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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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miércoles, 15 de junio de 2011

Historias de Reyes y Reinas.







Carlos Fisas 
Historias de Reyes y Reinas.
Las anécdotas de los Austrias.
 






"De tal manera atormentaban al emperador Carlos I de España los progresos de la Reforma y los dolores reumáticos que sentía que más de una vez le oyeron lamentarse de esta manera:
—¡Qué bien dormiría yo sin Lutero y sin la gota!".
"A Felipe II se le proponía con gran empeño para su nombramiento de obispo a un eclesiástico de noble casa pero de vida deshonesta, ya que se comentaba que tenía varios hijos. El rey desechó la propuesta diciendo:
—Si le hiciéramos obispo, precisaríamos saber primero cuál de los hijos había de heredar el obispado del padre".
"Se cuenta que durante una corrida de toros en la que rejoneaba el conde de Villamediana (personaje guapo y rico al que se le atribuían amores con la reina), doña Isabel dijo a su esposo, Felipe IV:
—Qué bien pica el conde.
A lo que el rey respondió:
—Pica bien, pero muy alto".
"Un día, Carlos II el Hechizado anunció que había consumado el matrimonio y se permitió bromas sobre el hecho. Pero el heredero no llegaba. Se culpó a la reina María Luisa de estéril. Probaron entonces el remedio sobrenatural y llovieron estampas, novenas y reliquias. Pero, con muy buen sentido, la reina dijo a su amiga la embajadora de Francia:
—¿Creéis verdaderamente que esto es cuestión de rogativas?".
Carlos Fisas  (Barcelona, 1919)
Ha desarrollado una brillante carrera de conferenciante por universidades y centros culturales de toda Europa, y se ha especializado en el estudio de las manifestaciones amorosas, religiosas e ideológicas del Occidente europeo a lo largo de la Historia. Entró en el mundo de la radio de la mano de Luis del Olmo, con quien trabajó durante años bajo la rúbrica de "Historias de la Historia", que dio título a una serie de libros de gran éxito.
Ha publicado entre otras obras:
"Historias de las reinas de España” (La Casa de Austria y La Casa de Borbón), “Frases que han hecho Historia”, “Palabras que tienen Historia”, “Curiosidades y anécdotas de la Historia Universal” (dos series), "Historias de las historias de amor”, “Anecdotario español 1900-1931" y "Las mujeres de Casanova I, II y III".
Anécdota: f. Relación breve de algún suceso curioso y notable.
Anecdotario: m. Colección de anécdotas.
Anecdótico, ca: adj. Perteneciente o relativo a la anécdota.
Anecdotista: com. Persona que escribe, refiere o gusta de contar anécdotas.
Prólogo 
Repetidas veces he escrito que un anecdotario histórico puede ser muchas cosas, pero lo que nunca podrá ser es original, y ello es lógico puesto que el anecdotista no puede inventar las anécdotas y atribuirlas sin ton ni son a personajes más o menos conocidos, y aun así se encuentran en los libros de historia anécdotas de un rey o de un personaje célebre que en otros libros se atribuyen a personajes diferentes.
Tal vez sea ello debido a la coincidencia de situaciones que a lo largo de los siglos se han ido produciendo, pero aun así nunca es correcto inventar rasgos de ingenio, frases afortunadas o situaciones curiosas a personajes célebres, por verosímiles que sean.
He procurado en este libro citar con escrupulosidad aquello que me ha parecido más curioso, entresacado de los libros de historia que figuran en la bibliografía, escritos por historiadores de solvencia y dignos de ser creídos.
Doy a la palabra "anécdota" el sentido más amplio que se le pueda dar.
No sólo es anécdota para mí una determinada respuesta o una determinada frase que demuestren el ingenio de quien las pronunció. Considero anécdota también curiosidades históricas tales como la receta de la olla podrida, plato favorito de Carlos I, los menús de la corte de Felipe IV o descripciones de vestidos, comitivas o saraos que ilustren, a mi modo de ver, las costumbres y el talante de tal o cual rey y su corte.
Al pie de cada anécdota encontrará el lector el nombre del autor en cuya fuente he bebido. Si alguna vez lo he olvidado ruego al perjudicado que me lo indique para subsanar el error en próximas ediciones, si las hay como deseo. Únicamente carecen de nombre de autor aquellas anécdotas procedentes de otros libros míos publicados por esta misma editorial.
De todos modos considero que mi libro no puede ser otra cosa más que un simple aperitivo que abra las ganas de leer los libros que cito en la bibliografía y otros muchos cuya importancia quiero subrayar, escritos no por un simple anecdotista como yo sino por historiadores serios y eruditos que merecen la compra y lectura de sus obras.
Una cosa más. He empezado este anecdotario con Juana la Loca porque los Reyes Católicos, pese a lo que se ha dicho con patrioterismo antihistórico, no fueron nunca reyes de España o de las Españas, como sería más correcto decir. Isabel era reina de Castilla; Fernando, de Aragón.
Hasta el punto que cuando murió la Reina Católica, su esposo no fue nombrado rey de Castilla sino sólo regente. Más aún, a la muerte de Isabel, Fernando casó en segundas nupcias con Germana de Foix para tener hijos a los que ceder el reino de Aragón: Cataluña, Valencia, Mallorca y los reinos italianos. Al no tener descendencia, su corona pasó a su hija Juana, que fue en realidad la primera reina de las Españas y de las Indias, así, en plural, tal como firmaron durante siglos nuestros reyes.
Juana I la Loca 
Doña Juana nació el 6 de noviembre de 1479 en el viejo Alcázar de Toledo. Se le impuso el nombre de Juana en recuerdo de su abuela Juana Enríquez, madre del rey católico don Fernando, a la que llegó a parecerse tanto que, en broma, la reina Isabel la llamaba "suegra" y don Fernando "madre".
No era hermosa, pero, según los retratos de Juan de Flandes, tenía un rostro ovalado muy fino, ojos bonitos y un poco rasgados; el cabello fino y castaño, lo que la hacía muy atractiva. Se conservan dos retratos hechos por el mismo pintor, uno en la colección del barón Thyssen-Bornemisza, en que aparece vestida muy pacatamente, tal como correspondía al ambiente de la corte española. El otro, actualmente en el Museo de Viena, la muestra ya provista de un generoso escote, tal como correspondía al ambiente más liberal de la corte borgoñona. Este último fue realizado, naturalmente, cuando doña Juana ya estaba en Flandes, después de su casamiento.
De que Juana estaba loca no hay duda, aunque algunos historiadores opinen lo contrario. Su abuela Isabel, madre de Isabel la Católica y que reinó en Castilla desde 1447 hasta 1454, acabó sus días en total locura. También por otros antepasados la enajenación mental pudo recurrir en Juana.
Desde pequeña dio muestras de tener un carácter muy extremado. Educada piadosamente, a veces dormía en el suelo o se flagelaba siguiendo las historias de los santos que le contaban. Como es lógico, sus padres y sus educadores procuraban frenar estas tendencias. Por otra parte aprendió no sólo a leer y a escribir, sino que tuvo una educación esmerada, y a los quince años leía y hablaba correctamente en francés y en latín: no en balde había tenido como maestra en esta última lengua a la conocida Beatriz Galindo, llamada "la Latina", fundadora del convento que después dio su nombre a un conocido barrio de Madrid.
A Felipe se le conoce con el sobrenombre de "el Hermoso", aunque parece seguro que este apodo se lo pusieron posteriormente. Según nuestros cánones de belleza no nos parece tan hermoso como decían, pero sin duda debía tener mucho "sex appeal", puesto que sólo al verse y pensando que la boda tenía que celebrarse cuatro días después decidieron, de común acuerdo, llamar al sacerdote Diego Villaescusa para que los casara aquella misma tarde y poder adelantar la noche de bodas; lo que indica la prisa que debían de tener los jóvenes, especialmente él, que había sido educado en un ambiente más liberal que el de la corte española y había tenido varias aventuras, si no sentimentales, por lo menos sexuales; y por lo que sucedió después no parece que el matrimonio le reprimiese sus impulsos, lo que provocó desde los primeros momentos escenas de celos, peleas y recriminaciones.
Al parecer, doña Juana se sintió herida en su amor o, tal vez, para ser más precisos, en su amor propio, que a veces estos dos sentimientos se confunden.
La vida en la corte flamenca era muy distinta a la española, hasta el punto de que la reina Isabel, a la que habían llegado noticias de que Juana se confesaba con clérigos franceses tachados en España de "frívolos, libertinos y bebedores empedernidos", envió a Flandes a un fraile de su confianza para que la informase. A su regreso, fray Tomás de Matienzo, que tal era su nombre, aseguró a la reina que la religiosidad de su hija no corría peligro, aunque el ambiente chocaba un poco y aun un mucho con las costumbres hispanas.
Desde los primeros momentos ya dio muestra Juana de un notable desequilibrio sentimental. Bien conocida es la anécdota acaecida con una de sus damas, muy bella, joven y rubia, a la que Juana descubrió con un billete en su mano y, suponiéndolo —seguramente con fundamento— escrito por su consorte, le exigió que se lo entregara. La damita, por un exceso de coraje o de miedo, desobedeció la orden, prefiriendo comerse la misiva, a lo que respondió la archiduquesa de Austria abalanzándose sobre la chica y produciéndole daño que algunos cronistas reducen a una bofetada y otros elevan a un corte de trenzas y posterior señalización del bello rostro con las mismas tijeras utilizadas para el corte.
Juana, a los dieciséis años, siendo todavía doncella, en todo tenía el aire de una mujer: bien proporcionada, el rostro ovalado, con la frente muy despejada, el cabello recogido y trenzado sobre la nuca, el cuello airoso, fino y alargado, y el busto bien dotado y poco recatado, según la costumbre de la época, que vedaba a los caballeros el lucirlo, mas no así a las mujeres, pues, como razonaba fray Hernando de Talavera, confesor que fuera de la Reina Católica, "verdad es que las mujeres que crían deben traer los pechos ligeros de sacar".
El matrimonio de Juana con Felipe el Hermoso fue acordado por motivos políticos. Como dice Olaizola, "esta obsesión de arreglar los reinos mediante matrimonios dinásticos era común a todos los monarcas cristianos, hasta el punto de que un teólogo de Salamanca, de nombre Bartolomé Márquez, de la Orden de Predicadores, se atrevió a decir a la Reina Católica que mirase bien lo que hacía, pues Nuestro Señor Jesucristo había dispuesto el sacramento del matrimonio para fines que poco tenían que ver con tales arreglos; y que los padres de la Iglesia eran unánimes en determinar que matrimonio celebrado sin libertad ni consentimiento de los contrayentes, de tal sólo tenía la apariencia pues "quod ab initio nullum est non potest tractus tempore convalescere", que era tanto como decir que era nulo. ¿Y qué libertad podía haber en príncipes que se casaban forzadamente? La Reina Católica dicen que le escuchó con el respeto que le merecían los teólogos de tan ilustre universidad y prometió que les razonaría a sus hijos para que se casaran de grado, y no por fuerza. Ahora bien, qué es lo que entendía esta reina tan católica por casarse de buen grado es algo que quedaba al fuero de su conciencia".
Felipe era un hombre vano, ambicioso y de poco seso, amigo de la adulación y de dejarse guiar por falsos consejeros. Vanidoso, estaba acostumbrado a que las damas de su corte cayeran rendidas a sus pies a la menor indicación suya, y no estaba dispuesto a cambiar sus costumbres licenciosas por el mero hecho de estar casado. El amor que doña Juana profesaba a su esposo era excesivo y pueril, empalagoso, rayando con la idolatría, siendo más propenso a suscitar el disgusto que el amor. Sus celos extremos, que eran fundados, la llevaban a provocar los escándalos más extravagantes. No es de extrañar que don Felipe acabara aburriéndose. El archiduque sólo tenía un remedio para calmar los ataques de celos de su esposa: cumplir con sus deberes matrimoniales. No hay que sorprenderse entonces de que, pese a la frivolidad y desdén de don Felipe, doña Juana trajese al mundo seis hijos.
No es de extrañar que Felipe, acostumbrado a la libertad sexual que reinaba en Flandes, no pudiese aguantar ni la fidelidad conyugal ni los celos de su esposa. En Flandes tan relajada estaba la moral que tenían en poco la virtud de las doncellas, no siendo cuestión de honor, como en Castilla, el que se les mancillase la honra, al extremo de que no era extraño que muchachas de humilde condición reuniesen los dineros para su dote ganándoselos en las mancebías, que abundaban no menos que las tabernas, aunque tanto unas como otras poco tenían que ver con las de España por lo impropias y bien provistas que estaban.
La fidelidad conyugal tampoco era tenida en mucho y la legitimación de hijos bastardos ocupaba tomos enteros en los archivos de las municipalidades.
A los hijos bastardos los llamaban sobrinos y, según un dicho de la época, resultaba verdaderamente singular que, habiendo tan pocos padres, hubiera tantos tíos.
Felipe tenía los dientes cariados y procuraba disimular ese defecto con piezas de oro, y por eso se puso de moda en la corte de Bruselas lucir dientes de oro aunque no hubiera mellas en la dentadura.
Juan Antonio Vallejo-Nájera, en su magnífico libro "Locos egregios", llama la atención sobre el hecho de que ya entonces daba doña Juana muestras de alteración síquica, que los médicos llamaron "melancolía".
"Si hubiera resultado evidente para su entorno que la melancolía derivaba primariamente de la separación del esposo, así lo hubieran advertido los médicos. Esta interpretación, ahora siempre presente, sólo aparece después formando parte de la leyenda. Tampoco los síntomas son de una "depresión reactiva", sino que aparecen coloreados del embotamiento afectivo—esquizofreniforme del que ya tuvo atisbos cuatro años antes. Los médicos de cámara Soto y Gutiérrez de Toledo los describen así: "Algunas veces no quiere hablar; otras da muestras de estar "transportada"..., días y noches recostada en un almohadón con la mirada fija en el vacío".
Sale con doña Isabel hacia Segovia y allí continúan las anormalidades. Pasa noches en vela y días enteros sin comer, para hacerlo de pronto vorazmente. Alterna la inmovilidad del "transporte" con arrebatos de ira, en los que nadie osa contrariarla.
A su madre le parece clara la posibilidad de una pérdida permanente de la razón. No se explica de otro modo que, a poco de marchar don Felipe, presente a las Cortes de Castilla el proyecto de ley en que hace constar la significativa salvedad de que si Juana se encontrara ausente, o mal dispuesta, o incapaz de ejercer en persona las funciones reales, ejercería la regencia su padre don Fernando.
En 1503, la princesa doña Juana da a luz un hijo que se llamó Fernando y que después fue emperador de Alemania. Don Felipe quiere regresar a Flandes, donde se divierte mucho más que en España. Doña Juana se trastornó hasta tal punto que, según palabras de González Doria, "al ver partir a su esposo cayó en estado de desesperación”. Trasladados los reyes con su hija y su nieto Fernando a Medina del Campo, pronto dio en pensar doña Juana que podía aún alcanzar al marido antes de que embarcara si corría tras él por cualquier camino, y pensarlo e intentarlo todo fue uno.
Tal y como se encontraba en el lecho, descalza y sin ropa de abrigo, echó a andar los corredores del castillo de Mota. La detuvo el obispo de Córdoba, que estaba encargado de su custodia esa noche; la princesa forcejeaba con él, y el prelado ordenó se avisase a la reina en vista de que doña Juana se resistía a abandonar la plaza de armas de la fortaleza, hasta donde había conseguido llegar pretendiendo que alzaran los guardias el rastrillo y le franquearan el puente levadizo. Estaba doña Isabel indispuesta aquel día y se había retirado temprano a descansar, pero, a pesar de ello, acudió a la llamada del obispo, y no sin trabajo pudo reducir a su hija, si bien escuchó estas insolentes palabras que "jamás las habría tolerado si no oviese conocido su estado mental", según refería la propia doña Isabel en carta dirigida a su embajador en Bruselas".
La escena fue terrible porque Juana rechazaba airada a las damas de la corte y a la servidumbre y sacudía los barrotes de las rejas. No consiguieron vestirla; pasó al raso aquella fría noche de noviembre y el otro día.
A la noche siguiente encendieron una gran hoguera en el patio, a la que se acercó algunas veces aterida de frío.
La Reina Católica pensó en su madre, que en 1493 había muerto, no lejos de Medina, en Arévalo, víctima de una dolencia mental.
La situación entre la reina Isabel y su hija doña Juana se hizo tan tensa que Cisneros, confesor de la Reina Católica, aconsejó a la reina que la dejara partir, y el 1 de marzo Juana salía hacia Laredo, donde permaneció dos meses, esperando que el tiempo fuera propicio para la navegación hacia Flandes.
Al llegar a Flandes vuelven a desatarse los celos incontrolados.
Atribuye a don Felipe amores con todas las damas de su palacio.
No quiere a damas flamencas a su alrededor y se rodea de esclavas moriscas que ha traído de España y que se ocupan a diario de ella, bañándola y perfumándola.
Por consejo de su médico se acicaló tal vez en exceso, lo cual fue motivo de escándalo en la corte de Castilla, adonde llegaron noticias de que la princesa se bañaba todos los días, y algunos hasta dos veces. Habían de pasar muchos siglos antes de que los castellanos se aficionaran al baño, que lo consideraban costumbre mora que a nada bueno podía conducir; de ahí el asombro que produjo esa afición de la princesa y el que lo tomaran como actitud de persona que no está en su sano juicio.
De primeras no disgustó a don Felipe esta nueva disposición de su esposa, ya que más quería verla fresca y bien aromada que no sucia y desaliñada. Pero como doña Juana se estuviera volviendo tan extremada en todo, se empeñó en que don Felipe también había de bañarse y acicalarse como ella, a lo cual el soberano se opuso como contrario a su dignidad real, y a tanto llegó la cosa que dijo que no había de dormir con la princesa en tanto no se desprendiera de aquellas manías que le estaban trastornando el seso. Por motivo tan banal las tuvieron muy sonadas, pues ninguno quería ceder, y don Felipe se consideró justificado para frecuentar otros lechos, puesto que le era negado el de su esposa, que apestaba a almizcle y a otros perfumes poco cristianos.
En uno de los viajes que hizo desde Flandes a España, a la altura del estrecho de Calais, se levantó una tormenta del suroeste, que son las peores en aquella mar, que desbarató la escuadra, quedando cada navío a su suerte. El de sus majestades, que era una carraca de cuatrocientas cincuenta toneladas, salió muy malparado ya que, separado del resto de la flota, sufrió los peores embates del temporal, hasta el punto de que perdió el mástil principal y a poco estuvo de zozobrar. En trance de irse a pique estuvieron tres días los caballeros y las damas de la corte y las meretrices que los acompañaban postrados por el mareo y el temor, sin poder comer ni beber, y sólo con fuerzas para rezar, salvada la reina doña Juana, que en ningún momento perdió ni la compostura ni el apetito. Por contra, el archiduque don Felipe, que siempre fue muy mal marinero y estaba descompuesto, se hizo colocar un odre hinchado bien cosido al cuerpo para que le sirviera de salvavidas, y se admiró de que su esposa no tuviera miedo a lo que esta replicó:
—¿Por qué había de tenerlo? ¿Es que acaso se conoce de algún monarca que haya perecido ahogado?
Los que la oyeron se quedaron pasmados, aunque algunos pensaban que no estaba en su sano juicio, pero los siglos transcurridos le vienen a dar la razón, pues no se conoce de ningún rey o reina que haya muerto ahogado.
Varias veces al día se lava la cabeza, síntoma que, según los siquiatras, es característico de la esquizofrenia. Cuando sabe que su marido está en la habitación de al lado se pasa la noche dando golpes en la pared.
En el asunto de la infidelidad conyugal la costumbre en los matrimonios reales era que cuando llegaban los meses mayores del embarazo se abstuvieran de relaciones carnales, para asegurar su feliz término, y si bien hubo reyes prudentes y temerosos de Dios, que no por ello faltaban al respeto debido al sagrado vínculo matrimonial, los más se permitían licencias contando con la comprensión, y hasta la complicidad, de quienes debían cuidar su alma.
A la Reina Católica mucho le tocó padecer en este punto con su esposo el rey Fernando, pero acertó a disimularlo. No así su hija Juana, que no supo "ahormarse" a la conducta de su madre y reprendió públicamente a su esposo por el desvío que le mostró durante aquellos meses; no que le constara que tuviera amante, sino que no la atendía en el lecho conyugal como le era debido, dándosele poco de que fueran meses mayores o menores. En este punto la reprendió fray Tomás de Matienzo haciéndole ver que una vez que diera a luz las aguas volverían a su cauce, y que tomara ejemplo de su egregia madre, que hasta consintió que fueran educados en la corte los hijos bastardos de su esposo, el rey Fernando, a lo que la archiduquesa replicó que estaría conforme si su marido también lo estaba en tomar ejemplo de su tío, el rey Fernando IV de Castilla, que consintió en que su esposa, la reina, tuviera una hija con don Beltrán de la Cueva, a la que reconoció como propia, pese a que pasó a la historia con el sobrenombre de "la Beltraneja".
El tesorero de doña Juana, Martín de Moxica, lleva un diario, que se ha perdido, en él anota los sucesos de cada día y las anormalidades, cada vez mayores de doña Juana, y lo envía a los Reyes Católicos. El efecto que produjo nos lo podemos imaginar cuando la reina Isabel, tres días antes de su muerte, modifica su testamento indicando que si "su muy querida y amada hija, aun estando en España, no quisiera o no pudiera desempeñar las funciones de gobierno, el rey Fernando debía reinar, gobernar y administrar en su nombre".
Castilla se dividió en dos bandos: uno partidario de don Fernando, en quien veían dotes de gobernante y continuador de la política de doña Isabel, y otro, afín a don Felipe, del que esperaban la concesión de privilegios otorgados antiguamente por los monarcas castellanos y que habían sido recortados por los Reyes Católicos.
Por otra parte, algo de ambición debía de haber, por cuanto, sabiendo que don Felipe estaba ignorante de las leyes y costumbres de Castilla, era forzoso que acudiese a la nobleza para aconsejarse, lo cual les permitiría la libertad de abusar del poder.
Don Felipe, hostil al Rey Católico, se pone en contacto con Francia, y don Fernando, para contrarrestar estas negociaciones, concierta su matrimonio con Germana de Foix, sobrina de Luis XII, lo que hace que los cortesanos flamencos intenten que Juana firme documentos que comprometan al rey, a lo que se negó doña Juana, exclamando:
—¡Dios me libre de hacer nada contra la voluntad de mi padre y de permitir que en vida de mi padre reine en Castilla otra persona! Que si el rey Fernando se casa otra vez es para vivir como buen cristiano.
Don Felipe se propone entonces ir a Castilla sin su esposa, pero don Fernando le avisa que, de hacerlo así, será tratado como extranjero.
El 8 de enero de 1506, don Felipe y doña Juana embarcan para trasladarse a España definitivamente. Un grupo de damas de la corte tuvo que ser embarcado a escondidas, pues doña Juana se negó a hacerlo si había otras mujeres en la comitiva.
Vallejo-Nájera, en el libro ya citado, comenta el hecho diciendo: "En doña Juana se perfila en esta primera etapa una forma de esquizofrenia llamada "paranoide" porque en ella dominan las ideas delirantes, parcialmente sistematizadas, en este caso, en un delirio de celos. El que los celos estén ampliamente motivados, como en doña Juana, no contradice que su formulación sea enfermiza y se lleven a exageraciones irreales, como la de pretender que no acompañase ninguna mujer a la flota. A ello no puede acceder don Felipe, pues el desembarco en España sin una sola dama acompañando a la reina sería interpretado automáticamente como que llegaba prisionera. Por eso las vuelve a embarcar sin que Juana se percate de ello".
Los visitantes de doña Juana se dividían entre los que, como don Pedro López de Padilla, procurador de Toledo, aseguraban al salir de la entrevista:
—Las primeras palabras eran las de una persona en su juicio, pero al seguir hablando parecía como si se saliese de la razón.
Y que conste que don Pedro fue leal a la reina hasta su muerte. Otros, como el almirante de Castilla, visitan a la reina y luego declaran:
—Nada contestó que no fuese de razón.
El 17 de septiembre, encontrándose Felipe con la reina en Burgos, se puso a jugar a pelota; al concluir la partida, sudoroso como estaba, bebió un jarro de agua helada. Al día siguiente no pudo levantarse a causa de la fiebre. La reina le cuidó, no separándose ni un momento de su lado, hizo que le montasen una cama al lado de la de su marido y allí estuvo hasta la muerte de Felipe I el 25 de septiembre de 1506.
Empieza ahora la parte de la vida de doña Juana más explotada por los autores románticos. La reina no derramó una sola lágrima y dio severas órdenes para que solamente hombres velasen el cadáver, prohibiendo que ninguna mujer se acercase a él. Dicen que estuvo presente mientras lo embalsamaban y no quiso que le enterrasen, sino que, pasados algunos días, mandó que el féretro fuese trasladado a la cartuja de Miraflores por ser el monasterio de cartujos —es decir, de hombres—, e hizo que lo instalasen en una dependencia de clausura para que ninguna mujer pudiese verlo, salvo ella por privilegio especial. Llevaba doña Juana colgada del cuello la llave del ataúd y, cada vez que lo visitaba, lo abría para contemplar el cadáver, que por cierto estaba mal embalsamado y hedía.
Por el mes de noviembre hubo un brote de epidemia en Burgos y la corte decidió trasladarse a otra ciudad, a lo que se opuso doña Juana por no alejarse de la cartuja de Miraflores.
Por fin, el 20 de diciembre se consiguió que doña Juana consintiese en trasladar el cuerpo de su esposo a Granada para ser enterrado junto al de Isabel I. Dice González Doria:
"Envió su corte por delante de ella y solamente llevó en su cortejo varios frailes y una media docena de criadas viejas feas; a la pobre doña Juana la atormentaban los celos, incluso ahora que el hermoso don Felipe no era ya nada más que unos míseros despojos pestilentes. Escoltaban el féretro soldados armados portando antorchas, los cuales tenían órdenes muy rigurosas de la reina de impedir que al pasar por las aldeas pudiese ninguna mujer acercarse al ataúd de don Felipe.
Iba ella unos ratos en carruaje y otros cabalgando en enlutado corcel para poder acercarse a quienes llevaban las andas sobre las que se transportaba el féretro; ¡infelices porteadores que debían ser renovados frecuentemente por serles insufrible el hedor! Como solamente se caminaba de noche, se hacía parada al llegar el día en la iglesia de algún lugar en donde los frailes del cortejo decían misas y pasaban la jornada entonando una vez tras otra el oficio de difuntos. Una de estas paradas se efectuó en un convento que había en mitad de la campiña, pero al darse cuenta la reina de que se trataba de un cenobio de monjas, aunque eran de clausura, ordenó se sacase de allí rápidamente el féretro y se acampase fuera del convento; es éste el momento que, idealizado en bastantes detalles sin excesivo rigor histórico, ha inmortalizado Francisco Pradilla en un famosísimo cuadro".
Dos cosas son de notar en este célebre cuadro. Primero, que tanto la reina como las damas que la acompañan van vestidas de negro, lo cual era una novedad, pues el luto en aquella época se representaba con el color blanco.
Fueron precisamente los Reyes Católicos los que en su Pragmática de Luto y Cera impusieron el color negro. Poco antes, un edicto del concejo de Burgos mandaba que en caso de luto no se llevase el vestido blanco "so pena que sea rasgada la ropa que trajesen e si alguno por pobreza no pudiera haber ni comprar luto o margas que haya ropas pretas". Marga, dice el diccionario, es: "jerga que se emplea para sacos, jergones y otras cosas semejantes y que en época antigua se llevó como luto riguroso", preto o prieto significa negro. Lo segundo a notar es la presencia de mujeres en el cortejo de la reina. Esta había autorizado a unas cuantas damas viejas y feas a que la acompañasen, manteniéndose siempre lejos del féretro. Puesto que su marido había muerto ya no había peligro de seducción.
Ludwig Pfandl dice que algunos contemporáneos pretendían saber que doña Juana estaba poseída por la idea fija de que el muerto había sido embrujado por mujeres envidiosas, que su muerte era sólo aparente y temporal, que al cabo de cierto plazo volvería a la vida y que ella vivía con el constante temor de que podría dejar escapar este momento.
A todo esto, doña Juana estaba embarazada, y al llegar a Torquemada dio a luz una niña que se llamó Catalina y llegó a ser reina de Portugal.
Aunque el alumbramiento fue rápido y feliz, pasáronse apuros por no haber comadrona en el lugar y tuvo que ejercer de tal doña María de Ulloa.
Mientras la reina se disponía a continuar su camino hasta depositar en Granada los restos del archiduque y cundía el descontento y se levantaban las pasiones contra los ambiciosos que disponían de los asuntos de gobierno por desidia e incapacidad de la soberana, llegó la primavera y encendióse la peste en Torquemada y, aunque morían muchos y el azote no respetaba a los palaciegos, la reina, desoyendo consejos bien enderezados, no disponía su salida del pueblo, esperando la resurrección de su esposo, y sólo accedió a establecerse en Hornillos, distante una legua de Torquemada, adonde se llevó, como siempre, el fúnebre depósito.
Procedente de Nápoles y Valencia, el rey don Fernando se entrevistó con su hija en Tórtoles, y allí la desgraciada reina dio a conocer su decisión de no meterse en asuntos de gobierno.
Desde Tórtoles pasó la corte a Santa María del Campo y de aquí a los Arcos. Doña Juana, precedida del cofre mortuorio, caminaba de noche, según su costumbre, y tenía la imaginación tan llena del recuerdo de su marido, tan vivo se mantenía su delirio amoroso, tanto se iba acentuando su frenalgia, que su espíritu no tenía aptitud para ocuparse de otros asuntos que los que giraban alrededor de su vesania, y en esta situación, cuando la reina no había consentido en autorizar el sepelio del archiduque, propusiéronle los cortesanos que ¡contrajese segundas nupcias con el rey de Inglaterra!... En efecto, creyendo el tal monarca que el estado de doña Juana no procedía ni más ni menos que de los malos tratos de su esposo, solicitó la mano de la reina loca por convenir a sus planes y, como la política no tiene entrañas, don Fernando el Católico, no obstante creer en lo disparatado del proyecto, no quiso desairar al inglés y llevó adelante la farsa, consintiendo se hiciese a la reina la petición formal de su mano, a lo que no estuvo de acuerdo ella, como era de esperar.
En noviembre de 1510, al visitarla su padre la halló en tan lastimoso estado que parece había perdido la soberana toda noción de limpieza, decencia y consideración que a su persona debía, hasta el punto de temerse que no podría resistir muchos días a tales extravíos. Flaquísima, desfigurada, harapienta, durmiendo poco y no comiendo nada algunos días, daba lástima a la misma compasión. Para remediarlo, puso el rey a su lado doce mujeres nobles, "para que mirasen por ella y la vistiesen aunque fuese contra la voluntad de la reyna que no quería sino andar sucia y rota, y dormir en el suelo sin mudar camisa, lo cual se remedió de alguna manera porque las damas la forzaban cuando ella por su porfía y falta de juicio no quería".
En otoño de 1517 llegaron a España desde los Países Bajos sus hijos Carlos y Leonor. El primero, de diecisiete años de edad, había sido proclamado en Bruselas rey de Castilla y Aragón. Fueron a visitar a su madre. Carlos, que no sabía hablar todavía en castellano, se le dirigió en francés:
—Señora, vuestros obedientes hijos se alegran de encontraros en buen estado de salud y os ruegan que les sea permitido expresaros su más sumiso acatamiento.
La reina se les quedó mirando un rato como haciendo un esfuerzo para concentrarse.
—¿Sois vosotros mis hijos?... ¡Cuánto habéis crecido en tan poco tiempo!... Puesto que debéis de estar muy cansados de tan largo viaje, bueno será que os retiréis a descansar.
Y esto fue todo después de doce años de no haberlos visto.
En Tordesillas quedó con su madre la pequeña Catalina, que ya tenía diez años. Llevaba una triste vida.
Aparte de sarna, que le producía grandes comezones, no tenía otra diversión que mirar desde la ventana a la gente que pasaba hacia la iglesia.
A veces echaba unas monedas a la calle para que los niños fuesen a jugar bajo su ventana y no tenía otra compañía que dos antiguas y viejas criadas.
Se decidió sacarla de allí y pasó un día entero sin que doña Juana se diese cuenta de su ausencia, pero cuando lo hizo empezó a llorar y a lamentarse en forma tan lastimera que no hubo más remedio que devolver a la infanta a su encierro. Eso sí, lo hizo acompañada de una pequeña corte de damas y doncellas, algunas de su misma edad, y se procuró que ocupase aposentos distantes de los de su madre, que se divirtiese en lo posible y saliese a montar a caballo por los alrededores de Tordesillas.
Doña Juana ignoraba que había muerto su padre y no le chocaba que no fuese a verla porque ella, en su abulia, tampoco tenía deseos de verle.
Un acontecimiento sucedió en España que pudo haber cambiado la historia del país: fue el alzamiento de los comuneros, en el que desempeñó Juana un papel, aunque pasivo, muy importante:
"Los revolucionarios afirmaban, porque ello era favorable a sus intereses, que estaba prisionera con toda injusticia y además sana de juicio.
Penetraron en el Castillo y quisieron libertarla; ella no se movió del sitio. Le dijeron que hacía mucho tiempo que había muerto el rey don Fernando; no quiso creerlo. Pusiéronle a la firma decretos sobre la nueva organización del gobierno; la letargia no le permitió levantarse para ello ni leer siquiera uno; se negó a firmarlos. La amenazaron diciéndole que, mientras negara la firma, ni ella ni la infantita lograrían comer un bocado; Juana no se conmovió lo más mínimo. Hincáronse de rodillas delante de ella, le pusieron ante sus ojos los decretos escritos, la pluma de ave y el tintero y la importunaron con vehementes ruegos; pero ella miró por encima de sus cabezas y buscó con vacía mirada una lejanía indecisa. Por último, entraron varios sacerdotes para exorcizar a la pobre reina y librarla de la violencia del espíritu malo que moraba en ella. Pero todo fue en vano: Juana perseveraba en su indiferencia y en su resistencia pasiva.
Sin saberlo salvó la soberanía de su hijo, pues su firma hubiera hecho gobierno legítimo lo que ante la ley era un conjunto de rebeldes". Son palabras de Ludwig Pfandl.
Y así pasaron años y años. Cada vez se va acentuando la enfermedad de la reina. Tiene arrebatos de furia, golpea a las criadas y a las damas de su servicio, come sentada en el suelo y, al terminar, arroja la vajilla y los restos de comida detrás de los muebles. Se pasa dos días sin dormir y luego, durante otros dos, no se mueve de la cama. Va andrajosa y sucia, no se lava. Como una gran cosa, un mes se cambia tres veces de vestido y duerme con ellos puestos.
Durante cuarenta y seis años vive, si a eso se le puede llamar vivir, encerrada en Tordesillas. Sólo recobra la razón en la primavera de 1555, cuando Francisco de Borja, que había sido duque de Gandía, la visita y logra que se confiese; pero es sólo un instante, pues rechaza toda práctica religiosa. Una vez Francisco la abandona, vuelve a caer en su locura habitual. El confesor de doña Juana, Francisco de Borja, será, tiempo después, elevado a los altares.
Doña Juana está cada vez más enferma, sus piernas se ulceran, se infectan las heridas, tiene fiebre y vómitos. Sus dolores son tales que no grita sino aúlla día y noche. Muere en la madrugada del 12 de abril de 1555, Viernes Santo, a los setenta y cinco años de edad, después de haber estado encerrada desde los veintinueve.
Su hijo Carlos abdica seis meses después. Los únicos seis meses en que legalmente había sido rey de España.
En el momento de su muerte está a su lado Francisco de Borja, el que había sido marqués de Lombay y que, desengañado ante la visión del cadáver de la emperatriz Isabel, había abandonado la vida mundana y entrado en la nueva Orden de la Compañía de Jesús.
Francisco recita el credo, que ella repite trabajosamente:
—¡Jesús crucificado, ayúdame!...
Son sus últimas palabras. Es la mañana del Viernes Santo. Día doloroso; también toda su vida, larga, dramática. Más de cuarenta años en aquella reclusión de Tordesillas. En el convento de Santa Clara quedan sus restos. Más tarde, el nieto, Felipe II dispondrá el traslado a Granada. Allí quedarán, junto a los del esposo, junto a los de los padres.***
XX Carlos I 
Juan Manuel González Cremona, en su excelente libro "Mis amores reales. La casa de Austria", al tratar del nacimiento de Carlos I escribe:
"Como si se tratara del protagonista de una tópica fábula moralista, el llamado a ser monarca, en cuyos dominios no se ponía el sol, nació en un retrete.
"Sus padres, Felipe de Habsburgo, el Hermoso, y nuestra Juana de Castilla, la Loca, no eran lo que podríamos llamar un matrimonio bien avenido. Haciendo honor a su estirpe, el cónyuge no perdía oportunidad de correr tras damas y damiselas, hecho que, como es de imaginar, despertaba las iras de su demasiado amante esposa.
"Antes de las iras, las sospechas. Sin demasiada exageración podríamos decir que entre unas y otras pasaban los días y todas las noches, incluidos los más próximos a sus frecuentes alumbramientos.
"El 24 de febrero de 1500 había ya "salido de cuentas" y, dado que Felipe también había salido, pero del lecho conyugal, en dirección a los salones de palacio en los que se celebraba una fiesta, ella se consideró en la obligación de ir tras él para vigilarlo de visu. En ello estaba cuando reconocibles signos le hicieron saber que el alumbramiento era inminente; obligada a elegir entre parir o vigilar decidió hacer ambas cosas casi simultáneamente. Murmurando una ininteligible excusa, se retiró a una habitación próxima habilitada como excusado. Allí, entre orgánicos detritus y deletéreos aromas, para justificación de estoicos y confusión de consumistas, nació Carlos I de España y V de Alemania, señor de dos mundos".
Esta es la primera anécdota de su vida.
El comienzo de esta vida me recuerda el soneto que ciento cincuenta años después publicó Quevedo y que dice así:
La vida empieza en lágrimas y caca,
luego viene la mu, con mama y coco,
síguense las viruelas, baba y moco,
y luego llega el trompo y la matraca.
En creciendo, la amiga y la sonaca:
con ella embiste el apetito loco;
en subiendo a mancebo, todo es poco,
y después la intención peca en bellaca.
Llega a ser hombre, y todo lo trabuca;
soltero sigue toda perendeca;
cuando se convierte en mala cuca.
Viejo encanece, arrúgase y se seca;
llega la muerte, y todo lo bazuca,
y lo que deja paga, y lo que peca.
La encargada de educar a Carlos I en sus primeros años fue Margarita, hija de Maximiliano de Austria y viuda de Filiberto de Saboya, mujer de inteligencia y cultura realmente excepcionales. Cito una vez más a González de Cremona cuyo libro "Carlos I", publicado por esta misma editorial, es modélico y de obligada consulta para todo lector curioso que quiera seguir paso a paso la vida y la época del futuro emperador:
"En su voluntario exilio del franco condado había reunido a músicos, pintores, políticos, arquitectos en una corte en el mejor sentido de la palabra, que dio resultados tan espectaculares como la iglesia de Brou, donde descansa junto a su amado Filiberto.
"Por otra parte, disfrutaba del notable privilegio de ser considerada la primera mujer coleccionista de la Historia, al menos occidental. Los salones de sus residencias atesoraban marfiles ricamente tallados, tapices de incalculable valor, curiosos juegos de ajedrez, medallones, relojes de todo tipo, objetos de oro, plata, cristal, armaduras y cuanto podía despertar nunca dormido interés.
"En su "Diario de Viaje" cuenta Durero el asombro que le produjo ver, entre los tesoros de Margarita, el de Moctezuma, traído de México por Cortés.
"Su biblioteca estaba considerada, ya en esa época, una de las mejores de Europa. En cuanto a cuadros —ya mencionamos los tapices—, sólo decir que su colección incluía más de un centenar de obras de Van Eyck, el Bosco, Juan de Flandes, Memling, y prácticamente todos los mejores de su tiempo".
Margarita de Austria había estado casada con don Juan, hijo de los Reyes Católicos y heredero de la Corona de Castilla, del que enviudó a los pocos meses. Casó de nuevo con Filiberto de Saboya, del que quedó viuda a los pocos años. Con veinticuatro años y dos veces viuda, debió de comprender que su destino no era el matrimonio y decidió no volverse a casar más. El dolor y pena de enterrar a dos maridos en tan poco tiempo había sido suficiente. Cuando murió su hermano, el archiduque Felipe, se encargó del gobierno de los Países Bajos.
A su inteligencia y capacidad negociadora se deberá, años más tarde, la Paz de Cambrai o de las Damas, que marcó un alto en las hostilidades entre Carlos V y Francisco I. A esta mujer le fue encomendada la tarea de dirigir la educación del joven Carlos cuando éste apenas contaba siete años.
Era hombre de mediana estatura, en general bien proporcionado, de frente amplia, que los años harán espaciosa, el color pálido, la nariz aguileña, los ojos azules, de mirar enérgico —ojos ávidos, según la gráfica expresión de Contarini—. Su mayor defecto físico era la mandíbula inferior, "porque tenía la dentadura tan desproporcionada con la de arriba —nos dice Santa Cruz— que los dientes no se encontraban nunca, de lo cual se seguían dos daños: el uno tener el habla en gran manera dura —sus palabras eran como belfo—, y lo otro tener en el comer mucho trabajo; por no encontrarse los dientes no podía mascar lo que comía, ni bien digerir, de lo cual venía muchas veces a enfermar". Hay que concluir que no influiría tal defecto sobre su prematuro envejecimiento, y en el proceso de la gota, que acabaría desfigurándole las extremidades al final de su vida.
De carácter grave, de hondo sentido religioso, incrementado con los años, y justo, cualidades ambas heredadas de sus abuelos los Reyes Católicos, más bien melancólico o, mejor, "amigo de soledad y enemigo de reír", como retrata Santa Cruz, valiente soldado y de alma templada. Junto a sus virtudes, los defectos que coinciden en la avaricia y el rencor, poco amigo de hacer mercedes.
Jerónimo de Moragas tiene un libro excepcional, "De Carlos I emperador a Carlos II el Hechizado. Historia humana de una dinastía". Moragas fue un gran médico humanista de portentosa erudición y en su libro se lee: "Aviso a los psicotécnicos: Carlos de Europa, el gran emperador, de haber sido sometido a una revisión psicométrica hubiera sido desechado por inútil, por corto de entendederas, por inepto para los idiomas, por negado para las matemáticas. Y además por sus ataques epilépticos. Un verdadero desperdicio. Menos mal que era de buena casa y ya encontrarían manera los suyos de disimularlo".
Pero, para suerte de Carlos, aún no había comenzado la pedantería moderna. Si no pudo aprender idiomas, su excelente francés le sirvió para hacer entender en todo el mundo, porque con él expresaba uno de los pensamientos más claros y más ordenados de Europa. Si fracasó en las matemáticas, culpa debió de ser, como en tantos otros niños, de sus profesores, que no supieron hacérselas interesantes, porque, cuando las necesitó para sus batallas las aprendió cumplidamente con su compañero Francisco de Borja. Si tuvo ataques epilépticos, dejó de tenerlos cuando era muy joven.
Y a fin de cuentas fueron los de su casa los que tuvieron la suerte de que fuera él quien cuidara de los asuntos de la familia.
Carlos de Europa fue uno de esos mozos tardos en el desarrollo de las facultades, tardos en adquirir el sentimiento de responsabilidad, y que un día nos sorprenden dando el gran salto y haciendo burla de todas nuestras predicciones.
Carlos era flemático, algo indeciso, pacífico, moderado y aparentemente frío. La visión de una araña le aterrorizaba y empalidecía con sólo pensar en un ratoncillo.
Su abuelo Maximiliano podía estar descontento de su nieto pues se enojaba con su apatía y su aspecto bonachón, pero la educación que recibió Carlos por parte de su tía Margarita y de Adriano de Utrecht fue más acertada que la de otros príncipes e hizo de él un apasionado del arte, de la música y de los libros. Carlos leía habitualmente "Las Consolaciones" de Boecio y "Las meditaciones" de san Agustín. Carlos fue un gran amigo de Tiziano y sostuvo largos diálogos con Lucas Cranach. Llegó a descubrir en cualquier composición musical el menor plagio y fue la música su mayor pasión. Al lado de la música, amaba los pájaros y las flores, y su gran afición a los relojes, que podría parecernos, y quizá lo fue, un rasgo enequético en relación con sus ataques epilépticos, no podemos considerarla demasiado distinta de su interés por los mapas y por todos los instrumentos científicos que se hacía construir por Giovanni Torriano de Cremona.
No ha de extrañarnos que a sus dieciséis años, cuando por la muerte de su abuelo Fernando pasa a ser rey de España, aún no esté preparado, como no lo estaría ningún chico moderno de su edad. No ha de extrañarnos que en sus primeros pasos políticos sólo sea un juguete en manos de los flamencos Chiévres y Le Sauvage. Seguramente fueron éstos los que un día se sintieron sorprendidos al ver que Carlos daba un puñetazo sobre la mesa y comenzaba a obrar por su cuenta.
Pero la que no se sorprendió aquel día fue su tía Margarita. Ella ya lo sabía; ella, que para educarlo había partido del punto de vista de que en este mundo uno se prepara para ser una cosa y luego se es otra, no debió de extrañarse nada de que el niño retardado, indeciso, pacífico, fuera capaz de montar en cólera y plantar cara al rey de Francia y a Solimán el Magnífico con la venia o sin la venia del Santo Padre.
Para comprender la rapidez de los hechos en la vida calmosa de Carlos de Europa sería conveniente establecer un paralelo entre su cronología y la de cualquier chico moderno. A la edad en que el chico de hoy está preparándose con el mínimo esfuerzo para sacar la máxima ganancia en el examen de selectividad, Carlos ya era rey de España. A la edad en que nuestro chico elige profesión entre las tres o cuatro que conoce de nombre, Carlos tomaba posesión del señorío de Habsburgo. Cuando nuestro chico se separa por unos meses de la familia, dejándola sumida en la angustia por su suerte en las milicias, Carlos era ya emperador de Alemania, había liquidado la guerra de los Comuneros y se había enfrentado en Worms con el colérico y tonante Lutero.
Desde jovencito era dado a los excesos en la comida: "Tenía la costumbre de tomar, por la mañana, al despertarse una escudilla de jugo de capón, con leche, azúcar y especias, después de la cual se volvía a dormir. A mediodía comía una gran variedad de platos, hacía la colación pocos instantes después de víspera y a la una de la noche cenaba, tomando en esas diversas comidas de cosas propias para engendrar humores espesos y viscosos...".
No fue amigo de los juegos de azar y destacó su afición a la caza, la cual fue en aumento, por lo que es evidente que en él privaban más los ejercicios y las armas que las letras, aunque fuera notoria su afición por la música, su gusto por la historia, el saber cosas de filosofía y astronomía, memoriales y cartas de marcar globos.
Carlos, en fin, hemos de decir que es un hombre europeísta y universal.
Dos ejemplos traemos a colación, vigentes hoy día en Bruselas, corazón de Europa. En esta urbe se conmemora todos los años, en la primera semana del mes de julio, la solemne ceremonia de entrada del emperador en 1549 en aquella ciudad, fecha en la que presentó a su hijo Felipe II; se trata de un espectáculo de abigarrado colorido, digno del esplendor de la Corte de Borgoña y de la mejor tradición pictórica flamenca.
El segundo ejemplo es la acuñación por el reino de Bélgica en 1987 de piezas de un ecu con motivo del trigésimo aniversario de la Comunidad; la moneda elegida es una reproducción del ducado español de la época, y su leyenda facial habla del "C.F. Carolus D.G. Rom. Imp. Hisp. Rex. Dux. Burg".
Al venir Carlos V a tomar posesión de la corona de España conoció las fiestas de toros, en las que eran actores los nobles, y cuentan las crónicas que por emular a éstos tomó parte activa en algunas de aquéllas y hasta llegó a matar un toro de una lanzada, en Valladolid, para festejar el nacimiento de su hijo, el que luego sería Felipe II.
A este respecto cuéntase que cuando quiso aprender a alancear, uno de los caballeros de la corte le dijo, al aleccionarle, que se fijara en lo que hacía él para que luego, imitándole, pudiera salir más airoso de su empeño.
Y refieren los historiadores que dicho caballero sufrió tan fuerte y súbita arrancada de la res al alegrarla, que sin pérdida de tiempo para defenderse de ella, salió despedido y cayó violentamente. Entonces, el emperador Carlos, un tanto amoscado, aseguran que dijo:
—Esa lección no la tomo yo.
Al venir a España, Carlos estuvo acompañado de consejeros flamencos que no tenían otra intención que la de llenarse los bolsillos. Uno de ellos, Chiévres, se distinguió entre todos por su rapacidad, hasta el punto que los españoles dedicaban a la moneda unos versos significativos:
Sálveos Dios
ducado de a dos
que el señor de Chiévres
no topó con vos.
Hallábase el emperador Carlos V con toda su corte en Zaragoza el año 1519 para jurar los fueros de Aragón cuando un vecino de aquella ciudad regaló al ministro flamenco Chiévres, célebre por su venalidad y sórdida codicia, y con el solo objeto de obtener favorable sentencia en despacho de cierto negocio cuya resolución pendía sólo de aquel favorito, un hermoso mulo, que por su arrogancia era muy celebrado en aquellas tierras. Pocos días después preguntaba un cortesano a Chiévres dónde había adquirido el mulo, respondiendo el flamenco que no lo recordaba. Presente el que hizo el obsequio, resintióse por tanta discreción y determinó burlarse del extranjero, aun cuando fuera a costa de la pretensión que le obligó a hacer el regalo. Al efecto, llamó al pregonero de Zaragoza y le dio las señas del mulo para que lo pregonase por toda la ciudad. Aquel mismo día, al salir Chiévres de su casa, rodeado de un grupo de cortesanos y pretendientes, fue a montar en el mulo para dar un paseo por la ciudad; y el pregonero, que estaba al acecho en una esquina inmediata, llamó la atención con su corneta, según costumbre de entonces en muchas poblaciones de Aragón para publicar bandos y pregones, y principió a cantar las señas del mulo que se había perdido y era reclamado por su dueño. Como las señas dadas eran las mismas del animal que montaba el ministro, quedó éste avergonzado al ver que los cortesanos que le rodeaban estaban atónitos confrontándolas; y llamó al pregonero, entregándole la caballería para que la restituyera a su dueño, excusándose lo mejor que pudo.
Hizo tal efecto esta burla en el ánimo del flamenco, a pesar de su imprudencia, que no quiso recibir más regalos mientras estuvo en Zaragoza; y como su influencia pesara mucho en el monarca, todo avergonzado y corrido obligó con pretextos a la corte a que abandonara aquella ciudad, apresurando su marcha a Barcelona.
De la punta de su nariz y de la expresión de su boca podría deducirse el Carlos sensual ante un buen plato de carne condimentado con pimienta y mostaza, ante un vaso de cerveza. Pero sería conveniente no interpretar la sensualidad de Carlos de una manera exagerada. Carlos fue menos sensual que su hijo Felipe —aunque parezca lo contrario—. Su sensualidad ha sido hipertrofiada por el doctor Mathisio, su médico, que se llevaba las manos a la cabeza cuando Carlos, después de sus ataques de gota, seguía con los platos flamencos y los vinos del Rin; ha sido hipertrofiada por los embajadores, que han hablado de su buen apetito como si se tratara de un glotón.
A Carlos le gustaba la buena comida y el buen vino, y cuando ya era viudo le gustó Bárbara Blomberg, la madre de don Juan de Austria. Pero a veces los médicos confunden la terapéutica con el hambre y los embajadores confunden los platos que ellos comieron con los que comió su anfitrión.
Carlos —cuando la gota o la guerra no le torturaban— era sensual; pero no debemos olvidar que una de sus mayores cualidades era precisamente la de haber sabido vencerse siempre a sí mismo. De haber sido tan sensual, otros hubieran sido los retratos de Tiziano y se hubieran parecido mucho más a los que Holbein tuvo que pintar de Enrique VIII.
Era hombre de firmes convicciones y leal siempre a su palabra, pero a ella supeditaba la justicia. Un día firmó un determinado privilegio y sus consejeros le advirtieron que era contrario a la ley, y sin vacilar pidió el papel que había firmado, lo rasgó y exclamó:
—Más quiero rasgar mi firma que mi alma.
Solía decir:
—Un buen ejército necesita tener cabeza italiana, corazón alemán y brazo castellano.
Su trayectoria política fue una obra planificada de unión europea que se convirtió en un auténtico mito de Sísifo. Pero su concepción de la unión europea y de la monarquía universal, de la misma forma que difería de Garttinara, difería de la de otro emperador, años más tarde, Napoleón, que proyectaba una Europa con un código civil, un metro, una administración... Los nexos de la unión y denominador común de tan rico y diverso mosaico de pueblos, lenguas, culturas eran la persona de Carlos V y el catolicismo romano. Su propia persona, pues, era el mejor ejemplo de esa variopinta realidad. El flamenco era su lengua natal, el francés la lengua de la corte, el castellano su lengua materna, aprendió el italiano y algo de latín. Pero por encima de todo, a pesar de las guerras, Carlos buscaba la unificación y la paz. Quizá convenga recordar aquel deseo de Carlos V cuando se despidió de su hermana María de Hungría en Maastricht el 6 de marzo de 1546: "Ninguna cosa yo en mi vida tanto deseo ni quiero como la paz y la quietud del mundo".
El embajador inglés Richard Morysine tenía un secretario llamado Roger Ascham que coincidió con el emperador en un banquete que ofrecieron los caballeros del Toisón de Oro, durante la dieta de Augsburgo, el año 1550, o sea, cuando Carlos no era ya un jovencito. El secretario narra en sus memorias que se maravilló de ver comer al emperador sucesivamente grandes tajadas de buey cocido, de cordero asado, de liebre guisada al horno, de capones, etc. Todo ello bien rociado, como le placía, hasta vaciar cinco veces la copa, lo que se calcula que llegaría a no menos de un litro de vino del Rin por vez. Sin duda el emperador, en aquella ocasión, acreditó su buen comer y beber como flamenco y borboñón, y así quedó demostrado, haciendo honor a su origen.
10 de mayo de 1525.
Carlos I ha reunido a su consejo formado por dos italianos, cuatro flamencos y dos españoles. Falta uno, Hugo de Moncada, prisionero de los franceses. La situación es grave. En Italia, las tropas españolas están pendientes de un ataque francés. No había dinero para pagar a los soldados, a los que se les debían meses de soldada. Carlos I está desanimado, quisiera estar al lado de los suyos combatiendo en Italia, y en vez de ello se encuentra en España en su empeño burocrático de arreglar las cosas.
En esto se anuncia la llegada de un correo procedente de Italia. Carlos I no puede reprimir un gesto de temor, pero, antes de dar la autorización para que el correo penetre en la estancia donde se encuentra, se abren las puertas de un empujón, se ve a los guardias apartados con violencia y a un hombre que, casi gritando, se dirige al emperador:
—¡Majestad, el 24 de febrero hubo en Pavía una gran batalla! ¡La victoria fue nuestra! ¡Se ha derrotado al ejército francés y su rey ha sido hecho prisionero!
La emoción es grande. Nadie se atreve a decir nada y las preguntas que imaginan no acaban de salir por la boca. Carlos I murmura una y otra vez:
—¡El rey prisionero! ¡Francisco I prisionero! ¡El rey prisionero!
Luego, con un gesto a sus consejeros, sale del aposento y se dirige a la capilla. Se arrodilla en un reclinatorio y da gracias al Señor, mientras murmura:
—¡El rey de Francia prisionero! ¡El rey Francisco prisionero!
Después volvió a reunirse con sus consejeros y pidió detalles de la batalla. Supo así que Francisco había pedido escribir una carta a su madre.
En ella se leían unas palabras que se han hecho célebres: "De cuanto tenía no me ha quedado más que el honor y la vida, que se han salvado".
En los días siguientes fueron llegando al rey noticias complementarias: los generales franceses Bonnet, La Palisse y Francisco de Lorena habían muerto en el campo de batalla y el ejército francés había sido diezmado. Francisco estaba a merced del rey español y sus consejeros le sugirieron el ataque.
Pero Carlos I no lo hacía. ¿Por qué? Por dos razones principales. La primera porque Carlos no tenía ambición de conquista. Su sentido del honor le impedía hacer la guerra a un rey prisionero al que quería como aliado para bien de la cristiandad.
La segunda razón era que no tenía dinero para pagar a sus tropas. El oro de América había servido hasta entonces para sobornar a los electores alemanes para que le proclamaran emperador. El oro de América había pasado por España para ir a parar a los cofres de los banqueros flamencos sin dejar casi ni rastro de su paso por la Península.
El dinero. Este era el problema principal de Carlos. Como dice Philippe Erlanger: "A pesar del saqueo del campamento francés, a pesar de los numerosos prisioneros que tendrían que pagar rescate, los soldados creían que sus jefes estaban todavía en deuda con ellos. Se debían catorce meses de sueldo a los seis mil lansquenetes de la guarnición de Pavía, cinco meses a los veinticinco mil reclutados por el condestable de Borbón y siete meses a los soldados de infantería españoles. Los caballeros llevaban esperando dos años".
¿Fue éste el problema que le hizo buscar para casarse a la hija del rey de Portugal, en aquel momento el más rico de los soberanos occidentales?
No es probable; en cambio, más cierto parece ser que la boda, a la que en las cortes castellanas de 1525 se había instado al emperador, fue resultado de la política familiar de doña Leonor, reina de Portugal, viuda del rey Manuel I, quien de su matrimonio con María de Aragón, infanta de España, había tenido una hija llamada Isabel.
A principios de 1519 entraba Carlos I en Barcelona. Con su florida prosa, Sandoval nos relata lo que en la Ciudad Condal pasó: "Los de Cataluña no querían jurar por rey a don Carlos diciendo que su madre era viva, ni le consentirían tener cortes porque no era jurado en la tierra. Y esto se hacía con toda libertad, se mofaban de los castellanos y aragoneses porque lo habían hecho, y se tenían ellos por más hombres; mas al fin, como cuerdos, se allanaron y mostraron ser de carne y sangre como los demás. Porfiaron veinte días y al cabo de ellos juraron al rey y se comenzaron las cortes, en que dieron al rey hartos disgustos y a Xevres pusieron en tanto aprieto que ya deseaba verse fuera de España".
Aunque no obtuvo más de cien mil ducados de servicio, Carlos permaneció un año en Barcelona, lo que irritó a los castellanos, que razonaban de la siguiente manera: "En nuestra tierra obtuvo seiscientos mil ducados y permaneció sólo cuatro meses; en Aragón, doscientos mil y estuvo ocho meses; en Cataluña, cien mil, y se queda un año".
Un año marcado por la rutilante celebración del primer capítulo general de la Orden del Toisón que se realizará en España, del que nos queda bellísimo recuerdo en el coro de la catedral barcelonesa, y, muy especialmente, por la muerte de Maximiliano, ocurrida el 12 ce enero de 1519, en Austria.
Escribe González Doria:
"Nueve años hacía ya que el hijo de Juana I reinaba en España como asociado al trono de su madre, la reina propietaria, y cinco iban a cumplirse del momento en el que el 22 de octubre de 1520 se había coronado emperador de Alemania en Aquisgrán con el nombre de Carlos V de aquellos Estados. Y ante las cortes de Toledo interpuso sus buenos oficios la reina viuda doña Leonor, logrando que su hermano el rey—emperador diese su doble conformidad a este proyecto: pedir para sí al rey Juan III la mano de su hermana Isabel, y otorgar él al nuevo monarca portugués la de la más pequeña de sus hermanas, la infanta doña Catalina, hija póstuma de Felipe el Hermoso, que no se había separado nunca de su infeliz madre, junto a quien llevaba ya varios años de reclusión en Tordesillas. Fue así como esta inteligentísima doña Leonor, que tan importantes servicios prestaría a su hermano en varias ocasiones, se convertiría en cuñada de dos primos hermanos suyos y a la vez hijastros".
Para entonces, como es fácil suponer, don Carlos había sido pretendido para marido de casi todas las princesas solteras o viudas que había en Europa, pero él no había demostrado interés especial por el matrimonio.
La categoría de los dos hijos bastardos que habían de sobrevivirle ha contribuido a aureolar la fama galante del emperador muy por encima de la realidad. La verdad es que al momento de ir a sellar sus capitulaciones matrimoniales con su prima hermana doña Isabel de Portugal, solamente se le había conocido al novio un galanteo amoroso de alguna trascendencia; tenía veintiún años, había sido ya proclamado emperador y se hallaba en Flandes, cuando conoció a una hermosa dama llamada Margarita Van Gest, hija de los nobles flamencos Juan Van Gest y María Vander; fruto de aquellas relaciones del emperador con la bella Margarita nació una niña en diciembre de 1522, a quien se puso el nombre de su madre, pero, reconocida desde el primer momento por su padre, se la conoció históricamente con el dinástico apelativo de Austria. Celebró por dos veces brillantísimos enlaces matrimoniales, llegó a ser gobernadora de los Países Bajos, y trajo al mundo nada menos que al famoso caudillo Alejandro Farnesio.
Una vez que el emperador hubo otorgado el consentimiento para la celebración del doble matrimonio que propuso su hermana doña Leonor, se envió desde Toledo a Lisboa como embajador a don Juan de Zúñiga, con el encargo de ultimar los preparativos para traer a España a la novia del rey, a quien su hermano Juan III de Portugal había dado en dote nada menos que novecientos mil doblas castellanas de oro de a trescientos sesenta y cinco maravedíes cada una. Ello da idea de la riqueza que disfrutaba la dinastía lusitana de Avis. El emperador, por su parte, según las capitulaciones firmadas el 23 de octubre de 1525, fecha del desposorio, daba a doña Isabel en arras la cantidad de trescientos mil doblas, para lo cual había hipotecado las ciudades de Úbeda, Baeza y Andújar. Esto quiere decir, que si bien los príncipes portugueses eran muy ricos, la fortuna económica del rey—emperador estaba muy lejos de correr pareja a la grandeza de sus Estados.
El 2 de enero de 1526 salieron de Toledo hacia Badajoz, para recibir allí a la infanta portuguesa, don Fernando de Aragón, duque de Calabria, el arzobispo de Toledo, los duques de Medina—Sidonia y de Béjar, y los condes de Aguilar, de Belalcázar y de Monterrey. Doña Isabel llegó a Elvas el 6 de enero, acompañada de sus hermanos, los infantes don Luis y don Fernando, y del duque de Braganza. Se determinó que la infanta, desposada con el emperador, por lo que ya se le daba título de emperatriz, entraría en España el día 7, para lo cual ambos cortejos llegaron hasta la misma raya fronteriza idealizada en el cauce del río Caya.
La ceremonia de entrega de doña Isabel por sus hermanos a los enviados de don Carlos se efectuó de esta forma, según relata con lujo de detalles el celebrado autor padre Flórez:
"... a unos treinta pasos antes de la raya salió la emperatriz de la litera en que venía, subiendo a una hacanea blanca, en cuya disposición se apearon los portugueses a besarle la mano, llegando cada uno por su orden y, despidiéndose de ella, la trajeron los infantes a la raya de Castilla, donde los nuestros la esperaban.
“Apeáronse todos, besándole la mano, y volvieron a tomar los caballos. Hízose un gran círculo de las dos comitivas, portuguesa y castellana, que formaban un lucido anfiteatro cual jamás se había visto en aquel campo que lo era ya de competencia entre las dos naciones sobre quién habría de vencer en el brillo de galas y aderezos...
“Ceñían los costados de la emperatriz los infantes sus hermanos; acercáronse a ella el duque de Calabria, el arzobispo de Toledo y el duque de Béjar, y teniendo los sombreros en la mano, dijo el primero:
"—Señora, oiga vuestra majestad a lo que somos venidos por mando del emperador nuestro señor, que es el fin mismo a que viene vuestra majestad.
"Y dicho esto mandó a su secretario que leyese el poder que traía del emperador para recibirla. Leído en alta voz, dijo el duque:
"—Pues vuestra majestad ha oído esto, vea lo que manda.
"Manteníase la emperatriz con real serenidad, pero callando. El infante don Luis tomó la rienda de la hacanea, y dijo al duque de Calabria:
"—Señor, entrego a vuestra alteza a la emperatriz mi señora, en nombre del rey de Portugal, mi señor y hermano, como esposa que es de la cesárea majestad del emperador.
"Y dicho esto se apartó del lado derecho de la emperatriz donde estaba y el duque, tomando el mismo lugar y rienda, dijo:
"—Yo, señor, me doy por entregado de su majestad en nombre del emperador mi señor.
"Los infantes besaron la mano de la emperatriz, mereciendo que su majestad los abrazase, y todos se despidieron muy de prisa por el sobresalto que los conturbaba".
¿Cómo era Isabel de Portugal?
Sin duda alguna era bellísima, como lo demuestra el retrato de Tiziano que se conserva en el Museo del Prado de Madrid. Según dicen, Tiziano no vio nunca a la emperatriz y el retrato fue hecho a través de otros, de peor factura, que pusieron a su disposición. De todos modos debió de reflejar con exactitud los rasgos de la reina, por cuanto Carlos I no sólo lo aceptó sino que lo tuvo siempre consigo instalándolo, cuando quedó viudo, en la alcoba real, donde se pasaba largos ratos contemplándolo.
Ante el príncipe don Carlos de España, luego emperador, comentaban unos cortesanos la excesiva cuantía de las dotes que en la época se daban.
El príncipe fue preguntando a algunos caballeros ancianos la cuantía de la dote que sus madres dieron a sus padres. Unos decían que trescientos mil maravedíes, otros que doscientos cincuenta mil. A uno de ellos, don Diego de Acevedo, le reiteró la pregunta, y el caballero le contestó con dignidad y sencillez:
—Sepa vuestra alteza que mi madre era pobre y mi padre la tomó en camisa.
Ya coronado, el emperador Carlos V visitó Barcelona y, como le preguntaran los diputados respecto a la forma de recepción que tenían que hacerle, contestó:
—De la misma manera que antes. Tanto vale ser conde de Barcelona como emperador de romanos.
Asistía el emperador Carlos I de España a la procesión del Corpus en Valladolid, y permanecía con la cabeza descubierta bajo un sol ardiente.
Respetuosamente le aconsejaron sus servidores que se colocase a la sombra del palio a él destinado, porque podría hacerle daño tanto ardor. Pero el emperador se opuso a la curiosa pretensión, diciendo a todos:
—El sol del día del Corpus no hace nunca daño si con devoción se toma.
De tal manera atormentaban al emperador Carlos I de España los progresos de la Reforma y los dolores reumáticos que sentía que más de una vez le oyeron lamentarse de esta manera:
—¡Qué bien dormiría yo sin Lutero y sin la gota!.
Cuando el emperador Carlos I de España oía tronar decía siempre en tono admirativo:
—Ese sí que es emperador señores.
Carlos V llegó por primera vez a París, y el monarca francés, Francisco I, le preguntó qué opinaba de Poitiers y Orleans, ciudades que el césar español había visitado antes de la capital francesa.
—Poitiers es el pueblo más bello que hay en el mundo y Orleans la más bella ciudad —dijo Carlos.
—¿Y qué pensáis de París? —le volvió a preguntar Francisco.
—París no es una ciudad. París es un mundo —sancionó el emperador.
Durante una recepción a que asistía en París el emperador Carlos V perdió un anillo de gran valor. Lo halló la duquesa de Etampes, la que se dispuso a devolvérselo, obteniendo esta respuesta del césar español cuando éste se negó a aceptarlo:
—Está en manos demasiado hermosas.
En un momento de gran peligro escribe a su hermana María: "Ya que he de arriesgar una gran vergüenza o un gran peligro, escojo este último". No se trata de una frase. Se trata de un hecho, expresión de una norma de conducta. Esta carta la escribe a los cincuenta y dos años, pero antes ya ha hecho cosas similares. A los cuarenta y siete llega al Elba, ve un Cristo mutilado por los protestantes y grita: "¡Yo te vengaré!" No es sólo un grito: es una acción. Acto seguido se echa al río con su caballo, lo cruza con agua hasta la cincha y, enfermo con fiebre, cabalga durante veintiuna horas, luchando y ganando la batalla de Mühlberg, la mayor de sus victorias. Cuando le dijeron que se había arriesgado demasiado respondió:
—Aún no se ha visto a un rey morir de un cañonazo, y, si la suerte ha decidido empezar por mí, más vale perecer de esta manera que morir de la otra.
A los cuarenta y un años, en Argel —su peor derrota—, defiende una posición espada en mano, con agua y barro hasta la cintura; cuando el desastre ha terminado no quiere volver a su tienda hasta tener la seguridad de que han sido auxiliados todos los heridos.
Y aún mucho antes, a los veintiún años, conmueve a Europa con unas palabras que cumple totalmente y que nos dan idea exacta de su norma. Es en Worms. Ha visto ya a Lutero, ha comprendido su sinceridad, su obstinación y su desvío y proclama solemnemente ante los príncipes alemanes:
—Un solo fraile, fiándose exclusivamente en su juicio, se opone a la fe que los cristianos profesan hace mil años. Estoy resuelto a defender esta fe sagrada con mis dominios, con mi cuerpo, mi sangre, mi vida y mi alma.
El 21 de mayo de 1527 la emperatriz Isabel da a luz al que había de ser el futuro rey Felipe II.
Es conocida la anécdota según la cual cuando empezaron los dolores del parto hizo que la habitación quedara en la penumbra para que no se observasen los rictus de dolor en su cara, que pidió que fuera cubierta con un velo para más seguridad. Creía la reina que su dignidad le impedía mostrarse dolorida y gemebunda a los cortesanos. En un momento dado la comadrona le dijo que gritase para así aliviar el dolor, a lo que Isabel respondió en su lengua nativa:
—"Nao me faleis tal, minha comadre, que eu morrerei mas non gritarei".
Por cierto que el parto fue difícil y la comadre, doña Quirce de Toledo, le imploró que le permitiera solicitar el auxilio de los médicos, pero la reina fue inflexible, y sus médicos, Ruiz y Ontiveros, tuvieron que aguardar en la antecámara.
El día 5 de junio fue bautizado Felipe en la vecina iglesia de San Pablo. La tradición dice que fue sacado de palacio por la ventana que hace ángulo con la plaza, pero no hay constancia fehaciente del hecho.
El 12 de junio Isabel fue a la iglesia, a la misa de parida, y durante varios días hubo festejos populares en los que los nobles y el propio emperador participaron alanceando toros.
Carlos I se llevó la palma, siendo aplaudido y festejado por la multitud.
Pero días después, exactamente el 25 de junio, llegó a la corte la noticia del asalto y saqueo de Roma por las tropas imperiales. El emperador se indignó, mandó que se liberase al papa, que había caído prisionero, castigar a los culpables, cosa que no sucedió, que se suspendieran las fiestas y la corte vistiera de luto.
Un año más tarde, en 1528, Isabel dio a luz un segundo hijo que fue llamado Juan. Murió al poco tiempo. En aquella época la mortalidad infantil era enorme. Y, cosa curiosa, el padre Flórez, en sus "Memorias de las reinas católicas", menciona que, en este mismo año, la reina perdió un tercer hijo que murió a poco de nacer y que fue llamado Fernando. Y al año siguiente, 1529, el 21 de junio dio a luz esta vez a una niña a la que se le impuso el nombre de María, que más adelante casaría con el emperador Maximiliano II de Alemania. Al enviudar, volvió a España y se recluyó en el monasterio de las Descalzas Reales, que había fundado su hermana Juana, menor que ella, cuando quedó viuda del príncipe Juan Manuel de Portugal. Era el triste sino de las viudas de la época: el convento.
El emperador, mientras, viajaba de cortes en cortes pidiendo dinero.
Causa pena considerar cómo el oro que venía de América no se quedaba en nuestro país y que el gobierno estaba siempre sin blanca. Se entera del nuevo parto de su esposa mientras está en Aragón luchando con sus cortes, que le niegan reiteradamente los subsidios solicitados.
En una de estas visitas por tierras aragonesas es cuando sucede el pintoresco episodio ocurrido en Calatayud.
El prognatismo exagerado del monarca le impedía cerrar del todo la boca, y un notable de la ciudad, sin reparar en ello, le dijo:
—Majestad, cerrad la boca que las moscas de este país son muy traviesas.
Se ignora la reacción y la respuesta de Carlos I.
Estando en Barcelona, en 1529, la emperatriz Isabel, fue acometida de tan recias tercianas que hizo testamento y su estado puso en alarma a su familia y vasallos. La cuidaron los doctores Zurita de Alfaro y Villalobos, médicos de cámara. Esta señora murió, años después, de parto. En este punto acude a la memoria un dato curioso que guarda relación con las infecciones palúdicas. Con la emperatriz doña Isabel, antes mencionada, residía en Barcelona su egregio esposo, el cual venía sufriendo de hemicráneas, o cefalalgias, intensas y periódicas, y como sus médicos le aconsejaran se cortara las rubias guedejas como posible alivio a su pertinaz dolencia, los principales caballeros de Barcelona, por no entristecer al monarca o como acto de adulación, sacrificaron sus melenas imitando al César quien, dicho sea de paso, al retirarse desde Bruselas a Yuste gastaba antojos, dato que indica ser este descubrimiento anterior a Redi y más antiguo de lo que muchos han supuesto.
Al comenzar la dieta de Worms, cuando sus azules ojos toparon con la mirada bovina de Lutero, Carlos dijo en voz baja a quien tenía a su lado:
—No será este frailecillo el que me haga a mí hereje.
Autores obsesionados con la herencia de doña Juana se empeñan en presentar a Carlos como un melancólico, confundiendo la angustia de no tener dinero o la angustia del asma y de la gota con la melancolía. No, Carlos no fue un melancólico. Fue un raro ser que no se pareció en nada a su madre. Le sobraba confianza, le sobraba moderación para ser melancólico.
Y ante todo le sobraba humorismo.
Cuando, en sus campañas por Alemania, los españoles le echaban en cara que no reprimiera las borracheras de los alemanes, les contestó:
—Eso, señores, sólo impediría que vosotros encontrarais la ocasión de robar de vez en cuando.
Un día en que se confesaba Carlos V se olvidó de exponer sus faltas contra los deberes de su Estado. Entonces le dijo su confesor:
—Acabáis de decirme los pecados de Carlos. Decidme ahora los pecados del emperador.
Al entrar en la corte del emperador Carlos V el duque de Nájera con una numerosa compañía, en la que abundaban las costosas y lujosas libreas, dijo la emperatriz Isabel:
—Más viene el duque a que le veamos que a vernos.
De tradición oral es aquella anécdota en la que se asegura que en cierta ocasión, el emperador Carlos V solicitó un subsidio de las Cortes, y se encargó de hacer la petición el obispo don Juan Tavera, que luego alcanzó celebridad como cardenal. Tan persuasivas fueron las palabras del prelado que las Cortes no sólo acordaron entregar al césar la cantidad solicitada, sino que quisieron elevarla. Al saberlo rechazó la oferta Tavera, y cuando el emperador le mostró su extrañeza por no haber aprovechado la ocasión tan rara el obispo le dijo:
—Si a la oveja que da lana y leche se le quita la piel, nada le quedará que dar ni servir de provecho.
Carlos V se entretenía largos ratos con Guicciardini, y a los magnates que le criticaban les respondía:
—En un momento puedo yo hacer cien grandes como vosotros, pero sólo Dios puede hacer un Guicciardini.
Carlos se define a sí mismo en una de sus cartas detallistas, extensas, minuciosas, que dirige a su hijo Felipe: "Ser un hombre no consiste en creer que lo somos y desearlo, ni en ser grande de cuerpo, sino tan sólo en tener gran discernimiento y juicio para cumplir con los trabajos propios de un ser bueno, inteligente y honrado".
Hallábase Carlos V de caza en El Pardo (1538) y, habiéndose apartado de su comitiva por perseguir a un venado, vino a matarle sobre el camino real al tiempo que pasaba un labriego que portaba una carga de leña sobre un asno. Invitóle el emperador a que llevara el venado a la villa, ofreciendo pagarle más de lo que la leña valiera. El rústico, sin sospechar con quien hablaba, le dijo con cierto donaire:
—¿No veis señor, que el ciervo pesa más que la leña y el jumento juntos? Mejor hicierais vos, que sois mozo y recio, en cargar con él.
Gustóle al emperador el aire desenvuelto del rústico y siguió platicando con él, preguntándole acerca de su opinión sobre el monarca reinante y a fe que el labriego se despachó a su gusto, expresando con rudeza, pero con claridad y seso, las muchas quejas a que daba lugar la política que el emperador llevaba. En esto llegaron varios cazadores y criados de la regia comitiva, y como observase el del rucio el grande acatamiento que todos hacían a su interlocutor, entró en sospechas de quién podía ser, y le dijo:
—¡Aún si fuéredes vos el rey...! Por Dios que si lo supiera muchas más cosas os diría.
El emperador le concedió algunas mercedes que le mandó pedir y le expresó su agradecimiento por sus avisos pero advirtiéndole también que no olvidase las razones con que había respondido a sus cargos.
"La guerra contra los turcos, que tan victoriosamente condujo el emperador, obligó a Isabel a reunir Cortes en 1532, en Segovia. Pidió una ayuda extraordinaria para su esposo, pero no obtuvo más que 150 cuentos de maravedíes, lo que equivalía prácticamente al servicio ordinario. Los procuradores aprovecharon para pedir lo que ya era constante; es decir, que se impidiera a los extranjeros ocupar cargos públicos; que se pusiera orden en la recaudación de tributos; rápida administración de justicia y otras peticiones más curiosas, como las de que los médicos recetaran en castellano y no en latín y que utilizaran abreviaturas, y que no se echara yeso al vino".
González Cremona, de quien es el párrafo anterior, apostilla: "Como puede apreciarse, los problemas de España no han variado mucho en cuatro siglos".
También de González Cremona son los párrafos siguientes:
"El paludismo no abandona a Isabel, que suele pasar los veranos en Ávila, por ser más sano que el de Madrid el clima de la ciudad de las murallas. Pero los inviernos, otoños y primaveras no descansa. Va a Toledo, a Valladolid, a Sevilla, a Barcelona y, cosa inusual para la época, embarca hasta Mallorca. Sin duda, aparte tantas cualidades, también había heredado de sus abuelos maternos la idea de la unidad de España".
Unidad muy sui géneris, añado yo.
Hacía ya muchísimos años que habían dejado de existir en España las bien empedradas calzadas romanas. Sus losas habían sido sustituidas por cantos rodados y muchos baches. Tampoco se veía el clásico carro romano de dos y cuatro ruedas, a los que se uncían bueyes y caballerías. Sí existía la carreta, que era el vagón de mercancías de la época, bajo cuya toldilla se apilaban todos aquellos objetos que, por su tamaño, no podían ser transportados en mulas: las cocinas y sus enseres, arcones, cofres, alfombras, almohadas, cojines, mantas, colchones, ropas de cama, tiendas de campaña, altares portátiles, antorcheros... En fin, todo lo que era necesario e imprescindible para poder armar un cómodo habitáculo. Si era necesario, éste se montaba en el campo porque, a veces, las jornadas se complicaban y no se llegaba a tiempo para pernoctar en alquerías, paradores, mesones, conventos, castillos o en la mejor casa del más rico agricultor del más mísero villorrio. Las arcas y arcones servían, las más de las veces, de bancos y mesas.
Por absurdo que parezca, hasta bien entrado el siglo XVI, no se empezaron a utilizar los carruajes para viajar, dotados de ballestas y correas de suspensión. No obstante, el estado deplorable de los caminos hacía insufrible un viaje en estos vehículos, pues los baches, hoyos y zanjas, que habían de salvar las ruedas, sometían a los sufridos viajeros a unos violentos ejercicios de botes y rebotes que ponían en peligro su integridad física. Por este motivo, durante mucho tiempo, siguieron conviviendo con el carruaje los medios tradicionales, por estimar sus movimientos más suaves y más seguros.
Los únicos medios de transporte terrestre que entonces existían eran el caballo, la hacanea, la silla de manos, la litera y la mula. Pero estos medios sólo estaban al alcance de las personas muy principales, porque los demás tenían que hacer el camino a pie.
La archiduquesa Margarita de Austria trajo un carruaje cuando vino a casarse con el príncipe Juan, primogénito de los Reyes Católicos, pero se lo volvió a llevar a Flandes cuando enviudó, alegando que "no eran carruajes sino para tierra llana". Desde entonces no se volvió a ver ninguno más. Los dos viajes que Felipe el Hermoso y Juana hicieron a España, el primero para ser jurados herederos por las cortes y el segundo para hacerse cargo de su herencia, los hicieron empleando los medios tradicionales y no trajeron carruajes. Los servidores borgoñeses de Carlos I trajeron algunos cuando vinieron a España por primera vez, pero su uso no prosperó porque era imposible transitar con ellos por los caminos de España: polvorientos en verano e intransitables barrizales en invierno. Se siguieron utilizando las reatas de mulas para el transporte de mercancías, más seguras y rápidas que las carretas.
Un día, en un concierto en Ratisbona, se fijó el emperador en una muchacha rubia que cantaba muy bien. Se llamaba Bárbara Blomberg, tenía diecinueve años y era hija de una acomodada y conocida familia de la ciudad.
Se convirtió en su amante de resultas de lo cual quedó embarazada. El emperador la hizo casar con Jerónimo Kegell, comisario del ejército.
El 24 de febrero de 1547 Bárbara dio a luz un niño que fue bautizado con el nombre del marido de su madre.
Cuando contaba tres años el niño, conocido por todos con el nombre de Jeromín, fue enviado a España y puesto bajo los cuidados de doña Magdalena de Ulloa, continuando ignorante de su origen real. Ya adolescente se le llevó a Yuste donde se había retirado Carlos I sin revelarle que iba a visitar a su verdadero padre. El emperador le hizo varias preguntas y quedó tan contento de su hijo que encargó a su otro hijo, Felipe II, que reconociese a Jeromín como su hermano cuando lo considerase oportuno. Así lo hizo un tiempo después y el bastardo fue conocido desde entonces con el nombre que le hizo célebre de Juan de Austria.
Por su parte, Bárbara Blomberg, que había enviudado, se dedicó a la vida alegre comiendo como una desesperada y bebiendo como un cosaco. Engordó hasta llegar a la obesidad. La pensión que le había otorgado el emperador no bastaba para sus caprichos y su vida era motivo de escándalo hasta el punto que el duque de Alba que gobernaba entonces los Países Bajos, pidióle repetidas veces al emperador que mandase su traslado a España.
Petición a la que se unió el propio Juan de Austria que, aunque no había visto a su madre desde los tres años, quería terminar con el escándalo.
En su interesantísimo libro "Amantes de los reyes de España" Juan Manuel González Cremona resume así el final de Bárbara Blomberg: "En noviembre de 1576 Juan de Austria llegó a Luxemburgo, para hacerse cargo de la gobernación de los Países Bajos, y requirió la presencia de su madre. Fue la única vez que la vio desde que fuera separado de ella cuando sólo tenía tres años".
No hay constancia de lo que se habló en tan conmovedora entrevista, pero lo cierto es que poco más tarde, en marzo de 1577, Bárbara Blomberg desembarca en Santander.
Conducida por doña Magdalena de Ulloa, la que criara a Juan de Austria, se recluyó en el convento de Santa María la Real, a pocos kilómetros de Valladolid.
Parecía que sus temores sobre las viudas forzadas a entrar en religión en España iban a hacerse realidad en ella misma, pero no sería así.
Aburrido de recibir carta tras carta pidiendo, rogando, exigiendo que se la dejara "en libertad", Felipe II accedió a sus demandas y le asignó residencia en Colindres, Santander, en la confortable casa que fuera propiedad de Juan Escobedo, el asesinado secretario de Juan de Austria.
En ella murió, en 1598, veinte años después de haber dejado este mundo su tan ilustre hijo.
Durante el sitio de una ciudad fingió una noche Carlos V que llegaba del lado del enemigo y se aproximó a un centinela que, cumpliendo con la consigna, gritó:
—¿Quién vive?
Desfigurando su voz le respondió el césar:
—¡Cállate! ¡Haré tu fortuna!
El centinela, que le tomó por un adversario, disparó contra él, sin herirle. El emperador lanzó un grito que hizo que el centinela le reconociera.
Durante la expedición a Túnez preguntaron a Carlos V quién había de ser capitán general en aquella empresa, a cuya pregunta respondió, enseñando un crucifijo:
—Este, del que yo soy alférez.
Carlos V, al frente de su ejército imperial, inició la marcha sobre Túnez. Fue tan penosa ésta que los hombres tenían que arrastrar a brazo la artillería por un suelo de movediza arena. Muley Hacén se acercó al emperador y le dijo:
—Señor: los pies tenéis do nunca llegó ejército cristiano.
—Adelante los ponemos, placiendo a Dios —contestó el césar.
Durante la campaña de Túnez se presentó en el campamento imperial un moro solicitando hablar en secreto con el emperador. Una vez ante el personaje real manifestó que contaba con un medio que permitía entrar en Túnez sin perder un soldado ni gastar un escudo. Preguntó Carlos V cuál era, y el moro respondió que asesinar a Barbarroja, lo que se ofrecía a llevar a cabo mediante un tóxico que echaría en el pan, cosa que a él le era fácil por su profesión de panadero del rey.
—Deshonra sería de un príncipe —replicó indignado el emperador, despidiendo con cajas destempladas al traidor— valerse de la traición y de la ponzoña para vencer a un enemigo, aunque sea tan aborrecido corsario como Barbarroja, a quien pienso vencer y castigar con el favor de Dios y con la ayuda de mis valientes soldados.
Poco tiempo le quedaba de vida a la emperatriz. En 1539 llegó a Toledo y se alojó en el palacio de Fuensalida, donde se reunió con su esposo.
Eran los últimos meses de felicidad para entrambos. Isabel estaba de nuevo embarazada, esperándose el parto para el verano, pero en abril dio a luz un niño muerto. La emperatriz guardó cama y de ella ya no se levantó.
El 1 de mayo moría. Tenía treinta y seis años de edad y llevaba trece de feliz matrimonio.
Carlos I aquel día estaba en Madrid y aunque se apresuró a salir hacia Toledo, no tuvo tiempo de ver a su esposa con vida. Se desesperó de tal forma y lloraba con tanto sentimiento que los cortesanos temieron por su vida y por su razón. Se retiró al monasterio de la Sisla, cerca de la ciudad imperial, y no quiso salir de allí. Se pasaba el día llorando y rezando.
Encargó de los detalles del entierro a su gran amigo y hombre de confianza Francisco de Borja, duque de Gandía y marqués de Lombay.
¿Estuvo Francisco enamorado de la emperatriz? Pudiera ser. Ella era admirada por todos y tal vez, platónicamente en todo caso, el duque estuvo bebiendo los vientos por ella. No sería extraño. Y tal vez también, teniendo en cuenta la muda adoración de Francisco hacia Isabel, Carlos I le encargó el traslado de los restos de su esposa a Granada. Sea como sea nadie puede dudar de la pureza de los sentimientos del duque de Gandía.
Nadie mejor que Fernando González Doria ha narrado en su libro "Las reinas de España" el final de esta reina: "La única persona que en el Palacio de Fuensalida parece hallarse serena, tal vez porque a su edad aún no ha alcanzado a comprender lo que ha de suponer para él la muerte de su madre, es el príncipe don Felipe, a quien falta solamente un mes para cumplir los doce años, y que ya ha recibido de su padre desde el monasterio de la Sisla la orden de presidir la comitiva que trasladará desde Toledo a Granada el cadáver de la emperatriz. Junto al príncipe hará las jornadas a caballo el duque de Gandía, que es quien llevará en su poder la llave con la que va a cerrarse el féretro, que deberá ser abierto al llegar a la cripta de la catedral de la ciudad que, exactamente trece años atrás, fuese testigo de la luna de miel de los emperadores".
Carlos I, desde su retiro de la Sisla, parece seguir con vidriosa mirada el avance del lúgubre cortejo por los campos de Castilla. A partir de este momento el emperador, salvo muy contadas excepciones, vestirá ya siempre de luto riguroso, un luto que guardarán también durante mucho tiempo todos sus nobles y vasallos. La despedida que Toledo ha hecho al cadáver de la emperatriz ha sido multitudinaria. El féretro es sencillo, y todavía hoy puede verse en la cripta granadina el ataúd primitivo, donde quedó depositado al trasladarse los restos de doña Isabel en 1574 a El Escorial. Va, eso sí, cubierto por un repostero en el que están bordadas las armas del emperador, y es llevado a hombros de diez palafreneros, que se turnan por horas con otros diez, y a medida que avanzan, lejos de aminorar la marcha por el lógico cansancio, tienen mayor prisa por descargarse del féretro, y no precisamente porque éste resultase muy pesado.
Camina junto al duque de Gandía el príncipe de Asturias, y Francisco de Borja, que le observa frecuentemente, no le ha visto derramar ni una sola lágrima; ello es sin duda producto también de las ideas que doña Isabel ha enseñado a su hijo: "...de ella aprendió Felipe, por vías de sangre, aquel su catolicismo integérrimo: ella le inculcó, asimismo, aquella inclinación no sólo a sobreponerse a los afectos de la vida, sino también a velarlos bajo la máscara de una fría y noble reserva".
La llegada de la fúnebre comitiva a Granada es ya legendaria, e inmortalizada ha quedado en el famoso cuadro que impropiamente se titula "Conversión del duque de Gandía". Prescribía la etiqueta de la corte que el caballerizo de la emperatriz era el encargado de cerrar el féretro al depositar en él el cadáver, y a él competía la misión de abrirlo al llegar al lugar del enterramiento, para dar fe de que el cuerpo depositado en el ataúd seguía siendo el mismo.
El príncipe don Felipe saca un pañuelo de hilo y encaje, y algunos miembros de la comitiva piensan que por fin va a llorar el heredero, pero el pañuelo tiene en este caso solamente el destino de taponarse el príncipe con él la nariz. Los clérigos que han de hacerse cargo de los restos no pueden reprimir el dar un paso de retroceso ante el macabro espectáculo que se presenta y los palafreneros se sienten por fin aliviados, aunque dos de ellos se desmayan. Ni siquiera Gandía, que tan grabado lleva en la mente el rostro de la emperatriz, puede reconocerlo ahora en aquella masa informe, deshaciéndose, desintegrándose en vermes, tumores y gusaneras. Y Francisco de Borja no certifica que sea aquél el cadáver de doña Isabel de Portugal, respondiendo a la pregunta que se le ha hecho al efecto:
"Jurar que es su majestad no puedo, juro que su cadáver se puso aquí". Si añadió aquello tan profundo de "no volveré a servir a señores que se me puedan morir...", es algo en lo que ni los biógrafos de Gandía ni los de doña Isabel coinciden. Lo más probable es que solamente pensara la frase, sin pronunciarla, dejándola grabada en su mente, y trasladándola de allí a su voluntad por un firmísimo propósito de abandonar inmediatamente los placeres que le había deparado el mundo con sus títulos, riquezas, honores y dignidades.
Francisco de Borja renunció después al mundo e ingresó en la Compañía de Jesús, de la que fue tercer general. Fue canonizado en 1671. Su fiesta se celebra el 3 de octubre.
Carlos V, a su vuelta de Túnez, se enteró de los sucesos de Francia, y renovado su desafío quiso convertir a Francisco I en el más pobre caballero de su país. Dispuesto a invadir Francia dijo a Pablo Jovio:
—Hoy puedes preparar tu pluma de oro, pues voy a darte mucha materia para escribir.
A tiempo de embarcar para Argel el emperador Carlos V, Andrea Doria trató de disuadirle de que lo hiciera, fundando su oposición en el fuerte temporal reinante. Decisiva fue la afirmación de Doria:
—Si zarpamos, pereceremos todos.
El césar respondió al experto marino:
—Pero vos, después de sesenta y dos años de vida, y yo, después de veintidós de imperio.
El emperador Carlos V se obstinó imprudentemente en acudir a luchar en las costas de África, y de allí regresó sin lograr reverdecer sus laureles. A poco envió una soberbia cadena de oro al Aretino, a fin de contenerle si dedicaba su pluma a criticar la inútil expedición. Al recibir el presente, el Aretino la miró con tristeza y dijo:
—He aquí una pequeña cadena para tan gran locura.
A Carlos V le solicitó un privado suyo la concesión de un favor no lícito en beneficio de un amigo suyo, el cual le había prometido una comisión de varios miles de ducados. El emperador llamó entonces a su tesorero y le ordenó le diese esa cantidad.
Cuando se la entregó a su privado le dijo:
—Tomad. Con esa cantidad no había yo de ser más rico, y si os concediese el favor por el cual os la daban quedaría más injusto de lo que soy.
Carlos V ganó la célebre batalla de Mühlberg, en la que se distinguió como un verdadero héroe. De esa batalla dio cuenta diciendo:
—Llegué, vi y Dios ha vencido.
Como quiera que se divulgara entre las gentes que en esa batalla se había repetido el prodigio de detenerse el sol, igual que en tiempos de Josué, le preguntó el rey de Francia al duque de Alba, que tomó parte en esa batalla, si era cierto lo del eclipse, y el prócer contestó:
—Estuve yo aquel día tan ocupado en los asuntos de la tierra que no tuve tiempo de mirar al cielo.
Pintaba Tiziano el retrato de Carlos V cuando, en un movimiento del artista, se le cayó a éste uno de los pinceles. Rápidamente se agachó el césar español, lo cogió y se lo entregó al gran pintor, a tiempo que decía:
—Merecedor es Tiziano de ser servido por césar.
Como final o remate de las enconadas discusiones de Carlos V y los nobles en las Cortes de Toledo (1538), a propósito del establecimiento de la "sisa" que el emperador pretendía imponer, hubo una violenta escena entre éste y el condestable de Castilla, don Iñigo López de Velasco, el enemigo más encarnizado que tuvieron los comuneros, quien se mordió la lengua precisamente al exponer su opinión, contraria a los deseos del monarca. Se cruzaron palabras duras y desabridas, especialmente por parte del rey, claro está; pero como el condestable no dejaba de responderle con firmeza, aunque con cortesía, llegó el emperador en su enojo a amenazarle con que le arrojaría por la galería donde platicaban, a lo cual dicen que contestó el magnate castellano:
—Mirarlo ha mejor vuestra majestad, que mas soy pequeño, peso mucho.
Contra la opinión de los expertos en cuestiones de mar, el emperador Carlos V de Alemania y I de España se dio a la vela un mal día de octubre de 1541, con más de doscientas naves, que transportaban veinte mil hombres, decidido a terminar de una vez con el poderío berberisco.
La intención era desembarcar en África, como lo consiguió tras una navegación tormentosa el 13 del mencionado mes. Al día siguiente, una horrible tempestad causó tremendos estragos en la escuadra, hasta el extremo de hacer dudar a muchos de si podrían utilizarla para el regreso. La mayor parte de las tiendas de campaña fueron arrancadas por el huracán y muchos soldados perecieron ahogados.
En tan terrible apuro —escribe el historiador francés Augusto Mignet— Carlos V, cubierto con una gran capa blanca, se paseaba entre los caballeros españoles, y dirigiéndose a Dios repetía sin cesar: "Fiat voluntas tua! Fiat voluntas tua!".
A eso de las once y media de la noche llamó a los pilotos, y les preguntó cuánto tiempo podrían resistir aún las naves:
—Dos horas —respondieron.
Volviéndose el emperador a los soldados les dijo:
—Tranquilizaos, dentro de media hora se levantarán todos los frailes y monjas de España a orar por nosotros.
Y después de mostrarse tan cristianamente confiado, se portó como resuelto capitán disponiendo hábilmente la retirada.
El emperador Carlos V solicitó y obtuvo del rico comerciante de Amberes llamado Juan Daens, un préstamo de considerable importancia.
Daens dispuso un espléndido banquete en honor del monarca, al que éste se dignó asistir. Y como plato final de los muchos y suculentos de que el agasajo había constado, Daens hizo servir una fuente donde sólo aparecían varias astillas de perfumada madera.
Prendiólas fuego y allí quemó el recibo que el emperador le diera, al mismo tiempo que decía:
—Gran señor, después de hacerme el honor de comer en mi casa, nada me debéis.
El emperador Carlos I de España y V de Alemania vino a ser el más acérrimo propagandista del castellano, lengua que empleaba para hablar con Dios, a creer la frase que se le atribuye: "Se debe hablar a Dios en castellano; a los hombres, en francés; a las mujeres, en italiano, y a los caballos en alemán". Cuando llegó a España desde Gante, donde se criara, no lo hablaba, y hubo de hacerlo para atender a las súplicas de sus primeras cortes de que "fuese servido de hablar castellano, porque haciéndolo así lo sabría más pronto, y podría mejor entender a sus vasallos, y ellos a él"; luego que supo hablarlo nada le halagaba tanto como conversar en castellano. Esta lengua usaron, tratando de congraciarse con él, los príncipes alemanes vencidos en Mühlberg.
Impuso el castellano como lengua universal en las cancillerías. Ante el Senado de Génova comenzó un discurso así: "Aunque pudiera hablaros en latín, toscano, francés y tudesco, he querido preferir la lengua castellana para que me entiendan todos".
En 1536, tras recorrer triunfalmente Italia, entró en Roma a raíz de haber tomado posesión del ducado de Milán, a pesar de las protestas de Francisco I de Francia, que reproducía sus antiguas pretensiones al Milanesado. Los embajadores del rey francés fueron a pedirle explicaciones acerca del acto que acababa de llevar a cabo. Prometióles el emperador que a presencia del pontífice (Paulo III) les daría la contestación. Y, en efecto, el 17 de abril, ante todos los citados, pronunció un largo discurso en español exponiendo sus esfuerzos por el mantenimiento de la paz, a los que siempre se oponía la ambición de Francisco I, a quien acabó retando para que un desafío entre los dos librase a ambos países de los horrores de la guerra, de otra forma inevitable. El obispo de Milcon quejóse de no entender la lengua española, a lo que el emperador repuso, según refiere Brantame:
—Señor obispo, entiéndame si quiere, y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana.
Los apuros económicos de Carlos fueron enormes. Para tener una idea de ellos bastará citar el último: cuando había renunciado a sus poderes tuvo que esperar seis meses para emprender su anhelado viaje a Yuste porque no tenía dinero para pagar los sueldos atrasados de sus servidores.
La falta de salud fue otra de las causas de su fracaso. Sólo quien ha tenido un instante de respiración jadeante o ha sentido el dolor terebrante de la gota puede comprender lo que tuvo que luchar por mar y por tierra, contra protestantes, turcos y nacionalistas, con la nariz dilatada por el ahogo o con la pierna atenazada por el dolor. Carlos ya era viejo a los cuarenta y ocho años, y no hay nada peor que ser viejo cuando sólo se tienen los años para comenzar a entender cómo es la vida.
Dejemos lo que hubiera podido ser, porque al fin y al cabo hemos de quedarnos con lo que fue. Y fue un enorme territorio con una enorme carcoma en su interior. La carcoma del nacionalismo. Carlos fue la víctima de un Francisco I y de un Enrique VIII, que se desentendieron de la cristiandad y sólo pensaron en francés y en inglés; de unos papas que a momentos se sintieron más italianos que romanos; de unos judíos que estaban creando un nuevo tipo de economía en provecho del israelismo internacional.
Carlos fue sobre todo víctima del nacionalismo inglés y del nacionalismo alemán. Después de la dieta de Worms, Lutero sólo hubiera sido un heresiarca olvidado. Pero vino la dieta de Augsburgo y en ella triunfó el protestantismo, no en beneficio de Lutero, sino en beneficio del nacionalismo de cada príncipe alemán, como en Inglaterra triunfó la reforma en beneficio de una minoría, que convirtió un pueblo de bárbaros en una nación de piratas vestidos de señor.
Para mejor comprender a Carlos I y darse cuenta de su verdadero carácter nada mejor que recurrir a Jerónimo Moragas en su libro varias veces citado y que es un estudio médico histórico verdaderamente excepcional.
Dice así el reputado doctor: "¿A quién se parecía Carlos? Es conveniente no dejarse impresionar por imágenes demasiado simplistas. Muchas de las cosas que se atribuyen a Felipe II pertenecen en realidad a su padre. Algunas de las que se han atribuido a Carlos pertenecen a su hijo".
Ciertas historias parece que se empeñen en dar la razón a la leyenda judaico—calvinista del Demonio Negro del Sur, presentando la imagen exclusiva de un Felipe II vestido de negro de pies a cabeza, cuando en realidad Felipe en la primera mitad de su vida gustó de los vestidos blancos y colorados, y cuando en realidad fue Carlos el que llevó más a gusto el vestido negro de paño castellano.
Cuando Carlos no tenía que presentarse en público representando el papel de rey o de emperador —cosa que hacía con toda la pompa borgoñesa usaba siempre vestidos sencillos. Como lo hacían sus abuelos Fernando e Isabel, deslumbrantes en las fiestas populares y en las ceremonias cortesanas, y sobriamente vestidos en su intimidad.
Carlos tenía mucho de sus abuelos castellanos. De Isabel el idealismo, la entrega total a su misión, el empeño de vencer todos los obstáculos para servirla, la sinceridad, la solidez de su rectitud y su espíritu de justicia.
También su aparente impasibilidad en los momentos culminantes. Cuando a Isabel le fue comunicada la traición del arzobispo Carrillo, siguió oyendo la misa. Carlos, al recibir las noticias de la victoria de Pavía, se retiró a su oratorio privado y allí permaneció una hora rezando, haciendo aguardar a los que querían felicitarlo alborozados. Muchos comentaristas echarán en cara a Felipe su impasibilidad ante el triunfo de Lepanto o ante el desastre de la armada, olvidando que aquella actitud era idéntica a la de su padre y a la de su bisabuela, actitud que quizá habrán comentado con elogio.
He aquí cómo la impasibilidad de Carlos, que tan fácilmente podría inscribirse como tenacidad o cachaza flamenca, es de origen y estilo netamente español.
Hasta los veintiocho años Carlos V gozó de una salud relativamente estable, pero a partir de esta edad co1mienzan a aparecer los ataques de gota. Con el transcurrir de los años se fueron haciendo cada vez más dolorosos, hasta el punto de inmovilizarle.
Durante la campaña de 1546 se encontraba con su ejército cerca de Nordlingen, cuando se le declara un ataque de gota que le afecta a un pie.
Creyendo que la batalla tendría lugar ese día, no se deja amilanar por los dolores que le aquejan. Se levanta, confiesa y oye misa, después monta a caballo y parte para el campo de batalla a fin de vigilar de cerca los preparativos del ejército. Según avanza la jornada el ataque gotoso se va intensificando y, sólo apoyar el pie en el estribo, le arranca gritos de dolor. Para aliviar su sufrimiento se ata una banda de tela al arzón de su silla y así puede reposar el pie, continuando de esta forma la inspección del ejército.
Durante toda esta campaña los ataques de gota se repiten continuamente.
Los médicos le recomiendan que se ponga a régimen, pero la preocupación por el desarrollo de las operaciones bélicas le obliga a posponer cualquier alto en el camino que le permita reponerse. Para el emperador la gloria era más importante que la salud. Unas veces en litera, otras a caballo, siempre a la cabeza de sus tropas, continúa al frente de las operaciones.
En 1547, en la ciudad de Augsburgo, se le declara una ictericia que le aparta de los asuntos de Estado durante todo el mes de agosto. A la ictericia le sucede la gota que le dura hasta la primavera. Los médicos le recetan una dieta rigurosa que le debilita bastante. La abstinencia le pone de mal humor y se muestra impaciente por recobrar su vida normal.
Cuando se siente mejor se va de caza y esta imprudencia le ocasiona una recaída. En Navidad tuvo otro ataque de gota, tan doloroso que sus gritos se oían en las habitaciones situadas bajo las suyas. Su salud declinaba día a día. La mirada triste, la respiración entrecortada, la espalda encorvada y las piernas tan débiles que apenas puede caminar. Necesita apoyarse en un bastón para trasladarse de una a otra sala. La mayor parte del tiempo permanece en su alcoba o en la cámara contigua donde había hecho instalar una estufa, tan friolero se había vuelto. Por temor a las hernias se sentaba en una silla con las piernas en alto. Cuando no padecía de gota eran las hemorroides o el asma los que le atormentaban.
Se cuenta que, visitando Carlos V el sepulcro de Lutero, el duque de Alba y algunos otros magnates le aconsejaron que hiciera desenterrar y reducir a cenizas el cadáver del reformador. A lo cual respondió:
—Dejadle reposar. Ya ha encontrado su juez. Yo hago la guerra a los vivos y no a los muertos.
El emperador Carlos V, ya muy angustiado por la gota, se vio obligado a levantar el sitio puesto por él a la plaza de Metz, luego de grandes pérdidas entre sus soldados. Pensando en el joven Valois, Enrique II, su rival, exclamó con amargura:
—La suerte es una cortesana que sólo reserva sus favores para los jóvenes.
En ocasión de hallarse el conde de Bureu con el emperador Carlos V vio cómo éste vacilaba a causa de la gota, enfermedad que, como es sabido, padecía, y dijo:
—El imperio tiembla.
A lo que contestó el emperador:
—No son los pies los que gobiernan, sino la cabeza.
Al ingresar el emperador Carlos V en el monasterio de Yuste, el 3 de febrero de 1557, las campanas del monasterio fueron echadas al vuelo, y al oírlas comentó el gran hombre:
—Ya me basta el nombre de Carlos. He dejado de ser emperador.
Hallábase en su retiro el emperador Carlos V y le acompañaba el truhán de don Francés. Conversaban los dos cuando oyeron que llamaban a la puerta de la estancia. Quien lo hacía resultó ser un señor que poseía una tierra casi en la raya de Portugal. Al oír la llamada dijo el emperador que viese quién era; lo hizo así el truhán, y al comprobar quién era el visitante dijo a su señor:
—Conviene que su majestad me dé licencia para que le abra, para que no se enoje y tome toda su tierra en una esportilla y se pase con ella a Portugal.
Al recibir Carlos V la noticia de la victoria de San Quintín preguntó:
—¿Ha continuado mi hijo la marcha hacia las puertas de París?
Como le dijesen que no, lanzó un suspiro y repuso:
—A mi edad y con tal fortuna, yo no me hubiera parado a medio camino.
Al sufrimiento de la gota se unía la privación de la comida y la bebida; cuando arreciaban los ataques, se le hinchaba la lengua, la boca se le inflamaba segregando flemas viscosas y se le atrofiaba el paladar, tardando después días en recobrarlo. Entonces disponía de siempreviva, como emoliente para la boca. En la dieta que seguía, durante meses, le suministraban sucedáneos y preparados de plantas medicinales. El agua se la servían hervida, el hipocrás sustituía al vino, y el ordiate a la cerveza. Como depurativos le administraban "palo de Indias" y zarzaparrilla; como estimulante digestivo y estomacal, el vino de ajenjo; y para el estreñimiento, ingería vino de sen y las píldoras conocidas por alefanginas, a lo que solían añadir un simple caldo de pollo que tomaba durante días de madrugada.
No es raro que Carlos V sufriera de gota y sus dolores fueran cada vez más agudos, toda vez que la medicina de entonces ignoraba que los caldos concentrados de carne, caza, embutidos, fiambres, conservas, vísceras lucio, trucha, bacalao, lenguado, caballa, sardinas, arenques, anchoas, boquerones, crustáceos, mariscos, pollo, café, té, chocolate, levadura de cerveza y bebidas alcohólicas en general no están recomendados. Si analizamos sus comidas, connotaremos que precisamente el emperador comía de todo esto y en abundancia. La dieta para contrarrestar la gota, como sabemos hoy, es esencial, y los alimentos recomendados y consumidos con moderación son: leche, quesos, huevos, pan, arroz, pastas alimenticias, patatas, alcachofas, acelgas, calabacín, judías verdes, tomate y toda clase de fruta, precisamente lo que menos consumía Carlos V.
Pero no solamente padecía de gota el emperador, enfermedad por otra parte que hoy día algunos autores, como Bausá Alcalde y Cabrero Gómez, no la califican como tal gota sino reumatismo crónico; sufría también hemorroides, asma y romadizo. Aunque ninguna de ellas le llevase a la tumba, sino una fiebre palúdica, favorecida y viciada por la gota que padecía.
Su voracidad llegaba a veces al punto de que, aun con mala salud, en medio de crueles dolores, no era capaz de abstenerse de los placeres de la mesa, con lo perjudiciales que resultaban para él. La dolencia entonces empeoraba y, como consecuencia, se indignaba, chillaba y hasta se sublevaba contra su propia glotonería y contra la fatal complacencia de los físicos y médicos que le atendían.
Las irritaciones por la comida, cuando no estaba a punto o no era de su gusto y cuando le apetecía, le ocasionaban disturbios psicológicos que repercutían en su malestar de enfermo.
Los párrafos anteriores están entresacados del magnífico y excelente libro de José V. Serradilla Muñoz "La mesa del emperador. Recetario de Carlos V en Yuste", libro que da mucho más de lo que promete el título pues, aparte del recetario, divulga una cantidad ingente de datos curiosos sobre la cocina y la medicina dietética de la época. Para ilustrar al lector de cuál era el régimen de comida de Carlos I en su retiro de Yuste vale la pena copiar la receta de la olla podrida que gustaba mucho al emperador. Parece ser que la palabra podrida es una modificación de poderida, o sea, potente, poderosa, cosa que no es de extrañar si el lector tiene la paciencia de leer lo que sigue:
"Toma dos libras de garganta de puerco salada, y cuatro libras de pernil desalado, dos ocicos, dos orejas y cuatro pies de puerco partidos y recién sacados de un día, cuatro libras de puerco jabalí con el callo fresco, dos libras de salchichones buenos, y limpio todo hágase cocer con agua sin sal, y en otro vaso de cobre, o de tierra, cuézanse también con agua y sal seis libras de carnero y seis libras de riñonada de ternera, y seis libras de vaca gorda, y dos capones, o dos gallinas, y cuatro pichones caseros gordos, y de todas las dichas cosas las que estuvieren primero cocidas se vayan sacando del caldo antes que se deshagan y consérvense en un vaso, y en otro vaso de tierra, o de cobre con el caldo de la sobredicha carne, cuézanse dos cuartos de liebre traseros cortados a pedazos, tres perdices, dos faisanes, o dos ánades gruesas salvajes frescas, veinte tordos, veinte codornices, y tres francolines, y estando todo cocido, mézclense los dichos caldos y cuélese con cedazo advirtiendo que no sean demasiado salados. Téngase aparejados garbanzos negros y blancos que hayan estado a remojo, cabezas de ajos enteras, cebollas partidas, castañas mondadas, judigelos, o frisones hervidos, y todo se haga cocer justamente con el caldo, y cuando las legumbres estarán casi cocidas, póngase repollos, y berzas, y nabos, y rellenos de menudo, o salchichas, y cuando estará cocido antes tieso que deshecho, hágase toda una mezcla e incorpórese, gústese muy a menudo por respecto de la sal, y añádase una poca de pimienta y canela, y después téngase aparejados platos grandes, y póngase una parte de la dicha composición sobre los platos sin caldo, y tómese de todas las aves partidas en cuatro cuartos, y las aves gruesas, y las saladas cortadas a tajadas, y las aves menudas, déjense enteras y repártanse en los platos sobre la composición, y sobre éstas póngase de la otra composición del relleno cortado, y de esta manera háganse tres suelos, y téngase una cucharada de caldo más gordo, y póngase encima, y cúbrase con otro plato, y déjese media hora en lugar caliente, y sírvase caliente con especias dulces. Puédense después de hervidas asar algunas de dichas aves".
No creo que en ningún sitio de España se pueda comer hoy en día una olla semejante.
Se ha hablado mucho de la retirada vida que el emperador seguía en el monasterio de Yuste, incluso hay una novela titulada "El monje del monasterio de Yuste". Nada más lejos de la realidad, Carlos I no vivía en el monasterio sino que se hizo construir un palacio al lado del mismo. Palacio que se conserva todavía, aunque tanto él como el monasterio sufrieron los desmanes de la invasión francesa y de la desamortización de 1835.
El edificio destinado al emperador había sido construido sobre el flanco de este monasterio, situado en una zona particularmente salubre. El edificio estaba compuesto de ocho salas cuadradas. La mitad en la planta baja con un corredor que conducía a un gran jardín donde se habían plantado naranjos, limoneros y flores olorosas. El resto de las habitaciones estaban situadas en el piso superior, con dos terrazas semicubiertas. Sabiendo lo sensible que era al frío se habían instalado grandes chimeneas en las estancias destinadas al emperador. Su alcoba estaba comunicada con la iglesia del convento a través de una ventana, provista de una vidriera y una celosía, desde donde podía oír misa y asistir a los oficios cuando estaba enfermo e imposibilitado de levantarse del lecho. El decorado de su habitación era parco y austero. Las puertas de entrada a su cámara estaban pintadas de negro, los muros estaban cubiertos por tres doseles de paño negro y otro dosel más rico de terciopelo.
Las cortinas de su cama también eran de paño negro. Dos sillones estaban especialmente reservados para él: uno, montado sobre ruedas, podría trasladarle de una habitación a otra sin ningún esfuerzo; el otro era fijo y estaba provisto de seis almohadillas y de un soporte para mantener las piernas extendidas. También se habían provisto para el lecho colchas y cojines al gusto del emperador y su vestuario estaba abundantemente surtido de trajes de seda guarnecidos de armiño o tejidos con pelo de cabrito.
Se ha hablado mucho de que Carlos I hizo celebrar sus funerales en vida y se ha descrito con minuciosidad que, acostado en un ataúd, oyó con devoción la misa de difuntos. Parece ser que, según muchos historiadores, el relato es apócrifo. Aunque recordemos que Carlos I era hijo de doña Juana la Loca, cuya necrofilia es conocida de todos.
En Yuste se dedicó a la mecánica, con afición extraordinaria en la relojería y como no consiguiera que todos los relojes marchasen de acuerdo marcando todos la misma hora y los mismos minutos exclamó:
—¡Loco de mí, que pretendí igualar a tantos pueblos diferentes!.
Cuentan que el emperador Carlos V concibió una profunda pasión por la duquesa de Medinaceli y le propuso una entrevista amorosa. La virtuosa princesa se esquivó con estas palabras:
—Señor, si tuviese dos almas, arriesgaría una por complacer a vuestra majestad; pero como sólo tengo una, no quiero perderla.
Se refiere que Carlos V, al volver a España para encerrase en un monasterio, luego de haber abdicado en su hijo Felipe, besó la tierra diciendo esas palabras:
—¡Oh madre común de los hombres: desnudo he salido del vientre de mi madre y desnudo entraré en el tuyo!
Aunque otros afirman que fueron las siguientes:
—Salve, madre común de todos los mortales. Desnudo y pobre vuelvo a ti, tal como salí del vientre de mi madre. Deja que en ti repose hasta el día que Dios me llame a su juicio.
Y aún hemos encontrado otra versión, muy semejante a la primera, que dice:
—Yo te saludo, madre común de los hombres; desnudo salí del vientre de mi madre, desnudo volveré a entrar en tu seno.
Al saber Carlos V, en su voluntario destierro de Yuste, que su hijo y sucesor, Felipe II, pensaba cambiar la capitalidad del reino, le escribió estas palabras.
—Si quieres conservar tus dominios, deja la corte en Toledo; si deseas aumentarlos, llévala a Lisboa; si no te importa perderlos, ponla en Madrid.
"¡Llegó la hora!"
El 21 de septiembre de 1558, cerca de las dos de la madrugada, después de haber permanecido largo rato silencioso, y conociendo que se acercaba su fin, exclamó el emperador Carlos V esas palabras.
"Pusiéronle una vela encendida en la mano derecha —escribe Prescott—, y apoyado en el hombro de su fiel servidor Quijada, se esforzó en asir con la mano izquierda un crucifijo de plata, con el cual había expirado su esposa la emperatriz, y que por mandato del mismo Carlos se había tenido prevenido para aquella ocasión. Estrechólo largo rato contra su pecho, y como tratase de apartarlo el arzobispo de Toledo, fijó Carlos una tierna y anhelante mirada en aquel sagrado símbolo, que era para él un recuerdo no menos del amor humano que del divino. El arzobispo comenzó a recitar el salmo "De profundis" y al poco tiempo, haciendo el moribundo un esfuerzo para abrazar el crucifijo, dijo con voz entera, que se oyó claramente en la pieza inmediata: "¡Ay Jesús!" y cayendo de espaldas en la almohada, expiró sosegadamente".
Felipe II
El martes 21 de mayo de 1527 nació en Valladolid don Felipe, a las cuatro de la tarde. La emperatriz Isabel soportó un parto largo de más de trece horas y, llegado el momento, aseguró: "Eu morrerei, mas non gritarei", refiriéndose a su negativa a desahogar el dolor en público, pues ceremonia más de la corte era ésta del alumbramiento.
Tapado el rostro de doña Isabel con un lienzo al dar a luz para no mostrar tampoco las facciones desencajadas ante los cortesanos presentes, lo que es tradición familiar desde su alteza la Reina Católica, cerradas las ventanas y matadas las luces en el interior, nació el primogénito en presencia misma del emperador. Es un niño rubio, de rizados cabellos, ojos azules y piel muy blanca. A poco, las campañas anunciaron la novedad de un heredero y, con fecha del mismo día, el secretario Francisco de los Cobos y el rey informaron en un breve a las ciudades.
Era una tarde de torrencial lluvia, y venía lloviendo desde la noche.
Al carecer Valladolid de un real palacio que albergara la corte, pues su real palacio era a la sazón el convento de San Benito, Sus Majestades ocupaban un caserón propiedad de don Bernardino de Pimentel junto a la iglesia de San Pablo de los dominicos, con la que forma trasera. Hoy en día Diputación Provincial.
El 5 de junio, abierta hasta el suelo una de las ventanas bajas que dan a la Corredera, la comitiva para bautizar al príncipe sólo tuvo que cruzar la calle unos pocos metros para hallarse en San Pablo; pero esto tan sencillo, claro es, se revistió de gran pompa regia y solemnidad imperial, que a su vez los cronistas exageran.
"El rey don Felipe de Austria, —dice Lorenzo Vitale— hijo del emperador Carlos V, nacido en el mes de mayo de 1527, ha tenido cuatro mujeres: una, portuguesa; la segunda, inglesa; la tercera, francesa, y la última alemana; ésta es hija del emperador Maximiliano. Cuatro hijos han salido de esos matrimonios; dos hijos y dos hijas; el nombre del príncipe es don Fernando; el del infante, don Diego; la mayor de las dos infantas se llama Isabel; la segunda Catalina".
Después tuvo un hijo, Felipe, que le sucedió en el trono.
En aquel tiempo, los príncipes se casaban por razones políticas, y no importaba la consanguinidad ni la diferencia de edad. María de Portugal, la primera esposa, tenía la misma edad que el príncipe Felipe, dieciséis años. María Tudor, en cambio, contaba treinta y ocho cuando desposó a un Felipe de veintisiete. La más joven fue Isabel de Valois, sólo catorce años para un marido de treinta y dos que cumplía treinta y siete al contraer nupcias con su última esposa, Ana de Austria, de diecinueve.
"El rey es de una estatura mediocre, pero muy bien proporcionado; sus rubios cabellos empiezan a blanquear; su rostro es bello y agradable; su humor es melancólico. Es un príncipe muy católico, amigo de la religión; notable por su prudencia y por su amor de la justicia, no buscando ninguna especie de distracciones del espíritu o de la inteligencia y completamente entregado a la soledad. Se retira durante ocho o diez meses del año a Aranjuez, a San Lorenzo de El Escorial y a El Pardo; goza allí de las distracciones del campo con la reina y con sus hijos, en medio de una corte muy poco numerosa y no teniendo cerca de él más que los ministros que le son necesarios. Se ocupa de los asuntos sin descanso, y en ello se toma un trabajo extremado, porque quiere saberlo todo y verlo todo. Se levanta muy temprano y trabaja o escribe hasta el mediodía. Come entonces, siempre a la misma hora y casi siempre de la misma calidad y la misma cantidad de platos. Bebe en un vaso de cristal de tamaño mediocre y lo vacía dos veces y media. Ordinariamente se encuentra bien; sin embargo sufre algunas veces de debilidad de estómago, pero poco o nada de la gota. Una media hora después de su comida despacha todas las súplicas que debe apostillar, todos los mandamientos, células, cartas; en una palabra, todos los documentos en los que debe poner su firma. Hecho esto, tres o cuatro veces por semana va en carroza al campo para cazar con ballesta el ciervo o el conejo. Acude a las habitaciones de la reina tres veces por día; por la mañana, antes de ir a misa; durante el día, antes de ponerse al trabajo, y por la noche, en el momento de acostarse. Tiene dos camas bajas, que están alejadas una de otra un palmo; pero, por la cortina que las cubre, parecen no ser más que una. El rey siente una gran ternura por su mujer, la tiene más bien encerrada que otra cosa, y casi nunca se aparta de ella".
No sabemos con exactitud quién es el autor de esta "Relación de España en 1577 "que figura como anónima en la bibliografía de viajes por España”|.
Felipe II ha pasado a la historia con el título de El Prudente. Tremendo error. Pocos han sido tan imprudentes como él y ninguno, como él, ha conseguido disimular bajo la capa de la prudencia pequeños y grandes defectos que minimizaron su grandeza.
¿Cómo pudo ser prudente quien no acudió a Flandes en el momento en que lo echaba todo a perder con su ausencia? ¿Cómo pudo ser prudente quien confió en que lord Cecil y la reina Isabel mantendrían el catolicismo en Inglaterra? ¿Cómo pudo ser prudente quien mandó de embajador a Roma al duque de Sessa, evidentemente judío y supuestamente masón? ¿Cómo pudo ser prudente quien puso al frente de su armada al duque de Medina—Sidonia, que no había visto nunca el mar? ¿Cómo pudo ser prudente quien tuvo confianza en Antonio Pérez, el más turbio de los secretarios?
No debió considerarlo muy prudente el papa Sixto V cuando, al pedirle Felipe más dinero para construir una segunda armada, le contestaba:
—Vuestra majestad consume tanto tiempo en consultar sus empresas, que cuando llega la hora de equiparlas se ha pasado el tiempo y consumido el dinero.
Si Sixto V no lo consideró prudente, si tantas fueron sus imprudencias, ¿consiguió acaso el título de Prudente porque era insincero, porque había en él una doblez hipócrita?
No; de ninguna manera. Entre sus virtudes cuenta la de su gran sinceridad consigo mismo. La culpa no es de Felipe; la culpa es de los que han interpretado su cautela como prudencia. Y la cautela es la aparente prudencia de los tímidos, de los desconfiados, de los irresolutos. Felipe fue de pies a cabeza un tímido, un desconfiado, un irresoluto.
Dudo de la pretendida masonería del duque de Sessa.
Felipe II, rey de España, no era tímido con respecto a las cosas de su Estado, pero Felipe Trastámara era terriblemente tímido con respecto a su persona.
Cuando su primera esposa llegó a Salamanca para la boda, él, disfrazado, la vio pasar desde una ventana.
Lo mismo hizo en Toledo cuando llegó su tercera prometida. Felipe se escondía como los tímidos. Y también huía cuando sus situaciones personales eran amargas. Huyó al monasterio del Abrojo cuando murió su esposa María, sin asistir siquiera al entierro. Huyó de Alcalá de Henares bajo la lluvia de una noche negra cuando creyó que su hijo Carlos se moría.
Pero la prueba definitiva de su timidez la dio en Portugal. Tenía alojadas en su mismo palacio a su hermana María y a la hija de ésta, la que bajo el nombre de sor Margarita de la Cruz había de ingresar en las Descalzas Reales. Felipe se enamoró de su sobrina y la deseó en matrimonio.
Para ello era preciso confesar su amor, diciéndolo a su hermana. Y para decírselo recurrió a la máxima demostración del tímido. Desde su habitación, contigua a la de ella, le escribió una carta.
Testimonios hay que nos muestran a una madre ciertamente exigente con su hijo, al que quiso hacer comprender desde pequeño la importancia de su rango. Pero no siempre era así doña Isabel. Dice el primer maestro que tuvo el príncipe, don Pedro González, que él y el marqués de Lombay —el futuro Francisco de Borja— llevaron un día a Felipe montando un pequeño asno por las calles de Toledo —convertido en un "machico pequeño y no quiso que le sentasen en la silla, sino los pies en los estribos"—, lo que provocó que la multitud se le acercara bromeando y que la emperatriz, que por allí se encontraba, riera a carcajadas. También se cuenta que los modales de la emperatriz eran tan sugestivos, que su efigie sirvió de modelo a una representación de Las Tres Gracias llevada a cabo en una medalla, en cuyo reverso se grabó la siguiente leyenda: "Has Habet et Superat".
Los conspicuos astrólogos habían vaticinado para el reinado de Felipe II toda clase de dichas, por haber tenido lugar el nacimiento estando la luna en cuarto menguante; pero su ciencia astrológica se tambaleó para el sentir de muchos, ya que los acontecimientos de Roma debieran interpretarse como un augurio pesimista.
Otros seguían profetizando "...que el infante sería la veneración, obediencia, riqueza, espada y escudo de la Iglesia católica".
Bautizado como don Filipo por el primado Fonseca en memoria de su abuelo paterno Felipe I el Hermoso, rey de Castilla con doña Juana la Loca, el de Alba protestó al pie de la pila pues pensaba debía dársele el nombre de su bisabuelo el rey Católico don Fernando.
Lloró aquél con fuerza al contacto extraño con el agua bautismal, cosa, por lo demás, frecuente. Entonces, un rey de armas repitió por tres veces:
"Don Felipe por la Gracia de Dios, príncipe de España".
Comenzaron los festejos, abundantes en banquetes, bailes, torneos, corridas de toros y fuegos de artificio.
La emperatriz no se levantaba del lecho hasta el 12 de junio, y el 30, cumplida la cuarentena, saldría vestida de terciopelo blanco, a recibir la bendición purificadora, en una jaca que lleva por las riendas el conde de Benavente, quien se hubo sentido postergado en la ceremonia del bautismo al no ser padrino, negándose éste y el duque de Nájera con él a asistir al acto.
Como se puede ver, el título de príncipe de España fue usado por Felipe II y no fue un invento de Franco como puede suponerse.
Fueron sus maestros: Juan Martínez Silicio, latinización de un apellido Quijano, clérigo y erudito distinguido, aunque debido a su blandura fue preciso nombrar otros educadores; Cristóbal Calvete de Estrella, humanista, enseñaría al príncipe latín y griego; Honorato Juan, matemáticas y arquitectura; Juan Ginés de Sepúlveda, geografía e historia. No se le asignó ningún preceptor para enseñarle lenguas modernas y, aunque con el tiempo llegó a entender el francés, el italiano y el portugués, nunca pudo hablarlos. Su ayo fue Juan de Zúñiga, que cuidaba de su educación física y de su comportamiento. Aprendió de él a comportarse con dignidad y gracia, adquiriendo un aire de autoridad que a todos inducía a tratarle con respeto. Zúñiga también le enseñó autodominio y autodisciplina.
A partir de 1535 Felipe pasó a formar parte del área de influencia de la Universidad de Salamanca, con don Juan de Zúñiga, comendador mayor de Castilla, como ayo responsable de instruir al heredero en la vida de la corte. Hombre de trato serio y frío, parece ser que en principio provocó ciertas protestas del príncipe, que llegó a quejarse de la forma en que le hablaba. Sin embargo, la valía y conveniencia de un personaje como Zúñiga no se pueden poner en duda. El propio emperador, enterado de las quejas de su hijo, escribe para decirle: "Si os habla con franqueza es porque os guía. Si os adulase y solamente procurase satisfacer vuestros deseos, haría como todo el resto del mundo y no os diría la verdad, y nada peor puede ocurrir a un hombre, viejo o joven, que carece de una experiencia que le permita distinguir la verdad y el error".
He aquí el horario de vida de Felipe II durante su infancia:
6 de la mañana: Levantarse, oraciones, desayuno, misa, dos horas de estudio, comida y juego.
Mediodía: Una hora de canto.
13—16: Estudio y escritura.
16—18: Recreo, salto, tirar arco, distracciones con hijos de caballeros.
18: Cena, paseo por jardín.
21: Rosario y acostarse.
Confesión mensual.
Los domingos, limosnas.
Ya de jovencito, Felipe mostró interés por las mujeres, aunque no tanto como se dice. La prueba de ello es una carta del emperador Carlos a Zúñiga en la que le pide datos de cierta escapada del príncipe en casa de un tal Perote. Al parecer se trataba, aunque no es seguro, de una pequeña aventurilla sin trascendencia.
En mayo de 1542, justo cuando don Felipe cumplía quince años y se hallaba con sus padres en Monzón en plenas cortes aragonesas, se supo que un ejército francés en el que se encontraba el delfín de Francia —el futuro Enrique II— se acercaba al Rosellón, que entonces pertenecía a la Corona aragonesa y era, por tanto, posesión de los Habsburgo españoles.
Los franceses atacaron Perpiñán y el duque de Alba fue enviado a defender la ciudad. Parece —aunque no es seguro— que marchó con él, al frente de las tropas, por primera vez en su vida, el joven Felipe, que era aproximadamente de la misma edad que el príncipe francés, y ambos participaron en las breves operaciones militares que tuvieron lugar alrededor de aquella ciudad, antes de que los franceses se vieran obligados a levantar el cerco.
Don Felipe atravesó entonces por primera y única vez en su vida los Pirineos. No entró propiamente en territorio francés, pero estuvo muy cerca de hacerlo.
Tenía muy pocos años el príncipe don Felipe cuando asistió a una corrida de toros que se celebraba en la Corredera de Valladolid, acompañado de su madre, doña Isabel y figurando en la comitiva el doctor Villalobos.
Uno de los animales lidiados arremetió tras un hombre, llegando hasta cerca de la ventana donde se encontraba la corte, y el príncipe creyéndose en peligro, se estremeció, pasando un gran miedo.
La emperatriz se mostraba muy contrariada por la pusilanimidad del joven príncipe, y no pudo por menos de decir, con enojo:
—¡Cuánto temo que este niño ha de ser cobarde!
Medió entonces el médico de cámara y, haciendo una lisonja al príncipe, le dijo a su egregia madre:
—No tenga vuestra majestad miedo, que en verdad cuando yo era pequeño, que era el mayor judihuelo de la vida, y de cada cosa temía, y ahora, en cambio, ya veis lo que hago, que no dejo nadie que no mate.
Lo de Perote puede ponerse en duda puesto que el emperador escribiendo a su hijo decía: "Si, como me lo habéis confiado, no habéis tocada todavía a ninguna mujer antes de aquella que será la vuestra, del mismo modo no os dejéis arrastrar después de la boda a ningún error, pues sería pecar ante Dios y una vergüenza ante vuestra esposa y el mundo...".
En 1542 se había acordado la boda del príncipe español con su doble prima portuguesa María, hija del rey Juan III —hermano de la madre del novio, la emperatriz Isabel— y de la reina Catalina, hermana de Carlos V.
Al mismo tiempo se proyectó y anunció —para unos años más tarde, dada la poca edad de los prometidos— otro compromiso entre las familias reales de Portugal y de España: la boda del príncipe portugués Juan Manuel con la infanta española Juana. Se casarían, pues, dos hermanos españoles —Felipe y Juana— con dos hermanos portugueses —María y Juan Manuel—, siendo los prometidos, en ambos casos, primos hermanos entre sí tanto por parte de padre como de madre.
No es extraño que uniones endogámicas como éstas diesen frutos singulares.
Parece que el príncipe escuchó y practicó en el futuro los consejos paternos, tanto en su papel de gobernante novato como en el de joven recién casado, aunque en este último terreno su poca edad y su inexperiencia se hicieron notar al principio. Por lo visto, la consumación del matrimonio no fue inmediata ni tampoco fácil, lo cual produjo cierto estupor y desasosiego tanto en la madre de la novia como en el padre del novio, que escribieron sendas cartas íntimas, con advertencias más o menos veladas a ambos interesados.
Determinados rumores de la corte dejaban entrever que la joven esposa, rubia, de ojos oscuros, con la nariz algo arqueada y el labio inferior caído —"muy bien dispuesta, más gorda que flaca... muy sana y muy concertada en venille la camisa a la regla", según el embajador Sarmiento—, pero que tenía el invencible defecto de la gula, no acababa de atraer la simpatía ni la sensualidad, poco despierta aún, de aquel muchacho de dieciséis años, más interesado por la caza, la naturaleza, los libros, la música y la pintura que por las mujeres.
Pero al comenzar el año 1545 era evidente que ella estaba embarazada.
Y este hecho acalló todos los comentarios. El embarazo discurrió sin novedad; pero el parto, a mediados de julio, fue difícil y trajo consecuencias funestas. El niño, enclenque y con malformaciones, logró sobrevivir y fue llamado Carlos como su ilustre abuelo; pero la madre, víctima de una infección puerperal, tratada con los métodos salvajes de entonces —sangrías y baños fríos—, acabó padeciendo una pulmonía y una sepsis brutal, que se la llevaron rápidamente de este mundo.
Desde muy temprana edad apareció en él el gusto por la música. Felipe se negaba a viajar sin sus órganos, sus juglares y su coro, pues le gustaba oír música de la más alta calidad.
Posiblemente aprendiera a tocar la viola y la vihuela. Durante toda su vida tuvo un aspecto enfermizo, su pelo rubio y su cutis pálido le daban un aspecto casi albino. Hacía dos comidas al día: almuerzo y cena. Su dieta era casi igual para cada una: pollo frito, perdiz o paloma, pollo asado, tajada de venado, carne de vaca, excepto los viernes que comía pescado; pero apenas se consumían frutas o verduras. No nos sorprende que sufriera continuamente de estreñimiento, teniendo que administrarle frecuentes dosis de vómitos y enemas. Aparte de hemorroides y dolores de estómago, sufrió de asma, artritis, gota, cálculos biliares y malaria. Su interés por los libros fue grande y desde temprana edad, bajo la influencia de sus preceptores, empezó a reunir una gran biblioteca que abarcó desde libros de teología hasta temas científicos, véase "De revolutionibus", de Copérnico. Durante toda su vida fue un gran lector y esto le proporcionó unos conocimientos enciclopédicos y una comprensión más profunda del alma humana, que quedó reflejada en las notas marginales que garabateaba en los informes de sus secretarios. En el momento de su muerte su colección contaba con más de catorce mil volúmenes, que incluían 1000 en griego, 94 en hebreo y cerca de 500 códices árabes. Era la mayor biblioteca privada del mundo occidental.
Viudo a los dieciocho años, y con su sensibilidad por fin despierta, parece que una dama de la corte, doña Isabel de Osorio, ocupó entonces en secreto, con absoluta discreción, un lugar en la alcoba y en el corazón del príncipe. Guillermo de Orange, en un libro escrito mucho más tarde con explicable rencor, pero también con excesiva malevolencia, habló de "bigamia", pues la relación empezó seguramente después de la muerte de la esposa. Y tampoco se trataba, en realidad, de una boda secreta, sino de una simple aventura, aunque intensa y duradera, que alegró y dio sentido a la vida de don Felipe cuando éste cumplió veinte años y en los meses siguientes.
Don Felipe no se parecía a la mayoría de los hombres nacidos en el reino de Castilla, ni por su biotipo ni por su carácter. Sus rasgos acusaban un componente genético más borgoñón y portugués que hispánico, como han señalado algunos perspicaces historiadores modernos, por ejemplo, Sánchez—Albornoz en su magistral "España, un enigma histórico".
A pesar de ello, no se puede negar que, desde muy joven, Felipe se sintió compenetrado con su país natal y era feliz viviendo y actuando allí como regente. Hablaba y escribía con fluidez el idioma castellano y, aunque conocía algo de latín eclesiástico, como todos los hombres cultos de su tiempo, ignoraba el alemán, el inglés, el francés y el flamenco, y nunca demostró mucho interés por aprenderlos, a pesar de que una parte no despreciable de sus futuros súbditos hablaba o hablaría alguno de aquellos idiomas.
Digamos, sin ir más adelante, pues las noticias de estos amoríos juveniles son vagas, que Felipe era conocido por la fogosidad de sus pasiones amorosas. Se cuenta a este respecto que durante su estancia en Inglaterra sorprendió a la hermosa vizcondesa de Montague ocupada en su aseo personal, Felipe a través de una ventana abierta se acercó hasta ella; pero, apercibida la dama de su presencia, cogió un bastón y propinó un vigoroso golpe al atrevido galán. Felipe siempre trató con la más perfecta deferencia a la que injuriosamente había ofendido.
Poseía Felipe un buen juicio y una memoria afortunada. Pero tenía un grave defecto que anulaba estas cualidades: no era capaz de adoptar soluciones rápidas. Cuando se necesitaba obrar con celeridad perdía el tiempo en consultas y deliberaciones. Hablaba con lentitud y después de reflexionar, meditando y midiendo con parsimonia las palabras que decía. Su natural reflexivo le inclinaba a expresar su pensamiento por escrito. No es sorprendente que se sintiese agobiado de trabajo, teniendo que decidir sobre todas y cada una de las cosas, por muy insignificantes que éstas fueran. Nada escapaba a su control. Así, aunque era un trabajador infatigable, se le acumulaban los informes y documentos sobre su mesa; todos habían de ser leídos y contestados, con notas marginales o instrucciones concretas de su puño y letra. No es de extrañar que se quejara, o disculpara, ante sus secretarios por no haber podido leer o contestar tal o cual documento. La cantinela era siempre la misma al dirigirse a cualquiera de sus secretarios, disgustado por no poder dar más agilidad a tal cúmulo de papeles.
"Ahora —escribe a uno de sus secretarios— me dan otro pliego vuestro. No tengo tiempo ni cabeza para verlo y así no lo abro hasta mañana, y son dadas las diez y no he cenado; y quédame la mesa llena de papeles para mañana, pues ya no puedo más ahora". Pobre Felipe, los pliegos e informes se le acumulaban de una forma desesperante y las resoluciones se dilataban hasta tal punto que, a veces, las decisiones llegaban demasiado tarde.
Cuando recibía malas noticias se ponía enfermo y sufría de diarreas.
Retrasaba sus decisiones alegando dolores de cabeza y malestar.
En todos los momentos de su vida mantuvo la gravedad que, en su opinión, resultaba inseparable de la dignidad real. Cuando le comunicaban buenas o malas noticias no manifestaba ni alegría ni pesar. Nadie mejor que él supo reprimir los impulsos de su alma. Jamás se encolerizó; todo estaba calculado, tanto la expresión de su rostro como el sentido de sus palabras. Lo que en otras personas pudiera parecer fortuito, en él era fruto de una larga reflexión. Nunca olvidaba ni perdonaba las injurias, pero sabía disimular su disgusto y esperar el momento propicio para exteriorizar su venganza. Se decía que de su risa al cuchillo no había más distancia que el filo de ese cuchillo. No se apresuraba a castigar a los que provocaban su odio, pero una vez empezaba su persecución ya no la detenía: su venganza resultaba implacable.
Por fin, el 2 de septiembre fue bautizado el infante con el nombre de su abuelo, aunque no hubo celebración alguna.
Un año más tarde, Felipe escribió a su padre dando cuenta de las dificultades que el pequeño príncipe causaba a sus nodrizas: "Ya V. M. tiene entendido cómo, por haberle venido su regla a doña Ana de Luzón, ama del infante, se tuvo duda si convendría que ella le diese leche o no y, visto por los médicos que yo mandé juntar para ello, se acordó que se podía hacer sin inconveniente. Después, pasando adelante aquello, vino el quitársele del todo la leche, por donde fue menester mudar otras amas; y ha habido la dificultad y trabajo que V. M. habrá sabido, porque las mordía a todas".
Muchos estudiosos han querido ver en este comportamiento del infante don Carlos un claro síntoma de su patología posterior.
Después de la inesperada muerte de la princesa María Manuela de Portugal y tras un largo viaje de carácter político por los Países Bajos y Alemania, Felipe puso en marcha la maquinaria del Estado con el fin de pactar un nuevo matrimonio de conveniencia con otra princesa portuguesa, María hija de Manuel el Afortunado y de doña Leonor, hermana de Carlos V. Iniciados los contactos entre ambas cortes hubieron de ser suspendidos porque, según palabras del propio Felipe, "su hermano, el rey Juan III, regateaba dar más de 400.000 ducados de dote, que era mucho menos de lo prometido, aunque trajese 48.000 ducados en joyas".
Ha empezado su biblioteca con "La guerra judía" de Josefo, las "Metamorfosis" de Ovidio y una Biblia en cinco volúmenes, y son de mayo de 1541 las adquisiciones de numerosos clásicos y teólogos modernos que Calvete de Estrella compra en Salamanca. Por el tiempo en que se muda a Inglaterra, la torre nueva del Alcázar de Madrid alberga 821 volúmenes entre los que son de imprenta y manuscritos: la biblioteca más importante que posee un príncipe.
La pintura y la música se cuentan entre sus aficiones; aprendió a tocar la vihuela, aunque no con el grado de virtuosismo de su hermana doña Juana, y llevaba en los viajes consigo sus coros, juglares e incluso órgano de su capilla. En Flandes, en 1549, compra su primera obra maestra de pintura, "El desprendimiento", de Van der Weyden, pieza que inaugura una colección sin parangón acaso en el último Renacimiento.
Ya soberano, Felipe II, se vio forzado, en un principio, a continuar la política imperial de su padre, de guerrera oposición a Francia, nación que rompe la concertada tregua, llamada de Vaucelles, en el mes de noviembre del mismo año 1556. Por otra parte, el papa Paulo IV muestra manifiesta antipatía por la política de Felipe II, llegando a excomulgarle, al igual que al duque de Alba, "por preparar ataques armados contra la Santa Sede". Con pesar recibió el monarca la noticia y procedió a consultar a las universidades, teólogos y consejos de Flandes y de España. El dictamen de los teólogos españoles, a cuya cabeza iba el famoso Melchor Cano, fue de "que era lícito al rey declarar la guerra al papa, considerado como señor de sus Estados temporales".
El príncipe don Carlos contaba ya doce años, futuro heredero. Su cabeza era grande, desproporcionada al cuerpo, pelo negro y de complexión débil:
"... da signos de ser muy soberbio, pues no puede soportar estar mucho rato delante de su padre con la gorra en la mano y llama al padre hermano y al abuelo padre, y tan iracundo como cualquier otro joven puede ser..."
Sentía gran admiración por el emperador, recluido en Yuste.
Se habló de los amores de don Felipe con la bella Elena Zapata. Lo que sigue lo entresaco del libro de Lacarta, varias veces citado:
Elena, hija de unos monteros de condición hidalga, vino con unos dineros de su hermano a vivir en un palacio de las afueras de Madrid, el conocido como el de las Siete Chimeneas, y emparentó con los Zapata.
Para librarse del estorbo del marido, capitán de su guardia, don Felipe lo destinaría a los tercios, y aquél no regresaría del sol de Italia. La relación con ésta, consentida, de serlo, duró varios meses y se cortó al tiempo que don Felipe partió a Inglaterra.
La bella moriría apuñalada en su cama por un pretendiente, y se dice que su padre emparedó el cadáver en la propia casa del cerro de Buenavista. Todo, pues, parece una "nouvelle" al gusto de Bandello.
Años antes, a raíz de su primera viudez, se hallaría en tratos con una tal Catalina Lénez, soltera e hija de uno de sus secretarios, que, embarazada de una niña, se casaría e iría a vivir a Italia con su marido.
Durante su periplo europeo, se le atribuyeron relaciones con una dama de Bruselas, de las que nacería una hija cuya crianza sería secreta.
Posterior es su encuentro sentimental con doña Eufrasia de Guzmán, dama de doña Juana. Este correspondería al tiempo en que el rey aguardaba a que Isabel de Valois fuera mujer, entre 1559 y 1564. Encinta de Felipe II, su matrimonio con el príncipe de Ascoli, acallaría la maledicencia. El cuarto príncipe Ascoli, pendenciero y en problemas con la justicia sería hijo del monarca.
De su ficticio romance con la prolífica princesa de Eboli, esposa de Ruy Gómez, su consejero, habría nacido otro hijo, Rodrigo, segundo duque de Pastrana, quien andaría en la anexión de Portugal, sería general de caballería con Farnesio en los Países Bajos y fallecería en Luxemburgo en 1596 tras una existencia no menos agitada que el anterior, el de Ascoli.
En la nómina de sus lances de amor ninguna de las historias resulta con visos de ser argumentadamente cierta.
Felipe llega a cumplir veintiséis años y su tálamo nupcial está vacío.
Tiene en sus manos el poder más grande sobre el más grande imperio conocido, pero es hombre que se debe a su condición real, prescindiendo de sus sentimientos. Si antes su boda había sido con Portugal, pues dejémonos de romanticismos que no existieron, sino de realidades que en este caso eran los intereses del imperio. Lo importante en ese momento era proyectar una alianza con alguna nación. Si primero fue en Portugal ahora será en Inglaterra, y adelantándonos a la Historia, después serán Francia y Austria. El amor no contaba para nada, ni la belleza, ni la edad; sólo importaban los intereses del Estado.
Esta vez la mujer escogida será la prima de Felipe II, María Tudor, hija de Catalina de Aragón, —hija a su vez de los Reyes Católicos— y de Enrique VIII, rey de Inglaterra.
María Tudor cuenta en este momento treinta y ocho años, doce más que Felipe. Es auténticamente fea, el color del pelo rojizo, apenas tiene cejas y sus ojos carecen de brillo. En el Museo del Prado se conserva el retrato que de Inglaterra envió María, reina de Hungría y hermana de Carlos I, en el que a los defectos citados se añade una adustez en el rostro muy considerable. Teniendo en cuenta que el pintor Antonio Van Moor, llamado en España Antonio el Moro, sin duda dedicó parte de su habilidad en disimular la fealdad de su modelo, queda claro que la pobre María Tudor era lo que vulgarmente se llama un adefesio.
María es fea, pero es muy honesta, muy culta y habla, escribe y lee en francés y en italiano, aparte naturalmente del inglés, su idioma paterno, domina el latín y comprende el castellano, aunque no lo habla.
En un primer momento se habló de casar a la princesa con el emperador Carlos I, pero el compromiso no llegó a hacerse efectivo, pues las conveniencias reales hicieron fracasar el proyecto. Pasaron los años y lo que se había proyectado con Carlos I se realizó con Felipe II, cuando María Tudor ya era reina de Inglaterra desde 1533.
Recordemos que Felipe es todavía príncipe, pues su padre Carlos I vive aún. El proyecto de unir las dos coronas, la inglesa y la española, a través de un enlace matrimonial, hace recordar un poco a lo sucedido en España cuando los Reyes Católicos unieron bajo su cetro los diversos reinos de España que continuaron con su independencia habitual. Lo mismo sucedería con el enlace de Felipe y María, sometiéndose Felipe a condiciones tan vejatorias como la de acceder a que su trono esté situado más bajo que el de su esposa, a la que debía ceder siempre el paso y demostrar su sumisión. Claro está que esto sucedía en Inglaterra, pues es de suponer que, de haber venido María a España, se hubiesen cambiado las tornas.
Pero este caso no sucedió jamás.
María era católica y por ello tuvo que sufrir muchos disgustos y penalidades. Cuando su padre Enrique VIII se casó con Ana Bolena, que dicho sea de paso tenía seis dedos en una mano, tuvo que sufrir la pobre María la humillación de ser llamada "lady Tudor", como otras hijas bastardas de la Casa Real.
Más adelante tuvo que firmar un testamento en el que declaraba: "Reconozco, acepto, tomo y declaro a su majestad el rey como cabeza suprema en la tierra, después de Cristo, de la Iglesia de Inglaterra, y niego rotundamente al obispo de la pretendida autoridad de Roma poder y jurisdicción sobre este reino hasta ahora usurpado". Lo curioso del caso es que en aquellos momentos se trataba de casar a María con su primo hermano Carlos I de España, quien le aconsejó, trámite que hizo el embajador, que para salvar su vida debería hacer todo lo que le mandasen y disimular por algún tiempo.
El matrimonio entre María y Carlos no se realizó, pero en el ánimo del emperador quedaba intacta la idea de la necesidad de aliarse con Inglaterra en beneficio de la política española. Por otro lado, Carlos veía también la necesidad de casar a Felipe para asegurar más fuertemente la sucesión en el reino español, ya que el hijo que el príncipe había tenido con María de Portugal no presentaba indicios de buena salud, cosa que por desgracia resultó exacta, ya que el príncipe Carlos fue el tristemente protagonista de actos y conspiraciones, que popularizadas más tarde por los enemigos de España, dieron lugar a uno de los capítulos más negros y falsos de la leyenda negra española.
Su matrimonio con el príncipe Felipe se concertó por sugerencia del primo de ésta, el emperador Carlos, que veía en esta unión una salvaguarda para la fe católica, y a este fin se solicitó oficialmente su mano para su hijo el príncipe de Asturias, que llevaba nueve años de viudez y tenía veintiséis de edad, es decir, doce menos que la novia propuesta, que además era tía segunda suya. Estos desposorios exigieron la oportuna dispensa papal por el impedimento del parentesco.
Don Felipe acepta disciplinado el proyecto de su padre: "... puesto que vuestra majestad piensa como me dice y desea arreglar el matrimonio conmigo ya sabe que soy hijo obediente y no tengo más deseo que el suyo, especialmente en asuntos tan importantes".
"El disgusto de la edad desconforme —señala Cabrera— no venció a la obediencia insuperable de don Felipe".
Las capitulaciones, firmadas en Londres por el conde de Egmont, confirmaban la razón de Estado que movía a la realización de esta boda el 5 de enero de 1554. El enlace se celebró por poderes al siguiente día, estando representado don Felipe por el conde de Egmont, destacado aristócrata flamenco. El noble, al llegar la noche, se acostó en el lecho de la reina para públicamente cumplir con la tradicional costumbre, pero, claro está, se encontraba revestido de pies a cabeza con su armadura ya que, como es natural, no tenía poderes para mayores intimidades. El padre Mariana escribe en su obra que "Egmont, fiador del futuro matrimonio, hizo la ceremonia de recostarse armado en la cama de la reina, según era costumbre de los príncipes de aquel tiempo".
Felipe II era profundamente religioso pero tuvo sus disputas con el papa como soberano temporal. He aquí la carta que el duque de Alba, que entonces se hallaba en Nápoles, envió al soberano pontífice conocida y autorizada por el rey español:
"Vuestra Santidad ha sido instituido como pastor y no como lobo que devora los rebaños de Cristo. El emperador y el rey, los más leales defensores del papado, han debido soportar las más graves injurias por vuestra parte [...]. Y ahora que la Santa Sede ha llegado a amenazar con deponer al rey de España de su trono [...], juro en nombre del rey, mi amo, y yo por la sangre que corre por mis venas, que Roma temblará bajo el peso de mi brazo...".
Varias veces la reina María dio la impresión de estar encinta, pero desgraciadamente, a medida que aumentaba la hinchazón del vientre de la reina aumentaba también la duda de que el embarazo fuese cierto y, en efecto, al pasar los meses el tal embarazo resulta ser hidropesía.
Una de las cláusulas del contrato matrimonial era que el primogénito del matrimonio heredaría la corona de Inglaterra y la de los Países Bajos y que si don Carlos, el hijo de Felipe y María de Portugal, moría sin descendencia el primogénito de Felipe y la Tudor sería el heredero universal de los tronos de Inglaterra y España. Es difícil imaginar lo que hubiera sucedido si dos pueblos tan dispares como el español y el británico se hubiesen unido bajo una sola corona.
Cuando se tuvo la certeza de que el embarazo de María Tudor no era tal, sino enfermedad, Felipe aprovecha la ocasión para abandonar Inglaterra e ir hacia Flandes, donde su padre Carlos I le reclamaba para abdicar en él el trono de los Países Bajos, y es precisamente durante esta ausencia de Felipe cuando María emprende la persecución contra los protestantes. En las hogueras perecen un número indeterminado de ellos, que algunos autores elevan a mil y otros rebajan a doscientos. Este es el origen del mote "Bloody Mary", María la sangrienta, con que fue llamada por sus enemigos. Hoy "Bloody Mary" se ha popularizado como nombre de una bebida.
Es de notar que cuando Felipe fue a Inglaterra con él viajaban los 97 cofres de oro americano sin acuñar que ofreció a su esposa como dote. Según el testimonio de Juan Elder, el aspecto de Felipe causó una magnífica impresión entre los londinenses. Dice Elder: "Está bien proporcionado de rostro, la frente despejada, los ojos grises, recta la nariz y varonil la apostura. Su paso y movimiento tan rígidos y erguidos que el cuerpo no pierde con ellos una pulgada de su altura. Los cabellos y barba, rubios claros. Y de tan correctas proporciones en todo él, cuerpo, brazos, piernas y demás miembros, que difícilmente hubiera podido ofrecer la Naturaleza una más perfecta muestra de su creación. Dicen que tiene veintiocho años. A mi modo de ver, debe de ser un espíritu animoso, un agudo entendimiento y un natural afable".
La acogida de los londinenses al resto de la comitiva resultó, sin embargo, fría y distante en cuanto a trato y disponibilidad, lo que provocó no pocos problemas entre españoles e ingleses. Como escribe un cronista anónimo: "Los ingleses no nos pueden ver a los españoles más que al diablo, y así nos tratan. Róbannos en poblados, y en camino nadie se osa demandar dos millas que no le roben, y ansí a más de cincuenta españoles los despojaron y apalearon una vez cierta compañía de ingleses. Son tantos los ladrones que hay en esta tierra que no se puede creer, que andan muchos juntos de veinte en veinte... Y aunque estamos en buena tierra, estamos entre la más mala gente de nación que hay en el mundo; y ansí son estos ingleses muy enemigos de la nación española. Lo cual bien se ha mostrado en muchas pendencias, e muy grandes, que entre ellos e nosotros se han fraguado, y ansí hay cada día en palacio acuchillados entre ingleses y españoles".
Tampoco parece que fueran mejor las cosas con las damas inglesas. El mismo cronista las describe de la siguiente forma: "...las ropas que traen encima son de damasco o de raso o de terciopelo de colores, y de muy malas hechuras... Van asaz deshonestas cuando van de camino y aun de asiento. No son nada hermosas ni airosas en danzar; todas sus danzas son de andar y al trote. No hay caballero español que esté enamorado de ninguna de ellas ni se dan nada por ellas, y ellas hacen lo mismo. No son mugeres para que los españoles se fatiguen mucho en hacerles fiestas ni gastar sus haciendas por ellas, que no es poco bien para los españoles".
Por último, el cronista anónimo critica duramente el estilo de vida y hospitalidad de la corte inglesa:
"Todas las fiestas acá son de comer; y ansí comen en palacio todos los señores del Consejo. Gástanse en palacio de ordinario de ochenta hasta cien carneros, y los carneros de acá son muy grandes y muy gruesos; y con esto se gastan una docena de vacas, que son muy gruesas, y una docena y media de terneras, sin la caza y volantería, que ordinariamente se gasta en venados y xavalíes y mucha copia de conejos".
Y luego añade: "Porque hay mucha cerveza se bebe más que lleva agua el río de Valladolid en verano. Echan en el vino las señoras y las damas y algunos caballeros azúcar. Y hay muy grande tráfago y barahúnda en palacio. Y con cuantos aposentos hay en estas casas nunca han dado a la duquesa de Alba una cámara en palacio. Es la más ingrata gente que se ha visto jamás".
La decepción fue tal, que la mayoría de los caballeros, una vez abierta la posibilidad de salir de Inglaterra con la justificación de ir a formar parte de las huestes que luchaban en Flandes contra los franceses, no dudaron en pedir el correspondiente permiso para abandonar las islas. Y "como el rey se los concediera, fue ya como un jubileo entre todos los españoles... Durante todo el día, y hasta por la noche, solos o en grupos numerosos, los españoles acudían a su príncipe rogándole les permitiera abandonar aquella tierra encantada en que tan poco gusto habían encontrado y donde tales desilusiones habían cosechado".
De esta forma tan poco brillante se cierra la aventura de los caballeros españoles en la tierra de Amadís de Gaula y del rey Arturo.
Felipe II, a quien se le ha presentado siempre como fanático católico, intenta que el trono de Inglaterra pase a Isabel, en vez de a María Estuardo, católica, y lo hace con tanto más empeño cuando la Estuardo se casa con el delfín de Francia, más tarde Francisco II. Isabel ve con alegría que tiene a su favor no sólo a sus fieles protestantes sino también al católico rey de España.
Pero todo se está terminando. María, enferma, contrae una gripe y adivina que se acerca su final. El 5 de noviembre de 1558 el Consejo de Estado inglés le exige que nombre a Isabel como heredera del reino, y María así lo hace, poniéndole como condición que debe mantener la religión católica, cosa que Isabel promete y que luego no cumplirá.
El 17 de noviembre de 1558 María Tudor, reina de Inglaterra durante cinco años y reina de España durante tres, moría sin haber pisado nunca el suelo español.
El último acto católico celebrado en la catedral de Westminster fue su funeral, presidido por la protestante Isabel I, ya reina de Inglaterra.
Cuando Felipe II se enteró de la muerte de su esposa, se recluyó durante unos días en un monasterio, del que salió con la idea de casarse con Isabel I.
Muerta María Tudor, Felipe II pensó en casarse con la reina Isabel de Inglaterra, pero varios inconvenientes imposibilitaron la realización del proyecto. Uno de ellos era la religión protestante de la reina. Felipe quería que Isabel abjurase del protestantismo, cosa que Isabel no quiso hacer, no se sabe si por convicción religiosa o porque estaba segura de que con ello se enajenaría la obediencia de sus súbditos protestantes, que eran mayoría.
Otro inconveniente era la imposibilidad de la reina de tener hijos. Los historiadores ingleses de la época la denominaron la reina virgen, en lo que llevaban muchísima razón, aunque omitieron la causa de tal virginidad, que es que la reina Isabel, por una malformación congénita, no tenía vagina.
Los proyectos matrimoniales de Felipe II tuvieron que cambiar de dirección y volvió para ello sus ojos a Francia.
Francisco I, el rey francés derrotado en Pavía había muerto de sífilis, sucediéndole su hijo Enrique II, casado con Catalina de Médicis.
La enfermedad del rey francés tiene un origen muy curioso. Se había enamorado, o por lo menos encaprichado, de una bella y joven dama de la corte que era conocida por todos con el nombre de la "Belle Ferroniére" por estar casada con el señor Le Ferron.
Si la dama acogió con alegría las proposiciones del rey, no fue así con su marido, que no se contentó con su papel de cornudo, aunque fuese por obra del rey. Para vengarse no se le ocurrió otra cosa que frecuentar los peores prostíbulos de París hasta contraer lo que en Francia se llamaba "mal italiano", en otras partes "mal francés" y que, desde el poema de Fracastor "Syphillis sive de morbo gallico", ha sido con el nombre del protagonista: un pastor que había contraído este mal. Una vez comprobado que se hallaba infectado, Le Ferron se acostó con su esposa, inoculándole el mal, y ella a su vez lo transmitió a su real amante. Como se ve, la combinación es casi sainetesca y lo sería del todo si no fuese por sus desagradables consecuencias. En el Museo del Louvre existe un retrato atribuido a Leonardo da Vinci conocido como "La Belle Ferroniére", aunque los expertos han averiguado que representa a una dama italiana llamada Lucrezia Crivelli. Y que la pintura no es de Leonardo, sino de Antonio Boltraffio.
Postrado por la gota y los desengaños, y como quiera que el príncipe Felipe había llegado a la mayoría de edad, el emperador Carlos I de España, en octubre de 1555, abdicó en su hijo los dominios de Flandes y Brabante y, a principios del año siguiente, los de España. Entonces decidió retirarse al monasterio de Yuste.
No obstante prosiguió interviniendo directamente en los negocios de Estado, y aunque el nuevo rey prestaba la mayor atención posible a las indicaciones de su augusto padre, éste no debía estar muy conforme con la marcha de las cosas cuando es fama que contestó a los monjes de Yuste cuando le felicitaron, en el primer aniversario de su abdicación:
—Hoy hace, en efecto, un año que abdiqué y justamente un año que me arrepentí.
También se refiere que, con motivo del mismo aniversario, los que felicitaron a Felipe II en tal oportunidad le oyeron decir:
—Hoy hace un año que mi padre abdicó, y un año también que se arrepintió.
A poco de llegar Felipe II a España, se pensó en la conveniencia de que viniera la nueva reina, llamada Isabel de la Paz, y a primeros de diciembre fue enviada a España madame Isabel, en medio de abrazos y lágrimas de su madre, Catalina de Médicis, y acompañada de brillante séquito.
En Roncesvalles es entregada la princesa a la comitiva española, presidida por el obispo de Burgos, don Francisco de Mendoza y el duque del Infantado, el día 4 de enero de 1560. En Guadalajara, ciudad principal de este duque, debía ser agasajada por éste con todo género de festejos y diversiones, pero, cerca ya de esta ciudad, Felipe II ordenó a la comitiva de la reina que no hiciera la entrada en Guadalajara hasta el martes día 20, obedeciendo seguramente esta demora a la enfermedad palúdica del príncipe don Carlos, "...que se hallaba enfermo aquellos días con fiebres altas".
En los días finales del mes de enero se celebraron los esponsales de don Felipe e Isabel, con pompa verdaderamente regia, siendo padrinos el duque de Alba, que había acompañado a doña Isabel desde París, y su esposa.
Se habían iniciado las negociaciones para el enlace de Isabel de Valois con el príncipe Carlos, hijo de Felipe II, cuando la muerte de María Tudor hizo cambiar los planes.
La alianza matrimonial con Francia era absolutamente necesaria y comprendiéndolo así, y viendo que la boda de su hijo Carlos tardaría mucho en realizarse, Felipe II decidió sustituir a su hijo y ofrecerse él mismo como esposo de Isabel. La idea tenía una mera base política, ya que fue la política la que dirigió los cuatro matrimonios del rey Felipe. La historiografía protestante y los autores románticos dieron una versión sentimental del hecho, magnificando la figura de don Carlos y ennegreciendo la del rey. Recuérdese a este respecto el "Don Carlos" de Schiller o el "Don Carlo" de Verdi, basado en el drama del autor alemán.
El 22 de junio de 1559 se celebraba en la catedral de Nuestra Señora de París la boda de la princesa Isabel de Valois con Felipe II, representado por poderes por el duque de Alba.
El magnate había llegado de Bruselas acompañado de un brillante séquito en el que figuraba la flor de la corte de Felipe II: Ruy Gómez de Silva, el príncipe de Orange, el conde de Egmont y muchos otros. Los enviados españoles llegaron a París unos días antes al señalado para la boda. Una inmensa multitud los contemplaba curiosamente mientras atravesaban la capital, en cabalgata rumorosa, hasta llegar al Louvre. El duque se arrodilló ante el rey, que le aguardaba, el cual le hizo levantar y, cogiéndole amistosamente el brazo, penetraron ambos en el gran salón, donde esperaban Catalina e Isabel rodeadas de toda la corte. Alba se arrodilla a los pies de la princesa besándole el borde del vestido. Ella pierde el color del rostro y se pone en pie para escuchar así el mensaje que, en nombre del novio, don Fernando lee con fuerte voz.
La ceremonia tuvo lugar, como se ha dicho, en la catedral de Nuestra Señora, el 22 de junio. La corte vistió sus mejores galas para celebrar una fiesta que hacía subir al trono más alto de Europa a la más gentil de sus princesas. Un cortejo imponente marchó desde el palacio del obispo a Nuestra Señora. Numerosos criados arrojaban monedas a la inmensa multitud que se apretujaba para ver a la novia. La catedral había sido adornada con la misma riqueza que si el propio rey de Francia fuera a contraer matrimonio. Isabel, alta y morena, realzaba su belleza con un traje de tejido de oro tan cubierto de pedrerías que apenas se distinguía la tela que lo formaba. Sobre los negrísimos cabellos de su erguida cabeza llevaba una corona cerrada en cuyo centro una espiga de oro sostenía un deslumbrador diamante que su padre le había regalado. Se apoyaba en el brazo de Enrique II. Llevaban la cola del gran manto de terciopelo azul, su hermana Claudia, duquesa de Lorena, y su cuñada María Estuardo, reina de Escocia y delfina de Francia. El acompañamiento era digno de su belleza y su gracia: dos reinas, las de Francia y Navarra, seguidas de sus damas de honor, todas vestidas de seda color violeta con adornos de oro y una infinidad de princesas, duquesas y otras damas de la más alta nobleza de Francia fueron con ella hasta el altar. Terminada la ceremonia, Ruy Gómez se adelantó y puso en el dedo de la que ya era reina de España una sortija adornada con un diamante fabuloso; era el primer regalo de Felipe de España a su tercera mujer.
A esta ceremonia nupcial siguieron una serie de fiestas a cual más aparatosa, la última de las cuales fue un gran torneo que se realizó en el patio del palacio Des Tournelles. Enrique II era un hombre dado a los deportes, fuesen éstos la caza, las cabalgatas, la lucha, los torneos o los juegos de pelota. Como final de las fiestas se había organizado un torneo en el que participaban los más brillantes caballeros de la corte francesa. Entre ellos, como es natural, no podía faltar el rey, que justó con cuantos adversarios se le pusieron por delante, venciéndolos a todos. Cuando estaba ya retirándose, se dio cuenta de que el conde de Montgomery había puesto su lanza en alto por haber sido vencedor de sus adversarios. El rey quiso también luchar contra él y en el choque se rompió la lanza del conde con tal mala fortuna que una astilla penetró por los intersticios de la visera real, incrustándose en un ojo. El rey vaciló sobre su cabalgadura y cayó al suelo.
Se llamó enseguida a los médicos de la corte, que no sabían qué hacer en aquel caso. Por de pronto se hizo decapitar a cuatro condenados a muerte y en sus cabezas se reprodujo la herida del rey de la mejor manera que se supo. Desgraciadamente, la ciencia de aquel tiempo no pudo hacer nada y el rey moría cuatro días después.
A las alegrías por la boda de Isabel sucedían los llantos por la muerte del rey. En poco tiempo Isabel había pasado a ser casada y huérfana. Pero a rey muerto rey puesto, y el hijo de Enrique II fue proclamado rey con el nombre de Francisco II y coronado en Reims el día 14 de septiembre de 1559. Al acto acude Isabel, que recibe los honores debidos a su condición de reina de España.
Un mercader portugués, a sabiendas de que Felipe II "nunca se pagaba sino de la que era maravilla en su serie", ofreció a Felipe II un diamante esplendoroso. Todos los que rodeaban al monarca en aquel momento, asombrados de la extraordinaria belleza de la piedra, esperaban que el rey manifestase su opinión en consonancia, aunque tal vez refrenada para no descubrir por completo ante el mercader la impresión que semejante maravilla le producía. Algo hubo de esto, ciertamente; pero tal desdén manifestó Felipe que el portugués no pudo menos de replicar:
—Señor, los setenta mil ducados que pagué por este digno hijo del Sol no son cosa baladí.
—¿En qué pensabais cuando disteis tanto? —preguntó el soberano.
—Pensaba, señor, que había un rey Felipe II en el mundo...
"Cayóle al monarca en picadura más la agudeza que la preciosidad, y mandó luego pagarle el diamante y premiarle el dicho, ostentando la superioridad de su gusto en el precio y en el premio.
Isabel de Valois salió de París hacia España. El viaje es duro; hasta el 30 de enero no llega a la frontera y allí la sorprende una tempestad de nieve tan grande que no recordaban otra semejante los más viejos habitantes de Roncesvalles, a cuyo monasterio llegó la comitiva a duras penas y con sus componentes transidos de frío y habiendo perdido algunos mulos portadores de equipajes de las damas del séquito de la reina. Los pobres animales habían resbalado y caído por los precipicios pirenaicos, de lo que se responsabilizó a los acemileros.
En la gran sala del monasterio tiene lugar la entrega de la reina a los representantes del rey español. Es curioso anotar los términos en que se hace la entrega por parte francesa:
"Os entrego esta princesa que he recibido de la casa del mayor rey del mundo para ser entregada entre las manos del rey más ilustre de la Tierra". El cardenal de Burgos contestó con una culterana oración muy al estilo de la oratoria de la época. El discurso, difuso y prolijo, fue contestado por la reina en tono jovial y en un castellano correcto, pues no se olvide que esta lengua era como el inglés hoy en día: la más universal y usual de su tiempo.
Continúa la caminata de la comitiva hasta llegar a Guadalajara, donde se alberga en el palacio del Infantado, pues Felipe II ha escogido esta ciudad como homenaje a la familia Mendoza, titulares del ducado del Infantado.
El 28 de enero de 1560 llega la regia comitiva a Guadalajara, aposentándose en el espléndido palacio. Dos días después arriba Felipe desde Toledo, donde había reunido cortes e, impaciente por conocer a Isabel, espía su paso desde la penumbra de un corredor.
Al día siguiente, 31 de enero, se bendijo la unión en la capilla de palacio, oficiando el cardenal Mendoza; el día pasó entre banquetes y fiestas, y, al llegar la noche, se planteó un nuevo problema. La condesa de Clermont exigió que se respetara la tradición francesa de bendecir el lecho nupcial el mismo religioso que oficiara la misa de velaciones, y, después de las consabidas discusiones, se aceptó la sugerencia—imposición. Pero el cardenal está durmiendo, y se recurre al obispo de Pamplona. Cuando éste llega ante la puerta de la estancia nupcial se la encuentra cerrada con doble llave, y tiene que limitarse a bendecir el lecho desde allí.
Contra lo que con toda seguridad los de afuera creían, en el interior de la bien guardada cámara no se estaba consumando el matrimonio. Con sus catorce años aún sin cumplir, Isabel era impúber. Sólo unos meses más tarde pudieron los cónyuges realizar la ansiada unión.
Según la leyenda negra, a la boda asistió en calidad de testigo el príncipe Carlos, afirmando que en aquel momento el príncipe se enamoró de la reina y ésta del príncipe, comenzando así los celos de uno y la pena de la otra. Pero nada es más falso. Por una parte, el príncipe no asistió a la ceremonia por estar enfermo de cuartanas y, por otro lado, la leyenda quiere hacer ver que la diferencia de edad en los nuevos esposos pesaba en el ánimo de Isabel, prefiriendo a Carlos, que contaba entonces catorce años. Todo ello es absurdo. Felipe tenía treinta y dos años, el pelo rubio, por lo que parecía más flamenco que español, aire juvenil, delgado y facciones más que correctas. Carlos era un muchacho con la cabeza grande, el cuerpo enclenque, una pequeña giba en la espalda y una pierna más corta que otra; es decir, todo lo contrario de como nos lo presentan los novelistas y los historiadores románticos.
Isabel tiene catorce años; es decir, esta edad en que las niñas se creen mujeres porque empiezan a serlo.
Brantme dice que "tenía hermoso rostro y los cabellos y ojos negros, su estatura era hermosa y más alta que la de todas sus hermanas, lo cual la hacía muy admirable en España, donde las estaturas altas son raras y por lo mismo muy apreciadas; y esta estatura la acompañaba con un porte, una majestad, un gesto, un caminar y una gracia mezcla de la española y la francesa en gravedad y en dulzura". Por su parte, el cronista Cabrera de Córdoba la describe "de cuerpo bien formado, delicado en la cintura, redondo el rostro, trigueño el cabello, negros los ojos, alegres y buenos, afable mucho".
Añádase a ello la diferencia de edad ya citada que influye sin duda en el ánimo de Isabel, pero en sentido contrario a como lo presentan ciertos autores. Una muchacha es más mujer a los catorce años que un muchacho es hombre a la misma edad. No hay duda que en el ánimo de una mujercita de catorce años influye más el trato de hombre a mujer que puede proporcionar un galán de treinta o treinta y cinco años que no la camaradería de un muchacho de su misma edad.
Los retratos que de Isabel se conservan muestran que si no era clásicamente hermosa, tenía, en cambio, el rostro "mignon" y la figura grácil y esbelta. Además tenía la elegancia y el "charme" de los Valois, todo lo cual la hacía sumamente atractiva. No cabe duda que, en España, gozaba, además, del prejuicio favorable, que entre nosotros, acompaña a las francesas. Así Brantme asegura haber oído decir que "los cortesanos no se atrevían a mirarla por miedo a enamorarse de ella y despertar celos en el rey su marido y, por consiguiente, correr peligro de la vida"; y que "los hombres de iglesia hacían lo mismo por temor a caer en tentación, pues no confiaban tener bastante fuerza y dominio sobre su carne para guardarse de ser tentada por ella". Afirmaciones que si son seguramente excesivas, resultan elocuentes respecto a la fama de que gozaba la belleza de Isabel entre los súbditos de su esposo.
A finales de 1560 Isabel tuvo la primera regla y Felipe II se decidió a consumar el matrimonio, lo cual no fue fácil porque, como el embajador francés escribía a la reina Catalina de Médicis, "la fuerte constitución del rey causa grandes dolores a la reina, que necesita de mucho valor para evitarlo".
 La corte española era muy distinta a como nos la pintan algunos historiadores que ven como únicas diversiones los autos de fe. Al rey Felipe II le gustaba mucho bailar y al parecer lo hacía con gracia compartida por la de su esposa. Se celebraban pequeñas y grandes fiestas, entre las que figuraban las partidas de caza que tanto gustaban a la reina por ser una magnífica cazadora con ballesta.
Era también Isabel coqueta y algo malgastadora, pues sus vestidos los usaba una sola vez y, como puede verse por los retratos de la época, no eran precisamente sencillos. Se dice que hizo venir a España a un sastre de París que hizo mucho dinero al servicio de la reina y de sus damas, a las que proporcionaba, además de vestidos, perfumes, lociones, polvos y lo que ahora llamaríamos complementos del vestir. Ni que decir tiene que muchos de sus clientes eran caballeros que compraban para sí o para sus damas, legítimas o no.
A todo ello hasta mayo de 1564 no llegó el deseado embarazo de la reina, cosa que satisfizo al rey, pues, aparte de la natural alegría por volver a ser padre, esperaba con ansia el nacimiento de un nuevo vástago masculino, ya que le preocupaba hondamente la salud física y mental del enfermizo príncipe de Asturias, don Carlos.
Pero el embarazo provoca gran malestar a la reina. Vahídos, dolores de cabeza, vómitos. Consultados los médicos, éstos recomiendan abundantes sangrías, con lo cual no hacen más que provocar un aborto de dos mellizos de tres meses.
El rey quedó muy afectado por ello, hasta el punto de que, arrepentido de su vida extramatrimonial, prometió "cesar en aquellos amores pasados que mantuvo fuera de casa". La protagonista de estos escarceos extramatrimoniales era doña Eufrasia de Guzmán, con la que había iniciado lo que hoy se llamaría un romance a poco de llegar la reina Isabel a España y ver el rey que no podía consumar el matrimonio.
Sufrió Felipe II un ataque de gota. Acudió Francisco Valles, el primer médico de cámara, y le suministró unos pediluvios de agua tibia y leche. A la mañana siguiente, cuando volvió a visitarlo, encontrólo curado, y fue tal la alegría del rey al verle que, alargándole las dos manos para saludarle, exclamó:
—¡Ah, divino Vallés cuánto te debo!
Este elogio de un soberano tan poco acostumbrado a dispensarlos, corrió por toda la corte y, desde aquel momento llamaron todos a Vallés el Divino. También es conocido por el Galeno español.
"Antes que su Majestad [Felipe II] reynara se usaba en España traer los hombres barbas y cabello largo y peynado, y por su gran modestia introduxo el cortarse el cabello y barba, y es de mucha policía para la limpieza y el aseo del cuerpo, y más seguro en la guerra, donde la barba larga es dañosa viniendo a brazos con el enemigo".
Cuenta Porreño en su "Dichos y hechos de Felipe II", que don Gonzalo Chacón, hermano del conde de Montalván, "por haber sido hallada en su posada una dama de la princesa doña Juana", fue perseguido por orden del rey, pero durante algún tiempo pudo burlar la acción de la justicia gracias a la protección de varios religiosos franciscanos. Cuando el religioso compareció ante el monarca, ya descubierto todo, díjole éste:
—Fraile, ¿quién os enseñó a no obedecer a vuestro rey y a encubrir un delincuente tal? ¿Qué os movió?
El guardián levantó los ojos con gran humildad y respondió:
—La caridad.
El rey, al oírle, dio un paso atrás y oyósele decir:
—La caridad, la caridad...
"Suspendióse un poco —escribe Porreño—, y volvió la vista al alcalde, y le dixo enviarle luego bien acomodado a su convento, que si la caridad le movió, ¿qué hemos de hacerle?".
Prendieron a un letrado que "habló, atrevidamente en público, contra Su Majestad, alterando los ánimos con notable desenfrenamiento". Enterado Felipe II del caso, mandó que se le diese libertad, "porque debía ser loco el que decía mal de quien ni conocía ni había hablado en su vida, ni le había hecho daño". Y como una autoridad superior insistiese en la conveniencia de un castigo ejemplar, replicó el rey:
—Suéltenle, que no hay príncipe de quien menos se quejen los suyos que del que les da más licencia para quejarse.
"¡Oh, grave sentencia —exclama Porreño, de quien tomamos esta anécdota—, digna de tan grave monarca, que consideraba altamente que la última señal de servidumbre es quitarle a un atribulado el quexarse!".
"Pasando los grandes por una puerta estrecha, y haciendo unos a otros complimentos y cortesías sobre quién entraría antes o después, dixo su Majestad: "Andad como cayere la suerte, que aún no está definido cuál es más honroso, ir delante o detrás"".
Mientras Felipe II, sin olvidarse de los negocios del Estado, atendía minuciosamente al adelanto de la fábrica del Escorial, su hermano don Juan de Austria, prez y gloria de la casa de su nombre y digno hijo del guerrero emperador Carlos V, engrandecía el nombre de la nación española, ornaba su frente con inmarcesibles laureles y llenaba de consuelo y admiración al mundo humillando todo el poder de la media luna en la memorable victoria de Lepanto.
Rezando vísperas de la octava de Todos los Santos estaba el monarca, sentado en la silla del coro provisional y en compañía de sus monjes, cuando entró don Pedro Manuel, caballero de su cámara, manifestando en su semblante una gran alegría, y al acercarse a Felipe II dijo, en voz alta:
—Señor, aquí está el correo de don Juan de Austria, que trae la nueva de una gran victoria.
El rey permaneció impasible "gran privilegio —dice el padre Sigüenza— de la Casa de Austria, entre otros, no perder por ningún suceso la serenidad del rostro ni la gravedad del imperio"; sólo hizo al caballero una seña para que esperase, y continuó en las vísperas sin que se notase la menor alteración de su semblante y serenidad habitual. Acabadas las vísperas llamó al prior y le encargó mandase cantar un solemne tedéum; y concluido éste, antes de retirarse a su aposento, recibió con alegría y agrado la enhorabuena de toda aquella comunidad, a quien dio a besar su real mano. Al día siguiente se hizo una solemne acción de gracias, con procesión, Tedeum y misa, y al día siguiente un aniversario por todos los que habían muerto en aquella expedición.
Su ordenamiento burocrático lo penetraba todo: la sencilla petición de un particular, por ejemplo, debía primero ser presentada por escrito al rey, quien la veía y anotaba a qué negociado pasarla e, informada luego, volvía una segunda vez a sus manos para determinar su conformidad o nueva revisión con un "Mírese mejor este asunto".
Recibía a todos y escuchaba con avidez escolar desde que su padre le iniciara en asistir a los consejos, desde niño, y, después, decidía en solitario sin fiarse de nadie, con idéntica meticulosidad, lentitud y esmero en lo que atañe al trazado de sus jardines a la flamenca, el desagüe de los estanques para poder pescar con comodidad y a lo seguro o las compras para sus colecciones que en lo tocante a sus consejos, éstos sólo eran de consulta.
El modelo de regimiento felipesco es inadecuado y primitivo para el volumen de gobierno, pues, pese a su mucha capacidad de retención y trabajo, don Felipe llegó a despachar en una única jornada hasta cuatrocientos documentos, el rey no puede llevarlo todo sobre sí como pretendió e hizo.
Es ese agobio el que fuerza en momentos de depresión sus continuas quejas como en voz baja, en fechas tan tempranas ya como las de 1568, 1570 o 1575. Es decir, antes de los cincuenta años, en que la guerra civil granadina o el agudo conflicto de los Países Bajos, que atajó pero no supo resolver, le hacen recapacitar sobre su tarea afirmando que "es muy ruin oficio el myo".
Tiene Felipe II entonces cuarenta y ocho años, lee papeles muy temprano en la cama antes de levantarse y en sus viajes de placer al campo lleva un bufete en la carroza para consultar, firmar y despachar negocios.
El rey de España Felipe II era hermano por parte de padre de don Juan de Austria, el héroe de la batalla de Lepanto. Este otro hijo de Carlos V había sido educado lejos de palacio, y no sabía que fuese hijo de un emperador y hermano de un rey. El padre Coloma, en su novela "Jeromín", explica la historia de los primeros años de este muchacho. A la muerte de Carlos V, Felipe II encontró una carta del emperador en la que le contaba la verdad y le ordenaba tratar a don Juan de Austria como a un hermano, con todo el honor de tal parentesco. Felipe II hizo llevar a su presencia a don Juan y, delante de algunos cortesanos, le contó la verdad de su nacimiento. Y parece ser que lo primero que hizo don Juan fue dirigirse a los caballeros que le habían acompañado, para decirles:
—Desde ahora sois vosotros los que estáis a mis órdenes.
Y parece ser también que Felipe II, cuando oyó esto, comentó:
—Se ve que tiene sangre de rey.
Felipe II ha pasado a la Historia como un rey de gobierno riguroso, muy absoluto, que estaba sinceramente convencido de que su voluntad era la suprema Ley. Leemos que, una vez, el arzobispo de Sevilla le dijo al rey que había mucho descontento entre los nobles por la dureza con que eran gobernados.
—¿Cómo lo sabéis? ¿Por sus confesiones?
—Si fuera así no lo diría. Pero muchos acuden a pedirme consejo.
—Pues si tan suelta tienen la lengua —le dijo el rey—, justo es que no les deje sueltas las manos.
Un campesino sostenía un pleito por una cuestión de dinero, y el pleito no terminaba de resolverse nunca. Un día, el campesino prorrumpió en improperios contra todos los Felipes, los pasados, los presentes y los futuros.
El campesino fue detenido, y a oídos del rey llegó la causa de la detención. Felipe II llamó a su presencia al juez, y le dijo:
—Sé lo que ha dicho este hombre. Los Felipes pasados han muerto todos y no se enteran ya de nada; los Felipes futuros nadie sabe si existirán; así es que sólo queda el Felipe presente, que soy yo. Y le perdono, os ordeno que le pongáis en libertad y os ruego que resolváis su pleito lo antes posible. Estoy seguro de que el conflicto de este hombre es por falta de dinero, un mal que conozco muy bien, puesto que también lo sufro.
Don Carlos, el hijo de Felipe II, ha pasado a la historia, a la falsa historia, como un rival en amores de su padre y nada menos cierto.
En estos momentos tienen lugar unas fuertes revueltas en Flandes y el rey está dispuesto a trasladarse allí, pero no se atreve a hacerlo para no dejar la regencia en manos de su hijo.
Ello produjo en don Carlos un gran disgusto, que le duraría toda la vida, pues ya se veía regente del reino. El Consejo de Estado recomendó que el rey se quedase en España, mandando a Flandes a una persona de confianza, que fue don Fernando Alvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba. Aceptó éste el encargo y fue a presentar sus respetos al príncipe, pero éste, que creyó ver en el nombramiento del duque una ofensa a su persona, sacó un puñal queriendo matarle.
El duque era corpulento y no le costó nada reducir al príncipe, y al ruido de gritos de éste entraron los guardias y otros caballeros que apoyaron al duque y tranquilizaron en seguida a don Carlos.
El príncipe salió para Alcalá el 31 de octubre de 1561. Pocos días después se le unieron don Juan de Austria y Alejandro Farnesio, sus habituales compañeros de estudios y diversiones. El cambio de aire ejerció sobre él en el primer momento una saludable influencia. Los accesos de fiebre se fueron haciendo cada vez menos violentos, hasta desaparecer por completo. El estado del enfermo mejoraba a ojos vista, y engordó bastante.
El rey, que le hizo dos visitas durante los meses de noviembre y diciembre, se felicitaba por haberlo sacado de Madrid.
Una de las distracciones favoritas de don Carlos, durante su convalecencia, consistía en jugar con un pequeño elefante que le había regalado el rey de Portugal, y al cual había tomado tanto cariño que hacía que se lo llevasen a su cuarto. Pero se procuraba también otras diversiones, algunas bastante singulares. Un día se presentó ante él un mercader indio para mostrarle una perla que valía tres mil escudos. Don Carlos la cogió, fue quitándole con los dientes todo el oro en que iba engastada y se la tragó, con gran desesperación del pobre indio, que tardó varios días en recuperarla. Ya podemos suponer cómo.
Habían transcurrido cuatro semanas sin que don Carlos tuviera fiebre, cuando cometió algunas imprudencias que determinaron la repetición de los accesos.
Llevaba cincuenta días justos sin fiebre, y su restablecimiento hacía rápidos progresos cuando un funesto acontecimiento vino a destruir todas las esperanzas que su mejoría permitía concebir, e incluso a poner en grave peligro la vida del príncipe.
Don Carlos se había encaprichado de una de las hijas del portero de palacio, y a fin de poderla ver descendía al jardín por una escalera de servicio, oscura y de peldaños muy altos.
La mayor parte de las personas de su séquito que conocían estas relaciones no las miraban con disgusto. Creían que el amor espabilaría y estimularía la inteligencia del príncipe y le daría alguna energía física. Pero el gobernador de su casa, don García de Toledo, no debía de ser de la misma opinión cuando mandó clavar la puerta que comunicaba la escalera con el jardín. Don Carlos trató de abrirla en vano, ayudado por uno de sus gentileshombres. El domingo 19 de abril, firmemente decidido a hablar con la muchacha, le envió recado de que se verían a las doce y media de la tarde, junto a la famosa puerta. En cuanto acabó de comer, alejó a todas las personas que lo rodeaban para que nadie supiera adónde iba, y en cuanto estuvo solo corrió a la escalera y bajó sus peldaños con precipitación. Había terminado casi de bajarla cuando le falló un pie y cayó de cabeza.
A los gritos que dio, acudieron don García de Toledo, don Luis de Quijada y otros varios servidores, los cuales lo levantaron y llevaron a su habitación. Los doctores Vega y Olivares, médicos de cámara, y el licenciado Dionisio Daza Chacón, cirujano del rey, que se encontraba en Alcalá de Henares, fueron llamados inmediatamente. Daza, después de reconocer al príncipe, informó que se había causado en la parte posterior izquierda de la cabeza una herida del tamaño de la uña del pulgar, y se la curó inmediatamente. La cura le pro dujo a don Carlos bastante dolor y le hizo quejarse varias veces. Quijada, creyendo que esto podía coartar al cirujano, le dijo:
—No curéis a su alteza como a un príncipe, sino, como a un particular.
Al terminar la cura, don Carlos se acostó. Sudó durante hora y media y luego le hicieron tomar una medicina y le sacaron ocho onzas de sangre.
Durante la enfermedad del príncipe, la reina, como es natural, se interesó por el estado de don Carlos enviando continuamente correos para enterarse del estado de su salud, lo cual, tal vez, dio origen a las habladurías que tomaron cuerpo en la leyenda negra.
Una vez curado don Carlos, éste continuó con su conducta rara y atrabiliaria, demostrando siempre gran antipatía hacia su progenitor. Mandó que le hicieran un libro en blanco y como burla le puso el título de "Los grandes viajes del rey don Felipe", y luego escribió: "... el viaje de Madrid al Pardo, del Pardo a El Escorial, de El Escorial a Aranjuez, de Aranjuez a Toledo, de Toledo a Valladolid, etc.". Todas las hojas del libro las llenó con estas inscripciones y escrituras ridículas, burlándose del rey su padre y de sus viajes, así como de las jornadas que hacía a su casa de recreo. El rey lo supo, vio el libro y se incomodó mucho contra él.
La bondad y la generosidad innatas de la reina de España determinaron, en mucha mayor medida que los cálculos de la política, su conducta con don Carlos. Al llegar a España, encontró al príncipe presa del mal que lo minaba, se compadeció de su situación y se esforzó en consolarle e inspirarle resignación y valor, lo admitió en su intimidad y no descuidó nada que pudiera distraerle y procurarle honesto pasatiempo. El cuerpo enfermo y el espíritu trastornado de don Carlos reclamaban cuidados y atenciones que ella le prodigó con angélica dulzura en cuanto estuvo en su mano, y mientras vivió su hijastro no dejó de interesarse por su destino. Si de ella hubiese dependido, habría puesto término a la discordia que reinaba entre el príncipe y su padre.
Don Carlos se sintió profundamente conmovido por la acogida y atenciones de la reina. Su intratable naturaleza no se pudo resistir a tantas gracias y virtudes. A pesar de que no conocía freno a sus caprichos y de que todos cuantos le trataban temían su arrogancia, en presencia de Isabel se mostraba lleno de respeto, reverencia y sumisión. Le gustaba participar en sus juegos y buscaba el modo de tenerla siempre contenta. No descuidaba ocasión de testimoniar la simpatía que sentía hacia ella. En las cuentas de sus gastos encontramos numerosas indicaciones que vienen a confirmarlo: unas veces se trata de una sortija de rubíes, comprada para regalársela a la reina, y otras de dos alfombras de oro y seda, otras de un cofrecillo y una pintura; y otras, en fin, de un sombrero de paja adornado con un brochecillo de oro al cual iba sujeta, en forma de medalla, una imagen de Jesús, hecha con diamantes, sostenida por ángeles y rodeada de rubíes y esmeraldas. Las damas de Isabel disfrutaban también con frecuencia de sus liberalidades.
Los poetas y novelistas han transformado en ardiente pasión amorosa el respeto y la simpatía que don Carlos sentía por la reina, su madrastra. Y no contentos con esto, han querido que Isabel, princesa purísima y esposa casta y enamorada, correspondiese a la pasión de su hijastro. Pero la novela y el teatro no tienen nada en común con la historia. Hemos expuesto con la mayor imparcialidad las verdaderas relaciones que existieron entre el hijo y la mujer de Felipe II. Sólo nos resta añadir que don Carlos estaba tan poco dispuesto por la naturaleza para sentir el amor como para inspirarlo.
La reina Isabel había servido de embajadora de Felipe II cerca de su madre Catalina de Médicis y el rey de Francia Carlos IX. Se organizaron unas entrevistas en Bayona en las que la reina defendió las peticiones de su esposo presentadas por el duque de Alba.
Catalina en un momento de la negociación dijo a su hija:
—Vuestro esposo no tiene más que desconfianza hacia mí y hacia vuestro hermano. Con tales sentimientos se corre peligro de llegar a la guerra.
—Mi marido no ha tenido jamás tales ideas. Se las atribuyen vuestros consejeros.
A lo que la reina francesa replicó:
—Muy española venís.
—Lo soy —dijo Isabel—, pero no por ello he dejado de ser vuestra hija como cuando me mandasteis a España.
Al comprobar varios caballeros y consejeros los desordenados propósitos de gentes vulgares que se colocaban sin más el don se dirigieron a su majestad Felipe II para que lo remediase con premática y graves penas.
Vistos los motivos alegados y sopesadas las razones que para obrar así tuvieron, el Rey Prudente decidió:
—Eso es irremediable, y así me parece descabellado, y que cada uno tome de la vanidad lo que quisiere.
Y con este acuerdo suyo quedó zanjada la cuestión.
Dos miembros de una comunidad acudieron a presencia del rey Felipe II con propósito de tratar cierto negocio. Durante la audiencia le correspondió informar al más veterano, que fue harto prolijo en su intervención.
Le escuchó el monarca con el silencio y atención característicos en él y con todo sosiego preguntó luego al otro camarada si tenía que hacer alguna advertencia respecto al caso expuesto.
Convencido este último de que el rey debía de estar cansado de tan detenida exposición, respondió con humorístico tono:
—Señor: lo que a mí me corresponde es que Vuestra majestad nos mande despachar con brevedad, porque, de no ser así, será obligado volver otra vez a que informe mi compañero.
A pesar de su valor y de su talento, el insigne don Alonso de Ercilla, autor de "La araucana", adolecía de tal timidez que balbuceaba al hablar con Felipe II, con el que se había criado como paje desde que tenía quince años. Por esa razón el rey que, como se sabe, también gustaba de cultivar el trato con las Musas, solía decirle en verso y sonriendo:
—... Habladme por escrito, don Alonso...
Al comunicar el duque de Medina Sidonia a Felipe II la derrota de la armada invencible, ordenó a los prelados de su reino que diesen gracias a Dios por haber conservado algunos restos de su flota, y escribió al papa diciéndole:
—Santo Padre, mientras que continúe siendo dueño de la fuente miraré como sin consecuencia la pérdida de un arrojo.
Un cortesano oficioso dijo un día a Felipe II:
—Señor, no sé cómo no cortáis ese abuso de que cualquier pintor, por mediocre que sea, pinte vuestro retrato y saque buenos cuartos de su trabajo.
A lo que dijo el rey:
—Dejad a los pintores que puedan comer con ese trabajo. Así como así, no copian mal otra cosa que el exterior, en tanto que el interior no pueden tocarlo.
El doctor Morata, hombre gracioso y tocado de locura, estaba al servicio de Felipe II. Un día le dijo Su Majestad que era su deseo casarle, por lo que debía ir pensando en cuanto con su deseo se relacionase. Morata le preguntó:
—Y, ¿en dónde he de casarme, señor?
—En Madrid.
Morata, entonces decidió de esta manera:
—Yo, señor, tengo a Vuestra Majestad por hombre cauto y competente, y pues vos os habéis ido a casar a Inglaterra, Francia, Alemania y Portugal, algo deberéis saber de las mujeres de Madrid. Por ello no deseo casarme.
A Felipe II se le proponía con gran empeño para su nombramiento de obispo a un eclesiástico de noble casa, pero de vida deshonesta, ya que se decía que tenía varios hijos. El rey desechó la propuesta, diciendo:
—Si lo hiciéramos obispo precisaríamos saber primero cuál de los hijos había de heredar el obispado del padre.
Fue tan grande su religión y cristiano celo —escribe Baltasar Porreño en sus "Dichos y hechos de Felipe II"—, que, estando muy apretado de gota, el duque de Nájera, le envió desde Valencia a Pachete Morisco, grande herbolario, para que le curase, que era hombre que hacía espantosas curas con yerbas. Supo que había estado preso este morisco por el Santo Oficio, porque se valía de un familiar para buscar las yerbas, y no fue posible con él que lo viese de sus ojos, aunque le daban esperanzas de su salud, diciendo: “No quiero salud por tan malos medios”.
Conocíase en el palacio la fama del médico Francisco de Vallés, y, en septiembre de 1580, habiendo enfermado gravemente Felipe II, fue llamado a su cabecera y, después de un ligero examen, ordenó que se le suministrase una enérgica purga. Opusiéronse a ello los médicos que lo cuidaban, por entender que la luna estaba en contraposición y, en consecuencia, la purga debía producir efectos contrarios y causar grave daño a la salud del monarca. Vallés, con gran tranquilidad y un poco burlón, cerró las maderas de la regia cámara y dijo a sus compañeros:
—Daré yo la medicina a su majestad tan quedito, que la luna no se enterará.
Con esta y otras prescripciones, logró que al momento el rey se sintiera mejor y después convaleciera hasta que llegó a sanar, con lo cual fue nombrado Vallés primero médico de cámara y protomédico de los reinos y señoríos de Castilla.
Aunque Vallés, filósofo y médico, también combatió muchas preocupaciones de su época, y acogió bastantes en sus obras, tales como la de que Adán hablase hebreo, que los ratones, avispas y langostas nacen por generación espontánea, que la saliva del hombre era venenosa para la víbora, etc.
El gran problema del rey era don Carlos. El príncipe era un loco y nadie lo ignoraba, y menos que nadie su padre. Recordaba éste cuando su hijo de niño se divertía torturando pájaros y otros pequeños animales. Ya adolescente llegó a matar al caballo preferido del rey y se distraía maltratando a los caballos de las caballerizas reales. Más adelante pegaba a sus servidores y en un libro de cuentas consta que se dio cien reales de indemnización a un tal Damián Marín por ser padre de una niña pegada por don Carlos. Pero el verdadero objeto de su odio era su padre el rey.
Cuando se proyectó el viaje del rey a Flandes, y que debía dejar a don Carlos como regente del reino, éste se hizo ilusiones de sustituir a su padre por lo menos en los Países Bajos. El hecho de que al final fuese el duque de Alba el que se trasladase a Flandes hizo concebir en don Carlos el absurdo proyecto de conspirar contra el rey. Se había hecho la ilusión no sólo de gobernar en Flandes, sino de casarse con la archiduquesa Ana, todo lo cual produjo en la mente ya desquiciada del príncipe una serie de ideas a cual más peregrina.
Don Carlos acumulaba sobre su cabeza tal tempestad que había de dar ocasión a perderle. Al enterarse de la suspensión del viaje a Flandes se desesperó hasta tal extremo que renació en su ánimo el disparatado propósito de huir de España y presentarse en los Estados. Ya con anterioridad, en 1565, don Carlos había pensado escapar, con pretexto de trasladarse a Malta, atacada a la sazón por los turcos. Por cierto que, en tal ocasión, probó el desgraciado su mentecatez, puesto que no se le ocurrió otra cosa más que confiar su proyecto a Ruy Gómez, a quien su padre había puesto a su lado como mayordomo mayor, como si el príncipe de Eboli no fuera precisamente la persona más adicta y fiel al rey que pudiera encontrarse en todos sus reinos.
Ahora, después de la suspensión del viaje regio, Carlos, desesperado, no duda en realizar sus propósitos, y para ello comete innumerables imprudencias que demuestran su falta de cabeza. Manda emisarios pidiendo dinero, escribe a los grandes dándoles cuenta de su intento, encarga al correo mayor, Raimundo de Tasis —encargado de las comunicaciones de la Casa Real—, que prepare caballos, etc. Por cierto que esta tenaz afición a la huida para pasar a Flandes y, no se olvide, casarse con la primita Ana, revela cualquier cosa menos una confirmación de los supuestos amores con su madrastra. ¿Quién es el hombre que huye de la mujer amada que le corresponde? Y aun dando por supuesto que dicho amor fuera unilateral por parte del desgraciado, es evidente que la ambición era mayor en él que aquel sentimiento. Y, desde luego, su frenesí por casarse con Ana se compagina poco con la idea de una avasalladora pasión, como le han supuesto los románticos.
La locura va acentuándose y don Carlos va acumulando imprudencia sobre imprudencia, llegando incluso a dirigirse a don Juan de Austria solicitándole su ayuda para que le facilite el paso a Italia, a cambio de lo cual le promete el trono de Nápoles y de Milán. Don Juan, fiel siempre a su hermano Felipe, da tiempo al tiempo y pide unos días para reflexionar la propuesta, y en cuanto sale de las habitaciones de don Carlos monta a caballo y se dirige corriendo a El Escorial para contárselo todo al rey.
Es duro tener que actuar contra el propio hijo y Felipe II, siempre prudente, se toma unos días de reflexión y rezo.
El 17 de enero de 1568 regresa a Madrid y al día siguiente, como es domingo, oye la misa junto a su hijo sin que nada trasluzca de lo que está pensando.
Don Carlos hace llamar a don Juan de Austria y le pregunta cuál ha sido su resolución; por su respuesta comprende que no acepta su proposición y que tal vez ha informado al rey, por lo que desenvaina la espada y se lanza sobre él, teniendo don Juan el tiempo justo para desenvainar la suya y parar el ataque. A los gritos de don Juan acude la servidumbre, que reduce a don Carlos, el cual se encierra en sus habitaciones.
A las once de la noche el rey manda llamar al príncipe de Eboli, al duque de Feria, a don Antonio de Toledo y a don Luis Quijada y les comunica que ha determinado tener a su hijo y heredero en condiciones tales que no pueda poner en peligro los intereses del reino. Los cuatro caballeros, impresionados por esas palabras, advierten que el rey lleva cota de mallas bajo su traje y se coloca el casco, empuña la espada y los invita a seguirle.
Llegan a la habitación de don Carlos y Ruy Gómez abre la puerta de la habitación, en la que penetra primero el rey y los demás caballeros, que en rápido movimiento se apoderan de las armas que el príncipe tenía al lado de la cama. Don Carlos quiere resistirse, pero deja de hacerlo cuando distingue al rey, al que pregunta:
—¿Quiere vuestra majestad matarme o encarcelarme?
El rey responde que desde aquel momento le tratará como rehén y no como padre y a continuación ordena que se tapien las ventanas, se incauten de todos los papeles y armas de su hijo y que se ponga guardia a la puerta de la habitación del príncipe.
Entre los papeles figuran dos listas, una de sus amigos y otra de sus enemigos. La lista de los amigos comprendía en primer término a la reina Isabel y a continuación don Juan de Austria, Luis Quijada y poco más.
Mucho más larga era la lista de los enemigos, que iba encabezada con el nombre del rey, su padre.
Felipe II encarga a un tribunal presidido por el cardenal Espinosa que estudie el caso y proceda a la inhabilitación de don Carlos, el cual, en plena exaltación, se declara en huelga de hambre, a lo que sigue días de glotonería sin medida. Bebe cantidades ingentes de agua helada con la que también rocía su cama, acostándose después en ella, lo cual sin duda ayudó a su muerte, que tuvo lugar el 24 de junio de 1568. Poco antes de morir recobró su lucidez, pidió perdón a todos y solicitó la presencia del confesor. Murmura: "Deus propitius est mihi peccatori". Sus últimas palabras fueron para pedir que se le enterrase con el hábito franciscano. Cuando murió tenía veintitrés años recién cumplidos.
Poco tiempo después moría la reina Isabel. En el mes de mayo de 1568 sintió los síntomas de embarazo, pero esta vez acompañados de debilidad general, desmayos, ahogos, fuertes dolores de cabeza, que fueron combatidos con purgas, sangrías, ventosas, más sangrías y más purgas. Naturalmente, la reina cada vez se encuentra peor y la muerte de don Carlos le afectó definitivamente hasta tal punto que comprende que ha llegado su hora y acepta con serenidad y resignación el fatal desenlace.
Ruega a su esposo que se mantenga en buenas relaciones con la corte francesa y añade:
—Tengo grandísima confianza en los méritos de la pasión de Cristo y me voy a donde pueda rogarle por la larga vida, estado y contentamiento de vuestra majestad.
El rey esta vez no puede contener las lágrimas: contrastaba su desesperación con la serenidad de la moribunda.
El 3 de octubre, a las diez y media de la mañana, dio a luz una niña, como de cinco meses, la cual, si bien murió enseguida, nació viva y pudo ser bautizada.
Poco después murió la reina plácidamente.
Fue enterrada en el monasterio de las Descalzas Reales de Madrid, hasta ser llevada a su definitivo destino en El Escorial, donde está enterrada en el panteón de los Infantes, puesto que, si bien fue reina, no fue madre de ningún rey, tradición que se ha venido manteniendo hasta nuestros días, en que se ha producido una sola excepción.
La tumba de Isabel de Valois, reina de España y esposa de Felipe II, se encuentra frente a la de don Carlos.
Se cuenta del rey Felipe que tenía sus salidas de más o menos ingenio, como todos los reyes, y que de tal presunción de ingenio se aprovechaban, a veces, los que le servían. Tuvo que trasladarse una vez con la mayor prontitud desde Madrid a El Escorial.
Y le dijo al cochero:
—¡A ver si consigues que los caballos vuelen!
El cochero supo hacer correr mucho a los caballos y, durante todo el camino les estuvo gritando:
—¡Caballos del demonio!
A la llegada a El Escorial, el rey preguntó al cochero:
—¿De quién decías que son esos caballos?
—Del diablo, señor.
—Pues no quiero que me los reclame. Quédatelos tú.
Y así el cochero, como premio a un grito y al manejo del látigo, recibió un par de hermosos caballos.
Este rey de España mandó construir el monasterio de El Escorial, en conmemoración de la batalla de San Quintín, ganada a los franceses. Intervinieron en la dirección de las obras tres arquitectos. El último fue Juan de Herrera. La cripta que está bajo el panteón de los reyes tiene el techo plano, construido en tal forma que Felipe II, la primera vez que lo vio, llamó al arquitecto y le dijo:
—Para evitar que este techo se derrumbe habrá de poner una columna en medio.
—Está calculado para sostenerse sin columna, majestad.
—¡Imposible! Os digo que os veréis obligado a ponerla.
Terminada la construcción, Felipe II vio que el techo estaba sostenido por una columna. Y dijo al arquitecto:
—Tuve razón al deciros que haría falta una columna.
—Sí, majestad.
Y Herrera, al decir esto, se acercó a la columna y la apartó de un puntapié. Era de cartón y no sostenía nada.
Antes de terminar del todo la construcción, invitó Felipe II al embajador de Francia a visitar la obra.
El embajador quedó asombrado. Había amontonadas gran cantidad de tejas. El embajador las vio y se permitió una ironía. Dijo:
—Mucho me temo que, para terminar la obra, sobrarán tejas y faltará oro.
Terminada la construcción, Felipe II mandó poner, en el borde del tejado, algunas tejas de oro. Invitó otra vez al embajador a ver la obra. Le señaló aquellas tejas y le dijo:
—Como podéis apreciar, ha ocurrido lo contrario de vuestro augurio. Han faltado tejas para terminarlo y ha sobrado oro.
Esta anécdota es falsa aunque la expliquen algunos guías enseñando una teja brillante en el cimborio de la iglesia del monasterio. En realidad se trata de una placa de bronce destinada a indicar el lugar en donde se encuentra cierto detalle que no he podido precisar, me parece que unas reliquias.
Felipe II pasó los últimos tiempos de su vida en El Escorial. Allí gozaba de una soledad que no había podido gozar nunca en su laboriosa vida anterior. Un día, paseaba solo por los alrededores del monasterio. Se le acercó un campesino que pasaba por allí y se presentó:
—Caballero: me llamo Pedro Pérez y vivo no lejos de aquí. Si cualquier día os llegáis hasta mi casa, que es hacia allá, os prometo un vaso del mejor vino, de cosecha propia.
Felipe II correspondió a la presentación y al ofrecimiento.
—Yo me llamo Felipe II, soy rey de España y vivo corrientemente en Madrid. Si un día me visitáis en palacio, que es hacia allá, os prometo también un vaso de buen vino, aunque no de cosecha propia, pues no me dedico a esos cultivos.
No se sabe si alguno de los dos aceptó la invitación del otro.
Felipe II era tan enemigo de supersticiones y hacía tan poco caso de los que tenían azares de algunas cosas que, para confundirlos, solía salir los martes a hacer sus viajes y hacía otras cosas contrarias a las que manifiestan agoreros y poco recatados; y así hizo jurar en Lisboa, martes, a su hijo, el príncipe don Felipe, el año de 1583, y cuando le nació dicho príncipe, martes, año de 1578, no hizo menos fiesta que si le hubiera nacido un domingo o jueves; y el mismo rey se casó en martes, digo se desposó con la princesa doña María.
En el año 1586, Felipe II envió a Roma al joven condestable de Castilla para felicitar a Sixto V con motivo de su exaltación al pontificado.
El papa, descontento de que se hubiese elegido para esa misión a un embajador tan joven, dijo a éste:
—¿Y qué? ¿Vuestro señor no tiene hombres de más edad para haberme enviado un embajador sin barba?
Respetuosamente replicó el condestable:
—Si mi soberano hubiese pensado que el mérito consistía en la barba os hubiera enviado un macho cabrío y no un gentilhombre.
Dotó Felipe II a su monasterio de El Escorial de ornamentos y vasos valiosísimos para el culto, y gustaba de ver colocarlos en los altares.
Asistía a las ceremonias religiosas con tanta reverencia que, a una muchacha a quien favorecía, que se subía a la tarima del altar, le dijo:
—Ni yo ni vos habemos de subir donde los sacerdotes.
Un labrador halló un tesoro y presentó al rey Felipe II la parte que le pertenecía. Preguntó el rey a los circunstantes que contemplaban las monedas si el cuño era de su padre o de otro monarca. Al saber que la efigie grabada en las monedas pertenecía a los emperadores romanos decidió el destino del hallazgo:
—Pues si aqueste dinero no fue de mi padre ni de mis antecesores, dejémoslo al labrador que lo halló y Dios le ha hecho la gracia.
Solicitó un soldado de Felipe II la concesión de alguna merced por los servicios prestados por él, y el rey le concedió una renta de trescientos ducados anuales. Poco tiempo después volvió el soldado nuevamente para pedir alguna merced al rey, quien le dijo:
—¿Pues no os di ya una provisión de trescientos ducados?
—Es así, señor —respondió el soldado—. Pero aquéllos fueron para comer, y lo que ahora pido es para beber.
La sagaz contestación tuvo su efecto sobre el rey, que accedió a que recayese en el soldado un nuevo beneficio.
El mismo día del fallecimiento de Isabel de Valois, el nuncio de su santidad en Madrid escribía a Roma diciendo que la corte española daba por seguro que el rey volvería a casarse, lo cual no es de extrañar por cuanto el ansia del rey era tener el deseado hijo que pudiese heredar sus Estados.
En principio se vaciló entre Ana de Austria, hija de Maximiliano II y sobrina del rey español, y Margarita de Valois, hermana de la fallecida reina Isabel, y por tanto cuñada del rey.
A ello aludía el nuncio de su santidad cuando decía que el Vaticano sabría antes que nadie la decisión del rey, por cuanto, en ambos casos, era necesario pedir a Roma la oportuna dispensa de consanguinidad.
Felipe tenía cuarenta y un años, Ana de Austria veinte. Había nacido en España, concretamente en Cigales, pueblo próximo a Valladolid. Hablaba perfectamente el castellano y era una joven rubia de mediana estatura, nada extraordinaria de cara, pero de buen ver. El nuncio decía en una de sus cartas a Roma que era modesta, humilde y devota.
El 4 de mayo de 1570 casaba Ana por poderes con su real novio. La boda se celebró en Praga, en el castillo que domina la ciudad. Representó al novio el archiduque Carlos, hermano del emperador. La novia vestía un traje de raso carmesí bordado en oro, plata y pedrerías, con las mangas de tela de plata adornadas en oro y, después de la ceremonia, se aceleró una recepción en la que Ana estuvo sentada en el estrado a la misma altura que sus padres, pues ya era reina como ellos.
Sólo a finales de junio, casi dos meses después de la boda, empezó el viaje de la nueva reina hacia España llegando a Segovia el 14 de noviembre siguiente. En el Alcázar tuvo lugar la misa de velaciones siendo de notar que el archiduque Wenceslao de Austria, hermano de la reina, que la había acompañado durante todo el viaje y que actuaba como padrino, vistió de negro como homenaje a Felipe II.
Doña Ana se dio cuenta en seguida de que su cometido no era el de hacer olvidar al rey a su anterior esposa, sino el de provocar en su real consorte un nuevo amor, lo que dice mucho del tacto e inteligencia de la nueva reina.
De Segovia pasaron los reyes al palacio de Valsaín, y el 26 de este mismo mes de noviembre hacen los reyes su entrada en Madrid.
Allí esperaban a la reina las infantas Isabel Clara Eugenia, de cuatro años, y su hermana Catalina Micaela, de tres, a las que se les había dicho que su madre iba a volver del cielo. En cuanto vio Isabel Clara Eugenia a doña Ana se echó a llorar diciendo:
—Esta no es mi madre, ésta tiene el pelo rubio.
Con habilidad, Ana de Austria se inclina hacia las pequeñas y les dice que efectivamente no es su madre, pero que iba a quererlas tanto como si lo fuese. Y, en efecto, fue así, pues puso en las infantas un cariño maternal al que correspondieron ellas con afecto verdaderamente filial.
Los gustos de la real pareja eran muy sencillos. La reina no gustaba de las fiestas brillantes de la corte y del ceremonial que acompañaba los actos de los reales consortes. Como buena alemana, sentía afición a la naturaleza, los montes, los árboles y se encontraba a su gusto en El Escorial, donde practicaba la caza, tanto con ballesta como con arcabuz. Mientras el rey trabajaba en su despacho, ella cosía o secaba la tinta de los documentos que escribía echándole arenilla o salvilla. Todo ello en silencio. No podemos imaginar una escena más burguesa. Aunque parece mentira, éste era el ideal de vida de Felipe II, que dijo muchas veces:
—A no ser rey no apeteciera el ser duque, ni conde, ni marqués, sino ser un caballero de hasta seis u ocho mil ducados de renta desobligado de las cargas y obligaciones de los titulados grandes señores.
El tálamo nupcial era el lugar más importante para el rey Felipe. Empieza a sentir los dolores de la gota, ya no puede bailar como lo hacía con su anterior esposa; por otro lado, Ana, de costumbres más sencillas, había cambiado el ambiente de tal forma que el embajador francés afirma que parecía un convento de monjas.
La soledad de jardines, capillas, cenobios y habitaciones privadas de cuanto no sea sencillez monacal causa un despertar místico en el riguroso hombre metódico de Estado. Y la frugalidad en comer, beber y vestir son, si se quiere, otros tantos síntomas e indicios de despreocupación por lo mundano, que nada tienen que ver con el aseo personal obsesivo del rey o sus contradictorios afanes por acapararlo todo, coleccionando por igual reliquias de beatos y santos con sus actas de autenticidad que mapas, monstruos de las profundidades marinas, monedas, armas, cuadros o libros de cualesquier tipo con sus lugares para albergarlo, a lo que sirvió finalmente El Escorial.
Aquella manía museística de las reliquias dio en que Felipe II creara una comisión de búsqueda al mando del agustino fray Baltasar Delgado, que viajó por Europa entera al acecho de mercadería. Trento y Saboya contribuyeron en 1586 con un pie de san Jerónimo y un brazo de san Lorenzo, respectivamente. Desde Roma, ciudad de mártires por excelencia, se le mandaron a El Escorial dieciocho cajas selladas de reliquias en 1570; de Flandes se trajo en 1578 el cuerpo de santa Leocadia, etc. Se añade, naturalmente, todo el acervo disperso en Aragón, Castilla y Navarra que, no sin oposición popular, pasó a engrosar los fondos escurialenses. Pero, hicieran milagros o no los santos, lo cierto es que en ocasiones —como en la primavera de 1562 en que se arrancó de su sepulcro el cuerpo incorrupto del beato fray Diego de Alcalá para traerlo en procesión hasta el mismo lecho donde agonizaba el príncipe don Carlos víctima de sus locuras—, se contaba con ellos, y la devoción ayudaba a la ciencia médica de los genios de la época, Daza o Vesalio.
Si con la mayoría de los vicarios de Cristo hizo buenas migas, casos hubo en que, como con Paulo IV, fue lo opuesto; las palabras que se citan más abajo son de su santidad contra el rey, cuando el Vaticano renovaba su adhesión a Francia. En los prolegómenos de la guerra el papa lanzaba sus cuarenta y tres acusaciones contra Carlos V y Felipe II que anuncian la excomunión y nos lo presentan al comienzo de su reinado muy parecido a ese atroz demonio del mediodía de la leyenda antiespañola. Dice y llama con saña Paulo IV:
"Engendro de iniquidad, Felipe de Austria, hijo del llamado emperador Carlos, quien haciéndose pasar por rey de España sigue las huellas de su padre, rivaliza con él en iniquidad y aun intenta superarle [...]".
En pleno conflicto con Paulo IV, el pontífice llegó a prohibir que el Viernes Santo se rezara por el rey; con mayor razón se dolía Felipe II de ello a su hermana doña Juana, entonces en la regencia, cuando incluso se rezaba por judíos y herejes.
Favorecedor de la Inquisición, el rey estuvo en los Autos de Valladolid, en octubre de 1559; en Toledo en febrero de 1560; en Barcelona en febrero de 1564; y en Lisboa en 1582. Eran obligaciones del oficio de rey, y la primera vez, aquella del 8 de octubre de 1559, según Cabrera, su fidedigno cronista, salió asqueado y de incógnito de la ciudad.
Se está terminando de construir el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Por orden expresa de Felipe II se trasladan a él los cadáveres de su padre y de su madre y sus esposas fallecidas. Cada cadáver acompañado de un duque y un obispo.
Cuando todo parecía tranquilo, el rey Felipe contraía la gripe que por aquel entonces diezmaba poblaciones enteras. La reina también estaba enferma. Felipe, durante su enfermedad, hizo testamento, en el cual disponía un consejo de regencia, pero no dejaba a la reina como gobernadora del reino, según su costumbre. Don Antonio de Padilla, que acompañaba al rey en calidad de letrado, descubrió este pormenor a la reina, la cual se quejó amargamente a Felipe, atribuyendo la disposición a poco amor y estimación.
El rey dio explicaciones que no se sabe si contentaron o no a doña Ana.
Por lo que respecta al delator, el rey lo llamó a su presencia, y una sola mirada y unas pocas palabras de reprensión bastaron para castigar al delator, que murió de pena a los pocos días.
La enfermedad de la reina se agravó y los médicos no supieron encontrar el remedio. La gripe acabó con la vida de doña Ana, que murió el 26 de octubre de 1580 cuando le faltaban seis días para cumplir treinta y un años.
El rey Felipe quedaba viudo por cuarta vez a los cincuenta y tres años de edad, sobreviviendo dieciocho más a su última esposa.
El cuerpo de la reina fue enterrado en El Escorial.
Pero el miedo de quedar sin descendencia masculina en aquellos tiempos de tanta mortalidad infantil hizo pensar a Felipe II en un quinto matrimonio.
En el momento del fallecimiento de la reina vivían cinco hijos del rey: las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina, hijas de Isabel de Valois; el príncipe de Asturias don Diego, y los infantes Felipe y María, hijos de la reina Ana.
En 1582 fallecía su hijo Diego, y ello incitó a Felipe II a programar su quinto enlace, esta vez con la hermana de Ana de Austria, Margarita, que al morir la reina de España tiene trece años; es decir, cuarenta menos que el rey.
Pero este enlace no se celebrará nunca: Margarita ingresó en el convento de las Descalzas Reales, donde pasó el resto de su vida después de haber profesado sus votos definitivos en 1584 ante Felipe II y toda su corte.
El rey vio cómo la mujer que había escogido se unía a un esposo más poderoso que él.
Nunca fue vulgar don Felipe y por ello cuesta creer que dijera aquella vulgaridad que se le atribuye sobre la armada perdida: “Yo envié mis naves a luchar contra hombres y no contra los elementos”. Sólo se puede creer en aquella frase olvidando que en tiempos de Felipe no había gran celeridad en las noticias y que éstas siempre venían por entregas y con retraso. El desastre de la Armada ocurrió entre el 10 y el 12 de agosto. Todavía el día 18 se recibió una carta de Medina—Sidonia diciendo que todo marchaba bien. Hasta más tarde no comenzaron a llegar las naves desperdigadas, y fue a fines de septiembre cuando llegó Medina—Sidonia a Santander, comenzando entonces su informe detallado.
Por lo cual hasta primeros de octubre no supo exactamente Felipe II qué era lo que había ocurrido. Tuvo mes y medio para irse acostumbrando a la idea del desastre. Nunca fue hombre de frases vacías y altisonantes, y éstas, cuando alguien las dice, las dice en un minuto tonto de su vida. El minuto de Felipe fue mes y medio, demasiado largo para ninguna frase. Lo que hizo Felipe cuando comprendió la magnitud del desastre fue enviar la noticia de lo sucedido a todas las iglesias y monasterios ordenando que dieran gracias a Dios por el desastre, puesto que El así lo había dispuesto. Esto fue lo que hizo, y nadie pudo conocer en su semblante qué era lo que ocurría en su interior. En esta ocasión de su vida, como en muchas otras parecidas, su salud no se resintió. Todos los que lo vieron dijeron que incluso había mejorado su semblante.
Felipe no fue el demonio negro del sur ni el vampiro solitario que con tanta habilidad supieron inventar los protestantes. Santo no lo fue, cierto, pero ni siquiera uno de los que le acusaron de demonio dejó de cometer ni una sola de sus mismas diabluras, y las cometieron todos con mayor intensidad y con mayor frecuencia. ¿Cuáles fueron los pecados de este demonio?
Uno evidente: que demasiadas veces la razón de Estado fue para él la suprema ley, por encima de toda otra ley.
Pero que digan Isabel de Inglaterra y Guillermo de Holanda si para ellos esta ley no fue su única ley y si no la hicieron coincidir siempre con su propia conveniencia, cosa que precisamente no hacía Felipe. En un auto de fe, cuando Carlos de Sessa era conducido hacia la hoguera e increpaba a Felipe porque lo dejaba condenar estando como estaba emparentado con tanta nobleza. Felipe le dijo:
—¡Yo traería leña para quemar a mi hijo si fuera tan malo como vos!
No era una frase, era la pura verdad. Cuando don Carlos, su hijo, fue un peligro para el Estado, no vaciló en detenerlo y mantenerlo preso. No, Felipe no anteponía la razón de Estado para servir a sus conveniencias.
Felipe cometía errores, se pasaba de los límites, incluso se mostraba turbio, con el deseo de ser útil a los españoles y a las gentes de sus dominios.
Diéronle a Felipe II un pronóstico, del año 1579, de un judiciario que amenazaba grandes males: el prudentísimo rey, habiéndolo visto, mandó que lo imprimiesen "para probar desta manera la vanidad del autor, y para que se corriere y avergonzase, porque ninguno de los singulares que amenazaba sucedió, mostrando en esto su gran fe y religión, y dando a entender el poco caso que se debe hacer, entre cristianos, destos pronosticadores y judiciarios vanos".
Era el año 1585. El rey Felipe II, que había llegado a Cataluña, se dirigió con lujoso acompañamiento a visitar el famoso monasterio de Poblet, a cuyo abad se había dado preventivamente la noticia del arribo del monarca. Sin embargo, al llegar el correo real, que precedía a la regia comitiva, al pie de los muros de Poblet halló la puerta cerrada y los alrededores del monasterio llenos de gente, admirada, como el mismo correo, de aquella singular novedad. El correo, que sólo de pocos pasos precedía al rey, se apresuró a llamar a la puerta, pero sólo se abrió a sus aldabonazos la rejilla del mismo, asomando a ella el hermano portero, que preguntó, desde dentro:
—¿Quién llama?
—Abrid en seguida —contestó el correo—. Apresuraos, porque el rey llega tras de mí.
—¿Qué rey? —preguntó el portero.
—El de España.
—Aquí no conocemos a ese señor rey.
—¿Estáis loco? —exclamó con airado semblante el correo—. Abrid a su majestad el rey de España don Felipe II.
—Os digo y repito —insistió el monje— que aquí no conocemos al rey de España, y que no podemos en esta ocasión albergarle, por estar esperando a nuestro soberano.
El correo retrocedió, y fue a contar al rey lo que pasaba, y es fama que Felipe II le dijo:
—Hubierais dicho que ibais en nombre del conde de Barcelona y os hubiesen abierto.
Tornó el correo de nuevo y volviendo a llamar gritó:
—¡Abrid al conde de Barcelona!
A este nombre se abrieron de par en par las puertas de Poblet y púdose ver en el atrio al abad Oliver, rodeado de monjes, con toda la grandeza y esplendor de la pompa religiosa, esperando al conde de Barcelona, don Felipe II.
Sin duda fue este lance el que dio lugar al escritor Alvarado para decir equivocadamente que esto sucedía en Barcelona cuando a ella llegaban por vez primera los reyes.
Un caballero ilustre —escribe Porreño, en "Dichos y hechos de Felipe II"— que había sido muchos años virrey del Perú, murió con decirle su majestad, cuando vino de Indias, que se fuese a su casa, que no le había enviado al Perú para que matase a reyes; en pocos días murió de gran melancolía.
En una ocasión el príncipe Carlos tras una disputa con don Juan de Austria, le dijo a éste: "Yo no puedo discutir con inferior. Vuestra madre era una ramera y vos sois un bastardo". Don Juan de Austria respondió: "Con todo, mi padre fue un hombre mucho más grande que el vuestro". Entonces don Carlos corrió a contarle lo sucedido a su padre, a lo que Felipe II contestó: "Su padre y mío fue harto más grande hombre que lo es ni lo será nunca el vuestro".
Cosa curiosa es que las damas de la corte española se asombraron al saber que las francesas que acompañaban a Isabel de Valois llevaban bragas, prenda desconocida hasta entonces en España.
Todos los datos histórico biológicos indican que Felipe II vivió atormentado por la gota desde 1584, es decir, catorce años antes de su muerte.
Según se creía entonces, esta dolencia era "causada por los humores corruptos, que van metiéndose y hacen división por los artejos y coyunturas de las manos y pies, miembros tan sensibles, todo niervos y huesos, que al desencadenarse causa dolores despiadados, como lo muestran los gritos de los que los padecen". Los médicos de la Antiguedad, incluido Hipócrates, consideraban que la gota era consecuencia de la vida licenciosa y del abuso de comidas suculentas. En el siglo XVI, por el contrario, los galenos prescribían como remedio abundantes carnes y asados, incluso en los días de vigilia.
Como consecuencia de la gota y sus variadas formas viscerales, Felipe II sufría también fuertes cólicos.
En 1593, a causa de un nuevo ataque de gota, quedó imposibilitado temporalmente para firmar documentos, por lo que "consintió la firma de su hijo, sucesor solamente porque no podía ver los muchos despachos de su gran expedición con puntualidad".
En 1595, Juan Lhermite construyó para el rey la famosa silla—hamaca de la que ya no se separaría hasta su muerte. Útil instrumento plegable que convertía al mueble, según la ocasión, en cama, hamaca o sillón y que se conserva en El Escorial. 
Felipe tenía sus horas para recibir a las gentes de todas las clases sociales, y cuando por la calle se le acercaba una viuda o un anciano rogándole algo, los citaba para recibirles unas horas más tarde en el Alcázar.
Y luego, por muy pesado que fuera el visitante, mientras descubriera en él una buena intención, lo escuchaba hasta el final sin una sola señal de impaciencia.
Rey poseído de su cargo y del respeto que merecía, pero también poseído del deber de respetar a su pueblo y sus derechos en tanto que pueblo. Rey que hizo que la Inquisición castigara a un predicador que se excedía en los elogios a su persona. Rey que recordaba con sabio temor haber recibido una carta de santa Teresa en la que le decía: "Recordad, señor, que el rey Saúl fue ungido, y sin embargo rechazado".
Felipe no fue quizá un católico modelo en cuestiones que gente minúscula considera primordiales. Por ejemplo, comía carne todos los viernes. Pero procuraba no hacerlo en público y lo hacía porque no podía sufrir ni el pescado ni las verduras. Pero tampoco nadie podía comprobar que casi todos los días, después de haber despachado papeles de Estado hasta medianoche, se levantaba para oír la primera misa.
En cambio, lo que sí sabían algunos sacerdotes era que conocía la liturgia de los oficios mejor que ellos.
Ni pusilánime, ni bobalicón, ni "clerical", ni oscurantista, pero tampoco supersticioso, como lo eran Orange, Cecil, Isabel, Catalina; como lo son la inmensa mayoría de sus modernos continuadores, que claman por la libertad de conciencia y tienen miedo al número trece.
No podemos olvidar que Felipe era contemporáneo de aquella Catalina de Médicis que no podía dar un paso sin que Nostradamus consultara primero sus astros. También Felipe, antes de la batalla de San Quintín, recibió un horóscopo. Pero, en vez de leerlo, lo quemó y ordenó que dieran unas monedas al astrólogo para que se marchara cuanto antes.
Felipe no quiere abandonar las riendas del Estado. Hasta el último momento cuidará de los más mínimos detalles, y cuando sus manos ya no tengan ni fuerza ni forma para escribir, hará firmar a su hijo no sin antes haber leído el texto por lo que faltase o por lo que sobrase.
Y aún va y viene de Madrid a El Escorial, de Madrid a Toledo. Y en Madrid pasa su último invierno cargado de dolores, de angustias y de miserias, creyendo todos que va a morir de un momento a otro. Todos menos él, que quiere morir en San Lorenzo. Y cuando, próximo ya el otro verano, empieza a hablar de marchar de nuevo, los médicos se lo prohíben y Cristóbal de Moura, de rodillas, le ruega que no lo haga.
Pero la voluntad de Felipe es lo único que lo mantiene en pie y el 30 de junio de 1598 emprende la marcha hacia El Escorial, más larga que ninguna, más penosa que todas juntas.
Siete días de camino en el interior de una silla de manos, creyendo todos que va a morir a cada paso.
El 6 de julio llegaron al monasterio. Felipe se sintió mejor y el día de santa Magdalena quiso que lo llevaran a ver todos los rincones de su monasterio. Felipe, el arrepentido, escogió el día de la santa arrepentida para despedirse de aquellos lugares tan queridos.
Como siempre que se cansaba, por la noche tuvo fiebre; pero esta vez aquella fiebre significaba el comienzo del trance final. Y en su lecho de muerte daría comienzo —entre otros muchos recuentos— al recuento de sus enfermedades.
La muerte de Felipe II fue terrible. Fiebres intermitentes le afligieron sin descanso. El, que siempre había sido tan limpio, se podría en su cama. Las llagas invadieron su cuerpo y llegó un momento en que ya no pudo cambiar de postura. La limpieza de las llagas era cada vez más difícil y dolorosa para el enfermo, que llegó a exclamar: "¡Protesto que moriré en el tormento y dígolo para que se entienda!".
Algunos autores afirma que esta inmovilidad acentuó la podredumbre de las heridas, incluso Robert Watson asegura que la materia de las úlceras de Felipe II era tan purulenta y nauseabunda que llegó a criar gusanos.
Hoy día no se descarta la posibilidad de que, efectivamente, una mosca pudiera haber depositado sus huevos entre la repugnante mezcla de pus y excrementos que envolvían al Rey Prudente.
"A los treinta y cinco días de cama trataron de administrarle un caldo de ave con azúcar, que le produjo intolerables cámaras, para cuya evacuación, no pudiendo fácilmente servirse de los vasos de la cama por su inmovilidad, por más que se practicaron aberturas en el colchón, no era fácil limpiar por completo la yacija y tenía que moverle con toallas torcidas, con gran cuidado, pero aún así no era fácil evitar el hedor y las inmundicias en que tenía que estar". El doctor Marañón cree que durante este tiempo, dado el estado de semiincosciencia del enfermo, pudo padecer anosmia, por lo que no percibiría el mal olor.
El cronista Sepúlveda cuenta que Felipe II mandó fabricar su ataúd con los restos de la quilla de un barco desguazado, cuya madera era incorrupta, y pidió que le enterrasen con un hábito de tela holandesa empapada en bálsamo. También dispuso que la caja de su ataúd fuera de cinc y que "se construyera bien apretada para evitar todo mal olor".
Por fin, en la madrugada del 12 al 13 de septiembre, entró en mortal paroxismo. Antes del amanecer volvió en sí y exclamó: "¡Ya es hora!". Le dieron entonces la cruz y los cirios con los que habían muerto doña Isabel de Portugal y el emperador Carlos.
Ya no volvió a pronunciar palabra alguna. Murió con la misma gravedad, seriedad, mesura y compostura que tanto guardó en vida. Tenía setenta y dos años de edad.
Felipe III
Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II esperaba que, tras tres partos sin sucesión masculina, al quedar de nuevo embarazada tuviera un varón. Y, efectivamente, como dice Junceda en su libro "Ginecología y vida íntima de las reinas de España", el cuarto parto de doña Ana ocurría el 13 o el 14 de abril de 1578, cuando a las dos horas después de la medianoche nació en el Alcázar madrileño otro hijo varón, que llevaría el nombre de su padre.
Cuenta la historia que habiéndose trasladado en compañía de su esposo a San Lorenzo de El Escorial para pasar la Semana Santa y estando la reina a punto de parir al futuro rey, no quiere doña Ana privarse de las ceremonias del Jueves Santo y "se prosterna a los pies de los pobres, y pare algunos días después, de manera que aun antes de nacer se consagraba ya el príncipe a las prácticas religiosas". Sería éste su heredero, Felipe III, el único que llegaría a la madurez. Fue bautizado en la iglesia de San Gil por el arzobispo de Toledo, don Gaspar de Quiroga.
La recuperación puerperal fue pronta, de modo que al mes siguiente, el 15 de mayo, regresaban de nuevo los reyes a San Lorenzo de El Escorial.
Este infante padeció en sus primeros meses de vida usagre, que se atribuyó a contagio de su nodriza. Su primera ama de cría fue doña Mariana de Vargas, sucediéndole en la crianza doña Leonor de Garau, antigua nodriza de sus hermanos don Fernando y don Diego. Aún intervinieron cinco mujeres más, destetándole su primera ama doña Mariana de Vargas, que le sirvió en esta última ocasión durante cuatro meses, hasta el 27 de octubre de 1579, cuando el príncipe don Felipe contaba poco más de año y medio.
Bautizado con el nombre de Felipe, durante muchos años de su vida desempeñó un papel muy secundario; primero porque antes que él estaba su hermano Diego y, después de que éste hubo muerto, porque se creyó que él seguiría el mismo camino.
Don García de Loaysa fue quien cuidó de su educación, constantemente interrumpida por pequeñas enfermedades que ponían en mayor quebranto su enclenque cuerpo. Sin embargo Loaysa era exigente, y antes de que amaneciera el niño tenía que levantarse a fin de aprender sus lecciones, para lo cual muchas veces era preciso estimularle con la promesa de juguetes y golosinas. Loaysa se desesperaba, y aún más don Felipe, porque el chico no se despabilaba ni tenía voluntad para nada si no era para sus comilonas, que luego había de digerir en la más completa ociosidad.
A los quince años, vencidas las crisis de sus enfermedades, el príncipe Felipe era un muchacho pálido, con el cabello que de tan castaño parecía rojizo, con el labio inferior belfo a la manera de los de su estirpe. Sus ojos eran azules como los de su padre, pero sin ninguna penetración. Su padre lo trataba con gran cariño y pretendía corregirlo de su indolencia y de sus ineptitudes con largos consejos y sabias instrucciones que el chico, siempre distraído, no escuchaba. Incluso cuando, por deber de príncipe, asistía a los Consejos de Estado, de los que procuraba marcharse tan pronto como le era posible.
Suerte que, a pesar de su abulia, de su indecisión, de su pereza y de su glotonería, era un modelo de obediencia, y que si no había de ser un gran rey, sería, eso sí, un rey totalmente cristiano.
Su padre, con la previsión y la intranquilidad de los destinos de España, ya había dicho: "Dios, que me ha dado tantos reinos, me ha negado un hijo capaz de gobernarlos". En otra clara visión de futuro dijo: "Me temo que le han de gobernar".
Uno de los embajadores venecianos nos ha dejado un retrato del príncipe Felipe a los quince años, que nos muestra su aspecto exterior y su carácter:
"Es delgado y débil, de complexión delicada. Podía ser más fuerte y robusto si se alimentase con más moderación. Es tan sumiso a su padre que nunca le desobedece, no hace nada sin su permiso. El rey le lleva a todas partes que va, pero nunca le informa de los asuntos de Estado. En todas sus acciones da muestra de una extrema gravedad. Es de estatura baja, pero vigoroso y, por lo que se puede apreciar, de un humor pacífico, aunque un poco más inclinado a la cólera que su madre".
Otro embajador veneciano hizo, a su regreso de la embajada de su católica majestad en 1595, un informe del príncipe cuando tenía dieciocho años. Se encuentran los trazos indicados en la relación precedente, pero más acusados.
"Su alteza es de un carácter apacible. Tiene sentimientos generosos y conformes a los de su padre, a quien intenta imitar, no sólo en sus acciones, sino también en sus palabras. Le gusta mucho el ejercicio de la caza, y se muestra muy sumiso y obediente a su padre: esto quizá se deba a la bondad de su naturaleza, a la educación que ha recibido, o a los consejos que le han dado de intentar no parecerse a su hermano, el príncipe Carlos. Asiste todos los días al Consejo de Estado, donde permanece una hora, aunque no demuestra gran interés. Le gusta mucho el estudio de las matemáticas; habla con facilidad varios idiomas y maneja bastante bien las armas. Se cree que se casará con la hermana de la reina de Polonia, de la casa de Austria, aunque el rey parece que se ocupa poco de su matrimonio, según la lentitud inherente al carácter español".
En realidad el rey era abúlico y no mostraba ningún interés, no ya por los asuntos del Estado sino ni siquiera por sus problemas personales. Pero la culpa de ello la tuvo en parte el propio Rey Prudente. Tenía éste demasiada personalidad como para no influir en el hijo que durante la vida de su padre no se atrevía a levantar la cabeza. Prueba de ello es la singular conversación que tuvo lugar entre padre e hijo cuando se trató de buscar esposa para éste.
La esposa del príncipe Felipe había de ser, cómo no, de sangre real.
Todas las casas reales de la Europa occidental estaban unidas entre sí por lazos de parentesco. Los médicos de aquella época no conocían todavía los graves inconvenientes de la consanguinidad a la hora de procrear.
El archiduque Carlos, hijo del emperador Fernando I y primo hermano de Felipe, había fallecido siendo marqués de Stiria, dejando quince hijos a su viuda, entre ellos cuatro hijas llamadas Catalina, Gregoria, Leonor y Margarita, posibles candidatas a la mano del príncipe de Asturias.
De las cuatro, Leonor queda descartada por su mala salud, lo que no impedirá que sobreviva a sus tres hermanas.
Cuando se tienen noticias de que Felipe II está interesado en una de las princesas para esposa de su hijo, apresuradamente se llama a un pintor para que haga el retrato de las tres por separado y se envíen los cuadros a Madrid. Para poder identificar a las princesas, a modo de joya, se coloca en el cabello de cada una la inicial de su nombre: una C para Catalina, una G para Gregoria y una M para Margarita.
Cuando llegan los cuadros a la corte española, el rey indica a su hijo que escoja la que le parezca mejor y más atractiva, y entonces tiene lugar este curioso diálogo:
—Hijo mío, contemplad a vuestras primas y escoged a la que más os agrade. ¡Que el Señor guíe vuestro impulso!
—De ningún modo he de consentirlo, padre. Dejo el asunto en manos de vuestra majestad.
—Hijo, yo lo estimo, y con todo estimaré más lo que decidáis vos, puesto que ha de ser la compañera de vuestros cuidados y con quien os desahoguéis de ellos. Y como no quiero que os cueste el sonrojo de explicarme ahora la que elegís, llevaos los cuadros a vuestro cuarto, los reconocéis despacio, y el que más os agrade me lo remitís por medio de un gentilhombre, y en sabiendo vuestro gusto os lo restituiré.
—Yo, padre no tengo más elección que el gusto de vuestra majestad, quien se ha de servir de elegir, estando cierto que la que vos escogiereis, ésa me parecerá la más hermosa, y sin esta circunstancia no me parecerá la más perfecta.
No se puede imaginar conversación más absurda y que demuestre más a las claras la poca voluntad y personalidad del príncipe heredero.
Como dice muy bien González Cremona, el futuro Felipe III no estaba capacitado para gobernar. Y no por falta de capacidades propias, sino por la educación a que fue sometido por su padre. Educación castradora la llamarían hoy los psiquiatras.
La infanta Isabel Clara Eugenia tuvo una idea que fue la de colocar los cuadros de cara a la pared y echar a suertes la elección. Así se hizo y quedó vencedora la princesa cuya inicial era M, es decir, Margarita.
Pero a Felipe II no le pareció serio el procedimiento y no quiso aceptar lo dictaminado por la suerte, y así determinó que fuese la mayor de las tres princesas la elegida para el casorio. Y la verdad es que no veo que este procedimiento sea más serio que el otro.
Así pues, se pidió a la corte de Gratz la mano de la princesa Catalina. El correo que llevaba la petición se cruzó con otro que iba a Madrid a comunicar la muerte de Catalina, debida a un catarro.
Vuelta a hacer la petición de mano, esta vez concerniente a Gregoria, pero la suerte quiso que ésta muriese de unas fiebres. Quedaba, pues, únicamente Margarita, lo cual quiere decir que la suerte a veces sabe lo que se hace.
Todo este tejemaneje había durado dos años, y cuando definitivamente se acordó el casamiento de Margarita con el príncipe Felipe la pobre muchacha, que tiene catorce años de edad, recibe la noticia llorando, pues no quiere apartarse de su familia; pero la razón de Estado se impone.
Se concertó que al mismo tiempo de la boda de la princesa Margarita se celebraría la de Isabel Clara Eugenia con el archiduque Alberto de Austria, hijo de Maximiliano II y hermano de la cuarta esposa del rey Felipe II; es decir, que su cuñado se convertía en yerno. Se ha de convenir que los líos familiares son tremendos. Adelantando acontecimientos, podemos decir que Carlos II, el nieto de Felipe III, era hijo de tío y sobrina, nieto de parientes próximos, biznieto de tío y sobrina y tataranieto de primos hermanos. No es, pues, de extrañar la degeneración de la raza.
El papa Clemente VIII, que tuvo que otorgar dispensa para ambos matrimonios, se ofreció a casar a las dos parejas, honor que fue aceptado por ambas partes. Para ello el cortejo de Margarita y Alberto atravesó Italia, mientras que el rey español envió a varios nobles presididos por el conde de Alba de Liste para que le representase en la boda.
Mientras el cortejo de Margarita y Alberto estaba en Italia, llegó la noticia de que el 13 de septiembre de este mismo año de 1598 había fallecido en El Escorial el rey don Felipe II, por lo que Margarita de Austria pasaba a ser automáticamente reina de España en el momento de su boda. De España y de Portugal, que desde hacía unos años estaban unidos los dos reinos, cosa que no sucedía desde los reyes visigodos.
La boda se celebró en Ferrara y, aunque las cortes pontificias española y austriaca estaban de luto por la muerte de Felipe II, se suspendió la celebración del mismo durante los desposorios.
En la catedral el papa desposó a doña Margarita con el rey Felipe III, representado por el archiduque Alberto, y a continuación se celebró el casamiento del archiduque con la infanta Isabel Clara Eugenia, lo que dio lugar a un pintoresco espectáculo.
La infanta Isabel Clara Eugenia había dado poderes al duque de Sessa para que la representase en la ceremonia, por lo que, muy modosito, éste dio la mano al archiduque y los dos pronunciaron el "Sí, quiero" ritual.
Arrodillados los dos recibieron la bendición nupcial dada por el pontífice. Debía ser cosa digna de ver.
Por la noche se celebró en Ferrara un sarao y baile en honor de la nueva reina, pero ésta no se presentaba a la fiesta, enviando al pontífice una nota en la que le pedía que disculpase su ausencia debido a que por la mañana había comulgado y en los días en que lo hacía no asistía a fiestas. El papa la convenció diciéndole que no había ningún mal en asistir al baile, ya que, aparte de ser éste honesto, ella se debía a sus obligaciones como reina.
Esta anécdota ya indica el carácter de la reina Margarita.
Felipe III era de naturaleza pacífica, grave de gestos y maneras, con una prestancia un tanto infatuada.
Por su gran bondad se hacía querer de sus servidores. Era un apasionado de la música, de los naipes, de las armas, los caballos y la caza, y un excelente bailarín. Muchos de los que lo servían creían que pertenecía a aquella categoría de seres de los que nadie sabe cuáles son sus ideas. Visto no a través de toda una perspectiva histórica, y perforando su imponente fachada, uno se da cuenta de que nadie sabía cuáles eran sus ideas porque carecía totalmente de ellas y porque detrás de aquella fachada no había sino un gran vacío.
Felipe III no era un tonto absoluto. Poseía simplemente una inteligencia mediocre y, ante todo, era el hijo de un rey que había dejado exhaustas todas las posibilidades de tener una idea propia sobre la manera de gobernar.
Felipe III, eso sí, era un deficiente en cuanto a la voluntad, déficit que había de transmitir a su hijo Felipe y a su nieto Carlos. Y por esta falta de voluntad resignó todo su poder en aquel ambicioso, inepto e infatuado duque de Lerma.
El día 10 de junio de 1603 pasaba por las calles de Valladolid un entierro que se dirigía desde el convento de padres dominicos de Belén a la iglesia de San Pablo. La noche anterior había llegado el ataúd de Buitrago, y ahora iban a su lado los representantes de todas las órdenes del clero, del cabildo de la ciudad y, tras ellos, vestido de pontifical, el obispo de Valladolid seguido de los presidentes y miembros de los Consejos, los grandes de España, el arzobispo de Zaragoza y el cardenal de Toledo.
¿Quién iba dentro de aquel ataúd?
Sólo unos ladrillos cuyo peso correspondía aproximadamente al del cadáver de la duquesa de Lerma, la cual había ocupado el féretro la noche anterior, siete días después de su fallecimiento. Las discusiones sobre si la enterraban en Medinaceli —como ella había deseado— o en Valladolid —como al duque le convenía— fueron muy largas, el camino de Buitrago a Valladolid muy penoso y, al llegar al convento de Belén, el cadáver despedía un hedor tal que fue preciso enterrarlo aquella misma noche.
Pero el duque de Lerma no podía renunciar a la pompa y el boato de que, por lo menos el ataúd, pasara por las calles de la capital de España, seguido de dignidades, potestades y grandezas. ¿Quién era aquel duque de Lerma? Era aquel Francisco Gómez de Sandoval, marqués de Denia, antiguo caballerizo mayor del príncipe Felipe y en aquel momento, por la gracia del rey Felipe el Bueno, convertido en privado máximo a la antigua usanza de lo que habían hecho con sus validos Juan II y Enrique IV de Castilla.
Aquellos ladrillos que ocupaban el ataúd eran un símbolo de lo que había dentro de las cabezas del valido y sus acompañantes. Es muy preciso tenerlo en cuenta antes de enjuiciar la vida de Felipe III, sus hijos y su nieto.
Porque, pensando sólo en ellos, podríamos llegar a suponer que la España que ellos dejaban hundir se hundía sólo por su culpa.
Doña Isabel, don Carlos y don Felipe reinaron sin necesidad de validos y acertaron en su gobierno. Pero, ¡ah! Si los hubieran tenido habrían elegido a alguien con la cabeza mucho menos vacía que las de aquellos duques, marqueses, condes y obispos que caminaban desde el convento de Belén a la iglesia de San Pablo tras un féretro lleno de ladrillos...
Felipe III era de una piedad ferviente y mecánica. Su preceptor, el padre Loaysa, le había hecho leer la "Summa" de santo Tomás y apoyar algunas tesis de teología. Todos los días oía misa y leía el oficio divino, en la misma forma que lo hacían los sacerdotes. No comprendía que se pudiera acostar en pecado mortal. Acompañaba al viático en la casa de los pobres. A la menor indisposición que sentía se arrodillaba ante el más humilde de los monjes, le pedía su bendición y, habiéndola recibido, se sentía aliviado. Desde muy temprana edad acostumbraba a rezar durante largo tiempo. Ya a la edad de seis años, todos los días rezaba nueve veces el rosario de la Virgen, en recuerdo de los nueve meses que el Divino redentor del mundo pasó en las entrañas virginales. Su misticismo fue creciendo con los años. Uno de sus mayores placeres era abismarse en amorosa y ascética contemplación, castigando su cuerpo con la disciplina de sangre.
Don Francisco Gómez de Sandoval, marqués de Denia, había nacido en Tordesillas en 1553. Su bisabuelo y su abuelo fueron los carceleros de doña Juana la Loca, en Tordesillas, y su padre lo fue de don Carlos, hijo de Felipe II. Cuando Felipe III llega al trono, don Francisco es ya un cincuentón de mucha alcurnia y blasones, pero muy escaso de recursos económicos. De escasas luces, vanidoso, de agradables maneras, poseía una inteligencia clara pero poco profunda, escasamente versado en letras. De carácter muy variable, era sobre todo ambicioso y estaba sediento de riquezas. Lo primero que hizo el de Denia fue trasladarse a palacio para estar más cerca del rey, y su esposa se acomodó en la vacía cámara de la reina.
Inmediatamente empieza a colocar a sus familiares en sitios clave: a su hijo primogénito le concede el marquesado de Cea; a su segundo hijo, Diego, le nombra comendador mayor de Calatrava; a su hermana le concede el título de marquesa de Altamira, más tarde conocida como "la esponja de Dios", ya que su pasatiempo favorito consistía en repartir toda clase de cargos eclesiásticos, no sin antes percibir de los felices agraciados fuertes sumas de dinero. Al esposo de esta hermana le concedió la grandeza de España; a su consuegro, conde de Miranda, le nombró presidente del consejo de Castilla; a su tío, Bernardo de Rojas, le nombró arzobispo de Toledo, etc. En poco tiempo colocó a su familia y a todos sus "amiguetes" en puestos de gran relevancia y pingues beneficios. A sus hijas y nietas las casó con lo mejor de la nobleza castellana. Para no ser él mismo menos que los grandes de España, se autoconcedió en 1599 el ducado de Lerma. El rey firmaba todo lo que don Francisco le ponía por delante, sin la más mínima objeción.
La indolencia y el desinterés de Felipe III por los asuntos de gobierno era tal que en su mesa de trabajo los documentos y despachos se acumulaban sin cesar. Su abulia y pereza le hacían demorar indefinidamente su examen. Transcurrían meses antes de que se decidiera a estampar su firma. Para aliviarle de esta obligación rutinaria, el de Lerma le propuso que su firma valiese tanto como la suya, y así la tramitación de los asuntos sería más rápida. Astuto el de Lerma y pobre inocente el rey, porque los legajos también se acumularon sobre la mesa de don Francisco.
Quedaba, sin embargo, cubrir el cargo más importante para la única persona que podría hablar con Felipe III a solas y todas las veces que le pluguiera. Era el del confesor real.
Lerma hizo todo lo posible para que este puesto fuera para un sacerdote de su total confianza, pero fracasó en el intento. El elegido por decisión personal de Felipe III que, en un asunto íntimo que atañía a su conciencia no hizo caso a Lerma, fue el padre Aliaga, hombre íntegro que desde el primer momento criticó la corrupción en la corte, que amparaba y de la que se aprovechaba el privado... claro que dado el cariño que el rey sentía por él, le costó al confesor años de consejos para poder ver la caída del todopoderoso ministro.
El duque de Lerma había comprado casas y terrenos en Valladolid y convenció al rey para que trasladase la capital del Estado de Madrid a la ciudad castellana. El 10 de enero de 1601 —siglo nuevo, capital nueva, pensaría Lerma— se da orden a la mudanza de la corte para la ciudad del Pisuerga. Se asombraron muchos, y se preocuparon más. En algunos casos el rey intervino mostrando sentido del humor.
"Ya debe ser esta salida de Valladolid para dar lugar que se pueda hacer el aposento de la Casa Real y consejos, en lo cual dicen que hay mucha confusión y gran recuesta sobre las posadas, acudiendo el rey y el duque de Lerma con muchas quejas, por querer cada uno ser mejorado de posada y por escusar importunidades; habiendo sucedido dos cosas de pesadumbre; la una ha sido que yendo a partir la casa de un letrado, llamado el licenciado Aguiar, cuya mujer es deuda de la casa del almirante, y pareciéndole que se le hacía agravio, echó muchas maldiciones al rey y al duque, y dijo otras palabras muy descompuestas, de las cuales se dio cuenta al alcalde de corte que está allí; el cual la llevó presa y puso en la cárcel, muy estrecha, y sobre ello fue un religioso a dar cuenta al rey, representándole que era negocio digno de perdón por ser mujer, que con facilidad se aíran y más habiéndola dado ocasión para ello, de que mostraba ya tener pesar y conocer su yerro, de que pedía perdón; y su majestad le respondió que en Madrid les echaban maldiciones porque se iban y allá porque les aposentaban; que como no viniesen las del cielo no había que hacer caso, y que la soltasen, que tenía razón".
Un cronista contemporáneo describe así el traslado de la corte a Valladolid y el resultado de ello en Madrid.
"A once de enero salió el rey don Felipe para Valladolid, y a quince, la reina doña Margarita, ya con sus reales casas, para asistir en aquella ciudad, dejando esta villa en soledad y tristeza. Los consejos se fueron apostando para mudanza; el de Castilla, con el sello real, pasó por mayo, el de Indias estaba por julio en Valladolid; diéronse para esto ayudas de costas a todos los ministros oficiales; a los presidentes, mil ducados; a los consejeros, a quinientos, y a los relatores y escribanos de cámara, a doscientos, y otros oficiales a ciento cincuenta, a ciento y a menos.
El embarazo fue grande, ya que duró todo este año; la apertura de las posadas de Valladolid, notable, de que fui testigo de vista, por ser mi patria y hallarme entonces en ella.
Aunque con menos atención de lo que pedía este reparo, Madrid quedó de modo que no sólo daban las casas de balde a quien las habitase, sino que pagaban inquilinos para que las tuviesen limpias y evitar así su ruina y menoscabo; el bastimento era tan barato por falta de gastadores, que no pasaba de la mitad del valor que antes tenía en algunas cosas de dotaciones, memorias y obras que tenían rentas fijas; se conservó la grandeza, aunque las rentas todas bajaron, pero las que consistían en limosnas, como se fue la gente, perecieron; era la casa proporcionada a la joya de la corte; quitándosela, en su lugar una corte presea, y así era mucho lo vario y poco lo que servía".
Estuvo la corte en Valladolid cinco años y unos meses. Con ella los cortesanos se apiñaban en casas y posadas. Los pedigüeños y los solicitantes tuvieron que mezclarse con los cortesanos, amigos de fiestas y juerga. Uno de esos caballeros nobles y alocados, amigo de amores y de duelos, se llamaba Gaspar de Ezpeleta, nombre que se asoció de forma dramática con el de Miguel de Cervantes, que se había trasladado con su familia a Valladolid; como tantos otros pretendientes seguía a la corte en busca de un empleo que le compensase las fatigas sufridas durante su servicio al rey en Lepanto, de su prisión en Argel y del ingrato trabajo realizado como recaudador de impuestos andaluces en la preparación de la Armada Invencible. En lugar del puesto soñado se encontró con un herido en duelo a la puerta de su casa; le trasladaron a su domicilio y allí expiró, con lo que la justicia metió en la cárcel a toda la familia al enterarse de que la hermana de Miguel había tenido relaciones con el susodicho caballero y podía conocer las causas del desafío que le ocasionó la muerte. Ezpeleta, antes de morir, se negó noblemente a dar el nombre de su matador, porque había sido él quien provocara el desafío, y el duelo resultó totalmente limpio.
No se encontraron cargos precisos contra la familia de Cervantes, y ésta salió de la prisión a los pocos días. Era la cuarta vez que Miguel conocía el sitio donde "toda incomodidad tiene su asiento", y es curioso que, por el capricho de un rey para mudar la sede de su gobierno, el destino citara fatalmente al autor del "Quijote" y al cortesano Ezpeleta en la ciudad de Valladolid.
Los comerciantes de Madrid que sabían la avidez de dinero que poseía al duque de Lerma le ofrecieron doscientos cincuenta mil ducados para que volviese a trasladar la corte a su ciudad, cosa que por otra parte el rey deseaba, pues añoraba los sitios reales en donde podía satisfacer su gran pasión por la caza pero, como dice Díaz—Plaja, el sabor de la capitalidad era tan goloso que los vallisoletanos no se dieron por vencidos, pensando que, si se había hecho una vez, ¿por qué no iba a realizarse otra?
Sólo se trataba de pagar más al responsable de los traslados...
En Valladolid la reina, que estaba embarazada, se niega a ocupar el palacio que había preparado Lerma para los reyes, porque en él había muerto de sobreparto la primera esposa de Felipe II.
El parto se produjo el 22 de septiembre de 1601. La niña recién nacida sería la famosa Ana de Austria, esposa de Luis XIII de Francia y conocida de sobra, aunque equivocadamente, por los lectores de "Los tres mosqueteros", de Alejandro Dumas.
La vida de los reyes se desarrolla de forma bastante monótona. Se levantan a las cuatro de la madrugada, después del desayuno se sale al campo a cazar la poca caza que hay por los alrededores de la ciudad. ¡Qué lejos están los bosques del Pardo y Riofrío! Almuerzo en plena naturaleza y vuelta a cazar, hasta el anochecer; se cena en el campo si hay luz y hace buen tiempo, y vuelta a la ciudad.
El 1 de enero de 1603 nace una niña que morirá dos meses después.
El 8 de abril de 1605 nace un niño al que se le impone el nombre de Felipe y que reinará después al suceder a su padre. Fue bautizado en San Pablo el 29 de mayo.
Total, en marzo de 1606 la corte regresa a Madrid. De la frase "Villa por villa, Valladolid en Castilla" sólo queda el dicho popular, porque en adelante la gran villa de España será Madrid y Valladolid recuperará su título de ciudad, una de las más importantes del reino de Castilla.
Si encinta salió doña Margarita de Madrid, encinta vuelve a la capital; y el 18 de agosto de 1606 da a luz en El Escorial al cuarto de sus hijos, María, que acabará casada con Fernando III de Alemania.
El 15 de septiembre de 1607 se produjo en Madrid otro alumbramiento de varón al que un capellán de palacio bautizó rápidamente con el nombre de Carlos, ante el sentir de que peligraba su vida. Lo cierto es que la aprensión fue infundada ya que el infante vivió hasta 1632, fecha en que falleció posiblemente de sífilis.
La reina no cejaba en la lucha contra el valido, que había emprendido a poco de llegar a Madrid. Estaba ayudada por el clero y especialmente por el propio confesor de Felipe III, fray Diego Mardones, quien le aseguraba que no podría salvarse si consentía en las injusticias y latrocinios del valido. Este procuraba salvar su situación y la de sus amigos, pero en un momento dado sintió que se acercaba su caída y, para prevenir cualquier daño, solicitó del papa Pablo V la concesión de un capelo cardenalicio, que le fue concedido con el título de san Sixto.
Poco después el rey llamó a su cuarto al prior de El Escorial y le confió el encargo de decir al cardenal—duque que podía retirarse a Valladolid o a Lerma, escogiendo el ya ex—valido esta última población.
La noticia alegró al pueblo, siempre contento cuando ve caer a los poderosos y más todavía en España, donde la envidia es el vicio nacional.
Circuló pronto, como no faltaba más, un chiste sobre el suceso, esta vez en verso:
Por no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado.
Aludiendo con ello al color del hábito cardenalicio.
En el verano de 1608 la reina quedaba una vez más embarazada y tuvo un sexto hijo en El Escorial el día 16 de mayo de 1609, recibiendo las aguas bautismales que le impuso el 7 de junio en el monasterio el cardenal Sandoval. Su nombre sería Fernando. Su nodriza fue doña Magdalena de Tapia.
A este niño, a los diez años de edad, el papa Pablo V le nombró cardenal administrador perpetuo del arzobispado de Toledo en España y prior de Crato y abad comendador del Alcobaça en Portugal. Este cardenal infante murió siendo gobernador y capitán general de Flandes y, para ser algo de todo, también fue padre de una hija ilegítima que, como doña Mariana de Austria, terminó sus días en el monasterio de las Descalzas Reales de Madrid.
Para este parto parece ser que se llevó como reliquia protectora el báculo de santo Domingo de Silos que ya desde la Edad Media se veneraba como santo protector de la parturición al santo abad de Silos, el gran "taumaturgo de Castilla". En el siglo XIII, la beata Juana de Aza suplicó su intercesión para lograr descendencia y ya encinta, peregrinó desde Caleruega a Silos para poner el fruto de sus entrañas bajo la protección de santo Domingo y al parir felizmente luego un varón le bautizó en agradecimiento con el nombre de Domingo, que sería santo también, santo Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden de Predicadores.
Desde entonces la devoción de las mujeres hacia el santo de Silos fue grande como protector de las futuras madres, tanto para lograr descendencia como para conseguir un feliz parto.
Recordemos uno de los gozos que se cantan en honor de santo Domingo de Silos y en el que se recoge esta advocación:
Si la esposa llora triste la falta de sucesión
tu patrocinio le asiste con frutos de bendición.
De los partos abogado tienes la gloria y honor.
Todos estos hechos conmovieron, sin duda, los sentimientos religiosos de la reina Margarita cuando los conoció en visita de peregrinación con su esposo Felipe III a la abadía burgalesa en julio de 1607. Esta devota tradición perduró durante siglos en nuestras reinas y se cumplió también con doña Victoria Eugenia.
Dios también escucha cuando quien reza —aunque no haga otra cosa— lo hace sinceramente, y Felipe el Bueno recibió con su esposa Margarita el contrapunto indispensable para no sucumbir totalmente al dominio de su valido y a la debilidad de su propio fanatismo. Sin aquella esposa modesta, plácida, familiar, peor hubiera sido el reinado de Felipe III y ninguna de sus cualidades hubiera podido ser transmitida a los que habían de sucederle.
A partir de Isabel y Fernando y hasta Felipe II, los Trastámara constituyeron una gran familia que, por la fuerza de las circunstancias, casi nunca consiguió vivir familiarmente. A partir de Felipe III, fueron, por el contrario, una pequeña familia que consiguió casi siempre vivir familiarmente. Extinguido a través de los años el espíritu de la reina Margarita, con Carlos II se extingue la familia, y el pobre homúnculo, en vez de vivir familiarmente, va muriendo poco a poco en el seno de un altercado permanente.
La religiosidad miedosa de Felipe III quedó contrarrestada por la auténtica religiosidad de Margarita.
La infatuada pomposidad de Felipe se compensó con la virtuosa simplicidad de Margarita. Y así, a su lado, Felipe aprendió a ser un esposo excelente, sin hijos bastardos —¡al fin, el único entre los Trastámara!—, un padre cariñoso y hasta un suegro amable.
La reina Margarita continuaba su vida entre enfermedad y enfermedad.
El día 24 de mayo de 1610 da a luz una niña a la que se impone el nombre de su madre. Aún no repuesta de sus dolencias, queda de nuevo embarazada, esta vez de un niño al que se da el nombre de Alfonso y que morirá un año más tarde.
Excepto por sus achaques, la vida de la reina es monótona: misa, visitas a conventos y por la noche baile, que sólo se suspende cuando la reina está en cama y no puede asistir.
Tras el parto de Alfonso, la reina ya no puede levantarse de su lecho, siente que va a morir, y así lo dice a su desolado esposo. Con gran serenidad se despide de los cortesanos que la visitan. Pide el viático y recibe la extremaunción y el 3 de octubre muere cristianamente.
Se dijo entonces que la reina había sido envenenada y el rumor popular acusó del hecho al duque de Lerma y a su hombre de confianza don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias.
Felipe III sobrevivió diez años a su esposa, que había muerto a los veintisiete. El lo hizo a los cuarenta y tres, después de rechazar varios ofrecimientos para volverse a casar.
Según corrió el rumor por las cortes europeas, el rey falleció a causa de la rígida etiqueta de la corte española, de la que para muestra basta un botón: el ceremonial con que el rey se llevaba la copa a los labios es descrito por Rodríguez Villa, citado por Lozoya; lo transcribimos aquí porque ahorra muchas páginas de explicaciones: "El ujier de sala iba a llamar al gentilhombre de boca que le correspondía servir de copero, y acompañados de la guardia, entraban en la cava, donde el sumiller de ella le daba en una mano la copa de su majestad y en la otra la de la salva; después daba al ujier las fuentes, y él llevaba un jarro y una taza grande de salva, donde se colocaba la copa cuando su majestad la pedía. Un ayudante del oficio de la cava llevaba los frascos de vino y agua... El copero se mantenía un poco apartado del estrado, mirando siempre a su majestad para servirle la copa a la menor seña. En este caso, el copero iba por ella al aparador, donde ya la tenía dispuesta el sumiller de la cava, quien, descubriéndola, daba la salva al médico de semana y al copero, y éste, tornándola a cubrir, la llevaba a su majestad precediéndole los maceros, y el ujier de sala, tomándola en la mano derecha y llevando en la izquierda la taza de salva, con cuya misma mano izquierda quitaba la cubierta de la copa, tomaba la salva y daba a su majestad la copa en su mano, hincando una rodilla en el suelo, teniendo todo el tiempo que su majestad tardaba en beber debajo de la copa la salva, para que, si cayesen gotas, no se mojase el vestido. Acabando éste de beber, volvía el copero a poner la copa en el aparador de donde la había tomado".
¡Y esto cada vez que en la comida el rey tenía ganas de beber un sorbo de agua o de vino!
Para aclarar el párrafo anterior digamos que "salva" es la prueba que se hacía de los manjares servidos a los reyes y grandes señores, pero que aquí está tomado como sinónimo de "salvilla" o bandeja de encajaduras para asegurar las copas, tazas, etc.
Pues bien, el francés De la Place, en sus "Piéces intèressantes", dice que Felipe III estaba gravemente sentado frente a una chimenea en la que se quemaba una gran cantidad de leña, tanta que el monarca estaba a punto de ahogarse de calor. Su majestad no se permitía levantarse para llamar a nadie, puesto que la etiqueta se lo impedía. Los gentileshombres de guardia se habían alejado y ningún criado osaba entrar en la habitación.
Por fin apareció el marqués de Polar, al cual el rey le pidió que apagase o disminuyese el fuego, pero éste se excusó con el pretexto de que la etiqueta le prohibía hacerlo, para lo cual se tenía que llamar al duque de Uceda. Como el duque había salido, las llamas continuaban aumentando y el rey, para no disminuir en nada su majestad, tuvo que aguantar el calor cada vez más fuerte, lo que le calentó de tal forma la sangre que al día siguiente tuvo una erisipela en la cabeza con ardiente fiebre, lo que le produjo la muerte.
En realidad esto no es más que una leyenda. Fernando Díaz—Plaja en su "Vida íntima de los Austria" cierra el capítulo dedicado a Felipe III con unos párrafos que merecen ser copiados.
“Lo malo de esos reyes "brillantes y holgazanes", de la Casa de Austria, era que sólo se daban cuenta de lo mal que habían gobernado a punto de morir, demasiado tarde para corregir el daño causado. Lo bueno era que tenían unos confesores reales más atentos a cumplir con el adjetivo que con el nombre, y que aseguraban al moribundo monarca que había realizado empresas muy cristianas... mientras de los pecadillos se cuidaría la misericordia divina.
La verdad es que esos reyes sabían morir con serenidad y valor. Más aún: como tantos españoles, morían mejor de lo que habían vivido. Ejemplo: el frívolo y alegre Felipe III, que desde que supo la gravedad de su enfermedad, tomó las medidas necesarias, como redactar su testamento y ordenar unos papeles secretos que dio a quien iba a ser Felipe IV. Terminados los trámites administrativos, llamó a un sacerdote de su confianza, el padre Florencio, y, tras confesarse con él, repitió varias veces en voz alta:
"¡Oh! Si Dios me diera vida, ¡cuán diferente gobernara!".
La memoria le traía los largos ratos pasados en las fiestas y los pocos dedicados a la política; la confianza ciega depositada en quienes tan poco la habían merecido, como Lerma...
Llegó a decir que no merecía le enterrasen en sagrado, ya que era "el mayor pecador del mundo".
El padre Florencio intenta animarle. Regir un reino veintidós años y no haber cometido jamás un pecado mortal, ¿no es para arruinar a cualquier enfermo? Felipe se siente tranquilizado, y mucho más cuando el confesor le recuerda sus contribuciones al catolicismo, como mandar a Alemania, para defender la causa católica, tanto dinero y tantos hombres.”
Paradójicamente, uno de los actos más criticados del reinado de Felipe III, como fue la expulsión de los moriscos, era una de las virtudes que el confesor aplicaba al rey sin darse cuenta de que la comunidad morisca era trabajadora y establecida en su mayoría en las zonas agrarias de Andalucía y el Levante español producían más beneficio al Estado y al país que los demás agricultores juntos. Su expulsión acabó de agravar la pobre economía española y, aunque en algunos sitios se pusieron rémoras a la disposición real, al fin se tuvo que obedecer al rey y a sus ministros; consumando así aparte de una gran injusticia, un daño incalculable a la maltrecha economía española.
Felipe IV
¿Cómo fue Felipe IV?
Creo que se le puede describir con cuatro palabras. Era abúlico, poeta, devoto y mujeriego. Abúlico como persona y como gobernante. Cuando cayó Olivares quiso encargarse personalmente de los asuntos del reino, pero pronto los abandonó en manos del nuevo valido. Se cansaba de ellos y no se veía con ánimos para ejercer de rey. Poeta lo fue, ya que, según se dijo, eran suyas varias composiciones firmadas con el seudónimo de "Un ingenio de esta corte", y si no se dedicó de lleno a la poesía sí era amante de ella y protegió a su manera a poetas y dramaturgos, haciendo representar sus obras en el teatro de su Real Alcázar y organizando justas poéticas y recitales en los salones del mismo. Devoto lo era como hombre de su tiempo. Preocupado por sus pecados y su conducta disoluta, buscaba el apoyo de la religión con ánimo, pronto desaparecido, de corregir sus vicios. Buena prueba de ello la tenemos en su correspondencia con sor María de Agreda. Mujeriego lo fue en grado sumo, no pudiéndose contar sus múltiples escarceos eróticos con mujeres nobles y otras de baja estofa. Se le reconocen cuarenta y tres hijos, trece de ellos legítimos y treinta bastardos, y podemos imaginar la posibilidad de que haya muchos más que no se conocen.
Refiere Deleito y Piñuela, a cuyas obras se debe recurrir inevitablemente cuando se habla de Felipe IV, que es innegable que el rey era una voluntad enferma, incapaz de continuidad en la acción y un gozador sin tasa de cuantos placeres ponían a su alcance la vida y la realeza.
Un escritor, que Deleito no revela, ha marcado con notable exactitud la distancia que separa a los cinco soberanos de la Casa de Austria española: "Carlos I fue guerrero y rey, Felipe II sólo rey, Felipe III y Felipe IV hombres nada más, y Carlos II ni hombre siquiera".
La degeneración es notoria. El maravilloso pincel de Velázquez nos lo demuestra en sus retratos. Felipe IV muestra en ellos su expresión de linfática indolencia. Rubio de cabello, sigue Deleito, pálida la tez, caído el labio inferior y el mentón saliente, mortecina la mirada de sus ojos azules, marchito el rostro, lánguido el gesto, cansado el ademán como bajo el peso de una carga superior a sus fuerzas, fatiga física de hombre gastado precozmente en los placeres, fatiga moral de quien no puede con la pesadumbre de tan vasta monarquía ni aun teniendo la ayuda de brazos más robustos que los suyos, fatiga hereditaria de vástago real sobre el que gravita la ciclópea labor acumulada por antepasados más vigorosos.
Aun bajo la pose teatral de un retrato ecuestre con bélicos atavíos, Velázquez pudo dar al conde—duque de Olivares una imponente y marcial prestancia, pero no logró que el exangüe soberano disimulase la endeblez de su naturaleza.
Pero sería injusto negar al cuarto Felipe muy estimables cualidades personales: poseía inteligencia despejada y claro juicio, no era muy versado en estudios, pero sí inclinado a las letras, entusiasta de los versos, las comedias y las artes, amigo y protector de poetas y artistas.
Era también buen cazador y aficionado a torneos, cacerías y juegos de cañas, y es curioso imaginar cómo compaginaba estos gustos con su porte soberano, pues todos los viajeros extranjeros que le vieron afirman el envaramiento con que los recibía. De pie o sentado, sin mover un músculo de su cara, como una estatua, recibía a los cortesanos, embajadores, presidía consejos, daba audiencias, asistía a representaciones teatrales, siempre impávido, sin hacer un gesto, como un real muñeco o muñeco real. ¿Cómo se avenía este porte en las chocarrerías que eran frecuentes en la vida palaciega? Recuérdese la presencia de bufones en la corte. ¿Cómo se combinaba esta pose con sus múltiples escarceos amorosos? No creo que se pueda estar impasible en las batallas de amor sobre campos de plumas, como dijo el poeta.
Vestía sencillamente, era afable y, como buen tímido, tenía arranques de ira que pronto desaparecían y de los que se arrepentía luego. Le costó trabajo despedir a Olivares y después no supo qué hacer con el poder y lo entregó abúlicamente a otro favorito.
Tenía Felipe diez años y era príncipe de Asturias cuando se pensó en su boda. Felipe III propuso a Enrique IV de Francia el matrimonio de su hija Ana con el delfín, al mismo tiempo que se proyectaba casar al príncipe Felipe con la princesa Isabel, hija del rey francés.
Enrique IV era aquel rey de Navarra protestante que para ser rey de Francia abjuró de sus creencias haciéndose católico diciendo: "París bien vale una misa". No le hacía mucha gracia casar a su hija con el rey español, que a sus ojos representaba el más intransigente de los catolicismos pero el 14 de mayo de 1610 un loco, Jean—François Ravaillac, asesina al rey y la reina viuda María de Médicis acepta la propuesta de Felipe III pero, como el novio tenía seis años y la novia siete, se acordó esperar cuatro años para celebrar el enlace, con lo que él tendrá diez años y ella once.
Por lo que se refiere a la cuestión económica, el acuerdo fue modélico: cada uno de los reyes dotaba a su vástago con quinientos mil escudos de oro; como la suma era idéntica en uno y otro caso, ni el rey español ni el rey francés desembolsaron un duro.
El 18 de octubre de 1615 el matrimonio se efectúa por poderes en Burdeos, y el apoderado es el por aquel entonces todavía poderoso duque de Lerma.
Terminadas las ceremonias, se emprende el viaje en dirección a la frontera de Bidasoa, adonde llegará por parte española, la comitiva encabezada por el duque de Guisa, que conducía a la infanta Ana casada en Burgos por poderes con Luis XIII de Francia.
Al atravesar la frontera, la princesa Isabel cambia de ropa y se viste a la española, abandonando los vestidos franceses que llevaba, cosa que fue muy del agrado de los cortesanos españoles. La idea había sido de la reina francesa María de Médicis. El 14 de noviembre llegaron los viajeros a Burgos, donde se encontraba el rey Felipe III acompañado de su heredero, el príncipe de Asturias. En la ciudad se celebraron brillantes fiestas y saraos. Comenta González Doria que de la afición a las mujeres que desde muy temprana edad iba a tener este príncipe da idea el hecho de que, a pesar de tener en este momento solamente diez años y medio, se mostró deslumbrado por la belleza de su esposa, y no apartó de ella ni un instante la vista, enrojeciendo mucho cuando en el sarao que tuvo lugar por la noche le tomó la mano para bailar la "danza de la hacha". Terminados los festejos con los que Burgos celebraba la boda de los príncipes, se fue doña Isabel con los altos dignatarios de su Casa al palacio de El Pardo, mientras los dos Felipes, padre e hijo, se adelantaban a Madrid, para preparar el gran recibimiento que la Villa y Corte dispensaría a la joven princesa de Asturias, quien hacía su entrada en la capital del reino el día 19, siendo muy festejada por los madrileños, que no pudieron menos de admirar su belleza, y retirándose doña Isabel nuevamente a El Pardo, mientras el príncipe quedaba con su padre en Madrid, pues no tenían edad de vivir juntos los esposos.
Los jóvenes tuvieron que esperar hasta el 22 de noviembre de 1620, cuando la princesa cumplía diecisiete años de edad y el príncipe quince y medio. A pesar de su edad, el príncipe, que tal vez ya había probado los placeres de Venus, tenía interés en consumar el matrimonio y según testimonios de la época se mostraba ardorosamente deseoso de ello. Quince días después la princesa empezó a sospechar que estaba embarazada, cosa que se confirmó al siguiente mes. A eso se llama llegar y besar el santo, pero en marzo de 1621 Felipe III cae enfermo, y muere el 31 del mismo mes. Si1guiendo tradicional costumbre, los reales esposos se retiran a un monasterio a meditar sobre la muerte. Felipe IV lo hace en San Jerónimo el Real y la princesa Isabel, ya reina, en las Descalzas Reales. Lo bueno del caso es que Felipe no puede permanecer un día sin ver a su esposa y pasaba con ella dos horas diarias. El padre Flórez indica ingenuamente que cuando entraba el nuevo rey en la cámara de su esposa se echaban las cortinas. Debía de tener cosas muy íntimas y secretas de qué hablar..., si es que hablaban.
Toda la primera mitad del reinado de Felipe —de espaldas a los apuros por los que navegaba el Estado— pasó entre fiestas y diversiones, en las que dominaban las representaciones dramáticas y las lecturas poéticas.
Todos los cortesanos competían en el arte dramático, y en más de una ocasión, en el Buen Retiro, hubo representaciones en las que los principales intérpretes eran Felipe, Isabel, el infante don Carlos y la infanta María, acompañados de las damas de la corte, de actores famosos y de los propios autores de las obras. Quevedo, Calderón de la Barca, Moreto, Lope de Vega, Vélez de Guevara, Jerónimo de Villaizán, Antonio de Mendoza y Francisco de Rojas pasaron por allí con sus dramas y sus comedias y compartieron las tablas y los aplausos con el rey y su familia.
En 1621, a la edad de dieciséis años, el sucesor de Felipe III ocupaba el trono, y ya junto a él se alzaba la sombra de un privado que, halagando los caprichos y devaneos del joven príncipe, había captado su ánimo desde que formaba parte de su cámara.
Era este personaje don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde de Olivares, ambicioso de poder y mando, más que de riquezas. Poco antes de morir Felipe III había dicho, dirigiéndose al duque de Uceda: "Ya todo es mío".
En efecto, la escasa voluntad de Felipe IV quedó anulada ante la suya.
Tres días después de ceñir la corona al nuevo rey, comiendo, le decía a su valido: "Conde de Olivares, cubríos", con lo que Olivares conseguía la grandeza, tan ansiada por su vanidad; pues sólo los que ostentaban la grandeza de España podían permanecer delante del rey cubiertos, es decir con el sombrero puesto. El nombramiento de duque llegaría unos días más tarde.
Físicamente Felipe IV era un hombre atractivo, alto, delgado, pelo muy rubio, los ojos verde—oscuros, nariz prominente, labios muy gruesos y un acusado prognatismo de la mandíbula inferior, signo inequívoco de los Austrias. En el vestir era pulcro y de una elegante austeridad. Lástima que sus dotes intelectuales dejaran mucho que desear; pues si era más inteligente que su padre, tenía mucha menos voluntad. Sentía un gran horror al formalismo y prefería ser informado de los asuntos de Estado por su primer ministro que desenmarañar él mismo la madeja. Su consejero más íntimo, el conde—duque de Olivares, tenía casi veinte años más que él. Era lógico que fuese gobernado por el conde—duque, como su padre lo había sido por el duque de Lerma.
El conde—duque se había propuesto que tanto el rey como su monarquía brillaran con luz propia. A tal fin, diseñó un plan de lecturas encaminadas a que el príncipe de Asturias dejara de ser torpe e ignorante y se convirtiera en un rey cultivado, amante de las artes y de las letras, que fuera modelo para la nobleza y para los demás reyes de Europa. La corte de Felipe IV debía ser la más espléndida del mundo, donde las letras y las armas darían el toque de gloria a tan excelso monarca.
La llegada a la corte del pintor Velázquez, con quien mantendría una estrecha relación de amistad, y las conversaciones que tuvo con Petrus Paulus Rubens, durante la visita que éste realizó a Madrid en una misión diplomática entre 1628 y 1629, además de la contemplación de la espléndida colección de arte que poseía la familia real, completaron su educación. Felipe IV se convirtió en un gran mecenas y coleccionista. Desde sus primeros años participó en representaciones teatrales, demostrando a lo largo de su vida su gusto por el teatro y por la música. En el teatro que había en el Alcázar se representaron numerosas "comedias de tramoya", llenas de espectaculares efectos escénicos; aunque las representaciones en palacio no le impedían acudir, con cierta frecuencia, a los teatros que había en Madrid: el Corral de la Cruz y el Corral del Príncipe, que también le servían de tapadera para sus correrías amorosas.
Dándose cuenta Olivares de la personalidad de Felipe IV, desde joven favoreció todo aquello que podía halagar su sensualidad en todos los campos. La reina Isabel tenía una fuerza de voluntad superior a su marido y era sin duda más inteligente que él y, por ello, Olivares hizo lo posible para entretenerla con festejos y banquetes, bailes, saraos, con lo que la apartaba de los asuntos de gobierno.
Doña Isabel, según todos sus contemporáneos era muy bella, de carácter jovial y expansivo, amiga de comedias y toros, a los que se aficionó apenas vino a España, y de toda suerte de diversiones bulliciosas, a veces no de buen gusto, como cuando hacía echar culebras y sabandijas en la "cazuela" de mujeres de teatro del Buen Retiro o promovía riñas entre ellas para solazarse con sus aspavientos, grescas y palabrotas. Tal desenvoltura, aunque fuera compatible con la honestidad, dio ocasión en aquella corte relajada a no pocas hablillas, revistiendo carácter de escándalo las referentes a los galanteos que, en opinión muy extendida, le hizo el conde de Villamediana.
Los más se inclinan a suponer inocente a la reina de aquel presunto devaneo; pero, aun admitiendo que ella, con la ligereza juvenil de sus dieciocho años, y habituada a la libertad de la corte francesa, hubiera podido incurrir en algún pecado venial de coquetería, el drama en que se resolvió el presunto galanteo del conde de Villamediana y los años debieron de hacerla más circunspecta en adelante, pues la chismografía española y extranjera, que tantas anécdotas amatorias divulgaron sobre la gente de la corte española, con el rey a la cabeza, no osaron empañar el buen nombre de la soberana, y el pueblo la amó y la respetó hasta su muerte; privilegio que no gozaron otras más frágiles y equívocas, o menos simpáticas, sucesoras suyas en el tálamo regio.
No fue con todo la reina una reina feliz. Cuando llevaba poco más de cuatro meses de reinado dio a luz una niña que murió antes de las veinticuatro horas. Era el 14 de agosto de 1621. También murieron poco después del parto los hijos nacidos en 1623, 1625 y 1626. Con dos abortos más, por fin en 1629 nace un niño, Baltasar Carlos, que es proclamado príncipe de Asturias. En 1635 nace una niña que muere prematuramente, y en 1638 nace otra niña a la que se llamó Teresa y llegó a ser esposa de Luis XIV de Francia.
Parecía que se había decidido a cumplir con la frase que un día el conde—duque de Olivares pronunció en el consejo real estando presentes los reyes y el inquisidor general: "La misión de los frailes es sólo rezar y la de las mujeres sólo parir".
Que el rey cumplía con sus deberes de esposo lo demuestran los sucesivos embarazos de la reina, pero aparte del lecho nupcial muchos otros frecuentaba el monarca.
La reina estaba enterada de todo, pero procedente de una corte como la francesa, en la que los adulterios reales estaban a la orden del día, no daba demasiada importancia a los escarceos eróticos de su esposo. Por otra parte, siendo muy religiosa, como era, encontraba consuelo en la oración. Gustaba de fundar conventos y asistir a los votos de las nuevas religiosas. Se dio el caso —dice González Doria— de que en un mismo día profesaron en el convento de Santo Domingo tres hijas de la marquesa de Mortara y a las tres las dotó la reina asistiendo a la solemne ceremonia; esto era por la mañana y por la tarde se trasladó con la corte al convento de los Angeles, donde dos de sus camaristas iban a tomar el velo como novicias, y aún no fatigada la soberana con el piadoso trajín de la jornada dio aquella noche una gran fiesta para que luciese en ella por vez primera una nueva dama que había tomado a su servicio; la cuarta de las hijas de aquella marquesa de Mortara que no había querido seguir el camino que la vocación religiosa señalara a sus tres hermanas.
Era el rey Felipe IV, como hemos dicho, muy mujeriego y dado a devaneos amorosos y a aventuras con mujeres de diverso rango y condición social.
Desde damas de la corte a actrices, como la Calderona, todo pasó por su lecho o el rey pasó por el lecho de las damas. No es de extrañar pues, que se le atribuyesen amores incluso con mujeres consagradas a Dios. En la literatura castellana de la época se habla mucho de los galanes de monjas, por lo que no es de extrañar que entre ellos la voz popular colocase el nombre del monarca.
Gregorio Marañón en su libro "Don Juan" ha estudiado lo que él califica de fábula donjuanesca y la refiere como se cuenta una obra dramática. El rey, el conde—duque de Olivares y el protonotario Villanueva están reunidos y para distraer al soberano de las preocupaciones sobre el estado del reino, le hablan de la hermosura de sor Margarita de la Cruz, monja del convento de San Plácido. Basta ello para que el rey no pueda vivir tranquilo hasta que puede ver con sus ojos la verdad de lo dicho por Villanueva, lo que consigue acudiendo disfrazado al locutorio del convento. Con dinero sobornaba a los guardianes del mismo, pero no puede hacer lo mismo con la priora, que virtuosamente rechaza indignada cualquier proposición deshonesta. Pero el hecho de que ésta exista hace que vigile más que nunca a las monjas del convento del que ella es superiora y guardiana.
Nadie mejor que el propio Marañón para narrar el fin de la aventura.
“Villanueva, que habitaba una casa de la calle de la Madera, pared por medio de San Plácido, hace perforar el muro medianero; y al caer la noche, alejadas por el oro las gentes del servicio, el rey, temblando de amor y de la emoción sacrílega de la aventura, penetra en el sagrado recinto. El agujero que le sirve de paso da sobre la carbonera del convento. Los tres caballeros atraviesan embozados los sótanos lóbregos y el patio, entran en la clausura y avanzan hacia la celda de sor Margarita. Villanueva precede al rey y al valido, alumbrándolos con un farol. Ya están frente a la puerta de cuarterones. Nadie los ha visto.
Pero la superiora, que velaba en silencio por la pureza de sus monjas, tenía preparado al galán augusto un recurso de gran efecto teatral y maravillosamente español: cuando don Jerónimo abre la puerta, aparece el austero y breve recinto de la celda iluminada por cuatro cirios; en medio descansa en su ataúd sor Margarita, inmóvil, pálida como la cera, con un crucifijo entre las manos cruzadas sobre el pecho. El farol cae de las manos del espeluznante alcahuete; y retrocediendo, lleno de pavor, arrastra al rey y a Olivares por los pasillos y las escaleras oscuras hacia la salida, refiriéndoles, mientras se santigua, el providencial suceso en que asoma la ira del único que puede reprimir desde su altura la voluntad silenciosa del monarca. Entretanto, la falsa muerta sale de su ataúd, y confortada por la priora, que velaba en la celda próxima, da gracias a Dios; y acaso ahoga en lo más hondo de su conciencia un suspiro de desilusión.”
Al desenfreno sexual del monarca corresponde el de los cortesanos. Pocas veces en España se ha visto una mezcla tan rara de religión y erotismo. No en vano es la época en que surge el mito de don Juan, estudiado maravillosamente por el doctor Marañón en su libro del mismo título.
Por su parte, la reina sólo pensaba en divertirse, y que conste que en eso de las diversiones se deben incluir las funciones religiosas que asiduamente frecuentaba.
Un personaje interesante de la época es don Juan de Tasis y Peralta, conde de Villamediana. Era hombre de ingenio y exquisito poeta, algunas de cuyas obras figuran en las antologías.
Hallándose un día en la iglesia de Atocha, un fraile le pidió una limosna para las almas del purgatorio. Villamediana le dio un ducado y el fraile, con una reverencia, le dijo:
—Acabáis, señor, de liberar una alma.
A esto respondió el conde, entregando otro ducado:
—Habéis liberado otra alma, señor.
Siguió uno dando ducados y el otro anunciando liberaciones, hasta que, de improviso, preguntó el benefactor:
—¿Me aseguráis que todas esas almas han sido liberadas?
—Sin la menor duda, señor —se apresuró a afirmar el agradecido fraile.
—Entonces devolvedme mis ducados —exigió Villamediana— porque, puesto que las almas están en el cielo, no es de temer que vuelvan al purgatorio.
Este personaje guapo, bien plantado, noble, rico —es decir, con todos los merecimientos que exigía la sociedad de la época— dio lugar con su conducta a que se le atribuyesen amores con la propia reina. Se cuentan a este respecto anécdotas muy significativas.
Se dice que estando la reina Isabel asomada a un balcón de palacio sintió que unas manos le tapaban los ojos e Isabel, creyendo que era el conde de Villamediana, dijo:
—Estaos quieto, conde.
Pero no era Villamediana sino el rey quien le había gastado la broma y que indignado le preguntó:
—¿Cómo es que me habéis dado este título?
A lo que la reina respondió:
—¿Por qué no? ¿Acaso no sois el conde de Barcelona?
La respuesta fue hábil, pero no sabemos si convenció al rey, quien efectivamente era conde de Barcelona por ser rey de España.
Dícese también que intrigada la reina sobre quién era la dama a quien iban dirigidas las poesías del conde, éste le respondió que se lo diría al día siguiente y al siguiente día le envió un espejo.
Esta anécdota, posiblemente falsa, la he visto adjudicada a multitud de personajes de diversas épocas y países.
Por fin se cuenta que en una corrida de toros en la que rejoneaba Villamediana, la reina Isabel dijo a su esposo:
—Qué bien pica el conde.
A lo que el rey respondió:
—Pica bien, pero muy alto.
La que sí parece que es cierta es la anécdota que se sitúa en la plaza Mayor de Madrid, allá por el verano del 1622.
El conde de Villamediana salió a rejonear un toro y el público se dio cuenta que por divisa llevaba varios reales de plata con la inscripción "Estos son mis amores".
Conociendo el amor del conde por el dinero se creyó que a ello hacía alusión la divisa antedicha, pero pronto alguien descubrió el secreto. Quería decir: "Son mis amores reales".
—Pues yo se los haré cuartos —dijo el rey.
Y he aquí otro problema a resolver.
Dando por cierto que la inscripción quería decir que sus amores tenían algo que ver con la realeza, ¿a quién se referían?
En algunas de las poesías llama a la mujer amada Francelisa o Francelinda, de lo que algunos autores deducen que se refiere no a la reina, sino a Francisca de Tabora, a quien el rey le había puesto los puntos sin conseguir sus favores, cosa que sí había logrado Villamediana.
Claro está que Francelisa o Francelinda pueden referirse también a Isabel de Borbón "francesa", "francesita" o "francesa linda".
Pero hay un hecho que ha hecho correr ríos de tinta. Se representaba en los jardines de Aranjuez, y en un teatro de madera levantado por el arquitecto Fontana, una obra de Villamediana titulada "La Gloria de Niquea". El escenario, adornado con catorce arcos y con el techo representando la bóveda celeste, gustó mucho al auditorio constituido por los reyes y la corte, significando un triunfo para su autor.
No había entonces posibilidad de cambiar decorados y tramoyas, por lo que el público se trasladó a otro teatrito situado en el jardín de los negros, donde se iba a representar una comedia de Lope de Vega.
A poco de empezar el segundo cuadro una antorcha encendida cayó sobre un dosel, originando un incendio que causó el pánico entre los presentes y el desmayo de algunas damas, entre ellas la reina.
Alguien la levantó en brazos y la libró de las llamas. ¿Quién es? Posiblemente el rey, que estaba a su lado, pero no faltaron maldicientes que dijeron que el salvador había sido Villamediana. Más aún, se dijo que era el propio conde quien había prendido fuego al teatro para poder tener en sus brazos a la reina, aunque fuese por pocos momentos.
Sea lo que sea lo que sucedió en verdad, lo cierto es que las hablillas se desbordaron y más todavía cuando, el 21 de agosto de 1622, cuando iba Villamediana por la calle Mayor en su carroza acompañado por don Luis de Haro, del callejón de San Ginés salió un hombre que, armado con una ballestilla o algo similar, le asestó tan rudo golpe que, después de atravesarle un brazo, le taladró el pecho, rompiéndole dos costillas y, asomando por el hombro la punta del hierro, le causó la muerte.
Lo más singular es que era día de fiesta, y la calle Mayor, como lugar de paseo, estaba concurridísima; circunstancia que aprovechó el matador para escabullirse entre el gentío sin ser capturado. Díjose que otros hombres facilitaron su fuga dando espaldarazos a los lacayos que custodiaban el coche y desapareciendo en el tumulto.
Quevedo, en sus "Grandes anales de quince días", dice que el confesor de don Baltasar de Zúñiga advirtió a Villamediana que mirase por sí, pues temía por su vida, y el conde respondió: "que sonaban las razones de más de estafa que de advertimiento". Y añade el gran satírico:
"El conde, gozoso de haber logrado una malicia en el religioso, se divirtió de suerte que, habiéndose paseado todo el día en su coche, y viniendo al anochecer con don Luis de Haro, hermano del marqués del Carpio, a la mano izquierda en la testera, descubierto al estribo del coche, antes de llegar a su casa, en la calle Mayor, salió un hombre del portal de los Pellejeros, mandó parar el coche, llegóse al conde y, reconocido, le dio tal herida, que le partió el corazón. El conde, animosamente, asistiendo antes a la venganza que a la piedad, y diciendo: "Esto es hecho", empezando a sacar la espada y quitando el estribo, se arrojó a la calle, donde expiró luego entre la fiereza deste ademán y las pocas palabras referidas. Corrió al arroyo toda su sangre, y luego arrebatadamente fue llevado al portal de la casa, donde concurrió toda la corte a ver la herida, que cuando a pocos dio compasión a muchos fue espantosa".
Narciso Alonso Cortés descubrió en Valladolid unos legajos en los que se verían insinuaciones sobre la virilidad del conde, que al parecer estaba mezclado en ciertos asuntos de homosexualidad. Por lo menos después de su muerte algunos de sus criados y lacayos fueron quemados por practicar lo que entonces se llamaba pecado nefando.
Deleito y Piñuela refiere que Góngora, gran amigo de Villamediana, dice que éste iba desde palacio hacia la Puerta del Sol cuando fue víctima del atentado; que, sintiéndose morir, pidió confesión, y acudió a socorrerle un clérigo, el cual le absolvió, aunque el estado del conde no le permitía hablar.
Fue llevado éste a su casa antes de que expirase. Luego se expuso el cadáver en la iglesia de san Felipe, y, "lo enterraron aquella noche en un ataúd de ahorcados que trajeron de San Ginés, por la priesa que dio el duque del Infantado, sin dar lugar a que le hiciesen una caja".
Fue conducido el cuerpo al convento de San Agustín, de Valladolid.
La justicia hizo inútiles o amañadas diligencias por descubrir a los asesinos, que quedaron en el misterio, y aun se dice que recibieron prebendas. Pero la voz pública señaló, tras el brazo homicida, al inductor, que ceñía corona, y a quien aludieron harto transparentemente los ingenios de la época en las poesías con que comentaron el triste fin del vate prócer.
Pronto se hizo popular aquella décima, atribuida a Góngora, que dice así:
—Mentidero de Madrid, decidnos: ¿quién mató al conde?
Ni se sabe ni se esconde.
Sin discurso discurrid.
—Dicen que le mató el Cid
por ser el conde lozano.
¡Disparate chabacano!
La verdad del caso ha sido que el matador fue Bellido y el impulso soberano.
Cocinero de su majestad, el rey Felipe III y Felipe IV, fue el no menos célebre —por lo menos en lo que al arte culinario se refiere— Francisco Martínez Montiño que en su libro "Arte de cocina" explica que realizó un aprendizaje en las cocinas de palacio.
Largo sería hacer un resumen, aun pequeño, del libro en cuestión. Basta copiar un trozo. Helo aquí:
Una Merienda 
Perniles cocidos.
Capones, o pavos asados calientes.
Pastelones de ternera, y pollos, y cañas calientes.
Empanadas inglesas.
Pichones, y torreznos asados.
Perdices asadas.
Bollos maymones, o de vacía.
Empanadas de gazapos en masa dulce.
Lenguas, salchichones y cecinas.
Gigotes de capones sobre sopas de natas.
Tortas de manjar blanco, y natas, y mazapán.
Hojaldres rellenos.
Salchichones de lechones enteros.
Capones rellenos fríos, sobre alfitete frío.
Empanadas de pavos.
Tortillas de huevos, y torreznos, y picatostes calientes.
Empanadas de benazón.
3 Cazuelas de pies de puercos con piñones.
Salpicones de vaca, y tocino magro.
Empanadas de truchas.
Costradas de limoncillos, y huevos mexidos.
Conejos de huerta.
Empanadas de liebres.
Fruta de pestiños.
Truchas cocidas.
Noclos de masa dulce.
Panecillos rellenos de masa de levadura.
Platos de frutas verdes.
Gileas blancas, y tintas.
Fruta rellena.
Empanadas de perdices en masa de bollos.
Buñuelos de manjar blanco, y frutillos de lo mismo.
Empanadillas de quajada, o ginebradas.
Truchas en escabeche.
Plato de papín tostada con cañas.
Solomos de vaca rellenos.
Quajada de platos.
Almojovanas.
Si la merienda fuera un poco tarde, con servir pastelones de ollas podridas, pasará por cena. Ensaladas, frutas, y conservas, no hay para qué ponerlas aquí, pues se sabe que se ha de servir de todo lo que se hallare, conforme al tiempo que se hiciere la merienda.
Ahí es nada. Después de tal retahíla de platos, decir que con unos pastelones de ollas podridas, podrá pasar por cena... Claro que con buena voluntad. No faltaba más.
En un magnífico libro, "Historia de la gastronomía española", Manuel Martínez Llopis copia estas frases de Mariano Pardo de Figueroa, más conocido por su seudónimo de Doctor Thebussem que se refiere a un banquete con el que el duque de MedinaSidonia obsequió a Felipe IV y su esposa en el lugar conocido como Coto de Doñana. Dicen así:
"Sabido es que las bodas de Camacho fueron penitencia de monje y parvedad de anacoreta, si se comparan con aquellas cocinas de 120 pies de largo cada una, y con aquellos abastecimientos de 800 fanegas de harina, 80 botas de vino, 10 de vinagre, 200 jamones, 100 tocinos, 400 arrobas de aceite, 300 de fruta, 600 de pescado, 50 de manteca de Flandes, 50 de miel, 200 de azúcar, 200 de almíbares, 400 de carbón, 300 quesos, 400 melones, 1.000 barriles de aceitunas, 8.000 naranjas, 3.000 limones, 10 carretadas de sal, 250 de paja, 1.000 fanegas de cebada, 2.000 barriles de ostras y lenguados en escabeche, 1.000 pastelones de lamprea, 46 acémilas porteando nieve, 4.000 cargas de lona, 1.000 gallinas, 10.000 huevos, 600 cabras paridas, que daban 20 arrobas de leche diarias; cabrito, pescados frescos, conejos, perdices, faisanes, pavos... y otros comestibles en exageradas cantidades. Sería necesario copiar toda la relación si hubiésemos de dar cuenta del rico menaje, de las viviendas, vestidos de pajes, monteros y señores; aderezo de coches y caballos, partidas de caza y pesca, comedias, bailes, música, castillos de fuegos y valiosos regalos de telas, armas, joyas con que el duque obsequió a cuantos personajes asistieron a la fiesta, la cual ocasionó, al decir de los cronistas, unos 300.000 ducados de gasto".
Si los amores de Villamediana por la reina Isabel parecen pertenecer al reino de las murmuraciones históricas, no lo son en cambio los de Felipe IV con mujeres de varia laya, entre las que sobresalió María Inés de Calderón, llamada comúnmente la Calderona, que tenía dieciséis años cuando la conoció el rey. La vio representar en el Corral de la Cruz, al que el monarca acudía de incógnito, y prendado de su voz y de su gloria, pues era más graciosa que hermosa, mandó que la llevaran a palacio. Se dijo entonces que quién favoreció los amores fue el conde—duque de Olivares, que según se dijo era también amante de la actriz.
Esto último debe ser puesto en duda, ya que, como dice Bertaut en su "Journal d’un voyage d’Espagne":
"Se afirma que el rey no lograba llegar a lo que se esperaba, aunque en este tiempo era muy vigoroso y por ello estaba desesperado, de manera que consultó a su cirujano, quien visitó a la dama y encontró un obstáculo, por lo que fue necesario hacerle una operación que ella sufrió, después de lo cual el rey tuvo su contentamiento".
Se decía, a pesar de ello, que quien inició a la Calderona en las artes del amor fue el duque de Medina de las Torres.
Deleito y Piñuela dice que las hablillas que recogió la condesa d’Aulnoy referían que, antes de rendirse la Calderona a las solicitaciones del rey, comunicó éstas a dicho duque, que era su amante de corazón, proponiéndole que se refugiara con ella en algún sitio secreto, donde ambos pudieran disfrutar de su amor sin sufrir la persecución de Felipe IV.
Pero el duque, temeroso de caer en desgracia con su señor, manifestó a María que le era imposible disputarle aquel capricho. Reconvínole ella por su debilidad con transportes de mujer enamorada, y le decidió a refugiarse en casa de ella, simulando un viaje a sus posesiones en Andalucía. No pudo menos de rendirse la linda actriz a las pretensiones soberanas; pero al menos mantuvo calladamente su amorío con el de Medina.
"El rey, entretanto —añade la viajera francesa—, sentíase muy enamorado y satisfecho, y algún tiempo después, cuando María parió a don Juan de Austria lo mucho que se asemejaba éste al duque de Medina de las Torres dio asunto para que las gentes lo creyeran su hechura [...]. Un día sorprendió el rey al duque de Medina de las Torres con su querida, y en un arrebato de cólera se acercó a él puñal en mano, resuelto a matarle, cuando María se interpuso, diciendo que vengara en ella si ofendido se creía. El rey no supo negar su perdón, pero desterró al amante... Parece confirmado que, a pesar de todo, creyó el rey a don Juan hijo suyo, pues le amó tiernamente".
Es muy probable que tal anécdota sea pura fantasía, como tantas otras que sobre aquel libertino monarca circularon; pero sí es cosa cierta que el destierro sufrido entonces por el duque de Medina de las Torres se atribuyó entre el vulgo a celos del monarca.
El hecho de que el hijo de la Calderona fuese reconocido como suyo por el rey indignó a la reina, olvidando que Enrique IV, su padre, había reconocido a once. Felipe IV, de los treinta bastardos que tuvo, sólo reconoció a uno: Juan José de Austria; no debe confundirse con el hermano bastardo de Felipe II.
Por su parte, el príncipe Baltasar Carlos había sido jurado príncipe de Asturias el 7 de febrero de 1632, cuando tenía dos años y medio. Conservamos de él un retrato hecho por Velázquez y alcanzó la edad de diecisiete años y probablemente España hubiese tenido un rey con el nombre de Baltasar I si no llega a ser que el 9 de octubre de 1646 falleciera en Zaragoza. La causa de su muerte se dijo que habían sido unas viruelas malignas, pero se afirmó también que don Pedro de Aragón, gentilhombre de la cámara de su alteza, le dejó pasar una noche con una ramera, de lo cual se le originó gran debilidad y fiebre. Los médicos, ignorantes del origen de la dolencia, le sangraron, acelerando su muerte, y don Pedro, por consentir el exceso o no revelarlo oportunamente, cayó en desgracia.
De todos modos, no era precisamente el príncipe Baltasar Carlos ni muy inteligente ni de muy buenas costumbres. Su alteza el príncipe de Asturias Baltasar Carlos heredero del trono de España y de sus Indias, se distraía capando gatos.
Por Madrid corrió esta coplilla de autor desconocido:
Príncipe:
mil mentecatos
murmuran sin Dios ni ley
de que, habiendo de ser rey
os andéis capando gatos;
y es que, con sus malos tratos,
se teme que os ensañéis,
y cuando a reinar lleguéis
en este reino gatuno
no quede gato ninguno,
que luego no lo capéis.
No se olvide que los habitantes de Madrid eran llamados gatos.
Una noche de la primavera de 1623 Felipe IV, acompañado de su esposa y de sus hermanos, descubrió al entrar en sus estancias un retrato en el que veía de una manera exacta el rostro de Juan Fonseca Figueros, su sumiller de cortina. Lo miró con rostro inmutable, con sus ojos quietos, pero sintió dentro de su alma de artista y de vanidoso el vivo deseo de servir de modelo a quienquiera que fuere el que hubiera pintado aquel retrato.
Lo había pintado Velázquez. Fonseca lo había entregado a uno de los servidores de don Felipe con el expreso encargo de que lo dejara en las estancias reales; se trataba, pues, de una pequeña estratagema largamente preparada y para la que el pintor ya había ido dos veces de Sevilla a Madrid. Pero esta vez ya no volvió a Sevilla; se quedó en Madrid y, el 30 de agosto del mismo año, terminaba el primer retrato que Felipe IV le había encargado. Y ya nadie más que Velázquez volvería a pintar al rey|.
Dio un gran soldado a Felipe IV un memorial en que le pedía una gracia. El rey dio el memorial a un privado suyo para que encomendase aquella causa a los jueces. Replicó el soldado:
—Suplico a vuestra majestad la determine por sí.
Dijo el rey:
—¿Pues no os hago favor de encomendarla a los jueces por medio de un privado mío?
—No, señor —respondió el soldado, desabrochándose el pecho y mostrando las cicatrices de las heridas—, que cuando vos peligrabais en la guerra, no puse yo otro que peleara por mí ni que recibiese estas heridas.
Viendo Felipe IV un obispo sobre una mula con el freno dorado, le dijo:
—Los obispos del tiempo pasado contentábanse con una burra o borriquillo, sin más adorno que el de un simple cabestro.
A lo que el obispo respondió:
—Señor, eso era en el tiempo en que los reyes eran pastores y guardaban ovejas.
La evidencia de la parálisis volitiva de Felipe está en la entrega total de su voluntad a una mujer, excepcional por su virtud y por su inteligencia, que tenía ya cuarenta años cuando él la conoció a los treinta y ocho, en un lugar entre Vozmediano y Tarazona, dentro de un convento de Concepcionistas de la villa de Agreda. Se trataba de María Coronel, fundadora del convento y abadesa del mismo con el nombre de sor María de Jesús.
Felipe era un sensual; sor María de Jesús, una mística; se hallaban, pues, en dos polos contradictorios.
Felipe era inteligente, la abadesa aún lo era más. Pero no fue eso lo que motivó la entrega de Felipe. La abadesa de Agreda era una voluntad fuerte, resuelta, dedicada por completo al pensamiento y a la acción al servicio de Dios y sin ningún repliegue para su conveniencia. La poca voluntad del rey era débil, tambaleante, indecisa, cargada quizá de buenas intenciones pero sin acertar nunca en la manera de llevarlas a término. Su poca voluntad la ponía al servicio de Dios todos los sábados, cuando iba al Pardo viejo a implorar a la Virgen de Atocha, pero conservaba siempre un repliegue para sí mismo. Después el repliegue se ensanchaba y toda su buena intención se desvanecía. Por aquí, por estos polos diametralmente opuestos, se inició la atracción, y Felipe entregó lo poco que quedaba de su voluntad a sor María de Jesús. La entrega fue total; desde aquel momento, la campaña de Cataluña, que estaba dando los frutos sembrados y apetecidos por Richelieu, tomó un rumbo completamente distinto. Desde aquel momento, Olivares —con el máximo asombro— se dio cuenta de que comenzaba a dar tumbos.
La abadesa de Agreda fue, sin quererlo ella, el nuevo valido del rey.
No ambicionaba el mando, no quería nada sino el bien del rey y de sus reinos. Pero con su correspondencia con el rey, ininterrumpida hasta su muerte —que les llegó a los dos en un mismo año—, fue dándole consejos, guiando sus pasos y también amonestándolo por sus indolentes pecados.
Felipe creía que los consejos de la abadesa venían directamente de Dios.
No sabía dar un paso sin escribir antes a la monja. Lo malo era que daba el paso antes de que llegase la respuesta, y que las palabras y los consejos de la abadesa se estrellaron siempre contra la parálisis del rey ante las mismas piedras.
Pecaba, y volvía a escribir a la monja, acusándose y asegurando su pronta enmienda. Pero a la carta siguiente confesaba ya otro pecado igual al primero.
La fama, que con escaso fundamento propaló que Isabel la Católica empeñó sus joyas para costear el proyecto de Colón, ha desdeñado injustamente la abnegación de otra reina, de otra Isabel, Isabel de Borbón, primera esposa del rey poeta, de aquel Felipe IV que "como los agujeros, era tanto más grande cuantas más tierras le quitaban".
También es injusto afirmar que con Felipe IV comienza la decadencia de España; realmente tuvo principio en el reinado de Felipe II, de quien dijo en su oración fúnebre el papa Clemente VIII que "sólo él había gastado en desterrar herejes más que todos los reyes cristianos juntos"; de quien se afirmó que, con motivo de las muchas guerras que sostuvo, había vendido o empeñado para largo tiempo su patrimonio, tributos y portazgos, y a quien su propio hijo y heredero inculpó por ello en una carta circular dirigida a las primeras cortes de su reinado, manifestando que su padre "había consumido todos los recursos del reino, y que aunque esto era tan notorio, le parecía deber referirlo por si alguno lo tuviese tan entendido".
Al pasar la corona a Felipe IV, tan mermada quedaba la riqueza del erario, que poco trabajo costó al detestado conde—duque de Olivares dar pronto fin de ella, prosperando y enriqueciéndose, y enriqueciendo también a los suyos, en tanto que el mismo rey y la reina se veían obligados a hacer economías.
Cuando la reina, por marchar el monarca a la guerra de Cataluña, quedó como gobernadora, al enterarse con detalle de lo exhausto del erario y la falta de dinero para sostener la campaña, encerró en un cofrecito todas sus joyas, corrió en persona a casa del opulento comerciante don Manuel Cortizos Villasante, el más rico joyero de la corte, obteniendo por el empeño los ochocientos mil ducados que solicitó; parece ser que las joyas valían el triple...
El rasgo de la soberana estimuló a los nobles, la mayoría de los cuales acudió con importantes donativos para engrosar los fondos de guerra, y prócer hubo, como el almirante de Castilla Enríquez, que solicitó real facultad para enajenar todo su patrimonio y destinar el producto íntegro al mismo fin. Reuniéronse considerables sumas, y pudo levantarse un ejército de dieciocho mil infantes y cinco mil caballeros, y formóse una escuadra de treinta y tres navíos y cuarenta buques de guerra, tripulada por más de nueve mil hombres, todo lo cual tuvo una influencia decisiva en la contienda.
Un convento de monjas fue consecuencia de los amores del rey. En 1625 se entregó el mando de las galeras de Italia al conde de Chirel.
Se le entregó a instancias de la condesa y, al poco tiempo, la hija de los condes era la amante del rey y la madre del bastardo don Fernando Francisco de Austria. La madre murió al poco tiempo, y la casa donde había vivido fue entregada por el rey a las monjas Calatravas para el convento de la Concepción Real que aún hoy puede verse en la calle de Alcalá. Por aquellos tiempos circularon por Madrid unos versos anónimos que decían:
Caminante, ésta que ves casa,
no es quien ser solía;
hízola el rey mancebía
para convento después.
Lo que en un tiempo fue 
y lo que es,
aunque con roja señal
y título en el umbral
ella lo dice y lo enseña,
que casa en que el rey empreña
es la Concepción Real.
Mientras Felipe estaba en Aragón, el 28 de septiembre de 1644, Isabel enfermó súbitamente. Los médicos la sangraron. Lo que supusieron una enfermedad intestinal resultó ser una erisipela, que se le extendió y le produjo un edema de glotis. En pocas horas volvieron a sangrarla ocho veces, y el 4 de octubre recibió el Viático y le trajeron las reliquias de San Isidro, y aun le habrían traído la Virgen de Atocha si ella, por su humildad, no lo hubiera prohibido.
El día 6 por la mañana recibió la Extremaunción, y a las cuatro de la tarde murió contemplando —dentro de una flor de lis— un fragmento del "lignum crucis".
La misma noche, dentro de un ataúd plomo y cubierta con el hábito de las descalzas reales, se la llevaron hacia El Escorial. Felipe aún no había regresado, el príncipe permaneció en el Alcázar llorando y la reina quedó sola en El Escorial, allí don de, mientras tuvo vida, no quiso ir nunca por sus propios pasos.
No estuvo mucho tiempo sola, Felipe tuvo el primer dolor de su vida.
En vez de ir a la corte, se encerró en el Pardo y de allí no salió hasta que su hijo lo arrancó de la soledad.
Durante dos años la corte mantuvo el luto, no se representaron comedias y Felipe no pensó en un segundo matrimonio.
Muerta la reina Isabel, no entraba en los designios del rey contraer nuevo matrimonio. En el príncipe Baltasar Carlos tenía asegurado el heredero al trono y, por lo que se refiere a tener compañía en el lecho, harto sabía él componérselas para no tener necesidad de dormir solo.
Algunas de las aventuras del rey no tuvieron precisamente un final del agrado del monarca.
La condesa d’Aulnoy refiere en su libro sobre el viaje que hizo por España, en 1679, el siguiente lance, que le había sido relatado:
"Una de las mujeres a quienes amó aquel rey más apasionadamente fue la duquesa de Alburquerque. Teníala su marido bien guardada, pero los obstáculos aumentaban las aficiones del rey en vencerlas, haciendo cada vez sus deseos mayores. Un día, mientras jugaba, y en lo más interesante de la partida, fingiendo acordarse de un asunto muy urgente, que sin demora debía despachar, llamó al duque de Alburquerque para encargarle de su puesto mientras él se ausentaba. Saliendo de aquella estancia tomó una capa, y por una escalera secreta fuese a casa de la joven duquesa, seguido del conde—duque, su favorito. El duque de Alburquerque, más cuidadoso de sus propios intereses que del juego del rey, sospechando y temiendo una sorpresa, fingióse acometido por dolores horribles, y entregando a otro las cartas, retiróse a su casa. Acababa el rey de llegar sin acompañamiento; vio acercarse al duque cuando aún estaba en el patio, y se ocultó; pero no hay ojos más penetrantes que los de un marido celoso. Este, comprendiendo hacia qué parte andaba el rey, sin pedir luces, para no verse precisado a reconocerle, llegóse con el bastón levantado, gritando: "¡Ah, ladrón! Tú vienes a robar mis carrozas". El conde—duque no se libró tampoco de sufrir tan vil trato, y temiendo que las cosas acabaran peor, repetía que allí estaba el rey, para que contuviera el duque su furia; pero el duque redoblaba sus golpes en las costillas del rey y del ministro, y a su vez decía que iba siendo el colmo de la insolencia emplear el nombre del rey y de su favorito en tal ocasión, y que ganas le daban de llevarlos a palacio para que su majestad el rey los mandara luego ahorcar. En medio de tanto alboroto, el rey pudo escapar, desesperado por haber sufrido inesperada paliza sin recibir de la dama pretendida el más ligero favor. Esto no tuvo consecuencias fatales para el duque de Alburquerque; muy al contrario: sirvió para que desistiera el rey de sus propósitos y, olvidado pronto de la duquesa hiciera del duro lance objeto de risa".
De otra dama se cuenta que, pretendida por el rey, le desengañó diciendo:
—Señor, no tengo vocación de monja ni de puta de historia.
Con lo que aludía al destino de la Calderona, que cuando dejó de ser amante real ingresó o la ingresaron en un convento. Terminó sus días de abadesa de un convento de la orden de San Benito de la Alcarria.
A la rijosidad del monarca sólo era comparable su sentido religioso y de devoción. No es ello de extrañar, puesto que la sensualidad no está reñida con el sentido del pecado. Lo malo es cuando esto último no existe.
El amoral ignora la prohibición y el pecado, y por ello es difícil que modifique de conducta.
Felipe IV era hombre religioso, y por ello tenía conciencia de sus pecados, lo que no le impedía volver a cometerlos tras un arrepentimiento sincero pero de poca duración. La sensualidad del monarca ganaba siempre la partida.
Lo que le importa al rey es seguir disfrutando de la vida y no preocuparse de los intereses del reino; pero el destino dispone las cosas de tal modo que vuelven a preocupar al rey. En 1644, a la muerte de su esposa Isabel de Borbón, el príncipe Baltasar Carlos aseguraba la herencia del trono, pero dos años después, en octubre de 1646, muere el príncipe, tal como se ha dicho, y sólo le queda al rey una hija, la infanta doña María Teresa, de ocho años de edad. He aquí cómo se ve obligado a buscar nueva esposa para asegurar la sucesión en el trono.
Mientras vivía el príncipe Baltasar Carlos se había hablado de casarle con su prima hermana la archiduquesa Mariana de Austria, hija del emperador Fernando III y de la infanta doña María de Austria, hermana del rey. Sucedía así algo parecido a lo que aconteció con Felipe II cuando matrimonió con la que tendría que ser esposa de su hijo el príncipe Carlos.
Mariana de Austria tiene en estos momentos trece años y Felipe IV cuarenta y uno, está precozmente envejecido debido a la vida crapulosa que ha llevado, pero la razón de Estado se impone y acepta la idea de casarse con su propia sobrina, como se la ofrece el emperador en la misma carta en la que le comunica el pésame por la muerte del príncipe. No es precisamente un detalle de buen gusto.
El abuelo paterno de Mariana, Fernando II de Alemania, y su abuela materna la reina doña Margarita, esposa de Felipe III, eran hermanos, y por ello los padres de la archiduquesa, Fernando III y doña María de Austria, eran primos hermanos: Mariana era sobrina carnal de Felipe IV. Como se puede ver, el lío familiar es enorme y la degeneración debida a la consanguinidad era cada vez más intensa. No es de extrañar que el hijo que surgió de estas nupcias fuese un imbécil degenerado.
Las capitulaciones para el enlace de Mariana y Felipe IV se firmaron el 2 de abril de 1647. El emperador Fernando daba a su hija una dote de cien mil escudos de oro y debía recibir en arras otros cien mil escudos, cincuenta mil para joyas. Pero esto era sobre el papel porque en realidad ni uno ni otro monarca tenían un duro.
Lo confiesa Felipe IV a sor María de Agreda cuando le dice que las bodas se demoraban "por falta de caudal en que nos encontramos el emperador y yo".
El 8 de febrero de 1648 salía la comitiva española en dirección a Viena. El erario español estaba arruinado, pero he aquí la descripción de la comitiva, según González Cremona:
"Acompañaban al duque de Nájera, jefe de la expedición y, como tal, espléndidamente retribuido, el cardenal de Montalto, el obispo de Leyra, dos capellanes de honor, tres gentileshombres grandes de España, dos meninos hermanos del príncipe Doria, dos caballerizos, camarera mayor, treinta y dos damas, azafatas y dueñas de retrete; gran número de criadas inferiores, ocho pajes, un oficial mayor, un tesorero, un despensero mayor, contralor, graffier, dos médicos, un guardacamas, un montero, un repostero de camas, tres porteros de cámara, ocho escuderos de a pie, tres aposentadores de camino, un ayuda de oratorio, varios panaderos, fruteros, ujieres de vianda y un guardamangier. A cada uno de estos funcionarios le acompañaban numerosos ayudantes y escoltaba la comitiva un destacamento de soldados. Estos soldados españoles no serían, seguramente, los mismos que por esos días pedían limosna por las calles de Flandes para poder comer".
No es de extrañar que diez años después, cuando murió el soberano austríaco, no se encontrara dinero en palacio para pagar el entierro.
Fue en Trento donde la nueva reina de España fue entregada a los españoles, que tuvieron que comprar un completo ajuar de vestidos y joyas porque el emperador entregaba a su hija sólo con lo puesto. Pero hay más todavía.
Doña Mariana iba acompañada de su hermano el rey Leopoldo de Hungría, que, al despedirse, con una cara dura imponente, se apoderó de muchos de los regalos que los españoles habían hecho a la reina y se quedó con ellos.
La misa de velaciones se celebró en Navalcarnero, y el hecho de que los matrimonios reales se celebraran a veces en pueblos humildes, como este de Navalcarnero, puede llamar la atención y se pretende explicarlo por cuanto el lugar en que se celebraba la boda regia quedaba exento de tributos; por ello se escogía un pueblo pobre y con poca tributación para hacer menos gravoso tal privilegio para la Hacienda pública.
Madame d’Aulnoy refiere una anécdota sobre la ingenuidad de la joven Mariana, referente al mismo primer viaje que hizo por España al encuentro del que iba a ser su esposo. Dice que en una de las ciudades de tránsito, "donde se hacen muy buenos guardapiés y camisolas y medias de seda, le ofrecieron una gran cantidad de diferentes colores. Pero el mayordomo mayor, que guardaba exactamente la gravedad española, se enfadó por aquel regalo; cogió todos los paquetes de medias de seda, y tirándoselos a la cara a los diputados de la ciudad, les dijo: "Habéis de saber que las reinas de España no tienen piernas”, queriendo significar que, por ser su jerarquía tan elevada, sus pies no tocaban el suelo, como las demás mujeres".
Más bien se propondría expresar su desagrado por un presente que aludía a parte del cuerpo entonces recóndita para una dama, como las extremidades inferiores, lo cual parecía poco correcto siempre, y más inconveniente aún tratándose de una soberana.
"De todos modos —prosigue la viajera—, la reina, que ignoraba la delicadeza de la lengua española, entendió la frase al pie de la letra y empezó a llorar, diciendo que quería volverse a Viena, y que si ella hubiese sabido antes de su salida que pensaban cortarle las piernas, hubiera preferido morir mejor que ponerse en marcha".
La reina ha cumplido ya quince años, el rey cuarenta y cuatro; está artrítico y padece alguna enfermedad venérea, pero cumple con su deber conyugal a trancas y barrancas. El 12 de julio de 1651 la reina da a luz una niña, la infanta Margarita, que pocos años después posaría para una de las joyas más importantes de la pintura mundial: "Las meninas" de Velázquez.
Unos años después la reina vuelve a estar embarazada. Barrionuevo, en uno de sus "Avisos" de 24 de julio de 1655, escribe: "Tiene la reina sospechas de preñada. Dios lo haga, y si ha de ser hija, ¿para qué la queremos? Mejor será que no lo esté que mujeres hay hartas". La reina da a luz otra niña, María Ambrosia de la Concepción, epiléptica, que sólo vivió quince días.
Más embarazos. La reina tiene antojos cada vez más extraños, Barrionuevo dice: "Jueves, 8 de noviembre, estando a la mesa la reina se le antojaron buñuelos. Fueron volando a la Puerta Cerrada y le trujeron ocho libras en una olla porque viniesen calientes y volcándolos en su presencia en una gran fuente y mucha miel encima, se dio un famoso hartazgo, diciendo que no había comido cosa mejor, que ello por ser picarescos".
El 20 de noviembre de 1657 nace por fin un niño, al que se le impuso el nombre de Felipe Próspero. Gran alegría de Felipe IV que por fin ve asegurado el puesto de heredero del trono.
Un versificador, muy malo por cierto, dio a luz por su parte los versos siguientes:
Parió un hijo como el oro,
lindo a las mil maravillas,
haciéndose amor astillas
del alba al alegre lloro.
Eso del lloro debía de llegar al alma del rey, que cuando oyó el llanto fuerte de su hijo dijo:
—Eso sí que me parece bien, que huela la casa a hombre.
El príncipe, casi siempre enfermo, con frecuentes ataques de alferecía, murió el 1 de noviembre de 1661, cuando aún no había cumplido cuatro años de edad.
Murió también otro príncipe a los seis meses de haber nacido. El hecho de que los hijos legítimos del rey muriesen prematuramente, mientras los bastardos gozaban de buena salud, se explica por el hecho de la multiplicidad de matrimonios consanguíneos. Se casan primos hermanos, hijos a su vez de otros primos hermanos y una tía con un sobrino o un sobrino con su tía, hijos ambos de parientes próximos.
Excepto el casamiento entre dos hermanos, como era preceptivo en el imperio egipcio, todo lo que se puede imaginar en matrimonios consanguíneos se dio en la corte española hasta llegar el 6 de noviembre de 1661, en que la reina dio a luz un hijo que fue llamado Carlos y que el rey confesó que era fruto de la última cópula lograda con su esposa. Lo que había conseguido tras grandes esfuerzos pues, debido a su vida crapulosa, ya no estaba para ciertos trotes y menos para ciertos galopes.
Henchido de arrogancia Felipe IV, como quien no había experimentado reveses todavía, ni escuchaba más que lisonjas, escribió aquel mandato célebre: "Marqués de Spínola, tomad Breda", y no hubo más sino comenzar el sitio (1626), el cual pudo compararse con el de Ostende, por lo largo y costoso. La guarnición era tan numerosa, que llegó en ocasiones a cuarenta mil hombres; la artillería mucha; terribles las fortificaciones; pero todo cedió ante la constancia y el valor de los españoles. En vano Mauricio de Nassau con numeroso ejército pretendió obligarlos a levantar el cerco; frustrados una vez y otra sus intentos, murió sin verlos logrados, y Breda se rindió al fin a los dos meses de sitio.
Mientras tanto la política exterior española sufre un revés tras otro: guerra con Francia, sublevación de Cataluña, guerra de secesión de Portugal, que terminará logrando la independencia, pérdida de Jamaica. La situación se hizo tan insostenible que se hicieron necesarias unas conversaciones de paz que se iniciaron en mayo de 1659. Por fin se llegó a un acuerdo definitivo en el que España perdió ciudades en Flandes, el actual Artois, Luxemburgo y otras plazas importantes y, lo que es peor, España cedía a Francia el Rosellón, el Conflent, el Vallespir y parte de la Cerdaña, regiones todas éstas donde aún hoy se oye hablar en catalán.
El tratado de paz, llamado de los Pirineos, se firma en 1659 en la isla de los Faisanes de Bidasoa, y el 5 de junio de 1660 se celebraba la ceremonia nupcial en Fuenterrabía, por la que se unían en matrimonio la princesa española y el rey francés.
"El rey Felipe IV hizo la reverencia al altar con gravedad incopiable. La infanta le seguía sola, vestida de satén blanco, bordado con pequeños nudos de plata. Lucía pedrería e iba peinada con peluca postiza. Su camarera mayor sostenía la cola. El rey no era guapo, pero sí bien plantado. Acabada la misa, el rey se colocó en su silla y la infanta tomó asiento sobre un cojín, tras lo cual el obispo descendió y don Luis de Haro se aproximó, entregando seguidamente los poderes que le habían sido dados para representar a Luis XIV en la ceremonia. Un sacerdote leyó el documento y después la dispensa del papa. Seguidamente los declaró unidos en matrimonio. El rey estuvo todo el tiempo entre la infanta y don Luis de Haro. Al dar el  "sí" la infanta volvió la mirada hacia donde se hallaba su padre, y le hizo una profunda reverencia que pareció darle fuerzas para contestar... Acabada la ceremonia, la joven reina se arrodilló ante su padre y le besó la mano... Al día siguiente tuvo lugar el acto por el que fue entregada la infanta María Teresa al rey de Francia".
Existe un grabado contemporáneo que muestra el encuentro en la isla de los Faisanes de los reyes de España y de Francia con sus cortes respectivas. Visto a casi cuatrocientos años de distancia, su contemplación nos hace reflexionar. A un lado se encuentra Felipe IV y sus cortesanos, todos de negro vestidos y austeramente adornados con algunas condecoraciones y veneras. Al otro lado, el rey francés y su corte emergen entre una ola de puntillas y bordados desmesurados, lazos en zapatos y profusión de dijes y joyería. Hoy en día nos parece mucho más elegante la severidad española que la frivolidad francesa. Pero la reunión marcaba la ya inevitable decadencia de España y el inicio del apogeo francés.
Aquel rey de España tan amigo de poetas y comediantes y cuya grandeza se ha comparado con la del agujero, el cual se hace tanto mayor cuanto más se le desmiembra o quita de la parte sólida que le rodea, Felipe IV, oyó un día de boca de Quevedo la siguiente petición: "Deme pie vuestra majestad", con el intento de improvisar una composición sobre el verso forzado que se le propusiera; pero el rey dio en el chiste de alargarle una pierna, la que, cogida en su extremidad inferior por Quevedo, dio pie a éste para prorrumpir en aquella tan sabida redondilla:
¡Buen pie!
¡Mejor coyuntura!
Paréceme, gran señor,
que yo soy el herrador
y vos la cabalgadura.
Todo lo escrito procede de un artículo de don José María Sbarbi publicado en el "Almanaque de la Ilustración para el año de 1890". No obstante la autoridad de Sbarbi y la libertad de que gozaba Quevedo en la corte, parece un poco fuerte que se le permitiese tamaña con el monarca. Conocemos otra versión, por tradición oral, que tal vez sea más verosímil, y es la siguiente: Cuéntase que un día, en las galerías del Alcázar, como pasase Quevedo junto a un grupo de cortesanos, uno de éstos le gritó:
—¡Quevedo, hacednos un verso!
Y contestó el poeta:
—Dadme pie. —Entonces, el cortesano le alargó la pierna, cogióla Quevedo, como Sbarbi relata, e improvisó:
Paréceme, gran señor,
que estando en esta postura,
yo parezco el herrador
y vos la cabalgadura.
Alonso Cano, arquitecto, pintor y escultor como Miguel Angel, era un hombre de carácter impetuoso y arrebatado, aunque excelente como persona.
Comenzó desafiándose en las encrucijadas y acabó depurándose en los templos. Fue duelista en su juventud y eclesiástico en su madurez. Estos españoles del siglo XVII sabían, bellamente, apasionarse por el arte, por la mujer y por la religión, dicho sea siguiendo el orden cronológico. Luego que les dolía de amar el corazón, vendábanlo con una sotana.
Lo turbulento de la vida de azares o disgustos en abundancia. Ya ordenado de sacerdote, Felipe IV agracióle con una ración en la catedral de Granada, su ciudad natal, pero al ir a posesionarse del cargo, el Cabildo se opuso con tal brío, que envió una comisión a la corte para exponer a su majestad, entre otras razones, que Alonso Cano era lego e imbécil. El rey, respetuoso con el gran artista, no dejó concluir a los comisionados, contestándoles: "¿Quién os ha dicho que si Alonso Cano fuese hombre de letras no había de ser arzobispo de Toledo? Andad, que hombres como Alonso Cano sólo los hace Dios...".
Alonso Cano tomó posesión de su cargo, imponiéndose al Cabildo, con el que llegó a vivir, por cierto, en afectuosas relaciones. Sus obras maravillosas tenían un fuerte poder de seducción.
El 1 de diciembre de 1640 al grito de "¡Libertad, Libertad! ¡Viva don Juan IV rey de Portugal!" los sublevados de Lisboa penetraron en palacio dando muerte al teniente corregidor de Lisboa y a su secretario.
Madrid tardó casi una semana en conocer la noticia, pues no había más correo con Lisboa que aquel que traía el pescado para los viernes de vigilia, y como la sublevación no coincidió con ese día, la corte lo supo con el retraso consiguiente. Más curiosa y extravagante fue la forma en que el de Olivares comunicó a Felipe IV este hecho tan importante y transcendental. Con rostro alegre, como si fuera a invitarle a un festejo, se presentó el conde—duque ante su soberano y le dijo:
—Señor, traigo una buena noticia que dar a vuestra majestad. En un momento ha ganado vuestra majestad un ducado con muchas y buenas tierras.
—¿Cómo es eso? —le preguntó Felipe IV.
—Porque el duque de Braganza ha perdido el juicio: acaba de proclamarse rey de Portugal y esta locura da a vuestra majestad de sus haciendas doce millones.
El rey, que no era tan insensato para calibrar la gravedad de este suceso, le dijo estas severas palabras:
—Pues es menester poner remedio.
En la procesión de la octava de Corpus yendo también el rey con toda la grandeza acompañándolo, aconteció un caso de risa y de mofa en la corte, de espanto y pena para personas prudentes, no indigno de memoria. Un labrador, vestido a la manera humilde de los de su clase, saliendo de repente del concurso, se puso delante del rey, diciendo a grandes voces:
—Al rey todos le engañan; señor, señor esta monarquía se va acabando y quien no lo remedie arderá en los infiernos.
—Ese hombre debe ser loco —dijo el rey, desdeñosamente.
—Locos son los que no me creen —replicó el labrador con acento solemne—; prendedme y matadme si queréis, que yo he de deciros la verdad.
Y sin más fue retirado de allí por los soldados. Ni siquiera la risa del suceso duró en la corte más que una noche; pero en el pueblo, afligido ya, no faltó quien tomase aquella voz por aviso del cielo y fue largamente recordada. No era sino la voz de la razón y de la lealtad, que echada de la corte por la lisonja y lujuria, se mostraba y resplandecía en tan rústicos hábitos; no era aquel labrador sino un sencillo castellano acostumbrado a practicar la virtud en sus hogares, mientras en la corte sólo tenían entrada los vicios, con valor en el corazón para decir la verdad cuando nadie osaba aquí desembozar la mentira. ¡Inútil verdad por cierto!.
Vivía en la corte un pintor que ganaba mucho dinero cultivando el arte del retrato, siendo la base de su ganancia una caja con cincuenta retratos de las señoras más bellas de Castilla, cuyas reproducciones cotizaban alto, pues, unos llevados de la afición y otros de la mera curiosidad, se aficionaron a su obra. Al mismo Felipe IV le presentó el retablo, ponderándole las muchas copias que continuamente le pedían. El rey, una vez que hubo oído al pintor, dijo a éste:
—De cierto que sois el rufián más famoso, pues ganáis de comer con cincuenta mujeres.
Cierto predicador habló al rey Felipe IV en los siguientes términos:
—Señor: por el camino he tropezado con un hombre a quien llevaban preso, y al preguntar la causa me respondieron que su delito había sido jugar a los naipes. Seguí andando y en una tienda leí el siguiente cartel: "Venta de naipes, con permiso de su majestad". Señor: si se permite venderlos, ¿por qué se detiene a los que con ellos juegan?.
Felipe IV mantenía, bajo cualquier circunstancia, un rostro sombrío e impasible. Cuando hablaba no cambiaba de sitio ni de postura. Recibía, escuchaba y respondía con un mismo rostro; en todo su cuerpo el único movimiento visible era el de los labios y el de la lengua. Su mirada fría y sin expresión hacía temblar a todos aquellos que estaban a su alrededor. Su vida era de una monotonía infinita, sus ocupaciones eran siempre las mismas y se repetían, sin ninguna modificación, todos los días. Así, las semanas, los meses, los años y todos los instantes del día no aportaban ningún cambio en su forma de vida y no le traían nada nuevo. Después de levantarse y despachar algún asunto de Estado, recibía audiencias, oía misa y hacía una comida; el resto del día lo dedicaba a sus pasatiempos favoritos. Todos los años y en las mismas épocas iba a sus palacios de descanso, y sólo una enfermedad, o acontecimiento fuera de lo común, podía impedirle ir a Aranjuez, al Pardo o al Escorial.
También en el vestir se mostraba monótono. De ordinario su traje se componía de un jubón de muletón castaño, ceñido en la cintura, con mangas variadas. En circunstancias más solemnes se vestía de seda y terciopelo negro, y llevaba al cuello como único adorno, una cadena ligera y el cordón del Toisón de Oro. Invariablemente se le veía con la golilla, aunque cuando salía, llevaba sobre el jubón oscuro, una capa envolvente y del mismo color. Más tarde decidió, no sin resistencias de la nobleza que se negaba a lucir tanta austeridad, imponer la moda de los trajes oscuros. Nadie era admitido en presencia del rey si no llevaba la golilla, ese cuello acartonado y debidamente almidonado, que había reemplazado a las enormes gorgueras del reinado anterior. El jubón, la capa y las mangas debían de ser de tisú negro, lo mismo que la ropilla, especie de túnica ceñida y sin botones, que llegaba hasta las piernas, con las mangas abiertas que caían desde la espalda. Los sombreros eran de seda o de fieltro, pero adornados con muchas lentejuelas negras. También se utilizaban, para atar los zapatos, cintas muy largas. Todo esto se complementaba con unas enormes antiparras redondas, engarzadas en una montura de cuerno, que armonizaban, más o menos, este atavío fúnebre en el que el monarca marcaba la pauta. La moda en el vestir iba pareja con la agonía de la monarquía.
Una de las aficiones de Felipe IV era la de encerrarse completamente solo en el panteón familiar de El Escorial, lugar al que acaban de ser trasladados los restos de todos sus antepasados. Una vez en el interior de la cripta, gustaba de rezar delante del nicho vacío en el que habría de ser enterrado, y en una ocasión hizo sacar los despojos de la momia de su bisabuelo, el emperador Carlos V, para orar delante de ellos.
Su galopante decrepitud llegó a tal extremo, que en 1664 circuló en la corte con notable éxito un horóscopo difundido por el fraile franciscano Monterón, cuyos pronósticos hablaban del fin inmediato de la vida del monarca. El augurio se vio reforzado a finales de año con la aparición en el cielo de un nuevo cometa, que tan malos presagios trajo para el padre de Felipe IV, Felipe III. Enterado el rey de los rumores que corrían por todo el reino, dijo: "¿Qué más cometa que mis enfermedades?".
Se presentó en palacio don Juan de Austria, el bastardo de la Calderona, solicitando ver a su padre. El rey, consciente de que aquéllos no eran momentos para recordar antiguos deslices, contestó a su hijo bastardo que regresara a su priorato, en Consuegra. Insistió, sin embargo, el bastardo, lo que enojó al rey y le hizo decir: "¿Quién le mandó venir? Que se vuelva a Consuegra. Esta no es hora sino de morir".
Otro incidente lo protagonizó por estos días el conde de Castrillo que, al ver el estado de salud del rey, quiso obtener de éste la grandeza de España para su casa. La respuesta de Felipe IV no pudo ser más explícita:
"Acudid, conde, a la reina; que ella hará lo que mejor conviniere".
El fin se iba acercando y la cámara en donde agonizaba el rey se llenó de médicos y cortesanos. El príncipe Carlos, que debía sucederle como rey, se acercó a su padre que sacó la mano y se la dio a besar. Le dijo algunas palabras que no se percibieron de los circunstantes pero las que clara y distintamente se le oyeron al alzar la mano para echarle la bendición fueron:
"Hijo, Dios por su divina misericordia os haga más dichoso que a mí".
Desgraciadamente Dios no lo permitió.
Murió Felipe IV a la edad de sesenta años, cinco meses y ocho días, habiendo reinado cuarenta y cuatro años, cinco meses y dieciséis días.
Es el reinado más largo de toda la historia de España.
Carlos II 
Cuando Felipe IV engendró a su hijo Carlos, con su segunda esposa y sobrina Doña Mariana de Austria, tenía cincuenta y cinco años, aunque representaba treinta más, debido en parte a su vida disipada, y en mayor proporción a la degeneración de la raza, producida por los numerosos matrimonios consanguíneos habidos en la familia austríaca. Este último vástago había sido engendrado, según confesión del propio monarca a un cortesano, "en la última cópula lograda con la reina", y como le decía uno de sus médicos: "...es que su majestad dejó para la reina sólo las escurriduras".
Nació el 6 de noviembre de 1661. El día 21 fue bautizado en la iglesia de Santo Domingo con dieciséis nombres, siendo los cuatro primeros los de Carlos, José, Joaquín y Leonardo. Su hermana Margarita fue la madrina y, aunque sólo fuera una niña de diez años, protestó de que la ropa que llevaba el niño dejaba ver más de lo conveniente. Lo que ella en su candidez ignoraba era el empeño que tenían sus padres de que fuera patente que se trataba de un varón, y varón del que los astrólogos habían hecho grandes vaticinios, basándose en la conjunción de los astros por aquellas fechas y en especial en la rara virtud que atribuyeron al número 6, día en que el niño había nacido. Astros y cifra que señalaban que el príncipe sería un hombre de heroico valor, venido al mundo para disfrutar de un felicísimo reinado.
He aquí que el hombre de heroico valor comenzaba su infancia con una lactancia que duró exactamente tres años, diez meses y once días, pasando por las manos de catorce nodrizas propietarias del cargo y por los pechos de otras tantas nodrizas de respeto. Ni unas ni otras consiguieron otra cosa que un niño enclenque, enfermizo, que no andaba ni se sostenía de pie, con constantes desarreglos intestinales, y que fue destetado porque don Felipe, su padre, había muerto, y no hubiera sido natural la subida al trono de un nuevo rey de cuatro años que aún tomara el pecho.
La descripción oficial del recién nacido dice que era un niño de facciones hermosísimas, cabeza proporcionada, grandes ojos, aspecto saludable y muy gordito, lo que no concuerda con la descripción que el embajador de Francia hace del príncipe, diciendo que parece bastante débil, muestra signos visibles de degeneración, tiene flemones en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello le supura. Total, una porquería.
Y la verdad es que la segunda descripción es más veraz que la primera hasta el punto que el rey, avergonzado de su vástago, ordena que no se muestre al niño, y cuando era ello absolutamente necesario, por razones del protocolo cortesano, se le llevaba tan tapado que sólo se le veía un ojo y parte de la ceja.
La realidad llegó al pueblo, que cantaba esta copla:
El príncipe al parecer,
por lo endeble y patiblando,
es hijo de contrabando,
pues no se puede tener.
Falto de calor natural, resultaba necesario envolverle las piernas y caderas en pieles o mantas para combatir no sólo los rigores del frío clima continental de Madrid, sino la falta de defensas del recién nacido, quien en palabras del duque de Maura "tuvo una primera infancia escrofulosa y enfermiza". Era la viva imagen de la debilidad.
La llegada al mundo de este enfermizo heredero fue todo un espectáculo, pues si siempre se habían utilizado reliquias de santos para mejor ayuda al real parto, en esta ocasión se batió el récord. La cámara de la reina se parecía más a una sacristía que a una alcoba de parturienta; las reliquias se hallaban esparcidas por toda la estancia y alrededor del lecho: tres espinas de la corona de Cristo, un diente de san Pedro, una pluma del ala del arcángel san Gabriel, un trozo del manto de María Magdalena..., y muchas más que habían sido traídas de las iglesias. Rezos y rosarios ayudaron a que el parto fuera feliz.
Tuvo una infancia, como hemos dicho, enfermiza y escrofulosa, acompañada de una lactancia desastrosa y detestable, llegando un momento en que, más que mamar del pecho de sus nodrizas, les devoraba a mordiscos los pezones, causándoles profundas heridas.
Su salud era tan precaria que continuamente se estaba temiendo por su vida. En invierno había que envolverle en mantas y pieles, para que le proporcionaran el calor del que su débil cuerpo carecía. A esta edad apenas podía ponerse en pie y más que andar, gateaba. Se apoyaba, constantemente, sobre las rodillas de sus ayas, que lo sujetaban por unos tirantes atados a las axilas y a la cintura, y dispuestos de tal forma que las correas se disimulaban entre el amplio ropaje.
Llevaba puesto un gorro, a la inglesa, que no tenía fuerzas para quitarse cuando le visitaban personajes importantes, por lo que la gobernanta respondía por él a los cumplidos que le dirigían.
El lamentable aspecto que ofrecía el príncipe desbordó nuestras fronteras, tanto desde París como desde Viena alertaron a sus representantes en Madrid para obtener todo tipo de información. Luis XIV de Francia, particularmente interesado en todo lo concerniente a la sucesión de la monarquía hispánica, envió a la corte española a Jean Joubert con la misión concreta de indagar sobre el recién nacido. Los intentos de las potencias extranjeras chocaron con el hermetismo más absoluto con que este asunto se llevaba. La falta de información espoleó aún más los rumores.
Los comentarios se desbordaron y un número de bulos y exageraciones cada vez mayor circulaba por todas partes.
La situación creada daba pábulo a todo tipo de especulaciones. En una carta remitida desde Viena al embajador imperial en Madrid, conde de Ptting, se indicaba de modo textual:
"Dicen claramente, entre otras cosas, que no creen tenga España un príncipe, porque no es varón sino hembra".
Un informe para el Rey Sol señalaba lo siguiente: "El príncipe parece ser extremadamente débil. Tiene en las dos mejillas una erupción de carácter herpético. La cabeza está enteramente cubierta de costras. Desde hace dos o tres semanas se le ha formado debajo del oído derecho una especie de canal o desagüe que supura. No pudimos ver esto, pero nos hemos enterado por otros conductos. El gorrito hábilmente dispuesto a tal fin, no dejaba ver esta parte del rostro".
Bastante había con que no anduviera, bastante había con que fuera preciso tenerle envueltas las piernas con mantas para que no se le enfriaran.
Bastante sufrió su aya —la marquesa de los Vélez, doña María Engracia de Toledo— al ver que, al solo contacto del aire, ya se le producía un catarro. Bastante sufrieron las meninas que lo cuidaban y que habían de sostenerlo con unos cordones para que se pudiera mantener de pie cuando venía algún embajador a saludarlo.
Hasta el año 1667 no pudo recibir a los embajadores sin que fueran necesarios aquellos cordones, y por fin el embajador de Francia, el arzobispo de Embrun, pudo comprobar que, al saludarlo, ya se sacaba él mismo el bonete sin que nadie le ayudara.
A excepción de algunos instantes de sueño que se procuraba acunándole constantemente, su infancia no fue más que un largo constante gemido hasta los diez años. Todo el arte de la medicina, toda su ciencia, fracasaron para dar una salud más estable a este desecho de la humanidad. El embrutecimiento de su espíritu respondió a la enfermedad de su cuerpo.
A los nueve años aún no sabía leer ni escribir. Como se sostenía en pie con dificultad y se cansaba, sus juegos los realizaba sentado, sobre mullidos almohadones, rodeado de enanos y bufones, que le distraían con sus anormalidades, siendo las únicas que este príncipe retrasado entendía.
No mostró ninguna disposición por los estudios. A los veinte años su inteligencia y sus conocimientos eran tan escasos como los de un niño. Los placeres y los ejercicios le eran indiferentes, y si iba de caza, casi siempre lo hacía en carroza. Cuando tenía treinta años creyó hacer un gran esfuerzo al dedicarse, durante una hora todos los días, a la lectura de un libro de historia. En esta naturaleza, enferma y mórbida, era natural su desinterés por los asuntos de Estado.
Cuando el primer ministro le hablaba de estos temas, miraba constantemente el reloj, esperando con impaciencia el final para marcharse a descansar.
Era del dominio público la poca afición del príncipe a la higiene y el mínimo cuidado que ponía en su aseo personal. Gustaba de tener una larga cabellera que, enmarañada y sucia, colaboraba en no poca medida a dar el aspecto macilento y cadavérico que ofrecía su pobre figura. A propósito de su descuido personal se cuenta una sabrosa anécdota relacionada con su hermanastro, don Juan José de Austria, quien dijo al rey —ya era rey Carlos II—: "Lástima es, señor, que ese hermoso pelo no se cuide mucho de él". El rey, al oírle, se volvió al gentilhombre de cámara que le atendía y le dijo en voz alta: "Hasta los piojos no están seguros de don Juan".
Todos los que lo conocieron pudieron comprobar que su instrucción había sido deficientísima. Tan mala debió de ser aquella instrucción que, a sus catorce años, quisieron enmendarla confiándola al padre José Zaragoza, sabio jesuita. Tan mala debió de ser que incluso su hermano hubo de meterse en ella. Pero todos los compases, triángulos y anteojos que hizo comprar el padre Zaragoza eran arrinconados por el pequeño rey tan pronto como le era posible, para eludir las lecciones del jesuita y poder dedicarse a una de sus diversiones favoritas: meterse en la repostería de palacio para ver cómo hacían los pasteles.
Como el rey no podía reinar, la reina regente nombró un consejo formado por notables personalidades. Una de ellas era el presidente del consejo de Castilla don García de Sotomayor y Guzmán, conde de Castrillo. Se trataba de un hombre de gran experiencia, con un largo historial de servicio a la Corona. Sin embargo, cuando la junta comenzó a funcionar era un octogenario con las facultades muy mermadas. Desde la derrota de Villaviciosa había caído en una grave depresión al haber perdido en aquella aciaga jornada a su único hijo. A ello se añadían los problemas que le ocasionaba su mujer, tanto por los devaneos amorosos que tenía y que habían puesto en grave apuro a su marido, considerado por algunos un cornudo complaciente, como porque se aprovechaba de la posición de poder de su esposo para realizar negocios de los que obtenía ilícitos beneficios.
Pero la figura más importante del consejo era el arzobispo de Toledo Everardo Nithard, extranjero nacionalizado español, confesor de la reina Mariana y su privado. Bajo la privanza de este jesuita hubo de hacer frente, con escasos apoyos, a graves problemas tanto internos como externos. En el interior, Nithard estaba prácticamente aislado y sólo contaba con la ayuda, aunque decisiva, de su valedora. Por su carácter austero y adusto no tenía simpatías en los círculos cortesanos; y por su condición de extranjero, a pesar de su nacionalización, era odiado por las clases populares. Este rechazo se vio incrementado cuando suprimió las representaciones teatrales, una de las pasiones de la época junto a los toros, aduciendo que la grave situación por la que atravesaban los negocios del Estado no permitían tales regocijos.
En todas las cortes de Europa se conocía la endeblez física y mental de Carlos II. Desde que nació se estaba esperando de un momento a otro la noticia de su fallecimiento. Pero el rey, llevando la contraria a todo el mundo, pasó la infancia a trancas y barrancas y entró en la adolescencia débil, enclenque, escuchimizado, pero vivo. Tan vivo que en las cortes europeas en las que se esperaba su muerte se empezó a hablar de boda.
Si todas las bodas reales eran por razón de Estado, más lo es en este caso en que de la boda se espera o se desconfía de la sucesión. El rey Carlos II era producto de una degeneración familiar y se suponía que no podía tener hijos.
La corte francesa era la más interesada en el asunto por su inmediata vinculación en la familia real, ya que don Carlos es cuñado y primo hermano de Luis XIV de Francia, que estaba siempre preparado a unir a la suya la Corona de España, en nombre de su esposa doña María Teresa, hermana mayor de Carlos II.
Al ver que el rey español anuncia sus deseos de casarse, propone a la princesa María Luisa de Orleans, sobrina suya e hija de Felipe de Francia, duque de Orleans, casado con su prima hermana, la princesa Enriqueta de Inglaterra.
Este matrimonio era un tanto pintoresco: Felipe tenía aficiones un algo raras, hoy no lo serían tanto, pero ser gay en aquella época chocaba bastante.
Fue obligado a casarse, pero no por ello abandonó a su amante Armand de Gramont, conde de Guiche, del que se dice que el día del matrimonio recibió un anillo de boda igual al de la princesa Enriqueta.
De este extraño matrimonio nace la princesa María Luisa, y el padre, para celebrarlo, cambia de amante, que en esta ocasión es Felipe de Lorena.
Cogiditos de la mano con pendientes, pelucas y fuertemente maquillados se los ve pasear por Versalles, y una noche en un baile de gala el hermano del rey vestido de mujer baila un minueto con su amante.
La princesa Enriqueta por su parte grita, se desespera, insulta, llora y organiza grandes peleas domésticas. Y como ello no es suficiente, se convierte en la amante del rey. Así, amante, primo hermano y cuñado son una misma persona.
Pero en la corte de Madrid se había recibido en el ínterin una petición de mano curiosa, pues generalmente quien hace la petición es el hombre o sus representantes, y en este caso era al revés. El emperador de Austria mandó a doña Mariana una carta en la que se leía: "El señor emperador Carlos V y los señores reyes Felipe II, III y IV, de gloriosa memoria, han tenido siempre la máxima de casar sus majestades a sus hijos con princesas de la casa de Austria y dar también las infantas sus hijas a los señores emperadores. Y sus majestades cesáreas han imitado en todos tiempos el mismo dictamen, y de esto han resultado continuamente por ambas partes una suma satisfacción a los príncipes y consuelo a sus reinos y vasallos. Y aunque la tierna edad de la princesa puede estorbar la ejecución del matrimonio no se debe atrasar el ajustarle y publicarle".
La ofrecida novia contaba seis años de edad.
El ofrecimiento no fue aceptado y en cambio se solicitó del rey francés el enlace con María Luisa de Orleans. Jerónimo de Moragas en su libro "De Carlos I emperador a Carlos II el Hechizado" dice de María Luisa:
"Conceptuábanla todos como princesa de singulares prendas. Había sido educada bajo la dirección de la famosa pedagoga madame De Rouxel, la cual consiguió que María Luisa dominara sus frecuentes accesos de impaciencia, que pudiera hablar de todo sin profundizar en nada, y que aprendiera a tocar el clavicordio. Ser paciente resultaba condición indispensable para convertirse en esposa del consentido y regalado Carlos; el clavicordio resultó una válvula de escape insuficiente para paliar el tedio de la vida en Madrid, y lo de saber hablar de todo quizá le hubiera prestado un buen servicio en la corte de Felipe IV, pero no en la de su hijo, donde no se hablaba de nada".
El 31 de agosto de 1679 se celebró la boda por poderes y el 18 de noviembre de ese mismo año se entrevistó por primera vez la pareja en Quintanapalla, pequeña aldea cercana a Burgos, y dice el cronista que:
"el rey tomó a su alteza galantemente de la mano y la condujo a la sala contigua, habilitada para capilla. Sentados ambos, se miran sonrientes, sin posibilidad de entablar diálogo, pues no conocen más que sus lenguas respectivas, cuando, aproximándose, se ofrece obsequioso el embajador francés a servir de intérprete...".
Terminada la misa de velaciones, almuerzan solos sus majestades, regresan a Burgos, sin admitir a nadie en su coche y se encierran prestamente en sus habitaciones.
Hasta entonces los cónyuges no se habían conocido, pues aún no estaban vigentes los "viajes a vistas", y sólo el novio vislumbraba a su prometida a través de una pintura, con seguridad amable, que le habían enviado y que entusiasmó locamente al monarca por su belleza y hermosura. En su éxtasis Carlos no sabía más que decir: "¡Mi reina! ¡Mi reina!" al tiempo que la abrazaba y besaba. Este casamiento se hizo, pues, por el amor o mejor diríamos por la pasión del rey, y frente al criterio de su madre.
El rey Carlos II contrajo matrimonio con la princesa María Luisa, hija del duque de Orleans, sobrina de Luis XIV (1679). Como camarera mayor de la nueva soberana fue nombrada la duquesa de Terranova, mujer que frisaba en los cincuenta y cuatro años, de carácter áspero y sumamente orgullosa de su linaje. Desde el primer momento fue antipática a la reina la camarera mayor, y más cuanto ésta, prevalida de la etiqueta, quiso separar del lado de la reina a las pocas personas que a su servicio había traído de Francia, entre las que se encontraba su nodriza y la marquesa de Villars. Además, cuantas personas pretendían ver a la reina, habían de solicitarlo previamente por escrito a la dicha camarera, y ésta, por escrito también, concedía o no la audiencia.
Diferentes veces había querido ver a la soberana el embajador de Francia y en más de una ocasión la de Terranova se opuso, y cuando accedía, era a condición de estar presente en la entre vista. Se dolió de esta actitud la reina y la duquesa contestó:
—La reina de España no debe recibir sola a ningún hombre, aunque éste sea el embajador de Francia.
Un día, precisamente por la mediación de la nodriza de la reina, el embajador entró en las habitaciones de María Luisa sin pasar por el "control", como se diría ahora, de la atroz duquesa de Terranova; pero la inflexible camarera tenía montado un perfecto servicio de espionaje en torno a su soberana y al punto fue advertida de lo que ocurría, y a escape corrió para personarse en la real cámara. Halló la puerta cerrada; en vano llamó repetidas veces. Alzando la voz y golpeando la puerta sin recato alguno, gritaba su acostumbrada muletilla:
—¡La reina de España no debe recibir sola a ningún hombre, aunque sea el embajador de Francia!
Sus voces y sus golpes atrajeron a la antecámara numeroso público y, en esto, la puerta se abre de par en par y avanza la reina. Quiere la de Terranova volver a repetir su cantinela de costumbre, pero la reina la ataja diciendo:
—¡Ya sé, ya sé! —y tendiéndole la mano, le recordó, con el ademán, que su primer deber era el de besar la mano de su majestad.
Trémula de ira, dobla la rodilla, va a besar la real mano y ¡paf! la real mano descarga tan fenomenal bofetada sobre la mejilla de la señora duquesa de Terranova, que ésta viene al suelo en medio de la estupefacción general.
Cortó la escena la llegada del rey, que regresaba de caza. La de Terranova le hizo una descripción espeluznante de lo sucedido; algún escritor ha dicho que la acompañaron cien damas cuando pasó a presentar sus quejas al pobre Carlos II. Este, aterrado, fue a pedirle cuentas a su real esposa, anticipándose a poner en duda lo que le habían referido, pero la reina se lo confirmó, advirtiéndole que al obrar así obedecía al imperioso mandato de un antojo, porque... El rey no la dejó terminar. Loco de gozo, ordenó que en todas las iglesias de España se cantasen salves y tedéum para solemnizar tan fausto suceso; marchó inmediatamente con sus cortesanos a postrarse a los pies de la Virgen de Atocha, y a la duquesa de Terranova le dedicó un par de frases triviales... Total: que la pobre duquesa presentó en el acto la dimisión de su alto cargo y al día siguiente salió en la posta para Italia.
Sabido es que al rey de España Carlos II el Hechizado se le declaró mayor de edad días antes de cumplir los catorce años. Tenía dos más cuando, un Jueves Santo, al recorrer las estaciones, dio a un pobre cierta cruz de brillantes que llevaba. A poco advirtieron los caballeros de su séquito que el rey no tenía la cruz y comenzaron a gritar:
—¡Han robado la cruz de su majestad!
Pero el pobre, que seguía al real cortejo se apresuró a decir:
—¡Aquí está la cruz! ¡Su majestad me la dio!
El rey confirmó las palabras del mendigo, y aunque le retiraron la cruz por pertenecer a las joyas de la Corona, el consejo decidió que, como quiera que fuese, las limosnas del rey debían ser siempre sagradas. Por consecuencia, y tasada la cruz en doce mil escudos, entregóse dicha suma al pordiosero.
Quiso el rey de España Carlos II que su boda con la princesa María Luisa de Orleans, sobrina carnal de Luis XIV de Francia, se celebrase en Madrid después de la de Quintanapalla en una capillita de palacio y que tan sólo se admitiese en ella a los grandes de España. Ningún embajador fue invitado a presenciar la ceremonia.
Era entonces embajador de Francia cerca de la corte española el mariscal Duque de Villars, hombre de méritos por su talento y valor personal, acreditado en muchos y afortunados hechos de armas, si bien su moralidad y fanfarronería eran... poco más o menos las corrientes en caballeros de su linaje y dotes. El duque llegó a palacio el día de la boda, se enteró de las órdenes del monarca español y dijo:
—La novia es sobrina del rey, mi señor, y realmente yo soy quien he hecho este matrimonio; por lo tanto, esas órdenes nada tienen que ver conmigo.
Acto seguido se metió en la capilla, y como no tenía lugar reservado en la misma, se sentó en el taburete que se hallaba en lugar preferente, a la cabeza de los grandes de España, destinado al condestable de Castilla.
Cuando este alto dignatario llegó, le advirtió al francés:
—Este es mi puesto.
A lo que contestó el de Villars:
—Indicadme otro más preferente, y me iré.
El condestable tuvo el buen gusto de no contestar a esta impertinencia, se hizo traer otro taburete y la cosa no pasó de ahí.
Luis XIV de Francia veía en la boda de María Luisa una posibilidad de apoderarse de España o por los menos de algunas de sus provincias. Pero Luis XIV no acertó en sus cálculos, su sobrina vino a ser la reina de España, y si bien no consiguió nunca ser una española como lo habían conseguido cumplidamente Isabel de Valois e Isabel de Borbón, si bien se peleó tantas veces con su marido por sus relaciones con Luis XIV, nunca fue traidora ni desleal a su Corona. María Luisa siguió siendo en Madrid una francesa, pero nunca una extranjera enemiga de su nueva patria, y en esto, como en todo, quedó muy por encima de aquella Mariana de Neoburgo que vino a España para seguir siendo una alemana y laborando siempre en provecho de sus parientes alemanes en perjuicio de Carlos y su Corona. Y por una de aquellas burlas paradójicas, resultó que la de Neoburgo, con sus intromisiones, cubileteos y enredos, llegó a hacerse tan odiosa a los madrileños que los inclinó hacia el lado francés mucho más de lo que hubiera conseguido la de Orleans.
El matrimonio de Carlos con María Luisa duró diez años y Carlos II llegó a quererla profundamente, si bien su madre doña Mariana de Austria, que ejercía un notable dominio sobre él, procuró destruir este amor conyugal de su hijo hacia su esposa, al tacharla de estéril.
Era la reina María Luisa "mujer de aventajada estatura, bien formada de cuerpo, brillante aspecto, amable y precioso trato", según refiere el embajador Federico Cornaro.
Sus alteraciones menstruales, expresión de una insuficiencia ovárica, que la autopsia confirmó a posteriori, llevaron a la reina a sospechar el embarazo en más de una ocasión.
A fines de 1679, un retraso menstrual hace pensar a María Luisa en el deseado embarazo, pero la ansiada esperanza se desvaneció al comienzo del siguiente año. Por estas fechas había engordado visiblemente y su busto era por ello más ostensible y rotundo. Es verosímil que esta gordura no fuese enteramente atribuible a su notable glotonería y a sus excesos alimentarios, para los que, siguiendo sus gustos, le preparaba su cocinero francés los más exquisitos platos. A su eventual disendocrinia y a su régimen dietético hipercalórico, debe sumarse su vida recogida y la costumbre de guardar doce horas de cama, factores todos que desdibujaron la inicial esbeltez de la recién casada.
La marquesa de Villars escribe por aquellos días que tras un año de matrimonio la reina todavía es virgen y el diplomático Rebenac escribe al rey de Francia que: "He descubierto el secreto de cómo apoderarme de algunos de los calzoncillos del rey, porque para no olvidar ningún detalle, lleva sus camisas sólo hasta la cintura; son de toalla muy espesa, que debe rozarle. He hecho que fuesen examinados por dos cirujanos de la embajada. Uno de ellos cree que se puede producir la generación; el otro me asegura que no".
A sus diecinueve años, Carlos II padecía, sin la menor duda, una "eyaculatio precox", que determinaba una disfunción sexual en la pareja y una consiguiente inconsumación por alteración en la inseminación y en el fisiologismo de la cópula. Nada de extraño puede resultar que en esta mala práctica sexual la reina pudiese ser frígida. Frigidez también motivada por la falta de atractivo del soberano, del que no estaba enamorada o hasta incluso por la repugnancia hacia su persona, "por los modales vulgares y groseros" del mismo, carentes de toda delicadeza, según nos cuenta el embajador Villars, capaces de "alimentar la aversión y pesadumbre de la reina".
Pero un día o una noche el milagro se cumplió. El rey anunció que había consumado el matrimonio y se permitió bromas sobre el hecho, dando detalles del mismo como si fuese una gran proeza.
Pero el heredero no llegaba. Se culpaba de ello ahora a María Luisa, culpándola de estéril, pues en aquella época no se concebía la esterilidad masculina si se producía la erección.
Por ello los médicos del reino recetaron a la reina mil brebajes, sahumerios, potingues, emplastos y naturalmente sangrías y purgas, pero nada de ello dio resultado. Se probó entonces el remedio sobrenatural y llovieron las estampas, rosarios, novenas, trisagios y reliquias. Pero con muy buen sentido la reina decía a su amiga la embajadora de Francia:
—¿Creéis verdaderamente que esto es cuestión de rogativas?
La reina se aburre; siguiendo la tradición de la Casa Real española visita conventos, cosa que le fastidia. En palacio se representan obras teatrales, pero aunque habla el castellano con cierta soltura, se le escapan palabras y frases enteras de Calderón de la Barca u otros autores del momento. Es mujer de buenos sentimientos, y el dinero que otras soberanas empleaban en fundar conventos o en dotar novicias ella lo emplea en obras de caridad, ayudando a los pobres de Madrid, villa, que, de incógnito, procura recorrer, cosa que está muy mal vista por las damas de la corte.
Poco después el diplomático francés que había sustituido a Villars recibe una confidencia por parte de la reina:
"La reina me dijo hoy que tenía deseos de confiarme algo que jamás había querido decir a nadie, a saber: que ya no era realmente doncella, pero que, por lo que se imaginaba, creía que nunca tendría hijos. Su modestia le impidió explicarme más detalles y el respeto me vedó a mí hacer preguntas; más, por lo que dijo, intuí que había un defecto atribuido a demasiada vivacidad por parte del rey, que impedía que la cópula fuese perfecta, no habiendo logrado simultanear sus efusiones".
El pueblo, mientras tanto, canta una coplilla:
Parid, bella flor de lis,
que en aflicción tan extraña,
si parís, parís a España,
si no parís, a París.
Supongo que esto es lo que hubiera deseado la reina, volver a París.
Realmente la reina María Luisa era inocente totalmente de todo lo que se le atribuía. Incluso era inocente de su pretendida esterilidad, pues el responsable de ella era el rey, que en las pocas veces que conseguía una erección eyaculaba precozmente.
El 8 de febrero de 1689 fue a cabalgar por los bosques del Pardo, y a su regreso se encontró mal. Al día siguiente no se levantó y tuvo fiebre, vómitos y diarrea. Los médicos dictaminaron cólera morbo; en realidad un desarreglo intestinal producido por los mejunjes y brebajes que le propinaban los médicos de cámara. De ello se sucedió una apendicitis que con las purgas que le administraron se convirtió en peritonitis.
Los médicos se reconocieron impotentes para salvar a la enferma, y don Carlos hace que le instalen un sillón en la cabecera del lecho. Ella misma pidió el viático y pidió perdón a todos los presentes, entre los que figuraba la duquesa de Terranova. El rey reza por ella y la reina le dice:
—¿Para qué quiero la salud si no puedo seros de utilidad a vos y al reino?
Murió a las nueve de la mañana del 12 de febrero. Aún no había cumplido los veintisiete años.
El embajador francés pidió que se hiciese la autopsia a la reina en presencia de cirujanos de su confianza para comprobar que no había sido envenenada. La respuesta fue entregar los pasaportes al embajador francés y expulsarle del reino.
Diez días después de la muerte de la reina. Carlos II recibió un escrito del consejo de Estado pidiéndole que contrajese nuevo matrimonio con la esperanza de que Dios le dé un heredero.
Sólo la esperanza de tener hijos, esperanza que únicamente él tenía, hizo que Carlos II contrajese matrimonio por segunda vez. Había estado viudo durante seis meses.
Una vez que se hubo decidido el nuevo matrimonio de Carlos II empezó el bailoteo de candidatas al trono español. Y ello a pesar de que ya se sabía fehacientemente que el rey español era impotente.
Dos candidatas fueron elegidas en último lugar: las dos se llamaban Mariana. Una era Mariana de Médicis y otra Mariana de Neoburgo. Naturalmente hubo el consabido envío de retratos, ante los que Carlos II dictaminó:
—La de toscana no es muy fea y la de Neoburgo tampoco parece que lo sea.
Ante la duda, un elemento decanta la elección del lado de Mariana de Neoburgo: el hecho de que tenía veintitrés hermanos, lo que demostraba que su madre era muy fecunda y lógicamente ella también podría serlo.
El día 28 de agosto de 1689, en Neoburgo, se celebró la boda por poderes, oficiando el hermano de la novia, Alejandro Segismundo, recién ordenado, y representando a Carlos su primo José, rey de Hungría.
El 6 de abril del año siguiente, Mariana —que hizo el viaje por mar llegaba al Ferrol y allí comenzaba ya a crear situaciones enojosas entre los que habían ido a recibirla, situaciones que duraron algunos días, porque no llegaba de Madrid el dinero para proseguir el viaje.
El 3 de mayo debía verificarse la boda definitiva en Valladolid ante el arzobispo de Santiago, pero no puedo celebrarse hasta el día 4 porque Carlos, que había pernoctado en Simancas, durmió más de lo debido y llegó tarde.
Del 28 de agosto de 1689 al 27 de enero de 1690 lo emplea la nueva reina en salir de Neoburgo y llegar a la costa holandesa, pasando por Colonia. Dos meses más tarda la travesía desde Holanda a El Ferrol, pero no desciende a tierra hasta el 6 de abril y es recibida por la nobleza y por su nueva camarera mayor, la condesa de Paredes. En total el viaje había durado siete meses.
Por otro lado, la pareja era risible: él pequeño, enclenque, raquítico, enfermizo, con voz débil y atiplada, pelo lacio de color aceituna, ojos linfáticos y saltones y el mirar apagado. Ella robusta, alta, opulenta de busto, gordinflona, pelo rojizo, rostro pecoso, ojos saltones y nariz larga. En realidad no era una pareja como para encandilar a nadie.
A los pocos meses la reina, que no era tonta y sabía para qué se había casado con la birria de su marido, fingió estar embarazada. El primer extrañado debió de ser el rey. Pero cuando la farsa está a punto de descubrirse, finge esta vez un aborto, ayudada para ello por su médico particular, alemán como ella.
La consternación de Carlos II fue enorme; después de la primera sorpresa, se había hecho a la idea de que por fin podía tener descendencia. Su esposa repetirá la broma once veces más; es decir, cada vez que vio que su marido se apartaba de ella o de sus intereses.
Porque doña Mariana tenía un sentido de los negocios bastante grande.
La ayudaban en ello la baronesa de Berlips, llamada por los madrileños "baronesa de Perdiz", y un aventurero llamado Enrique Wisser y conocido con el sobrenombre de "el Cojo", porque lo era. El dinero que sacaba de sus negocios lo empleaba en parte para enviar dinero a su familia, por que decía un embajador que la reina "tiene el pelo rojo, se llena de pecas en verano, es gorda y alta como un gigante y en la monarquía española no hay dinero bastante para sostener a todos sus hermanos".
Por ejemplo vendió el cargo de secretario de Estado a don Juan de Angulo. El rey embobado, puesto que era el tiempo de sus fingidos embarazos, firmó el nombramiento y la reina se embolsó siete mil doblones de oro que, descontada la comisión para sus cómplices, fueron enviados a Neoburgo.
Don Juan de Angulo se unió a la camarilla de la Perdiz y el Cojo, aumentada por un soprano llamado Mateucci, italiano conocido con el nombre de "el Capón" porque estaba castrado.
González Doria escribe: "Dice un autor de nuestros días que "... casi todas las figuras históricas tienen sus defensores y sus detractores; Mariana de Neoburgo constituye una excepción: sólo tiene detractores". Y añade el mismo autor: "María Luisa de Orleans se había conformado con su suerte. Mariana, desde el primer momento comprendió que la carga era demasiado pesada. De ahí sus escenas conyugales tormentosas, sus gritos e insultos, su total desapego hacia aquel pobre enfermo con el que tenía que compartir su cuerpo; algo que la repelía y que la convirtió en una mujer de comprensible frialdad, entregada por completo a su ambición y codicia, abocada a la intriga política como una válvula de escape para sus frustraciones femeninas." El autor de nuestros días que cita González Doria es Juan Balansó.
Según dice Antonio Cánovas del Castillo, Mariana era soberbia, imperiosa, altiva, la capacidad moderada, el antojo sin moderación ni límite, la ambición de atesorar grande, no menor la de tener parte en el manejo del gobierno, así en las resoluciones arduas como en la provisión de mercedes, cargos y honores. Llevaba con tal impaciencia cualquier cosa que se opusiese a su voluntad, que hasta con el rey prorrumpía en desabrimientos muy pesados y en injurias, que Carlos, flaco y enfermo, sufría con tolerancia por no saber con vigor excusarlo, haciendo lo que ella quería muchas veces, aunque repugnara a su entendimiento.
La tragedia de Carlos II aumentó porque el no tener hijos por segunda vez ponía en entredicho su posibilidad personal de tenerlos. Y cuando le dejaban entrever esta suposición se ponía furioso. Por esto, de vez en cuando, propalaba entre sus cortesanos la falsa noticia de que la Neoburgo había tenido un aborto. Un día, hablando con el duque de Montalto, le aseguró que su esposa había abortado ya tres veces, a lo que el duque respondió atrevidamente:
—¡Majestad! Nadie lo cree.
Después de su muerte, los médicos dieron un informe bastante desafortunado de la autopsia que le practicaron. Pero en él había un dato bastante definitivo, teniendo en cuenta que para hallarlo no era preciso ser un gran anatomopatólogo: le encontraron un solo testículo, y aun éste atrófico.
 Desde muy pequeño tuvo ya don Carlos desarreglos intestinales que —mejorando a pequeños intervalos— le duraron toda la vida, agravándose cuando su creciente prognatismo le dificultó cada vez más la masticación.
Sufrió retardo motor y tuvo aquella cabezota que se ha atribuido a una posible hidrocefalia y que, muy probablemente, no pasaba de ser un fenómeno de su inevitable raquitismo.
A los seis años tuvo el sarampión y la varicela; a los ocho, a consecuencia de un catarro —que pareció leve—, presentó unas hematurias que se repitieron en otras ocasiones y que quizá deban ser enlazadas con el final de enfermo renal que tuvo.
A los diez años pasó la rubeola, y a los once sufrió viruela, que estuvo muy cerca de llevárselo al otro mundo.
A los treinta y dos años, después de sus múltiples afecciones, perdió el pelo, lo que quedaba disimulado debajo de la peluca que ya usaba y que no quiso empolvar nunca para no parecerse al rey francés.
A los treinta y cinco años —si no antes— comenzaron sus accesos palúdicos, que ya fueron tratados con quina, pero que, al añadirse a la congénita decrepitud, fueron agotando sus fuerzas y su vida hasta el punto de que a los treinta y seis años ya era un valetudinario, flaco, descolorido y sumido en una melancolía permanente.
Y a todo esto se sumaban sus médicos, purgándolo, sangrándolo y usando medicamentos como los polvos de víbora y nutriéndolo con pollos alimentados a su vez con aquellos polvos.
Durante su última enfermedad, reunido todo el protomedicato local, se acordó colocarle pichones recién muertos sobre la cabeza y entrañas calientes de cordero sobre el abdomen.
Cuando Carlos tenía ya treinta y ocho años comenzó a acusar hinchazones en los pies, luego en las piernas y más tarde en las manos y la cara. A esta hinchazón, los embajadores, en sus cartas, añadían otra de la lengua, que se le producía de vez en cuando, dificultándole la palabra.
Pero aquella hinchazón de la lengua había comenzado un año antes de que principiaran sus edemas. Y es que Carlos, desde hacía mucho tiempo, sentía a veces unas congojas que terminaban en desmayos. Aquellos desmayos se hicieron más largos y frecuentes —posiblemente sólo eran desmayos para unos palaciegos obligados a decir mentiras—. Alrededor de los treinta y siete años, sus desmayos son tan largos que duran a veces más de dos horas y se acompañan de unas sacudidas bruscas de los brazos y de las piernas y de unos movimientos de los ojos y de la boca hacia un mismo lado.
Y en este tiempo comenzó a hinchársele la lengua hasta dificultarle la palabra. Y es que el pequeño rey, como su difunto hermano Felipe Próspero, como quizá su hermana María Ambrosia, era un epiléptico, con grandes ataques hacia el final de su vida, durante los cuales, como ocurre a tantos epilépticos, se mordía la lengua.
Y quién sabe si aquellas cóleras que tenía tan frecuentemente —sin ton ni son cuando era niño, tan fundamentadas algunas veces cuando ya era un hombre casado— no eran un fenómeno más de aquella epilepsia, como quizá también lo era aquel mirar vacío perdido de sus ojos inexpresivos.
En vista de que los médicos no acertaban a curar al rey y decididos a no declarar que Carlos II era impotente no se vaciló en atribuir todos los males a los hechizos y desde aquel momento se inicia una serie de actos patéticos que serían risibles si no fuesen lastimosamente ciertos. El palacio real se llena de frailes, exorcistas y curanderos; por medio de una monja endemoniada se consigue que Belcebú hable claro al mismísimo inquisidor general del Santo Oficio:
—El rey está hechizado desde los catorce años —declara el diablo—, y por esta causa es incapaz de engendrar descendencia.
—¿En qué forma se administró el hechizo a su majestad? —pregunta el sacerdote.
—Diluido en una jícara de chocolate.
—¿Con qué se había confeccionado el filtro maligno?
—De los sesos y riñones de un hombre ajusticiado; para quitarle el numen y el semen.
—¿Qué persona se lo hizo beber?
—Una mujer que ya está juzgada.
¿Se refería el diablo, tal vez, a doña Mariana de Austria?
—¿Con qué fin?
—Con el de reinar.
Ya no cabía duda. ¡Y pensar que la quisieron hacer santa!
—¿Qué remedios hay para salvarle de ti, espíritu infernal?
—Darle aceite bendito en ayunas, ponerle luego una lavativa y apartarle de la reina durante dieciocho días.
Dicho lo cual, el educado y amable diablo se calló y la extática monja no pudo continuar traduciendo mensajes de ultratumba.
Ya durante el reinado de Felipe IV se había hablado varias veces de manejos de magia negra que alteraban la salud del monarca y en una oportunidad se llegó a quemar en la iglesia de Atocha un librillo en el que la efigie del rey se encontraba atravesada por alfileres. También a comienzos de su reinado se procesó a un tal Jerónimo de Liébano, acusado de haber pretendido hechizar al monarca y a su valido (Olivares), mediante el entierro de un cofre donde se guardaban imágenes de cera y retratos de los "ligados". Y era más usual de lo que puede pensarse que altos personajes de la corte recurriesen a las malas artes de las brujas para lograr favores reales.
Pero esta costumbre no era una exclusividad hispana: Maximiliano de Baviera sometió a exorcismos a su primera mujer, Isabel Renata de Lorena, porque no le daba herederos. El duque Johan Wilhelm de JidiKleve—Berg, esquizofrénico crónico y cuñado de Felipe Luis de Neoburgo, también fue exorcizado. En los dominios de éste, Wolfgang Whilhelm persiguió sanguinariamente a las brujas, acusándolas de ser responsables hasta de los inconvenientes más domésticos de sus posesiones. El elector palatino Johan Wilhelm estaba convencido de la directa intervención del demonio en el aborto de su mujer, y trató de encontrar a la bruja que había hechizado su casa. En la búsqueda fueron quemadas decenas de mujeres inocentes, cuyo único crimen era su ignorancia y su miedo a la tortura.
El consejo requiere a fray Antonio Alvarez para que les ilustre sobre los remedios que se deben aplicar al rey. Como siempre, la respuesta no se hace esperar:
Los remedios de que necesita el rey son aquellos mismos que la Iglesia tiene aprobados: lo primero, darle aceite bendito en ayunas; lo segundo, ungirle el cuerpo y la cabeza con el mismo aceite; lo tercero, darle una purga en la forma en que previenen los exorcismos y separarle de la reina.
Puesto que el rey estaba hechizado, tenía que ser por fuerza paradiabólica y de diablo importante puesto que se atrevía con el rey. Por ello fuerza fue someterle a exorcismos que debían ser practicados por un sacerdote y en la iglesia del Alcázar, pues en sitio sagrado el diablo podía temer más la acción de Dios. Se escogían testigos, a poder ser eclesiásticos, pero nunca ni mujeres ni menores de edad.
Los exorcismos se celebraban con una gran solemnidad y siempre en latín, por ser la lengua que el demonio prefería para obedecer. El duque de Maura cuenta que cierto cura rural quería exorcizar a una joven haciéndolo en castellano y el diablo por boca de la posesa le dijo:
—Mándeme en latín que salga de esta moza y luego saldré.
El duque de Maura dice que el sacerdotal romano señalaba así los síntomas de unos y otras para su distinción: "Está hechizado el enfermo cuando se le ha trocado el color natural en pardo y color de cedro, y tiene los ojos apretados, y los humores secos y, al parecer, todos sus miembros ligados. Las señales ordinarias de que uno está juntamente poseído del demonio son un apretón del corazón y boca del estómago, pareciéndole que tiene sobre él una bola; otros sienten unas picaduras como de aguja en el corazón y suele ser tan grande el tormento, que parece que se lo comen a bocados, y lo mismo suele suceder en otras partes del cuerpo. A otros les parece que a la garganta se les sube y baja una bola, y algunas veces no pueden retener nada en el estómago de lo que beben o comen para sustentar la vida. Finalmente, la señal más cierta de lo referido es cuando los medicamentos de la medicina nada aprovechan".
Sería el cuento de nunca acabar contar todas las perrerías que le hicieron al pobre Carlos II los frailes encargados de los exorcismos.
Y la reina continuaba sin tener hijos. Por el pueblo corría una frase que se repetía cada vez que la reina fingía un embarazo:
—Tres vírgenes hay en Madrid: la Almudena, la de Atocha y la reina nuestra señora.
En el monasterio de El Escorial, con motivo de inaugurarse los panteones de los reyes y de los infantes, se procede al traslado de los cadáveres allí depositados, que debía ser con templado por el rey Carlos II para que, a la vista de tales despojos humanos, se pudiese liberar de los demonios que lo poseían. "Este [el rey] contempla lo que en cada uno de los féretros queda de su primera esposa, de su padre Felipe IV, de sus abuelos Felipe III y doña Margarita; de sus bisabuelos Felipe II y doña Ana, y de sus tatarabuelos los reyes emperadores don Carlos y doña Isabel. De todos aquellos despojos, alguno momificado y en buen estado de conservación, como es el caso del emperador, los que más honda impresión causan en Carlos II son los de su amada esposa la reina María Luisa, consumida y desfigurada a los nueve años de haber fallecido. Y el pobre Carlos se pasó toda aquella noche gimiendo y diciendo a gritos: "¡María Luisa! ¡Mi reina!...".
Por aquellos días se presenta en la corte un fraile capuchino italiano, fray Mauro de Tenda, quien, según confesión propia, viene andando desde la Saboya sin otra aspiración que la de salvar la vida del rey, lo que afirma en su calidad de experto en la práctica exorcista. El ofrecimiento de fray Mauro es discutido acaloradamente por los consejeros civiles, militares y eclesiásticos, hasta que por fin se otorga la venia para que el capuchino italiano inicie sus sesiones bajo la mirada del Santo Oficio.
Fray Mauro era un lince al que no se le escapaba el menor detalle, por lo que, habiendo observado que el rey llevaba sobre el pecho un pequeño saquito, colgando de una cadena de oro, se entrevistó con la reina, a la que ordenó:
—Esta noche, cuando el rey duerma, le quitaréis el saquito que lleva colgado del pecho y que al dormir deja bajo la almohada. El rey no debe darse cuenta.
Así lo hace doña Mariana, sin que estuviera muy claro que, al verse sin la asistencia del saquito, el rey mejorara de su estado.
La reina cumple su cometido con el mayor esmero. Fray Mauro examina el contenido del saquito, que es el mismo que suele emplearse en los hechizos: cáscara de huevo, uñas de los pies y cabellos.
Pero el asunto vino a complicarse aún más con el testimonio de un muchacho austríaco, supuestamente endemoniado, que coincidía casi por completo con lo averiguado por el confesor del rey y por fray Mauro. Escribe Harrach a este respecto: "Sigue confirmándose cuanto dijo el enemigo malo por boca del muchacho de Viena. El rey, a quien apremiaron su confesor y el padre Mauro, se decidió a apoderarse de la bolsita que la reina llevaba siempre al cuello y ponía durante la noche debajo de la almohada. Cuando la tuvo en su poder, porfió mucho la reina para que se la devolviese, asegurándole que contenía muy preciadas reliquias. El rey contestó que si era así se la devolvería, siendo necesario cerciorarse, puesto que tanto ella como él tenían muchos enemigos. Avínose a esto la reina, y la bolsita fue entregada al confesor de su majestad, quien halló dentro tierra, mezclada con cabellos del rey, como había dicho el endemoniado".
En vista de ello se decidieron los dos padres a comunicar al rey la segunda parte de la revelación del diablo, a saber: "que ese maleficio era obra de la [condesa] Berlips y de doña Alejandra [azafata flamenca que pululaba por la corte], que lo habían amasado con saliva, entregándolo a la reina...". Este hechizo, perpetrado cuatro años antes, había sido materializado, siempre según el testimonio del endemoniado, por una mujer con la boca torcida y con una marca en forma de T debajo de una axila, cuya hija había sido procesada por la Inquisición acusada de practicar el judaísmo.
En lo que ni el diablo pudo ponerse de acuerdo, fue en determinar quién o quiénes eran los verdaderos instigadores de tal maleficio. Las contradicciones eran tantas que un día acusaba a la propia reina de España y al siguiente la exculpaba y señalaba como culpables a los eunucos de la corte.
Más tarde vuelve a aparecer el fantasma del hechizo. Y comenta Harrach que el fray Mauro aseguró que la reina "conoció y aprobó el uso de la bolsita hechizada", y que "el padre Gabriel tuvo tratos deshonestos con ella y tiene tabaco oculto de brujería en un cofrecito que ella le regaló. Ha añadido que la última indisposición del rey es obra de hechizo...". Y en marzo vuelve a significar el mal estado de salud del monarca, ya que, según testimonio del confesor del rey, fray Froilán Díaz, "el rey está como alelado y parece haber perdido el seso".
Carlos II murió a las tres de la tarde del día 1 de noviembre de 1700, "después de cuarenta y dos días de flujo de vientre, agravados los cuatro últimos por una apoplejía". El día 3 se le efectuó la autopsia, y según el testimonio de Ariberti: "No tenía el cadáver ni una gota de sangre; el corazón apareció del tamaño de un grano de pimienta; los pulmones, corroídos; los intestinos, putrefactos y gangrenados; un sólo testículo, negro como el carbón, y la cabeza llena de agua. Sus últimas palabras, en respuesta a una pregunta de la reina, fueron: "Me duele todo". Tuvo después un ataque de apoplejía epiléptico, que duró tres horas, quedando sin señales de vida. Luego abrió la boca por tres veces, tuvo una convulsión y expiró. Según costumbre se ha expuesto el cadáver en la Capilla Real, hasta mañana. Será trasladado a El Escorial, donde habrá novenario y funerales".
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Oliveros de Castro, M T y Subiza Martín, Eliseo "Felipe II. Estudio médico—histórico".
Ríos Mazcarelle, Manuel "La casa de Austria. Una dinastía enferma".
"Carlos V el emperador".
Salas, Horacio "La España barroca".
Serradilla Muñoz, José V. "La mesa del emperador. Recetario de Carlos V en Yuste".
Tomás Cabot, José "Felipe II".
Vallejo—Nájera, Juan Antonio "Locos egregios".
Vega, Vicente "Diccionario ilustrado de anécdotas".
"Diccionario ilustrado de frases célebres y citas literarias".
Vigil, Mariló "La vida de las mujeres en los siglos XVI y XVII".

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