa sin una rueda de repuesto,
sin herramientas, y su estado de cálida seguridad se evaporó bruscamente. En la
siguiente salida, decidió, buscaría una estación de servicio y se haría con un neumático,
en seguida. Había espacio para ponerlo en el asiento trasero, junto a su equipaje. Y al
mismo tiempo podía comprar también...
El U-Haul, notó de pronto Sam, iba de un lado a otro torpemente, como si las ruedas
hubieran perdido tracción. Un instante después el coche hizo lo mismo, y Sam notó que
se movía lateralmente, realizando un hermoso patinaje sobre un oleoso tramo de
autopista no pavimentado. Mover el volante en la misma dirección que el patinazo, eso se
supone que hay que hacer, pensó Sam, extrañamente tranquilo. Sin saber cómo
consiguió mantener el pie fuera del freno pese a cualquier inclinación natural, y contempló
con calmado horror cómo coche y remolque se deslizaban plácidamente por el vacío carril
hasta el lateral derecho y se detenían, sobre las ruedas y mirando al frente, en la nieve
amontonada a lo largo de la cuneta.
Sam respiró con lentitud, se rascó la barbilla y apretó suavemente el acelerador. Las
ruedas emitieron un agudo lamento en su girar sobre la nieve. Sam Norton no iba a ir a
ninguna parte. Se había atascado.
El «tipejo» tenía una cara de sonrosadas mejillas, un cabello cano tan largo que se
rizaba en las puntas y gafas de montura metálica. Miró la nieve que cubría los
automóviles del puesto de coches usados, frunció el entrecejo y caminó pesadamente
hacia la sala de exhibición.
—He venido a recoger mi coche —anunció—. Había que repasar las válvulas. Me
retrasaron los negocios en otra parte del mundo.
El vendedor estaba nervioso.
—El coche no está aquí.
—Eso veo. Búsquelo, pues.
—Lo vendimos hace más o menos una semana.
—¿Lo vendieron? ¿Han vendido mi coche? ¿Mi coche?
—El coche que usted abandonó. El coche que guardamos aquí un año entero. Esto no
es un aparcamiento. Mire, primero hablé con mi abogado y él dijo...
—Muy bien. Muy bien. ¿Quién fue el comprador?
—Un tipo, se ha trasladado a California y necesitaba un coche para ir rápidamente. Él..
—¿Su nombre?
—Mire, no puedo decirle eso. Él compró el coche de buena fe. No tiene derecho a
molestarlo.
—Si quisiera —dijo el hombrecillo—, podría sacarle la información de varias formas.
Pero no importa. Localizaré el coche fácilmente. Y usted lamentará ciertamente este
escandaloso quebranto de sus obligaciones de custodia. Lo lamentará.
Salió furioso de la sala, murmurando, indignado.
Varios minutos después el centelleo de un rayo brilló en el cielo.
—¿Un rayo? —se extrañó el vendedor de automóviles—. ¿En enero? ¿Durante una
ventisca?
Cuando retumbó el trueno, todas las hojas de vidrio de las ventanas de la sala de
exhibición se hicieron añicos en el mismo instante.
Sam Norton permaneció sentado, haciendo girar las ruedas un rato con creciente furia.
Sabía que eso no iba a servir de nada, pero no sabía qué otra cosa podía hacer, en
aquella situación, aparte de apretar el acelerador y confiar en que el coche saliera de la
nieve. Su otra esperanza, y la última, era que se presentara la patrulla de carreteras, viera
su apuro y llamara a un camión grúa. Pero la autopista estaba prácticamente desierta y
los pocos vehículos que circulaban pasaban sin detenerse.
Cuando ya habían transcurrido diez minutos, Sam decidió examinar la situación de
forma más minuciosa. Se preguntó vagamente si podría amontonar nieve con los pies
para que las ruedas tuvieran un poco de apoyo. No parecía plausible, pero no podía hacer
mucho más. Sam salió del coche y se acercó a la parte trasera del vehículo.
Y observó por primera vez que el maletero estaba abierto.
La tapa había saltado treinta centímetros, abriéndose por aquella línea de demarcación
limpiamente soldada. Sorprendido, Sam la levantó un poco más y atisbo el interior.
El interior tenía olor a humedad, a moho. Sam apenas pudo verlo porque la luz era
tenue y la tapa no se levantaba más. Le pareció ver dispersos deformes objetos, sin
tamaño o forma particular, pero no notó nada al intentar tocarlos a tientas. Le pareció
como si las cosas que había en el maletero se apartaran de su mano, se esfumaran en
los rincones más oscuros cuando él quería cogerlas. Pero entonces sus dedos
encontraron algo frío y liso, y escuchó un feliz sonido de metal al chocar contra metal.
Sacó la mano.
Apareció un juego de cadenas para ruedas.
Sam sonrió ante su buena suerte. ¡Precisamente lo que necesitaba! Desenredó
rápidamente las cadenas y se agachó junto a las ruedas traseras para asegurarlas. La
tapa del maletero se cerró de golpe mientras Sam trabajaba (la bisagra debía de estar
suelta, pensó él), pero ese detalle no tenía importancia. Al cabo de cinco minutos había
puesto las cadenas. Tras ponerse al volante, volvió a poner en marcha el coche, tocó el
acelerador, apretó delicadamente el embrague y se mordió con fuerza el labio inferior a
modo de ayuda para que el vehículo saliera del montón de nieve. El automóvil avanzó
suavemente hasta situarse en un tramo despejado. Sam dejó puestas las cadenas hasta
que llegó a una zona de servicio, tras doce kilómetros de autopista. Allí las quitó. Y al
levantarse vio que el maletero estaba abierto otra vez. Echó las cadenas adentro y se
arrodilló, intentando de nuevo ver qué otra cosa podía haber en el maletero. Pero ni
forzando la vista descubrió nada. Al tocar la tapa, ésta se cerró de golpe y una vez más la
pane trasera del coche adoptó su asombroso aspecto de estar totalmente soldada.
No voy a razonar el porqué, pensó Sam. Se acercó a la estación y pidió al empleado
que le vendiera un neumático de repuesto y un juego de herramientas. El empleado, con
la frente fruncida, examinó el vehículo por la ventana y comentó:
—No sé si habrá alguno que vaya bien. Tenemos el tipo estándar y el pequeño, pero
usted necesita uno intermedio. Nunca había visto un neumático como ese, francamente.
—Quizá debería verlo más de cerca —sugirió Norton—. Precisamente es un tipo
estándar de coche extranjero y...
—No. Puedo verlo desde aquí. ¿Qué coche lleva, de todas formas? ¿Uno de esos
cacharros japoneses?
—Algo así.
—Escuche, tal vez encuentre un neumático en Harrisburg. Allí hay un proveedor
especializado en coches extranjeros que le podrá conseguir un silenciador, un
amortiguador, lo que quiera.
—Gracias —dijo Norton, y salió.
No le apetecía detenerse cuando llegó al desvío de Harrisburg. Le intranquilizaba un
poco conducir sin neumático de recambio, pero el detalle no le preocupaba tanto como
antes. El maletero le había ofrecido unas cadenas cuando las necesitó. Era imposible
saber qué otras cosas podían aparecer allí en el momento preciso. Sam siguió
conduciendo.
Puesto que su vehículo no estaba disponible, el hombrecillo tenía que alquilar otro.
Pero eso no era problema. En cualquier ciudad había agencias especializadas en esas
cosas. Al poco rato el hombrecillo se puso en contacto con una, no precisamente por
teléfono, y explicó su dilema.
—La dificultad —dijo el hombrecillo— es que él me lleva una delantera de varios días.
Le he seguido la pista hasta un punto al oeste de Chicago, y avanza a buen promedio,
setecientos kilómetros por día.
—Será mejor que vaya volando, en ese caso.
—Eso había pensado —dijo el hombrecillo—. ¿Qué puedo conseguir en seguida?
—Podía haberle ofrecido un bonito modelo persa, pero no funciona porque están
cosiéndole nuevas borlas. Pero a usted no le interesan demasiado las alfombras,
¿verdad? Lo había olvidado.
—No confío en ellas cuando hay corrientes térmicas —dijo el hombrecillo—. Me metí
en una corriente ascendente una vez, en Sikkim, y casi estaba en la cumbre del Himalaya
cuando recobré el control. Durante un rato me pareció que acabaría puesto en órbita.
¿Qué hay en el establo?
—Bueno, algunos ejemplares bastante decentes. Hay un macho superior que ha
estado descansando todo el invierno, aunque ahora está un poco irritable..., usted quizá
preferiría aquel caballo castrado, el bayo. ¿Por qué no pasa por aquí y lo decide usted
mismo?
—Así lo haré —repuso el hombrecillo—. Continúan aceptando la tarjeta Diner's Club,
¿no es cierto?
—Todas las tarjetas de crédito importantes, como siempre. Sin duda.
Norton se encontraba al sur de Illinois, a una hora de San Luis en una mañana húmeda
y con niebla, cuando se pinchó el neumático delantero derecho. Sam esperaba que
durara un día y medio desde que se detuvo en Altoona para llenar el depósito. El chico de
la gasolinera había tocado las llantas y le había mostrado el punto débil, y Norton había
asentido y preguntado qué posibilidades tenía de comprar un recambio, y el muchacho se
había encogido de hombros mientras le decía: «Es un tamaño curioso. Pruebe en
Pittsburgh». Sam probó en Pittsburgh, perdiendo hora y media allí y oyendo de boca de
varios hombres probablemente expertos que no se fabricaban neumáticos de aquel
tamaño, de ningún modo. Norton empezaba a preguntarse cómo se las habría arreglado
el anterior propietario del vehículo para encontrar repuestos. Quizá los neumáticos fueran
los originales, se imaginó. Pero estaba mórbidamente seguro de una cosa: aquel punto
débil cedería, sin duda, antes de que él viera Los Ángeles.
Cuando se produjo el pinchazo, Sam iba a cincuenta y cinco por hora, y descubrió al
instante qué había ocurrido.
Frenó sin perder el control. La cuneta era amplia en aquel lugar, pero aun así Norton se
alegró de que el pinchazo estuviera en el lado derecho del coche: era difícil imaginar el
cambio del neumático con el trasero expuesto al tráfico. Todavía estaba felicitándose por
aquella pizca de buena suerte cuando recordó que no tenía neumático de recambio.
Curiosamente, Sam no se sintió muy preocupado por ello. Pasar doce horas diarias
ante el volante estaba produciéndole un efecto tranquilizador; en aquel momento nada le
preocupaba en exceso, ni siquiera la perspectiva de quedar encallado a una hora al este
de San Luis. Iría andando hasta el teléfono más próximo, estuviera donde estuviese,
llamaría al Automóvil Club local y explicaría su apuro, y ellos vendrían a buscarle y le
remolcarían hasta la civilización. Luego se hospedaría en un motel un par de días y
telefonearía a Ellen, que estaba en casa de su hermana, en Los Ángeles, y le diría que él
estaba bien pero que llegaría con cierto retraso. Haría poner un parche en el neumático o
bien el Automóvil Club localizaría alguna tienda de San Luis que vendiera neumáticos
raros, y todo acabaría bien. ¿Por qué dejarse llevar por el nerviosismo?
Sam bajó del coche y examinó el pinchazo, que realmente era de consideración.
Luego, al observar que el maletero se había abierto otra vez, se acercó a la parte trasera.
Metió la mano a modo de prueba, esperando encontrar las cadenas en la parte más
externa, en el lugar donde las había dejado. No estaban allí. Por el contrario, sus dedos
se cerraron sobre una enorme barra metálica. Norton la sacó en parte del maletero y vio
que había encontrado un gato. Precisamente eso, pensó. Y el neumático de recambio
debería estar detrás mismo..., por aquí, ¿no? Sam intentó ver algo, pero la tapa apenas
se había alzado medio metro y era imposible ver mucho. Sus dedos encontraron
excelente caucho, no obstante. Sí, ahí estaba. Magnífico y rollizo, nuevo, con profundas
estrías..., muy bonito. «Y junto al neumático, si continúa mi buena suerte, tengo que
encontrar un cofre de doblones de oro.»
Los doblones no estaban allí. Quizá la próxima vez, pensó Sam. Sacó el neumático y
pasó una sudorosa media hora poniéndolo. Cuando terminó, metió el gato, la llave y el
neumático pinchado en el maletero, que de inmediato se cerró con el usual y hermético
grado de cierre. Una hora más tarde, sin más incidentes, Sam cruzó el Mississippi y entró
en San Luis, encontró una habitación en un reluciente motel nuevo junto al Gateway Arch,
se dio una ducha caliente y tomó un par de cervezas frescas y finalmente pidió una
conferencia con la hermana de Ellen. Su esposa acababa de volver tras una fracasada
búsqueda de piso y parecía cansada y desilusionada. Los niños aullaban en segundo
término cuando ella dijo:
—No estás conduciendo con cuidado, ¿verdad?
—Naturalmente que sí.
—Y el nuevo coche..., ¿se porta bien?
—Su conducta no admite reproche —contestó Norton.
—Mi hermana quiere saber de qué casa es. Dice que un Volvo es un buen tipo de
coche, cuando se quiere un modelo extranjero. Es un coche noruego.
—Sueco —le corrigió Norton.
—Ha comprado un coche sueco —oyó que Ellen decía a su hermana. La respuesta fue
ininteligible, pero un momento después Ellen dijo—: Dice que has sido muy listo. Esos
suecos también hacen buenos coches.
El techo de vuelo era bajo, la visibilidad inferior a un kilómetro dada la espesa niebla.
Los aeropuertos estaban cerrados en todo Pennsylvania y el este de Ohio. Pero el
hombrecillo volaba hacia el oeste, manteniéndose un poco por encima de la esponjosa
blancura que se extendía hasta el horizonte. Iba a buena velocidad, y era un alivio no
tener que preocuparse de los malditos aviones privados.
Además, el caballo castrado bayo tenía mucho vigor. Era un borrachín, devoraba
combustible, ese era su único problema. Imposible hacer muchas millas por bala de heno
con los caballos disponibles en la actualidad, pensó tristemente el hombrecillo. Todo se
hallaba en estado de decadencia, y había que aceptar la situación.
El plan de vuelo original preveía que el hombrecillo diera alcance a su automóvil al
norte de Texas. Pero se había detenido en Chicago por el súbito capricho de visitar a
unos amigos, y calculaba que ya no alcanzaría al vehículo hasta llegar a Arizona. Ansiaba
ponerse ante el volante otra vez, después de tantos meses...
Cuanto más pensaba en el maletero y en sus jugarretas, tanto más preocupado por ello
se sentía Sam Norton. Las cadenas, el neumático de recambio, el gato... ¿Cuál sería el
próximo milagro? En Amarillo, Sam ofreció veinte dólares a un mecánico si conseguía
abrir el maletero. El mecánico pasó los dedos por la pulcra juntura, incrédulo.
—¿Quién es usted, uno de esos tíos de la tele? —preguntó él hombre—. ¿Se está
divirtiendo conmigo?
—En absoluto —dijo Norton—. Sólo deseo que se abra el maletero.
—Bueno, supongo que con un soplete oxiacetilénico, tal vez...
Pero Norton sintió un vago terror ante la idea de abrir el coche de esa forma.
Desconocía por qué ese pensamiento le asustaba tanto, pero le asustaba, y salió de
Amarillo con el coche intacto mientras el mecánico murmuraba y rociaba sus botas con
jugo de tabaco. Cien kilómetros después, cerca de la frontera de Nuevo México y
recorriendo un territorio desolado y desierto, calcinado por el clima, Norton decidió poner
a prueba al maletero.
ÚLTIMA GASOLINERA ANTES DE ROSWELL, advertía un desgastado letrero.
¡LLENE EL DEPÓSITO AHORA!

El indicador de gasolina indicaba que el depósito estaba casi vacío. Roswell se hallaba
bastante lejos. No había otro ser humano a la vista, ningún pueblo, ni siquiera una
cabaña. Aquel, decidió Norton, era el lugar adecuado para quedarse sin gasolina.
Pasó junto a la gasolinera a ochenta kilómetros por hora.
Al cabo de unos minutos se hallaba a dos montañas y media de la gasolinera y Sam
empezó a dudar, no meramente de la sensatez de su acción, sino también de su cordura.
Quedarse deliberadamente sin gasolina iba contra toda razón; era más difícil hacer eso
que dejar sonar el teléfono sin cogerlo. Diez veces se ordenó a sí mismo dar la vuelta
para llenar el depósito, y diez veces rehusó obedecer.
La aguja fue bajando lentamente, hasta que indicó la E de Empty (vacío), y Sam siguió
adelante pese a ello. La aguja se deslizó por la zona roja de advertencia, por debajo de la
E. Norton había consumido incluso los litros de gasolina que el depósito no registraba: el
margen de seguridad para conductores descuidados. Y en cualquier momento a partir de
entonces el coche...
... se detendría.
Por primera vez en su vida Sam Norton se había quedado sin gasolina. Muy bien,
maletero, veamos de qué eres capaz, pensó él. Abrió la portezuela y percibió el frígido
silbido de la brisa de la montaña. Había silencio allí, un silencio ominoso. Aparte de la
grisácea franja de la carretera, aquel paraje tenía un aspecto oscuramente prehistórico,
todo él artemisa, pinos piñoneros y ni rastro del impacto del hombre. Norton se dirigió
hacia la parte trasera del vehículo.
El maletero estaba abierto de nuevo.
Parecía como si el maletero adivinara. «Ahora meto la mano y encuentro una lata de
cincuenta litros de gasolina que se ha materializado misteriosamente y...»
Sam no palpó ninguna lata de gasolina en el maletero. Buscó a tientas mucho rato y
acabó con nada más útil que un rollo de gruesa cuerda.
¿Cuerda?
¿De qué sirve una cuerda para un hombre sin gasolina en el desierto?
Norton levantó la cuerda, en busca de respuestas y sin hallar una sola. Pensó que
quizás esta vez el maletero no deseaba ayudarle. El patinazo, el pinchazo..., eso no había
sido por culpa de él. Pero él había premeditado con malicia que el automóvil se quedara
sin gasolina, para ver qué sucedía, y quizás eso no estaba dentro del alcance de los
servicios del maletero.
¿Para qué la cuerda, de todas maneras?
¿Una broma espeluznante? ¿Estaba indicándole el maletero que se ahorcara? En
aquel lugar ni siquiera podía hacerlo correctamente; no había un árbol lo bastante alto
para que un hombre se colgara, ni tan solo un poste telefónico. Norton sintió deseos de
darse una patada. Allí estaba él, y allí permanecería durante horas, incluso días, quizás,
hasta que pasara otro coche. ¡Qué estúpido despliegue de habilidad!
Lanzó coléricamente la cuerda al aire, desenrollándola, y un extremo se mantuvo tieso.
La cuerda quedó inmóvil a un metro del suelo, rígida, apuntando al cielo. Se formó una
tenue nube azul turquesa en la punta superior, y de lo alto bajó un delgado muchacho,
musculoso, de tez olivácea, con un turbante y un taparrabos, que miró al boquiabierto
Norton.
—Bueno, ¿qué pasa? —preguntó bruscamente el muchacho.
—Me he... quedado... sin... gasolina.
—Hay una gasolinera treinta kilómetros más atrás. ¿Por qué no llenó el depósito allí?
—Yo... es que...
—Maldito necio —dijo disgustado el muchacho—. ¿Por qué me liaré con trabajos como
este? Muy bien, no se mueva de aquí y veré qué puedo hacer.
Volvió a subir a lo alto de la cuerda y desapareció.
Al regresar, tres minutos más tarde, el muchacho llevaba una lata de gasolina. Tras
mirar enfurecido a Norton, abrió la tapa del depósito y echó la gasolina
—Con esto llegará a Roswell —dijo—. A partir de ahora mire el tablero de vez en
cuando. ¡Idiota!
Subió por la cuerda. Tras desaparecer, la cuerda quedó fláccida y cayó. Norton la
recogió temblorosamente y la metió en el maletero, cuya tapa se cerró con un golpe
agresivo.
Media hora pasó antes de que Norton creyera seguro volver a ponerse al volante.
Paseó alrededor del vehículo más de mil veces, sin tranquilizar mucho sus nervios, y por
fin, ante la cercanía de la noche, subió al coche y lo puso en marcha. El motor tosió y
arrancó. Sam Norton inició la marcha hacia Roswell a la sobria y constante velocidad de
veinticinco kilómetros por hora.
Estaba dispuesto a creer en cualquier cosa.
Y por eso no le sorprendió que un llamativo caballo bayo con una envergadura de alas
similar a la de un DC-3 planeara en el aire, diera varias vueltas sobre el automóvil y
realizara un limpio aterrizaje en la autopista, junto al vehículo. El caballo trotó al lado del
coche, al mismo paso que éste, mientras el canoso hombrecillo que iba en la silla gritaba:
—¡Abra de par en par la ventanilla, joven! ¡Tengo que hablar con usted!
Norton abrió la ventanilla.
—¿Se llama Sam Norton? —preguntó el hombrecillo.
—Exacto.
—Bien, escuche, Sam Norton. ¡Ese coche que conduce es mío!
Norton vio un sucio desvío y se metió en él. Al salir, el Pegaso le siguió al trote y se
detuvo para que el jinete desmontara Luego el animal mordisqueó malhumoradamente la
artemisa agitando sus enormes alas un par de veces antes de plegarlas pulcramente
sobre el lomo.
—Mi coche, sí —dijo el hombrecillo—. Pedí que lo construyeran especialmente hace
unos años, cuando yo viajaba mucho. Lo dejé en el garaje el invierno pasado porque tenía
que hacer un viaje de negocios al extranjero, pero nunca imaginé que lo vendieran sin
saberlo yo antes de mi vuelta. Estamos en una época decadente, esa es la verdad.
—Su... coche... —dijo Norton.
—Mi coche, claro. Temo que tendré que quitárselo, hijo. De todos modos no querrá ser
el dueño de un coche como éste. Demasiado complicado. Búsquese un coche pequeño
decente, de buena marca, ¿eh? Bien, pues desenganchemos ese remolque suyo y
luego...
—Espere un momento —dijo Norton—. Compré este coche legalmente. Tengo el
documento de compra para probarlo, y una carta del abogado del vendedor explicando
que...
—No tiene la menor importancia —dijo el hombrecillo—. Un estafador paga a otro
estafador para que testifique en su favor. Eso no es demasiado impresionante. Sé que
usted es parte inocente, pero el hecho continúa siendo que el coche me pertenece, y
espero no tener que recurrir a especial persuasión para obligarle a dejarlo.
—Quiere usted que yo salga y me vaya andando, ¿no? ¿En medio del desierto de
Nuevo México, en plena puesta de sol? ¿Arrastrando el maldito remolque con mis
manos?
—En realidad no había considerado mucho ese problema —dijo el hombrecillo—. No
sería nada justo para usted, ¿verdad?
—Naturalmente que no. —Sam pensó un momento—. ¿Y qué me dice de los
doscientos dólares que pagué por el coche?
El hombrecillo se echó a reír.
—¡Una insignificancia, a mí me costó más alquilar el Pegaso para perseguirle! ¡Y los
gastos generales! ¿Sabe cuánto heno come ese bicho?
—Ese es su problema —dijo Norton—. El mío es que usted quiere dejarme
abandonado en el desierto y que quiere llevarse un coche que yo compré de buena fe por
doscientos dólares y que aunque sea un coche condenadamente mágico...
—Silencio —dijo el hombrecillo—. ¡Se está poniendo muy nervioso, Sam! Podemos
resolver el problema. Usted se dirige a Los Ángeles, ¿no es cierto?
—S-sí.
—Igual que yo. Bien, viajaremos juntos. Yo les llevaré, a usted y a su remolque, y luego
el coche volverá a ser mío, y usted olvidará todo cuanto haya visto en los últimos días.
—¿Y mis doscientos do...?
—Oh, está bien.
El hombrecillo se dirigió a la parte trasera del coche. El maletero se abrió. El
hombrecillo metió una mano y sacó un fajo de crujientes billetes nuevos, una docena de
billetes de veinte dólares, que entregó a Norton.
—Tenga. Con un pequeño extra, de propina. Y no los mire con tanto recelo, ¿me oye?
Es dinero de los Estados Unidos, bueno, legal, tierno. Hasta tienen distintos números de
serie, todos. —Hizo un guiño y se acercó al caballo, que seguía comiendo, y le dio
vigorosas palmadas en las ancas—. Vete ya. A casa. ¡Ya me has costado bastante!
El caballo echó a andar por la autopista. Inició un galope y abrió sus soberbias alas,
que batieron furiosamente un instante, y luego emprendió el vuelo. Se alzó, describiendo
un magnífico arco hasta no ser más que un halcón recortado en el oscureciente cielo, y
luego desapareció.
El hombrecillo se deslizó en el asiento del conductor y acarició el volante con claro
afecto. Tras un gesto de cabeza del conductor, Norton ocupó el otro asiento, y el coche
arrancó.
—Tengo entendido que vende ordenadores —dijo el hombrecillo cuando ya habían
recorrido un par de kilómetros—. Cosas interesantísimas, los ordenadores. He estado
pensando en computerizar nuestra empresa, ¿sabe? Es un negocio de proporciones
bastante grandes. Mucha búsqueda con varitas, actualmente, en todo el mundo. Un poco
de taumaturgia, alguna transmutación de vez en cuando, cosas por el estilo. Y aunque
usamos métodos tradicionales, no ponemos reparos al punto de vista científico. Bien,
permítame explicarle algo sobre nuestras ideas, y quizá pueda usted hacer sugerencias
inteligentes, joven amigo, con lo que podría obtener un bonito contrato...
Norton tuvo elaborado el proyecto del sistema antes de que llegaran a Arizona. En
Phoenix telefoneó a Ellen y supo que ella había alquilado un apartamento junto a Beverly
Hills, en un vecindario que parecía terriblemente caro pero que en realidad no lo era, por
lo menos no lo era comparado con otros lugares que ella había estado viendo, y...
—Perfectamente —dijo Sam—. Estoy a punto de concretar una magnífica venta.
Conocí a... este... un autoestopista, y resulta que este hombre piensa comprar
ordenadores, muy pronto. Se trata de una compañía bastante importante...
—Sam, no habrás estado bebiendo, ¿eh?
—Ni una gota.
—Un hombre que hacía autoestop y tú le vendes un ordenador. Y ahora me hablarás
del platillo volante que viste.
—No seas tonta —dijo Norton—. Los platillos volantes no existen.
Llegaron a Los Ángeles por la mañana, dos días más tarde. Por entonces Sam había
redactado el pedido, y todo estaba arreglado. La comisión, imaginaba él, bastaría para
pagar un coche nuevo, quizá uno de esos modelos suecos conocidos por la hermana de
Ellen. El hombrecillo pareció no tener problemas para encontrar la dirección del
apartamento alquilado por Ellen; hizo frente al laberinto de carreteras con total
tranquilidad y seguridad, y frenó junto a la casa.
—Ha sido un viaje muy agradable, joven amigo —dijo el hombrecillo—. Hablaré con
mis banqueros hoy mismo, más tarde, respecto a esas maravillosas máquinas suyas.
Mientras tanto, vamos a separarnos. Tendrá que desenganchar el remolque.
—¿Qué se supone que voy a explicarle a mi esposa sobre el coche que me trajo hasta
aquí?
—Oh, dígale simplemente que lo ha vendido al autoestopista con un buen beneficio.
Creo que ella apreciará el detalle.
Salieron del coche. Mientras Norton desenganchaba los empalmes del remolque, el
hombrecillo sacó algo del maletero, que se había abierto un instante antes. Era una
amplia funda de lona. El hombrecillo la extendió sobre el coche.
—Écheme una mano con esto, por favor —dijo—. Póngala bien, que tape los
guardabarros y todo.
Entró en el automóvil mientras Norton, asombrado, colocaba la funda con sumo
cuidado.
—¿Quiere que tape también el parabrisas? —preguntó.
—Todo —contestó el hombrecillo, y Norton tapó el parabrisas.
El coche había quedado totalmente oculto. Se produjo un silbido, como de aire que se
escapa de un neumático. La funda empezó a bajar. Mientras caía hacia el suelo, se oyó
una alegre voz en el interior, una voz que gritaba:
—¡Buena suerte, joven amigo!
Al cabo de unos instantes la funda estaba a menos de un metro de altura. Un minuto
después yacía plana, sobre el pavimento. No quedó rastro del coche. Quizá se había
evaporado, quizá lo había tragado la tierra. Poco a poco, sin entender nada, Norton
recogió la funda y la plegó hasta que pudo metérsela bajo el brazo. Después se dirigió a
la casa para comunicar a su esposa que había llegado a Los Ángeles.
Sam Norton jamás volvió a ver al hombrecillo, pero hizo la venta, y la comisión le
permitió comprar un coche nuevo y aún le sobró dinero. Todavía conserva la funda. La
tiene doblada y cuidadosamente guardada en el sótano. Teme deshacerse de ella, pero
no le gusta pensar qué sucedería si alguien apareciera bajo la lona y la desplegara.
LA CAPA
Robert Bloch
ESCENARIO: Un pasillo de hotel.
OCASIÓN: Una convención de ciencia ficción.
ANTHONY BOUCHER: ...y cuando ingresó en el hospital, le preguntaron cuál era su
religión, y ella dijo: «Ninguna». ¡Y ellos anotaron: «Protestante»!
WATER BREEN: ¡Puf! Si me preguntaran cuál es mi religión, les diría: «¡Soy druida!».
ROBERT BLOCH: Oh, no hagas eso, te enviarían a un curador de árboles.
Esto es ciento por ciento cierto; yo estaba allí y lo oí. Quizá les dé cierta idea del Básico
Bob Bloch: agudo, jovial y con una pizca de amargor. Se le atribuye (yo no estaba allí)
una frase ya famosa. Cuando se comentó que otra persona tenía una reputación
injustamente mala, aunque bien mirado, ya me entienden, «tiene el corazón de un niño»,
Bloch dijo: «Sí, y guarda ese corazón en su escritorio, en un frasco de formaldehído»,
zanjando así el asunto.
Nacido en 1917, Robert Bloch creció en el saludable corazón del Midwest septentrional
y, por lo que respecta a su infancia, suponemos que más bien debió de acabar cuando
tenía diecisiete años, edad en la que vendió el primer relato a Weird Tales. Pero no
hemos acabado aún. Sus relatos han figurado en cuatrocientas antologías en una docena
de idiomas. Ha escrito aproximadamente cincuenta libros, y su nombre aparece en los
créditos de al menos diez películas. Es autor de Psicosis. Numerosos premios. La
propaganda de su aparición como orador en el Tercer Simposio de Ciencia Ficción y
fantasía de (la universidad de) Emory incluía la significativa frase, Las entradas para
Robert Bloch pueden adquirirse por separado... Robert y Eleanor Bloch viven en Los
Ángeles.
El sol agonizaba, y su sangre salpicaba el cielo mientras el astro se arrastraba hacia un
sepulcro más allá de las montañas. El plañidero viento lanzaba las hojas secas hacia el
oeste, como si las apremiara a asistir al funeral del sol.
«¡Tonterías!», pensó Henderson, y dejó de pensar.
El sol estaba poniéndose en un empañado cielo rojo, y un sucio y desapacible viento
pateaba las hojas medio rotas hacia una inmunda zanja. ¿Por qué perdía el tiempo con
fantasía barata?
«¡Tonterías!», repitió Henderson.
Probablemente, ese humor lo provocaba el día, meditó. Al fin y al cabo, el sol estaba
poniéndose en la víspera de Todos los Santos. Esa noche era la más temida, cuando los
espíritus aparecían y los cráneos gritaban en sus tumbas bajo tierra.
Eso, o bien esa noche era simplemente otro día de otoño, pésimo y frío. Henderson
suspiró. Hubo otro tiempo, reflexionó, en que la llegada de esa noche significaba algo.
Una sombría Europa, gimiendo de supersticioso miedo, dedicaba esa víspera al sonriente
Desconocido. Un millón de puertas se atrancaban en otra época para impedir el paso a
los diabólicos visitantes, un millón de plegarias se musitaban, un millón de velas se
encendían. Esa idea tenía algo majestuoso, reflexionó Henderson. La vida era una
aventura en aquellos tiempos, y los hombres andaban aterrorizados pensando en lo que
encontrarían al doblar una esquina de una calle durante la medianoche. Vivían en un
mundo de diablos, de espíritus que se alimentaban de cadáveres, de apariciones que
buscaban almas... y, ¡cielos!, en aquellos días el alma de un hombre significaba algo. Ese
nuevo escepticismo había cobrado un profundo significado aparte de la vida. Los hombres
ya no veneraban sus almas.
«¡Tonterías!», repitió Henderson, instintivamente. Había un rasgo crudo, típico del siglo
veinte, en la expresión que siempre refrenaba sus introspectivos arranques de
imaginación. ,
La voz de su cerebro que decía «tonterías» ocupaba el lugar de la humanidad en
Henderson, la humanidad vulgar que se haría eco del mismo sentimiento nada más oír
sus secretos pensamientos. Por eso Henderson pronunciaba la palabra y trataba de
olvidar problemas y frases recargadas al mismo tiempo.
Estaba caminando por la calle durante la puesta de sol en busca de un disfraz para la
fiesta de esa noche, y era mejor concentrarse en localizar la tienda antes de que cerrara
en vez de perder el tiempo soñando despierto en la víspera de Todos los Santos.
Los ojos de Henderson examinaron las sombras cada vez más negras de los sucios
edificios que delimitaban la estrecha calle. De nuevo miró la dirección que había
garabateado tras encontrarla en el listín telefónico.
¿Por qué demonios no encendían las luces las tiendas cuando oscurecía? Henderson
no distinguía los números. Estaba en un barrio pobre, en ruinas, pero a pesar de todo...
De pronto, Henderson avistó la tienda al otro lado de la calle y se dirigió hacia ella.
Pasó junto al escaparate y observó el interior. Los últimos rayos de sol caían
oblicuamente sobre el tejado del edificio y el escaparate y los artículos. Henderson respiró
bruscamente una vez.
Estaba mirando el escaparate de una sastrería de disfraces, no observando a través de
una grieta del infierno. Entonces ¿por qué todo era rojo fuego, iluminando sonrientes
rostros de locos?
—La puesta de sol —murmuró Henderson. Así era, naturalmente, y los rostros eran
simplemente ingeniosas máscaras como correspondía a esa clase de establecimiento. De
todos modos, la visión produjo un sobresalto al imaginativo hombre. Abrió la puerta y
entró.
El lugar estaba oscuro y silencioso. Había olor a soledad en el ambiente, ese olor que
persiste en sitios largo tiempo tranquilos: sepulturas, tumbas en espesos bosques,
cavernas... «Tonterías.»
¿Qué diablos le pasaba, de todas formas? Henderson sonrió para disculparse con la
vacía oscuridad. Era el olor de la tienda del sastre, y ese olor había trasladado a
Henderson a sus tiempos de universitario y actor aficionado. Henderson conocía el olor de
las bolas de naftalina, pieles deterioradas, maquillajes y pinturas. Había interpretado el
papel de Hamlet y en sus manos había sostenido un sonriente cráneo que ocultaba todo
el conocimiento en sus vacíos ojos. Un cráneo, obtenido en una sastrería de disfraces.
Bien, ahí estaba de nuevo, y el cráneo dio la idea a Henderson. Al fin y al cabo, era la
víspera de Todos los Santos. Con el humor que tenía, ciertamente, no deseaba
presentarse como raja, ni como turco, ni como pirata, todo el mundo recurría a esos
disfraces. ¿Por qué no un demonio, un brujo, un hombre lobo? Ya podía ver la cara de
lindstrom cuando entrara en el elegante ático vestido con alguna clase de harapos. El
hombre sufriría un ataque, con su gentío de alta sociedad ataviado con costosas
imitaciones adquiridas en establecimientos de categoría. En cualquier caso Henderson no
se preocupaba mucho por los sofisticados amigos de Lindstrom; una pandilla de jinetes
aficionados y amazonas con arneses de joyas. ¿Por qué no cumplir con el espíritu de esa
noche y disfrazarse de monstruo?
Henderson permaneció en la penumbra, a la espera de que alguien encendiera la luz,
saliera de la trastienda y le atendiera. Al cabo de un minuto se puso impaciente y golpeó
con brusquedad el mostrador.
—¡Oigan, ahí dentro! ¡Quiero que me atiendan!
Silencio. Y un ruido de pies arrastrándose en la trastienda, y... una voz desagradable
para oírla en tinieblas. Una puerta bruscamente cerrada escalera abajo y después sonido
de fuertes pisadas. De pronto Henderson abrió la boca. ¡Una negra masa estaba
alzándose del suelo!
Era, naturalmente, el escotillón de la entrada del sótano. Un hombre arrastró los pies
hasta ponerse tras el mostrador, con un candil en la mano. Con aquella luz, sus ojos
parpadeaban soñolientamente.
La amarillenta cara del hombre se arrugó hasta formar una sonrisa.
—Estaba durmiendo, me temo —dijo en voz baja el hombre—. ¿En qué puedo servirle,
caballero?
—Busco un disfraz para esta noche.
—Oh, sí. ¿Y en qué ha pensado?
La voz reflejaba fatiga, infinita fatiga. Los ojos seguían parpadeando en su macilenta y
fláccida cara.
—Nada normal, me temo. Mire, preferiría algún traje de monstruo para una fiesta...
Supongo que no tendrá nada de ese estilo.,
—Puedo enseñarle máscaras.
—No. Me refiero a un disfraz de hombre lobo, algo así. Algo más auténtico.
—Ya. Lo auténtico.
—Sí.
¿Por qué subrayaba la palabra el viejo estúpido?
—Tal vez..., sí. Tal vez tenga lo que busca, caballero. —Los ojos parpadeaban, pero la
fina boca se torció hasta sonreír—. Lo ideal para esta noche.
—¿Qué es?
—¿Alguna vez ha considerado la posibilidad de ser un vampiro?
—¿Como Drácula?
—Ah..., sí, supongo que... como Drácula.
—No es mala idea. Pero ¿piensa que tengo tipo para eso?
El hombre le examinó con aquella forzada sonrisa.
—Hay vampiros de todas clases, tengo entendido. Usted serviría perfectamente.
—No es un cumplido —se mofó Henderson—. Pero ¿por qué no? ¿En qué consiste el
disfraz?
—¿Disfraz? Simple ropa de noche, o lo que usted viste. Yo le proporcionaré la
auténtica capa.
—¿Sólo una capa, nada más?
—Sólo una capa. Pero se lleva como una mortaja. Es una capa-mortaja, ¿sabe?
Aguarde, se la enseñaré.
Los pesados pies arrastraron al hombre hacia la trastienda. Bajó por la entrada del
sótano, y Henderson aguardó. Más ruidos, y por fin el anciano reapareció con la capa. La
agitó en la oscuridad para quitarle el polvo.
—Aquí está. La capa genuina.
—¿Genuina?
—Permítame que se la ponga... Obrará maravillas, se lo aseguro.
La fría y pesada tela quedó colgando de los hombros de Henderson. El tenue olor
aumentó mohosamente en sus ventanas nasales cuando dio unos pasos atrás y se miró
en el espejo. La luz era escasa, pero Henderson vio que la capa producía una
sorprendente transformación en su aspecto. Su alargada cara parecía más delgada, sus
ojos se acentuaban con la palidez facial intensificada por la sombría capa que vestía. Era
una mortaja, negra y enorme.
—Genuina —murmuró el anciano.
Debía de haberse acercado de repente, porque Henderson no lo había visto en el
espejo.
—Me la quedo —dijo Henderson—. ¿Cuánto es ?
—El precio le parecerá muy divertido, estoy seguro.
—¿Cuánto?
—Oh. Digamos..., ¿cinco dólares?
—Tenga.
El anciano cogió el dinero, sin dejar de parpadear, y apartó la capa de los hombros de
Henderson. Al deslizarse la tela, Henderson se sintió repentinamente cálido. Debía de
hacer frío en el sótano, pues la capa estaba helada.
El anciano envolvió la capa, sonriente, y le dio el paquete.
—Se la devolveré mañana—prometió Henderson.
—No es necesario. La ha comprado. Es suya.
—Pero...
—Voy a dejar el negocio dentro de poco. Le será más útil a usted que a mí, estoy
seguro.
—Pero...
—Que tenga una placentera noche.
Henderson fue hacia la puerta, confuso, y luego se volvió para saludar al parpadeante
anciano en la penumbra.
Dos ojos le miraron llameantes desde el otro lado del mostrador: dos ojos que no
parpadeaban.
—Buenas noches —dijo Henderson, y cerró la puerta con rapidez.
Se preguntó si no estaría enloqueciendo un poco.
A las ocho, Henderson estuvo a punto de telefonear a Lindstrom para decirle que no
iría. Los escalofríos se reprodujeron en cuanto se puso la maldita capa, y al mirarse en el
espejo sus nublados ojos apenas distinguieron el reflejo.
Pero después de unos cuantos tragos se sintió mejor. No había comido nada, y el licor
calentó su sangre. Paseó por la habitación, ensayó posturas con la capa, la hizo girar
alrededor de su cuerpo y adoptó un aire que creyó feroz. ¡Maldita sea, él iba a ser todo un
vampiro! Pidió un taxi por teléfono y bajó al portal. Llegó el conductor y Henderson estaba
allí, con la negra capa arrebozada.
—Quiero que me lleve —dijo en voz baja.
El taxista le miró, le vio con la capa, y palideció.
—¿Qué es eso?
—Le pedí que viniera —dijo guturalmente Henderson, mientras se estremecía de
secreto regocijo.
Tras una feroz mirada de reojo, echó atrás la capa.
—Sí, sí. De acuerdo.
El conductor casi salió corriendo. Henderson le siguió.
—¿Adonde, jefe..., digo señor?
La asustada cara no se volvió cuando Henderson recitó la dirección y se recostó.
El taxi arrancó con una sacudida que provocó la apagada risita de Henderson, muy
acorde con su personaje. Con el sonido de la risa el conductor se dejó llevar por el pánico
y aceleró hasta el límite de velocidad dispuesto por el gobernador. Henderson prorrumpió
en carcajadas, y el impresionable taxista se estremeció visiblemente en su asiento. Fue
toda una carrera, pero Henderson estaba totalmente desprevenido para lo que pasó. Tras
abrir la puerta, ésta se cerró bruscamente y el taxista se apresuró a huir sin cobrar.
«Debo de tener los requisitos necesarios para este papel», pensó Henderson,
complacido mientras entraba en el ascensor que llevaba al ático.
Había tres o cuatro personas más en el ascensor. Henderson las había visto en otras
fiestas a las que Lindstrom le había invitado, pero ninguna pareció reconocerle. A él le
complació pensar que su vestimenta, una rara capa y un raro gesto ceñudo cambiaran
totalmente su personalidad y su aspecto. Los otros invitados llevaban esmerados
disfraces: una mujer vestía un disfraz de pastora de Watteau, otra iba ataviada de
bailarina española, un hombre alto era Pagliacci y su compañero vestía de torero. Sin
embargo, Henderson reconoció a los cuatro; sabía que sus elegantes atuendos no eran
verdaderos disfraces, sino simples elaboraciones calculadas para realzar su aspecto. En
las fiestas de disfraces la mayoría de la gente daba rienda suelta a reprimidos deseos.
Las mujeres exhibían su silueta, los hombres acentuaban su personalidad como el torero,
o bufoneaban. Cosas penosas; esos necios convencionales se quitaban ansiosos su
deprimente ropa de trabajo y salían corriendo hacia una casa de campo, o a representar
una obra de aficionados, o a participar en un baile de disfraces para satisfacer su famélica
imaginación. ¿Por qué no lucían llamativos colores en la calle? Henderson consideraba a
menudo la cuestión.
Los elegantes ocupantes del ascensor eran ciertamente hombres y mujeres de
magnífico aspecto con sus disfraces, muy saludables, muy sonrosados, llenos de
vitalidad. ¡Qué gargantas y cuellos tan robustos! Henderson observó los rollizos brazos de
la mujer que tenía junto a él. Los miró fijamente, sin darse cuenta, un largo momento. Y
luego vio que los ocupantes del ascensor se habían apartado de él. Estaban en un rincón,
como si les causara espanto la capa y el gesto ceñudo de Henderson, y los ojos de éste
fijos en la mujer. La charla había cesado de pronto. La mujer miró a Henderson, como si
estuviera a punto de hablar, y en ese instante se abrieron las puertas del ascensor,
ofreciendo un grato respiro.
¿Qué diablos pasaba? Primero el taxista, luego la mujer. ¿Acaso él había bebido
demasiado?
Bien, no hubo posibilidad de considerarlo. Allí estaba Mar-cus Lindstrom, poniendo un
vaso en la mano de Henderson.
—¿Qué tenemos aquí? ¡Ah, un espectro!
No hacía falta mirar dos veces para observar que Lindstrom, como era acostumbrado
en esas fiestas, estaba ya mareado y empachado de botellas. El rollizo anfitrión nadaba
claramente en alcohol.
—Toma un trago, Henderson, amigo mío. Yo beberé de la botella. Ese disfraz tuyo me
ha espantado. ¿Dónde conseguiste el maquillaje?
—¿Maquillaje? No me he puesto maquillaje.
—Oh. No te has puesto maquillaje. Qué... tonto soy.
Henderson se preguntó si estaba loco. ¿Había retrocedido Lindstrom? ¿Estaban sus
ojos realmente llenos de consternación? Oh, el hombre estaba claramente ebrio.
—Te..., te veré luego —tartamudeó Lindstrom mientras se alejaba y atendía
rápidamente a otros invitados.
Henderson contempló la nuca de Lindstrom. Carnosa y blanca. Sobresalía del cuello
del traje y tenía una vena. Una vena en el carnoso cuello de Lindstrom. El asustado
Lindstrom.
Henderson quedó solo en el recibidor. De la sala llegaba el sonido de música y risas,
ruidos de fiesta. Henderson vaciló antes de entrar. Bebió la bebida que tenía en la mano:
ron Bacardi, y fuerte. Después de tanta bebida estuvo a punto de marearle. Pero bebió
mientras meditaba. ¿Qué le pasaba, qué ocurría con su disfraz? ¿Por qué asustaba a la
gente? ¿Estaba desempeñando inconscientemente su papel de vampiro? Ese sarcasmo
de Lindstrom al hablar de maquillaje...
Instintivamente, Henderson se acercó al alargado espejo del recibidor. Se tambaleó un
poco, logró quedar inmóvil bajo la chillona luz. Miró el vidrio, observó el espejo, y no vio
nada.
Se miró en el espejo, ¡y no había nadie allí!
Henderson se rió queda, diabólicamente, en lo más hondo de su garganta. Y al seguir
contemplando el vacío espejo que no reflejaba nada, su risa se transformó en sombrío
regocijo.
—Estoy borracho —musitó—. Debo de estar borracho. En el espejo de mi piso me vi
difuso. Ahora me he pasado tanto que no puedo ver bien. Claro que estoy borracho. He
hecho el ridículo, he asustado a la gente. Ahora veo alucinaciones..., o mejor dicho, no las
veo. Visiones. Ángeles. —Bajó la voz—. Claro, ángeles. Justo detrás de mí, ahora mismo.
Hola, ángel.
—Hola.
Henderson dio media vuelta. Allí estaba ella, con una oscura capa, su cabello un
reluciente halo sobre una cara blanca y altiva, los ojos azul celeste y los labios de rojo
infernal.
—¿Eres real? —preguntó Henderson suavemente—. ¿O soy tan estúpido que creo en
milagros?
—El nombre de este milagro es Sheila Darrly, y le gustaría empolvarse la nariz, por
favor.
—Tenga la bondad de usar este espejo por cortesía de Stephen Henderson —replicó el
hombre de la capa, sonriente.
Se apartó un poco, con ojos atentos.
La mujer volvió la cabeza y le obsequió con una sonrisa lenta y picara.
—¿Nunca ha visto usar polvos? —preguntó.
—No sabía que los ángeles usaran cosméticos —replicó Henderson—. Pero hay
muchas cosas que no sé respecto a los ángeles. A partir de ahora les dedicaré un estudio
especial. Hay tantas cosas que deseo averiguar... Seguramente me encontrará detrás de
usted toda la noche, con un cuaderno.
—¿Un vampiro con cuaderno?
—Oh, pero soy un vampiro muy inteligente, no uno de esos de los bosques de
Transilvania. Descubrirá que soy encantador, estoy seguro.
—Sí, tiene todo el aspecto de serlo —se burló la mujer—. Pero un ángel y un
vampiro..., es una curiosa combinación.
—Podemos reformarnos mutuamente —observó Henderson—. Además, sospecho que
tiene usted algo de diablo. Una capa oscura sobre un disfraz de ángel. Un ángel oscuro,
¿no? Puede haber nacido en mi ciudad natal y no en el cielo.
Henderson se mostraba petulante, pero ciclónicos pensamientos remolineaban bajo la
burla. Recordó discusiones pasadas, cínicas observaciones hechas y creídas por él
mismo.
En cierta ocasión Henderson había declarado que no existía el flechazo, salvo en
novelas o películas donde un artificio tan espectacular servía para acelerar la acción.
Había afirmado que la gente conocía romances en libros y películas y consecuentemente
adoptaba la creencia del flechazo cuando quizá lo único que sentía era deseo.
Pero esa mujer, Sheila, ese ángel rubio, había aparecido y eliminado todos los
pensamientos de la mente de Henderson, todos sus pensamientos de morbosidad,
embriaguez y necias miradas a los espejos. Y le había hecho zambullirse alocadamente
en sueños de rojos labios, ojos de etéreo azul y finos brazos blancos.
Parte de estos sentimientos se reflejaron en los ojos de Henderson, y la mujer lo
comprendió al mirarle.
—Bien —dijo Sheila—, espero que el examen le complazca.
—Un milagro de modestia, esto. Pero hay algo en particular que deseo saber sobre la
divinidad. ¿Bailan los ángeles? —¡Qué vampiro tan discreto! ¿En la habitación contigua?
Entraron en la sala cogidos del brazo. Los juerguistas estaban en pleno gozo. El licor
había provocado jovialidad en su punto culminante, pero ya no había baile. Bulliciosas
parejas reían agrupadas, abrazadas por toda la sala. Los acostumbrados chistosos de
fiesta realizaban sus payasadas en los rincones. El ambiente superficial, que Henderson
detestaba, estaba en total evidencia.
La reacción hizo que Henderson se irguiera al máximo y echara atrás la capa. La
reacción provocó el gesto ceñudo de su pálido semblante, le obligó a caminar
airosamente en meditativo silencio. Sheila pareció considerarlo como una magnífica
broma.
—Hágales un numerito de vampiro —dijo ella riéndose, apretándole el brazo.
Y en consecuencia Henderson miró ceñudamente a las parejas, hizo horrendos y
despectivos ademanes a la mujer. Y su avance provocó giros de cabezas, brusco cese de
la charla. Recorrió la alargada sala como encarnación de la Muerte Roja. Los susurros
siguieron su paso. —¿Quién es ese? —Sus ojos... —¡Vampiro! —¡Hola, Drácula!
Era Marcus Lindstrom y una morena de adusto aspecto con disfraz de Cleopatra.
Ambos avanzaron dando tumbos hacia Henderson. El anfitrión apenas se tenía en pie, y
su compañera de borrachera estaba igualmente descompuesta. A Henderson le gustaba
Lindstrom cuando lo encontraba sobrio en el club, pero su conducta en las fiestas siempre
le irritaba. Lindstrom era particularmente digno de censura en aquel estado, se mostraba
grosero.
—Querida mía, quiero que conozcas a un muy querido amigo mío. Sí señor, siendo la
víspera de Todos los Santos, he invitado al conde Drácula, y a su hija. Invité a su abuela,
pero ella tiene que asistir a un Black Sabbath esta noche, acompañada por tía Jemima.
Ja! Conde, le presento a mi pequeña compañera.
La mujer miró de reojo a Henderson.
—¡Oooooh, Drácula, qué ojos tan grandes tiene! ¡Ooooh, qué dientes tan grandes
tiene! ¡Oooooh...!
—Francamente, Marcus —protestó Henderson, pero el anfitrión se había vuelto y
estaba gritando a los invitados.
—¡Amigos, conoced a los verdaderos dioses! ¡El único vampiro genuino que vive en
cautividad! ¡Drácula Henderson, el único vampiro existente con dientes falsos!
En cualquier otra circunstancia Henderson habría propinado a Lindstrom un rápido y
eficaz puñetazo en la mandíbula. Pero Sheila estaba a su lado, y estaba en público. Era
preferible complacer el torpe humor del anfitrión. ¿Por qué no ser un vampiro?
Tras sonreír rápidamente a la mujer, Henderson se irguió, miró a los reunidos y frunció
el ceño. Sus manos acariciaron la capa. Qué curioso, aún estaba fría. Al bajar los ojos,
Henderson vio que la ropa estaba algo sucia en los bordes; barro o polvo. Pero la fría
seda resbaló entre sus dedos cuando se cubrió el pecho con ella, con su alargada mano.
La sensación pareció inspirarle. Abrió al máximo los ojos, muy brillantes. Abrió la boca.
Una sensación de fuerza dramática le inundó. Y observó el blando y carnoso cuello de
Lindstrom, con la vena entre la blancura. Observó el cuello, vio que los presentes le
observaban, y entonces el impulso se apoderó de él. Volvió la cabeza, con los ojos fijos
en el arrugado cuello, el fluctuante, arrugado cuello del grueso anfitrión.
Unas manos se extendieron de pronto. Lindstrom chilló igual que una rata asustada.
Era una rata rolliza, lustrosa, rebosante de sangre. A los vampiros les gusta la sangre.
Sangre de la rata, del cuello de la rata, de la vena del cuello de la rata, de la vena del
cuello de la chillona rata.
—Sangre caliente.
La profunda voz era la de Henderson.
Las manos eran las de Henderson.
Las manos rodearon el cuello de Lindstrom. Las manos sintieron el calor, buscaron la
vena. El rostro de Henderson se inclinó en dirección al cuello y sus manos, mientras
Lindstrom se debatía, apretaron con más fuerza. El semblante de Lindstrom estaba
adquiriendo un tono púrpura. La sangre le subía a la cabeza. Excelente. ¡Sangre!
La boca de Henderson se abrió. Notó el aire en sus dientes. Se inclinó hacia el carnoso
cuello y...
—¡Basta! ¡Ya es suficiente!
La voz, la refrescante voz de Sheila. Los dedos de ella en su brazo. Henderson levantó
la cabeza, sobresaltado. Soltó a Lindstrom, que se derrumbó con la boca abierta.
Los invitados estaban mirando fijamente, y sus bocas formaban la instintiva O de
asombro.
—¡Bravo! —musitó Sheik—. Le ha estado bien..., ¡pero le has asustado!
Henderson pugnó un instante por recobrarse. Luego sonrió y se volvió.
—Damas y caballeros —dijo—, acabo de ofrecer una pequeña demostración para
probar que lo que ha dicho de mí nuestro anfitrión es totalmente correcto. Soy un vampiro.
Puesto que ya tienen un buen aviso, estoy seguro de que no correrán más riesgos. Si hay
un médico en la casa, quizá me conforme con una transfusión de sangre.
La O de asombro desapareció en las bocas y brotó risa de sobresaltadas gargantas.
Risa histérica, luego sincera en parte. Henderson había salido bien librado. Sólo Marcus
Lindstrom seguía mirando fijamente con unos ojos que reflejaban extremo miedo. Él lo
sabía.
Y entonces acabó todo, porque uno de los chistosos salió del ascensor y entró
corriendo en la sala. Había bajado a la calle y venía con el delantal y el gorro de un
vendedor de periódicos. Pasó entre los invitados con un montón de periódicos bajo el
brazo.
—¡Extra! ¡Extra! ¡No se lo pierdan! ¡Horror en la víspera de Todos los Santos! ¡Extra!
Los risueños invitados compraron periódicos. Una mujer se acercó a Sheila, y
Henderson observó aturdido que la mujer seiba.
—¡Hasta luego! —gritó ella, y su mirada introdujo fuego en las venas de Henderson.
Pero Henderson no podía olvidar la terrible sensación que se había apoderado de él al
coger a Lindstrom. ¿Por qué?
De forma automática aceptó un periódico que le tendía el vociferante pseudovendedor.
«Horror en la víspera de Todos los Santos», gritaba el hombre. ¿A qué se refería?
Nublados ojos buscaron en el periódico.
Entonces Henderson se tambaleó. ¡Aquel titular! Era un extra, realmente. Henderson
repasó las columnas con creciente pánico.
«Incendio en una sastrería de disfraces..., poco después de las ocho los bomberos
recibieron aviso de acudir a la tienda de... Llamas incontrolables..., totalmente en ruinas...
Daños estimados en... Un detalle extraño: se desconoce el nombre del propietario... Un
esqueleto fue encontrado en...»
—¡No! —dijo Henderson en un jadeo.
Leyó, volvió a leer aquello atentamente. El esqueleto había aparecido en una caja de
barro en el sótano de la tienda. La caja era un ataúd. Había otras dos cajas, vacías. El
esqueleto estaba envuelto en una capa, intacto a pesar del incendio...
Y en el recuadro de apresurada confección situado bajo la columna había comentarios
de testigos presenciales, impresos bajo grandes titulares en grandes letras negras. La
tienda causaba miedo a los vecinos. Clientela húngara, indicios de vampirismo,
desconocidos que entraban en la tienda. Un hombre se refería a un culto que al parecer
celebraba reuniones en el local. Superstición en torno a lo que se vendía: filtros de amor,
estrafalarios amuletos y extraños disfraces.
Extraños disfraces..., vampiros..., capas... ¡Los ojos de aquel hombre!
«Esta capa es auténtica.»
«No podré usarla mucho más tiempo. Quédesela.»
El recuerdo de aquellas palabras surgió vociferante en el cerebro de Henderson. Salió
presuroso de la sala y corrió hacia el espejo.
Un instante, luego se tapó la cara con un brazo para proteger sus ojos de la imagen
que no estaba allí, del inexistente reflejo. Los vampiros carecen de reflejo.
No era extraña la rareza de su aspecto. No era extraño que brazos y cuellos lo
atrajeran. Había atacado a Lindstrom. ¡Dios! ¡Dios!
La capa era la culpable, la negra capa con sus manchas. Las manchas de barro, barro
de tumba. Vestir la capa, la fría capa, le causaba las sensaciones de un verdadero
vampiro. Era una prenda maldita, una cosa que había tapado el cuerpo de un no muerto.
La mohosa mancha de una manga era sangre.
Sangre. Qué agradable sería ver sangre. Paladear su calidez, su roja vida, tal como
fluía.
No. Eso era una locura. Él estaba borracho, loco.
—Ah. Mi pálido amigo, el vampiro.
Otra vez Sheila. Y sobre el horror se alzó el latido del corazón de Henderson. Al mirar
los brillantes ojos, la cálida boca en forma de roja invitación, Henderson sintió una oleada
de calor. Observó el blanco cuello por encima de la oscura y reluciente capa, y sintió otra
clase de calor. Amor, deseo y... hambre.
Ella debió de verlo en los ojos de Henderson, pero no se asustó. Muy al contrario, su
mirada devolvió las llamas.
¡También Sheila se había enamorado!
Con un gesto impulsivo, Henderson soltó la capa de su cuello. El helado peso
desapareció. Henderson estaba libre. Curiosamente, no deseaba quitarse la capa, pero lo
había hecho. Era un objeto maldito, y al cabo de unos instantes él podía haber cogido a la
mujer en sus brazos, para besarla, y continuar...
Pero Henderson no se atrevió a pensar en eso.
—¿Cansado del disfraz? —preguntó ella.
Con un gesto similar, también Sheila se quitó la capa y reveló la gloria de su vestido de
ángel. Su rubia perfección de estatua hizo brotar un jadeo de la garganta de Henderson.
—Un ángel —musitó él.
—Un diablo —se burló ella.
Y de pronto se abrazaron. Henderson tenía en su mano las dos capas. Permanecieron
con los labios en busca de embeleso hasta que Lindstrom y un grupo entraron
ruidosamente en el recibidor.
Al ver a Henderson, el grueso anfitrión retrocedió.
—Tú... —murmuró—. Tú eres...
—Uno de los que se va—dijo Henderson, sonriente.
Cogió del brazo a Sheila y la llevó hacia el vacío ascensor. La puerta se cerró ante el
rostro de Lindstrom, pálido y dominado por el miedo.
—¿Nos vamos? —musitó Sheila, apretándose a Henderson.
—Sí. Pero no a la tierra. No bajaremos a mi reino, subiremos... al tuyo.
—¿El jardín de la terraza?
—Exactamente, mi angelical amiga. Quiero hablar contigo con tus cielos como fondo,
besarte entre las nubes y...
Los labios de ella buscaron los de él mientras el ascensor subía. _
—Ángel y diablo. ¡Vaya pareja!
—Eso creo yo —confesó ella—. ¿Qué tendrán nuestros hijos, halos o cuernos?
—Ambas cosas, estoy seguro.
Salieron a la desierta terraza. Y de nuevo era la víspera de Todos los Santos.
Henderson lo notó. Abajo estaba Lindstrom con sus elegantes amistades, en una ebria
fiesta de disfraces. Allí arriba había noche, silencio, tinieblas. Ninguna luz, sin música, ni
bebida, sin los parloteos que hacían idénticas todas las fiestas. Una noche como las
demás. Esa noche era individual en la terraza.
El cielo no era azul, sino negro. Las nubes flotaban como grises barbas de suspendidos
gigantes que observaban el redondeado globo anaranjado de la luna. Un frío viento
soplaba del mar, y llenaba el aire de suaves y lejanos murmullos.
Ese era el cielo que las brujas recorrían para acudir a su Sabbath. Esa era la luna de la
hechicería, el oscuro silencio de negras plegarias y musitadas invocaciones. Las nubes
ocultaban monstruosas Presencias que deambulaban tras haber sido invocadas desde
muy lejos. Era la víspera de Todos los Santos.
Además hacía bastante frío.
—Dame mi capa—murmuró Sheila.
Automáticamente, Henderson tendió la prenda, y el cuerpo de la mujer remolineó bajo
el oscuro esplendor de la tela. Sus ojos lanzaban llamas a Henderson, una llamada que
éste no pudo resistir. Se besaron, temblorosos.
—Estás frío —dijo Sheila—. Ponte la capa.
«Sí, Henderson —pensó él—. Ponte la capa mientras contemplas el cuello de Sheila.
Luego, cuando vuelvas a besarla, querrás su cuello, ella te lo dará por amor y tú lo
aceptarás por... hambre.»
—Póntela, cariño, insisto —musitó la mujer.
Sus ojos reflejaban impaciencia, ardían con una ansiedad igual a la de Henderson.
Henderson se estremeció.
«¿Ponerme la capa de tinieblas? ¿La capa de la tumba, la capa de la muerte, la capa
del vampiro? ¿La diabólica capa, llena de fría vida propia que ha transformado mi cara y
mi mente, que ha saturado mi alma de un hambre espantosa?»
—Toma.
Los finos brazos de Sheila le rodearon, pusieron la capa sobre sus hombros. Los dedos
de la mujer le rozaron el cuello, como una caricia, mientras le ataban la capa al cuello.
Henderson se estremeció.
Entonces notó, en todo su cuerpo, la helada frialdad que se convertía en un calor más
horrible. Sintió que se expandía, notó el gesto de mofa en su semblante. ¡Eso era Poder!
Y la mujer delante, sus ojos provocativos, tentadores. Henderson vio el ebúrneo cuello,
el cálido y esbelto cuello, a la espera. Le esperaba a él, a sus labios.
A sus dientes.
No, imposible. Él la amaba. Su amor debía vencer la locura. «Sí, viste la capa, desafía
su poder, y coge a Sheila en tus brazos como un hombre, no como un demonio. Debo
hacerlo. Es la prueba.»
—Sheila.
Qué curioso, su voz era más grave.
—Sí, cariño.
—Sheila, debo decirte una cosa.
Los ojos de ella, tan fascinantes. ¡Sería muy fácil!
—Sheila, por favor. Has leído el periódico esta noche.
—Yo... compré la capa allí. No puedo explicarlo. Viste cómo ataqué a Lindstrom.
Quería hacerlo. ¿Me entiendes? Quería... morderle. Con esta maldita capa me siento
como una de esas criaturas.
¿Por qué no variaba la mirada fija de Sheik? ¿Por qué no retrocedía de espanto? ¡Qué
confiada inocencia! ¿Le había entendido ella? ¿Por qué no echaba a correr? Él podía
perder el control en cualquier instante, podía atacar a la mujer.
—Te amo, Sheila. Créeme. Te amo. —Losé.
Los ojos de ella brillaban con la luz de la luna.
—Quiero hacer la prueba. Quiero besarte, con la capa puesta. Quiero sentir que mi
amor es más fuerte que... esto. Si me debilito, prométeme que te separarás y saldrás
corriendo, en seguida. Pero que no haya malos entendidos. Debo enfrentarme a esta
sensación y combatirla. Quiero que mi amor sea puro, seguro. ¿Tienes miedo? —No.
Ella seguía mirándole a pesar de todo, igual que él miraba su cuello. ¡Si Sheila supiera
en qué estaba pensando!
—¿No piensas que estoy loco? Fui a esa tienda... Él era un hombrecillo viejo y
horrible..., y me dio la capa. En realidad me dijo que pertenecía a un vampiro auténtico.
Pensé que estaba burlándose, pero esta noche no pude verme en el espejo, y deseé el
cuello de Lindstrom, y te deseo a ti. Pero debo superarlo.
—No estás loco. Lo sé. No tengo miedo. —Entonces...
La cara de Sheila le desafió. Henderson hizo acopio de fuerzas. Agachó la cabeza
mientras sus impulsos batallaban. Durante un instante permaneció inmóvil bajo la
espectral luna anaranjada, y su rostro se contorsionó a causa de la lucha. Y Sheila le
tentó.
Los curiosos e increíbles labios rojos de la mujer se abrieron y de ellos brotó una
argentina risa, mientras sus blancos brazos salían de su negra túnica y rodeaban
suavemente el cuello de Henderson.
—Lo sé... Lo supe cuando miré el espejo. Supe que tenías una capa como la mía...,
que conseguiste la tuya en la misma tienda que yo...
Extrañamente, los labios de Sheila parecieron esquivar los de Henderson mientras éste
permanecía paralizado en un instante de conmoción. Después, Henderson notó en su
cuello la helada dureza de los dientecillos de Sheila, una picadura raramente calmante, y
una negrura total que se alzaba ante él.
PIEDRA DE TOQUE
Terry Carr

En una vieja nota averiguo que escribí, Terry Carr nació en Grants Pass, Oregón, y
creció leyendo The Gumps a la luz de lamparillas de aceite de ballena, pero no creo que
eso sea cierto. ¿Y ustedes? Respecto a cómo y por qué llegué a tener una vieja nota
como ésa, no, Terry no me la pasó en clase. He adquirido este relato (y lo he publicado,
naturalmente) en dos ocasiones anteriores; y ésta es la tercera. El libro de los Proverbios
dice que Una cuerda triple no se rompe fácilmente. ¿Estoy destinado a comprar y publicar
indefinidamente este relato? Espero que así sea. Quizás haya quien opine que el tema de
este relato no concuerda realmente con las dos definiciones de piedra de toque que
ofrece un diccionario no abreviado. Después de leerlo, no obstante, confirmarán
seguramente que el señor Carr ofrece una tercera definición.
Terry Carr nació en Oregón en 1937 y creció en San Francisco. Tras diez años de
escritor y editor en Nueva York, regresó a California y vive actualmente en la zona de la
bahía de San Francisco en compañía de su esposa, la escritora Carol Carr. El señor Carr
es autor de la novela de ciencia ficción Cirque y de varias decenas de relatos cortos,
muchos de los cuales aparecen en The Light at the End of the Universa. Ha editado cerca
de sesenta antologías de ciencia ficción y fantasía, entre ellas las series Universo, The
Best Science Fiction of the Year Fantasy Annual.
Tras treinta y dos años de observar con creciente perplejidad los hábitos del mundo y la
vacilante búsqueda de amor y seguridad por parte de la gente, Randolph Helgar pensaba
que había una sencilla respuesta para todo ello, que de alguna forma era posible
agarrarse a la vida, aferraría y apreciarla sin temor. Y un sábado por la mañana, a
principios de marzo, cuando las nubes habían desaparecido y el sol se alzaba pálido en el
cielo, Randolph encontró lo que buscaba.
La nieve había abandonado las calles de Greenwich Village desde hacía más de una
semana, dejando tras de sí únicamente un quebradizo residuo en las aceras. Todo el
mundo seguía andando con paso incierto, como marineros de permiso en la costa.
Randolph Helgar salió de su piso a las diez y se dirigió hacia el oeste. El viento del este
encrespó su arreglado cabello color arena, confiriéndole el superficial aspecto de la prisa,
pero sus inquietos ojos grises y la vaga sonrisa que tan a menudo aparecía en su boca
anulaban esa apariencia. Randolph estaba más atareado buscando que andando.
El mejor detalle de la ciudad, por lo que a él respectaba, era que nunca se la podía
cartografiar por completo. En cuanto se pensaba conocer todas las calles, todas las
zapaterías, todos los puestos de bocadillos o pizzas, un día se encontraba algo nuevo, en
un lugar no investigado hasta entonces. Una peculiar ceguera afecta a la gente que
recorre las calles de Greenwich Village; la gente sólo se percata de su lugar de destino.
El día anterior, en el autobús, camino del hogar tras salir del trabajo en la agencia de
viajes, Randolph miró por la ventanilla y vio una librería cuyo sucio escaparate era serena
evidencia del tiempo que el establecimiento llevaba en aquel lugar. Y por eso iba en
busca de la librería esa mañana. Había anotado la dirección, pero ya no era preciso sacar
la hoja de papel de la cartera: el acto de anotarla la había fijado en su memoria.
La tienda acababa de abrir cuando Randolph llegó. Un hombretón de recia espalda,
cabello negro y prominentes venas en el dorso de las manos estaba disponiendo la mesa
de ocasiones delante de la librería. Randolph observó la mesa, llena de lomos borrados
por el sol de anónimos libros de bolsillo, y saludó al hombretón con una inclinación de
cabeza. Entró.
Los libros estaban amontonados a lo largo de las paredes. En diversos lugares había
letreros hechos a mano que anunciaban MÚSICA, HISTORIA, PSICOLOGÍA, pero debían
de llevar años allí, porque los libros de esas secciones no estaban relacionados con los
letreros. Cerca de la entrada había un viejo aparador moteado por la luz que entraba por
el sucio escaparate; un letrero de uno de sus estantes decía $10. Junto a este mueble
había una mesita redonda que giraba sobre su base, pero no tenía puesto precio.
El propietario había vuelto a la librería y se hallaba junto a la puerta mirando a
Randolph.
—¿Desea algo especial? —preguntó al cabo de unos instantes.
Randolph meneó la cabeza, echando atrás los mechones que caían sobre sus ojos.
Pasó los dedos por su pelo, peinándolo hacia atrás, y observó uno de los montones de
libros.
—Creo que quizá le interese esta sección —dijo el propietario, que caminó
pesadamente sobre las inseguras tablas del piso y se situó al lado de Randolph.
Alzó su manaza y la pasó por un estante. Un letrero decía: MAGIA, BRUJERÍA.
Randolph lo miró.
—No —dijo.
—Ninguno de estos libros está en venta—dijo el hombre—. Esta sección es
estrictamente una biblioteca de préstamo.
Randolph alzó los ojos para mirar los del hombre de más edad. El hombretón le
devolvió la mirada tranquilamente, a la espera.
—¿No están en venta? —dijo Randolph.
—No, forman parte de mi colección —repuso el librero—. Pero los alquilo a diez
centavos por día, si es que alguien desea leerlos, o bien...
—¿Quién se los lleva?
El pesado propietario se alzó de hombros, con la tenue pincelada de una sonrisa en
sus carnosos labios.
—Gente. Gente que entra, ve los libros y piensa que quizá le guste leerlos. Siempre los
devuelven.
Randolph examinó los libros de los estantes. Los lomos eran duros y quebradizos, las
letras parecían nuevas.
—¿Cree que los leen? —preguntó.
—Por supuesto. Muchos lectores vuelven y compran otras cosas.
—¿Otros libros?
El hombre sé encogió de hombros por segunda vez y dio media vuelta. Se acercó
lentamente a la trastienda.
—Vendo otras cosas. Es imposible ganarse la vida vendiendo libros en estos tiempos y
esta época.
Randolph siguió al hombretón a la oscuridad de la trastienda.
—¿Qué otras cosas vende?
—Quizá deba leer antes los libros —dijo el hombre, observándole con los ojos
entrecerrados.
—¿Vende... pociones amorosas? ¿Sangre de murciélago seca? ¿Entrañas de
serpiente?
—No —dijo el vendedor—. Me temo que tendrá que visitar a los tabaqueros si quiere
cosas como esas. Yo vendo únicamente cosas imperecederas.
—¿Amuletos mágicos? —preguntó Randolph. —Sí —repuso lentamente el
hombretón—. Algunos son auténticos, otros no.
—Y supongo que los auténticos son más caros. —Aproximadamente valen lo mismo.
Está en sus manos decidir cuáles son auténticos.
El hombretón se había agachado para buscar algo en un cajón de su escritorio, y sacó
una caja cuya tapa levantó. Puso la caja en el escritorio y alzó la mano para encender una
desnuda bombilla que pendía del oscuro techo.
La caja contenía diversos amuletos, piedras, insectos resecos encerrados en vidrio,
tallas de madera y otros objetos. Todo estaba revuelto en la caja. Randolph removió el
contenido con dos dedos.
—No creo en la magia —dijo. El hombretón sonrió lánguidamente. —Creo que yo
tampoco. Pero algunas de estas cosas son bastante interesantes. Algunas son de
auténtica hechura sudamericana, otras proceden de Europa y Oriente. Valen dinero, sí
señor. —¿Qué es esto? —preguntó Randolph mientras cogía una piedra negra que
encajaba perfectamente en la palma de su mano. Las configuraciones de la piedra se
retorcían sobre sí mismas, igual que un puñado de masa de panadero. —Es una piedra
de toque. Pase los dedos por ella. —Es perfectamente lisa—dijo Randolph. —Se supone
que tiene poderes mágicos, hace que la gente se sienta contenta. Sosténgala en la mano.
Randolph apretó los dedos sobre la piedra. Tal vez fuera la fuerza de la sugestión, pero
el tacto de la piedra era muy agradable. Tan lisa, igual que la piel...
—El hombre que me la dio dijo que era un antiguo objeto hindú. Engloba Yang y Yin,
los opuestos que se complementan y dan armonía al mundo. Puede ver parte del símbolo
en el aspecto de la piedra. —Sonrió lentamente—. Se supone además que contiene un
alma humana, igual que un huevo.
—Más bien como un fósil —dijo Randolph.
No sabía qué clase de piedra era.
—Le costará cinco dólares —dijo el hombretón.
Randolph sopesó la piedra. Descansaba en su mano cómodamente, igual que un gato
que se dispone a dormir.
—De acuerdo —contestó.
Sacó un billete de la cartera y observó el papel donde había apuntado la dirección de la
librería el día anterior.
—Si vuelvo aquí dentro de una semana —dijo—, ¿seguirá estando la tienda? ¿O habrá
desaparecido, como supuestamente desaparecen las tiendas de magia?
El hombretón no sonrió.
—Esta tienda no es de esa clase. Me arruinaría si estuviera trasladándome siempre.
—De acuerdo —dijo Randolph, observando la negra piedra—. Cuando era niño solía
coger piedras en la playa y las llevaba encima semanas seguidas, porque me
encantaban. En fin, supongo que esta piedra tiene esa clase de magia.
—Si decide que no desea tenerla, devuélvala —dijo el hombretón.
Cuando Randolph volvió al piso, Margo estaba levantándose. Bobby, de siete años, ya
se había levantado y estaba fuera, al parecer. Randolph puso la cafetera con el café de la
noche anterior en la cocina y se sentó a la mesa de la cocina para aguardar a que se
calentara. Sacó la piedra de toque del bolsillo y pasó los dedos por ella.
Extraño... Era simplemente una roca negra, probablemente desgastada y alisada por el
agua y más tarde, tal vez, por dedos que la habían frotado durante siglos. Pese a lo que
había dicho el vendedor respecto a un símbolo hindú, la piedra no tenía forma particular.
Sin embargo, la piedra le produjo un peculiar efecto calmante. Quizá, pensó Randolph,
es simplemente que la gente debe tener algo en las manos mientras piensa. Son las
manos, el pulgar oponible, las que han hecho a los humanos tal como son, o así opinan
los antropólogos. Las manos dan al hombre la capacidad de trabajar con cosas, de
construir, de hacer. Y todos tenemos la sensación de tener que estar siempre usando las
manos, o de lo contrario no vivimos de acuerdo con nuestra condición de seres humanos.
Por eso fuman tantas personas. Por eso tocan y se frotan la barbilla y por eso
tamborilean con los dedos en las mesas. Pero la piedra de toque regía las manos.
Una simple forma de magia.
Margo entró en la cocina, peinando su largo cabello de modo que le cayera sobre los
hombros. Todavía no se había maquillado, y su carnosa boca parecía tan pálida como las
nubes. Sacó tacitas y sirvió el café, y luego se sentó al otro lado de la mesa.
—¿Has comprado la pintura?
—¿Pintura?
—Ibas a pintar hoy la cocina. La pintura que hay está agrietándose y se cae.
Randolph observó las paredes mientras acariciaba la piedra con los dedos. Las
paredes no tenían mal aspecto, decidió. Podían durar otros seis meses sin pintarlas. Al fin
y al cabo, no era una calamidad que el yeso apareciera encima de la cocina.
—No creo que lo haga hoy —dijo.
Margo no contestó. Cogió un libro de la silla contigua y buscó la hoja que estaba
leyendo.
Randolph manoseó la piedra de toque y pensó en la playa de su niñez.
Había una fiesta esa noche en casa de Gene Blake, en el piso de abajo, pero en esta
ocasión Randolph no tenía deseos de bajar. Blake era cuatro años más joven que él, y de
pronto la diferencia parecía insuperable. Blake explicaba descentrados chistes sobre la
integración en el Sur, hablaba de escritores que Randolph sólo conocía gracias a las
críticas del Times del domingo y era aficionado a beber whisky y leche. No, no esa noche,
dijo a Margo.
Después de la cena, Randolph se acomodó ante el televisor y, mientras sonaba en la
cocina el lavado de platos y Bobby leía un tebeo en el rincón, vio una reposición de la
mejor comedia de hacía tres temporadas. Cuando llegó el segundo anuncio, sacó la
piedra de toque de su bolsillo y la frotó ociosamente
con el pulgar. Lo único preciso, pensó, es ignorar los anuncios.
—¿Alguna vez has visto una rana? —le preguntó Bobby.
Randolph levantó la cabeza y vio al niño junto a su silla, respirando rápidamente como
hacen los niños cuando tienen algo que decir.
—Claro —dijo Randolph.
—¿Alguna vez has visto una negra? ¿Muerta?
Randolph pensó un momento. No creía haber visto una rana negra muerta.
—No —contestó.
—¡Espera un momento! —dijo Bobby, y salió corriendo de la habitación.
Randolph siguió mirando la pantalla del televisor y vio que la mujer tenía un caballo en
el cuarto de estar y se esforzaba en convencerlo de que subiera al piso superior antes de
que llegara el marido. El caballo parecía irritado.
—¡Mira! —dijo Bobby, y dejó caer la rana muerta en los pantalones de su padre.
Randolph la miró dos segundos antes de comprender de qué se trataba. Una pata y
parte del cuerpo de la rana estaban aplastados, probablemente por la rueda de un coche,
y la amplia boca estaba abierta. Era gris, no negra.
Randolph la tiró al suelo.
—Será mejor que la eches a la basura —dijo—. Olerá mal.
—¡Pero he pagado sesenta canicas por ella! —dijo Bobby—. Y sólo tenía veinticinco y
tendrás que comprarme más.
Randolph suspiró y cambió la piedra de mano.
—De acuerdo —dijo—. El lunes. Guárdala en tu habitación.
Volvió la cabeza hacia la pantalla, donde todo el mundo estaba detrás del caballo y
trataba de empujarlo escalera arriba.
—¿No te gusta? —preguntó Bobby.
Randolph miró inexpresivamente al niño.
—Mi rana—dijo Bobby.
Randolph pensó en ello un instante.
—Creo que será mejor que la tires —dijo—. Pronto apestará.
Bobby bajó la cabeza.
—¿Puedo preguntárselo a mamá?
Randolph no respondió, y supuso que el niño se alejaba. Había más propaganda, y
acarició ociosamente la idea de un anuncio de piedras de toque: «Desde hace dos
milenios la humanidad ha buscado la respuesta al olor de las axilas, la halitosis, la
regularidad de la menstruación... Ahora, por fin...»
—¡Bobby! —gritó la esposa de Randolph en la cocina. Randolph levantó la cabeza,
sorprendido—. ¡Saca eso del pasillo y ponlo en la basura ahora mismo! ¡Ni una palabra
más!
Al cabo de un instante Bobby entró lentamente en la habitación, con la barbilla en el
pecho. Pero miró a Randolph con un vestigio de esperanza.
—Ella quiere que la tire a la basura.
Randolph se encogió de hombros.
—Llenará de olor la casa—dijo.
—Bueno, pensaba que te gustaría de todas maneras —dijo Bobby—. Siempre me
dices que tú fuiste niño, y ella no.
Bobby esperó un instante, aguardó la respuesta de su padre, y al no llegar ésta se fue
corriendo bruscamente con la aplastada rana gris en su mano.
Margo entró en el cuarto de estar, secándose las manos con una toalla.
—Ran, ¿por qué no has intervenido antes?
--¿Qué?
—Sabes que esas cosas me ponen enferma. Estaré dos días sin poder comer.
—Estaba viendo el programa—dijo él.
—Ese ya lo has visto dos veces. ¿Qué te pasa?
—Tómate una aspirina si estás nerviosa —dijo Randolph.
Apretó la piedra en la palma de su mano hasta que Margo sacudió la cabeza y se fue.
Pocos minutos después empezó un nuevo programa, un reportaje sobre gente que se
había manifestado en una base militar, protestando contra las bombas atómicas y la
radiación. La cara de un profesor universitario apareció en la pantalla y el orador señaló
gravemente un mapa.
—La Comisión de Energía Atómica admite que...
Randolph suspiró y apagó el televisor.
Se acostó temprano esa noche. Al despertar a la mañana siguiente salió, compró un
libro y volvió a la cama con él. Cogió la piedra de toque de la silla próxima a la cama y le
dio vueltas en sus manos un par de veces. Realmente era una piedra muy vulgar. Negra,
lisa, de suave curvatura... ¿Qué tenía la roca para que todo pareciera tan carente de
importancia, tan trivial?
Bien, naturalmente una piedra es una de las cosas más comunes del mundo, pensó
Randolph. Las encuentras por todas partes; incluso en las calles de la ciudad, donde todo
está hecho por el hombre, hay piedras. Forman parte del suelo, bajo el pavimento, son
parte del mundo en que vivimos. Forman parte del hogar.
Randolph sostuvo la piedra de toque en una mano mientras leía.
Margo llevaba varias horas fuera cuando Randolph acabó la lectura. Mientras cerraba
el libro entró ella y se quedó en la puerta, observándole en silencio.
—¿Me quieres? —preguntó ella al cabo de unos instantes.
Randolph levantó la cabeza, levemente sorprendido.
—Sí, claro.
—No estaba segura.
—¿Por qué no? ¿Algo va mal?
Margo se acercó y se sentó en la cama, junto a él, con su vestido de tela de esponja.
—Es que apenas me has hablado desde ayer. Pensaba que estabas enfadado por
algo.
Randolph sonrió.
—No. ¿Por qué tenía que estar enfadado?
—No lo sé. Parecía que... —Margo se encogió de hombros.
Randolph le tocó la cara con la mano libre.
—No te preocupes.
Margo se echó junto a él, con la cabeza apoyada en su brazo.
—¿Y me amas? ¿Todo va bien?
Randolph hizo girar la piedra en su mano derecha.
—Naturalmente que todo va bien —dijo en voz baja.
Ella se apretó al cuerpo de su esposo.
—Quiero besarte.
—De acuerdo.
Randolph rozó con sus labios la frente y la nariz de Margo. Después ella le abrazó con
fuerza mientras le besaba en los labios.
Cuando Margo terminó, Randolph se recostó en el almohadón y contempló el techo.
—¿Hace sol hoy? —preguntó—. Aquí ha estado oscuro todo el día.
—Quiero besarte más —dijo ella—. Si te parece bien.
Randolph estaba percibiendo el calor de la piedra en su mano. Las piedras no tienen
calor, pensó. Solamente mi mano le da calor. Extraño.
—Naturalmente que me parece bien —dijo, y volvió la cabeza para que ella volviera a
besarle.
Bobby estuvo en su habitación buena parte del día; Randolph supuso que estaría
tramando algo. Margo, después de esa vez, no trató de hablar con él. Randolph siguió en
la cama tocando la piedra y pensando, aunque cuando intentaba recordar en qué había
pensado encontraba su mente en blanco.
Hacia las cinco y media se presentó en la puerta su amigo Blake. Randolph le oyó decir
algo a Margo, y después el hombre entró en el dormitorio.
—Eh, ¿te encuentras bien? No estuviste en la fiesta ayer por la noche.
Randolph hizo un gesto de indiferencia.
—Claro. Tenía ganas de holgazanear este fin de semana.
La curtida cara de Randolph se iluminó.
—Bien, eso es bueno. Escucha, tengo un problema.
—Un problema—dijo Randolph.
Se incorporó en la cama mientras miraba ociosamente la piedra que tenía en la mano.
Blake hizo una pausa.
—¿Seguro que todo va bien? —preguntó después—. ¿Ningún problema con Margo?
Ella no tenía muy buen aspecto cuando llegué.
—Los dos estamos bien.
—Perfecto. Escucha, Ran, sabes que eres el único amigo íntimo que tengo, ¿verdad?
Quiero decir que hay muchas personas en el mundo, pero que tú eres la única con la que
puedo contar cuando las cosas se tuercen. Con cierta gente bromeo, pero contigo puedo
hablar. Sabes escuchar. ¿No es cieno?
Randolph asintió. Suponía que Blake tenía razón.
—Bien... Supongo que estarás enterado del escándalo de ayer por la noche. Un par de
tipos bebieron demasiado y hubo una pelea.
—Me fui temprano a la cama.
—Me sorprende que pudieras dormir. La discusión fue todo un alboroto al cabo de un
rato. Vino la policía. Rompieron tres ventanas y alguien derribó la nevera. Lo hicieron todo
añicos. Una puerta tiene las bisagras arrancadas.
—No, no escuché nada.
—¿Será posible? Bueno, escucha, Ran... El casero me tiene cogido por el cuello.
Quiere llevarme a juicio, quiere echarme a patadas. Ya conoces a ese tipo. Necesito
dinero de prisa, para solucionar las cosas.
Randolph no contestó. Había descubierto un punto de la piedra donde su pulgar
derecho encajaba perfectamente, como si la piedra hubiera sido moldeada con él. Se
pasó la piedra a la mano izquierda, pero el otro pulgar no encajaba con tanta exactitud.
Blake reflejaba nerviosismo.
—Mira, sé que te lo digo con poco tiempo. No querría pedírtelo, pero estoy en un
apuro. ¿Podrías prestarme cien billetes?
—¿Cien dólares?
—Podría arreglarme con ochenta, pero supongo que un soborno al casero...
—De acuerdo. No tiene importancia.
Blake hizo otra pausa, mirando fijamente a Randolph.
—¿Puedes?
—Claro.
—¿Qué? ¿Ochenta o cien?
—Cien si te hacen falta.
—¿Estás seguro de que... no será un problema, quedarte corto de dinero? Quiero decir
que podría buscar en otra parte...
—Te firmaré un talón —dijo Randolph. Se levantó lentamente y sacó el talonario del
tocador—. ¿Cómo se escribe tu nombre?
—G-E-N-E. —Blake estaba nervioso, indeciso—. ¿Seguro que no será un problema?
No quiero presionarte.
—No.
Randolph firmó el talón, lo arrancó y lo entregó a su amigo.
—Eres un verdadero amigo —dijo Blake—. Un amigo de verdad.
—Tonterías —Randolph se encogió de hombros.
Blake se quedó unos instantes más, al parecer porque deseaba decir algo. Pero luego
volvió a dar las gracias y se apresuró a irse. Margo entró, se quedó en la puerta y miró a
su marido en silencio unos momentos. Después, también ella se fue.
—¿Comprarás las canicas mañana? —preguntó Bobby esa noche mientras cenaban.
—¿Canicas?
—Te lo expliqué. Tengo que pagar a aquel chico por la rana que me hicisteis tirar a la
basura.
—Ah. ¿Cuántas?
—Treinta y cinco. Eran sesenta, y sólo tenía veinticinco.
Bobby guardó silencio mientras tomaba su leche con cereales. Pinchó cuidadosamente
tres granos con el tenedor y los sacó de éste con los dientes.
—Estoy seguro de que te olvidarás.
Margo levantó la vista del plato que estaba comiendo en silencio.
—¡Bobby!
—He terminado de cenar —dijo rápidamente Bobby, y se levantó. Lanzó una rápida
mirada a Randolph—. Estoy seguro de que se olvidará—añadió, y se fue corriendo.
Tras cinco minutos de silencio, Margo se levantó y empezó a recoger los platos.
Randolph estaba frotando la piedra de toque con el puente de su nariz.
—Me gustaría dormir contigo esta noche —dijo ella.
—Naturalmente —dijo él, un poco sorprendido.
Margo se detuvo junto a él y le tocó el brazo.
—No me refiero sólo a dormir. Quiero hacer el amor.
Randolph asintió.
—De acuerdo.
Pero cuando llegó el momento Margo se volvió y quedó silenciosa en la oscuridad.
Randolph se durmió con un brazo apoyado descuidadamente en las caderas de su
esposa.
Al sonar el teléfono Randolph se despertó poco a poco. Ya había sonado cinco veces
cuando lo descolgó.
Era Howard, de la agencia.
—¿Se encuentra bien? —preguntó.
—Sí, estoy bien —dijo Randolph.
—Son más de las diez. Pensábamos que estaba enfermo y no había podido llamar.
—¿Más de las diez?
Durante unos segundos Randolph no comprendió el significado de la hora. Luego
Margo apareció en la puerta de la cocina, sosteniendo el despertador en la mano, y él
recordó que era lunes.
—Estaré allí dentro de una hora —se apresuró a decir—. No hay problema. Margo no
se encontraba bien, pero ya se le ha pasado.
Margo, inexpresiva, dejó el despertador en la silla, junto a la cama, y miró un momento
a su marido antes de salir del dormitorio.
—Nada serio, espero —dijo Howard.
—No, no hay problema. Le veré dentro de un rato.
Randolph colgó. Se sentó en el borde de la cama y trató de recordar qué había
sucedido. Los últimos dos días eran una confusión. Había perdido algo, ¿no era cierto?
Algo que llevaba en las manos.
—Intenté despertarte tres veces —dijo tranquilamente Margo. Había vuelto al
dormitorio y estaba de pie, con las manos cruzadas bajo los pechos. Su voz era firme,
controlada—. Pero no me prestaste la más mínima atención.
Randolph iba recordando lentamente. Había tenido la piedra de toque en su mano al
acostarse, pero debía de haber resbalado mientras dormía. Se puso a buscarla entre las
mantas.
—¿Has visto la piedra? —preguntó a su mujer.
--¿Qué?
—La piedra. La he perdido.
Se produjo un breve silencio.
—No la he visto. ¿Tan importante es precisamente ahora?
—Pagué cinco dólares por ella —dijo él, todavía rebuscando en la cama.
—¿Por una piedra?
Randolph se detuvo de pronto. Sí, cinco dólares por una piedra, pensó. No parecía
correcto.
—Ran, ¿qué te pasa últimamente? Gene Blake estuvo aquí esta mañana. Devolvió tu
talón y dijo que te pidiera perdón. Estaba francamente trastornado. Dijo que no creía que
tú quisieras realmente prestarle el dinero.
«Pero no era una simple piedra —pensó Randolph—. Era una piedra de toque, negra y
lisa»
—¿Te preocupa algo? —preguntó Margo.
La nuca de Randolph estaba repentinamente fría. «¿Preocuparme? —pensó—. No,
nada me preocupa. Ese es el problema.» Levantó la cabeza.
—Es posible que haga frío afuera. ¿Puedes buscar mis guantes?
Margo le miró un momento y se dirigió hacia el armario del pasillo. Randolph se levantó
y empezó a vestirse. Al cabo de unos instantes su esposa volvió con los guantes.
Randolph se los puso.
—Hace un poco de frío aquí dentro —dijo.
En cuanto Margo volvió a la cocina, Randolph siguió buscando en la cama, esta vez
fría y atentamente. Encontró la piedra bajo la almohada, y sin mirarla la metió en una
bolsa de papel. Puso la bolsa en el bolsillo de su abrigo.
Al llegar a la agencia presentó sus excusas con la máxima desenvoltura posible,
aunque estaba seguro de que todos sabían que él se había dormido. Bien, eso no tenía
importancia... una vez.
Aquella tarde se detuvo en la librería camino de su casa. La tienda estaba tal como él
la recordaba, y dentro se hallaba el mismo hombre, que alzó sus espesas cejas al ver a
Randolph.
—Ha vuelto muy rápido.
—Quiero devolver la piedra de toque —dijo Randolph.
—No me sorprende. Mucha gente devuelve mis objetos mágicos. A veces pienso que
sólo estoy alquilándolos, igual que los libros.
—¿Querrá quedársela otra vez?
—No por el mismo precio. Tengo que mantener el negocio.
—¿Qué precio? —preguntó Randolph.
—Sólo un dólar —dijo el hombretón—. O puede quedársela usted, si eso no es
suficiente.
Randolph pensó un instante. Ciertamente no pensaba conservar la piedra, pero un
dólar no era mucho. Podía deshacerse de la piedra...
Pero en ese caso alguien la cogería, era probable.
—¿Tiene un martillo? —preguntó—. Creo que será mejor romperla.
—Claro que tengo un martillo—dijo el hombretón.
El librero metió la mano en un cajón de su escritorio y sacó un martillo, viejo y rojizo a
causa del óxido. Lo mostró a Randolph.
—El alquiler del martillo cuesta un dólar —dijo.
Randolph miró vivamente al hombretón, y luego decidió que el detalle no era
sorprendente. El hombre tenía que mantener el negocio, cierto.
—De acuerdo. —Cogió el martillo—. Me pregunto si las venas de la piedra serán tan
lisas como el exterior.
—Quizá veamos el alma fosilizada —dijo el hombretón—. Nunca conozco las cosas
que vendo.
Randolph se arrodilló, y dejó que la piedra cayera de la bolsa al suelo. Rodó
describiendo un inestable círculo y finalmente se inmovilizó.
—Yo sabía mucho de rocas cuando era niño —dijo Randolph—. Solía cogerlas en la
playa.
Dio un martillazo a la piedra y ésta se deshizo en fragmentos que se deslizaron por el
suelo y rebotaron hasta detenerse. El trozo más grande quedó junto al pie de Randolph.
Randolph cogió ese fragmento y el propietario de la tienda encendió la bombilla. Ambos
examinaron el trozo de piedra.
Había un fósil, aunque Randolph no logró averiguar de qué. Era pequeño y no muy
definido, pero al mirarlo sintió un escalofrío. Era tan desagradable y deforme como un feto
humano, aunque más antiguo, un tipo de vida que murió en el barro del mundo antes de
que naciera algo parecido a un hombre.
DOCTOR BHUMBO SINGH
Avram Davidson

El nombre de Bhumbo Singh lo encontré hace mucho tiempo en, creo, el relato (muy
posiblemente falso) de (?) Zephanian Howell respecto al Agujero Negro de Calcuta. Era
algo así: «Tratamos de obtener botes por mediación de Bhumbo Singh, pero no lo
conseguimos». Eso era todo. ¿Por qué ese nombre siguió fermentando, o debería decir
supurando, en mi mente? No lo sé. Pero un día, estando (supongo) en algún lugar sin
máquina de escribir, cogí un cuaderno rayado y empecé a escribir este relato. Lo dejé
inacabado y lo olvidé, hasta que otro día, de nuevo sin máquina, continué la narración y
no volví a dejarla hasta completarla. El escenario de su culminación fue la barca de Peter
Stein, amarrada en el muelle 6 de Sausalito, en esa extraordinaria comunidad de barcoshabitación,
casas flotantes y simples barcas actualmente, ¡ay!, en lento proceso de
destrucción. Pete, a pesar del hecho de ser ciego, construye buenas barcas. Y a él dedico
este relato.
Avram Davidson nació en Yonkers, Nueva York, en 1923, sirvió en la marina y con los
marines de los Estados Unidos, y vendió su primer relato el mes posterior a su
licenciamiento. Editó The Magazine of Fantasy and Science Fiction a principios de la
década de los sesenta y ha publicado alrededor de quince novelas (entre ellas The
Phoenix and the Mirror, Peregrine: Primus y Peregrine: Secundus, tres antologías
anteriores, varias colecciones de cuentos y un ensayo, Crimes and Chaos. El señor
Davidson vive probablemente en el noroeste del Pacífico.
La calle Trevelyan había tenido cuatro manzanas de longitud, pero en la actualidad sólo
tiene tres, y en su extremo de popa está bloqueada por el linde de un paso superior.
(¿Piensan que las palabras «Sin Salida» tienen un sonido siniestro?) El gran edificio del
bloque 300 solía estar consagrado al culto de la Iglesia Episcopal Metodista de
Mesopotamia (Sur) pero ya no está consagrado a nada y actualmente es un almacén de
cola. El edificio pequeño condene la única tienda de comestibles y comidas preparadas al
estilo de Bután fuera de Asia; su clientela es escasa. Y el pequeño edificio de madera
alberga un minúsculo estudio sumamente oscuro y sucio que vende hechizos, aromas y
cabezas contraídas. Sus clientes son todavía más escasos.
Los hechizos son caros, los aromas son exorbitantes y los precios de las cabezas
contraídas (por muy de primer corte que sean) son simplemente excesivos.
El estudio, no obstante, tiene un alquiler bajo (tiene un techo bajo, además), no paga
permiso de venta (abre, cuando abre, únicamente entre las siete de la noche y las siete
de la mañana, horas en que no funciona la oficina municipal de licencias). Y no carece de
las ventas suficientes para mantener al propietario, nativo de las islas Andamán, con las
pocas, muy pocas cosas sin las que la vida sería insoportable para él: calamar con cari,
que come, come y come, irregulares perlas rosadas, que colecciona y luce (a solas y
durante la fase izquierda de la luna). También viven allí tupayas. Se dice que estos
animales son parientes de los primates, y por tanto, se supone, del hombre. Verdad o
mentira, no me importa. El propietario musita en sus diminutas orejas órdenes sumamente
abominables y luego los suelta, con gran y siniestra confianza. Y con una risa diabólica.
Los hechos que relato a continuación, los relato a ciencia cierta, porque me los narró mi
amigo el señor Solapado. Y jamás se ha sabido que el señor Solapado mintiera.
En cualquier caso, por lo menos, no a mí.
—Le deseo una buena noche sin luna, señorón Solapado —dice el propietario al
acabar una encapotada y ceñuda tarde de mediados de noviembre—, y ciertamente una
mala noche para los que han tenido la fortuna de provocar el sumamente justo
descontento de usted.
El propietario se rasca el inmundo lóbulo de una oreja con un inmundo dedo.
(Esa época del año, a propósito, es el mes que fue eliminado del calendario juliano por
Julián el Apóstata. Jamás ha aparecido en el calendario gregoriano: un buen detalle,
además.)
—Y una buena noche para usted, doctor Bhumbo Singh —dice el señor Solapado—.
En cuanto a ellos... Ja, ja!
Cruza sus menudas manos embutidas en guantes color lila sobre la empuñadura de su
muleta. Incluso varios supuestos expertos han afirmado que la empuñadura (observada
con una luz mucho menos mortecina que la de la tienda de Bhumbo Singh) es de marfil.
Están equivocados: es de hueso, puramente hueso... O quizás habría que decir,
impuramente hueso...
—¡Ja, ja! —repite (el doctor) Bhumbo Singh.
El no tiene derecho alguno, en realidad, a ese distinguido apellido, que ha tomado para
deshonra de cierto tratante de caballos, un benevolente sij que en hora irreflexiva y con
las constelaciones dispuestas malignamente tuvo la idea de adoptarle. Y ahora, el
negocio.
—¿Un hechizo, sahib Solapado? —pregunta a continuación, mientras se frota la
barbilla. Su barbilla lleva un tatuaje de apagado color azul que aterrorizaría los corazones
y aflojaría las cuerdas de las entrañas de los más viles rufianes de Rangún, Labore,
Peshawar, Pernambuco y Wei-hatta-hatta aún no colgados, si no fuera porque, claro está,
casi siempre es totalmente invisible gracias al polvo, la pegajosa sustancia negra de los
calamares con cari y un odio al agua semejante a la hidrofobia—. ¿Un hechizo, un
hechizo? ¿Un bonito hechizo? ¿Una cabeza partida?
—Vergüenza para sus cursis hechizos —dice tranquilamente el señor Evelyn (dos
«es») Solapado—. Sólo son aptos para brujas, magos y niños o niñas exploradores. En
cuanto a sus cabezas partidas, contraídas o lo que sea: Jo, jo.
Pone la punta de su índice derecho en el orificio derecho de su nariz. Guiña un ojo.
El doctor Bhumbo Singh ensaya una mirada de reojo, pero no pone el corazón en ello.
—Son anormalmente caras en estos tiempos, incluso al por mayor —se lamenta.
Y acto seguido desiste de mojigangas comerciales y se limita a esperar.
—He venido a por un aroma, doctor —dice Solapado, alejando con la punta de su
maleta un grillo que ha huido de los víveres para alimentar a las tupayas.
Los rojos ojillos del doctor Bh. Singh brillan como los de un hurón salvaje en época de
celo. Solapado baja y sube la cabeza rápida, vivamente, y produce un chasquido con sus
fruncidos labios.
—Un aroma, sutil, lento, penetrante. Un aroma vil. Un aroma enigmático. Un aroma que
parezca provenir de cualquier parte, pero un aroma que no deje rastro en cuanto a su
procedencia. Un aroma diabólico. Un aroma que en un momento dado, y con infinito
alivio, disminuya..., disminuya..., que casi desaparezca..., y que luego, alzándose como un
fénix de sus fragantes cenizas, resurja en forma de pestilencia, peor, mucho peor que
antes...
»Un aroma más que repugnante.
Un ligero escalofrío recorre el inmundo y magro cuerpo del doctor Bhumbo S. (Él no
tiene derecho a ese título, pero ¿quién osaría negárselo? ¿La Asociación de Médicos? La
última tribuna que ambas partes podían haber ocupado juntas, incluso en combate,
también fue ocupada por Alberto Magno.) Su lengua sobresale. (Es cierto que el doctor
puede, si se le provoca, tocar con ella la punta de su más bien retroussé nariz; también es
cierto que él puede, y lo hace, cazar moscas con su lengua igual que un sapo o un
camaleón. El señor Solapado no ha considerado conveniente comunicármelo, no a mí.)
Su lengua retrocede.
—En pocas palabras, apreciadísimo cliente, es preciso un aroma que enloquezca a los
hombres.
—¿«Hombres», doctor Bhumbo Singh? ¿«Hombres»? No he dicho nada de hombres.
La palabra nunca ha salido de mi boca. El concepto, de hecho, jamás se ha formado en
mi mente.
Bhumbo se estremece, en lo que podría ser un espasmo de malaria, pero que
seguramente es risa silenciosa.
—Tengo el producto preciso —dice—. Exactamente lo que busca. El precio es
meramente pro forma, el precio es mínimo, el precio es mil quinientas piezas de oro, de la
acuñación del Gran Golconda. Por onza.
Las cejas de Solapado se alzan, descienden, caen.
—¿«De la acuñación del Gran Golconda»? Caramba, hasta los escolares saben que el
oro de Golconda era tan excesivamente puro que podía comerse como mermelada, lo que
justifica que queden tan pocas monedas de ese tipo. Vaya, vaya, doctor Bhumbo Singh, si
trata y cobra así a sus apreciadísimos clientes, no me extraña que tenga tan pocos.
Un grumo de suciedad, enmarañado con telarañas, flota lentamente tras soltarse del
invisible techo y cae al incalificable suelo. Se lo ignora. El comerciante se encoge de
hombros.
—Ni siquiera para mi propio hermano, caballero, estoy dispuesto a preparar el aroma
por menos dinero. —Considerando que el «propio» (y único) hermano de Bhumbo,
Bhimbo, ha pasado los últimos siete años y medio cargado de cadenas en el sexto
subsolano de la prisión secretamente dirigida por esa vieja obesa, fea y diabólica, Fátima,
la begun viuda de Oont, sin que Bhumbo haya ofrecido ni siquiera dos rupias para ajos,
esta es probablemente la verdad—. No obstante, dado mi gran respeto y consideración
por usted y mi deseo de mantener la relación, no le exigiré que compre una onza entera.
Le venderé el aroma por gramos, o una cantidad ínfima.
—¡Trato hecho, señorón Bhumbo, trato hecho! —exclama el señor Solapado.
Golpea con la muleta el inmundo, muy inmundo suelo.
Las tupayas emiten agudos gañidos de irritación y Bhumbo les da grillos. Los animales
se calman, aparte de hacer ruidos no orales, crujientes.
Cerca, en el paso superior, un camión o un autocamión pasa estruendosamente; como
resultado de ello el frágil edificio tiembla, y al menos una cabeza contraída va de un lado a
otro y hace rechinar sus dientes. Nadie presta atención al hecho.
—Tenga el placer de volver aquí, pues, effendi Solapado, por (o quizás un poco
después) los Gules de Diciembre —dice Bhumbo Singh. Después duda un poco—.
«Diciembre», así llaman los cristianos al siguiente medio mes. «Diciembre», ¿no es
cierto?
Eevelyn Solapado (dos «es») se levanta para marcharse.
—Muy cierto. Celebran una importante fiesta a ese respecto.
—¿Ah, sí, ah, sí? —exclama Bhumbo Singh—. No lo sabía... ¡Qué importante es ser
sabio!
Acompaña a su cliente a la sucia, muy sucia puerta con numerosas reverencias,
homenajes y genuflexiones. El cliente, tras poner el pie superficialmente una vez en el
desagradable cuello de Bhumbo, se ha ido ya cuando se produce la última reverencia.
Desaparecido, desaparecido ya, y el distante eco del silbato de hojalata (con el que
tiene la costumbre de tocar las notas de adorno del Lamento por sahib Nana cuando
recorre como una araña esos caminos húmedos y oscuros) desaparecido ya igualmente...
En las siguientes semanas, tanto Bhumbo Singh como su mismo simulacro son vistos
en infinidad de sumamente diversos lugares. Los mataderos de reses lo conocen breves
momentos; igual que carderías y curtidurías. Se le ve lanzar puñados de las Semisilentes
Arenas del Hazramawut (o Cortejos de la Muerte) a las ventanas de Abdulahi El-
Ambergrisi (que también vende asafétida). Y el Abdulahi (un yazid de los yazidí) abre,
vacila, se retira, lanza mediante una red de muy largo asidero una ampolla de no-se-sabequé.
Se observa de reojo que el Bhumbo (y si no es él, ¿quién es?) se escabulle bajo el
descargadero del viejo mercado de pescado (condenado, desde entonces, por la Junta de
Salud). Visita también los cobertizos de uno o dos y nunca más de tres extranjeros que en
tiempos viajaron por el mar en climas tropicales y que ahora viven en derrumbadas
barracas en extremos opuestos de abandonados vertederos y que muestran su arruinado
semblante sólo a los semblantes de las arruinadas lunas.
Y por las noches, cuando la luna está oscura, Bhumbo deambula por fábricas de
ungüentos, en busca de moscas.
De vez en cuando murmura, y si uno se atreviera a ponerse muy cerca, le oiría calcular
sensatamente de esta forma:
—¡Con esa y con esa cantidad de doradas piezas de oro! Con algunas me compraré
más perlas rosadas irregulares y con otras me compraré más calamar con cari y otras las
reservaré para contemplarlas y otras, ¡no!, ¡sólo otra!, la entregaré a Iggulden el batidor
de oro para que me haga una hoja de oro blanda, ancha y fina: la mitad la pondré como
una máscara de estrangulamiento en la cara de cierto «explotador» de bienes raíces y
con la otra porción La-Que-Prepara-Confituras preparará dulces calientes y empanadas y
pasteles para mí y cuando esto se haya fundido como amarilla mantequilla lo comeré y no
invitaré ni a uno a disfrutar conmigo y después lameré mis doce dedos hasta que estén un
poco limpios...
Luego se ríe... Un sonido como de burbujeo de espesa grasa caliente en las fétidas
ollas de un festín caníbal.
Mientras tanto, ¿qué se ha hecho del señor Solapado?
El señor Solapado mientras tanto hace visitas igualmente; pero de carácter más
sociable: el señor Solapado llama antes de entrar.
—Oh. Soli. Eres tú —dice una mujer por la abertura de la bien encadenada puerta—.
¿Qué quieres?
—Gertrude, te he traído, siendo principios de mes, la suma de que me despluman las
condiciones de nuestro documento de divorcio —dice él—. Como de costumbre.
Mete el dinero por la grieta o hendidura entre la jamba y la puerta. Ella lo recoge con
rapidez y pregunta:
—¿Esto es todo lo que voy a obtener? Como de costumbre.
—No —suspira él—. Temo que no. Es, sin embargo, todo lo que vas a obtener este o
cualquier otro mes del año. Es el importe de la extorsión que sufro por parte de la
combinación, no digo «confabulación», de nuestros abogados y el juez del tribunal.
Gertrude: buenas noches.
Da media vuelta y se va. Ella emite un sonido que brota entre el paladar y los senos
paranasales, el sonido que la experiencia le ha enseñado a emitir a modo de
menosprecio. Después: clunch-clunch... clac-clac..., los cerrojos nocturnos. Clank. La
puerta.
El señor Solapado, una hora más tarde, bañado, rociado con agua de ron de laurel y
vestido con lo mejor de lo mejor de su vestuario. Escupe en sus relucientes zapatos.
Sombrero, guantes y bastón en una mano. Flores en la otra.
—Eevelyn —dice ella, con una mano en su resplandeciente, rutilante corazón—. Qué
encantadora sorpresa. Qué flores tan bonitas. Oh, qué agradable.
—Puedo entrar. Querida mía.
—Claro que sí. No necesitas decirlo. Ahora no estaré sola. Un rato. Eevelyn.
Se besan.
Solapado lanza una amplia mirada.
—¿Interrumpo tu cena? —pregunta después.
Ella observa el piso. Su expresión es de moderada sorpresa.
—¿Cena? Oh. Un simple plato de ensalada de langosta con
un corazón de lechuga helado como un iceberg. Perifollo. Berro. Unas cucharaditas de
caviar. Mantequilla dulce, sólo un poquito. Un huevo duro, finamente cortado.
Kümmelbrot. Y una pequeñísima botella de Brut. Demasiado. Pero ya sabes cómo me
mima Anna. Cenarás conmigo.
Él mira alrededor, otra vez. Cristal. Tapices. Petit point. Watteau. Muebles estilo
Chippendale. Pregunta:
—¿Estás esperando?
—Oh, no. No. Ahora no. Pondremos música. Oiremos música.
Así lo hacen.
Bailan.
Cenan.
Beben.
Conversan.
Y...
No lo hacen.
—¡Cielos, qué hora es ya? Debes irte, Eevelyn.
—Entonces, ¿esperas...?
Cómo rutilan sus dedos cuando ella los alza para indicar lo que las palabras solas no
pueden indicar.
—Eevelyn. No espero a nadie. Debes saberlo. Nunca. Debes saberlo... Vete, mi más
dulce y querido.
Él coge sombrero, guantes, bastón.
—¿Cómo es posible que yo nunca..?
Ella le pone en los lívidos labios sus dedos revestidos de anillos.
—Chist. Oh. Chist. El hombre más noble, amable y generoso que conozco no gruñirá.
Él entenderá. Paciencia. Un beso antes de separarnos.
El isleño de Andamán atisba un momento por las viscosas hendiduras de los ojos. Que
ahora se abren al reconocer.
—¡Sahib Solapado!
—¿Y quién esperaba que fuera? ¿La gruesa Fátima, quizá?
El isleño se estremece como si tuviera fiebre palúdica.
—¡Ah, Sirviente de la Sabiduría, no la mencione ni indirectamente! ¿Acaso no metió
ella a mi miserable y temo que ya destrozado hermano en una oscurísima mazmorra,
simplemente por el azar de habérsele escapado una ventosidad en su jardín más
externo? ¡Maligna hembra!
Solapado se encoge de hombros.
—Bien, así sea. O así no sea... Bueno, Bhumbo Singh, he traído algunas monedas de
oro metidas, de acuerdo con la costumbre, en... ¡Ejem, ejem! —Solapado tose—. No
necesito decirlo.
Y levanta la cabeza y mira alrededor, ansioso.
Al instante el propietario de la tienda echa a caminar de un lado a otro arrastrando los
pies.
—«Hacer sufrir de impotencia al virrey de Sindh.» No. «Imponer la plaga de las
almorranas al antipapa de...» No. «La cabeza de lord Lovat, con boina escocesa y gaita»,
no. No. Ah. Ah.
Alza un minúsculo recipiente, al mismo tiempo empieza a leer la etiqueta (garabateada
en envilecidísimo prácrito) y va a abrirla...
—¡Alto! ¡Alto! ¡Por misericordia, no lo abra!
El hombre moreno deja en silencio el potecito, no mayor que un pulgar o (digamos) del
tamaño más pequeño posible de trufas españolas. Mira el objeto contiguo en el
desordenado mostrador repleto de telarañas.
—«Causará tumores en la piel de la frente del favorito del Gran Bastardo de Borgoña»,
¡ah!
Solapado está al borde de la exasperación.
—Bhumbo. Cálmese. Cálmese. Deje de parlotear. Deje ese hechizo. Déjelo, digo,
señor. Déjelo... Bien. Coja lo que tenía antes en la mano. Sí... ¡Y por amor de Kali, dé
grillos a esas musarañas!
El isleño de Andamán continúa perdiendo el tiempo a pesar de todo, por lo que el
mismo Solapado, tras un sonido bucal de impaciencia, cumple sus propias órdenes. Y
además dedica al individuo una penetrante mirada de reproche, le aconseja que a partir
de ahora use una clase de opio mejor o peor, y coloca en sus manos lo que contiene el
oro.
—He pesado el preparado, no tengo duda alguna. En consecuencia cuente las
monedas para que...
Pero su proveedor rechaza la exigencia.
—Es suficiente, suficiente, sahib Solapado. Por el peso, creo que es correcto. Perdone
mi cotorreo: el martilleo, como ustedes dicen. —La voz y las maneras son bastante
crispadas ahora—. Le ofrecería unas tazas de té, pero mis toscos brebajes no tienen la
finura precisa para su exquisito paladar, y no consigo encontrar el Lipton's.
Solapado recorre el inmundo cubil con la mirada. (Sería preferible recorrerlo con una
escoba.)
—Y también se le habrá terminado la leche de víbora, me atrevería a decir. Qué pena.
—Contempla una vez, contempla dos veces el oscuro lugar, sucio más de lo soportable,
ciertamente imposible describir su desorden—. Ah, la inmemorial sabiduría de Oriente...
Bhumbo: le deseo buenas Gules.
El otro inclina la cabeza.
—¿No vivo únicamente para proveerle de aromas, sahib? —inquiere.
E inicia la imprescindible serie de postraciones. En ese momento oye el sonido del
silbato de hojalata.
Algún tiempo después de eso.
La nariz de Anna está muy roja, su voz es muy apagada.
—Siemprre mi señorra gustaba cosas bonitas —dice—. Diamantes, ella gustaba.
Perrlas, ella gustaba. «Kaviarr, sólo puedo comerr un bocado, pero debe serr el mejorr»,
me decía ella.
—Sí, sí, sí —conviene Solapado—. Muy cierto, muy cierto. Qué golpe para ti. Para ti y
para mí.
Desea que Anna retuerza menos el pañuelo y lo use más.
—Siemprre mi señorra erra muy particularr —prosigue Anna—. «Anna, ¿cómo te
atrreves? ¿No lo hueles?», prre-gunta ella. «Mirre debajo de donde quierra.» La dejo
mirrar debajo de vitrrina derecha: nada. La dejo mirrar debajo de vitrrina izquierrda: nada.
«Bien, pues, señorra, ¿porr qué de prronto mi cocina no serr bonita y limpia? Venga a
verr.» Ella viene, ella mirra, mirra, mirra. Nada. Huele, huele, huele. «Qué barrbarridad,
mío Dios, qué olorr tan espantoso», ella dice. Y dice y dice...
—Dios, Dios. Sí, sí. No te aflijas, donde está ahora cuidarán bien de ella...
Anna (violentamente):
—¿Qué? ¿Cuidarr de mi señorra mejorr que yo? Yo visito, llevo mi especial
grumpskentorten: ella grrita, sólo eso. «Señorra, señorra, ¿no «reconoce a Anna? ¿Anna?
Señorra Gortru-de, señorra Gortrude: ¡soy Anna!». Pero ella sólo chilla. Y chilla y chilla.
Anna hace una demostración, puños cerrados, las cuerdas vocales, saliéndosele del
cuello, la voz un agudo chillido triturante. Solapado le ruega que desista.
Después, Solapado, con cierto alivio, regresa a su casa. El hombre es, ciertamente, un
ser social. Pero a veces, pese al Autor del Génesis (cree Solapado), es conveniente estar
solo. Solapado tiene sus rosas; las poda. Solapado tiene sus Calendarios Newgate; coteja
la información. Solapado tiene primeras ediciones (Mather, de Sade, von Sacher-
Masoch); las lee. De vez en cuando alza los ojos. Descubre, al cabo de un rato, que alza
los ojos con más frecuencia que los baja. Luego baja los ojos más que lo normal. Primero
levanta el pie derecho y lo mueve hacia un lado. Baja el pie. Luego levanta el pie
izquierdo y lo mueve hacia un lado. Baja el pie. Después, habitación tras habitación y
armario tras armario, recorre la casa, con las ventanas nasales dilatadas.
—No es lo que pienso —dice firmemente—. No, es... lo que pienso.
Algún tiempo después de eso.
Solapado se halla en otro lugar, y un lugar que no le gusta demasiado. Saca
horóscopos de forma interminable, no se permite el uso de lápices y por eso utiliza tizas.
Los efectos son ciertamente de gran colorido pero es muy difícil obtener detalles finos.
Solos y por parejas, la gente pasa por allí y, fingiendo no mirar, miran. Solapado no les
hace caso. Pero ahora, de pronto, observa a alguien que se ha detenido... Observa, eso
hace. Ese hombre está mirándole abiertamente, sin fingir. Sonríe.
Solapado lo mira fijamente. Se sobresalta. Habla.
—Oh, Dios mío. Oh. Oh. Bhumbo Singh. Me dijeron que él..., me dijeron que usted
había muerto. Me lo demostraron. Lo habían apretado entre la pared interior y exterior de
mi casa. Eso fue lo que me volvió loco. Eso fue lo que yo... No lo que yo había pensado.
No lo que yo había comprado. Un error. Debí decírselo: Bhumbo Singh está vivo.
Se dispone a levantarse, es detenido por una mano morena y amable.
—Oh, no, sahib y effendi o effendi Solapado. Bhumbo ha muerto.
Solapado lanza un suave chillido, retrocede lentamente.
—Yo soy Bhimbo, único hermano, gemelo del desleal antedicho. Quien, por desgracia
y a despecho de los lazos uterinos que nos unían, me dejó languidecer en la mazmorra
más profunda de Su Alteza Bibi Fátima, viuda begun de Oont, durante siete años, seis
meses, una semana, y varios días, en vez de pagar rescate por mi delito (completamente
inintencionado, se lo aseguro: jamás como legumbres antes de traficar lo que sea en el
patio más exterior de una descendiente de Timur el Terrible). Estuve en el sexto
subsolano de su ahora ilegal prisión, del que fui liberado por el nuevo gobierno
independiente, que Kali los bendiga con todos sus pares de manos. De ahí vine aquí. Y le
forcé, a mi hermano natal Bhumbo, a ser mordido en el corazón por hambrientas tupayas
encerradas en un pote de calamares que sostuve sobre su desleal corazón. Cómo chilló
él...
Menea la cabeza, las pasiones pugnando.
Solapado medita un instante, ignorando al hacer tal cosa la conducta de un vecino que
está ahora, como tantas otras veces, recitando lo que según él son los completos Cantos
de Ossian en gaélico original. De memoria. En voz alta. Y detalladamente.
—Bien, pues, entiendo por qué llevó a la muerte a su hermano. Naturalmente. Pero
¿por qué, oh, por qué, Bhimbo, lo metió entre las paredes internas y externas de mi casa?
¿Con resultados tan fatales para mi persona? ¡Y, oh, el negro torbellino!
Un encogimiento de hombros. Una mirada de apacible sorpresa.
—¿Por qué? Bien, sahib, tenía que meterlo en alguna parte. Yo pensaba regresar a
mis islas natales, para iniciar allí un movimiento por la independencia que quizás hubiera
conducido, ¿quién sabe y por qué no?, a mi conversión en presidente vitalicio. Pero en la
desaseada tienda de mi hermano Bhumbo me demoré demasiado, buscando sus
irregulares perlas rosadas. Mientras me hallaba en ello llegaron allá los hombres llamados
Inspectores de Edificios y Bienestares. «Este tiene que estar chiflado», dijo uno. «¡Mirad,
vaya lugar!»
Bhimbo ríe serenamente.
Solapado abre la boca. Luego piensa. Luego dice:
—«Huida», sí. Bhimbo, tenemos que unir nuestras sabias cabezas, gastarles una
jugarreta. Yo no puedo hacerlo solo. Asegurar nuestra liberación de...
Los rufos e ictéricos ojos de Bhimbo se agrandan.
—¡Pero, sahib, ya estoy liberado! Para un hombre, señor, que ha pasado siete años y
medio, más, en la mazmorra más profunda de la terrible y gruesa Fátima, la tirana (ya
depuesta), ¿qué es este lugar sino un hotel? Considérelo, sahib. Ropa limpia. Camas
limpias. Tres veces por día, comida limpia..., servida por criados. Más tentempiés.
¡Cuánto me gustan los tentempiés, sahib! Y además, una vez por semana, uno de los
gurús, el llamado Shrink, habla conmigo en su sagrado despacho. ¡Qué honor! A decir
verdad, es imposible conseguir savia de palmera, pero cierto sirviente (a cambio de
sencillos hechizos: mujeres, juego) trae un sabroso vino llamado Ripple, oculto en botellas
de medicamentos. No hay hojas de betel, pero sí tombac, sahib. Y además, cine hablado
en las cajas armario. ¡Qué entretenido! ¡Cuántos crímenes! ¡Y también bañeras con
ducha! ¡Deportes! Tres veces por semana, ¡trabajos manuales terapéuticos! ¡Qué
diversión!
Bhimbo alza la voz, un poco, para hacerse oír superando no sólo el ruido del bardo
ossiánico sino también la del hombre que, gritando las palabras «¡Hola, Joe!» en
entrecortados ataques, estará insoportable al menos durante un cuarto de hora.
—Sé cómo llaman a este lugar los suyos, sahib. Pero, ¿sabe cómo lo llamo yo? Yo lo
llamo paraíso, sahib.
El señor Solapado se entristece de nuevo y ve otra vez cómo se aproxima el negro
torbellino. Huele de nuevo el inefable, diabólico olor... ¿El olor que compró él? ¿El olor
que no compró? No importa. Se agarra a la mesa para un instante más de contacto con la
realidad, y pregunta:
—Pero ¿no le preocupa de ningún modo estar rodeado de locos eternamente?
Bhimbo le mira. Su rojiamarillenta mirada es paciente y amable.
—Ah, sahib. ¿No sabe la Única Gran Verdad? Todos los hombres están locos.
La inmemorial sabiduría del Oriente está en su voz, y en sus ojos.
EL HÉROE ES ÚNICO
Harlan Ellison

A los tres años de edad, disfrazado de derviche dongalawi, Harían Ellison colaboró en
la toma de la Plaza Británica de Omdurman (¿Qmdurman?, ¿Schenectady?, oh, bueno),
cosa que ha lamentado siempre. «No sé qué me pasó —se le ha oído murmurar—. Debió
de ser aquella bala de mosquete afgano, el balazo que recibí en la fatal batalla de
Maiwand, que ha vibrado en mi pierna desde entonces: palpitación, palpitación,
palpitación.» A partir de entonces Harían Ellison ha hecho saltar la banca de Montecarlo
una, mil veces; ha hecho el amor, loco y apasionado, con once llorosas emperatrices, así
como con 987 mujeres de otra condición; ha nadado repetidamente en el Helesponto
(«¡Porque está allí, por eso!», responde muy crispado); ha publicado 885 litros y ha
bebido leche suficiente para dejar a Australia a un metro de profundidad cuatro veces. Él
es vasto, contiene multitudes...
Harían Ellison nació en Cleveland, Ohio, en 1934. En la mejor vieja tradición
norteamericana, se fue de casa más tarde y entró en un circo: el relato de su experiencia
con «individuos grotescos y desalmados» podría helarles la sangre; Ellison dice que por
eso no toma nunca alcohol. El señor Ellison estudió en la universidad estatal de Ohio y
prestó servicio en el ejército de los Estados Unidos. Escribió guiones para series
televisivas como «Alfred Hitchcock», «Star Trek», «The Outer Limits» y otras. Fue editor
en Rogue Magazine y Regency Books. Suyos son los guiones de películas como Dream
Merchants, I, Robot y A Boy and His Dog (Un muchacho y su perro, de cuyo relato original
también es el autor). Premios Hugo, Nébula, Edgar y muchos otros. Articulista,
conferenciante, un mínimo de treinta y cinco libros, entre ellos Gentlemen Junkie, Memos
from Purgatory, Rockabilly, Ellison Wonderland. Numerosos cuentos y artículos.
Seleccionador de la famosa antología I trilogía Visiones peligrosas. Todo ello
abundantemente traducido. Harían Ellison se describe como «... en el mejor de los casos,
un moscardón», y vive en el sur de California, en una extraña y elevada casa en lo alto de
una montaña.
Cort estaba acostado con los ojos cerrados, fingiendo que dormía, desde hacía
exactamente una hora después de que ella empezara a roncar. De vez en cuando
permitía que sus ojos se abrieran formando pequeñas rendijas para seguir el paso del
tiempo en la esfera luminosa del reloj que había dejado en la mesilla. A las cinco en punto
de la mañana salió de la cama del motel, que parecía una piscina olímpica, recogió la
ropa del enmarañado montón que había en el suelo y se vistió con rapidez en el cuarto de
baño. No encendió la luz.
Como no recordaba el nombre de ella, no dejó una nota.
Como no deseaba degradar a la chica, no dejó un billete de veinte dólares en la
mesilla.
Como no podía irse con la celeridad que deseaba, sacó el coche del aparcamiento
empujándolo y dejó que cobrara impulso por el silencioso solar hasta llegar a la calle. A
través de la abierta ventanilla giró el volante, cogió la puerta antes de que el vehículo
rodara hacia atrás, se metió y sólo entonces puso en marcha el motor.
La Ruta 1 entre Big Sur y Monterrey estaba desierta. La niebla abundaba. En algún
punto, a la izquierda, bajo los acantilados, el Pacífico murmuraba amenazas cual viejo
enemigo. La niebla se ondulaba en la autopista, conjurando ectoplásmicas formas con las
condensadas luces de los faros. La humedad pendía de los grandes y gruesos árboles
como plateados recuerdos de tiempos anteriores a la llegada del hombre. La tortuosa
carretera de la costa ascendía a través de un terreno que recordó a Cort la selva tropical
brasileña: empapado por la niebla y frígido, impenetrable y agresivamente siniestro. Cort
aceleró, arriesgándose a que el desastre lo alcanzara. Debía de haber algo más que la
amenaza de la selva.
Como tenía que haber en su vida algo más que endodoncias, rentas y frottage cargado
de culpa a últimas horas de la noche con ojinegras ayudantes de dentista. Algo más que
marcos de peltre con diplomas de prestigiosas universidades. Algo más que una esposa
de una familia socialmente distinguida y 2,6 hijos aptos para la visión propagandista,
perfecta y empalagosa de la juventud norteamericana de un fabricante. Algo más que
levantarse todas las mañanas en un mundo que no reservaba sorpresas.
Debía de haber desastre en alguna parte. En la selva, en la niebla, en la noche.
Pero no en la Ruta 1 a las cinco y media. No para él, no en aquel momento.
A las seis y media llegó a Monterrey y se dio cuenta de que no había comido desde el
mediodía del día anterior, cuando había terminado la terapia de los canales dentales de la
señora Udall; tras guardar el torno se quitó la bata, se puso la chaqueta, salió de su
despacho sin decir una palabra a Jan y a Alicia, fue al garaje del sótano y partió hacia la
costa, huyendo sin pensar en un destino.
No hubo tiempo de cenar cuando ligó con la camarera, y ningún puesto nocturno de
pizzas abierto para tomar algo antes de que ella se durmiera. El ácido había empezado a
abrirle un agujero en el revestimiento de su estómago por culpa de tanto café y tan poca
paz mental.
Cort se dirigió al centro turístico de Monterrey y no tuvo problemas para localizar una
alargada extensión de espacios de aparcamiento. No había movimiento alguno en las
aceras de las tiendas. El sol parecía dispuesto a no salir nunca. La niebla era espesa y
húmeda; corrientes de arena movediza fluían alrededor de Cort. Durante un instante el
escaparate de una tienda, repleto de lámparas con base de madera flotante destinadas a
salas subterráneas de grabación de lowa, se solidificó en el centro de la remolineante
niebla; acto seguido desapareció. Pero en ese instante Cort vio su cara en el cristal. Esa
noche podía prolongarse el día entero.
Cort recorrió atentamente las calles, en busca de algún madrugador local donde
pudiera conseguir un wafle con fresas heladas untadas con azucarado jugo. Un huevo
frito por un solo lado. Algo agradable en la interminable oscuridad.
Nada abierto. Cort pensó en aquel detalle. ¿Nadie trabajaba temprano en Monterrey?
¿Ningún establecimiento se engalanaba para el asalto de las langostas que era la llegada
de quinceañeros con mochilas, corpulentos vendedores de máquinas industriales con
carmesíes sombreros a la moda y viudas semíticas de azulado cabello? ¿Se había
producido un eclipse? ¿Era aquella la hoyosa, tímida faz de la luna vuelta de lado?
¿Dónde demonios estaba la luz diurna?
La niebla pasó junto a Cort, se dividió en fajas un instante. Al final de una callejuela vio
una luz. Amarillenta, tan apagada como un pergamino, pálida y timorata. Pero era una luz.
Cort se metió en la callejuela y atisbo a través del azogue en busca de la fuente.
Parecía haberse esfumado. Pasó junto a cerradas panaderías, joyerías y bazares con
material de escafandrista. Un fantasma en la niebla. Cort comprendió que no sólo se
enfrentaba a una ciudad vacía y a las fajas de niebla, sino también a un estado de temor.
Gnotobiosis: estado ambiental en que a animales libres de gérmenes se les inoculan
trazas de microorganismos conocidos. Miedo.
La luz salió a flote entre las silenciosas y plateadas sombras del océano: y Cort estaba
delante mismo de ella. ¿Se había acercado él a la luz, o la luz a él?
Era una librería. Sin letrero. Y en el interior, muchos hombres y mujeres. Todos
hojeando libros.
Cort permaneció en la oscuridad, inalcanzado por la somera luz de la anónima librería,
con la mirada fija en la escena. Una tienda tan pequeña, a hora tan temprana de la
mañana, estaba atestada. Hombres y mujeres de pie, casi tocándose unos a otros, todos
absortos en el libro que tenían en la mano. Gnotobiosis: Cort notó que el miedo se
deslizaba por sus venas y arterias igual que veneno.
Ninguno de los clientes volvía las hojas.
De no haber sido por el ligero movimiento de los cuerpos, si nadie se hubiera rascado
el labio, parpadeado o movido los pies, si nadie hubiera hundido los hombros, erguido la
espalda o mirado alrededor... Cort habría creído que contemplaba maniquíes. Una
extraña pero interesante escena para inducir a los transeúntes a entrar y hojear. Estaban
vivos, pero no volvían las hojas de los libros que les absorbían. Ni dejaban un libro en su
estante para coger otro. Los hombres, las mujeres, todos: fascinados por palabras en el
punto donde estaban abiertos los libros.
Cort dio media vuelta para alejarse con la máxima rapidez posible.
El coche. Sal a la carretera. Tiene que haber una parada de camiones, un comedor, un
restaurante económico, comida para llevar, algo. «He estado aquí otra vez, ¡y esto no es
Monterrey!»
Los golpes en el escaparate le detuvieron.
Cort se volvió. La desesperada expresión en la cara de tortuga de la menuda anciana
atiesó su espalda. Con notó que tenía la mano derecha levantada, como puesta entre él y
la visión de la vieja. Sacudió la cabeza, no, definitivamente no, pero sin tener la menor
idea respecto a qué estaba rechazando.
Ella le hizo gestos para que se quedara con sus arrugadas y pequeñas manos, y
pronunció palabras al otro lado del vidrio del escaparate. Las pronunció con gran precisión
y las palabras eran éstas:
«Tengo lo que necesita.»
Luego le indicó por gestos que se acercara a la puerta, que entrara: «Tengo lo que
necesita».
La esfera luminosa del reloj de pulsera de Cort indicaba las 7.00. Aún era de noche. La
niebla seguía descendiendo del bosque de la península de Monterrey.
Cort intentó alejarse. San Francisco estaba arriba. El sol debía de estar llameando en
Russian Hill, Candlestich Park y Coit Tower. El mundo reservaba sorpresas a pesar de
todo. Ahora estás libre, has roto el ciclo, oyó musitar a su futuro. No respondas. Dirígete
hacia el sol.
Vio que su mano se alzaba hacia el pomo de la puerta. Entró en la librería.
Todos alzaron los ojos un momento, no denotaron emoción alguna en sus semblantes,
la puerta se cerró, siguieron mirando los libros. Cort estaba ya dentro, con ellos.
—Estoy segura de que lo tengo en tapas duras, un ejemplar muy bien conservado —
dijo la vieja tortuguilla que era la mujer.
Su sonrisa carecía de dientes. ¿Cómo puede haber niebla aquí dentro?
—Sólo quiero hojear —dijo Cort.
—Sí, claro —repuso ella—. Todos están hojeando.
La anciana le puso una mano en su brazo y Cort se estremeció.
—Hasta que abra algún restaurante.
—Sí, claro.
Cort tenía dificultades para respirar. Acidez.
—¿Siempre..., siempre hay tanta oscuridad a primeras horas de la mañana?
—Está fuera de estación —dijo ella—. Eche un vistazo. Tengo lo que necesita.
Exactamente lo que necesita.
Cort obedeció.
—No busco nada especial.
La vieja caminó junto a él, una mano en su brazo.
—Tampoco lo buscaban ellos. —La anciana señaló con la cabeza el enjambre de
hombres y mujeres—. Pero encontraron respuestas aquí. Tengo un surtido magnífico.
Nadie volvía las páginas.
Cort miró por encima del hombro de una mujer de edad madura que tenía la vista fija
en un libro con grabados de acero en ambas páginas abiertas.
—Su curiosidad —explicó la tortuga— fue excitada por la pregunta: «¿Cómo se creó el
primer vampiro?». Un concepto fascinante, ¿no le parece? Si únicamente es posible crear
un vampiro a partir de un ser humano normal que recibe el mordisco de un vampiro,
¿cómo nació el primer vampiro? Ella ha encontrado la respuesta aquí, entre mis
prodigiosas existencias.
Cort miró el libro. Uno de los grabados en acero reproducía el Arca de Noé.
Pero ¿no significaba eso que tuvo que haber dos a bordo?
La tortuga le obligó a seguir recorriendo las hileras de libros. Cort se detuvo junto a un
joven que llevaba una camiseta muy apretada. Parecía estar agotado por el trabajo. Tenía
la cabeza inclinada, tan cerca del libro abierto en sus manos que su arreglado cabello
rubio caía sobre sus ojos.
—Durante años ha sentido dolores simpáticos con una persona desconocida —explicó
la anciana a modo de confidencia—. Sentía peligro, júbilo, lujuria, desesperación..., nada
de ello personal, nada de ello relacionado en forma alguna con sus circunstancias en el
momento concreto. Por fin comenzó a comprender que estaba unido a otra persona.
Como los hermanos corsos. Pero sus padres le aseguraron que él había nacido solo, que
no existía gemelo. El encontró la respuesta en este tomo.
La vieja hizo agitados gestos con sus manos llenas de azuladas venas.
Cort miró más allá de la cabeza y el cabello del joven. Era un libro de historia africana.
Había lágrimas en los ojos del joven; había una mancha de humedad en la página par.
Con apartó la mirada rápidamente; no deseaba entremeterse.
El siguiente de la hilera era un hombre muy alto, con aspecto de asceta, que sostenía
un pliego de papel obviamente escrito con una pluma de ave. Por los rasgos floridos y los
remolinees de la escritura, Cort comprendió que el libro debía de ser muy antiguo y
seguramente muy valioso. La mujer tortuga se agachó, con la cabeza tocando
suavemente el pecho de Cort, y dijo:
—Siglo dieciséis. El primer infolio de Shakespeare. Este caballero pasó buena parte de
su vida adulta, y décadas de investigaciones académicas, atormentado por el problema
de quién escribió realmente The Booke of Sir Thomas More: el poeta, o su rival, Anthony
Munday. Ahí está la respuesta, ante sus ojos. Tengo unas existencias tan magníficas...
—¿Por qué este hombre..., por qué ninguna de estas personas pasa las hojas?
—¿Por qué iban a molestarse? Han encontrado la respuesta que buscaban.
—¿Y no desean saber nada más? —Al parecer, no. Interesante, ¿no le parece? Cort
pensó que era más estremecedor que interesante. Después, el estremecimiento se aferró
permanentemente a su corazón, como una lapa, con la muda pregunta, ¿cuánto tiempo
llevan así estos curiosos?
—Aquí hay una mujer que siempre había querido saber si el mal puro existe en todos
los lugares de la faz de la tierra. —La mujer en cuestión llevaba una mantilla sobre los
hombros, y contemplaba hipnotizada un libro de historia natural—. Este hombre anhelaba
poseer una relación completa del contenido de la gran Biblioteca de Alejandría, los temas
de ese medio millón de papiros escritos a mano antes de que la biblioteca fuera
incendiada en el siglo quinto.
Era un hombre macilento y arrugado y en su semblante estaba grabada una expresión
de fatiga tan vieja que Cort pensó en Stonehenge. Tenía la mirada clavada en dos hojas
con caracteres infinitesimales y Cort no pudo distinguir una sola palabra entre aquellas
cagadas de mosca.
—Una mujer que perdió la memoria —dijo la tortuga mientras señalaba con un gesto de
su cabeza de tortuga a una hermosa criatura adornada con bufandas de seda de diez
colores distintos—. Despertó en un burdel de Marrakech víctima de la trata de blancas,
huyó para salvarse, ha pasado años errando por todas partes, intentando descubrir quién
es. —La vieja se rió; su risa era suave y cordial—. Ella lo averiguó aquí. El relato completo
está en ese libro.
Cort se volvió para mirar a la tortuga, apartando la arrugada zarpa de su brazo.
—Y usted «tiene lo que yo necesito», ¿verdad?
—Sí. Tengo lo que necesita. Entre mis magníficas existencias.
—¿Qué es exactamente lo que tiene y que yo necesito? Aquí. Entre sus magníficas
existencias.
No le hacía falta que la mujer hablara. Cort sabía exactamente qué iba a decir ella. Ella
diría: «Vaya, tengo las respuestas a su búsqueda», y después él se pasearía por la
librería sintiéndose superior a los pobres diablos que llevaban allí desde sólo Dios sabía
cuánto tiempo. Y finalmente él miraría a la vieja, sonreiría y diría: «Ni siquiera conozco las
preguntas», y ambos sonreirían con esa afirmación: él como un idiota porque se trataba
de la frase más gastada posible, ella porque sabía que él iba a decir alguna tontería como
aquella. Y él se abstendría de excusarse por su fugaz estupidez. Luego formularía la
pregunta y la vieja señalaría un estante y contestaría: «El libro que desea está allí», y le
sugeriría que mirara tal y tal página para averiguar exactamente lo que deseaba saber: el
motivo de su viaje por la costa.
Y si, diez mil años más tarde, la kármica esencia de lo único que queda de Suleimán el
Magnífico, bendito sea su nombre, Suleimán del potente sello, sultán y señor de los
genios de todas las especies: jinns, efrits, iblis...; si esa transustanciada esencia se
presenta de nuevo, como se presenta de nuevo el cometa Halley, ese espíritu que
aparece como por encanto, recorriendo la carmesí eternidad en su interminable hégira...,
si se presenta de nuevo encontrará a Cort (doctor Alexander Cort, dentista cirujano de
una cooperativa de odontólogos) todavía de pie en la librería, codo a codo con los otros
curiosos. Celacantos perfilados en esquisto, mastodontes repentinamente congelados en
hielo, avispas embutidas en ámbar. Gnotobiosis: para siempre.
—¿Por qué tengo la sensación de que todo esto no es casualidad? —preguntó Cort a
la vieja mujer tortuga. Retrocedió poco a poco hacia la puerta—. ¿Por qué tengo la
sensación de que todo esto me esperaba, del mismo modo que esperó al resto de pobres
y jodidos perdedores? ¿Por qué huele usted a gardenias podridas, vieja señora?
Casi estaba en la puerta.
La anciana se hallaba en un espacio libre, en el centro de la librería, mirándole
fijamente.
—Usted no es distinto, doctor Cort. Necesita las respuestas igual que los demás.
—Quizás una poción amorosa..., una piedra mágica..., inmortalidad..., toda esa
jerigonza. He visto lugares como este en películas de televisión. Pero yo no muerdo, vieja
señora. No tengo necesidades que usted pueda satisfacer.
Y su mano estaba en el pomo de la puerta; y lo hizo girar; y dio un tirón; y la puerta se
abrió a la siniestra niebla y la interminable noche y el bosque que le aguardaba. Y la
anciana dijo:
—¿No le gustaría saber cuándo tendrá el mejor instante de toda su vida?
Y Cort cerró la puerta y se quedó inmóvil con la espalda apoyada en ella. Su sonrisa
era enfermiza.
—Bien, me ha cogido —musitó.
—Su momento de máxima felicidad —dijo la vieja en voz baja, sin apenas mover sus
finos labios—. De mayor fuerza, de más satisfacción, la cima de su buena forma, de su
control, el momento de mayor gallardía, cuando tenga el mejor aspecto y sea sumamente
bien considerado por el resto del mundo. Su momento culminante, de mayor impulso, su
logro más apetecido, el que configurará el resto de su vida. El instante que jamás volverá
a presentarse, aunque viva mil años. Aquí, entre mis magníficas existencias, tengo un
tomo que le indicará el día, la hora, el minuto, el segundo de su mejor futuro. Pídalo y es
suyo. Tengo lo que necesita.
—¿Y qué me costará?
La anciana abrió su húmeda boca y sonrió. Sus arrugadas manilas quedaron abiertas
con las palmas hacia arriba ante ella.
—Pues nada —dijo—. Igual que los demás..., usted sólo quiere hojear, ¿no es cierto?
El frío como de lapas que osificaba su columna vertebral indicó a Cort que había cosas
peores que tratar con el diablo. Sólo hojear, como ejercicio...
—¿Y bien? —preguntó la vieja, a la espera.
Cort meditó mientras se humedecía los labios, repentinamente secos cuando el
momento decisivo estaba a su alcance.
¿Y si se produce dentro de pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para lograr cualquier
cosa que siempre quise conseguir? ¿Cómo voy a vivir el resto de mi vida después de
esto, sabiendo que nunca estará mejor, que jamás seré más feliz, más rico, más seguro,
sabiendo que nunca superaré lo que hice en ese instante? ¿Qué valor tendrá el resto de
mi vida?
La menuda mujer tortuga apartó con los hombros a dos curiosos, que se separaron
perezosamente, como si se dieran la vuelta en la cama, y sacó un libro pequeño y
rechoncho de un estante situado a la altura de su cintura. Cort parpadeó con rapidez. No,
ella no lo había sacado de los estantes. El libro se había deslizado y había saltado hacia
la mano de la vieja. Parecía un viejo minilibro.
La anciana se acercó y le tendió el libro.
—Sólo hojear—dijo húmedamente.
Cort extendió la mano y se detuvo, dobló los dedos. La mujer arqueó los finos
bosquejos que eran sus cejas y le ofreció una mirada de diversión, irónica.
—Está terriblemente ansiosa de que yo lea este libro —dijo Cort.
—Estamos aquí para servir al público —dijo ella amistosamente.
—Tengo que hacerle una pregunta. No, dos preguntas. Son dos preguntas que quiero
que me responda. Luego consideraré si hojeo sus magníficas existencias.
—Si yo no puedo responderle, cosa que es, al fin y al cabo, nuestro trabajo aquí,
entonces estoy convencida de que un libro de mis magníficas existencias contiene la
respuesta adecuada. Pero..., coja este libro que necesita, sólo cójalo, y responderé a su
pregunta. Preguntas. Dos preguntas. Muy importantes, estoy segura.
La anciana le tendió el librito. Cort lo miró. Era un minilibro, de los que había leído
siendo niño, con páginas ilustradas alternadas con páginas de texto, con aventuras de
héroes de tebeo como Red Ryder, La Sombra o Skippy. A su alcance, la respuesta a la
pregunta que todo el mundo desea formular: ¿cuál será el mejor momento de mi vida?
Cort no tocó el libro.
—Yo preguntaré, usted responderá. Entonces me habrá cogido... entonces me
dedicaré a hojear.
La anciana se alzó de hombros, como diciendo, «haga lo que prefiera».
Cort pensó: «Haga lo que haga, usted hará su agosto».
—¿Cómo se llama esta librería? —dijo.
La cara de la vieja se crispó. Cort notó una repentina oleada de recuerdos de la
infancia, de su primera lectura de un cuento de brujas. La cara de la mujer tortuga adoptó
un aire malvado.
—No tiene nombre. Simplemente existe.
—¿Y cómo vamos a encontrarla en las páginas amarillas? —dijo Cort, mofándose de la
vieja.
Era obvio que él se encontraba de pronto en situación de fuerza. Aunque no tuviera la
menor idea respecto a la fuente de donde fluía esa fuerza.
—¡Ningún nombre! ¡Ningún nombre! No nos hace falta nombre. ¡Tenemos una clientela
muy selecta! ¡La librería jamás ha tenido nombre! ¡No nos hacen falta nombres! —Su voz,
suave como una tortuga, blanda, de chocolate, se había transformado en metal oxidado
que araña metal oxidado—. ¡Ningún nombre, no le diré ningún nombre, no voy a mostrarle
apestosas etiquetas!
Hizo una pausa para calmar su ira, y en pleno silencio Cort formuló su segunda
pregunta.
—¿Qué gana usted con esto? ¿Cuánto le pagan? ¿Dónde está la línea de beneficio
mínimo en su gráfica? ¿Qué saca usted de esto, pavorosa señora?
La mujer apretó los labios. Sus llameantes ojos parecían al mismo tiempo viejos y
juvenilmente feroces y plateados.
—Clotho —dijo—. Clotho: Libros Raros.
Cort no reconoció el nombre, pero por la forma en que ella lo pronunció, supo que le
había arrancado un importante secreto. Y lo había hecho, al parecer, porque él era el
primero que lo preguntaba. Como cualquiera lo habría hecho, si hubiera preguntado. Y
tras haber preguntado y ser respondido, Cort sabía que estaba a salvo de ella.
—Pues bien, dígame, señorita Clotho, o señora Clotho, o lo que sea. Dígame, ¿Qué
gana usted con esto? ¿En qué moneda del reino le pagan? Usted se ocupa de esta tienda
sobrenatural, atrapa a estos necios, y apuesto que apenas yo me vaya, ¡zas!, todo se
esfuma. De vuelta al País de los Ensueños. ¿Qué tipo de vida hogareña lleva? ¿Hace tres
comidas diarias? ¿Se cambia el tampax cuando tiene la regla? ¿Tiene aún la regla? ¿O
ya ha pasado por la menopausia? ¿Inmortal, quizás? Dígame, extraña señora tortuga, si
vive siempre, ¿cambia de vida? ¿Todavía le gusta acostarse con un hombre? ¿Alguna
vez lo hizo? ¿Cómo es su caca, firme y dura? ¿Tienen que hacer caca las misteriosas
viejas fantásticas que se esfuman con su librería? ¿O quizá no, eh?
—¡No puede hablarme así! —le gritó ella—. ¿Sabe quién soy?
—¡Mierda, no! —le respondió chillando Cort—. ¡No sé quién demonios es usted, y lo
que es más importante, me importa un cochino pepino quién es!
Los lectores zombies había levantado la cabeza. Parecían angustiados. Como si se
hubiera roto un prolongadísimo trance. Pestañeaban furiosamente, se movían sin objeto,
parecían... marmotas que salen a examinar sus sombras.
—¡Deje de gritar! —refunfuñó Clotho—. ¡Está poniendo nerviosos a mis clientes!
—¿Quiere decir que estoy despenándolos? ¡Venga, todo el mundo, salgan a tomar el
sol! ¡Dense un chapuzón! ¿Por qué están tan quietos? ¿Sabiduría del destino?
—¡Cierre el pico!
—¿Ah, sí? Tal vez lo haga y tal vez no, vieja tortuga. Si responde a mi pregunta, por
qué me aguardaba aquí especialmente a mí, es posible que deje a estos papanatas
seguir hojeando.
La vieja se acercó a él tanto como pudo sin tocarle, y silbó igual que una serpiente
—¿Usted? —dijo con los dientes apretados—. ¿Por qué piensa que le esperábamos a
usted precisamente? Esperamos a todo el mundo. Esta era su oportunidad. Todos tienen
una oportunidad, todos tendrán su oportunidad en la tienda del curioseo.
—¿Por qué dice «esperamos»? ¿Se siente imperial?
—Nosotras. Mis hermanas y yo.
—Oh, hay más de una como usted, ¿eh? Una cadena de librerías. Muy agudo. Pero
supongo que tendrán sucursales en estos tiempos, con tanta competencia de otras
cadenas...
Clotho apretó los dientes. Y por primera vez Cort vio que la vieja tortuga tenía dientes
detrás de sus rectos y finos labios.
—Coja este libro o salga de mi tienda —dijo la mujer en un mortífero susurro.
Cort cogió el minilibro de las temblorosas manos de la vieja.
—Nunca había tratado una persona tan vil, tan grosera —refunfuñó Clotho.
—El cliente siempre tiene la razón, querida —dijo Cort.
Y abrió el libro en la página exacta.
La página donde leyó cuál sería su mejor momento. El conocimiento que convertiría el
resto de su vida en una idea tardía. Un fracasado pasando el tiempo. Una constante
caminata montaña abajo.
¿Cuándo se produciría? ¿Dentro de un año? ¿Dos años? ¿Cinco, diez, veinticinco,
cincuenta, o en el bendito instante final de la vida, después de haber trepado, trepado y
trepado siempre hasta la cumbre? Cort leyó...
Leyó que su mejor momento se produjo cuando tenía diez años. Cuando, en el
transcurso de un partido de béisbol en un solar, un partido en el que sólo se podía batear
si se echaba fuera a otro jugador, el mejor bateador del barrio consiguió un tremendo
golpe dirigido hacia la parte más alejada del centro del campo, donde Con se veía forzado
a jugar siempre (porque se destacaba en este depone). Él corrió de espaldas, extendió su
desnuda mano y milagrosamente, él, el pequeño Alex Cort, saltó todo lo que pudo y el
dolor de la desgastada y dura bola al tocar su mano y quedarse en ella fue más dulce que
cualquier sensación anterior... o posterior. El momento se revivía en las palabras de la
página del terrible libro. Lentamente, poco a poco Con cayó al suelo, sus pies tocaron
tierra y su vista fue hacia su mano, y allí, en la enrojecida y afligida palma, falta de guante
de béisbol, estaba la pelota más dura jamás lanzada por un bateador. Alex era el mejor, el
amo del mundo, lo más increíble en la faz de la tierra, enorme, intrépido y excelente, el
expeno inconmesurable, milagroso; un prodigio, un prodigio andante. Ése fue el mejor
momento de su vida.
Cuando tenía diez años.
Nada más haría en su vida, nada había hecho entre los diez y los treinta y cinco años,
su edad mientras leía el minilibro. Y observó que él, hasta que muriera cuando se
agotaran los años que le restaban de vida, no haría nada... nada podría compararse con
aquel momento.
Cort alzó la cabeza lentamente. Tenía dificultades para ver. Estaba llorando. Clotho le
sonreía desagradablemente.
—Tiene suene de que yo no sea como mis hermanas. Ellas reaccionan mucho peor
cuando las fastidian.
La vieja se alejó de él. El sonido del minilibro bruscamente cerrado en. el mostrador del
escaparate detuvo su caminar. Cort dio media vuelta sin pronunciar palabra y se dirigió
hacia la puerta. Oyó detrás de él los apresurados pasos de la anciana.
—¿Adonde cree que va?
—Vuelvo al mundo real. —Tenía dificultad para hablar. Las lágrimas le obligaban a
expresarse con sollozos y las palabras brotaban ásperamente.
—¡Tiene que quedarse! ¡Todos se quedan!
—Yo no, querida. El héroe es único.
—Todo es inútil. Nunca volverá a conocer la grandeza. Sólo basura, despojos, vacío.
No habrá nada tan bueno aunque viva mil años.
Cort abrió la puerta. La niebla continuaba allí. Y la noche. Y la última selva. Cort se
detuvo y miró a la vieja.
—Si tengo suerte, no viviré mil años.
Luego cruzó la puerta de «Clotho: Libros Raros» y la cerró con fuerza. La vieja le
observó al otro lado del escaparate cuando él se alejó entre la niebla.
Se detuvo de nuevo y se agachó para hablar tan cerca del vidrio como fuera posible.
Ella estiró su carilla de tortuga y le oyó decir:
—Lo que queda puede ser solamente el final de una vida de mierda... pero es mi vida
de mierda.
«Y es la única diversión de la ciudad, querida. El héroe es único.»
Luego Cort se adentró en la niebla, llorando; pero intentando silbar.
EL TRITÓN MALASIO
Jane Yolen

Aquellos desconocidos taxidermistas independientes, que se aplicaban a su arte en un
comercio históricamente oscuro entre lo que ahora es Papua-Nueva Guinea y lo que
entonces eran las Indias Orientales holandesas, solían cortar las patas de las aves del
paraíso, esas aves de espléndido plumaje (parientes del cuervo común, tan poco
espléndido en su plumaje). Ello dio origen a la creencia, en otro tiempo muy extendida, de
que el ave del paraíso carecía de patas y que, de hecho, pasaba toda su vida en el aire
(!). Si un solo ornitorrinco con pico de pato, todo él pellejo y trompa, se hubiera acercado
entonces a Europa, ¿no habrían exclamado algunos eruditos, «¡fraude!», como en
cualquier caso exclamaron cuando por fin sucedió eso, a finales del siglo dieciocho? Y
supongamos... supongamos que el Caso del Ornitorrinco Peculiar hubiera continuado
incierto, irresuelto. ¿No habría habido personas (siempre las hay) que al observar una
demanda crearan una oferta? ¿Que injertaran un pico de pato al (por ejemplo) cuerpo de
un castor? En resumen, nuestro punto es: detrás del fraude del «Jenny Hanniver» (como
se denominaba a los tritones falsificados), ¿no puede existir la realidad de... «El tritón
malasio»?
Jane Yolen escribe «...biografíay bibliografía: autora de setenta libros (los más
recientes Neptune Rising/Songs and Tales of The Undersea Folk —que incluye El tritón
malasio y Tales of Wonder—, sobre todo para lectores jóvenes. Medalla Christopher por
The Seeing Stick, Premio Caldecott por The Emperor and the Kite, Premio Cometa de Oro
de la Society of Children's Book Writers... También imparto clases de literatura infantil en
el Smith College. Doctora en Derecho honoraria de la universidad de Our Lady of the
Elms. Estoy casada, tengo tres hijos, un perro, un gato, un cobayo y un dragón rojo que
vuela sobre la silla donde escribo, y doy de comer a los pájaros». Los relatos de la señora
Yolen han aparecido en F&SF, Dragons of Light y otras antologías diversas. Vive en
Massachusetts.
Las tiendas no eran visibles desde la calle principal, y además casi se perdían en el
laberinto de callejones. Pero la señora Stambley era una experta en antigüedades. Una
ciudad nueva y un callejón nuevo excitaban sus instintos de cazadora y coleccionista,
como ella gustaba explicar a su grupo en el hogar. Que esa ciudad se hallara a medio
mundo de distancia de su cómoda casa de Salem, Massachusetts, no la preocupaba. Ella
suponía que sabía cómo buscar, en Inglaterra o en los Estados Unidos.
Había dormitado al sol mientras el barco recorría el Támesis. A su edad las cabezadas
eran importantes. Su cabeza se bamboleó tranquilamente bajo la cubierta de flores
plegadas en una diadema de color vino. Ni siquiera escuchó la perorata del guía turístico.
En Greenwich desembarcó mansamente junto con el resto de turistas, pero se escabulló
con facilidad del yugo del guía, que llevó al resto del rebaño a comprobar el tiempo medio
de Greenwich. La señora Stambley, con su abultado bolso de cuero negro apretado en
una firme mano enguantada, fue a explorar por su cuenta.
A la derecha de la calle del puerto había un grupo de tiendas y, presintió ella, un par de
callejuelas. El olor, aquel olor fuerte, misterioso y tentador, la atrajo.
Se desentendió de la calle principal y de los grandes escaparates de los almacenes. Un
pequeño camino adoquinado separaba dos edificios y la señora Stambley se deslizó en él
con la misma comodidad que un pie en una zapatilla usada muchas veces. Había varios
ramales, y ella los examinó con sus lacrimosos ojos azules. Luego eligió uno. Sabía que
sería el adecuado. Como decía a menudo a su grupo, en casa, «Tengo un don, un poder.
Nunca me equivoco en eso».
Había varías tiendas pequeñas, ruinosas, que parecían introducirse las unas en las
otras. Tenían gastado aspecto, como si estuvieran acurrucadas juntas; el húmedo viento
del río convertía en polvo sus huesos, mientras una reluciente ciudad crecía alrededor de
ellas. Los escaparates estaban sucios, con rayas de dedos. Sólo el comprador más
intrépido podía entrar en esas tiendas. No había numeración en las puertas.
La primera tienda estaba llena de mapas. Y de no haber gastado ya su asignación para
papel (ella separaba dinero para papel, oro y curiosidades) con una rara carta de la
alcurnia de McCodrun, la señora Stambley habría comprado un mapa de los mares
británicos decorado con tritones que tocaban «sus retorcidos cuernos» (eso había dicho el
agachado vendedor). Se había sentido brevemente tentada. Ella coleccionaba «objetos
de mer», como solía denominarlos. Artefactos y antigüedades marinas. La magia marina
era su especialidad en el grupo. Pero el linaje de la familia McCodrun había agotado la
holgada asignación para papel. Y la señora Stambley, siempre precisa en sus cálculos,
jamás gastaba más de lo permitido. Como tesorera del grupo, ella tenía que mantener a
raya al resto de miembros. No podía hacer menos con ella misma.
Por eso lanzó «ohs» y «ahs» en provecho del propietario, y porque el mapa era muy
bello y probablemente del siglo diecisiete. Incluso logró que él rebajara varias libras el
precio, manteniendo su interés por el mapa. Y el propietario se impresionó tanto con los
conocimientos del mar y sus pobladores de la dama norteamericana que le devolvió la
sonrisa pese a no haber comprado nada.
Las siguientes dos tiendas fueron una total pérdida de tiempo. Una estaba llena de
reproducciones y material de segunda mano, tazas de porcelana pobremente pintadas y
tarada cristalería. La señora Stambley salió olisqueando, murmurando en voz baja
«chatarra», sin preocuparse de que la mujer del mostrador pudiera oírla. La tercera tienda
fue peor, un supuesto establecimiento de artesanía repleto de tapas tejidas a mano para
teteras y pobres labores de ganchillo de colorido simplemente consternador.
Al entrar en la cuarta tienda, la señora Stambley contuvo el aliento. El olor estaba allí,
el olor a magia de alta mar. Tan profundo y tan oscuro que bien podía provenir de la Fosa
de las Marianas. En todos sus años de búsqueda, ella nunca había hecho tal hallazgo. Se
llevó la mano derecha al corazón y vaciló un poco mientras arrastraba uno de sus
sensibles zapatos. Luego se irguió y miró el interior.
La tienda era mucho más alargada que ancha, con una escalera que subía en el punto
medio de la pared. El resto de las paredes estaba tapado por aparadores donde se
exhibían con muy buen gusto platos y copas de estilo Victoria y Eduardo. Un objeto en
particular atrajo la atención de la norteamericana, porque tenía un Poseidón en un lado.
Se acercó a mirarlo, pero el olor mágico no procedía de allí.
Libros amontonados en el suelo obstruyeron su camino, y la señora Stambley examinó
algunos. Encontró una Enciclopedia Británica casi completa, la edición de 1913, a la que
únicamente faltaba el volumen decimotercero. Había una primera edición de El libro de los
condenados de Fort, y un misterioso libro mágico tan castigado por el agua que era
imposible leer un solo hechizo. Había tres ejemplares de bolsillo de El folklore del mar, un
agradable libro que ella tenía en casa. E incluso el oscuro Melusina, o la señora del mar
en inglés y francés.
La señora Stambley pasó cuidadosamente junto a los libros y miró un instante tres
recipientes de vidrio que contenían bonitas réplicas de primitivas goletas, incluso con las
tallas de los mascarones de proa: una doncella india, un ángel, una anónima musa con
largo y suelto cabello. Pero ya tenía varias cosas parecidas en su casa, siendo su favorita
una supuesta copia del legendario barco del Holandés Errante. Mirar no cuesta nada, no
obstante, y por eso ella estuvo mirando bastante rato, concediéndose tiempo para
acostumbrarse al olor a profunda magia.
Casi tropezó con un cuarto recipiente, y tras darse la vuelta tuvo la conmoción de su
vida.
En una vitrina de vidrio con adornos de bronce, apoyada en dos pies de madera, había
un tritón malasio.
Ella había leído cosas sobre los tritones, naturalmente, en notas al pie de oscuras
publicaciones especializadas y en un libro de encantamientos marinos especiales, pero
jamás, ni en sus más alocados pensamientos, había imaginado ver uno. Se decía que los
tritones habían desaparecido totalmente.
No eran auténticos tritones, por supuesto. Eran más bien obra de nativos malasios
realizados a partir de monos y peces. Los malasios mataban a los monos, cortaban la
parte superior, del ombligo para arriba, y les cosían una cola de pez. Los restos
momificados los vendían después a inocentes hombres de mar en tiempos Victorianos.
Los nativos llamaban tritones a las momias y los jóvenes marineros lo creían, llevaban su
compra al hogar y la regalaban a seres queridos.
Y ahí, apoyado en pies de madera, se encontraba una muestra particularmente
horrible, probablemente rescatada del desván donde había permanecido tantos años,
cubierta de polvo, pudriéndose.
Era de color verde grisáceo, predominando más el gris, y tan esquelético que su caja
torácica hizo pensar a la señora Stambley en fotos de niños africanos famélicos. Tenía los
brazos al frente, muy rígidos, como un perro que estuviera chapoteando fuera del agua.
La mueca de la cara, que tenía abultados labios y enormes orejas, era una fija mirada de
horror. La señora Stambley no consiguió ver las costuras que unían la mitad de mono al
pez.
—Veo que le gusta nuestro tritón —dijo una voz detrás.
Pero la señora Stambley no volvió la cabeza. Simplemente no podía apartar los ojos de
la grotesca momia de la vitrina con adornos de bronce.
—Un tritón malasio —murmuró la señora Stambley. Una parte de su ser reparó en la
etiqueta del precio a un lado de la vitrina: trescientas libras. Seiscientos dólares. Más de lo
que llevaba encima... pero...
—De modo que sabe lo que es —prosiguió la voz—. Malo, malo. Muy malo.
El tritón cerró y abrió sus párpados desprovistos de pestañas y volvió la cabeza. Sus
ojos eran totalmente negros, sin iris. Al doblar los labios hacia adentro dejó ver unos
afilados dientes de apagado color amarillento. No tenía lengua.
La señora Stambley trató de apartar la mirada y no pudo. Se sintió arrastrada,
arrastrada y arrastrada hacia las negras profundidades de aquellos ojos.
—Eso es francamente muy malo —repitió la voz, pero ahora muy distante y
apagándose con rapidez.
La señora Stambley trató de abrir la boca para chillar, pero sólo brotaron burbujas.
Estaba totalmente rodeada de oscuridad, frío y humedad, y a pesar de todo algo siguió
tirando de elk hacia abajo hasta que aterrizó, con un desagradable ruido sordo, en un
suelo de arena. Se levantó, se arregló la falda y el sombrero. Luego, mientras ponía el
bolso firmemente bajo el brazo, notó que algo le aferraba el tobillo, como si las algas
quisieran que ella echara raíces en aquel lugar. Empezó a debatirse cuando un cambio de
la corriente que le golpeaba la cara la obligó a levantar la cabeza.
El tritón nadaba hacia ella, perezosamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo
para llegar hasta la mujer.
La señora Stambley cesó su derroche de fuerzas para deshacerse de la traba de las
algas, y abrió cuidadosamente su bolso sin dejar de mirar al tritón, que ya había recorrido
la mitad de la distancia que lo separaba de ella. Su boca se abría y cerraba con horribles
mordiscos. Sus huesudos dedos, con opacas membranas, parecían estirados hacia la
mujer. Su cara de mono sonreía. Tras él dejaba una oscura y agitada estela.
El agua remolineó alrededor de la señora Stambley, le levantó la falda, hizo agitarse el
dobladillo y dejó ver la braga. Por encima del tritón, muy arriba, la señora Stambley vio las
sombras más oscuras de unos tiburones que daban vueltas, a la espera de lo que el tritón
les dejara. Pero ni siquiera ellos osaban acercarse más mientras el tritón iba de caza.
Y después el fantástico animal estuvo tan cerca que la mujer vio el hueco de su boca,
los tijereteados dientes, la negras uñas, la colérica vibración de las membranas. El ruido
del animal llegó a la turista a través del filtro del agua. Igual que los lamentos y crujidos de
un barco que zozobra.
La mano de la señora Stambley ya estaba dentro del bolso, con los dedos cerrados
sobre la cartera y buscando en el bolsillo de las monedas las plumas de abadejo que
guardaba allí. Cogió las plumas y las sostuvo ante ella. Era magia aérea, una magia más
fuerte que la del mar, y estaban bendecidas en la iglesia. Daban buena suerte para
enfrentarse a los pobladores del mar. La mano de la mujer sólo tembló un poco.
Pronunció una palabra mágica que las agitadas aguas arrebataron de sus labios. El tritón
se detuvo un instante, manteniendo sus grisáceas manos delante de su cara.
Las algas que rodeaban el tobillo de la señora Stambley se apartaron. La mujer dio una
patada y descubrió que estaba libre.
Pero por encima un gran tiburón blanco dio la vuelta bruscamente y lanzó un golpe de
agua hacia el cuerpo de la turista. Las minúsculas plumas se rompieron y la señora
Stambley tuvo que soltarlas. Las plumas pasaron flotando junto al tritón y desaparecieron.
El animal bajó las manos, le sonrió como un mono de nuevo y siguió nadando. Pero
ella sabía, igual que él, que el tritón no estaba a salvo de sus conocimientos. Eso le dio
una ligera esperanza.
La mano de la mujer volvió a introducirse en el bolso y buscó la cremallera de un
bolsillo. La abrió y sacó varios huesecillos, de un cangrejo bayoneta encontrado en las
islas Elizabeth frente a la costa de New Bedford. Era potente magia marina y la señora
Stambley confiaba enormemente en ellos. Cerró los dedos alrededor de los siete
huesecillos, se los llevó primero al pecho, luego a la frente, finalmente los lanzó al tritón.
Los huesos flotaron entre mujer y animal y con la luz que se filtraba parecieron danzar,
crecer, cambiar y unirse por fin formando una maraña.
La señora Stambley dio varias patadas, creó un seno de burbujas y, sosteniendo su
sombrero con una mano y el bolso con la otra, entró como una anguila en el laberinto de
huesos. Sabía que el ardid sólo serviría un par de minutos en el mejor de los casos.
Detrás de ella oyó el grito de caza del tritón, que buscaba la forma de introducirse. La
mujer hizo caso omiso de los gritos y se impulsó con los pies a un ritmo constante, para
situarse en el corazón del laberinto. Entrar era siempre más fácil que salir. La estela de
burbujas llevaría adentro al tritón en cuanto encontrara la entrada. De momento la señora
Stambley seguía oyendo sus golpes contra las paredes.
El bolso contenía un último objeto mágico. Una navaja arrastrada por el mar,
abandonada en una playa de la costa norte, cerca de Rockport. Tenía una empuñadura
negra con una guarda, y ella había montado una moneda de plata en el mango.
El agua del mar formaba variables dibujos en la hoja, que un momento parecían fuego,
luego aire, la escritura del poder. La señora Stambley no era tan tonta como para leer esa
escritura. Se volvió hacia el pasillo por donde el tritón debía aparecer. Con la navaja en la
mano derecha, el sombrero torcido, el bolso agarrado bajo el brazo izquierdo, la turista
supuso que su aspecto no sería el de una curtida luchadora. Pero en la magia, como
cualquier bruja expena sabía, la apariencia era muy importante. Y ella no pensaba
rendirse.
—Gran Lir —dijo, y su humana lengua añadió más urgencia a las burbujas que fluyeron
de su boca—. Poseidón que ruges como un toro, Neptuno que arrojas lanzas, poderoso
Njórd, Dragón de la cola hendida, mantenedme a salvo en las verdes palmas de vuestras
manos. Sacadme ilesa del mar. Y cuando vuelva al hogar, os obsequiaré a vosotros y a
los vuestros.
En algún lugar cercano chilló un animal, un toro, un caballo, una gran serpiente marina.
Era la respuesta. En unos instantes ella sabría el significado. La señora Stambley
escondió detrás de la espalda su mano derecha, con la navaja, y esperó.
El agua del laberinto de huesos se agitó coléricamente y el tritón dobló el último recodo.
Al ver a la señora Stambley apoyada en la frágil pared, se echó a reír. La risa brotó de su
boca como una cascada, formando un torrente de burbujas. El ruido de las burbujas al
reventar subrayó especialmente el regocijo del animal. Después, el tritón mostró de nuevo
sus horribles dientes, agitó la cola para avanzar e inició la caza.
La señora Stambley mantuvo la navaja oculta hasta el último instante. Y entonces,
mientras los esqueléticos brazos del tritón buscaban su cuerpo, mientras los dedos de las
manos apretaban el cuello de la mujer y sus afilados incisivos avanzaban hacia la
garganta, la señora Stambley sacó el brazo y acuchilló al animal en un costado. El tritón
retrocedió horrorizado, y la mujer atacó de nuevo, con la misma pericia, como si cortara
pescado. El animal dobló la espalda, abrió la boca, lanzó un mudo chillido de burbujas y
ascendió lentamente hacia la blanca luz de la superficie.
El laberinto de huesos se esfumó. La señora Stambley metió la navaja en su bolso,
alzó las manos por encima de la cabeza y ascendió igualmente, dejando atrás una estela
de burbujas tan oscuras como la sangre.
—Muy malo —acababa de decir la voz.
La señora Stambley dio media vuelta y sonrió suavemente mientras se arreglaba el
sombrero.
—Sí, lo sé —dijo—. Muy malo que se halle en ese estado. Por trescientas libras me
gustaría algo que estuviera un poco mejor cuidado.
La turista se hizo a un lado.
La propietaria de la tienda, una mujer arrugada y pintarrajeada con una membrana
entre los dedos índice y medio, respiraba con dificultad. En la vitrina, el momificado tritón
había caído de espaldas. En un costado tenía una profunda herida de cuchillo. La cavidad
pectoral estaba hueca. Apestaba. Bajo el cuerpo había siete nudosos palitos que
parecían, sorprendentemente, huesos.
—Sí —prosiguió la señora Stambley, sin molestarse en pedir disculpas por su
apresurada salida—, un estado más bien lamentable. Me asombra que alguna gente trate
de embaucar a los turistas. Por suerte yo no soy tan tonta.
Atravesó la entrada y se alegró al comprobar que el sol iluminaba la callejuela. Se llevó
una mano a su abultado pecho y respiró profundamente.
—Espera, espera a que lo cuente al grupo —dijo.
Luego se abrió paso hasta la calle principal, donde el resto de turistas y el guía se
hallaban tras bajar de la montaña. La señora Stambley caminó briosamente hacia ellos,
arreglándose el sombrero una vez más y sonriente. Ni siquiera el pensamiento de haber
perdido el mapa de los tritones logró deprimir su ánimo. La mirada de sorpresa de aquella
vieja bruja que era la propietaria de la tienda compensaba el susto. Pero, ¿qué regalo
suficientemente bueno podía ofrecer a los dioses? Un problema que ella podía resolver
felizmente durante el viaje de regreso.
NOTA: Jane Yolen comenta esto de su TRITÓN MALASIO: «En realidad, tengo una
foto de esa criatura que tomé en una tienducha de una callejuela de Greenwich. Valía 600
dólares y tenía la feliz etiqueta de «Vendido». Era tan horrible que tuve grandes deseos
de comprarlo, pero mi marido y mis hijos me habrían repudiado si aparezco en casa con
aquello. Al fin y al cabo me habían ofrecido el viaje a Inglaterra como obsequio de
Chanukah/Navidad y se habrían sentido traicionados con una monstruosidad así en la
mesita de café». ¿ Ah, sí? Bah. Qué va. Caramba, ¿en qué otra parte puede ponerse un
tritón malasio?
BÉBASE ENTERO: CONTRA LA LOCURA DE MASAS
Ray Bradbury

Pocas personas han tomado la medida de abochornar criminalmente al verano como
Ray Bradbury en esta obra. El señor Bradbury creció, como el señor Bloch, en el Midwest,
cuyos inviernos no son para rosas y cuyos veranos no son para osos polares. ¿Y dónde
vive ahora el señor Bradbury? El, como el señor Bloch, vive en Los Ángeles, donde el
verano es caluroso pero no húmedo, donde el invierno no tiene reconocimiento legal y
donde no sopla «el venenoso viento que copuló con el río Este en una noche resbaladiza
como la grasa, infestada de basura». La primera vez que vi a Ray Bradbury, el escritor
vivía en esa Venecia sin dux al sur de Santa Montea, a la que entonces se llegaba, si no
se tenía coche (y ninguno de los dos lo teníamos) con aquellos enormes tranvías rojos
ahora tan extintos como st hubieran vagado por d pleistoceno; y quizá fue así. Todavía
sueño con ellos a veces, se deslizan por elevados terraplenes entre las azuladas aguas
salpicadas de puntos verdes de los estuarios donde los ríos del recuerdo afluyen a los
mares del tiempo. Melissa Toad los conocería muy bien.
Ray Bradbury nació en Waukegan, Illinois, en 1920. «Ray Bradbury publicó su primer
relato el día de su vigésimo primer cumpleaños, en 1941. Desde entonces ha publicado
más de cuatrocientos cuentos, diecisiete novelas y recopilaciones de relatos y poesías.
Entre sus libros están Crónicas Marcianas, Las doradas manzanas del sol y Long After
Midnight. Ha escrito los argumentos de The Picasso Summer, I Sing the Body Electric,
Moby Dick y (muy recientemente) Something Wicked This Way Comes. En 1953 formó un
grupo teatral para producir sus obras The Wonderful Ice Cream Suit, The World of Ray
Bradbury y Any Friend of Nicholas Nickleby is a Friend of Mine. A partir de entonces ha
escrito obras teatrales basadas en sus libros Crónicas Marcianas, Fahrenheit 451 y
Dandelion Wine. Ray Bradbury está acabando en la actualidad una novela de crímenes y
suspense, Death Is a Lonely Business; trabaja en un argumento, Omenemo; y está
escribiendo una ópera, Leviathan 99.» Ray Bradbury y su esposa, Maggie, viven en Los
Ángeles.
Era una de esas noches tan rematadamente calurosas en que estás rumbado y sin
saber qué hacer hasta las dos de la madrugada, luego te levantas dando tumbos, te
remojas con tu fermentado sudor y bajas tambaleante al gran horno del metro donde
aúllan trenes perdidos.
—Infierno —musitó Will Morgan.
Y el infierno era, con un suelto ejército de bestias, gente que pasa la noche errando del
Bronx hasta Coney y viceversa, hora tras hora, en busca de repentinas inhalaciones de
salino viento oceánico que tal vez te hagan jadear de agradecimiento.
En alguna parte, Dios, en alguna parte de Manhattan o más lejos había refrescante
viento. Al amanecer, era preciso encontrarlo...
—¡Maldita sea!
Atontado, Will Morgan vio maniacas oleadas de anuncios, chorros de sonrisas
dentífricas, sus ideas propagandísticas persiguiéndole por toda la calurosa isla nocturna.
El tren gruñó y se detuvo.
Otro tren permanecía parado en la vía opuesta.
Increíble. Allí, en la abierta ventanilla del tren, al otro lado, estaba el viejo Ned
Amminger. ¿Viejo? Los dos tenían la misma edad, cuarenta años, pero...
Will Morgan abrió su ventanilla.
—¡Ned, hijo de puta!
—¡Will, bastardo! ¿Paseas tan tarde a menudo?
—¡Todas las noches calurosas desde 1946!
—¡Yo también! ¡Me alegro de verte!
—¡Mentiroso!
Ambos se esfumaron entre el chirrido del acero.
Dios mío, pensó Will Morgan, dos hombres que se odian, que trabajan a menos de tres
metros de distancia, que aprietan los dientes para el siguiente ascenso, se topan en este
infierno de Dante de una ciudad que se funde a las tres de la madrugada. Escucha el eco
de nuestras voces, apagándose:
—¡Mentiroso...!
Media hora después, en Washington Square, un fresco viento tocó la frente de Will
Morgan. Siguió al viento hacia una callejuela donde...
La temperatura bajó diez grados.
—Un momento —musitó Will.
El viento tenía el olor de aquella fábrica de hielo, cuando él era niño y robaba fríos
cristales para frotarse las mejillas y metérselos debajo de la camisa mientras gritaba para
vencer el calor.
El frío viento le llevó callejón abajo hasta una tiendecilla donde un letrero decía:
MELISSA TOAD, BRUJA
LAVANDERÍA:
DEJE SUS PROBLEMAS AQUÍ A LAS 9 DE LA MAÑANA Y RECÓJALOS RECIÉN
LAVADOS POR LA NOCHE
Había un letrero de menor tamaño:
HECHIZOS, FILTROS CONTRA CLIMAS TERRIBLES, CALUROSOS O FRÍOS.
POCIONES PARA INSPIRAR A EMPLEADOS Y ASEGURAR ASCENSOS. BÁLSAMOS,
UNGÜENTOS Y POLVO DE MOMIA EXTRAÍDO DE ANTIGUOS JEFES DE EMPRESA.
REMEDIOS PARA EL RUIDO. EMOLIENTES PARA AMBIENTES GASEOSOS O
POLUCIONADOS. LOCIONES PARA CAMIONEROS PARANOICOS. MEDICINAS A
TOMAR ANTES DE NADAR EN LOS MUELLES.
Algunas botellas estaban esparcidas en el escaparate, con etiquetas que decían:
MEMORIA PERFECTA.
OLOR A FRESCO VIENTO DE ABRIL.
EL SILENCIO Y EL TREMOR DEL HERMOSO CANTO
DE LOS PÁJAROS.

Will se echó a reír y se detuvo.
Porque el viento era frío e hizo crujir una puerta. Y de nuevo llegó el recuerdo del hielo
de las blancas grutas de la fábrica de su infancia, un mundo separado de los sueños
invernales y preservado en agosto.
—Entre —musitó una voz.
La puerta se abrió.
En el interior, un frío funeral aguardaba a Will.
Un bloque de dos metros de transparente y goteante hielo reposaba cual gigante
reminiscencia de febrero en tres caballetes de aserrar.
—Sí —murmuró él.
En el escaparate de la ferretería de su pueblo, la esposa de un mago, MISS I. SICKLE,
estaba oculta en un inmenso rectángulo de hielo a medio fundir, como un carámbano. Allí
pasaba las noches ella, princesa de la Nieve. A media noche, Will y otros chicos iban a
escondidas para verla sonreír en su frío sueño cristalino. Pasaron la mitad de las noches
del verano mirándola fijamente, cuatro o cinco muchachos de catorce años ardientes
como un horno, esperando que sus llameantes miradas fundieran el hielo...
El hielo jamás se fundió.
—Espere—musitó Will—. Escuche...
Dio un paso más dentro de la oscura tienda nocturna.
Dios, sí. Allí, ¡en ese hielo! ¿No eran esos los contornos donde, sólo hacía unos
segundos, una mujer de nieve dormitaba con fríos sueños nocturnos? Sí. El hielo era
hueco, curvado y encantador. Pero... la mujer había desaparecido. ¿Dónde estaba?
—Aquí —murmuró la voz.
Detrás del brillante y frío funeral, las sombras se movían en un apartado rincón.
—Bienvenido. Cierre la puerta.
Will presintió que ella estaba en las sombras, no muy lejos. Su carne, suponiendo que
pudiera tocarla, sería fría, todavía estaría fresca tras su estancia en la goteante tumba de
nieve. Si él alargaba la mano...
—¿Qué hace aquí? —preguntó suavemente la voz de la mujer.
—Una noche calurosa. Paseaba. Viajaba. En busca de viento frío. Creo que necesitaba
ayuda.
—Ha venido al lugar indicado.
—¡Pero esto es una locura! No creo en psiquiatras. Mis amigos me odian porque afirmo
que el Afilador y Freud murieron hace veinte años, con el circo. No creo en astrólogos, ni
en la numerología, ni en curanderos quirománticos... —Yo no leo las manos. Aunque...
deme su mano.
Will tendió la mano hacia la tenue penumbra.
Los dedos de ello tocaron los de él. Fue el mismo tacto que el de la mano de una niña
que acaba de registrar una nevera.
—Su letrero dice MELISSA TOAD, BRUJA. ¿Qué puede hacer una bruja en Nueva
York en el verano de 1974?
—¿Conoce alguna ciudad que necesitara más una bruja que Nueva York este año?
—Cierto. Nos hemos vuelto locos. Pero, ¿usted?
—Una bruja nace de los mismos deseos de su época —dijo ella—. Yo nací en Nueva
York. Las cosas que peor están aquí me llamaron. Ahora llega usted, sin saberlo, para
buscarme. Deme la otra mano.
Aunque la cara de la mujer era sólo un espectro de fría carne en la penumbra, Will notó
que los ojos de la bruja recorrían su temblorosa mano.
—Oh, ¿por qué ha esperado tanto? —se lamentó ella—. Casi es demasiado tarde.
—Demasiado tarde, ¿para qué?
—Para salvarle. Para recibir el don que yo puedo dar.
El corazón de Will latió con fuerza.
—¿Qué puede darme usted?
—Paz —dijo ella—. Serenidad. Quietud en pleno jaleo. Soy hija del viento venenoso
que copuló con el río Este en una noche resbaladiza como la grasa, infestada de basura.
Me revuelvo contra mi origen. Vacuno contra las mismas iras que me trajeron al mundo.
Soy un suero originado en venenos. Soy el antídoto de cualquier tiempo. Soy la cura. La
ciudad le mata, ¿verdad? Manhattan es el ejecutor de su castigo. Permítame que sea su
escudo.
—¿Cómo?
—Usted será mi pupilo. Mi protección le rodeará, igual que un invisible grupo de
sabuesos. El metro nunca violará sus oídos. La polución jamás llenará de tizón sus
pulmones o su nariz, ni hará febril su vista. Puedo enseñar a su paladar, en el almuerzo, a
saborear los ricos campos del Edén en el perro caliente más sencillo, más barato y
demasiado tierno. El agua, sorbida de la nevera de su oficina, será un raro vino de
exquisita familia. La policía, cuando la requiera, responderá. Los taxis, corriendo a
ninguna parte libres de servicio, se detendrán aunque usted solamente guiñe un ojo.
Aparecerán entradas cuando se acerque a la ventanilla de un teatro. Las señales de
tráfico cambiarán, en hora punta, fíjese bien, aunque conduzca su coche en las calles
más céntricas, y ningún semáforo se pondrá rojo. Verde siempre, si usted va conmigo.
»Si va conmigo, nuestro piso será un claro umbroso en un bosque, lleno de gritos de
pájaros y reclamos amorosos desde el primer caluroso y desabrido día de junio hasta la
última hora después del primer lunes de septiembre, cuando los muertos vivientes,
azotados por el calor, se vuelven locos con los trenes parados que regresan del mar.
Nuestras habitaciones estarán llenas de campanillas de cristal. Nuestra cocina, un iglú en
julio donde podremos compartir una comida de helado casero y Cháteu Lafite Rothschild.
¿Nuestra despensa?... Albaricoques frescos en agosto o febrero. Jugo de naranja recién
exprimida todas las mañanas, leche fría para desayunar, frescos besos a las cuatro de la
tarde, mi boca siempre del sabor de un melocotón frío, mi cuerpo siempre con el gusto de
ciruelas cubiertas de escarcha. El sabor empieza muy cerca, como dijo Edith Wharton.
»Siempre que usted quiera volver a casa estando en la oficina en pleno trabajo en un
espantoso día, yo llamaré a su jefe y sus deseos se cumplirán. Al poco tiempo, usted será
el jefe y volverá al hogar, de todas formas, para encontrar pollo frío, ponche de frutas y a
mí. Verano en las islas Vírgenes. Otoños tan cargados de promesas que usted se volverá
lunático en la forma correcta. Inviernos, por supuesto, a la inversa. Yo seré su hogar.
Dulce perro, échate aquí. Yo caeré sobre usted como copos de nieve.
»En resumen, tendrá todo. Yo pido poco a cambio. Sólo su alma.
Will se puso rígido y estuvo a punto de soltar la mano de la mujer.
—Bien, ¿no es eso lo que esperaba que le pediría? —La mujer se echó a reír—. Pero
las almas no pueden venderse. Lo único posible es perder el alma y no volver a
encontrarla. ¿Quiere que le diga qué quiero realmente de usted?
—Dígalo.
—Cásese conmigo —dijo ella.
«Véndame su alma», pensó Will, y no lo dijo. Pero ella lo leyó en sus ojos.
—Oh, querido —dijo la mujer—. ¿Es eso pedir demasiado? ¿Pese a todo lo que
ofrezco?
—¡Tengo que meditarlo!
Sin darse cuenta, Will había retrocedido un paso.
La voz de la mujer reflejó mucha tristeza.
—Si tiene que meditar mucho una cosa, nunca la hará. Cuando termina un libro sabe si
le gusta, ¿verdad? Al final de una obra de teatro usted está despierto o dormido,
¿verdad? Bien, una mujer hermosa es una mujer hermosa, ¿verdad?, y una buena vida
es una buena vida.
—¿Por qué no sale a la luz? ¿Cómo sé yo que es hermosa?
—No puede saberlo a menos que entre en la oscuridad. ¿No se lo indica mi voz? ¿No?
Pobre hombre. Si no confía en mí ahora, no seré suya, nunca.
—Necesito tiempo para pensar. ¡Volveré mañana por la noche! ¿Qué pueden significar
veinticuatro horas?
—Para una persona de su edad, todo.
—¡Sólo tengo cuarenta años!
—Hablo de su alma, y en cuanto a eso es tarde.
—¡Concédame otra noche!
—La tendrá, de todas formas, por su cuenta y riesgo.
—Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios, Dios —dijo Will, con los ojos cerrados.
—Ojalá Él pudiera ayudarle ahora mismo. Será mejor que se marche. Es usted un niño
anciano. Qué pena. Qué pena. ¿Vive su madre?
—Murió hace diez años.
—No, empezó a vivir —dijo la mujer.
Will retrocedió hacia la puerta y se detuvo, intentando calmar su confuso corazón,
intentando mover su pesada lengua:
—¿Desde cuándo está en este lugar?
Ella se echó a reír, con un levísimo toque de amargura.
—Tres veranos como este. Y en esos tres años, sólo seis hombres han entrado en mi
tienda. Dos echaron a correr inmediatamente. Dos se quedaron un rato pero se fueron.
Uno volvió por segunda vez, y desapareció. El sexto hombre tuvo que admitir finalmente,
después de tres visitas, que él no creía. Ya ve, nadie cree en un amor exhaustivo y
protector cuando lo ven claro. Un chico del campo podría quedarse para siempre, dada su
simplicidad, que es lluvia, viento y semillas. ¿Un neoyorquino? Recela de todo.
»Sea usted quien sea, o lo que sea, oh, buen señor, quédese, ordeñe la vaca y ponga
la leche fresca en el sombrío y refrescante cobertizo, a la sombra del roble que crece en
mi buhardilla. Quédese y coja berros para lavarse los dientes. Quédese en la Despensa
del Norte con el aroma de caquis, kuncuats y uvas. Quédese y frene mi lengua para que
yo deje de hablar así. Quédese y refrene mi boca para que yo pueda respirar. Quédese,
porque estoy aburrida de hablar y debo necesitar amor. Quédese. Quédese.
Tan ardiente era su voz, tan trémula, tan suave, tan dulce, que Will comprendió que
estaba perdido si no echaba a correr.
—¡Mañana por la noche! —gritó.
Su zapato tropezó con algo. En el suelo había un trozo de hielo caído del bloque.
Will se agachó, cogió el carámbano y salió corriendo.
La puerta se cerró bruscamente. Las luces se apagaron. En su prisa, Will no vio el
letrero: MELISSA TOAD, BRUJA.
Fea, pensó Will mientras corría. Una bestia, pensó, ella debe de ser una bestia y fea.
¡Sí, eso es! ¡Mentiras! ¡Todo mentiras! Ella...
Tropezó con alguien.
En medio de la calle, los dos se agarraron, se cogieron, se miraron fijamente.
¡Ned Amminger! ¡Dios mío, era el viejo Ned!
Eran las cuatro de la mañana, el ambiente continuaba siendo ardoroso. Y allí estaba
Ned Amminger, un sonámbulo en busca de fríos vientos, la ropa pegada a su ardiente
carne formando rosetones, la cara chorreando sudor, los ojos muertos, los pies crujiendo
en sus calurosos, calcinados zapatos de cuero.
Ambos se tambalearon en el momento de la colisión.
Un espasmo de malicia hizo estremecer a Will Morgan. Agarró al viejo Ned Amminger,
le obligó a dar media vuelta y le dejó de cara al oscuro callejón. En las profundidades de
la callejuela... ¿no estaba encendida otra vez la luz del escaparate? ¡Sí!
—¡Ned! ¡Por ahí! ¡Ve por ahí!
Cegado por el calor, mortalmente fatigado, el viejo Ned Amminger entró dando tumbos
en el callejón.
—¡Espera! —gritó Will Morgan, arrepentido de su malicia.
Pero Amminger se había esfumado.
En el metro, Will Morgan probó el carámbano.
Era Amor. Era Delicia. Era Mujer.
Cuando llegó estruendosamente el tren, las manos de Will estaban vacías, su cuerpo
corrompido por el sudor. ¿Y el dulce sabor en su boca? Polvo.
Siete de la mañana y sin dormir.
En algún lugar, un inmenso alto horno abrió su puerta y quemó Nueva York hasta dejar
la ciudad en ruinas.
Levántate —pensó Will Morgan—. ¡De prisa! ¡Corre al centro!»
Porque había recordado aquel letrero:
LAVANDERÍA:
DEJE SUS PROBLEMAS AQUÍ A LAS 9 DE LA MAÑANA Y RECÓJALOS RECIÉN
LAVADOS POR LA NOCHE.

Will no fue al centro. Se levantó, se duchó y salió al horno para perder su empleo.
Lo supo cuando subía en el delirantemente caluroso ascensor en compañía del señor
Binns, el moreno y furioso jefe de personal. Las cejas de Binns saltaban, sus labios se
movían sobre sus dientes pronunciando mudas maldiciones. Por debajo de su traje se
notaban los puercoespines de su ardiente vello que pugnaban por salir a la superficie cual
agujas. Cuando llegaron al piso decimocuarto, Binns era antropoide.
Alrededor, los empleados erraban como un ejército italiano que acudía a participar en
una guerra perdida.
—¿Dónde está el viejo Amminger? —preguntó Will Morgan, mirando fijamente un
escritorio vacío.
—Llamó diciendo que estaba enfermo. Postración por el calor. Estará aquí al mediodía
—dijo alguien.
Mucho antes del mediodía el enfriador de agua estaba vacío, y la red de
acondicionamiento (?) de aire se suicidó a las once treinta y dos. Doscientas personas se
transformaron en toscas bestias encadenadas a escritorios junto a ventanas inventadas
para que no se abrieran.
Faltando un minuto para las doce, el señor Binns, por el intercomunicador, les ordenó
formar junto a sus escritores. Así lo hicieron. Aguardaron, tambaleantes. La temperatura
era de treinta y siete grados. Poco a poco, Binns empezó a recorrer la larga hilera. El
ardoroso siseo de invisibles moscas no se separaba de él.
—Muy bien, damas y caballeros —dijo—. Todos saben que hay una recesión, por más
felizmente que el presidente de los Estados Unidos la presente. Yo preferiría darles un
navajazo en el estómago a traspasarles la espalda. Bien, mientras recorro la hilera, bajaré
la cabeza y susurraré: «Usted». Los empleados que oigan esta palabra, darán media
vuelta, recogerán sus cosas y se irán. Una paga de cuatro semanas por cesantía les
aguarda en la salida. ¡Un momento! ¡Falta alguien!
—El viejo Ned Amminger —dijo Will Morgan, y se mordió la lengua.
—¿El viejo Ned? —dijo el señor Binns, mirándole coléricamente—. ¿Viejo? ¿Viejo?
El señor Binns y Ned Amminger tenían exactamente la misma edad.
El señor Binns aguardaba, nervioso.
—Ned —dijo Will Morgan, sofocando las maldiciones que se hacía a sí mismo—,
debería estar aquí...
—Aquí —dijo una voz.
Todos volvieron la cabeza.
En el extremo opuesto de la hilera, en la puerta, estaba el viejo Ned o Ned Amminger.
Observó la reunión de almas perdidas, interpretó destrucción en el semblante de Binns,
se acobardó. Pero luego ocupó tímidamente su lugar junto a Will Morgan.
—Muy bien —dijo Binns—. Voy a empezar.
Inició el avance: susurro, avance, susurro, avance, susurro. Dos personas, cuatro,
finalmente seis dieron media vuelta para poner en orden sus escritorios.
Will Morgan respiró profundamente, contuvo la respiración, aguardó.
Binns se paró en seco delante de él.
«¿No lo dice? —pensó Morgan—. ¡No lo dice!»
—Usted —susurró Binns.
Morgan dio media vuelta y se llevó la mano a su henchido pecho. «Usted», la palabra
restalló en su cabeza. ¡Usted!
Binns se detuvo para mirar a Ned Amminger.
—Bueno, viejo Ned —dijo.
Morgan, con los ojos cerrados, pensó: «Dilo, díselo a él, estás despedido, Ned,
¡despedido!».
—El viejo Ned —dijo Binns, en tono afectuoso.
Morgan se vino abajo con el sonido extraño, afectuoso y dulce de la voz de Binns.
Un ocioso viento de los mares del Sur pasó suavemente por el ambiente. Morgan
parpadeó y se levantó, olisqueando. La sala, azotada por el sol, se había llenado de olor a
olas y fría arena blanca.
—Ned, mi querido viejo Ned —dijo el señor Binns, apaciblemente.
Atónito, Will Morgan siguió aguardando. «Estoy loco», pensó.
—Ned —dijo el señor Binns, amablemente—. Quédese con nosotros. Quédese. —Y
acto seguido, rápidamente, añadió—: Eso es todo. ¡Hora de comer!
Y Binns se fue y los heridos y los agonizantes abandonaron el campo de batalla. Y Will
Morgan volvió la cabeza por fin para mirar directamente al viejo Ned Amminger, mientras
esperaba. ¿Por qué, Dios mío, por qué?
Y obtuvo respuesta...
Ned Amminger estaba allí, no viejo, no joven, más bien un intermedio. Y no era el Ned
Amminger que había asomado alocadamente la cabeza por la ventanilla de un caluroso
tren, ni el que estaba deambulando por Washington Square a las cuatro de la madrugada.
Este Ned Amminger estaba sereno, como si oyera lejanos sonidos de un verde
territorio, viento, hojas y un clima amistoso que vagaba en la fresca brisa de un lago.
El sudor se había secado en su sonrosada cara. Sus ojos no estaban inyectados en
sangre, eran unos ojos firmes, azules y serenos. Ned era una isla paradisíaca en el mar
muerto e inmóvil de escritorios y máquinas de escribir que podían ponerse en marcha y
chillar como insectos eléctricos. Ned estaba observando la partida de los muertos
vivientes. Y eso no le preocupaba. Se hallaba en espléndido y hermoso aislamiento en el
interior del sosiego y la frescura de su bella piel.
—¡No! —exclamó Will Morgan, y salió corriendo.
No supo adonde iba hasta que se encontró en el lavabo de caballeros, excavando
frenéticamente en la papelera.
Encontró lo que sabía que encontraría, una botellita con la etiqueta:
BÉBASE ENTERO: CONTRA LA LOCURA DE MASAS.
Tembloroso, Will destapó la botella. Sólo quedaba una pequeñísima gota azul claro.
Tambaleándose junto a la cerrada y ardiente ventana, Will dejó caer la gota en su lengua.
Al instante, su cuerpo pareció haber saltado a una marejada de frialdad. Su aliento
brotó como una fuente de aplastado y perfumado trébol.
Will agarró la botella con tanta fuerza que la rompió. Jadeó mientras contemplaba la
sangre.
Se abrió la puerta. Ned Amminger estaba allí, observando. Se quedó sólo un instante,
luego dio media vuelta y salió. La puerta se cerró.
Algunos segundos después, Morgan, con los trastos de su escritorio resonando en el
maletín, bajó en el ascensor.
Al salir, volvió la cabeza para dar las gracias al operario.
Su aliento debió de tocar la cara del operario.
El operario sonrió.
¡Una loca, incomprensible, encantadora, hermosa sonrisa!
Las luces estaban apagadas en el callejón a medianoche, en la tiendecilla. No había en
el escaparate ningún letrero que dijera MELISSA TOAD, BRUJA. No había botellas.
Will llamó a la puerta durante cinco largos minutos, sin obtener respuesta. Pateó la
puerta durante otros dos minutos.
Y por fin, con un suspiro, no queriendo hacerlo, la puerta se abrió.
—Entre —dijo una voz muy fatigada.
En el interior Will notó el ambiente sólo un poco fresco. El enorme trozo de hielo, donde
había visto la fantasmal silueta de una mujer encantadora, había menguado, había
perdido una mitad de su peso y goteaba sin cesar camino de la ruina.
En alguna parte de la oscuridad, la mujer le aguardaba. Pero Will presintió que ella
estaba vestida en esta ocasión, ataviada y preparada, lista para salir. Will abrió la boca
para gritar, para hacer algo, pero la voz de la mujer se lo impidió:
—Le advertí. Llega demasiado tarde.
—¡Nunca es demasiado tarde! —dijo Will.
—Ayer por la noche habría sido posible. Pero en las últimas veinticuatro horas se partió
su última hebra. Lo presiento. Lo sé. Lo afirmo. Ha muerto, muerto, muerto.
—¿Qué ha muerto, maldita sea?
—Pues su alma, por supuesto. Muerta. Devorada. Digerida. Esfumada. Está vacío. No
hay nada ahí.
Vio que la mano de ella salía de la oscuridad. La mano tocó el pecho de Will. Quizás
imaginó él que los dedos femeninos atravesaban sus costillas para sondear sus
pulmones, su inquieto y acongojado corazón.
—Oh, sí, no está —gimió la bruja—. Qué triste. La ciudad lo desenvolvió como un
caramelo y se lo comió. Usted no es más que una polvorienta botella de leche
abandonada en la puerta de una casa, una araña que construye un nido en el tejado. El
estrépito del tráfico le golpeó la médula hasta convertirla en polvo. El metro succionó su
respiración como un gato succiona el alma de una criatura. Las aspiradoras actuaron en
su cerebro. El alcohol disolvió el resto. Máquinas de escribir y ordenadores se ocuparon
de los posos en sus tripas, le imprimieron en papel, le perforaron hasta transformarlo en
confetti, le arrojaron por la abertura de una cloaca. La televisión le garabateó con
nerviosos tics en viejas pantallas fantasmas. Sus últimos restos los llevará un gran
autobús urbano, un fiero bulldog que le mantendrá masticado en la enorme boca con
labios de goma que es su puerta.
—¡No! —exclamó él—. ¡He cambiado de opinión! ¡Cásese conmigo! ¡Cásese...!
Su voz agrietó la tumba de hielo, que se hizo añicos en el suelo a espaldas de Will. La
silueta de la mujer hermosa se fundió en el suelo. Revolviéndose, Will Morgan se lanzó a
la oscuridad.
Topó con la pared en el mismo momento que un panel se cerraba bruscamente.
Era inútil chillar. Will estaba solo.
Al anochecer, en julio, un año después, en el metro, Will vio a Ned Amminger por
primera vez en 365 días.
Entre los apretujones, los golpes y el flujo de ardiente lava cuando los trenes pasaban
estruendosamente, llevando al infierno un millón de almas, Amminger estaba tan frío
como hojas de menta bajo verde lluvia. La gente de cera que le rodeaba se fundía. Él iba
vadeando en su arroyo de truchas privado.
—¡Ned! —gritó Will Morgan, corriendo para cogerle la mano y estrechársela
efusivamente—. ¡Ned, Ned! ¡El mejor amigo que he tenido!
—Sí, es cierto, ¿verdad?—dijo el joven Ned, risueño.
¡Y, oh, Dios, cuan cierto era! El querido Ned, el buen Ned, ¡amigo de toda la vida!
¡Échame tu aliento, Ned! ¡Dame el aliento de tu vida!
—¡Eres presidente de la empresa, Ned! ¡Me enteré!
—Sí. ¿Me acompañas a tomar un trago?
Pese al tremendo calor, un vapor de limonada helada brotaba del cremoso y fresco
traje de Ned mientras ambos hombres buscaban un taxi. En medio de maldiciones, gritos
y bocinazos, Ned alzó una mano.
Un taxi se detuvo. El viaje fue sereno.
En el bloque de apartamentos, por la noche, un hombre armado con una pistola salió
de las sombras.
—Dadme todo lo que lleváis —dijo.
—Más tarde —dijo Ned, sonriente, echando sobre el individuo un aroma de manzanas
frescas.
—Más tarde. —El hombre se hizo a un lado para dejarles pasar—. Más tarde.
Ya en el ascensor, Ned dijo:
—¿Sabías que estoy casado? Hace casi un año. Una excelente esposa.
—¿Es... —empezó a decir Will Morgan, y cambió de idea—... guapa?
—Oh, sí. Te encantará. Te encantará el piso.
«Sí —pensó Morgan—. Un verde claro umbroso, campanillas de cristal, fresca hierba
como alfombra. Lo sé, lo sé.»
Entraron en el piso, que ciertamente era una isla tropical. El joven Ned sirvió grandes
vasos de champaña helado.
—¿Por qué brindamos?
—Por ti, Ned. Por tu esposa. Por mí. Por la medianoche, por esta noche.
—¿Por qué por la medianoche?
—Cuando yo baje y encuentre a ese tipo que espera en el portal con su pistola. Ese
tipo al que dijiste «más tarde». Y él estuvo de acuerdo. Estaré allí a solas con él. Curioso,
ridículo, curioso. Y mi aliento es un aliento ordinario, no huele a melones ni a peras. Y él
aguardando tantas horas con su sudorosa pistola, irritado por el calor. Qué magnífica
broma. Bien..., ¿un brindis?
—¡Un brindis!
Bebieron.
Y en ese momento, entró la esposa. Ella los oyó reír de forma distinta, y participó en la
risa.
Pero los ojos de la mujer, cuando miraron a Will Morgan, se llenaron de pronto de
lágrimas.
Y Will Morgan sabía por quién lloraba ella.
ELEPHAS FRUMENTI
L. Sprague de Camp y Fletcher Pratt

Ornar el Tendero solía preguntarse que podían comprar los vinateros que fuera la
mitad de precioso que el producto que ellos vendían. El elefante del muchacho del
elefante de Kipling, cargado de años y vigoroso, recibía una ración diaria de aguardiente
de palma, una especie de licor asiático... ¿Hay una relación? Si es así, en De Camp y
Pratt tenemos los hombres para establecerla. Fue al fin y al cabo L. (de Lyon) Sprague de
Camp el hombre que, en An Elephant for Aristotle, nos llevó literariamente a lo largo de la
ruta que según la tradición siguió un colosal ejemplar indio enviado por Alejandro el
Grande a su viejo tutor: una ruta seguida de hecho por el mismo De Camp, para
entenderlo bien. Sobre el típicamente hospitalario Fletcher Pratt, un viejo amigo escribe:
«En su enorme mansión gótica, un serpenteante barco de vapor, había estanterías
repletas de todo lo bebible que existe bajo el sol, y no hay licor existente desde 1955 que
yo no haya probado allí». Este relato es uno de los veinticinco (como mínimo) de Tales
From Gavagan's Bar, y representa la única explicación científica sostenible en cuanto a
por qué un elefante puede ser de color de rosa.
L. Sprague de Camp, titulado M. S. en ingeniería y economía, nació en Nueva York en
1907. Oficial de la Reserva Naval en la segunda guerra mundial, «durante buena parte de
los últimos cuarenta años ha seguido la carrera de escritor independiente». Cuatrocientos
setenta y cinco relatos, guiones y artículos, muchos traducidos, así como noventa y cinco
libros, entre ellos The Ancient Engi-neers, Great Cities of the Ancient World, H. P.
Lovecraft: A Biography, Science-Fiction Handbook (todos ellos fuera de la novelística),
The Dragón of the Ishtar Gate, The Bronze Fod of Rhodes, Lest Darkness Fall (novelas) y
Héroes and Hobgoblins (poesía). Ha editado antologías como Warlocks and Warriors y
recopilaciones como The Conan Swordbook. Entre sus colaboradores figuran el fallecido
Fletcher Pratt, el difunto Willi Ley, Lin Cárter y Catherine Crook de Camp, su esposa. Los
De Camp viven en Pennsylvania.
Fletcher Pratt nació en una reserva india del estado de Nueva York en 1897.
Bibliotecario, boxeador profesional, reportero, escritor y traductor de ciencia ficción,
criptógrafo, erudito, historiador, criador de titíes, fabuloso anfitrión: Fletcher Pratt. Escribió,
él solo, Secret and Urgent, The Heroic Years, Hail, Caesar!, Ordean by Fire, The Well of
the Unicorn, The Blue Star y otros. Junto con L. Sprague de Camp escribió The
Incomplete Enchanter, Wall of Serpents, The Land of Unreason, The Carnelian Cube y
Tales from Gavagan's Bar. Fletcher Pratt falleció en 1956.
El hombrecillo calvo con traje de lana estuvo a punto de tirar el vaso al dejarlo con un
cuidado indicativo de que tener cuidado era ya una necesidad.
—Piense en los perros —dijo—. De verdad, querida, no existe prácticamente límite a lo
que puede conseguirse mediante reproducción selectiva.
—Excepto que de donde yo vengo, a veces pensamos en otras cosas —dijo la rubia,
subrayando el viejo chiste del New Yorker con un meneo del torso que era pura Pólice
Gazette.
El señor Witherwax alzó su nariz del segundo Martini.
—¿Los conoce, señor Cohan? —preguntó.
El señor Cohan se puso de perfil para apurar un vaso.
—Ese debe de ser el profesor Thott, y un caballero muy educado, además. No conozco
exactamente el nombre de la dama, aunque creo que él la ha llamado Ellie, o algo
parecido. ¿Le gustaría conocerlos?
—Por supuesto. He leído en un libro algo sobre esa reproducción selectiva, pero no
considero que sea tan excelente, y quizás él puede aclarar algo al respecto.
El señor Cohan se abrió camino hasta el final de la barra y avanzó pesadamente hacia
la mesa.
—Un placer conocerle, profesor Thott —dijo Witherwax.
—Caballero, el placer es mío, todo mío. Señora Jonás, ¿puedo presentarle a un viejo
amigo mío, llamado Witherwax? Viejo en el sentido de su madurez con los admirables
líquidos producidos por el bar de Gavagan, en tanto que los mismos líquidos han
madurado en madera... Ja, ja!... Una madurez de tres premisas. Siéntese, señor
Witherwax. Llamo su atención respecto a las notables cualidades del alcohol, y la
peripecia no es la menos importante de ellas.
—Sí, eso es cierto —dijo el señor Witherwax. Su expresión había adoptado cierto
parecido con la del búho disecado de la barra—. Lo que yo iba a preguntarle...
—Caballero, percibo haber usado una pedantería más apropiada para el aula, con el
resultado de que no se ha establecido comunicación. Peripecia es la inversión de papeles.
Mientras me hallo en estado de virtuosa sobriedad, persigo a la señora Joñas, la tiento
con alcohólicas diversiones. Pero después del tercer Presidente, ella me persigue a mí,
de acuerdo con la antigua regla biológica: el alcohol aumenta el deseo femenino y
mengua la potencia masculina.
En la barra, el señor Cohan parecía haber captado solamente una parte del discurso.
—Bollos no tenemos —dijo—. Pero puede coger algunas galletas saladas. —Metió la
mano debajo de la barra en busca del platillo—. Todas acabadas. Y acabo de abrir una
caja esta mañana. Ahí van los beneficios del bar. En los viejos tiempos el almuerzo gratis,
y ahora las galletas saladas.
—Lo que iba a preguntar... —dijo Witherwax.
El profesor Thort se levantó e hizo una reverencia, una reverencia que terminó
volviéndole a dejar sentado de una forma más bien brusca.
—¡Ah, el misterio del universo y la música de las esferas, como Próspero lo habría
planteado! ¿Quién persigue? ¿Quién huye? El perverso. Se preserva la filosofía
manteniéndose en el intermedio platoniano, el filo entre persecución y fuga, maldad y
virtud. Señor Cohan, una ronda de Presidentes, por favor, incluyendo un vaso para mi
envejecido amigo.
—Permítame pagar esta ronda —dijo firmemente Witherwax—. Lo que yo iba a
preguntarle está relacionado con la reproducción selectiva.
El profesor se agitó, pestañeó dos veces, se recostó en la silla y apoyó una mano en la
mesa.
—¿Desea que yo sea académico? Muy bien. Pero tengo testigos de que usted mismo
lo ha solicitado.
—Mire lo que ha hecho —dijo la señora Joñas—. Lo ha sobresaltado y él no se
quedará sin cuerda hasta que caiga dormido.
—Lo que deseo saber... —empezó a decir Witherwax, pero Thott le interrumpió,
rebosante de felicidad.
—Ofreceré únicamente el bosquejo más breve y menos técnico posible —dijo—.
Supongamos que, de entre dieciséis ratones, cogemos los dos de mayor tamaño y
hacemos que procreen. Sus hijos se aparearán a su vez con los de la pareja de mayor
tamaño de otro grupo de dieciséis. Y así sucesivamente. Con tiempo y material
suficientes, y favoreciendo que la especie produzca miembros de mayor tamaño, sería
fácil crear ratones como leones.
—¡Uf! —dijo la señora Joñas—. Debería dejar de beber. Su imaginación se vuelve
espantosa.
—Entiendo —dijo Witherwax—. Como un libro que leí una vez, donde había ratas tan
enormes que comían caballos, y avispas del tamaño de perros.
—Recuerdo el libro —dijo Thott, dando un sorbo a su Presidente—. Era El alimento de
los dioses, de H. G. Wells. Temo, no obstante, que el método descrito por él no era el de
la genética y por tanto carece de validez científica.
—Pero ¿podría usted crear criaturas así mediante reproducción selectiva? —preguntó
Witherwax.
—Ciertamente. Moscas domésticas tan voluminosas como tigres. Es simplemente
cuestión de...
La señora Joñas alzó una mano.
—Alvin, qué espantosa idea- Espero que jamás la ponga en práctica.
—No hay motivo de aprensión, querida mía. La ley del hexaedro regular nos protegerá
eternamente de tales visitas.
—¿Cómo? —preguntó Witherwax.
—La ley del hexaedro regular. Si doblas las dimensiones, cuadruplicas el área y
multiplicas por ocho la masa. El resultado es... bien, hablando en términos prácticos, sin
tecnicismos, una mosca común del tamaño de un tigre tendría unas patas demasiado
delgadas y unas alas demasiado pequeñas para resistir su peso.
—Alvin —dijo la señora Joñas—, eso no es práctico. ¿Cómo se movería la mosca?
El profesor ensayó otra reverencia, menos lograda incluso que la primera puesto que la
hizo sentado.
—Madame, la finalidad de ese experimento no sería práctica sino demostrativa. Una
mosca del tamaño de un tigre sería una masa de gelatina que habría que alimentar con
cuchara. —Thott levantó una mano—. No hay motivo para que alguien cree ese monstruo.
Y puesto que la naturaleza no tiene ventajas que ofrecer a insectos de gran tamaño,
dejaría de crearlos. Convengo en que la idea es repugnante. Yo preferiría el proyecto
optativo de crear elefantes del tamaño de moscas..., o golondrinas.
Witherwax hizo una seña al señor Cohan.
—Eso está bien. Repítalo. Pero, ¿no le haría caer en desgracia aquí también su ley del
hexaedro regular?
—De ningún modo, caballero. En caso de una reducción de tamaño, la ley actuaría en
mi favor. La masa quedaría dividida por ocho, pero los músculos seguirían siendo los
mismos en proporción, capaces de soportar un peso muchísimo mayor. Las patas y las
alas de un minúsculo elefante no sólo lo sostendrían, sino que le conferirían la agilidad de
un colibrí. Considere el caso del elefante enano de Sicilia durante el plis...
—Alvin —dijo la señora Joñas—, estás borracho. De lo contrarío recordarías cómo se
pronuncia pleistoceno, y no hablarías de alas de elefante.
—En absoluto, querida mía. Yo esperaría con suma confianza que una especie así
desarrollara la habilidad del vuelo mediante orejas agrandadas, como el Dumbo de las
películas.
La señora Joñas se río tontamente.
—De todas maneras no me gustaría un elefante del tamaño de una mosca. Como
mascota sería muy pequeño y se metería por todas partes. Que sea del tamaño de un
gamo, algo así.
Separó sus dedos índices menos de diez centímetros.
—Muy bien, querida mía —dijo el profesor—. En cuanto logre obtener una subvención
de la Fundación Carnegie, abordaré el proyecto.
—Sí, pero —dijo Witherwax—, ¿cómo alimentaría a un elefante de ese tamaño? ¿Sería
posible domesticarlo?
—Si es posible domesticar a un hombre, un elefante debería ser cosa fácil —dijo la
señora Joñas—. Y se le podría aumentar con avena o heno. Mucho más limpio que tener
latas de comida para perro por toda la casa.
El profesor se frotó la barbilla.
—Hum —dijo—. El ritmo de absorción de alimento variaría en la misma proporción que
la superficie intestinal..., que variaría el cuadrado de las dimensiones... No estoy seguro
de los resultados, pero temo que deberíamos recurrir a un alimento más concentrado y
menos convencional. Supongo que podríamos alimentar a nuestro Elephas micros, como
propongo llamarlo, con terrones de azúcar. No, nada de Elephas micros, Elephas
microtatus, «el elefante más pequeño, más minúsculo».
El señor Cohan, que había olvidado a su otro único cliente para apoyarse en la barra
de cara al grupo, intervino en ese momento.
—El señor Considine, el vendedor, estaba diciéndome que el aumento más
concentrado que puede obtenerse es un buen whisky de malta.
—¡Eso es! —El profesor dio una palmada en la mesa—. No Elephas microtatus, sino
Elephas frumenti, el elefante del whisky, del producto de que se alimenta. Lo criaremos
con una dieta de alcohol. Alto contenido energético.
—Oh, pero eso no servirá —protestó la señora Joñas—. Nadie querrá una mascota que
debe aumentarse siempre de whisky. Especialmente con niños alrededor.
—Escuche —dijo Witherwax—, si realmente desea tener estos animales, ¿por qué no
los tiene en algún lugar donde no haya niños cerca y donde el whisky esté... en bares, por
ejemplo?
—Profunda observación —dijo el profesor Thott—. Y hablando de rondas, señor
Cohan, sírvanos otra. Tenemos caballos como mascotas al aire libre, gatos como
mascotas en el hogar, canarios como mascotas en jaulas. ¿Por qué no un animal
especialmente ideado y creado para ser una mascota de bar? Y a propósito..., ese búho
disecado que tiene a modo de mascota, señor Cohan, está poniéndose francamente
sarnoso.
—Esos animales robarían cosas como esa —dijo la señora Joñas como si soñara—.
Cogerían cosas como plumas de búho, galletas saladas y etiquetas de cerveza para
construir sus nidos, en los rincones oscuros, cerca del techo. Saldrían por la noche...
El profesor inclinó la cabeza para ofrecer una benigna mirada a la señora Joñas
mientras el señor Cohan servía la bebida.
—Querida mía —dijo Thott—, algo se le está subiendo a la cabeza, o bien esta
discusión sobre el futuro Elephas frumenti o el auténtico spiritus frumenti. Cuando usted
se pone poética...
La rubia se había recostado y estaba mirando el techo.
—No soy poética. Eso que hay ahí arriba, en lo alto de la columna, es el nido de uno de
sus elefantes de bar.
—¿Qué hay ahí arriba? —dijo Thott.
—Eso que hay ahí arriba, donde está tan oscuro.
—Yo no veo nada —dijo el señor Cohan—. Y si no le importa que lo diga, este bar es
limpio, no tiene una sola rata.
—No serían demasiado dóciles —dijo la señora Joñas, todavía mirando el techo—. Y si
creyeran que no tienen suficiente aumento, saldrían y cogerían ellos mismos lo que
quisieran cuando el barman no los viera.
—Eso parece divertido —dijo Thott.
Echó atrás su silla y se dispuso a subirse a ella.
—No lo haga, Alvin —dijo la señora Joñas—. Se partirá el cuello... Piense en ello, ellos
aumentarían a sus hijos...
—Póngase junto a mí, en ese caso, y déjeme apoyar la mano en su hombro.
—¡Eh! —dijo de pronto Witherwax—. ¿Quién se ha tomado mi bebida?
La señora Joñas bajó los ojos.
—¿No ha sido usted?
—Ni siquiera la he tocado. El señor Cohan acaba de servirla, ¿no es cierto?
—Lo hice. Pero hace un par de minutos, y es posible que usted...
—Imposible. Definitiva, positivamente: no he bebido... ¡Eh, señores, miren la mesa!
—Si tuviera las otras gafas —dijo Thott, tambaleándose, más bien vacilante mientras
observaba las sombras del techo.
—Miren la mesa—repitió Witherwax, señalándola.
El vaso donde había estado su bebida estaba vacío. El de Thott aún tenía medio cóctel.
El vaso de la señora Joñas estaba volcado, y de su borde había fluido una pizca de cóctel
Presidente, formando una rosada e irregular mancha del tamaño de una mano infantil.
Cuando siguieron el dedo de Witherwax, los otros dos vieron que, a partir de esa
mancha, una hilera de pequeños y húmedos rastros cruzaban la mesa hasta el otro
extremo, donde las diminutas pisadas cesaban bruscamente. Eran circulares, del tamaño
de una moneda muy pequeña, con un borde delantero similar al de una concha, como si
las hubiera dejado un...
TELLERO BO
Theodore Sturgeon
Para muchos, este relato de Theodore Sturgeon es la fuente de todos los cuentos
sobre tiendas raras..., y seguramente lo es de gran cantidad de ellos. Parece imposible
publicar una antología de este tipoy no incluirlo. Dejaré que el relato hable por sí mismo (y
por los mágicos días de la mágica revista Unknown, más tarde Unknown Worlds) y
reconoceré que mi favorito entre los cuentos de Sturgeon es La otra Celia, y que me
extraña personalmente que La otra Celia no sea no sólo más famoso, sino universalmente
más conocido. En cuanto al mismo Theodore Sturgeon, forma parte del pueblo mágico.
En cualquier parte que haya estado su morada, habrá humo de enebro y el sabor y el
aroma de manzanas silvestres. Él forma parte del pueblo mágico, es él quien entreteje el
círculo.
Nunca había visto esa tienda, y yo vivía en la misma manzana, al doblar la esquina.
Incluso puedo darles las señas, si las quieren. «Tellero Bo», entre las calles Veinte y
Veintiuna, en la Décima Avenida de Nueva York. Podrán encontrarla si la buscan.
Además, tal vez valga la pena el rato que pierdan.
Pero harán mejor no yendo.
«Tellero Bo». Me atrajo. Era una tiendecilla con un letrero deteriorado por la intemperie,
colgado de un saliente de hierro, un letrero que crujía melancólicamente con el viento de
finales de otoño. Pasé junto a la tienda, pensando en el anillo de compromiso que llevaba
en el bolsillo y que acababa de devolverme Audrey, y mi mente estaba muy alejada de
cualquier tienducha. Estaba pensando que Audrey podría haber usado un término más
amable que «inútil» al describirme. Y que su retorcida observación de que yo era «un
incompetente psicópata constitucional» era tan impertinente como espectacular. Ella
debía de haberlo leído en alguna parte, compensada como estaba esa observación por
«¡Y yo no me casaría contigo aunque fueras el último hombre de la Tierra!», que es una
frase notablemente gastada.
—¡Tellero Bo! —murmuré, y luego me detuve, preguntándome dónde había visto esas
curiosas sílabas con las que me expresaba.
Las había visto en el letrero, claro, y habían atraído mi atención. «¿Qué puede ser esa
tienda?», me pregunté. Yo mismo repliqué prontamente: «Ni idea. Vuelve y echa un
vistazo». Y eso hice, desande la acera este de la Décima Avenida, pensando qué clase
de hombre sería el propietario de un establecimiento así y a qué negocio se dedicaba. El
segundo punto me lo aclaró un letrero del escaparate, simplemente oscurecido por el
polvo y las cenizas de aparentes siglos, que decía:
VENDEMOS BOTELLAS
Había otra línea con letras más pequeñas. Froté el incrustado vidrio con la manga y
finalmente logré ver:
Esto mismo:
Con cosas dentro.
VENDEMOS BOTELLAS Con cosas dentro.
Bien, por supuesto, entré. A veces hay cosas deliciosas dentro de las botellas, y tal
como me encontraba yo, podía soportar algo que fuera un poco delicioso.
—¡Ciérrela! —chilló una voz cuando empujé la puerta.
La voz provenía de un reluciente huevo que flotaba detrás del mostrador. Al observarlo
vi que no era un huevo, sino la calva cabeza de un viejo aferrado al borde del mostrador,
con su flacucho cuerpo empujado por la suave corriente que se colaba por la abierta
puerta, como si estuviera hecho de burbujas. Un poco sorprendido, cerré la puerta con el
tacón. El viejo cayó de bruces al instante, y se puso trabajosamente en pie, sonriendo.
—Ah, me alegra verle otra vez —dijo con áspero tono.
Creo que también sus cuerdas bucales estaban oxidadas. Todo lo que había allí lo
estaba. Cuando se cerró la puerta me sentí como si estuviera dentro de un gran cerebro
oxidado que acababa de cerrar los ojos. Oh, sí, había bastante luz. Pero no se trataba de
la luz de la lámpara, ni de luz diurna. Era... igual que la luz reflejada por las mejillas de
gente pálida. No puedo decir que me gustara mucho.
—¿Por qué dice «otra vez» —pregunté irritado—. Usted no me ha visto nunca.
—Le he visto al entrar. Caí, me levanté y le vi otra vez —se evadió el viejo, y rebosaba
de alegría—. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Oh —dije yo—. Bien, he visto su letrero. ¿Qué tiene en una botella que me pueda
gustar?
—¿Qué desea?
—¿Qué tiene?
El viejo inició un aflautado cántico. Todavía lo recuerdo, palabra por palabra.
Por medio billete, un poco de suerte
o una botella de buena estrella
o un frasco de alegría, o Myrna Loy
para almorzar con excelente ternera.
Sírvase un vaso de esta vieja jarra
y nunca con la lluvia se mojará.
Botellas de sonrisas y para ganar carreras
y lociones con las que los dolores calmará.
Botellas de duendes y frescos gorgojos
de un marque ningún hombre ha visto
y la savia de la siringa de Pan
y un elixir con que el miedo disipo.
Con el cuerno en polvo de un unicornio
podrá conseguir buena compañía,
magníficas influencias, un buen empleo...
¡A precio de ganga, hoy es su día!
—¡Alto, un momento! —espeté—. ¿Pretende decir que vende sangre de dragón, tinta
de la pluma del fraile Bacon y todo ese galimatías?
El viejo asintió rápidamente y una sonrisa llenó su increíble cara.
—¿Artículos genuinos? —proseguí.
Él continuó asintiendo. Le miré un momento.
—¿Pretende seguir así, con los dientes fuera de la boca y su pelada cara delante de
mí, diciéndome que hoy y ahora, en esta ciudad y a plena luz del día, vende esa basura?
¿Y espera que yo... yo, un instruido intelectual...?
—Usted es muy estúpido, y doblemente pomposo —dijo serenamente el viejo.
Le miré ferozmente y alargué la mano hacia el pomo de la puerta..., y ahí me quedé
paralizado. Y lo digo en serio. Porque el viejo sacó de pronto un viejo pulverizador y me
roció dos veces cuando yo daba media vuelta. Y que me muera si no digo la verdad, ¡no
podía moverme! Podía maldecir, eso sí, y vaya si lo hice.
El propietario saltó el mostrador y corrió hacia mí. Debía de haber estado de pie sobre
una caja, porque vi que apenas medía un metro de estatura. Se agarró a los faldones de
mi frac, trepó por mi espalda y se deslizó por mi brazo, que estaba extendido hacia la
puerta. Se sentó en mi muñeca, hizo oscilar sus pies y se rió de mí. Por lo que yo notaba,
el viejo no pesaba absolutamente nada.
Cuando agoté mi irreverencia (me enorgullezco de no repetir jamás una frase
insultante), el viejo dijo:
—¿Prueba eso algo para usted, mi engreído y tonto amigo? Eso era el aceite esencial
del cabello de las Gorgonas. Y hasta que no le dé un antídoto, ¡permanecerá aquí a partir
de ahora hasta dentro de una semana, hasta el máximo prartes!
—¡Sáqueme de aquí —rugí— o le soplaré tan fuerte que perderá los sesos por los
poros de los pies!
El viejo se echó a reír.
Traté de librarme otra vez y no pude. Parecía que mi epidermis se había convertido en
acero al carbono. Empecé a maldecir de nuevo, pero desistí por desesperación.
—Tiene un alto concepto de su persona —dijo el propietario de Tellero Bo—. ¡Mírese!
Vaya, yo no lo contrataría para que me lavara el escaparate. Usted espera casarse con
una mujer acostumbrada al mínimo bienestar animal y después se disgusta porque ella le
rechaza. ¿Por qué le rechaza ella? Porque usted jamás conseguirá un empleo. Usted es
un inútil. Un holgazán. Je, je! Y tiene el descaro de ir por ahí poniendo a la gente en su
sitio. Bien, si yo estuviera en su situación pediría educadamente que me soltaran y luego
comprobaría si alguna persona de esta tienda tiene la bondad de venderme una botella
llena de algo que sirva de ayuda.
Jamás me excuso con nadie, nunca doy un paso atrás y no acepto una sola patraña de
simples comerciantes. Pero este caso era distinto. Jamás me habían petrificado, ni me
habían echado en cara tantas verdades irritantes. Me calmé.
—Vale, vale, suélteme pues. Compraré algo.
—Su tono es malhumorado —dijo muy complacido mientras caía suavemente al suelo
y preparaba su pulverizador—. Tiene que decir, «Por favor, se lo suplico».
—Se lo suplico —dije, casi asfixiado por la humillación.
El viejo volvió al mostrador y regresó con unos polvos envueltos que me dio a oler. A
los pocos instantes empecé a sudar, y mis extremidades perdieron la rigidez con tanta
rapidez que estuve a punto de caer. Habría estado tumbado de espaldas si el viejo no me
hubiera llevado solícitamente hasta una silla. Mientras la fuerza volvía poco a poco a mis
conmocionados tejidos, pensé que podía aplastar la nariz de aquel diablillo por haberme
hecho esa jugarreta. Pero un algo extraño me detuvo..., extraño porque nunca había
tenido esa experiencia. Era simplemente la idea de que, en cuanto saliera de la tienda,
estaría de acuerdo con el viejo por tener tan pobre opinión de mi persona.
Él no estaba preocupado. Tras frotarse las manos animadamente, volvió a sus
estantes.
—Bien, veamos... ¿Qué será lo mejor para usted, me pregunto? Hum... Éxito es algo
que no puede justificar. ¿Dinero? No sabe cómo gastarlo. ¿Un buen empleo? No está
capacitado para ninguno.
Volvió sus apacibles ojos hacia mí y meneó la cabeza.
—Triste caso. Qué pena, qué pena.
Yo no sabía dónde meterme.
—¿Una compañera perfecta? Nanay. Usted es demasiado estúpido para reconocer la
perfección, demasiado vanidoso para apreciarla. No creo que yo pueda... ¡Espere!
Cogió rápidamente cuatro o cinco botellas y potes de la infinidad de estanterías y
desapareció en alguna parte de los oscuros escondrijos de la tienda. De inmediato oí
ruido de violenta actividad. Tintineos y suaves estrépitos. Agitar de líquidos. El rápido y
susurrante chirrido de un mortero y su mano. El fangoso sonido de un líquido añadido a
un ingrediente seco sin dejar de revolverlo. Y por fin, tras un silencio bastante prolongado,
el gorgoteo de un líquido al entrar en una botella a través de un embudo con filtro. El
propietario de la tienda reapareció con aire de triunfo con una pequeña botella sin
etiqueta.
—¡Esto servirá! —dijo muy alegre.
—¿Para qué?
—¡Hombre, para curarle!
—Curar... —Mi pomposa actitud, como decía Audrey, se había recuperado mientras el
viejo preparaba la mezcla—. ¿Por qué habla de curar? ¡No tengo nada!
—Mi querido niñito —dijo ofensivamente el propietario—. Algo debe tener, ciertamente.
¿Es feliz? ¿Alguna vez ha sido feliz? No. Bien, yo arreglaré todo eso. Es decir, le ofrezco
el punto de partida que usted precisa. Como cualquier otra cura, requiere su cooperación.
»Va por mal camino, joven amigo. Padece lo que en la profesión se denomina
metempsicosis retrogresiva del ego en su forma más maligna. Incapacitado constitucional
para tener un empleo. Sociófago total. No me gusta. Usted no gusta a nadie.
—¿Q-qué pretende hacer? —tartamudeé, con la sensación de hallarme en una zona
sometida a intenso bombardeo.
El viejo me tendió la botella.
—Vuelva a casa. Métase solo en una habitación, cuanto más pequeña mejor. Beba
esto, en la misma botella. Aguarde acontecimientos. Eso es todo.
—Pero..., ¿de qué me servirá eso?
—A usted de nada. Será de gran utilidad para su persona. Tanta utilidad como usted
quiera. Pero escúcheme bien. Mientras lo use para mejorar, todo irá bien. Úselo para
satisfacer sus deseos, como base para alardear, o para vengarse, y sufrirá enormemente.
Recuérdelo.
—Pero ¿qué es esto? ¿Cómo...?
—Estoy vendiéndole un talento. Usted no tiene ninguno ahora. Cuando descubra qué
clase de talento es, dependerá de usted usarlo en provecho propio. Ahora, váyase.
Continúa sin gustarme.
—¿Qué le debo? —murmuré, totalmente derrotado.
—La botella contiene el precio. Usted no pagará un centavo a menos que no siga mis
instrucciones. Ahora va a marcharse..., ¿o debo destapar una botella de jinn? Y no me
refiero a ginebra...
—Me iré —dije. Había visto algo que se agitaba en las profundidades de un garrafón,
en un extremo del mostrador, y no me gustaba un pelo—. Adiós.
—Osadi —contestó él.
Salí, seguí la Décima Avenida, me metí por la calle Veinte y en ningún momento volví
la vista atrás. Y por muchas razones me arrepiento ahora de no haberlo hecho, porque
había algo muy extraño, sin duda alguna, en Tellero Bo, en aquella tienda.
No me calmé hasta que volví a casa. Pero en cuanto tuve una taza de café italiano en
el estómago me sentí mejor. Finalmente, me mostré escéptico respecto al incidente. En
realidad sentía la tentación de burlarme. Pero curiosamente no quería burlarme en voz
demasiado alta. Observé la botella con cierto desdén, y el vidrio tenía un algo que parecía
devolverme la mirada. La olí y la tiré detrás de unos viejos sombreros, en el estante
superior del armario, y luego me senté para relajarme. Puse los pies en el pomo de la
puerta y me deslicé en el sillón hasta quedar apoyado en los omoplatos. Y como afirma el
viejo dicho, «A veces me acomodo y pienso, y a veces sólo me acomodo». Lo primero es
bastante fácil, y es lo que incluso un perfecto haragán debe hacer antes de llegar al
segundo y más dichoso estado. Cuesta años de práctica relajarse lo suficiente para llegar
a ese «sólo me acomodo». Yo lo hago desde hace tiempo.
Pero cuando estaba a punto de introducirme en el estado vegetal, algo me irritó. Me
esforcé en ignorarlo. Manifesté una inhumana falta de curiosidad, pero la irritación
persistió. Una ligera presión en el codo, en el punto donde tocaba el brazo del sillón. Me vi
en el desagradable aprieto de tener que concentrarme en ello; y sabiendo que
concentrarme en algo era lo menos deseable posible. Desistí finalmente, y tras un
profundo suspiro abrí los ojos y eché un vistazo.
Era la botella.
Me restregué los ojos y volví a mirar, pero la botella continuaba allí. La puerta del
armario estaba abierta tal como yo la había dejado, y el estante quedaba casi encima de
mí. Debía de haberse caído. Creyendo que si la maldita botella estaba en el suelo no
podría caer más, la aparté del brazo del sillón con mi codo.
Rebotó. Rebotó con una precisión tan asombrosa que cayó exactamente en el mismo
punto de partida: en el brazo del sillón, junto a mi codo. Sorprendido, la empujé
violentamente. En esta ocasión la empujé con fuerza suficiente para lanzarla contra la
pared, donde rebotó. De ahí fue al estante de la mesita y acabó en el brazo del sillón...,
acogedoramente apoyada en mi hombro. Agitado por los rebotes, el tapón saltó y quedó
en mi regazo. Y así quedé yo, respirando las emanaciones agridulces de su contenido,
sintiéndome infernalmente asustado y ridículo.
Cogí la botella y la olí. Había olido lo mismo en alguna otra parte... ¿Dónde?... Ah...,
oh, sí, el rimel que usan las chinas de los cabarets baratos de San Francisco. El líquido
era oscuro, negro ahumado. Lo probé cautelosamente. No era malo. Si no era alcohólico,
el viejo de la tienda había descubierto un maldito sustituto del alcohol, muy bueno. Con el
segundo sorbo me gustó y con el tercero disfruté y no hubo cuarto porque por entonces la
botellita estaba vacía. Entonces fue cuando recordé qué era aquel ingrediente oscuro de
olor tan curioso. Una hierba usada por los orientales para ver seres sobrenaturales.
¡Necia superstición!
Y luego el líquido que me había tomado, cálido y agradable en mi estómago, se
transformó en producto efervescente. Después creo que se hinchó. Traté de incorporarme
y no pude. La habitación pareció desintegrarse y lanzar contra mí sus pedazos, y me
desmayé.
Nunca despierten como desperté yo. Por su bien, tengan cuidado con estas cosas. No
les deseo que salgan de un mal sueño, miren alrededor y vean cosas revoloteando,
flotando, volando, reptando y arrastrándose junto a ustedes; abultadas criaturas
sangrando, diáfanos seres sin patas, pizcas y fragmentos de pálida anatomía humana.
Terrorífico. Una mano humana flotando a pocos centímetros de mi nariz; y con mi jadeo
de sorpresa se alejó de mí, con los dedos agitándose con el removido aire de mi aliento.
Algo con venas y bulboso saltó desde debajo del sillón y rodó por el suelo. Oí un
golpecito, y al levantar la cabeza vi unas fauces no unidas a cara alguna con los dientes
rechinando. Creo que perdí la calma y grité un poco. Sé que volví a perder el
conocimiento.
Cuando desperté de nuevo (quizás fue horas después, porque era de día y tanto el
despertador como el reloj de pulsera se habían parado) las cosas habían mejorado
ligeramente. Oh, sí, había algunos horrores. Pero curiosamente ya no me preocupaban
tanto. Estaba prácticamente convencido de haberme vuelto loco. Y puesto que tenía esa
convicción, ¿por qué preocuparse? No lo sé, debió de ser uno de los ingredientes de la
botella el que me calmó. Sentí curiosidad y excitación, y nada más. Miré la habitación, y
casi me gustó lo que vi.
¡Las paredes eran verdes! El descolorido papel de la pared se había transformado en
algo pasmosamente bello. Las paredes estaban cubiertas de musgo, eso parecía; pero
jamás un musgo así había crecido para que lo vieran unos ojos de hombre. Era alargado
y espeso, y tenía un ligero movimiento perpetuo, no el movimiento provocado por una
brisa, sino el del crecimiento. Fascinado, me acerqué y lo miré atentamente. Crecía, sí,
con la rápida magia que conduce de la espora a la vesícula de aire, de ahí a la raíz y
nueva formación de esporas. Y la veloz magia del desarrollo era una simple parte del
mágico conjunto, porque jamás ha existido ese color verde. Extendí la mano para tocar y
acariciar la pared, pero sólo noté el papel. Mas cuando apreté los dedos, sentí el ligero
contacto en la palma de mi mano, el peso de veinte rayos de sol, la blanda elasticidad de
una oscuridad negra como el azabache en un lugar cerrado. La sensación fue de
exquisito éxtasis, y nunca he sido más feliz que en aquel momento.
Alrededor de los zócalos había menudos y níveos hongos, y el suelo era de hierba. En
la parte de la puerta del armario que tenía las bisagras se alzaba una maraña de
enredaderas en flor, y los pétalos tenían coloridos indescriptibles. Me sentí como si
hubiera estado ciego hasta entonces, y también sordo, porque pude oír los susurros de
unos nebulosos insectos rojos entre las hojas y el constante murmullo del crecimiento. Me
rodeaba por completo un mundo nuevo y maravilloso, tan delicado que el viento levantado
por mis movimientos arrancaba pétalos de las flores, un mundo tan real y natural que
desafiaba su propia incredibilidad. Anonadado, di vueltas y más vueltas, corrí de pared en
pared, miré debajo de mis viejos muebles, en mis viejos libros. Y en todas partes encontré
cosas nuevas y más prodigiosamente hermosas. Mientras estaba tumbado observando
los brotes de la cama, donde había anidado una colonia de lagartos brillantes como joyas,
oí los sollozos.
Era un llanto joven y quejumbroso, y no tenía derecho a estar en mi habitación, donde
abundaba la felicidad. Me levanté y miré alrededor, y allí, en un rincón, estaba la
translúcida silueta de una niña. Estaba apoyada en la pared. Sus delgadas piernas
estaban cruzadas ante ella, sostenía tristemente en una mano la pata de un deshilachado
elefante de trapo y con la otra mano ocultaba sus lloros. Su cabello era largo y oscuro, y
le caía por encima de cara y hombros.
—¿Qué pasa, pequeña? —pregunté—. Odio oír llorar a un niño de esa forma.
La niña interrumpió un sollozo y se apartó el pelo de los ojos, y miró más allá de donde
yo estaba, toda ellaa espanto, piel olivácea e hinchados ojazos de color lila.
—¡Oh! —chilló.
—¿Qué pasa? —repetí—. ¿Por qué lloras?
La niña apretó el elefante contra su pecho en un gesto defensivo.
—¿Dónde estás? —gimoteó.
—Delante mismo de ti -—dije sorprendido—. ¿No me ves?
Ella sacudió la cabeza.
—Estoy asustada. ¿Quién eres?
—No pienso hacerte daño. Te he oído llorar y quería ver si podía ayudarte. ¿No puedes
verme?
—No —musitó la pequeña—. ¿Eres un ángel?
Me eché a reír.
—¡Naturalmente que no!
Me acerqué y le puse una mano en el hombro. La mano atravesó su cuerpo y la niña se
sobresaltó y se encogió, y dio un grito.
—Lo siento —me apresuré a decir—. No pretendía... ¿No puedes verme? Yo te veo.
Ella sacudió la cabeza otra vez.
—Creo que eres un fantasma—me dijo.
—¡No me digas! —repuse—. ¿Y quién eres tú?
—Soy Ginny —dijo la pequeña—. Tengo que estar aquí, y no puedo jugar con nadie.
Parpadeó, y barrunté más lágrimas.
—¿De dónde has venido? —pregunté.
—Vine aquí con mi madre —dijo ella—. Hemos vivido en muchísimas pensiones como
esta. Mi madre fregaba suelos en oficinas. Pero aquí es donde me puse tan enferma.
Estuve enferma mucho tiempo. Entonces un día me levanté de la cama y llegué aquí,
pero cuando miré atrás yo seguía en la cama. Fue muy raro. Vinieron unos hombres y
pusieron a la Ginny que estaba en la cama en una camilla y se la llevaron, a mí, fuera. Al
cabo de un rato mamá también se fue. Ella lloró mucho antes de irse, y cuando la llamé
no me oyó. Ella no ha vuelto, y yo tengo que estar aquí.
—¿Por qué?
—Oh, tengo que estar. No..., no sé por qué. Tengo..., tengo que estar aquí.
—¿Y qué haces?
—Estoy aquí y pienso cosas. Una señora vivía aquí, y tenía un niña igual que yo. Las
dos jugábamos juntas hasta que la señora nos vio un día. La señora se puso
escandalosa. Dijo a su hija que estaba poseída. La niña me gritó: «¡Ginny! ¡Ginny! ¡Dile a
mamá que estás aquí!». Y yo lo intenté, pero la señora no me veía. Luego la señora se
asustó y cogió a su hija y lloró y yo sentí pena. Me vine corriendo aquí y me escondí y
pasaron unos días y la otra niña me olvidó, creo. Se fueron —terminó la pequeña con
patética conclusión.
Me impresioné.
—¿Qué será de ti, Ginny?
—No lo sé —dijo ella, y su voz reflejaba preocupación—. Supongo que me quedaré
aquí y esperaré que vuelva mi mamá. Llevo mucho tiempo aquí. Y creo que me lo
merezco.
—¿Por qué, guapa?
Ella se miró los zapatos con aire culpable.
—Me sentí muy mal cuando estaba enferma, y no lo aguantaba. Me levanté de la cama
antes de tiempo. Tenía que haberme quedado acostada. Por eso me fui. Pero mamá
volverá, ya lo verás.
—Naturalmente que volverá —murmuré. Tenía un nudo en la garganta—. Tómatelo
con calma, pequeña. Cuando quieras hablar con alguien, grita. Yo hablaré contigo
siempre que esté por aquí.
Ella sonrió, y fue muy bonito ver esa sonrisa. ¡Qué mala pasada para una niña! Cogí mi
sombrero y salí.
Afuera las cosas estaban igual que en la habitación. Los corredores y las alfombrillas
llenas de polvo de la escalera tenían nuevos recubrimientos de brillante y casi intangible
follaje. Ya no había oscuridad, porque todas las hojas tenían una pálida luz propia. De
tanto en tanto vi cosas no tan bonitas. Había un ser que se reía tontamente e iba de un
lado a otro en el rellano del tercer piso. Era un poco borroso, pero se parecía mucho a
Erogan Cabeza de Barril, un pobre diablo irlandés que cometió un robo en un almacén
hacía cosa de un año y tuvo la mala suerte de matarse con su pistola. No lo lamenté.
En el primer piso, en el escalón inferior, vi dos jóvenes sentados. La chica apoyaba la
cabeza en el hombro de su compañero, y él la abrazaba, y vi la barandilla a través de sus
cuerpos. Me detuve para escuchar. Sus voces eran tenues, y parecían venir de muy lejos.
—Hay una sola salida—dijo él.
—¡No hables así, Tommy!
—¿Qué otra cosa podemos hacer? Hace tres años que te amo, y todavía no podemos
casarnos. Sin dinero, sin esperanza..., nada. Sue, si lo hacemos, sé que siempre
estaremos juntos. Siempre y siempre...
Al cabo de largo rato ella contestó:
—De acuerdo, Tommy. Consigue una pistola, como has dicho. —De pronto la chica se
apretó al joven—. Oh, Tommy, ¿estás seguro de que siempre estaremos juntos como
ahora?
—Siempre —musitó él, y la besó—. Como ahora.
Luego hubo un prolongado silencio y ninguno de los dos se movió. De repente los vi
otra vez como al principio.
—Hay una sola salida—dijo él.
—¡No hables así, Tommy!
—¿Qué otra cosa podemos hacer? Hace tres años que te amo...
La conversación continuó así, una y otra vez.
Me sentía muy mal. Salí a la calle.
La verdad empezaba a traslucirse en mi cabeza. El hombre de la tienda lo había
denominado «talento». Yo no podía estar loco, ¿no? No me sentía como un loco. La
poción de la botella había abierto mis ojos a un nuevo mundo. ¿Qué mundo era aquel?
Un mundo poblado de espíritus. Allí estaban, los fantasmas de los cuentos, los
aparecidos regulares, pobres almas condenadas..., todos los accesorios de una fantasía
sobrenatural, incluso la vegetación que crecía en ella. Eso era perfectamente lógico:
árboles, pájaros, hongos, flores... Un mundo fantasma en un mundo tal como lo
conocemos, y un mundo tal como lo conocemos debe tener vegetación. Sí, yo veía a los
fantasmas. ¡Pero ellos no podían verme!
Muy bien. ¿Qué podía sacar en claro? No podía hablar ni escribir de ello porque nadie
me creería. Y además, tenía esta noticia en exclusiva, por lo que yo sabía. ¿Por qué dar
una tajada a mucha otra gente?
Pero ¿qué tajada?
No, a menos que pudiera recibir ayuda de alguna parte, no había porcentaje alguno
para mí que yo viera. Y entonces, seis días después de tomar aquel trago, recordé el
único lugar donde podía recibir ayuda.
¡Tellero Bo!
Me hallaba en la Sexta Avenida en ese momento, tratando de encontrar algo barato
que pudiera gustar a Ginny. La niña no podía tocar nada que yo le comprara, pero
disfrutaba mirando cosas: libros con grabados y similares. Tras comprarle un librito con
fotografías de trenes a partir del «De Witt Clinton», le pregunté qué trenes se parecían a
los que ella había visto, y así averigüé aproximadamente cuánto tiempo llevaba allí la
pequeña. Casi dieciocho años. En fin, tuve la brillante idea y me dirigí hacia la Décima
Avenida y Tellero Bo. Iba a preguntar al viejo, él me respondería. Y cuando llegué a la
Calle Veintiuna me detuve y miré fijamente el panorama. Ante mí tenía una lisa pared. En
toda esa parte de la manzana no había gente. No había ni rastro de una tienda.
Permanecí allí dos minutos largos sin atreverme a pensar. Luego me dirigí hacia la
Calle Veinte y seguí por la Veintiuna. Después regresé. Ninguna tienda. Había terminado
sin respuesta a mi pregunta: ¿qué iba a hacer yo con ese «talento» ?
Estaba hablando con Ginny una tarde sobre esto y lo de más allá cuando una pierna
humana, de la rodilla hacia abajo, completa y abultada, pasó flotando entre los dos.
Retrocedí de espanto, pero Ginny empujó suavemente la pierna con una mano. La pierna
se inclinó con el contacto y se dirigió hacia la ventana, un poco abierta por la parte
inferior. La pierna flotó hacia la rendija y fue succionada como una nube de humo de
cigarrillo, volviendo a formarse al otro lado. Rebotó un momento en el vidrio y se alejó
como un globo.
—¡Santo cielo! —dije jadeando—. ¿Qué era eso?
Ginny se echó a reír.
—Oh, una de las Cosas que siempre están volando por aquí. ¿Te has asustado? Yo
me asustaba también, pero he visto tantas que ya no me preocupo. Por eso no me tocan.
—Pero, en nombre de todas esas cosas desagradables, ¿qué son esas Cosas?
—Partes. —Ginny era toda ella infantil savoir faire.
—¿Partes de qué?
—De gente, tonto. Es una clase de juego, creo yo. Mira, si alguien se hace daño y
pierde algo..., un dedo, una oreja o algo..., bueno, la oreja..., la parte de dentro, quiero
decir, como yo que estaba dentro de la Ginny que se llevaron de aquí... Bueno, pues esa
parte regresa al último lugar donde ha vivido la persona que era su propietaria. Luego
vuelve al lugar anterior a ése, y siempre así. No va muy de prisa. Después, cuando
sucede algo a una persona entera, la pane de dentro va en busca del resto de ella.
Recoge trocho por trocito... ¡Mira!
La pequeña extendió sus diáfanos dedos pulgar e índice y cogió un trozo de telaraña
en el aire.
Me agaché y observé atentamente. Era un fragmento de semitransparente piel
humana, acanalada y verticilada.
—Alguien debió de hacerse un corte en un dedo —dijo Ginny con suma naturalidad—
mientras vivía en esta habitación. Cuando a alguien le pasa algo... ¡Ya lo ves! La persona
volverá a buscarlo.
—¡Cielo santo! —exclamé—. ¿Y esto le pasa a todo el mundo?
—No lo sé. Alguna gente tiene que quedarse donde está... como yo. Pero creo que si
no has hecho nada para merecer estar quieto en un sitio, tienes que ir por todas partes
buscando lo que perdiste.
Había pensado en cosas más agradables durante mi vida.
Durante varios días observé un fantasma gris que revoloteaba de parte a parte del
bloque. Siempre estaba en la calle, nunca dentro. Gimoteaba constantemente. Era, o
había sido, un hombrecillo inofensivo, de esa clase de hombres que llevan bombín y
cuello muy almidonado. Él no me prestó atención; ningún fantasma se fijaba en mí,
porque al parecer yo era invisible para ellos. Pero le veía tan a menudo que a los pocos
días comprendí que iba a echarle de menos si se iba. Decidí charlar con él en cuanto
volviera a verle.
Salí de la casa una mañana y paseé unos minutos delante de los escalones de
entrada. Sí, a través de los restos flotantes de mi nuevo, sobrenatural y coexistente
mundo llegó la fina silueta del espectro observado por mí, su cara de conejo retorcida, sus
ojos hundidos y tristes, su frac y su chaleco a rayas, inmaculadas. Fui tras él.
—¡Eh! —grité.
Él se sobresaltó violentamente y habría echado a correr, estoy seguro, de haber sabido
de donde provenía mi voz.
—Cálmese, amigo —le dije—. No quiero hacerle daño.
—¿Quién es usted?
—No me conocería aunque se lo dijese —repuse—. Bueno, deje de temblar y hábleme
de usted.
Se sacó su cara de espectro con un espectral pañuelo, y después manoseó
nerviosamente un mondadientes de oro.
—¡Válgame Dios! —dijo—. Nadie ha hablado conmigo desde hace años. No estoy en
mis cabales, comprenda.
—Entiendo —dije—. Bueno, tómelo con calma. Por casualidad le he visto vagar por
aquí últimamente. Sentía curiosidad. ¿Busca a alguien?
—Oh, no —contestó. Puesto que tenía la oportunidad de hablar de sus problemas, el
espectro olvidó su miedo a la misteriosa voz de ninguna parte que había trabado
conversación con él—. Estoy buscando mi casa.
—Hum —dije yo—. ¿Hace mucho tiempo que busca?
—Oh, sí. —Su nariz se agitó—. Salí a trabajar una mañana hace mucho tiempo, y al
bajar del transbordador me detuve un momento para mirar las obras del ferrocarril
elevado tan novedoso que estaban construyendo cerca. De pronto hubo un ruido muy
fuerte... ¡Dios mío! Fue terrible... y lo siguiente que supe es que yo estaba al otro lado de
la acera, ¡mirando a un hombre idéntico a mí! Había caído una viga y... ¡Dios mío! —Se
enjugó el sudor otra vez—. Desde entonces he estado buscando. No encuentro a alguien
que sepa dónde vivía yo, y no entiendo por qué hay cosas flotando por todas partes, y
jamás pensé que llegaría un día en que la hierba creciera en la parte baja de Broadway...
Oh, es terrible.
El espectro se echó a llorar.
Sentí pena por él. Era fácil saber qué había pasado. ¡La conmoción fue tan fuerte que
hasta el espíritu de aquel hombre sufría amnesia! Pobre diablillo... Hasta que estuviera
íntegro, no encontraría descanso. El tema me interesó. ¿Podía reaccionar un fantasma
con los usuales remedios de la amnesia? Si era así, ¿qué sería de él después?
—¿Dice que bajó de un transbordador?
—Sí.
—En ese caso usted debía de vivir en la isla... ¡En Staten Island, al otro lado de la
bahía!
—¿Lo cree realmente? —Miró fijamente a través de mi cuerpo, atónito y esperanzado.
—¡Naturalmente! Dígame, ¿le parecería bien que le acompañara? Es posible que entre
los dos localicemos su casa.
—¡Oh, eso sería espléndido! Pero... ¡Oh, Dios mío! ¿Qué dirá mi esposa?
Sonreí.
—Ella querrá saber dónde ha estado usted. En fin, ella se alegrará de verle, supongo.
Vamos, pongámonos en marcha.
Le di un empujón en dirección al metro y eché a andar junto a él. De vez en cuando
algún transeúnte me lanzaba una mirada por caminar con una mano extendida ante mí y
hablar solo. Eso no me preocupó demasiado, porque los habitantes del mundo del
espectro chillaban y se reían tontamente cuando le veían hacer prácticamente lo mismo.
Entre todos los seres humanos, sólo yo era invisible para los fantasmas, y el fantasmilla
del bombín se sonrojó de vergüenza hasta tal punto que creí que iba a reventar.
Saltamos a un metro (una nueva experiencia para él, deduje) y nos dirigimos a South
Ferry. La red de metros de Nueva York es un lugar muy desagradable para una persona
dotada como yo. Todos los seres que disfrutan acechando en la oscuridad están ahí, y
abundan los restos despedazados de hombres. A partir de aquel día usé el autobús.
Subimos a un transbordador sin más demora. El fantasmilla gris lo pasó muy bien en el
viaje. Me hizo preguntas sobre los barcos del puerto y sus banderas, y se maravilló al ver
la escasez de embarcaciones a vela. Hizo un gesto despectivo tras observar la Estatua de
la Libertad; la última vez que la había visto, explicó, todavía tenía el color original,
bronceado oro, antes de perder la pátina. Gracias a esto determiné que el espectro debía
de haber nacido poco antes de 1880: ¡debía de llevar más de sesenta años buscando su
casa!
Bajamos en la isla, y a partir de aquí dejé que el fantasma tomara la iniciativa. Al llegar
a la cima de Fort HUÍ, él dijo de repente:
—Me llamo John Quigg. ¡Vivo en el 45 de la Cuarta Avenida!
Jamás he visto a una persona tan contenta como el espectro con su descubrimiento. Y
a partir de aquí todo fue fácil. Él dobló a la izquierda por segunda vez, siguió recto dos
manzanas y tomó la calle de la derecha. Observé (él no) que esa calle se llamaba «Winter
Avenue». Y recordé vagamente que las calles de aquel barrio habían sido numeradas
hacía años.
El espectro caminó animadamente colina arriba hasta que de pronto se detuvo y volvió
la cabeza, vacilante.
—Y digo yo, ¿todavía está conmigo? —preguntó.
—Todavía aquí—dije.
—Ahora estoy bien. No puedo expresarle cuánto aprecio lo que ha hecho. ¿Hay algo
que pueda hacer por usted?
Medité.
—Difícilmente. Somos de distintas épocas, ¿sabe? Las cosas cambian.
El fantasma observó, no sin cierto aire patético, el nuevo bloque de pisos de la esquina
y asintió.
—Creo saber lo que me pasó —dijo en voz baja—. Pero supongo que no hay
problema... Hice testamento, y los chicos eran mayores. —Suspiró—. Pero de no haber
sido por usted aún estaría vagando por todo Manhattan. Veamos... ¡Ah! ¡Venga conmigo!
De pronto echó a correr. Le seguí tan de prisa como pude. Casi en la cima de la colina
había un enorme caserón con tejas de madera, con una estúpida cúpula y totalmente falto
de pintura. Estaba sucio y derruido, y al verlo la cara del hombrecito se crispó tristemente.
Tragó saliva, se metió por una brecha de la cerca y se acercó al caserón. Tras buscar por
todas partes de la crecida hierba, localizó una piedra muy hundida en la maleza.
—Aquí es —dijo—. Excave debajo de la piedra. No hay mención de esto en mi
testamento, aparte de una pequeña asignación para pagar el alquiler de la caja. Sí, una
caja de seguridad, y la llave y los poderes legales están debajo de esa piedra. Yo la oculté
—se rió nerviosamente— una noche, para que no la viera mi esposa, y no tuve
oportunidad alguna de explicárselo. Puede quedarse con cualquier cosa que le sirva.
Se volvió hacia la casa, irguió los hombros y marchó hacia la puerta lateral, que se
abrió de golpe para dejarle pasar con una apropiada ráfaga de viento. Agucé el oído un
instante y después sonreí al escuchar la diatriba que estalló. El viejo Quigg tuvo que
aguantar una bronca de padre y muy señor mío por parte de su esposa, ¡que había
estado esperándole más de sesenta años! Fue un amargo torrente de insultos, aunque...,
bien, ella debía de amarle. La mujer no podía abandonar la casa hasta estar «completa»,
suponiendo que la teoría de Ginny fuera correcta, y en realidad no podía estar completa
hasta que su marido regresara al hogar. El caso me divirtió. ¡La pareja iba a estar bien a
partir de ahora!
Encontré una vieja palanca en el camino de entrada y acometí la tierra que rodeaba la
piedra. Me costó bastante y me magullé las manos, pero al cabo de un rato arranqué la
piedra y pude excavar. Cierto, había una grasienta bolsa de seda debajo. La saqué y con
sumo cuidado desaté las cuerdas. Dentro había una llave y una carta dirigida a un banco
neoyorquino; la carta sólo hablaba del «portador» y autorizaba al uso de la llave. Me eché
a reír. El sumiso y apacible John Quigg, estaba seguro, había puesto aparte unos
«ahorros». Con un plan de esa clase, un hombre podía poner pies en polvorosa sin dejar
rastro. ¡El muy sinvergüenza! Jamás sabré qué tenía debajo de la manga aquel
hombrecillo, pero apuesto a que estaba implicada una mujer. ¡Y que incluso la
mencionaría en su testamento! Ah, bien..., ¡yo le reprendería!
No me costó mucho encontrar el banco. Tuve ciertas dificultades para llegar a las cajas
de seguridad, porque perdieron mucho tiempo buscando la mía en los viejos archivos.
Pero finalmente se aclaró el papeleo, y fui orgulloso poseedor de poco menos de ocho mil
dólares en billetes pequeños... ¡y ni uno solo descolorido!
Bien, a partir de aquel momento me establecí bien. ¿Qué hice? Primero compré ropa y
a continuación empecé a preocuparme de mí mismo. Fui por todas partes y acabé
conociendo mucha gente, y cuantos más individuos conocía tanto más me iba dando
cuenta de que eran unos bobos supersticiosos. No podía culpar a nadie por esquivar una
escalera donde se agazapaba un genuino basilisco, naturalmente, pero, ¡qué demonios,
ni debajo de una escalera entre mil hay bestias! En fin, mi pregunta estaba respondida.
Gasté dos mil dólares en un elegante despacho con cortinas y tenue luz indirecta, instalé
un teléfono y puse un sencillo letrerito en la puerta: Consejero Psíquico. Y, vaya, me fue
muy bien.
Mis clientes eran en su mayoría de las capas altas, porque yo cobraba caro. En general
no era difícil ponerse en contacto con los parientes de un muerto, que era lo que ellos
deseaban usualmente. Casi todos los fantasmas están locos por ponerse en contacto con
este mundo, ésa es la verdad. Ésa es una de las razones de que prácticamente cualquier
persona pueda ser médium si pone en ello el suficiente empeño. Dios sabe que no cuesta
mucho ponerse en contacto con el espíritu medio. Algunos, por supuesto, no eran
asequibles. Si un hombre lleva una vida bastante recta, y estira la pata sin dejar cabos
sueltos, queda libre. Nunca averigüé adonde van esos espíritus libres. Lo único que supe
es que era imposible ponerse en contacto con ellos. Pero la gran mayoría de individuos
debe volver y atar esos cabos sueltos después de la muerte: corregir algún errorcillo aquí,
ayudar a cierta persona a la que habían molestado, lavar algunos trapos sucios... De ahí
viene la misma suerte, creo. No se consigue algo con nada.
Si tienes buena suerte, es porque así lo dispone alguien que te hizo una cochinada en
el pasado, o que se portó mal con tu padre, con tu abuelo o con tu tío abuelo Julius. Todo
se arregla a la larga, y hasta que no se arregla, una pobre alma vaga por la tierra
intentando hacer algo al respecto. Media humanidad va por ahí refunfuñando por su mala
suerte. ¡Si usted y usted y usted supieran tan sólo cuántos poderes están implorando la
oportunidad de ayudarles si ustedes lo consienten! Y si lo consienten, contribuirán a
despejar la confusión en que ellos convirtieron sus vidas aquí, y les darán libertad para ir
al lugar adonde van cuando han arreglado todo. La próxima vez que usted se halle en un
aprieto, márchese a cualquier parte, solo, y abra su mente a estas criaturas. Ellos
intervendrán y le llevarán por el buen camino, si usted consigue renunciar a su presunción
y a su errónea confianza en su propio juicio.
Tenía un par de espectrales secuaces para hacer recados. El primero, un ex asesino
llamado Rachuba el Tuerto era la aparición más rápida que he conocido cuando se
trataba de localizar a un anhelado antepasado. Y luego estaba el profesor Grafe, un
profesor de ciencias sociales con cara de rana que había malversado un fondo de caridad
antes de caer en el Hudson cuando trataba de huir. Era capaz de rastrear las genealogías
más tortuosas en sólo unos segundos, y deducir el paradero más probable del espíritu de
un pariente desaparecido. Esta pareja era la única fuerza laboral que yo podía usar, y
aunque cada vez que ayudaban a uno de mis clientes se acercaban más a la libertad,
ambos estaban tan enmarañados con sus desordenadas vidas que yo estaba seguro de
contar con sus servicios durante años.
¿Pero creen que iba a estar satisfecho haciendo dinero mano sobre mano sin luchar
realmente por conseguirlo? Oh, no. Na yo. No, yo tenía que divertirme de lo lindo. Tenía
que meditar los acontecimientos de los últimos meses, y tenía que ponerme dramático
con aquella estrafalaria de Audrey, que en realidad no era digna de mi preocupación. No
bastaba haber demostrado a Audrey que estaba equivocada al decir que yo nunca valdría
nada. Y no estaba contento cuando pensaba en la pandilla. Tenía que demostrarles quién
era yo.
Incluso recordé lo que me dijo el hombrecillo de Tellero Bo sobre el uso de mi «talento»
para alardear o vengarme. Pero supuse que yo aventajaba a todo el mundo. Engreído,
eso era yo. Bien, podía mandar a uno de mis espectrales secuaces en un momento dado
y averiguar con exactitud qué había hecho alguien hacía tres horas, cualquier día. Con la
sombra del profesor junto a mí, podía anular cualquier afirmación improbable y ofrecer
razones lógicas e inmediatas por hacer tal cosa. Nadie podía decirme nada, y yo podía
vencer en discusión a cualquiera, maniobrar mejor, ser más listo. Yo era todo un tipo. Me
puse a pensar: «¿Qué utilidad tiene estar tan bien si la pandilla del West Side no sabe ni
una palabra?». Y: «¡Chico, ese imbécil que es Risueño Sam reventaría si me viera flotar
por Broadway con mi nuevo coche de seis mil dólares!». Y: «¡Pensar en el tiempo y las
lágrimas que perdí con una boba como Audrey!». En otras palabras, estaba tropezando
con un complejo de inferioridad. Actué como un tonto de remate, y lo era. Fui al West
Side.
Era un frígida noche de finales de invierno. Me había afanado para vestirme y limpiar el
coche, de forma que los dos estuviéramos brillantes y relucientes y deslumbráramos a
más de un par de ojos. Qué pena que no abrillantara un poco mi cerebro.
Llegué al salón de billar de Casey, poniendo cuidado en hacerlo demasiado de prisa, y
me concentré en los chirridos de las llantas y el estremecedor rugido del motor de
veinticuatro cilindros antes de quitar el contacto. No me apresuré a salir del coche,
además. Me recosté y encendí un puro de medio dólar. Luego me arreglé el sombrero de
forma que quedara ladeado y toqué la bocina, obligándola a tocar «Tuxedo Junction»
durante cuarenta y ocho segundos. Después miré hacia la sala de billar.
Bien, durante un instante me arrepentí de haber ido, si aquel era el efecto que mi vuelta
al redil iba a causar. Y a parar de ese momento me olvidé de todo excepto de cómo iba a
salude allí.
Había dos figuras agazapadas en la reluciente entrada del salón de billar. El local se
hallaba en una esquina de una callejuela, tan corta que el ayuntamiento había recurrido al
salón de billar, una vieja institución, para el suministro de luz. Tras observar atentamente
reconocí una de las recortadas siluetas como la de Risueño Sam. Y el otro era Fred
Bellew. Ellos sólo me miraron, no se movieron, no dijeron nada.
—¡Eh, pequeños! —dije, y en ese momento noté que a lo largo de las oscurecidas
paredes que flanqueaban la brillante entrada estaban todos ellos: la horda entera. Aquello
no me gustó nada.
—Hola—dijo tranquilamente Fred.
Sabía que a él no iba a gustarle mi exhibición. No esperaba que a ninguno de ellos le
gustara, por supuesto, pero el disgusto de Fred derivaba de su aversión y el de los otros
de su resentimiento, y por primera vez me sentí un poco despreciable. Salí de mi cochazo
y les dejé echar una ojeada a mi elegante plumaje.
—¡Vaya bombón! —se burló Sam, y lo dijo muy claramente.
Otros contuvieron la risa.
—¡Fiu-fiu! —fue el agudo sonido que brotó de la oscuridad del local.
Me acerqué a Sam y sonreí. No tenía ganas de hacerlo.
—Hace tanto tiempo que no te veo que había olvidado lo sinvergüenza que eres —
dije—. ¿Qué tal?
—Voy tirando —repuso él, y añadió ofensivamente—: Todavía trabajo para ganarme la
vida.
El murmullo que recorrió el gentío me indicó que el acto más inteligente posible era
meterme en mi reluciente automóvil nuevo y poner pies en polvorosa. Me quedé.
—Muy listo, ¿eh? —dije débilmente.
Habían estado bebiendo, observé. Todos. De pronto me encontraba en apuros. Sam se
metió las manos en los bolsillos y me miró despectivamente. Era el único hombre bajito
que podía hacerme eso.
—Será mejor que vuelvas con tus bolas de cristal, farsante —dijo tras un tenso
silencio—. Nos gustan los tipos que sudan. Y hasta nos gustan los tipos que se dedican a
estafar, si lo hacen porque son más listos o más duros que el prójimo. Pero suerte y
palique no bastan. ¡Largo!
Miré alrededor, impotente. Estaba consiguiendo lo que había buscado. De todas
formas, ¿qué esperaba yo? ¿Que aquellos tipos se apelotonaran junto a mí y me
estrecharan la mano por actuar así?
Apenas se movieron, pero de pronto todos me rodearon. Si yo no pensaba algo
rápidamente, me lincharían. Y cuando aquella pandilla atacaba a alguien, lo hacía
simplemente bien. Respiré profundamente.
—No estoy pidiéndote nada, Sam. Nada. Eso significa consejo, ¿comprendes?
—¿Has encontrado la horma de tu zapato? —dijo, colérico—. Tú y tus tonterías.
Hemos oído hablar de ti. ¡Embaucando a viudas por cincuenta dólares la consulta para
que hablen con sus «queridos muertos»! ¡Investigador psi-ki-ko! ¡Vaya carrera! ¡Venga,
lárgate!
Tenía algo adonde agarrarme en ese momento.
—Un farsante, ¿en? Apuesto lo que quieras a que te presento un fantasma que te
pondría los pelos de punta, si es que tienes el valor suficiente para ir adonde yo te diga.
—¿Ah, sí? Vaya chiste. ¡Escuchadlo, pandilla! —Se echó a reír. Luego siguió
mirándome y siguió hablando por una comisura de sus labios—. Muy bien, tú lo has
querido. Venga, ricachón. Acepto la apuesta. Fred será depositario de las apuestas. ¿Qué
te parece diez de tus piojosos billetes por cada uno de los míos? Toma, Fred... guarda
estos diez dólares.
—Te ofrezco veinte contra uno —dije casi histéricamente—. Y te llevaré a un lugar
donde te toparás con el fantasma más vulgar y más vil de que hayas tenido noticia.
Los presentes rugieron. Sam rió con ellos, pero no trató de echarse atrás. Con
cualquier miembro de aquella pandilla, una apuesta era una apuesta. Él me había
provocado, había establecido las apuestas y estaba obligado. Yo me limité a asentir y
puse doscientos dólares en la mano de Fred Bellew. Éste y Sam subieron al coche, y en
el momento de la partida el Risueño sacó la cabeza y agitó la mano.
—¡Os veré en el infierno, chicos! —dijo— ¡Voy a evocar un fantasma y uno de los dos
matará del susto al otro!
Toqué la bocina para no oír los vítores y burras de la acera y salí de allí. Di la vuelta y
me dirigí fuera del centro.
—¿Adonde? —preguntó Fred al cabo de un rato.
—No te vayas —dije, sin saber adonde.
Debe de haber algún sitio no lejos de aquí donde pueda encontrar un espectro
adecuado, pensé, uno que haga desistir a Sam y me reconcilie con los chicos. Abrí el
compartimento del tablero y dejé salir a Ikey. Ikey era un diablillo un poco torcido que se
pilló la cola entre dos planchas de acero cuando montaba en el coche, y tenía que estar
allí hasta que redujeran a chatarra el vehículo.
—Hola, Ike —musité.
El diablillo me miró. El resplandor de la luz del compartimento se reflejó rojamente en
sus brillantes ojillos.
—Llama al profesor, por favor. No quiero llamarlo a gritos porque esos primos del
asiento trasero me oirían. No podrán oírte a ti.
—De acuerdo, jefe —dijo él.
Y tras llevarse los dedos a los labios, emitió un agudo chillido capaz de helar la sangre.
Eran las letras de identificación del profe, por así decirlo. El viejo voló por delante del
coche, dio media vuelta y se deslizó junto a mí por la ventanilla, que yo había abierto un
poco.
—Dios mío —dijo jadeante—. Ojalá no me hubiera citado en un lugar que viaja con tan
alto grado de celeridad. Me agoté para darle alcance.
—No me venga con ésas, profesor —musité—. Usted puede alcanzar a un avión
estratosférico si se lo propone. Escuche, tengo un tipo ahí detrás que quiere que un
fantasma le dé un buen susto. ¿Sabe de alguno por aquí cerca?
El profesor se puso sus espectrales quevedos.
—Vaya, sí. ¿Recuerda que le hablé de la casa Wolfmeyer?
—¡Santo cielo!... Él es francamente malo.
—Servirá para su objetivo admirablemente. Pero no me pida que le acompañe.
Ninguno de nosotros se relaciona con Wolfmeyer. Y por el amor de Dios, tenga cuidado.
—Supongo que podré arreglármelas. ¿Dónde está eso?
El profesor me dio instrucciones concretas, me deseó buenas noches y se fue. Yo
quedé un poco sorprendido. El profesor viajaba conmigo muchas veces, y nunca le había
visto rechazar una oportunidad de ver nuevos escenarios. Resté importancia al detalle y
proseguí mi camino. Creo que fui así de tonto.
Salí de la ciudad y continué por el campo hasta cierta vieja granja. Wolfmeyer, alemán
de Pennsylvania, se había ahorcado allí. Había sido, y era, un tipo vicioso. En vez de
portarse bien, era un rebelde. Wolfmeyer sabía perfectamente que, a menos que hiciera
mucho bien para compensar el mal que había causado, permanecería donde estaba el
resto de la eternidad. Eso no parecía preocuparle mucho. Su carácter hosco lo había
convertido en un fantasma francamente malo. Ocho personas habían muerto en esa casa
desde que el viejo se pudrió en la cuerda. Tres eran inquilinos que habían alquilado la
casa, otros tres vagabundos y los dos restantes investigadores psíquicos. Todos se
ahorcaron. Así actuaba Wolfmeyer. Creo que disfrutaba realmente siendo un espectro. En
cualquier caso era muy concienzudo en su trabajo.
Yo no quería causar daño alguno a Risueño Sam. Sólo deseaba darle una lección. ¡Y
lean lo que sucedió!
Llegamos a la casa poco antes de la medianoche. Nadie había hablado demasiado,
aparte de que yo hablé a Fred y Sam de Wolfmeyer, y expliqué con bastante claridad qué
se podía esperar de él. Los dos se rieron mucho, así que me callé y seguí conduciendo.
El siguiente fragmento de conversación provino de Fred, que determinó las condiciones
de la apuesta. Para ganar, Sam debía permanecer en la casa hasta el amanecer. No
debía pedir ayuda, no podía salir. Debía llevar un rollo de cuerda, hacer un lazo en un
extremo y atar el otro en la «Viga de Wolfmeyer», es decir, la gran viga de madera de
roble en kque el viejo se había ahorcado (y otras ocho personas tras él). FJJo era
aumentar la tentación para que Wolfmeyer se ocupara de Risueño Sam, y fue idea mía.
Yo debía entrar con Sam, para vigilarle en caso de que el juego fuera demasiado
peligroso. Fred se quedaría en el coche a cien metros de distancia, en la carretera, y
aguardaría.
Aparqué el automóvil a la distancia acordada y Sam y yo salimos. Sam llevaba al
hombro la cuerda, con el lazo hecho ya. Fred se había apagado notablemente, y su
expresión era de suma seriedad.
—Creo que no me gusta esto —dijo él mientras miraba la casa, que parecía dar la
espalda a la carretera, un ser maligno sumido en sus pensamientos.
—¿Y bien, Sam? —dije yo—. ¿Quieres dejarlo ahora y dar por terminada la apuesta?
Sam siguió la dirección de la mirada de Fred. El aspecto del lugar era deprimente sin
duda, y el alcohol que había bebido el Risueño se había disipado. Sam pensó un
momento, luego se encogió de hombros y sonrió. Tuve que admirar a aquella rata.
—¡Demonios, seguiré hasta el final! No podrás engañarme con el escenario, farsante.
—¡No creo que sea un farsante, Sam! —gritó sorprendentemente Fred.
La resistencia aumentó la terquedad de Sam, aunque deduje por su expresión que el
tipo no era tan tonto.
—Vamos, farsante —dijo él, y se alejó de la carretera.
Entramos en la casa por la puerta de una bodega, cuyo suelo ascendía hasta una
ventana del primer piso. Saqué una linterna e iluminé el camino hasta la viga. Sólo era
una de las muchas que se complacían en convertir el sonido de nuestros pasos en
risueños susurros que recorrían habitaciones y pasillos y no se apagaban nunca. Bajo la
famosa viga de madera, el suelo estaba manchado de sangre.
Ayudé a Sam a colocar la cuerda, y luego apagué la linterna. La situación debió de ser
difícil para él a partir de entonces. A mí no me preocupaba, porque podía ver cualquier
cosa que se acercara antes de que se echara sobre mí, y además, ningún fantasma podía
verme. Y no sólo eso. Para mí, paredes, suelos y techos estaban iluminados por el
fosforescente resplandor de múltiples tonalidades de las omnipresentes placas
espectrales. Dado su sobrenatural efecto, deseé que Sam pudiera ver los espectrales
mohos alimentándose vorazmente con la sangre que había bajo la viga.
Sam respiraba ya con dificultad, pero yo sabía que era preciso algo más que oscuridad
y silencio para fastidiarle. Sam tendría que estar solo, y entonces recibiría una visita o
algo parecido.
—Adiós, chico —dije yo mientras le daba una palmada en el hombro.
Di media vuelta y salí de la habitación.
Me preocupé de que me oyera salir de la casa y luego volví a entrar en silencio. Era sin
lugar a dudas el lugar más abandonado que he visto. Incluso los fantasmas lo evitaban, a
excepción, como es lógico, de Wolfmeyer. Sólo había exuberante vegetación, invisible
para todos excepto para mí, y el profundo silencio con los murmullos de la respiración de
Sam. Al cabo de diez minutos supe con certeza que Risueño Sam tenía más valor que el
que yo le atribuía. Había que asustarle. Él no podía asustarse, ni se asustaría, por las
buenas.
Me acurruqué en las paredes de una habitación contigua y me puse cómodo. Supuse
que Wolfmeyer aparecería pronto. Y confiaba ardientemente en poder detener al
fantasma antes de que fuera demasiado lejos. Absurdo que el juego fuera algo más que
una buena lección para un sabelotodo. Yo me sentía muy complacido, y estaba
totalmente desprevenido para lo que sucedió.
Estaba mirando la puerta opuesta cuando noté que desde hacía algunos segundos
había allí un palidísimo fulgor. El brillo aumentó mientras yo lo observaba, aumentó y
fluctuó con suavidad. Era verde, ese verde de las cosas mohosas y putrefactas. E iba
acompañado de un hedor sutilmente inquietante. El olor de carne tan muerta que ha
dejado de ser olorosa. Era sumamente horrible, y yo, francamente, me asusté tanto que
perdí los estribos. Pasaron unos instantes antes de que la consoladora idea de mi
invulnerabilidad volviera a mi mente, y me acurruqué más cerca de la pared y observé.
Y apareció Wolfmeyer.
El suyo era el espectro de un hombre viejo, muy viejo. Llevaba una suelta e inmunda
vestidura, y sus desnudos brazos, extendidos ante él, eran largos y fuertes. Su cabeza,
con el enmarañado cabello y la barba, temblaba sobre un cuello roto y destrozado igual
que la hoja de un cuchillo recién clavado en blanda madera. Sus lentos pasos al cruzar la
habitación prolongaban el temblor de la cabeza. Sus ojos estaban encendidos; eran rojos,
con llamas de color verde oscuro enterradas en ellos. Sus dientes caninos se habían
alargado hasta formar romos colmillos amarillentos, columnas que soportaban su torcida
sonrisa. El pútrido fulgor verde era un horrendo halo que le rodeaba. Wolfmeyer era un
ser brillante y diabólico.
Pasó junto a mí totalmente inconsciente de mi presencia y se detuvo ante la puerta de
la habitación donde Sam aguardaba junto a la cuerda. Permaneció en el umbral, con las
garras extendidas, y el temblor de su cabeza fue cesando poco a poco. Miró fijamente a
Sam y de pronto abrió su boca y aulló. Fue un sonido apagado y siniestro, como surgido
de la garganta de un lejano perro, y aunque yo no podía ver el interior de la habitación,
supe que Sam había vuelto la cabeza bruscamente y estaba contemplando al espíritu.
Wolfmeyer alzó un poco los brazos, pareció tambalearse, y después entró en la
habitación.
Arranqué mi cuerpo del pavoroso terror que me dominaba y me puse en pie. Si no
actuaba rápido...
Tras acercarme a la puerta de puntillas, me detuve el tiempo suficiente para ver que
Wolfmeyer agitaba erráticamente los brazos por encima de su cabeza. El movimiento
alborotó su rúnica y su silueta vibró verdosamente. Vi que Sam estaba de pie, con los ojos
desorbitados, tambaleándose hacia atrás, hacia la cuerda. Se Agarró el cuello, abrió la
boca y no emitió sonido alguno. Su cabeza se inclinó, su cuello se dobló, su crispada cara
miró al techo mientras sus piernas huían del fantasma, hacia el lazo ya preparado. Y en
ese momento me puse junto a un hombro de Wolfmeyer, apoyé los labios en su oreja y
dije:
—¡Buuuu!
Casi me eché a reír. Wolfmeyer chilló, dio un salto de tres metros y, sin detenerse para
mirar alrededor, huyó apresuradamente de la habitación, con tanta prisa que sólo era una
mancha. ¡Un espectro francamente asustado!
Al mismo tiempo Risueño Sam se irguió, con expresión relajada y aliviada, y se sentó
junto a la cuerda produciendo un sordo ruido. Fue casi la mejor visión que jamás he
deseado ver. Quedó sentado, con la cara empapada de frío sudor, las manos entre las
rodillas, la mirada fija en sus pies.
—¡Eso te enseñará! —exclamé muy alegre, y me acerqué a él—. ¡Paga, escoria, y me
da igual que te mueras de hambre por esta semana!
Sam no se movía. Supuse que estaba muy conmocionado.
—¡Vamos! —dije—. ¡Recóbrate, hombre! ¿No has visto bastante? Ese tipo viejo puede
volver en cualquier momento. ¡De pie!
Sam no se movió.
—¡Sam!
No se movió.
—¡Sam!
Le cogí de los hombros. Sam cayó de costado y permaneció inmóvil. Estaba bien
muerto.
No hice nada y durante un rato no abrí la boca. Luego me arrodillé junto a él.
—Eh, Sam —dije desesperanzado—. Sam... ¡Basta ya, hombre!
Al cabo de un minuto me levanté lentamente y me dirigí hacia la puerta. Había dado
tres pasos cuando me detuve. ¡Pasaba algo raro! Me froté los ojos. Sí... ¡cada vez había
más oscuridad! La vaga luminiscencia de enredaderas y flores del mundo fantasma se
apagaba, desaparecía, desaparecía...
¡Pero eso no había pasado antes!
No importaba, pensé desesperado. Está sucediendo ahora, sí. ¡Tengo que salir de
aquí!
¿Lo ven? Ya lo ven. Fue el líquido, el maldito líquido de Tellero Bo. ¡El efecto estaba
disipándose! Al morir Sam, el líquido... ¡el líquido dejó de producirme efecto! ¿Era eso lo
que tenía que pagar por la botella? ¿Era eso lo que iba a pasar si usaba la poción para
vengarme?
La luz casi se había extinguido... y acabó extinguiéndose. No podía ver nada aparte de
una puerta. ¿Por qué podía ver la puerta? ¿Qué era aquella luz de color verde claro que
llenaba el polvoriento marco?
¡Wolfmeyer! ¡Tengo que salir de aquí!
Ya no podía ver a los fantasmas. Ellos me veían a mí. Eché a correr. Crucé como un
rayo la oscura habitación y choqué con la pared opuesta. Me aparté dando tumbos, con
sangre entre los dedos que me llevé bruscamente a la cara. Corrí de nuevo. Otra pared
me aporreó. ¿Dónde estaba la otra puerta? Seguí corriendo, y de nuevo topé con pared.
Chillé y continué corriendo. Tropecé con el cadáver de Sam. Mi cabeza se introdujo en el
lazo. La cuerda apretó mi gaznate y mi cuello se partió con un doloroso crunch. Forcejeé
medio minuto, y finalmente quedé colgado.
Bien muerto, yo. Wolfmeyer no dejó de reír.
Fred nos encontró por la mañana. Se llevó nuestros cadáveres en el coche. Ahora
tengo que permanecer aquí y vagar por este maldito caserón. Yo y Wolfmeyer.
EL HUEVO DE CRISTAL
H. G. Wells
Hubo una época en la que parecía que H. G. Wells lo sabía todo, e indudablemente H.
G. Wells parecía estar de acuerdo con ello. Incluso ahora que las viejas batallas parecen
ya medio ganadas y de alguna manera ya no son tan conmovedoras, y los viejos adjetivos
han ido perdiendo su luminosidad y todo eso..., incluso ahora sigue siendo
indudablemente cierto que H. G. Wells sabía mucho de pequeños tenderos, los cuales
aún seguían luchando no solamente por sobrevivir, sino que incluso iban persiguiendo
cierto nivel patético de prestigio social, a pesar de que apenas pudieran llevar sus propios
libros (si es que lo conseguían). El padre de Wells fue uno de esos tenderos, y esta
experiencia personal (y penosa) reaparece muchas veces en sus historias cortas y en
novelas como Kipps. Bonaparte dijo que «los ingleses son una nación de tenderos», y
Khrushchev dijo que «todos los tenderos son ladrones»: ninguno de los dos había tenido
una tienda. Wells no sólo conocía las versiones menores del comercio y del negocio en la
última parte del siglo XIX, sino que también conocía los aspectos menores de la ciencia;
él había estudiado y enseñado en las escuelas de ciencia antes de que existieran las
universidades para la ciencia. En cuanto a su brillante talento para explicar cuentos, antes
de que este don se evaporara en aburrida polémica política (seguramente no resultó
fastidioso cuando concluyó una nota a George Orwell con estas palabras: «¡Lee mis obras
tempranas, cagón!») yo dije en todas partes que Wells «como un gigante vestido con
joyas, se eleva y reluce muy por encima de todos nosotros». Yes lo qutsigo diciendo hoy
todavía.
H(erbert) G(eorge) Wells nació en 1866 en Bromley, Kent. Su carrera como escritor
empezó deforma brillante con la publicación de La máquina del tiempo en 1895. Le
siguieron La isla del Dr. Moreau, El hombre invisible, La guerra de los mundos, Los
primeros hombres en la Luna, Kipps, La guerra en el aire, La historia de Mr. Polly y
muchos más, incluyendo El esquema de la historia en 1920, e Imágenes de cosas futuras
en 1933. Wells fue un miembro influyente de la Sociedad Fabiana (socialista) entre 1903 y
1908, y «en 1914 creó la esperanzadora frase "La guerra que acabará con las guerras"».
Había pronosticado que los comunistas tomarían el poder en Gran Bretaña, y que él
moriría a consecuencia de ello; pero murió en 1946 en Londres, conservando su carácter
polémico y todavía libre.
Hasta hace un año, cerca de Seven Dials había una tienda pequeña y de aspecto
mugriento sobre la cual, deteriorado por el tiempo, un letrero amarillo anunciaba: «C.
Cave, Naturalista y Anticuario». El contenido de su escaparate era curiosamente variado.
Comprendía algunos colmillos de elefante y un juego incompleto de ajedrez, abalorios y
armas, un estuche con ojos, dos calaveras de tigre y una humana, varios monos
disecados y comidos por las polillas (uno sostenía una lámpara), un bargueño anticuado,
un huevo de avestruz cubierto de huevos de mosca, aparejos de pesca y una pecera
vacía extraordinariamente sucia. En el momento en que empieza la historia había también
un bloque de cristal de roca, tallado en forma de huevo y brillantemente pulimentado.
Y aquello era lo que estaban mirando dos personas, de pie frente al escaparate, una de
ellas un clérigo alto y delgado, la otra un joven de barba negra, tez morena y vestuario
discreto. El joven moreno gesticulaba con vehemencia mientras hablaba, y parecía
ansioso de que su compañero adquiriera el artículo.
Mientras ellos permanecían allí, el señor Cave entró en su tienda, su barba todavía
oscilando con el pan y la mantequilla de su té. Cuando vio a estos hombres y al objeto de
su atención, su semblante se desmoronó. Miró culpablemente por encima de su hombro,
y con suavidad cerró la puerta. Era un anciano pequeño, de cara pálida y extraños ojos de
un azul acuoso; su pelo era de color gris sucio, y llevaba una raída levita azul, un viejo
sombrero de copa y unas zapatillas afelpadas con el tacón muy gastado. Se quedó
mirando a los dos hombres mientras éstos hablaban. El clérigo buscó en el bolsillo de su
pantalón, examinó un puñado de dinero y enseñó los dientes con una sonrisa de
satisfacción. El señor Cave pareció aún más deprimido cuando ellos entraron en la tienda.
El clérigo, sin ceremonia alguna, preguntó el precio del huevo de cristal. El señor Cave
lanzó una mirada nerviosa hacia la puerta que daba a la trastienda y dijo que cinco libras.
El clérigo protestó, tanto hacia su compañero como hacia el señor Cave, diciendo que el
precio era alto —en efecto, era mucho más de lo que el señor Cave tenía intención de
pedir cuando puso a la venta el artículo—, y siguió un intento de regateo. El señor Cave
se dirigió hacia la puerta y la mantuvo abierta:
—Cinco libras es mi precio —dijo, como si quisiera ahorrarse las molestias de una inútil
discusión.
Mientras tanto, la parte superior del rostro de una mujer había aparecido por encima de
la cortinilla en el panel superior de cristal de la puerta que daba a la trastienda y miraba
curiosamente a los dos clientes.
—Cinco libras es mi precio —dijo el señor Cave, con un estremecimiento en su voz.
Hasta entonces el joven moreno había permanecido como espectador, observando
vivamente al señor Cave. Ahora habló.
—Dale cinco libras —dijo.
El clérigo le miró para ver si hablaba en serio, y, cuando volvió a mirar al señor Cave,
vio que la cara del anciano estaba pálida.
—Es mucho dinero —dijo el clérigo y, rebuscando en su bolsillo, empezó a contar sus
recursos.
Tenía poco más de treinta chelines, y recurrió a su compañero, con quien parecía
mantener una relación de considerable confianza. Esto dio al señor Cave la ocasión de
ordenar sus pensamientos, y empezó a explicar de forma agitada que el cristal, en cierto
modo, no estaba a la venta. Sus dos clientes se quedaron lógicamente sorprendidos, e
inquirieron por qué no había pensado en ello antes de empezar a regatear. El señor Cave
se mostró confundido, pero persistió en su historia, que el cristal no estaba a la venta
aquella tarde, que ya había aparecido un posible comprador. Los dos, interpretando
aquello como un intento de aumentar aún más el precio, hicieron como si fueran a
abandonar la tienda. Pero, en ese instante, la puerta de la trastienda se abrió y apareció
la propietaria del flequillo oscuro y ojos pequeños.
Era una mujer corpulenta, de facciones toscas, más joven y mucho más gruesa que el
señor Cave; andaba con pesadez y su cara estaba sonrojada.
—Ese cristal está a la venta —dijo—. Y cinco libras es bastante buen precio por él. No
sé en qué estás pensando, Cave. ¡No aceptar la oferta del caballero!
El señor Cave, enormemente turbado por la interrupción, la miró colérico por encima de
los espejuelos y, sin excesiva convicción, hizo valer su derecho a tratar sus negocios a su
manera. Y empezó un altercado. Los dos clientes contemplaban la escena con interés y
cierta diversión, ayudando, en ocasiones, a la señora Cave con sugerencias. El señor
Cave insistió en una historia confusa e imposible acerca de que habían preguntado por el
cristal aquella mañana, y su agitación se hizo penosa. Pero siguió en sus trece con
extraordinaria determinación.
Fue el joven oriental quien terminó con la curiosa controversia. Propuso que volverían
al cabo de dos días a fin de dar una justa oportunidad al pretendido cliente.
—Y entonces volveremos a insistir —dijo el clérigo—. Cinco libras.
La señora Cave se vio obligada a pedir disculpas por su marido, explicando que él, a
veces, «era un poco raro», y nada más salir los dos clientes, la pareja reanudó con toda
libertad la discusión del incidente en todos sus matices.
La señora Cave habló a su marido con extraordinaria franqueza. El pobre hombrecillo,
temblando de emoción, enredado entre sus historias, sostuvo por una parte que tenía otro
cliente en perspectiva, y por otra que el cristal valía honestamente por lo menos diez
guineas.
—¿Pues por qué has pedido cinco libras? —dijo su esposa.
—¡Deja que lleve mis asuntos a mi manera! —dijo el señor Cave.
Con el señor Cave vivían una hijastra y un hijastro, y aquella noche, en la cena, volvió a
discutirse la transacción. Ninguno de ellos tenía en gran estima los métodos comerciales
del señor Cave, y este comportamiento les parecía el colmo de la necedad.
—Yo diría que con anterioridad se ha negado a vender ese cristal —dijo el hijastro, un
desgarbado patán de dieciocho
—¡Pero son cinco libras! —dijo la hijastra, una polémica joven de veintiséis años.
Las respuestas del señor Cave eran calamitosas; sólo conseguía farfullar débiles
afirmaciones de que él era quien mejor conocía sus negocios. Ellos le impulsaron a que
abandonara su cena medio consumida para que cerrara la tienda por la noche, y salió con
las orejas ardientes y lágrimas de vejación detrás de sus lentes. «¿Por qué había dejado
tanto tiempo el cristal en el escaparate? ¡Había sido una insensatez!» Ése era el problema
encerrado en su mente. Por algún rato no consiguió descubrir la forma de evitar la venta.
Después de cenar, su hijastra y su hijastro se animaron mutuamente y salieron, y su
esposa se retiró arriba para reflexionar acerca de los aspectos comerciales del cristal,
tomando un poco de azúcar y limón en agua caliente. El señor Cave entró en la tienda y
permaneció allí hasta tarde, pretextando hacer unas ornamentaciones doradas para unas
peceras, pero en realidad con un íntimo propósito que se explicará mejor más adelante.
Al día siguiente, la señora Cave descubrió que el cristal había sido retirado del
escaparate, y que se encontraba detrás de unos libros de segunda mano que trataban de
la pesca con caña. Ella volvió a situarlo en la posición más visible. Pero no volvió a
discutir al respecto, ya que una jaqueca de tipo nervioso la alejó de la polémica. El señor
Cave siempre estaba lejos de ella. El día transcurrió desapaciblemente. El señor Cave
estaba, si eso era posible, más abstraído de lo normal, y al mismo tiempo
desacostumbradamente irritable. Por la tarde, mientras su esposa dormía su
acostumbrada siesta, volvió a retirar el cristal del escaparate.
Al día siguiente, el señor Cave tenía que efectuar la entrega de una partida de
pequeños tiburones a una de las escuelas de medicina donde se necesitaban para
disección. En su ausencia, la mente de la señora Cave retornó al tema del cristal, y a los
métodos más adecuados de gastar la ganancia de cinco libras. Ya había ideado unos
métodos muy agradables —entre otros, un vestido de seda verde para ella y un viaje a
Richmond—, cuando el repiqueteo de la campanilla de la puerta principal la condujo a la
tienda. El cliente era un profesor que venía a quejarse por no haberle enviado ciertas
ranas que había solicitado para el día anterior. La señora Cave no aprobaba esta rama
científica del negocio del señor Cave, y el caballero, que había entrado con aspecto más
bien agresivo, se retiró después de un breve intercambio de palabras, totalmente
civilizadas en lo que a él concernía. Entonces la mirada de la señora Cave se volvió con
naturalidad hacia el escaparate; la visión del cristal era la garantía de las cinco libras y de
sus sueños. ¡Cuál no sería su sorpresa al descubrir que éste había desaparecido!
Se acercó al lugar detrás del mostrador donde lo había descubierto el día anterior. No
estaba allí, e inmediatamente empezó una ansiosa búsqueda por la tienda.
Cuando el señor Cave regresó de sus asuntos con los pequeños tiburones, a eso de
las dos menos cuarto, halló la tienda algo desordenada, y a su esposa, extremadamente
encolerizada y de rodillas detrás del mostrador, registrando entre sus útiles de
taxidermista. Su rostro inflamado y colérico surgió por encima del mostrador. Mientras la
discordante campanilla anunciaba el regreso de su marido a quien ella acusó
inmediatamente de «haberlo escondido».
—¿Escondido qué? —preguntó el señor Cave.
—¡El cristal!
Entonces, el señor Cave, aparentemente muy sorprendido, se precipitó hacia el
escaparate.
—¿No está aquí? ¡Santo cielo! ¿Qué ha sido de él?
Justo entonces, el hijastro del señor Cave, que había llegado a casa uno o dos minutos
antes que el señor Cave, entró en la tienda desde la habitación interior, blasfemando con
entera libertad. Trabajaba de aprendiz con un comerciante de muebles de segunda mano
calle abajo, pero efectuaba sus comidas en casa y estaba lógicamente irritado al no
encontrar la comida a punto.
Pero cuando se enteró de la pérdida del cristal, olvidó su comida, y su ira se desvió de
su madre a su padrastro. Su primera idea, lógicamente, fue que él lo había escondido.
Pero el señor Cave negó resueltamente todo conocimiento de cuál había sido su suerte —
proporcionando espontáneamente su declaración jurada al respecto— e ingeniándoselas
para llegar al punto de acusar primero a su esposa, y luego a su hijastro, de haberlo
cogido con vistas a una venta privada. Así empezó una discusión sumamente mordaz y
emotiva, que finalizó con la señora Cave en un estado de nervios muy peculiar, entre
histérica y frenética, y haciendo que por la tarde el hijastro llegara con media hora de
retraso al establecimiento de muebles. El señor Cave se refugió de las emociones de su
esposa en la tienda.
Por la noche, con menos pasión y con espíritu crítico, se reanudó el tema ante la
presencia de la hijastra. La cena transcurrió tristemente y culminó en una escena penosa.
El señor Cave cayó por fin en una enorme desesperación y salió dando un violento
portazo. El resto de la familia, tras discutir su comportamiento con la libertad que su
ausencia garantizaba, registró la casa desde la buhardilla hasta el sótano, con la
esperanza de hallar el cristal.
Al día siguiente, los dos clientes aparecieron de nuevo. La señora Cave los recibió casi
con lágrimas. Dejó entrever que nadie podía imaginar cuánto había tenido que soportar
ella por culpa de Cave en las distintas épocas de su peregrinaje matrimonial. También les
ofreció un informe alterado de la desaparición. El clérigo y el oriental rieron en silencio
entre sí y dijeron que aquello era absolutamente extraordinario. Como la señora Cave
parecía dispuesta a proporcionarles la historia completa de su vida, hicieron ademán de
irse de la tienda. Por consiguiente, la señora Cave, que aún no había perdido las
esperanzas, solicitó la dirección del clérigo, para, si conseguía algo de Cave, poder
comunicárselo. La dirección fue debidamente proporcionada, pero, al parecer, luego se
extravió. La señora Cave no consiguió recordar nada al respecto.
Al anochecer de aquel día, los Cave parecían haber agotado todas sus emociones, y el
señor Cave, que había estado fuera por la tarde, cenó en un lóbrego aislamiento que
contrastaba agradablemente con la apasionada controversia de los días anteriores.
Durante algún tiempo las relaciones fueron muy tirantes en la casa de los Cave, pero ni el
cristal ni el cliente reaparecieron.
Bien, hablando claro, deberíamos reconocer que el señor Cave era un embustero. Él
sabía perfectamente bien dónde se hallaba el cristal. Estaba en el aposento del señor
Jacoby Wace, profesor ayudante en el hospital de St. Catherine, en Westbourne Street.
Se encontraba sobre el aparador, parcialmente cubierto por una tela de terciopelo negro y
junto a una garrafa de whisky americano. Y es del señor Wace, precisamente, de quien
proceden los detalles en los cuales se basa esta narración. Cave había trasladado el
objeto al hospital oculto en el saco de los pequeños tiburones, y, una vez allí, había
convencido al joven investigador para que se lo guardara. El señor Wace se había
mostrado un tanto indeciso. Su relación con el señor Cave era algo peculiar. Le gustaban
los sujetos extraños, y en más de una ocasión había invitado al anciano a fumar y a beber
en sus aposentos, y a desarrollar su curiosa visión de la vida en general y de su esposa
en particular. El señor Wace también se había encontrado a veces con la señora Cave
cuando el señor Cave no estaba en casa para atenderle. Estaba enterado de las
constantes interferencias a las que Cave se veía sometido, y, después de sopesar
imparcialmente la historia, decidió dar refugio al cristal El señor Cave prometió explicarle
con más detalle, en otra ocasión, las razones de su extraordinaria afición por el cristal,
pero le dijo claramente que veía visiones en su interior. Aquella misma noche volvió a
visitar al señor Wace.
Le narró una complicada historia. Dijo que el cristal había llegado a su poder junto con
otras cosas sueltas, en la liquidación de las mercancías de otro comerciante de
curiosidades, y que al desconocer cuál podría ser su valor, lo había marcado en diez
chelines. Había permanecido en su poder, con ese precio, durante algunos meses, y ya
pensaba en «reducir la cifra» cuando hizo un descubrimiento extraordinario.
En aquella época gozaba de muy mala salud —hay que tener presente que, a lo largo
de toda esta experiencia, su condición física estaba muy decaída—, estaba
considerablemente angustiado con motivo de la negligencia, incluso de los explícitos
malos tratos, que recibía de su esposa y de sus hijastros. Su esposa era vanidosa,
extravagante e insensible, y sentía una afición creciente por la bebida cuando estaba a
solas; su hijastra era ruin y astuta; y su hijastro había concebido una violenta aversión
hacia él, y no perdía ocasión para demostrárselo. Las exigencias de su negocio eran
altamente pesadas para él, y el señor Wace no cree que estuviera totalmente libre de
algún exceso ocasional. Había empezado su vida en una posición confortable. Era un
hombre bastante instruido, y padeció sin interrupción durante semanas, de melancolía e
insomnio. Temiendo molestar a su familia, cuando sus reflexiones se volvían intolerables,
se deslizaba en silencio fuera de la cama para no despertar a su esposa, y vagaba por la
casa. Y una mañana, de últimos de agosto, a eso de las tres de la madrugada, el azar
dirigió sus pasos hacia la tienda.
La sucia tiendecilla estaba impenetrablemente oscura excepto en un punto, donde
percibió un inusual destello de luz. Al acercarse a él, descubrió que se trataba del huevo
de cristal, que se hallaba en el rincón del mostrador que daba al escaparate. Un tenue
rayo de luz penetraba por una rendija de la persiana, chocaba contra el objeto, y parecía
como si fuera a rellenar todo su interior.
Al señor Cave se le ocurrió que aquello no coincidía con las leyes de la óptica tal y
como él las había entendido en su época juvenil. Podía comprender que los rayos fueran
refractados por el cristal hacia un foco en su interior, pero esta difusión no coincidía con
sus conocimientos de física. Se acercó más al cristal, escudriñando su interior y la
superficie con un momentáneo renacimiento de la curiosidad científica que en su juventud
había determinado la elección de su profesión. Se sorprendió al comprobar que la luz no
era constante, sino que oscilaba dentro de la sustancia del huevo, como si aquel objeto
fuera una esfera hueca con algún vapor luminoso. Desplazándose para obtener diferentes
puntos de vista, de pronto comprobó que se había colocado entre el rayo y el cristal, y que
sin embargo, éste continuaba siendo luminoso. Grandemente sorprendido, lo alejó del
rayo de luz y lo trasladó a la parte más oscura de la tienda. Continuó brillando durante
cuatro o cinco minutos, y luego se fue debilitando lentamente hasta apagarse. Lo situó
bajo la débil luz del día y su luminosidad reapareció casi inmediatamente.
Por lo menos hasta ese punto el señor Wace pudo comprobar la extraordinaria historia
del señor Cave. Él mismo había colocado repetidas veces el cristal ante un rayo de luz
(cuyo diámetro debía de ser inferior a un milímetro). Y dentro de la perfecta oscuridad, la
que puede proporcionar una envoltura de terciopelo, el cristal parecía, sin lugar a dudas,
débilmente fosforescente. Sin embargo, parecía que la luminosidad era de una clase
excepcional, que no resultaba igualmente visible a todos los ojos; el señor Harbinger —
cuyo nombre resultará familiar al lector científico en relación con el Instituto Pasteur— era
totalmente incapaz de ver ninguna luz. Y la capacidad del propio señor Wace para
apreciarla era muy inferior en comparación con la del señor Cave. Incluso con el señor
Cave, la intensidad variaba considerablemente: su visión era mucho más vivida durante
los estados de extrema debilidad y fatiga.
Desde el primer momento, esta luz en el cristal había ejercido una curiosa fascinación
sobre el señor Cave. Y dice más de su alma solitaria el hecho de que no contara a ningún
ser humano sus curiosas observaciones, que lo que diría un volumen de escritos
patéticos. Parecía estar viviendo en una atmósfera de tan mezquino resentimiento que de
haber admitido la existencia de un goce hubiera corrido el riesgo de perderlo. Averiguó
que a medida que avanzaba el alba, y aumentaba la difusión de la luz, según todas las
apariencias el cristal dejaba de ser luminoso. Y durante algún tiempo fue incapaz de ver
nada dentro, excepto por la noche, en los rincones oscuros de la tienda.
Pero se le ocurrió utilizar una vieja tela de terciopelo que usaba como fondo para una
colección de minerales, y doblando el paño, y cubriéndose con él la cabeza y las manos,
era capaz de ver el movimiento luminoso en el interior del cristal incluso durante el día.
Tomaba muchas precauciones a fin de no ser descubierto por su esposa, y practicaba
esta ocupación sólo por las tardes, mientras ella dormía arriba, y además lo hacía
disimuladamente en un hueco debajo del mostrador. Y un día, dándole vueltas al cristal
entre las manos, vio algo. Apareció y desapareció como un destello, pero le dio la
impresión de que el objeto le había desvelado, por un instante, la visión de un país
inmenso y extraño; y, al girarlo otra vez, justo cuando la luz se desvanecía, volvió a tener
la misma visión.
Bien, resultaría tedioso e innecesario exponer todas las fases del descubrimiento del
señor Cave a partir de este punto. Basta con decir que el efecto fue éste: inclinando el
cristal en un ángulo de 137 grados en dirección al rayo luminoso, se conseguía una clara
y uniforme imagen de un paisaje inmenso y peculiar. No era nada que se pareciera a un
sueño; producía una definida impresión de realidad, y cuanto mejor era la luz, más real y
sólido parecía. Se trataba de una imagen en movimiento: es decir, cienos objetos se
movían en él, pero lentamente y de forma ordenada como las cosas reales, y, a medida
que iba cambiando la dirección de la iluminación y de la visión del paisaje, también
cambiaba. En verdad debía de ser como mirar una escena a través de un cristal ovalado,
haciéndolo girar a fin de obtener diferentes facetas.
Las manifestaciones del señor Cave, me aseguró el señor Wace, eran extremadamente
exactas, y totalmente exentas de esa cualidad emotiva que contamina las impresiones
alucinatorias. Pero hay que recordar que todos los esfuerzos del señor Wace para ver
cualquier claridad similar en la lánguida opalescencia del cristal resultaron totalmente
infructuosos, por mucho que lo intentara. La diferencia en la intensidad de las impresiones
recibidas por los dos hombres era muy grande, y es bastante probable que lo que para el
señor Cave era una visión, no fuera más que una confusa nebulosidad para el señor
Wace.
La visión, tal como la describía el señor Cave, era invariablemente la de una extensa
llanura, y siempre le parecía estar contemplándola desde una considerable altura, como
desde una torre o un mástil. Al este y al oeste la llanura limitaba a una distancia remota
con unos enormes riscos de color rojizo, que le recordaban unos que había visto en algún
cuadro; aunque el señor Wace fue incapaz de averiguar de qué cuadro se trataba. Estos
riscos iban de norte a sur —podía saber los puntos de la brújula por las estrellas que eran
visibles durante la noche—, y se alejaban en una perspectiva casi ilimitada,
desvaneciéndose en la calina de la distancia antes de unirse. Él se hallaba más cerca de
los riscos orientales, y durante su primera visión el sol se levantaba por encima de ellos.
Negras contra la luz del sol, y pálidas contra sus sombras, se distinguían multitud de
formas elevándose, que el señor Cave consideró que eran pájaros. Una larga fila de
edificios se extendía debajo de él; como si los estuviera mirando desde lo alto; y a medida
que se acercaban al margen borroso y refractado de la imagen perdían su nitidez.
También había árboles curiosos de forma y de color, un verde como de musgo y un gris
exquisito, junto a un ancho canal resplandeciente. Y algo de gran tamaño y color brillante
voló cruzando el cuadro. Pero la primera vez que el señor Cave vio estas imágenes, las
vio como si fueran relámpagos; sus manos temblaban, su cabeza se movía y la visión iba
y venía y crecía, difuminándose. Y al principio tuvo enormes dificultades para volver a
encontrar la imagen una vez perdida su dirección.
La siguiente visión clara, que se presentó una semana después de la primera, sin
haberse otorgado en este intervalo más que unas ojeadas atormentadas y cierta
experiencia útil, le mostró el valle en toda su extensión. La visión era diferente, pero él
tenía la curiosa convicción, que sus observaciones posteriores confirmaron totalmente, de
que estaba mirando aquel extraño mundo exactamente desde el mismo sitio, a pesar de
que mirara en una dirección diferente. La larga fachada del gran edificio, cuyo tejado
había visto antes desde lo alto, retrocedía ahora en la perspectiva. Reconoció el tejado.
En el centro de la fachada había una terraza de sólidas proporciones y extraordinaria
longitud, y en medio de ésta, a determinados intervalos, se elevaban unos enormes
aunque elegantes mástiles, los cuales sostenían pequeños objetos brillantes que
reflejaban el ocaso del sol. La importancia de estos pequeños objetos no se le ocurrió al
señor Cave hasta algún tiempo después, cuando describía la escena al señor Wace. La
terraza estaba suspendida sobre un soto cubierto por la más exuberante y atractiva
vegetación, y más allá un extenso prado sobre el cual reposaban ciertas anchas criaturas
parecidas a los escarabajos, pero muchísimo más grandes. Más allá aún, había un
terraplén ricamente decorado con piedras rosáceas. Y más allá de éste, bordeada de
malezas rojizas, y recorriendo el valle en paralelo exacto con los lejanos riscos, había una
extensión de agua que semejaba un espejo. El aire parecía repleto de escuadrillas de
grandes pájaros que maniobraban en curvas majestuosas; y al otro lado del río había gran
cantidad de espléndidos edificios de aspecto multicolor, que brillaban por su tracería y
ornamentación metálicas, en medio de un bosque de árboles parecidos al musgo y al
liquen. Y, de pronto, algo cruzó repentinamente la visión, como el ondular de un ventilador
o el batir de las alas, y una cara, o más bien la parte superior de una cara con ojos muy
grandes, apareció como si estuviera muy cerca de la suya propia, como si se encontrara
al otro lado del cristal.
El señor Cave se quedó tan asombrado y tan impresionado por la absoluta realidad de
aquellos ojos, que se retiró del cristal para examinarlo por detrás. Estaba tan absorto en la
contemplación del cristal, que se sorprendió al encontrarse entre la fría oscuridad de su
tiendecilla, con su familiar olor a alcohol metílico, a moho y podredumbre. Y mientras
observaba a su alrededor, el resplandor del cristal se fue apagando hasta desaparecer.
Tales fueron las primeras impresiones generales del señor Cave. La historia es
curiosamente directa y detallada. Desde el comienzo, cuando el valle había aparecido
momentáneamente ante sus sentidos, su imaginación quedó extrañamente afectada, y a
medida que empezaba a apreciar los detalles de la escena que contemplaba, su asombro
fue aumentando hasta convertirse en pasión. Distraído e indiferente, se ocupaba de su
negocio pensando sólo en el momento en que podría volver a su observación. Y
entonces, unas semanas después de su primera visión del valle, aparecieron los dos
clientes cuya oferta produjo gran tensión y excitación, y el cristal escapó por muy poco a
su venta, como ya he explicado.
Mientras el objeto fue sólo un secreto del señor Cave, se quedó en una simple
maravilla, algo hacia lo cual acercarse en secreto y atisbar, igual que un niño podía
atisbar un jardín prohibido. Pero, aunque sea un investigador científico joven, el señor
Wace posee una mente especialmente lúcida e ilativa. En cuanto el cristal y el relato
llegaron a él y, viendo con sus propios ojos la fosforescencia, se persuadió de que
existían realmente ciertas pruebas en cuanto a las afirmaciones del señor Cave, y
procedió a analizar la cuestión sistemáticamente.
El señor Cave sólo deseaba deleitar sus ojos con el mundo fantástico que veía, y cada
noche, desde las ocho y media hasta las diez y media, acudía allí, y a veces, en ausencia
del señor Wace, también iba durante el día. Y los domingos por la tarde también. Desde el
primer momento el señor Wace tomó copiosas notas, y fue debido a su método científico
que se aprobó la relación entre la dirección por la que entraba el rayo inicial en el cristal y
la orientación de la imagen. Y tapando el cristal con una caja perforada, con una pequeña
abertura para recibir el rayo incitador, y cambiando las cortinas opacas de holanda negra,
mejoraron extraordinariamente las condiciones de la observación; así, al cabo de poco
tiempo lograron examinar el valle en cualquier dirección que ellos desearan.
Así, despejado el camino, podemos dar una breve relación de este mundo visionario
que aparecía en el interior del cristal. En todas las ocasiones era el señor Cave quien lo
veía, y el método de trabajo era invariable: él contemplaba el cristal e informaba de cuanto
veía, mientras el señor Wace (que al ser estudiante de ciencias había aprendido el ardid
de escribir a oscuras) escribía una breve reseña de la información. Cuando el cristal se
apagaba, lo introducían en su caja, en la posición adecuada, y encendían la luz eléctrica.
El señor Wace hacía preguntas, y sugería observaciones para aclarar puntos difíciles. En
realidad, nada podía resultar menos visionario y más prosaico.
La atención del señor Cave había sido captada rápidamente por las criaturas en forma
de pájaro que había visto con tal abundancia en sus primeras visiones. Su primera
impresión pronto fue corregida, y durante un tiempo consideró que bien podían
representar una especie de murciélago diurno. Luego pensó, lo cual resultó bastante
grotesco, que podían ser querubines. Sus cabezas eran redondas y curiosamente
humanas, y fueron los ojos de uno de ellos los que le sobrecogieron en su segunda
observación. Tenían anchas alas plateadas, desprovistas de plumas, pero que
centelleaban con la misma brillantez que un pez recién cogido, y con la misma sutil gama
de colores. Y el señor Wace supo que estas alas no parecían apoyarse en el plano de un
ala de pájaro o de un murciélago, sino en unas costillas curvadas que irradiaban del
cuerpo. (Una especie de ala de mariposa con costillas curvadas parece expresar mejor su
apariencia.) El cuerpo era pequeño, pero equipado con dos racimos de órganos prensiles,
como los tentáculos, justo debajo de la boca. Por muy increíble que le pareciera al señor
Cave, al final se persuadió irremisiblemente de que estas criaturas eran las propietarias
de los grandes edificios casi humanos y del magnífico jardín que hacía tan espléndido el
amplio valle. Y el señor Cave percibió que los edificios, entre otras peculiaridades, no
tenían puertas, sino que era por las grandes ventanas circulares, que se abrían
libremente, por donde entraban y salían las criaturas. Se posaban sobre sus tentáculos,
plegaban sus alas casi a la pequeñez de una caña y saltaban al interior. Pero entre ellas
había una multitud de criaturas de alas más pequeñas, como grandes libélulas, polillas y
escarabajos voladores, y por el césped de brillante colorido, unos escarabajos se
arrastraban perezosamente de un lado a otro. Y todavía más, en los terraplenes y en las
terrazas se veían unas criaturas de gran cabeza similares a las moscas de mayor tamaño,
pero sin alas, que brincaban atareadas sobre su maraña de tentáculos en forma de mano.
Ya se ha hecho alusión a los brillantes objetos sobre los mástiles que se levantaban
por encima de la terraza del edificio más cercano. El señor Cave, tras mirar fijamente a
uno de estos mástiles en un día especialmente claro, cayó en la cuenta de que el objeto
brillante que allí se encontraba era un cristal exactamente igual que el que él estaba
atisbando. Y una inspección todavía más minuciosa le convenció de que cada uno,
aproximadamente unos veinte, sostenía un objeto similar.
De vez en cuando, una de las grandes criaturas voladoras revoloteaba hasta uno de
ellos y, tras plegar sus alas y enrollar parte de los tentáculos en el mástil, miraba fijamente
el cristal durante un rato —a veces durante más de quince minutos—. Y una serie de
observaciones, realizadas por sugerencia del señor Wace, persuadieron a los dos
observadores de que, por lo que se refería a este mundo visionario, el cristal que estaban
escudriñando se hallaba efectivamente en la cúspide del último mástil situado en la
terraza, y que por lo menos en una ocasión, uno de estos habitantes de otro mundo había
mirado al señor Cave a la cara mientras efectuaba observaciones. Eso por lo que
respecta a los hechos esenciales de esta historia realmente singular.
A menos que lo descartemos todo como una ingeniosa invención del señor Wace,
debemos creer una de estos dos cosas: o bien el cristal del señor Cave se hallaba en dos
mundos a la vez, y mientras se movía en uno permanecía estacionario en el otro, lo cual
parece del todo absurdo; o bien mantenía una peculiar relación con otro cristal
exactamente igual en este otro mundo, de modo que lo que veía en el interior del que se
hallaba en este mundo resultaba, bajo condiciones adecuadas, visible para un observador
en el correspondiente cristal del otro mundo; y viceversa. Hasta ahora, ignoramos
realmente de qué forma dos cristales pueden entrar en relación, pero hoy en día sabemos
lo suficiente como para comprender que el hecho no es del todo imposible. Esta relación
entre los dos cristales fue una suposición que se le ocurrió al señor Wace, y a mí al
menos me parece extremadamente creíble...
¿Y dónde estaba ese otro mundo? Al respecto, la vivaz inteligencia del señor Wace
también arrojó luz rápidamente. Después de ponerse al sol, el cielo se oscureció con
rapidez, el crepúsculo fue un breve intervalo, y las estrellas brillaron. Podían reconocerse
las mismas que nosotros vemos, agrupadas en las mismas constelaciones. El señor Cave
reconoció la Osa, las Pléyades, Aldebarán y Sirio: por tanto, el otro mundo debía de
encontrarse en algún lugar del sistema solar y, como máximo, sólo a unos centenares de
millones de kilómetros del nuestro. Siguiendo esta pista, el señor Wace aprendió que el
cielo de medianoche era de un azul más oscuro incluso que el de nuestro cielo invernal, y
que el Sol parecía un poco más pequeño... ¡Y que había dos lunas pequeñas!, «iguales
que nuestra Luna, pero más pequeñas, con diferentes marcas», una de las cuales se
movía con tanta rapidez que su movimiento resultaba claramente visible si se la
observaba. Estas lunas nunca se elevaban al cielo, sino que se desvanecían mientras
iban surgiendo: es decir, cada vez que daban la vuelta se eclipsaban porque estaban muy
cerca de su planeta primario. Y todo esto responde completamente, aunque el señor Cave
no lo supiera, a lo que deben de ser las condiciones de Marte.
Por tanto, parece una conclusión sumamente plausible que al atisbar en el interior de
este cristal, lo que el señor Cave realmente viera fuese el planeta Marte y sus habitantes.
Y, en el caso de que así fuera, entonces la estrella vespertina que resplandecía con toda
brillantez en el cielo de aquella distante visión era nada menos que nuestra familiar Tierra.
Durante algún tiempo, los marcianos, si es que eran marcianos, no parecieron
enterarse de la inspección del señor Cave. Una o dos veces se acercaron a atisbar, y se
marcharon en seguida a algún otro mástil, como si la visión no fuera satisfactoria. Durante
este tiempo, el señor Cave pudo contemplar la situación de este pueblo alado sin ser
molestado por su atención, y, aunque el informe es necesariamente vago y fragmentario,
no por ello resulta menos sugestivo. Imaginad la impresión que de la humanidad
obtendría un observador marciano, el cual, tras un difícil proceso de preparación y con
considerable fatiga de los ojos, lograra observar Londres desde la aguja de la iglesia de
St. Martin durante intervalos, como mucho, de tres o cuatro minutos. El señor Cave fue
incapaz de averiguar si los marcianos alados eran los mismos que brincaban por los
terraplenes y las terrazas, y si estos últimos podían volar a voluntad. Varias veces vio
bípedos torpes, que recordaban vagamente a los monos, blancos y parcialmente
translúcidos, alimentándose entre algunos de los árboles de liquen, y en una ocasión vio
que un grupo de éstos huía ante el acoso de uno de los marcianos saltadores de cabeza
redonda. Uno de éstos atrapó a uno con sus tentáculos, y entonces la imagen se
desvaneció repentinamente, dejando al señor Cave completamente impotente en la
oscuridad. En otra ocasión, una cosa enorme, de la que el señor Cave pensó en un
principio que era un insecto gigante, apareció avanzando con extraordinaria rapidez por el
terraplén junto al canal. Mientras se acercaba, el señor Cave percibió que era un
mecanismo de metal brillante y de extraordinaria complejidad. Y luego, cuando volvió a
mirar, ya estaba fuera de su vista.
Al cabo de algún tiempo, el señor Wace pretendió atraer la atención de los marcianos,
y la siguiente vez que los extraños ojos de uno de ellos aparecieron cerca del cristal, el
señor Cave gritó y saltó a un lado, e inmediatamente encendieron la luz y empezaron a
gesticular de forma sugestiva para hacer señales. Pero cuando el señor Cave volvió a
examinar el cristal, el marciano había desaparecido.
Hasta aquí habían progresado estas observaciones a principios de noviembre, y
entonces el señor Cave, notando que las sospechas de su familia sobre el cristal se
habían calmado, empezó a llevarlo con él de una parte a otra, a fin de consolarse como
había hecho en ocasiones anteriores, de día y de noche, con lo que se había convertido
rápidamente en el acontecimiento más real de su existencia.
En diciembre, el trabajo del señor Wace fue en aumento debido a la inminencia de un
examen, las sesiones tuvieron que suspenderse de mala gana durante una semana, y
durante diez u once días —no está muy seguro de cuántos— no volvió a ver a Cave.
Entonces, ansioso por reanudar las investigaciones, y aliviada la tensión de sus trabajos
estacionales, se dirigió a Seven Dials. En la esquina notó unos postigos delante del
escaparate de una pajarería y luego otros ante el de un zapatero remendón. La tienda del
señor Cave estaba cerrada.
Llamó y le abrió la puerta el hijastro, vestido de negro. Éste llamó en seguida a la
señora Cave, quien, según el señor Wace pudo observar, vestía un traje de luto barato
pero amplio e imponente. Sin demasiada sorpresa, el señor Wace se enteró de que el
señor Cave había muerto y ya había sido enterrado. Ella estaba llorando, y su voz era
profunda. Acababa de regresar de Highgate. Su mente parecía preocupada por su propio
futuro y por los honorables detalles de las exequias, pero el señor Wace pudo por fin
conocer los detalles de la muerte de Cave. Le habían encontrado muerto en la tienda por
la mañana temprano, al día siguiente de su última visita al señor Wace, y el cristal había
quedado atrapado entre sus manos frías como la piedra. Su rostro sonreía, dijo la señora
Cave, y el paño de terciopelo negro de los minerales yacía a sus pies en el suelo. Debía
de llevar ya muerto cinco o seis horas cuando lo encontraron.
Esto produjo una gran conmoción en el señor Wace, que empezó a reprocharse
amargamente por haber descuidado los evidentes síntomas de la mala salud del anciano.
Pero su principal preocupación era el cristal. Abordó el tema con precaución, pues
conocía las peculiaridades de la señora Cave. Se quedó sin habla al saber que había sido
vendido.
El primer impulso de la señora Cave, tras subir el cuerpo de Cave al dormitorio, había
sido escribir al clérigo chiflado que había ofrecido cinco libras por el cristal, para informarle
de su recuperación; pero, tras una violenta búsqueda a la que se sumó la hija, se
convencieron de que habían perdido su dirección. Como carecían de los medios
requeridos para llorar y enterrar a Cave con el primoroso estilo que exige la dignidad de
un habitante de Seven Dials, habían recurrido a un amigo anticuario de Great Portland
Street. Él había accedido amablemente a hacerse cargo de parte de la mercancía según
tasación. Él mismo efectuó la tasación, y el huevo de cristal fue incluido en uno de los
lotes. El señor Wace, tras manifestar las frases de condolencia, un tanto improvisadas tal
vez, corrió de inmediato a Great Portland Street. Pero allí se enteró de que el huevo de
cristal ya había sido vendido a un hombre alto y moreno vestido de gris.
Y aquí terminan bruscamente los hechos materiales de esta curiosa historia que, al
menos para mí, resulta muy sugestiva. El comerciante de Great Portland Street no sabía
quién era el hombre alto y vestido de gris; no le había observado con la suficiente
atención para describirlo con detalle. Ni siquiera sabía qué dirección había tomado esta
persona después de abandonar la tienda. Durante algún tiempo el señor Wace
permaneció en la tienda, poniendo a prueba la paciencia del comerciante con preguntas
desesperadas, dando libre curso a su propia exasperación. Por fin, comprendiendo
bruscamente que todo el asunto se le había escapado de las manos, que se había
desvanecido como una visión nocturna, regresó a sus habitaciones, un poco sorprendido
de encontrar las notas que había tomado, aún tangibles y visibles sobre su desordenada
mesa.
Su disgusto y su decepción fueron naturalmente muy grandes. Realizó una segunda
visita (igualmente infructuosa) al comerciante de Great Portland Street, y recurrió a los
anuncios en aquellos periódicos que tenían más probabilidades de caer en manos de un
coleccionista de artículos raros. También escribió cartas a The Daily Chronicle y a Nature,
pero ambas publicaciones, sospechando que se trataba de una broma, le pidieron que
reconsiderara su acción antes de imprimir, y le advirtieron que aquella historia tan extraña,
lamentablemente sin pruebas que la sustentaran, podía poner en peligro su reputación
como investigador. Por otra parte, las obligaciones de su propio trabajo eran perentorias.
Así, al cabo de un mes, salvo por algún recordatorio ocasional a ciertos anticuarios, tuvo
que abandonar de mala gana la búsqueda del huevo de cristal, que a partir de ese día
permanece en algún lugar desconocido. Sin embargo, él me ha dicho, y yo lo creo
firmemente, que de vez en cuando tiene arrebatos de celo en los que abandona sus más
urgentes ocupaciones y vuelve a iniciar la búsqueda.
Que permanezca o no perdido para siempre, con su material y su propio origen, son
cosas sobre las que se puede especular en todo momento. Si el actual propietario es un
coleccionista, cabría esperar que las indagaciones del señor Wace hubieran llegado a sus
oídos a través de los anticuarios. Ya que había sido capaz de descubrir al clérigo y al
«oriental» del señor Cave, que no eran sino el reverendo James Parker y el joven príncipe
de Bosso-Kuni, en Java. Les estoy muy agradecido por determinados pormenores. El
interés del príncipe no se debía más que a una simple curiosidad... y extravagancia. Se
había mostrado tan ansioso de comprar porque Cave era extrañamente reacio a vender.
También es muy posible que el comprador en segunda instancia fuera simplemente un
comprador ocasional, y no un coleccionista, y que el huevo de cristal se encuentre en
estos momentos, posiblemente, a menos de un kilómetro de distancia, decorando un
salón o sirviendo de pisapapeles, sin que se conozcan sus extraordinarias propiedades.
Y, por lo tanto, se debe en parte a la idea de dicha posibilidad que yo haya dado a esta
narración una forma que le dará la oportunidad de ser leída por el normal consumidor de
ficción.
Mis propias ideas en esta materia son prácticamente idénticas a las del señor Wace.
Estoy convencido de que el cristal en lo alto del mástil en Marte y el huevo de cristal del
señor Cave se hallan en alguna clase de relación física, pero que de momento resulta
inexplicable, y ambos creemos, además, que el cristal terrestre debió de ser enviado aquí
desde allí — posiblemente en fecha remota— con el fin de ofrecer a los marcianos una
visión próxima de nuestras costumbres. Es muy posible que los que aparecen en los
cristales de otros mástiles también se encuentren en nuestro globo. Ninguna teoría de las
alucinaciones alcanza a explicar los hechos.
LA MUJER DEL VESTIDO GENÉTICO
Daniel Gilbert

Cuando le pedí «algún material biográfico», Daniel Gilbert replicó animosamente:
«Empecé a escribir cf en 1978, cuando tropecé con Ubik. Era la primera vez que leía
ciencia ficción. Por entonces Phil Dick comenzó a ofrecerme muchos e inmerecidos
ánimos. Excelente hombre, ciertamente. Escribo muy despacio y con poca frecuencia
porque mi primer amor es la psicología experimental. De este modo mi obra aparece
irregularmente y Dios-sabe-cuándo. Soy un psicólogo que chapotea en la ciencia ficción,
Erik Satie y Emerson. Actualmente aspiro a un puesto en el Departamento de Psicología
de la universidad de Princeton. Soy miembro de la National Science Foundation y espero
ser eyaculado a la desolación del mercado académico en 1985. Mi trabajo en psicología
social experimental (no, que Dios no lo quiera, psicología clínica) está clasificado entre los
límites de la teoría del atributo y el conocimiento social...» En este momento resonó en
mis oídos la jovial voz de Isaac Asimov hablándome de otro tema: «Incluso un analfabeto
científico como tú debería entender esto», me dijo el Buen Doctor. Quizás alguna
vibración de esa voz ha llegado hasta el señor Gilbert, porque él sigue diciendo: «Soy
muy torpe con esto de la biografía, así que inventa algo que sea más intrigante». Bien, de
acuerdo. A los diecisiete años Daniel Gilbert era el factor más joven al servicio de la
empresa Hudson's Bay, antes de huir de Fort Ungava con una hermosa esquimal, y...
Pero quizá sea mejor que sigamos con la historia.
Daniel Gilbert escribe: «Nací en 1958 y estoy casado con una experta en informática
más lista que yo (Windy), y tengo un derecho a afirmar la buena salud de ambos: un
retoño de siete años llamado Arlo. Bibliografía: algunos relatos de cf en Questar, Amazing
Stories, en Perpetual Light de Alan Ryan, Pawn to Infínity de Fred y Joan Saberhagen,
New Dimensions 13 de Marta Randall. También he escrito (en colaboración con C. G.
Lord) artículos sobre psicología».
Llevaba veinte minutos tratando de hablar por el intercomunicador con la señorita
Hartley (una hazaña similar a la resurrección de Lázaro, aunque en cierta forma más
complicada por el hecho de que la señorita Hartley es una estúpida, no un muerto)
cuando por fin decidí ir a la sala para averiguar qué le pasaba.
El individuo era vulgar, y yo, violando mi convicción más profunda (la adquisición de
negocios lucrativos) estuve a punto de no verlo sentado en el diván. Estaba hojeando un
número de la revista Ingeniería Genética, que como es lógico conservamos en
portapliegos de similicuero con bordes dorados. Nuestra clientela es aficionada a estas
cosas.
—Ah, buenos días, caballero —dije.
Definitivamente había que reprender a la señorita Hartley por abandonar su puesto en
la sala de recepción y dejar desatendido a un cliente. Observé un moscardón que
zumbaba irritantemente en la sala. Extendí hábilmente mi lengua y lo cacé.
Esos insectos, qué fastidio.
—Permítanle excusarme por el tratamiento grosero e inexcusable que ha sufrido usted
—dije—, y asegurarle que ésta no es la línea seguida por Diseños Neomórficos. ¿Puedo
ofrecerle un jerez?
—Desde luego.
Él apenas levantó los ojos de la revista.
Brinqué de un solo salto hasta el frasco de jerez.
Enseña siempre lo mejor que tengas para ofrecer, enséñalo claramente y de modo tai
que neutralice al jactancioso que todos llevamos dentro. No he llegado a ser Primer
Ejecutivo y V.I.P. de la Casa de Diseños Neomórficos por ignorar máximas como estas.
Observé que el visitante había visto mi majestuoso salto y me acerqué a él con aire
natural, ofreciéndole un orbe de platino con jerez.
—¿Le han enseñado nuestra moda actual? —inquirí.
—Ah, ah.
Mi capacidad perceptiva es tan afilada como una cimitarra, y al momento noté que el
chic no era la lengua madre de aquel hombre. Cambié prontamente al menos fluido
inglés, que carece de posibilidades para reflejar el matiz de la moda, pero que es
francamente útil con los plebeyos. Hablo fluidamente setenta y tres idiomas naturales y
seis artificiales, y la frase, «¿Metálico, cuenta corriente o tarjeta?» es igualmente deliciosa
en todos ellos.
—Anfibio básico —dije, volviéndome para ofrecerle una vista de mis bolsas de aire—.
Una opción conservadora para caballeros parciales. La llevo desde el 23 y todavía no he
salido del círculo de la moda. No obstante, nuestra línea de verano ofrece un estilo en
cierto modo más espectacular, si ésa es su preferencia.
—Comprendo —dijo el caballero, sin interés.
Debo admitir que me desconcertó esta réplica superficial. ¿Había perdido mi toque de
gracia? ¡Ciertamente no! Comencé en este negocio como visitador, vendiendo injertos de
ala nada funcionales para un almacén que vendía al descuento, y no he llegado tan lejos
para que me disuadan con tanta facilidad.
Además, sería provechoso que mis dos jefes de ventas, Simson y Seeforth, vieran al
Viejo salir del despacho como una reliquia ambulante y hacer una venta. No, no discutan.
Sé lo que ellos piensan de mí.
Recorrí con la mirada al individuo como si fuera un guante blanco. Yo no soy el oráculo
de Delfos del mundo de la moda, ni deseo parecer didáctico. Algunos prefieren un cambio
morfológico total, otros un injerto de buen gusto.
Aquel hombre no tenía nada de eso.
Lucía el mismo cuerpo vulgar de homo sapiens con el que indudablemente vino al
mundo. ¿Qué hacía él, por tanto, sorbiendo jerez en la sala de la más prestigiosa casa de
diseños genéticos de Nueva Bombón?
—Al parecer —dije, acercándome peligrosamente a la potencial ira del cliente—, usted
prefiere la moda mamífera. —Un buen vendedor debe calcular los riesgos, y el hombre no
parecía alterado—. Con espléndido gusto —añadí—. ¿Ha pensado en un cambio
morfológico total o en un injerto elegante? Podemos satisfacer ambas peticiones, por
supuesto, y aunque en mi época una agalla aquí o un pie palmeado allí era el pináculo del
encanto, los tiempos han cambiado y me gustaría sugerirle que un cambio morfológico
completo, tal vez un simio o la línea Rodentia, le situaría en condiciones de ser un
absoluto innovador entre la chic-de-la-chic...
—Señor..., eh...
Me miró fija, desagradablemente.
—Starsworth, discúlpeme. Pero llámeme Harvard.
—Señor Harvard, no he venido aquí por mí. Francamente, no me va esta clase de
cosas.
¿Cosas?
¿Había dicho aquel homo (que estaba bebiendo mi jerez, dicho sea de paso) «cosas»?
Respiré profundamente varias veces como me había aconsejado mi analista en cierta
ocasión, y reprimí mi cólera.
—Distinguido señor, la ingeniería genética difícilmente puede ser un mero dictado de la
moda, un necio capricho social. No obstante, me pondré prontamente a su servicio si
tiene la bondad de explicarme cómo.
—Bien, es mi esposa —repuso, y se rascó la barbilla (qué gesto tan grosero)—. Ella
desea un nuevo cambio.
—¿Una alteración subsiguiente?
—Sí, lo ha captado.
Cómo ofende al oído la vulgaridad. No obstante, logré conservar la debida calma.
—Cualquier transformación neomórfica puede invertirse o mejorarse para satisfacer el
gusto personal, y estoy seguro de que su encantadora esposa aplaudirá su decisión de
consentir que Casa de Diseños Neomórficos efectúe dichas modificaciones. Pero...,
¿dónde está su esposa, caballero?
El caballero miró hacia el techo, sus ojos volaron por la sala.
—No lo sé —dijo—. Estaba zumbando por aquí.
FIN

AQUI TRABAJAMOS..., DURMIENDO ¡ NO MOLESTAR!

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