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lunes, 24 de octubre de 2011

LA LEYENDA DE JESSE JAMES CLAUDE APPELL


LA LEYENDA DE JESSE JAMES
CLAUDE APPELL
Cuando Jesse James vino a este mundo en el Missuri, en setiembre de 1847, la conquista del Oeste acababa de
comenzar. Era aquélla una época donde todos los meses, en primavera, largas caravanas de pioneros salían de San
José o Independencia, a algunas millas de la casa de los James, para hundirse en la inmensa Pradera, dominada por
los bisontes y los guerreros rojos. Esta era la época de los “galeones de la pradera”, pesados carros en los cuales los
conquistadores del Oeste emprendían su peregrinación para un aventurado viaje de varios meses.
Era ésta la época de las luchas contra los indios, de las marchas azarosas por las arideces escarpadas de las Montañas
Rocosas, o por las tempestades de nieve de la Sierra Nevada. Los que habían podido escapar a los peligros de la
ruta, sentíanse felices al descubrir las tierras fértiles de Oregón y de California.
Era la época en que el Oeste no conocía la Ley, en la que los hombres rudos que disfrutaban estas tierras nuevas, no
contaban más que con la fuerza de sus puños y las balas de sus pistolas para hacer respetar sus derechos; la época en
que las ciudades surgían como los hongos, sin administración ni policía y que atraían tanto a los amantes de toda
clase de aventuras para los que el gran negocio era poder sacar el colt y disparar al adversario una décima de
segundo antes de que éste hiciera lo propio con él.
Jesse James y su hermano Frank crecieron en esta atmósfera apasionada. Su padre, un curioso personaje a la vez
pastor y granjero, también había sido apresado por esta locura del Oeste que, en 1849, tanto impresionara a sus
compatriotas. Se habían encontrado pepitas de oro en el American River y una buena mañana plantaba a su familia,
granja y sermones, para correr a California tras la fortuna. Y allí encontró la muerte.
Su mujer volvería a casarse. Dos veces. Su tercer marido, Reuben Samuel, un médico del Missuri, instaló a su
familia en una granja próxima a la pequeña ciudad de Greenville, donde él ejercía y a la que llamó “Samuel House”.
Años más tarde, serviría de refugio a los dos hermanos. Por el momento, ambos crecían como pueden crecer dos
muchachos de diez a doce años entre algunos libros, sus animales, una madre indulgente y un padrastro absorto en
sus preocupaciones y bastante cuidadoso para no entrar en conflictos con aquel par de mozos turbulentos. Sin duda
Jesse y Frank fueron por entonces a la escuela, pero aprendieron sobre todo a montar a caballo y a imitar los gestos
de los cowboys que frecuentaban el salón de Greenville. En esta época hicieron conocimiento con los cuatro hijos de
Younger, pues su granja estaba próxima a la casa de Samuel. Cole, Jim, John y Bob Younger se convirtieron del
modo más natural en los compañeros de juegos de los hermanos James. Su complicidad debía durar largo tiempo y
para hechos menos inocentes que las pillerías en los jardines del vecindario...
1860. La guerra civil entre el Norte y el Sur había estallado. Atrapaba a los hermanos James, como a tantos otros. El
Missuri era sudista. Jesse y Frank se enrolaron, pues entre los guerrilleros de un jefe particularmente audaz,
Quantrill, apodado “Bloody Bill” o Bill el Sangriento, lo que da idea de su siniestro carácter. ¿Qué parte tomó Jesse
en la terrible incursión sobre Lawrence, que dejó esta ciudad reducida a cenizas y asesinados todos sus habitantes,
hombres, mujeres y niños? Se ignora, pero podemos imaginar la impresión que tal espectáculo causaría en el espíritu
de un muchacho de dieciséis años.
Con el establecimiento de la paz, los guerrilleros de Quantrill, cuyos desmanes habían causado la ira incluso de los
sudistas, no se beneficiaron de la amnistía general. ¿Qué podían hacer Jesse y Frank James, así excluidos de la
comunidad? Y, ¿qué sabían hacer ellos, que durante cuatro años no habían hecho más que galopar a través de la
pradera, durmiendo bajo las estrellas, tendiendo emboscadas y disparando sus carabinas? Como todos los soldados
fugitivos, fueron a engrosar las filas de los “fuera de la ley”.
En ese momento comienza la leyenda de Jesse James...
¿Cómo era este joven? Parece que, a su manera, continuaba combatiendo por el Sur, vencido y humillado. ¿O se
debía a su audacia y especial forma de ser? La opinión de muchos es que se había convertido en una especie de
Robín de los Bosques, protector del pobre y del oprimido.
“Robaba a los ricos y daba a los pobres; tenía la mano segura, la cabeza fría y el corazón de oro”, afirma una vieja
canción.
El retrato es ciertamente lisonjero y hace caso omiso de las muertes que ilustraron tristemente la carrera de Jesse
James. Han llegado hasta nosotros fotografías de los hermanos James: dos apuestos hombres de rostro agradable,
delgado bigote y mirada fría. Envueltos en pieles de animales, cargados con sus colts y carabinas, forman parte de
esos individuos simpáticos pero inquietantes y que, según las circunstancias, se convierten en héroes o bandidos.
Para los hermanos James, la suerte se inclinaba del mismo lado.
Su banda estuvo pronto constituida: los cuatro Younger, para empezar, los compañeros de siempre y después otros
antiguos guerrilleros sudistas. Jesse se erigió en jefe indiscutible y pronto su nombre se hacía famoso y temido a
través de Kansas y el Missuri. Ningún ciudadano se sentía seguro: Jesse y sus hombres surgían como el rayo en la
calle, descargando sus revólveres y lanzando los estridentes gritos de guerra de los rebeldes sudistas. Antes de que
los habitantes, aterrorizados, pudieran reaccionar, destrozaban todo a su paso, se apoderaban de la recaudación de
las tiendas y desaparecían tan rápidamente como habían llegado.
Pero estas incursiones salvajes reportaban poco y no satisfacían la imaginación aventurera de Jesse James. Le era
preciso encontrar algo mejor.
* * *
13 de febrero de 1866. Aquella mañana, el cajero de la Loan Association Bank de Liberty (Missuri) no tenía noción
de que iba a entrar en la Historia como la primera víctima del primer asalto a un banco. Se dedicaba a sus
ocupaciones acostumbradas cuando divisó el negro agujero de un colt desagradablemente bajo su nariz. En el mismo
instante, una voz enérgica le conminaba a entregarle el contenido de la caja. En cuestión de minutos, los jinetes
enmascarados convertían la calle principal de Liberty en un concierto de pistolas poco propicio para animar a las
gentes honradas a intervenir.
Botín: ¡quince mil dólares!
El ataque causó sensación. El nombre de Jesse y de los Younger estaba en todas las bocas, aunque nadie osara
acusarles formalmente.
Cuatro meses más tarde un nuevo banco era atracado, esta vez en Lexington; después, golpe sobre golpe, otros dos
eran desvalijados en Savannah y en Richmond. Nadie reconoció a los hermanos James, pero todos observaron que
los cuatro bancos atacados se encontraban en el Missuri y cerca del condado de Clay, feudo de los James.
¡Esto era demasiado! Los banqueros del Missuri y de los Estados vecinos tenían pavor. Las incursiones siempre
coronadas de éxito de Jesse James corrían el peligro de suscitar ataques de otros bandidos. Si esto se producía, si los
ciudadanos honrados no podían depositar con toda seguridad sus economías en las cajas de los bancos, estaba en
peligro la economía del Oeste. Así que decidieron acudir a los poderes públicos. Pero como éstos se revelaron
impotentes para poner su mano sobre los culpables, intentaron hacerlo por su propia cuenta. Otro nombre famoso iba
bien pronto a entrar en la historía de los hermanos James: el de Pinkerton.
Allan Pinkerton había fundado en 1850 una agencia de policía privada, tejiendo a través del país una red de
detectives que en numerosas ocasiones habían ya dado pruebas de su eficacia.
Esta temible organización fue lanzada sobre el rastro de los hermanos James. ¡La caza iba a durar nueve años!
En nuestros días nos parece increíble que un grupo de bandidos pueda tener éxito durante tanto tiempo, frente a la
policía oficial y una organización como la del propio Pinkerton. En realidad esto tiene su explicación en la simpatía
que los hermanos James tenían entre la población. Eran numerosos los que, sin formar parte directamente de la
banda, les servían de informadores y de espías. En cuanto un rostro sospechoso aparecía en la región, se le pasaba el
informe a Jesse James, que se encargaba de su vigilancia. ¡Desgraciado del que se mostrase demasiado curioso!
Varios de los sabuesos de Pinkerton encontraron un fin brutal. En cuanto a los habitantes del Missuri que no
aprobaban la acción de los hermanos James, estaban demasiado aterrados para abrir la boca. Protegido por el
silencio de unos y la complicidad de otros, Jesse James podía asaltar con toda seguridad. No se privaba de nada.
Russelville, Croyon, Columbia... Los nombres de los bancos desvalijados sonaban como otras tantas victorias en la
epopeya de Jesse James. La misma rutina se seguía en todas las ocasiones: irrupción de bandidos enmascarados,
cajeros reducidos a la impotencia, cajas fracturadas, ensalada de tiros y galopada... En todo ello no invertía más de
diez minutos. Después la banda se dispersaba y la calma renacía... Hasta el próximo ataque.
Jesse, como se verá, cuidaba su personaje, empezaba a cansarse de estos escenarios regulados. Y buscaba algo
nuevo e iba a encontrarlo.
* * *
21 de julio de 1873. Un tren de la “Pacific Railroad” dejaba Los Monjes por el Oeste. Se acercaba a Council Bluffs,
en Iowa, y los viajeros que debían descender en esta estación recogían ya sus equipajes, cuando un choque
espantoso les arrojó al suelo. Se escucharon gritos confundidos con el ruido del metal retorcido y de vidrios rotos.
La locomotora había descarrilado y estaba acostada sobre uno de sus flancos, arrastrando con ella siete vagones. Por
suerte, el convoy rodaba a escasa velocidad y no hubo víctimas. Los viajeros, magullados, comenzaron a salir a
duras penas de los coches siniestrados, cuando resonó un grito muy conocido: el de los guerrilleros de Quantrill.
Siete jinetes enmascarados rodeaban el tren y forzaban, bajo la amenaza de sus colts, a los empleados para que les
abriesen el furgón, al objeto de pasar revista a los viajeros, detectando a los que parecían llevar algo de valor, ya en
dinero o joyas. Después de haber desvalijado sin piedad a todos, el que parecía jefe saltó sobre su caballo.
Inmediatamente desaparecía de la vista, lanzando su estridente grito de guerra. Sus secuaces le imitaron.
Este ataque iba a causar profunda emoción en la opinión americana. Hasta el momento, nunca un tren había sido
atacado dentro del territorio de los Estados Unidos. Indudablemente, a Jesse James le agradaba ser el primero en
todo.
Sin embargo, no había sido más que un éxito a medias, en el cual su servicio de información no estuvo afortunado.
“En el tren de las ocho horas irá un importante cargamento de oro”, se le había dicho. Y no iba más que la carga
normal y lo que los viajeros llevaban encima. Doce horas más tarde, el que salía a las ocho de la noche, transportaba
ese oro por la misma línea, 75.000 dólares en moneda de dicho metal, que llegaban íntegros a su destino.
Jesse James se tomaría la revancha seis meses después; el golpe iba a suscitar la más apasionada reprobación general
por la forma brutal en que era llevado a cabo. Los viajeros que esperaban en la pequeña estación de Glashill vieron
de pronto - aparecer a los jinetes enmascarados que, amenazándoles con sus armas, les encerraban en la sala de
espera. Después los bandidos sustituyeron por la fuerza al guardaagujas y desviaron el convoy hacia una vía muerta,
sin escapatoria posible. Apenas inmovilizado el tren, los agresores hicieron irrupción en los vagones. El furgón fue
saqueado y los viajeros desvalijados. Pero Jesse James, que debía estar de excelente humor, añadía una variante esta
vez y en el momento de emprender la fuga, arrojó un sobre al conductor. En el interior y con destino a los
periodistas, aparecía el relato completo de la operación que acababa de realizarse bajo el título de: “El asalto a un
tren más audaz de la historia”. En el relato, Jesse precisaba que los ladrones, hombres vigorosos que medían todos
más de 1.80 metros y montaban elegantes caballos, habían huido en dirección desconocida...”
* * *
Bancos, diligencias, caminos de hierro, la banda Jesse James-Younger parecía omnipresente e invulnerable. Pero los
hombres de Pinkerton no habían abandonado la partida. En 1874, conseguía por fin hacer entrar a uno de sus
detectives en la guarida de los hermanos James. Este detective, llamado John Ladd, se había colocado como mozo
de granja en el condado de Clay. Era un buen trabajador y sus jefes llegaron a apreciarle. La desconfianza con que
fue acogido iría desvaneciéndose con el tiempo y de la granja pasó a trabajar en una casa vecina a la de Samuel.
Desde allí podía apreciar cuanto sucedía en “Samuel House” sin llamar la atención.
El 5 de enero de 1875, la agencia Pinkerton en Chicago recibía un mensaje de John Ladd. Jesse y Frank estaban en
casa de sus padres. Rápidamente se organizaba un comando y se fletaba un tren especial. Algunas horas después, a
la caída de la noche y con un frío glacial, se apostaban en torno a “Samuel House” los hombres de Pinkerton.
Armados hasta los dientes, se deslizaron silenciosamente hasta la casa y arrojaron al interior, a través de una
ventana, un cohete encendido. El doctor Samuel, aterrado, lo arrojó a las llamas de la chimenea. Se produjo una
violenta explosión y a continuación los hombres de Pinkerton, descargaron sus armas, penetraban en la casa,
gritando:
–1Estáis cercados! ¡Rendíos!
No encontraron más que al doctor Samuel, temblando de pánico. Su mujer estaba gravemente herida y un muchacho
de ocho años, hermanastro de los bandidos, agonizaba. Jesse y Frank, presintiendo el peligro, habían dejado aquellos
lugares tres horas antes.
Esto fue para Pinkerton un fracaso imperdonable. Se acusó de bestiales a los detectives y gran parte de la opinión se
puso de parte de la familia Samuel, tan injustamente atropellada. La leyenda de Jesse James, el bandido generoso e
invencible, cobraba incremento. Se habían vuelto las tornas.
* * *
7 de septiembre de 1876. Jesse James decidía, después de varios meses de inacción, dar un nuevo golpe. Objetivo: el
banco de Northfield, en Minnesota. Frank y Jesse procedieron a realizar los reconocimientos habituales. Los papeles
estaban distribuidos y establecido el horario de la operación. Para estos veteranos de la agresión, el asalto al banco
no presentaba problemas. A la hora fijada, Jesse, Bob Younger y Charlier Pitts empujaban la puerta del
establecimiento. Dos hombres, Clell Miller y Cole Younger estaban en la calle al acecho. Un poco más lejos, Frank
James, Jim Younger y Bill Chodwell se mantenían alerta para cubrir la retirada de sus cómplices.
Desde una tienda de quincalla situada frente al banco, dos hombres habían observado los manejos de los bandidos:
eran el propietario de la tienda, Jim Allen, y un estudiante de medicina, Henry Wheeler.
–Algo pasa –dijo Wheeler.
–Vamos a ver– respondió Allen.
Y salieron a la calle. Inmediatamente, Miller intervenía, amenazándoles con su fusil. De ordinario, este solo gesto
era suficiente para que cualquier comerciante se arrojase de un salto al suelo. Pero Wheeler y Allen demostraron una
sangre fría extraordinaria. Este saltó sobre Miller, que disparó y falló el tiro. Los dos hombres se enzarzaron en
pelea mientras Wheeler corría hacia la plaza de Northfiel, gritando:
–A las armas, muchachos! ¡Están asaltando el banco!
En el interior del banco, las cosas tampoco rodaban bien. El cajero, sin dejarse intimidar por el revólver de Jesse, se
negaba a abrir la caja; otro empleado se lanzaba contra Bob Younger y, a pesar de haber recibido un balazo en el
hombro, corría a la calle. En el mismo instante, Jesse oyó los disparos en el exterior. El asalto había fracasado y
debían batirse en retirada.
¡Demasiado tarde! Los hombres de Northfield, alertados por W’heeler, llegaban de todas partes. Un verdadero
combate se entabló entre ellos y los bandidos. Estos, por una vez, no llevaban ventaja. Chadwell y Miller fueron
abatidos y Bob Younger herido. Los demás pudieron a duras penas saltar a sus caballos, Cole Younger llevando a su
hermano Bob en la grupa.
Salieron en persecución de los bandidos y Pitts resultó muerto en el momento de abandonar la ciudad. Los Younger,
heridos, se encontraron rodeados y conminados a rendirse. Sólo Jesse y Frank James conseguían escapar.
La incursión sobre Northfield había terminado en derrota. Jesse James había perdido a sus mejores compañeros y la
leyenda de su invencibilidad había recibido un severo golpe. Todo el Oeste sabía ahora que hombres con valor
podían enfrentarse victoriosamente a la terrible banda.
Jesse estuvo retirado durante un año. ¿Pensó entonces en volver a la legalidad y llevar una existencia apacible con su
mujer y su hijito? Pero, ¿de qué iba a vivir? ¿Qué oficio podía ejercer? ¿Quién aceptaría emplear a un fuera de la
ley? El dinero de los asaltos anteriores se había agotado y tenía que lanzarse a los caminos con sus colts.
Pronto y sin gran esfuerzo reconstituía la banda. En esta época no faltaban en el Oeste los mocetones dispuestos a
enriquecerse apretando el gatillo. De nuevo el nombre de los ‘hermanos James acaparaba las crónicas: bancos,
diligencias, trenes, nada estaba al abrigo de su rapiña feroz.
La cabeza de Jesse James fue puesta a precio. A través de todo el Oeste los carteles anunciaban: “25.000 dólares de
recompensa a quien entregue a Jesse James muerto o vivo”. Para Frank, la recompensa ofrecida era de 15.000
dólares.
El peligro de la traición pesaba entonces sobre ambos hermanos. El carácter de James se agrió. Desafiaba a todos
por todo y se escondía entre una y otra de sus expediciones, sin revelar a la banda el lugar del escondite.
Pero la traición cabalgaba ya a su lado y tenía un nombre: Robert Ford, uno de los hombres que James había alistado
después de perder a los Younger. Desde el día en que la cabeza de los James fue puesta a precio, Ford tenía resuelto
hacerse con aquellos 25.000 dó lares. Y se aseguró del gobernador de Kansas la promesa de que no sería perseguido
por los crímenes cometidos en unión de la banda. Después estuvo esperando su hora, esforzándose por adormecer la
desconfianza de Jesse y por conocer el escondite de su mujer y su hijo, con los que iba a reunirse entre golpe y golpe
Incluso dentro del marco familiar, la desconfianza de Jesse no cedía. Jamás dejaba los revólveres ni se volvía de
espaldas a ninguna ventana o puerta y Ford se impacientaba. Muy tenaz, prodigaba su amistad y las visitas a la
casita de San José.
“Un día será...”, pensaba.
Este día fue el 3 de abril de 1882.
Ford llegó a la casita de San José. Estuvo charland con Jesse y después éste le dejó para ir a su habitación Minutos
después, Ford le seguía. Empujó la puerta silenciosamente y la primera cosa que vio fue el cinturór con los
revólveres arrojado sobre la cama. Al otro extremc de la pieza estaba Jesse, de espaldas. Ford no dudó. En un
instante vaciaba el cargador de su revólver.Jesses se desplomó con una bala en la nuca, sin alcanzar su cinturón,
como había intentado.
Así acabó sus días el más famoso de los fuera de la ley de la historia del Oeste.
Pero no se le iba a recordar únicamente por sus robos y sus asesinatos, sino también por su valor y su facha
caballeresca: “Tenía la mano segura, la cabeza fría, el corazón de oro...
Jesse James fue enterrado en “Samuel House”. Sobre su tumbá se grabó este epitafio: “Jesse James. Muerto el 3 de
abril de 1882, a la edad de 34 años, 6 meses y 8 días. Asesinado cobardemente por un traidor cuyo nombre no
merece aparecer aquí”.
FIN

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