.

.

.

.

Google+ Badge

.

EL ARTE OSCURO

↑ Grab this Headline Animator

GOTICO

↑ Grab this Headline Animator

jueves, 9 de junio de 2011

EL KÁLEVALA LA EPOPEYA NACIONAL DE FINLANDIA







EL KÁLEVALA

LA EPOPEYA NACIONAL DE FINLANDIA

El Kálevala —título que significa la tierra de los héroes— es el poema nacional de Finlandia. Estricta­mente es una colección de cantares épicos tradiciona­les, reunidos bajo apariencia de poema. Su origen se remonta a los siglos VI a XIV, desde que los hombres de lengua finesa se establecieron en el territorio que hoy se llama Finlandia hasta la invasión de los suecos. Desde luego, al transmitirse de siglo en siglo, estos cantos sufrían alteraciones, pero en conjunto repre­sentan bien aquella época lejana.
El idioma de Finlandia pertenece a la familia finno-úgrica, muy distinta de la indo-europea, cuyas lenguas ocupan la mayor parte del territorio de Europa y parte del de Asia (principalmente la India, la Persia, la Ar­menia, la Siberia). Los principales representantes del grupo finno-úgrico, cuyos orígenes se sitúan hipotéti­camente en la cuenca del Volga, son —además del fin­landés— el estonio, el lapón y el húngaro. El finlandés recibe desde el final de la Edad Media la influencia del sueco: conquistada Finlandia por Suecia, se impone allí como oficial el idioma de la nación dominadora y se difunde como medio de expresión literaria; pero la lengua popular se mantuvo, y a ella se tradujo la Bi­blia desde el siglo XVI. En los campos, sobre todo, persistían los viejos cantos del pueblo finlandés, y apa­recían siempre nuevos poetas.
En 1822, Zacharias Topelius recogió y publicó unos pocos cantares finlandeses sobre las leyendas de los hijos de Káleva (Finlandia). Después, el doctor Elías Lönnrot se dedicó a reunir todos los cantares sobre esas leyendas: para ello recorrió el país, penetrando hasta regiones muy apartadas, durante varios años, desde 1828; después los organizó en serie, de manera que constituyesen una especie de poema, y con el título de Relévala los publicó en 1835. La importancia de esta publicación fue tal, que en Finlandia se celebra como fecha fausta el 28 de febrero, día en que circularon los primeros ejemplares del libro de Lönnrot. Desde ese momento, el idioma finlandés adquirió prestigio litera­rio en las ciudades, y los hijos del país se dedicaron a su cultivo, abandonando en parte el sueco. La moderna literatura finlandesa, data, pues, de la publicación del Kálevala.
En la primera forma que le dio Lönnrot, el poema contenía 12.000 versos, divididos en doce runos o can­tos. Pero el gran folklorista no se detuvo ahí: continuó recogiendo cantares, y en 1849 publicó una nueva edi­ción, ampliada hasta 22.793 versos, divididos en cin­cuenta runas. Después de la muerte de Lönnrot, A. V. Forsman publicó una edición en 1887 con adiciones nuevas.
El Kálevala está escrito en versos de ocho sílabas; no tienen rima, pero sí aliteración, o sea repetición de fonemas iniciales o importantes dentro de cada verso; además, se emplea el paralelismo de imágenes o de ideas.
La versión que damos aquí, en traducción del dis­tinguido escritor D. Alejandro Casona, procede de la síntesis hecha por Charles Guyot (París, 1926) sobre la base de la traducción francesa del doctísimo Léouzon Le Duc (1868).
I
EL MARAVILLOSO NACIMIENTO DE WAINAMOINEN


He aquí que en mi alma se despierta un deseo, que en mi cerebro surge un pensa­miento: quiero cantar, quiero modular mis palabras entonando un canto nacional, un canto familiar. Las frases se derriten en mi boca, los discursos se atropellan; desbordan mi lengua, se expanden alrededor de mis dientes.
Antaño, mi padre me ha cantado esas mismas palabras tallando el mango de su hacha; mi madre me las enseñó haciendo girar el huso. Yo entonces no era más que un niño, una pobre criatura inútil que se arrastraba por el suelo a los pies de la no­driza, con la barbilla goteante de leche. Pero hay otras palabras además: palabras que yo he recogido en las fuentes de la ciencia, encontrado a lo largo de los cami­nos, arrancado entre las malezas, desgajado de los árboles en las altas ramas y amon­tonado al borde de los senderos, cuando en mi infancia iba a guardar los rebaños entre los pastizales con arroyos de miel y las co­linas de oro.
También el frío me ha cantado versos y la lluvia me trajo sus runas; los vientos del ciclo y las olas del mar me han hecho oír su poema; los pájaros me enseñaron su trino, y los árboles desmelenados me han invitado a sus conciertos.
¡Sí! Yo cantaré un canto magnífico, un canto espléndido, cuando haya comido el pan de centeno y haya bebido la áspera cer­veza. Y si la cerveza me falta, mi lengua seca invocará al rocío; y cantaré para ale­grar la noche, para celebrar el esplendor del día. ¡Cantaré hasta la aurora para bri­zar la salida del sol!

Érase una vez una virgen; una hermosa virgen, Luonnótar, hija de Ilma. Vivía, desde hacía largo tiempo, casta y pura, en medio de las vastas regiones del aire, de los inmensos espacios de la bóveda celeste.
Pero he aquí que un día comenzó a sentir el hastío de las horas, a fatigarse de su virginidad estéril, de su existencia solitaria en las llanuras del aire, tristes y desiertas.
Y descendió de las altas esferas, y se lanzó en la plenitud del mar, sobre la grupa blanca de las olas.
Entonces un viento impetuoso, un viento de tem­pestad, sopló de oriente; el mar se hinchó y se agitó en oleajes.
La virgen fue arrastrada por la tempestad, flotando de onda en onda, sobre las crestas coronadas de espu­ma. Y el viento salobre vino a acariciar su regazo. Y el mar la fecundó.
Durante siete siglos, durante nueve vidas de hom­bre, llevó la carga de su gravidez. Y aquel que había de nacer no nacía. Y aquel que nadie engendró seguía sin ver la luz.
La virgen nada; nada hacia oriente y occidente, al noroeste y al sur, por las riberas del aire. Espantosos dolores le queman las entrañas. Pero aquel que había de nacer no nace y aquel que nadie engendró sigue sin ver la luz.
La virgen llora dulcemente y dice: "¡Ay, desdicha­da, qué tristes son mis días! ¡qué errante es mi vida, pobre de mí! ¡Siempre y en todas partes, bajo la in­mensa bóveda del cielo, empujada por el viento, arras­trada por las olas en el seno de este vasto mar sin límites! ¡Oh, Ukko, dios supremo: tú que sostienes el mundo, ven a mí, socórreme! ¡Apresúrate a mi llama­da! ¡Libra a esta doncella de sus angustias, a esta mujer del dolor de sus entrañas! ¡Ven, ay, acude pron­to; tu ayuda se me hace necesaria más y más!"
Un corto espacio transcurrió. Y de repente un águila de amplias alas tiende el vuelo. Surca los aires con estrépito, buscando un lugar para su nido. Vuela a oriente y occidente, vuela al noroeste y al sur, pero no encuentra un rincón donde construir nidal.
Vuela de nuevo; después se detiene; y piensa y me­dita: "¿Qué lugar elegiré, el viento o el mar? El viento derribará mi casa, el mar la tragará".
Y he aquí que entonces la virgen del aire levantó su rodilla por encima de las olas, ofreciendo así al águila un lugar para su nidal bienamado.
El águila ilustre suspende el vuelo; divisa la rodilla de la hija de lima y la toma por una verde colina, por un cerro de fresco césped. Lentamente vacila en el aire. Al fin, se lanza sobre la punta de la rodilla y allí construye su nido. Y en ese nido deposita seis huevos. Seis huevos de oro y un séptimo de hierro.
El águila se pone a incubar sus huevos, un día y otro día, y casi un tercer día. Entonces la hija de lima sintió un calor ardiente en su piel. Parecía que su rodilla era una brasa, que todos sus nervios se de­rretían.
Y replegó vivamente la rodilla, sacudiendo todos sus miembros. Y los huevos rodaron al abismo y se estre­llaron contra las olas.
Pero no se perdieron en el fango ni se mezclaron con el agua. Sus pedazos se convirtieron en las más bellas cosas. Así:
"De la parte inferior de los huevos se formó la tie­rra, madre de todos los seres; de su parte superior el sublime cielo; de sus trozos amarillos el radiante sol; de sus trozos blancos la luna resplandeciente; de las cascarillas jaspeadas se hicieron las estrellas; y los trozos oscuros fueron los nubarrones del aire".
Y el tiempo avanzó y los años se sucedieron, porque el sol y la luna habían comenzado a brillar. Pero la hija de lima continuaba errante todavía sobre la vas­tedad del mar, sobre las olas vestidas de niebla. Debajo de ella, la húmeda llanura; encima de ella, el claro cielo.
Y al noveno año, en el décimo estío, levantó la ca­beza sobre las aguas y comenzó la creación en torno suyo.
Donde tiende su mano, hace surgir promontorios; donde tocan sus pies, cavan hoyos para los peces; donde se sumerge, hace más profundos los abismos. Cuando roza de flanco la tierra, aplana las riberas; cuando tropieza con ella su pie, nace el socavón fatal para los salmones; cuando las golpea de frente, abre los golfos.
Después toma impulso y se interna en la alta mar. Allí crea las rocas, y pare los escollos para el naufra­gio de los navíos y la muerte de los marineros.
Ya las islas emergen de las olas, los pilares del aire se yerguen sobre sus bases, la tierra nacida de una palabra despliega su masa sólida, las venas de mil colores aran la piedra y esmaltan las rocas... Y Wainamoinen no ha nacido todavía, el runoya de la eter­nidad .
El viejo, el impasible Wainamoinen, esperó en el vientre de su madre durante treinta estíos, durante treinta inviernos, sobre el inmenso abismo, sobre las olas nebulosas.
Meditaba profundamente preguntándose en su inte­rior cómo le sería posible existir y pasar su vida en aquel sombrío retiro, en aquella estrecha mansión, donde jamás ni el sol ni la luna dejaban penetrar su luz.
Y clamó: "¡Rompe mis ligaduras, oh luna! ¡libérta­me, oh sol! Y tú, radiante ótawa, enseña al héroe a franquear estas desconocidas puertas, estos infrecuen­tados caminos, a salir de este reducto oscuro, de este abrigo asfixiante. Conducid sobre la tierra al viajero, al hijo del hombre bajo la bóveda del aire, para que pueda contemplar el sol y la luna, y admirar el es­plendor de ótawa, y gozar la luz de las estrellas".
Pero la luna no rompió sus ligaduras, ni el sol le dio la libertad. Entonces Wainamoinen sintió el hastío de los días y la fatiga de su vida. Y golpeó vivamente la puerta de la fortaleza, con el dedo sin nombre . Forzó el muro de hueso con el dedo mayor del pie izquierdo, y se arrastró con las uñas fuera del umbral, y sobre las rodillas fuera del vestíbulo.
Y ahora, helo ahí, sumergido en el abismo hasta la boca y hasta la punta de los dedos. El poderoso héroe continúa sometido al poder de la onda.
Durante cinco años, durante seis años, durante siete y ocho años, se vio arrastrado de ola en ola. Al fin se detuvo en un cabo desconocido, sobre una tierra des­nuda de árboles.
Allí, ayudándose con las rodillas y los codos, se irguió cuan alto era, y se puso a contemplar el sol y la luna, a admirar el esplendor de ótawa y a gozar la luz de las estrellas.
Así nació Wainamoinen, así fue revelado el ilustre runoya. Una mujer lo llevó en su seno. La hija de lima lo trajo al mundo.



II
KÁLEVALA


Wainamoinen encaminó sus pasos a través de aque­lla isla situada en medio del mar, a través de aquella tierra desolada y sin árboles. Largos años vivió en la tierra estéril, en la isla sin nombre.
Y pensó en su espíritu, meditó en su cerebro: "¿Quién vendrá ahora a sembrar este campo? ¿quién lo llenará de gérmenes fecundos?"
Sampsa, el dios de los campos, sembró el agro; de­rramó el grano sobre las llanuras y las ciénagas, sobre el talud y la tierra blanda, y en los espacios rocosos. Sembró el pino en las colinas, el abeto en los altoza­nos, el brezo en las arenas, y plantó los jóvenes arbustos en los valles.
El viejo, el impasible Wainamoinen, acudió a ver la obra de Sampsa. Observó que los jóvenes retoños se habían desarrollado, que los árboles habían crecido. Sólo la semilla de la encina no había fecundado; sólo el árbol de Jumala  no había echado raíces.
Entonces cuatro doncellas, divinidades de las aguas, surgieron del seno de la onda y se pusieron a segar las altas yerbas, a cortar el césped húmedo de rocío. Y a medida que avanzaban iban recogiendo las yerbas con un rastrillo y amontonándolas en un gran almiar. Después la yerba cortada fue arrojada al fuego, al poder de las llamas. Y todo ardió hasta la desnudez de la ceniza.
Y he aquí que en la entraña de esa ceniza, del árido tizón, es donde fue a crecer el follaje bienamado y a germinar la bellota de la encina. Ya aparece el verde retoño, la hermosa planta. Y de su tronco arranca una doble rama.
Su ramaje se dilata, su copa sube hasta el cielo, su follaje invade el espacio; detiene el vuelo de las ligeras nubes, interrumpe el curso de las grandes, oscurece la luna y el sol.
Entonces el viejo Wainamoinen reflexionó profunda­mente: "¿No habrá nadie que se atreva a descuajar la encina, a abatir el árbol ilustre? La tristeza se apode­rará de los hombres, los peces nadarán difícilmente, si la luna no brilla y el sol esconde su antorcha".
Pero ningún hombre, ningún héroe se presentó para descuajar la encina, para derribar el árbol de las cien ramas.
El viejo Wainamoinen dijo: "¡Oh tú, mujer! ¡oh tú, madre Luonnótar: tú que me criaste, envía aquí un genio de las aguas que venga a arrancar la encina, a destruir el árbol fatal, para despejar los caminos del sol y trillar su senda al rayo de la luna".
Un hombre, un héroe surgió entonces del seno de las aguas. No era mayor que el dedo pulgar de un hom­bre; como un palmo de mano de mujer.
El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "No has sido hecho tú para arrancar la encina, para abatir el árbol maravilloso".
Pero ya el héroe había tomado entonces otra forma. Golpeó poderosamente la tierra con la planta del pie, y su frente llegó hasta las nubes. Flota su barba hasta las rodillas; sus cabellos, hasta los talones. Se pone a afilar su hacha, repasando el filo con seis, con siete pedernales. Después avanza vivamente con sus pies ligeros; da un primer paso rápido sobre la tierra are­nosa; da un segundo paso sobre la tierra color de al­magre; da un tercer paso, y llega al pie de la deslum­brante encina.
Entonces, con su hacha, da un golpe y otro golpe. Al tercer golpe, saltan chispas del acero y la encina se bambolea; el árbol inmenso se viene a tierra.
Y una vez que la encina fue abatida, que el árbol maravilloso fue derribado, el sol y la luna vuelven a encontrar lugar para dardear sus rayos, las nubes para seguir su curso, el arco iris para desplegar su comba esplendorosa desde el cabo de nieblas hasta la isla rica de umbrías.
Y los brezos comenzaron a verdecer, los bosques a crecer gozosos, las hojas a vestir los árboles, el césped a adornar la tierra, los pájaros a gorjear en las um­brías, los zorzales a retozar, y el cuclillo a cantar en las altas copas.
Ya las bayas maduran en sus tallos, las flores de oro esmaltan los campos, la vegetación se despliega bajo mil formas. Pero la cebada no ha germinado aún, la planta tutelar todavía no ha nacido.
Canta el abejaruco  en lo alto de un árbol: "La espiga no crecerá, la avena no germinará, mientras los árboles que cubren el campo no sean todos derribados y entregados al fuego".
El viejo, el impasible Wainamoinen, se hace inme­diatamente fabricar un hacha de afilado corte; después derriba una inmensa cantidad de árboles. Bosques en­teros se desploman a sus golpes. Un abedul, un solo abedul queda en pie para servir de refugio a los pájaros del cielo, para que el cuclillo haga oír desde él su canto.
Y he aquí que un águila tiende su vuelo por el ce­leste espacio. Quiere saber por qué ha sido respetado el abedul, por qué el hermoso árbol no ha sido de­rribado.
El viejo Wainamoinen se lo dice: "Se ha dejado en pie este árbol para que sirva de refugio a los pájaros del cielo, para que en él repose el águila". Y el águila contesta: "Bien hecho está".
Entonces el águila prendió fuego a todos los árboles cortados. La llama surgió violentamente; el viento del norte, el viento del nordeste atizaron el incendio; todo fue devorado y reducido a cenizas.
Un día, dos días, tres noches, casi una semana trans­currió. El viejo, el impasible Wainamoinen fue a visi­tar el campo. Y aprobó el buen orden de todo: la cebada había germinado, la espiga tenía tres hileras, el tallo tenía tres nudos.
Entonces el viejo Wainamoinen lanzó una mirada en torno. El cuclillo del estío se acercó y viendo al abedul desplegar su bella cabellera, dijo: "¿Por qué ha sido perdonado el abedul? ¿por qué este lindo árbol no ha sido descuajado?"
El dios Wainamoinen dijo: "El abedul ha sido per­donado para que tú tengas una rama para tu reposo y tu canto. Canta, pues, oh hermoso cuclillo, canta a plena voz, garganta de clarín, garganta de oro. Haz retumbar el aire, garganta de bronce. ¡Canta, sí, canta a la mañana y a la noche y al mediodía! ¡Celebra mis bellas praderas, di la dulzura de mis bosques, los teso­ros de mis riberas, la fecundidad de mis campos!
III
WAINAMOINEN Y EL JOVEN JOUKAHAINEN


El viejo, el impasible Wainamoinen pasaba los días de su vida en los bosques y las landas de Kálevala. Allí entonaba sus cantos y manifestaba su ciencia.
Día y noche sin interrupción retumbaba su voz. Re­petía sus antiguos recuerdos, celebraba el origen de las cosas, los misterios que todos los hombres juntos no sabrían cantar, que todos los hombres juntos no sabrían comprender en su pobre vida, en las horas su­premas de sus días perecederos. La fama de la sabidu­ría del runoya se extendió a lo lejos; voló hasta las regiones del Mediodía, hasta las alturas de Pohjola.
He aquí, pues, que el joven Joukahainen, el cenceño mancebo de Laponia, paseando un día por su aldea, oyó contar la maravillosa nueva; supo que allá en los bosques y landas de Kálevala, sabían cantos mejores que los suyos, que los que él aprendió de su padre.
Esto le llenó de cólera. Al mismo tiempo una terri­ble envidia se encendió en su pecho contra Waina­moinen, porque comprendió que iba a ser sobrepasado por él. Llegó junto a su madre y le anunció su desig­nio de ir a Wainola  a desafiar al bardo.
La madre de Joukahainen desaprobó su decisión, y el padre se esforzó en hacerle desistir, diciéndole: "Allá harán mofa de ti, te embrujarán con sortilegios, hasta que tus manos y tus pies se pongan rígidos, y no puedas moverte ni volver atrás".
El joven Joukahainen respondió: "Sin duda la sabi­duría de mi padre es grande; y la de mi madre mayor aún. Pero la mía es mejor".
Y partió sin escuchar sus consejos. Tomó su caballo de reluciente morro y fogosos corvejones, y lo unció a su trineo dorado, a su trineo de fiesta. Después mon­tó, hizo restallar su látigo ornado de perlas, y se lanzó al espacio.
Caminaba con un fragor de tempestad. Caminó un día, caminó dos días. Al tercer día llegó al bosque de Wainola, en las landas de Kálevala.
El viejo, el impasible Wainamoinen, venía lentamen­te por el camino. Pronto el joven Joukahainen se en­contró con él de frente. Los trineos chocaron, los atalajes se enredaron, se encabestraron las colleras, y los corceles humeantes se detuvieron.
Entonces el viejo Wainamoinen dijo: "¿De qué raza eres tú, que tan locamente cruzas por mi camino, des­trozando mi trineo, mi hermoso trineo de fiesta?"
El joven Joukahainen replicó: "Yo soy el joven Jou­kahainen. ¿Y tú? ¿de dónde sales tú? ¿cuál es tu familia? ¿cuáles son tus antepasados, miserable?"
El viejo Wainamoinen dijo: "Si eres el joven Jou­kahainen, cédeme el paso, porque no eres igual a mí en edad".
El joven Joukahainen dijo: "No se trata aquí de juventud ni de vejez. Que aquel que sea el más grande en sabiduría y el más poderoso en recuerdos, pase delante. Y que el otro le ceda el camino. Si es cierto que tú eres el viejo Wainamoinen, el runoya de la eternidad, comencemos a cantar. Que el hombre dé lecciones al hombre; ¡que uno de nosotros triunfe del otro!"
El viejo Wainamoinen contestó: "¿Qué puedo valer yo como sabio, ni como bardo, si he vivido toda mi vida en estos bosques solitarios, en medio de mis cam­pos, sólo atento a la voz de mi cuclillo? Déjame oír más bien lo que tú sepas; aquello que tú comprendas mejor que los demás".
El joven Joukahainen dijo: "Sé unas cosas y otras; las poseo con plena claridad. Sé que la salida del humo está en el techo, que la llama no está lejos del hogar, que la vida es fácil para la lija y para la foca que se encenaga en las aguas. Pero si esto no te basta, sé otras cosas además, conozco otros asuntos".
El viejo Wainamoinen dijo: "La ciencia del niño, la memoria del niño, no son las del viejo héroe barbado ni las del hombre que ha tomado mujer. ¡Habla de las cosas eternas y profundas!"
El joven Joukahainen dijo: "Sé que el pinzón es un pájaro y sé de dónde viene; sé que la culebra es un reptil, que la pértiga es un pez del agua, que el hierro es flexible, que la tierra negra es amarga, que el agua hirviente causa dolor, que el fuego quema rabiosamen­te. Y todavía recuerdo más cosas: recuerdo el tiempo en que yo me dedicaba a surcar el mar, a sondear el abismo, a cavar agujeros para los peces, a sumergirme hasta las entrañas del agua, a formar lagos, a amon­tonar colinas y a agrupar las rocas. Yo estaba presente cuando la tierra fue creada, cuando fue desplegado el espacio".
El viejo Wainamoinen dijo: "¡Deja ya de amontonar mentira sobre mentira!"
Y el joven Joukahainen: "Si mi ciencia no es bas­tante, mi espada la suplirá. ¡Oh, viejo Wainamoinen, oh runoya de la boca sin límites! ¡ven a medir tu espa­da conmigo, prueba ahora la hoja del acero!"
El viejo Wainamoinen dijo: "Poco me importan en verdad tu espada y tu cólera, tu venablo y tus desa­fíos. Pero no me está bien medirme contigo, pobre mozo; batirme contigo, oh miserable".
El joven Joukahainen crispó la boca, irguió la ca­beza, sacudió su negra cabellera, y dijo: "Al que rehuse batirse conmigo yo lo convertiré en cerdo de largo hocico; yo daré cuenta de tales héroes arrastrán­dolos sobre el estiércol, amontonándolos en el fondo del establo".
Entonces Wainamoinen fue presa de la indignación y estalló en furia. Y de pronto rompió a cantar, ento­nando palabras mágicas. Wainamoinen canta, y a su voz braman las marismas, y la tierra tiembla, y las montañas de cobre oscilan, y las losas espesas saltan, y las rocas se hienden, y las piedras se quiebran contra la costa.
Con sus sortilegios anonada al joven Joukahainen. Finge ramas y follaje en la collera de su caballo, varas de mimbre sobre la gualdrapa, ramas de sauce en las riendas. Después convierte su trineo de oro, su her­moso trineo de fiesta, en un arbusto seco de los pantanos; su látigo ornado de perlas, en el carrizo de la orilla del mar; su caballo de estelada frente, en piedra de las cataratas; su espada de guardas de oro, en relámpago; su arco de mil colores, en arco iris; sus aladas flechas, en flotantes ramas de pino; su perro de corvo morro, en un mojón de tierras; su gorra, en nube delgada; sus guantes, en nenúfares de agua es­tancada; su manto de lana azul, en niebla; su rico cinturón, en un reguero de estrellas...
Después sacude entre sus manos al joven Joukahai­nen en persona, y lo hunde en una ciénaga hasta la cintura, en una pradera hasta los riñones, en un brezal hasta las axilas.
Sólo ahora comprende el joven Joukahainen que, aquel que había encontrado en su camino y contra el cual había querido luchar, era verdaderamente el viejo Wainamoinen.
Intentó con uno de sus pies salir del lugar donde se le había hundido, pero su pie estaba paralizado. Lo intentó con el otro, pero lo encontró calzado con un zapato de piedra.
Entonces la desesperación se apoderó del joven Jou­kahainen, viendo que todo le era funesto, y clamó: "Oh sabio Wainamoinen: recoge de nuevo tus palabras sagradas, tus mágicos sortilegios. Líbrame de esta an­gustia, y yo te pagaré un rico rescate".
El viejo Wainamoinen dijo: "¿Qué me darás si recojo mis palabras, si te libro de esa angustia?"
El joven Joukahainen dijo: "Tengo dos arcos, dos preciosos arcos, fuertes y seguros en el blanco. Toma de los dos el que plazcas".
El viejo Wainamoinen dijo: "Hombre de estrechos pensamientos, ¿para qué quiero yo tus arcos? ¿qué me importan a mí, detestable monstruo? También tengo arcos yo; los muros de mi casa están cubiertos de ellos. Milagrosos arcos que salen a cazar al bosque sin la ayuda de la mano del hombre". Y otra vez volteó entre sus manos al joven Joukahainen, enterrándolo más profundamente en el cenagal. El joven Joukahainen dijo: "Oh viejo Wainamoinen: te entregaré un casco lleno de oro, una gorra llena de plata; todo el oro y la plata que mi padre ha conquis­tado en las batallas, que ha traído de sus cabalgadas guerreras".
El viejo Wainamoinen dijo: "De nada me sirve tu riqueza; no corro yo, insensato, detrás de tu oro. Mis cofres lo desbordan. Y mi plata es antigua como la luna; mi oro tiene la edad del sol".
Y nuevamente sacudió al joven Joukahainen, hun­diéndolo más y más en la ciénaga.
El joven Joukahainen estaba en el colmo de la des­dicha, viéndose enterrado hasta la barba en el húmedo fangal, hasta la boca en el légamo espeso, hasta los dientes entre las raíces de los pinos.
Y dijo: "Oh sabio Wainamoinen: recoge tus encan­tamientos, perdona mi triste vida, líbrame de este es­pantoso abismo. Si retiras tus mágicas palabras, te en­tregaré a mi hermana Aino. Te ofrezco a la hija de mi madre para poner tu casa en orden, para barrer el suelo de tu cámara, para fregar tus escudillas de leche, para lavar tus vestidos, para tejerte un manto de oro y amasarte las tortas de miel".
Entonces Wainamoinen sintió en su corazón un in­menso gozo; la esperanza de tener a la hermana del joven Joukahainen para sostén de sus viejos días des­armó su cólera.
Y se puso a cantar un instante; y otra vez luego, y una tercera vez, recogiendo así sus sagradas palabras de antes, sus mágicos sortilegios.
De este modo el joven Joukahainen salió del abismo donde se hallaba hundido; y su caballo dejó de ser una roca, su trineo un arbusto seco y su látigo caña mari­na. Después montó en su trineo querido, y se dirigió con el corazón abrumado y triste el alma, a la casa de su dulce madre.
Camina con un estrépito ensordecedor, con una velo­cidad de espanto. Y he aquí que su trineo va a chocar en la escalinata de la casa paterna, estrellándose con­tra el pabellón de baños.
La madre y el padre acuden al estrépito, y le dicen: "Has estrellado a propósito tu trineo, has hecho astillas voluntariamente tu timón. ¿Por qué conduces de manera tan extraña y tan loca?"
El joven Joukahainen, deshecho en llanto, estaba con la cabeza baja, el corazón en la garganta, derriba­da la gorra, los labios secos y espesos, hundida la nariz contra la boca.
Su madre le habló: "¿Por qué lloras, hijo? ¿por qué te lamentas, oh fruto de mi mocedad?".
El joven Joukahainen dijo: "Oh madre, lloraré y me lamentaré toda mi vida porque he ofrecido a mi hermana Aino a Wainamoinen, para que sea su esposa, para que sirva de sostén al senil, de apoyo al habitante eterno del país de los viejos".
La madre del joven Joukahainen se frotó las manos, y dijo: "No llores, hijo querido, ninguna razón tienes para estar triste. Mis votos serán colmados al fin, y veré al héroe de los héroes en mi casa; tendré a Wai­namoinen por yerno, al célebre runoya por esposo de mi hija".
Pero la hermana del joven Joukahainen comenzó a llorar a su vez amargamente. Un día, dos días lloró, tendida sobre las escaleras de la casa.
Su madre le dijo: "¿Por qué lloras, mi buena Aino, tú a quien tan alto esposo ha elegido, tú que habitarás la mansión del hombre ilustre, que has de sentarte junto a su ventana y charlar con él en su escaño?".
La doncella dijo: "Sí, madre mía, razones tengo pa­ra llorar. Lloro mi hermosa cabellera que tendré que cubrir, mis finos bucles que tendré que ocultar cuando soy tan niña aún, cuando todavía estoy creciendo" . Y también lloro por la dulzura de este sol, por el en­canto de esta luna sin igual, por toda la majestad de este cielo que, tan niña aún, tendré que abandonar". La madre dijo: "Seca tus lágrimas, loca. El sol de Dios no brilla sólo en las ventanas de tu padre; tam­bién en otros lugares brilla. Ni es sólo tampoco en los campos de tu padre y en los claros bosques de tu her­mano donde encontrarás, pobre niña, bayas y fresas. También crecen en otras montañas, también en otras llanuras crecen".
Aino, la joven virgen, Aino, la hermana de Joukahainen, salió al bosque a buscar un brazado de rami­llas de abedul. Y cuando volvía a la casa, atravesando el bosque con sus ágiles pies, el viejo Wainamoinen apareció. Contempló a la muchacha, adornada con un collar de perlas, corriendo sobre el fresco césped. Y le habló: "Sólo para mí, y no para ningún otro llevarás, oh doncella, tu collar de perlas, adornarás tu pecho con la hebilla de metal y anudarás tus cabellos con el lazo de seda".
La muchacha contestó: "Ni para ti ni para otro alguno adorno yo mi pecho con la hebilla de metal, ni ato mis cabellos con el lazo de seda. Ni los hermosos vestidos me apetecen, ni las rebanadas del pan candeal. Antes prefiero el tosco brial y el pan duro en casa de mi padre, al lado de mi dulce madre".
Y arrancándose la hebilla del pecho, despojándose del collar de perlas de su cuello, de los anillos de sus dedos y el rojo lazo de sus cabellos, los arrojó a tierra para que la tierra los gozase a su capricho; los dispersó por el bosque para que el bosque se adornase con ellos. Y llorando regresó a casa.
La madre de Aino trabajaba, sentada en la escalera del granero, desnatando la leche. "¿Por qué lloras tú, doncella, pobre hija mía?".
"Ay madre, mi suerte es cruel y amarga. Lloro y me lamento ¿y qué otra cosa puedo hacer? He ido al bos­que y regresaba a casa, cuando, de repente, Wainamoi­nen me gritó estas palabras desde el fondo del valle: "Sólo para mí y no para ningún otro llevarás, oh don­cella, tu collar de perlas, y adornarás tu pecho con la hebilla de metal y anudarás tus cabellos con el lazo de seda".
La madre respondió: "Sube al aitta"  que se alza allá en la colina, el granero lleno de nuestra riqueza. Abre el mejor cofre, levanta su tapa repujada. Encon­trarás en él seis cinturones de oro, siete sayas azules. Ciñe tu frente con la banda de seda; tus sienes con la diadema de oro. Cuelga las perlas brillantes a tu cue­llo, la hebilla de oro a tu pecho. Cambia tu camisa de grosera tela por una del más fino lienzo. Ponte el ves­tido de lana, medias de seda, ricos zapatos. Ata tus trenzas con el cordón de seda. Adorna tus dedos con los anillos de oro, y tus brazos con ajorcas de plata".
Así habló la madre a su hija. Pero Aino permaneció insensible a sus ruegos. Fue a vagar, llorando, por la cerca de la casa. Y clamó levantando la voz: "Más me hubiera valido no nacer jamás a la vida, no crecer ja­más para conocer estos funestos días, este mundo sin alegría. Más me hubiera valido morir a la edad de sólo seis noches; extinguirme en el octavo día de mi exis­tencia. Entonces bien poco me hubiera bastado: un simple trozo de tela y un pobre rincón de tierra. Sólo habría costado unas lágrimas a mi madre, algunas me­nos a mi padre, y tal vez ni una sola a mi hermano". Sin embargo subió hasta el granero de la colina. Abrió el mejor cofre, y sacó los seis cinturones de oro y las siete sayas azules. Después se vistió con ellos, coronó sus sienes de oro, entrelazó con hilos de plata sus cabellos, ciñó su frente con la banda de seda azul y su cabeza con el rojo lazo. Y empezó a recorrer los campos y los marjales, las claras florestas y los vastos desiertos, cantando en su vagabunda carrera:
"Sufro en mi corazón, sufro en mi pensamiento. Pero todavía no es bastante. ¡Ojalá pudiera sufrir cien veces más, para que la muerte viniera a librarme de esta miseria!".
Aino caminó un día y otro día. Al tercer día el mar desplegó ante sus ojos sus riberas cubiertas de carri­zos. Y la noche vino a suspender su marcha, forzán­dola a detenerse las tinieblas. Toda la noche lloró so­bre una roca, al borde del inmenso mar. Al alba del día siguiente, divisó a tres muchachas que se bañaban junto a la extremidad del cabo.
Aino quiso ser la cuarta. Colgó su camisa en una rama de mimbre y su vestido en un chopo. Dejó sus me­dias en el suelo desnudo, sus zapatos en la roca, sus perlas en la ribera arenosa, sus anillos en la pedregosa playa. Una roca sobresalía en la superficie del agua, una roca tachonada de mil colores y brillante como el oro. La muchacha pretendió alcanzarla a nado. Pero ape­nas se había sentado sobre ella, la roca vaciló de re­pente y se desplomó en el abismo. Aino se desplomó con ella.
Así desapareció la paloma, así murió la mísera don­cella. Descendiendo al fondo de las aguas, susurró al morir:
"Había venido a bañarme en el mar, a nadar en el golfo. Y heme aquí que desaparezco bajo las ondas, pobre paloma; que muero, triste pájaro, de una pre­matura muerte. ¡Que mi padre no vuelva en toda su vida a pescar en este golfo inmenso! ¡que mi madre no vuelva a buscar aquí el agua para amasar su pan!". Todas las gotas de agua que aquí se encuentren serán otras tantas gotas de mi sangre. Todos sus peces serán trozos de mi carne. Todas las ramas dispersas por estas riberas, serán pedazos de mis huesos. Todos los tallos del césped serán hebras de mis cabellos".
Tal fue la triste aventura de la doncella; tal el fin de la hermosa paloma.
¿Y ahora, quien se encargará de llevar la noticia a la ilustre casa de Aino?
La liebre la llevará. Y la liebre se lanzó a la carrera, midiendo el espacio con sus corvas patas, agitando las largas orejas. Así llegó hasta el pabellón de baños, quedando en cuclillas en el umbral. El baño estaba lleno de muchachas, que dijeron a la liebre:
"Ven acá, bestia de los oblicuos pies, que te echare­mos en la olla".
La liebre respondió valientemente; "Soy portadora de una triste nueva. La doncella cayó al agua; la bella del cinturón de cobre y la banda de plata, ha desapa­recido; ha descendido al fondo del mar, bajo las olas in­mensas, para ser allí la hermana de los peces, familiar de los marinos habitantes".
Entonces la madre de Aino comenzó a llorar y la­mentarse diciendo: "Guardaos, oh pobres madres, guar­daos en esta vida terrestre de brizar a vuestras hi­jas, de alimentar a vuestras hijas para unirlas a hom­bre que no hayan ellas elegido, como yo he hecho con mi hija, con mi paloma querida".
Y la madre siguió llorando. Las lágrimas ruedan de sus claros ojos sobre sus tristes mejillas.
Y de aquellas lágrimas surgieron tres ríos; y de cada río tres cataratas encrespadas como llamas; y en medio de las cataratas, tres islas; y en cada isla, una monta­ña de oro; y en la cumbre de cada montaña, tres abe­dules; y en la copa de cada abedul, tres lindos cuclillos.
Y los cuclillos rompieron a cantar.
Decía el primero:  "¡Amor, amor!".
Decía el segundo:  "¡Desposado, desposado!".
Decía el tercero:  "¡Alegría, alegría!".
El que dijo "¡amor, amor!" cantó por espacio de tres meses para la doncella privada de amor, para la que en el fondo del mar reposa.
El que dijo: "¡Desposado, desposado!", cantó por es­pacio de seis meses para el desposado privado de la novia, para el que queda presa de amarga pena.
El que dijo: "¡Alegría, alegría!", cantó toda la vida para la madre privada de alegría, para aquella que llora sin tregua.
Y la madre de Aino dijo: "Una madre abrumada por el dolor no debe escuchar largo tiempo el canto de cuco. Cuando el cuclillo canta, late el corazón, las lágrimas acuden a los ojos y ruedan por las mejillas, gruesas como guisantes maduros, henchidas como habas de simiente. La vida disminuye una vara, el cuer­po mengua un palmo, y las entrañas se desgarran, cuando se presta oído al cuco de la primavera".

Ya la noticia resuena a lo lejos, la nueva de la muer­te de la doncella, la desaparición de la hermosa.
El viejo, el impasible Wainamoinen, fue presa del dolor. Lloró a la doncella todos los atardeceres, la llo­ró todas las auroras, y las noches casi enteras. Lloró el funesto destino de Aino, su muerte en las ondas húmedas, bajo las olas profundas. Y partió con el corazón en la garganta y los ojos anegados en llanto, hacia las costas del mar azul.
Se dirigió a su barca de pesca; examinó sus anzuelos y sedales. Metió un anzuelo, un garfio de hierro, en su bolsa, y avanzó a fuerza de remos hasta el extremo del nebuloso cabo, de la isla rica en umbrías. Allí lan­zó su anzuelo al mar, atrayendo y espiando su presa; el hilo de cobre temblaba, silbaba el sedal de plata, zumbaba la liz de oro.
Una mañana, al fin, Wainamoinen sintió que un pez mordía el anzuelo; lo sacó de un tirón y lo arrojó al fondo de la barca. Y examinándolo con atención, dijo: "He aquí el primer pez que yo no conozco. Tal como es, parece un salmón de mar, una pértiga de aguas hondas".
Y desenvainando el cuchillo de mango argentado que pendía de su cintura, se dispuso a cortarlo en tro­zos para su almuerzo.
Pero he aquí que el hermoso pez se escapa de entre sus manos y salta fuera de la roja barca de Waina­moinen.
Y a la quinta ráfaga de viento, asomó la cabeza por encima del agua, y habló: "Oh viejo Wainamoinen: no he sido yo hecho para ser cortado en trozos como un salmón y servirte de almuerzo".
El viejo Wainamoinen dijo: "¿Para qué has sido hecho, entonces?".
"Yo estaba destinado a ser tu paloma, a reposar so­bre tu pecho, a sentarme a tu lado eternamente, a ser la compañera de tu vida. ¡Oh, estúpido Wainamoi­nen, que no has sabido retener a la húmeda virgen!".
El viejo Wainamoinen, abrumado de pena, bajó la cabeza y dijo: "¡Oh hermana de Joukahainen, ven otra vez a mi lado!".
Pero la doncella no volvió; no volvió ni una sola vez en todos los días de su vida. Desapareció de la superficie marina y se hundió en las entrañas de la roca abigarrada, en las hendiduras de la piedra rojiza como el hígado.
Entonces el viejo Wainamoinen, gacha la cabeza, triste el corazón, y caída la gorra sobre la oreja, dijo: "¡Oh, qué inmensa ha sido mi locura, qué estúpida mi condición de hombre! ¿Dónde están los días en que yo era el dueño de la inteligencia, y tenía el pensa­miento poderoso y grande el corazón? ¡Ay que ahora, en esta triste vida, en esta miserable edad, mi inteli­gencia se ha reducido, mi pensamiento ha perdido su vigor; todo lo que en mi alma había de energía y po­tencia, todo se ha desvanecido!".
Y Wainamoinen comenzó a caminar lentamente, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón de suspiros. Llegó a las puertas de su casa y dijo: "Mis cuclillos gozosos cantaban ayer al alba y al ocaso, y hasta en pleno día. La pena ha quebrado su sonora voz; la deses­peración la ha ahogado. Por eso ya no se les oye can­tar a la puesta del sol, para endulzarme las horas de la noche y los levantes de la aurora".
"¿Cómo podré ahora soportar la vida, habitar este mundo, caminar a través de sus espacios? Si mi madre viviera aún, ella me inspiraría sin duda lo que debo hacer para que la pena no me destroce, para no su­cumbir a la desesperación en estos lamentables días, en estas angustias llenas de amargura".
De repente la madre de Wainamoinen se despertó en su tumba, y desde el seno del agua le respondió: "Tu madre vive aún; aquella que te amamantó no ha sido tragada por el sueño de la muerte, y puede de­cirte lo que debes hacer. Trasládate a las comarcas de Pohjola. Allí es, hijo mío, donde debes buscar una esposa; elige la mejor de las doncellas de Pohjola. Una doncella bella de rostro, sana de cuerpo, de ági­les pies, viva y alerta en todos sus movimientos".

El viejo, el impasible Wainamoinen, resolvió ir a las heladas regiones de la sombría Pohjola. Tomó un ca­ballo ligero como la paja, esbelto como un tallo de guisante; puso un freno de oro en su boca, una brida de plata en su cuello; después cabalgó sobre sus lo­mos y se lanzó al espacio.
Entretanto el joven Joukahainen, el cenceño mozo de Laponia, alimentaba en su corazón un odio ardien­te contra el viejo Wainamoinen, contra el runoya eter­no. Se fabricó un arco flamígero, asombroso de ver; era de hierro ligado con cobre, guarnecido de oro y plata.
Y Joukahainen talló una gran cantidad de flechas, con astil de encina y triple punta de abeto; ató a ellas el plumón de la golondrina, las alas ligeras del go­rrión. Después les dio temple mojándolas en la negra baba de la serpiente, en el mordiente veneno de la víbora.
Y cuando las flechas estuvieron dispuestas y presto el arco para ser tendido, Joukahainen se puso a es­piar el paso de Wainamoinen. Lo esperó al alba y a la tarde y a pleno sol.
Al fin una mañana levantó la mirada hacia el nor­oeste. Volvió la cabeza del lado del sol, y divisó una mancha negra en el mar, un punto en el azul.
No era una nube de oriente; no era el crepúsculo de la mañana; era el viejo Wainamoinen, el runoya eterno, que llegaba a Pohjola en su corcel ligero co­mo paja, esbelto como un tallo de guisante. Entonces el joven Joukahainen empuñó su arco de maravilla para matar a Wainamoinen.
Su madre le dijo: "¿Por qué te precipitas así sobre tu arco, tu arco de hierro?".
El joven Joukahainen respondió: "Voy a tirar con­tra el viejo Wainamoinen. Yo atravesaré con mis fle­chas el corazón del runoya eterno, su hígado y la carne de su espalda".
Su madre se esforzó en desviar tal propósito: "No tires contra Wainamoinen, el de la alta estirpe. Si ma­tases a Wainamoinen, la alegría desaparecería repen­tinamente de la vida, y la canción sería desterrada de este mundo".
Entonces el joven Joukahainen se detuvo un mo­mento, indeciso y pensativo. Una mano le excitaba a disparar; la otra le retenía; sus nerviosos dedos ar­dían como brasas. Al fin dijo: "¡Que desaparezcan, así fueran mil veces más hermosas, las horas gozosas de la vida! ¡Que todos los cantos enmudezcan! ¡Nada me importa ya; no dejaré por eso de disparar contra Wainamoinen!".
Y apoyó el arco contra el hombro izquierdo, y soltó la cuerda. La flecha voló demasiado alta; voló sobre la cabeza de Wainamoinen, hasta el cielo, hasta las fuentes de la lluvia, hasta las nubes en remolino.
Joukahainen tiró por segunda vez. La flecha cayó demasiado baja: penetró hasta los profundos de la tierra; y la tierra casi se hundió en sus propias en­trañas, y las rocas se abrieron.
Joukahainen tiró por tercera vez. La flecha llegó certera: alcanzó en los ijares al hermoso caballo de Wainamoinen, al corcel ligero como paja, esbelto como un tallo de guisante. Le hirió en el anca izquierda y le atravesó la carne.
El viejo Wainamoinen cayó sobre sus dedos en el mar, sobre sus manos en la onda, sobre sus puños en las hirvientes olas.
Y he aquí que una gran tempestad se desencadenó; el héroe fue arrastrado por las impetuosas olas al fondo del vasto abismo.
Entonces el joven Joukahainen gritó orgullosamente: "Oh viejo Wainamoinen, ya no volverás con ojos vivos mientras el mundo dure, mientras la luna ar­gentada brille, ya no volverás a cabalgar por los bos­ques de Wainola, por las landas de Kálevala".
Y regresó a su casa. Su madre le preguntó en se­guida: ''¿Has disparado ya contra Wainamoinen? ¿has matado al hijo de Kálevala?".
El joven Joukahainen respondió: "Sí. El anciano recorre ahora el mar, barriendo olas. Ha caído sobre sus dedos, ha rodado sobre las palmas de sus manos; después se ha vuelto de costado, y ha caído de espal­das para ser zarandeado en el seno del abismo, arras­trado por las procelosas aguas".
La madre dijo: "¡Has cometido una perversa acción, oh miserable, tirando contra Wainamoinen, matando al más grande de los héroes, al más hermoso de los hombres de Kálevala!".



IV
WAINAMOINEN EN POHJOLA


El viejo, el impasible Wainamoinen, flotó como una rama de abeto durante seis días, durante siete noches de estío, a través del vasto abismo. Delante de él se extiende el húmedo mar; sobre su cabeza fulge el cielo.
Y todavía flota dos noches más, dos de los más lar­gos días. Al fin, al octavo día, tras la noche novena, se sintió fatigado y débil, porque ya no tenía uñas en los pies ni piel sobre los dedos.
Entonces el viejo Wainamoinen dijo: "¡Ay, pobre y desdichado de mí; ay, miserable! Heme aquí, lejos de mi país, despojado de mi antigua mansión, para pasar el resto de mis días bajo la bóveda celeste, arras­trarlo por el espacio sin límites, sobre este mar sin orillas. Frías están para mí las crestas de las olas; doloroso es verse suspendido eternamente a lomos del oleaje".
De pronto, de las colinas de Laponia, de las regiones del nordeste, un águila tendió el vuelo. Con un ala roza el mar, con la otra barre el cielo; su cola se des­liza sobre las ondas, su pico rasa las islas. Y vio a Wainamoinen errante sobre la superficie azul del mar.
"¿Qué haces en el agua, oh héroe, qué haces en me­dio de las olas?".
El viejo, el impasible Wainamoinen, respondió: "Me encuentro así en el agua, errante sobre las olas, por haber ido en pos de la doncella de Pohjola. Rápida­mente bordeaba el mar de fundidos hielos, cuando de pronto mi caballo fue alcanzado por una flecha lanzada contra mí. Entonces rodé al mar, caí en medio del agua, para ser aquí mecido, empujado por el viento".
El águila, el ave del aire, dijo: "Cesa de gemir, oh Wainamoinen; monta a mis lomos, entre mis alas; yo te sacaré del agua y te conduciré a donde te plazca. No olvido yo aquellos hermosos días, cuando tú tala­bas los bosques de Kálevala. Sólo al abedul dejaste en pie para reposo de las aves, para que yo misma encontrase en él mi refugio".
Y el águila condujo a Wainamoinen por el aire, por los caminos del viento, por las anchas rutas de la tempestad, hacia las lejanas fronteras de Pohjola. Allí lo dejó caer, y nuevamente remontó su vuelo hacia las nubes.
El viejo Wainamoinen rompió a llorar, a sollozar ruidosamente sobre la nueva ribera, sobre aquel pro­montorio desconocido. Cien heridas se abrían en su costado, mil veces la tempestad le había golpeado. Su barba estaba erizada, sus cabellos en desorden.
Dos noches lloró; tres noches lloró, y otros tantos días. Y extranjero en aquellas tierras, no sabía qué camino tomar para volver a su antigua casa, para re­gresar al lugar de su nacimiento.

La joven sirvienta de Pohjola, la rubia doncella, ha­bía hecho un pacto con el sol y la luna. Habían con­venido levantarse siempre juntos, despertarse siempre al mismo tiempo.
Un día, sin embargo, se adelantó al sol y la luna. Recogió la basura en un recipiente de cobre, y fue a llevarla al campo más apartado de su techumbre. Allí escuchó unos sollozos que venían del lado del mar, gemidos que llegaban de la otra orilla del río.
Se apresuró a regresar a su casa y dijo: "He oído unos sollozos que venían del lado del mar, de la otra orilla del río".
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, la anciana sin dientes, salió apresuradamente al corral, y se puso a escuchar. Después dijo: "Ese llanto no es el de un niño, esos gemidos no son de mujer. Es el llanto de un héroe viril; son gemidos de un mentón erizado de barba".
Y botando al agua su barca, se dirigió a fuerza de remos, hacia el viejo Wainamoinen, hacia el héroe abru­mado de dolor. El viejo Wainamoinen lloraba en medio de un marjal inculto, de un intrincado bosque.
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, le dijo: "¿Puedo preguntarte qué clase de hombre eres, oh héroe, y de dónde has venido?".
El viejo, el impasible Wainamoinen, respondió: "Fa­moso he sido y celebrado antaño, en las veladas, como el hombre de la alegría, el cantor de los valles, en los bosques de Wainola, en las landas de Kálevala. Aho­ra, ¿qué va a ser de mí, desdichado? Apenas lo sé yo mismo".
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, dijo: "Sal de ese cenagal, oh héroe, y dinos tu desdicha; ven a contarnos las aventuras de tu vida".
Y hurtándole a su llanto, a sus desesperados sollo­zos, lo hizo sentar en su barca. Después, sentándose a su vez en el banco remero, se dirigió a Pohjola, e introdujo en su casa al extranjero.
Allí calmó su hambre, enjugó sus ropas empapadas; le preparó un baño, lavó y friccionó sus miembros de­volviéndole sus fuerzas; y le dijo: "¿Por qué lloras tú, Wainamoinen, en este sórdido retiro, a la orilla del mar?"
El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "Razón me sobra para llorar y gemir, porque he sido arras­trado lejos de mi patria, de mi país bien amado, a estas desconocidas regiones, a este extranjero suelo".
Madre Louhi, dijo: "Y bien: ¿qué me das si te de­vuelvo a tu país, a la puerta misma de tus campos, junto a tu pabellón de baños?".
El viejo Wainamoinen, respondió: "¿Qué pides por devolverme a mi casa, a oír de nuevo la voz del cucli­llo, el canto de mi pájaro precioso? ¿Quieres un casco lleno de oro? ¿mi gorra llena de plata?"
Madre Louhi, el ama de casa, dijo: "Oh sabio Waina­moinen, oh runoya inmortal: yo no quiero ni tu oro ni tu plata. Bueno es el oro para jugar los niños, y la plata para sonoro adorno del caballo. ¿Puedes forjarme un Sampo , un Sampo de brillantes aspas? ¿Serías tú capaz de forjarlo con un plumón de cisne, leche de una vaca estéril, un grano de cebada y un copo de lana de una oveja preñada? En premio de tu trabajo yo te daré una doncella, una hermosa virgen, y te vol­veré a tu país donde el pájaro canta, donde el cuco deja oír su voz".
El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "Yo no sabría forjarte un Sampo, un Sampo de brillantes as­pas. Pero llévame a mi país, y desde allí te enviaré al herrero Ilmarinen; él te forjará ese Sampo, él ta­chonará su rueda. Y él enamorará a la doncella y será su alegría. Ilmarinen es un herrero maravilloso, un hábil forjador. Él es quien ha fraguado la bóveda ce­leste, quien ha martillado la techumbre del aire, sin que los martillazos se noten ni la mordedura de las tenazas".
Madre Louhi, el ama, dijo: "Prometo entregar mi hija, mi hermosa hija, a aquel que me forje el Sampo de brillantes aspas, con un plumón de cisne, con la leche de una vaca estéril, con un grano de cebada y un copo de lana de una oveja preñada".
Y enganchó al trineo su caballo, su caballo de color de sangre; hizo sentar a Wainamoinen, y le dijo: "No levantes la cabeza pase lo que pase, ni te atrevas a incorporarte, a menos que el caballo se detenga fati­gado o que la noche te sorprenda. Si levantas la ca­beza, si yergues el cuerpo, te traerá desgracia: un día fatal pesará sobre ti".
Después el viejo Wainamoinen lanzó al galope el caballo de las blancas crines, y se alejó con estrépito de la sombría Pohjola.

V
LAS PRUEBAS DE AMOR. LA HERIDA


¡Hermosa era en verdad, la virgen de Pohjola! Era la gloria de la tierra, la gala de las ondas. Estaba sen­tada en la cúpula del aire, acodada en el arco-iris, res­plandeciente en sus blancas vestiduras. Tejía un tisú de oro, con su lanzadera de oro; un tisú de plata, en su telar de plata.
El viejo, el impasible Wainamoinen, se alejaba de la sombría Pohjola. Apenas había andado una parte del camino, cuando sintió la lanzadera zumbar sobre su cabeza. Levantó los ojos hacia el cielo y divisó un hermoso arco tendido sobre la cúpula del aire; y so­bre el arco, una doncella que tejía su tisú de oro, su tisú de plata.
El viejo, el impasible Wainamoinen, frenó de golpe su caballo, tomó la palabra, y dijo: "¡Ven a mi trineo, oh doncella! ¡Desciende, oh doncella, a mi hermoso trineo!".
La doncella dijo: "¿Para qué quieres tenerme en tu trineo, en tu hermoso trineo?".
El viejo, el impasible Wainamoinen respondió: "Quie­ro llevarte en mi trineo para que me amases las tortas de miel, para que prepares mi cerveza, para que can­tes en los escaños de mi casa y seas la admiración de cuantos te vean asomada a mi ventana".
La doncella dijo: "Ayer tarde, cuando corría con ági­les pies sobre la llanura de oro, un zorzal cantaba en­tre el follaje. Cantaba el alma de las mozas, el alma de las doncellas. Y yo pregunté al pájaro: Dime, zorzal, ¿quién es más dichosa, quién más envidiable: la donce­lla, que permanece en casa de su padre, o la casada, que vive bajo el techo del esposo?
"Y el zorzal me respondió: Luminoso es el día de estío, pero más luminosa aún la suerte de la doncella; el hierro enterrado en el hielo es frío, pero más fría es aún la suerte de la casada. La doncella vive en ca­sa de su padre como la semilla en una tierra fecunda; la casada vive bajo el techo del esposo como el perro entre cadenas. Raramente el esclavo goza las dulzuras del amor; la casada, jamás".
El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "El canto del zorzal carece de sentido. Ven, oh doncella, a mi trineo, a mi hermoso trineo. No soy yo un hombre cualquiera, ni un héroe que valga menos que los otros".
La muchacha respondió maliciosamente: "Te lla­maría yo hombre y te tendría por héroe, si eres capaz de partir a lo largo una crin de caballo con un cuchi­llo sin punta; si haces con un huevo un nudo invi­sible" .
El viejo, el impasible Wainamoinen, partió a lo largo una crin de caballo con un cuchillo sin punta e hizo con el huevo un nudo invisible. Después pidió nueva­mente a la doncella que descendiese a su trineo.
La doncella le dijo maliciosamente: "Quizá aceptara ir contigo si sacas de la superficie de una piedra cor­tezas de abedul; si tallas una afilada estaca en el hielo sin que salten esquirlas, sin que ninguna de las hela­das astillas caiga al suelo".
El viejo, el impasible Wainamoinen, no se apuró por eso. Sacó de la superficie de la piedra la corteza de abe­dul y talló en el hielo una afilada estaca sin que nin­guna esquirla saltase, sin que ninguna de las heladas astillas cayese al suelo. Después volvió a llamar a la doncella a su trineo.
La doncella le respondió maliciosamente: "Sólo des­cenderé hacia aquel que sea capaz de construir un bar­co con las astillas de mi huso, con los trozos de mi lanzadera, y lo bote al agua sin empujarlo con la ro­dilla, sin tocarlo con las manos, sin sacudirlo con el brazo, sin dirigirlo con el hombro".
El viejo, el impasible Wainamoinen dijo: "A buen seguro no habrá en la tierra ni en toda la extensión del mundo, ningún constructor de navíos que pueda rivalizar conmigo".
Y tomando las astillas del huso y los trozos de la lanzadera, se puso a construir el navío de mil planchas, sobre una roca de acero, sobre una losa de hierro.
Martillaba con una soberbia confianza en sí mismo, con un agresivo orgullo. Martilló un día, martilló dos días, y martilló casi tres días, sin que el hacha tocase la losa, sin que la cresta de acero tropezase contra la roca. Pero a la tarde del tercer día, la cresta de acero dio contra la roca, el hacha dio contra la losa, y resba­ló, y fue a desgarrar la rodilla del héroe y el dedo del pie. Y la sangre corrió, saltó en hirviente chorro.
El viejo, el impasible Wainamoinen, el runoya eter­no, tomó la palabra y dijo: "¡Oh hacha, o media luna de acero: has creído morder leña, has creído labrar el abeto, tajar el pino, hendir el abedul, y has desga­rrado mi carne, te has precipitado a través de mis venas!".
Y comenzó a salmodiar sus sortilegios, a cantar las palabras originarias y fundamentales, las runas de la ciencia. Pero no logró acordarse de las más profundas, de las palabras reveladoras del hierro; las únicas ca­paces de cicatrizar la llaga en carne viva, de curar la herida del azulado acero.
Entonces el héroe fue presa de atroces dolores. Llo­ró amargamente; después enganchó el caballo al tri­neo, y se puso nuevamente en marcha.
Tomó el primer camino, se detuvo ante la casa más cercana y gritó a través de la puerta: "¿Hay alguien en esta casa capaz de explorar la obra del hierro, opo­ner un dique al río que desborda, al oleaje de sangre que se despeña?".
Un anciano de barba gris, tendido en el escaño de la chimenea, le respondió con ronca voz: "Ríos mayores se han encadenado, torrentes más fieros se han doma­do, con las tres palabras del Creador, con el misterioso poder de las palabras originales. Los ríos han sido detenidos en su desembocadura, los arroyos de las cié­nagas en su manantial, las cataratas en medio de su torbellino; han sido colgados los golfos entre las pun­tas de los promontorios, y los istmos han sido con­fundidos con los istmos" .

El viejo, el impasible Wainamoinen, descendió solo de su trineo, sin apoyo de nadie, y penetró bajo el techo del anciano.
Se le trajo un recipiente de plata, un recipiente de oro; pero entre los dos no pudieron contener la san­gre que desbordaba de la herida de Wainamoinen, la sangre hirviente del noble héroe.
El anciano clamó desde la chimenea con ronca voz: "¿Qué hombre eres tú, pues, entre los hombres, qué héroe entre los héroes? Ya siete toneles, ya ocho gran­des cubas están llenas de tu sangre, oh desdichado, y todavía desborda sobre el piso. Mis palabras no bastan, necesitaría otras; pero yo no conozco el origen del hie­rro, no sé cómo ha sido formado el miserable metal" .
El viejo Wainamoinen dijo: "Yo conozco el origen del hierro, yo creo saber la procedencia del acero.
"El aire es el más antiguo de los elementos; des­pués vino el agua, después el fuego, y finalmente el hierro.
"Ukko, el creador altísimo, el arbitro supremo del tiempo, separó el aire del agua, y del agua sacó la tie­rra. Pero el hierro no había aparecido aún.
"Ukko, el glorioso Jumala, frotó con sus manos su rodilla izquierda. Y de ese frotamiento nacieron tres vírgenes, tres hijas de la naturaleza. Ésas eran las madres que debían concebir el hierro, dar a luz el azulado metal.
"Las tres doncellas marchaban cadenciosamente por las orillas de una nube. Sus pechos estaban hinchados, dolorido el botón de los senos; y derramaron su leche sobre la tierra, inundando las llanuras y los marjales, mezclándola a las límpidas ondas.
"La mayor de las vírgenes vertió una leche negra, la segunda una leche blanca, la tercera una leche roja.
"La que vertió la leche negra hizo nacer el flexible fuego; la que vertió la leche blanca hizo nacer el acero; la que vertió la leche roja hizo nacer el hierro ten­so y duro.
"Poco tiempo después, el hierro quiso hacer una visita al más viejo de sus hermanos, quiso trabar amistad con el fuego. Pero el fuego se entregó a un insensato furor, levantándose en espantosas llamas y amenazando de­vorar al hierro, al pobre hierro, su hermano.
"Pero el hierro logró escapar a su terrible abrazo, a sus exasperadas fauces, y fue a ocultarse en el fondo de un rumoroso manantial, en las entrañas de una profunda ciénaga; y en la cima de una roca salvaje, donde los cisnes depositan sus huevos, donde la oca empolla sus polluelos.
"Y así permaneció, en el húmedo fango del pantano, oculto entre los troncos de dos arbustos, entre las raíces de tres álamos blancos, durante un año, durante dos años, durante casi tres años. Pero, a pesar de to­do, no consiguió escapar al inexorable abrazo del fuego. Y hubo de retornar a su solar, para ser convertido allí en arma de combate, en temible cuchilla."
El anciano exclamó con ronca voz, desde la chimenea: "Ahora conozco el origen del hierro, las mañas del acero. ¡Maldición sobre ti, lamentable hierro, po­bre y vil escoria! ¡maldición sobre ti, fatal acero, que sólo has venido al mundo a desplegar entre nosotros tu violencia y tu maldad!
"¡Ven a contemplar lo que has hecho, ven a borrar las huellas de tu crimen!
"¡Y tú, cesa de manar, oh sangre! ¡cesa, oh caliente sangre, de borbotar sobre mí, inundándome el pecho!
"¡Oh Ukko, creador altísimo, oh celeste Jumala! ¡acu­de a mis súplicas, socórrenos! Cierra con tu pesada mano, con tus anchos pulgares, este tremendo desga­rrón, esta llaga en carne viva. ¡Tapa con un lirio de oro este río de sangre, tápalo con una hoja de nenúfar, para que cese de chorrear sobre mis barbas, empa­pando mis vestidos!"
Y el anciano tapó con sus manos la sangrienta hen­didura, encadenó el rojo torrente. Después envió a su hijo a la fragua a preparar un bálsamo; un bálsamo hecho de simiente de yerba, del tallo de mil plantas saturadas de miel.
El hijo del anciano probó el bálsamo en las hendi­duras de las piedras, en las grietas de las rocas. Las hendiduras se cerraron, las grietas fueron colmadas. Entonces llevó a su padre el bálsamo así preparado.
"He aquí el remedio seguro, el remedio infalible; con él puedes soldar las piedras y ensamblar las rocas."
El anciano probó el bálsamo con su lengua, con su boca sin dientes; y lo encontró bueno.
Y frotó el cuerpo de Wainamoinen, ungió su llaga en todos sentidos, y dijo: "No te toco con mi propia car­ne sino con la carne del Creador; no te curo con mis propias fuerzas, sino con las fuerzas del Todopoderoso".
Cuando el bálsamo fue extendido sobre la herida, Wainamoinen fue presa del vértigo; se tambaleó co­mo un hombre ebrio, a punto de desplomarse.
El anciano trató de conjurar el dolor. Después pre­paró un lienzo de seda, lo cortó en tiras haciendo un vendaje para fijar el ungüento en la rodilla del héroe, en el pie de Wainamoinen.
De repente el viejo Wainamoinen se sintió milagro­samente aliviado, y pronto su curación fue completa. Su herida se cerró, su carne cobró más vigor y belleza que nunca; su pie recobró la fuerza, su rodilla la fle­xibilidad; y no volvió a experimentar ningún dolor.
Entonces elevó al cielo su mirada majestuosa, y dijo: "Las gracias y el socorro bienhechor siempre vienen del alto cielo, del Creador todopoderoso. ¡Bendito seas, oh Jumala! ¡glorificado seas, oh dios único, tú que tan eficazmente me has protegido en medio de mi angustia, de los dolores causados por la mordedura del hierro!"
Y el viejo Wainamoinen añadió aún: "¡Oh raza del porvenir, raza que eternamente te renuevas en el seno de las edades! ¡guárdate de construir un navío con el corazón lleno de orgullo! ¡guárdate de mostrar una excesiva confianza, ni aun cuando hayas de labrar uno solo de sus costados! ¡Sólo a Jumala, sólo al Creador le es dado terminar toda obra, dar la última mano a un proyecto, y no a la destreza del héroe , a la pujanza del fuerte!"


VI
EL HERRERO ILMARINEN


El viejo, el impasible Wainamoinen, enganchó su leonado corcel al trineo, a su hermoso trineo. Después tomó asiento y se puso en marcha.
Lleva gacha la cabeza, triste el corazón, ladeada la gorra. Porque, para salvar su vida, para librar su ca­beza, ha prometido enviar al herrero Ilmarinen, el in­mortal forjador, a la sombría tierra de Pohjola.
Ya se detiene el caballo en la linde de Kálevala. Wai­namoinen asoma la cabeza y oye retumbar, en el in­terior de la fragua, el martillo del herrero.
El viejo, el impasible Wainamoinen, se encaminó hacia allá. Ilmarinen, sin abandonar su trabajo, dijo al héroe: "Oh viejo Wainamoinen ¿dónde has perma­necido tanto tiempo? ¿dónde has pasado tan larga ausencia?".
El viejo, el impasible Wainamoinen respondió: "He permanecido tanto tiempo, he dejado transcurrir tan larga ausencia en la sombría Pohjola".
Ilmarinen dijo: "Oh viejo Wainamoinen, oh runoya eterno ¿qué cuentas de tus viajes al retornar a tu país?".
El viejo Wainamoinen dijo: "Mucho traigo que contar. Hay en Pohjola una doncella que no está prome­tida aún a ningún hombre, que aún no ha sentido ternura por ningún héroe. Media Pohjola celebra sus encantos, porque es maravillosamente bella.
"Ve tú, pues, oh Ilmarinen, oh forjador inmortal; ve tú a buscar a la doncella, a la virgen de las hermosas trenzas. Si eres capaz de forjar un Sampo de brillantes aspas, te será entregada en premio a tu trabajo".
Ilmarinen dijo: "¿Es decir, oh viejo Wainamoinen, que me has prometido a la sombría Pohjola como rescate de tu propia cabeza, como prenda de tu liberación? ¡No! mientras dure esta larga vida, mientras la luna alumbre el mundo con su antorcha de oro, no seré yo quien vaya a los ámbitos de Pohjola, a las regiones donde se devora a los hombres, donde los héroes son exterminados".
Entonces el viejo Wainamoinen levantó la voz y en­tonó un canto de sortilegio. Invocó al violento viento, al torbellino de la tempestad, y le habló así: "Arrás­trale, o viento, a tu navío; arrástrale, soplo de la pri­mavera, a tu barca. ¡Y llévale rápidamente hasta la sombría Pohjola!"
El viento se desencadenó furioso, el aire se levantó en torbellino, y arrastró consigo al herrero, y lo llevó hacia la sombría Pohjola.
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, la anciana sin dientes, encontró al herrero en el corral de su ca­sa, y le dijo: "¿Qué hombre eres tú entre los hombres, qué héroe entre los héroes, tú que así llegas por los caminos del viento, con el aliento de la primavera, sin que los perros te hayan denunciado, sin que los colas lanudas hayan ladrado?"
Ilmarinen respondió: "Es que tampoco he venido yo a estas extrañas tierras, a estas desconocidas regio­nes, para servir de pasto a los perros, para ser devo­rado por los colas lanudas" .
El ama de casa de Pohjola interrogó de nuevo al viajero: "¿Has conocido acaso al herrero Ilmarinen, has oído hablar del hábil forjador? Hace tiempo que es deseado y esperado en Pohjola".
Ilmarinen respondió: "Conozco, en efecto, a ese he­rrero, porque Ilmarinen soy yo mismo; yo soy el há­bil forjador".
Madre Louhi entró en seguida en la casa y dijo: "¡Oh mi hija menor, la más querida de mis hijas: hora es de que te pongas tus hermosas vestiduras, tus más espléndidos adornos! ¡Orna tu cuello con un brillante collar, tu pecho con una radiante fíbula, tu frente con una diadema de flores! ¡Que tus mejillas se enciendan de púrpura, que todo tu cuerpo resplandezca! ¡Porque aquí está Ilmarinen, el herrero, el forjador inmortal! ¡Ha venido a forjar el Sampo de espléndida cubierta!"
La bella virgen de Pohjola, la gloria de la tierra, hon­ra de las ondas, se puso sus más bellos vestidos, sus mejores joyas. Y se presentó en la cámara familiar, brillantes sus ojos, ornadas sus orejas, encendidas sus mejillas, bello su rostro. Los adornos de oro esmaltan su pecho, los adornos de plata, su cabeza.
Entonces el ama de Pohjola introdujo al forjador Ilmarinen en la casa. Lo regaló con diversos manjares, con abundante cerveza. Y cuando hubo saciado su hambre y su sed. le dijo: "¡Oh herrero Ilmarinen, oh forjador inmortal! ¿eres tú capaz de forjarme un Sam­po de brillantes aspas, con el plumón del cisne, con la leche de una vaca estéril, con un grano de cebada y el copo de lana de una oveja preñada? Yo te daré a mi hija, a mi hermosa hija, en premio a tu trabajo".
Ilmarinen respondió: "Sin duda soy capaz de forjar el Sampo de espléndida rueda. Porque yo soy quien ha forjado la bóveda celeste, quien ha tachonado las cúpulas del aire, cuando nada en el mundo había sido comenzado, cuando no existía aún el más pequeño átomo".
E Ilmarinen salió para ir a forjar el Sampo de bri­llantes aspas. Buscó en primer lugar una fragua y úti­les de herrería; pero allí no había ni fragua, ni fuelle, ni lumbre, ni yunque, ni martillo, ni siquiera un man­go de martillo.
Buscó un día y otro día; al tercer día encontró una losa multicolor, un denso bloque de piedra. Allí se de­tuvo y encendió el fuego. Al día siguiente había dis­puesto un fuelle. Al otro día ya la fragua estaba en marcha. Y llenó el hogar con las materias elementales. E hizo venir esclavos para soplar, hombres fuertes para trabajar.
Los esclavos soplaron sin descanso, los fuertes obre­ros trabajaron durante tres días, durante tres noches de estío. Las piedras se hinchaban bajo sus talones, los bloques roqueros se recalentaban bajo sus pies. Los vientos se desencadenaron con furia, soplando del este y del oeste, del norte y del sur. La llama de la forja sale por las ventanas, centellean las chispas, el humo se eleva hasta el cielo en espesa nube.
Al final del día tercero Ilmarinen se inclinó sobre la hornilla, y vio que el Sampo había aparecido, que las brillantes aspas se habían formado.
Y empezó a trabajarlo con ardor, a martillarlo con fuerza, a labrarlo con arte. Por un lado era un molino de harina; por otro lado era un molino de sal; por el otro era un molino de oro.
El nuevo Sampo comenzó a dar vueltas y se puso a moler. Comenzó su trabajo al nacer el día: un cofre molió para ser comido, otro para ser vendido, y otro para ser guardado.
El ama de casa de Pohjola saltaba de alegría. Y co­rrió con el Sampo hacia su casa. Lo ocultó en las en­trañas de una roca de cobre, a una profundidad de nueve brazas, bajo nueve llaves. Enterró una de sus raíces en la tierra, otra en el agua y la tercera en la colina donde estaba construida su casa.
Entonces el herrero Ilmarinen reclamó a la donce­lla: "Ahora la joven virgen me pertenece, pues he forjado el Sampo, el Sampo de espléndida cubierta". La hermosa doncella de Pohjola dijo: "¿Quién ha­ría cantar al cuco el año próximo, quién haría gorjear a los pájaros de estío, si la paloma ha de marcharse, si el fruto de las entrañas de mi madre ha de partir, si el fruto en flor ha de desaparecer? El cuco huiría lejos, los pájaros de la alegría desertarían de las cum­bres de mis colinas, de los hombros de esta cadena de montañas. ¡No! y aunque así no fuera, tampoco par­tiré, no abandonaré mi vida de doncella".
El herrero Ilmarinen, el forjador inmortal, fue pre­sa de una gran tristeza. Su corazón estaba oprimido, su cabeza baja, su gorra caída de lado. Reflexionaba en su interior, preguntándose cómo haría para aban­donar la sombría Pohjola, para tornar a su casa, a su bien amado país.
Madre Louhi, le dijo: "¿Por qué estás triste, oh Ilma­rinen? ¿Añoras tu antigua patria?".
Ilmarinen respondió: "Sí, suspiro por mi antigua pa­tria; quisiera volver a ver mi casa, y morir allá y ser allá enterrado".
Madre Louhi sirvió al héroe de comer y beber. Des­pués le hizo sentar en una barca, junto al timón or­nado de cobre. E invocó al viento, al viento del norte, y le ordenó soplar fuertemente.
Así se lanzó el herrero Ilmarinen sobre el mar azul. Bogó un día y otro día; al tercer día llegó a su país, a su casa natal.
El viejo Wainamoinen le dijo: "¡Oh hermano Ilma­rinen, oh herrero inmortal! ¿has forjado el nuevo Sam­po, has tachonado las brillantes aspas?"
Ilmarinen respondió: "Sí, ya el nuevo Sampo ha em­pezado a moler; la brillante rueda ha comenzado a dar vueltas: un cofre molió para ser comido, otro cofre molió para ser vendido; y un tercer cofre para ser guardado".



VII
LEMMIKAINEN EL AVENTURERO


Hora es ya de hablar de Athi  Lemmikainen, de cantar al bullicioso y astuto mozo.
Athi, el bullicioso hijo de Lempi , fue educado por su dulce madre en una casa construida a orillas del ancho golfo, detrás del promontorio de Kauko.
Allí creció Kaukomieli , nutriéndose de peces, hasta llegar a ser un hombre entre los hombres, un héroe de hermoso rostro, de tez rosada y fresca, erguida cabeza, noble y soberbio el ademán. Pero tenía un pe­queño defecto, una costumbre poco digna de elogio: siempre vivía en pos de las mujeres, pasando sus no­ches a la caza de aventuras, frecuentando las alegres veladas de las mozas, los ruidosos juegos de las de lar­gas trenzas.
Y sucedió que había en la isla de Saari una rubia doncella, una radiante flor, llamada Kylliki. Crecía y se hacía mujer en la ilustre casa de su padre, sen­tada en el escaño de honor.
Y la fama de su belleza voló a lo lejos; y de todas partes acudieron pretendientes a solicitar su mano. El bullicioso Lemmikainen, el bello Kaukomieli, concibió el proyecto de ir también él a pretender a la doncella, la de las largas trenzas, la graciosa flor de Saari.
Su madre trató de disuadirle, queriendo retenerle a su lado: "Guárdate, hijo mío, de pretender a quien es de más noble estirpe que la tuya. De ningún modo se­rías admitido en la ilustre familia de Saari".
El travieso Lemmikainen, el bello Kaukomieli, res­pondió: "Si no pertenezco a una ilustre casa, si no des­ciendo de una alta estirpe, yo me haré agradable por mi rostro, yo sabré seducir sin otros méritos que los de mi persona".
Y enjaezó su caballo, lo unció al trineo, y partió con estruendo, para ir a solicitar la mano de la graciosa flor, de la hermosa doncella de Saari.
Pero en el momento en que hacía su pomposa en­trada en la isla, su hermoso trineo volcó inesperada­mente. Las mujeres se echaron a reír burlándose de él.
Entonces el jovial Lemmikainen rechinó los dientes, irguió la cabeza, sacudió su oscura melena y dijo: "Nunca había visto ni esperaba oír que una mujer se riera de mí, que me hiciera mofa, una mozuela".
Y sin cuidarse gran cosa de lo que pasaba a su alre­dedor, levantó la voz y dijo: "¿Hay un lugar en Saari, un lugar donde yo pueda participar en los juegos de las muchachas, danzar con las de largas trenzas?"
Las muchachas de Saari, las vírgenes del promonto­rio, contestaron: "Sin duda encontrarás entre nosotras lugar para juzgar y retozar como el pastor en el claro del bosque, como el zagal sobre el heno de la pradera. Las mozas de Saari son delgadas; aquí sólo son gordos los caballos".
El bullicioso Lemmikainen no se mortificó poco ni mucho por el tono de la respuesta. Aceptó una plaza de pastor, y durante todo el día cuidaba los rebaños; pero por las noches frecuentaba los alegres corrillos de las muchachas, los alocados juegos y los risueños pasatiempos de las de largas cabelleras.
De esta manera el jovial Lemmikainen, el bello Kau­komieli, acabó con las burlas de las bromistas; y pronto no hubo doncella en toda la isla, aun entre las más castas y tímidas, a la cual no hubiera prodigado sus ca­ricias, y con la cual no hubiera compartido su lecho.
Sólo una le faltaba, una virgen que ningún preten­diente había logrado rendir, que ningún hombre había podido subyugar: era la bella Kylliki, la graciosa flor de Saari.
El alegre, el hermoso Kaukomieli, gastó cien pares de zapatos y cien pares de remos en perseguir a la bella, cortejándola. La bella Kylliki le dijo: "¿Qué ha­ces tú aquí miserable? ¿Por qué, vil gorrión, correteas nuestra isla, de cháchara con las mozas, siempre detrás de los lindos talles? ¡Nada quiero yo con locos mozal­betes, con turbulentos libertinos! Quiero por esposo un hombre digno y serio como yo; quiero para mi be­lleza orgullosa otra belleza más orgullosa aún; quiero para mi noble sangre una sangre aún más noble".
Transcurrió algún tiempo, dos semanas apenas; y un buen día, un lindo atardecer, las doncellas de Saari danzaban y retozaban alegremente en un claro del bos­que, entre los floridos brezos. Kylliki estaba a la cabe­za de ellas, como la más ilustre y hermosa.
De repente la llegada de Lemmikainen las sorpren­dió, apareciendo en su trineo tirado por fogoso caballo. Raptó a Kylliki y la obligó a sentarse a su lado, en el banco de tablillas. Después hizo restallar su látigo sobre los ijares del corcel.
Kylliki vertía amargas lágrimas, la flor de Saari se lamentaba: "Déjame partir, devuélveme mi libertad para tornar a mi casa, junto a mi madre desolada".
Pero Lemmikainen no dejó partir a la bella Kylliki, y le dijo: "¡Oh, Kylliki, perla de mi corazón, dulce y querida amiga, no te aflijas así! No quiero yo hacerte mal alguno. Tú te apoyarás sobre mi pecho al comer, en mi brazo al pasear, cuando me detenga estarás a mi lado, y cuando duerma serás la compañero de mi lecho.
"¿Acaso te desconsuela, y por eso tus lamentos, que no pertenezca yo a una alta estirpe, que mi casa no sea lo bastante ilustre? Si no desciendo de elevada estirpe, si mi casa no es bastante ilustre poseo en cam­bio una flamígera espada, un acero del que saltan relámpagos. ¡Mi espada sí es de noble sangre, de en­cumbrado origen! Con ella ilustraré mi nombre. ¡Yo extenderé lejos mi fama, con mi cuchilla de punta de fuego, con mi acero chispeante!"
La pobre Kylliki lanzó un suspiro y dijo: "¡Oh Athi, hijo de Lempi! si quieres tener por esposa a una don­cella como yo, por compañera de tu vida, has de pro­meterme con juramento eterno, has de jurarme no em­prender jamás ninguna expedición guerrera, ni para conquistar oro ni para amontonar plata".
El bullicioso Lemmikainen dijo: "Júrame a tu vez que no volverás a corretear por el pueblo, aunque ar­das en deseos de retozar y de entregarte a la danza".
Y Lemmikainen y Kylliki juraron juntos, el uno no ir a la guerra, y la otra no corretear por el pueblo, cambiando sus juramentos, sus eternas promesas, en pre­sencia del dios revelado, del todopoderoso Jumala.
El jovial Lemmikainen llegó al fin a su casa, junto a su madre muy amada, la que lo amamantó a su pecho. La anciana le dijo: "Mucho tiempo has permanecido, hijo mío, sí, mucho tiempo, en tierra extraña".
El jovial Lemmikainen respondió: "Tenía que ven­garme de las burlas de las mozas, de las risas de las castas doncellas, que habían hecho pública mofa de mí. Y me he vengado raptando a la más bella, lleván­dome en mi trineo a la mejor de todas".
La anciana dijo: "Glorificado seas, oh Jumala, alabado seas, oh único creador, ya que me has enviado una nue­ra, una encantadora nuera, hábil en encender la lumbre, experta en tejer el lino, en hilar la lana y en lavar la ropa. Y tú, hijo mío, ensancha tu habitación, agranda las ventanas, levanta nuevas paredes y puertas, engala­na toda la casa; porque eres el dueño de una hermosa doncella, de una doncella mejor que tú, más noble que todos los de tu raza".

Athi Lemmikainen, el bello Kaukomieli, vivió lar­gos días en dichosa unión con la joven. Ni él salía a la guerra, ni Kylliki correteaba por el pueblo.
Pero sucedió que un día, una mañana, Athi Lemmi­kainen salió de pesca, y no regresó a la tarde, ni a la caída de la noche. Entonces Kylliki salió por el pueblo, y fue a mezclarse en los alborozados juegos de las mozas.
Ante tal noticia, el joven Athi, el bullicioso Lemmi­kainen, fue presa de una larga y fuerte cólera, y dijo: "Oh mi anciana madre: moja mi camisa en el veneno de una negra serpiente y ponía a secar en seguida, por­que quiero partir a la guerra; quiero lanzar una corre­ría contra los hogares de Pohjola, donde viven los hijos de los Lapones. Ya que Kylliki ha abandonado la casa y corretea por el pueblo, mezclándose en los corrillos de las mozas, en los alborozados juegos de las de larga ca­bellera".
La joven Kylliki se apresuró a responder: "¡Guárda­te de ir a la guerra, mi querido Athi! Mientras dormía profundamente he tenido un sueño: el fuego bramaba alrededor nuestro como el horno de una fragua, las llamas se elevaban en torbellino tempestuoso lamiendo los muros exteriores; después invadían bruscamente la casa, como una salvaje catarata, corriendo de ventana a ventana, saltando desde el suelo a la techumbre".
El bullicioso Lemmikainen respondió: "No creo en sueños de mujer, ni más ni menos que en sus juramen­tos. Dame, madre mía, mi camisa y mi armadura de guerra. ¡Quiero beber la cerveza del combate, quiero gustar la dulce miel de las batallas!"
Y el bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, comenzó a peinar sus largos cabellos; después colgó el peine en la viga maestra del hogar, y alzó la voz, diciendo: "Cuando el golpe mortal hiera a Lemmikai­nen, cuando la desgracia haya abatido al infortunado héroe, este peine destilará sangre; la sangre correrá por él en rojos arroyos!"
Y contra la prohibición de su madre, contra los con­sejos de aquella que lo amamantó, el alegre Lemmi­kainen se dispuso a partir hacia la sombría Pohjola.
Se cubrió con una cota de hierro, ciñó su tahalí de acero, y dijo: "Más seguro está el héroe en su coraza, más poderoso en su cota de hierro, más audaz con su tahalí de acero. Así puede afrontar los malos hechi­ceros, puede reírse de los débiles y aun desafiar a los más fuertes".
Tomó su espada de afilada punta, su espada templa­da en la morada de los dioses, la metió en la vaina y la ciñó a su costado. Después lanzó un mágico silbido, y de pronto, del fondo de un bosquecillo, un caballo acu­dió, un corcel de crines de oro y encendida pelambre. El héroe lo enganchó a su trineo, a su hermoso trineo, después montó, hizo restallar su látigo ornado de perlas y partió como una centella. Bracea el caballo, se desliza el trineo, el camino se borra, retumban los cam­pos de oro y las malezas de plata...
Lemmikainen caminó un día y otro día. Al tercer día llegó a Pohjola. Se detuvo ante la primera casa y lanzó una furtiva ojeada al interior. Estaba llena de "tietajat" , de poderosos magos, de sabios adivinos, de hábiles encantadores, cantando todos las runas de Laponia.
El bullicioso Lemmikainen tomó otra forma y pene­tró audazmente en la vivienda.
El ama de la casa suspendió su trabajo y dijo: "Aho­ra mismo había aquí un perro, de color rojizo, un devorador de carne, un quebrantahuesos, un chupador de sangre cruda. ¿Qué hombre eres tú, pues, entre los hom­bres, qué héroe entre los héroes, que has podido cru­zar ese umbral sin que el perro te haya oído, sin que te haya sentido el ladrador?".
El bullicioso Lemmikainen respondió: "No he veni­do yo aquí con mi ciencia y mi destreza, con mi poder y mi sabiduría, con la fuerza y las virtudes mágicas que heredé de mi padre y las runas protectoras que aprendí de mi raza, para ser devorado por tus perros, para ser pasto de tus ladradores".
"Cuando yo era niño mi madre me bañó tres veces en el agua una noche de estío, y nueve veces una no­che de otoño, para que me hiciese un "tietaja" podero­so, un encantador famoso en mi tierra y en el mundo entero".
Y el bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomie­li, comenzó a vociferar sus salvajes runas, desplegan­do su maravilloso poder. Saltaban chispas de sus ves­tidos de piel, sus ojos fulminaban llamas.
Hechizó a los jóvenes, hechizó a los viejos, hechizó a los hombres maduros. Sólo a uno desdeñó: un viejo pastor de apagados ojos.
El viejo pastor dijo: "Oh alegre hijo de Lempi, tú has encantado a todos, mozos y viejos y hombres ma­duros ¿por qué me has dejado a mí?".
El bullicioso Lemmikainen respondió: "Te he dejado aparte porque ya eres bastante horrible a la vista, por­que, sin que yo te haga nada, ya eres bastantes repug­nante. Porque en tu juventud, cuando no eras más que un miserable pastor, tú has deshonrado a tu hermana, has violado a la hija de tu madre. Y lo mismo has profanado a tus jóvenes yeguas en el marjal, en el ombligo de la tierra, allí donde las aguas fangosas se pudren".
El viejo pastor, al oír esto, fue presa de una violenta cólera. Salió de la casa y se dirigió a la orilla del río Tuoni , de la catarata sagrada. Y allí quedó a la es­pera, espiando la hora en que Lemmikainen aban­donase Pohjola para tornar a su patria.

El jovial Lemmikainen dijo al ama de la casa: "Aho­ra, vieja, tráeme aquí a tus hijas; quiero elegir para mí a la mayor, la más bella de todas".
La anciana respondió: "No te entregaré a ninguna de mis hijas, ni la mayor ni la más pequeña, ni la más bella, ni la más fea, porque tú ya tienes mujer; una legítima esposa en tu casa".
El bullicioso Lemmikainen dijo: "Yo encadenaré allá a Kylliki; la ataré a otros umbrales, a otras puertas. Y encontraré aquí una esposa mejor. Tráeme, pues, a tu hija, la más encantadora de las vírgenes, la más perfecta de las largas cabelleras".
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, dijo: "No te entregaré a mi hija, no te entregaré a la núbil des­posada, a menos que seas capaz de matar de un solo golpe, con una sola flecha, al cisne del torrente salva­je, el ave del río de Tuoni el de las negras ondas".
El bullicioso Lemmikainen, el bello Kaukomieli, se encaminó al lugar donde nadaba el cisne, donde jugaba el largo cuello, junto al río de Tuoni el de las negras ondas.
Avanzaba con firme paso, el rápido arco colgado al hombro y la aljaba llena de flechas a la espalda.
El viejo pastor de mortecinos ojos, esperaba a la orilla del río de Tuoni, junto a la catarata sagrada, mirando en torno suyo y espiando la llegada de Lemmi­kainen.
Pronto lo vio acercarse. Entonces sacó del fondo de las aguas una monstruosa serpiente y la lanzó al co­razón del héroe atravesándole desde la axila izquierda hasta el hombro derecho.
El bullicioso Lemmikainen se sintió mortalmente herido, y clamó: "Desdichado de mí, que olvidé pedir a mi madre, a la que me llevó en su seno, dos o tres palabras siquiera para los grandes peligros. ¡Oh madre mía, si supieras donde se halla ahora tu infortunado hijo, seguro que correrías en mi ayuda; vendrías a arrancarme a la muerte, a impedirme morir, tan mozo aún, en este funesto viaje!"
El anciano de Pohjola, el pastor de los mortecinos ojos, precipitó al hijo de Kálevala en los abismos del río de Tuoni el de las negras ondas, en el más letal torbellino de la catarata. Y el alegre Lemmikainen rodó al fondo con estrépito, en medio de las olas espu­mantes, hasta las profundidades insondables. Entonces el sangriento hijo de Tuoni hirió al héroe con su espa­da de acerada punta y fulgurante hoja, y dividió su cuerpo en cinco, en ocho trozos, y los diseminó entre las fúnebres ondas de Manala, diciendo: "Anda aho­ra, flota para siempre jamás en estas aguas, con tu arco y tus flechas, y atrévete a disparar contra los cisnes de mi río, las aves que se hospedan en mis orillas".
Así acabó el jovial Lemmikainen; así terminó la aventura del temerario pretendiente, en el negro río de Tuoni, en los abismos de Manala.

La madre del bullicioso Lemmikainen medita y se pregunta sin cesar, en su casa: "¿Adonde habrá ido Lemmikainen? ¿dónde habrá desaparecido Kaukomie­li, ya que nadie sabe si ha retornado de su viaje por el vasto mundo?"
La pobre madre, la nodriza infortunada, ignoraba por dónde erraba su propia carne, su propia sangre: si entre las colinas cubiertas de yemas, las landas eri­zadas de brezos, las olas del espumoso mar, o en el seno de las batallas, de los feroces combates, donde la sangre salta al golpe de la espada y corre a chorros hasta las rodillas.
La bella Kylliki, impaciente, escudriñaba todos los rincones en la casa del héroe aventurero. Noche y día contemplaba el peine del esposo. Hasta que un día, una mañana, vio que destilaba sangre, que la sangre manaba por él en ríos rojos.
La bella Kylliki exclamó: "¡Ay de mí! he perdido a mi esposo. Mi hermoso Kaukomieli ha desaparecido en los lejanos desiertos, en las rutas inhospitalarias, en los senderos desconocidos. El peine destila su san­gre, su sangre que mana a borbotones".
Entonces la madre de Lemmikainen acudió a mirar el peine, y rompió a llorar amargamente diciendo: "¡Po­bre de mí, infortunada en todos mis días, desdichada para toda mi vida! Mi pobre hijo ha sido herido por su cruel destino, mi desgraciado hijo ha muerto. ¡Sí, muerto está Lemmikainen, puesto que su peine destila sangre; puesto que la sangre corre por él en rojos borbotones!"
Y arrollando al brazo los pliegues de sus vestidu­ras, se puso inmediatamente en camino con impetuoso ardor. Las colinas se allanan y los valles se llenan a su paso. Así llegó a las tierras de Pohjola, y preguntó decidida por su hijo: "Dime, madre Louhi, ¿qué has hecho de mi hijo? ¿dónde ha sido hallado muerto Lem­mikainen?"
Madre Louhi, el ama de casa, respondió: "Nada sé de tu hijo. Ignoro adonde fue y dónde se perdió. Yo lo dejé en su trineo, un trineo arrastrado por un fogoso caballo. Tal vez se haya ahogado bajo una avalancha de nieve o haya muerto de frío entre los hielos del mar. Tal vez ha ido a caer en las fauces del lobo o bajo la terrible dentellada del oso".
La madre de Lemmikainen dijo: "¡Mientes con toda tu alma! Ni el lobo es capaz de devorar a mi hijo, ni el oso se atrevería a tocar a Lemmikainen; sus dedos, sus manos, le sobran para dominarlos. Si te niegas a decirme qué has hecho de mi hijo, yo descuajaré las puertas del granero donde secas tu cebada, yo haré pedazos las visagras de tu Sampo".
Madre Louhi, el ama de casa, dijo: "No hagas tal, yo te diré la verdad: le he ordenado buscar el cisne, apoderarse del ave sagrada. Y no sé qué habrá sido de él, porque ni yo le he vuelto a ver ni él ha vuelto a reclamar a su prometida".
La madre de Lemmikainen se entregó a la busca del hijo muy amado, del hijo desaparecido. Corre como el lobo a través de los inmensos marjales, como el oso a través de las tundras; como la nutria, bucea en las aguas hondas; cruza los campos como el jabalí, los ribazos como la liebre, los escarpados promontorios como el puerco-espín. Avenía las piedras a su paso, aparta los troncos de los árboles y las espesas malezas, doblega con el pie los retallos de abeto. Y busca y bus­ca siempre sin hallar.
Se dirige a los árboles preguntándoles por su hijo desaparecido. Y los árboles alzan su voz, los abetos sus­piran, las encinas responden sabiamente: "Bastante tenemos nosotros con nuestros propios males, sin cui­darnos de tu hijo. Hemos sido creados por un destino cruel, traídos a una desdichada vida. Se nos tala, se nos corta en pedazos para alimentar la lumbre de la chi­menea, para calentar la estufa; se nos prende fuego para despejar la tierra que ocupamos".
La madre de Lemmikainen busca y busca siempre sin hallar. Y habla al camino que se abre a sus pies: "Oh, tú, camino trazado por Dios: ¿has visto tú a mi hijo, a mi manzana de oro, a mi báculo de plata?"
El camino le respondió sabiamente: "Bastante ten­go yo con mis males para pensar en tu hijo. Mi destino es cruel, tristes mis días. He nacido para ser pisotea­do por los perros, triturado por las ruedas de las carre­tas, machacado por las groseras botas, hollado por los pesados talones".
La madre de Lemmikainen busca y busca siempre sin hallar. Ve aparecer la luna y se prosterna ante ella: "Oh bienhechora luna, hija de Jumala, ¿has visto tú a mi hijo, a mi manzana de oro, a mi báculo de plata?"
La luna le responde sabiamente: "Bastante tengo yo con mis males para cuidarme de tu hijo. Mi destino es cruel, duros mis días. He nacido para vagar solitaria en el seno de la noche, para arder entre los rigurosos fríos, para velar sin descanso en los inacabables invier­nos, para desaparecer en cuanto el estío asoma".
La madre de Lemmikainen busca y busca siempre sin hallar. El sol sale a su encuentro, y se arrodilla ante él: "Oh sol creado por Dios ¿has visto tú a mi hijo, a mi manzana de oro, a mi báculo de plata?"
Y el sol, que algo sabe, le responde con dulzura: "Tu hijo, tu pobre hijo, está muerto y enterrado en el ne­gro río de Tuoni, en las ondas eternas de Manala. Ha rodado por los espumosos torbellinos, hasta lo más profundo de los abismos".
La madre de Lemmikainen derramó amargas lágri­mas. Y regresó a la fragua del herrero: "¡Oh Ilmarinen, tú que forjabas antaño, que forjabas ayer y que aun hoy sigues forjando: hazme un rastrillo de mango de cobre y dientes de hierro; de dientes de cien brazas de largo, de mango de quinientas brazas!"
Ilmarinen, el inmortal forjador, forjó un rastrillo de mango de cobre y dientes de hierro; de dientes de cien brazas, de mango de quinientas brazas.
Y la madre de Lemmikainen empuñó el rastrillo y se encaminó al río de Tuoni. Sumergió su rastrillo en la brama del torrente, rastreando entre las agitadas ondas, pero sin lograr su propósito. Entonces se inter­nó ella misma en las profundas aguas, en el caudaloso río, hasta las rodillas, hasta la cintura.
El rastrillo recorre todo el río de Tuoni. Lo retiró una vez, lo retiró dos veces, y a la tercera vez sacó la cota de hierro, y las calzas y la gorra del infortunado héroe, pobres objetos que renuevan su dolor amargo.
Penetró más aún, hasta los últimos abismos de Ma­nala. Allí, después de haber arrastrado tres veces su largo rastrillo, después de haber rastrillado a lo largo y a lo ancho y de través, sintió que un haz de espigas se había enganchado a los dientes de hierro.
Pero no era un haz de espigas: era el alegre Lemmi­kainen, el hermoso aventurero, enganchado al rastrillo por el dedo sin nombre de la mano y el dedo mayor del pie izquierdo.
Y el bullicioso Lemmikainen, el hijo de Kálevala, remontó a la superficie del agua. Pero no estaba entero: le faltaba una mano, su cabeza estaba rota, su cuer­po agujereado, y sin vida.
La pobre madre lo contempló llorando y dijo: "¿Será posible rehacer con estos pedazos un hombre, hacer nacer de nuevo un verdadero héroe?"
Un cuervo escuchó sus palabras y le contestó: "¡No! No puede salir un hombre de lo que ya no existe, de lo que tan cruelmente ha sido destrozado. La trucha le ha devorado los ojos, el sollo le ha roído los hombros. Arroja de nuevo a tu hijo al agua, al río de Tuoni; acaso se convierta en una fuerte morsa, en una ballena gigantesca".
La madre de Lemmikainen, lejos de arrojar nueva­mente a su hijo en las aguas de Tuoni, volvió a intro­ducir en ellas su rastrillo, explorando en todas direc­ciones, hasta que consiguió sacar los trozos de la mano y la cabeza, una vértebra rota, una costilla, y cien pe­queños restos más. Y ensambló todos los pedazos, y rehizo el cuerpo de su hijo muy amado, del alegre Lem­mikainen. Soldó la carne a la carne, los huesos a los huesos, las articulaciones a las articulaciones, las venas a las venas.
De este modo la madre de Lemmikainen creó de nue­vo al hombre, salvó al héroe devolviéndole su primiti­va vida, su antigua forma, y dijo: "Levántate ya y acaba de soñar en este lugar cruel, morada de desdi­chas".
El héroe se despertó de su sueño; se irguió, su len­gua cobró vida, y dijo: "Mucho tiempo he dormido, largo tiempo he descansado, mísero de mí, enterrado en un dulce sueño, en un pesado reposo".
La madre de Lemmikainen dijo: "Y mucho más ha­brías permanecido ahí, si tu madre, si la desdichada que te trajo al mundo, no hubiera venido en tu auxilio. Dime ahora, pobre hijo mío, dime ahora: ¿quién te arrojó al Manala, quién te precipitó en el río de Tuoni?"
El bullicioso Lemmikainen dijo: "El viejo pastor de los mortecinos ojos, ése fue quien me empujó al Ma­nala, quien me arrojó al río de Tuoni. Lanzó contra mí una monstruosa serpiente del agua, y yo ¡pobre de mí! no pude sustraerme a mi destino, porque ignoraba las pérfidas mafias de la serpiente, la fatal mordedura de la alimaña venenosa".
La madre de Lemmikainen dijo: "Insensato de ti, que creíste poder hechizar a los hechiceros, embrujar a los lapones, cuando ni siquiera conocías las pérfidas mañas de la serpiente, la fatal mordedura de la alima­ña venenosa".
Y Ja madre meció y acarició en su regazo al hijo muy amado, hasta que hubo recobrado todas sus fuerzas y su antiguo aspecto. Después le preguntó si le faltaba algo todavía.
El bullicioso Lemmikainen dijo: ";Oh, sí! todavía me falta lo mejor. Mi pobre corazón no está en mi pe­cho; anda errante con mis pensamientos y mis anhelos, tras las doncellas de Pohjola, las de hermosas cabelle­ras. La anciana de Pohjola, la de la nariz purulenta, no me entregará a su hija si no mato al cisne del río de Tuoni, si no lo robo al torbellino del torrente sagrado".
La madre de Lemmikainen dijo: "¡Deja a esos maldi­tos cisnes en las negras aguas de Tuoni, en el torrente que muge! Vuelve a casa con tu tierna madre. Aprecia, al fin, dónde está la felicidad. Y da gracias al Dios reve­lado, que te ha socorrido eficazmente, que te ha de­vuelto la vida. ¡Nada hubiera podido lograr yo, sin la ayuda de Jumala, sin la intervención del verdadero creador!"
Entonces el bullicioso Lemmikainen volvió a tomar el camino de su casa, con su madre muy amada, la que lo amamantó a sus pechos.



VIII
WAINAMOINEN Y EL GIGANTE WIPUNEN


El viejo, el impasible Wainamoinen, el runoya in­mortal, hallábase ocupado en construir un navío, un navío nuevo, en la punta del promontorio nebuloso, de la isla rica en umbrías. Y cantaba, cantaba un canto mágico a cada parte que construía .
Pero cuando llegó el momento de ensamblar las planchas, de tajar la proa y redondear la popa, tres palabras le faltaron de repente.
El viejo, el impasible Wainamoinen, el sabio sin edad, exclamó: "¡Ah, desdichado de mí! ¡Mi navío no podrá sostenerse a flote, mi nueva barca no podrá na­vegar en el agua!"
Se puso a reflexionar profundamente preguntándose dónde encontraría las palabras, las ocultas palabras mágicas.
Un pastor salió a su encuentro y le dijo: "Encontra­rás cien palabras, mil sagradas runas, en la boca de Antero Wipunen, en el vientre del prodigioso gigante. A él debes dirigirte. El camino para llegar allá no es muy bueno, pero tampoco es de los peores. Hay que recorrer el primer tramo sobre la punta de las agujas de las mujeres; el segundo tramo sobre la punta de las espadas de los hombres; y en fin, el tercer tramo, sobre el filo de las hachas de los héroes".
El viejo, el impasible Wainamoinen, pese a las difi­cultades de la empresa, no vaciló en intentarla. Se dirigió a la fragua de Ilmarinen y le dijo: "Oh herrero Ilmarinen, hazme unas suelas de hierro, unos guante­letes de hierro, una cota de hierro; y fórjame además, por lo que pidas, un estoque de hierro con medula de acero. Parto a arrancar las mágicas palabras, las sa­gradas runas, del vientre del prodigioso gigante, de la boca de Antero Wipunen".
Ilmarinen contestó: "Wipunen ha muerto hace mu­cho tiempo; hace mucho que Antero ha dejado de ar­mar sus trampas de caza, de tender sus redes de pesca. Ni una palabra sacarás de él, ni la mitad de una pa­labra".
El viejo, el impasible Wainamoinen, a pesar de tal advertencia, se puso en camino. El primer día cruzó sobre la punta de las agujas de las mujeres; el segun­do día, sobre la punta de las espadas de los hombres; el tercer día, sobre el filo de las hachas de los héroes.
Wipunen, el poderoso runoya, el gigante de prodi­giosas fuerzas, hallábase acostado bajo tierra con sus cantos; yacía tendido con sus mágicas palabras. Crecía el chopo sobre sus hombros, el abedul sobre sus sie­nes, el álamo sobre sus mejillas, el sauce sobre su barba, el abeto sobre su frente, y el pino silvestre entre sus dientes.
El viejo Wainamoinen llegó. Desenvainó su espada, su hoja de acero, de la vaina de cuero; y taló el chopo de los hombros de Wipunen, el abedul de sus sienes, los álamos tupidos de sus mejillas, el sauce de su bar­ba, el abeto de su frente y el silvestre pino de entre sus dientes. Después hundió su estoque guarnecido de hierro en la garganta del gigante, entre sus anchas mandíbulas, entre sus mugientes encías, y dijo: "¡Le­vántate de tu subterráneo lecho, oh esclavo del hom­bre, despierta de tu largo sueño!"
Wipunen, el poderoso runoya, se despertó en el acto de su sueño. Sintió el duro golpe del estoque y un agudo dolor que le desgarraba. Mordió el estoque, pero su dentellada no alcanzó más que a la superficie; no logró hacer presa en el acero, en el tuétano de acero.
El viejo Wainamoinen se acercó más al gigante, y de repente saltó y se deslizó en su boca. Entonces Antero Wipunen, abrió las anchurosas fauces y se tra­gó al héroe y a su espada, diciendo: "Muchas cosas he comido: he devorado cabras y ovejas, y bueyes y jabalíes, pero nunca había probado un manjar seme­jante".
El viejo Wainamoinen dijo: "¡He aquí llegada mi hora fatal!"
Y se puso a pensar, a reflexionar profundamente, preguntándose cómo se las arreglaría ahora para exis­tir, para poder seguir viviendo.
Wainamoinen llevaba colgado a la cintura su en­cantado cuchillo de mango de madera. Y se sirvió de él hábilmente para construir una pequeña barca, que lanzó bogando, intestino adelante, explorando todos los entresijos, todas las guaridas del vientre.
Wipunen, el viejo gigante, el poderoso runoya, no pareció desconcertarse por semejante prueba. Enton­ces Wainamoinen se transformó en herrero. De su cota de hierro se hizo una fragua; de sus mangas y su ca­pote, un fuelle; de sus calzas, un cañón de chimenea; de su rodilla, un yunque; de su codo, un martillo. Y comenzó a martillar con redoblados golpes, haciendo resonar su yunque noche y día, sin tregua ni reposo, en el vientre del prodigioso gigante, en el seno del hombre fuerte.
Wipunen, el poderoso runoya, dijo: "¿Qué hombre eres tú, pues entre los hombres, qué héroe entre los héroes? ¡Cien hombres he devorado, mil héroes he matado, pero jamás he comido nada semejante a ti! ¡Los carbones encendidos suben hasta mi boca, los tizones queman mi lengua, las escorias del hierro desgarran mi garganta!"
"Si no te apresuras a salir de ahí, oh perro sin ma­dre, yo pediré sus garras al águila, su lanceta a la sanguijuela, la uña corva al halcón, los espolones al buitre, para dar tormento al maldito, para castigar al sacrílego, hasta que su cabeza quede inerte y falte el aliento a su pecho. ¿No saldrás de ahí, oh monstruo? ¿no me veré libre de ti, oh perro vagabundo?"
El viejo, el impasible Wainamoinen, respondió: "Me encuentro bien aquí; mis horas transcurren agradables.
Tu hígado reemplaza bien a mi pan, y tu grasa a mi carne. El pulmón cuece bien, la grasa no es mal alimento.
"Hundiré más todavía mi yunque en la carne de tu corazón, instalaré más profundamente mi fragua, de suerte que en todos tus días puedas escapárteme sin revelarme antes las mágicas palabras, sin enseñarme las ocultas runas que forman el canto universal. No pueden las palabras permanecer escondidas, las fórmu­las mágicas no pueden quedar enterradas en las en­trañas de las rocas, muertas para siempre en el hon­dón de la tierra. ¡Pueden desaparecer los poderosos, pero no el poder!"
Entonces Wipunen, el dueño de! canto, el héroe so­berbio de los días antiguos, cuya boca está llena de sabiduría, cuyo pecho es la morada de la infinita fuer­za, abrió el cofre lleno de palabras, el cofre lleno de cantos, para cantar las palabras eficaces, para dar rienda suelta a los mejores cantos. A esas palabras profundas de los orígenes, a esos mágicos cantos de la creación de los tiempos, que todas las criaturas juntas no serían capaces de repetir, que ningún héroe sería capaz de comprender en esta triste vida, en este mun­do perecedero.
Cantó las palabras originales, las runas de la sa­biduría.
Cantó sin cesar a la luz del día y en una larga suce­sión de noches. El sol se detuvo a escucharle. La luna de oro se detuvo a escucharle. Las olas de los estre­chos, las ondas de los golfos, las aguas de los ríos apagaron su tormentoso murmullo.
Entonces el viejo Wainamoinen, después de haber escuchado las palabras, después de haber aprendido los cantos mágicos tan ardientemente deseados, se dispuso a salir de la boca de Antero Wipunen, de las entrañas del hombre poderoso y fuerte. Y dijo: "Oh Antero Wipunen, abre ahora tu anchurosa boca, dilata tus vastas mandíbulas, para que yo salga de tu vientre y vuelva a mi casa".
Wipunen, el gran runoya, dijo: "Muchas cosas he comido y he bebido; mil diferentes materias. Pero jamás había comido ni bebido nada semejante al viejo Wainamoinen. Si bien has hecho en venir, mejor harás en irte".
Y Wipunen, el gran runoya, abrió su ancha boca, dilató sus mandíbulas, y el viejo Wainamoinen se lanzó fuera, desde el fondo de las entrañas del gigante. Saltó como una ardilla de oro, como una marta de dorado pecho.
Y regresó a la fragua del herrero. Ilmarinen le pre­guntó: "¿Has escuchado las palabras, has recogido los cantos mágicos, los cantos necesarios para terminar tu navío?"
El viejo, el impasible Wainamoinen, respondió: "Cien palabras he aprendido, mil objetos de canto. He sacado a las runas de su fosa, he arrancado a los can­tos mágicos de su caverna".
Y se dirigió hacia su navío, al lugar donde sabia­mente trabajaba. Y pronto el navío fue terminado sin auxilio de la hacha. El barco fue "creado" sin que la hacha soltase una sola chispa.



IX
LOS DOS RIVALES


El viejo, el impasible Wainamoinen, se puso a pen­sar, a reflexionar profundamente. Y resolvió ir a soli­citar la mano de la doncella, la de hermosos cabellos, la orgullosa prometida de Pohjola.
Revistió su navío de "vadmel" , empurpuró sus bordas, tachonó de oro y plata las planchas. Y un día, una mañana, deslizó sobre los pulidos rodillos el es­quife trabado con cien vigas, y lo botó al agua.
Plantó el mástil y enarboló las velas: una vela roja y una vela azul. Después se sentó al timón y se hizo a la mar.
Anniki, la del celebrado nombre, Anniki, la hija de la noche, la virgen del crepúsculo, que siempre se levantaba antes del alba, lavaba sus vestidos, tendía su ropa blanca en la extremidad del promontorio ne­buloso, de la isla rica en umbrías.
Volvióse y miró en torno suyo en todas direcciones; levantó la mirada al cielo, la tendió a las orillas. Sobre su cabeza brillaba el sol; ante sus ojos chispeaban las olas.
Volvió sus ojos al lado del mediodía y divisó un resplandor, una estela azul en la superficie del mar.
Anniki, la celebrada virgen, conoció que era un bar­co, un barco formado por cien vigas bien labradas, que flotaba en el mar, y dijo: "Si eres el barco de mi hermano o la barca de mí padre, pon rumbo a nuestra casa. ¡Si eres un navío extraño, enfila la alta mar y vete a atracar a otras orillas!"
Pero aquel barco no era el de su familia ni tampoco el de un desconocido extranjero; era el barco de Wai­namoinen, el barco del inmortal runoya. Se acercó al alcance de la voz.
Anniki, la hija de la noche, la virgen del crepúsculo, dijo: "¿A dónde te encaminas, Wainamoinen, a dónde vas, favorito de las ondas? ¿a dónde te diriges tan brillantemente vestido, gala de la tierra?"
El viejo Wainamoinen respondió desde la borda de su navío: "Me he propuesto ir a pescar el salmón; quiero ver cómo juegan los peces en el río de Tuoni, en el profundo abismo".
Anniki, la celebrada virgen, dijo: "Ahórrate inútiles mentiras. También yo conozco las artes de la pesca; mi viejo padre tenía costumbre en otro tiempo de salir a la pesca del salmón, pero iba equipado de muy dis­tinta manera; su barco iba cargado de toda clase de aparejos: nasas, horcas, redes y arpones. ¿A dónde vas, Wainamoinen, a dónde te diriges?"
El viejo Wainamoinen, respondió: "Ven a mi barco, oh doncella. Aquí te diré toda la verdad".
Anniki, la doncella adornada con una fíbula de es­taño, dijo con acento burlón: "¡Que la tempestad se desate sobre tu barco, que los vientos se desencadenen contra él! Yo lo haré naufragar, yo lo echaré a pique si no pones fin a tus mentiras, si no me confiesas con franqueza y verdad hacia dónde te encaminas".
El viejo Wainamoinen, respondió: "Si hasta aquí he fingido, ahora te diré toda la verdad. Me he puesto en camino para ir a pretender la mano de una doncella a la sombría Pohjola, a ese país donde los hombres son devorados, donde se precipita a los héroes en el mar".
Anniki, la hija de la noche, la virgen del crepúsculo, comprendió que esta vez Wainamoinen había renun­ciado a la mentira, y que le había confesado la verdad. Entonces dejó a un lado las ropas que había venido a lavar, y levantando entre sus manos los pliegues del vestido, echó a correr a casa de Ilmarinen; llegó y entró en la fragua.
El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, hallábase ocupado en fabricar un escabel de hierro; lo fabri­caba con hierro y plata ligados. Su cabeza aparecía cubierta por una vara de escoria, sus hombros por una brasa de hollín.
Anniki, la celebrada virgen, le dijo: "Oh herrero Ilmarinen, hermano mío ¿sueñas todavía en tomar por esposa a aquella cuya mano pediste tiempo ha, aque­lla con quien contabas por compañera?
"Tú machacas el hierro, tú forjas sin cesar; has pa­sado todo el invierno y todo el estío herrando tu ca­ballo; has consagrado tus días y tus noches a fabricarte un trineo, un magnífico trineo para ir a Pohjola a buscar a tu esposa. Y he aquí que uno más astuto y más ilustre que tú se te ha adelantado; va a robarte lo que es tuyo, va a apoderarse de tu amada, de aque­lla por quien has suspirado durante dos años, de aquella que hace tres años te fue prometida. Wainamoinen boga sobre el mar azul, en su barco de proa de oro, de timón de cobre. Y se dirige a la sombría Pohjola".
El herrero fue presa de una punzante angustia, el forjador quedó abrumado un largo espacio; las tenazas resbalaron de entre sus dedos, el martillo se le cayó de las manos.
Y dijo: "Anniki, mi querida hermana, yo te forjaré una lanzadera, yo te forjaré lindos anillos, dos o tres pares de arracadas, cinco o seis cinturones de metal. Pero, por tu parte, prepárame un baño dulce como la miel; hazme calentar una agradable lumbre con ramas menudas de árbol, con pequeñas astillas; procúrame además un poco de agua de lejía, un poco de jabón esponjoso, para lavar mi cabeza, para purificar mi cuerpo del hollín que lo cubre desde el otoño, de las escorias que lo manchan desde el invierno".
Anniki, la celebrada virgen, hizo calentar secreta­mente la lumbre. Después hizo agua de lejía con leche agria, preparó jabón con tuétano de huesos, un jabón espumoso para lavar la cabeza del prometido, para blanquear y purificar su cuerpo.
El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, se dirigió al baño. Y se bañó cuidadosamente; lavó y embelleció su rostro, acicaló sus cejas, dejó su cuello tan blanco como un huevo de gallina, purificó todo su cuerpo. Después entró en su cámara completamente transformado, resplandeciente el rostro, y ligeramente rosadas las mejillas.
Y dijo: "Anniki, mi hermana querida, tráeme ahora una camisa de lino, tráeme hermosos vestidos, para que me vista y me engalane como conviene a un desposado".
Anniki, la celebrada virgen, trajo una camisa de lino para el cuerpo ungido de Ilmarinen, y vestiduras he­chas por su propia madre, para sus caderas libres de hollín, para sus caderas donde no se acusaba ningún hueso.
Y el herrero se cubrió con aquellos vestidos, y cuan­do estuvo dispuesto llamó a su esclavo, diciendo: "En­gancha mi fogoso caballo a mi trineo, pues ha llegado mi hora de partir, de trasladarme a Pohjola".
El esclavo enganchó el corcel, el hermoso corcel, al trineo. Y puso en él seis cuclillos cantores, siete pájaros azules, para cantar sobre las colleras, para gorjear en el pescante; y una piel de oso para el asiento de su señor, y una piel de nutria para cubrir el trineo.
Entonces Ilmarinen, el inmortal forjador, invocó a Ukko, rogó al dios del trueno: "¡Oh Ukko, haz caer una fina nevada, haz destilar una delgada lluvia de nieve para que el trineo pueda resbalar, para que el hermoso trineo pueda volar velozmente!"
Ukko hizo caer una fina nevada, una delgada lluvia de nieve, que cubrió los tallos del brezo y se elevó sobre los tallos de las bayas, en toda la extensión del campo.
Y el herrero Ilmarinen montó en el trineo de acero; tomó las riendas en una mano, empuñó el látigo con la otra, y azotó los flancos del caballo diciendo: "En marcha, mi corcel, mi bello corcel de crin de lino ¡al galope!"
Ilmarinen lanza su trineo a toda velocidad. Camina un día, camina dos días, camina casi tres días. Al­canza a Wainamoinen y le dice: "¡Oh viejo Wainamoinen, hagamos un pacto de paz, aunque sigamos como dos rivales el camino de bodas, aunque vayamos como rivales en busca de la misma esposa: juremos no apoderarnos de ella por la violencia, no conducirla contra su voluntad a la casa del hombre!"
El viejo Wainamoinen, respondió: "Consiento en hacer contigo el pacto de paz; yo me comprometo a no apoderarme de la doncella por la fuerza, a no conducirla contra su voluntad a la casa del hombre. La doncella debe ser para aquel a quien elija su cora­zón, sin que por ello guardemos uno contra el otro el largo odio, la eterna enemistad".
Y los dos héroes siguieron cada cual su camino: cuando la barca surca las olas, la orilla se estremece; cuando el caballo galopa, tiembla la tierra.
Poco tiempo transcurrió. En seguida el perro gris se puso a ladrar, el centinela lanzó el grito de alarma en la sombría Pohjola. Primero fue un débil murmullo, después un ladrido más fuerte, y entrecortando sus aullidos golpeaba sonoramente el suelo con su cola.
El padre de familia de Pohjola, dijo: "Nuestro perro gris no ladra en vano, no da la voz de alarma el viejo, no gruñe sin razón a los abetos del bosque".
Y salió en persona de la casa a ver lo que ocurría en el último límite del campo, hacia los lejanos caminos.
Un barco de púrpura se acercaba, bogando en el golfo; un soberbio trineo se deslizaba por el camino.
El ama de casa de Pohjola y la doncella de Pohjola se apresuran a asomarse al corral, volviendo los ojos hacia el golfo, bajo los rayos del sol; y ven avanzar al navío, al navío de cien planchas. Relumbra el barco de vadmel; brillan sus costados de púrpura; un hom­bre de arrogante presencia se yergue a popa mane­jando el timón de cobre, y ven también un caballo al galope y un rojo trineo, un trineo de mil colores, lanzado a toda velocidad por el camino: seis cucos de oro cantan en las colleras, siete pájaros azules can­tan en el pescante; un hombre arrogante se yergue en el trineo, un verdadero héroe maneja las riendas.
El ama de casa de Pohjola, dijo: "¿A cuál de los dos preferirás entregarte, cuando vengan a pedirte por eterna compañera, por arrulladora paloma de su soledad?
"El que llega en el barco es el viejo Wainamoinen; trae un cargamento de grano, una carga de tesoros. El que conduce el trineo de mil colores es el herrero Ilmarinen; sólo trae engaños; su trineo viene cargado de mágicas runas.
"Cuando hayamos entrado en la casa toma una es­cudilla de hidromiel y ofrécela al que hayas elegido. Ofrécesela al viejo Wainamoinen, que trae cosas útiles en su navío, que trae el barco cargado de tesoros".
La doncella de Pohjola era discreta y respondió así: "Oh madre mía, tú que me has llevado en tu seno, tú que me has criado en mi niñez; no quiero entregarme al poderoso en riqueza y en sabiduría. Me entregaré al que es bello en su rostro y fuerte en todo su cuerpo. Ninguna doncella se ha vendido jamás por un carga­mento de grano. Mejor será entregarla desinteresada­mente al herrero Ilmarinen, al que ha forjado el Sampo, al que ha labrado a golpe de martillo las relu­cientes aspas".
La madre de Pohjola, dijo: "¡Ah, inocente y simple mozuela! ¿Vas a entregarte al herrero Ilmarinen para enjugar su frente espumante de sudor, para hacer la colada de sus miserables harapos, para lavar su ca­beza?"
La doncella respondió: "No aceptaré en modo algu­no a Wainamoinen, no seré el báculo del anciano de­crépito. Incómoda y enojosa es la vejez".
El viejo Wainamoinen llegó el primero. Hizo atra­car su rojo barco y lo sacó a tierra sobre rodillos de hierro, sobre troncos de cobre. Después se dirigió pre­surosamente a la casa, entró bajo su techo, y en el umbral, bajo la dintelada viga de la puerta, habló así: "¿Vendrás conmigo, oh doncella, para ser mi eterna compañera, para ser la esposa de mi vida, la paloma que arrullará mi soledad?"
La doncella respondió sin vacilar: "¿Has fabricado ya el barco prometido? ¿has construido el alto navío con las astillas de mi huso, con los trozos de mi lanzadera?"
El viejo Wainamoinen, dijo: "Sí, he construido el barco, he fabricado un navío sin par, firme en la tem­pestad; un navío que, bajo las ráfagas del huracán, surca serenamente las olas y franquea los estrechos; se eleva como una burbuja y nada como una hoja de nenúfar en el mar de Pohjola, entre las olas de borbollantes crestas".
La hermosa doncella de Pohjola, dijo: "No hay que hacer mucho caso de los hombres de mar, de los héroes que surcan las olas: el viento les trastorna la cabeza, la tempestad les nubla el cerebro. Por eso no puedo seguirte, no puedo entregarme a ti para ser tu eterna compañera, para ser el arrullo de tu soledad, para pre­parar tu lecho y mullir la almohada de tu cabeza".

Ilmarinen el herrero, el inmortal forjador, se apre­suró a su vez a entrar en la casa, traspasando el umbral.
Una copa de hidromiel, una copa llena del azucarado jugo, fue presentada al héroe. Y cuando él la tuvo entre sus manos, dijo: "Jamás, mientras dure esta vida, mientras la luna espléndida brille, beberé este licor antes de haber contemplado a aquella que me pertenece. ¿Está dispuesta aquella por quien me he desvelado, aquella a quien he velado?"
El ama de casa de Pohjola, respondió: "No está dis­puesta, graves impedimentos tiene aquella por quien te desvelaste, aquella a quien has velado. Uno de sus pies aun está descalzo y el otro sólo calzado a medias. Sólo estará dispuesta, aquella por quien te desvelaste, la que legalmente debías desposar, una vez que hayas labrado el campo lleno de víboras, roturado de arriba a abajo el campo lleno de serpientes, sin necesidad de yunta, sin que tu reja tiemble".
El herrero Ilmarinen se presentó en la cámara de la doncella y le dijo: "Oh virgen de la noche, hija de las tinieblas ¿te acuerdas de cuando yo construía el Sampo, cuando forjaba las brillantes aspas; y de cómo, entonces, juraste con juramento eterno, ante el Dios revelado, a la faz del Todopoderoso, prometiendo en­tregarte a mí, al bravo héroe, para ser la compañera de toda mi vida, la arrulladora paloma de mi soledad? Pues bien: tu madre se niega ahora a entregarme a su hija, mientras no haya labrado el campo lleno de víboras, roturado de arriba a abajo el campo colmado de serpientes".
La joven prometida acudió en su ayuda con este consejo: "Oh herrero Ilmarinen, oh inmortal forjador: fragua un arado de oro, un arado de plata. Con él labrarás el campo de víboras, roturarás de arriba a abajo el campo lleno de serpientes".
El herrero Ilmarinen arrojó oro en su fragua, llenó de plata la hornilla, y forjó un arado. Después se hizo unos zapatos de hierro, se ajustó brazales de acero a los muslos; se revistió con una cota de mallas metá­licas, ciñó a su cuerpo un cinturón de acero, codal de hierro y manopla de piedra; y unció al arado su ca­ballo flamígero, su buen corcel.
Así Ilmarinen labró el campo de víboras, llenó de surcos el campo de serpientes. Después regresó y dijo: "Ya he labrado el campo de víboras, ya he roturado de arriba a abajo el campo lleno de serpientes ¿me será entregada ahora la doncella, me llevaré conmigo a mi bien amada?"
El ama de casa de Pohjola, respondió: "La doncella te será entregada, el ánsar azul estará pronto a se­guirte, cuando hayas pescado el sollo lleno de escamas, el pez de las rápidas aletas, en el río de Tuoni, en las profundidades del abismo de Manala, sin ayuda de una red, ni siquiera de una red de mano. Cien hombres han intentado esa pesca, pero ninguno ha logrado regresar".
Ilmarinen comenzó a sentirse inquieto; la prueba le parecía arriesgada. Acudió nuevamente a la cámara de la doncella y le dijo: "Una nueva empresa me ha sido impuesta; tengo que pescar el sollo cubierto de escamas, sin servirme de nasa ni red, ni de ningún otro utensilio".
La joven prometida le prestó ayuda con este conse­jo: "No tengas ninguna inquietud, oh Ilmarinen: fór­jate un halcón deslumbrante, un poderoso pájaro de blanco plumaje. Con él podrás pescar el sollo, el enor­me pez de las rápidas aletas, en el negro río de Tuoni, en los abismos profundos de Manala".
El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, se forjó un halcón poderoso, de deslumbrante plumaje blanco. Le hizo espolones de hierro, garras de acero; le labró las alas con las planchas de un navío. Después cabalgó a su lomo, entre las largas puntas de sus alas.
Y comenzó a guiar con sus consejos al poderoso pájaro: "Oh halcón mío, mi buen halcón: tiende tu vuelo y dirígete, te lo suplico, al río de Tuoni, a las profundidades de Manala. Y una vez allí, lánzate sobre el escamoso sollo, sobre el enorme pez de las rápidas aletas".
El halcón, el ave majestuosa, batiendo el aire con sus alas, tendió el vuelo y se dirigió en busca del sollo, del pez armado de terribles dientes, hacia el río de Tuoni, hacia los abismos de Manala. Con un ala roza el agua, con la otra acaricia el cielo; sus garras aran el mar, su pico golpea las rocas.
Ilmarinen sondea el río de Tuoni; el halcón vigila a su lado. Entonces aparece el sollo de Tuoni, el terrible perro de las aguas: su lengua es larga como dos man­gos de hacha; sus dientes, como un mango de rastrillo; su boca es ancha como tres cataratas; su lomo, largo como siete barcas. Trata de atacar a Ilmarinen, de tragarse al herrero.
Pero el halcón de garras de hierro arrebató al sollo escamoso hasta la copa de una encina, hasta la fron­dosa copa de un pino. Y allí se puso a devorar la carne del pez; abriéndole el vientre, desgarrándole el pecho, separándole violentamente la cabeza del cuerpo.
Entonces el herrero Ilmarinen cogió la cabeza del sollo y se la llevó como presente a su suegra, diciéndole: "¿Está dispuesta al fin aquella por quien me desvelé, aquella por quien he velado?"
La madre dijo: "Sí, dispuesta está al fin aquella por quien te desvelaste, aquella a quien has velado. Mi hija, mi polluela, debe ser entregada al herrero Ilmarinen para ser la eterna compañera de su vida, la arrulladora paloma de su soledad".
Un niño acostado en la cocina, un pequeñuelo de dos semanas, habló y dijo: "Fácil es esconder un caballa, ocultar a ojos ajenos un corcel de bellas crines; pero es difícil guardar a una doncella, ocultar a ojos ajenos una virgen de hermosa cabellera. Inútilmente harías construir un castillo de piedra en medio de los escollos del mar, para guardar en él a tus hijas, para criar en él tus palomas; tus hijas no serían guardadas, no crecerían las vírgenes, sin que lograsen penetrar hasta su retiro los pretendientes del país, la muchedumbre de mancebos, y los hombres de soberbio casco en sus herrados caballos".
El viejo Wainamoinen, triste y con la cabeza gacha, emprendió el regreso a su país, diciendo: "¡Pobre y desdichado de mí, que no me ocupé de bodas en mi juventud, que no busqué esposa en los mejores días de mi vida! Todo debería ser motivo de angustia y arrepentimiento, para el que ha de lamentar no haber­se casado a tiempo, no haber engendrado hijos en su juventud, no haberse hecho una familia en la flor de sus años".
Después el viejo Wainamoinen exhortó a los hom­bres viejos a no pretender doncellas, a no solicitar mano de moza. Les disuadió de nadar por bravata, de remar por apuesta, y de rivalizar con los jóvenes en el cortejo de una virgen.


X
LA TERRIBLE CÓLERA DE LEMMIKAINEN


Athi Lemmikainen, el habitante de la isla, el habi­tante del promontorio de Kauko, hallábase ocupado en labrar su campo, en trazar surcos en sus tierras; Athi el de la aguda oreja, el del oído fino y sutil.
Y oyó un gran ruido hacia la parte de la aldea, un rumor sordo del otro lado de los pantanos, fuertes pisadas en el hielo y un estruendo de trineos a través de las landas. Entonces una idea vino a su cabeza, un presentimiento se deslizó en su cerebro: Pohjola está hoy de bodas, Pohjola celebra un festín en secreto.
Torció la boca, meneó la cabeza, sacudió su negra cabellera; y la sangre desapareció de su rostro, y sus mejillas palidecieron. De repente suspendió su tarea, dejó el surco empezado, montó a caballo y llegó de una galopada a casa de su madre siempre querida, la que lo alimentó a sus pechos.
Tomó la palabra al llegar y dijo: "Oh madre, mi anciana madre; vete al aitta de la colina y tráeme mis finas camisas, mis mejores vestiduras, para vestirme de fiesta y engalanar mi cuerpo".
La anciana preguntó: "¿A dónde vas, pues, hijo mío? ¿vas a la caza de la nutria o de la ardilla?
El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, respondió: "No, madre mía, no voy a la caza de la nutria ni del alce ni de la ardilla; voy a las bodas de Pohjola, al festín que allá celebran en secreto. Tráeme mis camisas de lino, mis vestidos mejores; quiero vestir de fiesta para la boda, quiero engalanarme para el festín".
La madre se esfuerza en disuadir al hijo de su pro­yecto; la esposa trata de retener al esposo.
Dice la madre: "Guárdate, hijo mío, mi hijo muy amado, guárdate de asistir a las bodas de Pohjola pues­to que no se te ha invitado; nadie te ha mandado a decir que eras esperado allí".
El jovial Lemmikainen, respondió: "¡Los pobres dia­blos son los que solamente acuden a las fiestas adonde han sido invitados; los audaces no necesitan invita­ción. Yo tengo una perpetua invitación, un mensaje siempre sonoro, en el acero de mi afilada espada, en la punta de su hoja fulgurante!"
Trajeron a Lemmikainen su cota de mallas, su vieja armadura de guerra; tomó en sus manos la inmortal espada, la compañera de combate de su viejo padre, y apoyó fuertemente la punta contra las vigas del suelo. La espada se cimbreó bajo su mano como la fresca corona del cerezo, como la rama del verde enebro; y con una voz henchida de amenazas, dijo el héroe: "¡No, no habrá nadie en toda Pohjola que se atreva a afron­tar esta espada, que ose mirar fijamente esta resplan­deciente hoja!"
Y descolgó su arco, su arco poderoso, del muro donde estaba suspendido, y levantó la voz diciendo: "Llama­ría yo hombre y tendría por héroe a aquel de Pohjola que fuese capaz de tender este arco, de plegar este tallo de acero".
Después el bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, se puso su cota de mallas, su vieja armadura de guerra, y llamando a su esclavo, le dijo: "Oh es­clavo comprado, esclavo pagado a peso de plata, apre­súrate a enjaezar mi caballo de batalla, y enganchar­lo al trineo, pues quiero acudir a las bodas de Pohjola". El humilde, el dócil esclavo, obedeció en el acto; enjaezó el caballo de guerra, el flamígero corcel, y lo enganchó al trineo; después volvió junto a su amo y dijo: "Ya está hecho lo que mandaste; el caballo está enjaezado, el relumbrante corcel está enganchado al trineo". Lemmikainen tomó asiento en su trineo, fustigó al caballo con su látigo guarnecido de perlas, y el caballo se lanzó al galope, devorando el espacio.
Pronto llegó a la mansión de Pohjola, ante una em­palizada de acero, una barrera forjada de hierro, que se hundía en la tierra a una profundidad de cien bra­zas, que se elevaba al cielo hasta una altura de mil brazas. Las estacas estaban formadas de largas ser­pientes, ensortijadas de negras culebras, entrelazadas de lagartos. Colgaban las monstruosas colas, agitában­se sin tregua las chatas cabezas, silbaban las híspidas lenguas. Las colas caían hacia dentro, las cabezas hacia fuera.
Lemmikainen no se inquietó poco ni mucho ante tal obstáculo. Desenvainó su cuchillo, su cuchillo de terri­ble hoja, y comenzó a segar en el seto, hasta abrir una brecha en el cerco de hierro, en la empalizada de ser­pientes, entre seis postes, entre siete postes; después lanzó por ella su trineo y llegó a la puerta de Pohjola.
Una serpiente estaba tendida en el umbral; era larga como una viga del techo, gruesa como un pilar de la puerta; tenía cien ojos y mil dientes; ojos grandes co­mo cedazos, dientes largos como un mango de chuzo, como un mango de rastrillo; y lomos anchos como siete barcas.
Lemmikainen se detuvo; no se atrevió a pasar sobre la serpiente de cien ojos, sobre el monstruo de mil lenguas.
Entonces recordó las antiguas palabras, las miste­riosas fórmulas que antaño había aprendido de su madre, que la que le amamantó a sus pechos le había enseñado. Y el jovial Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli dijo: "Oh negro reptil de las profundidades de la tierra, larva teñida con los colores de la muerte, tú que llevas en tu piel los colores de los brezales y de la tierra desnuda, los colores todos del arco iris ¡apártate del camino del viajero, deja libre el paso al héroe, deja a Lemmikainen seguir su marcha hasta las bodas de Pohjola, hasta el festín de la inmensa mu­chedumbre!"
Y a estas palabras la serpiente comenzó a desen­rollar sus anillos, el monstruo de cien ojos, el gigan­tesco reptil, se deslizó fuera del umbral, dejando libre el paso al viajero, dejando a Lemmikainen continuar su camino hacia las bodas de Pohjola, hacia el miste­rioso festín de la inmensa muchedumbre.

Cuando el bullicioso Lemmikainen, el mancebo albo­rotado y jovial, hizo su aparición en el interior de la casa de Pohjola, el suelo de maderas de tilo tembló, las paredes de madera de abeto oscilaron.
Y alzó su voz y dijo: "¡Salud a todos vosotros a quienes visito, y salud al que os saluda! Dime, padre de familia: ¿tienes en casa cebada para mi caballo? ¿tienes cerveza para el héroe?"
El padre de familia de Pohjola, sentado a la cabe­cera de la larga mesa, respondió: "Tal vez haya aloja­miento conveniente para tu caballo, y tal vez no rehu­saríamos recibirte a ti mismo, si nos prometes per­manecer tranquilo, si te conformas con quedar a la puerta, bajo la viga del umbral" .
El bullicioso Lemmikainen sacudió su cabellera ne­gra como un carbón, y dijo: "Ni mi padre ni mi abuelo han aceptado jamás semejante sitio. Siempre encontra­ron una buena ,cuadra para su caballo, una cámara limpia y cómoda para ellos, y muros guarnecidos de clavos para colgar sus guantes y manoplas, para sus­pender su espada. ¿Por qué no había de ser tratado yo como lo fue mi padre?"
Y Lemmikainen avanzó hasta el centro de la estan­cia, se dirigió a la cabecera de la mesa y se sentó en el extremo del escaño. El escaño tembló a su contacto, el asiento de abeto se estremeció.
El bullicioso Lemmikainen, dijo: "Bien veo que no soy un huésped grato ya que nadie ofrece cerveza al extraño. Esto quiere decir que la cena ha terminado, las bodas han sido celebradas, acabó el festín, la cer­veza se ha consumido; el hidromiel se agotó, las copas y escudillas amontonadas ante los invitados están vacías.
"Oh madre de Pohjola, oh anciana de largos dientes: has invitado a los pobres y a los miserables, has invitado a los tullidos, a los vagabundos, a los rústicos, a los astrosos jornaleros; has invitado a todo el mun­do. Sólo yo he sido excluido.
"No, no sería yo quien soy, ni me llamaría Lemmikainen, ni me consideraría digno de estimación, si no se me sirve cerveza, si no se pone la olla al fuego con una buena tajada de cerdo, para que yo coma y beba, ya que he llegado al término de mi viaje".
El ama de casa, llamó a la sirvienta y dijo: "Mucha­cha, pon la olla a la lumbre, echa la carne a cocer, y sirve cerveza a nuestro huésped".
La sirvienta echó en la olla espinas y cabezas de pescado, hojas secas de nabo, mendrugos de pan duro; después ofreció a Lemmikainen un cuenco de cerveza podrida para apagar su sed, diciéndole: "¿Serás capaz de beber esta cerveza, de vaciar este cuenco?"
Lemmikainen, el astuto mancebo, lo examinó aten­tamente: un gusano se arrastraba en el fondo, vene­nosos reptiles cubrían las paredes del vaso, hormi­gueaban serpientes por los bordes, bullían lagartos en la cerveza.
Entonces buscó en sus bolsillos, registró en su bolsa. Sacó un anzuelo de hierro y lo metió en el vaso de cerveza paseándolo por el interior del líquido. Los reptiles venenosos se adhirieron al garfio, las serpien­tes se enredaron en sus dientes de hierro, y el héroe extrajo del fondo del vaso cien ranas, mil lagartos negros, que arrojó al suelo juntamente con los reptiles y las serpientes. Después empuñó su cuchillo de afila­da hoja, de aguzada punta, y cortó la cabeza a todos los monstruos.
Hecho esto, bebió el negro líquido, vació con satis­facción el cuenco de cerveza, y dijo: "No me conside­raría yo un huésped de buen grado acogido si no se me ofrece una cerveza mejor, si no se me ofrece con más generosa mano y en un vaso mayor; si no se mata en mi honor un carnero, un buey, un toro de poderosas ancas, por el buen nombre de esta casa".
El padre de familia, dijo: "¿A qué has venido aquí? ¿quién te ha invitado al banquete de bodas?"
El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, respondió: "Si orgulloso es el huésped invitado, más orgulloso lo es aún el que no lo ha sido. ¡Escucha, señor de esta casa: yo pagaré tu cerveza, yo compraré a peso de oro mi derecho a beber!"
El padre de familia de Pohjola al oír esto fue presa de una violenta cólera, de un sin igual furor, y con palabras mágicas invoco un río, un río que vino a des­bordar sobre el suelo de la casa a los pies mismos de Lemmikainen. Entonces tomó la palabra y dijo: "¡Bé­bete ese río, trágate ese lago!"
Lemmikainen no se dejó desconcertar. Tomó la pa­labra y dijo: "No soy una vaca, yo no soy un buey de largo rabo, para beber este río, para tragar este lago". Y echando mano a su vez de sus encantamientos, hizo aparecer un buey, un enorme buey de cuernos de oro. Y el buey se tragó el lago, se bebió entero el río. El padre de familia de Pohjola, dijo: "No será agra­dable el festín si el número de invitados no disminuye. ¡Retírate, pues, de estos lugares, huye lejos de la mu­chedumbre de los hombres, miserable; vuélvete a tu país, huésped inmundo!"
El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, respondió: "Un hombre, aunque sea el último de los nacidos, no abandona el sitio que ha ocupado ante el temor de simples conjuros".
El padre de familia de Pohjola alcanzó su espada del muro donde estaba colgada, su espada de afilada hoja, de hoja fulgurante, y dijo: "¡Oh Athi, oh hermoso Kaukomieli, midamos nuestras espadas y veamos cuál de los dos es el mejor!"
El bullicioso Lemmikainen respondió: "¿Para qué puede servir mi espada que ya ha sido rota contra los huesos, que ya se ha mellado contra los cráneos? Sin embargo, si no hay aquí fiesta más brillante, consiento en medirla con la tuya para ver cuál de nosotros es el mejor. Antaño mi padre no retrocedía ante los due­los de espada. ¿Por qué habría de ser menos su hijo? ¿por qué no habría yo de haber heredado su valor?"
Y Lemmikainen sacó su acero fulgurante, de la vai­na de espeso cuero, y los dos héroes midieron sus es­padas. La del padre de familia de Pohjola era un poco más larga que la de Lemmikainen, como el negro de una uña, como la mitad de una articulación del dedo. Athi Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo: "Tu espada es más larga ciertamente. A ti te corres­ponde, por lo tanto, el primer golpe!"
El padre de familia blandió su espada tratando de herir, pero sus golpes no alcanzaron a Lemmikainen; cayeron sobre la viga del umbral, sobre las jambas de la puerta, partiéndolas en dos, en tres pedazos.
Athi Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo: "Qué mal te ha hecho la viga del umbral, qué mala acción han cometido las jambas de la puerta, para que así las castigues, con toda la fuerza de tus golpes?
"Escucha, padre de familia de Pohjola, escucha: re­sulta poco agradable batirse en una habitación, es eno­joso luchar en presencia de mujeres. Vamos a hacer trizas la casa, que está nueva; vamos a manchar de sangre el suelo. Salgamos, mejor, al corral a campo abierto. Más vale la sangre al aire libre, más bella es sobre la tierra desnuda, brillante sobre la arena".
Y los dos campeones salieron al cercado. Allí encon­traron una piel de vaca y la tendieron en el suelo para marcar el campo de lucha.
Athi Lemmikainen tomó de nuevo la palabra y di­jo: "Escucha, oh guerrero de Pohjola: tu espada es más larga, más temible que la mía. Pero sabe que sólo debemos retirarnos de aquí cuando haya caído la cabeza de uno de los dos. Tira, pues, oh guerrero de Pohjola!"
El guerrero de Pohjola atacó; atacó una vez, y dos veces y tres veces; pero no logró alcanzar su propósito; ni llegó a tocar la carne, ni siquiera a rozar la piel.
Athi Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo al­zando la voz: "Ahora me toca a mí ensayarlo. Ha lle­gado mi vez".
El guerrero de Pohjola no hizo caso de tales pala­bras; seguía golpeando, golpeando sin descanso, pero sin alcanzar a herir.
La espada chispeante, el terrible acero flameaba en la mano de Lemmikainen; pronto su resplandor se reflejó en el cuello de su adversario.
Entonces el hermoso Kaukomieli, dijo: "Pobre de ti, guerrero de Pohjola! Tu cuello está ya rojo como una salida de sol!"
El guerrero de Pohjola bajó los ojos al oírlo, pero en el mismo instante el alegre Lemmikainen lo alcanzó de un tajo: su espada brilló como un relámpago, y la cabeza del guerrero de Pohjola cayó de los hombros; cayó como una espiga desprendida del tallo, como una aleta arrancada al vientre de un pez. Y rodó sobre el suelo del cercado como un gallo silvestre alcanzado, en la cima de un árbol, por una flecha mortal.
Cien postes, mil postes coronados de cabezas huma­nas se alzaban en la colina. Sólo uno de ellos estaba todavía libre; entonces el bullicioso Lemmikainen co­gió la cabeza de su enemigo y la clavó en la punta.
Athi Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, regresó inmediatamente a la casa de Pohjola, y dijo: "Tráeme agua, mala mujer, para purificar mis manos de la sangre de tu bárbaro amo!"
La vieja de Pohjola, arrebatada de cólera, comenzó a ejercitar su mágico poder; e invocó hombres arma­dos de cuchillas, héroes armados de lanzas: mil hom­bres, mil héroes, para matar a Lemmikainen, para exterminar al Kaukomieli.



XI
LEMMIKAINEN EN LA ISLA LEJANA


El bullicioso Lemmikainen, esquivando las miradas de todos, se apresuró a huir de la sombría Pohjola. Salió de la estancia como un huracán, se escapó como una nube de humo, tratando de disimular su crimen, de ocultar su maldad.
Y cuando estuvo en el corral, miró en torno suyo buscando su caballo, pero no lo halló; sólo vio en el lindero del campo un bloque de piedra, una rama de mimbre tronchada.
Un ruido empieza a oírse bramar por la aldea; un ruido sordo en las estancias más próximas, un murmu­llo siniestro en las más lejanas.
El bullicioso Lemmikainen hubo de revestir una forma distinta, y se lanzó al espacio transformado en águila. Pronto llegó a la casa materna; traía demu­dada la faz y el alma sombría.
La madre del héroe salió a su encuentro y se apre­suró a preguntarle: "Oh tú, el más joven de mis hijos, el más fuerte de ellos, ¿por qué traes ese aire tan cons­ternado al regresar de Pohjola? ¿Acaso te han insul­tado en el banquete ofreciéndote una copa indigna de ti? Si es así, aquí encontrarás una copa mejor; la que tu padre trajo de la guerra, la que conquistó en la hora sangrienta de las batallas".
El bullicioso Lemmikainen respondió: "Oh madre que me llevaste en tu entraña, si me hubieran insul­tado ofreciéndome una copa indigna de mí, yo a mí vez los hubiera insultado a ellos; a cien hombres ha­bría provocado, habría desafiado a mil guerreros".
La madre de Lemmikainen dijo a su hijo: "¿Qué es lo que te ha sucedido, entonces, hijo mío? Si no has tenido ninguna funesta aventura mientras estuviste en Pohjola ¿no será que te hayas acostado después de comer demasiado, después de beber demasiado, y que los malos sueños hayan venido a turbar tu reposo?
El bullicioso Lemmikainen respondió: "¡Sólo las vie­jas se inquietan por lo que se les aparece en sueños! Recuerdo mis sueños de la noche, pero recuerdo aun mejor mis ensueños del día. Madre mía, mi venerable madre: prepárame mi zurrón de viaje, lléname de ha­rina un saquillo de paño; lléname de sal un saquillo de lienzo. Tu hijo va a partir; va a abandonar ¡ay! este país, esta casa muy amada, este hermoso solar. ¡Porque los hombres aguzan sus cuchillas, los héroes afilan sus lanzas!"
La madre de Lemmikainen, la que con dolor lo pa­rió, le interrogó ansiosamente: "¿Para qué aguzan esas cuchillas, para qué afilan esas lanzas?".
El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, respondió:  "¡Aguzan las cuchillas y afilan las lanzas para derribar mi pobre cabeza, para volverlas contra mi cuello! ¡Un suceso siniestro ha ocurrido en Pohjola: he matado al señor de la casa; y todo el pueblo se ha levantado dispuesto a una terrible guerra; todos se han levantado contra mí, desdichado, contra mí solo!" La madre, la anciana madre de Lemmikainen, dijo a su hijo: "Ya te había prevenido ya, ya te había prodi­gado mis consejos. Siempre he querido disuadirte de ese viaje a Pohjola. Si me hubieras escuchado, si hu­bieras permanecido en casa de tu madre, bajo mi dul­ce protección, ninguna guerra habría estallado, ni ha­bría que temer ningún combate.
"¿Dónde vas a ir ahora, hijo mío, mi pobre hijo, pa­ra ocultar tu crimen, para esconder tu inicua acción? ¿dónde hallarás un refugio para salvar tu cabeza, para poner a resguardo tu tierno cuello, para evitar que tus cabellos, tus finos cabellos, sean arrancados y disper­sados en el polvo?"
El bullicioso Lemmikainen respondió: "Ignoro dón­de podré ir a refugiarme y ocultar mi crimen. Oh madre, tú que me llevaste en tu vientre, dime tú a dónde debo huir".
La madre de Lemmikainen dijo a su hijo: "Yo podría indicarte un lugar seguro, un impenetrable lugar dón­de tu crimen permanecería ignorado, donde encontra­rías un refugio contra el destino que te amenaza. Sí; yo recuerdo un pequeño rincón de la tierra cuyo suelo no ha sido jamás mordido, jamás herido, jamás holla­do por las armas de los hombres. Pero antes has de prometerme, en juramento eterno, en juramento in­violable, que no irás a la guerra durante diez estíos, aun cuando sólo te impulsara a ella el deseo del oro, la sed de riquezas".
El bullicioso Lemmikainen dijo: "Yo te prometo, en juramento inviolable, que no acudiré ni en este estío ni en los estíos venideros, a las terribles batallas, a los bárbaros encuentros de las espadas. Mis heridas de los últimos combates están frescas aún, mi pecho está surcado de ellas todavía".
La madre de Lemmikainen dijo a su hijo: "Toma el viejo navío de tu padre, y apresúrate a huir más allá de nueve mares y de la mitad del décimo, hasta una isla situada en mitad de las olas. Allí se ocultó tu padre antaño, allí encontró un refugio durante los largos años de guerra, durante los años de ásperos combates. Allí vivió en una dulce tranquilidad, allí transcurrieron sus días gratamente. Permanece en esa isla un año, dos años. Y al año tercero tornarás bajo el techo bien amado de los tuyos, a casa de quienes te dieron la vida".

El jovial Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, lle­nó de viandas su zurrón de viaje; puso manteca para el primer año y carne de cerdo para el segundo; y se apresuró a borrar su huella con la huida. Se puso precipitadamente en marcha, y dijo: "Parto para tres estíos, por cinco años cabales. Quédense estos campos para alimento de los gusanos; quédense estos bosques para reposo de los linces; quédense estas planicies para el galope de los renos, y los espacios recién talados para paseo de los gansos.
"¡Adiós, pues, madre mía! Cuando el pueblo de Pohjola se presente a exigir mi cabeza, diles que he parti­do, que he abandonado estos parajes después de haber talado el bosque fresco de siembras".
Y Lemmikainen hizo deslizar el navío sobre los ro­dillos de hierro, lo soltó de las argollas de cobre que lo ataban a la orilla, y lo botó al agua. Después izó la vela en el mástil, la desplegó en las jarcias, se sentó al timón, y empuñando la barra de madera de abedul, alzó la voz diciendo: "¡Sopla, oh viento, en las velas, empuja al navío, hazle galopar sobre las olas hasta la isla desconocida, hasta el promontorio sin nombre!"
El viento meció el navío, las olas lo empujaron, por espacio de dos meses, por espacio de casi tres meses, a través de los múltiples estrechos, de las anchas y pro­fundas aguas.
Las muchachas de la isla, las doncellas de Saari, ha­llábanse a orillas del mar azul, lanzando a lo lejos sus miradas sobre la húmeda superficie. La una esperaba a su hermano, la otra a su padre; pero la más obsti­nada e impaciente era la que esperaba a su prometido.
Pronto el navío de Lemmikainen apareció en el ho­rizonte, entre el cielo y el agua, como un leve copo de nubes. El viento henchía las velas, las olas aceleraban su carrera. Unos instantes más, y el bullicioso Lemmi­kainen tocaba los bordes de la isla, la punta extrema del, promontorio.
Entonces alzó la voz y dijo: "¿Hay lugar en esta isla para que yo pueda atracar y varar mi barco en la ribera?"
Las doncellas del promontorio, las vírgenes de la isla respondieron: "Sin duda hay lugar en esta isla para que puedas atracar y varar tu barco en la ribera. También lo habría si hubieras llegado con cien barcos, con mil barcos".
El jovial Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, di­jo: "¿Y hay lugar en la isla para que yo pueda cantar mis canciones, desplegar aquí la larga cadena de mis cantos? Las palabras hormiguean en mi boca, germi­nan entre mis encías".
Las doncellas de la isla, las jóvenes vírgenes del pro­montorio, respondieron: "Sin duda hay lugar en esta isla para tus cantos, para que aquí modules tus cantos más bellos. Y también hallarás sotos para retozar, pra­deras en que danzar".
Entonces el joven Lemmikainen entonó sus cánti­cos; y de repente, por efecto de sus mágicas virtudes, surgieron encinas bordeando los caminos; y tupidos ramajes coronando las encinas; y en cada rama una poma; y sobre cada poma, una bola de oro; y sobre cada bola de oro, un cuco. Cuando el cuco canta, el oro mana de su lengua, el cobre de su pico, y la plata inun­da las doradas colinas.
Las muchachas de Saari, las vírgenes del promon­torio, escuchaban con admiración los cánticos de Lem­mikainen, extasiadas ante el mágico poder del héroe.
El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo: "Todavía entonaría más seductores cánticos, cán­ticos más deslumbrantes, si me hallase bajo techado, sentado a la cabecera de una larga mesa. Pero si nin­guna casa se abre para mí, si ningún piso de tabla acoge mis pasos, volcaré mi cantar entre las malezas, lo sembraré en los bosques".
Las doncellas de la isla, las jóvenes vírgenes del pro­montorio respondieron: "Casas sobradas tenemos para recibirte, amplios cercados para albergarte. Allí po­drás guardar tu cantar al abrigo del frío, a resguardo de las inclemencias del aire".
Una vez que el joven Lemmikainen fue albergado bajo techumbre, hizo aparecer sobre la mesa una pe­regrina copa venida de lejanas regiones. Y por virtud de sus cantos llenó la copa de cerveza, colmó los cuen­cos de hidromiel, y los platos hasta los bordes. Después bebió cuanto quiso, apurando con delicia la cerveza.
Después el bullicioso Lemmikainen corrió de aldea en aldea, frecuentando los corrillos de las vírgenes de la isla, las alegres reuniones de las mozas. Donde quiera que volvía su cabeza recibía un beso; donde quiera que tendía su mano sentía un dulce apretón.
Durante la noche, a la hora de las tinieblas, salía a caza de aventuras. No había aldea en la isla donde no hubiera por lo menos diez casas; ni una casa donde no hubiera por lo menos diez doncellas. Y entre tantas doncellas no quedó una sola cuyo lecho no compartiese, cuyos brazos no fatigase.
Sedujo a mil desposadas, durmió con cien viudas. No podrían contarse dos de cada diez, tres de cada cien, a las que no hubiera gozado, a las que no hubiera hecho suyas.
Así pasó el bullicioso Lemmikainen tres años de su vida, voluptuosamente, en las aldeas de Saari. Cauti­vando a todas, solteras y viudas. Una sola fue olvi­dada; una pobre moza, ya madura, del más lejano rin­cón de la isla, de la última aldea.
Ya el héroe se disponía a partir, a regresar a su patria. La moza salió a su encuentro y le dijo: "Que­rido Lemmikainen, seductor galán, si no te dignas acordarte de mí, yo haré de suerte que, al hacerte a la mar, tu navío se estrelle contra las rocas".
Lemmikainen se entregó aquella noche a un profun­do sueño, y no se despertó hasta el canto del gallo, cuando ya era demasiado tarde para acudir a casa de la moza, a dar satisfacción al ruego de la desdichada virgen. Entonces decidió esperar a la nueva noche, proponiéndose abandonar el lecho más temprano, an­tes que los demás hombres, antes del canto del gallo.
Y antes aún de la hora propuesta se puso en marcha, atravesando la isla, para ir a llevar alegría a la moza, placer a la pobre soltera.
Pero mientras caminaba a solas en la noche, a tra­vés de la isla, hacia la última aldea en el extremo del promontorio, no vio una sola casa donde no hubiera tres habitaciones, ni una sola habitación donde no hubiera tres guerreros, ni uno solo de aquellos guerreros que no afilase la espada y el hacha destinadas contra su cabeza.
Preciso era dejarse de mozas y abrazos. Lemmikai­nen se dirigió a su navío; el navío había sido incen­diado, no quedaban de él sino tizones y cenizas.
Entonces comprendió que la desgracia le acechaba, que su último día había llegado. Y se puso a construir otro navío.
Pero para tal obra le faltaban vigas y tablas; no tenía más que una cantidad insignificante: cinco trozos de un viejo huso, seis astillas de una vieja rueca.
Hubo de construir el barco con el auxilio de fórmu­las mágicas; y en un instante lo acabó de arriba a abajo. 
Lemmikainen lo lanzó al mar, y alzó la voz diciéndole: "¡Navega, oh barco mío, sobre las ondas como una ligera hoja, boga sobre las olas como una hoja de nenúfar! ¡Y tú, águila, dame tres de tus plumas; y tú, cuervo, dame dos para servir de apoyo al débil esqui­fe, para dotar de alas sus costados!".
Después subió a su navío y puso rumbo a alta mar. El viento sopló precipitando su marcha, las olas la arrastraron sobre la superficie azul, sobre el espacio inmenso y profundo.
Y entre tanto, las tristes doncellas, las desoladas vírgenes, permanecían deshechas en llanto y en sú­plicas, en la pedregosa playa.
Lloraron las doncellas de la isla, las vírgenes del promontorio se lamentaron mientras el mástil y el ti­món estuvieron al alcance de sus ojos. Pero no llora­ban por el mástil, no lloraban por el timón; lloraban por aquél que se erguía en el navío, por el que a tra­vés de las olas lo conducía.
Lemmikainen lloraba a su vez; lloró y se lamentó tanto tiempo como la isla y sus montañas fueron visi­bles a sus ojos. Pero no lloraba por la isla, no lloraba por las montañas; lloraba por las gráciles palomas del promontorio, las vírgenes de Saari.

Al abordar las playas de su infancia, el travieso Lem­mikainen, iba reconociendo uno a uno todos los para­jes: reconoció las riberas, los islotes, el golfo, el puerto donde amarraba su barca, todos los lugares que había frecuentado. Reconoció las montañas de pinares, las colinas de abetos; pero no reconoció el lugar donde se hallaba su casa. Un bosquecillo de cerezos silvestres murmuraba donde antes se alzaban sus muros, un boscaje de pinos en la colina, un seto de enebros en el ca­mino de los pozos.
El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo: "He ahí el bosquecillo donde yo jugaba, he ahí las rocas donde yo trepaba, he ahí los campos y las praderas donde me solazaba. Pero entonces ¿quién ha arrebatado de aquí mi casa bien amada, quien ha destruido mi hermosa casa? ¡El fuego la ha devorado y el viento ha dispersado sus cenizas!".
Y el héroe rompió a llorar. Lloró un día, lloró dos días. Pero no lloraba por la casa, no lloraba por el aitta; lloraba por su madre, la que habitaba la casa, la que cuidaba el aitta.
Después fijó sus ojos por los alrededores y echó de ver ligeras huellas de pisadas sobre la yerba, vesti­gios a medio borrar entre las malezas. Trató de reco­nocerlos y los siguió; conducían al fondo de un bos­que, de un bosque deshabitado.
Cuando hubo caminado cierto tiempo por aquellos incultos parajes, divisó en el fondo de un intrincado macizo, una guarida secreta, una humilde cabaña em­paredada entre dos rocas, sombreada por tres pinos. Y allí descubrió a su madre, la dulce mujer que lo ama­mantó a sus pechos.
Lemmikainen se sintió arrebatado por una inmensa alegría; alzó la voz y dijo: "¡Oh madre mía, mi madre bien amada, la que me llevó en su vientre y me dio su leche! Te encuentro viva y salva; y sin embargo, había llegado a pensar que habías muerto, que habías su­cumbido al golpe de la espada o degollada bajo el ha­cha. ¡Cansados de llorar están mis ojos y pálidos los colores de mi rostro!"
La madre de Lemmikainen dijo a su hijo: "Sólo hu­yendo he podido salvar la vida, ocultándome en este salvaje desierto, en este sombrío refugio del bosque. El pueblo de Pohjola se había armado contra ti, pobre infortunado; y ha saqueado nuestra casa, reduciéndo­la a cenizas".
El bullicioso Lemmikainen dijo: "¡Oh madre mía, tú que me trajiste al mundo, aparta de ti esa pena que te desgarra! Levantaremos una nueva casa mejor que la primera. Y presentaremos batalla al pueblo de Pohjo­la, hasta exterminar esa raza maldita".
La madre de Lemmikainen dijo a su hijo: "¡Mucho tiempo has tardado, hijo mío, mucho tiempo has vivido en tierra extraña, en esas apartadas regiones, en la isla desconocida, en el promontorio sin nombre!"
El jovial Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo: "Grata me ha sido allí la vida, dulcemente han trans­currido mis días. Los árboles brillan allá con esplendo­res de púrpura, los campos copian el azul del cielo, las ramas de los pinos son otras tantas guirnaldas de pla­ta; las flores del brezo, otras tantas flores de oro; corren arroyos como la miel; los huevos de ave ruedan de las montañas; los abetos secos manan hidromiel; los otros, los que cubre el verdín, manan leche; la man­teca se recoge en las junturas de las empalizadas, y las estacas de las empalizadas destilan cerveza.
"Sí, grata me era allí la vida, dulces han transcurri­do mis días. Un solo obstáculo turbaba mis placeres. Los padres allá tienen mucho miedo por sus hijas, por esas estúpidas y feas criaturas; tenían miedo que yo se las pervirtiese, amándolas con exceso. Y por causa de las jóvenes vírgenes, por miedo a esas mujeres hi­jas de mujer, tenía yo que esconderme... ¡Como se es­conde el lobo, por miedo a la liebre, como se esconde el buitre, por miedo a las gallinas del corral!"
XII
HISTORIA DE KULLERVO, EL MANCEBO DE LAS CALZAS AZULES


Una madre criaba una nidada de palomas y cuidaba un bando de tres cisnes. A las palomas las dejó en el corral y a los cisnes los condujo a la orilla del río. Vino un águila, y los arrebató a las nubes. Vino un gavilán y los dispersó: al primero lo llevó a Kadelia; al segundo lo llevó a Rusia; y en cuanto al tercero, lo devolvió a la casa paterna .
El que fue transportado a Rusia se convirtió en un hábil mercader; el transportado a Karelia fue el céle­bre Kalervo; el devuelto a la casa paterna fue el som­brío Untamo, azote de su padre, desesperación de su madre.
Una vez Untamo tendió su red en el estanque de Kalervo; Kalervo encontró la red y se apoderó de to­dos los peces que halló entre sus mallas. Entonces el malvado Untamo se puso furioso; lo arañó con las uñas, le atacó con los puños, disputándole una raspa de pescado, unas huevas de pértiga.
Así lucharon Untamo y Kalervo, pero ninguno salió vencedor; si uno encajaba un buen golpe, el otro se lo devolvía en el acto.
Pocos días después de esta querella Kalervo sembró su avena detrás de la casa de Untamo. La voraz oveja de Untamo se comió la avena de Kalervo; el hura­ño perro de Kalervo devoró la oveja de Untamo.
Untamo volvió a enfurecerse y vociferó amenazas de muerte contra Kalervo, contra su propio hermano. Juró derribar su casa, degollar y exterminar a todos sus habitantes, grandes y pequeños, e incendiarla has­ta reducirla a cenizas.
Y armó a sus hombres: con espadas a los fuertes, con venablos a los débiles y a los muchachos. Y decla­ró una guerra sangrienta, una guerra sin cuartel con­tra el hijo de su madre.
La suegra de Kalervo estaba sentada a la ventana contemplando la llanura. Abrió la boca y dijo: "¿Qué es lo que se levanta allá lejos, del otro lado del campo, a la entrada del camino nuevo? ¿es una humareda es­pesa o es una sombría nube?"
Pero no era una humareda espesa ni una nube som­bría; eran los guerreros de Untamo precipitándose al combate.
Ya llegan. Las espadas brillan a sus costados. Ani­quilan a las tropas de Kalervo, degüellan la ilustre raza, prenden fuego a su casa, sin dejar piedra sobre piedra, a ras del árido suelo.
Una sola mujer escapó al desastre, una mujer que llevaba a un hijo en el seno. Los guerreros de Untamo la llevaron consigo para emplearla en ordenar su casa, en barrer la basura.
Y transcurrido algún tiempo la desdichada mujer trajo un hijo al mundo, al cual puso por nombre Kullervo.
El recién nacido, el pobre huérfano, fue acostado en una cuna, y mecido un día y otro día. Al tercer día, el niño sacudió de repente sus pies y se levantó de golpe: se puso de pie en la manta, desgarró sus pa­ñales, hizo trizas su cuna de madera de tilo y rompió en tiras sus mantillas.
Así demostró su vigor y que una poderosa savia hervía en sus venas. Untamo concibió la esperanza de que llegaría a ser un hombre de gran sabiduría, un héroe indomable y altivo, un esclavo más valioso que cien, más valioso que mil esclavos.
Pero al cabo de dos meses, al cabo de tres meses, cuando no era todavía más alto que una rodilla, el niño empezó a pensar en sí mismo, diciéndose: "¡Si yo fuera un poco mayor, si mi cuerpo cobrara un poco más de fuerza, yo vengaría los dolores de mi padre, las angustias de mi madre!"
Untamo escuchó estas palabras y dijo: "Este niño será el azote de mi raza; Kalervo revive en él".
Y hombres y mujeres se reunieron en consejo, pre­guntándose adonde podrían transportar al niño, dónde podrían exponerlo a una muerte segura.
Se le encerró en un tonel, y el tonel fue arrojado al mar, en medio de las procelosas aguas.
Dos noches, tres noches transcurrieron. Y Untamo fue a ver si el niño se había ahogado, si estaba muerto en su tonel.
Pero el niño no se había ahogado, no estaba muerto en su tonel. Escapado de su encierro, se mecía tran­quilamente sobre las olas, teniendo entre sus manos una caña de pescar, con empuñadura de cobre, con hilo de seda.
Untamo se dijo de nuevo: "¿Adonde habrá que llevar a este niño? ¿dónde encontrará su perdición segura? ¿dónde hallará el golpe mortal?"
Y ordenó a sus esclavos hacinar una gran cantidad de abedules altos y fuertes, de tupidos abetos, de viejos pinos resinosos, para quemar al niño, para exterminar a Kullervo.
La pira ardió por espacio de un día, por espacio de dos días; ardió hasta tres días enteros. Entonces Un­tamo se acercó a ver qué había sido de Kullervo, y lo encontró de rodillas, en medio de las brasas, jugando con los tizones y atizándolos con un gancho de hierro. El fuego no había rozado siquiera la punta de sus ca­bellos, había respetado hasta el más ligero bozo de su carne.
Untamo, furioso, se dijo otra vez: "¿Adonde, pues, habrá, que llevar a este niño? ¿dónde encontrará su perdición segura, dónde hallará el golpe mortal?"
Entonces hizo colgar a Kullervo de un árbol, izán­dolo hasta la copa de una encina.
Dos noches, tres noches transcurrieron, y otros tan­tos días. Untamo reflexionó profundamente: "Hora es ya de saber si Kullervo ha sucumbido, si ha encon­trado la muerte en la horca".
Y Untamo envió a un esclavo para asegurarse. El es­clavo volvió con esta noticia: "Kullervo no ha sucum­bido, Kullervo no ha encontrado la muerte en la horca. Allá está, con una gubia en la mano, grabando en la corteza del árbol toda suerte de figuras: guerreros, lanzas, venablos, cubren la encina de arriba abajo".
Entonces Untamo se convenció de su impotencia. Hastiado, fatigado de buscar el medio de desembara­zarse de él, hubo de resignarse a guardar al niño en su casa, a tratar al esclavo como a un miembro de la familia.
Y le habló en estos términos: "Si prometes condu­cirte bien, si prometes vivir con prudencia y sosiego, puedes quedarte en mi casa y trabajar en ella. Más adelante acordaremos cuál ha de ser tu soldada. Te recompensaré según merezcas: o un buen cinturón para tu talle o un buen torniscón en las orejas".
Cuando Kullervo hubo crecido se le asignó un tra­bajo. Se le confió el cuidado de un niño, de una cria­tura de delicados dedos: "Ten cuidado de este pequeñuelo, dale de comer a menudo y según su hambre. Lava sus pañales en el río y ten siempre limpios sus vestidos".
Kullervo tomó al niño a su cargo. El primer día le rompió un brazo; el segundo día le sacó los ojos; el tercer día lo dejó morir. Después arrojó los pañales al río y prendió fuego a la cuna.
Untamo se entregó a profundas reflexiones: "Este muchacho no sirve para cuidar criaturas, para mecer carnes delicadas. ¿En qué lo emplearíamos, pues? ¿qué trabajo confiarle? Quizá tenga mejores condiciones para derribar árboles y talar el bosque".
Y Untamo envió a Kullervo al bosque a talar árboles. Kullervo, hijo de Kalervo, se dirigió al bosque, pene­trando en los incultos parajes sin fin, entre los altos abedules y las enramadas gigantescas.
Allí blandió su hacha. De un golpe fuerte derriba los troncos más corpulentos, de un simple roce los retallos más tiernos. Cinco árboles, ocho árboles, caen a la vez. Después vociferó con una voz de trueno: "¡Que ninguna planta germine, que no crezca ningún tallo, mientras los siglos continúen su curso, mientras la luna expanda su luz, en el bosque talado por el hijo de Kalervo, en la nueva tierra roturada por el héroe!".
Untamo, el hombre cruel, quiso ver lo que el hijo de Kalervo había hecho. El bosque, derribado en montón, no se parecía en nada a una tierra roturada y dispues­ta para la sementera. No era aquello la obra de un muchacho.
Untamo se dijo en su interior: "No sirve este mozo para un trabajo semejante; ha cortado los troncos más sólidos, ha destruido los mejores abedules. ¿En qué ocuparlo, pues? ¿qué obra confiarle? ¿Tal vez tenga mejores condiciones para construir un cercado?"
Y Untamo encargó a Kullervo construir una cerca. Kullervo abatió los pinos más corpulentos, los más altos abetos. Después los plantó en filas apretadas, liándolos fuertemente unos a otros con largas varas de serbal. Así hizo su cerca: sin puerta ni abertura alguna.
Kullervo dijo: "¡Aquél que no tenga alas de pájaro, que no intente franquear la, cerca del hijo de Kalervo!"
Untamo fue a ver lo que Kullervo había hecho. Y vio una cerca sin puertas ni abertura alguna, sóli­damente clavada en tierra y elevándose hasta las nubes del cielo.
Y s« dijo: "No sirve este mozo para un trabajo se­mejante. La cerca que ha construido es impracticable; imposible entrar ni atravesarla. ¿En qué ocuparlo, pues? ¿qué obra confiarle? Quizá sirva mejor para moler el centeno".
Y Untamo envió a Kullervo a moler el centeno. Ku­llervo, hijo de Kalervo, se puso ardorosamente a mo­ler el centeno, hasta pulverizar el grano, hasta reducir a salvado la espiga.
Untamo llegó a ver su obra; encontró pulverizado el grano, reducida a salvado la espiga. Y tuvo un arre­bato de cólera: "¡Así, pues, este mozo no sirve para nada! En todo, lo que le he mandado sólo ha hecho locuras. ¿Lo enviaré a Rusia, o lo haré llevar a Karelia para venderlo al herrero Ilmarinen, para someterlo al aprendizaje del martillo?"
Untamo envió al hijo de Kalervo a Karelia y lo ven­dió al gran Ilmarinen, al diestro forjador de hierro.
¿Qué precio pagó Ilmarinen por el esclavo? Un alto precio: dos viejos calderos abollados, tres garabatos rotos, cinco hoces melladas y seis rastrillos de desecho. Tal fue el precio pagado por el miserable, por el es­clavo inútil.

Kullervo, hijo de Kalervo; Kullervo, el mancebo de las calzas azules, el de la blonda cabellera y los lindos zapatos, pidió al herrero Ilmarinen trabajo para la noche, y a la mujer del herrero trabajo para la mañana.
La mujer del herrero pensó para sus adentros en qué podría emplearse útilmente al esclavo, al hom­bre comprado. Y resolvió hacerle guarda de rebaños.
Y la traviesa criatura preparó una gran hogaza. La amasó con buen trigo candeal por arriba y con avena por abajo. Pero en medio metió una piedra.
Después la empapó con nata de leche, la untó de manteca, y dándosela a Kullervo le dijo: "No has de tocar este pan hasta que no hayas conducido el rebaño al bosque".
Kullervo, hijo de Kalervo, se echó sus provisiones al zurrón y aguijó las vacas de Ilmarinen entre los marjales y las ásperas malezas. Caminaba solitario, diciéndose: "¡Maldición sobre mí, pobre mozo! ¡mal­dición sobre mí, infortunado! ¡Adonde he venido a parar, miserable de mí! Buena tarea de holgazán la que me han impuesto. ¡Tener que apacentar estas mal­ditas vacas, estos estúpidos terneros! ¡tener que vagar a través de estos marjales sin fin, de estas landas ás­peras y escarpadas!"
Se sentó al sol, sobre un altozano, y se puso a can­tar con voz sonora: "¡Derrama tu luz, oh divino sol, derrama tu calor, oh globo de Jumala, sobre el pas­tor de la fragua, sobre el pobre mancebo de los pasti­zales, pero no sobre la casa de Ilmarinen, ni mucho menos sobre su nueva amante! Dulce es la vida para esa mujer: se sirve rebanadas de pan candeal, se ali­menta con tortas bien untadas de manteca. El pastor, en cambio, ha de roer pan duro, secos mendrugos; y hasta ha de contentarse muchas veces con tortas de cebada mezclada con salvado, con paja o con harina de corteza de abedul. ¡Y si tiene sed, tendrá que sacar agua del légamo del marjal o del húmedo césped de las praderas!"
Y mientras el pastor se lamentaba, mientras el hijo de Kalervo entonaba su triste canción, la mujer de Ilmarinen ya había gustado la deliciosa manteca, co­mido el pan tierno, saboreado las tortas aún calientes; y preparaba para el pastor un potaje frío de coles, cuya grasa habían lamido los perros.
Kullervo, hijo de Kalervo, miraba alargarse la som­bra de la tarde. Tomó la palabra y dijo: "Hora es ya de comer, de dar comienzo al almuerzo y ver qué nos han puesto en el zurrón".
Y condujo su ganado al brezal para que allí pudiera reposar. Después se sentó sobre una mata de fresca yerba; descolgó de sus hombros el zurrón y sacó la hogaza que la mujer del herrero había metido dentro.
Y desenvainó su cuchillo para cortar el pan. El cu­chillo tropezó violentamente contra la piedra, y la agu­da hoja se quebró y saltó en pedazos por el aire.
Kullervo, hijo de Kalervo, contempló tristemente la hoja rota y derramó amargo llanto: "Este cuchillo era mi único hermano, su hoja mi único amor. ¡Y helo aquí roto, quebrado contra la piedra que mi pér­fida y miserable ama había ocultado dentro de la ho­gaza! ¡Aguarda, mujerzuela, aguarda! ¡Si yo lloro por mi cuchillo, también tú llorarás por tus vacas cuando quieras ordeñarlas!"
Y cortó una rama en los arbustos, una rama de ene­bro; y espantó a las vacas de corvas patas haciéndolas hundirse en las ciénagas; y dispersó a los toros a tra­vés del bosque. La mitad de ellos quedó entregada a la voracidad de los lobos, la otra mitad a la voracidad de los osos. Después convirtió al ganado en osos y lo­bos, haciéndose de este modo un nuevo rebaño.
Declinaba el sol a occidente, la noche se acercaba coronando de sombra las copas de los pinos, y aproxi­mando la hora de ordeñar las vacas.
Kullervo, hijo de Kalervo, el rudo y miserable pas­tor, se encaminó a casa de Ilmarinen con su rebaño de lobos, con su rebaño de osos. Y durante el camino iba instruyéndoles en lo que debían hacer: "Os arro­jaréis sobre mi ama y le devoraréis un muslo, le arrancaréis media pierna, en cuanto llegue a veros, en cuan­to se agache para ordeñaros".
Se fabricó un cuerno de pastor con un hueso de vaca, con una asta de toro; y sopló con fuerza aquel instrumento, sacándole alegres sonidos en cuanto es­tuvo a tres pasos, a seis pasos de la colina donde es­taba edificada la casa de su amo.
La mujer de Ilmarinen, la bella mujer del herrero, suspiraba impaciente pensando en la leche fresca, en la manteca dorada, cuando oyó resonar al fondo del marjal, a la orilla de la lejana pradera, el alegre cuer­no del pastor. Alzó la voz y dijo: "¡Bendito sea Dios! ya suena el cuerno, ya llega el pastor".
Kullervo, hijo de Kalervo, respondió: "Ya se acerca el rebaño. Enciende la lumbre en seguida y ven a or­deñar tus vacas".
La mujer de Ilmarinen encendió la lumbre y bajó al establo a ordeñar sus vacas. Lanzó una ojeada so­bre el rebaño, lo examinó atentamente y dijo: "Her­moso de ver está el ganado: suave es su pelo como el del lince, fino su vellón como el de la oveja silvestre; sus ubres están henchidas y ricas de leche".
Y se agachó para la ordeña; una vez hizo saltar el chorro de leche, dos veces lo hizo saltar; pero en el momento en que iba a hacerlo por tercera vez, el lobo se precipitó sobre ella, el oso la asaltó violentamente; el lobo le arrancó una mandíbula, el oso le devoró media pierna y le arrancó el talón.
Así Kullervo, hijo de Kalervo, se vengó del des­precio de la mujer de Ilmarinen; así castigó Kullervo la maldad de su pérfida ama.
La mujer de Ilmarinen clamó: "¡Oh Ukko, dios su­premo entre todos los dioses, acude a mí con tu arco sin igual! ¡Pon en él un dardo ligero como el relám­pago, un dardo de oscuro cobre con la punta de acero, y dispáralo contra el hijo de Kalervo; atraviésale la dura carne del costado, derríbalo en tierra, mata al miserable!".
Kullervo, hijo de Kalervo, dijo: "Oh Ukko, dios su­premo entre todos los dioses, no es contra mí contra quien debes disparar sino contra la mujer de Ilmari­nen. ¡Abate a esa malvada mujer, de modo tal que quede eternamente inmóvil!"
Y la mujer de Ilmarinen, la orgullosa esposa del herrero, cayó muerta; cayó como una banasta de ba­sura ante el umbral de su mezquina casa.
Tal fue el momento supremo de la moza, tal fue el fin de la bella esposa, de aquella a quien Ilmarinen había buscado durante tanto tiempo, y con tanto ardor, de aquella a quien el célebre herrero había implora­do durante seis años para que fuese de por vida la alegría de sus días, la más alta gloria de su nombre.

Kullervo, hijo de Kalervo, Kullervo, el mancebo de las calzas azules, el de los lindos zapatos, el de la ru­bia cabellera, se apresuró a alejarse de casa de Ilma­rinen antes que la noticia de la muerte de la esposa llegase a oídos del herrero. Ante tal noticia, el dolor desgarraría su alma y su cólera estallaría terrible.
Triunfante se aleja, atravesando los bosques descua­jados por el fuego, atravesando las malezas, haciendo resonar el aire al son de su cuerno. Y las ciénagas se escalofrían, y la tierra tiembla y los ecos se estreme­cen, mientras Kullervo sopla su cuerno, mientras el malhechor se regocija.
El son del cuerno llegó hasta la fragua de Ilmarinen. El herrero suspendió su trabajo, y salió a escuchar, a ver quién tocaba de tal modo en la colina, quién es­tremecía con tales resonancias las intrincadas malezas.
Un lúgubre espectáculo, una realidad siniestra se ofreció a sus ojos. Encontró a su mujer muerta, a su hermosa compañera que yacía inanimada en el corral, sobre el verde césped.
Largo tiempo permaneció ante ella con el corazón destrozado; lloró lágrimas amargas, lloró toda la no­che. Negra está su alma como la pez; su corazón, co­mo el hollín.
Kullervo, entretanto, prosigue su camino, errando acá y allá durante el día, vagando entre las malezas, hundiéndose en los espesos boscajes; pero al llegar la noche, se acuesta sobre un lecho de yerba.
Allí el huérfano, el abandonado, piensa y medita: "¿Quién me habrá traído al mundo, quién habrá en­gendrado a un miserable como yo, para vagar así, a la intemperie siempre, bajo el cielo azul?
"Todos tienen una casa a donde ir, un hogar donde refugiarse. Mi casa es el desierto; mi hogar la landa estéril; el viento del norte es mi lumbre, la lluvia mi único baño.
"Y sin embargo la luz brilla para la golondrina, el día alumbra para los pájaros; pero mientras el cielo sonríe a sus pájaros, mi herencia son las tinieblas. Ja­más una alegría se ha asomado a mi vida".
Entonces, en el ánimo de Kullervo surgió la idea de dirigirse hacia el país de Untamo, para vengar el dolor de su padre, los tormentos de su madre, los du­ros tratos que él mismo había sufrido. Tomó la pala­bra y dijo: "¡Aguarda Untamo, aguarda verdugo de mi familia! ¡Con sólo que yo marche contra ti, tus ca­sas serán reducidas a cenizas, tu hogar a escombros encendidos!"
Una anciana del bosque, la vieja del manto azul, salió a su encuentro. Y alzó la voz diciendo: "¿Adon­de va Kullervo? ¿adonde dirige sus pasos el hijo de Kalervo?"
Kullervo, hijo de Kalervo, respondió: "Me ha venido a la mente trasladarme a otras regiones, ir a casa de Untamo para castigar al verdugo de mi familia, para vengar el dolor de mi padre, los tormentos de mi ma­dre; a reducir a ceniza sus casas, a convertirlas en centellas de fuego".
La mujer dijo: "Tu familia no ha sido extinguida, Kalervo no ha muerto; todavía tienes un padre en es­ta vida, una madre afortunadamente salvada, en el mundo.
"Hallarás a tu padre y a la que te amamantó a sus pechos cerca de las fronteras de Laponia, a la orilla de un lago colmado de peces.
"Fácil te será llegar allá. El camino que debes se­guir se encuentra a la vuelta de un bosque pantano­so, a la orilla de un río. Camina un día y otro día y hasta tres días; luego tomarás la dirección del noroes­te hasta que encuentres una montaña; faldéala a la izquierda y no tardarás en hallar, a mano derecha, un caudaloso río cuya orilla seguirás, hasta pasar las tres cataratas; y entonces alcanzarás la cima de un promontorio, de una roca donde rompen las mugientes olas. En lo alto de ese promontorio se levanta una cabaña de pescadores. Y en esa cabaña encontrarás a tu padre y a tu madre; y a tus dos lindas hermanas".
Kullervo, hijo de Kalervo, se puso en camino. An­duvo un día y otro día y hasta tres días. Al fin, llegó a la cima del promontorio, del escollo donde las mugidoras olas se estrellan; y en lo alto divisó la cabaña del pescador.
Entró en la casa pero nadie le reconoció. "¿Quién es este extranjero que llega? ¿de qué país es el cami­nante?"
"¿No reconocéis a vuestro hijo, no os acordáis de aquel niño que robaron los guerreros de Untamo, cuan­do no era mayor que la palma de la mano de su pudre, que el huso de su madre?"
Entonces la madre de Kullervo exclamó en un arre­bato: "¡Ah hijo mío, mi pobre hijo, mi cintillo de oro! ¡Todavía vuelvo a hallarte en este mundo, lleno da vida y salud! ¡Y yo que te había llorado tanto, que tanto te echaba de menos, dándote por muerto y desaparecido para siempre!
"Yo tenía dos hijos y dos hijas, dos hermosas vír­genes; pero los dos mayores me fueron arrebatados: el hijo por la guerra, la hija por un ignorado destino. ¡Ahora vuelvo a encontrar al hijo, pero la hija tal vez no vuelva jamás!"
Kullervo, hijo de Kalervo, dijo: "¿Dónde se perdió la hija? ¿Adonde fue a parar mi pobre hermana?"
La madre respondió: "Había ido a buscar bayas al bosque, fresas a la colina; allí desapareció mi hermo­sa paloma, allí murió mi gracioso pajarillo, pero de una muerte que nadie conoce, de la que nadie sabría decir el nombre.
"Yo me he internado como el oso en el intrincado bosque; como la nutria a través de las desiertas landas. Y he buscado un día y otro día, y hasta tres días. Y cuando el tercer día había expirado, cuando apenas había transcurrido una semana, he remontado la alta colina llamando desde allí a mi hija, a mi pobre hija desaparecida: ¿dónde estás, hija querida? ¡Vuelve, vuel­ve a tu casa!
"Las colinas respondieron a mis gritos, los pantanos respondieron a mi llanto: ¡No llames más a tu hija, cesa de turbar el aire con el rumor de tus voces! ¡Tu hija no renacerá a la vida; nunca más volverá a la casa de su madre, al hogar de su anciano padre!"

Kullervo, hijo de Kalervo, Kullervo, el mancebo de las calzas azules, comenzó a vivir una vida ordenada bajo la tutela de su padre y de su madre. Pero su espíritu permaneció torpe, su inteligencia rebelde; de tal modo habían sido viciados y pervertidos por los malos tratos de su primera infancia.
Se entregó con ardor al trabajo; tomó una barca de pesca para ir mar adentro a tender las redes pro­fundas, y dijo empuñando los remos: "¿Será preciso remar con todas mis fuerzas, con todo el vigor de mis brazos, o bastará con moderación, solamente lo necesario?"
El timonel erguido a popa respondió: "Rema con todas tus fuerzas, con todo el vigor de tus brazos, pe­ro ten cuidado no rompas la barca, no hagas saltar su quilla hecha pedazos".
Kullervo, hijo de Kalervo, remó con todas sus fuer­zas, con todo el vigor de sus brazos. Y rompió la bar­ca, dislocó las planchas de enebro, hizo volar en asti­llas la hermosa quilla de chopo.
Kalervo fue a ver lo que había hecho su hijo, y le dijo: "No sirves para remar; has destrozado la barca. Ve a golpear el agua para atraer los peces a la red; tal vez te resulte mejor esa ocupación".
Kullervo fue a batir el agua y dijo: "¿Debo golpear el agua con todas mis fuerzas, con todo el vigor de mis brazos, o bastará con moderación, solamente lo nece­sario?"
El pescador que tendía la red le contestó: "Poco conoce el oficio el que no golpea el agua con todas sus fuerzas, con todo el vigor de sus brazos".
Kullervo molió el agua con todas sus fuerzas, con todo el vigor de sus brazos; la molió hasta convertirla en un espeso légamo, hasta reducir las redes a estopa, hasta reducir los peces a una pasta viscosa.
Kalervo acudió a ver lo que había hecho su hijo, y le dijo: "No sirves para moler el agua; has reducido las redes a estopa, has destrozado el aparejo y todo lo has hecho trizas. Paga tu impuesto  y vete a co­rrer mundo. Será lo mejor".
Kullervo, hijo de Kalervo, Kullervo, el mancebo de las calzas azules, el de los lindos zapatos, el de la cabellera de oro, pagó su impuesto; después montó en su trineo y partió para un largo viaje.
Caminaba con un fragor de trueno, atravesando las extensas landas, los bosques talados de antiguo por el fuego. El caballo devoraba el espacio, y pronto llevó el crujiente trineo hasta las desiertas llanuras de Pohjola, más allá de las fronteras de Laponia.
Una joven doncella, con el pecho adornado por una fíbula de estaño, salió a su encuentro.
Kullervo, hijo de Kalervo, paró en seco su fogoso caballo, llamó a la doncella y le dijo con jocoso acento: "Ven, oh joven virgen, a mi trineo; ven a abrigarte con mis pieles, a comer mis manzanas, a cascar mis nue­ces".
La joven doncella le respondió airadamente: "¡Escu­pir en tu trineo es lo que yo haría, estúpido burlón! Hace frío bajo tus pieles, hiela en tu brillante trineo".
Kullervo, el mancebo de las calzas azules, se apo­deró de la virgen y la arrojó a la fuerza en su trineo, en su brillante trineo.
La doncella enfurecida, la bella de la fíbula de es­taño, dijo: "¡Líbrame de este tormento, devuélveme mi libertad; evítame, desvergonzado, tus insolentes re­querimientos, o si no yo desfondaré de un puntapié tu trineo, desgarraré la alfombra que lo cubre, y haré pedazos tu miserable bagaje!"
Kullervo abrió la arquilla que encerraba sus teso­ros y dejó al descubierto galas soberbias, espléndidos vestidos, medias bordadas en oro, cinturones y fíbu­las de plata.
La vista de los vestidos hizo perder la cabeza a la doncella, las galas la aturdieron. La plata es un astuto encantador; el oro ejerce una atracción irresistible.
Y Kullervo, hijo de Kalervo, Kullervo, el mancebo de las calzas azules, empezó a acariciar amorosamente a la hermosa doncella, murmurándole galantes palabras. Con una mano sostiene las riendas del caballo, con la otra acaricia los senos de la casta niña.
Y en el interior del trineo, sobre los mullidos cojines, la violó brutalmente, cubriéndola de oprobio.
Ya el Creador ha hecho nacer una nueva aurora, ya el gran Jumala ha hecho brillar un nuevo día. Enton­ces la muchacha tomó la palabra y dijo: "¿De qué cu­na desciendes tú, oh mancebo lleno de audacia, de qué sangre naciste, ¿Eres acaso de una alta estirpe; eres hijo, por ventura, de un padre ilustre?"
Kullervo, hijo de Kalervo, respondió: "Yo no des­ciendo de una estirpe alta ni baja, sino de una estirpe mediana. Soy el desdichado hijo de Kalervo; un triste, y miserable rapaz, una pobre cabeza sin sentido, un ser maldito nacido para el infortunio. Pero cuéntame, a tu vez, cuál es tu familia, dime si desciendes de una alta estirpe, si eres hija de un ilustre padre".
La doncella respondió con franqueza: "No desciendo de una estirpe alta ni baja; desciendo de una estirpe media. Soy la desdichada hija de Kalervo, una pobre y miserable criatura nacida para el dolor.
"Antaño, cuando vivía junto a mi madre, salí una mañana a coger bayas en el bosque, fresas en la coli­na. Durante dos días seguidos recogí fresas y bayas sin descanso, y durante la noche dormía sobre la yerba. Pero, al tercer día, no pude volver a hallar el camino de casa; unas falsas huellas me condujeron a lo profundo del bosque y me extraviaron en el desierto.
"¡Ah, si hubiera muerto entonces, tal vez al año siguiente, tal vez al tercer estío, habría verdecido co­mo una mata de tierno césped, me habría abierto como una hermosa flor, habría madurado como una baya silvestre, como una fresa roja y delicada; y no habría quedado expuesta a esta peregrina aventura, no habría tenido que sufrir este terrible tormento!"
Y apenas había acabado estas palabras, la doncella se lanzó fuera del trineo y se arrojó al bramador to­rrente, entre las espumosas cataratas. Así terminó sus días, así abrazó a la pálida muerte.
Kullervo, hijo de Kalervo, se lanzó a su vez del trineo, y se puso a llora amargamente, haciendo re­tumbar el aire con sus lamentos: "¡Maldición sobre todos mis días, maldición sobre mis bárbaras acciones! ¡He violado a mi propia hermana, he deshonrado a la hija de mi madre!"
Y con su cuchillo cortó violentamente las correas que ataban su caballo al trineo, cabalgó sobre el cor­cel veloz, el de la erguida testa, y galopó a través de los bosques, a través de las llanuras, hasta alcanzar la casa de su padre, bajo los verdes tilos.
Su madre estaba de pie en el umbral. "Oh madre mía, mi desdichada madre, tú que me amamantaste a tus pechos: ¿por qué, en la aurora de mi vida, cuando sólo tenía dos noches, por qué no llenaste tu cuarto de una humareda espesa, y echaste el cerrojo de la puer­ta y me encerraste dentro envuelto en mis mantillas, para ahogarme? ¿Por qué no arrojaste mi cuna entre las brasas, entre los ardientes tizones?"
La madre de Kullervo dijo: "¿Qué es lo que por ti pasa, hijo mío? Algo extraordinario te ha sucedido". Kullervo, el hijo de Kalervo, respondió: "Oh sí, cosas extraordinarias han ocurrido, un cruel destino se ha levantado en contra mía. Una doncella me salió al paso en el camino. He dormido con ella; la he violado. Y luego resultó ser mi propia hermana, la hija de mi madre.
"Pero ya ha lanzado su último suspiro, ya ha hecho su viaje hacia la pálida muerte, en medio de las sal­vajes olas de la catarata, bajo el torrente de espumas. En cuanto a mí, ignoro todavía adonde iré a buscar la muerte, a poner fin a mi vida miserable: tal vez entre las fauces del lobo que aúlla, tal vez entre las mandíbulas del oso que ruge, o en el inmenso vientre de la ballena, bajo los afilados dientes del sollo".
La madre de Kullervo dijo: "No, hijo mío, no hay que pensar en las fauces del lobo que aúlla, ni en la boca del oso que ruge, ni en el vientre de la ballena ni en los afilados dientes del sollo. Tú conoces las fron­teras desiertas y sin fin de Savo: allí puede el hombre ocultar su crimen y enrojecer en secreto por sus vergonzosas acciones. Gana ese refugio y permanece en él cinco años, seis años, nueve años, hasta que el tiempo te haya calmado, hasta que haya aligerado el fardo de tu dolor".
Kullervo, hijo de Kalervo, respondió: "No, nada de ir a ocultarse; no quiero esconder mis miserias a la luz del día. Me iré a los campos de batalla, a mezclar­me en los bárbaros combates de los hombres. Untamo camina todavía con la cabeza erguida; el monstruo infame no ha sido aniquilado aún, no ha pagado el dolor de mi padre, los crueles tormentos de mi madre. Y aún tengo que recordar otros dolores y tormentos; tengo que recordar los tratos que yo mismo recibí".

Kullervo, hijo de Kalervo, Kullervo, el mancebo de las calzas azules, se prepara para entrar en campaña, se arma para el combate vengador. Por espacio de una hora saca filo a su espada; por espacio de otra hora afila su punta.
Después se dispuso a partir, y dijo a su anciano padre: "Ahora, adiós, padre querido. ¿Llorarás por mí cuando sepas que he muerto, que he desaparecido de entre los vivos, que ya no formo parte de tu familia?" El padre respondió: "No, en verdad, no lloraré por ti cuando sepa que has muerto. Tal vez me nacerá otro hijo, un hijo menor y con más sentido que tú".
Kullervo, hijo de Kalervo, dijo: "Tampoco yo lloraré por ti si sé que has muerto. No me costará gran trabajo hallar un padre como tú: un padre de cabeza de piedra, labios de arcilla, ojos de charca, barba de paja seca, pies de sauce y carne de troncos de árbol podridos". Y a la madre le dijo: "Oh dulce madre mía, la que me amamantó a sus pechos, mi protectora bien amada, ¿llorarás por mí cuando sepas que he muerto?"
La madre respondió: "¡Poco conoces el alma, poco conoces lo que es un corazón de madre! Cuando yo se­pa tu muerte, lloraré ríos de lágrimas en mi alcoba, ríos que inundarán la casa. Sí, lloraré en silencio en la escalera, sollozaré a gritos en el establo. La nieve se fundirá en los helados caminos, los caminos mismos se borrarán. Pero el césped germinará con mi llanto, y sobre el césped cantarán los arroyos".
Entonces Kullervo, hijo de Kalervo, partió a la gue­rra, a la sangrienta milicia de las batallas. Atravesó las landas y marjales, los brezales desnudos y los campos de verdura, soplando su cuerno de pastor y despertando todos los ecos al resonante rumor de sus notas.
Pero un mensajero corrió a su alcance, un mensajero murmuró a su oído: "Tu padre acaba de morir, tu buen padre duerme ya su último sueño. Vuelve in­mediatamente sobre tus pasos, y ven a ocuparte tú mismo de su entierro".
Kullervo respondió indiferente: "Poco me importa que haya muerto. Fácil será hallar en la casa un ca­ballo que lo arrastre a la tumba".
Y volvió a hacer sonar su cuerno, y prosiguió su camino a través de los marjales y las verdes praderas.
Otro mensajero corrió a su alcance y le murmuró al oído: "Tu madre acaba de morir, la que te amamantó a sus pechos duerme ya su último sueño. Vuelve en seguida sobre tus pasos y ven a ocuparte tú mismo de su entierro".
Kullervo, hijo de Kalervo, dijo: "¡Malhaya de mí, desdichado, malhaya de mí, hijo descastado! ¡Muerta es mi madre! ¡Muerta está la que mullía mi lecho, la que me dormía bajo las mantas, la que hilaba mis abri­gados vestidos; muerta está y mis ojos no la han visto en su última hora, no han visto volar su alma!
"¡Que su cuerpo sea lavado amorosamente, ungido con los más delicados perfumes; que se la envuelva en telas de seda, en los más finos lienzos; y que sea lle­vada después a la tenebrosa tumba entre cánticos de duelo y lamentaciones fúnebres! ¡Yo no puedo ahora regresar a casa, porque todavía no he tomado ven­ganza de Untamo; todavía está en pie el malvado; to­davía no ha sido exterminado el infame monstruo!"
Y Kullervo hizo sonar su cuerno otra vez, y prosi­guió su marcha hacia el campo de batalla, hacia la morada de Untamo, clamando: "¡Oh Ukko, Dios su­premo entre todos los dioses! ¡si quisieras darme una espada reluciente entre todas, una espada bastante poderosa para luchar contra una multitud, para me­dirme contra cien hombres!"
Kullervo recibió la espada que había pedido. Y la empuñó en su mano vengadora, y destruyó a Untamo y toda su generación. Después prendió fuego a sus casas y las redujo a cenizas, sin dejar más rastro que las desnudas piedras del hogar y un enramado serbal que se alzaba en el cercado.
Kullervo, hijo de Kalervo, tomó entonces el camino de la casa paterna. La encontró desierta y abandona­da; nadie acudió a saludarle, nadie acudió a estrechar su mano en señal de bienvenida.
Entonces rompió a llorar. Lloró un día, lloró dos días. Después dijo: "Oh madre mía, mi dulce madre, ¿qué has dejado a tu hijo antes de abandonar este mundo? Pero ¡ay! que ya no puedes escucharme y en vano piso esta tierra sobre tus cejas, en vano lloro sobre tus sienes y vierto mi dolor sobre tu fren­te!"
Y Kullervo, hijo de Kalervo, se internó en las pro­fundidades de los bosques incultos, hacia los sombríos desiertos. Cuando hubo caminado una jornada, se en­contró en el mismo lugar en que había violado a la doncella, en que había deshonrado a la hija de su madre.
Todo en aquel paraje lloraba por la casta niña: el dulce césped, el tierno follaje, las yerbas humildes y los tristes brezos. El césped no había vuelto a verde­cer, los brezos no florecían, las hojas y las plantas se inclinaban, secas, sobre el lugar fatal donde la virgen había sido violada, donde el hermano había deshon­rado a la hermana.
Kullervo, hijo de Kalervo, desenvainó su espada de agudos filos, la contempló un largo espacio dándole vueltas entre sus manos, y le preguntó si no tendría placer en comer la carne del hombre cargado de infa­mia, en beber la sangre del criminal.
La espada comprendió la pregunta, presintió el des­tino del hombre, y respondió: "¿Por qué no había yo de comer de buena gana la carne del hombre cargado de infamia? ¿por qué no había de beber con placer la sangre del criminal? ¡Tantas veces he comido carne de inocente! ¡tantas veces he bebido la sangre de hombres sin culpa!"
Entonces Kullervo, hijo de Kalervo, el mancebo de las calzas azules, clavó en tierra su espada por la empuñadura, y se arrojó sobre ella enterrándola profun­damente en su pecho.
Tal fue el momento supremo. Tal fue el cruel des­tino de Kullervo; la muerte del hijo de la Desdicha.

XIII
LA NOVIA DE ORO Y DE PLATA


El herrero Ilmarinen lloró amargamente a su espo­sa noche y día. La lloró durante el día sin tomar ali­mento, durante la noche sin conciliar el sueño. Y en­terró a la hermosa en la roca; después, por espacio de un mes entero, dejó inactivo su martillo, y un lúgubre silencio reinó en la fragua.
El herrero Ilmarinen decía: "¡Malhaya de mí, infor­tunado! ¿Cómo podré vivir ahora? ¿Pasaré mis noches de pie o acostado? Ay, que la noche es larga, y mi es­píritu se ha nublado, mi fuerza se ha deshecho en el dolor.
"Largas son también para mí las horas de la tarde y amargas las de la mañana; y más amargas y más tris­tes aún las veladas nocturnas. Pero no lloro por mis auroras y mis veladas; lloro por mi bella compañera, amargamente recuerdo a mi bien amada, mi esposa la de las negras pestañas.
"¡Cien veces, en medio de mi dolor, en mis turbados sueños, tiendo las manos en torno mío; pero no en­cuentro más que el vacío, sólo abrazo la nada!"
Así pasaba el herrero los días de su viudez. Por es­pacio de dos meses, por espacio de tres meses, lloró a su esposa muerta. Pero al cuarto mes sacó de sus tesoros un montón grande como una oveja de otoño, como una liebre de invierno, y lo arrojó en el hornillo de la fragua. Y ordenó a sus esclavos, a sus asalariados criados, soplar.
Los esclavos soplaron con fuerza, desnudas las ma­nos, desnudas las cabezas. Ilmarinen en persona puso mano a la obra; quería forjarse una mujer de oro, una novia de plata.
Pero he aquí que los esclavos, los mozos asalariados, empezaron a desfallecer, a soplar indolentes. Ilmari­nen se apoderó del fuelle; y sopló una vez, sopló dos veces, sopló hasta tres veces. Después se inclinó so­bre la fragua, a ver lo que había producido el fuego, lo que la ardiente hornilla había parido.
Una doncella había surgido de entre las brasas; una doncella con la cabeza de plata, con las cabellos de oro, con un cuerpo maravilloso. Otros se hubieran es­pantado; Ilmarinen, no.
Martilleó la estatua de oro, la martilleó día y no­che, sin descanso. Dio forma a sus pies, dio forma a sus manos. Pero sus pies permanecían como clavados al suelo, sus manos no se tendían para abrazar.
Le modeló las orejas, pero sus orejas permanecían sordas. Le modeló una linda boca y unos- hermosos ojos; pero su boca no pronunció una sola palabra, sus ojos no alumbraron una sola mirada.
La llevó a su mullido lecho, sobre los blandos almo­hadones bordados de seda, y se acostó a su lado, bajo el dosel de acero, en la casa de hierro.
Pero desde la primera noche hubo de pedir mantas, dos, tres pieles de oso, cinco, seis camisas de lana, para poder permanecer junto a su nueva esposa, junto a su estatua de oro.
Del lado de las mantas tenía bastante calor, sin du­da; pero del otro lado, junto a la doncella, junto a la estatua de oro, sentía un terrible frío, se sentía con­vertirse en nieve, en un carámbano del agua; se sen­tía endurecer como la roca.
El herrero Ilmarinen dijo: "No me sirve esta don­cella. ¡Acaso sea mejor llevársela a Wainamoinen, pa­ra que sea el sostén de sus días, su compañera eterna, la paloma destinada a sus brazos!"
Y llevó la doncella a Wainamoinen, y cuando estuvo a su lado le dijo: "Oh viejo Wainamoinen, aquí te traigo una doncella, una joven virgen. Hermosa es a los ojos; su boca no es demasiado grande, ni sus man­díbulas son anchas".
El viejo, el impasible Wainamoinen, lanzó una mi­rada a la estatua, fijó sus ojos en el oro y dijo: "¿Para qué me traes esta criatura, este fantasma de oro?"
El herrero Ilmarinen respondió: "¿Para qué había de ser sino para tu bien? Será tu eterna compañera, la paloma que ha de descansar en tus brazos".
El viejo Wainamoinen dijo: "¡Oh herrero, caro her­mano mío! vuelve a arrojar otra vez tu virgen en la fragua y haz de ella lo que quieras. O bien, envíala a Rusia o a Germania, para que los ricos e ilustres pre­tendientes se la disputen. No sería bien para los de mi estirpe, no sería bien para mí, buscar por esposa a una mujer de oro, correr tras una novia de plata".
Y el viejo Wainamoinen, el amigo de las ondas, ex­hortó a los jóvenes a no inclinarse ante el oro, a no prosternarse ante la riqueza: "Jamás, hijos míos, oh héroes llenos de juventud, seáis ricos o pobres, ja­más mientras dure esta vida, mientras la luna ex­panda su luz, habéis de buscar por esposa a una mujer de oro, correr tras una novia de plata. ¡El es­plendor del oro no calienta! ¡la plata brilla, pero es fría!"

El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, abandonó su estatua de oro, su virgen de plata, y enganchó su caballo alazán al trineo, a su hermoso trineo. Después se puso en marcha hacia Pohjola, para solicitar la ma­no de otra doncella.
Un día caminó, dos días caminó. Al tercer día llegó al término de su viaje.
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, salió a su encuentro al patio de la casa, y le preguntó por la salud de su hija; le preguntó que tal se hallaba en casa de su suegro, en casa del esposo.
Triste, baja la cabeza y la gorra derribada a un la­do, Ilmarinen respondió: "¡Oh mi querida suegra, no me hagas semejantes preguntas, no me interrogues so­bre la vida y la salud de tu hija, sobre la estancia de la bien amada en mi casa! La muerte se la ha tragado ya; un destino cruel la ha herido; mi linda flor yace en el seno de la tierra, mi dulce y amable esposa, la de las negras pestañas, yace bajo el césped. He venido aquí para pedirte a tu otra hija, la más pequeña. Sí, mi suegra querida, dame a tu segunda hija para que ocupe el lugar de su hermana".
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, respondió: "¡Qué mal he hecho, desdichada de mí! He cometido una injusta acción al prometerte y entregarte a mi hija, para que se apagase en el esplendor de su juven­tud, para que se marchitase en la flor de su belleza. ¡La he arrojado en tus brazos como en las fauces del lobo, como en la rugiente boca del oso!
"Pero no te entregaré a la otra, no te la entregaré para que limpie tu hollín, para que barra las escorias de tu fragua. ¡Antes, mil veces, prefiero arrojarla al torrente que brama, al espumoso torbellino!"
El herrero Ilmarinen crispó los labios, irguió la ca­beza sacudiendo su negra cabellera; después entró en la casa, y dijo alzando la voz: "¡Ven conmigo, oh don­cella, ven a ocupar el sitio de tu hermana, de mi anti­gua esposa; a fabricar la cerveza y amasar las tortas de miel!"
La muchacha respondió al herrero: "No, jamás iré contigo; no me gustan las almas feroces. Tú has matado a mi hermana; igual me matarías, igual me asesina­rías a mí. Yo espero un esposo mejor y más hermoso que tú; aspiro a tener un trineo más brillante; nece­sito mayores riquezas y más vastos dominios que la simple casa llena de carbón de un herrero, que el ho­gar de un hombre vulgar".
El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, crispó la boca, irguió la cabeza, sacudiendo su negra cabe­llera; al mismo tiempo arrebató a la muchacha entre sus brazos, se precipitó como un vendaval fuera de la casa, subió a su trineo, y se puso rápidamente en mar­cha. Con una mano sostiene las riendas del caballo; con la otra acaricia los senos de la bella.
La doncella rompió a llorar y a lamentarse diciendo: "¡Yo había salido al campo a coger flores entre el musgo, y he aquí que desaparezco, pobre paloma, he aquí que muero, herida por una mano extraña!
"¡Escucha, oh herrero Ilmarinen: si no me dejas par­tir, de un golpe de mi rodilla destrozaré tu trineo, haré saltar hecho trizas tu hermoso trineo!"
El herrero Ilmarinen replicó: "Mi trineo es de hie­rro; puede desafiar tus golpes".
Una parte, una pequeña parte del camino había si­do recorrida, y ya el caballo comenzaba a cubrirse de espuma, caídas las orejas, anegado en sudor.
La doncella levantó la cabeza, vio huellas de pisa­das en la nieve, y dijo: "¿Quién habrá galopado por esta senda?"
El herrero Ilmarinen respondió: "El lobo es el que ha galopado por esta senda".
La pobre niña se echó a llorar otra vez. Se lamentó, suspiró hondamente, y dijo: "¡Malhaya de mí, infor­tunada! Mucho mejor fuera para mí encontrarme al alcance del feroz lobo, el de largo hocico, que en el trineo y entre los cojines de este pretendiente de ru­goso rostro; la piel del lobo es más bella, la boca del lobo es más amable".
El herrero Ilmarinen se mordió los labios, sacudió la cabeza y lanzó su trineo a toda marcha, con un re­tumbar de trueno; así caminó hasta la noche, y llegó a una aldea.
Fatigado de la jornada cayó en un profundo sueño; y mientras dormía un extraño prodigó sus caricias a su compañera. A la mañana siguiente, al saber esto, el herrero Ilmarinen crispó los labios, irguió la cabeza sacudiendo su negra cabellera, y dijo: "¿Desplegaré mis ensalmos para enviar a tal mujer al bosque, con­vertida en bestia salvaje, o la enviaré al mar, conver­tida en pez de las aguas?
"No, no la enviaré ni al bosque ni al mar, porque todos los árboles y todos los peces le tendrían horror. Mejor será matarla con mi espada, exterminarla con mi hoja de acero".
La espada comprendió estas palabras, adivinó lo que el héroe se proponía, y dijo: "No he sido hecha yo pa­ra exterminar mujeres, para herir a débiles criaturas". Entonces el herrero comenzó a entonar sus ensalmos con desesperada voz, y convirtió a la mujer en una gaviota, y la condenó a vivir en un islote, sobre un escollo solitario, en lo alto de un promontorio, para gritar allí, para lanzar su estridente chillido en medio de las tormentas. Después montó de nuevo en su trineo y se dirigió en rápida carrera, con el corazón triste y gacha la ca­beza, hacia su país natal, a su patria bien amada.
El viejo, el impasible Wainamoinen salió al camino a su encuentro y le dijo: "¡Oh Ilmarinen, caro herma­no mío! ¿por qué traes triste el corazón, por qué traes tan gacha la cabeza al regresar de Pohjola?"
El herrero Ilmarinen respondió: "¿Quién puede creer que la miseria exista en Pohjola? Allá se encuentra el Sampo que siempre muele, las brillantes aspas eter­namente en movimiento. Un día muele el grano para comer; otro día muele el grano para vender; el tercer día muele la harina de oro que ha de guardarse entre los tesoros de la casa.
"Sí, yo lo afirmo y lo repito ¿quién puede pensar que la miseria reine en Pohjola, si allá está el Sampo? ¡Del Sampo nacen el laboreo y la siembra de los cam­pos, la germinación de toda planta; del Sampo mana la eterna prosperidad!"
El viejo Wainamoinen dijo: "Oh herrero Ilmarinen, caro hermano mío ¿dónde has dejado a la doncella, dónde has dejado a tu prometida, la de ilustre apellido, pues veo que regresas solo sin que mujer alguna te acompañe?"
El herrero Ilmarinen respondió: "He transformado a la miserable criatura en gaviota y la he condenado a vivir en un islote. Ahora grita en la roca anclada en­tre las aguas, lanza su chillido estridente en un escollo del mar".
XIV
EL   KANTELE 


El viejo, el impasible Wainamoinen, alzó su voz y dijo: "Oh herrero Ilmarinen, partamos juntos a Pohjola, a robar el Sampo, a apoderarnos del precioso ta­lismán".
El herrero Ilmarinen respondió: "Difícil será robar el Sampo en la sombría Pohjola. El Sampo está allá oculto, el precioso talismán está allá enterrado en las entrañas de una roca de cobre, debajo de nueve llaves, detrás de nueve candados; y sus raíces están hundidas a una profundidad de nueve brazas: una en la tierra, otra en el agua, y la tercera en la colina donde está edificada la casa".
El viejo Wainamoinen dijo: "¡Oh herrero, caro her­mano mío, partamos juntos a Pohjola, a robar el Sam­po! ¡Armaremos un gran navío en el cual transportar el talismán maravilloso, el Sampo arrancado a las en­trañas de la roca de cobre, pese a las nueve cerradu­ras, pese a los nueve candados!
"Pero antes fórjame una espada de flamígera punta, con la cual pueda espantar los perros y dispersar a la multitud cuando entremos a robar el Sampo en la fría aldea, en la sombría Pohjola".
El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, se apre­suró a poner hierro al fuego, a colmar de acero la ar­diente fragua; después añadió una barra de oro y un puñado de plata, y ordenó a sus esclavos manejar los fuelles.
Los esclavos lo hicieron con todas sus fuerzas; el hierro se dilató en ardiente caldo, el acero en blanda pasta; la plata se trocó brillante y límpida como el agua; el oro borbolló como una ola.
Entonces el herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, examinó el fondo de la hornilla y vio que la espada había nacido, que su guarda de oro estaba ya modelada. La sacó del fuego, la puso sobre el yunque y la so­metió a los poderosos golpes de su martillo. Y modeló a su gusto una ..espada, la mejor de las espadas, incrus­tada de plata y oro.
Wainamoinen probó su espada contra una montaña de hierro diciendo: "¡Con semejante espada hendiré las mismas piedras, hará saltar las rocas en astillas!"
De pronto un agudo llanto, una dolorida voz resonó al fondo de la playa donde estaban amarrados los navíos.
El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "¿Es una muchacha que llora, o una paloma que se queja? Va­mos allá, a verlo".
Y avanzó él en persona para salir de dudas. Pero no era una doncella que lloraba, ni era una queja de paloma. Era un navío el que lloraba, era un navío el que se quejaba.
El viejo Wainamoinen se acercó a él y le dijo: "¿Por qué lloras tú, barca de madera? ¿por qué te quejas tú, batel erizado de remos? ¿Es porque eres pesado, por­que has sido groseramente construido?"
La barca de madera, el batel ricamente armado de remos, respondió: "Lo mismo que la doncella aspira a la casa del esposo cuando todavía habita la casa de su padre, del mismo modo el navío aspira a navegar sobre las olas cuando todavía está en la madera del resinoso pino. Yo lloro y me quejo, clamando por aquel que ha de lanzarme al mar, que ha de guiarme a tra­vés de las espumantes olas".
"Se me había dicho, cuando me estaban constru­yendo, se me había asegurado, cuando aún estaba en el astillero, que sería un navío de guerra, que me ar­marían para el combate; se me habían prometido car­gazones de botín rico y glorioso. Y sin embargo, heme aquí sin que se me haya llevado a la guerra, sin que se me haya utilizado siquiera para transporte de mero­deadores.
"¡Ah, sería mil veces más glorioso, mil veces más agradable para mí, erguirme aún como un pino en la colina, como un abeto en las landas; Ja ardilla vendría a brincar entre mis ramas, el perro a ladrar junto a mis raíces!"
El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "No llores más, barco mío, no te quejes más, batel erizado de remos; pronto te hallarás en el seno de las batallas, en el áspero juego de las espadas".
Entonces el viejo Wainamoinen, desplegando las má­gicas virtudes de su cantar, empujó el navío hacia el mar; hizo aparecer, a una borda, un tropel de mancebos de enmarañados cabellos, de callosas manos, de aspec­to fiero y sólidamente calzados; a la otra borda, hizo aparecer un tropel de doncellas ornadas con fíbulas de estaño y cinturones de cobre, graciosas adolescen­tes con los dedos cuajados de anillos; y en fin, sobre los bancos remeros, un tropel de ancianos, una raza trabajada por el paso del tiempo.
Se sentó él mismo al timón, y empuñando la barra dijo: "¡Camina, oh navío, por esta llanura sin árboles, atraviesa los tortuosos estrechos, boga sobre el mar, boga sobre las olas como una hoja de nenúfar!"
Entonces el herrero Ilmarinen tomó asiento en el banco de los remeros, y de repente el navío tembló y se deslizó veloz sobre las ondas; desde lejos se oía el golpear de los remos contra los flancos de la carena.
Ilmarinen redobló su energía: los bancos del navío crujieron, se estremecieron las cimbras, los remos de madera de serbal rechinaron.
El viejo Wainamoinen empuñaba el timón con pulso firme, y guiaba con maravillosa destreza la marcha del navío entre el oleaje.
No tardó en aparecer un promontorio a lo lejos, un miserable caserío surgió en el horizonte. Era el lugar donde Athi Lemmikainen había fijado su residencia; allí dejaba transcurrir su vida, lamentando su extrema miseria, su granero vacío, la triste suerte que el cielo le había deparado. Labraba los costados de un nuevo navío y martilleaba su quilla, en la punta del pro­montorio, en los aledaños del caserío miserable.
Lemmikainen tenía aguda la oreja, y los ojos más agudos aún. Lanzó una mirada a occidente, luego vol­vió la cabeza al mediodía y divisó en la lejanía algo como una vedija de nube. Pero no era una vedija de nube, era un barquichuelo que avanzaba entre las olas del mar. Un héroe majestuoso empuñaba el timón; un altivo guerrero dirigía la maniobra.
El bullicioso Lemmikainen dijo: "No conozco ese navío ¿cuál será ese hermoso barco que llega, a fuerza de remos, de las regiones de oriente, enfilada la proa al occidente?"
Y el joven héroe alzó su voz, y lanzó un grito desde el alto promontorio, preguntando por encima de las olas: "¿A quién pertenece ese navío que boga por el mar?"
Los hombres, las mujeres del navío respondieron: "¿Y tú? tú que habitas estos desiertos parajes, ¿qué clase de guerrero eres que no conoces el barco de Kálevala, e ignoras quién es su piloto, quién es su re­mero?"
El bullicioso Lemmikainen respondió: "Sí sé quién es ese piloto, sí sé quién es ese remero: el impasible Wainamoinen se sienta al timón, Ilmarinen maneja los remos. ¿Adonde os dirigís, hombres? ¿adonde encami­náis vuestra proa, héroes?"
El viejo Wainamoinen respondió: "Vamos hacia el norte, a las regiones de las grandes mareas, de las es­pumosas olas; vamos a rescatar el Sampo, a arrancar el mágico talismán de la colina de roca, de la montaña de cobre de Pohjola"
El bullicioso Lemmikainen dijo: "¡Oh viejo Waina­moinen, llévame contigo como tercer héroe, ya que vas a rescatar el Sampo, a recobrar el talismán mara­villoso! ¡Yo desplegaré mi fuerza a vuestro lado si llega la hora del combate; mis manos y mis hombros serán vuestros!"
El viejo, el impasible Wainamoinen consintió en asociar al guerrero, al bravo héroe, a su expedición. El bullicioso Lemmikainen descendió inmediatamente a la orilla, llevando consigo planchas de refuerzo para los flancos del navío.
El viejo Wainamoinen dijo: "Ya tengo madera sufi­ciente en el navío, ya está cargado con exceso. ¿Para qué traes más?"
El bullicioso Lemmikainen respondió: "No son las provisiones las que hacen zozobrar el barco, nunca es el lastre el que causa su pérdida. En cambio, en los mares de Pohjola, la tempestad castiga con violencia los costados, y es preciso que sean muy sólidos para resistir los embates".
El viejo Wainamoinen dijo: "Por eso mismo, para que mi barco no sea arrastrado por el viento ni domi­nado por la tormenta, he hecho acorazar su proa de hierro y de acero".

El viejo, el impasible Wainamoinen, se alejó del afi­lado promontorio, del miserable caserío, y condujo su navío entre las olas entonando cantos de júbilo.
El barco proseguía su rápida travesía; el primer día bordeó la desembocadura de los ríos, el segundo día bordeó los lagos, el tercer día llegó en mitad de las cataratas.
Entonces el bullicioso Lemmikainen recordó los con­juros de los cegadores saltos de agua, las fórmulas mágicas para encadenar el torbellino de los ríos sagra­dos. Y alzó su voz diciendo: "¡Suspende, oh catarata, tu furioso salto! ¡no brames más, oh caudaloso rabión! ¡Y tú, oh virgen de los torrentes, yérguete como un di­que sobre la espumosa roca; retén con tus manos, en­cauza entre tus dedos las desbocadas olas, para que no se estrellen contra tu pecho, para que no se revuelvan contra nosotros!"
El viejo Wainamoinen volvió a empuñar vigorosa­mente el timón, y empujó la nave entre los escollos y el hervor espantable de las aguas, haciéndola vencer felizmente todos los obstáculos.
Pero una vez que hubo alcanzado las aguas calmas y profundas, el barco se detuvo de repente y permane­ció como atado. El herrero Ilmarinen y el bullicioso Lemmikainen, picaron y exploraron las aguas con una aguzada rama, con un largo bichero de abeto, tratando de desatarlo; pero sus esfuerzos fueron vanos: el navío siguió inmóvil.
El bullicioso Lemmikainen se inclinó sobre el abis­mo, exploró hasta bajo la quilla del buque, y dijo: "No es una roca ni son raíces de árbol lo que nos detiene; nuestro barco ha varado sobre el lomo de un sollo, sobre el costillar de un perro de mar".
El viejo, el impasible Wainamoinen, dijo: "De todo hay en el fondo del mar, lo mismo peces que raíces. Si el navío está encallado sobre los lomos de un sollo, sobre el costillar de un perro de mar, hunde tu espada en las aguas y haz pedazos al monstruo".
El bullicioso Lemmikainen, el mancebo agudo y au­daz, desenvainó su espada y la hundió en el agua hasta la quilla del navío, pero él cayó detrás, al abismo.
El herrero Ilmarinen cogió al héroe por los cabellos y lo salvó de la muerte. Después desenvainó a su vez la espada, su espada de afilada hoja, y la hundió bajo la quilla tratando de herir al sollo; pero la espada saltó hecha pedazos, el monstruo permaneció inconmo­vible.
El viejo, el impasible Wainamoinen, tomó su espada, su espada de fulgurante acero, la hundió bajo el navío y la enterró de un golpe en el lomo del sollo, en el cos­tillar, del perro marino.
La espada se clavó fuertemente en las agallas del monstruo. Entonces el héroe, de un tirón, lo arrancó del fondo y lo partió en dos pedazos: la cola volvió a caer al agua, la cabeza rodó sobre la tablazón del navío. Y el navío, libre de sus ligaduras, se puso nuevamente en marcha. El viejo Wainamoinen lo guió hacia una isla. Allí empuñó un cuchillo, una lámina de frío acero, y se puso a partir el sollo diciendo: "¿Cuál es la más hermosa de nuestras doncellas? Ella cocerá el pescado, delicioso bocado para nuestro almuerzo del medio día". Las doncellas todas rivalizaron en celo preparando el pescado; y su carne fue devorada, pero sus huesos fue­ron esparcidos sobre las rocas de la isla.
El viejo, el impasible Wainamoinen, examinó los huesos en todas direcciones y dijo: "¿Qué podría ha­cerse con los huesos de este sollo, si fuesen llevados a la fragua del herrero, si fueran entregados a las manos hábiles de un obrero?"
El herrero Ilmarinen dijo: "De la nada no puede ha­cerse nada. Por lo tanto nada puede salir de los huesos del sollo, aunque sean llevados a la fragua del herrero, aunque sean entregados a las manos hábiles de un obrero".
El viejo, el impasible Wainamoinen dijo: "De los huesos del sollo se podría hacer un kantele, si se pu­diera hallar un maestro capaz de fabricarlo".
Pero ningún maestro se presentó, ningún maestro capaz de fabricar el instrumento. Entonces el viejo, el impasible Wainamoinen puso él mismo manos a la obra. Y de los huesos del sollo hizo un manantial de melodía, una fuente de alegría eterna.
El viejo Wainamoinen invitó a mozos y viejos a tocar el nuevo instrumento, el kantele sacado de los huesos del sollo.
Los jóvenes tocaron y sus dedos arrancaron sólo crujidos; los viejos tocaron, y menearon la cabeza; la alegría no acordó con la alegría, la armonía no se fun­dió en la armonía.
El bullicioso Lemmikainen dijo: "¡Oh estúpidos mo­zalbetes, y vosotras simples e ignorantes muchachas, y todo lo que queda de vuestra triste raza: sois inca­paces de tocar el kantele, de hacer vibrar las sonoras cuerdas! ¡Ven acá ese instrumento! ¡póngase sobre mis rodillas, acérquese a mis diez dedos!"
Se entregó a Lemmikainen el instrumento, y trató de tocarlo. Pero las cuerdas no emitieron sonido algu­no, el kantele de la alegría permaneció mudo.
El viejo Wainamoinen dijo: "¡No hay nadie aquí, ni joven ni viejo, capaz de hacer sonar el kantele. Si lo enviara a Pohjola, tal vez allí se encontrasen manos más hábiles!"
Y el kantele fue enviado a Pohjola. Allí los mozal­betes ensayaron tocarlo, y las doncellas también, y las mujeres y los hombres casados, y Madre Louhi misma, y los moradores de cada casa; todos lo tocaron con sus dedos, con sus diez dedos. Pero la alegría no acordó con la alegría, la armonía no se fundió en la armonía. No lograron arrancar al instrumento más que sonidos discordantes, espantables crujidos.
Un anciano ciego dormía en el desván; fue arrancado bruscamente a su sueño, y murmuró con voz sorda: "¡Oídme, por favor, y guardad silencio! ¡Ese ruido me desgarra los oídos, me hace estallar la cabeza; me causa dolores espantosos y me turbará el sueño una semana entera!
"¡Si ese instrumento no es capaz de despertar la ale­gría, si no sirve para mecer dulcemente las horas del descanso, será preciso arrojarlo al fondo del mar, o devolverlo al lugar de donde vino, para que sea puesto entre las manos del maestro, entre los propios dedos del potente runoya!"
De repente las cuerdas del kantele vibraron, y reso­naron dentro de él estas palabras: "¡No iré yo al fondo del mar antes de haber resonado entre las manos del Maestro, bajo los dedos del gran runoya!"
Y el kantele fue devuelto cuidadosamente al lugar de donde lo habían traído; y fue colocado entre las manos del Maestre, sobre las rodillas del runoya eterno.


XV
EL RUNOYA ETERNO


El. viejo, el impasible Wainamoinen, el runoya eter­no, preparó sus dedos, lavó y purificó sus pulgares; después se sentó en la piedra del gozo, sobre la roca del canto, en la cumbre de la colina de plata, de la co­lina de oro.
Tomó el instrumento entre sus dedos, apoyó la so­nora caja sobre su rodilla, puso su mano sobre el kantele y dijo: "¡Vengan ahora los que quieran escuchar la armonía de las eternas runas, los acordes melodio­sos de kantele; vengan aquellos que aún no los han escuchado!"
Y el viejo Wainamoinen comenzó a tocar maravillo­samente el instrumento fabricado con los huesos del sollo, el kantele de espina de pescado: sus dedos co­rrían flexibles sobre las cuerdas; su pulgar tendido, las rozaba ligeramente.
Relampagueaba la alegría en la alegría, el júbilo inflamaba el júbilo; la tocata del héroe se alzaba como la voz de la armonía, el canto estallaba en toda su fuerza; y los dientes del sollo resonaban y sus aletas se estremecían armoniosamente.
Y mientras el viejo Wainamoinen tocaba el kantele, no hubo un solo poblador del bosque, no hubo un sólo cuadrúpedo de velludas patas, andador o saltarín, que no acudiese a escuchar el instrumento, a gozar los acentos de la alegría .
Las ardillas saltan de rama en rama, los armiños trepan a los postes de los cercados, los alces galopan por la llanura, los linces se escalofrían de placer.
También el lobo se estremeció en el marjal, y el oso se despertó en el desierto, en su cubil escondido entre tupidos abetos. El lobo cruzó las vastas regiones; el oso atravesó la espesura, se detuvo junto a la puerta de un cercado y trató de erguirse sobre sus patas tra­seras, pero la empalizada cedió a su peso y la puerta se vino abajo. Entonces el oso se subió a un pino, trepó a un abeto, a escuchar los dulces acordes, a gozar los acentos de la alegría.
Toda la gente de los caseríos del bosque, todas las doncellas, todos los mancebos, escalaron la cima de las rocas para escuchar el kantele.
Todo lo que se llama pájaro del aire, todo lo que vuela en dos alas, todo cayó del cielo como un hura­cán de nieve, precipitándose hacia el runoya, para es­cuchar su arte maravilloso, para gozar los cantos de la alegría.
El águila oyó la bella canción desde la cumbre del aire; dejó a sus polluelos en el nido y corrió a escu­char de más cerca, corrió a contemplar el éxtasis de Wainamoinen.
Y al par que el águila descendía de las más altas esferas, el gavilán se lanzó del seno de las nubes, el pato salvaje de las aguas hondas, los cisnes de los lagos cenagosos, los pinzones, los pájaros canoros, los jilgueros a cientos, las alondras a miles, todos tendieron el vuelo por las llanuras del aire y acudieron a po­sarse sobre los hombros del runoya, mezclando sus gorjeos al jubiloso canto, a la suave melodía del kantele.
Las hermosas vírgenes del aire, las hijas bien ama­das de la naturaleza, prestaron también su oído atento y hechizado a la voz del héroe sin igual, a los sones del mágico instrumento. Estaban sentadas, radiantes de luz y gracia, unas sobre el arco-iris, otras en el bor­de de una tenue nube recamada de púrpura.
No quedó un solo ser en la tierra, ni en el fondo de las aguas, ni pez de seis aletas, que no acudiese a escuchar la música del kantele, a admirar las runas de la alegría.
Los sollos hendieron veloces las ondas, los perros marinos desmintieron su torpeza, los salmones abando­naron los socavones de la roca, las truchas salieron de sus profundas guaridas las percas, los pajeles, los salmones blancos, todos los peces se lanzaron en cardume hacia la orilla, a escuchar los cánticos de Wainamoinen, a gozar los acordes del kantele.
Atho, el rey de las ondas azules, el de la barba de musgo, asomó encima de la húmeda bóveda y se tendió sobre un lecho de nenúfares. Prestó oído a las runas de la alegría, y dijo: "¡Jamás había yo escucha­do nada parecido; nunca, en todos los días de mi vida, había oído acentos semejantes a los de Wainamoinen, el runoya inmortal!"
La soberana de las ondas, la del regazo enraizado de sauces, surgió de las profundidades del mar, y se aco­dó sobre un escollo del agua para escuchar la voz de Wainamoinen, la peregrina melodía del kantele. Y en su arrobo se olvidó de abandonar la roca y se durmió sobre ella.
El viejo Wainamoinen hizo resonar el kantele por espacio de un día, por espacio de dos días, sin que hu­biera un solo héroe, un solo hombre, una sola mujer de largas trenzas que no se sintiese conmovido hasta el llanto y cuyo corazón no se turbase: tan dulce era la voz del runoya, tan seductora la armonía del ins­trumento.
Y el mismo Wainamoinen acabó por llorar también. Las lágrimas rodaron de sus ojos, saltaron de sus pár­pados, más apiñadas que las bayas silvestres, henchi­das como guisantes, redondas como los huevos de las aves marinas, grandes como cabezas de golondrina.
Inundaron sus mejillas bañando su hermoso rostro; y del hermoso rostro, rodaron por el fuerte mentón sobre el ancho pecho; y del ancho pecho rodaron sobre sus rodillas poderosas, sobre sus sólidos pies; y de los sólidos pies rodaron por tierra y ganaron la orilla del mar y descendieron bajo las claras ondas hasta el oscuro légamo del fondo.
Entonces el viejo Wainamoinen alzó la voz y dijo: "Entre esta bella juventud, esta grande e ilustre raza nacida del mismo padre ¿no habrá alguno que quiera ir a recoger mis lágrimas bajo las claras ondas del abismo?"
Los mozos dijeron, los ancianos respondieron: "No; entre esta bella juventud, esta raza ilustre y grande nacida de un mismo padre, no hay ninguno que quiera ir a recoger tus lágrimas, bajo las claras ondas del abismo".
El viejo Wainamoinen dijo: "El que vaya a recoger mis lágrimas bajo las claras ondas del abismo, reci­birá de mi mano un manto de plumas".
Un pato azul oyó estas palabras y se acercó al runo­ya. El viejo Wainamoinen le dijo: "El pato azul acos­tumbra a sumergirse en el agua, a bañarse en las aguas frías y a explorar bajo las olas con su pico. ¡Oh pato querido! ve tú a recoger mis lágrimas bajo las claras ondas del abismo, y yo te haré un hermoso regalo: recibirás de mi mano un manto de plumas".
El pato chapuzó bajo las claras ondas del abismo buscando las lágrimas de Wainamoinen; sondeó el os­curo légamo, recogió las lágrimas del héroe y volvió a depositarlas en su mano. Pero una maravillosa meta­morfosis se había operado en ellas; se habían conver­tido en finas perlas resplandecientes, para ornato de los reyes, para eterna alegría de los poderosos.



XVI
LA EXPEDICIÓN A POHJOLA


El viejo Wainamoinen, Ilmarinen y Lemmikainen habían vuelto a ocupar su puesto en el navío; y se dirigieron a través de las encrespadas olas a la som­bría Pohjola, a las heladas regiones donde los hombres son devorados y exterminados los héroes.
Y una vez llegados allá, los héroes sacaron el navío tierra adentro, haciéndolo deslizarse por medio de ro­dillos guarnecidos de acero, sobre la árida playa.
Después se acercaron a la aldea y entraron en la vi­vienda de madre Louhi, el ama de casa de Pohjola. La anciana les dijo: "¿Qué cuentan los hombres, qué nuevas traen los héroes?"
El viejo, el impasible Wainamoinen respondió: "Los hombres te contarán, los héroes te dirán que han ve­nido acá para tener su parte en la posesión del Sampo, para conocer el hermoso talismán".
El ama de casa de Pohjola replicó: "No puede la ga­llineta partirse en dos, la ardilla no puede partirse en tres. Place al Sampo voltear sus aspas, place al hermo­so talismán moler en la montaña de cobre de Pohjola. Y del mismo modo me place a mí ser la dueña absoluta del gran Sampo".
El viejo, el impasible Wainamoinen dijo: "Si rehusas repartir el Sampo con nosotros, nos lo llevaremos en­tero a nuestro navío".
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, tuvo un arrebato de violenta cólera, y llamó en su auxilio al pueblo entero de Pohjola: a los mozos de afilada espada, a los héroes de largas lanzas; azuzando a todos contra Wainamoinen.
Entonces el viejo, el impasible Wainamoinen, tomó su kantele, se sentó y comenzó a tocar con ágiles de­dos las cuerdas del instrumento. Todos acudieron a es­cucharle, a admirar la jubilosa melodía: los hombres con el corazón gozoso, las mujeres con sonrientes la­bios, los héroes con lágrimas en los ojos, los mozalbe­tes con la rodilla en tierra.
Pero pronto al arrobo sucedió un mágico letargo; y todos los que escuchaban, todos los que contemplaban, jóvenes y viejos, todos se quedaron profundamente dormidos.
El sabio Wainamoinen, el Encantador eterno, se registró los bolsillos, y sacó de su escarcela las agujas del sueño; después se puso a coser los párpados y a trenzar las pestañas del pueblo aletargado, de los hé­roes dormidos, de todos los habitantes de Pohjola, asegurando así una larga duración a su sueño.
Después se encaminó a la montaña de roca y cobre de Pohjola, a apoderarse del Sampo, a arrastrar consi­go el talismán enterrado bajo nueve llaves, detrás del décimo cerrojo.
El viejo Wainamoinen entonó una runa mágica ante las puertas de la montaña de roca, de la montaña de cobre; y las puertas se estremecieron.
El herrero Ilmarinen frotó las cerraduras con man­teca, los goznes de hierro con grasa, para que no rechi­nasen ruidosamente; después descorrió cuidadosamen­te los pestillos con sus dedos, levantó suavemente los cerrojos, y las enormes puertas se abrieron de par en par.
El viejo Wainamoinen dijo: "¡Oh bullicioso hijo de Lempi; tú, el más querido de mis amigos: entra tu a buscar el Sampo, a apoderarte del precioso talismán!" Lemmikainen llegó hasta el Sampo y trató con todas sus fuerzas de levantarlo; lo apretó entre sus brazos, arrodillado en el suelo, sacudiéndolo con toda su ener­gía; pero nada logró, el Sampo permaneció inmóvil; sus raíces se hundían en las entrañas de la roca a una profundidad de nueve brazas.
Había en Pohjola un soberbio toro, un toro gigantes­co: sus flancos eran vigorosos, sus tendones duros como el acero, sus cuernos de una braza, su morro de media braza.
Lo trajeron del prado donde pacía, lo uncieron a un arado; y labró profundamente el lugar donde estaban enterradas las raíces del Sampo, donde el mágico ta­lismán estaba aprisionado. El Sampo comenzó a bam­bolearse, inclinándose hacia delante.
Entonces el viejo Wainamoinen, el primero, el he­rrero Ilmarinen, el segundo, y el bullicioso Lemmikainen, el tercero, arrancaron el gran Sampo de las entrañas de la montaña de piedra y roca de Pohjola, y lo llevaron a su navío. Y otra vez se hicieron a la mar.

Con el corazón henchido de alegría, el viejo Waina­moinen se alejaba de la sombría Pohjola, poniendo nuevamente proa a su país. Y empuñando la barra del timón, alzó la voz y dijo: "¡Huye, oh navío, lejos de Pohjola, vuelve tu popa a la tierra extranjera y alcanza mis riberas natales! ¡Mece, oh viento, mece mi navío! ¡Y tú, ola del mar, empújalo mar adentro, presta tu apoyo a los remos, alivia el esfuerzo de los remeros en el inmenso golfo!"
Y el viejo Wainamoinen, al timón, y el herrero Ilma­rinen y el bullicioso Lemmikainen a los remos, con renovado ardor, avanzan en veloz carrera sobre el pro­fundo mar.
El bullicioso Lemmikainen dijo: "Si nunca faltó agua para el remero, tampoco antaño faltaban canciones al runoya; pero ahora ya no se oye cantar a bordo de los navíos, ya no se oye la más leve melodía en medio de los mares".
El viejo, el impasible Wainamoinen, respondió: "To­davía es demasiado pronto para cantar, para dar rien­da suelta a la alegría. Aguardemos a estar a la vista de nuestras casas, a oír rechinar las cerraduras de nuestras propias puertas".
El bullicioso Lemmikainen replicó: "Si yo estuviera sentado al timón cantaría según mi saber; cantaría porque ya el canto me brinca en la garganta. Tal vez otro día mi don de cantar se desvanezca, la inspiración me falte. Así pues, si tú te niegas a cantar, yo mismo cantaré sin más tardanza".
Y el bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, después de haber templado su boca y afinado su lengua en un preludio, rompió a cantar. Pero el audaz sólo logró lanzar roncos gritos con su voz tem­blorosa, extraer espantables ronquidos del fondo de su garganta desgarrada.
Su boca se crispaba, temblequeaba su barba; y el extraño canto retumbó a lo lejos; se oyó más allá de seis aldeas, más allá de siete golfos.
Una grulla estaba encaramada en un tronco de árbol, sobre el húmedo musgo; levantaba una pata en el aire y se entretenía en contarse los dedos, cuando oyó el canto de Lemmikainen y sintió un escalofrío de es­panto. Inmediatamente levantó el vuelo lanzando estri­dentes chillidos. Al pasar sobre Pohjola renovó sus chillidos, y su estridencia siniestra tuvo el funesto po­der de despertar a todo el pueblo.
Madre Louhi salió de su profundo sueño; corrió al establo, corrió a los silos donde se secaba el grano; pasó revista a las espigas y al ganado: el ganado esta­ba intacto, ninguna espiga faltaba.
Entonces corrió a la montaña de piedra, a la mon­taña de cobre, pero al llegar ante las puertas exclamó: "¡Maldición sobre mis días, desdichada de mí! ¡Algún extraño se ha introducido aquí, ha roto todas las cerra­duras, ha violentado los candados de hierro y ha vio­lado las puertas de la fortaleza! ¿Habrán robado mi Sampo? ¿mi precioso talismán habrá desaparecido?"
Ciertamente, el Sampo había sido robado, el precio­so talismán había desaparecido. Había sido arrancado a las entrañas de la montaña de piedra, de la montaña de cobre, pese a las nueve cerraduras y por encima del décimo cerrojo.
Madre Louhi se sintió presa de una amarga desespe­ración; veía destruido su poder, su supremacía des­trozada. Entonces clamó implorando el auxilio de Utar : "¡Oh virgen de las nieblas: tamiza una nebri­na en tu cedazo; haz descender del alto cielo sobre la superficie del mar un espeso vaho, para que Wainamoinen no pueda navegar, para que no pueda hallar la verdadera ruta!"
Utar, la virgen de las nieblas, sopló sobre el mar una espesa neblina, una bruma sombría tupiendo el aire, y encadenó al viejo Wainamoinen por espacio de tres noches enteras en medio de las olas.
Cuando hubieron transcurrido las tres noches, Wai­namoinen alzó la voz y dijo: "Jamás un hombre, ni siquiera el más débil, jamás un héroe, ni siquiera el más torpe, se ha dejado vencer ni destruir por una niebla".
Y así diciendo, golpeó con su espada las aguas del mar; un vapor dulce como la miel se desprendió de la hoja de acero; y de pronto la niebla se desvaneció en el aire, se disipó en la inmensidad del cielo; y el mar recobró su claridad mostrándose en toda su grandeza; el mundo volvía a abrirse ante los héroes.
El viejo Wainamoinen prosiguió su travesía. Pero transcurrido un corto, un cortísimo espacio, Ukko, el Dios supremo, el soberano dominador de la bóveda celeste, ordenó a los vientos soplar, a la tempestad desencadenarse en toda su violencia.
Y los vientos soplaron furiosos del oeste y del sud­oeste, y más furiosos aún del sur; bramaron espanta­bles del este y del sudeste; lanzaron salvajes aullidos los del norte. Las encrespadas olas se arrojaron aira­das contra el navío, y arrastraron consigo el kantele fabricado con espinas de sollo, con aletas de pez.
Entonces el viejo Wainamoinen sintió que las lágri­mas le subían a los ojos, y tomó la palabra y dijo: "¡Ay que mi obra, mi instrumento bien amado, ha desaparecido; mi manantial de alegría se ha perdido entre las olas! ¡No volveré a hallar en toda mi vida el kantele que fabriqué con los dientes del sollo, con los huesos del enorme pez!"
El viejo, el impasible Wainamoinen meditó profun­damente sobre su cruel aventura: "No se debe llorar en un navío. De nada valen las lágrimas en la miseria; las lamentaciones no nos salvan de las malas horas".
Después tomó la palabra y dijo: "¡Huye hacia el cie­lo, oh viento, gana de nuevo las altas nubes, regresa al lugar de tu nacimiento; no vuelques mi navío, no lo precipites en el fondo del mar! ¡Mejor descuajas los árboles en el bosque que espera la tala; mejor derribas los molinos de la colina!"
El bullicioso Lemmikainen, el hermoso Kaukomieli, dijo: "¡Oh águila, danos tres de tus plumas, y tú cuer­vo, danos dos, para que sirvan de sostén al pobre navío!"
Y Lemmikainen en persona se puso a reforzar las bordas levantándolas con planchas añadidas a la altu­ra de una braza, de suerte que las olas fueran impo­tentes contra ellas.
Así las bordas del navío cobraron altura suficiente para resistir la terrible violencia de la tempestad, para desafiar el asalto de las olas encrespadas, atravesando los procelosos turbiones, la alta marejada.

Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, llamó al pueblo entero a las armas; les entregó arcos y espadas; y aprestó su navío, su navío de guerra.
Y en él dispuso ordenadamente a sus hombres; puso en fila a los héroes y los fue contando, como el tordo, como la picaza hacen con sus polluelos: cien hombres armados de espada, mil héroes armados de arco.
Luego hizo tender el velamen de las jarcias, y la vela mayor en lo alto del mástil, de suerte que el navío semejaba una nube desplegada en el cielo. Y se puso en marcha.

El viejo, el impasible Wainamoinen conducía su navío sobre el mar azul. Desde el fondo de popa alzó su voz y dijo: "Oh bullicioso Lemmikainen, hijo de Lempi, el más caro de mis amigos: sube a lo alto del maste­lero, trepa por las cuerdas, y explora el cielo, mira atrás y adelante, a ver si las orillas del aire están claras o están oscurecidas por las brumas".
El bullicioso Lemmikainen, el travieso mozo, siem­pre dispuesto a la acción sin necesidad de órdenes, siempre lleno de celo sin necesidad de ruegos, trepó por las cuerdas y subió a lo alto del mástil. Volvió la mirada en torno, a oriente y occidente, al sur y al suroeste, exploró las costas de Pohjola y dijo: "El navío de Pohjola avanza hacia nosotros; cien hombres sentados en los bancos empuñan los remos; mil héroes aguardan sobre cubierta".
El viejo Wainamoinen presintió entonces la verda­dera significación de todo aquello, y dijo: "¡A los re­mos, herrero Ilmarinen! ¡A los remos, jovial Lemmikainen! ¡Que remen cuantos hay a bordo, para que nuestro navío surque veloz las ondas, esquivando el encuentro con el barco de Pohjola!"
Pero, pese a los esfuerzos de los hombres, pese al ardor de los héroes, el navío no logró avanzar, no logró esquivar la ruta del barco de Pohjola.
Entonces el viejo Wainamoinen comprendió que la desgracia le amenazaba, que el día fatal había llegado para él, y se preguntó qué hacer para salvar la vida. Después tomó la palabra y dijo: "Ahora me viene a las mientes un pequeño artificio, un fácil encantamiento".
Y sacó de su escarcela un trozo de yesca y un pe­dernal, y los arrojó al mar por encima de su hombro izquierdo, diciendo: "¡Que nazca de ellos un escollo, que de ellos brote una isla inesperada, y que el navío de Pohjola se estrelle contra esa roca, entre el bramar de las encrespadas olas!"
Así, de la yesca y el pedernal nació un escollo, sur­gió una isla entre las olas del mar, afilada hacia oriente y formando un bastión contra el norte.
El navío de Pohjola proseguía su ruta balanceán­dose ligeramente entre las olas. De repente dio con el escollo, chocó contra la isla, y el barco de cien reme­ros se hizo pedazos; los mástiles y las velas se desplo­maron en el abismo para convertirse en presa de los vientos, juguete de las tormentas.
Madre Louhi se irguió de pie en medio de las aguas esforzándose en levantar el navío, pero nada pudo lograr. Todo el vigamen, toda la tablazón estaba rota y dislocada.
Madre Louhi se quedó pensando, y se dijo: "¿De qué industria podría valerme ahora? ¿qué medio emplear para reparar este desastre?"
Y Louhi cambió de forma:- cogió cinco hoces, cinco herrumbrosas y torcidas tenazas, y se hizo con ellas uñas y garras; cogió la mitad del estrellado barco, y de sus bordas se hizo unas alas, de su timón una cola; y bajo sus alas colocó cien hombres, bajo su cola mil guerreros; cien hombres armados de espada, mil gue­rreros armados de arco.
Y de este modo, transformada en águila, tendió el vuelo y se elevó en el aire, en pos de la estela de Wainamoinen; con Un ala roza las nubes, con la otra barre las aguas.
El viejo, el impasible Wainamoinen, volvió el rostro hacia el mediodía, volvió los ojos al noroeste, y sobre la estela. La mujer de Pohjola avanzaba, el ave gigante se acercaba; de frente parecía un águila, por la espal­da un buitre.
Pronto alcanzó el navío del héroe; descendió sobre lo alto del mástil, se posó en las jarcias. El navío se bamboleó y estuvo a punto de naufragar en el abismo.
El viejo Wainamoinen dijo: "¡Oh Madre Louhi, se­ñora de Pohjola!: ¿quieres venir conmigo a compartir el Sampo, en el promontorio de las nieblas, en la isla de las umbrías?"
La señora de Pohjola respondió: "¡No, no iré contigo, oh miserable, a compartir el Sampo; no iré en tu com­pañía, oh Wainamoinen! ¡Yo me apoderaré del Sampo y lo rescataré de tu navío!"
Entonces el bullicioso Lemmikainen desenvainó su espada y comenzó a golpear con ella las patas del águila, las garras del ave poderosa, exclamando a cada golpe: "¡Caigan los hombres, caigan las espadas, caigan los malditos guerreros! ¡Que los cien hombres se des­plomen de las alas, que los mil héroes resbalen de las plumas!"
El viejo Wainamoinen, el inmortal runoya, arrancó de la popa el timón, enarboló la barra de encina y golpeó con ella las patas del monstruoso pájaro, rom­piéndole las garras; una sola, la más pequeña, esquivó los golpes.
Y los cien hombres se desprendieron de las alas, y los mil héroes cayeron de la cola, precipitándose en el fondo del mar. Y el águila misma se desplomó de lo alto del mástil sobre la cubierta, como el gallo sil­vestre se desploma del árbol, como cae la ardilla de las ramas del abeto.
Entonces, estirando el dedo sin nombre, el águila se apoderó del Sampo, agarró el mágico talismán; y lo arrojó al mar, entre las azules olas. El Sampo se hizo pedazos, saltaron en astillas las brillantes aspas.
Y de los trozos del Sampo, unos rodaron al abismo, dispersándose en lo profundo, como una fuente de ri­queza para las ondas; otros, los fragmentos más lige­ros, flotaron en la superficie del mar, arrastrados por los vientos y las olas.
Y los vientos los llevaron a tierra, las olas los arras­traron hasta la orilla.
El viejo, el impasible Wainamoinen, se llenó de ale­gría al contemplar esto, y dijo: "Esos restos del Sam­po serán el principio de una eterna prosperidad; serán, en los campos cultivados, la fecunda semilla de la cual germinarán plantas de todas las especies; por virtud suya brillará la luna, y el sol bienhechor se elevará radiante sobre estas hermosas regiones sin fin!"
Madre Louhi, dijo: "¡Así pues, mi poderío queda roto desde ahora, mi prestigio se ha extinguido, mi prosperidad ha rodado a lo profundo del mar con los restos del Sampo!''
Y se alejó llorando hacia su morada, entre lamentos tomó el camino de Pohjola; sólo llevó consigo lo que pudo retener del Sampo con el dedo sin nombre, que era bien poca cosa: la palanca y un trozo de las aspas. Por eso un triste clamor resuena en Pohjola, una vida sin pan reina en Laponia.
El viejo, el impasible Wainamoinen, una vez llegado a tierra, encontró los restos del Sampo, los fragmentos del talismán precioso, dispersos entre la fina arena de la playa.
Los juntó y los llevó a la punta del promontorio nebuloso, de la isla rica en umbrías, para que allí cre­ciesen, para que allí se multiplicasen, para que allí fructificasen, engendrando la cerveza de cebada y el pan de centeno.
Y el viejo Wainamoinen alzó su voz y dijo: "¡Con­cédenos, oh Creador, una brillante prosperidad; haz, oh Jumala, que nuestra vida transcurra dichosamente, y que muramos con honor en estas dulces regiones, en este hermoso país de Karelia!
"Defiéndenos, protégenos, contra los tortuosos pen­samientos de los hombres, contra los oscuros designios de las mujeres. ¡Derriba por tierra al envidioso! ¡ani­quila a los embrujadores de las aguas!
"¡Construye una muralla de hierro, levanta una for­taleza de piedra alrededor de mi pueblo; una fortaleza que se eleve desde la tierra hasta el cielo, para que me sirva de refugio, que sea mi morada, mi protección y mi defensa, de suerte que la desgracia no puede caer sobre mí, que la adversidad no pueda alcanzarme, mien­tras dure esta vida, alumbre la luz del sol!"


XVII
EL NUEVO KANTELE


El viejo, el impasible Wainamoinen pensaba en su interior: "Dulce me sería ahora tocar el melodioso instrumento, revivir la alegría de sus acordes en esta nueva ribera, en estos hermosos parajes; pero mi kantele ha desaparecido, lo he perdido para siempre.
"¡Oh herrero Ilmarinen, tú que forjabas antaño, tú que forjabas ayer, tú que todavía forjas hoy: fabríca­me un rastrillo de hierro, un rastrillo de apretados, dientes y largo mango, con el cual pueda yo rastrear las aguas del mar, agavillar las espumas, amontonar los juncos, explorar todas las orillas, para rescatar mi kantele de la profunda morada de los peces, de los pedregosos bancos del salmón!"
El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, fabricó en seguida el rastrillo de hierro, erizado de dientes de cien brazas y armado de un largo mango de cobre de quinientas brazas.
El viejo Wainamoinen empuñó el rastrillo y se di­rigió, por el camino más corto, hacia la costa. Y se puso a labrar las aguas, rastrillando las flores de ne­núfar, los arbustos y las ramas, los juncos y cañave­rales; registró todos los agujeros, exploró los bancos y las rocas. Pero no pudo encontrar el kantele de hueso de sollo, no pudo hallar la alegría para siempre per­dida, el melodioso instrumento irremediablemente des­aparecido.
El viejo, el impasible Wainamoinen, volvió a tomar el camino de su casa, triste, gacha la cabeza, derribada de lado la gorra.
Cuando atravesaba un bosque, cuando cruzaba una floresta, oyó llorar a un abedul, un árbol de jaspeada corteza que derramaba lágrimas. Se acercó a él y le dijo: "¿Por qué lloras, oh verde abedul, por qué viertes lágrimas, oh árbol gentil, por qué te quejas, oh tronco de blanco torso? ¡Nadie te ha llevado a la guerra, na­die te ha arrastrado por la fuerza al sangriento fragor de las batallas!"
El gentil abedul respondió cuerdamente: "Muchos piensan, muchos cuentan que yo vivo siempre gozoso, en medio de una perpetua alegría. Y sin embargo ¡po­bre de mí! vivo entre penas y dolores, torturado por la angustia, entre tormentos que me devoran.
"Sí, deploro mi cruel destino, mi existencia vacía de dicha; gimo de verme así abandonado indefenso, en este paraje funesto, en estos pastizales siempre verdes. "Los dichosos sólo tienen un deseo: la llegada de los hermosos días, los días ardientes del estío. Pero ¡qué distintos son esos días para mí! ¡De ellos sólo espero ver desgarrada mi corteza y saqueado mi follaje!"
El viejo Wainamoinen, dijo: "¡Cesa de llorar, oh verde abedul! Árbol de galán follaje y blanco torso, no te lamentes más. Vas- a ser inundado de una eterna alegría, vas a comenzar una nueva y más dulce vida. ¡Pronto llorarás de felicidad y te estremecerás de júbilo!"
Entonces el viejo Wainamoinen transformó el abe­dul en instrumento melodioso; durante toda una jor­nada de estío lo talló hasta fabricar un kantele, en el promontorio nebuloso, en la isla rica de umbrías. La caja del instrumento fue cavada en la parte más noble del tronco, en el mismo corazón del árbol.
Después dijo: "La caja, la pieza principal del kan­tele, ya está tallada. ¿Dónde encontrar ahora los tor­nillos y clavijas?"
Una corpulenta encina se erguía en el camino, junto al cercado; todas sus ramas eran de igual longitud; y de cada rama pendía un fruto, y de cada fruto un globo de oro, y sobre cada globo de oro había un cuclillo.
Cuando el cuclillo modulaba el quíntuple sonido de su canto, el oro caía de su boca, la plata manaba de su pico, sobre la colina de oro, sobre la colina de plata. Wainamoinen recogió aquel oro y aquella plata, y de ellos fabricó los tornillos y clavijas del kantele.
Y volvió a decir: "Ya está guarnecido el kantele de tornillos y clavijas, pero algo le falta aún: le faltan las cinco cuerdas. ¿Dónde encontrar las cinco cuerdas, las cinco madres de la armonía?"
Y el héroe salió en busca de las cinco cuerdas, atra­vesando un bosque recién talado. Allá, en la soledad de un valle, estaba sentada una joven virgen. No llo­raba pero tampoco sonreía. Y cantaba en voz íntima, para ella sola; cantaba para matar las horas de la tar­de, esperando la llegada de su prometido, del hombre bien amado de su corazón.
El viejo, el impasible Wainamoinen, se descalzó y se acercó a ella: "¡Oh virgen adolescente: dame un bu­cle de tus cabellos para fabricar las cuerdas del kan­tele, las fuentes vibrantes de la eterna alegría!"
La doncella le dio sus cabellos, sus cabellos de seda; le dio circo, le dio seis, le dio hasta siete. Y Waina­moinen trenzó con ellos las cuerdas del kantele, las fuentes vibradoras de la eterna alegría.
De este modo el kantele quedó completo en todas sus partes. Entonces el viejo Wainamoinen se sentó sobre una piedra, sobre un bloque de rocas; tomó el instrumento entre sus manos, el mástil hacia el cielo, la caja contra las rodillas, y empezó a templar las cuerdas invocando la armonía.
Después rompió a tocar con sus diez dedos; y la caja de abedul se estremeció, el oro de los cuclillos tembló, los cabellos de la virgen resonaron jubilosa­mente.
Y mientras Wainamoinen hacía vibrar el kantele, las montañas se agitaban, retumbaban los roquedales, los múltiples ecos despertaban, los escollos se cimbraban en las orillas, los guijarros- subían a la superficie de las aguas, los abetos danzaban de gozo, los troncos de los árboles saltaban en la espesura del bosque.
Y las mujeres de Kálevala abandonaron sus labores, y todas corrieron, rápidas como un río, impacientes como un torrente, las Jóvenes con la sonrisa en los labios, las viejas con el corazón jubiloso, a escuchar la voz del instrumento, a admirar los acentos de la alegría. Todos los hombres de los contornos, con la gorra en la mano; todas las mujeres, con la mano en la mejilla; todas las doncellas, con los ojos inundados de lágrimas; todos los mancebos, con la rodilla en tierra; todos acudieron a oír el kantele, a admirar su jubilosa armonía. Y todos decían al unísono: "¡Nunca en los días de nuestra vida, jamás desde que la luna brilla, se habían escuchado tan dulces acordes!"
Las vibraciones del kantele resonaron más allá de seis aldeas; no hubo criatura alguna que no acudiera a escucharlo.
Todas las alimañas del bosque se sentaron sobre sus patas traseras, todos los pájaros del aire se posaron en las ramas altas, todos los peces del agua se preci­pitaron a la orilla, y hasta los gusanos abandonaron sus mudas guaridas, para gozar la melodía del kantele, para saborear la música de Wainamoinen.
El viejo Wainamoinen tocaba con maravillosa des­treza, haciendo surgir notas nunca oídas. Tocó por espacio de un día, por espacio de dos días sin inte­rrupción; sin haber tomado más que una sola comida, sin haberse ceñido más que una vez el cinturón, sin haber revestido su túnica más que una sola vez.
Cuando tocó en el interior de su casa, de su casa de troncos de abeto, resonó la techumbre, surgieron ecos de la bóveda, el piso se estremeció, murmuraron las puertas, las ventanas temblaron, oscilaron las delgadas vigas de la chimenea, y danzaron las piedras del hogar. Cuando tocó en medio de los bosques, los abetos se curvaron humildes, los pinos se inclinaron, sus frutos cayeron al suelo, sus espinas se enrollaron en torno a las raíces.
Cuando tocó en los sotos o en las tierras labrantías, las praderas despertaron alegremente, los campos se abrieron gozosos, las flores se sintieron transportadas de amor, y los más tiernos tallos se inclinaron gen­tilmente.
XVIII
LA GUERRA DE LA LUNA Y EL SOL


El viejo, el impasible Wainamoinen tocó el kantele por espacio de mucho tiempo; y se acompañaba can­tando, y en torno suyo estallaba la alegría.
Los melodiosos acordes se elevaron hasta la morada de la luna, hasta el palacio del sol. Y la luna bajó a posarse en la copa de un abedul, y el sol en la cúpula de un abeto, a escuchar el kantele.
Entonces Madre Louhi, la vieja desdentada de Pohjola, cogió a la luna y al sol entre sus manos, los robó, y los transportó a su nebuloso país.
Allí, para impedirle brillar, escondió a la luna en las entrañas de una roca de veteados flancos; y para im­pedirle irradiar escondió al sol en los profundos de una montaña de cobre. Después alzó su voz y dijo: "¡Oh luna, oh sol: ya no podréis salir de aquí a expandir vuestra luz hasta que yo misma venga a liber­taros, hasta que yo venga a buscaros con nueve potri­llos nacidos de una sola yegua!"
Y una vez que hubo escondido la luna, una vez que hubo enterrado el sol en la montaña de cobre y roca de Pohjola, fue a robar también el fuego, a extinguir la lumbre en los hogares de Kálevala.
Entonces una noche sin fin, una noche impenetra­ble y tenebrosa se extendió sobre el mundo desolado; se extendió hasta el cielo, hasta las mismas esferas etéreas donde reina Ukko. Sufrían las plantas de la tierra, se angustiaban los rebaños, desfallecían los pá­jaros del aire, los hombres morían en el hastío.
El sollo conocía el bramido del mar, el águila los senderos del pájaro en el aire, el viento la ruta de los navíos entre las olas; pero los hijos de los hombres ignoraban cuándo se levantaba un nuevo día, cuándo caía una nueva noche sobre el promontorio nebuloso, sobre la isla de las umbrías.
Los jóvenes se reúnen en consejo; los hombres de edad madura meditan profundamente; todos se pre­guntan cómo será posible vivir sin la luna, qué va a ser de la vida sin el sol.
Los mozos del consejo, hermanos y hermanas, me­ditan profundamente, y se encaminan a la fragua del herrero Ilmarinen, y le dicen: "¡Ven, oh herrero, al pie de la muralla; ven, oh forjador, junto a la roca; y fragua allí una nueva luna y un nuevo sol, porque la vida es intolerable cuando el sol no brilla, cuando no derrama su mansa claridad la luna!"
El herrero se dirigió a la muralla, al pie de las rocas, para forjar una nueva luna y un nuevo sol. Con oro forjó la luna; el sol lo forjó de plata.
El viejo Wainamoinen fue a visitar la fragua del herrero; se detuvo en el umbral y dijo: "¡Oh herrero, caro hermano mío, tu martillo resuena sin tregua toda la jornada. ¿A qué trabajo estás entregado?"
Ilmarinen respondió: "Forjo una luna de oro y un sol de plata para colgarlos en la cúpula del cielo, por encima de las nueve techumbres del aire".
El viejo Wainamoinen, dijo: "En vano trábalas, he­rrero Ilmarinen; el oro no brillará como la luna, la plata no brillará como el sol".
El herrero terminó su obra; después levantó los dos astros entre sus alegres manos, los llevó consigo con el mayor cuidado, y colgó la luna en la copa de un pino y el sol en la cima de un gigantesco abeto. El sudor chorreaba por su rostro, el agua resbalaba de su cabeza mientras se entregaba a esta fatigosa y difícil tarea.
Así fue la luna colgada de un pino y el sol suspen­dido en la copa de un abeto; pero ni el sol ni la luna resplandecieron.
El viejo Wainamoinen, dijo: "Hora es ya de interro­gar al destino; llegado es para el hombre el tiempo de consultar los signos y preguntarles qué camino ha to­mado el sol, dónde se ha perdido la luna".
Y el viejo Wainamoinen, el runoya eterno, cortó unas tabletas del tronco de un álamo, después las barajó, las puso en orden con sus manos, y dijo: "Interrogaré al Creador pidiéndole una respuesta. Dime la verdad, oh signo del Creador; habla, augurio de Jumala: ¿qué senda ha tomado el sol, dónde ha desaparecido la luna, que ya no esplenden en la bóveda celeste?"
El destino reveló su verídico mensaje, el signo de los hombres respondió, declarando que el sol se había refugiado, que la luna se hallaba oculta en las mon­tañas de piedra, en la fortaleza de cobre de Pohjola.
Entonces el viejo Wainamoinen, dijo: "Si yo voy a Pohjola, lograré ciertamente recuperar la luz de la luna, los dorados rayos del sol".
Y el viejo Wainamoinen se apresuró a ponerse en camino. Un día caminó, dos días caminó; al tercer día las puertas de Pohjola aparecieron ante él, la alta mole de piedra se alzó ante sus ojos.
Se detuvo a la orilla del río y gritó con retumbante voz: "¡Traedme una barca para atravesar el río!" Pero su grito no fue escuchado, ninguna barca acudió.
Entonces juntó en la orilla un montón de ramas secas de pino, y le prendió fuego. No tardó en prender la llama, y la humareda se elevó en los aires, en espeso turbión.
Madre Louhi, el ama de casa de Pohjola, estaba sen­tada a la ventana, vueltos los ojos hacia el río. Tomó la palabra y dijo: "¿Qué incendio es ese que arde allá lejos, en la bahía? Para fuego de soldados es demasiado pequeño; para fuego de pescadores es demasiado grande".
El hijo salió al cercado para ver y oír mejor: "Un hombre de soberbia talla se distingue allá, paseando al otro lado del río".
El viejo Wainamoinen clamó por segunda vez: "Oh, hijo de Pohjola, conduce tu barca hacia acá, trae una barca a Wainamoinen".
El hijo de Pohjola, respondió: "¡No hay aquí nin­guna barca libre; atraviesa tú mismo el río, remando con tus dedos, haciendo de timón con la palma de tu mano!"
El viejo Wainamoinen se quedó pensando; reflexionó y dijo: "No merecería llamarse hombre aquel que vol­viera sobre sus pasos". Y se lanzó al agua, como el sollo en el mar, como la trucha en el río; franqueó rápidamente la distancia nadando con uno y otro pie, y llegó a las riberas de Pohjola.
Y Wainamoinen entró en la casa. Allá estaban re­unidos los hombres, bebiendo hidromiel, saciándose del melado licor; y todos ostentaban su armadura de gue­rra y la espada al costado para matar a Wainamoinen. Comenzaron por interrogarle, dirigiéndole estas pa­labras: "¿Qué pretende de nosotros el miserable, qué nos cuenta el nadador?"
El viejo, el impasible Wainamoinen, respondió: "Ten­go algo peregrino que contaros, una cosa asombrosa sobre el sol y la luna. ¿Dónde se ha refugiado el sol, abandonándonos? ¿hacia dónde ha huido la luna?"
Los mozos de Pohjola, la maldita ralea, replicaron: "El sol, al abandonaros, se ha refugiado aquí; la luna está oculta en una roca de jaspeados flancos, bajo una montaña de hierro. Y no los sacarás de ahí, si nosotros no les dejamos escapar; no los rescatarás si nosotros no les concedemos la libertad".
El viejo Wainamoinen, dijo: "¡Si el sol no es librado de la roca, si la luna no es sacada del seno de la mon­taña, habréis de véroslas conmigo, espada contra es­pada!"
Y así diciendo, el héroe desenvainó su espada, des­nudó su mordiente acero: la luna brillaba en su punta, el sol resplandecía en su cazoleta, un corcel piafaba en su hoja, un gato maullaba en su empuñadura.
La batalla se entabló, midiéndose las espadas. La de Wainamoinen sobrepasaba a las demás, en el ta­maño de un grano de escanda, en el grosor de una espiga.
El viejo Wainamoinen blandió su espada una vez, la blandió dos veces; y como si fueran hojas de na­biza, como si fueran tallos de lino, así segó las cabezas de los hijos de Pohjola.
Después salió en busca de la luna, a liberar al sol de las entrañas del roquedal jaspeado, de la montaña de acero, de la montaña de hierro. 
Cuando hubo caminado un pequeño trecho, divisó una isla verdegueante, y en la isla un abedul altivo, y al pie del abedul una espesa roca, y bajo la roca una profunda caverna, con nueve puertas cerradas por cien candados.
Una fisura, una imperceptible grieta se mostraba al pie de la roca; Wainamoinen hundió en ella su aguda espada, su radiante hoja, y la roca se abrió en dos. Y el viejo Wainamoinen, el runoya eterno, trató de hacer saltar las puertas de sus goznes con los puños, de violentar los cerrojos con la virtud de sus palabras; pero las puertas resistieron al puño, los candados no resintieron los efectos de la palabra.
El viejo Wainamoinen, dijo: "El hombre sin armas no vale más que una pobre vieja; el hacha sin filo no es más que un pobre apero". Y así diciendo, volvió a emprender el camino de su país, con la cabeza gacha y triste el corazón, por no haber podido rescatar la luna y el sol.
Y llegó a la fragua del herrero y le dijo: "Oh he­rrero Ilmarinen: fórjame una horqueta de triple punta, y una docena de afiladas cuñas; fórjame un gran manojo de llaves, para rescatar a la luna de su roca y al sol de su montaña de hierro".
El herrero Ilmarinen, el inmortal forjador, satisfizo la demanda del héroe; le forjó una docena de afiladas cuñas, una horca de triple garfio y un gran manojo de llaves.
Madre Louhi, la desdentada vieja de Pohjola, se fa­bricó unas alas de pluma y levantó el vuelo. Voló primero en círculo alrededor de su casa, después se lanzó a lo lejos, atravesó el mar de Pohjola y fue a posarse junto a la fragua de Ilmarinen.
El herrero abrió su ventana para observar si era la tempestad aquello que se acercaba; pero no era la tormenta: era un buitre gris.
Ilmarinen le dijo:  "¿Qué vienes a buscar junto a mi ventana, horrendo pajarraco?"
El buitre respondió: "Escúchame, oh herrero Ilma­rinen, oh forjador inmortal: tú eres un hábil obrero, un herrero sin igual".
Ilmarinen, dijo: "No es extraño que se me considere hábil herrero, puesto que yo he forjado el cielo y la cúpula del aire".
El ave volvió a tomar la palabra, el buitre dijo: "¿Qué estás forjando ahora, oh ilustre obrero?"
El herrero Ilmarinen, respondió: "Forjo una carlan­ca de hierro para encadenar a la miserable vieja de Pohjola a la falda de la montaña".
Madre Louhi comprendió entonces que la desgracia lo rondaba, que la hora del castigo era inminente, y se apresuró a tender nuevamente el vuelo y regresar a su país.
Una vez allí, sacó la luna de la roca y el sol de la montaña; después, transformada en paloma, regresó a la fragua de Ilmarinen.
Ilmarinen le dijo: "¿Qué haces aquí, hermoso pájaro; a qué has venido, oh paloma, al umbral de mi fragua?"
La paloma  respondió: "He  venido  a  traerte  una buena nueva: la luna está libre de su prisión de rocas, el sol se ha escapado de las entrañas del monte".
El herrero Ilmarinen salió de la fragua y elevó los ojos al cielo; vio brillar la luna, vio al sol radiar en el cielo.
Inmediatamente fue a ver a Wainamoinen y le dijo: "¡Oh viejo Wainamoinen, oh runoya eterno, ven con­migo a ver la luna, ven a contemplar el sol hermoso; ambos han vuelto a ocupar su antiguo lugar en la bóveda celeste!"
El viejo, el impasible Wainamoinen, se precipitó fuera de su casa, y levantando la cabeza elevó sus ojos al cielo: brillaban radiantes los dos astros, el sol había vuelto a su sitio en la celestial techumbre.
Entonces el héroe dejó oír su potente voz, diciendo: "¡Salud, oh luna, que nos muestras tu esplendente faz; salud, oh sol de oro, que resplandeces de nuevo sobre el mundo!
"¡Dígnate, oh sol, salir cada mañana a partir del alba próxima! ¡Dígnate darnos la salud, fecundar nuestras tierras, multiplicar los peces en nuestras redes!
"¡Y tú, luna, sigue tu esplendoroso curso, cumple tu jornada llena de brillo y de frescor! ¡Que tu plenilunio sea glorioso de luz, y que derrame su alegría sobre las horas de la noche!"
XIX
OCASO Y NUEVO AMANECER


Marjatta, la hermosa niña, vivía desde hacía largo tiempo en la ilustre casa de su padre, en la renom­brada casa de su madre. Vivía en la inocencia, guar­dando fielmente su castidad. Se alimentaba de frescos peces y de pan moreno; pero se negaba a comer huevos de gallina que hubiera fecundado el gallo, o carne de oveja cubierta por el morueco.
Su madre le ordenó ir a ordeñar, y ella rehusó, di­ciendo: "Una doncella como yo no toca ubre de vaca que ha sido llevada al toro; sólo la ordeñaría si aún fuese becerra y, siéndolo, diera leche".
Su padre la invitó a montar en su trineo tirado por el caballo garañón; y ella se negó, diciendo: "Nunca me dejaré conducir por caballo que ha frecuentado ye­guas; sólo admitiré en mi trineo un potrillo joven, un potro de cuatro años".
Marjatta, la hermosa niña, la tímida y casta virgen, fue encargada de apacentar las ovejas. Las guiaba por las faldas y cumbres de las colinas, atravesando los bosques, internándose en el espeso alisal, mientras el cuco de oro cantaba, mientras la voz de plata modu­laba sus trinos.
Marjatta, la hermosa niña, cuidó largo tiempo su rebaño, que es peligroso menester, sobre todo para una muchacha, ya que la serpiente se desliza por la yerba, los reptiles venenosos infestan el pastizal. Pero ella no tropezó con ninguna serpiente entre la yerba, no encontró reptiles venenosos en la pradera.
Un arándano de la colina, un arándano rojo, alzó su voz y dijo: "Ven, oh muchacha, a recogerme; ven, oh virgen de la fíbula de estaño, del cinturón de cobre, de las rosadas mejillas, ven a arrancarme de mi tallo antes que el gusano me haya roído, antes que la negra serpiente me haya devorado. Ya cien niñas, mil don­cellas y una innumerable muchedumbre de muchachos, han llegado a visitarme; pero ninguno ha tendido la mano para cogerme".
Marjatta, la hermosa niña, avanzó unos pasos para ver el pequeño fruto, para cogerlo con la punta de sus lindos dedos. Pero la baya de la colina, el rojo arándano, estaba demasiado alto para alcanzarlo con la mano, y por otra parte, también estaba demasiado bajo para pensar en trepar al árbol. Entonces Marjatta cortó una vara y golpeó con ella la rama hasta que el arándano rodó por tierra.
Y dijo Marjatta: ¡Trepa, pequeño arándano, trepa hasta el borde de mi vestido!" El arándano trepó hasta el borde del vestido. "¡Trepa, pequeño arándano, trepa hasta mi cintura!" El arándano trepó hasta la cintura. "¡Trepa, pequeño arándano, trepa hasta mi pecho!" El arándano trepó hasta el pecho. "¡Trepa, pequeño arándano, trepa hasta mis labios!" El arándano trepó hasta los labios. Y de sus labios pasó a su lengua. Y de la lengua se deslizó a la gar­ganta. Y de la garganta descendió hasta el vientre.
Y Marjatta, la hermosa niña, fue fecundada por el arándano; y su regazo comenzó a henchirse.
Marjatta caminaba desde entonces con el brial flojo, sin cinturón; visitaba secretamente la cámara de ba­ños, deslizándose en las tinieblas de la noche.
Su madre la observaba inquieta, preguntándose sin cesar: "¿Qué faltará a nuestra Marjatta? ¿qué habrá sucedido a nuestra paloma para que camine así con los vestidos sueltos y visite en secreto la cámara de baños entre las sombras de la noche?" .
Cuando llegó el décimo mes, la joven virgen se sintió presa de horribles dolores. Y suplicó a su madre que le preparase un baño: "¡Oh madre mía, haz dis­poner un rincón bien apartado y caliente, para refugio de la doncella, para dar asilo a su dolor de mujer!"
La madre dijo: "¡Oh malhaya la hija prostituida! ¿A quién te has entregado, pues? ¿Ha sido a hombre casado, o acaso a un héroe mancebo?"
Marjatta, la hermosa niña, respondió: "No me he entregado a hombre alguno, casado ni por casar. He ido a la colina a buscar bayas, a coger arándanos rojos; y he tomado uno entre mis labios, y se deslizó por mi garganta hasta mi vientre. ¡El arándano fue quien me fecundó!"
Marjatta suplicó a su padre que le mandase prepa­rar un baño: "¡Oh padre querido, haz disponer un re­fugio bien apartado y caliente, donde la pobre niña pueda encontrar alivio a sus dolores!"
El padre contestó: "¡Huye lejos de mí, perdida! ¡Ve­te, mala mujer; ve a refugiarte en el oscuro cubil del oso; y pare allí tus cachorros!"
Marjatta, la hermosa niña, respondió cuerdamente: "¡No soy yo una prostituta, ni una mala mujer! ¡Yo daré a luz un hijo extraordinario, yo pariré un héroe insigne que acabará con el poder de todos los encan­tamientos, que vencerá al mismo Wainamoinen!"  .
La virgen se debatía presa de lancinantes dolores, sin saber a dónde ir, a quién acudir, de quién obtener el baño que le era necesario. Tomó la palabra y dijo: "¡Oh Pillti, la más humilde de mis criadas, la mejor de mis sirvientas: vete a pedir un baño para mí por toda la aldea, por todas las casas de Sariola , para que pueda hallar un alivio a mis dolores, un término a mis tormentos. ¡Pronto, no te detengas; mi angustia crece por momentos!"
Pillti, la humilde sierva, dijo: "¿A quién pedir un baño, de quién implorar auxilio?"
Marjatta respondió: "Pide el baño a Ruotus, a Ruo­tus de Sariola".
La pequeña Pillti, la humilde sierva, desapareció como una vaporosa nube, como un jirón de humo, recogiendo los pliegues de su vestido, y se dirigió a casa de Ruotus. Las colinas se inclinaban a su paso, oscilaban las montañas, las pinas silvestres danzaban en la espesura del bosque, se hundían las movedizas arenas del marjal. Así llegó al término de su viaje.
El horrible Ruotus comía y bebía como un gran se­ñor, sentado a la cabecera de la mesa, y cubierto por una túnica de largos pliegues; una túnica solamente. Sin interrumpir su banquete, preguntó con voz ca­vernosa, apoyando sus codos sobre la mesa: "¿A qué vienes tú aquí? ¿qué pretendes de mí, harapienta?"
Pillti, la joven sierva, respondió: "Vengo a pedirte un baño donde la parturienta pueda encontrar alivio a sus dolores; donde la infortunada encuentre auxilio y refugio".
La mujer del horrible Ruotus avanzó bruscamente hasta el centro de la estancia, y dijo:  "¿Para quién solicitas ese baño, para quién buscas refugio y auxilio?"
Pillti, la joven sierva, respondió: "Es para nuestra Marjatta".
Entonces la mujer del horrible Ruotus se expresó así: "No hay ninguna casa de baños en toda la aldea, no hay ningún baño disponible en Sariola. Pero en la cumbre de la montaña de Kyto, en un bosque de abetos, hay un establo donde podrá parir esa perdida; donde la mala mujer podrá soltar su cachorro. ¡El húmedo aliento del caballo será su baño!"
Pillti, la joven sierva, se apresuró a llevar a Mar­jatta la respuesta de aquella mala mujer.
Marjatta, la pobre niña, se deshizo en llanto; des­pués tomó la palabra y dijo: "¡Triste es tener que re­fugiarse como una sierva, como una esclava a sueldo, en la cumbre de Kyto, en la espesura de abetos!"
Y recogiendo los pliegues de su vestido se dirigió apresuradamente, con las entrañas  desgarradas  por bárbaro dolor, a la choza de abetos, al establo situado en la colina.
Y una vez dentro del establo, dijo: "¡Oh mi buen caballo, oh vigoroso potro: echa sobre mí tu aliento, envuélveme en tu vapor como en un baño dulcemente tibio que sea alivio a mi flaqueza, auxilio y sedante a mi infortunio!"
El buen caballo, el nervioso potro, echó su poderoso aliento sobre el regazo dolorido, y su vaho fue como un baño caliente, como un bálsamo de bendición.
Entonces Marjatta, la pobre niña, la dulce y casta virgen, bañada en el abundante vaho, dio a luz un niño, un tierno niño, entre las pajas del establo, en el pesebre del caballo de largas crines.
Y lavó a su hijo, y lo envolvió en pañales, y lo acostó sobre sus rodillas, apretándolo contra su regazo. Y acarició a su precioso tesoro, su dorado fruto, su báculo de plata. Y le dio de mamar, y peinó sus ca­bellos, y lo meció entre sus brazos.
Pero, de repente, el pequeñuelo saltó de sus rodillas, del regazo materno, y desapareció.
Marjatta, la pobre virgen, fue presa de un inmenso dolor; y corrió detrás, en busca de su pequeñuelo, de su fruto de oro, su báculo de plata. Lo buscó bajo la rueda del molino, entre las llantas del trineo, bajo el cedazo harinero, bajo los baldes de madera. Lo buscó de árbol en árbol, entre el césped y la delgada yerba. Y en los bosques de abetos, en la cumbre de las coli­nas, entre los matorrales y el brezal florido, hurgando entre las ramas, excavando al pie de las raíces.
A la mitad de su jornada el sol salió a su encuentro. Marjatta se inclinó ante él y le dijo: "Oh sol creado por Dios ¿sabes tú qué ha sido de mi hijo, mi peque­ñuelo, mi manzana de oro?"
El sol respondió sabiamente: "Sí, yo sé lo que ha sido de tu hijo, como sé también que yo he sido creado para alegrar los días y caminar vestido con mi manto de oro, para daros la luz con mis galas de plata.
“Sí, pobre mujer, yo sé lo que ha sido de tu hijo: tu pequeñuelo, tu fruto dorado, está hundido en el cenagal hasta la cintura, enterrado en la landa hasta los brazos".
Marjatta, la pobre virgen, corrió precipitadamente al cenagal, sacó de allí al niño y lo volvió a llevar consigo a casa.
Y junto a la buena Marjatta el lindo pequeñuelo crecía; pero todavía no tenía nombre: su madre le llamaba "botón de rosa", los extraños le llamaban "mal­dito holgazán".
Se buscó, pues, a alguien que lo bautizase. El viejo Wirokannas se presentó; tomó la palabra y dijo: "No bautizaré yo a un ser sumido en el error, no haré cris­tiano a un cualquiera si no es examinado y juzgado previamente" .
¿Quién se encargará de juzgar al niño? El viejo, el impasible Wainamoinen, el runoya eterno, fue el en­cargado de esta misión.
Y el viejo, el impasible Wainamoinen pronunció su sentencia: "Si el niño ha sido sacado del pantano, si ha sido engendrado por el arándano de la colina, pre­ciso será enterrarlo junto a una mata de arándanos, o bien llevarle nuevamente al pantano y allí estrellarle la cabeza contra un árbol".
El pequeñuelo, el niño de dos semanas, habló y dijo: "¡Malhaya el viejo estúpido! ¡Malhaya, viejo ciego, pues has pronunciado una sentencia injusta, un fallo insensato! Nadie te ha llevado a ti al pantano, nadie te ha estrellado la cabeza contra un árbol, cuando has cometido crímenes bastante más graves, bastante más perversas acciones: cuando en tu juventud entregabas a tu hermano, al hijo de tu propia madre, para salvar tu vida. Ni se te ha conducido al cenagal cuando, en tu juventud también, arrojabas a las doncellas en me­dio de las profundas olas, entre el fango negro".
Y Wirokannas bautizó al niño y le ungió como rey, nombrándole soberano absoluto de Karelia.
Entonces el viejo Wainamoinen se sintió presa al mismo tiempo de una gran cólera y una gran ver­güenza. Se alejó, vagando por la orilla del mar; y rom­pió a cantar por última vez. Y por virtud de su canto creó una barca, una linda barca de cobre.
Después se sentó al timón y puso proa a alta mar; y mientras hendía las olas, alzó la voz y dijo: "Pasarán los tiempos, nuevos días nacerán y volverán a morir. Y entonces nuevamente tendréis necesidad de mí; me aguardaréis, me llamaréis para que os conquiste un nuevo Sampo, para que os haga un nuevo kantele, para que os rescate la luna y el sol desaparecidos. ¡Para devolver al mundo su alegría desterrada!" .
Y el viejo Wainamoinen se lanzó en su navío a tra­vés de las procelosas aguas hasta perderse en el lejano horizonte, entre los últimos pliegues del cielo. Allí se detuvo con su barca, y allí permanece.
Pero dejó su kantele, su instrumento melodioso, a Finlandia; dejó a su pueblo la eterna alegría, y las sublimes runas a los hijos de su raza.


AQUI TRABAJAMOS..., DURMIENDO ¡ NO MOLESTAR!

¿QUIERES SALIR AQUI? , ENLAZAME

-

ClickComments