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EL ARTE OSCURO

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jueves, 31 de enero de 2013

CIVILIZACIONES EXTRATERRESTRES 2

CIVILIZACIONES EXTRATERRESTRES 2
ISSAC ASSIMOV





. Cantidad de planetas en nuestra Galaxia que sustentan vida abundante: ...


Inteligencia
No es necesariamente inteligente cualquier especie terrestre. Hasta ahora, el ganado y otros
animales que pacen no son demasiado inteligentes.
Sin embargo, puede verse la constante progresión de la inteligencia y el continuo
mejoramiento del cerebro. Los mamíferos, que aparecieron hace unos  millones de años,
representaron, en general, un adelanto en inteligencia respecto a los reptiles.
El orden de los primates, cuyos primeros vestigios datan de hace  millones de años, se
dirigió hacia la especialización en ojos y cerebro. Hace unos  millones de años, los primates se
dividieron en los menos celébrales y más pequeños monos y lémures, por un lado, y los más cerebrales
y más grandes simios, por el otro.
Hace unos  millones de años surgió una especie particularmente cerebral, la del primer
homínido. Aproximadamente hace unos . años, apareció el Homo sapiens, y hace sólo unos
. años, los seres humanos inventaron la escritura, con lo que comenzó la historia escrita y la
civilización floreció considerablemente, por lo menos en algunas partes del mundo.
Cuando apareció la civilización, la Tierra tenía . millones de años de edad y había
completado aproximadamente el  por ciento de su duración. Eso significa, si seguimos el principio
de la medianía, que el  por ciento de los planetas habitables no son lo suficientemente viejos para
haber desarrollado una civilización, y el  por ciento sí son lo suficientemente viejos.
Esto nos da nuestra duodécima cifra:
. Cantidad de planetas en nuestra Galaxia en los cuales se ha desarrollado una civilización técnica:
...
En otras palabras, una de cada  estrellas de nuestra Galaxia ha iluminado el desarrollo de
una civilización tecnológica.
Podemos ir un poco más lejos. Nuestra propia civilización, si contamos desde la invención de
la escritura hasta nuestra excursión al espacio exterior, ha durado . años. Si queremos sentirnos
pletóricos de optimismo, podemos suponer que nuestra civilización perdurará todo el tiempo que la
Tierra pueda sustentar vida (otros . millones de años), y que nuestro nivel de tecnología avanzará
durante todo ese tiempo ().
Así pues, supongamos que afirmamos que el promedio de la duración de una civilización es de
. millones de años (tendremos más que decir acerca de esto más adelante, en este mismo libro), y
que se llega al vuelo espacial en los primeros . años. Tal cosa significa que sólo /.. de
una civilización transcurre antes que se desarrolle el vuelo espacial, y que todo el resto de esa
civilización progresa hacia niveles tecnológicos mucho mayores. O bien, para decirlo de otra manera,
sólo /.. de las civilizaciones de nuestra Galaxia están tan poco avanzadas que apenas se
encuentran al borde del vuelo espacial, o no han llegado aún a él. Todas las demás están por delante de
nosotros.
Lo anterior significa que de los  millones de civilizaciones en nuestra Galaxia, sólo
son tan primitivas como la nuestra, lo cual es un número insignificante. Todas las demás (lo que
significa casi todas ellas) están más avanzadas que la nuestra.
En resumen, lo que hemos estado haciendo es calentar no sólo las probabilidades de
inteligencia extraterrestres, sino las probabilidades de inteligencia extraterrestre sobrehumana.
 Naturalmente, nuestro aspecto físico indudablemente cambiará con el transcurso del tiempo, gracias a la
evolución o a la deliberada ingeniería genética introducida por los seres humanos, pero eso no afecta al meollo
del argumento.


 – CIVILIZACIONES EN OTRAS PARTES.
Nuestro satélite gigante
En cierto modo, nuestras conjeturas acerca de la inteligencia extraterrestre han concluido con
una nota de triunfo. Esforzándonos por llegar a cálculos y suposiciones razonables y conservadores,
terminamos con un Universo que tal vez sea increíblemente rico en inteligencia. Además de nuestra
civilización,  millones de conjuntos de compañeros en la gran aventura del saber y del conjeturar
han entrado a la civilización, aquí mismo, en nuestra propia Galaxia.
Si esos  millones de civilizaciones están distribuidas en forma regular en los aledaños de la
Población I de la Galaxia, la distancia entre dos civilizaciones vecinas será, en promedio, de unos
años luz. Esa no es una gran distancia cósmica.
Pero surge entonces una pregunta que, hasta cierto punto, lo echa todo a perder.
¿Dónde están todos los demás?
Si realmente hubiese centenares de millones de civilizaciones avanzadas en nuestra propia
Galaxia, sería de creer que se habrían ya aventurado más allá de sus propios mundos; podrían haber
formado alianzas; podrían haber formado una Federación Galáctica de Civilizaciones, con emisarios
enviados a otras federaciones galácticas, más allá de los espacios intergalácticos. Y, especialmente,
nos habrían visitado ya. ¿Por qué no lo han hecho?
¿Dónde están?
Hay varias posibles respuestas a esta incógnita. Por ejemplo, puede ser que el análisis
presentado en este libro sea erróneo en algún punto importante y que, por tanto, no haya mundos
habitables, salvo nuestra propia Tierra.
Casi todas las etapas del análisis podrían ocultar algún error que obedeciera a nuestros conocimientos
incompletos. Posiblemente, las binarias sean mucho más comunes de lo que creemos e influyan
mucho más en alterar la formación planetaria. En ese caso, tal vez haya muy pocas estrellas sin
acompañante, como nuestro Sol, y muy pocos sistemas planetarios, como nuestro sistema solar.
Quizá la ecosfera sea muy reducida, como lo indican algunos cálculos, y la mayoría de los
planetas no estén situados en la delgada capa de espacio en torno de una estrella que permita la
habitabilidad.
Tal vez, por algún motivo que todavía no comprendemos, los planetas con una masa
semejante a la de la Tierra se formen rara vez, y que en uno tras otro sistema planetario haya planetas
demasiado grandes y otros demasiado pequeños, y casi en ningún lugar existan planetas del tamaño
adecuado.
Posiblemente sea un accidente cósmico insólito el que el agua líquida se haya reunido en
nuestro mundo en cantidades apropiadas, o que otras cosas sean igualmente raras, por lo que el nuestro
sea el único planeta habitable en la Galaxia, e incluso en todo el Universo.
Sin embargo, no tenemos motivo alguno para creer aún nada de lo anterior. En cualquier
momento podrán llegar pruebas que justifiquen tales suposiciones; mañana mismo, sin ir más lejos.
Pero hasta que lleguen esas pruebas no nos queda otro camino que seguir razonando en la forma como
lo hemos hecho y tratar de encontrar algo que explique la ausencia de pruebas positivas de otras civilizaciones
en otras partes.
Tal vez no se trate de un error fruto de nuestra ignorancia. Posiblemente haya un error surgido
de algo muy obvio, que hemos pasado por alto. Por ejemplo, ¿hay algo tan inusitado en el Sol, o en su
sistema planetario, o en la Tierra misma, que nos impida recurrir al principio de la medianía?
En lo que concierne al Sol y a su sistema planetario, en general, nada inusitado conocemos.
Podrán ser únicos en decenas de formas diferentes, pero no en ninguna forma manifiesta, salvo en el
caso de la Tierra. Aquí tenemos algo que no puede dejar de ser inusitado y que hasta ahora hemos
pasado por alto; algo que debemos considerar ahora como posible solución del problema del lugar en
que se encuentran nuestros vecinos del espacio.
Ese algo inusitado es la Luna, satélite de la Tierra.
Ya he dicho que la combinación de Tierra y Luna es lo que más se aproxima, en el sistema


solar, a un planeta doble, a causa del tamaño extraordinario de la Luna en relación con el mundo en
torno del cual gira (). La Luna tiene /, o , la masa de la Tierra. El siguiente cuadro señala la
masa total de los satélites de cada planeta del sistema solar, con exclusión de Plutón, en términos de la
masa del planeta mismo.
Tierra ( satélite) ,
Neptuno ( satélites) ,
Saturno ( satélites) ,
Júpiter ( satélites) ,
Urano ( satélites) ,
Marte ( satélites) ,
Plutón (ningún satélite)
Venus (ningún satélite)
Mercurio (ningún satélite)
Considerando la masa de todos los satélites, en relación con la masa del planeta en torno al
cual gira, la Luna, por decirlo así, tiene , veces más masa que todos los satélites juntos que hay en el
sistema solar, con exclusión de Caronte.
Desde ese punto de vista, la Luna es un satélite poco común, y hace que la imagen de la
formación de la Tierra sea completamente diferente de la imagen de la formación de los demás
planetas.
Parecería que todos los planetas de tamaño considerable, con excepción de la Tierra, se
formaron en torno a un punto central de condensación, a lo sumo con nudos reducidos de materia en
los extremos, tan pequeños en comparación con el punto central de condensación que casi no podría
creerse que afectaran la manera en que se formó el planeta principal.
Sin embargo, en cuanto a la Tierra, parece que hubo dos condensaciones; una mucho más
grande que la otra, pero no abrumadoramente más grande.
Así pues, consideremos a Venus y la Tierra, tan semejantes en masa y constitución y, no
obstante, tan diferentes en sus presentes condiciones superficiales. ¿Es posible que esa diferencia
actual pueda explicarse, al menos en parte, por el hecho de que Venus se formó en una condensación y
la Tierra en dos? ¿La formación de la Luna retiró tal vez materia, en forma tan importante, que sirvió
para cambiar el estado químico o físico de la Tierra, con lo que se inició una evolución geológica
diferente en comparación con Venus? ¿Acaso esa diferencia, ligera tal vez al principio, se modificó
hasta que la Tierra se transformó en un planeta frío, con un océano y una atmósfera comparativamente
tenue, en tanto que Venus se convirtió en un planeta caliente, sin agua líquida y una atmósfera muy
espesa?
Podría ser que la doble condensación que creó el planeta doble, Tierra-Luna, sea un fenómeno
extremadamente raro, por lo que estaríamos equivocados al suponer que uno de cada dos planetas en
la ecosfera de una estrella semejante al Sol sería un planeta semejante a la Tierra, sólo si tuviese un satélite
parecido a la Luna, lo que quizá casi nunca ocurre. A falta de un satélite semejante a la Luna,
tendríamos sólo un planeta parecido a Venus, en el mejor de los casos.
De ser esto así, tendríamos que concluir que casi no hay planetas habitables en el Universo y
que la Tierra es un fenómeno increíblemente fortuito. En ese caso, por supuesto, no habría
inteligencias extraterrestres, o casi ninguna, ni tampoco razón para sorprendernos de que el espacio
exterior parezca tan tranquilo, ni que no hayamos recibido ninguna señal de vida exterior.
Pero si razonamos de esa manera, ¿podemos encontrar convincente lo aducido? Exactamente,
¿cuál es la influencia de la formación de la Luna en la de la Tierra? ¿Qué podría haber hecho la Luna
 Esta afirmación debe ser modificada, en vista del descubrimiento, en , de Caronte, satélite de Plutón.
Caronte tiene / de la masa de Plutón, por lo que la combinación Plutón/Caronte se asemeja mucho más a un
planeta doble que la combinación Tierra/Luna. Sin embargo, Plutón y Caronte son cuerpos muy pequeños, y los
lineamientos de lo que se argumenta en esta sección pueden seguir teniendo validez si se aplican a cuerpos lo
suficientemente grandes para ser semejantes a la Tierra.


al formarse, que disminuyera la densidad atmosférica terrestre, que aumentara su suministro de agua, y
que evitara un efecto incontrolable de invernadero?
Hasta ahora no se ha encontrado respuesta razonable a esas preguntas.
Por último, podemos señalar una forma de explicar las diferencias entre Venus y la Tierra, que
parece más probable que cualquier otra cosa que se refiera a la Luna.
Venus está considerablemente más cerca del Sol que la Tierra. El proceso de la fotolisis, por el
cual la radiación ultravioleta del Sol desintegra las moléculas del agua en hidrógeno y oxígeno, se
aceleraría; el hidrogeno escaparía rápidamente, gracias a las temperaturas más elevadas causadas por
la cercanía del Sol; el oxígeno se combinaría con cualquier metano que hubiese, para, formar agua y
bióxido de carbono. El proceso continuaría, y con el tiempo produciría una atmósfera espesa,
integrada en su mayor parte por bióxido de carbono, lo cual aceleraría el efecto de invernadero y
crearía el planeta Venus que conocemos.
Quedan por resolver muchos detalles, pero resulta más fácil creer que la disparidad entre
Venus y la Tierra estriba en la diferencia en la distancia a que se encuentran del Sol, más que en la
diferencia en la índole y en la existencia de un satélite.
Así pues, mientras no se tengan más pruebas, no parece haber modo de negar la existencia de
muchos planetas habitables que sustenten vida. Aun así, reconociendo lo anterior, todavía no hemos
terminado de examinar la peculiaridad de la existencia de la Luna.
¿Nuestro satélite capturado?
Tan rara es la existencia de la Luna como satélite de la Tierra, que algunos astrónomos han
sugerido que no se formó como satélite, sino que fue atraído por la Tierra. De ser así, esto podría tener
concebiblemente un efecto fatal en nuestra esperanza de que existan civilizaciones en otras partes.
En favor de la posibilidad de que la Luna sea un cuerpo atraído, se señala el hecho de que la
Luna sea tan grande como es, y se halle tan distante de la Tierra como lo está. Además, su órbita se
encuentra en un plano semejante al de los planetas que giran en torno del Sol, y considerablemente
menos cercano al plano ecuatorial de la Tierra, donde la experiencia señala que es más probable que
gire un satélite. Todo eso podría llevarnos a creer que, en un principio, la Luna fue un planeta
pequeño, más bien que un satélite.
Además, la composición de la Luna es algo diferente a la de la Tierra. Tiene sólo tres quintos
de su densidad y carece de núcleo metálico. En esto se asemeja mucho más a la estructura de Marte.
¿Podría ser que la Luna se formase de esa porción de la nube original de polvo y gas de la que
procedió Marte?
Asimismo, en la Luna escasean mucho más que en la Tierra los elementos sólidos que se
funden a una temperatura no demasiado elevada y que, por tanto, pueden haberse disipado de la Luna
al hervir. Además, en la Luna son comunes trozos de materias vítreas, formadas de sustancias rocosas
que se han fundido y solidificado, esas materias son raras en la Tierra. Estas dos características de la
Luna parecen indicar que alguna vez, durante un período considerable, tal vez la Luna estuvo expuesta
a temperaturas mayores que las actuales en la Tierra (o en la Luna misma).
¿Podría ser, entonces, que la Luna, formada en el mismo proceso que creó a Marte, tuvo por
alguna razón una órbita muy excéntrica? Tal vez giraba tan cerca del Sol en un extremo de su órbita,
como gira Mercurio, y se alejaba casi tanto como se aleja Marte en el otro extremo. Eso explicaría su
superficie semejante a la de Mercurio y su interior semejante al de Marte.
Entonces, alguna vez ocurrió algo que permitió que la Tierra capturara a la Luna en uno de los
acercamientos de ésta.
Por supuesto, no es definitivo ninguno de estos argumentos en favor de la Luna como cuerpo
capturado. Su gran tamaño no es un argumento convincente, pues son muy pequeños todos los
satélites del sistema solar, que los astrónomos creen firmemente que fueron capturados. La distancia
de la Luna a la Tierra podría ser resultado de la acción de las mareas; la excentricidad de su órbita no
es tan grande como la de otros satélites que con seguridad fueron capturados; la inclinación de su
plano de revolución, respecto al plano ecuatorial de su planeta, no es tan grande como la de Tritón, el
satélite de Neptuno.
En cuanto a la diferencia en composición, podría ser que los metales se condensaron primero,


y que cuando la Luna empezó a condensarse a una distancia del lugar primario de condensación, la
nube de la cual se formó era predominantemente rocosa. Para explicar el gran calor a que estuvo
expuesta su superficie, necesitamos recordar únicamente que la Luna, a diferencia de la Tierra, carece
de atmósfera y de un océano que sirvan de amortiguador de la radiación solar.
Lo peor de todo es que parece muy complicada la mecánica por la cual la Tierra podría
capturar a un cuerpo del tamaño de la Luna, y los astrónomos no han podido sugerir una forma creíble
por la cual pudiera haber ocurrido tal cosa.
Con todo, tampoco son definitivos los argumentos en contra de que la Luna sea un satélite
capturado. Los astrónomos no han podido aún llegar a una decisión a este respecto. La Luna quizá no
sea un satélite capturado, o quizá sí lo sea.
Así pues, existe justificación para suponer, sólo por llevar adelante el razonamiento, que la
Luna es un satélite capturado. Veamos hasta dónde nos conduce tal suposición.
Para comenzar, ¿cuándo pudo haber sido capturada la Luna?
Realmente, no hay manera de decirlo. Pudo haberlo sido hace . millones de años, no
mucho después que ambos cuerpos se formaron y antes que apareciera la vida en la Tierra, o hace
millones de años, no mucho antes de que aparecieran en la Tierra los primeros homínidos.
Al menos, no hay forma de saber si consideramos únicamente la Luna. Supongamos, empero,
que consideramos la Tierra. ¿Hay alguna revolución violenta en la historia de la Tierra que
concebiblemente se pudiera correlacionar con la captura de la Luna, y atribuirse esa revolución a dicha
captura?
¿Qué podría decirse respecto a la aparición de la vida terrestre en la Tierra? Esta se colonizó
muy posteriormente, lo que es extraño. En tanto que la vida en el océano comenzó tal vez mil millones
de años después de que la Tierra se formó, la vida en suelo seco no apareció sino hasta . millones
de años después de la formación de la Tierra. Si igualamos los . millones de años de existencia
de la Tierra como planeta habitable, con el promedio de vida de  años de los seres humanos, la vida
marina comenzó cuando la Tierra tenía  años, y la vida terrestre cuando la Tierra tenía  años. ¿Por
qué esa diferencia?
¿Es posible que las mareas hayan tenido alguna relación con la presencia de la vida terrestre?
La progresión periódica del agua hacia arriba de la orilla y después hacia abajo, arrastraría la
vida en ese movimiento. Dejaría atrás charcos, en los cuales podrían prosperar algunas formas de vida.
Habría arenas empapadas de agua que podrían propiciar la vida. Las adaptaciones permitirían que
algunas formas de vida resistieran grados limitados de sequedad entre una pleamar y la siguiente, y
esas formas de vida se arrastrarían más y más lejos de la costa, hasta que por fin les fuese posible
prescindir de toda inmersión en el agua.
¿Pudiera ser que en el océano casi sin mareas, de una Tierra sin Luna, no existiese la
transición de la marea entre la vida marina y la terrestre, y que durante . millones de años no se
desarrollase la vida terrestre?
¿Pudo la Luna haber sido capturada poco antes de los últimos  millones de años, y
pudieron las mareas resultantes haber revuelto la roca sedimentaria en formación, lo suficiente para
borrar los anteriores vestigios de fósiles y para contribuir a que la aparición de formas de vida en las
rocas cámbricas pareciese tan repentina?
¿Y pudieron unos doscientos millones de años de mareas haber llevado por fin la vida al suelo
seco, y hacer posible la inteligencia y la tecnología?
Por supuesto, aun sin la Luna, la Tierra no carecería por completo de mareas. También el Sol
produce mareas, y si la Luna no estuviese en el firmamento, las mareas producidas únicamente por el
Sol serían de una altura aproximada a la tercera parte de las producidas ahora por el Sol y la Luna
juntos.
Podría objetarse que las mareas que el Sol provocara no bastarían y, además, señalarse que lo
que la Luna pudo hacer en tiempos pretéritos es más de lo que podría hacer ahora.
Como los efectos de las mareas están disminuyendo la rotación de la Tierra, ésta pierde
momento angular de rotación. En realidad, el momento angular no puede perderse; puede únicamente
trasladarse. En este caso, se traslada de la rotación de la Tierra a la revolución de la Tierra-Luna. La
Tierra y la Luna se apartan lentamente la una de la otra, trazan giros más grandes en torno de su centro
mutuo de gravedad y así ganan momento angular.
Si vemos hacia atrás, comprenderemos que hace  millones de años, cuando comenzó la
transición de la vida marina a la vida terrestre, el día debió haber sido más breve y la Luna haber
estado más próxima a la Tierra. En efecto, hay indicios, en los anillos de crecimiento de corales
fosilizados de ese período, de que entonces el día tenía una duración aproximada de , horas, y el
lapso de revolución de la Luna era de  días (lo que significa que estaba a sólo . kilómetros de
la Tierra).
Al recordar que el efecto de marea varía en razón inversa al cubo de la distancia, podemos ver
que la altura de las mareas lunares hace  millones de años era de , veces la actual, y de ,
veces la que ahora tienen las mareas lunares y solares juntas. Con mareas aproximadamente de una y
media veces la altura de las de ahora, que se movían hacia arriba y hacia abajo a una velocidad  por
ciento mayor que en el presente (gracias a que en aquel entonces el día era más corto), el empuje hacia
la vida terrestre pudo haber sido considerablemente más eficaz que lo que sería en la actualidad.
Entonces, podríamos llegar a la conclusión de que la Tierra, al realizar la muy complicada
tarea de capturar a la Luna (labor tan difícil que los astrónomos no pueden calcular cómo pudo haber
ocurrido) permitió la existencia de la vida terrestre.
Cuando calculamos cuántos millones de planetas habitables había, excluimos de esa cuenta los
pocos que podrían haber capturado un satélite grande que hubiese pasado cerca, y cuan pocos, por
tanto, podrían haber desarrollado vida terrestre, y en esa forma la clase de inteligencia y de tecnología
que buscamos.
Empero, este argumento en favor de que la Tierra sea única en la posesión de vida terrestre y,
por ende, de inteligencia y tecnología, tampoco es definitivo. No necesitamos una Luna capturada para
explicar el advenimiento de la vida terrestre. Durante los miles de millones de años que existió la vida
en el mar y no en la tierra, las mareas lunares, por altas que fuesen, probablemente no pudieron haber
causado el traslado de la vida a la tierra.
Después de todo, durante casi toda la existencia de la Tierra, la atmósfera terrestre no contuvo
más de un pequeñísimo porcentaje de oxígeno libre, si acaso. Esto significa que no había una capa de
ozono en los altos confines, y que la radiación ultravioleta del Sol podía llegar a la superficie terrestre
en grandes cantidades.
La enérgica radiación ultravioleta se opone a la vida, puesto que tiende a desintegrar las
moléculas complicadas de las que depende la vida. Sin embargo, esto no afectaría la vida oceánica,
que podría sumergirse lo suficiente para recibir una energía ultravioleta no excesiva.
En cambio, en tierra no es tan fácil escapar de la mortal radiación del Sol, por lo que el suelo
seco permaneció muerto, esterilizado por la luz solar.
Aun en los comienzos del período cámbrico, hace  millones de años, la atmósfera de la
Tierra no tenía ni  por ciento de oxígeno. Sin embargo, ese contenido de oxígeno aumentaba
rápidamente, y se formó y engrosó una capa de ozono. La radiación ultravioleta era detenida más y
más por la capa de ozono que se iba formando y, hace  millones de años, no llegaba ya a la
superficie terrestre en cantidad mortal. Por primera vez, el frágil tejido viviente arrojado a la orilla por
las mareas no murió inmediatamente. Con lentitud, el suelo seco fue colonizado.
Esto explica, en forma más convincente, la dilación en el establecimiento de la vida terrestre,
que lo dicho acerca de la captura de la Luna.
Parece, entonces, que debemos abandonar la idea de que la Luna desempeñó un papel
determinante en el desarrollo de civilizaciones. Ya sea que un planeta habitable tenga un satélite
grande, uno pequeño, uno capturado, varios satélites, o que no los tenga, nada de eso puede afectar,
hasta donde podemos juzgar con fundamento en las pruebas disponibles (), el desarrollo de la vida
terrestre, por lo que la inteligencia continuará desarrollándose sin obstáculo.
Pero entonces, ¿dónde están todos los demás?
Inteligencia
Aceptado, pues, que hay tantos planetas habitables como los que hemos calculado, y que todos
ellos están llenos de vida terrestre, ¿podemos en verdad estar seguros de que alguna especie inteligente
 Debo subrayar que "las pruebas disponibles" son fragmentarias e inciertas En cualquier momento, mañana
mismo, tal vez, pruebas nuevas podrán romper la cadena de la lógica de este libro, en cualquiera de sus puntos.
surgirá inevitablemente de cada uno de esos planetas?
¿Acaso erramos al aplicar el principio de la medianía a esta fase de nuestros cálculos? ¿Podrá
ser que el desarrollo de la inteligencia en la Tierra sea un suceso increíblemente afortunado, y que
aunque la Galaxia y el Universo abunden en vida, hasta en vida terrestre, la inteligencia y, por ende,
las civilizaciones, no existan absolutamente, salvo aquí?
¿Es casi imposible satisfacer los requisitos de una especie inteligente? ¿Cuáles son esos
requisitos?
En primer lugar, una especie inteligente debe ser más bien grande, pues tiene que desarrollar
un cerebro voluminoso; pero no puede ser demasiado grande, en el sentido de que su cuerpo no sea demasiado
grande en relación con el tamaño de su cerebro.
Así, el ser humano es más inteligente que su pariente más grande, el gorila; e indudablemente
más que el todavía mayor gigantopiteco (ahora extinto), el primate más grande que haya vivido hasta
donde sabemos.
Sin embargo, el ser humano es uno de los cuatro primates de mayor tamaño que existen ahora
y esos cuatro son todos más inteligentes que los primates más pequeños, desde el gibón hacia abajo.
Además, el Homo sapiens, la especie de mayor inteligencia de los homínidos, es también el más
grande.
De los mamíferos no primates, los de inteligencia más desarrollada son el elefante y el delfín,
y también ambos son animales grandes. El pulpo, el más inteligente de los invertebrados, figura entre
los invertebrados de mayor tamaño; y el cuervo, que tal vez sea la más inteligente de las aves, se
cuenta entre los pájaros más grandes.
El tamaño grande debe ser una de las razones de la dilación del establecimiento de la
inteligencia en la Tierra (y, presumiblemente, en cualquier planeta semejante), puesto que es necesario
el transcurso de un tiempo considerable para que los procesos fortuitos de la evolución desarrollen una
especie suficientemente grande para que contenga un cerebro lo bastante voluminoso para el propósito
de la inteligencia.
Lo que vuelve esta cuestión aún más difícil es que el cerebro resulta, con diferencia, el tejido
más complejamente organizado, por lo que es mucho más fácil, por así decirlo, desarrollar intrincadas
masas adicionales en cualquiera de los tejidos, salvo en los del cerebro. Por ese motivo hay muchas
más especies de cuerpo grande y cerebro pequeño, que de cuerpo grande y cerebro grande.
La dificultad de aunar un cuerpo de gran tamaño con un cerebro muy desarrollado, ¿no podría
ser tan grave que resultara imposible en casi todos los casos?
Por supuesto, podríamos argüir que la inteligencia ofrece tantas ventajas, que la tendencia
hacia ella sería abrumadora. Después de todo, es nuestra inteligencia la que proporciona a los seres
humanos protección contra cualquier forma de vida suficientemente grande, armada y bravía para
demolernos, si no fuésemos inteligentes. Ningún animal depredador, por potente que sea, puede
resistirnos. De hecho, necesitamos hacer un esfuerzo especial para evitar extinguir a las especies más
orgullosas y magníficas que existen, y, a pesar de esos esfuerzos, tal vez no podamos evitar que
desaparezcan. El poder de nuestra inteligencia es demasiado grande para que se suavice y se
enternezca.
Sin embargo, no permitamos que nuestro orgullo nos desoriente. Nuestra inteligencia no es
una ventaja completa. Tiene también sus desventajas. Puesto que un organismo inteligente debe ser
relativamente grande, también su número debe ser relativamente pequeño. Debe tener larga vida para
aprovechar su inteligencia (pues si muere antes que haya aprendido mucho, de nada le sirve su
inteligencia) y, por tanto, tiene que reproducirse con limitada lentitud.
Si una especie inteligente debe competir con otras especies, las cuales, por no ser inteligentes,
pueden permitirse ser pequeñas, numerosas, fecundas y de vida breve, la especie inteligente se encuentra
en grave desventaja. Existen múltiples motivos para pensar que la evolución entrega el premio (la
supervivencia) a la calidad de la fecundidad, más que a ninguna otra cosa.
La especie inteligente tiene una prole reducida, completamente incapaz de valerse por sí
misma hasta que se desarrolla lo suficiente su cerebro extraordinariamente complejo, el cual no puede
alcanzar un crecimiento adecuado, aun durante un largo período fetal. Si algo ocurre al organismo
joven, antes de que a su vez pueda reproducir, ello representa la pérdida de una enorme inversión en
tiempo y en esfuerzo (tanto biológico como social).
Una diminuta especie no inteligente puede producir miles y hasta millones de huevos, de los
que rápidamente saldrán miles y miles de crías que pueden vivir independientemente de sus padres.
Casi todas esas crías serán devoradas, pero la inversión hecha en ellas es insignificante, y algunas
indudablemente sobrevivirán.
Además, tener vida breve y gran fecundidad significa evolucionar con rapidez alocada. Los
insectos, que son el ejemplo más conocido de organismos de poca vida y muy fecundos, ha
evolucionado en más especies que las de todos los organismos juntos que no son insectos, y a juzgar
por cualquier norma, salvo la de nuestra propia vanidad, forman el grupo de organismos más
venturosos del mundo.
La humanidad, en su actual nivel de inteligencia y tecnología, no puede derrotar a los insectos.
Podemos, sin gran esfuerzo, destruir a los elefantes y a las ballenas, pero no podemos responder al reto
de los insectos, que consumen grandes fracciones de nuestro suministro de alimentos. Los podemos
matar por miles de millones, pero siempre quedan los que reemplazan a los muertos. Si empleamos
venenos, los pocos insectos que pueden resistirlos sobreviven, e inmediatamente crían millones y
millones de otros insectos igualmente resistentes. Nosotros recurrimos a nuestro cerebro; ellos, a su
fecundidad; y son ellos los que ganan.
En efecto, dejando a un lado a los seres humanos, otras especies inteligentes son aún menos
venturosas. Ni el gorila ni el chimpancé pertenecen a especies muy afortunadas. Indudablemente, ni
uno ni otro pueden compararse con la rata, en cuanto a prosperar en un mundo hostil. Por lo que se ve,
tampoco el elefante se defiende mejor, en este mundo, que el conejo; ni la ballena, que el arenque.
¿Podríamos sostener, entonces, que la inteligencia es esencialmente un callejón sin salida de la
evolución? ¿Podríamos afirmar, en términos generales, que las desventajas son mayores que las ventajas,
hasta que se llega a algún nivel crítico, más allá del cual las especies inteligentes pueden establecer
por lo menos algunas formas espectaculares de dominación sobre el mundo?
Tal vez ese nivel crítico es tan difícil de alcanzar, a causa de las desventajas de la inteligencia,
que los homínidos de la Tierra lo lograron sólo por suerte extraordinaria, sin igual en ninguna otra
parte.
No obstante, todo lo anterior no es convincente.
Al examinar la evolución en la Tierra, parece haber una tendencia hacia mayor tamaño y
complejidad (ocasionalmente en exceso, por supuesto, hasta llegar al punto de la utilidad decreciente).
Además, en grupos muy extendidos de seres vivientes, el aumento de la complejidad casi siempre
parece traer consigo el aumento de la inteligencia.
Aun entre los insectos, por lo menos tres grupos son sociales: el de las hormigas, el de las
abejas y el de las termitas. En vez de crecer hasta convertirse en seres grandes y complejos,
permanecen pequeños, pero forman sociedades grandes y complejas; y esas sociedades, como un todo,
parecen considerablemente más inteligentes que los pequeños organismos individuales que las
componen.
Si la inteligencia aumenta en el desarrollo de muchos grupos de especies diferentes, y hasta
crece en dos formas muy diversas —en la formación del individuo y en la de la sociedad—, entonces
tenemos que suponer que, tarde o temprano, alguna inteligencia en desarrollo traspondrá el nivel
crítico.
Por tanto, el peso de las pruebas hasta ahora conocidas nos obliga a considerar que la
inteligencia, suficiente para producir una civilización, es un desarrollo más o menos inevitable en un
planeta habitable, si se le concede suficiente tiempo.
Extinción
Con todo, volvemos a la misma pregunta. Si no podemos hallar ninguna razón para negar el
desarrollo de centenares de millones de civilizaciones en nuestra Galaxia, ¿por qué todo está tan
silencioso? ¿Por qué una de esas civilizaciones no se ha dado a conocer a nosotros?
La respuesta tal vez se encuentre en el hecho de que, hasta ahora, sólo hemos especificado que
ha surgido determinado número de civilizaciones. Pero todavía no nos hemos preguntado cuánto
tiempo puede necesariamente durar una civilización después que ha aparecido.
Este punto es importante. Supongamos que cada civilización que nace dure sólo un tiempo
comparativamente breve, al cabo del cual llegue a su fin. Eso significaría que si pudiésemos examinar
todos los planetas habitables del Universo, tal vez encontraríamos que en gran número de ellos la
civilización aún no ha surgido, y en otro número, aún mayor, ha surgido pero ya se ha extinguido. Sólo
en muy pocos planetas encontraríamos una civilización que haya aparecido tan recientemente, que aún
no ha tenido tiempo de extinguirse.
En promedio, mientras más breve sea la duración de las civilizaciones, menor probabilidad
habrá de encontrar un mundo en el cual la civilización haya llegado y aún no haya desaparecido; y
serán más pocas las civilizaciones que existan ahora, o en cualquier otro momento de la historia del
Universo.
¿Podría ser, entonces, que las civilizaciones se limitan a sí mismas, y que la razón por la cual
no se han dado a conocer a nosotros es, que no duran lo suficiente para que se sepa de ellas?
¿Existe motivo para suponer que las civilizaciones duran relativamente poco?
Desgraciadamente, a juzgar por la única civilización que conocemos, la nuestra, la tarea de encontrar
ese motivo es demasiado fácil.
Nuestra propia civilización tiene un futuro dudoso, y si podemos expresar con brevedad la
razón de ello, será diciendo que nos resulta difícil (tal vez imposible) cooperar en la solución de
nuestros problemas. Somos una especie demasiado pendenciera, y al parecer creemos que nuestras
querellas locales son más importantes que nuestra supervivencia general.
En cierto modo, todos los seres vivientes deben ser contenciosos. Las capacidades
reproductivas son tales, que cualquier especie que se reproduzca libremente puede, en poco tiempo,
exceder su suministro de alimentos, por abundante que sea (). Por tanto, en el caso de cualquier
especie, siempre habrá una competencia entre sus miembros para obtener alimento. Esa competencia
no necesita ser directa ni significar un enfrentamiento, mas la supervivencia de algunos implicará la no
supervivencia de otros, y lo primero dependerá de lo segundo. Hasta las plantas compiten con vigor y
sin miramientos para alcanzar la luz solar.
Así pues, el peligro que amenaza a la civilización no es sólo el de que los seres humanos sean
pendencieros, sino que lo son muchísimo más que otras especies. Podemos apreciar varias razones de
que esto sea así, todas ellas relacionadas con la inteligencia, lo cual es lamentable, pues quizá
signifique que todas las especies capaces de crear una civilización deben ser por necesidad
excesivamente belicosas.
Por ejemplo, gracias a su inteligencia, los seres humanos son más capaces que cualquier otra
especie de comprender que la competencia existe. Los humanos no se limitan a luchar por el botín
inmediato de alimento, o la protección de la presa que acaben de cobrar. Los seres humanos trazan
planes a largo plazo, para sacar el mejor partido de los demás.
En otras especies, una lucha por obtener alimento dura hasta que alguno de los contendientes
lo devora, y entonces el otro contendiente se retira tristemente, en busca de alguna otra cosa. No tiene
objeto seguir luchando y haciendo esfuerzos, cuando ya no hay alimento.
En el caso de los seres humanos, capaces de prever y, por tanto, de comprender lo que la
muerte por hambre significa y la probabilidad de que ocurra esa muerte en determinado momento, la
lucha por los alimentos suele ser violenta y prolongada, y terminar con considerables daños e incluso
con la misma muerte. Además, aunque un individuo sea derrotado y expulsado sin graves lesiones, y
suponiendo que el alimento haya sido consumido por el vencedor, la lucha posiblemente no termine.
El ser humano es suficientemente inteligente para guardar rencor. El perdedor, al recordar el
daño que se le ha causado al hacer que disminuyan sus probabilidades de sobrevivir, tal vez se
esfuerce en matar al vencedor por medio de engaños, o emboscándolo, aliándose con otros si no lo
puede matar él mismo por la fuerza bruta. Y el perdedor quizá proceda así, no por el bien directo que
obtendrá, o porque aumenten sus probabilidades de supervivencia, sino únicamente por enojo, al
recordar el daño que se le ha hecho.
No es probable que ninguna especie, salvo la de los seres humanos, mate por venganza (o por
evitar la venganza, puesto que los muertos no murmuran ni traman emboscadas). Esto no obedece a
que los seres humanos sean peores que otros animales, sino a que son más inteligentes y pueden
 Siempre se obtienen intervalos ridículamente breves cuando tratamos de calcular cuánto tiempo necesitará un
virus, una bacteria, un par de moscas, un par de ratones o un par de seres humanos, hasta un par de elefantes,
para producir progenies cuya masa iguale a la de toda la Tierra, presuponiendo reproducción libre, alimento
ilimitado y ninguna muerte que no fuera por vejez. En el caso de los seres humanos, si empezamos con una
pareja y la multiplicamos a razón continua de , por ciento al año (fácil, dentro de la capacidad humana), los
descendientes de esa pareja llegarían a tener una masa igual a la de toda la Tierra, en . años.
recordar el tiempo suficiente, en forma específica, para dar significado al concepto de la venganza.
Además, en otras especies los motivos para pelear se reducen casi por completo al alimento, al
sexo y a la seguridad de las crías. En cambio, en el caso de los seres humanos, con su capacidad
inteligente de prever y recordar, casi cualquier objeto puede provocar un espasmo de adquisitividad
competitiva. La pérdida de algún ornamento, o el no poder apoderarse de él, suele hacer surgir una
querella que conducirá a la violencia y a la muerte.
Y cuando la civilización se forma y se consolida, los seres humanos desarrollan una cultura
más y más materialista, en la que la posesión de cualquier número de cosas diferentes se considera
como valiosa. El perfeccionamiento de la caza hace que las hachas de piedra, las lanzas, los arcos y las
flechas tengan mucho valor. El advenimiento de la agricultura da a la tierra mucho mayor valor que
antes. La creciente tecnología multiplica las posesiones, y casi cualquier cosa —desde rebaños hasta
objetos de arcilla y trozos de metal— puede ser sinónimo de bienestar económico y de calidad social.
En esas condiciones, los seres humanos tendrán infinidad de motivos para atacar, defenderse, herir y
matar.
Asimismo, el adelanto de la tecnología inevitablemente aumenta la capacidad de cada ser
humano de cometer actos de violencia, con resultados eficaces. No se trata solamente de que se
prefiera hacer espadas en lugar de arados. Sin duda alguna, algunos productos de la tecnología han
sido hechos con el propósito de matar, pero casi cualquier producto se puede emplear para matar, si
existe enojo o temor. Una buena olla pesada, empleada ordinariamente para los fines más pacíficos, se
podrá utilizar para aplastar un cráneo.
Esto se aplica en forma ilimitada. Los seres humanos disponen ahora de una variedad de
armas más mortales que las que nunca antes habían tenido, y aún se empeñan en intensificar esa fuerza
aniquiladora.
Podemos concluir que es imposible que una especie sea inteligente sin llegar a comprender el
significado de la competencia, sin prever los peligros de perder en la competencia, sin idear un número
indefinido de cosas materiales y de abstracciones inmateriales que sean motivo de disputa, y sin
perfeccionar armas de creciente poder, que lo ayuden a competir con las máximas posibilidades de
vencer.
En consecuencia, cuando llega el momento en que las armas creadas por una especie
inteligente son tan potentes y destructoras que sobrepasan la capacidad de esa especie para recuperarse
y reconstruir, la civilización llega a su fin automáticamente.
Al parecer, el Homo sapiens ha pasado por todas las etapas, y ahora se enfrenta a una
situación en la que una guerra termonuclear en gran escala podría dar fin a la civilización, tal vez para
siempre.
Aun si evitamos una guerra termonuclear, los demás concomitantes de una tecnología en
desarrollo, a la que se le ha permitido expandirse sin una guía suficiente, inteligente y bien meditada,
podrían muy bien destruirnos. Una población que crece incesantemente, combinada con las
menguantes reservas de energía y de recursos materiales, inevitablemente provocará un período de
mayor hambre, lo que a su vez podrá conducir a la desesperación de una guerra termonuclear.
La contaminación del ambiente tal vez haga que disminuya la habitabilidad de la Tierra, al
envenenarla con desperdicios radiactivos de nuestras plantas de energía nuclear, o con los desperdicios
químicos de nuestras fábricas y de nuestros automóviles, o con algo tan poco notable como el bióxido
de carbono procedente del carbón y del petróleo que quemamos (lo cual puede provocar un efecto
incontrolado de invernadero).
O bien, la civilización puede desintegrarse en medio de la violencia interna, sin el horror
termonuclear, al desaparecer los frenos de la civilización bajo el peso de la población en aumento y la
degradación de las normas de vida. Observamos ya esto en la creciente marea del terrorismo.
Supongamos, entonces, que esta situación se encuentra en cualquier mundo. Llega la
civilización, el adelanto tecnológico la acelera, hasta que alcanza el nivel de la bomba nuclear, y a
continuación la civilización muere con un estallido, o posiblemente con un quejido.
Sigamos considerándonos como normales, y digamos que en todo planeta habitable, con un
potencial de duración de sustentamiento de vida de . millones de años, una especie inteligente
nace después de . millones de años, y que en el curso de . años crea lentamente una
civilización que termina con rapidez y al mismo tiempo arruina el planeta, hasta el punto de que nunca
más será posible que surja en él otra civilización.


Puesto que . es /. de . millones, podemos dividir entre . los
millones de planetas habitables en nuestra Galaxia, y descubrir que sólo . de ellos se hallarían en
ese período de . años, durante el cual una especie con el equivalente intelectual del Homo
sapiens acreciente su poder.
A juzgar por el tiempo que los seres humanos han pasado en diferentes etapas de su
desarrollo, y tomando este tiempo como promedio, podríamos suponer que  planetas habitables
sustentan una especie inteligente, la cual, por lo menos en los lugares más adelantados del planeta,
practica la agricultura y vive en ciudades.
En  planetas de nuestra Galaxia, especies inteligentes han perfeccionado la escritura; en
planetas se ha desarrollado la ciencia moderna; en  ha ocurrido el equivalente de la revolución
industrial; y en  se ha incrementado la energía nuclear, y, por supuesto, esas dos civilizaciones se
encuentran cerca de su extinción.
Puesto que nuestros . años de humanidad ocurren cerca de la mitad de la existencia del
Sol, y debido a que consideramos como promedio la experiencia humana, todos, salvo /. de los
planetas habitables, quedan fuera de ese período, la mitad antes y la otra mitad después. Eso significa
que en unos  millones de esos planetas no ha aparecido aún ninguna especie inteligente, y en
millones de planetas hay signos de civilización no sólo viva, sino considerablemente más avanzada
que la nuestra.
Si todo ello es cierto, aunque sea correcto nuestro análisis anterior de centenares de millones
de civilizaciones que surgen en nuestra Galaxia, no debe sorprendernos que no nos hayamos enterado
de que existen.
Cooperación
Sin embargo, este análisis, aunque deprimente, tal vez no sea completamente definitivo. Lo
contencioso no es el único factor que debe considerarse en los seres humanos. Existe también en ellos
un elemento de cooperación y hasta de desprendimiento.
Si la inteligencia del ser humano permite a éste recordar ofensas y prepararse para vengarlas,
también le permite simpatizar con los sentimientos de otros, comprender y perdonar. Hasta con un
corazón completamente duro, el ser humano puede apreciar, por motivos enteramente egoístas, las
ventajas de la cooperación.
Después de todo, aunque un golpe instantáneo pueda derribar a un competidor y permitir al
contrincante comerse todo el alimento adicional, el talento combinado puede a la larga mejorar la
capacidad para evitar morir de hambre y obtener más alimento.
En la historia humana hay incontables ejemplos de la altruista devoción a la familia, a los
amigos, a la tribu y hasta a las ideas abstractas. Infinidad de hombres y mujeres han concedido mayor
importancia a diversas consideraciones que a la satisfacción inmediata de sus deseos, e incluso que a
la vida misma.
Aunque los desinteresados siempre han representado una minoría en la historia humana, su
influencia ha sido muy superior a su número.
Hasta la más contenciosa de las actividades humanas, la guerra organizada, no podría llevarse
adelante en cualquier nivel superior al de una rebatiña general, si no fuese porque los soldados se
defienden mutuamente y arriesgan su vida para la protección de todos.
El resultado es que, en conjunto, las unidades políticas de la humanidad (sociedades dentro de
las cuales la violencia está sujeta a severos frenos y se le imponen castigos organizados) con el tiempo
han mostrado la tendencia a crecer en tamaño y en población.
Las tribus cazadoras de unos cuantos centenares de individuos fueron sustituidas por
comunidades agrícolas, por ciudades-estados, y por imperios de creciente extensión. La sexta parte de
la superficie terrestre se encuentra ahora bajo el dominio centralizado del gobierno soviético, en
Moscú. La quinta parte de la población mundial se halla bajo el dominio del gobierno chino, en Pekín.
La tercera parte de la riqueza mundial está bajo el control del gobierno norteamericano, en
Washington.
Podría suponerse que el desarrollo natural se dirige hacia una unidad política que incluya todo
el planeta, toda su población y riqueza.
Por el momento hay muy pocos indicios de que tal cosa ocurra. Las naciones no reconocen
una ley más alta que la de su propia voluntad, y si lo desean pueden entrar libremente en guerra las
unas contra las otras (y algunas lo hacen). Además, los frenos internos pueden no operar, y desatarse la
guerra civil, o el terrorismo anárquico, en diversos niveles.
Sin embargo, sigue siendo un hecho evidente que desde el advenimiento de la bomba nuclear
ha habido una creciente aversión a la guerra fortuita. Desde  no hay guerras entre las principales
potencias; y no han permitido que ninguna guerra secundaria las arrastre al combate activo.
Además, crece el convencimiento de que la sobrepoblación, la contaminación del ambiente, el
agotamiento de los recursos, y la desavenencia humana, son los peligros que afectan a todo el globo, y
que las soluciones de los problemas tendrán que adoptarse en escala global. Este pensamiento parece ir
en contra de la naturaleza humana, y casi puede oírse el rechinar colectivo de dientes, en señal de
disgusto, cuando los pueblos del mundo se enfrentan a la modesta necesidad de olvidar sus querellas y
sus sospechas, para aprender a cooperar.
La humanidad tal vez fracase. Las fuerzas de la violencia quizá venzan a las de la
cooperación; o bien, hemos esperado demasiado y, aunque tratemos de cooperar con toda sinceridad,
ya no podamos evitar que la civilización se derrumbe bajo las presiones acumuladas. Sin embargo,
aunque perdamos, no será una derrota inevitable o sin oposición; la combatiremos.
Cualquiera que sea el resultado, la lucha será reñida. Quizá nos derrumbemos, después de casi
habernos salvado. Quizá sobrevivamos, después de casi agonizar.
De lo anterior podríamos deducir (siguiendo el principio de la medianía), que en general la
lucha existe en todas las civilizaciones. A causa de accidentes no previsibles de la historia, o del
temperamento, o aun de la biología, algunas civilizaciones tendrán menos oportunidades de sobrevivir
que la nuestra, y otras tendrán más.
Si consideramos nuestro propio caso como cercano al punto de equilibrio, y creemos que
tenemos las mismas probabilidades de fracasar o de sobrevivir, entonces podremos suponer que la
mitad de las civilizaciones establecidas en la Galaxia superarán la misma clase de crisis que la nuestra
sufre actualmente.
Por supuesto, la presente crisis no es la única mortal que enfrenta una civilización. Pueden
surgir peligros externos; una supernova puede estallar a una distancia de unos cuantos años luz de una
civilización, y la radiación dañar gravemente al conjunto de los genes. Un asteroide puede chocar con
el planeta. La estrella en torno de la cual gira el planeta puede tener un espasmo de inestabilidad.
También pueden surgir peligros internos, que no es posible predecir fácilmente, puesto que no
hemos llegado todavía a la etapa de la civilización en que sepamos descubrir esos peligros. Por
ejemplo, consideremos una civilización que haya resuelto todos sus problemas y que hubiese llegado a
un plano tranquilo y firme de seguridad; esa civilización podrá exaltarse hasta destruirse, simplemente
por tedio.
Es posible que tarde o temprano cualquier civilización llegue a su fin, por muchos que sean
los problemas que resuelva.
En ese caso, ¿cuál sería la duración promedio de cada civilización?
Para esa pregunta no contamos con ninguna respuesta lógica, ni tenemos manera alguna de
hacer una suposición razonable. Lo ignoramos absolutamente y nada podemos decir al respecto.
Podríamos argüir que, partiendo del hecho de que no hemos sido visitados por ninguna
civilización avanzada, la duración de todas las civilizaciones debe ser breve.
Antes de llegar a esa desalentadora conclusión, deberíamos hacer el experimento de suponer
una duración larga, y después ver si quedan algunas razones lógicas por las que no hayamos tenido
noticia de nuestros primos intelectuales, entre las estrellas distantes. Si no queda ninguna razón,
absolutamente ninguna, por la que no nos hayamos enterado de su existencia, tendremos que volver a
la hipótesis de la civilización de corta duración.
En la consecución de ese experimento, digamos que la civilización ordinaria perdura un
millón de años antes que, por una razón u otra, llegue a su fin. ¿Por qué un millón de años? Porque es
una cifra redonda y larga, en términos humanos, y a la vez corta, en términos planetarios.
Además, ¿es justo hacer la suposición, como la he estado haciendo, de que cuando una
civilización llega a su fin, ese colapso es definitivo y que nunca más aparecerá otra civilización en el
mismo planeta? Tal vez no sea justo. Aun en el caso de que la humanidad se inmolara a sí misma y
contaminara la tierra, el agua y el aire con radiactividad, ésta se disiparía con el tiempo. Alguna vida
podría sobrevivir. Con el transcurso de millones de años, la Tierra tal vez se aliviara, y los proceso
geológicos reconcentrarían sus recursos, en tanto que los procesos evolutivos extenderían la vida en
nuevas variedades florecientes. Con el tiempo, podría surgir otra especie inteligente y desarrollar una
civilización.
Lo anterior sería aún más cierto si una sociedad humanitaria y antigua terminara su existencia,
no por la violencia, sino a causa de algún equivalente social de la vejez.
Entonces, podemos suponer fácilmente que, en el curso de mil millones de años, nacería una
segunda civilización y viviría su período normal de un millón de años. En resumen, podría haber
civilizaciones de segunda generación, de tercera generación y, así sucesivamente, hasta civilizaciones
de décima generación, antes que la estrella del planeta abandonara la secuencia principal.
No tenemos ninguna prueba de que lo anterior pueda ser así. En la Tierra no parece haber
duda de que nuestra civilización presente es de primera generación. No hay indicio alguno de una
civilización anterior, prehumana (), y hasta donde conocemos la historia evolutiva de la vida del
planeta, no podemos ver qué especie viviente prehumana pudo haber formado tal civilización.
Sin embargo, es fácil creer intuitivamente que pudiera existir una sucesión así de
generaciones. Podría hasta concebirse que una civilización agonizante suministrara su propia sucesión,
ya fuese por la adaptación genética de alguna especie casi inteligente, o por la creación de la
inteligencia artificial.
Si incluyésemos todas las civilizaciones sucesivas existentes en un planeta, podríamos suponer
que la duración total, en promedio, de la civilización en un planeta, en el tiempo en que su estrella
permanezca en la secuencia principal, es tal vez de  millones de años.
Este cálculo es sólo aproximado. Significa que la civilización existiría en un planeta como la
Tierra sólo / del tiempo que el planeta durara como morada de vida, después que la primera
civilización hubiese surgido. Esto significa que sólo una estrella de cada . alumbra una
civilización ahora existente.
Recordando nuestro cálculo de que han nacido  millones de civilizaciones, tenemos
nuestra decimotercera cifra:
. Cantidad de planetas en nuestra Galaxia, en los cuales existe actualmente una civilización
tecnológica: ..
Exploración
Aun considerando la mortalidad de las civilizaciones, nos queda más de medio millón en
nuestra propia Galaxia. Por tanto, debemos seguir haciendo la pregunta:
¿Dónde están todos los demás? Con todo, únicamente porque ese medio millón de
civilizaciones avanzadas se encuentra en nuestra propia Galaxia, no debemos suponer que están muy
cerca de nosotros. Distan mucho de ser nuestros vecinos próximos.
Aquí, en los aledaños de la Galaxia (donde hemos concluido que deben existir las
civilizaciones), la distancia entre dos estrellas vecinas, que no estén conectadas por la gravitación en
forma de sistemas de estrellas múltiples, es aproximadamente de , años luz.
Si sólo una estrella de cada . alumbra una civilización avanzada ahora existente, el
promedio de la separación de dos civilizaciones es de , años luz, multiplicados por la raíz cúbica de
.. Esto da por resultado unos  años luz.
Esa distancia es muy grande, y podrá ser que de todas las razones que hasta ahora he expuesto
como posibles explicaciones de la falta de visitas de otras civilizaciones, la imposibilidad de cubrir
tales distancias resulte la más determinante (). Puede ocurrir que toda civilización, por muy avanzada
que esté, se encuentre aislada en su propio sistema planetario y que sean imposibles las visitas de una
civilización a otra.
 Aunque aceptáramos fábulas como la de la Atlántida, se trataría de una versión ligeramente anterior a la
civilización humana.
 En el siguiente capítulo me referiré a las dificultades de los viajes interestelares.
Empero, es posible opinar que los viajes interestelares nos parecen difíciles sólo a causa del
nivel presente de nuestra tecnología. Hace cien años nos habría parecido que llegar a la Luna
presentaba una dificultad insuperable; que los aviones de propulsión a chorro y la televisión eran locas
fantasías.
Sin embargo, esas cosas son ahora tan comunes que ni pensamos en ellas.
Si se nos dan otros cien años, o bien otros mil años de existencia de nuestra civilización, la
cual tal vez dure un millón de años, ¿los viajes interestelares no podrían volverse comunes y fáciles?
Expondremos después los argumentos en pro y en contra, pero por ahora supongamos que los
viajes interestelares son una realidad para el medio millón de civilizaciones de la Galaxia, y que viajar
de un sistema planetario a otro no presenta ninguna dificultad. Si tal cosa es así, ¿por qué nadie nos ha
visitado?
¿Podrá ser que cuando una civilización tras otra se aventura en el espacio, hay intersección y
conflicto? Aun concediendo que cada civilización, para poder salir al espacio, perfeccione una unidad
política que abarque todo el planeta, ¿no podría haber, sin embargo, guerras entre los mundos?
Si hemos de ponernos dramáticos, podremos imaginar civilizaciones que se aniquilen
mutuamente con dispositivos que hacen estallar planetas enteros o inducen a estrellas a salir de la
secuencia principal.
Tal cosa me parece errónea. Las civilizaciones que han logrado suprimir la violencia indebida
en sus propios mundos, habrán aprendido el valor de la paz. Indudablemente no olvidarán eso con
facilidad, cuando salgan de su propio planeta.
Además, no es probable que esa lucha fuese tan nivelada que, como los fabulosos gatos de
Kilkenny, las diversas civilizaciones se destruyeran entre sí hasta que no quedara ninguna. Las que
estuviesen más adelantadas ganarían y dominarían sectores más y más amplios de la Galaxia. En
realidad, las civilizaciones más antiguas, empeñadas en un expansionismo imperial, podrían
apoderarse de veintenas, centenas, hasta millares de planetas habitables, antes que los mismos
pudiesen desarrollar civilizaciones propias, y de esa manera impedirían para siempre el surgimiento de
esas civilizaciones
El medio millón de mundos habitables podría abrigar civilizaciones, pero todas ellas
pertenecerían a cualquiera de una docena de diferentes «naciones galácticas», por así decirlo, que
sostuvieran una inquieta paz entre ellas. Tal vez la más antigua y más poderosa de esas naciones
podría haber logrado apoderarse de todos los mundos, frustrando el nacimiento de civilizaciones no
iniciadas aún, destruyendo o esclavizando a las que hubiesen tenido un comienzo tardío, y establecido
un «Imperio Galáctico». Pero si lo anterior es verdad, ¿por qué no hemos sido frustrados,
conquistados, esclavizados, destruidos? ¿Dónde están esos horrorosos Imperios Galácticos?
Posiblemente vengan ya hacia aquí. La Galaxia es tan grande, que tal vez no hayan tenido
tiempo aún de llegar hasta nosotros.
Por supuesto, tal cosa no es probable. La Galaxia se formó hace . millones de años. En
realidad, las grandes estrellas no brillan muchos millones de años antes de estallar, por lo que cuando
la Galaxia tenía más o menos mil millones de años debe haber habido ya en sus aledaños un número
creciente de estrellas de segunda generación, semejantes al Sol. Añádanse otros . millones de
años para que las civilizaciones se desarrollen, y es posible que algunas de ellas hayan estado en el
espacio y en expansión desde hace . millones de años.
La circunferencia de la Galaxia es de unos . años luz, por lo que se necesitaría algo
más de . años luz para ir desde cualquier punto hasta las antípodas, aun dando la vuelta por la
orilla en cualquier dirección.
Lo anterior quiere decir que una civilización en expansión tendría que viajar (en promedio)
poco más o menos la distancia que hay de la Tierra al Sol, todos los años, no más que eso, para dar la
vuelta a la Galaxia en . millones de años.
Eso sólo se aplica a una civilización; al añadirse otras, crece la tasa de colonización desde un
número creciente de núcleos. Aun suponiendo velocidades no muy grandes, todos los confines de las
porciones habitables de la Galaxia deben haber sido explorados detenidamente, siempre que haya
habido el perfeccionamiento de un método práctico para hacer viajes interestelares.
¿Por qué, entonces, no han venido aquí?
¿Podría ser que no han reparado en nosotros, que por algún motivo les hemos pasado
desapercibidos, en medio de tantas estrellas?
Tal cosa no es muy probable. Nuestro Sol, obviamente, es una estrella semejante a muchas
otras, y dudo que en una búsqueda durante . millones de años hubiese sido pasada por alto una
sola estrella de este tipo, en cualquier parte de la Galaxia.
Entonces, si los viajes interestelares son una posibilidad práctica, debemos haber sido
visitados; y puesto que la Tierra no ha sido ocupada y colonizada, y nuestra civilización independiente
no ha sido estorbada de ninguna manera, estas visitas no han sido de los imperialistas galácticos.
Las civilizaciones en expansión puede que sean muchísimo más benignas. Tal vez, por
principio, permitan a todos los planetas habitables que desarrollen su vida a su propia manera. Quizá,
por principio, establezcan sus bases y busquen sus recursos en los sistemas planetarios carentes de
planetas habitables, y se limiten a aprovechar mundos semejantes a Marte o a la Luna.
Las diversas civilizaciones, posiblemente hayan formado una Federación Galáctica, y nuestro
sistema planetario esté bajo la tutela de esa Federación, por así decirlo, hasta que una civilización
nativa aparezca y avance hasta el nivel en que califique como miembro de la Federación.
Podría ser que las federaciones de estrellas nos tengan en observación. El astrónomo Thomas
Gold (n. ), nacido en Austria, ha sugerido, probablemente en broma, que las primeras naves de
observación quizá hayan descendido en la Tierra cuando ésta era aún un planeta nuevo y estéril, y que
el contenido bacterial de la basura o los despojos que dejaron esas naves comenzó la vida en la Tierra.
Esto es una especie de reencarnación de la sugerencia de Arrbenius, de que la Tierra fue sembrada por
esporas extraterrestres.
¿Es posible todo eso? ¿Podríamos imaginar civilizaciones tan interesadas en otras
civilizaciones, y que, no obstante, se abstengan de «apoderarse» de ellas?
Podríamos razonar que medio millón de civilizaciones se acercarían al Universo en medio
millón de maneras diferentes, producirían medio millón de culturas, distintas, medio millón de
direcciones de adelanto científico, medio millón de conjuntos de artes, literaturas, diversiones y
variedades de comunicaciones y comprensiones. Algunas de esas civilizaciones podrían ser capaces de
transmisión y recepción a través del vacío entre especies inteligentes y, por pequeña que fuese la
porción así transmitida y recibida, cada especie se volvería con ese motivo mejor y más sabia. De
hecho, la fertilización cruzada podría aumentar las expectativas de vida de cada civilización
participante.
Visitas
Si algunas  han visitado la Tierra y, por principio, han permitido
que nos desarrollemos libremente y sin perturbarnos, ¿sería posible que su visita a la Tierra fuera tan
recientemente que ya existieran seres humanos y que los mismos se hubiesen percatado de los
visitantes?
Después de todo, en todas las culturas se encuentran mitos acerca de seres con facultades
supernormales, que crearon y guiaron a los seres humanos en los días primigenios, y que les enseñaron
diversos aspectos de la tecnología. ¿Pueden esos mitos acerca de dioses haber surgido del vago
recuerdo de visitas de seres extraterrestres en tiempos no demasiado remotos? En lugar de que la vida
haya sido sembrada en el planeta desde el espacio exterior, ¿podría la tecnología haber sido plantada
aquí? ¿Podrían los seres extraterrestres no sólo haber permitido que la civilización se desarrollara aquí,
sino haber ayudado a que se desarrollase? ().
Esta posibilidad es fascinante, pero no existe ninguna prueba en su favor que resulte
convincente en modo alguno.
Indudablemente, los seres humanos no necesitan visitantes del espacio exterior para sentir la
inspiración de crear leyendas. Algunas muy extensas, con sólo diminutos granos de verdad, han tenido
como base personajes tales como Alejandro Magno y Carlomagno, quienes fueron actores
completamente humanos en el drama histórico.
En realidad, hasta un personaje tan ficticio como Sherlock Holmes ha sido dotado de vida y
realidad por muchos millones de personas en todo el mundo, y acerca de él se sigue inventando un
diluvio interminable de cuentos.
 Ese fue el motivo central de la película de ciencia ficción : Odisea en el Espacio.
En segundo lugar, indudablemente es del todo errónea la idea de que cualquier forma de
tecnología haya brotado repentinamente en la historia humana, o de que cualquier artefacto haya sido
demasiado complejo para los seres humanos de la época, por lo que debería aceptarse la intervención
de una cultura más avanzada.
Esta suposición dramática ha tenido su reencarnación más reciente en los libros de Eric von
Däniken, quien sostiene que toda clase de obras antiguas son demasiado grandes (como las pirámides
de Egipto) o demasiado misteriosas (como las marcas dejadas en las arenas de Perú), para que puedan
atribuirse a seres humanos.
Empero, los arqueólogos están convencidos de que hasta las pirámides pudieron construirse
con sólo las técnicas disponibles en el año  a. C., además del ingenio y el músculo humanos. Es
un error creer que los antiguos eran menos inteligentes que nosotros; su tecnología era primitiva, pero
no así su cerebro.
Además, todo aquello que Von Däniken encuentra misterioso y, por tanto, sugerente de alguna
influencia extraterrestre, los arqueólogos están convencidos de que puede explicarse, mucho más
convincentemente, de una manera terrestre.
Así pues, la conclusión a que se llega es de que, aunque no es concebible la visita a la Tierra
de  en el lejano pasado, ni en el pasado reciente, no existe ninguna prueba
aceptable de que tal cosa haya ocurrido, y hasta donde podemos especular carecen absolutamente de
todo valor las muy diversas pruebas aducidas, con ese fin, por apasionados entusiastas.
Empero, aun las visitas de antiguos astronautas, no son las más sensacionales sugerencias de
esa índole que se han hecho. Hay innumerables informes de que la Tierra es visitada ahora por.
Esos informes, generalmente tienen como base la presencia de algo que aquellos que lo ven no
pueden explicar, y que ellos mismos (o alguien más, en su lugar) lo describen como la presencia de
una nave interestelar, diciendo con frecuencia: «Pero ¿qué otra cosa puede ser?», como si su propia
ignorancia fuese un factor decisivo.
Durante toda su existencia, los seres humanos han experimentado cosas que no pueden
explicar. Mientras más sutil es el ser humano y mayor su experiencia, más espera lo inexplicable y
más lo acoge como un reto interesante, para que sea investigado pausadamente, si es posible, y sin
precipitarse a conclusiones. La regla es buscar la explicación más sencilla y ordinaria que concuerde
con los hechos, y entonces dejarse llevar (con mayor y mayor resistencia) a lo más complejo e
inusitado, si no hay nada más simple. Y si no queda nada que permita una explicación plausible,
entonces el asunto debe dejarse en ese punto; generalmente el observador ingenioso ha aprendido a
vivir con la incertidumbre.
A los seres humanos no sutiles, con poca experiencia, les impacientan las incógnitas, buscan
soluciones, y con frecuencia insisten en algo de lo que están enterados vagamente, o que satisface la
necesidad, al parecer humana, de lo asombroso y lo emocionante.
Así, las luces o los sonidos misteriosos que ven o escuchan aquellos que viven en una
sociedad en la cual los ángeles y los demonios son creencias comunes, invariablemente se interpretan
como representaciones de ángeles y demonios, o de los espíritus de los muertos, o de cualquier otra
cosa.
En el siglo xix, algunas veces se describían esas cosas como naves aéreas. Después de la
Segunda Guerra Mundial, cuando llegó a todo el público la novedad de los cohetes, esas cosas
misteriosas se transformaron en naves espaciales.
Ahí comenzó la locura moderna de los «platillos voladores» (resultado de una de las primeras
descripciones, hecha en ), o, más sobriamente, «objetos voladores no identificados»,
generalmente abreviado como OVNIS.
Es indisputable que existen los objetos voladores no identificados. Alguien que vea las luces
de un avión y nunca antes haya visto luces de aeroplano, ha visto un OVNI. Alguien que vea el planeta
Venus, con su imagen deformada por la niebla cerca del horizonte, y lo confunda con alguna otra cosa
mucho más cercana, también ha visto un OVNI.
Cada año se reciben miles de informes acerca de OVNIS. Muchos de esos informes son
fraudulentos; otros son honrados, pero pueden ser explicados en forma prosaica. Unos cuantos son
honrados y completamente misteriosos. ¿Qué puede decirse de ellos?
Las apariciones honradas y misteriosas son generalmente misteriosas sólo porque la
información acerca de ellas es insuficiente. ¿Cuánta información puede reunir quien vea algo que no
puede comprender, y que lo vea sin aviso previo y durante muy poco tiempo, y que al verlo se excite o
se asuste?
Naturalmente, los entusiastas consideran esas apariciones misteriosas como la prueba de que
existen naves espaciales extraterrestres. También consideran que las apariciones que de ninguna
manera son misteriosas, sino errores o engaños, son una prueba de la existencia de naves espaciales
extraterrestres. Algunos fanáticos llegan a afirmar que han estado a bordo de naves extraterrestres.
Sin embargo, hasta ahora no hay motivo para suponer que ningún informe sobre OVNIS
pueda significar la existencia de naves espaciales extraterrestres. No es inconcebible, por supuesto,
una nave espacial extraterrestre, y podría aparecer una de ellas mañana mismo, y entonces tendría que
aceptarse. Pero hasta ahora no ha habido ninguna prueba aceptable.
Los informes sobre OVNIS, que parecen más honrados y fiables, se refieren únicamente a
luces misteriosas. A medida que esos informes se vuelven más sensacionales, también se vuelven más
indignos de crédito, y todos los relatos de verdaderos «encuentros del segundo o tercer tipo» parecen
carecer de todo valor.
Todos los seres extraterrestres de que se ha informado son descritos como esencialmente de
forma humana, lo cual es una posibilidad tan remota que podemos desecharla de inmediato. Las
descripciones de las naves mismas y de los dispositivos científicos de los seres extraterrestres,
generalmente revelan gran conocimiento de las películas de la más primitiva ciencia ficción, y ninguna
noción de la ciencia verdadera.
En resumen, después de reconocer la posibilidad de los viajes interestelares, nos vemos
obligados a preguntarnos si la Tierra está siendo visitada o ha sido visitada, si está siendo ayudada o al
menos no estorbada por una federación de civilizaciones benévolas.
Tal vez sea así, pero nada de esto parece convincente. Es más prudente suponer que los viajes
interestelares no son fáciles o prácticos.
La conclusión definitiva a la que puedo llegar al final de los razonamientos de este capítulo es
que las  sí existen, probablemente en gran número, pero que no hemos
sido visitados por ellas, posiblemente porque las distancias interestelares son demasiado grandes para
poder ser traspuestas.
 – EXPLORACIÓN DEL ESPACIO.
Las siguientes metas
Si la clave de la paradoja de la existencia de muchas civilizaciones, en un Universo en el cual
todo parece indicar que somos únicos, estriba en la dificultad de la exploración del espacio,
examinemos ese problema con mayor detenimiento.
Después de todo, los seres humanos lograron colocar en órbita el primer objeto, y así iniciaron
la «Era Espacial», en fecha tan reciente como el  de octubre de . Antes que la Era Espacial
tuviese doce años, los seres humanos se hallaban ya en la Luna. Ese comienzo es más bien
prometedor. Indudablemente podemos ahora ir más lejos.
En cierto modo, ya hemos ido. Se han colocado instrumentos en la superficie de Venus y
Marte, y han sido transmitidos a la Tierra fotografías y otros informes. Sin descender, algunas sondas
han pasado cerca de la superficie de Mercurio y de Júpiter, y también han retransmitido fotografías y
otros datos sumamente interesantes. Al escribir estas líneas se encuentran algunas sondas rumbo a
Saturno, y más allá.
Sin embargo, esta profunda penetración de instrumentos, sin la presencia directa de seres
humanos, no está rodeada del halo de gloria de aquellas proezas que asociamos con la mística de la
exploración. ¿Pueden los seres humanos en persona, a diferencia de sus instrumentos inanimados,
llegar a mundos más distantes que el de la Luna?
Por desgracia, la Luna no constituye un precedente especial halagador. Se encuentra tan cerca
de la Tierra que necesariamente nos llena de una confianza falsa; nos induce a subestimar las
distancias que figuran en la exploración del espacio.
La Luna está tan próxima a la Tierra que se necesitan sólo tres días para llegar a ella, en comparación
con las siete semanas que empleó Colón en cruzar el Océano Atlántico.
Al llegar a la Luna hemos hecho sólo una mella microscópica en la verdadera vastedad del
espacio. Realmente, no hemos abandonado la Tierra, pues la Luna es tan esclava del influjo
gravitacional de la Tierra, como una manzana en un árbol, algo que Isaac Newton comprendió hace
tres siglos.
Desde luego, algunos cuerpos llegan ocasionalmente a unos cuantos millones de kilómetros de
la Tierra, de  a  veces la distancia a que se halla la Luna; se trata de uno que otro asteroide o
cometa. Sin embargo, el cuerpo de gran tamaño más cercano a la Tierra, después de la Luna, es el
planeta Venus.
Cuando Venus se encuentra menos alejado de la Tierra, esa distancia es de  millones de
kilómetros en línea recta, o sea  veces la distancia a que se halla la Luna.
No podemos esperar que una nave espacial avance en línea recta a través del vacío, entre las
órbitas planetarias. La ruta más conveniente que puede seguir una nave espacial es una órbita elíptica
propia, que comience en la Tierra y cruce la órbita de Venus precisamente cuando ese planeta se
aproxime al punto de intersección.
Las sondas que hemos enviado a Venus tardan siete meses en cubrir esa distancia Sin
embargo, a esas sondas se les da un toque de aceleración al comienzo de su viaje, y se les permite que
se deslicen el resto del camino. En un objeto inanimado el tiempo no tiene importancia.
Pero en el caso de una nave tripulada, el tiempo sí es importante. El viaje debe hacerse
rápidamente, y la manera más fácil de lograrlo es creando grandes velocidades.
Más de una vez, los seres humanos han anulado la distancia aumentando la velocidad. Ya dije
que los astronautas necesitan tres días para llegar a la Luna, mientras Colón necesitó siete semanas
para cruzar el Atlántico, a pesar de que la distancia a la Luna es de cerca de  veces la anchura del
Atlántico.
Pero los astronautas viajan a una velocidad unas . veces mayor que la de Colón. Si esa
velocidad se aumenta por otro factor de , se necesitarán sólo tres días para llegar a Venus.
Una manera de obtener la velocidad necesaria es colocando una nave espacial a setenta veces
la aceleración de un cohete lunar, por medio del empleo de motores de retroimpulso con velocidad de
salida setenta veces mayor. Aun si construyéramos esos motores y estuviéramos dispuestos a gastar
tanto combustible, seguiría siendo verdad que el cuerpo humano puede resistir sólo cierto grado de
aceleración (que no es mucho). La aceleración necesaria para enviar una nave a Venus, a una velocidad
que acortase mucho el tiempo del viaje, mataría a los astronautas inmediatamente.
La alternativa consiste en recurrir a una aceleración no mayor que la necesaria para lanzar una
nave a la Luna, y después emplear aceleración adicional a un nivel soportable, por un período prolongado.
De esa manera, la nave podría avanzar más y más aprisa, hasta llegar al punto intermedio.
Después de eso, el escape del cohete podría ser dirigido en la otra dirección, y la desaceleración
prolongada y gradual reduciría la velocidad de la nave hasta que llegara a su cita con Venus.
Se necesitaría tiempo para acelerar y desacelerar, por lo que el viaje duraría
considerablemente más de tres días. Peor aún: la aceleración y la desaceleración demandan el gasto de
energía, y podemos enunciar la regla general de que para disminuir el tiempo de cualquier viaje es
necesario que aumente el gasto de energía. (De hecho, si los astronautas avanzan a un promedio de
velocidad . veces mayor que la utilizada por Colón, su consumo total de energía será mucho
mayor que . veces el de Colón.)
No conocemos ningún medio de desligar el consumo de tiempo del de energía, y si
comprendemos bien las leyes de la naturaleza, tal cosa es imposible. Entre las limitaciones del cuerpo
humano en lo concerniente a aceleración, y las de la economía humana en lo concerniente a gasto de
energía, nuestros primeros viajes tripulados a Venus (si llega a haberlos) lardarán cuatro meses, en el
mejor de los casos.
Los hombres ya han permanecido en el espacio casi ese lapso de tiempo, pero en estaciones
espaciales como el Skylab, en la vecindad inmediata de la Tierra, con rescate al menor plazo posible.
Pasar  días en el espacio, en un habitáculo muy reducido que a cada momento se aleje más de su
punto de partida, constituye un peligro psicológico.
Lo que es peor: al llegar a la vecindad de Venus, no habrá posibilidad de descender debido a
la temperatura superficial del planeta, que se acerca al rojo vivo. Cualquier exploración de la
superficie tendrían que hacerla sondas no tripuladas, lanzadas desde la nave espacial, la cual
permanecería en órbita en torno de Venus, y después se lanzaría a sí misma a otro viaje de cuatro
meses de regreso a la Tierra.
Puesto que la exploración de la superficie de Venus tendría que efectuarla una sonda no tripulada,
la misma puede lanzarse desde la Tierra, como de hecho ya se han lanzado varias. Las ventajas
que se lograran lanzando la sonda desde una nave nodriza tripulada, que recibiera las señales, casi no
justificarían la experiencia traumática de ocho meses continuos en el espacio.
Mercurio, el planeta más cercano al Sol, se encuentra más alejado de nosotros que Venus,
pues en ningún momento está a menos de  millones de kilómetros de la Tierra, a dos veces la
distancia a que se encuentra Venus en su acercamiento más próximo.
Mercurio ofrecería, por lo menos, un lugar de descanso a los astronautas de larga distancia,
pues sería concebible que descendieran en el lado nocturno de Mercurio y que pudieran explorar la superficie
durante varias semanas, antes que la proximidad del alba hiciese absolutamente indispensable
que abandonaran el planeta.
Sin embargo, el vuelo a Mercurio llevaría a los astronautas a una distancia no mayor de
millones de kilómetros del Sol. La radiación solar sería cuatro veces más concentrada que cerca de la
Tierra. A cambio de lo que se ganara con un viaje tripulado a Mercurio, respecto a una sonda no
tripulada, sería tal vez demasiado alto el precio que se tendría que pagar por arriesgarse a los efectos
de una radiación mucho mayor.
Puesto que los viajes en dirección del Sol no ofrecen ninguna meta conveniente, ¿qué podría
decirse de los viajes en dirección contraria al Sol?
Marte es, desde luego, el planeta más cercano a la Tierra en dirección opuesta al Sol. En su
punto más próximo a la Tierra llega a estar a unos  millones de kilómetros, a menos distancia que
ningún otro planeta, salvo Venus. Viajar a Marte significa una disminución constante en la intensidad
de la radiación solar. Además, Marte es un mundo frío que puede ser explorado durante períodos
indefinidos, aun con el Sol en el firmamento (siempre que haya cierta protección contra los rayos
ultravioleta solares, además de la delgada e ineficaz atmósfera de Marte).
Sin embargo, el viaje redondo a Marte indudablemente requeriría más de un año. Aunque ese
tiempo se dividiera por un lapso más o menos largo de permanencia en ese planeta, que después de la
Tierra es el más cómodo del sistema solar, esa aventura representaría el límite de la resistencia
humana.
¿Y más allá de Marte? Para llegar a los asteroides más grandes, o a los satélites de los planetas
gigantes, se necesitaría cruzar los mucho más vastos espacios del sistema solar externo, y tal viaje
exigiría, sólo en un sentido, varios años y hasta décadas. Por el momento no parecen prácticos los
viajes tripulados hasta esas distancias.
Así pues, más allá de la Luna sólo nos queda Marte como única meta de buen tamaño, y eso
en el límite de lo posible.
Colonias espaciales
En un sentido práctico, nuestros triunfos iniciales en el espacio exterior no parecen contar mucho.
Parece que en el futuro previsible estaremos limitados al sistema Tierra-Luna.
Lo anterior quizá sea verdad únicamente porque hasta aquí he supuesto que la Tierra misma
será la base que se empleará para la exploración espacial. ¿Hay alguna alternativa?
Si hemos de quedar confinados al sistema Tierra-Luna, parece que la Luna es la única
alternativa posible. Supongamos que establecemos una base complicada en la Luna, en la que sea
posible construir naves espaciales y hacer acopio de combustible. La Luna tiene una velocidad de
escape mucho menor que la de la Tierra, por lo que se necesitaría menos energía para un lanzamiento
desde la Luna, que desde la Tierra. Quedaría más energía para aceleración y desaceleración, por lo que
el tiempo necesario para cualquier viaje sería menor. Empero, no lo suficientemente menor para que
esos viajes resultaran prácticos.
Pero reflexionemos. Como nosotros y todas las demás formas de vida que conocemos vivimos
en la superficie de un mundo, tenemos la tendencia lógica a considerar que cualquier otra cosa no es
natural. En , el físico norteamericano Gerald Kitchen O'Neill (n. ) sugirió la alternativa de
colonias artificiales en el espacio, para seres humanos. No era ése un concepto completamente nuevo,
pues se le ha empleado alguna vez en la ciencia ficción, pero nunca había sido expuesto con tan cuidadosos
detalles.
O'Neill sugirió dos lugares como bases para la humanidad, los cuales no estaban sobre la Luna
misma, pero sí a la misma distancia de ésta a la Tierra.
Imaginemos la Luna en el cenit, exactamente arriba de nosotros. Tracemos una línea en el
firmamento hacia el Este, desde la Luna hasta el horizonte. A dos tercios de la longitud de esa línea, y
a un tercio del horizonte, a una distancia igual a la de la Luna, estaría uno de esos lugares. Tracemos
otra línea hacia el Oeste, desde la Luna hacia el horizonte. A dos tercios de la longitud de esa línea, y a
un tercio del horizonte, a distancia igual a la de la Luna, estaría otro de esos lugares.
Pongamos un objeto en cualquiera de esos dos lugares, y formará un triángulo equilátero con
la Luna y la Tierra. Hay una distancia de . kilómetros de la Luna a la Tierra. Esa distancia sería
la misma de cualquiera de esos dos puntos a la Luna, o de cualquiera de ellos a la Tierra.
¿Qué tendrían de especial esos lugares? Allá en , el astrónomo francoitaliano Joseph
Louis Lagrange (-) demostró que en esos lugares cualquier objeto pequeño permanecería
esencialmente estacionario con respecto a la Luna. En tanto que la Luna se moviese en torno a la
Tierra, cualquier objeto pequeño, en cualquiera de esos lugares, también se movería en torno a la
Tierra, de tal manera que llevara el mismo paso de la Luna. Las fuerzas de gravedad, en competencia,
de la Tierra y la Luna, mantendrían a ese objeto en su lugar.
Si el pequeño objeto no estuviese exactamente en su lugar, oscilaría (libración) en torno del
punto exacto. Los dos lugares en el espacio se llaman puntos de Lagrange, o puntos de libración.
Lagrange descubrió cinco de esos puntos, pero tres de ellos no tienen importancia práctica,
porque representan una condición inestable. Un objeto tendría que permanecer exactamente en esos
puntos para quedar en reposo con respecto a la Luna. Cuando fuese empujado fuera de su lugar, aun
muy levemente, el objeto se apartaría a la deriva y nunca más regresaría. Los dos puntos en los cuales
un objeto permanece estable (salvo por la libración) son los que forman triángulos equiláteros con la
Luna y la Tierra. El del horizonte oriental es el L y el del horizonte occidental el L.


O'Neill sugirió que se aprovechara el cerrojo
gravitacional, y que se construyeran colonias
espaciales en las regiones en torno de los dos puntos
de libración, colonias que se convertirían en partes
permanentes del sistema Tierra-Luna. Las colonias
mismas podrían consistir en esferas, cilindros u
objetos en forma de roscas, lo suficientemente
grandes para albergar de . a  millones de
personas.
Los seres humanos podrían vivir en la
superficie interior de esos objetos, los cuales girarían
a una velocidad que produjera un efecto centrífugo,
el cual lo sostendría todo y a todos sobre esa
superficie interna, con una fuerza equivalente a la
gravedad sobre la superficie de la Tierra. La
superficie interna podría diseñarse y contornearse a
semejanza de nuestro mundo acostumbrado. Podría
regarse de mantillo, que se emplearía para
agricultura y, con el tiempo, para ganadería. Todas las obras artificiales del hombre, sus edificios y sus
máquinas, estarían también allí.
El material que formara el casco de las colonias se compondría de secciones de metal y cristal.
La luz solar, reflejada por grandes espejos que acompañarían a la colonia en su órbita, entraría e iluminaría
la colonia, transformando lo que de otra suerte sería una cueva, en un mundo bañado por el
Sol. La penetración de la luz podría controlarse mediante celosías sobre las ventanas, para que el día y
la noche alternados mantuvieran estable la temperatura de la colonia.
Esta obtendría su energía del Sol, una forma copiosa de energía fácilmente manejable y no
contaminante.
Las colonias más grandes tendrían un contenido de aire lo suficientemente espeso para
permitir un cielo azul y nubes. Algunas partes de la superficie interior de las grandes colonias podrían
modelarse como territorio montañoso, con cimas de gran tamaño, no sólo bajorrelieves.
Sería costoso construir tales colonias, pero el gasto resultaría mucho menor que el que ahora
hace el mundo en sus diversas máquinas militares. Puesto que la Tierra, para que sobreviva, necesitará
practicar más y más la cooperación internacional, esas máquinas militares tendrán que ir
desapareciendo, y el esfuerzo en construir colonias en el espacio podrá ofrecernos una manera
constructiva de emplear el dinero a la gente que ahora se dedica a la guerra y a preparativos bélicos.
Además, el gasto de construcción de las colonias disminuiría a medida que mejorasen las
técnicas para ese fin, y los colonos mismos, en su afán por ensanchar su alcance, se encargarían de la
construcción de más colonias.
Pero ¿de dónde vamos a obtener todo el material necesario para la construcción de esas
colonias espaciales? Nuestro agobiado planeta, tambaleante bajo el peso de la humanidad, con su
suministro de recursos indispensables en disminución o a punto de agotarse, no podría prescindir de
las cantidades colosales de materiales que se necesitarían para construir esas colonias. Para cada
colonia harían falta centenares de millones de toneladas de material de construcción.
Por fortuna, tenemos la Luna, un mundo completamente muerto, sin la más sencilla vida
propia, cuyos «derechos» no preocuparán nuestros escrúpulos morales.
Del material lunar saldría el aluminio, el hierro, el titanio, el vidrio, el concreto y otras
sustancias necesarias para la edificación de la colonia. El polvo lunar se extendería sobre la superficie
interior. No sólo se encuentra todo ese material en la Luna, en cantidades enormes, sino que alzarlo de
allí, venciendo la débil gravedad de ese cuerpo, demandaría sólo / del esfuerzo necesario para
elevarlo desde la Tierra. Todo el trabajo de fundición y otras labores químicas se harían en el espacio.
Claro está que el material lunar no responde del todo a las necesidades humanas. Contiene
poco de los elementos volátiles, como carbono, nitrógeno e hidrógeno, indispensable para el
funcionamiento de la colonia. Por suerte, en la Tierra no escasean esos elementos y podrían
suministrarse las cantidades iniciales, las cuales serían cuidadosamente conservadas y recirculadas,
para que se necesitara el mínimo de suministros de repuesto. Con el tiempo, se explotarían otras
fuentes de sustancias volátiles, por ejemplo, tomándolas de cometas que pasaran.
¿Peligros y dificultades? Por supuesto.
Existe el riesgo de que un meteoro choque contra la colonia, pero la probabilidad no es muy
grande. Sería mucho menor que la de terremotos o erupciones volcánicas en la Tierra, los cuales a
veces destruyen ciudades.
La enérgica radiación solar es peligrosa, pero tal cosa no sería una traba en una colonia
protegida por aluminio, cristal y tierra. Las partículas de rayos cósmicos presentan un problema más
grave, y el casco exterior de la colonia tendría que ser lo suficientemente grueso para absorberlas casi
todas. Además, el efecto centrífugo de la rotación del cilindro no correspondería por completo a la gravitación
de la Tierra. En ésta, la atracción gravitacional no se altera perceptiblemente cuando nos
elevamos de la superficie. En cambio, dentro de una colonia giratoria, el efecto centrífugo se
debilitaría rápidamente al elevarse uno desde la superficie interna, y disminuiría hasta llegar a cero en
el eje de rotación de la colonia. Ignoramos aún si tal efecto fluctuante de la gravitación sería peligroso
a la larga para el cuerpo humano; pero, en vista de la experiencia que se ha tenido hasta ahora en el
espacio exterior, podemos tener fundadas esperanzas de que no sea peligroso.
¿Por qué convendría construir esas colonias? No es probable que los seres humanos
emprendan un programa de construcción tan amplio, sólo por el placer de hacerlo. La Gran Muralla
China fue construida para contener a las hordas bárbaras. Las pirámides de Egipto se edificaron
porque las creencias religiosas de la época hacían pensar que la conservación del cuerpo del monarca
era fundamental para el bienestar de la nación. Las majestuosas catedrales medievales se erigieron
para mayor gloria de Dios. En cuanto a las colonias espaciales, podrían surgir motivaciones, al seguir
disminuyendo nuestros suministros de petróleo y creciendo la dificultad de encontrar una fuente de
energía lo indispensablemente grande, segura y duradera para sustituir al petróleo.
El aprovechamiento directo de la luz solar parecería una solución, y esa luz solar podría
concentrarse más eficazmente en el espacio exterior que sobre la superficie de la Tierra. Una central de
energía solar recibiría allí toda la energía del Sol, no disminuida por los fenómenos atmosféricos. Si
esa estación se encontrara en el plano ecuatorial de la Tierra, en órbita sincrónica y a una altura de
algo más de . kilómetros, estaría a la sombra de la Tierra sólo el  por ciento del tiempo, en el
transcurso de todo un año.
Varias centrales de energía solar que circundaran la Tierra podrían resolver los problemas de
energía de la humanidad durante un futuro indefinido, y también dar a las naciones de la Tierra una
razón positiva para cooperar, pues la construcción y el mantenimiento de las estaciones servirían como
verdaderos salvavidas de todos y cada uno de los países.
Si se entiende que tales centrales de energía solar son necesarias, y se hace el esfuerzo
necesario para construirlas, las colonias espaciales surgirían naturalmente para albergar a los
trabajadores destinados a las estaciones mineras de la Luna y a los sitios mismos de construcción.
En realidad, comenzando con una compañía para construir estaciones de energía, el espacio
exterior tendrá más y más utilidad a medida que se pongan en órbita observatorios, laboratorios y
fábricas enteras (mucho más computadas y automatizadas que ahora en la Tierra).
Con una parte tan grande de la actividad industrial y tecnológica del hombre, trasladada al espacio
exterior, la Tierra podría volver a una condición más deseable de suelo virgen, parques y
granjas. Podríamos restaurar la belleza de la Tierra sin perder las ventajas materiales de la industria y
de la tecnología avanzada.
Cuando las colonias espaciales se establezcan en el curso de las siguientes dos generaciones,
como parte de un programa para resolver la urgente necesidad de energía que tiene la población de la
Tierra, podrán aparecer muchas ventajas adicionales.
Al aumentar el número de las colonias espaciales, se elevaría también el espacio de que
dispondrían los seres humanos. En menos de un siglo, concebiblemente habría lugar para mil millones
de gente en colonias espaciales, y en menos de dos siglos podría haber más gente en el espacio
exterior que en la Tierra misma.
Esta perspectiva no elimina la necesidad de que, a la larga, disminuya nuestra tasa de
natalidad, pues si los seres humanos continúan multiplicándose al presente ritmo, en unos . años
la masa total de carne y hueso igualará la masa total del Universo.
De hecho, no se elimina la necesidad de que disminuya la tasa de natalidad ahora mismo, pues
mucho antes de que podamos poner en el espacio a los primeros mil millones de seres, la población de
la Tierra habrá crecido hasta llegar a . millones, lo cual será desastroso. Pero la presencia de
colonias espaciales serviría como una pequeña válvula de escape; no sería necesario que disminuyera
tanto la tasa de natalidad, si existieran colonias espaciales.
Además de proporcionar espacio para muchos seres humanos, los crecientes racimos de
colonias espaciales darían variedad adicional a las culturas humanas. Cada colonia podría tener su
propio modo de vida, y algunos de esos métodos serían muy diferentes de la norma. Cada colonia
tendría sus propios estilos de ropa, de música, de arte, de literatura, de sexo, de vida familiar, de
religión, etcétera. Serían infinitas las opciones de creatividad, en general, y de adelanto científico, en
particular.
Podría haber hasta costumbres de vida peculiares de las colonias que fuese imposible duplicar
en la Tierra.
El montañismo en las colonias más grandes tendría comodidades y placeres desconocidos en
la Tierra. A medida que los montañistas subieran más alto, se debilitaría la atracción hacia abajo del
efecto centrífugo inducido por la rotación de la colonia, y sería fácil seguir subiendo. Asimismo, el
aire no se volvería ni más ralo ni más frío.
Por último, en zonas cuidadosamente cubiertas en lo alto de la montaña, donde el efecto
centrífugo sería especialmente bajo, la gente podría volar por su propia fuerza muscular, valiéndose de
alas de plástico con bastidores ligeros, gracias al aire pesado y a la poca atracción hacia abajo.
Marinos del espacio
Con todo, el principal valor de las colonias espaciales, en lo que respecta a los propósitos de
este libro, sería permitir la exploración del sistema solar, no tanto por razones físicas, sino
psicológicas.
Consideremos:
Para comenzar, el vuelo espacial es algo exótico para los pobladores de la Tierra, algo que los
apartaría del mundo en que viven, en el cual se ha desarrollado la vida ancestral durante un período de
más de . millones de años.
Por otra parte, para los colonos del espacio el vuelo espacial sería la esencia misma de la vida.
Sus mundos se habrían poblado como resultado del vuelo espacial; y su trabajo en las estaciones
mineras de la Luna y en los sitios de construcción incluiría el vuelo espacial como algo completamente
ordinario.
Existiría también el turismo entre las crecientes colonias.
Como cada colonia no tendría una atracción gravitacional propia, perceptiblemente intrínseca,
y a que todas las estaciones se hallarían aproximadamente a distancias iguales del Sol, la Tierra y la
Luna, el viaje de una a otra colonia consumiría muy poca energía. Sería algo semejante a deslizarsesobre hielo plano.
Considerando el poco costo de energía y el hecho de que cada colonia podría tener una cultura
considerablemente diferente de las demás, los visitantes tendrían mucho que les divirtiera y les
interesara. Sería muy posible que todos los colonos espaciales fuesen también viajeros del espacio
desde edad temprana, y que ese concepto no los aterrorizara.
Aun en el caso de que los colonos quisieran salir de los puntos de libración, o que estando en
la Luna desearan salir de ese mundo, no habría necesidad de la fuerte explosión inicial de aceleración
que demanda levantar un cohete a través de la atmósfera terrestre y en contra de la fuerte atracción
gravitacional de la Tierra. Esa sola circunstancia eliminaría instantáneamente la parte más incómoda
del viaje, espacial.
Por tanto, aunque casi todos los habitantes de la Tierra vacilarían en aventurarse al espacio y
sólo una pequeña fracción de ellos se calificara física y temperamentalmente como exploradores
espaciales, toda la población de las colonias podría ser de exploradores en potencia.
Además, las condiciones del vuelo espacial representan un cambio extremo para los habitantes
de la Tierra. Estos están acostumbrados a apegarse a la superficie externa de un mundo muy grande; a
un ciclo de alimento, aire y agua en un sistema tan vasto que casi no se percibe, y a una intensidad
gravitacional que es constante dondequiera que se encuentren.
En cambio, para los colonos espaciales, el vuelo espacial introduciría cambios que no serían

extremos de ninguna manera. En primer lugar, los colonos vivirían dentro de su mundo; estarían
conscientes y acostumbrados a un ciclo rápido de alimento, aire y agua; y acostumbrados también a
una atracción variable.
En suma, los colonos del espacio, al emprender un vuelo espacial prolongado, pasarían de una
nave espacial a otra muy semejante, aunque más pequeña.
Todo lo anterior no significa que los vuelos espaciales con determinado destino sean
necesariamente menos prolongados o menos tediosos, pero las dificultades psicológicas disminuirían
enormemente. Una tripulación de colonos espaciales, sin duda podría soportar la estrechez de una
nave, en un vuelo largo a Marte y más allá, con mayor estoicismo y eficacia que una tripulación de la
Tierra.
Pero ¿qué induciría a los colonos del espacio a salir a recorrer el sistema solar?
La curiosidad humana y el deseo de conocimientos podrían incitar a un vuelo ocasional de
larga distancia, pero se necesitaría algo más para que hubiese un movimiento en masa.
Ese algo más se puede ver fácilmente.
Los puntos de libración a ambos lados de la Luna no son muy grandes y pueden llenarse
aprisa. Además, al construirse y ocuparse más y más colonias, se volvería considerable el agotamiento
de los elementos volátiles en la Tierra y crecería la oposición de sus habitantes a desprenderse de esos
elementos.
Entonces sería útil buscar espacio vital adicional y mejores fuentes de materias volátiles.
En general, el sistema solar interno es pobre en volátiles. La Luna y Mercurio no los tienen, en
Venus no se puede descender, y Marte, aunque sea alcanzable y posea volátiles, quizá no resulte una
fuente sin obstáculos morales. Cuando las colonias espaciales estén listas para trasladarse hacia afuera,
tal vez existan ya seres humanos en bases marcianas y, en cierto modo, las materias volátiles les pertenecerían.
Como he dicho antes, los cometas, en los que abundan las materias volátiles, pasan de largo
alguna que otra vez, pero son una fuente intermitente y aleatoria, por lo que depender de los cometas
sería más arriesgado a medida que se multiplicara el número de colonias.
La faja de asteroides es la meta apropiada más cercana para el ensanchamiento del espacio
vital de las colonias. Los muchos miles de asteroides podrían ofrecer, aún más fácilmente que la Luna,
el material de construcción necesario, y muchos de esos asteroides deben contener cantidades considerables
de materia volátil.
No es descabellado pensar que en el siglo xxii las colonias de los puntos de libración sean
reconocidas como una simple etapa preliminar, y que la faja de asteroides se considere como el lugar
más apropiado para las colonias. Estas se encontrarían entonces más alejadas de la Tierra y
completamente independientes de ella; pero, naturalmente, podrían permanecer en contacto por radio y
televisión. Habría espacio infinito para la construcción de muchos millones de colonias, sin apreturas.
El impulso hacia afuera podría continuar aún más allá, y establecerse fajas de colonias en
torno de Júpiter y de Saturno, a distancias lo suficientemente grandes para evitar los campos
magnéticos y las partículas cargadas que hay en esas zonas.
En suma, los colonos del espacio serán los fenicios, los vikingos y los polinesios de la Era
Espacial, que se aventurarán, en un mar mucho más vasto, para poblar sus nuevas tierras e islas.
En el siglo xxiii, el sistema solar tal vez esté ya completamente explorado por seres humanos,
con colonias en los mejores lugares. El Sol mismo podrá servir como fuente adecuada de energía, si su
radiación se reúne y enfoca correctamente, aun en la vastedad del sistema solar externo, y los reactores
de fusión de hidrógeno podrán servir, entonces, como fuente alterna de energía.
Peldaño
Este cuadro optimista de exploración total y, por así decirlo, de la ocupación del sistema solar,
depende en grado sorprendente del empleo de la Luna como peldaño.
Supongamos que la Luna no estuviese en nuestro firmamento; que no se hubiera formado
junto con la Tierra, por algún accidente enormemente improbable; o que no hubiese sido atrapada, ya
muy avanzada la edad de la Tierra, por un accidente igualmente improbable. Pensemos de qué manera
ello podría haber afectado, en forma por demás desfavorable, el desarrollo tecnológico de la
humanidad.
Fue la Luna lo que primero dio a los seres humanos el concepto de la pluralidad de los
mundos. Fueron el tamaño y la cercanía de la Luna lo que la convirtieron en un mundo interesante, y
lo que nos tentó a lanzarnos al espacio exterior hacia una meta tan atrayente.
Sin la Luna, las técnicas astronómicas avanzadas podrían haber revelado que los planetas eran
muchos; pero ¿habrían tratado los seres humanos de perfeccionar el viaje espacial si los objetos
razonables más cercanos fuesen Venus y Marte, y si los vuelos a la meta racional más cercana
demandaran un viaje redondo que durara mucho más de un año?
Necesitábamos una meta fácil para idear la tecnología del vuelo espacial, y si los seres
humanos se han sentido animados a esforzarse por adquirir esa tecnología ha sido por el aliciente de
un éxito alcanzable.
Naturalmente, los seres humanos podrían haber enviado cohetes al espacio exterior y puesto a
astronautas en órbitas en torno de la Tierra, aun sin la presencia de la Luna. Estos vuelos tienen
muchas funciones, aparte de la de llegar a la Luna. El deseo de estudiar la Tierra como un todo —sus
recursos, su atmósfera, su patrón meteorológico, su magnetosfera, el polvo y los rayos cósmicos fuera
de la atmósfera, la observación del resto del Universo desde una posición afuera de la atmósfera, la
utilización de la energía solar—, nos habría empujado hacia la técnica de los cohetes y la exploración
del espacio.
Todo ello podría haber sido menos probable si la Luna no nos llamara en nuestros sueños de
fantasía, y habría tenido que transcurrir más tiempo para que todo eso ocurriese. De hecho, sin la Luna
podríamos haber imaginado todo lo que ha ocurrido hasta ahora, excepto los vuelos tripulados y no tripulados
a la Luna, y más allá de ella. Hasta los sondeos de los planetas tan distantes podrían haberse
realizado sin la Luna.
Pero ¿habríamos progresado entonces hacia las colonias espaciales? Si ahora tales cosas
parecen poco prácticas a muchos seres humanos «sensatos», ¿cuánto más imposible parecería si todo
el material para la construcción de las colonias tuviera que proceder de la Tierra misma, no contándose
con la Luna como fuente de materias primas?
Y sin las colonias espaciales, en mi opinión la verdadera exploración del sistema solar sería
sumamente improbable.
Así pues, si es verdad que un satélite grande, semejante a la Luna, es una posesión muy
utópica de un planeta habitable semejante a la Tierra, y si a este respecto la Tierra es la beneficiaria de
un insólito accidente astronómico, entonces debemos preguntarnos si otras civilizaciones han
desarrollado alguna vez una capacidad de vuelos, espaciales mayor de la que nosotros ya poseemos.
¿Están todas las demás civilizaciones, sin excepción, confinadas a su respectivo planeta y a
sus alrededores inmediatos, y son capaces, a lo sumo, de enviar sondas a otros planetas? ¿Es esto
verdad, por avanzada que sea su tecnología? Esta idea es tentadora. De ser así, explicaría muy
nítidamente por qué el Universo parece tan vacío, no obstante que medio millón de civilizaciones, tal
vez más, existan en nuestra propia Galaxia, sin ir más lejos.
También atemperaría nuestro orgullo. Gracias a nuestra venturosa posesión de la Luna, podría
ser que dentro de los siguientes dos siglos perfeccionemos la capacidad de vuelo espacial mucho más
que otras civilizaciones, aunque éstas sean bastante más antiguas que la nuestra y, por otros conceptos,
mucho más avanzadas. ¿Seremos nosotros, no ninguna otra civilización, los herederos del Universo,
gracias a la Luna?
Posiblemente sea difícil creerlo. Sin duda, con un poco más de perfeccionamiento tecnológico
del que poseemos, y con la fuerza imperiosa de la necesidad de energía, una civilización se lanzaría en
alguna forma hacia el espacio, aun sin la presencia de la Luna. Los propios recursos del planeta se emplearían
a cualquier costo razonable, y se haría el vuelo directo hacia los planetas más cercanos, por
tediosos y difíciles que fuesen. Una vez que eso se hubiese hecho, los recursos del planeta cercano se
podrían usar para continuar trabajando.
Quizá todas las civilizaciones harían tal cosa, no tan fácilmente como nosotros, pero puede
que mucho mejor, movidas por la mayor intensidad del reto. Posiblemente, todas las civilizaciones
perfeccionen el vuelo espacial y exploren y colonicen sus respectivos sistemas planetarios.
En ese caso, ¿por qué no nos hemos percatado de esas civilizaciones? ¿Por qué no ha llegado a
visitarnos alguna de ellas?
Lo que se necesitaría para una visita, no sería simplemente la capacidad de saltar de un planeta
a otro, sino saltar de un sistema planetario a otro, y esto podría representar una dificultad de otro
orden.
 – VUELO INTERESTELAR.
La velocidad de la luz
Los objetos más lejanos que podemos ver en nuestro sistema solar son el planeta Plutón y su
luna, Caronte. Hay cometas que se alejan a distancias mucho mayores que la de Plutón. Tal vez muchos
miles de millones giran en torno del Sol a distancias mayores que la de Plutón en cualquier punto
de su órbita. Sin embargo, nunca se ha visto a un cometa que pase más allá de la órbita de Plutón, ni
siquiera de la de Saturno. Por tanto, la órbita de Plutón puede considerarse como el diámetro visible
del sistema solar, que así llega a . millones de kilómetros.
Esa distancia es enorme, pues el diámetro visible del sistema solar es casi  veces la distancia
de la Tierra al Sol. Sin embargo, la distancia a la estrella más cercana, Alfa Centauro, es de unas .
veces ese diámetro.
Si el sistema solar se redujese, de suerte que la órbita de Plutón cupiese en torno del ecuador
de la Tierra (y en esa escala la Tierra estaría a  kilómetros del Sol), Alfa Centauro se encontraría a
la distancia de Venus en su acercamiento más próximo; y Alfa Centauro es la estrella más cercana.
Sirio está dos veces más alejada que Alfa Centauro; Proción, , veces más; Vega,  veces más;
Arturo,  veces más; Rigel mucho más de  veces.
Podemos referirnos a esas distancias de otra manera. Consideremos la velocidad de la luz y de
la radiación electromagnética (rayos X, ondas de radio, etcétera). Esa velocidad es de .,
kilómetros por segundo. Esto es importante, pues nuestro medio más rápido de comunicación es
mediante la radiación electromagnética. No conocemos ninguna señal que se transmita más aprisa
Se necesitan , segundos para que la luz (o alguna otra radiación semejante) vaya de la
Tierra a la Luna. Esto significa que cuando alguien en la Tierra habla con un astronauta en la Luna, no
es posible obtener una respuesta en menos de , segundos, aunque el astronauta respondiera inmediatamente
después de oír lo que se le dice.
Si definimos «segundo luz» como la distancia que la luz recorre en un segundo, entonces la
Luna se encuentra a , segundos luz de la Tierra.
La luz tarda , horas en atravesar la anchura máxima de la órbita de Plutón. Si
imagináramos una colonia espacial a cada lado de esa órbita, y que una de esas colonias tratara de
establecer comunicación con la otra, la que hablara primero no podría esperar una respuesta, en
ninguna circunstancia conocida, en menos de , horas.
Por tanto, el diámetro visible del sistema solar es igual a , horas luz, es decir, , veces
la distancia que la luz recorre en una hora.
Empleando ese sistema, Alfa Centauro, la estrella más próxima, está a , años luz, o ,
veces la distancia que la luz puede viajar en un año. Si alguien en la Tierra enviara un mensaje a un
planeta que girara en torno de Alfa Centauro, y la contestación se diese en el instante mismo en que el
mensaje fuese recibido, la persona que hubiese enviado el mensaje desde la Tierra tendría que esperar
nada menos que , años para obtener una respuesta.
En cuanto a otras estrellas, Sirio está a , años luz; Proción, a ,; Rigel (que es una
estrella comparativamente cercana), a . Se necesitarían más de . años luz para obtener
respuesta de un planeta que girara en torno de Rigel.
Esto podría considerarse como ajeno al problema de llegar a las estrellas. Si la luz tarda ,
años en llegar a Alfa Centauro, ¿no basta con aumentar nuestra velocidad, hasta que sea mucho mayor
que la de la luz y así nos adelantemos a la señal y lleguemos en menos tiempo que la luz?
Pero como Albert Einstein (-) señaló por primera vez en , en su Teoría
Particular de la Relatividad, es imposible que un objeto con masa exceda la velocidad de la luz.
Einstein fijó ese límite partiendo únicamente de consideraciones teóricas, y cuando fue enunciado por
primera vez pareció ir en contra de los dictados del «sentido común» (y a mucha gente sigue
pareciéndole así); no obstante lo cual, es verdad lo dicho por Einstein. El límite de la velocidad de la
luz ha sido comprobado en innumerables experimentos y observaciones, y no existe ni el más remoto
motivo para dudar de ello, tratándose de materia en el Universo conocido.
El «sentido común», que hace tan difícil aceptar la limitación, tiene por base nuestra
experiencia como fenómenos cotidianos. Notamos que si seguimos empujando un objeto, éste avanza
cada vez más aprisa. De hecho, la segunda ley de Newton sobre el movimiento declara
específicamente que esto es así, y que un empuje igual siempre dará por resultado una aceleración
igual, independientemente de lo aprisa que el objeto se esté moviendo. Por tanto, parecería que por
muy aprisa que un objeto se mueva, siempre podremos lograr que vaya más aprisa, empujándolo más.
En efecto, las observaciones y mediciones cuidadosas confirman lo anterior, en circunstancias
ordinarias.
Pero tal cosa es así porque experimentamos con objetos que se mueven a sólo una minúscula
fracción de la velocidad de la luz, y en tales circunstancias la segunda ley de Newton indudablemente
tiene aplicación, hasta donde podemos medir, y el «sentido común» reina en forma suprema.
Empero, lo cierto del caso es que si empujamos un objeto acelerándolo así, y a continuación lo
volvemos a empujar con la misma fuerza, el grado de aceleración de ese objeto, la segunda vez, no es
exactamente tan alto como la primera. Sin duda, algo de la fuerza del empuje contribuye a aumentar la
velocidad, pero también algo contribuye a aumentar la masa del objeto.
Con velocidades ordinarias, una parte de la fuerza que se emplea en aumentar la masa es tan
pequeña, que esa porción no puede detectarse. Al aumentar progresivamente la velocidad, una fracción
cada vez más grande de la fuerza se emplea en incrementar la masa, y otra fracción más y más
pequeña en acentuar la velocidad, de acuerdo con la fórmula encontrada por Einstein. Cuando las
velocidades son muy altas, es tan grande la cantidad de fuerza que se emplea en aumentar la masa, y
tan pequeña la de aumentar la velocidad, que notamos que la segunda ley de Newton y el «sentido
común» no funcionan ya.
No fue hasta comienzos del siglo xx cuando los científicos conocieron objetos que se movían
lo suficientemente aprisa para que empezara a aparecer la imperfección de la segunda ley de Newton.
Los objetos rapidísimos que entonces se descubrieron eran partículas subatómicas, y los cuidadosos
estudios de esos minúsculos objetos demostraron que era exactamente correcta la ecuación de Einstein
relativa a la fuerza y a la velocidad
Cuando la velocidad de cualquier objeto se aproxima a la de la luz, la fuerza que se le aplique
apenas sirve para aumentar la velocidad. Casi toda la fuerza se convierte en masa adicional. El objeto
que se mueve tan velozmente, adquiere más masa, pero escasamente se vuelve más veloz. A la postre,
si se aplica una cantidad infinita de fuerza en un objeto que ya se mueve apresuradamente, lo único
que se logra es dar a ese objeto una masa infinita y elevar la velocidad hasta la de la luz.
Lo anterior significa que aunque se lograra una aceleración máxima en un instante, gracias a
algún dispositivo mágico, se seguirían necesitando , años para llegar a Alfa Centauro. Si entonces se
pudiera desacelerar hasta cero en un instante, dar la vuelta, y en un segundo acelerar a la velocidad
máxima, se seguirían necesitando , años para hacer el viaje redondo.
En realidad, sería necesaria una aceleración hasta lograr una velocidad sumamente alta, y tal
cosa requeriría mucho tiempo si nos limitáramos a una aceleración lo necesariamente baja para que el
cuerpo humano la pudiera soportar. Entonces, se necesitaría un tiempo igualmente prolongado para
desacelerar en forma tal, que fuese posible descender en un planeta del sistema de Alfa Centauro.
La necesidad de acelerar y desacelerar añadiría alrededor de un año al tiempo preciso para
llegar a una estrella, si hiciéramos todo el recorrido a la velocidad de la luz. Habría que añadir otro año
en el viaje de regreso, y tal vez otro más dedicado a la exploración.
Así, contando la aceleración, desaceleración y exploración, el tiempo indispensable para ir a
cualquier estrella y regresar, sería el que demandara el viaje a la velocidad de la luz, más otros tres
años. Ir a Alfa Centauro, explorar su sistema y volver, ocuparía , años; y, repito, Alfa Centauro es
la estrella más cercana.
Además, como veremos después, existen graves dificultades en una aceleración y una
desaceleración tan prolongadas y a una velocidad tan alta, por lo que es evidente que el viaje
interestelar es una empresa colosal, que tal vez no pueda realizarse, ni contando con la tecnología más
avanzada.
Por eso dije anteriormente, en este mismo libro, que la incapacidad de cualquier civilización
de efectuar con éxito vuelos interestelares es la razón más lógica por la cual la Tierra no ha sido
visitada. La dificultad del vuelo interestelar puede ser tal, que ninguna civilización extraterrestre haya
podido establecer contacto con otra civilización porque todas están limitadas, ahora y para siempre, a
su propio sistema planetario.
Y nosotros limitados al nuestro.
Más allá de la velocidad de la luz
Sin embargo, no nos demos por vencidos tan aprisa. Consideremos que tal vez haya alguna
forma de superar el límite de la velocidad de la luz. Dije antes que «no existe ni el más remoto motivo
para dudar de ello (la existencia del límite de la velocidad de la luz), tratándose de materia en el
Universo conocido». ¿Sería posible entonces sospechar que haya materia que no conocemos, o
aspectos del Universo que desconocemos?
Por ejemplo, para empezar, el límite de la velocidad de la luz se aplica más claramente a
objetos que poseen masa cuando están en reposo, en relación con el Universo en general. Esto incluye
todos los componentes de los átomos y, por tanto, de nosotros mismos, de nuestras naves y de nuestros
mundos. Todo ello debe viajar siempre a menor velocidad que la luz, y sólo una fuerza infinita podría
hacer que se alcanzara esa velocidad.
Eso parecería incluir todo lo que existe, pero no lo incluye. Hay algunos objetos que no tienen
masa, o que no la tendrían si estuviesen en reposo, respecto al Universo en general. Esos objetos con
«masa cero en reposo» abarcan los fotones, que son las unidades de toda la radiación
electromagnética. También engloban los gravitones que, al menos en teoría, son las unidades de fuerza
de la gravitación. Por último, implican algunas variedades diferentes de partículas, llamadas neutrinos.
Todas las partículas con masa cero en reposo se mueven a través del vacío, a la velocidad de la
luz, ni más ni menos. Precisamente porque la luz se compone de fotones que se mueven a esa velocidad,
es por lo que hablamos de la «velocidad de la luz».
Si partículas de movimiento lento y con masa obran recíprocamente en forma tal que
produzcan un fotón, el mismo se lanza de inmediato a la velocidad de la luz, sin ningún intervalo
perceptible durante el cual se acelere. De la misma manera, si un fotón es absorbido por alguna
partícula con masa, su velocidad desaparece inmediatamente, sin ningún intervalo perceptible de
desaceleración.
A veces se especula con que quizá algún día sea posible convertir en fotones de diferentes
clases todas las partículas con masa de una nave, con inclusión de la tripulación y los pasajeros.
Entonces, los fotones, sin necesidad de aceleración y sin el gasto de la energía ordinariamente
imprescindible para lograr esa aceleración, se lanzarían a la velocidad de la luz. Generalmente, los
fotones se moverían en todas direcciones, pero podríamos imaginar que la conversión ocurriera en
condiciones que produjeran un rayo láser de luz. Una luz así iría en la misma dirección, por ejemplo,
que la de Alfa Centauro. Cuando los fotones llegaran a Alfa Centauro se convertirían de nuevo en las
partículas originales, lo que no demandaría ninguna desaceleración, ni la energía normalmente
necesaria para tal desaceleración.
De esa manera parecería que cualquier nave que emprendiera un viaje redondo a determinada
estrella, podría ahorrar el año que suele perderse en la aceleración y desaceleración, tanto de ida como
de vuelta, y, lo que es más importante, ahorraría una gran cantidad de energía.
Esto, sin embargo, tiene desventajas. En primer lugar, significaría viajar únicamente a la
velocidad de la luz. Ahorrar dos años podría ser significativo, pero sólo en el caso de las estrellas más
cercanas. Si se dedicara un año a la exploración, el viaje redondo a Alfa Centauro duraría , años, en
lugar de , años, lo cual sería un ahorro considerable; pero el viaje redondo a Rigel consumiría
. años en vez de ., lo cual no sería ningún ahorro apreciable ().
En segundo lugar, no estoy absolutamente seguro de que sea posible separar la velocidad y el
gasto de energía, como he aventurado antes. Tengo la fuerte sospecha de que si pudiéramos convertir
en fotones una cantidad de materia, encontraríamos que la energía que tendríamos que gastar para
lograr tal cosa sería igual a la que gastaríamos para acelerar la materia hasta casi alcanzar la velocidad
de la luz. Lo mismo se aplicaría a la reconversión de la materia, en lo que tendríamos que gastar tanta
energía como la que necesitaríamos para desacelerar la materia que hubiese alcanzado la velocidad de
la luz. Por tanto, podría ser que el «empuje fotónico» no nos ahorrara mucho tiempo, ni tampoco
 Existe un aspecto algo más alentador respecto a este viaje, que ahora no menciono, pero al que volveré posteriormente.
mucha energía.
Además, no tenemos la menor idea de cómo podríamos convertir la materia en fotones y
después reconvertirla en materia, en forma tal que se reprodujeran todas las características de la
materia original, hasta en sus mínimos detalles. (Basta imaginar la reproducción del cerebro humano,
con todas sus complicaciones, después que hubiese sido disuelto en fotones. Algunos podrían
considerar tal cosa como concebible, pero ni ellos mismos pueden dar una idea del método que se
emplearía para hacerlo.)
Por otra parte, las conversiones en cualquier dirección tendrían que hacerse con absoluta
simultaneidad, pues si algunas conversiones a fotones se hiciesen aunque fuese un segundo después de
otras, los fotones se extenderían por centenares de miles de kilómetros y entonces podría ser imposible
reconvertirlos en objetos compactos.
Aunque se produjeran con absoluta simultaneidad, ¿cómo podrían dirigirse los fotones en la
dirección conveniente, sin que perdieran el orden en el largo viaje, y después se reconvirtieran con la
misma simultaneidad?
Aunque se reconozca que hace  años las proezas de la televisión moderna habrían parecido
imposibles e impensables, no podemos argüir razonablemente que porque algunas cosas que antes se
creían imposibles, y que después han resultado posibles, todas las cosas que parecen ahora imposibles
serán posibles.
En este libro he optado siempre por el camino de la cautela, y nada he aceptado sin por lo
menos alguna prueba, por ligera que sea. Actualmente no hay motivo para sospechar que sea práctico
un empuje fotónico, pero hasta que llegue una prueba de lo contrario (lo que podría suceder mañana
mismo), debo decir que aunque positivamente no rechazo el empuje fotónico, considero que sus
probabilidades son casi nulas, por lo que razonablemente debemos dejar el asunto en ese punto.
¿Podríamos evitar la dificultad de la conversión y la reconversión, y de la dirección del rayo
de luz, dejando todas las partículas como son, pero eliminando su masa en alguna forma? Una nave y
su contenido sin masa, instantáneamente se acelerarían hasta la velocidad de la luz y permanecerían a
esa velocidad. Una vez que la masa se restaurara, súbitamente cambiaría a su velocidad original. Esa
situación parece mucho más aceptable que la conversión en rayos de fotones.
Por desgracia no conocemos forma alguna de eliminar la masa de ninguna partícula, ni hay
indicios, en ninguna parte, de que encontremos alguna vez la forma de hacerlo. Incluso si la
encontráramos, no viajaríamos más que a la velocidad de la luz.
Hasta aquí, todo lo que he sugerido nos lleva a la velocidad de la luz, pero no más allá.
Sin embargo, en , los físicos O. M. P. Bilaniuk, V. K. Deshpande y E. C. G. Sudershan
señalaron que las ecuaciones de Einstein permitirían la existencia de objetos con masa, que se expresa
con lo que los matemáticos llaman una cantidad imaginaria.
Esos objetos con «masa imaginaria» deben siempre ir a velocidades mayores que la de la luz,
si las ecuaciones de Einstein han de seguir teniendo validez. Por esa razón, el físico norteamericano
Gerald Feinberg (n. ) nombró a esos objetos taquiones, de la palabra griega que significa veloz.
Un objeto con masa imaginaria tendría propiedades muy diferentes de las de la masa
ordinaria. Por ejemplo, los taquiones tienen más energía mientras más lentos son. Si se empuja un
taquión, y así se le añade energía, se mueve más y más lentamente, hasta que con un empuje
infinitamente fuerte se puede lograr que vaya tan despacio como la velocidad de la luz, pero nunca
más lentamente ().
Por otra parte, si se sustrae energía empujando un taquión en contra de la dirección de su
movimiento, o haciéndolo pasar por un medio resistente, se mueve más y más aprisa, hasta que,
cuando su energía es de cero, se desplaza a velocidad infinita en relación con el Universo en general.
Imaginemos, entonces, un «empuje taquiónico».
Supongamos que toda partícula subatómica que hay en una nave, y su contenido, se convierten
en los correspondientes taquiones. La nave partiría inmediatamente, sin aceleración, a muchas veces la
 El límite de la velocidad de la luz existe para los taquiones, así como para las partículas con masa ordinaria
(tardiones), pero en el caso de los primeros, el límite es un mínimo, más bien que un máximo. Las partículas con
masa cero (o luxones, de la palabra latina que significa luz) se mueven exactamente a la velocidad de la luz, o al
límite de lo que sirve de frontera, un "muroluxón" entre nuestro propio Universo tardión y el ultrarrápido
Universo taquión.
velocidad de la luz, y llegaría a una galaxia distante, tal vez en no más de unos cuantos días; entonces,
todo sería reconvertido en partículas originales, y en seguida, sin desaceleración, la nave y su contenido
se moverían a velocidades normales ().
Por fin habríamos encontrado de esta manera la forma de resolver el problema del límite de la
velocidad de la luz, si no fuera porque...
Primero, realmente no sabemos si los taquiones existen. Por supuesto, no van contra las
ecuaciones de Einstein, pero ¿es eso todo lo que se necesita para que existan? Puede haber otras
consideraciones, además de las ecuaciones, que hagan imposible su existencia. Por ejemplo, algunos
científicos sostienen que los taquiones, si existen, permitirían que se violara la ley de la causalidad
(que la causa debe preceder al efecto, en el tiempo), y que esto haga inevitable su inexistencia.
Indudablemente, nadie ha descubierto hasta ahora taquiones, y hasta que sean localizados será difícil
defender su existencia, ya que ningún aspecto de sus propiedades parece afectar a nuestro Universo y,
por tanto, obligarnos a creer en ellos, aunque no hayan sido descubiertos materialmente ().
Segundo, aun suponiendo que los taquiones existan, no tenemos idea de cómo convertir
partículas ordinarias en taquiones, o cómo invertir el proceso.
Todas las dificultades del empuje fotónico se multiplicarían en el caso del empuje taquiónico,
pues un error en la simultaneidad de la conversión regaría todo, no sólo en centenares de miles de
kilómetros, sino tal vez en centenares de miles de años luz.
Por último, aunque todo esto pudiera ser manejado, sigo sospechando que no podemos
resolver el requisito de energía; es decir, que se necesitaría tanta energía para pasar la materia de un
extremo de la Galaxia al otro, por medio de un empuje taquiónico, como se necesitaría para la
aceleración y la desaceleración. De hecho, el empuje taquiónico podría requerir mucha más energía,
puesto que sería preciso vencer al tiempo, lo mismo que a la distancia.
Pero tenemos otro medio posible de escape. Si nos falla el requisito de «la materia que
conocemos», ¿qué podría decirse de «el Universo que conocemos»? Mientras el Universo con el que
trabajamos fue el mismo que Newton conoció —el Universo de movimiento lento y de pequeñas
distancias—, las leyes de Newton parecieron inobjetables.
Y mientras el Universo con el que trabajamos sea el mismo que Einstein conoció —el
Universo de bajas densidades y gravitaciones débiles—, las leyes de Einstein parecen inobjetables. Sin
embargo, podríamos ir más allá del Universo de Einstein, como hemos ido más allá del de Newton.
Consideremos...
Cuando una estrella grande estalla y se desintegra, la fuerza de la desintegración y la masa del
resto que se desune pueden combinarse para empujar a partículas subatómicas hasta que se junten, y
después destrozarlas y desacoplarlas indefinidamente, hacia el volumen cero y la densidad infinita.
La gravedad superficial de una estrella de esa índole, que se desintegra, crece hasta la
intensidad en que cualquier cosa puede caer pero nada puede escapar, de suerte que es semejante a un
«agujero» indefinidamente profundo en el espacio. Puesto que ni la luz puede escapar, ése es el
«agujero negro» que mencioné anteriormente en este libro.
Generalmente, la materia que cae en un agujero negro se concibe como indefinidamente
comprimida. Sin embargo, algunas teorías sostienen que si un agujero negro gira (y es posible que
todos los agujeros negros giren), la materia que caiga en él puede salir por alguna otra parte, como
pasta dental que sale por un pequeño orificio en un tubo grueso sujeto a la lenta presión de una
aplanadora.
Al parecer, el traslado de materia podría ocurrir a enormes distancias, hasta millones de años
luz, en un período insignificante. Esos traslados podrían evadir el límite de la velocidad de la luz, pues
pasan por túneles, o a través de puentes que, en realidad, no tienen las características de tiempo del
 En los cuentos de ciencia ficción se acostumbra desde hace mucho tiempo eludir la barrera de la velocidad de
la luz, recurriendo a algún aspecto del Universo en el cual esa barrera ya no existe. A ese aspecto se le llama
hiperespacio o subespacio; pero, cualquiera que sea la palabra que se use, las propiedades imaginadas son las del
Universo taquiónico.
 Durante  años, los físicos aceptaron la existencia del neutrino, aunque nunca había sido detectado, porque su
existencia era necesaria para explicar algunos fenómenos observados. Ahora mismo, los físicos aceptan la
existencia de partículas llamadas quarks, aunque nunca han sido descubiertas, porque su existencia es necesaria
para explicar algunos fenómenos aceptados. Sin embargo, no hay fenómenos observados que demanden la
existencia de taquiones, sino únicamente la manipulación de ecuaciones.
Universo que conocemos. En efecto, a ese pasaje se le llama el puente Einstein-Rosen, porque Albert
Einstein mismo, y un colaborador llamado Rosen, sugirieron una base teórica de esto, en la década de.
¿Podrían los agujeros negros permitir algún día el viaje interestelar, o el viaje intergaláctico?
Empleando bien los agujeros negros, y suponiendo que existan en gran número, se podría entrar en
uno de ellos en el punto A, salir en el punto B (a muchísima distancia) casi inmediatamente, y viajar
por el espacio ordinario hasta el punto C, en el que se entraría en otro agujero negro, para salir casi en
seguida en el punto D, y así sucesivamente. De esa manera se llegaría a cualquier punto del Universo,
desde cualquier otro punto, en un tiempo razonablemente breve.
Naturalmente, sería preciso preparar un mapa muy exacto del Universo, en el que se señalaran
con cuidado las entradas y salidas de los agujeros negros.
Podríamos suponer que cuando comenzaran de esa manera los viajes interestelares, aquellos
mundos que estuviesen cerca de la entrada de un agujero negro prosperarían, crecerían y establecerían
estaciones espaciales aún más cerca de la entrada.
Esas estaciones espaciales servirían también de centrales de fuerza, puesto que sería enorme la
energía radiada por la materia que cayere en un agujero negro. Podríamos hasta imaginar programas
espaciales que consistieran en meter la materia muerta e inútil en un agujero negro, para aumentar la
producción de energía (como poner combustible en un horno).
De hecho, esto proporciona otra explicación de un Universo lleno de civilizaciones
extraterrestres, aunque ninguna de ellas visita a la Tierra. Podría suceder que la Tierra se encuentre en
un lugar apartado, muy lejos de las redes de agujeros negros. Las  tal vez
sepan que existimos, pero quizá no crean que valga la pena el tiempo y el gasto que significaría
visitarnos.
Sin embargo, no deja de tener sus desventajas el fascinante cuadro de un Universo lleno de
agujeros negros, convertidos en una especie de supersistema de ferrocarril subterráneo para vuelos
interestelares.
En primer lugar, no sabemos realmente cuántos agujeros negros hay en el Universo. Fuera de
los centros de la Galaxia y de los cúmulos globulares, tal vez haya sólo media docena de agujeros
negros por galaxia, que de poco servirían, salvo a unos cuantos sistemas planetarios cercanos a una
entrada, aunque quizá ninguno de ellos contenga un planeta habitable.
En segundo lugar, dista mucho de ser definitiva la hipótesis de que la materia que entre en un
agujero negro saldrá en alguna otra parte. Muchos astrónomos creen que esa teoría es totalmente falsa.
En tercer lugar, aunque la materia que entre en un agujero negro salga en alguna otra parte,
nada material puede entrar en un agujero negro sin ser destruido completamente, hasta convertirse en
polvo o en partículas subatómicas, o menos aún, a causa de los increíbles efectos de marea del campo
gravitacional inimaginablemente intenso del agujero negro. Pudiera ser que alguna tecnología
avanzada aprendiera a evitar todos los efectos de la gravitación, y a impedir que sus naves espaciales
sirvieran de combustible al horno del agujero negro, o que fuesen destrozadas por las mareas; pero
actualmente tal cosa parece imposible, aun en teoría.
Considerando a la luz del Universo como ahora creemos que es, no parece haber ninguna
esperanza razonable de que el límite de la velocidad de la luz sea eliminado en alguna forma práctica.
Debemos ver qué puede hacerse a velocidades inferiores a la de la luz.
Dilatación del tiempo
Un fenómeno peculiar, anunciado por las ecuaciones de Einstein (y comprobado por los
estudios sobre la aceleración de las partículas subatómicas), consiste en que la rapidez con que el
tiempo parece avanzar, disminuye con la velocidad. A esto se le llama dilatación del tiempo.
En una nave espacial que avanzara muy rápidamente, todo ocurriría con más lentitud: los
movimientos atómicos, los relojes, el metabolismo del tejido humano. Como todo se desaceleraría con
sincronismo exacto, la gente a bordo no notaría el cambio, y le parecería que todo en el mundo
exterior se había acelerado. (Esto es análogo a la manera como no nos damos cuenta del movimiento
en un tren que avanza suavemente en una estación; nos parece más bien que la estación y el paisaje se
mueven hacia atrás.)
La desaceleración del tiempo aumenta al moverse uno más aprisa en relación con el Universo
en general, hasta que al alcanzar la velocidad de . kilómetros por segundo (, la velocidad de
la luz), la rapidez del transcurso del tiempo es sólo / de la que sería si la nave espacial estuviese en
reposo. Si la aproximación a la velocidad de la luz es todavía mayor, la rapidez del paso del tiempo
continúa disminuyendo hasta que, al llegar a menos de un kilómetro de la velocidad de la luz, esa
rapidez se acerca a cero.
Supongamos, entonces, que nos hallamos en una nave espacial que acelera a  g de gravedad.
(Es decir, a la rapidez que nos haría sentir empujados contra la parte posterior de la nave, con la
misma fuerza que la gravedad nos impulsa ahora contra la superficie de la Tierra. En esa aceleración
nos sentiríamos perfectamente normales La parte posterior de la nave parecería hallarse abajo, y la
anterior, arriba.) Esto es absolutamente confirmable.
Después de cerca de un año en tal situación, la nave se movería a casi la velocidad de la luz, y
aunque todo a bordo nos pareciera normal, el mundo exterior lo veríamos muy raro. En realidad, sería
imposible observar muchas de las estrellas, pues la luz de aquellas que estuviesen delante cambiaría
hacia la gama de los rayos X, y sería invisible. (De hecho, la nave tendría que ser protegida contra esa
radiación.) La luz de las estrellas atrás de nosotros cambiaría hacia la gama de las ondas de radio, y
también sería invisible.
Si los ocupantes de la nave midieran su velocidad contra las distancias que estuviesen
recorriendo, les parecería que iban muchas veces más rápido que la luz, pues se necesitaría tal vez sólo
una semana para cubrir la distancia entre dos estrellas que se supiera que se hallaban a diez años luz la
una de la otra. Si pudiésemos observar la nave desde la Tierra, veríamos que en realidad necesitaría un
poco más de diez años para cubrir la distancia, pero en el caso de la gente a bordo, con el sentido retardado
del tiempo, esos diez años parecerían tener una duración de sólo una semana.
Así pues, al aprovechar la dilatación del tiempo, una nave espacial cubriría enormes distancias
en lapsos que parecerían comparativamente breves, a las personas que estuviesen a bordo. En un
tiempo que les parecería de  años, llegarían a la Galaxia de Andrómeda, que se encuentra a
.. años luz de nosotros ().
¿Resuelve el problema la dilatación del tiempo? Tal vez no, pues se presentan varias
dificultades. Primero, para sostener la aceleración de  g durante un tiempo prolongado (o bien, una
desaceleración de  g), se necesitarían enormes cantidades de energía, como lo indiqué antes.
Supongamos que disponemos de la forma más eficaz de obtener energía, por medio de la
acción reciproca de cantidades iguales de materia y de antimateria. Esa mezcla queda sujeta al
aniquilamiento mutuo y a la conversión total de materia en energía. Para determinada masa de
combustible, esa reacción rendiría  veces más energía que la fusión del hidrógeno, y si hay alguna
manera de obtener más energía que ésa, por cualquier medio, ignoramos hasta ahora cuál puede ser.
Con todo, acelerar una tonelada de materia hasta , por ciento la velocidad de la luz,
significaría la conversión en energía de unas  toneladas de una mezcla de materia y antimateria, o la
conversión de  toneladas para cualquier viaje redondo, contando dos aceleraciones y dos
desaceleraciones. Si se empleara la fusión del hidrógeno como medio de propulsión, unas .
toneladas de hidrógeno tendrían que emplearse en la fusión. En otras palabras, para llevar una tonelada
de materia a Alfa Centauro y hacer que regresara a la Tierra —sólo una tonelada—, se necesitaría
veces más energía que la que los habitantes de la Tierra consumen ahora en un año.
Existe la posibilidad de que no sea necesario emplear combustible para obtener esa energía. El
físico angloamericano Freeman John Dyson (n. ) señala que una nave espacial que pasara en
torno de un planeta como Júpiter utilizando un efecto de látigo, podría acelerarse enormemente sin que
los astronautas padecieran efectos adversos, puesto que todos los átomos de la nave y de su contenido
serían acelerados de igual manera (produciendo un insignificante efecto de marea). En efecto, las
sondas enviadas a Júpiter, el Pioneer  y el Pioneer , fueron aceleradas de ese modo, ganando
energía a expensas del vasto conjunto de energía gravitacional de Júpiter, y también suficiente
 Si fuese posible un empuje fotónico, sería de cero la rapidez del paso del tiempo para la gente que
experimentara ese empuje. Todos los viajes, aun a los confines mismos del Universo, parecerían tardar sólo un
instante. Por ese motivo, por aprisa que creyeran los astronautas que iban, a causa de la dilatación del tiempo,
nunca irían más aprisa que un rayo de luz. Podrían necesitar sólo  años para llegar a la Galaxia de Andrómeda;
pero, cuando llegaran, encontrarían que el rayo de luz había arribado antes que ellos.


velocidad para ser arrojadas fuera del sistema solar.
Podemos imaginar naves espaciales en ruta hacia alguna estrella distante, que pasen una que
otra vez cerca de algún planeta gigante para obtener enormes aumentos de velocidad, si esos planetas
gigantes se encuentran en lugares convenientes, lo que no parece del todo probable.
Otra manera de imaginar una nave espacial que obtenga aceleración sin combustible es
suponiendo un rayo láser que cubra con su luz una gran «vela» que rodee a la nave. El rayo láser,
situado en algún cuerpo apropiado del sistema solar, estaría dirigido continuamente hacia la vela y
serviría de empuje continuo que aceleraría constantemente a la nave. Desde luego, para que el rayo
láser perdurara tendría que consumir las enormes cantidades de energía que la nave no gastaría. (No es
posible eludir ese sistema, tratándose de energía.) Además, sería más y más difícil conservar la ruta, a
medida que la nave se apartase más y más de su base. Por último, el rayo láser no podría emplearse
para desacelerar, a menos que alguien, en el punto de destino, pudiese suministrar otro rayo utilizable
para la dirección opuesta.
Empero, si fallasen los métodos en que no interviene el empleo de combustible, y una nave
que avanzara a la velocidad de la luz tuviese que valerse de combustible, posiblemente no tendría que
llevarlo, pues podría recogerlo a medida que avanzara. Después de todo, el espacio interestelar no está
vacío por completo. Contiene átomos de materia, casi todos ellos de hidrógeno.
En , el físico norteamericano Robert W. Bussard sugirió que ese hidrógeno podría
recogerse mientras la nave espacial surcara el espacio. Esa nave sería una especie de «estatorreactor
interestelar», pero en atención a que el espacio exterior contiene mucha menos materia que la
atmósfera de la Tierra, la nave tendría que recoger esa materia, de un volumen mucho mayor,
comprimirla y extraer energía por medio de la fusión del hidrógeno.
Para ser eficaz, el recogedor de la nave tendría que tener un diámetro de por lo menos
kilómetros, cuando pasara por los volúmenes de espacio en que hay nubes de polvo y gas, y donde la
materia está regada en forma más espesa. En el espacio interestelar ralo, el recogedor tendría que ser
de un diámetro hasta de . kilómetros, y de . kilómetros en el espacio intergaláctico.
Esos recogedores, si imaginamos que estuviesen construidos con los materiales más ligeros,
serían no obstante prohibitivamente voluminosos. ¿Cómo podrían llevarse al espacio los materiales de
esos recogedores, o cuánto tiempo y esfuerzo se necesitaría para armarlos con materiales que ya estuviesen
en el espacio?
Aun si se resolviese en alguna forma el problema de la energía, por métodos que no podemos
prever en modo alguno, sigue siendo cierto que una nave enorme, que viajara a una velocidad muy
próxima a la de la luz, sería especialmente vulnerable. Tal vez no exista el peligro de chocar centra
una estrella, pero bien puede ser que en el espacio haya cuerpos relativamente pequeños, desde
planetas hasta grava.
Desde el punto de vista de la nave, todo objeto en el Universo que se aproximara a ella lo
haría a la velocidad de la luz. Sería imposible evitarlo, pues cualquier mensaje concebible que
anunciara su aproximación (rayos X, o cualquier otra cosa) viajaría únicamente a la velocidad de la
luz, por lo que el objeto mismo llegaría casi inmediatamente después del mensaje de advertencia. Tan
pronto como sonara el aviso de una colisión, ésta se produciría.
Y cualquier objeto voluminoso que chocara con la nave, siendo la velocidad relativa entre uno
y otro cuerpos la de la luz, dejaría un nítido agujero en donde entrara, en donde saliera, y en todas las
intersecciones. Al cabo de poco tiempo, la nave se asemejaría a un queso gruyere.
Aunque descartáramos las partículas grandes, y supusiéramos que nada hay salvo gas muy
tenue en el volumen gaseoso por el que la nave pasara, tal cosa bastaría para causar dificultades.
Al acelerar la nave espacial e ir más y más aprisa, los átomos del espacio interestelar la
golpearían con mayor y mayor fuerza, y más y más de ellos por segundo.
Desde la nave espacial, las partículas que llegaran se aproximarían a una velocidad muy
cercana a la de la luz, y eso las convertiría virtualmente en fragmentos de rayos cósmicos.
En condiciones ordinarias, la intensidad de los rayos cósmicos en el espacio no es
particularmente letal. Los astronautas han permanecido en el espacio durante más de tres meses
continuos, y sobrevivido fácilmente. Sin embargo, el viajar por el espacio interestelar a la velocidad de
la luz, con todas las partículas llegando a la velocidad de los rayos cósmicos, la nave quedaría sujeta a
una intensidad de radiación varios centenares de veces mayor que la producida por uno de nuestros
modernos reactores nucleares.
Algunos científicos sospechan que esta interferencia de la materia interestelar bastaría para
evitar que las naves espaciales alcanzaran velocidades superiores a / de la de la luz, y a esa
velocidad es muy pequeño el efecto de la dilatación del tiempo.
Aunque se vencieran todas las dificultades, persiste otro problema que se encuentra en el
meollo mismo de la relatividad. El sentido de la desaceleración del tiempo afectaría únicamente a los
astronautas, pero no a la gente que quedara en el planeta.
Utilizando una aceleración y desaceleración de  g, y aprovechando al máximo la dilatación
del tiempo, un viaje de ida y vuelta a la estrella Deneb lo podrían hacer los astronautas en  años
(incluyendo un año en el sistema Deneb, con fines de exploración). Sin embargo, cuando volvieran
encontrarían que en la Tierra habían transcurrido  años. Mientras más tiempo viajaran a esa
aceleración, más se acercarían al límite de la velocidad de la luz, y más lentamente avanzaría el tiempo
para ellos. Así, con la distancia aumenta rápidamente la diferencia entre el paso del tiempo en la nave
y en la Tierra. Un viaje redondo al otro extremo de la Galaxia consumiría  años de los astronautas,
pero éstos descubrirían que en la Tierra habrían transcurrido . años. (Indiscutiblemente, esto
sería cierto incluso en su más alejado límite, en el caso de un empuje fotónico.)
Se tiene la impresión de que tal cosa bastaría para tener la certeza de que no habría gran
interés entre los habitantes de la Tierra (o de cualquier otro planeta que sirva de base) para dedicarse a
la exploración estelar por medio de la dilatación del tiempo. Ya es bastante difícil lograr que la gente
se prive ahora de algo, con el objeto de obtener lo que le parezca deseable o esencial al cabo de
años. Parece que no atraería a muchos dedicar un esfuerzo a algo que produciría resultado varios
siglos o hasta centenares de miles de años después.
Así pues, al considerar las dificultades en la obtención de la energía necesaria, el peligro de la
radiación y el diferencial del tiempo, siguiendo nuestras normas conservadoras, se podría decir que la
dilatación del tiempo no es un medio práctico, física o psicológicamente, para llegar a las estrellas.
Deslizamiento
Puesto que no parecen prácticos todos los métodos para viajar a una velocidad próxima a la de
la luz, o todavía mayor, debemos analizar qué es lo que puede hacerse a velocidades bajas.
Por supuesto, la ventaja de las velocidades bajas es que los requisitos de energía no son
exorbitantes, ni tampoco es peligroso el ambiente del espacio interestelar. La desventaja está en el
tiempo que durarían esos viajes.
Supongamos una nave que fuese acelerada hasta alcanzar la velocidad de . kilómetros por
segundo. Esto sería desorbitado en comparación con las velocidades ordinarias, pues la nave podría
llegar de la Tierra a la Luna en dos minutos. Sin embargo, esa velocidad sería sólo / la de la luz,
por lo que el efecto de dilatación del tiempo resultaría insignificante y se necesitarían cerca de
años para hacer el viaje redondo a Alfa Centauro, que es la estrella más cercana.
¿Existen condiciones bajo las cuales sería soportable un viaje de  años?
Vamos a suponer que los astronautas fuesen inmortales. Podríamos decidir que, en ese caso,
deslizarse hacia esa estrella y regresar (con intervalos comparativamente pequeños de aceleración y
desaceleración), durante  años, significaría una fracción trivial de una vida prolongada
indefinidamente, y no presentaría ningún problema.
Sin embargo, aunque los astronautas fuesen inmortales, suponemos que tendrían que comer,
beber, bañarse y eliminar desperdicios. Eso significa que tendría que haber un complejo sistema
sustentador de vida, que funcionase perfectamente durante casi . años. Podemos imaginar que
sería factible, pero indudablemente resultaría costoso.
Además, los astronautas necesitarían tener algo en qué ocupar su mente. Resultaría difícil
tolerar un habitáculo estrecho, sin la posibilidad de cambiar de compañía durante casi . años. No
sería demasiado aventurado suponer que el asesinato y el suicidio dejarían sin tripulantes a la nave,
mucho antes de que terminara el viaje, pues es más fácil imaginar una victoria sobre la muerte que una
victoria sobre el tedio.
Y, naturalmente, no tenemos ningún motivo para creer, al menos hasta ahora, que alguna vez
podamos alcanzar la inmortalidad.
Pero quizá podamos eliminar algunas de las dificultades de la inmortalidad, sustituyéndola
con una muerte temporal, seguida de la resurrección. En otras palabras, supongamos que los
astronautas son congelados y puestos en estado de suspensión animada, y que se les volverá a la vida
sólo cuando el punto de destino se encuentre cercano.
En esas circunstancias, la nave podría avanzar deslizándose a bajas velocidades, con lo que se
evitarían las desventajas de un viaje a la velocidad de la luz, con los astronautas inconscientes del paso
de los años, lo mismo que ocurriría en el caso de la dilatación del tiempo. Para ellos, un viaje de miles
de años transcurriría en un abrir y cerrar de ojos, y cuando volviesen a la vida (debe suponerse) no
habrían envejecido en apariencia. De esa manera, no se necesitaría un sistema excepcionalmente fiable
de sustentación de la vida en la forma usual; ni existiría el problema de tener a los astronautas
ocupados y sin aburrirse durante el largo viaje.
Aun así, hay dificultades obvias. El problema de congelar a un ser humano sin matarlo, y
después revivirlo con todo éxito, no parece (hasta ahora) que pueda resolverse.
Aunque pudiéramos solucionarlo, probablemente existan límites en cuanto al tiempo que
puede tenerse un cuerpo congelado, conservando intacto lo fundamental de la vida. Tal vez no fuese
posible tenerlo así durante un largo viaje estelar. Y si pudiésemos hacer tal cosa, tendríamos que
instalar en la nave un sistema a toda prueba, que mantuviese el estado de congelación (nueva forma de
sistema sustentador de la vida) y que funcionara automáticamente para revivir a los astronautas en el
momento apropiado. No es fácil concebir un dispositivo que pueda surgir a la vida después de varios
siglos de hallarse latente.
Las dificultades son enormes, y aunque no podemos insistir en que no podrán resolverse ni
con el transcurso de suficiente tiempo, tampoco podemos estar seguros de que inevitablemente serán
resueltas.
Además, mientras los astronautas congelados estuviesen con vida latente, y por ello no
envejecieran ni se dieran cuenta del paso del tiempo, tal cosa no ocurriría en el caso de la gente de la
Tierra que los hubiese enviado al espacio (a menos que toda la población del planeta también fuese
congelada, lo que podemos rechazar como ridículo). Esto significa que, exactamente como en el caso
de la dilatación del tiempo, los astronautas regresarían muchas generaciones después y
experimentarían un profundo «choque del futuro».
De hecho, aun en el caso de la inmortalidad, surgirían dificultades. Podemos suponer que si
los astronautas fuesen inmortales, la población general del planeta también lo sería, y que, después de
su largo viaje, los astronautas volverían para informar a la misma gente que los había lanzado al
espacio muchísimo antes. Pero indudablemente la vida habría tomado rumbos muy diferentes en la
nave y en el planeta, y los dos grupos humanos serían extraños entre sí.
Parece muy probable que en cualesquiera de las mencionadas circunstancias, no tendría objeto
que los astronautas volviesen a su base La exploración de las estrellas debería emprenderse bajo el
entendimiento de que los astronautas y sus naves nunca más volverían a verse. Enviarían y recibirían
mensajes al paso de siglos y milenios, pero eso sería todo. En este caso, lo que habría que elucidar
sería si algunos seres humanos estarían dispuestos a someterse a un exilio permanente. O bien, si el
planeta base se sentiría inclinado a hacer el gasto de enviar seres inteligentes al espacio exterior,
aunque todo lo que obtuviera de ese esfuerzo se redujera a uno que otro mensaje en un futuro remoto.
¿No sería más económico, menos difícil y realmente más productivo, enviar a las estrellas
sondas automáticas? El astrónomo Ronald N. Bracewell (n. ) insinuó, desde , que otras
civilizaciones podrían haber recurrido ya a esa estrategia.
Nosotros mismos hemos seguido este sistema en relación con los planetas. En tanto que hasta
ahora los astronautas han podido llegar únicamente a la Luna, algunas sondas automáticas han
descendido en Marte y Venus, e ido más allá de Mercurio y Júpiter. Hemos obtenido considerables
conocimientos como resultado de esas exploraciones, y aunque creyéramos que sería preferible el
rastreo por medio de seres humanos, debemos reconocer que si la inspección humana es imposible, las
sondas son un sustituto razonable. Hasta ahora ha producido resultados nada despreciables.
Por tanto, podríamos enviar sondas estelares. El gasto seguiría siendo enorme, pero mucho
menor que el de comisionar seres humanos. Podemos darnos el lujo de mayor aceleración, de eliminar
sistemas sustentadores de vida para astronautas vivientes o congelados, y de no sentir preocupación
por el bienestar psicológico de los astronautas. Tampoco debemos temer el choque del futuro, ya que
no existe ninguna razón especial para que una sonda automática regrese; y aunque lo hiciera, en nada
le afectaría el transcurso de varias generaciones.
Podemos imaginar civilizaciones avanzadas que envían sondas igualmente avanzadas, pero sin
duda debe llegarse al punto de la utilidad decreciente. Mientras más complicada fuese la sonda, más
difícil e incierto sería su mantenimiento. Es dudoso suponer que cualquier cosa que sea verdaderamente
complicada podrá funcionar a la perfección durante miles o millones de años. (Indudablemente, ni
la civilización más adelantada podría alterar la segunda ley de la termodinámica, o el principio de
indeterminación.)
Si vamos a los extremos, podríamos imaginar, por ejemplo, una tripulación de autómatas
avanzados, tan inteligentes como los seres humanos, que exploraran el Universo como pudieran
hacerlo los seres humanos. Pero si esos autómatas fueran sumamente inteligentes, ¿no serían también
vulnerables a las enfermedades de la inteligencia: el hastío, la depresión, el enojo, el asesinato y el
suicidio?
Entonces se necesitaría escoger un nivel intermedio y enviar al espacio exterior sondas que
contuviesen dispositivos lo suficientemente complicados para que pudieran transmitir tanta
información útil e interesante como fuese posible, pero lo bastante sencillos para que perduraran a
través de las eras. Es evidente que este nivel intermedio daría por resultado naves pilotadas por
dispositivos mucho menos inteligentes que los seres humanos.
Esto también puede ser la respuesta a la incógnita de por qué no hemos sido visitados por
otras civilizaciones. Posiblemente ya lo hemos sido, pero no por organismos vivientes. Tal vez han
pasado sondas por nuestro sistema solar y enviado mensajes a sus bases, acerca de la naturaleza y las
propiedades del Sol, de sus planetas y, concretamente, sobre el hecho de que existe un planeta
habitable en el sistema. Si una de esas sondas ha pasado recientemente, tal vez haya informado
respecto a la existencia de una civilización floreciente.
Naturalmente, no podemos decir con cuánta frecuencia ha podido pasar una de esas sondas, o
cuándo pasó la última, o si todas ellas han pertenecido a alguna civilización en particular (). Podría
ser que las sondas hayan sobrevivido a la civilización a que pertenezcan y estén enviando sus mensajes
inútilmente.
Mundos a la deriva
Un punto de vista riguroso acerca de las posibilidades de los viajes interestelares ha hecho ver
que no existe ninguna forma práctica de enviar organismos inteligentes de una estrella a otra, y que la
mejor manera de hacerlo es por medio de sondas automáticas.
Sin embargo, hasta aquí hemos supuesto que una tripulación de astronautas debe completar un
viaje redondo a las estrellas en el término de una vida humana, ya sea yendo más aprisa que la luz,
experimentando dilataciones del tiempo, poseyendo una larga vida, o recurriendo a la congelación
profunda. Todos esos medios parecen poco prácticos.
Pero ¿y si abandonamos la suposición de que se necesita un viaje redondo en una sola vida?
Supongamos que diseñamos una nave que se deslice hasta Alfa Centauro y que necesita varios
siglos para hacer el viaje. Supongamos que no esperamos que los astronautas sean inmortales o estén
congelados, sino que vivan una vida normal, de una manera normal.
Naturalmente, morirán mucho antes de terminar el viaje. Sin embargo, hay astronautas de
ambos sexos a bordo, y con los hijos que tengan podrán proseguir, y lo mismo podrán hacer sus hijos,
y los hijos de sus hijos... durante muchas generaciones, hasta que lleguen a su destino ().
Aun así, se necesita un sistema complicado de sustentación de vida, pero el problema de
mantener ocupados y no aburridos a los astronautas puede resolverse. Tener niños tal vez les ayude a
pasar el tiempo. Las muertes y los nacimientos producirían un cambio constante de personal, y
eliminarían el tedio implícito en un larguísimo período de ver las mismas caras. Además, los niños que
 Es fácil conjeturar que los OVNIS que no son engaños o errores (en el supuesto de que haya alguno que no
entre en una u otra categoría), son sondas, más bien que naves extraterrestres pilotadas por organismos vivientes.
Tal cosa no es inconcebible; pero, por otra parte, no hay ninguna prueba razonable que favorezca esta idea. Es
decir, todavía no la hay.
 Lyman Spitzer esbozó, en , esos viajes de vanas generaciones, y el autor de ciencia ficción Robert A.
Heinlein escribió, en , una novela corta sobre este tema, titulada Universo.
nazcan en la nave no conocerán ninguna otra existencia (al menos de primera mano), y supuestamente
no se aburrirán.
Por otra parte, ¿vale la pena un viaje así? ¿Habrá voluntarios que no sólo estén dispuestos a
pasar el resto de su vida en una nave, sino que quieran condenar a sus hijos y a los hijos de sus hijos a
pasar toda su vida, desde que nazcan hasta que mueran, a bordo de una nave espacial? Y los habitantes
de la Tierra, ¿estarán dispuestos a invertir en un programa tremendamente costoso, cuando los beneficios
que de él se deriven los aprovecharán únicamente sus descendientes, al cabo de mil años?
La respuesta a estas preguntas podría ser un rotundo «¡No!». De hecho, cualquier persona
ordinaria tal vez se sentiría tan horrorizada con sólo pensar semejante cosa, que creería insensato el
simple hecho de hacer la pregunta.
Sin embargo, tal cosa podría ser únicamente porque en este capítulo he supuesto (sin decirlo
del todo) que las naves espaciales que emprendieran el largo viaje a las estrellas serían lo que
ordinariamente entendemos por «naves»; semejantes a enormes transatlánticos, o como la nave estelar
Enterprise, del programa de televisión «Viaje a las Estrellas». Mientras tengamos en mente tales naves
será difícil, quizá imposible, responder a las objeciones a un viaje que dure varias generaciones; pero
¿debemos tener en mente esas naves?
Al final del capítulo anterior imaginé un sistema solar salpicado de colonias espaciales
suficientemente grandes para constituir por sí mismas comunidades similares a un mundo.
Esas colonias espaciales no llevarían suministros de alimentos y de oxígeno, en el sentido
ordinario. Funcionarían en un equilibrio ecológico que pudiera mantenerse indefinidamente, siempre
que se contara con una fuente segura de energía y de la sustitución del mínimo de material. Tampoco
llevarían tripulación, en el sentido común de la palabra. Estarían habitadas por decenas de miles de
seres, tal vez por decenas de millones, para quienes la colonia sería su planeta.
La exploración gradual del sistema solar que hicieran esos colonos, y la gradual extensión del
alcance de las colonias hasta la faja de asteroides y más allá, indudablemente debilitarían los lazos
afectivos que unirían a los colonos a su Tierra ancestral y aun al Sol.
El simple hecho de que para los colonos de la faja de asteroides y de más allá, el Sol se hallara
mucho más alejado y fuese mucho más pequeño, haría que disminuyera su importancia. El que resultara
más difícil emplear al Sol como fuente de energía, a medida que la distancia aumentara, propiciaría
el cambio a la fusión de hidrógeno, especialmente porque hay vastos suministros de hidrógeno
en el sistema solar, más allá de Marte. Eso, a su vez, haría que las colonias dependieran menos del Sol.
Además, mientras más se alejaran las colonias del Sol, más fácil sería desarrollar una
velocidad capaz de sacarlas por completo del sistema solar. Con el tiempo, alguna colonia espacial, al
ver que era inútil girar para siempre en torno del Sol, utilizaría algún sistema avanzado de propulsión,
con base en la fusión del hidrógeno, para salirse de órbita y llevar su estructura, su contenido de
mantillo, agua, aire, plantas, animales y gente, hacia lo desconocido. ¿Por qué? ¿Por qué no?
Tal vez por el interés que eso pudiera tener. Por ver lo que hay más allá del horizonte. Por la
curiosidad y por el brío que han extendido el alcance de la humanidad desde que nació, al enviar
bandas de gente a cruzar a pie continentes enteros, aun antes del comienzo de la civilización, y al
enviar ahora gente a la Luna y más allá.
También podrían existir las exigencias de una población creciente. Al construirse más
colonias espaciales, aumentaría lógicamente la demanda de suministros de hidrógeno y la impaciencia
por la creciente complejidad de las relaciones entre las colonias.
Además, el trauma del cambio sería mínimo. Los colonos no saldrían de su hogar, sino que
llevarían su hogar a otra parte. Con excepción de que el Sol disminuiría en tamaño, aparentemente, y
que el contacto por radio con otras colonias se volvería cada vez más difícil de mantener (hasta que el
Sol y el contacto por radio desaparecieran por completo), no habría ninguna diferencia importante para
la gente de la colonia, como resultado de pasar de un interminable girar en torno del Sol a un
interminable movimiento hacia adelante, en el Universo.
Tampoco temerían necesariamente los colonos la lenta pérdida de sus recursos a causa de una
recirculación imperfecta, o del consumo de su combustible de hidrógeno. Cuando una colonia se convirtiera
en mundo libre, no sujeto a ninguna estrella, podría hallar combustible en cualquier parte del
Universo.
Por ejemplo, tal vez penetrase en la nube de cometas, en el borde mismo del sistema solar, y
buscase a alguno entre los . millones de cometas que hay allí en su forma nativa, que fuese un
pequeño cuerpo de hielos congelados. Por supuesto, aun siendo un «pequeño cuerpo», tendría algunos
kilómetros de diámetro, y contendría suficiente carbono, hidrógeno, nitrógeno y oxígeno, para
reemplazar durante mucho tiempo cualquier disminución de materias volátiles que se hubiesen perdido
a causa de una recirculación imperfecta, y para suministrar suficiente hidrógeno que sirviera de
combustible durante un tiempo igualmente largo. (Después de todo, ese mundo libre no se aceleraría o
desaceleraría gran cosa con mucha frecuencia. Casi todo el tiempo se deslizaría.)
Cuando se encontrara un cometa, podría recogerlo y remolcarlo para que sirviera como
reserva a largo plazo de material y de energía. Con el tiempo, y el mundo libre dispondría de tiempo
más que de otra cosa, podría recoger una serie de cometas.
Además, el Universo no estaría vacío después de que la nube de cometas quedase atrás. Otras
estrellas tendrán nubes de cometas en torno de ellas, y tal vez haya uno que otro cuerpo totalmente
independiente de las estrellas.
Un viaje así evitaría todas las dificultades que mencionamos antes.
El mundo libre se movería lentamente, de suerte que no hubiese ninguna de las dificultades
relacionadas con la resistencia del gas y las colisiones, ni demandas de energía para extensas
aceleraciones y desaceleraciones. Los habitantes del mundo libre no necesitarían ser inmortales ni
estar congelados; podrían vivir su vida normal, como la de nosotros, en un mundo extenso, con mucha
gente y con paisajes semejantes a los de la Tierra y con un efecto centrífugo que produjera una
gravedad similar a la de la Tierra. La luz tendría que ser artificial, pero podría vivirse con ella.
Además, ese mundo libre no tendría que haber sido construido y costeado por la gente de la
Tierra. Lo sería por colonos del espacio, en forma muy semejante a como las ciudades
norteamericanas fueron edificadas por norteamericanos, no por las naciones europeas de las que
procedieron los estadounidenses o sus antepasados. Eso significa que para invertir en él, el mundo
libre no dependería de la voluntad de la Tierra.
Los habitantes del mundo libre tampoco se sentirían preocupados al pensar que sus hijos y los
hijos de sus hijos tendrían que pasar toda su vida «a bordo», porque eso sería lo que tendrían que hacer,
de cualquier manera. Igualmente, a los habitantes del mundo libre no les preocuparía el
pensamiento de que cuando volvieran a la Tierra habrían transcurrido miles o millones de años.
Probablemente, nunca se les ocurriría la necesidad de volver a la Tierra.
Quizá muchas colonias se convirtieran en mundos libres. Es posible que el sistema solar, que
necesitó . millones de años para crear una especie lo suficientemente inteligente como para poder
convertirse en una civilización tecnológica capaz de construir colonias espaciales, comience a
«sembrar» el Universo. Tal vez libere mundos libres que se aparten en todas direcciones, cada uno con
su carga de humanidad, en equilibrio ecológico con otras formas de vida.
Podría hasta ocurrir que el mundo base, la Tierra, a la larga tenga significado, en escala
cósmica, únicamente como fuente de mundos libres. Podría continuar sirviendo como fuente hasta
que, por un motivo u otro, su civilización se deteriore, caiga en la decadencia y se extinga por
completo. Las colonias espaciales que no prefieran dejar el sistema solar, posiblemente también se
marchiten y decaigan, y sólo los mundos libres lleven adelante una humanidad vital y en desarrollo.
Con el tiempo, tras el transcurso de muchas generaciones, determinado mundo libre quizá se
aproximara a una estrella. Probablemente no sería un accidente que tal cosa ocurriera. Sin duda, los astrónomos
de los mundos libres estudiarían todas las estrellas que se encontraran a determinados años
luz de distancia, y sugerirían una aproximación a alguna que pareciese especialmente interesante. En
esa forma podrían estudiar a las enanas blancas, las estrellas de neutrones, los agujeros negros, las gigantes
rojas, las cefeidas variables y otras; todo ello desde una distancia prudente y segura.
Esos astrónomos también podrían pronunciarse en favor de una aproximación a estrellas
semejantes al Sol, para investigar (quizá con cierta nostalgia) si existe en ellas alguna civilización.
Muy bien podría ocurrir que no tuviesen ningún interés en descender en un planeta semejante a la
Tierra, y someterse a una forma de vida olvidada desde mucho tiempo atrás y que posiblemente les
pareciese una vida repulsiva, en un mundo exterior. En ese exterior, el sistema de recirculación sería
tan grande que no podría controlarse, el estado del tiempo constituiría un enjambre de incomodidades
e incertidumbres, y la fauna silvestre no seleccionada resultaría molesta. Si hubiese mundos pequeños
a cierta distancia de la estrella, a una distancia suficientemente grande para tener materiales helados,
así como metales y roca (una faja de asteroides sería ideal), entonces podría ser oportuno construir una
nueva colonia espacial y abandonar el antiguo mundo libre, el cual, a pesar de las reparaciones, tal vez
estuviese ya algo gastado. (Sería también la oportunidad de introducir nuevos diseños y adelantos
tecnológicos, desde el casco hacia adentro.)
Podría nacer la tentación de estar allí un tiempo, y construir colonias en la nueva faja de
asteroides.
Las ventajas de esto serían evidentes. Durante los largos años que el mundo libre hubiese
vagado por el espacio, habría tenido que mantener un rígido control demográfico. Sería entonces la
ocasión de acrecentar la población con total abandono.
Además, durante todos esos largos años, el mundo libre, aunque mucho más grande de lo que
ordinariamente concebiríamos a un navío espacial, sería no obstante algo pequeño, por lo que se haría
necesaria la implantación de cierta uniformidad de cultura y de modo de vida. La construcción de numerosas
colonias espaciales en un período de varios siglos, en la faja de asteroides, permitiría el establecimiento
de culturas muy variadas.
Naturalmente, con el tiempo las nuevas colonias espaciales saldrían a «sembrar»,
trasladándose hacia afuera como una nueva generación de mundos libres.
Casi podríamos imaginar civilizaciones que existieran en dos formas alternativas: una móvil,
de población controlada, como mundos libres que vagaran por el espacio, y otra fija, con población en
expansión, como colonias espaciales en torno de una estrella.
Cada mundo libre, al vagar por el espacio, con el tiempo perdería todo contacto con su base
original, con las colonias espaciales y con otros mundos libres. Se convertiría en una cultura solitaria,
autónoma, que cultivaría una literatura propia, así como diversas formas de arte, filosofía, ciencia y
costumbres, teniendo como base distante, por supuesto, algo de la cultura de la Tierra. Todos los
demás mundos libres harían lo mismo y en ninguno de ellos repetiría la cultura de otro mundo. Con
cada nueva colonia en un nuevo sistema solar, y con cada disgregación eventual, el resultado sería una
nueva explosión de diferencias.
Tales variaciones culturales podrían producir una riqueza infinita para la humanidad en
general, riqueza que podría imaginarse sólo vagamente si la humanidad quedara confinada para
siempre en el sistema solar.
Diferentes culturas de mundos libres tendrían ocasión de actual recíprocamente cuando se
intersectaran las sendas de dos de ellas.
Podremos imaginar que cada uno de esos mundos sería detectado por el otro desde gran
distancia, y su aproximación constituiría un gran acontecimiento en ambos. El encuentro,
indudablemente daría lugar a un ritual de importancia incomparable, que no se reduciría a una reunión
pasajera y a un «hola-y-adiós» ().
Después de todo, cada mundo habría ya acumulado sus propios conocimientos, que entonces
podría poner a disposición del otro. Existirían descripciones de cada uno de los sectores del espacio,
nunca visitados por el otro mundo. Se expondrían nuevas teorías científicas y nuevas interpretaciones
de las teorías antiguas. Se discutirían filosofías y formas de vida diferentes. Se intercambiarían literatura,
obras de arte, artefactos materiales y dispositivos tecnológicos.
Habría la oportunidad de un cruce de gentes. Cualquier intercambio de población (temporal o
permanente) podría ser el mayor logro de un encuentro de esa índole. Tal intercambio quizá mejoraría
el vigor biológico de ambas poblaciones.
Es indudable que en el transcurso de la larga separación, podrían haber ocurrido suficientes
mutaciones para que las dos poblaciones fuesen infértiles entre sí. Ambas podrían haberse convertido
en especies separadas, pero la fertilización intelectual seguiría siendo posible (siempre que se venciera
la inevitable dificultad del lenguaje, pues aunque dos mundos libres hubiesen comenzado con el
mismo idioma, habrían desarrollado dialectos completamente diferentes).
En esta forma, la humanidad no sería ya una criatura de la Tierra o del sistema solar, sino que
pertenecería a todo el Universo, vagando hacia afuera, siempre hacia afuera, formando una gran variedad
de especies relacionadas entre sí, hasta que el Universo llegara a un fin enormemente lento, por
alguna ruta, y ya no pudiera sustentar vida en ninguna parte.
Bueno; pero ¿qué hay de las inteligencias extraterrestres? Suponiendo que no recurrieran a
 Es concebible que determinados mundos libres fueran aislacionistas, temerosos o desconfiados de otros
planetas, y que prefirieran apartarse al aproximarse otro mundo. Sin embargo, indudablemente esto no ocurriría
con mucha frecuencia. Tengo mayores esperanzas en la curiosidad de los seres inteligentes.
tecnologías de fantasía, que ni siquiera podemos imaginar ahora, también ellas podrían haber pasado
por un desarrollo que convirtiera los mundos libres en una forma práctica (quizá la única práctica) de
enviar organismos vivientes a través del espacio interestelar.
Así, quizá surjan mundos libres desde miles de diferentes fuentes planetarias, y algunos de
ellos tal vez han estado viajando, a través del espacio, de esta faja de asteroides a otra, y de esta a otra
estrella, durante miles de millones de años.
Si las  nos han visitado, probablemente ha sido en la forma de
mundos libres. Y, de ser así, quizá no han visitado a la Tierra, sobre la cual su interés sería limitado,
sino nuestra faja de asteroides.
Puede suceder que cuando nuestras colonias espaciales viajen hacia la faja de asteroides,
encuentren prioridades ya establecidas sobre la posesión de éstos; o quizá descubran evidencia de que
mundos libres estuvieron allí en el pasado, y se retiraron muchos siglos antes ().
También podría ser que los mundos libres, por principio, evitaran las estrellas semejantes al
Sol, con planetas habitables. Después de todo, para los fines de los mundos libres, casi cualquier
estrella serviría. Esa estrella puede ser un gigante de corta vida, pero el mundo libre podría permanecer
lo suficientemente alejado de ella para evitar la radiación, y no necesitaría más de uno o dos siglos
para construir nuevas naves estelares con el material planetario disponible a esa distancia. Aun la
estrella de más corta vida duraría mucho más que ese período. O bien (lo cual es más probable), una
estrella podría ser pigmea y fría, pero, de todos modos, el mundo libre no la necesitaría para obtener
energía, bastándole los cuerpos planetarios que giraran en torno de ella.
Si muchas civilizaciones adoptan esa técnica, quizá algún mundo libre humano, que
descendiera hacia algún sistema planetario, lo encontraría ya en poder de otros mundos libres de no
humanos.
Indudablemente se comprenderá a esas alturas de la historia, que es la naturaleza de la mente
lo que asemeja a los individuos, y que las diferencias en aspecto, forma y costumbres son
absolutamente triviales.
Quizá a medida que los mundos libres humanos empezaran a ir hacia afuera, descubrirían que
formaban parte de una vasta hermandad de inteligencia, de un complejo de innumerables rutas por las
cuales el Universo ha evolucionado hasta ser capaz de comprenderse a sí mismo.
Y tal vez la humanidad, y todas las , puedan avanzar, combinadas,
más lejos y más aprisa de lo que podría hacerlo por sí misma una sola de ellas. Si hay posibilidad de
superar lo que ahora consideramos como las leyes de la naturaleza, y doblegar todo el Universo a la
voluntad de las inteligencias que de él han emanado, será conjuntando esfuerzos como surgirán las
mayores oportunidades de éxito.
 Quienes tengan una imaginación más romántica podrían llegar a sugerir que hubo un planeta intacto en una
órbita entre Marte y Júpiter; que un mundo libre lo desmanteló para construir numerosas colonias espaciales
durante un largo período; y que la faja de asteroides es lo que quedó de ese planeta.
 – MENSAJES.
Transmisión
Hemos llegado a la conclusión de que tal vez haya más de . civilizaciones en la
Galaxia, pero que la única forma en que cualquiera de ellas pueda surgir de su respectivo sistema
planetario será por medio de sondas interestelares, o en forma de mundos libres.
Nada hay determinante acerca de que surjan esos mundos y sondas. La vasta mayoría de las
civilizaciones, presumiblemente todas ellas, tal vez permanezca en su propio sistema planetario.
Cualesquier sondas que sean lanzadas, tal vez consistan en dispositivos no destinados a descender en
planetas habitables, sino simplemente a observar e informar desde el espacio. Los mundos libres que
se acerquen a nosotros, posiblemente estén más interesados en obtener material y energía con que
puedan mantenerse, que en comunicarse con una civilización sedentaria.
De esta manera podemos explicar la aparente paradoja de que aunque en la Galaxia abunden
las civilizaciones, no nos hayamos percatado de ellas.
Pero ¿qué debemos hacer entonces?
La respuesta más sencilla, y que significa menos molestia, es que no hagamos nada. Si las
 no pueden o no quieren llegar a nosotros, podríamos limitarnos a seguir
ocupándonos de nuestros propios asuntos. Sin duda, tenemos ya suficientes problemas.
La segunda posibilidad sería enviar algún mensaje, para establecer contacto. Aunque una
civilización extraterrestre no pueda llegar a nosotros, o nosotros a ella, posiblemente podamos
establecer comunicación a través del espacio, aunque sólo se reduzca a este mensaje: «Estamos aquí.
¿Están ustedes ahí?»
Este impulso es tan normal que, desde el siglo xix, cuando la gente todavía hacía conjeturas
acerca de la vida en otros mundos en el sistema solar, y casi daba por sentado que habría civilizaciones
hasta en la Luna, se presentaron sugerencias respecto a métodos de comunicación.
El matemático alemán Karl Friedrich Gauss (-) sugirió en una ocasión que se
plantaran fajas de árboles en las estepas de Asia Central, en forma de un gigantesco triángulo recto,
con rectángulos a cada lado. Dentro del triángulo y los rectángulos se plantarían cereales, para dar a
esas formas un color uniforme. Por ejemplo, una civilización en la Luna o en Marte, que estudiase
detenidamente la superficie de la Tierra, podría ver esa representación del teorema pitagórico y
concluiría inmediatamente que había inteligencia en la Tierra.
El astrónomo austriaco Joseph Johann von Littrow (-) propuso, por su parte, que se
cavaran canales, se hiciese flotar querosén, con formas matemáticas, sobre el agua de esos canales, y
se le prendiera fuego por las noches. También de esa manera se verían símbolos matemáticos desde
otros mundos.
El inventor francés Charles Cros (-) aconsejó algo más flexible: un enorme espejo
que pudiera emplearse para reflejar luz hacia Marte. Podría manipularse para transmitir el equivalente
de la clave Morse, y de esa manera se podrían enviar mensajes (aunque, por supuesto, no serían
necesariamente interpretados).
El interés en establecer comunicación con  aumentó hasta el grado
de que en  se ofreció en París un premio de . francos a la primera persona que realizara esa
tarea con éxito. Sin embargo, se excluía la comunicación con Marte, pues se creía que tal cosa era
demasiado fácil para justificar el premio.
Naturalmente, todas esas sugerencias del siglo xix fueron inútiles, pues no hay seres
inteligentes en la Luna, en Venus o en Marte, y es dudoso que las burdas técnicas sugeridas pudiesen
llegar más allá (o aún sólo hasta allá).
Además, en el siglo xx, aunque parezca irónico, hemos enviado mensajes aún más
espectaculares, sin ningún esfuerzo especial de nuestra parte.
La invención de la luz eléctrica y el aumento gradual en la iluminación de nuestras ciudades y
carreteras han intensificado constantemente el brillo de la superficie de la Tierra por las noches, al
menos en las zonas industrializadas y urbanizadas. Los astrónomos de Marte —si hubiese astrónomos
en Marte—, al sentirse intrigados por la luz que emanara con creciente intensidad desde el lado oscuro
de la Tierra, indudablemente llegarían a la conclusión de que existía una civilización en la Tierra.
Las sugerencias del siglo xix señalaban el empleo de la luz, pues ésa era la radiación más
fácilmente manipulable que se conocía entonces para cruzar el vacío del espacio. Sin embargo, a fines
de ese siglo se descubrieron las ondas de radio (semejantes a las de la luz, pero un millón de veces más
largas) y se empezaron a emplear. Ya en , el inventor yugoslavo-norteamericano Nikola Tesla
(-) sugería que se emplearan ondas de radio para enviar mensajes a otros mundos.
No se hizo ningún intento deliberado en ese sentido, pero no fue necesario. Con el transcurso
de las décadas, los seres humanos generaron ondas de radio con creciente intensidad. Las que podían
penetrar las capas superiores de la atmósfera de la Tierra, así lo hicieron, y como resultado de ello hay
una esfera de radiación de ondas de radio que sale de la Tierra en todas direcciones.
Una vez más, los astrónomos de Marte, si se percataran de esa radiación, y si notaran que se
volvía continuamente más intensa, se verían obligados a concluir que existía una civilización en la
Tierra. Empero, en la segunda mitad del siglo xx se hizo evidente que no existían civilizaciones
extraterrestres en el sistema solar, y que si queríamos enviar mensajes debería ser a las estrellas.
Esto introdujo complicaciones formidables. En el sistema solar sabemos al menos a dónde
dirigir nuestros mensajes: a Marte, a Venus, a otros lugares. En cambio, no hay manera de saber a qué
estrella convendrá dirigirlos.
Además, la radiación dirigida a las estrellas tendría que ser muy enérgica para que conservara
suficiente intensidad, en vista de la inevitable dispersión en el curso de los años luz, para que pudiera
ser captada a la distancia de las estrellas más cercanas.
Como ya dije, enviamos en forma completamente involuntaria la radiación de las ondas de
radio hacia las estrellas. Las ondas de radio que se han filtrado por entre las capas superiores de
nuestra atmósfera se han expandido formando una inmensa esfera con diámetro de varias docenas de
años luz. La periferia ha pasado ya por muchas estrellas, y aunque la intensidad de las ondas es
extremadamente pequeña, resulta concebible que pueda ser captada.
Empero, esas señales, excesivamente débiles, no parecerían a los astrónomos distantes una
prueba incontrovertible de la existencia de una civilización en algún lugar cercano a nuestro Sol.
Aunque los astrónomos llegaran a la conclusión de que la civilización existiera, sería imposible
desenmarañar y encontrar sentido a la complicada mezcla de señales.
Podría diseñarse un haz deliberado de radiación, que contuviese muchos informes y fuese lo
sobradamente fuerte para disipar toda duda, aunque su contenido no pudiese ser interpretado.
La dificultad estriba en que, por el momento, no queremos emplear energía para lanzar
mensajes al espacio, porque no estamos seguros de ningún blanco concreto y, francamente, no
tenemos esperanza de recibir respuesta sino al cabo de muchos años, en el mejor de los casos.
¿Hay algo que podamos hacer que cueste menos, en términos de energía?
Podríamos enviar un mensaje material, algo que podamos arrojar arbitrariamente al espacio, a
poco costo o gratuito. Por supuesto, sería más difícil apuntar un mensaje material que un haz de
radiación, y este mensaje podría tardar muchos miles más de veces en llegar a cualquier destino
concreto, pero al menos estaría dentro de nuestra capacidad presente.
Y lo cierto es que ya enviamos ese mensaje.
El  de marzo de  se lanzo la sonda Pioneer , con destino a Júpiter. Pasó cerca de
Júpiter en diciembre de  y su aproximación más cercana fue el  de diciembre, cuando transmitió
a la Tierra con todo éxito algunas fotografías y otros datos que han aumentado enormemente lo que
sabemos acerca de ese planeta gigantesco.
Si eso hubiera sido todo, si después de haber pasado por Júpiter, el Pioneer  se hubiese perdido,
o estallado, o sencillamente hubiera dejado de funcionar, habría valido la pena el tiempo, el
esfuerzo y el dinero que costó. En cierto modo, cualquier cosa que pudiera hacer, además de su misión
a Júpiter, sería un dividendo adicional. Por tanto, casi nada costaría colocar en él un mensaje.
El Pioneer  lleva un mensaje, que le fue puesto a última hora como un simple acto de
audacia.
El mensaje es una placa de aluminio, revestida de oro, de  por , centímetros, adherida a
los puntales de apoyo de la antena del Pioneer .
En la placa están grabados datos escogidos por los astrónomos norteamericanos Carl Sagan y
Frank Donald Drake. Esos datos son ininteligibles para casi todos los seres humanos. Contienen
detalles concernientes al átomo de hidrógeno, y esa información se expresa en números binarios.
Localiza a la Tierra en relación con pulsares cercanos, dando los períodos de los pulsares en números
binarios. Puesto que los pulsares se encuentran en determinado lugar únicamente en cierto momento, y
la velocidad de rotación disminuye, de suerte que tendrán el ritmo estipulado sólo durante un período
concreto, esa información señala con exactitud en dónde ha estado la Tierra en relación con el resto de
la Galaxia en un preciso momento de la historia cósmica.
Hay también un pequeño diagrama de los planetas del sistema solar, con indicador del Pioneer
 mismo y de la ruta que siguió al atravesar el sistema solar.
Lo más notable de la placa es una representación diagramática del Pioneer  y, enfrente de
ella, a escala, un hombre y una mujer desnudos (dibujados por Linda Salzman Sagan, esposa de Carl).
El hombre está representado manteniendo un brazo en alto, en un gesto que se espera sea interpretado
como un ademán de paz.
Si una especie inteligente recogiera el mensaje, ¿lo entendería? Puesto que es casi seguro que
el mensaje será encontrado por alguna especie en una nave espacial o en un mundo libre, podemos
suponer que esa especie habrá desarrollado una tecnología que posea conceptos científicos avanzados.
Por tanto, es de esperar que comprenderá el significado de los símbolos puramente científicos. Sin
embargo, Sagan señala que el dibujo de los seres humanos es lo que tal vez intrigue a quienes recojan
el mensaje, pues esas imágenes quizá no se parezcan a alguna forma de vida que conozcan.
Posiblemente ni siquiera interpreten las señales como representación de una forma de vida.
También tendrán el propio Pioneer  para estudiarlo y, en cierta manera, esa sonda, espacial
podrá revelarles más acerca de la Tierra y de sus habitantes que lo que les evidencie la placa.
¿Hacia dónde lleva la placa el Pioneer ? Al girar muy cerca en torno de Júpiter, el Pioneer
 obtuvo energía del vasto campo de gravitación de Júpiter, y en  se deslizará más allá de los
confines de Plutón, a una velocidad de  kilómetros por segundo. Eso bastará para apartarlo
indefinidamente del Sol y para que vague durante miles de millones de años, a menos que tope con un
objeto lo suficientemente grande para que lo destruya.
El Pioneer  tardará unos . años en apartarse de nosotros hasta una distancia igual a la
que nos separa de Alfa Centauro. Sin embargo, entonces no estará cerca de Alfa Centauro, pues no va
en esa dirección.
Después de todo, no se apuntó al Pioneer  teniendo en mente ninguna estrella determinada.
Se apuntó a Júpiter, con el objeto de que nos transmitiera el máximo de información acerca de ese
planeta, y después de que salga del sistema solar, cualquier dirección que tome será la que pueda
tomar.
Ocurre que el Pioneer  seguirá una ruta que no se acercará lo suficiente, al menos durante
. millones de años, al sistema planetario de ninguna estrella que podamos ver. Naturalmente, por
mero accidente podrá pasar cerca de un mundo libre alguna vez durante su largo viaje. Pero las
probabilidades de que tal cosa ocurra son excesivamente limitadas y nadie espera seriamente que el
Pioneer  llegue a estar dentro del campo de visión de cualquier especie inteligente, en ninguna
ocasión durante su largo viaje.
En ese caso, ¿por qué nos hemos molestado en la placa?
En primer lugar, porque la molestia fue muy pequeña. En segundo, podría ser recogida alguna
vez, y aunque aquellos que la recojan estén demasiado distantes de nosotros para que puedan hacer
algo, o incluso si la recogen mucho después de que la humanidad haya dejado de existir, no obstante
habremos dejado alguna señal nuestra en el Universo.
Habremos dejado la prueba de que una vez hubo una especie inteligente en nuestro pequeño
mundo, y de que pudimos reunir suficiente experiencia para lanzar un objeto fuera de nuestro sistema
solar, ¡Hay algo que se llama orgullo!
Por último, podemos multiplicar nuestras oportunidades lanzando más de un mensaje. Otra
placa idéntica fue puesta en el Pioneer , que con el tiempo abandonará el sistema solar siguiendo
una ruta diferente a la del Pioneer .
En  se lanzaron sondas en las que iban numerosas fotografías que mostraban diversos
aspectos de la vida en la Tierra, junto con una grabación que contiene una enorme variedad de sonidos
producidos en la Tierra.
Recepción
Obviamente, transcurrirá algún tiempo antes de que podamos enviar mensajes que sean algo
más que imágenes pasivas, lanzadas prácticamente al azar.
Además, hay cierta oposición a que se envíen mensajes. La esencia de esa oposición se
encuentra en la pregunta: «¿Por qué llamar la atención?»
Supongamos que anunciamos nuestra presencia. ¿No estamos con ello invitando a
civilizaciones más avanzadas que la nuestra, que hasta ahora no se han percatado de nuestra
existencia, a que se dirijan a nosotros a toda velocidad, y a que lleguen con la intención de apoderarse
de nuestro mundo, de reducirnos a la esclavitud, o de aniquilarnos?
Me parece que eso es muy improbable. Expliqué ya en este libro por qué creo muy probable
que sean pacíficas las civilizaciones que ya han avanzado más allá del nivel de nuestra tecnología.
Aunque no sean pacíficas, esas civilizaciones probablemente estarán confinadas a sus propios sistemas
planetarios. En el muy remoto caso de que una civilización sea bélica y vague libremente por el
espacio, resulta verosímil que habrá examinado todas las estrellas y sabrá que existimos. Por último, si
inexplicablemente no nos ha descubierto, ya nos delatamos con nuestras transmisiones de radio.
Por todos esos motivos, lo mismo da que enviemos señales o no, pero es difícil responder a los
irrazonables temores que suponen la peor combinación de posibilidades. Supongamos que hay
civilizaciones allá lejos, tan perversas y belicosas como lo somos nosotros en nuestro peor aspecto,
que pueden moverse libremente por el espacio, que buscan una nueva presa, y que hasta ahora no se
han dado cuenta de que existimos. ¿No deberíamos ocultarnos y quedarnos absolutamente callados?
Aceptando ese argumento, ¿no deberíamos, por nuestra propia seguridad, descubrir tanto
como podamos acerca de esos monstruos hipotéticos, al mismo tiempo que nos ocultamos? ¿No
deberíamos tratar de saber dónde está el peligro, cuan grave puede ser, cuál sería la mejor manera de
defendernos, o (si tal cosa es imposible) de qué manera podríamos ocultarnos con eficacia?
En otras palabras, al abandonar todo intento de enviar mensajes (que de todos modos lo
hacemos sin eficacia), ¿no deberíamos hacer los esfuerzos posibles para recibir mensajes? Si
recibimos un mensaje, lo desciframos y decidimos que no nos gusta lo que dice, no habrá, después de
todo, ninguna razón por la cual tengamos que darles respuesta.
Sin embargo, ¿comprenderíamos haber encontrado una señal si la detectáramos? ¿Qué
deberíamos buscar?
Podríamos asumir la actitud optimista de que aunque no podemos predecir cuáles serían las
señales, las reconoceríamos si llegaran. El descubrimiento de lo que parecía ser una red de canales
marcianos fue una sorpresa completa, pero se interpretó inmediatamente como indicio de una civilización
avanzada.
Sabemos ya que si se obtienen señales de vida de alguna parte, tendrán necesariamente que
proceder de los sistemas planetarios de otras estrellas (o posiblemente de sondas automáticas o de
mundos libres en el espacio interestelar). Lo probable es que cualesquier señales que nos lleguen
procederán de lugares a una distancia de muchos años luz, y la cuestión es saber si resulta razonable
suponer que podrían enviarse señales lo suficientemente enérgicas para que se hicieran sentir a través
de tales distancias.
Tal vez no deberíamos juzgar a todas las civilizaciones comparándolas con la nuestra. Lo que
nos parece un alto nivel de energía, podría no parecerlo a otras civilizaciones más avanzadas. En ,
el astrónomo soviético N. S. Kardashev mencionó que tal vez existan civilizaciones en tres niveles. El
Nivel I sería semejante al de la Tierra, y podría disponer de intensidades de energía de la clase obtenible
quemando combustibles fósiles. El Nivel II podría aprovechar toda la energía de su estrella, y así
dispondría de intensidades de energía  billones de veces la del Nivel I. El Nivel III podría aprovechar
la energía de la galaxia a la que pertenezca, y de esa manera dispondría de . millones de
veces la energía de la del Nivel II
Una señal de una civilización del Nivel II podría tener suficiente energía para que se
descubriese desde cualquier parte de la galaxia a la que perteneciera. Una señal de una civilización del
Nivel III podría fácilmente tener suficiente energía para que se descubriese desde cualquier parte del
Universo. Podríamos rechazar lo anterior diciendo que no detectamos señal alguna en ninguna parte;
pero, en primer lugar, realmente no estamos escuchando. En segundo, aunque esas señales fuesen tan
claras que tuviésemos que notarlas, ¿reconoceríamos que lo son?
Por ejemplo, en  el astrónomo holandés-norteamericano Maarten Schmidt (n. )
descubrió los quasares, objetos extraordinariamente luminosos y distantes que muestran variaciones
irregulares de brillantez. En , el astrónomo británico Anthony Hewish (n. ) anunció el
descubrimiento de los pulsares, que envían pulsaciones de radiación a intervalos muy breves, pero que
se alargan lentamente. Desde los comienzos de  se atribuyeron a los agujeros negros ciertas
corrientes intensas de rayos X, que variaban irregularmente en intensidad. ¿Podría ser que esos objetos
representaran los faros de señales de las civilizaciones del Nivel II o del Nivel III? Evidentemente, las
variaciones en intensidad parecen ser muy irregulares en el caso de los quasares y de los agujeros
negros, y muy regulares en el de los pulsares, pero de ningún modo parecen contener la clase de
información de origen inteligente. No obstante, ¿sería ello simplemente el resultado de una
comprensión inadecuada?
¡Tal vez! Sin embargo, desde el punto de vista riguroso de este libro, ese tal vez es extremadamente
improbable. Sólo podemos decir que, hasta ahora, no hay ningún fenómeno en gran escala en el
Universo, en el que intervenga la clase de liberación de energía característica, en intensidad, de estrellas
o galaxias en las que se encuentre cualquier prueba de contenido informativo inteligente. Hasta
que llegue esa prueba, debemos aplazar una decisión. Por supuesto, una señal podría no ser un haz de
luz deliberado, sino el acompañamiento completamente involuntario de las actividades de una civilización.
Iluminamos nuestras ciudades y carreteras sólo para comodidad y seguridad de los seres
humanos, pero esa iluminación puede resultar ser una señal para cualesquier civilizaciones
extraterrestres que estén lo suficientemente cerca presten la debida atención para notarla.
Si existieran los canales marcianos, se habrían construido únicamente para suministrar a la
civilización marciana la tan necesitada agua de riego, pero su existencia habría sido para nosotros una
señal.
De la misma manera, una civilización avanzada podría hacer algo de tal envergadura como
para dejarse sentir a distancias estelares.
Freeman J. Dyson sugirió que si los seres humanos empezaban a explorar y a explotar el
espacio, podrían desear reproducirse hasta el máximo que la energía del Sol pudiera sustentar.
Actualmente, la Tierra retiene sólo una minúscula fracción de luz solar, y casi toda la energía de la
radiación solar pasa más allá de los cuerpos fríos del sistema solar y se difunde dentro y a través del
espacio interestelar. Por tanto, los seres humanos podrían, con el tiempo, fragmentar los diversos
cuerpos exteriores del sistema solar, para formar un grupo de mundos libres que se colocara en una
coraza esférica en torno del Sol, a la distancia del borde interior de la faja de asteroides.
Toda la energía del Sol sería entonces absorbida y utilizada por uno u otro de los mundos
libres. Naturalmente, la energía sería vuelta a radiar al espacio desde el lado oscuro de cada uno de los
mundos libres, pero sólo como radiación infrarroja. Vista desde otra estrella, la radiación del Sol parecería
cambiar de carácter, desde uno en el cual la mayor parte de la radiación se emitiría como luz
visible, hasta otro en el cual todo lo que se proyectara fuese infrarrojo. Esa transformación se haría tal
vez en un par de siglos, que es sólo un instante del tiempo astronómico.
Así pues, si desde nuestra propia Tierra viésemos alguna otra estrella que haya brillado
constantemente hasta donde nuestros datos señalan, que de repente empezara a perder brillantez, y al
cabo de cierto tiempo se apagara, podríamos estar razonablemente seguros de haber visto a la
inteligencia en acción.
Posiblemente así sea; pero hasta ahora no hemos visto nada semejante.
Por tanto, debemos llegar a la conclusión de que ) somos desesperadamente ineptos en el
descubrimiento de señales, y más valdría que no nos molestáramos en descubrirlas; o que ) no se
están enviando señales y más valdría que no nos molestáramos en buscarlas; o que ) se están
enviando señales, pero con un contenido de energía muy inferior a lo heroico, como resultado de la
actividad de una civilización mucho menos que heroica, por lo que, para poderlas descubrir,
tendremos que hacer un esfuerzo considerable.
Evidentemente no podemos aceptar la primera y la segunda conclusiones hasta que hayamos
hecho un intento honrado en lo concerniente a la tercera. Consideremos entonces las señales de bajo
contenido de energía (pero lo suficientemente alto para ser detectadas), y veamos cómo podrían ser.
Tendrían que consistir en algún fenómeno que pudiera cruzar vastas regiones del espacio, y se
dividirían en tres clases: ) objetos grandes, como placas, sondas y mundos libres; ) partículas
subatómicas con masa; ) partículas subatómicas sin masa.
Podemos eliminar de inmediato los objetos grandes. Se mueven con lentitud y son
extremadamente ineficaces como portadores de información.
Las partículas subatómicas con masa pueden dividirse en dos subclases: las que no tienen
carga eléctrica y las que sí la tienen. Las partículas subatómicas con masa, pero sin carga eléctrica, por
lo general suelen moverse lentamente, y por esa circunstancia puede concluirse que las mismas deben
de ser eliminadas como poco prácticas.
Las partículas subatómicas con masa y carga eléctrica pueden moverse rápidamente porque
son aceleradas por los campos electromagnéticos asociados con las estrellas y las galaxias en general.
Por tanto, al cruzar los espacios interestelares e intergalácticos, alcanzan casi la velocidad de la luz y,
en consecuencia, tienen enorme energía.
Esas partículas subatómicas se producen en todas partes, y bombardean la Tierra constante y
eternamente. Las llamamos rayos cósmicos.
Sin embargo, aquí la dificultad estriba en que el hecho mismo de que esas partículas están
aceleradas por campos magnéticos significa que experimentan atracción o repulsión, y en cualquiera
de los dos casos su camino es en curva. A medida que las partículas obtienen más energía, sus
trayectos se vuelven menos y menos curvos; pero, en distancias vastas, hasta la curva más ligera se
vuelve importante. Además, un haz de partículas se dispersa gradualmente, en virtud de que aquellas
que contienen un porcentaje mayor de energía se desvían menos que las que tienen poca energía.
Las partículas de los rayos cósmicos nos bombardean de todos lados, pero a causa de sus
experiencias pasadas a través de campos electromagnéticos, no hay manera de descubrir por qué
dirección llegaron ni de dónde proceden. Tampoco podemos decir si determinado grupo que llega
junto salió junto. Para que una señal sirva de algo, tiene que llegar en línea recta y no ser dispersada o
deformada, lo cual elimina a todas las partículas subatómicas con masa.
Nos quedan únicamente las partículas subatómicas sin masa, y de ellas se conocen sólo tres
clases generales (): neutrinos, gravitones y fotones.
Por no tener masa, todas esas partículas viajan a la velocidad de la luz, y no puede haber
mensajeros más rápidos que ellas. Eso es algo en su favor.
Además, ninguna partícula sin masa lleva carga eléctrica, por lo que a ninguna afectan los
campos electromagnéticos. Sí les afectan los campos de gravitación, pero sólo en regiones donde esos
campos son muy intensos. Aun así, los haces de partículas sin masa se torcerían al mismo tiempo y no
se dispersarían. Puesto que es insignificante la intensidad del campo gravitacional, casi en todas partes
del espacio, todas las partículas sin masa nos llegan prácticamente en línea recta y sin dispersión ni deformación,
aunque su origen se encuentre a miles de millones de años luz. Ese es un segundo punto en
su favor.
Sin embargo, en el caso de los neutrinos, la recepción es extremadamente difícil, pues los
neutrinos casi no ejercen influencia recíproca con la materia. Una corriente de neutrinos podría pasar a
través de plomo sólido, sin que fuera absorbida más de una pequeña fracción de ellos.
Sin duda sólo puede absorberse una muy pequeña fracción, aun en cantidades relativamente
pequeñas de materia, y se pueden producir fácilmente tantos neutrinos que hasta una fracción muy
pequeña de ellos podría bastar para llevar un mensaje.
Empero, la clase de reacciones nucleares que ocurren constantemente en el interior de las
estrellas produce neutrinos. En una estrella semejante al Sol, se produce de esa manera gran número de
neutrinos (). No es probable que una civilización rinda más de una fracción insignificante de los
neutrinos que su propia estrella esté produciendo, por lo que habrá el peligro de que cualquier mensaje
que envíe la civilización quede ahogado por el volumen mucho mayor de neutrinos que la estrella
emite. (Tal vez sea regla general que el medio que se emplee para el mensaje pueda ser distinguido
fácilmente del ruido de fondo. No se susurra un mensaje de extremo a extremo en una fábrica de
calderas.)
Existe posiblemente una forma de resolver esto. En tanto que producen neutrinos las
 Si hay otras clases desconocidas, de cualquier manera no podríamos detectar ningún mensaje que fuese
enviado por intermedio de ellas.
 Al hacer esta afirmación, no me siento ahora tan seguro como lo habría estado hace sólo unos cuantos años.
En ese lapso se han hecho esfuerzos por detectar los neutrinos producidos por el Sol, y se han localizado muchos
menos de los que debieran haber sido descubiertos. Los astrónomos aún no deciden cuál es el significado de
esto.
reacciones de fusión en que intervienen núcleos de hidrógeno en el centro de las estrellas, las
reacciones de fisión que intervienen en la desintegración de núcleos con masa bastante elevada, tales
como los del uranio y los del torio, también producen partículas relacionadas, llamadas antineutrinos.
Los antineutrinos tampoco tienen masa ni carga, sino que son, por decirlo así, imágenes
reflejadas de los neutrinos. Cuando son absorbidos por la materia, los antineutrinos producen
resultados diferentes de los que producen los neutrinos, y si una civilización tiene el cuidado de
permitir que una corriente de antineutrinos sea la que lleve el mensaje, éste podría ser leído, aunque
hubiese una enorme corriente de neutrinos.
Sin embargo, la dificultad en interceptar tales partículas es tan grande, que ninguna
civilización emplearía ese método, si dispusiera de algo mejor.
Los gravitones, que son partículas del campo gravitacional, indudablemente no son mejores.
Los gravitones llevan una cantidad tan pequeña de energía, que detectarlos resulta todavía más difícil
que detectar los neutrinos. Además, es muchísimo más difícil producir gravitones que neutrinos. Para
obtener una radiación gravitacional apenas detectable, empleando la tecnología de que ahora
disponemos, deben acelerarse enormes masas —por rotación, revolución, pulsación, colapso y otros
medios— para que formen alguna configuración que sirva de clave. Podemos fantasear la existencia
de una civilización tan avanzada que pueda hacer que una estrella gigante emita pulsaciones en la
clave Morse, pero aun esa civilización no se molestaría en hacer tal cosa si dispusiera de algo más
sencillo.
Queda, entonces, la última categoría de sistemas de comunicación: los fotones.
Fotones
Toda la radiación electromagnética se compone de fotones, que existen en gran variedad de
energías (), desde los fotones extremadamente enérgicos de los rayos gamma de onda más corta,
hasta los extremadamente faltos de energía de las ondas de radio más largas. Si consideramos
cualquier banda de radiación en da cual la energía se duplica cuando pasamos de un extremo de la
banda al otro (o la longitud de onda se duplica en la otra dirección), entonces tenemos una octava. Hay
veintenas de octavas que componen la extensión completa de la radiación electromagnética, y la luz
visible forma una sola octava en alguna parte hacia el centro de esa extensión.
Todos los objetos que no están a una temperatura de cero absoluto irradian fotones sobre una
amplia gama de energía. Hay relativamente pocos en los dos extremos de esa gama, y alcanzan su
máximo en algún lugar cercano al centro. Ese máximo representa fotones de cierta energía, y al elevarse
la temperatura se localiza en energías más y más altas.
En el caso de objetos muy fríos, con temperaturas cercanas al cero absoluto, la radiación máxima
se encuentra muy adentro de la región de las ondas de radio. En el caso de objetos a la temperatura
ambiente, como la nuestra, por ejemplo, el máximo se encuentra en la onda larga del infrarrojo.
En las estrellas frías, ese máximo está en la onda corta infrarroja, aunque irradian suficientes fotones
de luz visibles para dar a las estrellas un color rojo. En estrellas semejantes al Sol, el máximo está en
la región de la luz visible. En las estrellas muy calientes, está en el ultravioleta, aunque se producen
suficientes fotones de luz visible para dar a esas estrellas un aspecto blanco azulado.
Casi toda la gama de la radiación electromagnética no puede penetrar en nuestra atmósfera,
pero la luz visible, sí, y casi todos los organismos han desarrollado órganos de sentido que pueden
responder a esos fotones. En suma, podemos ver.
En la Tierra, por lo menos, tenemos la ayuda de nuestros demás sentidos, pero respecto a
cualquier objeto que esté más allá de nuestra atmósfera, la única información que hemos recibido
(hasta muy recientemente) ha sido por medio de los fotones de luz visible que nos han llegado desde
esos objetos.
Por tanto, es natural que consideremos las señales del espacio exterior en términos de luz
visible. Vemos los «canales» marcianos, y los extraterrestres que observaran la Tierra verían
cualesquiera marcas que deliberadamente dibujáramos en la superficie planetaria, o las luces de
 O longitudes de onda. Mientras más larga es la longitud de onda, más baja es la energía; mientras más corta es
la longitud de onda, más alta es la energía.
nuestra iluminación nocturna.
Hacer señales por medio de la luz representa un gran adelanto, en comparación con hacer
señales por medio de neutrinos o gravitones. La luz se produce y se recibe fácilmente. Podemos
imaginar alguna civilización que monte un haz de luz sumamente intenso, y que lo haga parpadear en
alguna forma que lo vuelva instantáneamente reconocible como producto de la inteligencia. Por
ejemplo, si representamos cada parpadeo como *, podríamos recibir, indefinidamente una y otra vez,
**__*****___******__*************__***********__*****************__. Indudablemente
reconoceríamos esto como los primeros miembros de la serie de números primos, y no tendríamos
ninguna duda de que se trataba de una señal de origen inteligente.
Con todo, hay algunas dificultades. Un haz de luz suficientemente intenso para ser visto a
distancias interestelares demandaría una enorme energía, y aun así sería completamente apagado por la
luz de la estrella en torno de la cual girara su planeta.
Una civilización del Nivel II, presumiblemente podría conocer formas de hacer que una
estrella brillara y se atenuara para emitir una señal de indudable origen inteligente, y una civilización
del Nivel III podría hacer que todo un grupo de estrellas emitiera esa señal. Todo esto, sin embargo,
son meras conjeturas. Nada semejante se ha observado nunca, y sin duda sería innecesario recurrir a
un dispositivo señalador de proporciones tan épicas, si pudiéramos encontrar algo más sencillo.
Por ejemplo, ¿qué podría decirse si el haz de señales fuese de una clase de luz que no se
produce en la naturaleza? Esta sugerencia podría haber parecido insensata antes de , pero ese año
el láser fue perfeccionado por el físico norteamericano Theodore Harold Maiman (n. ), y al cabo
de un año se sugirió como posible portador de mensajes interestelares.
Toda luz producida en forma ordinaria es «incoherente». Se produce en una amplia banda de
energías de fotón, y los diferentes fotones generalmente van en distintas direcciones Un haz de luz de
esa índole se esparce rápidamente, por mucho que tratemos de enfocarlo; y para mantenerlo con la
suficiente intensidad para que sea reconocible a distancias interestelares se necesita de una energía casi
estelar.
En cambio, en el láser, algunos átomos se elevan a un alto nivel de energía, y se les permite
que pierdan esa energía en condiciones que producen luz «coherente»; luz compuesta de fotones que
son todos de energía igual y que se mueven en la misma dirección. Un rayo láser casi no se dispersa,
por lo que para un nivel determinado de energía puede permanecer lo suficientemente intenso para
notarse a distancias muchísimo mayores que a las que podría detectarse un haz de luz ordinaria.
Además, un haz de luz láser puede con facilidad identificarse espectroscópicamente, y su simple
existencia es indicación satisfactoria de que tiene origen inteligente.
Con la luz del láser nos acercamos más a un dispositivo práctico para hacer señales, que
ninguno otro de los ya mencionados, pero aun una señal láser que se originara en algún planeta, a
grandes distancias lo borraría la luz general de la estrella en torno de la cual ese planeta girara.
Una posible explicación es ésta:
Los espectros de las estrellas semejantes al Sol tienen numerosas líneas negras que
representan fotones faltantes; fotones que han sido absorbidos preferentemente por determinados
átomos en las atmósferas de las estrellas. Supongamos que una civilización planetaria emite un fuerte
haz de luz láser, al nivel preciso de energía de una de las líneas oscuras más prominentes del espectro
de la estrella. Eso abrillantaría la línea oscura.
Si estudiáramos el espectro de una estrella y descubriéramos que le faltaba una de las líneas
oscuras características de cierto grupo de átomos en la atmósfera de la estrella, pero que tenía otras
líneas oscuras, también características de ese grupo, tendríamos que llegar a la conclusión de que el
nivel faltante de energía había sido suministrado por medios artificiales. Tal cosa significaría la
presencia de una civilización.
Nada semejante a eso se ha observado; pero antes de sentirnos desilusionados al respecto,
veamos si acaso existen maneras más sencillas de enviar señales. Después de todo, no sería de esperar
que ninguna civilización empleara el método más difícil, si dispusiera de otro más sencillo.
Microondas
En los comienzos del siglo xix fue descubierta la radiación electromagnética fuera de la gama


de la luz visible. En , William Herschel descubrió la gama infrarroja de la luz, solar, por la forma
como era afectado un termómetro más allá del límite rojo de la gama de luz visible. En , el físico
alemán Joham Wilhelm Ritter (-) localizó la gama ultravioleta de la luz solar, por la forma
como ocurrían reacciones químicas más allá del límite violeta de la gama de luz visible.
Sin embargo, esos descubrimientos no afectaron demasiado a la astronomía. Casi toda la gama
del ultravioleta y del infrarrojo no podía penetrar en la atmósfera, por lo que nos llegaba muy poco de
ella del Sol y de las estrellas.
Desde , Maxwell (que enunció la teoría cinética de los gases) desarrolló la teoría del
electromagnetismo. Así, por primera vez se identificó la luz como radiación electromagnética y se
predijo la existencia de muchas octavas de esa radiación a ambos lados de la gama de luz visible.
En , el físico alemán Heinrich Rudolf Hertz (-) detectó una radiación semejante
a la de la luz, con longitudes de onda un millón de veces más larga que la de la luz, y con niveles de
energía, que, por tanto, tenían sólo un millonésimo de intensidad. A la nueva radiación se le dio el
nombre de ondas de radio.
Ondas de radio que, a causa de su bajo contenido de energía, podían producirse fácilmente, y
no obstante su bajo contenido de energía, recibirse con facilidad. Las ondas de radio podían penetrar
en toda clase de objetos materiales, lo que la luz no lograba hacer. Las ondas de radio podían rebotar
de las capas de partículas cargadas en la atmósfera superior, lo que no le era posible hacer a la luz, de
suerte que las ondas de radio podían seguir la curva de la superficie de la Tierra. Era fácil producir
ondas de radio en forma coherente, de manera que un haz apretado pudiera llegar a grandes distancias
y modificarse fácilmente para que llevara mensajes.
Por todos esos motivos, las ondas de radio eran ideales para comunicaciones a larga distancia,
sin necesidad de los alambres del telégrafo y del cable. El primero en encontrarles un uso práctico en
esa forma fue el ingeniero electricista italiano Guglielmo Marconi (-). En  envió una
señal de onda de radio a través del Océano Atlántico, proeza reconocida generalmente como la
invención de la radio. Desde entonces, con muchas mejoras y refinamientos, la radio se convirtió en
un medio de comunicación más y más importante. Mucha gente comprendió que cualquier civilización
tecnológica indudablemente se valdría de la comunicación por radio, de preferencia a cualquier otro
medio.
Por lo mismo, en , cuando el planeta Marte tuvo un acercamiento a la Tierra más próximo
que los ordinarios, se hicieron algunos intentos de escuchar señales de radio de la presunta civilización
que había construido los canales. Nada se detectó. En cierto modo, tal cosa no era sorprendente. Las
capas de átomos cargados en la atmósfera superior, que reflejaban las ondas de radio procedentes de la
Tierra y las mantenían cerca de la superficie, en lugar de permitirles que pasaran al espacio exterior,
también servirían para reflejar las ondas de radio procedentes del espacio, manteniéndolas alejadas de
la superficie de la Tierra.
Sin embargo, en , Karl Guthe Jansky (-), ingeniero norteamericano de radio que
trabajaba en los Laboratorios de la Compañía Telefónica Bell, detectó una extraña señal cuando
trataba de determinar la fuente de la estatica que estorbaba en la técnica de la radiotelefonía que
entonces se perfeccionaba. Resultó que esa señal llegaba del firmamento. Esa fue la primera
indicación de que había una ancha banda de ondas cortas de radio, llamadas microondas, que podían
penetrar fácilmente la atmósfera de la Tierra. Había dos clases de radiaciones electromagnéticas que
podíamos recibir del firmamento: una banda angosta, de luz visible, y una banda ancha, de
microondas.
Ya en diciembre de  se demostró que Jansky había detectado ondas de radio del centro
galáctico, lo que produjo titulares de primera plana en The New York Times. Algunos astrónomos,
entre ellos Jesse Leonard Greenstein (n. ) y Fred Lawrence Whipple (n. ), inmediatamente
comprendieron el potencial de ese descubrimiento, pero había muy poco que pudiera hacerse al
respecto. No existían instrumentos adecuados para detectar esa radiación. Sin embargo, Grote Reber
(n. ), ingeniero norteamericano de radio, tomó en serio el asunto. Construyó un dispositivo pan
detectar ondas de radio procedentes del firmamento (un «radiotelescopio»), y desde el patio trasero de
su casa, comenzando en , estudió tantas porciones del firmamento como pudo alcanzar, para
medir la intensidad de la recepción de las ondas de radio procedentes de diversas zonas.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el perfeccionamiento del radar lo cambió todo. El radar
empleaba microondas, por lo que avanzó rápidamente la tecnología de la microonda, y, después de la
guerra, la radioastronomía se desarrolló rápidamente y revolucionó la ciencia, como tres y medio siglo
antes lo hiciera el telescopio óptico de Galileo.
En unas cuantas décadas se han construido radiotelescopios que pueden detectar microondas
mucho más delicadamente de lo que puede serlo la luz. Las fuentes de radiación de microondas podían
detectarse a distancias demasiado grandes para que pudiéramos apreciar la radiación de luz de
cualquier cosa que tuviera energía equivalente. En efecto, ahora podemos detectar microondas de
cualquier estrella de la Galaxia, aunque esas microondas se envíen con no más energía de la que
estaría a nuestro propio alcance.
Además, las fuentes de microondas pueden localizarse con gran precisión, y muy fácilmente
se diferencian las diversas variedades de microondas. Cada molécula emite o absorbe su propia
longitud de onda, por lo que la constitución química de las nubes interestelares de gas puede
determinarse con gran precisión. A las microondas no las borra la radiación de fondo. En casi todas las
partes del firmamento, las microondas no irradian con la intensidad que lo hace la luz, y aun en donde
abundan las microondas le resultaría fácil a una civilización transmitir a determinada longitud de onda
que fuese muchísimo más fuerte que el fondo natural correspondiente a esa longitud de onda.
Todo se reduce a lo siguiente: si cualquier civilización tratara de enviar mensajes,
indudablemente llegaría a la conclusión de que las microondas son un medio mejor, más barato y más
natural, para esos mensajes, que la luz o que cualquier otro procedimiento.
Por fin tenemos lo que parece ser la respuesta. Debemos emplear microondas para enviar o
recibir mensajes a través de los golfos interestelares.
Pero ¿a qué nivel de energía o de longitud de onda deberíamos esperar que llegar un mensaje?
Se pueden sintonizar los receptores para que reciban determinada longitud de onda, y si el mensaje se
envía en otra longitud no ser captado. Por otra parte, tratar de sintonizar todas las longitudes de onda
posibles haría que aumentaran enormemente la dificultad y la cuota para escuchar. Pero ¿podemos leer
la mente extraterrestre y adivinar la longitud de onda que preferirá emplear?
Durante la Segunda Guerra Mundial, el astrónomo holandés Hendrick Christoffell van de
Hulst (n. ), al no poder efectuar observaciones, por estar su país ocupado por los nazis, hizo
algunos cálculos, con papel y pluma, que mostraron que los átomos fríos de hidrógeno a veces pasaban
por un cambio de configuración que daría por resultado la emisión de un fotón de microondas, de
centímetros de longitud.
Cada átomo de hidrógeno pasa por ese cambio raramente, pero si se consideran todos los átomos
de hidrógeno que hay en el espacio, gran número de ellos sufren ese cambio momento a momento,
por lo que si los cálculos de Van de Hulst eran correctos, podrían detectarse las microondas
producidas por átomos de hidrógeno. En , el físico norteamericano Edward Mills Purcell (n.
) las detectó.
El átomo de hidrógeno predomina en el espacio interestelar y, por tanto, la longitud de onda
de  centímetros es una radiación universal que sería recibida en todas partes. Cualquier civilización
que haya llegado a nuestro nivel tecnológico, no cabe duda que tendrá radioastrónomos, y podemos
tener la certeza de que ellos dispondrán de instrumentos capaces de recibir la longitud de onda de
centímetros, aunque no se ocupen de otra cosa. Sin duda transmitirían mensajes por una longitud de
onda que ellos mismos pudieran recibir, y estar seguros de que todas las demás civilizaciones pudiesen
sintonizar.
Por eso, en , el físico norteamericano Philip Morrison y el físico italiano Giuseppe
Cocconi (n. ) sugirieron que si se buscaban señales de seres extraterrestres, debería hacerse por
medio de longitudes de onda de  centímetros.
Sin embargo, ésa es la longitud de microonda en la cual la radiación de fondo es más fuerte y
potencialmente la más interferida, sobre todo en la región de la Vía Láctea. Así pues, algunos creen
que deberíamos buscar en otra onda, tal vez la de  centímetros o la de , centímetros, pues
multiplicar por dos o dividir entre dos la longitud obvia, es la manera más sencilla de emplear los
centímetros como base del mensaje, sin usar precisamente esa longitud de onda.
Otra sugerencia es recurrir al hidróxilo, combinación de dos átomos, hidrógeno y oxígeno, el
cual, después del hidrógeno mismo, es el más extendido emisor de microondas en el espacio
interestelar. Su emisión de microondas tiene una longitud de  centímetros.
Como el hidrógeno y el hidróxilo producen agua al juntarse, la gama de microondas de  a
 centímetros suele recibir el nombre de poza de agua. Ese nombre es muy acertado, pues se espera
que diferentes civilizaciones envíen y reciban mensajes en esa gama, así como en la Tierra diferentes
especies de animales llegan a beber a las pozas de agua.
En  se hizo el primer intento verdadero de escuchar en la longitud de onda de
centímetros, con la esperanza de captar mensajes de alguna civilización extraterrestre. Ese
experimento se efectuó en Estados Unidos bajo la dirección de Frank Drake, quien le dio el nombre de
Programa Ozma. Ozma era la Princesa de Oz, distante tierra en el cielo, de la muy conocida serie de
cuentos para niños. Después de todo, los astrónomos trataban de obtener pruebas de tierras habitadas
mucho más allá, en el espacio exterior, de lo que Oz pudiera estar.
Se inició el intento de escuchar a las  a. m. del  de abril de , absolutamente sin
publicidad, pues los astrónomos temían ser ridiculizados. Continuó la labor durante un total de
horas, hasta julio, cuando terminó el programa. Los radioescuchas estaban alertas a cualquier cosa en
una gama muy angosta de longitudes de onda, que pareciera parpadear en una forma que no fuera
completamente regular ni completamente al azar. Nada detectaron.
Desde el Programa Ozma ha habido seis u ocho programas más, todos a un nivel aún más
modesto que el primero, en Estados Unidos, Canadá y la Unión Soviética. No se han obtenido
resultados positivos, pero es un hecho que hasta ahora la búsqueda ha sido muy breve y superficial.
Los astrónomos, por supuesto, no desechan la posibilidad de descubrimientos accidentales. En
, cuando fueron descubiertos los pulsares (estrellas muy pequeñas, muy densas, de rotación
rapidísima, restos del colapso que sigue a las explosiones de las supernovas), la sorprendente
detección de pulsaciones de microondas dieron a los astrónomos interesados, durante un breve tiempo,
la extraña sensación de que se recibían mensajes de origen inteligente. Se le dio a ese fenómeno el
nombre de LGM (siglas en inglés de «Little Green Men»; pequeños hombres verdes). Las pulsaciones
no tardaron en resultar demasiado regulares para que pudieran contener un mensaje, y fueron
explicadas en formas menos sensacionales.
Si ha de continuar la búsqueda de mensajes procedentes de , con
cierta razonable esperanza de éxito, deberá emplearse en ello mucho más tiempo que en el Programa
Ozma; más estrellas tendrán que estudiarse, y se necesitará equipo mucho más complicado. En suma,
deberá montarse un programa muy costoso.
¿Dónde?
En , un grupo de la NASA, encabezado por Bernard Oliver, sugirió lo que ha llegado a
llamarse el Programa Cíclopes.
Ese programa consistiría en un gran conjunto de radiotelescopios (), cada uno de  metros
de diámetro, ajustados todos para la recepción de microondas en la región de la poza de agua.
El conjunto consistiría en . de esos radiotelescopios, puestos en hileras, todos guiados al
mismo tiempo por un sistema electrónico regulado por computadoras. El conjunto, al trabajar al
mismo tiempo, sería el equivalente a un solo radiotelescopio de unos  kilómetros de diámetro.
El grupo sería capaz de descubrir algo tan débil como la filtración inadvertida de las
microondas de la Tierra, aun a la distancia de  años luz, en tanto que un haz mensajero, que
emitiera deliberadamente otra civilización, podría detectarse a una distancia de por lo menos .
años luz.
La superficie de la Tierra tal vez no sea el mejor lugar para ese programa. Podría construirse
en el espacio, o, mejor aún, en el lado oculto de la Luna, donde estaría aislado de casi todo el ruido de
fondo de las microondas terrestres.
El Programa Cíclopes no sería de fácil elaboración e indudablemente tampoco resultaría
barato. Se calcula que la construcción, el mantenimiento del conjunto y la búsqueda misma, costarían
de . a . millones de dólares, aun tomando en consideración el hecho de que la recepción
llegaría a estar completamente regulada por computadora y no consumiría muchas horas-hombre.
Por tanto, ayudaría cualquier cosa que pudiera hacerse para simplificar y acelerar la búsqueda.
Por ejemplo, podría haber lugares en el firmamento en los que conviniera buscar primero, porque son
 Cada radiotelescopio se asemejaría a un ojo circular, hablando metafóricamente, que mirara al cielo. La
palabra cíclope significa, en griego, ojo circular.
fuentes más probables de mensajes que otros lugares.
¿Cuáles serían esos lugares?
Primero, el mejor lugar para buscar sería en las cercanías de alguna estrella en la que pudiera
existir una civilización planetaria con una copiosa energía disponible. (Desde luego, podría haber
señales que enviaran mundos libres, o sondas automáticas que estuvieran más cerca de nosotros que
cualquier estrella, pero no podemos saber dónde se encuentran esos objetos y, por tanto, no tenemos
ningún blanco especial al cual poder apuntar.)
Segundo, el objetivo deberá ser una estrella cercana, antes que una distante, pues en igualdad
de circunstancias el haz de microondas sería más intenso y más fácil de detectar mientras más cercano
estuviera el sistema planetario del que partieran esas microondas.
Tercero, el objetivo debería ser una estrella semejante al Sol, pues es allí donde esperamos que
existan planetas habitables.
Cuarto, los primeros objetivos deberán ser estrellas solas, pues aunque parece que las binarias
tal vez tengan planetas habitables que giren en torno de ellas, existen mayores probabilidades en las
estrellas solas.
Ocurre que hay sólo siete estrellas solas, similares al Sol, a una distancia menor de dos
docenas de años luz de nosotros, que son:
Estrella Distancia (años luz) Masa (Sol=l)
Epsilón Eridani , ,
Tau Ceti , ,
Sigma Draconis , ,
Delta Pavonis , ,
 Eridani , ,
Beta Hydri , ,
Zeta Tucanae , ,
Ninguna de esas estrellas tiene nombre conocido, pues las que lo detentan son generalmente
las más brillantes, demasiado grandes y de vida muy corta para que se presten a tener civilizaciones.
Las estrellas que aparecen a simple vista, aunque no sean excepcionalmente brillantes, suelen
recibir el nombre de la constelación a que pertenecen. Algunas veces se les cataloga en orden de
brillantez o de posición, empleando letras griegas (alfa, beta, gama, delta, epsilón, zeta, etcétera) o
números arábigos.
Las estrellas del cuadro anterior son de las constelaciones Eridanus (el Río), Cetus (la
Ballena), Draco (el Dragón), Pavo (Pavo Real), Hydrus (la Serpiente de Agua) y Tucana (el Tucán).
De las siete estrellas que aparecen en el cuadro, tres —Delta Pavonis, Beta Hydri y Zeta
Tucanae— se encuentran tan al sur en el firmamento que no son visibles desde lugares septentrionales,
donde la astronomía está más avanzada y hay más equipo complicado. En cuanto a  Eridani, no está
demasiado al sur, pero muy cerca del horizonte para que sea cómodo observarla.
Así pues, los tres mejores blancos son Epsilón Eridani, Tau Ceti y Sigma Draconis. El
Programa Ozma, a sugerencia del astrónomo ruso-norteamericano Otto Struve, concentró sus
esfuerzos en Epsilón Eridani y en Tau Ceti.
Aunque esas siete estrellas, y particularmente las tres septentrionales, son los blancos más
indicados para la primera fase de la búsqueda, no deberíamos suspender la misma si los resultados
fuesen negativos. Si hay siete blancos a menos de  años luz, hay alrededor de . dentro del
alcance de . años luz del conjunto de radiotelescopios del Programa Cíclopes.
Lo ideal sería que escucháramos a todas esas estrellas. En efecto, antes de desistir por
completo, deberíamos explorar todo el firmamento, con la esperanza de que existan civilizaciones en
la cercanía de estrellas que nos den una sorpresa, o con la esperanza de recibir señales de sondas o de
mundos libres que estén relativamente cerca de nosotros, sin que lo sepamos.
Incluso deberíamos buscar en las gamas de longitud de onda fuera de la poza de agua, por si
acaso.
¿Por qué?
Debemos preguntarnos: ¿Por qué debe la humanidad emprender la tarea de vigilar el espacio
en busca de señales de civilizaciones extra terrestres? ¿Por qué debemos gastar decenas de miles de
millones de dólares cuando probablemente nada encontremos?
Después de todo, ¿qué podrá decirse si, a pesar de los razonamientos expuestos en este libro,
no hay ?
¿O sí las hay, pero ninguna de ellas se encuentra tan cerca de nosotros que podamos detectar
sus señales?
¿O sí las hay, pero no envían señales?
¿O sí las hay, pero envían señales que nos eluden por completo?
¿O no nos eluden, pero las señales que recibimos no son interpretables?
Cualquiera de esas cosas es posible, por lo que debemos aceptar lo peor y suponer que, no
obstante todos nuestros esfuerzos, terminaremos por no obtener ninguna señal reconocible.
En ese caso, ¿habremos desperdiciado mucho dinero?
Tal vez no. Supongamos que el trabajo de construir el Programa Cíclopes, y la tarea de buscar
en el firmamento, se prolonga durante  años y tiene un costo total de . millones de dólares.
Eso sería . millones por año, en un mundo en el cual diversas naciones gastan un total de .
millones al año en armamentos.
Y en tanto que el dinero gastado en armamentos estimula sólo el odio y el temor, y aumenta
constantemente la probabilidad de que las naciones de la Tierra se aniquilen unas a otras y tal vez
destruyan a toda la humanidad, la búsqueda de inteligencia extraterrestre es algo que seguramente
ejercería un efecto unificador entre nosotros. El solo pensar en otras civilizaciones más avanzadas que
la nuestra, en una Galaxia llena de esas civilizaciones, no podrá sino poner de relieve la mezquindad
de nuestras propias querellas e inducirnos, al avergonzarnos, a hacer intentos más serios de
cooperación. Y si el fracaso de la búsqueda nos hiciera sospechar que, después de todo, somos la única
civilización en la Galaxia, ¿no aumentaría ello el sentimiento de lo inapreciable que somos nuestro
mundo y nosotros mismos, y no nos volvería más renuentes a arriesgarlo todo en nuestras pueriles
riñas?
Pero ¿se desperdiciará el dinero si a la postre no obtenemos nada?
En primer lugar, el intento mismo de construir el equipo para el Programa Cíclopes nos
enseñará mucho acerca de radiotelescopía, e indudablemente nos hará adelantar muchísimo en esa
ciencia, aun antes de hacer la primera observación del firmamento.
En segundo lugar, es imposible explorar el firmamento con nueva pericia, nueva delicadeza,
nueva persistencia, nuevo poder, sin que descubramos muchísimas nuevas cosas acerca del Universo,
independientes de las civilizaciones avanzadas. Aunque no captemos señales, no volveremos de esa
empresa con las manos vacías.
No podemos decir qué descubrimientos se harán, o en qué dirección nos iluminarán, o en qué
forma nos resultarán útiles, pero la humanidad siempre ha tenido (en sus mejores momentos) gran
respeto por el saber, por lo que éste significa. La capacidad de pensar así es una de las formas en que
una especie más inteligentes se diferencia de otra menos inteligente; y explica cómo una cultura que
avanza con decidido tesón se diferencia de otra que decae.
Tampoco debemos temer que a la postre el saber sea valorado sólo por lo que significa. El
saber, empleado sabiamente, siempre ha sido útil a la humanidad, y hay esperanzas de que continúe
siéndolo en el futuro.
Pero suponiendo que encontremos una señal de alguna clase y decidamos que debe tener
origen inteligente, ¿tendrá eso gran valor para nosotros?
Quizá no sea un haz de señales, quizá nadie esté tratando de atraer nuestra atención o de
decirnos algo. Podrá ser un producto inadvertido de la tecnología, tal vez se trate sólo de un revoltijo
de actividad cotidiana, como la esfera de microondas que ahora se está expandiendo constantemente
desde la Tierra en todas direcciones.
Eso, en sí mismo —el simple reconocimiento de una señal que presente la existencia de una
civilización remotísima, aunque de ella no podamos extraer ninguna información—, es suficiente, en
ciertos aspectos.
Pensemos en el significado psicológico que ello tendría. Indicaría que en alguna parte existe
una civilización (), la cual, a juzgar simplemente por la fuerza de sus señales, podría ser más
avanzada que la nuestra. Sólo eso bastaría para convertirse en la noticia alentadora de que, por lo
menos, un grupo de seres inteligentes ha alcanzado nuestro nivel de tecnología y ha logrado no
destruirse a sí mismo, sino que ha sobrevivido y ascendido a mayores alturas. Y si ellos lo han
logrado, ¿no podríamos conseguirlo nosotros también?
Si esta idea contribuye a apartarnos de la desesperación durante las inmensas tareas de
resolver los problemas a que se enfrenta la humanidad, eso bastará para ayudarnos a buscar la
solución. Tal vez nos suministrará el importantísimo grano de arena que incline la balanza hacia la
supervivencia, y la aparte de la destrucción.
Tampoco puede ser posible que no obtengamos más información que la existencia de la señal.
Si ésta no contiene ningún mensaje inteligente que podamos interpretar, las características de la señal
misma nos podrían revelar la velocidad a que gira el planeta que la envíe, en torno a su estrella y a su
eje, así como tal vez otras características físicas que podrían ser de gran interés y utilidad para los
astrónomos.
Y supongamos que reconocemos que hay material útil en el mensaje, pero que no podemos
determinar el significado de ese material.
¿Se vuelve entonces inútil el mensaje? Por supuesto que no. En primer lugar, nos presenta un
reto interesante, un juego fascinante en sí mismo. Sin llegar a ninguna conclusión respecto al contenido
específico de la información, podríamos obtener ciertas generalizaciones concernientes a
psicologías ajenas, lo que también es conocimiento.
Además, aun la más pequeña aclaración de la clave podría ser de interés. Supongamos, sólo
por agotar el tema, que del mensaje surge la sospecha de una relación que, de ser cierta, nos proporcionaría
una nueva idea acerca de algún aspecto de la física, aunque esa idea pareciese trivial. Hemos de
hacer notar que los adelantos científicos no existen en el vacío. Esa sola idea podría estimular otros
pensamientos y, a la postre, acelerar muchísimo el proceso natural por el cual avanzan nuestros conocimientos
científicos.
Y si logramos alguna comprensión detallada del mensaje, quizá aprendamos lo suficiente para
deducir si la civilización que lo envía es pacífica o no lo es.
Si es peligrosa y belicosa (algo muy poco probable, en mi opinión), entonces el conocimiento
que hayamos adquirido nos inducirá a mantenernos callados, a no contestar, a procurar evitar, hasta
donde sea posible, cualquier filtración al espacio exterior, u otra cosa que revele nuestra presencia.
Quizá el conocimiento que obtengamos nos indique cuál será la mejor manera de defendernos, si
ocurre lo peor.
Si, por otra parte, decidimos que los mensajes llegan de una civilización pacífica y benigna, o
de una que no puede alcanzarnos, sea cual fuere su actitud, entonces tal vez acordemos contestar empleando
la clave que hayamos aprendido.
De todos modos, ésta sería una esperanzadora perspectiva.
Por supuesto, esa civilización puede estar tan alejada de nosotros que, gracias al límite de la
velocidad de la luz, no podremos esperar una respuesta antes de unos cien años. Sin embargo, esperar
no representará un gran problema. Podremos seguir ocupándonos de lo nuestro mientras esperamos,
pues nada perderemos.
La civilización avanzada en el otro confín, al recibir nuestra respuesta y saber que alguien la
escucha, tal vez empiece inmediatamente a transmitir con empeño. Aunque esperemos un siglo,
después empezaremos a recibir un curso intensivo de todos los aspectos de una civilización ajena.
No hay forma de predecir lo útil que resultará esa información, pero indudablemente no podrá
ser inútil.
De hecho, si pasamos al extremo romántico de suponer que puede ser superado el límite de la
velocidad de la luz, y que existe una pacífica y benigna Federación de Civilizaciones Galácticas,
nuestra venturosa interpretación del mensaje y nuestra valerosa respuesta podrían valemos nuestro
pase de admisión a esa Federación.
¡Quién sabe!
 Por otra parte, si nada detectamos, eso no será prueba definitiva de que nada hay. Tal vez estemos buscando
donde no debemos, de una manera errónea, con técnica inadecuada, o nos equivoquemos de las tres maneras a la
vez.
Aun haciendo caso omiso de la enorme curiosidad que siempre ha impulsado a la humanidad,
y del interés que todos debemos tener en un asunto de tan gran magnitud como el saber si existen o no
otras civilizaciones en el Universo, además de la nuestra, me parece que cualquier cosa que hagamos
al tratar de responder a la pregunta nos beneficiará y ayudará.
Así pues, por el bien de todos, abandonemos nuestras inútiles, interminables y suicidas
disputas, y unámonos en la verdadera tarea que nos espera: sobrevivir, aprender, ensancharnos, entrar
en un nuevo nivel de conocimientos.
Esforcémonos por heredar el Universo que nos espera, realizando tal cosa solos, si es preciso,
o en compañía de otros, si existen.


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