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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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lunes, 6 de septiembre de 2010

LAS MIL Y UNA NOCHE -- CUENTO - HISTORIA DE LA MUJER DESPEDAZADA, DE LAS TRES MANZANAS Y DEL NEGRO RIHÁN



HISTORIA DE LA MUJER DESPEDAZADA,

DE LAS TRES MANZANAS Y DEL NEGRO RIHÁN

Schahrazada dijo:

Una noche entre las noches, el califa Harun Al-Rachid dijo a Giafar Al-Barmaki: “Quiero que recorramos

la ciudad, para enterarnos de lo que hacen los gobernadores y walíes. Estay resuelto a destituir a

aquellos de quienes me den quejas,” Y Giafar respondió: “Escucho y obedezco.”

Y el califa, y Giafar, y Massrur el porta-alfanje salieron disfrazados por las calles de Bagdad; y he aquí

que en una calleja vieron a un anciano decrépito que a la cabeza llevaba una canasta y una red de pescar, y

en la mano un palo y andaba pausadamente, canturreando estas estrofas:

Me dijeron: “¡por tu ciencia, ¡oh sabio! eres entre los humanos como la luna en la noche!”

Yo les contesté: “¡Os ruego, que no habléis de ese modo! ¡No hay más ciencia que la del Destino!”

¡Porque, yo, con toda mi ciencia, mis manuscritos, mis libros y mi tintero, no puedo desviar la fuerza del

Destino ni un solo día! ¡Y los que apostasen por mí, perderían su apuesta!

¡Nada, en efecto, hay más desolador que el pobre, el estado del pobre y el pan y la vida del pobre!

¡En verano, se te agotan las fuerzas! ¡En invierno, no dispone de abrigo!

¡Si se para, le acosarán los perros para que se aleje! ¡Cuán mísero es! ¡Ved cómo para él son todas las

ofensas y todas las burlas!. ¿Quién es más desdichado?

Y si no clama ante los hombres, si no a su miseria, ¿quién le compadecerá?

¡Oh! Si tal es la vida del pobre, ¿no ha de preferir la tumba?

Al oír estos versos tan tristes, el califa dijo a Giafar: “Los versos y el aspecto de este pobre hombre indican

una gran miseria.” Después se aproximó al viejo, y le dijo: “¡Oh jeique! ¿cuál es tu oficio?” Y él respondió:

¡Oh señor mío! Soy pescador. ¡Y muy pobre! ¡Y con familia! Y desde el mediodía estoy fuera de

casa trabajando, y ¡Alah no me concedió aún el pan que ha de alimentar a mis hijos! Estoy, pues, cansado

de mi persona y de la vida, y no anhelo más que morir.” Entonces el califa le dijo: “¿Quieres venir con nosotros

hasta el río, y echar la red en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo? Lo que saques del agua te lo

compraré y te daré por ello cien dinares.” Y el viejo se regocijó al oirle, y contestó; “¡Acepto cuanto acabas

de ofrecerme y lo pongo sobre mi cabeza!”

Y el pescador volvió con ellos hacia el Tigris, y arrojando la red, quedó en acecho; después tiró de la

cuerda de la red, y la red salió. Y el viejo pescador encontró en la red un cajón que estaba cerrado y que pesaba

mucho. Intentó levantarlo el califa y lo encontró también muy pesado. Pero se apresuró a entregar los

cien dinares al pescador, que se alejó muy contento.

Entonces Giafar y Massrur cargaron con el cajón y lo llevaron al palacio. Y el califa dispuso que se encendiesen

las antorchas, y Giafar y Massrur se abalanzaron sobre el cajón y lo rompieron. Y dentro de él

hallaron una enorme banasta de hojas de palmera cosidas con lana roja. Cortaron el cosido, y en la banasta

había un tapiz; apartaron el tapiz y encontraron debajo un gran velo blanco de mujer; levantaron el velo y

apareció, blanca como la plata virgen, una joven muerta y despedazada.

Ante aquel espectáculo, las lágrimas corrieron por las mejillas del califa, y después, muy enfurecido, encarándose

con Giafar, exclamó: ¡Oh perro visir! ¡Ya ves cómo, durante mi reinado, se asesina a las gentes y

se arroja a las víctimas al agua! ¡Y su sangre caerá sobre mí el día del juicio, y pesará eternamente en mi

conciencia! Pero ¡por Alah! que he de usar de represalias con el asesino, y no descansaré hasta que lo mate.

En cuanto a ti, ¡juro por la verdad de mi descendencia directa de los califas Bani-Abbas, que si no me presentas

al matador de esta mujer, a la que quiero vengar mandaré que te crucifiquen a la puerta de mi palacio,

en compañía de cuarenta de tus primos los Baramka!” Y el califa estaba lleno de cólera, y Giafar dijo:

Concédeme para ello no más que un plazo de tres días.” Y el califa respondió: “Te lo otorgo.”

Entonces Giafar salió del palacio, muy afligido, y anduvo por la ciudad, pensando: “¿Cómo voy a saber

quién. ha matado a esa joven, ni dónde he de buscarlo para presentárselo al califa? Si le llevase a otro para

que pereciese en vez del asesino, esta mala acción pesaría sobre mi conciencia. Por lo tanto, no sé qué hacer.”

Y Giafar llegó a su casa, y allí estuvo desesperado los tres días del plazo. Y al cuarto día el califa le

mandó llamar. Y cuando se presentó entre sus manos, el califa le dijo: “¿Dónde está el asesino de la joven?”

Giafar respondió: “No poseo la ciencia de adivinar lo invisible y lo oculto, para que pueda conocer

en medio de una gran ciudad al asesino.” Entonces el califa se enfureció mucho, y ordenó que crucificasen

a Giafar a la puerta de palacio, encargando a los pregoneros quedo anunciasen por la ciudad y sus alrededores

de esta manera:

Quien desee asistir a la crucifixión de Giafar Al-Barmaki, visir del califato, y a la de cuarenta Baramka,

parientes suyos, vengan a la puerta de palacio para presenciarlo.”

Y todos los habitantes de Bagdad afluían por las calles para presenciar la crucifixión de Giafar y sus primos,

sin que nadie supiese la causa; y todo el mundo se condolía y se lamentaba de aquel castigo; pues el

visir y los Baramka eran muy apreciados por su generosidad y sus buenas obras.

Cuando se hubo levantado el patíbulo, llevaron al pie de él a los sentenciados y se aguardó la venia del

califa para la ejecución. De pronto, mientras lloraba la gente, un apuesto y bien portado joven hendió con

rapidez la muchedumbre, y llegando entre las manos de Giafar, le dijo: “¡Que te liberten, oh dueño y señor

de los señores más altos, asilo de los menesterosos! Yo fui quien asesinó a la.joven despedazada y la metí

en la caja que pescasteis en el Tigris. ¡Mátame, pues, en cambio, y usa las represalias conmigo!»

Cuando escuchó Giafar las palabras del joven, se alegró por sí propio, pero compadecióse del mancebo.

Y hubo de pedirle explicaciones más detalladas; pero de súbito un anciano venerable separó a la gente, se

acercó muy de prisa a Giafar y, al joven, les saludó; y les dijo: ¡Oh visir! no hagas caso de las palabras de

este mozo, pues yo soy el único asesino de la joven, y en mí solo tienes que vengarla.” Pero el joven repuso:

¡Oh visir! este viejo jeique no sabe lo que se dice. Te repito que, yo soy quien la mató, debiendo ser,

por tanto, el único, a quien se castigue.”. Entonces el jeique exclamó: “¡Oh hijo mío! todavía eres joven y

debes vivir; pero yo, que soy viejo y, estoy cansado del mundo, te serviré de rescate a ti, al visir y a sus

primos. Repito que el asesino soy yo, Y conmigo se debe usar de represalias.”

Entonces, Giafar, con el consentimiento del capitán de guardias, se llevó al joven y al anciano, y subió

con ellos al aposento del califa. Y le dijo: “¡Oh Emir de los Creyentes! aquí tienes al asesino de la joven.”

Y el califa preguntó: “¿En dónde está?” Giafar dijo: “Este joven afirma que es el matador, pero este anciano

lo desmiente y asegura que el asesino es él.” Entonces el califa contempló al jeique y al mozo, y les dijo:

¿Cuál de vosotros. dos ha matado a la joven?'' Y el mancebo respondió: “¡Fui yo!” Y el jeique dijo: “¡No;

fui yo solo!” El califa, sin preguntar más, dijo a Giafar entonces: “Llévate a los dos y crucifícalos,” Pero

Giafar hubo de replicarle: “Si sólo uno es el criminal, castigar al otro constituye una gran injusticia.” Y

entonces el joven exclamo: “¡Juro por Aquel que levantó los cielos hasta la altura que están y extendió la

tierra en la profundidad que ocupa, que soy el único que asesino a la joven! Oid las pruebas.” Y describió el

hallazgo; conocido sólo por el califa, Giafar y. Massrur. Y con esto el califa se convenció de la culpabilidad

del joven, y llegando al límite dei asombro, le dijo: “¿Y porqué has cometido esa muerte? ¿Por qué la confiesas

antes de que te obliguen a hacerlo a palos? ¿Por qué pides de este modo el castigo?” Entonces dijo el

mancebo:

Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esa joven era mi esposa, hija de este jeique, que es mi suegro.

Me casé siendo ella todavía virgen, y Alah me ha concedido tres hijos varones. Y mi mujer me amó y me

sirvió siempre, sin que tuviese yo que motejarla nada reprensible.

Hace dos meses cayó gravemente enferma, y llamé en seguida a los médicos mas sabios, que no tardaron

en curarla ¡con ayuda de Alah! Al cabo de un mes empezó a hallarse mejor y quiso ir al baño. Antes, de salir

de casa, me dijo:. “Antes de entrar en el hammam, desearía satisfacer un antojo.” Y le pregunté: “¿Qué

antojo es ese?” Y me contestó: “Tengo ganas de una manzana para olerla y darle un bocado.” Inmediatamente

me fui a la calle a comprar la manzana, aunque me costara un dinar de oro. Y recorrí todas las fruterías,

pero en ninguna había manzanas. Y regresé a casa muy triste, sin atreverme a ver a mí mujer, y pasé

toda la noche pensando en la manera de lograr una manzana. Al amanecer salí de nuevo de mi casa y recorrí

todos los huertos, uno por uno, y árbol por árbol, sin hallar nada. Y he aquí que en el camino me encontré

con un jardinero, hombre de edad, al que le consulté sobre lo de las manzanas. Y me dijo: “¡Oh hijo

mío! Es una cosa difícil de encontrar, porque ahora no las hay en ninguna parte cómo no sea en Bassra; en

el huerto del Comendador de los Creyentes. Y aun allí no te será fácil conseguirlas; pues el jardinero las reserva

cuidadosamente para uso del califa.”

Entonces volví junto a mi esposa, contándoselo todo; pero el amor que le profesaba me movió a preparar

el viaje. Y salí, y empleé quince días completos, noche y día, para ir a Bassra, y regresar favorecido por la

suerte, pues volví al lado de mi esposa con tres manzanas compradas al jardinero del huerto de Bassra por

tres dinares.

Entré, pues, muy contento, y se las ofrecí a mi esposa, pero al verlas ni dio muestras de alegría ni las probó,

dejándolas, indiferente, a un lado. Observé entonces que durante mi ausencia la calentura se había

vuelto a cebar en mi mujer muy violentamente y seguía atormentándola; y estuvo enferma diez días más,

durante los cuales no me separé de ella un momento. Pero gracias a Alah; recobró la salud, y entonces pude

salir y marchar a mi tienda para comprar y vender.

Pero he aquí que una tarde estaba yo sentado a la vuerta de mi tienda, cuando pasó por allí un negro, que

llevaba en la mano una manzana: Y le dije: “¡Eh, buen amigo! ¿de dónde has sacado esa manzana, para que

yo pueda comprar otras iguales?” Y el negro se echó a reir, y me contestó: “Me la ha regalado mi amante.

He ido a su casa, después de algún tiempo que no la había visto, y la he encontrado enferma, y tenía al lado

tres manzanas, y al interrogarla, me ha dicho: “Figúrate, ¡oh querido mío! que el pobre cornudo de mi esposo

ha ido a Bassra expresamente a comprármelas, y le han costado tres dinares de oro.” Y en seguida me

dio ésta que llevo en la mano.”

Al oir tales palabras del negro, ¡oh Príncipe de los Creyentes! mis ojos vieron que el mundo se obscurecía;

cerré la tienda a toda prisa y entré en mi casa, después de haber perdido en el camino toda la razón,

por la fuerza explosiva de mi furia. Dirigí una mirada al lecho, y efectivamente, la tercera manzana no estaba

ya allí. Y pregunté a mi esposa: “¿En dónde está la otra manzana?” Y me contestó: “No sé que ha sido

de ella.” Esto era una comprobación de las palabras del negro. Entonces me abalancé sobre ella, cuchillo en

mano, y apoyando en su vientre mis rodillas, la cosí a cuchilladas. Después le corté la cabeza y los miembros,

lo metí todo apresuradamente en la banasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, y guardándolo en el

cajón, que clavé yo mismo. Y cargué el cajón en mi mula, y en seguida lo arrojé en el Tigris con mis propias

manos.

¡Por eso, ¡oh Emir de las Creyentes! te suplico que apresures mi muerte, en castigo a mi crimen, pues me

aterra tener que dar cuenta de él el día de la Resurrección!

La arrojé al Tigris, como he dicho, y como nadie me vio, pude volver a casa. Y encontré a mi hijo mayor

llorando, y aunque estaba seguro de que ignoraba la muerte de su madre, le pregunté: “¿Por qué lloras?” Y

él me contestó: “Porque he cogido una de las manzanas que tenía mi madre, y al bajar a jugar con mis hermanos,

en la calle, ha pasado un negro muy grande y me la quitó, diciendo: “¿De dónde has sacado esta

manzana?” Y le contesté: “Es de mi padre, que se fue y se la trajo a mi madre con otras dos, compradas por

tres dinares en Bassra. Porque mi madre está enferma.” Y a pesar de ello, el negro no me la devolvió sino

que me dio un golpe y se fue con ella. ¡Y ahora tengo miedo de que la madre me pegue por lo de la manzana!”

Al oir estas palabras del niño, comprendí que el negro había mentido respecto a la hija de mi tío, y por

tanto, ¡que yo había matado a mi esposa injustamente!

Entonces empecé a derramar abundantes lágrimas, y entró mi suegro, el venerable jeique que está aquí

conmigo. Y le conté la triste historia. Entonces se sentó a mi lado, y se puso a llorar. Y no cesamos de llorar

juntos hasta media noche. E hicimos que duraran cinco días las ceremonias fúnebres. Y aun hoy seguimos

lamentando esa muerte.

Así, pues, te conjuro ¡oh Emir de los Creyentes! por la memoria sagrada de tus antepasados, a que apresures

mi suplicio y vengues en mi persona aquella muerte.”

Entonces el califa, profundamente maravillado, exclamó: “¡Por Alah que no he de matar más que a ese

negro pérfido!...”

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 19a. NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el califa juró que no mataría mas que al negro, puesto que el

joven tenía una disculpa. Después, volviéndose hacia Giafar, le dijo: “¡Trae a mi presencia al pérfido negro

que ha sido la causa de esta muerte! Y si no puedes dar con él, perecerás en su lugar.”

Y Giafar salió llorando, y diciéndose: “dónde lo podré hallar para traerlo a su presencia? Si es extraordinario

que no se rompa' un cántaro al caer, no lo ha sido menos el que yo haya podido escapar de la muerte.

Pero ¿y ahora?... ¡Indudablemente, Él que me ha salvado la primera vez, me salvará, si quiere, la segunda!

Así, pues, me encerraré en mi casa los tres días del plazo. Porque ¿para qué voy a emprender pesquisas

inútiles? ¡Confío en la voluntad del Altísimo!”

Y en efecto, Giafar no se movió de su casa en los tres días del plazo. Y al cuarto día mandó llamar al kadí,

e hizo testamento ante él, y se despidió de sus hijos llorando. Después llegó el enviado del califa, para

decirle que el sultán seguía dispuesto a matarle si no parecía el negro. Y Giafar lloró más todavía, y sus hijos

con él. Después quiso besar por última vez a la mas pequeña de sus hijas, que era la preferida entre todas,

y la apretó contra su pecho, derramando, muchas lágrimas por tener que separarse de ella. Pero al estrecharla

contra él, notó algo redondo en el bolsillo de la niña, y le preguntó: “¿Qué llevas ahí?” Y la niña

contestó: “¡Oh padre! una manzana. Me la ha dado nuestro negro Rihán. Hace cuatro días que la tengo. Pero

para que me la diese tuve que pagar a Rihán dos dinares.”

Al oir las palabras ; “negro” y “manzana”, Giafar sintió un gran júbilo, y exclamó: “¡Oh Libertador!” Y

en seguida mandó llamar al negro Rihán. Y Rihán llegó, y Giafar le dijo: “¿De dónde has sacado esta manzana',”

Y contestó el negro: “¡Oh mi señor! hace cinco días que, andando por la ciudad, entré en una calleja,

y vi jugar a unos niños, uno de los cuales tenía esa manzana en la mano. Se la quité y. le di un golpe,

mientras el niño me decía llorando: “Es de mi madre, que está enferma. Se le antojó una manzana; y mi padre

ha ido a buscarla a Basara, y esa y otras dos le han costado tres dinares de oro. Y yo he cogido esa para

jugar.” Y siguió llorando. Pero yo, sin hacer, caso de sus lágrimas, vine con la manzana a casa, y se la he

dado por dos dinares a mi ama más pequeña.”

Y Giafar se asombró de este relato, viendo sobrevenir tantas peripecias y la muerte de una mujer por culpa

de su negro Rihán. Por tanto, dispuso que lo encerrasen en seguida en un calabozo. Y después, muy

contento por haberse librado de la muerte, recitó estas dos estrofas:

Si tu esclavo tiene la culpa de tus desdichas, ¿por qué no piensas en deshacerte de él? .

¿Ignoras que abundan los esclavos, y que sólo tienes un alma, sin que puedas sustituirla?

Pero luego pensó otra cosa, y cogió al negro, y lo llevó ante el califa, a quien contó la historia.

Y el califa Harún Al-Rachid se maravilló tanto, que dispuso se escribiese tal historia en los anales para

que sirviera de lección a los humanos.

Entonces Giafar le dijo: “No tienes para qué maravillarte tanto de esa historia, ¡oh Comendador de los

Creyentes! pues no puede igualarse a la del visir Nureddín y su hermano Chamseddin.”

Y el califa exclamó: “¿Y qué historia es esa, más asombrosa que la que acabamos de oir?” Y Giafar dijo:

¡Oh Príncipe de los Creyentes! no te la contaré sino a cambio de que perdones su irreflexión a mi negro

Rihán.” Y el califa respondió: “¡Así sea! Te hago gracia de su sangre.”

HISTORIA DEL VISIR NUREDDIN, DE SU HERMANO

EL VISIR CHAMSEDDIN Y DE HASSAN BADREDDIN

Entonces, Giafar Al-Barmaki dijo:

Sabe, ¡oh Comendador de los Creyentes! que había en el país de Mesr un sultán justo y benéfico. Este

sultán tenía un visir sabio y prudente, versado en las ciencias y las letras. Y este visir, que era. muy viejo,

tenía dos hijos que parecían dos lunas. El mayor se llamaba Chamseddin y el menor Nureddin; pero Nureddin,

el más pequeño, era ciertamente más guapo y mejor formado que Chaniseddin, el cual, por otra parte,

era perfecto. Pero nadie igualaba en todo el mundo a Nureddin. Era tan admirable, que en ninguna comarca

se ignoraba su hermosura, y muchos viajeros iban a Egipto, desde los países más remotos, sólo por el gusto

de contemplar su perfección y las facciones de su rostro.

Pero quiso el Destino que falleciera su padre el visir. Y el sultán se condolió mucho. Enseguida mandó

llamar a los dos jóvenes, hizo que se aproximaran a él, les regaló trajes de honor, y les dijo: “Desde ahora

desempeñaréis junto a mí el cargo de vuestro padre:” Entonces ellos se alegraron, y besaron la tierra entre

las manos del sultán. Después hicieron que duraran todo un mes las exequias fúnebres de su padre, y en seguida

empezaron a desempeñar su nuevo cargo de visires, y cada uno ejercía durante una semana las funciones

del visirato. Y cuando el sultán salía de viaje, sólo llevaba consigo a uno de los dos hermanos.

Y una noche entre las noches, ocurrió que el sultán tenía que salir a la mañana siguiente, Y habiéndole

tocado el cargo de visir aquella semana a Chamseddin, el mayor, los dos hermanos departían sobre asuntos

diversos para entretener la velada. En el transcurso de la conversación, el mayor dijo al menor: “¡Oh hermano

mío! creo que debemos pensar en casarnos, y mi intención es que nos casemos la misma noche.” . Y

Nureddin contestó: “Hágase según tu voluntad, ¡oh hermano mío! pues estoy de acuerdo contigo en esta y

en todas las cosas.” Y convenido ya entre los dos este primer punto, Chamseddin dijo a Nureddin: “Cuando,

gracias a Alah; nos hayamos unido con dos jóvenes, y suponiendo que nuestras mujeres conciban la

primera noche de nuestras bodas, y que luego den a luz en un mismo día (¡si Alah lo quiere!) tu esposa un

niño y la mía una niña; tendremos que casar uno con otro a los dos primos.” Y Nureddin repuso: “¡Oh hermano

mío! ¿y qué piensas pedir entonces como dote a mi hijo para darle a tu hija?” Y Chamseddin dijo:

Pediré a tu hijo, como precio de mi hija, tres mil dinares de oro, tres huertos y tres de los mejores pueblos

de Egipto. Y realmente esto será bien poca cosa, comparado con mi hija. Y si tu hijo no quiere aceptar ese

contrato, no habrá nada de lo dicho.” Al oírlo, respondió Nureddin: “Pero ¿estás soñando? ¿Qué dote quieres

pedirle a mi hijo? ¿Has olvidado que somos dos hermanos, y hasta dos visires en uno solo? En vez de

esas exigencias, deberías ofrecer como presente tu hija a mi hijo, sin pensar en pedirle ninguna dote. Además,

¿no sabes que el varón vale siempre más que la hembra? Y he aquí que el varón es mi hijo, ¿y aún aspiras

a que lleve la dote, cuando es tu hija quien debiera traerla? Obras como aquel comerciante que no

quiere, vender su mercancía, y para asustar al parroquiano empieza por pedirle cuatro veces su precio.”

Entonces dijo Chamseddin: “Sin duda te figuras que tu hijo es más noble que mi hija, lo cual demuestra que

careces en absoluto de razón y sentido común, y sobre todo de agradecimiento. Porque al hablar del visirato,

olvidas que tan altas funciones me las debes a mí solo, y si te asocié conmigo, fue por lástima únicamente,

para que pudieses ayudarme en mi labor. ¡Pero, en fin, ya está dicho! Puedes creer lo que gustes;

porque yo desde el momento en que piensas así, ¡ya no quiero casar a mi hija con tu hijo ni aun a peso de

oro!” Mucho le dolieron estas palabras a Nureddin, que contestó: “¡Tampoco yo quiero casar a mi hijo con

tu hija!” Y Chamseddin replicó entonces: “Pues no hay para qué hablar más del asunto. Y como mañana

tengo que marchar con el sultán, no dispongo de tiempo para que comprendas lo inconveniente de tus palabras.

Pero después, ¡ya verás! ¡Cuando regrese, si Alah lo permite, sucederá lo que ha de suceder!”

Entonces Nureddin se alejó, muy apenado por está escena, y se fue a dormir solo, con sus tristes pensamientos.

A la mañana siguiente salió de viaje el sultán, acompañado del visir Chamseddin, y se dirigió hacia la ribera

del Nilo, lo atravesó en hacia para llegar a Guesirah, y desde allí hasta las Pirámides.

En cuanto a Nureddin, después de haber pasado aquella noche contrariadísimo por el modo de proceder

de su llermano, se levantó casi al amanecer, hizo sus abluciones, dijo la primera oración matinal, y después

se dirigió a su armario, del cual sacó una alforja, y la llenó de oro, pensando siempre en las palabras despectivas

de Chamseddin y en la humillación sufrida. Y entonces recitó estas estrofas:

¡Marcha, amigo mío! ¡Abandónalo todo, y marcha! ¡Otros amigos encontrarás en vez de los que dejas!

¡Marcha! ¡Deja la ciudad y arma tu tienda de campaña! ¡Y vive en ella! ¡Allí, y nada más que allí, encontrarás

las delicias de la vida!

¡En las moradas civilizadas y estables, no hay fervor ni hay amistad! ¡Créeme! ¡Huye de tu patria!

¡Arráncate del suelo de tu patria! ¡Intérnate en países extranjeros!

¡Escucha! ¡He comprobado que el agua que se estanca se corrompe; podría librarse de su podredumbre

corriendo nuevamente! ¡Pero de otro modo es incurable!

¡He observado también la luna llena, y pude averiguar el número de sus ojos, de sus ojos de luz! ¡Pero

si no hubiese seguido sus revoluciones en el espacio, no habría podido conocer los ojos de cada cuarto de

luna, los ojos que me miraban!

¿Y el león? ¿Sería posible cazar al león si no hubiese salido del espeso bosque?... ¿Y la flecha? ¿Mataría

la flecha si no escapara violentamente del arco tenso?

¿Y el oro y la plata? ¿No serían polvo vil si no hubiesen salido de sus yacimientos? ¿Y el armonioso laúd?

¡Ya sabes! ¡Sólo sería un pedazo de leño si el obrero no lo arrancase de la tierra para darle forma!

¡Expátriate y alcanzarás las cumbres! ¡Si permaneces adherido a tu suelo, jamás escalarás la altura!

Cuando acabó de recitar estos versos, mandó a uno de sus esclavos que le ensillase una mula torda, poderosa

y rápida para la marcha. Y el esclavo preparó la mejor de todas las mulas, le puso una silla guarnecida

de brocado y de oro, con estribos indios y una gualdrapa de terciopelo de Ispahán. Y lo hizo tan bien, que la

mula parecía una recién casada con su traje nuevo y brillante. Después todavía dispuso Nureddin que le

echasen encima de todo un tapiz grande de seda y otro más pequeño, de raso, terminado lo cual, colocó entre

los dos tapices la alforja llena de oro y de alhajas.

En seguida dijo a este esclavo y a todos los demás: “Me voy a dar una vuelta por fuera de la ciudad, hacia

la parte de Kaliaubia, donde pienso pasar tres noches. Siento una opresión en el pecho, y voy a dilatar mis

pulmones respirando el aire libre. Pero prohibo a todo el mundo que me siga.”

Y provisto de víveres para el camino, montó en la mula y se alejó rápidamente. No bien salió del Cairo,

anduvo tan ligero, que al mediodía llegó a Belbeis, donde se detuvo. Bajó de la mula para descansar y dejarla

descansar, comió algo, compró en Belbeis cuanto podía necesitar para él y para la mula, y reanudó el

viaje. Dos días después, precisamente al mediodía, merced al paso de su mula, entró en Jerusalén, la ciudad

santa. Allí se apeó de la mula, descansó y la dejó reposar, extrajo del saco algo de comida, y después de

alimentarse colocó el saco en el suelo para que le sirviese de almohada, luego de haber extendido el tapiz

grande de seda, se durmió, pensando siempre con indignación en la conducta de su hermano.

Al otro día, al amanecer, montó de nuevo y no dejó de caminar a buen paso, hasta llegar a la ciudad de

Alepo. Allí se hospedó en uno de los khanes de la ciudad y dejó transcurrir tranquilamente tres días, descansando

y dejando descansar a la mula, y cuando hubo respirado bien el aire puro de Alepo, pensó en

continuar el viaje. Y al efecto, montó otra vez en la mula, después de haber comprado los maravillosos dulces

que se hacen en Alepo, rellenos de piñones y almendras, cubiertos de azúcar, y que le gustaban mucho

desde la niñez.

Y dejó que la mula se encaminase por donde quisiese, pues al salir del Alepo ya no sabía adónde dirigirse.

Y cabalgó día y noche, hasta que una tarde, después de puesto el sol, se encontró en la ciudad de Bassra,

pero no sabía que aquella ciudad fuese Bassra. Y no supo su nombre hasta después de llegado al khan, donde

se lo dijeron. Se apeó entonces de la mula, la descargó de los dos tapices, de las provisiones y de la alforja,

y encargó al portero del khan que la paseara un poco, para que no se enfriase por descansar en seguida.

Y en cuanto a `Nureddin, él mismo tendió su tapiz, y se sentó en el khan para reposar.

El portero del khan cogió la mula de la brida, y se fue con ella. Pero ocurrió la coincidencia de que precisamente

entonces el visir de Bassra hallábase sentado a la ventana de su palacio, contemplando la calle, y al

divisar una mula tan hermosa, con sus magníficos jaeces de gran valor, sospechó que esta mula pertenecía

indudablemente a algún visir entre los visires extranjeros, o acaso a algún rey entre los reyes. Y se puso a

mirarla, sintiendo, una gran perplejidad. Y después ordenó a uno de sus esclavos que le trajese, en seguida

al portero que paseaba a la mula. Y el esclavo corrió en busca del portero, y lo llevó ante el visir. Entonces

el portero avanzó un paso y besó la tierra entre las manos del visir, que era un anciano de mucha edad y muy

respetable. Y el visir dijo al portero: “¿Quién es el amo de esta mula, y qué posición tiene?” El portero

contestó: “¡Oh mi 'señor! el amo de esta mula es un joven muy hermoso, lleno de seducciones, ricamente

vestido, como hijo de algún gran mercader, y toda su aspecto impone el respeto y la admiración.”

Al oirle, el visir se puso de pie, montó a caballo, y marchando apresuradamente al khan, entró en el patio.

Cuando lo vio Nureddm, corrió a su encuentro y le ayudó a apearse del caballo. Entonces el visir le dirigió

el saludo acostumbrado, y Nureddin se lo devolvió y lo recibió muy cordialmente. Y el visir se sentó a su

lado, y le dijo: “¡Oh hijo mío! ¿de dónde vienes y por qué estás en Bassra?” Y Nureddin contestó: “¡Oh mi

señor! vengo del Cairo, mi ciudad natal. Mi padre era visir del sultán de Egipto, pero murió al ser llamado a

la misericordia de Alah.” Después contó toda su historia, desde el principio hasta el fin. Y luego añadió:

No he de volver a Egipto hasta después de haber recorrido el mundo, visitando todas las ciudades y todas

las comarcas.”

Y el visir contestó a Nureddin: “Hijo mío, prescinde de esas ideas de continuo viaje, porque causarán tu

perdición. Sabe que el viajar por países extranjeros es la ruina y lo último de lo último. Atiende esta advertencia,

pues temo que te perjudiquen los percances de la vida y del tiempo.”

Después el visir ordenó a sus escíavos que desensillaran la mula y le quitasen los tapices y las sedas, y se

llevó consigo a- Nureddin, alojandole en su casa, y lo dejó descansar, luego de haberle proporcionado todo

lo que necesitaba.

Nureddin permaneció algún tiempo en casa del visir, el visir le veía diariamente y le colmaba de consideraciones

y favores. Y acabó por estimarle enormemente, hasta el punto de que un día le dijo: “Hijo mío,

ya soy muy viejo, y no tengo ningún hijo varón. Pero Alah me ha concedido una hija que te iguala en belleza

y perfecciones. Y hasta ahora se la he negada a cuantos me la pidieron en matrimonio. Pero a ti, a quien

quiero con todo el cariño de mi corazón, he de preguntarte si consientes en aceptarla como esclava tuya.

Porque yo deseo fervientemente que seas el esposo de mi hija. Y si quieres aceptar, marcharé en busca del

sultán y le diré que eres un sobrino mío, recién llegado de Egipto, y que has venido a Bassra expresamente

para pretender a mi hija en matrimonio. Y el sultán, por cariño a mí, te dará el visirato, porque yo ya estoy

muy viejo y necesito descansar. Y así podré encerrarme muy a gusto en mi casa para no salir de ella.”

Al óir esta proposición, bajó los ojos Nureddin, y después dijo: “Escucho y obedezco.”

Entonces el visir llegó al colmo de la alegría, e inmediatamente ordeno a sus esclavos que preparasen el

festín y adornasen e iluminasen la sala de recepción, la más espaciosa de todas, reservada especialmente al

más grande entre los emires.

Después reunió a todos sus amigos, e invitó a todos los nobles del reino y a todos los mercaderes de

Bassra, y todos acudieron a presentarse entre sus manos. Entonces, el visir, para explicarles el haber elegido

a Nureddin con preferencia a todos los demás, les dijo: “Yo tenía un hermano que era visir ets Egipto, y

Alah le había favorecido con dos hijos, como a mí me favoreció con una hija, según sabéis. Mi hermano,

poco antes de morir, me encargó que casara a mi hija con uno de sus hijos, Y yo se lo prometí. Y precisamente

este joven a quien veis es uno de los dos hijos de mi hermano el visir de Egipto. Ha venido a Bassra

con tal objeto. ¡Y mi mayor anhelo es que se escriba su contrato con mi hija, y que viva con ella en mi casa!”

Entonces contestaron todos. “¡Sea como dices! ¡Ponemos sobre nuestra cabeza cuanto hagas!”

Y todos tomaron parte en el gran festín, bebieron toda clase de vinos, y comieron una cantidad prodigiosa

de pasteles y confituras. Y después, rociada la sala, con agua de rosas, según costumbre, se despidieron del

visir y de Nureddin:

Entonces el visir mandó a sus esclavos que llevasen a Nureddin al hammam y le diesen un buen baño. Y

el visir le regaló uno de sus mejores trajes entre sus trajes, y después le envió toallas, palanganas de cobre,

pebeteros y todas las demás cosas necesarias para el baño. Y Nureddin se bañó y salió del hammam con su

traje nuevo, y estaba más hermoso que la luna llena en la más bella de las noches. Después Nureddin cabalgó

en su mula torda, encaminándose hacia el palacio del visir, y al pasar por las calles le admirahan todos,

elogiando su hermosura y la obra de Alah. Y descendió de la mula, entró en casa del visir y le besó la mano.

Entonces el visir...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 20a. NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que entonces el visir se levantó, acogiendo con júbilo al hermoso

Nureddin y diciéndole: “Entra, ¡oh hijo mío! en la cámara de tu esposa, y sé dichoso. Mañana te llevaré a

ver al sultán. Y ahora sólo me resta implorar de A¡ah que te conceda todos sus favores y todos sus bienes.”

Entonces Nureddin besó otra vez la mano del visir su suegro, y entró en el aposento de la doncella. ¡Y

sucedió lo que había de suceder!

Y esto fue lo referente a Nureddin. En cuanto a Chamseddin su hermano... he aquí lo que ocurrió. Terminada

la expedición que hizo con el sultán de Egipto, hacia el lado de las Pirámides, regresó inmediatamente

a su casa. Y se inquietó mucho al no encontrar a su hermano Nureddin. Y preguntó por él a sus esclavos;

que le respondieron: “Nuestro amo Nureddin; el mismo día que te fuiste con el sultán, montó en una mula

enjaezada con gran lujo, como en los días solemnes, y nos dijo: “Me voy hacia la parte de Kaliubia, estaré,

fuera unos días, pues noto opresión en el pecho y necesito aire libre; pero que no me siga nadie.” Y desde

entonces no hemos vuelto a tener noticias suyas.”

Entonces Chamseddin deploró mucho la ausencia de su hermano, y fue aumentando su dolor de día en

día, hasta que acabó por convertirse en una aflicción inmensa., Y pensaba: “Seguramente, el motivo de que

se haya marchado no es otro que aquellas palabras tan duras que le dije la víspera de mi viaje con el sultán.

Y esto y no otra cosa le ha obligado a huir. Pero es preciso que repare la falta cometida contra él y disponga

que lo busquen.”

Y Chamseddin fue inmediatamente a ver al sultán; y le refirió lo que ocurría. Y el sultán mandó escribir

mensajes autorizados con su sello v los envió con emisarios de a caballo en todas direcciones a todos sus

lugartenientes en todas las comarcas, Y les decía en estos pliegos que Nureddin había desaparecido y que

precisaba buscarle fuese donde fuese.

Pero transcurrido algún tiempo, todos los correos regresaron sin ninguna noticia, porque ni uno solo había

ido a Bassra, donde, estaba Nureddin: Entonces Chamseddin, lamentándose hasta el límite de las lamentaciones,

exclamó: “¡Mía es toda la culpa! ¡Todo esto me ocurre por mi poco tacto y mi falta de discreción!”

Pero como todo tiene su término, Chamseddin acabó por consolarse, Y un día pidió en matrimonio a la

hija de un gran comerciante del Cairo, hizo su contrato con ella y con ella se casó. ¡Y sucedió lo que había

de suceder!

Y se dio la coincidencia de que la misma noche que penetró Chamseddin en la cámara nupcial, fue justamente

la misma en que Nureddin penetró en el aposento de la hija del visir de Bassra. Y permitió Alah

esta coincidencia del matrimonio de los dos hermanos en la misma noche, para demostrar que manda en el

destino de las criaturas.

Y todo se verificó además según lo habían combinado los dos hermanos antes de su querella, pues las dos

esposas quedaron preñadas la misma noche: parieran él mismo día y a la misma hora, y la de Chamseddin,

visir de Egipto, parió una niña cuya hermosura no tuvo igual en todo el país, y la de Nureddin, de Bassra,

dio a luz un niño tan hermoso que no había otro como él en todo el mundo. Ya lo dijo el poeta:

¡El niño!... ¡Cuán delicado es!... ¡Y qué gentil! ¡Y qué gracioso!..,. ¡Beber su boca! ¡Beber esta boca hace

olvidar las cosas llenas y los vasos desbordantes!

¡Beber en sus labios, apagar la sed en la frescura de sus mejillas y mirarse en el manantial de sus ojos,

es olvidar la púrpura de los vinos, sus aromas, su sabor y toda su embriaguez!

¡Si viniese la misma Belleza a compararse con este niño, bajaría humillada la cabeza!

Y si le preguntaseis: “¡Oh Belleza! ¿Qué te parece? ¿Viste jamás nada semejante?” Ella contestaría:

¡Como él, verdaderamente, ninguno!”

Al hijo de Nureddin se le llamó Hassán Badreddin, a causa de su hermosura.

Su nacimiento motivó grandes regocijos públicos el séptimo día se dieron fiestas y banquetes dignos de

príncipes.

Terminados los festejos, el visir de Bassra fue con Nureddin a ver al sultán. Entonces Nureddin besó la

tierra entre las manos del sultán, y como estaba dotado de una gran elocuencia y era muy versado en las

bellezas literarias, le recitó estos versos del poeta:

¡Ante él se inclina y se eclipsa el mayor de los bienhechores; pues ha conquistado el corazón de todos

los seres elegidos!

¡Canto sus obras, aunque no son, obras, sino cosas tan bellas que debería formarse con ellas un collar

que adornara el cuello!

¡Y si beso la punta de tus dedos, es porque no son dedos, sino la llave de todos los beneficios!

Tanta gustaron al sultán estos versos, que obsequió espléndidamente a Nureddin y a su suegro el visir,

ignorando aún lo del matrimonio y cuanto se relacionaba con su existencia, por lo cual preguntó al visir

después de haber felicitado a Nureddin: “¿Quién es este joven tan hermoso y tan elocuente?”

Entonces el visir contó al sultán toda la historia, desde el principio al fin, y le dijo: “Este joven es sobrino

mío.” Y el súltán exclamó: ¿Y cómo no había yo oído hablar de él?” Y el visir dijo: “¡Oh mi soberano y señor!

Sabe que un hermano mío era visir de Egipto. Al morir dejó dos hijos, el mayor de los cuales heredó el

cargo, y el otro, que es éste,, ha venido a buscarme, pues prometí y juré a mi hermano que casaría a mi hija

con uno de mis sobrinos. Así es que apenas llegó lo casé con mi hija. Este sobrino mío es joven, como ves,

y yo ya soy demasiado viejo y estoy sordo y no puedo atender a los negocios del reino. Por eso vengo a pedir

a mi soberano el sultán que se digne nombrar a mi sobrino, que es también mi yerno, para el cargo de

visir. Y puedo asegurarte que merece este cargo, pues es hombre de buen consejo, pródigo en ideas excelentes

y muy ducho en el modo de despachar los asuntos.”

Entonces el sultán miró con más detenimiento a Nureddin; y quedó encantado de este examen, aceptó el

consejo de su anciano visir y nombró para el cargo a Nureddin en lugar de su suegro, y le regaló un magnífico

traje de honor, el mejor de todos los que pudo encontrar, y una mula de sus propias caballerizas, y le

señaló sus guardias y sus chambelanes.

Nureddin besó entonces la mano del sultán, y salió con su suegro, y ambos regresaron a su casa en el

colmo de la alegría y besaron al recién nacido Hassán Badreddin y dijeron: “El nacimiento de esta criatura

nos trajo buena suerte.”

Al día siguiente, Nureddin fue a palacio a desempeñar sus nuevas funciones, y al llegar besó as tierra entre

las manos del sultán, y recitó estas dos estrofas:

¡Para ti son nuevas las felicidades todos los días, y las prosperidades también! ¡Y el envidioso se consume

de despecho!

¡Ojalá sean blancos para ti todos los días, y negros los días de todos los envidiosos!

Entonces el sultán le permitió que se sentara en el diván del visirato, y Nureddin se sentó en el diván del

visirato. Y empezó a desempeñar su cargo, despachando los asuntos pendientes y administrando justicia

como si llevara muchos años de visir, y lo hizo tan a conciencia ante el sultán, que que se maravilló de su

inteligencia, de su comprensión para aquéllos asuntos y de su admirable manera de administrar justicia, y le

distinguió más aún, entrando en gran intimidad con él.

Y Nureddin siguió desempeñando a maravilla sus elevadas funciones; pero no por eso olvidó la educación

de su hijo Hassán Badreddin, a pesar de todos los asuntos del reino. Porque Nureddin era cada día más

poderoso y más favorecido del sultán, que aumentó el número de sus chambelanes, servidores, guardias y

correos. Y llegó a ser tan rico, que pudo dedicarse al comercio en gran escala, fletando naves mercantes que

recorrían todo el mundo, construyendo molinos y ruedas elevadoras de agua y plantando magníficos huertos

y jardines. Y todo esto antes de que su hijo cumpliera los cuatro años.

Falleció entonces el anciano visir, suegro de Nureddin; y éste le hizo un entierro solemne, al cual asistiecon

él y todos los grandes del reino.

Y desde entonces Nureddin se consagró exclusivamente a la educación de su hijo. Y lo confió al sabio

más versado en leyes religiosas y civiles. Este sabio venerable iba todos los días a dar lecciones de lectura

al niño Hassán Badreddin, y poco a poco, con método, le inició en la interpretación del Corán, que acabó

por aprenderse de memoria, y después el sabio siguió años y años enseñando a su discípulo todos los conocimientos

útiles. Y Hassán no dejaba de crecer en hermosura, gracia y perfección, como dice el poeta:

¡Este joven! ¡Es la luna, y, como ella, resplandece de hermosura, aunque el sol tome el esplendor de sus

rayos de las anémonas de sus mejillas!

¡Es el rey de la hermosura por su distinción sin igual! ¡Y habrá que suponer que prestó su lozanía a las

flores y las praderas!

Durante todo aquel tiempo, el joven Hassán Badreddin no abandonó un instante el palacio de su padre

Nureddin, pues el sabio le exigía una gran atención a sus lecciones Pero cuando Hassán cumplió los quince

años y ya no tuvo que aprender nada más del viejo maestro, su padre le llamó, le puso el traje más lujoso

que encontró entre los suyos, le hizo que montara en la mejor de sus mulas y se dirigió con él al palacio del

sultán, atravesando con numeroso séquito las calles de Bássra. Y todos los habitantes, al ver al joven

Hassán Badreddin; prorrumpían en gritos de admiración, por su hermosura, la esbeltez de su talle, su gracia

y sus modales encantadores. Y exclamaban: “¡Por Alah! ¡Es hermoso como la luna! ¡Que Alah lo libre del

mal de ojo!” Y aquello duró hasta la llegada de Badreddin y su padre al palacio, y entonces comprendió la

gente el sentido de las estrofas del poeta.

Cuando el sultán vio la hermosura del joven Hássán Badreddin, quedó tan sorprendido, que perdió la respiración

y se olvidó de respirar durante un buen rato. Y le mandó acercarse, y le estimó mucho, le hizo su

favorito, colmándole de regalos, y dijo a su padre Nureddin: “Visir, es absolutamente indispensable que me

lo envíes todos los días, pues comprendo que no podría pasarme sin él.” Y el visir Nureddin tuvo que contestar:

Escucho y obedezco.”

Cuando Hassán Badreddin hubo llegado. a ser amigo y favorito del sultán, su padre Nureddin cayó gravemente

enfermo, y sospechando que no tardaría Alah en llamarle a Su misericordia, mandó a buscar a su

hijo y le dirigió las últimas advertencias, diciéndole: “Sabe, ¡oh hijo mío! que este mundo es para nosotros

una morada pasajera, porque el mundo futuro es eterno. Por eso antes de morir quiero darte algunas instrucciones:

óyelas bien y ábreles tu corazón.” Y Nureddin explicó a su hijo Hassán las mejores, normas para

conducirse como es debido con sus semejantes y guiarse en la vida.

Luego se acordó Nureddin de su hermano Chamseddin, el visir de Egipto, y de su país, y de sus parientes

y de todos sus amigos del Cairo, y al recordarlos no pudo dejar de llorar por no haberlos vuelto a ver. Pero

en seguida se acordó de que tenía que aconsejarle algo más a Hassán, y le dijo: “Hija mío, conserva en tu

memoria las palabras que voy a decirte, porque son muy importantes. Sabe que tengo en El Cairo un hermano

llamado Chamseddin, que es tío tuyo, y además visir de Egipto. Hace tiempo que nos separamos algo

disgustados, y yo estoy aquí, en Bassra, sin licencia suya. Voy, pues, a dictarte mis últimas disposiciones

sobre esta. Toma un papel y un cálamo y escribe lo que dicte.”

Entonces Hassán Badreddin cogió una hoja de papel, extrajo el tintero del cinturón, sacó del estuche el

mejor cálamo, que era el que estaba mejor cortado, lo mojó en la estopa empapada en tinta que estaba dentro

del tintero, se sentó, dobló el pliego de papel sobre la mano izquierda, y cogiendo el cálamo con la derecha,

le dijo a Nureddin: “¡Oh padre mío, escucho tus palabras!” Y Nureddin empezó a dictar: “En nombre

de Alah el Clemente, el. misericordioso...” Y continuó dictando en seguida a su hijo toda su historia, desde

el principio hasta el fin, y además le dictó la fecha de su llegada a Bassra, y de su casamiento con la hija del

viejo visir, y le dictó su genealogía completa, sus ascendientes directos e indirectos, con sus nombres; el

nombre de su padre y de su abuelo, su origen, su grada de nobleza personal adquirida, y en fin, toda su linaje

paterno y materno.

Después le dijo: “Conserva cuidadosamente ese pliego de papel. Y si por mandato del Destino te ocurriese

alguna desgracia en tu vida, regresa al país de origen de tu padre, en donde nací yo, o sea El Cairo, la

ciudad próspera; pregunta allí por tu tío el visir, que vive en nuestra casa, y salúdale de mi parte, deseándole

la paz, y dile que he muerto afligido de morir en el extranjero, lejos de él, y que antes de morir no tenía

más deseo que verle. He aquí, ¡ah hijo mío Hassán! los consejos que quería darte. ¡Te conjuro a que no

los olvides!”

Entonces Hassán Badreddin dobló cuidadosamente, el papel, después de echarle arenilla, secarlo y sellarlo

con el sello de su padre el visir, y luego lo colocó en el forro de su turbante, y lo cosió allí, habiéndolo

envuelto en un pedazo de hule para preservarlo de la humedad.

Hecho esto, no pensó más que en llorar, besando la mano de su padre Nureddin y afligiéndose al comprender

que se quedaba solo, siendo tan joven, y privado de la compañía de su padre. Y Nureddin no dejó

de dar consejos a su hijo Hassán Badreddin hasta que entregó el alma.

Entonces Hassán Badreddin sintió un pesar grandísimo, así como el sultán y todos los emires, y los grandes

y los humildes. Y enterraron a Nureddin según su rango.

Hassán Badreddin hizo durar dos meses las ceremonias del luto, y durante todo éste tiempo no salió un

instante de su casa y hasta olvidó la visita al palacio para saludar al sultán, según costumbre.

Y el sultán no comprendió que era la aflicción la que retenía al hermoso Hassán Badreddin lejos de él,

sino que pensó que Hassán lo abandonaba y lo menospreciaba. Y entonces se indignó mucho, y en vez de

nombrara Hassán sucesor, de su padre el visir Nureddin, nombró a otro para ese cargo, haciendo privado

suyo a un joven chambelán.

No contento con esto, hizo más el sultán contra Hassán Badreddin. Mandó sellar y confiscar todos sus

bienes, todas sus casas y todas sus propiedades, y después dispuso que prendiesen a Hassán Badreddin y se

lo llevasen encadenado. Y en seguida el nuevo visir, en compañía de varios chambelanes, se dirigió a la casa

del joven Hassán, que no podía sospechar la desgracia que le amenazaba.

Pero afortunadamente, había entre los esclavos de su palacio un joven mameluca que quería mucho a

Hassán Badreddin. En cuanto supo lo que pasaba, echó a correr, y llegó a casa del joven, Hassán, el cual

halló muy triste, con la cabeza baja y el corazón dolorido, sin dejar de pensar en la muerte de su padre. Y el

esclavo le enteró entonces de lo que ocurría. Y Hassán le preguntó: “¿Pero no tendré tiempo para coger algo

con que subsistir durante mi huida al extranjero?” Y el mameluco le dijo: “El tiempo urge. No pienses

más que en salvar tu persona.”

Al oírle, el joven Hassán, vestido tal como estaba, y sin llevar nada consigo, salió apresuradamente, despues

de echarse la orla de su túnica por encima de la cabeza para que no lo conociesen. Y siguió caminando

hasta que se vio fuera de la ciudad.

Al saber los habitantes de Bassra que se había intentada prender a Hassán Badreddin, hijo del difunto visir

Nureddin, y la confiscación de sus bienes y su probable sentencia de muerte, se afligieron en extremo y

exclamaron: “¡Qué lástima de hermosura y de joven tan agradable!” Y Hassán, al recorrer las calles sin que

le conociesen, oía estos lamentos y exclamaciones. Pero aún se apresuró más, y siguió andando, hasta que

la suerte y el destino hicieron que precisamente pasase por el cementerio donde estaba el tourbeh de su padre.

Entonces entró en el cementerio y caminando par entre las tumbas llegó a la tourbeh de su padre. Y se

quitó la ropa que le cubría la cabeza, entró bajo la cúpula de la tourbeh, y resolvió pasar allí la noche.

Pero mientras permanecía sentado y sumido en sus pensamientos, vio que se le acercaba un judío de

Bassra, mercader conocidísima en la ciudad. Este mercader judío regresaba de un pueblo cercano, encaminándose

a Bassra. Y al pasar cerca de la tourbeh de Nureddin, miró hacia el interior, y vio al joven Hassán

Badreddin, a quien conoció en seguida, Entonces entró, se acercó a él respetuosamente y le dijo: “¡Oh mi

señor! ¡qué mal semblante tienes y qué desmejorado estás, siendo tan hermoso! ¿Te ha ocurrido alguna

nueva desgracia además del fallecimiento de tu padre el visir Nureddin, a quien respeté, y que tanto me

quería y estimaba? ¡Téngale Alah en Su misericordia!” Pero Hassán Badreddin no quiso revelarle el verdadero

motivo de su trastorna, y le contestó: “Esta tarde, mientras estaba durmiendo, se me presentó mi difunto

padre, y me ha reconvenido porque no visitaba su tourbeh. De pronto me desperté lleno de terror y

remordimiento, y me vine aquí en seguida. Y aún estoy baja aquella impresión tan penosa.”

Entonces el judío le dijo: “¡Oh mi señor! Hace tiempo, que pensaba ir en tu busca para hablarte de un

asunto, y ahora me favorece la casualidad, puesta que te encuentro. Sabe, pues, ¡oh mi joven señor! que tú

padre el visir, con quien estaba yo en relaciones mercantiles, había fletado naves que ahora vuelven cargadas

de mercancías. Estas naves vienen consignadas a él. Si quisieras cederme su carga, te ofrecería mil dinares

por cada una, y te pagaría al contado.”

Y el judío sacó de su bolsillo un monedero lleno de oro, contó mil dinares, y se los ofreció en seguida a

Hassán, que no dejó de aceptar este ofrecimiento, ordenado por Alah para sacarlo del apuro en que se hallaba.

Y el judío añadió: Ahora, ¡oh mi señor! ponme el recibo, provisto de tu sello.” Y Hassán Badreddin

cogió el papel que le alargaba el judío, así como el cálamo, mojó éste en el tintero de cobre, y escribió en el

papel:

Declaro que quien ha escrito este papel es Hassán Badreddin, hijo del difunto visir Nureddin (¡Alah lo

haya acogido en su misericordia!), y que ha vendida al judío N., hijo de N., mercader de Bassra, el cargamento

de la primera nave que llegue a la ciudad de Bassra y forme parte de las pertenecientes a mi padre

Nureddin. Y vendo esto por mil dinares, y nada más.” Luego puso su sello en la parte inferior de la hoja, y

se la entregó al judío, que lo saludó respetuosamente y se fue. Entonces Hassán rompió a llorar, pensando

en su padre, en su posición pasada y en su suerte presente; pero como ya se había hecho de noche, le venció

el sueño y se quedó dormido en la tourbeh. Y así siguió hasta que salió la luna, y como en aquel momento

se le había escurrido la cabeza de encima de la piedra de la tourbeh, hubo de dar una vuelta completa,

echándose de espaldas, y la luna iluminó por completo su rostro, que resplandecía con toda su belleza.

Aquel cementerio era frecuentado por efrits de la buena especie, efrits musulmanes y creyentes.Y por cacualidad,

aquella noche,, una encantadora efrita volaba por allí, tornando el fresco, y vio a la luz de la luna

al joven Hassán que estaba durmiendo, y observó su belleza y sus hermosas proporciones, y quedándose

maravillada, dijo: “¡Gloria a Alah! ¡Oh, qué hermoso joven! ¡Cómo me enamoran sus hermosos ojos, que

me figuro muy negros y de una blancura... !” Pero después pensó: “Mientras se despierta, voy a seguir mi

paseo por los aires.” Y echó a volar, subió muy arriba buscando el fresco, y se encontró en lo más alto con

uno de sus compañeros, un efrit también musulmán. Le saludó muy gentilmente y él le devolvió el saludo

con mucha deferencia. Entonces ella le preguntó: “¿De dónde vienes, compañero?” Y él le contestó; “Del

Cairo.” Y la efrita volvió a preguntar: “¿Les va bien a los buenos creyentes del Cairo?” Y el efrit contestó:

Gracias a Alah, les va bien.” Entonces la efrita le dijo: “Compañero, ¿quieres venir conmigo para admirar

la hermosura de un joven que está durmiendo en el cementerio de Bassra?” Y el efrit dijo: “Estoy a tus órdenes.”

Entonces se cogieron de la mano, descendieron juntos al cementerio, y se pararon delante de

Hassán, dormido. Y la efrita dijo al efrit, guiñándole el ojo: “¿Eh? ¿Tenía yo razón?” Y el efrit, asombrado

por la maravillosa hermosura de Hassán Badreddin, exclamó: “¡Por Alah! ¡No he visto cosa parecida! Después

reflexionó un momento, y dijo: “Sin embargo, hermana mía, he de decirte que he visto a otra persona

que puede compararse con este joven tan hermoso.” Y la efrita exclamó: “¡No es posible!” Y dijo el efrit:

¡Por Alah, que la he visto! Ha sido bajo el clima de Egipto, en El Cairo, y es la hija del visir Chamseddin”

La efrita dijo: “Pues no la conozco.” Y el efrit le replicó: “Escucha. He aquí la historia de esa joven:

Su padre, el visir Chamseddin, ha caído en desgracia por causa de ella. Habiendo oído el sultán de Egipto

hablar a sus mujeres de la belleza extraordinaria de la hija del visir, se la pidió en matrimonio a su padre.

Pero el visir Chamseddin, que había pensado otra cosa para su hija, se vio en una gran confusión, y dijo al

sultán: “¡Oh mi señor y soberano! Ten la bondad de permitirme que me excuse, y perdóname por ello. Ya

sabes la historia de mi pobre hermano Nureddin, que era visir conmigo. Ya sabes que desapareció un día,

sin que hayamos vuelto a saber de él. Y el motivo de su marcha no pudo ser más leve.” Y contó al sultán

detalladamente este motivo. Y después añadió: “He jurado ante Alah, el día que nació mi hija, que, ocurriera

lo que ocrriera, no la casaría más que con el hijo de mi hermano Nureddin. Y han transcurrido desde entonces

dieciocho años. Pero afortunadamente, he sabido hace pocos días que mi hermano Nureddin se había,

casado con la hija del visir de Bassra, y que había tenido un hijo. Por lo tanto, mi hija, está destinada y

escriturada a su primo, el hijo de mi hermanó Nureddin. En cuanto a ti, ¡oh mi señor y soberano! puedes

elegir otra joven. El Egipto está lleno de ellas. ¡Y muchas son bocado de rey!”

Pero el sultán, al oirle, se enfureció mucho y grito: “¿Qué has dicho, miserable visir? Te quise honrar

descendiendo hasta ti para casarme con tu hija, ¿y aún te atreves a negármela, alegando ese pretexto tan

estúpido? ¡Está muy bien! Pero ¡juro por mi cabeza que te obligaré a casarla, a despego de tu nariz, con el

último de mis servidores!” Y el sultán tenía un palafrenero contrahecho y jorobado, con una joroba delante

y otra joroba detrás, y le mandó llamar en seguida y dispuso que se escribiese su contrato de matrimonio

con la hija del visir Chamseddin, a pesar de las súplicas del padre. Y además, mandó que la boda se celebrase

lujosamente y con música.”

Así los he dejado, ¡oh hermáná mía! en el momento en que los esclavos de palacio rodeaban al jorobado

y le dirigían bromas egipcias muy graciosas, llevando cada uno en la mano las velas de la boda para acompañar

al novio. Y éste tomaba el baño en el hammam, entre las risas y las burlas de los esclavos. Y efectivamente,

hermana mía, el jorobado es muy feo y repulsivo.” Y el efrit, al recordarle, escupió en el suelo

con un gesto de repugnancia. Después dijo: “En cuanto a la joven, es la criatura más bella que he visto en

mi vida. Puedo asegurarte que es todavía más hermosa que este mancebo. La llaman Sett El-Hosn, y se merece

el nombre. Ha quedado llorando amargamente, alejada de su padre, al cual se le ha prohibido asistir a

la ceremonia. Y. está sola, en media de los festejos, entre los músicos, danzarines y cantadoras. Y el repugnante

palafrenero no tardará en salir del hammam, y le aguardan para empezar la fiesta.

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 21a. NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el efrit terminó su relato eón estas palabras: “Y no esperan

otra cosa sino que el jorobado salga del hammám.” Y la efrita repuso: “Se me figura; ¡oh compañero! que

te equivocas al afirmar que Seth El-Hosn es más hermosa que ese joven. No es posible. Es indudablemente

el más hermoso de s, tiempo.” Pero el efrit respondió: “¡Por Alah, hermana: mía! te aseguro que aquella joven

es más bella todavía. No tienes más que venir conmigo; para que a su vista te convenzas. Bien fácil-te

ha de ser esto. Además, podríamos aprovechar la ocasión para burlar al maldito jorobado aquella maravilla

hecha carne. Porque los dos jóvenes son dignos el uno del otro, y tanto se parecen, que diríase que son

hermanos, o primos por lo menos. Y me parece que haríamos una acción digna de nosotros, si oponiéndonos

a la injusticia del sultán, pudiéramos substituir este joven en lugar del jorobado.

Entonces contestó la efrita: “Razón tienes, hermano mío. Llevemos en brazos a ese mancebo dormido y

juntémoslo con la joven de quien hablas. Así haremos una buena obra, y veremos además cuál es más hermoso

de los dos.” y el efrit dijo: “¡Escucho y obedezco! Tus palabras están llenas de rectitud y de justicia.

¡Vamos, pues!” Y entonces el efrit se echó a cuestas al joven y comenzó a volar, seguido de cerca por la

efrita, que le ayudaba para llegar antes, y ambos, de este modo, llegaron cargados al Cairo con toda rapidez.

Y allí soltaran al hermoso Hassán, dejándole dormido sobre el banco de una calle próxima al palacio, que

rebosaba de gente. Y entonces le despertaron.

Hassán se desperto, y quedó en la más extrema perplejidad al no verse en Bassra, en el tourbeh de su padre:

Y miró a la derecha. Y miró a la izquierda. Y no conocía nada de aquello. Pues aquello era una ciudad,

pero una ciudad muy distinta a la de Bassra. Tan sorprendido quedó, que abrió la boca para gritar; pero en

seguida vio delante de sí a un hombre gigantesco y barbudo, que le guiño el ojo para indicarle que no gritase.

Y Hassán se contuvo. Y aquel hombre, que era el efrit, le presento una vela encendida, y le mandó que

se uniera a las muchas personas que llevaban velas encendidas para acompañar a la boda, y le dijo: “¡Sabe

que soy un efrit, pero creyente! Te transporté aquí durante tu sueño. Esta ciudad es El Cairo. Te he traído

porque te quiero y deseo favorecerte sin ningún interés, sólo por amor a Alah y por tu hermosura. Toma

esta vela encendida, intérnate entre la muchedumbre y marcha con ella hasta ese hammam que allí ves. De

él ha de salir una especie de jorobado a quien llevarán triunfalmente. ¡Síguele! Ve siempre a su lado, pues

es el novio. Entrarás en el palacio con él, y al llegar a la gran sala de recepciones te colocarás a su derecha,

como si fueses de la casa. Y cada vez que veas llegar ante vosotros un músico, una danzarina o una cantora,

métete la mano en el bolsillo, que ya cuidaré yo de que esté siempre lleno de oro, y cógelo a puñados sin

vacilación alguna y arrójaselo a todos. Y no temas que se te acabe, que eso es cuenta mía. Obsequia, pues,

con puñados de oro a cuantos se te acerquen. Aventúrate y no te detengas ante nada. Confía en Alah que te

creó tan hermoso y en mí que te estimo. Además, todo lo que te suceda, te sucederá por la voluntad y el poder

del Altísimo.” Y dichas estas palabras, el efrit desapareció.

Entonces Hassán Badreddin de Bassra dijo para sí: “¿Qué querrá decir todo esto? ¿De qué favores me ha

hablado este asombroso efrit?” Pero sin perder más tiempo en estas preguntas, echó a andar, encendió su

vela en la de un invitado, y llegó al hammam cuando el jorobado había acabado de bañarse y salía a caballo

con un traje magnífico.

Hassán Badreddin se internó entonces entre la muchedumbre, dandose tanta maña, que llegó a la cabeza

de la comitiva, junto al jorobado. Y entonces brilló en todo su esplendor la maravillosa hermosura de

Hassán. Iba vestido con el más suntuoso de sus trajes de Bassra, llevaba un manto de seda tejido con hilo

de oro, y en la cabeza un birrete rodeado de un magnífico turbante bordado en oro y plata, puesto a la usanza

de Bassra. Y todo ello realzaba su apuesto continente y su hermosura.

Durante la marcha del cortejo, cada vez que una cantora o una danzarina se separaba del grupo de los

músicos y se acercaba a él para llegar frente al jorobado, Hassán Badreddin se echaba mano al bolsillo, y

sacándola llena de oro, lo derramaba a puñados a su alrededor, y echaba más en la pandereta de la danzarina

o de la cantora, llenándola de oro, con ademanes de sin igual donosura.

Y por eso todas estas mujeres, lo mismo que la muchedumbre, quedaron asombradas de aquella esplendidez,

admirando la belleza y los encantos de Hassán.

La comitiva acabó por llegar al palacio. Entonces los chambelanes detuvieron a la multitud, y sólo dejaron

entrar detrás del jorobado a los músicos, las danzarinas y las cantoras.

Pero las cantoras y las danzarinas interpelaron unánimente a los chambelanes, y les dijeron: “¡Por Alah!

Hacéis bien en impedir a esos hombres que entren con nosotras en el harén para presenciar cómo se viste la

novia. Pero por nuestra parte, nos negaremos a entrar si no nos acompaña este joven que nos ha colmado de

beneficios. Y no hemos de festejar a la novia como no sea en presencia de este joven, amigo nuestro.”

Entonces las mujeres se apoderaron a la fuerza del joven Hassán y lo llevaron con ellas al harén, en medio

de la gran sala de fiestas.. Y fue el único hombre que estuvo en el harén a despecho de la nariz del jorobado,

que no pudo impedirlo. Allí se hallaban reunidas todas las damas de palacio, las esposas de los emires,

visires y chambelanes. Y se alineaban en dos filas, sosteniendo cada una en la mano un gran cirio; y todas

tenían la cara cubierta con el velillo, de seda blanca, a causa de la presencia de aquellos dos hombres.,

Y Hassán y el jorobado pasaron por entre las dos hileras y fueron a sentarse en una tarima alta, teniendo

que atravesar las dos filas de mujeres, que se prolongaban desde la sala de festejos hasta la cámara nupcial,

de donde había de salir la novia para la boda.

Al ver a Hassán Badreddin y advertir su hermosura, sus encantos Y su rostro luminoso cual la luna creciente,

las mujeres se emocionaron hasta casi quedarse sin aliento y perder la razón. Y ardía cada cual en

deseos de abrazar a aquel joven maravilloso, y traerte a su regazo, permaneciendo unidos un año, o un mes,

o siquiera una hora.

Y en un momento dado, todas estas mujeres, no pudiendo resistir por más tiempo, se descubrieron el

rostro, levantando el velillo. ¡Y se mostraron sin pudor, olvidando la presencia del jorobado! Y todas se

acercaron a Hassán Badreddin para admirarle más de cerca y decirle palabras de amor, o siquiera guiñarle

un ojo para que pudiese comprender cuánto le deseaban. Y además las danzarinas y las cantoras ponderaban

la generosidad de Hassán, alentando a las damas a que le sirviesen lo mejor posible. Y las damas decían:

¡Por Alah! ¡He aquí un hermoso joven! ¡Este sí que puede dormir con Sett El-Hosn! ¡Nacieron el

uno para el otro! ¡Confunda, pues, Alah a ese maldito jorobado!”

Y mientras las damas seguían alabando a Hassán y lanzando imprecaciones contra el jorobado, las tañedoras

de instrumentos rompieron a tocar, se abrió la puerta de la cámara nupcial y la novia Sett El-Hosn

entró en la sala de festejos rodeada de eunucos y doncellas.

Sett El-Hosn, hija del visir Chamseddin, apareció en medio de su servidumbre, y brillaba como una hurí.

Las otras, comparadas con ella, no eran más que unos astros que formaran su cortejo, como las estrellas que

rodean a la luna al salir de una nube. Se había perfumado con ámbar, almizcle y rosa, y su peinada cabellera

brillaba bajo la, seda que la cubría. Sus hombros admirables marcábanse a trayés de su traje suntuoso.

Iba de un mdo regio: entre otras galas, llevaba un vestido bordado de oro rojo, con dibujos de pájaros y flores.

Y esto era el traje exterior, pues los interiores sólo Alah sería- capaz de conocerlos y estimarlos en su

verdadero mérito. En la garganta lucía un collar que suponía incalculables millares de dinarés. Y cada una

de sus piedras era de tal valor, que ningún mortal, ni el rey en persona, las había visto iguales.

En una palabra, Sett El-Hosn aparecía tan hermosa como la luna llena en la decimacuarta noche.

Y Hassán Badreddin seguía sentado entre el grupo de damas, causando la admiración de todas. Y la novia

avanzó con un gracioso movimiento, dirigiéndose hacia el estrado. Entonces el jorobado se levantó y

quiso besarla. Pero ella, horrorizada, lo rechazó y fue a colocarse rápidamente al lado del hermoso Hassán.

¡Y pensar que era su primo, y ella no lo sabía, lo misma que él!

Y todas las damas se echaron a reír, principalmente cuando la novia se detuvo ante el hermoso Hassán,

por el cual se sintió al instante abrasada en deseos, y exclamó, levantando al cielo las manos: “¡Alahumma!

¡Haz que este hermoso joven sea mi marido, y líbrame de ese palafrenero jorobado!”

Entonces, Hassán Badreddin, siguiendo las instrucciones del efrit, metió la mano en su bolsillo y la sacó

llena de oro, echándoselo a puñados a las servidoras de Sett El-Hosn y a las cantoras y danzarinas, que exclamaron:

¡Ojalá poseas a la novia!” Y Badreddin correspondió con una gentil sonrisa a este deseo y a las

felicitaciones.

Y el jorobado se veía, durante esta escena, abandonado de todos; y hallábase solo, más feo que un mico.

Y todas las personas que por casualidad se le acercaban, a pasar junto a él apagaban la vela en señal de

burla. Y así permaneció algún tiempo, aburriéndose y poniéndose cada, vez de peor humor.

La novia dio la vuelta al salón siete veces consecutivas, vestida cada una de diferente modo, y seguida

por todas las damas, y se paraba a cada vuelta delante de Hassán Badreddin El-Bassrauí. Y cada traje nuevo

era mucha más hermoso que el anterior, y cada aderezo infinitamente superior a los otros aderezos. Y

mientras avanzaba lentamente la novia, las tañedoras hacían maravillas y las cantoras decían las canciones

más apasionadamente amorosas y excitantes, y las danzarinas, acompañándose con las panderetas, saltaban

como pájaros. Y Hassán Badreddin El-Bassrauí no dejaba de lanzar puñados de oro, esparciéndolo por todo

el salón, y las mujeres se precipitaban a recogerlo para tocar algo que hubiera pasado por la mano del joven.

Y el jorobado presenciaba todo esto muy desolado. Y su desolación aumentaba cada vez que veía a

una de las mujeres volverse hacia Hassán. Y todo el mundo reía. Terminada la séptima vuelta, se acabó la

boda, que había durado gran parte de la noche. Y las tañedoras dejaron de pulsar los instrumentos, las danzarinas

y las cantoras se detuvieron, pasando con todas las damas por delante de Hassán, besándole la mano

o tocándole la orla del traje. Y todo el mundo le miraba al salir, haciéndole entender que no se moviera de

aquel sitio. Y en efecto, sólo quedaran en el salón el joven Hassán, el jorobado y la novia con su servidumbre.

Entonces las doncellas se levaron a Sett El-Hosn a la estancia destinada a desnudarse, quitáronla uno

por uno los vestidos, diciendo al caer cada prenda: “¡En nombre de-Alah!” para librarla del mal de ojo. Y

después se fueron, dejándola sola con su vieja nodriza, que antes de conducirla a la cámara nupcial tenía

que aguardar que entrase primero el novio jorobado.

Y el jorobado se levantó entonces de la tarima, y advirtiendo que Hassan no se movía de su asiento, le

dijo secamente: “En verdad, señor, que nos honraste mucho con tu presencia, colmándonos de beneficios

esta noche. Pero ahora, para salir, no esperarás que te echen.” Entonces, el joven, que ignoraba lo que tenia

que hacer, contestó; “¡En nombre de Alah!”.Y levantándose salió. Pero apenas había franqueado los umbrales

de la sala, se le, apareció el efrit y le dijo: “`¿Adónde vas Badreddin? Detente y oye mis instrucciones.

El jorobado acaba de marchar al retrete. Allí se las entenderá conmigo. Tú encamínate a la cámara

nupcial, y cuando veas entrar a la novia, le dices: “Tu verdadero marido soy yo. El sultán, de acuerdo

con tu padre, ha empleado esta estratagema por temor al mal de ojo. Y en cuanto al palafrenero, que es el

más miserable de los palafreneros para indemnizarle le están preparando en la caballeriza un buen jarro de

leche cuajada para que refresque a tu salud.” Luego te acercaras a ella, y quitándole el velo harás con su

persona lo que debes hacer:” Y dicho esto, desapareció el efrit.

El jorobado había ido, efectivamente, al retrete para descargarse antes de entrar en la cámara de la novia.

Y poniéndose de cuclillas sobre, el mármol, comenzó su obra. Pero súbitamente el efrit tomó la forma de

una rata y salió del agujero del retrete, dando gritos de rata: “¡Sik! ¡sik!” Y el jorobado dio una palmada para

que huyese, y le chilló: “¡Hesch! ¡hesch!” Pero la rata empezó a crecer y se convirtió en un enorme gato

de ojos feroces y brillantes, que rompió a maullar muy enfurecido. Después, como el jorobado prosiguiese

en su operación, el gato fue creciendo, y se convirtió en un perro enorme, que se puso a ladrar “¡Guau!

¡guau!” Entonces el jorobado comenzó a asustarse, y le dijo: “¡Marcha de ahí, monstruo!” Pero el perro,

creciendo siempre, se convirtió en un borrico, que se puso a rebuznar en la misma cara del jorobado con un

estrépito terrible. Y el jorobado, lleno de terror, sintió que todo su vientre se deshacía en diarrea, y apenas,

si pudo gritar: “¡Socorro! ¡socorro!” Y en seguida el borrico creció aún más y se transformó en un búfalo

monstruoso, que obstruyó por completo la puerta del retrete para que no se le escapase, y el búfalo, esta vez

habló con voz de hombre, y dijo: “¡Caiga la desgracia sobre ti, jorobeta! ¡Eres el palafrenero más inmundo!”

Al oír estas palabras, sintió el jorobado que le invadía el frío de la muerte, y resbaló a medio vestir

hasta el pavimento, y las mandíbulas se le entrechocaron, acabando el espanto por soldárselas. Entonces el

búfalo gritó: ¡Jorobado de betún! ¿No has podido buscar otra mujer más que a mi querida?” Y el palafrenero,

lleno de terror, no pudo articular palabra. Y el efrit le dijo: “¡Responde, o te haré morder tus excrementos!”

Entonces, el jorobado, todo tembloroso por esta terrible amenaza, pudo decir “¡Por Alah! ¡Yo no tengo

la culpa, pues sabe que me han obligado! Y además, ¡oh poderoso soberano de los búfalos! yo no iba a

adivinar que la joven tuviese un búfalo por amante. Pero juro que me arrepiento y que pido perdón a Alah y

a ti.” Entonces el efrit le dijo: “Vas a jurar por Alah que obedecerás mis órdenes.” Y el jorobado se apresuró

a jurar, y el efrit le dijo: “Pasarás aquí la noche, hasta que salga el sol, y no te marcharás hasta esa hora.

Pero sobre todo, no digas una palabra de esto, si no quieres que te rompa la cabeza en mil pedazos. Y no

vuelvas a poner los pies en esta parte del palacio, ni a acercarte al harén, porque te repito que he de aplastarte

la cabeza y hundirte en el pozo negro:” Y luego añadió: “Ahora voy a ponerte en una postura, y no te

moverás hasta el amanecer:” Entonces el búfalo agarró con los dientes al palafrenero y lo metió de cabeza

en el agujero del retrete, sin dejarle fuera más que los pies. Y le repitió: “¡Mucho cuidado con hacer ni un

movimiento!” Y desapareció en seguida.

Y esto es todo lo que le acaeció al jorobado.

Por su parte, Hassán Badreddin El-Bassrauí, dejando que se las entendiesen el efrit y el jorobado, atravesó

los aposentos particulares y entró en la cámara nupcial, yendo a sentarse en el testero. Y apenas había

llegado, apareció la recién casada apoyada en su nodriza, que, se detuvo a la puerta, dejando entrar sólo a

Sett El-Hosn: Y sin ver bien al que estaba en el testero, y creyendo hablar con el jorobado, le dijo la vieja:

¡Levántate, héroe valiente, coge a tu esposa y pórtate de una manera brillante! ¡Y ahora, hijos míos, Alah

sea con vosotros!” Y la vieja se retiró.

Entonces entró muy desesperada Sett El-Hosn, y se decía: “¡Es preferible la muerte, antes que este jorobado

inmundo!” Pero apenas hubo reconocido al maravilloso Badreddin dio un grito de felicidad, y dijo:

¡Oh querido mío! ¡Qué amable fuíste aguardándome tanto tiempo! Pero ¿estas solo? ¡Oh, qué dicha tan

grande! Te confieso que al verte en la sala junto a ese odiosa jorobado, creí que os habíais asociado los dos

para poseerme:” Badreddin contestó: “¡Oh mi señora! ¡qué pensaste!, ¿Es posible qué te toque ese maldito

jorobado? Y ¿cómo íbamos a asociarnos: para tal cosa?” Entonces Sett El-Hosn, preguntó: “Pero en fin,

¿quién de los dos es mi marido: él o tú?” Y Badreddin repuso: “¡Soy yo, querida mía. Se ha inventado esta

farsa del jorobado para hacernos reír, y también para librarnos del mal de ojo; pues todas las damas han oído

hablar de tu hermosura sin igual, y tu padre alquiló a ese palafrenero, para que conjurase el mal de ojo,

gratificándole con diez dinares. Y ahora está en la caballeriza a punto de tragarse a nuestra salud un jarro de

leche fresca bien coajada.”

Al oír a Badreddin, Sett El-Hosn llegó al colmo de la alegría, y sonrió gentilmente y rompió a reír más

gentilmente aún. Y luego, sin poder contenerse más, exclamó; “'¡Por Alah, querido mío! No esperaba yo

una sorpresa tan agradable, y ya me creía condenada a ser infeliz por todos los días de mi vida; pero mi

ventura es tanto mayor por cuanto que voy a poseer un hombre digno de mi ternura.”

Y desde aquel instante, sin género de duda, quedó preñada Sett El-Hosn, segun verás en lo que sigue, ¡oh

Emir de los Creyentes!

Y Badreddin se tendió al lado de Sett El-Hosn, pasándole con suavidad la mano por debajo de la cabeza,

y ella le rodeó también con su brazo, enlazándose ambos estrechamente, y antes de dormirse se recitaron

estas estrofas admirables:

¡No temas nada! ¡Y no hagas caso de los consejos del envidioso, pues no será el envidioso quien sirva a

tus amores!

¡Cuando el mundo ve a dos corazones unidos por ardiente pasión, trata de herirlos con el acero frío!

¡Pero tú no hagas caso! ¡Cuando el Destino pone una beldad a tu paso, es para que la ames y para que

con ella únicamente vivas!

Y esto es acodo lo que acaeció a Hassán Badreddin y a Sett El-Hosn, la hija de su tío.

El efrit, por su parte, se apresuró a ir en busca de, su compañera la efrita, y uno y otro admiraron a los dos

jóvenes dormidos. Luego el efrit dijo a la efrita: “Habrás visto, hermana, que tenía yo razón. Ahora debes

cargar con el joven y llevarlo al mismo sitio de adonde lo cogí, al cementerio de Bassra, en la tourbeh de su

padre Nureddin. Y hazlo pronto, que yo te ayudaré, pues ya apunta el día y no es posible que dejemos así

las cosas.” Entonces la efrita levantó al joven Hassán dormido, se lo echó a cuestas, sin más ropa que la

camisa, y voló con él, seguida de cerca por el efrit. De improviso, durante la carrera por el aire, al efrit le

asaltaron deseos respecto a la efrita, yendo cargada con el hermoso Hassán. Y la efrita no se hubiese

opuesto en otra ocasión; pero ahora temía por el joven. Además intervino, afortunadamente, Alah, enviando

contra él efrit a unos ángeles, que le echaron encima una columna de fuego y lo abrasaron. Y la efrita y

Hassán se vieron libres del terrible efrit, que acaso los hubiese desplomado desde aquella altura. Entonces

la efrita descendió al suelo, hacia el mismo sitio donde había caído el efrit.

Pero había escrito el Destino que el lugar donde la efrita depositara a Hassán Badreddin (por no atreverse

a transportarlo ella sola más lejos) estaría muy próximo a la ciudad de Damasco, en el país de Seham. Y

entonces la efrita llevó a Hassán muy cerca de una de las puertas de la ciudad, lo dejó suavemente en tierra

y echó a volar otra vez. Cuando llegó la aurora, abriéron se las puertas de la ciudad, y los que salieron de

ella se asombraron ante aquel maravilloso joven dormido, sin más ropa que la camisa y con un gorro de

dormir en la cabeza en vez de turbante. Y se decían unos a otros: “¡Es asombroso! ¡Mucho habrá tenido

que velar para estar ahora dormido tan profundamentel” Y otros dijeron: “¡Alah, Alah! ¡Hermoso joven!

Pero ¿por qué estará casi desnudo?” Otros contestaron: “Probablemente, este pobre joven habrá pasado en

la taberna más tiempo del preciso, y habrá bebido más de lo que pueda resistir. Y al regresar de noche, habrá

encontrado cerradas las puertas, decidiéndose a dormir en el suelo.”

Pero mientras conversaban de este modo, se levantó la brisa matinal, y acariciando al hermoso joven, le

alzó la camisa.

Despertó entonces, Badreddin, y hallándose tumbado cerca de aquella puerta desconocida y rodeado por

tantas personas, se sorprendió mucho, y exclamó: “¿Dónde estoy, buena gente? Os ruego que lo digáis. ¿Y

por qué me rodeáis así? ¿Qué es lo, que ocurre?” Y le contestaron: “Nos hemos detenido por el gusto de

verte. Pero ¿no sabes que te hallas a las puertas de Damasco? ¿En dónde has pasado la noche?” Y Hassán

replico: “¡Por Alah, buena gente! ¿qué me decís? He pasado la noche en El Cairo, ¿y me decís que estoy en

Damasco?” Entonces se echaron a reír todos, y uno de ellos dijo: “¡Ah gran tragador de haschich!” Y dijeron

otros: “Está loco, sin remedio. ¡Lástima que esté demente un joven tan hermoso!” Y otros añadieron:

Pero, en fin, ¿qué historia es esa con que has querido engañarnos?” Entonces Hassán Badreddin contestó:

¡Por Alah! ¡buena gente, yo no miento nunca! Os afirmo y repito que esta noche la he pasado en El Cairo,

y la anterior en mi pueblo, que es Bassra.” Al oirle, uno gritó: “¡Qué cosa más sorprendentel” Otro dijo:

¡Está loco,” Y algunos se desternillaban de risa, dando palmadas. Y otros dijeron: “¿No es una verdadera

lástima que un joven tan admirable haya perdido la razón? ¡Qué loco tan singular!” Y otro, más prudente,

le dijo: “Hijo mío, vuelve en ti y no digas semejantes extravagancias.” Entonces Hassán contestó: “Sé muy

bien lo que digo. Además, habéis de saber que anoche, en El Cairo, pasé una noche muy agradable como

recién casado.” Entonces todos se convencieron de su locura. Y uno de ellos exclamó riéndose: “Ya veis

que este pobre joven se ha casado en sueños ¿Y qué tal es ese matrimonio? ¿Era una hurí?” Pero Badreddin

empezaba a enfadarse, y les dijo: “Pues al que era una hurí, y he ocupado el lugar de un asqueroso jorobado,

y me he puesto su gorro de dormir, que es éste.” Y luego recapacitó un momento, y dijo: “Pero ¡por

Alah! buena gente, ¿en dónde está mi turbante, y mis calzoncillos, y mi ropón, y mis calzones? Y sobre todo,

¿en dónde está mi bolsillo?”

Y Hassán se levantó y buscó su traje a su alrededor. Y entonces todos empezaron a guiñarse el ojo y hacerse

señas de que el joven estaba loco de remate.

Entonces el pobre Hassán se decidió a entrar en la ciudad tal como estaba, y tuvo que atravesar las calles

y los zocos en medio de un gran cortejo de niños y de mayores que gritaban: “¡Es un loco! ¡un loco!” Y el

pobre Hassán ya no sabía qué hacer, cuando Alah, temiendo que al hermosa joven le ocurriese algo, le hizo

pasar por junto a una pastelería que acababa de abrirse. Y Hassán se refugió en la tienda, y como el pastelero

era un hombre de puño, cuyas hazañas eran muy conocidas en la ciudad, la gente tuvo miedo y se retiró,

dejando en paz al joven.

Cuando el pastelero, que se llamaba El-Hailj Abdalá, vio al joven Hassán Badreddin y pudo examinarlo a

su gusto, le maravilló su hermosura, sus encantos y sus dones naturales, y rebosante de cariño el corazón, le

dijo: “¡Oh gentil mancebo! dime de dónde vienes. Nada temas; pero refiéreme tu historia, pues ya te quiero

más que a mi misma vida.” Y Hassán contó entonces toda su historia al pastelero Hailj Abdalá, desde el

principio hasta el fin.

Y el pastelero, profundamente maravillado, dijo a Hassán: “¡Oh mi joven señor Badreddin! En verdad

que esa historia es muy sorprendente y muy extraordinario tu relato. Pero te aconsejo, hijo mío, que a nadie

se lo cuentes, pues es peligroso hacer confidencias. Te ofrezco mi tienda, y vivirás conmigo hasta que Alah

se digne dar término a las desgracias que te afligen. Además, yo no tengo hijos, y me darás mucho gusto si

quieres aceptarme por padre. Yo te adoptaría como hijo.” Y Hassán respondió: “¡Aceptado! ¡sea según tu

deseo!”

En seguida fue al zoco el pastelero, y compró trajes magníficos con qué vestir al joven, y lo llevó a casa

del kadí, y ante testigos prohijó a Hassan Badreddin.

Y Hassán permaneció en la pastelería como hijo del amo, y cobraba el dinero de los parroquianos, y les

vendía pasteles, tarros de dulce, fuentes llenas de crema y toda la confitería famosa de Damasco, y aprendió

en seguida el oficio de pastelero, que le gustaba mucho, por las lecciones recibidas de su madre, la mujer

del visir Nureddin, que preparaba pasteles y dulces delante de él cuando era niño.

Y como en toda la ciudad de Damasco fue elogiada la hermosura de Hassán, el gallardo joven de Bassra,

hijo adoptivo del pastelero, la tienda de Hailj Abdalá llegó a serla más frecuentada de todas las pastelerías

de Damasco.

¡Y esto fue todo lo de Hassán Badreddin!

En cuanto a la recen casada Sett El-Hosn, hija del visir Chamseddin, he aquí lo que hubo de ocurrirle:

Cuando se despertó Sett El-Hosn, la mañana siguiente a la noche de sus bodas, no encontró a su lado al

hermoso Hassán; pero figurándose que había ido al retrete, le aguardó muy tranquila.

En aquel momento se presentó a saber de ella su padre el visir Chamseddin. Llegaba muy inquieto. Estaba

poseído de indignación por la injusticia del sultán obligándole a casar a la hermosa Sett El-Hosn con el

palafrenero jorobado. Y al entrar en las habitaciones de su hija, se dijo: “Como sepa que se ha entregado a

ese inmundo jorobado, la mato.”

Golpeó en la puerta de la cámara nupcial y llamó: “¡Seta El-Hosn!” Y desde dentro ella contestó: “¡Ya

voy a abrir; padre mío!”- Y levantándose en seguida, abrió la puerta. Parecía más hermosa que de costumbre,

y mostraba resplandeciente el rostro y el alma, satisfecha por haber sentido las caricias de aquel hermoso.

joven. E inclinándose ante su padre con coquetería, le besó las manos. Pero su padre, al verla tan

contenta, en lugar de encontrarla afligida por su unión con el jorobado, le dijo: “¡Ah, desvergonzada! ¿Cómo

te atreves a mostrarte con esa cara de alegría, después de haber dormido con el horrendo jorobeta?” Y

Sett El-Hosn, al oírlo, se echó a reír, y exclamó: “Por Alah, padre mío, dejémonos de bromas. Bastante tengo

con haber sido la irrisión de todos los invitados, a causa de mi supuesto marido, ese jorobado que no

vale ni la recortadura de una uña de mi verdadero esposo de esta noche. ¡Oh qué noche! ¡Cuán llena de delicias

junto a mi amado! Basta, pues, de bromas, padre mío. No me hables más del jorobado.” El visir temblaba

de coraje escuchando a su hija, y sus ojos estaban azules de furor, y dijo: “¿Qué dices, desdichada?

¿No pasaste aquí la noche con el jorobado?” Y ella contestó: “Por Alah sobre ti, ¡oh padre mío! No me hables

más del jorobado. ¡Confúndalo Alah, a él, a su padre, a su madre y a toda su familia! Sabe de una vez

que estoy enterada de la superchería que inventaste para defenderme del mal de ojo.” Y dio a su padre todos

los pormenores de la boda y de cuanto le había ocurrido aquella noche, añadiendo: “¡Qué bien lo pasé

sintiendo en mi regazo a mi adorado esposo, el hermoso joven de exquisitas maneras y espléndidos y negros

ojos y de arqueadas cejas!”

Oído esto, gritó el visir: “Pero hija, ¿estás loca? ¿sabes lo que dices? ¿Dónde se halla el joven a quien

llantas tu esposo?” Y Sett El-Hosn, respondió: “Ha ido al retrete.” Entonces, el visir, muy alarmado, se precipitó

afuera de la habitación, y corriendo hacia el retrete, se encontró al jorobado que seguía inmóvil, con

los pies hacia arriba y la cabeza dentro del agujero. Estupefacto hasta más no poder, exclamó el visir: ¿Qué

veo? ¿Eres tú, jorobeta?” Y como no le contestase, repitió esta pregunta en voz más alta. Pero el jorobado

tampoco quiso contestar, porque seguía aterrado, creyendo que quien le hablaba era el efrit.

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 22a. NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que Giafar prosiguió así la historia contada al califa Harún Al-

Rachid:

El cobarde jorobeta, creyendo que le hablaba el efrit, tenía un miedo horrible, y no se atrevía a contestar.

Entonces, muy enfurecido, el visir le increpó: “¡Respóndeme, jorobado maldito, o te atravieso con

este alfanje!”:Y entonces el jorobado, sin sacar del agujero la cabeza, contestó desde dentro: “¡Por Alah!

¡Oh jefe de los efrits, tenme compasión! Te juro que te he obedecido, sin moverme de aquí en toda la noche.”

Al oírle, el visir ya no supo qué pensar, y exclamó: “Pero ¿qué estás diciendo? No soy ningún efrit,

sino el padre de la novia,” Y el jorobado, dando un gran suspiro, contestó entonces: “Pues márchate de

aquí, que nada tengo que ver contigo. Y vete antes de que aparezca el terrible efrit, arrebatador de almas.

Además, te odio, porque tú tienes la culpa de todas mis desdichas, al casarme con la querida de los búfalos,

los asnos y los efrits. ¡Malditos seáis tú, tu hija y todos los que obran tan mal como vosotros!” Y el visir le

dijo: “Pero ¿estás loco? Sal de ahí, para que escuche bien eso que acabas de contar.” Entonces el jorobado

replicó: “Acaso esté loco; pero no lo estaré hasta el punto de moverme de este sitio sin permiso del terrible

efrit. Porque me ha prohibido salir del agujero antes de que amanezca. Así, pues, vete y déjame en paz. Pero

antes dime: ¿falta mucho para que salga el sol?” Y el visir, cada vez más perplejo, contestó: “¿Pero qué

efrit es ese del cual hablas?” Y entonces el jorobado le contó la historta, su ida al retrete para hacer sus necesidades

antes de entrar al cuarto de la desposada, la aparición del efrit bajo las diversas formas de rata,

gato, perro, asno y búfalo, y por fin la prohibición hecha y el trato sufrido. Y terminado el relato, rompió a

llorar.

Entonces el visir se acercó al jorobado, y tirándole de los píes le sacó del agujero. Y el jorobado, con la

faz lastimosamente embadurnada de amarillo, gritó al visir: “¡Maldito seas tú, y maldita tu hija, la amante

de los búfalos!” Y por temor de que se le apareciese de nuevo el efrit echó a correr con todas sus fuerzas,

dando alaridos y sin atreverse a volver la cara. Y llego al palacio, fue á ver al sultán, y le explicó su aventura

con el efrit.

En cuanto al visir Chamseddin, regresó como loco al aposento de su hija Sett El-Hosn, y le dijo: “Hija

mía, noto que pierdo la razón. Aclárame lo sucedido.” Entonces, Sett El-Hosn le dijo: “Sabe ¡oh padre mío!

que el joven encantador que logró los honores de la boda durmió toda la noche conmigo, gozando mis primicias;

y tendré un hijo seguramente. Y en prueba de lo que hablo, ahí en la silla tienes su turbante, sus

calzones en el diván, y su calzoncillo en mi cama. Además, en sus calzones encontrarás algo que ha escondido

y que yo no pude adivinar.” A estas palabras, se dirigió el visir hacia la silla, cogió el turbante, y le dio

vueltas en todos sentidos para examinarlo bien, y luego exclamó: “¡Es un turbante como el de los visires de

Bassra y de Mossul!” Después desenrolló la tela, y encontró un pliego que allí estaba cosido, y se apresuró

a guardarlo, y examinó luego los calzones, encontrando en ellos el bolsillo con los mil dinares que el judío

había dado a Hassán Badreddin. Y en el bolsillo había un papel, donde el judío había escrito lo siguiente:

Yo comerciante de Bassra,declaro haber entregado la cantidad de mil dinares al joven Hassán Badreddin,

hijo del visir Nureddin (a quien Alah haya recibido en Su misericordia), por el cargamento de la primera

nave que arribe a Bassra.” Al leer el papel, el visir Chamseddin lanzó un grito y quedó desmayado. Cuando

volvió en sí se apresuró a abrir el pliego que había encontrado en el turbante, e inmediatamente conoció la

letra de su hermano Nureddin. Y entonces empezó a llorar, y a lamentarse, diciendo: “¡Pobre hermano mío!

¡pobre hermano mío!”

Y cuando se hubo calmado un poco, exclamó: “¡Alah es Todopoderoso!” Y dijo a Sett El-Hosn: “¡Oh

hija mía! ¿sabes el nombre de aquel a quien te has entregado esta noche? Pues es Hassán Badreddin, mi sobrino,

el hijo de tu tío Nureddin. Y esos mil dinares son tu dote. ¡Alah sea loado!” Después recitó estas dos

estrofas:

¡Vuelvo a encontrar sus huellas, y al instante me domina el deseo! ¡Y al recordar la mansión de la dicha,

derramo todas las lágrimas, de mis ojos!

Y pregunto y grito, sin lograr respuesta: “¿Quién me ha arrancado lejos de él? ¡Oh! ¡tenga piedad de

mí el autor de mis desventuras, y permítame que vuelva!”

En seguida leyó cuidadosamente la Memoria de su hermano, y encontró relatada toda la vida de Nureddin

y el nacimiento de su hijo Badreddin. Y quedó muy maravillado, sobre todo cuando contrastó las fechas

anotadas por su hermano con las de su propio casamiento en El Cairo, y del nacimiento de Sett El-Hosn. Y

vio que estas fechas concordaban perfectamente.

Y tanto hubo de asombrarse, que se apresuró a ir en busca del sultán para contarle la historia y mostrarle

aquellos papeles. Y el sultán se asombró también de tal modo, que mandó a los escribas de palacio redactasen

tan admirable historia para conservarla escrupulosamente en el archivo. En cuanto al visir Chamseddin,

marchó a su casa y esperó en compañía de su hija el regresa de su sobrino Hassán Badreddin. Pero acabó

por darse cuenta de que Hassán había desaparecido. Y no pudiendo explicarse la causa, se dijo: “¡Por Alah!

¡Qué aventura tan extraordinaria es esta aventura! No he conosido otra semejante...”

Al llegar a este momento de su narración, Shahrazada vio aparecer la mañana, y discreta, interrumpió su

relato, para no cansar al sultán Schabriar, rey de las islas de la India y de la China.

PERO CUANDO LLEGÓ LA 23a. NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que Giafar al-Barmakí, visir del rey Harún Al-Rachid, prosiguió

de este modo la historia que contaba al califa:

Orando el visir, Chamseddin se convenció de que su sobrino Hassán Badreddin había desaparecido, se

dijo: “Puesto que el mundo está hecho de vida y de muerte, nada tan oportuno como que procure que mi

sobrino Hassán encuentre a su regreso esta vivienda igual que la ha dejado.” Y el visir Chamseddin cogió

un tintero, un cálamo y un pliego de papel, y anotó uno por uno todos los muebles y enseres de la casa, en

esta forma: “Tal armario está en tal sitio; tal cortina en tal otro”, y así sucesivamente. Cuando terminó, selló

el papel después de leérselo a su hija Sett El-Hosn, y lo guardó con mucho cuidado en la caja de los papeles.

Después recogió el turbante, el gorro, los calzones, el ropón y el bolsillo, e hizo con todo ello un paquete;

que guardó con el mismo esmero.

En cuanto, a Sett El-Hosn la hija del visir, quedó preñarla efectivamente la primero noche de bodas, y a

los nueve meses cumplidos parió un hijo tan hermoso como la luna y que se parecía a su padre en todo, en

lo bello, lo gentil y lo perfecto. En seguida que nació lo lavaron las mujeres y le ennegrecieron los ojos con

kohl. Después lo confiaron a las criadas y a la nodriza. Y por su hermosura sorprendente se, llamó Agib.

Pero cuando el admirable Agib llegó, día por día, mes por mes y año por año, a cumplir los siete de su

edad, su abuelo el visir Chamseddin le mandó a la escuela de un maestro muy famoso, recomendándoselo

mucho a este maestro. Y Agib, acompañado diariamente, del esclavo negro Said, eunuco de su padre, iba a

la escuela para regresar a su casa al mediodía y al anochecer. Y así fue a la escuela durante cinco años,

hasta cumplir los doce. Pero a todo esto los demás niños de la escuela no podían soportar a Agib, que les

pegaba y les insultaba y les decía: “¿Cuál de vosotros puede compararse conmigo? Mi padre es el visir de

Egipto.” Al fin se reunieron los niños y fueron a quejarse al maestro contra la conducta de Agib, Y el

maestro, al ver que sus exhortaciones al hijo del visir no daban resultado, sin atreverse a despedirle, por ser

quien era, dijo a los otros niños: “Os voy a indican una cosa que en cuanto se la digáis le impedirá volver a

la escuela. Mañana a la hora del recreo os reuniréis todo en torno de Agib y os diréis los unos a los otros;

¡Por Alahl ¡Vamos a jugar a un juego maravilloso! Pero para jugarlo es preciso que diga en alta voz cada

uno su nombre, y el nombre de su padre y de su madre. Pues el que no pueda decir el nombre de su padre y

de su madre será considerado como hijo adulterino y no jugará con nosotros.”

Y aquella mañana, cuando Agib hubo llegado a la escuela, todos los niños se reunieron a su alrededor, y

uno de ellos dijo: “¡Vamos a jugar a un juego maravilloso! Pero nadie podrá jugar sino con la condición de

decir su nombre y los de sus padres ¡Empecemos, uno a uno!” Y les guiñó el ojo.

Entonces avanzó uno de los niños, y dijo: “Me llamo Nahib, mi madre se llama Nahiba y mi padre Izeddin.”

Y otro dijo: “Yo me llamo Naguib, mi madre se llama Gamila y mi padre se llama Mustafá.” Y el

tercero y el cuarto y los otros se expresaron en la misma forma. Cuando le tocó el turno a Agib, dijo orgullosamente:

Yo soy Agib, mi madre se llama Sett El-Hosn y mi padre se llama Charaseddin, visir de

Egipto,”

Pero todos las niños replicaron: “¡No, por Alah! ¡El visir no es tu padre!” Y Agib gritó enfurecido:

¡Alah os confunda! ¡El visir es mi padre;!” Pero los niños comenzaron a reírse y a palmotear, y le volvieron

la espalda, gritando: “¡Vete, vete! ¡No sabes cómo se llama tu padre! ¡Chamseddin no es tu padre, sino

tu abuelo, el padre de tu madre! ¡No jugarás con nosotros.” Y los niños se desbandaron, riendo a carcajadas.

Entonces Agib, sintió que se le oprimía el pecho y le ahogaban los sollozos. Y en seguida se le acercó el

maestro, y le dijo: “Pero ¡cómo, Agib! ¿no sabías que el visir no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu

madre Sett El-Hosn? A tu padre, ni tú, ni nosotros, ni nadie le conoce. Porque el sultán había casado a Sett

El-Hosn con un palafrenero jorobado, pero el tal no pudo acostarse con ella, y ha ido contando por toda la

ciudad que la noche de su boda los efrits le habían encerrado a él para dormir ellos con Sett El-Hosn. Y ha

contado también historias asombrosas de búfalas, perros, borricos y otros seres semejantes. De modo ¡oh

mi querido Agib! que nadie sabe el nombre de tu padre. Sé, pues humilde ante Alah y con tu compañeros,

que te miran como a hijo adulterino. Considera que te hallas en la misma situación que un niño vendido en

el mercado y que ignora quién es su padre. Sabe, pues, que el visir Chamseddin no es más que tu abuelo, y

que tu padre nadie lo conoce. Y en adelante procura ser modesto.”

Después de oír al maestro de escuela, Agib salió corriendo a casa de su madre Sett El-Hosn, llorando

tanto, que no, pudo al principio articular palabra. Entonces su madre empezó a consolarle, viéndole tan

conmovido, se le llenó el corazón de lástima, y le dijo: “¡Hijo mío, cuéntale a tu madre la causa de tu pena!”

Y le besó y le acarició. Entonces el pequeño le dijo: “Dime, madre, y quién es mi padre?” Y Sett El-

Hosn, muy asombrada, dijo; “¡Pues el visir!” Y Agib le contestó, ahogado por el llanto: “¡No; ese no es mi

padre! ¡No me ocultes la verdad! ¡El visir es tu padre, pero no el mío! Si no me dices la verdad, con este

puñal me mataré ahora mismo.”' Y Agib le repitió a su madre las palabras del maestro de escuela.

Entonces, al recordar a su primo y marido, la hermosa Sett El-Hosn recordó también su primera noche de

bodas y la belleza y encantos del maravilloso Hassán Badreddin- El-Bassrauí, y lloró muy emocionada,

suspirando estás, estrofas:

¡Encendió el deseo en mi corazón, y se ausentó muy lejos! ¡Y se ausentó hacia lo más distante de nuestra

morada!

¡Mí pobre razón no he de recobrarla hasta que él vuelva! ¡Y aguardándole, he perdido asimismo el sueño

reparador y toda la paciencia!

¡Me abandonó, y con él me abandonó la dicha, arrebatándome la tranquilidad! Y desde entonces perdí

todo reposo!

¡Me dejó, y las lágrimas de mis ojos lloran su ausencia, y al correr, sus arroyos llenan los mares;

Que no pasa un día sin que mi deseo me empuje hacía él y palpite mí corazón con el dolor de su ausencia;

Por eso su imagen se alza frente a mí, y al mirarla, aumentan mi cariño, mi anhelo y mis recuerdos!

¡Oh! ¡Su imagen amada es siempre lo primero que se presenta a mis ojos en la primera hora de la mañana!

¡Y así ha de ser siempre, pues no tengo otro pensamiento ni otros amores!

Después prosiguió en sus sollozos. Y Agib, viendo llorar a su madre, se echó a llorar también. Y mientras

los dos estaban llorando, entró en la habitación el visir Chamseddin, que había oído los llantos y las

voces. Y al ver cómo lloraban, se le oprimió el corazón, y dijo muy alarmado: “Hijos míos, ¿por qué lloráis

así?” Entonces Sett El-Hosn le refirió la aventura de Agib con los chicos de la escuela. Y el visir, al oírla,

se acordó de lodas las desventuras pasadas, las que le habían ocurrido a él, a su hermano Nureddin, a su sobrino

Hassán Badreddin, y por último a su nieto Agib, y al reunir todos estos recuerdos no pudo menos de

llorar también. Y se fue muy desesperado en busca del emir, y le contó lo que pasaba, diciéndole que aquella

situación no podía durar, ni por su buen nombre ni por el de sus hijos; y le pidió su venia para partir hacia

los países de Levante, y llegar a la ciudad de Bassra, en donde pensaba encontrar a su sobrino Hassán

Badreddin. Rogó asimismo que el sultán le escribiera unos decretos que le permitiesen realizar por los países

las gestiones necesarias para encontrar y atraerse a su sobrino. Y como no cesaba en su amargo llanto,

se enterneció el sultán y le concedió los decretos. Y después de darle gracias mil veces y hacer votos por su

engrandecimiento, prosternándose ante él y besando la tierra entre sus manos, el visir se despidió. Inmediatamente

hizo los preparativos para la marcha y partió con su hija Sett El-Hosn y con Agib.

Anduvieron el primer día y el segundo y el tercero, y así sucesivamente, en dirección a Damasco, y por

fin llegaron sin dificultad a Damasco. Y se detuvieron cerca de las puertas, en el meidán de Hasba, donde

armaron sus tiendas para descansar dos días antes de seguir el camino. Y les pareció Damasco una ciudad

admirable, llena de árboles y aguas corrientes, siendo en realidad como la cantó el poeta:

¡He pasado un día y una noche en Damasco! ¡Damasco! ¡Su creador juró no hacer en adelante nada

parecido!

¡La noche cubre amorosamente a Damasco con sus alas! ¡Y cuando llega el día, tiende por encima la

sombra de sus árboles frondosos!

¡El rocío en las ramas de estos árboles no es rocío, sino perlas, perlas que caen como copos de nieve a

merced de la brisa que las empuja!

¡En sus bosques luce la Naturaleza todas sus galas: el ave da su lectura matutina; el agua es como una

página blanca abierta; la brisa responde y escribe lo que dicta el ave, y las blancas nubes derraman gotas

para la escritura!

La servidumbre del visir fue a visitar la ciudad y sus zocos para comprar lo que necesitaban y vender las

cosas traídas de Egipto. Y no dejaron de bañarse en los hammams famosos, y entraron en la mezquita de

los Bani-Ommiah, situada en el centro de la población, y que no tiene igual en todo el mundo.

Agib marchó también a la ciudad para distraerse, acompañado de su fiel eunuco Said. Y el eunuco le seguía

muy próximo y llevaba en la mano un látigo capaz de matar, a un camello, pues sabía la fama que tienen

los habitantes de Damasco, y con aquel látigo quería impedirles acercarse a su amo el hermoso Agib. Y

efectivamente, no se engañaba, pues apenas hubieron visto al hermoso Agib, los habitantes de Damasco se

percataron de lo encantador y gracioso que era, hallándole más suave que la brisa del Norte, más delicioso

que el agua fresca para el paladar del sediento y más grato que la salud para el convaleciente. Y en seguida

la gente de la calle, de las casas y de las tiendas siguieron a Agib, sin dejarle, a pesar del látigo del eunuco.

Y otros corrían para adelantarse y se sentaban en el suelo, a su paso, para contemplarle más tiempo y mejor.

Al fin, por voluntad del Destino, Agib y el eunuco llegaron a una pastelería, donde se detuvieron para

escapar de tan indiscreta muchedumbre.

Y precisamente aquella pastelería era la de Hassán Badreddin, padre de Agib. Había muerto el anciano

pastelero que adoptó a Hassán, y éste había heredado la tienda. Y aquel día Hassán estaba ocupado en preparar

un plato deliciosa con granos de granada y otras cosas azucaradas y sabrosas. Y cuando vio pararse a

Agib y al eunuco, quedó encantado con la hermosura de Agib, y no solamente encantado, sino conmovido

con una emoción cordial y extraordinaria, que le hizo exclamar lleno de cariño: “¡Oh mi joven señor! Acabas

de conquistar mi corazón y reinas para siempre en lo íntimo de mi ser, sintiéndome atraído hacia ti desde

el fondo de mis entrañas. ¿Quieres honrarme entrando en mi tienda? ¿Quieres hacerme la merced de

probar mis dulces, sencillamente por piedad?” Y Hassán, al decir esto, sentía que, sin poder remediarlo, sus

ojos se arrasaban en lágrimas, y lloró mucho al recordar entonces su pasado y su situación presente.

Y cuando Agib oyó las palabras de su padre, se le enterneció también el corazón, y volviéndose hacia el

esclavo, le dijo: “¡Said! Este postelero me ha enternecido. Se me figura que ha de tener algún hijo ausente y

que yo le recuerdo este hijo. Entremos, pues, en su tienda para complacerle, y probemos lo que nos ofrece.

Y así aliviamos con esto su pena, es probable que Alah se apiade a su vez de nosotros y haga que logren

buen éxito las pesquisas, para encontrar a mi padre.”

Pero Said, al oír a Agib, exclamó: ¡Oh mi señor, no hagamos eso! ¡Por Alah! ¡De ningún modo! No es

propio del hijo de un visir entrar en una pastelería del zoco, y menos todavía comer públicamente en ella.

¡Oh! ¡No puede ser! Si lo haces por temor a estas gentes, que te siguen, y por eso quieres entrar, en esa

tienda, ya sabré yo espantarlas y defenderte con mi látigo. ¡Pero lo que es entrar en la pastelería, en modo

alguno!”

Y Hassán Badreddin se afectó muchísimo al oír al eunuco. Y luego, volviéndose hacia él, con los ojos

llenos de lágrimas, le dijo: “¡Oh eunuco! ¿Por, qué no quieres apiadarte y darme el gusto de entrar en mi

tienda? ¡Porque tú, como la castaña, eres negro por fuera, pero por dentro blanco! Y te han elogiado todos

nuestros poetas en versos admirables, hasta el punto de que puedo revelarte el secreto de que apareceras tan

blanco por fuera como por dentro lo eres.” Entonces el buen eunuco se echó a reír a carcajadas, y exclamó:

¿Es de veras? ¿Puedes hacerlo así? ¡Por Alah, apresúrate a decírmelo!” En seguida Hassán le recitó estos

versos admirables en loor de los eunucos:

¡Su cortesía exquisita, la dulzura de sus modales y su noble apostura han hecho de él el guardián respetado

de las casas de los reyes!

¡Y para el harén, qué servidor tan incomparable! ¡Tal es su gentileza, que los ángeles del cielo bajan a

su vez para servirle!

Estas versos eran, efectivamente, tan maravillosos y tan oportunos, y fueron tan admirablemente recitados

por Hassán, que el eunuco se conmovió y se sentió halagadisimo, hasta el punto de que, cogiendo de la

mano a Agib, entró con él en la tienda.

Entonces Hassán Badreddin llegó al colmo de la alegría y se apresuró a hacer cuanto pudo para honrarlos.

Cogió un tazón de porcelana de los más ricos, lo llenó de granos de granada preparados con azúcar y

almendras mondadas, perfumado todo deliciosamente y muy en su punto, y lo presentó sobre la más suntuosa

de sus bandejas de cobre repujado. Y al verlos comer con manifiesta satisfacción, se sintió muy halagado

y muy complacido: “¡Oh, qué honor para mí! ¡Qué fortuna la mía! ¡Que os sea tan agradable como

provechoso!

Agib, después de probar los primeros bocados, invitó a sentarse al pastelero, y le dijo: “Puedes quedarte

con nosotros y comer con nosotros. Porque Alah lo tendrá en cuenta, haciendo que encontremos al que buscamos.”

Y Hassán Badreddín se apresuró a replicar: “Pero ¡cómo, hijo mío! ¿Acaso lamentas ya, siendo tan

joven, la pérdida de un ser querido?” Y Agib contestó: “¡Oh buen hombre! ¡La ausencia de un ser querido

ha destrozado ya mi corazón! ¡Y ese ser por quien lloro es nada menos que mi padre! Porque mí abuelo y

yo hemos abandonado nuestro país para recorrer todas las comarcas en su busca.” Y Agib, al recordar su

desgracia, rompió a llorar, mientras que Badreddin, emocionado por aquel dolor lloraba tambien. Y hasta el

eunuco inclinó la cabeza en señal de sentimiento. Sin embargo, hicieron los honores al magnífico tazón de

granada perfumada, dispuesta con tanto arte, comieron hasta la saciedad, pues tan exquisita estaba.

Pero como apremiaba el tiempo, Hassán no pudo saber más, porque el eunuco hizo que Agib partiese con

él hacia las tiendas del visir.

Y apenas se hubo marchado Agib, Hassán sintió que su alma se iba con él, y no pudo sustraerse al deseo

de seguirle. Cerró en seguida su tienda, y sin sospechar que Agib era su hijo, marchó a buen paso, para alcanzarles

antes de que hubiesen traspuesto la puerta principal de la ciudad.

Entonces el eunuco se apercibió de que el pastelero les seguía, y volviéndose hacia él, le dijo: Pastelero,

¿por qué nos sigues?” Y Badreddín respondió: “Tengo que despachar un asunto fuera de la ciudad, y he

querido alcanzaros para qué vayamos juntos y regresar después en seguida. Además, vuestra partida me ha

arrancado el alma del cuerpo.”

Estas palabras indignaran profúndamente al eunuco, que exclamó: “¡Parece que va a salirnos muy caro el

dichoso dulce! ¡Qué maldito tazón! ¡Este hombre nos lo va a amargar! ¡Y he aquí que ahora nos seguirá a

todas partes!” Entonces, Agib, al volverse y ver al pastelero, se puso muy colorado, y balbuceó: “¡Déjalo,

Said, que el camino de Alah es libre para todos los musulmanes!” Y añadió después: “Si viene hasta las

tiendas, ya no habrá duda de que nos persigue, y entonces lo echaremos.” Y dicho esto, Agib bajó la cabeza

y continuó andando, y el eunuco marchaba a pocos pasos detras de él.

En cuanta a Hassán, no dejó de seguirles hasta el meidán de Hasba, dónde estaban las tiendas. Y entonces

Agib y el eunuco se volvieron, viéndole a pocos pasos detrás de ellos. Y esta vez acabó por enfadarse Agib,

temiendo que el eunuco se lo contase todo a su abuelo: ¡que Agib había entrado en una pastelería y que el

pastelero había seguido a Agib! Y asustado de que esto ocurriese, cogió una piedra y volvió a mirar a

Hassán, que seguía inmóvil, contemplándole siempre con una extraña luz en los ojos. Y Agib, sospechando

que esta llama de los ojos del pastelero era una llama equívoca, se puso aún más furioso y lanzó con toda su

fuerza la piedra contra él, hiriéndole de gravedad en la frente. Después, Agib y el eunuco huyeron hacia las

tiendas. En cuanto a Hassán Badreddin; cayo al suelo, desmayado y con la cara cubierta de sangre. Pero

afortunadamente no tardó en volver en sí, se restañó la sangre, y con un trozo de su turbante se vendó la herida.

Después comenzó a reconvenirse de este modo: “¡Verdaderamente, toda la culpa la tengo yo! He procedido

muy mal al cerrar la tienda y seguir a ese hermoso muchacho, haciéndose creer que le acosaba con

fines sospechosos.” Y suspiró después: “¡Alah karimi” Luego regresó a la ciudad, abrió la tienda y siguió

preparando sus pasteles y vendiéndolos como antes hacía, pensando siempre, lleno dolor, en su pobre madre,

que en la ciudad de Bassra le había enseñado desde muy niño las primeras lecciones del arte de la pastelería.

Y se puso a llorar, y para, consolarse, recitó esta estrofa:

¡No pidas justicia al infortunio! ¡Sólo hallarás el desengaño. ¡Porque el infortunio jamás te hará justicia!

En cuanto al visir Chamseddin, tío del pastelero Hassán Badreddin, transcurridos los tres días de descanso

en Damasco, dispuso que levantasen el campamento del meidán, y continuando su viaje a Bassra, siguió

el camino de Homs, luego el de Hama y por fin el de Alepo. Y en todas partes hacía investigaciones. De

Alepo marchó a Mardin, después a Mossul y luego a Diarbekir. Y llegó por último a la cuidad de Bassra.

Entonces, apenas hubo descansado, se apresuró a presentarse al sultán de Bassra; que le recibió con mucha

amabilidad, preguntándole el motivo de su viaje. Y Chamseddin le relató toda la historia, y le dijo que

era hermano de su antiguo visir Nureddin. Y al oír el nombre de Nureddin exclamó el sultán: “¡Alah lo tenga

en su. gracia!” Y añadió: “Efectivamente, Nureddin fue mi visir, y lo quise mucho, y murió hace quince

años. Y dejó un hijo llamado Hassán Badreddin, que era mi favorito predilecto; mas un día desapareció, y

no hemos vuelto a saber de él. Pero en Bassra está todavía su madre, la esposa de tu hermano, e hija de mi

antiguo visir, el antecesor de Nureddin.

Esta noticia -colmó de alegría a Chamseddin, que dijo: “¡Oh rey! ¡Quisiera ver a mi cuñada!” Y el rey lo

consintió.

Chamseddin corrió a casa de su difunto hermano inmediatamente después de haber averiguado las señas.

Y no tardó en llegar, pensando durante todo el camino en Nureddin, muerto lejos de él, con la tristeza de no

poder abrazarle. Y llorando, recitó estas dos estrofas:

¡Oh! ¡Vuelva yo a la morada de mis antiguas noches! ¡Logre yo besar sus paredes!

¡Pero no es el amor a estos muros de la casa querida el que me ha herido en mitad del corazón, sino el

amor al que en ella vivía!

Atravesó Chamseddin la puerta principal, llegando a un gran patio, en cuyo fondo se alzaba la morada.

La puerta era una maravilla de arcadas de granito, embellecida con marmoles de todos los colores. En el

umbral, sobre una magnífica losa de mármol, vio el nombre de su hermano Nureddin grabado con letras de

oro. Se inclinó para besar aquel nombre, y se afectó mucho, recitando estas estrofas:

¡Todas las mañanas pido noticias suyas al sol que sale! ¡Y todas las noches se las pido al relámpago que

brilla!

¡Cuando duermo, hasta cuando duerma, el deseo, el aguijón del deseo, el peso del deseo, la sierra afilada

del deseo, trabaja en mí! ¡Y nunca clamó estos dolores!

¡Oh dulce amigo! ¡No prolongues más la dura ausencia! ¡Mi corazón está destrozado, cortado en pedazos,

por el dolor de esta ausencia!

¡Oh! ¡Qué día bendito, qué día tan incomparable sería aquel en que al fin pudiéramos reunirnos!

¡Pero no temas que por tu ausencia se haya llenado mi corazón con el amor de otro! ¡Mi corazón no es

bastante grande para encerrar otro amor!

Después entró Chamseddin en la casa y atravesó varios aposentos, hasta llegar a aquél en que estaba generalmente

su cuñada, la madre de Hassán Badreddin El-Bassrauí.

Desde la desaparición de su hijo, se había encerrado en aquella estancia, y allí pasaba días y noches en

continuo llanto. Y había mandado construir en medio de la habitación un pequeño edificio con su cúpula,

para que figurase, la tumba de su pobre hijo, al cual creía muerto desde mucho tiempo atrás.. Y allí dejaba

transcurrir entre lágrimas su vida, y allí, extenuada por el dolor, abatía la cabeza aguardando la muerte.

Al llegar junto a la puerta, Chamseddin oyó a su cuñada, que con voz doliente recitaba estos versos:

¡Oh tumba! ¡Dime, por Alah, si han desaparecido la hermosura y los encantos de mi amigo! ¿Se desvaneció

para siempre el magnífico espectáculo de su belleza?

¡Oh tumba! No eres seguramente el jardín de las delicias ni el elevado cielo; pero dime, ¿cómo veo resplandecer

dentro de ti la luna y florecer el ramo?

Entonces entró el visir Charnseddin saludó a su cuñada con el mayor respeto y la enteró de que era el

hermano de su esposo Nureddin. Después le refirió toda la historia, haciéndole saber que Hassán, su hijo,

había estado una noche con su hija Sett El-Hosn y había desaparecido por la mañana, y Sett El-Hasn quedó

preñada y parió a Agib. Después añadió: “Agib ha venido conmigo. Es tu hijo, por ser el hijo de tu hijo y

mi hija.”

La viuda, que hasta aquel momento había estado sentada, como una mujer de riguroso luto que renuncia

a los usos sociales, al saber que vivía su hijo y que su nieto estaba allí y tenía delante a su cuñada el visir de

Egipto, se levantó apresuradamente, y se cho a los pies de Charrmseddin, besándoselos, y recitó en honor

suyo estas estrofas:

¡Por Alah! ¡Colma de beneficios a aquel que acaba de anunciarme esta nueva feliz, pues para mí es la

noticia más dichosa y mejor de cuantas pueden oírse!

¡Y si le agradan los regalos, puedo hacerle el de un corazón desgarrado por las ausencias!

El visir ordenó que buscasen en seguida a Agib, y cuando éste se presentó, su abuela se abrazó a él llorando.

Y Chamseddin le dijo; “¡Oh mi señora! No es el momento de llorar, sino de que prepares tu viaje a

Egipto en compañía de nosotros. ¡Y quiera Alah reunirnos con tu hijo y sobrino mío Hassán!” Y la abuela

de Agib respondió: “Escucho y obedezco.” Y en el mismo instante fue a disponer todas las cosas necesarias,

y los víveres, y toda su servidumbre, no tardando en hallarse dispuesta.

Entonces el visir Chamseddin fue a despedirse del sultán de Bassra. Y el sultán le entregó muchos regalos

para él y para el sultán de Egipto. Después, Chamseddin, las dos damas y Agib emprendieron la marcha

acompañados de toda su séquito.

Y no se detuvieron hasta llegar nuevamente a Damasco. Hicieran alto en la plaza de Kánun, armaron las

tiendas, y el visir dijo: “Ahora nos detendremos en Damasco toda una semana, para tener tiempo de comprar

regalos como se los merece el sultán de Egipto.”

Y mientras el visir recibía a los ricos mercaderes que habían acudido para ofrecerle sus géneros, Agib

dijo, al eunuco: “Babá Said, tengo ganas de distraerme un rato. Vámonos al zoco para saber qué novedades

hay y qué le ocurrió a aquel pastelero cuyos dulces nos cominos, y teniendo que agradecerle su hospitalidad

le pagamos partiéndole la cabeza de una pedrada. Realmente, le volvimos mal por bien.” Y el eunuco respondio:

Escucha y obedezco.”

Entonces Agib y el eunuco abandonaron el campamente, porqué Agib obraba con un ciego impulso, como

movido por un cariño filial inconsciente. Llegados a la ciudad, anduvieron por todos los zocos hasta

que encontraron la pastelería. Y era la hora en que los creyentes marchaban a la mezquita de los Bani-Ommiau

para la oración del asr.

Y precisamente en dicho momento estaba Hassán Badreddin en su tienda, ocupado en confeccionar el

nusmo plato delicioso de la otra vez: granos de granada con almendras, azúcar y perfumes en su punto. Y

entonces, Agib pudo observar al pastelero, y ver en su frente la cicatriz de la pedrada con que le había herido.

Y se le enterneció más, el corazón, y le dijo. “¡Oh pastelero, la paz sea contigo! El interés que me inspiras

me hace venir a saber de tí. ¿No me recuerdas?” Y apenas lo vio Hassán, se le conmovieron las entrañas,

le palpitó el corazón desordenadamente, abatió la cabeza hacia el suelo, y su lengua, pegada al paladar,

le impedía decir palabra. Por fin hubo de levantar la vista hacia el muchacho, y sumisa y humildemente recitó

estas estrofas:

¡Pensé reconvenir a mi amante, pero en cuanto le vi lo olvidé todo, y no pude dominar mi lengua ni mis

ojos!

¡He callado y bajé los ojos ante su apostura imponente y altiva, y quise disimular lo que sentía, pero no

lo pude conseguir!

¡He aquí cómo, después de haber escrito pliegos y pliegos de reconvenciones, al hallarle ante mí iré, fue

imposible leer ni una palabra!

Luego añadió: “¡Oh mis señores! ¿Queréis entrar sólo por condescendencia y probar este plato? Porque,

¡por Alah! apenas te he visto, ¡,áh lindo muchacho! mi corazón se ha inclinado hacia tu persona, cómo la

otra vez. Y me arrepiento de haer cometido la locura de seguirte.” Y Agib contestó: “¡Por Alah, que eres un

amigó peligroso! Por unos dulces que nos diste, estuvo en poco que nos comprometieras. Pero ahora no

entraré, ni comeré nada en tu casa, como no jures que no saldrás detrás de nosotros como la otra vez. Y sabe

que de otra manera nunca volveremos aquí, porque vamos a pasar toda la semana en Damasco, a fin de

que mi abuelo pueda comprar regalos para el sultán.” Entonces Badreddin exclamó: ¡Lo juro ante vosotros!”

Y en seguida Agib y el eunuco entraron en la tienda, y Badreddin les ofreció al instante una terrina

de granos de granada, su deliciosa especialidad. Y Agib le dijo: “Ven, y come con nosotros. Y así puede

que Alah conceda el éxito a nuestras pesquisas.” Y Hassán se sintió muy feliz al sentarse frente a ellos. Pera

no dejaba ni un instante de contemplar a Agib: Y lo miraba de un modo tan extraño y persistente, que

Agib, cohibido, le dijo: “¡Por Alah! Ya te lo dije la otra vez. No me mires de esa manera, pues parece que

quieras devorar mi cara con tus ojos.” Y a sus frases respondió Badreddin con estas estrofas:

¡En lo más profundo de mi corazón hay para ti un secreto que no puedo revelar, un pensamiento íntimo

y oculto que nunca traduciré en palabras!

¡Oh tú, que humillas a la brillante luna, orgullosa de su belleza! ¡oh tú, rostro radiante, que avergüenzas

a la mañana y a la resplandeciente aurora!

¡Te he consagrado un culto mudo; te dediqué, ¡oh vaso selecto! un signo mortal y unos voto que de continuo

se acrecientan y embellecen!

¡Y ahora ardo y me derríto por completo! ¡Tu rostro es mi paraíso! ¡Estoy seguro de morir de esta sed

abrasadora! ¡Y sin embargo, tus labios podrían apagarla y refrescarme con su miel!

Terminadas estas estrofas, recitó otras no menos admirables, pero en otro sentido; dirigidas al eunuco. Y

así estuvo diciendo versos durante una hora, tan pronto dedicados a Agib como al esclavo. Y luego que sus

huéspedes se hubieron saciado, Hassán se levantó a fin de traerles lo indispensable para que se lavasen. Y

al efecto les presentó un hermoso jarro de cobre muy limpio; les echó agua perfumada en las manos y se las

limpió después con una hermosa toalla de seda que le pendía de la cintura. Y en seguida les roció con agua

de rosas, sirviéndose de un aspersorio de plata que guardaba cuidadosamente en el estante más alto de su

tienda, sacándolo nada más que en las ocasiones solemnes. Y no contento aún, salió un instante para volver

en seguida, trayendo en la mano dos alcarrazas llenas de sorbete de agua de rosas, y les ofreció una a cada

uno, diciendo “Aceptadlo y coronad así vuestra condescendencia.” Entonces Agib cogió una alcarraza y

bebió, y luego se la entregó al eunuco, que bebió y se la entregó otra vez a Agib, que bebió y se la volvió a

entregar al esclavo, y así sucesivamente, hasta que llenaron bien el vientre y se vieron hartos como nunca lo

habían estado en su vida. Y por último, dieron las gracias al pastelero, y se retiraron muy de prisa para llegar

al campamento antes de que se ocultase el sol.

Y llegados a las tiendas, Agib se apresuró a besar la mano a su abuela y a su madre Sett El-Hose. Y la

abuela le dio otro beso, acordándose de su hijo Badreddin, y hubo de suspirar y llorar mucho. Y después

recitó estas dos estrofas:

¡Si no tuviese la esperanza de que los objetos separados han de reunirse algún día, nada habría aguardado

ya desde que te fuiste!

¡Pero hice el juramento de que no entraría en mi corazón más amor que el tuyo! ¡Y Alah mi señor, que

conoce todos los secretos, puede atestiguar que lo he cumplido!

Después le dijo a Agib: “Hijo mío, ¿por dónde estuviste?” Y él contestó: “Por los zocos de Damasco.” Y

ella dijo: “Ya debes tener mucho apetito.” Y se levantó y le trajo una terrina llena del famoso dulce de granada,

deliciosa especialidad en que era muy diestra, y cuyas primeras nociones había dado a su hijo Badreddin

siendo él muy niño.

Y ordenó al eunuco: “Puedes comer con tu amo Agib.” Y el eunuco, haciendo muecas, se decía: ¡Por

Alah! ¡Maldito el apetito que tengo!, ¡No podré comer ni un bocado!” Pero fue a sentarse junto a su señor.

Y Agib, que se había sentado también, se encontraba con el estómago lleno de cuanto había comido y

bebido en la pastelería. Sin embargo, tomó un poco de aquel dulce, pero no pudo tragarlo por lo harto que

estaba. Además le pareció muy poco azucarado. Y en realidad no era así ni mucho menos. Porque la culpa

era de él, pues no podía estar más ahito de lo que estaba. Así es que, haciendo un gesto de repugnancia, dijo

a su abuela: “¡Oh abuela! Este dulce no está bien hecho.” Y la abuela, despechada, exclamó: “¿Cómo te

atreves a decir que no están bien hechos mis dulces? ¿Ignoras que no hay en el mundo quien me iguale en

el arte de la repostería y la confitería, como no sea tu padre Hassán Badreddin, y eso porque yo le enseñé?”

Pero Agib repuso: “¡Por Alah, abuela, que a este plato le falta algo de azúcar! No se lo digas a mi madre ni

a mi abuelo; pero sabe que acabamos de comer en el zoco, donde nos ha obsequiado un pastelero, ofreciéndonos

este mismo plato. ¡Ah! ¡sólo su perfume ensanchaba el corazón! Y su sabor delicioso habría despertado

el apetito de un enfermo. Y realmente, este plato preparado por ti no se le puede comparar ni con mucho,

abuela mía.”

Y la abuela, enfurecida al oír estas palabras, lanzó una terrible mirada el eunuco Said y le dijo...

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Entonces, su hermana, la joven Doniazada, le dijo: “¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y agradables son,

tus palabras, y cuán delicioso y encantador ese cuento!”

Y Schahazada sonrió y dijo: “Sí, hermana mía; pero nada vale comparado con lo que os contaré la próxima

noche, si vivo aún, por merced de Alah y gusto del rey.”

Y el rey dijo para sí: “¡Por Alah! No la mataré antes de oír la continuación de su historia, pues realmente

es una historia en extremo asombrosa y extraordinaria.”

Salió el sol e inmediatamente el rey Schahriar fue a la sala de sus justicias, y se llenó el diván con la multitud

de visires, chambelanes, guardias y gente de palacio. Y el rey juzgó y dispuso nombramientos y destituciones,

y gobernó y despachó los asuntos pendientes, hasta que hubo acabado el día.

Y luego se levantó el diván, regresó el rey al palacio, y cuando llegó la noche fue a buscar a Schahrazada,

la hija del visir.

Y ERA LA 24a. NOCHE

Y la joven. Doniazada, se apresuró a levantarse del tapiz y dijo a Schahrazada:

¡Oh hermana mía! Te suplico que termines ese cuento tan hermoso de la historia del bello Hassán Badreddin

y de su mujer, la hija de su tío Chamseddin: Estabas precisamente en estas palabras: “La abuela lanzó

una terrible mirada al eunuco Said, y le dijo...” “¿Qué le dijo?”

Y Schahrazada, sonriendo a su hermana, repuso: “La proseguiré de todo corazón y buena voluntad, pero

no sin que este rey tan bien educado me lo permita.”

Entonces, el rey, que aguardaba impaciente el final del relato, dijo a Schahrazada: “Puedes continuar.” Y

Schahrazada dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la abuela de Agib se encolerizó mucho, miró al esclavo de

una manera terrible, y le dijo: “Pero ¡desdichado! ¡Así has pervertido a este niño! ¿Cómo te atreviste a hacerle

entrar en tiendas de cocineros o pasteleros?” A estas palabras de la abuela de Agib, el eunuco, muy

asustado, se apresuró a negar, y dijo: “No hemos entrado en ninguna pastelería; no hicimos más que pasar

por delante.” Pero Agib insistió tenazmente: “¡Por Alah! Hemos entrado y hemos comido muy bien.” Y

maliciosamente añadió: “Y te repito, abuela, que aquel dulce estaba mucho mejor que este que nos ofreces.”

Entonces la abuela se marchó indignada en busca del visir para enterarle de aquel “terrible delito del eunuco

de alquitrán”. Y de tal modo excitó al visir contra el esclavo, que Chamseddin, hombre de mal genio,

que solía deshogarse a gritos contra la servidumbre, se apresuró a marchar con su cuñada en busca de Agib

y el eunuco. Y exclamó: “¡Said! ¿Es cierto que entraste con Agib en una pastelería?” Y el eunuco, aterrado,

dijo: “No es cierto, no hemos entrado.” Pero Agib, maliciosamente, repuso: “¡Sí que hemos entrado! ¡Y

además, cuánto hemos comido! ¡Ay, abuela! Tan rico estaba, que nos hartamos hasta la nariz. Y luego hemos

tomado un sorbete delicioso, con nieve, de lo más exquisito. Y el complaciente pastelero no economizó

en nada el azúcar, como la abuela.” Entonces aumentó la ira del visir, y volvió a preguntar al eunuco,

pero éste seguía negando. En seguida el visir le dijo: ¡Said! Eres un embustero. Has tenido la audacia de

desmentir a este niño, que dice la verdad, y sólo podría creerte si te comieras toda esta terrina preparada por

mi cuñada. Así me demostrarías que te hallas en ayunas.”

Entonces, Said, aunque ahíto por la comilona en casa de Badreddin, quiso someterse a la prueba. Y se

sentó frente a la terrina, dispuesto a empezar; pero hubo de dejarlo al primer bocado, pues estaba hasta la

garganta. Y tuvo que arrojar el bocado que tomó, apresurándose a decir que la víspera había comido tanto

en el pabellón con los demás esclavos, que había cogido una indigestión: Pero el visir comprendió en seguida

que el eunuco había entrado realmente aquel día en la tienda del pastelero. Y ordenó que los otros esclavos

lo tendiesen en tierra, y él mismo, con toda su fuerza, le propinó una gran paliza. Y el eunuco, lleno

de golpes, pedía piedad, pero seguía gritando: “¡Oh mi señor, es cierto que cogí una indigestión!” Y como

el visir ya se cansaba de pegarle, se detuvo y le dijo: “¡Vamos! ¡Confiesa la verdad!” Entonces el eunuco se

decidió y dijo: “Sí, mi señor, es verdad. Hemos entrado en una pastelería en el zoco. Y lo que se nos dio allí

de comer era tan rico, que en mi vida probé una cosa semejante. ¡No como este plato horrible y detestable!

¡Par Alah! ¡Qué malo es!”

Entonces el visir se echó a reír de muy buena gana; pero la abuela no pudo dominar su despecho, y dijo:

¡Calla, embustero! ¿A que no traes un plato como éste? Todo eso que has dicho no es más que una invención

tuya. Ve, si no, a buscar una terrina de este mismo dulce. Y si la traes, podremos comparar mi trabajo

y el de ese pastelero, Mi cuñado será quien juzgue.” Y el eunuco contestó: “No hay inconveniente. “Entonces

la abuela le dio medio dinar y una terrina de porcelana, vacía.

Y el eunuco salió, marchando a la pastelería, donde dijo al pastelero “He aquí que acabamos de apostar

en favor de ese plata de granada, que sabes hacer, contra otro que han preparado los criados. Aquí tienes

medio dinar, pero preséntalo con toda tu pericia, pues, si no, me apalearán de nuevo. Todavía me duelen las

costillas.” Entonces Hassán se echó a reír y le dijo: “No tengas cuidado; sólo hay en el mundo una persona

que sepa hacer este dulce, y es mi madre. ¡Pero está en un país muy lejano!” `

Después Badreddin llenó muy cuidadosamente la terrina, y aún hubo de mejorarla añadiéndole un poco

de almizcle y de agua de rosas. Y el eunuco regresó a toda prisa al campamento. Entonces la abuela de

Agib tomó la terrina y se apresuró a probar el dulce, para darse cuenta de su calidad y su sabor. Y apenas lo

llevó a los labios, exhaló un grito y cayó de espaldas.

Y e! visir y todos los demás no salían de su asombro, y se apresuraron a rociar con agua de rosas la cara

de la abuela, que al cabo de una hora pudo volver en sí. Y dijo: “¡Por Alah! ¡El autor de este plato de granada

no puede ser más que mi hijo Hassán Badreddin y no otro alguno! ¡Estoy segura de ello! ¡Soy la única

que sabe prepararlo de esta manera, y sólo se lo enseñé a mi hijo Hassán!”

Y ál oírla, el visir llegó al límite de la alegría y de la impaciencia, y exclamó: “¡Alah va a permitir por fin

que nos reunamos!” En seguida llamó a sus servidores, y después de meditar unos momentos, concibió un

plan, y les dijo: “Id veinte de vosotros inmediatamente a la pastelería de ese Hassán, conocido en el zoco

por Hassán Él-Bassrauí, y haced pedazos cuanto haya en la tienda. Amarrad al pastelero con la tela de su

turbante y traédmelo aquí, pera sin hacerle daño alguno.”

Luego montó a caballo, y provista de las cartas oficiales, se fue a la casa del gobierno para ver al lugarteniente

que representaba en Damasco a su señor el sultán de Egipto. Y mostró las cartas del sultán al lugarteniente

gobernador; que se inclinó al leerlas, besándolas respetuosamente y poniéndoselas sobre la cabeza

con veneración., Después, volviéndose al visir, le dijo: “Estoy a tus órdenes. ¿De quién quieres apoderarte?”

Y el visir le contestó: “Solamente de un pastelero del zoco.” Y el gobernador dijo: “Pues es muy fácil.”

Y mandó a sus guardias que fuesen a prestar auxilio a los servidores del visir. Y después de despedirse

del gobernador, volvió el visir a sus tiendas.

Por su parte, Hassán Badreddin vio llegar gente armada con palos, piquetas y hachas, que invadieron súbitamente

la pastelería, haciéndolo pedazos todo, tirando por los suelos los dulces y pasteles, y destruyendo,

en fin, la tienda entera. Después, apoderándose del espantadísimo postelero, le ataron con la tela de su

turbante; sin decir palabra. Y Hassán pensaba: “¡Por Alah! La causa de todo esto debe haber sido esa maldita

terrina. ¿Qué habrán encontrado en ella?”

Y acabaron por llevarle al campamento, a presencia del visir. Y Hassán Badreddin, muy asustado, exclamó:

¡Señor! ¿Qué crimen he cometido?” Y el visir le dijo: “¿Eres tú quien ha preparado ese dulce de

granada?” Y Hassán repuso: “¡Oh mi señor! ¿Has encontrado en él algo por lo cual deban cortarme la cabeza?”

Y el visir replicó severamente.' “¿Cortarte la cabeza? Eso sería un castigo demasiado suave. Algo

peor te ha de pasar, como irás viendo.”

Porque el visir había encargada a las dos damas que le dejasen obrar a su gusto, pues no quería darles

cuenta de sus investigaciones hasta su llegada al Cairo.

Llamó, pues a sus esclavos, y les dijo: “Que se me presente uno de nuestros camelleros. Y traed un cajón

grande de madera.” Y los esclavos obedecieron en seguida. Después, por orden del visir, se apoderaron del

atemorizado Hassán y le hicieron entrar en el cajón, que cerraron cuidadosamente. En seguida lo cargaron

en el camello, levantaron las tiendas, y la comitiva se puso en marcha. Y así caminaron hasta la noche. Entonces

se detuvieron para comer, y a fin de que Hassán también comiese, le dejaron salir unos instantes, encerrándole

después de nuevo. Y de este modo prosiguieron el viaje. De cuando en cuando se detenían, y se

hacía salir a Hassán para encerrarle luego de ser sometido a un interrogatorio del visir, que le preguntaba

cada vez: “¿Eres tú el que preparó el dulce de granada?” Y Hassán contestaba siempre: “¡Oh mi señor! Así

es, en verdad.” Y el visir exclamaba: “¡Atad a ese hombre y encerradle en el cajón!”

Y de este modo llegaron al Cairo. Pera antes de entrar en la ciudad, el visir hizo que sacaran a Hassán del

cajón y se lo presentasen. Y entonces dispuso: “¡Que venga en seguida un carpintero!” Y el carpintero

compareció, y el visir le dijo: “Toma las medidas de alto y de ancho para construir una picota que le vaya

bien a este hambre, y adáptala a un carretón, que arrastrará una pareja de búfalos.” Y Hassán, espantado,

exclamó: “¡Señor! ¿Qué vas a hacer conmigo?” Y el visir dijo: “Clavarte en la picota y llevarte por la ciudad

para que todos te vean.” Y Hassán repuso: “Pero ¿cuál es mi crimen, para que me castigues de ese modo?”

Entonces el visir Chamseddin le dijo: “¡La negligencia con que preparaste el plato de granada! Le

faltaban condimento y aroma.” Y al oirlo Hassán se aporreó con las manos la cabeza, y dijo: “¡Por Alah!

¡Todo eso es mi crimen! ¿Y no es otra la causa de este suplicio del viaje, de que sólo me hayas dado de

comer una vez al día, y pienses, por añadidura, clavarme en la picota?” Y el visir respondió: “Ciertamente,

esa es toda la causa; ¡por la falta de condimento!

Entonces Hassán llegó al límite del asombro, y levantando los brazos al cielo se puso a reflexionar profundamente.

Y el visir le dijo: “¿En qué piensas?” Y Hassán respondió: “¡Por Alah! Pienso en que hay muchos

locos, en este mundo. Porque si tú no fueses el más loco de todos los locos, no me hubieras tratado así

porque falte un poco de aroma en un plato de granada.” Y el visir dijo: “He de enseñarte a que no reincidas,

y no veo otro medio.” Pero Hassán exclamó: “Pues tu manera de proceder es un crimen muchísimo mayor

que el mío, y debías empezar por castigarte!” Entonces el visir contestó: “¡No te preocupes! ¡La picota es lo

que más te conviene!”

Y mientras tanto, el carpintero seguía preparando allí mismo el poste del suplicio, y de cuando en cuando

dirigía miradas a Hassán, como queriéndole decir: “¡Por Alah, que has de estar muy a tu gusto!”

Pero a todo esto se hizo de noche. Y se apoderaron de Hassán y nuevamente lo encerraron en el cajón. Y

su tío le dijo: “¡Mañana te crucificaremos!” Después aguardó a que Hassán se hubiese dormido dentro de

su cárcel. Entonces dispuso que cargasen la caja en un camello y dio la orden de partir, no deteniéndose

hasta llegar al palacio.

Y fue entonces cuando quiso revelárselo todo a su hija y a su cuñada. Y dijo a su hija Sett El-Hosn:

¡Loado sea Alah, que nos ha permitido encontrar a tu primo Hassán Badreddin! ¡Ahí le tienes! ¡Marcha,

hija mía, y sé feliz! Y procura colocar los muebles, los tapices y todo lo de la casa y de la cámara nupcial

exactamente lo mismo que estaban la noche de tus bodas.” Y Sett El-Hosn, casi en el límite de la emoción,

dio al momento las órdenes necesarias, y sus siervas se levantaron en seguida, y pusieron manos a la obra,

encendiendo los candelabros. Y el visir les dijo: “Voy a auxiliar vuestra memoria.” Y abrió un armario, y

sacó el papel con la lista de los muebles y de todos los objetos, con la indicación de los sitios que ocupaban.

Y fue leyendo muy detenidamente está lista, cuidando que cada cosa se pusiera en su lugar. Y tan a maravilla

se hizo todo, que el observador más inteligente se habría creído aún en la noche de la boda de Sett El-

Hosn con el jorobado.

En seguida el visir colocó con sus propias manos las ropas de Hassán donde éste las dejó: el turbante en

la silla, el calzoncííllo en el lecho, los calzones y el ropón en el diván, con la bolsa de los mil dinares y el

contrato del judío, volviendo a coser en el turbante el pedazo de hule con los papeles que contenía.

Después recomendó a Sett El-Hosn que se vistiese como la primera noche, disponiéndose a recibir a su

primo y esposa Hassán Badreddin, y que cuando éste entrase, le dijera: “¡Oh, cuánto tiempo has estado en

el retrete! ¡Por Alah! Si estás indispuesto, ¿por qué no lo dices? escaso no soy tu esclava?” Y le recomendó

también, aunque en realidad Sett El-Hosn no necesitaba esta advertencia, que se mostrase muy cariñosa con

su primo y le hiciese pasar la noche lo más agradablemente posible.

Y luego el visir apuntó la fecha de este día bendito. Y fue ál aposento donde estaba Hassán encerrado en

el cajón. Lo mandó sacar nventras dormía, le desató las piernas, lo desnudo y no le dejó más que una camisa

fina y un gorro en la cabeza, lo mismo que la noche de la boda. Y después se escabulló, abriendo las

puertas que conducían a la cámara nupcial, para que Hassán se despertase solo.

Y Hassán no tardó en despertarse, y atónito al verse casi desnudo en aquel corredor tan maravillosamente

alumbrado, y que no se le hacía desconocido, dijo: “¡Por Alah! ¿estaré despierto o soñando?”

Pasados los primeros instantes de sorpresa, se arriesgó a levantarse y mirar a través de una de las puertas

que se abrían en el pasillo. Y al momento perdió la respiración. Acababa de reconocer la sala donde se había

celebrado la fiesta en honor suyo y con tal detrimento para el jorobado. Y al mirar por la puerta que

conducía a la cámara nupcial, vio su turbante encima de una silla y en el diván su ropón y sus calzones.

Entonces, llena de sudor la frente, se dijo: “¿Estaré despierto? ¿Estaré soñando? ¿Estaré loco?” Y quiso

avanzar, pero adelantaba un paso y retrocedía otro, limpiándose a cada momento la frente, bañada de un

sudor frío. Y al fin exclamó: “¡Por Alah! No es posible dudarlo. ¡Esto es un sueño! Pero ¿no estaba yo

amarrado y metido en un cajón? ¡No; esto no es un sueño!” Y así llegó hasta la entrada de la cámara nupcial,

y cautelosamente avanzó la cabeza.

Y he aquí que Sett El-Hosn, tendida en el lecho, en toda su hermosura, levantó gentilmente una de las

puntas del mosquitero de seda azul y dijo: “¡Oh dueño querido! ¡Cuánto tiempo has estado en el retrete!

Ven en seguida!”

Y entonces el pobre Hassán se echó a reír a carcajadas, como un tragador de haschich o un fumador de

opio, y gritaba: “¡Oh, qué sueño tan asombroso! ¡Qué sueño tan embrollado!” Y avanzó con infinitas precauciones,

como si pisara serpientes, agarrando con una mano el faldón de la camisa y tentando en el aire

con la otra, como un ciego o como un borracho.

Después, sin poder resistir la emoción, se sentó en la alfombra y empezó a reflexionar profundamente. Y

es el caso que veía allí mismo, delante de él, sus calzones tal como eran, abombados y con sus pliegues

bien hechos, su turbante de Bassra, su ropón, y colgando, los cordones de la bolsa.

Y nuevamente le habló Sett El-Hosn desde el interior del lecho y le dijo: “¿Qué haces, mi querido? ¡Te

veo perplejo y tembloroso! ¡Ah! ¡No estabas así al principio!” Entonces, Badreddin, sin levantarse y apretándose

la frente con las manos, empezó a abrir y a cerrar la boca, con una risa de loco, y al fin pudo decir:

¿Qué principio? ¿Y de qué noche? ¡Por Alah! ¡Sí hace años y años que me ausenté!”

Entonces Sett El-Hosn le dijo: “¡Oh querido mío! ¡Tranquilízate! ¡Por el nombre de Alah sobre ti y en

torno de ti! ¡Traquilízate! Hablo de esta noche que acabas de pasar en mis brazos. Saliste un instante y has

tardado cerca de una hora. Pero ya veo que no te encuentras bien: ¡Ven, ojos míos, a que te de calor; ven,

alma mía!

Pero Badreddin siguió riendo como un loco, y dijo: “¡Puede que digas la verdad! ¡Es posible qué me haya

dormido en el retrete y que haya soñado!” Después añadió: “¡Pero qué sueño tan desagradable! Figúrate

que he soñado que era algo así como cocinero o pastelero en la ciudad de Damasco, en Siria, muy lejos de

áquí, y que vivía diez años en ese oficio. He soñado también con un muchacho, seguramente hijo de noble,

al que acompañaba un eunuco. Y me ocurrió con él tal aventura. ..” Y el pobre Hassán, notando que el sudor

le bañaba la frente, fue a enjugarla, pero entonces tentó la huella de la piedra que le había herido, y dio

un salto y dijo: “¡Por Alah! ¡Esta es la cicatriz de la pedrada que me tiró aquel muchacho!” Después reflexionó

un instante, y añadió: “¡Es efectivamente un sueño! Este golpe es posible que me lo hayas dado tú

hace un momento.” Y luego dijo: “Sigo contándote mi sueño. Llegué a Damasco, pero no sé como. Era una

mañana, y yo iba como ahora me ves, en camisa y con un gorro blanco: el gorro del jorobado: Y los habitantes

no sé qué querían hacer conmigo. Heredé la tienda de un pastelero, un viejecillo muy amable. ¡Pero

claro, esto no ha sido un sueño! Porque he preparado un plato de granada que no tenía bastante aroma.... ¿Y

después?... ¿Pero he soñado todo esto o ha sido realidad?...”

Entonces Sett El-Hosn exclamó: ¡Querido mío, realmente has soñado cosas muy extrañas! ¡Por favor,

prosigue hasta el final!”

Y Hassán Badreddin, interrumpiéndose de cuando en cuando para lanzar exclamaciones, refirió a Sett El

Hosn- toda la historia, real o soñada, desde el principio hasta el fin. Y luego añadió: “¡Cuando píenso que

por poco me crucifican! ¡Y me hubiesen crucificado si no se disipa oportunamente el sueño! ¡Por Alah!

¡Todavía sudo al acordarme del cajón!”

Y Sett El-Hosn le preguntó: “¿Y por qué te querían crucificar?” Y él contestó: “Por haber aromatizado

poco el dulce de granada. ¡Oh! Me esperaba la terrible picota con un carretón arrastrado por dos búfalos del

Nilo. Pero gracias a Alah, todo ha sido un sueño... Y a fe que la pérdida de mi pastelería, destruida por

completo, me dio mucha pena.”

Entonces, Sett El-Hosn, que ya no podía más, saltó de la cama, se echó en brazos de Hassán Badreddin; y

estrechándole contra su pecho empezó a besarle: Pero él no se movía: Y de pronto dijo: “¡No, no! ¡Esto no

es un sueño! ¡Por Alah! ¿dónde estoy?¿dónde está la verdad?”

Y el pobre Hassán, llevado suavemente al lecho en brazos de Sett El-Hosn, se tendió extenuado y cayó

en un sueño profundo, velado por su esposa, que de cuando en cuando le oía murmurar: “¡Es la realidad!

¡No! ¡Es un sueño!”

Con la mañana volvió la calma al espíritu de Hassán Badreddin, que al despertarse se encontró en brazos

de Sett El-Hosn, viendo al pie del lecho a su tío el visir Chamseddim, que en seguida le deseó la paz. Y Badreddin

le dijo: ¡Por Alah! ¿No has sido tú quien mandó que me atasen los brazos y has dispuesto la destrucción

de mi tienda? ¡Y todo ello por estar poco aromatizado el dulce de granada!”

Entonces, el visir Chamseddin, como ya no había razón para callar, le dijo:

¡Oh hijo mío! Sabe que eres Hassán Badreddin, hijo de mi difunto hermano Nureddin, visir de Bassra. Y

si te he hecho sufrir tales tratos ha sido para tener una nueva prueba con qué identificarte y saber que eras

tú, y no otro, el que entró en la casa de mi hija la noche de la boda. Y esa prueba la he tenido al ver que conocías

(pues yo estaba escondido detrás de ti) la casa y los muebles, y después tu turbante, tus calzones y tu

bolsillo, y sobre todo, la etiqueta de esta bolsa y el pliego sellado del turbante, que contiene las instrucciones

de tu padre Nureddin. Dispénsame, pues, hijo mío; porque no tenía otro medio de conocerte, ya que no

te hube visto nunca, pues naciste en Bassra. ¡Oh hijo mío! Todo esto se debe a una divergencia que surgió

hace muchos años entre, tu padre Nureddin y yo, que soy tu tío.”

Y el visir le contó toda la historia, y después le dijo: “¡Oh hijo mío! En cuanto a tu madre, la he traído de

Bassra, y la vas a veir, lo mismo que a tu hijo Agib, fruto de tu primera noche de bodas con tu prima” Y el

visir corrió a llamarlos.

El primero en llegar' fue Agib, que esta vez se echó en brazos de su padre, y Badreddin, lleno de alegría,

recitó estos versos:

¡Cuando te fuiste, me puse a llorar, y las lágrimas se desbordaban de mis párpados!

¡Y juré que si Alah reunía alguna vez a los amantes, afligidos por su separación, mis labios no volverían

a hablar de la pasada ausencia!

¡La felicidad ha cumplido lo que ofreció y ha pagado su deuda! ¡Y mi amigo ha vuelto! ¡Levántate hacia

aquel que trajo la dicha y recógete los faldones de tu ropón para servirle!

Apenas concluyó de recitar, cuando llegó sollozando la abuela de Agib, madre de Badreddin, y se precipitó

en los brazos de'su hijo, casi desmayada de júbilo.

Y a la vuelta de grandes expansiones y lágrimas de alegría se contaron mutuamente sus historias y sus

penas y todos sus padecimientos.

Dieron después gracias a Alah por haberlos reunido sanos y salvos, y volvieron a vivir en la felicidad y

entre puras delicias y sin privarse de nada, ¡hasta que les visitó la Separadora de los amigos, la Destructora

de la felicidad, la Irreparable, la Inevitable!”

Y esta es ¡oh rey afortunado! -dijo Schahrazada al rey Schahriar la historia maravillosa que el visir Giafar

Al-Barmaki” refiria al califa Harún Al-Rachid, Emir de los Creyentes de la ciudad de Bagdad. Y son estas

también las aventaras del -visir Chamseddin, de su hermano el visir Nureddin y, de Hassán Badreddin, hijo

de Nured;d¡n

Y el califa Harún Al-Rachid dijo:

¡Por Alah, que todo esto es verdaderamente asombroso!” Y admirado hasta el límite de la admiración,

sonrió agradecido a su visir Giafar, y ordenó a los escribas de palacio que escribiesen con oro y con su más

bella letra esta maravillosa historia y que la conservasen cuidadosamente en el armario de los papeles, para

que sirviese de lección a los hijos de, los hijos.

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