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EL ARTE OSCURO

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lunes, 4 de abril de 2011

John William Polidori - El Vampiro






John William Polidori - El Vampiro




     Sucedió en medio de las disipaciones de un duro invierno en Londres.
     Apareció en diversas fiestas de los personajes más importantes de la vida
     nocturna y diurna de la capital inglesa, un noble, más notable por sus
     peculiaridades que por su rango.
     Miraba a su alrededor como si no participara de las diversiones generales.
     Aparentemente, sólo atraían su atención las risas de los demás, como si
     pudiera acallarlas a su voluntad y amedrentar aquellos pechos donde
     reinaba la alegría y la despreocupación.
     Los que experimentaban esta sensación de temor no sabían explicar cual era
     su causa. Algunos la atribuían a la mirada gris y fija, que penetraba
     hasta lo más hondo de una conciencia, hasta lo más profundo de un corazón.
     Aunque lo cierto era que la mirada sólo recaía sobre una mejilla con un
     rayo de plomo que pesaba sobre la piel que no lograba atravesar.
     Sus rarezas provocaban una serie de invitaciones a las principales
     mansiones de la capital. Todos deseaban verle, y quienes se hallaban
     acostumbrados a la excitación violenta, y experimentaban el peso del
     "ennui", estaban sumamente contentos de tener algo ante ellos capaz de
     atraer su atención de manera intensa.
     A pesar del matiz mortal de su semblante, que jamás se coloreaba con un
     tinte rosado ni por modestia ni por la fuerte emoción de la pasión, pese a
     que sus facciones y su perfil fuesen bellos, muchas damas que andaban
     siempre en busca de notoriedad trataban de conquistar sus atenciones y
     conseguir al menos algunas señales de afecto. Lady Mercer, que había sido
     la burla de todos los monstruos arrastrados a sus aposentos particulares
     después de su casamiento, se interpuso en su paso, e hizo cuanto pudo para
     llamar su atención... pero en vano. Cuando la joven se hallaba ante él,
     aunque los ojos del misterioso personaje parecían fijos en ella, no
     parecían darse cuenta de su presencia. Incluso su imprudencia parecía
     pasar desapercibida a los ojos del caballero, por lo que, cansada de su
     fracaso, abandonó la lucha.
     Mas aunque las vulgares adúlteras no lograron influir en la dirección de
     aquella mirada, el noble no era indiferente al bello sexo, si bien era tal
     la cautela con que se dirigía tanto a la esposa virtuosa como a la hija
     inocente, que muy pocos sabían que hablase también con las mujeres.
     Sin embargo, pronto se ganó la fama de poseer una lengua meritoria. Y bien
     fuese porque la misma superaba al temor que inspiraba aquel carácter tan
     singular, o porque las damas se quedaron perturbadas ante su aparente odio
     del vicio, el caballero no tardó en contar con admiradoras tanto entre las
     mujeres que se ufanaban de su sexo junto con sus virtudes domésticas, como
     entre las que las manchaban con sus vicios.
     Por la misma época, llegó a Londres un joven llamado Aubrey. Era huérfano,
     con una sola hermana que poseía una fortuna más que respetable, habiendo
     fallecido sus padres siendo él niño todavía.
     Abandonado a sí mismo por sus tutores, que pensaban que su deber sólo
     consistía en cuidar de su fortuna, en tanto descuidaban aspectos más
     importantes en manos de personas subalternas, Aubrey cultivó más su
     imaginación que su buen juicio. Por consiguiente, alimentaba los
     sentimientos románticos del honor y el candor, que diariamente arruinan a
     tantos jóvenes inocentes.
     Creía en la virtud y pensaba que el vicio lo consentía la Providencia sólo
     como un contraste de aquella, tal como se lee en las novelas. Pensaba que
     la desgracia de una casa consistía tan sólo en las vestimentas, que la
     mantenían cálida, aunque siempre quedaban mejor adaptadas a los ojos de un
     pintor gracias al desarreglo de sus pliegues y a los diversos manchones de
     pintura.
     Pensaba, en suma, que los sueños de los poetas eran las realidades de la
     existencia.
     Aubrey era guapo, sincero y rico. Por tales razones, tras su ingreso en
     los círculos alegres, le rodearon y atosigaron muchas mujeres, con
     hijastras casaderas, y muchas esposas en busca de pasatiempos
     extraconyugales. Las hijas y las esposas infieles pronto opinaron que era
     un joven de gran talento, gracias a sus brillantes ojos y a sus sensuales
     labios.
     Adherido al romance de su solitarias horas, Aubrey se sobresaltó al
     descubrir que, excepto en las llamas de las velas, que chisporroteaban no
     por la presencia de un duende sino por las corrientes de aire, en la vida
     real no existía la menor base para las necedades románticas de las
     novelas, de las que había extraído sus pretendidos conocimientos.
     Hallando, no obstante, cierta compensación a su vanidad satisfecha, estaba
     a punto de abandonar sus sueños, cuando el extraordinario ser antes
     mencionado y descrito se cruzó en su camino.
     Le escrutó con atención. Y la imposibilidad de formarse una idea del
     carácter de un hombre tan completamente absorto en sí mismo, de un hombre
     que presentaba tan pocos signos de la observación de los objetos externos
     a él - aparte del tácito reconocimiento de su existencia, implicado por la
     evitación de su contacto, dejando que su imaginación ideara todo aquello
     que halagaba su propensión a las ideas extravagantes -- pronto convirtió a
     semejante ser en el héroe de un romance. Y decidió observar a aquel retoño
     de su fantasía más que al personaje en sí mismo.
     Trabó amistad con él, fue atento con sus nociones, y llegó a hacerse notar
     por el misterioso caballero. Su presencia acabó por ser reconocida.
     Se enteró gradualmente de que Lord Ruthven tenía unos asuntos algo
     embrollados, y no tardó en averiguar, de acuerdo con las notas halladas en
     la calle, que estaba a punto de emprender un viaje.
     Deseando obtener más información con respecto a tan singular criatura, que
     hasta entonces sólo había excitado su curiosidad sin apenas satisfacerla,
     Aubrey les comunicó a sus tutores que había llegado el instante de
     realizar una excursión, que durante muchas generaciones se creía necesaria
     para que la juventud trepara rápidamente por las escaleras del vicio,
     igualándose con las personas maduras, con lo que no parecerían caídos del
     cielo cuando se mencionara ante ellos intrigas escandalosas, como temas de
     placer y alabanza, según el grado de perversión de las mismas.
     Los tutores accedieron a su petición, e inmediatamente Aubrey le contó sus
     intenciones a Lord Ruthven, sorprendiéndose agradablemente cuando éste le
     invitó a viajar en su compañía.
     Muy ufano de esta prueba de afecto, por parte de una persona que
     aparentemente no tenía nada en común con los demás mortales, aceptó
     encantado. Unos días más tarde, ya habían cruzado el Canal de la Mancha.
     Hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar a fondo el
     carácter de su compañero de viaje, y de pronto descubrió que, aunque gran
     parte de sus acciones eran plenamente visibles, los resultados ofrecían
     unas conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los motivos de su
     comportamiento.
     Hasta entonces, Aubrey no había tenido oportunidad de estudiar a fondo el
     carácter de su compañero de viaje, y de pronto descubrió que, aunque gran
     parte de sus acciones eran plenamente visibles los resultados ofrecían
     conclusiones muy diferentes, de acuerdo con los motivos de su
     comportamiento.
     Su compañero era muy liberal: el vago, el ocioso y el pordiosero recibían
     de su mano más de lo necesario para aliviar sus necesidades más
     perentorias. Pero Aubrey observó asimismo que Lord Ruthven jamás aliviaba
     las desdichas de los virtuosos, reducidos a la indigencia por la mala
     suerte, a los cuales despedía sin contemplaciones y aun con burlas. Cuando
     alguien acudía a él no para remediar sus necesidades, sino para poder
     hundirse en la lujuria o en las más tremendas iniquidades, Lord Ruthven
     jamás negaba su ayuda.
     Sin embargo, Aubrey atribuía esta nota de su carácter a la mayor
     importunidad del vicio, que generalmente es mucho más insistente que el
     desdichado y el virtuoso indigente.
     En las obras de beneficencia del Lord había una circunstancia que quedó
     muy grabada en la mente del joven: todos aquellos a quienes ayudaba Lord
     Ruthven, inevitablemente veían caer una maldición sobre ellos, pues eran
     llevados al cadalso o se hundían en la miseria más abyecta.
     En Bruselas y otras ciudades por las que pasaron, Aubrey se asombró ante
     la aparente avidez con que su acompañante buscaba los centros de los
     mayores vicios. Solía entrar en los garitos de faro, donde apostaba, y
     siempre con fortuna, salvo cuando un canalla era su antagonista, siendo
     entonces cuando perdía más de lo que había ganado antes. Pero siempre
     conservaba la misma expresión pétrea, imperturbable, con la generalmente
     contemplaba a la sociedad que le rodeaba.
     No sucedía lo mismo cuando el noble se tropezaba con la novicia juvenil o
     con un padre infortunado de una familia numerosa. Entonces, su deseo
     parecía la ley de la fortuna, dejando de lado su abstracción, al tiempo
     que sus ojos brillaban con más fuego que los del gato cuando juega con el
     ratón ya moribundo.
     En todas las ciudades dejaba a la florida juventud asistente a los
     círculos por él frecuentados, echando maldiciones, en la soledad de una
     fortaleza del destino que la había arrastrado hacia él, al alcance de
     aquel mortal enemigo.
     Asimismo, muchos padres sentábanse coléricos en medio de sus hambrientos
     hijos, sin un solo penique de su anterior fortuna, sin lo necesario
     siquiera para satisfacer sus más acuciantes necesidades.
     Sin embargo, cuanto ganaba en las mesas de juego, lo perdía
     inmediatamente, tras haber esquilmado algunas grandes fortunas de personas
     inocentes.
     Este podía ser el resultado de cierto grado de conocimiento capaz de
     combatir la destreza de los más experimentados.
     Aubrey deseaba a menudo decirle todo esto a su amigo, suplicarle que
     abandonase esta caridad y estos placeres que causaban la ruina de todo el
     mundo, sin producirle a él beneficio alguno. Pero demoraba esta súplica,
     porque un día y otro esperaba que su amigo le diera una oportunidad de
     poder hablarle con franqueza y sinceridad. Cosa que nunca ocurrió.
     Lord Ruthven, en su carruaje, y en medio de la naturaleza más lujuriosa y
     salvaje, siempre era el mismo: sus ojos hablaban menos que sus labios. Y
     aunque Aubrey se hallaba tan cerca del objeto de su curiosidad, no obtenía
     mayor satisfacción de este hecho que la de la constante exaltación del
     vano deseo de desentrañar aquel misterio que a su excitada imaginación
     empezaba a asumir las proporciones de algo sobrenatural.
     No tardaron en llegar a Roma, y Aubrey perdió de vista a su compañero por
     algún tiempo, dejándole en la cotidiana compañía del círculo de amistades
     de una condesa italiana, en tanto él visitaba los monumentos de la ciudad
     casi desierta.
     Estando así ocupado, llegaron varias cartas de Inglaterra, que abría con
     impaciencia. La primera era de su hermana dándole las mayores seguridades
     de su cariño; las otras eran de sus tutores; y la última le dejó asombrado.
     Si antes había pasado por su imaginación que su compañero de viaje poseía
     algún malvado poder, aquella carta parecía reforzar tal creencia. Sus
     tutores insistían en que abandonase inmediatamente a su amigo, urgiéndole
     a ello en vista de la maldad de tal personaje, a causa de sus casi
     irresistibles poderes de seducción, que tornaban sumamente peligrosos sus
     hábitos para con la sociedad en general.
     Habían descubierto que su desdén hacia las adúlteras no tenía su origen en
     el odio a ellas, sino que había requerido, para aumentar su satisfacción
     personal, que las víctimas - los compañeros de la culpa - fuesen arrojadas
     desde el pináculo de la virtud inmaculada a los más hondos abismos de la
     infamia y la degradación. En resumen: que todas aquellas damas a las que
     había buscado, aparentemente por sus virtudes, habíanse quitado la máscara
     desde la partida de Lord Ruthven, y no sentían ya el menor escrúpulo en
     exponer toda la deformidad de sus vicios a la contemplación pública.
     Aubrey decidió al punto separarse de un personaje que todavía no le había
     mostrado ni un solo punto brillante en donde posar la mirada. Resolvió
     inventar un pretexto plausible para abandonarle, proponiéndose, mientras
     tanto, continuar vigilándole estrechamente y no dejar pasar la menor
     circunstancia acusatoria.
     De este modo, penetró en el mismo círculo de amistades que Lord Ruthven, y
     no tardó en darse cuenta de que su amigo estaba dedicado a ocuparse de la
     inexperiencia de la hija de la dama cuya mansión frecuentaba más a menudo.
     En Italia, es muy raro que una mujer soltera frecuente los círculos
     sociales, por lo que Lord Ruthven se veía obligado a llevar adelante sus
     planes en secreto. Pero la mirada de Aubrey le siguió en todas sus
     tortuosidades, y pronto averiguó que la pareja había concertado una cita
     que sin duda iba a causar la ruina de una chica inocente, poco reflexiva.
     Sin pérdida de tiempo, se presentó en el apartamento de su amigo, y
     bruscamente le preguntó cuáles eran sus intenciones con respecto a la
     joven, manifestándole al propio tiempo que estaba enterado de su cita para
     aquella misma noche.
     Lord Ruthven contestó que sus intenciones eran las que podían suponerse en
     semejante menester. Y al ser interrogado respecto a si pensaba casarse con
     la muchacha, se echó a reír.
     Aubrey se marchó, e inmediatamente redactó una nota alegando que desde
     aquel momento renunciaba a acompañar a Lord Ruthven durante el resto del
     viaje. Luego le pidió a su sirviente que buscase otro apartamento, y fue a
     visitar a la madre de la joven, a la que informó de cuanto sabía, no sólo
     respecto a su hija, sino también al carácter de Lord Ruthven.
     La cita quedó cancelada. Al día siguiente, Lord Ruthven se limitó a enviar
     a su criado con una comunicación en la que se avenía a una completa
     separación, mas sin insinuar que sus planes hubieran quedado arruinados
     por la intromisión de Aubrey.
     Tras salir de Roma, el joven dirigió sus pasos a Grecia, y tras cruzar la
     península, llegó a Atenas.
     Allí fijó su residencia en casa de un griego, no tardando en hallarse
     sumamente ocupado en buscar las pruebas de la antigua gloria en unos
     monumentos que, avergonzados al parecer de ser testigos mudos de las
     hazañas de los hombres que antes fueron libres para convertirse después en
     esclavos, se hallaban escondidos debajo del polvo o de intrincados
     líquenes.
     Bajo su mismo techo habitaba un ser tan delicado y bello que podía haber
     sido la modelo de un pintor que deseara llevar a la tela la esperanza
     prometida a los seguidores de Mahoma en el Paraíso, salvo que sus ojos
     eran demasiado pícaros y vivaces para pretender a un alma y no a un ser
     vivo.
     Cuando bailaba en el prado, o correteaba por el monte, parecía mucho más
     ágil y veloz que las gacelas, y también mucho más grácil. Era, en resumen,
     el verdadero sueño de un epicuro.
     El leve paso de Ianthe acompañaba a menudo a Aubrey en su búsqueda de
     antigüedad. Y a veces la incosciente joven se empeñaba en la persecución
     de una mariposa de Cachemira, mostrando la hermosura de sus formas al
     dejar flotar su túnica al viento, bajo la ávida mirada de Aubrey que así
     olvidaba las letras que acababa de descifrar en una tablilla medio
     borrada.
     A veces, sus trenzas relucían a los rayos del sol con un brillo sumamente
     delicado, cambiando rápidamente de matices, pudiendo ello haber sido la
     excusa del olvido del joven anticuario que dejaba huir de su mente el
     objeto que antes había creído de capital importancia para la debida
     interpretación de un pasaje de Pausanias.
     Pero, ¿por qué intentar describir unos encantos que todo el mundo veía,
     mas nadie podía apreciar?
     Era la inocencia, la juventud, la belleza, sin estar aún contaminadas por
     los atestados salones, por las salas de baile.
     Mientras el joven anotaba los recuerdos que deseaba conservar en su
     memoria para el futuro, la muchacha estaba a su alrededor, contemplando
     los mágicos efectos del lápiz que trazaba los paisajes de su solar patrio.
     Entonces, ella le describía las danzas en la pradera, pintándoselas con
     todos los colores de su juvenil paleta; las pompas matrimoniales
     entrevistas en su niñez; y, refiriéndose a los temas que evidentemente más
     la habían impresionado, hablaba de los cuentos sobrenaturales de su
     nodriza.
     Su afán y la creencia en lo que narraba, excitaron el interés de Aubrey. A
     menudo, cuando ella contaba el cuento del vampiro vivo, que había pasado
     muchos años entre amigos y sus más queridos parientes alimentándose con la
     sangre de las doncellas más hermosas para prolongar su existencia unos
     meses más, la suya se le helaba a Aubrey en las venas, mientras intentaba
     reírse de aquellas horribles fantasías.
     Sin embargo, Ianthe le citaba nombres de ancianos que, por lo menos,
     habían contado entre sus contemporáneos con un vampiro vivo, habiendo
     hallado a parientes cercanos y algunos niños marcados con la señal del
     apetito del monstruo. Cuando la joven veía que Aubrey se mostraba
     incrédulo ante tales relatos, le suplicaba que la creyese, puesto que la
     gente había observado que aquellos que se atrevían a negar la existencia
     del vampiro siempre obtenían alguna prueba que, con gran dolor y penosos
     castigos, les obligaba a reconocer su existencia.
     Ianthe le detalló la aparición tradicional de aquellos monstruos, y el
     horror de Aubrey aumentó al escuchar una descripción casi exacta de Lord
     Ruthven.
     Pese a ello, el joven, persistió en querer convencer a la joven griega de
     que sus temores no podían ser debidos a una cosa cierta, si bien al mismo
     tiempo repasaba en su memoria todas las coincidencias que le habían
     incitado a creer en los poderes sobrenaturales de Lord Ruthven.
     Aubrey cada día sentíase más ligado a Ianthe, ya que su inocencia, tan en
     contraste con las virtudes fingidas de las mujeres entre las que había
     buscado su idea de romance, había conquistado su corazón. Si bien le
     parecía ridícula la idea de que un muchacho inglés, de buena familia y
     mejor educación, se casara con una joven griega, carente casi de cultura,
     lo cierto era que cada vez amaba más a la doncella que le acompañaba
     constantemente.
     En algunas ocasiones se separaba de ella, decidido a no volver a su lado
     hasta haber conseguido sus objetivos. Pero siempre le resultaba imposible
     concentrarse en las ruinas que le rodeaban, teniendo constantemente en su
     mente la imagen de quien lo era todo para él.
     Ianthe no se daba cuenta el amor que por ella experimentaba Aubrey,
     mostrándose con él la misma chiquilla casi infantil de los primeros días.
     Siempre, no obstante, se despedía del joven con frecuencia, mas ello se
     debía tan sólo a no tener a nadie con quien visitar sus sitios favoritos,
     en tanto su acompañante se hallaba ocupado bosquejando o descubriendo
     algún fragmento que había escapado a la acción destructora del tiempo.
     La joven apeló a sus padres para dar fe de la existencia de los vampiros.
     Y todos, con algunos individuos presentes, afirmaron su existencia,
     pálidos de horror ante aquel solo nombre.
     Poco después, Aubrey decidió realizar una excursión, que le llevaría
     varias horas. Cuando los padres de Ianthe oyeron el nombre del lugar, le
     suplicaron que no regresase de noche, ya que necesariamente debería
     atravesar un bosque por el que ningún griego pasaba, una vez que había
     oscurecido, por ningún motivo.
     Le describieron dicho lugar como el paraje donde los vampiros celebraban
     sus orgías y bacanales nocturnas. Y le aseguraron que sobre el que se
     atrevía a cruzar por aquel sitio recaían los peores males.
     Aubrey no quiso hacer caso de tales advertencias, tratando de burlarse de
     aquellos temores. Pero cuando vio que todos se estremecían ante sus risas
     por aquel poder superior o infernal, cuyo solo nombre le helaba la sangre,
     acabó por callar y ponerse grave.
     A la mañana siguiente, Aubrey salió de excursión, según había proyectado.
     Le sorprendió observar la melancólica cara de su huésped, preocupado
     asimismo al comprender que sus burlas de aquellos poderes hubiesen
     inspirado tal terror.
     Cuando se hallaba a punto de partir, Ianthe se acercó al caballo que el
     joven montaba y le suplicó que regresase pronto, pues era por la noche
     cuando aquellos seres malvados entraban en acción. Aubrey se lo prometió.
     Sin embargo, estuvo tan ocupado en sus investigaciones que no se dio
     cuenta de que el día iba dando fin a su reinado y que en el horizonte
     aparecía una de aquellas manchas que en los países cálidos se convierten
     muy pronto en una masa de nubes tempestuosas, vertiendo todo su furor
     sobre el desdichado país.
     Finalmente, montó a caballo, decidido a recuperar su retraso. Pero ya era
     tarde. En los países del sur apenas existe el crepúsculo. El sol se pone
     inmediatamente y sobreviene la noche. Aubrey se había demorado con exceso.
     Tenía la tormenta encima, los truenos apenas se concedían un respiro entre
     sí, y el fuerte aguacero se abría paso por entre el espeso follaje, en
     tanto el relámpago azul parecía caer a sus pies.
     El caballo se asustó de repente, y emprendió un galope alocado por entre
     el espeso bosque. Por fin, agotado de cansanci, el animal se paró, y
     Aubrey descubrió a la luz de los relámpagos que estaba en la vecindad de
     una choza que apenas se destacaba por entre la hojarasca y la maleza que
     le rodeaba.
     Desmontó y se aproximó, cojeando, con el fin de encontrar a alguien que
     pudiera llevarle a la ciudad, o al menos obtener asilo contra la furiosa
     tormenta.
     Cuando se acercaba a la cabaña, los truenos, que habían callado un
     instante, le permitieron oír unos gritos femeninos, gritos mezclados con
     risotadas de burla, todo como en un solo sonido. Aubrey quedó turbado.
     Mas, soliviantado por el trueno que retumbó en aquel momento, con un
     súbito esfuerzo empujó la puerta de la choza.
     No vio más que densas tinieblas, pero el sonido le guió. Aparentemente,
     nadie se había dado cuenta de su presencia, pues aunque llamó, los mismos
     sonidos continuaron, sin que nadie reparase al parecer en él.
     No tardó en tropezar con alguien, a quien apresó inmediatamente. De
     pronto, una voz volvió a gritar de manera ahogada, y al grito sucedió una
     carcajada. Aubrey hallóse al momento asido por una fuerza sobrehumana.
     Decidido a vender cara su vida, luchó mas en vano. Fue levantado del suelo
     y arrojado de nuevo al mismo con una potencia enorme. Luego, su enemigo se
     le echó encima y, arrodillado sobre su pecho, le rodeó la garganta con las
     manos. De repente, el resplandor de varias antorchas entrevistas por el
     agujero que hacía las veces de ventana, vino en su ayuda. Al momento, su
     rival se puso de pie y, separándose del joven, corrió hacia la puerta. Muy
     poco después, el crujido de las ramas caídas al ser pisoteadas por el
     fugitivo también dejó de oírse.
     La tormenta había cesado, y Aubrey, incapaz de moverse, gritó, siendo oído
     poco después por los portadores de antorchas.
     Entraron a la cabaña, y el resplandor de la resina quemada cayó sobre los
     muros de barro y el techo de bálago, totalmente lleno de mugre.
     A instancias del joven, los recién llegados buscaron a la mujer que le
     había atraído con sus chillidos. Volvió, por tanto, a quedarse en
     tinieblas. Cual fue su horror cuando de nuevo quedó iluminado por la luz
     de las antorchas, pudiendo percibir la forma etérea de su amada convertida
     en un cadáver.
     Cerró los ojos, esperando que sólo se tratase de un producto espantoso de
     su imaginación. Pero volvió a ver la misma forma al abrirlos, tendida a su
     lado.
     No había el menor color en sus mejillas, ni siquiera en sus labios, y en
     su semblante se veía una inmovilidad que resultaba casi tan atrayente como
     la vida que antes lo animara. En el cuello y en el pecho había sangre, en
     la garganta las señales de los colmillos que se habían hincado en las
     venas.
     - ¡Un vampiro! ¡Un vampiro! - gritaron los componentes de la partida ante
     aquel espectáculo.
     Rápidamente construyeron unas parihuelas, y Aubrey echó a andar al lado de
     la que había sido el objeto de tan brillantes visiones, ahora muerta en la
     flor de su vida.
     Aubrey no podía ni siquiera pensar, pues tenía el cerebro ofuscado,
     pareciendo querer refugiarse en el vacío. Sin casi darse cuenta, empuñaba
     en su mano una daga de forma especial, que habían encontrado en la choza.
     La partida no tardó en reunirse con más hombres, enviados a la búsqueda de
     la joven por su afligida madre. Los gritos de los exploradores al
     aproximarse a la ciudad, advirtieron a los padres de la doncella que había
     sucedido una horrorosa catástrofe. Sería imposible describir su dolor.
     Cuando comprobaron la causa de la muerte de su hija, miraron a Aubrey y
     señalaron el cadáver. Estaban inconsolables, y ambos murieron de pesar.
     Aubrey, ya en la cama, padeció una violentísima fiebre, con mezcolanza de
     delirios. En estos intervalos llamaba a Lord Ruthven y a Ianthe, mediante
     cierta combinación que le parecía una súplica a su antiguo compañero de
     viaje para que perdonase la vida de la doncella.
     Otras veces lanzaba imprecaciones contra Lord Ruthven, maldiciéndole como
     asesino de la joven griega.
     Por casualidad, Lord Ruthven llegó por aquel entonces a Atenas. Cuando se
     enteró del estado de su amigo, se presentó inmediatamente en su casa y se
     convirtió en su enfermero particular.
     Cuando Aubrey se recobró de la fiebre y los delirios, quedóse horrorizado,
     petrificado, ante la imagen de aquel a quien ahora consideraba un vampiro.
     Lord Ruthven - con sus amables palabras, que implicaban casi cierto
     arrepentimiento por la causa que había motivado su separación - y la
     ansiedad, las atenciones y los cuidados prodigados a Aubrey, hicieron que
     éste pronto se reconciliase con su presencia.
     Lord Ruthven parecía cambiado, no siendo ya el ser apático de antes, que
     tanto había asobrado a Aubrey. Pero tan pronto terminó la convalescencia
     del joven, su compañero volvió a ofrecer la misma condición de antes, y
     Aubrey ya no distinguió la menor diferencia, salvo que a veces veía la
     mirada de Lord Ruthven fija en él, al tiempo que una sonrisa maliciosa
     flotaba en sus labios. Sin saber por qué, aquella sonrisa le molestaba.
     Durante la última fase de su recuperación, Lord Ruthven pareció absorto en
     la contemplación de las olas que levantaba en el mar la brisa marina, o en
     señalar el progreso de los astros que, como el nuestro, dan vueltas en
     torno al Sol. Y más que nada, parecía evitar todas las miradas ajenas.
     Aubrey, a causa de la desgracia sufrida, tenía su cerebro bastante
     debilitado, y la elasticidad de espíritu que antes era su característica
     más acusada parecía haberle abandonado para siempre.
     No era tan amable del silencio y la soledad como Lord Ruthven, pero
     deseaba estar solo, cosa que no podía conseguir en Atenas. Si se dedicaba
     a explorar las ruinas de la antigüedad, el recuerdo de Ianthe a su lado le
     atosigaba de continuo. Si recorría los bosques, el paso ligero de la joven
     parecía corretear a su lado, en busca de la modesta violeta. De repente,
     esta visión se esfumaba, y en su lugar veía el rostro pálido y la garganta
     herida de la joven, con una tímida sonrisa en sus labios.
     Decidió rehuir tales visiones, que en su mente creaban una serie de
     amargas asociaciones. De este modo, le propuso a Lord Ruthven, a quien
     sentíase unido por los cuidados que aquel le había prodigado durante su
     enfermedad, que visitasen aquellos rincones de Grecia que aún no habían
     visto.
     Los dos recorrieron la península en todas las direcciones, buscando cada
     rincón que pudiera estar unido a un recuerdo. Pero aunque lo exploraron
     todo, nada vieron que llamase realmente su interés.
     Oían hablar mucho de diversas bandas de ladrones, mas gradualmente fueron
     olvidándose de ellas atribuyéndolas a la imaginación popular, o a la
     invención de algunos individuos cuyo interés consistía en excitar la
     generosidad de aquellos a quienes fingían proteger de tales peligros.
     En consecuencia, sin hacer caso de tales advertencias, en cierta ocasión
     viajaban con muy poca escolta, cuyos componentes más debían servirles de
     guía que de protección. Al penetrar en un estrecho desfiladero, en el
     fondo del cual se hallaba el lecho de un torrente, lleno de grandes masas
     rocosas desprendidas de los altos acantilados que lo flanqueaban, tuvieron
     motivos para arrepentirse de su negligencia. Apenas se habían adentrado
     por paso tan angosto cuando se vieron sorprendidos por el silbido de las
     balas que pasaban muy cerca de sus cabezas, y las detonaciones de varias
     armas.
     Al instante siguiente, la escolta les había abandonado, y resguardándose
     detrás de las rocas, empezaron todos a disparar contra sus atacantes.
     Lord Ruthven y Aubrey, imitando su ejemplo, se retiraron momentáneamente
     al amparo de un recodo del desfiladero. Avergonzados por asustarse tanto
     ante un vulgar enemigo, que con gritos insultantes les conminaban a seguir
     avanzando, y estando expuestos al mismo tiempo a una matanza segura si
     alguno de los ladrones se situaba más arriba de su posición y les atacaba
     por la espalda, determinaron precipitarse al frente, en busca del
     enemigo...
     Apenas abandonaron el refugio rocoso, Lord Ruthven recibió en el hombro el
     impacto de una bala que le envió rodando al suelo. Aubrey corrió en su
     ayuda, sin hacer caso del peligro a que se exponía, mas no tardó en verse
     rodeado por los malhechores, al tiempo que los componentes de la escolta,
     al ver herido a Lord Ruthven, levantaron inmediatamente las manos en señal
     de rendición.
     Mediante la promesa de grandes recompensas, Aubrey logró convencer a sus
     atacantes para que trasladasen a su herido amigo a una cabaña situada no
     lejos de allí. Tras hacer concertado el rescate a pagar, los ladrones no
     le molestaron, contentándose con vigilar la entrada de la cabaña hasta el
     regreso de uno de ellos, que debía percibir la suma prometida gracias a
     una orden firmada por el joven.
     Las energías de Lord Ruthven disminuyeron rápidamente. Dos días más tarde,
     la muerte pareció ya inminente. Su comportamiento y su aspecto no había
     cambiado, pareciendo tan incosciente al dolor como a cuanto le rodeaba.
     Hacia el fin del tercer día, su mente pareció extraviarse, y su mirada se
     fijó insistentemente en Aubrey, el cual sintióse impulsado a ofrecerle más
     que nunca su ayuda.
     - Sí, tú puedes salvarme... Puedes hacer aún mucho más... No me refiero a
     mi vida, pues temo tan poco a la muerte como al término del día. Pero
     puedes salvar mi honor. Sí, puedes salvar el honor de tu amigo.
     - Decidme cómo - asintió Aubrey -, y lo haré.
     - Es muy sencillo. Yo necesito muy poco... Mi vida necesita espacio... Oh,
     no puedo explicarlo todo... Mas si callas cuanto sabes de mí, mi honor se
     verá libre de las murmuraciones del mundo, y si mi muerte es por algún
     tiempo desconocida en Inglaterra... yo... yo... ah, viviré.
     - Nadie lo sabrá.
     - ¡Júralo! - exigió el moribundo, incorporándose con gran violencia -.
     ¡Júralo por las almas de tus antepasados, por todos los temores de la
     naturaleza, jura que durante un año y un día no le contarás a nadie mis
     crímenes ni mi muerte, pase lo que pase, veas lo que veas!
     Sus ojos parecían querer salir de sus órbitas.
     - ¡Lo juro! - exclamó Aubrey.
     Lord Ruthven de dejó caer sobre la almohada, lanzando una carcajada, y
     expiró.
     Aubrey retiróse a descansar, mas no durmió pues su cerebro daba vueltas y
     más vueltas sobre los detalles de su amistad con tan extraño ser, y sin
     saber por qué, cuando recordaba el juramento prestado sentíase invadido
     por un frío extraño, con el presentimiento de una desgracia inminente.
     Levantóse muy temprano al día siguiente, e iba ya a entrar en la cabaña
     donde había dejado el cadáver, cuando uno de los ladrones le comunicó que
     ya no estaba allí, puesto que él y sus camaradas lo habían transportado a
     la cima de la montaña, según la promesa hecha al difunto de que lo
     dejarían expuesto al primer rayo de luna después de su muerte.
     Aubrey quedóse atónito ante aquella noticia. Junto con varios individuos,
     decidió ir adonde habían dejado a Lord Ruthven, para enterrarlo
     debidamente. Pero una vez en la cumbre de la montaña, no halló ni rastro
     del cadáver ni de sus ropas, aunque los ladrones juraron que era aquel el
     lugar en que dejaron al muerto.
     Durante algún tiempo su mente perdióse en conjeturas, hasta que decidió
     descender de nuevo, convencido de que los ladrones habían enterrado el
     cadáver tras despojarlo de sus vestiduras.
     Harto de un país en el que sólo había padecido tremendos horrores, y en el
     que todo conspiraba para fortalecer aquella superstición melancólica que
     se había adueñado de su mente, resolvió abandonarlo, no tardando en llegar
     a Esmirna.
     Mientras esperaba un barco que le condujera a Otranto o a Nápoles, estuvo
     ocupado en disponer los efectos que tenía consigo y que habían pertenecido
     a Lord Ruthven. Entre otras cosas halló un estuche que contenía varias
     armas, más o menos adecuada para asegurar la muerte de una víctima. Dentro
     se hallaban varias dagas y yataganes.
     Mientras los examinaba, asombrado ante sus curiosas formas, grande fue su
     sorpresa al encontrar una vaina ornamentada en el mismo estilo que la daga
     hallada en la choza fatal. Aubrey se estremeció, y deseando obtener nuevas
     pruebas, buscó la daga. Su horror llegó a su culminación cuando verificó
     que la hoja se adaptaba a la vaina, pese a su peculiar forma.
     No necesitaba ya más pruebas, aunque sus ojos parecían como pegados a la
     daga, pese a lo cuál todavía se resistía a creerlo. Sin embargo, aquella
     forma especial, los mismos esplendorosos adornos del mango y la vaina, no
     dejaban el menor resquicio a la duda. Además, ambos objetos mostraban
     gotas de sangre.
     Partió de Esmirna y, ya en Roma, sus primeras investigaciones se
     refirieron a la joven que él había intentado arrancar a las artes
     seductoras de Lord Ruthven. Sus padres se hallaban desconsolados,
     totalmente arruinados, y a la joven no se la había vuelto a ver desde la
     salida de la capital de Lord Ruthven.
     El cerebro de Aubrey estuvo a punto de desquiciarse ante tal cúmulo de
     horrores, temiendo que la joven también hubiese sido víctima del mismo
     asesino de Ianthe. Aubrey tornóse más callado y retraído y su sola
     ocupación consistió ya en apresurar a sus postillones, como si tuviese
     necesidad de salvar a un ser muy querido.
     Llegó a Calais, y una brisa que parecía obediente a sus deseos no tardó en
     dejarle en las costas de Inglaterra. Corrió a la mansión de sus padres y
     allí, por un momento, pareció perder, gracias a los besos y abrazos de su
     hermana, todo recuerdo del pasado. Si antes, con sus infantiles caricias,
     ya había conquistado el afecto de su hermano, ahora que empezaba a ser
     mujer todavía la quería más.
     La señorita Aubrey no poseía la alada gracia que atrae las miradas y el
     aplauso de las reuniones y fiestas. No había en ella el ingenio ligero que
     sólo existe en los salones. Sus ojos azules jamás se iluminaban con
     ironías o sarcasmos. En toda su persona había como un halo de encanto
     melancólico que no se debía a ninguna desdicha sino a un sentimiento
     interior, que parecía indicar un alma consciente de un reino más brillante.
     No tenía el paso leve, que atrae como el vuelo grácil de la mariposa, como
     un color grato a la vista. Su paso era sosegado y pensativo. Cuando estaba
     sola, su semblante jamás se alegraba con una sonrisa de júbilo. Pero al
     sentir el afecto de su hermano, y olvidar en su presencia los pesares que
     le impedían el descanso, ¿quién no habría cambiado una sonrisa por tanta
     dicha?
     Era como si los ojos de la joven, su rostro entero, jugasen a la luz de su
     esfera propia. Sin embargo, la muchacha sólo contaba dieciocho años, por
     lo que no había sido presentada en sociedad, habiendo juzgado sus tutores
     que debían demorarse tal acto hasta que su hermano regresara del
     continente, momento en que se constituiría en su protector.
     Por tanto, resolvieron que darían una fiesta con el fin de que ella
     apareciese "en escena". Aubrey habría preferido estar apartado de todo
     bullicio, alimentándose con la melancolía que le abrumaba. No
     experimentaba el menor interés por las frivolidades de personas
     desconocidas, aunque se mostró dispuesto a sacrificar su comodidad para
     proteger a su hermana.
     De esta manera, no tardaron en llegar a su casa de la capital, a fin de
     disponerlo todo para el día siguiente, elegido para la fiesta.
     La multitud era excesiva. Una fiesta no vista en mucho tiempo, donde todo
     el mundo estaba ansioso de dejarse ver.
     Aubrey apareció con su hermana. Luego, estando solo en un rincón, mirando
     a su alrededor con muy poco interés, pensando abstraídamente que la
     primera vez que había visto a Lord Ruthven había sido en aquel mismo salón
     había sido en aquel mismo salón, sintióse de pronto cogido por el brazo,
     al tiempo que en sus oídos resonaba una voz que recordaba demasiado bien.
     - Acuérdate del juramento.
     Aubrey apenas tuvo valor para volverse, temiendo ver a un espectro que le
     podría destruir; y distinguió no lejos a la misma figura que había atraído
     su atención cuando, a su vez, él había entrado por primera vez en sociedad.
     Contempló a aquella figura fijamente, hasta que sus piernas casi se
     negaron a sostener el peso de su cuerpo. Luego, asiendo a un amigo del
     brazo, subió a su carruaje y le ordenó al cochero que le llevase a su casa
     de campo.
     Una vez allí, empezó a pasearse agitadamente, con la cabeza entre las
     manos, como temiendo que sus pensamientos le estallaran en el cerebro.
     Lord Ruthven había vuelto a presentarse ante él... Y todos los detalles se
     encadenaron súbitamente ante sus ojos; la daga..., la vaina..., la
     víctima..., su juramento.
     ¡No era posible, se dijo muy excitado, no era posible que un muerto
     resucitara!
     Era imposible que fuese un ser real. Por eso, decidió frecuentar de nuevo
     la sociedad. Necesitaba aclarar sus dudas. Pero cuando, noche tras noche,
     recorrió diversos salones, siempre con el nombre de Lord Ruthven en sus
     labios, nada consiguió.
     Una semana más tarde, acudió con su hermana a una fiesta en la mansión de
     unas nuevas amistades. Dejándola bajo la protección de la anfitriona,
     Aubrey retiróse a un rincón y allí dio rienda suelta a sus pensamientos.
     Cuando al fin vio que los invitados empezaban a marcharse, penetró en el
     salón y halló a su hermana rodeada de varios caballeros, al parecer
     conversando animadamente. El joven intentó abrirse paso para acudir junto
     a su hermana, cuando uno de los presentes, al volverse, le ofreció
     aquellas facciones que tanto aborrecía.
     Aubrey dio un tremendo salto, tomó a su hermana del brazo y
     apresuradamente la arrastró hacia la calle. En la puerta encontró impedido
     el paso por la multitud de criados que aguardaban a sus respectivos amos.
     Mientras trataba de superar aquella barrera humana, volvió a su oído la
     conocida y fatídica voz:
     - ¡Acuérdate del juramento!
     No se atrevió a girar y, siempre arrastrando a su hermana, no tardó en
     llegar a casa.
     Aubrey empezó a dar señales de desequilibrio mental. Si antes su cerebro
     había estado sólo ocupado con un tema, ahora se hallaba totalmente absorto
     en él, teniendo ya la certidumbre de que el monstruo continuaba viviendo.
     No paraba ya mientes en su hermana, y fue inútil que ésta tratara de
     arrancarle la verdad de tan extraña conducta. Aubrey limitábase a proferir
     palabras casi incoherentes, que aún aterraban más a la muchacha.
     Cuando Aubrey más meditaba en ello, más transtornado estaba. Su juramento
     le abrumaba. ¿Debía permitir, pues, que aquel monstruo rondase por el
     mundo, en medio de tantos seres queridos, sin delatar sus intenciones? Su
     misma hermana había hablado con él. Pero, aunque quebrantase su juramento
     y revelase las verdaderas intenciones de Lord Ruthven, ¿quién le iba a
     creer? Pensó en servirse de su propia mano para desembarazar al mundo de
     tan cruel enemigo. Recordó, sin embargo, que la muerte no afectaba al
     monstruo. Durante días permaneció en tal estado, encerrado en su
     habitación, sin ver a nadie, comiendo sólo cuando su hermana le apremiaba
     a ello, con lágrimas en los ojos.
     Al fin, no pudiendo soportar por más tiempo el silencio y la soledad salió
     de la casa para rondar de calle en calle, ansioso de descubrir la imagen
     de quien tanto le acosaba. Su aspecto distaba mucho de ser atildado,
     exponiendo sus ropas tanto al feroz sol de mediodía como a la humedad de
     la noche. Al fin, nadie pudo ya reconocer en él al antiguo Aubrey. Y si al
     principio regresaba todas las noches a su casa, pronto empezó a descansar
     allí donde la fatiga le vencía.
     Su hermana, angustiada por su salud, empleó a algunas personas para que le
     siguiesen, pero el joven supo distanciarlas, puesto que huía de un
     perseguidor más veloz que aquellas: su propio pensamiento.
     Su conducta, no obstante, cambió de pronto. Sobresaltado ante la idea de
     que estaba abandonando a sus amigos, con un feroz enemigo entre ellos de
     cuya presencia no tenían el menor conocimiento, decidió entrar de nuevo en
     sociedad y vigilarle estrechamente, ansiando advertir, a pesar de su
     juramento, a todos aquellos a quienes Lord Ruthven demostrase cierta
     amistad.
     Mas al entrar en un salón, su aspecto miserable, su barba de varios días,
     resultaron tan sorprendentes, sus estremecimientos interiores tan
     visibles, que su hermana vióse al fin obligada a suplicarle que se
     abstuviese en bien de ambos a una sociedad que le afectaba de manera tan
     extraña.
     Cuando esta súplica resultó vana, los tutores creyeron su deber
     interponerse y, temiendo que el joven tuviera transtornado el cerebro,
     pensaron que había llegado el momento de recobrar ante él la autoridad
     delegada por sus difuntos padres.
     Deseoso de precaverle de las heridas mentales y de los sufrimientos
     físicos que padecía a diario en sus vagabundeos, e impedir que se
     expusiera a los ojos de sus amistades con las inequívocas señales de su
     trastorno, acudieron a un médico para que residiera en la mansión y
     cuidase de Aubrey.
     Este apenas pareció darse cuenta de ello: tan completamente absorta estaba
     su mente en el otro asunto. Su incoherencia acabó por ser tan grande, que
     se vio confinado en su dormitorio. Allí pasaba los días tendido en la
     cama, incapaz de levantarse.
     Su rostro se tornó demacrado y sus pupilas adquirieron un brillo vidrioso;
     sólo mostraba cierto reconocimiento y afecto cuando entraba su hermana a
     visitarle. A veces se sobresaltaba, y tomándole las manos, con unas
     miradas que afligían intensamente a la joven, deseaba que el monstruo no
     la hubiese tocado ni rozado siquiera.
     - ¡Oh, hermana querida, no le toques! ¡Si de veras me quieres, no te
     acerques a él!
     Sin embargo, cuando ella le preguntaba a quién se refería, Aubrey se
     limitaba a murmurar:
     - ¡Es verdad, es verdad!
     Y de nuevo se hundía en su abatimiento anterior, del que su hermana no
     lograba ya arrancarle.
     Esto duró muchos meses. Pero, gradualmente, en el transcurso de aquel año,
     sus incoherencias fueron menos frecuentes, y su cerebro se aclaró
     bastante, al tiempo que sus tutores observaban que varias veces diarias
     contaba con los dedos cierto número, y luego sonreía.
     Al llegar el último día del año, uno de los tutores entró en el dormitorio
     y empezó a conversar con el médico respecto a la melancolía del muchacho,
     precisamente cuando al día siguiente debía casarse su hermana.
     Instantáneamente, Aubrey mostróse alerta, y preguntó angustiosamente con
     quién iba a contraer matrimonio. Encantados de aquella demostración de
     cordura, de la que le creían privado, mencionaron el nombre del Conde de
     Marsden.
     Creyendo que se trataba del joven conde al que él había conocido en
     sociedad, Aubrey pareció complacido, y aún asombró más a sus oyentes al
     expresar su intención de asistir a la boda, y su deseo de ver cuanto antes
     a su hermana.
     Aunque ellos se negaron a este anhelo, su hermana no tardó en hallarse a
     su lado. Aubrey, al parecer, no fue capaz de verse afectado por el influjo
     de la encantadora sonrisa de la muchacha, puesto que la abrazó, la besó en
     las mejillas, bañadas en lágrimas por la propia joven al pensar que su
     hermano volvía a estar en el mundo de los cuerdos.
     Aubrey empezó a expresar su cálido afecto y a felicitarla por casarse con
     una persona tan distinguida, cuando de repente se fijó en un medallón que
     ella lucía sobre el pecho. Al abrirlo, cuál no sería su inmenso estupor al
     descubrir las facciones del monstruo que tanto y tan funestamente había
     influido en su existencia.
     En un paroxismo de furor, tomó el medallón y, arrojándolo al suelo, lo
     pisoteó. Cuando ella le preguntó por qué había destruído el retrato de su
     futuro esposo, Aubrey la miró como sin comprender. Después, asiéndola de
     las manos, y mirándola con una frenética expresión de espanto, quiso
     obligarla a jurar que jamás se casaría con semejante monstruo, ya que él...
     No pudo continuar. Era como si su propia voz le recordase el juramento
     prestado, y al girarse en redondo, pensando que Lord Ruthven se hallaba
     detrás suyo, no vio a nadie.
     Mientras tanto, los tutores y el médico, que todo lo habían oído, pensando
     que la locura había vuelto a apoderarse de aquel pobre cerebro, entraron y
     le obligaron a separarse de su hermana.
     Aubrey cayó de rodillas ante ellos, suplicándoles que demorasen la boda un
     solo día. Mas ellos, atribuyendo tal petición a la locura que se
     imaginaban devoraba su mente, intentaron calmarle y le dejaron solo.
     Lord Ruthven visitó la mansión a la mañana siguiente de la fiesta, y le
     fue negada la entrada como a todo el mundo. Cuando se enteró de la
     enfermedad de Aubrey, comprendió que era él la causa inmediata de la
     misma. Cuando se enteró de que el joven estaba loco, apenas si consiguió
     ocultar su júbilo ante aquellos que le ofrecieron esta información.
     Corrió a casa de su antiguo compañero de viaje, y con sus constantes
     cuidados y fingimiento del gran interés que sentía por su hermano y por su
     triste destino, gradualmente fue conquistando el corazón de la señorita
     Aubrey.
     ¿Quien podía resistirse a aquel poder? Lord Ruthven hablaba de los
     peligros que le habían rodeado siempre, del escaso cariño que había
     hallado en el mundo, excepto por parte de la joven con la que conversaba.
     ¡Ah, desde que la conocía, su existencia había empezado a parecer digna de
     algún valor, aunque sólo fuese por la atención que ella le prestaba! En
     fin, supo utilizar con tanto arte sus astutas mañas, o tal fue la voluntad
     del Destino, que Lord Ruthven conquistó el amor de la hermana de Aubrey.
     Gracias al título de una rama de su familia, obtuvo una embajada
     importante, que le sirvió de excusa para apresurar la boda (pese al
     trastorno mental del hermano), de modo que la misma tendría lugar al día
     siguiente, antes de su partida para el continente.
     Aubrey, una vez lejos del médico y el tutor, trató de sobornar a los
     criados, pero en vano. Pidió pluma y papel, que le entregaron, y escribió
     una carta a su hermana, conjurándola - si en algo apreciaba su felicidad,
     su honor y el de quienes yacían en sus tumbas, que antaño la habían tenido
     en brazos como su esperanza y la esperanza del buen nombre familiar - a
     posponer sólo por unas horas aquel matrimonio, sobre el que vertía sus más
     terribles maldiciones.
     Los criados prometieron entregar la misiva, mas como se la dieron al
     médico, éste prefirió no alterar a la señorita Aubrey con lo que,
     consideraba, era solamente la manía de un demente.
     Transcurrió la noche sin descanso para ninguno de los ocupantes de la
     casa. Y Aubrey percibió con horror los rumores de los preparativos para el
     casamiento.
     Vino la mañana, y a sus oídos llegó el ruido de los carruajes al ponerse
     en marcha. Aubrey se puso frenético. La curiosidad de los sirvientes
     superó, al fin, a su vigilancia. Y gradualmente se alejaron para ver
     partir a la novia, dejando a Aubrey al cuidado de una indefensa anciana.
     Aubrey se aprovechó de aquella oportunidad. Saltó fuera de la habitación y
     no tardó en presentarse en el salón donde todo el mundo se hallaba
     reunido, dispuesto para la marcha. Lord Ruthven fue el primero en
     divisarle, e inmediatamente se le acercó, asiéndolo del brazo con
     inusitada fuerza para sacarle de la estancia, trémulo de rabia.
     Una vez en la escalinata, le susurró al oído:
     - Acuérdate del juramento y sabe que si hoy no es mi esposa, tu hermana
     quedará deshonrada. ¡Las mujeres son tan frágiles...!
     Así deciendo, le empujó hacia los criados, quienes, alertados ya por la
     anciana, le estaban buscando. Aubrey no pudo soportarlo más: al no hallar
     salida a su furor, se le rompió un vaso sanguíneo y tuvo que ser
     trasladado rápidamente a su cama.
     Tal suceso no le fue mencionado a la hermana, que no estaba presente
     cuando aconteció , pues el médico temía causarle cualquier agitación.
     La boda se celebró con toda solemnidad, y el novio y la novia abandonaron
     Londres.
     La debilidad de Aubrey fue en aumento, y la hemorragia de sangre produjo
     los síntomas de la muerte próxima. Deseaba que llamaran a los tutores de
     su hermana, y cuando éstos estuvieron presentes y sonaron las doce
     campanadas de la medianoche, instantes en que se cumplía el plazo impuesto
     a su silencio, relató apresuradamente cuanto había vivido y sufrido... y
     falleció inmediatamente después.
     Los tutores se apresuraron a proteger a la hermana de Aubrey, mas cuando
     llegaron ya era tarde. Lord Ruthven había desaparecido, y la joven había
     saciado la sed de sangre de un vampiro.

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