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martes, 28 de septiembre de 2010

MITOS CABALISTICOS -- GEBURAH (GEBURAH), EL QUINTO SEPHIRAH -- EL ARBOL DE LA VIDA Y LOS DIEZ SEPHIRAH






GEBURAH (GEBURAH), EL QUINTO SEPHIRAH

TITULO : Gueburah, Fuerza, Severidad (Hebrero: Guimel, Beth, Vau, Resh, Hé).
IMAGEN MÁGICA : Un poderoso guerrero en Su carro.
POSICION EN EL ARBOL : En el centro del Pilar de la Severidad.
TEXTO YETZIRATICO : El quinto Sendero es llamado la Inteligencia Radical, porque se parece a la Unidad uniéndose a Binah, el Entendimiento que emana de las profundidades primordiales de Kjokmah, la Sabiduría.
TITULOS DADOS A GUEBURAH : Din, la Justicia. Pachad (Pajad), el temor.
NOMBRE DIVINO : Elogim Gebor. (Elojim Guebor).
ARCANGEL : Khamael.
ORDEN ANGELICO : Seraphim, las Serpientes de Fuego.
CHAKRA MUNDANO : Madim, Marte.
EXPERIENCIA ESPIRITUAL : Visión de Poder.
VIRTUD : Energía, Valor.
VICIO : Crueldad, Destrucción.
CORRESPONDENCIA EN EL MICROCOSMOS: El brazo derecho.
SIMBOLOS : El Pentágono. La Rosa Tudor de cinco pétalos. La Espada. La Lanza. La Verga. La Cadena.
CARTAS DEL TAROT : Los Cuatro Cinco.
Cinco de Bastos : La Lucha.
Cinco de Copas : Placer enturbiado.
Cinco de Espadas: Derrota.
Cinco de Oros : Conflicto terrestre.
COLOR EN ATZILUTH : Naranja.
" BRIAH : Rojo Escarlata.
" YETZIRAH : Escarlata brillante.
" ASSIAH : Rojo moteado de negro.

I

Una de las menos comprendidas en la filosofía cristiana es el problema del mal; y una de las cosas donde la ética cristiana se muestra la menos informada es el problema de la fuerza y de la severidad, por oposición a la misericordia y la dulzura. De consiguiente, Gueburah, el Quinto Sephirah, cuyos títulos adicionales son Din (justicia) y Pachad (el Temor), es uno de los Sephiroth menos comprendidos, siendo uno de los más importantes. Si no fuera que la doctrina cabalista, en términos bien explícitos, afirma el carácter sagrado de los diez Sephiroth, muchos estarían inclinados a ver en Gueburah el aspecto maligno del Arbol de la Vida. El planeta Marte, cuya Esfera es el chakra mundano de Gueburah, es llamado "maléfico" en astrología.

Por tanto, aquellos que están bien informados más allá de las vías ilusorias de una filosofía demasiado engañosa que toma sus deseos por realidades, saben que Gueburah en ningún modo es el Enemigo, el Adversario, de que habla la Escritura, sino Rey en su carro que parte para la guerra, cuyo poderoso brazo derecho protector defiende su pueblo con la espalda y la legalidad, y cuida que la justicia sea hecha. Kjesed, el Rey sentado en su trono, el Padre del pueblo de días pacíficos, bien puede merecer nuestro amor; pero quien es acreedor de nuestro respeto es Gueburah, el Rey sobre su carro, que parte para la guerra. Jamás se ha hecho suficiente justicia a la parte que merece el sentimiento del repeto en la emoción del amor. Experimentamos una clase de amor para aquel que sabe inspirarnos el temor de Dios, si la ocasión se presenta, de una manera muy diferente, mucho más permanente y más estable y, cosa curiosa, mucho más satisfactoria aún, desde el punto de vista emocional, que el amor, en el cual no existe ningún sentimiento de temor. Gueburah es quien inspira este sentimiento de temor al Señor que es el comienzo de la Sabiduría, al mismo tiempo que un sentimiento general y de sano respeto que nos ayuda a mantenernos en el dificil y estrecho sendero, y apela a nuestra naturaleza superior, pues sabemos que gracias a él nuestros pecados serán puestos a la luz.

Este es un factor al cual la moral cristiana, por lo menos en su sentido popular, no da bastante importancia; y, puesto que la opinión general de la sociedad cristiana alimenta un prejuicio con respecto del Santo Quinto Sephirah, será necesario considerar su relación con el Arbol de la Vida y, a la vez, el papel que desempeña en la vida espiritual y social, con un muy amplio detalle, pues este Sephirah no es bien comprendido; y esta falsa apreciación con respecto al valor que representa es la causa de muchas dificultades en nuestra existencia moderna.

Gueburah ocupa la posición central en el Pilar de la Severidad; expresa, pues, el aspecto catabólico o destructivo de la fuerza. Es menester recordar que el catabolismo es el aspecto del metabolismo o proceso vital que concierne a la liberación de la fuerza activa. Se dice que el Bien es aquello que es constructivo y el Mal lo que es destructivo. De cuán falsa es esta filosofía, podremos verlo intentando clasificar, de acuerdo con sus principios, el cáncer y un desinfectante. En las enseñanzas de los Misterios más profundos y más filosóficos, aprendemos que el Bien y el Mal no son cosas en sí, sino condiciones. El Mal es simplemente una fuerza que no está en su lugar; si se halla desplazada en el tiempo, está rezagada y tan lejos de su meta que resulta inútil. Está desplazada si se manifiesta donde no es necesario, como, por ejemplo, una brasa que cae sobre una servilleta o el agua que se ha desbordado de la bañera. Se halla desplazada en cuanto a las proporciones, si un exceso de amor nos hace sentimentales y estúpidos, o si la falta de amor nos convierte en destructivos y crueles. Es en este sentido que se comprende el Mal y no en un dominio personal que obra como un Adversario.

Gueburah, el Destructor, el Señor del Temor y de la Severidad, es, por tanto, tan necesario al equilibrio del Arbol como Kjesed, el Señor del Amor, y Netzach, la Señora de la Belleza. Gueburah es el cirujano celestial, el caballero de la Armadura Brillante, aquel que traspasa con su lanza al dragón; magnífico como un novio para la Virgen que lo espera anhelante, aunque, sin duda, el Dragón preferiría un poco más de Amor.
La iniciación de los "maleficos", tales como Saturno y Marte, y Yesod, la Luna engañosa, no son menos indispensables para la evolución y el desarrollo regular del alma que los Misterios de la Crucifixión expresados por Thiphareth. Es el punto de vista unilateral del cristianismo lo que hace su debilidad y el responsable de todo lo que es patológico y malsano, tanto en nuestra vida pública como en nuestra existencia privada. Pero es necesario no olvidar que el cristianismo fué el remedio útil para el mundo pagano, enfermo moribundo de sus propias toxinas. Nosotros tenemos necesidad de sus bienes, pero también , desgraciadamente, tenemos que tener en cuenta lo que le falta. Consideremos, pues, de más cerca, la influencia astringente y correctiva de Gueburah.

La energía dinámica es tan necesaria para la salud social, como la dulzura, la caridad y la paciencia. Debemos saber que la dieta eliminatoria que restaura una salud amenazada, produciría la enfermedad de un cuerpo sano. Jamás hay que exaltar la cualidades que contrabalancean los excesos de la fuerza, con si fuesen finalidades en sí o medios de salud. Una caridad excesiva es también, a su manera, una locura; mucha paciencia es signo de laxitud. Es necesario un justo equilibrio del cual resulta la dicha, la salud. el equilibrio del organismo social y la franca realización de cuantos sacrificios deban ser aceptados para obtenerlo. No podemos comer nuestra ración y conservarla al mismo tiempo, ni en la esfera espiritual, ni en ninguna parte.

En los Misterios, Gueburah es el sacerdote ordenando para los sacrificos. El sacrificio no significa ofrecer algo que nos es caro porque un Dios celoso lo demande, un Dios que no tiene rivales y que se regocija de nuestro sufrir. El sacrificio significa la elección deliberada, clarividente, de un bien elevado con preferencia a uno inferior, lo mismo que un atleta prefiere el esfuerzo del ejercico al reposo, el cual es funesto para la conservación de su línea. El carbón que la locomotora consume, es sacrificado al poder de la velocidad. En realidad, el sacrificio es una transmutación de fuerza; la energía latente en el carbón ofrecida en el altar de la locomotora, es transformada en la energía dinámica del vapor, por los instrumentos empleados.

Existe un mecanismo psicológico y cósmico a la vez, que cada acto de sacrificio pone en juego y por el cual éste es transformado en energía espiritual, la que, a su vez, puede ser aplicada a diversos otros mecanismos y reaparecer sobre los planos de la forma en un tipo de fuerza íntegramente diferente de lo que fue en su origen.

Por ejemplo, un hombre puede sacrificar sus emociones a su carrera, o una mujer, su carrera a sus emociones. Si el acto es puro, sin arrepentimiento, un inmenso flujo de energía psíquica es liberado de esa manera en la dirección elegida. Pero si el deseo inferior se halla sólo reprimido en cuanto a su expresión y no realmente en el altar por un impulso de libre voluntad, la víctima infortunada de este acto sucumbe en dos mundos a la vez. Es aquí donde Gueburah nos es necesario, el cual, con un gesto sacerdotal rápido y fuerte, arranca de nuestras manos el objeto del deseo y lo golpea con un golpe misterioso, ofreciéndolo a la Divinidad, pues Gueburah es el Microcosmos, es decir, el Alma del hombre; es el coraje y la resolución que combate toda falsa indulgencia.

¡Qué falta nos hacen las virtudes espartanas de Gueburah en esta época de sentimentalidad neurótica¡ ¡Cuánta caída podríamos economizarnos si el Cirujano Celestial nos hiciera la herida oportuna que cura, evitando el compromiso fatal, la irresolución enfermiza, parecida a una herida entreabierta tan a menudo amenazada de gangrena¡

Si en este mundo ninguna mano fuerte sirviere al bien, el mal no cesaría de crecer. Si no es bueno apagar el tizón humeante cuando todavía arde, no es menos un error dejar que se expanda la ceniza que el atizador pondría en su lugar. Llega un momento en que la paciencia es debilidad, en que pierde su mejor tiempo, momentos en que la piedad se convierte en una locura y expone la inocencia al peligro. La táctica de no resistencia al mal no puede ser eficazmente empleada más que en una sociedad vigilada; esa táctica no tuvo nunca éxito cuando uno se encuentra cerca de las fronteras. La naturaleza, de dientes y garras rojas, lleva los colores de Gueburah. La civilización refinada es sin duda hija de Kjesed, la Misericordia, que transmuta la fuerza brutal y la destrucción excesiva de todo aquello que durante largo tiempo pertenece al aspecto del quinto Sephirah, Gueburah. Pero hay que recordar igualmente que la civilización se apoya en la naturaleza como un edificio en sus cimientos; es la condición sanitaria oculta, pero no menos necesaria para la salud pública.

Doquiera exista algo que obre para su propia utilidad, Gueburah debe emplear su método; donquiera reine el egoísmo, debe ser traspasado por la lanza de Gueburah; doquiera se ejercite la violencia contra el débil, o el uso sin cuartel de la fuerza, el sable de Gueburah y no el globo de Kjesed es el remedio eficaz; dondequiera haya robo y mentira, la verdad sagrada de Gueburah debe entrar en juego; doquiera cancelen los límites que nos protegen de nuestro vecino, la cadena de Gueburah debe intervenir.

Estas cosas son tan indispensables para la salud social e individual, como el amor fraternal; y son tanto más raras en nuestra época sentimental, si se trata de su uso a título de remedio y no de venganza. Quien grite delante del agresor "¡Detente¡" y "¡Adelante"¡ a los que despejan la ruta, desempeña su papel sacerdotal en la Esfera Sagrada del Quinto Sephirah.




II

Si observamos los fenómenos de la vida, comprobamos que el ritmo y no la inmovilidad es lo que caracteriza al principio vital. La estabilidad que muestra la existencia manifestada, es como la de un corredor en su bicicleta, en equilibrio entre dos posibles caídas; puede caer a derecha o a izquierda, pero por su habilidad la caída no se produce.

En la vida de los individuos, en el desarrollo de una transacción, en la actitud de todo grupo mental disciplinado y bien organizado, vemos producirse las influencias alternadas de Gueburah y de Guedulah, de un lado al otro, con un balanceo rítmico. Todos los que tengan la responsabilidad de conducir una agrupación organizada saben que es necesario tirar o aflojar las riendas sin cesar, estimular y estabilizar. Hay un sentido de la libertad necesaria para la sinceridad prudente, y un sentido para la represión que exige un ardor ciego. Si la represión no es ejercida con firmeza, la disolución o la revuelta amenazan al grupo. El prudente conoce el momento donde la reacción tendrá lugar, cuando llega el instante de hacer restallar el látigo de Gueburah sobre la cuadriga para que haya nuevamente un esfuerzo; sabe también que el látigo no debe ser empuñado muy a menudo cuando la cuadriga debe tomar un resuello, o cuando una de sus unidades menos segura tiene trabada una pata en los arneses.

En la vida pública, especialmente, nos podemos dar cuenta de los ritmos alternativos de Gueburah y Guedulah. Nos arriesgamos a profetizar que la nación inglesa está en camino de surgir de un aspecto jupiteriano para abordar uno marciano. En todas partes vemos que la misericordia, convertida en excesiva como consecuencia de las imperfecciones de la naturaleza humana, da paso a un rigor que hará respetar nuevamente una justicia bien organizada e impedirá que el mal crezca. La labor de la policía será más estricta, los jueces más severos, y en la reforma penal se producirá un compás de espera; ya no son los humanitarios quienes tendrán la última palabra. El alma grupal de la raza entra en una fase de Gueburah y le falta paciencia con respecto a sus unidades en retardo.

En este ciclo prevalecerá la tendencia a descartar decididamente al incapaz y concentrarse sobre el esfuerzo de conducir a su desarrollo más elevado lo que valga la pena. Gueburah será la cabeza de esta empresa, y toda atenuación de rigor que proponga Guedulah deberá pasar por un severo examen. Esta reforma era necesaria, pues al fin de un período es cuando tienden a prevalecer los excesos; el humanitarismo de Guedulah llevado a extremos es, a final de cuentas, ridículo; su refinamiento se ha convertido en pura debilidad y ha perdido el sentido de las realidades.

Cuando una nueva fase se eleva desde el seno del espíritu del alma grupal, es sobre sus partes menos iluminadas, sobre las masas, que se hace visible su influencia; la gente culta siente horror de los extremos; vemos que esto aparece en la conducta de algunos periodistas. Los periódicos populares piden a voz en cuello el uso del knut, lo mismo que denunciar las deudas y pactos internacionales; en resumen, piden servirse libremente del sable de Gueburah. En todas partes crece la tendencia a no sufrir más la estupidez, tendencia que obstaculiza la misión de los negociadores, pues Gueburah no comprende de negociar; y en toda discusión, su principal argumento es el gesto del príncipe griego que corta el nudo con su espada.

Conociendo la interacción de las fases, el iniciado no se afecta por ninguna, y se guarda de imaginar que una de ellas es el fin del mundo y que la otra es el milenio. Sabe que todas seguirán sus cursos, comenzando por una reacción necesaria contra la que les ha precedido, y concluyendo, a su turno, en el exceso; con tal que los iluminados de una raza sean suficientemente clarividentes, esta raza no perecerá; porque el solo hecho que se produzcan excesos, implica el fin de una curva, después de la cual, normalmente, el péndulo cambiará de nuevo y volverá a su equilibrio. Sólo cuando la clarividencia ha sido completamente abolida de un pueblo, el péndulo en la vida se desequilibra y lo conduce al suicidio. Este fue el caso de Roma, de Cartago y, últimamente, el caso de Rusia. Pero, aun cuando una organización social es destruída y el péndulo se agita al azar, el principio del ritmo inherente a toda existencia manifestada se restablece de inmediato cuando después del naufragio una nueva organización comienza a nacer.

La gran debilidad del cristianismo consiste en que ignora el ritmo. Opone Dios y el Diablo, en vez de unir Vishnú a Siva. Su dualismo es antagónico en vez de ser equilibrado y, de consiguiente, jamás puede surgir el tercer término funcional por medio del cual se equilibra el poder. Su Dios es por siempre jamás el mismo, ayer, hoy y mañana; no evoluciona parejo con su creación, sino se libra a un solo acto creador después del cual duerme sobre sus laureles. La total experiencia del hombre, su total conocimiento, es contrario a la verdad de una concepción semejante.

El concepto cristiano, siendo estático y no dinámico, no puede ver que porque una cosa parezca buena, su contraria no debe ser necesariamente mala. No tiene sentido de las proporciones, porque ignora esencialmente el principio del equilibrio en el espacio, como del ritmo en el tiempo. Por tanto, a los ojos del ideal cristiano, sucede a menudo que la parte es más importante que el todo. La dulzura, la piedad, la pureza y el amor constituyen el ideal cristiano y, como Nietzsche lo ha hecho notar, son virtudes del esclavo. En nuestro ideal deberíamos hacer lugar para las virtudes de los jefes, del guerrero: el coraje, la energía, la integridad, la justicia. El cristianismo no tiene nada que decirnos con respecto a estas virtudes dinámicas.

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