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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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lunes, 15 de junio de 2009

LEYENDAS : Relatos de los Mares del Sur - Jack London

Jack London

Relatos de los Mares del Sur

Índice

Koolau el leproso

El inevitable hombre blanco

Mauki

Las terribles Salomón

Las perlas de Parlay

En la estera de Makaloa

El diente de ballena

El chinago

Koolau el leproso

––Nos privan de la libertad porque estamos enfermos. Hemos acatado la ley. No hemos hecho nada malo. Y, sin embargo, nos encierran en una prisión. Molokai es una cár­cel. Vosotros lo sabéis. Ahí tenéis a Niuli. Mandaron a su hermana a Molokai hace siete años. Desde entonces no ha vuelto a verla ni volverá a verla jamás. Seguirá allí hasta que muera. No por voluntad propia, ni por voluntad de Niuli, sino por voluntad de los blancos que gobiernan el país. Y ¿quiénes son esos blancos?

»Sí, lo sabemos. Nos lo han dicho nuestros padres y los padres de nuestros padres. Llegaron como corderos y con buenas palabras. No tenían más remedio que decir buenas palabras porque éramos muchos y fuertes y las islas eran nuestras. Como os digo, vinieron con buenas palabras. Los había de dos clases. Unos pidieron permiso, nuestro gracio­so permiso, para predicar la palabra de Dios. Los otros soli­citaron permiso, nuestro gracioso permiso, para comerciar. Aquello fue el comienzo. Hoy todas las islas son suyas. Las tierras, los rebaños, todo les pertenece. Los que predicaban la palabra de Dios y los que predicaban la palabra del ron se han unido y se han convertido en jefes. Viven como reyes en casas de muchas habitaciones con multitud de criados que les sirven. Los que no tenían nada, ahora son dueños de todo, y si vosotros, o yo, o cualquier canaca tiene hambre, fruncen el ceño y le dicen: ¿Por qué no trabajas? Ahí tienes las plantaciones.

Koolau hizo una pausa. Levantó la mano y con dedos sar­mentosos y contrahechos alzó la guirnalda llameante de hi­biscos que coronaba sus negros cabellos. La luz de la luna bañaba de plata la escena. Era una noche pacífica, aunque los que estaban sentados a su alrededor parecían supervi­vientes de una encarnizada batalla. Sus rostros eran leoni­nos. Aquí se abría un vacío donde antes hubiera una nariz, y allá surgía un muñón en el lugar de una mano. Eran hom­bres y mujeres, treinta en total, desterrados porque en ellos llevaban la marca de la bestia.

Estaban sentados, adornados con guirnaldas de flores, en medio de la noche perfumada y luminosa. Sus labios articu­laban ásperos sonidos y sus gargantas aprobaban con gru­ñidos toscos las palabras de Koolau. Eran criaturas que una vez fueran hombres y mujeres, pero que habían dejado de serlo. Eran monstruos, caricaturas grotescas en el rostro y en el cuerpo de todo lo que caracteriza al ser humano. Ho­rriblemente mutilados y deformes, semejaban seres tortu­rados en el infierno a lo largo de milenios. Sus manos, si las tenían, eran como garras de arpías. Sus rostros eran ano­malías, errores, formas machacadas y aplastadas por un dios furioso encargado de la maquinaria de la vida. Aquí y allá se adivinaban rasgos que aquel dios colérico casi había borrado. Una mujer lloraba lágrimas abrasadoras que bro­taban de dos horribles pozos gemelos abiertos en el lugar que un día ocuparon los ojos. Unos cuantos de entre ellos padecían horribles dolores, y de sus pechos surgían gemi­dos roncos. Otros tosían con un crujido suave que recorda­ba el rasgar de un papel de seda. Dos de ellos eran idiotas, enormes simios desfigurados desde su factura de tal modo que un mono a su lado habría parecido un ángel. Hacían muecas y farfullaban a la luz de la luna, bajo coronas de flo­res doradas que comenzaban a perder su lozanía. Uno de aquellos seres, cuyo lóbulo hinchado ondeaba como un abanico sobre su hombro, arrancó una espléndida flor na­ranja y escarlata y decoró con ella la enorme oreja que ale­teaba con cada movimiento de su cuerpo.

Sobre estas criaturas reinaba Koolau y aquéllos eran sus dominios, una garganta ahogada por las flores, una garganta sembrada de riscos y peñascos, de la que surgían, para que­dar después flotando en el espacio, los balidos de las cabras salvajes. La cerraban por tres lados murallas de roca festo­neadas con fantásticos cortinajes de vegetación tropical y horadadas por entradas a cuevas, guaridas de los súbditos de Koolau. En dirección al mar el suelo se despeñaba hacia un tremendo abismo del que sobresalían, allá abajo, crestas de picos y peñascos en torno a cuyas bases espumeaba y ru­gía el oleaje del Pacífico.

Con buen tiempo los barcos podían arribar a la playa ro­cosa que marcaba la entrada al Valle de Kalalau, pero muy bueno había de ser el tiempo para ello. Y un montañero ex­perto podía quizá trepar desde la playa hasta lo más pro­fundo del valle, hasta la cavidad rodeada de riscos donde reinaba Koolau, pero experto en extremo había de ser el montañero y muy bien tenía que conocer aquellos senderos agrestes. Lo asombroso era que los súbditos de Koolau, aquella escoria humana, hubieran sido capaces de arrastrar su inútil miseria por caminos vertiginosos para llegar a aquel lugar inaccesible.

––Hermanos ––comenzó Koolau.

Pero una de aquellas aberraciones simiescas y quejum­brosas emitió en aquel momento una risa salvaje de demen­te, y Koolau se interrumpió hasta que el eco de la desenfre­nada carcajada, tras rebotar en las murallas rocosas, fue a perderse en la distancia a través de la noche sin pulso.

––Hermanos, ¿no os parece raro? Nuestras eran las tierras y he aquí que ya no son nuestras. ¿Qué nos dieron a cambio los que predicaban la palabra de Dios y del ron? ¿Alguno de vosotros ha recibido un dólar, un dólar siquiera, por sus propiedades? Y, sin embargo, ahora todo les pertenece a ellos y a cambio nos dicen que podemos ir a trabajar la tie­rra, sus tierras, y que lo que produzcamos con nuestro tra­bajo será suyo. Antes ni siquiera teníamos que trabajar, y ahora, cuando estamos enfermos, nos quitan la libertad.

––¿Quién trajo nuestro mal, Koolau? ––preguntó Kiloliana, un hombre seco y nervudo de rostro tan semejante al de un fauno reidor que lo natural habría sido ver pezuñas hendi­das bajo su cuerpo. Y eran hendidos sus pies, es cierto, pero las hendiduras eran úlceras y putrefacciones vivas. Y, sin embargo, aquél era Kiloliana, el trepador más osado de to­dos, el hombre que conocía los senderos de cabras y que ha­bía guiado a Koolau y a sus maltrechos seguidores hasta los escondrijos más recónditos de Kalalau.

––Buena pregunta ––respondió Koolau––. No quisimos tra­bajar los campos de caña de azúcar en que una vez pastaron nuestros caballos y por eso trajeron esclavos chinos de allen­de los mares. Y con ellos llegó el mal que nosotros padece­mos y por el cual nos encierran en Molokai. Nacimos en Kauai. Hemos estado en otras islas, en Oahum, en Mauim, en Hawai, en Honolulú, y, sin embargo, hemos vuelto a Kauai. ¿Por qué? Tiene que haber un motivo. Y es que ama­mos esta tierra. Hemos nacido aquí y aquí hemos vivido. Y moriremos aquí a menos... a menos que haya débiles de co­razón entre nosotros. A ésos no los queremos. Para ellos se ha hecho Molokai. Si es que aquí hay algún cobarde, que no siga entre nosotros. Mañana desembarcarán los soldados. Que bajen a su encuentro los tímidos de corazón. Los envia­rán inmediatamente a Molokai. Los demás nos quedaremos y lucharemos. Y sabed que no hemos de morir. Tenemos ri­fles. Conocéis los angostos senderos por los que han de tre­par los hombres, uno a uno. Yo, Koolau, que fui una vez va­quero en Niihau, puedo defender el paso solo contra un mi­llón de hombres. Escuchad a Kapalei, que fue juez y hombre de honor y hoy no es más que una rata acosada como voso­tros. Oídle. Es un hombre sabio.

Kapalei se levantó. Había sido juez, había estudiado en la Universidad de Punahou y se había sentado a la mesa con ca­balleros, con jefes y con los representantes de potencias ex­tranjeras que protegían los intereses de comerciantes y mi­sioneros. Tal había sido Kapalei. Pero ahora, como acababa de decir Koolau, no era más que una rata acosada, una cria­tura fuera de la ley, tan hundida en el cenagal del horror que se hallaba por encima, tanto como por debajo, de la legali­dad. En su rostro no quedaban más rasgos que unos profun­dos orificios y dos ojos sin párpados que ardían bajo unas cejas lampiñas.

––No busquemos pendencia ––comenzó––. Les hemos pedi­do que nos dejen vivir en paz. Si no lo hacen, la culpa será suya y suyo será el castigo. No tengo dedos, como veis ––alzó los muñones que habían sustituido a sus manos para que los vieran todos––, pero me queda la falange de un pulgar que puede apretar un gatillo con la misma firmeza con que dis­paraba su vecino desaparecido. Amamos Kauai. Vivamos o muramos aquí, pero no vayamos nunca a la prisión de Mo­lokai. Esta enfermedad no es nuestra. No hemos pecado. Los hombres que predicaban la palabra de Dios y los que predicaban la palabra del ron trajeron este mal con los escla­vos chinos que trabajan las tierras robadas. He sido juez. Conozco esta tierra y conozco la justicia y os digo que es in­justo robar a un hombre, que es injusto hacerle contraer el mal chino y confinarle luego en una prisión para el resto de sus días.

––La vida es corta y las horas están llenas de dolor ––dijo Koolau––. Bebamos, bailemos y seamos lo más felices que podamos.

De uno de los cubiles rocosos sacaron calabazas, llenas de la ardiente destilación de la raíz del ti, que circularon entre los reunidos. Y en tanto que el fuego líquido maldecía al atra­vesar sus cuerpos y trepaba a sus cerebros, aquellas criaturas olvidaron que habían dejado de ser hombres y mujeres por­que otra vez se consideraron tales. La que lloraba lágrimas ardientes que brotaban de simas abiertas en el lugar de los ojos se sentía indudablemente una mujer vibrante de vida mientras pulsaba las cuerdas de un ukulle y elevaba su voz en una bárbara llamada de amor semejante a la que debió de surgir de las profundidades del bosque en los albores de la humanidad. El aire se estremecía con su lamento suavemente imperioso y seductor. Sobre una estera, siguiendo el ritmo de la canción, bailaba Kiloliana. No cabía duda. El amor danza­ba en todos sus movimientos, y al poco le acompañaba una mujer de amplias caderas y pechos generosos desmentidos por un rostro corrompido por la lepra. Era aquélla la danza de los muertos vivos, porque la vida seguía amando y anhe­lando en sus cuerpos en desintegración. Siguió la mujer cu­yos ojos sin vida lloraban lágrimas ardientes entonando un lamento de amor, siguieron los bailarines danzando su amor en la noche templada y siguieron circulando las calabazas hasta que llegaron reptando a todos los cerebros los gusanos de la memoria y el deseo. A la mujer que bailaba sobre la este­ra se le unió una doncella de rostro hermoso e incólume, pero cuyos brazos sarmentosos, que subían y bajaban, reve­laban la violencia de su mal. Y los dos idiotas, farfullando y articulando sonidos extraños, danzaban aparte grotescos, fantásticos, caricaturizando el amor del mismo modo que la vida les había transformado a ellos en caricatura.

Pero el lamento de amor de la mujer se quebró a medio camino. Bajaron las calabazas e interrumpieron su danza los bailarines mientras dirigían la vista al abismo marítimo donde un cohete fulguraba, como un fantasma pálido, a tra­vés del aire iluminado por la luna.

––Son los soldados ––dijo Koolau––. Mañana habrá pelea. Conviene que durmamos y estemos preparados.

Los leprosos obedecieron y se arrastraron hacia sus gua­ridas hasta que Koolau quedó solo, sentado inmóvil a la luz de la luna con el rifle cruzado sobre las rodillas mirando ha­cia abajo, a lo lejos, a los barcos que llegaban a la playa.

El fondo del Valle de Kalalau constituía un refugio inme­jorable. Excepto Kiloliana, que conocía hasta el último sen­dero de las escarpadas laderas, nadie podía llegar hasta el valle si no era atravesando un paso de unas cien yardas de longitud y a lo más doce pulgadas de anchura. A ambos la­dos se abría el abismo. Un solo resbalón y el que pretendía atravesarlo caía a la derecha o a la izquierda hacia una muer­te segura. Pero si lograba salvar esa distancia, llegaba a un paraíso terrenal. Un mar de vegetación bañaba el paisaje cu­briendo con verde oleada el valle entero de un extremo a otro, goteando en masas de vides desde las alturas y arrojan­do a las innumerables concavidades rocosas salpicaduras de líquenes y helechos. Durante los muchos meses del reinado de Koolau, él y sus seguidores habían luchado por contener ese mar vegetal. A fuerza de trabajo habían logrado detener el avance de aquella jungla asfixiante y del aluvión de flores, de forma que no arrasara los bananos, los naranjos y los mangos que se daban espontáneamente. En los claros crecía la mandioca, en las terrazas rocosas rellenas con tierra había sembrados de taro y de melones, y en los espacios abiertos, allá donde llegaba la luz del sol, se elevaban árboles de papa­ya cargados de fruta dorada.

Koolau se había visto empujado a ese refugio desde el va­lle vecino a la playa. Y si le echaban de allí, sabía aún de otras gargantas ocultas entre marañas de picos, sabía de fortale­zas recónditas hasta las que podía conducir a sus súbditos y continuar viviendo. Pero ahora estaba echado en el suelo, con el rifle a su lado, vigilando a través de una pantalla de fo­llaje a los soldados de la playa. Reparó en que iban armados con enormes máquinas de guerra en cuya superficie se refle­jaba el sol como en un espejo. Frente a él se hallaba el paso, angosto como filo de cuchillo, y desde el lugar en que estaba apostado veía motitas que eran hombres trepar por el sende­ro que conducía hasta donde él se hallaba. Sabía que no eran soldados, sino policías. Cuando ellos fracasaran, el ejército entraría en acción.

Pasó cariñosamente una mano contrahecha sobre el ca­ñón de su rifle y se aseguró de que la mira estaba limpia. Ha­bía aprendido a tirar cuando cazaba ganado salvaje en Niihau y aún se recordaba en esa isla su certera puntería. Conforme las motitas se acercaban, calculó la distancia, la dirección del viento que soplaba en ángulo recto sobre la li­nea de fuego, y la posibilidad de tirar demasiado alto al obje­tivo que se hallaba por debajo de donde él se encontraba. No dio a conocer su presencia hasta que los hombres llegaron al extremo del pasaje. Aun entonces no salió de su escondite, sino que habló desde la espesura.

––¿Qué queréis? ––preguntó.

––Buscamos a Koolau, el leproso ––respondió el hombre que dirigía a los policías nativos, un americano de ojos azules.

––Volved atrás ––dijo Koolau.

Conocía a aquel hombre, el sheriff de la isla, porque era él quien le había acosado hasta expulsarle de Niihau, quien le había obligado a atravesar Kauai hasta el Valle de Kalalau, quien le había forzado a retroceder hasta la garganta.

––¿Quién eres? ––preguntó el sheriff.

––Soy Koolau, el leproso ––fue la respuesta.

––Sal entonces. Venimos por ti. Ofrecen una recompensa de mil dólares por tu captura, vivo o muerto. No puedes es­capar.

Koolau rió en voz alta en medio de la espesura.

––¡Sal! ––ordenó el sheriff, pero sólo le respondió el silencio.

Conferenció con los policías, y Koolau vio que se dispo­nían a atacarle.

––Koolau ––gritó el sheriff––. Voy a cruzar el paso para cap­turarte.

––Pues antes de hacerlo, mira bien a tu alrededor. Mira el sol, el mar y el cielo porque será la última vez que los con­temples.

––No me asustas, Koolau ––dijo el sheriff en tono concilia­dor––. Sé que tienes una puntería infalible. Pero no dispara­rás sobre mí. Nunca he sido injusto contigo.

Koolau gruñó en la espesura.

––Te digo que nunca he sido injusto contigo, y ¿no es ver­dad? ––insistió el sheriff.

––Eres injusto conmigo cuando tratas de encerrarme en una prisión ––fue la respuesta––. Y eres injusto conmigo cuan­do intentas ganarte los mil dólares de recompensa que ofre­cen por mi cabeza. Si quieres vivir, quédate donde estás.

––Tengo que cruzar el paso y apresarte. Lo siento, pero es mi deber.

––Morirás antes de atravesarlo.

El sheriff no era un cobarde. Y, sin embargo, dudó. Miró al vacío que se abría a sus pies y recorrió con la vista el paso que debía atravesar, estrecho como filo de cuchillo. Luego se decidió.

––¡Koolau! ––exclamó.

Pero la espesura permaneció en silencio. ––Koolau, no dispares. Voy para allá.

El sheriff se volvió. Dio unas cuantas órdenes a los policías y emprendió el peligroso camino. Avanzó lentamente. Era como andar sobre la cuerda floja. No podía apoyarse sino en el aire. El suelo de lava se desmoronaba bajo sus pies y los fragmentos de roca se precipitaban a ambos lados hacia el abismo. El sol ardía sobre su cabeza y su rostro estaba húme­do de sudor. Aun así siguió avanzando hasta que llegó a la mitad del camino.

––¡Deténte! ––le ordenó Koolau desde la espesura––. ¡Un paso más y disparo!

El sheriffse tambaleó en busca de equilibrio y al fin quedó en pie, inmóvil, sobre el vacío. Estaba pálido, pero en sus ojos se leía una firme decisión. Se humedeció los labios con la lengua antes de hablar.

––Koolau, no dispararás. Sé que no lo harás.

Echó a andar de nuevo. La bala le obligó a dar media vuel­ta. Mientras giraba sobre sí mismo antes de caer, apareció en su rostro una expresión de quejumbrosa sorpresa. Quiso salvarse tratando de arrojarse de través sobre el estrecho pa­saje, pero en aquel mismo instante conoció la muerte. Al se­gundo siguiente, el paso estaba vacío. Entonces dio comien­zo el ataque. Cinco policías echaron a correr en fila india por el estrecho sendero en soberbio equilibrio. En aquel mismo instante, el resto del destacamento abrió fuego sobre la espe­sura. Reinó la locura. Cinco veces apretó Koolau el gatillo con tal rapidez que los cinco disparos parecieron un solo so­nido. Cambiando de posición y agazapándose bajo las balas que mordían y silbaban a través de la maleza, se asomó al ex­terior. Cuatro policías habían seguido al sheriff. El quinto había caído atravesado sobre el filo rocoso y continuaba vivo. Al otro lado seguían los policías restantes, que habían dejado de disparar. Allá donde se hallaban, sobre la roca desnuda, no cabía esperanza para ellos. Antes de que hubie­ran logrado bajar a gatas la escarpada ladera, Koolau habría podido eliminar hasta el último hombre. Pero no disparó, y uno de los policías, después de conferenciar con sus compa­ñeros, sacó una camiseta blanca y la hizo ondear en el aire a modo de bandera. Seguido por uno de sus compañeros, avanzó a través del angosto pasaje hasta llegar junto al heri­do. Koolau no dio señales de vida, pero les vio alejarse lenta­mente y convertirse poco a poco en puntitos conforme des­cendían hasta el valle vecino a la playa.

Dos horas después, y oculto tras otro arbusto, vio cómo un destacamento de policías trataba de efectuar el ascenso por el lado opuesto del valle. Vio huir a las cabras salvajes ante ellos mientras subían y subían hasta que, dudando de su discernimiento, llamó a Kiloliana, que llegó trepando a colocarse a su lado.

––No podrán. Es imposible ––dijo Kiloliana.

––¿Y las cabras? ––preguntó Koolau.

––Vienen desde el valle vecino, pero no pueden pasar a éste. Es imposible. Y esos hombres no pueden saber más que las cabras. Caerán y morirán. Mirémosles.

––Son valientes ––dijo Koolau––. Mirémosles.

Siguieron tendidos en el suelo, el uno junto al otro, entre las campanillas y bajo una lluvia de flores amarillas de hau, mirando aquellas motitas que eran hombres trepar trabajo­samente ladera arriba hasta que lo que tenía que pasar pasó y tres de ellos cayeron resbalando, rodando, patinando, de un reborde del barranco y se despeñaron desde una altura de mil pies.

Kiloliana soltó una risa ahogada.

––No nos molestarán más ––dijo.

––Tienen máquinas de guerra ––fue la respuesta de Koo­lau––. Los soldados no han hablado todavía.

En la tarde somnolienta, la mayoría de los leprosos dor­mían en sus cubiles rocosos. Koolau, con el rifle, limpio y preparado, sobre las rodillas, dormitaba a la entrada de su propia guarida. La mujer de los brazos contrahechos vigila­ba allá abajo, desde la espesura, el estrecho pasaje. De pronto sobresaltó a Koolau el sonido de una explosión. Un instante después el estruendo despedazaba increíblemente la atmós­fera. Aquel ruido terrible le asustó. Era como si todos los dioses a una hubieran tomado en sus manos la cobertura del cielo y la rasgaran como rasga una mujer una sábana de al­godón. Pero era aquél un desgarrar inmenso, que se acerca­ba a toda velocidad. Koolau levantó la vista con aprensión, como esperando ver las consecuencias de aquel estruendo. De pronto, en el pico que se elevaba por encima de su cabe­za, una granada estalló con un surtidor de humo negro. La roca voló en mil pedazos y los fragmentos cayeron al pie de la cresta.

Koolau se pasó una mano por la frente sudorosa. Estaba terriblemente alterado. Nunca había presenciado un bom­bardeo y lo juzgó más horrible de lo que nunca habría ima­ginado.

––Una ––dijo Kapalei aplicándose de pronto a la tarea de lle­var la cuenta.

Una segunda y una tercera granadas pasaron rugiendo por encima de la muralla rocosa y estallaron fuera de su vista. Ka­palei seguía contando metódicamente. Los leprosos se apiña­ron en un claro ante las cuevas. Al principio estaban aterra­dos, pero al ver que las granadas continuaban volando por encima de sus cabezas se tranquilizaron y comenzaron a ad­mirar el espectáculo. Los dos idiotas se estremecían de placer y hacían cabriolas con cada proyectil que veían pasar ator­mentando el aire. Koolau empezó a recuperar la confianza. No les hacían ningún daño. Era evidente que las granadas no podían lanzarse a tal distancia con la precisión de una bala.

Pero de pronto cambió la situación. Las granadas comen­zaron a caer cortas. Una de ellas estalló en la espesura, cerca del angosto pasaje de roca. Koolau recordó a la muchacha que estaba allí apostada y bajó corriendo a ver qué había su­cedido. Los arbustos seguían humeando mientras él se arrastraba por debajo del follaje. Lo que vio le dejó atónito. Las ramas estaban rotas y astilladas. Donde antes estuviera la muchacha, había un hueco abierto en el suelo. Su cuerpo estaba despedazado. El proyectil había estallado justo enci­ma de ella.

Tras asomarse entre la espesura para comprobar que nin­guno de los soldados trataba de cruzar el paso, Koolau echó a correr hacia las cuevas. Las granadas seguían gimiendo, aullando, chillando, y el valle retumbaba y reverberaba con el ruido de las explosiones. Cuando estuvo lo bastante cerca de las cuevas, vio a los dos idiotas haciendo cabriolas, cogi­dos de las manos con los dedos amuñonados. Aún corría cuando un surtidor de humo se elevó del suelo muy cerca de los idiotas. La explosión los lanzó en direcciones opuestas. Uno de ellos quedó inmóvil, pero el otro reptó con ayuda de las manos hacia su cueva. Remolcaba tras él sus piernas inú­tiles mientras la sangre brotaba de su cuerpo. Conforme se arrastraba, gemía como un cachorro. El resto de los lepro­sos, a excepción de Kapalei, había huido al interior de las ca­vernas.

––Diecisiete ––dijo Kapalei––. Dieciocho ––añadió después. La última granada había penetrado en una de las cuevas. Ante aquella explosión se vaciaron automáticamente todas las guaridas, pero de aquella que había alcanzado el proyec­til no salió nadie. Koolau se adentró en ella reptando a través del humo acre y picante. Cuatro cuerpos horriblemente mu­tilados yacían en el interior. Uno de ellos era el de la mujer ciega, cuyas lágrimas no habían cesado hasta entonces.

En el exterior, Koolau halló a sus súbditos presas de páni­co. Habían empezado a trepar por el sendero de cabras que conducía al exterior de la garganta, hacia el revoltijo de cres­tas y simas. El idiota herido trataba de seguirlos gimiendo débilmente y arrastrándose con la fuerza de sus manos. Pero al llegar a la primera pendiente le dominó su impotencia y resbaló.

––Será mejor matarle ––dijo Koolau a Kapalei, que seguía sentado en el mismo lugar.

––Veintidós ––respondió Kapalei––. Sí, será mejor matarle. Veintitrés. Veinticuatro.

El idiota lanzó un quejido agudo al ver el rifle que le apun­taba. Koolau dudó y bajó el arma.

––No puedo hacerlo ––dijo.

––No seas estúpido. Veintiséis. Veintisiete ––dijo Kapalei––. Déjame a mí.

Se levantó y se acercó a la criatura herida con un pedrusco en la mano. En el momento en que levantaba los brazos para asestar el golpe, una granada estalló de lleno sobre su cuerpo librándole de la necesidad de actuar y poniendo, al mismo tiempo, fin a su cómputo.

Koolau estaba solo en la garganta. Vio a los últimos de sus súbditos arrastrar sus cuerpos mutilados sobre la cresta de la montaña y desaparecer al otro lado. Se volvió y bajó hasta los arbustos donde había muerto la muchacha. Continuaban lloviendo las granadas, pero él permaneció allá abajo por­que desde aquel lugar veía trepar a los soldados. Un proyectil estalló a veinte pies de donde él se hallaba y, aplastado contra el suelo, oyó volar los fragmentos por los aires. Un chapa­rrón de flores de hau cayó sobre su cuerpo. Levantó la cabe­za para mirar hacia el sendero y suspiró. Tenía mucho mie­do. Las balas de los rifles no le asustaban, pero el bombardeo de granadas le resultaba abominable. Cada vez que una de ellas pasaba junto a él, Koolau se encogía, se estremecía, se agazapaba, pero una y otra vez volvía a incorporarse para mirar al sendero.

Al fin cesó el bombardeo. Debía de ser, dedujo, porque los soldados se estaban acercando. Reptaban por el camino en fila india, y trató de calcular su número hasta que perdió la cuenta. Eran, en cualquier caso, unos cien los que se aproxi­maban, todos ellos en busca de Koolau el leproso. Sintió un fugaz aguijonazo de orgullo. Venían por él, policías y solda­dos, con rifles y máquinas de guerra, por él, un hombre solo y, por añadidura, un despojo. Ofrecían mil dólares por su captura, vivo o muerto. En toda su vida no había poseído tanto dinero. Fue aquél un pensamiento amargo. Kapalei te­nía razón. Él, Koolau, no había hecho nunca nada malo. Los haoles habían traído a coolies chinos porque necesitaban mano de obra para trabajar las tierras robadas, y con ellos había llegado el mal. Y ahora, sólo porque lo había contraí­do, valía un millar de dólares. Pero no, él no. Lo que valía todo ese dinero era su cuerpo inútil, podrido por la enfer­medad o muerto por la explosión de una granada.

Cuando los soldados llegaron al paso estrecho como filo de cuchillo, estuvo a punto de avisarles. Pero su mirada fue a dar en los restos de la mujer asesinada y guardó silencio. Cuando ya seis hombres se habían aventurado a cruzar el paso, abrió fuego y no cesó de disparar hasta que lo vio desierto. Volvió a cargar el arma y disparó de nuevo. Luego siguió disparando. Todos los agravios recibidos ardían en su cerebro abrasándole en fiebre de venganza. A lo largo del agreste sendero que des­cendía a la playa, los soldados respondían con sus armas y, aunque estaban tendidos en el suelo y trataban de ocultarse tras ligeras irregularidades de la superficie rocosa, eran dianas perfectamente expuestas a sus disparos. Las balas silbaban y caían con un ruido sordo en torno a él. Alguna que otra rebo­taba en la piedra cruzando el aire con un silbido agudo. Una de ellas abrió un surco somero en su cuero cabelludo y otra pasó abrasando, rozándole el omoplato sin rasgarle la piel.

Fue aquélla una masacre en la que un hombre solo causó todas las muertes. Los soldados empezaron a retirarse re­molcando a sus heridos. Mientras Koolau seguía disparan­do sobre ellos, llegó a su olfato un olor a carne chamuscada. Miró a su alrededor, y al poco descubrió que procedía de sus propias manos. Era el calor del rifle. La lepra había destrui­do la mayor parte de los nervios de sus extremidades, y, aun­que su propia carne se abrasaba y él sentía el olor, no experi­mentaba la menor sensación.

Siguió tumbado en el suelo entre la espesura, sonriendo, hasta que recordó las máquinas de guerra. Sin duda volve­rían a hacer fuego y, esta vez, los proyectiles irían dirigidos al matorral desde el cual había disparado. Apenas se había trasladado a un escondrijo formado por un pequeño rebor­de de la muralla rocosa, un lugar adonde no alcanzaban las granadas, cuando volvió a comenzar el bombardeo. Contó los proyectiles. Sesenta cayeron en el interior de la garganta antes de que dejaran de retumbar los morteros. La diminuta zona estaba de tal modo acribillada que parecía imposible que criatura alguna pudiera haber sobrevivido. Eso pensa­ron evidentemente los soldados, pues de nuevo comenzaron a trepar por el sendero de cabras bajo el sol ardiente de la tar­de. Y de nuevo les fue disputado y de nuevo retrocedieron hasta la playa.

Dos días más defendió Koolau el paso, a pesar de que los soldados se complacían en arrojar granadas a su escondite, hasta que al fin Pahau, un niño leproso, subió al pico rocoso que se alzaba al fondo de la garganta y le gritó que Kiloliana había muerto de una caída, que las mujeres estaban asusta­das y no sabían qué hacer. Koolau le ordenó que bajara y le prestó un fusil con que defender el paso. Halló a sus súbdi­tos descorazonados. La mayoría eran incapaces de procu­rarse alimento bajo tan adversas circunstancias y se morían de simple inanición. Eligió a dos mujeres y a un hombre, no excesivamente minados por el mal, y les envió a la garganta para que subieran comida y esteras. Animó y consoló al res­to hasta que todos, incluso los más débiles, colaboraron en la construcción de toscos refugios.

Pero los que habían ido en busca de comida no regresa­ban, y Koolau emprendió el camino a la garganta. Al llegar a la cresta de la montaña, rugieron media docena de rifles. Una bala atravesó la parte carnosa de su hombro y una lasca de roca le cortó la mejilla cuando un segundo proyectil fue a estrellarse contra la ladera. Al retroceder de un salto en el momento en que esto ocurrió, vio que el desfiladero estaba lleno de soldados. Sus propios súbditos le habían traiciona­do. Incapaces de soportar por más tiempo el bombardeo, habían preferido la prisión de Molokai.

Koolau retrocedió y se deshizo de una de sus pesadas car­tucheras. Tendido entre las rocas, esperó a que la cabeza y los hombros del primer soldado aparecieran ante su vista y entonces apretó el gatillo. Dos veces disparó, y al fin, tras una pausa, en lugar de una cabeza y unos hombros apareció sobre el reborde de piedra una bandera blanca.

––¿Qué buscas? ––preguntó.

––A ti, si es que eres Koolau el leproso ––respondió una voz. Koolau se olvidó de dónde estaba, se olvidó de todo y, tendido sobre la roca, se maravilló ante la extraña insisten­cia de aquellos haoles dispuestos a imponer su voluntad aun­que se hundiera el mundo. Sí. Impondrían su voluntad a to­dos los hombres y a todas las cosas aunque les fuera la vida en ello. Y no pudo sino admirar ese tesón, esa voluntad que era más fuerte que la vida y que plegaba todas las cosas a su mandato. Estaba convencido de la inutilidad de su lucha. Era imposible resistirse a la terrible voluntad de los haoles. Aun­que matara a mil de ellos, se levantarían tantos como las are­nas del mar y se lanzarían sobre él cada vez en mayor núme­ro. No sabían entender la derrota. Ése era su defecto y ésa era su virtud. Y ahí era donde fracasaban los de su propia raza. Ahora comprendía al fin cómo un puñado de predicado­res de la palabra de Dios y de la palabra del ron se habían apoderado de todas sus tierras. Era porque...

––Bueno, ¿qué dices? ¿Te rindes?

Un hombre invisible hablaba bajo la bandera blanca. Allí estaba, como todos los haoles, empeñado en un propósito concreto.

––Hablemos ––dijo Koolau.

La cabeza y los hombros del hombre blanco se elevaron por encima de la roca. Luego siguió el cuerpo entero. Era un joven de rostro lampiño y ojos azules, esbelto y pulcro den­tro de su uniforme de capitán. Avanzó hasta que Koolau le dio el alto y se sentó a una docena de pasos de él.

––Eres un hombre valiente ––dijo el leproso meditabundo––. Podría aplastarte como a una mosca.

––No. No podrías ––fue la respuesta.

––¿Por qué no?

––Porque, aunque malo, eres un hombre, Koolau. Conoz­co tu historia. Tú matas con justicia.

Koolau gruñó, secretamente halagado.

––¿Qué habéis hecho con mi gente? ––preguntó––. Con el niño, las dos mujeres y el hombre.

––Se han entregado, como vengo a pedirte que hagas tú también.

Koolau rió incrédulo.

––Soy un hombre libre ––anunció––. No he hecho nada malo. He vivido libre y moriré libre. No me entregaré jamás.

––Entonces tus seguidores son más prudentes que tú ––res­pondió el joven capitán––. Mira, ahí vienen.

Koolau se volvió y vio acercarse al resto de su partida. Ve­nían arrastrando su miseria, gimiendo y suspirando, en ho­rrible procesión. Y aun tuvo que saborear Koolau una amar­gura más honda, pues al pasar junto a él le lanzaron insultos e imprecaciones. La tarasca jadeante que cerraba la marcha se detuvo a su lado, extendió las esqueléticas garras de arpía y, agitando su cabeza poseída por la muerte, le lanzó una maldición. Uno por uno descendieron la montaña y se en­tregaron a los soldados ocultos.

––Ahora puedes irte ––dijo Koolau al capitán––. Yo nunca me rendiré. Es mi última palabra. Adiós.

El capitán se deslizó sobre la roca, ladera abajo, para unir­se a sus soldados. Un momento después, y sin bandera de tregua, izó su gorra ensartada en la vaina de la espada y Koo­lau la atravesó con una bala. Aquella misma tarde le obliga­ron a retroceder bombardeándole con granadas desde la playa y le empujaron hasta los refugios más lejanos.

Durante seis semanas le siguieron de escondrijo en escon­drijo sobre picos volcánicos y senderos de cabras. Cuando se ocultó en la jungla, formaron líneas de batidores y le acosa­ron, como a un conejo, entre los guayabos y los arbustos de lantana. Pero una y otra vez, él volvía atrás, esquivaba, esca­paba. No había modo de acorralarle. Cuando el enemigo se acercaba, su rifle certero volvía a alejarlos, y los soldados transportaban sus heridos, sendero abajo, hasta la playa. Otras veces eran ellos los que disparaban cuando su cuerpo bronceado aparecía por un camino entre la maleza. En un momento determinado, cinco de ellos le sorprendieron al descubierto en un sendero de cabras. Vaciaron entonces sus rifles sobre Koolau mientras él se alejaba cojeando, trepan­do por el vertiginoso camino. Hallaron después allí man­chas de sangre y supieron que estaba herido. Al cabo de seis semanas, se dieron por vencidos. Los soldados y los policías volvieron a Honolulú y todo el Valle de Kalalau quedó para uso exclusivo de Koolau, aunque de vez en cuando algún cazador de cabezas, para su desgracia, se aventuraba a se­guirle.

Dos años después Koolau se arrastró, por último, al inte­rior de la espesura y se tendió en el suelo entre las hojas de ti y las flores de jengibre. Libre había vivido y libre iba a mo­rir. Comenzaba a caer una ligera llovizna, y se echó una manta andrajosa sobre la ruina informe de sus miembros. Llevaba puesto un abrigo de tela impermeable. Sobre su pe­cho depositó el máuser deteniéndose antes un momento a limpiar afectuosamente la humedad del cañón. En la mano con que lo secó no quedaba un solo dedo con que apretar el gatillo.

Cerró los ojos, porque de la debilidad de su cuerpo y la vertiginosa confusión de su cerebro había deducido que su fin estaba cerca. Como un animal salvaje, se ocultaba para morir. Semiconsciente, vagamente a la deriva, revivió su ju­ventud transcurrida en Niihau. Conforme la vida se desva­necía y el gotear de la lluvia llegaba cada vez más débilmente a sus oídos, se vio una vez más en el mejor momento de la doma de caballos, sintió los potros rebeldes encabritándose y corcoveando bajo su cuerpo, atados los estribos sobre el vientre, y se encontró cabalgando salvajemente por el cerca­do haciendo saltar la empalizada a los vaqueros. Un instante después, y con aparente naturalidad, se halló persiguiendo toros bravos en las praderas altas, cazándolos a lazo ybaján­dolos a los valles. Y el sudor y el polvo de la dehesa donde marcaban a los animales volvieron a picarle en los ojos y pe­netraron de nuevo en su nariz.

Y aquella juventud espléndida, total, volvió a ser suya has­ta que las agudas punzadas de una disolución inevitable le atrajeron ala realidad. Levantó las manos monstruosas y las miró asombrado. ¿Cómo? ¿Qué razón había? ¿Por qué moti­vo se había transformado en esto toda la fuera de su indo­mable juventud? Y entonces recordó, una vez y sólo por un momento, que era Koolau el leproso. Sus párpados aletearon cansados y el gotear de la lluvia cesó para sus oídos. Un pro­longado temblor se apoderó de su cuerpo. También el tem­blor cesó. Levantó apenas la cabeza y volvió a dejarla caer. Luego sus ojos se abrieron para no cerrarse más. El último pensamiento lo dedicó a su máuser que se apretó contra el pecho con sus manos enlazadas y sin dedos.

El inevitable hombre blanco

––Mientras el negro sea negro y el blanco sea blanco, ni el blanco entenderá al negro, ni el negro al blanco.

Así hablaba el capitán Woodward. Nos hallábamos en Apia, sentados en el salón de la taberna de Charley Roberts y bebiendo Abú––Hameds preparados por el susodicho tabernero que decía haber heredado la receta directamen­te de Steevens, el Steevens famoso por haber inventado esa bebida en los días en que le espoleaba la sed del Nilo, autor de Con Kitchener a Jartum y muerto en el asedio de Ladysmith.

El capitán Woodward, bajito, rechoncho y de avanzada edad, quemado por cuarenta años de sol tropical y dotado de los ojos castaños más hermosos que haya visto jamás en el rostro de un hombre, hablaba cargado de experiencia. La complicada red de cicatrices que adornaba su pelada molle­ra hablaba de una intimidad con el negro lograda a base de recibir hachazos, una intimidad que revelaba asimismo el lado derecho de su cuello, por delante, por detrás, y más exactamente en el lugar por donde había entrado una flecha que él mismo se había extraído por el lado contrario. En el momento en que aquello sucedió, según explicaba él mismo, llevaba bastante prisa, y como el dardo le impidiera correr, había decidido no detenerse a romper la punta, sino sacarlo siguiendo la dirección con que había entrado. Era ahora ca­pitán del Savaü, un vapor que reclutaba trabajadores en las islas del oeste para llevarlos a las plantaciones alemanas de Samoa.

––La mitad del conflicto se debe a la estupidez de los blan­cos ––dijo Roberts, haciendo una pausa para beber unos sor­bos de Abú-Hameds y maldecir en términos afectuosos al camarero samoano––. Si se molestaran un poco en entender cómo piensan los negros, la mayoría de los problemas po­drían evitarse.

––He conocido a unos cuantos que decían comprender a los negros ––respondió el capitán––, y he comprobado que han sido siempre los primeros en terminar kaí-kai (comi­dos). Ahí tiene a los misioneros de Nueva Guinea y de las Nuevas Hébridas, a los de la isla mártir de Erromanga y a to­dos los demás. Recuerde lo que ocurrió a los miembros de aquella expedición austríaca que descuartizaron en las Salo­món, en las selvas de Guadalcanal, y a tantos comerciantes que, con veinte años de experiencia a sus espaldas, presu­mían de que no había quien pudiera con ellos y cuyas cabe­zas adornan hoy las casas––canoas de los nativos. Ahí tiene también el caso de Johnny Simons. Veintiséis años llevaba recorriendo las costas de la Melanesia. Juraba que leía en los nativos como en un libro abierto y que jamás acabarían con él, y, sin embargo, murió en la laguna Marovo de Nueva Georgia. Le cortaron la cabeza un par de negros, una Mary (mujer) y un viejo al que sólo le quedaba una pierna porque la otra se la había dejado en la boca de un tiburón mientras pescaba en aguas previamente dinamitadas. Y recuerde a Billy Watts, famoso por sus matanzas de nativos y hombre capaz de asustar al mismísimo demonio. Aún me acuerdo de cuando atracó en Cabo Little, en Nueva Irlanda, y le roba­ron medio cajón de tabaco que le había costado, como mu­cho, tres dólares y medio. En venganza volvió, mató a seis negros, destrozó sus canoas de guerra y quemó dos de sus aldeas. Y fue allí mismo, en Cabo Little, donde le atacaron cuatro años después cuando se hallaba con cincuenta bukus que había llevado con él para pescar cohombro de mar. A los cinco minutos estaban todos muertos, a excepción de tres hombres que huyeron en una canoa. No me venga con histo­rias. La misión del hombre blanco es colonizar el mundo, y bastante tiene con eso. ¿Cree que le queda tiempo para en­tender a los negros?

––Eso es cierto ––dijo Roberts––, y, por otra parte, tampoco parece que le sea muy necesario. Precisamente la estupidez de los blancos está en proporción directa con el éxito que han tenido en colonizar el mundo...

––Y en implantar el temor de Dios en el corazón del negro ––le interrumpió el capitán Woodward––. Quizá tenga usted razón, Roberts. Quizá sea la estupidez lo que le haya hecho triunfar, y sin duda que un aspecto de esa estupidez es su in­capacidad para entender a otras razas. Pero una cosa es se­gura: que el blanco ha de desplazar al negro le comprenda o no. Es un proceso inevitable. Es el destino.

––Y, naturalmente, el hombre blanco es inevitable. Es el destino del negro ––le interrumpió Roberts––. Dígale a un blanco cualquiera que hay madreperla en una laguna infes­tada por decenas de miles dé caníbales vociferantes e inme­diatamente se pondrá en camino con un reloj despertador que utilizará a modo de cronómetro y media docena de bu­ceadores canacas, todos apretados como sardinas en lata en un espacioso queche de cinco toneladas. Susúrrele al oído que se ha descubierto oro en el Polo Norte y esa misma cria­tura de tez blanca, ese ser inevitable, partirá sin dilación, ar­mado de pico, pala y el último modelo de artesa. Y lo que es más, llegará a su destino. Hágale saber que hay diamantes en las ardientes murallas del infierno y el hombre blanco asal­tará esas murallas y pondrá a trabajar al mismísimo Satán con su pico y con su pala. Ahí tiene el resultado de ser estúpi­do e inevitable.

––Pero me pregunto qué pensará el negro de esa inevitabi­lidad ––les dije.

El capitán Woodward se echó a reír en voz baja. A sus ojos acudió el brillo de un recuerdo.

––Se me ocurre pensar en este momento qué opinarían y seguirán opinando los negros de Malu del hombre blanco inevitable que llevábamos a bordo cuando les visitamos en el Duquesa ––explicó.

Roberts preparó otros tres Abú-Hameds.

––Sucedió hace veinte años. Saxtorph se llamaba. Era, sin lugar a dudas, el hombre más estúpido que he conocido, pero tan inevitable como la muerte. Una cosa solamente sa­bía hacer ese sujeto, y era disparar. Recuerdo el día en que le conocí hace veinte años, aquí mismo, en Apia. Esto fue an­tes de que usted llegara, Roberts. Yo me alojaba donde está ahora el mercado, en el hotel de Henry el holandés. Habrán oído hablar de ese hombre. Amasó una fortuna vendiendo armas de contrabando a los rebeldes. Luego dejó el negocio y seis semanas después murió en Sidney en una trifulca de taberna.

»Pero volviendo a Saxtorph. Una noche, no había hecho más que dormirme, cuando un par de gatos comenzaron a maullar en el patio. Me levanté de la cama y me dispuse a arrojarles una jarra de agua. Pero en aquel momento se abrió la ventana de la habitación contigua. Sonaron dos dis­paros y la ventana se cerró. No puedo expresar con palabras la rapidez con que ocurrió todo. Diez segundos a lo más. La ventana que se abre, pam, pam, suena el revólver, y la venta­na que se cierra. Quienquiera que fuera el autor de los dispa­ros, el caso es que no se molestó siquiera en comprobar qué efecto había causado. Lo sabía sin detenerse a mirarlo. ¿En­tienden lo que quiero decir? Lo sabía. Los gatos no volvieron a molestarnos. A la mañana siguiente allí estaban los dos es­candalosos, secos. Me quedé maravillado. Y sigo estándolo. En primer lugar, en aquel patio no había más luz que la de las estrellas, y Saxtorph había disparado sin apuntar siquiera. En segundo lugar, había apretado el gatillo tan rápidamente que los dos tiros se habrían dicho un solo sonido. Y, final­mente, estaba tan seguro de haber dado en el blanco que ni siquiera se había molestado en comprobarlo.

»Dos días después vino a bordo a visitarme. Yo era enton­ces contramaestre del Duquesa, una goleta absurdamente grande, de ciento cincuenta toneladas, un barco negrero. Y permítanme que les diga que en aquellos tiempos los barcos negreros no eran ninguna tontería. Entonces no había ins­pectores oficiales, es cierto, pero eso tenía el inconveniente de que el gobierno tampoco nos protegía a nosotros. Era trabajo duro. Si acabábamos, cobrábamos lo justo y se ter­minó. Contratábamos a negros en todas las islas de los Ma­res del Sur de donde no nos echaban a patadas. Pues bien, como les decía, subió a bordo John Saxtorph, pues así dijo llamarse. Era de corta estatura, de cabellos y tez como la are­na y ojos del mismo tono. Ni un solo rasgo destacaba en aquel hombre, cuyo espíritu era tan anodino como su color. Me dijo que no tenía un penique y quería enrolarse. Que vendría con nosotros de camarero, de cocinero, de sobrecar­go o simplemente de marinero. No sabía nada de navega­ción, pero estaba dispuesto a aprender. Yo no quería admi­tirle, pero su maestría en el manejo de las armas me había impresionado tanto que le contraté dé marinero con un suel­do de tres libras al mes.

»Efectivamente, estaba dispuesto a aprender. Pero, por naturaleza, era incapaz de aprender nada. Era tan negado para manejar el timón como yo para preparar las mezclas que nos sirve Roberts. Saxtorph es el responsable de mis pri­meras canas. Jamás me atreví a encomendarle el timón cuando había mar gruesa. Las expresiones "Avante toda" y "Listos para orzar" constituían para él misterios insondables. No podía diferenciar el escotín de la jarcia. Le resultaba sencillamente imposible. El trinquete y los foques eran uno y sólo uno a su entender. Se le decía que arriara la mayor y antes de que se diera uno cuenta había arriado otra vela. Tres veces se cayó por la borda sin saber nadar. Estaba siempre de buen humor, nunca se mareaba y era el hombre mejor dis­puesto que he conocido jamás. Era, por otra parte, muy poco comunicativo. Nunca hablaba de sí mismo. Su vida co­menzaba para nosotros el mismo día en que se había enro­lado en el Duquesa. Dónde aprendió a disparar es cosa que sólo saben las estrellas. Era yanqui, según dedujimos de su acento, pero eso fue lo único que llegamos a saber de él.

»Y ahora viene lo interesante del cuento. En las Nuevas Hébridas tuvimos mala suerte. Durante cinco semanas sólo reclutamos catorce hombres. Empujados por los vientos del sureste llegamos a las Salomón. Malaita era entonces, como ahora, un buen filón para contratar trabajadores. Fondea­mos en Malu, en la punta noroeste de la isla. Hay allí dos lí­neas paralelas de arrecifes capaces de poner nervioso a cual­quiera, pero logramos sortearlas y avisamos con dinamita a los negros para que bajaran a enrolarse. En tres días no con­seguimos contratar a un solo hombre. Se acercaban a cien­tos en sus canoas, pero cuando les mostrábamos cuentas, re­tales de percal y hachas, y les hablábamos de las delicias de las plantaciones de Samoa, se reían de nosotros.

»Al cuarto día sobrevino un cambio. Firmaron cincuenta hombres, a quienes alojamos en la bodega, dándoles, desde luego, libertad para subir a cubierta. Naturalmente, recor­dándolo ahora, al cabo de los años, no sé cómo no nos pare­ció sospechoso aquel aluvión de negros, pero en aquel mo­mento lo atribuimos al hecho de que, probablemente, algún jefe poderoso les había relevado de la prohibición de enro­larse. La mañana del quinto día, los dos botes se dirigieron a tierra firme como de costumbre, uno de ellos con el fin de proteger al otro en caso de dificultad. Y también como de costumbre, los cincuenta negros que llevábamos se hallaban en cubierta descansando, hablando, fumando o durmiendo. Los únicos de la tripulación que quedamos a bordo fuimos Saxtorph y yo con otros cuatro marineros. Los remeros de los botes eran nativos de las Gilbert. En una embarcación iban el capitán, el sobrecargo y el encargado de reclutar a los negros. En la otra, la que quedaba fondeada a unas cien yar­das de la playa con el fin de cubrir una posible retirada, iba el segundo de a bordo. Ambos botes estaban bien armados, aunque no se esperaban contratiempos.

»Cuatro marineros, incluido Saxtorph, se hallaban a popa, fregando la borda. El quinto montaba guardia, rifle en mano, junto al depósito del agua situado delante del palo mayor. Yo me hallaba cerca de la proa dando los últimos to­ques a una nueva fogonadura para el trinquete. En el mo­mento en que alargaba la mano para coger mi pipa del lugar donde la había dejado, oí el ruido de un disparo que llegaba de la orilla. Me enderecé para mirar. Algo me pegó en la nuca dejándome parcialmente atontado y caí al suelo. Lo primero que pensé es que se había soltado algún cabo, pero mientras caía, y antes de dar con mi cuerpo en cubierta, oí el estruendo de varios disparos de rifle que provenía de los bo­tes. Me volví y por un segundo vi al marinero que montaba guardia. Dos negrazos le sujetaban los brazos y un tercero le golpeaba por la espalda en la nuca con un hacha.

»Aún me parece que lo estoy viendo. El depósito del agua, el palo mayor, los hombres sujetando al marinero, el hacha descendiendo sobre su nuca y todo bajo la ardiente luz del sol. Me fascinaba la visión creciente de la muerte. El hacha parecía descender con una horrible lentitud. La vi caer por fin y, mientras me desplomaba, vi cómo las piernas del hombre cedían bajo su cuerpo. Los dos negros siguieron sosteniéndole con la fuerza de sus brazos, mientras que el tercero le asestaba un par de hachazos más. Luego, me pro­pinaron dos golpes en la cabeza y decidí que había muerto. Lo mismo decidió la bestia que me los había administrado. Me hallaba totalmente incapacitado para moverme, y allí me quedé, inmóvil, viendo cómo le cortaban la cabeza al centi­nela. Tengo que reconocer que lo hicieron con bastante ha­bilidad. Indudablemente tenían experiencia.

»El ruido de los disparos procedente de los botes había ce­sado. Pensé sin sombra de duda que los tripulantes habían muerto y que había llegado nuestra hora. En pocos minutos volverían para cortarme la cabeza. Era evidente que aquello era lo que hacían en ese preciso instante con los marineros de popa. Las cabezas humanas son muy apreciadas en Ma­laita, especialmente las de los blancos. Ocupan un lugar de honor en las casas––canoas de los nativos que pueblan sus playas. Qué efectos decorativos logran con ellas los habitan­tes del interior es cosa que ignoro, pero el caso es que las va­loran tanto como sus hermanos de la costa.

»Tuve la vaga noción de que debía escapar y me arrastré a cuatro patas hasta el molinete, donde, a duras penas, conse­guí ponerme en pie. Desde allí pude dirigir la vista a popa. Sobre el tejado del camarote había tres cabezas, las de los tres marineros a los que durante meses había dado órdenes. Los negros me vieron de pie y se abalanzaron sobre mí. Eché mano al revólver y vi que me lo habían quitado. No puedo decir que tuviera miedo. Muchas veces había estado cerca de la muerte, pero nunca me había parecido tan fácil morir como en aquel momento. Estaba aturdido y nada me impor­taba.

»El cabecilla negro se había armado con el hacha de la co­cina y hacía muecas siniestras mientras se disponía a reba­narme el cuello. Pero no llegó a hacerlo. Cayó sobre cubierta hecho un ovillo y vi la sangre salir a borbotones de su boca. Como en sueños, oí un rifle disparar y continuar disparan­do. Uno tras otro fueron cayendo los negros. Fui recupe­rando pleno uso de los sentidos y reparé en que ni una sola bala dejaba de llegar a su destino. Cada vez que sonaba un disparo, caía un negro. Me senté en cubierta junto al moline­te y miré hacia arriba. Encaramado en la cruceta estaba Sax­torph. Cómo se las había arreglado para trepar hasta allí es cosa que aún no puedo explicarme, pero el caso es que había subido hasta lo más alto con dos winchester y no sé cuántas cartucheras llenas de munición. Y allí aposentado, hacía la única cosa para la cual le había dotado la naturaleza.

»He visto tiroteos y he visto matanzas, pero hasta aquel momento jamás había presenciado nada semejante. Sentado junto al molinete, contemplé el espectáculo. Me sentía débil y desfallecido y todo lo que veía me parecía un sueño. Pam, pam, pam, seguía sonando el rifle, y clon, clon, clon, seguían cayendo negros sobre la cubierta. Era asombroso verles de­rrumbarse uno tras otro. Después de un primer conato de lanzarse sobre mí, después que hubieran caído una docena de ellos, quedaron paralizados. Pero ni aun así dejó de dis­parar el rifle de Saxtorph. Mientras tanto habían llegado desde la costa los dos botes cargados de negros armados con los snider y los winchester que habían arrebatado a los tri­pulantes. La lluvia de proyectiles que lanzaron sobre Sax­torph fue terrible, pero por suerte para él los nativos sólo dan en el blanco a muy poca distancia. No están acostum­brados a apoyar el rifle en el hombro. Esperan a estar justo encima del objetivo y sólo entonces disparan apoyando la culata en la cadera. Cuando el rifle que utilizaba se calentó demasiado, Saxtorph lo cambió por el otro. Por eso había subido dos.

»Lo verdaderamente sorprendente era la velocidad a que disparaba. No erraba un solo tiro. Si algo ha sido nunca ine­vitable, es aquel hombre. Era la rapidez con que ocurría todo lo que hacía la matanza tan terrible. Los negros no tenían tiempo de pensar. Cuando lograban hacerlo, se lanzaban al agua a toda prisa volcando con ello las canoas. Saxtorph no cejaba. La superficie del mar estaba cubierta de cuerpos y las balas seguían lloviendo sobre ellos. Ni un solo disparo fallaba, y desde donde me encontraba oía el ruido sordo de las balas enterrándose en la carne humana.

»Los negros se dispersaron para dirigirse a la costa a nado. El agua estaba alfombrada de cabezas. Yo me levanté y como en un sueño lo vi todo: las cabezas que se agitaban y las cabezas que, de pronto, dejaban de agitarse. Algunos de aquellos disparos fueron realmente magníficos, dada la dis­tancia del objetivo. Sólo un negro llegó hasta la playa, y, en el momento en que se ponía en pie, Saxtorph le alcanzó con una bala. Fue un hermoso espectáculo. Y cuando otros dos negros corrieron a socorrer al que había caído, Saxtorph les mató también.

»Creí que todo había terminado cuando oí disparos de nuevo. Un negro había salido de la cámara para correr hacia la borda cayendo a medio camino. El camarote debía de es­tar lleno de nativos. Conté hasta veinte. Uno por uno salie­ron como rayos en dirección a la borda, pero ni uno solo llegó a ella. Parecía un ejercicio de tiro de pichón. Un negro salía de la escalera de cámara, pam, sonaba el rifle de Sax­torph, y allá caía el cuerpo. Naturalmente los que estaban abajo no sabían lo que ocurría en cubierta, y en consecuen­cia continuaron saliendo hasta que cayó el último de ellos.

»Saxtorph esperó un rato para asegurarse y luego bajó a cubierta. Éramos los únicos supervivientes de la tripulación del Duquesa y yo estaba bastante maltrecho, mientras que él era un completo inútil una vez terminado el tiroteo. Siguien­do mis instrucciones me lavó las heridas de la cabeza y me dio unos cuantos puntos. Un largo trago de whisky me pro­porcionó las fuerzas suficientes para dejar aquel lugar. Era inútil hacer otra cosa. Todos los compañeros habían muer­to. Tratamos de hacernos a la mar, con Saxtorph izando las velas y yo al timón. Había vuelto a ser el marinero de antes, torpe y sin experiencia. No sabía ni cómo empezar a izar ve­las, y cuando caí al suelo desmayado, todo parecía anunciar que había llegado nuestro fin.

»Cuando recobré el sentido, hallé a Saxtorph sentado en el junquillo esperando pacientemente para preguntarme qué hacer. Le dije que examinara a los heridos y viera si ha­bía alguno capaz de arrastrarse. Reunió a seis. Recuerdo que uno de ellos tenía una pierna rota, pero Saxtorph me aseguró que podía mover los brazos. Echado en cubierta a la sombra y espantándome las moscas, supervisé las ma­niobras mientras Saxtorph daba órdenes a su equipo de li­siados. Que me aspen si no es cierto que obligó a aquellos pobres negros a tirar uno por uno de todos los cabos hasta que dio con las drizas. Uno de los nativos se soltó de pronto de la jarcia mientras izaba una vela y cayó en cubierta muerto. Pero Saxtorph golpeó a los otros y les obligó a se­guir trabajando. Cuando el trinquete y la mayor estaban izadas, les dije que levaran ancla. Luego me ayudaron a lle­gar junto al timón, donde me dispuse a empuñar las cabi­llas. No sé cómo se las arregló, pero lo cierto es que en lugar de cobrar las cadenas, largó la segunda ancla y quedamos doblemente fondeados.

»Al fin conseguimos levar y el Duquesa se hizo a la vela. Las cubiertas eran todo un espectáculo. Allá donde uno mi­rase, veía negros muertos o agonizantes. Algunos habían ido a caer en los lugares más inconcebibles. El camarote es­taba lleno de hombres que habían llegado arrastrándose desde cubierta para morir allí. Puse a Saxtorph y a su cua­drilla de enterradores a trabajar arrojando cuerpos por en­cima de la borda, y allí fueron, mezclados, vivos y muertos. Aquel día los tiburones se dieron un buen banquete. Natu­ralmente, los cuatro marineros muertos a manos de los ne­gros siguieron el mismo camino. Las cabezas las metimos en un saco que cargamos con lastre para impedir que la ma­rea las arrastrara hacia la playa y cayeran en manos de los negros.

»Respecto a los cinco prisioneros, decidí utilizarlos como tripulantes, pero ellos decidieron otra cosa por su cuenta. Esperaron el momento oportuno y se lanzaron al agua por la borda. Saxtorph dio cuenta de dos en el aire con su revólver, y habría hecho lo mismo con los otros tres, que se hallaban ya en el agua, si yo no lo hubiera impedido. Me repugnaba tanta carnicería, y, por otra parte, nos habían ayudado a zar­par. Pero mi misericordia no sirvió de nada, porque los tibu­rones acabaron con los tres.

»Una vez que nos alejamos de tierra, me atacaron una es­pecie de fiebres cerebrales. El Duquesa fue a la deriva duran­te tres semanas, al cabo de las cuales me recuperé y seguimos pausadamente rumbo a Sidney. En cualquier caso aquellos negros de Malu aprendieron la eterna lección: que es mejor no buscarle las cosquillas al hombre blanco. En aquella oca­sión no cabe duda de que Saxtorph fue inevitable.

Charley Roberts emitió un largo silbido y dijo:

––Eso es evidente. Pero, ¿qué fue de él?

––Se dedicó a la caza de focas y llegó a ser un verdadero ex­perto. Durante seis años se le tuvo por uno de los mejores pescadores de las flotas de Victoria y San Francisco. El sép­timo año un crucero ruso capturó su goleta y, según se dijo entonces, fue enviado en unión del resto de la tripulación a las minas de sal de Siberia. Lo cierto es que no he vuelto a sa­ber de él.

––Colonizar el mundo ––murmuró Roberts––. Bueno, brin­do por ellos. Alguien tiene que hacerlo. A colonizar el mundo, me refiero.

El capitán Woodward se pasó la mano por las cicatrices que cruzaban su pelada cabeza.

––Yo ya he cumplido ––dijo––. Llevo cuarenta años dedicado a esa tarea. Éste será mi último viaje. Luego volveré a casa y no me moveré de allí.

––Le apuesto lo que quiera a que no será así ––le desafió Ro­berts––. Usted morirá con las botas puestas, no en su casa. El capitán Woodward aceptó inmediatamente la apuesta, pero, personalmente, creo que ganará Charley Roberts.

Mauki

Pesaba ciento diez libras. Tenía el pelo ensortijado y su piel era negra. Pero de un negro muy especial. Ni azulado ni rojizo, sino tirando a ciruela. Se llamaba Mauki y era hijo de un jefe. Tenía tres tambos, palabra melanesia que significa «prohibición» y es prima hermana del término polinesio tabú. Los tres tambos de Mauki eran los siguientes: prime­ro, no podía estrechar manos femeninas ni podía permitir que mujer alguna le tocara ni a él ni ninguna de sus perte­nencias. Segundo, no podía comer almejas ni alimento al­guno guisado sobre un fuego al calor del cual se hubieran cocinado dichos moluscos. Tercero, no podía cazar coco­drilos ni navegar en canoas que transportaran una parte de este animal por pequeña que fuera, aunque sólo se tratara de un diente.

Tenía la dentadura de un negro distinto, intenso, o, mejor dicho, de un negro hollín. Se la había teñido así su madre en una sola noche frotándola con un mineral en polvo proce­dente de un yacimiento que había a espaldas de Port Adams, poblado marinero de Malaita, la más indómita de las islas del archipiélago de las Salomón, tan indómita que ni comer­ciantes ni colonos han logrado hasta ahora poner el pie en ella. Desde los tiempos de los primeros pescadores de co­hombro de mar y comerciantes de sándalo, hasta los días re­cientes de negreros provistos de rifles automáticos y moto­res de gasolina, decenas y decenas de aventureros blancos han muerto en esa isla víctimas de las hachas y las balas explosivas de los nativos. Así es como Malaita continúa siendo hoy el lugar preferido de los reclutadores de mano de obra que recorren sus costas en busca de trabajadores que contra­tar para las plantaciones de las islas vecinas, más civilizadas, por un sueldo de treinta dólares al año. Los habitantes de esas islas vecinas están ya demasiado influidos por la civili­zación para trabajar en plantaciones.

Mauki tenía las orejas agujereadas, no en un sitio ni en dos, sino en un par de docenas. En uno de los orificios más pequeños llevaba una pipa de cerámica. Los mayores eran demasiado grandes para tal adorno. La cazuela de la pipa habría pasado a través de ellos. De hecho, en el agujero más grande de cada oreja llevaba tapones redondos de madera de unas cuatro pulgadas de diámetro. La circunferencia de dichas aberturas medía aproximadamente doce pulgadas y media. Mauki no era muy especial en sus gustos. En los ori­ficios más pequeños llevaba entre otras cosas casquillos va­cíos, clavos, tornillos de cobre, pedazos de cuerda, briznas de cables trenzados, tiritas de hojas verdes y, al atardecer, con la fresca, flores de hibisco color escarlata. De ello se de­ducirá que para andar por la vida no necesitaba bolsillos, los cuales, por otra parte, le estaban vedados por consistir toda su indumentaria en un retazo de percal de varias pulgadas de anchura. En la cabeza lucía una navaja con la hoja cerrada sobre un rizo del cabello. Su posesión más preciada era el asa de un tazón de porcelana que llevaba colgada de un anillo de concha de tortuga pendiente a su vez del tabique nasal.

Pero a pesar de estos adornos, su cara resultaba agrada­ble. Era el suyo un rostro hermoso desde cualquier punto de vista, sobre todo tratándose de un nativo de la Melanesia. Sólo tenía un defecto: le faltaba firmeza. Era suavemente afe­minado, casi aniñado. Tenía los rasgos pequeños, regulares y delicados, la barbilla, débil, y lo mismo podría decirse de sus labios. Ni la mandíbula, ni la frente, ni la nariz denota­ban energía ni carácter. Sólo a sus ojos asomaba un reflejo de las cualidades que en tan gran proporción formaban parte integrante de su personalidad y que, generalmente, pasaban inadvertidas. Eran éstas la valentía, la tenacidad, el arrojo, la imaginación y la astucia, y cuando todas ellas hallaban cau­ce y expresión en un acto consecuente y decidido, dejaba atónitos a los que le rodeaban.

Su padre era jefe del poblado de Port Adams y, en conse­cuencia, Mauki era, por su nacimiento, hombre de agua sa­lada. Podría decirse que era medio anfibio. Sabía de peces y ostras y el arrecife era para él un libro abierto. También en­tendía de canoas. Había aprendido a nadar cuando tenía un año y a los siete podía contener la respiración durante un mi­nuto y llegar en vertical a una profundidad de treinta pies. También a los siete años fue robado por los hombres del inte­rior, que no saben nadar y tienen miedo al océano. Desde en­tonces Mauki vio el mar solamente a distancia, a través de los claros de la selva o desde espacios abiertos en los picos de las montañas. Pasó a ser esclavo de Fanfoa, jefe de una veintena de aldeas diseminadas por las laderas de las montañas de Malaita y de las cuales se elevan columnas de humo, única prueba para los navegantes de la existencia de aquellos po­bladores del interior. Porque los blancos no penetran en Ma­laita. Lo intentaron una vez en los tiempos en que llegaron buscando oro y dejaron allí sus cabezas colgadas, con una perpetua mueca en el rostro, de los cabios ahumados, en las cabañas de los hombres del interior.

Cuando Mauki tenía diecisiete años, a Fanfoa se le acabó el tabaco. La situación era desesperada. Fueron aquéllos tiempos difíciles para todos sus poblados. Y es que Fanfoa había cometido un error. Suo era un puerto tan pequeño que las goletas no podían hacer en él las maniobras necesarias para fondear. Estaba rodeado de mangles cuyas ramas col­gaban sobre las aguas profundas. Era un verdadero cepo, y al interior del cepo fueron a entrar dos blancos en un peque­ño queche. Venían a reclutar trabajadores y traían para co­merciar tabaco y mercancías en abundancia, a más de tres rifles y una buena cantidad de munición. No había hombres de agua salada en Suo, y sólo por aquel lugar los hombres del interior tenían acceso al mar. Los dos blancos del queche hi­cieron un espléndido negocio. En sólo veinticuatro horas contrataron a veinte trabajadores. Hasta el viejo Fanfoa fir­mó. Pero aquel mismo día, los recién reclutados cortaron la cabeza a los dos blancos, mataron a toda la tripulación y quemaron el barco. Durante tres meses hubo abundancia de tabaco y provisiones en todos los poblados del interior. Pero después llegaron buques de guerra que arrojaron granadas a las montañas desde muchas millas de distancia obligando a los nativos a abandonar sus poblados y a ocultarse en lo más recóndito de la selva. Luego enviaron a tierra firme des­tacamentos que quemaron las aldeas junto con el tabaco y la mercancía, talaron cocoteros y bananos, arrasaron los huer­tos de taro y acabaron con cerdos y gallinas.

Fanfoa aprendió la lección, pero, mientras, tuvo que pa­sarse sin tabaco. Sus súbditos estaban demasiado asustados para acercarse a los barcos de los reclutadores. Por esa razón Fanfoa ordenó que bajaran a su esclavo Mauki para que se enrolara a cambio de medio cajón de tabaco, amén de cu­chillos, hachas, percal y cuentas que pagaría con su trabajo en las plantaciones. Mauki estaba aterrado cuando le subie­ron a bordo de la goleta. Se sentía como un cordero condu­cido al sacrificio. Los blancos eran criaturas feroces. Tenían que serlo, o de otro modo no se habrían atrevido a acercarse a las costas de Malaita y a penetrar en sus puertos, dos en cada goleta, cuando cada una de ellas llevaba de quince a veinte negros de tripulación y a veces hasta sesenta o setenta nativos que habían reclutado. Por añadidura, estaba el peli­gro que representaban los habitantes de la costa, que en cualquier momento podían atacar la goleta y a su tripula­ción. Por fuerza los blancos tenían que ser terribles. Además poseían objetos mágicos tales como rifles que disparaban muchas veces y con enorme rapidez, piezas de hierro y de la­tón que hacían andar los barcos cuando no soplaba el vien­to, y cajas que hablaban y reían igualito que los hombres. Y habían oído hablar de un blanco cuya magia era tan pode­rosa que podía quitarse los dientes y volvérselos a poner a voluntad.

Bajaron a Mauki al camarote y uno de los dos blancos quedó en cubierta vigilando con un par de revólveres en el cinturón. En el interior del camarote estaba sentado el otro ante un libro en el que trazaba extraños signos y rayas. Miró a Mauki como si se tratara de un cerdo o de una gallina, le examinó las axilas y escribió algo en el libro. Luego le tendió el palito con que escribía, y Mauki apenas rozó el papel con la punta, obligándose así a trabajar durante tres años para la Compañía Jabonera Moongleam. Nadie le explicó que para hacerle cumplir el compromiso se emplearía la feroz volun­tad del hombre blanco, ni que tras éste, y para el mismo fin, estaba todo el poder de los barcos de guerra de la Gran Bre­taña.

Había otros negros a bordo procedentes de lugares igno­tos. Siguiendo las órdenes del hombre blanco, le arrancaron la pluma que adornaba sus cabellos, le cortaron el pelo muy corto y enrollaron en torno a su cintura un lava––lava de per­cal amarillo brillante.

Tras pasar muchos días en la goleta, y tras ver más tierras y más islas de las que nunca había imaginado que existieran, le desembarcaron en Nueva Georgia y le obligaron a bregar en los campos talando la jungla y cortando caña. Por prime­ra vez conoció el significado de la palabra «trabajo». Ni cuando era esclavo de Fanfoa había trabajado tanto. Y a Mauki no le gustaba trabajar. Se levantaba al amanecer, se acostaba de anochecida y comía dos veces al día. El alimento era siempre el mismo. Durante semanas enteras no les da­ban más que batatas y las dos semanas siguientes no comían más que arroz. Día tras día separó de la cáscara la carne de los cocos, y día tras día, durante largas semanas, alimentó las hogueras con qué se ahumaba la copra hasta que le escocie­ron los ojos. Entonces le pusieron a talar árboles. Manejaba bien el hacha, y por ello le destinaron al equipo encargado de construir puentes. En una ocasión le castigaron asignándole a la cuadrilla dedicada a abrir caminos. Otras veces formaba parte de la tripulación de los barcos que traían copra de pla­yas distantes o se hacía a la mar con los blancos para dinami­tar la pesca.

Entre otras cosas aprendió a hablar el inglés béche––de––mer, lo cual le permitió entenderse con los capataces y con todos sus compañeros, que de otro modo habrían utilizado un mi­llar de dialectos diferentes. Aprendió también varias cosas acerca de los blancos, entre ellas que siempre cumplían su palabra. Si le decían a un hombre que iban a darle tabaco, se lo daban. Si le advertían que si hacía algo determinado le zu­rrarían la badana, cuando así ocurría le zurraban efectiva­mente la badana. Mauki no sabía lo que era zurrar la bada­na, pero sospechaba que tenía algo que ver con la sangre y con los dientes que muchas veces acompañaban a semejan­te acción. Una cosa aprendió bien, y fue que los blancos no castigaban a nadie que no hiciera algo prohibido. Aun cuan­do se emborrachaban, cosa que sucedía a menudo, jamás pegaban a un hombre a menos que hubiera violado alguna norma.

A Mauki no le gustaba la plantación. Odiaba el trabajo y era hijo de un jefe. Además hacía ya diez años que Fanfoa se lo llevara de Port Adams y echaba de menos su casa. Hasta añoraba sus tiempos de esclavitud. Por eso escapó. Se inter­nó en el bosque con idea de seguir en dirección al sur hasta la playa y robar allí una canoa con que volver a Port Adams. Pero le atacaron las fiebres, fue capturado y le devolvieron, más muerto que vivo, al lugar de donde había huido.

Al poco escapó de nuevo, esta vez en compañía de dos hombres de Malaita. Recorrieron veinte millas hasta llegar a la costa y buscaron refugio en la cabaña de un hombre libre de su isla que vivía en esa aldea. Pero en lo más oscuro de la noche llegaron dos hombres blancos que no temían a los habitantes del poblado y que zurraron con gusto la badana a los tres prófugos, les ataron como a cerdos y les arrojaron a una lancha. Al hombre que les había dado refugio, siete ve­ces debieron de zurrarle la badana por el modo en que vola­ban por los aires cabellos, tiras de piel y dientes, de forma que nunca más volvió a atreverse a ocultar a un prófugo.

Durante un año entero trabajó Mauki. Al cabo de este tiempo le asignaron al servicio de una casa donde la comida era buena y la vida agradable. Requería muy poco esfuerzo mantenerlo todo limpio y servir al hombre blanco whisky y cerveza a todas las horas del día y la mayor parte de las de la noche. Aquella vida le gustaba, pero Port Adams le gustaba mucho más. Le quedaban dos años de trabajo según el con­trato, demasiados para el que sufre la angustia de la añoran­za. Con el tiempo había adquirido experiencia y, por otra parte, ahora que trabajaba en una casa tenía más oportuni­dades para huir. Estaba encargado de limpiar los rifles y sa­bía dónde se colgaba la llave del almacén. Preparó la huida y una noche diez hombres de Malaita y uno de San Cristóbal salieron sigilosamente de los barracones y arrastraron uno de los botes hasta la playa. Fue Mauki quien les facilitó la lla­ve del candado del bote y fue Mauki quien equipó éste con una docena de winchesters, una enorme cantidad de muni­ción, un cajón de dinamita, detonadores y mecha, y diez ca­jas de tabaco.

Soplaba el monzón del noroeste. Hacia el sur volaron en medio de la noche, ocultándose durante el día en islotes lejanos y deshabitados, o arrastrando el bote hasta el interior de la espesura cuando pasaban junto a islas más grandes. Así llegaron a Guadalcanal, bordearon parte de sus costas y cru­zaron los Estrechos Indispensables en dirección a Florida. Fue en esta isla donde los nativos mataron al hombre de San Cristóbal y donde le cocinaron y comieron su cuerpo reser­vando la cabeza. La costa de Malaita se hallaba solamente a veinte millas de distancia, pero la última noche la corriente y un viento desatado les impidieron llegar hasta ella. El ama­necer les sorprendió a pocas millas de su destino. Pero la luz del día trajo con ella una embarcación en la que navegaban dos blancos que no temían a once hombres armados con doce rifles. Mauki y sus compañeros fueron conducidos a Tulagi, donde vivía el gran jefe blanco, quien celebró un jui­cio después del cual ataron a los prófugos uno por uno y les propinaron veinte azotes. Les condenaron a pagar una multa de quince dólares y les enviaron a Nueva Georgia, donde los hombres blancos les zurraron la badana y les pusieron a tra­bajar. Mauki no volvió a servir en una casa. Le pusieron a abrir caminos. La multa de quince dólares la habían pagado los blancos que le habían contratado, y, por tanto, tenía que devolverles el dinero a base de trabajo, lo que significaba prolongar el contrato seis meses más. Por otra parte, el taba­co que había robado añadía doce meses más al compromiso.

Port Adams quedaba ahora a tres años y medio de distan­cia, así que una noche robó una canoa, se ocultó en los islo­tes del Estrecho de Manning, atravesó el paso y bordeó la costa oriental de Isabel hasta que, cuando había recorrido ya dos tercios del camino, le capturaron los blancos en la Lagu­na Merengue. A la semana huyó y se refugió en el bosque. El interior de Isabel estaba deshabitado. Los nativos eran hom­bres de agua salada, todos cristianos, que vivían en las cos­tas. Los blancos ofrecieron por la captura de Mauki una re­compensa de quinientos palitos de tabaco, y cada vez que éste se aventuraba a bajar a las playas para robar una canoa, los nativos de la costa le perseguían. Cuatro meses pasaron de esta manera hasta que los blancos elevaron la recompen­sa a mil palitos, y Mauki fue capturado y devuelto a Nueva Georgia y a la cuadrilla encargada de abrir caminos. Mil pa­litos de tabaco valían cincuenta dólares, y Mauki tenía que pagarlos, lo que significaba veinte meses más de trabajo. Port Adams se hallaba ya a cinco años de distancia.

Sentía ahora más nostalgia que nunca y no le atraía la idea de sentar la cabeza, portarse bien y trabajar durante cinco años para volver a su casa. A la siguiente intentona le descu­brieron en el preciso momento en que se disponía a huir. In­formaron del caso al señor Haveby, representante en la isla de la Compañía Jabonera Moongleam, y éste le declaró inco­rregible. La compañía poseía plantaciones a cientos de mi­llas de distancia allende el mar, en las islas de Santa Cruz, donde iban a parar los impenitentes del archipiélago de las Salomón. Y allí mandaron a Mauki, aunque nunca llegó a su destino. La goleta hizo escala en Santa Ana, y durante la no­che Mauki escapó a nado a tierra firme, donde robó dos ri­fles y un cajón de tabaco y huyó en una canoa a San Cristó­bal. Malaita quedaba al norte de aquella isla, a cincuenta o sesenta millas de distancia, pero a media travesía le sorpren­dió un huracán que le devolvió a Santa Ana, donde el comer­ciante a quien había robado le cargó de grilletes y le tuvo prisionero hasta que volvió la goleta de Santa Cruz. El co­merciante recobró los dos rifles, pero el cajón de tabaco re­presentó para Mauki doce meses más de trabajo. Los años que adeudaba ahora a la compañía eran seis.

En el camino de vuelta a Nueva Georgia, la goleta ancló en el Estrecho de Marau, situado al extremo sureste de Guadal­canal. Mauki nadó hasta la isla con las manos esposadas y se ocultó en el bosque. La goleta siguió su camino, pero el re­presentante de Moongleam en tierra firme ofreció mil pali­tos de tabaco en recompensa, y los habitantes del interior capturaron a Mauki, quien con este nuevo intento añadía un año y ocho meses más a su contrato. De nuevo, y antes de que llegara la goleta, logró huir, esta vez en un bote y acom­pañado de un cajón de tabaco sustraído al comerciante. Pero los vientos del noroeste le hicieron naufragar a la altura de Ugi, donde los indígenas cristianos le robaron el tabaco y le entregaron al representante de la Moongleam en la isla. El tabaco robado significaba un año más de trabajo, con lo cual eran ya ocho los que adeudaba a la compañía.

––Le enviaremos a Lord Howe ––dijo el señor Haveby––. Allí es donde está Bunster, y que se las entiendan los dos. O Bunster acaba con Mauki, o Mauki con Bunster. En cual­quiera de los dos casos, eso saldremos ganando.

Saliendo de la Laguna Merengue, situada en la isla Isabel, y navegando en dirección al norte magnético, al cabo de ciento cincuenta millas de recorrido se avistan las playas co­ralíferas de Lord Howe, un atolón de unas ciento cincuenta millas de circunferencia y varios cientos de yardas de tierra firme en el punto de mayor anchura. Sus elevaciones máxi­mas alcanzan como mucho diez pies sobre el nivel del mar. Dentro de la circunferencia de arena hay una gran laguna ta­chonada de islotes de coral. Lord Howe no forma parte del archipiélago de las Salomón, ni geográfica ni etnológica­mente. Mientras que las del archipiélago son islas y sus habi­tantes y lengua son melanesios, Lord Howe es un atolón y sus habitantes y lengua son polinesios. Debe su población al movimiento migratorio que, partiendo de la Polinesia, se di­rige hacia el oeste, movimiento que aún continúa hoy día. Los nativos llegan a sus costas en canoas impulsadas por los vientos del sureste. En la época del monzón del noroeste, hay también, como es natural, un ligero aflujo de población melanesia.

Nadie visita nunca Lord Howe, u Ontong––lava, como lla­man también al atolón. Thomas Cook & Son no vende pasa­jes para aquel rincón del mundo, y los turistas no sueñan si­quiera con su existencia. Ni un solo misionero blanco ha pisado sus orillas. Sus cinco mil habitantes son tan pacíficos como primitivos. Y, sin embargo, no siempre fueron así. En las Sailing Directions se afirma que son hostiles y traicione­ros, pero es que los encargados de compilar este volumen no saben del cambio operado recientemente en los corazones de los nativos de aquel lejano rincón del mundo que no hace muchos años capturaron un barco y mataron a toda la tri­pulación, excepto al segundo de a bordo. El superviviente llevó la noticia a sus compañeros y volvió a Lord Howe acompañado de tres capitanes de goleta. Los tripulantes de los tres navíos entraron al interior de la laguna y predicaron el evangelio de los blancos según el cual sólo ellos pueden matar a otros blancos y las razas inferiores deben mantener­se aparte. Recorrieron la laguna de arriba abajo asolando y destruyendo. En aquel estrecho círculo de arena no había forma de huir ni selva en la que refugiarse. Los blancos dis­paraban sobre los nativos en el momento en que los avista­ban, y lo malo era que no había forma de escapar a su vista. Prendieron fuego a sus poblados, destrozaron las canoas, mataron a las gallinas y a los cerdos, y talaron los cocoteros. Así ocurrió durante un mes, al cabo del cual zarparon las go­letas. Pero el miedo al hombre blanco quedó impreso para siempre en el corazón de los isleños, que a partir de entonces no osaron hacerles el menor daño.

El único blanco de Lod Howe era Max Bunster, empleado de la ubicua Compañía Jabonera Moongleam. Le habían en­viado a aquel atolón porque era el lugar más lejano adonde podían destinarle. Y si no se libraron de él definitivamente fue por la dificultad que suponía encontrar a un hombre que ocupara su lugar. Era un alemanote fornido, y algo no le fun­cionaba bien en el cerebro. Decir que estaba medio loco sería una afirmación caritativa. Era fanfarrón, traicionero, y tres veces más salvaje que cualquier nativo de la isla. Tenía la brutalidad del cobarde. En un principio la compañía le ha­bía destinado a Savo. Cuando mandaron para sustituirle a un colono tísico, Bunster le molió a puñetazos y le devolvió maltrecho a la goleta que le había traído.

El señor Haveby eligió entonces para reemplazarle a un gigante de Yorkshire. El gigante tenía fama de matón y pre­fería pelear a comer. Pero Bunster no quería pelear. Se portó como un cordero durante diez días, al cabo de los cuales el gigante de Yorkshire yacía en coma presa de fiebres y disen­tería. Fue entonces cuando Bunster la emprendió con él arrojándole al suelo, entre otras cosas, y saltando sobre su cuerpo una docena de veces. Temeroso de lo que pudiera ha­cer su víctima cuando se recuperase, huyó en un cúter a Gu­vutu, donde adquirió cierta reputación al dar una paliza a un joven inglés, tullido a causa de una bala bóer que le había atravesado las dos caderas.

Fue por entonces cuando el señor Haveby decidió mandar a Bunster a Lord Howe, el atolón perdido. Bunster celebró la llegada a su destino consumiendo medio cajón de botellas de ginebra y zurrando de lo lindo a urr anciano asmático, el contramaestre de la goleta que le había llevado a su destino. Cuando partió la embarcación, reunió a todos los canacas en la playa y les instó a boxear cuerpo a cuerpo con él, pro­metiendo un cajón de tabaco a quien lograra vencerle. A tres canacas tumbó, pero cuando un cuarto le derrumbó a él, en vez de recompensarle con tabaco, le premió con una bala que le atravesó los pulmones.

Y así comenzó el reinado de Bunster en Lord Howe. Tres mil almas vivían en el poblado mayor, pero aún éste parecía desierto, incluso a plena luz del día, cuando él lo atravesaba. Hombres, mujeres y niños huían a su paso. Hasta perros y ga­tos se ocultaban, y al mismísimo rey no se lea caían los anillos de esconderse bajo una estera de esparto. Los dos primeros ministros vivían perpetuamente aterrados ante aquel hom­bre, que en lugar de razonar empleaba la fuerza de los puños.

Y a Lord Howe llegó Mauki, a trabajar para Bunster du­rante ocho años y medio. No había forma de escapar del ato­lón. Para bien o para mal los dos hombres tenían que convi­vir. Bunster pesaba doscientas libras y Mauki ciento diez. Bunster era una bestia degenerada y Mauki un salvaje pri­mitivo. Ambos eran obstinados y tenían sus propios méto­dos para lograr lo que querían.

Mauki ignoraba cómo era el patrón que le esperaba. Na­die le había advertido y, por tanto, imaginaba que Buns­ter sería como cualquier otro blanco, un buen bebedor de whisky, un déspota y hacedor de leyes que cumpliría siem­pre su palabra y nunca pegaría a un hombre sin motivo. En eso Bunster le llevaba ventaja. Sabía de Mauki todo lo que necesitaba saber y se deleitaba con la idea de entrar en pose­sión de él. Su cocinero tenía en ese momento un brazo roto y un hombro dislocado, y por ese motivo destinó a Mauki a la cocina y al servicio de su casa.

Y Mauki aprendió muy pronto que había blancos y blancos. El mismo día en que partió la goleta, su amo le ordenó que comprara un pollo a Samisee, el misionero nativo oriundo de Tonga. Pero Samisee estaba al otro lado de la laguna y no se es­peraba su vuelta hasta dentro de tres días. Mauki regresó a in­formar de ello a su amo. Subió los empinados escalones de la entrada (la casa estaba construida sobre pilares de doce pies de altura) y entró en la sala. El comerciante le pidió el pollo. Mauki abrió la boca para explicar que el misionero estaba au­sente, pero Bunster no aguardó a escuchar sus razones. Le pegó un puñetazo. El golpe alcanzó a Mauki en la boca y le lanzó por los aires. Salió disparado limpiamente a través de la puerta, cruzó la galería rompiendo la balaustrada y aterrizó sobre la arena. Sus labios habían quedado reducidos a una masa informe, y tenía la boca llena de sangre y dientes rotos.

––Así aprenderás que conmigo no valen las malas contes­taciones ––le gritó el comerciante, rojo de ira, mientras le mi­raba a través de la balaustrada rota.

Mauki no había conocido nunca a un hombre semejante, y desde aquel mismo instante decidió andarse con pies de plomo y no ofenderle jamás. Vio cómo maltrataba a los hombres de su tripulación y cómo cargaba de grilletes y de­jaba a uno de ellos tres días sin comer sólo porque había roto un tolete mientras remaba. Llegaron a sus oídos los rumores que circulaban por la aldea y supo que Bunster había toma­do por la fuerza a su tercera esposa, como todos sabían. La primera y la segunda yacían en el cementerio bajo las blan­cas arenas con sendos trozos de coral clavados a la cabecera y a los pies de sus respectivas tumbas. Habían muerto, se de­cía, de las palizas que su esposo les propinara. A la tercera esposa desde luego la maltrataba, como pudo ver Mauki con sus propios ojos.

Pero no había manera de evitar ofender a aquel hombre blanco al que sólo la vida parecía ya ofenderle. Si Mauki guardaba silencio, le pegaba y le decía que era un bruto taci­turno. Si hablaba, le pegaba por atreverse a responderle. Si estaba serio, Bunster le acusaba de conspirar y le daba una paliza como medida preventiva, mientras que si procuraba mostrarse alegre y sonreír, le castigaba por reírse de su amo y señor y le hacía comprobar la dureza de la estaca. Bunster era un auténtico demonio. Los nativos le habrían matado de no recordar la lección de las tres goletas. Aun así habrían acabado con él si hubiera habido en Lord Howe selva donde refugiarse. Pero en las condiciones en que se hallaban, matar a un hombre blanco significaba atraer la presencia de bu­ques de guerra que castigarían con la muerte a los culpables y talarían sus preciados cocoteros. Los hombres de su tripu­lación, por su parte, estaban dispuestos a dejar que se aho­gara accidentalmente a la primera oportunidad que tuvie­ran de volcar la embarcación. Sólo que Bunster tuvo muy buen cuidado de que la embarcación nunca volcara.

Pero Mauki era de otra casta, y viendo que la huida era imposible mientras Bunster viviera, decidió interiormente terminar con él. Lo malo era que nunca hallaba la ocasión propicia porque Bunster estaba siempre en guardia. Día y noche tenía los revólveres a mano. No permitía que nadie pasara a su espalda, como aprendió bien Mauki después que le golpeara varias veces por hacerlo. Bunster, por su parte, sabía que era mucho más peligroso aquel hombre de Malaita, amable, tranquilo y sonriente, que todos los nativos del atolón juntos y, en consecuencia, se entregó con verdadero celo al programa de torturas que se había propuesto. Mauki, mientras tanto, fiel a su decisión, se anduvo con pies de plo­mo, aguantó los castigos y esperó.

Hasta entonces, todos los hombres blancos habían respeta­do sus tambos. Pero Bunster era distinto. La ración de tabaco que le correspondía semanalmente a Mauki consistía en dos palitos que Bunster entregaba a su esposa ordenando a su criado que los tomase de su mano. Como a Mauki le estaba prohibido hacerlo, se veía obligado a pasarse sin tabaco. Por el mismo motivo se quedaba muchos días sin comer. En una ocasión le ordenó su amo que preparase un guisado a base de unas almejas gigantes que abundaban a orillas de la laguna. Mauki no pudo obedecerle porque tales moluscos eran tabú para él. Seis veces, una tras otra, se negó a tocarlas, y seis veces le golpeó su amo hasta dejarle sin sentido. Bunster sabía que Mauki se dejaría matar antes que hacerlo, pero calificó su ne­gativa de amotinamiento, y habría acabado con él en ese mis­mo momento si hubiera podido sustituirle con otro cocinero.

Uno de los pasatiempos favoritos del comerciante consis­tía en coger a Mauki por sus cabellos negroides y golpearle la cabeza contra la pared. Otro entretenimiento consistía en pillar a Mauki desprevenido y aplastar contra su carne la punta de un cigarrillo encendido. A eso lo llamaba Bunster «vacunar» y, en consecuencia, vacunaba a Mauki varias ve­ces a la semana. Un día, en un acceso de cólera, le arrancó el asa de tazón que llevaba colgada de la nariz, rasgándole el cartílago.

––¡Vaya hocico! ––dijo por todo comentario al supervisar el daño que le había causado.

La piel del tiburón es como el papel de lija, pero la de la raya es aún más áspera. En los Mares del Sur los nativos la utilizan como lima para pulir la madera de remos y canoas. Bunster se había confeccionado un mitón de piel de raya. La primera vez que lo probó con Mauki, sólo con una pasada le arrancó la piel de la espalda desde el cuello hasta la axila. Bunster se quedó encantado. Experimentó después con su mujer y lo utilizó a sus anchas con los hombres de la tripula­ción. Los dos primeros ministros recibieron una caricia cada uno y tuvieron que sonreír y tomarlo a broma.

––¡Reíd, malditos, reíd! ––les instaba Bunster.

Mauki fue quien mejor llegó a conocer los efectos del mi­tón. No pasaba un solo día sin que probara su contacto. Hubo ocasiones en que la desolladura era de tales propor­ciones, que el dolor le impedía dormir por la noche. A me­nudo, el bromista de Bunster se divertía volviéndole a poner en carne viva la piel ya medio cicatrizada. Mauki seguía es­perando pacientemente, seguro de que antes o después lle­garía su hora. Y cuando su hora llegó, sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

Un día Bunster se levantó con humor de zurrarle la bada­na al universo entero. Comenzó por Mauki y terminó por Mauki, dejando entre tanto sin sentido a su mujer y sacu­diendo a modo a los hombres de su tripulación. A la hora del desayuno dijo que el café era aguachirle y arrojó el líquido hirviendo a la cara de su criado. A las diez en punto tembla­ba de escalofríos y media hora después ardía en fiebre. No era aquél un ataque corriente. Pronto se declararon unas fie­bres perniciosas que resultaron ser paludismo. Pasaron los días y Bunster se fue debilitando. No podía levantarse de la cama. Mauki esperaba y vigilaba mientras su piel recobraba su aspecto normal. Ordenó a los hombres de la tripulación que subieran el barco a la playa, que limpiaran el casco y lo repararan. Creyeron que la orden procedía de su amo y le obedecieron, pero en aquel momento Bunster estaba in­consciente y no podía ordenar nada. Aquélla era la oportu­nidad que aguardaba Mauki, pero aun así esperó.

Cuando lo peor de la enfermedad hubo pasado y Bunster convalecía en plena posesión de sus sentidos, aunque dé­bil como un niño, Mauki reunió todas sus baratijas, incluida el asa de porcelana, y las guardó en una caja. Luego se dirigió al poblado e interrogó al rey y a los dos primeros ministros.

––Ese hombre, Bunster, hombre bueno, ¿vosotros gustar? ––preguntó.

A coro le respondieron que no les gustaba en absoluto. Los ministros recitaron una larga letanía de todas las indig­nidades y abusos que había acumulado sobre ellos. El rey perdió el control y se echó a llorar. Mauki le interrumpió bruscamente.

––Tú querer gobernar tu pueblo. A ti no gustarte el gran amo blanco. A mí no gustarme. Tú poner cien cocos, dos­cientos cocos, trescientos cocos en el cúter. Luego vosotros dormir. Todos los canacas dormir. Vosotros oír gran ruido en la casa y no decir oír gran ruido. Vosotros dormir mucho.

Del mismo modo interrogó Mauki a los miembros de la tripulación. Luego ordenó a la esposa de Bunster que regre­sara a casa de su familia. Si se hubiera negado, se habría ha­llado Mauki en un buen compromiso, pues su tambo le im­pedía ponerle la mano encima.

Desierta ya la casa, entró en la habitación donde el comer­ciante yacía medio adormilado. Le quitó los revólveres y se puso en la mano el mitón de piel de raya. La primera noti­cia que tuvo Bunster de lo que ocurría fue una caricia del mitón que le arrancó la piel a todo lo largo de la nariz.

––Buen chico ––rió Mauki entre caricia y caricia, una de las cuales le dejó a Bunster la frente en carne viva mientras que la otra le desollaba la mejilla––. ¡Ríe, maldito, ríe!

Mauki hizo concienzudamente su tarea, y los canacas, ocultos en sus casas, oyeron el gran ruido que Bunster hacía y que continuó haciendo durante una hora o más.

Cuando Mauki hubo terminado, bajó la brújula, los fusi­les y toda la munición al cúter, que cargó después con cajo­nes de tabaco. Mientras se afanaba en esta operación, una fi­gura horrenda, en carne viva, salió de la casa y echó a correr gritando hacia la playa, hasta que cayó en la arena retorcién­dose y farfullando bajo un sol abrasador. Mauki le miró y dudó. Al fin se acercó y le cortó la cabeza, que envolvió en una estera y guardó en la escotilla de proa.

Tan profundamente durmieron los canacas aquel día lar­go y caluroso, que no vieron al cúter salir a mar abierto y di­rigirse hacia el sur impulsado por el viento del sureste. Na­die avistó la embarcación en su larga travesía hasta las costas de Isabel, ni durante el tedioso recorrido desde aquella isla hasta Malaita. Mauki arribó a Port Adams con una fortuna en rifles y tabaco mayor que la que cualquier hombre hubie­ra poseído jamás. Pero no se detuvo en la aldea. Había cor­tado la cabeza a un hombre blanco y sólo la selva podía ofre­cerle refugio. En consecuencia volvió a los poblados del interior, donde mató a Fanfoa y a media docena de cabecillas y se erigió en jefe de aquellos contornos. Cuando murió su padre, el hermano de Mauki gobernó en Port Adams, y uni­dos hombres de la costa y hombres del interior, formaron la más fuerte de todas las tribus guerreras de Malaita.

Más que al gobierno británico, temía Mauki a la todopo­derosa Compañía Jabonera Moongleam, y un día le llegó un mensaje por el cual se le recordaba que debía a la compañía ocho años y medio de trabajo. Su respuesta fue favorable y al poco tiempo aparecía el inevitable hombre blanco. Era un capitán de goleta, el único blanco que durante el reinado de Mauki penetrara en la selva y saliera de ella con vida. Y no sólo salió con vida, sino también con setecientos cincuenta dólares en soberanos de oro, el precio de ocho años y medio de trabajo, más el coste de ciertos rifles y cajones de tabaco.

Mauki ya no pesa ciento diez libras. El diámetro de su es­tómago se ha triplicado y tiene cuatro mujeres. Tiene tam­bién muchas otras cosas: rifles y revólveres, el asa de un ta­zón de porcelana y un excelente surtido de cabezas de nati­vos. Pero el ejemplar más preciado de toda su colección es una cabeza de cabellos color arena y barba amarillenta, per­fectamente curada y desecada, que conserva envuelta en sus más finos lava––lavas. Cada vez que Mauki va a la guerra allende sus dominios, saca invariablemente esa cabeza y, a solas en su palacio de hierba, la contempla larga y solemne­mente. En momentos semejantes, un silencio de muerte se cierne sobre el poblado, y ni el negrito más chico se atreve a hacer un solo ruido. La cabeza se tiene por el talismán más eficaz de todo Malaita y a su posesión se atribuye toda la grandeza de Mauki.

Las terribles Salomón

No creo que se exagere al decir que el de las Salomón es un archipiélago indómito. Por otra parte, hay sitios peores en el mundo. Pero para el novato que carece de una com­prensión esencial del hombre y la naturaleza primitivos, las Salomón pueden resultar terribles.

Es cierto que allí las fiebres y la disentería acechan perpe­tuamente, que abundan horribles enfermedades de la piel, que el aire está saturado de un veneno que penetra por el mí­nimo poro, corte o rozadura implantando úlceras malignas, y que muchos hombres fuertes que logran escapar a la muer­te vuelven a sus países de origen convertidos en piltrafas. Es cierto también que los nativos de las Salomón son seres sal­vajes dotados de un apetito insaciable de carne humana y de una marcada propensión a coleccionar cabezas. A lo más que llega su instinto de deportividad es a sorprender a un hombre vuelto de espaldas y pegarle a traición un hachazo en la base del cráneo partiéndole la columna vertebral. Es igualmente cierto que en algunas islas, como Malaita, por ejemplo, el prestigio social del nativo está en proporción di­recta con los homicidios que cuenta en su haber. Las cabezas se utilizan para el trueque, y las de los blancos son valiosas en extremo. Suele ocurrir que una docena de aldeas vaya acumulando un fondo que engrosan luna tras luna hasta que llega el momento en que un valiente guerrero presenta la ca­beza de un hombre blanco, fresca y sanguinolenta, y reclama el premio.

Todo esto es indudablemente cierto y, sin embargo, hay blancos que han pasado. en ese archipiélago una veintena de años y que sienten añoranza cuando lo dejan. El que quiera vivir en las Salomón necesita sobre todo cautela y suerte, pero ha de tener también madera para ello. Ha de llevar im­preso en su espíritu el marchamo del hombre blanco. Ha de ser inevitable. Tiene que estar poseído de una noble des­preocupación con respecto a la adversidad, de una presun­ción colosal, y de un egoísmo racial que le tenga convencido de que un blanco vale más que mil negros de lunes a sábado y que el domingo es capaz de terminar él solo con dos mil de ellos. Porque eso es lo que ha hecho siempre el hombre blan­co inevitable. ¡Ah! Una cosa más. El blanco que desee ser inevitable no sólo debe despreciar a las razas inferiores y creerse superior a todas ellas, sino que ha de carecer también de excesiva imaginación. No debe entender demasiado ni los instintos, ni las costumbres, ni los procesos mentales de los negros, cobrizos o amarillos, porque no es así como la raza blanca se ha abierto camino por el mundo.

Bertie Arkwright no era inevitable. Era demasiado sensi­ble, demasiado fino, y poseía excesiva imaginación. Le afec­taba en demasía todo lo que ocurría a su alrededor y, por tanto, el último lugar adonde debía dirigirse eran las islas Salomón. Nunca pensó en quedarse allí. Había decidido que una estancia de cinco semanas entre la llegada de un vapor y la salida del siguiente bastaría para satisfacer esa llamada de lo primitivo que hacía vibrar con su tañido hasta la última fi­bra de su ser. Al menos eso fue lo que dijo a las turistas del Makembo, aunque en distintos términos. Y ellas le adoraron como a un héroe porque eran sólo turistas y no soñaban con abandonar el refugio que ofrecía la cubierta del vapor a su paso por las Salomón.

A bordo iba otro personaje en el cual ni se fijaron las seño­ras. Era una pizca de hombre, arrugado y consumido, con la tez marchita y del color de la caoba. El nombre con que figuraba en la lista de pasajeros no viene al caso, pero el de capitán Malu, por el que se le conocía en las islas, era el que utilizaban los nativos para sus conjuros y el que bastaba pro­nunciar para atraer al buen camino a los negritos traviesos desde Nueva Hannover hasta las Nuevas Hébridas. Había co­lonizado a salvajes y hasta al mismo salvajismo, y de fiebres y penurias, del resonar de los rifles y del látigo de los capataces había logrado extraer una fortuna en forma de cohombro de mar, sándalo, madreperla, carey, nuez de taguas, copra, tie­rras de pastos, almacenes y plantaciones. Había más inevita­bilidad en el meñique del capitán Malu, fracturado como es­taba en aquel momento, que en todo el esqueleto de Bertie Arkwright. Pero las turistas sólo juzgaban por las aparien­cias, y Bertie era, indudablemente, un hombre guapo.

Arkwright habló con el capitán Malu en el salón de fumar y le confió sus planes de enfrentarse con la vida sangrienta y descarnada de las islas Salomón. El capitán admitió que era aquél un propósito ambicioso y, desde luego, laudable. Pero no se interesó realmente por Bertie hasta varios días des­pués, cuando el joven aventurero insistió en enseñarle una pistola automática del calibre 44. Le explicó cómo funciona­ba el mecanismo y le hizo una demostración introduciendo en la culata un cargador de ocho cartuchos.

––Es facilísimo ––le dijo. Luego tiró de la manija del cerrojo y volvió a soltarla––. Con esto queda cargada y montada. Después no tiene más que apretar el gatillo ocho veces a la mayor velocidad posible. ¿Ve este mecanismo? Es lo que más me gusta de esta pistola. Es segurísima. No hay posibilidad alguna de que ocurra un accidente. ––La descargó––. ¿Ve lo se­gura que es?

Y mientras mostraba el cargador, el cañón de la pistola apuntaba al estómago de su interlocutor. Los ojos azules del capitán Malu le miraban inmutables.

––¿Le importaría apuntar en otra dirección? ––preguntó.

––No puede pasar nada ––le aseguró Bertie––. Le he sacado el cargador. Ya no está cargada, ¿sabe?

––Las pistolas están siempre cargadas.

––Ésta no.

––Apártela de todos modos.

El capitán Malu hablaba con una voz sin inflexiones, me­tálica y roma, pero su mirada no abandonó el cañón de la pistola hasta que lo vio apuntar en otra dirección.

––Le apuesto cinco dólares a que no está cargada ––propuso Bertie alegremente.

El otro negó con la cabeza.

––Entonces se lo demostraré.

Bertie acercó el cañón a su propia sien con intención de apretar el gatillo.

––Un momento ––dijo el capitán Malu tranquilamente, ex­tendiendo la mano––. Déjeme verlo.

Apuntó hacia el mar y apretó el gatillo. Se oyó una fuerte explosión confundida con un clic del mecanismo. Un cartu­cho salió despedido para caer a un lado sobre la cubierta. Bertie abrió la boca asombrado.

––Tiré del cerrojo una vez, ¿no? ––preguntó––. He sido un es­túpido, tengo que reconocerlo.

Soltó una risita débil y se desplomó en una hamaca de cu­bierta. La sangre se había retirado de su rostro, revelando unos círculos oscuros bajo sus ojos. Le temblaban las manos y no acertaba a llevarse el cigarrillo a los labios. Amaba mu­cho la vida y, por un segundo, se vio con los sesos fuera, tumbado boca abajo sobre cubierta.

––La verdad. No sé qué decir...

––Es un arma muy bonita ––dijo el capitán Malu devolvién­dole la pistola.

El gobernador volvía de Sidney a bordo del Makembo y, con su permiso, el barco hizo escala en Ugi para dejar en tie­rra a un misionero. Y dio la casualidad que en el puerto esta­ba anclado el Arla, un queche al mando del capitán Hensen. Era uno de los muchos barcos que poseía el capitán Malu y fue por invitación de éste como Bertie subió a bordo para re­correr durante cuatro días las costas de Malaita, adonde se dirigía la nave con el fin de reclutar trabajadores. El Arla le dejaría luego en la plantación de Reminge (propiedad tam­bién del capitán Malu), donde pasaría una semana para tras­ladarse después a Tulagi, sede del gobierno, invitado por el gobernador. El capitán Malu fue también el responsable de otras dos sugerencias, hechas las cuales desaparece de nues­tra narración. Una iba dirigida al capitán Hansen y la otra al señor Harriwell, administrador de la plantación de Reminge. Ambas eran, más o menos, del mismo tenor. Recomendaba a sus dos empleados que proporcionaran al señor Arkwright la visión más completa posible de lo que era la vida sangrienta y descarnada en las islas Salomón. Se murmura que el capitán Malu mencionó en aquella ocasión que un cajón de botellas de whisky coincidiría con cualquier impresión inolvidable que recibiera el visitante en cuestión.

––Sí, Swartz fue siempre excesivamente testarudo. Verá us­ted, llevó a cuatro miembros de su tripulación a Tulagi para que les azotaran oficialmente y luego volvió con ellos en su bote. Al salir del puerto les alcanzó una borrasca. El bote se fue a pique y Swartz fue el único que murió ahogado. Natu­ralmente, fue un accidente.

––¿De veras? ––preguntó Bertie, interesado sólo a medias en la conversación, mientras miraba fijamente al negro que empuñaba la rueda del timón.

Ugi se había perdido en la distancia y el Arla surcaba el mar estival en dirección a las montañas cubiertas de bosques de Malaita. El timonel, que de tal modo acaparaba la atención de Bertie, llevaba un clavo de tres pulgadas atra­vesándole la nariz de parte a parte. De su cuello pendía una sarta de botones de pantalón. En los agujeros practicados en sus orejas lucía un abrelatas, el mango roto de un cepillo de dientes, una pipa de cerámica, una rueda de latón de un reloj despertador y varios cartuchos de winchester. Ador­naba su pecho la mitad de un plato de porcelana colgado de un cordel. Había en cubierta unos cuarenta negros acicala­dos de forma parecida, quince de los cuales formaban par­te de la tripulación. El resto eran trabajadores recién reclu­tados.

––Naturalmente, fue un accidente ––dijo Jacobs, el contra­maestre del Arla, un hombre enjuto, de ojos negros y aspec­to más de profesor que de marino––. A John Bedip le sucedió algo parecido. Volvía con varios hombres a los que había he­cho azotar, cuando su bote zozobró. Pero él sabía nadar tan bien como los nativos, y dos de éstos se ahogaron. Bedip se salvó gracias a un madero y a su revólver. Naturalmente, fue todo accidental.

––Son muy corrientes aquí ese tipo de accidentes ––intervi­no el capitán––. ¿Ve usted ese hombre que lleva el timón, se­ñor Arkwright? Es un caníbal. Hace seis meses él y el resto de la tripulación ahogaron al que era entonces capitán del Arla. Aquí mismo, sí, señor, a popa, junto al palo de mesana.

––La cubierta quedó en un estado espantoso ––dijo el con­tramaestre.

––¿He entendido bien...? ––comenzó Bertie.

––Sí, como lo oye ––dijo el capitán Hansen––. Se ahogó acci­dentalmente.

––Pero ¿en cubierta?

––Exactamente. No me importa decirle, en secreto, claro está, que se sirvieron de un hacha.

––¿Esta misma tripulación que lleva usted ahora? .

El capitán Hansen afirmó con la cabeza.

––El capitán anterior era muy descuidado ––explicó el con­tramaestre––. Acababa de volverse de espaldas cuando le asestaron el golpe.

––No tenemos la más mínima protección ––se lamentó Hansen––. El gobierno da siempre preferencia al negro. El blanco no puede abrir fuego. Tiene que dar al nativo la opor­tunidad de defenderse o, de otro modo, le acusan de asesino y le envían a Fiji. Por eso hay tantos casos de ahogados acci­dentalmente.

Llamaron para la cena y Bertie y el capitán bajaron, dejan­do al contramaestre la vigilancia de cubierta.

––No pierdas de vista a Auiki, ese demonio de negro ––le advirtió el capitán a modo de despedida––. No me gusta nada la expresión que tiene hace varios días.

––Descuide ––dijo el contramaestre.

Ya habían empezado a servir la cena, y el capitán narraba la historia de la matanza sucedida en el Scottish Chiefs. ––Era el mejor navío de toda la costa ––decía––. Pero antes de que llegara siquiera al arrecife, las canoas salieron en su per­secución. Iban a bordo cinco hombres blancos y la tripula­ción, compuesta por veinte nativos de Santa Cruz y de Sa­moa. Sólo escapó con vida el sobrecargo. Llevaban además sesenta nativos que acababan de reclutar. Todos acabaron kai-kai. Perdón, quiero decir que se los comieron. Y recuer­den el caso del James Edwards, aquel navío tan marinero de...

Pero en aquel momento llegó a sus oídos desde cubierta un juramento del contramaestre seguido de un coro de gri­tos salvajes. Se oyeron tres disparos de revólver y después un chapoteo. El capitán Hansen subió la escala de cámara de una carrera. Bertie se quedó asombrado al comprobar la ra­pidez con que desenfundaba el revólver mientras se precipi­taba hacia cubierta. Le siguió poco después, más circuns­pecto, dudando antes de asomar la cabeza por la puerta del camarote. Pero no ocurrió nada. El contramaestre temblaba de excitación con el revólver en la mano. Echó a andar hacia delante y, de pronto, se volvió con un movimiento súbito, como si le amenazara algún peligro a su espalda.

––Uno de los nativos ha caído por la borda ––dijo con una voz extraña, cargada de tensión––. No sabía nadar.

––¿Quién era? ––preguntó el capitán.

––Auiki ––fue la respuesta.

––Pero yo le aseguro que he oído disparos ––dijo Bertie temblando de emoción porque todo aquello olía a aventura, una aventura que, por fortuna, ya había pasado.

El contramaestre se lanzó sobre él aullando.

––¡Eso es una mentira indecente! No se ha hecho un solo disparo. El negro se ha caído por la borda.

El capitán Hansen miró a Bertie sin pestañear, bien abier­tos los ojos negros y lustrosos.

––Pues a mí me ha parecido... ––empezó a decir Bertie.

––¿Disparos? ––dijo el capitán Hansen distraídamente––. ¿Dice usted que ha oído disparos? ¿Ha oído usted algún dis­paro, señor Jacobs?

––Ninguno ––replicó el aludido.

El capitán miró triunfante a su invitado y dijo:

––Está claro que ha sido un accidente. Bajemos, señor Arkwright, y acabemos de cenar.

Bertie durmió aquella noche en el camarote del capitán, una cabina pequeña situada junto a la cámara principal. El mamparo de proa estaba decorado con un muestrario de ri­fles. Sobre la litera colgaban tres más. Bajo ella había un ca­jón repleto, según descubrió Bertie al abrirlo, de munición, dinamita y cajas de detonadores. Decidió instalarse en el ca­napé situado al lado opuesto. Sobre la mesita y en lugar des­tacado se hallaba el diario de navegación. Bertie ignoraba que había sido especialmente preparado para la ocasión por el capitán Malu y, por tanto, leyó con verdadera emoción cómo el 21 de septiembre dos tripulantes habían muerto ahogados después de caer por la borda. Adivinó entre líneas y sospechó que el suceso había sido más que un accidente. Leyó que la ballenera del Arla había caído en Sdu en una emboscada que costó la vida a tres hombres, que el capi­tán había sorprendido al cocinero guisando carne huma­na comprada por la tripulación en las costas de Fui y cómo una descarga de dinamita había matado accidentalmente a uno de los marineros mientras hacía señales. Leyó de ata­ques nocturnos, de huidas de puertos efectuadas en medio de la noche, de ataques de hombres del interior en los panta­nos de mangles y de hombres de agua salada en los pasajes más grandes. Con frecuente monotonía se hacía alusión a muertes provocadas por la disentería. Advirtió con alarma que a bordo del Aria habían fallecido por esta causa dos invi­tados como él.

––Verá usted ––dijo Bertie al capitán a la mañana siguien­te––. He estado hojeando el diario de navegación.

El capitán expresó inmediatamente su arrepentimiento por haberlo dejado allí en medio, al alcance de cualquiera.

––Y eso de la disentería, ¿sabe usted?, me parece puro cuento. Como lo de tanto ahogado por accidente ––continuó Bertie––. ¿Cuál fue la verdadera causa de todas esas muertes?

El capitán se hizo lenguas de la agudeza que demostraba su invitado, expresó una negativa formal e indignada de sus sospechas y, al foral, se rindió graciosamente.

––Verá, le explicaré, señor Arkwright. Bastante mala fama tienen ya estas islas. Cada día nos resulta más difícil reclutar a tripulantes blancos. Supongamos que matan a un hombre. La compañía se ve obligada a pagar una suma elevadísima para que otro le reemplace. Pero si ese hombre muere de en­fermedad, entonces ya no hay problema. Los nuevos no te­men a las enfermedades. Lo que no quieren es morir asesi­nados. Cuando vine a ocupar este puesto creí que el capitán que me había precedido había muerto de disentería. Luego fue demasiado tarde. Ya había firmado el contrato.

––Además ––intervino el señor Jacobs––, ya había demasia­dos ahogados por accidente. Resultaba un poco sospechoso. La culpa es del gobierno. El blanco no tiene oportunidad de defenderse de los negros.

––Eso. Recuerden el caso del Princess y de su contramaes­tre yanqui ––dijo el capitán, iniciando su historia––. Iban a bordo en aquel viaje cinco hombres blancos, además de un agente del gobierno. El capitán, el agente y el sobrecargo ha­bían ido a tierra en los dos botes. El segundo y el contra­maestre quedaron abordo con unos quince marineros, to­dos nativos de Tonga y de Samoa. Una muchedumbre de negros llegó desde la costa. Cuando el contramaestre quiso darse cuenta de lo que ocurría, el segundo y toda la tripula­ción habían muerto en el primer asalto. Cogió tres cartuche­ras y dos winchesters y se encaramó en la cruceta. Fue el úni­co superviviente, y se comprende que hasta hoy no haya recobrado el juicio. Disparó una y otra vez hasta que el rifle se calentó tanto que no pudo tenerlo en la mano y se vio obligado a utilizar el otro. La cubierta estaba alfombrada de negros. La limpió totalmente. Los fue derribando conforme saltaban por la borda y los siguió derribando conforme em­puñaban los remos de sus canoas. Cuando los negros se arrojaron al agua y empezaron a nadar para ponerse a salvo, seguía tan furioso que mató a media docena más. Y ¿qué le dieron como recompensa?

––Siete años en Fiji ––replicó el contramaestre.

––El gobernador dijo que no estaba justificado seguir dis­parando una vez que los negros se habían lanzado ya al agua ––explicó el capitán.

––Por eso ahora mueren de disentería ––añadió el contra­maestre.

––¡Quién iba a suponerlo! ––dijo Bertie, deseando interior­mente que el crucero acabara cuanto antes.

Más tarde, aquel mismo día, interrogó al negro que, se­gún le habían dicho, era caníbal. Se llamaba Sumasai. Había pasado tres años en una plantación de Queensland, conocía Samoa, Fiji y Sidney y había recorrido las costas de Nueva Bretaña, Nueva Irlanda, Nueva Guinea y las Islas del Almi­rantazgo en los barcos que navegaban por aquellos mares re­clutando trabajadores. Era un bromista nato y se había dado cuenta de lo que se proponía el capitán. Sí, había comido a muchos hombres. ¿Cuántos? No recordaba el número. Sí, blancos también. Tenían una carne muy sabrosa cuando es­taban sanos. Una vez se había comido a un enfermo.

––Yo decir verdad ––exclamó al recordarlo––. Yo enfermar mucho como él. Mi estómago moverse demasiado.

Bertie se estremeció y pasó a hablar de cabezas. Sí. Suma­sai tenía enterradas varias en muy buenas condiciones, seca­das al sol y curadas a base de humo. Una de ellas era la del ca­pitán de un barco. Tenía unos bigotes muy largos. Estaba dispuesto a venderla por dos libras esterlinas. Las cabezas de negros podía dejárselas en un dólar la pieza. Tenía también unas cuantas cabezas de negritos en bastante mal estado que podía cederle por diez chelines.

Cinco minutos después, Bertie se hallaba en cubierta sen­tado junto a un negro que padecía una horrible enfermedad de la piel. Se apartó de él, y cuando después preguntó qué te­nía aquel hombre, le dijeron que era lepra. Bajó inmediata­mente al camarote y se lavó con un jabón desinfectante. En el transcurso de aquel día repitió muchas veces la operación porque todos los nativos de a bordo tenían úlceras malignas de un tipo u otro.

Cuando el Arla fondeó en medio de un pantano de man­gles, colocaron sobre la borda una doble fila de alambradas. Parecía que la cosa iba en serio, y cuando Bertie vio las ca­noas de los nativos alineadas en la playa, una junto a otra, ar­madas con lanzas, arcos, flechas y sniders, deseó más que nunca que el crucero terminara cuanto antes.

Aquella tarde, los nativos que habían subido a bordo se resistieron a abandonar el barco cuando se puso el sol. Unos cuantos respondieron con descaro cuando se les conminó a que volvieran a tierra.

––No importa. Yo me encargaré de ellos ––dijo el capitán Hansen, desapareciendo por la escala de cámara. Cuando regresó, le enseñó a Bertie un cartucho de dinamita atado a un anzuelo. Se da la coincidencia de que una botella de clorodina envuelta en papel por el que asoma una mecha inofensiva puede engañar a cualquiera. Desde luego, enga­ñó a Bertie y engañó también a los nativos. Cuando el ca­pitán Hansen prendió fuego a la mecha y enganchó el an­zuelo a la parte trasera del taparrabos de un nativo, a éste se le despertaron unos deseos tan ardientes de ir a tierra que olvidó quitarse el taparrabos. Echó a correr con la me­cha siseando y chisporroteando a su espalda, sembrando el pánico entre sus compañeros, que se lanzaban al agua por encima de la alambrada con cada salto que él daba. Bertie estaba horrorizado. Y también el capitán Hansen. Se había olvidado de los veinticinco hombres que había re­clutado aquel día, a cada uno de los cuales había pagado treinta chelines por adelantado. Los así enrolados se arro­jaron al agua con el resto de los nativos, seguidos por el que arrastraba la botella de clorodina con la mecha que chis­porroteaba sin cesar.

Bertie no vio cómo explotaba la botella, pero como el contramaestre hizo estallar oportunamente un cartucho de auténtica dinamita a popa, donde no pudiera hacer daño a nadie, habría jurado ante cualquier tribunal del Almirantaz­go que había visto volar un negro en mil pedazos.

La huida de los veinticinco hombres reclutados costó al Arla cuarenta libras esterlinas. Habían huido a la selva del interior de la isla, por lo cual no cabía esperanza de recupe­rarlos. El capitán y el contramaestre decidieron ahogar sus penas en té frío, un té que se sirvió en botellas de whisky, por lo cual Bertie no pudo saber que no era alcohol lo que con tanta prisa se echaban al coleto. Sólo supo que aquellos hombres se emborracharon mucho y que discutieron con gran elocuencia y meticulosidad si la muerte del negro que había estallado en mil pedazos debía atribuirse a la disente­ría o a un accidente. Cuando los dos hombres comenzaron a roncar, Bertie fue el único blanco que quedaba despierto a bordo, por lo cual montó una peligrosa guardia hasta el amanecer, temiendo un ataque de los nativos de la isla o un motín de la tripulación.

Tres días más pasó el Arla junto a la costa y tres noches más abusaron del té frío el capitán y el contramaestre, dejan­do a Bertie encargado de la vigilancia. Estaban convencidos de que podían fiarse de él del mismo modo que Bertie sabía que si llegaba a salir con vida de aquel trance informaría al capitán Malu de la conducta de aquellos borrachos. Final­mente, el Arla fondeó en la plantación Reminge, en Guadal­canal. Bertie echó pie a tierra con un suspiro de alivio y es­trechó la mano del administrador. El señor Harriwell estaba preparado para recibirle.

––No se sorprenda usted si ve a los muchachos algo alicaí­dos ––le dijo tras llevárselo a un rincón para hablarle en se­creta––. Se rumorea que va a haber un motín. Estoy dispuesto a admitir que he visto dos o tres síntomas sospechosos, pero personalmente creo que se trata de una falsa alarma.

––¿Cuántos negros hay en la plantación? ––preguntó Bertie con el corazón en un puño.

––En este momento tenemos cuatrocientos ––replicó des­preocupadamente el señor Harriwell––, pero entre nosotros tres, más usted, naturalmente, el capitán y el contramaestre del Arla, podremos dominarlos sin dificultad.

Bertie se volvió para estrechar la mano de un tal McTa­vish, el intendente, que apenas le saludó, tal era la prisa que llevaba por presentar la dimisión.

––Dado que soy hombre casado, señor Harriwell, no pue­do permitirme el lujo de quedarme por más tiempo. Aquí se cuece algo, tan claro como la nariz que veo en su cara. Los negros van a amotinarse y en Reminge va a repetirse el ho­rror de Hohono.

––¿A qué horror se refería? ––preguntó Bertie después que el administrador de la plantación lograra convencer al in­tendente para que se quedara hasta fin de mes.

––Hablaba de la plantación de Hohono, en la isla Isabel ––dijo el administrador––. Los negros mataron a cinco blan­cos que estaban en tierra firme, se hicieron con la goleta, li­quidaron al capitán y al contramaestre, y huyeron en la nave a Malaita. Pero siempre he dicho que en Hohono pasó lo que pasó porque no tomaron precauciones. Aquí no nos sor­prenderán durmiendo. Venga, señor Arkwright, y vea el pa­norama que se divisa desde la galería.

Bertie estaba demasiado preocupado pensando cómo es­capar a Tulagi, a casa del gobernador, para interesarse mu­cho por el panorama. Seguía meditando cómo salir de aquel atolladero cuando sonó un rifle a su espalda, muy cerca de donde se hallaba. En aquel mismo instante, el señor Harri­well le arrastró al interior de la casa con tal precipitación que a poco le disloca el brazo.

––¡Qué barbaridad, amigo mío! Se ha salvado por un pelo ––le dijo mientras le inspeccionaba todo el cuerpo para ver si estaba herido––. No se imagina usted lo preocupado que es­toy. A plena luz del día. Nunca lo hubiera creído...

Bertie empezó a palidecer.

––Así es como mataron al administrador anterior ––admi­tió McTavish––. Y hay que ver lo bueno que era aquel hom­bre. Le volaron los sesos en esa misma galería. ¿Ha reparado usted en una mancha oscura que hay entre los escalones y la puerta?

Bertie no veía el momento de beberse el cóctel que el se­ñor Harriwell había preparado para él y que en ese momen­to le ofrecía. Pero antes de que pudiera probarlo, entró un hombre con pantalones de montar y polainas.

––¿Qué pasa ahora? ––preguntó al administrador después de echar una ojeada al rostro del recién llegado––. ¿Ha vuelto a subir el río?

––¡Qué río ni qué demonios! Ha sido un negro. Salió de la espesura, se detuvo ni a una docena de pasos de donde yo es­taba, y me pegó un tiro. Tenía un snider y disparó apoyando la culata en la cadera. Lo que me gustaría saber es de dónde ha sacado el rifle. ¡Ah, perdone usted! Encantado de cono­cerle, señor Arkwright.

––El señor Brown es mi ayudante ––explicó el señor Harri­well––. Ahora vamos a tomarnos esa copa.

––Pero ¿de dónde habrá sacado ese snider? ––insistió Brown––. Siempre me he opuesto a que tengamos aquí ese tipo de armas.

––Pues de aquí no se han movido ––dijo el señor Harriwell en un acceso de cólera.

El señor Brown sonrió incrédulo.

––Venga a verlo ––dijo el administrador.

Bertie siguió a la procesión hasta la oficina donde Harri­well señaló triunfante un cajón de embalaje que había en un rincón polvoriento.

––Entonces, ¿de dónde sacó el snider ese desgraciado? ––in­sistió de nuevo Brown.

Pero en aquel preciso momento McTavish alzaba el cajón del suelo. Dio un respingo y arrancó la tapa. Estaba vacío. Todos se miraron en medio de un silencio espeluznante. Ha­rriwell se encogió.

McTavish soltó un juramento.

––Lo que he dicho siempre. No se puede uno fiar de los criados.

––Esto parece serio ––admitió Harriwell––, pero saldremos con bien del trance. Lo que necesitan estos negros sanguina­rios es un buen susto. Caballeros, ¿quieren traer sus rifles al comedor? Y usted, señor Brown, prepare cuarenta o cincuen­ta cartuchos de dinamita. Ponga las mechas muy cortas. Les daremos una lección. Y ahora, señores, la cena está servida.

Si algo detestaba Bertie era el arroz con curry, y así fue como se sirvió él solamente de una tortilla que ofrecía un aspecto bastante apetitoso. Había terminado de comer, cuan­do Harriwell se sirvió del mismo plato. Probó un bocado y lo escupió vociferando.

––Ya es la segunda vez ––anunció McTavish ominosamente.

Harriwell seguía escupiendo y carraspeando.

––¿A qué se refiere? ––preguntó Bertie trémulamente.

––Veneno ––fue la respuesta––. Acabaré colgando a ese coci­nero.

––Así fue como murió el contable de Cabo Marsh ––dijo Brown––. Fue una muerte horrible. Dicen en el Jessie que sus gritos se oían en tres millas a la redonda.

––Cargaré a ese cocinero de grilletes ––farfulló Harriwell––. Afortunadamente lo hemos descubierto a tiempo.

Bertie seguía paralizado. El color había huido de su ros­tro. Quiso hablar, pero sólo logró emitir un gorgoteo inar­ticulado. Todos le miraron ansiosamente.

––¡No me lo diga! ¡No me lo diga! ––exclamó McTavish con voz tensa.

––Sí, he comido tortilla, y mucha. Un plato lleno ––estalló Bertie como un buceador que de pronto recobrara el aliento.

El terrible silencio que se hizo a continuación se prolongó durante medio minuto. Bertie leyó en los ojos de todos su destino.

––Quizá no esté envenenada ––dijo Harriwell débilmente.

––Llamen al cocinero ––ordenó Brown.

Y acudió el aludido, un negrito sonriente con la nariz y las orejas perforadas.

––Wi-wi, ¿qué nombre esto? ––gritó Harriwell señalando la tortilla acusadoramente.

Wi-wi, naturalmente, estaba asustado y azorado.

––Bueno para kai-kai ––murmuró con tono de disculpa.

––Hágaselo comer ––sugirió McTavish––. Ésa es la mejor prueba.

Harriwell llenó una cuchara de tortilla y saltó hacia el co­cinero, que salió corriendo presa de pánico.

––Con eso está dicho todo ––fue el juicio que pronunció Brown solemnemente––. No quiere probarla.

––Señor Brown, ¿quiere ir a ponerle los grilletes? ––Harri­well se volvió alegremente hacia Bertie––. No se preocupe us­ted. El gobernador le ajustará las cuentas y puede estar segu­ro de que si usted muere le ahorcarán.

––No creo que lo hagan ––objetó McTavish.

––Pero, caballeros, caballeros... ––exclamó Bertie––. Mien­tras tanto piensen ustedes en mí.

Harriwell se encogió de hombros, compasivo.

––Lo siento, amigo mío, pero no se conocen antídotos para los venenos que utilizan los nativos. Procure serenarse y si...

Fuera sonaron dos disparos de rifle que interrumpieron el diálogo. Brown entró, cargó su winchester y se sentó a la mesa.

––El cocinero ha muerto ––dijo––. De fiebres. Ha sido un ataque fulminante.

––Estaba diciéndole al señor Arkwright que no se conocen antídotos para los venenos de los nativos...

––Excepto la ginebra ––dijo Brown.

Harriwell se tildó de idiota y distraído y corrió a buscar una botella.

––Cuidado, hombre, cuidado ––advirtió a Bertie, que se ha­bía bebido de un trago un vaso casi lleno de ginebra y que, bajo los efectos de la mordedura del alcohol, tosía y se atra­gantaba de tal modo que las lágrimas rodaban por sus meji­llas.

Harriwell le tomó el pulso y la temperatura, le atendió con la mayor ostentación posible y manifestó sus dudas acerca de que la tortilla estuviera envenenada. Brown y McTavish se expresaron en el mismo sentido, pero Bertie creyó adivinar un tono falso en sus palabras. El apetito le había abando­nado como por ensalmo y se tomaba furtivamente el pul­so bajo la mesa. Indudablemente aumentaba de velocidad, pero no se le ocurrió achacarlo a la ginebra que se acababa de tomar. McTavish, rifle en mano, salió a la galería para ha­cer una visita de inspección.

––Están reuniéndose en la cocina ––informó a su vuelta––. Y tienen un montón de rifles. Lo mejor será que nos acer­quemos sigilosamente y les ataquemos por el flanco. Que seamos nosotros los que abramos fuego. ¿Quiere venir con­migo, Brown?

Harriwell continuó comiendo mientras Bertie descubría que su pulso había aumentado de velocidad, cinco latidos por minuto. A pesar de estar advertido, no pudo evitar dar un salto cuando los rifles empezaron a sonar. A los disparos de los sniders se superponía el constante martillear de los winchesters de Brown y de McTavish, confundidos unos y otros con gritos y exclamaciones demoníacas.

––Les han dispersado ––observó Harriwell, mientras el so­nido de voces y disparos se perdía en la distancia.

Apenas habían vuelto a sentarse a la mesa Brown y McTa­vish, cuando este último aventuró una observación.

––Tienen dinamita ––dijo.

––Entonces, ataquémosles con dinamita ––propuso Harri­well.

Se metieron cada uno media docena de cartuchos en los bolsillos y, tras equiparse con puros encendidos, se dirigie­ron a la puerta.

Fue en ese preciso momento cuando sucedió. Más tarde culparon de ello a McTavish, quien admitió que la carga ha­bía sido un poco excesiva. En cualquier caso, lo cierto es que estalló bajo la casa, la cual se alzó de costado y volvió a po­sarse sobre sus cimientos. La mitad de los platos que había sobre la mesa se hicieron añicos, mientras que el reloj, que tenía cuerda para ocho días, se paró en seco. Clamando ven­ganza, los tres hombres se precipitaron al exterior y comen­zó el bombardeo en medio de la noche.

Cuando regresaron, Bertie había desaparecido. Se había arrastrado hasta la oficina del administrador, donde se ha­bía encerrado levantando una barricada. Allí, tendido en el suelo y hundido en una pesadilla empapada en ginebra pura, murió mil muertes sucesivas mientras a su alrededor se libraba el valeroso combate. Por la mañana, con el estó­mago revuelto y un buen dolor de cabeza, salió de su encie­rro y encontró el sol brillando en el firmamento y a Dios pre­sumiblemente en el Cielo, porque sus anfitriones seguían vivos e ilesos.

Harriwell le instó a que prolongara su estancia en la plan­tación, pero Bertie insistió en zarpar inmediatamente en el Arla en dirección a Tulagi, donde no se apartó de las cerca­nías de la casa del gobernador hasta que llegó el día de la partida del primer vapor. Iban a bordo turistas femeninas, y Bertie volvió a ser el héroe, mientras que el capitán Malu, como de costumbre, pasaba desapercibido. Pero envió des­de Sidney dos cajones del mejor whisky escocés que pudo encontrar, porque no pudo decidir cuál de sus dos emplea­dos, si el capitán Hansen o el señor Harriwell, había propor­cionado a Bertie Arkwright la impresión más inolvidable de la vida en las islas Salomón.

Las perlas de Parlay

1

El piloto canaca metió la caña y el Malahini arrumbó al viento y se adrizó. Los foques gualdrapearon, resonaron los tomadores, giraron las escotas de las botavaras y la nave viró mientras las velas volvían a hincharse. Aunque era muy tem­prano y soplaba una brisa fresca, los cinco blancos que iban sentados en la toldilla vestían ropa muy ligera. David Grief y su invitado, Gregory Mulhall, un inglés, estaban aún en pi­jama, calzados sus pies desnudos con zapatillas chinas. El capitán y el primer oficial llevaban camisetas muy finas y pantalones de drill sin almidonar, mientras que el sobrecar­go se resistía a ponerse la camiseta que sostenía en la mano. Con la frente perlada de sudor, hundía el pecho sediento en un aire que no refrescaba.

––No entiendo este bochorno con una brisa así ––se quejó.

––¿Y qué hace semejante viento por este cuadrante? Eso es lo que me gustaría saber a mí ––fue la contribución de Grief al descontento general.

––No durará ––dijo Hermann, el oficial holandés––. Ha es­tado cambiando de rumbo toda la noche. Cinco minutos soplando de aquí, diez de allá, una hora del cuadrante opuesto...

––Algo se prepara, algo se prepara ––gruñó el capitán War­field, mientras se peinaba su poblada barba con los dedos de ambas manos y adelantaba el mentón en un vano intento de buscar aire fresco––. El tiempo lleva loco dos semanas. Y hace tres que no soplan los vientos propios de la estación. Todo anda revuelto. El barómetro subía y bajaba sin parar ayer al anochecer y sigue haciéndolo ahora, aunque los ex­pertos dicen que no significa nada. En cualquier caso, no me gusta verlo oscilar así. Me pone nervioso, no sé, ya me en­tienden... Lo mismo ocurrió cuando el naufragio del Lan­caster. Yo era entonces un grumete, pero lo recuerdo bien. Era un barco de casco de acero, completamente nuevo, de cuatro mástiles. Y aquélla era su primera travesía. El pobre capitán se quedó con el corazón destrozado. Llevaba cua­renta años trabajando para la compañía. Se fue consumien­do poco a poco y murió al año siguiente.

A pesar del viento y de lo temprano de la hora, el calor era sofocante. La brisa prometía una frescura que no llegaba a materializarse. Habría podido proceder del Sáhara de no ser por la extrema humedad de que iba cargada. No había ni rastro de niebla y, sin embargo, un velillo de bruma parecía flotar en la distancia.

No podía decirse que hubiera nubes definidas, pero tan espeso era el sucio sudario nuboso que se cernía sobre el mar, que los rayos del sol no podían atravesarlo.

––¡Listos para virar! ––ordenó el capitán Warfield con voz aguda.

Los canacas cobrizos, vestidos con simples taparrabos, se movieron lánguidamente, pero con presteza, y procedieron a maniobrar velas y botavaras.

––¡Todo a sotavento!

El piloto hizo girar el timón sin contemplaciones y el Ma­lahini puso proa al viento y viró limpiamente.

––¡Por Júpiter, es una bruja! ––exclamó Mulhall admirado––. No sabía que ustedes, los comerciantes de los Mares del Sur, navegaran en yates.

––Antes de llegar aquí, el Malahini fue un barco pesquero en Gloucester ––explicó Grief––. Y los pesqueros de Glouces­ter tienen fama de marineros.

––Pero, si están aproados a la entrada de la laguna, ¿por qué no entran?

––Inténtelo, capitán Warfield ––sugirió Grief––. Demuéstrele lo que es entrar en una laguna con fuerte corriente en contra.

––¡Avante con cuidado! ––ordenó el capitán.

––¡Avante con cuidado! ––repitió el canaca, soltando media cabilla.

El Malahini enfiló el estrecho pasaje que constituía la en­trada a la laguna de un gran atolón ovalado. Tenía éste una forma extraña, como si tres atolones en proceso de forma­ción hubieran chocado aglutinándose sin alzar entre ellos muros de partición. Aquí y allá se elevaban sobre la arena grupos de cocoteros y, a través de los claros, el agua inmóvil brillaba como la superficie bruñida de un espejo. Aquella la­guna irregular encerraba muchas millas cuadradas de agua, toda la cual fluía a borbotones con la marea baja a través del estrecho canal. Tan angosto era éste y tan abundante el agua, que el pasaje semejaba la zona de rápidos de un río más que la entrada a un atolón. El agua bullía, se arremolinaba, her­vía y fluía encrespada formando una espuma blanca sobre las olas dentadas. Con cada nueva embestida, con cada arreme­tida de la corriente, el Malahini se desviaba de su rumbo y se escoraba, como alzado por cuñas de acero, hacia un lado del pasaje. Había recorrido ya parte del canal, cuando la proxi­midad de la orilla de arenas coralíferas le obligó a virar. So­bre la amura de babor, abatido por la corriente, salió otra vez a mar abierto arrastrado por la fuerza de la marea.

––Ha llegado el momento de probar ese motor que tantos sudores le ha costado ––se burló Grief bonachonamente.

Estaba claro que aquel motor era un asunto espinoso para el capitán Warfield. Había pedido y suplicado que se lo con­cedieran, hasta que al fin Grief accedió a ello.

––Lo amortizaremos ––respondió el capitán––. Espere y lo verá. Es mejor que una póliza de seguros y, en cualquier caso, ya sabe usted que no hay una sola empresa dispuesta a asegurar un barco que navegue por las Paumotus.

Grief señaló un pequeño cúter, que avanzaba tras ellos en la misma dirección.

––Apuesto cinco francos a que el Nuhiva entra antes que nosotros.

––¡Desde luego! ––dijo el capitán Warfield––. Tiene más po­tencia de la que necesita. A su lado parecemos un transatlán­tico y, sin embargo, llevamos cuarenta caballos de vapor. Ella lleva diez y corre más ligera que el viento. Podría desli­zarse sobre las llamas del infierno, pero mire. Aun así no puede luchar contra la corriente. Van navegando a diez nu­dos en este momento.

Y a la misma velocidad, cabeceando y brincando sobre las olas, el Malahini seguía retrocediendo.

––Repuntará dentro de media hora y entonces entraremos ––dijo el capitán Warfield con una irritación que vinieron a explicar las palabras que pronunció después––. No tiene nin­gún derecho a llamar Parlay a este atolón. En las cartas del Almirantazgo y en los mapas franceses aparece como Hi­kihoho. Lo descubrió Bouganville y lo bautizó con el nom­bre que le daban los nativos.

––¿Qué más dará el nombre? ––preguntó el sobrecargo, aprovechando que hacía uso de la palabra para detenerse con los brazos ya metidos en las mangas de la camiseta––. El caso es que está ahí, ante nuestras mismísimas narices. Y que en tierra está Parlay con sus perlas.

––¿Qué seguridad tienen de que existen? ¿Quién las ha vis­to? ––preguntó Hermann, mirando uno tras otro a sus inter­locutores.

––Eso es cosa sabida ––respondió el sobrecargo. Luego se volvió hacia el timonel––: Díselo tú, Tai––Hotauri.

El canaca, halagado y cohibido al mismo tiempo, tomó el timón y movió una cabilla.

––Mi hermano bucear para Parlay tres o cuatro meses y ha­blar mucho de ellas. Decir que Hikihoho buen sitio para perlas.

––Y los compradores no han conseguido jamás que se des­prenda de una sola ––interrumpió el capitán.

––Dicen que llevaba un verdadero montón de ellas para Armande cuando zarpó rumbo a Tahití ––intervino el sobre­cargo, tomando el hilo de la historia.

––Eso fue hace quince años, y desde entonces ha seguido acumulándolas. Y almacena las conchas también. Eso todo el mundo lo ha visto. Tiene cientos de toneladas. Dicen que ha dejado la laguna totalmente limpia. Quizá por ello haya anunciado la subasta.

––Si de verdad vende todas las que tiene, éste será el año que más perlas hayan producido las Paumotus ––dijo Grief.

––Pero, bueno, ya está bien, señores ––intervino Mulhall de mal talante, tan molesto como sus interlocutores por aquel calor agobiante––. ¿Quieren decirme de qué están hablando? ¿Quién es ese saqueador de playas? ¿Y qué perlas son ésas? ¿A qué tanto misterio?

––Hikihoho pertenece al viejo Parlay ––respondió el sobre­cargo––. Tiene una fortuna en perlas que ha acumulado du­rante años y años. Hace unas semanas hizo correr la voz de que las subastaría mañana. ¿Ve todas esas goletas fondeadas en la laguna?

––Ocho distingo yo ––dijo Hermann.

––¿Quiere saber qué hacen tantas embarcaciones en un lu­gar tan miserable como éste? ––continuó el sobrecargo––. Toda la producción anual de copra de este atolón no basta­ría para cargar una sola goleta. Han venido para la subasta. Por eso están aquí. Y por eso va el pequeño Nuhiva dando tumbos ahí detrás, aunque no entiendo qué es lo que pueda comprar su dueño y capitán. Es Narii Herring, un inglés me­dio judío que no tiene en el mundo más que osadía, cara dura y deudas con los proveedores de whisky de toda la Poli­nesia. Para esas cosas es un genio. Debe tanto dinero que no hay un solo comerciante en Papeete que no se interese por sus negocios. Hacen todo lo que está en su mano y más por proporcionarle trabajo. No les queda otro remedio. ¡Vaya suerte que tiene ese Narii! Yo, en cambio, no debo nada a na­die, y ¿cuál es el resultado? Que si me diera un ataque ahora mismo en esa playa, me dejarían morir sin echarme una mano. Nadie perdería nada con mi muerte. Pero lo que es ese Narii Herring... ¿Qué no harían por él si le diera un ata­que? En su caso lo mejor no les parecería suficiente. Han in­vertido tanto en él que no podrían dejarle morir así como así. Le llevarían a su propia casa y le cuidarían como a un verdadero hermano. Permítanme que les diga que pagar las cuentas a tiempo no es tan bueno como lo pintan.

––¿Qué tiene que ver Parlay con ese tal Narii? ––preguntó, encolerizado, el inglés. Y volviéndose a Grief continuó––: ¿Y qué pasa con esas perlas? ¿Quieren empezar por el principio?

––Tendrán ustedes que ayudarme ––advirtió Grief a sus compañeros antes de comenzar la narración––. Parlay es un tipo muy original. Por lo que he oído de él, creo que está un poco loco. Pero, en cualquier caso, le contaré la historia. Parlay es francés por los cuatro costados. Una vez me dijo que había nacido en París, y lo cierto es que tiene el acento de un verdadero parisién. Llegó aquí en los buenos tiempos y se dedicó al comercio. Así comenzó en Hikihoho, comercian­do, cuando eso era lo rentable. Vivían entonces en la isla cien nativos miserables. Se casó con la reina al estilo polinesio y cuando ella murió, lo heredó todo. Hubo una epidemia de sarampión y no quedaron más que una docena de supervi­vientes. Él les alimentó, les obligó a trabajar y se erigió en rey. Su esposa, antes de morir, le había dado una hija. La lla­mó Armande. Cuando la niña tenía tres años, la mandó a un convento de Papeete, y cuando cumplió siete u ocho, la en­vió a Francia. Ya se imaginará usted cómo la crió. Ni el mejor ni el más aristocrático de los colegios de Francia le parecía lo bastante bueno para su única hija, la hija de un rey y, al mis­mo tiempo, del hombre más rico de las Paumotus. Por otra parte, ya sabe que a los franceses les importa muy poco el color de la piel. La educó como a una princesa, y por tal se llegó a tener ella. Creía ser completamente blanca, y nunca sospechó que se alzara en torno a ella una barrera siniestra.

Entonces ocurrió la tragedia. El viejo fue siempre un ex­céntrico. Tanto tiempo había representado en Hikihoho el papel de déspota, que llegó a convencerse de que el rey y la princesa eran invulnerables. Cuando Armande cumplió los dieciocho años, la mandó llamar. Tenía, como popularmen­te se dice, más dinero que pesaba. Construyó una gran casa en Hikihoho y un enorme bungalow en Papeete. Armande debía llegar en el vapor correo desde Nueva Zelanda y él zar­pó en su goleta para recibirla en Tahití. Es posible que hubie­ra evitado lo que ocurrió después, a pesar de todas las viejas cotorras de Papeete, de no haber sido por un huracán. ¿No fue aquel año cuando Manu Huni fue arrasado por el viento y murieron ahogados mil cien hombres?

Todos asintieron, y el capitán Warfield dijo:

––Yo navegaba en el Magpie en aquella ocasión. Toda la tri­pulación, incluso el cocinero, fuimos a parar a tierra con barco y todo. Un cuarto de milla nos arrastró el huracán en­tre los cocoteros de la embocadura de la bahía de Taihoae, y eso que tiene fama de ser un puerto a prueba de borrascas.

––Al viejo Parlay ––continuó Grief–– le sorprendió ese mis­mo huracán y llegó a Papeete, cargado con sus perlas, con tres semanas de retraso. Tuvo que reparar la goleta y cons­truir una rampa de media milla para poder hacerla a la mar.

Mientras tanto, Armande le esperaba en Papeete. Nadie fue a verla. A la manera francesa, hizo las habituales visitas protocolarias al gobernador y al médico del puerto. Ambos la recibieron, pero las arpías de sus mujeres dijeron no estar en casa cuando fue a verías y no le devolvieron la visita. No era de su casta, o, mejor dicho, no era de casta, aunque ella ni lo sospechara. En el crucero francés iba un joven teniente que perdió por Armande el corazón, pero no la cabeza. Pue­den imaginarse la sorpresa que todo aquello representó para una joven refinada, hermosa, educada como una aristócra­ta y acostumbrada a todo lo mejor que puede comprarse con dinero en la vieja Francia. Y puede imaginarse también cómo terminó el asunto. ––Se encogió de hombros––. En el bungaló había un criado japonés que presenció todo y afir­ma que en aquella ocasión Armande se comportó como un verdadero samuray. Sin precipitación, sin apremio, sin el an­sia salvaje del que desea la aniquilación total, cogió un estile­te, posó la punta cuidadosamente sobre su pecho y, con am­bas manos, lo empujó, lenta pero segura, hasta que penetró en el corazón.

Poco después llegó el viejo Parlay con sus perlas. Dicen que una de ellas valía por sí sola sesenta mil francos. Peter Gee la vio y, según me dijo, le ofreció esa cantidad. El viejo perdió la cabeza. Le tuvieron dos días en el Club Colonial metido en una camisa de fuerza...

––El tío de su mujer, un viejo de las Paumotus, cortó la ca­misa de una cuchillada y le sacó de su encierro ––corroboró el sobrecargo.

––A partir de aquel momento, el viejo Parlay comenzó a hacer estragos ––continuó Grief––. Le incrustó tres balas en el cuerpo al pícaro del teniente...

––Que pasó tres semanas en la enfermería ––intervino el ca­pitán Warfield.

––Arrojó un vaso de vino a la cara del gobernador, se batió en duelo con el médico del puerto, dio sendas palizas a sus criados nativos, arrasó el hospital, rompió dos costillas y la clavícula al enfermero y escapó. Bajó a su goleta con una pis­tola en cada mano desafiando al jefe de policía y a los gen­darmes a que lo detuvieran, y zarpó para Hikihoho. Dicen que desde entonces no ha vuelto a salir del atolón.

El sobrecargo asintió.

––De eso hace ya quince años, y desde entonces no ha dado señales de vida.

––Aparte de lo de las perlas ––dijo el capitán––, es un lunáti­co y un charlatán. A mí me pone la carne de gallina. Dicen que es un verdadero vikingo.

––¿Cómo un vikingo? ––preguntó Mulhall.

––Tiene poder sobre los elementos. Al menos eso creen los nativos. Pregúntele a Tai-Hotauri. Oye, Tai-Hotauri, ¿qué crees tú que hace Parlay con el tiempo?

––Parlay demonio ––fue la respuesta del carraca––. Yo saber. Él querer viento, y levantarse viento. Él no querer viento, y no haber viento.

––Lo que se dice un hechicero, vamos ––dijo Mulhall.

––No dar suerte las perlas ––estalló bruscamente Tai-Ho­tauri, meneando ominosamente la cabeza––. Él decir vender y muchas goletas venir. Él hacer gran huracán y todos muer­tos. Los nativos decir eso.

––Estamos en la estación de los huracanes ––rió morosa­mente el capitán Warfield––. No andan muy descamina­dos. En este momento se está preparando algo y yo estaría mucho más tranquilo si el Malahini se hallara a mil millas de aquí.

––Parlay está un poco loco ––concluyó Grief––. He intentado ver las cosas desde su punto de vista. El asunto es complica­do. Durante dieciocho años había centrado todo en Arman­de. A veces le da por creer que su hija sigue viva, que no ha vuelto de Francia. Ésa es una de las razones por las que hasta ahora no ha querido deshacerse de las perlas. Y odia a los blancos. No puede olvidar que fueron ellos quienes la mata­ron, aunque a veces sí se olvide de que ha muerto.

––¡Miren! ¿Qué ha sido del viento?

Las velas colgaban vacías sobre sus cabezas y el capitán Warfield gruñó con disgusto. Si hasta entonces el calor había sido abrumador, ahora, con la ausencia de viento, era ya in­tolerable. Los rostros rezumaban sudor y uno tras otro to­dos los presentes aspiraron con ansia como buscando aire.

––Aquí está otra vez. Ha virado ocho cuartas. ¡Pronto, alas escotas de las botavaras!

Los canacas se precipitaron a obedecer las órdenes de su capitán y durante cinco minutos la goleta enfiló directamen­te el pasaje y avanzó a pesar de la corriente. Amainó la brisa y volvió a soplar de nuevo de otro cuadrante, obligándoles a llevar a cabo nuevas maniobras.

––Ahí viene el Nuhíva ––dijo Grief––. Lleva el motor en mar­cha. Miren cómo salta las olas.

––¿Todo listo? ––preguntó el capitán al maquinista, un mes­tizo portugués que asomaba la cabeza y los hombros por la escotilla de proa mientras se limpiaba el sudor que le corría por la cara con un puñado de trapos grasientos.

––Todo listo ––replicó.

––Entonces, ¡avante!

El maquinista desapareció en el interior de su cubil y, mo­mentos después, el tubo de salida de gases tosía y carraspea­ba. Pero la goleta no pudo mantenerse a la cabeza. El peque­ño cúter adelantaba tres pies por cada dos que avanzaba el Malahini y poco a poco le iba ganando delantera. En la cu­bierta del cúter todos eran nativos, a excepción del hombre que empuñaba el timón y que agitó la mano en el aire con un gesto burlón de saludo y despedida.

––Ése es Narii Herring ––dijo Grief a Mulhall––, el hombre que lleva el timón. Es el mayor caradura y el bribón más atrevido de todo el archipiélago de las Paumotus.

Cinco minutos después un grito de alegría, prorrumpido al unísono por todos los canacas del Malahini, centró la atención de los circunstantes en el Nuhíva. El motor del cú­ter se había averiado y la goleta le adelantaba. Los marineros del Malahani saltaron a la jarcia lanzando exclamaciones de burla. El pequeño cúter viraba impulsado por el viento y re­trocedía cediendo a la corriente.

––¡Vaya motor el nuestro! ––dijo Grief cuando la laguna se abrió ante su vista y la goleta hubo virado para dirigirse al fondeadero.

El capitán Warfield, aunque se limitó a gruñir, estaba vi­siblemente satisfecho.

––Lo amortizaremos, no tema.

El Malahini se confundió con la pequeña flota de goletas y halló un lugar para fondear.

––Allí está Isaacs con el Dolly ––observó Grief mientras sa­ludaba con la mano––. Y Peter Gee con el Roberta. No podía faltar a una subasta como ésta. Y allá veo a Fancini, en el Cactus. Han venido todos los compradores de perlas. Segu­ro que el viejo Parlay sacará buen precio por ellas.

––Aún no han podido reparar el motor ––murmuró encan­tado el capitán Warfield. Miraba hacia el lado opuesto de la laguna, allá donde las velas del Nuhiva asomaban entre los cocoteros.

2

La casa de Parlay era una construcción de dos pisos con pa­redes de madera de California y tejado de metal galvanizado. La desproporción que guardaba con respecto al estrecho ato­lón era tal, que surgía del anillo de arena y se elevaba sobre él como una monstruosa excrecencia. Los del Malahini hicie­ron una visita de cortesía a tierra firme nada más fondear. En la sala principal de la casa había otros capitanes y comprado­res examinando las perlas que iban a subastarse al día si­guiente. Criados de las Paumotus, nativos de Hikihoho y pa­rientes del dueño de la casa iban de un lado a otro sirviendo whisky y absenta. Entre los circunstantes evolucionaba, cloqueando y riendo despectivamente, el viejo Parlay en perso­na, despojo de lo que años antes fuera un hombre alto y for­nido. Tenía los ojos hundidos y enfebrecidos y las mejillas chupadas y cavernosas. El pelo se le había caído a mechones, tanto el de la cabeza como el del bigote y la perilla.

––¡Por Júpiter! ––murmuró Mulhall en voz baja––. Es un Na­poléon II zanquilargo, pero quemado, cocido y agrietado por el sol. ¡Y para colmo, sarnoso! No me extraña que lleve la ca­beza inclinada hacia un lado. Tiene que guardar el equilibrio.

––Se aproxima un huracán ––fue el saludo que dirigió a Grief el viejo––. Deben de gustarle mucho las peleas para ve­nir en un día así.

––Por ellas valdría la pena ir hasta el infierno ––le contestó Grief de buen talante, recorriendo con la mirada la superfi­cie de la mesa en que se exponían las perlas.

––Son muchos los que han hecho el viaje por ellas ––cloqueó el viejo Parlay––. Miren ésta. ––Señaló una perla gruesa, perfec­ta, del tamaño de una nuez, que estaba colocada aparte sobre un trozo de gamuza––. En Tahití me ofrecieron sesenta mil francos por ella. Y mañana me ofrecerán tanto o más en la su­basta si antes no se los lleva a todos el viento. Esa perla la en­contró mi primo, mejor dicho, el primo de mi mujer. Era nati­vo, ¿saben? Y era también un ladrón. La escondió, aunque me pertenecía. Su primo, que era también primo mío, porque aquí todos somos parientes, le mató por ella y huyó en su cú­ter a Noo––Nau. Yo le seguí, pero cuando llegué a la isla el jefe ya le había matado a él para robársela. Sí, son muchos los muertos representados en esta mesa. Beba algo, capitán. Su cara me resulta familiar. ¿Es usted nuevo en las islas?

––Es el capitán Robinson, del Roberta ––dijo Grief a modo de presentación.

Mientras tanto, Mulhall había estrechado la mano de Pe­ter Gee.

––Nunca creí que pudiera haber tantas perlas en el mundo ––dijo Mulhall.

––Tampoco yo he visto nunca tantas juntas ––admitió Gee.

––¿Cuánto pueden valer? ––preguntó el inglés.

––Cincuenta o sesenta mil libras. Y eso para nosotros, los compradores. En París... ––y se encogió de hombros.

Mulhall se limpió el sudor que le caía ante los ojos. Todos transpiraban copiosamente y respiraban con dificultad. No había hielo y el whisky y la absenta se servían del tiempo.

––Sí, sí ––cloqueaba Parlay––. Hay muchos cadáveres tendi­dos sobre esta mesa. Conozco bien estas perlas, todas ellas. ¿Ven esas tres? Son igualitas, ¿verdad? Las pescó para mí un buceador de la isla de Pascua, las tres en una sola semana. A la siguiente, un tiburón le arrancó un brazo y la gangrena terminó con él. Y ¿ven esa perla barroca? No vale mucho. Si mañana me ofrecen veinte francos por ella, me daré con un canto en los dientes. Fue hallada a veintidós brazas de pro­fundidad por un pescador de Rarotonga. Batió todas las marcas de buceo. Veintidós brazas bajó. Yo lo vi. No sé si le estallaron los pulmones o si fue una aeroembolia, pero el caso es que murió a las dos horas. Expiró gritando. Le oye­ron en millas a la redonda. Era el hombre más fuerte que he visto en mi vida. Seis buceadores míos han muerto ya de ae­roembolia. Y morirán muchos más.

––No sea ave de mal agüero, Parlay ––refunfuñó uno de los capitanes––. No va a haber huracán.

––Si fuera un hombre joven y fuerte, levaría anclas y me iría de aquí cuanto antes ––le contestó el viejo con el tono de falsete que le daba la edad––. Eso si fuera un hombre joven con el sabor del vino aún en la boca. Pero ustedes no. Uste­des se quedarán. No les aconsejaría que se fueran si pensara que iban a escucharme. Es imposible apartar a los buitres de la carroña. Beban una copa más, mis valientes marineros. ¡Vaya, vaya, vaya! Lo que son capaces de hacer los hombres por una simple secreción de la ostra. ¡Ahí las tienen, las be­llezas! La subasta es mañana a las diez en punto. Los buitres se reúnen porque Parlay se ha decidido a vender, el viejo Parlay, que en su día fue más fuerte que ninguno de ellos y que todavía ha de ver muertos a la mayoría.

––¡Qué bicharraco es el viejo! ––susurró el sobrecargo al oído de Peter Gee.

––¿Y qué si se levanta viento? ––dijo el capitán del Dolly––. Hasta ahora Hikihoho nunca ha sido arrasado por ningún temporal.

––Más razón para que esta vez lo sea ––respondió el capitán Warfield––. Yo no me fiaría.

––¿Quién es agorero ahora? ––le reprendió Grief.

––No me gustaría perder ese motor nuevo antes de haberlo amortizado ––replicó, sombrío, el capitán.

Parlay cruzó la abarrotada habitación con una ligereza asombrosa y se acercó al lugar donde un barómetro pendía de la pared.

––¡Échenle un vistazo, mis valientes marineros! ––gritó exultante.

El hombre que estaba más cerca del instrumento se volvió a leerlo. Lo que vio le serenó en el acto, como se evidenció automáticamente en su rostro.

––Ha bajado diez puntos.

No dijo más, pero con eso bastó para que la ansiedad se reflejara en todas las caras y se creara de pronto un ambiente de intranquilidad, como si hasta el último de los allí reuni­dos quisiera salir corriendo hacia la puerta.

––Escuchen ––ordenó Parlay.

En medio del silencio se oía el ruido de las olas con desu­sada fuerza. Era un bramido que retumbaba sordamente.

––Empieza a subir el oleaje ––dijo una voz. E inmediata­mente se produjo una desbandada general hacia una de las ventanas junto a la cual se agruparon todos los presentes.

Miraron hacia el mar a través de los troncos de los cocote­ros. Una ordenada procesión de olas enormes y uniformes iba a romper sobre las orillas coralíferas. Durante algunos minutos contemplaron aquel espectáculo insólito mientras comentaban en voz baja. Era evidente que las olas aumenta­ban de tamaño por momentos. Ante la extraña visión que ofrecía la mar gruesa en medio de la calma chicha, las voces se fueron apagando. El viejo Parlay sobresaltó a todos con su brusco cloqueo.

––Aún tienen tiempo de hacerse a la mar, mis valientes caba­lleros. Los botes pueden remolcarles hasta salir de la laguna.

––No hay por qué preocuparse ––dijo Darling, el contra­maestre del Cactus, un joven fornido de veinticinco años––. El vórtice del huracán se halla al sur. Además está pasando. No nos alcanzará ni una ráfaga de viento.

Una oleada de alivio inundó la habitación. Se reanudaron las conversaciones y volvieron a alzarse las voces. Varios de los compradores regresaron junto a la mesa para continuar examinando las perlas. La risita de Parlay subió de tono.

––Así me gusta ––les animó––. Aunque se acabara el mundo, ustedes seguirían comprando perlas.

––Éstas puedo asegurarle que las compraremos mañana ––dijo Isaacs.

––Entonces será en el infierno.

Un coro de carcajadas incrédulas encolerizó al anciano, que se encaró, furioso, con Darling.

––¿Desde cuándo saben tanto los mocosos como usted? ¿Quién ha sido capaz de marcar en las cartas el curso de los huracanes de las Paumotus? ¿En qué libro puede encontrar­lo? Yo navegaba por estas islas antes de que viniera al mundo el más viejo de todos los presentes. Y sé lo que me digo. Ha­cia el este, los huracanes trazan un círculo tan amplio que se diría que van en línea recta. Aquí en el oeste, trazan una cur­va cerrada. Recuerden las cartas. ¿Cómo fue que el huracán del año noventa y uno asoló Auri y Hiolau? La curva, mi va­liente joven, la curva. Dentro de una hora, de dos o tres a lo más, se levantará el huracán. Escuchen eso.

Un enorme estruendo, resultado de lo que parecía un tre­mendo embate, conmovió los cimientos de coral del atolón. La casa se estremeció. Los criados nativos, cargados de bo­tellas de whisky y de absenta, se apiñaron como buscando protección y miraron con temor a través de las ventanas la inmensa ola que lamía con avidez lo más alto de la playa has­ta llegar a los pies de un cobertizo de copra.

Parlay consultó el barómetro, soltó una risita sardónica y miró a sus invitados. El capitán Warfield cruzó la habitación para acercarse a leer lo que marcaba el aparato.

––Veintinueve setenta y cinco ––anunció––. Ha bajado cinco más. Este demonio de viejo tiene razón. El huracán se acer­ca. No sé qué harán ustedes, pero yo me voy a bordo.

––Está oscureciendo ––dijo Isaacs medio gimoteando.

––¡Por Júpiter! Parece el escenario de un teatro ––dijo Mul­hall a Grief mientras consultaba su reloj––. Son las diez de la mañana y parece que está anocheciendo. Las luces se apagan para la tragedia. ¿Dónde está la música lenta?

En respuesta a sus palabras, otro sonoro embate estreme­ció el atolón y la casa. Presas de pánico, los circunstantes co­rrieron hacia la puerta. A la luz mortecina de aquella maña­na, sus rostros aparecían lívidos. Isaacs, aquejado de asma, jadeaba en medio del calor sofocante.

––¿A qué tanta prisa? ––rió Parlay, mofándose de sus invita­dos, que huían hacia los barcos––. Una última copa, mis va­lientes caballeros.

Nadie le escuchó. Mientras corrían en dirección a la playa por el sendero bordeado de conchas, asomó la cabeza por la puerta y gritó:

––No se olviden, señores. Mañana, a las diez en punto, el viejo Parlay venderá sus perlas.

3

En la playa tuvo lugar una curiosa escena. Los hombres arrastraban precipitadamente hasta la orilla sus respectivos botes, subían a ellos y empuñaban los remos. La oscuridad era cada vez mayor. La calma continuaba y la arena tembla­ba con cada embate del mar en la costa exterior del atolón. Narü Herring avanzaba tranquilamente por la playa riendo al ver el evidente apresuramiento de capitanes y comprado­res. Le acompañaban sus canacas y también Tai-Hotauri.

––Sube al bote y empuña un remo ––ordenó el capitán War­field a este último.

Tai-Hotauri se acercó con desenvoltura, mientras Narii Herring se detenía a cuarenta pies de distancia a contemplar la escena rodeado de sus marineros.

––No trabajar más para usted, patrón ––dijo Tai-Hotauri a gritos y en tono insolente. Pero con el rostro desmintió sus palabras, porque mientras hablaba fue autor de un guiño prodigioso––. Despídame, patrón ––susurró roncamente con un segundo guiño, tan significativo como el primero.

El capitán Warfield entendió que se trataba de una come­dia y empezó a actuar también. Levantó el puño y la voz. ––Súbete a ese bote, cerdo ––bramó––, o te haré ver las estre­llas.

El canaca se hizo atrás con un gesto truculento y Grief se interpuso entre los dos con intención de aplacar al capitán.

––Yo enrolarme en el Nuhiva ––dijo Tai-Hotauri uniéndose al otro grupo.

––¡Vuelve aquí! ––le gritó el capitán amenazadoramente.

––Es libre de hacer lo que le plazca ––habló Narii Herring––. Ha navegado conmigo en otras ocasiones y volverá a hacerlo ahora. No hay más que hablar.

––Vamos ––apremió Grief––. Tenemos que subir a bordo. Mire lo oscuro que se está poniendo.

El capitán Warfield cedió, pero mientras el bote se aleja­ba, permaneció de pie sobre la cámara blandiendo el puño en dirección a la playa.

––Ya te ajustaré las cuentas, Narii ––gritó––. Eres el único ca­pitán del grupo que roba a los tripulantes de otro barco.

Luego se sentó y, bajando la voz, preguntó:

––¿Qué se traerá entre manos Tai-Hotauri? Sé que se pro­pone algo, pero ¿qué puede ser?

4

Cuando el bote se acercó al Malahini, el rostro angustiado de Hermann les saludó por encima de la borda.

––El barómetro ha bajado al mínimo ––anunció––. Se apro­xima un huracán. He mandado largar el ancla de estribor. ––Larga la grande también ––ordenó el capitán Warfield, haciéndose cargo del mando inmediatamente––. ¡A ver, unos cuantos, izad el bote! ¡Cargadlo en cubierta y amarradlo bien con la quilla hacia arriba!

Las tripulaciones se afanaban a bordo de las goletas. Se oía el rechinar de las cadenas y, una por una, todas las naves viraron y largaron la segunda ancla. Los que, como el Ma­lahini, tenían tres, se preparaban para echar la tercera en cuanto el viento diera a entender de qué cuadrante iba a so­plar.

El estruendo del oleaje continuaba creciendo, aunque la superficie de la laguna seguía tranquila como un espejo. No había signos de vida en torno al lugar donde el caserón de Parlay se alzaba sobre la arena. Los cobertizos que servían para guardar los barcos y almacenar la copra y las conchas estaban desiertos.

––Por menos de nada levaría anclas y nos iríamos de aquí ––dijo Grief––. Lo haría de todos modos si saliéramos a mar abierto, pero esas cadenas de atolones que hay al norte y al oeste nos tienen encerrados. Creo que saldremos mejor pa­rados si nos quedamos aquí. ¿Qué opina usted, capitán War­field?

––Estoy de acuerdo, aunque no crea usted que una laguna es el mejor sitio para capear un huracán. Me pregunto por dónde llegará. ¡Mire! Ahí va uno de los cobertizos de copra de Parlay.

Una de las cabañas de techumbre de paja se derrumbaba en aquellos momentos ante el embate del agua mientras que un hervidero de espuma lamía la cresta del anillo de arena para ir a morir a la laguna.

––Ha saltado al otro lado ––exclamó Mulhall––. No está mal para empezar. Ahí viene otra.

La segunda ola alzó los restos de la cabaña y los abandonó después sobre la arena. Una tercera los deshizo en fragmen­tos y los arrastró pendiente abajo hasta la laguna.

––Al menos si llega ese huracán refrescará un poco ––gruñó Hermann––. Ya no puedo respirar. Hace un calor infernal. Estoy más seco que un corcho.

Abrió un coco de un tajo y se bebió el contenido. Los otros siguieron su ejemplo, deteniéndose un instante a contem­plar cómo se derrumbaba otro de los cobertizos del viejo Parlay. El barómetro registraba ahora veintinueve noventa y cinco.

––Debemos de estar muy cerca del centro de la baja pre­sión ––observó Grief de buen talante––. Nunca en mi vida he estado en el vórtice de un huracán. Será toda una experien­cia también para usted, Mulhall. Y por la velocidad a que ha descendido el barómetro, éste va a ser de los buenos.

El capitán Warfield gruñó y todas las miradas se centra­ron en él. Con ayuda de los gemelos recorría con la vista la superficie de la laguna hasta el extremo sureste.

––Ahí llega ––dijo pausadamente.

No necesitaron gemelos para ver. Era como si una telilla de extrañas características se acercara flotando sobre la su­perficie del lago. Por delante de ella, a la misma velocidad y a todo lo largo del atolón, las copas de los cocoteros se iban doblando entre una nube de hojas que revoloteaban sin ce­sar. El frente del huracán, al tocar la superficie del agua, for­maba una línea ininterrumpida, claramente definida, de color gris oscuro y muy castigada por el viento. Precediéndola, y a modo de avanzadillas, llegaban ráfagas huracanadas. A esa primera línea seguía otra aproximadamente de un cuar­to de milla de anchura y que parecía de una calma cristalina. Cerraba la marcha una tercera línea sombría tras de la cual la laguna era toda blancura, un hervidero albo, bullente.

––¿Qué es esa zona de calma? ––preguntó Mulhall.

––Eso, calma ––respondió Warfield.

––Pero avanza tan deprisa como el viento ––fue la objeción de su interlocutor.

––Así tiene que ser. De otro modo, el viento la alcanzaría y desaparecería. Es un huracán de dos cabezas. Una vez vi uno así en las costas de Savaii. Fue terrible. Nos alcanzó, luego amainó totalmente y al poco volvió a echársenos encima. Atentos todos y agárrense a lo que puedan. Ahí llega. Miren al Roberta.

El Roberta, que era el más cercano a la línea del huracán y estaba fondeado con las cadenas flojas, fue barrido de costa­do como una paja. Las cadenas lo retuvieron con un fuerte tirón, aproándolo al viento. Goleta tras goleta, y el Malahini con ellas, volaban ahora con el primer embate del tempo­ral contenidas por las tensas cadenas. Mulhall y varios cana­cas cayeron al suelo ante la fuerza de la sacudida.

De pronto cesó el viento. Se hallaban en la zona de calma. Grief encendió una cerilla, y la llama, sin protección algu­na, ardió en el aire inmóvil. Reinaba una luz muy tenue, cre­puscular. El cielo nublado, que llevaba horas descendiendo, parecía haber bajado hasta posarse en el mar.

El Roberta volvió a tirar de las cadenas del ancla cuando le alcanzó la segunda cabeza del huracán, y lo mismo hicie­ron el resto de las goletas en rápida sucesión. El mar, blanco de ira, hervía en olas diminutas que escupían espuma. La cubierta del Malahini vibraba bajo los pies de la tripulación. Las drizas tamborileaban contra los mástiles, y todo el apa­rejo, como batido por una mano potentísima, socollaba con un tam-tam salvaje. Era imposible respirar cara al viento, como descubrió Mulhall, que se hallaba agazapado junto con sus compañeros tras el camarote. Sus pulmones se lle­naron en un instante con una enorme cantidad de aire. In­capaz de expelerlo, casi se ahogó antes de conseguir volver la cabeza.

––Es increíble ––jadeó. Pero nadie le oyó.

Hermann y varios canacas se arrastraban a gatas hacia la proa para largar la tercera ancla. Grief tocó al capitán War­field en el hombro y señaló al Roberta, que avanzaba hacia ellos. Warfield acercó la boca al oído de Griefy gritó:

––Nosotros también garreamos.

Grief saltó hacia el timón y lo hizo girar. La proa del Ma­lahini viró hacia babor. La tercera ancla agarró y el Roberta pasó junto a ellos, a popa y a unas doce yardas de distancia. Los del Malahini saludaron con la mano a Peter Gee y al ca­pitán Robinson, que se afanaban en la amura ayudados por unos cuantos marineros.

––Han faltado los grilletes ––gritó Grief––. Van a tratar de atravesar el pasaje y salir a mar abierto. No les queda otro re­medio. Están garreando.

––Nosotros aguantamos ––fue la respuesta formulada a gri­tos––. Allá va el Cactus a chocar con el Misi. Es el fin de los dos barcos.

Hasta el momento, el Mis¡ había logrado capear el tempo­ral, pero no pudo aguantar por más tiempo la fuerza del viento. Las dos goletas se deslizaron, confundidas, sobre la revuelta superficie blanca. Las tripulaciones de una y otra luchaban por separarlas. El Roberta, perdidas las anclas y con apenas trapo al viento, embocaba el pasaje que se abría al extremo noreste de la laguna. Le vieron atravesarlo y salir a mar abierto. El Mis¡ y el Cactus, por su parte, sin poder se­pararse, fueron a dar a tierra a media milla del pasaje.

El viento seguía arreciando. Hacerle frente a cuerpo lim­pio exigía toda la fuerza de un hombre, y sólo varios minutos de arrastrarse por cubierta bastaban para agotar a los tri­pulantes. Hermann y los canacas trabajaban sin descanso amarrando cabos, reforzando nudos, asegurando las velas con más y más matafioles. El viento desgarraba las finas ca­misetas que vestían, arrancándoles jirones de la espalda. Se movían despacio, como si sus cuerpos pesaran toneladas, sin soltar un asidero hasta haberse aferrado a otro. Los cabos sueltos vibraban horizontalmente en el viento, que, después de sacudir implacable los chicotes, los destrenzaba, rompía y arrastraba.

Mulhall tocó en el hombro a dos de sus compañeros y se­ñaló hacia la orilla. Los cobertizos de hierba habían desapa­recido y la casa de Parlay se tambaleaba como si estuviera ebria. Hasta entonces los cocoteros la habían protegido del viento que soplaba a lo largo del atolón, pero ahora las enor­mes olas que saltaban sobre el anillo de arena iban minando sus cimientos y batiendo sus muros hasta derribarlos. Incli­nada sobre la pendiente de la playa, su fin era inminente. Aquí y allá, los habitantes de la isla se habían amarrado a los cocoteros. Los árboles no se balanceaban bajo la fuerza del viento. Doblados rígidamente casi en ángulo recto, perma­necían en esta posición vibrando monstruosamente. Bajo ellos, en la playa, hervía la blanca espuma de las olas.

Un imponente oleaje recorría ahora la longitud de la lagu­na. Tenía espacio de sobra, en las diez millas que había desde la costa barlovento del atolón, para adquirir una potencia colosal. Las naves cabeceaban y se hundían bajo las olas. El Malahini empezaba a meter proa bajo las más altas y a veces el combés se llenaba de agua hasta la borda.

––Ha llegado el momento de poner en marcha ese motor ––vociferó Grief. Y el capitán Warfield se arrastró hasta don­de se hallaba el maquinista y le gritó unas órdenes termi­nantes.

Con el motor en marcha y a toda máquina, el Malahini se portó mejor. Aunque continuaba recibiendo las olas por la proa, las anclas no le sacudían con la fuerza de antes. No po­dían largar más cadena. Lo máximo que podían hacer era re­ducir la tensión con ayuda de los cuarenta caballos de vapor.

Pero el viento seguía aumentando. El pequeño Nuhiva, fondeado cerca del Malahini y más próximo a la playa que éste, con el motor averiado y su capitán en tierra, lo estaba pasando mal. Las olas lo cubrían tanto y tan a menudo que cada vez que le veían desaparecer bajo el agua temían que no volviera a salir a flote. A las tres de la tarde se sumergió bajo una enorme ola antes de haber podido capear la anterior, y no se le vio más.

Mulhall miró a Grief.

––El agua ha entrado por las escotillas ––respondió éste a gritos.

El capitán Warfield señaló al Winifred, una pequeña gole­ta que se hundía y volvía a la superficie sucesivamente muy cerca del Malahini, y le gritó a Grief unas frases al oído. Su voz le llegaba a éste en retazos de articulaciones confusas salpicadas de intervalos en que el bramido del viento apaga­ba sus palabras.

––¡Maldita bañera...! Las anclas aguantan... Mire cómo se mantiene... Más viejo que el Arca de Noé...

Una hora después, Hermann señaló la nave. Las bitas de proa y el trinquete habían desaparecido a causa de los tiro­nes de las anclas. El Winifred, sacudido por el oleaje y medio hundido por la proa, viró ofreciendo el costado al viento y de este modo fue arrastrado hacia sotavento.

Cinco barcos quedaban a flote en la laguna y, entre ellos, sólo el Malahini tenía motor. Temiendo que les ocurriera lo que al Nuhiva o al Mildred, dos de las naves siguieron el ejemplo del Roberta. Cobraron las cadenas y embocaron el pasaje. El Dolly fue la primera, pero el viento le arrancó el velamen y fue a terminar destrozada en la orilla sotavento de la laguna, cerca del Misi y del Cactus. Sin arredrarse por ello, el Moana la siguió con el mismo resultado.

––Buen motor, ¿eh? ––gritó el capitán Warfield al propieta­rio del barco.

Grief le tendió la mano y el capitán se la estrechó.

––Está amortizando su costo ––contestó vociferando––. El viento va cambiando de dirección. Eso mejorará las cosas. Dotado de una velocidad cada vez mayor, el viento viró lentamente hacia el suroreste hasta que las tres goletas que quedaban ahora en el interior de la laguna apuntaron con la proa hacia la playa. Una ola recogió los restos de la casa de Parlay y los arrojó al agua, lanzándolos contra los tres bar­cos. Pasaron junto al Malahini y fueron a estrellarse contra el Papara, que estaba fondeado a popa y a un cuarto de milla de distancia de este último. Hubo una febril actividad en la cubierta de la nave, y a los quince minutos los tripulantes lo­graron desembarazarse de los restos de la casa no sin que és­tos arrastraran con ellos el trinquete y el bauprés.

Más cerca de la costa, a babor del Malahini, estaba fon­deado el Tahaa, una embarcación tan esbelta y ligera como un yate, pero cargada de excesiva arboladura. Sus anclas aguantaban, pero el capitán, viendo que el viento no amai­naba, decidió hacer frente a la situación derribando los mástiles.

––Buen motor el nuestro ––felicitó Grief al capitán––. Creo que nos salvará los palos si no ocurre nada peor.

El capitán Warfield movió la cabeza, dudoso.

El oleaje de la laguna amainó con el cambio de viento, pero al mismo tiempo comenzaron a sentirse los efectos de la corriente y el empuje de las olas que saltaban por encima del atolón. Quedaban muy pocos árboles en pie. Unos esta­ban partidos por el tronco y otros habían sido arrancados de raíz. Un cocotero salió volando por los aires con tres hom­bres abrazados a él y fue girando y girando hasta dar en la laguna. Dos de los hombres se soltaron y nadaron hacia el Tahaa. Poco después, justo antes del anochecer, vieron lan­zarse al agua desde la cubierta a una figura que se dirigió con enérgicas brazadas hacia el Malahini a través de las blancas olillas.

––Es Tai-Hotauri ––dijo Grief––. Nos traerá noticias.

El canaca asió el barbiquejo, trepó por la proa y saltó a cu­bierta. Le dieron tiempo para cobrar aliento y poco después, al abrigo que ofrecía el camarote, a trompicones y sobre todo por señas, relató lo sucedido.

––Narii... Maldito ladrón. Querer robar perlas... Querer matar a Parlay... No saber quién... Tres canacas, Narii y yo... cinco judías... en un sombrero... Narii decir que una judía negra... Nadie saber... Matar Parlay... ¡Maldito mentiroso!... Todas las judías negras... Cinco judías negras... Cabaña a os­curas... Todos sacar judía negra... Gran viento venir... Todos subir al árbol... No dar suerte las perlas... Yo decirlo antes... Mala suerte las perlas... Mala suerte.

––¿Dónde está ahora Parlay? ––gritó Grief.

––Subir árbol... Tres canacas mismo árbol... Narii y un ca­naca en otro... Árbol mío irse al infierno... Yo subir a bordo... ––¿Dónde están las perlas?

––En árbol con Parlay... Narii quizá cogerlas...

Grief gritó al oído de todos, uno tras otro, lo que acababa de decirle Tai––Hotauri. El capitán Warfield estaba tan indig­nado que le rechinaban los dientes.

Hermann bajó y regresó con un farol, pero el viento lo apagó en el momento en que lo levantó sobre el techo del ca­marote. Algo más de suerte tuvieron con la lámpara de bitá­cora, que lograron encender después de varios intentos co­lectivos.

––¡Vaya nochecita de viento! ––vociferó Grief al oído de Mulhall––. Y sigue arreciando.

––¿Qué velocidad lleva?

––Cien millas por hora, doscientas... No sé. Nunca he visto un viento así.

El agua de la laguna subía de nivel con las olas que salta­ban por encima del atolón. Cientos de leguas de océano arrojaba el huracán a su interior, contrarrestando así más que sobradamente los efectos del reflujo. En el momento en que la marea repuntó, las olas comenzaron a aumentar de tamaño. La luna y el viento se confabulaban para lanzar todo el océano Pacífico sobre el atolón de Hikihoho.

El capitán Warfield subió del cuarto de máquinas, adon­de bajaba cada pocos minutos, con la noticia de que el ma­quinista se había desmayado.

––No podemos permitir que se pare el motor ––concluyó impotente.

––Está bien ––dijo Grief––. Que le suban a cubierta. Yo le re­levaré.

Por estar aseguradas las escotillas con listones, sólo podía llegarse al cuarto de máquinas atravesando un estrecho pa­saje que partía del camarote. El calor y los gases hacían la atmósfera irrespirable. Grief llevó a cabo una inspección ra­pida y exhaustiva de la maquinaria y del material que con­tenía la pequeña habitación y luego apagó la lámpara de aceite. Trabajó en medio de una oscuridad sólo interrumpi­da por el tenue resplandor de los innumerables cigarrillos que, cada pocos minutos, iba a encender al camarote. A pe­sar de ser hombre equilibrado, pronto empezó a sentir los efectos de la tensión que suponía permanecer encerrado en medio de una oscuridad vociferante, a solas con aquel monstruo mecánico que trajinaba, jadeaba y sollozaba sin cesar. Con el torso desnudo, cubierto de grasa y aceite, ma­gullado y desollado por los continuos embates que le lanza­ban contra las paredes de la cabina, mareado por la mezcla de gas y aire que se veía obligado a respirar, trabajó hora tras hora, acariciando, bendiciendo, alimentando y maldi­ciendo sucesivamente al motor y a todas sus piezas. El en­cendido comenzó a fallar, el sistema de alimentación iba de mal en peor, y, lo que era aún más grave, los cilindros co­menzaron a calentarse. Durante la conferencia que se cele­bró poco después en el camarote, el ingeniero mestizo pidió y suplicó que pararan la máquina durante media hora para que se enfriara y pudieran así reparar el mecanismo de re­frigeración. El capitán Warfield se oponía a ello. El mestizo juraba que de otro modo se detendría igualmente, sólo que en ese caso de forma definitiva. Grief, con los ojos brillan­tes, magullado y cubierto de grasa, les maldijo a los dos y comenzó a dar órdenes. Poco después, Mulhall, el sobrecar­go y Hermann trabajaban en el camarote filtrando dos y tres veces la provisión de gasolina. Abrieron un agujero en el suelo del cuarto de máquinas y un canaca procedió a ver­ter sobre los cilindros agua procedente de la sentina mien­tras que Grief empapaba en aceite las piezas que se movían sin descanso.

––Ignoraba que fuera usted un experto en gasolina ––dijo el capitán Warfield con admiración en una ocasión en que Grief entró en el camarote para respirar un aire algo menos impuro.

––Me baño en gasolina ––gruñó salvajemente––. Me la como. Nunca llegó a decir a qué otros usos podía destinarla por­que en aquel preciso instante todos los presentes en el cama­rote, en unión de la gasolina que estaban filtrando, salieron despedidos hacia popa mientras el Malahini hundía brusca­mente la proa bajo una ola. Durante varios minutos les fue imposible ponerse en pie y rodaron de un extremo a otro de la habitación, chocando repetidamente con las paredes. La goleta, arrastrada por tres olas inmensas, crujía, gemía y se estremecía bajo el peso del agua que inundaba las cubiertas. Cabeceaba como un madero a la deriva. Grief se arrastró ha­cia el motor mientras el capitán Warfield aprovechaba la pri­mera oportunidad para subir a cubierta. No regresó hasta pasada media hora.

––El bote ha desaparecido ––informó––. La cocina ha desa­parecido. Todo ha desaparecido menos la cubierta y las es­cotillas. Y de no ser por ese motor, también nosotros habría­mos volado. Siga usted trabajando como hasta ahora.

Hacia la medianoche el maquinista se sentía lo bastante despejado como para relevar a Grief, quien fue a unirse con los que seguían acurrucados tras el camarote, aferrados a las paredes con las manos y amarrados con cuerdas para asegu­rarse doblemente. Formaban un nutrido grupo por ser aquél el único refugio que les quedaba ahora a los canacas. Algunos de ellos habían aceptado la invitación del capitán para refugiarse en el camarote, pero los humos y los gases les habían obligado a salir al aire libre. El Malahini hundía la proa bajo las olas y el agua barría la cubierta con tanta fre­cuencia que lo que respiraban fuera era una mezcla de aire y agua pulverizada.

––Menudo ventarrón, Mulhall ––gritó Grief a su anfitrión entre dos inmersiones.

Mulhall, ahogándose y atragantándose, sólo pudo afir­mar con la cabeza. Los imbornales no bastaban para eva­cuar la enorme carga de agua que se acumulaba en cubierta. La goleta la vertía por una banda y la tomaba por la otra. Otras veces, con la proa alzada hacia el cielo y asentada so­bre los talones, la lanzaba hacia popa. El agua corría como una tromba por los pasillos laterales, caía sobre el tejado del camarote anegando y magullando a los que permanecían agazapados tras él, y salla lanzada por la barandilla de popa.

Mulhall fue quien lo vio primero y avisó inmediatamente a Grief. Era Narü Herring. Aguantaba el temporal acurruca­do allá donde el farol de bitácora le iluminaba con su luz mortecina. Iba completamente desnudo. No llevaba encima más que un ancho cinturón y un cuchillo sin funda encaja­do entre el cuero y la piel.

El capitán Warfield se desató y se abrió paso entre los cuerpos amontonados de sus compañeros. A la luz del farol su rostro apareció animado por una inmensa cólera. Le vie­ron gritar, pero el viento se llevaba sus palabras. No acercaba los labios al oído de Narü Herring, sino que señalaba al lado opuesto. Narü Herring le entendió. En sus labios se dibujó una sonrisa burlona que puso al descubierto unos dientes muy blancos, y se levantó. Era la suya una espléndida figura de hombre.

––Es un crimen ––gritó Mulhall al oído de Grief.

––Habría matado al viejo Parlay ––le contestó Grief, tam­bién a gritos.

Por el momento, la proa estaba libre de agua y el Malahini se mantenía adrizado. Narii hizo un intento desesperado por llegar hasta la borda, pero el viento le arrojó al suelo. A par­tir de aquel momento, se arrastró hasta desaparecer tragado por la oscuridad. Todos habrían jurado que se había arroja­do al agua. El Malahini se sumergió en aquel momento bajo una ola, y cuando emergieron de la inundación que barrió la cubierta hasta la popa, Grief acercó los labios al oído de Mul­hall.

––No podemos dejarle escapar. Es el hombre––pez de Tahití. Cruzará la laguna y llegará a la otra orilla del atolón... si es que queda algo del atolón.

Cinco minutos después, y durante una nueva inmersión, un revoltijo de cuerpos cayó sobre el montón de hombres agazapados tras el camarote. Los sostuvieron con fuerza hasta que pudieron bajarlos al camarote y allí descubrieron su identidad. El viejo Parlay yacía boca arriba sobre el suelo, inmóvil y con los ojos cerrados. Los otros dos eran sus pri­mos canacas. Uno de ellos tenía fracturado un brazo, que le colgaba inerte, paralelo al cuerpo. El otro sangraba copiosa­mente de una enorme herida en la cabeza.

––¿Es Narü el responsable? ––preguntó Mulhall.

Grief negó con la cabeza.

––No. Se lo han hecho al golpearse contra la cubierta y el camarote.

Algo cesó de pronto, sumiéndoles a todos en una insegu­ridad de vértigo. Les costó trabajo caer en la cuenta de que el viento había amainado. Se había interrumpido de pronto como cortado de una cuchillada. La goleta cabeceaba tirando de las cadenas de las anclas con un crujido que era audi­ble por primera vez en mucho tiempo. También por primera vez en mucho tiempo se oyó el ruido del agua barriendo la cubierta. El maquinista paró la hélice y redujo la marcha del motor.

––Estamos en el centro mismo del huracán ––dijo Grief––. Ahora el viento cambiará de rumbo. Y arremeterá con la fuerza de antes.

Miró el barómetro.

––Veintinueve treinta y dos ––leyó.

No pudo bajar de pronto la voz que durante tantas ho­ras había sobrepuesto al viento, y tan alto habló, en medio del nuevo silencio, que lastimó los oídos de todos los pre­sentes.

––Tiene las costillas rotas ––dijo el sobrecargo mientras pal­paba el costado de Parlay––. Aún respira, pero no se salvará. El viejo Parlay gruñó, movió impotente un brazo y abrió los ojos. Su mirada se iluminó al reconocerlos.

––Mis valientes caballeros ––susurró––. No se olviden. La su­basta... a las diez en punto... en el infierno.

Cerró los ojos y por un momento pareció que iba a dejar caer sin fuerza la mandíbula, pero supo sobreponerse a los estremecimientos de la disolución final el tiempo suficiente para emitir una última carcajada burlona y despectiva.

Por encima y por debajo del Malahini estalló en aquel momento un verdadero pandemónium. De nuevo se oyó el bramido familiar del viento. La goleta, sorprendida de cos 'tado, casi quedó aplastada al describir un arco impulsada por la sacudida que representó el tirón de las cadenas de las anclas. Éstas la obligaron a virar hasta poner proa al viento y, de una nueva sacudida, la nave quedó adrizada. Giró la hé­lice y el motor volvió a funcionar.

––Ahora sopla del noroeste ––gritó el capitán Warfield a Grief cuando subió a cubierta––. Ha virado ocho grados con la velocidad de una bala.

––Narii ya no podrá cruzar la laguna ––observó Grief.

––El viento le volverá a arrastrar hacia nosotros. ¡Peor suerte que la nuestra...!

5

Pasado el vórtice del huracán, el barómetro comenzó a su­bir. El viento amainaba a una velocidad paralela. Cuando quedó reducido a una simple borrasca, la máquina se alzó sobre la plancha de asiento con un último esfuerzo convul­sivo de sus cuarenta caballos de vapor, y volvió a caer esco­rada. Una oleada de agua procedente de la sentina hirvió so­bre su superficie metálica despidiendo nubes de vapor. El maquinista expresó su desánimo, pero Greif contempló con afecto los restos del motor y pasó al camarote a limpiarse con estopa de algodón la grasa que le cubría el pecho y los brazos.

Cuando subió a cubierta después de coser la herida de uno de los canacas y entablillarle el brazo al otro, el sol bri­llaba en el cielo y soplaba una suave brisa de verano. El Ma­lahini estaba fondeado cerca de la playa. A proa, Hermann y el resto de la tripulación trataban de aclarar las cadenas de las anclas.

El Papara y el Tahaa habían desaparecido, y el capitán Warfield inspeccionaba con ayuda de los prismáticos la ori­lla opuesta del atolón.

––No veo ni rastro de ellos ––dijo––. Eso les ha pasado por no llevar motor. El viento ha debido de arrastrarlos a través de la laguna antes de cambiar de rumbo.

En tierra firme, en el lugar donde antes se alzara la casa de Parlay, no quedaban ni vestigios de la construcción. A lo lar­go de las trescientas yardas de arena arrasadas por las olas, ni un solo árbol permanecía en pie, ni siquiera un muñón. Más allá se elevaba algún que otro cocotero, y un gran mero de troncos yacían sobre la arena arrancados de raíz. En la copa de una de las pocas palmeras que habían sobrevivi­do al huracán, Tai-Hotauri vio moverse algo. Los botes del Malahini habían desaparecido. Le vieron nadar hasta la ori­lla y trepar a lo alto del árbol.

Al poco rato regresó con una de las criadas de Parlay, una muchacha nativa a quien ayudaron a encaramarse a bordo. Antes de subir a cubierta, la muchacha les entregó una cesta en la que iba una camada de gatitos ciegos, muertos todos a excepción de uno de ellos, que maullaba débilmente y se tambaleaba sobre sus torpes patas.

––¡Eh! ––dijo Mulhall––. ¿Quiénes ése?

A lo largo de la playa caminaba un hombre. Andaba des­preocupadamente, como si hubiera salido a dar un simple paseo matinal. El capitán Warfield rechinó los dientes. Era Narii Herring.

––Hola, capitán ––gritó cuando llegó a la altura del Malahi­ni––. ¿Puedo subir a desayunar?

El rostro y el cuello del capitán Warfield comenzaron a hincharse y a teñirse de púrpura. Trató de hablar, pero la in­dignación se lo impedía.

––Por menos de nada... Por menos de nada... ––fue todo lo que pudo articular.

En la estera de Makaloa

A diferencia de las mujeres de otras tierras calientes, las de Hawai envejecen digna y noblemente. Sin el engaño de los afeites ni el ocultamiento astuto de los efectos del tiempo, la que se hallaba sentada bajo el árbol de hau habría parecido a los ojos de un entendido en la materia, oriundo de cualquier tierra menos de aquella isla, una mujer de, a lo más, cin­cuenta años. Y, sin embargo, sus hijos, sus nietos, y Roscoe Scandwell, su esposo hacía más de cuarenta años, sabían que tenía sesenta y cuatro cumplidos y cumpliría los sesenta y cinco el próximo 22 de junio. Pero no aparentaba su edad, a pesar de los lentes que se colocaba sobre la nariz para leer una revista y se quitaba cuando quería dirigir la mirada a la media docena de chiquillos que jugaban sobre el césped.

Era aquélla una noble estampa, noble como el añoso ár­bol de hau del tamaño de una casa bajo el que estaba sentada como al abrigo de un techo, tan espaciosa y confortable era la sombra que proporcionaba, noble como la pradera de es­peso césped, valorado en doscientos dólares el pie cuadrado, que se extendía hacia tierra adentro hasta un edificio igual­mente digno, noble y caro. En dirección opuesta, asomando entre las ramas de una guirnalda de cocoteros de cien pies de altura, brillaba el océano, que de azul se convertía en índigo conforme avanzaba hacia el horizonte y, dentro del arrecife, adquiría las tonalidades sedosas de la gama del jade, la tur­malina y elverde.

Era aquélla una de las seis casas que pertenecían a Martha Scandwell. La de la ciudad, situada a pocas millas de allí, en la avenida Nuanu, de Honolulú, entre la primera y la segun­da cascadas, era un auténtico palacio. Ejércitos de invitados habían conocido el confort y la alegría de la mansión de Tan­talus, de la quinta que poseía junto al volcán, de su mauka (casa de tierra adentro) y de su makai (casa junto al mar), to­das ellas en la isla de Hawài. Pero esta residencia de Waikiki no les quedaba a la zaga en cuanto a belleza, dignidad y lujo.

Dos jardineros japoneses recortaban los hibiscos mien­tras un tercero retocaba con mano experta el seto de pitaha­yas que pronto desplegaría su misterioso florecer nocturno. Un camarero, también japonés, enfundado en un elegante traje de dril blanco, se acercaba desde la casa cargado con el servicio de té seguido por una doncella de su mismo origen, linda como una mariposa con la gracia que le proporciona­ba el atuendo típico de su raza y como la mariposa vibrante en su afán de atender a la señora. Otra doncella, también ja­ponesa, cruzaba la pradera con una brazada de toallas de gruesa felpa en dirección a las cabinas de donde empezaban a salir los niños vestidos con sus trajes de baño. Más lejos, al borde del agua y bajo los cocoteros, dos niñeras chinas con su ingenuo atavío de yeeshon blanco y pantalón de corte rec­to, trenzado el cabello a la espalda, atendían a un niño en su cochecillo.

Todos ellos ––criados, niñeras y niños–– pertenecían a Martha Scandwell. Exacto era el color de la piel de sus seis nietos, ese tono inconfundiblemente hawaiano producto de la continua exposición al fuerte sol de las islas. Eran un oc­tavo y un dieciseisavo hawaianos, es decir, que siete octavos o quince dieciseisavos de sangre blanca informaban su piel sin borrar por completo el bronce dorado de la Polinesia. Pero también en este caso, sólo un observador experto ha­bría logrado adivinar que aquellos chiquillos no eran total­mente blancos. Tanto su abuelo como su abuela eran de cas­ta. Roscoe descendía directamente de puritanos de Nueva Inglaterra, mientras que Martha procedía, de forma no me­nos directa, de aquellos reyes de Hawai cuyas genealogías se cantaban mil años antes de que llegase a aquellas islas la len­gua escrita.

En la distancia se detuvo un vehículo del que bajó una mujer que aparentaba como máximo unos sesenta años y que atravesó la pradera con la agilidad de una hembra de cuarenta bien llevados cuando en realidad contaba sesenta y ocho. Martha se levantó a recibirla con la cordialidad típica del país: abrazos, besos en los labios, rostros elo­cuentes y besos no menos elocuentes que reflejaban la sin­ceridad y la franqueza de una emoción excesiva. Hubo intercambio de saludos, mezclados con preguntas casi in­coherentes acerca de sus respectivos estados de salud, del tío tal, la hermana cual, y el tío no sé cuántos, hasta que, su­peradas las primeras emociones del encuentro, ambas mu­jeres se sentaron y se miraron mutuamente sobre sus tazas de té. Hubiérase dicho que no se habían visto ni abrazado desde hacía largo tiempo, cuando habían transcurrido so­lamente dos meses desde su separación. Contaban sesenta y cuatro años una y sesenta y ocho la otra, pero su compe­netración perfecta residía en el hecho de que un cuarto del ser de ambas era puro corazón, el corazón de Hawai calien­te de sol y de amor.

Los niños rodearon a tía Bella como la marea alta y fueron debidamente abrazados y besados hasta que partieron con sus niñeras en dirección al agua.

––Decidí hacer una escapada a la playa durante unos días aprovechando que se han calmado los vientos ––explicó Martha.

––Y llevas aquí dos semanas ––dijo Bella, sonriendo afectuo­samente a su hermana menor––. Me lo dijo nuestro hermano Edward. Fue a recibirme al puerto e insistió en llevarme a ver a Louise, a Dorothy y a su primer nieto. Está loco con él.

––¡Dios mío! ––explicó Martha––. ¡Dos semanas ya! ¡Se me han pasado volando!

––¿Dónde está Annie? ¿Y Margaret? ––preguntó Bella. Martha encogió sus voluminosos hombros con un gesto que expresaba el afecto voluminoso y tolerante que sentía hacia aquellas dos matronas caprichosas, hijas suyas, que habían dejado los niños a su cuidado aquella tarde.

––Margaret está en una reunión del Círculo Naturalista. Quieren plantar árboles e hibiscos a ambos lados de la ave­nida Kalalaua ––dijo––. Y Annie está desgastando unos neu­máticos que cuestan ochenta dólares con el fin de reunir se­tenta y cinco para la Cruz Roja. Hoy han dedicado el día a la beneficencia.

––Roscoe debe de estar orgulloso ––dijo Bella, observando el destello de satisfacción que asomaba a los ojos de su her­mana––. Me enteré en San Francisco de que Ho––o––la ha paga­do el primer dividendo. ¿Recuerdas cuando invertí mil dó­lares en acciones de esa compañía para los pobres niños de Abbie? Entonces valían cada una setenta y cinco centavos y dije que las vendería cuando subieran a diez dólares.

––Y todos se rieron de ti y de los demás accionistas ––asintió Martha––. Pero Roscoe estaba seguro. Y hoy se están pagan­do a veinticuatro dólares.

––Vendí las mías por cable desde el barco a veinte justos ––continuó Bella––. Y ahora Abbie fabrica vestidos sin des­canso. Se va a París con Tootsie y May.

––¿Y Carl? ––preguntó Martha.

––Acabará su carrera en Yale, de eso no hay duda.

––Cosa que habría hecho de todos modos, y tú lo sabes ––atacó Martha con gracia, empleando un modismo muy del momento.

Bella se confesó culpable de haber intentado pagar los es­tudios universitarios al hijo de su amiga y añadió compla­ciente:

––De todos modos es mucho más bonito que se los haya costeado Ho-o-la. Aunque si bien se mira, es como si los hu­biera pagado Roscoe, porque fue él quien me aconsejó que hiciera esa inversión.

Miró lentamente a su alrededor, empapándose no sólo en la belleza, la comodidad y la paz concretas de todo aquello en que se posaban sus ojos, sino también en la inmensidad de la belleza, la comodidad y la paz de oasis similares repar­tidos por todas las islas. Suspiró satisfecha y observó:

––Nuestros maridos han sabido administrar bien lo que aportamos al matrimonio.

––Y por fortuna... ––comenzó Martha interrumpiendo de pronto la frase con sospechosa brusquedad.

––Y por fortuna a todas nos ha ido bien menos a Bella ––continuó ésta, completando la frase de su hermana con tono de disculpa.

––Fue una lástima ese matrimonio tuyo ––murmuró Mart­ha, toda dulzura y compasión––. Eras muy joven. Tío Robert no debió obligarte.

––Sólo tenía diecinueve años ––asintió Bella––. Pero no fue culpa de George Castner. Mira todo lo que después ha hecho por mí desde la tumba. El tío Robert no se equivocó. Sabía que George tenía visión certera del futuro, energía y perse­verancia. Supo ver ya entonces, y de esto hace cincuenta años, el potencial que encerraban las aguas de Nahala. To­dos creyeron que lo que ambicionaba era comprar tierras de pastos, cuando lo que quería era tener los derechos a esas aguas, y todos sabemos ahora lo acertado que estaba. A ve­ces me avergüenza pensar en lo cuantioso de mis actuales rentas. No. A pesar de todo, el fracaso de nuestro matrimo­nio no se lo achaco a George. Sé que habría podido ser feliz con él hasta hoy mismo si hubiera vivido, de eso estoy segura. ––Negó lentamente con la cabeza––. No fue culpa suya. Ni de nadie. Ni siquiera mía.

La dulzura nostálgica del tono de su voz privó de dureza a las palabras que pronunció después:

––Si alguien ha de cargar con la responsabilidad, será John.

––¡El tío John! ––exclamó Martha con enorme sorpresa––. Si me hubieran preguntado, habría dicho que Robert. Pero el tío John...

Bella sonrió con segura lentitud.

––Fue Robert quien te obligó a casarte con George Castner ––insistió su hermana.

––Es cierto ––corroboró Bella––. Pero el quid del asunto no está en el marido, sino en un caballo. Le pedí al tío John que me prestara una montura y accedió. Así fue como ocurrió todo.

Se hizo un silencio, cargado y críptico, entre las dos muje­res mientras las voces de los niños y las protestas autoritarias de las niñeras asiáticas se iban aproximando desde la playa. Acometió a Martha Scandwell una sensación vibrante y tré­mula, y, súbitamente, tomó una decisión. Apartó a los chi­quillos con un gesto.

––Dejadnos, niños, dejadnos. La abuela y tía Bella quieren hablar.

Y mientras el tremolar dulce y agudo de las voces infanti­les se alejaba por la pradera, Martha observó con los ojos del corazón la tristeza de las líneas que un dolor secreto había grabado en el rostro de su hermana. Cincuenta años llevaba viendo esas arrugas. Necesitó revestir de acero toda la dul­zura de Hawai para romper aquel medio siglo de silencio.

––Bella ––dijo––. Nunca supimos nada. Jamás quisiste ha­blar. Pero a menudo hemos pensado...

––Nunca me habéis preguntado ––murmuró Bella, agrade­cida.

––Pues hoy al fin te lo pregunto. Hemos llegado a nuestro crepúsculo. Escúchalos. A veces me asusta pensar en que esos niños son mis nietos, los nietos de una mujer que sólo ayer era una niña tan ligera de piernas como de corazón, la más despreocupada que jamás haya montado caballo algu­no, o nadado entre las olas, o recogido opíhis con la marea baja, o reído de una docena de amantes. Ahora, en nuestro crepúsculo, olvidémonos de todo excepto de que somos her­manas.

Los ojos de las dos mujeres estaban empañados de una humedad de rocío. Bella temblaba ostensiblemente.

––Pensábamos que era culpa de George Castner ––continuó Martha––, y hasta creímos adivinar los detalles. Él era un hombre frío y tú tenías la pasión de las hawaianas. Debió de ser cruel contigo. Walcott, nuestro hermano, insistía en que te pegaba...

––¡No, no! ––interrumpió Bella––. George Castner nunca fue un bruto ni una bestia. Muchas veces hasta deseé que lo fue­ra. Nunca me pegó, nunca me amenazó, nunca me levantó la voz. Jamás (¿puedes creerlo, hermana?, por favor, créeme) hubo entre nosotros una palabra más alta que otra ni una sola expresión de enojo. Pero esa casa suya, nuestra casa de Nahala, era sombría. El único color allí era el gris. Un gris frío, helado, mientras que yo resplandecía con todos los co­lores del sol, de la tierra, de la sangre y de los pájaros. Nahala era fría, de una frialdad gris, la frialdad de mi marido. Tú sa­bes que él era gris, Martha. Como esos retratos de Emerson que veíamos en el colegio. Tenía la piel gris. Ni el sol, ni el aire, ni las horas que pasaba cabalgando consiguieron bron­cearle. Y era tan gris por dentro como por fuera.

»Yo tenía tan sólo diecinueve años cuando tío Robert de­cidió casarme. ¿Cómo podía saber lo que iba a ocurrir? Tío Robert me habló. Me dijo que las riquezas y las tierras de Hawai estaban pasando a manos de los haoles (blancos). Los jefes hawaianos se estaban dejando despojar de todo. Las ha­waianas ricas que se casaban con blancos veían sus riquezas multiplicadas prodigiosamente bajo la administración de sus esposos. Me habló de nuestro abuelo Roger Wilton, que aumentó las tierras que aportó la abuela al matrimonio y construyó en ellas el Rancho Kilchana...

––Aun en aquel entonces sólo le aventajaba el Rancho Par­ker ––interrumpió Martha, orgullosa.

––Me dijo que si nuestro padre antes de morir hubiera sido tan previsor como el abuelo, la mitad de las tierras del Ran­cho Parker habrían pasado al de Kilohana. Me dijo que nun­ca sería la carne tan barata y que el futuro de Hawai estaba en el azúcar. De eso hace ya más de cincuenta años y ya ves cómo el tiempo le ha dado la razón. Me dijo también que el joven haole Castner sabía prever el futuro y llegaría muy le­jos, que éramos muchas las mujeres de la familia y que las tierras de Kilohana, por ley, tendrían que heredarlas los va­rones. Que si me casaba con George tenía asegurado un es­pléndido futuro.

»Yo contaba entonces sólo diecinueve años. Acababa de salir de la Royal Chief School, porque entonces las niñas aún no íbamos a estudiar a Estados Unidos. Tú fuiste una de las primeras, Martha, que se educaron en América. ¿Qué sabía yo del amor, de los hombres, por no decir del matrimonio? Todas las mujeres se casaban. Era su misión en la vida. Mamá, la abuela, todas las de la familia se habían casado desde tiempo inmemorial. Mi misión en la vida era ser la es­posa de George Castner. Tío Robert me lo aconsejaba y yo sabía que él era hombre sensato y prudente. Y así fue como me fui a vivir con mi marido a la casa gris de Nahala.

»Tú la recuerdas. Allí no había un solo árbol. Sólo prade­ras ondulantes, altas montañas rocosas a la espalda, el mar a nuestros pies, y el viento, los vientos de Waimea y de Nahala, y los vientos kona también. No me habrían importado, como no me importaban en Kilohana, como a nadie le im­portaban en Mana, de no haber sido Nahala tan gris ni mi marido tan gris. Estábamos solos. Él administraba el rancho de los Glenn, que se habían vuelto a Escocia. Mil ochocien­tos dólares al año le daba por ello, más carne, caballos, ser­vicio de vaqueros y vivienda.

––Un sueldo muy alto en esos tiempos ––dijo Martha.

––Tratándose de George Castner y de lo que trabajaba, era muy poco ––dijo Bella en defensa de su esposo––. Viví con él durante tres años. Ni una sola mañana se levantó pasadas las cuatro y media. Con los Glenn era la encarnación misma de la fidelidad. Honrado hasta la exageración, justificaba en sus cuentas hasta el último penique. Les dedicaba tiempo y energías más que sobrados. Quizá fuera eso lo que contribu­yera a hacer tan gris nuestra vida. Pero, óyeme bien, Martha. De esos mil ochocientos dólares que le pagaban, ahorraba anualmente mil seiscientos. ¡Imagínate! Vivíamos los dos con doscientos dólares al año. Por fortuna, él no fumaba ni bebía. Pero con ese dinero también nos vestíamos. Yo me ha­cía mi ropa. Puedes figurártela. A excepción de partir la leña, que era tarea reservada a los vaqueros, el resto del tra­bajo era responsabilidad mía. Yo hacía el pan, yo fregaba...

––Tú, que desde el día en que naciste estuviste rodeada de sirvientes ––se compadeció Martha––. Había un ejército de ellos en el rancho de Kilohana.

––Lo peor era la miseria, la escasez constante, acuciarte ––exclamó Bella––. ¡Aquellas libras de café alargadas hasta el infinito! ¡Las escobas reducidas a la nada antes de comprar una nueva! ¡Y la carne! ¡Carne y cecina mañana, tarde y no­che! ¡Y la avena! Desde entonces nunca he vuelto a probarla, ni la avena ni ninguna de esas gachas que se comen en el de­sayuno.

Se levantó de pronto y se alejó una docena de pasos para mirar sin ver la espléndida coloración del arrecife, al tiempo que dominaba su emoción. Luego regresó a su asiento con ese porte espléndido, seguro, gracioso, erguido el pecho, no­ble la cabeza, del que no podrá privar nunca a la hawaiana la mezcla con razas extranjeras. Haole en extremo era Bella Castner, de piel blanca y fina. Y, sin embargo, mientras avanzaba, el porte de su cabeza, la mirada de sus ojos rasgados y castaños, entreabiertos bajo los arcos majestuosos de sus ce­jas, las ligeras arrugas en torno a una boca pequeña que tras sesenta y ocho años aún cantaban la dulzura de tantos be­sos... todo ello la convertía en viva imagen de una jefa del viejo Hawai, imagen que reventaba a través de sus venas im­poniéndose a la sangre haole que corría por ellas. Era más alta que su hermana Martha y, si cabe, más majestuosa.

––Sabes que fuimos famosos por la poca largueza con que acogíamos a nuestros huéspedes ––continuó Bella con una risa ligera––. Había que recorrer muchas millas en cualquier dirección desde Nahala hasta el próximo techo. En casa per­noctaban a veces viajeros cansados o sorprendidos por la tormenta. Y tú sabes cuán pródigos eran y son los ranchos de esta tierra. ¡Cómo se reían todos los vecinos de nosotros! «Déjalos, ¿qué nos importa? ––me decía George––. Ellos viven hoy y ahora. Dentro de veinte años nos tocará a nosotros, Bella. Ellos seguirán donde están y vendrán a comer de nuestras manos. Les alimentaremos porque no tendrán qué llevarse a la boca. Y les alimentaremos bien, Bella, por­que seremos ricos, tan ricos que me da miedo decirte has­ta qué punto. Pero sé lo que sé y tú debes confiar en mí.»

»Y tenía razón. Veinte años después, aunque George no vivió para verlo, yo tenía una renta mensual de mil dólares. ¡Dios mío! Hoy ya no sé ni a cuánto asciende. Pero enton­ces yo contaba diecinueve años y le decía a George: "¡Aho­ra, vivamos ahora! Dentro de veinte años puede que haya­mos muerto. Quiero una escoba nueva. Y hay un café de tercera que cuesta sólo dos peniques más que esa bazofia que tomamos. ¿Por qué no freír los huevos con aceite, aho­ra? Quisiera tener al menos un mantel nuevo". ¡Si hubieras visto nuestra ropa de casa! Me daba vergüenza que los huéspedes se acostaran entre aquellas sábanas, aunque bien sabe Dios cuán raramente se atrevían a alojarse bajo nuestro techo.

»––Ten paciencia, Bella ––me respondía él––. Dentro de poco, dentro de unos años, los que ahora se sientan a nuestra mesa y duermen entre nuestras sábanas y nos critican, se enorgu­llecerán de pisar nuestra casa... los que aún queden vivos, claro. Recuerda cómo murió Stevens el año pasado después de una vida fácil y de despilfarro. Era amigo de todos me­nos de sí mismo. Tuvieron que enterrarle los vecinos de Ko­hala porque no dejó nada sino deudas. Y mira cómo los otros siguen el mismo camino. Tu hermano Al, por ejemplo. Ni cinco años podrá seguir viviendo como vive, y está destro­zando el corazón de tus tíos. Y mira el príncipe Lilolilo. Le veo pasar. con su escolta de medio centenar de canacas a ca­ballo, hombres fuertes y fanfarrones a los que más les valdría trabajar y mirar por su futuro, porque el príncipe no llegará jamás a reinar en las islas. No vivirá para ser rey de Hawai.

»George tenía razón. Al murió. Y también el príncipe Li­lolilo. Sólo se equivocó en una cosa. Él, que no bebía, que no fumaba, que jamás malgastó la fuerza de sus miembros en un abrazo ni posó sus labios sobre los míos más que el se­gundo necesario para darme un beso rutinario; él, que se le­vantaba invariablemente antes de cantar el gallo y que estaba dormido antes de que se hubiera gastado la décima parte del queroseno de la lámpara; él, que nunca había pensado en la muerte, murió antes que Al y que el príncipe Lilolilo.

»––Ten paciencia, Bella ––solía decirme el tío Robert––. George Castner tiene un gran futuro por delante. He elegido un buen marido para ti. Vuestras penurias son las del cami­no que conduce a la Tierra Prometida. No siempre goberna­rán los hawaianos en Hawai. Del mismo modo que se les van las riquezas de las manos, se les escapará el poder de entre los dedos. El poder y la tierra van unidos, Bella. Habrá cam­bios y revoluciones, nadie sabe cuántas ni de qué clase, pero al final el blanco poseerá la tierra y gobernará. Y ese día tú serás la primera dama de Hawai, tan seguro como que Geor­ge Castner será el hombre que gobierne la isla. Está escrito. Siempre ocurre lo mismo cuando el haole se enfrenta con una raza más débil. Yo, tu tío Robert, medio hawaiano me­dio haole, sé muy bien lo que me digo. Ten paciencia, Bella, ten paciencia.

»––Mi querida Bella ––me decía por su parte el tío John, que abrigaba en su corazón un gran cariño hacia mí. Él, gracias a Dios, nunca me recomendó paciencia. Él lo entendía. Era un hombre muy sabio. Era afectuoso, humano, y, por tanto, más sabio que Robert y que George Castner, que ambicionaban la materia y no el espíritu, que contaban las monedas en vez de los latidos de un corazón amigo, que sumaban columnas de cifras en vez de recordar abrazos, miradas, caricias y pa­labras de afecto––. Mi querida Bella ––me decía John. Él enten­día. Tú sabes que fue amante de la princesa Naomi. Un ver­dadero amante. Sólo se enamoró una vez. Cuando Naomi murió, dijeron que era un excéntrico. Y es cierto. Era de los que quieren una sola vez y para siempre. Recuerdo aquella habitación tabú de su casa de Kilohana, aquella en la que en­tramos sólo después de su muerte y que resultó ser un san­tuario dedicado a ella––. Mi querida Bella. ––Nunca me dijo más, pero eso me bastó para saber que él entendía.

»Yo tenía entonces diecinueve años y era una hawaiana caliente de sol a pesar de mis tres cuartas partes de sangre blanca. No conocía del mundo más que el esplendor de mi niñez en Kilohana, lo que me habían enseñado en la Royal Chief School, mi marido gris de Nahala con sus sermones grises, su austeridad y su ahorro, y esos dos tíos míos, ambos sin hijos, el uno con sus frías visiones de un futuro distante y el otro con el corazón roto, ensoñador perpetuo y enamo­rado de una princesa muerta.

»¿Te imaginas aquella casa gris? Yo que había conocido la abundancia, las delicias, la alegría siempre riente de Kiloha­na, de la casa de los Parker en la vieja Mana, de Puuwaawaa... Tú las recuerdas. Vivíamos en aquellos días en esplendor feudal. ¿Quieres, puedes creer, Martha, que en Nahala, la máquina de coser que yo tenía era una de aquellas que traje­ron los primeros misioneros, un artefacto absurdo y dimi­nuto que funcionaba haciendo girar la rueda con la mano?

»Robert y John dieron a George cinco mil dólares cada uno en el momento de nuestro matrimonio, pero él les pidió que lo guardaran en secreto. Sólo nosotros cuatro lo sabía­mos. Y mientras yo cosía mis holokus baratos en aquella má­quina absurda, él adquiría con ese dinero terrenos y terrenos en las praderas altas de Nahala, poco a poco, negociando cada compra hasta adquirir una ganga, con ese rostro suyo que era la viva imagen de la pobreza.

»Pero, ¿valió la pena? Yo estaba hambrienta. Si sólo una vez me hubiera estrechado locamente entre sus brazos. Si sólo una vez me hubiera dedicado cinco minutos robados al trabajo o a la fidelidad que dedicaba a sus patrones. A veces habría gritado, o le hubiera tirado el sempiterno cuenco de avena a la cara, o habría arrojado al suelo la máquina de co­ser y habría bailado el hula sobre ella sólo para hacerle reac­cionar, para hacerle gritar de ira, para que se mostrara como un ser humano, cruel, como un hombre en vez de como un semidiós helado y gris.

La expresión trágica se desvaneció en el rostro de Bella, que de pronto se echó a reír con la risa franca que despiertan los recuerdos alegres.

––Cuando él me veía en ese estado de ánimo me miraba gravemente, me tomaba el pulso, me examinaba la lengua, me administraba grave una buena dosis de aceite de ricino y, con la misma gravedad, me hacía acostarme temprano en­tre sábanas previamente templadas con las arandelas de hie­rro de la cocina mientras me aseguraba que me sentiría mu­cho mejor al día siguiente. ¡Temprano, decía él! ¡Cuando sólo como gran concesión consentía en que nos acostára­mos a las nueve en punto! Las ocho era habitualmente la hora en que nos retirábamos. Con eso ahorrábamos quero­seno. Nunca cenábamos tres platos en Nahala. ¿Recuerdas la mesa de Kilohana cuando nos reuníamos a cenar? George y yo hacíamos sólo una comida ligera. Luego, él se instalaba junto a la lámpara al lado de la mesa y leía durante una hora revistas atrasadas que le prestaban, mientras yo, sentada frente a él, remendaba sus calcetines y su ropa interior, la más barata, la más basta de cuanta se fabricaba. Y cuando él se iba a la cama, yo me iba a la cama también. Era un despil­farro gastar queroseno para beneficio de uno solo. Y siempre se acostaba con el mismo ritual, dando primero cuerda a su reloj, anotando las temperaturas del día en su diario, descal­zándose siempre de la misma forma, el pie derecho primero, el izquierdo después, y colocando los zapatos, el uno junto al otro, al pie de la cama, del lado que él ocupaba.

Era el hombre más limpio que he conocido. Se mudaba todos los días de ropa interior. Y yo hacía la colada. Era lim­pio hasta la exageración. Se afeitaba dos veces al día y utili­zaba en el aseo de su cuerpo más agua que cualquier canaca. Y trabajaba por dos haoles. Y supo ver el futuro en las aguas de Nahala.

––Te hizo rica, pero no te hizo feliz ––observó Martha. Bella suspiró y asintió con la cabeza.

––Y ¿qué es la riqueza después de todo, Martha? Mi nuevo Pierce-Arrow ha venido en el vapor conmigo. Es el tercero en dos años. Pero ¿qué son todos los Pierce-Arrows y todo el dinero del mundo comparados con un amante, con un com­pañero con quien compartir el trabajo, los sufrimientos y las alegrías? ¿Qué son comparados con el hombre, marido y amante?

Su voz se apagó lentamente y las dos hermanas permane­cieron sentadas en medio del muelle en silencio mientras una vieja, bastón en mano, retorcida, doblada y encogida bajo cien años de vida, atravesaba renqueando la pradera en dirección a ellas. Sus ojos, reducidos a poco menos que miri­llas, eran agudos como los de la mangosta. Al llegar junto a los pies de la recién llegada, se echó al suelo hecha un ovillo mientras de su boca desdentada surgía en puro hawaiano una confusa salmodia referente a Bella y a sus antepasados, seguida de una extemporánea bienvenida que celebraba su vuelta del largo viaje efectuado, a través del ancho mar, a Ca­lifornia. Y mientras entonaba su larga melopea, acariciaba la vieja con dedos sarmentosos las piernas de Bella, enfunda­das en medias de seda, desde el tobillo y la pantorrilla hasta la rodilla y el muslo.

Los ojos de las dos hermanas se empañaron de una hume­dad luminosa mientras se repetían caricias y salmodia, de­dicadas esta vez a Martha, y mientras las dos mujeres diri­gían en su antigua lengua preguntas inmemoriales acerca de su salud, de su edad y de sus tataranietos a aquella anciana que las acariciara de niñas en la gran casa de Kilohana, del mismo modo que sus antepasados acariciaran a los antepa­sados de las dos hermanas a lo largo de generaciones y gene­raciones. Terminada la breve visita de rigor, Martha se levantó y acompañó a la vieja hasta la casa, poniéndole des­pués unas monedas en la mano y ordenando a las bellas y or­gullosas doncellas japonesas que obsequiaran a la anciana aborigen con poi, una mixtura de raíces de lirios acuáticos, con íamaka, es decir, pescado crudo, con nueces de kukui machacadas, y con limu, algas marinas digestivas, sabrosas y tiernas, muy apropiadas para bocas desdentadas. Eran aquéllos los viejos lazos feudales, la fidelidad del siervo con respecto al señor y la responsabilidad de éste con respeto a sus servidores, y Martha, que era tres cuartas partes haole por su sangre de Nueva Inglaterra, era en cambio cien por cien hawaiana en lo concerniente al recuerdo y observancia de las tradiciones de antaño, poco menos que desaparecidas.

Mientras Martha cruzaba la pradera en dirección al árbol de hau, los ojos de Bella admiraron la autenticidad enterne­cedora de aquella mujer y de su sangre, la abrazaron y la amaron. Un poco más baja era Martha que su hermana, aunque muy poco, y de porte menos majestuoso, pero estaba dotada de unas proporciones bellas y armoniosas, suavi­zadas, más que deterioradas, por los años, y su figura de jefa polinesia se adivinaba elocuente y gloriosa bajo las líneas de un amplio holoku envolvente de seda negra ribeteado de en­cajes y más costoso que cualquier vestido de París.

Y mientras las dos hermanas reanudaban la conversa­ción, cualquier testigo observador habría podido reparar en la notable semejanza de aquellos perfiles puros y correctos, de aquellos pómulos altos, de aquellas frentes amplias y des­pejadas, de aquellas abundantes matas de pelo de un gris acero, de aquellas bocas de labios dulces afirmadas por dé­cadas de orgullo seguro y bien fundado, de aquellas cejas, hermosas y finas, que trazaban un arco sobre dos pares de ojos rasgados y castaños igualmente profundos. Las manos de ambas mujeres, poco alteradas por el tiempo, eran her­mosas, de dedos largos y finos con puntas redondeadas. Eran manos acariciadas con amor en la niñez y formadas entre el amor de ancianas hawaianas como la que en aquel momento comía poi, iamaka y limu en el interior de la casa.

––Así pasé un año ––continuó Bella––, y ¿sabes?, las cosas empezaron a mejorar. George comenzó a atraerme. Las mu­jeres somos así, o al menos yo soy así. Porque George era bueno. Era justo. Tenía las virtudes puritanas más aquilata­das. Comenzó a atraerme, a gustarme. Casi me atrevería a decir que empecé a amarle. Y si el tío John no me hubiera prestado ese caballo, sé que le habría querido de verdad y que habría vivido feliz con él, de un modo tranquilo y repo­sado, naturalmente.

»Comprendo que de los hombres yo no conocía otra cosa, nada distinto, nada mejor. Con el tiempo llegué a mirarle con placer por encima de la mesa mientras él leía durante aquellos breves intervalos entre la cena y la cama. Comencé a esperar y a oír el ruido de los cascos de su caballo cuando se acercaba a casa al atardecer, tras sus interminables cabal­gadas por el rancho. Y sus escasos elogios me sonaban a glo­ria. Sí, Martha, empecé a saber lo que era ruborizarse ante sus alabanzas justas y precisas por las cosas que había hecho bien y que él aprobaba.

»Habría sido feliz con él el resto de nuestra vida juntos de no haber tomado George aquel vapor a Honolulú. Era un viaje de negocios. Tenía que pasar fuera dos semanas o más para atender primero a asuntos de los Glenn, cosas relacio­nadas con el rancho, y luego a un negocio suyo, la compra de unos terrenos más en las alturas de Nahala. Compró muchí­simas tierras, las más salvajes, las más escarpadas, tierras pobres en todo menos en agua. Hasta las mismas fuentes ad­quirió por cinco o diez centavos el acre. Me dijo que me ven­dría bien un cambio de aires. Yo quería acompañarle a Ho­nolulú, pero, por economizar, decidió que fuera a Kilohana. No sólo le salía gratis mi alojamiento en la mansión familiar, sino que además se ahorraba la miserable pitanza que hubie­ra comido de haberme quedado sola en nuestra casa, lo cual significaba comprar más tierras en Nahala. Y en Kilohana el tío John accedió a prestarme ese caballo.

»Me parecieron una gloria aquellos primeros días de vuelta en el hogar de la familia. Al principio me costaba tra­bajo creer que hubiera tanta abundancia en el mundo. La cantidad de comida que se desperdiciaba en aquella cocina me asombraba. Tan bien me había educado mi marido, que veía despilfarros allá donde mirara. En las dependencias de la servidumbre, los parientes ancianos de los criados y todos los que de ellos dependían, se alimentaban mejor de lo que jamás comíamos George y yo. Recordarás la opulencia de Kilohana, semejante a la del Rancho Parker. Se mataba un buey para cada comida, se hacía traer pescado fresco desde Waipio y Kiholo y se servía lo mejor y lo más raro en cada época del año.

»Y luego el amor. La forma de amar que tenía nuestra fa­milia. Ya sabes cómo era el tío John. Y allí estaban también nuestros hermanos Walcot y Edward y todas nuestras hermanas menores, excepto Sally y tú, que estábais en el cole­gio. Y la tía Elizabeth y la tía Janet, que estaba pasando en casa una temporada con sus hijos. Abrazos continuos, cons­tantes palabras de cariño... todo lo que había echado de me­nos durante aquellos doce meses fatigosos. Tenía sed de amor. Me sentía como el náufrago que se arroja sobre la are­na para beber con avidez las aguas frescas que brotan burbu­jeando entre las raíces de las palmeras.

»Y fue entonces cuando llegaron. Venían en viaje oficial desde Kawaihae, donde habían desembarcado del yate real, treinta en total, de dos en dos, en glorioso desfile, ro­deados los cuellos de guirnaldas de flores, jóvenes, felices, alegres, montando caballos del Rancho Parker y acompa­ñados de cien vaqueros y de otros tantos servidores. Era el séquito de la princesa Lihue abrasada y consumida, como todos sabíamos, por una horrible tuberculosis. Con ella iban sus sobrinos, el príncipe Lilolilo, aclamado por do­quier como heredero que era, y los dos hermanos de éste, el príncipe Kahekili y el príncipe Kamalau. Y con la prin­cesa iban Ella Higginsworth, que afirmaba con todo dere­cho llevar en sus venas sangre de jefes más poderosos por descender de los Kauai de la familia real, Dora Niles, Emily Lowcroft... ¡Para qué enumerarlas! Ella Higginsworth y yo habíamos compartido la misma habitación en el Royal Chief School. Y se les sirvió un refrigerio durante una hora, no un lau, porque el lau esperaba en el rancho de los Par­ker, pero sí cerveza y bebidas más fuertes para los hom­bres, y limonada y naranjas y sandía refrescante para las mujeres.

»Ella Higginsworth me abrazó, y me abrazaron la prince­sa, que me recordaba, y todas las otras jóvenes y mujeres, y Ella habló a Lihue, que me invitó a unirme a la comitiva en Mana a los dos días. Imagina mi alborozo después de diez meses de prisión en Nahala la gris. Tenía diecinueve años e iba a cumplir los veinte antes de terminar la semana.

»No sospechaba siquiera lo que iba a ocurrir. Tan ocupa­da estaba con las mujeres que no vi a Lilolilo más que a dis­tancia, destacando por su fortaleza y su altura entre los de­más hombres. Yo nunca había formado parte de un séquito real. Había visto que se les festejaba en Kilohana y en Mana, pero entonces era demasiado joven para que me invitaran, y después había ido al colegio y me había casado. Pero sabía lo que significaba: dos semanas de paraíso, lo bastante para aguantar doce meses más en Nahala.

»Le pedí al tío John que me prestara un caballo, lo que se traducía en tres monturas: la mía, otra para el vaquero que me acompañara y una tercera de refresco. Entonces no había carreteras ni automóviles. ¡Y qué caballo me dio! Fue Hilo. No creo que lo recuerdes. Estabas en el colegio entonces y antes de que volvieras al año siguiente Hilo se había roto la espalda y su jinete se había fracturado el cuello mientras ca­zaba ganado salvaje a lazo en Mauna Kea. Quizá oyeras ha­blar del suceso, de aquel oficial de la marina americana...

––El teniente Browsfield ––afirmó Martha.

––Hilo. Yo era la primera mujer que lo montaba. Tenía él entonces tres años, casi cuatro, y acababan de amansarlo. Era tan negro y tenía un pelaje tan lustroso que los rayos del sol parecían revestirle de una capa de plata resplandeciente. Era el caballo de monta más grande de todo el rancho. Des­cendía del semental «Sparklindew», de los establos del rey, y de una yegua de pradera, y lo habían domado hacía pocas semanas. Nunca había visto yo montura tan hermosa. Era el caballo ideal de montaña, de tronco lleno, pecho fuerte, cuerpo armonioso y gran corazón. La cabeza y el cuerpo eran de raza, esbeltos pero poderosos; las orejas preciosas, siempre alertas, ni pequeñas como olas de caballo torvo, ni grandes como las de la montura terca como la mula; las pa­tas eran también perfectas, inmaculadas, seguras y firmes, y galopaba con un paso largo y elástico que convertía en un placer sentirle bajo la silla.

––Recuerdo que el príncipe Lilolilo le dijo en una ocasión al tío John que eras la mejor amazona de todo Hawai ––inte­rrumpió Martha––. Pero eso fue dos años después, cuando volví del colegio y tú vivías en Nahala.

––¿Eso dijo Lilolilo? ––exclamó Bella. Casi azorada, se le ilu­minaron los grandes ojos castaños mientras su memoria volvía hacia aquel amante que llevaba medio siglo muerto, convertido en polvo. Con la modestia innata en las mujeres de Hawai, ocultó aquel espontáneo descubrimiento de su corazón con un panegírico de Hilo.

––Cuando galopaba con él por las praderas, era como ca­balgar en sueños. Brotaba de la hierba con cada salto, brin­cando como un ciervo, como un conejo, como un foxte­rrier... tú sabes cómo. ¡Y qué alardes los suyos, qué cabriolas, qué estampa! Era un caballo digno de un general, de un Na­poleón, de un Kitchener. Su mirada no era torva sino travie­sa, inteligente, como si ocultara siempre una broma tras de sus ojos y quisiera reír de ella o perpetuarla. Le pedí a tío John que me prestara a Hilo y el tío John me miró, y yo le miré a él, y aunque guardó silencio supe que interiormente decía: «Querida Bella», y por la forma en que me miró cono­cí que en sus ojos seguía intacta la visión de la princesa Nao­mi. El tío John accedió. Y así fue como ocurrió.

»Insistió en que probara a Hilo yo sola, en un ensayo pri­vado. ¡Qué brío, qué glorioso brío! Pero un brío sin malicia, sin resabios. Se desmandaba una y otra vez sin que yo le per­mitiera darse cuenta de ello. No le tenía miedo, y eso me ayu­dó a mantener sobre él un dominio que le impidió creer que me llevaba la menor ventaja.

»Muchas veces me he preguntado si el tío John pensó en­tonces lo que podía ocurrir. Lo que sí sé con seguridad es que yo ni lo había sospechado el día que partí para unirme al séquito real en Mana. Nunca hasta entonces había presen­ciado festejos semejantes. Ya sabes de la munificencia de los Parker. Hubo caza de jabalíes con venablo, monterías, doma de caballos y marca de animales. Las dependencias de servi­cio estaban abarrotadas. Vinieron vaqueros de todos los puntos del rancho y acudieron muchachas de Waimea y de más lejos, de Waipio, de Honokaa, de Paauilo... Aún las veo sentadas en hilera sobre los muros de piedra del cercado confeccionando leis para sus enamorados. Y por la noche, en aquellas noches perfumadas, se cantaban meles y se bai­laban hulas, y por los campos de Mana paseaban los aman­tes, en parejas, bajo los árboles... Y el príncipe...

Bella hizo una pausa y durante un minuto interminable sus dientes superiores se clavaron en el labio inferior mien­tras ella trataba de dominarse, lo lograba y dirigía una mira­da distraída hacia el azul del horizonte. Ya tranquila, volvió la vista hacia su hermana.

––Era un auténtico príncipe, Martha. Le viste en Kilohana cuando volviste a casa del colegio. Atraía las miradas de to­das las mujeres y, sí, también la de los hombres. Tenía veinti­cinco años y toda la madurez del adulto. Era tan grande y majestuoso de cuerpo como de espíritu. Por descabellada, que fuera la diversión, por extenuante que fuera el deporte, nunca olvidaba que era de familia real y que sus antepasados habían gobernado durante generaciones hasta remontarse a aquel jefe que cantaban las genealogías y que había navega­do en canoa hasta Tahití y Raiatea y vuelta a Hawai. Era gra­cioso de porte, dulce, amable, buen compañero y amigo, y, al mismo tiempo, firme, estricto y hasta severo si se indignaba seriamente. No me resulta fácil expresar lo que quiero decir. Era hombre, todo un hombre, de la cabeza a los pies, y era a la vez todo príncipe con una veta burlona y una fuerza que habría hecho de él un rey bueno y justiciero si alguna vez hu­biera llegado a reinar.

»Le recuerdo tal y como le vi aquel primer día, el día en que le toqué la mano y le hablé... unas palabras, pocas y tími­das, como correspondía a una mujer que llevaba un año ca­sada con un haole gris y que vivía en Nahala la gris. Medio siglo hace ya de ese encuentro. Recordarás que entonces los jóvenes vestían zapatos y pantalón blancos, camisa de seda del mismo color, y esas preciosas bandas españolas, tan ale­gres. Durante este medio siglo la escena no se ha borrado de mi corazón. El príncipe estaba en el centro de un grupo en el jardín y yo me acercaba a él acompañada de Ella Higgin­sworth, que iba a presentarme. La princesa Lihue acababa de dirigirle una chanza y Ella se detuvo un momento para res­ponder, lo que me obligó a detenerme también a un paso de distancia.

»Allí me sorprendieron por casualidad los ojos del prín­cipe, sola, azorada, tímida. Parece que le estoy viendo con la cabeza un poco echada hacia atrás con ese gesto altivo, inte­ligente, imperioso e indescriptiblemente natural que tanto le caracterizaba. Nuestras miradas se encontraron. Su cabe­za se inclinó hacia delante o se enderezó hacia mí. No sé lo que ocurrió. ¿Me ordenó algo? ¿Obedecí? Lo ignoro. Sólo sé que aquel día yo ofrecía un aspecto agradable, coronada con mailes fragantes y vestida con el hermoso holoku de la princesa Naomi, que el tío John había sacado de la habita­ción tabú para prestarme. Sé que avancé sola hacia él cru­zando el césped del jardín de Mana, y que él se destacó unos pasos del grupo que le rodeaba para salirme al encuentro. Nos reunimos en medio de la pradera, solos, como si nues­tras vidas se cruzaran.

»¿Era yo muy hermosa de joven, Martha? No lo sé. De ve­ras no lo sé. Pero te digo que en aquel momento toda su be­lleza, toda su majestad me invadió y penetró hasta mi cora­zón y sentí de pronto la hermosura, ¿cómo te diría?, como si se engendrara en él y sólo con su mirada él la conjurara en mi interior.

»No hablamos una sola palabra, pero levantó el rostro en franca respuesta al trueno y a las trompetas del mensaje si­lencioso y sé que, aunque me hubiera costado la vida en ese mismo momento, no habría podido dejar de dirigirle esa mirada que era una entrega, una entrega que debía leerse en mis ojos, en mi rostro y en ese cuerpo mío que tan ansiosa­mente respiraba. ¿Era yo hermosa, muy hermosa, Martha, a los diecinueve años, a punto de cumplir los veinte?

Y Martha, de sesenta y cuatro años, miró a Bella de sesen­ta y ocho, y asintió con afirmación sincera. Y para sus aden­tros incluyó en la afirmación lo que en aquel instante veía: el cuello de Bella, lleno y bien formado, más largo de lo habi­tual entre las mujeres de Hawai, columna majestuosa que sostenía su cabeza, su rostro de altos pómulos y altas cejas, y sus rasgos de jefa. Su cabello, recogido en lo alto, intacto, resplandeciente con la plata de los años, aún rizado, contras­taba con sus cejas limpias, finas, negras, y con sus profundos ojos castaños. Y la mirada de Martha, abrumada de modes­tia por lo que veía, descendió al espléndido pecho de su her­mana, a las líneas generosas de su cuerpo hasta llegar a los pies enfundados en medias de seda e inmersos en zapatos de tacón alto, unos pies pequeños y llenos, de arco casi español y empeine impecable.

––¡Lo que es la juventud! ––rió Bella––. Lilolilo era un autén­tico príncipe. Más tarde llegué a conocer todos y cada uno de sus rasgos, de sus distintos estados de ánimo, en aquellos días y aquellas noches mágicas pasadas junto a aguas canta­rinas, junto a rompientes adormecidas por la calma y en los senderos de montaña. Conocí sus ojos hermosos y valientes, sus cejas negras y rectas, esa nariz suya que era indudable­mente la nariz de Kamehameha, y llegué a conocer hasta la última, la mínima, la más graciosa curva de su boca. Y no hay boca más hermosa que la de los hawaianos, Martha.

»Y su cuerpo... Era el rey de los atletas, desde los cabellos traviesos y rebeldes, hasta los tobillos de bronce y acero. Hace sólo unos días oí que llamaban a uno de los nietos de Wilder "el príncipe de Harvard". ¡Dios mío! ¿Qué habrían dicho de mi Lilolilo si lo hubieran enfrentado con el nieto de Wilder y todo su equipo universitario?

Bella calló y respiró profundamente mientras se retorcía las manos finas y pequeñas sobre el amplio regazo de seda, pero su tez se ruborizó ligeramente y sus ojos se templaron con el recuerdo de los días pasados con el príncipe.

––Bueno, supongo que ya lo has adivinado ––dijo encogién­dose de hombros, desafiante, y hundiendo directamente la mirada en los ojos de su hermana––. Dejamos atrás Mana y, acompañados del alegre séquito, bajamos por senderos de lava hasta Kiolo y hasta las playas donde nadamos, pesca­mos, festejamos y dormimos en las arenas calientes, bajo las palmeras. Y subimos después a Puuwaawaa y allí acosamos al jabalí, y cazamos a lazo carneros salvajes en las praderas altas, y atravesamos Kona para llegar a Mauka, y bajamos hasta el palacio del rey de Kailua y hasta las playas de Ke­auhou, donde nadamos, y a la bahía de Kealakekua, y segui­mos hasta Napoopoo y Honaunau. Y por donde pasábamos las gentes se acercaban a ofrecernos con sus manos flores, frutas, pescados y cerdos, llenos los corazones de amor y de canciones, las cabezas inclinadas en obediencia a la realeza, mientras que de sus labios brotaban exclamaciones de asom­bro y canciones en alabanza de días pasados y olvidados.

»¿Qué habrías hecho tú en mi caso, hermana? Tú sabes cómo somos las hawaianas. Tú sabes cómo éramos hace me­dio siglo. Lilolilo era hermoso. Yo, irreflexiva. Y aunque no lo hubiera sido, el príncipe bastaba para hacer de la mujer más sentada una imprudente. Y yo lo fui doblemente porque Nahala, la Nahala fría y gris, me espoleaba. Nunca abrigué la menor duda. Nunca tuve la mínima esperanza. En aquellos días ni siquiera se soñaba con el divorcio. La esposa de George Castner no podía ser jamás reina de Hawai, aunque la revolución que profetizaba el tío Robert se retrasara, aun­que Lilolilo llegara efectivamente a ser rey. Nunca pensé en el trono. No deseaba más reino que el ser la esposa y compa­ñera de Lilolilo. Pero no me engañaba. Lo imposible era im­posible, y no me hacía ilusiones.

»Respiraba la atmósfera del amor. Y Lilolilo era el amante perfecto. Me tenía perpetuamente coronada de leis que sus mensajeros traían cada mañana de los jardines de rosas de Mana, esos jardines que tú sin duda recuerdas. Cincuenta millas recorrían las rosas a través de caminos de lava y de praderas. Llegaban a mis manos frescas de rocío, como en el momento en que las arrancaran, como joyas en sus estuches de corteza de plátano. Una yarda medían aquellos leis, y los capullos diminutos eran como cuentas ensartadas de coral napolitano. Y en los laus interminables yo me sentaba en la estera de Lilolilo, la estera de Makaloa dedicada al uso exclu­sivo del príncipe y tabú para cualquier mortal excepto por deseo o permiso suyo. Y sumergía los dedos en su pa wai ho­loi (cuenco), donde en el agua templada flotaban pétalos de flores perfumadas, y sin miedo a que todos repararan en la distinción de que me hacía objeto, hundía mis manos en su pa paakai para tomar pellizcos de sal roja, de limu, de nuez de kukui y de pimentón, y comía en su ¡pu kai (plato para salsa de pescado) de madera de kou, aquel del que comiera el gran Kamehameha en viajes similares. Y lo mismo hacía con los platos especiales que traían sólo para Lilolilo y la prince­sa, platos de nelu y de ake, de palu y de alaala. Y sus kahilis se mecían sobre mi cabeza, y sus sirvientes me pertenecían, y él era mío, y desde mi cabeza coronada de flores hasta mis pies felices, yo me sentía amada.

De nuevo hundió Bella los dientes en el labio inferior mientras miraba distraídamente al mar, se dominaba a sí misma y dominaba sus recuerdos.

––Así ocurrió en Kona, y en Kau, y en Hoopula y en Kapus, y en Honuapo y en Punaluu... Todo el vivir de una vida con­densado en dos breves semanas. La flor florece una vez, y en aquellos días florecí yo. Lilolilo junto a mí, yo sobre mi que­rido Hilo, reina no de Hawai, pero sí del príncipe y el amor. Él me decía que era una burbuja de color y de belleza sobre el lomo negro Leviatán, que era una frágil gota de rocío sobre la cresta humeante de una corriente de lava, que era un arco iris galopando sobre una nube de tormenta...

Bella hizo una pausa.

––No seguiré hablando de lo que me dijo ––continuó grave­mente––. Basta con que sepas que sus palabras eran el fuego mismo del amor y la esencia de la belleza, que compuso hu­las para mí y que me las cantó, ante los ojos de todos, en ple­na noche bajo las estrellas mientras los demás escuchaban tendidos en sus esteras y yo ocupaba la de Makaloa, la estera de Lilolilo.

»Y próximo a terminarse el sueño, llegamos a Kilauea y arrojamos al pozo ardiente de lava nuestras ofrendas a Pele, la diosa del fuego, ofrendas de maile y guirnaldas de flores, de pescado y de poi húmedo envuelto en hojas de t¡. Y cru­zamos Puna, y comimos y cantamos en Kohoualea, y en Ka­maili, y en Opihikao, y nadamos en las aguas claras y tem­pladas de las lagunas de Kalapana. Y por último llegamos a Hilo, junto al mar.

»Aquél era el final. Nunca habíamos hablado de ese mo­mento. Era el fin reconocido y nunca mencionado. El yate esperaba porque el séquito se había retrasado varios días. Honolulú aguardaba. Había noticias de que el rey estaba particularmente pupule (loco), de conspiraciones de misio­neros católicos y protestantes, de conflictos con Francia... Del mismo modo que habían desembarcado en Kawaihae dos semanas antes, así partieron de Hilo, entre risas, flores y canciones. Fue una partida alegre, llena de risas y alborozo, de millares de mensajes postreros, de encargos y de chanzas. El ancla se elevó al son de una canción de despedida que cantaba en cubierta el coro de Lilolilo mientras nosotros, en canoas y en lanchas, veíamos cómo la brisa henchía las velas del barco y la distancia que nos separaba de él se hacía cada vez mayor.

»En medio de la confusión y el jolgorio, Lilolilo, que debía pronunciar las últimas despedidas y dirigir las últimas chan­zas, me miraba abiertamente apoyado en la borda. En la ca­beza lucía el ilima lei que yo misma había hecho para él y que había colocado sobre su frente. Los del yate comenzaron a lanzar sus guirnaldas de flores a los de las canoas, a sus favo­ritos. Yo no tenía esperanza... y, sin embargo, esperaba, dé­bilmente, con una melancolía que no se reflejaba en mi ros­tro, tan alegre y orgulloso como los de los demás. Pero Lilolilo hizo lo que yo sabía que haría, lo que desde el primer momento supe que habría de hacer. Sin dejar de mirarme franca y abiertamente, tomó mi hermoso ilima lei y lo rom­pió. Sus labios articularon mudos una sola palabra, pau, fin. Sin dejar de mirarme, volvió a romper las dos mitades del lei y arrojó deliberadamente los fragmentos, no a mí, sino al agua que nos iba separando. Pau. Todo había acabado.

Durante largo tiempo, la mirada distraída de Bella des­cansó sobre la línea del horizonte. Martha no se atrevió a ex­presar con palabras toda la compasión que humedecía sus ojos.

––Aquella misma tarde subí el arduo camino que sigue pa­ralelo a la costa de Hamakua ––resumió Bella con una voz que sonó al principio seca y ronca––. Era el primer día, y no fue tan difícil. No sentía nada. Estaba aún demasiado em­bargada por el asombro ante lo que tenía que olvidar para pensar siquiera en olvidarlo. Pasé la noche en Laupahoehoe. Creí que no podría conciliar el sueño, pero, muy al contra­rio, cansada de la larga cabalgada, aún insensible, dormí como si estuviera muerta.

»Pero al día siguiente llegó un viento furioso y una lluvia torrencial. ¡Cómo soplaba el viento, cómo llovía! El camino era impracticable. Nuestros caballos caían una y otra vez. Al principio, el vaquero que me había cedido el tío John protes­taba. Luego se limitó a seguirme estoicamente meneando la cabeza, lo sé, y murmurando una y otra vez que yo estaba pulule. En Kukuihaele abandonamos el caballo de refresco. Recorrimos casi a nado Mud Lane, que estaba transformado en un río de barro. En Waimea, el vaquero tuvo que procu­rarse otro caballo. Pero Hilo resistió hasta el final. Desde el amanecer hasta la medianoche seguí sobre la silla hasta que el tío John, ya en Kilohana, me bajó de ella entre sus brazos, me entró en la casa y despertó a las mujeres para que me des­nudaran y acariciaran mientras él me servía un ponche ca­liente y me inducía a entregarme al sueño y al olvido. Debí revelar mucho entre murmullos y delirios. El tío John tuvo que saberlo. Pero jamás dijo una palabra a nadie, ni siquiera a mí. Lo que adivinara, lo encerró bajo llave en la habitación tabú de Naomi.

»Me queda un vago recuerdo de aquel día, del dolor que sentía mi corazón roto, de la rabia loca que abrigaba contra el destino, de la melena suelta y empapada que me azotaba la espalda y me hería bajo la lluvia torrencial, de mis lágri­mas interminables que se unían al diluvio general, de rabias apasionadas, de resentimientos contra un mundo torcido y malo, de golpes dados con la mano sobre la perilla de la silla de montar, de palabras ásperas dirigidas al vaquero que me acompañaba, de espuelas hundidas en los flancos del pobre, del magnífico Hilo, mientras rezaba interiormente porque las espuelas no le encabritaran, no le impulsaran a caer so­bre mí aplastándome bajo su cuerpo y privándome para siempre de belleza a los ojos de los hombres o a obligarme a salirme del sendero para morir al pie del palis (precipicio), tras de lo cual escribirían junto a mi nombre un pau tan de­finitivo como el que no habían llegado a pronunciar los la­bios de Lilolilo cuando rompió mi lima lei y la arrojó al agua.

»George se había quedado unos días más en Honolulú. Cuando regresó a Nahala, yo le esperaba allí. Me abrazó so­lemne, besó indiferente mis labios, me examinó la lengua con gravedad, se lamentó de mi aspecto y de mi estado de sa­lud y me mandó a la cama con arandelas templadas de la co­cina y una buena dosis de aceite de hígado de bacalao. Como si me hubiera incorporado a la maquinaria de un reloj, con­vertida en una rueda más, girando y girando interminable­mente y sin remordimientos, así me incorporé yo a la vida gris de Nahala. George se levantaba a las cuatro y media cada mañana y a las cinco estaba cabalgando. Volvieron las eter­nas gachas de avena, el café barato, la carne fresca y la ceci­na... Yo cocinaba, amasaba el pan y fregaba. Hacía girar la rueda de la absurda máquina de coser y confeccionaba mis holokus baratos. Noche tras noche, durante los intermina­bles siglos que me parecieron aquellos dos años, me senté a la mesa frente a él hasta las ocho de la tarde, remendando sus calcetines baratos y su ropa interior, basta y gastada, mien­tras él leía revistas de años anteriores, revistas que le presta­ban y a las que se negaba a suscribirse por economizar. Y luego llegaba la hora de acostarnos (había que ahorrar que­roseno) y daba cuerda a su reloj, anotaba las temperaturas del día en su diario, se quitaba los zapatos empezando por el derecho, y los colocaba el uno junto al otro a los pies de la cama, del lado que él ocupaba.

»Pero ya no me atraía George, como empezaba a ocurrir cuando la princesa Lihue me invitó a unirme a su séquito y el tío John me prestó su caballo. Martha, nada de eso habría ocurrido si el tío John no me hubiera prestado a Hilo. Pero lo hizo, y yo había conocido el amor y a Lilolilo, y ¿qué posibili­dad tenía ya George de ganarse mi corazón, mi estima, mi cariño? Durante aquellos dos años que pasé en Nahala fui un cadáver de mujer que caminaba, y hablaba, y amasaba el pan, y fregaba, y remendaba calcetines y economizaba que­roseno. Los médicos dijeron que aquella ropa interior tan gastada fue en parte causa de la enfermedad que contrajo mientras seguía empeñado, como siempre, en adquirir las aguas de las montañas de Nahala bajo las lluvias torrenciales del invierno.

»Cuando murió no lo lamenté. Llevaba triste demasiado tiempo. Tampoco me alegré. Mi alegría había muerto en Hilo cuando Lilolilo arrojó al mar mi ilima le¡. Desde enton­ces mis pies no volvieron jamás a ser felices. Lilolilo mu­rió un mes después que mi marido. No había vuelto a verle desde que partió de Hilo. He tenido muchos pretendien­tes desde entonces, pero yo soy como el tío John. Un amante y nada más. El tío John tenía la habitación de Naomi en Kilo­hana. Durante cincuenta años yo he dedicado un aposento a Ldolilo en mi corazón. Tú eres la primera persona, Martha, a quien he permitido entrar en él.

Un automóvil recorrió la avenida circular que conducía a la casa y de él descendió el marido de Martha, que cruzó des­pués el jardín hacia las dos mujeres. Erguido, esbelto, cano­so, de porte digno y militar, Roscoe Scandwell era uno de los «cinco grandes» que, por medio de un entramado de intere­ses, determinaba los destinos de todo Hawai. Era un haole puro nacido en Nueva Inglaterra. Abrazó a Bella primero, besándola con todo el corazón a la manera hawaiana. Su mi­rada alerta le dijo que había habido confidencias femeninas y que, a pesar de las abundantes muestras de emoción, rei­naba el orden y la calma en la prudencia crepuscular de aquellas dos mujeres.

––Viene Elsie con los niños. Acabo de recibir un cable que me ha enviado desde el barco ––anunció tras besar a su mu­jer––. Pasarán unos días con nosotros antes de seguir para Maui.

––Iba a darte el cuarto rosa, Bella ––dijo Martha pensando en voz alta––. Pero será mejor que lo ocupe ella con los niños y las niñeras. Te daré el de la reina Emma.

––Es el que ocupé la última vez y el que prefiero ––dijo Be­lla.

Roscoe Scandwell, conocedor por aprendizaje del amor hawaiano y de su expresión, erguido, esbelto y digno en me­dio de las dos mujeres de nobles proporciones, rodeó con sus brazos aquellas dos cinturas suntuosas, y, juntos, echa­ron a andar los tres hacia la casa.

El diente de ballena

Sucedió en los viejos tiempos en Fiji que John Starhurst se levantó en la casa––misión del poblado de Rewa y anunció su intención de llevar el Evangelio por toda Viti Levu. Viti Levu significa «La gran tierra», y es la isla mayor de un ar­chipiélago compuesto de muchas islas grandes, por no ha­blar de centenares de otras más pequeñas. Aquí y allá, a lo largo de las costas y en las condiciones más precarias, vivían unos cuantos misioneros, comerciantes, pescadores de co­hombro de mar y desertores de barcos balleneros. El humo de las hogueras se elevaba bajo sus ventanas, y los cuer­pos de los muertos a manos de los nativos pasaban arrastra­dos ante sus puertas camino del festín.

El Lotu, o religión cristiana, se abría paso lentamente y, con frecuencia, al modo del cangrejo. Los jefes que se decían convertidos y que eran recibidos con alborozo en el seno de la Iglesia, tenían la mala costumbre de regresar a sus anti­guos hábitos con el fin de probar su parte de la carne de al­guno de sus enemigos favoritos. Comer o ser comido era la ley de las islas, y todo anunciaba que seguiría siéndolo durante largo tiempo. Había jefes como Tanoa, Tuiveikoso y Tuikilakila que habían devorado literalmente a cientos y cientos de seres humanos. Pero entre los glotones, Ra Un­dreunde ocupaba el primer lugar. Ra Undreunde vivía en Taikaki. Llevaba un registro de sus aventuras gustativas, una hilera de piedras alineadas a la puerta de su casa y que daban testimonio del número de cuerpos que había comido. Dicha hilera medía doscientos treinta pasos de longitud y estaba compuesta por ochocientas setenta y dos piedras. Cada una de ellas representaba un cuerpo, y la hilera habría sido mu­cho más larga si Ra Undreunde no hubiera tenido la desgra­cia de caer en una emboscada en Somo Somo, donde le cla­varon una lanza en la parte baja de la espalda yle sirvieron a la mesa de Naungavuli, cuya hilera no sobrepasaba las cua­renta y ocho piedras.

Los misioneros, agotados por las penurias y atacados por las fiebres, continuaban tenazmente su trabajo desalentados a veces y esperando siempre el descenso de un fuego pente­costal que les valiera una gloriosa cosecha de almas. Pero Fiji, la isla caníbal, permanecía obstinada en el error. Los na­tivos de cabellos negroides, devoradores de hombres, esta­ban muy poco dispuestos a renunciar a su olla de carne mientras la cosecha de cuerpos humanos fuera abundante. A veces, cuando era demasiado copiosa, se aprovechaban de los misioneros haciendo circular el rumor de que tal día concreto habrían de hacer una matanza y un buen asado. És­tos se precipitaban entonces a comprarles las vidas de las víctimas con tabaco, percal y cuentas de colores. De esta for­ma los jefes de los poblados hacían un buen negocio con el excedente de carne humana. En cualquier caso, siempre po­dían salir a cazar más.

Fue por entonces cuando John Starhurst proclamó que anunciaría el Evangelio de una costa a otra de «La gran tie­rra» y que comenzaría por penetrar en los reductos monta­ñosos de las fuentes del río Rewa. Sus palabras fueron reci­bidas con gran consternación. Los maestros nativos lloraron calladamente. Sus dos compañeros, misioneros ambos, tra­taron de disuadirle. El rey de Rewa le advirtió que sin la me­nor duda sería kai-kai (comido) por los habitantes de la re­gión y que él mismo, por haberse convertido al Lotu, se vería en la necesidad de declarar la guerra a los habitantes de las montañas. Sabía perfectamente que no sería capaz de ven­cerles. Sabía también que ellos, en cambio, podían descen­der por el río y asolar el poblado de Rewa. Pero ¿qué otra cosa podría hacer? Si John Starhurst se empeñaba en salir y dejarse comer, habría una guerra que costaría cientos de vi­das humanas.

Más tarde, aquel mismo día, una comisión de jefes de Rewa acudió a visitar a John Starhurst. Éste les escuchó y discutió pacientemente con ellos, aunque no se desvió ni un ápice de su propósito. A sus compañeros misioneros les ex­plicó que no buscaba el martirio, que Dios le había pedido que predicara el Evangelio en Viti Levu y que él se limitaba a obedecer el deseo divino. A los comerciantes que acudieron e insistieron más machaconamente que ninguno de los an­teriores, les dijo:

––Vuestras objeciones carecen de valor. Sólo habláis del perjuicio que puedo ocasionar a vuestros negocios. A voso­tros os interesa hacer dinero, a mí me interesa salvar almas. Alguien tiene que redimir a los paganos de estas tierras su­midas en la oscuridad del error.

John Starhurst no era un fanático. Él habría sido el prime­ro en negar esta imputación. Era, por el contrario, un hom­bre eminentemente cuerdo y práctico. Estaba convencido de que su misión había de resultar en bien para todos, y en su interior se veía encendiendo una chispa de fuego pentecostal en las almas de los habitantes del interior y levantando una oleada de fervor religioso que, descendiendo de las monta­ñas, barrería la gran tierra de costa a costa y se extendería hasta las islas diseminadas por el mar. No brillaban en sus amables ojos grises luces salvajes, sino una decisión tranqui­la y una fe inconmovible en el Alto Poder que le guiaba.

Halló solamente a un hombre que se mostrara de acuerdo con su proyecto, y fue Ra Vatu, que le animó secretamente y se ofreció a prestarle guías que le condujeran hasta el pie de las primeras montañas. John Starhurst, a su vez, estaba muy complacido con la conducta de Ra Vatu. Del que fuera paga­no incorregible, con un corazón tan negro como sus prácti­cas, comenzaba a emanar la luz. Ra Vatu hablaba incluso de convertirse al Lotu. Verdad era que tres años antes había ex­presado similar intención y habría ingresado en el seno de la Iglesia de no haberse opuesto John Starhurst a que trajera a sus cuatro esposas con él. Ra Vatu era enemigo de la mono­gamia por razones éticas y económicas. La quisquillosa ob­jeción del misionero le había ofendido, y para demostrar que era hombre libre y de honor había blandido su maza de guerra sobre la cabeza de Starhurst. El misionero había esca­pado al golpe esquivando la maza y agarrándose a Ra Vatu hasta que vinieron en su ayuda. Pero todo aquello estaba ya olvidado y perdonado. Ra Vatu iba a ingresar en la Iglesia, no sólo como pagano converso, sino también como políga­mo arrepentido. Sólo esperaba, como aseguró a Starhurst, a que muriera su esposa más vieja, que estaba muy enferma.

John Starhurst remontó, pues, el perezoso río Rewa en una de las canoas de Ra Vatu, la cual había de transportarle durante dos días, al cabo de los cuales llegaría al lugar donde la corriente dejaba de ser navegable. Desde allí, la embarca­ción regresaría al poblado. A lo lejos y elevándose hacia el cielo, se veían las montañas grisáceas que constituían la es­pina dorsal de «La gran tierra». John Starhurst las contem­pló anhelante durante todo el día.

A veces rezaba solo silenciosamente; otras se le unía en sus plegarias Narau, el maestro nativo que se había conver­tido al Lotu hacía siete años, el día en que el doctor James Ellery Brown le había salvado del horno a cambio de la in­significante suma que representaban cien palos de tabaco, dos mantas de algodón y un frasco de calmante de dolores. En el último momento, y después de veinte horas de súplicas y plegarias solitarias, a los oídos de Narau había llegado la voz que le ordenaba que acompañara a John Stahurst en su misión.

––Amo, iré contigo ––había anunciado.

John Sarhurst le había elogiado con sobria complacencia. Era evidente que el Señor estaba de su parte si impulsaba a acompañarle a un ser de espíritu tan apocado como Narau.

––Carezco indudablemente de valor, soy la más débil de las criaturas del Señor ––explicó Narau el primer día en la canoa.

––Tienes que tener fe, una fe más fuerte ––le reprendió el misionero.

Otra canoa remontó el Rewa aquel mismo día. Pero se­guía a la primera a una hora de distancia y con gran cuida­do de no ser vista. Era también propiedad de Ra Vatu y en ella iba Erirola, primo del rey y su hombre de confianza. En el cestillo que nunca dejaba de la mano, llevaba un dien­te de ballena. Era magnífico, de seis pulgadas de longitud, de hermosas proporciones y de un marfil que el tiempo ha­bía tornado amarillento y púrpura. Era propiedad de Ra Vatú, y en Fiji, cuando un diente así sale a la luz, por lo ge­neral ocurre algo. Porque el diente de ballena tiene una ca­racterística: el que lo acepta no puede negarse a la petición que, o le sigue, o le acompaña. Esa petición puede hacer re­ferencia a cualquier cosa, desde una vida humana a una alianza tribal, y no hay habitante, ni vivo ni muerto, en toda la isla tan insensible al honor que se atreva a negarse a ella una vez que ha aceptado el diente. En ocasiones el cumpli­miento se retrasa, con las correspondientes consecuencias adversas.

En el curso alto del río, en el poblado de un jefe de nom­bre Mongondro, John Starhurst descansó al final de su se­gundo día de viaje. A la mañana siguiente, ayudado por Na­rau, se dispuso a emprender la marcha hacia las montañas grises, que ahora, con la proximidad, se habían vuelto verdes y aterciopeladas. Mongondro era un jefe anciano, ama­ble y de modales apacibles, corto de vista y aquejado de ele­fantiasis. La turbulencia de la guerra había dejado de atraer­le. Recibió al misionero con calurosa hospitalidad, le ofreció alimentos de su propia mesa y hasta se avino a discutir con él de religión. Mongondro era por naturaleza inquisitivo, y complació a John Starhurst en gran manera al pedirle que le explicara el origen y la existencia de todas las cosas. Cuando el misionero hubo acabado de resumirle la Creación de acuerdo con el Génesis, vio que Mongondro había quedado profundamente impresionado. El anciano jefe fumó en si­lencio largo tiempo. Luego, se sacó la pipa de la boca y me­neó tristemente la cabeza.

––No puede ser ––dijo––. Yo mismo, en mi juventud, mane­jaba hábilmente la azuela. Y, sin embargo, me llevaba tres meses hacer una canoa. Una canoa pequeña, muy pequeña. Y tú me dices que toda esta tierra y estas aguas las hizo un solo hombre...

––No. Las hizo un Dios, el único Dios verdadero ––le inte­rrumpió el misionero.

––Es lo mismo ––continuó Mongondro––. Dices que toda la tierra, y el agua, y los árboles, y los peces, y los arbustos, y las montañas, y el sol, y la luna, y las estrellas las hizo en seis días. No. No. Te digo que en mi juventud fui hombre muy hábil y, sin embargo, me llevaba tres meses construir una ca­noa. Esa historia tuya puede asustar a los niños, pero ningún hombre puede creerla.

––Yo soy un hombre ––dijo el misionero.

––Es cierto, tú eres un hombre. Pero a mi limitada inteli­gencia no le es dado conocer lo que tú crees.

––Te repito que creo que el mundo fue creado en seis días. ––Eso es lo que tú dices ––murmuró el viejo caníbal en tono conciliador.

Sólo cuando John Starhurst y Narau se habían acostado, Erirola se arrastró al interior de la morada del jefe y, después de un discurso muy diplomático, le entregó el diente de ba­llena. El anciano lo sostuvo en la mano durante largo tiem­po. Era muy hermoso y deseaba poseerlo, pero adivinó cuál era la petición que le acompañaba.

––No, no. Es un diente muy bonito ––dijo, y al verlo la boca se le hacía agua, pero se lo devolvió a Erirola con repetidas disculpas.

Al amanecer, John Starhurst se hallaba ya en camino por el sendero del bosque calzado con grandes botas de piel, se­guido de su fiel Narau y siguiendo a su vez a un guía desnudo que Mongondro le había prestado para que le condujera hasta el poblado siguiente, al cual llegaron hacia el medio­día. De allí en adelante les precedió otro guía. A una milla de distancia, les seguía trabajosamente Erirola con el diente de ballena en el interior del cesto que pendía de su hombro. Dos jornadas más siguió al misionero, ofreciendo el diente a los jefes de las aldeas por las que pasaban. Pero uno por uno, todos ellos rechazaban el regalo. Seguía tan de cerca al mi­sionero, que adivinaban cuál era la petición y se negaban a participar en el asunto.

Penetraron más y más en la montaña hasta que Erirola tomó un atajo secreto, adelantó al misionero y llegó a la pla­za fuerte del Buli de Gatoka. El Buli no sabía de la inminente llegada de Starhurst y, por otra parte, aquel diente era muy hermoso, un espécimen extraordinario, de la calidad y el co­lorido más apreciados. Fue presentado públicamente. El Buli, sentado en la mejor de sus esteras y rodeado de sus je­fes, con tres servidores a su espalda encargados de espantar­le las moscas, se dignó recibir de manos del heraldo el diente de ballena que le enviaba Ra Vatu y que le hacía llegar por medio de su primo Erirola. Aceptó la ofrenda mientras los presentes batían palmas y los jefes, heraldos y servidores allí reunidos gritaban a coro:

––¡A woi, woi, woi!¡A woi, woi, woi!¡A tabua levu woi woi! ¡A mudua mudua mudua!

––Muy pronto llegará un hombre, un hombre blanco ––co­menzó a decir Erirola, hecha la pausa de rigor––. Es misione­ro y vendrá hoy mismo. Ra Vatu se complace en desear sus botas. Quiere regalárselas a su buen amigo Mongondro y se le ha antojado mandárselas con los pies dentro, porque Mongondro es viejo y sus dientes no son lo que eran. Asegú­rate, ¡oh Buli!, de que los pies van dentro de las botas. En cuanto al resto del cuerpo, puedes quedártelo.

La delicia que le había producido el diente de ballena se esfumó en los ojos del Buli, que miró en torno a sí dudoso. Pero ya había aceptado el presente.

––¡Qué importancia tiene un misionero! ––le apremió Erirola.

––Es verdad, ¡qué importancia tiene un misionero! ––res­pondió el Buli, por su parte liberado ya de sus dudas––. Mon­gondro tendrá las botas. ¡Id tres o cuatro de vosotros, los más jóvenes, y sorprended al misionero en el camino! Ase­guraos de traer también las botas.

––Es demasiado tarde ––dijo Erirola––. Escuchad. Aquí llega.

Abriéndose camino entre la espesura, irrumpió en la es­cena en aquel mismo momento John Starhurst con Narau pisándole los talones. Las famosas botas, que se le habían llenado de agua cuando vadeara el río, arrojaban delgados surtidores con cada paso que daba. Starhurst miró a su alre­dedor con pupilas que despedían rayos. Impulsado por una fe inconmovible, limpio de duda y de temor, se regocijaba con todo lo que veía. Sabía que desde el comienzo de los tiempos era el primer hombre blanco que había pisado el re­ducto de Gatoka.

Las cabañas de hierba se ceñían a la empinada ladera de la montaña o colgaban sobre el impetuoso Rewa. A ambos lados de la aldea se abrían enormes precipicios. Tres horas penetra­ba el sol, como máximo, en aquella estrecha garganta. No se veían ni plátanos ni cocoteros, aunque una densa vegetación tropical invadía hasta el último rincón goteando en verdes guirnaldas desde los bordes mismos del precipicio y estallan­do en color en cada grieta de la roca. Al fondo de la garganta, el Rewa saltaba ochocientos pies. La atmósfera toda de la for­taleza rocosa batía al son del trueno rítmico de la cascada.

John Starhurst vio salir de la cabaña al Buli y a sus segui­dores.

––Te traigo buenas noticias ––fue el saludo del misionero.

––¿Quién te envía? ––le preguntó el Buli reposadamente. ––Dios.

––Nunca se ha oído ese nombre en Viti Levu ––respondió sonriendo el Buli––. ¿Qué islas, poblados o gargantas go­bierna?

––Es el jefe de todas las islas, todos los poblados y todas las gargantas ––respondió Sarhurst solemnemente––. Es Señor de cielos y tierras, y yo he venido a traerte su palabra.

––¿Me envía algún diente de ballena? ––fue la insolente res­puesta.

––No, pero más preciosa que ningún diente de ballena es...

––La costumbre entre jefes es enviar dientes de ballena ––le interrumpió el Buli––. O tu jefe es un tacaño, o tú eres un ne­cio al aventurarte con las manos vacías en la montaña. Ten cuidado, porque otro más generoso ha llegado antes que tú.

Y diciendo estas palabras le mostró el diente que le había entregado Erirola.

Narau gruñó.

––Es el diente de Ra Vatu ––susurró al oído de Starhurst––. Lo conozco bien. Estamos perdidos.

––¡Qué amabilidad la de Ra Vatu! ––respondió el misionero acariciándose su larga barba y ajustándose los lentes––. Ha organizado todo para que seamos bien recibidos.

Pero Narau volvió a gruñir y se apartó de los talones que tan fielmente había seguido hasta entonces.

––Ra Vatu va a convertirse al Lotu ––explicó Starhurst––. Y yo he venido a traértelo a ti.

––No quiero saber nada de tu Lotu ––dijo el Bull orgullosa­mente––. He decidido que mueras hoy mismo a mazazos.

El Buli hizo una seña a uno de sus seguidores, que dio un paso al frente blandiendo una maza. Narau huyó a la cabaña más cercana para esconderse entre las mujeres y las esteras, pero John Starhurst esquivó la maza de un salto y enlazó los brazos en torno al cuello de su verdugo. En esa posición de ventaja comenzó a discutir. Defendía su vida y lo sabía, pero no se sentía ni nervioso ni asustado.

––Harías mal en matarme ––dijo al hombre que le atacara­No te he hecho ningún daño, ni a ti ni al Buli.

Tan bien sujeto tenía al hombre, que nadie se atrevió a gol­pearle con su maza. Él siguió aferrándose a la vida y dispu­tando por ella con los que clamaban por su muerte.

––Soy John Starhurst ––siguió diciendo con calma––. He tra­bajado tres años en Fiji y nunca por beneficio propio. He ve­nido a practicar el bien entre vosotros. ¿Por qué habríais de matarme? Mi muerte no beneficiaría a nadie.

El Buli lanzó una rápida ojeada al diente de ballena. Lo que iba a hacer estaba bien pagado.

El misionero se encontraba rodeado de una masa de sal­vajes desnudos que pugnaban entre sí para atacarle. La can­ción de la muerte, que es la canción del horno, se elevó en el aire y sus protestas dejaron de oírse. Pero tan hábilmente ro­deó con su cuerpo el del hombre que le había atacado, que nadie pudo golpearle. Erirola sonrió y el Buli montó en có­lera.

––¡Apartaos todos! ¡Bonita historia van a oír en la costa! ¡Una docena de hombres contra un misionero desarmado, más débil que una mujer, y resulta que os puede a todos!

––¡Espera un poco, Buli! ––gritó John Starhurst sin cejar en su forcejeo––. ¡Te venceré a ti también! Porque mis armas son la justicia y la verdad y no hay hombre que pueda contra ellas.

––Acércate entonces ––respondió el Buli––, porque voy sólo armado con una miserable maza que, como dices, nada po­drá contra ti.

Los hombres se retiraron y John Starhurst quedó solo frente al Buli, que se apoyaba en una enorme maza de guerra de madera nudosa.

––Acércate, misionero, y vénceme ––le desafió.

––Me acercaré y te venceré ––respondió John Starhurst lim­piándose los lentes, ajustándoselos a la nariz, y dando un paso luego hacia su enemigo.

El Buli levantó la maza y esperó.

––En primer lugar, mi muerte no te beneficiaría en nada ––comenzó a argumentar Starhurst.

––Dejaré que mi maza te responda ––contestó el Buli.

Y a cada argumento daba la misma respuesta, sin dejar por ello de vigilar al misionero para anticiparse a su astuta maniobra de esquivar el arma. Fue entonces cuando por pri­mera vez John Starhurst supo que su muerte estaba cerca. No intentó huir. Con la cabeza descubierta, de pie bajo el sol, rezó en voz alta. Era la suya la misteriosa figura del hombre blanco inevitable que con la Biblia, las balas o la botella de ron se ha enfrentado con el salvaje en todas y cada una de sus plazas fuertes. Y así permaneció John Starhurst en la forta­leza rocosa del Buli de Gatoka.

––Perdónales porque no saben lo que hacen ––oró––. Señor, apiádate de Fiji. Ten compasión de esta isla. Señor nuestro, escúchanos en nombre de Jesucristo, a quien concediste que, por su muerte, todos los hombres pudiéramos ser hijos tu­yos. De Ti venimos y a Ti queremos volver. La tierra es oscu­ra, ¡oh Señor!, la tierra es oscura. Pero Tú puedes salvarnos con tu infinita misericordia. Extiende tu mano, Señor, y sal­va a Fiji, esta pobre isla caníbal.

El Buli se impacientaba.

––Ahora te responderé ––murmuró, blandiendo la maza con ambas manos.

Narau, oculto entre las mujeres y las esteras, oyó el soni­do del golpe y se estremeció. Se elevó en el aire la canción de la muerte. Más tarde supo que el cuerpo de su querido misionero era conducido al horno, cuando oyó estas pala­bras:

––Arrastradme con cuidado, arrastradme con cuidado.

––Porque soy adalid de mi país.

––Dad gracias, dad gracias.

Luego, una sola voz se elevó sobre el alborozo pregun­tando:

––¿Dónde está el valiente?

Cien voces gritaron la respuesta:

––Lo arrastramos al horno para asarlo.

––¿Dónde está el cobarde? ––preguntó la voz.

––Ha ido a llevar la noticia ––respondieron las cien voces­.–– Ha ido a llevar la noticia. Ha ido a llevar la noticia.

Narau gimió con el espíritu angustiado. Lo que decía aquella vieja canción era cierto. Él era el cobarde y ya nada podía hacer sino correr a llevar la noticia.

El chinago

El coral medra, la palma crece, pero el

hombre muere.

(Proverbio tahitiano)

Ah Cho no entendía el francés. Sentado en la sala aba­rrotada de gente, cansado y aburrido, escuchaba aquella len­gua incesante y explosiva que articulaban un oficial tras otro. Un inagotable parloteo y nada más era a oídos de Ah Cho, quien se maravillaba ante la estupidez de aquellos fran­ceses que tanto tiempo empleaban en investigar quién era el asesino de Chung Ga y ni aún así podían descubrirlo. Los quinientos coolies de la plantación sabían que Ah San era el autor de crimen, y los franceses ni siquiera le habían deteni­do. Cierto que todos los coolies habían pactado secretamen­te no prestar testimonio los unos contra los otros, pero el caso era tan sencillo que no entendían cómo los franceses no habían descubierto que Ah San era el hombre que buscaban. Muy estúpidos tenían que ser.

Ah Cho no tenía nada que temer. No había participado en el crimen. Verdad era que lo había presenciado y que Schem­mer, el capataz de la plantación, había irrumpido en el inte­rior del barracón poco después de ocurrir el suceso, sor­prendiéndole allí junto con otros cuatro o cinco coolies, pero, ¿qué importaba eso? Chung Ga había muerto de dos heridas de arma blanca. Estaba claro que cinco o seis hombres no podían infligir dos puñaladas. Aun en el caso de que cada una se debiera a distinta mano, sólo dos podían ser los asesinos.

Tal había sido el razonamiento de Ah Cho cuando, jun­to con sus cuatro compañeros; había mentido, trabucado y confundido al tribunal con su declaración respecto a lo ocu­rrido. Habían oído ruidos y, como Schemmer, habían corri­do al lugar de donde procedían. Habían llegado antes que el capataz, eso era todo. Era cierto también que Schemmer ha­bía declarado que, si bien había oído ruidos de pelea al pasar por las cercanías del lugar del suceso, había tardado al me­nos cinco minutos en entrar al barracón. Que había hallado en el interior a los prisioneros y que éstos no habían podido entrar inmediatamente antes porque él los habría visto, dado que se hallaba junto a la única puerta de la construc­ción. Pero, aun así, ¿qué? Ah Cho y sus cuatro compañeros de prisión habían afirmado que Schemmer se equivocaba. Al final les dejarían en libertad. Estaban seguros de ello. No podían decapitar a cinco hombres por sólo dos puñaladas. Además, ningún demonio extranjero había presenciado el crimen. Pero eran tan estúpidos aquellos franceses... En China, como Ah Cho sabía muy bien, el juez ordenaría que los torturaran a todos y averiguarían quién era el culpable. Era fácil descubrir la verdad por medio de la tortura. Pero los franceses nunca torturaban. ¡Dónde se había visto mayor estupidez! Por eso nunca sabrían quién había matado a Chung Ga.

Pero Ah Cho no lo entendía todo. La compañía inglesa dueña de la plantación había llevado a Tahití a quinientos coolies pagando por ello un alto precio. Los accionistas exi­gían dividendos y la compañía aún no había pagado el pri­mero. De ahí que no quisiera que aquellos trabajadores que tan caros le habían salido, se dieran a la práctica de matarse entre ellos. Por otro lado estaban los franceses, ansiosos de imponer a los chinagos las virtudes y excelencias de la ley francesa. Nada mejor que un buen escarmiento de vez en cuando, y, además, ¿qué utilidad podía tener Nueva Caledo­nia si no era la de poder mandar allí a los condenados para que pasaran sus días hundidos en la miseria y en el dolor en castigo por ser frágiles y humanos?

Ah Cho todo eso no lo entendía. Sentado en la sala, espe­raba la decisión del juez que les dejaría libres a él y a sus compañeros para volver a la plantación y cumplir las condi­ciones del contrato. Pronto se pronunciaría sentencia. El proceso estaba llegando a su fin. No más testigos, no más verborrea ininteligible. Los demonios franceses también es­taban cansados y, evidentemente, esperaban la sentencia. Y Ah Cho, mientras aguardaba, retrocedió con la memoria hasta el momento en que había firmado el contrato y se ha­bía embarcado para Tahití. Corrían malos tiempos en su al­dea marítima y el día en que se enroló comprometiéndose a trabajar durante cinco años en los Mares del Sur a cambio de un jornal de cincuenta centavos mejicanos, se consideró afortunado. Había hombres en su pueblo que trabajaban un año entero para ganar diez dólares, y mujeres que hacían redes día tras día por cinco dólares anuales, y criadas en ca­sas de comerciantes que recibían cuatro dólares por sus ser­vicios. Y a él iban a darle cincuenta centavos diarios. Sólo por un día de trabajo iban a pagarle esa fortuna. ¿Qué im­portaba si la tarea era dura? A los cinco años volvería a su casa ––así lo decía el contrato–– y ya nunca tendría que volver a trabajar. Sería rico hasta el fin de su vida. Tendría una casa propia, una esposa, e hijos que crecerían y le respetarían. Sí. Y a espaldas de la casa tendría un jardín, un lugar de medi­tación y de reposo con un lago pequeño lleno de peces de co­lores y campanitas colgadas de los árboles que tintinearían con el viento y una tapia muy alta todo alrededor para que nadie interrumpiera ni su meditación ni su reposo.

Habían pasado tres de los cinco años que se había com­prometido a trabajar. Con lo que había ganado podía considerarse un hombre rico en su país. Sólo dos años más sepa­raban aquella plantación de algodón en Tahití de la medita­ción y el reposo que le esperaban. Pero en ese preciso mo­mento estaba perdiendo dinero, y todo por la desgraciada casualidad de haber presenciado el asesinato de Chung Ga. Por cada día de las tres semanas pasadas en la cárcel, había perdido cincuenta centavos. Pero ya pronto el juez pronun­ciaría sentencia y podría volver a trabajar.

Ah Cho tenía veintidós años. Era por naturaleza alegre, bien dispuesto y propenso a sonreír. Mientras que su cuerpo tenía la delgadez propia de los asiáticos, su rostro era rotun­do, redondo como la luna, e irradiaba una especie de com­placencia suave, una dulce disposición de ánimo poco co­mún entre sus compatriotas. Y su conducta no contradecía su apariencia. Jamás provocaba un conflicto ni participaba en pendencias. No jugaba. Carecía del espíritu fuerte del ju­gador. Se contentaba con las cosas pequeñas, con los place­res más nimios. La tranquilidad y el silencio del crepúsculo que seguían al trabajo en los campos de algodón bajo un sol ardiente, representaban para él una inmensa satisfacción. Podía permanecer sentado durante horas y horas contem­plando una flor solitaria y filosofando acerca de los miste­rios y los enigmas que supone la existencia. Una garza azul posada sobre la arena de la playa, el relámpago plateado de un pez volador, o una puesta de sol rosa y nacarada al otro lado de la laguna, bastaban para hacerle olvidar la procesión de días fatigosos y el pesado látigo de Schemmer.

Schemmer, Karl Schemmer, era una bestia, una bestia embrutecida. Pero se ganaba el sueldo que le daban. Sabía extraer hasta la última partícula de energía de aquellos qui­nientos esclavos, porque esclavos eran y serían hasta el final de sus cinco años de contrato. Schemmer trabajaba a con­ciencia para extraer la fuerza de aquellos quinientos cuerpos sudorosos y transformarla en balas de mullido algodón, lis­tas para la exportación. Su bestialidad dominante, férrea, primigenia era lo que le permitía llevar a cabo esa transfor­mación. Le ayudaba en su tarea un grueso látigo de cuero de tres pulgadas de anchura y una yarda de longitud, látigo que llevaba siempre consigo y que, en ocasiones, caía sobre la espalda desnuda de un coolie agazapado con un estampido seco, como un disparo de pistola. Aquel sonido era frecuente cuando Schemmer recorría a caballo los campos arados.

Una vez, al principio del primer año de contrato, había matado a un coolie de un solo puñetazo. No le había aplasta­do exactamente la cabeza como si de una cáscara de huevo se tratara, pero el golpe había bastado para pudrir lo que aquel cráneo tenía dentro y al cabo de una semana el hombre ha­bía muerto. Pero los chinos no se habían quejado a los demonios franceses que gobernaban Tahití. Aquello era asunto suyo. Schemmer era un problema que sólo a ellos concernía. Tenían que evitar sus iras como evitaban el ve­neno de los centípedos que acechaban entre la hierba o rep­taban en las noches lluviosas al interior de los barracones donde dormían. Y así los chinagos, como les llamaban los nativos cobrizos e indolentes de la isla, tenían buen cuidado de no disgustar a Schemmer, lo cual significaba rendir al máximo con un trabajo eficiente. Aquel puñetazo había re­presentado para la compañía una ganancia de miles de dóla­res y, en consecuencia, a Schemmer no le había ocurrido nada.

Los franceses, carentes de instinto de colonización, inefi­cientes en su juego infantil de explotar las riquezas de la isla, estaban encantados de ver triunfar a la compañía inglesa. ¿Qué les importaba Schemmer y su famoso puño? ¿Qué ha­bía muerto un chinago? Bueno, ¿qué más daba? Además había fallecido de insolación. Así lo decía el certificado mé­dico. Era cierto que en toda la historia de Tahití nadie había perecido jamás de insolación, pero eso precisamente era lo que hacía única su muerte. Asimismo lo decía el médico en su certificado. Era un ingenuo. Pero había que pagar dividendos. De otro modo tendrían que añadir un fallo más a la larga lista de fracasos en Tahití.

No había forma de entender a aquellos demonios blancos. Ah Cho ponderaba su inescrutabilidad mientras permanecía sentado en la sala esperando la sentencia. Era imposible sa­ber qué pensaban. Había conocido a unos cuantos. Eran to­dos iguales, los oficiales y los marineros del barco, los france­ses y los pocos blancos de la plantación, incluido Schemmer. Sus mentes funcionaban de una forma misteriosa que era imposible descifrar. Se enfurecían sin causa aparente y su ira era siempre peligrosa. En esas ocasiones eran como animales salvajes. Se preocupaban por las cosas más nimias y, en oca­siones, podían trabajar más que los chinagos. No eran come­didos como éstos. Eran auténticos glotones que comían pro­digiosamente y bebían más prodigiosamente todavía. Los chinagos nunca sabían cuándo sus acciones iban a agradarles o a levantar una auténtica tormenta de cólera. Era imposible predecirlo. Lo que una vez les complacía, a la siguiente pro­vocaba en ellos un acceso de ira. Tras los ojos de los demo­nios blancos se cernía una cortina que ocultaba sus mentes a la mirada del chinago. Y para colmo estaba su terrible efi­ciencia, esa habilidad suya para hacerlo todo, para conseguir que las cosas funcionaran, para lograr resultados, para so­meter a su voluntad todo lo que reptaba y se arrastraba y has­ta a los mismos elementos. Sí, los hombres blancos eran ex­traños y maravillosos. Eran demonios. No había más que ver a Schemmer.

Ah Cho se preguntaba por qué tardarían tanto en pro­nunciar sentencia. Ninguno de los acusados había tocado si­quiera a Chung Ga. Le había matado Ah San. Él solo lo había hecho, obligándole a bajar la cabeza tirándole de la coleta con una mano y clavándole el cuchillo por la espalda con la otra. Dos veces se lo había clavado. Allí mismo, en la sala y con los ojos cerrados, Ah Cho revivió de nuevo el crimen, vio de nuevo la lucha, oyó las viles palabras que se habían cruzado, los insultos arrojados sobre antepasados venera­bles, las maldiciones lanzadas sobre generaciones por nacer, recordó el arrebato de Ah San, que había cogido a Chung Ga por la coleta, el cuchillo hundido por dos veces en la car­ne, la puerta abriéndose de pronto, la irrupción de Schem­mer, la huida hacia la salida, la fuga de Ah San, el látigo vo­lador del capataz obligando a los demás a apiñarse en un rincón y el disparo del revólver, señal con que había pedido ayuda. Ah Cho se estremeció al recordar la escena. Un lati­gazo le había magullado la mejilla arrancándole parte de la piel. Schemmer había señalado esos cardenales cuando, des­de la tribuna de los testigos, había identificado a Ah Cho. Ahora las marcas ya no eran visibles. Pero había sido todo un latigazo. Media pulgada más hacia el centro de la cara y le habría sacado un ojo. Después, Ah Cho olvidó todo lo ocu­rrido al imaginar el jardín de reposo y meditación que sería suyo cuando volviera a su país.

Escuchó con rostro impasible la sentencia del magistrado. Igualmente impasibles estaban los de sus cuatro compane­ros. E impasibles siguieron cuando el intérprete les explicó que los cinco eran culpables de la muerte de Chung Ga, que Ah Chow sería decapitado, que Ah Cho pasaría veinte años en la prisión de Nueva Caledonia, Wong Li doce, y Ah Tong diez. Era inútil alterarse por ello. Hasta Ah Chow escuchó imperturbable, como una momia, aunque era a él a quien iban a cortar la cabeza. El magistrado añadió unas palabras y el intérprete explicó entonces que el hecho de que el rostro de Ah Chow fuera el que más hubiera sufrido los efectos del látigo de Schemmer hacía la identificación tan segura que, puesto que uno de los hombres había de morir, justo era que él fuese el elegido. El que la cara de Ah Cho hubiera sido también severamente magullada, probando así de forma terminante su presencia en el lugar del crimen y su induda­ble participación en éste, le había merecido los veinte años de prisión en el penal. Así fue explicando las sentencias una por una, hasta llegar a los diez años de reclusión de Ah Tong. Que aprendieran los chinos la lección, dijo después el juez, porque la ley habría de cumplirse en Tahití aunque se hun­diera el mundo.

Volvieron a conducir a la cárcel a los cinco chínagos. No es­taban ni sorprendidos ni apenados. Lo inusitado de la sen­tencia no les asombraba después de tratar a los demonios blancos. No esperaban de ellos sino lo inesperado. Aquel terrible castigo por un crimen que no habían cometido no era más de extrañar que la infinidad de cosas raras que ha­cían continuamente. Durante las semanas siguientes, Ah Cho contempló a menudo a Ah Chow con leve curiosidad. Iban a decapitarle con la guillotina que estaban alzando en la plantación. Ya no habría para él años de reposo ni jardines de tranquilidad. Ah Cho filosofaba y especulaba sobre la vida y la muerte. Su destino no le preocupaba. Veinte años eran sólo veinte años. Tantos más que le separaban de su jardín, eso era todo. Era joven y llevaba en sus huesos la paciencia de Asia. Podía esperar. Cuando esos veinte años hubieran transcurri­do, los ardores de su sangre se habrían aplacado y estaría me­jor preparado para aquel jardín suyo de calma y de delicias. Se le ocurrió un nombre para bautizarlo. Lo llamaría «El jar­dín de la calma matinal». Aquel pensamiento le alegró todo el día y le inspiró de tal modo que hasta inventó una máxima moral sobre la virtud de la paciencia, máxima que propor­cionó un gran consuelo a sus compañeros, especialmente a Wong Li y a Ah Tong. A Ah Chow, sin embargo, no le impor­tó mucho la máxima. Iban a cortarle la cabeza dentro de muy poco tiempo y no necesitaba paciencia para esperar el acon­tecimiento. Fumaba bien, comía bien, dormía bien y no le preocupaba el lento transcurrir del tiempo.

Cruchot era gendarme. Había trabajado durante veinte años recorriendo las colonias, desde Nigeria y Senegal hasta los Mares del Sur, veinte años que no habían logrado agudi­zar de forma perceptible su mente roma. Seguía siendo tan torpe y tan lerdo como en sus días de campesino en el sur de Francia. Estaba imbuido de disciplina y de temor a la autori­dad, y entre Dios y su sargento la única diferencia que existía para él era la medida de obediencia servil que debía otorgar­les. De hecho, el sargento contaba en su cabeza más que Dios, a excepción de los domingos, cuando los portavoces de este último elevaban su voz. Dios, por lo general, le resultaba un ser remoto, mientras que el sargento solía estar muy a mano.

Cruchot fue quien recibió la orden del presidente del tri­bunal en la cual se indicaba al carcelero que entregara al gen­darme la persona de Ah Chow. Pero ocurrió que el presiden­te del tribunal había ofrecido un banquete la noche anterior al capitán y a la oficialidad de un buque de guerra francés. Su mano temblaba al escribir la orden y, por otra parte, los ojos le escocían tanto que no se molestó en leerla. Al fin y al cabo se trataba solamente de la vida de un chinago. Por eso no se dio cuenta dé que al escribir el nombre de Ah Chow había omitido la última letra. Así, pues, la orden decía Ah Cho, y cuando Cruchot presentó el documento al carcelero, éste le entregó a la persona que correspondía a ese nombre. Cru­chot instaló a esa persona a su lado, en el pescante de la ca­rreta, detrás de las dos mulas, y se la llevó.

Ah Cho se alegró de ver la luz del sol. Sentado al lado del gendarme, resplandecía de felicidad. Y resplandeció aún más cuando vio que las mulas se dirigían al sur, hacia Atima­ono. Era indudable que Schemmer había pedido que le de­volvieran a la plantación. Quería que trabajara. Pues muy bien, trabajaría. Schemmer no tendría el menor motivo de queja. Era un día caluroso. Los vientos habían amainado. Las mulas sudaban, Cruchot sudaba y Ah Cho sudaba. Pero era este último quien mejor soportaba el calor. Tres años ha­bía trabajado en la plantación bajo aquel sol. De tal modo resplandecía y tan alegre era su expresión, que hasta la torpe mente de Cruchot se asombró.

––Eres muy raro ––le dijo al fin.

Ah Cho afirmó con la cabeza y resplandeció aún más. A diferencia del magistrado, Cruchot le hablaba en la lengua de los canacas, que Ah Cho conocía, al igual que todos los chinagos y todos los demonios extranjeros.

––Ríes demasiado ––le reprendió Cruchot––. Deberías tener el corazón lleno de lágrimas en un día como hoy.

––Me alegro de haber salido de la cárcel.

––¿Eso es todo? ––dijo el gendarme, encogiéndose de hom­bros.

––¿No es bastante? ––preguntó él.

––Entonces, ¿no te alegras de que vayan a cortarte la cabeza?

Ah Cho le miró con súbita perplejidad y le dijo:

––Vuelvo a Atimaono, a trabajar para Schemmer en la plantación. ¿No es allí adonde me llevas?

Cruchot se acarició, pensativo, los largos bigotes.

––¡Vaya, vaya, vaya! ––dijo finalmente, propinando a la mula un suave latigazo––. Así que no lo sabes...

––¿Qué no sé? ––Ah Cho comenzaba a experimentar una vaga sensación de alarma––. ¿Es que Schemmer no va a dejar­me trabajar más para él?

––A partir de hoy, no ––dijo Cruchot con una carcajada. La cosa tenía gracia––. De hoy en adelante ya no podrás trabajar. Un hombre decapitado no puede hacer nada, ¿no?

Le dio un codazo al chinago en las costillas y volvió a reír.

Ah Cho guardó silencio mientras las mulas trotaban a lo largo de una milla calurosa. Luego habló:

––¿Va a cortarme la cabeza Schemmer?

Cruchot sonrió, afirmando con la cabeza.

––Ha habido un error ––dijo Ah Cho gravemente––. Yo no soy el chinago a quien han de decapitar. Yo soy Ah Cho. El honorable juez ha decretado que pase veinte años en Nueva Caledonia.

El gendarme se echó a reír. Tenía gracia aquel chinago tan raro que trataba de engañar a la guillotina. Las mulas cru­zaron al trote un grupo de cocoteros y recorrieron media milla junto al mar resplandeciente antes de que Ah Cho ha­blara de nuevo.

––Te digo que no soy Ah Chow. El honorable juez no dijo que hubieran de cortarme la cabeza.

––No tengas miedo ––dijo Cruchot, guiado de la filantrópi­ca intención de hacerle el trance más fácil al prisionero––. No es una muerte dolorosa. ––Chascó los dedos––. Visto y no vis­to. Así. No es como cuando te ahorcan y te quedas colgando de la soga, pataleando y haciendo visajes durante cinco mi­nutos enteros. Es más bien como cuando matan a un pollo con un hacha. Le cortan la cabeza de un tajo y asunto termi­nado. Pues lo mismo con los hombres. ¡Zas!, y se acabó. No te dará tiempo ni a pensar si duele. No se piensa nada. Te de­jan sin cabeza, o sea, que no puedes pensar. Es una buena forma de morir. Así me gustaría morirme a mí, rápido, rápi­do. Has tenido suerte. Podías haber cogido la lepra y desmo­ronarte poco a poco, primero un dedo, luego otro, después un pulgar y, finalmente, los dedos de los pies. Conocía a un hombre que se abrasó con agua hirviendo. Dos días tardó en morir. Se le oía gritar a un kilómetro a la redonda. Pero ¿tú? Muerte más fácil... ¡Zas! La cuchilla te corta el cuello y se acabó. Hasta puede que te haga cosquillas. ¡Quién sabe! Na­die que haya muerto de ese modo ha vuelto al mundo para contarlo.

Esta última frase le pareció muy graciosa y durante medio minuto se estremeció de risa. Parte de su alborozo era fingi­do, pero consideraba un deber humanitario animar al chi­nago.

––Pero te digo que yo soy Ah Cho ––insistió el otro––. No quiero que me corten la cabeza.

Cruchot frunció el ceño. El chinago llevaba la cosa dema­siado lejos.

––No soy Ah Chow.. ––comenzó a decir Ah Cho.

––¡Basta! ––le interrumpió el gendarme. Hinchó los carri­llos y trató de adoptar un aire fiero.

––Te digo que no soy... ––empezó de nuevo Ah Cho.

––¡Calla! ––bramó Cruchot.

Avanzaron un rato en silencio. Entre Papeete y Atimaono había veinte millas de distancia, y habían cubierto ya más de la mitad del recorrido cuando el chinago se atrevió a volver a hablar.

––Tú estabas en la sala cuando el honorable juez investiga­ba si habíamos cometido algún delito ––comenzó––. ¿Te acuer­das de Ah Chow, el hombre a quien van a cortar la cabeza? ¿Recuerdas que Ah Chow era alto? Pues mírame a mí.

Se puso en pie de pronto y Cruchot comprobó que era de baja estatura. Y en ese mismo instante asomó por un mo­mento a la memoria del gendarme la imagen de Ah Chow y era ésta la imagen de un hombre alto. A Cruchot todos los chinagos le parecían iguales. La cara de uno le resultaba exacta a la de cualquier otro. Pero en cuestión de estaturas sí sabía diferenciar e inmediatamente cayó en la cuenta de que el que llevaba en el pescante no era el condenado. Tiró de las riendas de pronto, deteniendo a las mulas.

––¿Lo ve? Ha sido un error ––dijo Ah Cho con una amable sonrisa.

Pero Cruchot estaba cavilando. Incluso sentía ya haber parado la carreta. Ignoraba que el presidente del tribunal se había equivocado y, por tanto, no se explicaba cómo había ocurrido aquello. Pero sí sabía que le habían entregado al chinago para que le llevara a Atimaono y que su deber era conducirle allí. ¿Qué importaba si le cortaban la cabeza sin ser el condenado? Al fin y al cabo era sólo un chinago. Y ¿qué importaba un chinago más o menos? Además, quizá no fue­ra un error. Desconocía lo que pasaba en el interior de las ca­bezas de sus superiores. Pero ellos sabían lo que hacían. ¿Quién era él para enmendarles la plana? Una vez, hacía mu­cho tiempo, había tratado de pensar por sus oficiales y el sar­gento le había dicho: «Cruchot, ¿es que se ha vuelto usted loco? Cuanto antes lo aprenda, mejor para usted. No está aquí para pensar. Está para obedecer y dejar que piensen los que saben hacerlo mejor que usted». Sintió un aguijón de irritación al recordar aquello. Además, si regresaba a Pape­ete retrasaría la ejecución de Atiamono, y si luego resultaba que había vuelto sin motivo, le reprendería el sargento que esperaba en la plantación al prisionero. Para colmo, le re­prenderían también en Papeete.

Tocó a las mulas con el látigo y éstas siguieron adelante. Consultó su reloj. Llevaban media hora de retraso y el sar­gento debía de estar furioso. Obligó a los animales a trotar más de prisa. Cuanto más insistía Ah Cho en explicarle el error, más testarudo se mostraba Cruchot. La seguridad de que aquél no era el condenado no mejoró su humor. Por otra parte, el conocimiento de que no era él quien había cometi­do el error le afirmaba en la creencia de que lo que hacía es­taba bien. En cualquier caso, antes que incurrir en las iras del sargento habría llevado a la muerte a una docena de chi­nagos inocentes.

En cuanto a Ah Cho, cuando el gendarme le pegó en la ca­beza con la empuñadura del látigo y le ordenó en voz baja que callara, no tuvo más remedio que obedecerle. Continua­ron en silencio el largo recorrido. Ah Cho meditó sobre el extraño modo de proceder de aquellos demonios extranje­ros. No había forma de explicarse sus acciones. Lo que esta­ban haciendo con él respondía a su conducta habitual. Pri­mero, declaraban culpables a cinco hombres inocentes y, a renglón seguido, cortaban la cabeza a uno que, aun ellos, en su oscura ignorancia, juzgaban merecedor de sólo veinte años de cárcel. Y él, Ah Cho, no podía hacer nada. No podía hacer más que permanecer sentado ocioso y tomar lo que le daban los amos de la vida. Una vez se dejó dominar por el pánico y se le heló el sudor que cubría su cuerpo, pero pron­to logró liberarse del miedo. Se propuso resignarse a su des­tino recordando y repitiendo determinados pasajes del Yin Chih Wen (Tratado de la Serenidad), pero una y otra vez le asaltaba a la mente la imagen del jardín de meditación y de reposo. La visión le torturó hasta que se abandonó al sueño y se vio sentado en su jardín escuchando el tintineo de las campanillas que pendían de los árboles. Y hete aquí que así sentado, en medio de su sueño, logró al fin recordar y repetir varios pasajes del Tratado de la Serenidad.

Así transcurrió el tiempo amablemente hasta que llegaron a Atimaono y las mulas trotaron hasta el pie mismo del patí­bulo a cuya sombra esperaba impaciente el sargento. Subieron a Ah Cho a toda prisa por los escalones que conducían a lo alto de la plataforma. A sus pies, a un lado, vio reunidos a todos los coolies de la plantación. Schemmer había decidido que la eje­cución debía constituir un escarmiento y, en consecuencia, había hecho venir a los coolies de los campos, obligándoles a presenciarla. Cuando vieron a Ah Cho comenzaron a mur­murar. Se dieron cuenta de que se había cometido un error, pero sólo lo comentaron entre ellos. Indudablemente, aque­llos inexplicables demonios blancos habían cambiado de pa­recer. En vez de quitarle la vida a un inocente, se la quitaban a otro. Ah Chow o Ah Cho, ¿qué más daba uno que otro? Enten­dían a los perros blancos tan poco como los perros blancos les entendían a ellos. Ah Cho iba a morir en la guillotina, pero ellos, sus compañeros, cuando transcurrieran los dos años de trabajo que les quedaban por cumplir, volverían a China.

Schemmer había construido la guillotina con sus propias manos. Era un hombre muy mañoso, y aunque nunca había visto instrumento semejante, los franceses le habían explica­do el principio en que se basaba. Fue él quien aconsejó que la ejecución se celebrara en Atimaono y no en Papeete. El cas­tigo debía efectuarse en el lugar donde había tenido lugar el crimen, afirmaba, y, por otra parte, el hecho de presenciar la ejecución tendría una influencia muy beneficiosa sobre el medio millar de chinagos de la plantación. Él mismo se ha­bía prestado para actuar como verdugo, y en calidad de tal se hallaba ahora sobre el patíbulo experimentando con el ins­trumento que se había ingeniado. Un tronco de guineo del grosor y la consistencia de un cuello humano, se hallaba bajo la guillotina. Ah Cho lo miraba con ojos fascinados. El ale­mán hizo girar una manivela, levantó la cuchilla hasta lo alto del castillete que había construido, tiró bruscamente de una gruesa cuerda y el acero bajó como un rayo cortando limpia­mente el tronco del árbol.

––¿Qué tal funciona?

Era el sargento, que en aquel momento aparecía en lo alto del patíbulo, quien había formulado la pregunta.

––De mil maravillas ––fue la respuesta exultante de Schem­mer––. Déjeme que le enseñe.

Volvió a hacer girar la manivela, tiró de la cuerda y de nuevo cayó la cuchilla. Pero esta vez no cortó más que dos terceras partes del tronco.

El sargento frunció el ceño.

––No va a servir ––dijo. Schemmer se enjugó el sudor que perlaba su frente.

––Necesita más peso ––anunció.

Se acercó al borde del patíbulo y ordenó al herrero que le trajera un pedazo de hierro de veinticinco libras. Mientras se agachaba para atarlo al extremo de la cuchilla, Ah Cho miró al sargento y vio la oportunidad que esperaba.

––El honorable juez dijo que decapitaran a Ah Chow ––co­menzó.

El sargento afirmó con impaciencia. Pensaba en el cami­no de quince millas que debía recorrer aquella tarde para lle­gar a la costa barlovento de la isla, y pensaba en Berthe, una linda mulata hija de Lafière, el comerciante en perlas, que le esperaba al final de aquel recorrido.

––Yo no soy Ah Chow. Soy Ah Cho. El honorable carcelero se ha equivocado. Ah Chow es un hombre alto, y yo, como ve, soy bajo.

El sargento le miró y se dio cuenta del error.

––Schemmer ––dijo imperiosamente––. Venga aquí.

El alemán gruñó, pero siguió inclinado sobre su trabajo hasta que el pedazo de hierro quedó atado tal y como él de­seaba.

––¿Está listo el chinago? ––preguntó.

––Mírele ––fue la respuesta––. ¿Es éste?

Schemmer se sorprendió. Durante unos segundos profi­rió limpiamente unos cuantos juramentos. Luego miró con tristeza al instrumento que había fabricado con sus propias manos y que estaba ansioso de ver funcionar.

––Oiga ––dijo finalmente––, no podemos retrasar la ejecu­ción. Ya hemos perdido tres horas de trabajo de quinientos chinagos. No podemos perder otras tantas cuando traigan al condenado. Celebremos la ejecución como habíamos pla­neado. Al fin y al cabo, se trata solamente de un chinago.

El sargento recordó el largo camino que le esperaba, re­cordó a la hija del comerciante en perlas, y debatió consigo mismo en su interior.

––Si lo descubren, le echarán la culpa a Cruchot ––le apre­mió el alemán––. Pero hay pocas probabilidades de que lle­guen a averiguarlo. Puede estar seguro de que Ah Chow no va a decir nada.

––Tampoco echarán la culpa a Cruchot ––dijo el sargento––. Debe de ser un error del carcelero.

––Entonces, prosigamos. A nosotros no pueden culpar­nos. ¿Quién es capaz de distinguir a un chinago de otro? Po­demos decir que nos limitamos a cumplir la orden con el que nos entregaron. Además, insisto en que no puedo volver a interrumpir el trabajo de estos coolies.

Hablaban en francés, por lo que Ah Cho no pudo enten­der una sola palabra de lo que decían, pero sí se dio cuenta de que estaban decidiendo su destino. Supo también que era al sargento a quien correspondía decir la última palabra y, en consecuencia, no perdía de vista los labios del oficial.

––Está bien ––anunció el sargento––. Adelante con la ejecu­ción. Después de todo no es más que un chinago.

––Voy a probarla una vez más. Sólo para asegurarme. Schemmer movió el tronco de guineo hacia delante hasta colocarlo bajo la cuchilla que había subido a lo más alto del castillete.

Ah Cho trató de recordar alguna máxima del Tratado de la Serenidad. «Vive en paz y concordia con tus semejantes», fue la que acudió a su memoria, pero no venía al caso. Él no iba a vivir. Iba a morir. No, esa máxima no le servía. «Perdo­na la malicia.» Ésa ya estaba mejor, pero ahí no había mali­cia que perdonar. Schemmer y sus compañeros obraban de buena fe. Para ellos la ejecución era un trámite que tenían que cumplir, una tarea más, igual que talar la jungla, cons­truir una acequia o plantar algodón. Schemmer soltó la cuerda y Ah Cho olvidó el Tratado de la Serenidad. La cuchi­lla cayó con un ruido seco cortando el tronco en dos de un solo tajo.

––¡Perfecto! ––exclamó el sargento interrumpiendo el pro­ceso de encender un cigarrillo––. Perfecto, amigo mío.

A Schemmer le gustó el elogio.

––Vamos, Ah Chow––dijo en lengua tahitiana.

––Yo no soy Ah Chow.. ––comenzó a decir Ah Cho.

––¡Silencio! ––fue la respuesta––. Si vuelves a abrir la boca, te rompo la cabeza.

El capataz le amenazó con un puño cerrado y Ah Cho guardó silencio. ¿De qué servía protestar? Los demonios ex­tranjeros siempre se salían con la suya. Dejó que le ataran a la tabla vertical que tenía la longitud de su cuerpo. Schem­mer tensó tanto las cuerdas que éstas se hundieron en su car­ne lastimándole, pero no se quejó. El dolor no duraría. Sin­tió que la tabla se movía hasta quedar en posición horizontal y cerró los ojos. Y en aquel momento vio fugazmente y por última vez su jardín de meditación y de reposo. Le pareció estar sentado en medio de él. Corría una brisa fresca y las campanitas que colgaban de los árboles tintineaban leve­mente. Los pájaros piaban somnolientos, y desde el otro lado de la tapia llegaban hasta sus oídos, amortiguados, los sonidos del pueblo.

Tuvo conciencia de que la tabla se había detenido y, de las tensiones y presiones a que estaban sometidos sus múscu­los, dedujo que yacía sobre la espalda. Abrió los ojos. Justo encima de su cabeza, la cuchilla brillaba a la luz del sol sus­pendida en el aire. Vio el peso que había añadido Schemmer y reparó en que uno de los nudos se había deshecho. Luego oyó la voz aguda del sargento que daba la orden. Ah Cho ce­rró los ojos apresuradamente. No quería ver descender la cuchilla. Pero sí la sintió. La sintió durante un vasto instante fugaz, un instante en que recordó a Cruchot y recordó lo que éste le había dicho. Pero el gendarme se había equivocado. La cuchilla no hacía cosquillas. Eso fue lo último que supo antes de dejar de saber nada.


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