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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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lunes, 3 de enero de 2011

La Dama del Cementerio.

La Dama del Cementerio.


La taberna presentaba un aspecto acogedor, ambientada con un gran fuego que había caldeado la sala y que, junto con el alcohol que se consumía, ayudaba a los clientes a sentir una sensación agradable. Pero a aquella hora de la noche, el bullicio casi había desaparecido, pues a pesar de que todas las mesas estaban ocupadas, cada grupo de personas conversaban susurrando mientras iban apurando sus bebidas. Aquellas gentes de campo vestían sencillamente, cosa que les asimilaba a la modesta taberna. La planta baja consistía en un enorme comedor con unas treinta mesas redondas de madera, distribuidas sin gracia y con cuatro viejas sillas cada una; y al fondo de la sala, un gastado y descolorido mostrador era atendido por el mozo, que guardaba tras de sí una variada gama de botellas. El local disponía también de un sótano donde se almacenaban las reservas de la casa, todas en enormes toneles de madera caduca reposando año tras año en la oscuridad. El piso de arriba constituía la vivienda de los que regentaban la posada, y disponía además de seis habitaciones que se alquilaban.
En conjunto, la espartana taberna ofrecía un panorama pintoresco a la vez que anticuado, siempre con los mismos muebles, el mismo servicio, el mismo ambiente, las mismas charlas y risotadas a media tarde y, ahora, por la noche, los mismos susurros de los clientes acompañados por el crepitar del fuego.
Y en medio de todo este conjunto, aislado en una mesa y tragándose ya el sexto vaso de vino, se encontraba el joven Gastón de Lavigni. Con una mirada vidriosa contemplaba los rostros de todos aquellos que le rodeaban, al mismo tiempo que bebía... para olvidar. Gastón provenía de una adinerada familia aristocrática influyente en París, vivía en una enorme mansión, se había codeado con las más altas jerarquías sociales y estaba prometido a la hermosa condesa de Montre-Saint. Cualquiera hubiese dicho que el joven era feliz, pero cuánto se habría equivocado. No, no conocía la felicidad, ni siquiera la gran fortuna que tenía se la había otorgado. Y todo por haberse enamorado de quien no debía, de una joven camarera que conoció en un café parisino. Evidentemente sus padres no aceptaron aquella relación, a aquella chica de clase baja procedente de una modesta familia. Padres e hijo se discutieron violentamente y Gastón decidió romper con su programada vida, con aquella vida llena de fiestas falsas, de sonrisas hipócritas, de amistades interesadas... y se marchó. Por eso se encontraba ahora en aquella miserable taberna, situada en una remota comarca rural de Francia de la que ni siquiera recordaba su nombre.
El joven, deseoso de olvidar por unos momentos todos aquellos dolorosos pensamientos, engulló otro vaso de vino y, tragándose con éste sus lágrimas, prestó atención a la conversación que se iniciaba en la mesa de al lado.
- Os lo aseguro, amigos - susurraba un viejo desdentado a sus tres compañeros - ayer la volvieron a ver; la Dama del Cementerio salió de nuevo para realizar su baile. Un viajero que estaba de paso me lo contó. Y por su rostro aterrorizado, os digo que no mentía. Afortunadamente para él, hoy mismo ha abandonado la región. Es todo un logro que haya tenido tanta fuerza de voluntad.
Gastón se levantó, y medio tambaleándose se acercó a la mesa; la charla cesó inmediatamente y todos le miraron con atención.
- Perdón, caballeros, pero no he podido evitar oír lo que estaban contando, y me apetece escuchar una de esas leyendas locales que abundan aquí. ¿Quién es esa Dama del Cementerio?.
El viejo desdentado inspeccionó atentamente a Gastón, y tras unos segundos, le invitó a sentarse.
- Muy bien, escuche si quiere, pero no se trata de una leyenda, sino de un hecho real que traspasa la barrera de lo sobrenatural y que le helará la sangre.
Gastón, abrumado por las palabras del viejo y por la considerable cantidad de alcohol que llevaba en el cuerpo, se acomodó al lado de los cuatro hombres y pagó una botella de vino para que la conversación no se apagara. El viejo prosiguió.
- Pues bien, joven, debe saber que hace mucho tiempo vivió en esta comarca una hermosa y alegre muchacha a quien todos querían. Con su bondad y amor se había ganado el cariño de todos aquellos que la rodeaban, pues sólo con verla la alegría le llenaba a uno el corazón y se desvanecían todas las preocupaciones. Qué hermosa era, cómo correteaba por los prados, con una preciosa sonrisa que nunca se borraba de su cara; con cuanta amabilidad trataba a los demás - el viejo hizo una pausa y bebió - Pero por desgracia, la vida es a veces injusta hasta con los más inocentes. Una terrible enfermedad se apoderó de ella, y ni los esfuerzos de los mejores médicos pudieron salvarla. Iba languideciendo día a día, iba muriendo poco a poco, hasta que por fin jamás despertó. La enterraron en el cementerio de esta comarca, pasado el bosque. Y es aquí donde empieza lo inexplicable. Tan hermosa y buena había sido, que incluso la Muerte se apiadó de ella; un ser tan precioso y perfecto no debía quedarse para siempre bajo tierra, y por eso, cada noche, se le permite salir al exterior y ronda por el cementerio, cantando, bailando... recordando una vida que antes llevó pero a la que nunca volverá.
- Bueno - interrumpió Gastón - si de verdad es tan bella, mandádmela a la habitación cuando la veáis.
Empezó a reírse sonoramente, pero pronto se detuvo. El viejo y sus acompañantes lo miraban con expresión severa, como si estuvieran profundamente ofendidos por la chistosa impertinencia del muchacho.
- Escúcheme bien - dijo el viejo elevando la voz - no se atreva a burlarse de lo que no conoce, porque en la vida no sólo existe aquello tangible y material que usted puede ver y tocar, sino que a menudo nos rodean unos misterios inexplicables que nada tienen que ver con este mundo. Y ahora deberá perdonarnos; es tarde y tenemos que marchar.
Gastón se quedó solo de nuevo; estaba demasiado cansado para seguir pensando en la historia del anciano, y se retiró a su habitación para descansar. Aquella noche durmió profundamente.
A la mañana siguiente, se despertó con un ligero dolor de cabeza. Observó por la ventana el precioso día que había amanecido y decidió que daría un largo paseo. Así pues, envolvió su camisa de seda con una larga y elegante capa negra, se puso el sombrero de copa y los guantes y bajó por las escaleras al comedor de la taberna. Se encontró con la hija de los posaderos, una atractiva joven que le dedicó una larga mirada y una sonrisa. Era fácil para Gastón ganarse los favores de las muchachas. Era un joven apuesto de 27 años, vestido siempre con suma elegancia y dotado de una corpulencia considerable. Por un instante pensó en devolverle la sonrisa a la chica, pero a su memoria volvieron los amargos recuerdos de aquella camarera de París; no, no volvería a enamorarse, así que bajó la vista y salió al exterior. Los rayos del sol le bañaron al instante; una fresca brisa golpeó su cara, e inició el paseo por el estrecho camino de arena acompañado por el trinar de los pájaros. Tras una hora de marcha se cansó del monótono paisaje, así que se decidió a atravesar el bosque. Allí dentro, entre los espesos árboles, la temperatura era más baja, había menos luz y se respiraba una mayor humedad. Siguió caminando, pensando en sus cosas, hasta que finalmente salió del bosque y se topó con una gran puerta enrejada.
Había llegado hasta el cementerio.
Contempló la verja durante un par de minutos, y recordando inconscientemente la historia contada por el viejo, se decidió a entrar. Aquel lugar de reposo tenía un aspecto apacible; había un hermoso jardín muy bien cuidado, con unos grandes rosales frescos de un rojo intenso; los pájaros revoloteaban el cementerio, y el viento movía acompasadamente las largas hileras de abetos y chopos, mudos guardianes del santo lugar. Gastón paseó largamente por aquellos jardines, y en un recodo de mullida hierba, se tumbó. Qué bien le sentaba aquel tibio calor del sol combinado con la suave brisa. Cerró los ojos para pensar, y sin darse cuenta se durmió arrullado por el viento y los pájaros.
El frío le despertó. Lo primero que vio cuando abrió los ojos fue el oscuro cielo estrellado, adornado con una blanca y enorme luna llena. Vaya, había permanecido dormido casi todo el día y la noche le había sorprendido. Pese al frío siguió tumbado unos minutos más. El viento había aumentado en intensidad; su lastimero susurro recorría ahora todos los rincones del cementerio, al mismo tiempo que los árboles se movían a un lado y a otro al unísono, juntos, incapaces de quebrantar el monótono ritmo que la naturaleza les había impuesto. Gastón decidió que ya era hora de levantarse y volver a la taberna, pero entonces algo le detuvo; había oído un suave sonido, una dulce melodía que apenas era audible. Sin levantarse, se tumbó boca abajo y observó la oscuridad. Sí, ahora lo oía más claramente. Se trataba de una música, una música que nunca antes había escuchado, dulce y acogedora en demasía, sobrenatural, hipnótica, triste, que más parecía un lamento que una melodía realizada por algún instrumento banal.
El muchacho permaneció en el suelo a la vez que una extraña sensación se apoderaba de él, una mezcla de pasión y temor que juntas constituían un deseo de quedarse irresistible. Y allí, penetrando la oscuridad con su mirada, buscando desesperadamente aquello insólito que esperaba encontrar, la vio por fin. Gastón se frotó los ojos varias veces, pero aquello no era una ilusión. Dios santo, la figura que tenía ante sí era la mismísima Dama del Cementerio; así que era cierto, no se trataba de una mera leyenda para los corazones cobardes, no... ¡vivía! ¡Vivía por algún extraño capricho de las fuerzas ocultas, de un mundo de tinieblas al que ningún mortal podía acceder! Gastón permanecía inmóvil ante la fascinante visión. Se trataba de una chica extremadamente bella, una diosa hipnotizadora que atraía sin remedio al estúpido robado. Unos largos cabellos pelirrojos que le llegaban hasta la cintura flotaban en el aire mientras ella danzaba y danzaba, giraba y giraba, reía y reía... Su palidez sobrenatural contrastaba con la negra noche, sus finos rasgos faciales desgarraban con un brillo intenso los ojos de Gastón que, entrado en trance, se consumía en una vorágine de placer y terror, de locura y cordura... Cómo bailaba. Su largo vestido de blanco satén dejaba entrever un cuerpo perfecto, un cuerpo que nunca estuvo destinado a los hombres, que incluso a la Muerte había prendado. Y la música aumentaba, el ritmo se aceleraba, y el baile se convirtió en una espasmódica danza, donde ella se fundía por entre las lápidas, por entre las cruces, toda blanca, iluminando la noche que retrocedía por donde ella pasaba. Santo cielo, los límites de la cordura, las reglas de la vida... nada se respetaba dentro de aquel cementerio, donde la fantasía se mezclaba con la realidad. Y allí, jadeando, sudando, con el corazón desbocado, Gastón se convulsionaba de forma enfermiza, observando aquel impío baile, aquel macabro capricho de la Muerte, aquel espectáculo bello y a la vez grotesco que nunca debió presenciar.
Y de pronto todo desapareció; la noche volvió a reinar en el cementerio y el silencio se dejó oír con su pesada calma. Gastón seguía mirando a la nada, crispado, inmóvil. Pasaron varios minutos antes de que pudiera reaccionar, y lo hizo con un apagado grito mientras realizaba verdaderos esfuerzos para respirar. Se levantó precipitadamente para huir de aquel lugar, y al dar la media vuelta, se topó con el viejo desdentado, que lo agarró firmemente.
- Esto que ha visto no es para usted; ella pertenece al mundo de los muertos. Váyase o lo lamentará.
Gastón jadeaba y temblaba, tenía que marcharse, y con el brazo empujó al anciano e inició una desbocada carrera, una carrera infernal entre los árboles y arbustos del bosque, tropezando, cayendo, rasgándose...
- ¡Escúcheme - gritó el viejo - debe marcharse! ¡Si no lo hace le convertirá en su amante eterno! ¡Márchese o nadie podrá ayudarle!
Pero el joven no oía ya las palabras del anciano, y como un demente llegó a su habitación de la posada, sudando y con el rostro desencajado. Se sentó para tomar aliento. No podía ser... no... aquello que había visto no podía ser real; pero sabía que lo era, porque su corazón se lo advertía. Dios... aquella chica... tenía que ser suya. Ahora que la había visto debía apoderarse de ella, llevársela... El recuerdo del baile le atormentaba, y la imagen de ella estaba ahora en su cerebro, como un sueño, como una sombra... Sí, tenía que ser suya al precio que fuera... al que fuera.
No pudo dormir en lo que quedaba de noche. Sólo a veces cerraba los ojos durante algunos minutos, pero entonces veía a la Dama del cementerio que se acercaba a él, le llamaba, le solicitaba como su amante... y Gastón se despertaba gritando. Durante todo el día no bajó al comedor, y esperaba impaciente a que volviese la noche para ir en busca de su amor.
Al fin la oscuridad llegó de nuevo. Como una sombra, salió de la posada y se dirigió al lugar maldito. Entró en el cementerio y esperó en el mismo lugar que la noche anterior, con unas apagadas risotadas que denotaban el fin de su cordura. No tuvo que esperar mucho; de nuevo sonó la música y ella apareció, más bella que nunca, más blanca, más brillante, resplandeciendo con una palidez mortal, con sus risas y sus giros... y Gastón se levantó. Hipnotizado avanzó hacia ella, incapaz de hablar, incapaz de detenerse, sin voluntad... La Dama lo vio y se detuvo; cesó la música y el baile. Sólo el silencio reinaba ahora, y Gastón seguía avanzando; alargó la mano para tocarla, pero entonces se detuvo. Ella ya no reía, lloraba, lloraba amargamente... y algo despertó a Gastón de su trance. Miró al suelo y... y gritó como nunca lo había hecho antes ¡Decenas de manos descarnadas le habían agarrado los pies y tobillos, las piernas... y tiraban de él de una forma brutal, clavando los huesudos dedos en sus carnes, perforándolo, produciendo un dolor inhumano imposible de resistir. Y Gastón se hundía en el suelo, era arrastrado bajo tierra por los muertos que no perdonaban su impertinencia, el intento de llevarse a su reina blanca y resplandeciente, y Gastón se acercaba cada vez más hacia la morada maldita de la Muerte. Sus desgarradores gritos llenaron la noche y un búho levantó el vuelo asustado. Gastón se agarraba a la tierra en un último intento por no ser engullido, babeando y chillando de terror, rasgándose los dedos, partiéndose las uñas, mientras la Dama del cementerio permanecía inmóvil, llorando y mirando al desdichado joven. Y así, sin nadie que atendiese sus horrendos chillidos de terror, Gastón fue devorado y tragado por la tierra, y lo último en desaparecer fue su mano crispada y desgarrada, que moviéndose frenéticamente intentaba aferrarse a algún asidero que le salvase del olvido.
A partir de entonces, con la desaparición de aquel chico recién llegado, pocos eran los que se atrevían a cruzar el cementerio de noche. Pero los que lo hicieron, relataron una visión horrible: bajo la luna, una bella muchacha pelirroja, con un vestido blanco, danzaba y bailaba por el lugar acompañada de una dulce melodía; tras ella, un joven demacrado, con jirones de ropa que reflejaban vestigios de una vestimenta elegante, la seguía gimiendo, con una huesuda mano tendida hacia adelante, intentando alcanzar lo inalcanzable, intentando conseguir el amor de la Dama del Cementerio.

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