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viernes, 13 de noviembre de 2009

EL IMPERIO ROMANO

Historia universal de Asimov
Isaac Asimov:
El Imperio Romano
1. Augusto
Introducción
En mi libro La República Romana[1] , relaté el surgimiento de Roma, que comenzó como una pequeña aldea a orillas del río Tíber, en Italia.
Había sido fundada, según la leyenda, en 753 a. C.; esto es, 753 años «antes de Cristo», o antes de la fecha tradicional del nacimiento de Jesús[2].
Durante siglos, los romanos lucharon para crear un gobierno eficiente. Se libraron de sus reyes y crearon una república. Elaboraron un sistema de leyes y reforzaron su dominación sobre las regiones circundantes.
Sufrieron algunas derrotas y en un momento la ciudad fue casi destruida por invasores bárbaros. Los romanos resistieron, sin embargo, y en la época en que su ciudad tenía cinco siglos de antigüedad lograron la dominación de toda Italia, Roma empezó, entonces, a emprender guerras contra las otras grandes naciones del mundo mediterráneo. Una vez más, estuvo cerca de la derrota, pero, una vez más, resistió hasta la victoria final. Por la época en que la ciudad tenía ya seis siglos, era la mayor potencia de todo el Mediterráneo.
La prosperidad y el poder acarrearon problemas, y Roma comenzó a sufrir por las insurrecciones de esclavos, las revueltas de aliados y, sobre todo, por las guerras desencadenadas por generales rivales.
Por un momento, pareció que llegaría la paz cuando el más grande de los generales romanos, Julio César, reunió todo el poder en sus manos. Pero en 44 a. C. (709 A. U. C.), César fue asesinado y comenzaron nuevamente las guerras civiles.
Esta vez, duraron poco tiempo. El sobrino nieto de Julio César, Octavio, se apoderó a su vez del poder y derrotó a todos sus rivales. En 29 a. C. (724 A. U. C.), finalmente llegó la paz. Terminaron las guerras de siete siglos, tanto las grandes guerras de conquista como las terribles y desgarradoras guerras civiles.
La guerra continuó en regiones fronterizas y lugares distantes, pero las tierras civilizadas que rodeaban el Mediterráneo se entregaron, gozosamente, a las alegrías de la paz. Fue en este punto donde llegó a su fin mi libro La República Romana, y es en él donde, en este libro, retomo el relato.

El principado
Conquistada la paz, Octavio se dispuso a reorganizar el gobierno. Hasta su época Roma había sido gobernada por el Senado, un grupo de hombres que provenían de familias ricas y nobles de la ciudad. Esta forma de gobierno funcionó bien cuando Roma era un país pequeño, pero, pese a todos los esfuerzos para adaptarla al gobierno de un gran imperio que se extendía a lo largo de miles de kilómetros, era ya anticuada. Los senadores, muy a menudo corruptos, saqueaban las provincias que, se suponía, debían gobernar y se resistían a los necesarios cambios sociales internos que hubiesen debilitado su poder.
Durante un siglo, hubo una constante oposición dentro de Roma al partido senatorial por políticos que no eran senadores y querían parte del poder y del botín para ellos. (Sin duda, había también idealistas en ambos lados que hubiesen deseado un gobierno honesto y eficiente.) Tanto el Senado como la oposición hicieron uso de la fuerza, y fue esto lo que originó medio siglo de guerras civiles.
Julio César planeaba poner fin a esto suprimiendo el Senado como institución puramente romana formada sólo por hombres nacidos y educados en Italia. Comenzó a hacer el intento de introducir en el Senado a hombres de las diversas provincias. De este modo, se establecería un gobierno en el cual los intereses generales de todo el ámbito romano estarían representados. Sin duda, pensó también que, en un gobierno en el cual figurarían muchos hombres de fuera de Italia, podría hacerse proclamar rey. Los romanos de Italia tenían un gran prejuicio contra los reyes, pero la gente de las provincias estaba muy acostumbrada a los reyes y habría aceptado un «rey Julio». Entonces, establecida la dominación de un solo hombre, podía imponerse mayor orden y eficiencia en Roma, siempre que ese hombre que gobernase fuese una persona capaz y supiese cómo gobernar, cosa que Julio César ciertamente era.
A la larga, esto habría sido de inestimable valor para la civilización occidental, pero la dificultad consistía en poner en práctica este ideal de igualdad racial y nacional. Eran demasiados los romanos de Italia que se consideraban amos de los dominios sometidos a Roma, y no estaban dispuestos a renunciar a sus prerrogativas. Indudablemente, este prejuicio nacional tuvo importancia en las motivaciones de los hombres que asesinaron a César.
Una vez que Octavio subió al poder, comprendió que, para reformar el gobierno, era necesaria la supremacía de un solo hombre. Pero el destino de su tío abuelo le enseñó a proceder con cautela. Decidió no arriesgarse a implantar la monarquía ni a permitir que el poder se alejase de Italia. Una y otra línea de acción le habría hecho demasiado impopular y cernerían sobre él el puñal de un asesino. Por ello, declaró que su intención era restaurar la república y gobernar con las viejas instituciones a las que los romanos estaban acostumbrados.
Y lo hizo, en cierto modo. Destituyó a los senadores introducidos por Julio César, dejando solamente a los de aceptable ascendencia italiana. Octavio se esmeró en tratar a los senadores y al Senado con todo respeto y en reservar todo el poder senatorial en las manos de los italianos. Hizo que el Senado discutiese asuntos de gobierno, para gran alborozo de los senadores, cumpliese con todas las viejas formas, hiciese recomendaciones, tuviese voz en el gobierno de ciertas provincias y en la designación de algunos funcionarios inferiores.
Pero era el mismo Octavio (que controlaba todos los cargos importantes del gobierno) el que decidía quién iba a ser senador y quién no, y esto lo sabía cada miembro del Senado. Por consiguiente, aunque hablaban libremente, siempre terminaban decidiendo hacer exactamente lo que Octavio quería que hiciesen.
Octavio también atrajo a su bando a los «equites». Estos constituían la clase media del mundo romano, los hombres de negocios. Su nombre de «equites» provenía de una palabra latina que significa «caballo», porque, cuando eran llamados a prestar servicios en el ejército, podían costearse un caballo y el equipo militar correspondiente. Podían servir como jinetes en la caballería, mientras que los soldados de a pie provenían de las clases más pobres. Se les puede llamar asimismo «caballeros», de otra voz latina que significa «caballo», nombre que también se dio a los jinetes en los ejércitos medievales, aunque los «caballeros» medievales eran muy diferentes de los equites romanos.
Los equites eran suficientemente ricos como para ser senadores, pero no pertenecían a las viejas familias senatoriales. A algunos de ellos Octavio los hizo senadores, pero a otros los colocó en cargos administrativos importantes. Se convirtieron en los «funcionarios públicos» del imperio, por así decir. De este modo, las clases medias, bien tratadas, se hicieron ardientemente leales a Octavio y sus sucesores.
Un aspecto importante del poder de Octavio fue su absoluto dominio sobre todo el ejército. Este solo obedecía a él, pues sólo él tenía el dinero para pagarle.
Octavio esparció cuidadosamente unos diez mil soldados a todo lo largo y lo ancho de Italia. Estos constituyeron la «guardia pretoriana» (nombre derivado de los días en que un general, o praetor, usaba un grupo de soldados como su guardia de corps personal). La guardia pretoriana fue la fuerza privada de Octavio, y constituyó su puño de hierro bajo el guante de terciopelo de su política deliberadamente moderada. Había también una fuerza especial de unos 1.500 hombres que formaban la policía de la misma ciudad de Roma. Esta impidió los motines y disturbios callejeros que fueron una característica tan acentuada del período de intranquilidad social y guerra civil del siglo anterior a Octavio.
Pero la parte principal del ejército no permaneció en Italia, donde generales rebeldes podían intrigar con el Senado y provocar revueltas repentinas. En cambio, las legiones romanas (en número de veintiocho, de seis mil hombres cada una, más fuerzas auxiliares que hacían ascender el total a unos 400.000 hombres) fueron apostadas en las fronteras exteriores de los dominios romanos, justamente en los lugares donde podía haber problemas con las tribus bárbaras del otro lado de las fronteras. De este modo, se mantenía a las tropas ocupadas y atareadas en sus propios asuntos, permaneciendo, al mismo tiempo, bajo el control de Octavio, quien podía enviarlas a una u otra parte, según le conviniera. Además, Octavio cuidó de que los oficiales del ejército y las tropas de élite fuesen italianos. Esto también estableció la supremacía de Italia sobre las provincias y aseguró que el ejército fuera dirigido por gente que adhería a la tradición romana.
Más aún, aunque se concedió al Senado el tradicional derecho de gobernar provincias, su gobierno quedó limitado a las provincias del interior, donde no había ejércitos estacionados. Las provincias fronterizas, donde sí los había, estuvieron bajo el control personal de Octavio. Y hasta las regiones senatoriales pasaban bajo el mando de Octavio cuando éste quería ejercer su influencia en ellas.
En otras palabras, el Senado no controlaba parte alguna del ejército, y sabía que toda agitación por su parte lo dejaría inerme y sin defensa frente a hombres armados que podían matarlos, si se les ordenaba, sin ningún escrúpulo. Por ello, los senadores se comportaron juiciosamente y no plantearon problemas.
Por cierto, en 27 a. C. Octavio anunció que los peligros habían pasado, que la paz había sido restaurada, que todo estaba tranquilo y que, por lo tanto, renunciaba a todos sus poderes especiales, inclusive su control del ejército. Pero no lo decía en serio, y el Senado lo sabía. Lo que Octavio quería era que el Senado le devolviese todos los poderes. Entonces los tendría legalmente y nadie podría elevar contra él la acusación de ser un «usurpador ilegal».
El Senado desempeñó su papel sumisamente. Solicitó humildemente a Octavio que aceptase numerosos poderes, incluyendo el fundamental: el mando de las fuerzas armadas. También le pidió que aceptase el título de Princeps, que significaba «el primer ciudadano». (De esa palabra deriva la nuestra «príncipe».) Por esta razón, el período de tres siglos de la historia romana que comenzó en el 27 a. C. (726 A. U. C.) es llamado a veces «el Principado».
Octavio también recibió ese año el título de «Augusto», título que anteriormente sólo se había dado a ciertos dioses. El título implicaba que la persona del dios así llamada era responsable por el incremento (el «aumento») del bienestar del mundo. Octavio aceptó el título, y en la historia es más conocido como «Augusto». Por ende, así lo llamaré de aquí en adelante.
Mientras tanto, el ejército lo consideró el «Imperator», que significa «comandante» o «líder». Fue un título que había llevado desde una temprana victoria obtenida en 43 a. C., durante los desórdenes que siguieron al asesinato de César. Esa palabra se ha convertido en «Emperador» en el castellano moderno, por lo que Augusto es considerado el primero de los emperadores romanos y el ámbito que gobernó es llamado el «Imperio Romano».
Sin embargo, aunque el sobrino nieto de Julio César se había convertido en príncipe y emperador y, como Augusto, en alguien casi divino, no se convirtió en rey. Pensó que esto no lo habrían tolerado los romanos. Aunque tenía todos los poderes de un rey, y más aún, nunca usó el título; le bastaba con serlo de hecho. En vez de proclamarse rey, se hizo elegir cónsul (el cargo tradicional del poder ejecutivo romano, al que se era elegido por un año) cada año. Puesto que los romanos siempre elegían dos cónsules, Augusto hacía elegir a algún otro con él. En teoría, el otro cónsul tenía tanto poder como Augusto, pero en la realidad no era así, y sabía muy bien que no podía ni soñar con tenerlo.
Posteriormente, Augusto renunció al consulado, dejándolo como medio de recompensar a diferentes senadores año tras año. En cambio, se hizo tribuno vitalicio, y arregló las cosas para que este cargo tuviese más poderes legislativos que el de cónsul. También se hizo nombrar pontifex maximus, o sumo sacerdote, y, uno tras otro, acumuló también otros cargos adicionales.
Como resultado de esa acumulación de cargos, controló la dirección del gobierno mediante las viejas costumbres republicanas. Pocos, romanos de la época percibían alguna diferencia práctica en el modo como eran gobernados, excepto por el hecho de que ya no había guerra civil, lo cual, por supuesto, era un gran cambio positivo.
Solamente los senadores, que soñaban con la época en que eran los verdaderos amos, y unos pocos intelectuales idealistas sentían realmente la diferencia. A veces soñaban con la vieja república, que, en sus recuerdos o en las lecturas históricas, llegó a parecer mucho mejor de lo que realmente era. Y cuanto más se remontaban en el tiempo, tanto más noble les parecía en sus sueños.
No fue sólo el mando militar de Augusto y su autoridad oficial lo que mantuvo la paz en Roma bajo su gobierno. Estaba también el problema de las finanzas. La República Romana siempre tuvo un método muy ineficaz de recaudar el dinero necesario para uso del gobierno. Los impuestos recaudados a menudo iban a parar a los bolsillos de los recaudadores, y el gobierno debía recurrir al saqueo directo de las tierras conquistadas. Los ciudadanos romanos estaban libres de impuestos, como recompensa por haber conquistado el mundo antiguo; en verdad, muchos de los ciudadanos romanos más pobres eran mantenidos por el Estado directamente con dinero tomado de las provincias.
En el siglo anterior a Augusto, los provincianos estaban abrumados, primero por los impuestos legales, luego por los sobornos y el robo mediante los cuales los gobernadores provinciales se enriquecían personalmente y, por último, por las exacciones ilegales de generales que libraban sus guerras civiles en una provincia determinada.
Tan abrumadoras eran las exigencias financieras y tan poco dinero iba al tesoro central que, cuando terminó el período de conquistas y las nuevas fuentes de botín se secaron, el gobierno romano se enfrentó con la bancarrota.
Augusto tampoco podía planear nuevas conquistas para evitar la ruina financiera. Todas las regiones ricas del mundo civilizado al alcance de los ejércitos romanos ya habían sido engullidas. Sólo quedaban culturas bárbaras que, después de conquistadas, brindaban muy escasas rentas, por mucho que se las esquilmase.
De continuar la vieja extorsión, Roma se hundiría inevitablemente en la anarquía. Entre otras cosas, no se podría pagar a los soldados, lo cual significaba que se rebelarían y Roma caería desgarrada en facciones contendientes, como había ocurrido con el imperio de Alejandro Magno tres siglos antes.
Por ello, Augusto hizo todo lo que pudo para imponer un sistema honesto. Se otorgó a los gobernadores provinciales un generoso sueldo, en el claro entendimiento de que toda tentativa de aumentar ese sueldo mediante el soborno sería castigada rápida y severamente. Antes, los sobornados sabían que el Senado haría la vista gorda con ellos porque cada senador había hecho lo mismo en su momento o pensaba hacerlo en la primera oportunidad. Mas el emperador no tenía necesidad alguna de sobornos, pues ya era el hombre más rico del Imperio. En verdad, cada moneda robada por un funcionario corrupto era dinero que se birlaba al tesoro del Emperador, por lo que no cabía esperar que Augusto mostrase ninguna clemencia.
Además, Augusto trató de introducir reformas en el sistema de impuestos para que un porcentaje mayor del dinero recaudado fuese a parar al tesoro, y una parte menor al bolsillo de los recaudadores.
Innovaciones como éstas mantuvieron tranquilas y razonablemente felices a las provincias. Podían lamentar la pérdida de poder político que parecían a punto de alcanzar con Julio César, pero tampoco la aristocracia romana tenía ningún poder político realmente. Y por último las provincias podían abrigar la esperanza de gozar de un gobierno razonablemente honesto y eficiente, lo cual era más de lo que nunca habían tenido antes, ni siquiera bajo sus propios reyes.
Pero pese la reforma fiscal y al freno a la corrupción, los ingresos del Imperio aún no satisfacían todas sus necesidades y gastos, en particular porque Augusto estaba empeñado en un enorme programa de embellecimiento de la ciudad de Roma (se le atribuye la afirmación de que la encontró de ladrillo y la dejó de mármol), de crear una brigada de bomberos, de extender los caminos por todo el Imperio, etc.
Augusto utilizó las necesidades financieras del Imperio como otro modo de consolidar su dominación. Cuando derrotó a Antonio y Cleopatra, se apoderó de Egipto, no meramente como provincia romana, sino como su propiedad privada. A ningún senador se le permitía siquiera entrar en Egipto sin un permiso especial.
Egipto era por entonces la región más rica del mundo Mediterráneo. Gracias a las inundaciones anuales del Nilo, su agricultura nunca sufría daños y sus cosechas eran enormes, de modo que sirvió de granero, o proveedor de alimentos, a Italia. Todos los impuestos cobrados a los sufridos campesinos egipcios iban al tesoro personal de Augusto. Lo mismo sucedía con gran cantidad de otros dineros obtenidos mediante diversos recursos legales. (Muchos hombres ricos legaban a Augusto parte de sus patrimonios, sea en gratitud por la paz que había impuesto, sea —quizá— como soborno para que sus herederos pudiesen disfrutar del resto sin problemas.)
Augusto, por tanto, podía adelantar dinero de su propia bolsa para satisfacer muchas de las necesidades del Imperio. El lector podría pensar que hubiera sido más sencillo que el dinero fuese directamente al Estado, pero el razonamiento de Augusto era que, si el dinero llegaba al Estado por el Emperador, éste podía no darlo como forma de castigo, o ganarse la gratitud de todos si lo daba. También, sólo él podía asegurar el pago a los soldados, de modo que sólo a él serían leales los soldados.
Augusto trató de fortalecer la posición de Italia tanto mediante una legislación social como mediante una legislación política. Trató de restaurar las costumbres religiosas para que fuesen lo que habían sido antes de que los más coloridos y espectaculares cultos del Este invadieran Roma. Esos cultos fueron llevados por los esclavos del Oriente conquistado. Puesto que la costumbre romana permitía que esos esclavos se liberasen en ciertas condiciones, los «libertos» no romanos —con los derechos de los hombres libres, pero a menudo sin las tradiciones romanas— estaban aumentando de número en Italia. Augusto no quería que la antigua población italiana fuese anegada, y sus reformas menos admirables fueron aquellas mediante las cuales trató de restringir la liberación de esclavos.
De esta manera, durante cuarenta y cinco años después de conquistar el poder, Augusto gobernó a Roma en la prosperidad y, al menos internamente, en la paz.
No hay ninguna duda de que las reformas de Augusto señalaron un giro importante en la historia. Si no hubiese sido tan sabio como fue o no hubiese vivido tanto tiempo, Roma habría continuado con las guerras civiles y, tal vez, en unas pocas generaciones más se habría desmembrado en fragmentos en decadencia. Tales como ocurrieron las cosas, el mundo romano permaneció fuerte e intacto durante cuatro siglos. Fue tiempo suficiente para que la cultura romana se asentara sobre gran parte de Europa tan firmemente que ni siquiera los desastres que siguieron pudieron borrarla. Nosotros mismos somos herederos de esa cultura.
Debe recordarse también que el cristianismo, la principal religión del mundo occidental, evolucionó bajo el Imperio, y no se habría expandido y desarrollado como lo hizo si un vasto dominio unido no hubiese permitido a sus primeros misioneros viajar libremente por muchas provincias populosas. Aún hoy, la Iglesia Católica conserva mucho de la atmósfera y del lenguaje del Imperio Romano.

Las fronteras
Echemos ahora una rápida ojeada a la extensión del Imperio en la época en que Augusto llegó a ser emperador, en 27 a. C.
Todas las costas del Mediterráneo pertenecían directamente a Roma o eran gobernadas por reyes nominalmente independientes pero que eran conscientes de estar bajo el poder absoluto de Roma. Esos reyes no podían subir a sus tronos sin permiso romano y podían ser depuestos en cualquier momento. Por esta razón, eran completamente sumisos al Emperador y a menudo mantenían sus reinos satélites más seguramente bajo la dominación romana de lo que Roma hubiera conseguido si los hubiese gobernado directamente.
Empecemos, pues, por Egipto (el patrimonio privado de Augusto), en el extremo oriental de la costa sur del Mediterráneo, y desplacémonos luego hacia el Oeste.
Al oeste de Egipto se hallaban las provincias de Cirenaica, África y Numidia, en este orden. La provincia de África incluía lo que antaño había sido el dominio de Cartago, ciudad que estuvo a punto de derrotar a Roma dos siglos antes. La antigua ciudad de Cartago había sido completamente destruida por Roma en 146 a. C. (607 A. U. C.), pero poco antes de su asesinato Julio César había creado una colonia romana en ese lugar. Surgió una nueva Cartago, una Cartago romana, que iba a mantenerse grande y próspera durante seis siglos.
Al oeste de Numidia, en la región ocupada hoy por las naciones modernas de Argelia y Marruecos, estaba el reino casi independiente de Mauritania. Era así llamado porque estaba habitado por una tribu cuyos miembros se llamaban a sí mismos «mauri». (De este nombre, los españoles posteriormente derivaron la palabra «moros» para llamar a los habitantes del norte de África, y de esta palabra deriva la expresión inglesa equivalente de «Moors» y el nombre del moderno reino de Marruecos.)
El rey de Mauritania estaba casado con Cleopatra Selene, hija de Marco Antonio y Cleopatra. Tuvo de ella un hijo llamado Tolomeo (el nombre que llevaron catorce reyes de Egipto que precedieron a Cleopatra). Tolomeo subió al trono en el año 18 [3].
Al norte del mar Mediterráneo estaban, al oeste de Italia, las dos ricas regiones de España y Galia. En España (que incluía tanto al Portugal moderno como a España propiamente dicha), los romanos entraron por vez primera dos siglos antes de Augusto. Pero durante todo ese tiempo los nativos de España resistieron valientemente a las armas romanas, y sólo se retiraron paso a paso. Aun en tiempos de Augusto, la España septentrional todavía no estaba pacificada. Los cántabros, tribu que habitaba la Bahía de Vizcaya, en el norte de España, lucharon contra los ejércitos de Augusto durante varios años, y no fueron sometidos hasta el 19 a. C. Sólo entonces España en su totalidad se convirtió en un lugar pacífico y tranquilo del Imperio.
Augusto dirigió en España tanto operaciones pacíficas como ofensivas bélicas, y fundó ciudades, dos de las cuales podemos mencionar particularmente. Ambas recibieron nombres en homenaje a él: «Caesaraugusta» y «Augusta Emérita» («Augusto, el Soldado Retirado»). Sobreviven hoy con nombres deformados derivados de éstos: Zaragoza y Mérida, respectivamente.
En Galia (que incluía la Francia moderna, Bélgica y las partes de Alemania, Holanda y Suiza situadas al oeste del río Rin) los romanos penetraron mucho después que en España, pero su conquistador fue Julio César, quien dio término a la tarea. Pero la frontera alpina entre Galia e Italia permanecía en poder de las tribus nativas por la época en que Augusto se convirtió en emperador.
Al Este de Italia está el mar Adriático. La costa opuesta del mar Adriático formaba parte de lo que los romanos llegaron a llamar «Illyricum», pero en castellano es más común llamarlo Iliria. Corresponde aproximadamente a la moderna nación de Yugoslavia. Cuando Augusto se convirtió en emperador, Roma sólo dominaba la línea costera, parte llamada a veces Dalmacia.
Al sudeste de Iliria estaban Macedonia y Grecia, ambas firmemente en poder de los romanos.
Al este de Grecia está el mar Egeo, y del otro lado de él se halla Asia Menor (incluida en la moderna nación de Turquía). En el período en que la República Romana empezó a expandirse hacia el Este, Asia Menor era un mosaico de reinos de habla griega. Cuando Augusto llegó al poder, los reinos del norte y el oeste de Asia Menor eran provincias romanas. El resto se hallaba firmemente bajo la dominación romana indirecta.
Al sur de Asia Menor estaba Siria, que era provincia romana, y Judea, con un rey nativo que gobernaba con permiso romano. Al sudoeste de Judea, volvemos nuevamente a Egipto.
Augusto, al contemplar el Imperio, lo vio bien unido por caminos que se extendían desde Italia hasta las provincias, en una red en constante extensión y expansión. Y la mayoría de sus fronteras estaban protegidas. En el sur y el oeste, estaba completamente asegurado contra las invasiones extranjeras, pues en ambas direcciones el Imperio había alcanzado un límite absoluto. Al oeste estaba el ilimitado océano Atlántico, y al sur de la mayor parte del África romana el igualmente ilimitado (por lo que respecta a los romanos) desierto del Sahara.
Al sur de Egipto, el río Nilo continuaba hasta una brumosa fuente que era desconocida para los antiguos. Las tribus de Etiopía, que estaban a lo largo del río inmediatamente al sur de Egipto, mil años antes de la época de Augusto habían librado grandes guerras con Egipto. Pero esos días habían pasado hacía mucho tiempo, y ahora Etiopía estaba en calma, en su mayor parte. Los tolomeos de Egipto habían apostado colonias en Etiopía, pero nunca habían intentado seriamente conquistar esa tierra.
Después de la ocupación romana de Egipto, el gobernador, Cayo Petronio, respondió a una incursión etíope lanzando una expedición de represalia en 25 a. C. Marchó hacia el Sur y ocupó parte de Etiopía, pero a Augusto esto le pareció una acción inútil. Etiopía estaba demasiado lejos para ser de alguna utilidad a Roma, y no compensaba los gastos de dinero y hombres. Hizo volver al ejército y en lo sucesivo hubo una paz ininterrumpida en la frontera meridional de Egipto. (Un intento poco entusiasta de cruzar el mar Rojo desde Egipto y apoderarse del sudoeste de Arabia también fue suspendido por Augusto.)
Al sudeste de Siria y Judea estaba el desierto árabe, que, como el Sahara, representaba un límite para las armas romanas y una protección contra un ataque enemigo en esa dirección. En años posteriores, el ámbito romano se expandió un poco en el desierto, pero no muy lejos.


Al este la situación era más peligrosa. Allí estaba la única potencia organizada que lindaba con los dominios romanos y era realmente independiente y hasta hostil a Roma. Era Partia, que se extendía por la región ocupada principalmente por el Irán moderno.
Partia era realmente una restauración de la antigua monarquía persa, que había sido resquebrajada y destruida tres siglos antes por Alejandro Magno. («Partia» es una forma de «Persia».) La cultura griega había penetrado en el ámbito parto bajo los sucesores de Alejandro, pero nunca echó allí raíces fuertes.
La mayor parte de la sección asiática del imperio de Alejandro cayó en manos de su general Seleuco, después de la muerte de Alejandro, por lo cual se la llamó el Imperio Seléucida. Cuando éste se debilitó, las tribus partas conquistaron su independencia, alrededor del 250 a. C., y extendieron su poder hacia el Oeste a expensas de sus viejos amos.
En 64 a. C. Roma se anexó el resto del Imperio Seléucida (por entonces limitado a Siria) e hizo de él una provincia. Entonces, se enfrentó directamente con Partia, en el Este. En 53 a. C. (700 A. U. C.), un ejército romano atacó a Partia sin que mediase provocación alguna y sufrió una catastrófica derrota. Partia se apoderó de las banderas de las legiones derrotadas, algo que para Roma era una gran deshonra.
Quince años más tarde, ejércitos romanos invadieron Partia nuevamente y lograron algunas victorias. Esto constituyó de algún modo una venganza, pero Partia conservaba las banderas capturadas. Después de esto, empezó un largo tira y afloja entre Roma y Partia, en el que el reino de Armenia era la cuerda que se tiraba de una y otra parte.
Armenia está ubicada en el borde oriental de Asía Menor, inmediatamente al sur de los montes del Cáucaso. Los ejércitos romanos penetraron primero en Armenia por el 70 a. C. e impusieron su influencia sobre el reino. Pero tan pronto como los romanos ponían a uno de sus satélites en el trono armenio, los partos se las arreglaban para reemplazarlo por otro de los suyos.
Augusto no se sintió en condiciones de resolver el problema mediante una gran conquista. Era una pesada tarea reformar la política financiera del Imperio, y el dinero era escaso. Los gastos de una guerra contra los partos seguramente harían fracasar sus reformas y podía enfrentarse con una derrota que arruinase su prestigio. Por ello, decidió ejercer una presión cuidadosa, mínima, sobre Partia.
Como de costumbre, dos candidatos —un títere romano y otro parto— reñían por el trono armenio. Usando como excusa el pedido de ayuda por el títere romano, Augusto envió un ejército romano a Armenia bajo el mando de su hijastro. El títere romano fue puesto en el trono, y el títere parto fue derrotado y muerto.
Partia no estaba con ánimo de combatir, pues tenía sus propios problemas internos, y cuando Augusto insinuó su disposición a firmar un tratado de paz, aprovechó de buena gana la oportunidad. En 20 a. C. se restableció la paz y Partia convino en devolver los pendones de batalla capturados treinta y tres años antes. El honor romano quedó satisfecho y la prudencia de Augusto fue magníficamente recompensada.
(Sin embargo, Armenia no quedó firmemente en manos romanas. Durante mil años iba a ser un Estado tapón que caía bajo la influencia romana o escapaba de ella según las mareas cambiantes de la guerra.)

Los germanos
Al norte de la parte europea del imperio la situación era también diferente. Allí no había desiertos casi vacíos de hombres, ni había un reino establecido y más o menos civilizado con el cual pudiera firmarse la paz. En cambio, había montañas y bosques sin caminos habitados por guerreros bárbaros. Los romanos los llamaban «Germani», de donde proviene nuestra voz «germanos».
La primera experiencia romana con los germanos tuvo lugar en 113 a. C., cuando los cimbrios y los teutones abandonaron sus tierras tribales de alguna parte de la costa norte alemana y se desplazaron hacia el Sur. Finalmente fueron derrotados en el sur de la Galia y el norte de Italia, pero Roma quedó herida. Comprendió que en el Norte apuntaba un serio peligro.
El peligro fue eliminado en parte en el 51 a. C., cuando Julio César conquistó la Galia y estableció el poder romano sobre el río Rin. Si las legiones romanas acampaban estratégicamente a lo largo de la costa occidental del Rin, esos ejércitos y el mismo Rin serían una formidable barrera contra los germanos, barrera que, de hecho, se mantuvo (aunque con ocasionales filtraciones) durante más de cuatro siglos.
César fue aún más allá. En dos ocasiones, en 55 a. C. y 53 a. C., envió pequeñas fuerzas a efectuar incursiones del otro lado del Rin, en Germania. No lo hizo con la intención de conquistar la Germania, sino para que los germanos adquirieran conciencia del poderío romano y mantenerlos en calma. Al este de la Galia, la frontera romana era menos satisfactoria. Corría a lo largo de una desigual línea de territorio montañoso que no estaba muy bien definido ni era fácil de defender. Pero a unos 250 kilómetros al norte de la frontera corría el gran río Danubio, que atraviesa Europa de Oeste a Este. Parecía necesario llegar al Danubio e interponer allí otra barrera claramente marcada y fácil de defender entre los dominios romanos y los bárbaros del Norte.
Por ello, Augusto envió sus ejércitos hacia el Norte en la principal guerra agresiva de su reinado. Pero ni siquiera este avance constituyó un verdadero imperialismo: fue un anhelante intento de llegar a una línea que pudiese ser defendida; una tentativa de conquistar para poner fin con seguridad a las conquistas.
Lenta y tenazmente, los ejércitos romanos avanzaron, primero, apoderándose de las regiones montañosas alpinas que formaban un semicírculo alrededor del norte de Italia. Luego, en 24 a. C., Augusto fundó la ciudad de «Augusta Pretoria» («Augusto el General»), ciudad que sobrevive con el nombre de Aosta.
Los territorios situados al norte y el este de los Alpes también fueron ocupados. Iliria se hizo romana, y al este de ella se creó la provincia de Mesia (que abarcaba lo que es hoy el sur de Yugoslavia y el norte de Bulgaria). Al norte de Italia e Iliria, la tierra del Danubio luego fue dividida en tres provincias, que eran, de Oeste a Este, Recia, Nórica y Panonia. Aproximadamente, corresponden a las modernas Baviera, Austria y Hungría occidental, respectivamente.
Para el 9 a. C. las legiones romanas estaban apostadas a lo largo del Danubio desde su desembocadura hasta su fuente. Hubo algunas rebeliones que fue menester aplastar más tarde, pero esto sólo es un detalle. El único territorio de toda la región que mantuvo su autogobierno fue Tracia (en lo que es hoy el sur de Bulgaria). Puesto que Tracia no estaba realmente sobre el Danubio, y puesto que los caciques locales estaban firmemente bajo influencia romana, quedó sin ser anexada durante otro medio siglo.
Habría sido conveniente para Augusto dejar las cosas así, y con toda probabilidad ésta fue su intención. Desgraciadamente, a menudo es más fácil hacer la guerra que establecer la paz. Los germanos no deseaban el establecimiento del fuerte poderío romano sobre la Galia. Teniendo en consideración la historia pasada de Roma, parecía casi seguro que luego Roma trataría de conquistar la Germania.
Varias tribus germánicas intentaron formar una confederación, para presentar un frente unido contra los romanos. Además, hicieron todo lo posible por fomentar la revuelta en la Galia. En ambos aspectos, tuvieron algún éxito, pero no el suficiente. Era difícil unir a todas las tercas tribus germánicas, y algunas rechazaban todo intento de llevar una acción unificada. Por añadidura, las rebeliones galas fueron aplastadas tan pronto estallaron.
A los generales romanos de la región les parecía que el paso sensato siguiente era invadir Germania. Era el único modo de asegurar la pacificación de la Galia y podía servir para impedir la formación de una peligrosa unión germánica en caso de que las pendencieras tribus hallasen alguna vez un jefe dinámico que pudiera imponerles la unidad contra su voluntad.
Los generales a los que aludimos eran dos hijastros de Augusto.
Augusto nunca tuvo hijos propios, pero en 38 a. C., antes de llegar al poder, se enamoró y se casó con Livia Drusila, joven —sólo tenía diecinueve años— astuta y capaz, apropiada en todo aspecto para ser la esposa de Augusto. Cuando éste (todavía llamado Octavio a la sazón) se enamoró de ella, ya estaba casada, pero eso no constituía ningún obstáculo en la Roma de aquellos tiempos. Augusto obligó a su marido a divorciarse de ella. (Había tenido antes dos esposas, de las cuales se había divorciado. El divorcio era muy fácil en la Roma de entonces, y muy común entre las clases superiores.)
Por la época del matrimonio con Livia, ésta ya tenía un hijo de cuatro años y estaba embarazada de otro. Ambos llegaron a ser capaces generales.
El mayor era Tiberio (Tiberio Claudio Nerón César), quien, cuando sólo tenía veinte años, ya luchaba en las campañas contra los cántabros en el norte de España. Dos años después, en 20 a. C., fue él quien condujo los ejércitos romanos a Armenia e hizo posible recuperar las banderas romanas de los partos. Luego fue enviado en ayuda de su hermano menor, Druso (Claudio Nerón Druso), en las batallas del norte de Italia que condujeron al establecimiento de la frontera en el Danubio.
En 13 a. C., Tiberio y Druso fueron enviados a la Galia para custodiar el Rin, pero hubo revueltas a lo largo del Danubio y Tiberio tuvo que acudir al escenario de la guerra. Druso quedó solo en el Rin, y actuó bien. Cuando una tribu germánica hizo una incauta correría por la Galia, en 12 a. C., Druso la rechazó y luego la persiguió al otro lado del Rin. En los tres años siguientes hizo marchas y contramarchas, siempre victorioso (aunque una vez cayó en una emboscada y habría sido derrotado si los germanos —demasiado seguros de la victoria— no se hubiesen descuidado y caído en el desorden en su anhelo de comenzar el saqueo).
En 9 a.C. (744 A. U. C.), Druso llegó al río Elba, a 400 kilómetros al este del Rin, línea que es hoy la frontera entre Alemania Occidental y Alemania Oriental.
Es concebible que, bajo la dirección de Druso, Roma habría conquistado Germania, y la historia del mundo hubiera sido diferente. Hasta es posible que Roma hubiese podido avanzar hasta la línea de los ríos Vístula y Dniester, que corren del mar Báltico al mar Negro. Esta habría sido una frontera mucho más corta que el Rin y el Danubio, y mucho más fácil de defender. Los germanos del interior del Imperio hubiesen sido civilizados y romanizados y... bueno, la imaginación se sobresalta, y de todos modos no ocurrió, de modo que, ¿para qué seguir hablando de ello?
En el camino de vuelta del Elba al Rin, el caballo de Druso tropezó y lo arrojó al suelo. Las heridas que sufrió fueron fatales. Sólo tenía treinta y un años cuando murió, y su muerte fue una gran pérdida para Roma.
Augusto inmediatamente reemplazó a Druso por Tiberio, y las cosas podían haber seguido bien. Tiberio procedió a asegurarse de que los germanos no se volviesen demasiado confiados por la muerte de Druso. Repitió la hazaña de su hermano de llevar su ejército ida y vuelta entre el Rin y el Danubio.
Desgraciadamente, Tiberio estaba pasando por una tragedia personal.
Al parecer, Augusto tenía una hija, Julia, de su primer matrimonio, y puesto que ella era su único descendiente, los hijos que ella tuviese podían suceder a Augusto como emperador. Ella tenía cinco vástagos, tres de ellos varones, pero en 12 a. C. su marido murió y quedó viuda a la edad de veintisiete años. Livia, su madrastra, vio aquí una oportunidad. Si podía arreglar un matrimonio entre la joven viuda y su hijo Tiberio, esto aumentaría la probabilidad de que Tiberio fuese el siguiente emperador, si los hijos de Julia eran demasiado pequeños para gobernar cuando Augusto muriese. Pues entonces Tiberio no sólo sería hijastro de Augusto, sino también su yerno.
Augusto fue convencido por Livia (quien ejercía gran influencia sobre él). Sólo había un obstáculo para el plan de Livia. Tiberio, según parece, estaba ya casado con una mujer a la que amaba tiernamente. Pero Augusto lo obligó a divorciarse y a casarse con Julia, que era una mujer frívola e inmoral a quien el sombrío y moral Tiberio no soportaba. Este matrimonio forzado desgarró el corazón de Tiberio y le dejó una marca de la que nunca se recuperaría.
Después de su campaña en Germania, Tiberio sintió que no podía soportar más la situación y obtuvo permiso para retirarse a la isla griega de Rodas, donde podía estar lejos de su odiada segunda mujer y ahogar sus penas en el exilio.
Augusto, en verdad, estaba colérico ante esta conducta de su reciente yerno, pues pensaba que era abandonar sus deberes militares y comportarse de modo insultante con Julia. Por ello, más tarde, cuando Tiberio pidió permiso para retornar a Roma de su exilio autoimpuesto, primero se le rehusó y luego se le concedió sólo a regañadientes. En realidad, no volvió a intervenir en asuntos de Estado hasta el año 5, cuando fue necesario apelar a sus servicios militares para aplastar una rebelión en Panonia. Tiberio hizo su labor hábilmente, y en el 9 la región estaba pacificada.
Durante el período de quince años en el cual Tiberio estuvo alejado de Germania, la región había quedado en manos inferiores con espantosos resultados para Roma y el mundo. En verdad, el matrimonio forzado de Tiberio fue costoso para todo el mundo, entonces y ahora.
En el año 7, Augusto había decidido que veinte años de ocupación romana habían convertido a la región situada entre el Rin y el Elba en una sólida propiedad romana. Decidió organizaría como provincia romana y, para tal fin, envió a Publio Quintilio Varo a Germania. Varo había sido cónsul en 13 a. C. y luego había gobernado Siria, con más corrupción de la que cabría esperar de un empleado de Augusto.
Varo emprendió la tarea de romanizar a los germanos con gran arrogancia y sin ningún tacto. Inmediatamente despertó pensamientos de revuelta en los germanos. Hallaron un líder en el joven de veinticinco años Arminio (forma latina del nombre germánico Hermann). Arminio había servido en los ejércitos romanos. Había aprendido latín, se había romanizado y hasta conquistado la ciudadanía romana. Pero todo esto no significaba que estuviese dispuesto a someterse a la arrogancia romana del tipo que Varo representaba.
Arminio inició una campaña de astuto engaño. Se ganó la confianza de Varo y lo persuadió, en el 9, a que abandonase la seguridad de la fortificación del Rin y estableciese su campamento en lo profundo de Germania. Arminio luego organizó una pequeña revuelta para atraer a Varo aún más lejos en los bosques germánicos, mientras Arminio y su contingente germano seguían el mismo camino como retaguardia. Una vez que Varo estuvo suficientemente despistado en la parte de los bosques llamada el Teutoburger Wald, a unos 130 kilómetros al este del Rin, Arminio se alejó. A una señal convenida, levantó al país y lanzó un repentino y arrollador ataque desde todas partes que cayó como un rayo sobre Varo, quien no sospechaba nada pero estaba totalmente rodeado.
Varo y sus hombres lucharon valientemente, pero era una causa sin esperanza. En tres días, tres legiones romanas fueron totalmente destruidas.
La noticia cayó en Roma como el tañido de la muerte. Durante más de dos siglos, ninguna derrota similar había abatido a un ejército romano. Augusto quedó postrado de dolor. No podía en modo alguno reemplazar las tres legiones sin imponer una inaceptable carga fiscal al Imperio, por lo que el ejército romano quedó reducido de veintiocho a veinticinco legiones por largo tiempo. Se cuenta que Augusto golpeaba su cabeza contra las paredes de su palacio gritando: « ¡Varo, Varo, devuélveme mis legiones! ».
Pero Varo no se las devolvió. Había muerto junto con sus hombres.
Tiberio se abalanzó al frente y rápidamente condujo expediciones al otro lado del Rin para demostrar a los germanos que Roma aún era poderosa y desanimar a los germanos de todo intento de coronar su victoria invadiendo la Galia.
Pero las marchas de Tiberio contra los germanos no tuvieron mayor importancia. No hubo ningún intento de conquistar la Germania, ni entonces ni nunca más. La frontera romana, que había estado tan corto tiempo ubicada en el Elba, fue retirada al Rin (aunque fuerzas romanas continuaron ocupando la línea costera de lo que es hoy Holanda y Frisia, al este del Rin) y allí quedó.
La batalla del Teutoburger Wald fue verdaderamente una de las batallas decisivas de la historia del mundo. Los germanos conservaron su independencia y nunca sintieron el cálido roce de la romanización, excepto desde lejos. Y cuatro siglos más tarde, las tribus germánicas, aun libres y aún bárbaras, iban a volverse contra Roma y a hacerla pedazos.

La época de Augusto
En el reinado de Augusto, pacífico en Italia y en las provincias asentadas, hubo un florecimiento de la cultura. La «época de Augusto» de la literatura latina, junto con el período anterior en el que se destacó el orador Cicerón, fue la Edad de Oro cultural de Roma.
El mismo Augusto se interesaba mucho por la literatura y estimulaba y apoyaba a los escritores. Aún más notable en este aspecto era un íntimo amigo y ministro de Augusto, Cayo Cilnio Mecenas. Este había estado siempre junto a Augusto, desde su edad escolar. Durante los últimos años de las guerras civiles había permanecido en Roma, al cuidado de los asuntos internos, mientras Augusto libraba las batallas finales. Con el advenimiento de la paz, fue Mecenas quien urgió a Augusto a no restablecer la república, arguyendo que todos los viejos desórdenes surgirían nuevamente.
Por el 16 a. C., Mecenas, que para entonces era inmensamente rico, se retiró de la vida pública y usó sus riquezas para continuar y ampliar su afición favorita, que era la de apoyar y estimular a los artistas, escritores y sabios de Roma. Tan famoso se hizo a este respecto que la expresión «Mecenas» ha sido aplicada a todo hombre rico dedicado al patrocinio de las artes.
El autor más prominente que se benefició del patronazgo de Mecenas fue Publius Vergilius Maro, comúnmente conocido en castellano como Virgilio.
Virgilio nació en el 70 a. C. en una granja cercana a Mantua. Después de la batalla de Filipos, en la que Augusto obtuvo el triunfo final contra los asesinos de César, los soldados victoriosos fueron recompensados con lotes de tierra en Italia. (Esta era una práctica común durante las guerras civiles.) El padre de Virgilio fue expropiado de su granja en 42 a. C. para darla a uno de esos soldados.
Pero Virgilio ya había ganado alguna reputación como poeta y era conocido de uno de los generales de Augusto, Cayo Asinio Polión (que era él mismo poeta y orador), quien tenía bajo su mando esa región de Italia. Asinio Polión hizo que se devolvieran sus tierras a Virgilio y lo presentó a Mecenas.
Las obras de Virgilio consisten, primero, en una serie de poesías cortas llamadas las Églogas. De ellas, la Cuarta Égloga, escrita en 40 a. C., habla del inminente nacimiento de un niño que crearía un nuevo reino de paz en el mundo. Nadie sabe exactamente a quién se refería. Quizá pretendía sencillamente halagar a uno de sus protectores cuya esposa estuviese en cinta. Pero los cristianos posteriores juzgaron posible que fuese una predicción (tal vez inconsciente) del nacimiento de Jesús, y por esta razón adquirió gran importancia en la leyenda cristiana. En la Divina Comedia de Dante, escrita trece siglos más tarde, es Virgilio quien guía a Dante por el Infierno.
A sugerencia de Mecenas, Virgilio compuso las Geórgicas, en elogio de la agricultura y la vida campesina. (El nombre proviene de una palabra griega que significa «granjero».) El propósito puede haber sido estimular un resurgimiento de la agricultura en Italia, pues éste era uno de los fines de Augusto.
(Augusto, en verdad, trató de restaurar entre los romanos todas las supuestas virtudes de días más sencillos, en los que se pintaba a sus venerados antecesores como labradores veraces, honestos, responsables, valientes y muy trabajadores, y eran también leales maridos, nobles padres y patriotas devotos. Desgraciadamente, Augusto no lo consiguió, pues en muchos aspectos la Italia de su tiempo era un complejo ejemplo de «sociedad opulenta», como la nuestra de hoy. Los artículos de lujo afluían en cantidad de todas las partes del Imperio, y las clases superiores no tenían nada que hacer como no fuese divertirse. Se casaban muchas veces, se divorciaban fácilmente, comían, bebían y gozaban del ocio. En cuanto a las clases más pobres, tenían alimento gratuito y cantidad de espectáculos y juegos para divertirlas. Los moralistas desaprobaban esto y comparaban a Roma desfavorablemente con otras naciones y con sus propios antepasados, pero pese a todas sus palabras duras la situación no cambió. Y aunque las Geórgicas de Virgilio son consideradas como el latín perfecto, eran leídas principalmente por las clases ociosas y no provocaron una masiva vuelta de los aristócratas al campo.)
Virgilio dedicó sus años posteriores a un gran poema épico en doce libros llamados La Eneida, comenzado, se supone, a pedido del mismo Augusto. En cuanto a la trama, La Eneida en realidad es una pálida imitación de Homero. El héroe (bastante anémico) es el guerrero troyano Eneas, y el poema relata su huida de Troya incendiada y su largo viaje lleno de aventuras que lo llevan finalmente a Italia, donde pone los cimientos para la futura fundación de Roma por sus descendientes. También se le atribuye un hijo llamado Julio, del cual habría descendido la familia Julia (Julio César y Augusto, inclusive).
El poeta trabajó en el poema épico muchos años y aún lo estaba puliendo cuando murió, en 19 a. C. Insatisfecho con todo lo que no fuese perfecto, dejó orden de que se quemase el manuscrito. Pero Augusto lo impidió y, después de algunos toques finales dados por otros, La Eneida fue publicada. Virgilio es considerado generalmente como el más grande de los poetas romanos.
El segundo era Horacio (Quintus Horatius Flaccus), hijo de un liberto, nacido en 65 a. C. en el sur de Italia y educado en Roma y Atenas. Estaba claramente destinado para la vida literaria, pues su intento de ser un soldado fue desastroso. Mientras estaba en Atenas, Julio César fue asesinado y Horacio se unió al ejército levado en Grecia por los asesinos. En la batalla de Filipos, donde Horacio prestó servicio como oficial, se dio a la fuga para alcanzar una poco gloriosa seguridad.
Horacio no perdió la vida por el crimen de haber estado en el bando perdedor, pero sí perdió la propiedad de su familia en Italia. Se marchó a Roma para tratar de ganarse la vida, y allí atrajo la atención de Virgilio, quien lo presentó a Mecenas, el cual, a su vez, hizo que se le proporcionase una granja para permitirle lograr la necesaria independencia financiera. Su obra pronto le ganó la atención de Augusto, y sus breves poemas, odas y sátiras conservan su popularidad hasta hoy. Murió en 8 a. C., poco después de la muerte de Mecenas.
El último de los grandes poetas de la época de Augusto fue Ovidio (Publius Ovidius Naso), quien nació en 43 antes de Cristo a unos ciento diez kilómetros al este de Roma. Tenía medios independientes de vida y gozó de la vida, sobre todo porque sus poemas fueron suficientemente populares durante su vida como para conseguir ricos protectores y, de este modo, mantener su independencia de medios.
Pero sus poemas trataban del amor tan descaradamente que escandalizaron al mojigato Augusto y a los hombres del gobierno que ansiaban reformar las costumbres romanas. El libro más famoso de Ovidio es Las Metamorfosis, que es una nueva narración de mitos griegos en versos latinos. Los mitos por lo general eran bastante obscenos también, y es obvio que Ovidio gozaba con ello.
Posteriormente, se vio envuelto en un escándalo que concernía a la frívola hija de Augusto, Julia. El emperador, con el corazón destrozado, exilió a su hija y nunca la perdonó, y ciertamente no estaba dispuesto a perdonar a ninguno de sus cómplices. Ovidio, a quien Augusto desaprobaba de todos modos, fue enviado al exilio en el año 8. Pasó los últimos ocho años de su vida en una villa bárbara de la desembocadura del Danubio, y aunque escribió gran cantidad de poemas melancólicos para que Augusto lo perdonase y le permitiese volver a Roma, fracasó en todos sus intentos. Murió en el exilio el año 17.
El más grande prosista de la época de Augusto fue Livio (Titus Livius), nacido en Padua en 59 a. C. Aunque durante toda su vida expresó abiertamente simpatías republicanas, Augusto lo toleró con buen humor, ya que Livio no intervenía en política y estaba totalmente dedicado a la vida literaria.
A pedido de Augusto, escribió una enorme historia de Roma desde el tiempo de su fundación hasta la muerte de Druso. Eran en total 142 libros, y habría agregado varios más para continuar la historia hasta la muerte de Augusto, pero su propia muerte en 17 le impidió hacerlo.
Livio fue el más popular de todos los historiadores romanos, tanto en su propia época como posteriormente, aunque, lamentablemente, sólo sobreviven 35 de los 142 libros. Conocemos los otros por resúmenes, pero claro que no es lo mismo. Livio escribió con la intención de hacerse popular, y éste es su punto débil. En su ansiedad de contar historias interesantes y seducir la imaginación del lector, reprodujo todo género de mitos y leyendas, sin preocuparse en lo más mínimo por su verosimilitud.
La mayor parte de nuestro conocimiento de la historia romana proviene de los escritos que han llegado hasta nosotros de los mismos historiadores romanos. En la mayoría de los casos, como en el de Livio, sólo parte de esos escritos han sobrevivido. Fueron los accidentes de la supervivencia los que nos permiten conocer algunas partes de la historia romana con gran detalle, mientras que de otras sólo tenemos un somero conocimiento.

Los judíos
Sin embargo, el suceso más destacado del reinado de Augusto y, muy probablemente, el más importante de la historia civilizada, no fue una conquista o una derrota, una reorganización o una reforma, una obra de arte o de la literatura. Fue sencillamente el nacimiento de un oscuro individuo en un oscuro rincón del Imperio, hecho que pasó inadvertido en la época.
Al sur de Siria estaba Judea. Sus habitantes (los judíos) tenían una religión férreamente monoteísta que hacían remontar a casi dos mil años atrás, al patriarca Abraham. Durante cuatro siglos, del 1000 a. C. al 600 a. C., se enorgullecieron de tener un reino independiente, que había tenido cierto poder al principio, bajo el conquistador rey David, pero luego decayó gradualmente.
En 586 a. C. (166 A. U. C.), el reino fue destruido por los babilonios. Menos de un siglo más tarde, los babilonios, a su vez, fueron conquistados por los persas, quienes permitieron a los judíos reconstruir su templo en su antigua capital, Jerusalén.
Los judíos permanecieron en Judea, bajo la dominación persa, sin rey y sin poder político o militar, pero aferrados a su religión y sus recuerdos de la pasada independencia. Los persas fueron sucedidos por el imperio de Alejandro Magno, y éste por el Imperio Seléucida. En 168 a. C., el monarca seléucida Antíoco IV declaró ilegal el judaísmo y trató de convertir a los judíos, de una vez por todas, a la cultura y el modo de vida griegos. La alternativa era la extinción.
Los judíos se rebelaron y, bajo el liderazgo de Judas Macabeo y sus hermanos, conquistaron su independencia de los seléucidas. Durante casi un siglo, la mantuvieron bajo la dinastía de los macabeos, y Judea pudo gozar de un corto período de libertad, aunque bajo reyes que no eran de la reverenciada «casa de David».
En 63 a. C., los romanos estaban poniendo en orden el Este. Por entonces, miembros de la familia macabea estaban luchando entre sí por el derecho a gobernar Judea, y el bando perdedor apeló a los romanos. El general romano pensó que lo más seguro era suprimir totalmente el reino macabeo y poner en el gobierno de Judea a alguien que fuese decididamente pro romano. Lo hizo poniendo a un cierto Antípatro en el gobierno de Judea.
La astucia de la medida estaba en que Antípatro no era realmente un judío, sino un idumeo (o edomita, en el lenguaje de la Biblia). Idumea, o Edom, estaba inmediatamente al sur de Judea y, aunque la región había sido conquistada por los macabeos y sus habitantes fueron obligados a convertirse al judaísmo, había una tradicional enemistad entre los dos pueblos vecinos que se remontaba a más de mil años atrás. Los judíos pensaban que el idumeo Antípatro era un extraño, por mucho que adhiriera al judaísmo, y se resentían de su gobierno, por muy justo y eficiente que tratase de hacerlo. Los romanos sabían, pues, que nunca podría contar con sus propios súbditos y tendría que depender totalmente de Roma para su protección.
El segundo hijo de Antípatro era Herodes. En 37 a. C. subió al gobierno de Judea. Pero la región estaba agitada, y Herodes halló difícil permanecer en el poder.
Trató de ganarse al pueblo judío practicando el judaísmo y mejorando el Templo de Jerusalén hasta el punto de que superó al Templo original de Salomón. Pero era un hombre cruel y receloso que se casó unas diez veces y no tenía ningún escrúpulo en ordenar la ejecución de esposas e hijos a los que juzgaba peligrosos. (Se dice que Augusto, después de enterarse de una de esas ejecuciones, exclamó: «Preferiría ser el cerdo de Herodes a ser el hijo de Herodes».)
Los judíos detestaban a Herodes, y entre ellos una esperanza había ido creciendo durante algún tiempo. A medida que los siglos pasaban y un pueblo tras otro —babilonios, persas, griegos y romanos— los tiranizaban, empezaron a soñar en que algún día un descendiente de David retornaría para convertirse en su rey y devolverles la independencia y su legítimo lugar en el mundo.
Puesto que los judíos consagraban a sus reyes ungiéndolos con aceite sagrado, llamaban al rey «el ungido», así como los modernos que consagran a sus reyes coronándolos los llaman «testas coronadas». En hebreo la expresión «el ungido» es «mesías». Los judíos, pues, esperaban la llegada del «mesías».
Recordaban siempre el ejemplo de Judas Macabeo, que había derrotado a los reyes seléucidas cuando eso parecía imposible. Otro hombre semejante, más grande aún, podía derrotar a Roma.
Otros judíos, conscientes del hecho de que Roma era mucho más fuerte en tiempo de Augusto que el Imperio Seléucida en la época de Antíoco IV, confiaban menos en una solución puramente militar. En cambio, empezaron a pensar en términos de un mesías místico y sobrenatural; un mesías que haría más que liberar solamente Judea y cuyo advenimiento iniciaría un nuevo reino de justicia y santidad en la Tierra, mientras todo el mundo rendiría culto al único Dios verdadero.
En la Judea de aquellos años, muchos individuos pretendían ser el mesías y siempre había quienes estaban dispuestos a creer en el carácter mesiánico de cualquiera que se lo atribuyese. Hubo revueltas bajo el liderato de tales hombres, todas las cuales fueron derrotadas. Herodes y los romanos estaban cautelosamente al acecho de todos esos supuestos mesías, pues los consideraban como una fuente invariable de todo género de problemas y perturbaciones.
Según el relato del Capítulo II del Evangelio según San Mateo, del Nuevo Testamento, el nacimiento de un niño llamado Jesús (forma griega de Josué) en Belén, a finales del reinado de Herodes cumplía las diversas profecías concernientes al mesías que aparecían en varias partes de los libros del Antiguo Testamento. Herodes, al oír los rumores del nacimiento de tal niño, ordenó que fueran muertos todos los niños de Belén de menos de dos años, pero el niño Jesús logró escapar a Egipto.
No hay ningún testimonio de este suceso en ninguna parte excepto en el Nuevo Testamento, y lo menciono sólo porque es importante para establecer el tiempo del nacimiento de Jesús.
Unos cinco siglos después de la época de Herodes, un monje sirio llamado Dionisio Exiguo, después de hacer un cuidadoso estudio de la Biblia y de los testimonios históricos romanos, decidió que el nacimiento de Jesús había tenido lugar en 753 A. U. C. Esto fue aceptado, en general, por el pueblo europeo, por lo que el 753 A. U. C. se convirtió en el año de la Era Cristiana, y la fundación de Roma fue ubicada en el 753 a. C.
Pero Dionisio debe de haber cometido un error, porque es totalmente seguro que Herodes murió en el 749 A. U. C., que es, según el cálculo de Dionisio, el 4 a. C. Si Herodes se hubiese inquietado por las noticias del nacimiento de Jesús, entonces Jesús no puede haber nacido después del 4 a, C., y posiblemente hasta algunos años antes. (Es extraño pensar que Jesús nació cuatro años «antes de Cristo», pero el cálculo de Dionisio está tan firmemente insertado en los libros y documentos históricos que es totalmente imposible e indeseable cambiarlo.)
Cuando Herodes murió aún quedaban tres hijos a los que no había llegado a ejecutar. Cada uno de ellos heredó parte del reino. Herodes Arquelao gobernó sobre la misma Judea y Samaria, la región situada al norte de Judea. Herodes Antipas tuvo el gobierno de Galilea, al norte de Samaria, y de Perea, al este del río Jordán. Finalmente, Herodes Filipo gobernó Iturea, al noroeste de Galilea.
Los dos últimos, Antipas y Filipo, permanecieron en el poder durante una generación, pero no ocurrió lo mismo con Arquelao. Este gobernaba el centro mismo de los dominios judíos, con su capital en la misma Jerusalén, y los judíos se quejaban constantemente a Roma por su mal gobierno. En el 6 fue depuesto por Augusto y exiliado a la Galia. Después, durante un tiempo Judea y Samaria fueron gobernadas por procuradores romanos nombrados por el Emperador.
Aunque se dice que Jesús nació en Belén, pequeña ciudad situada al sur de Jerusalén que —según la tradición— iba a ser el lugar de nacimiento del mesías (puesto que mil años antes había sido el lugar de nacimiento de David), su familia vivió en Nazaret, ciudad de Galilea. Fue en Galilea, pues, en el territorio de Antipas, donde creció Jesús. Al llegar a la edad adulta, reunió un grupo de discípulos devotos, pues sus enseñanzas adquirieron popularidad y su personalidad era magnética.


Algunos de sus discípulos empezaron a creer que era el Mesías (y ahora la palabra comienza a escribirse con mayúscula inicial, y lo mismo los pronombres referentes a Jesús, pues cientos de millones de hombres desde entonces han creído en la naturaleza mesiánica y divina de Jesús). La palabra griega que significa «el ungido» es «Christos», de modo que lo que en hebreo habría sido «Josué el Mesías» se convirtió en la versión castellana de la forma griega: «Jesucristo».
Las autoridades, tanto herodianas como romanas, seguramente vigilaron estrechamente a Jesús en busca de signos de tendencias mesiánicas que pudiesen dar origen a rebeliones y perturbaciones. Los jefes religiosos judíos también estaban alertas a tal posibilidad, pues comprendían cuán fácilmente podían estallar revueltas y provocar una reacción romana que destruyese completamente a la nación. (Esto fue exactamente lo que ocurrió medio siglo más tarde, de modo que sus temores no eran en modo alguno absurdos.)
Cuando la popularidad de Jesús llegó a su apogeo, viajó a Jerusalén para celebrar allí la Pascua y, al hacerlo, aceptó tácitamente el papel de Mesías, pues entró cabalgando en un asno. Así era como un profeta del Antiguo Testamento había predicho que el Mesías llegaría a Jerusalén, y la multitud comprendió el simbolismo.
Esto era demasiado, para las autoridades. Tan pronto como se presentó una oportunidad para arrestar a Jesús calladamente (para que no estallaran revueltas entre sus discípulos o entre los nacionalistas judíos, posiblemente con desastrosas consecuencias), fue detenido. Uno de los discípulos de Jesús, Judas Iscariote, reveló el lugar en que moraba e hizo posible su arresto calladamente, por lo que el nombre de Judas se ha convertido en sinónimo de traidor.
Para los líderes judíos, el crimen de Jesús era el de blasfemia: pretender ser el Mesías, cuando, en opinión de ellos, no lo era. Para los romanos, su crimen era puramente político. El Mesías era alguien a quien los judíos reconocían como rey. Si Jesús pretendía ser el Rey de los judíos, se estaba rebelando contra el emperador romano, el único que tenía derecho a nombrar reyes.
En 29 (782 A. U. C.), quizá, Jesús fue llevado a juicio ante Poncio Pilato, el sexto procurador que gobernó Judea desde la deposición de Arquelao. Había sido nombrado para ese cargo tres años antes. Según el relato bíblico, se mostró renuente a condenar a Jesús y sólo lo hizo bajo la presión de las autoridades religiosas judías, quienes pensaban que liberar a Jesús provocaría una rebelión nacionalista, seguida inevitablemente por una represión romana. Se dice en la Biblia que el Sumo Sacerdote Caifas afirmó: «Es conveniente para nosotros que un hombre muera por el pueblo, y que no perezca toda la nación».
Pero si Pilato condenaba a Jesús, tenía que hacerlo por un crimen romano, pues su jurisdicción sólo se extendía a esa clase de crímenes. Por ello, Jesús fue condenado por traición contra Roma, y un castigo común para la traición era la crucifixión, tipo de tortura común en el Este y en Roma, pero nunca usado por los judíos ni los griegos. Un ejemplo del uso romano de la crucifixión en gran cantidad fue el de la revuelta de los gladiadores en Italia, que fue extinguida en el 71 a. C. A la sazón, no menos de seis mil de los rebeldes capturados fueron crucificados en cruces que se extendieron por kilómetros a todo lo largo de la Vía Apia, la principal ruta de Italia.
Así, Jesús fue crucificado sencillamente como un rebelde más que recibía el castigo habitual, y esto parecía ser todo. Ningún romano de la época podía haber imaginado en ese momento que esta crucifixión particular sólo sería un comienzo.


2. El linaje de Augusto
La sucesión
Augusto se hallaba ya en sus setenta y tantos años, y la sombra de la muerte se cernía sobre él. Debía preocuparse por la sucesión, la cuestión de quién iba a sucederle como Princeps. Si hubiese sido rey, su pariente más próximo habría podido sucederle automáticamente, pero no lo era. Era el primer Princeps y no existía ninguna tradición sobre la manera de elegir al siguiente.
Estaba claro para Augusto que si moría sin tomar medidas para la sucesión, varios generales podían tratar de convertirse en emperadores, usando sus ejércitos para tal fin, y las guerras civiles comenzarían nuevamente. Por ello, Augusto tenía que elegir un sucesor antes de morir, y hacer que el Senado y el pueblo lo aceptasen de antemano. Naturalmente, le habría gustado elegir a alguien de su propia familia para tal fin.
La elección obvia en tales circunstancias habría recaído en un hijo propio, pero Augusto no tenía hijo varón. Sólo tenía una hija, Julia, quien había trastornado y disgustado a Augusto con su modo de vida airado y amante del placer. Había puesto en ridículo su programa de reformar las costumbres romanas y fue enviada al exilio.
Pero su primer marido había sido Marco Vipsanio Agripa, íntimo amigo y consejero de Augusto desde sus días escolares, cuando habían estudiado juntos. Cuando Augusto, que tenía escasas dotes militares, luchaba por el poder sobre el ámbito romano, fue Agripa quien combatió y ganó batallas para él. En la paz que siguió, Agripa supervisó la reconstrucción de Roma y construyó su más bello templo, el Panteón («todos los dioses»), además de una cantidad de acueductos para asegurar el suministro de agua de la ciudad. Este Agripa y la hija de Augusto, Julia, tuvieron cinco hijos antes de morir Agripa en 12 a. C. Por tanto, Augusto tenía cinco nietos que eran también hijos del querido y leal amigo del Emperador, Agripa. Y tres de ellos eran varones.
Los dos hijos mayores, Cayo César y Lucio César, eran esperanzadores. Pero Lucio enfermó y murió en Massilia (Marsella) en el año 2. Cuando era un adolescente, Cayo fue enviado a una expedición militar de menor importancia en Asia Menor, donde fue herido en acción y murió en el viaje de vuelta, en el 4. El hijo menor de Agripa y Julia, nacido después de la muerte de su padre, era un demente, por lo que fue mantenido en el aislamiento bajo custodia.
Una de las dos nietas de Augusto era Julia, quien parecía ser tan amante del placer como su madre y tocaya. También ella fue castigada por el rígido Augusto. Fue enviada al exilio, como lo había sido su madre, y vivió fuera veinte años, sin que se le permitiese jamás retornar a Roma. Sólo quedaba la segunda nieta, Agripina, a quien nos referiremos más adelante.
Acosada su vida personal por estas tragedias, Augusto se vio obligado una vez más a apelar a su hijastro Tiberio. No era un pariente consanguíneo, pero era un hijo adoptivo (lo cual era muy importante en la época romana) y, además, era hijo de la amada esposa de Augusto. Tiberio era miembro de la aristocrática familia Claudia, por parte de su padre consanguíneo, y de la igualmente aristocrática familia Julia por parte de su padre adoptivo, Augusto. Por ello, el linaje de emperadores emparentados que comienza con Augusto es llamado a menudo el «linaje julio-claudiano».
Otra ventaja de Tiberio era que estaba en la edad adulta, pues tenía cincuenta y tantos años de edad en los últimos años de Augusto, y era un general de probada capacidad. También era honesto, concienzudo y de una rígida moral. No había duda de que gobernaría bien. Por desgracia, era un individuo severo y retraído (sobre todo desde su forzado divorcio de su amada esposa), y no inspiraba simpatía a nadie.
Posteriormente, hubo historiadores que afirmaron que Tiberio había preparado todo de un modo malvado y engañoso con la ayuda de su madre, Livia. Se relataron cuentos de que envenenó a los nietos de Augusto, de que intervino en la muerte del mismo Augusto, etcétera. Se ennegreció su figura y se lo presentó como un monstruo de crueldad y lujuria.
En realidad, nada de esto es creíble. Los autores que nos cuentan estas cosas eran miembros del partido senatorial de un par de generaciones después, quienes suspiraban por los que creían que habían sido los buenos viejos tiempos. Sentían rencor hacia los emperadores que habían puesto fin a la república y se deleitaban escribiendo historias escandalosas sobre ellos. Escuchar a estos historiadores es como escuchar a los columnistas chismosos de los periódicos sensacionalistas y creer todo lo que dicen sobre las celebridades.
Finalmente, en 14 (767 A. U. C.), Agusto yacía en su lecho de muerte. Tenía setenta y siete años y había reinado cuarenta y tres. Entre sus últimas palabras dirigidas a quienes lo rodeaban, se cuentan las siguientes: «¿Creéis que he desempeñado bien mi papel en la vida? Si es así, aplaudid.»
Ciertamente, desempeñó bien su papel en la vida. El Imperio estaba bien afirmado, y sus cinco millones de ciudadanos y casi cien millones de no ciudadanos estaban en paz. Todos los siglos de luchas de la historia antigua parecían haber llegado a su culminación en este último «gobierno mundial» pacífico e ilustrado.
Sólo era menester conservarlo así el mayor tiempo posible.

Tiberio
Cuando Augusto agonizaba, Livia (quien vivió quince años más, pues murió en 29 a la notable edad, para aquellos tiempos, de ochenta y seis años), envió mensajeros a Tiberio. Estaba en camino hacia Iliria para emprender una campaña, pero al recibir el mensaje, se puso inmediatamente al mando del ejército y retornó a Roma para asumir el cargo de emperador.
Como había hecho antaño Augusto, ofreció ceder todos los poderes y restaurar la república, pero, nuevamente, esto sólo era un recurso para obligar al Senado a otorgarle esos poderes personalmente. Así, sería emperador por la voluntad del Senado tanto como por la de Augusto, y su posición sería totalmente legal y doblemente segura. El Senado lo comprendió, y comprendió también los peligros de la anarquía que sobrevendría si, por un extraño azar, Tiberio hablase en serio.
Se apresuraron a otorgarle todo el poder imperial.
Al subir al poder, Tiberio tuvo que hacer frente a la rebelión de algunas legiones del Danubio y del Rin. Envió a su hijo Druso César (llamado a veces Druso el Joven, para distinguirlo de Druso el Viejo, que había sido el hermano de Tiberio) para que se hiciese cargo de las legiones danubianas. Druso el Joven se las arregló para hacer entrar por vereda a los amotinados.
La situación en el Rin era más peligrosa. Desde la derrota de Varo, la frontera del Rin era particularmente vulnerable, y hubo que hacer esfuerzos especiales para mantener elevada la moral allí. Los soldados romanos del Rin habían idolatrado a Druso el Viejo, quien en el 15 a. C. tuvo un hijo llamado Germánico César en honor de las victorias de su padre sobre los germanos. El niño sólo tenía seis años cuando murió su padre, pero cuando Arminio obtuvo su gran victoria sobre las legiones de Varo, Germánico tenía veinticuatro años y era un gallardo joven y el modelo del joven noble romano. Más aún, se casó con Agripina, la virtuosa nieta de Augusto.
Augusto estaba tan impresionado por su nieto político que lo envió a la frontera del Rin junto con Tiberio en los críticos días posteriores a la derrota de Varo. Actuaron allí con eficacia, y cuando Augusto estaba arreglando las cosas para que Tiberio le sucediese en el trono imperial, el viejo emperador insistió en que Tiberio adoptase a Germánico como su hijo y heredero, con exclusión del propio hijo de Tiberio. Éste así lo hizo.
En 14, Germánico fue enviado al Rin por segunda vez, y solo, mientras Tiberio fue enviado a Iliria. Cuando Augusto murió y Tiberio retornó para recibir los honores imperiales del Senado, Germánico permaneció en el Rin y tuvo que hacer frente a las legiones que se habían rebelado repentinamente.
Los soldados pedían más paga y, en esencia, menos horas de servicio, pues se quejaban de que las campañas eran demasiado duras. Germánico, con una mezcla de tacto, afabilidad y firmeza, y con la oferta de mayor paga, se ganó a las legiones.
Para tenerlas ocupadas y brindarles la excitación de la victoria, las condujo a Germania una vez más. Derrotó a los germanos en varias batallas y les demostró que la victoria sobre Varo fue una excepción, y no sería fácil que se repitiese. Hasta condujo su ejército por el Teutoburger Wald, donde hallaron los descoloridos huesos de las tres legiones de Varo y enterraron los restos. Germánico tuvo ocasión de luchar contra Arminio y sus germanos, y los derrotó, haciendo con ellos gran carnicería y recuperando los pendones perdidos por las legiones de Varo.
A juicio de Tiberio, se había hecho algo muy importante. Los germanos habían recibido una lección y ya no presumirían de su única victoria. Sin embargo, al igual que Augusto, creía que era inútil tratar de restablecer la línea del Elba. Era demasiado costoso, en dinero y en hombres, para el valor que parecía asignarle Tiberio. Por ello, en 16, ordenó a las legiones romanas que volvieran al Rin y llamó a Germánico.
Los cotillas senatoriales de tiempos posteriores estaban seguros de que lo había hecho por celos y que odiaba a su sobrino, de quien se suponía que se sentía receloso por ser su heredero y a quien temía por su popularidad en el ejército. Pero esto no es en modo alguno cierto. El juicio estratégico de Tiberio era correcto. Los germanos habían recibido una lección y la frontera del Rin permanecería en calma durante dos siglos más. Por otro lado, Germánico había perdido un considerable número de soldados y sus victorias no habían sido fáciles. De haber continuado su campaña, es muy posible que los germanos con el tiempo llegasen a obtener una segunda victoria, a la que hubiera seguido una invasión germánica de la Galia, con consecuencias imprevisibles.
Parece demostrado que Tiberio no estaba realmente celoso de Germánico por el hecho de que puso al joven en un cargo de poder en la parte oriental del Imperio. Su misión en el Este era dirimir las cuestiones concernientes a Armenia. Partia nuevamente estaba creando problemas allí, como iba a hacerlo muchas veces en el futuro.
Germánico, por desgracia, no tuvo oportunidad de resolver este problema. En 19, murió a la edad de treinta y cuatro años. Esto en sí mismo no tiene nada de sorprendente. Sólo en tiempos modernos se ha hecho posible combatir las enfermedades infecciosas; en la antigüedad, había muchas enfermedades e infecciones que eran fatales y que hoy ni siquiera son serias. La esperanza de vida media en la época romana era mucho más corta que hoy. Aunque algunos individuos, como Augusto y Livia, vivían hasta avanzada edad, el promedio de vida entre los romanos era, probablemente, de unos cuarenta años.
Sin embargo, nunca parecía admitirse esto cuando una figura popular moría joven por alguna causa poco clara, particularmente si podía heredar una posición de poder. Los chismosos de entonces y de épocas posteriores siempre supusieron lo peor y más escandaloso. Inmediatamente surgieron rumores, por ejemplo, de que Tiberio había hecho envenenar a Germánico, y la mujer de éste, Agripina, parece haberlo creído.
Pero Tiberio no tuvo con sus herederos más suerte que Augusto. Si Tiberio envenenó a Germánico para hacer emperador a su propio hijo, esta esperanza quedó frustrada. En 23, Druso el Joven murió a la edad de treinta y ocho años.
Tiberio continuó la política prudente de Augusto tanto en la paz como en la guerra. Al igual que Augusto, no intentó costosas y arriesgadas conquistas extranjeras por mor de la conquista misma. Como Augusto, vigiló para que las provincias fuesen gobernadas honesta y eficientemente. Cuando pudo, aprovechó la oportunidad para unificar el Imperio anexando un reino satélite como provincia, pero no por la fuerza, En cambio, aprovechaba algún momento estratégico, como cuando moría un viejo rey. Así, cuando murió el rey de Capadocia, en el este de Asia Menor, en 17, Tiberio la convirtió en provincia romana.
Tiberio era ya de edad cuando se convirtió en emperador. A los sesenta y cinco años, estaba fatigado, en verdad, y sólo deseaba dejar la carga del gobierno sobre hombros más jóvenes; en otras palabras, deseaba elegir el equivalente de un primer ministro.
Eligió para tal fin a Lucio Sejano. Este era el jefe de la guardia pretoriana, que, bajo Augusto, había sido dispersada por Italia en pequeños destacamentos. Sejano persuadió a Tiberio de que ordenase a esos hombres que se concentraran en un campamento cercano a Roma. Esto hacía que estuviesen más a mano en caso de una emergencia, y aumentaba el poder de Sejano. (También representaba un mayor peligro para el Imperio, como iba a verse en años posteriores.)
Más tarde, corrieron historias que hacían de Sejano un monstruo increíble. Fue él quien, presuntamente, hizo envenenar a Druso, para tener él la posibilidad de subir al trono. Parece probable que el pecado real de Sejano fuese tomar medidas para que el poder de Tiberio sobre el Senado fuese máximo.
Tiberio no tenía el don de Augusto de ganarse a la gente. Mientras que Augusto podía andar por las calles sin protección, Tiberio tenía que hacerse escoltar. A medida que la República retrocedía cada vez más para sumirse en las brumas de la historia, tanto más los senadores se entregaron a exaltar un pasado idealizado. Sejano persuadió a Tiberio a que actuase vigorosamente contra el Principado, y los futuros historiadores senatoriales lo execraron y, en consecuencia, execraron a Tiberio.
No sólo el Senado representaba un peligro posible. Agripina, la viuda de Germánico, parece haber intrigado contra Tiberio, de quien sospechaba que había envenenado a su marido, y soñado con colocar a uno de sus hijos en el trono. Sejano convenció a Tiberio de que la exiliara, en el 30, y murió tres años más tarde, aún en el exilio.
En 26, Tiberio se sintió bastante seguro de la capacidad de Sejano para manejar el gobierno y pensó que podía retirarse completamente de los asuntos de Estado y aliviar su pena por la muerte de su hijo. Así, estableció su residencia en la isla de Capri, en la bahía de Nápoles, para un descansado retiro.
Más adelante, el rumor popular atribuyó a Tiberio todo género de crueldades y de orgías lascivas en la isla, pero es difícil imaginar algo más ridículo que tales historias. En primer lugar, Tiberio había llevado una vida austera y abstemia, y no es probable que se abandonen hábitos de toda una vida. En segundo lugar, tenía sesenta y ocho años cuando se retiró a Capri, y es poco probable que hubiese podido entregarse a tales orgías, aunque hubiese querido hacerlo.
Pero en su ausencia, Sejano parece haber llegado a ciertos extremos. Las leyes contra la traición fueron endurecidas hasta el punto de que toda declaración descuidada que pudiese ser interpretada como rechazo de Tiberio o el principado podía ser causa de una sentencia de muerte. La gente era estimulada a denunciar tales declaraciones y era recompensada por ello, por lo que no cabe sorprenderse de que a veces esos informes fuesen falsos. Los delatores profesionales fueron uno de los horrores del período.
Sejano quizás estimuló deliberadamente el reinado del terror con la intención de quebrar la voluntad del Senado, si es que aún era necesario quebrarla.
Pero, con el tiempo, el receloso Tiberio abrigó sospechas hasta de Sejano. El primer ministro planeaba casarse con la nieta de Tiberio, y también puede que pensara en sucederle. Tiberio tal vez se encolerizó por esto. Sea como fuere, en 31 el Emperador envió una carta desde Capri denunciando a Sejano, y el hasta entonces todopoderoso primer ministro fue ejecutado de inmediato.

Calígula
Tiberio murió en 37 (790 A. U. C.), después de un reinado de treinta y tres años, y nuevamente se planteó el problema de la sucesión.
Tiberio no tenía hijos vivos, y Germánico, su sobrino, en un principio su heredero, había muerto hacía tiempo. Pero Germánico había dejado hijos. Algunos estaban ya muertos, pero uno quedaba vivo. Era Cayo César, sobrino nieto de Tiberio, bisnieto de Livia (la esposa de Augusto) por su padre y bisnieto del mismo Augusto, y también de Marco Antonio, por su madre.
Cayo César había nacido en el 12, mientras Germánico y Agripina, su padre y su madre, se hallaban en un campamento en Germania. Pasó sus primeros años entre las legiones, y los rudos legionarios al parecer estaban encantados de la novedad de tener en medio de ellos al pequeño hijo de su comandante. Germánico utilizó al niño en su campaña para mantener alta la moral de los soldados y lo vistió con un uniforme de soldado, inclusive unas pequeñas botas militares. Los soldados quedaron locos de entusiasmo al verlo y llamaron al niño «Calígula» («botitas»). El apodo le quedó, y es conocido en la historia solamente por ese tonto nombre.
Calígula, a diferencia de Augusto y Tiberio, no estaba formado en la vieja tradición de Roma. Había sido criado en la corte imperial, donde, por una parte, fue pretendo como posible heredero y vivió en medio del mayor lujo, y, por la otra, su vida estuvo en constante peligro a causa de las intrigas cortesanas, de modo que se hizo temeroso y receloso. Tuvo como amigos a varios de los príncipes de los reinos satélites orientales, quienes estaban en Roma por una u otra razón. Uno de ellos era Herodes Agripa, nieto del primer Herodes de Judea. De estos amigos, Calígula aprendió a gustar del tipo oriental de monarquía.
El gobierno de Calígula se inició con tranquilidad y fue, de hecho, saludado con regocijo, pues la corte era más alegre que en los días del viejo y sombrío Tiberio, y el joven emperador parecía liberal y agradable. Era tan liberal, en efecto, que gastó alegremente en un año todo el excedente que Augusto y Tiberio habían ahorrado prudentemente en el tesoro durante casi setenta años de cuidadoso gobierno.
Pero en el 38 Calígula cayó gravemente enfermo, y cuando se recuperó todo cambió. No hay duda de que la enfermedad había afectado a su mente y que estuvo totalmente desequilibrado durante los últimos escasos años de su vida. Los futuros historiadores senatoriales hicieron remontar su enfermedad mental a sus años tempranos y lo consideraron un monstruo desde el principio, y aunque indudablemente exageraron, quizás haya algo de verdad en esto.
Después del 38, la manía de gastar de Calígula aumentó, y se vio obligado a tomar medidas excepcionales para obtener el dinero que necesitaba. La necesidad de dinero constituye una fuerte tentación a la tiranía, pues si un hombre rico es condenado por traición y ejecutado, puede confiscarse su propiedad por el Estado e ir a manos del emperador. Que la acusación sea injusta, no importa. Como ejemplo particularmente flagrante, Calígula hizo que Tolomeo, el inofensivo rey de Mauritania, y también descendiente de Marco Antonio (véase página), fuese llevado a Roma y ejecutado. Entonces pudo confiscar el tesoro mauritano.
Calígula trató de convertir el Principado de Augusto en una monarquía oriental y de hacerse adorar como ser divino.
En realidad, en las más antiguas culturas (con la conspicua excepción de los judíos) se otorgaba un culto divino a seres humanos muertos y a veces a los vivos. Los emperadores romanos a menudo fueron deificados después de su muerte y se les rendía honores rituales rutinarios. Esto no significaba mucho en una sociedad politeísta, y agradaba al Senado, pues era éste el que debía votar o no los honores divinos. Ocurrió a menudo que el único modo en que el Senado pudo vengarse de un emperador que lo tiranizó en vida era negarle honores divinos después de su muerte. Ello no afectaba al emperador muerto, desde luego, pero hacía sentirse satisfechos a los senadores vivos.
Pero, en su megalomanía, Calígula fue más allá y quiso que se le otorgaran honores divinos mientras aún vivía. Esto iba contra las costumbres romanas, pero no carecía de precedentes en otras culturas. Los faraones egipcios, por ejemplo, eran considerados dioses vivientes. Esto no era tan ridículo para los egipcios como nos parece hoy, pues mucho depende de la definición de «dios» que se dé. La seguridad y la ceremonia de que se rodea un jefe de Estado moderno no lo hace similar a un dios a nuestros ojos, quienes somos conscientes del poder trascendente del Dios que adoramos, pero hubiese podido hacerle parecer un dios a una cultura antigua, para quienes los dioses muy a menudo tenían debilidades humanas entre sus características.
Mas para los romanos, la vista de un joven emperador vestido como Júpiter y que exigía la colocación de su propia estatua en lugar de la de Júpiter en los templos era muy inquietante.
Augusto y Tiberio sólo habían sido «primeros ciudadanos». Su título era el de «Princeps». Cualesquiera que fuesen sus poderes, en teoría no eran más que ciudadanos romanos, y otros ciudadanos romanos eran sus iguales, siempre en teoría. Pero si Calígula se convertía en un rey-dios, sería mucho más que un ciudadano. Todos los pueblos del Imperio, incluidos los ciudadanos romanos, serían sus súbditos y esclavos por igual. Entonces, un ciudadano romano no tendría más derechos que cualquier provinciano no ciudadano.
Se formaron conspiraciones contra Calígula. Una de ellas finalmente tuvo éxito y, en 41 (794 A. U. C.), Calígula, junto con su mujer y su hija, fueron asesinados por un contingente de la guardia pretoriana. Aún no tenía treinta años por entonces.

Claudio
En cierto modo, este primer asesinato de un emperador (no el último, ni mucho menos) fue una oportunidad excepcional para el Senado. Ahora que un emperador loco había mostrado lo que podía hacer, la eliminación del principado se presentaba como una conclusión natural. La «imagen» de éste se había elevado después de setenta años de gobierno firme y razonable, pero ahora se había manchado en forma permanente, pues evidentemente daba a jóvenes locos el poder de vida o muerte sobre todos los dominios romanos. Esta, pues, era una buena oportunidad para restaurar la república.
Desgraciadamente para el Senado, la decisión no la tomarían los senadores. Los soldados habían dado muerte al Emperador y fueron ellos quienes eligieron uno nuevo.
Ocurrió que el tío de Calígula estaba con éste en el momento de su asesinato. Este tío, Claudio (Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico), era el hermano menor de Germánico e hijo de Druso el Viejo, los dos héroes militares de los primeros días del Imperio.
Claudio, a diferencia de su hermano y de su padre, era enfermizo y de apariencia poco atractiva, por lo que se lo dejó de lado y fue postergado. Juzgó más seguro cultivar la oscuridad y estaba difundida la creencia de que era un deficiente mental, lo cual probablemente contribuyó a protegerlo contra las intrigas, pues no parecía ser una amenaza para nadie.
En realidad, Claudio no era en absoluto un débil mental, sino un sabio que realizó investigaciones históricas y escribió valiosas obras sobre los etruscos y los cartagineses. Pero esto probablemente convenció aún más a los miembros más alegres de la aristocracia romana de que era un excéntrico.
Calígula tal vez sintió cierto afecto por su inocuo tío o quizá lo consideró como un divertido bufón para la corte. A comienzos del reinado de Calígula, fue cónsul junto con el Emperador, y, como ya dijimos, se hallaba con Calígula cuando irrumpieron los asesinos.
Claudio, lleno de pánico, se ocultó detrás de un mueble, mientras los soldados hacían estragos, matando ciegamente al principio, en el temor de ser a su vez atacados. Cuando su furia se aplacó, descubrieron a Claudio en su escondite y lo sacaron de él. Temblando, pidió por su vida, pero nadie tenía intención de matarlo. Los soldados comprendían la necesidad de un emperador, y Claudio era un miembro de la familia imperial. Entonces fueron ellos quienes le pidieron que fuese su emperador.
Probablemente a Claudio no le gustó la idea, pero no podía discutir con soldados armados. No sólo aceptó, sino que prometió recompensar a los soldados con una gratificación general cuando asumiera el poder. Esto sentó un mal precedente, pues los soldados aprendieron que podían cobrar por el trono, y gradualmente cobraron un precio cada vez mayor.
El Senado, defraudadas sus esperanzas de restablecer la república, tuvo que asentir a todo lo que los soldados quisieran, y Claudio fue hecho emperador.
Claudio tenía cincuenta años por entonces. Había pasado su vida en búsquedas eruditas y no era un hombre de acción o decidido. En verdad, era más bien tímido y débil de carácter. Sin embargo, hizo todo lo que pudo por ser un buen emperador. Llevó a cabo programas de construcción en Roma, extendió la red de caminos imperial y drenó lagos para obtener tierras de labranza. Respetó al Senado y, con él, la corte se vio libre del peligro de reyes divinos, pues Claudio sólo fue el Primer Ciudadano, siguiendo la tradición de Augusto.
Bajo Claudio, tímido como era, el Imperio Romano comenzó nuevamente a expandirse un poco. Entre otras cosas, Claudio siguió la política de Tiberio de absorber los reinos satélites cuando las condiciones eran adecuadas. Mauritania estaba sin rey desde que Calígula había hecho ejecutar a Tolomeo, y los mauritanos se rebelaron contra el torpe intento de Calígula de convertir el país en una provincia. Claudio hizo aplastar la rebelión y Mauritania se convirtió en provincia en 42.
Licia, en el sudoeste de Asia Menor, fue convertida en provincia en 43, al igual que Tracia, situada al norte del mar Egeo, en 46. Sólo uno o dos rincones extraños del Imperio conservaron su autonomía. Uno de ellos era Comagene, pequeña región del este de Asia Menor que Calígula, por puro capricho, convirtió nuevamente en monarquía después de haber formado parte ya de una provincia romana. Conservó sus reyes durante una generación.
Más importante fue que el Imperio Romano saltase sobre el mar, de Galia a Britania.
La isla de Britania (ahora llamada Gran Bretaña y que incluye Inglaterra, Gales y Escocia), situada al norte de la Galia, al otro lado del estrecho brazo de mar hoy llamado el Canal de La Mancha, sólo era vagamente conocida por el mundo antiguo antes de la época de Julio César. Se supone que los fenicios y los cartagineses enviaron barcos a Britania en busca de estaño, metal necesario para la manufactura del bronce, y guardaron cuidadosamente el secreto comercial de sus fuentes de estaño.
Cuando César conquistó la Galia, tuvo noticia de Britania porque los habitantes celtas de la isla estaban emparentados, en lenguaje y cultura con los galos. Más aún, sintiéndose seguros en su isla, no vacilaron en enviar ayuda a los galos en su lucha contra los romanos.
Para poner fin a eso, César organizó dos incursiones en Britania, en 55 y 54 a. C. En la segunda, obtuvo considerable éxito, pues avanzó más allá del río Támesis. Pero no tenía intención por entonces de enredarse en esa isla distante y, cumplido su propósito de atemorizar a los britanos, se marchó para proseguir sus tareas de mayor importancia.
Los britanos tuvieron un respiro de casi un siglo. Pero, al observar que el poder romano se afirmaba cada vez más en la Galia y al ver a los mismos galos cada vez más romanizados, aumentó su inquietud. Juzgaron que era beneficioso para su propia defensa seguir estimulando la agitación en la Galia.
Bajo Claudio, la situación en la Galia se había vuelto más favorable a los romanos y menos favorable para los britanos. La estrecha política de Augusto y Tiberio con respecto a la ciudadanía fue modificada, y se concedió ésta a los galos distinguidos. Esta visionaria acción contribuyó a hacer de esa tierra una base segura para una mayor expansión del poder romano. (En 48, una generación después de la muerte de Augusto, el número de ciudadanos romanos se elevaba a unos seis millones.)
La política interna de Britania hizo también parecer aconsejable una invasión. Un gobernante pro romano de Britania, Cunobelino (el «Cymbeline» de la obra de Shakespeare), había muerto y sido sucedido por un par de hijos antirromanos. Un líder britano pro romano pidió ayuda a Roma contra los nuevos gobernantes, y Roma respondió al llamado. Un ejército romano desembarcó en el sudeste de Inglaterra (la moderna Kent) en 43 (796 A. U. C.). La Inglaterra meridional, ya pacíficamente invadida por el comercio y, por consiguiente, semirromanizada, fue conquistada y convertida en una provincia del Imperio. El mismo Claudio se unió al ejército, y su joven hijo, nacido el año anterior, recibió el apodo de Británico.
Los britanos resistieron con bravura, particularmente en las salvajes regiones montañosas del norte y el oeste. El líder britano Caractaco sólo fue capturado en el 51. Luego, en 61, una feroz revuelta por parte de Boudica (a menudo incorrectamente llamada Boadicea), reina de una región de Inglaterra oriental, al norte del Támesis, casi deshizo toda la labor romana al exterminar prácticamente a una legión romana. Pasaron unos treinta años antes de que lo que es ahora Inglaterra y Gales quedase razonablemente pacificado.
En el interior, Claudio tuvo problemas porque fue gobernado y dominado por sus mujeres. Su tercera mujer, con quien se casó por la época en que se convirtió en emperador, era Valeria Mesalina, madre de Británico. Los posteriores historiadores senatoriales le atribuyeron una cantidad tan sorprendente de vicios que la palabra «Mesalina» ha llegado a ser usada para designar a cualquier mujer inmoral y depravada. Al parecer, el mismo Claudio se convenció finalmente de que quizá Mesalina planeaba matarlo y reemplazarlo por uno de sus amantes, pues ordenó que la ejecutaran en 48.
Luego se casó con Agripina, hermana de Calígula y sobrina suya. Ella había estado casada antes y tenía un hijo, Domicio, quien adoptó los nombres imperiales de Nerón Claudio César Druso Germánico, cuando su madre fue emperatriz. Es conocido en la historia como Nerón. Era nieto de Germánico y tataranieto de Augusto.
La máxima aspiración de Agripina era hacer emperador a su hijo Nerón. Persuadió a Claudio de que adoptase a Nerón como hijo y lo hiciese su heredero con preferencia a su propio hijo Británico, quien era más joven que Nerón. En 53, Nerón reforzó su posición mediante su casamiento con Octavia, hija de Claudio. En ese momento, Nerón tenía quince años y Octavia once.
Logrado todo esto, Agripina no necesitaba más a Claudio. Según posteriores historiadores senatoriales, hizo envenenar a Claudio en 54 (807 A. U. C.) e hizo que la Guardia Pretoriana reconociese a Nerón como su sucesor mediante la promesa de una generosa gratificación. Si los soldados decían que sí, el Senado no estaba en condiciones de decir que no. Nerón fue el quinto emperador de Roma.

Nerón
Nerón, con dieciséis años de edad cuando ascendió al trono, inició su reinado, al igual que Calígula, de un modo que dio pábulo a esperanzas optimistas. Pero cuando se es joven y se descubre que uno puede satisfacer un deseo, cualquiera que sea, es difícil aprender mesura.
Muy pronto Nerón aprendió a barrer de su camino todo lo que pudiese ser una barrera para la continua satisfacción de sus deseos. Hizo envenenar a Británico, se divorció de su joven mujer, la desterró y más tarde la hizo desaparecer. En 59, se había vuelto tan perverso que no vaciló en hacer ejecutar a su madre porque trató de dominarlo como había dominado a Claudio.
Extrañamente, a Nerón nunca le gustó realmente la tarea de gobernar. Lo que realmente deseaba era ser actor teatral. Era lo que hoy describiríamos como un «apasionado por el teatro». Escribía poesías, pintaba cuadros, tocaba la lira, cantaba y recitaba tragedias. Ansiaba actuar en público y recibir aplausos. Es imposible, desde luego, saber si su actuación era eficiente, porque no hay ningún testimonio imparcial de lo que hacía. Obtenía grandes aplausos en todas las ocasiones y constantemente se le concedían premios destinados a actores profesionales, pero, ¿obedecía todo ello a que era bueno o a que era el emperador? Casi con seguridad, a lo último. Por otro lado, posteriores historiadores senatoriales ridiculizaron sus aptitudes, pero quizá no fue tan incompetente como decían ellos.
De haber sido actor en vez de emperador, Nerón tal vez hubiera podido llevar una vida razonable y hasta lograr algún renombre. Hubiera podido ser un ciudadano respetable y hasta un hombre bueno. Pero, tal como estaban las cosas, su posición como emperador le brindó infinidad de oportunidades de pasar a la historia como uno de los más infames villanos que hayan vivido jamás.
Más por entregado al lujo y por derrochador que fuese el gobierno personal de Nerón, la labor del Imperio continuó.
Nuevamente, surgieron perturbaciones en el Este, y el problema, como siempre, era el juego de la cuerda entre Roma y Partia por el Estado tapón de Armenia, que estaba entre ellos. Poco después de la muerte de Claudio, el gobernador títere romano de Armenia fue muerto por las tribus fronterizas, y el rey parto, aprovechando lo que juzgó que sería un período de trastornos en Roma, invadió Armenia y puso en el trono a su hermano Tiridato.
Nerón envió a Cneo Domicio Corbulón al Este para que se hiciese cargo de la situación. Corbulo había prestado servicios con eficacia en Germania, bajo Claudio, y era un general muy competente. Pasó tres años reorganizando las legiones en el Este y revitalizando su moral. En 58 (811 A. U. C), invadió Armenia, y en el curso del año siguiente ocupó el país, expulsando a los partos y poniendo en el trono a un nuevo títere romano.
Si Corbulón hubiese tenido libertad, Partia habría sufrido una resonante derrota. Pero Nerón cuidaba de que ningún general tuviese demasiado éxito y reemplazó a Corbulón por un general mucho menos competente que, en 62, sufrió una gran derrota. Luego, Corbulón fue puesto nuevamente en el mando y logró restablecer la situación de modo que las cosas terminaron en un empate. Tiridato, el parto, siguió siendo rey de Armenia en definitiva, pero en 63 convino en ir a Roma a recibir su corona de Nerón, con lo cual Armenia, al menos en teoría, sería un satélite romano.
Pero entre tanto surgió una crisis en Judea. La inquietud aumentaba entre los judíos bajo el gobierno de los Herodes y los procuradores. Sus esperanzas mesiánicas se agudizaron y ya no estaban dispuestos de ningún modo a transigir en cuestiones religiosas. El recuerdo de los macabeos y su rebelión gloriosamente triunfante en defensa de su religión y contra Antíoco IV permanecía fresco en sus mentes.
Así, continuamente se oponían a toda forma de homenaje que pudiese concebirse como un culto del emperador o de cualquiera de los símbolos del Imperio. Cuando Poncio Pilato entró en Jerusalén con estandartes en los que estaba pintada la figura del emperador Tiberio, estallaron violentos desórdenes entre la población, porque la pintura era considerada como un ídolo. Poncio Pilato estaba asombrado, pues no hallaba nada de perjudicial en una bandera de combate. Pero Tiberio no deseaba rebeliones innecesarias y costosas por una causa tan trivial, y ordenó quitar los perturbadores símbolos.
Pero tal conducta intransigente, tal certidumbre de que su Dios era el único Dios verdadero y que todos los otros objetos de culto eran malos y repugnantes, hizo a los judíos cada vez más impopulares entre los otros pueblos del Imperio, que aceptaban una multiplicidad de dioses y eran en gran medida indiferentes con respecto a las creencias de sus vecinos. Los judíos eran particularmente impopulares entre los griegos, quienes consideraban que su cultura era la única y verdadera Cultura y tenían tan pobre opinión de otras culturas como los judíos de otros dioses.
En Alejandría, la capital de Egipto, la mayor ciudad de habla griega en el mundo a la sazón y que sólo cedía en importancia ante Roma en todo el Imperio, había una gran colonia de judíos que seguían apegados a sus tradiciones y casi constituían una ciudad dentro de otra. Habían recibido privilegios especiales de Augusto (quien les estaba agradecido por su apoyo, al final de la guerra civil), tales como la exención de participar en los rituales que tenían por objeto la persona del emperador y la del servicio militar. También esto fastidiaba a los griegos.
Los griegos de Alejandría iniciaron disturbios antisemitas, y los judíos enviaron una delegación a Calígula para pedir justicia. Los griegos, inseguros sobre la actitud que adoptaría el emperador loco, se apresuraron a enviar una delegación rival para argumentar que los judíos se negaban a participar en el culto al Emperador y, por ende, eran traidores.
Calígula, deseoso de hacerse adorar en forma absoluta, ordenó colocar su estatua en los diversos templos del Imperio. En muchos lugares, la orden fue obedecida inmediatamente. ¿Qué importaba un bloque de piedra más o menos en un templo? Pero Calígula ordenó específicamente que su estatua fuese colocada en el Templo de Jerusalén, a lo que los judíos se opusieron. La idea de que una figura humana fuese adorada en la Casa del único Dios verdadero era completamente inaceptable para los judíos, y estaban dispuestos a morir antes que acceder a ello. El gobernador de Siria escribió a Calígula contándole esto, y postergó desesperadamente la aplicación de la orden. En su cólera, Calígula quizá habría ordenado la destrucción de Judea. Pero fue asesinado justo a tiempo para impedir una insurrección, y como consecuencia de ello la destrucción se postergó una generación más.
Claudio, al convertirse en emperador, puso a Herodes Agripa, viejo amigo de Calígula, en el trono de Judea, otorgándole nuevamente cierto grado de autonomía. Herodes se esforzó para ganarse a los judíos, y efectivamente alcanzó gran popularidad, pese a ser idumeo. (Se cuenta que durante una Pascua lloró por no ser judío y que los espectadores, también llorando, exclamaron «tú eres un judío y eres nuestro hermano».)
Lamentablemente, su reinado fue breve, pues terminó con su muerte tres años más tarde, en 44. Su hijo, Herodes Agripa II, gobernó durante un tiempo sobre algunas zonas de Judea, pero la parte principal de esa tierra fue nuevamente convertida en provincia y gobernada por procuradores.
Esos procuradores eran a menudo rapaces, y uno en particular, que había sido nombrado por Nerón, desvalijó el tesoro del Templo. Los extremistas antirromanos entre los judíos (llamados los «celotes»), cuya influencia había ido en aumento, provocaron disturbios. Herodes Agripa II, quien estaba en Jerusalén en ese momento, urgió a la calma y la prudencia, pero no fue escuchado. En 66 (819 A. U. C.), Judea estaba en plena y violenta revuelta contra Roma.
La intensidad de la rebelión cogió a los romanos por sorpresa. Las tropas del lugar no pudieron dominarla y Nerón tuvo que enviar tres legiones al Este bajo el mando de Vespasiano (Titus Flavius Sabinus Vespasianus). Bajo Claudio, había prestado servicios en Germania y luego participado en la conquista de la Britania meridional, conduciendo las fuerzas que conquistaron la isla de Wight. Fue cónsul en 51 y luego gobernador de la provincia de África. Realizó con eficiencia la nueva tarea que se le encomendó, aunque lentamente, pues los judíos luchaban hasta la muerte.
En 69, Vespasiano abandonó Judea para retornar a Roma, pero su hijo Tito (se llamaba Titus Flavius Sabinus Vespasianus, igual que su padre), continuó la tarea. El 7 de septiembre del 70 (823 A. U. C.) tomó Jerusalén, y el Templo fue destruido por segunda vez. (La primera vez había sido destruido por los babilonios, cinco siglos antes.) Tito celebró el triunfo en Roma el año siguiente; el Arco de Tito, que aún está en pie en Roma, fue erigido en honor de esa victoria.
Los judíos que sobrevivieron y permanecieron en Judea se hallaron en medio de la devastación, con su Templo destruido, su sacerdocio abolido y una legión romana permanentemente establecida en el lugar.

La filosofía y los cultos
Sin embargo, la batalla entre la tradición romana y la religión judía fue llevada, en cierto modo, más allá de las fronteras de Judea. La lucha iba a ser larga y el veredicto diferente.
La religión romana, tomada principalmente de los etruscos, era, en un comienzo, de naturaleza predominantemente agrícola. Sus numerosos dioses y espíritus representaban fuerzas de la naturaleza y buena parte del ritual estaba destinado a asegurar la fertilidad del suelo, lluvias adecuadas y, en general, buenas cosechas. Esto es muy comprensible en una sociedad donde la alternativa a una buena cosecha era el hambre. Había también numerosos dioses y espíritus que presidían diferentes facetas del hogar y de la vida individual, desde el nacimiento hasta la muerte. Los ritos religiosos eran relativamente simples: se adecuaban al tiempo de que podían disponer agricultores atareados.
El principal refinamiento que el Imperio introdujo en la vieja religión fue el «Culto Imperial», en el cual se prestaba una especie de homenaje verbal al emperador y la emperatriz reinantes, y en el que los emperadores y emperatrices muertos recibían honores divinos.
Cuando la clase superior romana descubrió la cultura griega, la religión oficial griega fue fusionada, en cierta medida, con la de los romanos. El Júpiter romano fue identificado con el Zeus griego, la Minerva romana con la Palas Atenea griega, etcétera.
Sin embargo, las religiones oficiales de Grecia y Roma por igual estaban prácticamente muertas en la época del Imperio. Las clases superiores realizaban los ritos religiosos romanos y griegos oficiales de una manera mecánica y distraída.
A fin de cuentas, las creencias primitivas ya no eran adecuadas para una sociedad que no estaba formada solamente por labradores incultos, sino que también tenía aristócratas, personas cultas y habitantes urbanos que habían elaborado complejas concepciones del Universo. Sus intereses iban más allá de la mera esperanza de una buena cosecha. Se planteaban la cuestión de la vida buena, el empleo fructífero del tiempo libre, el cultivo de intereses intelectuales y el deseo de comprender los mecanismos del Universo. Los griegos elaboraron complejas filosofías para satisfacer sus tanteos en esa dirección, y los romanos adoptaron algunas de esas filosofías.
Una variedad popular de filosofía fue la fundada por Epicuro, nacido en la isla griega de Samos en 341 a. C. Estableció una escuela en Atenas, en 306 a. C., que tuvo gran éxito hasta su muerte en 270 a. C. Epicuro adoptó las creencias de algunos filósofos griegos anteriores, y consideraba que el Universo está formado por diminutas partículas llamadas átomos. Todo cambio consiste en la ruptura y el reordenamiento de grupos de átomos; había poco lugar en el pensamiento de Epicuro para la dirección intencional del hombre y del Universo por dioses. Era una filosofía esencialmente atea, aunque los epicúreos no eran fanáticos al respecto; practicaban alegremente rituales que consideraban sin sentido para evitar innecesarios escándalos o crearse situaciones difíciles para ellos.
En un universo formado por átomos en movimiento al azar, el hombre puede ser consciente de dos cosas: el placer y el dolor. Era evidente que el hombre debía comportarse de modo de gozar un máximo de placer y sufrir un mínimo de dolor. Sólo quedaba por determinar qué era realmente un máximo de placer. Epicuro pensaba que si un poco de algo brinda placer, mucho de ello no da necesariamente más placer. Morir de hambre por falta de alimento es doloroso, pero una indigestión por comer demasiado también lo es. El máximo de placer se obtiene comiendo con moderación, y lo mismo con otras alegrías de la vida. Además, es menester no olvidar los placeres del espíritu; del saber, de mejorar el discurso, de las emociones de la amistad y el afecto, placeres que, en opinión de Epicuro, eran mayores y más deseables que los placeres ordinarios del cuerpo.
No todos los epicúreos de siglos posteriores fueron tan sabios y moderados como Epicuro. Era fácil poner primero los placeres del cuerpo, y difícil ponerles límite. A fin de cuentas, ¿por qué no gozar de todo el placer que se pueda obtener ahora? Mañana puede ser demasiado tarde. Así, la palabra «epicúreo» ha entrado en nuestra lengua y ha llegado a significar «dado al placer». Tan popular se hizo la filosofía epicúrea que, para los judíos de los siglos posteriores a Alejandro, todos los griegos eran epicúreos. Todo judío que abandonaba su religión para adoptar costumbres griegas se convertía en un «epicúreo», y hasta el día de hoy el término judío para designar a un judío converso es «Apikoros».
Los romanos adoptaron las creencias epicúreas. Roma era mucho más rica y poderosa de lo que había sido nunca cualquier ciudad griega, y el lujo romano pedía alcanzar niveles más altos que el lujo griego. Por consiguiente, el epicureismo romano tendió a ser más basto que su versión griega. Bajo el Imperio, el epicureismo a menudo se convirtió en una excusa para el peor tipo de autocomplacencia.
Hallamos un ejemplo de un epicúreo romano en Cayo Petronio. Era un hombre capaz, que fue cónsul en una ocasión, y en otra, gobernador de Bitinia, en Asia Menor. Pero prefirió pasar su vida en el placer y el lujo (como los miembros de los actuales «círculos de alta sociedad»). Quizá no admiraba totalmente este modo de vida, pues es más conocido hoy por un libro llamado El Satiricón, que se le atribuye. En él se burla implacablemente del lujo tosco y de mal gusto de personas que tienen más riqueza que cultura y que no conocen otro uso del dinero que gastarlo.
Sin embargo, tan famoso se hizo por sus juicios en materia de placer, que se convirtió en alegre compañero de Nerón, quien apelaba a él para imaginar nuevas diversiones y juegos de modo de pasar el tiempo placenteramente. El era el «arbiter elegantiarum» («El juez en buen gusto y estilo»), por lo que a menudo se lo llama «Petronius Arbiter». Sin embargo, como muchos de los amigos y asociados de Nerón, Petronio tuvo mal fin. Las sospechas de Nerón, que eran siempre fáciles de despertar, cayeron sobre él, y Petronio prefirió suicidarse en el 66 antes que esperar la muerte a manos de otros.
Otra famosa escuela de filosofía griega fue fundada por Zenón, griego (posiblemente con algo de sangre fenicia) que había nacido en la isla semigriega y semifenicia de Chipre, aproximadamente por la época del nacimiento de Epicuro.
Zenón, como Epicuro, fundó una escuela en Atenas y enseñaba en un lugar de la plaza del mercado que estaba adornado por un pórtico o porche con pinturas de escenas de la guerra troyana. Era llamado la «Stoa poikile» (el «pórtico pintado»), por lo que las enseñanzas de Zenón fueron llamadas «estoicismo».
El estoicismo admitía la existencia de un Dios supremo y parece haber estado en camino hacia un tipo de monoteísmo. Pero también creía que los poderes divinos podían descender sobre toda clase de dioses menores y hasta sobre los seres humanos que eran deificados. De este modo, los estoicos se adaptaron a las prácticas religiosas prevalecientes.
El estoicismo comprendió la necesidad de evitar el dolor, pero no creyó que la elección del placer fuese el mejor camino para ello. No siempre se puede elegir el placer correctamente, y aunque se pueda, esto no hace más que abrir la puerta a un nuevo tipo de dolor: el de perder el placer de que se gozó antaño. La riqueza puede disiparse, la salud decaer y el amor morir. El único modo seguro de vivir una vida buena, decidieron los estoicos, es colocarse más allá del placer y del dolor; prepararse para no ser esclavo de la pasión o del temor, tratar la felicidad y la desdicha con indiferencia. Si no se desea nada, no se teme la pérdida de nada. Todo lo importante está dentro de uno mismo. Si somos dueños de nosotros mismos, no podemos ser esclavos de nadie. Si vivimos una vida rígidamente ajustada a un severo código moral, no necesitamos temer la torturante incertidumbre de las decisiones cotidianas. Hasta hoy, la palabra «estoico» es usada en castellano para significar «indiferente al placer y el dolor».
Naturalmente, tal filosofía no podía ser tan popular como la epicúrea, pero algunos romanos creían que las viejas virtudes romanas, la laboriosidad, la valentía y la firme devoción al deber, eran justamente las que valoraba el estoicismo. Por ello, hasta en los más fastuosos días del Imperio temprano, muchos se convirtieron a esta filosofía.
El más conocido de los estoicos romanos de este período era Séneca (Lucio Auneo Séneca), nacido alrededor del 4 a. C. en Corduba (la moderna Córdoba), de España. Su padre había sido un famoso abogado, y el joven Séneca también estudió derecho, asistió a una escuela estoica de Roma y llegó a ser tan famoso como orador que atrajo la favorable atención de Calígula. Después de morir éste, Séneca disgustó de algún modo a Mesalina, y ésta hizo que su marido, el emperador Claudio, lo desterrase de Roma, en 41. Pero Mesalina fue ejecutada, y la siguiente esposa de Claudio, Agripina, hizo volver a Séneca en el 49 para que fuese el tutor de su joven hijo Nerón. Séneca hizo todo lo que pudo para convertir a Nerón en un estoico, pero por desgracia, sus enseñanzas no echaron raíces.
Séneca escribió ensayos sobre la filosofía estoica y una serie de tragedias basadas en mitos griegos e imitando el estilo griego de Eurípides, pero tan llenas de resonancias y furias emocionales (extrañas en un estoico declarado), en lugar de sentimientos auténticos y pensamientos profundos, que no son muy admiradas en la actualidad, aunque son las únicas tragedias romanas que han llegado hasta los tiempos modernos.
Sin embargo, fue lo bastante popular en su época como para despertar la envidia de Nerón. Este, tan orgulloso de su propia obra, no podía soportar la idea de que la sociedad romana, en general, pensara que era en realidad Séneca quien escribía con el nombre de Nerón. Séneca fue relegado a la vida privada, y en 65 fue obligado a suicidarse, bajo la acusación de haber tomado parte en una conspiración contra el Emperador.
Pero no era de esperar que las clases más pobres de Roma se adhiriesen al epicureismo o al estoicismo. Carecían de la riqueza y el ocio necesarios para ser epicúreos, por mucho que lo hubiesen deseado, y era un triste consuelo para ellas que se las instase a despreciar los placeres cuando no tenían ningún placer que despreciar.
Se necesitaba algo más cálido y reconfortante, algo que un hombre pobre pudiese admitir, algo que prometiese una vida mejor después de la muerte para compensar la miserable vida sobre la Tierra.
Estaban, por ejemplo, las religiones mistéricas griegas, en las que los ritos no estaban al alcance de todos, sino sólo de los iniciados en ellos. Se suponía que quienes participaban en ellos eran discretos («mystes») con respecto a lo que experimentaban, y de aquí viene la expresión «religión mistérica» y el actual significado en castellano de la palabra «misterio» como algo secreto, inexplicado y hasta inexplicable.
Los ritos mistéricos, cualesquiera que fuesen, eran efectuados con una solemnidad que agitaba las emociones; unían a los participantes con lazos de hermandad; y permitían a los iniciados, según su propia creencia, tener una vida después de la muerte. Daban un sentido a la vida, hacían que la gente sintiese el calor de la unión con otros en un propósito común y ofrecían la promesa de que la muerte no era el final, sino la puerta de entrada a algo más grande que la vida.
La más venerada de las religiones mistéricas griegas era la de los misterios eleusinos, cuyo centro era Eleusis, lugar situado a unos pocos kilómetros al noroeste de la ciudad de Atenas. Se basaban en el mito griego de Deméter y Perséfone. Perséfone fue raptada y llevada al reino subterráneo de Hades, pero fue devuelta; esto aludía a la idea de la muerte de la vegetación en otoño y su renacimiento en la primavera, y más específicamente a la muerte del hombre seguida por un glorioso renacimiento. Otra variedad de este tipo de ritual eran los «misterios órficos», basados en la leyenda de Orfeo, quien también descendió al Hades y apareció nuevamente.
Aun después de la decadencia del poder político griego, las religiones mistéricas conservaron su importancia. Tan venerados eran los misterios eleusinos que Nerón, en ocasión de una visita oficial a Grecia en 66, pidió ser aceptado como iniciado. Pero se le negó porque había condenado a muerte a su madre, y este horrible crimen lo incapacitaba por siempre jamás para la comunión con los otros miembros de los ritos.
Es un notable tributo al valor asignado a los misterios el hecho de que quienes los dirigían no quebrantasen sus reglas para admitir a Nerón, aunque en todos los demás aspectos los griegos tratasen de complacerlo todo lo posible. Así, celebraron competiciones especiales en las que Nerón pudo medir sus fuerzas con profesionales griegos de la poesía, el canto, la lira, las carreras de carros, etcétera, y lo dispusieron todo para que recibiera el premio en todas las ocasiones. Más revelador aún de la importancia de los misterios es que Nerón, quien raramente permitía que lo contrariasen, no juzgara conveniente vengarse del insulto de ser rechazado por quienes se hallaban al frente de los misterios.
Los misterios griegos llevaban la marca de la razón y la moderación griegas. Pero a medida que la influencia romana penetró cada vez más al este, entró en contacto con religiones orientales aún más emocionales y coloridas, muchas de las cuáles también incluían el motivo de la muerte y renacimiento inspirado por el ciclo estacional de la vegetación.
En Asia Menor existía un antiguo culto de Cibeles, la Gran Madre de los Dioses, que en algunos aspectos era similar a la Deméter griega. Sus ritos se difundieron por Grecia en época temprana y, en 204 a. C., cuando los romanos estaban cerca del fin de su larga batalla contra el general cartaginés Aníbal, también ellos empezaron a rendir culto a Cibeles. Una piedra consagrada a ella que había caído del cielo (indudablemente, un meteorito), fue llevada con gran pompa de Asia Menor a Roma. Al principio, los romanos se sentían un tanto confusos en las ceremonias, y ante los extraños sacerdotes que habían sido importados junto con la piedra, pero en la época del Imperio temprano el culto de Cibeles llegó a ser uno de los más importantes en Roma.
Las deidades egipcias también se hicieron populares. En tiempos griegos, el dios y la diosa egipcios más importantes eran Osiris e Isis. Osiris pasaba por la muerte y la resurrección. Se suponía que sufría una reencarnación física en el toro sagrado Apis. Para los griegos, Osiris Apis se convirtió en «Serapis», y el culto de Serapis e Iris se hizo popular en Grecia alrededor del 200 a. C. Un siglo más tarde, estos ritos empezaron a invadir Roma. Augusto, que era un hombre anticuado, los desaprobaba, pero Calígula les dio la sanción oficial.
Las diosas como Deméter, Cibeles e Isis eran particularmente atractivas para las mujeres y, en verdad, para todos los que valorasen la compasión y el amor. Los dioses masculinos a menudo eran dioses de la cólera y la guerra, de modo que también los soldados podían tener el consuelo de la religión.
De las tierras situadas al este del Imperio Romano, de Partia o de Persia, llegó Mitra, figura divina que representaba el Sol. Siempre era pintado como un joven que apuñalaba un toro, y los ritos de iniciación incluían el sacrificio ritual de un toro. Las mujeres estaban excluidas de estos ritos, por lo que el mitraísmo era una religión esencialmente masculina, y particularmente de soldados. Empezó a hacer sus primeras intrusiones en Roma por la época de Tiberio.

El cristianismo
Quedan por mencionar las religiones que surgieron en Judea. La primera de ellas fue el mismo judaísmo, que se expandió desde Judea hacia el exterior con los judíos que se asentaban en las diversas ciudades del Imperio, particularmente en el Este, aunque también había una colonia bastante considerable en la misma Roma.
En verdad, con el tiempo, los judíos que vivían fuera de Judea superaron en número a los que habían permanecido en la tierra tradicional. Y aunque aprendiesen a hablar griego y olvidasen el hebreo, no olvidaron su religión. Su libro sagrado, la Biblia, fue traducida al griego para los judíos que ya no podían leer el original hebreo en fecha tan temprana como el 270 a. C.
Hasta había judíos que recibían una educación griega y podían defender las creencias judaicas en términos comprensibles para los griegos y los romanos de la época. El más destacado de ellos fue Philo Judaeus (Filón el Judío), quien nació en Alejandría por el 20 a. C. y, en su vejez, encabezó la delegación a Roma que iba a defender la causa de los judíos ante Calígula.
En los últimos días de la República y los primeros del Imperio, el judaísmo hizo conversos entre los romanos, incluidos algunos que estaban en elevada posición.
Se hubiera difundido más aún si hubiese estado dispuesto a transigir. Otras religiones tenían sus ritos especiales, pero no impedían a sus miembros participar en el culto imperial. El judaísmo, en cambio, quería que sus prosélitos abandonasen hasta las formas más inocuas de sus antiguos cultos. Esto significaba que los romanos que deseaban hacerse judíos debían abandonar la religión del Estado, apartarse de la sociedad y aun correr el riesgo de que se levantase contra ellos la seria acusación de traición.
Además, el ritual judío era bastante complicado y difícil para cualquiera que no hubiese nacido y sido educado en él. Partes de ese ritual parecían irracionales y confusas para los educados en la filosofía griega. Por añadidura, todo el que quisiese ser judío tenía que someterse a la penosa operación de la circuncisión. Por último, el judaísmo en sentido estricto estaba centrado en Judea, y el Templo de Jerusalén era el único lugar donde alguien podía realmente acercarse a Dios.
El último golpe que dio fin a toda posibilidad de que los judíos lograsen prosélitos fue la sangrienta revuelta de Judea. Los judíos se convirtieron entonces en peligrosos enemigos de Roma y se hicieron más impopulares que nunca en todo el Imperio.
Sin embargo, el judaísmo no era una religión monolítica; había sectas dentro de él, y algunas de ellas eran más afines a los diversos no-judíos («gentiles») del Imperio que otras.
Una de esas sectas fue la creada por los discípulos de Jesús (véase página). Después de la crucifixión de Jesús, podía haberse pensado que sus seguidores se dispersarían, puesto que su muerte parecía reducir al ridículo sus pretensiones mesiánicas. Pero se difundió la historia de que fue visto nuevamente tres días después de la crucifixión, y que había vuelto de la muerte. No era meramente un Mesías humano, un rey que restauraría la monarquía judía; era un Mesías divino, el Hijo de Dios, cuyo Reino estaba en el Cielo y que retornaría pronto (aunque nadie sabía exactamente cuándo) para juzgar a todos los hombres e instaurar la ciudad de Dios.
Los cristianos (como fueron llamados luego los discípulos de Jesús y sus seguidores), al principio siguieron siendo judíos en sus creencias y rituales, y obtuvieron sus conversos principalmente entre los judíos.
Pero muchos judíos siguieron siendo férreamente nacionalistas. No querían un Mesías que había muerto y dejado la nación esclavizada; querían un Mesías que se manifestase gloriosamente liberándolos de Roma. Este fue uno de los factores que llevó a la desastrosa rebelión contra Roma.
En esa rebelión, los cristianos no tomaron parte alguna. Ya tenían su Mesías; Roma no iba a durar eternamente, y era un error anticipar los planes de Dios para la culminación de la historia secular. La no violencia predicada por los cristianos, el deber de ofrecer la otra mejilla, de amar a los propios enemigos y de dar al César lo que era del César, también les impidió tomar parte en la rebelión.
Esta renuncia de los judíos cristianos a unirse a sus compatriotas judíos en la guerra contra Roma hizo impopular el cristianismo entre los judíos que sobrevivieron, y ya no hizo progresos entre ellos. Tampoco los judíos, en general, han aceptado a Jesús como el Mesías hasta el día de hoy, pese a las mayores presiones posibles.
Pero si el cristianismo fracasó entre los judíos, no ocurrió lo mismo con otros pueblos. Esto fue el resultado en gran medida de un judío llamado Saulo, quien en su trato con el mundo de los gentiles era conocido por el nombre similar, pero de resonancias más romanas, de Pablo.
Pablo nació en la ciudad de Tarso, en la costa meridional de Asia Menor, al parecer en el seno de una familia acomodada, pues su padre (y por tanto él mismo) era ciudadano romano. Recibió una educación judía estricta en Jerusalén y fue ortodoxo en sus creencias, tan ortodoxo que en su primer encuentro con las enseñanzas de los cristianos quedó horrorizado por su blasfemia y tuvo un papel de primera línea en los movimientos de persecución contra ellos. Se ofreció para viajar a Damasco a fin de dirigir allí el movimiento anticristiano, pero, según el relato de la Biblia, Jesús se le apareció en el camino, y desde ese momento fue un ardiente cristiano.
Pablo empezó a predicar el cristianismo a los gentiles y, al hacerlo, llegó a la creencia de que el intrincado ritual del judaísmo no era esencial para la religión verdadera y que hasta podía llevar a alejarse de ella al concentrar la atención en detalles insignificantes y oscurecer la esencia interior («pues la letra mata, pero el espíritu da vida»).
Para ser cristiano, pues, un gentil no necesitaba circuncidarse, ni tenía que observar todo el rigor del ritual judío ni asumir el nacionalismo judío y venerar el Templo de Jerusalén.
Casi inmediatamente el cristianismo empezó a difundirse por las ciudades de Asia Menor y Grecia, y más tarde en la misma Italia. La crucifixión y resurrección de Jesús, y los ritos con que se conmemoraban estos sucesos, recordaban las religiones mistéricas. La figura de María, la madre de Jesús, brindaba un suavizante toque femenino. Sus costumbres austeras eran como las de los estoicos. El cristianismo parecía tener algo que agradaba a todo el mundo.
En verdad, el cristianismo tenía una flexibilidad que el judaísmo nunca tuvo. Cuando el cristianismo se difundió entre personas que no sabían nada del judaísmo pero mucho sobre sus propias costumbres paganas, el nuevo credo adaptó a sus propios fines la filosofía griega y las costumbres paganas.
El mitraísmo, por ejemplo, que fue el principal competidor del cristianismo durante un par de siglos, celebraba el 25 de diciembre como su principal festividad. El mitraísmo era una forma de culto del sol, y el 25 de diciembre estaba cerca del momento del solsticio de invierno, cuando el sol de mediodía desciende a su punto máximo al Sur y comienza su lento retorno hacia el Norte. Este es, en cierto sentido, el nacimiento del Sol, la garantía de que el invierno terminará algún día y de que la primavera volverá, y con ella una nueva vida. Esta época del año era celebrada también por otras religiones. Los antiguos romanos consagraban ese período a su dios de la agricultura, Saturno, y las celebraciones recibían el nombre de saturnales. Las saturnales eran momentos de buena voluntad entre los hombres (hasta a los esclavos se les permitía participar en la festividad en un temporal rango de igualdad), de festejos y de regalos.
Los cristianos, al hallar irresistibles las emociones de la estación del renacimiento del Sol, las adaptaron a sus creencias, en vez de luchar contra ellas. Dieron a las emociones un nuevo uso. Puesto que la Biblia no dice exactamente cuándo se produjo el nacimiento de Jesús, se lo podía ubicar en el 25 de diciembre tanto como en cualquier otra fecha; esta fecha se convirtió en la Navidad y su celebración subsiste hasta hoy. Y aún hoy la fiesta de Navidad tiene algo de las características de las viejas saturnales.
Para los romanos, en general, al menos durante el medio siglo posterior a la muerte de Jesús, los cristianos eran meramente otra secta judía. En verdad, parecían más fastidiosos que otras sectas judías, pues se esforzaban duramente por lograr conversos.
Puesto que los cristianos no adoraban a los dioses romanos oficiales, eran considerados ateos. Y puesto que no participaban del culto imperial, eran considerados radicales peligrosos y posibles traidores. De hecho, los romanos juzgaban a los primeros cristianos de manera muy similar a como la mayoría de los norteamericanos de hoy juzgan a los comunistas.
Este sentimiento llegó a un punto decisivo en 64 (817 A. U. C.), cuando estalló un gran incendio que duró seis días y destruyó casi totalmente la ciudad. No es difícil imaginar cómo puede empezar un incendio de este género. Las partes más pobres de Roma tenían construcciones de madera raquíticas y superpobladas. Los métodos modernos de prevención de incendios eran desconocidos y no existían los equipos modernos para la extinción del fuego. Era fácil que cualquier incendio que se produjese no pudiera ser dominado y destruyese la ciudad. Grandes incendios se habían producido en Roma antes de Nerón y otros más iban a tener lugar después de él, pero al parecer ese del 64 fue el peor del que haya quedado noticia.
Nerón estaba en Antium (la moderna Anzio), en la costa, a unos cincuenta kilómetros al sur de Roma, cuando el fuego estalló. Al recibir las noticias del incendio, Nerón volvió apresuradamente e hizo lo que pudo para organizar operaciones de rescate, creó refugios temporales para los que se habían quedado sin hogar, etcétera.
Al parecer su manía por el espectáculo pudo más que él en un momento. Al contemplar el terrible espectáculo de la enorme ciudad en llamas iluminando el horizonte a su alrededor, recordó el incendio de la ciudad de Troya y, agarrando su lira, no pudo resistir la tentación de cantar alguna famosa canción sobre ese escenario. Esto ha sido recordado desde entonces en el relato de que Nerón «tocaba el violín» (el violín no fue inventado hasta muchos siglos después) mientras Roma ardía.
Se hizo algún intento de modificar las condiciones que habían dado origen al fuego. Los peores tugurios quedaron totalmente arrasados y se intentó regular la reconstrucción, limitando la altura de los edificios y aumentando los materiales resistentes al fuego, al menos en los pisos inferiores. Hubiera sido una buena oportunidad para reconstruir Roma según un plan racional, pero los viejos propietarios tendían a reconstruir donde lo habían hecho antes y Roma fue una ciudad tan enmarañada y sin plan como lo había sido antes.
Nerón aprovechó la oportunidad para hacerse construir un nuevo y magnífico palacio de hormigón y ladrillos, construcción resistente y a prueba del fuego que se puso de moda en lo sucesivo, entre quienes podían permitírselo.
El pueblo romano sospechó que el incendio había sido premeditado, y Nerón quizá pensó que sus enemigos difundirían la versión de que el mismo Emperador había provocado el fuego. Nerón decidió adelantarse y acusó a los cristianos. Eran un fácil chivo emisario y, como resultado de ello, se inició la primera persecución organizada contra los cristianos.
Muchos fueron muertos obligados a enfrentarse desarmados con leones en la arena o de otras horribles maneras. Según la tradición, Pablo estaba en Roma por entonces y también Pedro, el principal discípulo de Jesús y jefe de la comunidad cristiana de la ciudad. (Pedro es considerado el primer obispo de Roma y, por lo tanto, el primer papa, según la doctrina católica romana.) Se supone que Pedro y Pablo sufrieron el martirio en esa persecución.
Pero las persecuciones fueron llevadas a tales extremos que, hasta según historiadores no cristianos, el populacho romano sintió piedad. En definitiva, tales persecuciones hicieron más para estimular el crecimiento del cristianismo que para impedirlo.

El fin de Nerón
Nerón, como casi todos los primeros emperadores, desconfiaba de la aristocracia romana, y hasta la temía. Siempre tuvo miedo de que los senadores soñasen con el poder y la gloria pasados y, por ende, mantenía un ojo vigilante y una mano firme sobre ellos. La crueldad de Nerón sólo sirvió para alentar al Senado a comparar su lamentable situación con la gloria del pasado y a conspirar contra el Emperador.
En 65, hubo un movimiento secreto para eliminar a Nerón y reemplazarlo por un senador llamado Cayo Calpurnio Pisón. Por desgracia, los conspiradores no actuaron con rapidez, sino que estuvieron indecisos durante el tiempo suficiente para que alguien informase a Nerón. El Emperador actuó enérgicamente e hizo ejecutar a todos los que estaban relacionados (o de los que se sospechaba que lo estaban) con la conspiración. Séneca y Petronio fueron obligados a suicidarse a la sazón y, un poco más tarde, también Corbulón, el triunfante general que había combatido a los partos.
La muerte de Corbulón no podía ser popular en el ejército, o entre los otros comandantes de los legionarios en particular. La ejecución de unos pocos senadores o aristócratas no preocupaba a un general, pero se inquietaba cuando se mataba a otros generales.
También la revuelta de Judea era algo embarazoso para el orgullo romano, pues unos pocos y miserables campesinos judíos tenían en jaque a la flor del ejército romano. Lo más sencillo parecía culpar de ello a la mala administración del gobierno. Y era tanto más fácil cuanto que la gira de Nerón por Grecia era una muestra patente de la locura imperial, mientras los soldados morían. (Este era el verdadero acto de «tocar el violín» mientras Roma ardía.) La exhibición de Nerón en Grecia, donde intervino en varios juegos, también era indignante para todos aquellos romanos quienes aún creían que el jefe del gobierno romano debía ser un guerrero y un estadista, no un cómico de la legua.
En diversos lugares, las legiones de las provincias se rebelaron y trataron de proclamar sus emperadores particulares. Nerón volvió apresuradamente a Italia en 68 (821 A. U. C.), pero la situación empeoró. Las legiones de España proclamaron emperador a su comandante, Servio Sulpicio Galba. La guardia pretoriana lo aceptó y declaró a Nerón enemigo público.
Lo único que a Nerón le quedaba por hacer era suicidarse. Después de muchas vacilaciones, se clavó una espada, llorando mientras exclamaba (según la tradición): « ¡Qué gran artista pierde el mundo! » Sólo tenía treinta y un años en el momento de su muerte.
Nerón fue el último emperador descendiente de Augusto. Si contamos a partir del 48 a. C., cuando Julio César derrotó a Pompeyo, la casa julío-claudiana dominó en Roma durante más de un siglo y dio un dictador y cinco emperadores.
Pero la muerte de Nerón no destruyó la tradición julio-claudiana. Hubo docenas de emperadores después de Nerón y, aunque ninguno de ellos tenía una gota de la sangre de César y Augusto en sus venas, todos ellos adoptaron los títulos imperiales de César y Augusto.
De hecho, la palabra «César» llegó a ser sinónimo de «emperador», por lo que en tiempos modernos los emperadores de Alemania y de Austria-Hungría fueron llamados «Kaiser», ortografía alemana (y pronunciación correcta) del latín «Caesar». La palabra rusa «Zar» o «Czar» también deriva de «Caesar». Todavía en 1946, Bulgaria estaba gobernada por el zar Simeón II, y hasta 1947 hubo un emperador británico de la India cuyo título era «Kaiser-i-Hind». Así, durante dos mil años después del asesinato de Julio César, su nombre pervivió entre los gobernantes del mundo.
3. El linaje de Vespasiano
Vespasiano
El fin de Nerón fue, en cierto modo, un terrible desastre para Roma. Demostró a los romanos de todas partes que el cargo de emperador no pertenecía a una «familia real» como el linaje de Augusto, sino que podía ser otorgado a cualquiera, a generales, por ejemplo. El ejército no olvidó esta lección.
Además, la elección de Galba como general-emperador no fue muy feliz. Era un viejo de más de setenta años, tan agobiado por la edad que no podía caminar, sino que tenía que ser llevado en litera. Luego, para terminar, decidió economizar. Esta es una actitud que puede ser buena en sí misma, pero cuando economizó a expensas de los soldados, que esperaban gratificaciones de cada nuevo emperador y cuyo apoyo era esencial para Galba en particular, resultó ser una actitud suicida.
Otros ejércitos impulsaron a otros generales a luchar por el trono. Marco Salvio Otón, uno de los oficiales que había servido bajo Galba, provocó una rebelión porque éste había nombrado a otro como sucesor. Otón conquistó el favor de la guardia pretoriana, encolerizada por no haber recibido la gratificación que esperaba, y Galba fue muerto después de haber reinado siete meses.
Otón fue aceptado por el Senado (que no podía hacer otra cosa), pero sólo reinó tres meses, pues aunque el Senado lo aceptó, hubo otras secciones del ejército que lo rechazaron.
A la cabeza de las legiones de Germania estaba Aulo Vitelio, quien había sido nombrado para ese puesto por Galba. Cuando llegaron noticias de la muerte de Galba, las legiones se negaron a aceptar a Otón y proclamaron emperador a Vitelio. Marcharon hacia Italia, derrotaron a las tropas de Otón y, cuando Otón se suicidó, el camino quedó expedito para que Vitelio se declarase emperador y recibiese la sanción del Senado.
Pero en el ínterin, Vespasiano, el general que estaba sometiendo lentamente a los judíos rebeldes, también fue proclamado emperador. Ocupó Egipto (lo cual le dio el control sobre el aprovisionamiento de cereales de Roma) y luego volvió a Italia y derrotó a las tropas de Vitelio. Este fue muerto después de un reinado de medio año, y en 69 (822 A. U. C.) Vespasiano era Emperador.
Con Vespasiano, el cuarto emperador en poco más de un año (el 68-69 es llamado a veces el «año de los cuatro emperadores), la situación se tranquilizó. El nombre tribal de Vespasiano era Flavio, por lo que se dice que él fundó la «dinastía flavia» de emperadores romanos.
Vespasiano, como Galba, era de avanzada edad, pues tenía 61 años cuando fue elegido emperador. Pero a diferencia de Galba, era un hombre vigoroso de mente y cuerpo. Pudo haber establecido un despotismo militar, pues disponía del necesario apoyo del ejército para ello. Sin embargo, se consideraba a sí mismo como el sucesor de Augusto, y se propuso deliberadamente conservar el principado y su sistema de gobierno.
Su primera tarea fue la reforma. Las finanzas del Imperio estaban en ruinas como resultado de las derrochadoras extravagancias de hombres como Calígula y Nerón.
Por ello, Vespasiano reorganizó el sistema fiscal una vez más y se dispuso a imponer una rígida economía. Él mismo era un hombre austero que amaba la vida sencilla. No tenía pretensiones y no se avergonzaba en absoluto de provenir de una familia de clase media de escasa distinción. (Fue el primer emperador que no pertenecía a una familia aristocrática.) Fue acusado de mezquindad y avaricia por los mismos historiadores senatoriales que acusaron a Nerón de extravagancia, pero sólo hay que creer eso a medias. Hay toda clase de razones para creer que las economías de Vespasiano eran necesarias y beneficiosas.
Vespasiano también se dispuso a reorganizar el ejército, y disolvió algunas de las legiones que habían actuado más desordenadamente en la guerra civil que precedió a su ascenso al trono.
La reforma del ejército fue también particularmente necesaria porque desde la época de Augusto los ejércitos del Imperio fueron cada vez menos italianos. Esto era comprensible. Era tarea de las legiones estar permanentemente en guardia en fronteras muy distantes de Roma. Era más fácil y natural reclutarlas entre las provincias que debían ser protegidas. Los galos, panonios y tracios llenaban las filas y eran buenos soldados; muy a menudo se los recompensaba con la ciudadanía.
Esto tenía sus ventajas. Apresuraba la identificación con el Imperio de las provincias exteriores. Hacía más fácil la romanización, y difundía la lengua latina y la cultura grecorromana por las regiones más lejanas de Europa.
No obstante, la provincialización del ejército también tenía sus peligros. Un galo podía hablar latín, usar una toga y ser educado en la literatura griega y latina, pero no podía abrigar los mismos sentimientos con respecto a la abstracción de la historia y la tradición romanas. No podía sentir la misma continuidad con los romanos de tiempos pretéritos, quienes, a fin de cuentas, no eran sus antepasados y, de hecho, habían matado y conquistado a sus propios antepasados. Si era un soldado, se sentiría más inclinado a ser fiel a un jefe capaz en la guerra y hábil en el manejo de los hombres que a una ciudad y un Senado distantes que no conocía. Si su jefe decidiera marchar contra esa ciudad, lo seguiría.
Esto quedó demostrado definitivamente en 69, cuando ejércitos de España, Galia y Siria convergieron sobre Roma, cada uno de ellos en pro de su propio jefe.
Vespasiano no podía modificar esto; no podía llenar las legiones de italianos porque no había suficientes italianos dispuestos a luchar, y los provincianos eran soldados demasiado buenos para prescindir de ellos. Pero la guardia pretoriana, que estaba estacionada en Italia y que, puesto que se hallaba en el lugar, era la más peligrosa, debía ser cuidada. Sus miembros, al menos, debían ser italianos, y Vespasiano hizo que así fuera. Más aún, les dio como jefe a su propio hijo, Tito, como medio adicional de dominarla.
Vespasiano también reorganizó el Senado, destituyendo a sus miembros indignos, nombrando a otros buenos y cuidando mucho de que no participasen realmente en el gobierno. Pese a su propensión a la economía, emprendió obras públicas para embellecer la ciudad, sabiendo que esto daría empleo a algunos romanos y elevaría la moral de todos.
Con su firme liderazgo, también restauró el respeto por las armas romanas, que había caído muy bajo con el endeble y autocomplaciente Nerón. Una peligrosa revuelta de algunos cuerpos de ejército de la Galia fue aplastada y Tito completó la limpieza de Judea apoderándose de Jerusalén. Vespasiano anexó los últimos restos de distritos autónomos del Este y reorganizó las provincias de Asia Menor. La provincia de Siria fue extendida hacia el Este para incluir la importante ciudad mercantil de Palmira. De este modo se puso la región en condiciones de hacer frente a cualquier problema con los partos, en caso de que Partia creyese que la rebelión de Judea y la anarquía del 68 brindaban una ocasión propicia para iniciar una guerra. Partia comprendió la indirecta y permaneció en calma.
Tito volvió a Roma en 71 con los despojos de la guerra de Judea y un magnífico triunfo se celebró en homenaje al padre y al hijo. La popularidad de la nueva dinastía estaba asegurada.
En Britania, la conquista romana, suspendida bajo Nerón, fue reanudada en 77. Bajo el mando de un dinámico general, Cneo Julio Agrícola, Gales fue conquistada y las armas romanas avanzaron hacia el Norte, hasta cerca de la moderna Aberdeen, en 83. Una flota romana llegó a navegar alrededor del norte de Escocia y se proyectó la invasión de Irlanda. Después de la campaña de Agrícola, las partes conquistadas de Britania se romanizaron rápidamente.
Pero poco después de comenzar la campaña de Britania, la vida de Vespasiano estaba llegando a su fin. Sabía que se estaba muriendo y, aludiendo a la costumbre romana ya establecida de rendir honores divinos a los emperadores muertos, dijo con trágico humor: «Siento que me estoy convirtiendo en un dios». En el momento final, pidió a quienes lo rodeaban que le ayudasen a levantarse. «Un emperador —dijo— debe morir de pie.»
Cuando murió, en 79 (832 A. U. C.), dejó el principado y el Imperio también en pie. Diez años de gobierno de Vespasiano habían remediado las consecuencias de las locuras de Nerón.

Tito
Tito sucedió a su padre sin problemas. Vespasiano había planeado la sucesión y asociado a su hijo en el gobierno. Por vez primera un emperador era sucedido por su hijo consanguíneo.
Tito había llevado una vida alegre y era sumamente popular por su generosidad e indulgencia, y se dispuso, al ascender al trono imperial, a trabajar duro y realizar una buena tarea. Casi el único defecto que el populacho romano podía hallarle era que tenía una amante judía. Mientras combatía en Judea, Tito había conocido a Berenice, hermana de Herodes Agripa II, y se habían enamorado mutuamente. Cuando Tito retornó a Roma, llevó consigo a Berenice, con quien proyectaba casarse. Pero esto no lo permitían los prejuicios antisemitas del populacho y, finalmente, muy a su pesar, tuvo que enviarla de vuelta a su país.
El reinado de Tito se señaló por una paz (excepto la compaña de Britania) y una prosperidad generales. Se abstuvo de cometer actos arbitrarios y fue un gobernante moderado. Desgraciadamente, sólo vivió dos años después de convertirse en emperador, pues murió en 81 a la edad de sólo cuarenta años.
En su breve reinado se produjo una notable catástrofe. Los sabios tenían conocimiento de que una montaña cercana a Nápoles y llamada Vesubio había sido antaño un volcán, pero no se tenía memoria de que hubiese entrado nunca en erupción. Las ciudades de Pompeya y Herculano estaban ubicadas en su vecindad, y las granjas se esparcían por sus laderas. Pompeya, en particular, era una ciudad de veraneo de los romanos ricos. El orador romano Cicerón era uno de los que, un siglo y cuarto antes, se jactaban de poseer una villa pompeyana.
En 63, durante el reinado de Nerón, se produjo un terremoto en la región que dañó a Pompeya y también a Neapolis (Nápoles). Pasó y el daño fue reparado. Pero en noviembre del 79 el monte Vesubio sufrió una violenta erupción y, en pocas horas, Pompeya y Herculano fueron aplastadas y enterradas bajo la ceniza y la lava.
Esa trágica catástrofe tuvo gran valor para los historiadores modernos. Desde comienzos del siglo XVIII, Pompeya ha sido excavada lentamente y ha sido como descubrir una ciudad fosilizada, un escenario montado en tiempos romanos y colocado en el nuestro. Se descubrieron templos, teatros, gimnasios, hogares y tiendas. Han aparecido obras de arte, inscripciones y hasta garabatos hechos por ociosos. Los historiadores bien quisieran que tales accidentes ocurriesen más a menudo si pudiesen suceder sin pérdida de vidas.
Tito se dirigió apresuradamente al escenario de la erupción para supervisar la labor de rescate y ayudar a los supervivientes. Pero cuando se marchó, estalló en Roma un incendio que duró tres días y tuvo que retornar para atender también a esta cuestión.
En una tónica más alegre, inauguró nuevos baños (los «baños de Tito») y completó un proyecto iniciado por su padre, el primero de los grandes anfiteatros que iban a construirse en Roma. Vespasiano lo había comenzado en el lugar del palacio de Nerón, que Vespasiano hizo derribar para devolver ese espacio al uso público. El anfiteatro era de piedra y tenía capacidad para cincuenta mil espectadores, tamaño respetable aun juzgado según patrones modernos. Fue el lugar del tipo de espectáculos de que gozaba el populacho romano: carreras de carros, combates de gladiadores, lucha con animales, etc.
Habría sido mejor llamarlo el anfiteatro Flavio, pero cerca de él había una gran estatua de Nerón. Estas estatuas de gran tamaño eran llamadas «colossae» por los romanos (de donde deriva nuestro adjetivo «colosal»), por lo que el anfiteatro llegó a ser conocido como el «Coliseo». Todavía hoy se lo llama por este nombre y, aunque en ruinas, tiene gran magnificencia y domina la ciudad de Roma.

Domiciano
A la muerte de Tito, le sucedió su hermano menor, Domiciano (Titus Flavius Domitianus). Fue como si la historia se repitiese. Con Vespasiano y Tito, parecía que habían vuelto los días de Augusto; eran gobernantes amables, muy respetuosos de los senadores y que, por tanto, gozaron de «buena prensa» por parte de los historiadores partidarios del Senado. Pero con el advenimiento de Domiciano, fue como si Augusto hubiera sido sucedido nuevamente por Tiberio.
Al igual que Tiberio, Domiciano era frío, introvertido y sin ningún don para la popularidad. No hizo ningún esfuerzo para fingir respeto hacia el Senado ni para rendirle los honores necesarios a fin de salvar las apariencias para sus miembros. Esto trajo la consecuencia de que los historiadores posteriores lo describieron como cruel y tiránico. Quizá lo fuese con los senadores, pero su gobierno fue, por lo demás, justo y firme. Trató de estimular la vida familiar y la religión tradicional, prohibió que se hiciesen eunucos, reconstruyó los templos destruidos por el incendio del 80, construyó el Arco de Tito en honor de su hermano mayor, edificó bibliotecas públicas y montó pródigos espectáculos para el populacho. Impuso un gobierno eficiente en las provincias y se esforzó por asegurar las fronteras imperiales.
La línea del Rin y el Danubio que señalaba la frontera norte del Imperio tenía su punto más débil en la región cercana a la fuente de los dos ríos. Allí, en lo que es ahora Badén y Württemburg, en el sudoeste de Alemania, la línea de los ríos formaba una protuberancia que avanzaba profundamente hacia el sudoeste. Si atacaban por ese saliente, las tribus germanas podían fácilmente separar Italia de la Galia y causar enormes problemas.
En época de Domiciano, esta posibilidad debía ser tomada seriamente. Las tribus germánicas de la región, los catos, habían luchado contra los romanos de tanto en tanto desde la época de Augusto, y Domiciano decidió poner fin al peligro. A la cabeza de sus tropas, cruzó el Rin en 83, derrotó a los catos y preparó la ocupación permanente de la región por Roma.
Pero, como Tiberio, no estaba interesado en extender irrazonablemente (y costosamente) las conquistas extranjeras. Después de eliminar la amenaza de los catos, volvió a una línea defensiva firme. Construyó a través del peligroso ángulo de Germania sudoccidental una línea de fortalezas, eliminando el saliente y reforzando el punto débil. Después de eso se contentó con mantenerse en la región.
Además, hizo volver a Agrícola de Britania. Los enemigos de Domiciano del Senado se apresuraron a afirmar que lo hacía por celos, pero también puede argüirse que la larga campaña de Agrícola estaba llegando al punto en que disminuían los beneficios. Las desoladas tierras altas de Escocia y los salvajes y bárbaros páramos irlandeses no compensaban los dolores, la sangre y el dinero que se necesitaban para conquistarlos. Domiciano no quería preocupaciones por ellos, particularmente cuando provincias más cercanas exigían emprender acciones militares.
La naturaleza introvertida de Domiciano lo llevó a la soledad, como había ocurrido con Tiberio medio siglo antes. Puesto que no confiaba en nadie, no se sentía a gusto con nadie. Y, naturalmente, cuanto más se retraía, tanto más recelosos se volvían los miembros de la corte y los jefes del ejército, pues, como es de suponer, se preguntaban qué estaba dispuesto a hacer y era fácil creer los rumores de que planeaba efectuar muchas ejecuciones.
La falta de popularidad de Domiciano tentaba a los generales a planear una revuelta contra él. Un general de la frontera germánica, Antonio Saturnino, hizo que sus tropas le proclamasen emperador y se rebeló en 88. Saturnino contó con la ayuda de los bárbaros germanos, temible presagio del futuro y del día en que bandas rivales de bárbaros serían conducidas por facciones romanas opuestas a través del cuerpo agonizante del Imperio.
En ese primer intento, los bárbaros fracasaron y Domiciano aplastó la revuelta. Este suceso fortaleció, como es natural, el espíritu receloso de Domiciano, quien actuó duramente contra todos los que, según él pensaba, podían haber tomado parte en la revuelta o simpatizado con ella, y su carácter ahora parece haber cambiado para peor.
Exilió de Roma a los filósofos, pues creía que adherían a un republicanismo idealizado y, por tanto, estaban automáticamente contra todo emperador fuerte. También emprendió acciones contra los judíos dispersos por el Imperio, pues sabía que no podía esperarse de ellos que estuviesen a favor de ningún Flavio. También se registraron en este reinado persecuciones a los cristianos, aunque esto quizá se haya debido a que los romanos todavía los consideraban sólo como una variedad de los judíos.
Para desalentar toda posterior revuelta militar. Domiciano instituyó la costumbre de acuartelar todas las legiones en campamentos separados en las fronteras, de modo que dos legiones no pudiesen unirse contra el Emperador. Pero esto tendió a inmovilizar las legiones, pues todo intento de unirse contra la amenaza de un ataque del exterior fácilmente podía interpretarse como una tentativa de asociarse con alguna traidora finalidad. Así, las defensas romanas sufrieron cierto endurecimiento y rigidez, pérdida de flexibilidad que hizo cada vez más dificultoso rechazar a los bárbaros del Norte excepto bajo emperadores particularmente enérgicos.
Bajo Domiciano, por ejemplo, hubo sangrientos choques con los dacios, tribus que vivían al norte del Danubio inferior, en la región que ahora constituye la nación rumana. En la década del 80, los dacios quedaron bajo la belicosa dominación de un jefe llamado Decébalo y cruzaron repetidamente el Danubio, congelado en invierno, para hacer incursiones en Mesia, la provincia romana que estaba inmediatamente al sur.
Domiciano se vio obligado a tomar las armas contra ellos. Los expulsó de Mesia y luego invadió Dacia. Durante varios años, los romanos lograron mantener su dominación. Pero la revuelta de Saturnino distrajo a Domiciano; una fuerza romana sufrió un desastre en Dacia, e infructuosos ataques contra las tribus germánicas al oeste de Dacia lo convencieron de la inutilidad de ulteriores esfuerzos en esa dirección.
Domiciano pensó que traería menos problemas aceptar una sumisión nominal de Decébalo, quien recibió su corona de Domiciano pero en realidad siguió siendo independiente. De hecho, Domiciano admitió en 90 pagar a Decébalo un subsidio anual para mantener la paz y evitar las correrías. Esto era más barato que continuar la guerra, pero la oposición senatorial lo consideró como un tributo vergonzoso, el primero de la historia romana.
Finalmente, en 96 (849 A. U. C.), Domiciano, cuyos últimos años son descritos como un reinado del terror, llegó a su fin. Se organizó una conspiración palaciega, en la que participaron cortesanos y la misma emperatriz, y Domiciano fue asesinado.
Así terminó el linaje de Vespasiano, que gobernó a Roma durante veintisiete años y dio tres emperadores.
4. El linaje de Nerva
Nerva
Los conspiradores que mataron a Domiciano habían aprendido la lección dada por los que habían matado a Nerón una generación antes. No dejaron un vacío para que fuese llenado por generales en lucha unos con otros, sino que ya tenían un candidato. Puesto que no eran hombres de armas (aunque tuvieron la precaución de ganarse el apoyo del jefe de la guardia pretoriana), no eligieron a un general, sino a un senador.
Su elección cayó sobre un senador sumamente respetado llamado Nerva (Marcus Cocceius Nerva), cuyo padre había sido un famoso abogado y amigo del emperador Tiberio. El mismo Nerva había desempeñado cargos de responsabilidad bajo Vespasiano y Tito, y, en 90, compartió el consulado con el mismo Domiciano. Luego cayó en desgracia con Domiciano, quien lo exilió al sur de Italia.
Tenía sesenta y tantos años en el momento de la muerte de Domiciano y no era de esperar, como es natural, que viviese mucho tiempo. Sin duda, quienes apoyaban a Nerva contaban con esto y pensaban que su reinado sería un breve período de espera en el que podía elegirse un candidato mejor.
Nerva trató de poner fin a la periódica hostilidad entre el emperador y el Senado y de poner en práctica la teoría de que el Imperio Romano en realidad era gobernado por el Senado, y el emperador sólo era el sirviente de éste. Prometió no ejecutar nunca a un senador, y nunca lo hizo. Cuando se descubrió una conspiración contra él, se contentó con desterrar al jefe sin ejecutar a nadie. Puso en práctica una economía estricta, hizo volver a los exiliados políticos, organizó un servicio postal controlado por el Estado, creó instituciones de caridad para el cuidado de los niños necesitados y se mostró en todo aspecto como una persona humanitaria y amable.
Si bien el intento de Nerva de hacer a su gobierno responsable del bienestar de los ciudadanos parece sumamente encomiable, su reinado señaló un inquietante cambio decisivo en la sociedad antigua. Cada vez más, los gobiernos locales se mostraron incapaces de llevar a cabo sus tareas. Y cada vez más se dirigieron al emperador. Se esperaba que el gran gobernante de Roma cuidase de todos. Si lo hacía efectivamente, estaba bien, pero si llegase el tiempo en que el gobierno central fuese corrupto o incapaz, ¿qué sería, entonces, de los gobiernos locales, que ya no eran capaces de cuidar de sí mismos?
Pero, por el momento, sólo la guardia pretoriana estaba insatisfecha. Domiciano había sido popular entre sus miembros porque los favorecía, pues sabía bien que dependía de su apoyo para mantenerse en el poder. Por consiguiente, les pagaba bien y les permitía muchas libertades. Las economías de Nerva y su dependencia del Senado empeoraban la situación de los soldados de la guardia, quienes, con amargo desengaño, exigieron la muerte del principal conspirador contra Domiciano y de su propio jefe, que había apoyado la conspiración. Nerva se halló enfrentado con el destino de Galba (véase página), pero trató con valentía de arrostrar a los soldados de la guardia. Nerva no perdió su vida como resultado de ello, pero le infligieron una dura humillación al matar a quienes quería y luego obligar a Nerva a hacer que el Senado votase una moción de agradecimiento hacia ellos por esa matanza.
Nerva comprendió que no podía dominar al ejército y que su muerte acarrearía serios desórdenes. No tenía hijos a quienes legar el poder, como Vespasiano había hecho con Tito. Por ello, buscó a su alrededor a algún buen general en quien pudiera confiarse que gobernaría bien para adoptarle como hijo y asegurar la sucesión. Si no podía tener un Tito, al menos tendría un Tiberio.
Su elección cayó, muy sabiamente, en Trajano (Marcus Ulpius Trajanus). Este nació en España en el 53, cerca de la moderna ciudad de Sevilla e iba a ser el primer emperador nacido fuera de Italia (aunque era de ascendencia italiana). Fue un soldado toda su vida e hijo de un soldado, que siempre actuó con eficiencia y capacidad.
Tres meses después de efectuarse la adopción, Nerva murió, habiendo reinado cerca de un año y medio, y Trajano le sucedió pacíficamente en el trono.
Trajano iba a seguir el buen ejemplo de Nerva: mantuvo la promesa de no hacer ejecutar nunca a un senador y adoptó a un joven capaz como sucesor. En verdad, a partir de Nerva, hubo una serie de emperadores que se sucedieron unos a otros por adopción. A veces se los llama los «Antoninos», por el apellido de los últimos.

La Edad de Plata
En el nuevo período de paz, seguridad y prosperidad que se inició con Nerva, la aristocracia romana dio un gran suspiro de alivio y los historiadores romanos escribieron libros en los que describían a la mayoría de los emperadores anteriores con los más negros colores, para aumentar el contraste con los amables emperadores protectores del Senado que ahora se estaban sucediendo en el trono y también para obtener una especie de venganza póstuma sobre los gobernantes anteriores.
La venganza fue más eficaz de lo que los mismos historiadores habrían imaginado, pues algunos de sus libros sobrevivieron y han ennegrecido para siempre los nombres de los primeros emperadores. Por malos que hayan sido algunos de esos emperadores, no hay uno solo que no aparezca en las historias senatoriales (y por ende en el pensamiento de los hombres de hoy) mucho peor de lo que probablemente fue en la vida real.
El más importante de esos historiadores fue Cornelio Tácito. Prosperó bajo los Flavios, pero en los años finales del reinado de Domiciano vivió en una considerable inseguridad. Era yerno de Agrícola, el general que había extendido la dominación romana en Britania y había sido llamado por Domiciano. También esto aumentó el resentimiento de Tácito hacia este emperador. Escribió una historia de Roma desde la muerte de Augusto hasta la muerte de Domiciano desde el punto de vista del republicanismo senatorial y no vio nada bueno en la mayoría de los emperadores de ese período. Tiberio, en particular, fue objeto de su desagrado, probablemente porque su carácter era muy similar al de Domiciano.
Tácito también escribió una biografía de Agrícola, libro valioso por la luz que arroja sobre los britanos de la época. Tácito estuvo ausente de Roma entre el 89 y el 93, y quizás pasara parte de ese tiempo en Germania, porque escribió también un libro sobre ese país que es ahora prácticamente la única fuente de conocimiento que tenemos de esa región en la época del temprano Imperio. No podemos dejar de admirar la exactitud del libro, aunque Tácito trataba claramente de emitir un juicio moral, comparando la vida sencilla y virtuosa de los germanos con el decadente lujo de los romanos. Para hacer resaltar esto, probablemente pintó un cuadro demasiado brillante en un aspecto y demasiado oscuro en el otro.
Cayo Suetonio Tranquilo era un historiador más joven que nació alrededor del 70 en la costa africana. Es famoso por un libro titulado «Vida de los Doce Césares». Era un conjunto de biografías chismosas de Julio César y los once primeros emperadores de Roma, hasta Domiciano inclusive. Suetonio gustaba de repetir historias escandalosas e incorporó a su libro muchas cosas que los historiadores modernos habrían descartado por considerarlas mero chismorreo. Pero escribía con sencillez, y las historias escandalosas que repitió dieron popularidad al libro, hasta el día de hoy.
El más importante historiador no romano del período fue un judío llamado José, que romanizó su nombre para convertirlo en Flavio Josefo. Nació en el 37, y no sólo estaba versado en las tradiciones judías, sino que también poseía la suficiente experiencia mundana como para asimilar con facilidad una educación romana. Conocía a ambas partes y visitó Roma en 64 a fin de pedir un tratamiento mejor y más tolerante para los judíos, mientras en Judea instó a la moderación y al freno de los elementos más nacionalistas.
Fracasó, y cuando estalló la Guerra de Judea, se vio obligado a conducir un contingente contra los romanos. Combatió bien, resistiendo durante largo tiempo contra fuerzas superiores. Cuando finalmente se vio obligado a rendirse, no se suicidó como los otros resistentes desesperados. En cambio, se inclinó ante lo inevitable, hizo las paces con Vespasiano y Tito y pasó el último cuarto de siglo de su vida en Roma como ciudadano romano, muriendo en 95, aproximadamente.
Pero no olvidó totalmente a sus infortunados compatriotas. Escribió una historia de la rebelión titulada La guerra de los judíos, publicada a finales de Vespasiano, y una autobiografía para defenderse contra la acusación de haber provocado la rebelión, y otro libro en defensa del judaísmo contra los antisemitas. Su obra maestra fue Las antigüedades judías, una historia de los judíos (con una descripción de los libros históricos de la Biblia) que llegaba hasta el estallido de la rebelión.
En este último libro, se menciona a Jesús de Nazaret en un párrafo, la única referencia contemporánea a Jesús fuera del Nuevo Testamento. Pero la mayoría de los sabios consideran apócrifo el párrafo, y creen que fue insertado posteriormente por algún ardiente cristiano inquieto por la falta de referencia de Josefo a Jesús en su descripción de Judea en la época de Tiberio.
El período de los Flavios se señaló por la producción de una importante literatura. Los críticos no la colocan en el mismo nivel que las grandes creaciones de la época de Augusto y se limitan a aludir a los escritos del tiempo de los Flavios como la «Edad de Plata».
Esta edad de plata incluye a tres destacados satíricos, es decir, autores que se burlaban de los vicios de su tiempo y, de este modo, contribuyeron a mejorar la moral pública. Esos satíricos eran Persio (Aulus Persius Flaccus), Marcial (Marcus Valerius Martialis) y Juvenal (Decimus Junius Juvenalis).
Persio fue el primero y, en realidad, precedió al período navío, pues escribió en los reinados de Claudio y Nerón. Se especializó en burlarse de los gustos literarios del momento, que, pensaba, reflejaban la decadencia general de la moral. Murió antes de los treinta años, y probablemente habría ganado mayor fama si hubiese vivido más tiempo.
Marcial nació en España, en 43, llegó a Roma en época de Nerón y permaneció allí por el resto de su vida, muriendo en 104. Se le conoce sobre todo por su epigramas satíricos, versos cortos, de dos a cuatro líneas, que podían ser sumamente mordaces. Escribió alrededor de 1.500 de ellos, y los dividió en catorce libros. Se mofó de todo lo que a sus ojos era disoluto y erróneo y es probable que sus epigramas estuvieran en los labios de todas las personas importantes de Roma. Tal vez todo el que fuese objeto de su mordaz ingenio sintiese el escozor por años.
Marcial fue muy popular en vida, y recibió el patrocinio de Tito y Domiciano. Esto se debió en parte a que su ingenio era genuinamente divertido y en parte a que a menudo se permitió escribir versos indecorosos, por lo que algunos de sus epigramas son casi como «chistes verdes».
Un epigrama decente que podemos tomar como ejemplo es el siguiente:

Non amo te, Sabidi, nec possum dicere quare;
Hoc tantum possum dicere, non amo te.

Esto significa: «No te quiero Sabidio, y no sé por qué; sólo puedo decir que no te quiero».
Este epigrama es más conocido hoy [en los países de habla inglesa, n. del t. ] en la forma de una traducción libre hecha por Thomas Brown, cuando estudiaba en Oxford, alrededor de 1780, y referida a su decano, John Fell:

I do not love thee, Doctor Fell.
The reason why I cannot tell;
But this alone I know full well,
I do not love thee, Doctor Fell.

Juvenal fue quizás el más grande y el más acre de los satíricos. Carecía de humor y de gracia porque los defectos de la sociedad que veía a su alrededor le eran tan odiosos que sólo podía tratarlos con una ardiente indignación. Despreciaba el lujo y la ostentación, y denunciaba con igual vehemencia la dominación de un hombre como la supremacía de la muchedumbre. Hallaba detestable casi todo aspecto de la vida cotidiana de Roma, y fue él quien dijo que todo lo que interesaba a los romanos era «panem et circenses» («pan y circo»). Sin embargo, esto no significa que Roma bajo los emperadores fuese una ciudad peor que cualquier otra de la historia del mundo. Sin duda, si Juvenal viviese hoy, podría escribir sátiras similares, igualmente amargas e igualmente verdaderas, sobre Nueva York, París, Londres o Moscú. Es importante recordar que los vicios y males de la vida resaltan muy claramente pero que aun en los peores tiempos hay mucho de bueno, amable y decente que pasa inadvertido y no sale en la primera plana de los periódicos.
Un poeta de un estilo más antiguo era Lucano (Marcus Annaeus Lucanus). Nació en Cordoba, España, en el 39, y era sobrino de Séneca, el tutor del joven Nerón (véase página). Su obra más famosa era un poema épico sobre la guerra civil entre Julio César y Pompeyo. Es la única de sus obras que nos ha llegado.
Fue uno de los íntimos de Nerón, pero esta amistad fue fatal para él tanto como para su tío. Nerón se sintió celoso de las aclamaciones que recibían las poesías de Lucano y le prohibió dar recitales públicos. Esto era más de lo que un poeta podía soportar. Entró en la conspiración de Pisón contra el Emperador y, cuando ésta fracasó, fue apresado y obligado a suicidarse, pese a que brindó información y traicionó a quienes habían estado en la conspiración con él.
Otro miembro de la «Escuela Española» que floreció en la Roma de la Edad de Plata y que incluía a Séneca, Marcial y Lucano era Quintiliano (Marcus Fabius Quintilianus), quien nació en España en el 35. Prestó servicios bajo Galba y llegó a Roma cuando este general se convirtió por breve tiempo en emperador. Permaneció en Roma y llegó a ser el más importante maestro de oratoria y retórica de su época. Fue el primer maestro que se benefició del nuevo interés imperial por la educación y recibió de Vespasiano una subvención gubernamental. Quintiliano era un gran admirador de Cicerón y se esforzó por salvar el estilo latino de la tendencia a hacerse demasiado rebuscado y poético.
Roma nunca fue famosa por su ciencia; ésta era el fuerte de los griegos. Sin embargo, en el siglo I del Imperio, varios romanos hicieron contribuciones que deben ser mencionadas en toda historia de la ciencia.
El más famoso de ellos, quizá, fue Plinio (Gaius Plinius Secundus), nacido en Novum Comun (la moderna Como), en el norte de Italia, en 23. Tuvo mando de tropas en Germania, en tiempos de Claudio, pero fue después que Vespasiano (de quien era íntimo amigo) se convirtiese en emperador cuando realmente pudo hacer valer sus méritos. En este reinado, fue gobernador de partes de la Galia y España.
Era un hombre de intereses universales y de una curiosidad universal, que estaba siempre leyendo y escribiendo en todo momento libre que tenía. Su obra principal fue una Historia Natural en treinta y siete volúmenes, publicada en 77 y dedicada a Tito, a la sazón heredero del trono. No era una obra original, sino un compendio de dos mil libros antiguos de casi quinientos autores. Lo hizo con total indiscriminación y elegía los temas a menudo porque eran sensacionalistas e interesantes, no porque fuesen plausibles o sensatos.
El libro trataba de astronomía y geografía, pero en su mayor parte estaba dedicado a la zoología, y en este campo citó profusamente cuentos de viajeros acerca de unicornios, sirenas, caballos voladores, hombres sin boca, hombres con pies enormes, etc. Era fascinante y los libros sobrevivieron porque se hicieron muchísimas copias de ellos, mientras que se perdieron otras obras más sobrias y con más materiales fácticos. La obra de Plinio fue conocida durante toda la Edad Media y comienzos de los tiempos modernos como una maravilla, y generalmente se creyó que trataba de cosas reales.
Plinio tuvo un trágico fin. Bajo Tito, fue puesto al mando de la flota estacionada frente a Nápoles. Desde allí, vio la explosión del Vesubio. En su ansiedad por presenciar la erupción, estudiarla y luego, indudablemente, describirla en detalle, bajó a la costa. Tardó demasiado en retirarse y fue atrapado por las cenizas y el vapor. Más tarde, se le halló muerto.
Entre otros divulgadores cuya obra ha sobrevivido se cuenta Aulo Cornelio Celso. En tiempos de Tiberio, recopiló restos del saber griego para su público. El libro que dedicó a la medicina griega fue descubierto en época moderna y Celso llegó a ser considerado como un famoso médico antiguo, lo cual era hacerle demasiado honor.
En el reinado de Calígula, Pomponio Mela (otro de los intelectuales de la época nacidos en España) escribió una pequeña geografía popular basada en la astronomía griega, excluyendo cuidadosamente las matemáticas que la hubiesen hecho demasiado difícil. Fue muy popular en su tiempo y sobrevivió hasta el período medieval, cuando, durante un momento, fue todo lo que quedaba del conocimiento geográfico antiguo.
En ingeniería los romanos se destacaron e hicieron una importante labor. Vitruvio (Marcus Vitruvius Pollio) floreció en el reinado de Augusto y publicó un gran volumen sobre arquitectura que dedicó al Emperador. Durante muchos siglos, fue un clásico en la materia.
Una labor similar en otras ramas de las ciencias prácticas fue la realizada por Sexto Julio Frontino, nacido alrededor del 30. Fue gobernador de Britania bajo Vespasiano y escribió libros sobre agrimensura y ciencia militar que no nos han llegado. En 97, el emperador Nerva lo puso a cargo del sistema hidráulico de Roma. Como resultado de esto, publicó una obra en dos volúmenes en la que describía los acueductos romanos, probablemente la más importante obra informativa que poseemos sobre la ingeniería antigua. Estaba orgulloso de las realizaciones prácticas de los ingenieros romanos, y las comparaba favorablemente con las hazañas de ingeniería espectaculares pero inútiles de los egipcios y los griegos.
La luz menguante de la ciencia griega aún brillaba en el período del temprano Imperio. Un médico griego, Dioscórides, sirvió en los ejércitos romanos bajo Nerón. Su principal interés residía en el uso de plantas como fuente de drogas. A este respecto, escribió cinco libros que constituyeron la primera farmacopea sistemática y sobrevivieron a lo largo del período medieval.
Aproximadamente por la misma época, vivió en Alejandría Herón, tal vez el más ingenioso inventor e ingeniero de la antigüedad. Es muy famoso por haber concebido una esfera hueca con mangos curvos dentro de la cual podía hervirse agua. El vapor, al salir con fuerza por los mangos, hacía girar la esfera (precisamente, el principio de muchas regaderas automáticas actuales). Se trata de una máquina de vapor muy primitiva, y si la sociedad de la época hubiera sido diferente, cabe imaginar que tal mecanismo habría dado origen a una revolución industrial como la que se produjo, de hecho, sólo diecisiete siglos más tarde. Herón también estudió la mecánica y observó la conducta del aire, temas sobre los que escribió obras muy avanzadas para su época.
Sin embargo, por alguna razón, la luz de la literatura y la ciencia que tanto había brillado en los tiempos inciertos y agitados de tiranos como Calígula, Nerón y Domiciano, fue apagándose hasta convertirse en una débil llama bajo el gobierno suave e ilustrado de los emperadores que siguieron a Nerva.

Trajano
El hecho de que un oriundo de las provincias como Trajano pudiera convertirse en emperador y ser popular era también un signo de que el Imperio se estaba transformando en algo más que el ámbito dominado por Italia que Augusto había tratado de hacer de él. La fuerza de los hechos estaba restaurando la gran concepción de Julio César de un Imperio basado en la cooperación de todas las provincias, de un extremo a otro, y en la participación de todos en el gobierno.
En el momento de la muerte de Nerva, Trajano se hallaba inspeccionando el ángulo formado por el Rin y el Danubio, tan recientemente fortificado por Domiciano, y sólo volvió a Roma cuando estuvo totalmente satisfecho de su seguridad. El hecho de que su ausencia no diera origen a desórdenes revela la ansiedad con que Italia había recibido la serenidad del reinado de Nerva y su decisión de hacer que continuara.
En 99, Trajano entró en Roma en triunfo y su poderosa personalidad logró someter completamente a la guardia pretoriana.
Pero en el exterior, Trajano dio un nuevo curso a la política romana. Desde la derrota de Varo en Germania, noventa años antes, la política de Roma había sido esencialmente defensiva. Las extensiones territoriales se habían hecho a expensas de los reinos satélites o en rincones aislados como Britania o la región del Rin y el Danubio, pero esto no afectó a la decisión básica de no buscarse problemas con enemigos poderosos.
Trajano no seguiría el mismo camino. En su opinión, Roma se estaba ablandando por falta de buenos enemigos, blandura que llegó a su colmo con la disposición de Domiciano de comprar la paz a los dacios. Trajano estaba decidido a terminar con esta vergüenza y por ende a reavivar las virtudes militares de Roma mediante una dura lucha. Por ello, casi tan pronto como se estableció en Roma, se preparó para ajustar cuentas con Dacia.
Primero, puso fin al tributo, y cuando Decébalo (que aún estaba vivo y aún era el rey de los dacios) respondió con rápidas correrías por el Danubio, Trajano condujo su ejército hacia el Este en 101. Lanzándose hacia el Norte, después de cruzar el Danubio, los soldados romanos llevaron la guerra, con todo rigor, al mismo territorio dacio. En dos años, Decébalo fue totalmente derrotado y se vio obligado a aceptar una paz por la cual se permitía a los romanos mantener guarniciones en el país.
El nuevo estado de cosas era tan humillante para Decébalo como la paz de Domiciano había sido humillante para Roma. Los romanos no se tomaron la molestia de no herir los sentimientos de Decébalo o de salvar las apariencias para él. En 105, reinició la guerra y, en una segunda campaña, los dacios sufrieron una derrota aún peor que la anterior, y Decébalo, desesperado, se suicidó.
Esta vez, Trajano no se anduvo con medias tintas. En 107 anexó toda Dacia y la convirtió en una provincia romana. Luego estimuló al asentamiento de colonias y villas romanas por toda la nueva provincia, que se romanizó rápidamente. Las regiones costeras al norte del mar Negro y al este de Dacia no fueron anexadas realmente a Roma, pero en ellas había desde hacía largo tiempo ciudades de habla griega y ahora formaron un protectorado romano. Esto significaba que cada centímetro de costa dentro del estrecho de Gibraltar estaba ahora bajo el control de un solo gobierno. Esto nunca había ocurrido en toda la historia antes del Imperio Romano, ni iba a ocurrir otra vez después de él.
Dacia nunca fue una provincia tranquila. Más allá de ella, al norte y al este, había otras hordas de tribus bárbaras, y Dacia no estaba protegida por barreras naturales de importancia. Por eso, estaba expuesta a perennes correrías. Durante el siglo y medio que formó parte del Imperio, probablemente costó a Roma más de lo que valía, aunque sirvió como tapón para las ricas provincias del Danubio meridional.
Extrañamente, las huellas de la ocupación romana son mucho más claras en Dacia que en tierras situadas al sur que fueron romanas durante períodos muchos más largos, antes y después. Lo que antaño fue Dacia es hoy Rumania, o, más correctamente, Romania. Su mismo nombre recuerda a Roma, y los habitantes modernos afirman enfáticamente que son los descendientes de los viejos colonos romanos de tiempos de Trajano. Sin duda, la lengua rumana está estrechamente emparentada con el latín. Es clasificada como una lengua romance (junto con el francés, el italiano, el español y el portugués) y se ha mantenido a lo largo de siglos, mientras un mar de lenguas eslavas descendió del Norte y pasó, bordeándola, al Sur.
En honor de su victoria en Dacia, Trajano hizo erigir, en el Foro Romano, una magnífica columna de 33 metros que aún permanece en pie en la Roma actual. En ella se representa la historia de las campañas de Dacia, en un bajorrelieve en espiral que contiene más de 2.500 figuras humanas. Allí aparece casi todo tipo de escena bélica, desde la preparación de la guerra hasta batallas reales, la captura de prisioneros y el triunfante retorno final a Roma.
En lo interior, Trajano adoptó la política paternalista y humanitaria de Nerva. Hasta aumentó la subvención para niños necesitados. Esto, claro está, no era sólo cuestión de humanidad. El índice de natalidad del Imperio estaba declinando[4] , y la posibilidad de que hubiese una escasez de soldados era un peligro real. Proteger a las familias pobres con hijos estimulaba la producción de futuros soldados, según se esperaba.
Es importante recordar, incidentalmente, que el índice de mortalidad en el Imperio Romano era mucho más elevado que en las naciones modernas tecnológicamente avanzadas, y la esperanza de vida era inferior. Por ello, un descenso del índice de natalidad en Roma era algo mucho más serio de lo que sería un descenso análogo en el mundo actual. Decir que el descenso del índice de natalidad hoy sería un «suicidio racial» y usar como ejemplo el Imperio Romano es ignorar completamente las diferencias fundamentales en la situación de entonces comparada con la actual.
Pero la larga ausencia de Roma por parte de Trajano, por mucho que aumentara la gloria en lenta decadencia de las armas romanas, tuvo también sus desventajas. En su ausencia, el gobierno de las provincias tendió a corromperse. Las ciudades, particularmente en el Este, se volvieron cada vez más incapaces de manejar sus asuntos financieros. Se necesitaba cada vez más la intervención y supervisión del gobierno central, no sólo para la reforma fiscal, sino también para la construcción de caminos y otras obras públicas.
En 111, por ejemplo, Trajano tuvo que enviar a Plinio el Joven (Gaius Plinius Cecilius Secundus) como gobernador de Bitinia para que reorganizase la provincia. (Plinio el Joven era sobrino del Plinio que murió en la erupción del Vesubio, llamado a veces Plinio el Viejo).
El joven Plinio era amigo de varias de las grandes figuras literarias del período, particularmente de Marcial y Tácito, y él mismo escribió algo de tanto en tanto. Es más conocido por sus cartas, que escribió con vistas a una publicación futura, por lo que cabe preguntarse hasta qué punto arrojan luz sobre su personalidad.
Para la gente de hoy es importante, sobre todo, una carta que envió a Trajano desde Bitinia. Al parecer, los cristianos eran castigados meramente por ser cristianos, y Plinio pensó que si podía persuadirse a la gente a que se retractara y dejase de ser cristiana, debía ser perdonada, aunque admitiese haber sido cristiana antes. Además, Plinio se resistía a actuar contra las personas sobre la base de acusaciones anónimas. Además, se inquietaba por el hecho de que los cristianos no vivían como criminales, sino que parecían vivir de acuerdo con un elevado código moral. Plinio señaló que el cristianismo se estaba difundiendo rápidamente y que sólo la suavidad, no la severidad, podía detener su difusión.
Trajano respondió brevemente, aprobó la acción de Plinio de perdonar a quienes se retractasen, ordenó ignorar las acusaciones anónimas y, además, afirmó que no se debía estar a la búsqueda de cristianos. Si se informaba legítimamente que lo eran y se los condenaba legítimamente, entonces debían ser castigados de acuerdo con la ley, decía Trajano, pero Plinio no debía salir a buscarlos. (Indiscutiblemente, Plinio y Trajano, en lenguaje moderno, eran «blandos con el cristianismo».)
Plinio murió no mucho después de escribir esa carta, probablemente mientras aún prestaba servicios como gobernador de Bitinia.
El período de paz posterior a la campaña dacia no duró mucho, pues surgieron problemas en el Este. Los dacios habían pedido ayuda a Partía, la vieja enemiga de Roma, y Trajano no lo olvidó. Además, Armenia aún era el Estado tapón en disputa entre los dos grandes imperios. La última lucha se había producido en la época de Nerón, y desde entonces Armenia había estado en un delicado equilibrio.
Pero en 113, el rey parto Cosroes puso un gobernante títere en Armenia y rompió la tregua de cincuenta años. Fue una locura de Partia, pues pasaba desde hacia varias décadas por periódicas guerras civiles entre pretendientes rivales al trono, mientras que Roma atravesaba un período de fortalecimiento. En efecto, durante los veinte años anteriores, fuerzas romanas habían estado avanzan­do poco a poco hacia el Este, hasta las tierras fronterizas de Arabia. La ciudad comercial de Petra, al sudeste de Judea, junto con la península del Sinaí, entre Judea y Egipto, fueron anexadas en 105 y convertidas en la pro­vincia romana de Arabia. Esto consolidó la posición ro­mana en el Este y la fortaleció para una guerra con Partia.
Cosroes se apercibió sin duda de su error, pues hizo un rápido esfuerzo para aplacar a Trajano. Pero era de­masiado tarde, pues Trajano no estaba dispuesto a tran­sigir. Avanzó hacia el Este en 114, se apoderó de Ar­menia casi sin lucha y la convirtió directamente en una provincia romana. Luego dobló al sudeste, avanzó hacia la capital parta, Ctesifonte, que tomó, y después atravesó toda la Mesopotámia hasta llegar al golfo Pérsico.
Ese fue el punto oriental más lejano al que llegaron las legiones romanas, y cuando Trajano, que tenía sesenta años, miró a través del golfo en dirección a Persia y la India, donde cuatro siglos y medio antes Alejandro Mag­no había ganado enormes victorias, exclamó tristemente: « ¡Sí yo fuera más joven! ».
En ese momento, el Imperio Romano llegó a su máxi­ma extensión. En 116 (860 A. U. C.), Trajano convirtió a Asiria y Mesopotámia en provincias de Roma y estable­ció las fronteras orientales del Imperio en el río Tigris.
La superficie del Imperio Romano, unido por 290.000 kilómetros de caminos, era de aproximadamente de 9.000.000 kilómetros cuadrados, de modo que tenía más o menos el tamaño de los Estados Unidos de América en la actualidad. Su población debe de haber sido de un poco más de 100.000.000 de habitantes, y la ciudad de Roma contaba con alrededor de 1.000.000 de habitantes. El Im­perio tenía una gran extensión, aun para los tiempos mo­dernos, y en comparación con los Estados que habían existido antes en la zona mediterránea (excepto el Im­perio Persa, de vida relativamente corta) era absolutamente monumental. No cabe extrañarse de que causara una impresión tan profunda a los hombres de los siglos que siguieron inmediatamente a la muerte de Augusto que ni siquiera todos los desastres que más tarde sufriría el Imperio bastarían para borrar el recuerdo de su grandeza.


Pero era más fácil derrotar a los partos que consolidar la victoria. Casi inmediatamente, reanudaron la guerra, y Trajano, al tener noticia de desórdenes en otras partes del Imperio, se vio obligado a retirarse un poco de los lejanos puntos a los que había llegado. En 117, en el camino de vuelta a Roma, murió en el sur de Asia Menor.

Adriano
Alrededor de 106, al parecer, Trajano había elegido a su sucesor. Este era Adriano (Publius Aelius Hadrianus), hijo de un primo de Trajano. Adriano prestó buenos y fieles servicios en la campaña de Dacia y se casó con una sobrina nieta de Trajano. A la muerte de éste, se convirtió en emperador sin disputa alguna, y mediante una liberal gratificación a los soldados se aseguró de que no tendría problemas. Abandonó la costumbre romana de afeitarse, que se remontaba a tres siglos atrás, y fue el primer emperador que llevó barba.
El imperio que gobernó no era tan sólido y grande como parecía. Las conquistas de Trajano, por mucho que halagaran el orgullo de los patriotas y tradicionalistas romanos, habían extendido y tensado la economía de un ámbito que estaba demasiado maduro y se estaba volviendo blando y endeble en muchos lugares. Tratar de mantener las fronteras de ese momento, suponía alimentar y abastecer a todo un ejército durante el tiempo que durase una guerra oriental que prometía ser larga, y también que el gobierno interno continuaría perdiendo su vigor.
Adriano decidió no arriesgarse. Si Trajano trató de revivir a Julio César, Adriano intentó revivir a Augusto. Estaba dispuesto a bajar los humos romanos, estableciendo una frontera firme y segura que no traspasaría y dentro de la cual pudiera prosperar.
Con este propósito, pronto renunció a las conquistas orientales de Trajano, y el Imperio Romano, después de estar dos o tres años en la cúspide de su extensión, inició la larga retracción que iba a durar trece siglos y no iba a cesar hasta la caída final de su última ciudad.
Toda la región mesopotámica fue devuelta a Partia y se hizo nuevamente del Eufrates superior, mucho más fácilmente defendible que el Tigris, la frontera oriental del Imperio; una frontera, además, que Partia, agotada y con su orgullo nacional restablecido, no estaba con ánimo de disputar. En cuanto a Armenia, Adriano se contentó con hacer de ella nuevamente un reino satélite, como antes, y no hizo ningún intento de conservarla como provincia. Esto suponía una retracción de unos ochocientos kilómetros y el fin de la momentánea posición romana en el mar Caspio y el golfo Pérsico, pero en realidad era para bien.
Adriano tuvo que rechazar a los bárbaros que hacían incursiones por Dacia, en una guerra que libró con renuencia. En verdad, estaba ansioso de renunciar a las conquistas de Trajano en Dacia, pero esto no fue aceptado por sus consejeros y, probablemente, tampoco por sus propios sentimientos. Dacia era la única de las conquistas recientes en la que se habían asentado en gran número colonos romanos, y habría sido infame abandonarlos a los bárbaros.
Adriano continuó y amplió las medidas humanitarias y caritativas de Nerva y Trajano. Hasta hizo aprobar leyes para lograr que se diese un trato considerado a los esclavos, de los que había cerca de 400.000 en la ciudad de Roma solamente, aunque su número estaba declinando, y estimuló la creación de escuelas gratuitas para los pobres. Mantuvo la política de respeto hacia el Senado e hizo grandes esfuerzos para quedar limpio de la sospecha de que ciertos conspiradores ejecutados por la guardia pretoriana habían sido muertos a instigación suya. Reorganizando los métodos para la recaudación de impuestos, logró aumentar los ingresos imperiales a la par que aligeraba los impuestos. También reconstruyó el Panteón, dándole un aspecto aún más impresionante, después de su destrucción por el fuego.
Con todo, la economía romana estaba en mal estado, sobre todo la agricultura. Cuando Augusto estableció el principado y puso fin a siglos de conquistas, también puso fin a la afluencia de miles de esclavos baratos de los países conquistados. Fueron reemplazados por arrendatarios libres que, al no tener propiedades, podían desplazarse de un lugar a otro en busca de mejores condiciones de trabajo. El porcentaje de soldados y habitantes urbanos (que no contribuían a la producción de alimentos) aumentó, mientras que el conjunto de la población disminuyó, de modo que se hizo cada vez más difícil hallar trabajadores agrícolas y el salario por sus servicios subió desmesuradamente (o al menos así les parecía a los terratenientes). Por esa razón, hubo una tendencia creciente a promulgar leyes para impedir que los campesinos se desplazasen, a mantenerlos ligados a un trozo de tierra determinado. Estos fueron los débiles comienzos de lo que llegaría a ser la servidumbre en la Edad Media.
Aunque Adriano trató al Senado con respeto, el prestigio de este cuerpo declinó constantemente. Ya nadie pretendía que el Senado tuviese algo que ver con la elaboración de leyes; sólo importaban los edictos del emperador. Por supuesto, un emperador concienzudo como Adriano no promulgaba edictos de manera caprichosa o arbitraría, sino que consultaba a un consejo de distinguidos juristas que lo asesoraban.
Adriano era un intelectual y un anticuario; se interesaba por todo el Imperio, no por Italia solamente. En verdad, buena parte de sus veintiún años de gobierno la pasó en viajes de recreo por las diversas provincias, haciéndose ver por la gente y, a su vez, observándola.
En 121, se marchó al Oeste y el Norte, viajando a través de la Galia y Germania para luego entrar en Britania. Por entonces, ya hacía ochenta años que Britania era más o menos romana, pero las tierras altas del Norte, habitadas por los salvajes pictos, aún estaban fuera de la dominación romana. Adriano no sentía allí más entusiasmo por las aventuras militares que en cualquier otra parte. Dirigió la construcción de una muralla (la «Muralla de Adriano») a través de una parte estrecha de la isla, justamente a lo largo de la línea que hoy separa a Inglaterra de Escocia. Los romanos se retiraron al sur de esa muralla, que era fácil de defender contra las correrías desorganizadas de las tribus salvajes, y la Britania romana continuó en paz y en una considerable prosperidad durante casi tres siglos.
Luego Adriano visitó España y África, y después viajó al Este. Las relaciones con Partia estaban empeorando nuevamente, pero Adriano tomó la medida sin precedentes de realizar una «reunión cumbre» con el rey parto para ajustar todas las diferencias.
Finalmente, llegó a Grecia, que era el deseo de su corazón.
En el reinado de Adriano, el período de mayor gloria de Grecia estaba ya cinco siglos y medio atrás. La Atenas de la Era de Pericles estaba tan lejos de él como la Florencia del Renacimiento lo está para nosotros. Los hombres sabios ya habían llegado a comprender que el período de Pericles había sido algo excepcional en la historia humana, y Adriano, que había recibido una educación totalmente griega, era muy consciente de ello.
Cuando visitó Atenas, en 125 (878 A. U. C), no hubo nada que le pareciese demasiado bueno para ella. Le hizo concesiones económicas y políticas, restauró viejos edificios y construyó otros nuevos, y trató de restablecer las costumbres antiguas. Hasta se inició en los misterios eleusinos, en los que fue aceptado, mientras Nerón había sido rechazado (véase página).
También fundó nuevas ciudades, la más importante de las cuales fue la fundada en Tracia con el nombre de Adrianópolis (la «ciudad de Adriano») en su honor. Hoy forma parte de Turquía, con el nombre de Edirne.
En 129, retornó a Atenas en una segunda y prolongada visita, y luego se dirigió a Egipto y al Este una vez más.
En lo que antaño había sido Judea, cometió un error. Ordenó que la Jerusalén en ruinas fuese reconstruida como ciudad romana y que se construyera un templo a Júpiter en el lugar del Templo judío, destruido medio siglo antes. Ante esto, los judíos que quedaban en esa tierra se lanzaron a la rebelión. La santidad de Jerusalén, aun en ruinas, era cara para ellos, y no soportaban su profanación.
Debe admitirse que los judíos, de todos modos, habían estado agitados desde hacía un tiempo. Aunque no fueron tratados particularmente mal bajo Nerva o Trajano, subsistían las viejas esperanzas mesiánicas y el permanente resentimiento por la destrucción del Templo. Mientras Trajano estaba librando sus guerras orientales, los judíos se levantaron en Cirene, al este de Egipto. Este hecho tuvo cierta influencia en la detención de sus conquistas orientales. La revuelta de Cirene fue aplastada, pero esto sólo aumentó los resentimientos que finalmente se desbordaron con la orden de Adriano concerniente a Jerusalén.
El líder judío de la revuelta de Judea era Bar-Kokhba («hijo de una estrella»), un temerario y valiente filibustero a quien el rabino Aquiba, el principal jefe judío de entonces, proclamó el Mesías. Fue una lucha inútil. Aquiba fue capturado y torturado hasta la muerte y, después de tres años durante los cuales cayó una fortaleza judía tras otra, pese al tenaz heroísmo de sus defensores, Bar-Kokhba finalmente fue atrapado y muerto, en 135 (888 de la fundación de Roma).
Judea quedó prácticamente vacía de judíos; tenían prohibido el acceso a Jerusalén, y durante casi dos mil años dejaron de tener historia como nación. Empezó su larga pesadilla, en la que durante muchos siglos fueron una minoría en todas partes, odiados y despreciados en todas partes, acosados y muertos casi en todas partes, pero conservando siempre la fe en su dios y en sí mismos y logrando de algún modo sobrevivir.
Adriano se interesaba particularmente por la literatura.
Suetonio (véase página) fue durante un tiempo su secretario privado. El Emperador también protegió a Plutarco, gran escritor griego de la época, haciéndolo procurador de Grecia hacia el fin de su vida. De este modo, Adriano complacía a Grecia poniendo el país bajo un gobernante nativo.
Plutarco era la encarnación de la paz crepuscular de Grecia en este período. Bajo el Imperio, Grecia se recuperó de los largos períodos de devastaciones que había experimentado como resultado de las querellas entre sus propias ciudades, seguidas por las conquistas macedónica y romana y luego por las diversas guerras civiles romanas que se libraron, en parte, en su territorio. Su población había disminuido y su vigor decaído, pero los griegos vivían rodeados por el recuerdo de su antigua grandeza y todas las reliquias arquitectónicas y artísticas que esa grandeza les había dejado. El calor de la admiración imperial fue también un factor que avivó el orgullo de Grecia.
Ese orgullo estaba encarnado en las obras de Plutarco, la más importante de las cuales era las Vidas Paralelas. Consistía en pares de biografías, una de un griego y otra de un romano, pares elegidos para mostrar semejanzas esenciales. Por ejemplo, Rómulo y Teseo formaban un par, puesto que Rómulo fundó Roma y Teseo organizó Atenas en su forma clásica. Julio César y Alejandro formaban otro par. Coriolano y Alcibíades (el primero traidor a Roma, el segundo traidor a Atenas) constituían otro par. La obra era tan atractiva y las biografías tan llenas de interesantes anécdotas que fue popular en su época y ha seguido siendo popular desde entonces.
Otro autor griego que floreció bajo Adriano fue Arriano, quien llevaba el nombre romanizado de Flavius Arrianus. Nació en Bitinia en 96, y Adriano lo hizo gobernador de Capadocia en 131. Condujo un ejército romano contra los alanos, tribus bárbaras invasoras que venían de más allá de Armenia. Fue la primera vez que las legiones romanas fueron conducidas por un griego.
Escribió una cantidad de libros, el más conocido de los cuales es una biografía de Alejandro Magno. Se supone que se basó en fuentes contemporáneas, entre ellas una biografía escrita por Tolomeo, uno de los amigos generales de Alejandro, que fue rey de Egipto después de la muerte de éste.
Adriano hasta se metió a escribir él mismo y aspiraba a competir con los profesionales, aunque no con la ofensiva vanidad de Nerón. En efecto, poco antes de su muerte Adriano escribió una breve oda a su alma, que sabía a punto de partir; es una oda suficientemente bella como para figurar en muchas antologías poéticas y para ser considerada como una pequeña obra maestra.
En su forma latina original es así:

Animula, vagula, blandula,
Hospes conesque corporis,
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, frigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis joca.

Su traducción al castellano es: «Amable y huidiza pequeña alma, huésped y compañera de mi cuerpo, ¿adónde irás ahora, pálida, fría y desnuda, y sin inspirar, como antes, alegría?».

Antonino Pío
Adriano, como Nerva y Trajano, no tuvo hijos, pero cuidó de elegir un sucesor antes de su muerte. Su primera elección no parece haber sido muy buena, pero afortunadamente el sucesor elegido murió antes que Adriano, y hubo tiempo para una segunda elección.
Esa segunda elección fue afortunada. Adriano eligió a Antonino (Titus Aurelius Fulvus Boionus Arrius Antoninus), quien había prestado buenos servicios en varios cargos oficiales, entre ellos, el consulado, en 120, y durante un tiempo se había desempeñado eficazmente como gobernador provincial en Asia. Pero ya tenía cincuenta y dos años en el momento de su elección, por lo que Adriano dispuso que también Antonino tuviese un sucesor. Dos hombres fueron elegidos como «sucesores-nietos», uno de los cuales era el sobrino de la esposa de Antonino, un joven muy prometedor.
Adriano murió en 138 (891 A. U. C.) y Antonino le sucedió sin problemas. Fue quizás el más bondadoso y humanitario de todos los emperadores romanos. Mantuvo todas las actitudes paternalistas de los anteriores emperadores. Extendió e intensificó la política de «suavidad» con los cristianos. Por entonces, la diferencia entre judaísmo y cristianismo ya era clara entre los romanos paganos, como lo era el hecho de que esas religiones hermanas eran cada vez más hostiles una frente a otra. Puesto que en tiempos de Adriano los judíos estaban en rebelión contra Roma, automáticamente los cristianos fueron considerados con ojos más favorables, según la vieja idea de que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo».
El cristianismo estaba más interesado que el judaísmo en hacer prosélitos y tuvo mucho más éxito en ello. Se difundió muy rápidamente entre las mujeres, los esclavos y las clases más pobres en general. Estos tenían poco que esperar en esta vida, aun con el Imperio en paz y bajo un gobierno estable. La concentración de los cristianos en las bendiciones del otro mundo, para el que la vida en la Tierra sólo servía como período de ensayo temporal, para someter a prueba los merecimientos de cada uno para la existencia real, aportaba a esos individuos un profundo consuelo.
Pero durante largo tiempo el cristianismo fue una religión urbana. La población agrícola, aislada de la nueva corriente de pensamiento y siempre conservadora y aferrada a sus viejas costumbres, mantuvo éstas. De hecho, la misma palabra «pagano», usada para identificar a quien no era cristiano ni judío, sino que adhería a alguna religión nativa, deriva de una palabra latina que significa «campesino», uno que vive en un «pagus» o aldea. Del mismo modo, la palabra inglesa «heathen» [pagano] designó a uno que vive en un «heath» [brezal], es decir, en algún remoto distrito rústico.
Pero no debemos pensar que el cristianismo fue sólo una religión de proletariado urbano. También se difundió en cierta medida entre la gente culta. Hasta algunos filósofos se convirtieron al cristianismo, como Justino (comúnmente llamado Justino Mártir por haber muerto en el martirio). Nació alrededor del 100 en lo que había sido Judea. Si bien era hijo de padres paganos y había recibido una educación totalmente griega, no pudo por menos de familiarizarse con las escrituras sagradas de los judíos y con la historia de la muerte y resurrección de Jesús. Se convirtió al cristianismo sin abandonar su filosofía. En verdad, usó su capacidad filosófica para argüir en defensa de la verdad del cristianismo y, así, se convirtió en un importante «apologista» (uno que habla en defensa de una causa) cristiano.
Se enzarzó en un debate de folletos con un judío eminente y abrió una escuela en Roma donde enseñaba la doctrina cristiana. Se supone que sus escritos llegaron a Adriano y Antonino, quienes quedaron tan impresionados por ellos que practicaron una política de tolerancia con el cristianismo, tolerancia que Antonino extendió a los judíos, pese a su reciente rebelión.
Aunque Antonino era de mediana edad en el momento de subir al trono, reinó durante veintitrés años, hasta la edad de setenta y cinco años. Su reinado fue de una paz total; fue la culminación de la Pax Romana, y tan pocos sucesos tuvieron lugar en dicho reinado que casi se carece de noticias históricas concernientes a él. (Son los desastres, las guerras, plagas, insurrecciones y catástrofes naturales las que aparecen en grandes titulares y llenan las páginas de los libros de historia.)
Antonino no compartía el placer de Adriano por los viajes. Reconoció el hecho de que, si bien Adriano se hizo popular en las provincias al aparecer en ellas, sus visitas eran una sangría para los tesoros provinciales. Además, disgustaban a la misma Roma, que quedaba sin su emperador durante largos períodos. La ausencia imperial parecía una afrenta a la dominación italiana sobre el Imperio. En verdad, después de la muerte de Adriano, el Senado, en una petulante exhibición de vanidad italiana, se resistió a otorgar al emperador muerto los habituales honores divinos. Antonino tuvo que hacer una vigorosa intervención personal antes de que el Senado accediese a ello. Esto fue considerado como una actitud filial y piadosa por parte de Antonino hacia su padre adoptivo, por lo que se lo llamó Antonino Pío, el nombre por el que es más conocido en la historia.
Casi los únicos problemas fronterizos que hubo en su reinado se localizaron en Britania. Las tribus hostiles al norte de la muralla de Adriano hicieron incursiones al sur de ella, pero el gobernador romano las rechazó. Para mantenerlas a raya, construyó otra muralla a través del estrechamiento de lo que es ahora Escocia, desde el estuario de Forth hasta el de Clyde. Se la llamó la «Muralla de Antonino». Sirvió como segundo rompeolas contra los bárbaros.
Antonino murió en 161 (914 A.U.C.), tan pacíficamente como había vivido. En su último día, cuando el capitán de la guardia del palacio llegó para recibir la contraseña del día, Antonino respondió «Ecuanimidad», y murió.

Marco Aurelio
De los dos sucesores que Antonino había adoptado a requerimiento de Adriano, uno fue confirmado poco después de la muerte del viejo Emperador. Era Marco Aurelio (Marcus Aelius Aurelius Antoninus), yerno de Antonino. El otro, Lucio Aurelio Vero, había sido juzgado indigno por Antonino.
Pero Marco Aurelio, que seguía un código de conducta estricto, pensó que lo justo era aceptar a Lucio Vero como su igual en los derechos y deberes del trono. Por primera vez en la historia del Imperio, dos emperadores iban a gobernar simultáneamente, y esto sentó un precedente importante para el futuro.
Lucio Vero no estaba muy interesado en las labores del gobierno, sino sólo en los placeres, a los que se dedicó totalmente. Por ello, es recordado Marco Aurelio, que sobrellevó la carga del Imperio, mientras que Lucio Vero ha sido olvidado.
Marco Aurelio fue un gobernante modelo, que siguió el ejemplo de su padre adoptivo. Platón había dicho quinientos años antes que el mundo sólo marcharía bien cuando los príncipes fueran filósofos o los filósofos príncipes. Así ocurrió con Marco Aurelio, pues fue un gobernante vigoroso y al mismo tiempo un filósofo cuyos escritos aún hoy reciben una elevada consideración.
Marco Aurelio fue, específicamente, un estoico. El estoicismo había recibido creciente favor bajo el bondadoso gobierno de los Antoninos. Su más renombrado exponente en tiempos romanos había sido Epícteto, un griego nacido en la esclavitud alrededor del 60. Tenía mala salud y era cojo (presuntamente a causa del mal trato que recibió de un amo cruel).
Fue llevado a Roma a temprana edad y allí logró asistir a clases de filósofos estoicos, cuyas enseñanzas asimiló. Cuando finalmente fue liberado de la esclavitud, se estableció a su vez como maestro. Pero en el reinado de Domiciano, cuando los filósofos fueron expulsados de Roma, Epícteto fue uno de los que tuvieron que abandonar la ciudad. Esto ocurrió en el 89. Se retiró a Nicópolis, ciudad fundada por Augusto después de su victoria final sobre Marco Antonio cerca de Accio. En Nicópolis, Epícteto enseñó durante el resto de su vida.
El mismo Epícteto no escribió nada, pero sus enseñanzas fueron asimiladas por su más famoso discípulo, Arriano (el biógrafo de Alejandro Magno), quien las recogió en dos libros, de los que sobrevive una parte solamente de uno de ellos. La filosofía de Epícteto era bondadosa y humanitaria: «vivir y dejar vivir», «soportar y refrenarse».
De joven, Marco Aurelio se sintió atraído por las enseñanzas del estoicismo y se convirtió en el más famoso de los estoicos, puesto que era el Emperador. Marco Aurelio no creía en la felicidad, sino en la tranquilidad, creía en la sabiduría, la justicia, la resistencia y la templanza; no eludió ninguna penuria a que lo obligase el cumplimiento de su deber. A lo largo de toda su afanosa vida, llena de marchas y batallas, registró sus pensamientos en un pequeño libro que sobrevive con el nombre de «Meditaciones». Es valorado aún hoy como el testimonio de un hombre que vivió según un bondadoso y admirable modo de vida en las más duras condiciones.
Pues Marco Aurelio no iba a tener la vida pacífica que merecía. La profunda calma del reinado de Antonino parece haberse quebrado con su muerte, y en todas partes surgieron enemigos contra Roma.
En el Este, los viejos enemigos, los partos, se levantaron repentinamente y una vez más trataron de colocar a Armenia bajo un títere parto. Además, hicieron inevitable la guerra al invadir Siria. Las legiones romanas, bajo el co-emperador Lucio Vero, se lanzaron hacia el Este.
Los partos fueron derrotados y los romanos les devolvieron el golpe invadiendo y saqueando la Mesopotámia y quemando Ctesifonte, su capital. En 166, la paz fue restaurada, y tres años más tarde Lucio Vero murió dejando a Marco Aurelio como único emperador.
La guerra con Partía podía haber sido considerada como un triunfo para Roma, de no haber tenido una consecuencia totalmente inesperada...
Los enjambres humanos del Lejano Oriente, India y China, han sido desde hace muchos siglos víctimas de enfermedades como el cólera o la peste bubónica. En esas regiones, las enfermedades son endémicas; es decir, están siempre presentes en un grado moderado. Pero de tanto en tanto, el germen de una enfermedad desarrolla una nueva cepa de excepcional virulencia y, entonces, una enfermedad determinada aumenta vertiginosamente su intensidad y se expande en todas direcciones, llevada por viajeros, soldados y refugiados atemorizados... De tanto en tanto, la «peste» avanza hacia el Oeste e inunda Europa.
Una peste semejante devastó Atenas casi seis siglos antes de Marco Aurelio, al comienzo de su larga guerra con Esparta. La peste mató a Pericles y probablemente contribuyó mucho a que Atenas perdiese la guerra. Indirectamente, acabó con la gloria de Atenas y contribuyó a la decadencia de Grecia. Otra peste (la famosa «Peste Negra») barrió Europa doce siglos después de la época de Marco Aurelio y dio muerte a un tercio de la población europea.
Entre esas dos pestes, apareció otra no menos importante en tiempo de Marco Aurelio. Quizá se trató de la viruela. Los soldados que combatían en Partia se contagiaron y los estragos que causó debilitaron mucho su potencia. La llevaron con ellos a Roma y también a las provincias.
La peste diezmó ferozmente la población del Imperio, despojándolo de soldados y labradores, y debilitándolo en forma permanente. La población de la ciudad de Roma empezó a decaer, y sólo en el siglo XX volvió a alcanzar el número que había tenido bajo Augusto y Trajano.
La despoblación dio origen a otros desastres, pues Marco Aurelio trató de poblar nuevamente las tierras estimulando la inmigración de los bárbaros del Norte. Esta fue la primera oscilación del péndulo de la romanización del Norte a la germanización del Imperio.
La gente atemorizada, sintiendo la necesidad de acusar a alguien de la peste, acusó a los cristianos, y se inició un período de persecuciones. Entre los que murieron en la caza de brujas estaba Justino Mártir. Sin duda, Marco Aurelio desaprobó tal persecución en principio, pero había poco que pudiera hacer contra el poder de una muchedumbre enloquecida.
Ciertamente, Marco Aurelio creía mucho en el valor de la religión del Estado como principio unificador de los pueblos del Imperio, los cuales, por lo demás, diferían tanto en lenguaje y cultura. Los cristianos deben de haberle parecido una peligrosa fuerza destructiva. Los peligros para Roma fueron tanto mayores en su reinado, con respecto a los reinados que lo precedieron inmediatamente, que bien pudo haber pensado que no podía permitirse la tolerancia de posibles rebeldes, y de este modo disculparse ante sí mismo por una persecución que sabía equivocada en principio.
La principal amenaza externa para Roma estaba en una coalición de tribus germánicas formada bajo el liderato de los marcomanos, quienes vivían en lo que es ahora la Baviera septentrional y se unieron a otras tribus situadas al norte del Danubio. Aprovechando el enfrentamiento de Roma con Partia, atacaron la frontera norte de Roma. Durante unos quince años, Marco Aurelio se agotó en esta guerra con los marcomanos, marchando de un punto amenazado a otro, derrotando a los germanos para luego verlos levantarse nuevamente.
En conjunto, puede considerarse que Roma ganó la guerra, pero mientras que en siglos anteriores había conquistado y absorbido territorios bárbaros, ahora se contentó con rechazarlos y mantenerse intacta. Si continuaba esa situación, en el siglo siguiente se iban a contemplar desastres, como efectivamente ocurrió.
Marco Aurelio murió en 180 (933 A. U. C.), después de un reinado de diecinueve años, mientras estaba en campaña, combatiendo aún con los germanos. El lugar de su muerte estaba cerca de la moderna Viena.

La época de los Antoninos
Desde el ascenso de Nerva, en 96, hasta la muerte de Marco Aurelio, en 180, el Imperio pasó por ochenta y cuatro años que fueron principalmente pacíficos y se señalaron por gobiernos austeros y responsables. Hubo guerras exteriores, con los partos, los dacios y los britanos pero se desarrollaron lejos, principalmente en territorio enemigo y no dejaron huellas dolorosas serias en las provincias romanas. Hubo también rebeliones, particularmente la de los judíos bajo Adriano, y algún ocasional levantamiento de un general, como en el caso del capaz jefe de las legiones sirias, quien, en 175, fue engañado por un falso informe de la muerte de Marco Aurelio por los marcómanos. Pero todas estas rebeliones lograron ser aplastadas, y sólo fueron alfilerazos dentro de la paz general.
De hecho, el historiador del siglo XVIII Edward Gibbon, en una famosa afirmación, dijo que en toda la historia de la raza humana nunca existió un período tan largo en el que tantas personas fuesen tan felices como en el Imperio Romano bajo los Antoninos.
En cierto modo, tenía razón. Si pensamos sólo en la región mediterránea, sin duda ésta estuvo mejor bajo los Antoninos que durante los siglos en los que se libraron guerras continuas, región contra región. También estuvo mejor que en los siglos siguientes, cuando se halló dividida en gobiernos en discordia. Hasta podríamos decir que estuvo mejor que ahora, cuando (junto con el resto del mundo) vive bajo la amenaza de la bomba atómica.
Sin embargo, aunque la época de los Antoninos fue un período de paz y calma, era la paz y la calma del agotamiento. El mundo mediterráneo se había desgastado en las grandes guerras de los griegos y los romanos y cuando luego el Imperio —aparentemente tan grande y fuerte— se vio obligado a soportar el impacto de los desastres luchó virilmente y con esfuerzos casi sobrehumanos, pero estaba demasiado agotado para triunfar.
La peste de 166 quizá fue el último golpe, que acabó con la vitalidad que le restaba a la población.
El intento de los emperadores de hacer de la ciudad de Roma un grandioso espectáculo debilitó aún más la economía. Cientos de miles de ciudadanos romanos recibían alimento gratuito en el tiempo de los Antonios, un día de cada tres era una fiesta que se celebraba con espectáculos, carreras de carros, combates de gladiadores y extravagantes juegos con animales. Todo esto era tremendamente costoso y la breve diversión que brindaba no compensaba el precio a largo plazo pagado con el debilitamiento de la economía. (Presumiblemente, muchos de los romanos de las generaciones que gozaron del beneficio de la diversión se preocupaban poco de lo que ello significaría para sus descendientes, si es que se preocupaban algo. Nuestra propia generación, que contamina y destruye sin cesar los recursos del mundo es igualmente criminal en su indiferencia, y no tenemos ningún derecho a despreciar a los romanos.)
La fatiga de la época de los Antoninos se refleja en la lenta decadencia de la literatura. Casi la única figura literaria de importancia en el período antonino tardío fue Lucio Apuleyo, nacido en Numidia por el 124. Estudió en Atenas y vivió en Roma durante un tiempo, pero pasó la mayor parte de su vida en Cartago.
Es más conocido por un libro llamado comúnmente El asno de oro, una fantasía sobre un hombre que se convierte en asno y sobre las aventuras que experimenta en su forma animal. En él figura el cuento de «Cupido y Psique», ciertamente uno de los más atractivos de los cuentos relatados a la manera de los antiguos mitos.
También la ciencia estaba decayendo. Sólo dos nombres merecen ser mencionados en relación con la época de los Antoninos. Uno de ellos era un astrónomo griego (o quizás egipcio), que vivió en Egipto durante los reinados de Adriano y Antonino, Claudius Ptolemaeus, más conocido en español sencillamente como Tolomeo. Comprendió la obra de los astrónomos griegos en un libro enciclopédico que sobrevivió en la Edad Media, cuando habían desaparecido las obras de los astrónomos anteriores en los cuales se basó. Fue el libro de consulta por excelencia de la astronomía durante quince siglos. Puesto que el cuadro del Universo que esbozaba Tolomeo colocaba a la Tierra en el centro, este modelo es llamado frecuentemente el «sistema tolemaico».
Un poco más joven que Tolomeo era Galeno, médico griego nacido en Asia Menor alrededor de 130. En 164 se estableció en Roma y fue, por un tiempo, médico de la corte de Marco Aurelio. Escribió voluminosos libros de medicina, y sus obras también sobrevivieron a través de la Edad Media, conservando toda su autoridad y su fuerza hasta tiempos modernos.
Las cargas del Imperio iban en aumento, mientras disminuía el número de hombros dispuestos a soportarlas. Con el tiempo, esas cargas iban a aplastar al Imperio.
Pero la fatiga también es relativa, y no todas las empresas se vieron afectadas por ella. En una época en que la importancia del otro mundo estaba creciendo en el espíritu de los hombres, las discusiones sobre la naturaleza de este mundo y su relación con el hombre se hicieron más intensas. En verdad, puede argüirse que una de las razones de la decadencia de la ciencia, el arte y la literatura fue el creciente interés de los mejores espíritus por un nuevo tipo de empresa intelectual: la teología.
No sólo disputaban sobre el dogma judíos y cristianos; no sólo trataban unos y otros de defender sus creencias contra los paganos, sino que entre los mismos cristianos surgieron diversas creencias rivales. (Cuando predominaba una particular variedad de creencia, se convertía en «ortodoxia» —que significa «pensamiento recto» en griego—, mientras que las otras eran «herejías», de una palabra griega que significar «elegir por uno mismo»).
En los dos primeros siglos de la era cristiana, por ejemplo, hubo una serie de grupos de cristianos confesos que adoptaron un sistema de pensamiento habitualmente rotulado con el nombre de «gnosticismo»; fue una de las más importantes de las primeras herejías. «Gnosticismo» proviene de una palabra griega que significa «conocimiento», pues los gnósticos sostenían que la salvación sólo podía alcanzarse mediante el conocimiento del sistema verdadero del mundo, conocimiento que se obtenía por revelación y por experiencia.
En realidad, el gnosticismo existía ya antes del cristianismo y contenía muchos elementos de la religión persa, particularmente en la creencia en un principio del bien y otro del mal, y en la continua guerra entre ambos. Con el advenimiento del cristianismo, muchos gnósticos absorbieron rápidamente algunos aspectos del cristianismo.
Algunos gnósticos cristianos pensaban que Dios era el principio del bien, pero consideraban a este Dios tan remoto que estaba más allá de la comprensión del hombre. Era el principio del mal el que realmente creó el mundo, y ese principio es el Jehová del Antiguo Testamento. Según esta línea de pensamiento Jesús, el hijo del Dios lejano, vino a la Tierra para rescatarla de Jehová. Como es natural, los gnósticos eran vigorosamente antisemitas.
Por otro lado, aquellos a quienes ahora consideramos como los cristianos ortodoxos aceptaban la autoridad divina del Antiguo Testamento y creían que Jehová es Dios. Se horrorizaban ante un sistema de pensamiento que hacía de Jehová el Diablo. Esta fue la primera (pero en modo alguno la última) de las luchas teológicas que enfrentaron a cristianos contra cristianos más fieramente aún de lo que los cristianos se enfrentaban contra los no cristianos.
Algunos maestros cristianos también pretendían tener revelaciones o conocimientos especiales y predicar el arrepentimiento y la santidad, como había hecho el mismo Cristo. Así, cierto Montano, que atrajo por primera vez la atención durante el reinado de Antonino Pío, se declaró especialmente inspirado por Dios para predicar el inminente fin del mundo y el segundo advenimiento de Cristo. Era otra versión del mesianismo. Los judíos habían esperado al advenimiento del Mesías de generación en generación, y cada tanto algunos maestros judíos predicaban que el advenimiento era inminente y algunos de quienes los escuchaban les creían. Después de que Jesús fuese aceptado como el Mesías por algunos judíos y por una cantidad creciente de no judíos, comenzaron nuevos períodos de espera del segundo advenimiento de Jesús, de generación en generación. Nuevamente, no faltó en cada generación alguno que predicase la inminencia del segundo advenimiento ni otros que lo creyesen. (La secta de los «Testigos de Jehová» es la representante contemporánea de quienes creen en la inminencia del segundo advenimiento.)
Montano creó la secta de los «montanistas», los cuales creían que, puesto que Jesús estaba a punto de volver, los hombres debían prepararse para ello, dejando de lado las cosas mundanas, evitando el pecado y viviendo en una rígida virtud. Montano predicó lo que hoy llamaríamos un modo de vida «puritano».
Así ocurrió que un número creciente de hombres dedicó sus energías a discutir sobre la naturaleza del otro mundo, y no el desarrollo de éste, y despreció cada vez más este mundo como algo que, en el mejor de los casos, no tenía valor, y, en el peor, era malo.

Cómodo
Pero no todo habría ido tan mal como fue sí Marco Aurelio hubiese seguido el precedente sentado por los cuatro emperadores anteriores y hubiese adoptado algún sucesor digno, probado tanto en el servicio civil como en el militar. Pero no lo hizo, y este mal servicio al Imperio anuló todo el bien que había hecho él y sus predecesores.
Marco Aurelio tenía, por desgracia, un hijo, y lo convirtió en su sucesor. En 177, hizo de él (que por entonces era un muchacho de dieciséis años) su co-emperador.
El peligro es que un hijo nacido en el trono casi con seguridad se echa a perder. Recibe demasiados halagos y demasiado poder, y confunde el accidente del nacimiento con las realizaciones de valor. Había sucedido con Calígula y Nerón, y ahora iba a ocurrir nuevamente.
El hijo de Marco Aurelio era Cómodo (Marcus Lucius Aelius Aurelius Commodus Antoninus), quien tenía diecinueve años cuando se convirtió en emperador.
Cómodo no era un guerrero. Hizo una rápida paz con los marcomanos y se dedicó a una vida de placer. Dejó las cargas del gobierno a sus funcionarios. Esto es peligroso, en cierto modo. La gente no es propensa a acusar al emperador mismo por los infortunios, pues se le enseña a reverenciar al emperador (o al rey o al presidente). Pero es fácil acusar a los «malvados favoritos» (o funcionarios o burócratas). Cómodo no tuvo el valor de defender a sus funcionarios, sino que los sacrificó a la multitud siempre que le pareció la salida más fácil.
Como la mayoría de los gobernantes débiles, temía ser asesinado, y pensaba que quienes más probablemente conspirarían contra él eran los senadores. Esto supuso el fin del largo período en el que los senadores actuaron en cooperación con los emperadores. Nuevamente se impuso un reinado del terror, en el que el informe sobre una palabra descuidada o la repentina sospecha irracional bastaban para dar lugar al exilio o la ejecución.
Por supuesto, el Senado no era ahora lo que había sido antaño, ni siquiera en la época de Augusto, para no hablar de los grandes días de la República. Ya no representaba a la antigua aristocracia romana. Gran parte de ella había sido barrida en las guerras civiles que precedieron al establecimiento del Imperio. Los miembros restantes de ella fueron muertos por Calígula, Nerón y Domiciano. Bajo los Antoninos, el Senado fue constituido por una nueva clase de funcionarios, y su prestigio decayó aún más a causa de ello.
Como Nerón, Cómodo parece haber sido monstruosamente vanidoso y llevado esta vanidad a extremos todavía más vergonzosos. Nerón al menos gozaba con fiestas del intelecto, con su poesía, su actuación escénica y su canto. Cómodo, al parecer, tenía el alma de un gladiador en el cuerpo de un emperador. Su placer era matar animales en el anfiteatro (desde una posición segura) y se cree que hasta intervino en combates de gladiadores. Si bien los romanos gozaban del brutal espectáculo que ofrecían hombres armados luchando hasta la muerte, pensaban que los combatientes ocupaban una posición social degradada. Por ello, que un emperador desempeñase el papel de un gladiador era vergonzoso.
Una vez más, la extravagancia imperial estaba vaciando el tesoro y una seria crisis económica asolaba el Imperio.
El fin de este nuevo Nerón fue precisamente el mismo que el del antiguo. Los más cercanos a él eran quienes más temían sus impulsos arbitrarios y ansiaban asegurar su propia vida eliminándolo. En 192 (945 A. U. C.), su amante, Marcia, y algunos funcionarios de la corte conspiraron contra él y lo hicieron estrangular por un luchador profesional; así, en cierto modo, murió como un gladiador. Como Nerón, tenía treinta y un años en el momento de su muerte.
Cómodo fue el último del linaje (por adopción y descendencia) de Nerva. Este linaje duró casi exactamente un siglo y dio siete emperadores a la historia romana, si contamos al co-emperador Lucio Vero.
5. El linaje de Severo
Septimio Severo
Antes de ese momento, dos dinastías importantes habían llegado a su fin, una con Nerón y otra con Domiciano. La primera vez, el Senado, cogido de improviso, tuvo que hacer frente a una breve guerra civil, con un final, afortunadamente, feliz. La segunda vez el Senado estaba preparado y las cosas salieron bien desde el principio.
El Senado trató ahora de seguir exactamente el segundo precedente. A Domiciano le siguió el anciano y respetado Nerva, y ahora dispusieron que Cómodo fuese seguido por el anciano y respetado Pertinax (Publius Helvius Pertinax).
Pertinax había nacido en un hogar humilde en 126, durante el reinado de Adriano. Ascendió laboriosamente en el servicio público hasta ser, en la época de la muerte de Cómodo, lo que hoy llamaríamos el alcalde de la ciudad de Roma.
Como Nerva, Pertinax se sintió demasiado viejo para asumir la pesada tarea de un emperador y se resistió. Pero la guardia pretoriana, que había sido convencida de que aceptase a Pertinax por su jefe (uno de los conspiradores contra Cómodo), insistió. Pertinax aceptó muy a su pesar.
Cuando Pertinax trató de restablecer la economía gubernamental después de los excesos de Cómodo, la guardia pretoriana rápidamente cambió de opinión. Precisamente fue esto lo que Galba trató de hacer después de Nerón, y el resultado ahora fue el mismo. La guardia pretoriana se rebeló, y cuando Pertinax se presentó ante ellos para calmarlos, lo mataron. Había reinado tres meses.
Luego siguieron sucesos que demostraron cuán bajo había caído Roma, hasta qué punto ejercían los soldados un gobierno total y cuán poco éstos (y, al parecer, nadie) se preocupaban por el bien abstracto del Imperio.
La guardia pretoriana puso el Imperio en subasta. Hoscamente conscientes de que Pertinax había tratado de reducir su paga, decidieron impedir que el próximo emperador hiciera lo mismo. Ofrecieron proclamar emperador a quienquiera que les pagase la suma más elevada.
Al oír esto, un rico senador, Marco Didio Juliano, decidió participar en la puja (quizá sólo como broma, al principio). Ganó al ofrecer el equivalente, en dinero moderno, de 1.250 dólares por hombre, e inmediatamente fue proclamado emperador.
Antes y después, se compraron y vendieron cargos, pero nunca un cargo tan alto y nunca tan abiertamente.
Pero Didio Juliano sólo compró su propia muerte, y a un precio muy caro. Después del asesinato de Nerón, las legiones convergieron sobre Roma, mientras cada general reclamaba el trono, y lo mismo sucedió ahora. Las legiones de Britania, de Siria y del Danubio se disputaron el premio.
El general del Danubio fue el más rápido. Se trataba de Lucio Septimio Severo. Como Trajano, era un provinciano: había nacido en África en 146. Quizá ni siquiera fuera de ascendencia italiana, pues aprendió latín relativamente tarde en su vida y siempre lo habló con acento africano.
Marchó hacia Roma apresuradamente y tan pronto como entró en Italia, en junio de 193, la guardia pretoriana se declaró de su parte (después de todo, tenía a su mando unas rudas legiones). El Senado se apresuró a hacer lo mismo, y el pobre tonto de Juliano fue ejecutado después de un reinado de dos meses. Mientras lo arrastraban al cadalso, gritaba: «Pero, ¿a quién he hecho daño?, ¿a quién he hecho daño?». A nadie, por supuesto, pero cuando alguien aspira a premios elevados debe estar dispuesto a correr grandes riesgos.
Severo, como emperador, tuvo que ajustar cuentas con los generales rivales. Una vez que se ha ofrecido la corona a un general y éste la ha aceptado, no hay modo de retroceder. Un candidato triunfante no puede permitir que otro derrotado permanezca vivo, pues una vez que el ansia de ser emperador se ha apoderado de un hombre, nunca se puede volver a confiar en él. Más aún, el candidato derrotado, sabiendo que nunca más se confiará en él, debe seguir luchando. Como resultado de esto, después del ascenso de Severo al trono, se produjo la primera guerra civil romana en doscientos años.
La guerra civil posterior a la muerte de Nerón sólo duró un año y la lucha no tuvo mucha importancia. Pero la guerra civil que siguió a la muerte de Cómodo duró cuatro años y en ella hubo grandes batallas. La Pax Romana fue seriamente quebrantada.
Severo marchó, primero, al Este, para combatir con Níger (Gaius Pescennius Niger Justus), jefe de las legiones de Siria. Níger era un viejo conocido de Severo y antaño ambos habían desempeñado juntos el consulado. Pero Níger era ahora el más popular de los generales rivales, y su posición en el Este le permitía ocupar Egipto y apoderarse del granero romano. Severo tenía que impedirlo, y una vieja amistad no lo haría desistir.
La popularidad de Níger fue su perdición, pues las provincias orientales se declararon a su favor y no se sintió urgido a hacer nada. Permaneció en Siria en una falsa seguridad y dejó que el enérgico Severo fuese hacia él. Severo lo hizo y ganó varias batallas en Asia Menor. Níger fue capturado en 194, mientras trataba de huir a Partia, y fue ejecutado en el acto.
Quedaba el jefe de las legiones de Britania, Albino (Decimus Clodius Septimus Albinus). Extrañamente, en latín Níger significa «negro», y Albinus significa «blanco», de modo que Severo tuvo que hacer frente al Negro y al Blanco.
En un comienzo, Severo, se aseguró la neutralidad de Albino declarándolo su heredero. Esto le dio tiempo para acabar con Níger. Albino, que esperaba un empate entre sus dos enemigos, pensó ahora que sólo era cuestión de tiempo para que Severo se volviese contra él. Decidió atacar primero, haciéndose proclamar emperador y marchando a la Galia en 197.
El enérgico Severo se abalanzó hacia el Norte para ir a su encuentro, y en Lugdunum (la moderna Lyon), la mayor ciudad de la Galia por entonces, los ejércitos se enfrentaron en la mayor batalla entre romanos que se habían librado desde la de Filipos, siglo y medio antes. Las fuerzas de Severo obtuvieron una victoria total, y Lugdunum fue saqueada tan ferozmente que nunca recuperó su prosperidad en los tiempos antiguos. A este precio, en 197 (950 A.U.C.), Severo fue finalmente el amo indiscutido del Imperio.
Los dominios romanos ahora se aquietaron bajo Severo, como antaño se habían aquietado bajo Vespasiano un siglo y cuarto antes. Pero esta vez Roma era más débil. Había sufrido la devastación de la peste y su población seguía declinando. También había sufrido los golpes, físicos y psicológicos, de una grave guerra civil.
Por ello, Severo no pudo restaurar el principado según el modelo de Augusto, como había tratado de hacer Vespasiano. Tal vez Severo tampoco lo deseaba. En cambio, se adaptó a la realidad aceptando el hecho de que sólo como amo del ejército un emperador podía ser amo de Roma. Ni el Senado ni el pueblo plantearon problemas sobre el gobierno.
Así, Severo empezó a mimar al ejército. Aumentó su paga y extendió los privilegios militares, permitiendo a los soldados casarse, por ejemplo, mientras prestaban servicio, y frecuentemente elevándolos al rango de la clase media al retirarse. Centralizó el ejército bajo su único mando, eliminando a los senadores hasta del control nominal de legiones particulares. Aumentó las dimensiones del ejército hasta llegar a constituir treinta y tres legiones, frente a las veinticinco que había en el momento de la muerte de Augusto. También se aumentaron las tropas auxiliares, y por el 200 el número total de hombres que tenían las fuerzas romanas quizá superó los 400.000.
Además, Severo desarmó y disolvió la guardia pretoriana que había puesto en venta el Imperio y la reemplazó por una de sus propias legiones danubianas. En lo sucesivo, la guardia pretoriana fue reclutada entre las legiones y ya no estuvo constituida particularmente por italianos. Al estacionar una legión en la misma Italia, Severo invirtió la política de Augusto de dos siglos antes y redujo a Italia al rango de las otras provincias. Desde entonces, en efecto, no hubo ninguna diferencia real entre Italia y las provincias. Todas las partes del Imperio estaban sometidas al ejército y su jefe.
Bajo Severo, continuó la centralización del Imperio. Subdividió algunas provincias en unidades menores para que los gobernadores fuesen menos poderosos y hubiese una jerarquía más compleja de funcionarios cuya cúspide era él mismo.
Pero en conjunto el vigor de Severo benefició al Imperio, que podía soportar mejor, por entonces, un despotismo militar que las extravagancias o la anarquía. De hecho, en tiempos de Severo, los límites romanos se mantuvieron, pese a que las legiones estaban ocupadas en luchar unas contra otras mientras las fronteras exteriores quedaban sin protección. Afortunadamente, la gran rival de Roma, Partia, proseguía sus propias guerras civiles y su potencia declinaba con mucho mayor rapidez que la de Roma, hasta el punto de que Severo pudo hacer frente a Partia desde una ventajosa posición.
Así, cuando Partia adoptó una actitud que parecía calculada para sacar ventaja de los problemas de Roma, Severo respondió con rapidez. Una guerra exterior era justamente lo que se necesitaba para unir el Imperio a su alrededor. Por ello, en 197, apenas obtenida su victoria sobre Albino, marchó al Este nuevamente y derrotó a Partia brillantemente. Cuando volvió a Roma, en 202, celebró un triunfo y erigió un arco (que aún está en pie) para conmemorar sus victorias.
En el período de paz que siguió, Severo reorganizó los procedimientos legales y las finanzas. Un estrecho colaborador de Septimio Severo fue el respetado jurista Papiniano (Aemilius Papinianus). Este emprendió una reorganización completa del derecho romano y, en verdad, los comentarios que escribió constituyeron la base de tal derecho durante los tres siglos siguientes. Pero la reorganización financiera no atenuó las debilidades subyacentes del Imperio, pues Severo se vio obligado a disminuir el contenido de plata de las monedas, signo seguro de una permanente enfermedad económica.
La esposa de Severo, la emperatriz Julia Domna, se interesaba por la filosofía y dio al reinado un tinte intelectual que era totalmente extraño al rudo y marcial Emperador. Ella se rodeó, por ejemplo, de pensadores como Galeno, el médico, quien a la sazón estaba en sus últimos años (murió alrededor del 200).
Otra figura de su círculo era Diógenes, comúnmente llamado Diógenes Laercio porque nació en la ciudad de Laerte, en Asia Menor. Su derecho a la fama se basa en que escribió breves biografías de varios filósofos antiguos de renombre. Su libro estaba destinado al consumo popular y consiste en gran medida en el relato de incidentes anecdóticos de la vida de los filósofos y algunas citas sorprendentes de sus obras. Indudablemente, era estupendo para caballeros ociosos que deseaban poder chismorrear sobre los filósofos y la filosofía sin tener que pasar por el arduo esfuerzo de leer realmente sus obras. No hay duda de que el libro fue considerado como carente de valor por los verdaderos sabios de la época.
Sin embargo, la misma popularidad del resumen de Diógenes Laercio causó que se hicieran muchas copias de él y que sobreviviera hasta los tiempos modernos, mientras que no nos han llegado las obras mucho más valiosas pero mucho menos populares de gran número de los filósofos mismos. Se desprende de esto que Diógenes Laercio nos dice todo lo que sabemos sobre muchos grandes hombres y que debemos estarle agradecido por ello.
Un amigo de Severo fue Dión Casio (Dion Cassius Cocceianus), historiador de cierto renombre. Nació en Asia Menor, donde su padre fue gobernador bajo Marco Aurelio. Dión Casio llegó a Roma en 180 y fue senador en el reinado de Cómodo; sobrevivió a los peligros de ese reinado y desempeñó altos cargos bajo Severo y sus sucesores. Dión Casio escribió una historia de Roma, de la cual nos han llegado los libros que tratan del último medio siglo de la República y el primer medio siglo del Imperio. Es gracias al accidente de esta supervivencia por lo que sabemos tanto de los tiempos de César y Augusto.
Los últimos años de Severo fueron perturbados por conflictos en Britania. Recordando el poder del gobernador de Britania, Albino, que había estado a punto de conquistar el Imperio, Severo dividió Britania en dos provincias. Así debilitó el poder de los generales allí apostados e hizo menos probable que se rebelasen. Pero también los hizo menos capaces de resistir a los pictos del Norte, sobre todo porque Albino, en su lucha por el trono, había retirado de Britania gran cantidad de buenos soldados que hallaron la muerte en Lugdunum.
En 208, Severo se vio obligado a viajar él mismo a Britania y a emprender vigorosas operaciones contra los duros montañeses del salvaje Norte. Pero el precio fue demasiado elevado. Las operaciones de guerrillas desgastaron a las legiones y sólo con dificultad se las podía abastecer y reforzar desde el cuerpo principal del Imperio. Finalmente, Severo tuvo que contentarse con algunos gestos nominales de sumisión de los nativos. Esto disimulaba el resultado real, que fue una retirada romana. Severo decidió que la improvisada Muralla de Antonino, erigida medio siglo antes en la mitad de Escocia, era demasiado difícil de defender y se retiró definitivamente detrás de la Muralla de Adriano, más práctica y que reforzó. Pero Severo no iba a dejar nunca Britania. Estaba en sus sesenta y tantos años y durante mucho tiempo había sufrido horriblemente de gota. En 211 (964 A. U. C.) murió de esta enfermedad en Eboracum (la moderna York).

Caracalla
Severo, para aumentar su popularidad entre la gente del Imperio y dar apariencia más legítima a su gobierno, apeló a la ficción legal de que él era hijo de Marco Aurelio y hermano de Cómodo. Esto se ve en el nombre de su hijo mayor. Originalmente era Basiano, pero después de que su padre se convirtiese en emperador, se cambió el nombre del hijo por el de Marco Aurelio Antonino.
Pero, como Calígula, el hijo mayor de Severo fue conocido por el nombre de una prenda de vestir. Introdujo en Roma una larga capa de estilo galo y la hizo popular. Esa capa era llamada «caracallus», por lo que el hijo de Severo fue conocido por Caracalla.
Caracalla y su hermano menor Geta (Publius Septimius Antoninus Geta) habían prestado servicio en Britania en la campaña final de su padre, y al morir éste los dos hermanos le sucedieron como co-emperadores, siguiendo el precedente de Marco Aurelio y Lucio Vero de medio siglo antes.
Pero Caracalla no era ningún Marco Aurelio. Los dos hermanos se odiaban violentamente. Concluyeron una rápida paz en Britania y volvieron apresuradamente a Roma para luchar hasta llegar a una decisión. Caracalla ganó porque hizo asesinar a Geta en 212, y en adelante gobernó solo, asegurando su posición mediante ejecuciones en masa de los que sospechaba que habían apoyado a Geta. Distribuyendo dinero pródigamente entre los soldados, se ganó su apoyo y no se preocupó un ardite de nada más.
El romano más distinguido que cayó en la campaña de ejecuciones de Caracalla fue Papiniano, el jurista. Había acompañado a Severo a Britania y, a la muerte del emperador, fue hecho tutor de Caracalla y Geta, que sólo tenían un poco más de veinte años. Trató de mantener la paz entre ellos y fracasó. Como les ocurre a menudo a los conciliadores, se ganó la enemistad de ambas partes y probablemente habría sido ejecutado con igual rapidez si hubiese ganado Geta.
Caracalla, al igual que Calígula, Nerón y Cómodo, fue echado a perder por haber sido criado en la corte; como emperador, fue de escasa valía. Pero sólo reinó seis años.
Bajo su gobierno, se construyeron en Roma los enormes «baños de Caracalla», que cubrían 33 acres. Sus ruinas subsisten en la Roma actual y son una atracción turística.
El hábito de tomar baños había aumentado de popularidad a través de la historia romana, y en el Imperio llegó a la cumbre del lujo. Los baños públicos eran grandes construcciones con habitaciones en las que un bañista podía pasar de un baño a otro con temperaturas diferentes: caliente, tibio y frío. Había habitaciones con vapor de agua, habitaciones para hacer ejercicios y lugares donde la gente podía ser untada con aceites o recibir masajes. Hasta había salones donde un cliente podía descansar, leer, conversar u oír recitaciones. Los precios no eran elevados y los baños tenían una gran popularidad.
Ciertamente, la popularidad de los baños es mucho más admirable que la de los horribles combates de gladiadores y con animales. Sin embargo, para los satíricos romanos, los estoicos y, sobre todo, para los primeros cristianos, el lujo que rodeaba a los baños hacía que su práctica les pareciese decadente y vergonzosa. En particular, en algunos lugares surgió la costumbre de que hombres y mujeres usasen los baños simultáneamente, y esto era horrible para los moralistas, quienes imaginaban que allí se practicaba todo género de perversiones, cosa que probablemente no ocurría.
Otra acción importante de Caracalla fue su edicto de 212 (965 A. U. C.) por el que otorgaba la ciudadanía romana a todos los hombres libres del Imperio. Esta no era una concesión tan magnífica como podría parecer, pues la diferencia entre ciudadanos y no ciudadanos había ido disminuyendo desde hacía mucho tiempo y las ventajas prácticas de ser ciudadano en un despotismo dominado por el ejército eran prácticamente nulas.
En realidad, se supone que Caracalla tenía en vista una finalidad práctica. Había ciertos impuestos a la herencia que sólo debían pagar los ciudadanos romanos. Al generalizar la ciudadanía, Caracalla aumentaba los ingresos provenientes de esos impuestos.
Caracalla llevó una política agresiva en las fronteras. Luchó a lo largo del Danubio en 214 y mantuvo a raya a las tribus germánicas. Luego marchó al Este para librar otra de las eternas guerras con Partia y, como su padre antes, hizo una triunfal incursión por la Mesopotamia.
Sin embargo, las crueldades de Caracalla estaban despertando nerviosismo entre sus colaboradores. Por ejemplo, ordenó a sus soldados que saquearan Alejandría, la segunda ciudad del Imperio, por un delito trivial, y fueron muertas miles de personas. Un hombre semejante no vacilaría en hacer asesinar a sus colaboradores por cualquier ofensa imaginaria, si esos colaboradores no actuaban primero.
Lo hicieron. En 217 (970 A. U. C.) Caracalla fue asesinado a instigación de uno de sus funcionarios, Marco Opilio Macrino. Como Nerón y Cómodo, Caracalla sufrió una muerte violenta a los treinta y un años de edad.
Después del asesinato, el mismo Macrino se proclamó emperador. Era un ciudadano de clase media, mauritano de origen, y nunca había alcanzado el rango senatorial. Fue el primer emperador que llegó al trono cuando sólo pertenecía aún a la clase media.
Macrino aparentemente tenía buenas intenciones. Redujo ciertos impuestos y trató de reducir la paga y aumentar la disciplina de sus tropas (una acción siempre muy riesgosa).
Por desgracia, las cosas no marcharon bien. Los partos, aprovechando los desórdenes que siguieron a la muerte de Caracalla, invadieron Siria e infligieron derrotas a los romanos. Macrino se vio obligado a firmar una paz bastante desfavorable que inmediatamente despertó la indignación de los soldados y les hicieron volverse hacia otros posibles candidatos al trono.

Alejandro Severo
El candidato lógico parecía ser alguien que estuviese emparentado con Caracalla y, por lo tanto, formase parte del linaje de Severo. Caracalla no había tenido hijos, pero tenía algunos parientes femeninos. Su madre, Julia Domna, que murió poco después del asesinato de Caracalla, tenía una hermana llamada Julia Maesa, quien tenía dos hijas, Julia Soemis y Julia Mamea. Las dos hijas, primas hermanas de Caracalla, tenían cada una un hijo joven. El de la primera era Basiano; el de la otra, Alexiano.
Basiano vivía en Emesa, Siria, con su madre. Tenía diecisiete años en ese momento y era sacerdote en el templo del Sol. El nombre local del dios-sol era Elagabal, y el joven sacerdote fue luego conocido como Elagabalus, forma romanizada de ese nombre. Pero en español es más conocido como Heliogábalo, donde «helio» proviene de la palabra griega que significa «sol». La abuela de Heliogábalo buscó el apoyo de los soldados descontentos con una promesa de dinero y difundió el rumor de que el joven sacerdote era hijo de Caracalla. Heliogábalo adoptó el nombre de Marco Aurelio Antonino y fue proclamado emperador. Macrino trató de resistir, pero, después de una batalla, se vio obligado a huir. Más tarde fue capturado y ejecutado, después de haber reinado durante poco más de un año.
Heliogábalo entró en Roma en triunfo y con él iban las diversas Julias, su abuela, su madre y su tía, quienes fueron los verdaderos gobernantes del Imperio durante su reinado. Se le persuadió de que adoptase como sucesor a su primo Alexiano.
Heliogábalo demostró ser un emperador totalmente indigno, un vulgar títere que adoptó costumbres sirias que desagradaban a los romanos. Introdujo el culto de Elagabal en Roma, llevando consigo su imagen, una piedra negra cónica, a la capital con tal propósito. También manifestó las mismas crueldades arbitrarias de otros emperadores jóvenes. En 222 (975 A. U. C.) la guardia pretoriana se cansó de la situación y mató a Heliogábalo y a su madre. La piedra negra de Elagabal fue devuelta a Siria.
El primo y sucesor de Heliogábalo, Alexiano, fue proclamado emperador. Adoptó el nombre de Marco Aurelio Alejandro Severo para indicar una relación con Marco Aurelio y con Septimio Severo. El nombre de Alejandro deriva de que había nacido en Fenicia, en, o cerca de, un templo dedicado a Alejandro Magno. Comúnmente se le conoce como Alejandro Severo.
Lamentablemente, Alejandro Severo no era ningún Alejandro Magno, ni siquiera un Septimio Severo. Sólo era un joven de diecisiete años completamente dominado por su madre y su abuela. Esta última murió en 226 dejando a la madre de Alejandro, Julia Mamea, como único poder real en Roma.
Gobernó suavemente e hizo un intento en apariencia honesto para restablecer la situación del Imperio bajo los Antoninos. La madre de Alejandro creó una comisión de senadores y legistas para asesorar al gobierno. Uno de ellos, Ulpiano (Domitius Ulpianus), había sido colega de Papiniano y había prestado importantes servicios bajo Septimio Severo y Caracalla. Fue exiliado bajo Heliogábalo, pero ahora se le llamó y desempeñó prácticamente el cargo de primer ministro en la primera parte del reinado.
Pero el tiempo no podía retroceder. Las condiciones económicas seguían siendo malas y la acuñación tuvo que ser alterada nuevamente. También aparecieron nuevos problemas en el Este.
La invasión parta de Siria después de la muerte de Caracalla fue la última aventura militar de este reino.
Tenía cada vez mayores problemas para mantener en calma a sus diversas provincias, y las perpetuas guerras con Roma y las guerras civiles en el interior dieron fin a Partia. Durante tres siglos había mantenido una lucha más o menos igual con Roma, pero ahora estaba acabada para siempre.
Pero esto no significó que Roma tendría ante sí un vacío en el Este. En 226, Ardashir, el gobernante de Fars (una provincia del golfo Pérsico, llamada Persis por los griegos y Persia por nosotros) se rebeló contra el último rey parto y se instaló en el trono.
En lugar de Partia, pues, surgió un Imperio Persa. Para distinguirlo del antiguo Imperio Persa que Alejandro Magno había destruido cinco siglos y medio antes, el nuevo reino es llamado a veces el Nuevo Imperio Persa o el Imperio Neopersa. Puesto que el nuevo rey hacía remontar su ascendencia a un gobernante llamado Sasán, la dinastía recibió el nombre de los sasánidas, y el nuevo reino puede ser llamado el Imperio Sasánida.
Para Roma, el cambio producido en el Este tenía escasa importancia. El pueblo situado al este de Siria era aún el enemigo, independientemente de quién fuese su rey y de que se llamasen partos o persas. De hecho, esa enemistad empeoró, pues los sasánidas se sentían los sucesores de los antiguos reyes persas y pensaban que debían recuperar toda la tierra que les había arrebatado Alejandro Magno, que incluía a Asia Menor, Siria y Egipto.
En 230, pues, los persas invadieron las provincias orientales del Imperio, y Alejandro Severo se vio obligado a viajar al Este y conducir sus ejércitos contra los persas. Los detalles de lo que siguió son inciertos, pero aunque luego Alejandro volvió a Roma y celebró un triunfo, pretendiendo haber logrado toda clase de victorias, parece casi seguro que la guerra terminó en otro punto muerto.
Durante su ausencia, los germanos empezaron a atravesar el Rin y a hacer correrías por la Galia, Alejandro tuvo que marchar al Norte. Por desgracia, las economías que él y su madre hicieron a expensas del ejército les granjearon la creciente hostilidad de los soldados. En ocasiones se amotinaron, y en uno de esos motines, en 228, mataron al viejo jurista Ulpiano en presencia del mismo Emperador.
Ahora estaban dispuestos a ir más allá. En la Galia, Alejandro se vio forzado a pagar a los germanos para librarse de ellos y esto dio a los soldados una especie de excusa seudopatriótica. Atribuyendo a la incapacidad de Alejandro la falta de resultados mejores (y quizá tenían razón en que su queja, si no en el remedio) lo asesinaron junto con su madre en 235 (988 A. U. C).
El reinado de Alejandro Severo fue el último en el que hubo al menos un intento de mantener algún género de gobierno civil. Después de él, se impuso, desnuda y desvergonzadamente, la dominación militar.
Así, el linaje de Severo llegó a su fin después de gobernar Roma durante cuarenta y dos años (menos un año en el que Macrino gobernó nominalmente). Contando a Geta, dio cinco emperadores a Roma.

Los autores cristianos
Durante el medio siglo de incesantes peligros para el Imperio que siguió a la muerte de Marco Aurelio, el cristianismo continuó fortaleciéndose, particularmente en las ciudades y sobre todo en el Este de habla griega.
Se inició una marea en ascenso de escritos eruditos sobre el cristianismo. Los que escribieron sobre el cristianismo y ejercieron particular influencia durante el Imperio Romano y comienzos de la Edad Media son llamados a veces los «Padres de la Iglesia», y se los divide en los Padres Griegos y los Padres Latinos, según la lengua en que escribieron. No hay acuerdo general sobre cuáles autores, exactamente, han de incluirse entre los Padres, y ciertamente aquí no intentaremos tomar ninguna decisión al respecto. Los mencionados más adelante, sin embargo, están todos incluidos en la lista de uno u otro grupo.
En el Este, Clemente de Alejandría (Titus Flavius Clemens) fue aún más allá que Justino Mártir (véase página) en aplicar toda la batería del conocimiento griego al problema de la doctrina cristiana. Nació alrededor del 150 en Atenas, de padres paganos, y probablemente fue adoctrinado en alguno de los misterios paganos antes de su conversión al cristianismo. Posteriormente, estudió y vivió en Alejandría, donde creó lo que se conoce a veces como la escuela alejandrina de teología.
Clemente consideraba el cristianismo como una filosofía, que no sólo estaba a la par de los sistemas griegos, sino que era superior a ellos. Trató de demostrar que las escrituras hebreas eran más antiguas que los escritos griegos y contenían toda la verdad, mientras que los últimos sólo contenían parte de la verdad. Ningún otro de los primeros Padres de la Iglesia fue tan cabalmente versado en filosofía griega.
Uno de los discípulos de Clemente fue Orígenes, más distinguido aún. Orígenes, nacido por el 185 en Alejandría, provenía de progenitores cristianos, y su padre murió como mártir. Él mismo llevó una vida dedicada a los estudios religiosos y hasta se castró a sí mismo, para no dejarse distraer por pensamientos concernientes a mujeres y al matrimonio. La popularidad de sus enseñanzas y sus escritos, junto con el hecho de que mezcló buena parte de la filosofía platónica con sus propias creencias, le acarrearon continuos problemas con sus superiores.
Sin embargo, escribió abundantemente y, en particular, salió a la palestra contra un autor griego llamado Celso, que no era el popular autor científico del siglo I (véase página), sino un filósofo platónico que vivió un siglo y medio más tarde. Celso había escrito un libro frío y desapasionado contra el cristianismo, que por entonces sólo era una religión de importancia secundaria. Fue el primer libro pagano que consideró seriamente al cristianismo. Los argumentos de Celso eran sumamente racionales, como los usados por los librepensadores actuales que objetan cuestiones tales como el parto virginal, la resurrección y los diversos milagros como contrarios a la razón. También afirmó que la doctrina cristiana había sido tomada de la filosofía griega, deformándola en el proceso.
El libro era demasiado racional y estuvo lejos de ser un éxito popular, por lo que no ha sobrevivido. Ni siquiera sabríamos de su existencia, si Orígenes no hubiera escrito para refutarlo un libro titulado Contra Celso. En su libro, Orígenes cita las nueve décimas partes del libro de Celso, con lo cual lo conservó para la posteridad. La obra de Orígenes es la defensa más completa y cabal del cristianismo publicada en la antigüedad.
En el período posterior a Marco Aurelio, también aparecieron autores de la Iglesia en Occidente, aunque estaban más alejados de los centros griegos que fueron el suelo fértil de la filosofía.
El primero de esos autores occidentales fue Tertuliano (Quintus Septimius Florens Tertullianus), nacido alrededor del 150 en Cartago. Prácticamente creó la literatura latina cristiana, aunque también leía y escribía el griego. Era de padres paganos y había intentado hacer carrera de abogado, pero en Roma, a comienzos de su madurez, se convirtió al cristianismo. Retornó a Cartago en 197 y permaneció allí el resto de su vida. Sus escritos lograron reducir la popularidad de las ideas gnósticas (véase página), que desde entonces se extinguieron rápidamente.
Tertuliano era montanista (véase página) y trabajó duramente para convertir a los cristianos, en general, a la vida puritana. Finalmente, se vio obligado a romper con la Iglesia Cartaginesa a la que había servido, y reanudó su labor en una pequeña comunidad montanista cercana. Pero mantuvo siempre su influencia hasta su muerte, en 222.
Otro importante autor africano fue Cipriano (Thascius Caecilius Cyprianus), nacido en Cartago por el 200. También él provenía de padres paganos y se convirtió en la madurez. Más tarde fue obispo de Cartago y escribió en un estilo que recuerda mucho al de Tertuliano. Murió en el martirio en 258.
El poder creciente del cristianismo por entonces era tan pronunciado que el suave Alejandro Severo, quien trataba de apaciguar a todos los pueblos del Imperio mostrando interés por todas las religiones principales, añadió un busto de Jesucristo a los de otras deidades y profetas que adornaban su despacho.
Naturalmente, los filósofos paganos reaccionaron ante la fuerza creciente del pensamiento cristiano. El estoicismo, que nunca pasó de recibir la adhesión de un pequeño sector de las clases dominantes, perdió importancia al morir Marco Aurelio. Fue reemplazado por una nueva elaboración de las ideas del filósofo griego Platón, a las que se hizo más complejas y místicas. Este neoplatonismo fue un intento de los filósofos de hallar una base emocional adecuada para sus creencias sin apelar al ritual cristiano.
El más importante de los neoplatónicos fue Plotino, nacido en Egipto de padres romanos alrededor del 205. Fue educado en Alejandría y llegó a Roma en 244, donde enseñó su complicada y mística filosofía hasta su muerte, ocurrida en 270.
Aunque el neoplatonismo no logró afirmarse como la filosofía dominante del Imperio, muchas ideas neoplatónicas se filtraron en la Iglesia Cristiana, particularmente en la parte de ella que floreció en la mitad oriental del Imperio.
6. La anarquía
Los persas y los godos
Dos veces antes en su historia, Roma había contemplado la extinción de un linaje de emperadores seguida por una guerra civil. Después del asesinato de Nerón, en 68, había habido una mitigada guerra civil durante un año. Después del asesinato de Cómodo, en 192, se produjo una grave guerra civil que por cuatro años asoló a un Imperio debilitado.
Ahora, después del asesinato de Alejandro Severo, en 235, Roma era aún más débil y pasó por una serie de guerras civiles y de invasiones extranjeras que duraron cincuenta años y desgarraron el Imperio.
En ese medio siglo, veintiséis hombres reclamaron el trono imperial con, al menos, cierto grado de aceptación, y muchos otros lo intentaron sin éxito. Todos excepto uno de éstos sufrieron una muerte violenta.
La causa básica de la anarquía residía en el hecho de que el ejército dominaba al Estado, y ese ejército ya no era una fuerza unida siquiera por los más vagos de los ideales comunes. Era reclutado cada vez más en las provincias y entre las clases más pobres, y vivía en condiciones que lo alejaban completamente de los civiles del Imperio. Peor aún, un número creciente de soldados fueron reclutados entre los bárbaros germanos que habitaban al norte de la frontera romana. Eran buenos combatientes ansiosos de alistarse por el dinero y la elevación del nivel de vida que el ejército les brindaba, mientras que los romanos eran cada vez más renuentes al servicio militar.
Cualquier jefe legionario podía usar a sus soldados para elevarse al trono imperial, y aunque este trono se convirtió en una forma invariable de suicidio, los candidatos nunca faltaban. En verdad, todo hombre que lograba apoderarse del Estado imperial se esforzaba por dedicarse a la importante tarea que tenía ante sí con una seriedad sorprendente, considerando las dificultades casi insalvables que se le presentaban.
El medio siglo de anarquía empezó cuando Maximino (Gaius Julius Verus Maximinus), un campesino tracio gigantesco que había conducido a los rebeldes que asesinaron a Alejandro Severo en la Galia, se hizo proclamar emperador en el mismo lugar. Fue el primer emperador que puede ser considerado como un soldado raso y casi nada más. Pero su influencia no fue más allá de los ejércitos que ahora trataba de comandar.
Lejos, en el Sur, se hizo un intento de imitar la juiciosa elección de Nerva siglo y medio antes. Fue proclamado emperador un hombre honorable y de edad, Gordiano (Marcus Antonius Gordianus).
Gordiano había nacido en 159 y pretendía descender de Trajano. Había llevado una vida virtuosa y laboriosa, en verdad, casi como si fuese un Antonino. Bajo Alejandro Severo, fue gobernador de África, y aún ocupaba este cargo cuando las legiones locales le pidieron que se proclamase emperador.
Gordiano no sólo recordó el éxito de Nerva sino también el fracaso de Pertinax (véase página) y subrayó que tenía casi ochenta años y no podría soportar la carga del gobierno. Los soldados lo amenazaron de muerte si no asumía el trono, de modo que, suspirando, asoció al gobierno a su hijo y tocayo. Ambos fueron proclamados emperadores, y los conocemos por los nombres de Gordiano I y Gordiano II. (Gordiano II fue notable como gran protector de la literatura, y tenía una biblioteca de 62.000 volúmenes.)
Ambos fueron aceptados por el Senado, pero gobernaron apenas un poco más de un mes. Gordiano II murió luchando contra una facción militar de oposición, y Gordiano I, deshecho de dolor, se suicidó.
Mientras tanto, Maximino también halló la muerte a manos de sus propios soldados, a la par que los generales aspirantes al trono de las tropas que habían dado muerte a los Gordianos fueron, a su vez, muertos por otros soldados.
El nieto de doce años y tocayo de Gordiano I estaba en Roma, y el Senado insistió en hacerlo el nuevo emperador. Fue Gordiano III, y comenzó su reinado en 238 (991 A.U.C.).
Durante unos pocos años esta situación se mantuvo, pero si bien hubo un respiro momentáneo interiormente, en las fronteras irrumpieron repentinamente fuerzas invasoras.
En 241, el segundo rey de la dinastía sasánida, Sapor I, subió al trono persa. Ansioso de demostrar que era un conquistador y no previendo dificultades con un Imperio que mataba a sus emperadores tan pronto como los entronizaba, invadió Siria y ocupó Antioquía, la capital de la provincia.
El joven Emperador, Gordiano III, no era un guerrero, por supuesto, pero ya se había casado y su suegro, Timesiteo (Gaius Furius Timesitheus), suplió tal carencia. Conduciendo con eficiencia a las legiones romanas, expulsó a los persas de Siria. Desgraciadamente, Timesiteo murió de una enfermedad en 243 y el ejército quedó bajo el dominio de Marco Julio Filipo, quien hizo asesinar a Gordiano III y se proclamó emperador en 244 (997 A.U.C.).
Filipo había nacido en la provincia de Arabia, por lo que es conocido en la historia como «Filipo el árabe». Compró una rápida y vergonzosa paz con los persas, sobornándolos para que suspendieran la lucha mientras él volvía a Roma para confirmar su elección.
Su gobierno duró cinco años y es notable principalmente porque en él Roma pasó por un importante jalón. En 248 (1000-1001 A. U. C.), Roma llegó al año mil de su existencia.
Augusto había iniciado la costumbre de celebrar «juegos seculares» especiales y elaborados para señalar el fin de ciertas épocas en la historia de la ciudad. (La palabra «secular» deriva de una voz latina que significa un ciclo o época de la historia del mundo, por lo que el término ha llegado a significar también «mundano», en oposición a «religioso».) Parecía muy razonable celebrar esos juegos al final de un número redondo de siglos de existencia de la ciudad. Claudio celebró el año 800 de la ciudad, y Antonino Pío el 900. Filipo el Árabe supervisó los más elaborados juegos realizados hasta entonces para festejar el año 1000. No sólo fueron los más elaborados, sino también los últimos. Nunca volvieron a celebrarse.
El año mil no trajo suerte a Filipo. Por todas partes había tropas en rebelión. Filipo envió a uno de sus defensores. Decio (Gaius Messius Quintus Trajanus Decius), al Danubio para sofocar allí una rebelión. A su llegada, los soldados saludaron a Decio como a su emperador. Decio no deseaba el cargo y de buena gana hubiese impedido la acción, pero una vez proclamado emperador tenía que seguir adelante y ocupar el cargo, pues la única alternativa era su ejecución. Por ello, se puso al mando de la rebelión y condujo las tropas a Italia. Filipo fue muerto en batalla, en el norte de Italia, en 249, y Decio se convirtió de hecho en emperador.
Por entonces, el número creciente de cristianos perturbaba al gobierno y al populacho romanos. A medida que se acumulaban los infortunios, constituyeron un chivo emisario propicio (como en el incendio que se produjo bajo Nerón o en la peste que se propagó bajo Marco Aurelio).
Maximino, como reacción a la actitud tolerante de Alejandro Severo, el hombre al que había dado muerte, tomó medidas para lanzar una persecución, pero no gobernó sobre territorios suficientemente vastos ni durante el tiempo suficiente para ir muy lejos en esa vía. Filipo el Árabe, de quien se supone que tenía una esposa cristiana, mantuvo la tolerancia, pero bajo Decio se desencadenó la tormenta.
En 250 se hizo obligatorio el culto imperial para todos los súbditos leales. Sólo era necesario dejar caer una pizca de incienso y murmurar una fórmula de palabras sin sentido. No hacerlo equivalía a exponerse a ser ejecutado, pues eso era para los romanos lo que en tiempos recientes ha sido para algunos norteamericanos un «juramento de lealtad».
Muchos cristianos optaron por el martirio antes que aceptar la mancha de la idolatría que acompañaba al culto imperial. Orígenes fue la víctima de mayor relieve en la persecución de Decio. En realidad, no se le mató, pero fue tan maltratado que no sobrevivió mucho tiempo. Cipriano de Cartago recibió la muerte, y lo mismo los obispos de Roma, Antioquía y Jerusalén.
Los cristianos de la ciudad de Roma se vieron obligados entonces a meterse bajo tierra, en las ahora famosas catacumbas, escondrijos y corredores subterráneos que servían como lugares de entierro suburbanos y ahora fueron usados también como iglesias y lugares secretos de reunión del culto ilegal.
En tiempo de Decio, apareció un nuevo grupo de bárbaros, los godos. Eran un pueblo germánico que, antes de la era cristiana, probablemente, ocuparon partes de la actual Suecia. (Una isla del mar Báltico situada al sudeste de Suecia es llamada Gotland todavía hoy.)
Por la época de Augusto, parecen haberse desplazado hacia el Sur para ocupar la región que forma la Polonia moderna. Gradualmente, a lo largo de los siglos siguientes, se movieron hacia el sudeste, hasta que, en el reinado de Caracalla, llegaron al mar Negro. Luego se dividieron en dos grupos. Uno de ellos ocupó, en el Este, las llanuras de la actual Ucrania. Eran los godos del Este u ostrogodos («ost» es la palabra germánica que significa «Este»). El segundo grupo permaneció en el Oeste, presionando sobre la provincia romana de Dacia. Eran los godos del Oeste, o visigodos (posiblemente, «visi-» derivaba de una antigua palabra teutónica que significaba «bueno», de modo que el nombre era una especie de autoelogio, hecho común entre todos los pueblos).
Caracalla rechazó a estos godos en 214, pero sus incursiones se hicieron cada vez más frecuentes a medida que las legiones de Dacia se dedicaron de modo creciente a rebelarse contra Roma en lugar de combatir a los bárbaros. Peor aún, al aumentar el número de bárbaros alistados en las legiones, se hizo mayor para ellos la tentación de unirse al saqueo de las provincias romanas. De tal manera, podían compartir un fácil botín, en vez de luchar contra hombres que, a fin de cuentas, eran de su propia estirpe.
En tiempos de Decio, los godos invadieron Dacia, expulsando a los romanos de todas partes excepto unos pocos puestos fortificados. Luego, después de llegar al Danubio, lo atravesaron y empezaron a sembrar la muerte y la destrucción en provincias que desde ciento cincuenta años atrás no habían pasado por los sufrimientos de las correrías bárbaras.
Decio luchó contra ellos y obtuvo algunas victorias, pero en 251 (1004 A. U. C.) fue derrotado y muerto. Era la primera vez que un emperador moría en batalla contra un enemigo extranjero.
Uno de los subordinados de Decio, Galo (Gaius Vibius Tribonianus Gallus), fue elegido emperador en el lugar y trató de resistir. Entre otros recursos, trató de librarse de los godos mediante dinero, pero aunque éstos lo aceptaron, después de un tiempo no resistieron la tentación de reanudar las incursiones, penetrando hasta Grecia y Asia Menor. La misma Atenas fue saqueada en 267.
A medida que la amenaza goda obligaba a las legiones a concentrarse en el Danubio inferior, debía debilitarse la guardia en el Danubio superior y el Rin. De ello se aprovecharon otras tribus germánicas. Los alemanes de la Germania meridional se dirigieron al Sur y penetraron en el norte de Italia. Una nueva confederación de tribus germánicas occidentales cuyos miembros se llamaban a sí mismos «francos» («hombres libres») cruzaron el Rin en 256, atravesaron toda la Galia y penetraron en España. Algunos contingentes llegaron hasta África.
Las desesperadas ciudades del Imperio, comprendiendo que ya no estaban protegidas contra la destrucción por un gobierno eficiente y un ejército fuerte, empezaron a construir murallas y se dispusieron a resistir asedios.
Entre tanto, Galo había muerto en batalla contra un general rebelde y fue sucedido en 253 por Valeriano (Publius Licinius Valerianus), un subordinado de Galo que llegó demasiado tarde para salvarlo. Valeriano hizo co-emperador a su hijo Galieno (Publius Licinius Gallienus) y juntos se dispusieron a enfrentar la crisis.
Fue una tarea sobrehumana. La frontera septentrional estaba hecha jirones y hacía agua por todos lados. Lograron infligir una derrota a los godos del sur del Danubio y expulsar a las tribus germánicas de la Galia, pero entonces los marcomanos invadieron Italia. Tan pronto como los emperadores se lanzaban en una dirección, aparecían invasores desde otra. Galieno era íntimo amigo del filósofo neoplatónico Plotino, pero uno no puede por menos de preguntarse si cualquier cantidad de filosofía podía compensar al Emperador por los problemas de la época.
Y en medio de toda esta confusión, Persia atacó nuevamente. Sapor I todavía era rey. Diez años antes había fracasado contra el joven Gordiano III y su aguerrido suegro, pero Roma había pasado diez años de desastres. Ahora hizo nuevamente el intento. Una vez más, invadió Siria y tomó Antioquía.
Valeriano marchó apresuradamente hacia el Este para proteger Siria. Logró expulsar a los persas de Siria, pero su ejército fue debilitado por las enfermedades. Consciente de esta debilidad, Valeriano convino en iniciar negociaciones de paz con los persas, quienes lo capturaron traicioneramente en 259 (1012 A. U. C.). Fue mantenido en cautiverio por el resto de su vida, sobre la cual no se sabe nada más, aunque circularon muchos rumores según los cuales padeció todo género de ignominias. Valeriano fue el primer emperador capturado vivo por un enemigo extranjero, y esto fue un golpe tremendo para el prestigio romano.
Galieno siguió reinando después de la captura de su padre, pero a sus dificultades con los bárbaros se sumó tal cantidad de aspirantes al trono en una u otra parte que se conoce ese período como la época de los «treinta tiranos», con referencia a un conocido período de igual nombre en la historia ateniense. Es un poco exagerado —sólo hubo dieciocho—, pero es bastante. El temperamento de Galieno fue siempre suave, bajo todas estas provocaciones. Aunque su padre, Valeriano, había continuado la persecución de Decio contra los cristianos, Galieno volvió a una política de tolerancia.
El año 260 fue crítico para el Imperio Romano. Parecía que se estaba derrumbando y desintegrando. Un emperador estaba cautivo y el otro libraba una lucha incesante e inútil. Todo el tercio occidental del Imperio —la Galia, España y Britania— se separó y adhirió a un general rival. En la lucha contra este general, Galieno fue herido y su hijo muerto. Tuvo que abandonar su intento de reintegrar bajo su mando a todo el Occidente, y el «Imperio Gálico» mantuvo una existencia independiente durante catorce años.
Mientras tanto, Sapor, después de la captura de Valeriano, ocupó Siria de nuevo e hizo profundas incursiones por Asia Menor. Si fue detenido, no se debió tanto a los esfuerzos romanos como a los de un reino del desierto que hasta entonces no había dejado huellas en la historia.
En Siria, a unos 240 kilómetros al sudeste de Antioquía, había una ciudad que, según la tradición judía, fue fundada por el rey Salomón y llamada Tadmar («ciudad de las palmas»). Para los griegos y los romanos este nombre se convirtió en «Palmira». En tiempos de Vespasiano, cayó bajo el dominio de Roma, y por la época de los Antoninos se había enriquecido mucho porque era una escala natural de las caravanas comerciales que atravesaban las regiones desérticas. Adriano la visitó, y cuando sus habitantes se convirtieron en ciudadanos romanos, bajo Caracalla, empezaron a adoptar nombres romanos.
Alejandro Severo visitó Palmira durante su campaña oriental y nombró senador a un distinguido nativo, Odenato (Septimius Odeinath). Su hijo, del mismo nombre, recibió igual honor.
Odenato, hijo, estaba al frente del gobierno de Palmira en el período posterior a la captura de Valeriano. Mantenía el equilibrio de poderes en la región y se decidió a favor de Roma, pues estaba lejos y parecía, por el momento, en proceso de disolución, mientras que Persia estaba cerca y se hallaba unida bajo un vigoroso rey. Las probabilidades de independencia para Palmira, evidentemente, eran mayores bajo una Roma débil que bajo una Persia fuerte.
Así, Odenato emprendió la guerra contra Persia que Galieno, ocupado en Europa, no podía llevar adelante. Derrotó a las fuerzas persas en varios encuentros y hasta llevó la lucha al territorio persa. Estimulado por el éxito, hasta se lanzó a Asia Menor para enfrentarse a los godos invasores, pero éstos se habían marchado antes de su llegada.
Galieno, agradecido por estos servicios, hizo a Odenato príncipe hereditario de Palmira y gobernante delegado de las provincias orientales del Imperio que, de no haber sido por él, habrían caído en poder del enemigo persa.
Pero en 267, en el cenit de su fortuna, Odenato, junto con su hijo mayor, fue asesinado. Su enérgica esposa, Septimia Zenobia, se apoderó de las riendas del gobierno y los éxitos de Palmira siguieron sin interrupción.
Cuando Galieno fue muerto por sus tropas, en 268, Zenobia reaccionó ante este hecho como si no sólo se considerase sucesora de su marido en el gobierno del Este (en nombre de su hijo menor), sino también del mismo trono imperial. Ya dominaba Siria, y ahora se dirigió a Egipto y Asia Menor. En 271, se proclamó emperatriz, y a su hijo, emperador.
Ahora el Imperio Romano estaba fragmentado en tercios. El Oeste y el Este eran independientes, y la corte de Italia sólo dominaba el tercio central: la misma Italia, Iliria, Grecia y África. Naturalmente, la economía se hallaba en un estado desastroso, las finanzas en el caos, y la población declinó más rápidamente que nunca. Una generación de continuos desastres arruinó al Imperio, y en ninguna parte parecía haber signos de salvación.

La recuperación
Pero entonces apareció el primero de una serie de notables emperadores oriundos de Iliria que arrancaron al Imperio de las garras de la destrucción.
En 268, después de la muerte de Galieno, las tropas proclamaron emperador a Marcus Aurelius Claudius, comúnmente llamado Claudio II. De oscuro origen ilírico, había prestado eficientes servicios bajo Decio, Valeriano y Galieno, y ahora, como emperador, le llegó el turno de luchar con los bárbaros.
Los resultados fueron excelentes. Derrotó a los alamanes y los rechazó al otro lado de los Alpes. Luego viajó a Mesia, donde rechazó en reiteradas ocasiones diversas incursiones de los godos. En 269 y 270, ganó enormes victorias sobre ellos y fue llamado Claudius Gothicus (nombre que honraba una conquista, como en los grandes días de la República).
Fue el único emperador de este período que no sufrió una muerte violenta. Murió de una enfermedad en 270 (1023 A.U.C.), como un romano corriente. Pero antes de morir brindó un último servicio al Imperio nombrando un digno sucesor, el jefe de su caballería y compatriota ilirio, Aureliano (Lucius Domitius Aurelianus).
Aureliano halló que toda la obra de Claudio había quedado deshecha por su muerte, pues los bárbaros, aunque derrotados, supusieron que con un nuevo emperador tenían una nueva oportunidad. Hicieron nuevas incursiones hacia el Sur, y Aureliano tuvo que derrotar a los godos y los alamanes por segunda vez, para mostrarles que ahora un emperador capaz había sido sucedido por otro igualmente capaz.
Aseguradas las fronteras septentrionales, al menos de un modo transitorio, Aureliano dirigió su mirada al Este, donde Zenobia gobernaba con esplendor. Comprendió claramente que un viaje al Este podía dar origen a nuevas incursiones desde el Norte y, en 271, adoptó la desesperada medida de iniciar la construcción de una muralla fortificada alrededor de Roma, ciudad que no tenía murallas desde hacía cinco siglos. ¡Cuán claramente demostró esto hasta qué punto había decaído el Imperio!
Además, Aureliano trasladó a todos los colonos romanos de Dacia y los asentó al sur del Danubio. Habría sido inútil tratar de proteger esa expuesta provincia contra los godos. El precio de tal protección era prohibitivo y sus resultados desalentadores. Así, Dacia fue abandonada un siglo y medio después de su conquista por Trajano.
Ahora Aureliano se sintió seguro como para marcharse al Este. Entró en Asia Menor y redujo a todas las ciudades que intentaron resistir. Invadió Siria, derrotó a los palmirenses cerca de Antioquía y finalmente se apoderó de la misma Palmira. Al principio trató de imponer términos suaves, pero cuando los palmirenses se rebelaron y dieron muerte a la guarnición romana que había dejado, volvió y arrasó totalmente la ciudad en 273. La prosperidad de Palmira fue destruida para siempre, y sólo ruinas y unas pocas miserables casuchas señalan hoy su emplazamiento.
Aureliano se desplazó luego a Occidente y halló la Galia tranquila. El «emperador» galo estaba viejo y tenía sus propios problemas con los bárbaros. Con el conquistador Aureliano ya en marcha, no tenía sentido librar una batalla sin esperanzas. El «emperador» galo se rindió inmediatamente y el Oeste quedó unido nuevamente a Roma en 274 (1027 A. U. C.).
Aureliano retornó a Roma y antes de terminar el año 274 celebró un magnífico triunfo en el que Zenobia fue conducida en cadenas. Se le saludó como al «Restaurador del Mundo», y este lema («Restitutor Orbis») aparece en las monedas acuñadas ese año. No era una frase ociosa, pues Aureliano y su predecesor, Claudio II, habían rechazado a los bárbaros y recuperado el Este y el Oeste. Sólo le quedaba al infatigable Emperador dar una lección a los persas. Se dirigió al Este con tal fin, pero no fue posible cambiar los hábitos de décadas. Los soldados se rebelaban rápidamente para matar a emperadores indignos; y se rebelaron con igual rapidez para dar muerte a un emperador aguerrido. En 275 Aureliano fue asesinado por sus soldados en Tracia.
Marco Claudio Tácito, quien sucedió a Aureliano, marcó un sorprendente retroceso a una situación anterior. Era un viejo y rico noble italiano que fue nombrado (contra su voluntad) por el Senado, curiosamente. Con inesperado vigor, Tácito (quien pretendía descender del historiador, (véase página) trató de ser otro Nerva. Trató de restaurar cierto poder al Senado y de hacer algunas reformas. Pero en aquellos días ningún emperador podía hacer mucho más que combatir con las tribus germánicas, y Tácito no fue una excepción. Los godos estaban nuevamente invadiendo Asia Menor, y el ejército tuvo que ser conducido contra ellos. Los godos fueron derrotados, pero Tácito murió en 276, después de un reinado de medio año. Se contó la historia habitual, de que fue muerto por sus soldados, pero era un hombre viejo y probablemente murió de muerte natural.
El general que estaba al frente de las legiones en el Este, bajo Tácito, era Marco Aurelio Probo, nacido en Panonia, provincia situada al norte de Iliria, y que había combatido eficientemente bajo Aureliano. Tan pronto como el trono estuvo vacante, los soldados lo proclamaron emperador, y siguió limpiando de godos el Asia Menor.
Pero una vez que el Este pudo respirar en paz nuevamente, cometió un error. Creyó que los hombres dispuestos a arriesgar su vida contra los godos también lo estarían a sudar un poco en trabajos pacíficos. Los canales de Egipto necesitaban ser limpiados para que la provisión de cereales del Imperio fuese adecuada, pues indudablemente el hambre era un enemigo tan peligroso como los bárbaros. Así, Probo puso a los soldados a limpiar los canales, pero ellos, resentidos, lo mataron en 281.
Ahora le tocó el turno a otro ilirio (el tercero), Marco Aurelio Caro, quien, como Probo, había luchado bajo Aureliano. Fue el primer emperador que juzgó completa mente innecesario hacer que el Senado aprobase su elección y le otorgase los diversos derechos asociados al cargo imperial. Sin duda, hacía largo tiempo que tal aprobación senatorial era una pura formalidad y con frecuencia había sido impuesta a un Senado muy renuente. Sin embargo, hasta entonces todos los emperadores habían pasado por ella, por muy carente de importancia que fuese. El hecho de que Caro no sintiese ninguna necesidad de hacerlo muestra cuán bajo había caído el prestigio senatorial y cuan cercanas a su extinción se hallaban las convenciones del principado de Augusto.
Caro castigó a los asesinos de su predecesor, pero no hizo intento alguno de mantener los trabajos pacíficos y benéficos. Si los soldados querían guerra, eso sería lo que les daría. Dejó a su hijo a cargo de los asuntos internos y condujo el ejército a Persia en 282, para reanudar la labor de Aureliano, que había quedado en suspenso desde la muerte de éste, siete años antes.
En Persia, Caro tuvo un éxito sorprendente. Como Trajano, despejó Armenia y Mesopotamia de enemigos y avanzó sobre Ctesifonte. Pero entonces también él fue muerto por los soldados, quienes al parecer no deseaban tanta guerra.
Aparentemente, nada podía detener el monótono ciclo. Fuesen los emperadores viejos o jóvenes, aguerridos o no, victoriosos o no, todos eran regularmente asesinados por sus hombres. Esto había ocurrido durante cincuenta años y nada parecía poder frenarlo.
Lo que se necesitaba era un hombre suficientemente enérgico y creador como para elaborar un nuevo sistema que se adaptase a los nuevos tiempos. El principado estaba agotado, y se necesitaba un nuevo Augusto que pusiese fin a otra serie de guerras civiles y modelase, una vez más, una nueva forma de gobierno.
Y otro Augusto apareció, encarnado en un cuarto emperador ilirio.
7. Diocleciano
El fin del principado
El hombre del momento era Diocles. Provenía de una familia campesina pobre y su nombre de resonancia griega obedecía, al parecer, al hecho de que había nacido (en 245) en Dioclea, una aldea de la costa ilírica. Se desempeñó bien en el ejército, bajo las órdenes de Aureliano y Probo. En el momento de la muerte de Caro, tenía casi cuarenta años y se había elevado del rango de soldado raso al de jefe de la guardia de corps imperial.
A la muerte de Caro, Diocles fue proclamado emperador por sus hombres y, como Caro, no juzgó necesario buscar la aprobación del Senado.
Su primera acción fue formar un sumarísimo consejo de guerra para juzgar al general que se suponía había planeado la muerte de Caro y luego la había ejecutado con sus propias manos. Esto puso en claro su posición con respecto al asesinato de emperadores, sobre todo ahora que lo era él. La duración media del reinado de los emperadores del medio siglo anterior (dejando de lado co-emperadores, usurpadores y aspirantes fracasados) había sido de dos años, aproximadamente, y Diocles estaba fieramente decidido a superar ese promedio.
Al subir al trono, Diocles asumió el nombre regio de Gaius Aurelius Valerius Diocletianus (más conocido en español como Diocleciano) y entró en la ciudad de Nicomedia, situada en el noroeste de Asia Menor, en 284 (1037 A. U. C.). En la medida en que pudo, Diocleciano hizo de esta ciudad su residencia, por lo que se convirtió en la capital del Imperio durante su reinado.
Eso fue el reconocimiento de un hecho importante. Italia ya no era la provincia dominante del Imperio ni Roma era la ciudad dominante. De hecho, que un emperador se estableciese en Roma como en los viejos días de Augusto o aun de Antonino Pío habría sido imprudente. La tarea del emperador era la defensa del Imperio y tenía que estar cerca de las expuestas provincias exteriores. Desde Nicomedia, Diocleciano estaba a una razonable distancia de la frontera persa, al sudeste, y de las hordas godas, al noroeste, y en Nicomedia permaneció cuando no estaba empeñado en alguna guerra.
Durante todo su reinado, Diocleciano se dedicó a una reorganización completa del Imperio.
Su primera preocupación fue la protección de la persona del emperador. Augusto podía haber desempeñado el papel de «Primer Ciudadano» y actuado como si fuese un romano común que por casualidad estaba al frente del Estado. Vivía en tiempos pacíficos y en medio de una Italia tranquila y desarmada. Pero ahora los emperadores vivían en medio de ejércitos de un Imperio en desintegración, combatiendo a los bárbaros con soldados que muy a menudo eran ellos mismos bárbaros contratados. Andar entre los soldados sencillamente como otro romano común era invitar a que le clavasen una lanza en el vientre, como lo habían demostrado dos docenas de emperadores en el medio siglo anterior.
Por ello, Diocleciano se recluyó. Hizo de sí mismo más que un princeps («primer ciudadano»); se hizo un «dominus» («señor»). Introdujo todo el ceremonial de una monarquía oriental. Los hombres sólo podían acercarse cuando él los invitaba a hacerlo, y aun entonces sólo con grandes reverencias. Se adoptaron diversos rituales para que la posición y la persona del emperador apareciesen como excepcionales e inspirasen un reverente temor, y para diferenciarlas claramente de lo ordinario. Este género de ceremonial había estado apareciendo lentamente en reinados anteriores, sobre todo bajo Aureliano, pero ahora Diocleciano lo intensificó mucho.
Esto señala el fin del principado, que había durado tres siglos. Aunque Diocleciano nunca adoptó el título de rey, de hecho lo era, y el Imperio Romano se convirtió en una monarquía. El Senado aún se reunía en Roma, pero se había convertido en un mero club social.
El sistema de Diocleciano se adecuaba a su tiempo, como el de Augusto se había adecuado al suyo. Un emperador inaccesible, rodeado de una sagrada veneración y cuyos pasos medidos eran acompañados de incienso, trompetas y las reverencias de multitud de lacayos, impresionaba e intimidaba a los soldados. Tales emperadores eran difíciles de matar, pues las propias supersticiones del soldado lo refrenaban. Fue por esta razón, al menos en parte, por lo que Diocleciano logró reinar durante veintiún años, el más largo reinado desde el de Antonino Pío de un siglo y medio antes.
Más aún, aunque hubo bastantes problemas y desórdenes en los tiempos posteriores a Diocleciano, se puso fin a la costumbre de que un emperador tras otro fuese muerto por sus propias tropas, en rápida sucesión, y por cualquier capricho trivial. El Imperio levantó cabeza.
Pero levantó cabeza de una manera poco sólida. El Imperio ya no era lo que había sido antaño, en modo alguno. La destrucción provocada por la peste y las devastaciones de las invasiones bárbaras no podían ser reparadas. De hecho, el esfuerzo más firme de Diocleciano para rechazar los ataques extranjeros empeoraron las cosas en algunos aspectos. Diocleciano tuvo que mantener un ejército que era mayor en número que el de Augusto, y ello con menos recursos.
Diocleciano y sus sucesores tuvieron que mantener el abastecimiento del ejército mediante pesados impuestos. La moneda de ley había desaparecido en el siglo anterior, cuando la acuñación se derrumbó, y los impuestos eran recaudados en especie. Se hizo responsables de la recaudación a las cabezas de los municipios, quienes debían compensar cualquier déficit. Esquilmaban con dureza a la gente y ellos mismos eran esquilmados por los funcionarios del gobierno. La vida económica del Imperio quedó asfixiada. Los pequeños labradores no podían obtener lo suficiente para vivir y entraron en las grandes propiedades como siervos. No se permitió a los artesanos y los comerciantes buscar modos mejores de hacer dinero, sino que fueron obligados por ley, y bajo la amenaza de severos castigos, a seguir en sus profesiones y a permanecer en sus trabajos, necesarios para la economía pero que no les daban más que una mínima remuneración, una vez deducidos los impuestos. Ni siquiera se les permitió entrar en el ejército, que estuvo formado cada vez más por bandas de bárbaros contratados.
Hacia el final de su reinado, Diocleciano reconoció las insoportables dificultades que abrumaban a la población en general. En el famoso «Edicto de Diocleciano» de 301 (1054 A. U. C.) trató de estabilizar las cosas mediante una lista de precios máximos y salarios mínimos. Su intención era impedir que los grandes terratenientes se aprovechasen a costa de muchas vidas humanas en tiempos de escasez de alimentos, y también que se aprovechasen los trabajadores en tiempos de escasez de mano de obra. Aunque Diocleciano trató de ser muy severo y decretó la deportación y, en ciertas circunstancias, hasta la pena de muerte por el incumplimiento del edicto, su esfuerzo fue un fracaso. Nada podía detener el lento deterioro económico del Imperio.
Para la población general del Imperio, era poco el beneficio que obtenía del gobierno. ¿Qué importaba si una batalla la ganaban los bárbaros o los romanos? Ambos ejércitos eran bárbaros; ambos eran implacables en su saqueo de la región que ocupaban, pues ambos tendían cada vez más a vivir de la tierra. Y las devastaciones de cualquier ejército no eran peores que las del recaudador de impuestos.
No es de extrañarse que aumentara la apatía del populacho romano y hallase pocos alicientes para el patriotismo o para su identificación con el Imperio. Y si el ejército romano caía ante los bárbaros y las hordas germánicas se apoderaban del Imperio, no era probable que hallasen resistencia alguna de la población; no habría guerra de guerrillas ni levantamientos populares. Y cuando llegó el momento, no los hubo.
Pero fuesen cuales fuesen los sufrimientos del Imperio, Diocleciano le brindó dos beneficios: un ejército que era nuevamente fiable y un gobierno que, aunque duro, era estable. Indudablemente, el Imperio Romano duró más como resultado de la obra de Diocleciano de lo que habría durado si las cosas hubiesen continuado como antes.

La tetrarquía
El impulso hacia la estabilización dado por Diocleciano se facilitó por su comprensión de que no podía llevar a cabo él solo toda la tarea. Había demasiados problemas, el Imperio estaba demasiado dañado y las fronteras demasiado debilitadas en muchos lugares para que un solo hombre hiciera frente a todo. Por consiguiente. Diocleciano decidió adoptar un asociado.
Esto ya se había hecho antes. Marco Aurelio había gobernado con Lucio Vero como co-emperador, y el Imperio estuvo bajo el doble gobierno («diarquía») durante ocho años. Desde entonces, varios de los emperadores de reinados breves asociaron al gobierno a sus hijos y otros parientes.
Tales divisiones siempre habían sido recursos de urgencia y nunca habían constituido una política oficial. Ahora Diocleciano trató de hacerla oficial. En 286 (1039 A. U. C.) nombró colega suyo a un viejo amigo, Maximiano (Marcus Aurelius Valerius Maximianus). Maximiano, un panonio, tenía aproximadamente la edad de Diocleciano y, como él, era de origen campesino. Al igual que Diocleciano, había ascendido de soldado raso hasta el rango de general; pero, a diferencia de Diocleciano, no era particularmente brillante. Diocleciano vio en él a alguien en quien podía confiar que emprendería todas las acciones militares efectivas y cumpliría sus órdenes sin discusión, pero que no tendría el ánimo ni la capacidad para volverse contra su amo.
Diocleciano se reservó la mitad oriental del Imperio y dejó a Maximiano la mitad occidental; el límite entre los dos ámbitos pasaba por el estrecho que separa el talón de la bota italiana de la Grecia septentrional. Esta división subsistió, a intervalos, en los reinados siguientes, por lo que a partir de 286 podemos hablar de un «Imperio Romano Occidental» y un «Imperio Romano Oriental». Esto no significa en absoluto que el Imperio Romano estuviese dividido en dos naciones. En teoría, seguía siendo un imperio indivisible hasta su verdadero final en la historia. La división era puramente administrativa.
Podría parecer que Maximiano recibió la mejor parte, pues el Imperio Romano Occidental era mayor que el Imperio Romano Oriental. Además, el primero era de habla latina e incluía a Italia y Roma. Pero esto era de poca importancia.
El Imperio Romano Oriental era más pequeño y de habla griega, además de estar lejos de la antigua tradición romana. Sin embargo, era más rico. Roma no tenía más que una significación sentimental, y Nicomedia era el verdadero centro del gobierno, no Roma. Ni siquiera Maximiano, que asumió su puesto en el Oeste, hizo de Roma su capital. Permaneció en Mediolanum (la moderna Milán), en general, porque era un lugar más adecuado para la vigilancia contra las incursiones bárbaras a través del Rin y el Danubio superior. (No obstante, Roma conservó ciertos derechos tradicionales. Aún había alimentos y juegos gratuitos para el populacho, en recuerdo del pasado y del hecho de que Roma antaño había conquistado el mundo.)
Además, la mitad occidental del Imperio no era ninguna sinecura a la sazón. Maximiano tuvo que hacer frente a muchos problemas internos. Los campesinos de la Galia se rebelaron y formaron bandas que merodeaban sin destino fijo, incendiando y destruyendo cuanto encontraban en su paso, en una especie de furiosa desesperación por hallarse en una sociedad que los esquilmaba implacablemente sin darles nada a cambio.

No hizo ningún bien a los campesinos, excepto algún momentáneo placer que pudiesen derivar de apoderarse de las posesiones de los ricos. Maximiano libró una guerra regular contra ellos, enfrentando sus muchedumbres semidesarmadas con sus legiones llenas de bárbaros, haciendo gran matanza entre ellos, hasta que los sobrevivientes fueron obligados a someterse.
Y mientras Maximiano aporreaba a los campesinos galos con una mano, trataba de salvar a Britania con la otra. Los bárbaros germanos se habían lanzado al mar e hicieron correrías por la isla. Por ello, Maximiano se vio obligado a construir una flota. La idea era buena, pero el plan fracasó. El almirante puesto al mando de la flota llegó a un arreglo con los bárbaros y se proclamó emperador en Britania. Utilizando la flota (que ahora era suya), impuso su reconocimiento a todo lo largo de las costas atlánticas del Imperio. Maximiano había recibido plenos poderes imperiales en un total plano de igualdad con Diocleciano, de modo que pudo hacer libremente la guerra contra el rebelde sin tener que consultar con Diocleciano cada medida. Pero aun así, Maximiano tuvo mala suerte. Se construyó una flota propia, pero la perdió en una tormenta y, por el momento, no pudo hacer más que rechinar los dientes.
Diocleciano pensó que ni siquiera dos gobernantes eran suficientes, por lo que en 293 (1046 A. U. C.) dobló su número. El y Maximiano, ambos con el título de Augusto, adoptaron cada uno un sucesor, con el título de César. Esto les daría a Diocleciano y Maximiano un ayudante que necesitaban mucho y, además, resolvería el problema de la sucesión, ya que, en teoría, los Césares ascenderían para convertirse en Augustos con el tiempo, y estarían mejor preparados para el cargo supremo, dada la experiencia que ganarían en el segundo puesto.
Diocleciano eligió como César a Galerio (Gaius Galerius Valerius Maximianus), quien se casó con la hija del Emperador y, así, se convirtió en su yerno tanto como en su sucesor elegido. Galerio, que contaba poco más de cuarenta años, tenía una buena hoja de servicios como soldado y fue puesto al frente de las provincias europeas al sur del Danubio, inclusive Tracia, que era su provincia de nacimiento. Diocleciano se reservó Asia y Egipto.
Maximiano también dio su hija al hombre que eligió como César. Este era Flavius Valerius Constantius, que no es conocido comúnmente como Constancio Cloro (es decir, «Constancio el Pálido, probablemente por su piel clara). También se le podría llamar Constancio I, para distinguirlo de su nieto que iba a gobernar medio siglo más tarde con el nombre de Constancio II.
Constancio era otro ilirio que había gobernado su provincia natal antes de su ascenso, no sólo con eficiencia, sino también con suavidad y humanidad (cualidades bastante raras en esa época). Constancio recibió España, la Galia y Britania como jurisdicción, mientras Maximiano se reservó Italia y África.
Esta cuádruple división (una «tetrarquía»), hizo cambiar las cosas. Constancio se enfrentó con los ejércitos rebeldes en Britania y Galia. Aseguró la frontera del Rin y luego concentró su atención en Britania. Después de construir otra flota, la usó para desembarcar en la isla. Para el 300 la autoridad imperial había sido restaurada allí, y Constancio hizo de Britania su sede favorita de gobierno, rigiéndola con suavidad y equidad.
Mientras, en el Este, Diocleciano marchó a Egipto para reprimir la revuelta de un general, a la par que daba a Galerio instrucciones para que se ocupase de Persia. Ambas misiones fueron realizadas con éxito, y en 300 hubo paz de un extremo del Imperio al otro, y todas las fronteras estaban, por milagro, intactas.
En 303 (1056 A. U. C.), Diocleciano se dirigió a Roma para que él y Maximiano fuesen honrados con un triunfo. Pero no fue una ocasión feliz. A Diocleciano le disgustaba Roma, y Roma le devolvía el cumplido. Diocleciano hizo construir allí baños, así como una biblioteca, un museo y otros edificios, pero todo esto era un pobre consuelo para los romanos. Se mostraron hoscos ante el emperador romano que había abandonado a la antigua capital y le hicieron objeto de sus burlas y sarcasmos. Por ello, Diocleciano dejó Roma repentinamente, después de haber estado en ella sólo un mes. El mundo había cambiado, en verdad.
En dieciséis años, pues, Diocleciano había realizado una hazaña que debe de haber parecido sobrehumana. No sólo era aún emperador, sino que dominaba a otros tres emperadores o casi-emperadores.
Su reorganización interna también se mantuvo. El Imperio estaba dividido ahora en cuatro «prefecturas», así llamadas porque a su frente había «prefectos» (de una palabra latina que significa «poner por encima»). Ellas eran:
1) las provincias europeas situadas al noroeste de Italia; 2) Italia y África al oeste de Egipto; 3) las provincias europeas situadas al este de Italia, y 4) Asia y Egipto.
Cada una de ellas estaba bajo el gobierno de uno de los Césares o Augustos. Cada prefectura, a su vez, se dividía en varias diócesis (de una palabra latina que significaba «gobierno de la casa», que era lo que se esperaba de un gobernador que hiciera bien, por así decir). El gobernador de una diócesis era un «vicario» (esto es, un «subordinado del prefecto; la misma palabra figura en voces como «vicepresidente»). Cada diócesis se dividía en provincias, de las que había bastante más de cien en el Imperio. Cada provincia era lo suficientemente pequeña como para que un gobernador la administrase cómodamente, y todos los hilos de mando terminaban en el emperador, quien usaba un complejo servicio secreto para mantener la vigilancia personal sobre los diversos funcionarios.
La organización del ámbito militar era en un todo independiente del gobierno civil, pero seguía líneas paralelas. Cada provincia tenía su guarnición al mando de un «dux» (o «líder»). Algunos jefes del ejército eran llamados «comes» (que significa «compañero», es decir, compañero del emperador).
La reorganización establecida por Diocleciano y sus sucesores era pesada y rígida, y la presencia de cuatro cortes imperiales y todos los funcionarios que se necesitaba para mantener bien coordinadas a las cuatro eran sumamente costosos. Sin embargo, mantuvo unido al Imperio durante dos siglos más, y partes de ella mantuvieron una tradición continua durante más de mil años.
Aún después de que el Imperio dejara de existir, los nuevos reinos que lo reemplazaron conservaron partes de la organización tradicional, y algunos de los títulos se han mantenido hasta el presente. Lo que los romanos llaman «dux» y «comes» se convirtió en lo que hoy llamamos «duque» y «conde». Más aún, la organización imperial tal como existía bajo Diocleciano y sus sucesores fue imitada por la organización creciente de la Iglesia. Y hasta hoy la Iglesia Católica llama a la zona que está bajo la jurisdicción de un obispo una «diócesis»; y también tiene sus vicarios.

Los obispos
Pero el nuevo sistema de Diocleciano no era el único poder importante en el Imperio. Los desórdenes de las generaciones anteriores habían provocado un gran aumento de la fuerza del cristianismo, pese a las persecuciones de Decio y Valerio. Ahora, en la época de Diocleciano, casi el diez por ciento de la población del Imperio era cristiana. Y era un diez por ciento importante, pues los cristianos estaban bien organizados y solían ser fervientes en sus creencias, mientras que la mayoría pagana tendía a ser tibia o indiferente.
Las causas del crecimiento del cristianismo fueron varías. Entre otras, la inminente desintegración del Imperio hacía parecer más probable que las cosas del mundo estuvieran llegando a su fin y que se produjera el predicho segundo advenimiento de Cristo. Esto aumentaba el fervor de los que ya eran cristianos y convencía a los vacilantes. También, la decadencia de la sociedad y las crecientes penurias que sufrían los hombres hacían este mundo menos atractivo y la promesa del otro mundo más deseable. Esto hacía al cristianismo más atractivo para muchos que hallaban ese otro mundo más convincente que el ofrecido por los diversos misterios no cristianos. Asimismo, la Iglesia, que fortalecía su organización y eficiencia mientras el Imperio perdía las suyas, parecía cada vez más una roca segura en un mundo perturbado y miserable.
Por otro lado, la Iglesia, al aumentar el número de sus adeptos, se vio sumergida en nuevos problemas. Ya no era un puñado de visionarios, ardientes de celo por el martirio. Hombres y mujeres de todas las clases y condiciones eran ahora cristianos, muchos de ellos gente común que deseaba vivir vidas comunes. Por ello, el cristianismo se hizo cada vez más sosegado y hasta «respetable».
La presión por parte de los cristianos comunes estaba dirigida a aumentar el brillo del ceremonial y a la multiplicación de los objetos para venerar. Un monoteísmo frío, austero y absoluto carecía de dramatismo. Por ello, se proporcionaba ese dramatismo aumentando la importancia del principio femenino en la forma de la madre de Jesús, María, y la adición de muchos santos y mártires. Los ritos en su honor, a menudo adaptaciones de diversos ritos paganos, se hicieron más complejos, y esto también contribuyó a difundir el cristianismo; pues a medida que disminuían las diferencias superficiales entre los rituales del paganismo y el cristianismo, se hizo más fácil para la gente atravesar la frontera hacia este último.
Pero a medida que la forma del culto se hizo más compleja y el número de feligreses aumentó, se hizo más fácil que se desarrollasen diferencias de detalle. Las diferencias en el ritual podían aparecer y, lentamente, hacerse más pronunciadas de una provincia a otra y de una iglesia a otra. Hasta dentro de una misma iglesia podía haber quienes favoreciesen un punto de vista o un tipo de conducta en vez de otra.
Para quienes no estaban sumergidos en la cuestión, las variaciones podían parecer secundarías, sin importancia y apenas dignas de algo más que un encogimiento de hombros. Mas para quienes creían que cada elemento del credo y el ritual era parte de una cadena que conducía al Cielo y que toda desviación de él implicaba la condena al Infierno, tales variaciones no podían ser secundarias. No sólo eran cuestión de vida o muerte, sino también de vida eterna o muerte eterna.
Así, las diferencias en el ritual podían conducir a una especie de guerra civil dentro de la Iglesia, hacerla pedazos y, finalmente, destruirla. El que esto no ocurriese a la larga se debió al hecho de que la Iglesia gradualmente edificó una jerarquía compleja que decidió sobre cuestiones de creencia y ritual autoritariamente desde arriba.
De este modo, las iglesias y el clero de una región fueron colocados bajo un obispo (de la palabra griega «epíscopos», que significa «supervisor»), quien tenía autoridad para decidir en puntos discutidos de la religión.
Pero, ¿qué ocurría si el obispo de una región discrepaba con el de otra? Esto podía suceder, desde luego, y con frecuencia ocurrió, pero desde fines del siglo III se generalizó la costumbre de realizar «sínodos» (de una palabra griega que significa «reunión») en los que los obispos se reunían y discutían a fondo los puntos en disputa. Creció el sentimiento de que los acuerdos alcanzados en tales sínodos debían ser defendidos por todos los obispos, para que toda la cristiandad sostuviese un solo conjunto de concepciones y siguiese un solo conjunto de pautas en el ritual.
Había sólo una Iglesia, según esta corriente de pensamiento, una Iglesia Universal o, usando la palabra griega que significa «universal», una Iglesia Católica.
Las decisiones forjadas por los obispos, pues, eran las concepciones ortodoxas de la Iglesia Católica, y todas las demás eran herejías.
En principio, todos los obispos eran iguales, pero no ocurría así en la realidad. Los grandes centros de población tenían el mayor número de cristianos y las iglesias más influyentes. Esas iglesias atraían a los hombres más capaces y, como es de suponer, los obispos de ciudades como Antioquía y Alejandría serían grandes hombres, llenos de literatura y saber, que escribían sus grandes volúmenes y dirigían facciones poderosas entre los obispos.
En verdad, hubo varias ciudades importantes en la mitad oriental del Imperio, cuyos obispos a menudo andaban a la greña unos con otros. La mitad occidental del Imperio, donde generalmente los cristianos eran menos numerosos y menos poderosos, tenía sólo un obispo importante en tiempos de Diocleciano: el obispo de Roma.
En general, el Occidente era menos culto que el Este, tenía una tradición filosófica e intelectual más débil y estaba mucho menos envuelto en las disputas religiosas de la época. Ninguno de los primeros obispos de Roma fue un autor destacado o un gran polemista. Eran hombres moderados, quienes en todas las cuestiones del momento nunca defendieron causas perdidas o concepciones minoritarias. Esto significaba que el obispo de Roma fue el único gran obispado que nunca fue manchado por la herejía. Fue ortodoxo del principio al fin.
Además, alrededor de Roma se sentía el perfume del poder mundial. Fuese Roma o no realmente el centro del gobierno, era Roma la que dominaba el mundo en la mente de los hombres, y a muchos les parecía que el obispo de Roma era el equivalente eclesiástico del emperador romano. Esto fue así tanto más cuanto que era fuerte la tradición según la cual el primer obispo de Roma había sido el mismo Pedro, el primero de los discípulos de Jesús.
Por ello, aunque el obispo de Roma, en los primeros siglos, no tenía un brillo particular en comparación con los obispos de Alejandría y Antioquía, y aun con los de ciudades como Cartago, el futuro (al menos para gran parte del mundo cristiano) era totalmente suyo.
Diocleciano, pues, al contemplar su imperio halló que su autoridad era desafiada por otra, la de la Iglesia. Esto le fastidió y, según algunas historias, fastidió a su César y sucesor, Galerio, aún más.
En 303, a instancias de Galerio, Diocleciano inició una intensa campaña contra todos los cristianos, y más contra la organización de la Iglesia (la cual era lo que Diocleciano realmente temía) que contra los creyentes individualmente. Las iglesias fueron destruidas, las cruces quebradas y los libros sagrados arrancados de los obispos y luego quemados. A veces, cuando las muchedumbres paganas se descontrolaban, se mataba a cristianos. Naturalmente, los cristianos fueron despedidos de todos los cargos, expulsados del ejército, alejados de las cortes y, en general, acosados de todas maneras.
Fue la última y la más intensa persecución física organizada de cristianos en el Imperio, pero se extendió por todo el Imperio. Constancio Cloro, el más benévolo de los cuatro gobernantes del Imperio, hizo que su parte de los dominios romanos quedase exenta de persecuciones, aunque él no era cristiano, sino un devoto del Dios-Sol.
La acción de Diocleciano de iniciar la persecución fue el último acto importante de su reinado. Estaba totalmente harto de gobernar el Imperio. Su decepcionante viaje a Roma lo amargó y deprimió, y poco después de retornar a Nicomedia cayó enfermo. Se estaba acercando a los sesenta años, había sido emperador durante veinte y ya tenía bastante. Galerio, sucesor al trono, estaba totalmente dispuesto a, y hasta ansioso de, suceder a Diocleciano, y urgió al Emperador a abdicar. En 305 (1058 A. U. C.), lo hizo. Es muy poco común en la historia del mundo que un gobernante abdique por su propia voluntad, sencillamente porque se siente viejo y cansado, pero a veces ocurre. Diocleciano es un ejemplo de ello.
El ex emperador se retiró a la ciudad de Salona, cerca de la aldea donde había nacido, y allí construyó un gran palacio donde pasó los últimos ocho años de su vida. (Más tarde, el palacio cayó en ruinas, pero cuando la ciudad de Salona fue destruida por las invasiones bárbaras, tres siglos después de Domiciano, algunos de sus habitantes se trasladaron a las ruinas del palacio y construyeron allí sus hogares. Fueron los comienzos de la ciudad de Spalatum, llamada Spalato por los italianos y Split por los yugoslavos.)
8. El linaje de Constancio
Constancio I
Diocleciano tenía ideas definidas sobre cómo debía funcionar la tetrarquía. Cuando abdicó, obligó a abdicar también a su colega Augusto, Maximiano, para que ambos Césares, Galeno y Constancio, ascendieran simultáneamente. El paso siguiente fue designar dos nuevos Césares.
Idealmente, debían ser nombrados dos buenos soldados experimentados, firmes, capaces y leales. Más tarde, algún día sucederían a Galerio y Constancio y designarían otros buenos Césares. Si se podía hacer que el plan de Diocleciano funcionara, nunca habría ninguna disputa sobre la sucesión y los emperadores capaces se sucederían unos a otros.
Desgraciadamente, los seres humanos son seres humanos. Los dos Augustos podían discrepar sobre la selección de los Césares y considerar más capaces a parientes suyos antes que a extraños.
En este caso particular, fue Galerio quien sucedió directamente a Diocleciano y quien gobernó sobre el Imperio Romano de Oriente. No pudo por menos de considerarse como el Emperador-en-jefe, como lo había sido Diocleciano. Por ello, Galerio nombró inmediatamente dos Césares, uno para sí mismo y otro para Constancio; no se molestó en consultar a Constancio sobre la cuestión. (Probablemente, a Galerio le disgustaba Constancio por ser «suave con los cristianos», cosa que indudablemente era. Galerio hizo que las persecuciones a los cristianos continuasen durante todo su reinado.)
Galerio eligió para sí a uno de sus sobrinos, Maximino Daia, como César y sucesor, y para Constancio designó a uno de sus propios hombres, Severo (Flavius Valerius Severus).
El hijo del viejo co-emperador Maximiano, Majencio (Marcus Aurelius Valerius Maxentius), fue dejado de lado. Majencio, indignado por haber sido pasado por alto y pensando que tenía un derecho hereditario a la corona de su padre, se hizo proclamar emperador en Roma y llamó a su padre para que asumiese nuevamente el gobierno. (El viejo Maximiano, quien disfrutaba siendo emperador y estaba amargamente resentido por haberse visto obligado a abdicar, volvió gozoso al trono.)
Pero Galerio no estaba en modo alguno gozoso. Envió a Italia a Severo con un ejército, pero fue derrotado y muerto, y Majencio mantuvo la dominación de Italia.
Tampoco a Constancio le agradaba el nuevo acuerdo. También él tenía un hijo que había sido dejado de lado. Sin duda, Constancio habría emprendido una acción similar a la de Majencio, pero estaba ocupado en una campaña contra las tribus del norte de Britania. Luego, antes de poner fin a ésta, murió en el 306 en Eboracum, donde un siglo antes había muerto Septimio Severo.
Pero antes de morir, Constancio recomendó a sus tropas a su hijo Constantino (Gaius Flavius Valerius Aurelius Claudius Constantinus), y el joven, que sólo tenía dieciocho años en ese momento, pronto fue proclamado emperador. Como emperador, podemos llamarlo Constantino I, pues iba a haber muchos Constantinos después de él.
Constantino había nacido en 288, cuando su padre era gobernador de Iliria. Su ciudad natal era Naissus, la moderna Nish, en Yugoslavia, de modo que fue otro de los grandes ilirios. Al parecer, era hijo ilegítimo, pues su madre era una pobre mesonera que había cautivado a Constancio. (Como Constancio pasó buena parte de su vida posterior en Britania, surgió el mito —cuidadosamente patrocinado por los primitivos historiadores ingleses-— de que la madre de Constancio era una princesa británica, pero esto es sin duda falso.)
Constantino pasó su juventud en la corte de Diocleciano, pues el prudente Emperador lo retuvo como una especie de rehén de la buena conducta de su padre. Cuando Diocleciano abdicó, Constantino permaneció bajo la vigilancia de Galerio, aunque en un clima de mutuas sospechas. Mientras Constancio estuviese vivo, Galerio no haría daño al joven, pues provocaría una guerra civil. Pero cuando a Constantino le llegaron noticias de que su padre estaba agonizando, comprendió que para Galerio le sería más útil muerto que vivo.
Por ello, Constantino escapó y atravesó toda Europa huyendo de la persecución de los agentes del Emperador y llegó a Britania justo a tiempo para ver a su padre antes de morir y ser aclamado emperador inmediatamente después. (Según otra versión menos dramática, Constancio reclamó a su hijo inmediatamente después de la abdicación de Diocleciano, y Galerio, con alguna reluctancia envió al joven a su padre.)
Constantino se fortaleció contra la hostilidad de Galerio buscando aliados. En 307 se casó con la hija de Maximiano, el viejo Emperador, quien pronto reconoció a su yerno como co-emperador. Ahora Galerio se enfrentó con tres amenazas en Occidente: Maximiano, su hijo Majencio y su yerno Constantino. Trató de penetrar en Italia, pero fue derrotado y rechazado.
Galerio apeló entonces a Diocleciano, en 310, y le pidió que hiciese algún arreglo. Diocleciano, por última vez, tomó las riendas del Imperio. Destituyó a Maximiano y nombró a Licinio (Valerius Licinianus Licinius) emperador de Occidente. Mantuvo en calma a Constantino, reconociéndolo como co-emperador.
Maximiano naturalmente se resistió a ser destituido por segunda vez y trató de enfrentarse con los otros. Pronto fue derrotado por Constantino, quien tenía la posición que deseaba sin Maximiano, ya no necesitaba más al viejo y, por ende, no tuvo escrúpulos en hacer ejecutar a su suegro.
Galerio murió en 311 (1064 A. U. C.) y fue sucedido por Maximino Daia, su César. Maximino Daia continuó la persecución de los cristianos y trató de consolidarse llegando a un acuerdo con Majencio, quien aún gobernaba Italia.
De este modo, la situación era propicia para una nueva guerra civil. Majencio en Italia y Maximino Daia en Asia Menor estaban frente a Constantino en la Galia y Licinio en las provincias danubianas.
Constantino invadió Italia en 312. Era la tercera vez que un ejército marchaba sobre Italia para combatir contra Majencio, pero, a diferencia de los dos primeros ejércitos, el de Constantino no fue rápidamente derrotado y expulsado. Constantino derrotó a las fuerzas de Majencio en el valle del Po y luego avanzó sobre la misma Roma. Majencio se dispuso a enfrentarlo y los dos ejércitos se encontraron en un puente del río Tíber (el Puente Milvio). Constantino trató de cruzarlo y Majencio pretendió impedírselo.
Antes de la batalla (según los posteriores historiadores cristianos), vio una cruz brillante en el cielo y, bajo ella, palabras que decían «in hoc signo vinces» («bajo este signo vencerás»). Se supone que esto alentó a Constantino, quien ordenó que se pusiera una insignia cristiana en los escudos de los soldados y luego los envió confiadamente a la batalla. Las fuerzas de Majencio fueron completamente derrotadas y el mismo Majencio halló la muerte. Constantino quedó dueño de Occidente y fue proclamado emperador por el Senado. Luego procedió a disolver definitivamente a la guardia pretoriana, con lo que llegó a su fin esta perturbadora banda que antaño había hecho y deshecho emperadores.
Se supuso que el signo de la cruz que Constantino había visto en el cielo lo llevó a convertirse al cristianismo, pero no fue así. Constantino fue durante toda su vida un político realista y, muy probablemente, lo que en verdad ocurrió fue que Constantino constituyó el primer emperador que llegó a la conclusión de que el futuro pertenecía al cristianismo. Decidió que no tenía objeto perseguir a la parte que seguramente iba a ganar. Era mejor unirse a ella, y lo hizo. Pero no se convirtió oficialmente al cristianismo hasta mucho después en su vida, cuando se persuadió de que era seguro hacerlo. (A fin de cuentas, los cristianos del Imperio siguieron siendo una minoría hasta el final mismo de su reinado.)
Constantino continuó cautelosamente rindiendo honores al Dios-Sol de su padre y no permitió que lo bautizaran hasta su lecho de muerte, para lavar sus pecados en un momento en que ya no estaba en condiciones de seguir cometiéndolos.
Pero si bien Constantino no se convirtió al cristianismo por la época de la batalla de Puente Milvio, empezó a adoptar medidas para hacer cristiano el Imperio, o al menos asegurarse la lealtad de los cristianos.
Licinio había derrotado a Maximino Daia en el Este, y los dos vencedores se reunieron en una especie de conferencia cumbre en Milán, en 313 (1066 A.U.C.). Allí, Constantino y Licinio promulgaron el «Edicto de Milán», que garantizaba la tolerancia religiosa en todo el Imperio. Los cristianos podían llevar a cabo su culto libremente, y por primera vez el cristianismo fue oficialmente una religión legal en el Imperio.
En ese mismo año murió Diocleciano. Desde su abdicación, había visto su intento de disponer una sucesión automática degenerar en guerra civil, y su tentativa de borrar el cristianismo fracasar completamente. Es muy probable que no le importase. En su palacio aislado, indudablemente pasó los años más felices de su vida. En verdad, cuando Maximiano escribió a Diocleciano unos años antes para instarlo a que tomase nuevamente las riendas del Imperio, se cuenta que Diocleciano le respondió: «Si vinieses a Salona y vieses los vegetales que cultivo en mi jardín con mis propias manos, no me hablarías del Imperio».
El insensato Maximiano siguió su camino hasta una muerte violenta, pero Diocleciano murió en la paz y la alegría, sabio hasta el fin.

El Concilio de Nicea
La carga del Imperio pesaba ahora sobre Constantino. Licinio la compartió con él, pero con una suerte que declinó cada año. Fueron mutuamente hostiles, y a medida que Constantino se hacía cada vez más favorable a los cristianos, Licinio automáticamente se volvía cada vez más anticristiano. Combatieron en 314 y, nuevamente, en 324, y ambas veces Licinio fue derrotado. La segunda vez, Licinio fue muerto, de modo que Constantino quedó al frente de un imperio unido.
Constantino continuó y completó las reformas de Diocleciano, y mucho del sistema atribuido al primero fue realmente obra del segundo. Por ejemplo, Constantino prosiguió la tendencia a la monarquía adoptando el símbolo de la diadema en 325. Esta era una estrecha cinta de lino blanco usada como símbolo de la autoridad suprema por los reyes de Persia y los reinos helenísticos que surgieron sobre las ruinas de Persia. Con los emperadores siguientes, la diadema se hizo cada vez más elaborada, al igual que todos los atavíos y símbolos de la realeza[5] . No pasó mucho tiempo antes de que la diadema se hiciese de color púrpura, el color regio, y llevase incrustaciones de perlas.
Pero Constantino modificó algunos aspectos del sistema de Diocleciano. Eliminó la artificial medida de nombrar Augustos y Césares, y volvió al sistema más natural de la sucesión dentro de un linaje real nombrando Césares a sus hijos.
Siguió la práctica de Diocleciano de admitir bárbaros en el ejército y hasta permitió que bandas de bárbaros se asentasen en regiones despobladas del Imperio. En general, ésta habría sido una sabia medida si el Imperio hubiese gozado de buena salud y su cultura hubiera sido suficientemente vigorosa como para absorber el elemento bárbaro y romanizarlo. Por desgracia, Roma ya no gozaba de esa buena salud.
El reinado de Constantino fue una época de reformas jurídicas, muchas de ellas influidas por las enseñanzas cristianas. El tratamiento de los prisioneros y esclavos se hizo más humanitario, pero, por otro lado, los violadores de la moral (particularmente de la moral sexual) fueron tratados mucho más duramente que antes. También estableció el domingo como día legal de reposo, pero entonces era el día del Sol tanto como el día del Señor.
Constantino, después de mostrarse como simpatizante del cristianismo, si no realmente como cristiano, inmediatamente empezó a interesarse por los asuntos de la Iglesia. Anteriormente, la Iglesia, en las querellas de unos obispos contra otros, no había tenido a nadie a quien apelar y se vio llevada a las luchas intestinas; además, la parte vencedora no tenía modo alguno de obligar a los perdedores a abandonar sus ideas. Pero ahora, los obispos tenían un tribunal de apelación, y podían dirigirse a un emperador presumiblemente piadoso y devoto e indudablemente poderoso para recabar su juicio. Y la parte ganadora podía abrigar la esperanza de usar el poder del Estado contra los perdedores.
En los primeros años del reinado de Constantino, la Iglesia estaba desgarrada por la herejía donatista, que recibía su nombre de Donato, obispo de Cartago que era el más conocido defensor de la causa. Fue en relación con esta herejía como Constantino tuvo su primera ocasión de intervenir en disputas teológicas.
El punto en discusión era si un hombre indigno podía ser sacerdote. Los donatistas eran puritanos que creían que la Iglesia era una asociación de hombres sabios y que los sacerdotes, en particular, sólo podían serlo mientras no hubiesen ofendido a Dios. Así, en el curso de las persecuciones de Diocleciano y Galerio, muchos sacerdotes habían eludido el martirio entregando los libros sagrados que estaban a su cuidado y repudiando el cristianismo. Cuando pasaron las persecuciones, volvieron al redil, pero, ¿podían ser sacerdotes nuevamente?
Los obispos más moderados adoptaron la actitud de que los sacerdotes sólo eran seres humanos y que, frente a la muerte por tortura, podían flaquear. Había modos de expiar ese pecado. Además, si los sacramentos de la Iglesia eran ineficaces al ser administrados por un sacerdote indigno, ¿cómo podía confiarse en los sacramentos en cualquier momento? ¿Cuándo se podía estar seguro de que un sacerdote era digno? Sostuvieron, pues, que sólo la Iglesia como institución era sagrada y que sus poderes espirituales eran efectivos aunque fueran usados por un hombre imperfecto.
En Cartago, los donatistas, que no compartían para nada esa moderación, fueron victoriosos, pero los moderados apelaron a Constantino, quien convocó un sínodo especial en 314. El sínodo se pronunció contra los donatistas. En 316, Constantino en persona oyó los argumentos en pro y en contra, y también se pronunció contra los donatistas.
No sirvió de nada. Los edictos de los emperadores paganos no habían logrado eliminar el cristianismo, y los edictos de emperadores cristianos no fueron suficientes para suprimir las herejías. Los donatistas se mantuvieron en África, aunque se aprobaron contra ellos edictos tras edictos. Disminuyeron en número y poder, pero subsistieron hasta que la invasión árabe, tres siglos después, borró todo género de cristianismo, donatista y católico por igual, en el norte de África.
Pero aunque la intervención de Constantino no tuvo mucho efecto, se estableció un principio importante. El Emperador había actuado como si fuese la cabeza de la Iglesia, y ésta lo había aceptado. Este fue el primer paso de la batalla entre la Iglesia y el Estado que ha durado, de uno u otro modo, hasta la actualidad.
Una vez que Constantino se convirtió en amo indiscutido de un Imperio unido, en 324, pudo hacer más manifiestas sus simpatías cristianas. Decidió convocar un concilio de obispos que abordase una herejía aún más seria y difundida que el donatismo.
Los sínodos de obispos ya constituían una vieja costumbre, pero bajo los emperadores paganos se habían reunido con dificultad y muchos hallaban inseguro efectuar un largo viaje. Ahora la situación había cambiado. Todos los obispos fueron urgidos a asistir al concilio bajo protección oficial y el estímulo del Imperio. Iba a ser un concilio ecuménico («mundial») de la Iglesia, el primero de su clase.
En 325 (1078 A. U. C.) los obispos se reunieron en la ciudad de Nicea, en Bitinia, ciudad situada no muy lejos de Nicomedia, que había sido la capital de Diocleciano y era ahora la de Constantino. Era también un lugar de fácil acceso desde los grandes centros cristianos del Este, particularmente desde Alejandría, Antioquía y Jerusalén. El Occidente estuvo escasamente representado a causa de las grandes distancias, pero acudieron obispos hasta de España.
El punto principal en discusión era la herejía arriana. Cierto diácono de Alejandría llamado Arrio había predicado desde hacía décadas una doctrina estrictamente monoteísta. Sólo había un Dios, sostenía, diferente de todos los objetos creados. Jesús, aunque superior a todo hombre y a toda cosa creada, era sin embargo un ser creado y no era eterno en el mismo sentido en que lo era Dios. Había aspectos de Jesús que eran similares a Dios, pero no idénticos a él. (En griego, las palabras que significan «similar» e «idéntico» difieren en una sola letra, una iota, que era la letra más pequeña del alfabeto griego. Es sorprendente los siglos de encono, desdicha y derramamiento de sangre que provocó esa disputa representada por la presencia o ausencia de esa pequeña marca.)
La creencia alternativa, expresada de la manera más elocuente por Atanasio, otro diácono de Alejandría, era que los miembros de la Trinidad (el Padre, que era el Dios del Antiguo Testamento, el Hijo, que era Jesús, y el Espíritu Santo, que representaba las acciones de Dios en la naturaleza y el hombre) eran todos aspectos iguales de un solo Dios, todos ellos eternos y no creados, y todos idénticos, no sólo similares.
Surgieron en Alejandría, y luego en otras partes del Imperio, un partido arriano y otro atanasiano, y las reyertas y disputas se hicieron cada vez más enconadas a medida que unos obispos maldecían a otros infatigablemente.
Constantino consideró la situación con extrema preocupación. Si habría de usar la Iglesia Cristiana como arma para mantener unido y fuerte el Imperio, no podía permitir que la Iglesia se desintegrase por disputas doctrinales. La cuestión debía ser dirimida de modo inmediato y definitivo.
Fue por esa razón por lo que convocó el Primer Concilio Ecuménico en Nicea. En el curso de sus sesiones, mantenidas desde el 20 de mayo hasta el 25 de julio de 325, los obispos se pronunciaron a favor de Atanasio. Se emitió una declaración oficial (el «Credo de Nicea») que mantenía la posición de Atanasio y a la que todos los cristianos, se esperaba, debían suscribir.
Esto fijó la posición de la Iglesia, de modo que la concepción atanasiana fue y siguió siendo la doctrina oficial del catolicismo y en adelante podemos llamar a los atanasianos sencillamente los católicos.
Pero por entonces el Concilio de Nicea no tuvo mucho efecto. Quienes habían llegado a él como arrianos salieron como arrianos y continuaron manteniendo su posición enérgicamente. En verdad, el mismo Constantino fue inclinándose gradualmente a la posición arriana. Eusebio, obispo de Nicomedia y arriano destacado, lentamente ganó influencia sobre Constantino, y Atanasio sufrió el primero de los que serían muchos exilios. La controversia prosiguió en el Este con gran intensidad por medio siglo, y los sucesivos emperadores habitualmente se pusieron de lado de los arrianos contra los católicos.
Esto hizo que surgiese una nueva línea divisoria entre las partes oriental y occidental del Imperio. Había, primero, la línea divisoria de la lengua: el latín en Occidente, y el griego en Oriente. Luego había una división política, con emperadores distintos en el Este y el Oeste. Ahora se añadió el comienzo de una diferenciación religiosa. El Oeste siguió siendo firmemente católico, en toda su extensión, mientras que el Este contenía una grande e influyente minoría arriana. Esta sólo fue la primera de una serie de divisiones religiosas que iban a hacerse constantemente más amplias e intensas, hasta que, siete siglos más tarde, las ramas occidental y oriental del cristianismo se separaron en forma permanente.

Constantinopla
Mientras se reunía el Concilio de Nicea, Constantino reflexionaba sobre la cuestión de cuál sería la capital del Imperio.
Desde que Diocleciano convirtió el Imperio en una monarquía absoluta, la capital, en un sentido muy concreto, podía estar en cualquier parte. No era la ciudad de Roma, ni ninguna otra ciudad, la que gobernaba el Imperio, sino sólo el emperador. Por ello, la capital del Imperio era aquella donde estaba el emperador. Desde hacía más de una generación, los emperadores más importantes, Diocleciano, Galerio y Constantino, habían permanecido en el Este, principalmente en Nicomedia. El Este era la parte más fuerte, rica y vital del Imperio, y sus fronteras eran muy vulnerables en ese período, a causa de los continuos ataques de persas y godos, de modo que el emperador debía estar allí. Pero la cuestión consistía en determinar si Nicomedia era el lugar más adecuado.
Constantino estudió la cuestión y su atención fue atraída por la antigua ciudad de Bizancio. Ésta, fundada por los griegos mil años antes (657 a. C. es la fecha tradicional, o sea 96 A. U. C.), ocupaba una posición maravillosa. Estaba situada a ochenta kilómetros al oeste de Nicomedia, en la parte europea del Bósforo. Este era el angosto estrecho por el que debían pasar todos los barcos que llevaban cereales desde las grandes llanuras situadas al norte del mar Negro hasta las ricas y populosas ciudades de Grecia, Asia Menor y Siria.
Desde el momento de su fundación, Bizancio se halló a horcajadas de esta ruta comercial y, como consecuencia de ello, prosperó. Habría prosperado aún más si no hubiese sido objeto de la codicia de potencias mayores que ella. Durante todo el período de la grandeza ateniense, del 500 a. C. al 300 a. C., Atenas dependió de los embarques de cereales del mar Negro para su alimentación, de modo que luchó por la dominación de Bizancio primero con Persia, luego con Esparta y finalmente con Macedonia.
Bizancio siempre fue capaz de resistir los asedios notablemente bien porque se hallaba estratégicamente ubicada. Rodeada de agua por tres lados, no podía ser rendida por hambre mediante un asedio terrestre solamente. Si Bizancio era bien defendida, un atacante tenía que ser fuerte por tierra y mar simultáneamente para tomarla, o debía tener a su servicio, traidores dentro de la ciudad. En 339 a. C., por ejemplo, Bizancio resistió con éxito un sitio efectuado por Filipo de Macedonia, padre de Alejandro Magno. Fue uno de los pocos fracasos de Filipo.
Cuando Roma se convirtió en la potencia dominante en el Este, Bizancio entró en alianza con ella y mantuvo su posición como ciudad autónoma hasta la época del emperador Vespasiano. Éste barrió con los últimos restos de autonomía en Asia Menor, lo cual incluía a Bizancio.
Después de la muerte de Cómodo, Bizancio pasó por tiempos duros. Fue atrapada en las guerras civiles que siguieron y luchó del lado perdedor; por Níger y contra Septimio Severo. Este la sitió en 196, logró tomarla y la sometió a un salvaje saqueo del que nunca se recuperó totalmente. Había sido reconstruida y llevaba una vida vegetativa cuando los ojos de Constantino se posaron sobre ella. El la había asediado y tomado en 324, en el momento de su última guerra con Licinio, de modo que conocía bien sus potencialidades.
Poco después del Concilio de Nicea, pues, Constantino empezó a ampliar Bizancio, llevando a ella trabajadores y arquitectos de todo el Imperio y gastando grandes sumas en el proyecto. El Imperio ya no poseía la cantidad necesaria de artistas y escultores para embellecerla de la manera que un Imperio histórico tan grande tenía derecho a esperar, por lo que Constantino hizo lo único que podía hacer en esas circunstancias. Despojó de sus estatuas y otros objetos artísticos a las ciudades más viejas del Imperio y llevó lo mejor del botín a Bizancio.
El 11 de mayo de 330 (1083 A. U. C.) fue inaugurada la nueva capital. Era la Nova Roma (la «Nueva Roma») o «Konstantinou polis» (la «Ciudad de Constantino»). Este nombre se convirtió en Constantinopolis en latín y Constantinopla en castellano. Tenía todos los elementos de la vieja Roma, con juegos y todo, y Constantino hasta ordenó la distribución gratuita de alimento para el populacho. Diez años más tarde, se creó en Constantinopla un Senado, que era en todo aspecto tan importante como el de Roma.
Constantinopla creció rápidamente, pues como sede del Emperador y de la corte, inevitablemente se llenó de un gran número de funcionarios del gobierno. Se convirtió en el centro de prestigio del Imperio, por lo que muchos se trasladaron a ella desde otras ciudades que, de pronto, se convirtieron en provincianas. Un siglo después, rivalizaba con Roma en tamaño y riqueza, y estaba destinada a ser la más grande, más fuerte y más rica ciudad de Europa durante mil años.
La existencia de Constantinopla afectó profundamente a la existencia de la Iglesia. El obispo de Constantinopla ganó particular importancia, porque estaba cerca del emperador en todo momento. Constantinopla se convirtió en una de las grandes ciudades cuyos obispos fueron ahora considerados como preeminentes sobre todos los demás. Esos obispos fueron llamados «patriarcas», que significa «padres principales» o, puesto que «padre» era un modo común de designar a un sacerdote, «sacerdotes principales».
Los patriarcas eran cinco. Uno de ellos era el obispo de Jerusalén, respetado por la asociación de Jerusalén con sucesos de la Biblia. Los otros eran los obispos de las cuatro ciudades más grandes del Imperio: Roma, Constantinopla, Alejandría y Antioquía.
Los patriarcados de Antioquía, Jerusalén y Alejandría sufrieron el inconveniente de estar demasiado a la sombra de Constantinopla. Tendieron a decaer. En parte por envidia al gran poder de Constantinopla, los otros patriarcas fueron fácilmente atraídos por una u otra herejía, lo que debilitó aún más su poder. No pasó mucho tiempo antes de que el patriarca de Constantinopla se convirtiese de hecho, si no en teoría, en la cabeza de la parte oriental de la Iglesia Católica.
Frente a Constantinopla, estaba el relativamente distante y, por ende, no ensombrecido patriarcado de Roma. Era el único patriarcado de habla latina, el único patriarcado occidental y llevaba sobre sí el nombre magnífico de «Roma». El Emperador había pasado de la vieja Roma a la nueva Roma; lo mismo la administración pública; lo mismo los representantes de muchas de las familias principales; lo mismo muchos de los ricos y poderosos. Pero quedaba un personaje: el obispo de Roma. Tras él, no sólo había auténticos sentimientos religiosos, que apoyaban la concepción estrictamente católica ortodoxa contra el Este sutil, versátil, parlanchín y discutidor, sino también las fuerzas del nacionalismo. Eran los que experimentaban resentimiento por el hecho de que el Este griego, después de haber sido conquistado por Roma menos de cinco siglos antes, ahora dominaba al Oeste.
Durante siglos, la historia de la cristiandad iba a girar cada vez más alrededor de la batalla por la supremacía entre el obispo de Constantinopla y el de Roma. La batalla nunca terminaría con una tajante victoria de alguna de las partes.
Hacia el fin de su reinado, Constantino se vio obligado a enfrentar una invasión bárbara del Imperio, una vez más. En su mayor parte, las fronteras habían estado tranquilas desde la anarquía del siglo III. Bajo Diocleciano y Constantino, el ejército había estado bajo un control suficientemente firme como para custodiar la frontera adecuadamente, y el Imperio había podido permitirse nuevas guerras civiles.
Ahora, en 332, los godos se desbordaron nuevamente sobre el Danubio inferior, y Constantino se vio forzado a hacerles frente. Lo hizo con eficacia. Los godos sufrieron enormes pérdidas e ignominiosas derrotas, y se retiraron nuevamente detrás del Danubio.
Pero la salud de Constantino estaba decayendo. Estaba avanzado en los cincuenta años y se sentía agotado por una vida muy fatigosa. Extrañamente, no murió en Constantinopla. Se retiró a su viejo palacio de Nicomedia para descansar y cambiar de aire. Allí su enfermedad se agravó, por lo que se hizo bautizar, y murió en 337 (1090 A. U. C).
Habían pasado treinta y un años desde que fue proclamado emperador en Britania. Ningún emperador romano había tenido un reinado tan largo desde Augusto. En este reinado, el cristianismo se estableció como religión oficial del Imperio Romano, y Constantinopla se convirtió en su capital. Historiadores cristianos admiradores suyos lo llamaron «Constantino el Grande», pero la decadencia del poderío romano no podía ser salvado por ningún emperador, por grande que fuese. Constantino, como Diocleciano, postergó la declinación pero no la detuvo.

Constancio II
Sobrevivieron a Constantino tres de sus hijos: Constantino II (Flavius Claudius Constantinus), Constancio II (Flavius Julius Constantius) y Constante (Flavius Julius Constans). El Imperio fue dividido entre ellos.
La parte oriental correspondió intacta al hijo del medio, Constancio II. El Imperio Occidental fue dividido entre el hermano mayor y el menor: Constantino II obtuvo Britania, Galia y España, mientras a Constante le correspondieron Italia, Iliria y África.
Fueron los primeros emperadores que recibieron una educación cristiana, y sería grato poder decir que, como resultado de ello, se produjo un gran cambio en el Imperio. Desgraciadamente, no es posible decirlo. Los hijos de Constantino eran crueles y pendencieros. Prácticamente el primer acto de Constancio II, por ejemplo, fue matar a dos de sus primos, además de otros miembros de la familia, porque pensaba que podían disputarle el trono.
En cuanto a los otros hermanos, Constantino II, por ser el mayor, pretendió ser el emperador en jefe. Cuando Constante se resistió a ello y exigió un rango igual. Constantino II invadió Italia. Pero Constante obtuvo la victoria, y Constantino fue derrotado y muerto en 340.
Durante un tiempo, gobernaron los dos hermanos restantes: Constante en Occidente y Constancio en el Este. Pero en 350 Constante fue asesinado por uno de sus generales, que aspiraba al trono. Como venganza, Constancio II, último de los hijos de Constantino, marchó al Oeste para combatir con ese general, al que luego derrotó y mató.
En 351 (1104 A. U. C.), pues, el Imperio Romano se hallaba de nuevo bajo un solo gobernante, Constancio II. Pero no tuvo un gobierno tranquilo, ni siquiera como único emperador. Casi desde el momento de su ascenso al poder, después de la muerte de su padre, tuvo que luchar contra los persas.
Después de la derrota de los persas por Galerio, en 297, en verdad hubo un período de reposo para los romanos que duró hasta el reinado de Constantino I. En 310, murió el rey persa y sus tres hijos fueron descartados del trono por los nobles persas. En cambio, otorgaron la corona a un hijo aún no nacido de una de las esposas del viejo rey. Buscaban un rey del linaje real, pero tan joven que hubiera una larga minoría durante la cual los nobles pudiesen hacer lo que quisieran.
El hijo, al nacer, resultó varón e inmediatamente fue reconocido con el nombre de Sapor II.
Durante la desvalida infancia de ese rey, Persia estuvo bajo la dominación de las familias nobles y sufrió incursiones de los árabes. (El gobierno egoísta de nobles peleones siempre es desastroso para una nación, hasta para los mismos nobles, pero este sencillo hecho de la historia parece que nunca penetra en los aristocráticos cerebros de individuos que esperan beneficiarse con la debilidad nacional.) En 327, Sapor tenía edad suficiente para adueñarse del poder. Rápidamente invadió Arabia y aporreó de tal modo a las tribus árabes que durante un período mantuvieron una hosca quietud.
Luego, en 337, al morir Constantino I y aparecer la probabilidad de que manos más débiles asieran el timón romano, Sapor atacó a Roma. En cierto modo, sólo fue uno más de los interminables conflictos que se habían producido entre Persia, al este, y Grecia primero y Roma después, al oeste, conflictos que por entonces duraban hacía ocho siglos. Pero ahora había un elemento nuevo: el cristianismo.
Como religión universal, el cristianismo no pretendía quedar limitado por las fronteras del Imperio Romano. Ardientes misioneros cristianos trataron de salvar almas también más allá de esas fronteras. Uno de ellos era Gregorio, llamado «el Iluminador», quien, según la leyenda, era persa de nacimiento. El padre de Gregorio murió en guerra cuando éste era un niño, y el muchacho fue llevado a Asia Menor por una nodriza cristiana y allí recibió una educación cristiana. Con el tiempo, viajó al Noroeste, hacia el reino tapón de Armenia. Este ya había sufrido influencias cristianas, pero la llegada de Gregorio completó la tarea.
En 303, convirtió al rey Tirídates de Armenia, lo persuadió a que borrase los últimos vestigios de paganismo en la nación y a que estableciera el cristianismo como religión oficial. Así, Armenia fue la primera nación cristiana, cuando la misma Roma aún era oficialmente pagana. En verdad, por la época en que Armenia se hacía cristiana, Diocleciano y Galerio estaban lanzando la última y la mayor de las persecuciones contra los cristianos.
Pero cuando Constantino I hizo cristiana a Roma, esto alteró seriamente el equilibrio de poderes. Durante cuatro siglos, Armenia había oscilado entre Roma y Persia (o Partia, antes de Persia). Ahora, una Armenia cristiana estaba obligada a elegir una Roma cristiana en vez de una Persia pagana.
Además, el cristianismo se estaba infiltrando en la misma Persia. En una guerra entre una Roma cristiana y una Persia pagana, ¿de qué lado estarían los cristianos persas? Por ello, Sapor inició una persecución total de los cristianos, y la guerra entre el Imperio Romano y Persia no sólo fue ya una guerra de naciones, sino también una guerra de religiones.
La guerra entre Sapor II y Constancio II fue la primera de una larga serie de guerras entre la Roma cristiana y una potencia no cristiana del Este.
Constancio II no tuvo mucho éxito contra el enérgico rey persa. Fue continuamente derrotado por las fuerzas persas en batallas campales, pero los persas nunca tuvieron fuerza suficiente para conquistar los puntos romanos fortificados y ocupar las provincias romanas. En particular, la fortaleza de Nisibis, en la Mesopotamia superior, situada a unos quinientos kilómetros al noreste de Antioquía, era un importantísimo punto fortificado romano. Tres veces Sapor la asedió; y tres veces tuvo que retirarse sin éxito.
Pero entonces ninguno de los reyes pudo dedicar toda su atención a la guerra. Sapor tuvo que hacer frente a correrías bárbaras por las partes orientales de su imperio, lo cual le impidió volcar toda su fuerza sobre Roma. Constancio, por su parte, estaba dedicado a problemas dinásticos.

Juliano
Los dos hermanos de Constancio habían muerto sin dejar herederos. Constancio tampoco tenía hijos y había matado a la mayor parte de las ramas colaterales del linaje de Constancio Cloro. ¿Dónde podía hallar un heredero, alguien a quien pudiese hacer César y a quien confiar parte de las cargas imperiales?
Los únicos que quedaban eran un par de jóvenes que eran hijos de un medio hermano de Constantino I, medio hermano a quien Constancio había hecho ejecutar. Esos jóvenes (hijos de madres diferentes y, por tanto, medio hermanos), eran nietos de Constancio Cloro y primos de Constancio II.
Eran Galo (Flavius Claudius Constancius Gallus) y Juliano (Flavius Claudius Julianus). Eran niños en el momento de la ejecución de su padre y hasta Constancio pensó que eran quizá demasiado jóvenes para matarlos.
Galo tenía edad suficiente para ser desterrado de Constantinopla y mantenido bajo vigilancia estricta, pero Juliano (con sólo seis años cuando murió su padre), permaneció durante un tiempo en Constantinopla. Recibió una cuidadosa educación cristiana bajo Eusebio de Nicomedia, uno de los más importantes obispos arrianos. (El mismo Constancio tenía fuertes simpatías arrianas.) Ni Galo ni Juliano estaban seguros de si el malhumorado e irascible Constancio no podía ordenar su muerte en cualquier momento, de modo que no tuvieron una juventud feliz.
En 351 Constancio estaba en Occidente, combatiendo con el general usurpador que había dado muerte a su hermano menor Constante. Necesitaba a alguien que se hiciera cargo del Este, en vista de los continuos problemas con Persia. Optó por Galo, que entonces tenía veinticinco años, y el joven fue llevado repentinamente de la prisión al rango de César en Antioquía. Como signo de su nueva posición, se casó con Constancia, la hermana de Constancio.
Galo no estuvo a la altura de la tarea. Se cuentan muchas historias sobre la frivolidad y crueldad de Galo y Constancia. Esto sólo no habría fastidiado a Constancio, pero corrieron rumores de que estaban intrigando para derrocar al Emperador. Eso ya era diferente. Después de que Constancia muriese de muerte natural, Galo fue arrestado, llevado ante Constancio, condenado y ejecutado en 354.
Juliano, quien había sido liberado cuando su hermano subió al rango de César, fue repentinamente exiliado y puesto en prisión. Pero al año siguiente, Constancio, atormentado por las guerras contra los germanos en Occidente, sintió más necesidad que nunca de alguien que compartiese su carga. Sólo quedaba Juliano, quien por ende fue nombrado César en 355 y enviado a que se pusiese al frente del Oeste, mientras Constancio se dirigió hacia el Este para ocuparse una vez más de los persas.
La principal tarea de Juliano estaba en la Galia, donde las tribus germánicas, en particular los francos, estaban haciendo correrías a través del Rin y estaban penetrando profundamente en la provincia.
Casi como un nuevo Julio César, el joven Juliano (que hacía honor a su nombre), quien sólo contaba alrededor de veinticinco años y no tenía experiencia previa en la guerra, atacó vigorosa y eficazmente, rechazando a las tribus germánicas, liberando la provincia y reparando los estragos. Hasta pasó el Rin en tres distintas incursiones de éxito (Julio César sólo había realizado dos).
Juliano estableció su cuartel general en Lutecia, donde su abuelo, Constancio Cloro, estaba estacionado cuando fue nombrado César. El nombre completo de la ciudad era Lutetia Parisiorum («Lutecia de los parisinos»), por el nombre tribal de sus primeros habitantes. A veces era llamada París, y este nombre alternativo se generalizó mientras estuvo Juliano allí, y así entró en la historia este nombre que en siglos posteriores iba a hacerse tan famoso.
Juliano ganó enorme popularidad por su capacidad y su carácter humanitario. Puesto que nada favorece tanto como el éxito, fue el niño mimado del ejército.
El hosco y malhumorado Constancio, al observar esto desde lejos montó en cólera, pues era bien consciente de que sus propios y continuados fracasos con los persas parecían aún peores en contraste con los éxitos de su sobrino. Sapor había derrotado a sus enemigos bárbaros y había vuelto al ataque contra Roma más ferozmente que nunca. Los puntos fortificados romanos comenzaron a ceder, y en 359 Amida, fortaleza situada a 160 kilómetros al noroeste de Nisibis, cayó después de un sitio de diez semanas.
Constancio usó esto como excusa para debilitar a Juliano llamando al Este a parte de su ejército. Juliano señaló el peligro que esto significaba para la Galia, pero obedeció. Mas el ejército mismo se negó a abandonar a su comandante. Exigió que Juliano se proclamase emperador, y éste no tuvo más opción que aceptar.
Marchó hacia Constantinopla, y Constancio se lanzó hacia el Oeste desde Siria para ir a su encuentro, mientras Sapor se congratulaba ante la idea de la guerra civil que iba a producirse. Pero no hubo tal guerra. Antes de que los ejércitos se encontraran, Constancio murió de una enfermedad en Tarso, y Juliano se convirtió en gobernante de un Imperio unido en 361 (1114 A. U. C.).
Juliano fue un emperador muy fuera de lo común en un aspecto, pues no era cristiano. Había recibido una educación cristiana, sin duda, pero ésta no había arraigado en él. Constancio II, el emperador cristiano, había matado a su familia y Juliano había vivido en el constante temor de su propia muerte. Si eso era el cristianismo, ¿en qué se diferenciaba de cualquier otra religión que alentase la tiranía y la crueldad?
En cambio, se sintió atraído por las enseñanzas de los filósofos paganos (y la mitad del Imperio aún era pagano). En los filósofos halló el recuerdo de una antigua Grecia de sabios y demócratas coloreada por la bruma dorada de siete siglos de historia. Secretamente, Juliano se volvió pagano y se hizo iniciar en los misterios eleusinos.
Juliano aspiraba a recrear la maravillosa época en que Platón se paseaba por su Academia, instruyendo a sus discípulos y platicando con otros filósofos. Esos tiempos, desde luego, habían sido tan brutales como los de Juliano, pero hay una especie de memoria selectiva que se adueña de los hombres cuando contemplan el pasado. Sólo ven lo bueno y pasan por alto lo malo.
Muerto Constancio y aceptado Juliano como emperador, proclamó abiertamente su fe pagana, por lo que fue llegado a conocer en la historia como «Juliano el Apóstata», es decir, una persona que renuncia a su religión. (Por supuesto, nadie llama al anterior emperador «Constantino el Apóstata» porque renunció al paganismo para convertirse al cristianismo. Todo depende de quién escriba los libros de historia.)
Juliano no intentó reprimir el cristianismo. En cambio, proclamó la libertad religiosa y la completa tolerancia de judíos y paganos, así como de los cristianos. Además, proclamó la tolerancia de todas las diversas herejías dentro del cristianismo e hizo volver a los obispos exiliados por una u otra herejía.
Evidentemente, en su opinión, la represión directa del cristianismo era innecesaria. Si el catolicismo, el arrianismo, el donatismo y una docena de otros «ismos» gozaban de libertad para combatirse unos a otros sin que el poder del Estado apoyase a ninguno, el cristianismo se desintegraría en un gran número de religiones débiles y rivales y ya no sería un poder. (Su cálculo era correcto, pues esto es exactamente lo que ha ocurrido en muchas partes del mundo moderno, pero el reinado de Juliano no duró lo suficiente para obtener este resultado.)
El humanitario Juliano llevó una vida de elevada moralidad, trató de gobernar con sensatez, moderación y justicia, trató al Senado con respeto y, en general, se comportó de una manera mucho más cristiana que casi todos los emperadores cristianos que gobernaron a Roma antes y después de Juliano. Hasta trató de modificar el paganismo según la línea del monoteísmo y la ética cristiana. Pero esto no lo hizo más aceptable para los cristianos de la época; más bien todo lo contrario. Un pagano virtuoso es más peligroso que uno malvado, porque es más atractivo.
Después de asentarse en el gobierno y de establecer lo que esperaba que fuese el nuevo orden religioso, Juliano condujo su ejército a Siria para reanudar la guerra con los persas. Allí abrigó la esperanza de continuar su osado estilo de hacer la guerra. Si en Galia había imitado con éxito al gran Julio César, en el Este esperaba imitar al gran Trajano.
Puso una flota en el río Eufrates y con un fuerte ejército marchó a lo largo de la Mesopotamia, como había hecho Trajano. Llegó a la capital persa, Ctesifonte, y atravesó el Tigris, derrotando al ejército persa en cada encuentro.
Pero aquí Juliano cometió un error fatal. Sus éxitos militares juveniles le inspiraron la idea de que era más que Trajano, de que era nada menos que Alejandro Magno redivivo. Desechó la idea de sitiar Ctesifonte y decidió perseguir al ejército persa como antaño había hecho Alejandro Magno.
Desgraciadamente para Juliano, sólo hubo un Alejandro en la historia. El astuto Sapor tenía espacio de sobra para retirarse y mantuvo su ejército intacto y lejos de Juliano. Las fuerzas persas desaparecieron, y Juliano redujo a su ejército al agotamiento sin conseguir nada. Tuvo que volver por una región cálida y desértica, rechazando los ataques de los persas a cada paso.
Mientras Juliano permaneció vivo, los romanos siguieron ganando todas las batallas, pero cada vez estaban más debilitados. Luego, el 26 de julio de 363 (1116 A. U. C.) fue herido por una lanza de origen desconocido. Se dijo que fue un persa enemigo quien arrojó esa lanza, pero es al menos igualmente probable que la mano que blandió esa lanza fuese la de un soldado romano cristiano. Juliano murió a la edad de treinta y dos años, después de un reinado de veinte meses.
Según una historia famosa (pero muy probablemente falsa), sus últimas palabras fueron: «Vicisti, Galileae» («has vencido, Galileo»). Pero si no las dijo, bien podía haberlas dicho. El intento de restablecer el paganismo, o al menos de restablecer la tolerancia religiosa, fracasó inmediatamente con su muerte. Ningún pagano declarado iba a volver a ocupar el trono romano, y el paganismo, en general, continuó decayendo constantemente dentro de los dominios romanos, aunque filósofos paganos siguieron enseñando en Atenas durante otro siglo y medio.
Desde la época en que Constancio Cloro se convirtió en uno de los cuatro gobernantes del Imperio Romano, en 293, habían pasado setenta años, durante los cuales él y cinco de sus descendientes gobernaron todo o parte del Imperio. Pero Juliano no tenía hijos, y con él murió el último de los descendientes varones de Constancio.
9. El linaje de Valentiniano
Valentiniano y Valente
Muerto Juliano, el ejército proclamó emperador en el lugar a Joviano (Flavius Claudius Jovianus), un general oscuro pero cristiano. Sin duda, el desastre en que terminó la gran expedición de Juliano convenció a muchos de que el cielo estaba colérico por el paganismo de Juliano, y sólo bajo un emperador cristiano estarían seguros.
Joviano hizo dos cosas. Anuló la política religiosa de Juliano, volviendo a la situación existente bajo Constantino (aunque sin ningún intento de efectuar una persecución activa de los paganos). También anuló la política militar de Constancio y Juliano, firmando una paz desventajosa con Sapor. Abandonó Armenia y otra regiones que los romanos conservaban desde el tiempo de Diocleciano. Muy en particular, y desafortunadamente, cedió la fortaleza de Nisibis, que Sapor nunca había podido conquistar en lucha abierta.
Joviano hizo la paz para poder volver a Constantinopla lo antes posible a fin de asumir toda la pompa del Imperio. Pero en el viaje de vuelta murió, y sólo su cadáver entró en Constantinopla en 364.
Los soldados eligieron otro emperador, esta vez un capaz oficial llamado Valentiniano (Flavius Valentinianus) que había nacido en Panonia. Compartió el gobierno con su hermano, Valente (Flavius Valens). Valentiniano era católico, pero tolerante con los disidentes, mientras que Valente era un arriano ferviente y proselitista. No obstante, los hermanos se llevaban bien, pese a la diferencia de religión y de temperamento.
Valentiniano era el más capaz de los dos. Tenía escasa educación y desconfiaba de las clases superiores, pero trató de mejorar la situación del conjunto de la población. Por desgracia, sus esfuerzos fueron vanos. Todos los intentos de mejorar el Imperio chocaban con la permanente sangría de las necesidades militares.
Valente se quedó en el Este, mientras Valentiniano asumió la defensa del Oeste y estableció su capital en Milán. Después de la partida de Juliano de la Galia, cuatro años antes, las tribus germánicas se aventuraron nuevamente a cruzar el Rin. Pero en Valentiniano hallaron otro Juliano. Una vez más, tuvieron que retirarse; y una vez más los ejércitos romanos atravesaron el Rin en represalia.
Valentiniano luego se abalanzó al Sur para defender el Danubio superior, con igual éxito, mientras su capaz general Teodosio desempeñó eficazmente los mismos servicios en Britania, expulsando a los pictos y los escotos de la parte romana de la isla.
Lamentablemente, Valentiniano murió de un ataque en 375, al montar en cólera durante un parlamento con el jefe de ciertas tribus bárbaras. En cuanto a Teodosio, fue falsamente acusado de traición por funcionarios cuya corrupción estaba él poniendo de manifiesto, y fue ejecutado ese mismo año.
Valentiniano fue sucedido por su hijo mayor, Graciano (Flavius Gratianus), quien gobernó en asociación con un medio hermano, Valentiniano II (Flavius Valentinianus).
Dado que éste sólo tenía cuatro años, Graciano fue el verdadero gobernante del Oeste.
Pero fue en el Este donde se acercaban acontecimientos sombríos. Desde hacía un siglo y cuarto, los godos habían habitado las regiones situadas al norte del Danubio y el mar Negro. Habían librado una guerra más o menos constante con los romanos, pero habían sido derrotados una y otra vez por una serie de emperadores romanos capaces.
Pero ahora los godos tuvieron ante sí un adversario más terrorífico que los romanos, un adversario que se acercaba desde recónditos lugares de Asia.
Los vastos tramos de Asia Central han arrojado periódicamente, a lo largo de toda la historia, hordas de jinetes. De ordinario, el Asia Central brindaba pastos a los nómadas, duros hombres que comían, dormían y vivían a caballo, cuyo hogar no estaba en ninguna parte y estaba en todas a la vez, pero que seguían los pastos de estación en estación. Los nómadas aumentaron gradualmente de número gracias a sucesiones de años buenos con abundantes lluvias, pero de tanto en tanto, faltaban las lluvias durante varios años seguidos y las tierras ya no podían sustentar a la población.
De esas estepas, pues, brotaban los jinetes. Llevaban consigo todo lo que necesitaban, sus ganados y sus familias. Podían vivir de casi nada, de sangre de caballo y leche de yegua, si era necesario, y no necesitaban preocuparse de tener líneas de abastecimiento. En sus veloces caballos, podían atravesar las distancias casi tan rápidamente como un ejército moderno, de modo que podían caer como el rayo donde menos se los esperaba. Era el terror de su avance en torbellino y su impetuosa carga lo que destruía a sus enemigos, así como su frustrante capacidad de desaparecer ante una resistencia firme sólo para volver desde otra dirección.
La sucesión de pueblos que vivieron al norte del mar Negro en tiempos antiguos fue probablemente el producto de una serie de invasiones desde las estepas de Asia Central. En la época de Homero, vivían allí los cimerios; en tiempo de Heródoto, habían sido sucedidos por los escitas; en tiempos romanos, por los sármatas.
Era raro, en verdad, que los godos que llegaron después proviniesen del norte europeo y no del este asiático. Pero ahora, en tiempos de Valentiniano y Valente, el viejo orden se estaba restableciendo. Una nueva oleada de nómadas avanzaba hacia el Oeste.
Esos nómadas se habían lanzado hacia el Sur y el Este, contra China, durante siglos. Los chinos los habían llamado los Hsiung-nu y, en el siglo III a C. (cuando Roma luchaba contra Cartago) construyeron la Gran Muralla o Muralla China, enorme defensa que se extendía por más de 1.600 kilómetros, en un intento de rechazarlos.
Fue quizá desdichado para Europa que los chinos tuviesen tanto éxito, pues los Hsiung-nu, frustrados en el Este, se volvieron a Occidente. El atónito y aterrorizado mundo occidental llamó a los nuevos invasores los hunos. En 374, los hunos llegaron al territorio de los ostrogodos, al norte del mar Negro, después de conquistar y obligar a aliarse con ellos a las tribus que habían encontrado en su camino. Los ostrogodos fueron derrotados, a su vez, y obligados a someterse. Los hunos atacaron entonces a los visigodos que habitaban al norte del Danubio.
Los visigodos, demasiado aterrorizados para poder combatir, retrocedieron sobre el Danubio y, en 376, pidieron a sus viejos enemigos, los romanos, refugio dentro del Imperio. Los romanos pusieron condiciones duras: los godos debían llegar desarmados y sus mujeres serían transportadas a Asia como rehenes. Los godos no tenían más remedio que aceptar, y varios cientos de miles de ellos penetraron en el Imperio mientras los hunos avanzaban sobre el Danubio.
Todo podía haber marchado razonablemente bien si los romanos hubiesen podido resistir la tentación de explotar a los refugiados godos. Les vendieron alimentos a precios exorbitantes y les hicieron sentir de diversos modos que eran unos cobardes y débiles que eran salvados por la caridad romana. (En cierto modo, era así, pero esto no significa que les agradase ser tratados de esa manera.)
El resultado fue que hallaron armas en alguna parte y empezaron a saquear como si hubiesen invadido el Imperio, en vez de ser admitidos como refugiados. Hasta se asociaron a algunos de los hunos ante los cuales habían huido, pues los hunos estaban muy deseosos de compartir el botín romano.
Las noticias llegaron al emperador Valente en Siria, donde los ejércitos romanos estaban luchando una vez más contra el anciano rey persa Sapor. (Este se acercaba a sus setenta años y había sido rey durante toda su larga vida.) Los romanos habían ganado algunas victorias, pero ahora se vieron forzados a sellar una paz desfavorable. A fin de cuentas, Valente debía ocuparse de los godos.
En 378, Valente marchó impetuosamente al Oeste desde Constantinopla, para encontrar a las hordas godas en la vecindad de Adrianópolis, la ciudad fundada por el emperador Adriano dos siglos y medio antes. Las fuerzas de Valente eran inferiores en número a las de los godos, y podía haber esperado a su sobrino, Graciano, quien avanzaba apresuradamente hacia el Este para unirse a él, pero Valente no juzgó necesario el refuerzo. Estaba completamente equivocado; en verdad, ni siquiera ese refuerzo quizás hubiese bastado, pues se abría una nueva era en el arte de la guerra.
A través de toda la historia, el soldado de a pie había sido el rey de la guerra. Habían sido los soldados de infantería de la falange macedónica quienes habían conquistado vastas extensiones del Este para Alejandro Magno. Y fueron los soldados de infantería de las legiones romanas los que conquistaron el mundo mediterráneo para Roma.
También había habido jinetes y carros, pero eran pocos y caros, y raramente habían sido decisivos a la larga en tiempos griegos y romanos. Podían ser usados para apoyar a los soldados de infantería y, manejados hábilmente, podían convertir una retirada en una derrota, o efectuar eficaces correrías contra un enemigo desprevenido. Pero no podían ser usados en una batalla cuerpo a cuerpo contra infantes resueltos y disciplinados.
Una posible razón de ello quizá sea que los primeros jinetes no tenían estribos, y su equilibrio era siempre inestable. Un lanzazo podía fácilmente arrojarlos del caballo, y esto los obligaba a mantenerse a distancia, lo cual reducía su efectividad.
Fueron los jinetes de las estepas quienes inventaron el estribo. Su equilibrio era firme y podían girar y apartarse a voluntad mientras sus pies estaban bien plantados. Un hombre a caballo, con buenos estribos, podía resistir un lanzazo y, a su vez, esgrimir una lanza o una espada con fuerza.
Los soldados romanos tuvieron que adaptarse a la necesidad de luchar con un número creciente de jinetes de caballerías bárbaras cada vez más eficaces. La armadura romana fue aligerada para aumentar la movilidad y se puso fin a la rígida regla por la cual los ejércitos romanos debían construir campamentos fortificados cada tarde. Las espadas se hicieron más largas y se empezaron a usar lanzas, pues el largo era necesario para que un soldado de a pie alcanzase a un jinete. Roma empezó a invertir mil años de tradición militar, haciendo un uso creciente de la caballería y multiplicando su número hasta el punto de que casi rivalizó con la infantería en número e importancia.
Pero Roma confiaba aún en el soldado de infantería. Las legiones siempre habían triunfado antes, y seguramente seguirían triunfando hasta el fin de los tiempos.
En Adrianópolis, las legiones romanas se enfrentaron con una caballería godo-huna que tenía estribos y de una habilidad nunca igualada antes. Los infantes, mal conducidos, quedaron inermes. Fueron acorralados por los jinetes, que hicieron una matanza con ellos. Todo el ejército romano fue destruido, y el mismo Emperador, Valente, con él.
En 378 (1131 A. U. C), en esta batalla de Adrianópolis, llegó a su fin la era del soldado de infantería. Las legiones que durante tanto tiempo fueron el soporte de Roma quedaron destruidas como fuerza de combate útil. Durante mil años los jinetes iban a dominar Europa y sólo con la invención de la pólvora los soldados de a pie recuperarían su valor.

Teodosio
Con la muerte de Valente, Graciano se convirtió prácticamente en el único gobernante del Imperio, ya que el emperador niño Valentiniano II no contaba. Era más de lo que Graciano podía soportar —sólo tenía veinte años por entonces— y buscó a alguien con quien compartir el gobierno.
Su elección cayó en Flavio Teodosio, quien a la sazón tenía unos treinta y tres años. Su padre era el capaz y triunfante general que había pacificado Britania y luego fue ejecutado injustamente, pocos años antes.
Teodosio frenó a los godos victoriosos, no mediante la lucha directa (lo de Adrianópolis no podía repetirse), sino enfrentando a una facción contra otra e induciéndolos a incorporarse al ejército romano. También convino en permitirles asentarse al sur del Danubio como aliados romanos (en teoría), pero bajo sus propios gobernantes y sus propias leyes.
De este modo, poco a poco la frontera quedó custodiada y las provincias se pacificaron, pero a un elevado precio, pues se sentó el precedente de permitir la existencia de reinos bárbaros dentro de los límites del Imperio. Además, ahora los ejércitos romanos se llenaron casi completamente de bárbaros. En verdad, para que los romanos pudiesen combatir al nuevo estilo, con la caballería como soporte principal del ejército, tenían que depender cada vez más de los jinetes bárbaros. Los bárbaros de diverso origen llegaron a ocupar los más altos cargos militares del Estado. Sólo el emperador —aún romano en el sentido de que descendía de los pueblos nativos— estaba por encima de ellos. Si llegase el tiempo en que gobernase un emperador débil, serían los bárbaros germanos quienes gobernarían realmente el Imperio, y ese momento iba a llegar pronto.
Bajo Graciano y Teodosio, la corriente se volvió de manera total y definitiva contra el paganismo. El proselitismo cristiano tenía más éxito que nunca, y los paganos se volvían cristianos en proporciones torrenciales, ahora que las preferencias de emperadores cristianos se dirigían automáticamente hacia los cristianos. Y si los paganos conversos a menudo sólo prestaban un homenaje verbal al cristianismo, sus hijos, educados en la Iglesia, eran sinceramente cristianos. Empezó a cernirse la oscuridad final sobre la cultura de la antigua Grecia y Roma.
Una de las principales figuras que asistieron al lecho de muerte del paganismo fue Ambrosio (Ambrosius), nacido alrededor del 340 e hijo de un alto funcionario del gobierno. El mismo entró al servicio del gobierno, pero quedó atrapado en los conflictos mundanos entre católicos y arríanos ocasionados por la muerte del viejo obispo de Milán y las consiguientes querellas por la identidad confesional del nuevo ocupante del cargo. Ambrosio pronunció un discurso de tanto éxito a favor del punto de vista católico que él mismo fue nombrado para el obispado en 374.
Durante el siglo IV, cuando los emperadores occidentales tenían su corte en Milán, esta ciudad fue el obispado más influyente del Oeste, dejando totalmente en la sombra —al menos temporalmente— a los diversos obispos de Roma. Esto fue más cierto que nunca bajo Ambrosio, un eclesiástico audaz y dinámico.
Ambrosio ganó gran influencia sobre Graciano y lo obligó a abandonar su anterior política de tolerancia. El poder del Imperio fue ahora descargado sobre lo que quedaba del paganismo. En 382 Graciano renunció al título de Pontifex Maximus, por el que hacía las veces de «sumo sacerdote» en nombre de la parte pagana de la población del Imperio. También quitó el altar pagano de la victoria del Senado romano, prohibió tener propiedades a las vírgenes vestales, extinguió la «llama eterna» que habían mantenido durante siglos y, en general, dejó claramente sentado que los paganos eran ciudadanos de segunda clase. Ambrosio inspiró a los emperadores una política de represión, no sólo de los paganos, sino también de los arríanos. Por primera vez desde el Concilio de Nicea de medio siglo antes, el Emperador del Este, Teodosio, era un ardiente católico. Desde ese momento, la herejía arriana empezó a decaer en el Imperio. No sólo reinaría el cristianismo, sino el cristianismo católico.
Pero Graciano perdió popularidad a medida que se interesó más por los placeres del poder que por sus responsabilidades. Se entregó al juego de la caza en compañía de jinetes bárbaros, y generales usurpadores se echaron al ruedo. Las legiones de Britania proclamaron emperador a su general, Magno Máximo, quien se adueñó de la Galia y mató a Graciano en 383 (1136 A. U. C).
Teodosio aún no había acabado la pacificación de los godos en el Este y se vio obligado a reconocer al usurpador a condición de que Valentiniano II, medio hermano de Graciano, tuviese bajo su dominio Italia. Tampoco ésta era una solución ideal, pues Valentiniano II (que ahora tenía doce años) estaba bajo la dominación de su madre, quien era una arriana declarada e hizo lo que pudo para fortalecer la herejía.
Algunos años más tarde, cuando Máximo invadió Italia, Teodosio vio allí su oportunidad. Acababa de casarse con una nueva Esposa, Gala, la hermana de Valentiniano II e hija de Valentiniano I. Esto lo hizo miembro de la familia, por así decir, y le brindó otro motivo para vengar la muerte de Graciano. Teodosio selló otra paz desventajosa con Persia y marchó hacia el norte de Italia. Allí derrotó a Máximo, en 388, y lo hizo matar.
Teodosio ahora dominaba todo el Imperio, en efecto. Celebró un triunfo en Roma y otorgó al joven Valentiniano II el gobierno nominal de la Galia, bajo la custodia de unos de sus propios generales, un franco llamado Arbogasto, que había limpiado la Galia de adeptos de Máximo. Fue la primera vez que un emperador tenía el mando nominal, y un general germano el poder real detrás del trono. Esta iba a ser la regla en Occidente durante el siglo siguiente.
Arbogasto, incapaz de controlar a Valentiniano II, quien empezaba a mostrar independencia y capacidad a medida que crecía, hizo asesinar al joven co-emperador en 392 (1145 A. U. C.). Una vez más, Teodosio tuvo que vengar la muerte de un colega occidental.
Consiguió hacerlo, derrotando al franco en 394. Arbogasto se suicidó y el Imperio quedó unido —por última vez— bajo un solo gobernante. Sin embargo, la experiencia con Arbogasto no disuadió a Teodosio de usar a los germanos en cargos importantes. En realidad, no tenía más remedio que hacerlo. Sólo el ejército podía proteger a un emperador, sobre todo si era joven, y los generales del ejército eran germanos. Sencillamente era así.
Uno de los oficiales en quienes más confió Teodosio hacia el final de su reinado era Flavio Estilicón. Era hijo de un vándalo (según una tradición aceptada), una de las tribus germánicas que habían acosado al Imperio en tiempos recientes e iban a volver a hacerlo en un futuro cercano. Pero Estilicón fue y siguió siendo un firme puntal del Imperio.
Muerto el arriano Valentiniano II y con el católico Teodosio como gobernante de todo el Imperio, la tendencia a la victoria total del cristianismo católico se aceleró aún más. Por sus servicios a este respecto, los historiadores eclesiásticos agradecidos le dieron el título de «Teodosio el Grande». En 394, por ejemplo, Teodosio puso fin a los Juegos Olímpicos, que se habían celebrado en Grecia desde 776 a. C., es decir, durante cerca de doce siglos. La tradición sólo sería reanudada quince siglos más tarde.
Pero el incidente más famoso del reinado de Teodosio se produjo en 390, cuando Arbogasto y Valentiniano II aún gobernaban la Galia. Ese año, los oficiales de la guarnición de Tesalónica, ciudad del noroeste de Grecia, fueron linchados por una multitud en el curso de una disputa local de escasa importancia.
Teodosio, en un momento de ciega cólera, ordenó que Tesalónica fuese saqueada por el ejército y murieron unas siete mil personas. Ambrosio, obispo de Milán, quedó horrorizado por este acto y notificó a Teodosio que no sería admitido en los ritos de la Iglesia hasta que no hiciese una penitencia pública por esa acción. Teodosio resistió ocho meses, pero finalmente cedió.
Fue el primer gran ejemplo de que la Iglesia podía actuar independientemente del Estado y hasta, en cierto modo, ser superior al Estado. Es significativo que esto ocurriese en el Imperio Occidental y no en el Oriental, pues a medida que los siglos pasaron la Iglesia iba a ser cada vez más independiente del Estado.
Teodosio murió en 395 (1148 A. U. C.) y, sorprendentemente, el Imperio quedó prácticamente intacto. Durante un siglo y medio había logrado rechazar las continuas correrías de los bárbaros del Norte. Había luchado periódicamente con los persas, en el Este, y contra generales insurgentes, en el interior. Había soportado los desgarramientos de las disputas religiosas de cristianos contra paganos y de cristianos contra cristianos. Su economía estaba marchita; su pueblo, agotado; sus ejércitos habían sido derrotados muchas veces y finalmente habían sufrido una matanza en Adrianópolis; y su administración había quedado en manos de los germanos.
Sin embargo, las fronteras del Imperio estaban prácticamente intactas. Sin duda, las provincias conquistadas por Trajano en el último período de conquistas imperiales habían sido abandonadas —Dacia, Armenia y Mesopotamia—, pero nada más.
Ello obedeció, en parte, a que los bárbaros estaban desorganizados. Nunca se unían bajo un solo líder para llevar un ataque coordinado contra el Imperio. Se especializaban en rápidas incursiones que realmente sólo tenían éxito cuando Roma era cogida de improviso o estaba inmersa en guerras civiles. Raramente podían resistir al ejército romano cuando éste era conducido capazmente. En resumen, para que los bárbaros pudiesen destruir el Imperio Romano o cualquier parte de él, éste debía estar consumido interiormente. Ni siquiera los desastres de un siglo y medio lo habían desgastado lo suficiente para eso. Todavía no. Ni en el momento de la muerte de Teodosio. Pero tampoco el Imperio había estado nunca en situación tan precaria. Todos los esfuerzos de los emperadores y generales durante un siglo y medio, todos los trabajos sobrehumanos de Aureliano, Diocleciano, Constantino, Juliano, Valentiniano y Teodosio sólo habían conseguido hacer que el Imperio aguantase. Persia aún amenazaba codiciosamente en dirección a Siria, los germanos aún hacían incursiones a través del Danubio y el Rin, siempre que podían (mientras los hunos esperaban amenazadoramente detrás de ellos) y aún surgían usurpadores en toda ocasión.
Sin duda, había lugares del Imperio donde las condiciones habían mejorado con respecto a las espantosas ruinas en que habían caído durante el medio siglo de anarquía anterior a Diocleciano. Egipto y Siria eran casi prósperos y en todas partes algunos terratenientes se enriquecían mientras la mayoría de la población se empobrecía. Pero en conjunto, el barco imperial se estaba hundiendo, y con cada década que pasaba el esfuerzo del Imperio por mantenerse solamente a flote era un poco mayor, su población declinaba un poco más, las ciudades se empobrecían y arruinaban un poco más y la administración se sumergía algo más a fondo en la corrupción y la ineficacia.
La vida intelectual también declinaba. La literatura pagana (naturalmente) se fue apagando hasta su última débil llama que fue Símaco (Quintus Aurelius Symmachus), nacido alrededor de 345 y casi el último representante del paganismo virtuoso y próspero en Roma. Desempeñó muchos altos cargos y se distinguió por su honestidad y humanidad. Fue el último de los grandes oradores paganos y no temió oponer sus escritos retóricos frente al irresistible avance del cristianismo. Representó al menguante contingente de senadores paganos, y cuando Graciano quitó el altar de la Victoria del Senado, Símaco dirigió una carta a Valentiniano II, gobernante titular de Italia, pidiéndole que el símbolo de la antigua Roma fuese restablecido. Pero no lo fue y, en cambio, Símaco fue desterrado de Roma. Más tarde se le perdonó y siguió sirviendo a Roma en altos cargos, para morir finalmente en paz.
El poeta romano Ausonio (Decimus Magnus Ausonius) encarnó una especie de semipaganismo. Nació en Burdigala (la moderna Burdeos) alrededor del 310 y creó en esa ciudad una escuela muy popular de retórica. Su padre había sido médico privado de Valentiniano I, y el hijo fue nombrado tutor del joven Graciano. Para poder ocupar el cargo, rindió un homenaje verbal al cristianismo. En el reinado de Graciano alcanzó altos honores, inclusive el consulado, pero después de la muerte de aquél se retiró a su ciudad natal, donde siguió produciendo mala poesía hasta su muerte, a la avanzada edad de ochenta años.

El monacato
La literatura latina cristiana, en cambio, floreció. Ambrosio de Milán escribió mucho, pero aún más importante fue la obra de Jerónimo (Eusebius Sophronius Hieronymus). Jerónimo nació en Iliria alrededor del 340 y, pese a ser cristiano de padres cristianos, se sintió fuertemente atraído por la literatura y el saber paganos; más aún, le desagradaban las Escrituras por el estilo torpe y pobre del latín en que estaban escritas.
Resolvió elaborar una traducción latina apropiada de la Biblia y, con este fin, viajó al Este y estudió no sólo griego, sino también hebreo. Con el tiempo, tradujo la Biblia al latín literario, sin despreciar la ayuda de rabinos eruditos. El resultado de sus esfuerzos fue la versión de la Biblia comúnmente llamada la «Vulgata» (es decir, escrita en la lengua «vulgar», la lengua de la gente común de Occidente —que por entonces era el latín—, y no en griego o hebreo, que eran las lenguas originales del Nuevo y del Viejo Testamento, respectivamente). La Vulgata ha sido desde entonces la Biblia de uso común en la Iglesia Católica.
Jerónimo volvió a Roma durante un tiempo, pero luego viajó al Este de nuevo y murió en Belén, en 420. Fue un firme defensor del celibato y el monacato que estaba surgiendo con fuerza creciente en el cristianismo del siglo IV.
El monacato (de una palabra griega que significa «solo») es el hábito de retirarse del mundo comúnmente con el fin de que las preocupaciones, la corrupción y los placeres de la vida cotidiana no distraigan de la vida buena o la devoción de Dios. Antes de la aparición del cristianismo, hubo grupos de judíos que formaban comunidades separadas en regiones aisladas donde podían adorar a Dios en la paz y la concentración. Hubo también algunos filósofos griegos que se retiraron, en ciertos aspectos, de la sociedad. Diógenes el Cínico fue uno de ellos.
Comúnmente, los monjes tendían a llevar una vida muy sencilla, en parte porque no podían hacer otra cosa en comunidades distantes y aisladas, y en parte porque pensaban que era un bien absoluto, pues creían que cuanto más descuidaran las necesidades y deseos del cuerpo, tanto más podrían concentrarse en el culto a Dios. Ese desprecio del bienestar corporal es llamado «ascetismo», de una voz griega que significa «ejercicio», porque los atletas griegos tenían que olvidarse de los placeres cuando se entrenaban para las competiciones atléticas. Un asceta, en otras palabras, es alguien que está «en entrenamiento».
Los primeros cristianos tendían a ser ascéticos, pues consideraban inmorales o idólatras muchos de los placeres de la sociedad romana común. Pero a medida que el cristianismo obtuvo más éxitos, también se hizo más mundano, y para muchas personas de espíritu ascético ser solamente cristiano no bastaba.
El primer monje cristiano notable fue un egipcio llamado Antonio, de quien se supone que vivió cien años, de 250 a 350. A los veinte años, se retiró al desierto para vivir solo y de una manera muy sencilla; autores posteriores (como Atanasio, quien admiraba mucho el celo de Antonio contra el arrianismo) contaron muchas historias dramáticas de él con respecto al modo como resistió las tentaciones que el Diablo le presentaba en la forma de todo género de visiones lujuriosas y lascivas.
El ejemplo de Antonio se hizo muy popular y el desierto egipcio llegó a contener muchos monjes. Ésta popularidad no es difícil de comprender. Para los hombres verdaderamente piadosos, podía ser un modo seguro de evitar las tentaciones y el pecado, y de asegurarse el ingreso al Cielo. Para muchos de los menos piadosos, era también una manera de quitarse el peso de un mundo fatigoso.
Ese tipo de monaquisino solitario, aunque se adecuaba literalmente a la palabra, tenía sus peligros. Entre otras cosas, cada monje, librado a sí mismo, podía considerar su papel casi de cualquier forma, y algunos fueron muy excéntricos en sus actividades. Por ejemplo, un monje sirio llamado Simeón (que vivió del 390 al 459) practicaba austeridades casi inimaginables. Construía pilares y vivía sobre ellos, sin descender nunca, de día o de noche y cualquiera que fuese el clima, durante treinta años. Por ello, es llamado «Simeón el Estilista» (de una palabra griega que significa «pilar»). Es sumamente desagradable pensar cómo puede haber sido su vida en un pilar semejante, y muchos no podían por menos de abrigar dudas sobre si esa clase de actitudes podía ser realmente grata a Dios.
Además, los monjes solitarios que se retiraban del mundo podían huir de sus tentaciones y su maldad, pero también eludían sus responsabilidades y esfuerzos. ¿Era justo abandonar a tantas almas que necesitaban salvación en pro de la preocupación fundamental por la propia alma solamente?
Por ello, Basilio, obispo de Cesárea, capital de Capadocia, en Asia Menor, creó una forma alternativa de monaquisino.
Basilio nació alrededor de 330 en una familia que contribuyó con muchas figuras notables a la historia de la Iglesia. Estaba muy interesado en el monacato y viajó por Siria y Egipto para estudiar a los monjes y su modo de vida.
Creyó concebir un modo mejor y más útil de dirigir las energías del hombre hacia Dios. En lugar de vivir totalmente solo, un monje debía formar parte de una comunidad separada. Así, forma parte de un grupo, pero el grupo mismo está lejos de las tentaciones.
Además, en vez de entregarse al ascetismo como meta de la vida, el grupo debe trabajar tanto como orar. Más aún, el trabajo no debe ser sólo otra forma de ascetismo; debe estar dirigido al bien de la humanidad. Esto suponía que el grupo debía estar situado cerca de los centros de población, para que su trabajo pudiese beneficiar a esos centros. Aunque evitando los pecados del mundo, los monjes debían contribuir al bien de éste.
Ese monaquismo basiliano siempre ha sido muy popular en el Este, pero en el siglo V también se difundió por Italia.

Arcadio
A la muerte de Teodosio, sus dos hijos heredaron el trono. Arcadio, el mayor, que tenía diecisiete años, gobernó el Imperio Romano de Oriente desde Constantinopla. Honorio, el más joven, de sólo once años, gobernó el Imperio Romano de Occidente desde Milán.
En teoría, el Imperio era todavía uno e indiviso y sólo tenía dos emperadores que compartían el gobierno, como había ocurrido de tanto en tanto durante el siglo transcurrido desde Diocleciano. Por ejemplo, las leyes y edictos se promulgaban en nombre de ambos emperadores. Luego, la venerable institución del consulado por la cual cada año, desde el 509 a. C., el ámbito romano elegía o designaba dos cónsules, siguió de un modo especial: un cónsul ocupaba el cargo en Roma y otro en Constantinopla. (El consulado continuó hasta el 541, de modo que, en total, la institución duró más de mil años.)
Pero de hecho, las dos mitades del Imperio permanecieron distintas y separadas después de la muerte de Teodosio y hasta hubo hostilidades entre ellas. Los gobernantes de una a menudo estaban dispuestos a perjudicar a la otra, si de esta manera podían obtener alguna ventaja a corto plazo.
Una disputa particularmente irritante entre las dos mitades del Imperio era de carácter territorial. Iliria estaba al oeste de la línea de Norte a Sur que separaba a las dos mitades y comúnmente era considerada parte de Occidente. Sin embargo, la corte de Constantinopla la codiciaba y se apoderó de una parte de ella. El Oeste se resintió por esta acción, e Iliria fue un perpetuo motivo de enemistad entre ellos. Fue esta disputa, exacerbada por las ambiciones de hombres implacables y crueles de ambas partes, lo que realmente dividió al Imperio, no sólo la existencia de dos co-emperadores.
Además, existía la tendencia (aún suave en tiempos de Teodosio) a las disputas religiosas entre el Este y el Oeste, y la pugna en lento crecimiento por la supremacía entre el obispo de Roma y el patriarca de Constantinopla.
Signos de esto aparecieron en relación con una querella religiosa que convulsionaba a la sazón al Imperio Oriental. Se centraba alrededor de un hombre destinado a convertirse en el más famoso de los Padres Griegos de la Iglesia: Juan, conocido como Crisóstomo («boca de oro») por la habilidad de su oratoria y sus efectos sobre el auditorio.
Juan Crisóstomo nació en Antioquía en 345, de una familia noble y rica, y recibió instrucción jurídica. No hay duda de que, con estas ventajas mundanas y sus talentos naturales, habría sido un maravilloso abogado. Pero alrededor de 370 se dedicó a la religión y decidió ser un ermitaño. Durante años se enterró en las regiones desérticas al este de Antioquía y sólo una enfermedad le obligó a retornar al mundo. Entró entonces en el sacerdocio y pronto se hizo muy popular entre los auditorios que se reunían para oír sus conmocionantes sermones. Pero no fue sólo su hábil oratoria lo que le hizo popular. Llevó una vida de ejemplar moralidad y usó su riqueza e influencia para crear hospitales y aumentar la caridad a los pobres; de éstas y otras maneras, se convirtió en un merecido favorito del pueblo.
En 398, tres años después de la muerte de Teodosio, el patriarca de Constantinopla murió y Juan Crisóstomo fue designado para sucederle. Pudo, entonces extender su influencia a una esfera más amplia, y lo hizo.
El trueno de sus sermones, en los que denunciaba el lujo y la inmoralidad, se hizo más resonante. Insistía en el celibato estricto entre los sacerdotes y su mordaz lengua no perdonaba a nadie, una vez despertada su cólera (y si tenía algún defecto, era la facilidad con que se despertaba su cólera). Naturalmente, esto le creó enemigos entre los clérigos a los que denunciaba y entre quienes estaban celosos de él. El obispo de Alejandría, Teófilo, fue un oponente particularmente acerbo, pues era amigo de los placeres y envidioso.
Pero Teófilo era un favorito de Eudoxia, la Emperatriz, hija de un jefe germano y mujer de carácter fuerte que dominaba totalmente a su débil esposo. Además, Juan Crisóstomo estaba lejos de ser favorito de Eudoxia, pues los reproches de la lengua de oro no se detenían ante el palacio. Eudoxia llevaba una vida alegre, y Juan Crisóstomo la denunció en términos enérgicos.
Se convocó un sínodo especial en 403, en el que Teófilo iba a acusar a Juan Crisóstomo de herejía y se había preparado un veredicto de culpabilidad. Juan Crisóstomo se negó a presentarse ante él y, en consecuencia, fue destituido del patriarcado y enviado al exilio. Una tormenta de protestas surgió entre el populacho, y Eudoxia, llena de pánico, lo llamó de vuelta a los dos días. Pero esto sólo era una tregua; Eudoxia empezó a poner los cimientos para un exilio mejor preparado.
Un nuevo sínodo se reunió en 404, y esta vez se llevó a Constantinopla un destacamento de mercenarios germanos. A estos soldados les importaba un ardite que ganase Juan Crisóstomo o Teófilo; sólo cumplían órdenes, y si las órdenes eran hacer una matanza en la población, la harían. El pueblo, bien consciente de esto, no pudo hacer nada.
Juan Crisóstomo fue enviado a una ciudad situada en los tramos orientales de Asia Menor, a unos 650 kilómetros de Constantinopla, en un segundo exilio que no fue revocado. Pero mientras permaneció allí se mantuvo en contacto con sus adeptos de todo el Imperio. Más aún, audazmente envió cartas al obispo de Roma y a Honorio, el emperador de Occidente, en un intento de hacer que reabrieran su caso.
Para la corte de Constantinopla, y para el Estado tanto como para la Iglesia, era lo peor que podía hacer. Hacía parecer que Juan reconocía la prioridad del emperador occidental y la posición religiosa suprema del obispo de Roma.
Eudoxia había muerto, pero el resto de la corte estaba convencida de que era menester silenciar al combativo viejo. Se lo trasladó a un lugar aún más remoto, al extremo nororiental del Imperio. En el viaje, Juan murió, en 407. Al año siguiente murió también Arcadio, el Emperador de Oriente.
Ni siquiera la muerte de Juan hizo olvidar al pueblo de Constantinopla a su viejo patriarca. Muchos se negaron a aceptar al nuevo patriarca de Constantinopla mientras no se reivindicara la memoria de Juan, lo que más tarde se hizo. El cuerpo de Juan fue llevado de vuelta a Constantinopla con plenos honores treinta años después de su muerte. Su condena fue anulada; luego se lo santificó; y el hijo de Arcadio y Eudoxia, que estaba entonces en el trono, llevó a cabo una cuidadosa ceremonia de arrepentimiento en nombre de sus padres.
Pero toda la cuestión debilitó el prestigio del cargo de patriarca de Constantinopla, y posteriores querellas entre la Iglesia y el Estado iban a debilitarlo todavía más. E inevitablemente, a medida que el prestigio del patriarca de Constantinopla decayó, el del obispo de Roma aumentó. Esto se acentuó por el hecho de que el prestigio del obispado occidental rival, el de Milán, sufrió un repentino eclipse, como veremos.

El visigodo Alarico
Mientras las peripecias de Juan Crisóstomo concentraban la atención de la corte, los obispos y el pueblo de Constantinopla, terribles sucesos se estaban produciendo en las fronteras casi desde el momento en que la muerte arrancó del trono al enérgico Teodosio.
Sus hijos, Arcadio y Honorio, eran ambos jóvenes, débiles e incapaces. En el momento de su ascenso al trono, por instrucciones de Teodosio, ambos estaban bajo la custodia de protectores militares. A cargo de Arcadio estaba el general galo Rufino, mientras la protección de Honorio estuvo en manos de Estilicón, de origen vándalo. Un enconado conflicto surgió entre ambos, pues Rufino se había apoderado de Iliria oriental, y Estilicón estaba decidido a recuperarla.
Pero no pudieron llevar adelante su querella. La interferencia se produjo por obra de los visigodos. Habían pasado casi veinte años desde la batalla de Adrianópolis, y los visigodos aún ocupaban la provincia de Mesia. Por supuesto, no eran tan bárbaros como cuando aparecieron por primera vez en el horizonte romano siglo y medio antes y mataron al emperador Decio. En cierta medida, se habían romanizado.
Por ejemplo, rápidamente adoptaron la religión romana, gracias a la actividad de un misionero que era también visigodo. Su nombre, Wulfila («pequeño lobo»), nos es conocido en su versión romana, Ulfilas.
Había nacido en algún lugar situado al norte del Danubio, en lo que antaño había sido Dacia, en 311. Cuando tenía poco más de veinte años, visitó Constantinopla, recién fundada, como parte de una misión goda o de un grupo de rehenes capturados. Sea como fuere, se convirtió al cristianismo en aquellos días febriles en que esta religión pasaba por sus primeros años de protección oficial, y ardió en deseos de llevar la nueva religión a su pueblo. Durante el resto de su vida trabajó en esta labor de misión entre los godos.
En el curso de sus trabajos, tradujo buena parte de la Biblia a la lengua goda. Al hacerlo, tuvo que crear un alfabeto y una lengua escrita, que no existían entre los godos. En verdad, los fragmentos de su traducción que existen aún (en su mayoría partes del Nuevo Testamento) constituyen casi todos los testimonios escritos de la lengua goda que sobreviven.
Ulfilas no logró convertir en masa a los godos, pero sembró la simiente. Reunió un número creciente de cristianos a su alrededor y su poder creció constantemente.
Pero Ulfilas, al convertirse al cristianismo, tomó sus creencias de los grupos arrianos de Constantinopla y, por ende, era un arriano. En verdad, se supone que volvió a Constantinopla en 383 para tomar parte en un sínodo de obispos arrianos que veían amenazado su destino por el emperador católico Teodosio. Ulfilas murió antes de que pudiera iniciar sus trabajos.
El misionero de los godos dejó el cristianismo arriano en su pueblo, que más tarde se propagaría también a otras tribus germánicas. Aunque el arrianismo se extinguió en gran medida en el Imperio, floreció fuera de él. Esto constituyó una cuestión de considerable importancia. Cuando llegó el día en que bandas guerreras germánicas dominaron grandes partes del Imperio de Occidente, fue su religión lo que los separó del pueblo. Los gobernantes germanos arrianos se enfrentaron con súbditos católicos romanos, y la hostilidad religiosa fue un factor importante que obstaculizó la fusión de los pueblos y, en consecuencia, contribuyó a una destrucción mayor de la antigua cultura.
Por la época de la muerte de Teodosio, un arriano destacado era Alarico, jefe visigodo nacido alrededor de 370 en una isla de la desembocadura del Danubio. Fue uno de los generales de Teodosio, que condujo lealmente un contingente godo en las batallas.
Al parecer, pensó que tenía suficiente favor del emperador como para sentirse seguro de que, bajo sus sucesores, ocuparía altos cargos, y se indignó cuando fue postergado a favor de Rufino y Estilicón. Como venganza, decidió adueñarse por la fuerza de lo que no había recibido por derecho.
Si el Imperio hubiese estado firmemente contra él, muy poco, probablemente, habría podido hacer Alarico y tal vez hubiera pasado a la historia como otro de los jefes de correrías que fastidiaban al Imperio. Pero la oportunidad se la brindó el hecho de que las cortes del Este y el Oeste sólo se veían una a otra como enemigo principal. Poderosas influencias, en Milán y en Constantinopla, estaban totalmente dispuestas, en su ciega lucha por Iliria, a utilizar a un bárbaro, si podían hacer que saquease e hiciese estragos en la otra parte del Imperio. Como resultado de ello, Alarico se movió en el caos de las enemistades internas y fue el primero de los grandes bárbaros que destruyeron el Imperio Romano.
Entró en acción de la manera más directa posible, marchando directamente sobre Constantinopla, con la esperanza de que, con el terror que provocaría su llegada, la corte oriental le hiciera inmediatas concesiones.
Sin duda, los gobernantes de Constantinopla estaban mucho más interesados en rechazar el intento de Estilicón de recuperar Iliria que de impedir la correría de Alarico por Tracia. Estilicón estaba en condiciones de detener a Alarico, pero Constantinopla ordenó implacablemente al general que se marchase de sus dominios. Hirviendo de cólera, Estilicón retornó a Italia, pero se vengó organizando el asesinato de Rufino. Esto no sirvió de nada, pues otros ministros igualmente absortos en metas a corto plazo ocuparon su lugar en Constantinopla.
La fanfarronada de Alarico contra Constantinopla no dio resultado. Sabía que no podía atacar sus fortificaciones, por lo que cambió de rumbo y se lanzó sobre Grecia, inerme, sin que nadie osara detenerlo.
Grecia había tenido una profunda paz durante cuatrocientos años. Ya no era la antigua Grecia, desde luego, pues había estado adormecida durante todos esos siglos, soñando con su pasada grandeza. Muchas de las viejas estatuas, templos y monumentos aún estaban en pie, pero muchas también habían caído bajo la acción del tiempo, muchas habían sido despojadas para enriquecer a la nueva ciudad de Constantinopla y muchas habían sido destruidas por la cólera de los nuevos gobernantes cristianos.
Los templos estaban desiertos y la misma Delfos estaba en ruinas. Los misterios eleusinos seguían celebrándose bajo los ojos hostiles de los cristianos, pero ahora las bandas godas de Alarico, firmes cristianos aunque de la variedad arriana, entraron en Eleusis. El templo de Ceres fue destruido en 396 (1149 A. U. C.) y los antiguos misterios llegaron a su fin.
Tebas se mantuvo a salvo detrás de sus murallas, y Atenas fue perdonada, pues hasta los godos abrigaban un respetuoso recuerdo de su grandeza de antaño. Alarico invadió el Peloponeso y pasó allí todo el invierno, sin que nadie se levantase contra él.
Pero en el Oeste, Estilicón empezó a actuar nuevamente. Pensando que Constantinopla estaba en una situación demasiado desesperada para tratar de detenerlo, vio la posibilidad de lanzar un ataque de éxito contra Alarico que llevase a una unión de ambas mitades del Imperio bajo su dominación.
Su campaña empezó bien. Desafiando a Constantinopla, marchó al Peloponeso y rechazó a Alarico, acorralándolo en lo que parecía una trampa segura. Sin embargo, Alarico logró escapar. Algunos especulan que Estilicón, después de demostrar su superioridad sobre el Imperio Oriental en la lucha contra Alarico, deliberadamente lo dejó escapar para usarlo como chantaje contra Constantinopla y obligarla al reconocimiento de él, Estilicón, como amo indiscutido de todo el Imperio.
Si fue así, el Imperio Oriental burló a Estilicón o, para decirlo más exactamente, lo traicionó. Constantinopla hizo a Alarico gobernador de la disputada Iliria. Fue una astuta medida, desde un punto de vista de corto alcance, pues no sólo sobornaba a Alarico para que cesase las hostilidades en el Este, sino que también lo colocaba al frente de una provincia que Estilicón reclamaba para el Imperio Occidental y aseguraba una permanente hostilidad entre Alarico y Estilicón. La situación se había invertido.
Durante un tiempo, Alarico y Estilicón se vigilaron mutuamente, cada uno esperando el momento apropiado para atacar. Finalmente, Alarico pensó que había llegado el momento y en 400 (1153 A. U. C.) se dirigió al Oeste, hacia el norte de Italia. Estilicón reaccionó lentamente, pero luego se trasladó al Norte para enfrentarse con él y los dos ejércitos (ambos germánicos, en realidad), libraron batalla en Pollentia, en lo que es ahora la región noroccidental de Italia. Estilicón atacó el domingo de Pascua de 402 (1155 A. U. C.) y tomó a Alarico desprevenido, pues éste suponía que no iba a combatirse en un día santo. El resultado fue una estrecha victoria de Estilicón, seguida por otra más categórica en Verona, más al Este. Alarico tuvo que evacuar Italia en 403 y retirarse a Iliria para tomar aliento y recuperarse.
Pero se había hecho un daño considerable. Milán, que había sido la capital del Imperio de Occidente durante un siglo, fue amenazada por los godos, y el gobierno ya no se sintió seguro allí. En 404 (1157 A. U. C.), el joven Emperador —quien, como su hermano Arcadio, fue y siguió siendo una completa nulidad— se trasladó a Ravena, a unos 350 kilómetros al sudeste, sobre las costas del Adriático. Era una posición fuerte que, durante tres siglos y medio, sería el centro del poder imperial en Italia. Al dejar de ser Milán la capital, el obispo de esta ciudad perdió su prestigio y dejó de ser un rival para el poder eclesiástico del obispo de Roma.
Asimismo, el peligro inmediato en que estuvo Italia y la corte imperial hizo que se llamase con pánico a algunas de las legiones distantes. Las fuerzas estacionadas en Britania habían sido debilitadas veinte años antes, cuando el asesinato de Graciano. En la breve guerra civil que siguió, intervinieron legiones de Britania y muchas de ellas nunca volvieron a la isla. Las debilitadas fuerzas romanas que permanecieron en Britania tuvieron que refugiarse en forma permanente detrás de la Muralla de Adriano. En la situación de emergencia creada por la invasión de Alarico del norte de Italia, las tropas que pudieron hallarse en Britania fueron llevadas a Italia para combatir en Pollentia.
Algunas volvieron a Britania después de Pollentia, pero los pictos se lanzaron al Sur en masa desde las Tierras Altas escocesas e invasores germanos empezaron a invadir Britania a través del mar del Norte. Los soldados romanos podían hacer poco más que divertirse proclamando emperadores a sus generales y en 407 (1160 A. U. C.) las legiones abandonaron Britania para siempre. Después de tres siglos de civilización romana, Britania volvió a la barbarie y el paganismo bajo los invasores germánicos.
En sí misma, la pérdida de Britania no fue fatal para el Imperio. Era una provincia tan externa como lo había sido Dacia, y como ésta una adición tardía al Imperio; además, peor que Dacia, era una gran provincia separada del resto del Imperio por el mar.
Pero la pérdida de Britania fue lo de menos. La preocupación del Imperio Occidental por Alarico brindó una oportunidad a las otras tribus germánicas. Las que habitaban al este del Rin y el norte de Danubio sentían la constante presión de los hunos al este. Una confederación de tribus, llamadas colectivamente «suevi» por los romanos («Schwaben» en alemán y «suevos» en español), se lanzaron hacia el Sur a través de los Alpes e invadieron el norte de Italia una vez más, casi inmediatamente después de ser rechazado Alarico. Estilicón los derrotó también, en 405, pero sólo al precio de dejar prácticamente sin defensas las fronteras del Rin.
Por ello, el último día del 406, los suevos, junto con varios grupos de vándalos (el pueblo de origen de Estilicón) y un contingente de alanos, tribu no germánica proveniente del Cáucaso, atravesaron el Rin. No hallaron ninguna oposición digna de nota y atravesaron toda la Galia para penetrar en España. Para el 409 se habían establecido aquí, los suevos en el noroeste, los vándalos en el sur y los alanos entre ellos. (La permanencia de los vándalos en el sur de España ha dejado su huella hasta hoy, pues esa parte de la península todavía es llamada según el nombre de ese pueblo. Quitando la V inicial, esa región es «Andalucía».)
Por entonces, quizá nadie se percató al principio de que esa oleada hacia el Oeste y el Sur de los germanos era algo nuevo. Después de todo, hacía casi dos siglos que las tribus germánicas periódicamente se desbordaban sobre la Galia presionando a un imperio cada vez más débil. Siempre hasta entonces, aunque a un costo en constante crecimiento, los romanos habían logrado rechazarlos. Sólo medio siglo antes, bajo Juliano (véase página), los romanos habían logrado hacerlo cubriéndose de considerable gloria.
Pero la invasión del último día del 406 fue diferente porque fue permanente. Una tribu germánica podía derrotar y reemplazar a otra, pero nunca más las provincias occidentales se verían totalmente libres de esos pueblos. Es posible que esto no hubiese sucedido si Estilicón hubiese seguido al mando. Había derrotado primero a los visigodos y después a los suevos en el norte de Italia. Podía haber organizado una ofensiva contra los germanos en España, pero no tuvo la ocasión de hacerlo. Sus enemigos estaban venciendo en el interior.
Esos enemigos dijeron a Honorio que su aguerrido ministro planeaba poner a su propio hijo en el trono. El imbécil Honorio lo creyó y ordenó la ejecución de su general, legalizando lo que de otra forma habría sido meramente un asesinato. Estilicón fue decapitado en 408 (1161 A. U. C.). Fue un acto de increíble locura y selló el destino del Imperio Occidental.
Los godos del ejército de Estilicón, leales hasta entonces, se sintieron ultrajados por esa acción, y los enfureció aún más las medidas antiarrianas tomadas por los nuevos ministros que llegaron al poder. Los godos desertaron por decenas de miles y se pasaron a Alarico, quien aún rondaba cerca de las fronteras de Italia.
Una vez más Alarico penetró en Italia, y esta vez no había ningún Estilicón ni prácticamente ningún ejército que lo detuviese. Marchó hacia el Sur sin hallar oposición notable y al mes de la suicida ejecución de Estilicón por el gobierno romano, Alarico estuvo ante las puertas de Roma. Por primera vez en seiscientos años, Roma vio a un enemigo extranjero ante sus murallas, algo que no había ocurrido desde la época de Aníbal de Cartago.
Pero Alarico no tenía intención de destruir Roma. Los verdaderos conquistadores del período no podían avenirse a creer que el Imperio estaba enfermo de muerte. Había durado tanto tiempo que parecía casi una ley natural que durase por siempre, y hasta parecía una blasfemia tratar de destruirlo. Todo lo que Alarico quería era formar una parte importante de ese imperio eterno, gobernar una provincia, estar al mando de sus ejércitos y tener tierras y botín para sus tropas.
Roma capituló, sin esperanzas, pero Alarico que tenía que recibir el consentimiento del Emperador para dar legalidad a las cosas, no lo pudo obtener. La bien fortificada y casi inaccesible Ravena estaba a salvo del saqueo de los godos, y mientras fue así Honorio se dejó persuadir por sus ministros, rechazando las exigencias de Alarico. (Ellos estaban a salvo, y por ende se sentían valientes.)
Alarico tuvo que retornar al asedio de Roma por segunda vez, para forzar un acuerdo temporal, y cuando el gobierno se negó a ello, volvió por tercera y última vez, en 410 (1163 A. U. C.). Este tercer asedio lo prosiguió hasta el fin. Roma se rindió en agosto, justamente dos años después de la ejecución de Estilicón, y por primera vez desde el 390 a. C. (exactamente ocho siglos antes), un ejército bárbaro ocupó y saqueó Roma, la ciudad de Escipión, César y Marco Aurelio.
Pero Alarico sólo permaneció seis días en Roma, y luego marchó hacia el Sur. El saqueo fue suave y los daños ocasionados a la ciudad ligeros, pero el prestigio de Roma y su imperio quedó destruido irreparablemente. Desapareció el terror que inspiraba el nombre de Roma.
Alarico, en su marcha hacia el Sur, tenía la intención, al parecer, de atravesar el Mediterráneo e invadir África donde, en una parte alejada del Imperio, poder convertirse en amo de una provincia, como los suevos, alanos y vándalos habían hecho en España. Pero lo detuvo un enemigo más poderoso que los romanos. Sus barcos fueron destruidos por una tormenta, y poco después murió de una fiebre en el sur de Italia. Fue sucedido por su cuñado Atawulf (Ataulf, en la versión latina, y Ataúlfo en castellano).
10. Los reinos germánicos
El visigodo Teodorico
Como Alarico, Ataúlfo aspiraba a ocupar una elevada posición dentro del Imperio Romano, pero consideró quimérico todo intento de reemplazarlo por un Imperio Godo. Marchó al sur de la Galia, donde halló un considerable botín, e impuso un alto precio por mantener al menos una paz razonable. Logró casarse con Gala Placidia, media hermana de Honorio. Esto lo introdujo en la familia real y le permitió conservar el sur de la Galia con una apariencia de legalidad.
En el ínterin, la corte imperial finalmente había hallado un reemplazante competente de Estilicón, un romano llamado Constancio. Era uno de los escasos no bárbaros de Occidente que podía desempeñarse con eficiencia al mando de tropas y hasta, en ocasiones, vencer.
Constancio pensó que el modo más económico de combatir a los invasores germánicos era lanzar a una tribu contra otra. Persuadió a Ataúlfo de que, como cuñado del Emperador y aliado de los romanos, debía conducir a los visigodos contra los invasores germánicos de España. Guiado, quizá, por la idea de obtener más botín y más poder, Ataúlfo, en efecto, llevó a su ejército godo a España. Fue asesinado en 415, pero su sucesor, Valia, prosiguió la guerra y destruyó casi totalmente a los alanos. Los suevos fueron acorralados en el ángulo noroccidental de España, y restos de los vándalos fueron empujados contra el mar, a la España meridional.
Los visigodos podían haber completado la tarea y limpiado totalmente España, pero el gran problema de usar a un enemigo contra otro es que una victoria demasiado completa de uno de ellos es peligrosa. La corte imperial no quiso que los visigodos fueran desproporcionadamente victoriosos y los instó a abandonar España dejando inconclusa la tarea.
Valia murió en 419, y bajo su sucesor, Teodorico I, el ejército visigodo salió de España y retornó a la Galia.
Aun así, los resultados de la aventura de lanzar a germanos contra germanos salió mal para los romanos. Los visigodos, bajo Teodorico, ahora se establecieron en el sudoeste de la Galia. En 418 (1171 A. U. C.), crearon un reino que fue llamado Reino de Tolosa, por el nombre de la capital que convirtieron en sede de su poder. Tolosa, situada a unos cien kilómetros al norte de los Pirineos, fue la sede de los reinos visigodos durante un siglo.
El Reino de Tolosa fue el primero de los reinos sucesores germánicos. A diferencia de anteriores asentamientos de bandas guerreras germánicas dentro de los límites del Imperio, este reino no reconocía la soberanía romana. Era una potencia independiente. Y fue permanente, pues de una u otra forma, el Reino Visigodo iba a subsistir por más de tres siglos.
Sin duda, permaneció en alianza con Roma y, por lo general, estuvo en buenos términos con Roma. Pero los visigodos se convirtieron en los terratenientes de la Galia del sudoeste. Se creó la norma que iba a regir el oeste de Europa cada vez más, a medida que transcurrió el siglo. Una aristocracia terrateniente de germanos y sus descendientes iban a dominar a un campesinado formado por los descendientes de nativos romanizados.
El ascenso de los visigodos fue notable. En 376 habían entrado en el Imperio Romano como suplicantes y atravesando el Danubio inferior huyendo de los hunos, que de lo contrario los hubiesen esclavizado. Ahora, sólo cuarenta años después, habían atravesado miles de kilómetros de tierras romanas y se habían convertido en los amos, bajo un rey, Teodorico I, a quien el Emperador de Occidente se veía obligado a tratar como un igual.
El vándalo Gensérico
Los vándalos de España, maltrechos y apaleados por los ataques visigodos, ocupaban el extremo sur de la provincia con algunas dificultades, pero afortunadamente para ellos las circunstancias les mostraron un nuevo campo de actividades, una nueva región en la cual tuvieron un siglo de grandeza y poder.
Esa región era el África romana, que abarcaba la costa norteafricana al oeste de Egipto y cuya metrópoli era Cartago. África había hecho ricos aportes a la historia cristiana primitiva. Había sido el centro de herejías puritanas como el montañismo y el donatismo, y la cuna de autores cristianos como Tertuliano y Cipriano. Ahora, al fin de la etapa romana de su historia, fue la cuna del más grande de los Padres Latinos de la Iglesia, Agustín (Aurelius Augustinus).
Agustín nació en 453, en una pequeña ciudad africana situada a unos 240 kilómetros al oeste de Cartago. Su padre era pagano y su madre cristiana; él mismo en un principio estaba inseguro sobre cuál creencia adoptar. En su juventud, se inclinó hacia un nuevo tipo de religión llamada maniqueísmo.
El maniqueísmo recibió su nombre de un líder religioso, Mani, nacido en Persia por el 215. Elaboró una forma de religión algo afín al antiguo mitraísmo, que tomó mucho de las creencias persas en las fuerzas iguales de la luz y la oscuridad, el bien y el mal. (Los mismos judíos adoptaron este «dualismo» en la época en que formaban parte del Imperio Persa, y sólo después de ese período Satán, «Príncipe de las Tinieblas», se hizo importante como adversario de Dios, aunque ni los judíos ni los cristianos, posteriormente, admitieron nunca que Satán fuese igual a Dios en poder e importancia.)
Al dualismo persa, Manes añadió la moral estricta del judaísmo y el cristianismo. Aunque sufrió persecuciones en la misma Persia, el maniqueísmo empezó a difundirse por el Imperio Romano poco antes de que el cristianismo se convirtiese en la religión oficial de Roma. Diocleciano contempló el maniqueísmo con grandes sospechas, pues pensaba que los maniqueos debían ser agentes del gran adversario de Roma, Persia. Por ello, en 297 inició una campaña oficial para reprimirlo, seis años antes de la campaña similar contra el cristianismo. Ninguna de ellas tuvo éxito.
El establecimiento legal del cristianismo, en realidad, contribuyó a la difusión del maniqueísmo durante un tiempo. Una vez que el cristianismo se convirtió en la religión oficial, los emperadores tendieron a prestar su apoyo a una secta particular del cristianismo, primero al arrianismo y luego al catolicismo. Las herejías menores, que habían florecido cuando todos los tipos de creencia cristianas eran igualmente ilegales y perseguidas, ahora se hallaron peor que antes porque fueron señaladas para su eliminación. Por eso, muchas de ellas tendieron a abandonar el cristianismo, convertido en el enemigo perseguidor, y se unieron al maniqueísmo.
A fin de cuentas, hay algo dramático en el choque cósmico entre el bien y el mal. Los hombres y mujeres que apoyaban lo que ellos creían el bien sentían que participaban en esa batalla universal, mientras que sus enemigos formaban parte de una vasta oscuridad que, por dominante que pareciese ahora, estaba inexorablemente condenada a su destrucción final. Para quienes adoptan una concepción conspirativa de la historia (en la que se cree que el mundo está en poder de una secreta conspiración de hombres malos o fuerzas malas), el maniqueísmo presentaba una atracción natural.
El maniqueísmo llegó a su cúspide en tiempos de Agustín, y éste sucumbió a él. También se sintió atraído por el neoplatonismo, y leyó con gran interés las obras de Plotino.
Pero el maniqueísmo y el neoplatonismo fueron sólo etapas en la evolución de Agustín. Su incansable búsqueda de la certeza filosófica, combinada con la incesante presión de su voluntariosa madre, lo llevaron finalmente al cristianismo. Había ido a Milán en 384 (a la sazón capital y centro religioso del Imperio de Occidente) y fue convertido por el obispo Ambrosio. En 387, finalmente, admitió ser bautizado.
Volvió a África, y en 395 se convirtió en obispo de Hipona (Hippo Regius), un pequeño puerto marítimo situado inmediatamente al norte de su lugar de nacimiento (y hoy llamada Bona, ciudad de la actual Argelia). Agustín permaneció allí durante treinta y cuatro años, e Hipona, por lo demás carente de toda importancia (excepto, quizá, como lugar de nacimiento del historiador Suetonio, tres siglos antes), se hizo famosa a causa de Agustín.
Las cartas de Agustín fueron enviadas a todo el Imperio, sus sermones fueron reunidos en libros y escribió muchas obras formales sobre diversas cuestiones teológicas. Fue un ardiente batallador contra las diversas herejías africanas y creía (quizá por su vergüenza de sus propias experiencias juveniles) en la depravación esencial de la humanidad. Todo individuo nace con la herencia del «pecado original» que manchó al hombre cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios en el Jardín del Edén. El pecado original sólo es eliminado por el bautismo, y los niños que mueren antes de él están condenados eternamente. También creía en la «predestinación», esto es, en el cuidadoso plan de Dios, que existe desde el comienzo del tiempo y guía cada frase de la historia, de modo que no ocurre nada que no esté ya predestinado a ocurrir.
En sus primeros años como obispo, Agustín escribió sus Confesiones, una autobiografía íntima y aparentemente honesta, donde no oculta sus propios defectos tempranos. Este libro ha sido popular desde entonces.
Después del saqueo de Roma por Alarico, Agustín escribió Sobre la Ciudad de Dios, una defensa del cristianismo contra los nuevos ataques de los paganos. Roma se había elevado al dominio del mundo y había sido invencible, decían los paganos, mientras mantuvo su fe en sus antiguos dioses. Ahora que era cristiana, el disgusto de esos dioses se veía claramente en el hecho de que fue saqueada. Y dicho sea de paso, ¿dónde estaba ese nuevo dios cristiano, por qué no defendió su ciudad?
Agustín pasó revista a toda la historia que él conocía, señalando que había ciclos de ascenso y caída de los Estados, como parte del gran plan divino predestinado. Roma no era ninguna excepción; también ella, después de ascender, debía caer. Pero Roma, cuando fue saqueada por Alarico, había sido tratada suavemente, y sus tesoros religiosos habían sido respetados. ¿Cuándo los dioses de una ciudad pagana la protegieron así de las consecuencias de un saqueo por los bárbaros? De todos modos, la decadencia de Roma sólo era el preludio del ascenso de una Ciudad de Dios celestial, una ciudad final que no caería, sino que sería la grandiosa culminación del plan divino.
Uno de los discípulos de Agustín fue Pablo Orosio, nacido en Tarragona, España. A sugerencia de Agustín, escribió una historia del mundo —La Historia contra los Paganos— que dedicó a su maestro. También él trató de demostrar que el cristianismo no estaba destruyendo al Imperio Romano, sino salvando lo que quedaba de él.
Agustín terminó su gran libro en 426, y en los escasos años restantes de su vida vio calamidades aún mayores que las anteriores, calamidades que empezaron con intrigas en la corte de Ravena y en las que los vándalos, a la espera en el extremo sur de España, desempeñaron un importante papel.
En Ravena, Honorio murió en 423 (1176 A. U. C.) después de un oscuro reinado de veintiocho desastrosos años como emperador romano. Fue indiferente a que durante su reinado Roma fuese saqueada y el Imperio quedase despojado de algunas provincias. Era un total inepto.
Su general, Constancio, se casó con su media hermana Gala Placidia, viuda del visigodo Ataúlfo, y durante unos meses fue co-emperador de Occidente con el nombre de Constancio III. Fue una fatalidad para el Imperio de Occidente que muriesen sus hombres fuertes y se mantuviesen vivos los débiles. Constancio III murió después de gobernar sólo siete meses, en 421. Cuando Honorio murió, dos años más tarde, subió al trono el hijo de Constancio III y Gala Placidia.
Era un niño de sólo seis años y reinó con el nombre de Valentiniano III. Era nieto de Teodosio I y, por su abuela materna, biznieto de Valentiniano I.
De niño, Valentiniano III fue una nulidad, por supuesto, y hubo constantes intrigas dentro de la corte para ejercer el dominio sobre él. La principal influencia era la de la reina madre, Placidia, y la batalla se libraba acerca de quién, a su vez, iba a influir sobre ella.
Aspiraban a este privilegio dos generales, Flavio Aecio y Bonifacio. Aecio era, posiblemente, de ascendencia bárbara. De todos modos, pasó algunos años de su vida como rehén en el ejército de Alarico y más tarde varios años más con los hunos, de modo que debe de haber absorbido muchas cosas de los bárbaros. En 424, penetró en Italia a la cabeza de un ejército de bárbaros, incluidos hunos (aunque, sin duda, todos los ejércitos eran bárbaros en aquellos días), y se colocó en una situación de poder que iba a mantener durante una generación.
Bonifacio, que también era un general de éxito, desapareció ante Aecio. Fue nombrado gobernador de África, pero esto era un modo de deshacerse de él, pues lo alejaba de Ravena y dejaba allí el mando a Aecio, quien entonces podía influir sin trabas sobre la reina madre.
En África, Bonifacio comprendió que había quedado en desventaja y pensó en la rebelión. En su cólera, estaba dispuesto a utilizar cualquier arma contra su enemigo en Italia, y cometió el terrible error de llamar en su ayuda a una banda guerrera bárbara.
La más cercana la constituían los vándalos del sur de España. Su posición era precaria, y Bonifacio juzgó, con razón, que estarían dispuestos a contratarse con él. Lo que Bonifacio no previo, ni podía prever, fue que los vándalos acababan de elevar a un nuevo líder, Genserico (o Geiserico), quien tenía por entonces unos cuarenta años y fue uno de los hombres más notables de su época. En 428 (1181 A. U. C.), Genserico aceptó la invitación de Bonifacio, y unos 80.000 vándalos usaron la flota que Bonifacio puso a su disposición para navegar hacia África. Pero Genserico no tenía ninguna intención de engancharse como mercenario cuando parecía haber ocasión de adueñarse de una vasta provincia.
La situación también era propicia para él. Había tribus africanas nativas en las regiones montañosas y desérticas de Mauritania y Numidia que nunca habían aceptado totalmente la dominación romana desde las ciudades de la franja costera. Además, estaban los donatistas y otros herejes, a quienes sujetaba la mano fuerte de Agustín, obispo de Hipona, y que estaban muy dispuestos a hacer causa común con un bárbaro arriano contra la ortodoxia católica.
Bonifacio reconoció su error demasiado tarde y se reconcilió con la corte (Aecio estaba en la Galia). Mas para entonces ya Genserico había ocupado África, dejando solamente Cartago, Hipona y Cirta (esta última a 160 kilómetros al oeste de Hipona) bajo dominio romano.
Genserico puso sitio pacientemente a Hipona, que resistió casi dos años, pues podía recibir suministros, y los recibió, desde el mar. El Imperio Oriental, uniéndose por una vez al Oeste, envió una flota y ayudó a trasladar provisiones. Pero todo esto no sirvió de nada, pues dos veces ejércitos conducidos por Bonifacio fueron derrotados en tierra por Genserico. En 431, Hipona fue tomada. Su obispo, Agustín, no vivió para ver la rendición. Había muerto durante el asedio.
Bonifacio retornó a Italia y allí libró una batalla con su implacable enemigo Aecio. Bonifacio ganó, pero fue herido por mano de Aecio y murió poco después.
En 435, Genserico hizo un tratado con la corte de Ravena por el cual se reconocía el Reino Vándalo y se daba carácter legal a su posición. Los romanos estaban ansiosos de lograr esa paz porque, estando Egipto bajo el firme control del Emperador de Oriente, África era el principal granero de Roma. En su opinión, Genserico podía ocupar esas tierras a condición de que continuase los embarques regulares de cereales a Roma.
Según los términos del tratado, Genserico también aceptaba que Cartago (todavía no conquistada) siguiese siendo romana. Genserico aceptó esto... hasta que le convino no seguir aceptándolo. En 439 (1192 A. U. C.), marchó sobre Cartago y la tomó, convirtiéndola en su capital y en la base de su flota recientemente construida, que sería el terror del Mediterráneo durante veinte años.

El huno Atila
Mientras los vándalos se apoderaban de la provincia meridional del Imperio Occidental y los visigodos se acomodaban en las provincias occidentales, una amenaza aún más bárbara aparecía en el Norte.
Los hunos estaban nuevamente en marcha.
Había sido su migración hacia el Oeste, casi un siglo antes, desde el Asia Central a las llanuras al norte del mar Negro, lo que había impulsado a los visigodos a entrar en el Imperio Romano e iniciado el prolongado ataque que ahora puso al Imperio Occidental al borde de la ruina.
Mientras los godos y vándalos obtenían sus victorias, los hunos habían permanecido relativamente tranquilos. Habían saqueado la frontera romana de vez en cuando, pero sin llevar a cabo una invasión substancial.
En parte, esto fue consecuencia de que el Imperio Oriental estuvo en una situación más sólida que su hermano Occidental. Después de la muerte de Arcadio, en 408, su hijo de siete años, Teodosio II (llamado a veces «Teodosio el Joven»), subió al trono. Cuando llegó a la edad adulta, demostró ser más fuerte que su padre, y hasta tenía cierta amabilidad y buena disposición que le dio popularidad. En el curso de su largo reinado de cuarenta años, el Imperio de Oriente conservó cierta estabilidad. Amplió y reforzó Constantinopla, abrió nuevas escuelas y mandó hacer un compendio jurídico que fue llamado el Código de Teodosio, en su honor.
Los persas (el viejo enemigo casi olvidado ante los terrores del nuevo peligro que presentaron los bárbaros del Norte) fueron rechazados en dos guerras de bastante éxito, y si bien las fronteras del Imperio Occidental se estaban derrumbando, las del Imperio Oriental se mantuvieron intactas.
Pero en 433 dos hermanos, Atila y Bleda, accedieron al gobierno de los hunos. Atila, que era el miembro dominante de la pareja, de inmediato mostró una actitud amenazante hacia Roma y obligó a Teodosio a pagarle un tributo de 700 libras de oro al año a cambio de la promesa de mantener la paz.
Y Atila mantuvo la paz... durante un tiempo. Aprovechó el intervalo para fortalecerse en todas partes, lanzando a sus jinetes contra los primitivos eslavos, que entonces ocupaban las llanuras de la Europa oriental central. También avanzó hacia el Oeste, a Germania, debilitada y en parte despoblada por las migraciones de tantos guerreros a las provincias occidentales del Imperio.
El empuje hacia el Oeste de los hunos lanzó a nuevas tribus germánicas a través del Rin. Entre ellas se contaban los burgundios, algunos de los cuales habían participado en el anterior avance de los suevos sobre la Galia. Ahora, en 436, y en los años siguientes, nuevos grupos de burgundios entraron en la Galia y se establecieron en la región sudoriental de la provincia, después de sufrir una derrota, por obra de Aecio, que desalentó los planes que pudieron haber concebido de obtener un dominio más vasto por el momento.
Otra tribu germánica empujada a la Galia por los hunos fue la de los francos. Habían intentado hacer una incursión en Galia casi un siglo antes, pero Juliano los derrotó de modo tan total que habían permanecido en calma desde entonces. Ahora ocuparon la parte nororiental de la Galia, y esta ocupación también fue limitada por una derrota a manos de Aecio.
Otras tribus germánicas —los anglos, sajones y jutos— que habitaban al norte y al noreste de los francos, sobre las costas de lo que es ahora Dinamarca y Alemania occidental, se vieron obligados a cruzar el mar en el decenio de 440. Hicieron correrías por Britania, que había vuelto a la barbarie, y en 449 los jutos efectuaron sus primeros asentamientos permanentes en lo que es ahora Kent, en la región sudoriental de Inglaterra. Durante los siglos siguientes, los «anglosajones» expandieron lentamente sus posesiones al oeste y al norte contra los fieros guerreros celtas britanos. Fue esta resistencia céltica la que más tarde dio origen a la leyenda del rey Arturo y sus caballeros.
Algunos de los britanos huyeron luego a la región noroccidental de la Galia, estableciéndose en lo que es ahora Bretaña.
Después de la muerte de Bleda, en 445 (1198 A. U. C), desapareció la influencia moderadora que ejercía éste sobre Atila, quien entonces gobernó un vasto imperio que se extendía desde el mar Caspio hasta el Rin y cubría la frontera septentrional del Imperio Romano de un extremo a otro.
Decidió seguir una política exterior aún más aventurera e invadió el Imperio de Oriente, hasta que fue comprado por un tributo aumentado de una tonelada de oro al año.
Teodosio II murió en 450 (1203 A. U. C.) y le sucedió su hermana, Pulqueria, nieta de Teodosio I. Sintió la necesidad de un sostén masculino en medio de los males que la acosaban y se casó con Marciano (Marcianus), un tracio de humilde origen pero un capaz general.
El cambio de gobierno se hizo sentir inmediatamente, pues cuando Atila envió a pedir el último pago del tributo anual, Marciano se negó a entregarlo y se declaró dispuesto a ir a la guerra.
Atila rechazó el desafío. ¿Para qué preocuparse por Marciano, que podía crearle problemas, cuando en el Oeste había una región dominada por un emperador débil, cortesanos pendencieros y reinos bárbaros rivales? Hay una historia según la cual Honoria, la hermana de Valentiniano III, habiendo sido encarcelada por un delito, hizo llegar su anillo a Atila y lo instó a ir a Italia y reclamarla como novia suya. Esto pudo haber servido al rey huno como excusa para una invasión que de todos modos tenía planeada.
Casi inmediatamente después de la subida al trono de Marciano y el rechazo del tributo, Atila se dispuso a cruzar el Rin e invadir la Galia.
Desde hacía una generación, la Galia había sido el escenario de la lucha entre Aecio, en representación del Emperador, y diversas tribus germánicas. Aecio había hecho prodigios. Mantuvo a los visigodos confinados en el sudoeste, a los burgundios en el sudeste, a los francos en el noreste y a los britanos en el noroeste. Grandes extensiones de la Galia central seguían siendo romanas. En verdad, puesto que Aecio obtuvo las últimas victorias que lograron los romanos en Occidente, a veces es llamado «el último de los romanos».
Pero ahora no era con las tribus germánicas que huían de los hunos con los que debía luchar, sino contra los mismos hunos. Cuando Atila y sus hordas de hunos cruzaron el Rin en 451 (1204 A. U. C.), Aecio se vio obligado a hacer causa común con el visigodo Teodorico I. En verdad, los germanos de la Galia reconocieron el tremendo peligro que se cernía sobre todos, y francos y burgundios afluyeron al ejército de Aecio.
Los dos ejércitos, el de Atila, que incluía auxiliares de las tribus germánicas conquistadas por los hunos, sobre todo los ostrogodos, y el de Aecio, con su fuerte contingente visigodo, se encontraron en el norte de la Galia, en una región que había sido habitada por una tribu celta llamada los «catalauni». Por ello, la región es llamada los Campos Cataláunicos, y la principal ciudad de la región es ahora Châlons, a unos 140 kilómetros al este de París. La batalla que se libró allí es llamada la Batalla de Châlons o la Batalla de los Campos Catalaúnicos, pero de cualquier forma que la llamemos fue en cierta medida una batalla de godos contra godos.
Aecio colocó sus propias tropas en la izquierda de la línea del frente y a los visigodos en la derecha. Los aliados más débiles fueron situados en el centro, donde, esperaba Aecio, Atila (que siempre estaba en el centro de su propia línea), lanzaría el ataque principal. Eso fue lo que ocurrió. Los hunos atacaron por el centro y avanzaron, mientras los extremos de la línea de Aecio se cerraron sobre ellos, los rodearon e hicieron estragos.
Si la victoria hubiera sido explotada hasta el fin, los hunos podían haber sido barridos y Atila muerto. Pero Aecio era aún más intrigante que general y le interesaba que los visigodos no se hicieran demasiado fuertes como resultado de la victoria sobre los hunos. Teodorico, el viejo rey visigodo e hijo de Alarico, murió en la batalla, y Aecio entrevió aquí una oportunidad favorable. Había mantenido al hijo de Teodorico, Torismundo, como rehén para impedir que el viejo godo cambiase repentinamente de opinión con respecto al bando al que le convenía apoyar. Ahora envió al joven príncipe apresuradamente a Tolosa con su ejército para asegurarse la sucesión. Con la desaparición de los contingentes visigodos, Atila y lo que quedaba de su ejército pudieron escapar, pero Aecio podía estar seguro de que los visigodos estarían dedicados a una guerra civil. Aecio tenía razón. Torismundo subió al trono, pero al año fue muerto por su hermano menor, quien a su vez se hizo coronar con el nombre de Teodorico II.
Este dudoso asunto de Châlons impidió que Atila conquistase la Galia, pero no acabó con la amenaza de los hunos ni merece el honor de llevar el nombre de «victoria decisiva» que le otorgaron épocas posteriores.
Atila reorganizó su ejército, recuperó el aliento y, en 452, invadió Italia, usando todavía como excusa su petición de la mano de Honoria, que se había prometido a él. Puso sitio a Aquileya, ciudad del extremo septentrional del mar Adriático y después de tres meses la tomó y la destruyó. Algunos de sus habitantes, huyendo de la devastación, buscaron refugio en las lagunas cenagosas del Oeste. Este fue, según la tradición, el núcleo inicial de la que más tarde sería la famosa ciudad de Venecia. Italia estaba postrada ante el avance de este bárbaro que se jactaba de que «la hierba nunca vuelve a crecer allí donde pisa mi caballo». Los eclesiásticos proclamaron que era el medio por el cual Dios castigaba a un pueblo pecador. Era «el azote de Dios».
El avance de Atila hacia Roma no halló oposición. Como Honorio se había quedado acobardado en Ravena cuarenta años antes mientras Alarico atacaba Roma, así ahora Valentiniano III se quedó acobardado en Ravena. El único líder de Roma que podía oponerse a Atila fue el obispo de Roma, quien por entonces era León, un hombre de origen romano que había sido nombrado obispo en 440. (A causa de su historia a menudo se le llama «León el Grande».)
Fue bajo León cuando el obispo de Roma logró por primera vez la posición indiscutida de principal eclesiástico de Occidente. El cambio de la capital occidental de Milán a Ravena había arruinado el prestigio del obispo de Milán, mientras el poder bárbaro en Galia, España y África había disminuido el prestigio de los obispos de esas regiones.
La palabra «papa», que significa «padre», había sido aplicado en diversas lenguas y aún lo es («père», «padre») a los sacerdotes en general. En el Imperio Romano tardío fue aplicado a los obispos, en particular, y a los obispos importantes más particularmente aún.
Cuando León fue obispo de Roma, se hizo práctica corriente en Occidente limitar la palabra «Papa», con mayúscula, a él. León (y los posteriores obispos de Roma) fue el «Padre» por excelencia; era el Padre, el Papa.
Si bien es costumbre incluir a todos los obispos de Roma, desde el mismo Pedro, entre los papas, sólo en el reinado de León el nombre de «papa» se hizo común, y por eso León es considerado por algunos como el fundador del papado.
León adoptó una actitud firme en todas las disputas religiosas de la época. No vaciló en actuar como el primer obispo de la Iglesia, y su opinión fue adoptada por otros. Mostró su fuerza en una severa represión de los maniqueos, que fue el comienzo del fin de su intento de competir con el cristianismo por la adhesión del populacho. (Sin embargo, el maniqueísmo no murió, sino que llevó una existencia subterránea y tuvo influencia en el desarrollo de ciertas herejías medievales, sobre todo en el sur de Francia.)
El prestigio de León aumentó aún más por su acción con respecto a Atila. Roma, abandonada por sus líderes políticos, sólo podía apelar a León.
Recogiendo el desafío con firme valentía, León se dirigió al Norte para encontrar al conquistador que se aproximaba. Ambos se encontraron en 250, a orillas del río Po. Llevando sus vestimentas papales con toda su magnificencia y rodeado de toda la pompa que pudo lograr, León urgió a Atila abstenerse de atacar la ciudad sagrada del Imperio.
Según la tradición, Atila quedó desconcertado e impresionado por la firmeza de León, su imponente apariencia y la aureola del papado. Por temor reverente o por superstición, se retiró. A fin de cuentas, Alarico había muerto poco después del saco de Roma. También es posible que León acompañase sus palabras con la oferta de un generoso don en lugar de la mano de Honoria, y que el oro, tanto como el temor, persuadiesen a Atila a retirarse.
Atila abandonó Italia y, de vuelta en su campamento bárbaro, en 453 (1206 A. U. C.) se casó de nuevo, añadiendo una esposa más a su numeroso harén. Participó en una gran fiesta, luego se retiró a su tienda y, durante la noche, murió en circunstancias misteriosas.
Su imperio quedó dividido entre sus numerosos hijos y se desmembró casi inmediatamente bajo el impacto de una revuelta germana que estalló tan pronto como se difundió la noticia de la muerte de Atila. En 454, los germanos derrotaron a los hunos, y las hordas de éstos se disolvieron. El peligro había pasado.
El gran adversario de Atila no le sobrevivió mucho tiempo.
Para la corte romana, Aecio había sido demasiado afortunado. Había triunfado sobre su rival, Bonifacio; había triunfado sobre Atila. Su ejército le era devoto y bandas de bárbaros protectores lo rodeaban por todas partes.
El inepto Emperador, que había estado un cuarto de siglo en el trono y había llegado a una poco heroica edad adulta sólo gracias a las hazañas de su general, abrigaba un hondo resentimiento por haber temido a ese general. Le fastidiaba haberse visto obligado a admitir que su hija fuese prometida en matrimonio al hijo de Aecio. Como medio siglo antes había sido fácil hacer creer a su tío Honorio que Estilicón aspiraba al trono, así también ahora Valentiniano III fue convencido fácilmente de que la misma acusación contra Aecio era verdadera. Y, en cierto sentido, Aecio provocó su destino por su arrogancia y el engreimiento con que ignoraba las precauciones.
En septiembre de 454 se presentó solo ante Valentiniano, que visitaba Roma en ese momento. Aecio trataba de hacer los arreglos finales para el matrimonio de su hijo con la hija de Valentiniano que, por supuesto, era el elemento más sospechoso de la situación en lo concerniente al Emperador. Extrayendo repentinamente su espada, Valentiniano la clavó en Aecio, y ésta fue la señal para que los funcionarios de la corte rodeasen al general y lo acuchillasen.
Este acto no salvó a Valentiniano. No sólo fue impopular en toda Italia —que confiaba en Aecio como escudo contra los bárbaros—, sino que, para el Emperador, fue una forma de suicidio. Medio año más tarde, en marzo de 455 (1208 A. U. C.), dos hombres que antaño habían servido en la guardia personal de Aecio, hallaron finalmente la oportunidad y apuñalaron a Valentiniano hasta la muerte.
Valentiniano fue el último gobernante masculino descendiente directo de Valentiniano I. Este linaje duró, con creciente debilidad, casi un siglo. El último gobernante de este linaje en el Este fue Pulqueria, esposa del emperador Marciano y prima hermana de Valentiniano. Ella murió en 453 y Marciano en 457.

El vándalo Genserico
Ambas mitades del Imperio tenían ahora que elegir nuevos gobernantes.
En Constantinopla, el hombre más poderoso era Aspar, un germano que era jefe de las tropas bárbaras que custodiaban la capital. Podía haberse proclamado emperador, pero era arriano y sabía que, como gobernante, tendría que enfrentarse con la constante e infatigable oposición de los monjes y del pueblo. No valía la pena, evidentemente. Era más fácil poner a algún católico anodino en el trono y gobernar mediante él. La elección de Aspar recayó en León de Tracia (por la provincia en que había nacido), un anciano y respetado general.
El ascenso al trono de León puso de relieve otro cambio importante. Antaño había sido el Senado el que oficialmente nombraba un emperador, luego fue el ejército y ahora era la Iglesia. El patriarca de Constantinopla colocó la diadema de púrpura sobre la cabeza de León I, y la coronación del jefe del Estado por el jefe de la Iglesia ha sido habitual desde entonces.
Como Marciano antes que él, León actuó mejor de lo esperado. Entre otras cosas, no fue el títere de Aspar. En verdad, León se dispuso cuidadosamente a socavar la posición de Aspar, y una manera de hacerlo era cambiar el cuerpo de guardia imperial de germanos por otro de isaurios, miembros de ciertas tribus de Asia Menor oriental. Tal substitución hizo que León no temiera ser asesinado cuando se enfrentase con Aspar. Además, le proporcionó un grupo confiable de hombres al cual oponer contra los germanos de Aspar, en caso de una disputa violenta. Además, consolidó su situación dando en matrimonio a su hija al general de las tropas isaurias (quien adoptó el nombre griego de Zenón).
Este fue un proceso de importancia decisiva y marcó una diferencia esencial en el desarrollo de las historias de los Imperios Oriental y Occidental. El Oeste, desde la muerte de Teodosio I, más de medio siglo antes, había caído cada vez más en las manos de tropas y generales germanos, hasta que no quedó ningún romano que se resistiese a la completa germanización del Imperio. Pero en el Este hubo una efectiva resistencia contra los germanos. Después del asesinato de Rufino (véase página), los sucesivos germanos hacedores de reyes vieron reducirse cada vez más sus poderes, hasta que, bajo León I, los reclutamientos se hicieron entre los isaurios y otros pueblos del Imperio. Estos formaron un ejército nativo que pudo rechazar a los enemigos externos, mantener intactas las fronteras del Imperio Oriental y preservar su continuidad cultural durante mil años.
En el Oeste, un patricio romano, Petronio Máximo, fue elevado al trono después de la muerte de Valentiniano III. Para arrojar un brillo de legitimidad a la situación, Petronio obligó a Eudoxia, la viuda de Valentiniano, a casarse con él. Se dice que Eudoxia concibió un gran resentimiento por esto, en parte porque no le atraía mucho el anciano Petronio como persona y en parte porque sospechaba que éste había planeado el asesinato de su difunto esposo. Por ello, buscó ayuda para escapar de la situación.
Por entonces, el hombre más poderoso de Occidente era el vándalo Genserico. Estaba en los sesenta y tantos años, y él y sus vándalos gobernaban la provincia africana desde hacía un cuarto de siglo, pero su vigor no había disminuido en nada. Los otros bárbaros poderosos de la época —el visigodo Teodorico y el huno Atila— habían muerto, pero Genserico seguía vivo.
Más aún, fue el único de los bárbaros del siglo V que construyó una flota. Su dominación sobre la tierra firme africana no fue tan extensa como había sido la romana, pues las tribus nativas del norte de África nuevamente dominaban Mauritania y partes de Numidia, pero con su flota Genserico podía compensar esto en otras partes.
Dominaba Córcega, Cerdeña, las islas Baleares y hasta la punta occidental de Sicilia. Hacía incursiones, casi a su capricho, por la línea costera septentrional, en el Este y en el Oeste. Bajo Genserico, parecía haber renacido el antiguo imperio marítimo de Cartago, y Roma se enfrentaba ahora con él como antaño se había enfrentado con Cartago siete siglos antes.
Pero Roma no era ya la Roma de siete siglos antes. Ahora carecía de capacidad de resistencia, y Eudoxia, la Emperatriz, invitó a Genserico a ir a Roma, dándole seguridades de su debilidad y garantizándole el éxito, totalmente dispuesta a lograr su rescate personal a costa del sufrimiento general.
Genserico no necesitaba que le repitiesen la invitación. En junio de 455 (1208 A. U. C.), los barcos de Genserico llegaron a la desembocadura del Tíber. El emperador Petronio trató de huir, pero fue muerto por una muchedumbre presa del pánico que esperaba de este modo apaciguar al enemigo, y los vándalos entraron en la ciudad sin hallar oposición. Cuarenta y cinco años después de la entrada de Alarico en Roma, la ciudad del Tíber fue saqueada por segunda vez. La situación era particularmente curiosa, pues los invasores venían de Cartago. Hasta podemos imaginar al implacable espectro de Aníbal acuciándolos.
El papa León trató de usar su influencia con Genserico, como había hecho con Atila, pero la situación era diferente. Atila era un pagano que podía quedar impresionado por la aureola general de lo sobrenatural. Genserico era un arriano para quien el obispo católico no significaba nada.
Con todo, Genserico era un hombre eficiente. Había acudido en busca de botín y nada más. Durante dos semanas, de manera sistemática y casi científica se apoderó de todo lo que podía haber de valor para llevárselo a Cartago. No hubo ninguna destrucción inútil ni ninguna carnicería sádica. Roma se empobreció, pero, como después del saqueo de Alarico, quedó intacta. Por ello, es paradójico que la amarga denuncia romana de los robos de los vándalos haya hecho que hoy el término «vándalo» sea sinónimo de alguien que destruye insensatamente; esto fue precisamente lo que los vándalos no hicieron en esta ocasión.
Entre otras cosas, Genserico se apoderó de los vasos sagrados que Tito había llevado a Roma del destruido Templo de Jerusalén casi cuatro siglos antes. También ellos fueron llevados a Cartago.
En cuanto a Eudoxia, recibió el trato que debía haber esperado. Lejos de rescatarla y restaurarle su dignidad, el frío y poco sentimental Genserico la despojó de sus joyas y ordenó que ella y sus dos hermanas fuesen llevadas a Cartago como prisioneras.
El saco de Roma fue motivo de melancólicas reflexiones por parte de algunos historiadores de la época, particularmente Sidonio Apolinar (Gaius Sollius Apollinaris Sidonius), galo nacido en 430, que vivió durante las etapas finales del Imperio Romano de Occidente.
Sidonio llamó la atención sobre la manera en que, según la leyenda, había sido fundada Roma[6] . Rómulo y Remo esperaron en la mañana un prodigio. Remo vio seis águilas (o buitres) y Rómulo doce. Prevaleció Rómulo y fue él quien fundó Roma.
A lo largo de toda la historia romana, subsistió una superstición según la cual cada águila representaba un siglo. Si Remo hubiese construido la ciudad, habría durado seis siglos —según esa superstición—, hasta 153 a. C. (600 A. U. C.). Esa fue la época en la cual Cartago había sido finalmente destruida por los romanos victoriosos. ¿Podía haber sucedido que una Roma fundada por Remo hubiese sido derrotada por Aníbal después de la batalla de Cannas, para subsistir otro medio siglo, hasta su destrucción final a manos de los cartagineses?
Como Rómulo fundó la ciudad, ésta duró doce siglos, uno por cada águila. Los doce siglos terminaban en 447 (1200 A. U. C), y fue poco después cuando llegó Genserico, y llegó de Cartago, como si Roma, tarde o temprano, no pudiese eludir su destino. «Ahora, Roma, ya conoces tu destino», escribió Sidonio Apolinar.

El suevo Ricimero
Lo que quedó del ámbito romano en Occidente, fue disputado una vez más por dos generales que habían combatido bajo Aecio. Uno de ellos era Avito (Marcus Maecilius Avitus), quien descendía de una antigua familia gala. El otro era Ricimero, hijo de un cacique suevo.
Avito llevó adelante la política de Aecio en su Galia natal, tratando de usar a los bárbaros para salvar todo lo posible de la tradición romana. Formó una alianza con el rey visigodo Teodorico II, quien aprovechó la paz en la Galia para concentrar su atención en España. Allí, en 456, empezó a extender sus posesiones a expensas de los suevos. Con el tiempo, prácticamente toda España fue visigoda. Desde Bretaña a Gibraltar, los visigodos dominaban en todas partes, pero en las montañas del norte de España algunos suevos y los vascos nativos mantuvieron una precaria independencia.
Mientras tanto, las noticias de que Genserico había saqueado Roma y de que el trono imperial se hallaba vacante tentaron a Avito. Tenía el respaldo del poderoso Teodorico y obtuvo el consentimiento del Emperador de Oriente, Marciano. Durante breve tiempo, en 456, Avito fue emperador de Occidente.
Pero en oposición a él se hallaba Ricimero. Puesto que era de origen suevo, no cabía esperar que apoyase al hombre cuya alianza con los visigodos había conducido a la práctica extinción de los suevos en España.
Y la oposición de Ricimero no era de tomar a la ligera. En 456, expulsó de Córcega a una flota vándala, y todo el que por entonces pudiese brindar el espectáculo de una victoria romana sobre los odiados vándalos se convertía en el favorito de Roma. Cuando Ricimero ordenó que Avito abandonase el trono, éste tuvo que obedecer.
En lo sucesivo, durante dieciséis años Ricimero fue el verdadero gobernante de Roma, designando una serie de emperadores nominales a través de los cuales gobernó.
El primero al que colocó en el trono fue Majoriano (Julius Valerios Majorianus), quien también habría luchado bajo Aecio. La primera tarea era la guerra con los vándalos. Un contingente de vándalos que saqueaba la costa de Italia al sudeste de Roma fue sorprendido y atacado por tropas imperiales, que rechazaron a los vándalos a sus barcos haciendo gran mortandad entre ellos.
Estimulado por este triunfo, Majoriano preparó una poderosa flota para invadir África. Para esto, necesitaba la ayuda del rey visigodo, Teodorico. Al principio, Teodorico II, recordando el destino de su viejo aliado Avito, no se mostró dispuesto a brindar su ayuda. Cuando los visigodos perdieron una batalla en la Galia ante las tropas imperiales, Teodorico juzgó que era mejor unirse a la causa común contra los vándalos, como ocho años antes su padre se había unido a la causa común contra los hunos. La flota romano-goda se reunió en Cartagena, en España.
Pero Genserico estaba en guardia. En un ataque repentino, su flota sorprendió a la flota imperial aún no preparada y la destruyó, en 460. El desconcertado Majoriano se vio obligado a hacer la paz y volver sin gloria a Roma, donde Ricimero, juzgando que ya no era útil, lo obligó a dimitir en 461 (1214 A. U. C.). Cinco días más tarde fue muerto, quizás envenenado.
Los intentos de Ricimero de nombrar otros emperadores fueron obstaculizados por el hecho de que León I, el Emperador de Oriente, negó su necesario consentimiento. La fuerza creciente de León I le hizo pensar en la posibilidad de unir todo el Imperio bajo su mando, como antaño había estado unido bajo Teodosio I, casi un siglo antes.
Para empezar, León necesitaba que en el trono occidental hubiese alguien a quien pudiese considerar como su títere seguro. Después de muchas negociaciones con Ricimero, llegaron a un acuerdo y éste aceptó al candidato de León, Antemio, quien era yerno del emperador Marciano, predecesor de León en el trono de Constantinopla. Antemio se convirtió en el Emperador de Occidente en 467 (1220 A. U. C.) y su posición quedó fortalecida cuando Ricimero, el verdadero gobernante de Roma, se casó con la hija de Antemio.
El paso siguiente de León fue enviar su flota contra los vándalos, para realizar la tarea que Majoriano había sido incapaz de llevar a cabo. Con la gloria que le brindaría una victoria y con la anexión de África conquistada para su trono, parecía no haber límites a lo que pudiera realizar en el futuro. Se preparó una enorme flota de más de 1.100 barcos, tripulada, según relatos de la época, por 100.000 hombres.
Cerdeña fue arrancada a los vándalos con esa flota, y un ejército desembarcó en África. Durante un tiempo, las cosas se presentaron mal para el anciano Genserico, que entonces se hallaba en sus setenta y tantos años. Pero Genserico, al observar que la flota imperial estaba negligentemente custodiada y apiñada en el puerto por el mismo exceso de su número, pensó que ofrecía un blanco tentador.
Durante la noche, Genserico envió barcos en llamas que fueron a la deriva contra la enorme flota, la cual pronto quedó reducida a ruinas. Las tropas imperiales se vieron obligadas a huir como pudieron y toda la expedición terminó en un grotesco fracaso.
Sin embargo, León logró sacar algún provecho de esta situación. Logró culpar del fracaso a su general Aspar y lo hizo ejecutar en 471. Esto puso fin a la influencia germana en el Imperio Oriental.
En el Oeste, Ricimero trató de salvar la situación acusando a Antemio y deponiéndolo en 472 (1225 A. U. C.). Luego eligió un títere propio, pues León ya no estaba en condiciones de ejercer influencia alguna en Occidente. El títere fue Anicio Olibrio, quien se había casado con Placidia, la hermana de Valentiniano III, lo que le permitió obtener algo de la aureola del gran Teodosio I. Pero Olibrio y Ricimero murieron ese mismo año.
El camino quedaba despejado para que León I intentase elegir un títere suyo, y en 473 eligió a Julio Nepote (pariente de León por matrimonio) como Emperador de Occidente.
Pero León murió en 474. Su nieto, que también era hijo del general de su cuerpo de guardia isaurio, le sucedió con el nombre de León II, reinó unos pocos meses y murió. El general isaurio Zenón, padre de León II se convirtió entonces en el Emperador de Oriente.
A la muerte de León I, el Imperio Romano de Oriente estaba aún completamente intacto. Sus fronteras seguían siendo prácticamente las mismas que a la muerte de Teodosio I, ochenta años antes o, también, que en la época de Adriano, tres siglos y medio antes.
No ocurría lo mismo con el Imperio Romano en Occidente. En 466, Teodorico II, del Reino Visigodo, había sido muerto por su hermano Eurico, bajo el cual el Reino llegó a la cúspide de su poder. Eurico hizo publicar codificaciones del derecho romano, adaptándolo a las tradiciones godas, para que su gobierno no fuera un mero bandolerismo bárbaro. En verdad, bajo el régimen asentado de los godos, quizás el campesinado estuvo mejor que bajo el débil gobierno de los romanos antes de la llegada de los visigodos. Los nativos vivían bajo sus propias leyes, y sus derechos eran respetados. Los godos se apoderaron de dos tercios de las tierras, el ganado y los esclavos, y, desde luego, los terratenientes romanos despojados sufrieron. También, el populacho se resentía del cristianismo arriano de sus amos godos. Con todo, la vida cotidiana no mostró ningún repentino descenso a una edad oscura.
El tercio sudoriental de la Galia quedó bajo el firme dominio de los burgundios en expansión, cuya frontera ahora lindaba con la de los visigodos. Y en el sudeste de Britania los anglosajones se establecieron firmemente.
En el norte de la Galia, una parte de la población nativa conservó su independencia. Formó el Reino de Soissons, centrado en esta ciudad, situada a unos cien kilómetros al noreste de París. Fue gobernado por Siagrio, el último gobernante de una parte considerable de la Galia que cabe considerar romano, aunque se había revelado contra Roma y mantenido su independencia de la corte imperial.
En África aún gobernaba Genserico. Murió en 477, época en que había llegado a la avanzada edad de ochenta y siete años. Había gobernado África durante casi medio siglo y siempre había sido victorioso. De todos los bárbaros que provocaron la ruina del Imperio Romano en el siglo V, él fue el más capaz y el de mayor éxito.
Prácticamente, todo lo que le quedaba a la corte imperial de Ravena era la misma Italia e Iliria.

El Hérulo Odoacro
Después de la muerte de Ricimero, los fragmentos restantes de los dominios del Oeste cayeron bajo el poder de otro general, Orestes. Obligó a abdicar a Julio Nepote y puso a su propio hijo, Rómulo Augusto, en el trono, en 475.
El nombre de Rómulo Augusto parecía un augurio favorable, pues Rómulo había sido el fundador de Roma y Augusto el fundador del Imperio. Sin embargo, no fue un buen augurio. Rómulo sólo tenía catorce años cuando llegó al trono, por lo que su nombre fue deformado, convirtiéndolo en su diminutivo: Rómulo Augústulo («Rómulo, el pequeño Emperador»), que es como se lo conoce comúnmente en la historia.
Rómulo iba a ser emperador por menos de un año, pues inmediatamente surgieron problemas con los mercenarios bárbaros que servían a la causa imperial en Italia. Les irritaba la idea de que en otras provincias, como en Galia, España y África, sus parientes germanos gobernaban en lugar de servir. Por ello, exigieron la cesión de un tercio de las tierras de Italia.
Orestes, quien era el poder real detrás de su hijo, se negó a aceptarlo. Los mercenarios se agruparon bajo un jefe llamado Odoacro (un hérulo, es decir, un miembro de una de las tribus germánicas menos famosas) y decidieron apoderarse de todo, ya que no se había querido darles una parte. Orestes se vio obligado a retirarse a Ticino (la moderna Pavía), en el norte de Italia. La ciudad fue tomada y Orestes ejecutado.
El 4 de septiembre de 476, Rómulo Augústulo fue obligado a abdicar y desapareció de la historia. Odoacro no se molestó en elegir otro títere. En verdad, hacía siglos que ningún emperador gobernaba realmente con capital en el Oeste, y cuando apareció otro (el famoso Carlomagno), iba a gobernar sobre un ámbito que nada tenía en común, excepto el nombre, con el Imperio Romano de Augusto y Trajano.
Por esta razón, el 476 (1229 A. U. C.) es habitualmente considerado como la fecha de «la caída del Imperio Romano».
Pero la fecha es engañosa. Nadie en ese período consideraba que el Imperio Romano había «caído». En verdad, existía aún y era la mayor potencia de Europa. Su capital estaba en Constantinopla y su emperador era Zenón. Sólo porque nosotros descendemos culturalmente del Oeste romano, tendemos a ignorar la existencia continua del Imperio Romano en el Este.
En el pensamiento de la época, era cierto que algunas de las provincias occidentales del Imperio estaban ocupadas por germanos, pero esas provincias aún formaban parte del Imperio —al menos en teoría— y a menudo los reyes germanos gobernaban como funcionarios romanos de uno u otro género. Los reyes bárbaros, quienes aceptaban el concepto casi místico de un imperio indestructible, valoraban como un gran honor que se les otorgara el título de «patricio» o el de «cónsul».
El mismo Zenón nunca reconoció a Rómulo Augústulo como emperador de Occidente. El Emperador Oriental consideraba al muchacho un usurpador y a Julio Nepote como a su único colega legal. Después de su deposición, Julio Nepote había huido de Roma y vivía en Iliria, donde se mantuvo como Emperador Romano de Occidente y fue reconocido como tal por Zenón.
El Imperio Occidental subsistió en un sentido legal hasta 480 (1233 A. U. C), cuando Julio Nepote fue asesinado. Sólo entonces no hubo emperador en el Oeste, para la corte de Constantinopla.
En lo sucesivo, en teoría el Imperio quedó unificado, como lo había estado en los días de Constantino I y Teodosio I. Zenón se convirtió en único emperador. Otorgó el rango de Patricio a Odoacro, quien gobernó Italia (en teoría) como delegado de Zenón. Odoacro envió la insignia imperial a Constantinopla, reconociendo así a Zenón como emperador. Nunca fue llamado rey de Italia, sino sólo rey de las tribus germánicas, que ahora empezaron a apropiarse de las tierras de la península.
Después del asesinato de Julio Nepote, Odoacro invadió Iliria con el pretexto de vengar su muerte. Lo hizo, sin duda, ejecutando a uno de los asesinos. Pero también anexó Iliria a sus posesiones, lo cual lo hizo incómodamente poderoso e incómodamente cercano, desde el punto de vista de Zenón.
Zenón empezó a mirar alrededor en busca de algún método para neutralizar al peligroso Odoacro.

El ostrogodo Teodorico
Sus ojos se dirigieron a los ostrogodos.
Los ostrogodos habían caído bajo la férula de los hunos un siglo antes, cuando los visigodos, que estaban más al Oeste, lograron evitar el mismo destino entrando en el Imperio Romano como refugiados. Los ostrogodos permanecieron sometidos por ochenta años, y lucharon al lado de los hunos en la batalla de los Campos Cataláunicos.
Después de la muerte de Atila y el derrumbe del imperio huno, los ostrogodos se liberaron nuevamente. Hicieron periódicamente incursiones por el Imperio Occidental y se establecieron al sur del Danubio, donde fueron un constante perjuicio y amenaza para Constantinopla. En 474, los ostrogodos se encontraban bajo el mando de un líder capaz, Teodorico.
Zenón pensó que podía matar dos pájaros de un tiro. Nombró delegado al ostrogodo Teodorico y lo envió contra el hérulo Odoacro. De este modo, para empezar, pudo librarse de los ostrogodos. Y la lucha entre los dos germanos, pensó, debilitaría a ambos.
En 488 (1241 A. U. C.), Teodorico partió al Oeste con la bendición complacida de Zenón. Bordeó el norte del mar Adriático y penetró en Italia, donde derrotó a Odoacro en dos batallas distintas. En 489, Odoacro estaba sitiado en Ravena.
Teodorico llevó adelante el asedio paciente e incansablemente, y en 493 (1246 A. U. C.) Ravena se vio obligada a capitular. Teodorico, violando las condiciones de la rendición, mató a Odoacro por su propia mano.
Luego Teodorico gobernó como monarca indiscutido sobre Italia, Iliria y las regiones situadas al norte y al oeste de Italia. Su posición fue reconocida por Anastasio, el nuevo emperador, quien había subido al trono a la muerte de Zenón, en 491.
Teodorico fue rey durante toda una generación, y su gobierno fue tan capaz, justo y benigno, y su reinado tan próspero, que a veces se lo llamó «Teodorico el Grande».
En verdad, el primer cuarto del siglo VI fue un período excepcional para Italia. Comparado con el siglo de pesadilla que había empezado con la invasión de Alarico, Italia, bajo Teodorico, parecía el cielo. De hecho, no había sido tan bien gobernada desde la época de Marco Aurelio, tres siglos antes.
Teodorico fue un guardián consciente de la herencia romana. Aunque sus godos se adueñaron de gran parte de las que habían sido tierras del Estado en Italia, lo hicieron con un mínimo de injusticia para los terratenientes privados. La población romana no fue oprimida y los romanos pudieron alcanzar altos puestos bajo los godos, como los germanos habían alcanzado altos cargos bajo los romanos. La corrupción entre los funcionarios fue reducida al mínimo, los impuestos disminuyeron, los puertos fueron dragados y las ciénagas desecadas. La agricultura prosperó en esta época de profunda paz. La ciudad de Roma vivió en calma, sin saqueos como los dos del siglo V, y el Senado romano fue respetado. Aunque Teodorico era arriano, tuvo tolerancia para con sus súbditos católicos. (En los dominios de los vándalos y los visigodos arrianos, en cambio, los católicos sufrieron períodos de persecución.)
Hasta parecía que la cultura romana podía alcanzar un nuevo brillo. Casiodoro (Flavius Magnus Aurelius Cassiodorus Senator) nació en el 490 y llegó a la patriarcal edad de noventa y cinco años. Fue tesorero de Teodorico y sus sucesores. Dedicó su vida al saber y fundó dos monasterios para reunir y copiar libros famosos de toda clase. El mismo escribió voluminosos tratados en los campos de la historia, la teología y la gramática. También escribió una historia de los godos, que indudablemente sería valiosísima si la tuviéramos, pero se ha perdido.
Boecio (Anicius Manlius Severinus Boethius), nacido en 480, fue el último de los filósofos antiguos. Fue cónsul en 510, y sus dos hijos también fueron cónsules juntos en 522. El sentimiento de que Roma era aún lo que había sido antaño surgió con tanta fuerza que Boecio pensó haber llegado a la cumbre de la felicidad al ver a sus hijos lograr un título eminente que, en verdad, carecía de toda significación, excepto por el honor que confería o parecía conferir. (Desgraciadamente, Boecio fue enviado a prisión en sus últimos años por un Teodorico que estaba envejeciendo, era cada vez más receloso y temía que el filósofo estuviera intrigando con el Emperador Oriental. Finalmente, fue ejecutado.)
Presuntamente, Boecio era cristiano, pero esto no aparece claramente en sus obras filosóficas, que conservan un resabio del estoicismo de los grandes días del Imperio pagano.
Tradujo algunas obras de Aristóteles al latín y escribió comentarios sobre Cicerón, Euclides y otros autores antiguos. Estas obras, pero no los originales, sobrevivieron en la primera mitad de la Edad Media, por lo que Boecio fue el último rayo de luz que iluminó la posterior oscuridad.


En verdad, en esos primeros años del siglo VI parecía posible esperar que Roma absorbiera el efecto de las invasiones bárbaras y que germanos y romanos se fusionasen para formar un Imperio rejuvenecido, más fuerte aún que antes.
Por desgracia, los líderes germanos eran arrianos, y aunque germanos y romanos pudieran mezclarse, no ocurría lo mismo entre arrianos y católicos.
Lamentablemente, también, la afluencia de tribus germánicas no había terminado y no se iba a seguir manteniendo la situación tal como era durante los primeros tiempos del reinado de Teodorico.
En la Galia del Noreste, los francos, quienes por siglo y medio habían permanecido razonablemente calmos, cayeron ahora bajo el mando de un dinámico jefe llamado Clodoveo. En 481, cuando llegó al poder, Clodoveo sólo tenía quince años. Cinco años después, empero, tras haber consolidado su poder sobre su pueblo, tuvo edad suficiente para iniciar un programa de expansión.
El primer blanco de Clodoveo fue Siagrio, el gobernante de Soissons. Siagrio fue atacado, derrotado y muerto en 486 (1239 A. U. C), y así desapareció el último trozo de territorio de lo que había sido antaño el Imperio Romano de Occidente que aún estaba gobernado por pueblos nativos del Imperio.
Una larga era llegó a su fin. Habían pasado mil doscientos treinta y nueve años desde que se fundase a orillas del Tíber una pequeña aldea llamada Roma. Había llegado a ser la mayor nación del mundo antiguo, había creado un Imperio que brindó paz a cien millones de personas y un sistema de leyes a las generaciones siguientes. Había adoptado una religión oriental, le había insuflado el espíritu romano y legado a la posteridad. Pero ahora, en 1239 A. U. C., no gobernaba nadie en el Oeste que pudiese considerarse como un verdadero y directo descendiente de la tradición romana.
Sin duda, la mitad oriental del Imperio estaba aún intacta, y aún iba a tener grandes emperadores, pero el Imperio Oriental se estaba alejando del horizonte del Oeste en desarrollo. Desempeñaría un pequeño papel en el desarrollo de una nueva civilización que iba a surgir en lugar del Imperio Romano.
Al desaparecer la última porción del Imperio Occidental, Europa dio un viraje decisivo. ¿Quién iba a construir la nueva civilización sobre las ruinas de la antigua? Los francos y los godos estaban en el escenario. Otros, aún desconocidos, iban a seguirlos: lombardos, hombres del Norte y árabes. Hasta el Imperio Oriental iba a intentar una vuelta al pasado.
Pero los verdaderos herederos de Roma en Occidente iban a ser los francos. La victoria de Clodoveo en Soissons fue el primer susurro de un nuevo Imperio Franco futuro y una nueva cultura franca —centrada en París, y no en Roma— que iba a conducir a la Alta Edad Media y, más tarde, a nuestro mundo actual.

GENEALOGIAS

GUIA PARA LAS GENEALOGIAS



hijo consangíneo


hijo adoptivo
=
matrimonio
bastardillas
mujeres
negrita
emperadores (con fechas de reinado)





I. EL LINAJE DE AUGUSTO (27 a.C.-68)
Augusto
(27 a.C.-14)
=
Livia
=
Tiberio Claudio Nerón






Julia

Tiberio
(14-37)
Druso







Agripina
=
Germánico
Claudio
(41-54)






Calígula
(37-41)

Agripina







Nerón
(54-68)






II. EL LINAJE DE VESPASIANO

Vespasiano
(69-79)







Tito
(79-81)
Domiciano
(81-96)



III. EL LINAJE DE NERVA (96-192)


Nerva
(96-98)



Trajano
(98-117)


Adriano
(117-138)


Antonino Pío
(138-161)





Marco Aurelio
(161-180)
Lucio Vero
(161-169)



Cómodo
(180-192)






IV. EL LINAJE DE SEPTIMO SEVERO (193-235)




Basiano





Septimio Severo = Julia Domma

Julia Mesa
(193-211)











Julia Soemias
Julia Mamea
Caracalla
(211-217)
Geta
(211-212)




Heliogábalo
(218-222)
Alejandro Severo
(222-235)





V. EL LINAJE DE CONSTANCIO I CLORO (293-363)

Helena
=
Constancio I
(293-306-César)
=
Teodora








Constantino I
(306-337)

Constancio
Constancia
=
Licinio (307-324)









Galo
Juliano
(360-363)

Constantino II
(337-340)
Constancio II
(337-361)
Constante
(337-350)






VI. EL LINAJE DE VALENTINIANO (364-472)


Graciano









Valentiniano I
(364-375)

Valente
(364-378)









Graciano
(367-383)

Teodosio I
(379-395)
=
Gala

Valentiniano II
(375-392)

(de un matrimonio anterior)











Gala Placidia
=
Constancio III
(409)
Eudoxia
=
Arcadio
(383-408)
Honorio
(393-423)









Valentiniano III
(423-455)





Teodosio II
(402-450)
Pulqueria
=
Marciano
(450-457)





Placidia
=
Olibrio
(472)

CRONOLOGÍA
NOTA.—a. C. representa el número de años antes del naci­miento de Cristo. A. U. C. representa el número de años poste­riores a la fundación de Roma. Los años de nacimiento común­mente son dudosos.

Sistema actual de datación
A.U.C.

753 a.C.
1
Fundación de Roma.
509 a.C.
244
Creación de la República Romana.
390 a.C.
363
Los galos ocupan Roma.
270 a.C.
483
Roma domina a toda Italia.
216 a.C.
537
Roma pierde la batalla de Carinas frente a Aníbal.
202 a.C.
551
Roma derrota a Cartago.
133 a.C.
620
Roma domina prácticamente el mundo me­diterráneo.
101 a.C.
652
Mario derrota a los invasores germanos.
70 a.C.
683
Nacimiento de Virgilio.
65 a.C.
688
Nacimiento de Horacio.
63 a.C.
690
Nacimiento de Octavio (Augusto).
59 a.C.
694
Nacimiento de Tito Livio.
44 a.C.
709
Asesinato de Julio César.
43 a.C.
710
Nacimiento de Ovidio.
42 a.C.
711
Nacimiento de Tiberio.
29 a.C.
724
Octavio obtiene el poder en Roma.
27 a.C.
726
Octavio se convierte en Augusto. Creación del Imperio Romano.
19 a.C.
734
Muerte de Virgilio.
9
762
Roma pierde la batalla del Teutoburger Wald y se retira al río Rin. Nacimiento de Vespasiano.
14
767
Muerte de Augusto. Tiberio se convierte en emperador.
17
770
Muerte de Ovidio y de Tito Livio.
29
782
Crucifixión de Jesús.
35
788
Nacimiento de Nerva.
37
790
Muerte de Tiberio. Calígula es emperador. Pablo se convierte al cristianismo.
41
794
Asesinato de Calígula. Claudio es elegido emperador.
43
796
El ejército romano conquista Britania.
52
805
Nacimiento de Trajano.
54
807
Muerte de Claudio. Nerón es emperador.
58
811
Corbulo derrota a los partos.
60
813
Nacimiento de Juvenal.
61
814
Revuelta de Boudica en Britania.
64
817
Gran incendio de Roma. Primera persecución organizada de los cristianos. Martirio de Pe­dro y Pablo.
65
818
Muerte de Séneca y de Lucano.
66
819
Estalla la rebelión judía contra Roma. Se niega a Nerón la admisión en los Misterios Eleusinos.
68
821
Suicidio de Nerón.
69
822
Vespasiano se convierte en emperador.
70
823
Tito toma Jerusalén y destruye el Templo.
76
829
Nacimiento de Adriano.
79
832
Muerte de Vespasiano. Tito es emperador. Destrucción de Pompeya. Muerte de Plinio.
81
834
Muerte de Tito. Domiciano es emperador.
83
836
Agrícola completa la conquista de Gales y el sur de Escocia. Domiciano ocupa la saliente Rin_Danubio.
86
839
Nacimiento de Antonino Pío.
90
843
Domiciano admite pagar un tributo anual a los dacios.
96
849
Asesinato de Domiciano. Nerva es hecho emperador.
100
853
Muerte de Quintiliano y de Josefo.
104
857
Muerte de Marcial.
107
860
Trajano completa la conquista de Dada.
112
865
Plinio el Joven y Trajano discuten la tolerancia del cristianismo.
114
867
Trajano llega al golfo Pérsico. El Imperio Romano alcanza su máxima extensión.
117
870
Muerte de Trajano. Le sucede Adriano, quien abandona Armenia y Mesopotamia.
118
871
Muerte de Tácito.
121
874
Se construye la Muralla de Adriano en Britania. Nacimiento de Marco Aurelio. Muerte de Suetonio.
125
878
Adriano visita Atenas y funda Adrianópolis.
132
885
Los judíos se rebelan contra Adriano.
135
888
Judea queda sin judíos.
138
891
Muerte de Adriano. Antonino Pío es elegido emperador. Muerte de Juvenal.
140
893
Muerte de Epícteto.
142
895
Se construye la Muralla de Antonino a través de Escocia.
146
899
Nacimiento de Septimio Severo.
160
913
Nacimiento de Tertuliano.
161
914
Muerte de Antonino Pío. Marco Aurelio y Lucio Vero son nombrados co-emperadores.
166
919
La peste que llega de Oriente asóla el Imperio.
169
922
Muerte de Lucio Vero. Marco Aurelio queda como único emperador.
180
933
Muerte de Marco Aurelio. Cómodo es emperador.
185
938
Nacimiento de Orígenes.
192
945
Asesinato de Cómodo.
193
946
Septimio Severo llega a ser emperador.
197
950
Septimio Severo saquea Lugdunum y elimina a su último rival.
205
962
Nacimiento de Plotino.
211
964
Muerte de Septimio Severo. Caracalla y Geta se convierten en co-emperadores.
212
965
Asesinato de Geta. Se concede la ciudadanía a todos los hombres libres del Imperio. Naci­miento de Aureliano.
217
970
Asesinato de Caracalla.
218
971
Heliogábalo es elegido emperador.
222
975
Asesinato de Heliogábalo. Alejandro Severo es elegido emperador.
225
978
Muerte de Tertuliano.
226
979
Se crea el Imperio Sasánida (Neopersa).
235
988
Asesinato de Alejandro Severo.
238
991
Gordiano III se convierte en emperador.
243
996
Timesiteo derrota a Sapor I de Persia.
244
997
Asesinato de Gordiano III. Es emperador Filipo el Árabe.
245
998
Nacimiento de Diocleciano.
248
1001
Celebración de los mil años de historia romana.
249
1002
Filipo el Árabe muere en batalla. Decio es elegido emperador.
250
1003
Decio ordena la persecución de los cristianos.
251
1004
Decio muere en batalla contra los godos. Galo es nombrado emperador. Muerte de Orígenes.
253
1006
Galo muere en batalla. Valeriano y Galieno son elegidos co-emperadores.
259
1012
Valeriano es capturado por Sapor I de Persia.
260
1013
Algunas provincias occidentales se separan y se hacen independientes.
267
1020
Los godos saquean Atenas. Odenato de Palmira, después de rechazar a los persas, es asesinado.
268
1021
Asesinato de Galieno. Es emperador Claudio II. Zenobia, viuda de Odenato, se apo­dera de provincias orientales.
270
1023
Claudio derrota a los godos. Muere de muerte natural. Aureliano es elegido emperador. Muerte de Plotino.
271
1024
Aureliano empieza a construir una muralla fortificada alrededor de Roma. Abandona la provincia de Dacia.
272
1025
Muerte de Sapor I de Persia.
273
1026
Aureliano destruye Palmira y recupera el Este.
274
1027
Aureliano toma las provincias occidentales y gobierna nuevamente sobre un Imperio uni­ficado.
275
1028
Asesinato de Aureliano.
276
1029
Primero Tácito y luego Probo se convierten en emperadores.
280
1033
Nacimiento de Constantino I.
281
1034
Asesinato de Probo. Caro es elegido emperador y prescinde de la confirmación sena­torial.
283
1036
Asesinato de Caro. Diocleciano es elegido emperador.
285
1038
Antonio funda el monaquismo.
286
1039
Diocleciano nombra co-emperador a Maximiano. Divide el Imperio en el Este y el Oeste. Maximiano establece su capital en Mi­lán.
293
1046
Galerio y Constancio Cloro son nombrados Césares.
297
1050
Constancio Cloro reconquista Britania.
301
1054
Diocleciano trata sin éxito de controlar salarios y precios.
303
1056
Diocleciano inicia la persecución de los cristianos. Armenia se convierte oficialmente al cristianismo.
305
1058
Abdicación de Diocleciano. Galerio se convierte en emperador.
306
1059
Muerte de Constancio Cloro. Constantino I es proclamado emperador.
309
1062
Nacimiento de Sapor II de Persia.
310
1063
Muerte de Maximiano. Licinio es hecho coemperador.
311
1064
Muerte de Galerio.
312
1065
Constantino I gana la batalla de Puente Milvio y otorga su favor al cristianismo.
313
1066
El Edicto de Milán establece la tolerancia religiosa en el Imperio. Muerte de Diocle­ciano.
321
1074
Nacimiento de Valentiniano I.
324
1077
Muerte de Licinio. Constantino I queda como único emperador.
325
1078
Se reúne el Concilio de Nicea.
330
1083
Establecimiento de Constantinopla como capital del Este.
331
1084
Nacimiento de Juliano.
337
1090
Muerte de Constantino I. Sus tres hijos se convierten en co-emperadores.
340
1093
Nacimiento de Ambrosio y Jerónimo. Muerte de Constantino II.
345
1098
Nacimiento de Juan Crisóstomo.
346
1099
Nacimiento de Teodosio I.
350
1103
Muerte de Constante.
351
1104
Constancio II se convierte en único emperador.
354
1107
Nacimiento de San Agustín.
355
1108
Juliano es nombrado César. Inicia la campaña de la Galia.
359
1112
Sapor II toma Amida. Nacimiento de Estilicón.
361
1114
Muerte de Constancio II. Juliano se convierte en emperador y trata de restablecer el paganismo.
363
1116
Fracaso de la invasión de Persia por Juliano. Muerte de Juliano. Joviano es elegido em­perador. Victoria final del cristianismo.
364
1117
Muerte de Joviano. Valentiniano y Valente son co-emperadores.
370
1123
Nacimiento del visigodo Alarico.
374
1127
Ambrosio es nombrado obispo de Milán. Los hunos invaden el Oeste y atacan a los godos.
375
1128
Muerte de Valentiniano I. Graciano y Valentiniano II son co-emperadores.
376
1129
Los visigodos cruzan el Danubio en huida ante los hunos.
378
1131
Las legiones romanas son aplastadas y destruidas por la caballería goda en la batalla de Adrianópolis. Muerte de Valente. Teodosio es elegido emperador.
379
1132
Muerte de Sapor II.
382
1135
Graciano renuncia al título de «Pontifex Maximus» y quita el altar pagano de la Vic­toria del Senado romano.
383
1136
Asesinato de Graciano.
390
1143
Ambrosio obliga a Teodosio a hacer penitencia por el saqueo de Tesalónica. Nacimiento del vándalo Genserico y de León (luego el papa León I).
392
1145
Asesinato de Valentiniano II.
394
1147
El Imperio queda unificado con Teodosio como único emperador. Este pone fin a los Juegos Olímpicos. Finalmente, hace del cato­licismo la religión oficial del Imperio Ro­mano.
395
1148
Muerte de Teodosio. Arcadio es emperador de Oriente y Honorio de Occidente. San Agustín es nombrado obispo de Hipona.
396
1149
El visigodo Alarico invade Grecia, saquea Eleusis y destruye el templo de Ceres. Naci­miento de Aecio.
397
1150
Muerte de Ambrosio.
398
1151
Juan Crisóstomo es nombrado patriarca de Constantinopla.
400
1153
Alarico invade el norte de Italia.
402
1155
Estilicón derrota a Alarico en la batalla de Pollentia.
404
1157
La capital de Occidente es trasladada de Milán a Ravena. Juan Crisóstomo es exiliado.
406
1159
Nacimiento del huno Atila. Los germanos cruzan el Rin, para siempre.
407
1160
Los romanos abandonan la provincia de Britania.
408
1161
Ejecución de Estilicón. Alarico invade nuevamente Italia. Muerte de Arcadio. Teodosio II es proclamado Emperador de Oriente.
409
1162
Suevos, alanos y vándalos se establecen en España.
410
1163
Saqueo de Roma por Alarico. Este muere.
415
1168
Los visigodos derrotan a otras tribus ger­mánicas en España.
418
1171
Teodorico I funda el Reino Visigodo de Tolosa, primero de los reinos germánicos su­cesores.
420
1173
Muerte de Jerónimo.
423
1176
Muerte de Honorio. Valentiniano III es emperador de Occidente.
428
1181.
Genserico y sus vándalos son invitados a pasar a África por Bonifacio
430
1183
Muerte de San Agustín.
431
1184
Genserico toma Hipona.
433
1186
Atila y Bleda se convierten en co-gobernantes de los hunos.
434
1187
Nacimiento del hérulo Odoacro
436
1191
Los burgundios y los francos son obligados a cruzar el Rin y entrar en la Galia por los hunos.
439
1192
Genserico se apodera de Cartago.
440
1193
León I es elegido Papa.
445
1196
Muerte de Bleda. Atila quedó como único gobernante de los hunos.
450
1203
Muerte de Teodosio II. Marciano se convierte en Emperador de Oriente.
451
1204
Aecio y los visigodos derrotan a Atila en la batalla de los Campos Cataláunicos. Muerte del visigodo Teodorico I.
452
1205
Atila invade Italia. Retrocede ante el papa León I. Fundación de Venecia.
453
1206
Muerte de Atila.
454
1207
La revuelta de los germanos pone fin al Imperio Huno para siempre. Asesinato de Aecio. Nacimiento del ostrogodo Teodorico.
455
1208
Asesinato de Valentiniano III. Genserico saquea Roma.
456
1209
Teodorico II extiende el Reino Visigodo a España.
457
1210
Muerte de Marciano. León I es elegido Emperador de Oriente. El suevo Ricimero es el verdadero poder en Occidente, y hace a Majoriano Emperador occidental.
460
1213
La expedición romana occidental contra Gensérico en Cartago fracasa completamente.
461
1214
Muerte de Majoriano. Muerte del papa León I.
466
1219
Muerte del visigodo Teodorico II. Eurico le sucede en el trono visigodo. Nacimiento de Clodoveo.
468
1221
La expedición romana oriental contra Genserico en Cartago fracasa totalmente.
472
1225
Muerte de Ricimero.
473
1226
Julio Nepote es nombrado Emperador de Occidente por León I.
474
1227
Muerte de León I. Zenón es Emperador de Oriente. Teodorico I se convierte en rey de los ostrogodos.
475
1228
Julio Nepote es obligado a abdicar. Rómulo Augústulo se convierte en emperador ro­mano.
476
1229
Abdicación de Rómulo Augústulo. Odoacro gobierna en Italia. «Caída del Imperio Ro­mano.»
477
1230
Muerte de Genserico.
480
1233
Asesinato de Julio Nepote.
481
1234
Clodoveo es proclamado rey de los francos.
484
1237
Muerte de Eurico. Alarico II es elegido rey de los visigodos.
486
1239
Clodoveo conquista el Reino de Soissons, borrando el último vestigio de gobierno romano en Occidente.
488
1241
Teodorico I y los ostrogodos invaden Italia.
491
1244
Muerte de Zenón. Anastasio es elegido Emperador de Oriente.
493
1246
Teodorico I se apodera de Ravena y mata a Odoacro.

[1] Alianza Editorial, El Libro de Bolsillo, núm. 822.
[2] Los romanos contaban los años desde esa fecha, a la que aludían como al 1 A. U. C., o «Ab Urbe Condita» («desde la fundación de la ciudad»). A lo largo de todo este libro, daré las fechas importantes tanto en el sistema nuestro como en el sistema romano.

[3] Las fechas posteriores al año tradicional del nacimiento de Jesús pueden indicarse con las iniciales d. C., que representan a «después de Cristo». Pero en este libro omitiremos tales iniciales. Hablaremos del 18 a. C., pero en vez de 18 d. C., escribiremos sencillamente 18.
[4] Tal declinación es explicada a menudo por el lujo egoísta de las clases superiores o por la gradual apatía que se apoderó de las clases inferiores. Recientemente se han propuesto teorías según las cuáles la declinación empezó después de que las grandes ciudades del Imperio se enriquecieran y se hiciesen suficientemente complejas como para establecer suministros centrales de agua transportada por tuberías de plomo. Se especula con que esto sometió lentamente a muchos romanos a un crónico envenenamiento con plomo y contribuyó a disminuir la fertilidad.


[5] Parece ser una regla casi invariable que, a medida que el poder real decae, los símbolos del poder se multiplican e intensifican, en compensación.
[6] Véase mi libro The Roman Republic, Houghton Mifflin, 1966. (Versión española en el Libro de Bolsillo, Alianza Editorial, número 822: La República Romana, trad. de Néstor A. Mínguez.)

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