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EL ARTE OSCURO

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martes, 18 de mayo de 2010

Milagros de Nuestra Señora






El Diablo en «Los Milagros de Nuestra
Señora» de Gonzalo de Berceo
-


JUAN PEDRO RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ
BERCEO: BREVE INTRODUCCIÓN. TEOLOGÍA E INTENCIONALIDAD
DE SU OBRA
El riojano Gonzalo de Berceo (1195-1265) es el principal representante del
mester de clerecía, en un contexto de incipiente escolástica. Sin entrar en detalles
sobre su producción literaria y sobre su contexto, la principal intencionalidad de su
obra es catequética; así hace que sus ideas y teorías sean fáciles de entender y
asimilar. Para ello usa un lenguaje y explicaciones sencillas; en verdad, es un autor
culto y buen conocedor del dogma. Con la misma motivación, se expresa en
una lengua romance todavía balbuciente, a pesar de ser versado en el uso del latín
y, de hecho, muchas de sus obras son traducciones o interpretaciones de dicha
lengua, quedando frecuentemente en entredicho la originalidad de este clérigo
del monasterio de San Millán de Suso. Ese afán por hacerse entender lleva a que
muestre conceptos sencillos para no crear confusión; se acerca a la realidad
cotidiana y deja aparte los tecnicismos dogmáticos. En ese sentido, «Los iVIilagros
» no se pueden catalogar de tratado, sino como un texto de divulgación teológica
popular y para su lectura y representación pública. Con todo ello, busca
cercanía y complicidad con el auditorio e incluso introduce episodios humorísticos,
como el Milagro del clérigo embriagado en que la Virgen torea y patalea al Diablo,
que podrían implicar una representación teatral del Diablo que luego explicaré.
Esos triunfos de la Virgen sobre el Diablo, además de reforzar la figura de la Virgen,
debían agradar y divertir al auditorio. Con todo ello, busca fomentar la obediencia
religiosa y el reconocimiento del poder de la Iglesia; ese es el mismo fin de
los libros de horas, las esculturas en iglesias... a lo largo de toda la Edad Media.
En «Los Milagros», en concreto, busca la devoción por la Virgen y la promoción
de su culto.
Hay que tener en cuenta que en el siglo xii, estando ya superados los temores
de las corrientes milenaristas, se había generalizado la creencia en el Diablo;
todo está lleno de demonios, ángeles, santos... Esto lleva a la «terapéutica» sagrada
de reliquias, rezos, peregrinaciones... Por ello, en todos los sitios habría presencia
del Diablo para justificar esa terapéutica. A ello no es ajeno Berceo, que
también procede a esa instrumentalización del Diablo, que no sólo personifica el
mal, sino que está presente en todas las cosas negativas de la vida cotidiana. Papini
escribió hace medio siglo «también el Demonio forma parte del mundo sobrenatural
y cristiano». Está integrado en la Historia de la Salvación y en su economía
al ser el protagonista de la propaganda del miedo al infierno y todas sus connotaciones
morales, psicológicas, fisiológicas... Mediante su figura se busca inducir a
confesión, a no pecar, al rezo y a fomentar la devoción; se busca un verdadero
«shock» emotivo a través del miedo a la condenación. Por ello, Berceo se sirve de
su figura para incentivar el culto a la Virgen y levantar la piedad de los fieles y, hasta
cierto punto, aportar beneficios económicos derivados de dicho culto. También,
como luego pasaré a detallar, es usado contra judíos, musulmanes, herejes...
Todo ello enmarcado en una culpabilización y salvación individual, a pesar de la
demonización de esos colectivos. Por último, hay que matizar que la presencia del
Diablo en «Los Milagros» no es exclusiva, ya que aparece en el resto de obras de
Berceo, también como figura instrumentalizada.
EL DIABLO A LO LARGO DE LA NARRACIÓN
DE LOS MILAGROS ANÁLISIS
EN LOS DISTINTOS MILAGROS
Durante la narración son continuas las alusiones que encontraremos al Diablo,
con distintos nombres (Belcebú, Demonio, Diablo...); incluso, muchas veces,
sin nombrarle, se encuentra patente mediante la asociación de ideas Mal-Pecado-
Diablo; también al inspirar a las almas y arrastrarlas al pecado. Otras muchas
veces sí que aparece y actúa directamente, bien materializándose en la tierra, el
infierno o en el purgatorio. En otras ocasiones nos muestra a diablos menores; es
posible analizar el Diablo como individuo o como un colectivo o especie de seres
malignos intermedios. Ya sea de una u otra forma siempre busca personificar el
mal o algún rasgo que pueda estar relacionado, como la envidia, la mentira o el
robo.
Hay que tener en cuenta que, posiblemente, la obra era para representarla
ante un auditorio; por ello, cada vez que aparece el Diablo se podría realizar una
representación peculiar del mismo con gestos o disfraces. Es una imagen o representación
que no podemos conocer hoy en su integridad, pero su conocimiento
hubiese enriquecido cualquier trabajo sobre la materia y hubiese supuesto un
testimonio de primera importancia tanto desde el punto de vista folclórico como en
los aspectos propiamente escatológicos. Tenemos que prescindir por ello de esa
imagen.
En casi todos los milagros se repite la misma estructura:
1. Situación inicial no degradada.
2. Intervención externa negativa (Diablo) directa o indirecta (protagonista falla
en base al libre albedrío).
3. Situación degradada-Alejamiento de Dios.
4. Mediación de la Virgen, santos, ángeles...
5. Vuelta a situación inicial tras reparación del pecado; vuelta a la vida.
Milagro II
Aparece un monje bueno y beato que peca de fornicario; «El enemigo malo, de
Belcebú vicario que siempre fue y es de los buenos contrario tanto pudo bullir el
sutil adversario que al monje corrompió e hízolo fornicario». Portante, fruto de una
tentación llega a ese estado degradado a ojos de Dios. Según el texto, puede ser
por incitación de otro demonio menor o de otra persona en estado degradado; no
se puede deducir la directa intervención del Diablo en este Milagro.
Al fallecer en estado degradado rápido, son los demonios los que se adueñan
del alma y, a pesar de la oposición de varios ángeles, lo quieren llevar a un infierno
«de deleites vacio». A la mediación de la Virgen replica «un diablo sabldor, sutil
y muy certero»; Cristo le devuelve a la vida para hacer penitencia y muere en
santidad.
Milagro VI
Vemos un ladrón devoto al que intentan ahorcar por sus delitos, pero se salva
al sostenerle en el cadalso la Virgen. La importancia de este episodio radica en que
en el «Libro de Buen Amor» del Arcipreste de Hita hay un capítulo parecido, pero
a la inversa; es el Diablo quien sostiene a un ladrón hasta que se cansa de salvarle
una y otra vez y le deja morir ahorcado.
Milagro Vil
Nos muestra un monje descarriado que tiene de su barragana un hijo, lo cual
implica una crítica por parte de Gonzalo de Berceo hacia el clero concubinario. A
eso se suma que muere sin comulgar y por ello «le llevaron los diablos su alma a
la prisión». Ante la mediación de la Virgen y San Pedro vuelve para hacer penitencia
en vida. Es el propio San Pedro quien va donde los demonios «mal concejo
enconado» y recupera el alma.
Milagro VIII
Es un Milagro muy especial por la participación directa del Diablo. El protagonista
es un romero de Santiago que antes de salir a la romería «en lugar de hacer
vigilia yació con una amiga. No tomó penitencia como la ley obliga, metióse en el
camino con esta mala ortiga»; así queda en situación degradada y vulnerable al
Diablo. Éste se transforma en ángel verdadero y le hace creer que es el apóstol
Santiago; así le arrastra a mutilarse el miembro viril y luego a degollarse, agravando
la situación con el suicidio. Los diablos se apresuran a adueñarse del alma
del romero y al oponerse Santiago uno de ellos le contesta «Guiraldo (el romero)
hizo enemiga, mátese con su mano, debe ser juzgado de Judas por hermano, es
de todas maneras él nuestro parroquiano». La respuesta de Santiago es contundente
«Don traidor palabrero, no os puede vuestra charla valer en mal dinero trayendo
ía mí voz como falso vocero diste consejo malo, mataste a mi romero», responsabilizándolo
del suicidio. La Virgen, con su mediación, provoca que de nuevo
vuelva el alma del romero al cuerpo para cumplir penitencia «el engaño sufrido provecho
debía tener: al apóstol Santiago creía obedecer pues creyó que por eso podría
salvo ser; mas el engañador lo debe padecer».
Milagro X
Es de gran importancia por aparecer la figura del purgatorio; allí se encuentran
las almas de dos hermanos «a su hermano vio con otros pecadores, donde estaba
el mezquino en muy malos sudores; daba voces y gritos, lágrimas y clamores, había
gran abundancia de malos servidores». Da una descripción próxima al Infierno
«dábanle por pitanza no manzanas ni higos, sino humo de vinagre, heridas y pellizcos
». Por mediación de varios santos ante la Virgen, vuelve uno de los hermanos
a la vida para reparar sus fechorías. Hay que tener en cuenta que ninguna de
las almas de hombres que mueren sin pecado aparece en el purgatorio, sino ya directamente
ángeles los llevan al cielo normalmente sin «juicio previo».
Milagro XI
Ai morir un labrador avaro «en soga de demonios fue luego cautivado, lo
arrastraban con cuerdas, de coces bien sobado». Cuando un ángel dice que era
devoto de la Virgen; «Tan pronto como el nombre de la Santa Reina oyeron los demonios,
se apartaron aína; derramáronse todos como en una neblina»; así lo recogen
los ángeles y se llevan el alma.
Milagro XII
El protagonista es un mal prior, pero fiel a la Virgen y por ello «teníale el demonio
gran despecho».
Milagros XVl/XVtl
Aunque no intervenga el Diablo, se produce cierta «demonización» de comportamiento
en cuanto al judío padre del protagonista de este Milagro. Como veremos
en el Milagro de Teófilo y explicaré posteriormente, en la Edad Media existía
la convicción de que tanto judíos, como musulmanes y herejes servían al
Diablo, aunque no fuera de forma consciente. Por eso, en este Milagro XVI, ante el
comportamiento agresivo del judío, que arroja a su hijo a un horno caliente por haber
comulgado, el texto dice «no sabía con su ira qué fiacer el endiablado; hacía
gestos malos como un endemoniado». En el Milagro XVIII se hace patente esa demonización
cuando habla de los judíos torturando un Cristo de cera; ese tipo de
historias son muy frecuentes como también detallaré.
Milagro XX
De gran importancia; en él se aparece el Diablo bajo diversas apariencias
que funden lo humano y lo animal de acuerdo con la tradición judeocristiana y los
modelos medievales. El protagonista es un clérigo embriagado ai cual «el demonio
lo quiso duramente espantar»; se convierte en león-perro y toro; luego analizaremos
el origen de esta imagen del Diablo. En este capítulo es ridiculizado el Diablo
al torearlo, burlarse de él y patearlo la Virgen. Así coincide con la imagen popular
que ridiculiza al Diablo; son habituales hasta los casos en que los mortales le llegan
a engañar e incluso sale maltratado en las narraciones medievales.
Milagro XXI
Hace referencia al famoso pacto con el Diablo de Teófilo, tema muy extendido:
«Socorriste a Teófilo que era desesperado, el que hizo con su sangre carta con el
pecado, por él tu buen consejo quedó reconciliado...». También muestra al Diablo
riendo por el embarazo de la priora.
Milagro XXIV
Trata de dos ladrones de una iglesia, siendo uno clérigo y el otro lego, de tal
manera que Berceo achaca su forma de actuar a que «guiábalos el diablo que es
el peor guión». El Milagro termina con la siguiente oración, que sigue denotando la
importancia de la Virgen como protectora ante el demonio; «líbranos del demonio,
de la su zancajada que tiende a nuestras almas siempre mala celada».
Milagro XXV; el caso de Teófilo
Es el más importante en cuanto a contenidos sobre el tema tratado, ya que da
detalles del pacto satánico. Hay que tener en cuenta que la de Teófilo es una historia
de gran difusión y que será modelo de posteriores narraciones sobre pactos
satánicos. En Berceo se puede estudiar como un proceso muy completo:
1. Situación inicial de estabilidad y devoción de Teófilo.
2. Estado de carencia-degradación a la muerte del obispo y llegada de uno
nuevo; sufre una transgresión como Caín, antítesis del comportamiento
de Job.
3. Aparece un mediador negativo que es un «mal judío» (de nuevo la demonización
racial-religiosa).
4. Reunión-pacto con el Demonio; es un detallado pacto feudal de cambio de
señor.
5. Recupera la posición ventajosa al restablecerse su status personal; sin
embargo, a ojos de Dios, está degradado moralmente y supone que a su
muerte sea propiedad del Diablo.
6. Situación de arrepentimiento; comienza proceso inverso.
7. Devoción por la Virgen: supone su mediación y acercamiento a Cristo; actividad
mediadora.
8. Así se recupera su alma, incluyendo la recuperación de la prueba material
del pacto y de nuevo se vuelve, tras penitencia y confesión pública, a la situación
Inicial de estabilidad y devoción.
CARACTERÍSTICAS DEL DIABLO EN «LOS MILAGROS»
En el Diablo que nos muestra no queda nada de su etapa de ángel, antes de la
condenación. Si bien para los renacentistas es una «superstición medieval», en la
Edad Media es visto como algo habitual, al igual que la Virgen o los santos, fruto
de esa convivencia del hombre medieval con el más allá; es constante la presencia
del otro mundo, ambos en continua comunicación. El Diablo está integrado en esa
visión mágica del universo; es un Diablo muy racionalizado, real y físico, como también
lo es la imagen que tienen del infierno, imagen más terrible a partir del siglo
XIV. Fruto de esa habitualidader] la vida cotidiana del Diablo, que se refleja en «Los
Milagros», se nos muestra un Diablo muy activo e intervencionista; no espera a la
muerte de las personas o al juicio final. Ese activismo del Diablo y de lo demoníaco
hace necesario asociarse a la Virgen, santos... y da sentido a su mediación y
protección. Berceo no nos lo muestra como rival de Cristo, sino como antagónico
de la Virgen, a la cual teme. Hay que tener en cuenta que la Virgen es el amor restaurador
y, en cambio, el Diablo es el rencor, la oscuridad y la envidia; también
teme a Cristo; esto se ve en la indicación a Teófilo de no santiguarse.
Berceo recurre a los dos tipos de diablos medievales; por una parte el temible
que personifica el mal y viene de la tradición judeo-bíblica; por otra el popular, que
se verá en las narraciones de sus visitas a monjes (que muchas veces le engañan),
en las diablerías de Cataluña o mascaradas de Francia. Berceo usa muchos
nombres para designarle, sobre todo Diablo o Demonio. También «enemigo»,
«mal caudillo», «animal»... Se puede dar cierta confusión en cuanto a que muchas
veces, por su proximidad y activismo, se muestra como un ser intermedio o monstruoso,
lo cual le acerca a la vertiente más popular del Diablo.
Aparece como supremo castigador. En un sentido estricto, ese sería su oficio;
no puede condenar aunque si tentar y, llegado el caso, castigar. Eso sí, hay que tener
cuidado con esta afirmación, ya que la propia Virgen en algún Milagro se
muestra castigadora; así la vemos en el de la casulla de San Ildefonso, con los ladrones
del templo, con los asesinos dentro de una iglesia... Por ello, además de
castigar y torturar, ya sea directamente o a través de otros demonios menores que
le rodean, aparece con la funcionalidad de carcelero, visión que reforzará Abelardo
(1079-1142). De este tipo de atributos son «testigos» las frecuentes narraciones
de «viajes» o «visiones» del infierno. Con todo ello ejemplifica la justicia divina.
En verdad, la gran función del Diablo, y que justifica su instrumentalización, es
la de ser tentador. Es una facultad que Dios le consiente. Hay que tener en cuenta
que el hombre sucumbe a sus tentaciones fruto del libre albedrío de que disfruta;
el Diablo hace surgir sentimientos negativos (pesimismo, envidia, orgullo) con la
finalidad de romper la conexión Dios-hombre; ya lo hizo en el Pecado Original. Pretende
arrastrar al hombre en su ruina y le tiene envidia por su status, siendo su único
consuelo verle condenado y torturarle. La visión del Diablo como sirviente de
Dios para tentarnos y que así distingamos entre pecado y virtud viene sobre todo
desde Máximo el Confesor (580-662) y Juan Damasceno (675-749); hay que tener
en cuenta, que bajo esa facultad de tentador, llega a acosar a Cristo. Inocencio 111
dice en el IV Concilio de Letrán (1215-6) «el hombre pecó por sugestión del Diablo
». Como luego explicaré, tendría cierto derecho a tentarnos en la tierra, siendo
ésta un campo de batalla en que somos soldados de Cristo acosados por los
diablos a través del pecado, como defienden Juan Casiano (350-432) y Gregorio
Magno (540-604). Cuando resistimos salimos reforzados; es por ello que Dios le
consiente que acose a los santos, ya que sabe que resistirán y así saldrán reforzados
en la fe. Hay que tener en cuenta que tras pecar, como se puede ver en los
Milagros, nos encontramos «in sorte diaboli»; es un derecho limitado y concedido
por Dios, y es por ello que actúe más sobre personas que han pecado y que por
ello ya pertenecen a su ámbito de influencia directa. Eso sí, sólo vemos en «Los
Milagros» personas asediadas por el Diablo (obsesi), pero no posesos (tan sólo
hace alguna acepción circunstancial a endemoniado).
Para ejecutar sus funciones de tentador se muestra muy persuasivo y astuto;
conoce bien la teología y por ello requiere pacto escrito, para no ser engañado
(como sucede en un peculiar tipo de narraciones burlescas medievales) y así
usar esos mecanismos en su favor. No duda en engañar, como al romero de
Santiago, al cual arrastra al segundo pecado de suicidarse. Así llega a parecer un
genio o demonio burlesco de tradición nórdica; para ello puede entenebrecer y confundir
la razón, además de esa capacidad de persuasión que estudió Santo Tomás
de Aquino (1225-1274). También se burla del pecado, como en el Milagro de la
abadesa embarazada. Se muestra como un fiscal o acusador; o bien usa otros demonios
menores, a modo de vicarios, para realizar tales funciones. Además, como
ya he comentado, es sayón o torturador, ejecutor de la justicia divina. Eso sí, en
momentos se le ve asustadizo, en la línea de la tradición popular medieval (que se
irá reforzando en los siglos xiv y xv); fruto de ello, le atemoriza la Virgen o incluso
el santiguarse (como en el Milagro de Teófilo).
En Berceo, su imagen sigue los modelos medievales en la línea de la difundida
imagen que nos da el cluniacense Glaber en el siglo xi; así, nos muestra un Diablo
en que destaca la fealdad, la negritud... nada queda de su pasado como ángel
en la corte de Dios, al igual que los otros demonios que le rodean. También se
muestra con rasgos de animal, entre la tradición judeocristiana y los dioses asociados
de los paganos. Destaca cuando aparece como león-perro y toro en el Milagro
del monje embriagado; es una asociación de la costumbre judeocristiana, de
una visión del Salmo XXII. A la vez, el tratamiento que le da la Virgen al torearle y
patearle en ese Milagro nos lleva al Diablo popular.
Tiene la capacidad de mostrarse encarnado en hombre y de usurpar otra figura
o personalidad; así lo hace cuando se presenta al romero de Santiago y le hace
creer que es el apóstol.
Los mecanismos de defensa frente al Diablo que se deducen de «Los Milagros
» son:
• No pecar; pecar facilita la actividad del Diablo y rompe la conexión hombre-
Dios, llevando a la condenación: así se evita la situación degradada que
haga vulnerable al hombre.
• La oración y símbolos externos del cristianismo; por ello el judío que lleva a
Teófilo ante el Diablo le recomienda no santiguarse. Juan de Carpathos en el
siglo VIII recomendaba la oración como arma invencible.
• Devoción por santos y la Virgen por su capacidad mediadora en el más
allá; de ahí la gran importancia de las peregrinaciones, ofrendas... Esa devoción,
como vemos una y otra vez en «Los Milagros», tiene su compensación;
a mayor devoción y manifestaciones externas de la misma, más eficaz
será la futura mediación de esas fuerzas sobrenaturales. Sirva de ejemplo la
mediación de Santiago por el romero que muere bajo su advocación realizando
el Camino de Santiago.
• La confesión; elimina el pecado realizado y renueva la conexión hombre-
Dios. No se puede olvidar que en el IViilagro del romero de Santiago el no
confesarse tras pecar supone su ruina y el acoso el Diablo.
Esos mecanismos son los mismos que en la actualidad siguen recomendando
los modernos exorcistas, como prevención a posibles ataques del Diablo.
PACTO CON EL DIABLO Y SUS SEGUIDORES
El Pacto con el Diablo tan sólo se puede apreciar en el Milagro de Teófilo, pero
de una manera bastante sistemática y completa. La historia del pacto de Teófilo tiene
su origen en el siglo vi y gozará de una gran difusión a lo largo de toda la Edad
Media, recogido de forma magistral por el francés Rutebeuf (muerto alrededor de
1285), que influirá en el mito de Fausto en Marlowe y Goethe; en España, aprovechando
la escenografía barroca, en Lope de Vega («La gran columna fogosa»).
Calderón de la Barca («El mágico prodigioso») y Amescua («El esclavo del Demonio
»). También aparece este tema del pacto con el Diablo en la Edad Media española
en el Arcipreste de Hita, en Alfonso X, en Juan Gil de Zamora...
Es un tipo de pacto medieval-feudal que lleva a cambio vasallático; implica renuncia
a un señor por otro. Esa misma visión se da en Dios respecto a Adán y Eva,
que reciben en feudo el Paraíso y tras el Pecado Original se rompe ese orden; les
supone el exilio y la falta de protección. Del mismo modo, ese vínculo vasallático se
ve en Noé y en el Sinaí. Tras la Encarnación y Pasión de Cristo se renueva el pacto
vasallático; los lazos se establecen mediante el bautizo. También el Diablo con su
revuelta contra Dios y el orden perdió el lazo y quedó sin la protección de Dios, condenado
al exilio en el infierno. Berceo, a través del Milagro de Teófilo, da gran importancia
al pacto en el sentido material, a la prueba que guarda el Diablo de dicho
pacto; se ve en la preocupación por tenerlo el Diablo de cara a mostrarlo como
prueba de su derecho a poseer el alma de Teófilo y de ahí el cuidado de la Virgen
por recuperar dicha prueba material. La creencia en ese pacto material se refuerza
en el siglo xii y evita la imagen medieval del Diablo engañado por humanos. Esos
pactos y las cartas del Diablo llegarán a configurar un género literario en la Edad
Media y Moderna, muchas veces a modo de protesta social. Otras veces habrá falsificaciones
para procesar a brujas y se alegarán como pruebas en sus procesos,
incluso aportando las supuestas firmas del Diablo.
Con respecto a los seguidores del Diablo, en «Los Milagros» no aparece ninguna
reunión o aquelarre; eso será más a fines de (a Edad Media. Por ello, no existe
el satanismo en forma de culto al Demonio como religión sistematizada. Eso sí,
Berceo equipara esto a los malos(al asesino, suicida, ladrón...) o a quien practica
brujería, como el judío del Milagro de Teófilo. A ellos, junto a los demonios menores
y condenados, los llama Berceo «parroquianos». Aparece como gran seguidor
a destacar precisamente el judío de ese Milagro, que se comporta como verdadero
intermediario Teófilo-Diablo que le lleva futuros siervos.
En cuanto a los seguidores del Diablo hay fuertes connotaciones antijudías en Berceo;
a lo largo de la Edad Media se tiene por servidores a los herejes, judíos y musulmanes
(se llega a llamar Mahoma al Diablo), aunque no sean conscientes de ello (las
brujas sí lo serían). Esos matices de demonización del judaismo y de marcado antisemitismo
se ven en los Milagros de Teófilo (el intermediario Diablo-Teófilo es un brujo judío),
los judíos de Toledo (tienen una escultura de un Cristo para crucificar) y el judío
que arroja a su hijo a un horno por comulgar... Ese tipo de historias son muy comunes
en la Edad Media europea y se materializarán en todo tipo de literatura, desde refraneros
a escritos de propaganda antisemita; se producirán procesos contra judíos,
como el del Niño de la Guardia, que se alimentan de esas creencias y que tendrán continuidad
hasta casi nuestros días a través del mito del contubernio judeomasónico. Incluso
esa demonización del judaismo lleva a que al Diablo se le represente con los rasgos
con los cuales se estereotipa al judío; narices largas y ganchudas.
HABITAT Y CORTE DEL DIABLO
En «Los Milagros» al Diablo se le ve actuar tanto en el infierno y purgatorio,
como en la tierra; no permanece impasible esperando en el infierno, como expuse
en lo referente a su activismo. El único sitio donde no puede actuar es en el cielo;
sólo de allí está exiliado.
En la tierra son propicios para su intervención la noche y la oscuridad (se ve en
el Milagro de Teófilo) e incitan a ello el pecado y los sentimientos negativos de las
personas. También tiene facilidad para aparecer en descampado o en un camino
(como al romero de Santiago); era una creencia generalizada, que ya viene de
Egipto y de la tradición judeocrlstiana, el que hay sitios propicios para que se
manifieste y que hacen más vulnerable al humano a ser atacado (obsesi) o tentado,
como se puede ver en el hecho de que tienta a Cristo en el desierto; entre esos
sitios, además del desierto o los caminos, podrían estar los templos abandonados
O paganos y ciudades. Hay que tener en cuenta que en la tierra tiene derecho a
tentar e incitar a hacer el mal; como ya he mencionado, la visión medieval consiste
en que tras la traición que le supone a Dios el fallo de Adán y Eva la tierra está
en manos del Diablo, siendo plano de su lucha contra nosotros como soldados de
Cristo que debemos resistir a las tentaciones; en el siglo xii la Escuela de Laon
mantiene que tiene derecho sobre la humanidad, y Dios respeta ese derecho. En
verdad, está patente la idea agustiniana de la humanidad entregada a las tentaciones
del Diablo y la división del mundo en dos planos (en época de Berceo es todavía
muy incipiente la idea del purgatorio); en el plano bajo queda el Diablo con
sus demonios y los condenados. En cambio, Abelardo defiende que sólo tiene poder
sobre injustos y es usado como carcelero. En cualquier caso, esta actuación
del Diablo, demonios, santos, Virgen... es cosa habitual en la Edad Media; todo se
ve lleno de esos seres que están integrados en el cosmos y en el orden de las cosas
y actúan continuamente en la vida cotidiana. A la intervención de los seres maléficos
se achaca lo negativo como las enfermedades y todo tipo de desgracias; los
beneficios también vienen de la intervención de seres. En ese sentido, en la tierra,
igual que en el cielo, infierno y purgatorio, se dan pugnas entre esos seres y así se
da sentido al culto y labor que se les asigna de mediación; no sólo son las luchas
espirituales que estudian los teólogos, sino que son muy físicas y por ello son representados
como verdaderos guerreros; también en las guerras terrenales entre
ejércitos de mortales intervienen ayudando a uno u otro bando, concepto que
nos introduce en la guerra santa y en la guerra justa. En cualquier caso, en «Los
Milagros» sí que podemos apreciar pugnas, más bien dialécticas entre fuerzas sobrenaturales
del mal y del bien, normalmente disputando por el derecho a obtener
las almas de los mortales.
Con respecto al infierno y al purgatorio, Berceo nos los presenta muy parecidos
en sus descripciones, como sitios de castigo, fuego, dolor... A través de ellos busca
un verdadero «shock» que refuerce el acercamiento a la Iglesia y fomentar las diferentes
formas de piedad. A lo largo de la Edad Media destacan, como género literario,
las visiones y visitas con descripciones a estos lugares, género que culminará
con el triunfo poético de Dante. Berceo nos presenta, tanto en el purgatorio
como en el infierno, cómo se castiga y hace énfasis en el dolor tanto físico como espiritual
que provoca el fuego; el purgatorio puede tener un sentido purificador de
preparar para la inmortalidad, como si fuera un periodo de adaptación. Berceo
nos cuenta que, además de los demonios menores, el infierno lo habitan «parroquianos
».
El purgatorio aparece solo una vez, en el Milagro de los dos hermanos (llama
la atención que ambos estén allí por pecados capitales), y con caracterización similar
ai infierno. Precisamente, en ese mismo IVlilagro, es la única ocasión en
que aparece el juicio inmediato; en los demás se pasa directamente al cielo o al infierno
al apoderarse de ellos los ángeles o demonios, según les corresponda.
Hay que tener en cuenta que ese «juicio inmediato» será a partir de la peste de
1348 cuando se generalice. En cuanto al purgatorio, esta es una de las primeras
veces que aparece en romance; ese purgatorio es para expiar los pecados, pero el
mecanismo habitual en los IVIilagros es volver a la vida y ahí reparar los pecados
cometidos anteriormente, y rectificar el comportamiento. Según Le Goff, el purgatorio
es uno de los grandes descubrimientos que nos aporta la Edad Media; el verdadero
padre del purgatorio es San Agustín (354-430). En el siglo xii, con la incipiente
escolástica y su búsqueda de sistematizar la teología se empieza a
desarrollar el concepto; será en el siglo xiii cuando quede fijado en la Iglesia latina
en formulaciones oficiales. El auge de este concepto, en cuya extensión serán decisivas
las órdenes mendicantes, llevará a su creciente complejidad y detallismo
como construcción realmente sistematizada, descrito en diferentes visiones y viajes
tanto al purgatorio como al infierno. En cambio, su existencia es negada por la
Iglesia griega y mayoritariamente por las distintas herejías
También, a través de «Los Milagros», nos presenta rasgos sobre la corte
del Diablo; nos la presenta con aspecto feudal, reproduciendo la mentalidad del siglo
XIII, como proyección de lo cotidiano. Es una jerarquía dictatorial invertida; el
más perverso es el que domina. Es como el señor feudal del infierno con sus ángeles-
demonios caídos y con todos los condenados-seguidores alrededor. Así,
cuando pecó contra Dios, su señor, quedó desterrado; en el infierno crea su propio
feudo y corte, donde queda como un rey o príncipe («Príncipe de Smirna»).
Por ello se ve en las descripciones del infierno y purgatorio a lo largo de los diferentes
Milagros a sus demonios realizando los trabajos de torturar; otros aparecen
con la función de adueñarse de las almas de los condenados y trasladarlos a uno
de esos sitios, quedando equiparados a diferentes oficios medievales, como puedan
ser sayones o adelantados. También se ve un demonio con función de juezportavoz;
la creencia popular le denomina Belial («procurator nequitcae infernaíis
»), pero Berceo le denomina «vozero»; «de la otra parte recudió el vozero, un
sabidor diablo, sotil e muy puntero».
Hay que tener en cuenta que incluso se tenía la creencia generalizada de que
el Diablo tenía una familia; por ejemplo, que los pecados capitales eran sus hijos,
de lo cual no hay rastro en «Los Milagros». A lo que sí se refiere es a la organización
de los demonios como concejo municipal medieval; «tornó a los diablos,
consejo encarnado». Otro rasgo destacable que podemos deducir es que esa
corte-concejo tiene cierta movilidad, apareciendo en el Milagro de Teófilo en una
tienda para recibir su pacto. Respecto a esto no hay ninguna confusión; los describe
como demonios-corte y no como una reunión de seguidores alrededor del
propio Diablo, que es como se caracteriza un aquelarre. También se refiere Berceo
a un conjunto de demonios como mesnada; igual hace con un grupo de ángeles,
usando ahora la dialéctica medieval en su vertiente más militar, relacionada con las
luchas en los diferentes planos, como ya he explicado.
Hay que matizar que tanto esta corte de demonios como los sirvientes, adoradores
y condenados están degradados a ojos de Dios; son pecadores arrastrados
por el pecado. Esa proliferación de demonios menores y seres
intermed¡os(santos, ángeles) se explica por la asimilación de muchos demonios,
dioses, semidiosas, espíritus... de la tradición pagana, sobre todo nórdica; así, se
llena todo de seres intermedios más cercanos a nuestra vivencia y más habituales.
Sobre todo, se da esta asimilación a principios de la Edad Media; luego la Iglesia
frena esa asimilación masiva de cultos de origen pagano, quedando configurado el
santoral con la «Leyenda Dorada» de Jacobo de Vorágine, una vez que todo ya ha
quedado lleno de esos seres, la mayoría «exportados» de tradiciones ajenas a la
tradición cristiana y ahora readaptadas e integradas; así ocupan todos los aspectos
de las vivencias del hombre medieval, desde los más grandiosos hasta los
más minúsculos y cotidianos.

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BIBLIOGRAFÍA
Versión recomendada de «Los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo»; la usada
para la elaboración de este estudio, publicada por Edicomunicación (Barcelona, 1992) con edición y notas
de Jorge Garza Castillo, y prólogo de Francesc-Lluís Cardona
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