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EL ARTE OSCURO

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domingo, 12 de junio de 2011

Horacio Quiroga - La gallina degollada











Horacio Quiroga - La gallina degollada



     Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos 
     idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, 
     los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. 
     El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El 
     banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían 
     inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras 
     el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora 
     llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se 
     reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad 
     ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. 
     Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al 
     tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y 
     corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. 
     Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y 
     pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y 
     quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón. 
     El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y 
     desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal. 
     Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus 
     padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su 
     estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho 
     más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada 
     consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor 
     sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas 
     posibles de renovación? 
     Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce 
     meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció 
     bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes 
     sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no 
     conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención 
     profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las 
     enfermedades de los padres. 
     Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; 
     pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; 
     había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre 
     sobre las rodillas de su madre. 
     —¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de 
     su primogénito. 
     El padre, desolado, acompañó al médico afuera. 
     —A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, 
     educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá. 
     —¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, 
     que?... 
     —En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su 
     hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo 
     nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien. 
     Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su 
     hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo 
     que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por 
     aquel fracaso de su joven maternidad. 
     Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro 
     hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir 
     extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se 
     repetían, y al día siguiente amanecía idiota. 
     Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su 
     amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós 
     ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida 
     normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; 
     ¡pero un hijo, un hijo como todos! 
     Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco 
     anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. 
     Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos 
     mayores. 
     Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran 
     compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más 
     honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No 
     sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a 
     caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. 
     Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse 
     sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían 
     entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí 
     bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo 
     obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora 
     descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro 
     hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la 
     fatalidad. 
     No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, 
     en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual 
     había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus 
     hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que 
     habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a 
     los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores. 
     Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del 
     insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba. 
     —Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba 
     las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos. 
     Berta continuó leyendo como si no hubiera oído. 
     —Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado 
     de tus hijos. 
     Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada: 
     —De nuestros hijos, ¿me parece? 
     —Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos. 
     Esta vez Mazzini se expresó claramente: 
     —¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no? 
     —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No 
     faltaba más!... —murmuró. 
     —¿Qué, no faltaba más? 
     —¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que 
     te quería decir. 
     Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla. 
     —¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos. 
     —¡Berta! 
     —¡Como quieras! 
     Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables 
     reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro 
     hijo. 
     Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, 
     esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres 
     pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más 
     extremos límites del mimo y la mala crianza. 
     Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer 
     Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la 
     horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A 
     Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. 
     No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su 
     hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su 
     descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el 
     vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía 
     afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; 
     y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, 
     cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se 
     contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada 
     cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro 
     engendros que el otro habíale forzado a crear. 
     Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto 
     posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con 
     visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día 
     sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. 
     De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las 
     golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la 
     criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar 
     idiota, tornó a reabrir la eterna llaga. 
     Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los 
     fuertes pasos de Mazzini. 
     —¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?... 
     —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito. 
     Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto! 
     —Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti. . . ¡tisiquilla! 
     —¡Qué! ¿Qué dijiste?... 
     —¡Nada! 
     —¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero 
     cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú! 
     Mazzini se puso pálido. 
     —¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho 
     lo que querías! 
     —¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi 
     padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo 
     el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos! 
     Mazzini explotó a su vez. 
     —¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! 
     ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la 
     meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora! 
     Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita 
     selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera 
     indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los 
     matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la 
     reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los 
     agravios. 
     Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. 
     Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la 
     retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que 
     ninguno se atreviera a decir una palabra. 
     A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían 
     tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina. 
     El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que 
     mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con 
     parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar 
     frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. 
     Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, 
     mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo... 
     —¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina. 
     Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de 
     pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa 
     horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos 
     de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos. 
     —¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo! 
     Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar 
     a su banco. 
     Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el 
     matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta 
     quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse 
     enseguida a casa. 
     Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El 
     sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos 
     continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca. 
     De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, 
     cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida 
     al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no 
     ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. 
     Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole 
     colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. 
     Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba 
     pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la 
     garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla 
     mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. 
     Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente 
     estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras 
     creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus 
     rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo 
     logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro 
     lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho 
     ojos clavados en los suyos le dieron miedo. 
     —¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída. 
     —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de 
     sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó. 
     —Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, 
     apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de 
     una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la 
     gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo. 
     Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija. 
     —Me parece que te llama—le dijo a Berta. 
     Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento 
     después se despidieron, y mientras Bertita a dejar su sombrero, Mazzini 
     avanzó en el patio. 
     —¡Bertita! 
     Nadie respondió. 
     —¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada. 
     Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la 
     espalda se le heló de horrible presentimiento. 
     —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar 
     frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente 
     la puerta entornada, y lanzó un grito de horror. 
     Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso 
     llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse 
     en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola: 

     —¡No entres! ¡No entres! 
     Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos 
     sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro. 

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