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EL ARTE OSCURO

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miércoles, 23 de febrero de 2011

TESEO -- EL ORÁCULO DE DELFOS


Empieza a leer... Teseo

I
El oráculo de Delfos

Los cuatro jinetes, de repente, dejaron de bromear. Habían
llegado a los pies del Parnaso, y la presencia del dios
Apolo, el más implacable del Olimpo, se hacía sentir en
el aire. Con sus corazas de bronce, los cuatro jinetes habían
atravesado, procedentes de la ciudadela de Atenas,
las llanuras y los montes del Citerón y el Helicón, y en
su camino habían inspirado en quienes los contemplaban
el mismo temor que ellos ahora percibían en las inmediaciones
del santuario de Apolo en Delfos.
El templo estaba situado entre dos muros de roca de
color cobrizo y, por los destellos que despedían cuando
el sol se reflejaba en ellas, recibían el nombre de Fedríadas,
las Brillantes. A los lados de la vía sagrada que conducía
hasta el santuario yacían las ofrendas de los que
hasta allí acudían.
Rodeado de un semicírculo de elevadas montañas pobladas
de abetos y dominando desde la altura el mar del
golfo de Corinto, Delfos era el centro del mundo porque
así lo había decretado Zeus: el padre de los dioses
soltó dos águilas desde los extremos de la Tierra y éstas
cruzaron su vuelo en el punto exacto en el que se elevaron
después las murallas de Delfos. En ese lugar, el soberano
de los dioses colocó una enorme roca blanca la-
brada, a la que llamó ómphalos, ombligo, y allí su hijo
Apolo decidió levantar su principal santuario. Sin embargo,
ello no fue fácil, porque el lugar estaba habitado
por Python, una gigantesca serpiente, hija de la Tierra,
que dominaba las regiones vecinas y que poseía el don de
la adivinación. Sólo tras un encarnizado combate pudo
Apolo levantar su principal morada en la Tierra. El dios
llegó a la gruta en la que la serpiente dormitaba, enroscada
con la boca unida a la cola. Sigilosamente, Apolo dio
una vuelta en torno a ella, oscuro e implacable como la
noche, pero, a pesar de su sigilo, la serpiente se despertó
y comenzó a desenrollarse, preparada para trabar combate
con el extraño. Con un rápido movimiento, alargó
la cabeza y escupió su veneno contra el hijo de Zeus, que
tuvo el tiempo justo para apartarse y preparar una de sus
mortíferas flechas. Cuando la serpiente se erguía para llevar
a cabo otro ataque, el dios disparó su arco de plata, la
punta de la flecha penetró en la carne del dragón y fue,
poco a poco, destrozando sus ponzoñosas entrañas. Sin
comprender qué le ocurría, la serpiente se irguió para un
nuevo ataque y, una tras otra, las flechas del «dios que
dispara a lo lejos» la volvieron a atravesar, hasta que finalmente
cayó desplomada sobre el suelo.
A continuación, Apolo recogió las gotas de veneno
que habían quedado impregnadas en la roca y en la tierra
y, con su sabiduría divina —porque conocía todo lo que
se refería a venenos y pociones curativas—, preparó un
brebaje, lo ingirió y adquirió así su capacidad profética.
Así fue como el santuario de Apolo en Delfos se
convirtió en obligado lugar de peregrinación y todos
aquellos que querían emprender un peligroso viaje o una
guerra acudían al templo y preguntaban a los dioses cuál
sería su destino.
Egeo, el wánax de Atenas, también vislumbraba amenazadoras
sombras en su futuro, y por esta razón acudía
a la morada de Apolo.
—A partir de aquí, se acabaron las bromas —ordenó
con gesto severo el Señor de Hombres a los tres guerreros
que le acompañaban, y éstos guardaron silencio,
como si nunca hubieran tenido la capacidad de hablar.
Estos tres guerreros eran los lawagetas de Egeo, sus
lugartenientes: a un solo gesto suyo se hubieran dejado
matar en el campo de batalla y no pocas veces le habían
salvado la vida en pasadas incursiones contra ciudadelas
enemigas. Entre ellos imperaba un férreo sentido de la
camaradería forjado a lo largo de los años y las aventuras;
algunos de aquellos hombres incluso habían peleado
junto a su padre y le habían visto crecer, y aunque no habían
dejado de bromear con su wánax acerca del motivo
que les llevaba hasta el ombligo del mundo, cada vez que
Egeo daba una orden, ellos todavía sentían un estremecimiento
bajo la armadura.
No en vano, el motivo por el que se encontraban allí
respondía a una cuestión de Estado: el rey de Atenas, el
Señor de Hombres, aún no tenía descendencia y sus tres
hermanos —en especial Palante y sus hijos, que dominaban
los territorios vecinos— ansiaban apoderarse de la
ciudad consagrada a Atenea: los hermanos de Egeo solían
proclamar que la ausencia de un heredero legitimaba aquellas
ambiciones. Desde Mégara, desde Eubea y desde el
sur del Ática, el círculo que los tres hermanos habían trazado
en torno a Atenas se estrechaba más y más, y aunque
Egeo había tomado como esposas a dos princesas
—primero a Mélite y luego a Calcíope—, ninguna de ellas
le había dado la deseada descendencia. Por ese motivo,
para consultar al dios de los oráculos cómo poner reme-
dio a tan delicada situación, el señor de Atenas se había
encaminado con sus tres hombres de confianza hasta el
santuario sagrado de Delfos, en la montañosa Fócide.
Los cuatro jinetes llegaron a las puertas del templo
y se apearon de sus caballos. El invierno era todavía un
recuerdo cercano (sólo con las primeras flores Apolo regresaba
del lejano país de los Hiperbóreos) y la noche no
tardaría en caer: convenía apresurarse si querían conocer
las revelaciones del dios antes de que acabara el día, de
modo que tras atar sus monturas entraron en el templo
sin dilación.
Allí encontraron a un anciano, el custodio del sagrado
recinto, envuelto en un austero manto gris.
—Venerable sacerdote —dijo Egeo, al tiempo que depositaba
en sus manos el pélanos, la torta de cebada que
servía como ofrenda—, deseamos que el oráculo nos responda,
sin ocultarnos ningún detalle, la pregunta que
venimos a formularle.
—El oráculo ni responde ni oculta, solamente advierte
—contestó la voz cavernosa del sacerdote de Apolo,
clavando sus ojos blancos y ciegos sobre el rostro del
rey ateniense—. ¿Os habéis purificado? Sabéis que la divinidad
detesta que en su templo entren hombres con las
manos manchadas de sangre y, por el ruido de vuestras
armas, sospecho que lleváis derramada mucha sangre ajena
a vuestras espaldas.
—Nos hemos purificado, venerable sacerdote —respondió
humildemente Egeo.
—Sin embargo —añadió el anciano—, también sabréis
que el dios aprecia la sangre de un ternero sobre su
altar.
Sin mediar más palabras, Lykos, el más joven de los
lawagetas de Egeo, se dirigió hacia su caballo y des-
cargó el ternero que traían preparado para el sacrificio.
A continuación, se lo entregó a Egeo, que lo llevó cogido
por las cuatro patas hasta el altar. El animal se arqueaba
y mugía, acaso presintiendo su inminente holocausto. El
sacerdote vertió el agua purificadora sobre la fría piedra
del altar y Egeo sujetó firmemente al animal contra ella.
Entonces, el sacerdote elevó una plegaria a Apolo y, acto
seguido, atravesó con un cuchillo la garganta del ternero,
que, junto a un río de sangre, dejó escapar por la
abertura de la herida su último mugido. Después, el oficiante
descuartizó al animal y procedió a quemar las partes
incomestibles, aquellas que se reservaban para los
dioses desde los tiempos del titán Prometeo; el resto, las
carnes más jugosas, se repartieron convenientemente entre
los cuatro hambrientos guerreros, que llevaban día y
medio sin probar bocado, salvo el pan y las olivas que
había traído el invierno. Luego, el sacerdote tomó su
parte y, tras recoger los restos, procedió a reconstruir ritualmente
la forma del animal sacrificado y le preguntó
a Egeo cuál era la cuestión que quería plantear al dios
de los oráculos.
—Deseo saber, oh sacerdote de Apolo, si los dioses
me concederán un heredero y qué debo hacer para lograrlo.
—La divinidad te lo dirá —contestó el sacerdote, haciéndole
un gesto con la mano para que pasara al interior
de una estancia contigua. Los hombres de Egeo también
quisieron traspasar el umbral, pero el anciano se lo prohibió
con un enérgico movimiento de su mano.
Egeo comenzó a descender por unas escaleras que
lo condujeron hasta una tenebrosa y fría cámara subterránea,
el ádyton. La sala de las profecías se encontraba
apenas iluminada por una débil luz verdosa. Una vapo-
rosa gasa, que hacía las veces de cortina, confería esa onírica
tonalidad a una pequeña hoguera que ardía un poco
más allá. El Señor de Hombres permaneció de pie,
sobrecogido por la atmósfera sagrada del lugar. Tras la
gasa, pudo adivinar la demacrada presencia de una figura
femenina, era la Pitia, la voz humana del dios Apolo, que
se disponía a celebrar sus divinos rituales: se acababa de
purificar bañándose con el agua de la fuente Castalia, un
manantial que debía su nombre a la joven muchacha que
se había arrojado en ella cuando huía del propio Apolo.
Ahora, la Pitia masticaba una hoja de laurel, mientras
permanecía sentada sobre el trípode adivinatorio de
la deidad, al lado del mismísimo ómphalos, el ombligo del
mundo.
Egeo volvió a formular la pregunta.
—¿Qué he de hacer, oh Pitia, voz divina de Apolo,
para tener descendencia? —y su voz retumbó en las
paredes de la gruta.
La Pitia, entonces, envuelta en los vapores que brotaban
del subsuelo a través de una grieta en la tierra, entró
en éxtasis y comenzó a agitarse, como si el dios mismo
la poseyera y se hiciera dueño de su cuerpo; se agitaba
febrilmente y pronunciaba palabras que Egeo apenas
podía comprender. Su voz parecía emerger de las profundidades
del Hades y Egeo entendió que verdaderamente
una fuerza sobrenatural hablaba por ella. Y entonces,
como si el dios hubiera decidido abandonar su
cuerpo, la Pitia dejó de emitir sonidos inconexos y se desplomó
desfallecida sobre el suelo de la cámara. El rey de
Atenas quiso ir hacia ella y descorrió ligeramente la gasa
que les separaba: la visión de la Pitia provocó en él un
estremecimiento. Lo que había sobre el suelo no era una
mujer, sino un despojo cadavérico envuelto en una túni-
ca del color del laurel. Parecía que sobre aquella mujer
se acumularan más de doscientos años de existencia.
Cuando fue a tocarla, una mano le retuvo.
—No lo hagas —escuchó decir al anciano guardián
del templo—. Ya has visto más de lo que un mortal ha
podido ver jamás. Ni siquiera nosotros, sus sacerdotes,
hemos visto jamás la Voz de Apolo... El dios quiso que
sus sacerdotes fueran ciegos.
—¡Pero no ha contestado a mi pregunta! ¡No ha dicho
ni una sola palabra que un hombre pudiera entender!
—contestó Egeo, aún estremecido ante la imagen
que acababa de contemplar—. ¡No ha respondido a mi
pregunta...!
—Apolo no responde; el dios advierte —y tendiéndole
una tablilla, añadió—: Y esto es lo que el dios te advierte:
ASKOU TON PROUKHONTA PODA MEGA PHERTATE LAON
ME LUSEIS PRIN DEMON ATHENEON EISAPHIKESTHAI
El Señor de Hombres tomó la tablilla y repitió lentamente
las palabras de la Pitia: «El cuello que sobresale
del odre, oh el mejor de los hombres, no lo desates hasta
llegar a Atenas».
—¿Que no desate el cuello del odre? ¡Por la sangre podrida
de la Hidra! ¿Qué quiere decir esto? —se atrevió a
blasfemar Egeo cuando, ya bien entrada la noche, estuvieron
lo bastante lejos del templo de Delfos como para
no excitar la ira del dios.
—Si así lo deseas, Señor de Hombres Egeo, podemos
ir a preguntarlo a algún otro oráculo, al de Lebadea,
por ejemplo... Al menos allí se manifiestan a través del
sueño —dijo Lykos, entre risas que fueron secundadas
por el resto.
—¿Por qué tan cerca? Podemos cabalgar unos doce
días más sin dormir hasta el oráculo de Zeus en Dodona
—prosiguió Esténelo—. El rumor de las hojas de
los árboles y el silbido del viento con el que Zeus contesta
es más fácil de comprender que los mensajes de la
Pitia.
—No creo que sea necesario —dijo a su vez Nykteo,
con rostro serio—. Creo haber averiguado el sentido del
oráculo.
—¿Sabes qué significan las extrañas palabras del
oráculo, Nykteo? Entonces, explícalas sin demora, y si tu
interpretación me parece convincente, te librarás de montar
guardia cuando nos detengamos a dormir —contestó
Egeo, mirándolo con un gesto de duda.
—El significado del oráculo es claro —comenzó a
decir Nykteo—: El dios ha dicho que no vuelvas a mear
hasta que lleguemos a Atenas —y rompió en una sonora
carcajada.
Todos celebraron el ingenio de Nykteo y golpearon
sus muslos con gran algarabía.
—Me parece, Nykteo —dijo el wánax, en venganza
por la broma que habían hecho a su costa—, que harás
guardia toda la noche, como tu propio nombre indica.
¿Ves cómo yo también sé interpretar las palabras?
Además, puedes empezar ahora mismo. Nos detendremos
aquí. Nos espera un duro viaje. Aún no volveremos
a Atenas.
A pesar del cansancio, ninguno de los tres guerreros
se atrevió a poner ninguna objeción a la decisión de su
wánax: ni siquiera osaron preguntarle cuál era el rumbo
que a partir del día siguiente tomarían. Él lo declararía
sin que se lo pidieran y, si prefería mantener calladas sus
intenciones, ya lo descubrirían cuando llegaran al lugar
de destino.
Así, bajo los pinos de un bosque que se encontraba
en la ruta hacia Tebas, la ciudad de Cadmo, tras despojarse
de sus vestimentas guerreras, el yelmo de colmillos
de jabalí y el grueso coselete de lino reforzado con láminas
de bronce, los cuatro jinetes se dispusieron a pasar la
noche al raso.
—¿Conocéis la historia de la fundación de Tebas, la
ciudad de las siete puertas? —dijo Esténelo, interrumpiendo
el murmullo de los árboles y los inquietantes graznidos
de las aves nocturnas.
—¿Y qué si la conocemos? —contestó Nykteo desde
su puesto de guardia—; nos la vas a contar de todos
modos. Es lo único que hacéis los viejos, contar tonterías
que no interesan a nadie.
—Deja que la cuente —intervino Egeo—. Es un buen
conjuro para que nos visite el dios de los sueños y podamos
dormir.
—Os contaré cómo se fundó Tebas. Yo no digo que
fuera así —comenzó a relatar Esténelo, el más veterano
de los lawagetas de Egeo—, sólo digo que lo cuento tal
y como a mí me lo contaron. Según dicen, Zeus, el padre
de dioses, se enamoró de Europa, la hija del rey Agenor,
y, para seducirla, fue hasta las playas de Fenicia y se
apareció ante ella bajo la forma de un hermoso y manso
toro. Zeus tomó esta figura para que la joven confiara en
él y se acercara sin temor...
—Esténelo, ¿no entiendes que somos tus compañeros,
guerreros aqueos, y no tus nietos? —interumpió
Nykteo.
—¿Por qué no te callas tú? —gritó Lykos, tumbado
junto a la hoguera—. ¡Me estaba quedando dormido y
me has despertado!
—Continuaré —dijo Esténelo—. El caso es que Europa
montó sobre el lomo del toro y éste se fue adentrando
en el mar poco a poco, sin que la muchacha lo
notara, hasta que hubieron avanzado tanto en las aguas
que la joven no pudo escapar. Así fue como Zeus la llevó
hasta algún lugar desconocido, donde yació con ella.
¿Queréis vino? Bueno, continuaré. Cuando Agenor supo
que su hija había desaparecido, envió a sus hijos a buscarla
por todos los rincones del mundo. Y a Cadmo le
correspondió venir hasta estas tierras que pisamos, junto
a sus hombres. ¿Adivinaréis qué hizo Cadmo? —se
detuvo un instante y volvió a beber—. Lo primero que
hizo fue consultar el oráculo de Apolo, como nosotros.
¡Ah, por eso me ha venido a la cabeza esta historia! ¡Se
acabaría el mundo antes de que supiérais qué le contestó
la Pitia...!
—Que no desatara el cuello del odre —sonrió Nykteo.
—Le dijo —continuó Esténelo, haciendo caso omiso
a la broma de Nykteo— que siguiera su camino hasta
que encontrara una vaca con una marca peculiar sobre
su lomo, dos lunas sobre sus ijadas; y le encomendó que
la siguiera y que, sobre el lugar que ésta se tumbara a descansar,
fundara una ciudad. Cadmo hizo lo que la voz
del dios le había indicado y, tras encontrar y seguir a la
vaca, llegó al lugar donde habría de fundar la ciudadela
de Tebas. Así que Cadmo y sus hombres trazaron con
un arado el contorno de la ciudad, marcando en él las
siete entradas sobre las que luego se levantaron las famosas
Siete Puertas de Tebas. Las habréis visto si habéis
estado allí.
Esténelo observó a sus compañeros, que lo miraban
como quien espera la conclusión de un cuento. El
viejo bebió de nuevo y continuó:
—Para consagrar la nueva ciudad a una divinidad,
como bien sabéis, tenían que hacer un sacrificio, pero
les faltaba el agua purificadora, así que Cadmo envió a
sus hombres a por ella. Éstos llegaron a un manantial
(algunos dicen que era la fuente Castalia), pero ocurrió
que estaba custodiado por la monstruosa serpiente del
dios de la guerra Ares. Esperad, esperad todavía un poco,
que ahora viene lo mejor. La serpiente devoró a todos
los soldados; sin embargo, Cadmo, advertido por la diosa
Atenea de lo que había ocurrido, dio muerte a la serpiente,
vengando así a sus compañeros. Siguiendo los
consejos de la diosa, Cadmo sembró los colmillos del
monstruo en la tierra y al instante brotaron de ella innumerables
guerreros completamente armados y dispuestos
a atacarle. Una vez más, la diosa se puso de parte
del fenicio y le dijo que arrojara piedras en medio de
ellos con el ánimo de confundirlos. Efectivamente, los
guerreros, desconcertados, creyeron que entre sí se estaban
lanzando piedras y se atacaron unos a otros hasta
que sólo quedaron en pie cinco de ellos, los Hombres
Sembrados, los antepasados de los tebanos que hoy habitan
la ciudadela. Luego ocurrirían muchas cosas, algunas
ciertamente maravillosas, como cuando Cadmo
tomó por esposa a una hija del dios Ares para reconciliarse
con él. Esa joven se llamaba Harmonía, pero la historia
de las bodas de Cadmo y Harmonía será para otra
ocasión...
—Pero... Esténelo —intervino nuevamente Nykteo—,
¿qué ocurrió con Europa? ¿La encontró o no la
encontró? ¿Qué fue de la hija de Agenor?
—Bueno, ésa es una historia... muy larga. Yo sólo
quería contar cómo se fundó Tebas. Quizá te lo cuente
cuando te interesen las historias de viejos.
Los otros dos guerreros ya habían caído en brazos
del sueño y había mucho camino que recorrer en la jornada
siguiente. Bajo el manto oscuro de la noche, sólo se
oían los rumores de sus criaturas más salvajes.

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