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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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martes, 1 de mayo de 2012

EL MITO DE : AQUILES SE PELEA CON AGAMENÓN



AQUILES SE PELEA CON AGAMENÓN



            Hacia el principio del fatídico noveno año, la misma Troya sufrió poco, pero muchos de sus aliados habían desertado, y otros sólo se mantenían leales a cambio de enormes primas de oro. El tesoro de Príamo casi se había agotado. Sin embargo, ninguna ciudad ni tribu de Asia Menor quería que los griegos derrotaran a los troyanos y se enriquecieran controlando el comercio por el mar Negro; así que, cuando se difundió la noticia que se estaba planeado un ataque griego contra Troya para principios del verano, llegaron gran cantidad de refuerzos de la lejana Licia, Paflagonia y de otros lugares para ayudar al rey
Priamo.

            Zeus todopoderoso se encontró en una posición violenta. Príamo siempre le había hecho sacrificios espléndidos y los troyanos se comportaban honorable y bravamente, que era más de lo que se podía decir de los griegos. Zeus no podía negar haber amañado el concurso de belleza y bien sabía que la irresistible diosa del amor, Afrodita, también había intervenido en la escandalosa aventura amorosa entre Paris y Helena, que era la causa de la guerra. Por eso no se atrevía a enfrentarse a su mujer Hera y su hija Atenea, las cuales pedían venganza contra Troya. Así que él permaneció neutral, aunque procurando hacer que las cosas les resultasen a los griegos lo más desagradable posible.

            Hay que recordar que Aquiles tomó como prisionera a la adorable Criseida, hija de Crises, sacerdote de Apolo. En el reparto del botín, fue adjudicada como esclava a Agamenón, a quien cada vez le gustaba más; pero un día, de repente, Crises se dirigió hacia el campamento griego, llevando una vara de oro (envuelta en una cinta de lana para la cabeza consagrada a Apolo) y exigió el retorno de Criseida, ofreciendo un gran rescate por ella. Aunque el consejo real urgió a Agamenón a que aceptara, éste se enfureció mucho, y le dijo a Crises, ásperamente, que se fuera y que nunca volviera a mostrar su cara por allí si no quería recibir una severa paliza.

            -¡Criseida es mía -gritó- y no tengo intención de entregarla!

            Crises se retiró y, estando en la orilla, le rogó venganza a Apolo. Apolo bajó del Olimpo muy irritado, con un arco de plata en su mano y flechas agitándose en su aljaba. Se sentó en una colina cercana y comenzó a disparar a los griegos. Cada flecha estaba infectada con la peste y, como tenían el campamento en un estado mugriento y raramente sacaban los desperdicios, se aseaban o se cambiaban de ropa, enseguida se contagió de hombre a hombre. Antes de diez días murieron cientos de ellos y sus camaradas tenían cada vez más dificultades para quemar los cadáveres, pues el abastecimiento de leña se acababa. Esta catástrofe alarmó a Hera, que visitó a Aquiles en un sueño.

            -Príncipe -le dijo-, avisa inmediatamente al consejo real, y mira qué puedes hacer para salvar la expedición.

            Aquiles hizo lo que le ordenó, y cuando el consejo se reunió, les sugirió que Agamenón preguntara a algún profeta de confianza por qué Apolo les había enviado la peste. Llamaron a Calcante. Este se alzó y dijo:

            -Si os digo la verdad, señores míos, y si ésta no complace al alto rey, ¿quién me protegerá contra su enfado?

            -¡Yo lo haré -contestó Aquiles-, confía en mi!

            Entonces Calcante dijo con franqueza al consejo que si no se devolvía Criseida a su padre sin ningún tipo de rescate, la peste perduraría hasta que no sobreviviera ningún griego.

            Agamenón llamó mentiroso a Calcante.

            -Es un truco de rencoroso -estalló- para robarme a Criseida, a la que, por cierto, prefiero antes que a mi esposa Clitemnestra, y que me fue entregada por el consejo real como premio de honor. A pesar de todo, la entregaré si insistís en creeros esta increíble historia, pero con la condición de que sea recompensado por mi pérdida con una esclava de igual talento y belleza.

            Aquiles también perdió los estribos, llamando a Agamenón pícaro avaro.

            -Sabes bastante bien -dijo- que no hay ningún botín común del que podamos sacar nada. Todo fue repartido en cuanto llegó, la mayoría injustamente, además. ¿Y quién de nosotros será el elegido para cederte su propia bella esclava? Eso es lo que quiero saber.

            -¡Cierra la boca! -gritó Agamenón-. ¿Tengo que decir que esperas conservar tu premio de honor mientras que yo, aunque sea el alto rey y el comandante en jefe de los griegos, me quede con las manos vacías? Este consejo tiene que hacer lo que digo o tendré que dejar la ley en mis manos y elegir el premio de honor que a mí me plazca, sea de quien sea la esclava que yo necesito: tanto si es del gran Ayax, Ulises o, incluso, tuya. Pero, mientras tanto, supongo que hay que devolver Criseida a su padre.

            Aquiles se enfureció más que nunca.

            -¡Yo no estoy bajo tus órdenes! -gritó-. Vine aquí voluntariamente. Además, mis hombres y yo hemos llevado a cabo la mayoría de los enfrentamientos y nos han dado la menor parte de los botines repartidos. ¿Amenazas con arrebatarme el premio que el consejo me ha otorgado después de mi saqueo en la Tebas de Hipoplacia? ¡Entonces, no tengo intención de humillarme más con esfuerzos desagradecidos para llenar vuestro tesoro privado! Me voy a casa.

            -Pues vete -dijo Agamenón-. Obviamente eres cobarde, además de traidor. ¡Vete a casa si tienes que hacerlo, pero te juro por Zeus todopoderoso que primero iré a tu tienda y me llevaré a la esclava Briseida, usando la fuerza si es necesario! Esto te enseñará que nunca debes discutir con tus mayores y superiores.

            Aquiles medio desenvainó su espada y allí mismo habría matado a Agamenón si Atenea no hubiera comprendido que esto podía provocar una guerra civil en el campamento griego y salvar a Troya de la destrucción. Ella apareció, repentinamente, al lado de Aquiles, invisible para todos menos para él, y detuvo su mano.

            -¡Insulta a Agamenón todo lo que te plazca –dijo ella-, pero no uses la violencia! Juro solemnemente que, antes de que pasen muchos días, Agamenón te pedirá perdón y te ofrecerá tesoros muchísimo más valorados que tu esclava tebana.

            Aquiles envainó la espada, malhumorado:

            -Siempre es sabio obedecer a los dioses inmortales.

            Entonces se dirigió a Agamenón, lanzándole todos los insultos de la lengua griega y diciendo lo sorprendido que estaba de que ningún otro miembro del consejo se atreviera a apoyarle. Vendría el tiempo, dijo, en que los griegos, cuando estuvieran a punto de ser aniquilados por los troyanos de Héctor, le suplicarían que les salvara la vida; pero él se cruzaría de brazos con desprecio y se limitaría a observar, mientras que Agamenón se crisparía de desesperación y maldeciría su propia avaricia y testarudez.

            El viejo Néstor intentó, sin éxito, detener la disputa. El consejo se dispersó y Agamenón, habiendo enviado a Criseida a casa por mar bajo la responsabilidad de Ulises, llamó a sus dos heraldos reales y dijo:

            -Traedme a la esclava Briseida de la tienda de Aquiles.

            Fueron temiendo por sus vidas, pero Aquiles, que confiaba en el juramento de Atenea, no se resistió a ellos. Sólo repitió su advertencia de lo que pasaría cuando Héctor atacara el campamento griego. Después de caminar por la orilla, sumergido en la melancolía, se detuvo y le pidió ayuda su madre, la nereida Tetis. Esta salió a la superficie de su cueva submarina, se sentó en la arena y le escuchó compasivamente mientras explicaba sus problemas; entonces le prometió visitar a Zeus todopoderoso y hacer que castigara a Agamenón.

            Aquella misma tarde, Hera vio a Tetis en una enérgica conversación con Zeus, y a la hora de cenar le preguntó sobre qué habían estado hablando. Él se negó a contestar y Hera dijo con brusquedad:

            -Supongo que te estaba pidiendo un favor para su hijo Aquiles... ¿Dejar que Héctor diera a los griegos una severa paliza?

            Zeus amenazó con azotaría hasta dejarla amoratada. Hera no se atrevió a decir nada más, y su hijo Hefesto el herrero, el marido cojo de Afrodita, se apresuró a traerle una copa de vino dulce.

            -Por favor no te enfades -dijo él en voz baja-. El padre Zeus es muy capaz de mandamos el rayo y, entonces, ¿qué será de nosotros? ¡Bébete esto, querida madre!

            Zeus decidió mantener la promesa que le había hecho a Tetis, y mandó un sueño falso disfrazado del viejo rey Néstor. Aquella noche, el sueño falso le dijo a Agamenón:

            -Un mensaje de Zeus todopoderoso. La reina Hera le ha persuadido para que te permita capturar Troya. ¡Forma tus tropas al alba y avanza!

            Agamenón convocó el consejo de inmediato y les transmitió el mensaje. El viejo Néstor, orgulloso de haber formado parte de un sueño divino, pensó que debía de ser real y les aconsejó obediencia instantánea. Pero Agamenón convocó una asamblea general de todas sus tropas, y, muy estúpidamente, decidió probar su coraje recordándoles los pocos que
eran comparado con los troyanos, lo larga que estaba siendo la guerra y la poca esperanza de victoria que tenían.

            -¿Por qué luchar en contra del destino? -les preguntó-. Quizá, después de todo, ¿no deberíamos volver a casa, antes de que nos caiga encima lo peor?

            En lugar de que todo el mundo protestara en voz alta, como él esperaba, y gritara «¡No, no, hemos jurado tomar Troya!», se oyeron gritos de «¡Bien dicho, bien dicho, su majestad, partamos inmediatamente!». Hera oyó los gritos de júbilo, los sonidos de los pasos y el ruido de las embarcaciones cargándose. Se apresuró en enviar a Atenea para corregir el error del alto rey. Atenea vio a Ulises triste, de pie junto a su nave y le dijo que usara el cetro de Agamenón para reconducir a los hombres a la obediencia. Así lo hizo, y les prohibió que zarparan amenazándoles con que cualquiera que tomara en serio la broma de Agamenon e intentara partir, seria ejecutado como un desertor. Entonces convocó otra asamblea general, en la que recordó la profecía de Calcante sobre la serpiente y los gorriones, a la vez que mencionó el sueño divino de Agamenón.

            -Comamos un buen desayuno, camaradas -dijo-, y después atacaremos Troya, que está destinada     a caer. ¡Zeus todopoderoso nos lo ha prometido!

Un soldado raso llamado Tersites, el hombre más feo de todo el ejército (patizambo, jorobado y casi calvo), empezó a quejarse de los jefes griegos:

            -¿Por qué tenemos que quedarnos aquí y sufrir por un grupo de reyes avaros y cobardes? Fijaos en la manera mezquina con que Agamenón ha tratado a Aquiles: ¡todo lo que quiere es el botín y la gloria a costa de los demás! ¿Por qué no nos vamos a casa, como él nos ha sugerido, y le dejamos que haga solo esta guerra?

            Ulises se dirigió hacia Tersites y gritó:

            -¡Silencio, charlatán miserable! No permitiré que insultes a nuestro gran comandante en jefe.

            Entonces golpeó a Tersites con el pesado cetro dorado hasta que empezaron a caerle lágrimas por las mejillas.

            Tersites tenía la lengua tan sucia y tantos enemigos que todos los presentes vitorearon a Ulises estrepitosamente y, después de una buena comida de ternera asada y de copiosos tragos de rico vino de Lemnos, todo el ejército, excepto los mirmidones de Aquiles, formaron para la batalla. Los troyanos, que vigilaban desde las altas murallas, se pusieron rápidamente las armaduras, colocaron los arneses en los carros, abrieron las puertas de la ciudad y salieron para enfrentarse al ataque. A ambos lados de la llanura se levantaron grandes nubes de polvo que oscurecían el sol.



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