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EL ARTE OSCURO

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GOTICO

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lunes, 1 de agosto de 2011

Daniel Defoe Aventuras de Robinson Crusoe 2


Mientras estas ideas daban vueltas en mi cabeza, me sentí muy agradecido por no haberme encontrado
allí en ese momento y porque no hubiesen visto mi piragua, lo cual, les habría advertido de la presencia de
habitantes en la isla y, acaso, les habría incitado a buscarme. Entonces me asaltaron terribles pensamientos
y temí que hubiesen descubierto mi piragua y que, por eso, supieran que la isla estaba habitada. Si esto era
así, sin duda, vendrían muchos de ellos a devorarme y, si no lograban encontrarme, descubrirían mi refugio,
destruirían todo mi grano, se llevarían todo mi rebaño de cabras domésticas y yo moriría de hambre y
necesidad.
El temor borró toda mi esperanza religiosa. Toda mi antigua confianza en Dios, fundada en las
maravillosas pruebas de su bondad, se desvanecía ahora, como si Él, que me había alimentado
milagrosamente, no pudiese salvar, con su poder, los bienes que su bondad me había conferido. Me
reproché mi comodidad, por no haber sembrado más grano que el necesario para un año, como si estuviese
exento de cualquier accidente que destruyera la cosecha, y consideré tan merecido este reproche, que
decidí, en lo sucesivo, proveerme de antemano con grano para dos o tres años, a fin de no correr el riesgo
de morir por falta de pan, si algo ocurría.
¡Qué misteriosos son los caminos por los que obra la Providencia en la vida de un hombre! ¡Qué secretos
y contradictorios impulsos mueven nuestros afectos, conforme a las circunstancias en las que nos hallamos!
Hoy amamos lo que mañana odiaremos. Hoy buscamos lo que mañana rehuiremos. Hoy deseamos lo que
mañana nos asustará e, incluso, nos hará temblar de miedo. En este momento, yo era un testimonio viviente
de esa verdad pues, siendo un hombre cuya mayor aflicción era haber sido erradicado de toda compañía
humana, que estaba rodeado únicamente por el infinito océano, separado de la sociedad y condenado a una
vida silenciosa; yo, que era un hombre a quien el cielo había considerado indigno de vivir entre sus
semejantes o de figurar entre las criaturas del Señor; un hombre a quien el solo hecho de ver a uno de su
especie le habría parecido como regresar a la vida después de la muerte o la mayor bendición que el cielo
pudiera prodigarle, después del don supremo de la salvación eterna; digo que, ahora temblaba ante el temor
de ver a un hombre y estaba dispuesto a meterme bajo la tierra, ante la sombra o la silenciosa aparición de
un hombre en esta isla.
Estas vicisitudes de la vida humana, que después me pro vocaron curiosas reflexiones, una vez me hube
repuesto de la sorpresa inicial, me llevaron a considerar que esto era lo que la infinitamente sabia y
bondadosa Providencia divina había deparado para mí. Como no podía prever los fines que perseguía su
divina sabiduría, no debía disputar sus decretos, puesto que Él era mi Creador y tenía el derecho irrevocable
de hacer conmigo según su voluntad. Yo era una criatura que lo había ofendido y, por lo tanto, podía
condenarme al castigo que le pareciera adecuado y a mí me correspondía someterme a su cólera porque
había pecado contra Él.
Pensé que si Dios, que era justo y omnipotente, había considerado correcto castigarme y afligirme,
también podía salvarme y, si esto no le parecía justo, mi deber era acatar completamente su voluntad. Por
otro lado, también era mi deber tener fe en Él, rezarle y esperar con calma los dictados y órdenes de su
Providencia cada día.
Estos pensamientos me ocuparon muchas horas, mejor dicho, muchos días, incluso, podría decir que
semanas y meses, y no puedo omitir uno de los efectos de estas refle xiones: Una mañana, muy temprano,
estaba en la cama, con el alma oprimida por la preocupación de los salvajes, lo que me abatía
profundamente y, de pronto recordé estas palabras de las escrituras: Invócame en el día de tu aflicción que
yo te salvaré y tú me glorificarás59.
Entonces, me levanté alegremente de la cama, con el corazón lleno de confianza y la convicción de que
le rezaría fervorosamente a Dios por mi salvación. Cuando terminé de rezar, cogí la Biblia y, al abrirla,
tropecé con las siguientes palabras: Aguarda al Señor y ten valor y Él fortalecerá tu corazón; aguarda, he
dicho, al Señor60. No es posible expresar hasta qué punto me reconfortaron estas palabras. Agradecido, dejé
el libro y no volví a sentirme triste; al me nos, por esta vez.
59 Salmo 50, 15.
60 Salmo 27, 14.
En medio de estas meditaciones, miedos y reflexiones, un día se me ocurrió que todo esto podía ser,
simplemente, una fantasía creada por mi imaginación y que aquella huella bien podía ser mía, dejada en
alguna de las ocasiones que fui a la piragua. Esta idea me reanimó y comencé a persuadirme de que todo
era una ilusión, que no era otra cosa que la huella de mi propio pie. ¿Acaso no había podido tomar ese
camino para ir o para regresar de la piragua? Por otra parte, reconocía que no podía recordar la ruta que
había escogido y comprendí, que si esta huella era mía, había hecho el papel de los tontos que se esfuerzan
por contar historias de espectros y aparecidos y terminan asustándose más que los demás.
Entonces me armé de valor y comencé a asomarme fuera de mi refugio. Hacía tres días y tres noches que
no salía de mi castillo y comencé a sentir la necesidad de ali mentarme, pues dentro solo tenía agua y
algunas galletas de cebada. Además, debía ordeñar mis cabras, lo cual era mi entretenimiento nocturno, ya
que las pobres estarían sufriendo fuertes dolores y molestias, como, en efecto, ocurrió, pues a algunas se les
secó la leche.
Fortalecido por la convicción de que la huella era la de mis propios pies, pues he de decir que tenía
miedo hasta de mi sombra, me arriesgué a ir a mi casa de campo para ordeñar mi rebaño. Si alguien hubiese
podido ver el miedo con el que avanzaba, mirando constantemente hacia atrás, a punto de soltar el cesto y
echar a huir para salvarme, me habría tomado por un hombre acosado por la mala conciencia o que,
recientemente, hubiera sufrido un susto terrible, lo cual, en efecto, era cierto.
No obstante, al cabo de tres días de salir sin encontrar nada, comencé a sentir más valor y a pensar que,
en realidad, todo había sido producto de mi imaginación. Mas no logré convencerme totalmente hasta que
fui nuevamente a la playa para medir la huella y ver si había alguna evidencia de que se trataba de la huella
de mi propio pie. Cuando lle gué al sitio, comprobé, en primer lugar, que cuando me ale jé de la piragua, no
pude haber pasado por allí ni por los alrededores. En segundo lugar, al medir la huella me di cuenta de que
era mucho mayor que la de mi pie. Estos dos hallazgos me llenaron la cabeza de nuevas fantasías y me
inquietaron sobremanera. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, como si tuviera fiebre, y regresé a casa
con la idea de que, no uno, sino varios hombres, habían desembarcado en aquellas costas. En pocas
palabras, la isla estaba habitada y podía ser tomado por sorpresa. Mas no sabía qué medidas tomar para mi
seguridad.
¡Oh, qué absurdas resoluciones adoptan los hombres cuando son poseídos por el miedo, que les impide
utilizar la razón para su alivio! Lo primero que pensé fue destruir to dos los corrales y devolver mis rebaños
a los bosques, para que el enemigo no los encontrase y dejara de venir a la isla con este propósito. A
continuación, excavaría mis dos campos de cereal con el fin de que no encontraran el grano, y se les
quitaran las ganas de volver. Luego demolería el emparrado y la tienda para que no hallaran vestigios de mi
mora da y se sintieran inclinados a buscar más allá, para encontrar a sus habitantes.
Este fue el tema de mis reflexiones durante la noche que pasé en casa después de mi regreso, cuando las
aprensiones que se habían apoderado de mi mente y los humos de mi cerebro estaban aún frescos. El miedo
al peligro es diez mil veces peor que el peligro mismo y el peso de la ansiedad es mayor que el del mal que
la provoca. Mas, lo peor de todo aquello era que estaba tan inquieto que no era capaz de encontrar alivio en
la resignación, como antes lo hacía y como me creía capaz de hacer. Me parecía a Saúl, que no solo se
quejaba de la persecución de los filisteos, sino de que Dios le hubiese abandonado. No tomaba las medidas
necesarias para recomponer mi espíritu, gritando a Dios mi desventura y confiando en su Providencia,
como lo había hecho antes para mi alivio y salvación. De haberlo hecho, al menos me habría sentido más
reconfortado ante esta nueva eventualidad y quizás la habría asumido con mayor resolución.
Esta confusión de pensamientos me mantuvo despierto toda la noche pero por la mañana me quedé
dormido. La fatiga de mi alma y el agotamiento de mi espíritu me procu raron un sueño profundo y el
despertar más tranquilo que había tenido en mu cho tiempo. Ahora comenzaba a pensar con serenidad y,
después de mucho debatirme, concluí que esta isla, tan agradable, fértil y próxima a la tierra firme, no
estaba abandonada del todo, como hasta entonces había creído. Si bien no tenía habitantes fijos, a veces
podían lle gar hasta ella algunos botes, ya fuera intencionadamente o por casualidad, impulsados por los
vientos contrarios.
Habiendo vivido quince años en este lugar, y no habiendo encontrado aún el menor rastro o vestigio
humano, lo más probable era que, si alguna vez llegaban hasta aquí, se marchasen tan pronto les fuese
posible, pues, por lo visto, no les había parecido conveniente establecerse allí hasta ahora.
El mayor peligro que podía imaginar era el de un posible desembarco accidental de gentes de tierra
firme, que, según parecía, estaban en la isla en contra de su voluntad, de modo que se alejarían rápidamente
de ella tan pronto pudiesen y tan solo pasarían una noche en la playa para emprender el viaje de regreso con
la ayuda de la marea y la luz del día. En este caso, lo único que debía hacer era conseguir un refugio
seguro, por si veía a alguien desembarcar en ese lugar.
Ahora comenzaba a arrepentirme de haber ampliado mi cueva y hacer una puerta hacia el exterior, que se
abriera más allá de donde la muralla de mi fortificación se unía a la roca. Después de una reflexión madura
y concienzuda, decidí construir una segunda fortificación en forma de semicírculo, a cierta distancia de la
muralla en el mismo lugar donde, hacía doce años, había plantado una doble hilera de árboles, de la cual ya
he hecho mención. Había plantado estos árboles tan próximos unos a otros, que si agregaba unas cuantas
estacas entre ellos, formaría una muralla mu cho más gruesa y resistente que la que tenía.
De este modo, ahora tenía una doble muralla pues había reforzado la interior con pedazos de madera,
cables viejos y todo lo que me pareció conveniente para ello y le había dejado siete perforaciones lo
suficientemente grandes como para que pudiese pasar un brazo a través de ellas. En la parte inferior, mi
muro llegó a tener un espesor de diez pies, gracias a la tierra que continuamente extraía de la cueva y que
amontonaba y apisonaba al pie del mismo. A través de las siete perforaciones coloqué los mosquetes, de los
cuales había rescatado siete del naufragio, los dispuse como si fuesen cañones y los ajusté a una armazón
que los sostenía, de manera que en dos minutos podía disparar toda mi artille ría. Me tomó varios meses
extenuantes terminar esta mura lla y no me sentí seguro hasta haberlo conseguido.
Hecho esto, por la parte exterior de la muralla y a lo largo de una gran extensión de tierra, planté una
infinidad de palos o estacas de un árbol parecido al sauce, que, según había comprobado, crecía muy
rápidamente. Creo que planté cerca de veinte mil, dejando entre ellas y la muralla espacio suficiente para
ver al enemigo sin que pudiese ocultarse entre ellas, si intentaba acercarse a mi muralla.
Al cabo de dos años tuve un espeso bosquecillo y, en cinco o seis, tenía un auténtico bosque frente a mi
morada, que crecía tan desmedidamente fuerte y tupido, que resulta ba verdaderamente inexpugnable. No
había hombre ni cria tura viviente que pudiese imaginar que detrás de aquello había algo, mucho menos una
morada. Como no había dejado camino para entrar, utilizaba dos escaleras. Con la primera pasaba a un
lugar donde la roca era más baja y podía colocar la segunda escalera. Cuando retiraba ambas, era imposible
que un hombre viniera detrás de mí sin hacerse daño y, en caso de que pudiese entrar, se hallaría aún fuera
de mi muralla exterior.
De este modo, tomé todas las medidas que la humana prudencia pudiera recomendar para mi propia
conservación. Más adelante se verá que no fueron del todo inútiles, aunque en aquel momento no
obedecieran más que a mi propio temor.
Mientras realizaba estas tareas, no abandonaba mis otros asuntos. Me ocupaba, sobre todo, de mi
pequeño rebaño de cabras, que no solo era mi reserva de alimentos para lo que pudiese ocurrir, sino que me
servían para abastecerme sin necesidad de gastar pólvora y municiones y me ahorraban la fatiga de salir a
cazar. Por lo tanto, no quería perder estas ventajas y verme obligado a tener que criarlas nuevamente.
Después de considerarlo durante mucho tiempo, encontré dos formas de protegerlas. La primera era
hallar un lugar apropiado para cavar una cueva subterránea y llevar las allí todas las noches. La otra era
cercar dos o tres predios tan distantes unos de otros y tan ocultos como fuese posible, en los cuales pudiese
encerrar una media docena de cabras jóvenes. Si algún desastre le ocurría al rebaño, podría criarlas
nuevamente en poco tiempo y sin demasiado esfuerzo. Esta última opción, aunque requeriría mucho tiempo
y trabajo, me parecía la más razonable.
Consecuentemente con mi plan, pasé un tiempo buscando los parajes más retirados de la isla hasta que
hallé uno que lo estaba tanto como hubiese podido desear. Era un pequeño predio húmedo, en medio del
espeso monte donde, como ya he dicho, estuve a punto de perderme cuando intentaba regresar a casa desde
la parte oriental de la isla. Allí encontré una extensión de tierra de casi tres acres, tan rodeada de bosques
que casi era un corral natural o, al menos, no parecía exigir tanto trabajo hacer uno, si lo comparaba con
otros terrenos que me habría costado un gran esfuerzo cercar.
Inmediatamente me puse a trabajar y, en menos de un mes, lo había cercado totalmente. Aseguré allí mi
ganado o rebaño, como queráis, que ya no era tan salvaje como se podría suponer al principio. Sin demora
alguna, llevé diez cabras jóvenes y dos machos cabríos. Mientras tanto, seguía perfeccionando el cerco
hasta que resultó tan seguro como el otro y, si bien me tomó bastante más tiempo, fue porque me permití
trabajar con mucha más calma.
La causa de todo este trabajo era, únicamente, la huella que había visto y que me provocó grandes
aprensiones. Hasta entonces, no había visto acercarse a la isla a ningún ser humano pero desde hacía dos
años vivía con esa preocupación que le había quitado tranquilidad a mi existencia, como bien puede
imaginar cualquiera que sepa lo que significa vivir acechado constantemente por el temor a los hombres.
Además, debo confesar con dolor, la turbación de mi espíritu había afectado notablemente mis
pensamientos religiosos y el terror de caer en manos de salvajes y caníbales me oprimía de tal modo, que
rara vez me encontraba en disposición de dirigirme a mi Creador. No tenía la calma ni la resignación que
solía tener sino que rezaba bajo los efectos de un gran abatimiento y de una dolorosa opresión, temiendo y
esperando, cada noche, ser asesinado y devorado antes del amanecer. Debo decir, por mi experiencia, que
la paz interior, el agradecimiento, el amor y el afecto son estados de ánimo mucho más adecuados para
rezar que el temor y la confusión. Un hombre que está bajo la amenaza de una desgracia inminente, no es
más capaz de cumplir sus deberes hacia Dios que uno que yace enfermo en su lecho, ya que esas
aflicciones afectan al espíritu como otras afectan al cuerpo y la falta de serenidad debe constituir una
incapacidad tan grave como la del cuerpo, y hasta mayor. Rezar es un acto espiritual y no corporal.
Pero prosigamos. Una vez aseguré parte de mi pequeño rebaño, recorrí casi toda la isla en busca de otro
sitio apartado que sirviera para hacer un nuevo refugio. Un día, avanzando hacia la costa occidental de la
isla, a la que nunca había ido todavía, mientras miraba el mar, me pareció ver un barco a gran distancia.
Había rescatado uno o dos catalejos de los arcones de los marineros pero no los traía conmigo y el barco
estaba tan distante que apenas podía distinguirlo, a pesar de que lo miré fijamente hasta que mis ojos no
pudieron resistirlo. No sabría decir si era o no un barco. Solo sé que resolví no volver a salir sin mi catalejo
en el bolsillo.
Cuando bajé la colina hasta el extremo de la isla en el que no había estado nunca, tenía la certeza de que
haber visto la huella de una pisada de hombre no era tan extraño como me lo había imaginado. Lo
providencial era que hubiese ido a parar al lado de la isla que no frecuentaban los salvajes. Hubiese sido
fácil imaginar que, frecuentemente, cuando las canoas que provenían de tierra firme se internaban
demasiado en el mar, venían a esa parte de la isla para descansar. Igualmente, como a menudo luchaban en
las canoas, los vencedores traían a sus prisioneros a esta orilla donde, conforme a sus pavorosas
costumbres, los mataban y se los comían, como veremos más adelante.
Cuando descendí de la colina a la playa y estaba, como he dicho, en el extremo sudoeste de la isla, me
llevé una sorpresa que me dejó absolutamente confundido y perplejo. Me resulta imposible explicar el
horror que sentí cuando vi, sobre la orilla, un despliegue de calaveras, manos, pies y demás huesos de
cuerpos humanos y, en particular, los restos de un lugar donde habían hecho una fogata, en una especie de
ruedo, donde acaso aquellos innobles salvajes se sentaron a consumir su festín humano, con los cuerpos de
sus semejantes.
Estaba tan estupefacto ante este descubrimiento que, durante mucho tiempo no pensé en el peligro que
me acechaba. Todos mi temores quedaron sepultados bajo la impresión que me causó el horror de ver
semejante grado de infernal e inhumana brutalidad y tal degeneración de la naturaleza humana. A menudo
había oído hablar de ello pero hasta entonces no lo había visto nunca tan de cerca. En pocas palabras, aparté
la mirada de ese horrible espectáculo y comencé a sentir un malestar en el estómago. Estaba a punto de
desmayarme cuando la naturaleza se ocupó de descargar el malestar de mi estómago y vomité con inusitada
violencia, lo cual me alivió un poco. Mas no pude permanecer en ese lugar ni un momento más, así que
volví a subir la colina a toda velocidad y regresé a casa.
Cuando me había alejado un poco de aquella parte de la isla, me detuve un rato, como sorprendido.
Luego me repuse y, con todo el dolor de mi alma, con los ojos llenos de lá grimas y la vista elevada al
cielo, le di gracias a Dios por haberme hecho nacer en una parte del mundo ajena a seres abominables como
aquellos y por haberme otorgado tantos privilegios, aun en una situación que yo había considerado
miserable. En efecto, tenía más motivos de agradecimiento que de queja y, sobre todo, debía darle gracias a
Dios porque aun en esta desventurada situación me había reconfortado con su conocimiento y con la
esperanza de su bendición, que era una felicidad que compensaba con creces, toda la miseria que había
sufrido o podía sufrir.
Con este agradecimiento regresé a mi castillo y, a partir de ese momento, comencé a sentirme mucho más
tranquilo respecto a mi seguridad, pues comprendí que aquellas mise rables criaturas no venían a la isla en
busca de algo y, tal vez, tampoco deseaban ni esperaban encontrar nada. Seguramente, habían estado en la
parte tupida del bosque y no habían encontrado nada que satisficiera sus necesidades. Llevaba dieciocho
años viviendo allí sin tropezarme ni una vez con rastros de seres humanos y, por lo tanto, podía pasar
dieciocho años más, tan oculto como lo había estado hasta ahora, si no me exponía a ellos. Era poco
probable que algo así sucediese, puesto que lo único que tenía que hacer era mantenerme totalmente
escondido como siempre lo había hecho y, a menos que encontrase otras criaturas mejores que los
caníbales, no me dejaría ver.
Sin embargo, sentía tal aborrecimiento por esos malditos salvajes que he mencionado y de su
despreciable e inhumana costumbre de devorar a sus semejantes, que me que dé pensativo y triste y no me
alejé de los predios de mi circuito en dos años. Cuando digo mi circuito, me refiero a mis tres fincas, es
decir, mi castillo, mi casa de campo, a la que llamaba mi emparrado, y mi corral en el bosque. No seguí
buscando otro recinto para las cabras, pues la aversión que sentía hacia aquellas diabólicas criaturas era tal,
que me daba tanto miedo verlas a ellas como al demonio en persona. Tampoco volví a visitar mi piragua en
todo ese tiempo, sino que preferí hacerme otra, ya que no podía ni pensar en hacer un nuevo intento de
traerla a este lado de la isla, pues si me topaba con aquellos seres en el mar y caía en sus ma nos, sabría muy
bien a qué atenerme.
Pero el tiempo y la satisfacción de saber que no corría ningún riesgo de ser descubierto por esa gente,
comenzó a disipar mi inquietud y seguí viviendo con la misma calma que hasta entonces, solo que ahora
era más precavido y estaba más alerta a lo que ocurría a mi alrededor, no fuera que pudiesen verme.
También era más prudente al disparar mi escopeta por si había alguno en la isla que pudiese oírme. Era una
gran suerte disponer de un rebaño de cabras domésticas, pues no tenía que cazarlas ni dispararles en el
bosque. Si alguna vez capturé una cabra después de aquel día, fue con trampas y lazos, como lo había
hecho anteriormente y, en dos años, no disparé el arma ni una sola vez, aunque nunca salía sin ella. Más
aún, como tenía tres pistolas que había rescatado del barco, siempre llevaba, por lo menos, dos de ellas,
aseguradas a mi cinturón de cuero de cabra. También limpié uno de los machetes que tenía y me hice otro
cinturón para llevarlo. De este modo, cuando salía, tenía el aspecto más extraño que se pueda imaginar, si
se añade a la descripción que hice anteriormente de mi indumentaria, las dos pistolas y el machete de hoja
ancha que llevaba colgando, sin vaina, de un costado de mi cinturón.
Como he dicho, durante un tiempo, recuperé la calma y la tranquilidad aunque no dejé de tomar
precauciones. Todo esto me demostraba, cada vez con más claridad, que no me encontraba en una situación
tan deplorable como otros; más bien, estaba mucho mejor de lo que podía estar si Dios así lo hubiese
decidido. Esto me hizo pensar que si los hombres compararan su situación con la de otros que están en
peores circunstancias y no con los que están mejor, se sentirían agradecidos y no se quejarían de sus
desgracias. Como en la situación en la que me hallaba, en realidad no había demasiadas cosas que echara
de menos, pensé que los temores que había padecido a causa de aquellos salvajes y mi preocupación por
salvar mi vida, habían dismi nuido mi ingenio y me habían hecho abandonar el proyecto de hacer malta con
la cebada para, luego, tratar de hacer cerveza. Esto era, en verdad, un capricho y, a menudo, me reprochaba
mi ingenuidad, pues me daba cuenta de que para hacer cerveza necesitaba muchas cosas que no podía
procurarme. No disponía de barriles para conservarla, que, como ya he dicho, nunca logré fabricar, a pesar
de que pasé muchos días, más bien, semanas y meses intentándolo sin ningún éxito. Tampoco tenía lúpulo
ni levadura para que fermentase, ni una marmita u otro recipiente para hervirla. No obstante, creo
sinceramente que de no haber sido porque el miedo y el terror hacia los salvajes me interru mpie ron, me
habría empeñado en hacerla y, tal vez, lo habría lo grado, pues raras veces renunciaba a una idea una vez
que había reflexionado lo suficiente como para ejecutarla.
Pero ahora ocupaba mi ingenio en otros asuntos. No podía dejar de pensar cómo exterminar algunos de
esos monstruos en uno de sus crueles y sanguinarios festines, y de ser posible, salvar a la víctima que se
dispusieran a matar. Haría falta un libro mucho más voluminoso que este para ilustrar todos los métodos
que ideé para destruir a esas criaturas, o, por lo menos, para asustarlas y evitar que volviesen otra vez. Mas
todos eran inservibles porque requerían de mi presencia y ¿qué podía hacer un solo hombre contra ellos,
que quizás serían veinte o treinta, armados de lanzas, arcos y flechas con las que tenían tan buena puntería
como yo con mi escopeta?
A veces, pensaba en cavar un pozo en el lugar donde encendían su fuego y colocar cinco o seis libras de
pólvora que arderían apenas lo prendieran, haciendo volar todo lo que estuviese en los alrededores. Pero, en
primer lugar, no estaba dispuesto a gastar tanta pólvora en esto, más aún, cuando mis suministros se
reducían a un solo barril. En segundo lugar, no podía estar seguro de que la explosión se produjera en el
momento preciso y, por último, tal vez lo único que conseguiría sería chamuscarlos un poco y asustarlos, lo
cual no habría sido suficiente para que abandonaran la isla definitivamente. Por lo tanto, descarté esta idea
y decidí emboscarme en un lugar adecuado con tres escopetas de doble carga y, cuando estuviesen en
medio de su sangrienta ceremonia, abrir fuego contra ellos, asegurándome de matar o herir, al menos, a dos
o tres con cada disparo y, luego, caer sobre ellos con mis tres pistolas y mi machete. No dudaba que así los
exterminaría a todos aunque fuesen veinte. Me sentí complacido con esta fantasía durante unas semanas y
estaba tan obsesionado con ella que, a menudo, soñaba que la llevaba a cabo y estaba a punto de hacerlos
volar por los aires.
Llegué tan lejos en mi ficción, que pasé varios días buscando lugares convenientes para emboscarme, con
el propósito de observarlos. Volví tantas veces al lugar del festín que llegó a volverse familiar. Allí me
invadía un fuerte deseo de venganza y me imaginaba que derrotaba a veinte o treinta de ellos con mi espada
en un sangriento combate. Mas, el horror que me inspiraba el lugar y los rastros de esos miserables
bárbaros, me aplacaban el rencor.
Por fin, encontré un lugar conveniente en la ladera de la colina donde podía esperar a salvo la llegada de
sus piraguas y ocultarme en la espesura de los árboles antes de que se acercaran a la playa. En uno de los
árboles había un hueco lo suficientemente grande para esconderme por comple to. Allí, podría sentarme a
observar sus sanguinarios actos y dispararles a la cabeza cuando estuvieran más próximos unos de otros y
fuese casi imposible que errara el tiro o que no pudiese herir a tres o cuatro del primer disparo.
Opté por ese lugar y preparé dos mosquetes y la escopeta de caza para ejecutar mi plan. Cargué los dos
mosquetes con dos lingotes de cinco balas de calibre de pistola y la escopeta con un puñado de las
municiones de mayor calibre. También cargué cada una de mis pistolas con cuatro balas y, de este modo,
bien provisto de municiones para una segunda y tercera descarga, me preparé para la expedición.
Una vez hecho el esquema de mi proyecto y habiéndolo ejecutado mentalmente, todas las mañanas subía
la colina que estaba a unas tres millas o más de mi castillo, como so lía llamarlo, a fin de ver si descubría
sus piraguas en el mar o aproximándose a la isla. Pero, al cabo de dos o tres meses de vigilancia constante
y, no habiendo descubierto nada en la costa ni en toda la extensión de mar que podían abarcar mis ojos y mi
catalejo, me cansé de esta ardua labor.
Durante el tiempo que realizaba mi paseo diario hasta la colina, mi proyecto mantuvo todo su vigor y me
encontraba siempre dispuesto a ejecutar la monstruosa matanza de los veinte o treinta salvajes indefensos,
por un delito sobre el que no había reflexionado más allá del horror inicial que me causó esa perversa
costumbre de la gente de aquella región, a quienes, al parecer, la Providencia había desprovisto de mejor
consejo que sus vicios y sus abominables pasiones. Tal vez, desde hacía siglos, esta gente gozaba de la
libertad de practicar sus horribles actos y perpetuar sus terribles costumbres como seres completamente
abandonados por Dios y movidos por una infernal depravación. Sin embargo, como he dicho, cuando me
empezaba a cansar de las in fructuosas expediciones matutinas, que realizaba en vano desde hacía tanto
tiempo, comencé a cambiar de opinión y a considerar más fría y serenamente la empresa que había
decidido llevar a cabo. Me preguntaba qué autoridad o vocación tenía yo para pretender ser juez o verdugo
de estos hombres como si fuesen criminales, cuando el cielo había considerado dejarlos impunes durante
tanto tiempo para que fuesen ellos mismos los que ejecutaran su juicio. A menudo me debatía de este
modo: ¿cómo podía saber el juicio de Dios en este caso particular? Ciertamente, esta gente no comete
ningún delito al hacer esto porque no les remuerde la conciencia. No lo consideran una ofensa ni lo hacen
en desafío de la justicia divina, como nosotros cuando cometemos algún pecado. Para ellos, matar a un
prisionero de guerra no es un crimen como para nosotros tampoco lo es matar un buey; y para ellos, comer
carne humana les es tan lícito como para nosotros comer cordero.
Luego de reflexionar un poco sobre esto, llegué a la conclusión de que me había equivocado y que estas
personas no eran criminales en el sentido en que los había conde nado en mis pensamientos; no más
asesinos que los cristianos que, a menudo, dan muerte a los prisioneros que toman en las batallas, o que,
con mucha frecuencia, matan a tropas enteras de hombres, sin darles cuartel, aunque hubieran depuesto sus
armas y se hubieran rendido.
Después pensé que, aunque el trato que se dieran entre sí fuese brutal e inhumano, a mí no me habían
hecho ningún daño. Si me atacaban o si me parecía necesario para mi pro pia defensa, lucharía contra ellos
pero como no estaba bajo su poder y ellos, en realidad, no sabían de mi existencia y, por lo tanto, no tenían
planes respecto a mí, no era justo que los atacara. Algo así justificaría la conducta de los españoles y todas
las atrocidades que hicieron en América, donde destruyeron a millones de personas inocentes, a pesar de
que fueran bárbaros e idólatras y tuvieran la costumbre de realizar rituales salvajes y sangrientos, como el
sacrificio de seres humanos a sus dioses. Por esta razón, todas las naciones cristianas de Europa, incluso los
españoles, se refieren a este exterminio como una verdadera masacre, una sangrienta y depravada crueldad,
injustificable ante los ojos de Dios y de los hombres. De este modo, el nombre español se ha vuelto odioso
y terrible para todas las personas que tienen un poco de humanidad o compasión cristiana, como si el reino
español se hubiese destacado por haber producido una raza de hombres sin piedad, que es el sentimiento
que refleja un espíritu generoso.
Estas consideraciones me detuvieron en seco y comencé, poco a poco, a abandonar mi proyecto y a
pensar que me había equivocado en mi resolución de atacar a los salvajes pues no debía entrometerme en
sus asuntos a menos que me atacaran, lo cual, debía evitar si era posible. Mas, si me descubrían y atacaban,
sabía lo que tenía que hacer.
Por otra parte, me decía a mí mismo que este proyecto sería un obstáculo para mi salvación y me llevaría
a la ruina y la perdición si no tenía la absoluta certeza de ma tar, no solo a los que se encontrasen en la
playa, sino a todos los que pudiesen aparecer después, ya que, si alguno de ellos escapaba para contar lo
ocurrido a su gente, miles de ellos vendrían a vengar la muerte de sus compañeros y yo no habría hecho
más que provocar mi propia destrucción, lo cual era un riesgo que no corría en este momento.
En resumen, llegué a la conclusión de que, ni por principios ni por sistema, debía meterme en este
asunto. Mi única preocupación debía ser mantenerme fuera de su vista a toda costa y no dejar el menor
rastro que les hiciese sospechar que había otros seres vivientes, es decir, humanos, en la isla. La religión me
dio la prudencia y quedé convencido de que hacer planes sangrientos para destruir criaturas inocentes,
respecto a mí, por supuesto, era faltar a todos mis deberes. En cuanto a sus crímenes, ellos eran culpables
entre sí y yo nada tenía que ver con eso. Eran delitos nacionales y yo debía dejar que Dios los juzgara, ya
que es Él quien gobierna todas las naciones y sabe qué castigos imponerles a estas para subsanar sus
ofensas. Es Él quien debe decidir, como mejor le parezca, llevar a juicio público a quienes le han ofendido
públicamente.
De pronto, todo esto me parecía tan claro que me sentí muy satisfecho de no haber cometido una acción
que habría sido tan pecaminosa como un crimen premeditado. Me arrodillé y di gracias a Dios,
humildemente, por haberme librado del pecado de sangre y le imploré que me concediera la protección de
su Providencia para no caer en manos de los bárbaros, ni tener que poner las mías sobre ellos, a menos que
el cielo me lo indicara claramente, en defensa de mi propia vida.
Después de esto, pasé casi un año sintiéndome de ese modo. Deseaba tan poco encontrarme con aquellos
misera bles, que, en todo ese tiempo no subí ni una sola vez la coli na para ver si había alguno de ellos a la
vista, o si habían venido a la playa, a fin de no verme tentado a reanudar mis proyectos contra ellos, ni tener
la ocasión de asaltarlos. Me limité a buscar la piragua que estaba al otro lado de la isla para llevarla a la
costa oriental. Allí la dejé, en una pequeña ensenada que encontré bajo unas rocas muy altas, donde sabía
que los salvajes no se atreverían a ir, al menos, no en sus piraguas, a causa de la corriente.
Junto con mi piragua, llevé todas las cosas que había dejado allí, aunque no me hacían falta para hacer el
viaje: un mástil, una vela y aquella cosa que parecía un ancla pero que, en verdad, no podía llamarse ni
ancla ni arpón, si bien fue lo mejor que pude hacer. Lo transporté todo con el propósito de que nada pudiese
provocar la más mínima sospecha de que podía haber alguna embarcación o morada humana en la isla.
Aparte de esto, como he dicho, me mantuve más recluido que nunca, sin salir de mi celda, salvo para
realizar mis tareas habituales, es decir, ordeñar las cabras y cuidar el pe queño rebaño del bosque, que,
como estaba al otro lado de la isla, se hallaba fuera de peligro. Ciertamente, los salvajes que a veces
merodeaban por esta isla, jamás venían con el propósito de encontrar nada en ella y, por lo tanto, nunca se
alejaban de la costa. No dudo que estuvieran varias veces en ella, tanto antes como después de mis temores
y precauciones, por lo que no podía dejar de pensar con horror en cuál habría sido mi suerte si me hubiese
encontrado con ellos cuando andaba desnudo, desarmado y sin otra protección que una escopeta, casi
siempre cargada con pocas mu niciones, mientras exploraba todos los rincones de la isla. Menuda sorpresa
me habría llevado si, en lugar de la huella de una pisada, me hubiese topado con quince o veinte salvajes,
dispuestos a perseguirme, sin posibilidad de escapar de ellos a causa de la velocidad de su carrera.
A menudo, estos pensamientos me oprimían el alma y me afligían tanto que tardaba mucho en
recuperarme. Me preguntaba qué habría hecho, pues no me consideraba ca paz de haber puesto resistencia,
ni siquiera de haber tenido la lucidez de hacer lo que tenía que hacer; mucho menos lo que ahora, después
de mucha preparación y meditación, podía hacer. Cuando pensaba seriamente en esto, me sumía en un
profundo estado de melancolía que, a veces, duraba mucho tiempo. No obstante, terminaba dando gracias a
la Providencia por haberme salvado de tantos peligros invisibles y por haberme protegido de tantas
desgracias, de las que no habría podido escapar porque no tenía la menor sospecha de su existencia o de la
posibilidad de que ocurriesen.
Esto me hizo considerar algo que, con frecuencia, había pensado antes, cuando empezaba a ver las
generosas disposiciones del cielo frente a los peligros a los que nos expone mos en la vida: cuántas veces
somos salvados sin darnos cuenta; cuántas veces dudamos o, por así decirlo, titubeamos acerca del camino
que debemos seguir y una voz interna nos muestra un camino cuando nosotros pensábamos tomar otro;
cuántas veces nuestro sentido común, nuestra tendencia natural o nuestros intereses personales nos invitan a
escoger un camino y, sin embargo, un impulso interior, cuyo origen ignoramos, nos empuja a elegir otro y
luego advertimos que si hubiésemos seguido el que pensábamos o imaginábamos, nos habríamos visto
perdidos y arruinados. Estas y muchas otras reflexiones similares me llevaron a regirme por una norma:
obedecer la llamada interior o la inspiración secreta de hacer algo o de seguir algún camino cada vez que la
sintiera, aunque no tuviera razón alguna para hacerlo, salvo la sensación o la presión de ese presentimiento
sobre mi espíritu. Podría dar muchos ejemplos del buen resultado de esta conducta a lo largo de mi vida, en
especial, al final de mi permanencia en esta desgraciada isla; aparte de las muchas ocasiones en las que me
habría dado cuenta de la situación si la hubiese visto con los mismos ojos con los que veo ahora. Mas nunca
es tarde para aprender y no puedo sino aconsejar a todos los hombres prudentes, que hayan vivido experiencias
tan extraordinarias como la mía, incluso menos extraordinarias, que no subestimen las
insinuaciones secretas de la Providencia y hagan caso a esa inteligencia invisible, que no debo ni puedo
tratar de explicar, pero que, sin duda, constituye una prueba irrefutable de la existencia del espíritu y de la
comunicación secreta entre los espíritus encarnados y los inmateriales. Durante el resto de mi solitaria
residencia en este sombrío lugar, tuve ocasión de presenciar asombrosas pruebas de esto.
Pienso que al lector no le parecerá extraño que confiese que todas estas ansiedades, los peligros
constantes y las preocupaciones que me acechaban en este momento, pu sieron fin a mi ingenio y a todos
los esfuerzos destinados a mi futuro bienestar. Ahora debía velar por mi seguridad más que por mi sustento.
No me atrevía a clavar un clavo ni a cortar un trozo de leña por temor a hacer ruido; mucho me nos, disparar
un arma, por el mismo motivo y, sobre todo, me inquietaba hacer fuego, temiendo que el humo, visible a
gran distancia, me traicionase. Por esta razón, trasladé la parte de mis actividades que requerían fuego,
como la fabricación de cacharros, pipas y otros objetos, a mi nueva mo rada del bosque, donde, al cabo de
un tiempo, encontré, para mi indecible consuelo, una gran caverna natural en la que ningún salvaje habría
osado entrar, aunque se encontrara en su entrada, ni nadie que no se encontrara como yo, buscando un
refugio seguro.
La entrada de la cueva estaba al pie de una gran roca, donde, por mera casualidad (diría esto si no tuviese
abundantes razones para atribuir todas estas cosas a la Providen cia), me encontraba cortando unas gruesas
ramas de árboles para hacer carbón. Pero antes de proseguir, debo explicar la razón por la que hacía este
carbón y que era la siguiente:
Como ya he dicho, tenía mucho miedo de hacer fuego cerca de mi casa. Sin embargo, no podía vivir sin
hornear mi pan y sin cocinar mi carne y otros alimentos. Así, pues, quemaba la madera en el bosque, como
había visto que se hacía en Inglaterra, la cubría con tierra hasta que se carbonizaba. Luego apagaba el fuego
y llevaba a casa el carbón, que utilizaba para todos los menesteres que requerían fuego, sin el riesgo del
humo.
Pero esto es solo incidental. Mientras estaba cortando madera, advertí una especie de cavidad detrás de
una rama muy gruesa de un arbusto y sentí curiosidad por mirar en el interior. Cuando llegué a la entrada,
no sin mucha dificultad, vi que era muy amplia, es decir, que cabía de pie y, tal vez, con otra persona. Pero
debo confesar que salí con más prisa de la que había entrado, pues al mirar al fondo, que estaba totalmente
oscuro, divisé dos grandes ojos brillantes. No sabía si eran de diablo o de hombre pero parpadeaban como
dos estrellas con la tenue luz que se filtraba por la entrada de la cueva.
No obstante, después de una breve pausa, me repuse y comencé a decirme que era un tonto, que si había
vivido veinte años solo en una isla no podía tener miedo del diablo y que en esa cueva no había nada más
aterrador que yo mis mo. En seguida recobré el valor, hice una gran tea y volví a entrar con ella en la mano.
No había dado tres pasos cuando volví a asustarme como antes, pues oí un fuerte suspiro, como el lamento
de un hombre, seguido por un ruido entrecortado que parecía un balbuceo y, luego, por otro suspiro fuerte.
Retrocedí y estaba tan sorprendido que un sudor frío me recorrió todo el cuerpo y si hubiese tenido un
sombrero, no habría podido responder por él, pues mis cabellos eriza dos lo hubieran elevado por el aire.
Pero saqué valor de donde pude y me reanimé un poco con la idea de que el poder y la presencia de Dios
estaban en todas partes y me protegerían. Volví a dar unos pasos y, gracias a la luz de la tea, que sostenía
un poco más arriba de mi cabeza, descubrí, tumbado en la tierra, un monstruoso y viejo macho cabrío, que
parecía a punto de morir de pura vejez.
Le agité un poco para ver si lograba sacarlo de ahí y el animal intentó, en vano, ponerse en pie. Entonces
pensé que podía quedarse donde estaba pues, del mismo modo que me había asustado a mí, podía asustar a
los salvajes que se atrevieran a entrar en la cueva mientras le quedara algo de vida.
Repuesto de mi sorpresa, comencé a mirar a mi alrededor y me di cuenta de que la cueva era bastante
pequeña, es decir, que medía unos doce pies pero no tenía una forma re gular, ni redonda ni cuadrada, ya
que las únicas manos que habían trabajado en ella eran las de la naturaleza. También observé que en uno de
los costados había una apertura que se prolongaba hacia adentro pero era tan baja que me obligaba a entrar
arrastrándome. Tampoco sabía a dónde llevaba y como no tenía velas, no seguí explorando. Decidí que, al
día siguiente, regresaría con velas y una yesca que había hecho en la empuñadura de un mosquete con un
poco de pólvora.
Al otro día, volví con seis grandes velas hechas por mí, pues ahora hacía muy buenas velas con el sebo
de las cabras, y, andando a gatas, avancé por la cavidad unas diez yardas, lo cual, dicho sea de paso, era una
aventura bastante arriesgada, si se considera que no sabía hasta dónde lle gaba aquel pasadizo ni lo que
podría encontrar más adelante. Cuando llegué al final de este, advertí que el techo se elevaba casi veinte
pies, y puedo asegurar que en toda la isla se podía presenciar un espectáculo más maravilloso que la bóveda
y los costado de esta cueva o caverna. En las paredes se reflejaba la luz de mis dos velas multiplicada por
cien mil. Me imaginaba que en la roca había diamantes u otras piedras preciosas, pero no lo sabía con
certeza.
Aunque estaba totalmente a oscuras, la gruta era el lu gar más delicioso que podría imaginarse. El suelo
estaba seco y bien nivelado; lo cubría una fina capa de gravilla suelta y fina. No había animales venenosos
o nauseabundos ni humedad en las paredes o el techo. La única dificultad estaba en la entrada, la cual, me
parecía ventajosa, ya que me pro porcionaba el refugio que necesitaba. Este descubrimiento me llenó de
júbilo y decidí transportar allí, sin demora, algunas de las cosas que más me preocupaban, en especial, la
pólvora y todas las armas que tenía de reserva, a saber: dos de las tres escopetas de caza y tres de los ocho
mosquetes que tenía. Dejé los otros cinco en mi castillo, montados como si fueran cañones en el muro
exterior, y podía disponer de ellas, igualmente, si hacía alguna expedición.
Para transportar las municiones, tuve que abrir el barril de pólvora húmeda que había rescatado del mar.
Me di cuenta de que el agua había penetrado por todos los costa dos unas tres o cuatro pulgadas y que la
pólvora, al secarse y endurecerse, había formado una corteza que protegía el interior como la cáscara de
una fruta. De este modo, tenía unas sesenta libras de pólvora buena en el centro del barril, lo que me
sorprendió muy gratamente. La llevé toda a la gruta, salvo dos o tres libras que conservé en el castillo por
temor a cualquier contingencia. Llevé, además, todo el plomo que tenía reservado para hacer balas.
Me sentía como uno de esos antiguos gigantes que, según se dice, vivían en cavernas y cuevas en las
rocas, a las que nadie podía llegar, pues, mientras me hallaba en ese re fugio, me convencí de que ningún
salvaje podría encontrarme y, si lo hacía, jamás se atrevería a atacarme en ese lugar. El viejo macho cabrío,
que estaba moribundo cuando lo encontré, murió al día siguiente en la entrada de la cueva y me pareció
más fácil cavar un hoyo para echarlo en él y cubrirlo con tierra, que arrastrarlo hasta afuera; así que lo enterré
para evitar el mal olor.
Llevaba veintitrés años en la isla y estaba tan familiariza do con ella y con mi estilo de vida que, si
hubiese tenido la certeza de que los salvajes no vendrían a perturbarme, me habría resignado a capitular y
pasar allí el resto de mi vida, hasta el día en que me echara a morir, como el viejo macho cabrío, en la
gruta. También había encontrado algunos pequeños entretenimientos y diversiones que hacían transcurrir el
tiempo más rápida y plácidamente que antes. En primer lugar, como ya he dicho, le había enseñado a hablar
a mi Poll y lo hacía con tanta familiaridad, tan clara y articuladamente, que me proporcionaba una gran
satisfacción. Convivió cerca de veintiséis años conmigo y no sé cuántos más vivió, pues, según se creía en
el Brasil, vivían casi cien años. Acaso el pobre Poll aún siga vivo y llamando al pobre Robinson Crusoe.
Espero que ningún inglés tenga la mala suerte de ir allí y de escucharlo porque, con seguridad, creerá que
se trata del demonio. Mi perro me brindó una agradable y cariñosa compañía durante casi dieciséis años y
murió de puro viejo. En cuanto a los gatos, se multiplicaron, como he dicho, hasta el punto que tuve que
matar a muchos de ellos para evitar que me devorasen a mí junto con todas mis provisiones. Finalmente,
después que murieron los dos que me había traído, los demás, a fuerza de perseguirlos constantemente y
privarlos de alimento, huyeron a los bosques y se volvieron salvajes. Solo dos o tres favoritos, cuyas crías
ahogaba apenas nacían, formaron parte de mi familia. También conservaba siempre dos o tres cabras
domésticas, que aprendieron a comer de mi mano, y dos loros más que hablaban bastante bien y me
llamaban Robinson Crusoe. Mas ninguno como el primero, aunque, a decir verdad, nunca me preocupé por
ellos como por aquel. Tenía, además, algunas aves marítimas, cuyo nombre desconozco, a las que capturé
en la playa y les corté las alas. Como las pequeñas estacas que había plantado delante del castillo crecieron
hasta formar un espeso follaje, estas aves vivían y se reproducían en las copas de los árboles bajos, lo cual
me resultaba muy agradable. De este modo, como he dicho, empecé a sentirme muy complacido con mi
vida, con la única excepción del temor por los salvajes.
Pero estaba previsto que las cosas fuesen de otro modo y, tal vez, no sea inútil para todos los que lean mi
historia, hacer esta justa observación: Cuántas veces, en el curso de nuestras vidas, ocurre que el mal que
procuramos evitar, y que nos parece terrible cuando nos enfrentamos a él, resulta el verdadero camino de
nuestra salvación, el único a tra vés del cual podemos librarnos de nuestras desgracias. Podría dar muchos
ejemplos de esta situación, a lo largo de mi inenarrable existencia, pero ninguno tan notable como lo que
me ocurrió en los últimos años de mi solitaria residencia en esta isla.
Corría el mes de diciembre de mi vigesimotercer año en este lugar y, como ya he dicho estábamos en
pleno solsticio austral, pues no podría llamarlo invierno. Esta época era muy importante para mi cosecha,
que requería de mi constante presencia en el campo. Una mañana, muy temprano, casi antes de la salida del
sol, advertí con sorpresa el resplandor de un fuego en la playa, a unas dos millas de donde me hallaba, y en
dirección al extremo de la isla donde, como ya he observado, habían estado los salvajes; mas no en el lado
opuesto de la isla, sino en el mío.
El espectáculo me aterrorizó y me quedé cerca de mi arboleda, por temor a ser sorprendido. Aun así, no
me sentía tranquilo, pues, si en sus incursiones por la isla, los salvajes descubrían mi cereal, sembrado o
segado, o cualquiera de mis obras y mejoras deducirían inmediatamente que la isla estaba habitada y no
descansarían hasta encontrarme. Terriblemente angustiado, regresé directamente a mi castillo, recogí la
escalera e intenté darle un aspecto tan natural y agreste como pude.
Entonces, me atrincheré y me preparé para la defensa. Cargué toda mi artillería, como solía llamarla, es
decir, los mosquetes colocados en la nueva fortificación y todas las pistolas, y decidí defenderme hasta el
último suspiro, no sin antes encomendarme fervorosamente a la divina protección y rogarle a Dios que me
librase de caer en manos de los bárbaros. Permanecí en esa posición más de dos horas pero, más tarde,
comencé a sentirme impaciente por saber lo que ocurría fuera, ya que no tenía espías que me lo informaran.
Aguardé un poco más, pensando qué debía hacer en esta situación, mas no pude resistir por más tiempo
en la ignorancia; así que apoyé la escalera en el costado de la roca para subir hasta donde se formaba una
suerte de plataforma. Luego la retiré y volví a colocarla hasta que llegué a la cima de la colina. Allí me
acosté boca abajo sobre la tierra y cogí el catalejo que había llevado con toda intención para observar el
sitio. Descubrí a unos cinco salvajes desnudos, sentados alrededor de una pequeña fogata, no para
calentarse, pues no tenían necesidad de ello, ya que el clima era extremadamente caluroso, sino, como
supuse, para preparar alguno de sus horribles festines de carne humana, que habían traído consigo, no sé si
viva o muerta.
Habían llegado en dos canoas que estaban varadas en la orilla y, como la marea estaba baja, me pareció
que aguardaban a que subiera para marcharse. No es fácil imaginar la inquietud que me provocó este
espectáculo y, muy especialmente, que estuvieran en mi lado de la isla y tan próximos a mí. Mas cuando
pensé que siempre debían venir cuando bajara la marea, comencé a tranquilizarme y contentarme pensando
que podría salir sin peligro cuando la marea estuviese alta, a no ser que hubiesen llegado antes a la orilla.
Con esta idea, salí a realizar las tareas propias de la cosecha con cierta tranquilidad.
Sucedió tal y como lo había previsto, pues, apenas la corriente se puso hacia el oeste, los vi meterse en
sus canoas y alejarse con la ayuda de sus remo s. Debo observar que, antes de partir, estuvieron cerca de una
hora bailando, pues podía discernir claramente sus gestos y movimientos con mi catalejo. Pude apreciar,
mediante una minuciosa observación, que estaban completamente desnudos, sin el menor vestigio de
vestimenta sobre sus cuerpos pero no pude distinguir si eran hombres o mujeres.
Tan pronto como se embarcaron y partieron, salí con mis dos escopetas al hombro, dos pistolas en la
cintura y mi gran sable sin vaina, colgado a un costado. Subí a la colina, donde los había visto por primera
vez, tan velozmente como pude. Tardé aproximadamente dos horas en llegar (pues el peso de las armas me
impedía correr más rápidamente). Allí me di cuenta de que había otras tres canoas de los salvajes y, al
mirar a lo lejos, los vi a todos juntos en el mar navegando rumbo al continente.
Cuando descendí a la playa, pude observar el terrible espectáculo de su sangriento festín: la sangre, los
huesos y los trozos de carne humana, felizmente comida y devorada por aquellos miserables. Estaba tan
indignado ante lo que veían mis ojos, que comencé a premeditar la forma de destruir a los próximos que
volviera a ver por allí, sin importarme quiénes ni cuántos fueran.
Me pareció evidente que sus visitas a la isla no eran muy frecuentes, pues transcurrieron más de quince
meses antes de que regresaran; es decir, que durante todo ese tiempo, no volví a encontrar huellas ni
señales de ellos, ya que, en la época de lluvias, no podían salir de sus moradas, o, al me nos, alejarse tanto.
Sin embargo, durante todo este tiempo viví inquieto a causa del constante miedo a ser tomado por sorpresa,
por lo que puedo decir que temer al mal es mucho peor que padecerlo, en especial, cuando es imposible
liberarse de ese temor.
Durante todo este tiempo, me sentía invadido por un sentimiento criminal y pasaba muchas horas, que
pude haber empleado en mejores asuntos, imaginando cómo cer carlos y atacarlos la próxima vez que los
viera, en especial, si venían en dos grupos como la vez anterior. No se me ocurrió en aquel momento, que si
mataba a uno de los grupos, formado por diez o doce salvajes, según mis cálculos, al día siguiente, o a la
semana o el mes siguiente, debía matar otro y así, ad infinitum, hasta convertirme en un asesino de la
misma calaña que estos caníbales, si no peor.
Pasaba los días en medio de una gran perplejidad e in quietud, esperando caer, de un momento a otro, en
manos de estas despiadadas criaturas. Si alguna vez me aventuraba a sa lir, lo hacía mirando con el mayor
cuidado a mi alrededor y tomando todas las precauciones imaginables. Ahora me daba cuenta, para mi
consuelo, de cuán acertada había sido mi decisión de tener un rebaño o manada de cabras domésticas, pues
no me atrevía a disparar mi escopeta, sobre todo, en el lado de la isla donde solían venir los salvajes, por
miedo a alertarlos. Si bien es posible que hubiesen huido la primera vez, con seguridad, habrían vuelto al
cabo de algunos días con dos o tres centenares de canoas y yo sabría muy bien qué esperar. Sin embargo,
transcurrieron un año y tres meses antes de que volvieran los salvajes, como contaré más adelante. Es muy
probable que hubiesen venido dos o tres veces pero no se quedaron, o, al menos, yo no los escuché. Mas, en
el mes de mayo de mi vigesimocuarto año, según mis cálculos, tuve un encuentro con ellos.
Durante los quince o dieciséis meses que he mencio nado, me sentí muy perturbado. Dormía inquieto,
tenía sueños horribles y, a menudo, despertaba sobresaltado. Durante el día, me oprimían las
preocupaciones y, por la noche, soñaba que mataba a los salvajes y buscaba justificaciones para ello. Pero
dejemos esto por un momento. Fue a mediados de mayo, me parece que el día 16 según lo indicaba mi
pobre calendario de madera, pues seguía registrando los días en el poste; digo que sería el 16 de mayo,
cuando se desató una violenta tormenta con muchos truenos y relámpagos. La noche siguiente fue
espantosa y no sé por qué, pero estaba leyendo la Biblia y haciendo graves reflexiones sobre mi situación,
cuando me sorprendió lo que me pare ció un cañonazo en el mar.
Esta era una sorpresa muy distinta de todas las que había experimentado hasta entonces, pues me hizo
pensar en otras cosas. Me levanté tan rápidamente como pudiera ima ginarse y, en un momento, apoyé la
escalera contra la roca y subí a la plataforma. Retiré la escalera nuevamente y subí hasta la cima de la
colina, en el momento en que un resplandor de fuego me anunció un segundo cañonazo, que en efecto,
llegó hasta mis oídos casi medio minuto después . Por el sonido, supe que provenía de aquella parte del mar
donde la corriente había arrojado mi bote.
Inmediatamente pensé que debía tratarse de un barco en peligro y que alguna otra embarcación le
acompañaba, pues disparaba los cañones en señal de alarma para pedir socorro. En ese momento, presentí
que si podía auxiliarlos, tal vez, ellos también me auxiliarían a mí, de modo que junté toda la madera seca
que encontré a mano, hice una gran pila con ella y le prendí fuego en la cima de la colina. Como la madera
estaba seca, prendió rápidamente y, aunque el viento soplaba con mucha intensidad, ardió lo suficiente
como para que, si aquello era un barco, con toda certeza pudiera verla. En efecto, así ocurrió, pues, apenas
ardió la llama, escuché otro cañonazo y, después, varios más, todos procedentes del mismo punto. Alimenté
el fuego toda la noche hasta el amanecer y, cuando se hizo de día, y el aire se despejó, divisé algo en el
mar, a gran distancia, al este de la isla, mas no podía precisar, ni siquiera con la ayuda del catalejo, si se
traba de una vela o del casco de un navío.
Durante todo el día miré con frecuencia en aquella dirección y pronto advertí que el objeto estaba
inmóvil, así que deduje que era un barco anclado, pero como me halla ba ansioso por saberlo con certeza,
como puede suponerse, cogí la escopeta y corrí hacia el extremo sur de la isla, hasta las rocas a las que
había sido arrastrado por la corriente. Cuando llegué hasta allí, puesto que el día estaba completamente
despejado, pude ver claramente y para mi mayor desconsuelo, el naufragio de un barco, arrojado durante la
noche contra las rocas sumergidas que había hallado en mi excursión con la piragua. Estas rocas,
resistiendo a la violencia de la corriente, formaban una especie de contracorriente o remolino, que me había
librado de la situación más desesperada de toda mi vida.
Lo que constituye la salvación de un hombre, es la ruina de otro, pues, al parecer, estos hombres, quienes
quiera que fueran, al no tener conocimiento de aquellas rocas, total mente ocultas por el agua, habían sido
empujados contra ellas durante toda la noche por un fuerte viento del este y del este-noreste. Si la
tripulación hubiese visto la isla, lo cual dudo mucho, habría intentado usar un bote para llegar a tierra. Mas
los cañonzos que dispararon en señal de auxilio, en especial, cuando vieron mi fogata, tal como imagino,
me llenaron la cabeza de pensamientos. Primero pensaba que, al ver mi fuego, se habían lanzado en el bote
para lle gar a la orilla pero, tal vez, la fuerte marea los había hecho zozobrar. En otras ocasiones imaginaba
que habían perdido el bote desde el principio, como suele pasar cuando las olas azotan la nave, lo que
obliga a los hombres a destrozarlo y arrojarlo al mar. Otras veces, imaginaba que los acompañaba otro
navío, o navíos, que, alertados por las señales de auxilio, los habían socorrido y rescatado. Por momentos,
pensaba que todos habían embarcado en el bote y habían sido arrastrados por la misma corriente que me
había arrastrado a mí, hacia el vasto océano, donde no encontrarían más que agonía y muerte; o, tal vez,
agobiados por el hambre, a es tas alturas se estarían comiendo unos a otros.
Pero como todo aquello no eran más que conjeturas, en la situación que me hallaba no podía hacer otra
cosa que lamentar la desgracia de aquellos pobres hombres y apia darme de ellos, lo cual, me hacía sentir
cada vez más agradecido a Dios, por la felicidad y la abundancia que me había prodigado en mi desolada
situación y por haber permitido que, de dos tripulaciones que habían naufragado en aquellas costas, yo
fuese el único superviviente. Comprendí, nuevamente, que es muy raro que la Providencia divina nos arroje
en una situación tan deplorable o en una miseria tan grande como para que no encontremos algún motivo
de gratitud o reconozcamos que hay otros en peores circunstancias que las nuestras.
Aquella había sido, sin duda, la suerte de estos hombres y no tenía razones para suponer que alguno de
ellos se hubiese salvado. No podía esperar ni desear que no hu biesen muerto todos, a no ser que hubiesen
sido rescatados por otra embarcación, lo cual era muy poco probable, pues no veía ninguna señal o rastro
de que algo así hubiese sucedido.
No puedo hallar las palabras precisas para expresar la extraña melancolía y los ardientes deseos que este
naufragio suscitó en mi espíritu y que me hacían exclamar: «¡Oh, si al menos uno o dos, es más, solo un ser
se hubiese salvado de este naufragio, o hubiese podido llegar hasta aquí, para que yo pudiese tener un
compañero, un semejante con quien poder hablar y conversar!» En todo el transcurso de mi vida solitaria,
nunca había deseado tanto la compañía humana, ni había sentido una pena tan profunda por no tenerla.
Tenemos unos resortes secretos en el corazón que, mo vidos por algún objeto, presente o ausente, que se
muestra ante nuestra imaginación, impulsan nuestra alma con tan ta fuerza hacia ese objeto que su ausencia
se vuelve insoportable.
Tal era mi ferviente deseo de que tan solo un hombre se hubiese s alvado: «¡Oh, si tan solo uno se hubiese
salvado!», repetía una y mil veces: «¡Oh, si tan solo uno se hubiese sal vado!» Estaba tan trastornado por
este deseo, que cuando decía esas palabras, entrelazaba las manos y apretaba tanto los dedos, que si hubiese
tenido algo frágil entre ellas, lo habría roto involuntariamente; y apretaba los dientes con tanta fuerza, que a
veces no podía separarlos.
Dejemos que los naturalistas expliquen estas cosas, su razón y su forma de ser. Lo único que puedo hacer
yo, es describir un hecho que me sorprendió cuando tuvo lugar, y cuya procedencia ignoro del todo.
Seguramente, se debió al efecto de mis ardientes deseos y la fuerza de mis pensamientos, de imaginar el
consuelo que me habría proporcio nado conversar con un cristiano como yo.
Pero no estaba previsto de ese modo. Su destino, el mío o el de todos, lo impedía, pues hasta mi último
año de permanencia en esta isla, ignoré si alguien se había salva do de aquel naufragio. Solo alcancé a ver,
para mi desdicha, el cuerpo de un joven marinero que llegó al extremo de la isla más próximo al lugar del
naufragio. Solo llevaba puestos una casaca marinera, un par de calzones de paño abiertos en las rodillas y
una camisa de lienzo azul, pero nada que me permitiese adivinar de qué nación provenía. En sus bolsillos
no había más que dos piezas de a ocho y una pipa. Esta última, para mí, valía diez veces más que el dinero.
El mar se había calmado y estaba empeñado en aventurarme a llegar al barco en la piragua. Tenía la
certeza de que encontraría cosas de utilidad a bordo pero no era eso lo que me impulsaba, sino la esperanza
de encontrar algún ser a quien pudiese salvarle la vida, y con ello, reconfortar la mía en sumo grado. Me
aferré de tal modo a esta idea, que no encontraba reposo ni de día ni de noche y solo pensaba en llegar hasta
la nave en mi bote. Me encomendé a la Providencia de Dios, sabiendo que el impulso era tan fuerte que no
podía resistirme a él, que debía provenir de algún invisible designio y que me arrepentiría si no lo hacía.
Dominado por esta impresión, corrí hacia mi castillo a prepararme para el viaje. Cogí una buena porción
de pan, una gran vasija de agua fresca, una brújula para orientar me, una botella de ron, pues aún tenía
bastante en la reserva, y un cesto lleno de pasas. Cargado con todo lo necesario para el viaje, me dirigí
hacia la piragua, le vacié el agua, deposité en ella el cargamento y la eché al mar. Luego regresé a casa para
recoger el segundo cargamento, que consistía en un gran saco de arroz, la sombrilla, que me colocaría sobre
la cabeza para que me protegiera del sol, otra vasija llena de agua, casi dos docenas de panes o tortas de
cebada, una botella de leche de cabra y un queso. Llevé todo esto a la piragua, no sin mucho esfuerzo y
sudor, y, rogándole a Dios que guiara mi viaje, me puse a remar en dirección noreste a lo largo de la costa
hasta llegar al extremo de la isla. Ahora tenía que decidir si me aventuraba a lanzarme al océano. Observé
las rápidas corrientes que pasaban a ambos lados de la isla y me parecieron tan terribles, por el recuerdo del
peligro en que me había encontrado, que comencé a perder valor, pues me daba cuenta de que si caía en
una de ellas, sería arrastrado mar adentro y perdería de vista la isla. Si esto ocurría, como mi piragua era
muy pequeña, la menor ráfaga de viento me perdería irremediablemente.
Esta idea me angustió tanto que comencé a darme por vencido. Conduje mi bote a una pequeña ensenada
en la orilla, salí y me senté en un pequeño promontorio de tierra, muy pensativo y ansioso, debatiéndome
entre el miedo y el deseo de realizar la expedición. Mientras pensaba, observé que la marea comenzaba a
subir, lo que, por unas cuantas horas, me impediría volver a salir al mar. Entonces, pensé que debía subir a
la parte más elevada que pudiese encontrar para observar los movimientos de las corrientes cuando subiera
la marea y, de este modo, poder juzgar si había alguna que me trajese rápidamente de vuelta a la isla, en
caso de que otra me alejara de ella. No bien hube pensado esto, me fijé en una pequeña colina que
dominaba ambos lados, desde donde podía ver claramente la dirección de las corrientes y el rumbo que
debía seguir para regresar. Allí pude observar que la corriente de bajamar partía del extremo sur de la isla
mientras que la de pleamar regresaba por el norte, de modo que, no tenía más que dirigirme hacia la punta
septentrional de la isla para regresar sin dificultad.
Animado con esta observación, decidí partir a la mañana siguiente con la primera marea. Pasé toda la
noche en la canoa, cubierto con el gran capote que mencioné ante riormente y me lancé al mar. Primero
navegué un corto trecho rumbo al norte, hasta que me sentí arrastrado por la corriente que iba hacia el este.
Esta me impulsó con bastante fuerza, pero no tanta como lo había hecho anteriormente la corriente del sur,
lo que me permitió seguir gobernando el bote. Remando enérgicamente, me acerqué a toda velocidad al
barco y, en menos de dos horas, llegué hasta él.
Era un espectáculo desolador; el barco, de construcción española, estaba encallado entre dos rocas. La
popa y uno de sus costados habían sido destrozados por el mar y, como el castillo de proa se había
estrellado contra las rocas, el palo mayor y el trinquete se habían quebrado, aunque el bauprés seguía
intacto, así como la proa. Cuando me acerqué, apareció un perro, que, al verme, comenzó a aullar y a gemir.
Apenas lo llamé, saltó al mar para venir hasta mí y lo llevé al bote. Estaba muerto de hambre y sed. Le
di un pedazo de pan y se lo comió como si fuese un lobo famélico que hubiese pasado quince días sin
alimento en la nieve. Después le di un poco de agua y, si lo hubiese dejado, el pobre animal habría bebido
hasta reventar.
Luego subí a bordo y lo primero que divisé fueron dos hombres ahogados en la cocina, sobre el castillo
de proa, que estaban abrazados. Deduje que, posiblemente, al desatarse la tormenta, el barco se había
encallado y los embates del mar debieron ser tan fuertes y tan constantes, que aquellos pobres homb res, no
pudieron resistir y se habían ahogado como si estuviesen bajo el agua. Aparte del perro, no había otro ser
viviente en el barco y todo su cargamento, según pude comprobar, se estropeó con el agua. Había algunos
toneles de licor en el fondo de la bodega, que pude ver cuando el agua se retiró, mas no sabía si contenían
vino o brandy; amén de que eran demasiado grandes para transportarlos. Vi varios cofres, que, sin duda,
pertenecían a los marineros y los llevé al bote sin examinar su contenido.
Si en lugar de la popa tan solo se hubiese destrozado la proa, estoy seguro de que mi viaje habría sido
más fructífero, pues por el contenido de esos dos cofres, podía imagi nar con razón, que el barco llevaba
muchas riquezas a bordo. Supongo, por el rumbo que llevaba, que partió de Buenos Aires o del Río de la
Plata en la América meridional, más allá de Brasil, en dirección a La Habana, en el golfo de México y, de
allí, seguramente a España. Sin duda, transportaba un gran tesoro, si bien bastante inútil para todos en este
momento. Qué pudo haber sido del resto de la tripula ción, tampoco lo sabía.
Aparte de los cofres, encontré un pequeño barril lleno de licor, de unos veinte galones, que llevé hasta mi
bote con gran dificultad. Había numerosos mosquetes en una cabina y un gran cuerno que contenía unas
cuatro libras de pólvora. Como los mosquetes no me servían, los dejé, pero me llevé el cuerno de pólvora,
así como una pala y unas tenazas que me hacían mucha falta, dos pequeñas vasijas de bronce, una
chocolatera de cobre y una parrilla. Con este cargamento y el perro, me puse en marcha cuando la corriente
comenzó a fluir hacia la isla. Esa misma tarde, casi una hora antes del anochecer, llegué a tierra extenuado.
Aquella noche dormí en el bote y, al amanecer, decidí llevar lo que había rescatado a mi nueva cueva y
no al castillo. Después de refrescarme, llevé todo mi cargamento a la playa y comencé a examinarlo. El
tonel de licor contenía una especie de ron, distinto al que teníamos en Brasil, es decir, bastante malo. Mas
cuando abrí los cofres, hallé mu chas cosas de gran utilidad, como, por ejemplo, una caja de botellas
extraordinarias, llenas de cordiales exquisitos. Las botellas eran de tres pintas y tenían la tapa recubierta de
plata. Encontré dos botes de dulces deliciosos, tan bien cerrados, que el agua salada no los había
estropeado, pero había otros dos, que sí se habían estropeado. Encontré algunas camisas muy buenas, casi
media docena de pañuelos de lino blanco y corbatas de colores; los primeros me venían muy bien para
secarme el sudor de la cara en los días de calor. Aparte de esto, al llegar al fondo del cofre, encontré tres
grandes sacos llenos de piezas de a ocho, que sumaban unas mil cien piezas en total. En uno de ellos,
envueltos en papel, había seis doblones de oro y algunos lingotes de oro que, en total, podían pesar cerca de
una libra.
En el otro cofre encontré algunas cosas de poco valor. Por su contenido, el cofre debía pertenecer al
artillero, aunque no encontré pólvora, con la excepción de unas dos li bras de pólvora escarchada61,
guardada en tres pequeños frascos y, seguramente, destinada a usarse para la caza. En resumidas cuentas,
conseguí muy pocas cosas de utilidad en el viaje, pues, el dinero no me servía de nada; era como el polvo
bajo mis pies, y lo habría cambiado todo por tres o cuatro pares de zapatos ingleses y calcetines, que desde
hacía mucho tiempo necesitaba. Tenía dos pares de zapatos, que les había quitado a los dos hombres
ahogados que hallé en el barco, y luego encontré otros dos pares en uno de los cofres, los cuales me venían
muy bien, aunque no eran como nuestros zapatos ingleses, ni por su comodidad ni su resistencia; más bien,
eran lo que solemos llamar escarpines. En este cofre también encontré cincuenta piezas de a ocho en reales,
pero no encontré oro, por lo cual, supuse que debía pertenecer a un hombre más pobre que el dueño del
primero, que, seguramente, sería un oficial.
61 Los granos de la mejor pólvora se barnizaban con grafito para evitar que ardie ran rápidamente y fueran
más seguros.
No obstante, llevé el dinero a mi casa en la cueva y lo guardé, como lo había hecho con el que había
rescatado de nuestro barco. Era una lástima, ya lo he dicho, que no pu diese encontrar el resto del
cargamento que venía en el barco, pues estoy seguro de que habría podido cargar mi canoa varias veces con
dinero y, si algún día lograba escapar a Inglaterra, lo habría dejado a salvo en la cueva hasta que pudiese
regresar a buscarlo.
Después de haber desembarcado todas mis pertenencias y guardarlas en un lugar seguro, regresé al bote,
remé a lo largo de la costa hasta la vieja rada y allí lo dejé. Luego re gresé tan rápidamente como pude a mi
hogar, donde hallé todo seguro y en orden. Entonces comencé a sentirme más tranquilo y reanudé mis
antiguas costumbres y mis labores domésticas. Por un tiempo, logré vivir tranquilamente, si bien estaba
más atento que antes y salía mucho menos. Si alguna vez salía libremente, era siempre por la parte oriental
de la isla, donde estaba casi seguro de que no llegaban los salvajes y, por tanto, no tenía que tomar
demasiadas precauciones, ni andar cargado de tantas armas y municio nes, como cuando iba en la otra
dirección.
Viví casi dos años más en estas condiciones pero mi desdichada cabeza, que parecía haber sido creada
para la desgracia de mi cuerpo, se llenaba de planes y proyectos para escapar de la isla. A veces, pensaba
hacer otra expedición al barco naufragado, aunque la razón me decía que no hallaría nada en él que
compensara el riesgo del viaje. Otras veces, contemplaba la idea de ir a una u otra parte y creo firmemente
que si hubiese contado con la chalupa en la que huí de Salé, me habría aventurado a navegar, sin saber a
dónde iba.
He sido, en todas las circunstancias de mi vida, un vivo ejemplo de aquellos que padecen de esta plaga
general que ataca a la humanidad, de donde proceden, a mi entender, la mitad de las desgracias que ocurren
en el mundo; me refiero a la inconformidad con los designios de Dios y la naturaleza. No quiero hablar de
mi estado inicial ni de mi resistencia a los excelentes consejos de mi padre, lo cual considero como mi
pecado original; ni de los errores simila res que cometí y que me llevaron a esta miserable situación. Si la
misma Providencia que me había destinado a establecerme felizmente en Brasil como hacendado, hubiese
puesto límites a mis deseos; si me hubiese conformado con avanzar poco a poco, a estas alturas (me refiero
al tiempo que llevo viviendo en esta isla) sería uno de los hacendados más prósperos de Brasil, pues, a
juzgar por los progresos que hice en el poco tiempo que viví allí, y los que habría hecho de no haberme
marchado, seguramente tendría unos cien mil moidores62. ¿Por qué tenía que abandonar una fortuna
establecida y una buena plantación, en pleno crecimiento y desarrollo, para embarcarme rumbo a Guinea en
busca de negros, cuando con paciencia y tiempo hubiese acrecentado mi fortuna, de tal modo que hubiese
podido comprarlos a los que se ocupan del tráfico de negros desde mi propia casa? Incluso, si hubiese
tenido que pagar algo más por ellos, la diferencia en el precio, no valía el riesgo tan desmedido.
Pero estas cosas suelen pasarles a los jóvenes y la reflexión sobre ellas, es, normalmente, ejercicio de la
edad avanzada o de una experiencia que se paga demasiado cara. Yo me hallaba en esta etapa y, sin
embargo, el error se había arraigado tan profundamente en mi naturaleza, que no era capaz de contentarme
con mi situación, sino que me dedicaba continuamente a pensar en los medios y posibilidades de huir de
este lugar. Para poder relatar el resto de mi historia, con mayor placer del lector, no sería inadecuado hacer
un recuento de los primeros planes de mi alocada huida y las directrices que seguí para ejecutarlo.
62 Moidor: Antigua moneda de oro portuguesa que equivalía a unos 27 chelines. Su nombre proviene del
portugués moeda d'ouro.
Me hallaba en mi castillo, y después del último viaje al barco naufragado, había dejado mi embarcación a
salvo bajo el agua, como de costumbre, y mi situación había vuel to a ser la de antes. Mi fortuna había
crecido pero no era más rico por ello, pues me valía lo que a los indios del Perú antes de la llegada de los
españoles.
Una de esas noches lluviosas de marzo, en el vigesimo cuarto año de vida solitaria, me encontraba
despierto en mi lecho o hamaca. Disfrutaba de buena salud, pues no me do lía nada, ni me hallaba
indispuesto o febril, ni más intranquilo que de costumbre. No obstante, no podía conciliar el sueño y no
pegué ojo en toda la noche por lo que voy a narrar a continuación.
Sería tan imposible como inútil relatar la cantidad de pensamientos que giraban en mi cabeza esa noche.
Repasé toda la historia de mi vida en miniatura o en resumen, como podría decirse, antes y después de mi
llegada a la isla.
Al pensar en lo que me había ocurrido desde mi llegada a las costas de esta isla, comparaba la
tranquilidad con la que transcurrían mis asuntos durante los primeros años con el estado de ansiedad, miedo
y cuidado en el que vivía desde que descubrí la huella de una pisada en la arena. No se trataba de creer que
los salvajes no hubiesen frecuentado la isla antes de este descubrimiento; incluso, que no hubiesen venido
cientos de ellos hasta la costa, pero como en aquel mo mento no lo sabía, no sentía ningún temor. Mi
satisfacción era total, aunque estuviese expuesto al mismo peligro y me sentía tan feliz de ignorarlo como
si, en realidad, no estuviera amenazado por él. En esta situación, mis reflexiones eran fructíferas, en
particular, la siguiente: que la Providencia había sido infinitamente buena al imponerles límites a la visión y
la inteligencia de los hombres, que aunque caminen en medio de tantos miles de peligros, cuyo
conocimiento turbaría su espíritu y abatiría su alma, conservan la calma y la serenidad por el
desconocimiento de las cosas que ocurren a su alrededor y los peligros que les acechan.
Después de reflexionar un poco sobre estos asuntos, comencé a considerar seriamente los peligros a los
que había estado expuesto durante tantos años en esta isla, la cual había recorrido con toda la seguridad y la
tranquilidad del mundo, sin saber que, tal vez, la cumbre de una colina, un árbol gigantesco o la simple
caída de la noche, se habían interpuesto entre mí y la peor de las muertes, es decir, caer en manos de los
caníbales y salvajes, que me habrían perseguido como a una cabrá o una tortuga, pensando que, al ma tarme
y devorarme, no cometían un crimen mayor que el que yo realizaba al comerme una paloma o un chorlito.
Estaría calumniándome a mí mismo si no digo que me sentía sinceramente agradecido a mi divino
Salvador, a cuya singular protección, confieso humildemente, debía mi salvación, pues sin ella, habría
caído inevitablemente en las despiadadas manos de los salvajes.
Luego de estas consideraciones, comencé a reflexionar sobre la naturaleza de aquellas miserables
criaturas, me re fiero a los salvajes, y a preguntarme cómo era posible que el sabio Gobernador de todas las
cosas, hubiese abandonado a algunas de sus criaturas a semejante inhumanidad, más aún, a algo peor que la
brutalidad misma, como es devorar a los de su propia especie. No obstante, como esto no eran más que
especulaciones (y, en aquel momento, completamente vanas) me puse a pensar en qué parte del mundo vivían
estos miserables, a qué distancia se hallaba la tierra de la que provenían, por qué se aventuraban tan
lejos de sus moradas, qué clase de embarcaciones utilizaban y por qué no podía ir hacia donde estaban ellos
del mismo modo que ellos venían has ta donde estaba yo.
Nunca me detuve a pensar qué sería de mí cuando llegara allí, cuál sería mi suerte si caía en manos de los
salvajes, ni cómo podría escapar si me capturaban. Tampoco pensaba en cómo podría alcanzar la costa sin
que me vieran, lo que habría sido mi perdición, ni qué hacer, si lograba no caer en sus manos, para
procurarme el sustento, ni mucho me nos, el rumbo que debía tomar. Ni uno solo de estos pensamientos
cruzó por mi mente, dominada por la idea de llegar al continente en mi piragua. Mi situación me parecía la
más miserable del mundo y no podía imaginarme nada peor que la muerte. Pensaba que podría llegar al
continente, donde, tal vez, hallaría consuelo, o navegar a lo largo de la costa, como lo había hecho en
África, hasta llegar a algún lugar habitado, donde pudiese ser rescatado. Después de todo, tal vez
encontraría un barco cristiano que me recogiese y, en el peor de los casos, moriría, lo cual pondría punto
final a todas mis desgracias. Es preciso advertir que todos estos pensamientos provenían de mi turbación y
mi impaciencia, exacerbadas por el recuerdo de los trabajos y las decepciones que padecí a bordo del barco
naufragado, donde estuve tan cerca de hallar lo que tanto deseaba: alguien con quien hablar, que me
explicara dónde estaba y los medios posibles de liberarme. Por eso digo que todos estos pensamientos me
tenían completamente trastornado. Mi calma y mi resignación a los designios de la Providencia, así como
mi sumisión a la voluntad del cielo, parecían haberse interrumpido y no hallaba forma de distraer mis
pensamientos del proyecto del viaje al continente, que me obsesionaba de tal modo que me resultaba
imposible resistirlo.
Durante más de dos horas este deseo me invadió con tanta fuerza que me bullía la sangre y me alteraba el
pulso como si el mero fervor de mis pensamientos me hubiese provocado fiebre. Entonces la naturaleza,
como agotada y extenuada por mi obsesión, me arrojó en un profundo sueño. Podría pensarse que soñé con
todo esto, mas no fue así. Soñé que salía de mi castillo una mañana, como de costumbre, y veía dos canoas
en la costa, de las cuales desembarcaban once salvajes que llevaban consigo a otro de ellos, a quien iban a
matar para, después, comérselo. De pronto, el salvaje al que iban a sacrificar, daba un salto y huía para
salvarse. Me pareció ver en mi sueño que corría hacia la espesa arboleda frente a mi fortificación para
ocultarse y, advirtiendo que estaba solo y que los otros no lo buscarían en esa dirección, me presentaba ante
él y le sonreía. Entonces se arrodillaba ante mis pies, como pidiendo ayuda y yo le mostraba la escalera y le
hacía subir, le llevaba a la cueva y se convertía en mi servidor. Tan pronto tuve a este hombre conmigo, me
dije: «Ahora sí puedo aventurarme hacia el continente, pues este compañero me servirá de piloto, me dirá
qué debo hacer, dónde buscar provisiones, dónde no debo ir si no quiero ser devorado, hacia qué lugares
debo aventurarme y cuáles debo evitar.» En esto desperté y me sentí invadido por la indescriptible
sensación de felicidad que me había causado la perspectiva de mi libertad pero al volver en mí y descubrir
que no era más que un sueño, me sentí igualmente invadido por la tristeza y el desencanto.
No obstante, llegué a la conclusión de que la única forma de llevar a cabo un intento de huida era con la
ayuda de, algún salvaje y, de ser posible, alguno de los prisioneros que los salvajes traían para darles
muerte y devorarlos. Mas aún quedaba otra dificultad que superar: era imposible ejecutar mi plan sin tener
que atacar antes a toda una caravana de salvajes, lo cual suponía un acto desesperado, que podía fracasar.
Por otra parte, dudaba mucho de la legitimidad de semejante acto y mi corazón se agitaba ante la idea de
derramar tanta sangre, aunque fuera para salvarme. No tengo que repetir los argumentos contra este plan
que se me ocurrían, pues son los mismos que he mencionado anteriormente; solo que ahora tenía otros
motivos, a saber, que aquellos hombres constituían una amenaza para mi vida y me comerían si tuviesen la
oportunidad; que lo único que hacía era protegerme de semejante muerte; que actuaba en defensa propia
como si en verdad estuviesen atacándome; y cosas por el estilo. Pero, a pesar de que, como he dicho, tenía
todos estos argumentos a mi favor, la idea de derramar sangre humana para salvarme me resultaba tan
terrible que no lograba reconciliarme con ella en modo alguno.
Finalmente, después de una prolongada incertidumbre, pues todos estos argumentos se agitaron durante
mucho tiempo en mi cabeza, mi vehemente deseo de liberación prevaleció sobre todo lo demás y decidí
que, si era posible, echaría mano de alguno de aquellos salvajes a, toda costa. Ahora tenía que pensar en la
forma de hacerlo y esto era lo más difícil. Mas, como no se me ocurrió nada, decidí ponerme en guardia y
acecharlos cuando desembarcasen, dejando el resto a lo que aconteciese y haciendo lo que las circunstancias
requirieran.
Con esta resolución, me dediqué a observar la costa tantas veces como pude, lo cual llegó a causarme una
profunda fatiga. Casi todos los días, durante un año y medio, me dirigía a la costa occidental de la isla para
observar la lle gada de sus canoas pero no aparecieron. Esto me desalentó mucho y comencé a sentir una
gran inquietud, aunque en este caso no podía decir, como en ocasiones anteriores, que mi deseo hubiese
disminuido en lo más mínimo. Más aún, cuanto más tardaban en llegar, más crecía mi ansiedad. En pocas
palabras, mi preocupación inicial de no ser visto por estos salvajes y de evitar que me descubrieran era
menor que mi actual deseo de caer sobre ellos.
Aparte de esto, imaginaba que capturaba a uno, mejor, a dos o tres salvajes y los convertía en mis
esclavos, dispuestos a hacer todo lo que les indicara y desprovistos de todos los medios para hacerme daño.
Durante mucho tiempo abrigué esta idea pero todas mis fantasías se redujeron a nada, ya que nunca se
presentó la ocasión de realizarlas. De repente, una mañana, muy temprano, divisé, para mi sorpresa, al
menos cinco canoas en la playa en mi lado de la isla. La gente que viajaba en ellas había desembarcado y
estaba fuera del alcance de mi vista. Su número deshizo todos mis cálculos, pues solían venir cuatro o
cinco, a veces más, en cada canoa y no tenía idea de lo que debía hacer para atacar yo solo a veinte o treinta
hombres. Me quedé, pues, en mi castillo, perplejo y abatido. No obstante, adoptando la misma actitud que
antes, me preparé, tal y como lo había previsto, para responder a un ataque y para afrontar cualquier
eventualidad que se presentara. Al cabo de una larga espera, atento a cualquier ruido que pudiesen hacer,
me impacienté y, poniendo mis armas al pie de la escalera, trepé a lo alto de la colina en dos etapas, como
siempre, y me aposté de forma que no pudieran verme bajo ningún concepto. Allí observé, con la ayuda de
mi catalejo, que no eran menos de treinta hombres, que habían encendido una fogata y que estaban
preparando su comida; mas no tenía idea del tipo de alimento que era ni del modo en que lo estaban
cocinando. No obstante los vi danzar alrededor del fuego, como era su costumbre, haciendo no sé cuántas
figuras y movimientos salvajes.
Mientras los observaba con el catalejo, vi que sacaban a dos infelices de los botes, donde los habían
retenido hasta el momento del sacrificio. Observé que uno de ellos caía al suelo, abatido por un bastón o
pala de madera, conforme a sus costumbres, e, inmediatamente, otros dos o tres se pusieron a despedazarlo
para cocinarlo. Mientras tanto, la otra víctima permanecía a la espera de su turno. En ese mis mo instante,
aquel pobre infeliz, inspirado por la naturaleza y por la esperanza de salvarse, viéndose aún con cierta libertad,
comenzó a correr por la arena a una gran velocidad, en dirección a mi parte de la isla, es decir, hacia
donde estaba mi morada.
Sentí un miedo de muerte (debo reconocerlo) cuando lo vi correr hacia mí, especialmente, porque sabía
que sería perseguido por los demás. Esperaba que mi sueño se cum pliera y que, en efecto, se refugiase en
mi cueva. Mas no podía esperar que los otros no lo siguieran hasta allí. No obstante, permanecí en mi
puesto y recobré el aliento cuando advertí que solo lo perseguían tres hombres y que él les llevaba una gran
ventaja. Sin duda lograría escapar si sostenía su carrera por espacio de media hora.
Entre ellos y mi morada se hallaba aquel río que mencioné varias veces en la primera parte de mi
historia, cuando describía el desembarco del cargamento que había resca tado del naufragio.
Evidentemente, el pobre infeliz tendría que cruzarlo a nado, pues, de lo contrario, lo capturarían allí. Al
llegar al río, el salvaje se zambulló y ganó la ribera opuesta en unas treinta brazadas, a pesar de que la
marea estaba alta. Luego volvió a echar a correr a una velocidad extraordinaria. Cuando los otros tres
llegaron al río, pude observar que solo dos de ellos sabían nadar. El tercero no podía hacerlo, por lo que se
detuvo en la orilla, miró hacia el otro lado y no prosiguió. En seguida, se dio la vuelta y regre só lentamente,
para mayor suerte del que huía.
Observé que los dos que sabían nadar, tardaron el doble del tiempo que el otro en atravesar el río.
Entonces, presentí, de forma clara e irresistible, que había llegado la hora de conseguirme un sirviente, tal
vez, un compañero o un amigo y que había sido llamado claramente por la Providencia para salvarle la vida
a esa pobre criatura. Bajé lo más velozmente que pude por la escalera, cogí las dos escopetas que estaban,
como he dicho, al pie de la escalera y volví a subir la colina con la misma celeridad, para descender hasta la
playa por el otro lado. Como había tomado un atajo y el camino era cuesta abajo, rápidamente me situé
entre los perseguidores y el perseguido. Entonces, le grité a este último, que se volvió, tal vez más
espantado por mí que por los otros. Le hice señas con la mano para que regresara, mientras avanzaba
lentamente hacia los perseguidores. Me abalancé sobre uno de ellos y le hice caer de un culatazo, mas no
me atreví a disparar, por miedo a que los demás lo oyesen, aunque, a tanta distancia era poco probable que
lo hicieran, y como no podían ver el humo, tampoco habrían sabido de dónde provenía el disparo. Al ver a
su amigo en el suelo, el otro perseguidor se detuvo como espantado. Avancé rápidamente hacia él, mas
cuando estuve cerca, advertí que me apuntaba con su arco y su flecha y estaba en disposición de
dispararme. Me vi obligado a apuntarle y lo maté con el primer diparo. El pobre salvaje fugitivo, se detuvo
al ver que sus perseguidores habían sido derribados y matados. Estaba tan espantado por el humo y el ruido
de mi arma, que se quedó paralizado y no intentó dar un paso ni hacia adelante ni hacia atrás, a pesar de
que parecía más in clinado a escapar que a acercarse. Volví a gritarle y a hacerle señas para que se
aproximara, las cuales entendió perfectamente. Entonces, dio algunos pasos y se detuvo, avanzó un poco
más y volvió a detenerse. Temblaba como si hubiese caído prisionero y estuviese a punto de ser asesinado
como sus dos enemigos. Volví a llamarlo e hice todas las señales que pude para alentarlo. Se fue acercando
poco a poco, arrodillándose cada diez o doce pasos, en muestra de reconocimiento hacia mí por haberle
salvado la vida. Le sonreí, lo miré amablemente y lo invité a seguir avanzando. Finalmente llegó hasta
donde yo estaba, volvió a arrodillarse, besó la tierra, apoyó su cabeza sobre ella y, tomándome el pie, lo
colocó sobre su cabeza. Al parecer, trataba de decirme que juraba ser mi esclavo para siempre. Lo levanté y
lo reconforté como mejor pude. Pero aún quedaba trabajo por hacer, pues advertí que el salvaje al que le
había dado el culatazo, no estaba muerto sino tan solo aturdido por el golpe y comenzaba a volver en sí. Lo
señalé con el dedo para mostrarle a mi salvaje que no estaba muerto, a lo que me respondió con unas
palabras que no pude comprender pero que me sonaron muy dulces ya que era la primera voz humana,
aparte de la mía, que escuchaba en más de veinticin co años. Mas no era el momento para semejantes
reflexiones pues el salvaje que estaba en el suelo, se había recuperado lo suficiente como para sentarse y el
mío comenzaba a dar muestras de temor. Cuando vi esto, le mostré mi otra escopeta al hombre, haciendo
ademán de dispararle. En tonces, mi salvaje, que ya podía llamarle así, me pidió con un gesto que le
prestase el sable que colgaba desnudo de mi cinturón. Se lo di y, tan pronto como lo tuvo en sus manos, se
abalanzó sobre su enemigo y le cortó la cabeza de un golpe tan certero, que ni el más rápido y diestro
verdugo de Alemania, lo hubiese podido hacer mejor63. Esto me pareció muy extraño, por parte de alguien
que nunca había visto un sable en su vida, a no ser que fuese de madera. No obstante, según supe después,
los sables de los salvajes son tan afilados y pesados, y están hechos de una madera tan dura, que pueden
tronchar cabezas o brazos de un solo golpe. Hecho esto, el salvaje vino hacia mí sonriendo en señal de
triunfo para devolverme la espada y, haciendo gestos que yo no llegaba a comprender, la colocó a mis pies
junto con la cabeza del salvaje que acababa de matar.
63 En Alemania la pena capital se ejecutaba mediante la decapitación mientras que en Inglaterra se hacía
con la horca.
Lo que más le sorprendía era que yo hubiese podido matar al otro indio desde lejos y, señalándolo, me
hizo señas para que le permitiese ir a verlo. Le dije que accedía lo mejor que pude. Cuando se le acercó, se
quedó como estupefacto, le dio la vuelta hacia un lado y otro y observó la herida de la bala, que le había
hecho un agujero en el pecho, del que no manaba mucha sangre (debía hacerlo por dentro, pues el hombre
estaba bien muerto). Tomó el arco y las flechas y volvió. Me dispuse a partir y le invité a seguirme,
explicándole por señas que podrían venir más salvajes.
A esto me respondió, mediante señas, que los enterraría en la arena para que los demás no pudiesen
verlos. Le respondí, también por señas, que lo hiciera y se puso a tra bajar. En un momento había hecho un
hoyo con sus manos en la arena, lo suficientemente grande como para enterrar al primero. Lo arrastró y lo
cubrió con arena y se dispuso a hacer lo mismo con el segundo. Creo que no tardó más de un cuarto de hora
en enterrar a ambos. Entonces, lo llamé y lo conduje, no al castillo, sino a la cueva, que estaba en la parte
más lejana de la isla. No quería que esa parte de mi sueño no se cumpliera, es decir, la parte en la que lo
refugia ba en mi cueva.
Allí le ofrecí un pan y un puñado de pasas para que comiera y un poco de agua, de la cual tenía mucha
necesidad a causa de la carrera. Una vez repuesto, le hice señas para que se acostara a dormir, indicándole
un lugar donde había colocado un montón de paja de arroz, cubierto con una manta, que yo mismo utilizaba
con frecuencia para descansar. El pobre salvaje se acostó y se quedó dormido.
Era un joven hermoso, perfectamente formado, con las piernas rectas y fuertes, no demasiado largas. Era
alto, de buena figura y tendría unos veintiséis años. Su semblante era agradable, no parecía hosco ni feroz;
su rostro era viril, aunque tenía la expresión suave y dulce de los europeos, en especial, cuando sonreía. Su
cabello era largo y negro, no crespo como la lana; su frente era alta y despejada y los ojos le brillaban con
vivacidad. Su piel no era negra sino muy tostada, carente de ese tono amarillento de los brasileños, los
nativos de Virgina y otros aborígenes americanos; podría decirse que, más bien, era de una aceitunado muy
agradable, aunque difícil de describir. Su cara era redonda y clara; su nariz, pequeña pero no chata como la
de los negros; y tenía una hermosa boca de labios finos y dientes fuertes, bien alineados y blancos como el
marfil. Después de dormi tar durante media hora, se despertó y salió de la cueva a buscarme. Yo me hallaba
ordeñando mis cabras, que estaban en el cercado contiguo y, cuando me vio, se acercó corriendo y se dejó
caer en el suelo, haciendo toda clase de gestos de humilde agradecimiento. Luego colocó su cabeza sobre el
suelo, a mis pies, y colocó uno de ellos sobre su cabeza, como lo había hecho antes. Acto seguido, comenzó
a hacer todas las señales imaginables de sumisión y servidumbre, para hacerme entender que estaba
dispuesto a obedecerme mientras viviese. Comprendí mucho de lo que quería decirme y le di a entender
que estaba muy contento con él. Entonces, comencé a hablarle y a enseñarle a que él también lo hiciera
conmigo. En primer lugar, le hice saber que su nombre sería Viernes, que era el día en que le había salvado
la vida. También le enseñé a decir amo, y le hice saber que ese sería mi nombre. Le enseñé a decir sí y no,
y a comprender el significado de estas palabras. Luego le di un poco de leche en un cacharro de barro, le
mostré cómo bebía y mojaba mi pan. Le di un trozo de pan para que hiciera lo mismo e, inmediatamente lo
hizo, dándome muestras de que le gustaba mucho.
Pasé con él toda la noche y, tan pronto amaneció, le in vité a seguirme y le hice saber que le daría algunas
vestimentas, ante lo cual, se mostró encantado pues estaba completamente desnudo. Cuando pasamos por el
lugar donde estaban enterrados los dos hombres, me mostró las marcas que había hecho en el lugar exacto
donde se hallaban. Me hizo señas de que nos los comiéramos, ante lo que me mostré muy enfadado,
expresando el horror que me causaba semejante idea y haciendo como si vomitara. Le in diqué con la mano
que me siguiera, lo cual, hizo inmediatamente y con gran sumisión. Entonces lo llevé hasta la cima de la
colina, para ver si sus enemigos se habían marchado y, sacando mi catalejo, divisé claramente el lugar
donde habían estado, mas no vi rastro de ellos ni de sus canoas. Era evidente que habían partido,
abandonando a sus compañeros sin buscarlos.
Sin embargo, no me quedé satisfecho con este descubrimiento. Con más valor y, por consiguiente, con
mayor curiosidad, llevé a Viernes conmigo, le puse el sable en la mano, le coloqué en la espalda el arco y
las flechas, con los que, según descubrí, era muy diestro. Hice que me llevara una de las escopetas y yo me
encargué de llevar otras dos. Nos encaminamos hacia el lugar donde habían estado aquellas criaturas, pues
deseaba saber más de ellos, y cuando lle gamos, la sangre se me heló en las venas y el corazón se me
paralizó ante el horror del espectáculo. Era algo realmente pavoroso, al menos, para mí, porque a Viernes
no le afectó en absoluto. El lugar estaba totalmente cubierto de huesos humanos, la tierra estaba teñida de
sangre y había por doquier grandes trozos de carne devorados a medias, chamuscados y mutilados; en
pocas palabras, los restos de un festín triunfal que se había celebrado allí, después de la victoria sobre sus
enemigos. Vi tres cráneos, cinco manos y los huesos de tres o cuatro piernas y pies, y gran cantidad de
partes de cuerpos. Viernes me dio a entender, por medio de señas, que habían traído cuatro prisioneros para
la ceremonia; que tres de ellos habían sido devorados; que él, dijo señalándose a sí mismo, era el cuarto;
que había habido una gran batalla entre ellos y un rey vecino, uno de cuyos súbditos, al pare cer, era él; y
que habían capturado muchos prisioneros, que fueron conducidos a diferentes lugares por los vencedores de
la batalla para ser devorados como lo habían hecho allí con aquellos pobres infelices.
Le indiqué a Viernes que juntara los cráneos, los huesos, la carne y los demás restos; que lo apilara todo
bien y le prendiese fuego hasta que se convirtiera en cenizas. Me di cuenta de que a Viernes le apetecía
mucho aquella carne, pues era un caníbal por naturaleza, pero le mostré tal horror ante ello, incluso ante la
sola idea de que pudiera hacerlo, que se abstuvo, sabiendo, según le había hecho comprender, que lo
mataría si se atrevía.
Cuando terminó de hacer esto, volvimos a nuestro castillo y me puse a trabajar para mi siervo Viernes.
En primer lugar, le di un par de calzones de lienzo de los que había rescatado del naufragio en el cofre del
pobre artille ro, que ya he mencionado. Con un poco de arreglo, le sentaron bien. Entonces, le confeccioné,
lo mejor que pude, una casaca de cuero de cabra, pues me había convertido en un sastre medianamente
diestro, y le di una gorra de piel de liebre, muy cómoda y bastante elegante. De este modo, lo gré vestirlo
adecuadamente y él se mostró muy contento de verse casi tan bien vestido como su amo. Ciertamente, al
principio se movía con torpeza dentro de estas ropas, pues los calzones le resultaban incómodos y las
mangas de la chaqueta le molestaban en los hombros y debajo de los brazos. Mas, con el tiempo, y después
de aflojarle un poco donde decía que le hacían daño, se acostumbró a ellas perfectamente.
Al día siguiente de llegar con él a mi madriguera, comencé a pensar dónde debía alojarlo, de modo que
fuese cómodo para él y conveniente para mí. Le hice una pequeña tienda en el espacio que había entre mis
dos fortificaciones, fuera de la primera y dentro de la segunda. Como allí había una puerta o apertura hacia
mi cueva, hice un buen marco y una puerta de tablas, que coloqué en el pasillo, un poco más adentro de la
entrada, de modo que se pudiese abrir desde el interior. Por la noche, la atrancaba y retiraba las dos
escaleras para que Viernes no pudiese pasar al interior de mi primera muralla sin hacer algún ruido que me
alertase. Esta muralla tenía ahora un gran techo hecho de vigas, que cubría toda mi tienda. Estaba apoyado
en la roca, atravesado por unas ramas entrelazadas, que hacían las veces de listones, y recubierto de una
gruesa capa de paja de arroz, que era tan fuerte como las cañas. En la apertura o hueco que había dejado
para entrar o salir con la escalera, coloqué una especie de puerta-trampa, que, en caso de un ataque del
exterior, no se habría abierto sino que habría caído con gran estrépito. En cuanto a las armas, las guardaba
conmigo todas las noches.
En realidad, todas estas precauciones eran innecesarias, pues jamás hombre alguno tuvo servidor más
fiel, cariñoso y sincero que Viernes. Absolutamente carente de pa siones, obstinaciones y proyectos, era
totalmente sumiso y afable y me quería como un niño a su padre. Me atrevo a decir que hubiese sacrificado
su vida para salvarme en cualquier circunstancia y me dio tantas pruebas de ello, que lo gró convencerme de
que no tenía razón para dudar ni pro tegerme de él.
Esto me dio la oportunidad de reconocer con asombro que si Dios, en su providencia y gobierno de toda
su creación, había decidido privar a tantas criaturas del buen uso que podían hacer de sus facultades y su
espíritu, no obstante, les había dotado de las mismas capacidades, la misma razón, los mismos afectos, la
misma bondad y lealtad, las mismas pasiones y resentimientos hacia el mal, la misma gratitud, sinceridad,
fidelidad y demás facultades de hacer y recibir el bien que a nosotros. Y, si a Él le complacía darles la
oportunidad de ejercerlos, estaban tan dispuestos como nosotros, incluso más que nosotros mis mos, a
utilizarlos correctamente. A veces, sentía una gran melancolía al pensar en el uso tan mediocre que
hacemos de nuestras facultades, aun cuando nuestro entendimiento está iluminado por la gran llama de la
instrucción, el espíritu de Dios y el conocimiento de su palabra. Me preguntaba por qué Dios se había
complacido en ocultar este conocimiento salvador a tantos millones de seres que, a juzgar por este salvaje,
habrían hecho mucho mejor uso de él que nosotros.
De ahí que, a veces, me metiera demasiado en la soberanía de la Providencia, como si acusara a su
justicia de una disposición tan arbitraria, que solo a algunos les permite ver la luz y luego espera de todos,
igual sentido del deber. Entonces, me detuve a pensar un poco mejor las cosas y llegué a las siguientes
conclusiones: 1) que no sabíamos según qué luz ni ley serían condenadas estas criaturas, puesto que Dios,
en su infinita santidad y justicia, no podía condenarlas por vivir ajenos a su presencia, sino por pecar contra
aquella luz que, como dicen las Escrituras, es ley para todos64 y, por aquellos preceptos que nuestra
conciencia considera justos, aunque no podamos reconocer sus fundamentos; 2) que todos somos como la
arcilla en manos del alfarero y n inguna vasija podía preguntarle: «¿por qué me has hecho así?»65.
64 Carta de San Pablo a los Romanos 1:18-23.
65 Isaías 29:16; 45:9 y Carta de San Pablo a los Romanos 9:20-21.
Mas volvamos a mi nuevo compañero. Estaba encantado con él y me dedicaba a enseñarle todo aquello
que podía hacerle más útil, diestro y provechoso; en especial, a ha blarme y a que me entendiera cuando yo
lo hacía. Fue el mejor discípulo que se pueda imaginar. Era jovial y aplicado y se alegraba mucho cuando
podía entenderme o lograba que yo le entendiese, por lo que me resultaba muy placentero hablar con él.
Comenzaba a sentirme feliz y solía decirme que si no fuese por el peligro de los salvajes, no me importaría
quedarme allí toda la vida.
Habían transcurrido tres o cuatro días desde nuestro regreso al castillo, cuando pensé que, para apartar a
Viernes de sus espantosos hábitos alimenticios y hacerle desistir de su apetito caníbal, debía hacerle probar
otra carne. Con este propósito, una mañana lo llevé al bosque para matar un cabrito del rebaño y llevarlo a
casa para cocinarlo. En el camino encontré una cabra echada a la sombra con dos crías a su alrededor.
Detuve a Viernes y le dije:
-Detente y quédate quieto.
Le hice señas para que no se moviera, saqué rápidamente mi escopeta y, de un disparo, mate a una de las
crías. El pobre salvaje, que ya me había visto matar a uno de sus enemigos desde lejos y no podía imaginar
cómo lo había hecho, quedó tan sorprendido y se puso a temblar de tal modo, que pensé que se iba a
desmayar. No miró al cabrito al que le había disparado, ni se dio cuenta de que lo había matado sino que
abrió su chaqueta para ver si no estaba herido, por lo que pude comprender que pensaba que estaba
decidido a matarlo. Entonces, se arrodilló junto a mí y, abra zándome por las rodillas, dijo muchas cosas que
no pude entender, aunque podía imaginar perfectamente que me suplicaba que no lo matase.
Pronto encontré una forma de convencerlo de que no le haría daño. Le tomé de la mano para que se
pusiese en pie y le sonreí, enseñándole el cabrito que había matado y dándole a entender que fuese a
buscarlo. Así lo hizo y, mientras buscaba admirado la forma en que había sido muerto el animal, vi un gran
pájaro parecido a un halcón, que estaba posado en un árbol, al alcance de un tiro. Volví a cargar la
escopeta, y para que Viernes comprendiera un poco lo que iba a hacer, lo llamé nuevamente y le mostré el
pájaro, que, en realidad era una cotorra, aunque al prin cipio me hubiese parecido un halcón. Entonces,
señalé al pájaro y luego a mi escopeta y a la tierra que estaba debajo del pájaro para que viera dónde lo
haría caer. Le hice entender que dispararía y mataría al pájaro. Consecuentemente, disparé y le hice mirar.
Inmediatamente, vio caer al pájaro y se quedó espantado otra vez, a pesar de todo lo que le había explicado.
Me di cuenta de que estaba asombrado porque no me había visto meter nada dentro de la escopeta y
pensaría que aquello debía tener una fuente misteriosa de muerte y destrucción, capaz de matar hombres,
bestias, pájaros y cualquier cosa, cercana o lejana. Esto le provocó un asombro tal, que tuvo que transcurrir
mucho tiempo antes de que se le pasara y, creo que si se lo hubiese permitido nos habría adorado a mí y a
mi escopeta. A esta, no se atrevió siquiera a tocarla pero le hablaba como si pudiese responderle. Más tarde
me explicó que le había pedido que no lo matara.
Después de que se le pasara un poco el susto, le indiqué que fuese a buscar el pájaro que había matado y
así lo hizo, pero tardó en volver porque el pájaro, que no estaba muer to del todo, se había arrastrado a una
gran distancia del lugar donde había caído. Finalmente, lo encontró, lo recogió y me lo trajo. Como había
percibido su ignorancia respecto a la escopeta, aproveché la oportunidad para volver a cargarla sin que me
viera y, de este modo, tenerla lista para una próxima ocasión; mas no se presentó ninguna. Así, pues,
llevamos el cabrito a casa y esa misma noche lo desollé y lo troceé lo mejor que pude. Puse a hervir o a
cocer algunos trozos en un puchero, que tenía para este propósito, e hice un buen caldo. Después de
probarla, le di un poco de carne a mi siervo, a quien pareció gustarle mucho. Lo único que le extrañó fue
ver que yo le echaba sal y me hizo una señal para decirme que la sal no era buena. Se puso un poco en la
boca, fingió que le provocaba náuseas y comenzó a escupir y a enjuagarse la boca con agua fresca. Por mi
parte, me metí un poco de carne sin sal en la boca y fingí escupirla tan rápidamente como antes lo había
hecho él con la sal. Mas, fue en vano, porque nunca quiso poner sal en la carne ni en el caldo; al menos,
durante mucho tiempo y, aun después, tan solo en muy pequeñas cantidades.
Habiéndole dado de comer carne hervida y caldo, decidí que, al día siguiente, lo agasajaría con un trozo
del cabrito asado. Lo preparé del mismo modo que lo había visto hacer a mucha gente en Inglaterra. Colgué
el cabrito de una cuerda junto al fuego, clavé dos estacas, una a cada lado del fuego, y, apoyada entre
ambas, coloqué una tercera estaca, alrededor de la cual até la cuerda para que la carne diera vueltas
constantemente. Esta técnica sorprendió mucho a Viernes y cuando probó la carne, me explicó de tantas
formas lo mucho que le había gustado, que no pude menos que entenderlo. Finalmente, me manifestó que
no volvería a comer carne humana, lo cual me alegró mucho.
Al día siguiente le enseñé a moler el grano del modo en que solía hacerlo y que ya he explicado
anteriormente. Rápidamente aprendió a hacerlo tan bien como yo, en es pecial, cuando comprendió su
propósito, que era preparar pan, pues en seguida le mostré cómo lo hacía y también cómo lo horneaba. En
poco tiempo, Viernes aprendió a realizar todas las tareas tan bien como yo.
Comencé a considerar que, siendo dos bocas que alimentar en vez de una, debía procurar más tierra para
el cultivo y plantar más cantidad de grano que de costumbre. Delimité un terreno más grande y comencé a
cercarlo del mismo modo en que lo había hecho antes. Viernes no solo trabajó con mucha disposición y
empeño sino también con mucho entusiasmo. Le expliqué que lo hacíamos con el propósito de sembrar
grano para hacer pan, porque ahora él vivía conmigo y necesitábamos más. Se mostró muy sensible a esto y
me dio a entender que pensaba que, a causa de él, yo tenía mucho más trabajo y, por lo tanto, trabajaría
arduamente si le decía lo que debía hacer.
Este fue el año más agradable de todos los que pasé en este lugar. Viernes comenzó a hablar bastante
bien y a entender los nombres de casi todas las cosas que le pedía y de los lugares a donde le ordenaba ir y
llegó a ser capaz de conversar conmigo. De este modo, en poco tiempo, recuperé mi lengua, que durante
mucho tiempo no tuve oportunidad de usar, me refiero al lenguaje. Aparte del placer que me pro vocaba
hablar con él,`sentía una particular simpatía por el chico. Su honestidad no fingida se mostraba más
claramente cada día y llegué a sentir un verdadero cariño hacia él. Por su parte, creo que me quería más que
a nada en el mundo.
Un día, quise saber si sentía alguna inclinación por volver a su tierra y, como le había enseñado a hablar
tan bien el inglés, que podía responder a casi cualquier pregunta, le interrogué si la nación a la que
pertenecía había vencido alguna vez en alguna batalla. Con una sonrisa, me contestó: -Sí, sí, siempre
luchan los mejores -lo cual quería decir que siempre vencían.
Entonces, comenzamos a dialogar de la siguiente ma nera:
-Ustedes siempre son los mejores -le dije -, entonces, ¿cómo es que caíste prisionero, Viernes?
Viernes: Mi nación venció mucho.
Amo: ¿Venció? Si tu nación venció, ¿cómo caíste prisionero?
Viernes: Ellos más muchos que mi nación en el lugar que yo estoy; ellos toman uno, dos, tres y yo; mi
nación venció a ellos en el otro lugar donde yo no estaba; allá mi nación toman uno, dos, muchos miles.
Amo: Entonces, ¿por qué tu bando no os rescató de vuestros enemigos?
Viernes: Ellos tomaron uno, dos, tres y yo en la canoa. Mi nación no tener canoa esta vez.
Amo: Pues bien, Viernes, ¿qué hace tu nación con los hombres que toma prisioneros? ¿Se los lleva y se
los come como ellos?
Viernes: Sí, mi nación también come hombres, come todo.
Amo: ¿Dónde los lleva?
Viernes: A otro sitio que piensan. Amo: ¿Vienen aquí?
Viernes: Sí vienen aquí y a otro lugar. Amo: ¿Has estado aquí con ellos?
Viernes: Sí, he estado (y señala el extremo noroeste de la isla, que, al parecer, era su lado).
Así comprendí que mi siervo Viernes había estado antes entre los salvajes que solían venir a la costa, al
extremo más remoto de la isla, para celebrar festines caníbales como el que lo había traído hasta aquí.
Algún tiempo después, cuando hallé el valor de llevarlo a ese lado, el mismo que ya he mencionado, lo
reconoció y me dijo que había estado allí una vez que se habían comido a veinte hombres, dos muje res y un
niño. No sabía decir veinte en inglés, de manera que colocó veinte piedras en fila y las señaló para que yo
las contara.
He contado esto a modo de introducción para lo que sigue, pues, después de esta conversación, le
pregunté a qué distancia estaba nuestra isla de sus costas y si alguna vez se perdían las canoas. Me
respondió que no había ningún peligro, que jamás se había perdido ninguna canoa y que, adentrándose un
poco en el mar, por las mañanas, el viento y la corriente se dirigían siempre hacia la misma dirección y, por
las tardes, en dirección opuesta.
Comprendí que esto no era otra cosa que las fluctuaciones de la marea pero, más adelante, supe que se
originaban en el gran curso y reflujo del poderoso río Orinoco, en cuya boca o golfo se encontraba nuestra
isla. También comprendí que la tierra que se divisaba hacia el oeste-noroeste era la gran isla de Trinidad,
que estaba al norte de la boca del río. Le hice miles de preguntas sobre el país, los habitantes, el ma r, las
costas y las naciones vecinas. Me contó todo lo que sabía con la mayor franqueza imaginable. Le pregunté
los nombres de los diferentes pueblos de su gente pero no pude obtener otro nombre que el de los caribes,
por lo cual inferí que me hablaba de las islas del Caribe, que nuestros mapas sitúan en la región de América
que va desde la desembocadura del río Orinoco a la Guayana y hasta Santa Marta66. Me dijo que, a una
gran distancia, detrás de la luna, es decir, donde se pone la luna, que debe ser al oeste de su tierra,
habitaban hombres blancos con barbas como yo y señalaba hacia mis grandes bigotes, que mencioné
anteriormente. Me dijo que habían matado a muchos hombres, por lo que pude comprender que se refería a
los españoles, cuyas crueldades cometidas en América se habían difundido por todas las naciones y se
transmitían de padres a hijos.
66 Santa Marta, en la costa de Colombia.
Le pregunté si podía decirme cómo llegar hasta donde estaban aquellos hombres blancos desde aquí y me
respondió que sí, que podía ir en dos canoas. No pude entender qué quería decir cuando hablaba de dos
canoas, hasta que, por fin, con mucha dificultad, comprendí que se refería a un bote tan grande como dos
canoas juntas.
Esta parte del discurso de Viernes me alegró mucho y, desde ese momento, concebí la esperanza de
poder escapar algún día de este lugar y de que este pobre salvaje fuera el que me ayudara a conseguirlo.
Desde que Viernes estaba conmigo y había empezado a hablarme y a entenderme, quise inculcar en su
alma los fundamentos de la religión. Un día le pregunté quién lo había creado y la pobre criatura no me
comprendió en absoluto; pensaba que le preguntaba por su padre. Entonces, decidí darle otro giro al asunto
y le pregunté quién había hecho el mar, la tierra que pisábamos, las montañas y los bosques. Me contestó
que había sido el anciano Benamuckee, que vivía más allá de todo. No pudo decirme nada más acerca de
esta gran persona, excepto que era muy viejo, mucho más que el mar, la tierra, la luna y las estrellas. Le
pregunté por qué, si este anciano había hecho todas las cosas de la tierra, no era venerado por ellas. Se
mostró muy serio e, inocentemente, me respondió:
-Todas las cosas le dicen «¡Oh!»
Le pregunté si las personas que morían en su país iban a alguna parte. Me dijo que sí, que todos iban a
Benamuckee. Entonces, le pregunté si los que eran devorados también iban allí. Me dijo que sí.
A partir de esto, comencé a instruirle en el conocimiento del verdadero Dios. Le dije, apuntando hacia el
cielo, que el Creador de todas las cosas vivía allí arriba; que Él gobierna el mundo con el mismo poder y la
Providencia con que lo había creado; que era omnipotente y podía hacerlo todo, dárnoslo todo y quitárnoslo
todo. Así, poco a poco, fui abriendo sus ojos. Escuchaba con mucha atención y se mostró complacido con
la idea de que Jesucristo hubiese sido enviado para redimirnos, con nuestra forma de orar a Dios y con que
pudiese escucharnos, incluso en el cielo. Un día me dijo que si nuestro Dios podía escucharnos desde más
allá del sol, debía ser un dios mayor que Benamuckee, que vivía más cerca y que, sin embargo, no podía
escucharlos, a menos que fuesen a hablarle a las grandes montañas donde mo raba. Le pregunté si alguna
vez había ido allí a hablar con él y me dijo que no, pues los jóvenes nunca iban a hablar con él; los únicos
que podían ir eran los viejos, a quienes llamaba oowocakee, y que son, según me explicó, sus sacerdotes o
religiosos. Estos iban a decirle «¡Oh!» (que era su forma de referirse a las plegarias) y regresaban para
contarles lo que les había dicho Benamuckee. Entonces, pude darme cuenta de que el sacerdocio, incluso
entre los paganos más ciegos e ignorantes, y la política de mantener una religión secreta para que el pueblo
venere al clero, no solo se encuentra en la religión romana sino, tal vez, en todas las religiones del mundo,
incluso entre los salvajes más bárbaros e irracionales.
Intenté aclarar este fraude a mi siervo Viernes y le dije que la pretensión de sus ancianos de ir a las
montañas a decir «¡Oh!» a su dios Benamuckee era una impostura; así como las palabras que
supuestamente les atribuían, lo eran aún más; y que si hallaban alguna respuesta o hablaban con alguien en
aquel lugar, debía ser con un espíritu maligno. Luego hice una larga disertación acerca del diablo, su origen,
su rebelión contra Dios, su odio hacia los hombres, la razón de dicho odio, su afán por hacerse adorar
en las re giones más oscuras del mundo en lugar de Dios, o como si lo fuera, y la infinidad de artimañas que
utilizaba para inducir a la humanidad a la ruina. Le dije que tenía un acceso secreto a nuestras pasiones y
nuestros sentimientos, mediante el cual nos hacía actuar conforme a sus inclinaciones, caer en nuestras
propias tentaciones y seguir el camino de nuestra perdición por nuestra propia elección.
Me di cuenta de que no era tan fácil imprimir en su espíritu la correcta noción del demonio como la de la
existencia de Dios. La naturaleza apoyaba todos mis argumentos para demostrarle la necesidad de una gran
Causa Primera, de un poder supremo, de una providencia secreta y de la equidad y justicia de rendirle
homenaje a Él, que todo lo había creado. Mas nada de esto figuraba en la noción de un espíritu maligno, su
origen, su existencia, su naturaleza y, sobre todo, su inclinación por hacer el mal y arrastrarnos a hacerlo.
Una vez, la pobre criatura me dejó tan perplejo con una pregunta, totalmente inocente e ingenua, que
apenas supe qué contestar. Había estado hablándole largamente del poder de Dios, de su omnipotencia, del
modo tan espantoso en que castigaba el pecado, del fuego devorador que aguardaba a los agentes de la
iniquidad, de cómo nos había creado a todos y de cómo podía destruirnos a nosotros y al mundo entero en
un instante. Mientras tanto, Viernes me escuchaba con mucha seriedad.
Entonces, le dije que el demonio era el enemigo de Dios en el corazón de los hombres, que usaba toda su
maldad y su ingenio para derrotar los buenos designios de la Provi dencia y arruinar el reino de Jesucristo
en la tierra, y otras cosas por el estilo.
-Pues bien -dijo Viernes-, tú dices, Dios es tan fuerte grande, ¿no es más fuerte, más poder que el
demonio?
-Sí, sí, Viernes dije yo-, Dios es más fuerte que el demonio, Dios está por encima del demonio y, por lo
tanto, rogamos a Dios que lo ponga bajo nuestros pies y nos ayude a resistir a sus tentaciones y extinguir
sus dardos ardientes.
-Pero -volvió a decir-, si Dios más fuerte, más poder que el demonio, ¿por qué Dios no mata al demonio
para que no haga más mal?
Me quedé muy sorprendido ante su pregunta, ya que, después de todo, aunque yo era un viejo, no era más
que un aprendiz de doctor que carecía de las cualificaciones necesa rias para hablar de casuística o resolver
este tipo de problemas. Al principio, no supe qué decirle, de modo que fingí no haberle escuchado y le
pregunté qué había dicho pero él estaba demasiado ansioso por escuchar una respuesta como para olvidar
su pregunta, así que la repitió, con las mismas palabras quebradas de antes. Para entonces, ya me había
repuesto un poco y dije:
-Al final, Dios lo castigará severamente. Está aguardando el día del juicio final, cuando será arrojado a
un abismo sin fondo y morará en el fuego eterno.
Viernes no quedó conforme con esta respuesta y, repitiendo mis palabras, me contestó:
-Aguardando, final, mí no entiende, ¿por qué no ma tar al demonio ahora?, ¿por qué no gran antes?
-Podrías preguntarme también -le respondí-, ¿por qué Dios no nos mata a ti y a mí cuando hacemos cosas
que le ofenden? Nos protege para que nos arrepintamos y seamos perdonados.
Se quedó pensativo un rato.
-Bien, bien -me dijo muy afectuosamente-, muy bien, así tú, yo, demonio, todos malos, todos protegidos,
arrepentir, Dios perdona todos.
Nuevamente, me quedé muy sorprendido y esto fue para mí un testimonio de cómo las simples nociones
de la naturaleza, si bien dirigen a los seres responsables hacia el co nocimiento de Dios y, por consiguiente,
al culto u homenaje de ese ser supremo que es Dios, solo una divina revelación puede darnos el
conocimiento de Jesucristo y de la redención que obtuvo para nosotros, de un mediador, de un nuevo pacto
y de un intercesor ante el trono de Dios. Es decir, solo una revelación del cielo puede imprimir estas
nociones en el alma y, por consiguiente, el Evangelio de nuestro señor y salvador Jesucristo, quiero decir,
la palabra de Dios, y el espíritu de Dios, prometido a su pueblo para guiarlo y santificarlo, son
absolutamente indispensables para instruir las almas de los hombres en el conocimiento salvador de Dios y
los medios para obtener la salvación.
Por tanto, interrumpí el diálogo que sostenía con mi siervo y me puse en pie a toda prisa, como si,
súbitamente, tuviese que salir. Lo mandé ir muy lejos con cualquier pre texto y le rogué fervientemente a
Dios que me hiciera capaz de instruir a este pobre salvaje en el camino de la salvación y guiar su corazón, a
fin de que recibiese la luz del conocimiento de Cristo y se reconciliara con Él. Le rogué que me hiciera un
instrumento de su palabra para que pudiera convencerlo, abrir sus ojos y salvar su alma. Cuando regresó, le
di un largo discurso acerca del tema de la redención del hombre por el Salvador del mundo y de la doctrina
del Evangelio, predicada desde el cielo; es decir, del arre pentimiento hacia Dios y de la fe en nuestro
bendito Señor Jesucristo. Luego le expliqué, lo mejor que pude, por qué nuestro bendito Redentor no había
asumido la naturaleza de los ángeles sino la de los hijos de Abraham y cómo, por esta razón, los ángeles
caídos podían ser redimidos, pues Él había venido a salvar solo a los corderos descarriados de la casa de
Israel.
Había, Dios lo sabe, más sinceridad que sabiduría en todos los métodos que adopté para instruir a esta
pobre cria tura y debo reconocer lo que cualquiera podría comprobar si actuara según el mismo principio:
que, al explicarle todas estas cosas, me informaba y me instruía en muchas de ellas que antes ignoraba o
que no había considerado en profundidad anteriormente pero que se me ocurrían naturalmente cuando
buscaba la forma de informárselas a este pobre salvaje. Ahora indagaba estas cosas con mucho más ahínco
que nunca antes en mi vida. Así, pues, aunque no sabía si, en realidad, este pobre desgraciado me estaba
haciendo un bien, tenía motivos de sobra para agradecer que hubiese llegado a mi vida. Mis penas se
hicieron más leves, mi morada infinitamente más confortable. Pensaba que en esta vida solitaria a la que
estaba confinado, no solo me había hecho volver la mirada al cielo para buscar la mano que me había
puesto allí, sino que, ahora, me había convertido en un instrumento de la Providencia para salvar la vida y,
sin duda, el alma a un pobre salvaje e instruirlo en el verdadero conocimiento de la religión y la doctrina
cristiana y para que conociera a nuestro Señor Jesucristo. Por eso digo que, cuando reflexionaba sobre
todas estas cosas, un secreto gozo recorría todo mi espíritu y, con frecuencia, me regocijaba por haber sido
llevado a este lugar, que tantas veces me pareció la más terrible de las desgracias que pudiesen haberme
ocurrido.
En este estado de agradecimiento pasé el resto del tiempo y las horas que empleaba conversando con
Viernes eran tan gratas, que los tres años que vivimos juntos aquí fueron completa y perfectamente felices,
si es que existe algo como la felicidad total en un estado sublunar. El salvaje se había convertido en un
buen cristiano, incluso mejor que yo, aunque tengo razones para creer, bendito sea Dios por ello, que
ambos éramos penitentes, penitentes consolados y reformados. Aquí leíamos la palabra de Dios y su
Espíritu nos guiaba como si hubiésemos estado en Inglaterra.
Me dedicada constantemente a la lectura de las Escrituras para explicarle, lo mejor que podía, el
significado de lo que leía y él, a su vez, con sus serias preguntas, me convertía, como ya he dicho, en un
estudioso de las Escrituras, mucho más aplicado de lo que habría sido si me hubiese dedicado meramente a
la lectura privada. Hay algo más que no puedo dejar de observar y que aprendí de esta solitaria experiencia:
resulta una infinita e inexpresable bendición que el conocimiento de Dios y de la doctrina de la salvación
de Jesucristo estuvieran tan claramente explicados en la palabra de Dios y pudieran recibirse y
comprenderse tan fácilmente que, con una simple lectura de las Escrituras, llegara a comprender que debía
arrepentirme sinceramente por mis pecados y, confiando en el Salvador, reformarme y obedecer todos los
dictados del Señor; todo esto, sin ningún maestro o instructor, quiero decir, humano. Así pues, esta simple
instrucción bastó para iluminar a esta criatura salvaje y convertirla en un cristiano como ninguno que
hubiese conocido.
Todas las disputas, controversias, rivalidades y discusiones en torno a la religión, que han tenido lugar en
el mundo ya fueran sutilezas doctrinales o proyectos de gobierno ecle siástico, eran totalmente inútiles para
nosotros, al igual que lo han sido, por lo que he visto hasta ahora, para el resto del mundo. Nosotros
teníamos una guía infalible para llegar al cielo en la palabra de Dios y estábamos iluminados por el Espíritu
de Dios, que nos enseñaba e instruía por medio de Su palabra, nos llevaba por el camino de la verdad y nos
hacía obedientes a sus enseñanzas. En verdad, no sé de qué nos habría valido conocer profundamente esas
grandes controversias religiosas, que tanta confusión han creado en el mundo. Pero debo proseguir con la
parte histórica de los hechos y contar cada cosa en su lugar.
Una vez que Viernes y yo tuvimos una relación más íntima, que podía entender casi todo lo que le decía
y hablar con fluidez, aunque en un inglés entrecortado, le conté mi propia historia, o, al menos, la parte
relacionada con mi lle gada a la isla, la forma en que había vivido y el tiempo que llevaba allí. Lo inicié en
los misterios, pues así lo veía, de la pólvora y las balas y le enseñé a disparar. Le di un cuchillo, lo cual le
proporcionó un gran placer, y le hice un cinturón del cual colgaba una vaina, como las que se usan en
Inglaterra para colgar los cuchillos de caza pero, en vez de un cuchillo le di una azuela, que era un arma
igualmente útil en la mayoría de los casos y, en algunos, incluso más.
Le expliqué cómo era Europa, en especial Inglaterra, de donde provenía; cómo vivíamos, cómo
adorábamos a Dios, cómo nos relacionábamos y cómo comerciábamos con nuestros barcos en todo el
mundo. Le conté sobre el naufragio del barco en el que viajaba y le mostré, lo mejor que pude, el lugar
donde se había encallado aunque ya se había desbaratado y desaparecido. Le mostré las ruinas del bote que
habíamos perdido cuando huimos, el cual no pude mo ver pese a todos mis esfuerzos en aquel momento, y
que ahora se hallaba casi totalmente deshecho. Cuando Viernes vio el bote, se quedó pensativo un buen rato
sin decir una palabra. Le pregunté en qué pensaba y, por fin, me dijo:
-Yo veo bote igual venir a mi nación.
Al principio no comprendí lo que quería decir pero, finalmente cuando lo hube examinado con más
atención, me di cuenta de que se refería a un bote similar a aquél, que ha bía sido arrastrado hasta las costas
de su país; en otras palabras, según me explicó, había sido arrastrado por la fuerza de una tormenta. En el
momento pensé que algún barco europeo había naufragado en aquellas costas y que su chalupa se habría
soltado y habría sido arrastrada hasta la costa. Fui tan tonto que ni siquiera se me ocurrió pensar que los
hombres hubiesen podido escapar del naufragio, ni, mucho me nos, informarme de dónde provendrían, así
que solo se lo pregunté después que describió el bote.
Viernes lo describió bastante bien, mas no lo llegué a entender completamente hasta que añadió acaloradamente:
-Nosotros salvamos hombres blancos ahogan.
Entonces le pregunté si había algún hombre blanco en el bote.
-Sí -dijo -, el bote lleno hombres blancos.
Le pregunté cuántos había y, contando con los dedos, me dijo que diecisiete. Entonces le pregunté qué
había sido de ellos y me dijo:
-Ellos viven, ellos habitan en mi nación.
Esto me suscitó nuevos pensamientos, pues imaginé que podía ser la tripulación del barco que había
naufragado cerca de mi isla, como la llamaba ahora. Después de que el barco se estrellara contra las rocas,
viendo que se hundiría inevitablemente, se habían salvado en el bote y habían llegado a aquella costa
habitada por salvajes.
Entonces, le pregunté más minuciosamente, qué había sido de ellos. Me aseguró que vivían allí desde
hacía casi cuatro años, que los salvajes no les habían hecho nada y que les habían dado vituallas para su
supervivencia. Le pregunté por qué no los habían matado y se los habían comido. Me contestó:
-No, ellos hacen hermanos -es decir, según me pare ció entender, una tregua.
Luego añadió:
-Ellos no comen hombres sino cuando hace la guerra pelear- es decir, que no se comían a ningún hombre
que no hubiese luchado contra ellos y no fuese prisionero de batalla.
Había transcurrido mucho tiempo después de esto, cuando, estando en la cima de la colina, al lado este de
la isla, desde donde, como he dicho, en un día claro, había des cubierto la tierra o continente de América,
Viernes, aprovechando el buen tiempo, se puso a mirar fijamente hacia la tierra firme y, como por sorpresa,
se puso a bailar y a saltar y me llamó, pues me encontraba a cierta distancia. Le pre gunté qué pasaba.
-¡Oh, alegría! dijo-, ¡oh, contento! ¡Allá ve mi país, allá mi nación!
Pude observar que una extraordinaria expresión de pla cer se dibujó en su rostro; sus ojos brillaban y en
su semblante se descubría una extraña ansiedad, como si hubiese pen sado regresar a su país. Esta
observación me hizo pensar muchas cosas, que al principio me causaron una inquietud que no había
experimentado antes respecto a mi siervo Viernes. Pensé que si Viernes volvía a su país, no solo olvidaría
su religión, sino todas sus obligaciones hacia mí y sería capaz de informar a sus compatriotas sobre mí y,
tal vez, re gresar con cien o doscientos de ellos para hacer un festín conmigo, tan felizmente como lo hacía
antes con los enemi gos que tomaba prisioneros.
Pero cometía un grave error, del que luego me arrepentí, con aquella pobre y honesta criatura. No
obstante, a me dida que aumentaban mis recelos, por espacio de casi dos semanas, estuve reservado y
circunspecto y me mostré me nos amable y familiar con él que de costumbre. En esto también me
equivocaba, pues la honrada y agradecida criatura no tenía ni un solo pensamiento que no fuera acorde con
los mejores principios, tanto de un cristiano devoto como de un amigo agradecido, y así lo demostró
después, para mi absoluta satisfacción.
Mientras duró mi desconfianza, podéis estar seguros de que me pasaba el día espiándolo para ver si
descubría en él alguna de las intenciones que le atribuía. Mas pude consta tar que todo lo que decía era tan
sincero e inocente, que no podía hallar ningún motivo para alimentar mis sospechas. Finalmente, pese a
todas mis inquietudes, logró que volviera a confiar en él plenamente, sin siquiera imaginar el malestar que
sentía, lo cual me convenció de que no me engañaba.
Un día, mientras subíamos la misma colina, no pudiendo ver el continente, pues había mucha bruma en el
mar, lo llamé y le pregunté:
-Viernes, ¿no deseas volver a tu país, a tu nación?
-Sí -me respondió-, está muy contento volver a su país.
-Y, ¿qué harías allí? -le pregunté-. ¿Te convertirías otra vez en un bárbaro, comerías carne humana y
vivirías como un caníbal?
Me miró lleno de preocupación y, meneando la cabeza, me respondió:
-No, no. Viernes dice vive bien, dice rogar a Dios, dice comer pan de grano, carne de rebaño, leche, no
come hombre otra vez.
-Pero, entonces te matarían.
Se mostró muy grave ante esto y luego contestó:
-No, ellos no matan mí, ellos aman mucho aprender.
Se refería a que ellos estaban deseosos de aprender y añadió que habían aprendido mucho de los hombres
con barba que habían llegado en el bote. Entonces, le pregunté si quería volver con los suyos. Sonrió y me
dijo que no podía regresar nadando. Le respondí que haríamos una canoa para él y me dijo que iría si yo le
acompañaba.
-Yo iría -le dije-, pero ellos me comerían si voy.
-No, no -dijo-, yo hago no te comen, yo hago te quieren mucho.
Quería decir que les diría cómo yo había dado muerte a sus enemigos y le había salvado la vida para que
me quisie ran. Luego me dijo, lo mejor que pudo, que habían sido muy generosos con los diecisiete hombres
blancos con barba, como solía llamarlos, que habían llegado hasta allí en apuros.
Desde aquel momento, debo confesar, sentí deseos de aventurarme y buscar el modo de reunirme con
aquellos hombres barbudos, que debían ser españoles o portugue ses. No dudaba que desde el continente y
con buena compañía, encontraría un medio para escapar, mucho más via ble que desde una isla a cuarenta
millas de la costa, solo y sin ayuda. Así, pues, al cabo de unos días, reanudé la conversación con Viernes y
le dije que le daría mi bote para regresar a su nación. Le conduje a mi piragua, que se encontraba al otro
lado de la isla y, después de sacarle el agua, puesto que siempre la tenía sumergida, se la mostré y entramos
los dos en ella.
Descubrí que era muy diestro en su manejo y que podía hacerla navegar con tanta habilidad y ligereza
como yo. Cuando estaba dentro de ella, le pregunté:
-Y bien, Viernes, ¿vamos a tu nación?
Él se quedó estupefacto al oírme, al parecer, porque le parecía demasiado pequeña para ir hasta tan lejos.
Le dije que tenía un bote más grande y, al día siguiente, fuimos al lugar donde estaba el primer bote que
fabriqué pero no había podido llevar hasta el agua. Dijo que era lo suficientemente grande pero, como no lo
había cuidado en veintidós o veintitrés años, el sol lo había astillado y secado y parecía estar algo podrido.
Viernes me dijo que un bote como ese sería adecuado y que llevaríamos «mucha suficiente comida, bebida
y pan», en su inglés entrecortado.
En resumidas cuentas, para entonces, estaba tan obsesionado con la idea de ir con Viernes al continente,
que le dije que lo haríamos y construiríamos un bote tan grande como aquél para que él pudiese ir a su casa.
No me respondió pero me miró con tristeza. Le pregunté qué le ocurría y me contestó:
-¿Por qué tú enfadado con Viernes? ¿Qué hice mí?
Le pregunté qué quería decir, asegurándole que no estaba enfadado con él en absoluto.
-¡No enfadado!, ¡no enfadado! -repitió varias veces-, ¿por qué envía a Viernes a casa a su nación?
-¿Me preguntas por qué, Viernes? ¿Acaso no has dicho que deseabas estar allá?
-Sí, sí -respondió-, desea que los dos está allí, no Viernes allí sin amo.
En otras palabras, no podía pensar en marcharse sin mí.
-¿Yo ir allí, Viernes? -le pregunté-, ¿qué puedo hacer yo allí?
Se volvió rápidamente:
-Tú hace gran mucho bien -dijo-, tú enseña hombres salvajes es hombres buenos y mansos. Tú dice
conoce a Dios, reza a Dios y vive nueva vida.
-¡Ay de mí!, Viernes -dije-, no sabes lo que dices, soy un hombre ignorante.
-Sí, sí -contestó-, tú enseña mí bien, tú enseña ellos bien.
-No, Viernes -le respondí-, tú te marcharás sin mí y me dejarás viviendo aquí solo, como antes.
Al escuchar esto, volvió a mirarme con perplejidad y fue corriendo a buscar una de las azuelas que solía
llevar consigo. La cogió con presteza y me la entregó.
-¿Qué debo hacer con ella? -le pregunté.
-Tú coge, mata a Viernes -dijo.
-¿Por qué habría de matarte? -volví a preguntarle. Me respondió rápidamente:
-¿Por qué envía lejos Viernes? Toma, mata Viernes, no manda lejos.
Dijo esto con tanta sinceridad que se le llenaron los ojos de lágrimas. En pocas palabras, descubrí
claramente el profundo afecto que sentía hacia mí. Por su firme determinación, le dije en ese momento y,
en lo subsiguiente, muchas lo repetí, que nunca lo enviaría lejos de mí, si su deseo era quedarse a mi lado.
En resumidas cuentas, en sus palabras hallé un cariño tan grande, que nada podría separarlo de mí, por lo
que todo su interés en ir a su tierra, se fundamentaba en un amor ardiente por su gente y en la esperanza de
que yo pudiese hacerles algún bien, cosa que yo, conociéndome como me conocía, no podía pensar,
pretender ni desear. No obstante, yo sentía aún un fuerte deseo de escapar, que se basaba, como he dicho,
en lo que pude inferir de nuestra conversación; es decir, en que allí había diecisiete hombres barbudos. Por
lo tanto, sin más demora, Viernes y yo nos pusimos a buscar un árbol lo bastante grande como para hacer
una gran canoa o piragua para el viaje. En la isla había suficientes árboles para fabricar una pequeña flota,
no de piraguas y canoas, sino de barcos grandes. No obstante, lo más importante era que el árbol estuviese
cerca de la playa, a fin de que pudiésemos meter la canoa en el agua, una vez la hubié semos terminado y,
de este modo, no cometer el mismo error que yo había cometido al principio.
Finalmente, Viernes escogió un árbol, ya que conocía mejor que yo el tipo de madera más apropiado para
nuestro propósito. Ni aún hoy sería capaz de decir el nombre del ár bol que cortamos. Solo sé que se
parecía bastante al que nosotros llamamos fustete67, o algo entre este y el nicaragua68, pues tenía un color y
un olor bastante parecidos. Viernes quería quemar el interior del tronco para hacer la cavidad de la canoa
pero le demostré que era mejor ahuecarlo con herramientas, lo cual hizo con gran destreza, una vez le hube
enseñado a utilizarlas. Al cabo de un mes de ardua labor, la terminamos. Era una canoa muy hermosa,
particularmente, porque cortamos y moldeamos el casco con la ayuda de las hachas, que le enseñé a
manejar a Viernes, y le dimos la forma de un verdadero bote. Después de hacer esto, no obstante, tardamos
casi quince días en desplazarla hasta el agua, pulgada a pulgada, utilizando unos grandes rodillos. Cuando
lo logramos, vimos que podía transportar cómodamente a veinte hombres.
67 Fustete: Conocido también como cladastris. Su nombre científico es (Chlorophora, Maclura). Árbol
que se encuentra en Sudamérica y en las indias Occidentales, del cual se extrae un tinte amarillo.
68 Nicaragua: Especie de Caesalpinio parecido al palo de Brasil, del cual se extrae un tinte rojo.
Una vez en el agua, me sorprendió ver la destreza y la agilidad con que la manejaba mi siervo Viernes y
el modo en que la hacía girar y avanzar, a pesar de sus dimensiones. Le pregunté si creía que podíamos
aventurarnos en ella.
-Sí -me dijo-, aventuramos en ella muy bien aunque sopla gran viento.
No obstante, yo tenía un plan que él no conocía. Consistía en hacer un mástil y una vela y agregarle un
ancla y un cable. El mástil fue fácil de obtener, pues elegí un cedro joven y recto, de una especie que
abundaba en la isla y que encontré cerca de allí. Le pedí a Viernes que lo cortara y le di instrucciones para
que le diera forma y lo adaptase. La vela era mi preocupación principal. Sabía que tenía suficientes velas,
más bien, trozos de ellas, pero como hacía veintiséis años que las tenía y no había tomado la precaución de
conservarlas, puesto que no me imaginaba que lle garía a usarlas nunca para semejante propósito, no dudaba
que estarían todas podridas, como en efecto lo estaban, en su mayoría. No obstante, encontré dos trozos que
estaban en bastante buen estado y me puse a trabajar. Con mucha dificultad y con puntadas torcidas (podéis
estar seguros) por falta de agujas, hice, por fin, una cosa fea y triangular que se parecía a lo que en
Inglaterra llamamos vela de lomo de cordero. Esta iría amarrada a una botavara grande por abajo y a otra
más pequeña por arriba, del mismo modo que las chalupas de nuestros barcos. Yo conocía su manejo
perfectamente pues la barca en la que me había escapado de Berbería tenía una igual, como he contado en
la primera parte.
Me tomó casi dos meses terminar esta última parte del trabajo, es decir, arreglar y ajustar mi mástil y las
velas, pues hice, además, un pequeño estay69, al que iría amarra da una vela más pequeña que me ayudaría
a aprovechar el viento, cuando navegáramos a barlovento. Por último, fijé un timón a la popa para poder
dirigir la canoa. Pese a que era un pésimo carpintero, como sabía la utilidad y la necesidad de hacerlo, puse
tanto empeño y dedicación en esta tarea que, finalmente, la pude completar con éxito. Mas, si considero la
cantidad de intentos fallidos que realicé, creo que me costó tanto trabajo como hacer toda la canoa.
69Estay: Cabo que sujeta la cabeza de un mástil al pie del más inme diato, para impedir que caiga hacia
popa.
Una vez hecho todo esto, le enseñé a mi siervo Viernes los pormenores de la navegación, pues, aunque
sabía remar muy bien, no conocía en absoluto el manejo de las ve las ni el timón. Se quedó asombrado
cuando vio cómo hacía girar la canoa con la ayuda del timón y cómo rotaba, se hinchaba o se aflojaba la
vela según el rumbo que tomáramos; digo que, cuando vio todo esto se quedó estupefacto y atónito. No
obstante, con el tiempo, logré que se acostumbrara a estas cosas y llegó a convertirse en un experto
marinero, excepto en el uso de la brújula, que nunca llegué hacerle comprender del todo. Por otra parte,
como en aquellas tierras no era frecuente que hubiera nubes o niebla, la brújula no era tan necesaria, pues
por la noche se podían ver las estrellas y por el día, la costa, excepto en la estación de lluvias, cuando a
nadie se le ocurría salir ni por tierra ni por mar.
Había cumplido veintisiete años de cautiverio en esta isla, aunque debería descontar los últimos tres que
había compartido con esta criatura ya que, durante ducho tiempo, mi vida había sido muy distinta de la
anterior. Celebré el aniversario de mi llegada a este sitio con el mismo agradecimiento a Dios por su
bondad pues, si al principio tenía motivos para sentirme agradecido, ahora tenía muchos más. La Providencia
me había dado testimonios adicionales de su generosidad hacia mí y estaba esperanzado en ser
liberado en poco tiempo, pues tenía la certeza de que mi salvación estaba próxima y que no pasaría otro año
en aquel lugar. No obstante, seguí realizando mis labores domésticas y, como de costumbre, cavaba,
sembraba, cercaba, recogía y secaba mis uvas y cumplía todos mis deberes como antes.
En este tiempo, llegó la estación de lluvias, lo que me obligaba a permanecer en casa. Guardamos nuestra
nueva embarcación en el lugar más seguro que encontramos, es decir, la llevamos hasta el río donde, como
he dicho, desembarqué mis balsas. La arrastramos hasta la costa aprovechando la marea alta y mi siervo
Viernes excavó un pequeño embalse, lo suficientemente grande para guardarla y lo suficientemente
profundo para que se mantuviera a flote. Cuando bajó la marea, hicimos un dique muy fuerte en uno de los
extremos para que no le entrara agua. De este modo, estaría sobre seco y protegida de la marea. Para
protegerla de la lluvia, colocamos muchas ramas de árboles, con las que hicimos una especie de techo,
como el de una casa. Entonces, esperamos a noviembre o diciembre, que era cuando tenía previsto
emprender la aventura.
En esto llegó la estación seca y, con el buen tiempo, re anudé mis proyectos. Diariamente me ocupaba de
los preparativos para el viaje. Lo primero que hice fue separar una cantidad de provisiones que nos
servirían de abastecimiento durante el viaje. Mi intención era abrir el dique en dos sema nas y echar al agua
nuestra embarcación. Una mañana, mientras me hacía cargo de una de estas tareas, llamé a Viernes para
pedirle que fuera a la playa, a fin de buscar una tortuga, cosa que hacíamos generalmente una vez a la
semana, tanto por los huevos como por la carne. Al poco tiempo de haberse marchado regresó corriendo y
saltó por encima de la muralla exterior, como si sus pies no tocasen la tierra. Antes de que pudiese decirle
algo, gritó:
-¡Oh, amo! ¡Oh, amo! ¡Oh, pena! ¡Oh, malo!
-¿Qué ocurre, Viernes? -le pregunté.
-¡Oh, allí, una, dos, tres canoas! ¡Una, dos, tres!
Por la forma en que se expresó, pensé que eran seis pero, después de preguntarle, comprendí que solo
eran tres.
-Pues bien, Viernes -dije-, no tengas miedo.
Traté de animarlo como pude pero el pobre muchacho estaba terriblemente asustado. Se había
empecinado en pensar que habían venido a buscarlo y que lo cortarían en pedazos para comérselo. El pobre
chico temblaba tanto que apenas sabía qué hacer o decirle. Le reconforté lo mejor que pude y le dije que yo
corría tanto peligro como él, pues a mí tamb ién me comerían.
-Pero Viernes -dije-, debemos estar dispuestos a luchar contra ellos. ¿Acaso no puedes luchar, Viernes?
-Yo lucha -dijo-, pero ellos vienen muchos más.
-No te preocupes por eso -le dije nuevamente-, nuestras armas espantarán a los que no podamos matar.
Le pregunté si estaba resuelto a defenderse y a defenderme, a ayudarme y a hacer todo lo que yo le
pidiera, y me respondió:
-Yo muero si tú mueres, amo.
Entonces, fui a buscar un buen trago de ron y se lo di. Había administrado tan bien el ron que aún tenía
una gran cantidad. Cuando se lo hubo bebido, le dije que trajera las dos escopetas de caza que solíamos
llevar con nosotros y las cargué con municiones grandes del tamaño de las de pistola. Luego cogí cuatro
mosquetes y cargué cada uno de ellos con dos cartuchos y cinco balas pequeñas. Me colgué el gran sable
desnudo al costado y le di a Viernes su hacha.
Una vez preparado, tomé mi catalejo y subí por la ladera de la colina para ver qué podía descubrir.
Inmediatamente, observé, gracias a mi catalejo, que había veintiún salva jes, tres prisioneros y tres canoas.
Lo único que iban a hacer era celebrar un banquete triunfal con aquellos tres cuerpos humanos (un festín
bárbaro, sin duda), que no tenía nada de particular respecto a los que solían hacer.
También pude observar que no habían desembarcado en el mismo lugar del que Viernes se había
escapado, sino más cerca de mi río, donde la costa era más baja y había un espeso bosque que llegaba casi
hasta el mar. Esto, unido al horror que me causaba la falta de humanidad de estos miserables, me llenó de
tanta indignación que regresé a donde estaba Viernes y le dije que estaba resuelto a caer sobre ellos y
matarlos a todos. Le pregunté si combatiría a mi lado y él, que se había repuesto del susto por el ron y se
encontraba más animado, respondió, como lo había hecho antes, que moriría si yo se lo ordenaba.
En este acceso de valentía, cogí las armas que había cargado antes y las repartí entre los dos. Le di a
Viernes una pistola para que la pusiese en su cinturón y tres mosquetes para que los llevase a la espalda. Yo
cogí una pistola y los otros tres mosquetes y, armados de este modo, partimos. Puse una pequeña botella de
ron en mi bolsillo y le di a Viernes un gran saco de pólvora y balas. Le ordené que se quedara detrás de mí,
a poca distancia y que no hiciera ningún movimiento, ni hablara o disparara hasta que yo se lo indicara. De
este modo, recorrimos casi una milla hacia la derecha para pasar el río y llegar al bosque, a fin de estar a
tiro de fusil de ellos antes de que nos descubrieran, lo cual era muy sencillo, según pude ver con mi
catalejo.
A medida que iba andando, recordé mis antiguos principios y comencé a desistir de mi resolución. No
quiero decir con esto que tuviese miedo de su número, pues, como no eran más que unos miserables
desnudos y sin armas, yo era, sin duda, superior a ellos, aun si hubiese estado solo. Mas, comencé a pensar
que no tenía motivo ni razón, mucho menos necesidad, de teñir mis manos con sangre, atacando a unos
hombres que no me habían hecho, ni pretendían hacerme ningún daño. Respecto a mí, eran seres inocentes,
cuyas costumbres salvajes obraban en su propio perjuicio y eran la prueba de que Dios los había
abandonado, como a otros pueblos de aquella parte del mundo, a su estupidez y barbarie. Él no me había
llamado a que fuese juez de sus acciones, mucho menos, verdugo de su justicia. Cuando Él lo juzgase
conveniente, tomaría el caso en sus manos y, me diante la venganza nacional, los castigaría por sus
crimenes nacionales. Aquello no era de mi incumbencia y, si bien Viernes podía justificar aquella acción
como legítima, pues era enemigo declarado de ellos y se hallaba en estado de guerra, en mi caso no se
podía decir lo mismo. Estos pensamientos ejercieron tal influencia en mi espíritu, a lo largo del camino,
que decidí limitarme a permanecer cerca de ellos para observar su festín bárbaro y actuar según me lo
indicara el Señor, sin entrometerme en nada, a menos que reconociera un llamado más fuerte que el que
había sentido hasta ahora.
Así resuelto, con toda la precaución y el silencio posibles, y con Viernes pisándome los talones, caminé
hasta el límite del bosque más próximo a ellos, de manera que solo nos separaban unos árboles. Entonces,
llamé a Viernes en voz muy baja y, mostrándole un árbol enorme, que estaba en una esquina del bosque, le
pedí que se acercara hasta él y me informara si desde allí se podía ver claramente lo que hacían. Así lo hizo
y, regresó inmediatamente, diciendo que desde allí se podían ver perfectamente; que estaban alrededor de la
hoguera comiéndose la carne de uno de los prisioneros y que, amarrado en la arena, a poca distancia, había
otro a quien iban a matar en seguida, lo cual me llenó de cólera. Me dijo que no era uno de su nación, sino
uno de los hombres con barba, de quienes me había hablado y que habían llegado en un bote a su tierra. Me
llené de espanto con la simple mención del hombre blanco con barba. Fui hasta el árbol y, con la ayuda de
mi catalejo, pude distinguir claramente a un hombre blanco que yacía sobre la playa, atado de pies y manos
con cañas o bejucos. Era europeo y estaba vestido.
Había otro árbol y, un poco más adelante, una pequeña espesura, más próxima a ellos que el lugar en el
que me hallaba antes. Me di cuenta de que, si me desplazaba un poco, podría acercarme sin ser descubierto
y, desde allí, estaría tan solo a medio tiro de fusil de ellos. Contuve mi cólera, aunque estaba indignado en
sumo grado y, retrocediendo como veinte pasos, caminé detrás de unos arbustos, que se extendían todo el
camino, hasta que llegué al otro árbol. Entonces, me encontré una pequeña elevación en el terreno, desde la
cual podía verlos claramente a una distancia de, más o menos, veinte yardas.
No había tiempo que perder, pues, diecinueve de aquellos miserables salvajes, que estaban sentados en el
suelo, apretujados entre sí, habían enviado a otros dos a asesinar al pobre cristiano que, tal vez, traerían por
pedazos a la hoguera. Acababan de agacharse para desatarle los pies, cuando me volví hacia Viernes.
-Ahora, Viernes -le dije-, haz lo que te ordébe.
Viernes asintió.
-Pues, Viernes -le dije-, haz exactamente lo que me veas hacer y no te equivoques en nada. Coloqué uno
de los mosquetes y la escopeta sobre la tierra y Viernes hizo lo mismo. Con el otro mosquete, apunté a los
salvajes, ordenándole a Viernes que me imitara. Le pregunté si estaba lis to y respondió que sí.
-Entonces, dispara -le dije y, en ese mismo instante, disparé.
Viernes tenía mucha mejor puntería que yo, pues mató a dos e hirió a otros tres mientras que yo maté a
uno y herí a dos. Podéis estar seguros de que los salvajes se quedaron terriblemente consternados y todos
los que no estaban heridos se pusieron de pie rápidamente, sin saber hacia dónde mirar ni huir, pues no
tenían idea de dónde provenía su destrucción. Viernes me miraba fijamente, tal y como se lo había
ordenado, para observar todos mis movimientos. Después de la primera descarga, arrojé inmediatamente el
mosquete y cogí la escopeta de caza. Viernes hizo lo mis mo. Me vio apuntar y me imitó.
-¿Estás preparado, Viernes? -le pregunté.
-Sí -me respondió.
-Entonces -dije- ¡fuego, en nombre de Dios!, y abrí fuego contra aquellos miserables que estaban
espantados. Como nuestras armas estaban cargadas con munición pe queña, tan solo cayeron dos pero había
muchos heridos que corrían aullando y gritando como locos, sangrando y gravemente heridos, de los
cuales, en seguida cayeron otros tres, pero aún vivos.
-Ahora, Viernes -dije, dejando las escopetas descargadas y cogiendo el mosquete que aún tenía
munición-, sígueme.
Así lo hizo y con gran valor. Salí corriendo del bosque, con Viernes pegado a mis talones, y me descubrí.
Tan pronto me vieron, grité tan fuertemente como pude y le ordené a Viernes que hiciera lo mismo. Corrí
lo más aprisa posible, que por cierto, no era demasiado, a causa del peso de las armas, y me dirigí 'hacia la
pobre víctima, que, como he dicho, yacía en la playa, entre el área del festín y el mar. Los dos carniceros
que iban a matarlo habían huido ante la sorpresa de nuestro primer disparo, se internaron en el mar,
muertos de miedo y saltaron a sus canoas, seguidos por otros tres. Me volví hacia Viernes y le ordené que
se adelantara y les disparara. Me comprendió inmediatamente y, corriendo unas cuarenta yardas para estar
más cerca, les disparó. Pensé que los había matado a todos, pues los vi caer de un salto en la canoa, pero
después vi que dos de ellos se incorporaron rápidamente. No obstante, había matado a dos y herido a un
tercero, que yacía en el fondo del bote como si estuviese muerto.
Mientras mi siervo Viernes les disparaba, cogí mi cuchillo y corté los bejucos que sujetaban a la pobre
víctima. Una vez desatado de pies y manos, se levantó. Le pregun té en lengua portugues a quién era y me
respondió en latín: «Cristianus.» Estaba tan débil que apenas podía tenerse en pie o hablar. Saqué mi
botella del bolsillo y se la di, haciéndole señales de que bebiese. Así lo hizo. Luego, le di un trozo de pan y
se lo comió. Entonces, le pregunté de qué país era y me dijo: «Español.» Cuando se hubo reanimado, me
mostró, con todas las señas que fue capaz de hacer, lo agradecido que estaba porque le hubiese salvado la
vida.
-Señor -le dije con el español que pude recordar-, hablaremos luego pero ahora debemos luchar. Si aún
tiene fuerzas, coja esta pistola y este sable y luche.
Los tomó muy agradecido y, apenas tuvo las armas en sus manos, como si le hubiesen investido de nuevo
vigor, se abalanzó sobre sus asesinos como una fiera y cortó a dos de ellos en pedazos en un instante. Lo
cierto es que, todo esto los había tomado por sorpresa y las pobres criaturas estaban tan aterrorizadas por el
ruido de nuestras armas, que caían de puro asombro y miedo; tan incapaces eran de huir como de resistir las
balas. Lo mismo les ocurrió a los cinco a los que Viernes les había disparado en la canoa: tres de ellos
cayeron por las heridas y los otros dos de miedo.
Mantuve mi arma en la mano, sin disparar, con el propósito de reservar la carga que me quedaba, pues le
había entregado mi pistola y mi sable al español. Llamé a Viernes y le pedí que fuera corriendo al árbol
desde donde habíamos disparado al principio y recogiera las armas descargadas que estaban allí, lo cual
hizo con gran rapidez. Luego le di mi mosquete, me senté a cargar todas las demás nuevamente y les
recomendé que viniesen a buscarlas cuando las necesitaran. Mientras cargaba las armas, se entabló un feroz
combate entre el español y uno de los salvajes que le atacó con uno de esos grandes sables de madera, el
mismo con el que le habría dado muerte si yo no hubiese intervenido para evitarlo. El español, que era muy
valiente y arrojado, aunque un poco débil, llevaba un buen rato peleando con el salvaje y le había hecho dos
heridas en la cabeza. Pero el salvaje, que era un joven robusto y vigoroso, lo derribó (pues estaba muy
débil) y estaba intentando arrancarle el sable de las manos. Súbitamente, el español soltó el sable y,
sacando la pistola de su cinturón, le atravesó el cuerpo de un disparo y lo mató en el acto, antes de que yo
pudiese llegar a socorrerle.
Viernes, que ahora andaba por su cuenta, perseguía a los miserables fugitivos, sin más arma que el hacha
con la que había matado a aquellos tres, que, como he dicho, esta ban heridos y habían caído al principio y,
luego, a todos los que pudo atrapar. El español me pidió un arma y le di una escopeta, con la cual persiguió
e hirió a dos salvajes. Mas, como no tenía fuerzas para correr, se refugiaron en el bosque. Allí, Viernes los
persiguió y mató a uno pero el otro, aunque estaba herido, era muy ágil y logró arrojarse al mar y nadar con
todas sus fuerzas hacia los que estaban en la canoa. Estos tres que lograron embarcar, más otro que estaba
herido y no sabemos si murió, fueron los únicos, de un total de veintiuno, que escaparon de nuestras manos.
La relación es como sigue:
3 muertos por nuestra primera descarga desde el árbol
2 muertos por la siguiente descarga
2 muertos por Viernes en la canoa
2 muertos por él mismo, de los que al comienzo habían sido heridos
1 muerto por él mismo en el bosque
3 muertos por el español
4 muertos que aparecieron aquí y allá, a causa de sus heridas o muertos por Viernes en su persecución.
4 huidos en la barca, entre los cuales había uno herido, si no mu erto.
21 en total.
Los que estaban en la canoa, tuvieron que remar muy rápidamente para librarse de los disparos y, aunque
Viernes les disparó dos o tres veces, al parecer, no pudo herir a nin guno de ellos. Él quería que cogiéramos
una de sus canoas y los persiguiéramos e, indudablemente, yo estaba muy preocupado por su huida, pues
llevarían las noticias a su gente. Tal vez, regresarían con doscientas o trescientas canoas y, siendo muchos
más que nosotros, nos devorarían. Decidí perseguirlos por mar y, corriendo hasta una de sus canoas, salté
sobre ella y le ordené a Viernes que me siguiera. Mas, cuando ya estaba dentro de la canoa, me sorprendió
ver a otro pobre salvaje, amarrado de pies y manos, como el español, en espera del sacrificio y casi muerto
de miedo. No sabía lo que estaba ocurriendo pues le era imposible ver por encima del borde de la canoa,
por lo fuertemente atado que estaba y, como llevaba mucho tiempo así, estaba medio moribundo.
En seguida corté los bejucos o juncos con los que estaba atado y traté de ayudarlo para que se
incorporara, pero no podía ponerse en pie ni hablar. Tan solo emitía un quejido lastimero, creyendo, sin
duda, que lo había desatado para matarlo.
Cuando Viernes se le acercó, le ordené que le dijera que estaba en libertad. Saqué mi botella y le di un
trago al pobre desgraciado, que, viéndose repentinamente liberado, se re animó y se sentó en la canoa.
Cuando Viernes se puso a mi rarlo y a hablarle, sucedió algo que habría hecho llorar a cualquiera. De
pronto, comenzó a abrazarlo y besarlo, reía, lloraba, gritaba, saltaba a su alrededor, bailaba, cantaba, volvía
a llorar, se retorcía las manos, se golpeaba la cabeza y el rostro y volvía a cantar y saltar a su alrededor
como un loco. Pasó un largo rato antes de que lograra que me dijese qué ocurría. Cuando se hubo calmado,
me dijo que aquel era su padre.
No es fácil explicar la emoción que me provocó ver el éxtasis de amor filial que invadió a este pobre
salvaje ante la vista de su padre liberado de la muerte. Tampoco puedo describir las extravagancias que
tuvo con él. Entró y salió varías veces de la canoa; cuando entraba, se ponía a su lado, abría su chaqueta y
colocaba la cabeza de su padre contra su pecho durante media hora para reanimarlo; luego tomó sus brazos
y sus tobillos, que estaban entumecidos por las ataduras y comenzó a frotarlos y calentarlos con sus manos.
Cuando me di cuenta de lo que quería lograr, le di un poco de ron de mi botella para qué lo friccionara, lo
que le hizo mucho bien.
Esta circunstancia puso fin a la idea de perseguir la canoa en la que iban los otros salvajes, que, a estas
alturas, estaban casi fuera de nuestra vista y, mejor fue que no lo hicié ramos, pues nos salvamos de un
viento que se levantó antes de que pudiesen hacer una cuarta parte de su travesía y continuó soplando
fuertemente durante toda la noche. Como el viento soplaba del noroeste, les resultaba adverso, de manera
que, con toda probabilidad, la piragua no pudo resistirlo y no llegaron a sus costas.
Mas, volvamos a Viernes. Se ocupaba tanto de su padre, que durante un tiempo no me atreví a
molestarlos. No obstante, cuando me pareció que podía dejarlo solo un momen to, lo llamé y él se
aproximó saltando y riendo, en extremo feliz. Le pregunté si le había dado pan a su padre y meneó la
cabeza respondiendo: «No; perro feo, me lo como todo yo mismo.» Le di, pues, una torta de pan del
pequeño zurrón que llevaba para este propósito y le ofrecí un poco de ron, el cual no quiso siquiera probar
para guardárselo a su padre. Llevaba también dos o tres puñados de pasas y le di uno para su padre. Apenas
se las hubo llevado, volvió a salir corriendo de la canoa, a tal velocidad que parecía embrujado, pues en
verdad era el hombre más ágil que jamás hubiese visto. Podría decirse que corría tan rápidamente que hasta
llegué a perderlo de vista por un instante. Le grité y lo llamé pero fue en vano. Al cabo de un cuarto de
hora, regresó, un poco más lentamente que a la ida, pues, según pude ver mientras se acercaba, traía algo en
las manos.
Cuando llegó hasta donde yo estaba, me di cuenta de que había ido hasta la canoa a por un jarro o vasija
para llevarle un poco de agua fresca a su padre. Traía, además, dos galletas y unos panes. Me dio los panes
y le llevó las galletas al padre. Como también me sentía muy sediento, tomé un sorbo. El agua reanimó a su
padre mucho mejor que todo el ron o licor que yo le había dado, pues se estaba muriendo de sed.
Cuando su padre hubo bebido, llamé a Viernes para saber si quedaba agua. Respondió que sí y le ordené
que le llevara un poco al pobre español, que necesitaba tantos cuidados como su padre. También le dije que
le llevara uno de los panes que había traído. El pobre español, que estaba muy débil, reposaba sobre la
hierba a la sombra de un árbol. Sus extremidades estaban entumecidas e hinchadas a causa de las fuertes
ataduras que le habían hecho. Cuando Viernes se le acercó con el agua, se sentó y bebió. También tomó el
pan y comenzó a comerlo. Entonces, me aproximé y le di un puñado de pasas. Me miró con una evidente
expresión de gratitud en el rostro pero estaba tan fatigado por el combate que no podía mantenerse en pie.
Dos o tres veces intentó incorporarse pero le resultaba imposible, a causa de la inflamación y el dolor en las
piernas. Le dije que se quedara tranquilo e indiqué a Viernes que se las untara y friccionara con ron, como
había hecho antes con su padre.
Mientras hacía esto, mi pobre y afectuosa criatura, volvía la cabeza cada dos minutos, quizás menos, para
ver si su padre seguía en la misma posición en que lo había dejado. De pronto, al no poder verlo, se levantó
y, sin decir una palabra, corrió hacia él tan rápidamente que parecía que sus pies no tocaban la tierra.
Cuando llegó a la canoa y se dio cuenta de que su padre solo se había recostado para descansar las piernas,
regresó inmediatamente hacia donde yo estaba. Entonces, le pedí al español que le permitiera a Viernes
ayudarlo a levantarse para conducirlo a la barca y, de ahí, a nuestra morada, donde yo me haría cargo de él.
Mas Viernes, que era joven y robusto, cargó sobre sus espaldas al español hasta la canoa, lo colocó con
mucha delicadeza en el borde, con los pies por dentro, y lo acomodó al lado de su padre. Después, saltó de
la piragua, la metió en el mar y remó a lo largo de toda la costa, mucho más rápidamente de lo que yo podía
avanzar caminando, a pesar de que soplaba un viento muy fuerte. Habiéndolos traído a salvo hasta nuestra
ensenada, los dejó en la canoa y salió corriendo a buscar la otra. Al pasar junto a mí, le pregunté a dónde
iba y me respondió: «Busca más canoa.» Partió como el viento, pues, seguramente, jamás hombre o caballo
corrieron como él, y llegó con la segunda canoa hasta la ensenada casi antes que yo, que iba por tierra. Así
pues, me condujo hasta la otra orilla y se apresuró a ayudar a nuestros nuevos huéspedes a salir de la canoa.
Pero ninguno estaba en condiciones de caminar, por lo que el pobre Viernes no supo qué hacer.
Me puse a pensar en una solución y decidí decirle a Viernes que los ayudase a sentarse en la orilla y que
viniese conmigo. Rápidamente, fabriqué una suerte de carretilla para transportarlos entre ambos. Así lo
hicimos pero cuando llegamos hasta la parte exterior de nuestra muralla o fortificación, nos hallamos ante
una situación más complicada que la anterior, pues era imposible pasarlos por encima y yo no estaba
dispuesto a derribarla. Viernes y yo nos pusimos nuevamente a trabajar y, en casi dos horas, construimos
una hermosa tienda, cubierta con velas viejas y recubierta con ramas de árboles, en la parte exterior de la
muralla, entre esta y el bosquecillo que había plantado. También hicimos dos camas con paja de arroz,
encima de las cuales colo camos dos mantas; una para acostarse y otra para cubrirse.
Mi isla estaba ahora poblada y me consideré rico en súbditos. Me hacía gracia verme como si fuese un
rey. En primer lugar, toda la tierra era de mi absoluta propiedad, de manera que tenía un derecho
indiscutible al dominio. En segundo lugar, mis súbditos eran totalmente sumisos pues yo era su señor y
legislador absoluto y todos me debían la vida. De haber sido necesario, todos habrían sacrificado sus vidas
por mí. También me llamaba la atención que mis tres súbditos pertenecieran a religiones distintas. Mi
siervo Viernes era Protestante, su padre, un caníbal pagano y el español, papista. No obstante, y, dicho sea
de paso, decreté libertad de conciencia en todos mis dominios.
Tan pronto acomodé a mis débiles prisioneros rescatados y les di cobijo y un lugar para reposar, me puse
a pensar cómo conseguirles provisiones. Lo primero que hice fue or denarle a Viernes que cogiera un
cabrito de un año de mi propio rebaño y lo matara. Le corté el cuarto trasero y lo troceé en pequeños
pedazos. Viernes los coció y preparó un plato muy sabroso, puedo aseguraros, de carne y caldo, al que le
añadió un poco de cebada y arroz. Como cocinaba siempre afuera, para evitar fuegos en mi muralla
interior, lo llevé todo a la nueva tienda y allí puse una mesa para mis huéspedes. Me senté a comer con
ellos y traté de animarlos lo mejor que pude. Viernes me servía de intérprete con su padre y con el español,
que hablaba bastante bien el idioma de los salvajes.
Después de comer, o más bien, de cenar, le ordené a Viernes que cogiese una de las canoas y fuese a
buscar nuestros mosquetes y demás armas de fuego, que por falta de tiempo, habíamos dejado en el lugar
de la batalla. Al día siguiente, le ordené que enterrase a los muertos, que estaban tendidos al sol y, en poco
tiempo, comenzarían a oler. También le ordené que enterrara los horribles restos del festín bárbaro, que
eran abundantes, pues yo no tenía valor para hacer aquello, ni siquiera para verlo si pasaba por allí. Siguió
mis órdenes al pie de la letra y borró todo rastro de la presencia de los salvajes, de manera que, cuando
volví al lu gar, apenas tenía una idea de dónde había ocurrido, a excepción del extremo del bosque que lo
señalizaba.
Empecé a conversar un poco con mis dos nuevos súbditos. En primer lugar, le pedí a Viernes que le
preguntara a su padre qué pensaba sobre los salvajes que habían escapa do en la canoa y si creía que
volverían con un ejército tan grande que no fuésemos capaces de combatir. Su primera opinión fue que
aquellos salvajes no habían podido resistir, en semejante bote, una tormenta como la que había soplado
toda la noche de su huida y, seguramente, se habían ahogado o habían sido arrastrados hacia el sur hasta
otras costas, donde, tan seguro era que serían devorados, como que se ahogarían si naufragaban. No sabía
qué harían si lle gaban sanos a la costa pero pensaba que estarían tan asustados por la forma en que habían
sido atacados y por el ruido y el fuego, que le dirían a su gente que no los habían matado unos hombres
sino el rayo y el trueno; y que los dos seres que habían aparecido, es decir, Viernes y yo, no éramos
hombres armados, sino dos espíritus o furias celestiales que habían bajado a destruirlos. Sabía esto porque
los escuchó gritar en su lengua que era imposible que un hombre pudiese disparar dardos de fuego o hablar
como el trueno y matar a distancia, sin levantar la mano. En esto, el viejo salvaje tenía razón, pues luego
supe que jamás intentaron regresar a la isla por miedo a lo que aquellos cuatro hombres (que, en efecto,
lograron salvarse del mar) les habían contado: que quien fuera a esa isla encantada, sería destruido por el
fuego de los dioses.
En aquel momento ignoraba esto y, por tanto, vivía continuamente inquieto, haciendo guardias, al igual
que el resto de mi ejército. Ahora que éramos cuatro, me atrevía a enfrentarme a un centenar de ellos en
cualquier momento. Sin embargo, al cabo de un tiempo, al ver que no aparecía ninguna canoa, fui
perdiendo el miedo a que regresaran y volví a considerar mis viejos propósitos de viajar al continente. El
padre de Viernes me aseguró que podía contar con el cordial recibimiento de su gente, si decidía hacerlo.
No obstante, tuve que posponer mis planes, después de una seria conversación con el español, en la que
me dijo que los dieciséis españoles y portugueses, que habían nau fragado y encontrado refugio en esas
costas, vivían allí en paz con los salvajes, aunque no sin temer por sus vidas y padecer necesidades. Le pedí
que me relatara su viaje y, entonces, supe que viajaba en un barco español fletado en el Río de la Plata con
destino a La Habana, donde debía llevar un cargamento de pieles y plata y regresar con las mercancías
europeas que pudiesen obtener. Añadió que a bordo viajaban cinco marineros portugueses, rescatados de
otro naufragio y que cinco de los suyos habían muerto cuando se perdió la primera embarcación. Los
demás, después de infinitos riesgos y peligros, habían logrado llegar, medio muertos, a aquellas tierras de
caníbales, donde temían ser devorados de un momento a otro.
Me dijo que tenían algunas armas pero que no les servían para nada, pues no tenían pólvora ni
municiones. El mar había estropeado casi toda la pólvora, con la excepción de una pequeña cantidad, que
utilizaron al desembarcar para proveerse de alimentos.
Le pregunté si sabía qué sería de ellos o si habían hecho planes para escapar. Me contestó que lo habían
considerado muchas veces pero, como no tenían embarcación, ni medios para fabricarla y tampoco tenían
provisiones de ningún tipo, sus concilios terminaban siempre en lágrimas y desesperación.
Le pedí que me dijera cómo recibirían una propuesta de huida por mi parte y si esta sería realizable. Le
dije con franqueza que mi mayor preocupación era alguna traición o abusos por su parte si ponía mi vida en
sus manos, ya que la gratitud no suele ser una virtud inherente a la naturaleza humana y los hombres suelen
velar más por sus propios intereses que por sus obligaciones. Le dije que sería intolerable que, después de
salvarles la vida, me llevasen prisionero a la Nueva España, donde cualquier inglés sería ajusticiado,
independientemente de las circunstancias o necesidades que le hubiesen llevado hasta allí; y que prefería
ser entregado a los salvajes y devorado vivo antes de caer en las garras de sacerdotes despiadados y ser
llevado ante la Inquisición. Añadí que, aparte de eso, estaba convencido de que, siendo todos los que
éramos, podríamos construir una embarcación con nuestras propias manos, lo suficientemente grande para
llegar a Brasil, a las islas, o a la costa española que estaba al norte. Mas, si en recompensa, puesto que les
daría armas, me llevaban por la fuerza a su patria, estarían abusando de mi generosidad y yo me vería peor
que antes.
Me contestó con mucha honradez y sinceridad que su situación era tan miserable como la mía y que
habían sufrido tanto, que no podrían menos que aborrecer la mera idea de perjudicar a nadie que les
ayudara a escapar. Si me parecía bien, él iría con el viejo a hablar con ellos sobre el asunto y regresaría con
una respuesta; que obtendría su compromiso solemne de ponerse bajo mis órdenes como capitán y comandante
y les haría jurar sobre los Santos Sacramentos y el Evangelio, que serían leales, que iríamos al
país cristiano que yo quisiera y a ningún otro; que se someterían total y absolutamente a mis órdenes hasta
que hubiésemos desembarcado sanos y salvos en el país que yo quisiera; y que me darían un contrato
firmado a estos efectos.
Entonces me dijo que, antes que nada, él, por su parte, me juraba que no se separaría nunca de mí hasta
que yo se lo ordenase y que estaría de mi lado, hasta derramar la última gota de sangre, si sus compañeros
faltaban a su promesa.
Me dijo que todos eran hombres civilizados y honestos, que se hallaban en la peor situación imaginable,
sin armas ni ropa, sin otro alimento que el que los salvajes les cedían generosamente y sin esperanzas de
regresar a su patria. Si yo los ayudaba, podía estar seguro de que estarían dispuestos a dar la vida por mí.
Con estas garantías, decidí enviar al viejo salvaje y al español para tratar con ellos. Mas cuando todo
estaba listo para su partida, el español hizo una observación, tan pru dente y sincera que no pude menos que
aceptarla con agrado. Siguiendo su consejo, decidí postergar medio año el rescate de sus compañeros por la
razón que sigue.
Hacía cerca de un mes que vivía con nosotros y, durante todo ese tiempo, yo le había mostrado el modo
en que había provisto para mis necesidades, con la ayuda de la Providencia. Sabía perfectamente que mi
abastecimiento de arroz y cebada era suficiente para mí, mas no para mi fa milia, que hora contaba con
cuatro miembros. Si venían sus compañeros, que eran catorce, no tendríamos cómo alimentarlos ni, mucho
menos, abastecer una embarcación para dirigirnos a las colonias cristianas de América. Por tanto, le parecía
recomendable que les permitiera, a él y a los otros dos, cultivar más tierra, con las semillas que yo pudiese
darles y que esperáramos a la siguiente cosecha, a fin de tener una reserva de grano para cuando llegaran
sus compañeros, pues la necesidad podía ser motivo de discordia o de que sintieran que habían sido
liberados de una desgracia para caer en otra peor.
-Usted sabe -me dijo-, que los hijos de Israel al principio se alegraron de su salida de Egipto pero, luego,
se re belaron contra Dios, que los había liberado, cuando les faltó el pan en medio del desierto.
Su razonamiento era tan sensato y su consejo tan bueno, que me sentí muy complacido, tanto por su
propuesta como por la lealtad que me demostraba. Así, pues, nos pu simos a trabajar los cuatro, lo mejor
que podimos con las herramientas de madera que teníamos. En menos de un mes, al cabo del cual
comenzaba el período de siembra, habíamos labrado y preparado una razonable extensión de terreno.
Sembramos veintidós celemines de cebada y dieciséis jarras de arroz, que era todo el grano del que
podíamos disponer, después de reservar una cantidad suficiente para nuestro sustento durante los seis meses
que debíamos esperar hasta el momento de la cosecha; es decir, los seis meses que transcurrieron desde que
apartamos el grano destinado a la siembra, que es el tiempo que se demora en crecer en aquellas tierras.
Siendo una sociedad lo suficientemente numerosa como para no temer a los salvajes, salvo que viniese
un gran número de ellos, andábamos libremente por la isla cuando nos apetecía. Nuestros pensamientos
estaban ocupados en la idea de nuestra liberación, al menos los míos, pues no podía dejar de pensar en la
forma de realizarla. Con este propósito, fui marcando varios árboles que me parecían adecuados para la
labor y te ordené a Viernes y a su padre que los cortaran. Al español le encomendé que supervisara y dirigiera
estas tareas. Le mostré el esfuerzo ímprobo que me había costado transformar un enorme árbol en
una plancha y les ordené que hicieran lo mismo, hasta que produjeran una docena de tablones de buen
roble, de unos dos pies de ancho por treinta y cinco de largo y dos a cuatro pulgadas de espesor. Cualquiera
puede imaginar el trabajo que costó hacer todo esto.
Al mismo tiempo, me encargué de aumentar todo lo que pude mi pequeño rebaño de cabras domésticas.
Con este propósito, el español y yo nos turnábamos diariamente para ir a cazar con Viernes y, de este
modo, conseguimos más de veinte cabritos y los criamos con los demás, pues, cada vez que matábamos una
madre, cogíamos a los más pequeños y los añadíamos a nuestro rebaño. En eso llegó la época de secar las
uvas y colgamos tantos racimos al sol, que, si hubiésemos estado en Alicante, donde se producen las pasas,
habríamos llenado sesenta u ochenta barriles. Estas pasas, junto con nuestro pan, constituían nuestro
principal alimento, excelente para la salud, os lo aseguro, porque son en extremo nutritivas.
Había llegado el tiempo de la cosecha y la nuestra resultó buena. No dio el mayor rendimiento que
hubiese visto en la isla pero era suficiente para nuestros propósitos. De los veintidós celemines de cebada
que sembramos, obtuvimos más de doscientos veinte y, en igual proporción, cosechamos el arroz. Esto era
suficiente para nuestra subsistencia hasta la próxima cosecha, incluso con los dieciséis españoles y, si
hubiésemos decidido emprender el viaje, habríamos contado con suficientes provisiones para abastecer
nuestro navío e ir a cualquier parte del mundo, es decir, a América.
Cuando hubimos recogido y asegurado nuestro grano, nos dispusimos a hacer más cestos en los que
guardarlo. El español era muy hábil y diestro en este menester y, a menudo, me recriminaba que no
utilizara más este recurso pero a mí no me parecía necesario.
Ahora teníamos suficiente comida para los invitados que esperaba y le dije al español que fuera al
continente para ver qué podía hacer por los que estaban allí. Le di ór denes estrictas de no traer a ningún
hombre que antes no hubiese jurado por escrito, en su presencia y la del viejo salvaje, que jamás le haría
daño ni atacaría a la persona que estaba en la isla y que, tan generosamente, le había rescatado; que la
apoyaría y la protegerían de cualquier atentado de este tipo y se sometería totalmente a sus órdenes, donde
quiera que fuese. Esto lo pondrían todos por escrito y lo firmarían con su puño y letra, mas nadie se
preguntó cómo lo harían, si no disponían de tinta ni plumas.
Con estas instrucciones, el español y el viejo salvaje, el padre de Viernes, zarparon en una de las canoas
en las que vinieron, los trajeron, más bien, como prisioneros para ser devorados por los salvajes.
Le di a cada uno un mosquete con balas y cerca de ocho cargas de pólvora, encomendándoles que
cuidaran muy bien de ellos y no los utilizaran a menos que fuese urgente.
Todos estos preparativos me resultaban muy agradables, pues eran las primeras medidas que tomaba con
vistas a mi liberación en veintisiete años y unos días. Les di sufi ciente pan y pasas para que pudiesen
abastecerse durante varios días y abastecer a sus compañeros durante otros ocho días. Y, deseándoles un
buen viaje, los vi partir, acordando que, a su regreso, harían una señal para que yo pudiese reconocerlos
antes de llegar a la orilla.
Zarparon con una brisa favorable, según mis cálculos, el día de luna llena del mes de octubre. No
obstante, he de decir que habiéndola perdido una vez, no llevaba una cuenta exacta de los días, ni había
apuntado los años con suficiente precis ión como para saberlo a ciencia cierta. Mas, cuando verifiqué mis
cálculos posteriormente, descubrí que había llevado una cuenta exacta de los años.
No habían pasado más de ocho días de su partida cuando se produjo un incidente extraño e inesperado,
que quizás no tenga parangón con nada que hubiese podido ocurrir en esta historia. Una mañana, me
hallaba profundamente dormido cuando mi siervo Viernes, vino corriendo y gritó: «Amo, amo, ellos
vienen, ellos vienen.»
Salté de la cama y, sin sospechar peligro alguno, tan pronto como me hube vestido, salí por mi
bosquecillo que, dicho sea de paso, se había convertido en un espeso bos que. Tal como iba diciendo, ajeno
a cualquier peligro, salí sin armas, en contra de mi costumbre. Cuando miré hacia el mar, me quedé
sorprendido de ver una embarcación que llevaba una vela de lomo de cordero, como suelen llamarse, a una
legua y media de la costa. El viento, que soplaba con bastante fuerza, la empujaba hacia nosotros pero
inmediatamente me di cuenta de que no venía de la costa, sino del extremo más meridional de la isla.
Entonces, llamé a Viernes y le dije que se mantuviese escondido, pues esa no era la gente a la que
esperábamos y no sabíamos si eran amigos o enemigos.
A continuación, fui a buscar mi catalejo, a fin de ver si los reconocía. Tomé la escalera para subir a la
colina, como solía hacerlo cuando desconfiaba de algo, y para poder observar sin riesgo de ser descubierto.
Apenas había subido, pude observar a simple vista que habían echado un ancla y estaban a casi dos
leguas de donde me hallaba, hacia el sudoeste, pero a menos de una le gua y media de la costa. Pude
reconocer claramente que era un buque inglés y su chalupa también lo parecía.
No puedo expresar la confusión que sentí, a pesar de la alegría que me causaba ver un navío que, sin
duda, estaría tripulado por compatriotas míos y, por consiguiente, amigos. No obstante, y sin saber por qué,
me invadieron ciertas dudas que me aconsejaban que me mantuviera en guardia. En primer lugar, me
pregunté qué podía traer a un navío inglés a esta parte del mundo, que estaba completamente fuera de la
ruta de tráfico. Sabía que ninguna tempestad los había arrastrado hasta mis costas y, si eran realmente
ingleses, posiblemente venían con malas intenciones, por lo que prefería seguir como estaba a caer en
manos de ladrones y asesinos.
Ningún hombre debería despreciar sus presentimientos ni las advertencias secretas de peligro que a veces
recibe, aun en momentos en los que parecería imposible que fueran reales. Casi nadie podría negar que
estos presentimientos y advertencias nos son dados; tampoco que sean manifestaciones de un mundo
invisible y de ciertos espíritus. Así, pues, si su tendencia es a advertirnos del peligro, ¿por qué no suponer
que provienen de un agente propicio, ya sea superior o inferior y subordinado -esto no es lo importante-, y
que nos son dados para nuestro beneficio?
Esta pregunta confirma plenamente la sensatez de mi razonamiento, pues, si no hubiese sido cauteloso, a
causa de esta premonición secreta, independientemente de su procedencia, habría caído inevitablemente en
una situación mucho peor que aquella en la que me hallaba, como veréis de inmediato.
No llevaba mucho tiempo en esta posición cuando vi que la chalupa se aproximaba a la orilla, como
buscando una ensenada para llegar a tierra más cómodamente. No obstante, como no se acercaron lo
suficiente, no pudieron ver la pequeña entrada por la que, al principió, desembarqué con mis balsas. Se
limitaron a llevar la chalupa hasta la playa, a casi media milla de donde me encontraba, lo cual resultó muy
ventajoso para mí, pues, de otro modo, habrían desembarcado delante de mi puerta y me habrían sacado a
golpes de mi castillo y robado todas mis pertenencias.
Cuando llegaron a la orilla, comprobé que eran ingle ses, al menos, en su mayoría. Había uno o dos que
parecían holandeses pero no estaba seguro. En total, eran once hombres, de los cuales tres iban desarmados
y, según pude ver, amarrados. Los primeros cuatro o cinco que descendieron a tie rra sacaron a los otros tres
de la chalupa; corno si fuesen prisioneros. Pude ver que uno de los tres suplicaba apasionadamente con
gestos exagerados de dolor y desesperación; los otros dos, elevaban los brazos al cielo de vez en cuando y
parecían afligidos pero en menor grado que el primero.
Este espectáculo me dejó totalmente perplejo, pues no comprendía su significado. Viernes me dijo; en el
mejor in glés que pudo:
-Oh, amo, ver hombres ingleses comen prisioneros también como salvajes..
¿Por qué, Viernes? -1e pregunté-. ¿Por qué piensas que se los van a comer?
-Sí -me contestó-, ellos van a comerlos.
-No, no, Viernes -le dije -, me temo que los van a matar pero puedes estar seguro de que no se los van a
comer.
Durante todo este tiempo, no tenía idea de lo que realmente iba a ocurrir pero permanecí temblando de
horror ante la escena, esperando a cada momento que mataran a los tres prisioneros. Uno de esos villanos
levantó el brazo con una enorme espada o navaja, como suelen llamarlas los marineros, para asestarle un
golpe a uno de aquellos pobres hombres y, como esperaba verle caer al suelo en cualquier momento, se me
heló la sangre en las venas.
Entonces deseé de todo corazón que el español y el salvaje que había ido con él, hubiesen estado aquí, o
que yo hubiese podido acercarme sin ser descubierto y abrir fuego contra ellos para rescatar a los tres
hombres, pues no me parecía que estuvieran armados. Pero se me ocurrió otra idea. Después del
monstruoso trato que les dieron a los tres hombres, advertí que los insolentes marineros se dispersaron por
la isla, como si quisieran reconocer el territorio. Observé que los tres hombres habían quedado en libertad
de ir a donde quisieran pero se sentaron en el suelo, afligidos y desesperados. Esto me hizo recordar el
momento de mi llegada a la isla. Recordé que había mirado a mi alrededor enloquecida~ mente y me había
sentido perdido; que estaba muerto de miedo y había pasado la noche encima de un árbol por temor a ser
devorado por las bestias salvajes.
Así como en aquel momento no sospechaba que, gracias a la Providencia, el barco sería arrastrado cerca
de la tierra por la tormenta y la marea, y me proveería tan rica mente durante tanto tiempo, aquellos tres
pobres hombres no podían sospechar cuán cierta y próxima era su salvación ni cuán a salvo estaban,
justamente cuando más perdidos y desamparados se sentían.
Realmente, es muy poco lo que podemos predecir en este mundo. Por esta razón, debemos confiar
alegremente que el Supremo Creador jamás abandona a sus criaturas y que estas, incluso en las peores
circunstancias, descubren algo por que darle gracias; y están más cerca de la salvación de lo que podrían
imaginar, pues, a menudo, son conducidas a ella por los mismos medios que, al parecer, las llevaron a la
ruina.
Aquella gente llegó a tierra en el momento en que la marea estaba más alta, y en parte, porque estuvieron
hablando con los prisioneros y, en parte, porque se fueron a inspeccionar el lugar en el que habían
desembarcado, permanecieron negligentemente hasta que la marea bajó y el agua se retiró tanto que la
chalupa quedó en seco.
Habían confiado la chalupa a dos hombres, que, como pude advertir, bebieron demasiado brandy y se
habían quedado dormidos. Sin embargo, uno de ellos se despertó an tes que el otro y, viendo la chalupa tan
encallada que no podría sacarla solo de allí, comenzó a llamar a sus compañeros que andaban dando vueltas
por los alrededores. Alertados por los gritos, acudieron rápidamente a la chalu pa, mas no tuvieron fuerzas
para echarla al agua, pues era muy pesada y, en esa parte de la playa, la arena era blanda y fangosa.
En esta situación, hicieron como los auténticos marineros, que son la gente menos previsora del mundo:
se dieron por vencidos y reanudaron su paseo por la isla. Entonces, oí que uno de ellos le gritaba a otro:
«Olvídalo, Jack, flotará con la próxima marea.» Sus palabras me confirmaron que eran paisanos míos.
Durante todo este tiempo, me mantuve muy bien escondido, sin salir de mi castillo ni mi puesto de
observación en lo alto de la colina, y me sentí muy contento de pensar en lo bien protegido que estaba.
Sabía que la chalupa no podría volver a flotar antes de diez horas y que, para entonces, ya sería de noche, lo
que me permitiría observar sus movimientos y escuchar su conversación si es que la tenían.
Mientras tanto, me preparé para el combate, del mismo modo que lo había hecho antes, aunque con más
cautela porque sabía que me enfrentaba a un enemigo diferente de los anteriores. Le ordené a Viernes, a
quien había convertido en un excelente tirador, que cogiera algunas armas. Por mi parte, cogí dos escopetas
de caza y le di tres mosquetes. Mi aspecto era realmente temible. Llevaba puesto mi abrigo de piel de
cabra, el gran sombrero, que mencioné anteriormente, la espada desnuda en un costado, dos pistolas en el
cinturón y una escopeta en cada hombro.
Como he dicho, no tenía previsto hacer nada hasta que anocheciera pero a eso de las dos de la tarde, que
es el mo mento mas caluroso del día, advertí que todos se adentra ban en el bosque, al parecer, para
tumbarse a dormir. Los tres pobres hombres estaban demasiado angustiados para descansar pero se
cobijaron bajo la sombra de un gran árbol, a un cuarto de milla de donde me hallaba y, según ima ginaba,
fuera de la vista de los demás.
Entonces, decidí descubrirme ante ellos para enterarme un poco de su situación. En seguida me puse en
marcha, de la guisa que acabo de describir, con mi siervo Viernes, que iba a una buena distancia detrás de
mí, tan formidablemente armado como yo, pero: sin un aspecto fantasmal como el mío.
Me acerque á ellos: tan disimuladamente como pude y les dije en español:
¿Quiénes sois, caballeros?
Se levantaron ante el ruido pero se quedaron muy sorprendidos ante el grosero aspecto que tenía. Estaban
completamente mudos y casi dispuestos a huir, cuando les dije en inglés:
-No os sorprendáis por mi aspecto. Tal vez tenéis un amigo más cerca de lo que suponéis.
-Debe ser un enviado del cielo -dijo uno de ellos con gravedad, quitándose el sombrero-, pues nuestra
situación es humanamente insalvable.
-Toda ayuda viene del cielo, señor -le dije -. Mas ¿querríais indicarle a un extraño la manera de ayudaros?
Me parecéis muy desdichados. Os he visto desembarcar y he visto a uno de ellos levantar su sable para
mataros.
El pobre hombre temblaba con el rostro bañado en lágrimas y mirándome atónito respondió:
-¿Estoy hablando con un dios o. con un hombre? En verdad, ¿sois un hombre o un ángel?
-No temáis por eso, señor, Si Dios hubiese enviado a un ángel para ayudaros, habría venido mejor
vestido y armado de otra manera. Os ruego que os tranquilicéis. Soy un hombre inglés y estoy dispuesto a
ayudaros. Ya podéis verlo, solo tengo un criado pero tenemos armas y municiones. Mas decidme
francamente, ¿podemos serviros? ¿Cuál es vuestra situación?
-Nuestra situación, señor, es demasiado complicada para contárosla cuando nuestros asesinos están tan
cerca pero, en pocas palabras, os diré que yo era el comandante de ese barco y mis hombres se amotinaron
contra mi. Han estádo a punto de matarme y, finalmente, me han traído a este lugar desierto con mis dos
hombres, uno es mi segundo de abordo y el otro, un pasajero. Esperan dejarnos morir en este lugar que
creen deshabitado y aún no sabemos, qué pensar..
¿Dónde están esos animales, vuestros enemigos -le pregunté-, ¿sabéis hacia dónde han ido?
-Están allí, señor -me respondió, señalando un grupo de árboles-. Mi corazón tiembla de miedo de que
nos hayan visto y escuchado hablar. Si es así, seguramente, nos matarán.
-¿Tienen armas de fuego? -le pregunté.
-Solo dos mosquetes y uno de ellos está en la chalupa -respondió.
-Pues bien dije-, entonces, yo me encargo del res to. Como están dormidos, será fácil matarlos, aunque,
¿no seria mejor hacerlos prisioneros?
Me dijo que entre ellos había dos locos villanos can quienes no seria prudente tener misericordia alguna
pero, tomando ciertas medidas, los demás volverían a sus deberes. Le pedí que me mostrara quiénes eran.
Me dijo que no podía hacerlo a esa distancia pero que obedecería todas mis órdenes.
-Muy bien -1e dije-, retirémonos de su vista para evitar que nos oigan, por lo menos hasta que despierten
y hayamos decidido qué hacer.
Gustosamente, me siguieron hasta un lugar donde los árboles nos ocultaban.
-Mirad, señor -le dije-, si yo me arriesgo para salvaros a todos, ¿estáis dispuestos a cumplir dos
condiciones?
Se anticipó a mis palabras y me dijo que tanto él como su nave, si la recuperábamos, se pondrían
incondicionalmente bajo mi mando y mis órdenes. Si no podíamos recuperar la nave, viviría y moriría a mi
lado en cualquier parte del mundo donde quisiera llevarlo. Los otros dos hombres dijeron lo mismo.
-Bien -dije-, mis condiciones son dos. En primer lu gar: mientras permanezcáis en esta isla, no
pretenderéis tener ninguna autoridad. Si os doy armas en algún momento, me las devolveréis cuando yo os
las pida, no haréis perjuicio contra mí ni contra ninguna de mis pertenencias y estaréis sometidos a mis
órdenes. En segundo lugar: si se puede recuperar el navío, nos llevaréis sin costo a mí y a mi siervo a
Inglaterra.
Me dio todas las garantías que la imaginación y la buena fe humanas pudieran imaginar, tanto de cumplir
con mis ra zonables exigencias, como de quedar en deuda conmigo por el resto de su vida.
-Bien -dije-, aquí tenéis tres mosquetes con pólvora y balas. Ahora decidme, ¿qué os parece que debemos
hacer?
Me dio todas las muestras de agradecimiento que pudo y se ofreció a seguir todas mis instrucciones. Le
dije que, en cualquier caso, era una operación arriesgada pero lo mejor que podíamos hacer era abrir fuego
sobre ellos mientras dormían y, si alguno sobrevivía a nuestra primera descarga y se rendía, lo
perdonaríamos. Atacaríamos confiando en que la Providencia Divina nos guiaría.
Me contestó con mucha humildad que, de ser posible, prefería no matar a nadie, pero si aquellos dos
villanos incorregibles, que habían sido los autores del motín, lograban escapar, estaríamos perdidos, pues
regresarían al barco y traerían al resto de la tripulación.
-Bien -dije -, entonces la necesidad confirma mi consejo, ya que es la única forma de salvarnos.
Mas notando que el hombre se mostraba receloso ante un derramamiento de sangre, le dije que fuese con
sus compañeros y actuase como mejor le pareciese.
En medio de esta conversación, advertimos que algunos comenzaban a despertar y vimos que dos de
ellos se habían puesto en pie de un salto. Le pregunté si eran los hombres, que, según me había dicho,
habían organizado el motín y me dijo que no.
-Entonces, dejadlos escapar -le dije -, pues parece que la Providencia los ha despertado a propósito para
que se salven. Ahora bien, si los demás escapan, será por vuestra culpa.
Animado por esto, agarró el mosquete que le había dado y, con una pistola en el cinturón, avanzó con sus
dos compañeros, cada uno de los cuales llevaba un arma en la mano. Los dos hombres que iban delante
hicieron algún ruido y uno de los marineros se volvió. Viéndolos acercarse, comenzó a gritarles a los demás
pero ya era demasiado tarde, pues, tan pronto comenzó a gritar, abrieron fuego; me refiero a los dos
hombres, pues el capitán, prudentemente, reservaba su carga. Apuntaron con tanta precisión a los hombres
que conocían, que uno de ellos cayó muerto en el acto y el otro quedó gravemente herido. Este intentó
incorporarse y empezó a gritar, llamando a los otros para que viniesen a socorrerlo. Mas el capitán se le
acercó y le dijo que era muy tarde para pedir auxilio y que más le convenía pedirle perdón a Dios por su
traición. Diciendo estas palabras, lo derribó de un culatazo de su mosquete de modo que no pudo volver a
hablar nunca más. Había tres más en el grupo y uno de ellos estaba levemente herido. Entonces, me
aproximé y, cuando vieron el peligro y que era en vano resistirse, suplicaron misericordia. El capitán les
dijo que les perdonaría la vida si le aseguraban que se arrepentían de la traición que habían cometido y le
juraban lealtad para recuperar el barco y llevarlo a Jamaica, de donde habían zarpado. Le dieron todas las
muestras de sinceridad que pudieron y, como él estaba dispuesto a creerles y a perdonarles la vida, no me
opuse pero exigí que permanecieran atados de pies y manos mientras estuviesen en la isla.
Mientras tanto, envié a Viernes a la chalupa con el segundo de abordo y le ordené que la asegurara y
trajera los remos y la vela, En eso los otros tres hombres, que se habían ido en otra dirección (felizmente
para ellos) regresaron al escuchar los disparos y, al ver a su capitán, que antes había sido su prisionero,
convertido en vencedor, accedieron a ser atados como los demás y, así, nuestra victoria fue total.
Solo restaba que el capitán y yo nos contáramos nuestras respectivas circunstancias. A mí me tocó
empezar y le conté toda mi historia, que él escuchó con mucha atención, e incluso asombro, en especial, la
forma milagrosa en la que había conseguido provisiones y municiones. Como toda mi historia es un cúmulo
de milagros, quedó profundamente sobrecogido. Mas, cuando se puso a reflexionar sobre sí mismo y
consideró que yo había sido salvado en este lugar para salvarle la vida, comenzó a llorar y no pudo seguir
hablando.
Finalizada esta conversación, le conduje junto con sus dos hombres a mi habitación, llevándolos por
donde yo había salido, es decir, por lo alto de la casa. Allí les brindé to das las provisiones que tenía y les
mostré los inventos que había realizado en mi larga estancia en este lugar.
Todo lo que les mostraba, y les decía, los dejaba profundamente admirados pero, sobre todo, el capitán se
quedó muy sorprendido ante mi fortificación y el modo en que había logrado ocultar mi vivienda entre el
bosquecillo. Como hada más de veinte años que lo había plantado y, como allí los árboles crecían mucho
más rápidamente que en Inglaterra, se había convertido en un frondoso bosque, M posible de atravesar por
ninguna de sus partes, excepto por un costado en el que había un tortuoso pasadizo. Le dije que aquel en mi
castillo y mi residencia pero que además tenía una residencia de descanso en el campo, como la mayoría de
los príncipes, donde podía retirarme de vez en cuando. Le dije que se la mostraría cuando tuviera ocasión
pero que, ahora, teníamos que ocuparnos de ver cómo recuperar el barco. Estuvo de acuerdo conmigo pero
me, confesó que no tenía idea de cómo hacerlo, pues aún quedaban veintiséis hombres a bordo, que habían
participado en una conspiración maldita, y que, a estas alturas, no estarían dispuestos a renunciar a ella.
Seguirían, pues, adelante, sabiendo que, si eran derrotados, serían llevados a la horca tan pronto llegaran a
Inglaterra o a cualquiera de sus colonias. Por lo tanto, nosotros, siendo tan pocos, no podíamos atacarlos.
Me quedé pensando largamente en lo que me había dicho y me pareció que sus opiniones eran sensatas.
Teníamos que pensar rápidamente en la forma de atacar por sorpresa a la tripulación o de evitar que
cayeran sobre nosotros y nos mataran.. De pronto, se me ocurrió que, en poco tiempo, la tripulación
empezaría a preguntarse qué les habría ocurrido a sus compañeros que habían salido en la chalupa y, sin
duda, vendrían a tierra a buscarlos, seguramente armados; y con fuerzas superiores a las nuestras. Al
capitán le pareció que esta presunción era razonable.
Entonces, le dije que lo primero que debíamos hacer era evitar que se llevaran la chalupa, que estaba en
la playa, vaciándola para que no pudieran utilizarla. Así, pues, nos dirigimos a la barca y retiramos las
armas que aún quedaban a bordo y todo lo que encontrarnos: una botella de brandy y otra de ron, algunas
galletas, un cuerno de pólvora y un gran terrón de azúcar envuelto en un trozo de lienzo. Todo lo recibí con
agrado, en especial, el brandy y el azúcar, que no había probado durante años.
Cuando hubimos llevado todo esto a la costa (ya habíamos cogido los remos, el mástil, la vela y el timón
del bote, como he dicho anteriormente), le abrimos un gran agujero en á fondo, de modo que, si venían con
fuerzas para derrotarnos, no pudiesen llevársela.
La verdad es que no estaba convencido de que pudiésemos recuperar el barco pero pensaba que, si se
iban sin la chalupa, podríamos arreglarla para que pudiera transpor tarnos hasta las Islas de Sotavento y en
el camino recogeríamos a nuestros amigos españoles, a quienes recordaba constantemente.
Habíamos arrastrado la chalupa hasta la playa, tierra adentro, para que la marea no pudiera llevársela y le
hicimos un agujero en el fondo, lo suficientemente grande como para que no pudiese taponarse fácilmente.
De pronto, mientras nos debatíamos sobre qué hacer, escuchamos un cañonazo que procedía del barco y
advertimos que hacían señales para llamar a la chalupa a bordo, pero como esta no se movía, dispararon
varias veces más y le hicieron nuevas señales.
Finalmente, cuando se dieron cuenta de que las señales y los cañonazos eran inútiles y que la chalupa no
regresaba, vimos con la ayuda de mi catalejo que echaban al agua otra chalupa y remaban hacia la orilla. A
medida que se aproximaban, pudimos ver que venían al menos diez a bordo y que traían armas de fuego.
Puesto que el barco estaba anclado a casi dos leguas de la costa, podíamos verlos claramente mientras se
acercaban, incluso sus rostros, pues la marea los había hecho desplazar se un poco hacia el este y remaban
de frente a la orilla, hacia el lugar donde había desembarcado la otra chalupa.
De este modo, como he dicho, podíamos verlos claramente. El capitán reconocía la fisionomía y el
carácter de todos los hombres que iban en la chalupa. Nos dijo que en tre ellos había tres hombres muy
honrados que, dominados o aterrorizados por el resto, se habían visto obligados a participar en el motín,
pero el contramaestre, que parecía ser el jefe del grupo, y los demás, eran los más temibles de toda la
tripulación y estarían, sin duda, empecinados en proseguir su nueva empresa. Ante esto, el capitán se
mostró muy inquieto, pues temía que fuesen demasiado fuertes para nosotros.
Le sonreí diciéndole que en nuestras circunstancias debíamos superar el miedo y, pues, como cualquier
situación sería mejor que esta en la que nos encontrábamos, debía mos esperar que el resultado de todo esto
fuera la libera ción, tanto si vivíamos como si moríamos. Le pregunté su opinión sobre las circunstancias de
mi vida y si no le parecía que merecía la pena arriesgarse por la libertad.
-Y, ¿dónde está, señor -le dije-, esa confianza en que yo había sobrevivido en esta isla con el propósito de
salvarle la vida, que hace un momento le hizo emocionarse? Por mi parte, no veo más que un contratiempo
en todo este asunto.
-¿Cuál es? -preguntó.
-Que entre esa gente, como habéis dicho, hay tres o cuatro hombres honrados a los que es preciso
perdonar. Si todos fueran de la misma calaña que el resto de la tripulación, habría creído que la Providencia
los había escogido para que cayesen en vuestras manos. Mas, tened fe en que todo hombre que
desembarque será tomado prisionero y vivirá o morirá, según se comporte con nosotros.
Le hablé firmemente pero con moderación y me di cuenta de que le había infundido una gran confianza.
Así, pues, nos dispusimos a afrontar el problema con decisión y, desde que vimos la chalupa alejarse del
navío, retiramos a nuestros prisioneros y los pusimos a buen recaudo.
Había dos de quienes el capitán estaba un poco receloso, y los hice conducir por Viernes y uno de los tres
hombres (de los liberados) hacia mi cueva, donde estarían lo suficientemente lejos y fuera de peligro como
para ser descubiertos o escuchados, o para encontrar el camino de vuelta a través del bosque si lograban
escapar. Allí los dejaron atados con algunas provisiones y les prometieron que si se estaban quietos, los
liberaríamos en uno o dos días; pero si intentaban escapar, les ajusticiaríamos sin misericordia. Juraron
sinceramente que soportarían la prisión con paciencia y les agradecieron el buen trato, las provisiones y las
velas, pues Viernes les dio unas velas (de las que hacíamos nosotros) para que estuviesen más cómodos y
les dio a entender que se quedaría vigilando en la entrada de la cueva.
Los demás prisioneros recibieron mejor trato, aunque dos de ellos permanecieron atados, ya que el
capitán no se fiaba de ellos. Los otros dos, fueron puestos bajo mis órdenes por recomendación del capitán,
con la solemne prome sa de vivir o morir con nosotros. De esta forma, contándolos a ellos y a los tres
marineros honrados; sumábamos siete hombres bien armados. No dudaba que podríamos enfrentarnos a los
diez que venían, teniendo en cuenta que el capitán había dicho que entre ellos también había tres o cuatro
hombres honestos.
Tan pronto como llegaron al lugar donde estaba la otra chalupa, metieron la suya en la playa y saltaron a
tierra, arrastrándola tras de sí, lo que me alegró mucho, pues te mía que fueran a dejarla anclada a cierta
distancia de la orilla, bajo la custodia de alguno de ellos, y no pudiésemos alcanzaría.
Una vez en la orilla, lo primero que hicieron fue correr hacia la otra chalupa. Evidentemente, se quedaron
muy sorprendidos de encontrarla desmantelada y con un gran agujero en el fondo.
Después de examinarla durante un tiempo, llamaron dos o tres veces con todas sus fuerzas, a fin de que
sus compañeros pudiesen oírlos. Pero fue en vano. Entonces, for maron un círculo e hicieron un disparo de
salva con una de sus armas, cuyo estruendo pudimos escuchar claramente y retumbó en todo el bosque.
Esto fue todo. Estábamos segures de que los prisioneros que estaban en la cueva no podían oírlo y los que
estaban bajo nuestro control, si bien lo oirían, no se atreverían a contestar.
Estaban tan sorprendidos y desconcertados, según confesaron más tarde, que decidieron regresar al barco
a decirles a sus compañeros que los otros habían sido asesinados y que la chalupa estaba desfondada.
Rápidamente, echaron la suya al mar y se metieron en ella.
El capitán estaba muy sorprendido, incluso confundido ante esto; creyéndolos capaces de regresar al
barco y marcharse, dando a sus compañeros por muertos. De ser así, perdería el barco que aún tenía la
esperanza de recuperar. Y al poco tiempo; se le presentó otro motivo de preocupación.
Apenas habían navegado un trecho, los vimos regresar a la costa. Esta vez, habían adoptado otra actitud,
sobre la que, al parecer, habían deliberado: dejarían tres hombres en la embarcación y el resto bajaría a
tierra y se internaría en la isla para buscar a sus compañeros.
Esto nos contrarió gravemente, pues no teníamos idea de lo que debíamos hacer. De nada nos serviría
coger a los siete hombres que estaban en la orilla, si dejábamos escapar a los que iban en la chalupa, pues
estábamos seguros de que remarían hasta el barco mientras los demás levaban anclas y desplegaban velas.
De este modo habríamos perdido toda posibilidad de recuperar el barco.
No nos quedaba otro remedio que esperar el giro de los acontecimientos. Los siete hombres saltaron a
tierra y los tres que permanecieron en la chalupa se alejaron de la pla ya, anclando a gran distancia para
esperarlos. De este modo, nos resultaba imposible llegar hasta ellos.
Los que desembarcaron se mantuvieron juntos y se encaminaron hacia la cima de la colina, bajo la cual
se hallaba mi morada. Podíamos verlos claramente pero ellos no podían vernos a nosotros y hubiésemos
deseado que se acercaran para poder dispararles o bien que se alejaran para poder salir. Mas cuando
llegaron a la cima de la calina, desde donde podían divisar una parte de los valles y los bosques situados al
noreste, que era la parte más baja de la isla, se pusieron a gritar y aullar hasta que no pudieron más. Sin
alejarse de la orilla y sin separarse unos de otros, se sentaron bajo un árbol a discutir lo que debían hacer. Si
se hubieran echado a dormir, como lo habían hecho sus compañeros, nos habrían hecho un gran favor: Pero
estaban demasiado preocupados por el peligro como para atreverse a dormir, aunque no sabían a qué debían
temerle.
El capitán propuso un plan que me pareció muy razo nable. Intuía que harían otro disparo de salva para
que lo oyeran sus compañeros. En ese momento, debíamos caer sobre ellos, aprovechando que sus armas
estaban descargadas. De este modo, se rendirían, sin lugar a dudas, y los capturaríamos sin derramar
sangre. Me gustó la idea, siempre y cuando la ejecutáramos mientras estuviéramos lo suficientemente cerca
como para alcanzarlos antes de que volvieran a cargar sus armas.
Pero no ocurrió así y nos quedamos quietos mucho tiempo sin saber qué decisión adoptar. Finalmente,
les dije que, en mi opinión, no había nada que hacer hasta que ca yera la noche y entonces, si no regresaban
a la chalupa, tal vez encontraríamos la forma de impedirles llegar a la orilla o utilizar algún tipo de
estratagema con los que estaban en la chalupa para hacerlos venir a la orilla.
Esperamos largo rato, aunque muy inquietos, pues temíamos que se alejasen. Después de consultarlo
extensamente, vimos que se ponían de pie y se encaminaban hacia el mar, lo cual nos causó una gran
consternación. Al parecer, tenían tanto miedo de los peligros del lugar, que decidie ron volver a bordo del
barco y proseguir su viaje, dando a sus compañeros por muertos.
Apenas advertí que se dirigían a la playa, imaginé lo que, en efecto, ocurría: habían abandonado la
búsqueda y se preparaban para regresar. Le comuniqué mis pensa mientos al capitán, que se quedó como
aterrado. Mas, en seguida se me ocurrió una estratagema para traerlos de vuelta, que respondía cabalmente
a mis necesidades.
Ordené a Viernes y al segundo de abordo que cruzaran el pequeño río en dirección al oeste, hacia el lugar
donde desembarcaron los salvajes la noche en que Viernes fue rescatado. Cuando llegaran a un pequeño
promontorio que estaba como a media milla, gritarían lo más fuertemente que pudieran y esperarían hasta
que los marineros los oyeran. Después que les hubiesen contestado, debían regresar, manteniéndose ocultos
y respondiendo a sus gritos, a fin de adentrarlos lo más posible en el bosque, dando un largo rodeo por
ciertos caminos que les señalé, hasta llegar a donde estábamos nosotros.
Los marineros estaban llegando al bote cuando Viernes y el segundo de abordo comenzaron a aullar. Los
escucharon y, en el acto, les contestaron y comenzaron a correr a lo largo de la costa en dirección oeste,
hacia el lugar de donde provenía la voz. Se detuvieron cuando llegaron al río pues estaba demasiado
crecido en ese momento como para cru zarlo. Entonces, llamaron a los que estaban en la chalupa para que
se llegaran hasta allí y les ayudaran a cruzar, tal y como yo lo esperaba.
Cuando alcanzaron la otra orilla, observé que la chalupa se había internado un buen trecho en el río y
había llegado a una especie de puerto en la tierra. Uno de los tres hombres que iban a bordo se unió a los
demás, dejando a los otros dos a cargo de ella, después de amarrarla al tronco de un pequeño árbol que
estaba en la orilla.
Esto era lo que yo esperaba, así que dejé a Viernes y al segundo de abordo a cargo de su parte. Yo me fui
con los otros y, cruzando la ensenada sin ser vistos, sorprendimos a los dos hombres antes de que pudiesen
darse cuenta; uno de ellos estaba acostado en el bote y el otro, en la playa. El que estaba acostado en la
playa parecía estar entre dormido y despierto y cuando se fue a poner de pie, el capitán, que iba delante, se
abalanzó sobre él y lo derribó. Entonces, le gritó al que estaba en la chalupa que se rindiera o sería hombre
muerto.
No eran necesarios demasiados argumentos para que un hombre solo se rindiera frente a cinco, cuando su
compañero se hallaba derribado en el suelo. Además, al pare cer, este era uno de los tres que no había
participado activamente en el motín, como el resto de la tripulación, por lo que, pudimos persuadirlo
fácilmente, no solo de rendirse, sino de unirse sinceramente a nosotros.
Mientras tanto, Viernes y el segundo de abordo cumplían cabalmente su misión con los demás marineros.
Gritando y aullando, los condujeron de colina en colina y de bosque en bosque hasta dejarlos, totalmente
agotados, en un lugar tan apartado, que les sería imposible regresar a la chalupa antes del anochecer. En
verdad, ellos mismos estaban extenuados cuando se reunieron con nosotros.
No podíamos hacer más que espiarlos en la oscuridad para poder atacarlos con éxito. Habían transcurrido
varias horas desde que Viernes se había reunido con nosotros cuando los marineros llegaron a la chalupa.
Desde lejos, podíamos escuchar a los que venían delante diciéndoles a los demás que apuraran el paso, a lo
que estos respondían quejándose y diciendo que estaban tan fatigados que no podían hacerlo. Esto nos
alegró mucho.
Finalmente, llegaron a la chalupa. Sería imposible describir la confusión que sintieron al verla en seco,
pues la ma rea había bajado, y no hallar a sus dos compañeros. Llama ban a uno y otro de una forma que
daba pena y se decían que se encontraban en una isla encantada; que si estaba habitada por hombres, serían
asesinados, y si lo que había eran demonios o espíritus, serían raptados y devorados.
Se pusieron a gritar nuevamente y a llamar a sus compañeros por sus nombres pero no obtuvieron
respuesta. Poco después a pesar de la poca claridad, pudimos ver que corrían de un lado a otro,
retorciéndose las manos, como enloquecidos. Se sentaban un momento en la chalupa a descansar y luego
volvían a la playa, y así estuvieron mucho rato.
Mis hombres estaban deseosos de que les diera la orden de atacarlos, aprovechando la oscuridad, pero yo
quería esperar la ocasión más ventajosa, a fin de que muriera la me nor cantidad de gente posible. En
particular, quería proteger a mis hombres pues sabía que los marineros estaban bien armados. Decidí
esperar, por ver si se separaban y, para protegernos de ellos, acercamos nuestra emboscada. Le ordené a
Viernes y al capitán que se arrastraran a gatas, lo más agachados que pudieran para no ser descubiertos y se
aproximaran al enemigo antes de atacarlo.
Llevaban poco tiempo en esta posición cuando el contramaestre, que había sido el líder del motín y ahora
se mostraba corno el más cobarde y des esperado de todos, se acer có hasta donde se hallaban mis hombres
con dos miembros de la tripulación. El capitán estaba tan impaciente de ver casi en su poder al principal
culpable, que apenas podía esperar a acercarse para asegurar el golpe. Hasta ese momento, solo habían
podido escuchar su voz pero cuando los tuvieron a tiro, Viernes y el capitán se pusieron en pie de un salto y
abrieron fuego sobre ellos.
El contramaestre cayó muerto en el acto; el segundo cayó muy mal herido cerca de él y murió al cabo de
una o dos horas; el tercero pudo escapar.
Cuando sonaron los disparos, avancé enseguida con todo mi ejército, que ahora se componía de ocho
hombres: yo, que era el generalissimo70; Viernes, que era mi teniente general, el capitán con sus dos
hombres y los tres prisioneros a los que les habíamos confiado armas.
70Así en el original.
Nos acercamos a ellos en la oscuridad, de modo que no pudiesen ver cuántos éramos. Al hombre que
habíamos encontrado en la chalupa, que ahora era uno de los nuestros, le ordené llamarlos por sus nombres
para intentar llegar a un acuerdo con ellos, lo cual ocurrió tal y como lo deseábamos, pues resulta fácil
imaginar que, en la situación en la que se hallaban, no les quedaba otra alternativa que capitular. Así, pues,
el marinero llamó a uno de ellos con todas sus fuerzas:
-¡Tom Smíth, Tom Smith!
Tom Smith respondió al instante.
-¿Eres tú, Robinson? -pues le había reconocido la voz.
-Sí, sí -respondió Robinson-. En nombre de Dios, Tom Smith, entregad las armas y rendíos porque si no,
todos seréis hombres muertos.
-¿A quién debemos rendirnos? -preguntó Smith-. ¿Dónde están?
-Están aquí -dijo Robinson-. Aquí está nuestro capitán, acompañado de cincuenta hombres y os viene
persiguiendo desde hace dos horas. El contramaestre está muerto, Will Frye está herido y yo estoy
prisionero. Si no os rendís, estaréis todos perdidos.
-¿Se nos dará cuartel si nos rendimos? -preguntó Tom Smith.
-Voy a preguntarlo, pero si prometéis rendiros -respondió Robinson.
Se dirigió al capitán que les gritó:
-Tú, Smith, ya conocéis mi voz. Si os rendís inmedia tamente y entregáis las armas, os aseguro las vidas a
todos, excepto a Will Atkins.
En seguida, Will Atkins gritó:
-En el nombre de Dios, capitán, concededme cuartel. ¿Qué he hecho yo? Todos son tan culpables como
yo.
Mentía a este respecto pues, al parecer, Will Atkins había sido el primero en tomar prisionero al capitán
cuando se amotinaron y lo había tratado injuriosamente, amarrándole las manos e insultándolo. No
obstante, el capitán le dijo que se rindiese a su propia discreción y confiara en la misericordia del
gobernador. Se refería a mí, pues todos me llamaban gobernador.
Acto seguido, depusieron sus armas y rogaron por sus vidas. Envié al hombre que les había hablado
primero con otros dos compañeros para que los atasen. Entonces, mi formidable ejército de cincuenta
hombres, que con aquellos tres, sumaba ocho, avanzó hacia ellos y se apoderó de la chalupa. Yo me
mantuve alejado con uno de ellos, por razo nes de estado.
Nuestra siguiente tarea era reparar la chalupa y tomar el barco. El capitán, que ahora tenía tranquilidad
para hablar con ellos, les recriminó su villanía y las posibles conse cuencias funestas de su proyecto, pues,
con toda certeza, los habría podido llevar a la miseria y, a la larga, a la horca. Todos ellos se mostraron
sumamente arrepentidos y suplicaron que se les perdonase la vida. Mas el capitán les dijo que no eran sus
prisioneros sino del gobernador de la isla; que había pensado que los abandonarían en una isla desierta
pero, con la ayuda de Dios, la isla estaba habitada y su gobernador era un hombre inglés; que este podía
hacerlos ahorcar si le parecía, pero, como les había dado cuartel, suponía que los enviaría a Inglaterra para
que fuesen juzgados como lo exigía la ley, con la excepción de Atkins, a quien el gobernador había dado
órdenes de ahorcar a la mañana siguiente.
Aunque todo esto era una ficción, surtió el efecto que esperaba. Atkins cayó de rodillas y le suplicó al
capitán que intercediese por él ante el gobernador. Los demás le pidie ron en nombre de Dios que no los
enviase a Inglaterra.
Se me ocurrió entonces que el momento de nuestra liberación había llegado y que resultaría muy fácil
hacer que aquellos hombres rescataran el navío. Me retiré a la oscuri dad, para evitar que se dieran cuenta
de la clase de gobernador al que estaban sometidos, y llamé al capitán para que se acercase hasta donde yo
estaba. Como me encontraba a gran distancia, uno de los míos se ocupó de llevarle la orden.
-Capitán -le dijo-, el gobernador os reclama. El capitán respondió:
-Decidle a Su Excelencia que voy de inmediato.
Esto les sorprendió y, sin duda, creyeron que el comandante estaba allí con sus cincuenta hombres.
Cuando el capitán se me acercó, le expliqué mi plan para tomar el barco. Le pareció estupendo y decidió
ponerlo en práctica a la mañana siguiente.
Mas, para ejecutarlo con mayor eficacia y asegurarnos el éxito, le dije que debíamos dividir a los
prisioneros. Atkins y otros dos de los más peligrosos debían ser atados y lleva dos a la cueva donde se
encontraba el resto. Esta tarea le fue encomendada a Viernes y a dos de los hombres que habían
desembarcado con el capitán.
Los llevaron a la cueva, como si fuese a una prisión, que, ciertamente, era un lugar terrible para unos
hombres en semejante condición.
Ordené que los otros fueran encerrados en mi casa de campo, como solía llamarla, la cual he descrito en
detalle. Como estaba cerrada y ellos estaban atados, resultaba muy segura, teniendo en cuenta que debían
comportarse bien.
A la mañana siguiente, envié al capitán a hablar con ellos; en otras palabras, a sondearlos y luego
informarme si le parecía que podíamos confiar en aquella gente para en viarlos a abordar el navío por
sorpresa. El capitán les habló de la injuria que habían cometido contra él y de la situación en la que se
hallaban. Les dijo que, aunque el gobernador les perdonaba la vida por el momento, si eran enviados a
Inglaterra, sin duda los colgarían con cadenas. Mas, si se sumaban a una empresa justa, como lo era
recuperar el navío, le pediría al gobernador que les perdonara la vida.
Cualquiera podría adivinar el entusiasmo con que estos hombres, que se hallaban en tan terrible
situación, aceptaron la propuesta. Se arrodillaron ante el capitán y le jura ron que le serían leales hasta
derramar la última gota de sangre; que siendo deudores de sus vidas, lo seguirían a cualquier parte del
mundo y lo considerarían como un padre mientras viviesen.
-Bien -dijo el capitán-, iré a informar al gobernador de lo que decís y veré si puedo lograr su
consentimiento. Me contó sobre el estado de ánimo en que se hallaban los hombres y me afirmó que creía
realmente que se mantendrían leales.
No obstante, para asegurarnos, le dije que regresara, escogiera a cinco de ellos y les dijera que tan solo
escogería a cinco asistentes y que el gobernador se quedaría con los otros dos, además de los tres que
habían sido enviados corno prisioneros al castillo (mi cueva), en calidad de rehenes. Si no ejecutaban su
misión como era debido, los cinco rehenes serían colgados en la orilla.
Ante la severidad de estas palabras, quedaron convencidos de la determinación del gobernador. No
obstante, no tenían otra alternativa que aceptar la proposición. Ahora les correspondía a ellos, tanto como al
capitán, convencer a los otros cinco de cumplir con su deber.
Nuestras fuerzas se organizaron para la expedición de la siguiente manera; 1. El capitán, el segundo de
abordo y el pasajero; 2. Los dos prisioneros del primer grupo, a quieres había puesto en libertad y
entregado armas por la confianza que les tenía el capitán; 3. Los otros dos que estaban atados en la casa de
campo y que acababa de liberar, por re comendación del capitán; 4. Los últimos cinco hombres liberados.
En total, sumábamos doce, aparte de los cinco que permanecían en la cueva, en calidad de rehenes.
Le pregunté al capitán si estaba dispuesto a aventurarse a abordar el barco con esta gente, pues no me
parecía bien que mi siervo Viernes y yo nos marcháramos, dejando a sie te hombres detrás, y que
estaríamos bastante ocupados vigilándolos y proveyéndoles alimento.
Decidí dejar amarrados a los cinco que estaban en la cueva y Viernes iría dos veces al día a llevarles lo
que les hiciera falta. Los otros dos, acarrearían las provisiones a cierta distancia, donde Viernes iría a
recogerlas.
Cuando me presenté ante los dos rehenes, el capitán íes dijo que yo era la persona a la que el gobernador
había encomendado su vigilancia; que el gobernador había decre tado que no fuesen a ninguna parte, a
menos que yo se lo indicara; y que si escapaban serían perseguidos y atados con cadenas en el castillo.
Como no queríamos que supieran que yo era el gobernador, me presenté como si fuera otra persona y les
hablé del gobernador, las guarniciones, el castillo y todo lo demás.
El capitán no tenía otra dificultad que aparejar sus dos chalupas, tapar el agujero que tenía una de ellas y
comandarías. Le dio el mando de una a su pasajero, que iría con cuatro hombres y él con su segundo de
abordo y cinco más tripularían la otra. Calculó su plan a la perfección. Llegaron al barco a medianoche y
tan pronto estuvieron lo suficientemente cerca como para que pudiesen escucharlos, le ordenó a :Robinson
que los llamara y les dijera que regresaban con la gente y la chalupa pero que les había tomado mucho
tiempo encontrarlos. Así los entretuvo hasta que los otros, que venían detrás, se acercaron al barco.
Entonces, el capitán y el segundo de abordo entraron con sus armas y derribaron de un culatazo al que
estaba de segundo y al carpintero, fielmente secundados por el resto de sus hombres. Aseguraron el alcázar
y cerraron todas las escotillas para impedir que salieran los que estaban abajo. Los que iban en la otra
chalupa subieron por las cadenas de proa y aseguraron el castillo de proa y la escotilla que conducía a la
cocina, donde capturaron tres prisioneros.
Cuando hubieron terminado y se hallaron seguros en cubierta, el capitán les ordenó al segundo de abordo
y a otros tres hombres irrumpir en el camarote principal donde se hallaba el nuevo capitán rebelde. A la
primera señal de alarma, este había recogido unas armas y se había atrincherado allí con dos marineros y un
grumete. Cuando el segundo, valiéndose de una palanca, echó abajo la puerta, el nuevo capitán y sus
hombres abrieron fuego contra ellos. Al segundo le hicieron una herida de mosquete en el brazo e hirieron a
dos más pero ninguno resultó muerto.
Mientras pedía ayuda, el segundo, herido como estaba, entró en el camarote principal y le disparó al
nuevo capitán. La bala le entró por la boca y le salió por detrás de la oreja, de modo que no volvió a
pronunciar palabra nunca más. Ante esto, los demás se rindieron y el barco pudo recuperarse sin que se
perdieran más vidas.
Tan pronto recuperaron el barco, el capitán ordenó que se dispararan siete cañonazos, que era la señal
acordada para informarme del éxito de la empresa. Podéis estar segu ros de que los escuché con gran
placer, dado que estuve en vela, sentado en la playa, desde las dos de la madrugada.
Cuando escuché la señal, me recosté y, como aquel había sido un día agotador, me dormí profundamente
hasta que me sorprendió el estrépito de otro cañonazo. Mientras me ponía en pie, oí la voz de un hombre
que me llamaba «Gobernador, Gobernador» y de inmediato reconocí la voz del capitán. Subí rápidamente
hasta la punta de la colina y lo hallé, apuntando hacia el barco. Me abrazó y me dijo:
-Mi querido amigo y salvador, ahí está vuestro barco; es todo vuestro, con todo lo que lleva a bordo y
todos los miembros de su tripulación.
Miré hacia la nave y la divisé a un poco más de media milla de la playa, pues, tan pronto como la
hubieron recuperado, levaron anclas y, aprovechando el buen tiempo, la llevaron hasta la embocadura de la
pequeña ensenada, donde volvieron a anclarla. Como la marea estaba alta, el capitán había traído la chalupa
hasta el lugar donde yo había lle gado con mis balsas y había desembarcado justamente frente a mi puerta.
Al principio, estuve a punto de desmayarme de la emo ción, pues veía mi liberación claramente en mis
manos. Todo parecía favorable y tenía un gran barco listo para lle varme a donde quisiera. Durante un
tiempo, no fui capaz de decirle una palabra y cuando me abrazó, me sujeté a él fuertemente para no caer al
suelo.
Advirtió mi conmoción e, inmediatamente, sacó una botella de su bolsillo y me ofreció un trago de un
licor que había traído expresamente para mí. Lo bebí y me senté en el suelo pero, a pesar de que me hallaba
más calmado, no pude decirle ni una palabra.
Entonces, yo le abracé como a mi salvador y nos felicitamos mutuamente. Le dije que le veía como a un
enviado del cielo para mi salvación y que todo lo ocurrido me pare cía una cadena de milagros; que estas
cosas eran testimonio de que la Providencia rige al mundo con mano secreta y evidencia de que los ojos de
un poder infinito podían ver hasta en el lugar más recóndito de la tierra y ayudar a los misera bles cuando Él
lo deseaba.
No olvidé elevar al cielo el agradecimiento de mi cora zón, pues, ¿qué corazón se resistiría a bendecirle a
Él, que había socorrido milagrosamente a alguien que se encontra ba en una situación tan desoladora? De
Él provenía toda salvación y todos debíamos darle gracias por ello.
Después de conversar un rato, el capitán me dijo que me había traído algunas de las provisiones que
había en el barco y que habían podido rescatar del prolongado saqueo de los amotinados. De inmediato,
llamó a los que estaban en la chalupa y les ordenó que trajeran los regalos destinados al gobernador.
Semejante regalo no parecía destinado a alguien que iba a embarcarse con ellos, sino a cualquiera que fuese
a permanecer largo tiempo en la isla.
En primer lugar, me trajeron una caja de botellas do un excelente licor, seis botellas de dos cuartos de
vino de Madeira, dos libras de un excelente tabaco, doce trozos de carne, seis trozos de cerdo, una bolsa de
guisantes y casi cien libras de galletas.
También me trajeron una caja de azúcar, otra de harina, una bolsa de limones, dos botellas de zumo de
lima y un montón de cosas más. Aparte de esto, me dio algo mil veces más útil: seis camisas nuevas, seis
corbatas estupendas, dos pares de guantes, un par de zapatos, un sombrero, un par de calcetines y una de
sus chaquetas, que había usado muy poco. En pocas palabras, me vistió de pies a cabeza.
Era un regalo generoso y agradable para alguien en mis circunstancias. No obstante, al principio, cuando
me puse las ropas me parecieron incómodas, extrañas y desagradables.
Después de las ceremonias, y cuando todas estas cosas maravillosas fueron transportadas a mi pequeña
vivienda, comenzamos a debatir qué hacer con los prisioneros, pues teníamos que decidir si los llevaríamos
con nosotros, en especial a dos de ellos, que eran incorregibles y obstinados en extremo. El capitán dijo que
eran unos bandidos y que no teníamos ninguna obligación hacia ellos, por lo que, si los llevábamos, sería
encadenados, como a malhechores, para entregarlos a la justicia en la primera colonia inglesa que tocáramos.
No obstante, me di cuenta de que el capitán se sentía intranquilo con la idea.
A esto le respondí que, si lo deseaba, yo me atrevía a ir a por los dos hombres de los que hablaba y
preguntarles si estaban dispuestos a quedarse en la isla.
-Esto me parece muy bien -dijo el capitán.
-Bien -le dije -, mandaré a buscarlos y hablaré con ellos en su nombre.
Mandé a Viernes y a los dos rehenes, que habían sido puestos en libertad por la buena gestión de sus
compañeros, a que fueran a la cueva, condujeran a los cinco hombres prisioneros hasta la casa de campo y
los retuvieran allí hasta que yo llegara.
Al poco rato volví hasta allí, vestido con mis nuevas ropas y habiendo tomado otra vez el título de
gobernador. Cuando estuvimos todos reunidos y con el capitán a mi lado, ordené que trajeran a los
prisioneros ante mí y les dije que estaba al tanto de su malvada conducta hacia el capitán y de la forma en
que habían tomado el barco con la intención de cometer nuevas fechorías, si la Providencia no los hubiese
echo caer en el mismo foso que habían cavado para otros.
Les dije que el barco había sido tomado por órdenes mías, que por eso estaba en la rada y que dentro de
poco verían la recompensa que había recibido su rebelde capitán, que estaba colgado del palo mayor.
Les pregunté si tenían algo que alegar para que yo no ordenase su ejecución cómo piratas cogidos en el
acto del delito, conforme con la autoridad que me había sido conferida.
Uno de ellos contestó, en nombre del resto, que no tenían nada que alegar, salvo que el capitán les había
prometido perdonarles la vida cuando los tomó prisioneros, por lo que, humildemente, imploraban mi
clemencia. Les dije que no creía que debía tener ninguna clemencia con ellos pero que había decidido
abandonar la isla con todos mis hombres y embarcarme con el capitán rumbo a Inglaterra. Como el capitán
no podía llevarlos a Inglaterra si no era encadenados como prisioneros para ser enjuiciados por el motín y
el hurto del barco, tan pronto llegasen allí, serían condenados a la horca, como bien sabían. Les pregunté si
estarían dis puestos a quedarse en la isla, lo cual me parecía lo rriejor para ellos, y les comuniqué que no me
importaba que lo hicieran, ya que yo tenía libertad de abandonarla. Puesto que me sentía inclinado a
perdonarles la vida, si ellos pensaban que podían sobrevivir aquí, lo haría de grado.
Se mostraron muy agradecidos por esto y dijeron que preferían quedarse en la isla antes que ser
conducidos a Inglaterra para ser ahorcados, de modo que accedí en este tema.
No obstante, el capitán comenzó a presentar ciertas objeciones, como si no se atreviese a dejarlos aquí.
Me mostré un poco enfadado con el capitán y le dije que eran prisione ros míos y no suyos; que
habiéndoles perdonado, no podía faltar a mi palabra; que si no estaba de acuerdo con esto, los pondría en
libertad, tal cual los había encontrado; y que si esto no le parecía bien, podía arrestarlos si lograba
capturarlos.
Ante esto, todos se mostraron muy agradecidos. En consecuencia, los puse en libertad y les dije que se
retiraran al lugar del bosque de donde habían venido y que yo les daría armas, municiones e instrucciones
para vivir cómodamente, si esto les parecía bien.
Entonces, comencé a prepararme para subir a bordo del barco. Le dije al capitán que deseaba pasar la
noche en la isla para arreglar mis cosas pero deseaba que él permane ciera en el barco, para mantener el
orden y, al día siguiente, me enviara una chalupa. Mientras tanto, debía colgar al capitán rebelde del palo
mayor para que los hombres pudieran verlo.
Cuando el capitán se hubo marchado, hice venir a esos hombres a mi vivienda y entablé con ellos una
conversación muy seria sobre su situación. Les dije que, según mi criterio, habían tomado la decisión
correcta porque, si el capitán los llevaba, sin duda serían ahorcados. Les mostré al capitán rebelde colgado
del palo mayor del barco y les aseguré que no podían esperar nada mejor.
Después de cerciorarme de que estaban dispuestos a quedarse en la isla, les dije que deseaba contarles la
historia de mi vida en aquel lugar, a fin de facilitarles un poco las co sas. Por consiguiente, les hice una
detallada descripción del lugar y de mi llegada. Les mostré mis fortificaciones, la forma en que hacía mi
pan, sembraba mi grano y secaba mis uvas; en pocas palabras, todo lo necesario para que estuvieran
cómodos. También les conté la historia de los dieciséis españoles, por cuyo regreso estábamos aguardando
y les dejé una carta, haciéndoles prometer que lo compartirían todo con ellos.
Les dejé mis armas, a saber: cinco mosquetes, tres escopetas de caza y tres espadas. Aún tenía más de un
barril y me dio de pólvora, pues, después del segundo año, utilicé muy poca y no desperdicié ninguna. Les
hice una descripción del modo en que cuidaba las cabras y les di instrucciones para ordeñarlas y
alimentarlas y para hacer mantequilla y queso.
En pocas palabras, les conté todos los detalles de mi his toria y les dije que le pediría al capitán que les
dejara otros dos barriles de pólvora y algunas semillas, las cuales en otro momento me habría gustado
mucho tener. También les di la bolsa de guisantes que el capitán me había regalado y les aconsejé que los
sembraran y los cultivaran.
Habiendo hecho todo esto, al día siguiente los abandoné y subí a bordo del barco. Nos preparamos
inmediatamente para zarpar pero no levamos anclas esa noche. A la mañana siguiente, dos de los cinco
hombres que se habían quedado llegaron a nado hasta el barco, quejándose lastimosamente de los otros tres
y suplicando por Dios, que los lleváramos en el barco, pues, de lo contrario, serían asesinados. Le rogaron
al capitán que los dejase subir a bordo aunque solo fuese para colgarlos inmediatamente.
El capitán dijo que no podía hacer nada sin mi consentimiento y después de algunos inconvenientes y
solemnes promesas de enmienda, se les permitió subir a bordo y se les azotó fuertemente, después de lo
cual se comportaron como hombres honestos y tranquilos.
Tras de esto, con la marea alta, una de las chalupas fue enviada a la orilla con las cosas que les había
prometido a los hombres, a lo cual, por intercesión mía, el capitán agre gó sus cofres y algunas ropas, que
recibieron con sumo agrado. Además, para animarlos, les dije que, si en el cami no encontraba algún navío
que pudiera recogerlos, no me olvidaría de ellos.
Al abandonar la isla, traje conmigo algunas reliquias como el gran gorro de piel de cabra que me había
confeccionado, la sombrilla y el loro. También traje el dinero, del que hablé al principio, que, como había
estado guardado durante tanto tiempo, se había oxidado y ennegrecido y apenas habría podido pasar por
plata, si antes no lo hubiese limpiado y pulido. Traje, además, el dinero que había encontrado en el
naufragio del barco español.
Y fue así como abandoné la isla el 19 de diciembre de 1686, según los cálculos que hice en el barco,
después de haber vivido en ella veintiocho años, dos meses y diecinueve días. De este segundo cautiverio
fui liberado el mismo día del mes que había escapado por primera vez de los moros de Salé en una piragua.
Al cabo de un largo viaje, llegamos a Inglaterra el 11 de junto de 1687, después de treinta y cinco años de
ausencia. Cuando llegue a Inglaterra era un perfecto desconocido, como si nunca hubiese vivido allí. Mi
benefactora y fiel tesorera, a quien había encomendado todo mi dinero, estaba viva pero había padecido
muchas desgracias. Había enviudado por segunda vez y vivía en la pobreza. La tranquilice respecto a lo que
me debía y le aseguré que no le causaría ninguna molestia, sino al contrario, en agradecimiento por sus
pasadas atenciones y su lealtad, la ayudaría en la medida que me lo permitiera mi pequeña fortuna, lo cual
no implicaba que pudiese hacer gran cosa por ella. No obstante, le juré que nunca olvidaría su antiguo
afecto por mí y así lo hice cuando estuve en condiciones de ayudarla, cómo se verá en su momento.
Me dirigí a Yorkshire; pero mi padre, mi madre y el restó de mi familia había muerto, excepto dos
hermanas y dos hijos de uno de mis hermanos. Cómo no habían tenido noticias mías, después de tantos
años, me, creían muerto y no me habían guardado nada de la herencia. En pocas palabras, no encontré
apoyo ni auxilio y el pequeño capital que tenía, no era suficiente para establecerme,
No obstante, recibí una muestra de agradecimiento que no esperaba. El capitán del barco, al que había
salvado felizmente junto con el navío y todo su cargamento, les contó a sus propietarios, con lujo de
detalles, la extraordinaria forma en que yo había salvado sus bienes. Estos. me invitaron á reunirme con
ellos y con otros mercaderes interesados y, después de muchos agradecimientos por lo que había hecho, me
obsequiaron con casi doscientas libras esterlinas.
Me puse a reflexionar en las circunstancias de mi vida y en lo poco que tenía para establecerme en el
mundo. Entonces decidí viajar a Lisboa para ver si podía obtener al guna información sobre mi plantación
en Brasil y enterarme de lo que había sido de mi socio, que al cabo de tantos años, me habría dado por
muerto.
Con está idea, me embarqué rumbo a Lisboa, a donde llegué en abril del año siguiente. Mi siervo Viernes
me acompañaba fielmente en todas estas andanzas y demostró ser el servidor más leal del mundo en todo
momento.
Cuando llegué a Lisboa, y después de hacer algunas averiguaciones, encontré a mi viejo amigo, el
capitán del barco que me rescató la primera vez en las costas de África. Ahora era un anciano y había
abandonado el mar, dejando a su hijo, que ya no era un jovenzuelo, á cargo del barco con el que aún
traficaba en Brasil. El viejo no me reconoció y en verdad, tampoco yo pude reconocerlo pero
inmediatamente lo recordé, así como él me recordó a mí cuándo le dije quién era.
Después de algunas expresiones de mutuo afecto, le pregunté, como era de esperarse, por mi plantación y
mi socio. El viejo me dijo que no había viajado a Brasil en nue ve años pero podía asegurarme que la
última vez que había estado allí, vio a mi socio con vida, aunque aquellos a los que había dejado a cargo de
administrar mis intereses habían muerto. No obstante, suponía que podía recibir cuenta exacta de mi
plantación pues, creyéndome muerto, mis administradores habían dado relación de la producción de mi
parte al procurador fiscal, que tomaría posesión de ella, en caso de que yo no volviera nunca a reclamarla,
dándole una tercera parte al rey y las otras dos terceras partes al monasterio de San Agustín, para ayudar a
los pobres y a la conversión de los indios al catolicismo. Mas, si yo la reclamaba o alguien en mi nombre lo
hacía, se me restituiría completamente con excepción de los intereses o rentas anuales, que estaban
destinados para la caridad y no podían ser reembolsados. Me aseguró que tanto el intendente del rey (de sus
tierras) como el proveedor o encargado del monasterio, se habían ocupado de que el titular, es decir, mi
socio, les rindiera cuentas anualmente de los beneficios de la plantación, de la cual había apartado, con
escrupuloso celo, la mitad que me correspondía.
Le pregunté si sabía cuánto había crecido mi plantación, si le parecía que valía la pena reclamarla o si,
por el contrario, solo encontraría obstáculos para recuperar lo que justamente me correspondía.
Me dijo que no podía decirme con exactitud cuánto había crecido mi plantación pero sabía con certeza
que mi socio se había hecho muy rico, con solo la mitad y que, según creía recordar, la tercera parte del rey,
que, al parecer, le había sido otorgada a otro monasterio o comunidad religiosa, producía unos doscientos
moidores al año. En cuanto a la posibilidad de recuperar mis derechos sobre la plantación, estaba seguro de
que lo conseguiría pues mi socio, que aún vivía, podía dar fe de mis títulos, que estaban inscritos a mi
nombre en el catastro de los propietarios del país. También me dijo que los sucesores de mis dos
administradores eran gente honrada y muy rica y que, según pensaba, no solo me ayudarían a recuperar mis
posesiones sino que, además, me entregarían una considerable cantidad de dinero por los beneficios
producidos en mi plantación durante el tiempo que sus padres la habían adminis trado antes de la cesión,
que debieron ser unos doce años.
Me mostré un poco preocupado e inquieto ante este relato y le pregunté al viejo capitán por qué mis
administradores habían dispuesto en esa forma de mis bienes, cuando él sabía que yo había dejado un
testamento, que lo declaraba a él, el capitán portugués, mi heredero universal.
Me respondió que aquello era cierto pero que, no estando lo suficientemente seguro de mi muerte, no
podía actuar como ejecutor testamentario hasta que tuviese una prueba fehaciente de ella. Además, no había
querido inmiscuirse en un asunto que estaba en un lugar tan remoto. No obstante, había registrado el
testamento, haciendo constar sus derechos y, en caso de haber sabido con certeza que había muerto, hubiese
actuado por medio de un procurador para tomar posesión del ingenio, como llamaban a las haciendas
azucareras, y le habría dado a su hijo, que ahora se hallaba en Brasil, poder para hacerlo.
-Pero -agregó el anciano-, tengo que daros otra noticia que quizás no sea tan agradable como las otras y
es que, creyéndoos muerto, vuestro socio y sus administradores se ofrecieron a pagarme, en vuestro
nombre, los beneficios de los primeros seis u ocho años, los cuales recibí. Mas, como en aquel momento se
hicieron grandes gastos para aumentar la producción, construir un ingenio y comprar esclavos, la ganancia
no fue tan elevada como después. Debo, daros, empero, cuenta precisa de todo lo que he recibido y de la
forma en que he dispuesto de ello.
Al cabo de varios días de conversaciones con este viejo amigo, me trajo la cuenta de los pagos por los
primeros seis años de ingresos de la plantación, firmada por mi socio y los administradores, que siempre se
efectuó en especias tales como rollos de tabaco, toneles de azúcar, ron, melaza, etc., que son los bienes que
produce una plantación de azúcar. Por esta cuenta, descubrí que los ingresos aumentaban considerablemente
por año aunque, según se ha dicho, como el desembolso inicial fue grande, las primeras
cuentas eran bajas. No obstante, el anciano me dijo que me debía cuatrocientos setenta moidores de oro,
aparte de sesenta toneles de azúcar y quince rollos dobles de tabaco, que se habían perdido en un naufragio
que sufrió en el camino de vuelta a Lisboa hacía once años.
El buen hombre comenzó entonces a lamentarse de sus desgracias, que lo habían forzado a utilizar mi
dinero para cubrir sus pérdidas y comprar una participación en un nuevo navío.
-Empero, mi viejo amigo -dijo el anciano-, no care ceréis de recursos y tan pronto regrese mi hijo,
quedaréis plenamente satisfecho.
Diciendo esto, sacó una vieja bolsa y me entregó, a modo de garantía, ciento sesenta y seis moidores de
oro portugueses y los títulos de derechos sobre el navío en el que había ido su hijo a Brasil, del cual poseía
una cuarta parte de las participaciones y su hijo, una más.
Me sentí tan conmovido por la honestidad y la amabilidad del pobre viejo, que no pude resistirlo y,
recordando todo lo que había hecho por mí cuando me rescató del mar, su trato generoso y, sobre todo, su
sinceridad en este momento, apenas podía contener las lágrimas ante sus palabras. Por tanto, le pregunté, en
primer lugar, si sus circunstancias le permitían prescindir de tanto dinero de una vez sin que se viese
perjudicado. Me contestó que le quebrantaría un poco pero que el dinero era mío y, posiblemente, lo
necesitaría más que él.
Todas las palabras del pobre hombre estaban tan carga= das de afecto, que yo apenas podía contener las
lágrimas, Resumiendo, tomé cien moidores y le pedí una pluma y tin ta para firmar un recibo. Le devolví el
resto y le dije que si algún día recuperaba la plantación, se lo devolvería, como en efecto, hice después.
Respecto a los títulos de derechos sobre el navío; no podía aceptarlos bajo ninguna circunstancia pues, si
alguna vez necesitaba el dinero, sabía que él era lo suficientemente honrado como para pagármelo y si, por
el contrario, recuperaba lo que él me había dado esperanzas de recuperar, jamás le pediría un centavo.
Entonces, el anciano me preguntó si podía hacer algo para ayudarme a reclamar mi plantación. Le dije
que pensaba ir personalmente. Me respondió que le parecía razonable pero que no había necesidad de que
hiciera un viaje tan largo para reclamar mis derechos y recuperar mis ganancias. Como había muchos
barcos en el río de Lisboa, listos para zarpar hacia Brasil, inmediatamente me hizo escribir mi nombre en
un registro público, junto con una declaración jurada que aseguraba que yo estaba vivo y era la misma persona
que había comprado la tierra para cultivar dicha plantación.
Regularizamos la declaración ante un notario y me re comendó agregar un poder legalizado y enviarlo
todo con una carta, de su puño y letra, a un comerciante conocido suyo, que vivía allí. Después me propuso
que me hospedara en su casa hasta tanto llegase la respuesta.
Jamás se realizó trámite más honorable que este, pues, en menos de siete meses, me llegó un paquete de
parte de los herederos de mis difuntos administradores, por cuenta de quienes me había embarcado, que
contenía los siguientes documentos y cartas:
En primer lugar, el informe de la producción de mi hacienda o plantación durante los seis años que sus
padres habían saldado con mi viejo capitán portugués. El balance daba un beneficio de mil ciento setenta y
cuatro moidores a mi favor.
En segundo lugar, el informe de los cuatro años siguientes, durante los cuales, los bienes habían
permanecido en su poder antes de que el gobierno reclamase su administra ción, por ser los bienes de una
persona desaparecida; lo que ellos llamaban, muerte civil. Dado el aumento en el valor de la plantación, el
balance de dicha cuenta era de treinta y ocho mil ochocientos noventa y dos cruzeiros, que equivalen a tres
mil doscientos cuarenta y un moidores.
En tercer lugar, el info rme del prior de los agustinos que había recibido los beneficios de mis rentas
durante más de catorce años. No teniendo que reembolsar lo que había sido utilizado a favor del hospital,
honestamente declaraba que aún le quedaban sin distribuir ochocientos setenta y dos moidores que me
pertenecían. De la parte del rey, nada me fue reembolsado.
Había, además, una carta de mi socio en la que me felicitaba muy afectuosamente por estar vivo y me
informaba del desarrollo de la plantación, los beneficios anuales, su ex tensión en acres cuadrados y los
esclavos que trabajaban en ella. Al final de la carta, había trazado veintidós cruces como señales de
bendición que correspondían a los veintidós Ave Marías que había rezado a la Virgen por haberme
rescatado con vida. Me invitaba a que fuera personalmente a tomar posesión de mi propiedad o que, al
menos, le dijera a quién entregarle mis efectos si no lo hacía. Finalmente, me enviaba muchos saludos
afectuosos de su parte y de su familia y un regalo: siete hermosas pieles de leopardo, que, sin duda, había
recibido de África, en algún barco fletado por él y que, al parecer, habían hecho un mejor viaje que el mío.
Me mandó, además, cinco cajas de excelentes confituras y un centenar de piezas de oro sin acuñar, un poco
más pequeñas que los moidores.
En el mismo barco llegaron, por parte de mis adminis tradores, mis doscientas cajas de azúcar,
ochocientos rollos de tabaco y el resto de la cuenta en oro.
Podría decirse que el final de la historia de Job fue mejor que el principio. Resulta imposible explicar mi
emoción cuando leí aquellas cartas y, en especial, cuando me vi ro deado de toda mi fortuna y, dado que los
navíos brasileños navegan en flotas, los mismos barcos que me trajeron las cartas, trajeron mis bienes, que
estaban a salvo en el río antes de que las cartas llegaran a mis manos. En pocas palabras, me puse pálido,
me mareé y si el anciano no me hubiese traído un poco de licor, con toda certeza habría caído muerto de la
emoción en el acto.
Incluso, al cabo de unas horas, seguía sintiéndome mal y llamaron a un médico que, conociendo en parte
la causa real de mi malestar, me prescribió una sangría, luego de la cual, comencé a recuperarme y a
sentirme mejor. Creo que si no hubiese sido por el alivio que me causó esto, habría muerto. De pronto, me
había convertido en dueño de casi cinco mil libras esterlinas en moneda y tenía lo que podría llamarse un
estado en Brasil, que me dejaba una renta de mil libras al año y era tan seguro como cualquier estado en
Inglaterra. En pocas palabras, me hallaba en una situación que apenas podía comprender ni sabía cómo
disfrutar.
Lo primero que hice fue recompensar a mi antiguo benefactor, mi viejo y buen capitán, que había sido
caritativo conmigo en mi desesperación, amable al principio y honesto al final. Le mostré todo lo que había
recibido y le dije que, después de la Providencia celestial, que dispone todas las cosas, todo se lo debía a él.
Ahora me correspondía a mí darle una recompensa, que sería cien veces mayor que lo que me había dado.
Primero le entregué los cien moidores que había recibido de él. Entonces, hice llamar a un notario y le
ordené que redactara un descargo, lo más clara y detalladamente posible, por los cuatrocientos setenta
moidores que me debía, según lo había reconocido. A continuación, di una orden para que se le entregara
un poder como recaudador de las rentas anuales de mi plantación, indicándole a mi socio que llegara a un
acuerdo con el viejo capitán para que le enviase por barco, a mi nombre, lo producido. En la última
cláusula, ordené que se le pagara una renta anual de cien moidores y otra de cincuenta moidores anuales a
su hijo. De esta forma, recompensé a mi viejo amigo.
Ahora tenía que decidir qué rumbo tomar y qué hacer con el estado que la Providencia había puesto en
mis ma nos. En realidad, en este momento eran muchas más las preocupaciones que cuando llevaba una
vida solitaria en la isla, donde no deseaba nada que no tuviese ni tenía nada que no desease. Ahora, en
cambio, tenía un gran peso sobre los hombros y mi problema era buscar la forma de asegurarlo. No
disponía de una cueva donde esconder mi dinero ni un lugar donde pudiera dejarlo sin llave o cerrojo para
que se enmoheciera antes de que alguien pudiera utilizarlo. Todo lo contrario, ahora no sabía dónde ponerlo
ni a quién confiárselo. Mi viejo patrón, el capitán, era un hombre honesto y el único refugio que tenía.
En segundo lugar, mis intereses en Brasil parecían recla mar mi presencia pero no podía ni pensar en
marcharme antes de haber arreglado todos mis asuntos y dejado mis bienes en buenas manos. Al principio,
pensé en mi vieja amiga, la viuda, que siempre había sido honesta conmigo y seguiría siéndolo. Mas, estaba
entrada en años, pobre y, según me parecía, endeudada. No me quedaba otra alternativa que regresar a
Inglaterra llevando mis riquezas conmigo.
No obstante, tardé unos meses en resolver este asunto y, habiendo recompensado plenamente y a su
entera satisfacción a mi capitán, mi antiguo benefactor, comencé a pensar en la pobre viuda, cuyo marido
había sido mi primer protector. Incluso ella, mientras pudo, había sido una leal administradora y consejera.
Así, pues, le pedí a un mercader de Lisboa que le escribiera una carta a su corresponsal en Londres,
indicándole que, no solo le entregase una letra a aquella mujer, sino que, además, le diese cien libras en
moneda y la visitase y consolase en su pobreza, asegurándole que yo la ayudaría mientras viviese. Al
mismo tiempo, le envié cien libras a cada una de mis hermanas, que vivían en el campo, pues, aunque no
padecían necesidades, tampoco vivían en las mejores condiciones; una se había casado y enviudado y la
otra tenía un marido que no era tan generoso con ella como debía.
Sin embargo, no hallaba entre todos mis amigos y conocidos alguien a quien confiarle el grueso de mis
bienes, a fin de poder viajar a Brasil, dejando todo asegurado. Esto me producía una gran perplejidad.
Alguna vez había pensado viajar a Brasil y establecerme allí, pues estaba, como quien dice,
acostumbrado a aquella región. Pero tenía ciertos escrúpulos religiosos que irracio nalmente me disuadían
de hacerlo, a los cuales haré referencia. En realidad, no era la religión lo que me detenía, pues si no había
tenido reparos en profesar abiertamente la religión del país mientras vivía allí, no iba a tenerlos en estos
momentos. Simplemente, ahora pensaba más en dichos asuntos que antes y, cuando imaginaba vivir y
morir allí, me arrepentía de haber sido papista, pues tenía la convicción de que esta no era la mejor religión
para bien morir.
No obstante, como he dicho, este no era el mayor in conveniente para viajar a Brasil, sino el no saber a
quién confiarle mis bienes. Finalmente, resolví viajar con todas mis pertenencias a Inglaterra, donde
esperaba encontrar algún amigo o pariente en quien pudiese confiar. Así, pues, me preparé para viajar a mi
país con toda mi fortuna.
A fin de preparar las cosas para mi viaje a casa, y puesto que la flota estaba a punto de zarpar rumbo a
Brasil, decidí responder a los informes tan precisos y fieles que había recibido. En primer lugar, le escribí
una carta de agradecimiento al prior de San Agustín por su justa administración y le ofrecí los ochocientos
setenta y dos moidores de los que aún no había dispuesto para que los distribuyera de la siguiente forma:
quinientos para el monasterio y trescientos setenta y dos para los pobres, según lo estimara conveniente.
Aparte de esto, le expresé mis deseos de contar con las oraciones de los buenos padres.
Luego le escribí una carta a mis dos administradores, reconociendo plenamente su justicia y honestidad.
En cuanto a enviarles algún regalo, estaban más allá de cualquier necesidad.
Por último, le escribí a mi socio, agradeciéndole su diligencia en el mejoramiento de mi plantación y su
integridad en el aumento de la producción. Le di instrucciones para el futuro gobierno de mi parte según los
poderes que le había dejado a mi antiguo patrón, a quien deseaba que se le enviase todo lo que se me
adeudaba, hasta nuevo aviso y le aseguré que, no solo iría a verlo, sino a establecerme allí por el resto de
mi vida. A esto añadí unas hermosas sedas italianas para su mujer y sus dos hijas, pues el hijo del capitán
me había hablado de su familia, y dos piezas del mejor paño inglés que pude encontrar en Lisboa, cinco
piezas de frisa negra y algunas puntillas de Flandes de mucho valor.
Tras poner en orden mis negocios y convertir mis bie nes en buenas letras de cambio, aún me faltaba
decidir cómo llegar a Inglaterra. -Me había acostumbrado al mar pero, esta vez, sentía cierto recelo de
regresar a Inglaterra por barco y, aunque no era capaz de explicar el porqué, la aversión fue aumentando de
tal modo, que no una, sino dos o tres veces, cambié de parecer e hice desembarcar mi equipaje.
La verdad es que había sido muy desafortunado en el mar y, tal vez, esta era una de las razones. Pero en
circunstancias como la mía, ningún hombre debería desdeñar los impulsos de sus pensamientos más
profundos. Dos de los barcos que había escogido para viajar -y digo dos porque a uno de ellos hice
conducir mis pertenencias y, en el otro, incluso llegué a apalabrar el viaje con el capitán-, sufrieron terribles
percances. Uno de ellos fue tomado por los argelinos y el otro naufragó en Start71, cerca de Torbay y todos
los que iban a bordo murieron, excepto tres hombres. Así, pues, en cualquiera de estos navíos, hubiese
padecido miserias y sería difícil decir en cuál hubieran sido peores.
Acosado por estos pensamientos, mi antiguo patrón, a quien le contaba todo lo que me sucedía, me
recomendó encarecidamente que no fuera por mar sino por tierra hasta La Coruña, que atravesara la bahía
de Vizcaya hasta La Rochelle, que siguiera por tierra hasta París, que era un viaje seguro y fácil de hacer y,
de ahí pasara a Calais y Dover72. También podía llegar hasta Madrid y hacer el viaje por tierra hasta
Francia.
71 Start: Promontorio en la costa meridional de Inglaterra en el canal de la Mancha.
72 Calais y Dover: Ciudades francesa e inglesa respectivamente que constituyen el paso de Caíais, la parte
más estrecha del canal de la Mancha.
En pocas palabras, estaba tan predispuesto contra el mar, que decidí hacer todo el trayecto por tierra, con
la excepción del paso de Calais a Dover. Como no tenía prisa ni me importaban los gastos, realmente era la
forma más pla centera de hacer el viaje. Y, para hacerlo más agradable, mi viejo capitán me presentó a un
caballero inglés, hijo de un comerciante de Lisboa, que estaba dispuesto a viajar conmigo. Más tarde, se
nos unieron dos mercaderes ingleses y dos jóvenes caballeros portugueses, que solo viajaban hasta París.
En total éramos seis y cinco criados; los dos mercaderes ingleses y los dos jóvenes portugueses se
contentaron con un criado por pareja, a fin de ahorrar en los gas tos, y yo llevaba a un marinero inglés para
que me sirviera, aparte de mi siervo Viernes, que por ser extranjero, no estaba capacitado para servirme en
el camino.
De este modo, salí de Lisboa y, como estábamos todos bien montados y armados, formábamos una
pequeña tropa, de la cual tuve el honor de ser designado capitán, no solo por ser el mayor, sino porque tenía
dos criados y era el promo tor del viaje.
Así como no he querido aburriros con mi diario de mar, tampoco quisiera hacerlo con el de tierra, aunque
durante este largo y difícil trayecto, nos acontecieron algunas aventuras que no debo omitir.
Cuando llegamos a Madrid, siendo todos extranjeros en España, decidimos quedarnos algún tiempo para
ver las cortes de España y todo aquello que fuese digno de verse. Como estábamos a finales del verano,
decidimos apresurarnos y salimos de Madrid hacia mediados de octubre. En la frontera con Navarra, en
varios pueblos nos dijeron que había caído tal cantidad de nieve en el lado francés de las montañas, que
muchos viajeros se habían visto obligados a regresar a Pamplona, después de haber intentado proseguir su
camino con grandes riesgos.
Cuando llegamos a Pamplona, confirmamos lo que nos habían dicho. A mí, que siempre había vivido en
un clima cálido, en el cual apenas podía tolerar las ropas, el frío se me hacía insoportable. En realidad, a
todos nos resultaba más penoso que sorprendente sentir el viento de los Pirineos, tan frío e intolerable, que
amenazaba con congelarnos las manos y los pies; sobre todo, cuando hacía apenas diez días que habíamos
salido de Castilla la Vieja, donde no solo hacía buen tiempo, sino calor.
El pobre Viernes se asustó verdaderamente cuando vio aquellas montañas, cubiertas de nieve y sintió el
frío, pues eran cosas que jamás había visto ni sentido en su vida.
Para empeorar las cosas, cuando llegamos a Pamplona, siguió nevando con tanta violencia e intensidad,
que la gente decía que el invierno se había adelantado. Los caminos, que de por sí eran difíciles, se
volvieron intransitables. En pocas palabras, la nieve era tan densa en ciertos lugares, que resultaba
imposible pasar y, como no se había endurecido, como en los países septentrionales, se corría el riesgo de
morir enterrado en vida a cada paso. Permanecimos no menos de veinte días en Pamplona, donde
advertimos que se aproximaba el invierno y que el tiempo no iba a mejorar, pues se trataba del invierno
más severo que podía recordarse en toda Europa. Propuse que fuésemos a Fuenterrabía y de allí,
tomásemos el barco para Burdeos, que solo era una travesía corta por mar.
Mas, mientras deliberábamos sobre esta posibilidad, llegaron cuatro caballeros franceses que se habían
visto obligados a detenerse en el lado francés, como nos había ocurrido a nosotros en el lado español. En el
camino, habían dado con un guía, con el que, atravesando la región cercana a Languedoc, habían cruzado
las montañas por senderos en los que la nieve no resultaba demasiado incómoda. A pesar de que habían
encontrado mucha nieve en el camino, según decían, estaba lo suficientemente dura como para soportar su
peso y el de sus caballos.
Fuimos a buscar al guía, que se comprometió a llevarnos por el mismo camino sin peligro de la nieve,
contando con que fuésemos bien armados para protegernos de los anima les salvajes, pues, según nos dijo,
no era extraño encontrar lobos hambrientos y rabiosos al pie de las montañas cuando caía una gran nevada.
Le dijimos que íbamos bien armados para enfrentarnos a semejantes criaturas pero debía asegurarnos que él
nos protegería de una especie de lobos de dos piernas, que, según nos habían dicho, rondaban por el lado
francés de las montañas y eran harto peligrosos.
Nos aseguró que en ese sentido no teníamos nada que temer, en el camino por el que nos iba a llevar.
Inmediatamente acordamos seguirlo y lo mismo hicieron otros doce caballeros, con sus sirvientes,
franceses y españoles, que, como he dicho, se habían visto obligados a retroceder.
Así, pues, salimos de Pamplona con nuestro guía el 15 de noviembre. Me llamó la atención que, en lugar
de conducirnos hacia delante, nos hiciera retroceder cerca de veinte millas por el mismo camino que
habíamos recorrido al salir de Madrid. Después de cruzar dos ríos y llegar a la llanura, nos encontramos
nuevamente un clima templado y un paisaje agradable sin nada de nieve. Mas nuestro guía, girando súbitamente
a la izquierda, nos condujo hacia las montañas por otra ruta. Y, aunque los montes y los
precipicios nos parecían aterradores, nos hizo dar tantas vueltas, serpentear y recorrer caminos tan
tortuosos, que sin apenas advertirlo, cruza mos las elevadas montañas, sin que la nieve nos importunase. De
pronto, nos señaló las agradables y fértiles regiones de Languedoc y Gascuña, que estaban verdes y
florecidas. No obstante, nos hallábamos a gran distancia de ellas y aún nos quedaba un camino difícil por
recorrer.
Nos intranquilizamos un poco cuando vimos que nevó todo un día y una noche, con tanta fuerza que no
pudimos seguir. El guía nos dijo que nos tranquilizáramos porque en poco tiempo saldríamos de esto y, en
efecto, a medida que íbamos bajando, podíamos ver que nos dirigíamos cada vez más hacia el norte. Por lo
tanto, proseguimos el camino confiados en nuestro guía.
Dos horas antes de que cayera la noche, nuestro guía iba a tal distancia delante de nosotros que no
podíamos verlo. De repente, tres monstruosos lobos y, tras ellos, un oso, saltaron desde una zanja que se
prolongaba hacia un bosque muy frondoso. Dos de los lobos se precipitaron sobre él, que si se hubiese
encontrado más le jos de nosotros habría sido devorado sin que pudiésemos socorrerlo. Uno de ellos se
lanzó sobre su caballo y el otro lo atacó con tanta violencia que no tuvo tiempo ni tino para utilizar sus
armas, limitándose tan solo a gritar con todas sus fuerzas. Le ordené a mi siervo Viernes, que estaba a mi
lado, que fuera a galope para ver qué ocurría. Tan pronto divisó al hombre, comenzó a gritar con tanta
fuerza como aquél:
-¡Oh, amo! ¡Oh, amo! -y valientemente galopó hasta donde estaba el pobre hombre y le dis paró en la
cabeza al lobo que estaba atacándolo.
Por suerte para el pobre hombre, fue mi siervo Viernes el que acudió a socorrerlo, pues estaba
acostumbrado a ver animales de este tipo en su país, por lo que se acercó sin miedo y disparó con puntería.
Otro, tal vez, habría disparado de lejos, a riesgo de no herir al lobo sino al hombre. Pero incluso alguien
más valiente que yo se habría asustado ante esto, como en efecto sucedió, pues toda la compañía se
inquietó cuando, después del disparo de Viernes, comenzamos a oír por todas partes unos tremebundos
aullidos que, redoblados por el eco de las montañas, parecían provenir de una descomunal jauría de lobos.
Lo más probable es que no fueran pocos, por lo que nuestros temores estaban justificados.
No obstante, cuando Viernes mató al lobo, el otro, que se había lanzado sobre el caballo, abandonó su
presa de inmediato y huyó. Por suerte, se había abalanzado sobre la cabeza del caballo y sus fauces se
habían enganchado en las bridas, de manera que no le hizo demasiado daño. El hombre, en cambio, estaba
gravemente herido, pues el furioso animal lo había mordido dos veces en el brazo y otra en la pierna, por
encima de la rodilla, y estaba a punto de ser derribado del pobre caballo espantado cuando Viernes le
disparó al lobo.
Es fácil suponer que, al sonido del disparo de Viernes, apuramos el paso por el camino (que era bastante
tortuoso) para ver qué ocurría. Apenas pasamos los árboles que nos entorpecían la vista, pudimos ver
claramente lo que había ocurrido y cómo Viernes había salvado al pobre guía, aunque no podíamos precisar
qué tipo de animal había matado.
Pero jamás se vio una lucha más feroz y sorprendente, que la que se produjo entre Viernes y el oso, que
(después de tomarnos por sorpresa y asustarnos) nos brindó un espec táculo inmejorable. El oso es una fiera
lenta y pesada, por lo que no puede correr como el lobo, que, en cambio, es ágil y liviano. Por esta razón,
generalmente tiene dos patrones de acción. En primer lugar, el hombre no es su presa habitual, y digo
habitual porque nunca se sabe qué puede hacer cuando está hambriento, como era el caso en este momento
que todo el suelo estaba cubierto de nieve. Digo, pues, que no suele atacar al hombre, a menos que este lo
ataque primero; todo lo contrario, cuando alguien se encuentra con un oso en el bosque, si no lo provoca, él
no le hará nada; pero hay que ser muy cuidadoso y cederle el camino pues es un caballero muy quisquilloso
que no desviará su ruta ni ante un príncipe. Más aún, si se le tiene miedo, lo más conveniente es mirar hacia
otro lado y proseguir la marcha, pues si, por casualidad, uno se detiene y lo mira fijamente, lo considerará
una ofensa. Si, desgraciadamente, se le arroja cualquier cosa que tan solo lo roce, aunque sea una rama más
delgada que un dedo, se sentirá ultrajado y abandonará todo lo que esté haciendo para vengarse, pues
querrá resarcir su honra en el acto. Esta es su primera característica. La segunda es que, si le ofendes una
vez, te perseguirá día y noche sin tregua hasta vengarse de ti.
Mi siervo Viernes había salvado a nuestro guía y, cuando finalmente llegamos hasta él, lo estaba
ayudando a bajar del caballo, pues el hombre estaba herido y asustado, tal vez lo segundo más que lo
primero. De repente, advertimos que el oso más monstruoso y descomunal del mundo, al menos el más
grande que jamás hubiera visto yo, salía del bosque. Nos quedamos sorprendidos ante su presencia mas,
cuando Viernes lo vio, se mostró claramente alegre y arrojado.
-¡Oh, oh, oh! -dijo Viernes tres veces seguidas, apuntándolo con el dedo-. Amo, dame permiso. Le doy la
mano y te hago reír.
Me quedé perplejo de ver al muchacho tan animado.
-¿Estás loco? -le pregunté-. Te va a devorar.
-¿Devorar mí? ¿Devorar mí? -repitió Viernes-, yo devorar él. Yo hago reír. Todos se quedan aquí. Yo
hago reír.
Se sentó en el suelo, se quitó las botas rápidamente y se puso un par de zapatos que llevaba en el bolso.
Le entregó su caballo a mi otro criado y, armado con su fusil, salió corriendo como el viento.
El oso proseguía su camino tranquilamente, sin pensar en atacar a nadie, hasta que Viernes, ya muy cerca
de él, se puso a llamarlo como si el animal pudiese entenderlo.
-¡Oye, oye! ¡Hablo contigo!
Seguimos a Viernes a cierta distancia pues, habiendo descendido los montes gascones, nos hallábamos en
un valle despejado, en el que solo había algunos árboles dispersos aquí y allá.
Viernes estaba, como he dicho, detrás del oso. Rápidamente, se llegó hacia donde estaba y, tomando una
piedra, se la lanzó, dándole en la cabeza pero sin hacerle más daño que si la hubiese lanzado contra una
pared. No obstante, logró el efecto deseado, pues el muy bandido, sin el más mínimo temor, tan solo
pretendía que el oso lo persiguiera para hacernos reír.
Tan pronto sintió la pedrada y lo vio, el oso se dio la vuelta y comenzó a perseguirlo con unas zancadas
largas y diabólicas, moviéndose irregularmente, a la velocidad del trote de un caballo. Viernes comenzó a
correr y se encami nó hacia nosotros, como pidiendo socorro, así que decidimos dispararle al oso todos a la
vez, para salvar a mi siervo. Yo estaba furioso con Viernes por haber atraído el oso hacia nosotros, cuando
el animal no tenía intenciones de atacarnos, y luego salir corriendo en otra dirección. Le grité:
-Perro, ¿es esta tu manera de hacernos reír? ¡Ven aquí y coge tu caballo para que podamos dispararle al
oso!
Me oyó gritar y respondió:
-¡No dispares! ¡No dispares! Tranquilos. Se ríen mucho.
Por cada paso del oso, el ágil muchacho daba dos y, así, giró de repente muy cerca de nosotros y nos hizo
señas para que le siguiéramos. Viendo un enorme roble, como puesto allí para sus propósitos, se subió a él,
dejando el fusil en el suelo a cinco o seis yardas de allí.
Mientras nosotros los seguíamos a cierta distancia, el oso llegó al árbol rápidamente. Lo primero que
hizo fue acercarse al fusil y olisquearlo mas no tardó en abandonar lo. Se agarró del tronco del árbol y
comenzó a trepar como un gato, a pesar de su tamaño. Yo estaba perplejo ante la locura de mi siervo y no
veía el menor motivo de risa hasta que el oso se encaramó en el árbol.
Nos acercamos y vimos que Viernes había alcanzado el extremo de una rama muy gruesa y el oso había
avanzado la mitad del camino hacia él. Cuando el oso llegó a la parte más delgada de la ra ma, nos gritó:
-¡Ah! Mirar que enseño oso a bailar.
Se puso a saltar y a sacudir la rama, ante lo cual, el oso se puso a temblar sin atreverse a avanzar y
mirando hacia atrás para ver cómo regresar. Esto en verdad nos hizo reír a carcajadas. Pero aún no había
terminado la broma. Cuando Viernes advirtió que se quedaba quieto, volvió a llamarlo como si el oso
entendiese el inglés.
-¿No avanzas más? Te pido que acerques.
Dejó de sacudir la rama y el oso, como si hubiese comprendido, avanzó un poco más. Entonces comenzó
a saltar nuevamente y el oso se detuvo.
Pensamos que era un buen momento para dispararle a la cabeza y le grité a Viernes que se estuviese
quieto para que pudiésemos hacerlo. Mas nos respondió enérgicamente:
-¡Oh, ruego! ¡Oh, ruego! No dispares. Yo disparo entonces.
Quería decir después. Pero, para hacer el cuento corto, diré que Viernes bailoteaba de tal forma y el oso
adoptaba unas posturas tan graciosas que nos reímos muchísimo. No obstante, todavía no sabíamos cuál era
su intención pues, primero pensamos que quería tirar abajo al animal pero el oso era muy astuto y se
agarraba tan fuertemente a la rama para no caer, que no teníamos idea del modo en que acabaría la broma.
En el acto, Viernes nos sacó de dudas pues, advirtiendo que el oso se mantenía aferrado a la rama y no
estaba dispuesto a avanzar, le dijo:
-Bien, tú no quieres venir cerca. Yo voy cerca. Tú no vienes, yo voy.
Entonces retrocedió hasta la parte más delgada de la rama, que se doblaría con su peso y, deslizándose
suavemente, se colgó de ella hasta que casi tocó el suelo con los pies. Dio un pequeño salto y corrió hasta
su fusil. Lo preparó y se quedó quieto aguardando.
-Bien, Viernes -le pregunté-, ¿qué pretendes hacer ahora? ¿Por qué no le disparas?
-No disparar -me respondió-. No ahora. Si dispara ahora no mata. Yo espero y hago más reír.
Y en efecto lo logró, pues el oso, al ver que su adversario huía, retrocedió y comenzó a bajar por la rama,
con mu cho cuidado y mirando hacia atrás a cada paso. Luego apo yó una de las patas traseras en el tronco,
se agarró fuertemente y prosiguió su descenso lentamente, apoyando solo una pata a la vez. En el preciso
momento en que apoyó la primera pata en el suelo, Viernes se acercó al animal, le puso la punta del fusil en
la oreja y le disparó, dejándolo muerto como una piedra.
Entonces, el muy bandido se volvió hacia nosotros para ver si nos había hecho gracia y como vio que
estábamos satisfechos, se echó a reír estrepitosamente y nos dijo:
-Así nosotros matamos oso en mi país.
-¿Así los matáis? -le pregunté, pero si no tenéis fusiles.
-No -contestó-, no fusiles pero dispara flecha larga mucha.
Esto nos divirtió mucho pero nos encontrábamos en un lugar desierto, nuestro guía estaba gravemente
herido y no teníamos idea de lo que debíamos hacer. Los aullidos de los lobos aún resonaban en mi cabeza
y, aparte del ruido que escuché una vez en las costas de África, del que ya he hablado, jamás había oído
nada que me inspirara tanto temor.
Esto y la proximidad de la noche, nos alertó. Viernes nos sugirió que le quitásemos la piel a aquel
monstruoso animal, pues valía la pena conservarla, pero todavía nos quedaban tres leguas que recorrer y el
guía comenzaba a mostrarse impaciente. Lo dejamos, pues, y proseguimos nuestro camino.
La tierra aún estaba cubierta de nieve, aunque ya no tan espesa ni tan peligrosa como en los montes. Las
jaurías de lobos salvajes, según nos enteramos después, habían des cendido al bosque y a las llanuras,
acosados por el hambre, en busca de alimento. De este modo, causaron grandes estragos en las aldeas,
donde tomaron por sorpresa a los campesinos y devoraron una gran cantidad de ovejas y caballos e,
incluso, algunas personas.
Aún teníamos que cruzar un tramo difícil, según nos informó nuestro guía, y si había lobos en la región,
seguro que los encontraríamos allí. Era una pequeña llanura, ro deada de bosques por todos lados,
terminada en un largo y estrecho desfiladero, que teníamos que cruzar para poder atravesar el bosque y
llegar al pueblo donde debíamos pasar la noche.
Media hora antes de la puesta del sol, llegamos al primer bosque y, al caer la noche, alcanzamos la
pequeña lla nura. Al principio, no nos topamos con nada, excepto en un pequeño claro, que no tendría más
de un cuarto de milla de extensión, donde vimos cinco enormes lobos cruzando el camino, en fila y a gran
velocidad, como si estuviesen persiguiendo una presa. Ni siquiera advirtieron nuestra presencia y pronto
desaparecieron de nuestra vista.
Ante esto, nuestro guía, que dicho sea de paso era un miserable cobarde, nos ordenó estar alertas, pues
creía que vendrían más lobos.
Preparamos nuestras armas y nos mantuvimos en guardia pero no volvimos a ver otro lobo hasta que
atravesamos el bosque y llegamos a la llanura que estaba a media legua. Cuando llegamos a ella, pudimos
ver claramente a nuestro alrededor. Lo primero que nos encontramos fue un caballo muerto, es decir, un
pobre caballo que los lobos habían matado. Había al menos una docena de ellos, royendo los huesos, pues
ya se habían comido toda la carne.
No nos pareció prudente molestarlos en medio de su festín y tampoco ellos se fijaron mucho en nosotros.
Viernes hubiera querido dispararles pero se lo prohibí ter minantemente, temiendo que la situación se nos
fuera de las manos. No habíamos atravesado aún la mitad de la llanura cuando comenzamos a escuchar
aullidos aterradores que provenían del bosque a nuestra izquierda. Al instante, vimos como a cien lobos que
se aproximaban a nosotros en fila, con algunos líderes en la delantera, como un ejército guiado por oficiales
expertos. Apenas si sabía qué hacer para enfrentarnos a ellos pero me pareció que la mejor manera de
hacerlo era formando un frente cerrado, lo cual hicimos a toda velocidad. Como entre cada ráfaga de tiros
no tendríamos mucho tiempo para recargar las armas, di órdenes de que solo disparase un hombre a la vez,
mientras el resto se preparaba para la segunda descarga, en caso de que los lobos siguieran avanzando hacia
nosotros. Los primeros en disparar no debían demorarse en volver a cargar su armas, sino echar mano de
sus pistolas, pues todos llevábamos un fusil y dos pistolas. De esta forma, podíamos disparar seis veces
utilizando tan sólo la mitad de las fuerzas. No obstante, descubrimos que no teníamos por qué preocuparnos
pues, al primer disparo, los lobos se detuvieron en seco, asustados tanto por el fuego como por las
explosiones. Cuatro de ellos murieron de sendos disparos en la cabeza y otros apenas fueron heridos pero
salieron huyendo, dejando las manchas de su sangre en la nieve. Me di cuenta de que se detenían pero no se
retiraban y, recordando que una vez me habían dicho que nada ahuyentaba a las fieras como la voz humana,
ordené a mi gente que gritara lo más fuertemente que pudiese. Comprobé que el consejo era acertado, pues,
en el acto, los lobos comenzaron a retroceder y marcharse. Entonces, aprovechamos la oportunidad para
dis pararles nuevamente, lo que los obligó a huir y esconderse en el bosque.
Esto nos permitió recargar las armas y, a fin de no perder tiempo, proseguimos nuestra marcha. Mas no
bien habíamos recargado nuestros fusiles y nos habíamos puesto en guardia, escuchamos un estruendo en
medio del bosque hacia nuestra izquierda, un poco más adelante, en el mismo camino que debíamos seguir.
La noche se aproximaba y la luz comenzaba a menguar, lo cual empeoraba las cosas. Como el ruido
aumentaba, nos dábamos cuenta de que se trataba de los aullidos de aquellas criaturas diabólicas. De
pronto, vimos tres tropas de lobos, una a nuestra izquierda, otra a nuestras espaldas y una tercera delante de
nosotros, que nos rodeaban. No obstante, no avanzaban en nuestra dirección y, por tanto, seguimos el
camino tan rápidamente como podían nuestros caballos, es decir, a trote, pues el camino era muy escabroso
y no nos permitía ir más de prisa. De este modo, llegamos hasta la entrada del bosque por el que teníamos
que cruzar, al final de la llanura. Mas no bien comenzamos a acercarnos a la senda, nos sorprendió una
jauría de lobos, que aguardaba justo a la entrada.
De pronto, escuchamos un disparo que provenía de la otra entrada del bosque. Cuando miramos en esa
dirección, vimos un caballo con su silla y sus bridas, que corría como el viento, perseguido a toda velocidad
por dieciséis o diecisiete lobos. Los lobos iban pisándole los cascos y el pobre animal, con toda seguridad,
sería incapaz de aguantar un galope tan veloz y, finalmente, los lobos lo alcanzarían y lo devorarían; como,
en efecto, ocurrió.
Entonces vimos un espectáculo aterrador, pues en la entrada del bosque por la que había salido aquel
caballo, encontramos los restos de otro caballo y dos hombres que ha bían sido devorados por los lobos. Sin
duda, uno de ellos era quien había disparado porque, junto a su cuerpo, estaba el fusil descargado. La
cabeza y la parte superior de su cuerpo, ya habían sido devoradas.
Esto nos dejó espantados y sin saber el rumbo que debíamos tomar pero los lobos pusieron fin a nuestras
dudas, pues comenzaron a rodearnos, para atacarnos. Estoy segu ro de que serían más de trescientos lobos.
Por suerte, a la salida del bosque, hallamos unos grandes árboles cortados el verano anterior y,
seguramente, dejados allí para ser transportados más tarde. Dirigí mi pequeño ejército hacia estos árboles y
nos colocamos en línea detrás de uno de ellos. Les ordené desmontar y atrincherarse detrás del tronco del
árbol, formando un triángulo para poder atacar por tres frentes y mantener los caballos en el centro.
Así lo hicimos, e hicimos bien, pues jamás se había visto un ataque más feroz que el que nos hicieron
aquellas criaturas en ese lugar. Avanzaron hacia nosotros aullando y subie ron a los troncos que, como he
dicho, nos servían de parapeto, como si fueran a atacar a una presa. Esta furia, al parecer, había sido
ocasionada por la vis ta de los caballos, que estaban a nuestras espaldas y eran la presa que más les interesaba.
Les ordené a mis hombres disparar como lo habíamos hecho la vez anterior. Apuntaron tan bien,
que mataron varios en la primera descarga. Mas había que seguir disparando, pues avanzaban hacia
nosotros como demonios y los que estaban atrás empujaban a los de adelante.
Cuando disparamos por segunda vez, pensamos que se habían detenido un poco y que huirían, pero no
fue así, porque otros vinieron al ataque, de manera que nos vimos obli gados a disparar nuestras pistolas
dos veces más. Supongo que, en las cuatro descargas, logramos matar a diecisiete o dieciocho y herir al
doble, pero los animales volvían al ataque una y otra vez.
No quería gastar nuestro último disparo a la ligera, así que llamé a mi criado, no a Viernes, que ya estaba
lo suficientemente ocupado, pues con la mayor destreza imagina ble había recargado mi fusil y el suyo
mientras disparábamos, sino al otro criado, a quien le di un cuerno de pólvora y le ordené que la esparciera
a lo largo del tronco más grueso. Así lo hizo y, no bien había regresado, cuando los lobos se dispusieron a
atacar por ese lado; algunos, incluso, llegaron a saltar sobre el tronco. Entonces, apuntando con la pistola
sobre la pólvora esparcida, disparé. La pólvora se incendió y todos los que estaban encima del tronco se
quema ron y seis o siete cayeron, saltaron, más bien, por la intensidad del fuego. A estos los liquidamos en
un momento y los demás, se asustaron tanto con el resplandor de la explo sión, más intenso por la oscuridad
de la noche, que se retiraron un poco.
Ordené disparar el último tiro de nuestras pistolas, después del cual, nos pusimos a gritar. Ante esto, los
lobos dieron la vuelta y nosotros nos lanzamos sobre casi veinte de ellos que estaban heridos en el suelo.
Los acuchillamos con nuestras espadas y obtuvimos el resultado que esperábamos pues, el resto de ellos, al
oír sus lamentos y aullidos, huyeron a toda prisa y nos dejaron en paz.
En total, matamos a unos sesenta lobos y, si hubiera sido de día, habríamos matado muchos más.
Despejado el campo de batalla, proseguimos nuestro camino, pues aún nos quedaba casi una legua por
andar. A lo largo del camino, escuchamos varias veces el aullido de estas fieras salvajes y en más de una
ocasión, nos pareció ver alguno de ellos pero la nieve nos hacía daño en los ojos y no podíamos ver con
precisión. Al cabo de una hora, llegamos al pueblo donde íbamos a pasar la noche. Hallamos a todos
armados y terriblemente asustados, pues, al parecer, la noche anterior los lobos y algunos osos habían
irrumpido en el pueblo, por lo que se habían visto obligados a permanecer en vela toda la noche y todo el
día, especialmente la noche, para proteger su ganado e, incluso, a su gente.
A la mañana siguiente, nuestro guía se encontraba tan mal y se le habían hinchado tanto las extremidades
a causa de las dos heridas, que no pudo proseguir el viaje, por lo que tuvimos que buscar otro guía que nos
llevara hasta Toulouse. Allí encontramos un clima templado y una campiña fértil y agradable, donde no
había nieve ni lobos. Cuando contamos lo que nos había ocurrido, nos dijeron que era lo habitual en
aquellos bosques al pie de la montaña, en especial, cuando el suelo estaba cubierto de nieve. Nos preguntaron
qué clase de guía habíamos contratado que se había atrevido a llevarnos por un camino tan peligroso,
sobre todo, en aquella época del año y nos dijeron que debíamos sentirnos muy afortunados de que no nos
hubiesen devorado. Cuando les dijimos la forma en que nos habíamos atrincherado con los caballos en el
centro, nos criticaron severamente y nos dijeron que las probabilidades de haber sido destruidos por los
lobos eran de cincuenta contra una, puesto que su furia había sido incitada por la presencia de los caballos,
que eran su presa más codiciada. En cualquier otra ocasión, se habrían asustado con los disparos pero el
hambre excesiva y las ganas de alcanzar nuestros caballos, les habían vuelto insensibles al peligro. Si no
hubiésemos mantenido un fuego continuo y no hubiésemos utilizado la estratagema de la pólvora, nos
habrían despedazado. Ahora bien, si les hubiésemos disparado sin apearnos de los caballos, no les habrían
parecido una presa asequible, ya que había hombres montados sobre ellos. Finalmente, nos dijeron que si
hubiésemos permanecido juntos y abandonado los caballos, se habrían lanzado sobre ellos y nosotros
habríamos podido escapar a salvo, pues éramos muchos y estábamos bien armados.
Por mi parte, jamás me había visto ante un peligro así en mi vida, pues, por un momento, cuando vi
aquellos trescientos demonios que venían hacia nosotros con las fauces abiertas para devorarnos y nosotros
no teníamos hacia dónde escapar, pensé que estábamos perdidos. En verdad creo que no volveré a cruzar
esas montañas nunca más; prefiero viajar mil leguas por el mar, aun con la certeza de tropezar con una
tormenta una vez por semana.
Durante el viaje a través de Francia no ocurrió nada fuera de lo común, al menos, nada que otros viajeros
no hayan referido mejor que yo. Pasé de Toulouse a París y, tras una corta estancia, llegué a Calais y
desembarqué a salvo en Dover, el día 14 de enero, después de un frío viaje.
Había llegado a mi destino y, en poco tiempo, me vi rodeado de mis recién recuperados bienes, pues las
letras de cambio que llevaba conmigo, me fueron pagadas escrupulosamente.
Mi principal guía y consejero privado fue mi buena y anciana viuda, quien, en agradecimiento por el
dinero que le había enviado, no escatimó en esfuerzos ni atenciones ha cia mí. Confíe a ella todos mis
asuntos, de manera que no tenía razones para preocuparme sobre la seguridad de mi fortuna. En efecto,
hasta el último día, me sentí sumamente satisfecho de la absoluta integridad de esta excelente señora.
Empecé a considerar dejar mis bienes al cuidado de ella y viajar a Lisboa para luego seguir hasta Brasil
pero volvieron a acecharme los recelos respecto a la religión. Siempre dudé de la religión romana, incluso
cuando me hallaba en el extranjero y, muy particularmente, cuando viví solo. Sabía que no regresaría a
Brasil, y menos a establecerme, a menos que estuviese dispuesto a acoger la religión católica romana sin
reservas; o, de otro modo, a menos que estuviese dispuesto a sacrificar mis principios y convertirme en un
mártir de la religión y morir a manos de la Inquisición. Por lo tanto, decidí quedarme en casa y buscar el
modo de dis poner de mi plantación.
Con este propósito, le escribí a mi antiguo amigo de Lisboa, quien, a su vez, me contestó que sería fácil
realizar el negocio allí mismo, si le otorgaba poderes para presen társelo en mi nombre a dos mercaderes,
herederos de mis administradores. Como vivían en Brasil, conocían perfectamente el valor de mi
plantación. Aparte de esto, eran muy ricos, por lo que, según le parecía, estarían encantados de comprarla y
yo podría ganar, a lo sumo, cuatro o cinco mil piezas de a ocho.
Acepté y le di órdenes de ofrecérsela. Al cabo de casi ocho meses, cuando regresó el navío, recibí una
notificación de que habían aceptado la oferta y remitido un pago de treinta y tres mil piezas de a ocho, por
mediación de uno de sus corresponsales de Lisboa.
Firmé el documento de venta que me enviaron desde Lisboa y se lo remití a mi viejo amigo, quien me
mandó treinta y dos mil ochocientas piezas de a ocho en letras de cambio, reservándose cien moidores
anuales para él, y cincuenta para su hijo, según le había prometido. Y así, he hecho el recuento de la
primera parte de mi vida aventurera; una vida que la Providencia ha manejado a su capricho; una vida tan
variada como pocas se verán en el mundo; que comenzó locamente y concluyó mucho mejor de lo que
jamás hubiese esperado.
Cualquiera podría pensar que en este complicado estado de buena fortuna, no volví a padecer infortunios,
como en efecto, habría sucedido si las circunstancias así lo hubie sen permitido. Mas yo estaba habituado a
la vida aventurera, no tenía familia, ni apenas conocidos, ni mucho menos amigos, a pesar de mi fortuna.
Aunque había vendido mis propiedades en Brasil, no había logrado olvidar aquellas tierras y tenía fuertes
deseos de regresar a ellas; sobre todo, no podía resistir la enorme inclinación de volver a ver mi isla, de
saber si los pobres españoles seguían viviendo allí y qué habían hecho con ellos los bandidos que dejamos.
Mi fiel amiga, la viuda, intentó disuadirme por todos los medios y tanto insistió que durante casi siete
años logró impedir que me marchase. Durante este tiempo, me hice car go de mis dos sobrinos, los hijos de
mi hermano. Al mayor, que tenía algunas propiedades, lo crié como a un caballero y lo hice heredero de
parte de mi estado, en el momento en que yo muriese. Al otro lo puse a cargo del capitán de un navío y, al
cabo de cinco años, viendo que era un joven sensato y emprendedor, le di un buen barco y le envié al mar.
Posteriormente, este jovencito me indujo a emprender nuevas aventuras.
Mientras tanto, me había asentado parcialmente en este lugar pues, en primer lugar, me casé, para mi
bien y mi felicidad, y tuve tres hijos: dos hijos y una hija. Habiendo muerto mi esposa, llegó mi sobrino de
un exitoso viaje a España. Su insistencia y mi natural afición por los viajes me llevaron a embarcarme en su
navío rumbo a las Islas Orientales en calidad de mercader privado. Esto aconteció en el año 1694.
En este viaje visité mi colonia en la isla y vi a mis sucesores los españoles. Escuché su historia y la de los
villanos que habíamos dejado; cómo al principio maltrataron a los po bres españoles y luego llegaron a un
acuerdo, para luego pelearse y volver a unirse hasta que, finalmente, los españoles se vieron obligados a
usar la fuerza con ellos; cómo se sometieron a los españoles; y cuán honestos habían sido estos con ellos.
En pocas palabras, me contaron una historia llena de episodios interesantes y variados, especialmente, en lo
referente a las batallas con los caribes, que varias veces desembarcaron en la isla; las mejoras que
introdujeron y el valor con que realizaron una expedición a tierra firme, de la que regresaron con once
hombres y cinco mujeres en calidad de prisioneros, por lo que, a mi regreso, encontré una veintena de niños
en la isla.
Permanecí allí veinte días y les dejé las provisiones que pudiesen necesitar, en particular, armas, pólvora,
municio nes, ropa, herramientas y dos artesanos que me había traído de Inglaterra: un carpintero y un
herrero.
Aparte de esto, repartí la isla entre ellos y me reservé el derecho de propiedad sobre ella, de manera que
todos quedaron satisfechos. Habiendo arreglado estos asuntos con ellos, les hice prometer que no se
marcharían y allí los dejé. Luego pasé a Brasil, donde compré una embarcación y se la envié con más
gente, aparte de víveres y siete mujeres que me parecieron aptas para servirles o casarse con ellos, según les
pareciera. A los ingleses les prometí enviarles inglesas con un cargamento de provisiones si se comprometían
a cultivar la tierra; y así lo hice posteriormente. Una vez se les adjudicaron sus posesiones por
separado, los hombres demostraron ser honrados y diligentes. También les envié cinco vacas de Brasil, tres
de la cuales estaban preñadas, algunas ovejas y cerdos, que se reprodujeron considerablemente, como pude
apreciar a mi regreso.
Pero todo esto, además de la narración de cómo trescientos caribes invadieron la isla y arruinaron sus
plantaciones; cómo lucharon contra el doble de sus fuerzas y fueron derrotados la primera vez, en la que
murieron tres colonos; cómo una tempestad destruyó las canoas enemigas y el hambre hizo morir a todos
los demás salvajes; cómo recuperaron la plantación y siguieron viviendo en la isla; todo esto y los
asombrosos incidentes que acontecieron durante los diez años de mis nuevas aventuras, lo relataré, acaso,
más adelante.

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