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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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lunes, 1 de agosto de 2011

Daniel Defoe 1







Daniel Defoe
Aventuras de Robinson Crusoe
Nací en 1632, en la ciudad de York, de una buena familia, aunque no de la región, pues mi padre era un
extranjero de Brema1 que, inicialmente, se asentó en Hull2. Allí consiguió hacerse con una considerable
fortuna como comerciante y, más tarde, abandonó sus negocios y se fue a vivir a York, donde se casó con
mi madre, que pertenecía a la familia Robinson, una de las buenas familias del condado de la cual obtuve
mi nombre, Robinson Kreutznaer. Mas, por la habitual alteración de las palabras que se hace en Inglaterra,
ahora nos llaman y nosotros también nos llama mos y escribimos nuestro nombre Crusoe; y así me han llamado
siempre mis compañeros.
Tenía dos hermanos mayores, uno de ellos fue coronel de un regimiento de infantería inglesa en Flandes,
que antes había estado bajo el mando del célebre coronel Lockhart, y murió en la batalla de Dunkerque3
contra los españoles.
Lo que fue de mi segundo hermano, nunca lo he sabido al igual que mi padre y mi madre tampoco
supieron lo que fue de mí.
1 Brema (Bremen): Ciudad y puerto de Alemania a orillas del río Weser en el mar del Norte.
2 Hull (Kingston-Upon-Hull): Gran puerto pesquero y comercial de Gran Bretaña, junto al estuario del
Humber.
3 Dunkerque: Ciudad y puerto de Francia en el mar del Norte donde, en 1658, el Ejército español fue
derrotado por los anglo-franceses.
Como yo era el tercer hijo de la familia y no me había educado en ningún oficio, desde muy pequeño me
pasaba la vida divagando. Mi padre, que era ya muy anciano, me había dado una buena educación, tan
buena como puede ser la educación en casa y en las escuelas rurales gratuitas, y su intención era que
estudiara leyes. Pero a mí nada me entusiasmaba tanto como el mar, y dominado por este deseo, me negaba
a acatar la voluntad, las órdenes, más bien, de mi padre y a escuchar las súplicas y ruegos de mi madre y
mis amigos. Parecía que hubiese algo de fatalidad en aquella propensión natural que me encaminaba a la
vida de sufrimientos y miserias que habría de llevar.
Mi padre, un hombre prudente y discreto, me dio sabios y excelentes consejos para disuadirme de llevar a
cabo lo que, adivinaba, era mi proyecto. Una mañana me llamó a su recámara, donde le confinaba la gota, y
me instó amorosamente, aunque con vehemencia, a abandonar esta idea. Me preguntó qué razones podía
tener, aparte de una mera vocación de vagabundo, para abandonar la casa paterna y mi país natal, donde
sería bien acogido y podría, con dedicación e industria, hacerme con una buena fortuna y vivir una vida
cómoda y placentera. Me dijo que sólo los hombres desesperados, por un lado, o extremadamente ambiciosos,
por otro, se iban al extranjero en busca de aventuras, para mejorar su estado mediante empresas
elevadas o hacerse famosos realizando obras que se salían del cami no habitual; que yo estaba muy por
encima o por debajo de esas cosas; que mi estado era el estado medio, o lo que se podría llamar el nivel
más alto de los niveles bajos, que, según su propia experiencia, era el mejor estado del mundo y el más apto
para la felicidad, porque no estaba expuesto a las miserias, privaciones, trabajos ni sufrimientos del sector
más vulgar de la humanidad; ni a la vergüenza, el orgullo, el lujo, la ambición ni la envidia de los que
pertenecían al sector más alto. Me dijo que podía juzgar por mí mismo la felicidad de este estado, siquiera
por un hecho; que este era un estado que el resto de las personas envidiaba; que los reyes a menudo se
lamentaban de las consecuencias de haber nacido para grandes propósitos y deseaban haber nacido en el
medio de los dos extremos, entre los viles y los grandes; y que el sabio daba testimonio de esto, como el
justo parámetro de la verdadera felicidad, cuando rogaba no ser ni rico ni pobre4.
4 Proverbios 30:8: «No me des pobreza ni riqueza.»
Me urgió a que me fijara y me diera cuenta de que los estados superiores e inferiores de la humanidad
siempre sufrían calamidades en la vida, mientras que el estado medio padecía menos desastres y estaba
menos expuesto a las vicisitudes que los estados más altos y los más bajos; que no padecía tantos
desórdenes y desazones del cuerpo y el alma, como los que, por un lado, llevaban una vida llena de vicios,
lujos y extravagancias, o los que, por el otro, sufrían por el trabajo excesivo, la necesidad y la falta o
insuficiencia de alimentos y, luego, se enfermaban por las consecuencias naturales del tipo de vida que
llevaban; que el estado medio de la vida proveía todo tipo de virtudes y deleites; que la paz y la plenitud
estaban al servicio de una fortuna media; que la templanza, la moderación, la calma, la salud, el sosiego, todas
las diversiones agradables y todos los placeres deseables eran las bendiciones que aguardaban a la vida
en el estado medio; que, de este modo, los hombres pasaban tranquila y silenciosamente por el mundo y
partían cómodamente de él, sin avergonzarse de la labor realizada por sus manos o su mente, ni venderse
como esclavos por el pan de cada día, ni padecer el agobio de las circunstancias adversas que le roban la
paz al alma y el descanso al cuerpo; que no sufren por la envidia ni la secreta quemazón de la ambición por
las grandes cosas, más bien, en circunstancias agradables, pasan suavemente por el mundo, saboreando a
conciencia las dulzuras de la vida, y no sus amarguras, sintiéndose felices y dándose cuenta, por las
experiencias de cada día, de que realmente lo son.
Después de esto, me rogó encarecidamente y del modo más afectuoso posible, que no actuara como un
niño, que no me precipitara a las miserias de las que la na turaleza y el estado en el que había nacido me
eximían. Me dijo que no tenía ninguna necesidad de buscarme el pan; que él sería bueno conmigo y me
ayudaría cuanto pudiese a entrar felizmente en el estado de la vida que me había estado aconsejando; y que
si no me sentía feliz y cómodo en el mundo, debía ser simplemente por mi destino o por mi culpa; y que él
no se hacía responsable de nada porque había cumplido con su deber, advirtiéndome sobre unas acciones
que, él sabía, podían perjudicarme. En pocas palabras, que así como sería bueno conmigo si me quedaba y
me asentaba en casa como él decía, en modo alguno se haría partícipe de mis desgracias, animándome a
que me fuera. Para finalizar, me dijo que tomara el ejemplo de mi hermano mayor, con quien había empleado
inútilmente los mismos argumentos para disuadirlo de que fuera a la guerra en los Países Bajos, quien
no pudo controlar sus deseos de juventud y se alistó en el ejército, donde murió; que aunque no dejaría de
orar por mí, se atrevía a decirme que si no desistía de dar un paso tan absurdo, no tendría la bendición de
Dios; y que en el futuro, tendría tiempo para pensar que no había seguido su consejo cuando tal vez ya no
hubiera nadie que me pudiese ayudar.
Me di cuenta, en esta última parte de su discurso, que fue verdaderamente profético, aunque supongo que
mi padre no lo sabía en ese momento; decía que pude ver que por el rostro de mi padre bajaban abundantes
lágrimas, en especial, cuando hablaba de mi hermano muerto; y cuando me dijo que ya tendría tiempo para
arrepentirme y que no habría nadie que pudiese ayudarme, estaba tan conmovido que se le quebró la voz y
tenía el corazón tan oprimido, que ya no pudo decir nada más.
Me sentí sinceramente emocionado por su discurso, ¿y quién no?, y decidí no pensar más en viajar sino
en establecerme en casa, conforme con los deseos de mi padre. Mas, ¡ay!, a los pocos días cambié de
opinión y, para evitar que mi padre me siguiera importunando, unas semanas después, decidí huir de casa.
Sin embargo, no actué precipitadamente, ni me dejé llevar por la urgencia de un primer impulso. Un día,
me pareció que mi madre se sentía mejor que de ordinario y, llamándola aparte, le dije que era tan grande
mi afán por ver el mundo, que nunca podría emprender otra actividad con la determinación necesaria para
llevarla a cabo; que mejor era que mi padre me diera su consentimiento a que me forzara a irme sin él; que
tenía dieciocho años, por lo que ya era muy mayor para empezar como aprendiz de un oficio o como
ayudante de un abogado; y que estaba seguro de que si lo hacía, nunca lo terminaría y, en poco tiempo,
huiría de mi maestro para irme al mar. Le pedí que hablara con mi padre y le persuadiera de dejarme hacer
tan solo un viaje por mar. Si regresaba a casa porque no me gustaba, jamás volvería a marcharme y me
aplicaría doblemente para recuperar el tiempo perdido.
Estas palabras enfurecieron a mi madre. Me dijo que no tenía ningún sentido hablar con mi padre sobre
ese asunto pues él sabía muy bien cuál era mi interés en que diera su consentimiento para algo que podía
perjudicarme tanto; que ella se preguntaba cómo podía pensar algo así después de la conversación que
había tenido con mi padre y de las expresiones de afecto y ternura que había utilizado conmigo; en pocas
palabras, que si yo quería arruinar mi vida, ellos no tendrían forma de evitarlo pero que tuviera por cierto
que nunca tendría su consentimiento para hacerlo; y que, por su parte, no quería hacerse partícipe de mi
destrucción para que nunca pudiese decirse que mi madre había accedido a algo a lo que mi padre se había
opuesto.
Aunque mi madre se negó a decírselo a mi padre, supe después que se lo había contado todo y que mi
padre, muy acongojado, le dijo suspirando:
-Ese chico sería feliz si se quedara en casa, pero si se marcha, será el más miserable y desgraciado de los
hombres. No puedo darle mi consentimiento para esto.
En menos de un año me di a la fuga. Durante todo ese tiempo me mantuve obstinadamente sordo a
cualquier pro posición encaminada a que me asentara. A menudo discu tía con mi padre y mi madre sobre
su rígida determinación en contra de mis deseos. Mas, cierto día, estando en Hull, a donde había ido por
casualidad y sin ninguna intención de fugarme; estando allí, como digo, uno de mis amigos, que se
embarcaba rumbo a Londres en el barco de su padre, me invitó a acompañarlos, con el cebo del que
ordinaria mente se sirven los marineros, es decir, diciéndome que no me costaría nada el pasaje. No volví a
consultarle a mi padre ni a mi madre, ni siquiera les envié recado de mi decisión. Más bien, dejé que se
enteraran como pudiesen y sin encomendarme a Dios o a mi padre, ni considerar las circunstancias o las
consecuencias, me embarqué el primer día de septiembre de 1651, día funesto, ¡Dios lo sabe!, en un barco
con destino a Londres. Creo que nunca ha existido un joven aventurero cuyos infortunios empezasen tan
pronto y durasen tanto tiempo como los míos. Apenas la emb arcación había salido del puerto, se levantó un
fuerte vendaval y el mar comenzó a agitarse con una violencia aterradora. Como nunca antes había estado
en el mar, empecé a sentir un malestar en el cuerpo y un terror en el alma muy difíciles de expresar.
Comencé entonces a pensar seriamente en lo que había hecho y en que estaba siendo justamente castigado
por el Cielo por abandonar la casa de mi padre y mis obligaciones. De repente recordé todos los buenos
consejos de mis padres, las lágrimas de mi padre y las súplicas de mi madre. Mi corazón, que aún no se
había endurecido, me reprochaba por haber desobedecido a sus advertencias y haber olvidado mi deber
hacia Dios y hacia mi padre.
Mientras tanto, la tormenta arreciaba y el mar, en el que no había estado nunca antes, se encrespó
muchísimo, aunque nada comparado con lo que he visto otras veces desde entonces; no, ni con lo que vi
pocos días después. Sin embargo, era suficiente para asustarme, pues entonces apenas era un joven
navegante que jamás había-visto algo así. A cada ola, esperaba que el mar nos tragara y cada vez que el
barco caía en lo que a mí me parecía el fondo del mar, pensaba que no volvería a salir a flote. En esta
agonía física y mental, hice muchas promesas y resoluciones. Si Dios quería salvarme la vida en este viaje,
si volvía a pisar tierra firme, me iría directamente a casa de mi padre y no volvería a montarme en un barco
mientras viviese; seguiría sus consejos y no volvería a verme sumido en la miseria. Ahora veía claramente
la bondad de sus argumentos a favor del estado medio de la vida y lo fácil y confortablemente que había
vivido sus días, sin exponerse a tempestades en el mar ni a problemas en la tierra. Decidí que, como un
verdadero hijo pródigo arrepentido, iría a la casa de mi padre.
Estos pensamientos sabios y prudentes me acompañaron lo que duró la tormenta, incluso, un tiempo
después. No obstante, al día siguiente, el viento menguó, el mar se calmó y yo comenzaba a acostumbrarme
al barco. Estuve bastante circunspecto todo el día porque aún me sentía un poco mareado, pero hacia el
atardecer, el tiempo se despejó, el viento amainó y siguió una tarde encantadora. Al ponerse el sol, el cielo
estaba completamente despejado y así siguió hasta el amanecer. No había viento, o casi nada y el sol se
reflejaba luminoso sobre la tranquila superficie del mar. En estas condiciones, disfruté del espectáculo más
deleitoso que jamás hubiera visto.
Había dormido bien toda la noche y ya no estaba mareado sino más bien animado, contemplando con
asombro el mar, que había estado tan agitado y terrible el día anterior, y que, en tan poco tiempo se había
tornado apacible y pla centero. Entonces, como para evitar que prosiguiera en mis buenos propósitos, el
compañero que me había incitado a partir, se me acercó y me dijo:
-Bueno, Bob -dijo dándome una palmada en el hombro-, ¿cómo te sientes después de esto? Estoy seguro
de que anoche, cuando apenas soplaba una ráfaga de viento, estabas asustado, ¿no es cierto?
-¿Llamarías a eso una ráfaga de viento? -dije yo-, aquello fue una tormenta terrible.
-¿Una tormenta, tonto? -me contestó-, ¿llamas a eso una tormenta? Pero si no fue nada; teniendo un buen
barco y estando en mar abierto, no nos preocupamos por una borrasca como esa. Lo que pasa es que no eres
más que un marinero de agua dulce, Bob. Ven, vamos a preparar una jarra de ponche y olvidémoslo todo.
¿No ves qué tiempo maravilloso hace ahora?
Para abreviar esta penosa parte de mi relato, diré que hicimos lo que habitualmente hacen los marineros.
Preparamos el ponche y me emborraché y, en esa noche de borra chera, ahogué todo mi remordimiento,
mis reflexiones sobre mi conducta pasada y mis resoluciones para el futuro. En pocas palabras, a medida
que el mar se calmaba después de la tormenta, mis atropellados pensamientos de la noche anterior
comenzaron a desaparecer y fui perdiendo el temor a ser tragado por el mar. Entonces, retornaron mis antiguos
deseos y me olvidé por completo de las promesas que había hecho en mi desesperación. Aún tuve
algunos momentos de reflexión en los que procuraba recobrar la sensatez pero, me sacudía como si de una
enfermedad se tratase. Dedicándome de lleno a la bebida y a la compañía, logré vencer esos ataques, como
los llamaba entonces y en cinco o seis días logré una victoria total sobre mi conciencia, como lo habría
deseado cualquier joven que hubiera decidido no dejarse abatir por ella. Pero aún me faltaba superar otra
prueba y la Providencia, como suele hacer en estos casos, decidió dejarme sin la menor excusa. Si no había
tomado lo sucedido como una advertencia, lo que vino después, fue de tal magnitud, que hasta el más
implacable y empedernido miserable, habría advertido el peligro y habría implorado misericordia.
Al sexto día de navegación, llegamos a las radas de Yarmouth5. Como el viento había estado contrario y
el tiempo tan calmado, habíamos avanzado muy poco después de la tormenta. Allí tuvimos que anclar y allí
permanecimos, mientras el viento seguía soplando contrario, es decir, del sudoeste, a lo largo de siete u
ocho días, durante los cuales, muchos barcos de Newcastle llegaron a las mismas radas, que eran una bahía
en la que los barcos, habitualmente, esperaban a que el viento soplara favorablemente para pasar el río.
5 Yarmouth (Great Yarmouth): Ciudad y puerto de Inglaterra.
Sin embargo, nuestra intención no era permanecer allí tanto tiempo, sino remontar el río. Pero el viento
comenzó a soplar fuertemente y, al cabo de cuatro o cinco días, conti nuó haciéndolo con mayor intensidad.
No obstante, las radas se consideraban un lugar tan seguro como los puertos, estábamos bien anclados y
nuestros aparejos eran resistentes, por lo que nuestros hombres no se preocupaban ni sentían el más mínimo
temor; más bien, se pasaban el día descansando y divirtiéndose del modo en que lo hacen los marineros. En
la mañana del octavo día, el viento aumentó y todos pusimos manos a la obra para nivelar el mástil y
aparejar todo para que el barco resistiera lo mejor posible. Al mediodía, el mar se levantó tanto, que el
castillo de proa se sumergió varias veces y en una o dos ocasiones pensamos que se nos había soltado el
ancla, por lo que el capitán ordenó que echáramos la de emergencia para sostener la nave con dos anclas a
proa y los cables estirados al máximo.
Se desató una terrible tempestad y, entonces, empecé a vislumbrar el terror y el asombro en los rostros de
los marineros. El capitán, aunque estaba al tanto de las manio bras para salvar el barco, mientras entraba y
salía de su camarote, que estaba junto al mío, murmuraba para sí: «Señor, ten piedad de nosotros, es el fin,
estamos perdidos», y cosas por el estilo. Durante estos primeros momentos de apuro, me comporté
estúpidamente, paralizado en mi cabina, que estaba en la proa; no soy capaz de describir cómo me sentía.
Apenas podía volver a asumir el primer remordimiento, del que, aparentemente, había logrado liberarme y
contra el que me había empecinado. Pensé que había superado el temor a la muerte y que esto no sería
nada, como la primera vez, mas cuando el capitán se me acercó, como acabo de decir, y dijo que estábamos
perdidos, me sentí aterrorizado. Me levanté, salí de mi camarote y miré a mi alrededor; nunca había visto
un espectáculo tan desolador. Las olas se elevaban como montañas y nos abatían cada tres o cuatro
minutos; lo único que podía ver a mi alrededor era desolación. Dos barcos que estaban cerca del nuestro
habían tenido que cortar sus mástiles a la altura del puente, para no hundirse por el peso, y nuestros
hombres gritaban que un barco, que estaba fondeado a una milla6 de nosotros, se había hundido. Otros dos
barcos que se habían zafado de sus anclas eran peligrosamente arrastrados hacia el mar sin siquiera un
mástil. Los barcos livianos resistían mejor porque no sufrían tanto los embates del mar pero dos o tres de
ellos se fueron a la deriva y pasaron cerca de nosotros, con solo el foque7 al viento.
Hacia la tarde, el piloto y el contramaestre le pidieron al capitán de nuestro barco que les permitiera
cortar el palo del trinquete8, a lo que el capitán se negó. Mas cuando el contramaestre protestó diciendo que
si no lo hacían, el barco se hundiría, accedió. Cuando cortaron el palo, el mástil se quedó tan al descubierto
y desestabilizó la nave de tal modo, que se vieron obligados a cortarlo también y dejar la cubierta
totalmente arrasada.
6 Milla: Medida itineraria que se utiliza en el mar y en la tierra. Una milla terrestre equivale a 1.609,34
metros. Una milla marítima, también llamada nudo, equivale a 1.851,66 metros.
7 Foque: Nombre común que se les da todas las velas triangulares que se orientan y amuran sobre el
bauprés.
8 Palo de trinquete: Palo más próximo a la proa. También se llama trinquete a la vela que va en ese palo.
Cualquiera podría imaginarse cómo me sentía en este momento, pues no era más que un aprendiz de
marinero, que tan solo unos días antes se había aterrorizado ante muy poca cosa. Pero si me es posible
expresar, al cabo de tanto tiempo, lo que pensaba entonces, diré que estaba diez veces más asustado por
haber abandonado mis resoluciones y haber retomado mis antiguas convicciones, que por el peligro de
muerte ante el que me encontraba. Todo esto, sumado al terror de la tempestad, me puso en un estado de
ánimo, que no podría describir con palabras. Pero aún no había ocurrido lo peor, pues la tempestad se
ensañaba con tal furia que los propios marineros admitían que nunca habían visto una peor. Teníamos un
buen barco pero llevábamos demasiado peso y esto lo hacía bambolearse tanto, que los marineros, a cada
rato, gritaban que se iría a pique. Esto obraba a mi favor porque no sabía lo que quería decir «irse a pique»
hasta que lo pregunté. La tempestad arreciaba tanto que pude ver algo que no se ve muy a menudo: el
capitán, el contramaestre y algunos otros más sensatos que los demás, se pusieron a rezar, esperando que,
de un momento a otro, el barco se hundiera. A medianoche, y para colmo de nuestras desgracias, uno de los
hombres que había bajado a ver la situación, gritó que teníamos una grieta y otro dijo que teníamos cuatro
pies9 de agua en la bodega. Entonces nos llama ron a todos para poner en marcha la bomba. Al oír esta palabra,
pensé que me moría y caí de espaldas sobre uno de los costados de mi cama, donde estaba sentado.
Sin embargo, los hombres me levantaron y me dijeron que, ya que no había hecho nada antes, que muy
bien podía ayudar con la bomba como cualquiera de ellos. Al oír esto, me levanté rápidamente, me dirigí a
la bomba y me puse a trabajar con todas las fuerzas de mi corazón. Mientras tanto, el capitán había divisado
unos pequeños barcos carboneros que no podían resistir la tormenta anclados y tuvieron que lanzarse al mar
abierto. Cuando pasaron cerca de nosotros, ordenó disparar un cañonazo para pedir socorro. Yo, que no
tenía idea de lo que eso significaba, me sorprendí tanto que pensé que el barco se había quebrado o que
algo espantoso había ocurrido. En pocas palabras, me sorprendió tanto que me desmayé. En ese momento,
cada cual velaba por su propia vida, de modo que nadie se preocupó por mí o por lo que pudiera pasarme.
Un hombre se acercó a la bomba y apartándome con el pie, me dejó allí tendido, pensando que había
muerto; y pasó un buen rato antes de que recuperara el sentido.
9 Pie: Medida de longitud que equivale a 30,48 centímetros.
Seguimos trabajando pero el agua no cesaba de entrar en la bodega y era evidente que el barco se
hundiría. Aunque la fuerza de la tormenta comenzó a disminuir un poco, no era posible que el barco
pudiera llegar a puerto, por lo que el capitán siguió disparando cañonazos en señal de auxilio. Un barco
pequeño, que se había soltado justo delante de nosotros, envió un bote para rescatarnos. Con gran
dificultad, el bote se aproximó a nosotros pero no podía mantenerse cerca del barco ni nosotros subir a
bordo. Por fin, los hombres que iban en el bote comenzaron a remar con todas sus fuerza, arriesgando su
vida para salvarnos, y nuestros hombres les lanzaron un cable con una boya por popa. Después de muchas
dificultades, pudieron asirlo y así los acercamos hasta la popa y conseguimos subir a bordo. Ni ellos ni
nosotros le vimos ningún sentido a tratar de llegar hasta su nave así que acordamos dejarnos llevar por la
corriente, limitándonos a enderezar el bote hacia la costa lo más que pudiéramos. Nuestro capitán les
prometió que, si el bote se destrozaba al llegar a la orilla, él se haría cargo de indemnizar a su capitán. Así,
pues, con la ayuda de los remos y la corriente, nuestro bote fue avanzando hacia el norte, en dirección
oblicua a la costa, hasta Winterton Ness.10
10 Winterton Ness: Cabo del mar del Norte, a dos kilómetros de Winterton, en el condado de Norfoik.
No había transcurrido mucho más de un cuarto de hora desde que abandonáramos nuestro barco, cuando
lo vimos hundirse. Entonces comprendí, por primera vez, lo que significa «irse a pique». Debo reconocer
que no pude levantar la vista cuando los marineros me dijeron que se estaba hundiendo. Desde el momento
en que me subieron en el bote, porque no puedo decir que yo lo hiciera, sentía que mi cora zón estaba como
muerto dentro de mí, en parte por el mie do y en parte por el horror de lo que según pensaba aún me
aguardaba.
Mientras estábamos así, los hombres seguían remando para acercar el bote a la costa y podíamos ver,
cuando subíamos a la cresta de una ola, que había un montón de gente en la orilla, corriendo de un lado a
otro para socorrernos cuando llegáramos. Pero nos movíamos muy lentamente y no nos acercamos a la
orilla hasta pasado el faro de Winterton, donde la costa hace una entrada hacia el oeste en dirección a
Cromer. Allí, la tierra nos protegía del viento y pudimos llegar a la orilla. Con mucha dificultad, desembarcamos
a salvo y, después, fuimos andando hasta Yarmouth, donde, como a hombres desafortunados que
éramos, nos trataron con gran humanidad; desde los magistrados del pueblo, que nos proveyeron buen
alojamiento, hasta los comerciantes y dueños de barcos, que nos dieron suficiente dinero para llegar a
Londres o Hull, según lo deseáramos.
Si hubiese tenido la sensatez de regresar a Hull y volver a casa, habría sido feliz y mi padre, como
emblema de la parábola de nuestro bendito Redentor, habría matado su ter nero más cebado en mi honor,
pues pasó mucho tiempo desde que se enteró de que el barco en el que me había escapado se había hundido
en la rada de Yarmouth, hasta que supo que no me había ahogado.
Sin embargo, mi cruel destino me empujaba con una obstinación que no cedía ante nada. Aunque muchas
veces sentí los llamados de la razón y el buen juicio para que re gresara a casa, no tuve la fuerza de
voluntad para hacerlo. No sé cómo definir esto, ni me atrevo a decir que se trata de una secreta e inapelable
sentencia que nos empuja a obrar como instrumentos de nuestra propia destrucción y abalanzarnos hacia
ella con los ojos abiertos, aunque la tengamos de frente. Ciertamente, solo una desgracia semejante, insoslayable
por decreto y de la que en modo alguno podía escapar, pudo haberme obligado a seguir adelante,
en contra de los serenos razonamientos y avisos de mi conciencia y de las dos advertencias que había
recibido en mi primera experiencia.
Mi compañero, que antes me había ayudado a fortalecer mi decisión y que era hijo del capitán, estaba
menos decidido que yo. La primera vez que me habló, que no fue has ta pasados tres o cuatro días de
nuestro desembarco en Yarmouth, puesto que en el pueblo nos separaron en distintos alojamientos; como
decía, la primera vez que me vio, me pareció notar un cambio en su tono. Con un aspecto melancólico y un
movimiento de cabeza me preguntó cómo estaba, le dijo a su padre quién era yo y le explicó que había
hecho este viaje a modo de prueba para luego embarcarme en un viaje más largo. Su padre se volvió hacia
mí con un gesto de preocupación:
-Muchacho -me dijo-, no debes volver a embarcarte nunca más. Debes tomar esto como una señal clara e
irrefutable de que no podrás ser marinero.
-Pero señor -le dije-, ¿acaso no pensáis volver al mar?
-Mi caso es diferente -dijo él-, esta es mi vocación y, por lo tanto, mi deber. Mas, si tú has hecho este
viaje como prueba, habrás visto que el cielo te ha dado muestras suficientes de lo que te espera si insistes.
Tal vez esto nos haya pasado por tu culpa, como pasó con Jonás en el barco que lo llevaba a Tarsis11. Pero
dime, por favor, ¿quién eres y por qué te has embarcado?
11 Se refiere al libro de Jonás 1, 1-16. En este episodio, Dios le ordenó a Jonás que fuera a Nínive para
anunciar su destrucción. Desobedeciendo el mandato de Dios, Jonás se embarcó para Tarsis y se levantó
una terrible tempestad que solo cesó cuando arrojó a Jonás al agua.
Entonces, le relaté parte de mi historia, al final de la cual, estalló en un extraño ataque de cólera y dijo:
-¿Qué habré hecho yo para que semejante infeliz se montara en mi barco? No pondría un pie en el mismo
barco que tú otra vez ni por mil libras esterlinas.
Esto fue, como pensaba, una explosión de sus emociones, aún alteradas por la sensación de pérdida, que
había rebasado los límites de su autoridad hacia mí. Sin embargo, lue go habló serenamente conmigo, me
exhortó a que regresara junto a mi padre y no volviera a desafiar a la Providencia, ya que podía ver
claramente que la mano del cielo había caído sobre mí.
-Y, muchacho dijo-, ten en cuenta lo que te estoy diciendo. Si no regresas, a donde quiera que vayas solo
encontrarás desastres y decepciones hasta que se hayan cumplido cabalmente las palabras de tu padre.
Poco después nos separamos sin que yo pudiese contestarle gran cosa y no volví a verlo; hacia dónde fue,
no lo sé. Por mi parte, con un poco de dinero en el bolsillo, viajé a Londres por tierra y allí, lo mismo que
en el transcurso del viaje, me debatí sobre el rumbo que debía tomar mi vida: si debía regresar a casa o al
mar.
Respecto a volver a casa, la vergüenza me hacía rechazar mis buenos impulsos e inmediatamente pensé
que mis vecinos se reirían de mí y que me daría vergüenza presen tarme, no solo ante mis padres, sino ante
el resto del mundo. En este sentido, y desde entonces, he observado lo incongruentes e irracionales que son
los seres humanos, especialmente los jóvenes, frente a la razón que debe guiarlos en estos casos; es decir,
que no se avergüenzan de pecar sino de arrepentirse de su pecado; que no se avergüenzan de hacer cosas
por las que, legítimamente, serían tomados por tontos, sino de retractarse, por lo que serían tomados por
sabios.
En este estado permanecí un tiempo, sin saber qué me didas tomar ni por dónde encaminar mi vida. Aún
me sentía renuente a volver a casa y, a medida que demoraba mi decisión, se iba disipando el recuerdo de
mis desgracias, lo cual, a su vez, hacía disminuir aún más mis débiles intenciones de regresar a casa.
Finalmente, me olvidé de ello y me dispuse a buscar la forma de viajar.
La nefasta influencia que, en el principio, me había ale jado de la casa de mi padre; que me había
conducido a seguir la descabellada y absurda idea de hacer fortuna y me había imbuido con tal fuerza dicha
presunción que me hizo sordo a todos los sabios consejos, a los ruegos y hasta las órdenes de mi padre;
digo, que, esa misma influencia, cualquiera que fuera, me impulsó a realizar la más desafortunada de las
empresas. De este modo, me embarqué en un buque rumbo a la costa de África o, como dicen vulgarmente
los marineros, emprendí un viaje a Guinea.
Para mi desgracia, en ninguna de estas aventuras me embarqué como marinero. Es verdad que, de ese
modo, habría tenido que trabajar un poco más de lo ordinario, pero, al mismo tiempo, habría aprendido los
deberes y el oficio de contramaestre y con el tiempo me habría capacitado para ejercer de piloto y oficial, si
no de capitán. Sin embargo, como mi destino era siempre elegir lo peor, lo mismo hice en este caso, pues,
bien vestido y con dinero en el bolsillo, subía siempre a bordo como un señor. Nunca realicé ninguna tarea
en el barco ni aprendí a hacer nada.
Al poco tiempo de mi llegada a Londres, tuve la fortuna de encontrar muy buena compañía, cosa que no
siempre les ocurre a jóvenes tan negligentes y desencaminados como lo era yo entonces, pues el diablo no
pierde la oportunidad de tenderles sus trampas muy pronto. Mas, no fue esa mi suerte. En primer lugar,
conocí al capitán de un barco que había estado en la costa de Guinea y, como había tenido mucho éxito allí,
estaba resuelto a volver. Este hombre, escuchó gustosamente mi conversación, que en aquel momento no
era nada desagradable, y cuando me oyó decir que tenía la intención de ver el mundo, me dijo que si quería
irme con él, no me costaría un centavo; que sería su compañero de mesa y de viaje y que, si quería llevarme
alguna cosa conmigo, le sacaría todo el provecho que el comercio proporcionaba y, tal vez, encontraría un
poco de estímulo.
Acepté su oferta y entablé una estrecha amistad con este capitán, que era un hombre franco y honesto.
Emprendí el viaje con él y me llevé, una pequeña cantidad de mercan cía que, gracias a la desinteresada
honestidad de mi amigo el capitán, pude acrecentar considerablemente. Llevaba como cuarenta libras de
bagatelas y fruslerías que el capitán me había indicado. Reuní las cuarenta libras con la ayuda de los
parientes con los que mantenía correspondencia, y quienes, seguramente, convencieron a mi padre, o al
menos a mi madre, de que contribuyeran con algo para mi primer viaje.
Esta expedición fue, de todas mis aventuras, la única afortunada. Esto se lo debo a la integridad y
honestidad de mi amigo el capitán, de quien también obtuve un conoci miento digno de las matemáticas y
de las reglas de navegación, aprendí a llevar una bitácora de viaje y a fijar la posición del barco. En pocas
palabras, me transmitió conocimientos imprescindibles para un marinero, que él se deleitaba enseñándome
y yo, aprendiendo. Así fue como en este viaje me hice marinero y comerciante, ya que obtuve cinco libras12
y nueve onzas13 de oro en polvo a cambio de mis chucherías, que, al llegar a Londres, me produjeron una
ganancia de casi trescientas libras esterlinas. Esto me llenó la cabeza de todos los pensamientos ambiciosos
que desde entonces me llevaron a la ruina.
12 Libra: Medida de peso que equivale a 453,44 gramo s.
13 Onza: Medida de peso que equivale a la dieciseisava parte de una libra y equivale a 28,34 gramos.
Con todo, en este viaje también pasé muchos apuros. Estuve enfermo continuamente, con violentas
calenturas, a causa del clima, excesivamente caluroso, pues la mayor parte de nuestro tráfico se llevaba a
cabo en la costa, que estaba a quince grados de latitud norte hasta la misma línea del ecuador.
A estas alturas, podía considerarme un experto en el comercio con Guinea. Para mi desgracia, mi amigo
murió al poco tiempo de nuestro regreso. No obstante, decidí ha cer el mismo viaje otra vez y me embarqué
en el mismo navío, con uno que había sido oficial en el primer viaje y ahora había pasado a ser capitán.
Este viaje fue el más desdichado que hombre alguno pudiera hacer en su vida, pese a que llevé menos de
cien libras esterlinas de mi recién adquirida fortuna, dejando las otras doscientas libras al cuidado de la
viuda de mi amigo, que era muy buena conmigo. En este viaje padecí terribles desgracias y esta fue la
primera: mientras nuestro barco avanzaba hacia las Islas Canarias, o más bien entre estas islas y la costa
africana, fuimos sorprendidos, en la penumbra del alba, por un corsario turco de Salé14, que nos persiguió a
toda vela. Nosotros también nos apresuramos a desplegar todo el velamen del que disponíamos o el que
podían sostener nuestros mástiles, a fin de escapar. Mas, viendo que el pirata se nos acercaba y que nos
alcanzaría en cuestión de pocas horas, nos pertrechamos para el combate; para esto, nuestro barco contaba
con doce cañones, mientras que el del pirata tenía diecio cho. A eso de las tres de la tarde nos alcanzaron,
pero por un error de maniobra, se aproximó transversalmente a la borda de nuestro barco, en vez de hacerlo
por popa, como era su intención. Nosotros llevamos ocho de nuestros cañones a ese lado y le disparamos
una descarga que le hizo virar nuevamente, después de responder a nuestro fuego con la nutrida fusilería de
los casi doscientos hombres que llevaba a bordo. No obstante, ninguno de nuestros hombres resultó herido,
ya que estaban todos muy bien protegidos. Se prepararon para volver a atacar y nosotros, para defendernos,
pero esta vez, por el otro lado, subieron sesenta hombres a la cubierta de nuestro barco e, inmediatamente,
se pusieron a cortar y romper los puentes y el aparejo. Les respondimos con fuego de fusilería, picas de
abordaje, granadas y otras armas y logramos despejar la cubierta dos veces. Para acortar esta melancólica
parte de nuestro relato, diré que, con nuestro barco maltrecho, tres hombres muertos y ocho heridos,
tuvimos que rendirnos y fuimos llevados como prisioneros a Salé, un puerto que pertenecía a los moros.
14 Salé: Ciudad y puerto de Marruecos en la costa del Atlántico, frente a Rabat. Desde la Edad Media y,
en especial, en el siglo xvii, fue un conocido centro de piratería.
El trato que allí recibí no fue tan terrible como temía al principio, pues, no me llevaron al interior del país
a la corte del emperador, como le ocurrió al resto de nuestros hom bres. El capitán de los corsarios decidió
retenerme como parte de su botín y, puesto que era joven y listo, y podía serle útil para sus negocios, me
hizo su esclavo. Ante este inesperado cambio de circunstancias, por el que había pasado de ser un experto
comerciante a un miserable esclavo, me sentía profundamente consternado. Entonces, recordé las proféticas
palabras de mi padre, cuando me advertía que sería un desgraciado y no hallaría a nadie que pudiera
ayudarme. Me parecía que estas palabras no podían haberse cumplido más al pie de la letra y que la mano
del cielo había caído sobre mí; me hallaba perdido y sin salvación. Mas, ¡ay!, esto era solo una muestra de
las desgracias que me aguardaban, como se verá en lo que sigue de esta his toria.
Como mi nuevo patrón, o señor, me había llevado a su casa, tenía la esperanza de que me llevara consigo
cuando volviese al mar. Estaba convencido de que, tarde o tempra no, su destino sería caer prisionero de la
armada española o portuguesa y, de ese modo, yo recobraría mi libertad. Pero muy pronto se desvanecieron
mis esperanzas, porque, cuando partió hacia el mar, me dejó en tierra a cargo de su jardincillo y de las
tareas domésticas que suelen desempeñar los esclavos, y cuando regresó de su viaje, me ordenó permanecer
a bordo del barco para custodiarlo.
En aquel tiempo, no pensaba en otra cosa que en fugarme y en la mejor forma de hacerlo, pero no
lograba hallar ningún método que fuera mínimamente viable. No había ningún indicio racional de que
pudiera llevar a cabo mis planes, pues, no tenía a nadie a quien comunicárselos ni que estuviera dispuesto a
acompañarme. Tampoco tenía amigos entre los esclavos, ni había por allí ningún otro inglés, irlandés o
escocés aparte de mí. Así, pues, durante dos años, si bien me complacía con la idea, no tenía ninguna
perspectiva alentadora de realizarla.
Al cabo de casi dos años se presentó una extraña circunstancia que reavivó mis intenciones de hacer algo
por recobrar mi libertad. Mi amo permanecía en casa por más tiempo de lo habitual y sin alistar la nave
(según oí, por falta de dinero). Una o dos veces por semana, si hacía buen tiempo, cogía la pinaza15 del
barco y salía a pescar a la rada. A menudo, nos llevaba a mí y a un joven morisco para que remáramos,
pues le agradábamos mucho. Yo di muestras de ser tan diestro en la pesca que, a veces, me mandaba con
uno de sus parientes moros y con el joven, el morisco, a fin de que le trajésemos pescado para la comida.
Una vez, mientras íbamos a pescar en una mañana clara y tranquila, se levantó una niebla tan espesa que,
aun estando a media legua16 de la costa, no podíamos divisarla, de manera que nos pusimos a remar sin
saber en qué dirección, y así estuvimos remando todo el día y la noche. Cuando amaneció, nos dimos
cuenta de que habíamos remado mar adentro en vez de hacia la costa y que estábamos, al menos, a dos
leguas de la orilla. No obstante, logramos regresar, no sin mucho esfuerzo y peligro, porque el viento
comenzó a soplar con fuerza en la mañana y estábamos débiles por el hambre.
15 Pinaza: Embarcación de vela y remo, de quilla plana, larga, estre cha y ligera que tiene tres palos y la
popa cuadrada.
16 Legua: Medida itineraria que se utiliza en mar y en tierra. Según lugares y épocas la legua ha oscilado
su valor desde 2,4 a 4,6 millas, pero usualmente se le ha dado el de 3 millas. Así la legua terrestre equivale
a 3 millas terrestres y por tanto, su valor es el de 4.828,02 metros; y la legua marina equivale a 3 millas
marinas y su valor es de 5.554,98 metros.
Nuestro amo, prevenido por este desastre, decidió ser más cuidadoso en el futuro. Usaría la chalupa de
nuestro barco inglés y no volvería a salir de pesca sin llevar consigo la brújula y algunas provisiones.
Entonces, le ordenó al carpintero de su barco, que también era un esclavo inglés, que construyera un
pequeño camarote o cabina en medio de la chalupa, como las que tienen las barcazas, con espacio suficiente
a popa, para que se pudiese largar la vela mayor y, a proa, para que dos hombres pudiesen manipular
las velas. La chalupa navegaba con una vela triangular, que llamábamos lomo de cordero y la bomba estaba
asegurada sobre el techo del camarote. Este era bajo y muy cómodo y suficientemente amplio para guarecer
a mi amo y a uno o dos de sus esclavos. Tenía una mesa para comer y unos pequeños armarios para guardar
algunas botellas de su licor favorito y, sobre todo, su pan, su arroz y su café.
A menudo salíamos a pescar en este bote y, como yo era el pescador más diestro, nunca salía sin mí.
Sucedió que un día, para divertirse o pescar, había hecho planes para sa lir con dos o tres moros que
gozaban de cierto prestigio en el lugar y a quienes quería agasajar espléndidamente. Para esto, ordenó que
la noche anterior se llevaran a bordo más provisiones que las habituales y me mandó preparar pólvora y
municiones para tres escopetas que llevaba a bordo, pues pensaba cazar, además de pescar.
Aparejé todas las cosas como me había indicado y esperé a la mañana siguiente con la chalupa limpia, su
insignia y sus gallardetes enarbolados, y todo lo necesario para aco modar a sus huéspedes. De pronto, mi
amo subió a bordo solo y me dijo que sus huéspedes habían cancelado el paseo, a causa de un asunto
imprevisto, y me ordenó, como de costumbre, salir en la chalupa con el moro y el joven a pescar, ya que
sus amigos vendrían a cenar a su casa. Me mandó que, tan pronto hubiese cogido algunos peces, los llevara
a su casa; y así me dispuse a hacerlo.
En ese momento, volvieron a mi mente aquellas antiguas esperanzas de libertad, ya que tendría una
pequeña embarcación a mi cargo. Así, pues, cuando mi amo se hubo marchado, preparé mis cosas, no para
pescar sino para emprender un viaje, aunque no sabía, ni me detuve a pensar, qué dirección debía tomar,
convencido de que, cualquier rumbo que me alejara de ese lugar, sería el correcto.
Mi primera artimaña fue buscar un pretexto para convencer al moro de que necesitábamos embarcar
provisiones para nosotros porque no podíamos comernos el pan de nuestro amo. Me respondió que era
cierto y trajo una gran canasta con galletas o bizcochos de los que ellos confeccionaban y tres tinajas de
agua. Yo sabía dónde estaba la caja de licores de mi amo, que, evidentemente, por la marca, había
adquirido del botín de algún barco inglés, de modo que la subí a bordo, mientras el moro estaba en la playa,
para que pareciera que estaba allí por orden del amo. Me llevé también un bloque de cera qué pesaba más
de cincuenta libras, un rollo de bramante o cuerda, un hacha, una sierra y un martillo, que me fueron de
gran utilidad posteriormente, sobre todo la cera, para hacer velas. Le tendí otra trampa, en la cual cayó con
la misma ingenuidad. Su nombre era Ismael pero lo llamaban Muly o Moley.
-Moley -le dije-, las armas de nuestro amo están a bordo del bote, ¿no podrías traer un poco de pólvora y
municiones? Tal vez podamos cazar algún alcamar (un ave pa recida a nuestros chorlitos). Sé que el patrón
guarda las mu niciones en el barco.
-Sí -me respondió-, traeré algunas.
Apareció con un gran saco de cuero que contenía cerca de una libra y media de pólvora, quizás más, y
otro con mu niciones, que pesaba cinco o seis libras. También trajo algu nas balas, y lo subió todo a bordo
de la chalupa. Mientras tanto, yo había encontrado un poco de pólvora en el camarote de mi amo, con la
que llené uno de los botellones de la caja, que estaba casi vacío, y eché su contenido en otra botella. De este
modo, abastecidos con todo lo necesario, salimos del puerto para pescar. Los del castillo, que estaba a la
entrada del puerto, nos conocían y no nos prestaron atención.
A menos de una milla del puerto, recogimos las velas y nos pusimos a pescar. El viento soplaba del
norte-noreste, lo cual era contrario a lo que yo deseaba, ya que si hubiera soplado del sur, con toda
seguridad nos habría llevado a las costas de España, por lo menos, a la bahía de Cádiz. Mas estaba resuelto
a que, soplara hacia donde soplara, me ale jaría de ese horrible lugar. El resto, quedaba en manos del
destino.
Después de estar un rato pescando y no haber cogido nada, porque cuando tenía algún pez en el anzuelo,
no lo sacaba para que el moro no lo viera, le dije:
-Aquí no vamos a pescar nada y no vamos a poder complacer a nuestro amo. Será mejor que nos
alejemos un poco.
Él, sin sospechar nada, accedió y, como estaba en la proa del barco, desplegó las velas. Yo, que estaba al
timón, hice al bote avanzar una legua más y enseguida me puse a fingir que me disponía a pescar.
Entonces, entregándole el timón al chico, me acerqué a donde estaba el moro y agachándome como si fuese
a recoger algo detrás de él, lo agarré por sorpresa por la entrepierna y lo arrojé al mar por la borda.
Inmediatamente subió a la superficie porque flotaba como un corcho. Me llamó, me suplicó que lo dejara
subir, me dijo que iría conmigo al fin del mundo y comenzó a nadar hacia el bote con tanta velocidad, que
me habría alcanzado en seguida, puesto que soplaba muy poco viento. En ese momento, entré en la cabina
y cogiendo una de las armas de caza, le apunté con ella y le dije que no le había hecho daño ni se lo haría si
se quedaba tranquilo.
-Pero -le dije-, puedes nadar lo suficientemente bien como para llegar a la orilla. El mar está en calma,
así que, intenta llegar a ella y no te haré daño, pero, si te acer cas al bote, te meteré un tiro en la cabeza,
pues estoy decidido a recuperar mi libertad.
De este modo, se dio la vuelta y nadó hacia la orilla, y no dudo que haya llegado bien, porque era un
excelente nadador.
Tal vez me hubiese convenido llevarme al moro y arrojar al niño al agua, pero, la verdad es que no tenía
ninguna razón para confiar en él. Cuando se alejó, me volví al chico, a quien llamaban Xury, y le dije:
-Xury, si quieres serme fiel, te haré un gran hombre, pero si no te pasas la mano por la cara -lo cual
quiere decir, jurar por Mahoma y la barba de su padre-, tendré que arrojarte también al mar.
El niño me sonrió y me habló con tanta inocencia, que no pude menos que confiar en él. Me juró que me
sería fiel y que iría conmigo al fin del mundo.
Mientras estuvimos al alcance de la vista del moro, que seguía nadando, mantuve el bote en dirección al
mar abierto, más bien un poco inclinado a barlovento17, para que parecie ra que me dirigía a la boca del
estrecho18 (como en verdad lo habría hecho cualquier persona que estuviera en su sano juicio), pues, ¿quién
podía imaginar que navegábamos hacia el sur, rumbo a una costa bárbara, donde, con toda seguridad, tribus
enteras de negros nos rodearían con sus canoas para destruirnos; donde no podríamos tocar tierra ni una
sola vez sin ser devorados por las bestias salvajes, o por los hombres salvajes, que eran aún más
despiadados que estas?
17 Barlovento: De donde viene el viento.
18 Se refiere al estrecho de Gibraltar.
Pero, tan pronto oscureció, cambié el rumbo y enfilé directamente al sur, ligeramente inclinado hacia el
este para no alejarme demasiado de la costa. Con el buen viento que soplaba y el mar en calma, navegamos
tan bien que, al día siguiente, a las tres de la tarde, cuando vi tierra por primera vez, no podía estar a menos
de ciento cincuenta millas al sur de Salé, mucho más allá de los dominios del emperador de Marruecos, o,
quizás, de cualquier otro monarca de aquellos lares, ya que no se divisaba persona alguna.
No obstante, era tal el temor que tenía de los moros y de caer en sus manos, que no me detuve, ni me
acerqué a la orilla, ni bajé anclas (pues el viento seguía soplando favorablemente). Decidí seguir navegando
en el mismo rumbo durante otros cinco días. Cuando el viento comenzó a soplar del sur, decidí que si
alguno de nuestros barcos había salido a buscarnos, a estas alturas se habría dado por vencido. Así, pues,
me aventuré a acercarme a la costa y me anclé en la boca de un pequeño río, sin saber cuál era, ni dónde
estaba, ni en qué latitud se encontraba, ni en qué país o en qué nación. No podía divisar a nadie, ni deseaba
hacerlo, porque lo único que me interesaba era conseguir agua fresca. Llegamos al estuario19 por la tarde y
decidimos llegar a nado a la costa tan pronto oscureciera, para explorar el lugar. Mas, tan pronto oscureció,
comenzamos a escuchar un aterrador ruido de ladridos, aullidos, bramidos y rugidos de animales feroces,
desconocidos para nosotros. El pobre chico estaba a punto de morirse de miedo y me suplicó que no
fuéramos a la orilla hasta que se hiciese de día.
19 Estuario: Desembocadura.
-Bien, Xury -le dije -, entonces no lo haremos, pero puede que en el día veamos hombres tan peligrosos
como esos leones.
-Entonces les disparamos escopeta -dijo Xury sonriendo-, hacemos huir.
Xury había aprendido a hablar un inglés entrecortado, conversando con nosotros los esclavos. Sin
embargo, me alegraba ver que el chico estuviera tan contento y, para ani marlo, le di a beber un pequeño
trago (de la caja de botellas de nuestro amo). Después de todo, el consejo de Xury me parecía razonable y
lo acepté. Echamos nuestra pequeña ancla y permanecimos tranquilos toda la noche; digo tranquilos porque
ninguno de los dos pudo dormir. Al cabo de dos o tres horas, comenzamos a ver que enormes criaturas
(pues no sabíamos qué llamarlas) de todo tipo, descendían hasta la playa y se metían en el agua,
revolcándose y lavándose, por el mero placer de refrescarse, mientras emitían gritos y aullidos como nunca
los habíamos escuchado.
Xury estaba aterrorizado y, en verdad, yo también lo estaba, pero nos asustamos mucho más cuando
advertimos que una de esas poderosas criaturas nadaba hacia nuestro bote. No podíamos verla pero, por sus
resoplidos, parecía una bestia enorme, monstruosa y feroz. Xury decía que era un león y, tal vez lo fuera,
mas yo no lo sabía. El pobre chico me pidió a gritos que leváramos el ancla y remáramos mar adentro.
-No -dije-, soltaremos el cable con la boya y nos alejaremos. No podrá seguirnos tan lejos.
No bien había dicho esto, cuando me percaté de que la criatura (o lo que fuese) estaba a dos remos de
distancia, lo cual me sorprendió mucho. Entré a toda velocidad en la ca bina y cogiendo mi escopeta le
disparé, lo que le hizo dar la vuelta inmediatamente y ponerse a nadar hacia la playa. Es imposible describir
los horrorosos ruidos, los espeluznantes alaridos y los aullidos que provocamos con el disparo, tanto en la
orilla de la playa como tierra adentro, pues creo que esas criaturas nunca antes habían escuchado un sonido
igual. Estaba convencido de que no intentaríamos ir a la orilla por la noche y me preguntaba cómo lo
haríamos durante el día, pues me parecía que caer en manos de aquellos salvajes era tan terrible como caer
en las garras de leones y tigres20; al menos a nosotros nos lo parecía.
Sea como fuere, teníamos que ir a la orilla a por agua porque no nos quedaba ni una pinta21 en el bote; el
problema era cuándo y dónde hacerlo. Xury decía que, si le permi tía ir a la orilla con una de las tinajas,
intentaría buscar agua y traérmela al bote. Le pregunté por qué prefería ir él a que fuera yo mientras él se
quedaba en el bote, a lo que respondió con tanto afecto, que desde entonces, lo quise para siempre:
20 En África no hay tigres pero la palabra se utilizaba para referirse a la pantera, el leopardo u otro felino
similar.
21 Pinta: Medida inglesa para líquidos, equivale a dos tazas o dieciséis onzas fluidas. En el sistema
métrico decimal, una pinta equivale más o menos a medio litro.
-Si los salvajes vienen y me comen, tú escapas.
-Entonces, Xury -le dije -, iremos los dos y si vienen los salvajes, los mataremos y, así, no se comerán a
ninguno de los dos.
Le di un pedazo de galleta para que comiera y otro tra go de la caja de botellas del amo, que mencioné
anteriormente. Aproximamos el bote a la orilla hasta donde nos pareció prudente y nadamos hasta la playa,
sin otra cosa que nuestros brazos y dos tinajas para el agua.
Yo no quería perder de vista el bote, porque temía que los salvajes vinieran en sus canoas río abajo. El
chico, que había visto un terreno bajo como a una milla de la costa, se enca minó hacia allí y, al poco
tiempo, regresó corriendo hacia mí. Pensé que lo perseguía algún salvaje, o que se había asustado al ver
alguna bestia y corrí hacia él para socorrerle. Mas cuando me acerqué, vi que traía algo colgando de los
hombros, un animal que había cazado, parecido a una liebre pero de otro color y con las patas más largas.
Esto nos alegró mucho, porque parecía buena carne. Pero lo que en realidad alegró al pobre Xury fue darme
la noticia de que había encontrado agua fresca y no había visto ningún salvaje.
Poco después, descubrimos que no teníamos que pasar tanto trabajo para buscar agua, porque un poco
más arriba del estuario en el que estábamo s, había un pequeño torren te del que manaba agua fresca cuando
bajaba la marea. Así, pues, llenamos nuestras tinajas, nos dimos un banquete con la liebre que habíamos
cazado y nos preparamos para seguir nuestro camino, sin llegar a ver huellas de criaturas humanas en
aquella parte de la región.
Como ya había hecho un viaje por estas costas, sabía muy bien que las Islas Canarias y las del Cabo
Verde, se hallaban a poca distancia. Mas, como no tenía instrumentos para calcular la latitud en la que
estábamos, ni sabía con certeza, o al menos no lo recordaba, en qué latitud estaban las islas, no sabía hacia
dónde dirigirme ni cuál sería el mejor momento para hacerlo; de otro modo, me habría sido fácil
encontrarlas. No obstante, tenía la esperanza de que, si permanecía cerca de esta costa, hasta llegar a donde
traficaban los ingleses, encontraría alguna embarcación en su ruta habitual de comercio, que estuviera
dispuesta a ayudarnos. Según mis cálculos más exactos, el lugar en el que nos encontrábamos debía estar en
la región que colindaba con los dominios del emperador de Marruecos y los inhóspitos dominios de los
negros, donde solo habitaban las bestias salvajes; una región abandonada por los negros, que se trasladaron
al sur por miedo a los moros; y por estos últimos, porque no consideraban que valiera la pena habitarla a
causa de su desolación. En resumidas cuentas, unos y otros la habían abandonado por la gran cantidad de
tigres, leones, leopardos y demás fieras que allí habitaban. Los moros solo la utilizaban para cazar,
actividad que realizaban en grupos de dos o tres mil hombres. Así, pues, en cien millas a lo largo de la
costa, no vimos más que un vasto territorio desierto de día, y, de noche, no escuchamos más que aullidos y
rugidos de bestias salvajes.
Una o dos veces, durante el día, me pareció ver el Pico de Tenerife22, que es el pico más alto de las
montañas de Tenerife en las Canarias. Me entraron muchas ganas de aven turarme con la esperanza de
llegar allí y, en efecto, lo intenté dos veces, pero el viento contrario y el mar, demasiado alto para mi
pequeña embarcación, me hicieron retroceder, por lo que decidí seguir mi primer objetivo y mantenerme
cerca de la costa.
22 Se refiere al Teide, que está en el centro de la isla de Tenerife y se eleva 3.718 metros sobre el nivel
del mar. En 1737, aún era el pico más alto escalado por el hombre y el New Geographical Dictionary le
atribuía 24.000 metros de altura.
Después de abandonar aquel sitio, me vi obligado a volver a tierra varias veces a buscar agua fresca. Una
de estas veces, temprano en la mañana, anclamos al pie de un pe queño promontorio, bastante elevado, y
allí nos quedamos hasta que la marea, que comenzaba a subir, nos impulsase. Xury, cuyos ojos parecían
estar mucho más atentos que los míos, me llamó suavemente y me dijo que retrocediéramos:
-Mira allí -me dijo-, monstruo terrible, dormido en la ladera de la colina.
Miré hacia donde apuntaba y, ciertamente, vi un monstruo terrible, pues se trataba de un león inmenso
que estaba, echado a la orilla de la playa, bajo la sombra de la parte so bresaliente de la colina, que parecía
caer sobre él.
-Xury -le dije-, debes ir a la playa y matarlo.
Me miró aterrorizado y dijo:
-¡Matarlo!, me come de una boca.
En verdad quería decir de un bocado. No le dije nada más, sino que le ordené que permaneciese quieto.
Tomé el arma de mayor tamaño, que era casi como un mosquete, la cargué con abundante pólvora y dos
trozos de plomo y la dejé aparte. Entonces cargué otro fusil con dos balas y luego un tercero, pues teníamos
tres armas. Apunté lo mejor que pude con el primer arma para dispararle en la cabeza pero como estaba
echado con las patas sobre la nariz, los plomos le dieron en una pata, a la altura de la rodilla, y le partieron
el hueso. Intentó ponerse en pie mientras rugía ferozmente, pero, como tenía la pata partida, volvió a caer al
suelo. Luego se puso en pie con las otras tres patas y lanzó el rugido más espeluznante que jamás hubiese
oído. Me sorprendió no haberle dado en la cabeza, e inmediatamente, tomé el segundo fusil, y, pese a que
ya había comenzado a alejarse, le disparé otra vez en la cabeza y tuve el placer de verlo caer, emitiendo
apenas un quejido y luchando por vivir. Entonces Xury recobró el valor y me pidió que le dejara ir a la
orilla.
-Está bien, ve -le dije.
El chico saltó al agua, sujetando el arma pequeña en una mano. Se acercó al animal, se puso la culata del
fusil cerca de la oreja, le disparó nuevamente en la cabeza y lo remató.
Esto era más bien un juego para nosotros, pero no servía para alimentarnos y lamenté haber gastado tres
cargas de pólvora en dispararle a un animal que no nos servía para nada. No obstante, Xury dijo que quería
llevarse algo, así que subió a bordo y me pidió que le diera el hacha.
-¿Para qué la quieres, Xury? -le pregunté.
-Yo corto cabeza -me contestó.
Pero no pudo hacerlo, de manera que le cortó una pata, que era enorme, y la trajo consigo.
De pronto se me ocurrió que la piel del león podía servirnos de algo y decidí desollarlo si podía.
Inmediatamente, nos pusimos a trabajar y Xury demostró ser mucho más diestro que yo en la labor, pues,
en realidad, no tenía mucha idea de cómo realizarla. Nos tomó todo el día, pero, por fin, pudimos quitarle la
piel y la extendimos sobre la cabina. En dos días se secó al sol y desde entonces, la utilizaba para dormir
sobre ella.
Después de esta parada, navegamos hacia el sur durante diez o doce días, consumiendo con parquedad
las provisiones, que comenzaban a disminuir rápidamente, y yendo a la orilla solo cuando era necesario
para buscar agua fresca. Mi intención era llegar al río Gambia o al Senegal, es decir, a cualquier lugar cerca
del Cabo Verde, donde esperaba encontrar algún barco europeo. De lo contrario, no sabía qué rumbo tomar,
como no fuese navegar en busca de las islas o morir entre los negros. Sabía que todas las naves que venían
de Europa, pasaban por ese cabo, o esas islas, de camino a Guinea, Brasil o las Indias Orientales. En pocas
palabras, aposté toda mi fortuna a esa posibilidad, de manera que, encontraba un barco o perecía.
Una vez tomada esta resolución, al cabo de diez días, comencé a advertir que la tierra estaba habitada. En
dos o tres lugares, a nuestro paso, vimos gente que nos observaba desde la playa. Nos percatamos de que
eran bastante negros y estaban totalmente desnudos. Una vez sentí el impulso de desembarcar y dirigirme a
ellos, pero Xury, que era mi mejor consejero, me dijo:
-No ir, no ir.
No obstante, me dirigí a la playa más cercana para hablar con ellos y vi cómo corrían un buen tramo a lo
largo de la playa, a la par que nosotros. Observé que no llevaban ar mas, con la excepción de uno, que
llevaba un palo largo y delgado, que, según Xury era una lanza, que arrojaban desde muy lejos y con muy
buena puntería. Mantuve, pues, cierta distancia pero me dirigí a ellos como mejor pude, por medio de
señas, sobre todo, para expresarles que buscábamos comida. Con un gesto me dijeron que detuviera el bote
y ellos nos traerían algo de carne. Bajé un poco las velas y me quedé a la espera. Dos de ellos corrieron
tierra adentro y, en menos de media hora, estaban de vuelta con dos piezas de carne seca y un poco de
grano, del que se cultiva en estas tierras. Aunque no sabíamos qué era ni una cosa ni la otra, las aceptamos
gustosamente. El siguiente problema era cómo recoger lo que nos ofrecían, pues yo no me atrevía a
acercarme a la orilla y ellos estaban tan aterrados como nosotros. Entonces, se les ocurrió una forma de
hacerlo, que resultaba segura para todos. Dejaron los alimentos en la playa y se alejaron, deteniéndose a
una gran distancia, hasta que nosotros lo subimos todo a bordo; luego volvieron a acercarse.
Les hicimos señas de agradecimiento porque no teníamos nada que darles a cambio. Sin embargo, en ese
mismo instante surgió la oportunidad de agradecerles el favor, por que mientras estaban en la orilla, se
acercaron dos animales gigantescos, uno venía persiguiendo al otro (según nos parecía) con gran saña,
desde la montaña hasta la playa. No sabíamos si era un macho que perseguía a una hembra ni si estaban en
son de juego o pelea. Tampoco sabíamos si esto era algo habitual, pero nos inclinábamos más hacia la idea
contraria; en primer lugar, porque estas bestias famélicas suelen aparecer solamente por la noche; en
segundo lugar, porque la gente estaba aterrorizada, en especial, las muje res. El hombre que llevaba la lanza
no huyó, aunque el resto sí lo hizo. Los dos animales se dirigieron hacia el agua y, al parecer, no tenían
intención de atacar a los negros. Se zambulleron en el agua y comenzaron a nadar como si solo hubiesen
ido allí por diversión. Al cabo de un rato, uno de ellos comenzó a acercarse a nuestro bote, más de lo que
yo hubiese deseado, pero yo le apunté con el fusil que había cargado a toda prisa, y le dije a Xury que
cargara los otros dos. Tan pronto se puso a mi alcance, disparé y le di justo en la cabeza. Se hundió en el
acto pero en seguida salió a flote, volvió a hundirse y, nuevamente, salió a flote, como si se estuviese
ahogando, lo que, en efecto, hacía. Rápidamente se dirigió a la playa pero, entre la herida mortal que le
había propinado y el agua que había tragado, murió antes de lle gar a la orilla.
No es posible expresar el asombro de estas pobres criaturas ante el estallido y el disparo de mi arma.
Algunos, según parecía, estaban a punto de morirse de miedo y caye ron al suelo como muertos por el
terror. Mas cuando vieron que la bestia había muerto y se hundía en el agua, mientras yo les hacía señas
para que se acercaran a la playa, se armaron de valor y se dieron a su búsqueda. Fui yo quien la descubrió,
por la mancha de la sangre en el agua y, con la ayuda de una cuerda, con la que até el cuerpo y cuyo
extremo luego les arrojé, los negros pudieron arrastrarlo hasta la orilla. Era un leopardo de lo más curioso,
que tenía unas manchas admirablemente delicadas. Los negros levantaron las manos con admiración hacia
aquello que había utilizado para matarlo.
El otro animal, asustado con el resplandor y el ruido del disparo, nadó hacia la orilla y se metió
directamente en las montañas, de donde habían venido, pero, a esa distancia, no podía saber qué era. Me di
cuenta en seguida, que los negros querían comerse la carne del animal. Estaba dispuesto a dársela, a modo
de favor personal y les hice señas para que la tomaran, ante lo cual, se mostraron muy agradecidos.
Inmediatamente, se pusieron a desollarlo y como no tenían cuchillo, utilizaban un trozo de madera muy
afilado, con el que le quitaron la piel tanto o más rápidamente que lo que hubiésemos tardado en hacerlo
Xury y yo con un cuchillo. Me ofrecieron un poco de carne, que yo rechacé, fingiendo que se la daba toda a
ellos, pero les hice señas de que quería la piel, la cual me entregaron gustosamente, y, además, me trajeron
muchas más de sus provisiones, que, aun sin saber lo que eran, acepté de buen grado. Entonces, les indiqué
por señas que quería un poco de agua y di la vuelta a una de las tinajas para mostrarles que estaba vacía y
que quería llenarla. Rápidamente, llamaron a algunos de sus amigos y aparecieron dos mujeres con un gran
recipiente de barro, seguramente, cocido al sol. Lo llevaron hasta la playa, del mismo modo que antes lo
habían hecho con los alimentos, y yo envié a Xury a la orilla con las tinajas, que trajo de vuelta llenas. Las
mujeres, al igual que los hombres, estaban desnudas.
Provisto de raíces, grano y agua, abandoné a mis amis tosos negros y seguí navegando unos once días, sin
tener que acercarme a la orilla. Entonces vi que, a unas cuatro o cinco leguas de distancia, la tierra se
prolongaba mar adentro. Como el mar estaba en calma, recorrimos, bordeando la costa, una gran distancia
para llegar a la punta y, cuando nos disponíamos a doblarla, a un par de leguas de la costa, divisé tierra al
otro lado. Deduje, con toda probabilidad, que se trataba del Cabo Verde y que aquellas islas que podíamos
divisar, eran las Islas del Cabo Verde. Sin embargo, se encontraban a gran distancia y no sabía qué hacer,
pues de ser sorprendido por una ráfaga de viento, no podría llegar ni a una ni a otra parte.
Ante esta disyuntiva, me detuve a pensar y bajé al camarote, dejándole el timón a Xury. De pronto, lo
sentí gritar:
-¡Capitán, capitán, un barco con vela!
El pobre chico estaba fuera de sí, a causa del miedo, pues pensaba que podía ser uno de los barcos de su
amo, que nos estaba buscando, pero yo sabía muy bien que, des de hacía tiempo, estábamos fuera de su
alcance. De un salto salí de la cabina y, no solo pude ver el barco, sino también, de dónde era. Se trataba de
un barco portugués que, según me parecía, se dirigía a la costa de Guinea en busca de esclavos. Mas,
cuando me fijé en el rumbo que llevaba, advertí que se dirigía a otra parte y, al parecer, no se acercaría más
a la costa. Entonces me lancé mar adentro, todo lo que pude, decidido, si era posible, a hablar con ellos.
Aunque desplegamos todas las velas, me di cuenta de que no podríamos alcanzarlo y desaparecería antes
de que yo pudiera hacerle cualquier señal. Cuando había puesto el bote a toda marcha y comenzaba a
deses perar, ellos me vie ron a mí, al parecer, con la ayuda de su catalejo. Viendo que se trataba de una
barcaza europea, que debía pertenecer a algún barco perdido, bajaron las velas para que yo pudiera
alcanzarlos. Esto me alentó y, como llevaba a bordo la bandera de mi amo, la agité en el aire, en señal de
socorro y disparé un tiro con el arma. Al ver ambas señales, porque después me dijeron que habían visto la
bandera y el humo, aunque no habían escuchado el disparo, detuvieron la nave generosamente y, al cabo de
tres horas, pude llegar hasta ellos.
Me preguntaron de dónde era en portugués, español y francés pero yo no entendía ninguna de estas
lenguas. Finalmente, un marinero escocés que iba a bordo, me llamó y le contesté. Le dije que era inglés y
que me había escapado de los moros, que me habían hecho esclavo en Salé. Entonces me dijeron que
subiera a bordo y, muy amablemente, me acogieron con todas mis pertenencias.
Cualquiera podría entender la indecible alegría que sentí al verme liberado de la situación tan miserable y
desesperanzada en la que me hallaba. Inmediatamente, le ofrecí al capitán del barco todo lo que tenía, como
muestra de agradecimiento por mi rescate. Mas él, con mucha delicadeza, me dijo que no tomaría nada de
lo mío, sino que todo me sería devuelto cuando llegáramos a Brasil.
-Puesto que -me dijo-, os he salvado la vida del mis mo modo que yo habría deseado que me la salvaran a
mí, y puede que alguna vez me encuentre en una situación simi lar. Si os llevo a Brasil, un país tan lejano
del vuestro, y os quito vuestras pertenencias, moriréis de hambre y, entonces, os estaré quitando la misma
vida que ahora os acabo de salvar. No, no, Seignior Inglese, os llevaré por caridad y vuestras pertenencias
os servirán para buscaros el sustento y pagar el viaje de regreso a vuestra patria.
Así como se mostró caritativo en su oferta, fue muy puntual a la hora de llevarla a cabo, pues les ordenó
a los marineros que no tocaran ninguna de mis pertenencias. Tomó posesión de todas mis cosas y me
entregó un inventario preciso de ellas, en el que incluía hasta mis tres tinajas de barro.
En cuanto a mi bote, que era muy bueno y él se dio cuenta de ello, me dijo que lo compraría para su
barco y me preguntó cuánto quería por él. Yo le respondí que había sido tan generoso conmigo, que no
podía ponerle precio y lo dejaba completamente a su criterio. Me contestó que me daría una nota firmada
por ochenta piezas de a ocho23, que me pagaría cuando llegáramos a Brasil y, una vez allí, si alguien me
hacía una mejor oferta, él la igualaría. También me ofre ció sesenta piezas de a ocho por Xury pero yo no
estaba dispuesto a aceptarlas, no porque no quisiera dejárselo al capitán, sino porque no estaba dispuesto a
vender la libertad del chico, que me había servido con tanta lealtad a recuperar la mía. Cuando le expliqué
mis razones al capitán, le parecie ron justas y me propuso lo siguiente: que se comprometía a darle al chico
un testimonio por el cual obtendría su libertad en diez años si se convertía al cristianismo. Como Xury dijo
que estaba dispuesto a irse con él, se lo cedí al capitán.
Hicimos un estupendo viaje a Brasil y llegamos, al cabo de unos veinte días, a la bahía de Todos los
Santos24. Una vez más, había escapado de la suerte más miserable y debía pensar qué sería de mi vida.
23 Pieza de a ocho: Nombre con el que se designaba el ya obsoleto dólar de plata español o
hispanoamericano, que equivalía a ocho reales.
24 Bahía de Todos los Santos: Es uno de los mayores y mejores puertos de anclaje profundo de la costa de
Brasil, donde se encuentra la ciudad de Salvador. Antiguamente, era la capital del país.
Nunca he podido olvidar el trato generoso que me dis pensó el capitán, que no quiso aceptar nada a
cambio de mi viaje y me dio veinte ducados por la piel del leopardo, cua renta por la del león, me devolvió
puntualmente todas mis pertenencias y me compró lo que quise vender, como las botellas, dos de mis armas
y el trozo de cera que me había sobrado, pues el resto lo había utilizado para hacer velas. En pocas
palabras, vendí mi carga en doscientas veinte piezas de a ocho y, con este acopio, desembarqué en la costa
de Brasil.
Al poco tiempo de mi llegada, el capitán me encomendó a un hombre bueno y honesto, como él, que
tenía un ingenio (es decir, una plantación y hacienda azucarera). Viví con él un tiempo y así aprendí sobre
el método de plantación y fabricación del azúcar. Viendo lo bien que vivían los hacendados y cómo se
enriquecían tan rápidamente, decidí que, si conseguía una licencia, me haría hacendado y, mientras tanto,
buscaría la forma de que se me enviara el dinero que había dejado en Londres.
Tenía un vecino, un portugués de Lisboa, hijo de ingle ses, que se llamaba Wells y se encontraba en una
situación similar a la mía. Digo que era mi vecino, ya que su planta ción colindaba con la mía y nos
llevábamos muy bien. Mis existencias eran tan escasas como las suyas, pues, durante dos años, sembramos
casi exclusivamente para subsistir. Con el tiempo, comenzamos a prosperar y aprendimos a administrar
mejor nuestras tierras, de manera que, al tercer año, pudimos sembrar un poco de tabaco y preparar una
buena extensión de terreno para sembrar azúcar al año siguiente. Ambos necesitábamos ayuda y, entonces,
me di cuenta del error que había cometido al separarme de Xury, mi muchacho.
Mas, ¡ay!, no me sorprendía haber cometido un error, ya que, en toda mi vida, había acertado en algo. No
me quedaba más remedio que seguir adelante, pues me había metido en un negocio que superaba mi
ingenio y contrariaba la vida que siempre había deseado, por la que había abandonado la casa de mi padre y
hecho caso omiso a todos sus buenos consejos. Más aún, estaba entrando en ese estado interme dio, o el
estado más alto del estado inferior, que mi padre me había aconsejado y, si iba a acogerlo, bien podía
haberme quedado en casa para hacerlo, sin haber tenido que padecer las miserias del mundo, como lo había
hecho. Muchas veces me decía a mí mismo que esto lo podía haber hecho en Inglaterra, entre mis amigos,
en lugar de haber venido a hacerlo a cinco mil millas, entre extraños y salvajes, en un lugar desolado y
lejano, al que no llegaban noticias de ninguna parte del mundo donde habitase alguien que me conociera.
De este modo, lamentaba la situación en la que me hallaba. No tenía a nadie con quien conversar si no
era, de vez en cuando, con mi vecino, ni tenía otra cosa que hacer, sal vo trabajos manuales. Solía decir que
mi vida transcurría como la del náufrago en una isla desierta, donde no puede contar con nadie más que
consigo. Mas, con cuánta justicia todos los hombres deberían reflexionar sobre esto: que cuando comparan
la condición en la que se encuentran con otras peores, el cielo les puede obligar a hacer el cambio y
convencerse, por experiencia, de que fueron más felices en el pasado. Y digo que, con justicia, merecí vivir
una vida solitaria en una isla desierta, como la que había imaginado, pues tantas muchas veces la comparé,
injustamente, con la vida que llevaba entonces; si hubiera perseverado en ella, con toda seguridad habría
logrado hacerme rico y próspero.
En cierto modo, había logrado realizar mis proyectos en la plantación, cuando llegó el momento de la
partida de mi querido amigo, el capitán del barco que me recogió en el mar. Su embarcación había
permanecido allí cerca de tres meses en lo que se cargaba y se preparaba para el viaje. Le comenté que
había dejado un dinero en Londres y él me dio un consejo sincero y amistoso:
-Seignior Inglese -porque así me llamaba siempre-, si me dais cartas y un poder legal, por escrito, con
órdenes para que la persona que tiene su dinero en Londres, se lo envíe a las personas que yo le diga en
Lisboa, os compraré las cosas que puedan seros útiles aquí y os las traeré, si Dios lo permite, a mi regreso.
Mas, como los asuntos humanos están sujetos a los cambios y los desastres, os recomiendo que solo pidáis
cien libras esterlinas que, como me decís, es la mitad de vuestro haber y, así solo arriesgaréis esa parte. Si
todo llega bien, podréis mandar a pedir el resto, del mismo modo que lo habéis hecho ahora, y, si se pierde,
aún tendréis la otra mitad a vuestra disposición.
Este consejo me pareció tan sensato y tan honesto que pensé que lo mejor que podía hacer era seguirlo.
Así, pues, preparé las cartas para la señora, a quien le había dejado mi dinero, y un poder legal para el
capitán portugués, del que me había hablado mi amigo.
En la carta que le envié a la viuda del capitán inglés, le hice el recuento completo de mis aventuras, la
esclavitud y la huida. Le conté sobre la forma en que había conocido al capitán portugués en el mar y sobre
su trato compasivo, le expliqué el estado en el que me encontraba, y le di las instrucciones necesarias para
llevar a cabo mis encargos. Cuando este honesto capitán llegó a Lisboa, logró que unos mercaderes ingleses
que había allí, le hicieran llegar, tanto mi orden escrita como el recuento completo de mi historia, a un
mercader de Londres que, a su vez, se la contó con lujo de detalles a la viuda. Ante esto, la viuda envió mi
dinero y, además, de su propio bolsillo, un generoso regalo para el capitán portugués, como muestra de
agradecimiento por su caridad y su compasión hacia mí.
Con las cien libras esterlinas, el mercader de Londres compró la mercancía inglesa, que el capitán le
había indicado por escrito, y se la envió directamente a Lisboa, desde donde el capitán me las trajo a Brasil
sanas y salvas. Entre las cosas que me trajo, sin que yo se lo pidiera (pues era demasiado inexperto en el
negocio como para pensar en ello), había todo tipo de herramientas, herrajes e instrumentos para trabajar en
la plantación, que me fueron de gran utilidad.
Cuando llegó el cargamento, pensé que ya había hecho fortuna; tal fue la alegría que me causó recibirlo.
Mi buen comisionado, el capitán, había guardado las cinco libras que mi amiga le había dado de regalo para
comprar y traerme un sirviente, con una obligación de seis años, y no quiso aceptar nada a cambio, excepto
un poco de tabaco de mi propia cosecha.
Pero esto no fue todo. Como los bienes que me había traído eran de manufactura inglesa, es decir, telas,
paños y tejidos finos y otras cosas, que resultaban particularmente útiles y valiosas en este país, pude
venderlas y sacarles un gran beneficio. De este modo, podía decir, que había cuadriplicado el valor de mi
primer cargamento y había aventajado infinitamente a mi pobre vecino, en lo tocante a la plantación, pues,
lo primero que hice, fue comprar un esclavo negro y un sirviente europeo, aparte del que me había traído el
capitán.
Mas me ocurrió lo que suele suceder en estos casos, en los que, la prosperidad mal entendida, puede ser
la causa de las peores adversidades. Al año siguiente, proseguí mi plan tación con gran éxito y coseché
cincuenta rollos de tabaco, más de lo que había previsto que sería necesario entre los vecinos. Como cada
uno de estos rollos pesaba más de cien libras y estaban bien curados, decidí guardarlos hasta que la flota de
Lisboa regresara y, puesto que me iba haciendo rico y próspero en los negocios, comencé a idear proyectos,
que sobrepasaban mi capacidad; el tipo de negocios que, a me nudo, llevan a la ruina a los mejores
negociantes.
Si hubiera permanecido en el estado en el que me hallaba, habría recibido todas las bendiciones de las
que me había hablado mi padre, cuando me recomendaba una vida tranquila y retirada; esas bendiciones
que, según me decía, colmaban el estado medio de la vida. Mas, otra suerte me aguardaba, y volvería a ser
el agente voluntario de mis propias desgracias, aumentando mi error y redoblando los mo tivos para
reflexionar sobre mi propia vida, cosa que, en mis futuras calamidades, tuve tiempo de hacer. Todas estas
desgracias ocurrieron porque me obstiné en seguir mis tontos deseos de vagabundear por el extranjero,
contrariando la clara perspectiva que tenía de beneficiarme, con tan solo perseguir simple y llanamente, los
objetivos y los medios de ganarme la vida, que la naturaleza y la Providencia insistían en mostrarme y
hacerme aceptar como mi deber.
Del mismo modo que antes, cuando me separé de mis padres, no pude conformarme con lo que tenía,
ahora también tenía que marcharme y abandonar la posibilidad de hacerme un hombre rico y próspero, con
mi nueva plantación, en pos de un deseo descabellado e irracional de aumentar mi fortuna más rápidamente
de lo que la naturaleza admitía. Fue así como, por mi culpa, volví a naufragar en el abismo más profundo
de la miseria, al que pudiera caer hombre alguno o, fuese capaz de soportar.
Mas, prosigamos con los detalles de esta parte de mi historia. Como podéis imaginar, habiendo vivido
durante cuatro años en Brasil y habiendo empezado a prosperar en mi plantación, no solo había aprendido
la lengua, sino que había trabado conocimiento y amistad con algunos de los demás hacendados, así como
con los comerciantes de San Salvador, que era nuestro puerto. En nuestras conversaciones, les había
contado de mis dos viajes a la costa de Guinea, del comercio con los negros de allí, y de lo fácil que era adquirir,
a cambio de bagatelas, tales como cuentecillas, juguetes, cuchillos, tijeras, hachas, trozos de cristal y
cosas por el estilo, no solo polvo de oro, cereales de Guinea y colmillos de elefante, sino también gran
cantidad de negros esclavos para trabajar en Brasil.
Siempre escuchaban con mucha atención mis relatos, particularmente, lo concerniente a la compra de
negros, que era un negocio que, en aquel tiempo, no se explotaba y, cuando se hacía, era mediante asientos,
es decir, permisos que otorgaban los reyes de España o Portugal, a modo de subastas públicas. De este
modo, los pocos negros que se traían, resultaban excesivamente caros.
Sucedió que, un día, después de haber estado hablando seriamente de estos asuntos con algunos
comerciantes y hacendados conocidos, a la mañana siguiente, tres de ellos vi nieron a decirme que habían
meditado mucho sobre lo que les había contado la noche anterior y querían hacerme una proposición
secreta. Cuando obtuvieron mi complicidad, me dijeron que habían pensado fletar un barco para ir a
Guinea, pues, al igual que yo, poseían plantaciones y de nada tenían tanta necesidad como de esclavos.
Como ese tráfico era ilegal y no podrían vender públicamente los negros que trajeran, querían hacer tan
solo un viaje, para traer secretamente algunos negros y dividirlos entre sus propias plantaciones. En otras
palabras, querían saber si estaba dis puesto a embarcarme en dicha nave y hacerme cargo del negocio en la
costa de Guinea. A cambio de esto, me ofrecían una participación equitativa en la adquisición de los es -
clavos, sin costo alguno.
Debo confesar que era una propuesta justa, para alguien que no tuviera que atender una plantación que
comenzaba a prosperar y aumentar de valor. Mas, para mí, que ya estaba instalado y bien encaminado; que
no tenía más que seguir haciendo las cosas como hasta entonces, por otros tres o cuatro años y hacerme
enviar las otras cien libras de Inglaterra que, en ese tiempo y con una pequeña suma adicional, producirían
un beneficio de tres o cuatro mil libras esterlinas, que, a su vez, aumentaría; para mí, hacer aquel viaje era
el acto más descabellado del que podría acusarse a cualquier hombre que estuviera en mis circunstancias.
Pero yo había nacido para ser mi propio destructor, y no pude resistirme a esa oferta más de lo que pude
renunciar, en su día, a mis primeros y fatídicos proyectos, cuando hice caso omiso a los consejos de mi
padre. En pocas palabras, les dije que iría de todo corazón, si ellos se encargaban de cuidar mi plantación
durante mi ausencia y disponer de ella, según mis instrucciones, en caso de que la empresa fra casara. Todos
estuvieron de acuerdo, comprometiéndose a cumplir su parte; y procedimos a firmar los contratos y
acuerdos formales. Yo redacté un testamento, en el que dis ponía que, si moría, mi plantación y mis
propiedades pasaran a manos de mi heredero universal, el capitán del barco que me había salvado la vida, y
que él, a su vez, dispusiera de mis bienes, según estaba escrito en mi testamento: la mi tad de las ganancias
sería para él y la otra mitad sería enviada por barco a Inglaterra.
En fin, tomé todas las precauciones necesarias para proteger mis bienes y mi plantación. Si hubiese
tenido la mitad de esa prudencia para velar por mis intereses personales y juzgar lo que debía o no debía
hacer, seguramente no hubiese abandonado una empresa tan prometedora como la mía, ni hubiese
renunciado a todas las perspectivas que tenía de progresar, para lanzarme a realizar un viaje por mar, sin
contar con los riesgos que conllevaba, ni las posibilidades de que me ocurriera alguna desgracia.
Pero me lancé, obedeciendo los dictados de mi fantasía y no los de la razón. Urna vez listos el barco y el
cargamento, y todos los demás acuerdos consignados por contrato con mis socios, me embarqué, a mala
hora, el primer día de septiembre de 1659, el mismo día en que, ocho años antes, había abandonado la casa
de mis padres en Hull, actuando como un rebelde ante su autoridad y como un idiota ante mis propios
intereses.
Nuestra embarcación llevaba como ciento veinte toneladas de peso, seis cañones y catorce hombres
aparte del capitán, de su mozo y yo. No llevábamos demasiados bienes a bordo, solo las chucherías
necesarias para negociar con los negros, tales como cuentecillas, trozos de cristal, caracoles y cacharros
viejos, en especial, pequeños catalejos, cuchillos, tijeras, hachas y otras cosas por el estilo.
El mismo día que subí a bordo, zarpamos hacia el norte, siguiendo la costa rumbo a tierras africanas
hasta los diez o doce grados de latitud norte, que era la ruta que, al parecer, se seguía en esos días. Nos hizo
muy buen tiempo, aunque mucho calor, mientras bordeamos la costa hasta llegar al cabo de San Agustín25.
A partir de entonces, comenzamos a meternos mar adentro hasta que perdimos de vista la tierra y
navegamos, como si nos dirigiéramos a la isla de Fernando de Noronha26, rumbo al norte-noreste,
dejándola, luego, al este. Siguiendo este rumbo, tardamos casi doce días en cruzar la línea del ecuador y,
según nuestra última observación, nos encontrábamos a siete grados veintidós minutos de latitud norte,
cuando un violento tornado o huracán, nos dejó totalmente desorientados. Comenzó a soplar de sudeste a
noroeste y luego se estacionó al noreste, desde donde nos acometió con tanta furia, que durante doce días
no pudimos hacer más que ir a la deriva, para huir de él, y dejarnos llevar a donde el destino y la furia del
viento quisieran llevarnos. Durante esos doce días, huelga decir, creía que seríamos tragados por el mar y, a
decir verdad, ninguno de los que estaba a bordo, esperaba salir de allí con vida.
25 Cabo de San Agustín: Posiblemente se refiera al cabo San Roque o cabo de Colcanhar, en el extremo
este de la costa de Brasil.
26 Isla de Fernando de Noronha: Isla de Brasil que se encuentra a unos cuatrocientos kilómetros del cabo
de San Roque.
En esta angustiosa situación, mientras padecíamos el terror de la tormenta, uno de nuestros hombres
murió de calentura y el mozo del capitán y otro de los marineros ca yeron al mar por la borda. Hacia el
duodécimo día, cuando el tiempo se hubo calmado un poco, el capitán intentó fijar la posición del barco lo
mejor que pudo, y se dio cuenta de que estaba a once grados de latitud norte pero a veintidós grados de
longitud oeste del cabo de San Agustín. Así, pues, advirtió que nos encontrábamos entre la costa de
Guyana27, o la parte septentrional de Brasil, más allá del río Amazonas28, hacia el río Orinoco29,
comúnmente llamado el Gran Río. Comenzó a consultarme qué rumbo debíamos seguir, pues el barco
había sufrido muchos daños y le estaba entrando agua, y él quería regresar directamente a la costa de
Brasil.
27 En el original dice Guinea, lo cual, evidentemente, es un error de imprenta. Guyana se encuentra al
norte de Sur América, entre Venezuela y Brasil. Fue una colonia holandes a hasta 1796, cuando la ocuparon
los ingleses.
28 El Amazonas es el río más importante del mundo, por su caudal y la extensión de su cuenca. Nace en
Perú y atraviesa Brasil de oeste a este y desemboca en el Atlántico, a la altura del ecuador, donde forma un
inmenso delta en el que se encuentran muchas islas, la más importante de las cuales es la de Marajó. La
longitud de su curso es de 6.280 kilómetros y su cuenca abarca casi 7 millones de kilómetros cuadrados. Se
comunica con el Orinoco y con el río Paraguay.
29 El Orinoco nace en la sierra de Parima, cerca de la frontera brasileña, bordea las Guyanas, pasa entre
Colombia y Venezuela, sirviendo de frontera entre ambos países, atraviesa Venezuela de oeste a este y
desem boca en el Atlántico por varios brazos, formando un extenso delta de 2.063 kilómetros.
Mi opinión era totalmente opuesta a la del capitán. Nos pusimos a estudiar las cartas de la costa
americana y llegamos a la conclusión de que no había ninguna tierra habita da, hacia la cual pudiéramos
dirigirnos, antes de llegar a la cuenca de las islas del Caribe30. Así, pues, decidimos dirigirnos hacia
Barbados31, manteniéndonos en alta mar, para evitar las corrientes de la bahía o golfo de México32. De esta
forma, esperábamos llegar a la isla en quince días, ya que no íbamos a ser capaces de navegar hasta la costa
de África sin recibir ayuda para la nave y para nosotros mismos.
30 Las islas del Caribe o Antillas son un archipiélago de América central, situado en el mar Caribe. Se
divide en Antillas Mayores (Puerto Rico, La Española -compuesta por Haití y la República Dominicana-, y
Cuba) y Antillas Menores (que se extienden en un semicírculo formado por las islas que conforman
Barlovento y Sotavento). De acuerdo con la narración, el barco se hallaba al este de la isla de Trinidad,
situada frente a la costa nororiental de Venezuela.
31 Barbados está al norte de Trinidad y al este de las islas de Barlovento. Es la más oriental de las Antillas
Menores.
32 El Golfo de México es un mar interior del Atlántico, limitado por las costas de América del Norte,
México y Cuba.
Con esta intención, cambiamos el rumbo y navegamos en dirección oeste-noroeste para llegar a alguna
de las islas inglesas, donde esperábamos encontrar ayuda. Pero nues tro viaje estaba previsto de otro modo.
A los doce grados dieciocho minutos de latitud, nos encontramos con una segunda tormenta, que nos llevó
hacia el oeste, con la misma intensidad que la anterior, y nos alejó tanto de la ruta comercial humana, que si
lográbamos salvarnos de morir en el mar, con toda probabilidad, seríamos devorados en tierras de salvajes
y no podríamos regresar a nuestro país.
Nos hallábamos en esta angustiosa situación y el viento aún soplaba con mucha fuerza, cuando uno de
nuestros hombres gritó «¡Tierra!». Apenas salíamos de la cabina, deseosos de ver dónde nos
encontrábamos, el barco se encalló en un banco de arena y se detuvo tan de golpe, que el mar se lanzó
sobre nosotros, y nos abatió con tal fuerza, que pensamos que moriríamos al instante. Ante esto, nos
apresuramos a ponernos bajo cubierta para protegernos de la espuma y de los embates del mar.
No es fácil, para alguien que nunca se haya visto en semejante situación, describir o concebir la
consternación de los hombres en esas circunstancias. No teníamos idea de dónde nos hallábamos, ni de la
tierra a la que habíamos sido arrastrados. No sabíamos si estábamos en una isla o en un continente, ni si
estaba habitada o desierta. El viento, aunque había disminuido un poco, soplaba con tanta fuerza, que no
podíamos confiar en que el barco resistiría unos minutos más sin desbaratarse, a no ser que, por un milagro
del cielo, el viento amainara de pronto. En pocas palabras, nos quedamos mirándonos unos a otros,
esperando la muerte en cualquier momento. Todos actuaban como si se prepararan para el otro mundo,
pues no parecía que pudiésemos hacer mucho más. Nuestro único consuelo era que, contrario a lo que
esperábamos, el barco aún no se había quebrado, y, según pudo observar el capitán, el viento comenzaba a
dis minuir.
A pesar de que, al parecer, el viento empezaba a ceder un poco, el barco se había encajado tan
profundamente en la arena, que no había forma de desencallarlo. De este modo, nos hallábamos en una
situación tan desesperada, que lo único que podíamos hacer era intentar salvar nuestras vidas, como mejor
pudiéramos. Antes de que comenzara la tormenta, llevábamos un bote en la popa, que se desfondó cuando
dio contra el timón del barco. Poco después se soltó y se hundió, o fue arrastrado por el mar, de modo que
no podíamos contar con él. Llevábamos otro bote a bordo pero no nos sentíamos capaces de ponerlo en el
agua. En cualquier caso, no había tiempo para discutirlo, pues nos imaginábamos que el barco se iba a
desbaratar de un momento a otro y algunos decían que ya empezaba a hacerlo.
En medio de esta angustia, el capitán de nuestro barco echó mano del bote y, con la ayuda de los demás
hombres, logró deslizarlo por la borda. Cuando los once que íbamos nos hubimos metido todos dentro, lo
soltó y nos encomendó a la misericordia de Dios y de aquel tempestuoso mar. Pese a que la tormenta había
disminuido considerablemente, las gigantescas olas rompían tan descomunalmente en la orilla, que bien se
podía decir que se trataba de Den wild Zee33, que en holandés significa tormenta en el mar.
Nuestra situación se había vuelto desesperada y todos nos dábamos cuenta de que el mar estaba tan
crecido, que el bote no podría soportarlo e, inevitablemente, nos ahoga ríamos. No teníamos con qué hacer
una vela y aunque lo hubiésemos tenido, no habríamos podido hacer nada con ella. Ante esto, comenzamos
a remar hacia tierra, con el pesar que llevan los hombres que van hacia el cadalso, pues sabíamos que,
cuando el bote llegara a la orilla, se haría mil pedazos con el oleaje. No obstante, le encomendamos encarecidamente
nuestras almas a Dios y, con el viento que nos empujaba hacia la orilla, nos apresuramos a
nuestra destrucción con nuestras propias manos, remando tan rápidamente como podíamos hacia ella.
No sabíamos si en la orilla había roca o arena, ni si era escarpada o lisa. Nuestra única esperanza era
llegar a una bahía, un golfo, o el estuario de un río, donde, con mucha suerte, pudiéramos entrar con el bote
o llegar a la costa de sotavento34, donde el agua estaría más calmada. Pero no parecía que tendríamos esa
suerte pues, a medida que nos acercábamos a la orilla, la tierra nos parecía más aterradora aún que el mar.
33 Den wild Zee: En holandés significa, literalmente, «el mar salvaje».
34 Sotavento: Parte opuesta a barlovento. (Ver nota 17.)
Después de remar, o más bien, de haber ido a la deriva a lo largo de lo que calculamos sería más o menos
una legua y media, una ola descomunal como una montaña nos embistió por popa e inmediatamente
comprendimos que aquello había sido el coup de gráce35. En pocas palabras, nos acometió con tanta furia,
que volcó el bote de una vez, dejándonos a todos desperdigados por el agua, y nos tragó, antes de que
pudiésemos decir: «¡Dios mío!».
35 Coup de gróce: En francés significa, literalmente, «golpe de gracia».
Nada puede describir la confusión mental que sentí mientras me hundía, pues, aunque nadaba muy bien,
no podía librarme de las olas para tomar aire. Una de ellas me llevó, o más bien me arrastró un largo trecho
hasta la orilla de la playa. Allí rompió y, cuando comenzó a retroceder, la marea me dejó, medio muerto por
el agua que había tragado, en un pedazo de tierra casi seca. Todavía me quedaba un poco de lucidez y de
aliento para ponerme en pie y tratar de llegar a la tierra, la cual estaba más cerca de lo que esperaba, antes
de que viniera otra ola y me arrastrara nuevamente. Pronto me di cuenta de que no podría evitar que esto
sucediera, pues hacia mí venía una ola tan grande como una montaña y tan furiosa como un enemigo contra
el que no tenía medios ni fuerzas para luchar. Mi meta era contener el aliento y, si podía, tratar de
mantenerme a flote para nadar, aguantando la respiración, hacia la playa. Mi gran preocupación era que la
ola, que me arrastraría un buen trecho hacia la orilla, no me llevase mar adentro en su reflujo.
La ola me hundió treinta o cuarenta pies en su masa. Sentía cómo me arrastraba con gran fuerza y
velocidad hacia la orilla, pero aguanté el aliento y traté de nadar hacia delante con todas mis fuerzas. Estaba
a punto de reventar por falta de aire, cuando sentí que me elevaba y, con mucho alivio comprobé que tenía
los brazos y la cabeza en la superficie del agua. Aunque solo pude mantenerme así unos dos minutos, pude
reponerme un poco y recobrar el aliento y el valor. Nuevamente me cubrió el agua, esta vez por menos
tiempo, así que pude aguantar hasta que la ola rompió en la orilla y comenzó a retroceder. Entonces, me
puse a nadar en contra de la corriente hasta que sentí el fondo bajo mis pies. Me quedé quieto unos
momentos para recuperar el aliento, mientras la ola se retiraba, y luego eché a correr hacia la orilla con las
pocas fuerzas que me quedaban. Pero esto no me libró de la furia del mar que volvió a caer sobre mí y, dos
veces más, las olas me levantaron y me arrastraron como antes por el fondo, que era muy plano.
La última de las olas casi me mata, pues el mar me arrastró, como las otras veces, y me llevó, más bien,
me estrelló, contra una piedra, con tanta fuerza que me dejó sin sentido e indefenso. Como me golpeé en el
costado y en el pecho, me quedé sin aliento y si, en ese momento, hubiese venido otra ola, sin duda me
habría ahogado. Mas pude recuperarme un poco, antes de que viniese la siguiente ola y, cuando vi que el
agua me iba a cubrir nuevamente, resolví agarrarme con todas mis fuerzas a un pedazo de la roca y
contener el aliento hasta que pasara. Como el mar no estaba tan alto como al principio, pues me hallaba
más cerca de la orilla, me agarré hasta que pasó la siguiente ola, y eché otra carrera que me acercó tanto a la
orilla que la que venía detrás, aunque me alcanzó, no llegó a arrastrarme. En una última carrera, llegué a
tierra firme, donde, para mi satisfacción, trepé por unos riscos que había en la orilla y me senté en la hierba,
fuera del alance del agua y libre de peligro.
Encontrándome a salvo en la orilla, elevé los ojos al cielo y le di gracias a Dios por salvarme la vida en
una situación que, minutos antes, parecía totalmente desesperada. Creo que es imposible expresar
cabalmente, el éxtasis y la conmoción que siente el alma cuando ha sido salvada, diría yo, de la mismísima
tumba. En aquel momento comprendí la costumbre según la cual cuando al malhechor, que tiene la soga al
cuello y está a punto de ser ahorcado, se le concede el perdón, se trae junto con la noticia a un cirujano que
le practique una sangría, en el preciso instante en que se le comunica la noticia, para evitar que, con la
emoción, se le escapen los espíritus del corazón y muera:
Pues las alegrías súbitas, como las penas, al principio desconciertan36.
36 Pues las alegrías súbitas, como las penas, al principio desconciertan: Parece ser una adaptación de la
popular comedia de Shackerley Marmion, Holland's Leaguer (1632) donde dice: «Las grandes alegrías,
como las penas, son mudas.»
Caminé por la playa con las manos en alto y totalmente absorto en la contemplación de mi salvación,
haciendo gestos y movimientos que no puedo describir, pensando en mis compañeros que se habían
ahogado; no se salvó ni un alma, salvo yo, pues nunca más volví a verlos, ni hallé rastro de ellos, a
excepción de tres de sus sombreros, una gorra y dos zapatos de distinto par.
Miré hacia la embarcación encallada, que casi no podía ver por la altura de la marea y la espuma de las
olas y, al verla tan lejos, pensé: «¡Señor!, ¿cómo pude llegar a la orilla?»
Después de consolarme un poco, con lo poco que tenía para consolarme en mi situación, empecé a mirar
a mi alre dedor para ver en qué clase de sitio me encontraba y qué debía hacer. Muy pronto, la sensación de
alivio se desvaneció y comprendí que me había salvado para mi mal, pues estaba empapado y no tenía
ropas para cambiarme, no tenía nada que comer o beber para reponerme, ni tenía alternativa que no fuese
morir de hambre o devorado por las bestias salvajes. Peor aún, tampoco tenía ningún arma para cazar o
matar algún animal para mi sustento, ni para defenderme de cualquier criatura que quisiera matarme para el
suyo. En suma, no tenía nada más que un cuchillo, una pipa y un poco de tabaco en una caja. Estas eran mis
únicas provisiones y, al comprobarlo, sentí tal tribulación, que durante un rato no hice otra cosa que correr
de un lado a otro como un loco. Al acercarse la noche, empecé a angustiarme por lo que sería de mí si en
esa tierra había bestias hambrientas, sabiendo que durante la noche suelen salir en busca de presas.
La única solución que se me ocurrió fue subirme a un árbol frondoso, parecido a un abeto pero con
espinas, que se erguía cerca de mí y donde decidí pasar la noche, pensando en el tipo de muerte que me
aguardaba al día siguiente, ya que no veía cómo iba a poder sobrevivir allí. Caminé como un octavo de
milla, buscando agua fresca para beber y, finalmente, la conseguí, lo cual me causó una inmensa alegría.
Después de beber, me eché un poco de tabaco a la boca, para quitarme el hambre y regresé al árbol.
Mientras me encaramaba, busqué un lugar de donde no me cayera si me quedaba dormido. Corté un palo
corto, a modo de porra, para defenderme, me subí a mi alojamiento y, de puro agotamiento, me quedé
dormido. Esa noche dormí tan cómodamente como, según creo, pocos hubieran podido hacerlo en
semejantes condiciones y logré descansar como nunca en mi vida.
Cuando desperté era pleno día, el tiempo estaba claro y, una vez aplacada la tormenta, el mar no estaba
tan alto ni embravecido como antes. Sin embargo, lo que me sorpren dió más fue descubrir que, al subir la
marea, el barco se había desencallado y había ido a parar a la roca que mencioné al principio, contra la que
me había golpeado al estrellarme. Estaba a menos de una milla de la orilla donde me encontraba y, como
me pareció que estaba bien erguido, me entraron unos fuertes deseos de llegarme hasta él, al menos para
rescatar algunas cosas que pudieran servirme.
Cuando bajé de mi alojamiento en el árbol, miré nuevamente a mi alrededor y lo primero que vi fue el
bote tendido en la arena, donde el mar y el viento lo habían arrastrado, como a dos millas a la derecha de
donde me hallaba. Caminé por la orilla lo que pude para llegar a él, pero me encontré con una cala o una
franja de mar, de casi media milla de ancho, que se interponía entre el bote y yo. Decidí entonces regresar a
donde estaba, pues mi intención era lle gar al barco, donde esperaba encontrar algo para subsistir.
Poco después del mediodía, el mar se había calmado y la marea había bajado tanto, que pude llegar a un
cuarto de milla del barco. Entonces, volví a sentirme abatido por la pena, pues me di cuenta de que si
hubiésemos permanecido en el barco, nos habríamos salvado todos y yo no me habría visto en una
situación tan desgraciada, tan solo y desvalido como me hallaba. Esto me hizo saltar las lágrimas nuevamente,
mas, como de nada me servía llorar, decidí llegar hasta el barco si podía. Así, pues, me quité las
ropas, porque hacía mucho calor, y me metí al agua. Cuando llegué al barco, me encontré con la dificultad
de no saber cómo subir, pues estaba encallado y casi totalmente fuera del agua, y no tenía nada de qué
agarrarme. Dos veces le di la vuelta a nado y, en la segunda, advertí un pequeño pedazo de cuerda, que me
asombró no haber visto antes, que colgaba de las cadenas de proa. Estaba tan baja que, si bien con mucha
dificultad, pude agarrarla y subir por ella al castillo de proa. Allí me di cuenta de que el barco estaba
desfondado y tenía mucha agua en la bodega, pero estaba tan encallado en el banco de arena dura, más bien
de tierra, que la popa se alzaba por encima del banco y la proa bajaba casi hasta el agua. De ese modo, toda
la parte posterior estaba en buen estado y lo que había allí estaba seco porque, podéis estar seguros, lo
primero que hice fue inspeccionar qué se había estropeado y qué permanecía en buen estado. Lo primero
que vi fue que todas las provisiones del barco estaban secas e intactas y, como estaba en buena disposición
para comer, entré en el depósito de pan y me llené los bolsillos de galle tas, que fui comiendo, mientras
hacía otras cosas, pues no tenía tiempo que perder. También encontré un poco de ron en el camarote
principal, del que bebí un buen trago, pues, ciertamente me hacía falta, para afrontar lo que me esperaba.
Lo único que necesitaba era un bote para llevarme todas las cosas que, según preveía, iba a necesitar.
Era inútil sentarse sin hacer nada y desear lo que no podía llevarme y esta situación extrema avivó mi
ingenio. Teníamos varias vergas, dos o tres palos y uno o dos másti les de repuesto en el barco. Decidí
empezar por ellos y lancé por la borda los que pude, pues eran muy pesados, amarrándolos con una cuerda
para que no se los llevara la corriente. Hecho esto, me fui al costado del barco y, tirando de ellos hacia mí,
amarré cuatro de ellos por ambos extremos, tan bien como pude, a modo de balsa. Les coloqué encima dos
o tres tablas cortas atravesadas y vi que podía caminar fácilmente sobre ellas, aunque no podría llevar
demasiado peso, pues eran muy delgadas. Así, pues, puse manos a la obra nuevamente y, con una sierra de
carpintero, corté un mástil de repuesto en tres pedazos que los añadí a mi balsa. Pasé muchos trabajos y
dificultades, pero la esperanza de conseguir lo que me era necesario, me dio el estímulo para hacer más de
lo que habría hecho en otras circunstancias.
La balsa ya era lo suficientemente resistente como para soportar un peso razonable. Lo siguiente era
decidir con qué cargarla y cómo proteger del agua lo que pusiera sobre ella, lo cual no me tomó mucho
tiempo resolver. En primer lugar, puse todas las tablas que pude encontrar. Después de reflexionar sobre lo
que necesitaba más, agarré tres arcones de marinero, los abrí y vacié, y los bajé hasta mi balsa; el primero
lo llené de alimentos, es decir, pan, arroz, tres quesos holandeses, cinco pedazos de carne seca de cabra, de
la cual nos habíamos alimentado durante mucho tiempo, y un sobrante de grano europeo, que habíamos
reservado para unas aves que traíamos a bordo y que ya se habían matado. Había también algo de cebada y
trigo pero, para mi gran decepción, las ratas se lo habían comido o estropeado casi en su totalidad. Encontré
varias botellas de alcohol, que pertenecían al capitán, entre las que había un poco de licor y como cinco o
seis galones de raque37, todo lo cual, coloqué sin más en la balsa, pues no había necesidad de meterlo en los
arcones, ni espacio para hacerlo. Mientras hacía esto, noté que la marea comenzaba a subir, aunque el mar
estaba en calma y me mortificó ver que mi chaqueta, la camisa y el chaleco que había dejado en la arena, se
alejaban flotando; en cuanto a los pantalones, que eran de lino y abiertos en las rodillas, me los había
dejado puestos cuando me lancé a nadar hacia el barco y, asimismo, los calcetines. No obstante, esto me
obligó a buscar ropa, que encontré en abundancia, aunque solo cogí la que iba a usar inmediatamente, pues
había otras cosas que me interesaban más, como, por ejemplo, las herramientas. Después de mucho buscar,
encontré el arcón del carpintero que, ciertamente, era un botín de gran utilidad y mucho más valioso, en
esas circunstancias, que todo un buque cargado de oro. Lo puse en la balsa, tal y como lo había encontrado,
sin perder tiempo en ver lo que contenía, ya que, más o menos, lo sabía.
37 Raque: Palabra de origen árabe con la que se denominan genéricamente los destilados alcohólicos
típicos de los países cálidos como el vino de palma o de coco.
Luego procuré abastecerme de municiones y armas. Había dos pistolas y dos escopetas de caza muy
buenas en el camarote principal. Las cogí inmediatamente, así como algunos cuernos de pólvora, una
pequeña bolsa de balas y dos viejas espadas mohosas. Sabía que había tres barriles de pólvora en el barco
pero no sabía dónde los había guardado el artillero. Sin embargo, después de mucho buscar, los encontré;
dos de ellos estaban secos y en buen estado y el otro estaba húmedo. Llevé los dos primeros a la balsa,
junto con las armas, y, viéndome bien abastecido, comencé a pensar cómo llegar a la orilla sin velas, remos
ni timón, sabiendo que la menor ráfaga de viento lo echaría todo a perder.
Tenía tres cosas a mi favor: l. el mar estaba en calma, 2. la marea estaba subiendo y me impulsaría hacia
la orilla, 3. el poco viento que soplaba me empujaría hacia tierra. Así, pues, habiendo encontrado dos o tres
remos rotos que pertenecían al barco, dos serruchos, un hacha y un martillo, aparte de lo que ya había en el
arcón, me lancé al mar. La balsa fue muy bien a lo largo de una milla, más o menos, aunque se alejaba un
poco del lugar al que yo había llegado a tierra. Esto me hizo suponer que había alguna corriente y, en
consecuencia, que me encontraría con un estuario, o un río, que me sirviera de puerto para desembarcar con
mi cargamento.
Tal como había imaginado, apareció ante mí una pequeña apertura en la tierra y una fuerte corriente que
me impulsaba hacia ella. Traté de controlar la balsa lo mejor que pude para mantenerme en el medio del
cauce, pero estuve a punto de sufrir un segundo naufragio, que me habría destrozado el corazón. Como no
conocía la costa, uno de los extremos de mi balsa se encalló en un banco y, poco faltó, para que la carga se
deslizara hacia ese lado y cayera al agua. Traté con todas mis fuerzas de sostener los arcones con la
espalda, a fin de mantenerlos en su sitio, pero no era capaz de desencallar la balsa ni de cambiar de postura.
Me mantuve en esa posición durante casi media hora, hasta que la marea subió lo suficiente para nivelar y
desencallar la balsa. Entonces la impulsé con el remo hacia el canal y seguí subiendo hasta llegar a la
desembocadura de un pequeño río, entre dos orillas, con una buena corriente que impulsaba la balsa hacia
la tierra. Miré hacia ambos lados para buscar un lugar adecuado donde desembarcar y evitar que el río me
subiera demasiado, pues tenía la esperanza de ver algún barco en el mar y, por esto, quería mantenerme tan
cerca de la costa como pudiese.
A lo lejos, advertí una pequeña rada en la orilla derecha del río, hacia la cual, con mucho trabajo y
dificultad, dirigí la balsa hasta acercarme tanto que, apoyando el remo en el fondo, podía impulsarme hasta
la tierra. Mas, nuevamente, corría el riesgo de que mi cargamento cayera al agua porque la orilla era muy
escarpada, es decir, tenía una pendiente muy pronunciada, y no hallaba por dónde desembarcar, sin que uno
de los extremos de la balsa, encajándose en la tierra, la desnivelara y pusiera mi cargamento en peligro
como antes. Lo único que podía hacer era esperar a que la marea subiera del todo, sujetando la balsa con el
remo, a modo de ancla, para mantenerla paralela a una parte plana de la orilla que, según mis cálculos,
quedaría cubierta por el agua; y así ocurrió. Tan pronto hubo agua suficiente, pues mi balsa tenía un calado
de casi un pie, la impulsé hacia esa parte plana de la orilla y ahí la sujeté, enterrando mis dos remos rotos
en el fondo; uno en uno de los extremos de la balsa, y el otro, en el extremo diametralmente opuesto. Así
estuve hasta que el agua se retiró y mi balsa, con todo su cargamento, quedaron sanos y salvos en tierra.
Mi siguiente tarea era explorar el lugar y buscar un sitio adecuado para instalarme y almacenar mis
bienes, a fin de que estuvieran seguros ante cualquier eventualidad. No sa bía aún dónde estaba; ni si era un
continente o una isla, si estaba poblado o desierto, ni si había peligro de animales salvajes. Una colina se
erguía, alta y empinada, a menos de una milla de donde me hallaba, y parecía elevarse por encima de otras
colinas, que formaban una cordillera en dirección al norte. Tomé una de las escopetas de caza, una de las
pistolas y un cuerno de pólvora y, armado de esta sazón, me dispuse a llegar hasta la cima de aquella
colina, a la que llegué con mucho trabajo y dificultad para descubrir mi penosa suerte; es decir, que me
encontraba en una isla rodeada por el mar, sin más tierra a la vista que unas rocas que se hallaban a gran
distancia y dos islas, aún más pequeñas, que estaban como a tres leguas hacia el oeste.
Descubrí también que la isla en la que me hallaba era estéril y tenía buenas razones para suponer que
estaba deshabitada, excepto por bestias salvajes, de las cuales aún no ha bía visto ninguna. Vi una gran
cantidad de aves pero no sabía a qué especie pertenecían ni cuáles serían comestibles, en caso de que
pudiera matar alguna. A mi regreso, le disparé a un pájaro enorme que estaba posado sobre un árbol, al lado
de un bosque frondoso y no dudo que fuera la primera vez que allí se disparaba un arma desde la creación
del mundo, pues, tan pronto como sonó el disparo, de todas partes del bosque se alzaron en vuelo
innumerables aves de varios tipos, creando una confusa gritería con sus diversos graznidos; mas, no podía
reconocer ninguna especie. En cuanto al pájaro que había matado, tenía el picó y el color de un águila pero
sus garras no eran distintas a las de las aves comunes y su carne era una carroña, absolutamente
incomestible.
Complacido con este descubrimiento, regresé a mi balsa y me puse a llevar mi cargamento a la orilla, lo
cual me tomó el resto del día. Cuando llegó la noche, no sabía qué hacer ni dónde descansar, pues tenía
miedo de acostarme en la tierra y que viniera algún animal salvaje a devorarme aunque, según descubrí más
tarde, eso era algo por lo que no tenía que preocuparme.
No obstante, me atrincheré como mejor pude, con los arcones y las tablas que había traído a la orilla, e
hice una especie de cobertizo para albergarme durante la noche. En cuanto a la comida, no sabía cómo
conseguirla; había visto sólo dos o tres animales, parecidos a las liebres, que habían salido del bosque
cuando le disparé al pájaro.
Comencé a pensar que aún podía rescatar muchas cosas útiles del barco, en especial, aparejos, velas, y
cosas por el estilo, y traerlas a tierra. Así, pues, resolví regresar al bar co, si podía. Sabiendo que la primera
tormenta que lo azo tara, lo rompería en pedazos, decidí dejar de lado todo lo demás, hasta que hubiese
rescatado del barco todo lo que pudiera. Entonces llamé a consejo, es decir, en mi propia mente, para
decidir si debía volver a utilizar la balsa; mas no me pareció una idea factible. Volvería, como había hecho
antes, cuando bajara la marea, y así lo hice, solo que esta vez me desnudé antes de salir del cobertizo y me
quedé solamente con una camisa a cuadros, unos pantalones de lino y un par de escarpines.
Subí al barco, del mismo modo que la vez anterior, y preparé una segunda balsa. Mas, como ya tenía
experiencia, no la hice tan difícil de manejar, ni la cargué tanto como la primera, sino que me llevé las
cosas que me parecieron más útiles. En el camarote del carpintero, encontré dos o tres bolsas llenas de
clavos y pasadores , un gran destornilla dor, una o dos docenas de hachas y, sobre todo, un artefacto muy útil
que se llama yunque. Lo amarré todo, junto con otras cosas que pertenecían al artillero, tales como dos o
tres arpones de hierro, dos barriles de balas de mosquete, siete mosquetes, otra escopeta para cazar, un poco
más de pólvora, una bolsa grande de balas pequeñas y un gran rollo de lámina de plomo. Pero esto último
era tan pesado, que no pude levantarlo para sacarlo por la borda.
Aparte de estas cosas, cogí toda la ropa de los hombres que pude encontrar, una vela de proa de repuesto,
una hamaca y ropa de cama. De este modo, cargué mi segunda balsa y, para mi gran satisfacción, pude
llevarlo todo a tierra sano y salvo.
Durante mi ausencia, temía que mis provisiones pudieran ser devoradas en la orilla pero cuando regresé,
no encontré huellas de ningún visitante. Solo un animal, que parecía un gato salvaje, estaba sentado sobre
uno de los arcones y cuando me acerqué, corrió hasta un lugar no muy distante y allí se quedó quieto.
Estaba sentado con mucha compostura y despreocupación y me miraba fijamente a la cara, como si quisiera
conocerme. Le apunté con mi pistola pero no entendió lo que hacía pues no dio muestras de preocupación
ni tampoco hizo ademán de huir. Entonces le tiré un pedazo de galleta, de las que, por cierto, no tenía
dema siadas, pues mis provisiones eran bastante escasas; como decía, le arrojé un pedazo y se acercó, lo
olfateó, se lo comió, y se quedó mirando, como agradecido y esperando a que le diera más. Le di a entender
cortésmente que no podía darle más y se marchó.
Después de desembarcar mi segundo cargamento, aunque me vi obligado a abrir los barriles de pólvora y
trasladarla poco a poco, pues estaba en unos cubos muy grandes, que pesaban demasiado, me di a la tarea
de construir una pequeña tienda, con la vela y algunos palos que había cortado para ese propósito. Dentro
de la tienda, coloqué todo lo que se podía estropear con la lluvia o el sol y apilé los arcones y barriles
vacíos en círculo alrededor de la tienda para defenderla de cualquier ataque repentino de hombre o de
animal.
Cuando terminé de hacer esto, bloqueé la puerta de la tienda por dentro con unos tablones y por fuera con
un arcón vació. Extendí uno de los colchones en el suelo y, con dos pistolas a la altura de mi cabeza y una
escopeta al alcance de mi brazo, me metí en cama por primera vez. Dormí tranquilamente toda la noche,
pues me sentía pesado y extenuado de haber dormido poco la noche anterior y trajinado arduamente todo el
día, sacando las cosas del barco y trayéndolas hasta la orilla.
Tenía el mayor almacén que un solo hombre hubiese podido reunir jamás, pero no me sentía a gusto,
pues pensaba que, mientras el barco permaneciera erguido, debía rescatar de él todo lo que pudiera. Así,
pues, todos los días, cuando bajaba la marea, me llegaba hasta él y traía una cosa u otra. Particularmente, la
tercera vez que fui, me traje todos los aparejos que pude, todos los cabos finos y las sogas que hallé, un
trozo de lona, previsto para remendar las velas cuando fuera necesario, y el barril de pólvora que se había
mojado. En pocas palabras, me traje todas las velas, desde la primera hasta la última, cortadas en trozos,
para transportar tantas como me fuera posible en un solo viaje, puesto que ya no servían como velas sino
simplemente como tela.
Me sentí más satisfecho aún, cuando, al cabo de cinco o seis viajes, como los que he descrito, convencido
de que ya no había en el barco nada más que valiese la pena rescatar, encontré un tonel de pan, tres barriles
de ron y licor, una caja de azúcar y un barril de harina. Este hallazgo me sorprendió mucho, pues no
esperaba encontrar más provisiones, excepto las que se habían estropeado con el agua. Vacié el tonel de
pan, envolví los trozos, uno por uno, con los pedazos de tela que había cortado de las velas y lo llevé todo a
tierra sano y salvo.
Al día siguiente hice otro viaje y como ya había saqueado el barco de todo lo que podía transportar, seguí
con los cables. Corté los más gruesos en trozos, de un tamaño pro porcional a mis fuerzas y, así, llevé dos
cables y un cabo a la orilla, junto con todos los herrajes que pude encontrar. Corté, además el palo de
trinquete y todo lo que me sirviera para construir una balsa grande, que cargué con todos esos objetos
pesados y me, marché. Mas, mi buena suerte comenzaba a abandonarme, pues, la balsa era tan difícil de
manejar y estaba tan sobrecargada, que, cuando entré en la pequeña rada en la que había desembarcado las
demás provisiones, no pude gobernarla tan fácilmente como la otra y se volcó, arrojándome al agua con
todo mi cargamento. A mí no me pasó casi nada, pues estaba cerca de la orilla, pero la mayor parte de mi
cargamento cayó al agua, especialmente el hierro, que según había pensado, me sería de gran utilidad. No
obstante, cuando bajó la marea, pude rescatar la mayoría de los cables y parte del hierro, haciendo un esfuerzo
infinito, pues tenía que sumergirme para sacarlos del agua y esta actividad me causaba mucha fatiga.
Después de esto, volví todos los días al barco y fui trayendo todo lo que pude.
Hacía trece días que estaba en tierra y había ido once veces al barco. En este tiempo, traje todo lo que un
solo par de manos era capaz de transportar, aunque no dudo que, de haber continuado el buen tiempo,
habría traído el barco entero a pedazos. Mientras me preparaba para el duodécimo viaje, me di cuenta de
que el viento comenzaba a soplar con más fuerza. No obstante, cuando bajó la marea, volví hasta el barco.
Cuando creía haber saqueado tan a fondo el camarote, que ya no hallaría nada más de valor, aún descubrí
un casillero con cajones, en uno de los cuales había dos o tres navajas, un par de tijeras grandes y diez o
doce tenedores y cuchillos buenos. En otro de los cajones, encontré cerca de treinta y seis libras en
monedas europeas y brasileñas y en piezas de a ocho, y un poco de oro y de plata.
Cuando vi el dinero sonreí y exclamé:
-¡Oh, droga!, ¿para qué me sirves? No vales nada para mí; ni siquiera el esfuerzo de recogerte del suelo.
Cualquiera de estos cuchillos vale más que este montón de dinero. No tengo forma de utilizarte, así que,
quédate donde estás y húndete como una criatura cuya vida no vale la pena salvar. Sin embargo, cuando
recapacité, lo cogí y lo envolví en un pedazo de lona. Pensaba construir otra balsa pero cuando me dispuse
a hacerlo, advertí que el cielo se había cubierto y el viento se había levantado. En un cuarto de hora
comenzó a soplar un vendaval desde la tierra y pensé que sería inútil pretender hacer una balsa, si el viento
venía de la tierra. Lo mejor que podía hacer era marcharme antes de que subiera la marea pues, de lo
contrario, no iba a poder llegar a la orilla. Por lo tanto, me arrojé al agua y crucé a nado el canal que se
extendía entre el barco y la arena, con mucha dificultad, en parte, por el peso de las cosas que llevaba
conmigo y, en parte, por la violencia del agua, agitada por el viento, que cobraba fuerza tan rápidamente,
que, antes de que subiera la marea, se había convertido en tormenta.
No obstante, pude llegar a salvo a mi tienda, donde me puse a resguardo, rodeado de todos mis bienes. El
viento sopló con fuerza toda la noche y, en la mañana, cuando salí a mirar, el barco había desaparecido. Al
principio sentí cierta turbación pero luego me consolé pensando que no había perdido tiempo ni escatimado
esfuerzos para rescatar del barco todo lo que pudiera servirme; en realidad, era muy poco lo que había
quedado, que habría podido sacar, si hubiese tenido más tiempo.
Por tanto, dejé de pensar en el barco o en cualquier cosa que hubiese en él, a excepción de aquello que
llegase a la orilla, como ocurrió con algunas de sus partes, que no me sirvieron de mucho.
Mi única preocupación era protegerme de los salvajes, si llegaban a aparecer, y de las bestias, si es que
había alguna en la isla. Pensé mucho en la mejor forma de hacerlo y, en especial, el tipo de morada que
debía construir, ya fuera excavando una cueva en la tierra o levantando una tienda. En poco tiempo decidí
que haría ambas y no me parece impropio describir detalladamente cómo las hice.
Me di cuenta en seguida de que el sitio donde me encontraba no era el mejor para instalarme, pues estaba
sobre un terreno pantanoso y bajo, muy próximo al mar, que no me parecía adecuado, entre otras cosas,
porque no había agua fresca en los alrededores. Así, pues, decidí que me buscaría un lugar más saludable y
conveniente.
Procuré que el lugar cumpliera con ciertas condiciones indispensables: en primer lugar, sanidad y agua
fresca, como acabo de mencionar; en segundo lugar, resguardo del calor del sol; en tercer lugar, protección
contra criaturas hambrientas, fueran hombres o animales; y, en cuarto lugar, vista al mar, a fin de que, si
Dios enviaba algún barco, no perdiera la oportunidad de salvarme, pues aún no había renunciado a la
esperanza de que esto ocurriera.
Mientras buscaba un sitio propicio, encontré una pequeña planicie en la ladera de una colina. Una de sus
caras descendía tan abruptamente sobre la planicie, que parecía el muro de una casa, de modo que nada
podría caerme encima desde arriba. En la otra cara, había un hueco que se abría como la entrada o puerta de
una cueva, aunque allí no hubiese, en realidad, cueva alguna ni entrada a la roca.
Decidí montar mi tienda en la parte plana de la hierba, justo antes de la cavidad. Esta planicie no tenía
más de cien yardas38 de ancho y casi el doble de largo y se extendía como un prado desde mi puerta,
descendiendo irregularmente hasta la orilla del mar. Estaba en el lado nor-noroeste de la colina, de modo
que me protegía del calor durante todo el día, hasta que el sol se colocaba al sudoeste, lo cual, en estas
tierras, significa que está próximo a ponerse.
Antes de montar mi tienda, tracé un semicírculo delante de la cavidad, de un radio aproximado de diez
yardas hasta la roca y un diámetro de veinte yardas de un extremo al otro.
En este semicírculo, enterré dos filas de estacas fuertes, hundiéndolas por un extremo en la tierra hasta
que estuvieran firmes como pilares, de manera que, sus puntas afiladas sobresalieran cinco pies y medio
desde el suelo. Entre ambas filas no había más de seis pulgadas39.
38 Yarda: Medida inglesa de longitud que equivale a 91,44 cm.
39 Pulgada: Medida inglesa de longitud que equivale a 2,54 cm. Una Pulgada es la doceava parte de un
pie.
Entonces tomé los trozos de cable que había cortado en el barco y los coloqué, uno sobre otro, dentro del
círculo, entre las dos filas de estacas hasta llegar a la punta. Sobre estos, apoyé otros palos, de casi dos pies
y medio de altura, a modo de soporte. De este modo, construí una verja tan fuerte, que no habría hombre ni
bestia capaz de saltarla o derribarla. Esto me tomó mucho tiempo y esfuerzo, en particular, cortar las
estacas en el bosque y clavarlas en la tierra.
Para entrar a este lugar, no hice una puerta, sino una pequeña escalera para pasar por encima de la
empalizada. Cuando estaba dentro, la levantaba tras de mí y me quedaba completamente encerrado y a
salvo de todo el mundo, por lo que podía dormir tranquilo toda la noche, cosa que, de lo contrario, no
habría podido hacer, aunque, según compro bé después, no tenía necesidad de tomar tantas precauciones
contra los enemigos a los que tanto temía.
Con mucho trabajo, metí dentro de esta verja o fortaleza todas mis provisiones, municiones y
propiedades de las que he hecho mención anteriormente y me hice una gran tienda doble para protegerme
de las lluvias, que en determinadas épocas del año son muy fuertes. En otras palabras, hice una tienda más
pequeña dentro de una más grande y esta última la cubrí con el alquitrán que había rescatado con las velas.
Ya no dormía en la cama que había rescatado, sino en una hamaca muy buena, que había pertenecido al
capitán del barco.
Llevé a la tienda todas mis provisiones y lo que se pudiera estropear con la humedad y, habiendo
resguardado todos mis bienes, cerré la entrada, que hasta entonces había dejado al descubierto, y utilicé la
escalera para entrar y salir.
Hecho esto, comencé a excavar la roca y a transportar, a través de la tienda, la tierra y las piedras que
extraía. Las fui apilando junto a la verja, por la parte de adentro, hasta formar una especie de terraza, que se
levantaba como un pie y medio del suelo. De este modo, excavé una cueva, detrás de mi tienda, que me
servía de bodega.
Me costó gran esfuerzo y muchos días realizar todas estas tareas. Por tanto, debo retroceder para hacer
referencia a algunas cosas que, durante este tiempo, me preocupaban. Ocurrió que, habiendo terminado el
proyecto de montar mi tienda y excavar la cueva, se desató una tormenta de lluvia, que caía de una nube
espesa y oscura. De pronto se produjo un relámpago al que, como suele ocurrir, sucedió un trueno
estrepitoso. No me asustó tanto el resplandor como el pensamiento que surgió en mi mente, tan raudo como
el mismo relámpago: «¡Oh, mi pólvora!». El corazón se me apretó cuando pensé que toda mi pólvora podía
arruinarse de un soplo, puesto que toda mi defensa y mi posibilidad de sustento dependían de ella. Me
inquietaba menos el riesgo personal que corría, pues, en caso de que la pólvora hubiese ardido, jamás
habría sabido de dónde provenía el golpe.
Tanto me impresionó este hecho, que dejé a un lado todas mis tareas de construcción y fortificación y me
dediqué a hacer bolsas y cajas para separar la pólvora en pequeñas cantidades, con la esperanza de que, si
pasaba algo, no se encendiera toda al mismo tiempo, y aislar esas pequeñas cantidades, de manera que el
fuego no pudiera propagarse de una bolsa a otra. Terminé esta tarea en casi dos semanas y creo que logré
dividir mi pólvora, que en tòtal llegaba a las doscientas cuarenta libras de peso, en no menos de cien bolsas.
En cuanto al barril que se había mojado, no me pare ció peligroso así que lo coloqué en mi nueva cueva, que
en mi fantasía, la llamaba mi cocina, y escondí el resto de la pólvora entre las rocas para que no se mojara,
señalando cuidadosamente dónde lo había guardado.
En el lapso de tiempo que me hallaba realizando estas tareas, salí casi todos los días con mi escopeta,
tanto para distraerme, como para ver si podía matar algo para comer y enterarme de lo que producía la
tierra. La primera vez que salí, descubrí que en la isla había cabras, lo que me produjo una gran
satisfacción, a la que siguió un disgusto, pues eran tan temerosas, sensibles y veloces, que acercarse a ellas
era lo más difícil del mundo. Sin embargo, esto no me desanimó, pues sabía que alguna vez lograría matar
alguna, lo que ocurrió en poco tiempo, porque, después de aprender un poco sobre sus hábitos, las abordé
de la siguiente manera. Había observado que si me veían en los valles, huían despavoridas, aun cuando
estuvieran comiendo en las rocas. Mas, si se encontraban pastando en el valle y yo me hallaba en las rocas
no advertían mi presencia, por lo que llegué a la conclusión de que, por la posición de sus ojos, miraban
hacia abajo y, por lo tanto, no podían ver los objetos que se hallaban por encima de ellas. Así, pues, por
consiguiente, utilicé el siguiente método: subía a las rocas para situarme encima de ellas y, desde allí, les
disparaba, a menudo, con buena puntería. La primera vez que les disparé a estas criaturas, maté a una
hembra que tenía un cabritillo, al que daba de mamar, lo cual me causó mucha pena. Cuando cayó la madre,
el pequeño se quedó quieto a su lado hasta que llegué y la levanté, y mientras la llevaba cargada sobre
los hombros, me siguió muy de cerca hasta mi aposento. Entonces, puse la presa en el suelo y cogí al
pequeño en brazos y lo llevé hasta mi empalizada con la esperanza de criarlo y domesticarlo. Mas, como no
quería comer, me vi forzado a matarlo y comérmelo. La carne de ambos me dio para alimentarme un buen
tiempo, pues comía con moderación y economiza ba mis provisiones (especialmente el pan), todo lo que
podía.
Una vez instalado, me di cuenta de que sentía la necesidad imperiosa de tener un sitio donde hacer fuego
y procurarme combustible. Contaré con lujo de detalles lo que hice para procurármelo y cómo agrandé mi
cueva y las demás mejoras que introduje. Pero antes, debo hacer un breve relato acerca de mí y mis
pensamientos sobre la vida, que, como bien podrá imaginarse, no eran pocos.
Tenía una idea bastante sombría de mi condición, pues me hallaba náufrago en esta isla, a causa de una
violenta tormenta, que nos había sacado completamente de rumbo; es decir, a varios cientos de leguas de
las rutas comerciales de la humanidad. Tenía muchas razones para creer que se trataba de una
determinación del Cielo y que terminaría mis días en este lugar desolado y solitario. Lloraba amargamente
cuando pensaba en esto y, a veces, me preguntaba a mí mismo por qué la Providencia arruinaba de esta
forma a sus criaturas y las hacía tan absolutamente miserables; por qué las abandonaba de forma tan
humillante, que resultaba imposible sentirse agradecido por estar vivo en semejantes condiciones.
Pero algo siempre me hacía recapacitar y reprocharme por estos pensamientos. Particularmente, un día,
mientras caminaba por la orilla del mar con mi escopeta en la mano y me hallaba absorto reflexionando
sobre mi condición, la razón, por así decirlo, me expuso otro argumento: «Pues bien, estás en una situación
desoladora, cierto, pero por fa vor, recuerda dónde están los demás. ¿Acaso no venían once a bordo del
bote? ¿Por qué no se salvaron ellos y mo riste tú? ¿Por qué fuiste escogido? ¿Es mejor estar aquí o allá?» Y
entonces apunté con el dedo hacia el mar. Todos los males han de ser juzgados pensando en el bien que
traen consigo y en los males mayores que pueden acechar.
Entonces volví a pensar en lo bien provisto que estaba para subsistir y lo que habría sido de mí, si no
hubiese ocurrido -había, acaso, una posibilidad entre cien mil- que el barco se encallara donde lo hizo
primeramente, y hubiese sido arrastrado tan cerca de la costa, que me diese tiempo de rescatar todo lo que
pude de él. ¿Qué habría sido de mí si hubiese tenido que vivir en las condiciones en las que había llegado a
tierra, sin las cosas necesarias para vivir o para conseguir el sustento?
-Sobre todo -decía en voz alta, aunque hablando conmigo mismo -, ¿qué habría hecho sin una escopeta,
sin municiones, sin herramientas para fabricar nada ni para tra bajar, sin ropa, sin cama, ni tienda, ni nada
con que cubrirme?
Ahora tenía todas estas cosas en abundancia y me hallaba en buenas condiciones para abastecerme,
incluso cuando se me agotaran las municiones. Ahora tenía una perspectiva razonable de subsistir sin pasar
necesidades por el resto de mi vida, pues, desde el principio, había previsto el modo de abastecerme, no
solo si tenía un accidente, sino en el futuro, cuando se me hubiesen agotado las municiones y hubiese
perdido la salud y la fuerza.
Confieso que nunca había contemplado la posibilidad de que mis municiones pudiesen ser destruidas de
un golpe; quiero decir, que mi pólvora se encendiera con un rayo, y por eso me quedé tan sorprendido
cuando comenzó a tronar y a relampaguear.
Y ahora que voy a entrar en el melancólico relato de una vida silenciosa, como jamás se ha escuchado en
el mundo, comenzaré desde el principio y continuaré en orden. Según mis cálculos, estábamos a 30 de
septiembre cuando llegué a esta horrible isla por primera vez; el sol, que para nosotros se hallaba en el
equinoccio otoñal, estaba casi justo sobre mi cabeza pues, según mis observaciones , me encontraba a nueve
grados veintidós minutos de latitud norte respecto al ecuador.
Al cabo de diez o doce días en la isla, me di cuenta de que perdería la noción del tiempo por falta de
libros, pluma y tinta y que entonces, se me olvidarían incluso los días que había que trabajar y los que había
que guardar descanso. Para evitar esto, clavé en la playa un poste en forma de cruz en el que grabé con
letras mayúsculas la siguiente inscripción: «Aquí llegué a tierra el 30 de septiembre de 1659». Cada día,
hacía una incisión con el cuchillo en el costado del poste; cada siete incisiones hacía una que medía el
doble que el resto; y el primer día de cada mes, hacía una marca dos veces más larga que las anteriores. De
este modo, llevaba mi calendario, o sea, el cómputo de las semanas, los meses y los años.
Hay que observar que, entre las muchas cosas que rescaté del barco, en los muchos viajes que hice, como
he mencionado anteriormente, traje varias de poco valor pero no por eso menos útiles, que he omitido en
mi narración; a saber: plumas, tinta y papel de los que había varios paquetes que pertenecían al capitán, el
primer oficial y el carpintero; tres o cuatro compases, algunos instrumentos matemáticos, cuadrantes,
catalejos, cartas marinas y libros de navegación; todo lo cual había amontonado, por si alguna vez me
hacían falta. También encontré tres Biblias muy buenas, que me habían llegado de Inglaterra y había
empaquetado con mis cosas, algunos libros en portugués, entre ellos dos o tres libros de oraciones
papistas40, y otros muchos libros que conservé con gran cuidado. Tampoco debo olvidar que en el barco
llevábamos un perro y dos gatos, de cuya eminente historia diré algo en su momento, pues me traje los dos
gatos y el perro saltó del barco por su cuenta y nadó hasta la orilla, al día siguiente de mi desembarco con el
primer cargamento. A partir de entonces, fue mi fiel servidor durante muchos años. Me traía todo lo que yo
quería y me hacía compañia; lo único que faltaba era que me hablara pero eso no lo podía hacer. Como
dije, había encontrado plumas, tinta y papel, que administré con suma prudencia y puedo demostrar que
mientras duró la tinta, apunté las cosas con exactitud. Mas cuando se me acabó, no pude seguir haciéndolo,
pues no conseguí producirla de ningún modo.
40 Papistas: Significa católico pero suele usarse como término despectivo.
Esto me hizo advertir que, a pesar de todo lo que había logrado reunir, necesitaba más cosas, entre ellas
tinta y también un pico y una pala para excavar y remover la tierra, agujas, alfileres, hilo y ropa blanca, de
la cual aprendí muy pronto a prescindir sin mucha dificultad.
Esta falta de herramientas, hacía más difíciles los trabajos que tenía que realizar, por lo que tardé casi un
año en terminar mi pequeña empalizada o habitación protegida. Los postes o estacas, que tenían un peso
proporcional a mis fuerzas, me obligaron a pasar mucho tiempo en el bosque cortando y preparando troncos
y, sobre todo, transportándolos hasta mi morada. A veces tardaba dos días enteros en cortar y transportar
uno solo de esos postes y otro día más en clavarlo en la tierra. Para hacer esto, utilizaba un leño pesado
pero después pensé que sería mejor utilizar unas barras puntiagudas de hierro que, después de todo,
tampoco me aliviaron el tedio y la fatiga de enterrar los postes.
Pero, ¿qué necesidad tenía de preocuparme por la mo notonía que me imponía cualquier obligación si
tenía todo el tiempo del mundo para realizarla? Tampoco tenía más que hacer cuando terminara, al menos
nada que pudiera prever, si no era recorrer la isla en busca de alimento, lo cual hacía casi todos los días.
Comencé a considerar seriamente mi condición y las circunstancias a las que me veía reducido y decidí
poner mis asuntos por escrito, no tanto para dejarlos a los que acaso vinieran después de mí, pues era muy
poco probable que tuviera descendencia, sino para liberar los pensamientos que a diario me afligían. A
medida que mi razón iba dominando mi abatimiento, empecé a consolarme como pude y a anotar lo bueno
y lo malo, para poder distinguir mi situación de una peor; y apunté con imparcialidad, como lo harían un
deudor y un acreedor, los placeres de que disfrutaba, así como las miserias que padecía, de la siguiente
manera:
Malo
He sido arrojado a una horrible isla desierta, sin esperanza alguna de salvación.
Al parecer, he sido aislado y separado de todo el mundo para llevar una vida miserable.
Estoy separado de la humanidad, completamente aislado, desterrado de la sociedad humana.
No tengo ropa para cubrirme.
No tengo defensa alguna ni medios para resistir un ataque de hombre o bestia.
No tengo a nadie con quien hablar o que pueda consolarme.
Bueno
Pero estoy vivo y no me he ahogado como el resto de mis compañeros de viaje.
Pero también he sido eximido, entre todos los tripulantes del barco, de la muerte; y Él, que tan
milagrosamente me salvó de la muerte, me puede liberar de esta condición.
Pero no estoy muriéndome de hambre ni pereciendo en una tierra estéril, sin susten to.
Pero estoy en un clima cálido donde, si tuviera ropa, apenas podría utilizarla.
Pero he sido arrojado a una isla en la que no veo animales feroces que puedan hacerme daño, como los
que vi en la costa de África; ¿y si hubiese naufragado allí?
Pero Dios, envió milagrosamente el barco cerca de la costa para que pudiese rescatar las cosas
necesarias para suplir mis carencias y abastecerme con lo que me haga falta por el resto de mi vida.
En conjunto, este era un testimonio indudable de que no podía haber en el mundo una situación más
miserable que la mía. Sin embargo, para cada cosa negativa había algo positivo por lo que dar gracias. Y
que esta experiencia, obtenida en la condición más desgraciada del mundo, sirva para demostrar que, aun
en la desgracia, siempre encontraremos algún consuelo, que colocar en el cómputo del acreedor, cuando
hagamos el balance de lo bueno y lo malo.
Habiendo recuperado un poco el ánimo respecto a mi condición y renunciando a mirar hacia el mar en
busca de algún barco; digo que, dejando esto a un lado, comencé a ocuparme de mejorar mi forma de vida,
tratando de facilitarme las cosas lo mejor que pudiera.
Ya he descrito mi vivienda, que era una tienda bajo la la dera de una colina, rodeada de una robusta
empalizada hecha de postes y cables. En verdad, debería llamarla un muro porque, desde fuera, levanté una
suerte de pared contra el césped, de unos dos pies de espesor y, al cabo de un tiempo, creo que como un año
y medio, coloqué unas vigas que se apoyaban en la roca y la cubrí con ramas de árboles y cosas por el estilo
para protegerme de la lluvia, que en algunas épocas del año era muy violenta.
Ya he relatado cómo llevé todos mis bienes al interior de la empalizada y de la cueva que excavé en la
parte posterior. Pero debo añadir que, al principio, todo esto era un confuso amontonamiento de cosas
desordenadas, que ocupaban casi todo el espacio y no me dejaban sitio para moverme. Así, pues, me di a la
tarea de agrandar mi cueva, excavando más profundamente en la tierra, que era de roca arenosa y cedía
fácilmente a mi trabajo. Cuando me sentí a salvo de las bestias de presa, comencé a excavar caminos
laterales en la roca; primero hacia la derecha y, luego, nuevamente hacia la derecha, lo cual me permitió
contar con un angosto acceso por el que entrar y salir de mi empalizada o fortificación.
Esto no solo me proporcionó una entrada y salida, como una suerte de paso por el fondo a la tienda y la
bodega, sino un espacio para almacenar mis bienes.
Entonces, comencé a dedicarme a fabricar las cosas que consideraba más necesarias, particularmente una
silla y una mesa, pues sin estas no podía disfrutar de las pocas comodi dades que tenía en el mundo; no
podía escribir, comer, ni hacer muchas cosas a gusto sin una mesa.
Así, pues, me puse a trabajar y aquí debo señalar que, puesto que la razón es la sustancia y origen de las
matemáticas, todos los hombres pueden hacerse expertos en las ar tes manuales si utilizan la razón para
formular y encuadrar todo y juzgar las cosas racionalmente. Nunca en mi vida había utilizado una
herramienta, mas con el tiempo, con trabajo, empeño e ingenio descubrí que no había nada que no pudiera
construir, en especial, si tenía herramientas; y hasta llegué a hacer un montón de cosas sin herramientas,
algunas de ellas, tan solo con una azuela y un hacha, como, seguramente, nunca se habrían hecho antes; y
todo ello con infinito esfuerzo. Por ejemplo, si quería un tablón, no tenía más remedio que cortar un árbol,
colocarlo de canto y aplanarlo a golpes con mi hacha por ambos lados, hasta convertirlo en una plancha y,
después, pulirlo con mi azuela. Es cierto que con este procedimiento solo podía obtener una tabla de un
árbol completo pero no me quedaba otra alternativa que ser paciente. Tampoco tenía solución para el
esfuerzo y el tiempo que me costaba hacer cada plancha o tablón; mas como mi tiempo y mi trabajo valían
muy poco, estaban bien empleados de cualquier forma.
Con todo, según expliqué anteriormente, primero me hice una mesa y una silla con las tablas pequeñas
que traje del barco en mi balsa. Más tarde, después de fabricar algu nas tablas, del modo que he dicho, hice
unos estantes largos, de un pie y medio de ancho, que puse, uno encima de otro, a lo largo de toda mi cueva
para colocar todas mis herramientas, clavos y hierros; en pocas palabras, para tener cada cosa en su lugar
de manera que pudiese acceder a todo fácilmente. Clavé, además, unos ganchos en la pared de la roca para
colgar mis armas y todas las cosas que pudiese.
Si alguien hubiese visto mi cueva, le habría parecido un almacén general de todas las cosas necesarias en
el mundo. Tenía todas mis pertenencias tan a la mano que era un placer ver un surtido tan amplio y
ordenado de existencias.
Fue entonces cuando comencé a llevar un diario de lo que hacía cada día porque, al principio, tenía
mucha prisa no solo por el trabajo, sino porque estaba bastante confuso, por lo que mi diario habría estado
lleno de cosas lúgubres. Por ejemplo, habría dicho: «30 de septiembre. Después de haber llegado a la orilla
y haberme librado de morir ahogado, en vez de darle gracias a Dios por salvarme, tras vomi tar toda el agua
salada que había tragado, hallándome un poco más repuesto, corrí de un lado a otro de la playa, retorciéndome
las manos y golpeándome la cabeza y la cara, maldiciendo mi suerte y gritando que estaba
perdido hasta que, extenuado y desmayado, tuve que tumbarme en la tierra a descansar y aún no pude
dormir por temor a ser devorado.»
Días más tarde, después de haber regresado al barco y rescatado todo lo posible, todavía no podía evitar
subir a la cima de la colina, con la esperanza de ver si pasaba algún barco. Imaginaba que, a lo lejos, veía
una vela y me contentaba con esa ilusión. Luego, después de mirar fijamente hasta quedarme casi ciego, la
perdía de vista y me sentaba a llorar como un niño, aumentando mi desgracia por mi insensatez.
Mas, habiendo superado esto en cierta medida y habiendo instalado mis cosas y mi vivienda; habiendo
hecho una silla y una mesa y dispuesto todo tan agradablemente como pude, comencé a llevar mi diario,
que transcribiré a continuación (aunque en él se vuelvan a contar todos los detalles que ya he contado), en
el cual escribí mientras pude, pues cuando se me acabó la tinta, tuve que abandonarlo.
EL DIARIO
30 de septiembre de 1659. Yo, pobre y miserable Robinson Crusoe, habiendo naufragado durante una
terrible tempestad, llegué más muerto que vivo a esta desdicha da isla a la que llamé la Isla de la
Desesperación, mientras que el resto de la tripulación del barco murió ahogada.
Pasé el resto del día lamentándome de la triste condición en la que me hallaba, pues no tenía comida, ni
casa, ni ropa, ni armas, ni un lugar a donde huir, ni la más mínima esperanza de alivio y no veía otra cosa
que la muerte, ya fuera devorado por las bestias, asesinado por los salvajes o asediado por el hambre. Al
llegar la noche, dormí sobre un árbol, al que subí por miedo a las criaturas salvajes, y logré dormir
profundamente a pesar de que llovió toda la noche.
1 de octubre. Por la mañana vi, para mi sorpresa, que el barco se había desencallado al subir la marea y
había sido arrastrado hasta muy cerca de la orilla. Por un lado, esto supuso un consuelo, porque, estando
erguido y no desbaratado en mil pedazos, tenía la esperanza de subir a bordo cuando el viento amainara y
rescatar los alimentos y las cosas que me hicieran falta; por otro lado, renovó mi pena por la pérdida de mis
compañeros, ya que, de habernos quedado a bordo, habríamos salvado el barco o, al menos, no todos
habrían perecido ahogados; si los hombres se hubiesen salvado, tal vez habríamos construido, con los restos
del barco, un bote que nos pudiese llevar a alguna otra parte del mundo. Pasé gran parte del día perplejo por
todo esto, mas, viendo que el barco estaba cas i sobre seco, me acerqué todo lo que pude por la arena y
luego nadé hasta él. Ese día también llovía aunque no soplaba viento.
Del 1 al 24 de octubre. Pasé todos estos días haciendo viajes para rescatar todo lo que pudiese del barco
y llevarlo hasta la orilla en una balsa cuando subiera la marea. Llovió también en estos días aunque con
intervalos de buen tiempo; al parecer, era la estación de lluvia.
20 de octubre. Mi balsa volcó con toda la carga porque las cosas que llevaba eran mayormente pesadas,
pero como el agua no era demasiado profunda, pude recuperarlas cuando bajó la marea.
25 de octubre. Llovió toda la noche y todo el día, con algunas ráfagas de viento. Durante ese lapso de
tiempo, el viento sopló con fuerza y destrozó el barco hasta que no quedó más rastro de él, que algunos
restos que aparecieron cuando bajó la marea. Me pasé todo el día cubriendo y protegiendo los bienes que
había rescatado para que la lluvia no los estropeara.
26 de octubre. Durante casi todo el día recorrí la costa en busca de un lugar para construir mi vivienda y
estaba muy preocupado por ponerme a salvo de un ataque noctur no, ya fuera de animales u hombres.
Hacia la noche, encontré un lugar adecuado bajo una roca y tracé un semicírculo para mi campamento, que
decidí fortificar con una pared o muro hecho de postes atados con cables por dentro y con matojos por
fuera.
Del 26 al 30. Trabajé con gran empeño para transportar todos mis bienes a mi nueva vivienda aunque
llovió buena parte del tiempo.
El 31. Por la mañana, salí con mi escopeta a explorar la isla y a buscar alimento. Maté a una cabra y su
pequeño me siguió hasta casa y después tuve que matarlo porque no quería comer.
1 de nouiembre. Instalé mi tienda al pie de una roca y permanecí en ella por primera vez toda la noche.
La hice tan espaciosa como pude con las estacas que había traído para poder colgar mi hamaca.
2 de noviembre. Coloqué mis arcones, las tablas y los pedazos de leña con los que había hecho las balsas
a modo de empalizada dentro del lugar que había marcado para mi fortaleza.
3 de noviembre. Salí con mi escopeta y maté dos aves semejantes a patos, que estaban muy buenas. Por
la tarde me puse a construir una mesa.
4 de noviembre. Esta mañana organicé mi horario de trabajo, caza, descanso y distracción; es decir, que
todas las mañanas salía a cazar durante dos o tres horas, si no llovía, entonces trabajaba hasta las once en
punto, luego comía lo que tuviese y desde las doce hasta las dos me echaba una siesta pues a esa hora hacía
mucho calor; por la tarde trabajaba otra vez. Dediqué las horas de trabajo de ese día y del siguiente a
construir mi mesa, pues aún era un pésimo tra bajador, aunque el tiempo y la necesidad hicieron de mí un
excelente artesano en poco tiempo, como, pienso, le hubie se ocurrido a cualquiera.
5 de noviembre. Este día salí con mi escopeta y mi perro y cacé un gato salvaje que tenía la piel muy
suave aunque su carne era incomestible: siempre desollaba todos los animales que cazaba y conservaba su
piel. A la vuelta, por la orilla, vi muchos tipos de aves marinas que no conocía y fui sorprendido y casi
asustado por dos o tres focas41 que, mientras las observaba sin saber qué eran, se echaron al mar y
escaparon, por esa vez.
41 Parece poco probable que hubiera focas en la desembocadura del Orinoco, en el Atlántico sur. Estas
focas en particular, pudieron venir de las proximidades de Juan Fernández.
6 de noviembre. Después de mi paseo matutino, volví a trabajar en mi mesa y la terminé aunque no a mi
gusto; mas no pasó mucho tiempo antes de que aprendiera a arreglarla.
7 de noviembre. El tiempo comenzó a mejorar. Los días 7, 8, 9, 10 y parte del 12 (porque el 11 era
domingo), me dediqué exclusivamente a construir una silla y, con mucho esfuerzo, logre darle una forma
aceptable aunque no llegó a gustarme nunca y eso que en el proceso, la deshice varias veces. Nota: pronto
descuidé la observancia del domingo porque al no hacer una marca en el poste para indicarlos, olvidé
cuándo caía ese día.
13 de noviembre. Este día llovió, lo cual refrescó mucho y enfrió la tierra pero la lluvia vino acompañada
de rayos y truenos; esto me hizo temer por mi pólvora. Tan pronto como escampó decidí separar mi
provisión de pólvora en tantos pequeños paquetes como fuese posible, a fin de que no corriesen peligro.
14, 15 y 16 de noviembre. Pasé estos tres días haciendo pequeñas cajas y cofres que pudieran contener
una o dos libras de pólvora, a lo sumo y, guardando en ellos la pólvo ra, la almacené en lugares seguros y
tan distantes entre sí como pude. Uno de estos tres días maté un gran pájaro que no era comestible y no
sabía qué era.
17 de noviembre. Este día comencé a excavar la roca detrás de mi tienda con el fin de ampliar el espacio.
Nota: necesitaba tres cosas para realizar esta tarea, a saber, un pico, una pala y una carretilla o cesto.
Detuve el trabajo para pensar en la forma de suplir esta necesidad y hacerme unas herramientas; utilicé las
barras de hierro como pico y funcionaron bastante bien aunque eran pesadas; lo siguiente era una pala u
horca, que era tan absolutamente imprescindible, que no podía hacer nada sin ella; mas no sabía cómo
hacerme una.
18 de noviembre. Al día siguiente, buscando en el bosque, encontré un árbol, o al menos uno muy
parecido, de los que en Brasil se conocen como árbol de hierro por la du reza de su madera. De esta
madera, con mucho trabajo y casi a costa de romper mi hacha, corté un pedazo y lo traje a casa con igual
dificultad pues pesaba muchísimo.
La excesiva dureza de la madera y la falta de medios me obligaron a pasar mucho tiempo en esta labor,
pues tuve que trabajar poco a poco hasta darle la forma de pala o azada; el mango era exactamente igual a
los de Inglaterra, con la diferencia de que al no estar cubierta de hierro la parte más ancha al final, no habría
de durar mucho tiempo; no obstante, servía para el uso que le di; y creo que jamás se había construido una
pala de este modo ni había tomado tanto tiempo hacerla.
Aún tenía carencias, pues me hacía falta una canasta o carretilla. No tenía forma de hacer una canasta
porque no disponía de ramas que tuvieran la flexibilidad necesaria para hacer mimbre, o al menos no las
había encontrado aún. En cuanto a la carretilla, imaginé que podría fabricar todo me nos la rueda; no tenía la
menor idea de cómo hacerla, ni siquiera empezarla; además, no tenía forma de hacer la barra que atraviesa
el eje de la rueda, así que me di por vencido y, para sacar la tierra que extraía de la cueva, hice algo parecido
a las bateas que utilizan los albañiles para transportar la argamasa.
Esto no me resultó tan difícil como hacer la pala y, con todo, construir la batea y la pala, aparte del
esfuerzo que hice en vano para fabricar una carretilla, me tomó casi cua tro días; digo, sin contar el tiempo
invertido en mis paseos matutinos con mi escopeta, cosa que casi nunca dejaba de hacer y casi nunca volvía
a casa sin algo para comer.
23 de noviembre. Había suspendido mis demás tareas para fabricar estas herramientas y, cuando las hube
terminado, seguí trabajando todos los días, en la medida en que me lo permitían mis fuerzas y el tiempo.
Pasé dieciocho días enteros en ampliar y profundizar mi cueva a fin de que pudiese alojar mis pertenencias
cómodamente.
Nota: durante todo este tiempo, trabajé para ampliar esta habitación o cueva lo suficiente como para que
me sirviera de depósito o almacén, de cocina, comedor y bodega; en cuanto a mi dormitorio, seguí
utilizando la tienda salvo cuando, en la temporada de lluvias, llovía tan fuertemente que no podía
mantenerme seco, lo que me obligaba a cubrir todo el recinto que estaba dentro de la empalizada con palos
largos, a modo de travesaños, inclinados contra la roca, que luego cubría con matojos y anchas hojas de
árboles, formando una especie de tejado.
10 de diciembre. Creía terminada mi cueva o cámara cuando, de pronto (parece que la había hecho
demasiado grande), comenzó a caer un montón de tierra por uno de los lados; tanta que me asusté, y no sin
razón, pues de haber estado debajo no me habría hecho falta un sepulturero. Tuve que trabajar muchísimo
para enmendar este desastre porque tenía que sacar toda la tierra que se había desprendido y, lo más
importante, apuntalar el techo para asegurarme de que no hubiese más derrumbamientos.
11 de diciembre. Este día me puse a trabajar en consonancia con lo ocurrido y puse dos puntales o
estacas contra el techo de la cueva y dos tablas cruzadas sobre cada uno de ellos. Terminé esta tarea al día
siguiente y después seguí colocando más puntales y tablas, de manera que en una semana, había asegurado
el techo; los pilares, que estaban colocados en hileras, servían para dividir las estancias de mi casa.
17 de diciembre. Desde este día hasta el 20, coloqué estantes y clavos en los pilares para colgar todo lo
que se pudiese colgar y entonces empecé a sentir que la casa estaba un poco más organizada.
20 de diciembre. Llevé todas las cosas dentro de la cueva y comencé a amueblar mi casa y a colocar
algunas tablas a modo de aparador donde poner mis alimentos pero no tenía demasiadas tablas; también me
hice otra mesa.
24 de diciembre. Mucha lluvia todo el día y toda la noche; no salí.
25 de diciembre. Llovió todo el día.
26 de diciembre. No llovió y la tierra estaba mucho más fresca que antes y más agradable.
27 de diciembre. Maté una cabra joven y herí a otra que pude capturar y llevarme a casa atada a una
cuerda; una vez en casa, le amarré y entablillé la pata, que estaba rota. Nota: la cuidé tanto que sobrevivió;
se le curó la pata y estaba más fuerte que nunca y de cuidarla tanto tiempo se domesticó y se alimentaba del
césped que crecía junto a la entrada y no se escapó. Esta fue la primera vez que contemplé la idea de criar y
domesticar algunos animales para tener con qué alimentarme cuando se me acabaran la pólvora y las
municiones.
28, 29 y 30 de diciembre. Mucho calor y nada de brisa de manera que no se podía salir, excepto por la
noche, a buscar alimento; pasé estos días poniendo en orden mi casa.
1 de enero. Mucho calor aún pero salí con mi escopeta temprano en la mañana y luego por la tarde; el
resto del día me quedé tranquilo. Esa noche me adentré en los valles que se encuentran en el centro de la
isla y descubrí muchas cabras, pero muy ariscas y huidizas; decidí que iba a tratar de llevarme al perro para
cazarlas.
2 de enero. En efecto, al otro día me llevé al perro y le mostré las cabras, pero me equivoqué porque
todas se le enfrentaron y él, sabiendo que podía correr peligro, no se quería acercar a ellas.
3 de enero. Comencé a construir mi verja o pared y como aún temía que alguien me atacara, decidí
hacerla gruesa y fuerte.
Nota: como ya he descrito esta pared anteriormente, omito deliberadamente en el diario lo que ya he
dicho; baste señalar que estuve casi desde el 3 de enero hasta el 14 de abril, trabajando, terminando y
perfeccionando esta pared aunque no medía más de veinticuatro yardas de largo. Era un semicírculo que iba
desde un punto a otro de la roca y medía unas ocho yardas; la puerta de la cueva estaba en el centro.
Durante todo este tiempo trabajé arduamente a pesar de que muchos días, a veces durante semanas
enteras, las lluvias eran un obstáculo; pero creía que no estaría total mente a salvo mientras no terminara la
pared. Resulta casi increíble el indescriptible esfuerzo que suponía hacerlo todo, especialmente traer las
vigas del bosque y clavarlas en la tierra puesto que las hice más grandes de lo que debía.
Cuando terminé el muro y lo rematé con la doble mura lla de matojos, me convencí de que si alguien se
acercaba no se daría cuenta de que allí había una vivienda; e hice muy bien, como se verá más adelante, en
una ocasión muy señalada.
Durante este tiempo y cuando las lluvias me lo permitían, iba a cazar todos los días al bosque. Hice
varios descubrimientos que me fueron de utilidad, particularmente, des cubrí una especie de paloma salvaje
que no anidaba en los árboles como las palomas torcaces sino en las cavidades de las rocas como las
domésticas y, llevándome algunas crías me dediqué a domesticarlas, mas cuando crecieron, se escaparon
todas, seguramente por hambre pues no tenía mucho que darles de comer. No obstante, a menudo encontraba
sus nidos y me llevaba algunas crías que tenían una carne muy sabrosa.
Mientras me hacía cargo de mis asuntos domésticos, me di cuenta de que necesitaba muchas cosas que al
principio me parecían imposibles de fabricar como, en efecto, ocurrió con algunas. Por ejemplo, nunca
logré hacer un tonel con argollas. Como ya he dicho, tenía uno o dos barriles pero nunca llegué a fabricar
uno, aunque pasé muchas semanas intentándolo. No conseguía colocarle los fondos ni unir las duelas lo
suficiente como para que pudiera contener agua; así que me di por vencido.
Lo otro que necesitaba eran velas pues tan pronto oscurecía, generalmente a eso de las siete, me veía
obligado a acostarme. Recordaba aquel trozo de cera con el que había hecho unas velas en mi aventura
africana pero ahora no tenía nada. Lo único que podía hacer cuando mataba alguna cabra, era conservar el
sebo y en un pequeño plato de arcilla que cocí al sol, poner una mecha de estopa y hacerme una lámpara;
esta me proporcionaba luz pero no tan clara y constante como la de las velas. En medio de todas mis
labores, una vez, registrando mis cosas, encontré una bolsita que contenía grano para alimentar los pollos,
no de este viaje sino del anterior, supongo que del barco que vino de Lisboa. De este viaje, el poco grano
que quedaba había sido devorado por las ratas y no encontré más que cáscaras y polvo. Como quería
utilizar la bolsa para otra cosa, sacudí las cáscaras a un lado de mi fortificación, bajo la roca.
Fue poco antes de las grandes lluvias que acabo de mencionar, cuando me deshice de esto, sin advertir
nada y sin recordar que había echado nada allí. À1 cabo de un mes o algo así, me percaté de que unos tallos
verdes brotaban de la tierra y me imaginé que se trataba de alguna planta que no había visto hasta entonces;
mas cuál no sería mi sorpresa y mi asombro cuando, al cabo de un tiempo, vi diez o doce espigas de un
perfecto grano verde, del mismo tipo que el europeo, más bien, del inglés42.
42 El grano al que se refiere es la cebada y a pesar de lo que dice, en realidad no parece haber ninguna
diferencia entre la cebada europea y la inglesa.
Resulta imposible describir el asombro y la confusión que sentí en este momento. Hasta entonces, no
tenía convicciones religiosas; de hecho, tenía muy pocos conoci mientos de religión y pensaba que todo lo
que me había sucedido respondía al azar o, como decimos por ahí, a la voluntad de Dios, sin indagar en las
intenciones de la Providencia en estas cosas o en su poder para gobernar los asuntos del mundo. Mas
cuando vi crecer aquel grano, en un clima que sabía inadecuado para los cereales y, sobre todo, sin saber
cómo había llegado hasta allí, me sentí extrañamente sobrecogido y comencé a creer que Dios había hecho
que este grano creciera milagrosamente, sin que nadie lo hubiese sembrado, únicamente para mi sustento en
ese miserable lugar.
Esto me llegó al corazón y me hizo llorar y regocijarme porque semejante prodigio de la naturaleza se
hubiera obrado en mi beneficio; y más asombroso aún fue ver que cerca de la cebada, a todo lo largo de la
roca, brotaban desordenadamente otros tallos, que eran de arroz pues lo reconocí por haberlos visto en las
costas de África.
No solo pensé que todo esto era obra de la Providencia, que me estaba ayudando, sino que no dudé que
encontraría más en otro sitio y recorrí toda la parte de la isla en la que había estado antes, escudriñando
todos los rincones y debajo de todas las rocas, en busca de más, pero no pude encontrarlo. Al final, recordé
que había sacudido la bolsa de comi da para los pollos en ese lugar y el asombro comenzó a disiparse. Debo
confesar también que mi piadoso agradecimiento a la Providencia divina disminuyó cuando comprendí que
todo aquello no era más que un acontecimiento natural. No obstante, debía estar agradecido por tan extraña
e imprevista providencia, como si de un milagro se tratase, pues, en efecto, fue obra de la Providencia que
esos diez o doce granos no se hubiesen estropeado (cuando las ratas habían destruido el resto) como si
hubiesen caído del cielo. Además, los había tirado precisamente en ese lugar donde, bajo la sombra de una
gran roca, pudieron brotar inmediatamente, mientras que si los hubiese tirado en cualquier otro lugar, en
esa época del año se habrían quemado o destruido.
Con mucho cuidado recogí las espigas en la estación adecuada, a finales de junio, conservé todo el grano
y decidí cosecharlo otra vez con la esperanza de tener, con el tiem po, suficiente grano para hacer pan. Pero
pasaron cuatro años antes de que pudiera comer algún grano y, aun así, escasamente, como relataré más
tarde, pues perdí la primera cosecha por no esperar el tiempo adecuado y sembrarantes de la estación seca,
de manera que el grano no llegó a crecer, al menos no como lo habría hecho si lo hubiese sembrado en el
momento propicio.
Además de la cebada, había unos veinte o treinta tallos de arroz, que conservé con igual cuidado para los
mismos fines, es decir, para hacer pan o, más bien, comida ya que encontré la forma de cocinarlo sin
hornearlo aunque esto también lo hice más adelante. Mas volvamos a mi diario. Trabajé arduamente
durante estos tres o cuatro meses para levantar mi muro y el 14 de abril lo cerré, no con una puerta sino con
una escalera que pasaba por encima del muro para que no se vieran rastros de mi vivienda desde el exterior.
16 de abril. Terminé la escalera de manera que podía subir por ella hasta arriba y bajarla tras de mí hasta
el interior. Esto me proveía una protección completa, pues por dentro tenía suficiente espacio pero nada
podía entrar desde fuera, a no ser que escalara el muro.
Al día siguiente, después de terminar todo esto, estuve a punto de perder el fruto de todo mi trabajo y mi
propia vida de la siguiente manera: el caso fue el siguiente, mien tras trabajaba en el interior, detrás de mi
tienda y justo en la entrada de mi cueva, algo verdaderamente aterrador me dejó espantado y fue que, de
repente, comenzó a desprenderse sobre mi cabeza la tierra del techo de mi cueva y del borde de la roca y
dos de los postes que había colocado crujieron tremebundamente. Sentí verdadero pánico porque no tenía
idea de qué podía estar ocurriendo, tan solo pensaba que el techo de mi cueva se caía, como lo había hecho
antes. Temiendo quedar sepultado dentro, corrí hacia mi escalera pero como tampoco me sentía seguro
haciendo esto, escalé el muro por miedo a que los trozos que se desprendían de la roca me cayeran encima.
No bien había pisado tierra firme cuando vi claramente que se trataba de un terrible terremoto porque el
suelo sobre el que pisaba se movió tres veces en menos de ocho minutos, con tres sacudidas que habrían
derribado el edificio más resistente que se hubiese construido sobre la faz de la tierra. Un gran trozo de la
roca más próxima al mar, que se encontraba como a una milla de donde yo estaba, cayó con un estrépito
como nunca había escuchado en mi vida. Me di cuenta también de que el mar se agitó violentamente y creo
que las sacudidas eran más fuertes debajo del agua que en la tierra.
Como nunca había experimentado algo así, ni había hablado con nadie que lo hubiese hecho, estaba
como muerto o pasmado y el movimiento de la tierra me afectaba el estó mago como a quien han arrojado
al mar. Mas el ruido de la roca al caer, me despertó, por así decirlo, y, sacándome del estupor en el que me
encontraba me infundió terror y ya no podía pensar en otra cosa que en la colina que caía sobre mi tienda y
sobre todas mis provisiones domésticas, cubriéndolas totalmente, lo cual me sumió en una profunda
tristeza.
Después de la tercera sacudida no volví a sentir más y comencé a armarme de valor aunque aún no tenía
las fuerzas para trepar por mi muro, pues temía ser sepultado vivo. Así pues, me quedé sentado en el suelo,
abatido y desconsolado, sin saber qué hacer. En todo este tiempo, no tuve el menor pensamiento religioso,
nada que no fuese la habitual súplica: Señor, ten piedad de mí. Mas cuando todo termi nó, lo olvidé
también.
Mientras estaba sentado de este modo, me percaté de que el cielo se oscurecía y nublaba como si fuera a
llover. Al poco tiempo, el viento se fue levantando hasta que, en me nos de media hora, comenzó a soplar
un huracán espantoso. De repente, el mar se cubrió de espuma, las olas anegaron la playa y algunos árboles
cayeron de raíz; tan terrible fue la tormenta; y esto duró casi tres horas hasta que empezó a amainar y, al
cabo de dos horas, todo se quedó en calma y comenzó a llover copiosamente.
Todo este tiempo permanecí sentado sobre la tierra, aterrorizado y afligido, hasta que se me ocurrió
pensar que los vientos y la lluvia eran las consecuencias del terre moto y, por lo tanto, el terremoto había
pasado y podía intentar regresar a mi cueva. Esta idea me reanimó el espíritu y la lluvia terminó de
persuadirme; así, pues, fui y me senté en mi tienda pero la lluvia era tan fuerte que mi tienda estaba a punto
de desplomarse por lo que tuve que meterme en mi cueva, no sin el temor y la angustia de que me cayera
encima.
Esta violenta lluvia me forzó a realizar un nuevo trabajo: abrir un agujero a través de mi nueva
fortificación, a modo de sumidero para que las aguas pudieran correr, pues, de lo contrario, habrían
inundado la cueva. Después de un rato, y viendo que no había más temblores de tierra, empecé a sentirme
más tranquilo y para reanimarme, que mucha falta me hacía, me llegué hasta mi pequeña bodega y me tomé
un trago de ron, cosa que hice en ese momento y siempre con mucha prudencia porque sabía que, cuando se
terminara, ya no habría más.
Siguió lloviendo toda esa noche y buena parte del día siguiente, por lo que no pude salir; pero como
estaba más sosegado, comencé a pensar en lo mejor que podía hacer y llegué a la conclusión de que si la
isla estaba sujeta a estos terremotos, no podría vivir en una cueva sino que debía considerar hacerme una
pequeña choza en un espacio abierto que pudiera rodear con un muro como el que había construido para
protegerme de las bestias salvajes y los hombres. Deduje que si me quedaba donde estaba, con toda
seguridad, sería sepultado vivo tarde o temprano.
Con estos pensamientos, decidí sacar mi tienda de donde la había puesto, que era justo debajo del
peñasco colgante de la colina, el cual le caería encima si la tierra volvía a temblar. Pasé los dos días
siguientes, que eran el 19 y el 20 de abril, calculando dónde y cómo trasladar mi vivienda.
El miedo a quedar enterrado vivo no me dejó volver a dormir tranquilo pero el miedo a dormir fuera, sin
ninguna protección, era casi igual. Cuando miraba a mi alrededor y lo veía todo tan ordenado, tan cómodo
y tan seguro de cualquier peligro, sentía muy pocas ganas de mudarme. Mientras tanto, pensé que me
tomaría mucho tiempo hacer esto y que debía correr el riesgo de quedarme donde estaba hasta que hubiese
hecho un campamento seguro para trasladarme. Con esta resolución me tranquilicé por un tiempo y resolví
ponerme a trabajar a toda prisa en la construcción de un muro con pilotes y cables, como el que había
hecho antes, formando un círculo, dentro del cual montaría mi tienda cuando estuviese terminado; pero por
el momento, me quedaría donde estaba hasta que terminase y pudiese mudarme. Esto ocurrió el 21.
22 de abril. A la mañana siguiente comencé a pensar en los medios de ejecutar esta resolución pero tenía
pocas herramientas; tenía tres hachas grandes y muchas peque ñas (que eran las que utilizábamos en el
tráfico con los indios) pero, de tanto cortar y tallar maderas duras y nudosas, se habían mellado y desafilado
y, aunque tenía una piedra de afilar, no podía hacerla girar al mismo tiempo que sujetaba mis herramientas.
Esto fue motivo de tanta reflexión como la que un hombre de estado le habría dedicado a un asunto político
muy importante o un juez a deliberar una sentencia de muerte. Finalmente, ideé una rueda con una cuerda,
que podía girar con el pie y me dejaría ambas manos libres. Nota: nunca había visto nada semejante en
Inglaterra, al menos, no como para saber cómo se hacía aunque, después, he podido constatar que es algo
muy común. Aparte de esto, mi piedra de afilar era muy grande y pesada, por lo que me tomó una semana
entera perfeccionar este mecanismo.
28, 29 de abril. Empleé estos dos días completos en afilar mis herramientas y mi mecanismo para girar la
piedra funcionó muy bien.
30 de abril. Cuando revisé mi provisión de pan, me di cuenta de que había disminuido
considerablemente, por lo que me limité a comer solo una galleta al día, cosa que me provocó mucho pesar.
1 de mayo. Por la mañana, miré hacia la playa y como la marea estaba baja, vi algo en la orilla, más
grande de lo común, que parecía un tonel. Cuando me acerqué vi un peque ño barril y dos o tres pedazos
del naufragio del barco, que fueron arrastrados hasta allí en el último huracán. Cuando miré hacia el barco,
me pareció que sobresalía de la superficie del agua más que antes. Examiné el barril que había llegado y me
di cuenta de que era un barril de pólvora pero se había mojado y la pólvora estaba apelmazada y dura como
una piedra; no obstante, lo llevé rodando hasta la orilla y me acerqué al barco todo lo que pude por la arena
para buscar más.
Cuando llegué al barco, encontré que su disposición había cambiado extrañamente. El castillo de proa,
que antes estaba enterrado en la arena, se había elevado más de seis pies. La popa, que se había desbaratado
y separado del barco por la fuerza del mar poco después de que yo terminara de explorarlo, había sido
arrojada hacia un lado y todo el costado donde antes había un buen tramo de agua que no me permitía
llegar hasta el barco si no era nadando un cuarto de milla, se había llenado de arena y ahora casi podía llegar
andando hasta él cuando la marea estaba baja. Al principio, esto me sorprendió pero pronto llegué a la
conclusión de que había sido a causa del terremoto, cuya fuerza había roto el barco más de lo que ya estaba;
de modo que, a dia rio, sus restos llegaban hasta la orilla arrastrados por el viento y las olas.
Esto me distrajo completamente de mi proyecto de mu dar mi vivienda y me mantuvo, especialmente ese
día, buscando el modo de volver al barco pero comprendí que no podría hacerlo pues su interior estaba
completamente lleno de arena. Sin embargo, como había aprendido a no desesperar por nada, decidí
arrancar todos los trozos del barco que pudiera sabiendo que todo lo que consiguiera rescatar de él, me sería
útil de un modo u otro.
3 de mayo. Comencé a cortar un pedazo de travesaño que sostenía, según creía, parte de la plataforma o
cubierta. Cuando terminé, quité toda la arena que pude de la parte más elevada pero la marea comenzó a
subir y tuve que abandonar la tarea.
4 de mayo. Salí a pescar pero no cogí ni un solo pescado que me hubiese atrevido a comer y cuando me
aburrí de esta actividad, justo cuando me iba a marchar, pesqué un pequeño delfín. Me había hecho un
sedal con un poco de cuerda pero no tenía anzuelos; no obstante, a menudo cogía suficientes peces, tantos
como necesitaba, y los secaba al sol para comerlos secos.
5 de mayo. Trabajé en los restos del naufragio, corté en pedazos otro travesaño y rescaté tres planchas de
abeto de la cubierta, que até e hice flotar hasta la orilla cuando subió la marea.
6 de mayo. Trabajé en los restos del naufragio, rescaté varios tornillos y otras piezas de hierro, puse
mucho ahínco y regresé a casa muy cansado y con la idea de renunciar a la tarea.
7 de mayo. Volví al barco pero sin intenciones de trabajar y descubrí que el casco se había roto por su
propio peso y por haberle quitado los soportes, de manera que había va rios pedazos sueltos y la bodega
estaba tan al descubierto que se podía ver a través de ella, aunque solo fuera agua y arena.
8 de mayo. Fui al barco con una barra de hierro para arrancar la cubierta que ya estaba bastante despejada
del agua y la arena; arranqué dos planchas y las llevé hasta la orilla, nuevamente, con la ayuda de la marea.
Dejé la barra de hierro en el barco para el día siguiente.
9 de mayo. Fui al barco y me abrí paso en el casco con la barra de hierro. Palpé varios toneles y los aflojé
pero no pude romperlos. También palpé el rollo de plomo de Inglaterra y logré moverlo pero pesaba
demasiado para sacarlo.
10, 11, 12, 13 y 14 de mayo. Fui todos los días al barco y rescaté muchas piezas de madera y planchas o
tablas y doscientas o trescientas libras de hierro.
15 de mayo. Me llevé dos hachas pequeñas para tratar de cortar un pedazo del rollo de plomo,
aplicándole el filo de una de ellas y golpeando con la otra pero como estaba a casi un pie y medio de
profundidad, no pude atinar a darle ni un solo golpe.
16 de mayo. El viento sopló con fuerza durante la noche y el barco se desbarató aún más con la fuerza del
agua, pero me quedé tanto tiempo en el bosque cazando palomas para comer, que la marea me impidió
llegar hasta él ese día. 17 de mayo. Vi algunos restos del barco que fueron arrastrados hasta la orilla, a gran
distancia, a unas dos millas de donde me hallaba. Resolví ir a investigar de qué se trataba y descubrí que
era una parte de la proa, demasiado pesada para llevármela.
24 de mayo. Hasta esta fecha, trabajé diariamente en el barco y, con gran es fuerzo, logré aflojar tantas
cosas con la barra de hierro que cuando subió la marea por primera vez, vinieron flotando hasta la orilla
varios toneles y dos de los arcones de marino; pero el viento soplaba de la costa y no llegó nada más ese
día, excepto unos pedazos de madera y un barril que contenía un poco de cerdo del Brasil, pero el agua y la
arena lo habían estropeado.
Proseguí sin tregua con esta tarea hasta el día 15 de ju nio, con la excepción del tiempo que dedicaba a
buscar alimento, que era, como he dicho, cuando subía la marea, a fin de haber terminado para cuando
bajara. Para esta fecha había reunido suficientes maderas, tablones y hierros para construir un buen bote, si
hubiera sabido cómo. También lo gré reunir, por partes y en varios viajes, hasta cien libras en láminas de
plomo.
16 de junio. Al bajar a la playa, encontré una gran tortuga. Era la primera que veía, lo cual se debía a mi
mala suerte y no a un defecto del lugar ni a la escasez de estos animales, ya que si me hubiera encontrado
en la otra parte de la isla, habría visto cientos de ellas todos los días, como descubrí posteriormente; pero,
tal vez, me habrían salido demasiado caras.
17 de junio. Me dediqué a cocinar la tortuga y encontré dentro de ella tres veintenas de huevos y, en
aquel momento, su carne me parecía la más sabrosa y gustosa que había probado en mi vida, pues no había
comido más que cabras y,aves desde mi llegada a este horrible lugar.
18 de junio. Llovió todo el día.y no salí. Me dio la impresión de que la lluvia estaba fría y me sentía un
poco resfriado, cosa muy rara en aquellas latitudes.
19 de junio. Estuve muy enfermo y tiritando como si hiciese mucho frío.
20 de junio. No pude descansar en toda la noche, fuertes dolores de cabeza y fiebre.
21 de junio. Estuve muy enfermo y asustado de muerte ante mi triste condición de estar enfermo y sin
ayuda. Recé a Dios, por primera vez desde la tormenta de Hull, pero no sa bía lo que decía ni por qué. Mis
pensamientos eran confusos.
22 de junio. Un poco mejor pero con un gran temor a la enfermedad.
23 de junio. Muy mal otra vez, escalofríos y luego un terrible dolor de cabeza.
24 de junio. Mucho mejor.
25 de junio. Fiebre muy alta; el acceso duró siete horas, ataques de frío y calor seguidos de sudores y
mareos. 26 de junio. Mejor. Como no tenía nada que comer, tomé mi escopeta pero me hallé demasiado
débil. No obstante, maté una cabra hembra y con mucha dificultad la tra je a casa. Asé un poco y comí. Me
habría encantado hervirla y hacer un poco de caldo pero no tenía olla.
27 de junio. Me dio tanta fiebre que me quedé todo el día en cama y no pude comer ni beber nada. Estaba
a punto de morir de sed pero me sentía tan débil, que no podía tenerme en pie o buscar agua para beber.
Recé a Dios nuevamente pero deliraba y cuando no lo hacía, era tan ignorante que no sabía qué decirle. Tan
solo lloraba diciendo: «Señor, mírame, ten piedad de mí, ten misericordia de mí.» Creo que no hice más por
dos o tres horas hasta que comenzó a bajar la fiebre. Me quedé dormido y no desperté hasta altas horas de
la noche. Cuando lo hice me sentía mejor pero débil y extremadamente sediento. No obstante, como no
tenía agua en toda mi habitación, me vi obligado a esperar hasta la mañana y volví a dormirme. En esta
segunda ocasión tuve una terrible pesadilla.
Soñé que estaba sentado en el suelo en la parte exterior de mi muro, en el mismo sitio en el que me había
sentado cuando se desató la tormenta después del terremoto, y vi a un hombre que descendía a la tierra
desde una gran nube negra envuelto en una brillante llama de fuego y luz. Todo él brillaba tanto como una
llama por lo que no podía mirar hacia donde estaba; su aspecto era tan inexpresablemente espantoso que
resulta imposible describirlo con palabras. Cuando puso los pies sobre la tierra, me pareció que esta
temblaba, como lo había hecho en el terremoto y que el aire se llenaba de rayos de fuego.
No bien tocó la tierra, comenzó a caminar hacia mí con una gran lanza o arma en la mano y la intención
de matarme. Cuando llegó a un promontorio de tierra, que estaba a cierta distancia de mí me habló o
escuché una voz tan terrible que es imposible describir el terror que me causó. Lo único que puedo decir
que entendí fue esto: «En vista de que ninguna de estas cosas ha suscitado tu arrepentimiento, ahora
morirás». Al decir esto, me pareció que levantaba la lanza para matarme.
Nadie que lea este relato puede esperar que yo sea capaz de describir el espanto de mi alma ante esta
terrible visión; quiero decir que, aunque solo era un sueño, era un sueño horroroso. Tampoco es posible
describir mejor la impresión que quedó en mi espíritu al despertar y comprender que se trataba de un sueño.
No tenía, ¡ay de mí!, ningún conocimiento religioso; lo que había aprendido gracias a las buenas
enseñanzas de mi padre, se había desvanecido en ocho años de ininterrumpi dos desarreglos propios de la
gente de mar y de haberme relacionado solo con gente tan incrédula y profana como yo. No recuerdo haber
tenido, en todo ese tiempo, ni un solo pensamiento que me elevara a Dios o que me hiciera mirar hacia
adentro y reflexionar sobre mi conducta; solo una cierta estupidez espiritual, que no deseaba el bien ni tenía
conciencia del mal, se había apoderado totalmente de mí y me había convertido en la criatura más dura,
insensible y perversa entre todos los marinos, que no sentía temor de Dios en el peligro, ni le estaba
agradecido en la salvación.
Esto se entenderá mejor cuando cuente la parte pasada de mi historia y agregue que, a pesar de todas las
desgracias que me habían ocurrido hasta ese día, no se me había ocurri do pensar que eran a consecuencia
de la intervención divina, o que se trataba de un castigo por mis pecados, por la rebeldía contra mi padre,
por mis pecados actuales que eran muy grandes o, bien, un castigo por el curso general de mi depravada
vida. Cuando me hallaba en aquella desesperada expedición en las desiertas costas de África, no pensé ni
por un instante en lo que podía ser de mí, ni deseé que Dios me indicara a dónde dirigirme, ni me protegiera
del peligro que me rodeaba y de las criaturas voraces y salvajes crueles. Simplemente, no pensaba en Dios
ni en la Providencia y me comportaba como una mera bestia enajenada de los principios de la naturaleza y
los dictados del sentido común; a veces, ni siquiera como eso.
Cuando fui liberado y rescatado por el capitán portugués, y bien tratado, con justicia, honradez y caridad,
no tuve ni un solo pensamiento de gratitud. Cuando, nuevamen te, naufragué y me vi perdido y en peligro
de morir ahogado en esta isla, no sentí el menor remordimiento ni lo vi como un castigo justo; tan solo me
repetía una y otra vez que era un perro desgraciado, nacido para ser siempre miserable.
Es cierto que cuando llegué a esta orilla por primera vez y me di cuenta de que toda la tripulación había
perecido ahogada mientras que yo me había salvado, me sobrecogió una especie de éxtasis o conmoción del
alma que, si la gracia de Dios me hubiese asistido, se habría convertido en sincero agradecimiento. Mas
esto terminó donde comenzó, en un mero ramalazo de felicidad, o, podría decir, una mera sensación de
alegría por estar vivo, sin reflexionar en lo más mínimo acerca de la bondad de la mano que me había
salvado y me había escogido cuando el resto había sido aniquilado; sin preguntarme por qué la Providencia
había sido tan misericordiosa conmigo. Más bien, experimenté el mismo tipo de júbilo que sienten los
marineros cuando llegan a salvo a la orilla después de un naufragio, júbilo que ahogan por completo en un
jarro de ponche y olvidan apenas ha concluido; y todo el resto de mi vida transcurría así.
Incluso, después, cuando me hice consciente de mi situación, de cómo había llegado a este horrible lugar,
lejos de cualquier contacto humano, sin esperanza de alivio ni pers pectiva de redención, tan pronto como
vi que tenía posibilidad de sobrevivir y que no me moriría de hambre, olvidé todas mis aflicciones y
comencé a sentirme tranquilo, me dediqué a las tareas propias de mi supervivencia y abastecimiento y me
hallé muy le jos de considerar mi condición como un juicio del cielo o como obra de la mano de Dios.
La germinación del maíz, a la que hice referencia en mi diario, al principio me afectó un poco y luego
comenzó a afectarme seriamente por tanto tiempo, que creí ver algo milagroso en ello. Pero tan pronto
como desapareció esa idea, se desvaneció la impresión que me había causado, como lo he señalado
anteriormente.
Ocurrió lo mismo con el terremoto, aunque nada podía ser más terrible en la naturaleza ni revelar más
claramente el poder invisible que gobierna sobre este tipo de cosas. Apenas pasó el temor inicial, también
cesó la impresión que me había causado. No tenía más conciencia de Dios o de su juicio, ni de que mis
desgracias fueran obra de su mano, que si hubiera estado en la situación más próspera del mundo.
Pero ahora que estaba enfermo y las miserias de la muerte desfilaban lentamente ante mis ojos, cuando
mis fuerzas sucumbían bajo el peso de una fuerte debilidad y es taba extenuado por la fiebre, mi
conciencia, durante tanto tiempo dormida, comenzó a despertar y yo empecé a reprocharme mi vida pasada,
pues, evidentemente, mi perversidad había provocado que la justicia de Dios cayera tan violentamente
sobre mí y me castigara tan vengativamente.
Estos pensamientos me atormentaron durante el segundo y el tercer día de mi enfermedad, y en el furor
de la fiebre y las terribles recriminaciones de mi conciencia, musité unas palabras que parecían una plegaria
a Dios, aunque no sé si el origen de la oración era la necesidad o la esperanza. Más bien era el llamado del
miedo y la angustia pues mis pensamientos confusos, mis convicciones fuertes y el horror de morir en tan
miserable situación me abrumaron la cabeza. En este desasosiego, no sé lo que pude haber dicho pero era
una suerte de exclamación, algo así como: «¡Señor!, ¿qué clase de miserable criatura soy? Si me enfermo,
moriré de seguro por falta de ayuda. ¡Señor!, ¿qué será de mí?» Entonces comencé a llorar y no pude decir
más.
En este intervalo, recordé los buenos consejos de mi padre y su predicción, que mencioné al principio de
esta historia: que si daba ese paso insensato, Dios me negaría su bendición y luego tendría tiempo para
pensar en las consecuencias de haber desatendido sus consejos, cuando nadie pudiese ayudarme. «Ahora -
decía en voz alta-, se han cumplido las palabras de mi querido padre: la justicia de Dios ha caído sobre mí y
no tengo a nadie que pueda ayudarme o escucharme. Hice caso omiso a la voz de la Providencia, que tuvo
la misericordia de ponerme en una situación en la vida en la que hubiera vivido feliz y tranquilamente; mas
no fui capaz de verlo, ni de aprender de mis padres, la dicha que esto suponía. Los dejé lamentándose por
mi insensatez y ahora era yo el que se lamentaba de las consecuencias; rechacé su apoyo y sus consejos,
que me habrían ayudado a abrirme camino en el mundo y me habrían facilitado las cosas y ahora tenía que
luchar contra una adversidad demasiado grande, hasta para la misma naturaleza, sin compañía, sin ayuda,
sin consuelo y sin consejos.» Entonces grité: «Señor, ayúdame porque estoy desesperado.»
Esta fue la primera oración, si puede llamarse de ese modo, que había hecho en muchos años. Mas
vuelvo a mi diario.
28 de junio. Un poco más aliviado por el sueño y ya sin fiebre, me levanté. Como el miedo y el terror de
mis sueños había sido muy grande y pensaba que la fiebre volvería al día siguiente, tenía que buscarme
algo que me refrescara y me fortaleciera cuando volviera a sentirme enfermo. Lo prime ro que hice fue
llenar una gran botella cuadrada de agua y colocarla encima de mi mesa, junto a la cama y, para templarla,
le eché como la cuarta parte de una pinta de ron y lo mezclé bien. Entonces asé un trozo de carne de cabra
sobre los carbones pero apenas comí. Ca miné un poco pero me sentía muy débil, triste y acongojado por mi
desgraciada condición y temía que el malestar volviese al día siguiente. Por la noche me hice la cena con
tres huevos de tortuga que asé en las ascuas y me los comí, como quien dice, en el cascarón. Esta fue la
primera vez en mi vida, según recuerdo, que le pedí a Dios la bendición por mis alimentos.
Después de comer, traté de caminar pero estaba tan débil que apenas podía cargar la escopeta (porque
nunca salía sin ella) así que solo anduve un poco y me senté en la tierra, mirando hacia el mar que tenía
delante de mí y que estaba tranquilo y en calma. Mientras estaba allí, pensé en cosas como éstas:
¿Qué son esta tierra y este mar que tanto he contemplado? ¿De dónde vienen? ¿Y qué soy yo y todas las
demás criaturas, salvajes y domésticas, humanas y bestiales? ¿Dónde estamos?
De seguro todos hemos sido creados por una fuerza secreta, que también hizo la tierra, el mar, el aire y el
cielo; ¿quién es?
Luego inferí, naturalmente, que era Dios quien lo había hecho todo. Pues bien, pensé, si Dios ha hecho
todas estas cosas, es Él quien las guía y quien gobierna sobre ellas y so bre todo lo que les sucede; ya que la
fuerza que pudo crear todas las cosas ha de tener, ciertamente, el poder de guiarlas y dirigirlas.
Si esto es así, nada puede ocurrir en el gran circuito de su obra sin su conocimiento o consentimiento.
Y si nada puede ocurrir sin que Él lo sepa, entonces Él ha de saber que estoy aquí y que me hallo en esta
terrible situación; y si nada ocurre sin que Él lo ordene, entonces Él debe haber ordenado que esto me
ocurriera.
No imaginé nada que contradijera estas conclusiones y, por lo tanto, tuve la certeza de que Dios había
mandado que me pasara todo esto y que había caído en este miserable es tado por orden suya, ya que Él
tenía todo el poder, no solo sobre mí sino sobre todo lo que sucedía en el mundo. Entonces pensé:
¿Por qué Dios me ha hecho esto? ¿Qué he hecho para ser tratado de esta forma?
Mi conciencia me refrenó ante esta pregunta como si fuese una blasfemia y me pareció que me hablaba
de la siguiente manera: «¡Infeliz!, ¿preguntas qué has hecho? Mira hacia atrás, hacia el terrible despilfarro
que has hecho con tu vida y pregúntate qué no has hecho; pregúntate ¿por qué no has sido destruido mucho
antes? ¿Por qué no te ahogaste en las radas de Yarmouth? ¿Por qué no te mataron en la pelea cuando el
barco fue capturado por el corsario de Salé? ¿Por qué no fuiste devorado por las bestias salvajes en la costa
de África? ¿Por qué no te ahogaste aquí cuando toda la tripulación pereció, excepto tú? ¿Y aún preguntas
“¿qué he hecho?”.»
Estas reflexiones me dejaron estupefacto, como atónito, y no sabía qué decir para responderme. Me
levanté pensativo y triste y regresé a mi refugio y subí por mi muralla, como si fuera a irme a la cama pero
mi espíritu estaba tristemente perturbado y no tenía sueño, así que me senté en mi silla y encendí mi
lámpara, porque empezaba a oscurecer. Como temía que volviera el malestar, se me ocurrió que los
brasileños no toman otra medicina que su tabaco para casi todas sus dolencias y que, en uno de mis
arcones, tenía un trozo de un rollo de tabaco que estaba bastante curado y otro poco que aún estaba verde y
menos curado.
Fui como guiado por el cielo, porque en ese arcón encontré la cura para mi alma y mi cuerpo. Abrí el
arcón y encontré lo que estaba buscando, es decir, el tabaco y, como los libros que había rescatado estaban
también allí, saqué una de las Biblias, que mencioné anteriormente y que, hasta entonces, no había tenido ni
el tiempo ni la inclinación de mirar y la llevé a la mesa junto con el tabaco.
No sabía qué hacer con el tabaco para curarme ni si servía o no para ello pero hice varios experimentos
con él, convencido de que funcionaría de un modo u otro. Primero me metí un pedazo de una hoja en la
boca y la mastiqué, lo cual me provocó una especie de aturdimiento pues el tabaco estaba verde y fuerte y
no estaba habituado a utilizarlo. Luego tomé otro poco y lo maceré en un poco de ron durante una o dos
horas para tomarme una dosis cuando me acostara. Por último, quemé un poco en un brasero e inhalé el
humo tanto tiempo como este y el calor me lo permitie ron, hasta que me sentí sofocado.
Mientras realizaba estas operaciones, tomé la Biblia y comencé a leer pero el tabaco me tenía tan
mareado que no pude proseguir, al menos por esta vez. Había abierto el libro al azar y las primeras palabras
que hallé fueron estas: Invócame en el día de tu aflicción y yo te salvaré y tú me glorificarás43.
Estas palabras me parecieron muy adecuadas para mi caso y me causaron cierta impresión cuando las leí,
mas no tanto como lo hicieron posteriormente, porque la palabra salvado no me decía nada; me parecía
algo tan remoto, tan imposible según mi forma de ver las cosas que comencé a decir, como los hijos de
Israel cuando les ofrecieron carne para comer: ¿Puede Dios servir una mesa en el desierlo?44. Y así
comencé a decir: «¿Puede Dios sacarme de este lugar?» Y como no habría de tener ninguna esperanza en
muchos años, varias veces me hice esta pregunta. No obstante, estas palabras causaron una gran impresión
en mí y las medité con frecuencia. Se hacía tarde y el tabaco, como he dicho, me había aturdido tanto que
sentí deseos de dormir, de modo que dejé mi lámpara encendida en la cueva, por si necesitaba algo durante
la noche, y me metí en la cama. Pero, antes de acostarme, hice algo que no había hecho en toda mi vida: me
arrodillé y le rogué a Dios que cumpliera su promesa y me salvara si yo acudía a él en el día de mi
aflicción. Una vez concluida mi torpe e imperfecta plegaria, bebí el ron en el que había macerado el tabaco,
que estaba tan fuerte y tan cargado, que casi no podía tragarlo y acto seguido, me metí en la cama. Sentí
que se me subía a la cabeza violentamente pero me quedé profundamente dormido y me desperté, a juzgar
por el sol, a eso de las tres de la tarde del día siguiente. Sin embargo, aún creo que dormí todo ese día y
toda esa noche, hasta casi las tres de la tarde del otro día pues, de lo contrario, no entiendo cómo pude
perder un día en el cómputo de los días de la semana, cosa que comprendí unos años más tarde; pues si
había cometido el error de trazar la misma línea dos veces, entonces debí perder más de un día. Lo cierto es
que, según mis cálculos, perdí un día y nunca supe cómo.
43 Salmo 50:15.
44 Salmo 78:19.
En cualquier caso, al despertar me encontré mucho me jor y con el ánimo dispuesto y alegre. Al
levantarme, me sentía más fuerte que el día anterior y tenía mejor el estóma go pues estaba hambriento; en
pocas palabras, no tuve fie bre al día siguiente y fui mejorando paulatinamente. Esto ocurrió el día 29.
El 30 fue un buen día y salí con la escopeta aunque no me alejé demasiado. Maté un par de aves marinas,
que parecían gansos, y las traje a casa pero no tenía muchas ganas de comerlas así que solo comí unos
cuantos huevos de tortuga, que estaban muy buenos. Esa noche, renové el tratamiento al que le atribuí mi
mejoría del día anterior, es decir, el tabaco macerado en ron, solo que no tomé tanta cantidad como la
primera vez, ni mastiqué ninguna hoja, ni inhalé el humo. No obstante, al día siguiente, que era el primero
de julio, no me sentí tan bien como esperaba y tuve algunos amagos de escalofríos, aunque no demasiado
graves.
2 de julio. Repetí el tratamiento de las tres formas y me las administré como la primera vez. Tomé el
doble del brebaje.
3. La fiebre pasó definitivamente aunque no recuperé todas mis fuerzas en varias semanas. Mientras
reunía energías, pensé mucho en la frase te salvaré y la imposibi lidad de mi salvación me impedía cultivar
esperanza alguna. Pero, mientras me desanimaba con estos pensamientos, se me ocurrió que pensaba tanto
en la liberación de mi mayor aflicción que no estaba viendo el favor que había recibido y comencé a
hacerme las siguientes preguntas: ¿No he sido liberado, además, milagrosamente, de la enfermedad y de la
situación más desesperada que puede haber y que tanto me asustaba? ¿Me he dado cuenta de esto? ¿He
pagado mi parte? Dios me ha salvado pero yo no lo he glorificado, es decir, no me siento en deuda ni
agradecido por esta salvación. ¿Cómo puedo esperar una salvación mayor?
Esto me conmovió el corazón e inmediatamente me arrodillé y le di gracias a Dios en voz alta por
haberme salvado de la enfermedad.
4 de julio. Por la mañana cogí la Biblia y, comenzando por el Nuevo Testamento, me apliqué seriamente
a su lectura. Me impuse leerla un rato todas las mañanas y todas las noches, sin obligarme a cubrir un
número de capítulos específico sino obedeciendo al interés que me despertara la lectura. Al poco tiempo de
observar esta práctica, sentí que mi corazón estaba más profunda y sinceramente contrito por la perversidad
de mi vida pasada. Reviví la impresión que me había causado el sueño y las palabras ninguna de estas
cosas ha suscitado tu arrepentimiento resonaban fuertemente en mis pensamientos. Estaba rogándole
fervorosamente a Dios que me concediera el arrepentimiento cuando, providencialmente, ese mismo día,
mientras leía las escrituras me topé con las siguientes palabras: Él es exaltado como Príncipe y Salvador
para dar el arrepentimiento y el perdón45. Solté el libro y elevando mi corazón y mis manos, en una
especie de éxtasis, exclamando: «¡Jesús, hijo de David, Jesús, tú que eres glorificado como Príncipe y
Salvador, concédeme el arrepentimiento y el perdón!»
Podría decir que era la primera vez en mi vida que reza ba en el verdadero sentido de la palabra, pues lo
hacía con plena conciencia de mi situación y con una esperanza, como la que se describe en las escrituras,
fundada en el aliento de la palabra de Dios. Desde este momento, puedo decir que comencé a confiar en
que Dios me escucharía.
45 Hechos de los Apóstoles 5:31.
Ahora empezaba a comprender las palabras mencionadas anteriormente, Invócame y te liberaré, en un
sentido diferente al que lo había hecho antes, porque entonces no tenía la menor idea de nada que pudiese
llamarse salvación, si no era de la condición de cautiverio en la que me encontraba; pues, si bien estaba
libre en este lugar, la isla era una verdadera prisión para mí, en el peor sentido. Mas ahora había aprendido
a ver las cosas de otro modo. Ahora mira ba hacia mi pasado con tanto horror y mis pecados me parecían
tan terribles, que mi alma no le pedía a Dios otra cosa que no fuera la liberación del peso de la culpa que
me quitaba el sosiego. En cuanto a mi vida solitaria, ya no me pare cía nada; ya no rogaba a Dios que me
liberara de ella, ni siquiera pensaba en ello, pues no era tan importante como esto. Y añado lo siguiente
para sugerir a quien lo lea que cuando se llega a entender el verdadero sentido de las cosas, el perdón por
los pecados es una bendición mayor que la liberación de las aflicciones.
Pero dejo esto y regreso a mi diario.
Ahora mi vida, si bien no menos miserable que antes, comenzaba a ser más llevadera y puesto que mis
pensamientos estaban orientados, por la oración y la constante lectura de las escrituras, hacia cosas más
elevadas, tenía una gran paz interior que no había conocido. Además, a medida que iba recuperando la
salud y las fuerzas, me propuse procurarme todo lo que necesitaba y darle a mi vida la mayor regularidad
posible.
Desde el 4 al 14 de julio, me dediqué, principalmente, a caminar con mi escopeta en mano, poco a poco,
como un hombre que está juntando fuerzas después de la enferme dad, pues es difícil imaginar lo débil que
me encontraba. El tratamiento que había utilizado era totalmente nuevo y, tal vez nunca haya servido para
curar a nadie de la calentura, ni puedo recomendarlo para que sea puesto en práctica, pero, aunque sirvió
para quitarme la fiebre, también me debilitó, pues durante un tiempo seguí padeciendo de frecuentes
convulsiones en los nervios y las extremidades.
También aprendí que salir durante la estación de lluvias era de lo más pernicioso para mi salud, en
especial, cuando las lluvias venían acompañadas de tempestades y huraca nes. Como las lluvias de la
estación seca siempre venían acompañadas de esas tormentas, eran más peligrosas que las que caían en
septiembre y octubre.
Hacía más de diez meses que habitaba en esta desdichada isla y parecía que cualquier posibilidad de
salvación de esta condición me hubiera sido totalmente negada. Además, estaba convencido de que ningún
ser humano había puesto un pie en este lugar. Ya me había asegurado perfectamente la habitación y ahora
tenía grandes deseos de explorar la isla más a fondo para ver qué cosas podía encontrar que aún no conocía.
El 15 de julio comencé la inspección minuciosa de la isla. Primero me dirigí hacia el río al que, como he
dicho, llegué con mis balsas. Descubrí, después de andar río arriba casi dos millas, que la corriente no
aumentaba y que no se trataba más que de una pequeña quebrada, muy fresca y muy buena; mas, por estar
en la estación seca, apenas tenía agua en algunas partes, al menos, no la suficiente como para que se
formara una corriente perceptible.
A orillas de esta quebrada encontré muchas sabanas o praderas placenteras, llanas, lisas y cubiertas de
hierba. En la parte más elevada, próxima a las tierras altas, que el agua, al parecer, nunca inundaba,
encontré gran cantidad de tabaco verde que crecía en tallos fuertes y robustos. Había muchas otras plantas
que no conocía y que, tal vez, tenían propiedades que no era capaz de descubrir.
Busqué raíz de yuca, con la que los indios de esta región hacen su pan, pero no encontré ninguna. Vi
enormes plantas de áloe pero no sabía lo que eran y varias cañas de azú car que crecían silvestres e
imperfectas a falta de cultivo46. Me contenté con estos descubrimientos por esta vez y regresé pensando
cómo hacer para conocer las virtudes y bondades de los frutos o plantas que fuera descubriendo pero no
llegué a ninguna conclusión, pues, fue tan poco lo que observé cuando estaba en Brasil, que era escaso lo
que sabía de las plantas silvestres, al menos muy poco que me sirviera en este momento.
46 La caña de azúcar nunca creció salvaje en las Indias Occidentales ni en Sur América. Los españoles y
portugueses la llevaron en el siglo XVI.
Al día siguiente, el 16, subí por el mismo camino y, después de haber avanzado un poco más que el día
anterior, descubrí que el río y la pradera terminaban y comenzaba un bosque. Aquí encontré diferentes
frutas, en especial una gran cantidad de melones en el suelo y de uvas en los árboles. Las viñas se habían
extendido sobre los árboles y los racimos de uvas estaban en su punto de maduración y sabor. Este
sorprendente descubrimiento me llenó de alegría pero la experiencia me advirtió que las comiera con
moderación pues, según recordaba, cuando estuve en Berbería47, muchos de los ingleses que estaban allí
como esclavos, murieron a causa de las uvas, que les provocaron fiebre y disentería. No obstante, descubrí
que si las curaba y secaba al sol y las conservaba como se suelen conservar las uvas secas o pasas, serían,
como en efecto ocurrió, un alimento agradable y sano cuando no hubiera uvas.
47 Nombre con el que se denominaba la región noroeste de África que comprende los actuales estados de
Marruecos, Argelia, Túnez y parte de Libia.
Pasé allí toda la tarde y no regresé a mi habitación. Esta fue, dicho sea de paso, la primera noche que
pasé fuera de casa. Al anochecer tomé mi antigua precaución y me subí a un árbol donde dormí bien y, a la
mañana siguiente, prosegui mi exploración. Caminé casi cuatro millas hacia el norte, según pude juzgar por
la longitud del valle, con una cadena de montañas por el sur y otra por el norte.
Al final de esta caminata, llegué a un claro donde el terreno parecía descender hacia el oeste y donde
había un pequeño manantial de agua dulce que brotaba de la ladera de una colina cercana hacia el este. La
tierra parecía tan fresca, verde y floreciente y todo tenía un aspecto tan primaveral que semejaba un jardín
cultivado.
Descendí un trecho por el costado de ese delicioso valle, observándolo con una especie de secreto placer,
aunque mezclado con otras reflexiones dolorosas, al pensar que todo aquello era mío, que era el rey y señor
irrevocable de todo este lugar, sobre el que tenía pleno derecho de posesión; y que si hubiera podido
transmitirlo, sería un bien hereditario tan sólido como el de cualquier señor de Inglaterra. Vi mu chos
árboles de cacao, naranjos, limoneros y cidros, todos silvestres y con poca o ninguna fruta, al menos en ese
momento. Sin embargo, recogí unas limas que, no sólo estaban sabrosas sino que eran muy saludables. Más
tarde mezclé su zumo con agua y obtuve una bebida muy sana y refrescante.
Me di cuenta de que tenía mucho que transportar a casa, así que decidí separar una provisión de uvas,
limas y limones para disponer de ellos durante la estación húmeda, que como sabía, se aproximaba.
Con este propósito, hice un gran montón de uvas en un sitio y luego uno más pequeño en otro y,
finalmente, uno mayor de limas y limones en otra parte. Entonces cogí un poco de cada montón y me
encaminé a casa con la resolución de volver de nuevo pero con una bolsa, saco o algo similar para llevarme
el resto.
Al cabo de tres días de viaje regresé a casa, que así debo llamar a mi tienda y a mi cueva. Pero antes de
llegar, las uvas se habían echado a perder, pues, como estaban tan maduras y jugosas, se magullaron por su
propio peso y no servían para nada. Las limas estaban en buen estado pero solo pude transportar unas
pocas.
Al día siguiente, el 19, regresé con dos sacos pequeños que me había hecho para traer a casa mi cosecha
pero al lle gar al montón de uvas, que estaban tan apetitosas y maduras cuando las recogí, me quedé
sorprendido de encontrarlas desparramadas, deshechas y tiradas por aquí y por allá, mu chas de ellas
mordidas o devoradas. Deduje que algún animal salvaje había hecho esto pero no sabía cuál.
Sin embargo, cuando descubrí que no podía amontonarlas ni llevarlas en un saco porque de una forma se
destruirían y de la otra se aplastarían por su propio peso, tomé otra decisión: colgué de las ramas de los
árboles una gran cantidad de racimos de uvas para que se curaran y secaran al sol y me llevé tantas limas y
limones como pude.
Cuando regresé a casa de este viaje, pensé con gran placer en la fecundidad de aquel valle y su placentera
situación, protegido de las tormentas, cercano al río y al bosque y llegué a la conclusión de que había
establecido mi morada en la peor parte de la isla. En consecuencia, empecé a considerar la idea de mudar
mi habitación y buscar un lugar, tan seguro como el que tenía, situado, preferiblemente, en aquella parte
fértil y placentera de la isla.
Esta idea me rondó la cabeza por mucho tiempo pues sentía una gran atracción por ese lugar, cuyo
encanto me tentaba. Pero cuando lo pensé más detenidamente, me di cuen ta de que ahora estaba cerca del
mar, donde al menos había una posibilidad de que me ocurriera algo favorable y que el mismo destino cruel
que me había llevado hasta aquí, trajera a otros náufragos desgraciados. Aunque era poco probable que algo
así ocurriera, recluirme entre las montañas o en los bosques del centro de la isla, era asegurarme el
cautiverio y hacer que un hecho poco probable se volviera imposible. Por lo tanto, decidí que no me
mudaría bajo ningún concepto.
No obstante, estaba tan enamorado de ese lugar que pasé allí gran parte del resto del mes de julio y, a
pesar de haber decidido que no me mudaría, me construí una especie de emparrado que rodeé, a cierta
distancia, con una fuerte verja de dos filas de estacas, tan altas como me fue posible, bien enterradas y
rellenas de maleza. Allí dormía seguro dos o tres noches seguidas, pasando por encima de la valla con una
escalera, como antes, y ahora me figuraba que tenía una casa en el campo y otra en la costa. En estas
labores estuve hasta principios del mes de agosto.
Acababa de terminar mi valla y comenzaba a disfrutar de la labor realizada, cuando vinieron las lluvias y
me forza ron a quedarme en mi primera vivienda, pues aunque me había hecho una tienda como la otra, con
un pedazo de vela bien extendido, no tenía la protección de la montaña en caso de tormenta, ni una cueva,
donde podía refugiarme si llovía excesivamente.
A principios de agosto, como he mencionado, había terminado mi emp arrado y comenzaba a sentirme a
gusto. El tercer día de agosto, vi que las uvas que había colgado es taban perfectamente secas y, de hecho,
eran excelentes pasas, así que empecé a descolgarlas. Esto fue una verdadera fortuna pues las lluvias que
cayeron las habrían estropeado y, de ese modo, habría perdido lo mejor de mi alimento invernal, ya que
tenía más de doscientos racimos. Apenas las hube descolgado y transportado a casa, comenzó a llover y
desde ese día, que era el 14 de agosto, hasta mediados de octubre, llovió casi todos los días, a veces, con
tanta fuerza que no podía salir de mi cueva durante varios días.
En este tiempo tuve la sorpresa de ver aumentada mi fa milia. Estaba preocupado por la desaparición de
una de mis gatas que, supuse, se había escapado o había muerto, pues no volví a saber de ella, cuando, para
mi asombro, regresó a casa a finales de agosto con tres gatitos. Esto me pareció muy extraño pues, aunque
había matado un gato salvaje con mi escopeta, creía que eran de una especie muy distinta a nuestros gatos
europeos. Sin embargo, los gatitos eran iguales a los gatos domésticos, mas como los dos que yo tenía eran
hembras, todo el asunto me pareció muy raro. Más tarde, de estos tres gatos salió una auténtica plaga de
gatos, por lo que me vi forzado a matarlos como si fueran sabandijas o alimañas y a llevarlos tan lejos de
casa como me fuera posible.
Desde el 14 de agosto hasta el 26 llovió incesantemente, de modo que no pude salir pero, esta vez, me
cuidé muy bien de la humedad. Durante este encierro, mis víveres co menzaron a mermar por lo que tuve
que salir dos veces. La primera vez, maté una cabra y la segunda, que fue el 26, encontré una gran tortuga,
lo cual fue una auténtica fiesta. De este modo regularicé mis comidas: comía un racimo de uvas en el
desayuno, un trozo de carne de cabra o tortuga asada en el almuerzo, pues, para mi desgracia no tenía
vasijas para hervirla o guisarla, y dos o tres huevos de tortuga para la cena.
Durante esta reclusión a causa de la lluvia, trabajaba dos o tres horas diarias en la ampliación de mi
cueva. Gradualmente, la fui profundizando en una dirección has ta llegar al exterior, donde hice una puerta
por la que pudiera entrar y salir. Sin embargo, no me sentía cómodo estando tan al descubierto ya que antes
estaba perfectamente encerrado, mientras que ahora me hallaba expuesto a cualquier ataque; aunque, en
realidad, no había visto ninguna criatura viviente que pudiese atemorizarme puesto que los animales más
grandes que había en la isla eran las cabras.
30 de septiembre. Este día se celebraba el desgraciado aniversario de mi llegada. Conté las marcas de mi
poste y constaté que llevaba trescientos sesenta y cinco días en la isla. Guardé una solemne abstinencia
todo el día, que dediqué a hacer ejercicios religiosos. Me postré humildemente y confesé a Dios todos mis
pecados, reconociendo su justicia y rogándole que tuviera misericordia de mí en el nombre de Jesucristo.
No probé ningún alimento durante doce horas, hasta que se puso el sol. Entonces comí una galleta y un racimo
de uvas y me acosté, terminando el día como lo había comenzado.
Hasta ese momento no había celebrado los domingos ya que, al principio, carecía de sentimientos
religiosos. Al cabo de un tiempo, había dejado de hacer una marca más larga los domingos para diferenciar
las semanas, de manera que no sabía en qué día vivía. Pero ahora, después de haber contado los días, como
he dicho, y de haber comprobado que había pasado un año, lo dividí en semanas, señalando cada siete días
el domingo. Al final, me di cuenta de que había perdido uno o dos días en mis cómputos.
Poco tiempo después, mi tinta comenzó a escasear, así que me limité a usarla con mucho cuidado y no
escribía sino los acontecimientos más importantes de mi vida, abandonando el recuento diario de otras
menudencias.
Comencé a observar los cambios de estación y aprendí a prever el paso de la estación seca a la húmeda, a
fin de abastecerme adecuadamente. Mas tuve que pagar muy cara mi experiencia pues lo que voy a relatar,
fue uno de los acontecimientos más desalentadores que me ocurrieron en toda la vida. Anteriormente, he
dicho que guardé algunas de las espigas de cebada y de arroz, que tan milagrosamente habían brotado.
Tenía como treinta espigas de arroz y veinte de cebada y pensé que, pasadas las lluvias, era el mejor
momento para sembrarlas pues el sol estaba más hacia el sur respecto de mí.
Preparé un trozo de tierra lo mejor que pude con mi pala de madera, lo dividí en dos partes y sembré las
semillas pero, mientras lo hacía, se me ocurrió que no debía sembrarlas to das la primera vez ya que no
sabía cuál era el mejor momento para hacerlo. De este modo, sembré dos terceras partes de las semillas y
guardé un puñado de cada una. Más tarde, me alegré de haberlo hecho así pues ni uno solo de los granos
que sembré produjo nada, puesto que se aproximaba la estación seca, y no volvió a llover después de la
siembra. Por tanto la tierra no tenía humedad para que las semillas germinaran y, no lo hicieron hasta que
volvieron las lluvias; entonces germinaron como si estuviesen recién sembradas.
Cuando me di cuenta de que las semillas no germinaban, pude intuir fácilmente que era a causa de la
sequía, de modo que busqué un terreno más húmedo para hacer otro experimento. Aré un trozo de tierra
cerca de mi emparrado y sembré el resto de las semillas en febrero, un poco antes del equinoccio de
primavera. Las lluvias de marzo y abril las hicieron brotar perfectamente y dieron una buena cosecha, mas,
como no me atreví a sembrar toda la que había guardado, tan solo obtuve una pequeña cosecha, que no
ascendía a más de un celemín48 de cada grano.
48 Celemín: Medida de capacidad para áridos. Se divide en cuatro cuartillos y equivale a 4,624 litros,
aunque según las zonas esta cantidad varía. (En el original pone: half a peck, es decir, medio peck. 1 peck
es 1/4 de bushel y 1 bushel equivale, en Inglaterra, a 36,35 l, de manera que medio peck son: 4,543 1.)
Este experimento me hizo experto en la materia y ahora sabía, exactamente, cuál era la estación propicia
para sembrar y, además, que podía sembrar y cosechar dos veces al año.
Mientras crecía el grano hice un pequeño descubrimiento que luego me rindió gran provecho. Tan pronto
como cesaron las lluvias y el tiempo mejoró, lo cual ocurrió hacia el mes de noviembre, fui a mi emparrado
del campo, al cual no iba desde hacía varios meses, y encontré todo tal y como lo había dejado. El cerco o
doble empalizada que había construido estaba completo y fuerte y de algunos troncos habían brotado ramas
largas, como las de un sauce llorón, al año siguiente de la poda, pero no sabía de qué árbol había cortado
las estacas. Sorprendido y complacido de ver aquellos retoños, los podé para que crecieran tan
uniformemente como fuese posible y resulta cas i increíble que en tres años crecieran tan maravillosamente,
de forma que, si la empalizada formaba un círculo de casi veinticinco yardas de diámetro, los árboles -que
así podía llamarlos- la cubrie ron completamente, dando suficiente sombra como para refugiarme durante
toda la estación seca.
Decidí entonces cortar otras estacas para hacer una empalizada como esta alrededor de mi muro, me
refiero al de mi primera vivienda, y así lo hice. Coloqué los árboles o troncos en doble fila, a unas ocho
yardas de mi primer muro y crecieron en poco tiempo, formando, al principio, un buen techado para mi
morada y, luego, una buena defensa, como se verá en su momento.
Entonces observé que las estaciones del año se podían dividir, no en invierno y verano como en Europa,
sino en estaciones secas y estaciones de lluvia de la siguiente manera:
Mediados de febrero
marzo Estación de lluvia, con el sol muy cerca del equinoccio.
mediados de abril
Mediados de abril
mayo
junio Estación seca, con el sol hacia el norte del ecuador.
julio
Mediados de agosto
Mediados de agosto
septiembre Estación de lluvia, con el sol regresando al equinoccio.
mediados de octubre
Mediados de octubre
noviembre
diciembre Estación seca, con el sol hacia el sur del ecuador.
enero
mediados de febrero
La estación de lluvia era algunas veces más larga y otras más corta, según soplara el viento, pero esta era
la observación general que había hecho. Después de haber experi mentado las consecuencias nefastas de
salir bajo la lluvia, me cuidé de abastecerme con antelación de provisiones, para no verme obligado a salir
y poder permanecer en el interior tanto como fuese posible durante los meses de lluvia.

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