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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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sábado, 31 de julio de 2010

101 MITOS

101 MITOS

Prefacio

Introducción

Las fuentes E y S.

La fuente D

La tableta asiría del diluvio

Notas a pie de página bíblicas

El «Libro de Jaser»

Los «Hechos de David»

La división entre Israel y Judá

Los anales

Sobre la terminología

Tabla de historia bíblica

MITOS DEL INICIO

Mito 1: Al principio todo era un abismo

Mito 2:Dios inició la Creación con la palabra

Mito 3: La Creación comenzó con la aparición de la luz

Mito 4: El primer día Dios separó la luz de las tinieblas

Mito 5: Un firmamento surgió de las aguas primitivas

Mito 6 : Dios llamó al firmamento «cielo»

Mito 7 : Dios reunió las aguas en un solo lugar

Mito 8: La vegetación apareció antes que el Sol

Mito 9: Dios creó los cuerpos celestes

Mito 10: De las aguas primitivas surgieron pájaros

Mito 11: Dios creó al hombre y la mujer a imagen suya

Mito 12: Dios creó a Adán y Eva el sexto día

Mito 13: Dios otorgó al hombre el dominio sobre las criaturas

Mito 14 El tercer día Dios creó la tierra

Mito 15: El séptimo día Dios descansó

Mito 16: Después de la Creación Dios descansó

Mito 17: El cielo y la tierra tuvieron hijos

Mito 18: Adán y Eva fueron los primeros humanos

Mito 19: Dios formó a Adán de la arcilla

Mito 20: Dios plantó el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal

Mito 21 Adán moriría si comía del árbol de la ciencia

Mito 22: Dios prohibió a Adán que comiera ciertos frutos

Mito 23: Eva fue creada de la costilla de Adán

Mito 24: Adán obtuvo la sabiduría sin la inmortalidad

Mito 25: Había otros seres en el jardín del Edén antes de Adán y Eva

Mito 26 : Dios plantó un jardín en Edén, al oriente

Mito 27: En el jardín del Edén, Adán y Eva llevaron una vida sencilla y primitiva

Mito 28 : La serpiente era la más sutil de todas las bestias

Mito 29: Dios castigó a Adán, a Eva y a la serpiente

Mito 30: Caín mató a Abel

Mito 31: Caín fundó una ciudad al este del Edén

Mito 32: Dios envió un diluvio para destruir la humanidad

Mito 33: Cam era el padre de Canaán

Mito 34: Noé liberó a unos pájaros para saber si se había secado la tierra

Mito 35: El diluvio tuvo lugar durante la décima generación de la humanidad

Mito 36: Toda la vida terrenal se había vuelto corrupta y debía ser destruida

Mito 37: Los hijos de Dios se casaron con las hijas del hombre

Mito 38 : Noé salvó sólo a una pareja de cada especie

Mito 39: La lluvia duró cuarenta días y cuarenta noches

Mito 40: El diluvio cubrió la tierra entera y todas las montañas

Mito 41: Tras el diluvio, Noé sacrificó a todos los animales puros

Mito 42: Todas las criaturas vivientes que no se subieron al arca perecieron

Mito 43: Dios confundió el idioma común de la humanidad y dispersó a las gentes por todo el mundo

Mito 44: El arca se asentó sobre las montañas de Ararat

Mito 45: Los hijos de Noé formaron las naciones del mundo

Mito 46: Nemrod conquistó Babilonia

Mito 47: Los hijos de Cam eran Cus, Misraim, Put y Canaán

MITOS DE LOS FUNDADORES

Introducción

Mito 48: Abraham procedía de Ur de los Caldeos

Mito 49: Abraham abandonó Egipto para ir a Canaán

Mito 50: Dios destruyó Sodoma y Gomorra

Mito 51 La mujer de Lot se convirtió en una columna de sal

Mito 52: Lot engendró a Amon y Moab

Mito 53: Abraham fingió que Sara era su hermana

Mito 54: Jacob y Esaú lucharon en el seno materno

Mito 55: Jacob engañó a Esaú para quitarle la primogenitura

Mito 56: Jacob sueña con una escalera hacia el cielo

Mito 57: Jacob luchó contra un extraño

Mito 58: Dios cambió el nombre de Jacob por el de Israel

Mito 59: Esaú es Edom

Mito 60: Jacob dio sepultura a Raquel en Belén

Mito 61: El príncipe de Siquem violó a Dina

Mito 62 : Abraham llamó a su hijo «Él Rió»

Mito 63: Los hijos de Jacob se convirtieron en las doce tribus de Israel

Mito 64: Rubén era el hijo mayor de Jacob

Mito 65: Jacob descalificó a Simón y Leví del liderazgo

Mito 66: Jacob le otorga el cetro a Judá

Mito 67: Benjamín nació en Canaán

Mito 68: Dan era una tribu Israelita

Mito 69: Jacob le dio a José una túnica de muchos colores

Mito 70: Los hermanos de José lo vendieron como esclavo

Mito 71: La mujer de Putifar intentó seducir a José

Tercera parte

MITOS DE LOS HÉROES

Introducción

Mito 72: Egipto mantuvo a Israel esclavizado durante cuatrocientos años

Mito 73: Jocabed colocó al bebé Moisés en una cesta

Mito 74: La hija del faraón le dio a Moisés un nombre hebreo

Mito 75: Dios envió diez plagas contra Egipto

Mito 76: El ejército del faraón se ahogó en el mar Rojo

Mito 77: Aarón moldeó un becerro de oro

Mito 78: Moisés le dio a Israel los Diez Mandamientos

Mito 79. El Arca de la Alianza contenía los Diez Mandamientos

Mito 80: Moisés derrotó al rey Seón de Hesebón

Mito 81: Dios le negó a Moisés la entrada a Canaán porque había pecado contra el Señor

Mito 82: Josué separó las aguas del Jordán

Mito 83: Josué derribó las murallas de Jericó

Mito 84: Rahab ayudó a los espías israelitas

Mito 85: Josué arrasó Hai

Mito 86: El Sol se detuvo sobre Gabaón

Mito 87: Josué conquistó Jerusalén

Mito 88: Josué luchó contra el rey Jabín de Jasor

Mito 89: Josué conquistó Canaán

Mito 90: Josué dirigió a Israel después de la muerte de Moisés

Mito 97 : El rey Saúl se suicidó

Mito 98 : La casa de Judá luchó contra la casa de Saúl en Gabaón

Mito 99: Salomón no impuso trabajos forzados a Israel

Mito 100 Daniel predecía el futuro

Mito 101:La reina Ester salvó a los judíos de Persia

Conclusión

Lecturas de ampliación


Prefacio


En 101 Mitos de la Biblia, examino muchas historias del Viejo Testamento y demuestro su naturaleza mitológica. Al escoger las historias, he seleccionado el material en base a tres categorías amplias.

En primer lugar, seleccioné historias con al menos dos versiones con­tradictorias en la Biblia. Quería mostrar no solo la existencia de contra­dicciones, lo que significaría que por lo menos una de las versiones no era cierta, sino que también quería explicar cómo se produjeron esas contra­dicciones, lo que para mí era mucho más interesante. ¿Cuál era la historia detrás de la historia?

En muchas ocasiones, las inconsistencias reflejan las guerras propa­gandísticas entre los reinos de Judá e Israel. En otras, una versión ante­rior fue reemplazada por una posterior. Esto es especialmente cierto en los relatos de la Creación y el diluvio, en las que las influencias egipcias de las primeras épocas entraron en conflicto con las fuentes babilonias, más tardías.

Segundo, busqué historias bíblicas que tuvieran analogías estrechas con los mitos y leyendas anteriores de culturas vecinas. En algunos casos las influencias eran obvias, como en el mito babilónico del diluvio, pero en otros la labor era mucho más compleja. A causa del énfasis bíblico en el monoteísmo, los autores eliminaron los símbolos y referencias a otras dei­dades que no fueran el Dios hebreo. Estos cambios se realizaron transformando las deidades extranjeras en personajes humanos y, en otras oca­siones, cambiando el lugar en el que sucede la historia.

Como consecuencia, esta versión suele disfrazar la verdadera naturale­za de la historia bíblica, haciendo difícil identificar la fuente mitológica anterior. Sin embargo, en muchos casos los editores pasaron por alto sig­nos delatores de estas fuentes y, aún en esta forma disfrazada, suele ser posible arrancar los disfraces y apreciar los elementos mitológicos que los autores bíblicos enmascararon.

La tercera categoría incluye historias que, sencillamente, no pudieron ser verdad. Me preocupé en primer lugar de los datos arqueológicos que indicaban que los acontecimientos descritos en la Biblia no podían haber sucedido en la franja de tiempo que en ella se indicaba. Varias de estas his­torias describen la destrucción por parte de Israel de las ciudades enemi­gas durante las campañas de Canaán y Transjordania. Las evidencias arqueológicas muestran que muchas de esas ciudades no existían en tiem­pos de Moisés y Josué.

En esta categoría, decidí evitar, a sabiendas, las historias de naturaleza milagrosa en las que el único argumento sería una violación de las leyes de la física. Sería técnicamente correcto, por ejemplo, refutar la historia de los siete días de la Creación por lisa y llana violación de los principios científicos, pero no tiene sentido incluir estas historias. Para aquellos que creen en la capacidad de Dios para realizar milagros que sobrepasan el orden natural, esos argumentos no tendrían valor. Para los otros, estaría predicando lo obvio, y no hay nada particularmente interesante en ello.

Sin embargo, no ignoro los milagros. Pero en lugar de refutarlos como simples violaciones de las leyes de la física, elijo ir a la parte de atrás de la historia, buscar las influencias anteriores que originaron la narración bíblica, mostrar las fuentes en las que se basó el autor para su narración.

A lo largo del presente libro, ofreceré una serie de argumentos con los que están de acuerdo la mayoría de estudiosos de la Biblia. En otros casos, sin embargo, ofrezco nuevas perspectivas sobre temas complicados res­pecto a los que la comunidad académica todavía ha de pronunciarse ade­cuadamente.

Soy particularmente entusiasta a la hora de mostrar cómo la literatura y la mitología egipcias influenciaron los primeros estadios de la historia bíblica, sobre todo en las narraciones de la Creación y el diluvio y las de la época patriarcal, un tema que ha sido irresponsablemente ignorado. La falta de atención a este tema, tanto por parte de los egiptólogos como de los estudiosos de la Biblia es muy desafortunada. Se trata de un esfuerzo consciente y deliberado de mantener separadas las dos esferas de conoci­miento, a pesar de que la Biblia muestra una larga y continua relación entre el antiguo Israel y Egipto. Ésta nos presenta a Israel en Egipto duran­te sus años formativos, viviendo al estilo egipcio, educándose en las ideas egipcias y residiendo en el país durante siglos antes del Éxodo. Nos des­cribe a José como primer ministro de la nación y casado con la hija del sacerdote principal de Heliópolis, la bíblica On, uno de los centros cultu­rales y religiosos más influyentes de Egipto. Sus dos hijos, Efraím y Manases, eran medio egipcios y fueron educados como egipcios. Efraím fue el heredero de José y fundó el reino de Israel; Manases tenía la base territorial más amplia de todas las tribus.

Moisés, según la narración bíblica, fue criado y educado en la corte real egipcia y muchos miembros de su tribu, Leví, tenían nombres egipcios. El rey Salomón desposó una princesa egipcia y para ella construyó un tem­plo egipcio en Jerusalén. El sentido común nos indica que debía estar acompañada por una gran séquito de sirvientes y sacerdotes egipcios para administrar las necesidades del templo. Jeroboam, cuando huyó de Israel para escapar de la ira de Salomón, residió en Egipto antes de liderar la separación de Israel de Judá.

E históricamente, Egipto ejerció una gran influencia sobre Canaán desde bastante antes del Éxodo hasta bien entrado el primer milenio a.C. Un sello de un funcionario hebreo de la corte del rey Oseas de Israel (h. 730 a.C.), por ejemplo, muestra al funcionario vestido con un ropa­je típicamente egipcio de pie sobre un icono egipcio de un disco alado, lo que nos indica la fuerte influencia de las ideas egipcias sobre la corte del reino de Israel.

A medida que avanzamos por las narraciones de la Creación y la época patriarcal, comprobamos cómo la mitología egipcia influenció de forma significativa la interpretación y las creencias hebreas sobre su historia pri­mitiva. Estas influencias nos conducen a la cuestión del origen del mono­teísmo hebreo. ¿Cómo, cuándo y dónde se originó?

El monoteísmo bíblico parece haber sufrido una evolución. En sus pri­meros estadios, los hebreos concibieron una deidad creadora todopoderosa, pero, enterradas en las narraciones, quedan evidencias de la creencia en otras divinidades, sobre todo en forma de ángeles. Esta parece ser la forma primaria en la que se originó el monoteísmo hebreo y la forma en que ha sobrevivido fundamentalmente hasta los tiempos actuales. Las tres religiones monoteístas principales, el Judaismo, el Cristianismo y el Islam, aún creen en una hueste de seres sobrenaturales, principalmente los ánge­les y el demonio. Son seres creados por un único Creador todopoderoso, del mismo modo que las deidades egipcias eran el producto de un Creador egipcio todopoderoso.

La idea de un Creador todopoderoso que originó a su vez otros seres sobrenaturales hunde sus raíces en el antiguo Egipto. Era allí una creencia central en la mayoría de cultos religiosos que un solo Creador era el res­ponsable de todo lo existente, incluyendo la apariencia de las demás dei­dades. Las otras naciones del Próximo Oriente no poseían una mitología similar. Fueron los puntos de vista egipcios los que influenciaron en un principio la comprensión hebrea de los primeros tiempos, y veremos cómo muchos de estos mitos egipcios de la Creación aparecen contesta­dos en la Biblia.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la naturaleza de la teología cam­bió. Mientras que los egipcios también adoraban a las otras muchas dei­dades creadas por el Creador primigenio, en la época de Moisés se pone un nuevo énfasis en la idea de que está deidad creadora es la única que debe ser adorada. Nadie, por ejemplo, adora nunca a los ángeles de Dios. Esta perspectiva queda reflejada en el mandato bíblico: «No tendrás más dios que yo». La idea de que sólo una deidad entre muchas debe ser ado­rada se conoce como henoteísmo en lugar de monoteísmo.

Durante un breve lapso a mediados del siglo xiv a.C., Egipto experi­mentó una forma de monoteísmo autoritario bajo un faraón llamado Akhenatón. Aún está por desarrollar una comprensión completa de la teología de Akhenatón, pero su existencia durante un tiempo en el que es muy probable que Israel estuviera todavía en Egipto hace que surjan pre­guntas sobre la influencia que sus ideas pudieron tener sobre los hebreos educados de su reino. Los estudiosos de la Biblia y los egiptólogos se apar­tan de su camino para construir un muro sin fisuras entre Akhenatón y Moisés, pero no descansa sobre cimientos tactuales. En mi libro anterior, TheMoses Mystery: TheAfrican Origins ofthefewish People (El misterio de

Moisés: Los orígenes africanos del pueblo judío), publicado en edición rús­tica cómo The Bible Myth, examinaba las evidencias y llegaba a la conclu­sión de que Moisés fue el sacerdote principal del culto religioso de Akhenatón y que el Éxodo fue el resultado de un volátil pleito religioso entre los sucesores de Akhenatón, que reinstauraron las creencias tradi­cionales, y sus seguidores, que perdieron el control de Egipto tras su muerte,

Sin tener en cuenta mis propias opiniones, los hebreos descritos en la Biblia nunca abrazaron un monoteísmo puro, ni había una única religión universal. Muchos personajes bíblicos importantes en los tiempos posterio­res al Éxodo, por ejemplo, tenían nombres acabados en «Baal», la más importante deidad de Canaán. Gedeón, uno de los más famosos de los pri­meros Jueces, era también conocido como Jerub-Baal (o Yerubaal), y Saúl, primer rey de Israel, tenía un hijo llamado Esh-Baal que le sucedió en el trono. Estos nombres con referencias a Baal resultaron ser una vergüenza para los redactores finales de los primeros libros de la Biblia, por lo que aña­dieron glosas ficticias para explicar la aparente inconsistencia o cambiaron la terminación Baal por «Bosheth», la palabra hebrea que significa vergüenza.

La creencia en otras deidades va más allá de las convenciones de los nombres. Salomón, por ejemplo, tuvo muchas mujeres que no eran hebreas y para ellas construyó numerosos santuarios religiosos en los que pudieran adorar a sus deidades no hebreas. Más tarde, los escribas atribu­yeron la ruptura del imperio de Salomón a un castigo de Dios por su apostasía. Jeroboam, el primer rey de Israel tras la ruptura con Judá, no sólo erigió becerros de oro en los lugares de culto, sino que creó templos para rivalizar con el de Jerusalén. Y, a través del periodo de la monarquía, los escritores bíblicos nos explican que los hebreos sucumbieron constan­temente a las influencias religiosas de filisteos y cananeos.

Bajo el rey Josías (640-609 a.C.), se realizaron numerosas reformas reli­giosas y emergió una fuerte oposición a la adoración de ídolos. Pero no podemos afirmar con seguridad que el monoteísmo puro empezara a ser parte de la religión hebrea en este momento, ya que las creencias anterio­res se habían incrustado en las tradiciones y escritos hebreos. Finalmente, un solo redactor o, con más probabilidad, una escuela de redactores pos­terior al siglo v a.C. reunió las principales fuentes y tradiciones para producir la primera versión de la historia bíblica en su forma actual, y la rosa, pero, enterradas en las narraciones, quedan evidencias de la creencia en otras divinidades, sobre todo en forma de ángeles. Esta parece ser la forma primaria en la que se originó el monoteísmo hebreo y la forma en que ha sobrevivido fundamentalmente hasta los tiempos actuales. Las tres religiones monoteístas principales, el Judaismo, el Cristianismo y el Islam, aún creen en una hueste de seres sobrenaturales, principalmente los ánge­les y el demonio. Son seres creados por un único Creador todopoderoso, del mismo modo que las deidades egipcias eran el producto de un Creador egipcio todopoderoso.

La idea de un Creador todopoderoso que originó a su vez otros seres sobrenaturales hunde sus raíces en el antiguo Egipto. Era allí una creencia central en la mayoría de cultos religiosos que un solo Creador era el res­ponsable de todo lo existente, incluyendo la apariencia de las demás dei­dades. Las otras naciones del Próximo Oriente no poseían una mitología similar. Fueron los puntos de vista egipcios los que influenciaron en un principio la comprensión hebrea de los primeros tiempos, y veremos cómo muchos de estos mitos egipcios de la Creación aparecen contesta­dos en la Biblia.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la naturaleza de la teología cam­bió. Mientras que los egipcios también adoraban a las otras muchas dei­dades creadas por el Creador primigenio, en la época de Moisés se pone un nuevo énfasis en la idea de que está deidad creadora es la única que debe ser adorada. Nadie, por ejemplo, adora nunca a los ángeles de Dios. Esta perspectiva queda reflejada en el mandato bíblico: «No tendrás más dios que yo». La idea de que sólo una deidad entre muchas debe ser ado­rada se conoce como henoteísmo en lugar de monoteísmo.

Durante un breve lapso a mediados del siglo xiv a.C., Egipto experi­mentó una forma de monoteísmo autoritario bajo un faraón llamado Akhenatón. Aún está por desarrollar una comprensión completa de la teología de Akhenatón, pero su existencia durante un tiempo en el que es muy probable que Israel estuviera todavía en Egipto hace que surjan pre­guntas sobre la influencia que sus ideas pudieron tener sobre los hebreos educados de su reino. Los estudiosos de la Biblia y los egiptólogos se apar­tan de su camino para construir un muro sin fisuras entre Akhenatón y Moisés, pero no descansa sobre cimientos tactuales. En mi libro anterior, TheMoses Mystery: TheAfrican Origins ofthefewish People (El misterio de

Moisés: Los orígenes africanos del pueblo judío), publicado en edición rús­tica cómo The Bible Myth, examinaba las evidencias y llegaba a la conclu­sión de que Moisés fue el sacerdote principal del culto religioso de Akhenatón y que el Éxodo fue el resultado de un volátil pleito religioso entre los sucesores de Akhenatón, que reinstauraron las creencias tradi­cionales, y sus seguidores, que perdieron el control de Egipto tras su muerte,

Sin tener en cuenta mis propias opiniones, los hebreos descritos en la Biblia nunca abrazaron un monoteísmo puro, ni había una única religión universal. Muchos personajes bíblicos importantes en los tiempos posterio­res al Éxodo, por ejemplo, tenían nombres acabados en «Baal», la más importante deidad de Canaán. Gedeón, uno de los más famosos de los pri­meros Jueces, era también conocido como Jerub-Baal (o Yerubaal), y Saúl, primer rey de Israel, tenía un hijo llamado Esh-Baal que le sucedió en el trono. Estos nombres con referencias a Baal resultaron ser una vergüenza para los redactores finales de los primeros libros de la Biblia, por lo que aña­dieron glosas ficticias para explicar la aparente inconsistencia o cambiaron la terminación Baal por «Bosheth», la palabra hebrea que significa vergüenza.

La creencia en otras deidades va más allá de las convenciones de los nombres. Salomón, por ejemplo, tuvo muchas mujeres que no eran hebreas y para ellas construyó numerosos santuarios religiosos en los que pudieran adorar a sus deidades no hebreas. Más tarde, los escribas atribu­yeron la ruptura del imperio de Salomón a un castigo de Dios por su apostasía. Jeroboam, el primer rey de Israel tras la ruptura con Judá, no sólo erigió becerros de oro en los lugares de culto, sino que creó templos para rivalizar con el de Jerusalén. Y, a través del periodo de la monarquía, los escritores bíblicos nos explican que los hebreos sucumbieron constan­temente a las influencias religiosas de filisteos y cananeos.

Bajo el rey Josías (640-609 a.C.), se realizaron numerosas reformas reli­giosas y emergió una fuerte oposición a la adoración de ídolos. Pero no podemos afirmar con seguridad que el monoteísmo puro empezara a ser parte de la religión hebrea en este momento, ya que las creencias anterio­res se habían incrustado en las tradiciones y escritos hebreos. Finalmente, un solo redactor o, con más probabilidad, una escuela de redactores pos­terior al siglo v a.C. reunió las principales fuentes y tradiciones para producir la primera versión de la historia bíblica en su forma actual, y la editaron lo mejor que pudieron para eliminar las inconsistencias entre el monoteísmo y las creencias religiosas previas.

Los mitos suelen estar basados en historias ficticias o erróneas, pero siguen siendo artefactos literarios. Y al igual que los artefactos que apare­cen en las diferentes capas de una excavación arqueológica nos muestran el desarrollo histórico y cultural de un pueblo, la existencia de capas mito­lógicas algo nos explica de las gentes que creían en esos mitos. En 101 Mitos de la Biblia, examinaremos las capas de artefactos mitológicos y veremos lo que las estratificaciones nos revelan sobre cómo la cultura y la historia bíblica llegaron a existir.

Por conveniencia, he dispuesto las historias bíblicas de manera que sigan de cerca su orden de aparición en la Biblia. Las he dividido también en tres secciones, «Los mitos del inicio», «Los mitos de los fundadores» y «Los mitos de los héroes». Como muchas personas creen que los autores de los diferentes libros de la Biblia estaban inspirados por la divinidad, y ya que este libro explora las fuentes de muchas de las narraciones bíblicas, prefiero pensar que estas historias son como una restauración en la Biblia de las notas a pie de página de Dios, volviendo a colocar las citas de las fuentes que los autores omitieron.

El estudio de los símbolos en la Biblia escapa al propósito y alcance de este libro, pero no es menos sugerente. Consideremos, por ejemplo, el relato sobre Caín y Abel desde ese punto de vista: Caín simbolizaría el Tiempo y Abel el Espacio. Como se sabe, el Tiempo mata al Espacio y desde entonces vivimos y morimos «presos de las garras del tiempo»... En otras palabras, los textos ofrecen una amplia gama de posibilidades de considerar el misterio que se revela a la com­prensión humana (N. del E.).



Introducción

La gente estudia la Biblia por una amplia variedad de razones. Unos buscan una guía espiritual o moral en su pozo de sabiduría. Muchos otros la leen por sus narraciones y poesías, entre las más bellas de toda la literatura. Incluso hay quienes la leen como relación de nuestras raíces culturales. Y aún otros por la visión que nos ofrece sobre la vida y obras de las personas en las civilizaciones antiguas.

Para millones de personas, sin embargo, la Biblia es la infalible palabra de Dios, por lo que sus mandamientos deben ser obedecidos con reve­rencia y sus enseñanzas deberían ser la guía principal para nuestra orga­nización social. Pero para aquellos que estudian la Biblia de forma aca­démica con el propósito de determinar quién la escribió, cuándo, qué hechos son ciertos y cómo llegó a adoptar su forma actual, el trabajo es una compleja colección de enigmas, muchos de los cuales todavía han de ser resueltos.

Una significativa parcela de estudio se preocupa por el desarrollo de los cinco primeros libros de la Biblia, a saber: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, conocidos colectivamente como Pentateuco (palabra griega que significa «cinco rollos») o Tora (palabra hebrea que significa «enseñanzas»). Colectivamente, explican la historia de Israel desde el inicio de la Creación a las andanzas por el desierto tras el Éxodo de Egipto. Son importantes porque nos explican cómo se desarrolló la relación entre Dios e Israel. El primer foco de atención se centra en el esta­blecimiento de una alianza entre Dios y los primeros patriarcas, Abraham, Isaac, Jacob y José; más adelante, el foco de atención se dirige a la relación entre Dios y Moisés. La historia narrada en estos libros finaliza con la muerte de Moisés mientras Israel está preparándose para llegar a la Tierra Prometida.

Aunque en estos cinco libros no se encuentran referencias a la autoría de Moisés, desde el tiempo en que pasaron a manos de los lectores, hace más de dos mil años, hasta mediados del siglo diecinueve, ha sido casi uni­versalmente admitido por los estudiosos de la religión que era su único autor. Por esta razón, aún se identifican estos volúmenes como «Los cinco libros de Moisés».

Con el paso de los siglos, y a pesar de la agresiva oposición de las dife­rentes iglesias, un puñado de estudiosos señalaron una serie de inconsis­tencias lógicas en la idea de la autoría mosaica de estas obras. Por ejem­plo, en Deuteronomio 34, 6 encontramos: «Y él lo enterró (a Moisés) en un valle de la tierra de Moab, frente a Bet-Peor: pero nadie ha sabido de su sepulcro hasta el día de hoy».

Este episodio no sólo describe el entierro de Moisés, sino que también nos dice que el paradero de su tumba es desconocido hasta el día de hoy, indicando que el pasaje se escribió bastante después de la muerte de Moisés y no pudo ser escrito por él.

A principios del siglo xvm, varios estudiosos empezaron a prestar aten­ción al problema de los «dobletes», dos narraciones contradictorias del mismo suceso. Hasta un lector casual puede encontrar muchos ejemplos de ello: dos relatos diferentes de la Creación, dos listas diferentes de los animales que entraron en el arca de Noé, dos explicaciones diferentes de por qué cambió Jacob su nombre a Israel, dos diferentes ocasiones en las que Moisés hace brotar agua de una roca en Meribá, y muchas más.

Cuando estos dobletes se sometieron a escrutinio, los estudiosos des­cubrieron unas características inusuales. La más importante era la siguiente: un grupo de historias siempre utilizaba la palabra hebrea Yahvé como nombre del Dios hebreo, mientras que otro utilizaba Eiohim. Se dispusieron entonces a clasificar las narraciones según el nombre utiliza­do y descubrieron que las narraciones de un grupo tenían temas y estilos literarios diferentes de las del otro.

Esta división por estilo, temas y nombre condujo a la idea de que habían por lo menos dos corrientes literarias separadas que se combinaron en un solo documento, y que por lo menos una debía haber sido escrita después del tiempo de Moisés y por lo tanto, por otra persona.

La hipótesis documental

Esta línea de investigación condujo a un descubrimiento todavía más sor­prendente. A principios del siglo xix, el análisis de los marcos temporales históricos, las secuencias de las narraciones, los estilos literarios y los temas religiosos mostró que había por lo menos cuatro fuentes docu­mentales diferentes integradas en los cinco libros de Moisés, cada una con su propio punto de vista subyacente y escritas en momentos diferentes. Y, por supuesto, debía haber por lo menos un editor que combinase las fuentes en una sola narración,

Durante el siglo xix, los defensores de este punto de vista, el más influ­yente de los cuales fue Julius Wellhausen (1844-1918), empezaron a investigar las capas y secuencias de estas cuatro fuentes, y al final del siglo habían establecido un marco general para el estudio del Pentateuco. Esta tesis de las fuentes múltiples es conocida como hipótesis documental y es casi imposible encontrar un estudioso hoy en día que no acepte alguna variedad de esta propuesta.

En términos generales , la hipótesis documental mantiene que hay cua­tro fuentes principales de documentos en los cinco libros y que estas fuen­tes pasaron por estadios evolutivos antes de integrarse en una única narración. Estas cuatro mentes han recibido los sobrenombres de J, E, P y D. Cuando hablamos del autor de alguna de ellas hay que tener en cuen­ta que cada mente puede haber sido una colaboración a lo largo del tiem­po de escritores o escuelas de escritores. Las siguientes descripciones deberían tomarse sólo como guías introductorias a las cuatro fuentes. Hacer la debida justicia a todos los temas y características distintivas aso­ciadas a cada una ocuparía un volumen extenso.

La fuente J

La J del nombre se refiere a la utilización del nombre hebreo «Yahvé» (Jehová) para referirse a Dios. También se la conoce como la mente o redac­ción jehovahista (o yavhista). Originalmente, la fuente J presentaba una historia general de Israel que empezaba con la narración de la Creación, Adán y Eva y el diluvio, y continuaba por todo el periodo patriarcal hasta llegar al Éxodo de Egipto y las andanzas por el desierto. Algunos estudiosos creen que originalmente la historia de la fuente J seguía hasta los tiempos de los reyes David y Salomón y que partes de J aparecen, además de en el Pentateuco, en otros libros históricos de la Biblia, como el de Josué, los dos libros de Samuel y el primer libro de los Reyes.

La deidad de J exhibe muchas características antropomórfícas, interacciona físicamente con los seres humanos y muestra sus emociones y reac­ciones ante los acontecimientos. Asimismo centra su atención en hechos y lugares de importancia para el reino de Judá bajo el rey David y sus suce­sores. En esta fuente, la alianza entre Dios y la casa de Israel acaba en las manos de Judá, el cuarto hijo de Jacob y fundador de la tribu de Judá, a la que pertenecía David, La fuente J se centra también más en tos patriarcas que en Moisés.

El origen de J puede situarse en una época tan temprana como la época del rey David (principios del siglo x a.C.), pero como muchos de sus temas reflejan el conflicto entre Judá e Israel después de la muerte de Salomón, su origen puede situarse con mayor probabilidad en algún momento des­pués de la separación entre Judá e Jsrael (finales del siglo x a.C.)y antes de la conquista y destrucción de Israel en el año 72 a.C.

Las fuentes E y S.

En los primeros estadios de la investigación sobre los orígenes documen­tales de la Biblia, la fuente eiohista, conocida como E, incluye las narra­ciones que usan Elohim como nombre de Dios. Un análisis detallado muestra que, en realidad, E consistía de al menos dos fuentes separadas de documentos que usaban Eiohim como nombre de Dios pero que presen­taban puntos de vista muy diferentes. La segunda fuente incrustada en E se preocupa fundamentalmente de los rituales y otros temas sacerdotales, con las fechas, medidas y números. A causa de su atención por estos temas recibió el nombre de fuente S o Sacerdotal.

Mientras que la deidad de E exhibe características antropomórfícas similares a las de J, la deidad de S es amorfa, distante y fría. La deidad antropomórfíca sostiene discusiones con los humanos; la deidad de S no realiza tal interacción.

Por lo general, se acepta que E es más antigua que S pero quizás más moderna que J. La fecha más probable de composición sería antes de la conquista asiría. El escritor eiohista centra su atención en temas del reino de Israel y da versiones de hechos históricos contrarias a las de J. En E, por ejemplo, la alianza entre Dios e Israel pasa de Jacob a José y a Efraím, cuyo territorio sirvió de capital a Israel después de la división de los dos reinos hebreos. E propone con fuerza a Moisés como héroe nacional y centra su atención en sus actos más que en los acontecimientos del periodo patriar­cal anterior. E se preocupa menos por la ortodoxia religiosa que J o S. La historia de E se inicia en el periodo patriarcal después del diluvio y no dice nada sobre la Creación.

Muchos de los dobletes de E y J reflejan las guerras de propaganda reli­giosa y política entre Israel y Judá después de la división de ambas nacio­nes. Judá creía en una autoridad centralizada fuerte que gobernara desde la capital de Jerusalén, con un rey que ejerciera de monarca fuertemente autoritario. E, que englobaba una coalición de varios estados que, teórica­mente, englobaban diez tribus, prefería un sistema altamente descentrali­zado en lo político y lo religioso. El autor de E era probablemente un sacer­dote levita descendiente de Moisés. Muy probablemente procedía del centro de culto de Silo, que se alió con Israel cuando éste se separó de Judá.

Mucho antes de que el Pentateuco alcanzara su forma actual, un editor intermedio combinó J y E en una única narración que omitía porciones de ambos.

La fuente S, además de su visión diferente de la deidad, se distingue de las demás por su asociación con la rama aaronita del sacerdocio. La Biblia retrata a Aarón y Moisés como hermanos de la tribu de Leví y uno de los conflictos que preocupa a la Biblia es si sólo los aaronitas o todas las ramas de la tribu de Leví deberían desarrollar la principales funciones sacerdotales del templo. S tiende a privilegiar a Aarón frente a Moisés y defiende que sólo la rama aaronita de los levitas debería realizar las principales funciones del templo. Esto sugiere que el autor sacerdotal pertene­cía a una secta levita que operaba en Jerusalén, con un conocimiento ínti­mo de todos los rituales y características del templo de Jerusalén.

Al igual que J, S empieza con el relato de la Creación. Aunque nada tiene que decir sobre Adán y Eva o los acontecimientos del Jardín del Edén, hace contribuciones a la narración del diluvio.

Con la caída de Israel en el 722 a.C., muchos de sus ciudadanos emigra­ron hacia el sur, llevando a Judá nuevas presiones políticas y religiosas. Los sacerdotes refugiados llevaron consigo el punto de vista de la versión E, la que propone a Moisés como héroe y sostiene que todos los levitas son igua­les. Esto era un desafío a la autoridad de la rama aaronita de Leví, y el ori­gen de P puede situarse en un esfuerzo para reforzar su autoridad apelando a las tradiciones históricas. Probablemente, la fecha de composición de S se sitúa entre la conquista asiria y la conquista babilonia de Judá en el 587 a.C.

La fuente D


D toma su nombre del Deuteronomio, que virtualmente no contiene tra­zas de las otras tres fuentes al igual que no aparecen trazas de D en los otros cuatro libros del Pentateuco. Refleja los puntos de vista reformistas del rey Josías, a finales del siglo vn a.C. y empieza con la historia de Moisés. Josías, si se puede confiar en el texto bíblico, inició grandes refor­mas religiosas de tendencia ortodoxa, reinstaurando un gobierno político y religioso altamente centralizado. El libro segundo de los Reyes declara que la Ley de Moisés se había perdido y los ayudantes de Josías la encon­traron accidentalmente en alguna parte remota del templo. Al leer los documentos descubiertos, Josías quedó sorprendido al averiguar que el reino se había apartado del camino correcto. Como reacción, dispuso una serie de reformas para reconducir al reino según las leyes acabadas de des­cubrir. Este libro perdido de las leyes sería el libro del Deuteronomio y si fue escrito en tiempos de Josías, puede datarse en torno al 622 a.C.

El análisis de las fuentes muestra que el Deuteronomio pertenece a un grupo mayor de obras que incluye los libros bíblicos de Josué, los dos de Samuel y los dos de los Reyes y relata la historia de los hebreos desde Moisés hasta el Cautiverio de Babilonia. Esta colección de libros históri­cos de la Biblia se conoce como la «historia del Deuteronomio» y narra la historia de Israel desde los tiempos de Moisés (h. 1300 a.C.) hasta los del rey Josías (h. 622 a.C.).

El tema predominante del Deuteronomio y las historias relacionadas con él es la obediencia a Dios. Se juzga al pueblo y a sus reyes según su acatamiento de las leyes establecidas en la fuente D. De forma inevitable, todos los reyes israelitas fallan esa prueba y sólo un puñado de reyes de Judá, entre ellos David y Josías, reciben un juicio positivo.


La tableta asiría del diluvio

La hipótesis documental es sólo una forma importante de investigar los orígenes de la Biblia. Su atención se dirige al interior del libro, se preocu­pa solamente del texto. Examina el estilo literario, los temas, el lenguaje y las capas de edición para dividir la Biblia en fuentes documentales. Estas técnicas han demostrado que muchos otros libros de la Biblia, aparte del Pentateuco, combinan múltiples fuentes, aunque diferentes de las de los cinco primeros libros.

Otra pregunta importante es la siguiente: ¿Qué ideas exteriores influyeron en los autores de J, E, S y D? Cuando J o P hablan de la Creación o el diluvio, por ejemplo, ¿sus ideas son propias y únicas de los autores bíblicos o éstos confían en ideas provenientes de las culturas vecinas? A pesar de las diferencias entre fuentes en las narraciones sobre los patriarcas y del Éxodo, ¿las narraciones básicas describen acontecimientos históricos o son cuentos y leyendas adaptadas con fines propagandísticos o de otro tipo? Después de todo, el antiguo Israel vivió en la confluencia de tres grandes corrientes culturales (la egipcia, la cananea y la mesopotámica) con tradi­ciones históricas y literarias más antiguas y substanciales.

La historia bíblica afirma que Israel habitó durante largo tiempo en Egipto durante sus estadios formativos. Constantemente, la Biblia castiga a Israel por sucumbir a las influencias cananeas. Antes de que la Biblia adqui­riera su forma definitiva, la élite educada de Israel vivió un exilio forzado en Babilonia y, un siglo después, bajo el dominio más benévolo de los persas una vez éstos derrotaran a los babilonios, los líderes hebreos fueron libera­dos. Cualquier intento de los escribas cultos hebreos de construir su propia historia del mundo, desde la Creación hasta el momento de la escritura de cualquier mente documental, debería tener en cuenta lo que sus vecinos habían dicho sobre los mismos tiempos y lugares, porque las narraciones de los vecinos eran bien conocidas y tenían amplia circulación. Eran las narra­ciones que creían las personas más educadas de aquella época.

El 3 de diciembre de 1872, esta cuestión pasó a primer plano de los estudios bíblicos. En esa fecha, un asiriólogo de nombre George Smith leyó una conferencia ante la Society of Biblical Archaeology. Había esta­do investigando entre miles de tabletas y fragmentos procedentes de la biblioteca asiría del rey Asurbanipal, del siglo vil a.C. En lo que se conoció después como la «Tableta XI» del poema épico de Gilgamesh, escri­ta en acadio, una lengua semítica más antigua que el hebreo, había des­cubierto una narración del diluvio con remarcables paralelos con el relato bíblico.

Aunque era politeísta, mientras que la Biblia era monoteísta, explicaba básicamente el mismo cuento. Los dioses se habían enfadado con la humanidad y habían decidido destruir la raza humana con un diluvio. Una de las deidades advirtió a un amigo humano de nombre Utnapishtim y le ordenó construir un arca y prepararse para el día fatídico. Cuando las lluvias se iniciaron, Utnapishtim condujo a su familia, a una serie de ani­males y a unos artesanos a la barca. Cuando las lluvias cesaron y las aguas se retiraron, Utnapishtim soltó tres pájaros en diferentes momentos para averiguar si era seguro salir del arca. Finalmente la barca embarranca en la cima de una montaña. Al igual que en la Biblia, después del diluvio, los dioses se arrepienten de sus actos contra la humanidad.

La estructura de la narración asiría es paralela en términos generales a la narración bíblica; pero el detalle de soltar sucesivamente los tres pája­ros, cosa que también sucede en la narración de Noé, es una coincidencia tal que no puede sino hacernos pensar que las dos historias comparten una fuente común.

Pero ambas narraciones también presentan múltiples diferencias. En el relato asirio el diluvio es más breve, las dimensiones del arca son diferen­tes, el número de personas y animales que en ella se transportan varían significativamente, las barcas no embarrancan en la misma montaña, los héroes tienen nombres diferentes y el dios que envía el diluvio no es el mismo que ordena a Utnapishtim construir el arca. Aunque la diferencia más importante es que el texto bíblico no toma prestado ninguno de los pasajes narrativos del texto asirio.

Por lo tanto, tenemos por un lado una estructura similar que parece ir más allá de la coincidencia y por el otro una amplia variación en los deta­lles de la historia que llegan tan lejos que parecen sugerir la existencia de dos fuentes totalmente diferentes. Sin embargo, el descubrimiento produ­jo una avalancha de estudios sobre asiriología dirigidos a las comparacio­nes bíblicas. Con el tiempo, se descubrieron otras versiones de la misma narración del diluvio en otros textos babilónicos de otras sociedades, algunas de las cuales eran anteriores al texto bíblico. Finalmente, en una coincidencia más que remarcable, una lista de reyes del siglo iv a.C., una corrupción de una lista de reyes sumeria (anterior a Babilonia) que se databa en el 2000 a.C., situaba el diluvio universal durante el reino del décimo rey que gobernó la humanidad, mientras que el diluvio bíblico ocurría en la décima generación después de la Creación.

¿Corroboran la historias mesopotámicas del diluvio, escritas antes de la narración bíblica, la opinión de ésta última de que existió un diluvio uni­versal o muestran que los autores bíblicos se apropiaron de y adaptaron mitos y leyendas preexistentes para sus propósitos? Es ésta una cuestión que aparece una y otra vez en otras partes de la Biblia a medida que vamos descubriendo otras literaturas antiguas con historias paralelas.

Notas a pie de página bíblicas

Mucha gente cree que la Biblia fue escrita por inspiración divina, pero muchos autores bíblicos citan obras de referencia específicas en las que con­fiaban para escribir sus obras y muchos otros citan pasajes de otros libros de la Biblia. De hecho, estas referencias serían el equivalente a las notas a pie de página. Por desgracia, aún no se han encontrado copias de los libros cita­dos que no pertenecen a la Biblia, por lo que no podemos evaluar la calidad de la investigación ni la fiabilidad de las fuentes. Presentamos a continua­ción una lista de fuentes citadas por los autores bíblicos:

1. Libro de las Generaciones de Adán (Gn 5,1)

2. Libro de la Alianza (Ex 24, 7)

3. Libro de las Guerras del Señor (Nm 21,14)

4. Libro de Jaser (o de los Justos) (Jos 10,13; 2 Sm 1,18)

5. Libro de la Ley de Dios (Jos 24, 26)

6. Libro de los Hechos de Salomón (1 Re 11,41)

7. Libro de las Crónicas de los Reyes de Israel (IRe 14, 19 y otras nueve citas)

8. Libro de las Crónicas de los Reyes de Judá (1 Re 14,29 y otras catorce citas)

9. Libro de los Reyes de Israel y Judá (1 Cr 9,1 y otras tres citas) 10. Libro de Samuel el Vidente (1 Cr 29, 29)

11. Libro de Natán el Profeta (1 Cr 29, 29; 2 Cr 9, 29)

12. Profecía de Ahías el Silonita (2 Cr 9, 29)

13. Visiones de Iddo el Vidente (2 Cr 9, 29)

14. Libro de Gad el Vidente (1 Cr 29, 29)

15. Libro de Shemías el Profeta (2Cr 12, 15)

16. Historia del Profeta Iddo (2 Cr 13, 22)

Examinar algunas de estas citas puede darnos una idea de cómo algu­nas partes de la Biblia llegaron a ser escritas.

El «Libro de Jaser»

La Biblia hace dos referencias al libro de Jaser (o de los Justos), una en Josué y la otra en el segundo libro de Samuel. La primera describe un inci­dente en el que Josué ordena al Sol y la Luna que se detengan. La segun­da, que introduce un lamento de David por la muerte del rey Saúl, nos dice que David enseñó a los hijos de Judá cómo utilizar el arco. Más de trescientos años separan ambos acontecimientos.

Esto nos indica que el libro de Jaser fue escrito antes de los tiempos del rey David, a pesar de lo cual incluye una descripción de un suceso atri­buido a Josué trescientos años antes. ¿De dónde obtuvo la información el autor del libro de Jaser? ¿Tenía su autor fuentes fiables o se limitó a reco­ger cuentos y leyendas de un periodo anterior? ¿Era un trabajo histórico o una colección de poemas? Como todavía hemos de encontrar una copia de esta obra, no podemos siquiera asegurar que Josué y David aparecie­ran en el texto original; el autor (o autores) de las dos referencias a Jaser puede haber reemplazado los personajes originales por los dos héroes bíblicos.

Los «Hechos de David»

La historia de David aparece principalmente en los dos libros de Samuel, con algún material adicional en el primer libro de las Crónicas, gran parte de la cual es repetitiva y se añade a la historia de David. El autor del pri­mer libro de las Crónicas, sin embargo, cita tres mentes de los hechos de David: los libros de Samuel el Vidente, Natán el Profeta y Gad el Vidente.

Samuel el Vidente es con certeza el Samuel del que toman el nombre los libros de Samuel, y Natán el Profeta es probablemente el Natán de la corte del rey David que criticó a éste por ocultar que había hecho asesinar al marido de Betsabé para ocultar su relación con ella. Finalmente, Gad el Vidente debe ser el mismo Gad el Vidente que aconsejó a David en varias ocasiones.

Juntas, estas tres referencias sugieren que los libros de Samuel tal como los conocemos son una amalgama de varios libros anteriores, tres de los cuales se citan aquí y sobrevivieron hasta el tiempo del autor de las Crónicas en el siglo iv a.C. o más tarde.

La primera fuente mencionada es el libro de Samuel el Vidente. En Samuel, el personaje que da título al libro parece estar basado en dos indi­viduos. Uno es Samuel el Juez, que continúa la tradición de los jueces en Israel y proporciona una guía militar y religiosa. Este Samuel está en con­tra de la institución de la monarquía. El otro Samuel es un profeta o vidente que apoya la monarquía y sirve para validar la autoridad real de David de Juda frente a Saúl o Benjamín. Las imágenes de los dos indivi­duos son inconsistentes.

La referencia al libro de Samuel el Vidente puede ser a todo el corpus de Samuel tal como nos ha llegado o a la obra fuente que inspiró la parte de Samuel que apoya la monarquía. El hecho de que el autor de las Crónicas cite otras dos fuentes sobre David sugiere esto último.

El Profeta Natán es un personaje importante en la historia de David y juega un papel clave en la sucesión de Salomón como heredero al trono de David. Los libros de Samuel contienen mucha información sobre Natán, pero aún debe recuperarse el perdido libro de Natán el Profeta. Lo más probable es que quienquiera que escribiera los libros de Samuel uti­lizase en parte como mente a Natán el Profeta y que esta fuente continua­se circulando después de la aparición de Samuel.

Para finalizar, tenemos otro libro perdido. Al no disponer de una copia del libro de Gad el Vidente, no podemos calibrar su influencia en la his­toria bíblica. Sin embargo era lo bastante importante para ser citado por el autor de los libros de las Crónicas.

Este grupo de obras demuestra que circulaban varias narraciones sobre el rey David y que autores posteriores rebuscaron en los textos para apo­yar sus particulares puntos de vista. Que los libros de Samuel fueran cano­nizados y no lo fueran los de Natán el Profeta o Gad el Vidente es más un accidente de la historia que el resultado de la inspiración divina.

La división entre Israel y Judá


La separación de Israel y Judá a la muerte de Salomón es uno de los acon­tecimientos más importantes de toda la historia bíblica y las guerras propagandísticas entre las dos partes en conflicto afectó en gran manera la forma en que se escribió la historia del pueblo hebreo. Como ya hemos visto al hablar de la hipótesis documental, gran parte del material de las fuentes del Pentateuco reflejaba los puntos de vista de las diferentes fac­ciones políticas y religiosas que se vieron afectadas por la división.

Como en el caso de David, parecen existir varias historias sobre el rey Salomón y los acontecimientos que condujeron a la guerra civil que siguió a su muerte. El autor del primer libro de los Reyes, por ejemplo, cita el libro de los Hechos de Salomón. El autor del segundo libro de las Crónicas cita también numerosas fuentes sobre la historia del remado de Salomón y la separación que la siguió. Asimismo, también se cita el libro de Natán el Profeta, junto con otras obras, como la Profecía de Ahías el Siloníta, las Visiones de Iddo el Vidente y el libro de Shemiás el Profeta.

Al igual que sucede con otros libros no bíblicos, no se han encontrado estas referencias, pero Ahías, el profeta de Silo, aparece en el primer Libro de los Reyes para realizar una profecía. En este episodio, anima a Jeroboam a separar Israel de Judá. A causa de su profecía, Salomón inten­ta matar a Jeroboam, pero éste huye a Egipto. A la muerte de Salomón, Jeroboam volvió a Israel para liderar con éxito el movimiento secesionis­ta que separó Israel de Judá.

Que obras como la Profecía de Ahías el Silonita sobrevivieran tanto tiempo a la destrucción del reino de Israel nos muestra las dificultades que encontró el reino de Judá para eliminar la historia negativa de su gobierno y por qué sobrevivió en la historia bíblica una oposición tan fuerte al reino de Judá.

Los anales

Además de varios libros sobre individuos en particular, como Natán, Gad, Ahías e Iddo, algunos escritores bíblicos también confiaron en los informes oficiales de las monarquías. La cita de obras como el libro de las Crónicas de los Reyes de Israel y el libro de las Crónicas de los Reyes de Judá sugiere la existencia de anales reales, una forma en que los funcionarios del Próximo Oriente documentaban los sucesos de los remados sobre una base anual.

Estas «notas al pie» bíblicas muestran la variedad de los materiales en los que confiaron los escritores bíblicos y cómo se manejaron editando los materiales disponibles para conseguir su propósito. A este grupo de refe­rencias específicas de la Biblia habría que añadir otras fuentes, como los mitos y leyendas de otros pueblos del Próximo Oriente, que circulaban ampliamente y con los que los escribas hebreos debían estar familiarizados.

Al considerar el efecto de estos materiales extra bíblicos en los escrito­res de la Biblia, deberíamos tener en cuenta que los pueblos antiguos no pensaban en estos mitos y leyendas en términos de verdad o mentira. Creían que las narraciones conservaban verdades históricas, y aunque uno pudiera o no creer en un dios o en otro como agente responsable, podía seguir creyendo que el suceso relatado había ocurrido en realidad.

Las leyendas sobre los nombres de lugares nos proporcionan numero­sas ilustraciones de cómo se crearon historias falsas, y la Biblia contiene numerosos relatos de este estilo. Una de las más corrientes consiste en la invención de un antecesor que tenía el mismo nombre que el territorio que ocupaba el pueblo y por lo tanto era el fundador del pueblo que habi­taba esa tierra. Otro motivo común era encontrar una característica des­tacada de un lugar especial, como una formación rocosa graciosa o un pozo escondido y crear una leyenda sobre la formación de esa caracterís­tica. Estas historias se repetían de generación en generación hasta que un relato para entretener se convertía en verdad histórica.




Sobre la terminología

Si no se indica, cuando me refiero a la Biblia, estoy hablando de la tra­ducción inglesa del rey Jacobo, conocida como King James Versión, que en castellano se conoce como Biblia de Jacobo I o Biblia del rey Jacobo, de 1611. Los mitos sobre los que diserto en el presente libro están basados en esa traducción.

Cuando se escribe sobre el antiguo Egipto, siempre surge el problema de cómo transliterar los nombres. Los egiptólogos han encontrado la manera. La principal dificultad es la falta de vocales del antiguo egipcio. Esto conduce a que según el autor una deidad reciba en inglés el nombre de «Amen», «Amun», e incluso «Amon». En castellano, diremos siempre Amón.

El griego es otro problema. Los primeros egiptólogos obtuvieron abun­dante información de los clásicos griegos, que transliteraban los nombres egipcios a su propio idioma. Como éstas eran las primeras versiones de los nombres conocidos, muchos egiptólogos continuaron, y continúan, utili­zándolos. Así, por ejemplo, los famosos constructores de pirámides de la cuarta dinastía, Khufwey, Khane y Menkaure, son más conocidos en su adaptación griega, es decir, Keops, Kefrén y Micerinos.

En este libro, adopto la transliteración de Sir Alan Gardiner en su Egypt of the Pharaons. Si hago una cita de la obra de otro autor, admito la trans­literación del autor [en castellano se hará servir la versión más común de los nombres propios en esta lengua].




Tabla de historia bíblica

(Todas las fechas son a.C. y están basadas en la Biblia del rey Jacobo.)

Creación

4004, domingo, 23 de octubre (según el obispo Usher).

3960 (según Martín Lutero).

3761 (según la tradición judía).

Diluvio Universal

2348-2105 (lapso de posibles fechas de inicio).

Era patriarcal

h. 2000-1500.

Éxodo de Egipto

1548-1315 (implícito en Gn 15, 13).

1497 (implícito en 1 Re 6,1).

1315 (según el análisis del autor en The BibleMyth).

1270-1250 (según la mayoría de estudiosos de la Biblia). Ç

Entrada en Canaán

Cuarenta años después del Éxodo.

Gobierno de los Jueces

Finaliza hacia 1081 (implícito en 1 y 2 Re).

Finaliza hacia 1020 (según la mayoría de estudiosos de la Biblia).

Rey David

1061 (implícito en 1 y 2 Re).

Hacia el 1000 (según la mayoría de estudiosos de la Biblia).

Rey Salomón

1021 (implícito en 1 y 2 Re).

Hacia el 960 (según la mayoría de estudiosos de la Biblia).

Finalización del Templo de Jerusalén

Onceavo año del rey Salomón, ç

Judá e Israel se separan

A la muerte del rey Salomón, cuarenta años después de acceder al trono. Fuente J documentada

Probablemente escrita entre el 960 y el 722, pero antes de E, S y D.

Fuente E documentada

Probablemente escrita entre el 960 y el 722, después de J pero antes

de S y D.

Israel destruido por los asirios

722.

Fuente S documentada.

Probablemente escrita entre el 722 y el 640, después de J y E pero

antes de D.

El reyJosías encuentra la Ley de Moisés

622.

Fuente D documentada

Probablemente escrita entre el 622 y el 609, después de J, E y S. Ç

Daniel conducido a Babilonia

605.

Exilio en Babilonia

587-539.

El rey Ciro de Persia conquista Babilonia y libera a los judíos

539.

Ester salva a los judíos de Persia

H.475.

Esdrás abandona Babilonia y reintroduce la Ley de Moisés en Jerusalén

458.

Libro de las Crónicas, Nehemías y Esdrás

458 o muy poco después; probablemente escrito por Esdrás

o sus seguidores.



Primera parte

MITOS DEL INICIO







narraciones egipcias, alterando el contenido de tal manera que es difícil reco­nocer las raíces egipcias sin el beneficio del contexto más amplio en el que se sitúan los relatos. Hasta las localizaciones cambian. El Edén, que había esta­do a orillas del Nilo, es trasladado, de forma bastante torpe, a Mesopotamia por los redactores bíblicos al confundirlo con el paraíso sumerio de Dilmun.

La fuente J llena su relato con varias historias de interés humano (desde la Creación y los sucesos del jardín del Edén a la expulsión del jardín y la historia de Caín y Abel) antes de llegar a la narración del diluvio, mien­tras que S salta de la Creación al diluvio sin más relatos de naturaleza per­sonal, deteniéndose tan sólo para insertar la cadena genealógica que va desde Adán a Noé. A diferencia de los relatos de la Creación, en los que ambas versiones aparecen una detrás de la otra, las dos narraciones del diluvio están muy entretejidas, en ocasiones empezando una frase con una fuente y acabándola con la otra.

Ya hemos apuntado antes que las dos versiones, J y P, del relato del diluvio estaban basadas en el mito de la Creación de Hermópolis y que después de integrarse, el texto fue modificado de nuevo para incluir las tradiciones babi­lonias sobre el diluvio producido en la décima generación de la humanidad. A pesar de las raíces comunes de las dos versiones egipcias, ambas proceden de tradiciones y fuentes diferentes. Tanto J como S contienen tradiciones cro­nológicas diferentes de las narraciones del diluvio. La fuente J está relaciona­da con la estructura estacional del año solar, reflejando así la procedencia de la narración de una cultura agrícola, en línea con los fundamentos agrícolas de la narración de Adán y Eva. Por el contrario, la fuente S utiliza el calenda­rio egipcio solar-lunar, un ciclo de veinticinco años utilizado para las celebraciones religiosas, reflejando la naturaleza religiosa y sacerdotal de la fuente.

Después del diluvio, el Génesis narra la repoblación de la tierra y lo orígenes de las naciones. Estas historias genealógicas reflejan en realidad los sucesos políticos de la primera mitad del primer milenio a.C., mostrando el origen tardío y artificial de estas historias. Su fecha puede situarse después del establecimiento de Israel en Canaán y vuelve a demostrar el genio literario de los redactores de la Biblia, que extraen mitos y leyendas de una amplia variedad de fuentes de marcos temporales diferentes y los integra, casi sin fallos, en una larga narración continua. Pero la labor era difícil y pasaron por alto algunos errores. En ocasiones encontramos errores de transmisión textual.


Mito 1: Al principio todo era un abismo

El Mito: Al principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba sin forma y vacía y las tinieblas cubrían la faz del abismo. Y el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas (Gn 1,1-2).

La Realidad: El Génesis utiliza el esquema hermopolitano de la Creación para describir el estado del universo antes de que comience la Creación. Los cuatro dioses han sido omitidos del relato, pero permane­cen sus características esenciales.

Las dos primeras frases del Génesis describen el estado del universo antes de que el dios hebreo iniciara el proceso de la Creación. Al princi­pio, dice, Dios creó los cielos y la tierra, pero por pasajes posteriores sabe­mos que los cielos y la tierra estaban sumergidos en el «abismo» durante esa etapa inicial, a la espera de ser alzados y transformados en el que es su estado físico actual.

Las palabras traducidas como «sin forma» y «vacía» aparecen en el hebreo original como tohu y bohu, y esas mismas palabras a veces apare­cen en los escritos populares como una manera idiomática de expresar el caos o el desorden, como «todo era tohu y bohu». El sentido de estas dos palabras hebreas se combina para indicar un espacio extenso y vacío, una zona desierta. En el contexto bíblico, tenemos un espacio indefinido que forma una especie de burbuja dentro del «abismo» primitivo.

La palabra que se traduce como «espíritu» en la frase «espíritu de Dios» aparece en el hebreo original como ruach, y no significa «espíritu», sino «viento» o «exaltación violenta». Al traducir ruach como «espíritu», los intérpretes de la Biblia han intentado traducirlo de tal manera que concuerde con su entendimiento teológico del texto bíblico, pero sin tener en cuenta el verdadero significado en el contexto original. Sustituyamos viento por «espíritu» y veamos lo que tendríamos en el hebreo original.

Los primeros versículos describen cuatro cosas:

  1. Una tierra y unos cielos que ocupan un espacio, pero que carecen de forma o contenido;

  2. Oscuridad;

  3. Un abismo acuoso, dentro del cual existe el espacio sin forma; y

  4. Un viento (es decir, «espíritu de Dios») que flota sobre la superficie de las aguas.

Estos cuatro elementos constituyen lo que los autores bíblicos creían que eran los cuatro componentes básicos del universo anteriores al inicio de la Creación, uno de los cuales, el viento, era identificado con el dios hebreo. Correspondían precisamente con lo que los sacerdotes egipcios de Tebas y Hermópolis creían que eran los cuatro componentes del universo durante el inicio de la Creación, pero los egipcios identificaban cada uno de estos cuatro elementos con una pareja de divinidades de ambos sexos, lo cual se consideraba tabú en la teología hebrea. Se puede deducir de la siguiente descripción de las dos primeras cuatro parejas de dioses egipcios y los elementos que representaban, que los hebreos adoptaron el esquema egipcio.

1. Heh y Hehet, espacio sin forma, es decir, la burbuja deforme dentro del abismo, tal y como describe el Génesis como tohu y bohu;

2. Kek y Keket, la oscuridad en la superficie de las aguas;

3. Nun y Naunet, el diluvio primitivo, «el abismo», igual que el abismo bíblico; y

4. Amón y Amonet, el viento invisible, el «viento» bíblico que flotaba sobre el abismo.

Aunque los sacerdotes hebreos adoptaron esta visión egipcia del uni­verso primitivo, su teología monoteísta hizo que desasociaran estos cua­tro elementos naturales de las divinidades egipcias con las cuales se iden­tificaban, reteniendo únicamente los atributos con los que se asociaba a los dioses. Además, el autor del Génesis de este relato de la Creación acep­taba la tradición tebana que identificaba al Creador original con el vien­to. Simplemente, cambiaron el nombre del dios egipcio Amón por el nombre hebreo de Elohim, y lo describieron como ruach, el viento. A medida que progresemos por el primer relato de la Creación en el Génesis, iremos viendo cuan de cerca y exactamente el autor del Génesis seguía los mitos egipcios.



Mito 2:Dios inició la Creación con la palabra

El Mito: Dijo Dios... (Gn 1, 3).

La Realidad: El inicio de la Creación por medio de la palabra proviene de los mitos egipcios de la Creación.

Según la Biblia, el proceso de la Creación comienza cuando Dios pro­nuncia un mandamiento para que aparezca la luz. La idea de la Creación por mandamiento no tiene una contrapartida en los mitos mesopotámicos de la Creación. Sin embargo, para los egipcios, la Creación por man­damiento desempeñaba un papel fundamental.

Los egipcios creían en el poder de la palabra para crear y controlar el entorno, y muchos textos egipcios hablan de la Creación que comienza con órdenes verbales. Uno describe a Amón como «el que habla y lo que debe ser, es». Otro texto describe a Ptah de manera similar cuando dice «así pues, piensa y ordena lo que desea [que exista]». Una referencia a los actos de Atum en el proceso creativo nos dice que «tomó la Anunciación en su boca».

En el esquema tebano de la Creación, después de que Amón (es decir, el viento) iniciara la Creación, primero apareció en la forma de los cuatro elementos primarios. Luego apareció en la forma de Ptah, el dios Creador menfita, que inició la Creación mediante la pronunciación de una orden. Ésta es la misma secuencia que en la narración del Génesis, donde «el viento» pronuncia una orden, pero el autor bíblico elimina cualquier refe­rencia a Ptah como el que habla y une al dios Creador menfita (Ptah) con el dios tebano (Amón) de la Creación. Sin embargo, esta distinción es sólo cosmética, puesto que en la visión tebana tanto «Amón el viento» como «Ptah el que habla» son formas del mismo dios.



Mito 3: La Creación comenzó con la aparición de la luz

El Mito: «Haya luz»; y hubo luz (Gn 1, 3).

La Realidad: El Génesis sigue la doctrina tebana de la Creación al ini­ciar el proceso de la Creación con la aparición de la luz.

En el Génesis, la orden hablada de Dios hace que aparezca la luz repen­tinamente, un acontecimiento que significa el inicio del proceso creativo. No aparece tal doctrina en los mitos mesopotámicos, pero sí en los egip­cios. Este pasaje específico de un himno a Amón muestra cuan de cerca sigue la secuencia bíblica a la egipcia.

[Aquél (es decir, Amón)] que apareció la primera vez cuando [toda­vía] no se había creado un dios, cuando tú [Amon-Ra] abriste tus ojos para ver con ellos y todos se iluminaron por medio de la mirada de tus ojos, cuando el día todavía no se había creado.

Así pues, la luz apareció al principio de la Creación, cuando el día aún no existía, y el Génesis afirma lo mismo. La Biblia dice:

Y vio Dios que era buena la luz, y la separó de las tinieblas; y a la luz

llamó día, y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día primero. (Gn 1, 4-5)

En los mitos tebanos y mesopotámicos, después de la aparición de Ptah, éste ordena la aparición de Atum, el dios creador heliopolitano, que aparece inicialmente en forma de una serpiente ardiente, la primera luz.

En el mito que aparece en el Génesis y en el mito egipcio, la Creación comienza cuando un dios invoca a la primera luz verbalmente. Esta luz originariamente correspondía a Atum, pero los autores hebreos elimina­ron la referencia directa a este dios y sencillamente describieron la apari­ción de la luz.



Mito 4: El primer día Dios separó la luz de las tinieblas

El Mito: Y vio Dios que era buena la luz, y la separó de las tinieblas; y a la luz llamó día, y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día pri­mero (Gn 1, 4-5). E hizo Dios las dos grandes lumbreras, la mayor para presidir el día y la menor para presidir la noche, y las estrellas; y las puso en el firmamento de los cielos para alumbrar la tierra y presidir el día y la noche, y separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno, y hubo tarde y mañana: día cuarto (Gn 1, 16-19).

La Realidad: El Génesis contiene dos relatos contradictorios acerca de cómo y por qué la luz se separó de las tinieblas. La confusión tuvo lugar porque el primer relato sucede antes de que aparezcan el Sol y la Luna, y los redactores de la Biblia posteriores ya no recordaban por qué en el rela­to original egipcio el día y la noche aparecían antes del disco solar y de la Luna. Como resultado, añadieron una segunda división de la luz tras la aparición de estos dos cuerpos celestiales.

Tras la aparición de la primera luz el primer día, el Génesis dice que Dios separó la luz de las tinieblas y llamó a la luz «día» y a las tinieblas «noche». Sin embargo, el cuarto día. Dios volvió a separar la luz de las tinieblas y dividió el tiempo en día y noche. ¿Por qué ocurre esto dos veces?

La naturaleza de la luz que apareció el primer día es confusa. En el Génesis, el Sol, la Luna y las estrellas no aparecen hasta el cuarto día. ¿Cómo podemos tener luz el primer día y cómo se la puede separar de las tinieblas de manera que tengamos un día y una noche a las que seguirán dos períodos más de luz y oscuridad, y todo ello antes de la creación del Sol? Y, si ya tenemos periodos alternantes de luz y tinieblas, ¿hasta qué punto era necesaria una nueva separación de la luz de las tinieblas tras la aparición del Sol?

La confusión surge porque en el relato del Génesis, siguiendo el mito egipcio, la luz aparece al principio de la Creación. Esta luz era un atribu­to de Atum, dios del Sol, pero no representaba el disco solar.

En la versión egipcia, el Sol tenía muchas formas y distintos dioses representaban distintos aspectos del Sol. A lo largo de su viaje diario a tra­vés del cielo, por ejemplo, distintos dioses representaban la ubicación del Sol en diferentes momentos. El sol matutino era Kepri, el dios escarabajo, y el sol de la tarde era Ra. El disco solar era conocido como Atón, y se le llegó a considerar como una divinidad separada, significando sólo una manifestación visual del Sol, pero no representaba todo el ser físico del Sol, y no apareció hasta más tarde en el proceso de la Creación.

Los egipcios también tenían una visión filosófica del día y la noche. Según un pasaje del Libro de los Muertos egipcio: «Como para la 'eterni­dad' que es el día; como para la 'perpetuidad', que es la noche».

Esta visión reflejaba la idea egipcia de que la vida continuaba a través de los tiempos. De modo filosófico, esta idea evolucionó a partir del ciclo dia­rio del sol, que los egipcios veían como un renacimiento diario y la renova­ción de la vida. El sol matutino era un niño, el ocaso un viejo. El comienzo de la «eternidad» y «perpetuidad» coincidía con la aparición de la primera luz al principio de la Creación. Por lo tanto, los egipcios veían el «día/eterni­dad» y la «noche/perpetuidad» como un atributo de la primera luz del sol.

La misma idea aparece en el Génesis. La creación por parte de Dios del día y la noche con la primera luz significaba la idea egipcia de «eternidad» y «perpetuidad» y representaban distintos fenómenos que los de día y noche asociados con la aparición del disco solar y la Luna y las estrellas.

Sin embargo, para los monoteístas hebreos, que escribieron cientos de años más tarde, el disco solar era únicamente el Sol. No había ningún dios o conjunto de dioses escondidos detrás. Sólo concebían el sol como un ente físico que se movía a través del cielo y separaba la noche del día. Para ellos, el día y la noche eran la consecuencia de la salida y la puesta del disco solar, tal y como lo expresaban en la descripción de los acontecimientos del cuar­to día de la Creación. La «eternidad» y la «perpetuidad» no formaban parte de la religión hebrea y los sacerdotes hebreos ya no recordaban ni com­prendían el significado filosófico del primer día y la primera noche. Si el día y la noche aparecieron el primer día, debía de tratarse de la separación nor­mal de la luz del día de la oscuridad causada por la puesta del sol. Así, los autores del Génesis describieron el día y la noche del primer día según los convenios actuales, ignorando o no reconociendo la contradicción implíci­ta entre los acontecimientos del primer día y el cuarto.


Mito 5: Un firmamento surgió de las aguas primitivas

El Mito: Dijo luego Dios: «Haya firmamento en medio de las aguas, que separe unas de otras»; y así fue. E hizo Dios el firmamento, separando aguas de aguas, las que estaban debajo del firmamento de las que estaban sobre el firmamento (Gn 1, 6-7).

La Realidad: Este firmamento que surge de las aguas es la montaña pri­mitiva del mito egipcio.

Tras invocar la primera luz y separarla de las tinieblas, el Génesis nos dice que Dios hizo que un firmamento surgiera de entre las aguas, y este firmamento separó las aguas de las aguas. Tal y como indican claramente los versos citados anteriormente, la separación de «las aguas de las aguas» se refiere a la separación del agua que está sobre el firmamento del agua que está por debajo del firmamento.

En todos los mitos egipcios de la Creación, tras la aparición de la pri­mera luz (normalmente identificada con el dios Atum), el dios Creador provocaba que una montaña surgiera de las aguas primitivas. Esta mon­taña, por su naturaleza, era una entidad física sólida, un firmamento, y según la visión egipcia, separaba las aguas primitivas. Los egipcios veían al cielo como una vía fluvial por la cual el dios del Sol Ra navegaba con la barca solar. La montaña primitiva se convertía en el espacio entre las dos aguas, y proporcionaba la fuerza que las mantenía separadas.

El firmamento que surge en el Génesis no se distingue de la montaña primitiva que emergía de Nun, las aguas primitivas, y tanto en los relatos bíblicos como en los egipcios, el resurgir tiene lugar en el mismo orden secuencial que el proceso de la Creación, tras la invocación de la primera luz mediante la palabra hablada.












Mito 6 : Dios llamó al firmamento «cielo»

El Mito: Llamó Dios al firmamento cielo, y hubo tarde y mañana: (día segundo (Gn 1,8).

La Realidad: La identificación del firmamento con el cielo deriva de una interpretación errónea por parte de los redactores bíblicos posteriores.

El Génesis describe sólo un acontecimiento que tuvo lugar el segundo día, la aparición del firmamento (más tarde veremos que el segundo día incluía algunos acontecimientos adicionales). Aunque la narrativa lo ubica entre las aguas que hay a ambos lados del firmamento, equiparán­dolo con la bóveda celeste en vez de con el cielo, algunos escribas hebreos escribieron que Dios llamó al firmamento «cielo». El autor no debía estar familiarizado con el relato original egipcio en el que este firmamento representaba una montaña primitiva que surgía de las aguas y separaba las aguas de encima de las aguas de debajo.

En los relatos de la Creación de todo el Oriente Medio, en Egipto y tam­bién en Mesopotamia y Levante, el cielo descansaba sobre una bóveda. Esta bóveda necesariamente constituía una plataforma transparente pero sólida que evitaba que el cielo se cayera a través de la bóveda celeste. En Egipto, la bóveda celeste está entre el cielo y la tierra, y originariamente el firmamento que surgía de las aguas se asociaba con el dios Shu, hijo del cielo y la tierra, y los egipcios lo mostraban sujetando el cielo sobre la tie­rra.

Los escribas hebreos creían que tenía que existir alguna superficie dura en la bóveda celeste que aguantara el cielo, pero, al ser monoteístas, no podían aceptar la idea de que la bóveda celeste fuera una divinidad sepa­rada del Dios hebreo. Por lo tanto, una vez más desligaron la divinidad egipcia del fenómeno que representaba. Transformaron la divinidad egip­cia que sujetaba el cielo en el propio cielo.



Mito 7 : Dios reunió las aguas en un solo lugar

El Mito: Dijo luego: "Jubtense en un lugar las aguas que hay bajo los cielos y aparezca lo seco". Asi se hizo; y las aguas se juntaron en un solo lugar y apareció lo seco; y a lo seco llamo Dios tierra, y a la reunión de las aguas mares. Y vió Dios que era bueno (Gn 1, 4-10).

La Realidad: La reunión de las aguas se refiere a la creación del rio Nilo.

EL tercer día de la Creación comenzó con la reunión de las aguas en un lugar. Entonces Dios llamo a las aguas reunidas «mares», un termino plu­ral que indica numerosas masas de agua. Cada mar sería un arca delimi­tada por separado. ¿Están las aguas en un solo lugar o en varios?

El problema surge porque los escribas hebreos, influenciados por el entorno babilónico y las influencias culturales del final del primer milenio a.C., aplicaron sus conocimientos geográficos a un pasaje que reflejaba una geografía distinta. En Mesopotamia y Levante, las gentes eran conocedoras de varias masas de agua independientes e importantes, incluyendo el mar Mediterráneo, el mar Rojo, los ríos Tigris y Eufrates, el rio Jordán, el mar Muerto y el río Óronles, en Siria.

Los egipcios, por otra parte, a pesar de ser conocedores de muchas masas de agua, sólo consideraban de importancia al Nilo. Herodóto se refiere a Egipto como «el regalo del Nilo». La característica más impor­tante del Nilo era su inundación anual, la cual proporcionaba al país un gran abastecimiento de tierras fértiles para el cultivo. Ademas, el río abun­daba en peces, aves y vida animal, proporcionando fuentes de alimento adicionales, v otorgaba a los egipcios acceso a todas las principales ciudades a lo largo y cerca de las orillas del Nilo.

Tal era la importancia del papel desempeñado por el Nilo para la vida egipcia, que proporcionaba el escenario para gran parte de su mitología, Las ideas míticas acerca de la inundación primitiva al inicio de la Creación v la montaña que surgió de ella se derivaron de imágenes del Nilo, Ya que la inundación del Nilo producía la vida, los egipcios imaginaban una inunda­ción mundial inicial que dio lugar a la vida. Como las aguas retrocedian hacia la cuenca del Nilo, dejando atrás grandes montones de fértiles tierras negras, los egipcios se imaginaban un primer monte emergiendo de la inun­dación mientras las aguas se juntaban para formar una única corriente.

Un mito egipcio de la Creación (conservado en un documento conoci­do como «Texto de los Sarcófagos 76») que describe la separación del cielo y la tierra, habla de Shu (el firmamento), hijo de Atum (la primera luz), que reunía las aguas. «Este dios [Shu] está atando la tierra para mi padre Atum, y reuniendo la gran inundación para él».

La reunión de la inundación se refiere a la creación del Nilo, y el texto continúa diciendo que el acontecimiento tuvo lugar el mismo día en que Atum apareció sobre la primera montaña. Si eliminamos los elementos politeístas de este mito, como probablemente harían los escribas hebreos, éste proporciona un paralelo perfecto para los acontecimientos que tuvie­ron lugar durante el segundo y el tercer día de la Creación en el Génesis.

Shu, que representa la bóveda celeste, es hijo de Atum, la primera luz que los egipcios asocian con la aparición de la montaña primitiva. Shu nació el mismo día que apareció Atum, siguiendo la aparición de la mon­taña de Nun (la gran inundación). Shu (la bóveda celeste) separó enton­ces a Nut (el cielo) de Geb (la tierra), ató la tierra y reunió las aguas de la inundación en un solo lugar (el Nilo), la misma serie de acontecimientos que en el Génesis.

La secuencia de la Creación en la Biblia, por lo tanto, sigue el esquema egipcio. La reunión de las aguas por Shu describe el origen del Nilo y corresponde a la reunión bíblica de las aguas en un solo lugar.

De la misma manera que en la descripción de los cielos, uno de los escribas hebreos malinterpretó la descripción inicial de las aguas, porque él ya no entendía los acontecimientos en un contexto egipcio. La edición final de la Biblia tuvo lugar después de que la élite hebrea fuese capturada y trasladada a Babilonia, y Babilonia, como el gran centro de aprendizaje que era, ejerció una poderosa influencia sobre los redactores bíblicos pos­teriores. Ya que la perspectiva babilonia reconocía varias masas de agua independientes e importantes, los escribas hebreos tomaron lo que en ori­gen era una descripción del Nilo, las aguas reunidas en un único lugar, y la añadieron a una frase que indicaba que las aguas reunidas constituían varias grandes masas de agua, ignorando o no reconociendo, nuevamen­te, la afirmación contradictoria que


Mito 8: La vegetación apareció antes que el Sol

El Mito: Y dijo Dios: «Haga brotar la tierra hierba verde, hierba con semilla y árboles frutales que produzcan fruto según su especie, y cada uno con su simiente, sobre la tierra». Y así fue. Y produjo la tierra hierba verde, hierba con semilla, y árboles de fruto con su semilla cada uno. Y vio Dios que estaba bien (Gn 1, 11-12).

La Realidad: El Génesis sigue la secuencia egipcia de la Creación al anteponer la aparición de la vegetación a la del Sol.

El tercer día del Génesis finaliza con la aparición de la vegetación: hier­ba, semilla y fruta. Entre paréntesis, esto crea problemas desde un punto de vista científico, ya que la vida vegetal requiere de la luz solar para sobrevivir y crecer, y hasta ahora el Sol todavía no ha aparecido. Pero nos ocuparemos aquí sólo de los aspectos mitológicos de nuestro estudio.

Teniendo en mente la descripción que el Génesis hace del tercer día, consideremos este breve extracto del Libro de los Muertos egipcio, cap. 79:

¡Salve Atum!—

Creador del cielo; creador de lo que existe

El que surgió como tierra; el que creó la semilla.

Este pasaje describe exactamente la misma secuencia que el Génesis, la aparición del cielo, seguida de la aparición de la tierra, y de la vegetación. La misma secuencia aparece en otros textos egipcios que describen el proceso de la Creación. El hijo mayor del cielo y la tierra, por ejemplo, era Osiris, a quien los egipcios identificaban con el grano, demostrando nuevamente que la vegetación apareció inmediatamente después que los cielos y la tierra.

A lo largo de la tradición de la Creación egipcia, la vegetación aparece inmediatamente después de la división entre los cielos y la tierra y la reu­nión de las aguas. Esta es la secuencia que sigue el Génesis, y muestra el paralelo continuo, acontecimiento tras acontecimiento, entre los mitos egipcios de la Creación y el relato del Génesis de la Creación.


Mito 9: Dios creó los cuerpos celestes

El Mito: Dijo luego Dios: «Haya en el firmamento de los cielos lumi­narias para separar el día de la noche, y servir de señales a estaciones, días y años; y luzcan en el firmamento de los cielos para alumbrar la tierra». Y así fue. Hizo Dios las dos grandes luminarias, la mayor para presidir el día, y la menor para presidir la noche, y las estrellas; y las puso en el firma­mento de los cielos para alumbrar la tierra y regir el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno, y hubo tarde y mañana: día cuarto (Gn 1,14-19).

La Realidad: Los editores bíblicos comenzaron con la secuencia crono­lógica tebana correcta para describir la llegada del Sol, pero luego cam­biaron la narración siguiendo la tradición babilonia para describir la apa­rición de los cuerpos celestiales.

El cuarto día de la Creación aparecen el Sol, la Luna y las estrellas. Al principio la narración describe la creación de luces en el firmamento (sin especificar de qué luces se trata) para dividir la noche del día. Esto pre­senta un enigma ya que el primer día de la Creación Dios ya había sepa­rado la noche del día, las tinieblas de la luz, una paradoja que se trató anteriormente en el Mito 4. Estas luces sin especificar, creadas el cuarto día, sirven para una variedad de funciones del calendario, marcando días, temporadas y años. Luego, tras hablarnos de la función de estas luces, el Génesis al fin las describe, una luz mayor para gobernar el día y otra menor para gobernar la noche. Y, casi a modo de ocurrencia, añade, «y las estrellas».

Estas dos luces principales son el Sol y la Luna. Ya hemos observado que en la doctrina tebana de la Creación, el Sol aparece en la forma de Ra como un niño tras los acontecimientos que tuvieron lugar durante la divi­sión de los cielos, la tierra y las aguas y la aparición de la vegetación, y que coincide con el Génesis. Pero no tenemos ninguna referencia correspon­diente egipcia a la aparición de la Luna y las estrellas en conexión con el Sol. Sólo sabemos que en el mito tebano, Amón (la divinidad creadora), que aparece en la forma de Ra (la divinidad creadora hermopolitana), era el responsable de la organización del proceso creativo restan­te, incluyendo la aparición de la Luna y las estrellas.

En algunos textos egipcios, el Sol y la Luna forman los ojos de Horus (una divinidad solar identificada como el hijo de Osiris), pero no tenemos ningún relato especialmente útil acerca del origen de la Luna. Los egipcios consideraban a las estrellas como los habitantes del más allá y, ya que Osiris (el hijo del cielo y la tierra) reinaba en el más allá, llamaban a las estrellas «Seguidoras de Osiris».

Mientras que la tradición tebana sitúa la creación del Sol en el mismo punto secuencial que el Génesis, tenemos que reconocer que el impulso de la narrativa en el Génesis para el cuarto día no surge de ideas egipcias. El Sol tiene un papel bastante reducido, colocado a un nivel equivalente o ligeramente más importante que la Luna y las estrellas, un concepto que no concuerda con la visión egipcia.

Sin embargo, un pasaje del texto babilonio de la creación, conocido como Enuma Elis (Tablilla V), muestra que las ideas babilonias influen­ciaron la descripción que se hace en el Génesis. Describe acontecimientos que tuvieron lugar casi inmediatamente después de que el dios Marduk hubiese matado al monstruoso Tiamat y formara el cielo y la tierra a par­tir de sus miembros seccionados. En el texto aparecen descripciones deta­lladas acerca de cómo creó el Sol, la Luna y las estrellas y sus funciones para marcar los periodos de tiempo. Para citar sólo un pasaje que tiene su paralelo en la descripción bíblica: «Él hizo que brillara la luna; él le enco­mendó la noche (a ella). Él la nombró a ella el ornamento de la noche, para dar a conocer los días».

Comparen este pasaje con la redacción bíblica: «Hizo Dios las dos gran­des luminarias, la mayor para presidir el día, y la menor para presidir la noche».

Las ideas en ambos pasajes comparten claramente conceptos comu­nes, pero la redacción del texto babilonio refleja la naturaleza politeísta de los mitos. Los hebreos, como habían hecho con los mitos egipcios, aceptaban la ciencia babilonia, pero separaban a los dioses de sus fun­ciones. Aun así, podemos ver lo cerca que los hebreos seguían el modelo babilonio, eliminando las divinidades, pero abrazando su papel como gobernantes del día y la noche.




Mito 10: De las aguas primitivas surgieron pájaros

El Mito: Dijo luego Dios: «Rebosen de seres vivos las aguas y vuelen las aves sobre la tierra debajo del firmamento del cielo» (Gn 1, 20).

La Realidad: El Génesis contiene dos relatos contradictorios acerca de la aparición de los pájaros, uno que refleja la visión egipcia, y otro la babi­lonia.

El quinto día, el Génesis describe la creación de la vida marina y los pájaros, y dice que los pájaros surgieron de las aguas. Por otra parte, el segundo relato de la Creación en el Génesis, atribuido a la fuente J, dice:

«Y el Señor Dios trajo ante el hombre todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra» (Gn 2, 19).

¿Los pájaros surgieron de las aguas primitivas o de la tierra? Una vez más, la Biblia proporciona testimonios contradictorios de un aconteci­miento, reflejando su dependencia de una variedad de materiales proce­dentes de distintas perspectivas culturales. El relato de las aguas primiti­vas sugiere un origen en una sociedad que considera el agua como fuente de vida, como en la mitología egipcia. El relato basado en el origen terre­nal sugiere una sociedad en la cual la tierra desempeñaba un papel más importante como medio de sustento, como en la antigua Babilonia.

En Egipto, el Nilo era una fuente de vida y una gran variedad de aves acuáticas poblaban sus orillas. Los mitos egipcios asociaban la inundación con el origen de la vida y varios mitos asocian a las aves acuáticas con el proceso de la Creación.


Mito 11: Dios creó al hombre y la mujer a imagen suya

El Mito: Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó varón y mujer (Gn 1, 27).

La Realidad: La idea de que Dios creó a la humanidad a imagen suya viene de las creencias egipcias acerca de la relación entre la humanidad y el Creador.

La Biblia dice que Dios creó al hombre y a la mujer de su propia ima­gen, pero no explica qué significa ser creado a imagen de Dios. ¿Comparten la misma forma física o características físicas tales como la inmortalidad, o sólo algún tipo de similitud espiritual? No parece tratarse de ninguna de estas posibilidades.

Sabemos por el relato de Adán y Eva que el conocimiento del bien y del mal (la base fundamental para la similitud espiritual) y la inmortalidad (una característica física) eran atributos de Dios y de sus ángeles, pero no eran atributos que se le otorgaran a la humanidad al principio de su crea­ción. Además, Dios adopta varias formas en la Biblia, incluyendo un arbusto en llamas y una nube de humo, por citar sólo dos ejemplos. De modo que Dios y los humanos no compartían una forma física similar.

Otra pregunta que plantea el pasaje bíblico está relacionada con el sexo de esta imagen. ¿Era la imagen de Dios varón o mujer, o ambos? Aunque la traducción inglesa dice al principio que Dios creó al «hom­bre» a imagen suya, luego dice «varón y mujer los creó». El problema reside en que la traducción inglesa no refleja exactamente el texto hebreo subyacente. El hebreo no dice que Dios creó al «hombre»; dice que creó a ha-adam, que significa «el adán», y creó a «el adán» como varón y mujer. Si la palabra hebrea para «hombre» es ish, entonces ¿qué es un adán?

Debajo de la traducción inglesa yace la idea de que adán significa «hombre», pero en realidad ésta es una especulación por parte de los eru­ditos de la Biblia, que dan por sentado que éste es el significado. Deriva básicamente de un juego de palabras basado en la creencia de que Adán fue creado de la arcilla.

En hebreo y en otras lenguas semíticas, la palabra para arcilla es ada-mah, y, puesto que el Génesis dice que Dios creó al ser que posteriormen­te se llamó Adán de la arcilla, los eruditos de la Biblia han dado por sen­tado que la palabra para arcilla es una metáfora para hombre.

De hecho, hay un par de referencias no bíblicas para indicar que este podría ser el caso, pero éstas se limitan a un puñado de nombre propios hallados en textos en la biblioteca del antiguo Ugarit y que datan del siglo xiv a.C. No tenemos indicios de ningún uso generalizado en las lenguas semíticas de la palabra adán con el significado de «hombre».

El problema aquí es que los escribas hebreos adoptaron la idea de que el hombre fue creado a imagen de Dios a partir de las tradiciones egip­cias. Esa creencia permaneció con los israelitas a lo largo de su historia, pero debido a que no creían en ninguna forma física para la representa­ción de una divinidad, cuando el Génesis adoptó su forma escrita final, el concepto de una «imagen de dios» ya no tenía ningún significado específico.

Para trazar el concepto hasta sus orígenes, observen la visión de los egipcios. Los egipcios creían que la humanidad había sido creada a ima­gen del Creador y que el Creador tenía características tanto de varón como de mujer. Un pasaje de un antiguo texto conocido como Enseñanza para Merikare ilustra el primer principio.

Bien cuidada está la humanidad—el ganado de dios.

Él hizo el cielo y la tierra para ellos

Él dominó al monstruo marino,

Él hizo el aliento para que sus narices vivieran.

Ellos son sus imágenes, que surgieron de su cuerpo.

Debe prestarse atención al paralelismo con el pasaje bíblico, en el cual se habla no sólo de que la humanidad está hecha a imagen de Dios, sino que además incorpora tanto al varón como a la mujer dentro de la imagen.

Por lo visto este texto gozó de una amplia difusión en Egipto. Su origen se remonta al siglo xx a.C., y la forma actual del texto aquí citado viene de un papiro escrito durante el período del Imperio Nuevo, varios siglos después. Los escribas hebreos en Egipto seguramente conocían las ideas expresadas en él.

Mientras que los egipcios tenían varias ideas acerca de cómo fueron creados los humanos, esta versión en particular indica que los hombres y las mujeres eran partes del cuerpo del Creador, y es en este sentido que la humanidad poseía la imagen de un dios. Varios textos también muestran que el Creador incorporó características tanto de hombre como de mujer, explicando cómo las formas de ambos sexos podían tener el mismo origen.

En el esquema hermopolitano, por ejemplo, el Creador estaba com­puesto por cuatro criaturas masculinas y cuatro femeninas como un ente único. En las tradiciones hermopolitanas y menfitas, Atum, sin necesidad de una pareja, dio a luz a dos divinidades, Shu mediante un estornudo y Teíhut al escupirla. Lo hizo, según un texto, tras «haber actuado como marido con mi puño». A Atum también se le ha conocido como el «Gran El-Ella», Ptah, el Creador menfita, también exhibe características mascu­linas y femeninas. Según un texto:

Ptah-sobre-el Gran-Trono

Ptah-Nun, el padre que creó a Atum;

Ptah-Naunet, la madre que dio a luz a Atum...

Así, descubrimos que los textos egipcios muestran al Creador como poseedor de aspectos masculinos y femeninos y que la humanidad fue creada a imagen suya. Esto se traduce en el Génesis como: «Y creó Dios al hombre [es decir, los humanos] a imagen suya, a imagen de Dios lo creó;

y lo creó varón y mujer».

Por ultimo, llegamos a la cuestión de la identidad de ha-adan, el ser creado hombre y mujer. Puesto que los nombres de Atum y Adán se pro­nuncian de manera casi idéntica, la «d» y la «t» son intercambiables a nivel fonético, es lógico suponer que «el Adán» se trata de un término colectivo para una multitud de seres que surgieron de Atum, el Creador heliopolitano.

Mito 12: Dios creó a Adán y Eva el sexto día

El Mito: Díjose entonces Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuan­tos animales se mueven sobre ella». Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; y los creó varón y mujer...Y vio Dios que era muy bueno cuanto había hecho, y hubo tarde y mañana: día sexto (Gn 1, 26-27.31)

La Realidad: El varón y la mujer creados el sexto día de la Creación no eran Adán y Eva. El relato de Adán y Eva pertenece a una tradición mito­lógica distinta a la de los siete días de la Creación.

¿Cuándo creó Dios a Adán y Eva? Si le preguntan a cualquiera que conozca el libro del Génesis dirá que aparecieron el sexto día de la Creación. Cuando los redactores bíblicos editaron la Biblia en su forma actual, querían que el lector creyera que esto era verdad. Sin embargo, un examen de los versículos bíblicos relevantes muestra que el hombre y la mujer creados el sexto día no eran Adán y Eva.

En el primer relato de la Creación, Dios procedió de manera ordenada a organizar el universo y crear todas las cosas dentro de él. Durante cada uno de los seis días consecutivos llevó a cabo varias tareas.

El tercer día creó la vida vegetal, el cuarto los cuerpos celestiales. Y los días cinco y seis:

Dijo luego Dios: «Hiervan de seres vivos las aguas y vuelen las aves sobre la tierra y bajo el firmamento del cielo». Y así fue. Y creó Dios gran­des monstruos marinos y todos los animales que se arrastran y que viven en el agua según su especie, y todas las aves aladas según su especie.

Y vio Dios que era bueno, y los bendijo, diciendo: «Procread y mul­tiplicaos y henchid las aguas del mar, y multipliqúense sobre la tierra las aves. Y hubo tarde y mañana: día quinto.

Dijo luego Dios: «Produzca la tierra seres animados según su espe­cie, ganados, reptiles y bestias de la tierra según su especie». Y así fue. Hizo Dios todas las bestias de la tierra según su especie y todos los rep­tiles de la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.

Díjose entonces Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella». Y creó Dios al hombre a ima­gen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó varón y mujer; y los ben­dijo diciéndoles: «Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad los peces del mar, las aves del cielo y los ganados y todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra» (Gn 1, 20-28).

Observen la secuencia de los acontecimientos. Dios crea la vida vegetal y luego los cuerpos celestiales, a continuación la vida acuática y los pája­ros, luego las bestias, el ganado y los reptiles, y por fin al hombre y la mujer. Los lectores, por rutina, dan por sentado que el hombre y a la mujer eran Adán y Eva, pero veamos lo que dice realmente la Biblia.

Adán y Eva pertenecen al segundo relato de la Creación. Aparecen por primera vez en el segundo capítulo del Génesis.

Éste es el origen de los cielos y la tierra cuando fueron creados. Al tiempo de hacer el Señor Dios la tierra y los cielos, no había aún arbusto alguno en el campo, ni germinaba la tierra de hierbas, por no haber todavía llovido el Señor Dios sobre la tierra, ni haber todavía hombre que la labrase, ni vapor acuoso que subiera de la tierra para regar toda la superficie cultivable. Modeló el Señor Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado. Plantó luego el Señor Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara (Gn 2, 4-8).

Mientras que este pasaje nos dice exactamente cuando este hombre apareció, la mayoría de personas que lo hayan leído ignoran el significa­do del texto. Este hombre apareció «al tiempo de hacer el Señor Dios la tie­rra y los cielos» y antes de eso no había vegetación alguna sobre la tierra. ¿Cuándo exactamente sucedió eso?

En la versión actual del Génesis, esto tuvo lugar en algún momento del tercer día de la Creación. Según Génesis 1,6-13, Dios creó el cielo el segundo día y la tierra y la vegetación el tercer día. Esto sitúa a Adán en medio del tercer día, después de la creación del cielo y de la tierra y antes de la vegetación (posteriormente, en el estudio del Mito 14, veremos que el cielo fue creado el segundo día, y fue entonces cuando apareció Adán). Por lo tanto, si Adán apareció el tercer (o segundo) día de la Creación, entonces no podía ser el hombre que fue creado el sexto día.

Pero, ¿qué pasa con Eva? Tras la creación de Adán, la historia se des­plaza hacia acontecimientos en el jardín del Edén. Sabemos de la plan­tación de árboles, sobre todo los árboles de la ciencia del bien y del mal y del árbol de la vida, y sabemos algunos detalles geográficos sobre el jardín, pero nada todavía sobre una mujer. Entonces:

Y se dijo el Señor Dios «No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él». Y el Señor Dios trajo ante el hom­bre todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo los llamaría, y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera. Y dio el hombre nombre a todos los ganados, y a todas las aves del cielo, y a todas las bestias del campo; pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él (Gn 2, 18-19).

Las bestias y las aves no pudieron con la soledad de Adán. El hombre seguía estando solo. El hombre necesitaba otra «ayuda proporcionada» y Dios se puso manos a la obra para arreglar la situación.

Hizo pues, el Señor Dios caer sobre el hombre un profundo sopor;

y dormido, tomó una de sus costillas y cerró ese lugar con carne, y de la costilla que del hombre tomara, formó el Señor Dios a la mujer, y se la presentó al hombre (Gn 2, 21-22).

En un testimonio anterior, Dios creó al hombre y a la mujer a la vez en el sexto día, ambos tras la aparición de la vegetación y los animales. Pero en el relato de Adán y Eva, Dios creó al varón (Adán) antes de la aparición de la vegetación y los animales, y creó a Eva después de esos acontecimientos.

Al efectuar una lectura sencilla y lógica del Génesis, vemos que Adán y Eva no pueden ser el hombre y la mujer creados el sexto día de la Creación. Pero si Dios creó a Adán el tercer (o segundo) día y creó al hombre y la mujer a imagen de Dios el sexto día, ¿quiénes fueron los primeros humanos, Adán y Eva o el varón y la mujer del sexto día? Responderemos a esta pregunta en nuestro estudio del Mito 16.


Mito 13: Dios otorgó al hombre el dominio sobre las criaturas

El Mito: « ...para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella». Dijo también Dios: «Ahí os doy cuantas hierbas de semilla hay sobre la faz de la tierra toda, y cuan­tos árboles producen fruto de simiente, para que todos os sirvan de ali­mento. También a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todos los seres vivientes que sobre la tierra están y se mueven les doy para comida cuanto de verde hierba la tierra produce» (Gn 1, 26.29-30).

La Realidad: El otorgar al hombre el dominio sobre la vida en la tierra deriva de los mitos egipcios sobre la relación entre los dioses y la huma­nidad.

En el relato de la Creación en el Génesis, Dios le otorga a la humani­dad el dominio sobre los seres vivos de la tierra, las criaturas y las plan­tas para utilizarlas y alimentarse. Observen que, al hacerle este regalo, Dios permite al hombre comer de cada árbol, libre de las restricciones impuestas en el relato de Adán y Eva. Estos pasajes del Génesis mues­tran una relación de mutua benevolencia y amistad entre Dios y la humanidad.

Dicha visión difiere sustancialmente de la que aparece en la literatura mesopotámica. Aquí, mientras que en ocasiones una divinidad u otra en particular prefiere a algún ser humano en especial, los dioses en general tienen una opinión negativa de la humanidad y la ven más como una ser­vidumbre cuya finalidad es hacer la vida más agradable a los dioses. En el mito babilonio de la inundación, por ejemplo, los dioses decretan la des­trucción de la humanidad porque es demasiado ruidosa.

En contrapartida, los textos egipcios retratan de manera más positiva la relación entre los dioses y la humanidad. La Enseñanza para Merikare lo ilustra bastante bien.

Bien cuidada está la humanidad, el ganado de dios.

Él hizo el cielo y la tierra para ellos

Él dominó al monstruo marino,

Él creó el aliento para que pudieran respirar.

Ellos son sus imágenes, que surgieron de su cuerpo,

Él brilla en el cielo para ellos;

Para ellos él hizo las plantas y el ganado, las aves, y los peces para alimentarlos.

Este consejo lo ofreció un rey de la Novena Dinastía (h. 2200 a.C.) a su hijo. Tales sentimientos filosóficos datarían de antes del Éxodo y coinci­den con la presencia de Israel en Egipto, lo cual sugiere que esta visión podría haber tenido un fuerte impacto literario sobre los hebreos. Ciertamente, la última frase es casi idéntica a uno de los versículos de la sección del Génesis que estamos comentando.


Mito 14 El tercer día Dios creó la tierra

El Mito: Y a lo seco llamó Dios tierra, y a la reunión de las aguas, mares. Y vio Dios que era bueno... y hubo tarde y mañana: día tercero (Gn 1,10.13).

La Realidad: Dios reunió las aguas y creó la tierra seca el segundo día de la Creación.

Según el Génesis, en el tercer día de la Creación Dios reunió las aguas primitivas y creó la tierra seca. A esta tierra seca la llamó «tierra». Ya hemos visto que esta historia constituye una parte del mito egipcio de la Creación. Pero existe otro problema, mientras que el Génesis sitúa este acontecimiento el tercer día, una cuidadosa lectura del relato de la Creación en el Génesis indica que el redactor bíblico cometió un error y que este acontecimiento, en el testimonio original del Génesis, tuvo lugar el segundo día.

La Biblia, como muchos textos antiguos, a menudo utiliza fórmulas literarias, frases cortas que el escriba emplea, ya sea como una expresión idiomática, o para indicar algo acerca de la naturaleza del texto. Estas fórmulas textuales suelen aparecer como elementos en un listado, donde dividen las listas en secciones, como se solía hacer en los antiguos lista­dos de reyes. Las historias bíblicas de los reyes de Israel y Judá ilustran esta técnica. Al final de cada historia, el escriba bíblico solía añadir la siguiente frase (o una versión ligeramente modificada de la misma): «Y los demás actos de [nombre del rey], y todo lo que realizó, y sus [atri­butos asociados al rey], ¿acaso no aparecen escritos en el libro de [fuen­te de origen]?

La Biblia contiene numerosas fórmulas textuales de este tipo. En oca­siones, por ejemplo, introduce una sección de narrativa diciéndonos » Esta es la descendencia de...« en la cual el material describe los acontecimien­tos asociados a una familia específica. El relato de la Creación en el Génesis también hace uso de una fórmula textual.

Al final de las actividades de cada día, a excepción del segundo día, Dios repasaba lo que había hecho y entonces decía «que era bueno». El séptimo día Dios descansó, por lo tanto no realizó ningún acto que tuviera que declarar que era bueno.

La narrativa, sin embargo, le hace bendecir y santificar el último día. El tercer y sexto día, empero, Dios también declara algo que era bueno en la mitad del día. Consideraremos la primera declaración del mediodía en este estudio, y cuando estudiemos el Mito 15 consideraremos la segunda.

La frase «que era bueno» constituye una formula textual. Su colocación al final de las actividades de cada día sirve para indicar que las acciones del día se habían completado y que a Dios le agradaba lo que veía. Así, ¿por qué no hay una declaración de este tipo al final del segundo día, y por qué en el tercer día aparecen dos declaraciones de este tipo?

La declaración del mediodía en el tercer día tiene lugar después de que Dios ha reunido las aguas y creado la tierra seca. La segunda declaración de ese día sucede después de que Dios ha creado la vegetación. Este arre­glo textual es confuso.

La mayoría de eruditos de la Biblia aceptan que el relato de la Creación es mitológico, pero no ofrecen ninguna explicación útil de por qué los escribas bíblicos omitieron la formula textual el segundo día y la introdu­jeron dos veces el tercer día. Muchos intérpretes religiosos ortodoxos, por otra parte, sugieren que Dios tuvo la intención de reunir las aguas y crear la tierra seca el segundo día, tras levantar el firmamento, pero no tuvo tiempo de concluir la tarea. Por lo tanto, reservó la bendición hasta des­pués de concluir la tarea el siguiente día.

Aunque esta explicación adopta una interpretación literal del día como una duración fija del tiempo, pasa por alto la omnipotencia de Dios y que las tareas en cuestión eran bastante menos arduas que, digamos, crear el Sol o cualquier otra estrella, lo cual requeriría mucha más energía que el simple levantamiento del firmamento o la reunión de las aguas en la diminuta tierra. Aun así, Dios creó todas las estrellas, además de los pla­netas y la Luna en un sólo día.

La solución evidente a esta paradoja es que los redactores bíblicos cometieron un error, el equivalente a un trabajo de cortar y pegar mal hecho. Ya que la bendición para el segundo día no ocurre hasta la mitad del tercer día, parece razonable concluir que la reunión de las aguas era parte de los acontecimientos del segundo día, un seguimiento lógico al levantamiento del firmamento en medio de las aguas. El redactor bíblico

creería que la tierra seca que surge concuerda lógicamente con la apari­ción de la vegetación, así que de manera prematura insertó un paréntesis en el segundo día y traspasó los acontecimientos del segundo día al terce­ro. Pero no era libre de insertar una bendición en el punto donde conclu­ye el segundo día. En cambio, dejó la bendición donde estaba tal y como aparecía en el texto original, después de la reunión de las aguas.

Al trasladar el relato de la aparición de la tierra seca al segundo día, resolvemos el problema de la bendición que falta. Dicha restauración sitúa la formula textual al final de los acontecimientos de cada día, donde pertenece.


Mito 15: El séptimo día Dios descansó

El Mito: .. .y bendijo al día séptimo y lo santificó, porque en él descan­só Dios de cuanto había creado y hecho (Gn 2, 3).

La Realidad: En el relato original de la Creación en el Génesis, Dios no descansó el séptimo día, pero sí creó la humanidad ese día.

Tal y como descubrimos en el estudio del Mito 14, la narrativa bíblica incluye una formula textual que marca el final de las actividades diarias. Vimos que en la versión actual del Génesis, el escriba omite la bendición del final del segundo día, pero inserta una en medio del tercer día, que es el resultado de un error del escriba. Al trasladar los acontecimientos de la primera mitad del tercer día a la segunda mitad del segundo día, se res­taura la concordancia lógica y textual en el Génesis. Dicho arreglo provo­ca que cada uno de los seis días acabe con una bendición, pero sigue dejando una bendición de más en el medio del sexto día.

Aquella bendición ocurre después de la creación de las bestias y los rep­tiles y antes de la creación de los humanos. Una segunda bendición tiene lugar tras la creación de la humanidad. Siguiendo la lógica de la formula textual, deberíamos concluir que en la fuente original para el relato de la Creación, las bestias y el hombre fueron creados en días separados. Esto desplazaría la aparición de la raza humana hasta el séptimo día y trasla­daría el día de descanso de Dios al octavo día.

El descanso del sábado, el séptimo día de la semana (contando desde el domingo, al modo inglés), constituye una de las tradiciones más sagradas de la civilización occidental. Pero si Dios descansó el octavo día, y no el séptimo, entonces la práctica se deriva de un error del escriba.

La idea de un descanso en sábado parece ser de origen latino tardío. Hay escasas evidencias de que el antiguo Israel lo pusiera en practica realmen­te. La Biblia no recoge ninguna observación de este tipo en ninguna parte del relato de Israel anterior al Éxodo de Egipto. Es verdad que en el relato del Éxodo algunos pasajes bíblicos incluyen un mandamiento de Dios para que se observe el sábado, pero podría tratarse de versículos posteriores.

De hecho, el Deuteronomio 5, 15, que refleja los puntos de vista del rey Josías poco antes del cautiverio babilonio, dice que Dios le dio a Israel el mandamiento del sábado no porque él descansara el séptimo día, sino a modo de recordatorio de que salvó a Israel de la esclavitud en Egipto:

Acuérdate, de que siervo fuiste en la tierra de Egipto, y de que el Señor, tu Dios, te Sacó de allí con mano fuerte y brazo tendido; y por eso el Señor, tu Dios, te manda guardar el sábado.

Incluso después del Éxodo y hasta el período monárquico tardío, la Biblia se mantiene prácticamente en silencio acerca de la observación del sábado.

Por estas razones, es probable que la idea de un sábado el séptimo día apareciera tarde en la historia de Israel. El concepto pudo haberse origi­nado en Babilonia, donde ciertos días del mes —7,14,19, 21 y 28— eran considerados nefastos, y los babilonios creían que no se debía desarrollar ningún trabajo ni ningún sacrificio durante esos días. Al no conformarse con un ciclo de siete días perfectamente repetitivo, la tradición babilonia recoge las semillas de un ciclo de siete días, en el que es nefasto cada sép­timo día del mes. O bien, la idea podía haberse recogido de las tradicio­nes agrícolas cananeas. En cualquier caso, pudo haber sido recogida del relato original de la Creación, porque el día santificado habría sido el octavo del ciclo de la Creación.


Mito 16: Después de la Creación Dios descansó

El Mito: Y rematada en el día sexto toda la obra que había hecho, des­cansó Dios el séptimo día de cuanto hiciera; y bendijo el día séptimo y lo santificó, porque en él descansó Dios de cuanto había creado y hecho (Gn2,2-3).

La Realidad: Dios no se tomó un día de descanso.

Tanto si Dios santificó el séptimo día como el octavo, debemos conti­nuar preguntándonos si Dios realmente descansó en este día santificado. Después de todo, ¿qué necesidad tiene una divinidad omnipotente de estar por ahí relajándose?

Una lectura cuidadosa del texto bíblico parece contradecir la idea de un día de descanso. Dice «descansó Dios el séptimo día de cuanto hiciera». Pero si la creación de la humanidad constituía el acto final en este enor­me esquema de acontecimientos, la Biblia debería decir que Dios terminó su labor el sexto día, el día de la conclusión. En cambio, el texto dice que terminó el trabajo el séptimo día.

El texto sugiere que Dios llevó a cabo obras adicionales después de crear la humanidad. La referencia a la finalización de los trabajos el sépti­mo día podría ser el resultado de una edición descuidada del relato origi­nal, en el cual Dios creó la humanidad el séptimo día en vez del sexto.

Este error sigue de cerca los esfuerzos por crear un sábado el séptimo día. Para poder incluir un día de descanso para Dios, los escribas de la Biblia tuvieron que combinar los acontecimientos de los días sexto (ani­males) y séptimo (humanidad). Al hacerlo, el escriba pasó por alto esta fra-secilla: «Y el séptimo día Dios remató el trabajo que había hecho». El escri­ba se olvidó de trasladar esas palabras al final del sexto día tras combinar las actividades del séptimo día con los acontecimientos del sexto día.

Puede existir un precedente en Oriente Próximo para la creencia de que el sábado y el día de descanso están inextricablemente unidos. Una expli­cación probable proviene de Enuma Elísh, la épica babilonia de la Creación. En ella, Marduk, quien al derrotar a sus enemigos se convierte

en la divinidad principal de Babilonia, llama al dios Kingsu, uno de los líderes de la oposición, y como castigo lo corta en trozos. A partir de su sangre crea la humanidad, y Marduk impone sobre los humanos el deber de servir a los dioses. En un pasaje que suena a un eco de la afirmación bíblica de que Dios descansó tras la creación de la humanidad, encontra­mos lo siguiente:

Él que levantó el yugo impuesto sobre los dioses, sus enemigos;

Él que creó a la humanidad para liberarlos;

Que sus palabras perduren y no sean olvidadas En la boca de la humanidad, que fue creada por sus manos.

En otras palabras, después de que Marduk creara la humanidad, los dioses pudieron descansar. Esta tradición babilonia es comparable al rela­to bíblico. Ambos relatos muestran a los dioses descansando tras la crea­ción de los humanos. En el relato babilonio, Marduk crea a los humanos para que sean los siervos de los dioses, liberando a éstos de sus labores. En el Génesis, Dios descansó tras la creación de los humanos, pero no con­denó a la humanidad a la servidumbre. Claro que la tradición bíblica pos­terior mantiene que Dios e Israel tenían una alianza especial, en la cual Israel se dedicaba a servir a Dios.

Aunque en el relato babilonio los humanos no descansan junto con los dioses, tal y como se les manda a los hebreos en los Diez Mandamientos, el relato de la Creación en el Génesis sólo habla del descanso de Dios y no dice nada de que los hombres se abstengan de trabajar. La idea de que la humanidad debía descansar entró en la tradición bíblica mucho más tarde, tal vez no antes del siglo vil a.C.



Mito 17: El cielo y la tierra tuvieron hijos

El Mito: Éstas son las generaciones del cielo y de la tierra cuando fue­ron creados. El día en que el Señor Dios creó la tierra y el cielo, no había aún arbusto alguno en el campo, ni germinaban de la tierra hierbas, por no haber todavía llovido el Señor Dios sobre ésta, ni haber todavía hom­bre que la labrase, ni vapor acuoso que subiera de la tierra para regar toda la superficie cultivable (Gn 2, 4-6).

La Realidad: En el segundo relato de la Creación, el cielo y la tierra son divinidades, una esposa y un marido capaces de tener hijos.

El segundo relato de la Creación comienza en Génesis 2, 4 con la frase:

«Éstas son las generaciones del cielo y de la tierra» (versión del rey Jacobo). Las primeras palabras son una formula textual utilizada en el Génesis en diez ocasiones, y una sola vez fuera del Génesis (Rt 4, 18). En todas estas instancias, a excepción de Génesis 2, 4, la fórmula sirve para introducir narraciones sobre familias, como por ejemplo: «Éstos son los descendien­tes de Isaac», o «Éstas son las generaciones de Jacob». En cada una de estas instancias, lo que sigue son narraciones acerca de los padres y sus hijos y los acontecimientos de sus vidas. No existe ninguna razón lógica para pen­sar que haya otra interpretación distinta adherida a Génesis 2,4.

La primera frase, por lo tanto, significa que lo que sigue son relatos sobre la familia del cielo y de la tierra y sus hijos. En otras palabras, el segundo relato de la Creación es una vuelta a un relato anterior y politeís­ta de la Creación, en el que el cielo y la tierra son seres cósmicos, divini­dades capaces de tener hijos.

Esta conclusión molesta a los teólogos porque contradice la idea de que la Biblia es un tratado monoteísta. En consecuencia, reinterpretan el pasa­je para reflejar su propio punto de vista religioso. Argumentan que lo que sigue son sólo relatos que tienen lugar después de la Creación. Esto no sólo malinterpreta el sentido simple y claro, sino que también da lugar a otro obstáculo. Los relatos no suceden después de la Creación, sino durante la misma; el segundo día, para ser exactos.

Tal y como dice el resto del pasaje, los relatos sobre el cielo y la tierra suceden «el día en que el Señor Dios creó la tierra y el cielo» y antes de la aparición de la vegetación. En nuestro estudio del Mito 14, tras recons­truir la secuencia original de la Creación, descubrimos que el cielo y la tie­rra fueron creados el segundo día y la vegetación el tercero. El día que Dios creó el cielo y la tierra corresponde al segundo día de la Creación.

Esto establece una unión entre el primer y segundo relato de la Creación en el Génesis. En el primer relato de la Creación, los aconteci­mientos del segundo día estaban basados en el mito heliopolitano de la Creación, la aparición de Atum como un firmamento en las aguas, la separación del cielo y la tierra y la reunión de las aguas. En ese relato, el editor del Génesis despojó a las personas de las divinidades egipcias y dejó sólo los fenómenos naturales que éstas representaban. Ocurrió algo más en el segundo relato de la Creación. Como veremos en el estudio de algu­nos de los siguientes mitos, los editores bíblicos han conservado algunas de las personas de las divinidades egipcias, pero las han retratado como humanos y han eliminado su identificación con fenómenos naturales. Pero, en ocasiones, han cometido errores y no han reconocido todas las asociaciones anteriores, por ejemplo, al dejar una referencia a «las gene­raciones del cielo y de la tierra».



Mito 18: Adán y Eva fueron los primeros humanos

El Mito: Este es el libro de la descendencia de Adán. Cuando Dios creó al hombre, lo hizo a imagen suya. Los hizo varón y mujer, y los bendijo, y les dio, al crearlos, el nombre de Adán. Tenía Adán ciento treinta años cuando engendró un hijo a su imagen y semejanza, y lo llamó Set; vivió Adán después de engendrar a Set ochocientos años, y engendró hijos e hijas. Fueron todos los días de la vida de Adán novecientos treinta años, y murió (Gn 5, 1-5).

La Realidad: Adán y Eva son las divinidades egipcias Geb (la tierra) y Nut (el cielo). Sus hijos son los hijos de la tierra y el cielo.

Al principio del segundo relato de la Creación en el Génesis, nos cuen­tan que las historias que siguen son sobre la familia del cielo y la tierra (véase Mito 17). Los personajes principales en esos relatos son Adán y Eva y sus hijos, Caín y Abel, lo cual sugiere que la familia de Adán es la fami­lia del cielo y la tierra.

Al principio, la Biblia se refiere a Adán y Eva como «el Adán» (véase Mito 11) y a Eva como «la mujer». Durante el transcurso de la narración, tiene lugar una sutil transformación en la terminología y estos son conocidos como Adán y Eva. Aunque se sugiere en estos primeros relatos que Adán y Eva fue­ron los primeros humanos, hasta Génesis 5, 1 no se produce una conexión directa. En ese momento, la Biblia presenta la primera de varias genealogías que colocan a Adán como el antecesor de la raza humana, trazando una línea de descenso que pasa por Noé hasta los patriarcas bíblicos.

En el Mito 12 vimos que Adán y Eva no eran los mismos humanos crea­dos el sexto día. Ellos fueron creados «al tiempo de hacer el Señor Dios la tierra y los cielos», lo cual tuvo lugar el segundo día. ¿Fueron ellos unos humanos distintos a los creados el sexto día, o fueron originariamente algún tipo de divinidades cósmicas?

En el mito babilonio de la Creación, los cielos y la tierra eran las mita­des seccionadas de un monstruo muerto conocido como Tiamat. Puesto que estos dos trozos de cuerpo sin vida no engendraron a ningún hijo, el mito babilonio no puede servir como prototipo para la narración bíblica.

Sin embargo, si analizamos el mito heliopolitano de la Creación, encontraremos parte del material de origen para el segundo relato de la Creación.

Según los heliopolitanos, Geb (la tierra) y Nut (el cielo) tuvieron tres hijos, Osiris, Set y Horus, y dos hijas.

Las relaciones entre los miembros de esta familia protagonizaban un papel importante en la mitología egipcia. Un relato cuenta cómo Geb (la tierra) y Nut (el cielo) desobedecieron a la divinidad principal y de cómo ésta castigó a Nut con dificultades para dar a luz. Otro cuenta cómo Shu (el firmamento, hijo de Atum y padre de Geb) extrajo a Nut del cuerpo de Geb y separó el cielo de la tierra. Y una tercera explica cómo uno de los hermanos mató al otro hermano, y de cómo el tercer hermano fundó la línea de los herederos legítimos al trono egipcio.

A muchos de los que conocen el relato de Adán y Eva probablemente estarán familiarizados con estas tramas. Dios separó a Eva del cuerpo de Adán; los dos desobedecieron la orden de Dios; Dios castigó a Eva con dificultades para dar a luz; Adán y Eva tuvieron tres hijos, Caín, Abel y Set, de los cuales uno, Caín, asesinó a otro hermano, Abel y el tercero fundó la línea de descendientes desde Adán hasta Abraham.

Los dos esquemas genealógicos coinciden tanto que uno no puede lle­gar a otra conclusión: el Génesis recibió la influencia del modelo egipcio. Esto significa que Adán y Eva tuvieron una encarnación original como las divinidades egipcias Geb, Nut y sus tres hijos, Caín, Abel y Set, en corres­pondencia con los tres hijos de Geb y Nut, Osiris, Horus y Set.

Los editores posteriores de la Biblia, sin embargo, tuvieron proble­mas a la hora de presentar estos relatos sobre las antiguas divinidades egipcias. Por una parte, los hebreos eran monoteístas y no creían en estos dioses; por otra parte, estos relatos tenían una gran difusión y eran muy conocidos. Los editores de la Biblia decidieron desmitifícar las divinidades y reescribir los relatos como si trataran sobre humanos en vez de dioses.

Por consiguiente, cuando intentaron integrar los dos relatos bíblicos de la Creación en un único relato continuo, tuvieron que cambiar los relatos para dar a entender que Adán y Eva eran los primeros humanos, idénticos a los humanos nacidos el sexto día. Esta interpretación ha ejercido una gran influencia a lo largo de la historia sobre los teólogos judíos y los teó­logos cristianos.

Sin embargo, a pesar de los hábiles y exitosos esfuerzos de los edito­res, continuamos viendo una gran cantidad del simbolismo mitológico original.


Mito 19: Dios formó a Adán de la arcilla

El Mito: Y modeló el Señor Dios al hombre de la arcilla y le insufló en las narices el aliento de la vida, y fue así el hombre ser animado (Gn 2, 7).

La Realidad: Los editores de la Biblia confundieron el nacimiento de Atum (la divinidad creadora heliopolitana) en la mitología egipcia con el nacimiento del primer ser humano.

El Génesis dice que Dios creó al primer hombre de arcilla de la tierra y le insufló la vida soplándole por la nariz. Los mitos mesopotámicos hacen unas declaraciones similares, pero se distinguen del Génesis en dos deta­lles significativos: 1) los dioses crearon al hombre a partir de una mezcla de arcilla y sangre de una divinidad muerta, y 2) no le inspiraron el alien­to divino. Así, aunque el relato mesopotámico podría haber tenido una influencia sobre el relato bíblico, los detalles indican lo contrario.

En los mitos egipcios encontramos un paralelismo más próximo al relato bíblico. Mientras que los egipcios tienen varios relatos inconsisten­tes acerca de la creación de la humanidad, no se excluyen mutuamente. Las distintas porciones de la humanidad podrían haber sido creadas en distintas ocasiones mediante métodos diferentes. Sin embargo, en la mayoría de versiones, los dioses crearon la humanidad a través de algún proceso de esculpido. Según una conocida tradición, el dios Khnum crea a la humanidad en una rueda de alfarero, señalando un origen a base de arcilla, como en el Génesis. En otra versión, el dios artesano Ptah crea al hombre, aunque no se describe el proceso.

Además del proceso del esculpido, una parte esencial de la creencia egipcia sobre la vida es que ésta viene insuflada por las narices, tal y como indica el relato del Génesis. En el «Texto de los Sarcófagos 80», por ejem­plo, Atum (el Creador) dio a luz a Shu (el firmamento) a través de sus narices e identificó a Shu como la fuerza vital. En ese mismo texto, Nun, (una personificación de la inundación) le dice a Atum que acerque a su hija a sus narices para que su corazón viva. Y en otra parte de ese texto, Shu, la fuerza vital, dice:

Yo los guiaré y les daré la vida,

a través de mi boca, que es la Vida en sus narices,

guiaré mi aliento hacia sus gargantas...

Estas tradiciones egipcias muestran varios paralelismos con el relato del Génesis, en el cual el hombre es creado a partir de la tierra y Dios sopla la vida a través de sus narices. Pero, probablemente, la influencia más importante sobre el Génesis fue el nacimiento de Atum. En el mito helio-politano de la Creación, que yace tras los relatos de Adán y Eva, el primer ser fue Atum, cuyo nombre es fonéticamente idéntico al de Adán. Atum fue formado de la primera tierra que surgió de las aguas primitivas. Era literalmente una figura hecha de la arcilla de la tierra. Además, como Adán, la primera hembra nació de él sin que hubiera relaciones sexuales con una mujer.

Tal y como vimos en el Mito 11, cuando la Biblia dice que Dios creó al hombre de la arcilla de la tierra, la frase traducida como «hombre» es en realidad ha-adam, el Adán, y el término es una forma plural que incorpo­ra tanto al varón como a la mujer: «Hízolos macho y hembra, y los ben­dijo, y les dio, al crearlos, el nombre de Adán» (Gn 5, 2).

El nombre Atum también posee un sentido plural, que comprende tanto al macho como a la hembra. Significa «aquel que se completa absor­biendo a otros», y los otros son los miembros machos y hembras de la Enéada.

Ya que los relatos de Adán y Eva se derivan en parte del mito heliopo-litano de la Creación, los numerosos paralelismos entre Atum y Adán indican que originariamente los escribas hebreos nombraron al primer ser Atum, como el primer ser del relato heliopolitano. Posteriormente, debido a la confusión entre Atum y la palabra semítica para «suelo», ada-mah, el nombre del primer ser se convirtió en Adán.




Mito 20: Dios plantó el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal

El Mito: Plantó luego el Señor Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara. Hizo el Señor Dios brotar en él de la tie­rra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar, y en el medio del jardín el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal (Gn 2, 8-9).

La Realidad: Estos dos árboles especiales son representaciones simbó­licas de las divinidades egipcias Shu y Tefnut.

En el jardín del Edén Dios plantó dos árboles, el árbol de la ciencia del bien y del mal, y el árbol de la vida. Comiendo del primero se obtenía el conocimiento moral; al comer del segundo se obtenía la vida eterna. También colocó al hombre en ese jardín para que cuidara de las plantas, pero le dijo que no debía comer del árbol de la ciencia (y así convertirse en conocedor de la moral). En cuanto a comer del árbol de la vida, Dios no dijo nada: «pero del árbol de la ciencia del cien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Gn 2, 17).

Más tarde, la supuestamente malvada serpiente le dijo a Eva que la amenaza de Dios era inútil.

Pero la serpiente, la más astuta de cuantas bestias del campo hicie­ra el Señor Dios, dijo a la mujer: «¿Conque os ha mandado Dios que no comáis de los árboles todos del paraíso?» Y respondió la mujer a la serpiente: «Del fruto de los árboles del paraíso comemos, pero del fruto del que está en medio del paraíso nos ha dicho Dios: «No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir». Y dijo la serpiente a la mujer: «No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal». (Gn 3, 1-5)

Adán y Eva no murieron al comer del árbol. Ciertamente, Dios temía que a continuación comieran del árbol de la vida y obtendrían la inmor­talidad.

Dijese el Señor Dios: «He alhí al hombre heho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y comiendo de el, viva para siempre» (Gn 3, 22).

¿Por qué temía Dios que Adán y Eva supieran de la inmortalidad y se convirtieran en divinidades? ¿Y por qué temía que se volvieran inmorta­les? Como una divinidad todopoderosa, él podría dar marcha atrás a la causa-efecto y devolver las cosas a su estado anterior. ¿Y quién es este «nosotros» al que se dirige? (véase el Mito 25 para saber la respuesta). Las respuestas se pueden encontrar en los textos y tradiciones egipcias.

El «Texto de los Sarcófagos 80» contiene una extensa presentación filo­sófica del mito heliopolitano de la Creación, y contiene algunos pasajes interesantes que no se han tenido en cuenta acerca de la vida y la morali­dad. Las partes más significativas para nuestros propósitos tienen que ver con los hijos de Atum, el Creador.

Los dos hijos de Atum son Shu y Tefnut, y en este texto Shu es identifi­cado como el principio de la vida y Tefnut como el principio del orden moral, un concepto al que los egipcios se refieren como maat. Estos son los dos principios asociados con los dos árboles especiales en el jardín del Edén, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal.

El texto egipcio no sólo identifica estos dos mismos principios como descendientes de la divinidad Creadora, sino que el texto continúa, diciendo que Atum (a quien los editores de la Biblia habían confundido con Adán, véase el Mito 19) recibe instrucciones de comerse a su hija, la cual representa el principio del orden moral.

De tu hija Orden comerás. («Texto de los Sarcófagos 80, línea 63»)

Aquí tenemos una extraña correlación. Tanto el mito egipcio como el Génesis nos dicen que la divinidad principal creó dos principios funda­mentales, la vida y el orden moral. En el mito egipcio, Atum debe comer del orden moral, pero en el Génesis, a Adán se le prohibe comer de este orden. El motivo por el cual Dios prohibió a Adán comer del árbol de la ciencia del bien y del mal se explica en el Mito 21.

También cabe destacar que el tema de la «serpiente en el árbol» asocia­do con el relato de Adán y Eva proviene directamente del arte egipcio. Los egipcios creían que Ra, el dios del Sol que rodeaba la tierra cada día, man­tenía una pelea nocturna con la serpiente Apofis y la derrotaba cada noche.

Varias pinturas egipcias muestran una escena en la que Ra, que apare­ce con la forma de «Mau. el Gran Felino de Heliopolis», se sienta ante un árbol mientras la serpiente Apofis se enrosca alrededor del árbol, en una imagen paralela a la rivalidad entre Adán y la serpiente del árbol en el jar­dín del Edén. Cuando Israel residía en Egipto, las imágenes de Ra y Atum estaban muy asociadas, y de hecho, los egipcios reconocían a una divini­dad compuesta llamada Atum-Ra. Al reemplazar a Re con Atum en el tema de la «serpiente en el árbol», la imagen se acerca todavía más al rela­to bíblico, que confundía a Atum con Adán.



















Mito 21 Adán moriría si comía del árbol de la ciencia

El Mito: Pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, por­que el día que de el comieres, ciertamente morirás (Gn 2, 17).

La Realidad: El objetivo de esta historia es condenar la idea egipcia de que el conocimiento del orden moral lleva a la vida eterna, que discrepa­ba con las enseñanzas monoteístas hebreas.

En el mito anterior vimos que las ideas egipcias sobre la relación entre el orden moral y la vida eterna yacían tras el relato bíblico del árbol de la ciencia del bien y del mal y el árbol de la vida. Sin embargo, a pesar los paralelismos cercanos entre ambas descripciones, existe un fuerte conflic­to. En el texto egipcio, Nun (la personificación de la gran inundación) incitaba a Atum (el Creador) a comerse a su hija Tefnut, para obtener acceso al conocimiento del orden moral. En el Génesis, Dios prohibe a Adán que coma del árbol de la ciencia del bien y del mal, negándole el acceso al conocimiento moral.

Esta incongruencia aparece en medio del enigma moral en el relato bíblico. Parece que Dios mienta y que la serpiente diga la verdad. En prin­cipio, Dios ordena a Adán que no coma del árbol de la ciencia, diciéndole que morirá el mismo día que lo haga. Pero, tras comer de ese árbol, Adán no sólo vive (durante otros novecientos años), sino que Dios teme que éste obtenga la vida eterna si come del árbol de la vida, y es necesario expulsarlo del jardín del Edén.

Si el Génesis se inspira en la doctrina egipcia, ¿por qué el relato bíblico adopta un giro tan radical cuando se trata de comer del árbol de la ciencia? Esa divergencia entre los dos relatos se deriva de las diferencias fundamenta­les entre las creencias hebreas y egipcias acerca de la ultratumba.

Eos egipcios creían que si uno llevaba una vida de orden moral, el dios Osiris, que reinaba en ultratumba, les otorgaría la vida eterna. Esa era la unión filosófica entre estos dos principios fundamentales de la vida y el orden moral, y es por eso que los egipcios los retrataban como los hijos del Creador.

En efecto, el conocimiento del comportamiento moral era un paso hacia la inmortalidad y la divinidad. Esa es precisamente la cuestión que plantea el Génesis.

Cuando Adán come del árbol de la ciencia del bien y del mal, Dios declara que si Adán come también del árbol de la vida se volverá como el mismo Dios. Pero los hebreos eran monoteístas. La idea de que los huma­nos puedan ser como dioses chocaba con el concepto teológico básico de la religión bíblica, según la cual había y podía haber un solo dios. Los humanos no podían ser divinos.

La narración hebrea es en realidad un ataque sofisticado hacia la doc­trina egipcia del orden moral que lleva a la vida eterna. Comienza trans­formando la vida y el orden moral de divinidades en árboles, eliminando las imágenes caníbales sugestionadas por Atum comiéndose a su hija. Luego, a Adán se le prohibe específicamente que coma el fruto del orden moral. A continuación, se le dice a Adán que no sólo no obtendrá la vida eterna, sino que se morirá al comer ese fruto. Finalmente, Adán es expul­sado del Jardín antes de que pueda comer del árbol de la vida y vivir eter­namente.

Observen que el énfasis bíblico es sobre el conocimiento del orden moral y no sobre la vida eterna. El mensaje bíblico es que uno no puede obtener la vida eterna a través del conocimiento del orden moral. Dios le dirá a uno lo que necesita saber y cómo se debe uno comportar, y uno obedecerá porque Dios lo manda, no porque vivirá eternamente.

Cuando Dios le dijo a Adán que ciertamente moriría ese mismo día si comía del árbol de la ciencia, se debe entender que la amenaza significa­ba que los humanos no debían intentar ser como los dioses. Dios no que­ría decir que Adán literalmente se caería muerto el día en que comiera el fruto prohibido; quería decir que el día en que Adán violara el manda­miento, perdería el derecho a la vida eterna. Recuerden que Dios en principio no prohibió a Adán que comiera del árbol de la vida. (Supuestamente, un bocado del fruto de ese árbol no otorgaba la inmor­talidad. Uno tenía que comer de él de manera continua y reabastecerse.) Una vez que hubo violado el mandamiento, Adán perdió el acceso al árbol de la vida y ya no pudo comer el fruto que prevenía de la muerte.



Mito 22: Dios prohibió a Adán que comiera ciertos frutos

El Mito: Pero del fruto del que está en medio del Paraíso nos ha dicho Dios: «No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir» (Gn 3, 3).

La Realidad: El tema del fruto prohibido viene de los mitos sumerios sobre la vida en el Paraíso.

En el Mito 20, vimos que los hebreos reemplazaron a las divinidades egipcias asociadas con el orden moral y la vida con dos árboles, uno de los cuales daba el fruto prohibido que iba acompañado de una amenaza de muerte si se consumía. Este motivo del fruto prohibido viene de los anti­guos mitos mesopotámicos y fue recogido cuando los hebreos recibieron las influencias culturales babilonias.

La más conocida de estas narraciones, el mito de Enki y Ninhursag, habla de dos importantes divinidades, que eran hermano y hermana y que vivían en un paraíso terrenal llamado Dilmun. En una ocasión, Ninhursag consiguió atrapar esperma de su hermano y lo usó para crear ocho plan­tas hasta entonces desconocidas y que permanecieron intocables para los demás. Su hermano, que sentía curiosidad por saber qué plantas eran, probó cada una de ellas. Cuando su hermana vio las plantas dañadas, mal­dijo a su hermano, diciéndole: «Hasta tu muerte no volveré a mirarte con el ojo de la vida».

Al poco tiempo Enki empezó a consumirse, pero apareció un zorro y consiguió que Ninhursag regresara. Al regresar, Ninhursag le preguntó a su hermano de qué órgano vital padecía, y este nombró cada una de las partes dolientes, ocho en total. Para cada enfermedad mencionada, su hermana proclamó el nacimiento de una divinidad, y cada nacimiento curó una enfermedad correspondiente. El texto no menciona quienes fue­ron los padres de estos nacimientos.

En este mito mesopotámico principal, que habría sido bien conocido por los escribas hebreos de la era babilónica, encontramos el tema del fruto prohibido en un paraíso terrenal junto con una maldición de muerte por haber comido el fruto; temas presentes en la narración del Génesis. La maldición de Ninhursag contra Enki proporciona el motivo para cues­tionar la idea egipcia de «comer el orden moral», que nos lleva al tema bíblico del «fruto prohibido».



Mito 23: Eva fue creada de la costilla de Adán

El Mito: Hizo pues, el Señor Dios caer sobre el hombre un profundo sopor; y dormido, tomó una de sus costillas, y cerró en su lugar con carne, y de la costilla que del hombre tomara, formó el Señor Dios a la mujer, y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: «Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada». Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adhe­rirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne (Gn. 2,21-24).

La Realidad: La narración del nacimiento de Eva integra la narración egipcia de la separación de los cielos y la tierra con partes del mito sumerio de Enki y Ninhursag.

El personaje de Eva se inspira en varios mitos, tanto egipcios como sumerios. Según el Génesis, Dios creó a Eva de la costilla de Adán. Como resultado de esta relación, Dios instauró la idea del matrimonio.

Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adherirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne. (Gn 2, 21-24)

En principio, a la mujer de Adán se la conocía sólo como «la varona», porque «del varón ha sido tomada». No fue hasta después de que ella y su marido fueran expulsados del Jardín del Edén que recibió el nombre de Eva. Al darle ese nombre, Adán dijo que era «por ser la madre de todos los seres vivientes».

En el Mito 17 vimos que Adán y Eva se correspondían con las divini­dades egipcias Geb (la tierra) y Nut (el cielo). Según el «Texto de los Sarcófagos 80», Atum dijo que creó a Nut para que «estuviera por encima de mi cabeza y Geb se pudiera casar con ella». En otras palabras, los egip­cios veían la unión de la tierra y el cielo como la base del matrimonio, y este principio se traslada al Génesis con Adán y Eva.

Mientras que Adán se convirtió en el único padre de Eva, igual que Atum (el Creador heliopolitano) se convirtió en el único padre de sus hijos, la idea de que Eva salió de la costilla de Adán se deriva de un juego de palabras en sumerio antiguo, el lenguaje literario más antiguo de Mesopotamia. Se origina con el mito sumerio de Enki y Ninhursag (véase Mito 22).

En ese mito, Enki padece de ocho dolores, uno de los cuales está en la costilla.

«Hermano mío, ¿qué os duele? «La costilla».

El nombre de la divinidad que curó la costilla de Enki era Ninti, un nombre que en sumerio tiene un doble significado. La primera parte, «Nin», significa «la dama de», pero la segunda parte «ti», puede significar tanto «costilla» como «hacer vivir». Por lo tanto, Ninti significa tanto «la dama de la costilla» como «la dama que hace la vida».

También Eva combina ambos títulos. Verdaderamente es la «dama de la costilla», ya que provino de la costilla. Y, tal y como indica su primer títu­lo, ella es la «dama que hace la vida».


Mito 24: Adán obtuvo la sabiduría sin la inmortalidad

El Mito: Díjose el Señor Dios: «He ahí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y comiendo de él, viva para siempre» (Gn 3,22).

La Realidad: El relato de la pérdida de la inmortalidad de Adán y el cas­tigo de la humanidad es un préstamo del mito mesopotámico de Adapa.

Cuando Dios expulsó a Adán del Edén, el hombre poseía la sabiduría pero no la inmortalidad, y sus descendientes tuvieron que sufrir por su pecado. Este aspecto del relato toma prestados elementos de un mito mesopotámico sobre un personaje llamado Adapa.

Según cuenta la narración, el dios Ea creó a Adapa para que fuera un dirigente de la humanidad y le otorgó sabiduría, aunque no la vida eter­na. Adapa desempeñó bien su función, pero un día, mientras navegaba, el Viento del Sur volcó su barca y lo tiró al agua. Muy enfadado, Adapa mal­dijo al viento y le rompió las alas. Al enterarse Anu, la principal divinidad, exigió que Adapa apareciera ante él.

Ea, una de las principales divinidades mesopotámicas, se hizo amigo de Adapa y le preparó para el encuentro. Entre sus instrucciones, le dijo:

Os ofrecerán los alimentos de la muerte;

No los comáis. Os ofrecerán el agua de la muerte;

No la bebáis. Os ofrecerán una prenda;

No os la pongáis. Os ofrecerán aceite; untaos con él.

En estas instrucciones, Ea se refiere a las ofrendas como «los alimentos de la muerte» y «el agua de la muerte», pero cuando Adapa aparece ante la corte de Anu, la divinidad describe las ofrendas como «los alimentos de la vida» y «el agua de la vida». Obedeciendo a Ea, Adapa rechaza la hospi­talidad de Anu y al hacerlo se gana los favores del dios. Como recompen­sa, Anu libera a Adapa de la servidumbre obligatoria, pero puesto que su pecado merece ser castigado, Anu hace que la humanidad sufra enferme­dades y plagas.

En la narración de Adapa, el héroe tenía sabiduría pero no la inmorta­lidad; había pecado contra los dioses y debía ser castigado. Como resulta­do de su pecado, pierde la oportunidad de comer ciertos alimentos que le habrían otorgado la inmortalidad, y, a raíz de su pecado, la humanidad tiene que padecer enfermedades y plagas. Mientras que el pecado de Adapa se distingue del de Adán , ambos soportaron destinos similares; la humanidad sufre y ambos pierden la inmortalidad.

Se han encontrado fragmentos de este mito en una biblioteca del siglo xrv a.C. en Egipto (anterior al Éxodo) y en una biblioteca del siglo vii a.C. en Asiría, dando fe de su longevidad literaria y su influencia muy difundida. Una leyenda como ésta habría sido muy conocida entre los escribas hebreos. El parecido con la trama de la narración del Génesis indica que el mito de Adapa ayudó a modelar la narración bíblica.


Mito 25: Había otros seres en el jardín del Edén antes de Adán y Eva

El Mito: Hagamos al hombre a nuestra imagen... Díjose el Señor Dios:

«He ahí al hombre hecho como uno de nosotros... (Gn 1, 26. 3, 22).

La Realidad: El Génesis conserva indicios de las conversaciones de Atum con Nun en el mito heliopolitano de la Creación.

En dos ocasiones en el segundo relato de la Creación, Dios habla con uno o más seres de naturaleza no humana. Antes de crear a Adán, dice: «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Y posteriormente, cuando Adán y Eva ya habían comido el fruto prohibido, dice: «He ahí al hombre hecho como uno de nosotros». ¿A quién se refiere este «no­sotros»?

Una vez más, tenemos una clara indicación de otras divinidades pre­sentes en el relato de la Creación. De la misma manera que el segundo relato de la Creación se inspira en los mitos heliopolitanos, el «Texto de los Sarcófagos 80» proporciona una pista razonablemente buena acerca de hacia quién se dirigía Dios. En ese texto, Atum, (el Creador) y Nun (una personificación de las aguas primitivas) mantenían esta conversación:

Entonces Atum le dijo a las aguas (es decir, a Nun): «Estoy flotando, muy agotado, los nativos inertes...».

Las aguas (es decir, Nun) le dijeron a Atum: «Besa a tu hija Orden [es decir, Tefnut, que representaba el orden moral.]».

El «nosotros» en el relato del Génesis se habría referido originariamen­te a Atum y Nun. Al igual que el Creador hebreo reemplaza a Atum en el proceso de la Creación, la narración sufre algunas transformaciones. La retención del «nosotros» conserva restos de la fuente heliopolitana poli­teísta para el relato bíblico.

Mito 26 : Dios plantó un jardín en Edén, al oriente

El Mito: Plantó luego el Señor Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara. Hizo el Señor Dios brotar en él de la tie­rra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar, y en el medio del jardín hizo brotar el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Salía del Edén un río que regaba el jardín y de allí se par­tía en cuatro brazos. El primero se llamaba Pisón, y es el que rodea toda la tierra de Evila, donde abunda el oro, un oro muy fino, además de bede-lio [similar a la mirra] y ágata; y el segundo se llama Guijón, y es el que rodea toda la tierra de Cus; el tercero se llama Tigris y corre al oriente de Asiría; el cuarto es el Eufrates (Gn 2, 8-14).

La Realidad: Originariamente, Edén representaba la isla de Llamas, la primera tierra en los mitos egipcios de la Creación. Según la tradición heliopolitana. Edén estaría en Heliópolis.

¿Dónde plantó Dios el jardín del Edén? Se ha escrito mucho sobre este tema, pero sin ninguna respuesta definitiva. El texto aporta pocas pistas. El Génesis lo ubica en oriente, que es donde nace el sol, y también lo ubica al oeste de Nod, donde Caín construyó la primera ciudad. Desgraciada­mente, nadie sabe donde estaba Nod.

Las principales pistas en cuanto a la ubicación del Edén son las refe­rencias a los cuatro ríos, Pisón, Guijón, Tigris y Eufrates, que se dividen de un río principal que fluye del Edén, pero que no se nombra.

El primer río. Pisón, abarca toda la tierra de Evila, que posee muchos recursos naturales, tales como oro, bedelio y ágatas. La ubicación de Evila se desconoce, pero la mayoría de eruditos creen que se corresponde con Arabia. Génesis 10, sin embargo, al describir varias relaciones geográficas, dice que Evila es un hijo de Cus, y Cus es Etiopía.

El segundo río, Guijón, «rodea toda la tierra de Cus (Etiopía)». Esto coloca a los dos ríos en la cercanía de Cus, una zona al sur o cercana al sur de Egipto.

El tercer río, el Tigris, fluye hacia el este de Asiria, y se trata de una de las dos grandes vías fluviales de Mesopotamia. El cuarto río se conoce aún como el Eufrates, el otro gran río de Mesopotamia.

¿Dónde está el fallo? Tenemos dos ríos en Asia y dos al sur de Egipto. ¿Cómo pueden estar estos ríos conectados a una única fuente? ¿Cuál es la potente fuente de agua de la cual se derivan los otros cuatro ríos? ¿Y donde está el Nilo, que atraviesa Egipto, entre Asia y Etiopía? La narración en su forma actual representa una edición tardía realizada por alguien que conocía las tradiciones babilonias, pero que no era conocedor de la geo­grafía africana.

Varias pistas sugieren que el gran río no nombrado del cual fluyen los otros cuatro es el Nilo.

1. El Nilo es el único río principal que no aparece nombrado en el texto.

2. Esta identificación explicaría cómo la geografía del Edén podía incluir dos ríos al sur de Egipto que se unen a otros nacimientos de ríos más hacia el norte.

3. La narración del jardín del Edén se deriva del mito heliopolitano de la Creación. En esa narración, después de que surgiera la primera tierra y las aguas se reunieran en el Nilo, el dios Shu bajó a Heliópolis y se convirtió en Osiris en forma de grano, plantando así un jardín al este del Nilo.

4. La tradición egipcia sitúa el árbol de la vida en Heliópolis.

5. La primera tierra en la tradición egipcia se conocía como la isla de Llamas (debido a la montaña en llamas que surgió de Nun) y cada uno de los centros de culto decía ser el emplazamiento de la primera tierra. En el Génesis, después de que Dios expulsa a Adán y Eva del jardín, bloquea la entrada con querubines empuñando llamas, lo que sugiere la idea de una «isla de llamas».

Estos puntos indican que el relato de cuatro ríos que fluyen de un río que surge del Jardín del Edén no tenía nada que ver con las dos aguas asiá­ticas descritas en la narración del Génesis. Originariamente, los cuatro brazos serían tributarios del Nilo, de los cuales dos se dividieron en el norte formando el delta de Egipto, y dos fueron divididos al sur por Etiopía.

Por consiguiente, cuando los hebreos llegaron a Babilonia, reemplaza­ron los nombres de los dos brazos del Nilo que formaban el delta de Egipto con los nombres de los dos ríos mesopotámicos que formaban el delta de Mesopotamia. Dejaron los dos brazos del sur intactos.

A medida que los hebreos comenzaron a ver su historia desde el punto de vista babilonio, fueron identificando muchas de las narraciones bíbli­cas con relatos similares de la literatura mesopotámica, y a menudo per­diendo de vista las raíces egipcias originales. Al transferir los ríos del delta egipcio a Mesopotamia, la isla de Llamas ya no mantenía ningún signifi­cado para ellos. Las llamas asociadas a la isla original se transformaron en espadas de fuego empuñadas por querubines.

En Mesopotamia, los hebreos aprendieron relatos sobre un lugar lla­mado Dilmun, que era comúnmente conocido en esa región como un antiguo paraíso de los primeros tiempos. Al sustituir las tradiciones mesopotámicas por las egipcias, creyeron que Edén y Dilmun podrían haber sido el mismo lugar.



Mito 27: En el jardín del Edén, Adán y Eva llevaron una vida sencilla y primitiva

El Mito: Tomó pues, el Señor Dios al hombre, y le puso en el jardín del Edén para que lo cultivase y lo guardase...

Y se dijo el Señor Dios: «No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él». Y el Señor Dios trajo ante el hom­bre cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo los llamaría, y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera. Y dio el hombre nombre a todos los ganados, y a todas las aves del cielo, y a todas las bestias del campo; pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él... Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse de ello (Gn 2, 15; 18-20; 25).

La Realidad: Las imágenes imprecisas de la vida en Edén se derivan de la descripción sumeria de la humanidad primitiva.

El Génesis sólo nos ofrece una breve mirada a la vida en Edén. Dios creó al hombre para que trabajara el jardín, el cual proporcionaba abundante comida. Pero el hombre se sentía sólo, asi que Dios creó a los animales para que le ayudaran y le acompañaran. Además de los animales, Dios también extrajo de la tierra todas las aves y otros animales, pero ni estos consiguie­ron soliviantar la soledad del hombre. Entonces Dios creó a la mujer para ayudarle. El hombre y la mujer estaban desnudos y no se avergonzaban de ello, pero tras comer el fruto prohibido, su desnudez se convirtió en ver­güenza. A excepción del incidente con la serpiente y los consiguientes casti­gos, no poseemos más detalles acerca de la vida en el paraíso.

Las imágenes presentadas en el Génesis son paralelas a aquellas de las primitivas leyendas sumerias. Un relato del siglo xvii a.C. habla de una época en que:

Cuando los caminos de la humanidad habían sido olvidados por los dioses, se encontraban en lo alto del desierto (es decir, no se inundaban). En aquellos días no se abrían canales, no se dragaba por medio de zanjas.


El arado y la labranza todavía no se habían establecido para los pue­blos sometidos.

Ninguno de los pueblos plantaba en surcos.

La humanidad de aquellos lejanos días, desde Shakan [el dios de los rebaños] aún no había llegado a las tierras áridas, no conocía los vesti­dos de telas finas, la humanidad andaba por ahí desnuda.

En aquellos días, al no existir las serpientes, al no existir los escor­piones, al no existir los leones, al no existir las hienas, al no existir los lobos, la humanidad no tenía contrincante alguno, y no existía ni el miedo ni el terror (líneas 1-15).

Cuando Anu, Enlil, Enki y Ninhursag crearon a las gentes de cabeza negra (es decir, los súmerios), crearon a los animales pequeños que salen de la tierra en abundancia e hicieron que hubiera, como correspondía, gacelas, asnos salvajes y bestias de cuatro patas en el desierto (líneas 47-50).

El texto se reanuda tras un intervalo de unas treinta y siete líneas con una indicación de que la monarquía había sido establecida desde el Cielo, y que el dirigente elegido debía supervisar la labor de los demás y ense­ñarle a la nación a ¡«seguir como el ganado»!

La visión que acabamos de ver comparte numerosas similitudes con el Génesis. Igual que en el relato bíblico, enfoca de cerca la necesidad de desarrollar la ganadería y remediar la desnudez de la humanidad. También nos dice que las criaturas útiles fueron extraídas de la tierra. Y, de modo implícito en el texto sumerio, la humanidad no sabe nada acer­ca de la moralidad. Las gentes existían para servir a los dioses y seguir instrucciones como si fuesen ganado. El rey, que representa a los dioses, se encarga de enseñarles todo lo que necesitan saber.

El texto no incluye ningún relato sobre la expulsión del paraíso, pero en los pocos pasajes que aun se conservan en la tablilla existe un testimonio sobre la construcción de las primeras ciudades. Esto continua teniendo un paralelismo con la trama del Génesis, que nos dice que Caín, hijo de Adán y Eva, construyó la primera ciudad tras ser expulsados del paraíso.



Mito 28 : La serpiente era la más sutil de todas las bestias

El Mito: Pero la serpiente, la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera el Señor Dios... (Gen 3, 1).

La Realidad: El Génesis modelo a la astuta serpiente según la figura del dios egipcio Set, que adoptó la forma de la serpiente Apotis, enemiga de Ra.

A Adán y Eva se les ordenó que no comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal. A medida que se desarrolla la narración, Eva se acerca al árbol y encuentra en él a la serpiente. La serpiente anima a Eva a que prue­be el fruto, pero ésta le habla de la prohibición por parte de Dios y de la amenaza de muerte. La serpiente le contesta: «No, no moriréis; es que Dios sabe que el día que de el comáis se os abrirán los ojos y seréis como El, conocedores del bien y del mal» (Gn 3, 4-5).

La serpiente, quien seguramente ya había comido del árbol, evidente­mente conoce el secreto del fruto, que representa el concepto egipcio de maat, (es decir, el orden moral; véase el Mito 20) y que comerlo otorga la vida eterna.

En nuestra discusión sobre los árboles de la ciencia y la vida, observa­mos que los egipcios tenían una imagen mística de la serpiente en un árbol. En imágenes de esta narración, los artistas egipcios muestran a un gato con un palo golpeándole la cabeza a una serpiente que habita en un árbol. El gato de este mito es Ra. el dios del sol, y la serpiente es Apofis, el enemigo de Ra que intenta tragarse el Sol al final de cada día. La acción de golpear la cabeza de la serpiente, por cierto, representa exactamente lo que Dios le ordenó a Adán que hiciera con la serpiente y su prole tras la expul­sión del Edén.

Los egipcios a menudo identificaban a Apofis con el dios Set. una divi­nidad astuta y ambiciosa que quería quitarle el trono egipcio a su herma­no Osiris. Con este fin, conspiró con sus aliados para asesinar a Osins y hacerse con la monarquía.

Primero, fingió amistad con su hermano y le ofreció como obsequio un sarcófago. Tras presentárselo, le pidió a Osiris que se tumbara dentro para ver si entraba bien. Inmediatamente después de que Osiris se hubiese acostado dentro, Set y sus aliados le mataron, cerraron el sarcófago y se deshicieron de él.

A pesar del asesinato, Osiris sobrevivió a la muerte y se convirtió en rey del más allá.

Esto nos lleva directamente a la serpiente del árbol de la ciencia. Tal y como observamos con anterioridad, el objetivo de la narración donde se le prohibe a la humanidad que coma del árbol de la ciencia era que el fruto del árbol representaba a ma 'at, y para que un Egipcio pudiera ser inmortal, él o ella debía demostrarle a Osiris que vivía en ma'at. Esto se contradecía con los principios religiosos del monoteísmo hebreo y las imágenes míticas de Osiris se tenían que eliminar.

Con la serpiente en el árbol, que se corresponde a Set, el asesino de Osiris, tenemos un desenlace irónico. Como castigo por buscar la inmor­talidad adorando a Osiris, el pecador perdía su inmortalidad mediante las acciones del enemigo mortal de Osiris. el astuto y sutil Set.



Mito 29: Dios castigó a Adán, a Eva y a la serpiente

El Mito: Dijo luego el Señor Dios a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita serás entre todos los ganados, y entre todas las bestias del campo. Te arrastrarás sobre tu pecho y comerás el polvo todo el tiempo de tu vida. Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer y entre tu lina­je y el suyo; éste te aplastará la cabeza, y tú le aplastarás el calcañar». A la mujer le dijo: «Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Parirás con dolor los hijos y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará. Al hombre le dijo: «Por haber escuchado a tu mujer, comiendo del árbol del que te prohibí comer, diciéndote no comas de él: por ti será maldita la tierra: con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida; te dará espinas y abrojos y comerás de las hierbas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado; ya que polvo eres, al polvo volverás». (Gn 3, 14-19).

La Realidad: Los castigos impuestos a Adán, a Eva y a la serpiente se inspiran en el ciclo egipcio de Osiris.

Puesto que violaron el mandamiento de Dios, Adán, Eva y la serpiente debían ser castigados. La naturaleza de los castigos se inspira en temas del ciclo de los mitos de Osiris.

En la narración de Osiris, después de que Set asesina a Osiris, el dios muerto consigue preñar a su esposa Isis. Temiendo que Set también mate a su hijo, Horus, Isis lo esconde en un pantano. Set descubre el escondite y en forma de serpiente se acerca al niño y le muerde en el talón. Sin la intervención de los dioses, Horus habría muerto. Cuando Horus alcanza la edad adulta, se enfrenta a Set y gana el derecho a suce­der a su padre.

Consideren algunas de las imágenes de los mitos egipcios y compáren­las con la narración del Génesis. Dios castigó a la serpiente obligándola a arrastrarse y estableciendo una enemistad entre la mujer y la serpiente, y su hijo y la serpiente.


Arrastrándose sobre su pecho, la serpiente trata de morderle el talón al hijo. En el ciclo de Osiris, Set se arrastra sobre su pecho hacia el niño, le muerde el talón y se convierte en enemigo de la madre y del hijo.

En las escenas egipcias que muestran al Gran Gato de Heliópolis, vemos a Ra en forma de gato golpeando la cabeza de la serpiente que resi­de en un árbol. En el Génesis, a Adán se le ordena que golpee la cabeza de la serpiente que mora en el árbol.

El último de los grandes castigos eran dolores de parto para las muje­res. Queda implícito que hasta entonces los partos eran indoloros, una idea que encontramos en el mito sumerio de Enki y Ninhursag, donde el parto en el paraíso es indoloro. Sin embargo, ese mito no incluye ningún castigo que tenga como resultado un parto doloroso. En el ciclo de Osiris sí que hay una narración sobre las dificultades del parto y está conectada con la violación de una directiva realizada por la divinidad principal.

Según el relato egipcio, Geb y Nut eran amantes, y Ra les prohibió que copularan. Desobedeciendo el mandamiento de Ra, hicieron el amor y provocaron la ira de la divinidad principal. Éste ordenó a Shu que los separara (la separación de los cielos y la tierra) y declaró que Nut no sería capaz de dar a luz ningún día del año, provocando que su malestar perso­nal no tuviera fin. El dios Tot se apiadó de ella y consiguió la luz de la luna para crear cinco días adicionales al final del año. Ya que estos días no per­tenecían al año regular, la acción de Tot permitió a Nut dar a luz a sus cinco hijos durante esos cinco días.

Anteriormente, identificamos a Geb y Nut con Adán y Eva, y los para­lelismos continúan. Ambas parejas de esposos ignoraron una orden direc­ta de la divinidad principal y ambas mujeres fueron castigadas con difi­cultades en los partos. Puesto que los autores de la Biblia necesitaban mostrar esta narración en términos monoteístas, era necesario transfor­mar a las numerosas divinidades egipcias en seres humanos. Al hacerlo, transformaron la narración específica de las dificultades de parto de Nut en el mito general sobre el proceso de parto de todas las mujeres.



Mito 30: Caín mató a Abel

El Mito: Conoció el hombre a su mujer, que concibió y parió a Caín, y dijo: «El Señor me ha dado un varón». Volvió a parir, y tuvo a Abel, su her­mano. Fue Abel pastor, y Caín labrador; y al cabo del tiempo hizo Caín una ofrenda al Señor de los frutos de la tierra, y se la hizo también Abel de los primogénitos de su ganado, de lo mejor de ellos; y agradóse el Señor de Abel y su ofrenda, pero no de Caín y la suya. Se enfureció Caín y anda­ba cabizbajo, y el Señor le dijo: «¿Por qué estás enfurecido y por qué andas cabizbajo? ¿No es verdad que, si obraras bien, andarías erguido, mientras que, si no obraras bien estará el pecado a la puerta como fiera acurruca­da, acechándote ansiosamente, a la que tú debes dominar? Cesa, que él siente apego a tí, y tú debes dominarle a él». Dijo Caín a Abel, su herma­no: «Vamos al campo». Y cuando estuvieron en el campo, se alzó Caín contra Abel, su hermano, y le mató.

Preguntó el Señor a Caín: «¿Dónde está Abel, tu hermano?» Contestóle:

«No lo sé. ¿Soy acaso el guardián de mi hermano?» Y le dijo Dios: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra (Gn 4, 1-9).

La Realidad: El relato de Caín y Abel tiene sus orígenes en el conflicto entre Set y Osiris, pero posteriormente la narración recibió la influencia de los mitos sumerios sobre un pastor llamado Dumuzi.

Adán y Eva tuvieron tres hijos varones llamados Caín, Abel y Set. Caín mató a Abel y Set fundó la línea de descendencia hebrea desde Adán hasta Abraham. En el Mito 17 observamos los paralelismos entre estos tres hijos de Adán y Eva y los tres hijos de Geb y Nut, los dioses Osiris, Horus, y Set, en el ciclo heliopolitano de la Creación. La narración del Génesis no sólo conserva uno de los nombres egipcios (Set), sino que, igual que en la narración egipcia, un hermano mata al otro y el tercero funda la línea de sucesión legítima. A pesar de los paralelismos, el autor del Génesis parece haber estado confundido acerca de quién es quién en la narración original.


Mito 31: Caín fundó una ciudad al este del Edén

El Mito: Caín, alejándose de la presencia del Señor, habitó la región de Nod al oriente de Edén. Conoció Caín a su mujer, que parió a Enoc. Púsose aquél a edificar una ciudad, a la que dio el nombre de su hijo Enoc. A Enoc le nació Irad, e Irad engendró a Mejuyael; Mejuyael a Matusael, y Matusael a

Lamec (Gn4,16-18).

La Realidad: Los cuatro posibles emplazamientos para la primera ciudad mitológica son Heliópolis o Tebas, ambas en Egipto, y Eridu o Bad-Tibira,

ambas en Mesopotamia.

Cuando Dios descubre que Caín ha asesinado a Abel, declara: «Cuando la labres (la tierra) no te dará sus frutos, y andarás por ella fugitivo y errante» (Gn 4, 12). Pero, casi inmediatamente después, Caín construye la primera ciudad, algo que no concuerda en absoluto con ser un vagabundo y un fugi­tivo. La contradicción recalca la confusión de los editores bíblicos sobre la identidad de Caín.

Al principio, Caín substituía a Osiris (el hijo mayor de los cielos y la tierra).

En la tradición egipcia, Osiris vagabundeó por todas partes para enseñar habilidades a la humanidad. También construyó la primera ciudad en el emplazamiento del monte primitivo y cada centro de culto egipcio afirmaba ser el lugar donde Osiris fundó la primera ciudad. En la tradición mesopotámica, las ciudades eran construidas a instigación de los dioses, y los humanos hacían los trabajos sucios. Varios textos hacen referencia a cinco ciudades que fueron construidas en tiempos remotos: Eridu, Bad-Tibira, Larak, Sippar, y Shurrupak; todas datan de principios del tercer milenio a.C.

En hebreo, el nombre «Caín» significa «herrero» o «metalista». Los herreros eran artesanos y los depositarios de la sabiduría de las artes. Los prime­ros mitos egipcios no mencionan a los metalistas, pero en Mesopotamia, una de las primeras ciudades, Bad-Tibira, significa «fortaleza de los metalistas», o «muro de los metalistas».

El Génesis aporta pocas pistas acerca de la identidad de la ciudad cons­truida por Caín. Estaba ubicada al este del Edén en una tierra conocida como

Nod, y Caín le dio el nombre de su hijo a la ciudad. Fl nombre de su hijo ei\i Enoc, pero una antigua costumbre trataba a los nidos como si fueran los lijos de la ciudad, y la ciudad podría haber sido nombnula Irad, como nieto de Caín.

Por una parte, puesto que Caín el vagabundo construyo solo una ciudad, y no cinco, como dicta la tradición mesopotámica, y que originariamente representaba a Osiris, deberíamos dar por sentado que construyo la ciudad en Egipto. Ya que su relato se origino a partir del mito heliopolitano de la Creación, la elección mas probable sería Heliópolis, «ciudad del Sol», al este del Nilo, donde nace el sol. O bien, dado que el primer relato de la Creación en el Génesis deriva del relato tebano de la Creación, en el cual se inspini el segundo relato de la Creación, la primera ciudad podría ser Tebas. El nom­bre bíblico de Tebas era No, una cercana aproximación a Nod.

Por otra parte, tal y como vimos en el Mito 30, los editores de la Biblia des­plazaron el relato de Caín como Osiris a las narraciones sumerias sobre Dumuzi, quien, según la lista de reyes súmerios, reinó en Bad-Tihira, «forta­leza de los metalistas», lo cual sugiere que los editores bíblicos trasladaron la primera ciudad, de manera intencionada o por error, desde Egipto a Mesopotamia. La identificación de Bad-Tibira con la herrería proporciona­ba una buena conexión con Caín, el herrero, al menos para los editores pos­teriores de la Biblia.

Por último, tenemos otra ciudad como posible candidata. Eridu, una de las primeras cinco ciudades ubicadas al sudeste de Babilonia, siempre aparece en primer lugar en la lista de las cinco, indicando que los mesopotámicos la con­sideraban la más destacada y la más importante. Como la primera y más importante ciudad mesopotámica, es una buena elección como el lugar donde Caín pudo haber edificado su centro urbano. El nieto de Caín se llamaba Irad, una aproximación cercana a Eridu, lo cual sugiere otra posible conexión.

Además, los mesopotámicos hicieron a Eridu la ciudad del dios Enki. Podría existir alguna conexión entre los nombres Enki y Enoc, estableciendo así un enlace directo con el hijo de Caín. Algunas literaturas antiguas otorgan a Enki el nombre adicional de Nudimmud, que parece proporcionar una conexión de raíz con la tierra de Nod, convirtiendo así a Eridu en la tierra de Nod.

Cualquier conexión entre la ciudad de Caín y Mesopotamia, sin embargo, se debería a un enlace posterior. La ciudad original habría estado ubicada en Egipto.



Mito 32: Dios envió un diluvio para destruir la humanidad

El Mito: La tierra estaba toda entonces corrompida ante Dios y llena de violencia. Viendo, pues, Dios que todo en la tierra era corrupción, pues toda carne había corrompido su camino sobre la tierra, le dijo a Noé: «He decidi­do el fin de toda carne, pues la tierra está llena de violencia a causa de los hombres, y voy a exterminarlos de la tierra (Gn 6,11 -13).

La Realidad: El relato de Noé y el diluvio se originó como una versión monoteísta del mito hermopolitano de la Creación y se presenta como un testimonio ampliado de los acontecimientos del primer día de la Creación.

En el mito hermopolitano de la Creación, cuatro entidades masculinas y cuatro femeninas surgieron del diluvio primitivo y se arrastraron hasta la primera tierra. Estos cuatro varones y féminas, conocidos como los Ogdóadas (es decir, grupo de ocho) dieron a luz colectivamente a Ra, la divinidad creadora, que flotaba sobre una flor de loto mientras un pájaro volaba sobre su cabeza.

Las cuatro divinidades masculinas eran Nun, Heh, Kek y Amón, quienes representaban los cuatro elementos primarios del universo antes de la Creación, pero en algunos textos son substituidos por otras divinidades. Nun representaba el diluvio primitivo y los egipcios lo solían retratar en forma antropomórfica, de pie y con las aguas primitivas cubriéndole hasta la cintura, mientras alza la barca solar con las otras divinidades dentro.

También en el relato de Noé cuatro machos y cuatro hembras surgen de un diluvio mundial después de que una montaña emerge de las aguas, pudiendo haber nacido durante ese intervalo de tiempo una sola criatura (véase el Mito 33) con algunas interesantes preguntas acerca de quienes eran sus padres. También incluye la aparición de aves, una de las cuales se comporta de manera distinta a las demás (véase el Mito 34). Además, los nombres de Noé y de sus tres hijos se parecen bastante a los nombres aso­ciados con el ciclo egipcio de la Creación.

En el hebreo bíblico antiguo, la palabra «Noé» (que debería transcri­birse como «Noach») consta sólo de dos letras, nun y ched. No sabemos cuales eran las vocales originales, porque el hebreo antiguo no utilizaba vocales. La asignación actual de las vocales es especulativa.

Es interesante observar que nun, el nombre hebreo de la primera letra del nombre de Noé, es la misma palabra que utilizan los egipcios para nombrar al diluvio primitivo. El nombre del héroe del diluvio bíblico, por tanto, se corresponde con el nombre de la divinidad egipcia que representa el gran diluvio de la Creación y que guía la barca solar a tra­vés de las aguas.

Otra coincidencia interesante entre Noé y Nun tiene que ver con la imagen de una serpiente. Los egipcios retrataban a las cuatro entidades masculinas de la Ogdóada (las ocho divinidades, incluyendo a Nun, que surgió del diluvio) como serpientes. En la escritura hebrea primitiva, la letra nun se desarrollaba a partir de la imagen de una serpiente.

Los nombres de los tres hijos de Noé, Sem, Cam, y Jafet, también pre­sentan conexiones con el relato hermopolitano de la Creación. Sem es el mayor de los tres hijos de Noé y tiene un nombre de lo más inusual. En hebreo significa «nombre». Así, Noé llamó a su hijo «nombre», lo cual no tiene mucho sentido. Entre los judíos religiosos, sin embargo, la palabra shem se substituye a menudo por el nombre de Dios, y parece poco pro­bable que los escribas hebreos tuvieran la intención de equiparar al hijo de Noé con la divinidad hebrea.

La palabra shem también forma la raíz de la palabra hebrea shemoneh, que significa ocho. Esto proporciona una conexión con la ciudad egipcia de Hermópolis. Hermópolis es el nombre griego de la ciudad, pero los egipcios la llamaban Shmn, que significa «ciudad-ocho», por las ocho divinidades hermopolitanas que surgieron del diluvio (la palabra hebrea y egipcia para «ocho» es la misma). Así, tanto el nombre del hijo de Noé —Sem—, como el nombre egipcio de la ciudad —Shmn—, se refiere a las ocho divinidades hermopolitanas que surgieron del diluvio primitivo.

Cam, el nombre del segundo hijo de Noé, se pronuncia «Chem» en hebreo, y es considerado el padre de las gentes egipcias y africanas. Cam se deriva de la antigua palabra egipcia keme, que significa «tierra negra» y hace referencia a la fértil tierra negra que queda cuando la inundación del Nilo retrocede.

El tercer hijo de Noé es Jafet, y muchos han intentado identificar el nombre Jafet con el griego lapetos, una divinidad mitológica cuyo hijo, Deucalio, ejerce de héroe en un mito griego de inundación. Por muy ten­tadora que resulte esa correlación, sólo cobra sentido si el mito griego hubiese influido el desarrollo de la narración bíblica, una conclusión para la cual no tenemos ninguna evidencia.

Sin embargo, si regresamos a la esfera egipcia, volvemos a hallar otra conexión. En hebreo antiguo, el nombre Jafet está formado por tres con­sonantes: «J-Ph-Th». Los sonidos «ph» y «th» son lingüísticamente equi­valentes a «p» y «t», así que el nombre se puede escribir como J-PT. En hebreo, al combinar el nombre de Dios con otra palabra, uno utilizaría una «J» para el nombre de dios, que suele aparecer transcrito como «Jo» o «Ja» [en forma abreviada en inglés: Yo o Yah], En J-PT, la parte PT del nombre contiene las mismas letras utilizadas para el nombre de la divi­nidad creadora menfita, Ptah, así que Jafet sería el equivalente lingüísti­co del nombre «Dios-Ptah». Esta es una forma típica egipcia de combi­nación de nombres, como por ejemplo Atum-Ra o Ra-Herakhte. También sugiere el término hebreo utilizado habitualmente de «Señor Dios».

En nuestra explicación del primer día de la Creación (véanse Mitos 2-4), vimos que el primer día consolidaba la aparición de las ocho primeras divi­nidades hermopolitanas con la presencia de Ptah, que invocó a la primera luz. El nombre «Dios-Ptah» simboliza esa relación, combinando las ocho divinidades hermopolitanas con Ptah.

Los nombres de Noé y de sus tres hijos, por tanto, pueden considerar­se correspondencias cercanas al mito hermopolitano de la Creación. Noé equivale a Nun, el diluvio primitivo; Cam significa la primera tierra que surgió de las aguas; Sem representa la ciudad de Hermópolis, Shmn, cons­truida sobre la primera tierra (según la tradición hermopolitana), y Jafet corresponde a la divinidad creadora primaria, una forma combinada de las Ogdóadas hermopolitanas y Ptah. Debido a que los escribas hebreos necesitaban presentar al mundo un relato monoteísta, tuvieron que reescribir el relato para que las conocidas divinidades egipcias aparecieran con forma humana en este mito.


Mito 33: Cam era el padre de Canaán

El Mito: Fueron los hijos de Noé salidos del arca Sem, Cam y Jafet; Cam era el padre de Canaán (Gn 9, 18).

La Realidad: Canaán era originariamente el dios Ra en el mito hermo­politano de la Creación, y era el hijo de los cuatro machos del arca.

Según el mito hermopolitano de la Creación, las cuatro entidades mas­culinas y las cuatro femeninas dieron a luz colectivamente al dios Ra, la divinidad hermopolitana creadora y divinidad solar. En el relato de Noé, también aparece una sola criatura que nace durante el periodo del dilu­vio. Se llamaba Canaán y el escritor bíblico se muestra inexorable acerca de la identificación de su parentesco.

Primero, el texto dice: «Fueron los hijos de Noé salidos del arca Sem, Cam, y Jafet; Cam era el padre de Canaán». El pasaje sugiere que Canaán también salió del arca, pero no lo dice exactamente. Sólo tres versículos después, el autor nos vuelve a recordar el parentesco de Canaán: «Vio Cam, el padre de Canaán, la desnudez de su padre, y fue a decírselo a sus hermanos» (Gn 9, 22).

Estas son las primeras dos menciones de Canaán en la Biblia, y en ambas ocasiones el versículo sugiere que el nacimiento de Canaán ha teni­do lugar, pero no dice explícitamente en qué punto de la narración ocu­rre. Sin embargo, dos veces dice que Cam es el padre. Inmediatamente después sigue un pasaje enigmático:

Y tomando Sem y Jafet el manto, se lo pusieron sobre los hombros, y yendo de espaldas, vuelto el rostro, cubrieron, sin verla, la desnu­dez de su padre. Despierto Noé de su embriaguez, supo lo que con él había hecho el más pequeño de sus hijos, y dijo: «Maldito Canaán, esclavo de los esclavos de sus hermanos será». Y añadió. «Bendito el Señor, Dios de Sem. Y sea Canaán su esclavo. Dilate Dios a Jafet, y habite éste en las tiendas de Sem y sea Canaán su esclavo» (Gn 9, 23-27).

En la escena anterior, Cam había visto a su padre desnudo y se lo había contado a sus hermanos. Entonces los otros dos hermanos taparon a su padre. Pero cuando Noé despertó maldijo al «más pequeño de sus hijos», Canaán, no Cam, quien le había visto desnudo. Puesto que esto sucede poco después de que Noé y su familia desembarcan, ¿de dónde salió Canaán, y cómo podía tener la edad suficiente para provocar dicha trave­sura, a no ser que ya hubiese estado en el arca?

Para que no exista confusión alguna sobre si el autor equivocadamente substituyó a Cam por Canaán como el hijo más pequeño, deberíamos observar que en todas las ocasiones en que la Biblia menciona a los tres hijos de Noé juntos, el nombre de Cam aparece en segundo lugar. Se tra­taría de una formula literaria cuya intención sería informar al lector de que Cam era el segundo hijo, y no el más pequeño.

¿Quién era el padre de Canaán, Noé o Cam? El tema debió estar rodea­do de bastante confusión, porque en algún momento al menos un editor de la Biblia consideró que era necesario reiterar varias veces que Cam era el padre. La confusión se originó a partir del hecho de que en la tradición hermopolitana, cuatro entidades masculinas del arca eran los padres del mismo hijo, y esto no tenía ningún sentido para los hebreos monoteístas posteriores. Era necesario volver a examinar el tema del parentesco.

La identificación de Cam como padre de Canaán se debería a un cam­bio posterior, bien entrado en el periodo de la monarquía hebrea (véase el Mito 45). Se originó a partir de la idea que la tierra de Egipto (es decir, Cam) era padre de la tierra de Canaán, una creencia que se ve reflejada en Génesis 10, donde se pretende realizar un seguimiento del origen de las naciones tras el diluvio.

Esto sugiere que Canaán originariamente tenía un nombre distinto; un nombre que reflejaría su conexión con el dios solar Ra en su forma infan­til. (Ra tenía varios nombres diferentes. Hay una letanía que enumera al menos setenta y cinco.) Esto explicaría por qué Noé maldice a Canaán en vez de a Cam. Originariamente Canaán representaba al dios Ra, la divini­dad hermopolitana creadora, y los sacerdotes hebreos necesitaban dismi­nuir la influencia del Ra egipcio sobre las creencias de los primeros refu­giados hebreos de Egipto.

Mito 34: Noé liberó a unos pájaros para saber si se había secado la tierra

El Mito: Y para ver cuánto habían menguado las aguas, soltó un cuer­vo, que volando iba y venía, mientras se secaban las aguas sobre la tierra. Siete días después, para ver si se habían secado ya las aguas sobre la super­ficie de la tierra, soltó una paloma, que como no hallase dónde posar el pie, se volvió a Noé, al arca, porque las aguas cubrían todavía la superficie de la tierra. Sacó él la mano, y tomándola la metió en el arca. esperó otros siete días, y al cabo de ellos soltó otra vez la paloma, que volvió a él al atar­decer, trayendo en el pico una ramita de olivo. Conoció Noé que habían disminuido las aguas sobre la tierra; pero todavía esperó otros siete días y volvió a soltar la paloma, que ya no volvió más a él (Gn 8, 7-12).

La Realidad: El redactor de la Biblia combinó una escena del relato egipcio de un pájaro durante el nacimiento de Ra con un episodio de narraciones babilonias de diluvios.

Otro fragmento del mito hermopolitano de la Creación habla de la aparición de un pájaro durante el nacimiento de Ra. Aunque, como vimos anteriormente, los redactores de la Biblia presentaron un testimonio con­fuso sobre el nacimiento de Canaán, el contexto dejaba claro que éste nació durante el diluvio. También sugería que era más que un bebé cuan­do desembarcó, siendo este un problema bastante confuso que trataremos en breve.

Aunque no podemos correlacionar la aparición del pájaro benben (Benu) con el nacimiento de Canaán, sí podemos mostrar que el pájaro benben apareció en la narración original del diluvio.

En el Génesis, después de que Noé y su familia llegan a la cima de una montaña, Noé libera simultáneamente una paloma y un cuervo para ver si son capaces de encontrar un lugar lo bastante seco donde posarse. La paloma regresa, pero el cuervo vuela durante dos semanas mientras se seca la tierra. Noé suelta a la paloma dos veces más y, durante el tercer vuelo, la paloma no regresa, señalando que la inundación ha retrocedido.

No queda claro por qué Noé no pudo sencillamente mirar desde la cima de la montaña para ver si podían desembarcar. Ni tampoco tenemos una explicación de por qué soltó dos pájaros el mismo día.

El incidente de los pájaros presenta un paralelismo sorprendente con el mito mesopotámico del diluvio conservado en la épica del Poema de Gilgamesh. En esa narración, Utnapishtim, el héroe del relato del diluvio, también se sitúa sobre la cima de una montaña y en tres ocasiones libera pájaros por el mismo motivo que lo hace Noé. Son este tipo de detalles los que llevan a la conclusión de que el autor de Gilgamesh y el autor de la Biblia compartían fuentes comunes para sus relatos.

Pero las narraciones de los pájaros de Gilgamesh y Noé presentan unas diferencias que confunden. En la primera, Utnapishtim libera tres pájaros distintos en el siguiente orden: paloma, golondrina y cuervo. Noé, sin embargo, libera cuatro pájaros en tres ocasiones. Al principio suelta a una paloma y a un cuervo. La paloma regresa, pero el cuervo sigue volando por ahí. Luego vuelve a soltar a la misma paloma dos veces más. ¿Por qué en el Génesis se sueltan pájaros cuatro veces y en la narración de Gilgamesh sólo tres veces?

La contradicción recalca los problemas con los que se enfrentaba el redactor bíblico. Por un lado, tenía un relato de Egipto en el cual un solo pájaro volaba sobre el diluvio. Por otra, tenía un relato de Mesopotamia en el cual tres pájaros eran liberados y dos regresaban. En total, tenía cua­tro pájaros, dos que regresaban y dos que no.

El editor bíblico colocó a los cuatro pájaros en el relato revisado, pero el cuervo planteaba un problema especial. En la épica del Poema de Gilgamesh, el héroe liberaba una paloma al principio de la secuencia y un cuervo al final; la paloma regresaba y el cuervo no. En el Génesis, Noé libera una paloma y un cuervo a la vez y, como en el Gilgamesh, la palo­ma regresa y el cuervo no. En el Poema de Gilgamesh, el héroe también libera una golondrina, pero en el Génesis este pájaro no aparece. En cam­bio, Noé suelta la paloma dos veces más.

El redactor bíblico debió encontrarse con más de una fuente para el relato del diluvio babilonio, la versión tradicional de Gilgamesh con una golondrina, una paloma y un cuervo, y otro relato con sólo palomas o pájaros sin identificar. A través de los escritos de Beroso, un sacerdote Babilonio de la época de Alejandro Magno, sabemos que al menos una versión del relato incluía la liberación de tres grupos de pájaros no iden­tificados.

En la fuente egipcia, el pájaro que no regresa habría sido un pájaro ben-ben, que los egipcios identificaban con la garza, y ésta se comportaba de manera distinta a los pájaros babilonios, sobre todo porque no tenía nece­sidad de buscar tierra firme, ya que permanece en el aire y vuela hasta que aparece la primera tierra.

El autor de la Biblia, que sabía por los relatos babilonios que debía ofre­cer una explicación por un cuervo que no regresa, substituye sencilla­mente el cuervo babilonio por la garza egipcia, y la deja volar por todas partes hasta que encuentra un lugar donde posarse.


Mito 35: El diluvio tuvo lugar durante la décima generación de la humanidad

El Mito: Noé tenía seiscientos años de edad cuando el diluvio inundó la tierra (Gn. 7,6).

La Realidad: Para ajustarse a las tradiciones babilonias, los redactores de la Biblia trasladaron el relato del diluvio desde el primer día de la Creación a la décima generación de la humanidad.

El Génesis sitúa a Noé en la décima generación desde Adán y sitúa el diluvio en el año seiscientos de Noé. A partir de la cronología del Génesis (en el texto masorético), sabemos que el diluvio tuvo lugar 1656 años después del nacimiento de Adán, pero debido a una serie de incon­gruencias y contradicciones en los datos bíblicos relacionados con la fecha del Éxodo (véase el Mito 72), no podemos determinar con preci­sión el año en que Adán fue creado. Dentro de los parámetros acepta­dos, sin embargo, podemos datar su aparición entre 4004 y 3761 a.C. La segunda fecha proviene de las tradiciones judías, mientras que la prime­ra se deriva de los cálculos realizados por el obispo Usher en el siglo xvn. Otras estimaciones nos dan una fecha para el diluvio entre 2348 y 2105 a.C., lo cual es un margen de tiempo totalmente inverosímil.

La I dinastía Egipcia data de 3100 a.C. y mediante una gran cantidad de evidencias arqueológicas egipcias, de Oriente Próximo y del Mediterráneo sabemos que no tuvo lugar ningún diluvio mundial (o al menos a gran escala en Oriente Próximo) después del inicio de la I dinastía Egipcia. Por tanto, basado exclusivamente en datos arqueológicos, el diluvio bíblico no pudo haber ocurrido durante ninguna de las fechas señaladas para Noé.

Ya que la Biblia también nos cuenta que Moisés se crió como un hijo adoptado por la familia real, podría haber recibido una educación egipcia de primera categoría y habría conocido la historia de Egipto desde la I dinastía hasta su propia época. Si él hubiese creído en algún diluvio a gran escala, lo habría situado mucho antes de la I dinastía egipcia, y no en tiem­pos de Noé.

Tal y como vimos en los Mitos 32-33, el relato del diluvio de Noé se ori­ginó a partir del mito hermopolitano de la Creación y debió suceder antes de la aparición de la humanidad.

Entonces, ¿por qué los editores de la Biblia cambiaron periodos de tiempo? La respuesta se encuentra en una forma corrupta de la antigua lista de reyes sumerios, que registraba la sucesión de monarcas que reina­ron en la antigua Mesopotamia, tanto antes como después del diluvio de la mitología babilonia.

En las versiones mesopotámicas del diluvio, éste tuvo lugar mucho después de la Creación. En un documento sumerio que data de 2000 a.C., tenemos una lista de los primeros ocho reyes de Sumer. Estos reyes rei­naron de manera combinada durante 241 mil años, y el diluvio ocu­rrió durante el octavo mandato. Pero en una versión posterior de esta lista, que data del siglo iv a.C, el diluvio tuvo lugar durante el reinado de un décimo rey llamado Ziusudra, y pasaron 432 mil años antes de que llegara el diluvio. Ziusudra no aparece en la primera lista de reyes sumerios, pero su nombre corresponde a una pronunciación heleniza-da, uno de los nombres del héroe del diluvio babilonio. (No podemos decir en qué momento se modificó la lista de reyes sumerios, sólo que ocurrió entre 2000 y 400 a.C. Si lo supiéramos con exactitud, esto ten­dría un enorme impacto sobre la fecha en que se formuló el texto bíblico).

Mientras que los textos babilonios también datan el diluvio decenas de miles de años antes de la época de Noé, el situar el diluvio en la décima generación de un reinado establece un paralelismo con la situación de Noé en la décima generación de la humanidad. La cifra de 432 mil años de la segunda lista de reyes, tal y como veremos a continuación, añade un segundo paralelismo de correspondencia con el relato bíblico.

Los babilonios utilizaban unos espacios de tiempo enormes e inverosí­miles en sus listas de monarcas, de decenas de miles de años para cada uno de los primeros reyes. También dividían estos espacios de tiempo en uni­dades menores, de las cuales una se llamaba saroi, y duraba 3600 años. Un período de 432 mil años, por tanto, equivale a 120 sarois. Esto nos recuer­da que en el relato bíblico, Dios le dice a Noé: «No permanecerá por siem­pre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne. Ciento veinte años serán sus días» (Gn 6, 3).

¿Qué significa decir que «ciento veinte años serán sus días»? Una inter­pretación es que 120 años definía la vida más larga permitida para los humanos. Pero, después del diluvio, varias generaciones vivieron más de 120 años, así que esto no puede ser correcto. Otra interpretación es que este era un aviso de que el diluvio llegaría dentro de 120 años. Este sería el significado correcto, pero los 120 años habrían sido originariamente 120 sarois, y el aviso habría sido que el diluvio tendría lugar 120 sarois después de que el primer rey llegara al poder.

La cronología bíblica no podía permitir un período de tiempo tan enorme, y los redactores sencillamente dieron por sentado que los «sarois» se debían substituir por «años» para así acomodar la cronología ya existente en el Génesis.


Mito 36: Toda la vida terrenal se había vuelto corrupta y debía ser destruida

El Mito: La tierra estaba corrompida ante Dios, y llena de violencia. Vio, pues, Dios que todo en la tierra era corrupción, pues toda carne había corrompido su camino sobre la tierra. Dijo entonces Dios a Noé:

«El fin de toda carne ha llegado a mi presencia, pues está llena de vio­lencia a causa de los hombres, y voy a exterminarlos de la tierra» (Gn 6, 11-13).

La Realidad: El tema de la corrupción terrenal y su castigo combina un mito egipcio perteneciente al «Libro de la Vaca Divina» con relatos babi­lonios sobre el ahogamiento de la humanidad.

El Génesis ofrece dos explicaciones diferentes para la ira de Dios con­tra la humanidad y por qué envía el diluvio. En Génesis 6, 5-7, la ira de Dios se enciende primero a causa de la maldad presente en la humanidad, pero por algún motivo que no se explica, decide destruir no sólo a los humanos, sino también a las bestias, los reptiles y las aves.

Viendo el Señor cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, se arrepintió de haber hecho al hombre en la tierra, doliéndose grande­mente en su corazón, y dijo: «Voy a exterminar al hombre que creé sobre la superficie de la tierra; y con el hombre, a los ganados, reptiles y hasta las aves del cielo, pues me pesa haberlos hecho» (Gn 6, 5-7).

Génesis 6, 11-13 trata de la corrupción y violencia más que de la mal­dad, e imputa dicho comportamiento a todas las criaturas, no sólo a los humanos, diciendo que la tierra esta corrompida y toda la carne (no sólo la carne de la humanidad) ha corrompido las enseñanzas de Dios.

La primera explicación sugiere un desorden natural entre todas las especies, mientras que la segunda sugiere un desorden moral sólo entre los humanos.

En el «Libro de la Vaca Divina» encontramos una situación parecida a la primera explicación. La humanidad se había vuelto corrupta y se había rebelado contra la autoridad de Ra, quien, en este relato, era la divinidad principal de los dioses.

Ra enfoca su justo castigo sólo contra los elementos corruptos. Animado por Nun, la representación antropomórfica del diluvio primiti­vo, Ra envía al cielo (en forma de la diosa Hathor) para destruir al ene­migo. Como en el Génesis, la divinidad se arrepiente de su respuesta vio­lenta y detiene la destrucción. El relato egipcio también incorpora un modesto diluvio, pero su objetivo era el de distraer a Hathor de su misión destructora, en vez de ahogar a la humanidad. Con todo, hacer que Nun, el diluvio primitivo, dirija a Hathor, el cielo, para que destruya la tierra, proporciona una poderosa imagen poética- de las aguas superiores y las aguas inferiores que se combinan para destruir la humanidad. Esto con­cuerda con la imagen presentada por la Biblia.

A ios seiscientos años de la vida de Noé, el segundo mes, el día dieci­siete de él, se rompieron todas las fuentes del abismo, se abrieron las cataratas del cielo (Gn 7, 11).

El relato egipcio corresponde a aquella parte de la narración en la cual sólo la maldad de la humanidad era el tema de preocupación: la humani­dad había sido mala y debía ser castigada. Pero la Biblia también condena a muerte a todas las criaturas vivientes, mientras que el relato egipcio sólo castiga a los malhechores.

Esta incongruencia entre las dos explicaciones del diluvio surge de los esfuerzos de los redactores de la Biblia para integrar los mitos egipcios y babilonios. En ambos casos, las fuentes extranjeras hablan de un tiempo posterior a la Creación cuando la divinidad principal se enfadó con la humanidad e intentó destruir la raza. Pero existían algunas diferencias en las dos narraciones de origen.

En la narración egipcia, la humanidad se comporta mal y el dios dirige su venganza sólo contra los malhechores. En la narración babi­lonia, los dioses sencillamente deciden acabar con todas las criaturas vivientes, tanto hombres como bestias. De manera sorprendente, el autor del mito de Gilgamesh no ofrece explicación alguna para esta acción destructora. Si bien, en un momento de la narración, una de las divinidades castiga a la divinidad principal por sus actos sin sentido:

«Oh guerrero, el más sabio de los dioses: ¿Cómo habéis podido sin reflexionar provocar este diluvio?»

Una versión anterior del relato babilonio del diluvio, conocida como Atrahasis, proporciona el motivo que falta: la humanidad se había vuelto demasiado ruidosa y su comportamiento irritaba a los dioses y diosas. Por consiguiente, la divinidad principal envía un diluvio para acabar con toda la vida terrenal.

Puesto que el relato babilonio del diluvio describe la destrucción de toda la vida terrenal a excepción de la que se encuentra en el arca de Utnapishtim, por motivos de concordancia, los editores de la Biblia cam­biaron el final del relato egipcio en el cual Ra destruye sólo a los malva­dos, a otro en el cual destruye toda la vida terrenal excepto la que se halla en el arca de Noé. Al volver a contar la leyenda del diluvio, los redactores bíblicos combinaron porciones tanto de los relatos egipcios como de los babilonios.


Mito 37: Los hijos de Dios se casaron con las hijas del hombre

El Mito: Y... los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos. Estos son los héroes, los famosos varones de la anti­güedad (Gn 6, 4).

La Realidad: El relato describe las condiciones políticas durante el pri­mer periodo intermedio de Egipto (h. 2300-2040 a.C.).

Los redactores de la Biblia dataron el diluvio entre 2348 y 2105 a.C. Este espacio de tiempo coincide con el Primer Periodo Intermedio de Egipto, una era de gran caos, corrupción y guerra civil. Tal y como «dice un papiro:

El arquero está preparado. El malhechor está por todas partes. No hay ningún hombre de ayer. Un hombre ase un arado con su escudo. Un hermano golpea a su hermano, el hijo de su madre. Los hombres espe­ran en los matorrales la llegada del viajero ignorante para robarle. El ladrón es poseedor de riquezas. Las cajas de ébano se rompen. La pre­ciada madera de acacia se parte en dos.

En esta época, el centro de los problemas políticos de Egipto era la decreciente autoridad de los monarcas reinantes en Menfis y la creciente rebeldía de los señores de la guerra locales procedentes de la ciudad egip­cia de Heracleópolis. Los opositores consiguieron su-ficiente poder para declararse los dirigentes oficiales de Egipto, pero los; escritores egipcios posteriores consideraban que la dinastía heracleopolita era ilegitima, y muchas listas de reyes egipcios la omitían del listado de monarcas.

Según las creencias egipcias, el rey personificaba al dios Horus, una divinidad solar que se convirtió en rey de Egipto tras la muerte de su padre Osiris, y cualquier desafío a la autoridad del binomio Horus/faraón constituía un desafío al orden natural del universo. Los egipcios eran muy conservadores en sus tradiciones, y no reconocían los cambios importan­tes de buen grado. Menfis había sido la sede de la autoridad real durante casi ochocientos años cuando Heracleópolis la desafió para acceder al poder. La reivindicación de la oposición tenía que estar basada tanto en argumentos teológicos como políticos.

Desde un punto de vista teológico, Heracleópolis debía demostrar que sus reyes, y no los de Menfis, continuaban la línea de sucesión de Horus. Desde un punto de vista político, necesitaban tener una base razonable para reali­zar tal reivindicación. La unidad de los argumentos teológicos y políticos nacería probablemente del matrimonio entre miembros de las familias heracleopolitas y menfitas gobernantes. Los hijos de ese matrimonio proporcio­narían una base para un desafío político y teológico contra cualquier suce­sor alternativo preferido por Menfis.

Esto nos conduce nuevamente al Génesis, que sitúa el diluvio y la era de maldad que lo precede durante el primer periodo intermedio de Egipto (h. 2300-2040 a.C.). Génesis 6,5 indica el deseo de Dios de destruir la humani­dad debido a la maldad de ésta. Inmediatamente antes de este versículo, el Génesis ofrece un pasaje introductorio para explicar por qué las cosas no iban bien. Los «hijos de Dios» se habían casado con las «hijas del hombre» y habían engendrado hijos. Como resultado, los descendientes se habían vuel­to corruptos y malvados.

¿Quiénes eran los hijos de Dios y las hijas del hombre? La explicación tra­dicional mantiene que los hijos de Dios eran los descendientes de Set (el ter­cer hijo de Adán y Eva, y el antepasado del pueblo hebreo) y las hijas del hombre eran los descendientes de Caín. Esto crea un parentesco que mezcla los malditos y los benditos. Pero si observamos el relato en un contexto egip­cio, hay otra interpretación que tiene más sentido.

Los hijos de Dios eran los hijos de un faraón reinante, o sea, los hijos de Horus. Las hijas del hombre eran las hijas de una familia que no formaba parte de la realeza. Durante el Primer Periodo Intermedio, Heracleópolis desafió a Menfis por el derecho a gobernar. Detrás de ese desafío existiría el matrimonio entre un hijo de la familia real menfita y una hija de la familia heracleopolita gobernante. Tras la muerte del faraón, varias facciones de Menfis y Heracleópolis se disputarían el puesto de sucesor legítimo. El vacío de poder resultó en reivindicaciones para competir por el trono, y en un periodo de corrupción generalizada, caos y guerra civil. Los acontecimientos de esta época consiguieron entrar en la narración del Génesis como el rela­to de los hijos de Dios y las hijas del hombre.



Mito 38 : Noé salvó sólo a una pareja de cada especie

El Mito: Y de todo ser viviente de toda carne meterás parejas en el arca para que tengan vida contigo; serán macho y hembra (Gn (6, 19).

La Realidad: El Génesis contiene afirmaciones contradictorias acerca de cuántos animales embarcaron.

La mayoría de nosotros ha oído decir que Noé subió a bordo del arca a una pareja de cada especie para así repoblar el mundo tras el diluvio. Pero el Génesis conserva una declaración contradictoria acerca del número de animales que subieron a bordo. En Génesis 7, 2-3 dice:

De todos los animales puros toma siete parejas, machos y hembras, y de los impuros, una pareja, macho y hembra. También de las aves del cielo siete parejas, machos y hembras, para que su descendencia se con­serve sobre la faz de la tierra toda.

Esta contradicción surge a raíz de los conflictos religiosos sobre el tema del sacrificio de los animales. Los autores de la fuente J creían en la prác­tica del sacrificio de animales, en cambio los autores de la fuente S no.

Tras el diluvio, Noé sacrifica animales a Dios. Si sólo hubiese tenido dos de cada especie, un macho y una hembra, los animales sacrificados no podrían reproducirse y repoblar la especie. Por tanto, tenía que incluir animales adicionales para sacrificar. Ya que los autores de la fuente S no creían en el sacrificio de animales, no necesitaban más que una pareja de macho y hembra para sus necesidades reproductoras.

Sin embargo, ¿por qué era necesario salvar a los animales? Sabemos por Génesis 1 que Dios podía crear animales a partir del agua, y por Génesis 2 que los podía crear de la tierra. Tras el diluvio. Dios podía haber creado todos los animales que quisiera.




Mito 39: La lluvia duró cuarenta días y cuarenta noches

El Mito: Porque dentro de siete días voy a hacer llover sobre la la tierra , cuarenta días y cuarenta noches, v exterminaré de la tierra cuanto hice... y estuvo lloviendo sobre la tierra durante cuareuta días v cuarenta noches .(Gn 7.4. 12).

La Realidad: fas fuentes J y S discrepan acerca de cuando cesaron las lluvias. La J dice que duraron cuarenta días, mientras que la S dice que duraron 150.

Los redactores bíblicos trabajaron a partir de dos cronologías del diluvio distintas, una de la fuente J y otra de la fuente S. Según la fuente J las llu­vias duraron cuarenta días. Según la fuente S, las lluvias duraron 150 días.

En Génesis 7, 12 dice que diluvió sobre la tierra cuarenta días y en Génesis 7, 17 se nos dice que diluvió sobre la tierra durante cuarenta días. Luego Génesis 8, 6 dice que, pasados cuarenta días nmas, Noé abrió la ven­tana del arca para liberar a los pájaros. Aunque los tres periodos de cua­renta días podrían ser uno sólo y el mismo, en el contexto parecen ser periodos secuenciales. Resulta interesante observar que tres periodos de enarenta días suman 120 días, la duración de la temporada de lluvias egip­cias según el calendario solar.

Entremezclados con estos tres versículos hay otros pasajes que también mencionan la cronología de1 diluvio. Génesis 7, 24 dice que las aguas persistieron durante 150 días y dos versículos después dice: "Cerráronse las fuentes del abismo y las cataratas del cielo, y ceso de llover" (Gn 8, 2). Al leer la narración en orden cronológico tal y como pretendían los editores de la Biblia, encontramos que ha pasado un periodo de 150 días desde que las aguas suben de nivel el cese de la lluvia-

Hay dos periodos distintos de lluvia porque los editores de la biblia travbajaron a partir de dos narraciones distintas. En una versión, derivada de de la fuente J, el relato del diluvio está basado en el calendario solar egipcio que los egipcios dividían en tres temporadas de 120 días, de las cuales una era la temporada de inundación, con cinco días añadidos al final del año. En la otra, derivada de la fuente S, el relato del diluvio está basado en el calendario egipcio solar-lunar, un ciclo que duraba veinticinco años, con 309 meses completos.

El conflicto entre las dos fuentes se ve aumentado en las declaraciones acerca de cuándo se secó la tierra. Génesis 8, 13 dice que la tierra se secó el primer día del primer mes del año 601 de la vida de Noé. El siguiente versículo dice que la tierra se secó el día veintisiete del segundo mes del año 601 de Noé. Parte de esta confusión ocurre porque el primer periodo seco sucedió el día 309 de la cronología de la fuente S, marcando la cone­xión con el calendario solar-lunar, pero que a la vez marca el día 360 des­pués del cumpleaños 600 de Noé en la cronología de la fuente J, marcan­do la conexión con el calendario solar.


Mito 40: El diluvio cubrió la tierra entera y todas las montañas

El Mito: Quince codos subieron las aguas por encima de ellos, y así fue­ron cubiertos los montes (Gn 7, 20).

La Realidad: Quince codos equivalen a una profundidad de aproxi­madamente 7,5 metros, lo suficiente para cubrir la tierra, pero ningu­na montaña.

Aunque el Génesis dice que las aguas subieron lo suficiente para cubrir todas las montañas, sólo da una altura de quince codos. El codo tiene un largo aproximado de unos cincuenta centímetros. Quince codos miden unos siete metros y medio, no lo bastante para cubrir un monte de media­na altura, y desde luego ninguna montaña.

La discrepancia en la Biblia entre las imágenes de un diluvio mundial que cubre montañas y la de una inundación superficial de sólo siete metros y medio, surge del hecho de que uno de los relatos del diluvio del Génesis estaba basado en el calendario de temporadas y se refería a la tem­porada de inundaciones anuales egipcias, cuando el Nilo se desbordaba. En cambio, el otro relato del diluvio del Génesis se refiere a Nun, el dilu­vio primitivo en la mitología egipcia.




Mito 41: Tras el diluvio, Noé sacrificó a todos los animales puros

El Mito: Alzó Noé un altar al Señor, y tomando de todos los anima­les puros y de todas las aves puras, ofreció sobre el altar un holocausto! (Gn8,20).

La Realidad: Noé no pudo haber sacrificado a todos los animales puros ¡ porque necesitaba algunos de ellos para la reproducción de esa especie.

Noé llevó a bordo siete parejas de cada especie pura, es decir, especies! adecuadas para ser sacrificadas. Génesis 8,20 dice que tras el diluvio, Noé sacrificó a todos los animales puros sobre un altar. Ya que los animales puros han sobrevivido hasta el presente, Noé no pudo haberlos sacrificado a todos.



Mito 42: Todas las criaturas vivientes que no se subieron al arca perecieron

El Mito: Y exterminó a todos los seres que había sobre la superficie de la tierra, desde el hombre hasta la bestia; y los reptiles y las aves del cielo fueron exterminados de la tierra, y quedaron sólo Noé y los que con él estaban en el arca (Gn 7, 23).

La Realidad: Una raza de gigantes, llamados nefilim en la Biblia, sobre­vivió al diluvio.

Antes del diluvio, la Biblia dice que existía una raza de gigantes (véase Gn 6,4). La palabra hebrea que se traduce como «gigante» es nefilim. En Números 13,33, vemos que tras el Éxodo, los israelitas vieron a los gigan­tes, hijos de Anak. Una vez más la palabra traducida para «gigantes» es nefilim. Así, tenemos una raza de nefilim antes del diluvio y una raza de nefilim en tiempos de Moisés. Puesto que no había nefilim a bordo del arca, ¿cómo pudo sobrevivir la raza? Algunas tradiciones folclóricas man­tienen que los nefilim se agarraron al arca durante el diluvio y flotaron a su vera, pero el pasaje bíblico dice específicamente que sólo Noé y aque­llos a bordo del arca sobrevivieron. Si los nefilim sobrevivieron al diluvio, tal vez otros también lo consiguieron.


Mito 43: Dios confundió el idioma común de la humanidad y dispersó a las gentes por todo el mundo

El Mito: Era la tierra toda de una sola lengua y de unas mismas pala­bras. En su marcha desde el Oriente hallaron una llanura en la tierra de Senaar, y se establecieron allí. Dijéronse unos a otros: «Vamos a hacer ladrillos y a cocerlos al fuego». Y se sirvieron de los ladrillos como de pie­dra, y el betún les sirvió de argamasa; y dijeron: «Vamos a edificarnos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue hasta el cielo y hagámonos un monumento, por si tenemos que dividirnos por la faz de la tierra». Bajó el Señor a ver la ciudad y la torre que estaban haciendo los hijos de los hombres, y se dijo: «He aquí un pueblo uno, pues tienen todos una len­gua sola. Se han propuesto esto, y nada les impedirá llevarlo a cabo. Bajemos, pues, y confundamos su lengua, de modo que no se entiendan unos a otros». Y los dispersó de allí el Señor por toda la faz de la tierra, y así cesaron de edificar la ciudad. Por eso se llamó Babel, porque allí con­fundió el Señor la lengua de la tierra toda, y de allí los dispersó por la faz de toda la tierra (Gn 11, 1-9).

La Realidad: Los hijos de los hijos de Noé hablaban diferentes idiomas y vivían en distintos países mucho antes de los acontecimientos que se describen en este relato.

La narración bíblica de la Torre de Babel comienza con la afirmación de que el mundo entero hablaba una sola lengua. Luego dice: «En su mar­cha desde Oriente hallaron una llanura en la tierra de Senaar». ¿A quién hace referencia este «ellos» que se menciona en la narración?

Probablemente, «ellos» hace referencia al último grupo de personas mencionadas que preceden a esa referencia, es decir, la «descendencia de los hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet» (Gn 10, 1). En Génesis 10 se divide a los descendientes de Noé en tres ramas, cada una asociada a uno de sus hijos, y, según el relato, estos descendientes fundaron numerosas naciones y hablaban distintas lenguas. Acerca de los hijos de Jafet, por ejemplo, la Biblia dice: «De éstos se poblaron las islas de las gentes en sus tierras según sus lenguas, familias y naciones» (Gn 10, 5).

A excepción de la genealogía de Noé y la afirmación de que «marcha­ron desde el Oriente», no tenemos ningún otro antecedente que defina a quién se refiere «ellos». Génesis 10 informa de que el mundo ya había sido dividido en naciones y se hablaban muchas lenguas mucho antes del rela­to de la Torre de Babel. Esto se contradice con Génesis 11,1, que mantie­ne que el mundo entero hablaba un solo idioma. La genealogía de Noé, que divide a su familia en varias naciones, también contradice la afirma­ción de que la humanidad estaba dispersa por el mundo tras el intento de construir una torre que llegara hasta los cielos.


Mito 44: El arca se asentó sobre las montañas de Ararat

El Mito: El día diecisiete del séptimo mes se asentó el arca sobre los montes de Ararat (Gn 8,4).

La Realidad: La montaña del relato del diluvio se refería en origen a la montaña primitiva en Egipto. Después de que los israelitas se trasladaran a Canaán, estos cambiaron la ubicación a los montes de Ararat, conside­rados el punto más alto del mundo.

En Génesis 8,4, se dice que el arca de Noé se posó sobre las montañas de Ararat. Generalmente, cuando alguien hace referencia a este aconteci­miento, habla del emplazamiento como el monte Ararat, pero la Biblia sólo dice que era una de las montañas de Ararat. No dice cual de ellas. La zona comprendida por el antiguo Ararat ahora cruza las fronteras actua­les de Turquía, Rusia, Irán e Irak.

Sin embargo, Génesis 11,2 sugiere que los supervivientes del diluvio se posaron en un lugar muy distinto. Según ese versículo, los supervivientes viajaron desde una ubicación sin identificar al este de Babilonia y siguie­ron en dirección oeste hacia Babilonia. Fue en la llanura de Senaar, el territorio que rodea Babilonia, donde esos supervivientes desataron la ira de Dios al intentar construir la Torre de Babel.

Ararat, sin embargo, está muy al norte y ligeramente al oeste de Babilonia. Los supervivientes habrían tenido que viajar en dirección sud­este de Ararat, y no hacia el oeste para llegar a Senaar.

Si usted se encuentra en Ararat, no puede llegar a Senaar si viaja en dirección oeste. Tiene que ir hacia el sudoeste. Que los viajeros viajaran desde oriente refleja los orígenes del relato del diluvio como una variante del mito hermopolitano de la Creación. En el relato egipcio, la divinidad creadora Ra aparece primero como un niño flotando sobre una hoja de loto. Cuando se convierte en adulto, inicia sus actos de Creación. Esto sig­nifica que el joven Ra viajó en dirección oeste sobre su hoja de loto, haciéndose mayor al mismo tiempo que el sol recorría el cielo.

La montaña donde aterrizó el arca habría sido la montaña primitiva en Egipto primera tierra donde se irguió el Creador egipcio y llevó a cabo sus actos. Cuando los editores bíblicos dejaron de identificar el relato del diluvio con el mito egipcio de la Creación, trasladaron el arca a una cor­dillera que ellos creían ser la más alta de todas las demás. Ya que el relato bíblico menciona un nombre de montaña distinto al del mito babilónico del diluvio, el cambio de ubicación desde Egipto a Ararat seguramente tuvo lugar antes de que Babilonia conquistara Israel en 587 a.C.

Mito 45: Los hijos de Noé formaron las naciones del mundo

El Mito: Estas son las familias de los hijos de Noe, según sus genenicio-nes y naciones. De éstos se dividieron los pueblos de la tierra después del diluvio (Gn 10,32).

La Realidad: La lista de naciones atribuidas a la familia de Noe es una añadidura posterior al Génesis, y refleja las relaciones políticas de princi­pios del primer milenio a.C.

En Génesis 10 se enumeran las tres ramas del árbol genealógico de Noé, una para cada uno de sus tres hijos. La Biblia dice que cada uno de los des­cendientes que se mencionan corresponde a alguna entidad geográfica. Esta lista suele llamarse «Tabla de Naciones» o «Familia de Naciones».

Varios de los nombres de la lista corresponden a territorios o a gentes cono­cidos, pero la gran mayoría de nombres no se pueden conectar fácilmente con otras entidades específicas. La mayoría de los topónimos irreconocibles se suelen clasificar como pertenecientes a tribus de Arabia. Esto da lugar a la bas­tante confusa situación de tener una Tabla de Naciones bíblica cargada de oscuras tribus árabes con un impacto casi nulo sobre la historia de la Biblia.

A grandes rasgos, las tres ramas representan tres zonas geográficas prin­cipales. Cam y su familia corresponden a África y Canaán; Sem y su fami­lia corresponden a Oriente Próximo; Jafet y su familia corresponden apro­ximadamente a las naciones isleñas del Mediterráneo y a partes de Europa.

Una dificultad a la hora de aceptar la genealogía de Noé como Tabla de Naciones es la presencia de nombres duplicados en la lista. Evila, por ejemplo, aparece como hijo de Cus (Etiopía) en la rama de Cam, y como hijo de Joktan en la rama de Sem, lo cual sitúa el territorio en África y Asia simultáneamente.

De igual manera, Sheba aparece tanto como nieto de Cus como hijo de Joktan. Cus también tiene un hermano llamado Seba. Seba y Sheba son filológicamente idénticos.

Otra forma de duplicación ocurre con los nombres de I.ud, un hijo de Sem, y Ludim, un nieto de Cam. En hebreo, la terminación -im significa una forma de plural. Cuando se utiliza junto a una nación se refiere a la gente de esa nación. Por tanto, la diferencia entre Lud y Ludim es semejante a la diferencia entre Egipto y los egpcios .

Una duplicación similar ocurre también con el equiparamiento de Dedan, nieto de Cus, y Dodanin, un hijo de Javan en la lista de Jafet. El hebreo bíblico no contenía vocales, así que la palabra escrita Dedan habría aparecido como Ddn y Dodanim habría aparecido como Ddnm, la forma plural de Ddn

La presencia de tantos duplicados en la genealogía indica la naturaleza artificial del catálogo. Pero hay otras evidencias que señalan una composición tardía.

Tal vez el aspecto mas extraño de la Tabla de Naciones este relacionado con el tratamiento de Asiría y Babilonia. En ningún lugar se encuentra a Babilonia, una potencia principal, identificada como descendiente de Noé. Por otra parte. Asiria aparece como hijo de Sem (kijo el nombre de Asur). Segun dice el relato, Nemrod, un hijo de Cus ( Etiopía ), conquisto cuatro ciu­dades, «Babel, Ereg, Acad y Calne, en tierra de Senaar» (Gn 10, 10). Estas cuatro ciudades pertenecen al reino de Babilonia, pero no encontramos en ninguna parte de la Tabla de Naciones que estas ciudades estén identificadas con los hijos de Noé. Sin embargo, el relato dice que Asur (Asiria) salió de la tierra de Senaar y fundo las cuatro principales ciudades de Asiria.

El texto es ambiguo acerca de si Asiria controlaba Babilonia o si Babilonia controlaba a Asiria. Ningún guión retratil correctamente la rela­ción entre estos dos países durante casi mil años después del diluvio. En el siglo xiii a.C. Asina se convirtió en la primera de las dos naciones en controlar a la otra. En el siglo vii a.C., una alianza babilónica conquistó Asiria. La descripción bíblica no es más que una historia confusa que con­funde muchos de los hechos.

Varias de las otras naciones que se mencionan en las listas, como Madai (los medas), Javan (los Jonios), y Tartessos, no surgieron como poderes políticos hasta el primer milenio a.C., indicando que la recopilación tuvo lugar durante el primer milenio.

Las anteriores instancias de duplicación, la imprecisión histórica, y la imposibilidad cronológica son solo algunos de los errores contenidos en la Tabla de Naciones y demuestran que la genealogía de Noé fue com­puesta durante el primer milenio a.C. basada en divisiones geopolíticas existentes y tradiciones míticas.


Mito 46: Nemrod conquistó Babilonia

El Mito: Cus engendró a Nemrod, que fue quien comenzó a dominar sobre la tierra, pues era un robusto cazador ante el Señor, y de ahí se dice:

«Como Nemrod, robusto cazador ante el Señor». Reinó el primero en Babel, Ereg, Acad y Caine, en tierra de Senaar (G. 10, 8-10).

La Realidad: Este relato conserva una antigua leyenda egipcia sobre el Faraón Sesostris, quien reinó durante la XII dinastía Egipcia.

El breve relato sobre Nemrod confunde porque presenta una historia totalmente distorsionada de Oriente Próximo durante el segundo milenio a.C. (véase el estudio en el Mito 45 sobre la Tabla de Naciones). Según lo expuesto, dice que Nemrod era hijo de Cus y que levantó un imperio en las ciudades de Babilonia. Cus representa la nación de Etiopía, el vecino del sur de Egipto, y la Biblia lo convierte en hijo de Cam, que representa a Egipto en la Tabla de Naciones. Así, lo que sugiere el relato es que un descendiente de Egipto, asociado con Etiopía, conquistó las ciudades de Babilonia en el segundo milenio a.C. Las evidencias históricas desacredi­tan totalmente este supuesto.

Una explicación mejor reconoce que la Tabla de Naciones se deriva de una variedad de leyendas sobre los orígenes nacionales. De hecho, el his­toriador griego Heródoto, a menudo llamado el «padre de la historia», recoge una leyenda específica sobre un faraón egipcio llamado Sesostris, que subió al trono en 1897 a.C., durante la XII dinastía de Egipto. Su tes­timonio parece basarse en la misma leyenda que inspiró el relato sobre Nemrod. La identificación de Nemrod con Sesostris también concuerda cronológicamente con la Tabla de Naciones, que sitúa a Nemrod en la misma época que la XII dinastía de Egipto. Según Heródoto, Sesostris fue el único rey egipcio que conquistó Etiopía. Posteriormente, lanzó una campaña militar desde Mesopotamia, cruzó Asia y conquistó cada nación en su camino hasta llegar a Europa.

Heródoto dice que oyó hablar de Sesostris mediante conversaciones con eruditos egipcios, y es evidente que las leyendas sobre este rey formaban parte del folklore egipcio. El relato identifica claramente a un monar­ca egipcio, procedente de Etiopía, que atravesó y conquistó Mesopotamia, cruzando primero la región babilónica, para después dirijirse a Asiría, y detenerse por fin en algún lugar de Europa. Debemos añadir también que durante la XII dinastía, Etiopía estuvo bajo soberanía egipcia.

Los elementos de la leyenda de Sesostris se corresponden exactamente con el relato de Nemrod. En ambos relatos, un hijo de Egipto que contro­laba Etiopía entró en Mesopotamia y conquistó Babilonia y Asiría.

La única diferencia significativa entre ambos relatos es el nombre del héroe. Heródoto y otros lo identifican como Sesostris, mientras que la Biblia lo llama Nemrod. Sin embargo, Sesostris no era el verdadero nom­bre del faraón. Era una corrupción griega del nombre Senurset. El nom­bre Nemrod parece ser fonéticamente parecido a la última parte del nom­bre de Senusret, y la interpretación hebrea puede ser una ligera corrupción de la egipcia, de igual manera que Sesostris es una corrupción griega.

Mito 47: Los hijos de Cam eran Cus, Misraim, Put y Canaán

El Mito: Hijos de Cam fueron: Cus, Misraim, Put y Canaán (Gn 10,6).

La Realidad: Esta genealogía es paralela a la del mito griego anterior sobre los orígenes de los danoi, los griegos que supuestamente invadieron Troya en el siglo xn a.C.

En la Tabla de Naciones, Cam es el padre de cuatro países, Cus, Misraim, Put y Canaán. Cam, como ya hemos visto, posee un nombre idéntico al de uno de los antiguos nombres de Egipto, Keme. Tres de sus hijos tienen nombres que se pueden identificar fácilmente con naciones de la esfera egipcia. Cus es el antiguo nombre de Etiopía; Misraim es el nombre hebreo para Egipto; y Canaán corresponde evidentemente a la tierra de Canaán.

El nombre del cuarto hijo no se identifica fácilmente, pero se suele emparentar con Libia, lo cual tiene sentido desde un punto de vista geo­gráfico. Libia era el nombre griego para toda la parte de África al oeste de Egipto.

En esta genealogía, tenemos un esquema geográfico en el cual Cam suele corresponder a la zona de Egipto y sus vecinos colindantes, y sus cuatro hijos constituyen cuatro divisiones dentro de esa región; Etiopía al sur, Libia al oeste, Egipto en el centro, y Canaán al norte.

La genealogía reflejada en esta rama de la narración bíblica se atiene a la que aparece en el mito griego sobre los orígenes de los danoi, los grie­gos que, escribió Hornero, conquistaron Troya en el siglo xn a.C.

Según la narración griega, Poseidón (el dios griego de los mares) se acopló con una mujer llamada Libia. Tuvieron gemelos, llamados Belo y Agenor. El segundo se fue a Fenicia, donde se convirtió en rey y donde los griegos lo consideraban el antecesor de todos los fenicios. ;

Belo se convirtió en rey de Egipto y, según las tradiciones míticas, tuvo j cuatro hijos, llamados Dánao, Aegiptos, Fineas y Cefeo. Según los relatos ^ griegos, Aegipto fue rey de Egipto, Dánao de Libia, y Cefeo de Etiopía, pero reinando en Joffa, en Canaán. El nombre del cuarto hijo, Fineas, sig­nifica «etíope».

Belo y Cam comparten varias características.

1. Belo es hijo de Poseidón, dios de los mares, y Cam es hijo de Noé, que no es el único superviviente de un diluvio mundial, pero que aquí hemos identificado con Nun, un equivalente egipcio de Poseidón.

2. Cada uno es padre de cuatro hijos, tres de los cuales se identifican con Egipto, Etiopía y Libia.

3. El cuarto hijo de Belo, Cefeo, en ocasiones se identifica con un rey cananeo, y el cuarto hijo de Cam está relacionado con Canaán.

4. Belo aparece como hermano del rey de Canaán, mientras que Cam, su homónimo en la Biblia, aparece como el padre de Canaán. Sin embar­go, la genealogía bíblica es ambigua y, como ya vimos en el Mito 33, en ocasiones la Biblia sugiere que Canaán es el hermano de Cam en vez del hijo.

Aunque la estructura genealógica entre los dos árboles sea casi idénti­ca, destaca una diferencia significativa. El Génesis relaciona la genealogía con la evolución de la humanidad inmediatamente después de la destruc­ción mundial. El mito griego está absolutamente cargado de simbolismo geopolítico. No obstante, muestra una tradición primitiva en la cual Egipto aparecía como el hermano de Libia, Etiopía y Canaán.

Por último, debemos observar que los danois griegos, quienes desapa­recieron del registro histórico hacia el primer milenio a.C., eran uno de los «Pueblos del Mar», un grupo de aliados griegos (entre los cuales esta­ban los filisteos) que invadieron Canaán en los siglos xn y xm a.C., casi al mismo tiempo que Israel se asentara allí tras el Éxodo de Egipto. Esto sugeriría que los griegos llevaron el mito a Canaán, donde los escribas hebreos lo recogieron y lo incorporaron a su historia mundial.




MITOS DE LOS FUNDADORES

Introducción

Los fundadores del antiguo Israel fueron Abraham (originariamente llamado Abram), su hijo Isaac, y el hijo de Isaac, Jacob, conocidos colectivamente como los patriarcas. Jacob, quien en dos ocasiones cambió su nombre por el de Israel, tuvo doce hijos varones, de los cuales los más conocidos son José y Judá, y cada uno de ellos fundó una de las doce tribus de Israel.

El relato de los patriarcas se inicia con un llamamiento por parte de Dios a Abraham para que abandone la ciudad de «Ur de los Caldeos» en Mesopotamia, y vaya a Canaán: «En aquel día hizo el Señor pacto con Abram, diciéndole: «A tu descendencia he dado esta tierra desde el río de Egipto hasta el gran río, el Eufrates» (Gn 15,18).

El principal objetivo de la narración patriarcal es el de seguir la trans­misión de esta alianza de generación en generación. Mientras que el Génesis con frecuencia dice o sugiere que la alianza pasó de Jacob a José, Y luego de José a su hijo Efraín, en una parte del relato conocido como «la bendición de Jacob», hay una indicación de que la alianza pasó a manos de Judá. Esta incongruencia, una de tantas, muestra cómo las posteriores disputas entre el reino de Israel (bajo el mandato de Efraín) y el reino de Judá, influyeron de manera importante sobre la narración del relato patriarcal.

La cronología de la Biblia sitúa el periodo patriarcal en aproximada­mente la primera mitad del segundo milenio a.C., pero no tenemos nin­guna prueba contemporánea directa en el archivo histórico que demues­tre la existencia de cualquiera de los patriarcas o de los doce hijos de Israel. Muchos de los lugares y parientes de Abraham, sin embargo, tienen nombres que señalan hacia el primer milenio a.C. como la época en la que fueron escritas las narraciones. Todo lo que sabemos sobre los patriarcas y sus familias viene o bien del libro del Génesis o de relatos folclóricos y leyendas.

Cuando Abraham tenía setenta y cinco años llevó a su esposa Sara (que al principio se llamaba Sarai) y a su sobrino Lot desde Mesopotamia a Canaán. Cuando llegaron, encontraron la ciudad sumergida en la ham­bruna, y siguieron hasta Egipto.

En Egipto, Abraham temía que el faraón lo condenara a muerte para tomar a su hermosa Sara como esposa real. Así que Sara fingió ser la her­mana de Abraham, convirtiéndose así en un miembro de la corte real. A pesar del desconocimiento por parte del faraón del estado civil de Sara, Dios envió una serie de plagas para castigar al monarca egipcio por sus indiscreciones hacia la mujer de Abraham, y cuando el rey supo la verdad, devolvió a Sara a su marido, colmó a Abraham de grandes riquezas como recompensa, y le ordenó a él y a su familia que abandonaran el país.

Abraham regresó a Canaán y, al llegar, decidió que la tierra donde se había establecido no era lo suficientemente grande para él y su sobrino Lot. Así que le dio a Lot la primera opción sobre la tierra y acordó que­darse con la que quedara. Lot miró a su alrededor y decidió elegir Transjordania, el territorio al este del río Jordán, donde se asentó en la ciudad de Sodoma. Abraham permaneció en el lado cananeo del río Jordán.

Pero Sodoma se había convertido en una ciudad conocida por su mal­dad y corrupción, y Dios decidió destruirla. Abraham intervino y Dios acordó dejarla tranquila si era capaz de encontrar a diez hombres honra­dos viviendo en ella. Dos ángeles fueron a reconocer el lugar y, disfraza­dos, recibieron la hospitalidad de Lot. Tras una ataque a los huéspedes de Lot por parte de los ciudadanos, los ángeles decidieron que Sodoma no había pasado la prueba de Dios y éste avisó a Lot de que se marchara sin mirar hacia atrás. La mujer de Lot, sin embargo, no lo pudo resistir y se volvió para ver qué estaba ocurriendo. Como consecuencia, se convirtió en una columna de sal. Las dos hijas de Lot creían que ellas y su padre eran las últimas personas de la tierra y, para conservar la raza, las hijas fueron preñadas por Lot. Los hijos de esas uniones se convirtieron en los antecesores de los pueblos de Moab y Amón, dos naciones que no existie­ron hasta mucho después del periodo patriarcal.

Como le había pasado en Egipto, Abraham se encontró en Canaán con un monarca de quien pensó que lo mataría para quitarle a su mujer Sara. Así que nuevamente fingieron ser hermanos. Mucho años después, su hijo Isaac tuvo una experiencia similar en la misma ciudad, con un monarca del mismo nombre.

Cuando Abraham alcanzó los ochenta y siete años, Sara permitió a su

esclava Agar, una mujer egipcia, que tuviera un hijo de Abraham para dar a luz a un heredero. Agar dio a luz a Ismael. Abraham quería a Ismael, pero Dios le dijo que Sara tendría un hijo cuando alcanzara la edad de noventa años, y ese hijo sería el heredero de la alianza. Como consuelo, le dijo a Abraham que su hijo mayor también sería el fundador de una nación. Ismael se convirtió en el antecesor de los bíblicos israelitas, quie­nes por su parte fueron identificados con los antiguos pueblos árabes. Abraham pensaba que la idea de un hijo a tan avanzada edad era muy divertida, y se rió con ganas. Cuando el hijo nació, Abraham lo llamo Isaac, que en hebreo significa «se rió».

Isaac se casó con Rebeca y ella fue madre de los gemelos Jacob y Esaú.

Durante su embarazo los hijos se diputaron en su seno quién nacería el primero. Entonces Dios le dijo, «Dos pueblos llevas en tu seno, dos pue­blos que al salir de tus entrañas se separarán. Una nación prevalecerá sobre la otra nación. Y el mayor servirá al menor» (Gn 25, 23).

Esaú salió primero y según la tradición habría sido el heredero de la alianza, pero Jacob, con la ayuda de su madre, engañó a su padre y obtu­vo la alianza. El hijo menor se convirtió en el fundador de la casa de Israel y Esaú se convirtió en el padre de los edomitas. El hermano de Jacob estaba furioso por el engaño y juró matarle después del periodo de luto. Jacob decidió que lo mejor era huir al norte, a Siria, y vivir con unos parientes.

En Siria, Jacob tomó dos mujeres y dos concubinas con las cuales

tuvo doce hijos y una hija. Las dos mujeres eran hermanas. Lía y Raquel, y las dos concubinas eran Zelpa y Bala, esclavas de las dos her­manas. Jacob quería más a Raquel y ésta dio a luz a sus dos hijos meno­res y preferidos, José y Benjamín. Lía tuvo seis hijos, entre los cuales estaba Judá, y una hija llamada Dina. Las dos esclavas tuvieron cada una dos hijos.

Los territorios asociados con cada uno de los hijos en las asignaciones tribales guardan cierta conexión geográfica con el orden de los nacimien­tos, las divisiones matriarcales y las relaciones políticas entre las numero­sas facciones.

Los primeros cuatro hijos en nacer, hijos de Lía, corresponden a las cuatro tribus más al sur de la confederación israelita. Rubén se hallaba en la parte sur del lado jordano y Simón ocupaba la parte sur del lado cana-neo. Judá se encontraba en la frontera norte de Simón y se convirtió en el centro político de la monarquía unida y posteriormente del reino sur de Judá. Levi, aunque estaba distribuido entre los otros territorios, tenía su centro político dentro de Judá en Jerusalén (después de que Judá le quita­ra Jerusalén a Benjamín).

Raquel tuvo sólo dos hijos, José y Benjamín. La tribu de José se separó en dos partes, una para cada uno de sus hijos, Efraín y Manase. El territo­rio de Efraín condujo la oposición contra el dominio de Judá sobre Israel y, tras la muerte de Salomón, se convirtió en el centro político del reino del norte de Israel. Manase se convirtió en el mayor territorio del reino, parte en Canaán y parte en Jordania. La Biblia a menudo describe las dos partes como la semitribu de Manase.

Benjamín, el otro hijo de Raquel, poseía el territorio entre Judá y Efraín e incluía la ciudad de Jerusalén. Saúl, el primer rey de la monarquía unida, procedía de Benjamín.

Juntas, las tribus de Raquel se corresponden geográficamente con la parte central de la casa de Israel y la mitad sur del reino del norte. En algún momento, Jerusalén se convirtió en la capital de Judá y la posi­ción física de Benjamín se volvió ambigua, seguramente porque fue borrada por Judá.

La organización de las principales tribus de Lía al sur y de Raquel en el centro, reflejan las posteriores divisiones políticas entre los reinos de Israel y Judá. Cinco de las restantes tribus menores —Dan, Neftalí, Aser, Isacar, y Zabulón— ocupaban la parte norte de Canaán, por encima de las tribus de Raquel. La sexta —Gat— ocupaba la parte central de Jordania, entre Rubén y Manase.

Curiosamente, la Biblia ofrece escasa información anecdótica sobre los hijos de Jacob. Exceptuando a José y a los cuatro hijos mayores de Lía, no tenemos más que un orden de nacimientos y un par de bendiciones que describen su naturaleza. Para los primeros cuatro hijos de Lía, los pocos relatos que tenemos son en su mayoría breves y negativos, reflejando las posteriores fracturas políticas entre Judá e Israel. Sólo tenemos una épica completa para José.

José posee el don de la profecía y habla de sueños que indican que se convertirá en el cabeza de familia. Sus hermanos le odian y lo venden en secreto como esclavo; luego le cuentan a su padre que ha sido devorado por una bestia salvaje. Sin embargo, a través de la intervención de Dios, José resurge de la esclavitud y se convierte en primer ministro de Egipto.

Durante una hambruna en Canaán, Jacob envía a sus hijos a Egipto a comprar grano. Cuando aparecen ante la corte real, José reconoce a sus hermanos, pero éstos a él no. Esto brinda a José la oportunidad de some­terlos a una serie de pruebas para determinar la naturaleza de su carácter. Cuando está satisfecho de que se han redimido, José les desvela su identi­dad y les perdona. Jacob, contento de que José está vivo, traslada la fami­lia a Egipto, donde el faraón les asigna tierras.

José se casa con la hija de uno de los sacerdotes principales de Heliópolis, uno de los centros de culto más importantes de Egipto, y con ella tiene dos hijos, Manase y Efraín. José espera que Manase, el mayor de los dos, sea el heredero de la alianza, pero Jacob se la pasa a Efraín.

Jacob adopta a ambos niños como si fueran suyos, y durante la con­quista de Canaán, cada uno recibe asignaciones territoriales, otorgándole a la tribu de José una porción doble. Mientras que José recibe dos porcio­nes, Levi, la tribu sacerdotal, no recibe un territorio propio. En cambio, tiene enclaves dentro de las otras asignaciones tribales. Esto significaba que había trece tribus con doce asignaciones territoriales, causando cier­ta confusión sobre qué tribus constituían las doce tribus. De manera tra­dicional, al referirse a la casa de Israel, como una entidad unificada, las doce tribus incluyen a Levi y cuentan a José como una tribu, pero al des­cribir a Israel en base a la distribución territorial, Levi queda excluida y José cuenta como dos tribus.

Desde un punto de vista arqueológico, no tenemos pruebas de la exis­tencia tanto de Jacob como de sus hijos o las tribus asociadas a sus hijos. Ni tampoco tenemos evidencias extra-bíblicas sobre la existencia de las tribus en alguna fecha posterior. Como mucho, tenemos algún que otro topónimo, pero los topónimos no ofrecen pruebas fiables para la existen­cia de antepasados epónimos.

En la época de Salomón, según la Biblia, las fronteras tribales habían sido eliminadas y reemplazadas por doce nuevos distritos administrati­vos, probablemente para reducir la influencia de la oposición eframita al gobierno de Salomón. Al morir Salomón, Israel se dividió en dos reinos, Israel al norte y Judá al sur. La Biblia proporciona una imagen confusa acerca de las tribus que pertenecían a cada reino, lo cual da lugar a serios planteamientos sobre si realmente existió una entidad conocida como las doce tribus. Algunas partes de la Biblia, sobre todo el Cántico de Débora en el libro de los Jueces, arrojan serias dudas acerca de si todas las tribus poseían un antepasado común.

Esto no quiere decir que no existiera algún tipo de confederación israe­lita o que en algún momento no estuviera formada por doce entidades políticas. La evidencia, empero, es que cualesquiera que fueran esas enti­dades políticas, no surgieron de una relación patriarcal común.

Mientras que se da por hecho de forma universal que los patriarcas y los hijos de Israel eran figuras históricas y que el Génesis mezcla verdades históricas básicas con leyendas diversas, un creciente segmento de la comunidad erudita acepta ahora que las narraciones patriarcales podrían no tener ningún núcleo histórico en absoluto.

A la vez, mientras que las fuentes J, E y S a menudo pueden separarse la una de la otra, también parecen compartir algunas tradiciones comunes y temas de mentes anteriores. A menudo, las diferencias sólo suponen una cuestión de énfasis o manipulación de detalles, tales como dónde tuvo lugar un aconteci­miento. En esta parte del libro veremos varios relatos de la historia patriarcal y tribal y mostraremos las fuentes mitológicas que yacían tras ellos. Una de las fuentes más importantes era el ciclo egipcio de Osiris, que proporcionaba un marco literario significativo tanto para la narración patriarcal como para los posteriores relatos del Éxodo. Para obtener una visión más exhaustiva y deta­llada sobre cómo los mitos de Osiris influyeron las narraciones patriarcales y del Éxodo, véanse mi obra anterior, The Bible Myth.


El ciclo de Osiris

El ciclo de Osiris formaba el centro de las más importantes creencias reli­giosas egipcias, especialmente las que tratan sobre el más allá. El ciclo puede dividirse en dos partes. La primera tiene que ver con las narracio­nes acerca de cómo el dios Set mató a su hermano Osiris para convertir­se en rey de Egipto; la segunda trata de los esfuerzos de Set para impedir que el hijo de Osiris, Horus, suceda a su padre en el trono. Las dos partes seguramente se originaron como mitos separados e independientes.

En la primera parte del ciclo, Osiris, (quien originariamente represen­taba el grano) se casa con su hermana Isis y se convierte en rey de Egipto cuando el dios Geb (la tierra) baja y le otorga la corona. Set, hermano de Osiris e Isis, que quiere ser rey, trama matar a su hermano y consigue su propósito. Tras asesinarlo, corta el cuerpo en trozos y los entierra por todo el país (la siembra de la semilla). Isis trata de recuperar todas las partes del cuerpo de su marido (recogida de la cosecha) y las encuentra todas menos el pene (la semilla original antes de que germine en grano), pero consigue reconstruirlo mediante algún tipo de magia (la nueva semilla dentro del grano). Mediante la ayuda de Isis, Osiris sobrevive a su muerte, pero sólo en una forma de ultratumba. A pesar de su condición, engendra un hijo con Isis y ese niño se llama Horus.

En la segunda parte del ciclo, Isis esconde a Horus para evitar que Set lo encuentre, y cuando el niño alcanza la edad adulta, regresa para vengar la muerte de su padre. Tras una serie de contiendas y conflictos, Horus derrota a Set y a sus aliados y se convierte en rey de Egipto.

Los egipcios creían que todos los reyes eran una forma de Horus y que cuando el rey moría se convertía en Osiris y el nuevo rey se convertía en el nuevo Horus. Osiris servía como juez a la entrada del más allá, deter­minando quien podía cruzar al otro lado y quien no. En teoría, cuando moría un rey, el Osiris que lo juzgaba era el rey anterior, quien habría sido el padre biológico del rey recién muerto.

No existe una versión canónica del ciclo de Osiris. En su mayor parte está compuesto a partir de las numerosas inscripciones y versos de una variedad de textos. Existen muchas contradicciones, pero los temas gene­rales de los relatos permanecen constantes. Existe, no obstante, una colección de relatos denominada El Juicio de Horus y Set, que data de alrededor del siglo xil a.C., pero que está basada en tradiciones bien arraigadas, que detalla numerosos acontecimientos de las contiendas entre Horus y Set. También tenemos una versión griega del mito de Osiris de Plutarco (h. siglo i d.C.) la cual, aunque ha sido helenizada hasta cierto punto, y modificada para reflejar algunas ideas griegas, aun conserva muchas de las tradiciones básicas que se remontan a hace más de dos milenios.

Incrustada en el ciclo de Osiris se halla una confusión en cuanto a la identidad de Horus y Set. Los egipcios reconocían al menos tres divinida­des principales de Horus, cada una con características separadas, y los Egipcios solían fundirlas en un solo personaje. Al Horus nacido de Isis se le conocía como Horus el Niño y como Horus el Hijo de Isis. El Hijo de Isis nació cojo y luchó en la matriz contra Set. Un tercer Horus, conocido como Horus el Grande, era también hermano de Osiris y Set, pero nació antes que Set y se peleaba con él constantemente. El testimonio de Plutarco contiene apariciones de los tres horus, cada uno en una identi­dad separada.

El dios Set también tenía dos identidades incoherentes fundidas en un solo personaje. Una de ellas era el Set que defendió a Ra contra Apofis, la serpiente que intentaba devorar el sol al final del día; la otra se considera­ba que era la misma Apofis. Una de las principales imágenes de Set en el arte egipcio lo muestra como una bestia pelirroja con forma de asno, y en muchas ocasiones los asnos pelirrojos se identificaban simbólicamente con Set. En El Juicio de Horus y Set, la divinidad pelirroja aparece como el defensor de Ra y es el preferido por Ra para suceder a Osiris. Isis, no obs­tante, apoya la reivindicación de su hijo Horus y utiliza el engaño y la magia para ayudar al niño.

A medida que vayamos estudiando la narración patriarcal, iremos viendo, tal y como lo hicimos con los mitos de la Creación, que cuando los editores de la Biblia transformaban a los dioses en humanos para eli­minar la imagen de la divinidad subyacente, en ocasiones se olvidaban de eliminar algunas de las características físicas que pertenecían a la divini­dad original.


Mito 48: Abraham procedía de Ur de los Caldeos

El Mito: Tomó, pues, Teraj a Abram, su hijo; a Lot, el hijo de Aram, hijo de su hijo, y a Sarai, su nuera, la mujer de Abram, y los sacó de Ur Casdim [Ur de los Caldeos] para dirigirse a la tierra de Canaán, y llegados a Jarán, se quedaron allí (Gn 11, 31).

La Realidad: Ur de los Caldeos no existió hasta alrededor del siglo xvin a.C., unos mil años después de la época de Abraham.

La ciudad mesopotámica de Ur tiene una historia que se remonta por lo menos al tercer milenio a.C., pero la asociación de la ciudad con Caldea se remonta sólo hasta el siglo xvm a.C. El nombre Caldea se refiere a la «tierra del pueblo de Caldea», ubicado al sur de Babilonia, en el sur de Mesopotamia. Se sabe poco sobre Caldea antes del siglo xvm a.C. En esa época, había capturado temporalmente el trono de Babilonia y reinaba sobre toda la región, incluyendo Ur. Desde entonces, y aunque no reinó de manera continua en Babilonia, su nombre llegó a asociarse con el sur de Mesopotamia. En 587 a.C., los caldeos conquistaron el reino de Judá y trasladaron la élite hebrea a Babilonia.

Para confundir todavía más la cuestión, el hebreo bíblico no llama a la ciudad «Ur de los caldeos». La palabra traducida como Caldea se lee en realidad casdim, que significa «pueblo de Quesed» o «tierra de Quesed». La identificación de esta ciudad con Caldea en la versión de la Biblia del rey Jacobo se deriva de la traducción griega de la Biblia, que utilizaba el nombre de Caldea.

Casdim parece ser una variante semítica occidental del nombre Caldea, y es la palabra aramea para designar ese territorio. El idioma arameo se comenzó a utilizar en Oriente Próximo durante el primer milenio a.C. y se llegó a convertir en la lingua franca de la región. No tenemos evidencias de la existencia de los árameos anterior al siglo x a.C. Algunos de los últi­mos libros del Antiguo Testamento estaban escritos en arameo y es casi seguro que esa era la lengua que hablaba Jesús.

A pesar de su antigüedad e importancia en la antigua Mesopotamia, Ur no aparece catalogada en la Tabla de Naciones que descendió de los hijos de Noé, lo cual supone una fuente de confusión añadida.

Aunque la Biblia excluye el origen de Ur, sí hace referencia al naci­miento tanto de Quesed (el nombre alternativo de Caldea) y Aram (Aramea). Ambos son, respectivamente, el hijo y el nieto de Aran, herma­no de Abraham (Gn 22, 20-22). Puesto que Abraham nació sólo 290 años después del diluvio, es imposible que los caldeos pudieran estar relacio­nados con Ur durante su época. Las referencias a Quesed y Aram como contemporáneos suyos son igualmente anacrónicas.

Estas referencias a Ur de Casdim, Quesed, y Aram evidentemente se derivan de una época cuando:

1. Aram y Caldea ya existían;

2. Los hebreos comenzaron a adoptar la terminología aramea;

3. Caldea se había convertido en una potencia principal en Mesopotamia;

4. La memoria colectiva de los orígenes caldeos y árameos los había convertido en mitos; y

5. Los hebreos utilizaban la pronunciación aramea en vez del dialecto nativo para el nombre de Caldea.

Todo esto señala un espacio de tiempo muy posterior a la conquista babilónica de Judá y por descontado bien entrado en el periodo persa o helenístico (siglo v a.C. o posterior).

La anacrónica genealogía mesopotámica de Abraham y sus parientes muestra que fue una invención posterior hecha con la intención de colo­car los orígenes hebreos en el centro cultural de los poderosos imperios mesopotámicos que surgieron tras la derrota de los caldeos por parte de los poderosos persas, y como un intento de resaltar el prestigio hebreo dentro de la comunidad babilónica.


Mito 49: Abraham abandonó Egipto para ir a Canaán

El Mito: Marchó, pues, de Egipto Abraham con su mujer y con toda su hacienda, y Lot con él, hacia el sur. Era Abraham muy rico en ganados y en plata y oro, y se volvió desde el sur hacia Betel, hasta el lugar donde estuvo antes acampado entre Betel y Haí... (Gn 13, 1-3).

La Realidad: Abraham fue al sur de Egipto, no a Canaán.

El pasaje anterior da lugar a unas preguntas enigmáticas sobre las raí­ces históricas de Abraham. Sugiere que Abraham fue de Egipto a Canaán, hacia la región de Betel donde había acampado antes. Pero el texto hebreo dice que Abraham salió de Egipto y fue hacia el sur. Uno no puede llegar a Canaán yendo hacia el sur desde Egipto.

El antiguo Egipto se consideraba a sí mismo como dos tierras unidas. El Bajo Egipto en el delta formado por el Nilo, al norte, y el Alto Egipto, a lo largo del río, al sur. Esta tradición se conserva en la Tabla de Naciones, que dice que Cam es hijo de Misraim (el nombre semítico de Egipto) padre de numerosos hijos, entre ellos Naptuhim y Pathrusim, que son nombres que se refieren al Bajo y Alto Egipto. A finales del primer mile­nio, a.C., los vecinos de Egipto solían identificarlo principalmente con el delta del Nilo, que era más rico y fértil, y confundían el Bajo Egipto con Etiopía, el vecino del sur de Egipto.

Abraham fue a Egipto debido a la hambruna que padecía Canaán y habría viajado al delta fértil en el Bajo Egipto, al norte, con el propósito de obtener alimentos. Si hubiese ido al sur, se habría dirigido al Alto Egipto, en dirección opuesta a Canaán. Para llegar a Canaán desde el delta egipcio uno tendría que viajar en dirección nordeste, aproximadamente. Entonces, ¿cómo pudo llegar Abraham a Betel en Canaán si viajaba hacia el sur de Egipto?

Evidentemente, la descripción bíblica de la ruta de Abraham crea un problema. Mientras que la Biblia del reyJacobo ofrece la traducción «hacia el sur», muchas otras versiones de la Biblia ofrecen una traducción distinta. Dicen que Abraham viajó no «hacia el sur» sino «hacia el Néguev», la extensa región desértica del sur de Canaán.

Esta traducción alternativa resulta del doble sentido de «sur» en Israel, que también se refiere al «Néguev», de la misma manera que los america­nos utilizan el término «sur» para definir la zona sudeste de los EE UU. Por ejemplo, si uno viaja hacia el norte desde Méjico a Florida, uno está viajando «hacia el sur» porque Florida forma parte del Sur de los EE UU.

Pero existen algunos problemas con esta traducción alternativa. En pri­mer lugar, la palabra hebrea que se utiliza no es néguev sino negueva. La primera forma es un nombre, y se podría utilizar de manera idiomática para referirse al sur de Canaán. La segunda forma, sin embargo, es un adverbio, que se refiere específicamente a la dirección de un movimiento. Abraham no viajaba «hacia el sur», que podría referirse al Néguev, sino en «dirección sur», que significa hacia el sur de Egipto.

En segundo lugar, una ruta a través del desierto del Néguev no tiene ningún sentido. Abraham abandonó su residencia egipcia con grandes riquezas y numerosas cabezas de ganado. Uno no conduce a su ganado hacia un desierto árido, sobre todo cuando existe una carretera principal que va desde Egipto hasta Canaán y que bordea la costa mediterránea, evi­tando el desierto y proporcionando agua para el ganado. Los egipcios lla­maban a esta carretera «la Vía de Horus» y la Biblia se refiere a ella como «la Vía de los Filisteos».

En tercer lugar, la así llamada Betel no existía en tiempos de Abraham, al menos según la Biblia. La ciudad recibió ese nombre por parte de Jacob, mucho tiempo después de la muerte de Abraham, y la Biblia suele indicar que la ciudad se solía llamar Luz, aunque esa glosa no aparece en el actual relato. Betel significa sencillamente «casa de Dios» y podría referirse fácil­mente a cualquier lugar donde haya un altar o templo dedicado a cual­quiera de las divinidades, en Egipto o en Canaán. Abraham pudo haber elevado un altar en cualquier lugar y haberlo llamado Betel.

Por lo tanto, en este contexto, la Biblia del rey Jacobo está en lo cierto y las demás traducciones alternativas están equivocadas. Abraham fue hacia el sur de Egipto y no a Canaán. Esto plantea algunas interesantes pregun­tas acerca de las raíces del antiguo Israel.

Antes de la llegada de Abraham a Egipto, casi no tenemos información sobre su pasado. La Biblia dice que en el año setenta y cinco de la vida de Abraham, Dios le dijo que abandonara su hogar en Mesopotamia para ir a Canaán, donde «Yo te haré un gran pueblo, te bendeciré y engrandece­ré tu nombre, que será una bendición». Pero en cuanto llega a Canaán se encuentra con una grave hambruna que le obliga a trasladarse a Egipto.

Si Dios tenía este gran plan para darle Canaán a Abraham y quería que su heredero se trasladara allí para establecer su nombre, ¿por qué esperó setenta y cinco años para decirle que se fuera, y por qué esperó a que hubiera una hambruna que le obligara a abandonar la tierra de inmedia­to? Algo no está bien en este cuadro.

Tal y como vimos en el Mito 48, la genealogía inicial y la historia de Abraham fueron una invención anacrónica tardía. Si eliminamos esa por­ción del relato de la biografía de Abraham, encontramos que el relato de Abraham comienza en Egipto, donde se enfrenta al faraón. Esto indica que la historia bíblica original de Israel comenzó en Egipto, y no en Canaán ni en Mesopotamia.

Los redactores bíblicos, que vivían en medio de una Babilonia cultural­mente sofisticada y desconectada desde hace tiempo con sus raíces egip­cias, intentaban demostrar que las gentes hebreas se originaron de las mis­mas raíces intelectuales que los babilonios. Por consiguiente, se aprovecharon de las ambigüedades de sus tradiciones históricas tempra­nas e insertaron un viaje desde Mesopotamia a Canaán para demostrar que ellos tenían sus raíces en el mundo babilónico mucho antes de que residieran en Egipto.

Mito 50: Dios destruyó Sodoma y Gomorra

El Mito: Y prosiguió el Señor: «El clamor de Sodoma y Gomorra ha crecido mucho, y su pecado se ha agravado en extremo; voy a bajar, a ver si sus obras han llegado a ser como el clamor que ha venido hasta mí, y si no, lo sabré»... E hizo el Señor llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego que venía del Señor, desde el cielo. Destruyó estas ciudades y todo el llano, y cuantos hombres había en ellos, y hasta las plantas de la tierra (Gn 18,20-21. 19,24-25).

La Realidad: Sodoma y Gomorra eran ciudades míticas que jamás existieron.

Cuando Abraham y Lot abandonaron Egipto, la Biblia dice que subie­ron hacia Betel, que está ubicada en el centro de unas colinas del centro de Canaán, al norte de Jerusalén y al noroeste del mar Muerto. Él y Lot eran tan ricos en ganado que la tierra no tenía capacidad suficiente para ellos dos, además de la población nativa. Siendo un hombre generoso, Abraham le dio a Lot la primera opción sobre el territorio y hasta le ofre­ció trasladarse a otro lugar si fuera necesario.

Lot miró hacia el este en dirección al río Jordán y desde el centro de ese territorio montañoso consiguió de alguna manera ver la llanura fértil al otro lado del río. La topografía de ese territorio, sin embargo, parece bas­tante distinta que la que indica el registro geológico de esa época.

Alzando Lot sus ojos, vio todo el llano del Jordán, enteramente rega­do —antes de que destruyera el Señor Sodoma y Gomorra—, que era como el paraíso del Señor, como Egipto según se va a Segar. Eligió, pues, Lot, todo el llano del Jordán, y viajó hacia el este, y se separaron el uno del otro. Abraham se asentó en la tierra de Canaán y Lot se asentó en las ciudades del llano, y plantó sus tiendas hasta Sodoma. (Gn 13, 10-12).

La imagen aquí representada es de una rica y fértil llanura que se extiende desde el valle del Jordán hasta el área donde están situadas Sodoma y Gomorra, una región bien regada, que el Génesis compara con el jardín del Edén. Nadie sabe con exactitud donde estuvieron ubicadas Sodoma y Gomorra, pero la Biblia las sitúa en algún lugar cercano al mar Muerto, en una región conocida como el valle de Sidim, que, según Génesis 14, 3, «es el mar de la Sal» (es decir, el salado mar Muerto). Esto indica que en algún momento el mar de la Sal cubría el valle de Sidim. En otras palabras, Sodoma y Gomorra estaban ubicadas en una llanura fértil bien regada que existía en el emplazamiento que ahora esta cubierto por la punta sur del mar Muerto.

Sin embargo, el Génesis también dice que Lot condujo su ganado desde esa parte de la llanura más próxima a Betel, al norte del mar Muerto, hasta la punta sur del valle del Jordán en el extremo sur del mar Muerto. Queda claramente manifestado que la zona donde existe hoy el mar Muerto era por entero zona cultivable y pastos bien regados, un hecho que está com­pletamente en desacuerdo con el registro geológico, que indica que el mar Muerto ha existido, en realidad, desde hace millones de años.

'Iras asentarse en Sodoma, la Biblia cuenta que cuatro poderosos reyes mesopotámicos se unieron para invadir Sodoma y Gomorra y algunos aliados locales. La coalición mesopotámica reinó las ciudades durante catorce años, utilizándolas como base para otras conquistas. El decimo­cuarto año, las ciudades se rebelaron, pero los mesopotámicos echaron a las comunidades rebeldes y tomaron prisionero a Lot, supuestamente porque era una figura destacada en la región. Los autores bíblicos, al pare­cer olvidándose de lo hermosa que debía ser la región antes de la destruc­ción de Sodoma, describen el territorio que la rodea como lleno de «pozos de betún» (Gn 14, 10), un lapsus editorial que describe la condición geo­lógica actual de la región.

Cuando Abraham se entera de la captura de Lot, reúne a un ejército de 318 soldados de entre sus numerosos sirvientes y persigue al ejército mesopotámico «hasta Dan» (Gn 14, 14). La expresión «hasta Dan» sería una manera idiomática de decir «hasta el norte de Israel», que es donde Dan estaba ubicada. Pero Dan no estaba ubicada ahí en tiempos de Abraham. Esa región no se convirtió en Dan, según la Biblia, hasta des­pués del Éxodo, cuando la tribu de Dan se trasladó a ese territorio.

Después de que Abraham rescatara a su sobrino, Lot regresó a Sodoma. En esa época, Abraham no tenía hijos a quien pasarles la alianza con Dios, la promesa de que Canaán pertenecería a Abraham y a sus herederos. Puesto que el sobrino de Abraham, Lot, era obviamente un pariente pró­ximo que había recorrido largas distancias junto a él a través de Mesopotamia hasta Egipto y de vuelta a Canaán, Lot parecía ser el here­dero forzoso.

Veinticinco años más tarde, Dios le dijo a Abraham que tendría un hijo llamado Isaac (Abraham tenía cien años cuando recibió la noticia) y que su hijo sería el heredero de la alianza. Casualmente, tras este anuncio, Dios determinó que la maldad de los habitantes de Sodoma y Gomorra reque­ría que él destruyera ambas ciudades. Cuando Abraham supo del plan de Dios, el cual exterminaría hasta al bueno y devoto de Lot, negoció:

«Acércesele, pues, y le dijo: «¿Pero vas a exterminar juntamente al justo con el malvado?» (Gn 18,23).

Al final llegaron a un acuerdo. Si Dios encontraba diez hombres honra­dos en Sodoma, no destruiría la ciudad. Entonces envío dos ángeles en una misión de reconocimiento. En Sodoma se encontraron con Lot, que por lo visto era un importante oficial de la ciudad que pasaba sentencia a las puertas de la ciudad, y les ofreció la hospitalidad de su casa. Mientras Lot compartía su comida con los ángeles, varios sodomitas llamaron a la puer­ta de la casa de Lot y le exigieron que entregara a sus huéspedes «para que los conozcamos», un eufemismo para el conocimiento carnal (Gn 19, 5). Lot les rogó que se retiraran y le ofreció a la multitud sus dos hijas vírge­nes como sustituías. Esta ofrenda no convenció a los sodomitas y amena­zaron con herir tanto a los huéspedes como a Lot.

No hemos de pensar que este relato incluye algún tipo de manifestación que condene la homosexualidad como un acto pecaminoso, peor incluso que la violación, sino que debemos comprender que el crimen de los sodomitas no era la homosexualidad, sino la falta de hospitalidad.

Mirad, dos hijas tengo que no han conocido varón; os las sacaré para que hagáis con ellas como bien os parezca; pero a esos hombres no les hagáis nada, pues para eso se han acogido a la sombra de mi techo» (Gn 19, 8).

En gran parte de esa región en tiempos antiguos, la hospitalidad hacia los viajeros y huéspedes desempeñaba un papel importante que era casi una obligación. Las narraciones bíblicas incluyen numerosos testimonios de este tipo, al igual que lo hacen los mitos de otras culturas mediterrá­neas y de Oriente Próximo. En un relato, por ejemplo, dice Abraham:

Alzando los ojos, vio parados cerca de él a tres varones. En cuanto los vio, les salió al encuentro desde la puerta de la tienda y se postró en tie­rra, diciéndoles: «Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases de largo junto a tu siervo; haré traer un poco de agua para lavar vuestros pies, y descansaréis debajo del árbol, y os traeré un boca­do de pan y os confortaréis; después seguiréis, pues no en vano habéis llegado hasta vuestro siervo» (Gn 18, 2-5).

Y en otra ocasión, cuando Abraham envía a un sirviente a traer una esposa para Isaac, el sirviente comenta:

Voy a ponerme junto al pozo de agua mientras las mujeres de la ciu­dad vienen a buscar agua; la joven a quien yo dijere: Inclina tu cánta­ro, te ruego, para que yo beba; y ella me respondiere: Bebe tú y daré también de beber a tus camellos, sea la que destinas a tu siervo Isaac, y conozca yo así que te muestras propicio a mi señor (Gn 24, 13-14).

Los dos ángeles en la casa de Lot meten a su anfitrión dentro de la casa y ciegan a los intrusos. Luego avisan a Lot de que Dios planea destruir la ciudad y de que él y su familia deben huir. Cuando Lot informa a sus parientes, éstos creen que bromea y le ignoran. Sólo su mujer y sus dos hijas se unen a él en el intento de huir de la ciudad ilesos.

El relato continua y Lot y su familia abandonan la ciudad:

E hizo el Señor llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego que venía del Señor, desde el cielo. Destruyó estas ciudades y todo el llano, y a todos los habitantes de las ciudades y hasta las plantas de la tierra (Gn 19, 24-25)

Acto seguido, la mujer de Lot se convierte en una columna de sal y muere al mirar hacia atrás y ver la destrucción (véase el Mito 51), y Lot engendra en sus hijas dos naciones, Amon y Moab (véase el Mito 52).

Durante los momentos finales de la destrucción de Sodoma, Abraham es testigo del destino de las dos ciudades: «y mirando hacia Sodoma y Gomorra y todo el llano, vio que salía de la tierra una humareda de horno» (Gn 19, 28).

El relato de Lot contiene numerosos anacronismos. Por ejemplo:

1. Varios miembros de la familia de Abraham tienen nombres asocia­dos con territorios que no existieron hasta cientos de años después de la época de Abraham;

2. Abraham y Lot se trasladaron a Betel, que, según la Biblia, no obtu­vo ese nombre hasta los tiempos de Jacob, el nieto de Abraham, y

3. Abraham rescató a Lot del territorio de Dan, que no tuvo ese nom­bre hasta mucho después del Éxodo desde Egipto.

4. Se comentan otros anacronismos en el Mito 52, que perfila a los dos hijos de Lot, a quienes se identifica como los fundadores de las naciones de Moab y Amon.

No hay testimonios históricos que demuestren la existencia de Sodoma y Gomorra. La palabra Sodoma viene de una raíz que significa «chamus­cado», un nombre que sólo habría surgido tras la supuesta destrucción de la ciudad, y no antes. Ese hecho, junto con los numerosos anacronismos asociados con los acontecimientos de la vida de Lot, demuestra que el relato de Sodoma y Gomorra alcanzó su forma escrita actual hacia finales del primer milenio a.C., basado en leyendas de tiempos anteriores.

Además, el relato de la destrucción de Sodoma y Gomorra guarda un sospechoso paralelismo con otro legendario relato en el libro de los Jueces, acerca de la destrucción de la tribu de Benjamín (véase Je 19 a 21). Ese relato trata sobre un sacerdote levita que, viajando con su concubina, pasa por Gibea, donde un anciano efraimita sale de sus campos y los ve. El efraimita ofrece al sacerdote la hospitalidad de su casa. Mientras entre­tiene a sus huéspedes y les ofrece pan y vino, algunos ciudadanos se acer­can a la casa del efraimita y exigen que el huésped salga para que los hom­bres «le conozcan». El anfitrión señala que el hombre es su huésped y le ofrece a su propia hija y a la concubina del sacerdote como alternativa. Los ciudadanos toman a la concubina y abusan de ella hasta la muerte.

El sacerdote recoge su cuerpo, cortado en doce trozos, y envía una parte a cada una de las tribus israelitas, exigiendo venganza contra la ciudad.

Con la ayuda de Dios, la ciudad, que pertenecía a la tribu de Benjamín, es destruida y, «cuando la nube de humo comenzó a alzarse como una columna sobre la ciudad, volvieron los ojos atrás y vieron que toda la ciu­dad subía en fuego hacia el cielo» (Je 19, 40).

Esta es la misma escena vislumbrada por Abraham tras la destrucción de Sodoma. Más tarde, los israelitas arrasan con casi toda la tribu de Benjamín, pero unos cuantos hombres consiguen escapar. Los israelitas acceden a que los restantes benjaminitas tomen esposas de entre algunas mujeres no hebreas para que puedan conservar su estirpe.

Si sustituimos al sacerdote, una figura religiosa, por los ángeles, encon­tramos que los dos relatos ofrecen tramas casi idénticas y en ocasiones hasta comparten las mismas frases e ideas. En ambos relatos, por ejemplo, los hombres de la ciudad quieren «conocer» a la figura religiosa masculi­na. Y al ofrecerles a las dos mujeres que hay dentro de la casa como subs­tituías, ambos relatos utilizan frases similares.

En el relato de Lot, el anfitrión dice: «Mirad, dos hijas tengo que no han conocido varón, os las sacaré para que hagáis con ellas como bien os parezca, pero a esos hombres no les hagáis nada, pues para eso se han aco­gido a la sombra de mi techo» (Gn 19, 8). Y en el relato posterior, el anfi­trión dice, «para que abuséis de ellas y hagáis con ellas como bien os parezca, pero a este hombre no le hagáis semejante infamia» (Je 19,24).

Ambos relatos incluyen una frase que les dice a los hombres pecadores que hagan «bien» con la mujer. Esta frase también está unida a una soli­citud de que los hombres no violen el principio de la hospitalidad.

Consideren cuántos puntos en común hay entre los dos relatos:

1. Una figura religiosa (ángel/sacerdote) entra en una ciudad malvada;

2. Un ciudadano le ofrece al huésped su hospitalidad y le da una comi­da a base de pan;

3. Estando en la residencia del anfitrión, los hombres de la ciudad exi­gen que la figura religiosa salga para que ellos puedan «conocerlo», es decir, forzarlo sexualmente;

4. El anfitrión ruega a los ciudadanos que respeten el derecho a la hos­pitalidad y ofrece a dos mujeres como alternativa, diciéndole a los intru­sos que hagan lo que les parezca bien con ellas;

5. Una acompañante femenina muere;

6. Una ciudad es destruida, con humo que se eleva hasta el cielo;

7. El acto de destrucción casi acaba con una población entera, y sólo consiguen escapar unos cuantos hombres, y

8. Al final de los relatos, se llega a un acuerdo sexual especial con muje­res que no son esposas para permitir a los fugados conservar su linaje.

Un paralelismo tan allegado entre los dos relatos, incluyendo el uso ocasional de frases idénticas o elementos narrativos, indica que ambos surgen de un mismo relato legendario sobre la destrucción de una ciudad malvada que abusaba del derecho a la hospitalidad. Basándonos en lo siguiente, podemos concluir que Sodoma y Gomorra eran ciudades mito­lógicas que existieron exclusivamente como relatos folklóricos: la falta de evidencia arqueológica para la existencia de Sodoma y Gomorra, la supuesta ubicación de ambas ciudades bajo un mar salado que había exis­tido ahí durante millones de años, los numerosos elementos anacrónicos presentes en el relato, el nombre Sodom que significa «chamuscado», y la posterior duplicación de los elementos narrativos y frases de un relato anterior con una ubicación distinta.


Mito 51 La mujer de Lot se convirtió en una columna de sal

El Mito: La mujer de Lot miró atrás, y se convirtió en una columna de sal (Gn 19, 26).

La Realidad: Este relato intenta explicar la presencia de sal en la desier­ta orilla sur del mar Muerto. Detrás del relato se encuentra un mito sobre una fuga del reino del más allá.

Cuando Lot y su familia salen de Sodoma, los ángeles les dicen que no miren atrás o se verían consumidos por la destrucción. Pero la mujer (sin nombre) de Lot sí mira y se convierte en una columna, o bloque de sal.

La región que rodea la orilla sur del mar Muerto (que está compuesto por un 25 por ciento de sal) era una importante comunidad minera de sal, y no debería sorprendernos que surgieran leyendas a partir del curioso fenómeno de grandes depósitos de sal en el interior. La historia de la mujer de Lot es uno de estos relatos. Pero el relato básico en sí se origina a partir de una idea mítica distinta, una parecida al mito griego de Orfeo y Eurídice. En el mito griego, Orfeo pide permiso para sacar a su amada del reino de los muertos. Se le otorga el permiso pero con la condición de que no se vuelva hacia su amada hasta que estén en el exterior. Pero no puede controlar sus deseos de verla y se vuelve para mirarla mientras ascienden. Ella desaparece y regresa al reino de los muertos.

El tema de la entrada en el reino de los muertos, poner al héroe a prue­ba y buscar favores allí es un tema mitológico común en Oriente Próximo, como en el relato sumerio de El descenso de Inanna (véase el Mito 30). Los antiguos griegos tenían muchas leyendas de este tipo, incluyendo el des­censo de Ulises, Heracles y Orfeo.

La malvada ciudad de Sodoma sustituye al reino de los muertos, y al final del relato todos en ella mueren. Pero existen evidencias bíblicas adicionales de que Sodoma originariamente representaba el reino del más allá.

Después de que la alianza de reyes mesopotámicos atacara Sodoma y estableciese allí una fortaleza, prosiguió la conquista de otros grupos, entre ellos «los refaím en Astarot Carnaím, los zuzím en Ham, y los emim en el llano de Quiriataím» (Gn 14, 5).

Refaim, zuzim y emim son nombres de grupos de gigantes. Mientras que se les suele considerar como grupos distintos, en ocasiones se les con­sidera como uno y el mismo. Por ejemplo, en Deuteronomio 2, 11, los emim y los refaim son lo mismo y el texto los ubica en Moab (la traduc­ción inglesa utiliza «gigantes» para «refaim».) Y Deuteronomio 2, 20 dice que los amonitas llamaban a los zanzumim (una variante de zuzim) «refaim».

«Refaim» tiene un segundo significado: además de «gigantes», también significa «sombras de los muertos». Puesto que los territorios asociados a Lot, Moab y Amón estaban habitados por una variedad de refaim, los habitantes eran los gigantes mitológicos o «sombras de los muertos».

La Biblia, por tanto, describe a esta malvada ciudad que estaba habita­da por muchas variedades de refaim, porque Sodoma originariamente significaba el reino de los muertos, que estaba habitada por «sombras de los muertos».

En una época posterior, cuando los editores de la Biblia recopilaron las narraciones sobre Lot, se olvidaron de que Sodoma representaba el reino de los muertos, y confundieron el significado de refaim en cuanto «som­bras de los muertos» con el significado de refaim en cuanto «gigantes».

En el relato completo que tenemos, la huida de Lot y su familia de Sodoma describe la intención de Lot de recuperar a su mujer de entre los muertos. Al igual que en el relato de Orfeo, el arreglo incluye la condición de no mirar hacia atrás para no ver el reino de los muertos, y cuando su mujer viola las condiciones del acuerdo, ésta no puede salir con su marido.


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